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H i s t o r ia S in t ét ic a

■ DE LA

L iteratura U ruguaya

P L A N DEL S E Ñ O R

CARLOS REYLES

COMISION NACIONAL
V O L U M E N II
H istoria S intétic a
DE LA

Lite ra tu ra Uruguaya


P L A N D E L S E Ñ O R

CARLOS REYLES
A P R O B A D O POR LA
COMISION NACIONAL
D E L C E N T E N A R I O
1830- 1930

A lfre d o V ila , E d ito r - M o n te v id e o 1931


LA OBRA S E COMPONE
DE TRES VOLUMENES
ES PROPIEDAD DEL EDITOR
SUM A ^ l^l

L o s L í r. i c o s > (1)
POR E U S T A Q U I O T O M E j

Los Poet as Tendenci \a:


POR CARLOS MARIA P R A|j f0) /0

D elm i r a Agust¡\i ti ( 3)
P O R E M I L I O O R I B

Florencio Sánchez > ( 4:


POR CARLOS MARIA PRIN CIVALLE

Juana de Ibarbourou > (s;


POR F R A N C I S C O A L B E R T O S C H I N C A

Nuevos Narradores > ( 6;


(Segundo Grupo) POR JUAN C A R LO S W ELKER

L a s P o e t i s a s
> (7)
(Primer Grupo) P O R M E R C E D E S PINTO

L a s P o e t i s a s
> (8)
(Segundo Grupo) P O R G I S E L D A WELKER

La Poesía post - modernista > (9)


(S e g u n d o G rupo) P O R R A U L MONES
Los líricos
Carlos Roxlo, Julio Raúl Men-
dilaharsu y Fernando Nebel

Por

E ustaquio Tomé
L o s l í r i c o s

La florescencia de la poesía lírica en el U ruguay, es


Vótí enorm e y variada, que su estudio ab a rc a ría m ás de
la m itad de n u estra h isto ria lite ra ria . Desde el incipiente
c a n ta r de los hum ildes bardos gauchos del ciclo heroico,
h a sta la inquietud m oderna, a m enudo d esconcertante
y ex trañ a, desfilan por nu estro esp íritu n u m erosas fig u ­
ras, de las m ás v ariad as cualidades, y dignas, casi todas,
de cierta recordación.
P oetas por incidencia, in sp iracio n es de un m om en­
to, originalidads fugaces, audacias geniales, deslum bran
frecuentem en te a quien reco rre las incom pletas an to lo ­
g ías de que disponem os, y en m ayor grado e intensidad,
a quienes conocen la obra ín teg ra, o la p arte principal
de la producción, “an to lo g iad a”. Claro está que d eterm i­
nad as figuras se destacan en el valioso conjunto de a u ­
tores, y en ellas justo es fija r la atención y proceder a
su crítica, para d esp ertar en nativos y ex trañ o s el an sia
de conocer sus alad as páginas.
D entro de ese gupo privilegiado, forzoso es aún es­
coger determ inados nom bres y esp erar que los nuevos
estudios abarquen por igual todas las cum bres y valles
de la inspiración uruguaya. La p resente conferencia, tí­
tulo dem asiado pomposo, pues la reputo un ensayo es­
quem ático de apreciación sobre la obra lírica de alg u ­
6 LOS URICOS

nos de nuestro s escritores, debía a b a rc a r seis de ellos,


pero la ineludible tira n ía del tiem po, ta n to p ara su p re­
paración como p ara reclam ar vuesta atención, me obli­
gan a considerar tres de los poetas que fig u ran en el pro­
g ram a del ciclo de conferencias. R eservo p a ra los otros,
por quienes siento m arcad a sim p atía personal, m om en­
tos m enos prem iosos, y espero h allar, entonces, la m is­
m a favorable acogida que hoy se me dispensa.
Roxlo y M endilaharsu h an en trad o d efinitivam ente en
los dom inios de la H isto ria lite ra ria el día en que la
m uerte cerró, im placable, su producción, y esa circuns­
ta n c ia me d eterm in a a tra ta rlo s con an telació n a los de­
m ás, por quienes he confesado se n tir p articu la r estim a­
ción. Ju n to a los idos, coloco a F ern an d o Nebel, no
solam ente p ara ju n ta r al poeta vivo con la poesía
“ in m o rta l” , sino tam b ién porque su sencillez me parece
el broche m ás adecuado p ara c e rra r el hum ilde elogio de
Jos gran d es desaparecidos.
C arlos Roxlo, a mi en ten d er y sin que continúe sin ­
tiendo por su obra la ap asio n ad a adm iración de m is años
juveniles, reclam aría un estudio detenido, idéntico al
consagrado a Ju an Z o rrilla de San M artín y a Ju lio H e­
rre ra y R eissig. Su num en es un m om ento cap ital en la
lite ra tu ra uruguaya, y aunque ese m om ento se halle ale­
jado, esp irltu alm en te m ucho mád que en el tiem po, con­
ceptúo con mi ilu strad o am igo M ario F alcao E spalter,
que Roxlo “ es uno de los m ejores poetas am erican o s”
y que “desafía con en tereza y a lta s prom esas de peren ­
nidad las atro p ellad as inculpaciones del m om ento”.
Nacido en 1860, era “casi un n iñ o ” cuando M aga-
riñ o s C ervantes, cuyo esp íritu crítico estab a dotado de
sin g u la r videncia, acogía “ por vía de estím ulo”, en su
EUSTAQUIO TOMÉ 7

fam oso álbum , los correctos terceto s que R oxlo consa­


gró a la m em o ria de Adolfo B erro, y se aso m b rab a de
la facilidad “con que m a n ejab a la rim a en el difícil m e­
tro que h ab ía elegido”.
B ardo naciente, que oficiaba o rig in al responso a la
“ esperanza de un g ran p o eta” , ex tin g u id a en h o ra m uy
tem p ran a, a rra n c a b a de su lira juvenil versos escultu­
rales que pocos sab rían escrib ir a sus años.

“Feliz tú, que b o rraste del olvido


con tu s cantos las cifras de tu nom bre,
que vuela por la fam a rep etid o ” .
(1878)

M anuel del P alacio, re p re se n ta n te de la E sp añ a po­


lítica, y m ás todavía de la E sp añ a lite ra ria , donde tuvo
actuación destacadísim a, prologó en 1885 el p rim er li­
bro en verso de Roxlo. “P o eta p rin cip ian te, dijo, p rin ci­
pia siendo poeta, y sabe p en sar y sabe s e n tir” .
“E strellas F u g aces” no fué el m eteoro que su títu lo
indica, fué u na a u ro ra de rosados dedos en el h etero g é­
neo y sem idesierto p arnaso. Un cuento dé A ndersen, co­
rregido, am pliado sin perder su p rístin a frescura, g u a r­
da — en su versión d efinitiva — el ingenuo encanto del
cuento de niños.
“M agna M ater” , sufre depuración idéntica y se e n ri­
quece con prim ores estilísticos, cuando bajo el títu lo
. “V olviendo de E u ro p a” b rilla en las páginas de “C antos
de la T ie rra ”, y en esa depuración, a rre b a ta , lig eram en te
alterados, los postreros endecasílabos de “Las H ordas
G auchas”, p ara d a r un fin digno a su canto augural:
s XiOS MKICOS

“El noble afán, el g rito tem erario


que el bardo exhala al d em an d arte ansioso,
que sirva a su cadáver de sudario
tu azul y blanco pabellón g lo rio so ”.

C o n trasta esta repetición de tem as y pensam ientos,


ya tra ta d o s o expresados, con la producción excesiva del
poeta, cuya fecundidad le fué con frecuem ia perjudicial.
Las colecciones d irig id as por el propio autor, ado­
lecen de ese defecto: la au sen cia casi absoluta de espí­
ritu selectivo. “C antos de la T ie rra ”, “ Luces y S om bras”.
“El L ibro de las R im as” , co n tien en com posiciones m edio­
cres, de inspiració n p asaje ra y a veces de un desconcer­
ta n te prosaísm o. Juzgados esos libros por tales páginas
oscuras, dan una fig u ra del au tor, erró n ea, como es e rró ­
nea la fig u ra de H e rre ra y R eissig tra z a d a con las to r ­
tuosas líneas de sus ex trav ag an cias. P ero en los tres
volúm enes citados, en alg u n as p ág in as de “ F lores del
Ceibo” , libro de ten d en cia n a rra tiv a , y en “El P aís del
T réb o l” , en cu en tra el m ás exigente la dem ostración in ­
destructible de que las m usas u n gieron g en ero sas la
fre n te del c a n to r de n u estras glorias.
P o eta heroico, o si queréis poeta p atriótico, Roxlo
supera a cuan to s le precedieron en esa m isión sagrada,
y sus estro fas alcan zan el fulgor de los bordones de la
Leyenda P atria.
Cuando San José, la p rim era en tre n u estras ciuda­
des, alza un m onum ento al héroe epónimo, Roxlo le
en to n a un salm o de g ratitu d , desigual, incorrecto a r a ­
tos, pero su introducción, por el arreb ato y el em puje
lírico, no tien e rival en los cantos que le anteceden.
Oídlo:
EUSTAQUIO TOMíó

A brid al bardo e rra n te


De vuestro h o g ar la p u e rta h o sp ita la ria :
Y os co n taré la h isto ria de un g ig an te,
¡U na h isto ria subiim e y leg en d aria!
¡Abrid! ¡tran sid o llego
¡Y está la noche ten eb ro sa y fría!
¡De vuestro h o g ar sentado ju n to al fuego,
E sp eraré h a sta el día!
¡Yo tra ig o de p atrió ticas canciones
Un m undo en la m em oria!
¡Yo rim o las n ativ as trad icio n es
Y rodeo el azul de sus pendones
Con las verdes g u irn ald as de la gloria!
La ru ta está d esierta
Y ¡llora el viento en las ag restes ram as!
¡Abridme v u estra puerta!
¡Cededme un escabel ju n to a las llam as!

En el segundo canto del poema, nos sorprende por


su riqueza de expresión y por su tono profético, — con­
firm ado por p o steriores investigaciones h istóricas, —
este m agnífico fin al:

¡Despojad su figura
De toda deleznable levadura
E n el agua lu stral de vuestro hechizo
Que si hay som bras de m an ch a en su h erm o su ra
E l num en de su edad fué quien las hipo'
¡Agil tu rb a liv ian a é
Que engendró del ay er la nube inquieta,
P resén tale a los ojos del poeta
Como será a los ojos del m añ an a!
10 LOS LÍRICOS

A ntes que B arb ag elata y Acevedo g ra b a ra n en el


cuadro de la h isto ria la v erd ad era silu e ta de A rtigas y
el significado de su vida, Roxlo lo expresó con la sen ­
cillez del rom ancero, en la soberbia estro fa que sigue:

“ ¡Todo lo hizo por tí! ¡P or tu v en tu ra


E nsilló su corcel, esgrim ió el h ierro,
A m am antó con san g re la llan u ra,
F ué a perderse en las som bras del destierro
Y enco n tró en el d esierto s e p u ltu ra !”

M uchas poesías de la m ism a índole h allan cabida


en las colecciones an tes nom bradas, pero la inspiración
del poeta — d en tro del género — cu lm in a en “L as dos
In v asio n es” , verd ad era y colorida visión de las llan u ­
ra s cruzadas por las huestes invasoras. R eproducida en
antologías, en rev istas, en cuadernos escolares, esa poe­
sía de C arlos R oxlo b a s ta ría p ara aseg u rarle, ju n to a la
inm ortalidad , la in ex tin g u ib le g ra titu d nacional. ¡L ásti­
m a grande que el c an to r de la A graciada y S aran d í no
hubiera tam b ién ido a in sp ira rse en el vencedor de G ua­
yabo y cruzado de !as M isiones, en R ivera, g enial y so­
ñador, que a los 100 añ o s de vida de la p a tria que libertó,
aún espera la esta tu a y el poeta con que el pueblo u ru ­
guayo debe h o n ra r su m em oria!
Mas la pasión política no cegó al poeta, como ta m ­
poco cegó al orador. R oxlo tuvo por R iv era la ad m ira­
ción y el respeto que siem pre sien ten por sus héroes los
“legítim os” uruguayos. P o r eso P ap in i y Zás, desde la
trib u n a de un Club P olítico — el entonces prestigioso
Vida Nueva — no tuvo rep aro en tejer, en asiático es­
tilo, el elogio de “Soledades”, u n a de las selecciones d e
poesías refundidas en “ Luces y S om bras”.
EUSTAQUIO TOMÉ 11

Im parcial en sus juicios y tem perado en sus pasio­


nes, C arlos R oxlo fué q uizá el único de n u estro s in sp i­
rados que lloró los d esastres de la g u e rra civil: el bardo
de los v iriles a n atem a s co n tra Santos, se sobrecoge fre n ­
te al h o rro r fra tric id a y solloza sus sentidos a le ja n d ri­
nos. E scuchadlos, porque n in g u n a ocasión p ara leerlos,
casi p ara rezarlos, como este ciclo de conferencias, que
in te g ra la conm em oración del C en ten ario de n u estra
C arta M agna:

¡Llorem os, m usa m ía, por todos los dorm idos


Del rancho co stan ero ju n to a la ta p ia gris,
Bajo el sauzal con orlas de m usicales nidos,
y al pie de las b arran ca s ag restes del país.
¿Que im po rtan las divisas? ¿Qué im p o rtan los colores
Del trap o de las lanzas de lívido fulgor?
¡U nam os a las preces de todos los dolores
El him no de tu pena y el rezo de tu am or!

,¡Lo m ism o que la m uerte, n u estra piedad ignora


La cifra y los colores de su blasón m arcial!
¡Sobre el m ontón anónim o n u estra tristeza llora!
¡El luto de las m adres es luto nacional!
¿Qué im po rtan los colores? ¡Su tum ba, en la p rad era
No tiene m ás in sig n ias que un m anto de verdor
Y encim a de su tum ba no cruje o tra b andera
Que n u estra id o latrad a bandera bicolor!
¡Lloremos, m usa m ía, por todos los dorm idos
Del rancho costanero junto a la ta p ia gris,
Bajo el sauzal con orlas de m usicales nidos,
Y al pie de las ab ru p tas quebradas del país!
( “Luces y som bras”. — “P or todos los caídos” ).
12 LOS LíRfCOS

Tam poco le son in d iferen tes los dolores sociales. De


un ensayo te a tra l, gongorino y falto de vida, a rra n c a
la perla e n san g ren tad a que “ Luces y S om bras” alberga
bajo el títu lo de “El D ram a”.
La piedad por la seducida y la réprobación que la
conciencia h o n rad a pro n u n cia c o n tra el seductor, palpi­
ta n en los dolientes cu arteto s de “ U na H isto ria V ulgar” ,
rep etid a con m ayor lirism o y m enor rela to en los dode­
casílabos “De la V ida” , en “E l P aís del T réb o l”.
S entim ientos, no m ás hondos ni m enos hum anos,
pero m ás. trasce n d en tales, in sp iran o tras com posiciones
de n u estro au to r. “E l Cipo”, cuyas ram a s ah o g an al árb'ol
corpulento y lo v isten de v erd u ra engañosa, son p ara el
poeta sím bolos de su vida aním ica, y concluye:

Señor, que de las dudas el m alezaje rudo


T ejiste sobre el árb o l altiv o de m i fe,
Si ya está todo el árbol decrépito y desnudo
¿P o r qué m an d as al tro n co que perm anezca en pie?

H asta un eco del p anteísm o v irgiliano, n ad a e x tra ­


ño, pues la cu ltu ra del poeta fué grande, pese a lo des­
ordenado de sus estudios, se en cu e n tra en sus versos.
Y es en tales p asajes donde la fuente de inspiración es
elevada, que la m usa de R oxlo m a n tien e su vuelo con
m ás firm eza, sin decaim ientos, ni prosaísm os.
L a poesía le g en d aria atra jo , desde su infancia, a
n u estro autor. Ya recordé su cuento de A ndersen, in su ­
perable en su g én ero ; en “ C antos de la T ie rra ” los
rela to s de g ran alien to , distan m ucho de valer lo que
valen o tras p arte s del libro y en “F lores de Ceibo”, d o n ­
de b rillan toques m ag istrales que no puedo detenerm e
EUSTAQUIO TOMÉ 13

a señalar, esa in clin ació n reap arece, pero la joya del


género está escondida en el “Libro de las R im as, y no
deja de asom brarm e cuán poco apreciada, y aun cono­
cida es. E n sonoras octavas ita lia n a s n a rra el poeta la
h isto ria del p rim er sauce y ese o rigen m isterioso g u a­
raní-colonial, contado en form a dolorosa, con riqueza
de im ágenes nativ as, constituye un poem a en can tad o r
y em ocionante.
E n el m ism o libro se cuenta el nacim ien to del m aíz.
Algo parecido al cuento de D arío sobre “El R u b í”, pero
de un oportuno sen tim ien to am ericano, que le p resta
originalidad.
Ju n to al p atriotism o, otros dos q u ereres em b arg a­
ron el alm a del poeta. Sus cantos de am or son n u m ero ­
sos, y parece que lo fueron sus in sp irad o ras. H ay en
ellos de todo: las etern as verdades de todos los c ari­
ños, que a fuerza de repeticiones se convierten en to n ­
terías, pero d entro de la orig in alid ad que la tendencia,
del au to r perm itía, existen estro fas desbordantes de
poesía: “E n P len a D icha”, “A Solas”, “Im er Bei D ier”,
“A T í”, “¿P o r qué”, etc., son la gen u in a expresión de
los am ores del poeta, y de todos los am ores, al n ace r el
siglo XX.
M ayor originalidad, relativ a se entiende, tien en los
cantos inspirados por el am or filial. “El P aís del T ré­
bol”, encierra alg u n as elegías, dignas de Becquer, p o r
el sentim iento. “El Beso E rra n te ” es la rim a m ás dolo-
rosa, m ás sincera, m ás punzante que se h a escrito des­
pués de la inm o rtal
><*V

“C erraron sus ojos


que aún te n ía ab ierto s” .
14 LOS LÍRICOS

Y ju n to a esa confesión de dolor íntim o, Roxlo pide


en qu in teto s triu n fan tes, p ara Guido Spano — el a fo rtu ­
nado poeta arg en tin o que c a n ta ra H e rre ra y R eissig y
ju z g ara Rodó — la corona de lau rel que m erecía h ab er
ceñido en vida el poeta de “A ndresillo”.
“A ndresillo ” ; recién he m encionado ese poem a, por­
que q u ería c e rra r con su ap reciació n este esbozo de
juicio crítico. “A ndresillo” es, de todos los poem as y
poesías de Roxlo, el que m enos h a envejecido, y m enos
envejecerá. Parece, por su realism o, de la estirpe del
“L azarillo de T o rm es” y de “ R inconete y C ortadillo” ,
si no me ciegan m i p atrio tism o y m i sim p atía por su
autor.
“P oem a lleno de em oción y sim p atía por los hu m il­
des”, A ndresillo, según lo expresa con acierto el Dr. Nin
y Silva, es d ram a lírico vivido; es la poesía re a lista de
Coppée, en F ran cia, de F e rra ri en E sp añ a, traslad ad a a
n u estro m edio; — Roxlo, según tuve ocasión de ap u n ­
tarlo , en p árrafo s an terio res, poseía el corazón y el a rte
n ecesarios p ara se n tir y ex p resar los problem as socia­
les. El can illita, m á rtir de su generosidad, el héroe h u ­
m ilde y desconocido, golpeó en el alm a del poeta, y éste
n a rró su h isto ria en verso sencillo. Roxlo, que era un
visionario, un im ag in ativ o , r a r a vez describe con acier­
to; sus p in tu ra s son idealizaciones, trasu n to s de sueños,
coloreados, pero aq u í supo ver la ciudad f y a , inhum ana,
egoísta, y traz ó la silu eta de “un condenado—de que el
D ante no h a b la ”. L as lág rim as se tran sfo rm a ro n en
versos, y el poem a fué: los n iñ o s lo rep iten y sus p ala­
b ras tien en m ás elocuencia que los p ro g fam as políticos.
M ientras vague el can illita por n u estras calles, y la vida
sea cruel con los hum ildes, el p opular poem a de Roxlo
EUSTAQUIO TOMÉ 15

s e rá siem pre recordado, y su recuerdo in s p ira rá m ás de


u n a acción generosa.
Pese a su am or al te rru ñ o , acreditado en todos sus
versos y en com posiciones en teras, como las su g esti­
vas décim as “C arta de C iu d ad an ía” , Roxlo no tuvo el
don de re fle jar en sus versos los cam pos de la p atria,
con sus m usicalidades y sus paisajes; las co n tin u as re ­
ferencias a la flo ra y a la fau n a n ativ as, son dem asiado
forzadas y a veces inexactas. La g eo g rafía poética no
había en trad o en el dom inio del in spirado vate: en cam ­
bio, dom inó el idiom a h a s ta el punto de recordar, en v a ­
ria s ocasiones la m a estría de A cuña de F igueroa, y sus
arcaísm os de “h is p a n ista ” dan colorido pintoresco a sus
estrofas m ás que el recuerdo del ja g u a r y del ceibo,
frecuentem en te nom brados en el alard e “crio llista ” del
poeta. No deben buscarse en él, ritm o s orig in ales ni n eo­
logism os. El m ism o lo dijo con cierto desdén:
*‘No busco en n u estro s libros vocablos de excepción” .
E nam orado de lo trad icio n al, cultivó los m etros de
la edad rom ántica, cuando ya la g ran revolución lite ­
ra ria del m odernism o señalaba nuevos rum bos a la in s­
piración y al verso, pero dentro de los lím ites elegidos
conscientem ente por el au to r — sus estudios críticos de­
n o tan una versación poco común en retó rica e h isto ria
literaria, — alcanzó la grandeza que sus tem as reque­
rían, con m uchas im perfecciones, pero con ta n to s y ple­
nos aciertos, que cabe aplicársele aquellos versos consa­
grados por su m usa a la m em oria de M agariños C er­
vantes:
¡D uerm a en el seno de la m adre altiv a
El que a la m adre con el a rp a h onró;
16 LOS LÍRICOS

¡E ntrelazad la verde siem previva


Al gajo de laurel que conquistó!

Julio Raúl M endilaharsu es de u n a generación de


orientaciones n etam en te d istin tas a las de Roxlo, y sin
em bargo, las dos sim p áticas figuras, reu n id as por la
m uerte y asociadas por un capricho del p ro g ram a de con­
ferencias, tien en algunos puntos de contacto.
M endilaharsu com enzó siendo poeta en su discurso
sobre Ju a n C arlos Gómez, el ro m án tico que se reveló
ju n to al féretro de Adolfo B erro, la p rim era in spiración
conocida de C arlos Roxlo. M endilaharsu vive u n a vida
de in ten sa poesía, y en p ro sa o en verso, siente y p al­
p ita y h ab la como un poeta. Roxlo tam b ién , pero el v ie ja
bardo llegaba a su ocaso cuando el m oderno tro v ad o r
pulsaba la lira con brío .juvenil y fresca inspiración.
M endilaharsu can ta en los versos v ib ran tes de fra n ja s
tricolores, a la p a tria de V íctor H ugo y de P a ste u r;
Roxlo, en prosa, en m edio de u n a cám ara que le es ad ­
versa, defiende con en erg ía a la G erm ania aco rralad a
y que le m erece adm iració n por sus sabios y poetas m á s
que por sus g uerreros. Los dos versificadores, aunque en
situaciones d istin tas, evocan el in fiern o D antesco, y los
dos versificadores se duerm en arru llad o s por la sonori­
dad de sus bordones.
L a producción de M endilaharsu es fecunda, pero
engendrada en una época de m ayor reflexión y expuesta
a las críticas m ordaces de los ú ltim o s años es, en gene­
ral, m ás uniform e y seleccionada que la de Roxlo. La
antología que com pendie, sin a lte ra r ni su prim ir nada
esencial de la obra de M endilaharsu, es fácil de llevarse
a cabo con u n a lectu ra a te n ta y seren a de su total pro­
ducción.
EUSTAQUIO TOMÉ 17

“Como las n u b es” , con un prólogo de V illaespesa,


que tuvo cierta reso n an cia por sus audaces ap reciacio ­
nes sobre au to res uruguayos, s e ñ a ló la ru ta del poeta
de juventud, como lo lla m a con razó n E m ilio F ru g o n i,
y que siem pre supo ser joven en sus versos. P o r eso
el Dr. Z orrilla de San M artín dijo que su vida “era u n a
serie de relám p ag o s” , pero relám p ag o s de g ran d es te m ­
pestades, y no hechos con fuego de artificio ; nuncios
de algo inaudito que la m u erte im pidió p ercib ir cuando
los libros “D eshojando el S ilencio” , “E l A lm a de mis
H o ra s” , “A ltar de B ronce” , “L a C iste rn a” y “Voz de
V ida” h ab ían asegurado la in m o rtalid ad del au to r.
El entusiasm o, la sim patía, el recuerdo de ideales
cojnunes, son im potentes p ara o cultarnos la verdad: “si
hubiera llegado a poner en tero en su obra el reflejo de
su personalidad, nos h a b ría legado las m ás in teresan te s
páginas de n u e stra lírica. La m uerte acaso, sin acaso
decimos nosotros, se lo im pidió”. A e sta dolorosa con­
clusión llega el Dr. F ru g o n i en el prólogo de su selec­
ción de versos del poeta, y no es posible discrep ar con
él. Su generación perdió el “poeta por excelencia” a
m itad de su carrera , sin lleg ar al cénit, aunque ad iv in án ­
dose los esplendores del m ediodía que no llegó.
“Como las nu b es” quizás se re sie n ta de fa lta de no­
vedad; el inspirado recién se in co rp o ra a la fala n je de
los servidores de las m usas, pero es u n a prom esa que
se to m a en realid ad cuando P a rís im prim e “D eshojando
el Silencio”. “E s el libro que esperaba, — escribió V illa-
espesa, el g ra n poeta prologuista del volum en a n terio r,
pero, lo confiesa, — no lo esperaba ta n p ro n to ”.
Los dos salm os, a la triste z a y a la alegría, m ues­
tra n las dos fases del escritor, pero, a n u estro juicio, la
1S LOS LIRICOS

com posición m ás herm osa del libro es “T esk n o ta” que


agoniza con aquel delicado cu arteto :

D espierta en mi corazón
Algo que es indefinido,
Como un gesto del olvido
E sfum ando u n a canción.

"El Alma de m is H o ra s”, im preso en M ontevideo,


se acerca m ás a nosotros. “ La D ian a” es la n o ta h e­
roica que irrum po en medio de u n a producción serena,
m ás bien filosófica que se n tim en tal: los laureles de
B olívar y de Sucre, los aztecas, y n u estro s ch arrú as, a p a ­
recen en la evocación del poeta, que desde Niza a n u n ­
cia que A m érica E sp añ o la será cumbre de la tierra,
(mando sus pueblos com prendan la verdadera fra te r­
nidad.
M uchos se detuvieron a elo g iár la poesía social de
esta obra: las inquietudes de la época h ab ían sido vis­
tas por el poeta en los m edios europeos an tes de que in ­
vadieran las com arcas rio p laten ses; la m usa fué así u n a
especie de p recu rso ra de las ag itacio n es sociales, y no
cabe duda que p rep aró el cam ino a las m ism as con la
dulzura de sus ritm os.
“C anto de un co n v ertid o ” es de otro tono, muy dis­
tinto, parecido al de Amado Ñervo, pero lleno de p asajes
íntim os que afirm an la sinceridad del poeta.

Vi m o rir a mi padre. Fué en Niza


La ciudad de un país ex tran jero .
¡Y mi adiós fué un adiós p ara siem pre
Con terrib les an g u stias de ateo.
Yo que nunca exclam é V irgen S anta,
EUSTAQUIO TOMfi 19

Yo que n unca gem í P ad re N uestro,


Yo que n u n ca expresé con suspiros
L a profunda n o stalg ia del cielo!

“ La C iste rn a” , ap arecid a en .1919, co n tien e poesías


escritas en 1916, 1917 y 1918. Si alg ú n escéptico dudaba
de la in sp iració n de M endilaharsu y creía sus p ág in as
ecos de lectu ras y sugestiones ex tra ñ as, hubo de callar
a n te la ap arició n del nuevo libro.
“Voz de la vida” será un co n ju n to de o b ras m ás con­
cluidas, m as los versos de “ La C iste rn a” superan en d ia ­
fanidad y frescu ra a todos sus herm anos.
Al rev isar la crítica de la época, nos aso m b ra la
unánim e adm iració n de los censores, profesionales e im ­
provisados, porque todos sum aron su voz al clam or elo­
gioso que resonó en los círculos literario s y m undanos.
L a poesía “A S h ack leto n ” , fué considerada m a g n í­
fica, sencillam en te m agnífica “ por el esp íritu selecto de
J u a n a de Ib arb o u ro u ”. González M artínez encontró en el
volum en la n o ta trascen d en te de la poesía m oderna, y
no fa lta ro n quienes den u n ciaran en el poeta uruguayo
la bíblica sencillez del A ntiguo T estam ento.
B íblica es, en efecto, sin d ejar de ser m oderna y pa­
risién, “ Los M endigos”, el viejo tem a esproncediano, re ­
novado por el escrito r del siglo XX, que conoce la m i­
seria de P arís
Les llam an sarnosos,
les llam an leprosos
y ruge su ira y su brazo traz a
un gesto que expresa am enaza.
No tienen fam ilia ni en cu en tran am igos
los pobres m eadlgos
20 LOS LÍRICOS

que son m ensajeros


de los lodazales y estercoleros;
que im ploran en vano
el am o r cristian o
y en pago reciben como u n a iro n ía,
sa n g rie n ta s m ig ajas de filan tro p ía.
Los faros, los veleros y los p u erto s cubren con un
m anto de poesía, árid o s tem as que la m usa m oderna no
desdeña, y co n creta en p ág in as “fu ertes y m arm ó reas”.
Sin desconocer el en can to de o tras de las producciones
del libro, m i ad m iració n se detiene con p referen cia en
“L a Nube” .
La en con tré u na m a ñ a n a de u n otoño doliente.
E n la o rilla del m ar.
Su m irad a te n ía tristezas de poniente:
— “Mi existencia, me dijo, es co n stan te v ia ja r” .
Así fué la vida de M endilaharsu, un continuo v ia jar,
por el m undo físico y por el dom inio de las ideas y de los
sentim ientos. L a nube, con sus colores cam biantes, con
su ascensión a los cielos y sus descensos a la tie rra , es
la im agen de aq u ella m usa a to rm en ta d a que buscaba
siem pre un “ in cierto m ás a llá ”.
“La C iste rn a”, dije antes, consagró definitivam ente
al poeta, y así lo reconocieron en E uropa. E n el viejo
co n tin en te, to d a v ía logró m ejor acogida la obra pos­
tre ra del poeta, ap arecid a en 1923, el año de su m uerte.
Un crítico belga, F ra n c is de M iom andre, llevó su im ­
parcialidad h a s ta co m p ararlo con V erhaeren, y Mr. E r-
n est M artineche, a lta au to rid ad en estudios hispánicos,
encontró en los p ensam ientos “fuerza y gracia, te rn u ra
y color”, y en los ritm o s “ju steza y u na variedad em o­
cio n an te” . L a crítica española, por boca de Cejador, y
EUSTAQUIO TOMÉ: 21

de M unoa, y la h isp an o am e ric a n a en las m ás im p o rta n ­


tes publicaciones lite ra ria s, co n firm aro n las ap reciacio ­
nes ex tra ñ as. P arecía que la g lo ria, sabedora de la ve­
cindad de la m u erte, q u ería b rin d a r al poeta la em b ria­
guez del triu n fo reso n an te.
“Voz de la v id a” se abre con “ D eclaració n ”, p o n en ­
cia triu n fa l del credo artístic o de M endilaharsu. Debo
le erla ín teg ra, porque un ex tracto la e stro p e a ría in ú til­
m ente, y el credo estético debe conocerse en su in te ­
gridad.

DECLARACION

Surge mi verso,
rítm ico y terso
fu erte y pu jan te,
porque he nacido claro y vib ran te.

P a ra la estrofa, no tengo n o rm a;
en un in sta n te, .creo su form a
y y a retó rica,
ya irreg u lar,
¡que esté pletórica
de sang re m ía, de voz de viento y agua de m ar.

P a ra la rim a,
prefiero ah o ra
el consonante,
A franco, preciso, bello, can ta n te ;
el consonante que es disciplina
en un asalto de in sp iració n :
encanta, ap rieta, une y fascina,
con arm oniosa revelación.
22 LOS LIRICOS

Para los temas, lo que he vivido


intensamente;
¡luz de países que he recorrido,
sed de justicia que he padecido,
y amor de ensueños que hay en mi frente!
Ya estás en libro, ¡oh, verso mío!
Si con sus páginas sientes hastío,
bajo un olvido bibliotecario,
¡grita tu ira, ruge, blasfema,
con tus orgullos de solitario
y tus fervores para el poema!

Sabat Pébet, un verdadero universitario de sólida


cultura y amplio espíritu crítico, incluyó estos versos en­
tre las formas modernas que del ritmo y la- rima “dis­
ponen en forma arbitraria lo que no obsta para que sus
producciones sean de sugestiva belleza”.
Como habéis oído en los pentasílabos recién leídos, el
culto del verso, la musicalidad del consonante; visten
impresiones de viajes, ideas íntimas, sueños y fervor; es
decir, sinceridad, ausencia de dobleces.
¡Un alma romántica se escondía bajo la vida y el
gesto de un aristócrata modernista!
Romántico, o neo romántico fué Mendilaharsu, de
la contextura de un Juan Carlos Gómez, de Zorrilla de San
Martín, de Roxlo, de casi todos los grandes poetas uru­
guayos, tierra por excelencia de románticos, en el arte,
en la ciencia y hasta en la política. Sólo un romántico
canta a la fraternidad y describe los acorazados, como
lo hace Mendilaharsu, y solamente un romántico después
de vagar por París y veranear en Niza, tiene en su co­
razón aliento y amor para clamar con ternura:
EUSTAQUIO TOMÉ 23

E re s tú
P aysandú.
Ciudad que yo recuerdo con húm edo cariñ o
porque de tí, m i padre m e h ab lab a cuando niño,
y porque al conocerte, en u n año lejano,
ho g ares sanduceros m e llam aro n h erm ano.

T am bién es ro m á n tic a la idea de ju n ta r en la ve­


cindad de las p ág in as la tris te in sp iració n n a tiv a de
“E l R ancho A islado” con la exótica “N oruega” , de bellos
y salvajes p an o ram as que dan lecciones de elevación es­
piritu al.
D etenido por la m u erte el vuelo del num en que, a
decir de V asseur, — com enzaba el desdoblam iento a n í­
mico, la profundización esp iritu al y corporal, — nos
quedó de su obra, adem ás de los volúm enes im presos
d u ra n te su vida, alg u n as com posiciones in éd itas; las m ás
valiosas h a lla ro n cabida en la d iscretísim a selección que
hizo y prologó el doctor E m ilio F rugoni. Q uisiera dete­
nerm e en alg u n a de ellas, “P laza Z ab ala”, por ejem plo,
que encubre bajo un te m a banal, u n a poesía p en etran te,
m as tem o ab u sar de la aten ció n de m is oyentes.
E n la evolución de la lírica uruguaya, m e atrev o
a aseg u rar, que el nom bre de Ju lio R aúl M endilaharsu
ocupará siem pre m ás que u n lu g a r p referen te, un puesto
excepcional; no creó escuela, quizá porque era m uy
personal e inim itable, pero a su vez n u n ca figuró en las
com parsas de los v u lg ares im itadores.
M anacorda estuvo m uy feliz, cuando afirm ó : “se
diferencia de todos nu estro s p o etas”. Ni precursores, ni
discípulos, es un m érito poco frecuente, y b a sta ría a
co n sag rarlo g ran poeta, si no la tie ra en sus versos la
24 U>H M ltlC O S

Inspiración que los libra del olvido y escribe su nom­


bro en el .Parnaso de la República que lo vló nacer.

Fernando Nobel, el tercero de los poetas cuya so­


mera apreciación Intento esta tarde, es la antítesis de
los ya estudiados. Estos conservan la pompa de los
antiguos líricos y en algunas ocasiones recuerdan la al­
tisonancia de los grandes oradores.
Nebel, es, por lo contrario, parco en palabras y de
concepciones ultra modernas. Separados por intervalos
de dos años, vieron la luz pública "El Color de las Ho­
ras” y “Estampas”. En su tranquila residencia de Las
Piedras, próxima a la siempre verde colina, coronada
por el monumento a la primer victoria artigulsta, conti­
núa el poeta recogiendo armonías que de tarde en tarde
enriquecen las revistas o las secciones literarias de nues­
tros rotativos.
“El Color de las Horas” luce un prólogo presenta­
ción de la Inspirada poetisa Luisa Luisi. Considera ésta,
que su prologado es un poeta sin Igual y le señala como
carácter distintivo la sencillez admirable y su frescura,
de “agua clara”.
Así es, en efecto, la primigenia producción de Ne­
bel. En las primeras páginas un cuarteto, de apariencia
arcaica, especie de copla hispana, resume la gestación
de sus poemas:

Para dar una esencia


caen mil rosas sin vida.
¡Así el supremo artífice del verbo
palabras y palabras crucifica!

Nebel desdeña los vocablos, su expresión es sobria


EUSTAQUIO TOMÉ 25

y tra n sp a re n te , los térm in o s que escoge ex p resan su sen ­


tir y sugieren in fin id ad de p ensam ientos. M ayor es aún
el sacrificio en los tem as, la enorm e capital, la opu­
le n ta m etrópoli que deslum bra a o tras m usas m odernas,
sólo in sp ira al poeta, dem asiado aristo crático p ara sen ­
tir la poesía de u n a in m en sa urbe, seis versos eq u iv alen ­
tes a u n a cuidada reco n stru cció n h istó rica:

Ciudad de m is abuelos,
aquella de las p a rra s de los p a tio s ! . . .
In g en u a cam pesina:
¡Cuánto y cuánto h as cam biado!,
Si ah o ra pud ieran v erte m is m ayores,
ya no se descubrieran a tu paso!

E n “Los ja rd in e s ” no es el color de las flores capaz


de a rra n c a r sones e x tra ñ o s de la lira y producir im áge­
nes ex tra v a g a n te s en la im ag in ació n: Nebel lim ítase a
decirnos que “m anos callo sas” les “dieron te rsu ra s como
sedas”.
Las luciérnagas, los grillos, las horm igas, el p erro ;
h a lla n al poeta, como h a llaro n a V irgilio y por esa n a ­
tu raleza an im ad a siente la piedad que culm ina en “Com­
prendiendo” , u n a p aráb o la in fan til de arg u m en to y de
expresión, pero de hondo y hum ano sen tir:

Mi hijo hizo u n a honda:


q u ería m a ta r pájaros.
Lo llevé a ver un nido con pequeños,
Y se cayó la honda de sus m anos.

E n la “H ora In te n s a ” con el subtítulo de “Poem as


LMi LOS l ír ic o s

de la M ujer”, se pulsa la lira am ato ria, la etern a lira


de la m usa sen tim en tal enam orada, que aún vive con
ecos de H eine, de B ecquer y sus im itadores h isp an o ­
am ericanos. “H asta H oy”, “Ojos N egros”, valen por su
brevedad m ad rig alesca y por la ingenuidad de su sen­
tir, sin estrép ito ; por ello concluye el libro con una
lápida:

Como las ro sas duerm en los versos.

P ero la m usa no durm ió. M ien tras su señ o r v iajab a


por E uropa, d ictaba nuevos versos, que colecciona un
elegante volum en im preso en P arís, y al cual s-irve de
suntuoso pórtico un juicio crítico de G abriela M istral.
“E squem a de n u estro s sen tid o s”, es p ara la g ran es­
c rito ra chilena, la poesía, y los sentidos de Nebel que a g i­
tados a su paso por Lisboa, Burdeos, P arís, Londres,
rom pen en u n a serie de esquem as de tem as europeos,
pero de origen rio p laten se no disim ulado. El beso robado
d u ran te el sueño, en la noche del viaje en tren expreso;
la m ezquindad y la gran d eza de la ciudad sin can illi­
tas; la “ciudad acú stica” que E ugenio G arzón percibió ín ­
teg ram en te y volcó en un libro m aravilloso, deja u n a
sensación dolorosa en el alm a del poeta uruguayo, a
quien a m arg an “la hu elg a de nidos”, “el sol convertido
en un v ie jito ” , la to rre inex p resiv a y disfrazada, y los
bebés que parecen de porcelana.
T al percepción de P a rís es nueva y co n tra sta con el
fervor de quienes sólo sien ten su luz “v io len ta”, según
la califica Nebel, y no ven sus som bras, sus tristezas, sus
pequeñeces ta n d istin tas de n u estro sol que alum bra
EUSTAQUIO TOMÉ 27

sin d a ñ a r y que protege los sueños sin destruirlos.


“O tros poem as” co n tin ú an esp iritu alm en te el color
de las horas. “Los V ersos” nos dicen del tono g en eral de
esta segunda p arte de la obra.

LOS VERSOS

Como un hilo de ag u a triste


son los versos.
Como un hilo de agua triste
van corriendo.

Su verdor es del paisaje,


y su azul es del cielo.
A legrías p restad as
a u n espejo.

Como un hilo de agua triste


son los versos. . .

G abriela M istral prefiere las com posiciones de la


p rim era p arte, pero en la segunda creo que el poeta
navega con m ano m ás firm e. “E rase un p rín cip e” , tien e
en su sim plism o un alcance político, sugerido a mi m ente
por la fecha de su com posición, y “D estinos” y “F u ­
tu ro ” reproducen el vigor sintético de las coplas, y a
señalado en los prim eros versos que leí de este poeta.
“E sta m p as”, es la te rc era colección de versos que h a
publicado F ern an d o Nebel: apareció el año pasado y
tiene el frescor de una ofrenda flo ral inm architable.
P orque el lirism o es la-ex p resió n del ser íntim o, el
verdadero poeta lírico establece en tre sus producciones
28 LOS LIRICOS

un vínculo esp iritu al que las h erm an a, pese al tiem po


que m edia en tre unas y otras. C onfirm a esta afirm ación
la p o strera obra de Nebel y es la m ás elocuente prueba
de que su au to r h a escrito versos, no por obedecer a
un capricho o a un pueril deseo de exhibicionism o, sino
por la vocación im periosa que im pulsa los elegidos a
can tar.
“E sta m p a s”, conserva la sencillez de los versos p ri­
m igenios: “F e rv o r” , los ocho exasílabos de “Noche B ue­
n a ” lo proclam an con la sobriedad h ab itu al en el autor.
E n la técn ica se h a producido u n a v ariació n : el
a u to r no se lim ita a ver, como en sus prim eros cantos,
fija estam p as en los m uros p ara d istra e r su soledad, y
p rev iam en te h a debido a rra n c a rla s de la vida real, ta ­
les son las titu la d as: “E l lim onero del ja rd ín ” , — p ara
el poeta p rim a el perfum e del a z a h a r sobre la higién ica
acidez del fruto, — “ El G allo”, “L a L echuza” y después
los cuadros nativos, “El V alor G aucho”, “El F lete C rio­
llo ’,’ “La T ra n q u e ra ”, ap u n tes tom ados de carbones, —
quizás de C arlos M aría H errera, — y puestos en verso es­
cueto, de un solo color, pero tra z a d o s con firm eza p ara
que los lectores coloreen los cuadros a su gusto, o en la
form a que los perciban.
U na p a rte (la te rc era) del libro, se titu la “A ire M a­
rin o ” y, en verdad que la salsedum bre del océano se
siente en cada página. E l colorido de los versos es ah o ra
fran co y firm e. Leed:

VERANO

L a playa está orgullosa y asom brada:


¡cayeron en su bandeja los colores!
EUSTAQUIO TOMÉ 29

Oro y ébano de cabezas in fan tiles,


m árm oles de m u jer y v aro n iles bronces.
Y todo g ira, se en red a, can ta,
y huyen las g aviotas, y se ach ican los pescadores.

Los versos de la c u a rta p arte, cuyo títu lo “L a M ujer”,


hacen esp erar un erotism o desbordante, nos p resen ta n
al eterno ad o rad o r de la belleza, sin sensualism os, de
sabiduría discreta, pero enam orado sin arreb ato s, porque
sabe lle n a r su m isión de in cen sad o r de la beldad.
A penas puedo d etenerm e en “E sta m p as G rises”, r e ­
flejo del g ris frecu en te en n u e stra vida, y reproducido
fielm ente po r u n a expresión vaga, sin sonoridades “g ri­
sáceas” en el estilo.
“A nillos de H u m o ”, cierra d ig n am en te el volu m en :
las cadenas pueden cerrarse con an illo s de oro o de
plata, la cadena de las expresiones poéticas, adm ite ú n i­
cam ente, eslabones de sueño, de hum o. E l “poder fasci­
n a n te de la au sen cia” , au m en ta el b rillo del sol: Nebel
siente ale ja rse su m u sa en “tre n burgués in d o len te” con
sus “ruedas b o rrach as de su eñ o ” y la deja ir. Sabe que
volverá, cierra su libro y espera.
E sp erém o sla con él; la ascensión a las cum bres es
le n ta y no florecen las flores del esp íritu todos los v e ra ­
nos; pero, “E sta m p a s”, an u n cia la obra próxim a, la coro­
nación de u n a labor poética que a h o ra perm ite co n tar
a su a u to r en tre los inspirados de la h o ra presente, ¿quién
sabe si den tro de unos años no se le co n sag ra m aes­
tro ?
E ustaquio Tomé.
Los poetas tendenciosos
^or

Carlos María Prando


Los poetas tendenciosos

E sta conferencia, que form a p arte del ciclo de con­


ferencias lite ra ria s org an izad as por la Com isión del C en­
te n ario y que por circu n stan cias de d istin ta índole no
se h a podido dar en la debida o portunidad que debió ser
dada, tiene por tem a, los poetas tendenciosos.
Desde luego cabe u n a rectificación al títu lo que la
Com isión del C entenario le h a puesto a este tem a.
Si por poeta tendencioso se entiende al que defiende
en el verso u n a ten d en cia social, los poetas que vam os a
co m en tar en esta conversación, son poetas tendenciosos.
Pero la denom inación m ás ju sta, a m i juicio m ás ace r­
tada, sería llam arles poetas sociales o poetas civiles,
poetas que c an tan un hecho social ta n com plejo, ta n
m últiple, ta n atra y e n te como es la rebelión de las m u­
chedum bres, en sus luchas por las conquistas económ i­
cas.
No podía escap ar a nu estro am biente tem a de esta
n atu ra leza y tam poco podía fa lta r en n u estro am biente
la expresión lírica que c a n ta ra la epopeya de las m uche­
dum bres rebeldes.
El fenóm eno social de las g ran d es m asas p ro leta­
rias, es el fenóm eno m ás significativo del siglo X IX .
Producto directo de las conquistas realizad as por la
4 hOH p o k t a s t k n d k n c i o s o s

ciencia hum ana, tien e u n a h o n d a y profunda rep ercu ­


sión social.
P ara com prender el sentido de esa m odalidad poé­
tica, o h necesario, por lo m enos, h acer un cuadro general
de lo que fué el m ovim iento p ro letario que llen a el es­
cenario del m undo en el siglo pasado.
El vapor y la electricidad, las dos fuerzas d o m in a­
das por el hom bre, ap licad as a la co n q u ista dé la n a tu ­
raleza, cam biaro n rad icalm en te los m edios y los modos
de la producción económ ica.
Al pequeño ta lle r m edioeval, sucedieron gran d es
ysinas, las fábricas m odernas. E sta tran sfo rm ació n ope­
rad a por la ciencia, tuvo su expresión en el orden social.
J u n to a las fábricas, como apéndice de las m ism as, su r­
gen la» m asas o b reras; y el an tig u o ta lle r en el que
aprendices, oficiales y m aestro s com ulgaban en u n a m is­
m a aspiración , perdió p ara siem pre su aspecto fam iliar.
E se ta lle r se tran sfo rm ó en u n a form idable c o n c e n tra ­
ción h u m an a de hom bres, m ujeres y n iñ o s de todas las
nacionalidades y de todos los credos religiosos, form ando
u n a m asa am o rfa que m an tien e su cohesión únicam ente
en los in tereses m a teria les y a rra n c a su p u jan za en las
raíces biológicas del ham bre.
Pero, la g ran usina, por una e x tra ñ a an tin o m ia,
co n cen trab a y sep arab a a la vez en u n a radical d iferen ­
cia de clases en pugna p erm a n en te de intereses. P o r un
lado los cap italistas, los jefes de fábrica, los que dom i­
n an la técnica de esa producción y p o r otro, las m asas
obreras.
Al m ism o tiem po que se o p erab a esta revolución
in d u strial, en el ordtín político se lograba la conquista
m ás trasce n d en tal de n u estro tiem po. F ru to anim ado de
CARLOS MARIA PRANDO 5

las ideas del siglo X V III, la revolución del 89 en F r a n ­


cia, aseguró el triu n fo de la dem ocracia en el siglo X IX .
D esaparecen los falsos p rivilegios de la san g re, d esap a­
recen las in ju stas je ra rq u ía s fu n d ad as en esos falsos
valores; fué proclam ada la igualdad de todos lo s hom bres
a n te la ley y a esos m ism os hom bres, dig n ificad o s en su
cualidad hum ana, se les dió con el derecho a la ciuda­
d anía, un arm a poderosa: el voto.
La igualdad de todos a n te la ley, sin su p rim ir la
desigualdad de la n atu ra leza , cuya a risto c ra c ia no hay
poder hum ano capaz de d estru ir; la su presión en el o r­
den social de todas las je ra rq u ía s esp ú reas sin su p rim ir
la legítim a superioridad de los m érito s personales, que
se fundan en el ta len to y en la virtud.
Sin em bargo, esas g ran d es m asas o b reras d ig n ifi­
cadas por la ley, ennoblecidas por la dem ocracia, en la
lucha por sus necesidades vitales, se n tía n la m ás te r r i­
ble, la m ás an g u stio sa opresión social.
H ay que leer las descripciones de la época p ara
darse cuenta de cuál era la vida de los obreros en los
grandes talleres. E scenas de h o rro r, de depravación y
de m iseria que evocan cuadros dantescos.
Y era ta n irrita n te y repulsiva esa in ju sticia, que
del seno m ism o de las clases d o m inantes salieron voces
de protesta, haciendo un llam ado a la conciencia de los
hom bres honrados despertándolos, fren te a la an g u s­
tiosa realidad de esas m iserias, a los deberes de un n o ­
ble sentim ien to de solidaridad hum ana.
R ebeldías de esp íritu s selectos, co n tra el desenfre­
nado egoísm o de los nuevos opresores'; espontáneos
m ovim ientos filantrópicos de los que, h o rro rizad o s por
esos cuadros de abyección, piden piedad p ara esos p a­
6 LOS POETAS TENDENCIOSOS

rias del m aqum ism o que esperan, sufren y m ueren en


la injusticia, agostando sus alm as y sus cuerpos, en un
dram a som brío y anónim o, sin un débil rayo de es­
p eran za; soluciones utópicas de los reform adores, que
le buscan correctivos al m al, en g enerosas creaciones
de la fa n ta sía sin a tacarlo d irectam en te en sus causas
in m ed iatas y profundas; iras sa n ta s de las m asas opre-
sas que g rita n su iracundia, b ro tad a en las raíces del
ham bre y su im p o ten te rebelión, en el u lu la r de pro­
te stas convulsivas y esporádicas que jam ás lo g ran que­
b ra r el yugo que las oprim e.
Tales los signos, visibles e incoherentes, de la te ­
rrible trag e d ia provocada por la form idable ren o v a­
ción de la técn ica en la in d u stria contem poránea, que,
una defectuosa e x tru c tu ra social que ex altab a los v a­
lores del individualism o al conjuro siem pre noble de la
libertad, no supo co n ten er ni en cau zar siquiera, los
av arien to s im pulsos del lucro, que llevaba, a los m o­
dernos m a g n ates del capitalism o devorados por la fie­
b re del oro, a consum ir la vida de las m asas p ro le ta ­
rias, con la m ism a in d iferen cia con que en las podero­
sas m áq u in as de sus g ran d es ta llere s se consum ía el
carbón de sus calderas.
El obrero dignificado como hom bre en el plano
ab strac to de las fórm ulas jurídicas, fué un esclavo sin
ley y sin am p aro en la cruda y sórdida realidad de la
producción económ ica.
He aquí la síntesis, en sus contornos históricos y
en su hondo contenido hum ano, del problem a social
planteado por el siglo X IX , como un dram a sin prece­
dentes en la h isto ria de la h u m anidad y cuyas proyec­
ciones re b a sa rá n el h o rizo n te sensible de n u estra época.
CARLOS MARTA PRANDO 7

El dolor, la m iseria y la iracu n d ia de esos rép ro -


bos, fué recogida y condensada en el g rito de g u e rra :
pro letario s de todos los países, u n io s: n ad a ten éis que
perder y podéis co n q u istar un m undo, con que, en el
m anifiesto del P artid o C om unista, se d efinía la te o ría
de la lucha de clases, verbo encendido del dogm a so­
cialista. A ese soplo m ágico el esp íritu p re té rito de las
grandes gestas, se ánim o, redivivo, en las o rg an izacio ­
nes obreras que se a p re sta ro n p ara el com bate de su
redención social.
E sas co rrien tes ideológicas llegaron, como lleg an
todas las del universo, a n u estro am biente" vernáculo,
y los sen tim ien to s de ju sticia que las in flam aba, les
p ro curaron reso n an cia sim p ática y p ro p ag an d istas en ­
tu siastas.
Ju n to a éstos ap arecen los poetas, p ro p ag an d istas
a su vez, haciendo v ib rar su in sp iració n seducidos por
la grandiosidad del tem a.
Y así como en las luchas de n u e stra independencia,
en pos de los lib ertad o res de los estados vim os su r­
g ir a los poetas que can tan sus g estas g u erreras,
como Ju a n Cruz V arela en el canto a Ituzaingó y
a Olmedo en el canto a J u n ín ; así tam b ién en
pos' de los predicadores de la nueva redención que
in citan a la lucha a las m asas obreras, y an u n cian en
predicciones catastró ficas, el triu n fo definitivo de la
ju sticia hum ana, su rg iero n los poetas de esta g esta re ­
dentora. De ese grupo, deben destacarse varios nom bres,
y en el estudio de su obra poética, ten g o que p rescindir
de varios de sus aspectos p ara concretarm e únicam ente,
por la exigencia del tem a, a en cararlo s en su faz de
poetas sociales o como h a querido denom inárseles de
poetas tendenciosos.
8 LOS POETAS TENDENCIOSOS

P roceden todos del rom anticism o. E l rom anticism o


fué la escuela lite ra ria de m ás auge en el Río de la P la ta
desde 1850, influyendo desde esta zona a l resto del con­
tin en te. Su predom inio se q u iebra en los alb o res de este
siglo, con el triu n fo de la ten d en cia m o d ernista, ten d en ­
cia m ás que escuela, porque, el m odernism o que aparece
on A m érica, y que viene del N orte influyendo en el Sud
del continente, es u n a com binación de rom anticism o, de
p arn asia n ism o y de sim bolism o.
E s ta te n d en cia m o d e rn ista se acusa en alg u n o s de
los poetas que vam os a co m en tar y en o tro s se m an tien e
fu n d am e n talm en te la c a ra c te rístic a ro m án tica. Pero,
ro m án tico s o m o d ern istas, todos son ig u alm en te v ib ra n ­
tes, y en todos ellos, a trav é s de sus d iferen cias
te m p eram en tales, verem os, en la expresión lírica, a n i­
m arse con igual pasión y p u jan za el verbo de las r e ­
beldías.
E s fácil im ag in arse, el efecto que pro d u jero n en las
g ran d es asam b leas populares de la época, estos bardos
v ibrantes, can tan d o en m agníficas estro fas a la rev o lu ­
ción social. Y aú n cuando, p a ra el d esarro llo de este
te m a sólo se h a n indicado tre s n o m bres de esos poetas,
in c u rriría en u n a in ju sticia, si o m itiera en estos com en­
ta rio s, a uno de los esp íritu s m ás selectos de su gene­
ración, que fué, en n u estro medio, uno de los prim eros
y m ás aplaudidos can to res de la reb elió n p ro letaria.
Me refiero a C arlos Zum Felde, poeta que cultiva la
poesía ín tim a en irrep ro ch ab les y delicados sonetos y
que ap en a s si hoy se le recu erd a como poeta de las r e ­
beldías, que en tu siasm ab a a las asam b leas populares con
su poem a “In s u rre x it” que logró te n e r reso n an cia con­
tin e n ta l. E s un poem a sonoro, a la m an era rom ántica,
CARLOS MARIA PRANDO 9

de herm osos y v ib ran tes giros, pleno de iracu n d ia com ­


bativa. Más fu erte y ex p resiv a que m i glosa es la belleza
de la propia com posición.

“IN S U R R E X IT ”

“ ¡Vosotros, los fu tu ro s red en to res,


A lzad las fren te s en el polvo hundidas,
Alzad las fren te s y a p re sta d los m úsculos
V osotros, los cruzados de la vida!
L lenad los pechos de ren co res san to s,
L lenad las alm as de fecundas iras,
Y to rn ao s v ib ran tes de coraje
P a ra b reg ar en las suprem as lidias!
V osotros, los de siem pre, los plebeyos,
L a hez rebelde de los g ran d es días,
L a que en todos los tiem pos de la h isto ria
Tuvo, p ara el triu n fo de la vida,
A udacia p a ra todas las em presas,
P iq u etas p a ra todas las B astillas,
P a ra todos los viles an atem as,
P a ra todos los ám os guillotinas,
O tra vez te convocan a la lucha,
E chad as a reb ato las esquilas,
¡R etem pla los aceros de tu s m úsculos
P a ra el recio bregar, can a lla invicta!
¡Ya n ad a hay que esperar, n ada de nadie!
¡B asta ya de m entores y de guías!
¡La redención final de las can allas
Deben h acerla las can allas m ism as!
Y a esa in n ú m era tu rb a de parásitos,
De cínicos y estólidos leg istas
10 LOS POETAS TENDENCIOSOS

Que am o n to n aro n código tra s código


D ictando las m ás gran d es in ju sticias,
S ancionando los crím enes m ás torpes,
Y las expoliaciones m ás inicuas,
Y las explotaciones m ás cobardes,
Y las usurpaciones m ás indignas,
Diles que pro n to reg irá n al m undo
U nas leyes m ás sabias e infin itas,
Sin que haya que im ponérselas a nadie
Y sin que nadie ten g a que escribirlas!
Y a esos que creen que siem pre, etern am en te,
Debe m a rc h ar la hum anidad, sum isa,
Sum isa y resignada, bajo el látigo
J)e las in so p o rtab les tiran ías,
Diles que rio es p ara cam b iar de am os
Tu gesto de sublim e rebeldía;
Y que no h a b rá m ás am os ni señores,
D espués de la fecunda sacudida,
De una m oral estúpida y suicida,
Que d esterró el am or del U niverso,
M ató el p lacer y ensordeció las risas,
Diles que tu s ciudades de m a ñ an a
R eb o sarán la in m en sa poesía
Del am or sin recato ni pudores,
Libre y triu n fa n te al resp lan d o r del día
Que dé ja rá n , pasando, las p arejas
E n tre arru llo s y besos y caricias,
L ibres como las aves cuando tro v an
Sus tiern o s desposorios en la um bría!
Y a toda esa can alla perfum ada
Que cuando te oye am en azar, se crispa,.
T em erosa que lleguen tus h arap o s
CARLOS MARIA PRANDO

Y tus sudores a donde ella h ab ita,


Dile que tú tam b ién p ara el futuro,
P a ra el después de la triu n fa l conquista,
Cuando la explotación y la ig n o ran c ia
Y la m iseria y la opresión, no ex istan ,
H as soñado u n a in m en sa aristo cracia ,
D elicada, g en til, culta y a rtis ta ,
Que llene toda la extensión del Orbe,
E incluya a todos los que el Orbe h ab itan
Que todas las excelsas voluntades,
Y todas las potentes energías,
Y todos los am ores de los hom bres
Fundidos en incólum e arm onía.
Y a esa n e g ra falange de im postores
Que con la creencia de Jesú s tra fic a n
A trav é s de u na h isto ria vergonzosa
De diez y nueve siglos de m en tira,
Diles que tu s m iserias ayn ag u ard an
A quellas redenciones prom etidas
P o r el poeta que m urió en el Gólgota,
P erdonand o y am ando en su agonía!
Y a todos esos que lev an tan him nos,
— P a ra ver si d esarm an tu osadía,-—
Al grandioso progreso de los tiem pos,
Al inm enso esplendor de n u estro s días,
Diles que todo lo que llena el m undo
Que todo lo que vive y lo que brilla,
Que todo, fué am asado con tu s lágrim as.
Tus sudores, tu san g re y tu fatiga,
Y que todo ese esplendor m agnífico
Que llena el U niverso y lo ilum ina,
No p en etra jam ás un solo rayo
LOS PORTAS TENDENCIOSOS

H asta el fondo sin luz de tu s bohardillas!


Y a esos que in te n ta n oponer la v alla
Y bien, a ti, m ujer, m u jer sag rad a,
Refugio ab ierto a todas las fatig as,
A tí, a quien esos m ism os te h ieren
D ebieran a d o rarte de rodillas,
Y a todos los forzados y galeotes
De la tie rra , la fáb rica y la m ina,
A todos los pequeños de este m undo,
A todos los h am b rien to s de justicia,
A todos viene a d esp ertar, vibrando,
E l so n a r in su rrecto de m is rim as.
¡No am éis la p a tria que os m an tien e siervos
Y os lleva al exterm inio, m aldecidla!
¡D esheredados todos de la tierra!
¡C analla sin perdón, ra z a p ro scrip ta!
Si fuistes y eres a trav é s del tiem po,
Bajo todos los cielos y los clim as,
B ajo todas las leyes y pendones,
B ajo todas las creencias y doctrinas,
B ajo todas las form as y sistem as,
L a e te rn a casta n u n ca redim ida,
Y érguete audaz y valerosa y fu erte
E n nom bre de tu s ham bres y fatig as,
E n nom bre de tu san g re y de tu s lágrim as,
E n nom bre de tus crueles agonías,
Y érguete audaz y valerosa y fuerte
A nte esta vieja sociedad inicua,
Y tal como o tras veces tu denuedo
Colgó señores y asaltó B astillas.
L án zate al em pedrado de la s calles
— “ U tlim a ra tio ” de los pueblos,— iza
CARLOS MARIA PRANDO

E n lo alto de las b rav as b arricad as


L a enseñ a ro ja de los g ran d es días,
Y si esos, que diciéndose m entores,
Te h a rta ro n de prom esas fem entidas,
O esos, que rodeados de p laceres
N unca quisieron escuchar tu g rita,
P reten d iero n saber de los derechos
Con que flam eas tu pendón de vida,
E n las h o ras suprem as de la lucha
Se lo d irán las b arricad as m ism as!
¡Avante, pues, can allas in su rrectas,
H acia la redención definitiva!
¡V osotros sois el po rv en ir del m undo
Y el p o rv en ir no tra n z a n i claudica!
Yo me incorporo a esa colum na en m arch a,
H acia las nuevas tie rra s prom etidas,
¡Porque quiero p elear por su v icto ria
Bajo el rojo flam ear de sus insignias!
Yo me incorporo a esa colum na en m a rc h a
Con todas las canciones de m i lira,
Todos los entusiasm os de m i num en,
Todos los rap to s de mi fe de a rtista !
Vamos, pues, a pisar, ebrios de triu n fo ,
El m ás alto crestó n que hay a en la cim a,
A recib ir la luz sobre la frente,
De las nuevas au ro ras presentidas!
No im p o rta que lleguem os a la cum bre
H ollando escom bros y pisando ru in as,
No im porta! sobre todas las catástro fes,
E tern am e n te triu n fa rá la v id a!”

El tono de estos versos, puede darles a u ste­


des, las características de este género de com po­
14 LOS POETAS TENDENCIOSOS

siciones poéticas, las que, por la n atu ra leza del


tem a, al rep etirse en todas ellas, re su lta n m onocordes.
N atu ralm en te que, la m an era de ex p resar el ideal re ­
volucionario cam bia con el tem p eram en to del autor. Así,
por ejem plo, A rm ando V asseur no tien e la vibración
juvenil y ard o ro sa del poeta cuyo poem a acabo de le er­
les, ni tam poco su calor de em oción y de sinceridad
profunda que lo im pulsa a in co rp o rarse “a la carav an a
en m a rc h a ” “p ara la conquista de las tie rra s p ro m eti­
das”, su actitu d esp iritu al, es m ás h ie rá tic a, m ás fría,
m ás doctoral; desde la a ltu ra de u n a olím pica su p erio ri­
dad c an ta su verbo m esiánico con la soberbia del que
posee la verdad definitiva.
No hay duda que, el rasg o m ás salien te de V asseur
es el de u n a enferm iza eg o latría ; eg o latría que se m a­
n ifiesta no sólo en su tra to personal, según refieren
anécdotas de su vida orgullosa, sino que la expresa p ro ­
v o cativam ente en su obra poética. La influencia p re­
po nderante de W h itm an y de N ietzche se hace s e n tir en
sus versos. V asseur es un poeta m odernista. Sus com ­
posiciones, leídas después de cierto tiem po, no producen
la m ism a em oción que produjeron cuando ap areciero n
en su época; ni tam poco su lectu ra puede d arles el vi­
gor y el ritm o que el propio V asseur les daba al reci­
ta rlas.
E ra un exim io a rtis ta de la recitación. B uscaba efec­
tos te a tra le s, la com binación de la luz p ara el juego de
la expresión fisonóm ica y la en to n ació n de la voz para
los m atices de la sonoridad.
Pero, sus versos, no tien en , en mi concepto, una
profunda m édula poética. A lberto Zum Felde, com enta­
dor de V asseur, h a dicho, a mi juicio con razón, que es
CARLOS MARIA PRANDO 15

m ás didacta que poeta. Con todo, esas poesías, a pesar


de su léxico rebuscado, de la vacuidad en su énfasis y
de su tono pedantesco, co n stitu y en u n a expresión muy
noble de la lírica nacional.
E n u na an to lo g ía de los poetas uruguayos, no debe
olvidarse nunca el nom bre de A rm ando V asseur. Su obra
poética am pulosa y m usical señ ala un m om ento y u n a
orientación en el proceso de n u e stra evolución in telec­
tual. De un tiem po a esta p arte h a enm udecido to ta l­
m ente. Su anuncio de que m arch ab a h acia el g ra n si­
lencio, parece cumplido. Sus m ás d estacadas poesías te n ­
denciosas están contenidas en sus p rim eras obras “C an­
tos A ugurales” y “C antos del Nuevo M undo”. E n “C antos
A ugurales” que lo reveló al g ran público, precede las
com posiciones poéticas de acápites explicativos.
Eligiendo en ese libro con c ierta selección, a los fi­
nes de esta conferencia, alg u n as de sus com posiciones
tendenciosas a p a rto la titu la d a “La T ebaida de los T ro ­
vad o res”. La T ebaida es p ara el poeta un altip lan o al
borde de un abism o. E n ella viven los trovadores, e n ­
vueltos en la ilusión de sus ensueños, ind iferen tes al ulu­
la r de las m uchedum bres que se eleva del fondo del
abism o como u na p ro testa con rugidos de to rm en ta, de
los que quieren socavar el altip lan o p ara d erru m b ar la
to rre de m arfil, de esos soñadores que no sien ten el dolor
del mundo. Como un profeta de la tem pestad, surge un
desconocido, cantando en las siguientes estrofas la reb e­
lión de los oprim idos. “ Y fren te a la to rre m ás a lta de
la soñolienta altip lan icie el P ortavoz estalla:
LOS POETAS TENDENCIOSOS

“ ¡D ESPIER TA , SOÑADOR!”

“S oñador: L a corona de espin as


Como un regio p resen te te ag u ard a ;
A bandona los m uelles ensueños,
Al sol de la Vida, le v án tate y anda!

S oñador: F lag elad o Ecce hom o


De u n a e te rn a v ía crucis privada, -
D eja al v iento g em ir en su fuga,
Tu h o rro r hecho V erbo solivie la s alm as

S oñador: Ya la u rn a e stá p ro n ta,


In c in e ra tu s cu itas vedadas,
Y en el m a r sin rib era s del M undo
Em bebe la esponja febril de tu s ansias.

Y re tíra la p len a de san g re


— R o ja san g re de a n g u stia s h um anas, —
F lam escen te de am o r y sapiencia,
G enial y explosiva cual íg n ea g ran ad a!

Y p ro y éctala in m en sa en el orbe,
C horreando sus tu rb ia s infam ias,
Cual m a triz de la chusm a rebelde
Que incuba en su seno v iril o tra R aza!

Que se em pape de ella la T ierra,


Los desiertos, los m ontes, las aguas,
Los abism os, las urbes, los cam pos,
E l día, la noche, el tiem po que pasa!
CARLOS MARIA PRANDO

Que fecunde las m en tes estériles,


Y las flácidas ubres ex h au stas,
Y las y erta s sim ientes sedientas,
Y el óvulo exangüe de todas las savias!

Que enrojezca las fuentes salu b res


Do los héroes lib érrim o s sacian
L a au g u ral ard e n tía u n iv ersa
Que encresp a y h erm a n a las viles C anallas!

S oñador: R u tilan te querube


De los cielos de todas las fábulas;
No confíes en dioses etéreos,
P o r lecho ni presa, ta len to s ni gracias.

L a lanzada cruel de la envidia


Te recuerde lo vil de la C asta;
Y el ta ja n te soslayo del odio,
Que a rudas em presas p rep are tus g arras.

P ues es h o ra de ir por tu riesgo


— P alad ín de inefables cruzadas —
E n honor de los nuevos derechos
Que fo rjan los Pueblos rebeldes en arm as.

Que el rien te g o rjear de la alo n d ra


Te suscite am orosas no stalg ias:
La in fin ita visión de las vírgenes
Que en vano acicalan sus form as in tactas!

No te pierdas al precio irriso rio


De una breve pasión m iseran d a;
•18 LOS POETAS TENDENCIOSOS

Ni en ajen es por goces de un día,


A ugustos designios, ten d en cias preclaras.

Sé tu m ism o tu guía te rre stre ,


Cum plidor de tu pro p ia enseñ anza,
V oluntad depurada en crisoles
De fé rre a experiencia, a prueba de lágrim as!

Que del piélago in g en te del Cosmos


R easum as la luz increada,
Y m ejor que el llam ean te Zodíaco
T us hom bros su sten te n la a n to rc h a de tu Alma!

E n este tono V asseur c an ta a la rebeldía de las m a­


sas.
En la com posición a un precursor, hom enaje a Al-
m afuerte, su m aestro y su guía de las p rim eras h o ras, se
define claram en te su ten d en cia ideológica n eg ad o ra de
prejuicios religiosos y de la m oral fundada en la re sig ­
nación y la m ansedum bre cristian as.
E s el nih ilism o esp iritu al de la época, que sólo cree
en el poder de la fuerza h u m an a en un concepto m ate-
, rialista.
Luego do rev eren ciarlo en esta fo rm a en fática y
so n o ra: <

“Chim borazo tro n a d o r


Del num en co n tin en tal,
C ráter inm enso, fan al
De brillo enceguecedor,
¿P o r qué tu vasto clam or
No atru e n a la inm ensidad?
CARLOS MARIA PRANDO 19

¿L a su per H um anidad
Bien no vale un cataclism o?
¡Si eres la voz del Abism o
A nuncia la tem pestad!

¡Ah! Si en tu enorm e c a n ta r
A unando los elem entos
A u llaras como los vientos
G im ieras como el p in a r
Si su p ieras rem ed ar
E n tu cósmico cordaje
L a g ran d io sa vibración
De la selva y del oleaje,
El ronco frag o r salvaje
De la m ar y el aq u iló n .”

Le rep ro ch a su tim idez porque no an u n cia la te m ­


pestad, y p ro testa co n tra su m oral cristian a, porque en
ella,
“No h as podido inocular
Como u n a potente savia
E l ex tracto de tu rab ia
E n la lin fa popular;
Ni has sabido so ñ ar
E n tu s h o ras de utopía
U na e ra de arm o n ía
E n que réprobos y electos
S erían los predilectos
De la fu tu ra Icaria.

Tu Musa es hiedra que oprim e


E l tronco del A scetism o;
20 liOB (’OBTAM TKNItMNCIOMOH
*
H iedra do borde do abism o,
Inttc.cQpIblo, sublim e,
Mu vano jadea y gim e
l’or ascender a la cum bre
Hln alcan zar la vislum bro
Ue la visión que la Inm ola;
¿Quá liaría, m órbida y «ola
Lejos do la m uchedum bre?"

Y después de esta crítica, a la actitu d esp iritu al del


m aestro, c an ta el nuevo verbo, en las sig u ien tes es­
tro fas :

"Ya, los réprobos no van


A p ro stern arse en los tem plos;
A nhelan otro s ejemplo»,
D ejan a O ls to por P an,
Ormu/< d estierra a A rhlm áti
Do la tradición Tamílica:
MI ulm u se vuelve Idílica
Lo propio que el corazón.
La N atu ra es la basílica
Do toda hum anización.

Mas, el pueblo ha m en ester


Ilu m in ar su Ig n o ran cia;
Her todo p ersev eran cia
P aru al fin lleg ar a ser.
Conciencia, audacia, saber,
Y heroica Im petuosidad.
La hum ana prosperidad
Ms m ujer, alna a los bravos;
CARLOS MARIA PRANDO

¡M ientras ex istan esclavos


Nadie te n d rá L ibertad!

Yo no predico el serm ó n
De la fe ni del sosiego,
Ni enseño el cobarde juego
Que llam an resignación.
Proclam o la libre unión,
L a “buena n u ev a” ascendente
E n tre la p erd u ta gente
De cada in fiern o social.
Si mi canto es in fern a l
T am bién lo es el presente.

Canto de clase m arcial


Que com bate por la vida.
H im no de casta aguerrida,
Solem ne salm o coral;
A larido u n iv ersal,
M area de a n tig u as penas,
E xplosiones de cadenas
Que van subiendo, subiendo,
E n tem pestuoso crescendo
Como el m ar por sus a re n a s !”

“ENVIO”

“P o r el am o r de la T ierra
A brazaos como herm anos
¡Oh siervos de los tiran o s!
¡Oh víctim as de la g uerra!
P o r el am or de la T ierra
22 LOS POETAS TENDENCIOSOS

Del sol, de la libertad,


Del saber, de la equidad,
¡A legrad con vu estro s can to s
Los m undiales cam pos san to s
De la v ieja H um anidad!

¡Atreveos! ¡Atreveos!
F orm ad los nuevos Zodíacos
¡Oh plebeyos E sp artaco s!
¡H arap ien to s P rom eteos!
Ecce H ornos: ¡atreveos!
Clam ad, rugid, ap restao s,
R elam paguead, rebelaos,
A san g re y fuego im poneos.
A nte el rojo p erih elio
Os an uncio m i evangelio:
¡M iserables, atre v e o s!”

L a expresión de su eg o latría sin tién d o se el u ltra


anunciado por N ietzche, puede verse en esta com posición.

“¿Sabes la “B uena N ueva” ? “Los D ioses ya no ex iste n ”,


P o r m ás que los augures ¡ay! en n eg arlo in siste n ;
¿Sabes la “B uena N ueva” ? “Los D ioses ya no e x isten ”.

H an m uerto p ara siem pre de m u erte esp iritu al,


Y sólo resu citan en cada C arn av al;
H an m uerto p ara siem pre de m u erte esp iritu al.

“Los Dioses ya no ex isten ”, cada cual lo es de sí,


Si te juzgas consciente debes creerlo así;
“Los Dioses ya no ex isten ” , cada cual lo es de sí.
CARLOS MARIA PRANDO 23

¡El Super, Dios de dioses, divinidad te rre stre !


Nada hay que le su p ere; si h u b iere ¡qué se m uestre!
¡El Super, Dios de dioses, d iv in id ad te rre stre !

¡Somos los Sobrehum anos, las gem as de la s gem as!


¡Suprem os reflecto res de la s R azas suprem as!
¡Somos los Sobrehum anos, las gem as de la s gem as!

La Sublim e E n erg ía que vitaliza el Orbe


Nos yergue sobre el Todo — y luego nos absorbe;
La Sublim e E n erg ía que vitaliza el Orbe.

Yo soy el Ecce Homo coronado de espinas,


Sé tú la cruz corpórea que su sten te m is ru in a s:
Yo soy el Ecce H om o coronado de espinas.

El saber me hizo Dios, soy mi divinidad,


Mi orgullo, mi esperanza, mi fe, mi lib ertad ;
El sab er me hizo Dios, soy mi divinidad.

¡F av o rita del U ltra, novia de Prom eteo,


E m b riág ate de audacia p ara n u estro him eneo;
F av o rita del U ltra, novia de Prom eteo!

D eja que cacaree la tu rb a irracio n al,


Si quieres m erecerm e en ca rn a mi ideal;
D eja que cacaree la tu rb a irracio n al.

Mas, si en verdad no sientes n o stalg ias sobrehum anas,


Olvídame m ujer, to rn a con tus h erm a n as;
¡Ay! Si en verdad, no sien tes n o stalg ias sobrehum anas.
24 LOS POETAS TENDENCIOSOS

¡En vano es que me tien tes, en vano que me invoques!


Ni te diré siq u iera: “ ¡M írame y no me to q u e s!”
¡En vano es que me tien tes, en vano que me inv o q u es!”

L a obra de V asseur no se lim ita a este solo aspecto


de poeta tendencioso, es m ás v asta y m ás com pleja, pero
no hay duda que, en las c a ra cterísticas de su obra, este
aspecto es uno de los m ás señalados.
L a Com isión del C entenario, al estab lecer en el ciclo
de conferencias un sitio a esta clase de poesía, h a h e­
cho bien en colocar a A rm ando V asseur como el in i­
ciador de esta m an ifestació n lírica.
D istinto de V aseur y procediendo de otro am biente,
aparece la sim p ática fig u ra de Angel Falco.
M uchos hom bres de mi g en eración reco rd arán la si­
lu e ta llam ativ a con algo de m osquetero de este poeta
soldado. Como m ilita r hizo la g u e rra civil de 1904.
Cum plió bien con su deber. U na tran sfo rm a ció n radical
en sus ideas lo arro jó a las co rrien tes an árq u icas, las que
lo co n q u istaro n con el m ism o entu siasm o y con el m is­
mo ím petu que h ab ía puesto en la c a rre ra de las arm as.
Los versos tendenciosos de A ngel Falco, son v er­
daderas a ren g a s líricas. Fué el poeta de las m asas popu­
lares. C antaba sus rebeldías con acen to s tribunicios. Sus
versos adolecen de u na ex ag erad a am pulosidad y de una
m an ifiesta fa lta de m edida, pero tien en una vibración
ta n cálida y apasionada, un fuego ta n com unicativo y
tan sim pático, que uno se explica, leyendo esas compo­
siciones, el entusiasm o que provocaba en las m uche­
dum bres.
Se dice, que A rm ando V asseur, m ortificado por el
éxito de Falco, condensaba el juicio que le m erecían esos
CARLOS MARIA PRANDO 25

versos, en esta opinión despectiva: “son m is C antos au ­


gurales tocados por un clarín de c u a rte l”.
E videntem ente, los versos de Falco, son verd ad eras
clarin ad as de com bate. Los “P oem as R o jo s” , donde está
contenida su producción lírica tendenciosa, son u n a su­
cesión de aren g a s en g rito de g u erra, pro ferid as en un
profundo y ard ien te rela m p ag u ea r de im ágenes audaces,
alg u n as de ellas de suprem a belleza.
Falco, poeta am atorio, no está a la a ltu ra de Falco
poeta heroico, que can ta la rebelión de las m asas. Su
obra poética ab arca otros tópicos escritos bajo la suges­
tión hugonian a. “L a Leyenda del P a tria rc a ” , “E l C anto
a la R aza”, “El H om bre Q uim era”.
E n esta conversación, debem os lim itarn o s, a a n a li­
zarlo únicam en te en “Los P oem as R o jo s”. L a influencia
de S antos Chocano sobre Falco, se m an ifiesta en esa
obra, de índole fran cam en te ro m án tica.
E l tono de los versos, por el calor, la sinceridad, la
vibración, recu erd an al “In s u rre x it” de C arlos Zum Fel-
de, m ás deslu m b ran tes en sus im ágenes, pero in ferio ­
res a éstos en sobriedad y gusto estético. “Al pie del
A ventino” , el poeta evoca al célebre m onte, refugio de
los plebeyos rom anos en sus luchas por la igualdad,
erigiéndolo como sím bolo de las rebeldías y acrópolis
s a n ta del m ovim iento lib ertario de las m asas o prim i­
das, p ara la n z a r su desafío.

“ ¡Pueblo! dam e tu lira ;


L a de arco m ás potente; la que em brazas
Cuando sien tes m ás hondos tus dolores!
¡La que el urlo corea de tu ira,
Al com pás de las to rv as am enazas,
LOS POETAS TENDENCIOSOS

Y al com pás de los odios vengadores!


¡Dame tu lira, la de acentos broncos,
T em plada al diap asó n de los fu ro res
Que a g itan tus e n tra ñ as,
P ero no tem as si sus n o ta s oyes
E n los espacios, u lu lar ex tra ñ as,
P orque si tiem b la en m is hercúleos brazos,
S erá con el tem b lo r de las m o n tañ as
P o r las iras de un Dios, h ech as pedazos!

No escucharé el clam o r de tu s lam entos,


Ni tu s duelos que gim en de ro d illas.”

Luego hace su profesión de fe:

“Yo soy p a ra el com bate;


Yo soy como esos p ájaro s ex traños,
Que an id an en las cum bres; cuyas alas
N ecesitan las fu rias del em bate
De los vientos h u rañ o s;
Que tien en a las nubes por escala,
P a ra su b ir. . . su b ir h a sta perderse
E n la o rg ía de azul del infinito!
¡Yo am o la tem pestad, como el alb atro s!
Cuando en las noches trá g ic a s golpea
A huyentando al Silencio con su g rito,
S iento que de m i yo, se enseñorea,
Uno a m a n e ra de éx tasis bendito!
¡Yo busco a la m o n tañ a que corea
Con sus rudos tam bores de g ra n ito
Mis voces de pelea,
Las ro n cas m arsellesas de m is cantos!
CARLOS MARIA PRANDO

¡Qué desfilan en lúgubre galope,


Así siem pre encrespando
Del hum ano oleaje, las espum as,
Sobre m is iras to rv as galopando
Cuál los héroes de O ssian, sobre las brum as!

E nco rd aré mi lira,


No con reflejo s de ese Sol de Mayo
Que en los tram o n to s del otoño espira,
Con suaves languideces de desm ayo!
¡Tenderé como cu erd as de esa lira,
Los flechazos del Rayo,
Y escucharé después p ara tem p larla,
L a voz de los in g en tes cataclism os,
Los aullidos del tru en o cuando g ira
E n los espacios, como voz de alarm a,
P a ra caer m ás ta rd e a los abism os,
Como un d erru m b am ien to de m o n tañ as!
Y así rugien d o mi canción frem ente,
M ientras la cárcel de los odios abro,
E n to rn o lan zaré de los perversos,
L as fa rá n d u la s ro jas de m is versos,
E n un baile m acabro!

Y el Vesubio ru g ien te de los odios


T en d rá sus estallidos,
Y el rudo m a rtille a r de m is canciones,
T ro n a rá con ru m o r de A pocalipsis,
Del sin iestro m andón en los oídos,
Jam ás acostum brados a los sones
De la p ro testa audaz; siem pre mecidos
P o r la lison ja ru in de los sayones!
LOS POETAS TENDENCIOSOS

¡Y entonces el cham pagne de sus orgías


Se to rn a rá quizás en hiel am arg a,
Cuando con voz fatíd ica a su puerta,
L lam en soberbias las estro fas m ías,
P rep aran d o del tru en o la descarga
Como el g rito suprem o de un alerta!
¡Como un toque de carga!

¡Pueblo, escucha mi voz; jam ás p ersistas


E n im p lo rar de hin o jo s tu s derechos;
P reciso es que señales tu s conquistas,
Con regueros de san g re y fuego a trechos
Con derrum bes y ru in a s por jalones!
E s la h isto ria quien h ab la; son los hechos
E n la razó n de todas las razones
A poyando su lógica im placable!
¡Sigue las h u ellas que en la fosca noche,
D ejara como un sol, m u rien te el G enio;
Y a p a rta al to rp e que a tu s an sias hable,
Con la fábula im bécil de M enenio!
¡Caiga la mole pues, de tu A ventino
Sobre los m uros de esta in m unda Rom a,
Como en las llam as del fu ro r divino,
C ayera un día la in m o ral Sodoma!

¡Pueblo, esgrim e la tea del incendio


Como un hilo de A riad n a que te guíe,
E n tus noches de luto y vilipendio!
¿No ves cómo la A urora ya sonríe,
Su m o rta ja de niebla haciendo trizas?
¡Rom pe la estrech a cárcel de tu encierro,
Y ren azca o tra vez de sus cenizas,
CARLOS MARIA PRANDO 29

El Fénix-Sociedad! ¡A presta el h ie rro !


¡Fuerza es que caig an esos viejos tro n co s
A los golpes de un h ach a form idable!
¡Dame tu lira pues, de acen to s broncos;
Yo sabré m a n e ja rla como un sa b le !”

Con ím petus belicosos, esgrim iendo la lira como un


sable de com bate se pone al fre n te de las m uchedum bres
en la lucha red en to ra:

“ ¡Oh, vosotros los p aria s de la T ierra,


C iudadanos sin p atria,
Todos los que sen tís en vuestros pechos,
Subir, el torb ellin o de las an sias,
A m ores y deseos inefables,
D olorosas n o stalg ias
De un m undo, todo azul, como en la A nágnosis,
De las lucubraciones p la to n ian a s;
Que sen tís los an h elo s de u n a vida,
Más herm osa, m ás am plia,
In te n s a y expansiva, como aquella,
Que el alm a h elen a de Guyau, can tara,
In can sab le poeta de esa Vida
Que en p len a florescencia soberana,
Como la triste ro sa de M alherbe,
V iera ex tin g u irse u n a triu n fa l m añ an a!
¡V osotros todos los rebeldes hijos,
De esta im placable sociedad, m a d ra stra,
Que en el m ísero lecho de P rocusto,
De sus prejuicios to rp es y sus trab as,
Y su m oral estúpida de esclavos,
P reten d e siem pre a ta r, el alm a hum ana.
LOS POETAS TENDENCIOSOS

¡Escuchad las canciones que fu lg u ran ,


E n tre el ronco to n a r de m i p alabra,
Cual las cárd en as luces del relám pago
E n las to rm e n ta s de la noche aciega!
¡Oh, yo q uisiera que los versos m íos,
Donde todas m is fiebres an id a ra n ,
T o rn á ra n se un C a n ta r de los C an tares
P o r no sé qué prodigio de m is an sias,
Que al llev arlo s por siem pre en la m em oria,
Los e n to n a ra n siem pre las can allas,
Nunca, al su b ir p acien tes los C alvarios,
Ja m á s haciendo coro a tu s p leg arias,
Sino como u n a d ia n a de entusiasm os,
Como un h im no fren ético de carga,
E l día de los hondos d esp ertares,
E l día de las g ran d es barricad as,
E n tre el lúgubre aullido del com bate,
Y el fiero c re p ita r de la m etralla!
¡Mis yám bicos tam b ién cual los de Arquíloco,
H an de h e rir como flecha em ponzoñada,
Y ta l como los h im n o s de T irteo,
R e so n a rá n v ibrando en las b atallas,
L anzando sobre todos los corajes,
Soplos de d estru cció n y de venganza!
¡A rriba, pues! v u estras cadenas m ism as,
P o d rán serv iro s de arm as!
¡D ejad las hum ildades del creyente,
L a q u ietista paciencia to lsto ian a ,
Que pretende llev ar las m uchedum bres
A la a n tig u a expiación de la Tebaida!
¡E nton ad la canción de v u estro s odios,
E n cam bio del serm ón de la M ontaña,
CARLOS MARIA PRANDO

H aya pues u n a P ascu a de conciencia,


Y en la ta rd e fin al de las b atallas,
B ajo un cielo de p ú rp u ra triu n fa n te ,
E n un tram o n to que evocara el alba,
Queden flotando sobre ta n ta ru in a,
Los destinos del Mundo, cómo un A rc a !”

Y te rm in a en esta form a:

“ ¡Tengam os hoy en los crispados puños,


Siem pre dispuesta a h erir, la fé rre a espada,
Que en el d ía fin al del vencim iento,
E n la g ran A poteosis de las razas,
Podrem os ir en procesión solem ne,
A dejar sobre el a ra
Del am or in m o rtal n u estras m iserias
Y n uestro s odios, como ofrenda sacra,
Y m archando ex tasiad o s por las vías,
L as m anos enlazadas,
E n to n an d o los salm os de la Vida,
E n las nupcias de luz de la E speranza,
Irem os a o ficiar todos unidos,
L a com unión suprem a de las alm as,
H echo el m undo, u n a herm o sa F iladelfia,
B rillando al sol de la Igualdad hum ana!

¡E ntonces los clarin es del com bate,


H an de to rn a rse , jubilosas arpas,
Y el ósculo de am or, grande, infinito,
E pílogo será del viejo dram a!

P ero en ta n to es preciso que los odios,


R u jan y estallen con m ás ruda saña,
32 LOS POETAS TENDENCIOSOS

Y sigas, pueblo, a la conquista heroica,


De la azul C anáan, g rad a por grada,
F orm ando con m ontones de cadáveres,
Tus m ism as barricadas!
¡Oh la R evolución! ¿Dónde el H om ero,
Capaz de poem izar, la nueva Iliad a?
¿Y dónde m ás espléndida epopeya,
Que la in m o rtal C ruzada?
¡A rriba, m uchedum bre, que los libres
A caban de v o ta r la g u e rra san ta!
¡Irrum pe como oleaje em bravecido,
No detengas tu m archa,
A unque sien tas crecer y desbordarse
La san g re como un m ar, bajo tu s p lantas!
¡No te am ed ren tes, no, como el C orsario,
C antado por la m usa b y ro n iana,
T into de rojo al ver la b lan ca m ano
De su herm osa G u iñ ara;
Sigue ad elante, pues!, aunque se a rra s tre
P o r el suelo tu p ú rp u ra sagrada,
Que tu b an d era es r o ja ,'y como es roja,
La san g re no la m a n c h a !”

C errando el cuadro de estos poetas tendenciosos,


aparece Em ilio F rugoni. No hay duda que, F rugoni, es
la fig u ra m ás com pleta de los poetas que com entam os
en esta conversación. Su obra es dem asiado conocida
para que yo me detenga en un an á lisis de la m ism a. Mi
adm iración por ella, y mi am istad p erso n al con el poeta
no serán un obstáculo p ara que la juzgue con la debi­
da im parcialidad. F ru g o n i es un verdadero poeta de
fin a sensibilidad.
CARLOS MARIA PRANDO 33

Sus canto s sociales, no tien en el tono de las aren g a s


líricas de Falco, ni la soberbia p ed an tesca de V asseur. Es
m ás hum ano, m ás equilibrado, m ás seren o y m ás a rtis ta .
Hay en sus versos un sentido m ás profundo del p ro ­
blema, y en la consecuencia de su conducta, revela m a­
yor am o r y sinceridad en la defensa de la causa obrera..
No se lim itó a c a n ta r en m agníficos versos, la be­
lleza de la rebelión de las m asas, sino que se puso en
la vida d ia ria al fren te del m ovim iento socialista, con­
sagrándose a él como un apóstol. A dm irable ejem plo de
virtud personal y cívica que debe serv ir de modelo a las
generaciones idealistas. P olem ista, periodista, fo rm id a­
ble orador, p arla m en tario eficaz, su inm enso ta le n to y
su v asta erudición los h a en treg ad o sin reserv as ni m e­
didas a la causa de la redención p ro letaria. Cuando se
leen los him nos donde están reunidos sus versos sociales,
se siente otro grado de em oción que cuando leem os los
“C antos A ug u rales” de V asseur o los ”Poem as R o jo s”
de Falco.
Es la em oción que produce un alm a noblem ente ir r i­
tad a fren te a las injusticias. Sin to rp es desahogos, ni
te a tra le s iracundias, en las estro fas de sus cantos,
le tiende a los caídos su m ano fra te rn a p ara lo g rar en
la vida el triu n fo de la verdad h u m an a sin falsas pos­
tu ra s m esiánicas. Sus versos son serenos en el ataque,
fuertes en el apostrofe y cálidos en la pasión.
Los him nos se inician con una sin fo n ía al p ensa­
m iento que crea, al m úsculo que tra b a ja , a la voluntad
que dirige, a todo lo que es dinám ico y fecundo.
H erm oso can to al trab ajo y a la acción que es a la
vez estigm a candente p ara los privilegiados p a ra sita ­
rios.
34 LOS POETAS TENDENCIOSOS

“ H im nos p ara el esfuerzo


que la b ra el bien y p ara
el que com bate el mal.
L a m ano
que tendiéndose am p ara
al caído, al h erm an o ;
el pie que a p la sta el áspid y el escuerzo
la pupila que busca
una constelación sobre los mQntes;
la m ano, am able o brusca,
que de cualq u iera modo contribuye
a en cam in arn o s por la recta vía,
el genio que h acia nuevos h o rizo n tes
tiend e su vuelo y huye
bajo la noche h a s ta e n c o n tra r el día. . .
los hom bros que tra n s p o rta n
árboles o m o n tañ as;
los hachazos que co rta n
las silv estres m a ra ñ a s
de las selvas a n tig u a s
como el erro r; las luchas
de las fuerzas exiguas
co n tra la im pavidez de los obstáculos;
la ad hesión de los báculos
que hacen posible m uchas
ard u as y salv ad o ras ascen d en cias;
los besos que colocan
astro s sobre las fren te s; las caricias
sacras p ara el esp íritu que to can
porque le dan alientos
p ara seg u ir la senda
CARLOS MARIA PRANDO

ascen sio n al; y los v ien to s


de voluntad y de calo r que ab a te n
las to rre s de ig n o m in ia; la tre m e n d a
convulsión de los pueblos que sacuden
su coyunda y com baten
por u n a lto ideal, luz de la h is to ria ;
los que ru ja n y suden
sobre el yunque, fo rjan d o su d estin o ;
los que v an sin te m o r por su cam ino,
y si deben m orir, m u eren con g lo r ia . . . ;
las vidas co n sag rad as
a un m agnífico ensueño;
las hondas, las sag rad as
asp iracio n es de ju stic ia ; el ceño
adusto y desafian te a n te la su erte
de los serviles y los resig n ad o s
— m uertos p ara la vida, vivos p ara la m u erte;
la abnegación
de cuantos hom bres por am o r al H om bre
dieron su vida, en h iesto s
a n te el C rim en; los gestos
cotidianos y heroicos, los afan es
de m á rtire s m odestos
que son vencidos, pero son titan es,
y en la som b ra sucum ben
bajo las rued as del pesado carro
que los d erru m b a sin que los derrum ben,
y cubiertos de sangre,
y cubiertos de b arro,
sigue su m arch a sobre los caíd o s;
las trag e d ias oscuras
en que se alzan de pie los oprim idos
36 LOS POETAS TENDENCIOSOS

desafiando las duras


im posiciones de la ley suprem a:
el H am bre, ese in stru m en to
de sum isión, de b árb aro to rm en to
que usan p ara aca lla r el an atem a
los am os, m anejándolo a su an to jo ;
las a g ria s rebeliones,
v ie n tres que paren el ensueño rojo;
las desesperaciones
que m uerden como tig res la cadena;
los heroism os sin lau rel ni fam a
que tien en por escena
el a n tro oscuro del ta lle r o el círculo
dantesco de la m in a; la o riflam a
que a las hu este convoca
p a ra el asalto a las b astillas, o
p a ra el inm enso avance h acia las cum bres;
el verbo au stero que de Jericó
d errum b a las g ra n ític a s m u rallas,
poniendo a las cau tiv as m uchedum bres,
a las “ sa n ta s c a n a lla s”
en pie a n te los señores, em puñando
— de látig o a m a n era
y tam b ién de b an d era —
su conciencia encendida
por la noción de h istó rico s deberes,
p ara a rro ja r del tem plo de la Vida
a los h istrio n e s y a los m ercad eres. . .;
las naves que navegan
hacia un m undo en trev isto ;
los visio n ario s que en su fe le en tre g an
el alm a al porvenir, y como C risto
CARLOS MARIA PRANDO

tro p iezan con la cruz, pero a n te s llegan


como Colón a d esco rrer el velo
del hondo arcan o , a descu b rir la ru ta
de un co n tin en te oculto bajo el cielo,
a e n sa n c h a r los confines del oscuro
p resente y a v io lar la virg en senda,
que tendida al futuro,
abre paso en la h isto ria a la ley en d a. . .;
el alm a florecida
de piedad y de am o r; la tie rn a y vaga
p upila que en el éx tasis sublim e
dice m ás de bondad que el E v an g elio . . .;
el bálsam o en la h erid a ;
el ósculo en la llag a;
lo que nos purifica y nos redim e;
lo que ayuda a vivir, lo que consuela,
lo que dá al p ereg rin o nuevo alien to ,
y es a la hu m an id ad que an d a y an h ela
lo que al barco la vela,
lo que a la vela el v ie n to . . .;
el arado que su rca;
la m ano que difunde la sem illa;
el m aestro que pone
sobre el alm a sencilla
del niño el sol, p ara que el sol se ab ra
como un cáliz precioso, y la p alab ra
que fecunda, después se deposite
en ese cáliz como un polen; todo
lo que en anhelo de bondad palpite
y haga siem bras de luz sobre el p laneta,
m erece un fervoroso him no.
Poeta,
38 LOS POETAS TENDENCIOSOS

tu corazón lev an ta
fren te a la vida, y c a n ta !”

Al describir la cara v an a de los ham b rien to s, en sus


dolores y en sus m iserias, F ru g o n i no recarg a la s tin ta s
con exageraciones de m al gusto.

“ ¡M íralos cómo v a n ! . .. L lenos los ojos


de ia im agen p arid a por su afán,
m ascando el ag rio pan de sus enojos,
a falta de otro pan!
D irigiendo a la a ltu ra la am enaza
de unos puños que a p rie ta n con furor.
¡Las rebeldías to d as de la raza
bullendo en su in terio r!

D iógenes son sus ím petus, que em bisten


a cuan to se in te rp o n g a an te la luz,
Cristos de nueva edad, hoy se resisten
a c a rg a r con la cruz!
B rilla en sus fre n te s con fulgor que im pone
de u n a idea que nace el arreb o l,
cual las cim as en h iestas donde pone
su beso rojo el s o l! . . .
Les esp era la lu ch a m ás v iolenta
en esa expedición de su altiv ez;
pero ellos, a quien hizo la to rm en ta,
son to rm e n ta a su vez. . .
Ola que avanza, la en g ran d ece el viento;
viento que ruge, sobre todo está;
m uchedum bre que mueve el pensam iento,
odia la cum bre y a la cum bre va!
CARLOS MARIA PRANDO 39

H ay que verlos p a sa r; pero es preciso


que sigam os su m a rc h a al P o rv en ir.
E n trev én la visión de u n P a r a í s o ...
¡Vamos con ellos donde q u ie ra n ir!
¡E sc u c h a !. . . De sus pechos se le v a n ta
de un rugido la hero ica v ib ra c ió n . . .
,Es la p ro te sta u n iv ersal que ca n ta
su te rrib le canción.
Cuando ese can to su poder despliega
flota en el aire un estu p o r que asciende,
y cuando el canto, a las a ltu ra s llega,
¡ay de aquél que lo escucha y no lo e n tie n d e !”

C anta al prim ero de Mayo, fecha de los trab a jad o res,


con ritm o enérgico, sin perd er la m esu ra y la justeza.

A lza la fren te y m ira:


¡es el dolor que pasa!
tus padres, tus h erm an o s
y tus h ijo s. . . L ev an ta
la cerviz, que se dobla
sobre el tra b a jo ; acalla
el rum o r de los golpes
sobre el yunque; p rep ara
tu corazón; enciende
la honda luz de tu a lm a . . .
¡D escúbrete y contem pla:
es el dolor que pasa!

Las b anderas trem olan


bajo el sol y a d e la n ta n . . .
40 LOS 1*0IOTAS TiONDIONCIOSOS

Son las Innum erables,


o m nipotentes alus
que luida, la en h iesta dunibn»
d d Ideal arrasl ran
a aquel enorm e cuerpo
do mil cabezas <iuo anda
cam ino de la vida,
como una, cara v an a
de penaren y ensueños,
<le am ores y esperanzas,
de an g u stias Infinitas,
de In en arrab les ansias,
y que hoy, puestos los ojos
en la. oumbn* m ás alia,
deja besar sus front.es
por el sol, por el, au ra,
y ag ita al aire libre
de las ra lle s y plazas
como (Mi una Im petuosa
insinuación g allard a
del vuelo que lib erta
ennoblece y levanta,
a despecho (le todas
las viles am en azas;
de todos los ren co res
do la soberbia crápula.;
do 1 odio de los am os
sus banderas, ¡sus alas!
Yergue la frente, y m ira,
¡oh proletario, oh paria!
esclavo a quien oprim o
la, colosal m o n tañ a
CARLOS MARIA PRANDO

de riquezas aje n a s
que sus esfuerzos alzan.
Y ergue la fren te y m ira :
¿son tus h erm a n o s. . . P a sa n
y tú tam bién, tú m ism o,
sin saberlo a llí m arch as.
¿No es acaso, tu vida:
tu an g u stia, tu s am arg as
h o ras de cruel m a rtirio
en la m oderna erg á stu la
del ta ller, tu s m iserias,
tus h o rrib les desgracias,
la som bra de tu s días,
la queja de tu alm a,
el resp lan d o r que pone
a veces la esp eran za
su rg id a en lo profundo
de tu ser, como un alba?
¿No es eso lo que cruza
hoy a n te tu m irada,
bajo el vuelo solem ne
de las ban d eras am plias,
sem ejan tes a velas
de una nave fa n tá stic a
que en el viento p alp itan
y la nave a rre b a ta n ,
por el m a r proceloso,
hacia costas lejan as?

E s por tí, por tus negras,


desolaciones trág icas,
por la cruz de tus hom bros,
41! U)H l'OKTAS TKNDKNCIOSOB

por 1«8 can d en tes llagan


<1no laceran tus carnes,
por las tinloblus b árb aras
que aciegun t.u co n d é n e la ;
oh por la su erte aciaga
(Jo tu s hijos sin pudro,
¡olí pudro do u n a raza
(un ruin <|iio besa ol puño
quo la oprim o y m a ltra ta ;
tan ru in quo bo someto
tran q u ila a bu desgracia,
c o n te n ta (lol m ezquino
m endrugo quo lo alcan zan ;
lun ruin que no so atrevo
a p en sar que es esclava
y adm ito la coyunda
quo dobla sus espaldas
para que labre ol surco
y lioso las san dallas
do sus Innobles am os
a mi tiem po m ism o. . .
P aria:
deléii ol bruzo y m ira
ol p o rv en ir que pasa.
Corre a poner tu fren te
sudorosa y ajada
a la som bra propicia
de las b an d eras sa n ta s
que tiñ ero n de rojo
las uurorus B o ñ udus.. .
In co rp ó rate al vasto ejército que avanza,
cam ino de la vida.
CARLOS MARIA PRANDO

hacia la luz m ás a l t a . . .
D eja d o rm ir el y unque;
ab an d o n a la fáb rica;
que descanse el arad o
é¡n el surco; y la m áq u in a
no alum b re el m ilagroso
p arto de tu s e n tra ñ a s,
ella tam b ién sum isa —
ya que ja m ás can sad a —
a la voz del fu tu ro
que im perioso la llam a
p a ra h ace rla del hom bre
u n a am iga, u na aliada,
p a ra d arle su puesto
de fuerza so b reh u m an a
en medio a la a rm o n ía
de las cosas hu m an as,
sin que por m ás dispute
su pan al que tra b a ja
y realice, en cam bio,
la visión so b eran a —
al golpe de su firm e —
en erg ía in e x h au sta —
de u n a ciudad fu tu ra
p ara todos A rc a d ia . . .

Vé a com pletar las filas


de las hu estes que av an zan :
se n tirá s el orgullo
te ap rec iarás m ás digno,
y al em prender la m archa,
te ju zg arás m ás fuerte
44 LOS POETAS TENDENCIOSOS

en acción que en p a la b ra s . . .
Y cuando la ta re a recom iences m añ an a,
no b ajarás la vista,
como an tes la bajabas,
delante de tus am os:
de fren te, cara a cara,
con dignidad serena,
con decidida calm a,
sin alarde, en sus ojos
deten d rás la m irad a:
¡y h an de ver en los tuyos
u n a conciencia en g u a rd ia !”

La obra poética de F rugoni no em pieza ni se de­


tiene en los “H im n o s”. Sus p rim eras producciones lí­
ricas, ro m án ticas y acen tu ad am en te retó ricas, son poe­
sías am ato ria s contenidas en “El E tern o C a n ta r” y en
“De lo m ás hondo”. P o sterio rm en te a los “ H im n o s”,
F ru g o n i se su p era en el verso. A daptándose a la s m o­
dernas co rrien tes lite ra ria s, lo que prueba la e x tra o r­
d in a ria flexibilidad de su talen to , ha escrito en “Bi-
chitos de L uz” breves y delicadas com posiciones y en
“P oem as M ontevideanos” y “La E popeya de la Ciudad”
herm osos poem as descriptivos.
De este últim o libro he elegido p ara su lectura, uno
de sus cantos m ás prim orosos y delicados, que pone de
m anifiesto la exquisita sensibilidad de este poeta que
por algunos, se ha querido ta c h a r de cereb ral y de frío.
Se titu la el “Canto del C a n illita ”, que es un prim or de
em oción y de belleza. El ca n illita es el p ájaro de un ala
que se le va desplum ando en su venta callejera, para
concluir, vencido por el ham bre y el cansancio en el
triste desam paro de un portal.
CARLOS MARIA PRANDO

“Ya te en co n tré
pájaro de un ala,
tu ala es de papel,
a ray as n eg ras sobre u n a h o ja blanca.
Ya te en co n tré
p a ja rito que corre y sa lta
sostenido
por u n a ú n ica ala.
A dherida a tu cuerpo
con rigidez de a tle ta o de m em b rana,
tu m ism o a m an o to n es
grandes g iro n es de papel le a rra n c a s,
y los esparces a tu paso
en tre la m u ltitu d u rb an a,
la m u ltitu d que cruzas piando
y eres como un ave
que atra v esase un negro bosque en m arch a.

Sobre un rayo de sol que en el am biente


tiem bla como u n a ram a
te posas un in sta n te , y cantas.
*
Y tu pregón pregona
la efím era su stan cia
de tu ala.
Tus m anos la dispersan
a los vientos que pasan.
E n la ciudad que se abre al nuevo día
como una flo r con pétalos de casas
eres todo un latido
vivaz del corazón de la m añ an a.
E res palpitación de clam oreo
LOS POETAS TENDENCIOSOS

desde que el sol se alza


h a sta que en el océano n o ctu rn o
el ascua de oro, el barco ilum inado
de la ciudad n au frag a.

En los u m brales luego


te acu estas a d o rm ir h eroicam ente
sobre el últim o resto de tu ala.
Y, m aldad de la calle, te salpica
sus negros salivazos la calzada.
Pequeño vendedor de h o jas ban ales
que refle jan la vida cotidiana,
en tus m anos a p rie ta s
to rn ad a en tin ta y en papel el alm a
de la ciudad in q u ieta y ru m o ro sa
donde tu g rito clavas
u na y m il veces a trav é s del día
como un puñal de plata.

P equeño can illita,


p ajarito de un ala,
pues que el infecto lino de la calle
te m acula el esp íritu y lo apaga,
yo te veo — m a ld ita la m iseria! —
como u n a lacra.
Y pido que los dioses te p ro tejan
co n tra el vicio y la cráp u la
e n tre los cuales vives ag itan d o
tu ú n ica ala,
no por cierto a m a n era de un escudo
sino como una vela so lita ria
en la que soplan im placables vientos
que im pulsan yo no sé a dónde tu b arca .”
CARLOS MARIA PRANDO 47

No he p retendido en e sta conversación h ace r un


estudio com pleto y profundo de la producción lite ra ria
de estos poetas.
Me he lim itad o sim p lem en te a c a ra c te riz a r en su
obra lírica el aspecto tendencioso. Todos ellos son v a­
lores indiscutibles.
P ero si tu v iéram o s que p ro n u n cia rn o s sobre sus
m éritos estéticos, nos pro n u n ciam o s por E m ilio F r u ­
goni.
S in tetizan d o las c a ra c te rístic a s de V asseur, F alco
y F ru g o n i en el cam po de la lírica ten d en cio sa, me a tr e ­
vería a decir que, en el can to a la reb elió n de la can alla,
V asseur se yergue com o u n a m o n tañ a, e n h iesta, altiv a,
orgullosa y ú n ica; F alco e s ta lla como u n a lla m a ra d a
devoradora que en su in trep id ez todo lo quem a y todo
lo destruye y que de p ro n to se ap ag a ; F ru g o n i se des­
liza como los cursos de ag u a firm es y serenos que ru ­
gen en los to rre n te s, se ad u eñ en en los rem an so s y fe­
cundan los valles. M ontaña, llam a o agua, cu alq u iera
sea su expresión, estos p oetas h an sabido, en n u estro
am biente, buscarle a la g ra n epopeya de las rebeldías
p ro letaria s la b ella ex p resió n lírica que m erece, p o r
ser el poem a m ás hondo y m ás pro fu n d am en te hum ano
de los siglos.
Delmira Agustini
Por

Emilio Oribe
Delmira Agustini

La poesía -do D elm ira A gustín!, ap areció reuní ida


011 un solo volum en, en lí)líl, y con el Ululo de “ Los
Cálices V acíos”.
La m ism a poetisa realizó u n a revisión, seleccio­
nando de sus libros a n te rio re s un cierto núm ero d'e
poesías y ag reg an d o alg u n as nuevas. Su prim er con­
ju n to “El Libro B lanco”, es (le lí)07, y “C antos (le la
M añana", su segunda obra, de l!)l(). El libro titu lad o
“ Los Cálices V acíos”, con un pórtico sin Im portancia,
de Rubén Darío, co n ten ía lo m ás d u rad ero de la obra
escrita b a sta entonces, y an u n ciab a la preparación de
“Los A stros del A bism o”, ú ltim a aspiración de Delml-
ra A gustín!, y cúpula que iría «sobre el co ro n am ien to de
sus cantos. Ese deseo no fué realizado. INisterlorinointe
se com etió -el 'erroir de publicar, bajo títu lo s que había
dejado la poetisa, toda, su producción lírica, com pren­
diendo, no sólo aquello que había quedado Inédito de
I91U a 1Í)M, lo cual hubiera sido lo juicioso, sino re u ­
niendo las prim eras obras, do los años de adolescencia,
y que mo agregan valores al co n ju n to total.
Lo único que se consiguió con eso, fué revelar que
desde, niña, D elm ira A gustini, escribió alg u n as com po­
siciones en rev istas, y quo “El Libro B lanco”, revela­
ción de su genio lírico, requirió ese ap rendizaje p re­
vio e im puso el sacrificio do aquellos ensayos que n u n ­
4 DELMIRA AGUSTINI

ca debieron h acerse conocer, de acuerdo con la m ism a


actitu d de la au to ra, que los desvinculó de su destino.
Debem os d e se n tra ñ a r el secreto de la poesía de
D elm ira A gustini, considerando ú n icam en te “Los Cá­
lices V acíos”, publicados bajo la dirección de ella m is­
m a y que reú n e lo que escribió y publicó en tre los años
de 1907 a 1913. E x isten alg u n as com posiciones m ás,
que e n tra n d en tro de la últim a m odalidad de la au to ra
y que ap areciero n en 1914, a principios del año, y que
m erecen ser ten id o s en cu en ta en estos an álisis.
D elm ira A gustini p resen ta in m ed iatam en te al que
q u ie ra e stu d ia r su obra, tre s g ran d es enigm as. P lan -
téan se tre s g ran d es problem as o ejercicios esen ciales:
el enigm a de la creación poética realizán d o se en p la­
nos muy elevados de perfección, y en u na m u jer su ­
m am en te joven, que a los v einte añ o s ya pudo ex p re­
sa r cosas ex tra o rd in a ria m e n te bellas y originales.
El enigm a de la posibilidad del genio lírico, m a n i­
festándose en la poesía fem enina, problem a que se
planteó por p rim era vez por los griegos, al estu d iarse
la personalid ad de Safo, y que de tiem po en tiem po se
renueva. E s decir, la ap titu d de la m u jer p ara re v e la r­
se en la creación lírica, com unicando en el verso lo
que p a rticu la rm en te le pertenece como don de su n a ­
tu raleza y en grado extrem o e íntim o. El otro enigm a
es m ás discutible. P o r lo m enos no es form ulable sino
concibiéndolo como u n a consecuencia de los an terio res.
Se revela, en este caso, en m uy ra ro s elem entos; en
aquellos en que la in terferen cia de las ideas y los pen­
sam ientos en la poesía, ju n to con la em otividad, haya
hecho posible que el lirism o re su lta n te pueda m an ifes­
ta rse tam bién, sin ex p erien cia previa, sin apredizaje
E M IL IO O R IB E 5

técnico, en form as m uy cercan as de la perfección. E s ­


ta s form as aquí, son versos, im ágenes, dos o tre s poe­
m as breves, n ad a m ás; no son v asto s poem as p ro g ra ­
mados. E sta m a n era de colocarnos, yendo como flecha
al núcleo cen tral de esta obra, crea u n a situ ació n , por
decir así, de sim p a tía sim bólica, como dicen los este­
ta s alem anes, p ara v a lo ra r la lírica de D elm ira A gus­
tini. Se h a tra ta d o de ir d irectam en te, al m ism o tie m ­
po, al problem a de la creación poética en un ejem plo
de los m ás significativos. Además, sim plificando, po­
d ría afirm arse que estas tr e s perspectivas, en s e n ti­
do de la exposición de los tre s en ig m as establecidos,
nos rev ela que la obra de D elm ira A gustini, breve en
contenido, va su frien d o aclaracio n es y d esp lazam ien ­
to s en la ¡apreciación de sus aspectos m ás perdurables.
Lo que en u n principio pareció c o n stitu ir la clave de
la creación, pasa a ser elem ento im p o rtan te, pero no
único en la fisonom ía esp iritu al de la auto ra. A quella
visión de la m u jer lib érrim a can tan d o su intim idad pe-
culiarísim a, y rev elan d o su ín tim a n atu raleza, ya no
constituye el p rin cip al elem ento de esta poesía. Lo m ás
grave y difícil, lo m ás so rp ren d en te, es lo o tro: la po­
sibilidad m arav illo sa de m a n ifestarse el genio lírico,
poético en ab stracto , de hom bres y m ujeres, el genio
lírico, que es tra n s p a re n te porque se h a lla en tra n c e
de d ejar de ser hum ano, y que en la A gustini se re a ­
liza en poesías que son de la belleza y nada m ás; son
del tiem po, de la duración, y no de ta l hom bre o m u­
jer, de ta les pueblos o de ta l época. Los tre s aspectos
que se perciben en esa poesía no se h allan separados
en tre sí. E s decir, no hay grupos de poesías escritas
en ta l época, en las que se realice la creación siguien­
6 DELMIRA AGUSTINI

do d eterm in ad a corriente. E n realidad, eso in d icaría


u na coordinación buscada, y de acuerdo con la realidad
poética y la externa, no fué posible que sucediera así.
Lo que ocurre es que en m uchas poesías existen re ­
velaciones de las. tre s ten d en cias, o que en o tras, a p a ­
recen en form a larvada, o en o tras p redom inan u n as
con sum isión a las dem ás. Son como fra n ja s de m a te­
ria lírica, que se extienden a lo larg o de toda su crea­
ción; com o esas fra n ja s de luz móvil que el v iajero
va siguiendo sobre el lom o de los ríos.
La ú ltim a ad v erten cia y de cará cter fu n d am en tal,
es que estam os com entando un tem p eram en to espon­
tán eo y originalísim o. N ada de lo que aquí se m encio­
n a debe a trib u irse a influencias de lecturas, o debi­
das a u na cu ltu ra su p erio r in d eterm in ad a y rica a la
vez. N ada de eso. No fué posible esa confusa in te rv e n ­
ción. Se tr a ta del an á lisis de un lirism o auténtico. Las
influencias de las lectu ras o estudios en D elm ira A gus­
tini,- fueron e x te rn a s e in sig n ifican tes y se revelan en
algunos giros o vocablos sin m ayor valor, que se caen
del resto de su obra.
El hecho es que, de pronto, con “El L ibro B lanco” ,
D elm ira A gustini, reveló su genio lírico, certeram en te,
con un cierto grupo de poesías que no había de supe­
ra r después. E sto nos obliga a co n sid erarla, desde ese
m om ento, incluida en tre los g ran d es inspirados. La in s­
piración, en el sentido del diálogo platónico, sólo po­
d ría ex p licar ese m ilagro. El Dios que com unica al b a­
rro sus pensam ientos y m úsicas, p ara que aquél las
tra s m ita a los hom bres y se form en las im an tad as ca­
denas. A unque n u estra razón n o se com plazca en a fir­
m arse estrictam en te en la v ieja ex p erien cia socrática
EM IL IO O R IBE 7

a que fué som etido el ráp so d a triu n fa d o r de E pidauro,


n u estra in te rp re ta c ió n de esa época de D elm ira A gus­
tín! debe in te n ta r au x iliarse en e sa s creen cias u o tras
afines. Ovidio, el ro m an o , c a n tab a por un Dios que lo
h abitaba, dictándole a los dem ás h o m b res la arm o n ía
p ag an a de sus poem as. O curre que el elegido tra s m ite
la voz del cielo, y dictám en es in co m p ren sib les en deli­
rio sacro, y a h í an d an las rev elacio n es p ro fético s y los
v aticin io s de las p ito n isas y de los san to s. L a poesía
entonces es rev elació n , san tid ad , éx tasis y m úsica. T o­
do puede tra s m itirse en los m om entos del tran ce, y el
poeta, en e sta c irc u n sta n c ia h a sido definido por uno
de ellos, que fué poeta en g rad o absoluto, como Shel-
ley, cuando decía: “ la poesía actú a de u n a ma,nera d i­
vin a e in stin tiv a , depasando y dom inando la concien­
cia.” “L a poesía salv a de la m u erte las v isita s de la
divinidad en el h o m b re” .
Nos quedam os con estas te n ta tiv a s de explicaciones,
porque d e n tro del en ig m ático m undo de la creación, p re­
ferim os seg u ir creyendo en el testim o n io de los poetas
y adem ás, porque in v o car la in tu ició n y el subconsciente
es escam o tear el problem a.
El subconsciente es el escam oteo del Dios sentido
o im aginado ; escam oteo que in te n ta en vano realizar
hoy la te o ría.
D elm ira A gustini se coloca in m ed iatam en te en esta
categ o ría de creadores. C reación in sp ira d a y d irecta, así
es la suya. Lo m ás notable es que, en sus fuentes, la
creación no es ap asio n ad a n i violenta. No e stá e stre ­
m ecida por la tu rb u le n ta m úsica verbal y an ím ica que
la dom inó después. L as experiencias de un lirism o p ro ­
fundo se realizan a trav é a de ella, sin p ertu rb a rla ni en-
8 DELMIRA AGUSTINI

ceguecría. Con sublim e diafanidad, su carn e tra sm ite la


p alab ra suprem á y el canto lleno de idea, se corporiza
en form as definidas y claras. He aquí, pues, que d en tro
de este m isterioso modo de revelación lírica, hay an id a­
da y confundiéndonos, u n a contradicción. E se debió ser
el m om ento en que el titu b eo o la pasión, o la ex p erien ­
cia rectificándose, debieron d ic ta r a la poesía de D elm i­
r a A gustini, u na expresión estrem ecida o d eliran te en
extrem o.
El hecho lírico, el m ilag ro auténtico, se revela, co­
mo en la san tid ad precoz de que e stá n llenos los o ríg e­
nes de las religiones, in teg ran d o la sab id u ría in m ed ia­
ta, la serenid ad y en ciertos m om entos la perfección.
Puede co n sid erarse que la m ay o ría de las com posi­
ciones de “El L ibro B lan co ” de 1907 p articip a n de estas
virtudes. Q uerem os en este m om ento d eten ern o s m ás
aún a n te la o b ra de D elm ira A gustini, que desde ya se
an u n cia por ser exclusivam ente lírica, como sucesión
de estados, cuyo arg u m en to se d esarro lla en la in tim i­
dad de su ser y n ad a m ás.
Si hay ideas, son ideas poéticas, ta n fugaces de
d efin ir o de c a p ta r com o las ideas m usicales. Lo creado
en estos ejem plos de lo que la lírica, logra co n cretar
en ciertos seres p redestinados, que, por u n a m odalidad
especialísim a, ad q u ieren la v irtu d an gélica, doblem ente
an g élica por su clarid ad y i9u p u reza que la lo g ran
h ace r p erder las p atrien !arid ad es c a rn a le s o hu m an as
de tal m u jer o tal hom bre.
El bagaje m a teria l de esa poesía es casi n u lo ; el
lim o de la carn e, especie de j^ecado o riginal, que tra e
cada poeta en su destino, se h a tra n sfig u ra d o to ta l­
m ente desde ya, haciéndose luz o m úsica. H ay u na voz
E M IL IO O R IB E 9

que can ta así en la E dad M edia y es aquel joven D ante


de los sonetos y las canciones. H ay o tro s que lo su­
peran por m om entos y con K eats y Shell ey.
Oigam os eistas poesías, de D elm ira A gustini, ah o ra,
y notem os como no h ay d iso n an cias en ta le s ap ro x i­
m aciones. L a poesía in icial de to d a isu obra sie titu la
“E l poeta leva el a n c la ” :

E l an cla de oro c a n t a . . . la vela azul asciende


Como el ala de un sueño a b ie rta al nuevo día.
P artam o s, m usa m ía!
A nte la p ro ra aleg re un bello m a r se extiende.

E n el o rien te claro como un cristal, esplende


El fan al sonrosado de A urora. F a n ta sía
E s tre n a u n ra ro tr a je llen o de p ed rería
P a ra v a g a r b rilla n te por la s olas.

Ya tiende
L a véla azul a Eolo su oriflam a de raso . . .
¡El m om ento s u p r e m o ! ... Yo me estrem ezco; ¿acaso
Sueño lo que me ag u ard a en los m undos no visto s?. . .

¿T al vez un fresco ram o de lau reles frag an tes,


El to isó n reluciente, el cetro de diam antes,
El n au frag io o la e te rn a caro n a de lo'S C risto s? . . .

Se tr a t a de u na poesía lírica en su m ás definida


esencia. No es la voz de u n a m ujer, ni la de un hom ­
bre; p articip a de ese cará cter angélico, con que vienen
revestidais las m ejores revelaciones del lirism o. La poe­
sía, de un solo tra n c e de insp iració n se h a revelado
10 DJ&LMIRA AGUSTINI

directam en te 0 0 1 1 una creación «jive se desvincula de la


vestidura hum ana. Es u na im ag in ad a a v e n tu ra viajera,
do ca rá c te r alegórico, como es en últim o té rm in o la
poesía (|ii(' la im aginación eirea, m ás allá do los datos
de la realidad o de la ex p erien cia In tern a. El elem ento
lírico* lo quo la im aginación d iáfan a y difluyente crea,
so tien e quo apoyar, p ara p erp etu arse en la idea ale­
górica, la idea vecina do la idea pura, que es m ás
poética cuan to m ás vaga y m usical sie vaya manifeB-
Itando.
El p ensam ien to del filósofo tam b ién p ara so ste­
nerse, 011 su aseen®ión h acia el círculo de las ideas e te r­
nas necesitó apoyarse en las alegaríais que siem b ran y
em bellecen el coloquio platónico, y lo m ism o sucedió
con los m ísticos en los tr a ta n te s de la sublim ación in ­
fin ita do las palabras.
Aquí ol poeta, díctenos:

El ancla de oro canta. . . la vela azul asciende.


Kii el oriente claro, como un cristal esplende
el fanal sonrosado del allui.

Se realiza la in sp iració n con exactos traízas y de­


finidas cantarínas. L as p alab ras, bien aju stad as en la
explicación, dibujan un p an o ram a de m ar por donde se
desliza untai nave seren am en te. L a m atización de los
estados de alm a, está bien co n stru id a. Si la idea in i­
cial está hábilm ente pensada, <su realización form al se
va desenvolviendo como en un poeta de experiencia y
dom inio de los recursos artístico s.
E M IL IO O R IB E II

Llega un m om ento, sin em bargo, en que la expec­


ta tiv a se confunde con un estad o de em oción vivísim a.

El momento supremo. Yo me estremezco, ¿acaso


sueño lo que me aguarda en los mundos no vistos?
Tal vez un fresco ramo de laureles fragantes,
el toisón reluciente, el cetro de diamantes,
el naufragio o la eterna corona de los Cristos?...

Si nos detuviéram os en los prim eros versos, po­


dríam os consid erarlo s in te g ra n te s de un can to de poeta
de u na civilización como la griega, o un inglés de aquel
rom anticism o hel-enizante de prinicpio del siglo X IX .
E n la antigüedad, sin em bargo, habría, que ubicarlo,
en caso preciso, y co n cretarlo en un joven que se h a ­
lla dispuesto a atre v erse a u n a av en tu ra. Sin em bargo,
en las viisones ú ltim as, hay un elem ento, de índole m ás
m oderna, un estrem ecim ien to de d u d a y de presagio,
que nos induce tam b ién a p en sar que ese can to puede
ser un canto de un alm a cercan a de n u estro s tie m ­
pos.
P ero, com o hem os identificado -a estie in sta n te de
lirism o de D elm ira A gustini, con los tra n c e s an g é li­
cos de revelación y adivinación, pensem os tam b ién que
el final de la poesía bien puede e n c e rra r la clave d*el
destino de la m u jer que la escribió. Leyendo este pote­
rna, m uchas veces he pensado, que entonioes la poe­
tisa apareció ya con el privilegio m aravilloso y tr á ­
gico a la vez de aquella C asandra de Esquilo, que po­
seía el don de la adivinación y que, aun cuando el am or
la conm ovía, al m ism o tiem po iba leyendo su destino,
12 DELMIRA AGUSTINI

por anticipado, bebiéndolo como un vino am argo, a n ­


tes d'e vivirlo, m ie n tra s él te n d ía a realizarse, a pesar
de todo lo que h iciera ella por im pedirlo. Como Ca-
s a n d ra en la proa de su nave Delmiira A gutsini desde
ya se estrem ece en esa sim bólica com posición y adi­
vin a lo que le p rep aran Ero® y la m uerte. C o n trasta,
en efecto, la feliz lig ereza con que ese v iaje se inicia,
y se d esarro lla el tem a en los cu arteto s, con lum ino­
sidad pagana, p a ra cam b iarse en ese fin al llen o de p re­
sagios en donde el poeta, i n co n scien tem en te, nos des­
cribió su fu tu ro destin o “más allá del cetro de dia­
mantéis. El naufragio, o la eterna corona de los Cris­
tos”.
L a o tra poesía que sigue, en tre estas prim eras, se
titu la “P o r C am pos de E n su eñ o ” .

Pasó h u m ean te el tropel de los potros salv ajes


Feroces los hocicos, h irsu to s los pelajes,
L as crines extendidas, b ravias, tal bordones
P a sa ro n corno p asan los fieros aquilones.

Y luego fueron ág u ilas de som bríos plum ajes,


T rayendo de sus cum bres m ag n íficas visiones
Con ell seren o vuelo de la s in sp iracio n es
augustas, con soberbias de olím picos lin ajes,

C ruzaron hacia o rien te la lim pidez del cielo;


T ras ellas, como cándida h o stia que a rra n c a el vuelo,
U na palom a b lan ca com o la nieve asom a.

Yo olvido el ave egregia y el b ru to que foguea,


P ensando que en los cielos solem nes de la idea,
A veces es m uy bella, m uy bella u n a palom a.
EMILIO ORIBK 13

Aquí, el elemento propiamente lírico, «e halla, mez­


clado con Idea1» o más bien, la poesía arranca en el
alma del lector una resonancia de ideas. Diríamos que,
también eeta poesía, sin poseer el don angélico de la
primera, por el hecho de intermurse Intuitivamente em
las id<ea», ha perdido mi individual raíz humana. Todo
lirismo «uperior se eleva más allá del cuerpo. En cuan­
to empieza a desdibujarse el contorno del hombre, el
poeta muévese con má» alegría. Este proceso que con­
duce a la. Ultra de la deshumanización, no Implica la
deshumanización d* la poesía, sino que señala un pre­
dominio de ciertos elementos, alejados de lo corporal,
pero que en su ex internóla llevan implícitos los más
altos atributo», Ideas abstracta» o sentimientos muy
exquisitos del alma humana.
Analizando esta poesía de Delmira Agustini, tene­
mos que confirmar que aquel espíritu era sumamente
raro y que constituye un caso de verdadera experien­
cia lírica. Puede notarse en el ejemplo, como de la
suma de unía serie de imágenes y de antítesis se llega,
como quien construye un edificio, a la exposición de
una Idea poética, únicamente.
De la misma época, y participando de idéntica par­
ticularidad reveladora, son la» composiciones "Racha
de Cumbres”. "El poeta y la diosa”, "Amor”, "El Intru­
so”, "Desde L e j o s ” .
Por momentos, en una poesía, como "MI Oración”,
la Inspiración, que se mantiene al principio en un tomo
de fantasía y lirismo, como un juego desprevenido, va
paulatinamente transformándose, para llegar a un Ins­
tante, graduado admirablemente, en que las imágenes
14 DBLMIflA AOUSTINI

y los sentimientos, se Inteleotuallzan, revelándonos u*i


concepto inesperado, audaz y gratule qu«‘ non «nombra.

MI templo está «(114 lejoa, tras de la ««Iva huraña.


Allá salvaje y trtwte mi altar «a la. montaña,
MI cúpula loa cielos, mi cáliz «1 de un lirio;
AVlá, cuando en loa tandea Wmta#, la mano extraña
Del <T<*|>ú«<nx1o enciende «u cada e#trella un cirio.

JV>r entre los fantasma* y las calman del monte,


Va mi musa errabunda, abriendo un horizonte
fOn cada ademán... Hija del Orgullo y la Sombra.,
Con loa ojo» más fieros e intrincados que el monte,
Pana, y «1 alma grave de la selva se «sombra.
Y allá m las tardes tristes, a) pie de la montaña,
Serena, blanca, muda, con esplendores de astro,

Erige la plegarla su torre de alabastro...


Y es la oración más honda para mi musa extraña,
Tal vez porque hay en ella la voz de la montaña
Y el homenaje mudo de la natura gnwe...
Es la oración del alma, flor grandiosa y huraña
De loe grandes desiertos. Bn los templos no cabe.

La obra de entonces, nos ofrece, además de estos


poema*, uno definitivo, y que haoe que nuestro aná­
lisis «e encuentre frente a lo más asombroso que se
pueda oam#*blr. IDn ©feoto, en «se libro se encuentra
la poesía "Mis Idolos”, que conjuntamente con la "Pie*
garla de Eros”, encierran lo más culminante de Del-
mlra Agustini, y que deliberadamente, dejaré para el
EMILIO ORIBE 15

final, cuando estudie la p resen cia de la s ideas en su


obra. L a investig ació n en este sen tid o de poesías, puede
co n tin u arse a trav é s de la o b ra po sterio r. Sin em bargo,
al final, según confesión propia, en “Los Cálices V a­
cíos” surgidos en un bello m o m en to h ip erestésico , esa
poesía es su stitu id a por o tra, tu rb u le n ta , ap asio n a d a y
dom inante. L a s u p la n ta c ió n se re a liz a poco a poco.
Es curioso c o n s ta ta r que el am or, al s e r can tad o por
la poetisa, fué tran sfo rm án d o se. Siguió la m a rc h a in ­
versa al cam ino de los enam orados del concepto gen til
y rev eren te del am or, los cuales, p artien d o de la carne,
se van haciendo m ás puros, in telec tu al i zándose, en
igual grad o que el a lm a del que ex p erim en ta se eleva
y purifica. R u ta ascendente, de re v e re n c ia y renunr-
ciación, cuya tra y e c to ria se sigue en D ante, desde el
principio de la Yida ?iueya a la ú ltim a p arte de la Di­
vin a Comedia, en que el ajmor, tran sfo rm á n d o se , de
sen sació n a sen tim ien to , y de éste a in telig en cia de
am or, se hace m ás sublim e aún, h a sta co n sag rarse en
idea teológica.
N uestra poetisa en planos distin to s, y en grado
m ás lim itado, hace la tran sfo rm a ció n de la idea poé­
tic a del am or, en em briaguez de los sentidos, en en tu ­
siasm o inm ediato y fugaz y engrandecido por el roce
de la m uerte. “Los C antos de la M añ an a”, de 1910,
an u n cian ese cam bio. P o r m om entos, en la desnudez de
ese desborde aimoroso, aparecen, como especies de lla ­
m adas de la poesía an g élica superior, algunos poem as
que m arcan u n lirism o indeterm inado, pero riquísim o.
¿Qué sentido tien e esta com posición, que in te n ta de­
te n e r el m ovim iento que h a tom ado la poesía de la
A gustini?
16 DKI jMIRA a g u st in i

H ace tiem po, algún alm a y a b o rrad a fué m ía. . .


So n u trió de mi so m b ra. . . Siem pre que yo q u ería
El abanico de oro de su risa se ab ría, „ ,

O «u llan to san g rab a u n a c o rrie n te m ás;

A lm a que yo o n d ulaba tal u n a cab ellera


D erram ada en m is m a n o s .. . F lo r del fuego y la o e r a ...

M urió de una triste z a m í a . . . T an dúctil era,

Tain fiel, que a veces dudo si pudo ser j a m á s . ..

La im aginación, plásltica en gen eral de la au to ra ,


so com place en u n a ensoñación vaga, con rem in iscen ­
cias brum osas. Tal vez a n te s de ser absorbida por el
desborde pasional, la c la ra a rm o n ía poética que en su
alm a luchaba aún, es d erram ó en esa confesión m u ­
sical, en que aleg o ría y sueño se confunden. P ero es
una exquisito visión 'term inal, que va a ser su stitu id a
p o r m ás co n cretas sensaciones. Pj I alm a an g élica h a
huido p ara d ar lu g a r a los racim os de palom as de
E ras. E stas están desde a h o ra presidiendo la in sp ira­
ción do D elm ira A gustini y a sai lado b rillan los raci­
mos generosos y las c rá te ra s del am or.
La carn e enciéndese, y un aro m a espeso em briaga
a la m ujer. E s el in sta n te en que debem os estu d iar el
segundo en ig m a de la poesía de D elm ira A gustini.
A nte todo, este aspecto en a q u e llo que tiene de
corporal y dom inador, es m enos im p o rtan te que el otro.
Fué el m ás im p resio n an te, y p ara m uchas personas la
poesía de ella está to d a defin id a por esta m odalidad,
EMILIO ORIBE 17

lo cual es Incompleto y erróneo a la vez. En este jui­


cio colaboran muchos elementóos impurbs, extra poéti­
cos. Elementos que sie Incorporan a la poesía de la
Agustini, debidos a los hechos determinan/tes de su dra­
mática muerte. La vldia dominó por un tiempo a la
poesía, penetró en el'la y la imaginación de las gen­
tes armonizó en un solo aspecto, los ríos diferentes
de la vida, el amor y la poesía, y enturbió así a esta
última. Además, entre otras contribuciones más impu­
ras 'aunque se mezclaron, están las relacionadas con
la Individualidad femenina en general, y mi aptitud
para revelar con entera libertad sus sentimientos con­
tenidos por las costumbres o el pudor. Tanta fuerza
adquirieron estos argumentos, que no pertenecen a las
leyes de lo poético y que 'ensombrecen la calidad de
un temperamento excepcional, que han llegado hasta
enturbiar los otros valores de la obra y construir una
figura d<e mujer, sobre la imagen de la poetisa que,
es seguro, tenderá a Ir desvaneciéndose con el tiempo.
En gran parte, la generalidad obedecía a una es­
pecie de prejuicio, muy divulgado por la fuerte fiso­
nomía de algunos románticos, cuyo representante más
conocido es el mismo Byron. La vida del laiutor va es­
coltando a la obra, más allá de los tiempos, como un
tiránico fantasma y a veces entre ellos se entabla una
tiránica lucha por perdurar.
La poesía de la Agustini se confundió en general
como una Imagen representativa del amor, del amor
concreto, del erotismo, con sus promesas o frutos que
dejan el amargo sabor en la lengua y la ceniza, al fin,
entre los dedos.
En otra serle de composiciones que existen en la
1S DELMIRA AGUSTINI

obra, desde el principio, pudo la m u jer ex p resar un


lirism o encendido. A propósito he escrito la m u jer y
no el poeta, pues p a ra éste, ya he trazad o u n a zona de
e sfe ra s fijas, m ás u n iv ersal y que au/nque sea a riesgo
de irla a con fu n d ir con u n a ab stracció n , es sabido que
se h a podido d escrib ir en d eterm inados ejem plos.
L a im presión que deja este dom inio eró tico de la
obra, es que tam b ién p articip a de la in ten sid ad de lo
que es h o n d am en te lírico.
Lo que sí, es d ife re n te de la a n te rio r categ o ría ya
especificada.
L irism o sig n ific a efusión de in tim id ad ; lo m ás in ­
dividual y oculto, se m a n ifiesta en form as bellas. El
individuo capaz de esta confesión» debe darse to ta l­
m ente y lo hace in co rp o ran d o un nuevo modo de sen­
tir lo bello, un m atiz, un sen tim ien to , un en te vivo,
en fin, al a rte de los tiem p o s y en especial a la poe­
sía y a la m úsica. P ero observando bien, podríam os
h a lla r tam bién v a ria s categ o ría de lirism o. El del poe­
ta como ta l, in d eterm in ad o y etern o , que no tien e ap a­
re n te carn a l vestid u ra, y que es santo, ya músico, ya
so lam en te lírico.
D espués el lirism o, llam aríam o s diferenciado. El
lirism o v aro n il y el lirism o fem enino, que can tan con
un tono d istin to , con sus p articu larid ad es en érg ica­
m ente definidas, como las voces g rav es de los hom ­
bres y las agudas de las m u jeres y niños en la a lte r­
n an cia de un salm o litúrgico, y h a sta hay m ás; existe
el lirism o genérico, el lirism o de raza, el lirism o le
escuela, que se m a n ifiesta n de muy d istin ta s form as.
Las escuelas, en cierto grado potenoializadas en
un poeta, d estilan un producto lírico, artificial, pero
EMILIO ORIBE 19

muy valioso en últim o térm in o . U na alq u im ia lírica,


difícil, m uy ex q u isita e in telec tu alizad a delicadam ente,
como ocurre con el estilo nuevo de la época de Guido
C avalcanti y la poesía del R en acim ien to y del sim bo­
lism o, épocas term in ales, de p erfeccionam iento, espe­
cies de culm in acio n es de arte s, en rarecien d o a la poe­
sía lírica en su afán de h a c e rla m ás eflevada. C astigo
h o rrib le éste, como el que -sufre quien se elev ara a
la vecindad d e la etérea esfera, con el afán de edifi­
car allí su castillo y poder re s p ira r belleza m ás pu ra y
m ás libre y que solam ente lo g ra caer en enigm as o en
fracaso.
Así como las alm as, en su fáb rica ín tim a, pueden,
con elem entos no cognoscibles o inconscientes, pro d u ­
cir u na poesía que llam aríam o s lírica, los poetas y
las escuelas, a modo de organism os vivos, o en m a ­
nejos de alqu im istas, pueden tam bién, com binando te o ­
rías, p alab ras o conceptos, d estilar u n a su tilísim a
esencia lírica: el lirism o in d eterm inad o y puro de los
alejan d rin o s o de M allarm é, por ejem plo.
P ero el lirism o que corresponde aten d er aquí es
el que se desprende de la m u jer que escribió aquellos
cantos eróticos de “ Los R osarios de E ro s” . L a m u jer
tiende a la intim idad. No h«a expresado casi n unca su
verdadera n a tu ra leza lírica al arte. P o r m uy diversas
causas y en tre ellas, u n a no ocultable: por la in c a­
pacidad que supone el pudor. E n to m o a esta aptitud,
se com plican los problem as de la in ten ció n o el deseo,
y la realización artística . El nom bre de Safo, perfum a
la antigüedad greco-rom ana p recisam ente porque do­
m inó eso*, porque expresó un lirism o' personal dife­
renciado del varonil y logró crista liz a rlo en re v e la d o -
20 DELMIRA AGUSTINI

nes eternas. Pero, p ara ese ejem plo, se req u ieren s a ­


crificios «norm es. L a publicidad d e los sen tim ie n to s
de los g ran d es poetas, en la m u jer está vedada por
eer éstop ab so lu tam en te íntim os, y adem ás, porque au n
cuando se expresen bien, pueden no s e r re p re s e n ta ti­
vos de to d a s la s alm as, sino de u n a lim itad a alm a,
que h a lla rá co rrespondencia afectiv a o eco en otro ser,
pero n ad a m ás, y esto n o lleg a a in te re s a r a la poe­
sía, la cual realm en te em pieza a vivir desde el mo-
i
m entó en que todos los que la leem os nos reconoce­
m os 'en ella, es decir, cuando se ab re aq u ella p u erta
del ilaberm to cuya clave posee el Dios que h ab la a
trav é s de 'nu estra carn e , o cuando lo reconocem os en
la llam a que h a d ejado a llí al nacer, no so tras. E ras,
por si solo, no llega a se r ese Dios; nos puede d ic tar
insignificancias. Lo único que puede h acer es en cam i­
n arn o s al en cu e n tro de aquel G uía inseguro, adem ás, por
su ceguera. No q u isiera alejarm e m ás, en to rn o de lo que
im p u ra o se c un dan1i an i e n t e ap arece incorporado a la
poesía fem enina. El hecho es que ella existe, ex p re­
s a n d o estado ríe alm a m uy o rig in ales y poderosos,
d irectam en te, sin ap o y arse n ad a m ás que en la oculta
psique de la m u jer in sp irad a, y que, desde Safo a la
A gustini, como án g u lo s enclavados en la carne, cerca
de la tie rra , h a s ta T eresa d e Jesús, com o vértice li­
berándose en el cielo, h a dado creaciones, que se ase­
m ejan en m uchas m odalidades, adem ás de se r únicas
y difícilm ente superables.
E n p rim er térm in o en la A gustini hay que no­
ta r que el lirism o erótico es directo.
E xpresado, en efuisión p lásticam en te realizada, con
riq u eza de ritm o s y colores, pero sin ap o y arse en la be-
KM (LIO OKI im n

¡la complicidad < U t Ja naturaleza. No !¡¿iy pal»aje, pro­


picio para «imbollzar o entretener al amor. La fuerza
pánica de lo» bo»quen o de lo» rfoH no acompaña con hu
rumor el ritmo da la mú»íca de Kro», que la embriaga
y de#vatusan por hu mágica y extraordinaria fuerza.
SI 'algún elemento de la realidad aparexje, lo hace
con la máscara del «ueflo, o ataviado a manera de Ima­
gen o HÍmbolo, con ol único fin d¡e que «I IIHamo ne
«poye y encuentre rejireaoniaclón concreta. No vló
atentamente la» variadísima» forma# y el valor de«-
crlj>tlvo de kw ternas <ic la naturaleza, y #u amor no
«e derfuvo a contemplarla como trasparentándose o
confundléndíme con ella, Lok jialMaje# que pueden apa­
recer en te* poewía», no w n visto», «on relám pago
móntale» nr<t¡u\m en la embriaguez del amor o expre-
«adoft en vlBlone».
Todo, p u m , manlfeHtó en ella como contribu­
ción lírica personal; por e»o e» torrencial a vece», deli­
rante y confuHa otra», con apariencia de la» Imágene»
del ennueño, creada» en estupor dlonl»íaco y confinando
por e»te último detalle, en la noción Intuitiva de m i e n ­
t r a . fugacidad y de la muerte.

A manera de confirmación de lo dicho, vayan e«-


t m virrum. Kn el primer libro ya m confiesa:

Imagina mf amor, amor que quiere


vida Imponible, vida xobreliumana;
Tú que *ab«K ni penan, »I con kijnien
airna y nuefio de Olimpo en carne humana.

Al amor lo concibió soñándolo:


y
“Impetuoso, formidable y añílente.
22 DELMIRA AGUSTINI

Hablando el impreciso lenguaje del torrente.”

Luego, lo soñó “triste,

como un gran sol poniente,


que doblá ante la noche su cabeza de fuego”.

E ste to rren te, y este sol que cae, son creados, e n ­


trev isto s en la u rdim bre de la im aginación co n stru c­
tiva, salidos de siu delirio im ag in ativ o ; no tie n e n su
co rresp o n d en cia en paisajes te rre stre s, no son to r r e n ­
tes vistos o soles de la n atu ra leza , que la poesía se
com place en v in cu lar con los estados em otivos cuando
el am or se id en tifica con lois p aisajes de la tie rra .

“Amor, la noche trágica y sollozante,


cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura,
“Tu forma fué una mancha de luz y de blancura”

E sta form a, esta luz y esta b lancura, son im ág e­


nes subjetivas, apoyándose sobre las otras, pero sin
te n e r co rresp o n d en cia en el m undo exterior.

Otro ejem plo:

“No valen mil años de la idea


lo que un m inuto azul del s e n tim ie n to :”

M ás ad elan te:

“Erase una cadena fuerte como un destino


sacra como una vida, sensible como un alma.”
EMILIO ORIBE 23

T o talm en te d ista n c ia d a s de la realid ad ex te rn a


son estas im ágenes, que por co n trad icció n , se ap o y an
en elem entas d e es&i pro p ia realid ad .
U na cadena, sí, pero fu erte y sacra, que te n ía u n a
debilidad g ran d io sa, la de se r sensible como un alm a.
Esto, ta n ilógico, sólo puede concebirse en el m e­
canism o de los sueños.
E n D elm ira A gustini, pues, la poesía lírica no se
ad o rn a ni se apoya en los elem en to s del m undo e x te ­
rior, tam poco en los de la c u ltu ra y la experiencia, p o r­
que le fué im posible, tam poco en lo accid en tal del tie m ­
po o de determ in ad o país.
Si e s trib a en la objetividad, lo hace p a ra h u n d irse
m ás ráp id am en te en lo que es del sueño. Casi diríam os
que no hay v aried ad es en estas poesías, o m ejor, no
hay variación p an o rám ica. Es un tem a único el del
am or, en -sai triu n fo , sí, pero en su an iq u ilam ien to ta m ­
bién y naufrag io .
El tran scu rso se hizo cánd id am en te prim ero, se
concretó después sobre la felicidad y la m iseria del
cuerpo, a llí entonó deliciosos y m ágicos cánticos, y por
fin, desem bocó en la idea y el hecho de la m uerte.
La m ujer de la poesía griega, pudo co n ten tarse
desde su isla de Lesbos, con ser la sacerd o tisa del do­
ble culto del am o r y la belleza. Sus ojos se detuvieron
y su s m anos pudieron acariciar, sobre diáfanos m ares
y colinas, la fren te de los efebos. P o r eso pudo ad o r­
n a r la em briaguez de su canto, con rosas y jacin to s y
congregar a su alred ed o r a los elem entos de los río s
y de las aguas. Un frag m en to de Safo, dice: “Enlaza
con tus manos delicadas, o Digké, las guirnaldas alre­
dedor de tu cabellera; bellas flores ayudan a la gra­
DMI jMI UA a o u stin í

d a ; uno sopara la vista «lo una lim ito sin corona de


floroN”.
Hay aquí ligero/wi, graieioBo movimiento de expro-
bI ohobo iniágoinoB quo no envejecen con Job fligloB.
“ VA a m o r me tortu ra, d o m a d o r djo m is m iem bros,
dulce y a m a r g o a la voz, m on stru o I n v en cib le”. EbIob
fratfinenloiB y lo's que ni^uen revelan ol dom inante im­
pulso del am or, 011volviendo a l'a m ujer en una especie
do rendición ag radable do ósla, que al minino tiempo ho
vino,ula y a d o rn a con loa toBoroB do la Horra. No exis­
to posibilidad do w m p a ra r usta form a de capitulación,
con 'aquella manera, do concebir el am or, con gigante
exíilusiviBino, quo expreisó la Agustini, en donde en ca­
da, instante wo asocian o luchan la m uerte y ol tiempo.
Can Ion do capitulación, apoyándose wobre el ouorpo o
wobre sí mismos, aislándose de Jo externo, para buBC4ir
la (compañía <<I(í h i im agen y <rl sentim iento, n ad a más.
Lirismo que so con centra y apoya en bu propia som ­
bra, p ara in te n ta r hacerse verdaderam ente cread or y
más d enso y terrible.
No Imy ex pansión ni complicidad del ser indivi­
dual con ol inundo externo y b u fiesta, Bino por el con­
trario, u na porm anonto fidelidad de obo sor (ron su esen ­
cia fundam ental.
i >eistaq liemos osl os ojom pi oh :

"} Acaso filó en un m arco de Ilusión


en el profundo esp ejo del djosco,
o fuó d iv in a y sim p le m e n te en vida
4iue yo te vi velar mi su eñ o la otra n o c l i e f ”
FUMINO ORI HE

Mlln tuI a lcob a a g r a n d a d a do soledad y m iedo,


tacitu rn o a mi lado a p a r e c is te
com o un h o n g o g ib a n te , m u erto y vivo,
brotado en los r in c o n e s de la n o c h e . .

E s la visión 'dom inante en lia obra de D elm ira


A gustini; en e«io, dijera-so que - -su alm a vivió onclaus-
tra d a en sí miisnui. (lomo u na n a tu ra le z a m edioeval,
con los ojos conrados al m undo inanim ado, pero con. la
percepción «agudísima de sus propios dom inios y de lo
(juc podría ofreoor el m isterio de aquel o tro cuerpo
elegido o adivinado, para su exclusiva dom inación. E n ­
tóneos dice:

El a m a n te ideal, el o s fu lp ld o
En p ro d ig io s de a lm a s y de cu er p o s;

Debe ser vivo a fu e r /a de so ñ a d o,


Que sa n a r e y a lm a se me va en los s u e ñ o s ;

H a de nacer a deslum brar la Vida,


V ha de ser un dios n uevo!

Las culebras a zu les de sus venas


Se nutren de m ilagro en mi c e r e b r o . . .

Si allguna vez descubre bellezas en -ol mundo, bus­


c a rá 1o m ás raro y terrible, para esclavizarlo a su pen-
sam ionto y en tre g arlo al 'sor que (día ha elegido.
En osa <7poc,a sus ino joros him nos son p ara alab ar
la perfección o la grandeza de los otros hum anos o
para com placerse en la adoración del hom bre que am ó
26 DELMIRA AGUSTINI

y soñó. P ero esta m odalidad se a lte rn a con el cu lto o


el an á lisis de su propia individualidad, destacán d o la
potente y orguliosa sobre todo lo que en la tie rra ex is­
te. Tal cara c te rístic a se e n c u e n tra com pleta en dos de
lajs m ás e x tra o rd in a ria s poesías que dejó esita m ujer.
A propósito las hem os dejado p ara este in stan te.
Es el m om ento en que el lirism o de la A gustini
realiza el com pleto m ilag ro de aso ciar el sen tim ie n to
y la idea en la m ás adecuada form a.
Aun cuando el 'tiem po d estru y era o en v ejeciera
expresiones, o que la concepción del a m o r o de la m is­
m a poesía se tra n sfo rm a ra , y nuevos in sp irad o s seTes
n acieran p ara ex p resarlo s en muy d istin ta s form as, ja ­
m ás podrán p erecer los te so ro s que se h allan reunidos
en la “P le g a ria a E ro s ”.
P ero, lo curioso es que esta com posición co n q u ista
esa g ran d eza y esa tra n s p a re n c ia de lirism o p recisa­
m en te porque el elem ento lírico am oroso tien d e a h a ­
cerse m enos determ inado. Ya no es el m otivo del c a n ­
to, un am o r; aquél que la hizo co n fesar a n tes:

“Mi alma es frente a tu alma como


el mar frente ai cielo”.
o
“Encastada en m is manos fulguraba
como extraña presea tu cabeza!”

No. Aquí el canto está dirigido a Eros, al m ito, al


Dios, y la expresión, al d escen tralizarse se d iafan iza y
se to rn a de nuevo lirism o de todo tiem po y alm a a la
vez, y h a sta ecum énicam ente de todo ente poético. Dos
veces se realiza ese tra n sfig u ra d o r m ilag ro : en la “In­
EMILIO ORIBE 27

vocación a E ro s”, pieza in ju sta m e n te olvidada que


abre el libro “Los C álices Yracío s” y en “ La P le g a ria ”
la m ayor a ltu ra de poesía alcan zad a por D elm ira A gus­
tini.
La invocación es ésta:

A EROS

P orque haces tu can de la leona


M ás fu erte de la Vida, y la ap risio n a
La cad en a de ro sas de tu brazo.
P orque tu cuerpo es la raíz, el lazo
E sencial de los tro n co s d isco rd an tes
Del p lacer y el dolor p la n ta s g ig an tes.
P orque em erge en tu m ano b ella y fuerte,
Como en broche de m ísticos d ia m an te s
El m ás em b riag ad o r lis de la M uerte.
P orque sobre el Espacio te diviso,
P u en te de luz, perfum e y m elodía,
Com unicando in fiern o y p araíso .
— Con alm a fúlgida y carn e so m b ría. . .

Nótese cómo p aralelam en te a la elevación de'l te­


ma, la form a adquiere aju stad o perfeccionam iento y
riqueza.
Los elem entos m ateriales expresivos se h an a fi­
nado exquisitam ente. L as im ágenes ison justas, deno­
tando un dom inio certero de los versos y el to rre n te
subjetivo contenido por la adm irable ciencia, obedece
sabiam ente, y de un solo impulso, a las invencibles le­
yes de la arm onía.
P ero esta arm onización se h a realizado, dije, de-
28 DELMIRA AGUSTINI

tendiendo a la poesía del perecedero destino de aque­


llo que en otro s es p u ram en te in sp iració n , y no h a h a ­
llado la form a helada, pero divina y segura, que la sa l­
ve. Shelley 'dice en su “Elogio de la P o esía”, que ésta
es “una espada de luz, siempre desnuda, que consume
la vaina que intenta contenerla.
Si con esto, que intenta contenerla, Shelley quiso
re fe rirse al concepto ex tern o qlie in te n te d efin irla o
explicarla, taJl vez te n g a razón. H ay u n a poesía que no
puede s e r red u cid a a concepto.
P ero si hem os de a p lic a r la fra se al problem a de
la poesía, en realid ad la poesía será siem pre la espada
ide luz, 'desnuda en sí, pero que n o consum e ja m ás a la
fo rm a que la co n tien e, es decir al verso que la lim ita
y la co n cre ta en espada, y no en resp lan d o r que se es­
fum a en el espacio.
P ero la a ltu r a co n q u istad a en la Invocación es su­
p erad a por el m ilag ro realizad o en “L a P le g a ria ” .
S eñalem os la perfección de este prodigio lírico
realizad o sin titubeos. E n aq u ella P leg aria, que es a u ­
té n tic a plegaria, h ay id e a s ; Vaz F e rre ira las vió y a en
el “L ibro B lan co ” y se detuvo aso m b rad o a n te la fa ­
cultad de ta l poesía, de p la sm ar p o r an ticip ad o y de
un sondeo, lo que la in telig en cia sólo puede conseguir
por procesos sucesivos. E n la invocación recien tem en ­
te c ita d a notem os aquello que, en lo psicológico, tien e
v alo r de dato de estudio

P o rq u e tu cuerpo (el de E ro s) es la raíz, el lazo


“esencial de los troncos discordantes
del placer y el dolor, plantas gigantes”.
EMILIO ORIBE 29

T erm in a esta breve poesía como lo suelen h a ­


cer los g ran d es sim bolistas, estableciendo u n a suges­
tió n : P o r to d as las causais que en u m era d edica el li­
bro,
Con alm a fúlgida y carn e s o m b ría . . .
Se sabe que lo dedica, E lla, en u n gesto m a estro
de la ex p resió n no lo dice: de m odo que h a llegado a
lo m ás difícil de lo g ra r en el p o eta: ahorrair térm in o s,
sim plificar m edios, d ecir lo m á s hondo con el m ínim o
de recursos de vocablos y giros. L a m a te ria líric a cul­
m inó en la perfección, no h ay que to c a rla m ás; si la
tocam os se deshace. D espués de esto, la P leg a ria, es
un paso m ás. ¿Q uién h ab la aquí? Puede ser u n a som ­
bra de la an tigüedad. Puede re p re s e n ta r ese can to un
fragm ento lírico, a rra n c a d o de u n a tra g e d ia de Sófo­
cles. U na voz lírica no d e te rm in a d a de fig u ra h u m a­
na, ni soñada, se acerca a Eros, p a ra in terced er en fa ­
vor de los que no h a n sentido el am or, por m uy d iv er­
sos y triste s m otivos. Los id en tifica con -los viejos m á r­
moles. El ruego no es exaltado ni violento y, sin em ­
bargo, es de u n a em oción profunda. Desde el p rim er
m om ento el can to to m a a ltu ra b ru scam en te como u n a
in sp irad a colum na, y después re in a n la grad ació n y el
equilibrio, m an ten ién d o se am bos sobre la sinuosidad
evanescente de u na plegaria. La oración se eleva con
belleza; casi d iríam o s que, paira confundirnos, m ás, la
persona que se d irig e a Eros, que lo ha gozado y que lo
lleva en sí, como en su san g re p ara can tar, se h a to r ­
nado en apolínea. No es u n a p leg aria inocente. La. voz
que la levan ta, por la m an era sabia de expresarse, de­
m uestra que h a realizado ap ren d izaje y ex p erien cia de
am or. A pesar de ello, los sacudim ientos se h an sere­
DICLMIRA AOirSTINI

nado, al volcarse en la forana dúctil y soberbia y el


c an to se exhalia len tam en te, m atizad o de Im ágenes e
ideas, ideas a n te las que uno se d etien e; Im ágenes que
por sí solas son unidades de polivalencia lírica, por su
denso valor

PLEGARIA

— Ero«: ¿acaso no sen-tiste n u n ca


Piedad de las estatu as?
Se dirían crisálid as de piedra
De yo no sé qué form idable raza
En una e te rn a esp era in en arrab le.
Los crá te re s dorm idos de sus bocas
Dan la cen iza n eg ra del Silencio,
M ana de las co lu m n as de sus hombro»
La m o rta ja copiosa de la ('alm a,
Y fluye de su s ó rb itas la noche:
V íctim as del F u tu ro o del M isterio,
En capullos te rrib les y m agníficos
E speran a la Vida o a la M uerte.
E ro s: ¿atraso no sen tiste nunca
Piedad de las e statu as?

Piedad p ara las vidas


Que no doran a fuego tu s bonanzas
Ni riegan o d e sg a ja n tu s to rm en tas;
Piedad p ara los cu erp o s revestidos
Del arm iñ o solem ne de la Calm a.
Y laB fre n te s en luz que sobrellevan
G randes lirios m arm ó reo s de pureza,
Pesado® y glaciales como tém p an o s;
EMILIO ORIBE

Piedad p a ra las m an o s en g u a n ta d a s
De hielo, que no a rra n c a n
L os fru to s d eleito so s de la C arne
Ni la» flo res fa n tá stic a s del a lm a ;
P iedad p a ra los ojos que ale te a n
E sp iritu a le s párpajdos:
E scam as de m isterio ,
N egros te lo n e s de visio n es ro sas. . .
¡N unca ven n ad a por m ira r ta n lejos!

P iedad p ara la s pu lcras cab elleras


— M ísticas au reo las—
P ein a d as com o lagos
Que nunca a ire a el abanico negro,
Negro y enorm e de la tem p estad ;
P iedad p ara los ín clito s esp íritu s
T allados en d iam an te,
Altos, claros, ex tático s
P a ra rra y o s de cúpulas m o rales;
P iedad p ara los labios como engarces
C elestes donde fuQge
Invisible la p erla de la h o stia;

— Labios que n u n ca fueron,


Que no ap resaro n n u n ca
Un vam piro de fuego
Con m ás sed y m ás ham bre que un abism o.
Piedad p ara los sexos sacro san to s
Que acoraza de u n a
H oja de viña a stra l la C astidad.
Piedad p ara las p lan tas im an tad a s
De eternid ad que a rra s tra n
32 DELMIRA AGUSTINI

P o r el etern o azu r
L as sa n d alias q u em an tes de sus llag as;

Piedad, piedad, piedad


P a ra to d as las v id as que defiende
De tu s m ara v illo sa s in tem p eries
E l m irad o r en h iesto del O rgullo:

A púntales tu s soles o tu s rayos!

E ro s: ¿acaso no sen tiste n u n ca


P iedad de la s e s ta tu a s ? ...

E s im posible d e s e n tra ñ a r los a n teced en tes del


proceso que guió la creació n d e este poem a. ¿E n dón­
de pudo la A gustini, co n tem p la r esta tu a s, así, b la n ­
cas en ordenación de selva de m useo? Im posible h a ­
cerlo en n u e stro m edio donde n o las h a b ía y no la s
hay. El elem ento p lástico de p artid a, las e sta tu a s de
un ta lle r o ja rd ín no pudo sino ad iv in arlas. Más ra ro
aú n es la o rig in alid ad d e la p rim e ra im agen.

Se dirían crisálidas de piedra,


De yo no sé qué formidable raza
En una /eterna espera inenarrable

o rig in alid ad bellísim a, co n creta y del ran g o de lo pu­


ra m e n te in telig ib le, se m e p resen ta a mí, en o rd en a­
das im ágenes de u n a sa la de e sta tu a s de alg ú n m useo
grandioso. P ero en ella ¿cóm o se pudo m a n ife sta r ese
estado? ¿Dónde pudo co n tem p la r e sta tu a s sino en su
m ente, y elevadas por la escala de su m ilag ro sa in ­
consciencia?
EMILIO ORIBE 33

El resto de la poesía se p re sta a consideracio»nes


an álo g as por su o rig in alid ad , perfección y arm o n ía. El
conflicto de fondo y contenido desaparece en esta poe­
sía. La im agen e n cu e n tra su adecuación fo rm al en
una hip ó tesis preestab lecid a realizad a a n te s de con­
cretarse en el verso. E s u n a creación in s ta n tá n e a y
perfecta, a n te rio r a to d a lab o r que al m ism o tiem po
establece un índice o tim b re de je ra rq u ía esp iritu al. En
D elm ira A gustini, la in teg ració n m ás bien es p lástica
e ideativa; no es n u n ca m usical. L a so rp resa que uno
ex p erim en ta an te estos h allazg o s es in m en sa; no pue­
de sin em bargo el juicio estético adorm ecerse en el éx­
tasis, sino que el c a rá c te r superior, el arreb ato , el im ­
perio de la belleza creada por esta m ujer, tien en la
propiedad de im a n ta r y provocar inquietud, como si nos
h alláram o s fren te a un abism o adivinado. Aquí hem os
llegado a la culm inación de la obra de D elm ira Agus­
tini. L a ascensión de su lirism o fem enino, de nuevo se
h a volcado en el lirism o absoluto del p rim er tipo que
se m encionó y estudió al in iciar este an álisis y am bos
se h an unido como dos serenos.
A demás de estas revelaciones en que se a rm o n i­
zan sensibilidad y lucidez, hay en D elm ira A gustini una
form a de poesía, que aparece, p red om inantem ente, re ­
cargada de ideas. Es decir, h a sta ah o ra notam os lo
que podríam os llam ar el lirism o puro, en sí, pero con
algunas im ágenes, ideas, solidificaciones de poesía en
él; después señalam os el lirism o hum ano, el lirism o
erótico dionisíaco, a veces corporal, encendido y tu r ­
bulento. Quedan en la obra alg u n as com posiciones que
escapan a estos estados. Se las en cu en tra en todos los
libros de la autora.
34 DELMIRA AGUSTINI

P a ra establecer g rad ‘os, direm os que se inicia este


ejem plo de poesía, en la A gustini d'e tiem po en tiem ­
po y por im ágenes perdidas en la s com posiciones. Im á­
genes intelig en tes.

E jem plo: “El silencio, se d iría, la


voz de Dios que s'e ex p licara al munido”. “El ex trañ o
dolor,
de un pensam ien to inm enso se a rra ig a en la vida de­
vorando alm a y carne, y no alcan za a dar flo r.”

¿N unca llevasteis den tro u n a e strella dorm ida,


que os a b ra s a ra en tero s y no daba un fu lg o r?”

L as noches son cam inos negros de las a u ro ra s. . .

Ah, tu s ojos tristísim o s como dos g alerías ab iertas al


¡poniente” .........

Yo te n ía dos alas, fulm íneas,


como el velam en de u n a estrella en fu g a” . . .
Mis alas; Yo las vi deshacerse en tre mis brazos:
E ra como un deshielo” —

“Yo vivía en la to rre inclinada de la m elancolía


L as a ra ñ a s del tedio, las a ra ñ a s m ás grises
en silencio y en gris te jían y te jía n .”

Todas estas im ágenes son inteligentes. La im agen


en los m ejores poetas, asocia la -espontaneidad y la p e r­
fección» pero en los m ás g randes une tam bién la pro­
fundidad. Hay im ágenes de g ran belleza, como ángeles
EMILIO ORIBE 35

caídos d'e las esferas fija s de la razón. Al caer en e8


verso h an traíd o un celeste resp lan d o r que las nim ba.
H ay im ágenes, ideas, su m am en te d iáfan as, que se es­
fum an en las alegorías, como existen aq u ellas im áge­
nes, que dice, que vienen deil sen tim ien to puro, y que
n au fra g a n en la m úsica. De éstas no son las de D elm i­
ra A gustini; sus im ág en es se p resen ta n de p ro n to n im ­
badas de un resp lan d o r de d iv in a intelig en cia. E stán ,
eso sí, en estado in candescente y >puro; n o tiemien m a ­
te ria l su b altern o o aleacio n es y no pueden ser u tiliz a ­
das por el razo n am ien to o la lógica. No sirv en n ad a m ás
que p ara la belleza, en aq u ella zona en que está se p ie r­
de g radualm en te en la inteligencia.
E l valor de la im agen en ella, consiste en sai exac­
titu d poética; las sem ejanzas m ás rem o tas son ex p re­
sadas de uin sólo in ten to y m arav illo sam en te. Se a l­
canza la an alo g ía de las diversas form as del m undo
con el hom bre y la belleza de esa an alo g ía nos las re ­
veló como creándolas de su propio ser. P ero las im á­
genes-ideas m ejo r que las im ág en es sensaciones, tie ­
nen o tra exactitud que nunca pudo ser n o tad a por n a ­
die h a sta el m om ento en que el vidente o el poeta lo
hizo. Y sucede esto, porque el m aterial, por llam arlo
de algún modo, de la imagen» se revela como creado
por el espíritu y después de revestido con u n a form a
bella, el verbo lírico, es in co rp o rad a al patrim o n io de
los hom bres. Todos h allan en ella, elevación y belleza
¿porqué? no se sabe, pero el certero sentido de lo ber­
ilo inteligente lo afirm a y lo goza con fruición estéti­
ca. Desarrollan/do m ás estas im ágenes llegam os a la
elaboración de los símbolos, las aleg o rías y de ciertos
poternas que no son filosóficos pero que contienen ideas
36 DELMIRA AGUSTINI

muy superiores. La obra de D elm ira A gustini desde el


principio apareció densificada por un poem a en ig m á­
tico y trascen d en te que se titu la “Los Idolos”. No se
puede uno ex p licar como se pudo lleg ar a este poema,
a. no se r que nos hum illem os y volvam os a invocar la
te o ría platón ica en su form a m ás exigente. Los diosee
eligieron aqu í el cuerpo de u n a niña* la em b riag aro n de
luz igual que a los co rib an tes que sólo danzaban cu an ­
do estaban fu era de si m ism os, como se dice en el Ion,
y la hicieron e n to n a r u n him no ascendente en el sen ti­
do de un divino am or, personificado en un ídolo único,
m ien tras iban desapareciendo y extinguiéndose idola­
tría s su b altern as o b astard as. Claro, que se puede a r ­
g u m e n ta r qu-e ella cuando escribió no se propuso de­
cir eso, pero la o tra resu ltó ta n com pleta de form a y
sobrepasa todo lo que co nscientem ente h u b iera q u eri­
do realizar, y el proceso de la adoración p rim aria de loe;
ídolos, d esarró llase con ta l riqueza y sinceridad en sois
detalles, lo m ism o que su caída, y la elevación de la
ú nica form a adorable está ta n m agníficam en te ex p re­
sada, qu>e in terp reta m o s allí por fuerza un sentido de
relig io sa trascen d en cia. Pero, despojándola de esto, en
sí, la poesía es ju n tam en te, con la “P le g a ria a E ro s” ,
una culm inación. Si la P leg a ria es la Sum m a de todo
lo que pudo ex p resar el lirism o erótico de D elm ira
A gustini, la poesía “ Los Idolos” de golpe, constituye en
su obra lo que con m ás in ten sid ad y sap ien cia órfica
pudo ex p resar su otro lirism o, por decir así, angélico,
ciel que se hizo m ención al principio de e ste estudio.
L as form as m ás in co rp ó reas del lirism o, por su ca­
rá c te r de in d en tificarse con asp iracio n es v erticales o
lenguas de llam as, h an sido in te rp re ta d a s como e sta ­
EMILIO ORIBE 37

dos de evasión. R u p tu ra s de cárceles de cuerpo forza­


das por alm a s que in te n ta n e m ig ra r an te s de tiem po y
p ara ello se ex p resan en las obras poéticas. La poesía
en D elm ira A gustini no es evasión. P a ra que el poeta
quiera evadirse de la realid ad tien e que conocerla, y
después de la ex p erien cia in m ed iata o len ta, pero al
fin d esafo rtu n a d a de sí m ism o o de lo que lo circunda,
nácele un a la in cip ien te y d ivina: el deseo de evadirse
hacia u n a creencia, el sueño o la creación artístic a . E n
la A gustini el proceso es in v erso ; m ás que h u ir de la
realidad, ella quiere p erm anecer. Su c an to es u n a des­
esperación por no desvanecerse» perm aneciendo en la
afirm ación de su individualidad.
T an inten so es este dieseo de perm an en cia, que
se dedica a re a liz a r la tran sfo rm a ció n de los m ism os
elem entos inasibles de su fa n ta sía o de su delirio, en
concretas realidades. M uchas poesías suyas son eso.
C ristalizaciones a rd ie n tes del m a teria l de ensueños de
que está tejid a la vida en un afán suprem o de que esos
valores im ponderables sean trasm u tad o s en realid ad es
de belleza prim ero, y en realid ad es tan g ib les v ad o ra­
bles, después.
Poem as e im ágenes m ás allá, cuerpos y labios be­
llos, m ás aquí, toldo creado por ese proceso in te rio r m ás
bien que desprendido de lo externo concreto.

A gregar es justo que adem ás de estas revelaciones


en la poesía de D elm ira A gustini hay oscuridades y a r ­
tificios. H ay poesías esteram en te oscuras, d eliran tes y
son las de la últim a época. El am or se h alla e n tu rb ia­
do por una intensidad obsesiva; los sueños diáfanos se
oscurecen en pesadillas. El ángel m alo h a em pañado
38 DELMIRA AGUSTINI
/
la carn e y la san g re articu la alg u n as expresiones y can ­
tos, que podrían ser dictados por las fu rio sas vírgenes
condenadas.
Tales son por ejem plo, “Mis A m ores” , “Mi p lin to ”,
“S e rp e n tin a ” y otras. La fo rm a s e h a destrozado, resis­
tiéndose por el caudal de la em oción trá g ic a o del tir á ­
nico deseo. De ah í en ad elan te la poesía se to rn a áspera
y sibilina, perdiendo su equilibrio y «su tra n sp a re n c ia ,
por d erro te de la a le rta cen su ra del núm ero y el ritm o,
p ara to rn a rse en u n a d eliran te m otivación en que se
identifican el dolor, la m uerte, el orgullo y el caos.
E ntonces, el hum o que se le v an ta sobre la piedra
en que se 'sacrificaba su carn e ardiendo en mirra* hace
que m uchos versos o poem as no te n g an sentido o lo
te n g an m uy am biguo y h a s ta g rosero y de m al gusto.
D elm ira A gustini adquirió la perfección lírica en
un m om ento te m p ran o decisivo de su vida. ¿Buscó el
artificio después?
No es eso. E lla se to rn ó así al seguir fielm ente el
ritm o de isu p ersonalidad a g ita d a por h o rrib les to rm en ­
tos Su virtud poética se hizo can de la leona de
los im pulsos. L a sinuosidad de su orquestación crecien ­
do llegó h a s ta hacerse espasm ódica y entonces el m en­
saje tra sm itid o por los dioses, se hizo ininteligible, por
la tu rb ació n del cuerpo y el alm a. Lo dluradero de su
obra no está precisam ente en lo que creó al final de
aquel período de su vida que ella denom inó el m ás hi-
perestésico. A unque parezca contradicción lo m ejor de
D elm ira A gustini, debem os buscarlo en aquellos m o­
m entos en que, azo rad a e inquieta, co n ten ía los la ti­
dos de isu sien y de su pecho, p ara equilibrarse, enage-
nánidose en la m úsica apolínea, que es en la tie rra la
EMILIO ORIBE 39

reso n an cia y la eq u iv alen cia de la m úsica de los orbes.


La poetisa, 'dem asiado m ujer, dem asiado h u m an a, en
sus últim os años, no pudo d eten erse an te el seren ísim o
rum or de estos m ovim ientos que, como es sabido, son
provocados tam b ién por el m ism o am o r que la sacudió
ta n furiosam en te a ella.
Pero lo que no logró hacer, lo h a rá el tiempo" que
irá rodeando su obra con u n a diafan id ad poética, n i­
velándola con el lirism o que realizó en los m om entos
m ás felices de su vida, cuando el am or se le p re se n ta ­
ba en el m isterio de la irrealid ad soñaba y no en la des­
nudez de su tristísim a verdad.
Florencio Sánchez,
su obra y el Teatro Nacional.
Por

Carlos M. Princivalle
Florencio Sánchez, su obra
y el Teatro Nacional

E n las olim piadas de la an tig u a G recia, después de


los juegos gím nicos, se realizab an los alto s juegos del es­
píritu, quedando así cerrado el ciclo olímpico. E ra la
perfección del círculo, d entro del cual un g ran pueblo
fo rjab a su destino histórico.
T erm inado n u estro ciclo deportivo, se inicia este p ro ­
g ram a espiritu al, que h a de c e rra r el círculo en n u es­
tra s olim piadas cen ten arias, de pueblo sano y culto.
E ste program a, la Com isión N. del C entenario, lo
p atro cin a; don Carlos R eyles h a trazad o su esquem a
con m ano segura de m aestro, y los encargados de des­
arro llarlo , gozamos, como cumple, de lib ertad de juicio,
pero tenem os u na difícil consigna: síntesis.
C ircunstancias m ás que títulos, h a n hecho recaer
en m í el doble h o n o r de ab rir este ciclo y d e sa rro lla r el
capítulo consagrado a Florencio Sánchez. A fin de d ar
m ayor claridad a mi exposición, he creído necesario
in te rc a la r en su desarrollo alg u n as brevísim as escenas
que sirvan de apoyo a mi com entario; escenas que se­
rá n in terp reta d as por los jóvenes R am ón y A paricio
Otero, distinguidos alum nos de la sección a rte d ram á­
tico de la E scuela N. de D eclam ación, quienes g en til­
m ente, p restan su concurso.
6 FLORENCIO SANCHEZ

Florencio Sánchez, su obra y el Teatro Nacional

P a ra a p re c ia r en form a in teg ral la obra de F lo ­


rencio Sánchez, fu erza es em pezar por co n sid erarla
den tro del cuadro h istó rico . T iene esta o b ra doble v a­
lo r: el in trín seco y el de relació n d en tro del T ea tro
R ioplatense, donde m a rc a u n a altu ra . Desde ésta, v a­
m os a ech a r u n a o jead a h acia a trá s. A guzando la vi­
sión, ap arecen los p rim ero s atisbos de te a tro propio,
en el lejano y ya brum oso h o rizo n te colonial. H ay, em ­
pero, quienes n o reconocen en esos an teced en tes h is ­
tóricos, los indicios n a ta le s de n u estro T eatro, p ara el
que q u isie ran reiv in d ica r algo así como el privilegio de
u n a g en eració n esp o n tán ea. P ero el absurdo biológico,
no lo es m enos aquí. E n cam bio, si no es posible u n a
absoluta o rig in alid ad en el acto creador de n u e stra d ra ­
m ática, podem os in v o car u n a ascen d en cia esclarecida:
E sp añ a. E sto no sig n ifica en m odo alguno, que n u estro
T e a tro sea ün capítulo o p ro longación del T eatro E sp a­
ñol. E q u iv ald ría a n e g a r su existencia. No. N uestro T e a ­
tro no es español, como n o so tro s no som os españoles.
L as a rte s lite ra ria s nacen de la o rig in alid ad y el carác­
te r de u n a civilización, de una. raza, de u n pueblo, y
puede a firm arse que e n tre to d as aq u ellas artes, el T ea­
tro es la que m ás n ecesita de dichas condiciones p ara
m a n ifestarse y existir, sin duda porque en tre todas, es la
m ás corpórea, la m ás v iv a y la m ás social.
.En lo accidental, p rim ero ; en lo espiritual, des­
pués, el hijo de A m érica debía ir diferenciándose del
padre hispano. Nuevas tie rra s , nuevos frutos. P o lítica­
m ente, esa diferenciación debía llam arse Revolución de
CARLOS M. PRINCIVALLE 7

Mayo; etológicam ente, el ro p aje de los viejos usos y


costum bres españoles debía te ñ irse en tin ta s gen u in as,
a que un nuevo sol p restab a n u ev a coloración. Y h a s ta
el lenguaje, el g ra n len g u aje de C ervantes, sufre el in ­
flujo de esta ley de m odificación, in ex o rab le y potente.
Es que u na vida y un esp íritu nuevos, n ecesitab an de
nuevas p alab ras y nuevos ritm o s de expresión.
E l genio español, fo rjad o r de las In d ias Occiden­
tales, h ab ía de fo rja r, tam b ién , uno de los m ás g ran d es
T eatro s de la cu ltu ra occidental. A su conjuro, dos n u e­
vos m undos se alzab an sobre la tie r r a : uno re a l; otro,
ideal. El prim ero de esos m undos es A m érica, te a tro
de sus h aza ñ as inverosím iles, con h éro es reales que p a­
recen ideales; el otro, es el m undo de su T eatro , v erd a­
dero y genial, con héroes ideales que p arecen reales.
Y ap en as se afirm a bajo los pies del conquistador,
el suelo movedizo y receloso de In d ias; ap en as se vive
la rela tiv a no rm alid ad de la ex isten cia colonial, c u an ­
do en ese suelo recién sedim entado, los españoles le­
v a n ta n su casa de “com edias fam o sas”, su C orral de
la P acheca. Y en tie rra s de A m érica resu en an los v er­
sos del genio de C alderón y la g racia de Tirso.
C uentan an tig u as h isto rias, que cuando los g rie­
gos fueron deshechos fren te a los m uros de Siracusa,
los vencedores siracusanos, descendientes coloniales de
los vencidos, les p erdonaron la vida y dulcificaron su
cautiverio, porque hab ían oído en boca de los p risio ­
neros los versos de Sófocles y de E urípides. E ra que
la m adre común, la lejan a Grecia, envolvía en su a b ra ­
zo arm onioso y racial, al hijo de la m etrópoli y al hijo
de la colonia. T al los versos del g ran T eatro E spañol
del Siglo de Oro, confunden a españoles y am ericanos
8 FLORENCIO SANCHEZ

en el m ism o ard o r artístico . Con el tiem po, los n ativos


se h a rá n acto res; escrib irán tam b ién sus obras. P ero
la diferenciación que viene poniendo toques enérgicos
en la a rc illa nativ a, em pieza a m an ifestarse. Y m u­
cho an tes que el g rito de lib ertad b ro ta ra del pecho del
p atrio ta, el te a trillo nativo, vaciado en m oldes esp a­
ñoles, balbucea sus p rim eras originalidades. D esgracia­
dam en te p ara el a rte nativo, éste da sus p rim eros ale­
teos cuando el T ea tro E spañol, bajo el peso de su pro­
pia grandeza, cae en el caos del Siglo X V III: loas, en ­
trem eses, sain etes de un chocante y bajo realism o, que
form an la escuela esp iritu al y p ráctica de n u estro s os­
curos precurso res te atrales.
L a pieza crio lla de la época colonial, te n id a por
m ás a n tig u a de cu an tas se conservan, es un sain ete de
a u to r desconocido, titu lad o “'E l am o r de la e stan c iera” ,
títu lo am erican ísim c si los hay. La acción se d esarro lla
en un ran ch o , a pleno campo, y sus p erso n ajes son p ai­
sanos que viven su v id a y h ab lan su lenguaje. T om e­
mos al azar, un diálogo, en tre Ju an ch o y C ancho:

Ju an ch o .— ¡Loao sea Dios!


C ancho.— Apéese no más.
Ju an ch o .— Todo el día he cam inao,
y ya me buelbo h azia traz.
C ancho.— ¿H a en co n trao un alazán,
un bayo y un zebrunito,
un to rd illo y un picaso,
u n a yegua m alacara,
con u n a p o tran c a overa
y un redom ón g ateao ?
Ju an ch o .— Sí, señor. Según las señas
CARLOS M. PRINCÍVALLE 9

que su m ercé h a relatao ,


he en co n trao esa m an ad a,
allá abajo en un bañao.
C ancho.— ¿R eparó, am igo, en el yerro ?
Ju an ch o .— Sí, señor. E ra redondo
con un calam o n sito al lao,
# y o tro m etido en el fondo.
C ancho.— M ire usté, mi y erro es éste:
(hácelo en el suelo con el dedo)
T iene aq u esta ra y a aquí,
o tra tien e a modo de arao,
y un calam onsito al lao.

E ste producto del p rim itivism o criollo carece, co­


m o sus modelos, de todo v alor artístico , pero p resen ta
p ara nosotros, el valor de las prim icias. Ved, si no,
cómo em piezan a entrem ezclarse con p alab ras y giros
de la m ás pura casticidad castellan a, los m odism os y
te rm in o lo g ía rioplatenses, así como las cosas g en u in as de
la tierra.
M odestas, in sig n ifican tes casi, estas producciones
pudieron ser, sin em bargo, la cuna d irecta del T eatro
R ioplatense. Más g ran d es T eatro s tu v iero n cunas m ás
pequeñas. P ero la línea recta y visible del d esarrollo de
n uestro T eatro, debía rom perse p ara reap arecer, con
la ap arien cia de un nuevo punto inicial, casi un siglo
después. Las cosas tien en a veces curiosos juegos con­
trad icto rio s, dibujan caprichosas contradanzas. Así,
vem os que cuando los pueblos rio p laten ses conquistan
con las arm as su nacionalidad, el T eatro, que se había
anticipado en m anifestaciones afirm ativ as del cará cter
y del sentim iento de la tierra, cae en una incolora y
10 FLORENCIO SANCHEZ

d esfro n terizad a g en eralid ad lite ra ria , en vez de h ace r­


se m ás nuestro. E s que el poder español, en este cam po,
se hacía se n tir aún, por inercia. He aquí la causa. A
fines del Siglo X V III, v ísp era de la Independencia, la
descom posición estética y m oral del T eatro E spañol,
tocaba el colmo. Y a ta l punto subieron la s aguas tu r ­
bias de esos desbordes, que u n a R eal Orden debió p o ­
nerles dique, creando u n C o rrecto r de Comedias, “en ­
cargado de co rreg ir y a rre g la r a m ejor form a, las com ­
posiciones a n tig u a s ” (T ex tu al). El in stitu to de cen su ra
así creado, aconsejó algo m ás que co rrecccio n es; acon­
sejó la prohibición ab so lu ta de m ás de seiscien tas obras.
V erdadera revolución de públicos y cómicos, d esata este
saludable y expeditivo dictam en. P ero el G obierno lo
hace suyo, y am enazó con co n sid era r reo de co n sp ira­
ción, a quienes lo resistieran .
L a in m en sa b rech a a b ie rta en los rep erto rio s, la
h ab ía de llen ar un g én ero ta n desusado como n eu tro :
el m elodram a, especie de soso connubio im ag in ativ o -
m usical, que presum ía, no ob stan te, de altísim a e s tir­
pe: la tra g e d ia griega. Y la bebida fu erte de u n re a lis­
m o bajo y picante, se reem p lazab a por el ag u a de azú ­
c a r de u n a ñ o ñ a y p resu n tu o sa im itación. E l incip ien te
te a trillo colonial, d im in u to satélite que g rav itab a en
la ó rb ita del T ea tro E sp añ o l, — único conocido y a u ­
torizado en las C olonias — al ser ap artad o tam bién
del realism o, se a p a rta b a n ecesariam en te de to d a fu en ­
te de c a rá c te r y color local. E sto eq uivalía a no dife­
ren ciarse, es decir, a d esaparecer. ¿Se h ab ía apagado
p ara siem pre la pequeña te a h ech a con u n a ram a de
árbol nativo y encendida en el g ran fuego del T eatro
E spañol? No. Q uedaba u n a ch isp a del alm a de la raza.
CAKLiOH M. PRÍNCIVAU/K 11

Y debía guardara*! a través de las décadas do nuestra


vida Independiente, animando una labor literaria que
significa, por lo menos, una aspiración de Teatro
propio.
Aunque uruguayos y argentinos se asocian en la
obra, desglosaremos aquí de la historia común, el c&»
pltulo uruguayo, por bastar a nuestros fines y porque
- - esto lo dice un historiógrafo argentino — “Monte­
video es quien produce en todas las época*, mis auto­
res y más obras".
Ya en el año 1832. es decir, en los albores de nues­
tra vida Independiente, el doctor Carlos Vlllademoros,
escribe "Los Treinta y Tres”. El Teatro se hace patrio­
ta. ¿No es ésta una forma de hacerse nacional? Es más.
Quiere Inspirarse, si no en la psicología y las cosas na­
cionales, en asuntos muy de la tierra, y don Pedro P.
Bermúdez, en el año 1842, iba a buscar, con la antor­
cha del Romanticismo, a las oscuras capas de las tra­
diciones Indígenas, un tema autóctono. Nos trae de allí,
“El Charrúa”. En la portada de este drama pseudo In­
dio, se lee esta quintilla puesta por el Censor teatral
de la época: 4

Apruebo como Censor,


y aplaudo como oriental,
a “El Charrúa” y a su autor,
y ambos logren prez y honor
en el Teatro Nacional.

El funcionarlo poetu, firmante de la quintilla, es...


Don Francisco Acuña de Flgueroa, autor del Himno.
No son los citados dramaturgos, casos esporádicos.
12 FLORENCIO SANCHEZ

Si así fuera, carecerían de significado, pues sus obras


poco valen en sí m ism as. Son rep resen tativ o s de una
asp iració n trad icio n al que no h a m uerto, que se m an i­
fiesta erran d o los cam inos, pero que existe.
E stam os en el añ o 1880. Ved surgir, no lo que po­
dríam os llam ar u n a pléyada, pero sí un grupo de au to ­
res que estrech an filas y coordinan esfuerzos, llenos de
fe en la causa: O rosm án M oratorio (p ad re), R icardo
P assano, F e rre ira y A ntigás, G ordon, P érez Nieto, V ar-
zi y otros, “que fo rm an — dice el ya aludido h isto ­
rió g rafo arg e n tin o — el m ay o r núm ero que se h a visto
h a s ta entonces en el P la ta ”. F alto s de com pañías te a ­
trales, hacen acto res criollos, y con ta l fin fu n d an so­
ciedades acad ém ico -recreativ as: la T alía, la E stím ulo
D ram ático, la Rom ea. V erdad es que las producciones
de estos au to re s no pueden co n sid erarse estéticam en te
nacionales, es decir, que no n aciero n en la atm ó sfera
de n u estras costum bres, de n u estras preocupaciones y
de n u estro s espíritus. P ero, ¿acaso el R om anticism o, en
cuyos m odelos se in sp ira ro n , hunde sus raíces en tie rra
alg u n a? La nacio n alid ad de las lite ra tu ra s dram áticas
no era, a la sazón un acento, un ritm o, un carácter. E ra
u n a bandera. Y h ab ía R om anticism o español, francés,
italian o , sin ser español, fran cés ni italian o , en el sen­
tido esencial del arte. El chaleco rojo de G autier se des­
plegó sobre u n a obra de contenido español: “H e rn a n i”.
D espués vienen Sam uel Blixen, esp iritu al y deli­
cado; Nicolás G ranada, A lfredo D uhau. E l sen tim iento
y la asp iració n de Tea/tro propio, no h ab ían m uerto,
pues, en el P lata. Como la te a de los an tig u o s juegos
sacros, la pequeña tea del a rte nativo, encendida en
los tiem pos coloniales por oscuros precursores, venía
pasando, a trav és de las décadas, de u n as m anos a
CARLOS M. PRINCIVALLE

otras. Iba a caer, ap ag ad a casi, en el, picadero de un


circo, donde su llam a se reav iv aría.
II
E n el año 1884, actu ab a en el P o liteam a A rg e n ti­
no, de B uenos A ires, u n a g ra n co m p añ ía ecuestre n o r­
team ericana. L as p an to m im as estab an , a la sazón, en
agudo y epidém ico R en acim ien to , y co n stitu ía n el obli­
gado “fin al de fie sta ” de los espectáculos circenses. La
epilepsia m ím ica era u na enferm edad, que como el m al
de San Vito, venía del fondo de la E dad Media, y sus
cuadros repro d u cían in trig u illa s y p erso n ajes de otras,
latitudes, poco elocuentes p a ra los públicos criollos.
P ero una noche, la del dos de Ju lio de 1884, la fa rsa con­
movió a los espectadores en grado tal, que las crónicas
de la época refle jan el fren esí de un público d eliran te,
desbordado sobre el escenario, p ara e stre c h a r co n tra su
corazón a los in térp retes. ¿Qué h ab ía ocurrido? P eq u e­
ñas causas, g ran d es efectos. El n o velista arg en tin o
E duardo G utiérrez, padre lite ra rio del criollísim o y po-
pularísim o J u a n M oreira, h ab ía propuesto a la E m p resa
del Circo, la rep resen tació n m ím ica del m ás v u lg a ri­
zado de sus folletines, p ara salir, se h a dicho, de cier­
tos apurillos económ icos, muy del grem io. A cepta la
E m presa. P ero fa lta el in té rp re te del p ersonaje cen tral,
el in térp rete criollo capaz de dar u n a n o ta verista, al
diapasón con cosas y tipos h a rto fam iliares al público.
Sin em bargo, no fué m en ester buscar mucho. Se h a ­
llaba próxim o; en otro Circo. Y a él se dirigió G utié­
rrez. Se lla m a b a ... P epino el 88. E ra un payaso. ¿Có­
mo el novelista podía pensar en un clown, p ara in té r­
prete de su trágico gaucho? Es que no era un clown
vulgar; te n ía su genialidad: había sabido poner en las
M r iA m m c t n h a n c i i k z

bolsas del clown Inglés, sabrosos chicharrones criollos,


para usar una expresión muy tuya. Y con eficacia In-
Imitable, Pepino «I XH dibujaba, dentro del marco cir­
cular del picadero, tipos Inconfundible*! 4cI pueblo rlo-
piálense, pese a Ion atributo»* del oficio: las absurdas
bombachas, el jinete bonetín, el tizne y la liza de la
máscara.
\m proposición de Mduardo Gutiérrez debió Untar
la* más íntima» fibras dei popular artista, pues Pepino
no vacila en abandonar el escenario de su* triunfos,
para tentar la nueva y seductora aventura. Un herma­
no suyo le acompaña. Kstos hermano** se llaman José
y Jerónimo Podestá, dos uruguayo**, quienes, conjun­
tamente con un Ingenio argentino -- simbólico aus-
pie lo van a determinar, sin proponérselo, una recti­
ficación en los equivocados derrotero* de la produc­
ción teatral del IMata, que enfoca desde e**e jalón, el
verdadero horizonte.
ruando el público vló a hii Juan Morelra en el tin­
glado de lo* mimos, fué la ovachón. Verdad que Juan
Moreira había perdido el u**o de la palabra, pero el pú­
blico lo había reconocido a través de mu* ademanes si­
lenciosos, gesticulante** y frenético**, (tomo las señales
de un náufrago, e Iba a acudir en su auxilio. Don año*
más urde, los hermanos Podestá recorren la campaña
de Dueños Aires, con un circo propio, y en el pueblo de
Arrecifes, representan la ya un tanto olvidada panto­
mima Juan Moreira, Al día siguiente, uno del público,
que era el propietario del hotel donde se hospedaba Po-
destá, pregunta a su huésped:
¿Qué le dici» el miliciano al alcalde, después que
va a ver quién llama a la puerta?
CARLOS M. PRIXCIVALLE 15

—Le dice: — Señor, ahí está Moreira.


—¿Y por qué no lo dice con palabras? ¿Por qué
no hablan?
El mesonero había parado un huevo. De ese hue­
vo iba a salir implume, pero aleteando, el drama crio­
llo, ¡Parla! — dijo el pueblo a su héroe, como el gran
artista del Renacimiento a su estatua. Y Podestá fué
el instrumento de este imperativo popular. Tomó la no­
vela de Gutiérrez, espigó los diálogos, hizo el consa­
bido “arreglo escénico”, y devolvió el uso de la pala­
bra a Juan Moreira, quien nacía así a la vida del arte
dramático, donde la palabra es el medio esencial de
expresión, como en la vida.
Juan Moreira, drama, fué estrenado en Chlvilcoy,
en Abril de 1886, con un éxito de anunciación.
Pero el Teatro Nacional, en su nuevo y más cer­
tero rumbo, no iba a alcanzar vitalidad basta tres años
más tarde, cuando los dos hermanos Podestá trasladan
su Circp a su ciudad natal: Montevideo. Como el héroe
mitológico, los dos uruguayos debían tocar la tierra,
para cobrar nuevos bríos. Es Octubre del 89. En la es­
quina de las calles Yaguarón y San José, se levanta
el barracón de los espectáculos círcense-teatrales. El es­
treno de Juan Moreira, única obra del repertorio, al­
canza hondas resonancias en todas las capas sociales
de la capital uruguaya. Noche a noche, el circo Podes-
tá-Scotti, congrega tal cantidad de público, que llega
al monopolio "ya que una célebre compañía de opere­
tas que actuaba a la sazón en el Politeama, se ve forza­
da a suspender sus funciones por falta de público”. Los
espíritus más cultos no desdeñan confundirse entre los
entusiastas y sencillos espectadores que aplauden, no­
16 FLORENCIO SANCHEZ

che a noche, las proezas de Ju a n M oreira. Es m ás. E lia s


R egules, cuyo esp íritu hoy silencioso, v ibraba como la
g u ita rra del payador, con las cosas de la tie rra , — el
doctor R egules escribe los versos del co n trap u n to en
que se “tre n z a n ” los payadores del dram a. Luego, E lias
R egules, padre, ta n E lias R egules como el hijo, en el
am or de las cosas de la trad ició n , aco n seja que se b ai­
le en la obra, en lu g a r del Gato, un baile m ás airoso,
m ás esp ectacu lar y . m á s . . . u ruguayo: el P ericón. Y
el propio R egules padre, da las corresp o n d ien tes leccio­
nes coreográficas a los actores. El doctor A lberto P a-
lom eque a p o rta a este baile un cuadro nuevo, que h a
conocido en T acuarem bó, y que re su lta uno de los epi­
sodios de m ás éxito: el de los pañuelos. Y así, quien
m ás quien m enos, da su idea, a p o rta su grano, m ete
su cuch ara en el d ram a que, día a día, se enriquece.
Más ta rd e h a de e n tra r a su rep arto , el pintoresco Co­
coliche, tam b ién bajo la sugestión del propio público.
Y ta n to s h an puesto su m ano en la obra, que se puede
decir que no es de nadie, sino del pueblo; que es an ó ­
nim a, cualidad ésta de alto tim bre, que le da legítim o
derecho a ser la fuente de to d a u n a lite ra tu ra . Así, de
án tep asad o s anónim os, h an nacido las a rte s de todos los
pueblos, y esos an tep asad o s no son m ás que el propio
pueblo.
H em os nom brado a Cocoliche, el pintoresco n a ­
politano de la obra, cuyo nom bre es ya del léxico rio-
platense. ¡Cocoliche! H e ah í un tipo nacional, v alga
la p arad o ja; tipo n u estro , que no conocieron los oscu­
ros precursores coloniales del te a tro genuino. Es que
E sp añ a, im perm eable a las co rrien tes ex tra n jeras, que­
ría p ara sus colonias am erican as, m ayor im perm eabi-
CARLOS M. P R IN C IV A L L E 17
*

lidad aún, como padre tirá n ic a m e n te celoso de la edu­


cación de sus hijos. E ra ab so rb en te, por obra de su
propia fu erza de g rav ed ad ; por capacidad de sus fo r­
m idables fro n te ra s m o rales y m ateria les. P ero con la
lib ertad política de las colonias, se ab ren todos los
puertos a todas las ru tas, y un nuevo ag en te em pieza
a a c tu a r con rapidez en la coloración del c a rá c te r am e­
ricano. E s el cosm opolitism o, a tra v é s del cual se re ­
fra c ta n sobre estas tie rra s ávidas, los m ás v ariad o s to ­
nos del p rism a étnico, lin g ü ístico y etológico. E sto s
nuevos colores ap arecen , sin m ezclarse todavía, en el
te a tro p rim ario del gauchism o ro m ántico, donde a lte r ­
n an con los to n o s p ecu liares del te rru ñ o . Y ap arecen
en el cuadro, con estrép ito , dando o rig en a la n o ta ch i­
llona, discordante, de donde surge fácilm en te el efecto
cómico, ta n explotado por el género. Más ad elan te, to ­
dos los tonos irá n entrem ezclándose y com binándose,
p a ra fundirse en la unidad del to rn aso l, sobre el fondo
del c a rá c te r nativo.
C uatro añ o s h acía que re in a b a Ju a n M oreira en
la escena criolla, sólo y sin rivales, cuando fueron su r­
giendo tím id am en te, en to rn o suyo, otros héroes pseu-
do legendarios como él, proto-gauchos como él; a n ti­
policiales como él, y tran sm ig rad o s tam bién como él,
de novelas y poem as gauchescos, por obra y g racia de
los “arreg lo s escénicos” . A E lias R egules corresponde
la gloria de h ab er escrito la p rim er o b ra o riginal p ara
el T eatro naciente. Se titu la “El en te n a o ” . Luego, Oros-
m án M oratorio, padre, evolucionando de su incoloro
teatro , estren a su “Ju an Soldao”, en 1890. Y como ellos,
otro culto espíritu, salido de am bientes superiores, tie ­
ne la visión del futuro, y no desdeña p oner a contribu-
18 F L O R E N C IO SA N C H EZ
;
ción su vena creadora, en trib u to de ese T ea tro tosco,
pero lleno de fuerza, como hecho a cuchillo, en un
tronco de ta la o algarrobo. E s el doctor V íctor P érez
P etit, quien e stre n a en 1894, “ C obarde” y “T rib u lacio ­
nes de un crio llo ”.
U na legión de obreros llenos de fe, debían seguir
a estos p io n n ers uruguayos, que rom pen el prejuicio
y ab ren el cam ino.
E l público am a y estim u la el nuevo T eatro. A pén­
dice, p a rá sito casi, com plem ento al p rincipio de otros
espectáculos, poco a poco se v an in v irtien d o los té r ­
m inos, y el d ram a criollo te rm in a por ser la g ra n a tra c ­
ción del Circo, a punto de que p ay asad as y acrobacias,
se vuelven p ara el p a la d a r del público, algo así como
el ap eritiv o e x tra n jero , el cocktail, an tes del jugoso
asado criollo. Ya puede, pues, el d ram a criollo, sacu­
d ir la tu te la ; y a puede independizarse, v iv ir por sí m is­
mo, sin el apoyo de otro s n úm eros que a tra ig a n al pú­
blico. La ta b a está echada. Y el d ram a criollo a rro ja
sus m uletas, y va a a ta r su pingo a la p u erta de un
te atro . E s el Apolo de B uenos A ires, donde e n tra el
d ram a criollo h aciendo so n a r sus espuelas, el 6 de A bril
de 1896. E l saltim b an q u i de ayer, h a dado el g ra n salto
del picadero al proscenio.
Desde que el T e a tro N acional se hace sedentario,
trocando su e rra n te c a rre ta por !a tien d a bien plan tad a,
la producción se in ten sifica, y las obra© llueven en se­
c re ta ría . P ero otro p erso n aje e n tra entonces a la esce­
n a criolla, d isp u tán d o la al gaucho, quien, habiendo de­
jado a la p u erta su caballo, h a dejado tam b ién su fu erza
p rim itiv a de centauro. “G aucho de a pie, gaucho , des-
g ra c ia o ”, dice un re frá n criollo. Y esto fué verdad tam -
CARLOS M. PRINCIVALLE 19

bien en el teatro . Ya no esta b a el picadero de tie rra ,


donde h ace r “r a y a r” los poderosos y relu c ien tes red o ­
m ones, aperad o s de p lata, que, caraco lean d o , escarce an ­
do y haciendo so n a r la coscoja, e ra n por sí solos un
espectáculo. Y el gaucho tien e que lu c h a r de a pie, con
el nuevo rival. E ste nuevo m uñeco de la farsa, e stá en
su pago, viene hecho u n a S, taco n ean d o fu erte y b a la n ­
ceándose en un perezoso vaivén de tan g o . E s el com ­
pad rito orillero de las urb es rio p laten ses; ese tipo p en ­
denciero y am o ral que la fu erza c e n trífu g a de las ciu­
dades, en d ep u rad o r m ovim iento, a rro ja a los suburbios.
Con el tipo orillero, el T e a tro N acional luce n uevas
tin ta s, pero to m án d o las siem pre de la m ism a p aleta
p intoresca y lo calista. E n la ciudad procede como en el
campo. E s que de u n a in co lo ra g en eralid ad lite ra ria ,
la producción te a tra l de los n ativ o s cae en el extrem o
c o n tra rio : el regionalism o.
P a sa n unos quince añ o s del estren o de J u a n /M o ­
reira , y el T ea tro N acional, que sigue su línea, alcan za
un volum en enorm e. P ero el crecim iento fué dem asiado
rápido, y h a tenido que sufrir, n ecesariam en te, g ro se­
ra s deform aciones. E l crecim iento arm ónico es rítm ico
y pausado; laborioso pero lento. L a arm o n ía es como
un árbol que crece. El T eatro N acional, p rem a tu ram en ­
te desarrollado, es a la sazón un cuerpo m onstruoso y
sin espíritu. L leva en sí el principio de su m uerte, que
sobrevendrá fatalm en te, si no llega el rem edio provi­
dencial.
Til
H abiéndose distanciado los Podestá, de una, se h a ­
cen dos com pañías teatrales. Como la célula, la p rim era
troupe se reproduce por división; y ésta será una ley
20 FLORENCIO SANCHEZ

que, parodiando la biológica, p resid irá en ad elan te la


form ación de los elencos nacionales, con muy m alas
consecuencias, porque o rig in a la dispersión de los m e­
jores. P ero la p rim era disco rd ia de los h erm an o s P o ­
destá, fué fecunda. T rajo la riv alid ad y el a fán de supe­
ración. José queda en el A polo; Jeró n im o den tro de
la m ism a ciudad de B uenos A ires, pasa al T eatro Co­
m edia. E s a la p u erta de este últim o te atro , que cierto
día del año 1903 llega un joven de silu eta m ag ra, la rg a
y arq u ea d a com o un arco indio; m etido en sí mism o,
bajo e n to rn a d o s p árp ad o s; y con el ro stro te m p ra n a ­
m ente hollado por el paso de dolores físicos e in q u ie­
tudes esp iritu ales. T rae luz de triu n fo lírico en sus ojos;
y en sus ropas, la d e rro ta p ráctica. Un po rtero le cie­
r r a el paso.
— Soy el a u to r de la obra que están ensayando, dice
el desconocido.
P ero el p o rtero era de esos que no conciben la p er­
sonalidad hu m an a, si no acaba de sa lir de la s a s tre ría ,
y m ostró d ie n tes de cancerbero.
La obra que en say ab an dentro, se llam ab a “M’hijo
el d o to r” ; el desconocido, F lo ren cio Sánchez. Un des­
conocido podía ser en to n ces un au to r. E l T eatro Na­
cional no h ab ía salid o aún, en ta l aspecto, de su pe­
ríodo de pureza. El a u to r podía v en ir d irectam en te del
anónim o. Su obra e ra títu lo suficiente p ara que se le
ab rie ra n las p u ertas al estreno, y en consecuencia, al
triu n fo , cuando ese desconocido se llam ab a Florencio
Sánchez. Bolsa de cu an tio so s intereses, el T ea tro N acio­
n al es hoy una puja de influ en cias y de valores de c a r­
tel, no siem pre legítim os, a punto de que la revelación
de un nuevo Sánchez no sería la revelación pura y sim -
CARLOS M. PRINCIVALLE 21

pie im puesta por la fuerza n a tu ra l de las cosas, ta l como


aconteciera con n u estro desconocido de “M’hijo el do­
to r”. Oigamos, si no, a don Jo a q u ín de Vedia, ilu stre
in tro d u cto r del d ra m a tu rg o : “F u i al T e a tro de la Co­
m edia, y h allé al d irecto r a rtístico , don E zequiel Soria,
conversando con d on E n riq u e G arcía Velloso. Creo, les
dije, que ten g o en m i poder la m e jo r obra d ra m á tic a
escrita h a s ta a h o ra en B uenos A ires. P e n sa ro n que les
iba a h a b la r de u n a cosa m ía ”, co m en ta don Jo aq u ín
con m ucho gracejo. Y a g reg a : “Les disuadí bien p ro n ­
to, dándoles el nom bre y las señ as del au to r, a quien
Velloso sólo conocía rela tiv a m en te . P u es a leerla en
seguida, me dijo Soria. A los pocos días, el estren o , el
triu n fo .” Tal cu en ta el p erio d ista a rg en tin o . ¿Q ueréis
algo m ás sim ple? Veni, vidi, vici.
El desconocido de entonces fué d u ra n te el resto de
su vida el m ás po p u lar de los au to res rio p laten ses, y
después de su m u erte, el nom bre te a tra l m ás ilu strad o
por la b io g rafía y la anécdota. Nació F lorencio S án ­
chez, de padres uruguayos, en M ontevideo, el 17 de
E n ero de 1875. Su niñez florece en pueblos del in te rio r
de la república, recibiendo, aq u í y allá, las cosas ele­
m en tales de la instrucción. A los quince años revela
sus prim eras lite ra tu ra s, en el periódico del pueblo, don­
de el adolescente se perm ite en say ar alg u n as sá tira s
sobre la quisquillosa epiderm is lu g areñ a. T an te m p ra­
no como se desp ierta en él su don literario , que fo rm ará
en ad elan te toda su vida, se desp ierta tam b ién esa av i­
dez de cam bio y de libertad que le h a rá em puñar, p ara
no dejarlo ya, el cayado de un perpetuo p ereg rin aje b a­
jo el cielo estrellado de sus ideales y de sus quim eras.
Y niño casi, deja la c^sa p atern a, el pueblo, el d ep arta-
22 FLORENCIO SANCHEZ

m entó, el país. Sufre el vértigo de las andanzas. A du­


ra s penas el biógrafo puede c a p ta r alg u n as etapas. E n
1893 aparece en L a P la ta , em pleado de u n a oficina d ac­
tiloscópica; el 94 se le h a lla en M ontevideo, y a p erio­
d ista profesional. E n “L a R azó n ” se leen sus cró n icas
policiales, escritas en diálogos llenos de sabor, de v i­
vacidad, de te a tro . . . C ierto día, al verle salir, dice C ar­
los M aría R am írez, m aestro de p eriodistas, a A urelia-
no R odríguez L a rre ta : “Ese m uchacho tien e ta le n to ” .
Ese m uchacho te n ía tam b ién c ará cter. Y a los v ein ­
tidós años, le en co n tram o s con las arm a s del soldado.
E s la revolución del 97. F u e rte y ap asio n ad o en todo,
F lorencio sien te con fuerza su pasión p artid ista, su
trad ició n de fam ilia, y sigue la b an d era revolucionaria.
Peleó con a rd o r en todas las acciones de aq u ella gue­
r r a in te stin a , pero cu en tan que al te rm in a r la sa n ­
g rie n ta jo rn a d a de C erros Blancos, donde se b a tie ra
como un hom bre, lloró como un niño. ¡Ese niño era el
verdadero F lorencio! Vaso de in co n ten ib le te rn u ra , su
corazón se desborda al ver en m edio del cam po de b a ­
ta lla , e n s a n g re n ta d a y deshecha, la flo r de la ju v entud
de am bos ejército s herm anos.
Y en ese an g u stio so in sta n te, su esp íritu va a sal­
ta r de uno a otro polo del m undo ideológico: de p a rti­
dista y tra d ic io n a lista ard ien te, se hace in te rn a c io n a lis­
ta y ácra ta. No os ex trañ éis. E ra lógico, con la lógica
fé rrea de su honradez. Y convencido de que el dolor h u ­
m ano es u n a cuestión, le en co n trarem o s poco después
afiliado al C entro In te rn a c io n a l de E studios Sociales, de
M ontevideo, en tran d o en el nuevo y an tag ó n ico cam po,
con el m ism o a rd o r que pusiera en sus av en tu ras revo­
lucionarias. Ocupa la trib u n a, escribe el artícu lo d o ctri­
CARLOS M. PRINCIVALLE 23

n ario , hace te a tro te n d e n c io s o ... Sí, el te a tro se m a ­


nifestó en él, p rim eram en te, como un m edio, como un
arm a m ás, y la p u n ta de e sta a rm a la verem os aso m ar
después en sus obras m ás puras. E l C en tro In te rn a c io ­
nal posee su cuadro filo d ram ático , y con éste, F lo re n ­
cio e stre n a su p rim er ensayo, “L ad ro n e s” , que h a de
re e n c a rn a r m ás ta rd e en “C a n illita ” .
P ero no e ra hom bre de resid en c ias fijas. Y d es­
pués de ese período re la tiv a m e n te largo, de e stan c ia
m ontevideana, le vem os n u ev am en te p resa de su sed
de m ovim iento. Se en tre g a, en rev an ch a, a un v erd a­
dero zig zag m ig ra to rio : B uenos A ires, R osario, n u e­
vam ente M ontevideo, de nuevo R o sario y B uenos A ires.
E n tre ta n to , el periodism o sigue siendo el m edio de
vida de S ánchez; pero ese medio, y a p recario de suyo,
en sus m anos in d iscip lin ad as y rebeldes a l tra b a jo m e­
tódico de las redacciones, ap en a s si es un m edio de no
m o rir de ham bre. P ero F lo ren cio es u n h am b re de ex­
trem os. Y después de su m em orable p rim er triu n fo , se
en treg a a un tra b a jo de creación, in ten so y febril. E n
seis añ o s hace veinte obras con un to tal de c u are n ta
actos. E scrib ía con a n h e la n te urgencia, sin ta ch ar, sin
volver a trá s, en esp o n tán ea y h a s ta alegre, pero dolo-
rosa to rtu ra creadora. Se d iría que presin tien d o su pró­
xim o fin, el im p erativ o de u na p redestinación lo espo­
leaba im placable. L as obras se suceden a las obras, los
estren o a los estrenos, los triu n fo s a los triu n fo s. Se
h a dicho que este paroxism o cread o r se o rig in ab a en
preocupaciones económ icas. No lo creem os, P o r dinero
no se tra b a ja así. No. F lorencio Sánchez h acía la obra
por la obra m ism a. El fuego sagrado suele quem ar las
en tra ñ as. Nacido con el don del teatro , la concepción
24 FLORENCIO SANCHEZ

a rtís tic a era p ara él u n a crisis im ag in ativ a donde veía


a sus p erso n ajes te je r sus d ram as; donde los oía h a ­
blar. E l acto de escrib ir la obra no e ra p ara Florencio,
com o p ara n in g ú n d ram atu rg o nato, la creación m is­
m a. E scrib ía como al dictado, v ertig in o sam en te, este­
n o g ráficam en te, sin cam bios ni rectificaciones, pues to ­
do aflu ía a la p u n ta de su plum a, cabal y hecho, arm ado
de to d as arm as, com o P a la s A tenea de la cabeza del
dios. E se es el secreto del a rte que en vano se em peña
en a rre b a ta r el a rtificio ; esa es la suprem a técn ica del
a rte de h ace r com edias.
Sin em bargo, se in siste que escribió “ por y p ara el
a d e la n to ”. H ab lan d o de un a rtis ta , esto es u n a in ju ria.
Q uizá alg u n a vez hizo cálculos, pero éstos n acían de
o tra fuente ta n p u ra como la de la in sp iració n a rtístic a :
la del am or. P o rq u e F lorencio Sánchez am ó ta n p ro ­
fu n d am en te a la que fu era su esposa, que h a s ta era
capaz de volverse p rev iso r y razo n ab lem en te burgués,
a n te el presupuesto dom éstico de su h o g ar. E ste fué el
m ayor trib u to que pudo o frecer un bohem io como él a
la que hoy lleva en el corazón el duelo de las an tig u as
viudas, y m a n tien e en cendida en el a ra del a rtista , la
lá m p a ra de las devociones m ás p rofundas y de los do­
lores m ás crueles.
L a biografía, que es a veces u n a abuela am orosa
pero reg añ o n a, h a m entado con cierto disgusto, su t a ­
baco, su café, su alcohol. P ero no eran , en él, vicios con­
suetudinarios, facto res de envilecim iento. Los n ecesita­
ba p ara sus crisis crea d o ra s; e ran como éspasm ódicos.
No fué un bohem io a lo M urger, bellam ente triv ial. P asó
por la vida recogiendo fru to s am argos, y vivió p ara los
otros, y sobre todo, p ara la rep resen tació n ideal de los
CARLOS M. PRINCIVALLE 25

otros, por pred estin ació n de su sino artístic o e ideoló­


gico. M urió en M ilán, el 7 de N oviem bre de 1910, a los
tre in ta y cinco años. H ab ía ido a E u ro p a por su cuerpo
enferm o y su esp íritu ávido. No em p añ arem o s la lim p i­
dez de su glo ria, ya seren ad a, con la evocación de u n a
vía crucis de enferm o condenado a té rm in o an g u stio so ,
sin recursos, en país lejan o y ex trañ o . H ablarem os, en
cam bio, de lo que no m urió de él; h ab larem o s de sus
obras.
IV
“F lorencio Sánchez no es un h om bre de le tra s; h a ­
ce las le tra s ” , dice Jo aq u ín de Vedia. Sí, puede consi­
d erársele un fu n d ad o r d en tro de n u estro T eatro . A su
arrib o , éste no es u n a lite ra tu ra ; h a degenerado en un
m edio de que se sirv en los públicos in ferio res p ara
m a ta r el tiem po y el sentido del gusto, dorm ido como un
in stin to , en el alm a popular. H a y , em pero, en ese caos,
elem entos p rim ario s que pueden ser fecundos. De la n a ­
da, n ad a sale. E n arte , un fundador, es, como en cien­
cia, un inven to r. Ambos n ecesitan p ara la obra, de esos
m a teria les acum ulados, que, h a s ta su arrib o , parecían
estériles acopios.
E l 13 de Agosto de 1903, es la noche m em orable
de# “M’hijo el d o to r” . E n la m ism a g u ita rra del T eatro
criollo h a resonado un nuevo acen to ; con los m ism os
colores, se h a pin tad o un nuevo cuadro. Los m uñecos
de la vieja fa rs a circense, ya tien en alm a; en el hueco
de sus cabezas h a sido puesto un pensam iento, y la a r ­
m o n ía re in a donde im peraba el capricho.
D esarróllase “M’hijo el d o to r” en la cam paña u ru ­
guaya y en M ontevideo. Don O legario es un estanciero
g a u c h o / de recia y sim ple contextura* m oral, a sem ejan ­
26 FLORENCIO SANCHEZ

za de los de su especie, forjado en el contacto de la


natu ra leza . Su hijo, fué enviado, de niño, a la ciudad,
donde se ha hecho hom bre y se h a doctorado en leyes.
“D otor en tra m p a s ”, p a ra el p ad re; “d o to r” , así, a boca
llen a de ingenuo orgullo, p a ra la m ad re; “d o to r” en
ensueños e ilusiones, especie de doctor F austo, p ara
esta M arg arita silvestre, que es Jesusa. P sicológicam en­
te, don O legario es el padre tirán ico , celoso de su p a­
tria potestad, que no prescribe sino con la m u erte; el
padre absoluto y casi teocrático, el pater familias. Es,
en sum a’ el padre gaucho, rú stico reto ñ o del au stero
padre español, señ o r feudal de sus hijos. E l h ijo de
ta l padre, se h a criado lejos de la fé rre a ja u la h o g areñ a,
y sus alas se h an d esarro llad o sin tropiezos, estim u la­
das por el ejercicio de la libertad. V uelto al cam po, el
choque es inevitable. P ero lo que da trasce n d en cia a r ­
tístic a y g ran d eza d ram á tic a a este sim ple episodio fa ­
m iliar, es que el sím bolo a n d a aq u í m ezclado con la
vida. No son solam ente padre e hijo en conflicto. Con
ellos chocan el cam po y la ciudad; el esp íritu viejo y
el nuevo, la acción y la reacción. E l padre es la inm o­
vilidad de la ro ca; el hijo, la ola que socava, pero no
sin estrellarse en co n tin u o y ja d ean te esfuerzo. H u m a­
nam ente, se puede decir: de tal padre ta l hijo. Y la obra
hu b iera alcanzado su plenitud a rtístic a , si se pudiera
decir del m ism o modo, sim bólicam ente, de ta l ay er ta l
hoy. P a ra ello, fu era m en ester que am bos adalides lle ­
vasen, con el m ism o derecho, su bandera. No es así.
Don O legario h a perm anecido en el goce de su salud
m oral, re sp ira d a en los lim pios aires del cam po; Julio,
por el co n tra rio , perdió su pureza m oral en la ciudad, y
tra e de a llí una alfo rja de sofism as, adorm ecedores de
CARLOS M. PRINCIV A LLE 27

conciencia. Son como su je rin g u illa. Julio, ya hom bre,


vuelve a e n c o n tra r a la a n tig u a co m p añ era de sus ju e ­
gos in fan tiles, su p rim a Jesu sa, ya m ujer. A quellos ju e ­
gos van a to m ar otro sesgo. Y tra s el idilio, am bos ru e ­
dan en un abrazo de am o r sobre las flores del cam po.
V uelto a la ciudad, Ju lio va a casarse con o tra, porque
así le place y le conviene. Bien. E sto se llam a egoísm o,
y no puede so rp ren d ern o s en el hom bre, P ero he aq u í
que Julio, em plazado a las in ev itab les explicaciones,
sostiene la causa de su egoísm o, con argum entos* an te
los ojos llenos de lá g rim as y de asom bro de la infeliz
Jesusa. “Aquello fué un accid en te” , dice en su descargo.
Don Ju a n ha leído som eram ente a N ietzsche, boga del
día. P ero F lorencio Sánchez sen tía dem asiado la ju s ti­
cia inm anente, p ara no oponer a los estériles sofism as
de uno de sus personajes, el m en tís m ás ro tu n d o de la
vida, puesto en Jesusa, esa dulce y sim ple m ujer, por
cuya boca habla, no o bstante, la conciencia del m undo.
Y el propio au to r, acabando por triu n fa r de sus ideolo­
gías juveniles, conduce la obra a u n fin al hu m an o y
herm oso. Julio, doctor en sofism as se h a hum anizado,
y su fig u ra crece en m edio de ese cuadro de luz y som ­
bra, proyectado por el padre que m uere y el hijo
que nace.
Da acción d ra m á tic a de esta p rim era obra, ya tien e
la m ovilidad y el ritm o de la m adurez en el oficio. Es
el oficio m ism o. E n esto, Sánchez no conoció las vaci­
laciones del novel. El colorido fresco y justo del p ri­
m er acto y de alg u n as escenas del últim o, son el a rte
mismo. Mas p a ra alcan zar el equilibrio de la obra con­
sum ada, h a faltado la visión com pleta de los cara cte­
res y del juego in te rio r del dram a. E ste equilibrio lo
28 FI,OKKNClO SANCHEZ

a lc a n z a rá plen am en te en “ La g rin g a ”, su segunda obra,


cam pesina, e stren a d a un año después, pasando por dos
ensayos u rb an istas, que hay que clasificar en tre su
producción m en o r: “ C édulas de San J u a n ” y “ Pobre
fre n te ”.
T am bién el sím bolo y. la vida an d an en trem ezcla­
dos en “L a g rin g a ”, y esta vez en ta n p erfecta co n ju n ­
ción, que el concepto es' a la obra lo que el alm a al
cuerpo. E sta ad m irab le com edla es u n a geórgica, con
zum bidos de colm enar, donde el trab a jo e« aleg re por
se r sol y esp eran za; donde todo se ría plácido y feliz,
virg ilian o , si no cru za ra ese cam po lum inoso, asoleado,
u na fra n ja de som bra. Es la lista neg ra del poncho de
don C antalicio, el an tig u o dueño criollo de e sa s tie rra s
donde a y er m ugía su h acien d a casi cim arro n a, y donde
hoy todo es actividad y a leg ría de vivir. Como eco de
aquellos lúgubres m ugidos, resu en a hoy la voz de don
C antalicio:
“ Mire, com padre. T oda e sa pam pa ha sido n u estra,
de los G onzález, de los viejos G onzález, ¡Cordobeses
del tiem po de la independencia, am igo! Y un día un pe­
dazo, otro día otro, se la h an ido a g a rra n d o esos n a ­
ciones pa m e te r el a r a o ! ”
En vano invoca el gaucho «u cualidad de criollo,
com o títu lo in alien ab le a la propiedad y al goce de la
p a tria tie rra . Es que la lib ertad no es m ás que u n a pa­
labra, si el esfuerzo no la fecunda. D entro de la so­
ciedad hum ana, hoy so lid aria en la g ra n lucha por la
ex isten cia y la civilización, sólo el tra b a jo da derechos
plenos y efectivos. Y así vem os que un ex tran jero , un
gringo, d esalo ja a un viejo criollo de las tie rra s que
sus m ayores conq u istaro n con sangre, pero que él no
('ARLOS M. PRINCIVALLE 2!)

supo co n serv ar con sudor. E ste es el d ram a histó rico


d t la colonización pacífica rio p laten se. De un lado, la
epopeya del in m ig ra n te ; de otro, la m elan có lica salm o­
d ia del alm a trad icio n al, que se hunde en el pasado, pe­
ro que tiene, de cuando en cuando, so b resalta d as reb el­
días, como esterto res de ja g u areté. E sa alm a e stá en
don C antalicio, noble pero fa ta lista , indóm ito pero v en ­
cido, desolado e inm óvil, m ie n tra s en to rn o suyo zum ­
ba la vida y se a g ita n esos en jam b res venidos desde
m ás a llá de los m ares, en osado y m agnífico vuelo h a ­
cia lo desconocido. Don Nicola y su fam ilia, fo rm an
uno de esos enjam bres. ¡Don Nicola! B ellísim a fig u ­
ra, en su tosca rusticidad, cuyo len g u aje b i-lingüe no
tiene la com icidad de C ocoliche; al c o n tra rio , resu en a
gravem ente, como el rudo acorde de dos cuerdas in a r­
m ónicas, arran ca d o al duro in stru m e n to de la v o lu n tad
hum ana.
Un eglógico idilio florece sobre ese fondo de d o ra ­
das espinas. ¡Oh, R u th , tú eres in m o rtal! L a h ija de
don Nicola, la g rin g a, como la ap o d an los criollos, y el
hijo de don C antalicio, el gnuchlto, como le apodan los
gringos, se h an entendido. El am o r habla, u n a sola le n ­
gua . . . Y el g au ch ito roba de las próvidas siem b ras de
don Nicola, la m ás preciosa fru ta : su h ija. ¡E stás v en ­
gado, C antalicio! P ero el gaucho viejo, no com prende­
rá nunca, esta dulce v en g an za de las que fuero n sus
tierras, h a s ta que no acaricia las ru b ias cabezas de sus
n ie to s .. . El sím bolo no puede ser m ás com pleto y pal­
p ita n te ; es que esta obra, es m ás que u n a com edia re ­
bosante de vida, de te rn u ra y de poesía: es una en cru ­
cijada llen a de sol, donde co n v erg en pasado, p resen te
y porvenir.
30 FLORENCIO SANCHEZ

Año 1905, tercero de la producción de F lorencio


Sánchez. E stam o s en su ciclo trág ico : “B arran c a A ba­
jo ”, “E n fa m ilia ” y “Los m u e rto s” . E sp iritu alm en te, las
dos ú ltim as deriv an de la p rim era. P ero “B arran c a A ba­
jo ” es la tra g e d ia p u ra ; las o tra s dos, las trag e d ias es­
p iritu ales del hom bre.
T iene por escen ario “B a rra n c a A bajo”, un alejado
cam po de E n tre Ríos, quizá en el propio corazón de
las selvas de M ontiel, p a ra q u e la trag ed ia* se d esarro ­
lle en toda su pureza. S ana y p u ra como el cam po, es
el alm a de don Zoilo. Sobre e lla va a clav ar su g a rra la
trag ed ia, p ara que todo sea pureza en este d ram a del
m isterioso porque sí que dispone en los h u m an o s des­
tinos. Desde los p rim ero s m om entos de la obra, u n a ad ­
versidad im placable to ca su ú n ic a y obsesora nota. Los
sucesos, en h eb rad o s en el negro hilo de la fatalid ad , se
suceden y re p ite n como la s n e g ra s cu en tas de un collar,
y fu e ra n som b ríam en te m onótonos, si la m ag ia del a rte
no pusiese en esas cuentas, irisacio n es de vida.
Todo se confabula c o n tra don Zoilo: los in stin to s
de sus sem ejan tes, producen su ru in a y d esh o n o r; el
cielo envía la peste a sus últim o s an im ales, como a las
ovejas de Jo b ; y com o a Job, le h iere en los suyos, en
el am o r y la h o n ra de los suyos, y en la vida de su m ás
q u erid a h ija, su único oasis, el dulce lazo que todavía
lo a ta a la tierra.
H ay un m om ento en la obra, de enorm e condensa­
ción: E voquem os la escena. Como te rrib le saldo de sus
cuentas con la adversidad, ésta le h a dejado al viejo
Zoilo, las tre s m ujeres de a tro z inconciencia, que fo r­
m an el resto de su fam ilia. P ero don Zoilo es la som bra
de la aru era, y esas tre s m u jeres van a ab an d o n arlo
<!Altl/)H M. J'UÍNÍÜVAr,UC

tam bién, No la» detiene, Al c o n tra rio , la» em puja, Hin


em bargo, ella» ten d rán que oír ante» la confesión ge*
iteml de don Zoilo, Y aq u ella alm a pura, le» dice:

“ ¡ m culpa e» m ía. Con vo» fui m alo Hlempre. No


le quiws, Y no te eiweflé a ucr buena ma/dre, «obre lo ­
do! , , , Con voh tam bién, h erm a n a, me p o rté m al. No te
di un buen connejo, em peñao en h ace rte d e g ra d a d a .
De&pué» derro ch é la p arte de tu h eren cia, corao un p er­
dulario c u a lq u ie r a ,., ¡Y mi» pobre# hija*! S iem pre me
opune a la felicidad de P r u d e n c ia .,, Kn cu an to a la
otra, aquel an g elito del cielo, la nm té y o , , , !
fól »arca»mo no puede »er m ás sa n g ra n te , Jfla el g ri­
to de la vida que He vuelve c o n tra la vida m ism a; el « r i­
lo c o n tra todo« y c o n tra n adie; c o n tra todo y c o n tra
nada, l'J» el reto de Job! Al oírlo, aquella» pobre» mu*
jere» que van a huir, wlenten la trag e d ia com o u n a re­
velación, y se quedan allí, Junto al viejo Zoilo, doloro-
»a» y extáticas, en mudo hom enaje, Ifi» que exe dolor
hum ano Impone con la maJeHtad de «u p u re ra ; e» U
corona de cHpímt» sobre la cabe/,a del justo.
"fin fam ilia” y “Lo» m uerto»” non tam bién desm o­
ro n am ien to * 1 vida» que tam bién ruedan b a rra n c a aba-
jo, Kn la prim era, el alcohol y el envilecim iento a p a ­
recen como efecto, en “ Lo» m uerto»’', como (¡aúna, P e­
ro etilo e» exterior, La verdadera caima de e n tra m b as
tragedia» e» la abulia, la ,d eb ilid a d de c a rá c te r de »u«
respectivo» protagonista»; Don Jo rg e y Llwandro, h e r­
mano» morale». Don Zoilo, el de “ M arranea ab ajo ", no
pudo ev itar la tragedia, a pe»ar de oponer »u fuerte
per-lio al fórrenle, Don Jo rg e y Llwandro, de reverwo, »e
dejan llevar voluptuo»am ente por la onda vl»co»a de
32 FLORENCIO SANCHEZ

su propia trag ed ia. E sa voluptuosidad se resuelve, tea-


m ente, en com icidad. Tiem po a trá s, existió cierto g én ero
te a tra l a base de te rrib les asu n to s, que h acía su rg ir, p o r
a rte de tram o y a, un dios que a rre g la b a las trag ed ias. Y
el público salía satisfech o de un h o rro r. Os reeue do
al célebre dens ex m ach in a. E n estas te rrib les obras de
F lorencio Sánchez, ese dios es Baco, pero es un d io s
dem asiado verdadero p ara que su m ueca cóm ica pueda
escam otearno s la tra g e d ia que a su espalda, sigue su
im placable línea. Y si ésta no tien e la g ran d eza a rtís ­
tica de “B a rra n c a a b a jo ” , es porque en “B a rra n c a a b a ­
jo ” nos h allam o s d en tro de los círculos fa ta le s m ás pu­
ros, en ta n to que en “L os M uertos” y “E n fam ilia” , es­
tam os d en tro del cam po de la sociología, quizá en las
lindes del cam po p siquiátrico. De a h í el c a rá c te r do-
cu m en tario de estas dos obras, cuadros fran cam en te
re a lista s, sin estilizaciones ni sím bolos. Sólo asp iran a
tra n s c rib ir con te rrib le fidelidad, som bríos capítulos de
la vida cotidiana, d esarro llad a en la m ás asfix ian te a t­
m ósfera de las ciudades rio p laten ses. L a sugestión a rtís ­
tica y m oral fluye de su fu erte objetividad, no de su
espíritu. E s un a rte de quirurgo.
Con “B a rra n c a a b a jo ” cerró Sánchez su producción
cam pesina, tre s obras que fo rm an el triá n g u lo básico de
un a pirám ide, en la to talid ad de su T eatro . Del reg io n a­
lism o cam pesino pasa al reg io n alism o u rb an ista, con
“En fam ilia”, “Los m u e rto s” y esas n u m erosas piezas en
un acto, escritas a lo larg o de su actividad productora,
en tre u n a y o tra obra gran d e, y que aparecen esp arcid as
com o asteroid es, en su cielo dram ático. Son pequeños
cuadros donde predom ina el colorido p opular: llenos de
vivacidad casi todos; con puntos de s á tira algunos, como
CARLOS M. PRINCIVALLE

"‘Mano s a n ta ” ; con rasgos de ag u afu erte, como “M oneda


fa lsa ” ; con piadosa te rn u ra los m ás, como “C a n illita ” y
“El desalojo” ; y todos ellos am asados con dolor de m i­
seria social, trascen d ien d o á un vago olor de apostolado.
El T eatro re g io n a lista de Sánchez, ta n to u rb an o co­
mo cam pesino, es de observación d irec ta, es re a lis ta
P ero construye el a u to r con ta n to a rte , y suele co n se­
guir, valga la p arad o ja, ta n bellas estilizacio n es d en tro
del realism o, que su T ea tro ad q u iere un acen to especial
que lo eleva sobre sus propios escenarios y su p ro ­
pia m ateria. L iterariam en te, ese T e a tro se cara cteriza
por el vigor de la conoepción; por u n a unidad de ac­
ción, pocas veces ro ta con episodios dispersivos, como
el idilio sen tim en tal de “B arran c a ab ajo ” ; así como
por el firm e trazo in te rio r y ex terio r de las figuras. El
diálogo es ceñido y vivo al m ism o tiem po, y en cu an to
al lenguaje, es justo en su color u rb an ista, y luce en
el cam pesino, el m ás rico y oportuno refran ero rio p la-
tense. P ero el cará cter de este lenguaje cam pesino está
m ás en la exterio rid ad del m odism o y en la defo rm a­
ción prosódica del léxico, que en la construcción m is­
ma del lenguaje, ese tropológlco lenguaje gaucho, ap o ­
yado m ás sobre la im agen, que sobre el sentido recto de
las palabras, como es com ún a los pueblos prim itivos.
T écnicam ente, ya lo hechos dicho, es el don in n a ­
to, el oficio mism o, la ciencia no aprendida, com o e^
c a n ta r de las aves de F ray Luis.
Año 1906. El 22 de Octubre, F lorencio Sánchez es­
tre n a “El pasado”. Y en "E l p asado” , sin juego de pa­
labras, está su p orvenir estético. Ya conocem os la in q u ie­
tud del dram atu rg o , co n stan te im pulsora de sus despla­
zam ientos ideológicos, esp iritu ales y fÍBicos. T en ía que
34 FLORENCIO 8ANCHK5Í

a c a b a r por s e n tir estrechez en las form as reg io n a lista s,


donde tan b rillan tem en te triu n fa b a n sus poderosas fa­
cultades n atu ra les, y va a e n say ar el vuelo por m ás am ­
plios horizontes. A dem ás, h ab ía sentido el espolazo de
u n a crítica que lo em plazaba h acia o tras realizaciones,
p ara las cuales no h ab ía m adurado aún, pero que iba
a a ta c a r con todo el fuego de su esp íritu creador y ' el
brío de sus conviccions ideológicas. Aquí ap arece n u e­
v am ente el hom bre de ex trem o s que hay en Florencio.
De la obra p u ra sa lta al d ra m a tendencioso; del reg io n a­
lism o, a la lite ra tu ra d ra m á tic a de asu n to s u n iv ersales
d en tro de form as tam b ién universales, sin m ás ca rá c te r
rio p laten se que el tom ado en una am bien tació n acciden­
tal, donde los p erso n ajes ap arecen como esos viajero»
que tom an el m atiz del país por donde pasan. E stos p er­
so n ajes no pueden ser sino ideas d en tro de esquem as
psicológicos. De a h í el d ram a de conflictos m entales, de
tesis, que form a su nuevo T eatro , que inicia “ El pasado",
y sigue con “ Nuf*stros h ijo s” , "Los derechos de la s a ­
lud” y "U n buen negocio”, ú ltim a de sus obras, e s tre ­
nada tres año s después de “ El p asado”.
Son obras de lucha, de en tu siasm o y de retó rica. P o r
un curioso rebote, la crisis esp iritu al del a rtis ta , lo ha
re tro tra íd o a sus p rim eras actividades de luchador, con
m ayor bagaje, con a rm a s m ejor tem pladas, pero com o
si aquella crisis buscase d ar al a r tis ta el m ism o punto
inicial de su p rim era y b rillan te etap a, p ara ésta, su se­
gunda y quizá d efin itiv a etap a de su producción fu tu ra.
T e a tra l m ente, el dibujo de la acción de e#as obras
de crisis, es firm e y neto, como de su m ano. P ero h an
dejado de ser productos n a tu ra le s de su espíritu, el traz o
de las figuras, ia visión de los am b ien tes y sobre todo.
CARITOS M. PRINOtVAI,LK 35

el estilo de la palabra dramática. En “Nuestros hijos”,


el lenguaje abunda en efectos verbales, elocuentes, pero
tribunicios; en "Los derechos de la salud”, llega hasta
la preocupación verbalista, con puntos de arcaizante, sin
necesidad artística. No se reconoce a Florencio Sánchez,
el gran artista de lo simple, diciendo avezar por acostum­
brar.
Al cambiar de modalidad, Florencio Sánchez entró
en uno de esos agudos períodos de crisis artística, que
sólo conocen los grandes, y la pirámide de su obra tea­
tral va a precipitarse hacia su vértice, pues la muerte
le ha de sorprender en plena evolución. Adónde pudo
llegar en su nueva concepción del arte teatral, es cosa
que escapa a nuestra capacidad inductiva. Pero si nos
es dad* hacer cálculos de posibilidad, con datos tan exac­
tos y seguros, como eran la potencia de su talento creador,
su espíritu penetrante y su maravillosa aptitud de asi­
milación, no dudamos que hubiese alcanzado la pleni­
tud en su segunda creación estética.
El reloj de arena de su vida se ha roto, pues, por el
tenue cuello que une las esfera». Pero basta para su gloria,
lo que realizó: un mundo de belleza, de emoción y de ver­
dad, donde puede asentar sus cimientos con firmeza, el
Teatro Rioplatense.
Se va a consagrar esa gloria, con el bronce de los
monumentos.
El genio francés, gran maestro, ha levantado a Mo-
llére, excelso padre de su Teatro, bellas. estatuas. Pero
ha querido sintetizarlas en el monumento de los monu­
mentos, levantando la Casa de Mollére. Ha dado así un
KLOItlONCrO KANCI I KZ

cuerpo a ene espíritu Inmortal, para que s i g a en la h i j -


cenlón del ti empo, fl oreci endo.
ConHtruyamoH t ambi én hu (Jana al padre del Teatro
Kloplatenne. IfagamoB la ('ana de F l o r e nc i o Sánchez, h1
(|iicremoH l e va n ta r hu verdadero monumento, vivo y f e­
c undo corno hu g e n i o creador!
Juana de Ibarbourou
Por

Francisco Alberto Schinca


Juana de Ibarbourou

S eñoras y señ o res:

I
La profecía de Alfonso Seché, «me en las p o strim e­
ría s de la pasada c e n tu ria se av en tu ró a v a tic in a r que el
siglo X X sería el del ad v en im ien to de la m u jer a todas
las esferas de actividad que, por Im posición de la cos­
tum bre y casi por co n sen tim ien to u n iversal, p arecían re ­
servadas al hom bre, h a em pezado a cum plirse. Un h á ­
lito de fem inidad, y de fem inidad victoriosa, pasa hoy
sobre el m undo. Y la que prim ero vivió reclu sa en los
gineceos voluptuosos y luego confinada en los cenobios
au stero s y som bríos, no desdeña hoy de ex hibirse bajo
la luz cegadora del sol, en los certám en es de la en erg ía
hum ana, en las p alestras de la acción y en las del pen­
sam iento, no ya ta n sólo p a ra d eco rarlas y em belle­
cerlas con la g racia su n tu o sa de sus actitudes, an te
las cuales la rudeza viril se rin d e en la rev eren cia y la
liso n ja de los hom enajes hum ildes, sino p ara asu m ir
un gesto nuevo, p ara p ro ferir una p alab ra reveladora,
p a ra avivar el fuego de-la voluntad que crea y quo eje­
cuta, o para encender sobre los horizontes del a rte y de
la vida una flam ante luz de esp eran za y de idealidad. Si,
no cabe neg ar que es ésta la edad de oro de la m ujer,
y tam bién so me a n to ja indudable que, como se declara
en la predicción del escrito r galo a que m ás arrib a
6 JUANA DE IBARBOUROU

aludí, es en los dom inios de la poesía lírica donde aq u é­


lla deja m ás hon d am en te im presa y g rab ad a la im p ro n ­
ta de su sutil sensibilidad, que sigue siendo, por fo rtu ­
na, su cualidad m ás excelsam ente c ara cterística y dom i­
n ante. E s a ella acaso a quien corresponde, en e sta épo­
ca de predom inio del deporte y de ex altació n de las
a p titu d es su b altern as, la m isión altísim a de salv ag u a r­
d ar y defender los fueros del esp íritu , de a te m p e ra r la
violencia de la lu ch a d ia ria y acerba, de p red icar la to ­
le ra n c ia y la piedad sobre el desenfreno de los ap e ti­
to s y el in cesan te choque de las pasiones desencade­
nadas. Y, por p red estin ació n sin g u lar, acaso sea ella
la llam ada a salv ar indem ne de la in v asió n de las n o ­
v elerías b arro cas y de los snobism os estrid en tes el te ­
soro de las v iejas em ociones h u m an as, de las etern as,
de las que no se ex tin g u en ni declinan, de las que
son como la eflorescencia m ism a de n u e stra p er­
sonalidad, porque se en g en d ra n en los sen tim ien to s
prim ordiales y fo rm an con su su stan cia la tra m a irro m ­
pible de la realid ad dolorosa y decepcionante en que
nos ag itam o s y debatim os. E sas em ociones son las que
la m ujer, in stin tiv a m en te, p refiere p a ra en carecerlas
y fija rla s en las d u ra d e ra s creaciones del a rte y de la
poesía, porque sabe que es en aquellos veneros inex­
h au sto s donde h a de a b re v a r siem pre la pobre alm a de
los hom bres, tra n sid a de p ena o de esperanza, y que
bajo la m ag n ificen cia de las fo rm as ex tern as de la es­
cultura, de los ritm os m usicales alados y ágiles, y de las
p alab ras expresivas y las fig u racio n es y aleg o rías de
los poem as, se estrem ece la an g u stia de ser y de vivir,
tem a dilecto del a rtis ta , que g u sta de envolver la m ise­
rable y to rv a verdad en m arav illo so s cendales de p ú r­
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 7

pura, que son las lín eas arm o n io sas, los aco rd es p e r­
fectos y los vocablos hechiceros, p a ra b rin d a r así a los
d esencantados y a los tris te s los m ágicos filtro s y los
adorm ecedores n ep en tes de la ilu sió n consoladora!
Si la poesía lírica es, p o r sobre to d a o tra cosa, efu­
sión de la perso n alid ad y e sp o n tá n e a flu en cia del s e n ti­
m iento, no puede d arse m ás exim io poeta que la m ujer,
en la que p erso n alid ad y sen tim ie n to se co n ju g an e
identifican por modo único y peculiar. Y por ello, sin
duda, h a podido a firm a r A ntonio M achado, en recien te
com ento a un libro p ro fu n d am en te fem enino, que hoy
cuando la poesía se in c lin a a ser un puro d ep o rte del
intelecto, ta l vez sea em presa de m u jer su necesario
com plem ento en u n a lírica de alm a, rica de in tim id ad .
D ictam en que no difiere m ucho del de o tro auto rizad o
crítico español, el certero C ansinos A ssens, que pon­
d e ra b a la actividad lite ra ria de la m u jer y se g lo riab a
de que en lo p resen te cu en ta E sp a ñ a con u n a b rilla n te
pléyade de m ujeres, salid as de la s U niversidades y de
las A cadem ias a rtístic a s, que h an recobrado la n a tu ra ­
lidad perdida, el tono sin énfasis, el sencillo gesto fe­
m enil. “Y estas m u jeres — ag reg ab a — que h a n su sti­
tuido la religión por el a rte y la co quetería por la sin ­
ceridad, y que están suscitando u n g ran m ovim iento de
am o r en n u estra vida y en n u stra lite ra tu ra , re p re se n ­
ta n n u e stra m ás fundada esp eran za” .
E l toque está en que la m u jer que escribe no se li­
m ite a h ace r de su obra u n a m e ra rap so d ia de la ya eje­
cutada por el hom bre, y que acierte, en un m agnífico
alarde de sinceridad y de abandono, a en tre g arse por
entero en sus producciones, p ara que nos sea dado, al
fin, escru tar y desvelar el tem eroso enigm a del alm a
8 JUANA m IMAUHOIIUOU

femenina. Hasta ahora, y esta observación no 0» ya un


hallazgo de la crítica perspicaz de Cansino* Atusen*, —
liablamo* Interrogado en vano a la esfinge de ojo* te*
nebrosos y do labio* hermético*. Hólo en muy contada*
ocasiones obtuvlmo* la confidencia apasionada de una
pura alma do mujer, de «nuda y clamante. Lan poetisa*
de todo* Jo» tiempo» no* conmovieron con »u* gemido»,
no» dcMorientaron con »u» ingenuidades, no» Inquieta*
ron con mu aparente complicación espiritual. Pero casi
toda» cerraron celosamente a nuestra* mirada* anulo-
sa» e Inquirí dora» el huerto aromado de' *u Intimidad,
y sólo homo» podido escuchar, en mucho* »lglo» de
atención o*pectante, uno» poco* grito» de pa*lón au*
t^nllca, de confesión espontánea y de lirismo Inconte-
nldo y de buena ley. La poesía femenina moderna tlen*
do a expresarse con valentía y hasta con audacia, y no»
pone así casi en posesión del retiro *eguro y deleitoso
de aquellas alma* fraternal <w que no* vedaron hasta
hoy todas las efusiones y toda» la# dádiva*, con tan
extremado y pudoroso recato, que una palabra de sin­
ceridad sonaba a pecado Inexpiable y una metáfora po­
co común suscitaba, aun sin trasponer lo» límite* de lo
consentido y dl»creto, el o»cá.n<lalo, la protesta y la ad­
monición, Y, sin embargo, ¿cómo ha de reconvenirse
a la mujer porque no* hace; libre de velo* encubridores,
la ofrenda esplendida de »u alma, y cómo hemo» de cen-
»urar en ella la tendencia a poner en la* palabra» de
»u» verso» y en la* Imágenes de »u» poema* lo» e*tre*
mecimlento* y la» fiebre* de Ja an»ledod que la domina,
del afán quo la mueve, del de»a»oslego que la posee, del
dolor que la tortura, del desencanto que la contrista y
hasta de la pasión que la enajena?
KU A N ( ' I H< ‘(> A M t K K T O H í ’I I I N t ' A II

II
T ie rra propicia al florecim iento do ona poonía fe­
menina. lírica por antotiomaHia, oh doclr, llam ean te do
tdnooridttd, onforvoroelda por ol Júbilo o la IrlHlo/.a do
vivir, poblada do grltoH, en tre co rtad a do BtiHplroH, oh
mientra América. y muy p articu la rm en te ol Uruguay.
Aquí nneloron I>o1m1ra AguHtlnl, María Tflugonia Va/.
F erroira, .luana do lbnrbourott. La piiitioru. ootnpuHo
huh canclonoH como en un a alucinada atmÓHl'era do
deslum bram iento, cotí ol alma, como arro b a d a 011 un la r ­
go ('>xtaBln, y hu pooHÍa proco/, y fu lg urante ho now a p a ­
rece como encendida on la hoguera do todan lan pa-
HlonoH bumaniiH, en la quo acabó por ardor, al fin. la
vida do aquella portal Ira genial. predontlnada a la t r a ­
gedia. La Hogumta. María ÍCugenla Va/, Forrolra. mán
cerebral y mctioH emotiva, fué ardorona, y voraz, en la
oxpreMlón do huh HontlmlcnloH, tmducidoH on oHirofan
(MtldadoHftniciilo clucoladaH. .luana do Ibarbourou ho non
proHonta como la tmiH Houcllla y natural, exenta do ata-
víoh, libro de preocupaciones envuelta, como 011 un velo
cándido y pudorono, on bu oHpontanoldad magnífica y
Hoborana. Vlono de la* Holoadan catnplftaH nataloH, con
ol espíritu como macerado on Ion ptiron aroman do la
Horra, generoHamonto l'avoroclda por ol inigualable don
del canto. prcHento IncHporado y funoKto, al quo ion
ungldoH y agracladoH huoIoii deber a la ve/, la gloria
quo o.oiiHtigra y ol Infortunio quo Hubllma. H abía pa­
tinado con el alm a donnuda por pradon y vorJoleH, y un
día, como en una revelación, había llegado a percibir
la» ocultan armoníaH do la n a t u r a l e z a , Iuh peregrina»
itu'ihIcbh del arroyo, la canción querollona de I oh Arbo­
le» on el bo»quo, el fugitivo rum or do la brlHa, Iuh ce­
10 JUANA DE IBARBOUROU

lestes sin fo n ías de las estrellas. Acaso en su in fan cia


apacible tuvo como el p resen tim ien to vago de que po­
seía una ap titu d excepcional, de que la divinidad estab a
en ella, y de que, en alg ú n d ía no lejano, esa inquietud
que la dom inaba en ocasiones h a s ta a je n a rla , acab a­
ría por trad u cirse en p alab ras su tiles y como h ech iza­
das, que h ab ían de o rd en arse en el verso, flo recer en
estrofas, ag ru p arse en poem as de su p rem a belleza. E ra
so ñ ad o ra y salvaje, y g u stab a con fruición de la poesía
ruda de los crepúsculos, teñ id o s de ro jo por el sol que
se d esan g rab a al m o rir, en tre p ú rp u ras y pom pas ce­
sáreas, sobre la rem o ta lín ea del h o rizonte. Se com pla­
cía tam bién en los suaves am an eceres y en los corus­
can tes m ediodías, y no era in sen sib le a n in g ú n espec­
táculo de la n a tu ra le z a e te rn a y m udadiza. La em b ria­
gaban los perfum es fu ertes del cam po, el hum ilde y
casi desvanecido de la retam a, y el ásp ero y cordial de las
m a n zan illas cu rativ as que ella evoca en uno de los
poem as .de “La ro sa de los v ie n to s” , en los que parece
h ab er querido eludir las su g estio n es de la vida rú stica
y cam pesina que colm an sus lib ro s a n terio res, im preg­
nándolos de indisipables esencias balsám icas.
Escribe sus p rim ero s versos a los catorce años de
edad, y justo es a d v e rtir que aquéllos rev elan u na p re­
cocidad que confina casi con el m ilagro. Los he encon­
trad o en u n a selección de sus m ejores poem as que aca­
ba de publicar en Chile la b en em érita ed ito rial Naci-
m ento. L a au to ra, acaso excesivam ente celosa de su
celebridad, se reh u sab a a c o n se n tir en que esa com po­
sición, en la que su genio ensayó los p rim ero s tím idos
vuelos, fu era incluida en la colección, que po d ría re ­
su lta r desm erecida. No h ab ía por qué n e g a r h o sp ita li­
FRANCISCO ALBERTQ SCHINCA 11

dad en el libro a ese soneto, que e stá m uy lejos de ser


un m ero balbuceo de la m usa, sin que ello im porte a fir­
m ar su im posible im pecabilidad. Se titu la “L a co rrie n te
de c ris ta l”, y en él se d enuncia el am o r in d eclinable de
la poetisa por todas las cosas de la n a tu ra le z a , en este
caso por el ag u a clarísim a y de ab so lu ta lim pidez que
ella com para con un c rista l y con la que a n h e la ría h a ­
cerse un vestido de novia, com o h o m en aje a su tr a n s ­
parencia, em blem a de pureza y bondad. L a no v ia ru b ia
que u s a ra ese tra je h a b ría de ser buena, h erm o sa y v ir­
ginal. ¿Es que se concibe acaso n ad a m ás bello que el
agua clara tra n sfo rm a d a en la te la de un vestido n u p ­
cial? L a a u to ra se duele luego de la d esap arició n de las
h ad as y de que no puedan ser verdaderos, en estas épo­
cas de escepticism o y d escreencia, ios m ilag ro s y h e­
chicerías de la fábula o rien tal, que la h u b ie ra n p erm i­
tido realizar su capricho de te jerse un sim bólico tra je
de novia con el cristal in co n tam in ad o de aq u ella agua
corriente, dechado de tra n s p a re n c ia y lim pidez. E l tem a
puede ser tildado de sim ple y la fo rm a resu lta im p er­
fecta, pero es innegable que el sentido de la v ersifica­
ción m usical y aju stad a a ciertos cánones no e stá del
todo ausente de esa p rim ig en ia labor, que prom ete m ás
cum plidos florecim ientos.
Como experiencias y ta n teo s an te rio re s a la pu­
blicación del prim er libro de J u a n a de Ibarbourou, h e ­
m os de reco rd ar aq u í las com posiciones que aq u élla
prodigó en diarios y periódicos con el seudónim o de
“Je a n e tte D’Ib ray .” No hab ían de ser labores de tan
m enguado valim iento cuando u n a de ellas a tra jo sobre
sí la atención y los com entarios de la crítica y ''de lar-
entendidos. J u a n a de Ibarbourou dejó de ser p ronto
12 JUANA DE IBARBOUROU

la escrito ra obscura que se p rearab a en silencio para


la em presa d efin itiv a y co n sag rato ria, y adquirió sú­
b itam en te la n o toriedad que el público concede gustoso
a los que a c ie rta n a conm over su sensibilidad y a com u­
n icarle el propio ferv o r p o r la h erm o su ra.
L a g lo ria llegó h a s ta ella con la publicación de
su p rim er libro, “L as len g u as de d ia m an te” . E lla m ism a
h a afirm ado que es el que prefiere en tre todos. Un pe­
rio d ista que obtuvo de ella esa confidencia osó p reg u n ­
ta rle qué fin h ab ía perseguido al publicarlo. Y Ju a n a
de Ib arb o u ro u le dió esta bellísim a resp u esta: “N ingu­
no. Me di en él como se da en la flo r cualquier m atitd
de hierba. Uno no sabe nunca, al flo recer por p rim era
vez, si la corola se rá u n a cosa m ín im a o algo herm oso.
T am poco se p ien sa en ello. La g en te se en carg a de de­
círselo después. Y uno tien e así so rp resas m aravillosas.
P o r eso, m i p rim er libro ocupa el m ejor lu g ar en mi
co razó n ”.
L ibro bien logrado, en efecto, éste que llega a n o s­
o tro s p ara h acern o s conocer el alm a in fan til, n o stá l­
gica, apasion ad a, cordial y m últiple de una de las m ás
e x tra o rd in a ria s m u jeres de n u estro tiem po. Todo en él
seduce y cautiva, y así puede darse el caso sin g u la r de
que, siendo esa obra la p rim era florecencia del ingenio
privilegiado de la poetisa, tien e todos los caracteres de
u n a creación d efinitiva, fru to exquisito y depurado de
la m adurez del ta le n to y de ia p len itu d de la in sp ira ­
ción. M uchos co m p artirá n el juicio de la poetisa in ­
signe, y creerán , de seguro, que ese p rim er in te n to de
captación de la belleza v erb al — p ara casi todos los
que escriben el p rim er libro es un conato no pocas ve­
ces dem asiado am bicioso — no h a sido superado por
FHANCItW O AlvílWltTO M(!ÍHNÍ!A

los libros posteriores, si bien puerto afirmarse que en


algunos de ¿stos so r-xhítíMtí áspenlo?* nuevo» de la per­
sonalidad eximia, de la ya glorio#» escritora, No nay en
"Las lenguas do diamanto" nada que desconcierte,
NI la versificación, ni ol Uixhti, ni lo» temas NI bús­
queda afanosa do la originalidad ni pretensiones do
conquistar para la poosía Horras y continentes Igno­
tos. Tópleos: los más corrientes, humanos y elementa­
les: el amor ardoroso por 1a naturaleza, la gloria de
vivir, la tristeza do saberse caduca y pasajera, el ho­
rror de morir, el vértigo y el frenesí de amar, de amar
con todos 1os sentidos y con toda ol alma, ¿Km esto
todo? 8Í, es esto, y nada más, Y todo esto está ya en
muchos antecesores do nuestra poetisa, líl amor do la
naturaleza, en Virgilio y en los bucólicos de todos los
tiempos; la gloria de vivir, en Horado: la tristeza de
saberse perecedera, en Itonsard; oí horror de morir,
en Lucrado y en Ornar Kayán; oí ímpetu amoroso lle­
vado hasta la locura Inebriante, en Marcelina Desbor­
des Valmores, en la Condesa de Noallles, on Delmira
Agustini, y on tantas otras,,. Poro es que osos temas
eternos, monótono "lelt motiv" de todos los cantos,
de todas las odas, de todas las elegías, han sido tra­
tados en "Las lenguas de diamanto" por una musa
que, entre otras virtudes suyas peculiar/simas, posee
Ja de saber trasmutar la materia de la meditación do
los filósofos y do la inspiración de los poetas, y hacer­
nos la ofrenda de su propia alma con grada tan suya
y cautivante que todo parees como remozado en sus
manos y on su imaginación, y so nos antoja que escu­
chamos por primera voz, en el silencio de nuestro mun­
do íntimo o en el bullido ensordecedor de nuestras dti-
14 JUANA DE IBAHHOUnOU

dados, esos hum auos acentos de am or, esos sollozantes


clam ores de an g u stia, esos férvidos him nos al gozo de
vivir y esos salm os ard ie n tes a la esperanza y a la fe.
No es lo raro lo que nos seduce en esos versos,
como en los de M aría E u g en ia Vaz F erreira . “ E n tre lo
raro y lo bello prefiero lo ra ro ” , h ab ía exclam ado aqué­
lla, deseosa de d ar u n a definición de su propio genio.
P ero J u a n a de Ibarbourou, en tre lo ra ro y lo bello, pre­
fiere lo bello, y lo bello expresado con decoro y con senci­
llez, que es lo único que tien e aseg u rad a la perennidad
en el conjunto de las em presas y las obras h u m an as efí­
m eras y perecederas. E lla sabe m uy bien que lo n a tu ra l
suele ser en poesía lo bien dicho y, en g en eral, la solución
m ás ace rtad a del problem a de la expresión, según el decir
de A ntonio M achado, que ag reg a to d av ía: “ Los tropos,
cuando superfluos, no a c la ra n ni decoran, sino com pli­
can y e n tu rb ian , y las m ás c e rte ra s alusiones a lo hu­
m ano Sie h iciero n siem pre en el leng u aje de todos”.
Si queréis sab er cómo tuvo la poetisa conciencia
de su adm irab le don de so ñ ar y de escribir, en un pla­
n eta áspero en el que la m ay o ría de los hom bres no
conoce ni la d elicia de im ag in ar ni el placer de can ­
ta r, leed la com posición “El dulce m ilag ro ”. Es la
ex altació n em b riag an te por h ab er asistido al prodigio
de que sus m anos flo recieran en m ag n íficas rosas.
“ ¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis m anos florecen. — R o­
sas, rosas, rosas a m is dedos crecen. — Mi am an te besó­
me la s m anos y en ellas — ¡oh, gracia! b ro taro n rosas
como e s tre lla s ”. D eslum brada, va clam ando por los ca­
m inos su Inesperada felicidad, y se aro m an de rosa las
alas lig eras dol viento. La gen te la supone loca. ¿No va
FRANCISCO ALBERTO SCIIINCA 15

diciendo acaso que en la s m anos le h a n nacido flo res


y no la s va ag itan d o como m a rip o sas en tre risas y
lla n to s de p ertu rb a d a?
“ ¡Ah, pobre la g en te que n u n ca com prende — un
m ilagro de estos y que sólo en tien d e — que no nacen
rosas m ás que en los ro sales — y que no h ay m ás trig o
que el de los trig a le s !”
D esafiando la creen cia com ún, le v an tad a en las
alas p o ten tes de su ilusión, d ueña ab so lu ta del cielo
azul, del cam po sin lím ites, de las e strellas inaccesibles
y del ja rd ín que se desborda en rosas, el'.a prosigue,
como enajen ad a, su m a rc h a por el m undo y co n tin ú a
floreciendo en tre el asom bro de los h om bres vu lg ares
e incom prensivos. P erso n ifica, así, a todos los poetas
de la tie rra , locos de ensueño y de m elodía, que co n v ier­
ten en el oro m agnífico de sus qu im eras las m ás viles
su stan cias y los m etales m ás plebeyos y deleznables.
“C antaré lo m ism o: m is rnanos florecen — rosas,
rosas, rosas a m is dedos crecen. — Y toda mi c e ld a ,te n ­
drá la frag an cia — de un inm enso ram o de ro sas de
F ra n c ia ” .
E sta obsesión del florecim iento lujurioso de las ro ­
sas aparece tam b ién en o tras com posiciones. Casi po­
dría afirm arse que la flor gaya, sim bólica y carn a l de­
bería fig u ra r en el blasón de la poetisa si fu era posible
que los poetas tu v ie ra n u na heráld ica propia, como fi­
g ura en los cuarteles de R ubén D arío, como cifra y
com pendio de su lírica, el cisne de alb u ra im poluta y de
elegancia aristo crática. “ El am or es frag an te como un
ram o de ro sas” , prorrum pe J u a n a de Ibarbourou en su
-----betto poem a "A m or”. Y en otro, clam a: “Silencio en
II) JU ANA DIO I H A I t H O U l t O U

nuestros labios una rosa ha florido", La contem plación


de un seto cubierto do rosas la ha tra sto rn a d o de a le ­
g ría y la hace so ñ ar con dulces deliquios am orosos.
O tras predilecciones de esta ex q u isita p o rtallra:
151 agua p ura y c a n ta rín a , la pequeña, llam a m ovible y
tem blorosa, la luna a lta y como fan tasm ag ó rica, lo»
arom an cam pestres, y, por »obre toda o tra conu,« Jo»
tra sp o rte s de la paHlón y lo» )>e»0 B quem ante» del
am ado.
S ugestión de la lu n a Irreal, “ viejo y etern o lam p a­
d a rio ”, quo co ntem pla Im pasible ion idilio» que tienen
por te a tro la tie rra :

“ Majo la lu n a cobre, taciturno» am an tes,


con los ojos gim am os, con los ojos hablem os.
Serán n u estras pupilas dos lenguas de diam ante»,
m ovidas por la m agia do diálogo» suprem o»’’.

Jfln "L a pequeña lla m a ” d ife: “ Yo siento por la luz


un am o r de salv aje”. Y en los versos de “ La buena
c ria tu ra ” nos revela su fra te rn a l am o r al agua, ol p ro ­
digioso elem ento vivo y m últiple, "sa n ta, m ilag ro sa y
sen cilla”. "Yo sien to por el agua un cariñ o de h e r­
m a n a ”.
l)e»earía »er después de m u e rta u na pequeña y tem ­
blante llam a, una lengua ígnea de dulzura In fin ita que
Ilum inara las la rg a s noches del am an te de»olado y des­
consolado.
S iente p ro fundam ente la a n g u stia del agua quieta,
que es la pupila ciega del pozo viejo y abandonado:
“A unque co rran la» nube», aunque tra ig a n lo»
vientos petalos de rósale» y hoja» de pen»amlentoB,
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 17

— aunque pasen a m an tes coronados de h ied ra, — esta


ag u a siem pre fija, sin reflejos, tra n q u ila , — en el fondo
del pozo es la ciega pupila — m uda y desesperada en
su cuenca de p ie d ra ”.
E l sen tim ien to del am o r se expande siem pre en
ella m ezclado a sen sacio n es de n a tu ra le z a y de vida.
“A m ém osnos” , exclam a, en a rd ie n te deprecación que se
cierra con estos versos ad m irab les:
“ Y se am an las lu ciérn ag as en tre n u e stro s cabellos,
— con estrem ecim ien to s breves como d estello s — de
vagas esm erald as y e x tra ñ o s crisolam pos*.
Su alm a es ro ja y blanca, de ro sal y de lirio, y es
ella, no su carn e frágil, la que sufre el m a rtirio y se
ex alta en e x tra ñ a ansiedad de te rn u ra ( “P a s ió n ” ).
E n los arro b o s y deliquios del am or, g u sta de o fren ­
d ar al elegido su alm a desnuda. “D esnuda con el puro
im pudor — de un fruto, de una estrella o de u n a flor. —
De todas esas cosas, — frutos, astro s y rosas, — que no
sien ten vergüenza del sexo sin celajes — y a quienes
nadie osara fab ricarles ro p aje s” .
E lla, ta n jovial y reidora, como todos los que gozan
sin reservas del p resen te envidiable de la salud plena,
se siente a veces ah o g ad a por <1 llan to , pero disim ula
su aflicción y su inquietud cubriéndose el ro stro con la
alegre, m áscara de la ris a cordial. “M entira, no tengo
ni duda ni celos, — ni inquietud, ni an g u stias, ni penas,
ni anhelos. — Si b rilla en m is ojos la hum edad del lla n ­
to — es por el esfuerzo de reírm e ta n to ! ”
P ereg rin a nota, por cierto, en este libro en que todo
es claro, n atu ra l, so n rien te y optim ista, al punto de que
ha podido escribirse que son artificio sas, falsas y re tó ­
ricas las efusiones de tristeza o de m elancolía filosófica
18 JUANA DE IBARBOUROU

con que la a u to ra h a querido m atizarlo y com o ensom ­


brecerlo. ¿P ero qué m ucho que el fugaz desencanto, la
a m a rg u ra desesperada y la n o stalg ia v ag a de lo in a l­
canzable gan en tam b ién por m om entos esta alm a joven
y radiosa, em b riag ad a con todos los elix ires y beleños
del am o r y del a rte , si así tam b ién se m ezclan en la vida
la s ex altacio n es del júbilo y las lán g u id as querellas de
la desilusión y el pesim ism o?
L a escrito ra g en ial que com puso esté libro bellísi­
mo siente en ocasiones la pesadum bre del hastío, del
tedio de su vida m o n ó to n a y triste . E n vidia a la M agda­
len a y d a ría su alm a por los m il esplendores de sus am o­
res innum erables. V estiría después el sayal pardo o g ris
de los p en iten tes. T ra n sc u rrid a s las noches de la orgía,
b arro dorado p o r el que está d isp u esta a cam b iar el in ­
m enso bostezo de su paz, ofrecería a Jesú s un g ran vaso
colm ado de balsám ico un g ü en to de nardos, al igual de
la bella pecadora que supo a rre p e n tirse después de h ab er
em briagado a los hom bres con el aro m a capitoso de su
cuerpo y con el hechizo diabólico de sus caricias. E n
otro poem a, en el que es, sin duda, m ás sin cera consigo
m ism a, san tifica a T h ais, la co rte sa n a convertida, en
cuya boca floreció u n ex q u isito lirio de oro y a cuyos
pies se ovillaron, vencidos, el leopardo de la ten tació n
y los ch acales ro jo s del pecado.
A veces piensa, en in term in ab les noches de insom ­
nio, en esa m onja n e g ra a quien los hom bres llam an la
M uerte. E n la s u rg en cias del am or, pide a su am an te
que la desciña, y le prom ete su rg ir bajo su m irad a como
u n a e sta tu a v ib ran te sobre un plinto oscuro, h a s ta el
cual se a rra s tra , como un can hum ilde, la luna. E x p eri­
m e n ta a veces los acuciam ientos y zozobras de la inquie­
FRANCISCO AU1EKTO SCH1NCA 19

tud, que no pueden m itig a r los labios encendidos del


. am an te. A spira a fu n d irse con el elegido de sus sueños,
ligando sus dos alm as con un lazo so b reh u m an o que ni
la m u erte rom perá. E s ella la S a m a rita n a de sus versos,
que b rin d a al Itab í que clam a piedad su cuerpo m oreno
y p alp itan te, p ara sacia r la sed in extinguible. “ La sed
era en su boca como un larg o rubí, — y yo el cá n ta ro
vivo de mi cuerpo le d i”.
El tem a do la fugacidad irrem ed iab le de todo placer
y de todo am or reap arece en las estro fas de “L a in q u ie­
tud fugaz” . S iente que su carn e se irá desm enuzando en
quietud y silencio bajo la tie rra n eg ra, m ie n tra s o irá zum ­
bar la vida encim a de sus triste s despojos, como u n a ab e­
ja ebria de am b ro sía y loca de luz.
La noche es u n a m o n ja so m b ría y ta c itu rn a , condes­
cendiente y piadosa p ara los triste s como si fu era h e r­
m an a de F rancisco de Asís. Suele o d iar la m elan co lía
de la luna, que la en tristece con su faz de bruja. Cele­
bra el m agnetism o de los ojos del am ado y exclam a: “Yo
quiero el m al de tu s pupilas. Dame — ese m al que hace
bien al alm a m ía ”.
E n la últim a p arte del libro, que se ro tu la “La clara
c iste rn a ” , hay tam b ién indudables aciertos de tem a, es­
tilo y concepción. E n la “S iesta d u ran te el v ia je”, delira,
bajo el sopor estival, con la dádiva del reposo y la som ­
bra, y siento un deseo creciente e im perioso “de la ca­
ricia fresca do tu m an o ”.
Sueña con pasar un buen día de campo, vestida de
blanco y arom ad a de rosas, corriendo por la« ru las que
huelen a tom illo. Cuando reto rn e a la ciudad, te n d rá
20 MI A ÑA DIO I H A I t H O U r i O U

todavía, en loe ojo» alegrón y extasladon, "una Impro­


vista llama do bondad nascarena”.
Magnífica bucólica la quo llova por rótulo una pa­
labra tínica y «Imple: “Cuadro". Aquí ne ennanchan Ion
pulmones con la tonificante fragancia del agro, y el alma
enloquece de libertad. Aquí también ríe la mafíftna pla­
centera y amiga "bajo el «ol que madura lín cone-
cha» del afio". IJna parva en para ella un lecho qu«
amor aroma y mulle, y el «ol, como un amigo cómplice,
entibia y dora. Luego, una vlnlón de la plácida vida
do la aldea, en que ella y ol amado Irán, eogldon de Ir
muño, por Ion campon espadónos, "a travón de ion bon-
quon y Ion trlgoH, - entre rebafíon cándldon y amlgon,
«obre la verde placidez del llano”,

"Y en las mágica* nochen entrenadas,


bajo la calma a/.ul, entrelazadas
lan man oh, y Ion lablon tembloronon,
renovaremos nuentro muerto Idilio,
y norá como un verno do Virgilio
vivido ante lo* antron lumlnonon".

Kn “La caricia", una fruición quintaesenciada:


“Con paño cauteloso te acercante,
por Ion ojon la roña me pasaste,
y yo nonti la sensación del heno".

En “Fugitiva", siente tran ni, en nu frené* lea ca­


rrera de ninfa a travos de la selva, el eco del paso fur­
tivo de un fauno que la persigue en la perfumada pe-
nmnbra. Y hay algo de pagano y Juvenil «n ena ana­
crónica «vocación del ser fantástico, Imaginarlo y re­
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 21

divivo, sím bolo de la despreocupada lu ju ria y de la li­


b erta d incoercible.
L a m elancolía y la d esesp eran za v elan a veces la
voz jubilosa y m oceril. Y la filosofía escéptica, sin g ri­
tos y vociferaciones, le d icta en to n ces alg u n o s versos,
no los m enos afo rtu n ad o s. Ved, por ejem plo, en “Me­
la n co lía” : “L u n es: m ovim iento, tra b a jo , aleg ría,— sólo
tú, alm a m ía, — siem pre con tu peso de a n g u stia som ­
b ría — ¡siem pre con tu fardo de m e lan co lía!” E n “B a­
jo la llu v ia ” : “Y voy, senda ad elan te, — con el alm a
lig era y la c ara rad ia n te, — sin s e n tir n i soñar, — lle­
n a de la voluptuosidad de no p e n sa r”. — Y siento, en
la vacuidad — del cerebro sin sueños, la voluptuosidad
— del placer in fin ito , dulce y desconocido, — de un m i­
nuto de olvido”.
Y en “C ansancio” : “Oh, este etern o an h elar, —
oh, esta e te rn a inquietud! — ¡cómo a veces te sueño,
— sueño del ataúd! — ¡Oh, ten d erse en el polvo! —
¡oh, ser polvo y no m ás! — ¡Oh, ser polvo, ser tie rra ,
— disgregarse, volver — a la n ad a que ig n o ra - - la fa ­
tig a de s e r!”
E n “L a c iste rn a ” se plañe de que su vida presen te
se asem eja a un pozo, a u n a an g o sta cistern a, pro fu n d a
y circular, en la que no h a de dar n unca la m irad a de
Dios. Luego, alg u n as poesías en que, h u m an izad a y
vuelta hacia el dolor com ún y universal, celebra y ex al­
ta la piedad y la m isericordia. E n “L a can ció n ” p ro ­
m ete c a n ta r en ad elan te p ara todos los hom bres, p ara
ap lacar la ajen a angustia. En “T reg u a del cam po” se
com padece de las m ujeres que tienen el alm a e stru ­
jad a por la ácida y to rv a vida de la ciudad. Les aco n ­
seja la cura sedante de la soledad y el silencio, en el
22 JUANA DE IBARBOUROU

cam po extasiad o bajo el sol generoso o em bellecido


por el sortileg io de la luna. E n “C em enterio cam pe­
sin o ” in v ierte el tem a y se conduele de los m uertos
que h an sido en terrad o s en el árid o cam posanto ru ral,
en tre piedras y bajo la som bra de u n a p alm era in m en ­
sa: los pobres m uertos, h erm an o s de los o tro s que du er­
m en p a ra siem pre en el fondo del m a r inconquistable
y a quienes n u n ca tu rb a el ru m o r de la vida h onda de
las m etrópolis m odernas. E n “La arboleda inm óvil” se
com padece de los árb o les quietos y pide al pam pero que
los sacuda ru d am en te y los llene de inquietud y de ruido.
P arece, pues, u n a en am o rad a ferv ien te de ’a ag i­
ta ció n y de la v id a activ a y estruendosa, pero de p ro n to
la a s a lta la n o stalg ia y el vivo an h elo del silencio, y
quisiera ten d erse a so ñ ar en la playa u na noche de
luna, p a ra e n tre g a rse a la so rtilég ica m udez de la n a ­
tu ra le z a en som bras. D esea, en u n a p alab ra, “d ar el
cuerpo a los v ien to s sin nom bre — bajo el arco del
cielo profundo — y ser to d a u n a noche silencio — en
el hueco ruidoso del m undo” .
Y luego, o tra vez, en un in cesan te a lte rn a r y flu ir
de sen tim ien to s y em ociones co n trap u esto s, el am o r jo ­
cundo a lo que vive y la p a g a n a y casi supersticiosa
adoración del sol. A conseja al hom bre de faz sañ u d a que
dé al viento del alb a el ag rio a fán n o ctu rn o que lo
a to rm e n ta y que p articip e del júbilo de las h o ras cla­
ra s que llegan, de las h o ras sin m ácula que b ajan te m ­
blorosas a la tie r r a g risácea p a ra encender en lum bre
n ueva y en ren acid o s optim ism os las an g u stiad as a l­
m as hum anas. Saluda, en o tra com posición, a la nue­
va esperanza, que vuelve a ella, p rom isora y cordial,
como un ram o de hierb as olorosas co rtad as a la h o ra
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 23

del alba. E lla la acoge, plegadas las m anos, con u n


gesto asom brado de m endiga. A p esar de s e n tir que
la claridad au m en ta en su esp íritu , e stá a m a rg a d a y
vencida todavía, y no puede d arse e n te ra al m ilag ro
de re s u c ita r a nueva ex istencia.
Son bellos y sugestivos los versos de “E l cip rés”,
g rito cuajado en árbol, ciudadano de todos los cem en­
terios de la tie rra . T iene p asta de asceta, de so litario ,
de abstraído. Ig n o ra la risa, la p len itu d , la p rim av era,
la alborada, y es como un g ra n dedo v eg etal que acalla,
alzándose im perioso, las tu rb u len cia s in o p o rtu n as del
ruido y vela por los fu ero s del silencio inviolable.
E n “L a cu n a” , realiza J u a n a de Ib arb o u ro u « n o de
sus frecuentes prodigios: el de co n v ertir con unos po­
cos versos felices, u n tem a hum ilde en tópico tra s c e n ­
dental, de grav es reso n an cias h u m an as. A nte ia cuna
de su hijo, discurre de qué selva le ja n a pudo p ro v en ir
el cedro que dió la m ad era en que fué aquélla fab ricad a
y torneada. Q uisiera bendecir su nom bre exótico y a d i­
v in a r bajo qué cielo creció, pausado y lento, p rep arán ­
dose p ara el glorioso destino de tro ca rse e a lecho di­
m inuto p a ra el sueño plácido del in fan te. Se da e n to n ­
ces a fo rja r h isto ria s bellas y en can tad o ras, y a supo­
n er que aquel árbol predestinado debió de ser ta n alto,
ta n erguido, ta n fuerte, que co n tra él nada podrían ni la
b orrasca ni el granizo. E ra un g ig an te bueno y re to ­
ñaba en las p rim av eras prim ero que ninguno. Y re llega
así a la estro fa final, en la que el sueño candoroso se
to rn a en profecía y cobra la voz u n tono m ás grave y
desusado: “Arbol inm enso que te h iciste hum ilde —
p ara acu n a r a un niño en tre tus g ajos: — has de m e­
cer los hijos de mis hijos, — toda mi raza d o rm irá en
tus b razo s!”
24 JUANA I)E IBARBOUROU

E n la com posición “ El juguete” , u n a de las ú lti­


m as del libro m agnífico y hechicero, h ay u n a evocación
de la m uerte, que un día a lz a rá del cam ino el juguete
vivo y m ulticolor, al com pás de cuya m úsica danzaba
un día el alm a despreocupada y aleg re de la poetisa, y
lo desm enuzará p a ra siem pre en tre sus dedos duros e
im placables.
No sé si valen como crítica estas an o tacio n es fu g a­
ces y estos traslad o s a la pro sa á rid a y sin relieve, de
lo que la a u to ra estam pó en las m usicales y a veces
in su stitu ib les p alab ras de sus poem as; pero p riv a ah o ­
ra esta m a n e ra de co m en tario que es, en cierto sentido,
u n a p ro fan ació n irrev e ren te, sólo co h o n estad a por el
afán de la fidelidad y de la ex actitud que im pulsa y m ue­
ve a los que p racticam o s esta su erte de exégesis, deva­
neo de devoto le cto r m ás que tra b a jo de A ristarco a n a ­
lítico y m inucioso. Sólo puedo acu sarm e en el caso
p resen te de h ab er dado p referen cia en la glosa a los
poem as que son, sin duda alg u n a, los h ito s adm irables
de esta producción líric a e x tra o rd in a ria , las gem as p er­
fectas p a ra la in m arcesib le co ro n a de g lo ria de la m u­
sa. Los m ejo res poem as de “ Las lenguas de d ia m a n te ” ,
los m á s característico s, lo s m ás sin g u lares, los defi­
nitivos y ya clásicos, son, en mi concepto, “L a h o ra ” ,
“ R ebelde”, “L a E s tre lla ”, “M elancolía”, R edención”,
“Vida g a rfio ”, “L a c e ria ” , “S alv aje” , P an te ísm o ”. Vi­
b ran en ellos, no los g rito s de la pasión exacerbada,
(porque, como alguien ad v irtió y an o tó con acierto, e sta
poesía no es de clam ores y de vociferaciones, y asom ­
b ra que crítico ta n p e n e tra n te com o Ju lio Silvio haya
hablado de “la co n v u lsa” J u a n a de Ib arb o u ro u ), sino
los acen to s en que se traduce el sen tim ien to au tén tico
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 25

y hondo, que a veces se agudiza, es verdad, h a s ta el


paroxism o, sin caer n u n c a por ello en el m al gusto del
desentono y la estrid en cia. E n “L a h o ra ” hay, com o
ya lo expresé en o tra o p o rtu n id ad , u n eco del viejo y
re n ac ien te R o n sard , u n a ex citación al p lacer y al gozo
de vivir, en g en d rad a en el co n v en cim ien to de la b re ­
vedad y fugacidad de la vida. L a p o etisa desea se r
am ada en el esp len d o r de la ju v en tu d , que d eclin ará
p restam en te y m a rc h ita rá p ara siem pre la g racia y el
sortilegio de la carne. T óm am e a h o ra — clam a —
a h o ra que es tem p ran o , a h o ra que m i p la n ta lig era cal­
za la san d alia viva de la p rim av era, a h o ra que ten g o
la m an o ric a de nardos, a h o ra y no m ás tard e, “a n te s
que anochezca— y se vuelva m u stia la corola fresca” . E n
este a rd o r de los sentidos la te com o un p renuncio de
desilusión, de fú n eb re pesim ism o. E s necesario a p u ra r
el placer a n te s que la carn e su fra el v ejam en del tiem ­
po y se to rn e en som brío ciprés la en red ad era vivaz
en g u irn ald ad a de flo res y b o rrach a de sol. Ya lo h ab ía
dicho, con m enos ex altació n y con m enos trisreza, el
suave R onsard de la clásica oda:
“Ah, m ira cuál breve un in sta n te — bastó a do b lar
agonizante — breve el capullo de la flor. — ¡Oh, qué
m a d ra stra es la n a tu ra , — pues que la flo r ap en as du­
r a — de la alb o rad a a la oración! — Así, si ta l piensas,
graciosa, — en ta n to te florece h erm o sa — la edad en
verde novedad, — ap u ra, ap u ra tu te rn u ra : — como
a la flo r la edad m ad u ra — h a rá se em pañe tu beldad”.
A los recatad o s eufem ism os del fran cés preferim os
la v aliente y desenfadada osadía de n u estra poetisa, ta n
sim páticam ente presurosa en el d isfrute de todos los
dones de su fra g a n te y alu cin ad a juventud.
26 JUANA DE IBARBOUROU

E n “R ebelde”, que se inicia con un verso u n ta n to


im perfecto, pero decididam ente m agnífico: “C aronte,
yo seré un escándalo en tu b a rc a ”, — an u n cia que a tr a ­
v esará la fatíd ica E stig ia, el río de ondas n e g ra s de la
m uerte, can tan d o como u n a alo n d ra y d erram an d o su
perfum e salvaje, en tre el te rr o r de todos los que cru ­
cen con ella, sobre el m ism o navio em pavesado de luto,
el ag u a a m a rg a y fúnebre.
E n “L a E s tre lla ”, h a b la de su ilusión, dulce m u n ­
do celeste que se refle ja siem pre, dorado y tem bloroso,
en su c h arc a in te rio r:
“Y yo que asisto a la lección y llevo — en m i ch arca
in te rio r la dulce e stre lla — de u n a ilusión que se r e ­
tr a ta en ella, — a n s ia r la realid ad y a no me atrevo. —
Y com o h ip n o tizad a por el loco — a fán de no v er roto
m i tesoro, — hago g u ard ia te n az al a stro de oro, — lo
m iro fijo, pero no lo toco” .
M agnífica concepción la del soneto “M elancolía”,
en el que la p o etisa com para su obra sutil con el encaje
obscuro que teje con am o ro sa paciencia la a ra ñ a : esa
te la leve en la que su sp en d erá sus d iam an tes el rocío
de la m a ñ a n a y que será am ad a por la luna, el alba, el
sol y la nieve. Y exclam a la au to ra : “A m iga a ra ñ a :
hilo cual tú m i velo de oro, — y en m edio del silencio
m is jo y as elaboro. — Nos uno, pues, la a n g u stia de un
idéntico afán . — M as p ag an tu desvelo la lu n a y el
rocío. — ¡Dios sabe, am ig a a ra ñ a , qué h a lla ré por el
mío! — ¡Dios sabe, am ig a a ra ñ a , qué prem io me da­
rá n !”
E n “R edención” c an ta a su alm a ren d id a por el
dolor, que es al m ism o tiem po aflicción y gloria, to r­
tu ra y apoteosis, obscuridad te n az y súbito y m ilagroso
deslum bram iento.
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 27

E l poem a-cum bre, perfecto y sig n ificativ o por ex­


celencia, es, sin duda, “V id a-g arfio ”, del que se h a di­
cho, con verdad, que haTcTe p asar, triu n fan d o , de la in d i­
feren cia y del olvido, a la s an to lo g ías u n iv e rsa 1es. ¿L/o
recordáis? L a p o etisa ru eg a al que la am a que cuando
ella m u era no la conduzca al cam posanto, sino que a b ra
su fosa ju n to al rie n te alb o ro to de u n a p a ja re ra o la
voluble y e n c a n ta d o ra c h a rla de u n a fuen te. H a de
ser sepultada a flo r de tie rra , p a ra s e n tir sobre sus
huesos que se disuelven e n tre la gred a h úm eda las
caricias calien tes del sol. Sus ojos, alarg ad o s en tallo s,
h an de poder así su b ir de nuevo p a ra ver a rd e r sobre
los h o rizo n tes incendiados de p ú rp u ra la lá m p a ra sa l­
vaje de los ocacos rojos. P resien te la lu c h a de su c a r­
ne p a ra volver h acia a rrib a y se n tir la fre sc u ra del
viento. Sus m anos, que fuero n siem pre ávidas en la
captación del placer, no e sta rá n n u n ca quietas, y a r a ­
ñ a rá n la tie rra en m edio de las som bras fría s y a p re ­
tadas, tenazm en te deseosas de a p re sa r de nuevo la fe­
licidad. Y luego la estro fa ú ltim a y decisiva, g rito in ­
m ortal que no podrá ser superado como expresión del
inextinguible an h elo am oroso:
“A rrójam e sem illas. Yo quiero que se en raicen —
en la greda am arilla de m is huesos m enguados. — P o r
la parda escalera de la s raíces vivas — yo subiré a m i­
ra rte en los lirio s m orados” .
E n “L ac eria”, otro salm o desencantado a la cadu­
cidad de la carne y a lo que h ay de perecedero en los
dones de la juventud y el am or, la boca de la m u jer di­
lecta es de ceniza, las m anos de polvo, los cabellos de
tierra, los senos de arcilla deleznable, y es en vano
que el am an te tien d a h acia ella los brazos codiciosos
28 JUANA DE IBARBOUROU

y larg o s de deseo. ¿Q uiere éste la carn e m en tiro sa,


“ que es ceniza y se cubre de ap arien cia s de ro sa ? ” P ero
el in stin to vital triu n fa sobre las filosofías d esen can ta­
das, y la m u jer desilusa que desdeña su pro p ia belleza
se rin d e u n a vez m ás al llam am ien to im perioso del
am o r y a los ineludibles reclam os del sexo. “Bien, tó ­
m am e, ¡oh, laceria! polvo que busca el polvo sin se n tir
su m ise ria ”.
E n “ S alv aje” c a n ta sin circunloquios la com pla­
cencia de vivir, el gozo pleno de sen tirse libre, sana,
alegre, ju v en il y m orena. Su cuerpo está im pregnado
del aro m a ardoroso de los pastos y el cabello d estren ­
zado esparce el olor eglógico del heno, de la salv ia y
h a s ta del sol. H e aq u í a la poetisa en su p rístin a g ra ­
cia, en su bella im petuosidad de faunesa, en su irre ­
sistible en can to de m u jer que se em b riag a con los zu­
m os y filtro s d e ' la vida prim o rd ial y selvática, libre
de to d a tra b a y de to d a coerción. E lla es así cuando se
m u e stra sin velad u ras y sin fin gim ientos, en u n a es­
pecie de desnudez púdica, osada y adorable.
E n “P a n te ísm o ”, el h o rro r de la m u erte y la n ad a
que es, según dictam en de la crítica, u n a de las n o tas
d istin tiv a s de la poesía de J u a n a de Ibarbourou se a te ­
n ú a con la esp eran za de u na m etem psícosis que tr a n s ­
fig u ra rá su cuerpo a rd ie n te y lo co n v ertirá, d en tro de
u n a m iríad a, en pebetero que esp arcirá a los vientos
las m ás em belesadoras frag an cias. Es, acaso, el m ism o
sen tim ien to obscuro de la peren n id ad de la m a te ria y
del alm a que la hace em an cip arse de la m edrosa su ­
gestión de la m u erte y del tem or al etern o desapareci­
m iento, p ara proclam ar, en “ R aíz salv aje”, que su cuer­
po está hecho de su stan cia inm o rtal.
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 29

III
M uestra o tra faz de e sta p erso n alid ad de ta n ex­
tra o rd in a rio relieve en A m érica, el claro y ad m irab le
libro que se titu la “E l C án taro fresco ” , o b ra ta m b ién
de poeta, igu alm en te ap to p a ra la égloga v ersificad a y
p ara la bucólica en prosa. Se ha dicho de él que es lo
m ejor y lo m ás sugestivo que h a producido, en ese gé­
nero, la lite ra tu ra co n tin en ta l, y h ay algo de v erdad
indudable en esa h ip erb ó lica afirm ació n . Pocos libros,
en efecto, ta n profundos, am en o s y sustanciosos, y po­
cos asim ism o en que la sencillez del concepto hondo
trascien d a ta n to a la fo rm a g a la n a y se ex h ib a casi sin
o rnam entos, pero de u n a m a n e ra sed u cto ra que escla­
viza y subyuga la aten ció n del lector. Acaso ello se
deba a que, como lo observó persp icu am en te FranQois
de M iom andre, la a u to ra está próvidam ente dotada de
la facultad ta n pocas veces concedida a los hom bres,
pues parece reserv ad a a las h ad as y a la s e n ca n tad o ­
ras, de tra n s fig u ra r todo cuanto toca, au n lo m ás h u ­
milde y ap aren tem en te desposeído de belleza. P a ra ella,
las cosas tien en un alm a, en cuya in tim id ad p en etra
siem pre con su seguro in stin to de m u jer y de a rtis ta .
¿H ab rá que ad m itir que en algunos de esos poem as,
como lo asev era el crítico colom biano E duardo C asti­
llo, g rav ita la influencia de F ra n c is Jam m es, otro a r ­
tífice de la prosa poética? P o r m i parte, m e reh u só a
aceptarlo, y m e av en tu ro a sup o n er que este lin aje
de poesía en prosa es, si no u n a creación de la a u to ra de
ese libro precioso, un hallazgo feliz de su vocación de
escrito ra que g u sta de salirse de los angostos cauces
del verso p a ra trad u cir sus sueños en la fo rm a m ás am ­
plia y libre de la prosa. La su stan cia de este libro es
30 JUANA DE IBARBOUROU

poesía y lirism o puros, y de los de buena ley. P oesía


la ideación, y poesía tam b ién el len g u aje, pulcro, fi­
g u rativ o y afilig ran ad o . No h a de so rprendernos, por
lo ta n to , que un co m en tarista sagaz lo dispute por m e­
jo r y m ás perfecto que “ Las lenguas de d ia m an te” ,
por ser en él la ex p resió n m ás d irecta y m enos fig u ra ­
da, y por e n c o n tra r en sus p ág in as el m ism o fervoroso
am or a las cosas de la n atu ra leza , a la vida san a, al
agua, a las flo res y al campo.
Claro está que este género de com posiciones ofrece
m u c h o s'rie sg o s y co n tin g en cias: se cae fácilm ente, al
cultivarlo, en la ñoñez sen tim en tal y en la simplicidad
pueril. J u a n a de Ib arb o u ro u so rtea y elude con h ab ili­
dad aquellos peligros, y por eso sus p ág in as esplenden
por lo com ún como joyas lucientes, y son con m ucha
frecuencia p erfectas y ejem plares. ¿Q ueréis conocer a l­
gu n as que pueden re p u ta rse como m odelos in su p era­
bles, ya que en ellas h an sido vencidas con g allard ía
todas las dificultades a que m ás a rrib a se aludió? U na
de ellas, “ S elva”, es algo así como u n a d im in u ta obra
m a estra. L a a u to ra h a traslad ad o al papel, en pocas lí­
n eas ágiles y arm o n io sas, to d a la frescu ra, la música,
la hum edad y la secreta y p u lu lan te vida del bosque.
No parece sino que nos rodaa, al leerla, la frag an te
penum bra nem orosa.' Dice así:
“ Selva: he aq u í u n a p alab ra húm eda, verde, fres­
ca, rum orosa, profunda. C uando uno la dice, tien e en
seguida la sensación del bosque todo afelpado de m us­
gos, ru ru n e a n te de píos y de voces, lleno de quitasoles
ap retad o s y m ovibles de las copas de los árboles, bajo
los cuales las siestas ard ie n tes son ta n dulces y donde
es ta n g rato, ta n g rato, ten d erse a soñar. ¡Selva! ¡Oh,
FJIANí'ISOO A U I K U T O K('IIIN(1A ai

Dios mío, qué p alab ra ta n aleg re y ta n fresca! ¡qué


p alab ra para mí ta n llena do rem in iscen cias! H uele a
eucallptus, a álam os, a sauces, a g ra m a ; su en a a vien­
to, a ag u a quo corro, a p ájaro s quo c an tan y pían, a
roce do insectos y c ro a r do sap lto s verdes; ovoca re ­
dondeles do sol sobre la tie rra , frutan silv estres do u n a
dulzura áspera, c a ra v a n a s de h o rm ig as ro ja s carg ad as
de hojlta» tie rn a s, p en u m b ra verdosa y fresca, soledad.
¡Oh, Dios mío, evoca m is quince afios y toda m i ale ­
gría sana, inconciente y s a lv a je !”
E n “La m a rip o sa”, dialo g a con u n a pequeña y a m a ­
rilla que ha ido a rev o lo tear en to rn o a la luz, y afirm a
que ju ra ría que el Insecto tien e olor do cam po en las
alas. El canto chillón de los g rillo s lo tra e evocaciones
de la infancia. lejan a, y la en tristece en las noches cá­
lidas de enero. El paso de un carro colm ado de trig o
tien e la m ism a virtu d do su scitar en su esp íritu el r e ­
cuerdo de los plácidos tiem pos on quo ora u n a chicuola
salvaje y alegro y en que sus ojos no lucían e sta ex­
presión de hoy. ávida y tristes. En " P re se n tim ie n to s”,
o tra abreviada m aravilla, dice, sin d isim u lar su n o s­
talg ia y »u m elancolía: “Siem pre suspiro por tí, ¡oh,
bosque! y .p o r tí, ¡oh. campo! y por tí ¡oh, agua! E s ­
toy convencida de que en u n a vida ancostrnl, hace ya
m iles de años, yo tuve raíces y gajos, di flores, sen tí
pendientes de mis ram as, quo eran como brazos ju g o ­
sos y verdes, fru tas tersas, pesadas de zumo dulce; yo
estoy convencida do que hace un g ran puñado de siglos,
fui un arbusto Imimlkle y alegro, enraizado a H o rilla
m ontuosa de un río. P or eso siem pre suspiro por tí,
¡oh, bosque, por tí ¡oh, campo! y por tí, !oh, a g u a !”
En “El cerco azu l” se revela y descubro como una
32 JUANA DE IBARBOUROU

m o ralista que em plea, p ara d arn o s u n a a lta lección de


ética, la . delicada aleg o ría y la bella ficción. Nos dice,
en o tra de sus prosas, que el alm a del h u erto e stá en
el viejo a rm a rio en donde se h an puesto a m a d u ra r las
m anzanas, y que es un alm a que se esparce en aro m as
cuando alguien ab re el v etu sto m ueble fam iliar. Cele­
bra, en o tra, el gesto h a b itu a l suyo, el de la poetisa in ­
saciable de sueños, que no es otro que el de ten d er
siem pre las m an o s h acia las cosas im posible. E l
am o r al ag u a c a n ta rín a y a la noche h echizada está
dicho y expuesto en dos p ág in as bellísim as y sugestivas.
E l a g u a tien e p a ra ella el .en can to de la m ás com pleta
caridad. “Yo acudo a ella como a un sér consciente y
estoy convencida de que es u na c ria tu ra con el alm a
como la n u e stra ; y que habla, sueña, can ta, besa, con­
suela, igual que nosotros. ¡Es que ig n o ram o s ta n ta s
cosas! Y no adm itim os que posean n u estro s dones es­
p iritu ales sino aquéllos que e stá n hechos a im agen n ues­
tra . Yo creo, sin em bargo, que el ag u a es en el m undo
algo así como u n a buena m onja, a te n ta siem pre a p ro ­
p o rcio n arn o s consuelo y ayuda. ¡Si los veg etales su­
p ie ra n n u estro id io m a !. . . Si cada h erid a fu era u n a
boca que h a b l a r a . .. E n lo ín tim o de m i corazón yo le
llam o al ag u a “ Sor C arid ad ”. H oy he sentido sus bue­
nos dedos frescos rom piendo, en m is sienes, la fiebre.
¡Y h a s ta el corazón m e llegó su d u lz u ra !”
E n cuanto a la noche, la em ociona, y a n te s de re n ­
dirse al sueño, ju n to a la v e n ta n a ab ierta, abism ada
en la contem plación de las co n stelacio n es rem otas, vive
siem pre u n a h o ra de conm oción esp iritu al co n stan te­
m en te renovada. La obsesiona de nuevo la idea de u n a
posible tran sm ig ració n que ya la h ab ía como inquie­
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 33

tado y consolado en sus versos, y se com place en p en ­


s a r que un árb o l a rr a ig a r á en ella cuando su sér se
h alle desvanecido p a ra siem pre en la m u erte, y que
volverá a s e n tir el fa m ilia r ru m o r del v ien to y el reg o ­
cijado p ia r de los p ájaro s. ¡Con qué em oción reco g e rá
en tre sus átom os el agua, el rocío, el calo r del sol, la
luz de la luna! S erá m a teria l p ara las raíces del árbol
y del pasto que crezcan en to rn o de ella, y si h u b ie ra
de m ezclarse con la arc illa que sirv e a los a lfa re ro s
p ara h acer sus vasos, le a g ra d a ría tro c a rse en u n ja ­
rró n b rilla n te que so p o rta rá las flo res que e n g a la n a n
la m esa del p o eta en el in s ta n te en que escribe sus
versos. Y ella, que los h a fo rjad o tam b ién , s e n tirá u n a
inm ensa curiosidad por conocer los que fluyen del co­
razón y de la sensibilidad de aquel hom bre, y luego
u n a in fin ita triste z a por no poder flo recer ya, ta m ­
bién ella, en canciones!
Todo el libro podría ser com entado así, y se pon­
d rían de relieve los in n u m erab les acierto s de concep­
ción y los m uchos seductores hallazg o s del estilo. Cam ­
pea en él h a s ta u n a plausible in ten ció n docente, capaz
de d e se n tra ñ a r la en señ an za que surge de las cosas
m enudas y de los sucesos que carecen de trasce n d en ­
cia. Dice, por ejem plo, en “Los árb o les” : “E se tr a n s ­
fo rm ar de los árboles en muebles, ¿no es un suplicio
m onstruoso? El árbol hecho leña va a poseer el alm a
m ulticolor y m arav illo sa del fuego; va a concluirse
m ás pronto, pero an tes s e n tirá flam ear su esp íritu en
las lenguas inq u ietas de la llam a y en las e stre llita s
de las chispas; saciará su afán de ascensión y de cielo,
subiendo hecho hum o, hecho nube, él, que siem pre es­
34 JUANA DE IBARBOUROU

tira b a la verde cabeza de su copa a las nubes. Pero,


convertido en m ueble, no es m ás que u n a m om ia, la
form a m ás h o rrib le de p e rd u ra r” .
E n las no ch es de lluvia, cuando la casa le parece
“el único refugio tib io e ilum inado del u n iv erso ” , tra s
d is fru ta r de su com odidad b eata en la alcoba calien te
y h o sp ita la ria , la sobrecoge el pen sam ien to de que son
m uchos los que a esa m ism a h o ra padecen h am b re y
frío en pobres ra n c h o s agujereados, y se duerm e a v e r­
gonzada de p a la d e a r u n gozo que a to rm e n ta a m illa­
res de seres hum anos.
¿ P a ra qué c o n tin u a r? B asta con en carecer la lec­
tu r a de todo el libro, v erdadero florilegio de poem as en
prosa, en cuya elab o ració n im pecable p articip a ro n por
igual la fa n ta s ía fértil, la sensibilidad su til y e! acriso ­
lado buen gusto. Todo en él tie n ta a la degustación
p ausada, u n as veces con el hechizo de u n a descripción
m a g istra l y o tra s con el artificio de un apólogo en el
que el fondo m oral ap arece envuelto en m ágicos cen­
dales de p alab ras. Oíd el p o em ita “L a lu n a ”, y anotad,
si podéis, como al vuelo, todos los acierto s de la ex p re­
sión y la ad m irab le fig u ra fin al:
“E s ta noche, la luna, red o n d a y b rillan te, está, de
u n a m a n e ra casi m atem ática, encim a del pozo, de m o­
do que se refle ja p recisam en te en el cen tro de la oblea
n e g ra del agua. A provechando su claridad, el jard in ero
p refiere re g a r las p la n tas a esta hora. Y ese espectácu­
lo no lo perdem os n u n ca nosotros, porque el ja rd ín y
el h u erto son h erm osísim os en estas claras noches de
E nero, y la frescu ra del agua da a la s flores una belle­
za lim p ia y aleg re que nos llena de paz el alm a. Mi
hijo fué el prim ero en d escu b rir la lu n a en el pozo. Y
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 35

sobre el brocal cubierto de m usgos y cu lan d rillo s nos


in clin am o s los dos, con g an as de e s tira r la m an o h a s ta
el oro fugaz de esa im posible m oneda de luz. P ero al
ruido áspero de los zuecos del ja rd in e ro nos re tira m o s
un poco. J u a n v a a r e g a r . ..
E l viejo d e sa ta la cuerda, a lza p au sad am en te el
balde y lo a rro ja , luego, al agua. In co n scien tem en te, en
un im pulso sim ultáneo, nos in clin am o s de nuevo sobre
el brocal. E l balde sube ya, rebosando, b rilla n te , fre s ­
quísim o, con u n a m u ltitu d de ondulaciones d o rad as e n ­
tre el ag u a oscura, e stria d a de blanco. E n el pozo la
lu n a ha desaparecido y sólo queda de ella u n a m u ltitu d
de hilos de luz. E l ja rd in e ro h a deshilachado la luna.
Y, tran q u ilo , como u n tosco dios in consciente, se va
por el cam inito m usgoso con su balde lleno de lu n a y
de agua, m ie n tra s en el fondo del pozo, de u n a n eg ru ra
tem blorosa, vuelve a cuajar, len tam en te, la mojneda
b la n ca”.
D ifícilm ente me resisto a h o ra al deseo de leer,
p a ra re m a ta r e sta exégesis, la p ág in a im ponderable en
que la a u to ra se la m en ta de la in u tilid ad de cierto s b ri­
llan tes destinos, y, desdeñando el cáliz labrado en la
p lata m ás pura por los dedos p acientes y m orosos de
un m onje artífice, — cáliz que irá a d escan sar, al fin,
sin que nadie lo h ay a sum ergido en u na fu en te y sin
que h a y a servido p ara saciar la sed de nadie, en tre
las joyas prim orosas de un museo, — alab a el hum ilde
vaso de barro que cum plió con m odestia su m isión de
co n ten er agua crista lin a y de llev ar un poco de fres­
cura a los resecos labios de los hom bres.
IV
E n su te rc er libro, “R aíz salv aje”, vuelve Ju a n a
36 JUANA DE IBARBOUROU

de Ibarbourou al cultivo de la poesía. E s ese su do­


m inio propio y n a tu ra l, en el que se m ueve con p articu ­
la r d esenvoltu ra, como si sólo h u b iera nacido p ara
c a n ta r y p a ra d eleitar. F ué R ain e M aría R ilke quien
aseguró que “p a ra escrib ir u n solo verso es preciso
h ab er sentido cómo vu elan los p ájaro s y qué m ovim ien­
to hacen las p equeñas flores abriéndose en la m a ñ a ­
n a ”. Lo que im p o rta decir que el poeta h a de e sta r
consustanciado con la n atu ra leza , al punto de h ab er
penetrado, v ig ilan te y alerta, en to d a s sus in tim idades
y secretos. J u a n a de Ib arb o u ro u conoce m ás que nadie
el vuelo de las aves cam p estres y la vida efím era y fu­
gaz de todas las flo res que d eco ran y esm altan n u estras
p rad eras. Lo h a d em o strad o en “L as len g u as de dia­
m a n te ”, y h a de d en o tarlo m ás aú n en este otro lib ro
suyo, m a tin a l y florido, dorado de sol y sabroso de zu­
mos agrestes. No tem áis que se m u estre inconsciente
con su p rim era m odalidad poética, infiel a su in sp ira ­
ción p rim itiv a. Todo lo co n trario . E lla tien e un con­
cepto propio de la poesía, y no h a de olvidarlo en los
m om entos de la creación ap asio n ad a y m ilagrosa, en
las h o ras de la p ugna h ero ica y can d en te e n tre el p en ­
sam iento flu ctu an te e im preciso y la p alab ra que lo
traduce y que lo fija p ara siem pre, con la colaboración
de la aleg o ría y de la im agen, en el verso inco rru p tib le
y triu n fal. Lo que ella estim a poesía está dicho en u n a
p ág in a agreg ad a, en tre otras, al “C án taro fresco”, en
aquélla que se titu la “Z urai - z u rita ”, eufónica y g ra ­
ciosa denom inación de una especie de c a n ta r popular
peruano, de ascendencia incaica, sem ejante, por su es­
pontaneidad y por su tono, a n u estra m elancólica vi­
d a lita criolla. N uestra poetisa dice: “A llí está la poe­
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 37

sía verdadera, la honda, la in ten sa, la viva, el m a n a n ­


tial. E n tre ella y la que hacem os no sotros, cazadores
de im ágenes, llenos de p rete n sio n es y de avideces, h ay
la d ifere n cia que existe e n tre u n a b o tella de agua m i­
n eral y u n a cach im b a”.
P o r m ucho que se reb aje a sí m ism a, calificándose
de m era cazadora de im ág en es y tropos, la g en u in a
J u a n a de Ibarb o u ro u será siem pre la que cu ltiv a la
poesía exenta de artificio s de sus p rim e ra s com posicio­
nes, odorantes como un ram o de flo res silv estres y es­
m altad a s po r el fresco rocío que las enjoyecen y que
m a n tien e n su lozan ía p eren n e e in tacta. E n “R aíz sa l­
v aje” hay m enos lite ra tu ra , m enos ex altació n y m ás
gravedad de pensam iento que en “L as len g u as de dia­
m a n te ”. E l len g u aje se h a hecho acaso m ás ceñido.
M enos sensualidad, m ás realism o. L a a ñ o ra n z a del cam ­
po y la n o stalg ia de la niñez desvanecida cam pean en
m uchos de estos versos, que con frecu en cia h an sido
redim idos de la esclavitud de la rim a. No se prodiga
ta n to en este lib ro aqu ella n o ta de voluptuoso exotism o
que hizo decir a Gálvez, en un prólogo que resu ltó ser
un a a fo rtu n a d a profecía, que en alg u n as p ág in as de
“L as lenguas de d ia m a n te ” está difundido un ener-
vador perfum e de O riente, p ertu rb a n te y lascivo.
T racem os tam b ién al m arg en de alg u n as com po­
siciones de este volum en lig eras lín eas de com entario.
He aquí la cu arteta inicial, la que abre la m ag n ífica
sinfonía, la que da razón del títu lo significativo y su-
geren te: “Si estoy h a rta de esta vida civilizada — ¡si
ten g o an sias sin nom bre de ser libre y feliz! — ¡si
aunque florezca en rosas nadie podrá cam biarm e — la
salvaje raíz!
38 JUANA DE IBARBOUROU

E n la p rim era com posición, grav e y a u ste ra m edi­


tació n de la m uerte. H a ard id o u n pino inm enso y h a
quedado de él, que fu era árb o l próvido y vigoroso, un
m ontón de leves cenizas. ¿Qué q u ed ará de ella, ta n pe­
queña y delgada, cuando m u era?
U fana de su juventud, h ab la con orgullo del olor
fru ta l de su carne, y recu erd a al am ado que en tre las
m il m ujeres que b esará con sus labios ávidos e in sacia­
bles, n in g u n a le d a rá esa im p resió n de arro y o y selva
que ella le brin d a. E n la com posición siguiente, un g ri­
to de ingenuid ad y de orgullo: “El olor que sien tes es
de carn e fresca, — de m ejillas c laras y de san g re nueva.
— Te quiero y soy joven, por eso es que ten g o — las
m ism as frag an cias de la p rim av era” . ¿A dvertís cómo se
p ro lo n g a en este libro la ex altació n juvenil del prim ero,
que era algo así como la apoteosis del am o r p rim itivo
y sin veladuras?
E n “Noche de llu v ia” , in siste en p resen ta rse como
u n a fiel en am o rad a del agua, “La hech izad a h erm a n a
— que h a dorm ido en el cielo, — que h a visto el sol de
cerca — y b a ja a h o ra elástica y aleg re — de la m ano
del viento, igual que u n a v ia je ra — que to rn a de un
país de m a ra v illa ”.
A breviem os aú n m ás, si es posible, la glosa v o lan ­
dera. N ostalgia de la edad in fa n til en que la a u to ra se
sen tab a en la calle a ju g a r con el lodo ( “M elancolía” ).
A firm ación de que en o tra vida an ce stral, a n te s de ser
de carne, fué acaso cistern a, fuente o río (“L as lagu­
n a s ” ). Bello soneto descriptivo en el que llam ó la a te n ­
ción de un crítico, por lo gráfico y sugeridor, este verso
adm irable: “L a m an ch a oblonga y n eg ra que p in ta la
p ira g u a ” (“La P esca” ). M aravillosa p in tu ra de un día de
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 39

fuego y de las c a rre ta s que cruzan en el cam ino bajo


un sol q uem an te e inex o rab le ( “ Sol fu e rte ” ). E x altac ió n
del veran o en que todo, agua, viento, a lo n d ra s y abejas,
parece c a n ta r en p len a em briaguez d esb o rd an te de vida
y de lo cu ra: “Y c a n ta r, c a n ta r, c a n ta r, — de mi alm a
em briagada y loca — bajo la lum bre so la r” . U nos v e r­
sos m agnífico s a los pinos, que llev an a sus oídos ru ­
m ores de selva y frescu ra de fu en te silv an a. A nhelo de
dorm ir u n a noche en el cam po, en los brazos del a m a ­
do, “bajo el tech o alocado de u n á rb o l”, porque es la
m ism a m uchach a salv aje (forzoso- es d isculpar la re i­
teración de este adjetiv o ) de otro s días (“R aíz sa lv a ­
je ” ). P iedad p a ra la luna, que no tien e un árbol, n i
una brizna, ni u n a m u jer n i un hom bre que se q u ie ra n
en ella, “ni un puñado de polvo que dance en rem o li­
nos — ni un río que h a g a ruido saltan d o e n tre sus pie­
d ras”. L a luna, pobre v ieja desposeída, fre n te a la tie ­
rra m illo n a ria de dones! A nsia de a n d a r y ver (“I n ­
m ovilidad” ). A nhelo som brío de la m uerte, p o r cuyas
dos alas de gam uza n eg ra qu isiera ser ro zad a ( “F ie ­
b re” ). A nsia v oluptuosa del beso fresco del am ado, que
cae en los labios im p lo ran tes ccmo u n a piedrezuela del
río (“La sed” ). G lorificación de la carn e que se sabe
im perecedera y del cuerpo que h a de tro ca rse en fértil
abono de raíces y savia ard ien te de algún árbol fu tu ro
( “C arne in m o rta l” ). U na voz que clam a por la quietud
y la paz del rem anso: “Río elástico y larg o — ensé­
ñale a mi alm a — a form arse un rem an so ” . A nhelo de
a rra n c a r a la selva o al bosque el secreto de la, codi­
ciada perfección m oral: “V ieja selva que m iras cómo
nos m architam o s — sin en co n trar la clave p ara re v e r­
40 JUANA DK IBARBOUROU

decer: — dlm e si siendo hum ildes, dim e si siendo pu­


ros, — lograrem o s tu fuerte y g allard a vejez”.
E n “E l sendero nuevo”, el a fá n de que el cam ino
verde no se vuelva viejo y trilla d o por la p rofanación
del trá n sito , que lo to rn a ocre a fu erza de h u ellas y
de ra stro s. ¿E s quizá u n a in citació n a c o n s e rra r la
frescu ra y la v irg in id ad del esp íritu ?
Un verso ad m irab le: “E sto y ebria de tarde, de
viento y p rim a v e ra ” ( “ La ta rd e ” ). P iedad m a te rn a l por
la fealdad desdeñada y hum ilde ( “L a h ig u e ra ” ). Su­
g estiv a in v itació n al am igo p ara que pruebe el gusto
de verdad del agua, del ag u a b rin d ad a en la s m anos y
no en la pulida copa de cristal. A labanza de la since­
rid ad y de la p ureza o rig in aria. ¿E n “M añ an a de falsa
p rim a v e ra ”, no h ay acaso, en aqu ella alu sió n a alguien
que la h a despertado alegre,
“Con a n sia de em polvarm e — y de su b ir a ese nú­
m ero 38 —que corre h acia la p la y a”, un co n ato de
poesía v an g u ard ista, prosaica de form a y ay u n a de
em oción?
Y o tra vez el ‘fervoroso am o r al agua, que es en
ella como un irrem ed iab le y lejano atavism o. E s a h o ra
la loa del agua co rrien te, la que circula por ios n e r­
vios pardos de la cañ ería, la que el grifo d erram a y
está henchida del hondo m isterio del cauca del río, del
v iento y la g ram a. E lla, la poetisa, la m ira con ansioso
an h elo porque la ju zg a fra te rn a l, como que proceden
am bas de las m ism as rem o tas p rad eras y tien en las
dos el m ism o origen eglógico y ag reste. Se le an to ja
entonces que sien te sobre ella, por v irtu d de esa arca n a
herm andad, la m irad a fra te rn a de los mil ojos claros
del agua.
FRANCISCO ALBERTO 8CHINCA 41

Una voz que pasa cantando un tango de arrabal,


por la calle, una voz trémula y como nacida de un al­
ma ardorosa y huraña, sufriente y suspirosa, la abis­
ma en el ensueño, y le parece entonces, sólo por la
sugestión de ese cantar nocturno y lánguido, que la
acompaña por “un montón de noches” un amigo Invi­
sible y leal.
Desearía ser hombre, renunciar a la tradicional
servidumbre de su sexo, para darse un hartazgo de
luna, de sombra y de silencio, para satisfacerasí su
vocación andariega, su Instinto vital del vagabundeo
lírico y alocado, por todos los caminos del mundo. El
tema del hastío de la vida monótona y del franco an­
helo de la aventura, tratado ya en “Las lenguas de
diamante”, ha de repetirse todavía en el libro futuro
de la insigne escritora, cuya significación esencial está
ya por entero en el título expresivo y meteorológico de
“La rosa de los vientos”.
En “Otoño”, recuerda las violetas humildes de an­
taño, que circundaban las fuentes, lejos del celoso cui­
dado del jardinero urbano. En “El nido” reaparece la
devoción por las cosas elementales, y, sobre todo, por
el árbol, lleno de nidos y sonoro de cánticos. Ella duer­
me en él como en un nido hondo y blando, acurrucada
junto al amante como un ave medrosa, mientras afuera
gruñe la lluvia y rezonga el viento vanamente. Quiere,
en “La invitación”, ver cómo reverdece el amor en el
campo, y bajo la Inmensidad del cielo. ¿No será eso
como un baño de salud y optimismo? Dos notas ama­
blemente tendenciosas, con un como sabor de predica­
ción revolucionaria: la alabanza de los fragante» y mo­
destos frutos del huerto, que la poetisa no cambiaría
n JUANA J)lí IHAHMOUJtOU

ja m ás por loe diam anten de A ladlno (“M erienda” ), y


la s á tira casi cru el c o n tra el m illo n ario opulento y
obeso que no po d ría co m p rar con todo su oro deslum ­
b rador y deleznable, ni un gram o del tesoro suprem o:
ser flexibles, ser jóvenes, e s ta r llenos (le am or!
La poesía con que fin a liz a este libro es la celebra­
ción del nuevo sentido de la m an id a p alab ra “ n o stal­
g ia ” , que es p a ra la poetisa el olor a n a ra n ja s que pro­
voca en su esp íritu el su rg im ien to de Im ágenes y re ­
m em branzas de la niñez feliz, y el soplo de viento que
a sa lta con perfum es do m o n te y arboleda. Visión del
pueblo tra n q u ilo y d ista n te, de los n a ra n ja le s p rietos
y em berm ejados, de los a z a h a re s blanquísim os. ¡Siem­
pre la canción del ayer, y el dolor de la vida tristo n a y
pausada, y el a n s ia de volver a la Incoercible lib ertad
y a la v irg in al inocencia, a los deleitosos v ag are s por
el cam po, sin rum bo y sin objeto!
V
H e aquí a h o ra el libro en que se resum en y conden­
san todo el sab er y toda la ex p erien cia de la poetisa,
el de la plenitud triu n fa l, el v erd ad eram en te m últiple y
m lliunanochosoo, el que desconcierta, seduce, a rreb ata,
subyuga y persuade de m a n era d efin itiv a de la p re­
sencia del genio en el esp íritu de e sta in sp irad a, señora
en el reino quim érico de las p alabras, de las Im ágenes
y de los ritm os. He aq u í “ La ro sa de los v ien to s”, obra
do culm inación que d isuena con su novedad, pero que
a tra e al fin el In terés ap asio n ad o y la curiosidad ávida
dol com entador. No puedo ser an alizad o como los otros,
porque el contenido es, on cierto modo, esotérico, y lo
que en él cau tiv a son los so rp ren d en tes hallazgos de
la expresión y el desfile suntuoso de los tropos, figuras
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 43

y alusiones poéticas. E n trá is en él com o en \m a tie r r a


en can tad a. Y es que todo p arece inm óvil b ajo la fa n ­
ta sm a g o ría del sol y de la luz, y fa lta n aq u í los p e r­
fum es y rele n tes de la obra a n te rio r, y los balbuceos
confidenciales, y la s ex altacio n es pánicas, y los júbilos
dionisíacos, y las triste z a s p rem a tu ras, y hasta, aq u e­
lla fresca sinceridad ad o rab le con que se exhibía carn e
y alm a en u n a e n tre g a ferv o ro sa y to ta l. No sab ríam o s
d eclarar si este libro es m ejo r o peor que los que lo
precedieron en la lab o r m ag n ífica, decisiv am en te con-
sag rato ria, pero cabe aseg u rar, eso sí, que desdo él se
otea un p an o ram a desconocido, acaso porque la au to ra ,
en su co n stan te ascensión, h a llegado a reg io n es que
sus p la n tas no h ab ían hollado to d av ía y que bien po­
drían ser la s planicies de la seren id ad a que aludió
alguna vez Amado Ñ ervo en uno de sus em o cio n an tes
poemas. P orque p ara escrib ir “ La ro sa de los v ie n to s” ,
era necesario te n e r el alm a ex en ta de p ertu rb acio n es
pasionales y la im ag in ació n libre y d esem b arazad a ta m ­
bién p ara toda suerte de asociaciones de ideas y de
m alabarism os y p restid ig itacio n es que m uchos to m arán ,
equivocadam ente, por reto rcim ien to s y juegos de des­
treza de la retó rica novísim a. C reíam os m uchos que
J u a n a de Ibarbourou h ab ía caído en éstas sus ú ltim as
producciones en las sirte s y los artificio s del v a n g u a r­
dismo, seducida por la ex trav ag an cia de los nuevos
cantos y por el reclam o de las flam an te s escu elas’ pero
echam os de ver en seguida que si en “La ro sa de los
vientos” algo concede, en su legítim o afán de ren o ­
vación y superación, a las influencias pred o m in an tes
y acaso inesquivables, pone en ello ta n ta d iscreta m e­
sura y ta n circunspecto acatam ien to a las leyes in tra s-
44 JUANA DE IBARBOUROU

gredibles del buen gusto, que no puede rep ro ch ársele


el in c u rrir en la exageración deform adora o en el ex­
ceso criticable. No es esto decir que no h ay a n ada digno
de rep aro en el libro y que la glosa h ay a de com placer­
se siem pre en el en carecim ien to y la alab an za; pero
es ta l la opulencia y ab u n d an cia de las im ágenes lo­
gradas, que olvidáis al p u n to las observaciones peque­
ñ as y sin trasce n d en cia p a ra d eteneros a a d m ira r el
prodigioso flo recim ien to de las m etáfo ras sobre las
form as ceñidas y casi a u stera s, y aq u ella riq u eza fa ­
bulosa de fig u ras p o éticas que convierte el libro en
un cofre de joyas ru tila n te s y enceguecedoras. Porque
el p a ra n g ó n con u n ja rd ín viciosam ente florecido se­
ría aq u í in o p o rtu n o y falso. Más bien diríam os, com ­
p artien d o las predilecciones de la poetisa por el m ar,
que todo el libro es como un navio em pavesado de púr­
pura, urgido de vien to s y cargado de tesoros, que llega
de no sabem os qué le ja n a s islas de ensueño o de qué
indecisos h o rizo n tes, h endiendo el ag u a verde o n e­
gra, en tre u n a viva canción de m arin ero s. ¡Qué lejos
estam os de las efusiones cálidas del am o r y de aq u e­
lla com o frescu ra de égloga m a tin a l que nos a c a ri­
ciaba ro stro y alm a en los p rim ero s libros de Ju a n a
de Ibarbourou!
¿D eseáis conocer alg u n as m u estras de lo que hay
de p eregrino y desusado en esta ú ltim a obra? Se advier­
te en ella ta n so rp ren d en te prodigalidad y despilfarro
de belleza, que se corre el riesgo de la tran scrip ció n li­
te ra l, y es preciso sab er su stra e rse al hechizo de ta n de­
leitosa tarea.
E l libro se inicia con un verso que fija, desde luego,
la aten ció n del leyente: “A lba: colum na de nard o s en
FRANCISCO ALBERTO SCHINOA 45

el d ía ”. E n e sta m ism a p rim era com posición, h ab la la


a u to ra del “lazarillo tem b lo ro so de los so n id o s”, de
“los cam inos blandos del su eñ o ” , del “ perfum e v io len ­
to que tra e la tú n ica de la lu z”, del “b raserío de la p ri­
m era clarid ad ” , de “la noche que duplica la e sp e ra n z a ” ,
de “la necesidad de m a ta r la v ig ilia en em ig a”. El alb a
ge tra n sfo rm a luego, bajo su p lum a en ca n tad a, en “la
to rre de p la ta de la m a ñ a n a ”. A dm irad estas Im ágenes
m aravillosas: “Con la hoz lu n a r sobre los hom bros, se
va la noche por la p ra d e ra celeste de la m ad ru g ad a. —
En la ra m a m usgosa del tiem po — un nuevo día ab re su
flor de p la ta ” . — “C orazón dolido de sueños desnudos, —
alig érate en la luz y v ístete con la in o cen cia del a lb a ” .
En “El afila d o r”, alude la p o etisa a las tije ra s de
oro, los puñales de acero y las espadas de h ie rro del
día, y h ab la del dolor heroico de h acerse p a ra cada no­
che un nuevo p ar de alas. E n “L a n o ch e” se lee — y ob­
servad cuánto h ay de sugestivo en estas im ág en es fa s­
tuosas: “Ríos del atard ecer, — río s de m úsicas y silen ­
cio — por los que llega el navio de la p ró x im a noche, —
todo em pavesado de b an d eras azules — bajo el signo
geom étrico de las co n stelacio n es”.
Y luego: “Ningún am an te de la tie rra sería capaz
de darm e — el b rilla n te puro de A ldebarán — ni el cin­
tillo claro d ÍJ las T res M arías” . Y después: “ D urm am os.
— No hay que su straerse — a las m atem áticas salu d a­
bles de la luz plena. — La noche es a rb itra ria y es tó ­
xica. — Sólo el d ía puede salv arn o s”.
El m ediodía es u na p irag u a roja, y la a u to ra h a
descubierto la s islas de la aleg ría sin causa. El sol es un
rem ero indio que la llev ará por los río s en declive de
46 JUANA DE IBARBOUROU

la tarde. L leg ará a la colina de la m a ñ a n a nueva con “la


sensación m arav illad a de h ab er dorm ido apoyando la
cabeza en las rodillas de la luz” . H ay m ares de b asalto y
de turquesa. El viento suena sus crótalos de cobre. E x is­
te el m irasol g irato rio de los sueños. L a poetisa ha a rro ­
jado al m a r el co llar de la vida. L a b arca del sueño tien e
doce rem os, y el m ullido país de la fábula posee doce is­
las. E s ta rá deshecha a sus pies la to rv a g av illa de la fa ­
tiga. L a a u to ra conoce un color nuevo, un m atiz inédito:
“ el color del deseo de ir por países desconocidos a ciu­
dades le ja n a s ” .
De pronto, u n a osadía retó rica: “T rom po alu cin an ­
te de sol — sobre la c in tu ra ex acta del día — y los cuer­
nos verticales del cara co l”. P o r los cam inos “a rra s tra
su vestido de cola la p ereza”. Los g u ijarro s “hacen m e­
nudos guiños de lá m p a ra s”. E l d ía lento es u n a ho rm ig a
ro ja ; el corazón del otoño es berm ejo. E n la poesía “La
e s tre lla ” dice: “P uño cerrado de la to rm e n ta — co n tra
la c lara m ejilla de la lu z”. “ R am azón ard id a del relá m ­
pago sobre el despeluzado cardal del m a r”. U na estrella
tien e “cinco pétalos m enudos”. H ablando del Creador,
exclam a: “A lfarero de los días — que ap en as rom pes
un vaso c o n tra la p u erta azul del crepúsculo — ya em pie­
zas afanoso a red o n d ear el del alb a próxim a. — B endi­
ción p a ra tus m anos que siem pre lo hacen d istin to y ú n i­
co” . E lla espera un día que será ágil como un gam o sin
sed, y otro claro y puro que h a de te n e r lo dorado de
la m iel in tacta . O bservad esta im ag en : “E l halcón de la
noche hizo p resa sa n g ra n te de la ú ltim a palom a de la
lu z”. E lla sabe ir reco stad a en el hom bro de los vientos,
y apoyar la cabeza en las ro d illas de lo desconocido. T ie­
FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 47

ne los hom bros fatig ad o s de m u e rta s alas. E s u n a a n h e ­


la n te la d ro n a de lám p aras. L as cam p an as son p a ra esta
alu cin ad a genial “G ran ad as de bronce, a b ie rta s p a ra de­
rra m a r g ran o s de m úsica le n ta en los surcos de la
n o ch e”.
P odríam os c o n tin u a r ind efin id am en te, pero hem os
de re sig n a rn o s a d ar té rm in o a e sta ta re a desm esurada.
H ay m agníficos versos d estin ad o s a la ex altació n de
A m érica en este libro m aravilloso. U na com posición re s­
titu y e a la poetisa al m edio bucólico en que nació, y e n ­
contram os en ella, n u ev am en te, el am o r de la tie r r a y
el deseo lírico de los p ereg rin ajes inacabables. Dice así:
“Mi río nativ o lleva en su e n tra ñ a — todos los colores
del m undo. — Los que h an probado de sus ag u as — se
h an hecho soñadores y vagabundos. — P o rq u e este río
de m i pueblo — se h a bebido el crepúsculo y el alba, —
el m ediodía y la noche — p ara calm ar no sé qué an sias.
— Y h a quedado hech izad a el agua. — Yo que de ella be­
bí siendo p eq u eñ a — ten g o el m ism o em brujo en el
alm a” .
Queden aquí, como reso n an cia ú ltim a de m is p ala­
bras, esos versos que tam b ién parecen hechizados, como
la m ujer em inente que los escribió, ta n poseída por la
sag rad a em briaguez del num en. P o r la v irtud y por la
m arav illa de esos versos preclaros, encontram os de n u e­
vo a la v erdad era J u a n a de Ibarbourou, p ara quien h a
sido siem pre, con sin g u la r y sign ificativ a unanim idad,
en tu siastam en te favorable la crítica, y cálido tam bién
el aplauso del público, que en un día inolvidable la pro­
clamó, ungiéndola en tre todas las que poseen el don en ­
vidiable del talen to , la m ás a lta cum bre poética de Amé­
48 JUANA DE IBARBOUROU

rica, en altecién d o la por la voz de m uchos adm iradores


suyos que h an sentido pro fu n d am en te la em oción de su
obra y h an acertad o a v er en ella a la incom parable sem ­
b radora de ritm os, g lo ria del U ruguay, blasón de la es­
tirp e y o rn am en to del m undo!

Francisco Alberto Schinca.


Nuevos Narradores
( 2.0 grupo )

Por

Juan Carlos Wclker


Nuevos narradores
( 2.o gru po)

Si toda la litoralura. novelada, p re se n ta ra un c a rá c ­


te r uniform e, si en ella no se reu n ieran ttiíiltipIcH fac­
tores, y v ariad o s lem as, dem ás h a b ría estado la In teli­
gente d istribu ció n en d istin ta s conferencias, que p ara
ilu stra r dicho tem a h a hecho la. ('om isión N acional del
C entenario. Ks así, como con un criterio sutil, h a s a ­
bido d ifere n ciar por ejem plo: la novela de Acevedo Díaz,
de la de Z avala Munlz, a ésta de la de J a v ie r de V iana
y de P érez l ’etit, y de en tre todas estas d istin ta s fo r­
m as de expresión, d estacar la n arració n , como form ando
un grupo ap arte.
SI liem os de a te n e rn o s al sentido histórico de la pa­
la b ra n arració n , verem os que se tr a ta tal vez del gé­
nero m ás an tig u o de lite ra tu ra . Y es así como e n c o n tra ­
mos en lo m ás rem oto de la civilización y de las religio­
nes. especialm ente en tre las razas o rien tales y eslavas,
ya sea en form a de apólogos, leyendas o relatos, te n g an
éstos c a r á rte r religioso, heroico, o sim plem ente n a r r a ­
tivo, las p rim eras m an ifestacio n es de una lite ra tu ra ru ­
d im en taria y fresca, cuna de todas las o tras m a n ifesta­
ciones posteriores lite ra ria s de un país o de u n a cul­
tura.
La infan cia es la gran captad ora, 110 de cultos co­
nocim ientos y sensaciones reflejas, sino de la d irecta
em oción cereb ral que ella resien te a n te cualquier a s ­
pecto presentado a su sensible retina. ¿Y cuál es la
8 NUEVOS NARRADORES (2/> grupo)

cir, de lo in terio r, de lo subjetivo que h ay en cada ser


hum ano.
E n n u estro país, rico en trad icio n e s y leyendas
populares, con un cam po casi virg en de in flu en cias ciu­
d adanas, lleno de ásp eras filosofías y cuyo pintoresco
siem pre refle ja un revés de a m a rg u ra y trag ed ia, des­
g raciad am en te h a servido, salvo excepciones h o n ro sí­
sim as, que ya co m en tarem o s en su debido tiem po, p ara
que sólo su lado objetivo y pintoresco se v iera tra ta d o
por p erso n as que m irab an la vida de n u estro pueblo,
ta n in te re sa n te p a ra un observador profundo y sen si­
ble, bajo el pu n to de v ista de un coleccionista de m ates
y de chiripaes, venido de cu alq u ier ciudad de E uropa.
Y lo que es peor, g en tes que cuando h an querido h a ­
cer o bra u n iv ersal y tr a ta r tem as de o tro s países, lo h an
hecho con el c riterio estrech o de un ciudadano de a l­
g u n a de n u e stra s m ás a tra sa d a s cap itales de d e p a rta ­
m ento.
E n tre los que h an sabido ver ese algo enorm e y
m isterioso que p a lp ita en el esp íritu de lo gaucho. Ju s­
tin o Z avala M uniz, a quien difícilm en te por el c ará cter
h istó rico y casi filosófico de su obra in ten sa, racio n al y
fuerte, se pod ría in c lu ir en el n úm ero de los n arrad o res,
es tra ta d o en cap ítu lo a p a rte en estas C onferencias del
C entenario, c o n ju n ta m e n te con estos jóvenes escrito res
de g ra n ta le n to que se h an especializado en la n a r r a ­
ción a u tó cto n a; P aco E sp in ó la, V íctor M. D otti y V.
G arcía Sainz, quienes serán tra ta d o s tam b ién por el
ilu stre hom bre de le tra s don C arlos Reyles.

A lguien, que com o los antedichos, re p re se n ta to d a


u n a excepción y todo un v alo r en m a te ria de n arració n
JUAN CARLOS W1SLKHR 9

gauchesca, es un joven e s c rito r uruguayo, radicado casi


siem pre en la A rg en tin a, cuando no se h alla en E uropa,
a donde va con frecuencia, o en sus cam pos del S alto
uruguayo. De u n a fecundidad lite ra ria e x tra o rd in a ria
en un hom bre que ap en a s roza los tre in ta años, h a sa ­
bido E n riq u e M. A m orim , h ace r lo que muy pocos es­
critores, especialm en te no v elistas y c u e n tista s hacen.
E sto es, escrib ir m ucho y muy bien. Si observam os en
n u estro derred o r verem os que difícilm ente contam os con
literato s de obra muy n u m ero sa que sea buena en la
to talid ad de sus aspectos. Y no sólo en el aspecto de la
cantidad, sino en el de la variedad de lem as. P ues quien
no ha visto que hay m uchos lite ra to s en cuya obra u n a
m anifestación , un esp íritu , el aspecto auctóctono por
ejem plo, era discreto, y que al salirse de él queriendo
tr a ta r tem as chddadanos, m o d ern izan tes o h u m o rísti­
cos, h an fracasad o lam en tab lem en te, dando a conocer
así la poca versatilid ad , la ab ru m ad o ra m o n otonía de
su num en. A m orim h a preferido el tem a cam pero por
que lo ha sentido m ás, y m ejor. P ero en los cuentos en
que ensaya nuevas fórm ulas o toca tem as co m p letam en ­
te d istin to s de los de sus queridos cam pos, está a la
m ism a si no a m ayor a ltu ra lite ra ria que en estos úl­
tim os. Su obra lite ra ria es v asta. En 1920 publica en
Buenos A ires un volum en de versos titu lad o “ Veinte
añ o s” con un prólogo de Julio Noé y un voto del poeta
a rg e n tin o F ern án d ez Moreno. Es este un libro lleno de
frescu ra y de gracia, donde ol in ten so poeta revela el
alto tem p eram en to artístico de quien h ab ría de darnos
tan herm osos cuentos en tan poética y fuerte prosa.
En 1923 ed ita en M ontevideo bajo la égida de la edito­
rial “ P egaso” el ráp id am en te agotado volum en de cuen-
10 NtmVOH NAKKADOHKH VI:' Kr upo)

toB que él titu la con bu g allard o apellido: “A m orim ”.


En 1925 publica en B uenos A irea la novela “T an g a ru -
p á ” , seguida de tre s cuentos: “ El p ájaro n e g ro ”, “Los
explotadores de p a n ta n o s ” y “L as Q u ita n d eras”, cap í­
tulo de la novela del m ism o nom bre que p ro n to v erá la
luz. E ste últim o cu en to dló lu g ar a un curioso suceso
literario . A. de F alg airo lle, el conocido escrito r fra n ­
cés tra d u c to r de n u m ero sas obras escritas en lengua
castellan a, tuvo ocasión de que Pedro F lg a ri le prestase
el libro “T a n g a ru p á ” de E n riq u e Am orim . Al poco tiem ­
po publicaba on el Tom o 56 de “ L ’Oeuvre L ib re” u n a
novela titu la d a “ La q u lta n d e ra ” . R eg istró título. Amo-
rlm lo acusó en “L ’In tra n s ig e a n t”, en “ C om edia”, en
“Candido". El e scrito r F alg a iro lle contestó en “Chicago
T rib u n o ” , en “New Y ork ITerald” . P ero h ab ía caído en
la tram p a, pues el sentido que daba A m orim a la pa­
la b ra “q u ita n d e ra s ” e ra Inédito; q u ita n d e ra s no sig n i­
fica p ro stitu ta s am b u lan tes. El leyó el capítulo, vló,
adem ás, la exposición que hizo F ig ari, única y exclusi­
vam ente de q u itan d eras, Inspirado en la n arració n de
Am orim , y creyó que éstas eran u na casi Institución n a ­
cional, como “ les g au ch ó s”. Creo que es el p rim er caso
de un esc rito r su d am erican o plagiado por un francés.
P ero cabe sup o n er esto. ¿Cayó F alg a iro lle en la tra m ­
ita, o sólo buscó p roducir un escándalo lu crativ o ? Lo
cierto es que la p in to resca novela del fran cés alcanzó
un éxito de lib rería realm en te fa b u lo so !.. . O tro de los
cuentos Incluidos en este volum en, el titu lad o “ Los ex­
plotadores de p a n ta n o s ”, es adm irable y fuerte. Uno de
los m ejores. E ste cuento es de una Intensidad subjetiva
tal, que por m om entos, tra s p o rta el cerebro a la m ism a
región irrea l donde o tras veces ha sido llevado por las
JUAN CARLOS WELKER 11

alucinaciones de un feb ric ien te cuento de A ndreleff. H ay


en él, p a ra ex p licar el p aran g ó n , la m ism a realizació n
subjetiva de un re la to basado en elem entos p u ram e n te
objetivos y explicables. E s la m ism a im p resió n d e tr a s ­
posición de realid ad es a im ág en es del sueño, que se
sien te al leer la o b ra in q u ie ta n te del g ra n ruso. E s todo
eso que hace de un episodio real, no su cró n ica exacta,
sino su reflejo y que ex tra e de lo p u ram en te episódico
lo p u ram en te aním ico.
E n 1926 publica tam b ién en B uenos A ires el libro
de cuentos, “ H o rizo n tes y b o cacalles” . E ste libro es de
la ciudad y del cam po. T al vez lo m ejo r del libro en el
aspecto cam pero de éste, sea el cuento titu la d o : “S au­
cedo”, que es el que com ienza la serie. A dicho cuento
le dedicó S an ín Cano, u n artícu lo en tero de elogio en
“La N ación” de B uenos A ires. E s este cu en to u n a visión
trág ica de m ise ria cam p esin a y es aquí donde e n c o n tra ­
m os el punto de co n tacto de A m orim con P a n a it Is tra -
tl. Lo m ism o que el rum ano, A m orim no n ecesita de
retó rica ni de frases d esp am p an an tes p ara d ar u n a fu er­
te sensación de an g u stia. T am bién hay en este cuento
an a g ran sutileza de estilo. El cuento, escrito en p rim e­
ra persona, hace que el ra n c h e río que tien e un nom bre
como si fu era un pueblo, cuente el m ism o la visión d an ­
tesca de su vida m o n ó to n a atra v esad a por el escalofrío
am arillo de un vuelo de lan g o stas que se ab ate sobre su
m iseria.
En este aspecto de cam po, otro s de los cuentos que
m ás se destacan en este libro son los titu lad o s: “La
chueca” y “F lo re n tin o ”. C ualquiera de estos dos cuentos
pertenecen a esa lite ra tu ra sin ubicación geográfica, que
puede lleg ar h a s ta cu alq u ier sensibilidad, y es en estos
12 NUEVOS NARRADORES (2.* grupo)

cuentos en que recordam os sú b itam en te a P iran d ello ,


no el de las com edias psicológicas y de tra m a re to r­
cida, sino al fu erte c u e n tista siciliano de sus prim eros
tiem pos. E l m ism o velo rojo de locura y tra g e d ia que
envuelve alg u n o s p asajes de la obra del g enial italian o
flam ea sobre el cuento “L a ch u eca” de Am orim . Todo
nos hace re c o rd a r este parecido: el am biente rústico, los
a g rio s person ajes, y la m u erte que acecha y vence, des­
de a trá s de la sin ie stra ris a de la lo cu ra; a la vez que
en “F lo re n tin o ”, se nos viene a la m ente o tro aspecto
del m ism o a u to r: la desolación pasiva y resig n ad a de
m uchas tra g e d ia s que fre n te a la inm ensiH ad de la
tie rra y a la ru d eza de la vida co tid ian a p asan d esap er­
cibidas h a s ta p a ra los m ism os que las su fren .
E n la p a rte de este libro titu la d a : “B ocacalles” o
sea la p a rte cuya acción se d e sa rro lla en la ciudad, se
puede o b serv ar o tro aspecto ig u alm en te in te re sa n te del
joven escritor. E l m ejo r cuento, ta l vez, sea el que se
llam a “Lqs tubos de la r is a ”. E s so rp ren d en te, e x tra ­
ño, y su obsesor recuerdo perm anece por m ucho tiem po
en el que lo h a leído. U n cuento de u n a eleg an cia ex­
tra o rd in a ria es el llam ado “El cuento de la A venida
A lv ear” en el que todo lo fin am en te perverso de la a ris ­
to c rá tic a g ra n ciudad se ve su tilm en te trazado. T e r­
m in a el volum en u n agudo re la to “M alhum or y h ero ís­
m o”, que es to d a u n a s á tira a las in terp reta cio n es erró ­
neas y los falsos p restig io s creados por los sen tim ien to s
colectivos. E n él se ve tra z a d a con tin ta s h u m o rísticas
de un efecto ex tra o rd in ario , la vida de u n a fam ilia ve­
nida a m enos, llen a de p reten sio n es y m alh u m o rad a por
las estrecheces y claudicaciones que se ve obligada a
so p o rtar. U no de los m iem bros de esa fam ilia, a rrie s ­
JUAN CARLOS WELKER 13

gado por te staru d ez y h a s ta por esp íritu de co n tra d ic­


ción, m uere en un incendio y se ve así convertido en el
héroe civil de to d a u n a nación. E l fin al de este cuento
m erece tra n sc rib irse por e n c e rra r en süs pocas lín eas
la agudeza de todo el re la to : “ Un vecino la felicitó por
la acción de su h ijo : — Puede e s ta r co n ten ta, señora,
h a m uerto com o u n h éro e. . . ¿C o n ten ta? P o d ía si, es­
ta r satisfecha, p en sab a, pero su hijo se iba p ara siem ­
pre, heroicam ente, pero p a ra s ie m p re .. . Los am igos
parecían a le g ra rse de que P ed ro se fu era a sí. . . L a
viuda lo n o tab a en cad a ro stro . Y por m om entos, ella
tam bién sen tía la su e rte de te n e r un héroe en la fam ilia.
D espués, volvía a av erg o n z arse ; pero entonces llegaba
algún conocido con el p ésam e-felicitació n y la tr a s to r ­
naba. Cuando el fé re tro le a rra n c ó el hijo de su casa,
la señ o ra D urañol desanudó un sollozo ap retad o en su
g arg an ta. A la sem an a del en tierro , aq u ella m u jer pa­
seaba sus ojos orgullosos por las p ág in as de las rev is­
ta s ilu strad as donde cam peaba el re tra to del h éro e.”
E sto si que es hum orism o, ta l como lo debe conse­
g u ir un escrito r que se resp eta, y que no cae en pay a­
sadas ni en e x tra v a g a n c ia s p ara co n seg u ir so n risas con-
sag rato rias.
E n 1928 publica “T ráfico ”, n o tas de ciudad. Bue­
nos A ires vertig in o sa, convulsa, atra v esad a de g rito s vo­
ceantes las ú ltim as n o ticias en los ro tativ o s m o n stru o ­
sos, B uenos A ires elegante, ad o rn ad a de so n risas y pi­
ropos, deslum b ran te de v id rieras, de avisos lum inosos,
estrem ecida de bocinas de autom óviles y de rojos refle­
jos de crím enes pasionales. B uenos A ires, cuyos h ab i­
ta n te s parecen siem pre ocupados en alcan zar algo in ­
im aginable, en cuyos su b terrán eo s, autobuses, tran v ías,
14 NUEVOS NARRADORES (2.’ grupo)

se cruzan las opiniones sobre la situación política, o


sobre las fluctuaciones de la bolsa, sobre el últim o p a r­
tido de football, o la ú ltim a tro m p ad a del ídolo del
boxeo, o el tiem po record m arcado por un caballo en
la ú ltim a c a rre ra de P alerm o. Todo esto visto a trav és
de las p ág in as d in ám icas de este libro periodístico y
rápido. Un cuento, “El últim o accid en te” es el que da
m ás c a rá c te r lite ra rio con sus fin as observaciones a
este libro inq u ieto y vivaz.
Poco tiem po después, en el m ism o 1928, se publica
“ La tra m p a del p a jo n a l”, libro de novelas cortas, que
como “ H o rizo n tes y bocacalles” o tro de los libros de
A m orim , p re se n ta rela to s de ciudad y de cam po. E n
los re la to s “M orir” y “R elato p ara 1999”, se p resen ta
la m a n e ra p erso n al de m etam o rfo sear la realid ad que
en “ H o rizo n tes y bocacalles” com enzara con “ El caso
del te a tro Im p e ria l”. P o r ese cam ino, A m orim h a que­
rido h ace r algo nuevo a fin de d ar a su inquieto es­
p íritu m ayor expansión que la de los tem as reales que
le ocupan en sus rela to s de ciudad y de cam po. D entro
de esta m a n era, creem os que el m ejor sea “M orir” cuya
d esco n ce rtan te filosofía, es fru to de un profundo y a m a r­
go conocim iento de la com edia h um ana. E n la p arte
cam pera de este libro se destaca “ La p erfo rad o ra” aca­
so uno de sus cu en to s m ás intensos.
E n su últim o viaje a E uropa, es decir, en 1929, re ­
im prim e en P arís, e n la s ediciones de “Le liv re lib re”
su novela “T a n g a ru p á ” esta vez sin aco m p añ arla de los
tre s rela to s que con ella in teg rab an la edición a n te ­
rior.
E sta novela que puede co n sid erarse como la obra
m ás seria de Amorim , es tal vez, la concreción de todos
J U A N <<AftUHf WKLKKK

los fruto# de «ti honda experiencia campera. K1 campo


en esta obra de Amorim, se muestra tai cual es en la
realidad: pobre, áspero, Inmenso en su dolor, árido y
seco. Kn este campo de Amorim, no exhibo sus floreos
el pintoresco pericón, ni ensayan sus gracias los gau­
chos dicharacheros o las chinas coquetonas y felices.
Este campo es el verdadero, el rudo, sensual, supersti­
cioso campo nuestro; sin nada que lo eleve, ni amor,
ni religión, ni afán de progreso o de ideal. Kste aspecto
de dolor, que casi nadie ha sabido encontrar, también
Zavala Munlz y Espinóla lo han contemplado, fón Amo­
rí m resulta Interesantísimo ver como 61 ataca directa-
mente en su novela "Tangarupá" uno de los más tre­
mendos problemas de nuestra campaña: el problema
sexual. fin el paisaje árido, sin mujeres, que pinta Amo­
rim, la pasión sensual se vuelve en el hombre, como
esos juncos resecos y calcinados por el sol, que al me­
nor contacto se quiebran estallando con áspero, ruido.
En las páginas de "Tangarupá", toda la tragedia de esas
vidas sin luz, llena de fealdad y de miseria, aun en
donde los bienes materiales alivian la pobreza tangi­
ble, pero no alcanzan nunca a disimular la pobreza In­
terior, tanto más grande cuanto que no sabe hacerse
del bienestar material un medio de mejorar la existen­
cia diaria. Toda tragedia desfila por los párrafos In­
teligentes de esta novela de Amorim. t¿os episodios se
siguen desarrollando hasta culminar en ol fin, que de
tan lógico en medio de tanta tragedia, llega a parecer-
nos absurdo. Amorim ha sabido trazar en esta novela
cuadros de un realismo brutal sin que nunca pierda ca­
lidad, la elegancia de su estilo. Algunos capítulos, como
el capítulo once de esta novela, capitulo que en la prl-
I# NtlIflVOH NAKKADOft KH (2.* g r u p o )

mor edición llev ara el títu lo de "L a bestia del so lita­


rio", es de una fuerza do realización ta n In ten sa quo
llega u tem erse por ol desequilibrio del conjunto. P ero
h u autor, mil va ad m irab lem en te el obstáculo y m an tien e
todo en un tono de perfecta arm o n ía. H ay m om ento*
en que las frases candente» de mi» descripciones pa­
recen hab er sido trazad a» por un Zola o un IlarbuH»e.

En otro aHpecto to talm en te d istin to , oh decir, en


una form a de n arració n que m ás p articip a de la poesía
y de lo ab strac to , que de la trasm isió n de hechos rca-
Ich o re a lista s a la lite ra tu ra , se destaca el nom bre
de un escrito r fino y sutil, de oHpíritu eleg an tísim o y
culto: L u I h O lordano. E ste joven escrito r, luego de h a ­
ber publicado escaHa» colaboraciones literaria»» en rev is­
ta» y periódico» de a rte , publica en JU2(5 un (conjunto
do cu e n t o h corto» titu lad o : "El llosal". E h este un libro
en que el a u to r em briagado por la rica tradición l i t e ­
ra ria del mil doscientos Italian o h a s ta el mil cuat.ro-
el en t O H , «lente poderosam ente el eleg an te Influjo de
Io h prim ero» n a rra d o re s florentino», n a rra d o re s que o r­
naban sus relato» con la m ism a exquisita g r a d a con
que los prim itivo» p in to res <le Ita lia o rn ab an las d o ra­
das Im ágenes de v írg en es y án g eles adolescentes, en
los tem plos y los conventos florentinos. H ay en todo el
libro una so rp ren d en te sutileza de observaciones y una
fina y cu lta Ironía que a p u n ta en casi todas las frase».
A lgunos de sus cu en to s ta le s corno el titu lad o : "El
sistem a de (luido”, "L a despedida”, "L as b u rlad o ras b u r­
ladas", y otro s de esta índole, están satu rad o s de un
legítim o hum orism o "bocaceBco” , picaresco y g alante.
D espunta en ellos tal fina com icidad que uno cree de
JUAN CARLOS WELKER 17

buena fe verse tra n s p o rta d o al tiem po de las g alan tes


veladas del D ecam eron, cuando no se evoca el espíri­
tu de Voltaire. E n otros aspectos este libro reúne a s ­
pectos filosóficos e ideas muy in teresan te s, siem pre con
el sello de iro n ía que le es característico. Uno de los
m ás bellos exp onentes de esta m a n era, es el supuesto
diálogo en tre Giorgio V icarini y Lorenzo Glordano. H ay
en él un desarrollo de ideas, ta n dialéctico y sutil que
un o se ve envuelto en su fin a tr a m a la m en ta n d o el r á ­
pido fin de este diálogo ta n lleno de elegancia. Uno de
sus párrafos, en el que t r a t a la descripción de las se n ­
saciones que preceden al sueño es de g ra n intensidad
cerebral y la exacta reproducción de las vag as e in a si­
bles rep resen tacio nes aním icas.
A mediados del añ o 1929 Luis G lordano publicó
en lim itada edición o rn a m e n ta d a por in te re s a n te s g r a ­
bados en m a d era de C astellanos Balparda, su cuento
“Suicidio fru s tra d o ” . E ste cuento de esencia superrea-
lista es un in ten to de su a u to r que deja de ser tal, para
convertirse en una realidad brillante. Todo él se sitúa
en u n a a tm ó sfera de abstracción subjetiva que hace que
su desarrollo se vuelva fabuloso con elem entos p u ra­
m ente reales tal como sucede en los sueños con stru i­
dos con los episodios cotidianos vueltos fabulosos por
la cerebración inconsciente.
Este cuento se ve reproducido en el nuevo libro de
Glordano, titulado “ Luciano y los violines” que inclu­
ye la novela de este nombre, dicho cuento y otro cuen­
to breve titulado “ Salom é” . "Luciano y los violines”
que recién acaba do aparecer, es una obra escrita en
el mism o tono literario que la precedente, es decir,
la trasposición de la realidad, en la realización subjetiva
18 NIMOVOH NAHRADORKS C¿:> grupo)

de los fenóm enos sensoriales y anímicos. Parece per­


cibirse en tre la dislocada atm ó sfera de sueño que en­
vuelve todo lo episódico de esta novela, el reflejo de
paisajes e x tra n jero s vistos a través de la refin ada sen ­
sibilidad del autor. Im ág e n es superpuestas que produ­
cen riquezas cromáticas, sorprendentes. D esarrollo sub­
jetivo nunca aten id o a lo exterior. Es esta obra de
G lordano u n a de esas m anifestaciones del espíritu de
Introspección que h a venido cundiendo en la nueva li­
te ra tu ra universal desde la aparición de Marcel P roust
en la s letras. E ste a u to r p resen ta contactos con alg u­
nos de los au to re s franceses m odernos y me recuerda
especialm ente al J e a n Cooteau de “Le grand E c a r t” , de
“ Orfeo” y de “Los n iño s te rrib les” , su últim a novela.
Es G lordano uno de esos auto res cuya obra está hecha
toda “ hacia a d e n tro ” , concediendo muy poco o casi nada
a los g ran d es públicos incapaces de sen tir emociones
subjetivas y cerebrales que son las m ás nobles y las
únicas que pretende lo grar la obra p a ra m inorías que
es la de Giordano.

Manuel de Castro, a quien conocimos hace muchos


añ o s entre aquella pintoresca bohem ia que se reu n ía
en las viejas salas del café Británico, siem pre se nos
había revelado como poeta de selección y exquisito es­
píritu. E r a M anuel de Castro en aquella época, el m u ­
chacho vibrante de ideales y estremecido de Inquietu­
des an te todo lo que a p o r ta ra u n a riqueza m ás a su
cerebro saturad o de belleza. En esa época era cuando
te n ía am o res con la que es hoy su esposa y fué la Ins­
pirad o ra de a q u e llo s ' finos poem as que él llamó: “ Ijas
gracias de B e rta ” y que Imprimió en su volumen de
JUAN CAUI.OS Wlfil-KI'JIl 1»

poesías: "Las estan cias esp iritu a le s ” quo fueron publi­


cadas en 15)20 con prólogo de Alberto Zum Felde y edi­
tadas por el viejo y querido editor don Orslnl Bertanl
que ta n to bien ha hecho a la juventud lite ra ria de o tras
épocas del Uruguay y sigue aún haciéndolo a la de hoy.
Es pues, bajo su aspecto de poeta que siem pre nos llegó
el espíritu de Manuel de Castro y es bajo el aspecto de
novelista que hem os conocido hace poco su más fuerte
manifestación. En 1928 y luego de mucho tr a b a ja r en
ella publicó Manuel de Castro su novela ‘'H isto ria de
un pequeño funcionarlo" que mereció la sanción oficial
del Prem io para prosa en el concurso del M inisterio de
Instrucción Pública. E sta novela ha dejado establecido
a su auto r como uno de los m ás fuertes escritores nues­
tros, pueB es esta una novela que si bien refleja un
aspecto típico de n u estra vida ciudadana, es decir, el
de la adm inistración burocrática, do la vida en las ofi­
cinas del Estado, con tin ta s Inconfundibles que ubican
nacionalm ente al espíritu de su obra, podría ser, dada
su amplitud, un libro de cualquier país y de cualquier
(•lima.
La ironía m ás difícil, es decir, la Ironía l’lna, que
apenas ap u n ta en tre sus páginas, es la que Impera a
través de toda la obra. (lomo dice muy Inteligentem en­
te el poeta Juvenal Ortlsí Haralegui, en una crónica
suya sobre Manuel de Castro, aparecida en "Alfar", la
dinámica revista que dirige Julio J. Casal, "aquí no te­
nemos estepa, tenem os oficinas” y es así. Ningún escri­
tor hasta Manuel de (lastro había sabido sentir la In­
finita y opaca tragedia del empleado público, quo se
ve. en este país de vida c a ra y de ap ariencias súdales,
puesto entre la espada y la pared. El empleado público
20 NUEVOS NARRADORES (2.? grupo)

que día a día anu la las facultades intelectuales de su


cerebro en tre los m onótonos escritos de su oficina y
que g an an do a veces m enos que un obrero debe soste­
ner su situación decorosa y h asta, si se quiere p rete n ­
ciosa.
E duardo Dieste, en u n a de esas crónicas agudas e
in ten sas que él sabe hacer, dice de la novela de Manuel
de Castro: “Es u na obra perfecta. Lo prim ero que uno
piensa después de leerla, es que es ta rá precedida y le
seguirán o tras v aria s; ta l m a e stría osten ta en su des­
arrollo y en su estilo; m ás claro: parece la obra de un
novelista llegado a la sazón que asegu ra la producti­
vidad”.
Y es este un juicio exacto. No parece ser “La his­
to ria de un pequeño fun cio n ario ” la p rim er novela de
un autor. Todo lo que de poca m adurez o sten tan ge­
n e ralm en te esta clase de obras, se halla desterrado de
e sta novela de Manuel de Castro. Tal vez esto obedezca
al criterio que de la lite ra tu ra tiene el inteligente a u ­
tor. El creer que sólo se salv an las obras trab a jad as
con hum ildad y paciencia de horm iga. Se que Manuel
de Castro se co nsid eraría muy feliz dejando aunque no
fu eran m á s que tres obras lo m ás perfectas posibles.
‘ M anuel de C astro piensa reed itar próxim am ente
“H isto ria de un pequeño fu ncio nario ” actualm en te ago­
tada, ap rovechando esta circunstancia p a ra in tercalar
tres nuevos capítulos que d arán m ás densidad a la novela
sin m engua del cará c te r definido que ya tiene según se
desprende de los juicios u n án im es de la crítica. El sólo
a m p lia rá la visión de la novela proyectándola hacia un
nuevo am biente, como ser el carcelario, que aparece sólo
como m era indicación en “H isto ria de un pequeño fu n ­
JUAN CARLOS WELKER 21

cionario”. Además en breve ap a re c e rá en Dresden (Ale­


m a n ia ), la traducción de esta obra al idioma alem án,
hecha por el escrito r Neuendorff, el mismo que tr a d u ­
je ra al español la obra de la g u e rra titu la d a: “Camino
al sacrificio”, siendo la “H is to ria de un pequeño funcio­
n a r io ” la p rim e ra obra de a u to r uruguayo que se
traduce al alem án. A ctualm ente el au to r tra b a ja en u n a
nueva novela “Cam inos del cielo y de la ti e r r a ” , de ca­
rácter autobiográfico, bien que en c a rn a la acción en te r ­
cera persona, por parecerle m ás libre el procedim ien­
to. L a acción de esta novela, se desarrolla en la A r­
gentina, Chile y Uruguay. El título responde a un con­
flicto místico del personaje central. P a r a te rm in a r este
breve com entario citaré nu evam ente u n as líneas de Or-
tiz Saralegui pertenecien tes al ya nom brado artículo
aparecido en “A lfar” : “Novela de vida, esta historia
de un pequeño fu ncionario; hace m ás poeta a su autor,
que h a pasado sobre ella, altas las pupilas, como p a­
san los espíritus superiores sobre la realidad, aunque
den la sensación m ás nítida de la realidad en sus ob ras” .

Un escritor m á s conocido por su obra teatral, pres­


tigiosa y fina, es G erm án Roosen Regalia, quien con
espíritu de verdadero intelectual, h a cultivado siempre
las letras, aunque casi siempre lo ha hecho para su
propia expansión, desdeñando los que para él debieron
ser fáciles triun fo s de la publicidad y la actuación ac­
tiva en am bientes literarios. Si he hetvho referencia
a que este autor era más conocido por sus obras te a­
trales, es porque dado el carácter de éstas y su con­
creción en form a de obras realizadas y representadas
por com pañías de valor, son las obras que m ás han
22 NUEVOS NARRADORES (2." grupo)

llegado al conocimiento del público. Todas ellas, acu­


san la inquietud espiritual del tem peram ento de su a u ­
tor, lleno de un sutil refinam ien to y de aguda psico­
logía. Uno de sus d ram as se titula “L a o tra m u e rte ” y
es u n a obra de tesis audaz y de realismo, que, a pesar
de su crudeza y del atrevim ien to de sus situaciones,
tiene un fondo de a lta m oral. Otro d ram a suyo titulado
“Carne del pueblo” , es m an ifestación de la versatilidad
del ta le n to de su autor, ya que éste v aría totalm en te
su fo rm a y desarrolla su acción en tre los personajes
de los bajos fondos sociales. Es un dram a intenso y
fuerte. O tra de sus comedias, que lleva por título “E m ­
pezando a viv ir” , es u n a comedia de costumbres, fina
y elegantísim a. Su d ra m a “L as últim as h o ja s” , que fué
estrenado, en 1926, por la com pañía de L in ares Rivas,
h a trascendido b astan te sus altos m éritos h a sta todos
los am bientes, p a ra que nos detengam os en analizarla.
Si hablam os de las obras te atrales de G erm án Roo-
sen Regalía, es para situarle en la condición literaria
que inás definida im presión h a causado en el público,
por ser su aspecto m ás conocido. P ero el que nos ocupa
es el Roosen cuentista, cuya obra dispersa h a sido pu­
blicada en revistas y periódicos de aquí y de la A rg en ­
tina, y a la que su autor, por descuido o por injustifi­
cable modestia, no ha dado form a en volumen. Algu­
nos de los títulos que recordam os de sus cuentos pu­
blicados hace años, son éstos: “ H oras fáciles”, “Donde
no se a m a ”, “L a noche de San Silvestre” “Más a llá ”,
“Musgos y h ie d ra s”, etc. E n todos estos cuentos, siem ­
pre h a hecho gala su au to r de ese sutil instin to lite­
rario que siem pre h a aparecido en sus obras y que ha
hecho de él, ya el n a rra d o r am enísim o, ya el d ram a­
JUAN CARLOS WELKER 23

turgo de g arra, ya el perio dista hábil. Solam ente poT


su despreocupación h acia u n a gloria que no hubiera
tardado en b rindársele de hab erlo él querido, h a per­
m anecido G erm án Roosen R egalía, conocido so lam en­
te por pocos que h a n sentido las fin as sensaciones p ro­
vocadas por la lectura de su obra.

Otro novelista de v a sta e in te re s a n te obra, es M a­


nuel Acosta y L ara, escritor recio y valiente, e intelec­
tual de m u c h a cultura. Sus n u m e ro sas obras h a n te n i­
do siem pre la m ás fra n c a acogida por p arte del público
y de la crítica, ta n to aqu í como en E uropa, donde M a­
nuel Acosta y L a ra h a residido d u ra n te mucho tiempo,
y a donde se dirige en sus frecuentes viajes. Su obra es
extensa, prueba del am o r que su a u to r profesa por las
bellas letras, en su incesante trab a jo creador. Muchos
serían los valores a a n a liz a r de esta su ex tensa p ro ­
ducción, si com entáram os u na por u n a sus num erosas
novelas. De ellas recordam os algunos de los nom bres
m ás famosos, en tre las m á s conocidas: “M ónica” , “Un
divorcio entre a rg e n tin o s ” , “La dicha in c u lta” , “P as-
cualito”, (esta de am biente español, donde están h e r ­
m osam ente tra ta d a s las costum bres de la vida entre to ­
reros), “Sangre e x tra n je r a ” y sobre todo “Los A m an ­
tes de G ra n a d a ” , que h a merecido los honores de ser
traducida al francés por F ran cis de Miomandre. E sta
obra será puesta en ópera dentro de breve tiempo, y
adem ás será publicada por la “Ilustración F ra n c e s a ”.
Este fecundo auto r tiene en pren sa actualm ente su úl­
tim a novela, titulada: “Solariega” , en que trata, con
sus dotes intelectuales, un te m a desarrollado en el a m ­
biente colonial.
24 NUEVOS NARRADORES (2.9 grupo)

###
E n años b a stan tes an terio res a la actual produc­
ción literaria, merece señalarse la p arte de novela in ­
cluida entre la obra del crítico y ensayista Alberto Nin
F rías. E s te intelectual, luego de h a b e r publicado en la
editorial Sempere, de Valencia, cuatro libros de crítica
y ensayos sobre lite ra tu ra , religión y estética, publica
u n a novela, “ Sordello A n d rea” , que el au to r rubrica
con el subtítulo: “novela de la vida in te r io r” . E sta
novela, de c a r á c te r introspectivo, es un a obra autobio­
gráfica, bajo la ap arien cia casi novelesca de su forma,
siendo u n docum ento del a lm a h u m ana, del a u to -a n á ­
lisis. H enchida de ideas y de conceptos sobre diferen­
tes tópicos, tien e el valor, no ya de la novela de interés
p u ra m e n te pintoresco y descriptivo, sino u n a novela
que viene a ser la esencia de su espíritu. Además pu­
blicó Nin F r ía s “L a fuente en v e n e n a d a ” , de ig u a l'e s e n ­
cia que la que hem os com entado y que viene a ser
parte in te g ra n te de ésta. Más tarde, este escritor vuel­
ve a dedicarse al análisis crítico y es así como hace
poco tiem po h a publicado ensayos de crítica sobre li­
te ra tu r a inglesa y n orteam erican a, con mucho éxito y
que no h a n hecho m ás que afirm a r su bien cim entado
prestigio.

E n otro caso se p re se n ta el mismo fenóm eno que


en el anterior. El de un crítico que aband ona el en­
sayo p a ra dedicarse a la novela, aunque el que com en­
tam o s an te rio rm e n te lo hace sólo tem poralm ente, vol­
viendo luego a la crítica y este que a h o ra tratam os,
S alterain H errera, la ha abandonado al parecer defi­
nitiv am en te para co nsag rar su actividad m ental exclu­
JUAN CARLOS WIÍLKBR 25

siv am en te al tem a de la n a rra c ió n novelada. Este escri­


tor, después de h a b e r publicado los dos tom os de “ Loa
c o m en tario s”, volúm enes de ensayos sobre ética y lite­
r a tu ra , y de sus “C artas fu n d a m e n ta le s” , ensayos de
crítica epistolar, inicia la serie de su obra en fo rm a de
rela to s o novelas, con el volum en de cuentos titulado
“A nsiedad” y que reú ne quince cuentos breves rev ela­
dores de un g r a n conocim iento y observación de la vida
real, en tre los cuales m erecen destacarse “ Los trajeci-
tos n eg ro s” , “El sol” , “ E n la escalera” y en otro aspecto,
“El fuego sag rad o ” con sus delicadas tin ta s h u m o rísti­
cas. Este volum en h a sido publicado en 1922. E n el
a ñ o 1927 publica “L a casa g r a n d e ”, novela de am biente
ciudadano muy bien trazado, en la que, a fuerza de
ser reales, parecen vivir algunos de sus personajes. Ul­
tim am en te ha publicado otro libro titulado “F u g a ” ,
que confirm a todo lo dicho sobre la m a n e ra sobria y
fuerte de este autor.

Si he dejado p ara lo últim o el análisis de la obra


de dos in teresan te s m ujeres novelistas: Mercedes P in ­
to y L au ra Cortinas, ello es debido a que, dentro de
la novela en nu estra literatu ra, la obra de ellas dos en ­
c arn a un aspecto de novela de tendencias, que debe
ser considerado aparte. Comenzaré, pues, respetando el
orden cronológico, por an aliza r la producción literaria
de Mercedes Pinto, cuya prim er novela, la titulada “E l” ,
fué publicada en Montevideo en 1926. Dado el carácter
autobiográfico de esta novela, me perm itiré h acer a l­
g unas incursiones en la in teresan te vida de esa audaz
y fuerte m ujer que es Mercedes Pinto, por considerar
NIJJSVOH NAItliAOOllKH iZ:> grupo)

este conocim iento imprescindible para juzgar con ecua­


nim idad bu obra, íntim am en te ligada a su azarosa vida.
Mercedes P into nació en la Isla de Tenerife, en las Ca­
narias, de una familia cuyas dos ram a s represen taban
las dos aristocracias de dicha Isla: es decir, por parte
do padre, la fam ilia P in to era la verdadera encarnación
de lo más g ran ad o de la intelectualidad canaria, y por
parte de la madre, la fam ilia Clos y JOqulzabal e ra la
representación más pura de la aristocracia de la s a n ­
gre. H31 padre de Mercedes Pinto era un hom bre de le­
tras, liberal y republicano, como casi todos los de su
fam ilia; y cuando éste murió, la pequeña Mercedes fué
llevada al seno de su fam ilia m aterna, quien, siendo
esencialm ente católica y conservadora, tra tó de impedir
todo contacto de ésta con la fam ilia de bu padre, cono­
cida por sus ideas avanzadas. A los .16 años y a raíz
de un conflicto sentim ental, Mercedes P in to tuvo una de
osas crisis de misticismo, nada extrañ a, dada bu c ria n ­
za en un am biente de rigidez religiosa como el de los
suyos; pero esto ¡jasó pronto, y a los 1.9 años y cuatro
meses la casaron con un hom bre que le llevaba veinte
años de edad, poro que satisfacía los anhelos de la fa­
milia m a te rn a (le Mercedes, al ser un hombre riquísimo
y perteneciente a la m ás ran cia nobleza de España. De
este episodio com ienza la vía c r u d a de esta m ujer es­
tupenda. Llevada al m atrim o n io con los ojos cerrados,
se en cu e n tra frente a un sádico; descubre en él a un
“ r a r o ” ha-ota la m ás refinada crueldad, uno de esos te ­
mibles locos con* aspecLo de hom bres normales, que
constituyen la m ás peligrosa especie de anorm ales.
Los largos años de sufrim ientos atroces, de Incom pren­
sión por parte de la sociedad, del clero y de los médl-
JU A N ( ’AUKOS WI0!,KICU

cob. que no R a b ia n o 110 querían ver la enferm edad de


aquel ser, a p a re n te m e n te a n o rm a l; la tra g e d ia de so por­
ta r todo por s u b tre s hijos, constituye la génesis de la
novela "El". Novela esta, h u m a n a si las hay, y que por
exactitud científica puedo co n stitu ir el docum ento de un
caso interesantísim o y vivido. A utoridades en psiquia­
tría, sociología y ciencias, como nu estro doctor S an tín
('arlo s Rossi; Jaim e T o rru b la n o y illpoll; el talentoso
Marañón, en E spaña, han sancionado con su a p ro b a ­
ción ferviente este docum ento de una vida destrozada
por las convenciones, los prejuicios y la igno rancia de
la verdad científica.
La parte de la vida de Mercedes IMnto, posterior
al período con que te rm in a el libro "E l", no es m enos
Interesante que la prim era, ya que en esta fase vemos
a la m ujer que se ha liberado a medias, puesto que en
su país se adm ite legalm ente solo la separación de
cuerpos. Se halla, pues, Mercedes en Madrid, aban d o ­
nada por todos, luchando d en odadam ente para m a n te ­
nerse junio con sus tres hijos pequeños. Es en ese pe­
ríodo en que ella actúa fran cam en te en tre los liberales
y los republicanos y com ienza su verdadera vida Inte­
lectual, dando conferencias, colaborando en las princi­
pales revistas y periódicos m adrileños y donde publica
a instancias de sus am igos intelectuales su prim er vo­
lumen de versos titulado "B risas del Teide". En medio
de la terrible lucha, s e en cu e n tra con el que es hoy su
esposo y juntos em prenden la ardu a ta re a de conseguir
la libertad para legalizar su noble e Intenso amor. Es
entonceB, cuando ambos conocen a nuestro gran pin­
to r Rafael Barradas, quien les habla del Código del
28 NUEVOS NARRADORES (2.* grupo)

Uruguay, con b u s amplias leyes del divorcio y de dere­


chos de la mujer.
Luego de p asar por m uchas dificultades, causadas
por las leyes españolas que no perm iten viajar a una
m ujer casada, sin autorización de su marido, consiguen
llegar a P ortugal, donde, en vísperas de conseguir el
suprem o bien de la an siad a liberación, un a nueva he­
rida d esg arra su espíritu: el hijo m ayor de Mercedes,
que te n ía en ese entonces quince añ o s de edad, m uere
pocos días an tes de em barcarse rumbo a Montevideo.
E s en n u estra p atria donde Mercedes sigue valiente­
m ente luchando y d esarro llan d o sus a lta s facultades
intelectuales, y en tre el fárrag o de sus m últiples ta re as
periodísticas, con tin ú a ah in cad am en te su obra literaria
ejem plar y audaz. A ctualm ente prepara la publicación
de otro libro, tam bién de c ará cter autobiográfico, que
se titu la rá : “ E lla ”, del cual conocemos algunos capí­
tulos y sabemos que e n c e r ra r á ta n to o quizá más Inte­
rés literario que su g ra n novela “ E l”. Tiene, además,
Mercedes Pinto, v arias obras te atrales de vital tra m a
y de desarrollo espléndido. Es ella, en suma, uno de
los m ás firm es prestigios de la actual lite ra tu ra u ru ­
guaya.

L a o tra m ujer de quien h ab laré es L a u ra Cortinas;


quien en 1927 logró el premio de prosa en el Concurso
del M inisterio de Instrucción P ública que se ha venido
llevando a cabo anualm ente. Su prim er novela “Carml-
t a ” es u n a obra de sano rom anticism o y de un gran
fondo moral. La síntesis m oral de la obra tal vez se
JIJAN CARLOS WELKWR 29

halle e n ce rra d a en esa frase (le K ant, que la a u to ra


pone en boca de la p ro ta g o n ista al final de la obra:
"D orm ía y soñé que la vida era Belleza, despertó y a d ­
vertí que ella era deber”. Ya en esta novela se e n cu e n ­
tr a revelado el sutil te m p e ra m e n to de su autora, quien
analiza fin am en te to d a s las situaciones, con criterio
reposado; pintan do am b ientes fam iliares con excelen­
te precisión. E n esta novela aipunta el etern o conflicto
en tre el am or y es.e deber, tal vez falso, creado por los
convencionalism os y los prejuicios de u n a religión mal
in te rp re ta d a por los hombres. " C arm ita" es el relato
desg arrador del sacrificio de un corazón juvenil y puro,
a n te las imposiciones de u n a sociedad cruel. P o r este
cam ino ha seguido L a u ra C ortin as traz an d o su obra,
cuyas últim as m anifestaciones h a n sido las obras te a ­
trales que de ellas conocemos. Siem pre en su obra a p a ­
rece la Insinuación de una duda: ¿E s fértil el sacrifi­
cio? A este enorm e In terro g a n te planteado por la vi­
da misma, no se sabe que responder, y es en los hechos
reales con sus resultados positivos o negativos, donde
L au ra C ortinas busca la solución del enigma. De esta
m anera, ha llegado ella h a s ta la construcción de una
fuerte novela que en breve verá la luz y que se titula
"M ujer”v Podemos hab lar de esta obra que conocemos
y que ha de sorprender por su fuerte tendencia revolu­
cionaria y audaz. En ella L au ra Cortinas, eleva un pos­
tulado verdaderam ente feminista, que en nad a p a rti­
cipa de los ridiculos derechos concedido» por una p ar­
te a la mujer, y que por o tra le son negados, dada la
construcción de las leyes de la sociedad. E n esta no­
30 NUBVOS NAHIlAlJORHS <2:> grupo)

vela, L a u ra C ortinas p lantea el caso p articu lar de un


hom bre político, de g ran d es éxitos o rato rio s y am o­
rosos. Uno de esos hom bres que a p a re n te m e n te son
defensores del feminismo, pero que p a ra su in terio r
sonríen de las pretensiones de la mujer. Este hombre,
en vísperas de casarse con una frívola criatura, que
no se h a en am orad o de su Integridad física y moral,
Bino de sus éxitos m undanos, conoce a una Joven m u­
jer, tam bién p erteneciente al g ran mundo, y se siente
a tra íd o hacia el fuerte temple, la belleza y la h o n es­
tidad de la joven. P asan los años, y el hombre dellu-
sionado y am arg ad o por bu m a trim o n io basado en ta n
frágiles cimientos, vuelve a en co n trarse con la m ujer
quo debió h a b e r sido su esposa, de te n er lógica el des­
tino, y ella se e n tre g a a él p or am or. P asa el tiempo,
y ella com prende que será madre. Ante las proposicio­
nes de sus am igas que le aconsejan elim in ar al hijo
a n te s de que el tiem po agrave su situación, ella tiene
un a en tre v ista con el hom bre que am a y le convence
que el deber estrib a en criar jun tos el fruto de su am or,
pese al desprestigio social y la pérdida de sus posicio­
nes. Huyen, pues, ju nto s a la A rgentina, y desde allí,
en m ag nífica síntesis del espíritu que an im a a esta
i
s in g u la r expresión del alm a fem enina, el hombre res­
ponde a sus correligionarios que le llam an para ocu­
p ar un alto puesto en su país, que él no a c tu a rá en la
legislación de u n a nación, donde la que es su verdade­
ra esposa, por su g rand e y noble am or, sería desconsi­
d erada por todos, y donde su hijo adulterino no podría
llevar su nom bre sino m ediante un reconocimiento h u ­
J UAN CARLOS W E L K E R 31

m illante. Es así que te rm in a la obra de L aura C orti­


nas, en pág inas v ib ran tes con su deseo de justicia y
de am o r hum ano. A dem ás de esta obra, p re p a ra L a u ra
Cortinas la reim presión de su novela “C a rm ita ” , que
le h a sido solicitada por la E d itorial Juventud, de B a r­
celona, p a ra ser incluida en la co lección 'de “L a Nove­
la R o s a ”. E sta editorial im prim irá, adem ás, en un vo­
lumen, sus obras teatrales.

• ••
He aquí, pues, con estos dos n om b res femeninos,
te rm in a d a la lista de n a rra d o re s que h ab ían sido con­
fiados a mi análisis.

Joan CarloH Welker.


Las p o e ti s a s
( t.er grupo )

Ofelia Machado, Sarah


bollo, Luisa Luisi, María
E ugenia V a z h'erreira.
Por

Mercedes Pinto
Las Poetisas
( l.cr tfrupo )

Señoras: Señores:
H ablar do cuatro poetisas y co m en tar sus poesías,
os la tarea que* ho me luí encomendado. I>il*f(*11 larca hI
se considera la talla di1 algunas, m aduradas ya 011
floración determ inada, y la esp eran za inquietante, a u ­
reolada 011 pinceladas promotC’doraH do otras, dlgnus
tal voz do mayor Interés, por cuanto do la Juventud
puedo esperarse lodo.
Con devoción Hlncera lio do dar pues mi Impresión
sobre law poetisas que he de tr a ta r : niI p articu lar Im­
presión, Hln asomo do crítica ni pretensiones de dog­
matismos. Observaelonois que no tendrán otro mérito
<|uo aquel quo alguno pudiera Heñalar como Inconve­
niente: el no h a b e r nacido yo en ente |>aín. Y os preci­
samente ento que parocorfa dificultad para el acierto,
on lo quo tal vez estribo hu m ayor equilibrio. Por
no haber nacido yo on esto paÍH. Por no sor ni muestra,
ni dlsoípuia, ni com pañera de estudios de n inguna do
ollaH. Por(|uo ni 1 m irada viene de afuera, ho alarg a
dowdo el balcón exterior do la literatu ra am biente, y
puede a«( ver nin Ion voIoh de la am istad excesiva, de
la gratitud o del com pañerism o quo hace fraternos los
espíritus. . . y también sin la som bra do rosentlinlon-
tos, do rozaduras o asperezas que, en la gravitación
unísona alrededor de la mism a lumbre, marca las a l­
4 LAS POKTISAS (l.e r Krupo)

mas, quitando a la opinión la límpida claridad de las


lejanías, el claroscuro y el contorno, que se confunden
en los cuadros contem plados dem asiado de c e r c a . . .
Sírvanm e estas palabras como de prólogo p a ra abor­
dar de inm ediato la labor que se me h a encom en­
dado, que tr a t a r é de realizar como si hiciese son ar mi
voz m usicalm ente: prim ero los arpegios ligeros, los
motivos delicados, la tra m a arm ónica, sugerente y pro­
m etedora, p ara culm in ar después en el apasionado m o­
m ento en que toda la inspiración del a r tis ta se sella
en un trémolo.
Comenzaré, pues, a hab lar de Ofelia Machado de
Benvenutto, que es de las cuatro poetisas que me toca
tra ta r, la que tiene m enos obra realizada, para te rm i­
n a r la conferencia con el nom bre de M aría E ugenia Vaz
F erreira, flor en todo su desarrollo, m ayestática flor
solitaria que quedará a rrib a del búcaro, extendiendo
hacia todas las cum bres sus brazos alcanzadores de
so le d a d . . .
I
OFELIA MACHADO
Ofelia Machado de Benvenutto, es desde luego un
espíritu de selección, con todas las facetas de esta clase
de almas, tímida, recon cen trada y, si la frase me fuera
perm itida, diría que modesta h a s ta el o r g u l l o .. .
Su te m peram en to ascético, tal vez la hubiera lle­
vado ya — de no atra v esarse en su cam ino el am o r — ,
h asta las batallas m ás rudas que libran contra la m i­
seria m oral los apóstoles de la nueva conciencia. Y de­
cimos ya, porque sobre te m peram entos como el de Ofe­
lia Machado Bonnet no es fácil profetizar, cuando cau­
MKRCKDKS PINTO 5

sas m om en táneas sum ergen en letargo bu vitalidad es­


piritual. Una veintena de años, un h o g ar constituido
legalm ente y un hijo, son lazos m ás que suficientes
para d eten er la c a rre ra de la gacela en su cruce veloz
por la lla n u ra . . .
La vida espiritual de Ofelia M achado Bonnet, pasa
hoy por un a nueva faz. Si se tra ta s e de o tra clase de
espíritu, podría decirse, que ésta se hab ía perdi­
do para la causa de las justicias y las reivindicacio­
nes. Pero en la clase del que nos ocupamos, estos pa­
réntesis en las vidas de acción, provocados por causas
sentim entales, sólo pueden ser espacios librados para
un recogim iento de actividades, y un m ejor resurg ir
cuando a través de u n a detenida inspección íntima, pue­
dan delim itarse la orientación, la fuerza concéntrica
y la plenitud de sensibilidades.
La p rim era juventud de Ofelia M achado Bonnet,
nos perm ite esp e ra r el m ayor desarrollo de una vida
de acción, que ella llevaba en germ en desde la adoles­
cencia. Su espíritu liberado de prejuicios, a n h elab a lu­
char co n tra la sux>erstición, los prejuicios, las costum ­
bres absurdas, la inm oralidad, la ignorancia, y com­
prendiendo que sólo una clase estaba preparada en h u ­
mildad para recibir la enseñanza, pensó en la mujer
obrera, tan irred enta esp iritu alm ente como la de clase
elevada, pero m ás ap ta p ara las nuevas ideas, como la
tierra yerm a recibirá más fácilm ente la hendidura de
la reja y el arado, que el bosqu «cilio inculto, pero po­
blado de duras malezas y espinosas zarzas valetudi­
naria s. . .
Y reunió Ofelia Machado Bonnet, en torno suyo, a
un grupo de señoritas, estud iantas como ella, y como
6 LAS POETISAS (l.er grupo)

P resid en ta de una Comisión F em enin a den tro de la


Institución de estudiantes “Centro A riel” , dedicó m u­
chas de las ho ras que sus estudios la dejaban libre,
para dar clase a m uchachas humildes, carentes de cul­
tu ra; irles comunicando calor de ideas, claridad de co­
nocimientos, y luz p a ra diferenciar, p ara distanciar,
para estudiar con exactitud facetas de la vida del es­
píritu, útiles tam bién p ara la existencia m a teria l coti­
diana ¡más llevadera m ie n tra s pueda ser m ás ju s ta ­
m ente com prendida! E n una carta que Ofelia Machado
Bonnet me escribió un día, decía así en uno de sus
párrafos: “Tengo un g ra n dolor en lo que se refiere a
la parte fem enina de la vida: la frivolidad espantosa
de la m ujer de alta sociedad” . Como es fácil de com­
prender, cuando una m u jer de talen to escribe esto a
los 18 años, es que lleva en sí m ism a el germ en divi­
no de los m ás altos ideales; y la m irada de los que
am an la fortaleza de espíritu puesta al servicio de los
credos solemnes, podrá declinar el interés sobre el
puente lanzado entre la adolescencia de Ofelia M acha­
do Bonnet y la juventud plena de Ofelia Machado de
B envenutto; pero la esperanza queda en alto, como un
verde pendón, en espera de la m adurez de esa vida,
que será cuando ha de dar el fruto de hum anidades que
la H um anidad h am b rie n ta necesita, en su m iseria de
reivindicaciones. . .
Ante la poesía de Ofelia Machado, como un pórti­
co revestido de pám panos olorosos, ha de colocarse su
acción social frente a la m ujer obrera, en su am or a
la causa del feminismo consciente y en su enseñanza
práctica desde aquella entidad de difusión de cultura,
y ha de colocarse como una seguridad de acogimiento,
MKHOÍDKH PINTO 7

como una g a r a n tía de a g asajo cordial, c ü b w un a bien­


venida promlsora, ante» de paitar al refugio místico,
donde en p an o ram a de distancias, extiende el ala de su
aristocracia el ave que c a n ta para el reducido grupo de
loa e le g id o » .,.
Porque la poesía de Ofelia Machado no tiene la
dulzura de los vino» que com unican caloría» «motivan
a la» vena» vítale», ni e x a lta en la» «¿lulas* matrices* la
fuerte preponderancia de lo» guatos* ro tu n d o » .,, K» una
poesía ex tra ñ a, des*de luego original, no usada frecuen­
tem ente por la» poetisa» de America. Poesía de s en ti­
miento» quintaesenciado», de sensaciones secundarla»
para la sensibilidad sensorial, pero fundam en tales para
las aspiraciones m etafísicas que desarrollan sus activi­
dades más lejos del plano del surco y la semilla, con­
fundida» allá, en las superficies Inabarcables, con la as­
piración stuprarreailsta del d r r u » y la e s t r e l l a . , ,
Poe«ía que tiene el frío de las distancias y el cen­
telleo de los destinos; poesía sensitiva y no sensible;
poesía que escucha más que dice; que eleva silenciosa­
m ente y m u estra el m ovim iento sin m ovim iento de las
horas; que nos a v ejen ta n sin m a ltratarn o s, lahrándo-
no» surcos de som bras con dedos Ignoto», carente» de
sensibilidad. , ,
De la» encasas poe»ía que Ofelia Machado lia pu­
blicado, leeró dos, "H a stío " y "Acción’', que parecen
completarse en un modo tínico, aplicando esta líltlma
fórmula para d estru ir la a r a ñ a de mal vivir que es "el
hastío", Dice así:
HASTIO
i lastío,
resaca del río
8 LAS POETISAS (l.e r grupo)

de mal vivir.
A raña, la m ás opaca.
Cuando en un leve descuido,
en todo rincón te agazapas,
múltiple,
invades luego como un río,
ávida sólo de m igajas;
aunque después no respetas
ni aún las fortalezas de la casa.
Te e n tra s len tam en te como un río.
Vuelves endebles
los cuerpos violentos,
pues tu agresión constante
. desequilibra todo in s ta n te;
esculpes sombríos fantasm as,
m a n c h a s silencios
y nos ab anicas con tu pan talla
■de desaliento.
E n el sótano vives
y desde allí atisbas
lo que p a s a . . .
Tus estratag em as tie n ta n
al centinela de la casa,
y entonces tú te en tra s
esquivando batallas
y ríes
del Valor y la Esperanza.

E s ta poesía tiene una g ran belleza y un fondo ri ­


co, e x tra ñ a m e n te bordado en un encaje propio y sutil.
H astío — dice — resaca del río de mal vivir”. H e r­
mosa frase, llena de enseñanzas. Del vivir que no h a ­
MERCEDES PINTO 9

ce útiles las h o ras; del vivir en medio de placeres que


te rm in a n pronto, dejando en el a lm a la A ra ñ a m ás opa­
ca, que e n tra como en un descuido por u n a h o ra de la ­
xitud, po r un a repetición de gestos o de alegrías, y
luego, fuerte y poderosa se acrece con los d e tritu s de
las vidas inútiles, y devora sólo las m igajas, es decir,
lo inútil de las horas, las sobras de los días, pero lue­
go, ¡ah!, luego invade tod a la casa, todo el corazón,
y no respeta ni las fortalezas de ella, ¡ni el m ás hondo
am or! ¡ni las m ás profundas emociones! ¡Te e n tra s len­
tam en te como un río!, no grita, ni llora, ni ruge co­
mo el D esengaño o el A bandono; pero p e n e tra sorda­
m ente y “ vuelve endebles los cuerpos v iolentos” , aque­
llos cuerpos que sabían gozar y se ilu m in ab an de vida,
caen “desequilibrados por su ag resió n c o n s ta n te ” , “ es­
culpe sombríos fa n ta sm a s ” en los que n u n ca se creyó
ni se temía, y “a b an ica el calor de las vidas h enchidas
de fuego con la “ p an talla fría del d e s a l i e n t o . .
Vive el H astío en el sótan o; en las h o ras sobran tes
y en las cosas que no im po rtan n ada; pero como desde
allí “atisba lo que p a s a ” , puede e n tra r, esquivando ba­
tallas ¡porque el H astío no lucha, ni discute, ni gasta
energías eu b a ta lla r ni en d e s a rra ig a r convicciones. No
batalla, pero triu n fa sin g a s ta r fu erzas y ríe luego del
Valor y de la E speranza, que nad a pueden contra la
terrible victoria ganada.
La o tra poesía, “Acción” , dice así:
A C C IO N
P erfilas la» figuras
en vigoroso y vivo
bajo relieve
y aunque me quitas con usura
10 LAS POETISAS (l.er grupo)

mis panes y mis vinos,


te pido que me lleves.
Adormeces la honda an g u stia
con tu arro rró violento,
y deshaces en tu boca ad usta
todo lam ento
Enderezas tu b an d era victoriosa
sobre el bostezo y la duda,
y vuelcas, tu rb u len tam en te, tu tin ta roja,
desde tu vida in m en sa y dura.
M artilleos alcohólicos de incendio
co n tra el yunque difuso del espíritu.
A divinación de fuerza destinada
como la de un a m ano que agitase
la rica pasividad del Sol.

P erfectam en te definido el perfil de la figura, la


poetisa sabe que la acción le q u itará su pan y sus vi­
nos. Le h a de ro bar seguram ente lo m ás dulce y feliz
de su alm a: la paz; le q u itará sus ilusiones mejores:
la serenidad de los p inares y el perfume de la fronda
en quietud; la a r re b a ta r á de su soledad y de la arm o ­
nía de las noches silentes em papadas de voces de lo
alto; pero, sin embargo, la poetisa le pide que la lleve,
porque sabe m o rir en calm a y prefiere la vida herida
de am ores a la silenciosa paz de los destinos sin norte y
sin fe. . .
La acción adormece la honda an gu stia y deshace
en su boca ad usta todo lamento. ¡Cómo conoce la poe­
tisa, en su juventud, el enorm e regalo de la acción a
las vidas dolientes, y cómo com prende que en su boca
dura queda sellado el grito de dram atism o que se quie-
MKIM'líiUlCM 1'INTO II

hra en »udor, wobre e| páram o <|un pide nuntttra» fum’-


y,un para limichlr»e mi germinación!'», . ,1
I>lt poiiHÍll. lili Ofelia Machado 11» varonil, »lll e| 11»-
fuerzo il« mitculInlHino» Im proceden l e», Hu virilidad con-
hImIh mi hu fondo m acerado en a»oellnnio» y ile»pro-
vl»lo de «miHualidadc»; en hu m a n e ra decidida y fuer-
le; en Hil falla de vacllaoloneH y en e| poderlo sereno de
hu fondo m edular y «aturado de una «ermildad y <1'«
iiiiií «iigurldad, ijue hI no fuera una fra»e demitHlado
atrevida, yo la llam arla como iiiih. e»pec|e lie filosofía
vegeial, <lonoclinlenlo de la» cosa» en relieve n atu ra l;
donde no liay anludo» ni c»fuur/o» dinámico», ni »ufrl
miento», ni desesperanza». Fllimofía vegetal, i|iie a n h e ­
la »uperaeloni% sujeta a lo» cauce» d« la verdad hIii ale-
león de Imposible», sino i|Ue »e complace en observar,
y delim itar un acción en con vi v e n d a con la N aturaleza,
con el espíritu mlwmo (le las cosa».

II
NA HA II IIOI/M»

l/it o b r a d e la j o v e n p o c i l g a Hit r a l i Hollo, o c u p a r á


aliom nuestra alm idón, P u b lic ó Harali Mul l o, e i i - l l » B 7 ,
un libro <jue tituló "D iálogo» de la» lucen perdida»",
i | u e n i e r e c j ó d n fu c r i t i c a u n a s e r l a a l m i d ó n y un J u i ­
cio d i g n o , i|iie d e d i l bien claram ente de la e s p e c t a d ó n
i|ue p r o d u c í a la lle g a d a de una nueva a l o n d r a al bo^-
i|nedllo poblado de ave» cu n lo ra » ,
"Diálogo» die la» l u c e » pHcdlda»1' es, mi nunslro
concepto, algo niá» i|ii e un p r i m e r libro *lu niucliaclia
demasiado Joven: constituye una magnífica vo/, mi el
c o n d e n o de la» vocea arm oniosas, y hay deddldammi
12 LAS POETISAS (l.er grupo)

te motivo para detener el paso, y p restar a la nueva


arm o n ía que viene de lejos, un oído de cristal que pueda
percibir sus m ás finas m odulaciones. . .
S arah Bollo, en su poesía prim era se nos presenta
como un espíritu dirigido hacia planos superiores, don­
de las potencias m ateriales se h an convertido ya en
cenizas por la fuerza indestructible de las del a l m a . . .
E s ta tendencia esp iritu alista llevó a la .eximia poetisa
J u a n a de Ibarbourou a decir al final del prólogo con
que se avalora el pórtico de “Diálogos de las luces per­
did as” , de S arah Bollo, estas consideraciones: “Un
ideal abstracto y confuso, p ara nosotros, parece g uiar
a la poetisa. Quizás m ien tras su alm a habla e interrog a
a las luces dispersás, ya se esté levantando p ara ella
el alba resplandeciente a que tiene indiscutible derecho
toda m u chach a de veinte años, por m ás am iga que sea
de la m etafísica y la filosofía”. Sin em bargo de este
pronóstico, la nueva poesía de S arah Bollo, la que vie­
ne publicando de 1927 h a s ta la fecha, y la que en con­
junto verem os en su libro en preparación “Los n octu r­
nos del fuego” (por lo m enos los que de este libro co­
nocemos) no h a hecho proféticas las palabras de J u a n a
de Ibarbourou.
D ejando a un lado la situación sentim ental del co­
razón de la poetisa, podemos asegurar, sólo atento s a
la poesía, que ésta no h a cambiado m ás que en la for­
ma, puesto que en la esencia y en el fondo mismo, con­
tin ú a siendo la m ism a poetisa m isteriosa y con a ro ­
mas de la espiritualidad elevada de tierras donde el
Loto deja caer sus flores deshojadas, que se nos m os­
tró en el libro “Diálogos de las luces perdidas”.
Yo no he encontrado nunca confuso ni im p en etra­
MERCEDES PINTO 13

ble el verso de S arah Bollo; para mí al menos, su clari­


dad resbala en mis pupilas como la radiosa del a m a ­
necer, pues si en algún m om ento el hilo de oro de su
verso parece que se pierde a mi com prensión, y se en ­
reda en apretados nudos, me sucederá como en la d u l­
ce a rm o n ía que sigue nuestro oído musical en su e n tu ­
siasmo, que si pierde a veces la unidad arm ón ica para
n u estra p articu lar com prensión, co ntin uarem os un po­
co más adelante la cadencia del ritmo, com prendiendo
que el m om ento que escapó a nuestro compás, debióse
a la inspiración del compositor, que así pudo sentir y
realizar su obra.
A nosotros nos ocurre esto con la poesía de S arah
Bollo: la comprendemos, la sentimos, la amamos. De
pronto se hace turbia, escapa como un ave en ligeros
escarceos a n u estra m ente, pero estam os seguros de
volverla a encontrar, y con la m irad a fija en el espa­
c i o — que esta vez es el verso — , la idea regresa, se
hace perceptible, dulce, consoladora, confiándonos có­
mo su rep en tin a huida fué para posar en el corazón
de la poetisa, ocupando el hueco que le estaba destinado,
y que sólo ella, te n ía derecho a conocer. . .
E n la poesía de carácter metafísico, suele enco n­
trar, a menudo, la crítica, profundos caos en que se
pierde tem erosa la m ente profana; 'y es que p ara com­
prenderla bien, no basta que el cincel sea de oro, lo que
es preciso es que sea de la m ism a m a teria que el verso;'
que sienta su inspiración, que sueñe con sus sueños, y
sus ideales sean los suyos, y entonces todo le será fá­
cil al crítico o al lector, porque el verso no te n d rá p ara
él más secretos, que, como dijimos antes, las pequeñas
huidas hacia las grutas particulares, en que la con­
14 LAS POETISAS (l.e r grupo)

ciencia g u ard a sus frutos más sabrosos y sus céspedes


más in to c a d o s .. .
L a poesía que habla a los sentidos, es siempre ab­
solutam ente com prensible para la generalidad. El crí­
tico sapiente m a rc a rá los grandes aciertos, y señ alará
sus elevaciones y descensos; pero el lector, de cualquier
clase que sea, s e n tirá la tir su corazón con el vérso
que les can ta en sonrisas o en lágrim as, las m ism as
sensaciones vitales que sacuden sus nervios y hacen
circular m ás de prisa el cálido to rre n te de la sangre...
¡Amor, dolor, celos, ansias, esperanzas, ausencias, des­
víos, arre p e n tim ie n to y venganza! ¡todos los senti­
m ientos del corazón! ¡todos los llam ados de la m a te ­
ria! ¡todo lo que sacude, lo que agita, lo que es llave
de nu estro vivir y losa de nuestro m orir, h a de encon­
t r a r etern am en te un eco reso n an te en este a n h e la r ac­
cidentado y lam entable, que sólo encu entra realidad
en el estrem ecim iento de la carne, y habla de frialdad
y de m u erte en el descanso místico de las largas en ­
soñaciones . ..
P o r eso la p o esía de S arah Bollo ha levantajdo
una aspiración de regreso en algunos críticos. Una Hac­
inada hacia su h o ra; un gesto de sim patía a lo que
consideran un extravío m om entáneo, m ien tras ponen
un com pás de espera a su vuelta al canto unísono de
los vivos problem as s e n tim e n ta le s . ..
P ero nosotros creemos que S arah Bollo no h a de
e n t r a r nunca en este recinto donde extienden sus ho­
jas fuertes las rojas flores de la pasión. S arah Bollo
es un alm a mística, de un misticismo demasiado ele-
.vado y ab stracto para titu b ear en su camino, aunque
el sentim iento le llenase de frutos el corazón. En a l­
MBR0KDK8 PINTO 15

gunos poetas, las cuestiones sen tim en tales son la baso


de su inspiración y así los leemos fogosos y ard ie n tes
en la p rim avera y v eran o de la vida; decaídos y es­
cépticos cuando las grises bru m as del Invierno hacen
am istad con sus cabelleras. ..
El poeta de sensibilidad quin taesenciad a y m e ta ­
física, tiene el estro alejado del corazón. Y no es que
no sea apto para el am or, y aun sepa a m a r y am e In­
ten sam en te ; pero el a m o r y todas las pasiones de la
tierra, no a c e rta rá n seg u ram en te a llen ar el caudal de
su inspiración ni a satisfacer los an h elo s de su espíritu
que, como dijo un a poetisa española, “sabe d ejar so­
bre la tie rr a lo te rr e n o ” y elevar hacia un m ás allá,
librado de toda a ta d u ra carnal, las alas del a l m a . . .
S arah Bollo siente el divino m areo de las d ista n ­
cias; su plum a vuela como si fu e ra en realidad a r r a n ­
cada de un ala g ig a n t e s c a . . . P a r a ella, los astro s son
peldaños p a ra el escalar de su deseo, y la E tern id ad
el salón magnífico p a ra p asear sus anhelo s an te el
estrado luminoso de D i o s . . . !
La m ística esp eranza de S arah Bollo se nos m ues­
tr a bien, claram en te en esta poesía de su prim er libro.
Se titu la la poesía “Cam ino de Soledad y E tern id ad ” .
Dice así:

Mujer, no llores. Nunca, por la te rre stre senda,


se oyó la voz del bronce clam ar: “ E tern id ad ” ;
porque el erra n te globo es hueco y la trem enda
distancia se trasp asa en honda soledad.
81 an te tus ojos ciegos se rompen las cadenas
una invisible m ano las volverá a anudar.
16 LAS POETISAS (l.er grupo)

El alm a es en la m uerte como la nave; apenas


se pierde en lo n tan an za halla otro inm enso m ar.
Yo sé que todo vive m ás allá; que la Muerte
es breve y engañosa como un sueño; que el fuerte
latido reverbera en la llam a sin paz.
Mujer, no llores. Cuando se alargue tu sendero
sobre tie rra s y m ares, h a lla rá s al viajero
y te n d rá s soles nuevos para siempre jamás.

La idea de otros m undos mejores, donde el alm a


en cuen tra ascendencias lum inosas, se determ ina con
viva fuerza, y alrededor de la semilla m atriz,
los puros brotes de esta poesía interesantísim a,
se extienden afanosos en busca de aspiraciones
y deseos, que son in natos en el ser místico, en un con­
tinuo a n h e la r perdido, en tre las som bras que aú n lo
detienen y los deseos a realizar de un a visualidad dis­
tin ta y un resu rg ir sin carg a d e t r á s . . .
La h erm o sa poesía “Viajero perdido” , llora exac­
ta m en te la huida de un ser querido hacia derroteros
de perdición. E xam inem os qué m a n e ra m ás fina y be­
lla tiene la poetisa de c o n tarn o s su ang ustia en la
contem plación de la pérdida de su amigo, y cómo le
ofrece los dones de su mente, el agasajo cordial y rec­
to de la confidencia y de la am istad, al que no supo o
no quiso h a lla r el sendero recto de su corazón, que se
Je ofrecía g e n e r o s o ...

VIAJERO PERDIDO

Tan honda era la noche que se perdió tu alma,


como un ave viajera por los inm ensos cielos.
MERCEDES PINTO 17

Yo quise alzar la a n to rc h a azul de m is an h elo s


p ara g uiar tus pasos, pero m urió en la calma.
G rité entonces tu n om b re a los n octurnos vientos
p ara que lo llevaran sobre sus n e g ra s alas;
G rité entonces tu nom bre a los noctu rn os vientos
pero sólo el espacio lo escuchó y aú n resb ala
con su túnica blanca d e s g a rra d a en lam entos.
Y me vestí de ensueños, m aravillosam en te,
esperando tu ofrenda p ara mi joven fren te
ya que te fué imposible h a lla r mi corazón
Y apacen tando estrellas en las noches sin h o ras
fui la m ás so litaria de todas las p asto ras
porque te vi perdido en la desolación.

E n esta poesía, el grito m ístico de la poetisa se


hace m ás perceptible y to m a u n a fuerza m ás segura:
“fui la m ás solitaria de todas las pastoras, porque te
vi perdido en la desolación” . . . ! ¡No porque se per­
dió p a r a su corazón! ¡No porque no la a m a o la olvi­
da! ¡sino porque lo vé perdido en la desolación! ¡per­
dido para la vida interior, perdido, en fin, p ara lo que
a un poeta m ístico debe in teresarle m ás que nada: ¡El
cam ino del espíritu!
E n esta otra poesía se observa la pureza de pen­
sam iento que lleva a v ia jar en dulce desvarío, sin qye
un solo latido carnal turbe la tr a n s p a re n te música del
sentim iento espiritual. Se titu la “B arcarola vesperti­
n a ”, y dice así:

Unge tu oscura barca con ensueños azules


y boga en el traslúcido zafiro de este mar.
La dulce tarde tiende sus soñolientos tules
18 LAS POETISAS (l.er grupo)

y abism o en el silencio su vagabundo aduar.


Boga, barquero, boga. Los solitarios vientos
y las olas propician anhelos de viajar.
El sol, que es confidente de todo firm am en to
am p a ra nuestros sueños en su lejano hogar.
Oye: cruzan legioríes de coro® vespertinos;
tiem bla en la brisa el nuncio de cándidos destinos
que impelen a la isla n u estro peregrinar.
Somos dos alm as locas sin triu nfo ni derrota.
Quizá sólo soñemos ser dos blancas gaviotas
y sobre el mudo arcan o volar, volar, volar. . .

Ya no se tr a ta en estos versos del ser al que hay que


buscarle un consuelo, ni del am igo o amado, extrav ia­
do en las som bras de la duda o de la desolación. Aquí
la poesía tom a ya caracteres más íntimos, y tiene por
confidente a Lp. noche y a la soledad, la cordialidad de
dos viajeros que bogan impelidos por los mismos sue­
ños, llevados en la m ism a barca hacia unísonos des­
tinos a los que los lleva idéntica arrollad ora f a n ta ­
sía e iguales aspiraciones idealistas. Brazo con brazo,
tal vez cuerpo con cuerpo, se ap rie tan dos seres, h o m ­
bre y mujer, en u n a barca ungida de ensueños azules,
y en el calor de la inspiración, cuando a los poetas se
les to rn a n cálidas las im ágenes, y tom a cuerpo la fa n ­
tasía, y los labios se crispan en un estallar de besos
que caen sobre las páginas, dando a su albura clari­
dades de incendio, la inspiración de esta poetisa, en
cambio, perm anece em papada en místicos arom as, y
pide p ara térm ino de su viaje el lejano h o g ar del Sol,
o sueña igualando a las aves el inestable futuro de vo­
lar, volar. . .
MERCEDES PINTO 19

La poetisa encierra en este libro un am o r: el del


m a r . .. Y yo, tam bién en esto encuentro el etern o afán
de inm ensidad que a r re b a ta su alm a de e n tre las co­
sas deleznables.
No ta n to como consideración de u n a posible
orientación espiritual, sin o por creerlo un bello ro ­
m ance de dulce arm onía, leeré su “B alada del m a r ” ,
que puede com pararse con los m ás m usicales de los
clásicos españoles, y que, al m ism o tiem po tiene toda
la intensidad de sen tim ientos que im p eran en los v er­
sos de la elevada poesía de S arah Bollo.
BALADA D EL MAR

¡Oh mar, que besas las naves


y no ab an don as jam ás,
llévame sobre tus sendas
por toda la eternidad!
La tie rra está solitaria:
me m a ta la soledad.
Tus alm as de tenue espum a
me saldrán a acom pañar,
y nos iremos canta,ndo
un largo canto triunfal,
el sol sobre nu estras frentes
y los ojos sin afán,
como en un divino sueño.
¡Mar y cielo, cielo y mar!
Todo el am o r del abismo.
La luz de la tempestad.
El estupor de la huida.
La apoteosis sideral
bajo guirnaldas de estrellas
20 LAS POETISAS (l.e r grupo)

que me vienen a ab rasar.


Allá lejos, oh, ta n lejos
que ni mi voz llegará
en un a playa perdida
los pescadores d irá n :
— Pobrecita la m uch acha
que se la h a llevado el m ar!
Y yo so nrien te y tra n q u ila
no qu erré volver jamás.
Y seguiré por tus sendas
por toda la eternidad
como un albatro s viajero
libre y rauda, oh dulce m ar!

La tie rra tien e dem asiado fango p ara la v ia­


jera, y el m a r liberador, sin alim añ as y sin zarza­
les, le abre el horizonte como el suave preludio de un
m undo m ás ajustado a sus anh elo s de in m e n s id a d ...
««•
A hora la joven poetisa tom o un cam ino nuevo so­
bre el mism o rumbo m etafísico; cambio de forma, de
escuela, que la distancia un poco de los espíritus sen­
cillos que buscaban, a,l calor de su lám para, un mismo
cam ino de sen sibilid ad .. . Ahora, m ás depurada ta m ­
bién en su poesía, S arah Bollo form a con im ágenes sus
versos, y quintaesenciando la expresión, se ha elevado
sobre la m a sa de corazones que la escuchaban, y planea
en otras esferas el globo de plata de su c a n ta r. . .

Veamos la diferencia existente entre lo poe­


sía de ayer, de S arah Bollo, y la de hoy.
MKIICKDIOH I'INTO 21

LKTANIA POR LA VICTORIA TRONCHADA

Ancla ro la de la espera;
lám para roja del en sueña;
puerta de bronce do la alegría.
El tiempo se detuvo para unir nuestras vida»;
el tiempo descenso de Ion astros, abejas de fuego,
«afore la extendida violeta dorm ida del espacio.
Ancla rota de la espera
E sp eran z a dulcemente labrada.
E xtendí mi corazón en tu um bral, dulzura de la victoria,
doblegué en tus m anos mi vida.
Semilla en la luz desflecada,
lám para roja del ensueño,
sobre el mundo levanté tu Imagen,
coraza del dolor, espada de las sonrisas, alba» efímeras.
C antando la m uerle de. la ceniza
tiré mi llanto en el río.
Mi Juventud fué flecha de las flautas,
puerta de bronce de la alegría.
El tiempo se detuvo para unir n uestras vidas.
En tu» manos, m isteriosa am apola, doblegué mi alma,
pero tá, h ach a dormida, la heriste sin querer.
Tú m irabas las piedras, el camino, el Instante;
yo el alba, ram o del único fruto de oro.
Ancla caída de la espera.
Lám para ro ta del ensueño
Puerta cerrada de la alegría.
Mi dulce victoria tronchada.

Aquí la poetisa dice “ancla ro ta de la «apera” , “ lám ­


para roja del ensueño” , “ puerta de bronce de la ale-
LAH I’OKTIMAM <l,nr Km i»o >

grfa”, "lux, d«Hfle«ada", y (ilntH pr o d oHU H ImAgonoH quo


IOH pl’llUCrOH VOrKOH IIO COII ()('(lili. Son l)OllOH niltlullll'
i’I hi hoh (|iir Indican una m entalidad llíiliajaxla; labor
do orfohru <|un rodoa a ia piedra pnttdpua do la Idea, de
un mayor eneanto, labrando a «ln«ol la guarda de oro
de la form a. . . Hln embargo, la po«HÍa do Harab lio-
lio, yo «reo poder a u g u r a r l o , 11 0 tiene hu mayor «on*
h I h I c i w I ii, «11 1111 «amblo do « H c i u d a o en una m ayor de­

tención «n la filigrana do la Joya M orarla. Su fuerza


1 ni>*«oii deiil e «Hl.il o n «I n«rvlo anim ado r do hu verno;

norvlo <|iio no ho alim en ta do la m ateria <lolo/,nabl« ni


lleno hu apoyo o n I oh H o i i l l m l o n l o H que radican « n la
v(H«.«ra dondo Cupido l l o n o hu nido; hI i i o quo brota d«l
Hagrarlo espiritual y 011 «I alma minina tlono hii anión-
lo; y «h por «Hto por lo quo la poonía do Sarab Hollo
Hogulrá hii m arch a ancondouto h a d a ol manauLlal d o
la lu/„ iji4h grand e la poonía mlontraH iiiAh ext ondUIan
tonga Ihh alan do la monto; mán robiiHla, m l o n t r a H m a­
yor Hoa ol caudal do hii gonoroHldad; y iuAm fina y miAh
pura tnm bldi, mlontraH uiAh famlliaren ho lo vayan h a ­
ciendo con o | diario y continuo trato, Ioh gradonoH
duondoollloH quo doHhojan florón «*n «1 a lta r luminoHo
do la faulaHÍa. ..

III

MUHA l-I IMI

llitlditr do la cHcrIloru L ii Ihii L ii IhI oh una labor


Horla. Hu figura Intelectual oh Intouna y conocida. Hln
embargo, 110 todan miih fueetan hoii IndlHcutlduH, lo cual
oh un pano lilon IntereHunte puní ol volumen do la por*
MICKt'NIU'iM PINTO

Houalltlad. C u a n d o un ñor h u m a n o abaren, oh ol l o r r e ­


no del trabajo. nuln campo del que eorroHpoudo a la
generalidad, oh r e g í » c o m ú n ol q u e e r o m i n I oh d o n e o n -
t e n t ó n , ,v p a r a ello oxlnton (Ioh f a d o r o n : lit p r o p i a di­
ficultad di' llegar lrlunfalon a lodon I oh I h n l l o H , y la
oleada di' reacción enem iga, quo produce en Iuh i i i i i I-
( I l u d e n ol o x c o n o «le a c t l v l d a d o n . n o h r o t o d o hI llene pom
poell van de éxito,

Lulnu I. u IhI n a d ó en un am biento de trab a jo : po-


ro cu un am biento de trabajo IiohI lllzmlo, y por lo la n ­
ío, en r e b e l d í a , o por lo iiiouoh en actitud de de-
felina, ¿Y defiutHii de qulrin y por quó? 101 ex tra n jero
no huoIo l a b o r a r , por r e g l a general, con g ra nd oH l’a-
ellldatloH, y uu'ih aún en Apocan proid-llan, como euan~
do Ioh p a d r e * de la pooilHa llegaron a Montevideo.
T raían eounlgo. Ioh ohpohoh Luid. un caudal de ta le n ­
to, de p r o f u n d o s c o n o d m l r n t o H pidagóglcon, flIoHófleon,
HoelológleoH, y ohI o caudal de cu ltura onlaba órlenla
do lia d a una Ideología do l i b e r t a d y di' Idea** p r o g r o -
nlnlan en el M e n t i d o moral, que no o d a r la n natura I-
monto de a c u e r d o con Ioh proJuldoH y la rolIgloHldad
am biento on t on ee n. Me figuro yo que Ioh ohpohoh IjuIhI
tendrían (|iie luchar contra Iuh con!unibreH, Iuh Idea*
de f a n a l Ihiuo , dorleallHino. mllllarlnmo, ole,, que It'H
c(docar(an al pano, franca barrera oponllora. llaet' po-
c»»h dfan, leyendo un h o m e n a j e de recordación dedica­
do on Mnl.ro U íoh al caballero I.iiIhI, q u e ejerció ol ma-
glHlerlo en aquella población, me enlen'* di' ci’nuo el
Uohlorno de la lt('piíbllea lo había dontllufilo do hu
pui'Hlo, a caima de lo poco g r a t a n q uo oran a Ion d iri­
gen! oh do la N adóu . lan Idean llberalon dol profenor
24 LAS POETISAS (l.e r Krupo)

Luisi, consideradas por aquellas autoridades, como di­


solventes. . .
P a r a hacernos m ás perfecto cargo de lo que te n ­
drían que sufrir los esposos Luisi con sus ideas avan-
cistas, b a s ta ría echar u n a ojeada a nuestro medio
en la época actual, donde todavía, y pese a nuestro pal­
m arlo progreso, las personas que tienen ideas libera­
les en los pueblos, y m ás aún si son mujeres, son to­
m adas con resistencias y ap a rta d a s como peligrosas
de los círculos de la llam ada altu ra social. ¡Cosa tris­
te que obliga a claudicar m iserablem ente a m uchas
personas, que disim ulan sus ideas y convicciones con
tal de rodearse de ciertos elem entos de posición, que
de otro modo la señ a la ría n con a n a t e m a . . . ! Así ve­
mos con frecuencia - sobre todo entre las m ujeres—
escritoras, doctoras, poetisas, etc., que echan en oca^
siones doble llave a sus íntim os sentim ientos, a sus
convicciones m ás sinceras, con tal de no perder un do­
rado prestigio, en tre personajes de brillo cuya protec­
ción social Ies a g rad a o les conviene. Los esposos Luisi
no fueron así. L ucharon brav am ente con tra la reac-
d ó n que tu rb a las conciencias y em bota las v olunta­
des. T ra b a ja ro n con a rd o r en cuestiones educativas y
sociales, y cuidaron de dar a sus hijos una educación
que, desde luego, tampoco estaba concorde con las cos­
tum bres de la época. E studiar, p ara poder luego va­
lerse a sí mismas. A dquirir tales conocimientos, cul­
tu ra tal, que cada uno de los seres que habían colocado
sobre la tierra, pudiera luego defenderse sobre ella,
con las a rm a s más nobles y m ás duraderas.
La hija m ayor de los esposos Lulsl, hoy la cono­
cida Dra. Paulina, fué la p rim era m u jer que siguió la
MIÜKCIODIOH l'INTO

c a rre ra de medicina en la República del Uruguay;


y, o mucho mu equivoco, o probablem ente podríam os
añ ad ir que en el Ufo do la P lata.

Loh eaponon LuIhI punieron, pucH, en acción el ver­


dadero fomlninmo, todan lan Idean que hoy, denpuén de
c u a r e n ta añon He continúan predicando como Juntan y
neceHarlan, nin e n c o n tra r en todon la minina y determ i­
nante a c o g i d a . ¡Cuánto lucharían! ¡Cuánto tendrían
que nufrir! ¡Qué ánperon Ich renultarían Ion trlunfon y
qué dlfícllen lodun lan acennlonen! I)c ahí tal vez una
frane que un día encnché de lubion del propio neñor A n­
gel IjuIhI, que me hizo mucho efecto: "Nonolron me
dijo - Implantamon en nueniro hogar "el pudor de Ion
afecto»”, y Jamán acontumbráhamoH a dem ontrar nues­
tra» emocionen, gu ardando el cariño familiar, la te r ­
nura, lan explosione» todan que en otras fainlllan «e
exteriorizan nuln o menos ruidosam ente, Imjo la doble
llave de nuestro recogim iento”, han hljan de Ion esposo»
Lulnl estudian pedagogía, medicina, derecho, , Lan
Universidades y Ion Instituios se llenan con «un nom ­
b r e n ,., Estudiar, luchar, nublr, g a n a r añon vendiendo
la,s diatribas, lan envidia, tal vez lan burlaH. , . y todo
en plena juventud, en Ion díaH I>«|Ioh de la vida, nin po­
der ver cómo Ion Arbolen ne cubren de broten en la pri­
mavera, ni nunplrar con romanticismo» juvenllen a la
prim era caída de lan hoja», porque no hay tiempo para
m irar al cielo, ni al paisaje, ni a la ennoñaclón, y lan
pupila* Juvenllen dom inan el a rd o r de nu miraje, para
dejar sobre lan página» de Ion libro» la llam arada In­
sistente que ha de ab»orber la Idea y fundirla en la m a­
teria grl». ,.!
(..AH I’OKTIHAH (l.« r grupo)

Y una de las hija» de Ion esposos Luisi, precisam en­


te la que llevaba un nombre de sem ejante eufonía, Lui­
sa, sintió la poesía y escribió versos. . . Luisa Luisi te ­
nía el soplo do la Inspiración, sentía el arte y la belle­
za, quo es sen tir la poesía, y s u h versos com enzaron a
llam ar la atención. ¿P or qué comenzó a reson ar en los
círculos intelectuales la poesía de Luisa Luisi? Induda­
blemente porque tenía valores. No cabe el pensar que
hu influencia como profesora pudiera te n er intervención

en su éxito, pues m uchas profesoras de todos los tiem ­


pos han escrito versos y ios han publicado, sin obtener
éxito ni popularidad. La poesía de Luisa Luisi despertó
el interés que despiertan las cosas que valen, y en ellos
se fijó el público y la crítica, logrando que se le ed ita­
sen libros en Kuropa y en la A rgentina, recibiendo ap lau ­
sos de intelectuales de lejanos puntos, y viéndose co­
locada 011 un puesto elevado entre los mejores poetas
del Uruguay.
Se h a dicho, sin embargo, do la poesía de Luisa
Luisi, que está basada en ideales filosóficos, que tiene
dem asiada literatu ra y que se mueve en un plano me-
tafíslco y conceptual. Yo le encuentro a la poesía de
Luisa Luisi m ás interés que todo esto.
La poesía de Luisa no es tendenciosa ¡cosa que, a
mi modo de ver, no sería un perjuicio, siem pre que so
utilicen, las bellas forma» para hacer llegar m ejor a la
conciencia h um a n a la bondad (le ideales sociales o fi­
losóficos!, pero (robra un Interés más personal la poe­
sía de Luisa, porque no nos indica en ella ningunos ca­
n in o s , ni nos señala puntos de orientación, sino que so
conform a con hacernos conocer voladamente las inquie­
tudes de su alma, las an gu stias de su vivir moral, y las
MI CHCKDKH c into 27

b r u m u H doloroHJiH q u o circundan huh eonoelmlont.OH on


«I b ii Kc a r c o i i H t a n t o d o una v erd ad ,..!
Kn la p ooHÍ a d o LiiIhu IjiIhI, no oneuonl.ro clorla-
/nonio prurito d o m i H o f i a n z a , Hl no d o l o r d o m u j o r l u t o »
¡octual quo ho Hlonlo n a u f n t K a n d o on d o c c p d o n o H m o t a -
fÍHloaB, H l n l a H o ^ u r l d a d p o n l t l v l H l a y n i n u n H o l l í n » a » l -
doro mÍHlloo. . . IntoroH anto porción do p o o ü H a , q u o la
dlHÜDKuo d o l a r u t a a m a t o r i a h I ii proponérHolo, pílenlo
q u o o n oo aH l on o H ho ñ o l a hii cJohoo do l l o r a r a olla, tal
v o z p a r a c o i i K r a c l a r H o c o n ol ku h Io do laK i n i i l l IIudon, o
quién nabo hI obedeciendo a riifa^aH r o alon de a m o r o
do H o n tlm o n lallH in o . . .

Vo c r o o c o m p r e n d e r ol I n l o r l o r M a r r a r l o p o é t i c o d o
Lulna, y mo lo Im agino aHÍ: A lm a, com prm iH li'm , hoiiU -
m íen lo. C on figu ración norm al do m ujor, y di* o x c e p o l ó n
on mu altura m oral. C om ien za hi i vida w om nílda a una
d iscip lin a fam i¡¡::*\ con la rigidez noooHarla, para lia-
cor H onllr la noconidad dol l.rabajo, ¡rnú.H a ú n ! la do hi i *
poraeión. IjiIhji LiiIhI oH ludla dondo nlfia on form a ab-
Horbonl.o, IJbroH on lan coHlan do Ioh J u k i i o I o h ; carlIllaH
onl.ro lan ropaH do laH m n f i o c a H ; cIííhoh con p u n lu alld a-
doH m a t r n i i i l bíiH, anu lando Ioh Juogon o Iiih dlaH de
am or. , . lOxAm onon do gravon flnalldadoH , borrando Ioh
h orizon te H ontlm ontaloH , , . Y Lulna Huoña con la I t o-
Hoza y ploiina on ol am or, , . I ’o r o hijh dían oorron ho-
bro la P rim avera, , . V uolan l aH lloran on gravodadon
InnoHlonlbloH por débllon brazon do m ujor, y torna hiih
o J oh a lan Iu n i ó n « i d a d o s , dejando exhalar hu a c o n t o Im ­

prop iad o do doHolaolonoH.

¡A lm a lnm oiiK a, N a tu ra !,., ¡Toda mi alm a..,!

Con tu ln qulotud ardiente,


LAS POETISAS O.er grupo)

en el dolor de la to rm en ta aciaga,
con la paz de las noches estivales,
y la esperanza de tus m a ñ a n a s ! . ..
¡Alma inm ensa, mi a l m a ! . . . Que contiene
todas las fuerzas de la Vldá. . . Alma
que no cabe en mí m ism a y se derram a,
para a b ra z a r todas las form as
en imposibles l l a m a s . . .!
Dame el secreto de tu ser, N atura;
dam e el secreto de tu vida llana,
lum inosa y son riente;
sin estos bruscos saltos de energía;
sin estas tristes pausas;
dam e el secreto de tus hierbas m ustias
que en p erd u rar se a f a n a n ; ,
la arm o n ía suprem a de tus noches;
tu dulzura y tu gracia;
y la serena m ajestad que duerme
en las pupilas m an sas
del ganado tran q u ilo y reposante
que prosigue tu ensueño en sus m i r a d a s ! . . .
Todo tiene un secreto m isterioso
que es fortaleza y calm a;
Alma N atura, ¿en dónde está el secreto
que me dé la arm o n ía y la e s p e r a n z a ? ...
Alma N atura, yo tam bién soy una
c ria tu ra tuya, débil y cansada:
¡Dame el secreto de tu paz suprem a
y funde mi Inquietud en tu m i r a d a ! . . .

Luisa Luisi clam a aquí por lo que en ella es obse-


n . . . El secreto de la paz de la Naturaleza, de la
M lülU '|!¡|)| i¡H PINTO

i|ulelud, del descanso! Mil», en iiiiii cria tu ra dófoll y c a n ­


sada! KHft m i una poetisa, un alm a blanca y sutil,
delicada y geniImenlal, que llegó así desde Ioh planos
so brenaturales a donde no alquil/,a nu estra pupila dura
de m irajes p o s iti v is ta s ,..! ¡Y la absorbió la realidad!
¡Y Ja venció «I trabajo! ¡Y la doblegó la fuerza. de lan
« o s a s , . ! ¡Y la abatló Ja indom able volmUad de| Des­
tino! . . .
Y HiitüiiriiH buscó, a n h e la n te y desolada, la verdad
m ás alta q u e la Vid», q u e la («nía ya e n t r e las m anos
doblegada y deshecha, . Pidió otra lu/, q u e no fuera la
lám para artificial de las Investigaciones m aterialistas!
Hupllcó a ñ o ra n te y dolorida «I Jal Ido cordial q u e no e n ­
co ntraba entre la e n tra ñ a liosca de lan m ultitudes qu<*
bu disputan a zarpazos, exactos derechos y el minino
p a n , , . ! Y entonces escribió versos desolados, 11 través
de cuyas estrofas s e destila la am a rg u ra de la lucha
diaria contra el egoísmo humano, y pudo exclam ar así:

TKN(JO JÍAMÜHU) .

Tengo ham bre infinita de calm a y de reposo,


Hambre de paz, de sueño, y de renunciación,
quisiera gu ard ar mi alm a lujo» del vulgar coso
en donde se débale roda in san a ambición.
Quisiera lev antarla como un cáliz supremo,
desprenderm e del mundo y elevarm e h asta Dios;
desliaceiuie hu perfume, llegar hasta e| extrem o
sulll de la matufia; ser pensam iento y voz,
Me pnHii la cadena carn al de mi envoltura
que m« ata a la T ierra y me Impide subir;
me llaman Imperiosas voces desde la a ltu ra
LAH POETISAS fl.<-r g r upo )

y m ateriales lazos no me permiten Ir.


¡Oh! Muerte luminosa, m adre (le toda ciencia,
madre (le la poesía y de la Religión;
ya que la vida oscura me negó toda creencia
dime tú la palabra de la Revelación.

Y diciendo de ansian de calm a y deseo de no ser


m ás ya, pobre átom o movible en la escala sin térm ino
de un vivir sin reposo, se inclinó hasta la boca del abis­
mo insondable y dijo así:

¡OH! QUE DULCE R E P O S O ...

¡Oh, qué dulce reposo el de la muerte


bajo el chorro de plata (le la l u n a ! . ..
qué florecer de astro s y perfumes,
qué ren acer de a u r o r a s ! . . .
Y el quieto deslizarse del arroyo
por los cauces azules de las venas,
y las pupilas fijas de la noche
ab iertas en el alma,
y el alma, florecida en las estrellas
en u n a paz sin fin y sin e n s u e ñ o s ! . . .
/ ¡Oh! qué dulce quietud, y qué callado
misterio, en esta aceptación definitiva
y en este confundirse con las eosaw!. . .

¡El alm a de la poetisa está cansada de luchar! La


pedajíona lia. vencido a la diosa de ropajes azules que
inora en el alm a (lo cada poetisa! El cascabel de la ju ­
ventud reclina su dorado caparazón en la cubierta gr¡H
de los libros de la escuela. El dios am or lia. doblado
MKIU’KDKS l’INTO :tl

tam bién las alas sobre las Ilusiones m architas, dorm i­


do al susurro do las lecciones dol ( 'o l i ó l o • • •!
Y «8 entonces (|iio la poetisa al sentir, como ('1 pro­
ta g o n ista de la comedla “J a z z ” , do iVlareel l’agnol, que
ha crucificado la Vida a la ('leticia, cuando escribe los
áspero s versos con quo describe el encuentro con el
Amor! Y titula su verso así:

ME DIJERON, AMOR
Me dijeron, Amor, cuando ora niña:
"¡es más g ran de que D ios!”
Y yo esperaba verle vestido de poesía
y escuchar melodiosa y tunante, lu voz.
Mo dijeron: “ Su r o s n o ilum ina los m un dos” .
Y yo esperaba un día co ntem p lar tu esplendor.
Y para hacerme digna do tu Imperio divino,
acicalé mi espíritu y ahondé en mi corazón.
Me vestí de esperanza, m e 'to q u é de arm o n ía;
y todo el alm a presa de Un sagrado temblor,
me dispuse a acogerte en estado do ( I r a d a
como a la E ucaristía en fiesta de Pasión.
¿ V in is te ? ... Atraso un día te llegaste en silencio;
ningún perfume a incienso dijo tu condición.
La estrella de tu frente, como a los Reyes Magos,
No me dijeron en lenguaje de luz: “ ¡Este soy y o !”
Y pasaste a mi lado. . . y yo seguía esperando
el m ilagro divino do su sacro esplendor;
y un día, reclinando mi frente en un regazo
creyendo que era el tuyo, ¡me recibió el dolor!
¡A m o r ! ... ¡ A m o r ! ... ¿ V in i s t e ? ... Nunca más on
|m l vida
«scudiaré el acento de tu divina voz;
32 LAS POETISAS (l.er grupo)

y un día me habían dicho, Amor, cuando era niñ a :


“ ¡Es m ás gran de que D io s !. . . ”
¡Como siem pre que no se recibe a los huéspedes
a tiempo, el viajero se cansa o nos llega de mal ta la n ­
t e . . . ! Al am o r no puede hacérsele esperar ni un día
ni u n a hora! No es posible escoger el momento, ni ofen­
derlo esquivando su presencia con la réplica del deber
y de la intangibilidad de las vidas consagradas a altos
destinos. . . E nton ces su irascibilidad surge y se venga
de n osotros de m a n e ra implacable. El cerebro no se lle­
va bien con el corazón. Son dos vecinos que llenan sus
cometidos m ateriales, pero que se quieren bien poco
en el te rre n o sentim ental. O pensar mucho o querer
mucho. O pensador o am ador. Y cuando desde la in ­
fancia se ahog a en germ en el sentim iento sagrado, de­
jando el escucharlo “ para después”, o llega luego des­
trozándolo todo en v iolenta reacción indomable, o
dolorido y melancólico ya, lam en tan do imposibles en
una salpicadura de sang re y de h i e l . . . !
Como aseveración de mis palabras, surgidas de mi
detenido estudio sobre las poesías de Luisa Luisi, leeré
la que titula “ P orqué soñé el A m or” , que nos demues­
tra bien claram en te cómo la poetisa soñó con el amor,
cómo nació p ara ser una sensible am adora, y su
Vida, ob stinad am ente severa en obligaciones, le arenó
el cam ino de la sensibilidad poética que hubiera debido
cubrirse de M arg aritas. . .

PORQUE SOÑE E L AMOR. . .


P orque soñé el Amor m ás grand e que la Vida,
Amor, renuncio al fin a conseguirte;
porque soñé la Vida m ás g rand e que esta vida,
MWIUÜOIMOH PINTO as

Vida, oh proelno d e s p e d ir t e ,,.


;M orir, para vivir lodo mi anhelo!
¡Morir, para nontlrme com pletam ente armula!
¡Morir, para dejar bilocada en hii vuelo
mi alma, q u e cada día ha do hallar m utilada! , , .
Mnoilci libertadora de toda oonllntfonela,
almoluio que lo alzan frente a mi cobardía,
damo a beber un Horbo, la mlol do la cxlntonela
¡Amor, gloria, bellozu, on un «‘normo día!

No Importa quo la poetlna roaoolono al fin encrl-


blondo hu triunfal poonía “ Amor, vlnlnto al fin !” , por­
rino oBta llorada dol divino vlajoro no logró «aturar to­
da la obra poética do Luí Ha LuIhI con la Intunnldad do
porfumo (juo a, otran obran do poetan pudo Im pregnar
para la Eternidad!
Podría argülm em e que hay muchan profonom n y
doctoran, quo oncrihon yernon; poro lo quo oh

difícil oh o r u ’o n t m r m ujeren dedleadan I n t o i i H a m o n t <* a


o b r a n c l e n t í f l c a n o Hoolológlcan, y q u o oHorlban con en­
tro exclusivam ente non II m e n t a l y em otivam ente am a­
torio o H o n n u al , llanta ahora, lan poetlHan quo homon
conocido haolondo nonar con altura de lim plraolón la
c u o r d a n o n t l m o n t a l , n o p e r t e n e c e n a l an o b r o r a n d ol lu~
t o l o c t u a l l n m o , ni ho h a n d e j a d o a b n o r b o r p o r la v o r á g l -
n o dol trabajo. Moda y poetlna equivale a no Her ln~
toloctualinento nada nnin q u e ento. P o r lo monoH liada
iiiiík d o m a n e r a a l m o r b e n t e , d o m i n a n t e , d i r i g e n t e . , .! V
Lulna L u ln i no furt d u r a n t e hu niñez, hii adolenconcla
y hu prlm ora juventud, una m aentra, una profenora ú n i­
cam ente, en ol puntido nencHIo y "anl ronu'tnlleo do
34 LAS POETISAS (l.er grupo)

m u jer joven que tiene a los niños ajenos sobre su cá­


lido regazo; sino que desde los tiem pos prim eros de
su h o g ar tuvo que luchar con otras inteligencias de h e r ­
m a n as m ayores que tra ía n premios, que figuraban en ­
tre las mejores, que a le g ra ría n los rostros paterno s con
las medallas, con los diplomas, con los puestos adqui­
ridos a fuerza de trab a jar, de estudiar, de m a d ru g a r. . .
Luego, co m enzaría la lucha con la Vida, con las con-
discípulas, no todas afectuosas, con el profesorado, no
siem pre conprensivo; lucha por los puestos, por los
ascensos, por la gloria en fin, porque cuando se tiene
ta len to y aspiraciones, no es siem pre fácil dejarse pos­
pon er. . . Y todo esto can sa y sofoca, y llega un m o­
m ento en que el espejo nos m uestra los ojos secos y
el lazo azul de las ilusiones resbalando de los cabellos,
h a s ta rodar en el v e n d a v a l. . .!
Pero yo creo por el con trario de algunos críticos
que h a n dicho que la poesía de Luisa Luisi es fría y
conceptual, que esta poetisa siente el am or en su poe­
sía de m a n e ra m ás a lta y m ás g rande que muchos
otros poetas que dedican al sen tim en talism o lo m ejor
de sus inspiraciones. Luisa no tiene secas las fuentes
de su inspiración am atoria. Cantó al am or con
todas las fuerzas de un alm a desesperada de no
hallarlo como lo so ñ ab a; y porque lo soñó m ag n í­
fico y lo idealizó tanto, no lo supo tal vez c a n ta r con
los nervios y la sangre que tiene la r e a l i d a d . . . ! La
poesía de Luisa no es sensual. Canta al vino del amor,
con la adoración del inca bajo la m irada solar. .. Los
racim os dorados brillan en tre los pám panos de esme­
ralda, y la lira suena idealizada por el mom ento, so­
ñando en m ajestades imposibles. . . Exprim ido en la
l'INTO 86

copa diaria, el a g r i o l i c o r d e j a a veces I oh l a b i o s r e ­


s e c o s , p e r o h u I n f l u e n c i a se sube a la m e n t e y c a l l e n t a
la saitK»’e con «I calor d e s u s v i t a l i d a d e s . Por eso la
p o e s ía s e n s u a l i s t a c an ia lit<*n itl a m o r , Pedestre y Ha-
g r a d o , dios y fiera, b a r r o y hoI, «I a m o r s e n s u a l q u e b e -
Ba y que h i e r e , l l e g a m e j o r a l a m ultitud e n v e r s o s es­
c rito s p o r inanoH tr e m a n t e B de a n g u s t i a . . .
Luisa Luisi lo colocó muy alio, ho veneró como a
un Dios, lo incleusó con hu aliento, y al llegar a c a n ­
tarlo, tal v m no le díó hu m ás cálida p i n c e la d a . . , Pero
no p o r n o «etillrlo, nlno p o r <I«iiiiimIimIo « h IIiiiiu ‘1». , .
V un día, el Destino quino m a rc ar a Luisa Lulsl
cgn un sello de d eso lac ió n . .
Una m iferm edad trágica la dobló, La más trlsle
para un poeia que a n h e la recorrer latitu d es en vuelos
d<* á g u i l a , ¡La m á s dolorosa para un esplrliu lleno de
a n h e lo s de m o v im ien to , que puede p ro p o rc io n a r un m á s
c o m p r e n d e r y un m ayor adm irar
Hus piernas se quedaron inmóviles, Una quietud
trágica la Invadió de golpe, en días en que la plenitud
de una juventud poderosa hacia lallr sus sienes y
le v an tar bu pecho an te los ponientes dem asiado c a r g a ­
dos de luces m o r a d a s . ,.
Luisa Luisi enferm ó con un mal que parecía m al­
dición del hada perversa de los (Míenlos de Pw rrault: Por
B«r demasiado inquieta, n iñ a que vuelas como m aripo­
sa! p or ser dem asiado pájaro, m ujer que tienes que su­
frir en la vida! Por querer ser ángel, c ria tu ra que de­
bes lii carne a la tierra, quédate ahí, sujeta como un
árbol sin alm a y sin cerebro, a la tierra polvorienta y
reseca, donde se anearon los huesos d» los que fueron
como tq, envidiosos del aire, ! Jflso debieron decirle
36 LAS POETISAS (l.er grupo)

a la poetisa las brujas oscuras de los cuentos de hadas!,


¡eso le clam arían los gnonlos malvados que vienen del
N o rte . . .! Y allí quedó sujeta, sintiendo el sabor de la
tie rra y el punzante dolor que en su alm a iban dejando
las larg as rúbricas de las palom as por sobre la an ch a
página del Cielo a z u l . . .!

YEDRA AMARGA

Es u n a yedra a m a rp a que se enrosca a mi tallo


y hunde tercas raíces dentro del corazón,
es u n a yedra a m a rg a que me chupa la vida
y no llega siquiera a cu lm inar en flor.
Muero, callada y quieta, bajo las verdes ram a s
que a h o g an mi existencia en su abrazo sin fin.
P ero el abrazo enorm e, que sacrifica y m ata,
es la razón suprem a que me obliga a v i v i r . ..
Yedra am arga, m onstruoso parásito, adherido
a mi ser por tenaces raíces de dolor:
siento un placer oculto en m o rir de tu abrazo,
yedra a m a r g a que nunca llegarás a dar f l o r . ..
Su an g u stia es to rtu ra n te , y la poetisa la vuelca
en versos de infinita a m a r g u r a . . .

YO SOY LA P IED R A IN M O V IL ...

Yo soy la piedra inmóvil, ju nto al cam ino vivo,


el árbol envidioso de la nube an d arieg a:
estoy sentada y muda al borde de la vida,
m ie n tra s la senda sigue su m a rc h a hacia el futuro.
P asan inquietos seres: cam inantes, arrieros,
parejas enlazadas y fam ilias co ntentas:
MERCEDES PINTO 37

chiquillos juguetones h irv ien tes de en ergías;


pasan ancianos, p asa la ju ventud; se v a n . . .
P a s a n . . . p a s a n . . . ! Yo siem pre en mi lugar estoy;
soy la piedra sen tad a un día y otro día;
el árbol, engarzado en la m ism a actitud:
á r b o l . .. p e r s o n a . .. piedra. .. ¡Ya no sé lo que soy!
Dedica estos herm osos versos a la Victoria de
Samotracia.

A LA VICTORIA DE SAMOTRACIA

Oh! ¡Victoria, Victoria, m árm ol divino,-


como yo condenada a la inm ovilidad;
con toda el alm a p uesta en las alas abiertas,
m u tilada en el ím petu suprem o de v o l a r ! .. .
¡Ansia de movimiento! ¡Anhelo de elevarse,
de correr, de subir en vuelo m a g is tr a l. . .!
Deseo doloroso a fuerza de imposible
de a n d a r . .. de a n d a r . .. de a n d a r . . . !
¡Oh Victoria, Victoria de Sam otracia,
im agen de mi vida, toda inm ovilidad;
en el m árm ol divino, hecho cárcel del vuelo,
an sia desesperada, enorme, de v o la r .. .!
y plasm a su encendido h o rro r de m u e rta en vida con
estos versos sintéticos que ta n to pueden expresar. ..

I N M O V I L I D A D

El tiempo, p ara mí, detuvo el vuelo.


Ya no soy m ás del m undo. . .
Soy lo Absoluto y lo Definitivo,
en su inmovilidad.
LAS POETISAS (l.er grupo)

Ardo callada y quieta como un cirio;


soy sólo un pensam iento;
ya no tiene sentido la existencia
vulgar del episodio. Soy ete rn a
y soy inconmovible.
Me he libertado de la vida.
Soy la Inmovilidad.

¡Arde callada y quieta como un cirio!, ¡es sólo un


pensam iento! Las h oras pasan lentas sobre el alm a de
aquella c ria tu ra que ve desde la blanca g alería del Sa­
natorio cómo pasan por la carretera los carros llenos
de frutos de huertos, cam inando hacia el m a r. .. Cómo
corren por el cam ino los niños llenos de v i t a li d a d ...!
Cómo van len tam en te rumbo al acaso, las parejas de
jóvenes encendidas en r e s p l a n d o r . .. !
Y ella quieta, ardiendo como un cirio! Con sólo
el pensam iento en espantosa a c t i v i d a d .. .! Y su frente
pálida sin un beso de amor! Y su corazón estremecido
bajo su m o rta ja de in m o v ili d a d ...! El espectáculo del
S an ato rio d u ran te tres años de sufrim iento, ahincó en
el corazón de la poetisa el afán de conocer el m ás allá,
y el terrible m isterio del vivir y del m o rir leído en los
ojos de los moribundos, le fué llenando el pecho de la
an g u stia de las despedidas etern as sin E t e r n i d a d . . . !
Luisa se hace m ística an te la inm ensidad del Des­
tino de las criaturas, y llam a a Dios sin creer en él,
ni ser posible que acuda a su llamado.

ESTAS TAN HONDO. . .

E stá s tan hondo, estás tan hondo


que apenas si sospecho donde estás;
MERCEDES PINTO 39

tu voz lejana y dulce no me llega


sino como u n a v a g a claridad.
Tenaz, te busco en mí, hondo y m ás hondo.
Yo sé que alg u n a vez has de llegar.
Del abismo sin fondo de mi alm a
alg u n a vez a s c e n d e rá s . . .!
Ah! m isterioso Dios que te sepultas
en la m js neg ra oscuridad,
al tra e rte a la luz de mi conciencia
tiem blo de mu tilarte en tu Divinidad.
E stá s ta n hondo, estás ta n hondo,
que a veces pienso que no estás.
¿alguna vez te ap iad arás?

Este es el sentir de la poesía de Luisa Luisi y la


explicación de ese exceso de m etafísica que se le en ­
cuentra. Si L uisa llevase un a ten d en cia filosófica a sus
versos, podría argüírsele de proselitism o o de literatu-
rism o apoético. P ero Luisa Luisi es sincera y sin ­
ceram en te h a hecho su obra, dándola al público con­
form e iba saliendo de su inspiración. Metafísica, p o r­
que metafísico era su momento. T riste porque así era
el estado de su corazón. L as circunstancias y la Vida
hicieron tal vez que un a m u jer que podría hab er escri­
to versos de am or im pregnados de te rn u ra sensual, o
poesías arom adas de a rd o r místico, haya realizado su
obra entre oscuros anhelo s del espíritu y tanteos sen­
tim entales. P ero m érito enorm e es, a no dudarlo, ne­
gar a la popularidad su p arte de carne en el festín li­
terario, y poder sin embargo, adqu irir ün nom bre ilus­
tre entre los grandes, y .traspasar fronteras, y verse
40 LAS POETISAS (l.er grupo)

siem pre en un plano superior de dignidad y considera­


ción intelectual*
Luisa Luisi, como educadora h a alcanzado altos
puestos dirigentes, habiendo sido d urante varios años
Consejera Nacional de E nseñanza, presentando proyec­
tos de im portancia sum a y realizando obra que ha de
perdurar.
Como prosista, h a escrito un buen volumen de crí­
tica, con acertados juicios, quizá algunos con dem a­
siada inclinación a la benevolencia, y publica conti­
n u am en te im p o rtan tes ensayos y trabajos de crítica en
las m ás difundidas revistas lite ra ria s de E u ro pa y
América.
Su m odalidad intelectual es, pues, in ten sa y pro­
fusa, y su nom bre q uedará en el Uruguay como el de
u n a de las m ujeres de m entalidad m ás segura y de es­
piritualidad m ás interesante.

IY

MARIA EUGENIA VAZ F E R R E IR A

Al n o m b ra r a esta poetisa al comienzo de esta con­


ferencia, dije lo que a h o ra voy a rep etir: No soy ni
com p añ era rival, ni discípula idólatra. . .
L a vida de M aría E u gen ia Vaz F erreira, creció en­
tre dos p la n tas terribles en sus contradictorias influen­
cias: el incienso y la cicuta. Incienso de adm iración,
de adulación, de am o r desmedido. .. Cicuta de envidias,
de odios punzantes, de mezquinos intereses envenena­
dores . . .
E s público y notorio que M aría Eugenia Vaz Fe-
MERCEDES PINTO 41

rre ira sufrió de los que la envidiaban, las pequeñas in ­


ju ria s que van am arg an d o las vidas de o rien tes m ag ­
níficos. E n cam bio tuvo d u ra n te m ucho tiem po la ad u ­
lación de la a lta sociedad, la ad m iració n de los a rtis ta s
y el am or sin lím ites de las alm as p u ras de sus discí-
pulas.
Así dicen las crónicas. Así cu en ta el m undo. Así
puede juzgarse desde afu era con la pupila lim pia de
to d a preocupación.
Los cro n istas tam b ién e stán co n testes (en tre ellos
Zum Felde, L uisa Luisi y el erudito escrito r que oculta
su nom bre bajo el seudónim o de “L a u x a r” ) en que p a­
ra M aría E ug en ia Vaz F e rre ira fué un nuevo sol que
proyectó som bras sobre su claridad, la ap arició n en el
cielo de la poesía u ru g u ay a del estro de D elm ira A gus­
tin i, y com entan que la in ju sticia com etida por lo? in ­
telectuales, posponiéndola, hubo de cau sarle profundo
dolor. D educiendo estas causas, la lógica de alg u ­
nos críticos saca como consecuencia que a M aría E u ­
genia la perjudicaron en su vida que pudo ser m ás fe­
liz y m ás larg a, y en su obra que pudo te n e r m ás ex­
tensión, prim ero la adulación sin cuento y la a d m ira­
ción de los que ap lau d ían sin reserv as sus e x tra v a g a n ­
cias, y después, el m o m entáneo olvido de los que la
desplazaron por otro nuevo valor, (p a ra volver luego a
en salzarla después de su d e sa p a ric ió n . . .!)
P ero de todo esto que dice la crítica y que el público
com enta, no he escuchado ni leído to d av ía el sano y
verdadero com entario que deje las cosas en su justo
lugar. Como no se puede culpar de las cosas en un
sentido de vaguedad a ‘‘ellos”, a las “g en tes”, a “a l­
gunos” . . . hay que co n cretar diciendo la verdad des­
42 LAS POETISAS (l.e r grupo)

nuda. Lo que m ató a M aría E u g en ia Vaz F e rre ira fué


el am biente, la ru tin a, y el prejuicio arraig ad o en la s
sociedades. E sa ru tin a y ese prejuicio, que tiene cuerpo
de gom a para los fustazos de los que q u ieren com ba­
tirlo, y se retu erce sin desaparecer, p ara esconderse en
los rincones, p ara disim u larse en las fam ilias, y desde
allá, agazapado, p re p a ra rse a s a lta r de nuevo sobre la
sociedad e in v ad irla, som etiendo a las conciencias y
a h o g á n d o la s .. . !
S eguram ente que M aría E u g en ia Vaz F e rre ira , de
vivir en P a rís o en N ueva Y ork ni h u b iera m uerto jo ­
ven, ni se h u b ie ra enferm ado, ni h u b iera pasado ta n
triste y desoladam ente su v i d a . . . ! Su in sp iració n no
h ubiera tenid o un único tem a de desesperanza! Su ho­
rizo n te se h u b iera am pliado en ru ta s in so sp ech ad as. . .!
P ero to d av ía se aco stu m b ra en los pueblos a m e­
d ir a todos los seres con la ex acta m edida de las con­
veniencias, y lo m ism o dá p ara señ alarlo si se atrev e
a salirse de la ru ta m arcad a, ju z g ar al ser ig n o ran te
o al in sig n ifican te, que ju zg ar a la m en talid ad genial,
que no entien d e de lazos, que se ag o ta bajo las cadenas
in ú tiles y que pierde sus fuerzas que debería em plear
en ascension es de águila, p ara que cam ine a saltito s
de perdiz, sin sa lir ja m ás del cordón de la v e r e d a .. .!
Dice el escrito r A lberto Zum Felde refiriéndose a
la tra g e d ia esp iritu al de M aría E ugenia, que fué la tr a ­
gedia de su trem en d o orgullo hum illado. ¡Y eso está
claro y es n a tu ra l! ¡Nunca ocurren esas trag e d ias a
los seres anodinos o vulgares! ¡Y en tre estos, in duda­
blem ente, hay quien posée orgullo! P ero sus decepcio­
nes en cu e n tran al fin y al cabo la ju sticia n ecesaria
en el propio reconocim iento de su m ediocridad. No ca­
MERCEDES PINTO 43

be duda que el que n ad a produce o produce m al, p o r


orgulloso que sea, le h a de lleg ar un m om ento en que
dude de sus fu erzas que fla q u e a rá n a n te la im posibili­
dad de producir, y se co n v en cerá al fin — con las com ­
paraciones, con la in tro sp ecció n lógica, con el cóm pu­
to de valores que todos los seres v an realizan d o a lo
larg o de la vida,— de que no es el genio que se h ab ía
soñado; y es co m p letam en te im posible que d u ran te m u­
cho tiem po un m ezquino p o etastro anodino se crea con
los m ism os derechos a la fam a, que pudieron te n e r en
su h o ra un Amado Ñervo o un R ubén D arío!
L a venda tien e que caer en un m om ento dado. Y
entonces la espum a de las v an id ad es se reduce y no
sale del vaso de la conciencia en im petuoso r e s b a la r . . .
Pero, a los cerebros g en iales no puede ocu rrirles lo
mism o. Cuando es el ta le n to desm edido lo que obliga
a in c u rrir en lo que las g en tes llam an “ ex tra v a g a n ­
cias’ , la incom prensión del vulgo produce u n a an g u stia
de ahogo, y se ex p erim en ta en el esp íritu la sensación
asfix ian te de u n a m ordaza in ju sta, ofensiva y sin reac­
ción v en tajo sa p ara n a d ie .. .!
R ara vez las excepciones (de h a b e rla s co n firm arían
la re g la ), en ra ra s ocasiones, repito, se en cu en tra al
ser que realiza en su vida cosas fu era de lo corriente,
en tre las p erso n as vulgares, de m en talid ad es sin d is­
tinción, ocupadas en faen as sin im p o rtan cia o de or­
den exclusivam ente m a terial. P o r reg la gen eral son el
señor cu alq u iera o la m u jer sin im portancia, quienes
no se sald rán n u n ca de las p au tas m arcad as por seve­
ros antepasad o s o rd en an cistas de sociales leyes inno­
cuas . .. S erá m uy difícil el e n c o n tra r al hom bre m o­
nótono y ordenado e n tre los hom bres geniales. P odrá
44 LAS POETISAS (l.er grupo)

haber un científico, un sabio, un investigador, m uy or­


denado, muy m onótono, m uy lim pio y m uy preocupa­
do “del qué d irá n ”, yo no lo dudo. P ero es que se puede
ser científico, in v entor, investigador, sabio de ren o m ­
bre m undial, y no te n e r d en tro del cerebro la chispa
del genio, ¡que podrá no h ab er inventado nada, ni te ­
n e r sab id u ría adquirida, pero que a rd e rá por sí sola en
llam ara d a fu lg u ran te y se d estac ará en tre m il por su
divino resp lan d o r. . .!
El hom bre genial, la m u jer que posee el genio, se­
rá un día lim pio y al día siguiente podrá d ejar con in ­
d iferen cias caer el polvo sobre su vestuario. El “ ¡no
im p o rta !” e s tá prendido en los labios del genio. Al
hom bre m ediocre, en cam bio, ¡todo le im porta! todo
tiene el m ism o in te ré s su p erio r p a ra el hom bre m ez­
quino; y salirse de las reg la s sociales, y p asear por si­
tios fu era de la costum bre estatu id a, y re g re sa r a des­
h o ras de lo p rogram ado por las n o rm as usuales, son
p a ra el hom bre y la m u jer m ediocres, cosas enorm es, de
a lta trascen d en cia, que obligan a to m ar serias m edidas
a los cabezas de fam ilia, y a fru n cir el ceño a las se­
v eras m a tro n a s de los b arrio s centrales!
Yo no sé si esta será tam b ién una disgregación de
lo program ad o p ara e sta clase de conferencias. Ignoro
si podrá p asar mi conferen cia a las im presas pág in as
de un lib r o .. . P ero realm en te esto no me asu sta m u­
cho. Tam poco soy yo un ser cu alquiera que se an g u s­
tia de p en sar en u n a publicación donde su nom bre se
vea destacado en tre los ilu stres escritores de cam pa­
nillas. Si va, m uchas gracias. Si no, ¡qué le vam os a
hacer! Lo que a m í me in teresa en este m om ento, co­
mo en todos los de mi vida, es fu stig a r la incom pren­
MERCEDES PINTO 45

sión, flag e lar la ru tin a , d ar an ch o vuelo a las ideas


buenas, sin p en sar que puedo o no g u star, que he de
a g ra d a r o no, que siem pre h a b rá alguno en tre todos
que acoja m is ideas, y un esp íritu fra te rn o que me d i­
ga: ¡E stá bien el decir la verdad salv ad o ra donde q u ie­
ra que sea, como Jesú s en el palacio de los doctos, sin
m ira r a la severidad de los ro stro s condenatorios, y
sólo a te n to s a la clarid ad del cam ino que es preciso t r a ­
zar p ara m a ñ an a!
H em os de p en sar que la d esv en tu ra y la m u erte
de la genial m u jer que se llam ó M aría E u g en ia Vaz
F e rre ira , se debió a n o so tro s todos, a la sociedad fo r­
m ada por n u e stra s prem isas p re té rita s y n u estras ca­
denas inútiles. L a in co m p ren sió n de la sociedad fué
su verdugo. Yo he leído ad m irad a u n a anécdota que
cu en ta la eru d ita plum a de “L a u x a r” , sobre M aría E u ­
genia, en el libro titu lad o “M otivos de c rític a ’\ que
dice así:
“U na tard e, al anochecér, me crucé en la ciudad
con ella; me acom pañaba u n a p erso n a de su relación,
que la detuvo. E lla era muy joven; estab a co n ten ta;
acababa de re a liz a r u n a h a z a ñ a inocente, y la contó
riéndose, como siem pre se reía, con toda su alm a ju ­
bilosa, con todo su ser feliz. H ab ía llegado sola en
tra n v ía a las afu eras de M ontevideo; hab ía decendi-
do sola del tran v ía, an te un grupo de g entes severas;
y en m edio de la calzada, sola, im p ertu rb ab le fren te
a la estupefacción de todos, h ab ía esperado y .tom ado,
sola, p ara reg resar, el p rim er tre n que volvía al cen­
tro. H abía sido como la tra v e su ra de una colegiala que
se aburre en la au sterid ad m on ó to n a de la clase p esa­
da! y la rom pe con el g rito de su fatig a rebelde a la d is­
40 LAS POETISAS (l.e r grupo)

cip lin a: “ Vengo de ép a te r le b o u rg eo is!” nos dijo triu n ­


falm ente. T oda M aría E u g en ia Vaz F e rre ira está en
e sa anécdota. E lla fué siem pre la m u jer que no se
av ien e con la rigidez in útil. E n un m undo en que todos
se defienden escondiéndose, ella se m ostró siem pre
cual era, n a tu ra l, alegre, expansiva, rebelde, tu rb u ­
lenta. Tuvo la su p erio rid ad de la franqueza. E n tre m u ­
je re s que hacen del artificio u n a coquetería, ella, que
fué m u jer de alm a g ran d e, tuvo la coq u etería de m os­
tra rse , a b ie rta de corazón, con el en can to suprem o de
u n a personalid ad o rig in al y fuerte. P areció rara. L as
señ o ras g rav es fru n cían a n te ella el en trecejo m ien ­
tra s los hom bres y las n iñ a s la rodeaban con aplauso
y con mimo. A todos seducía su gracia, a todos im po­
n ía la rectitu d de su espíritu. P a ra los m ás fué la poe­
tisa, la lite ra ta , ella que ta l vez sólo h u b iera querido
ser, en toda la p len itu d de su alm a sincera, la m ujer
de g ran corazón y g ran in telig en cia que asom aba e n ­
tre sus ris a s ”.
E sta página, esc rita por un hom bre de ta le n to que
la conocía, tien e p a ra mi a se rto sociológico u na im ­
p o rtan c ia inm ensa. ¡E lla h u b iera querido ser, dice
L auxar, en toda la plenitud de su alm a sincera, la m u­
je r de g ran corazón y g ra n in telig en cia que asom aba
en tre sus ris a s . . .! Luego, hubo un tiem po en que Ma­
ría E u g en ia se reía, en que se reía de una m a n e ra des­
bordante, ingenua y trav iesa. ¿Y qué ocurrió después
p ara que su poesía org u llo sa y m ay estática se to rn ase
desesperanzad a y a m a r g u ís im a ...?
A ese esp íritu genial, y n atu ra lm e n te, por lo m is­
mo, ansioso de libertad, deseoso de am plitud, an h elan te
de serenidad, le fué cercando poco a poco eso m ism o
MEKCKDES PINTO ’ 47

que encontró “L a u x a r” . P a ra todos era ya solam ente la


poetisa. ¡U na poetisa en aquel tiem po! La p rim era m u ­
je r que se a tre v ía a ser g ran d e y a salirse de la ja u lita
dorada p ara a b a n ic a r las alas en o rm es sobre las cim as
y las le ja n ía s. . .!
Ya esta b a m arcad a. L a b rasa in clem en te de la po­
pularidad curio sean te, la señaló con su quem adura. Lo
que decía, lo que p ensaba, lo que quería, todo era ex­
trañ o , porque venía de la poetisa, de la escrito ra, de
aquella que se h ab ía atrev id o a a p a rta rs e del m onton-
cito blanco del ordenado rebaño, y que se h ab ía subido
sola al m ontecillo em pinado desde donde podía co n tem ­
plarse toda la l l a n u r a . .. !
Y sus sen tim ien to s se fuero n quedando som etidos
a la opresión de g a rra , de los que colocaron en su cin ­
tu ra la arg o lla que la d estacab a del coro vacuo de
las dem ás m ujeres.

Ella sola destacándose, ¡y adem ás, soltera!

¿Os dais cu en ta de lo que esto significa?


Dicen que M aría E u g en ia fué casta. ¿Y de qué m o­
do espectacu lar no te n d ría que serlo p ara poder llevar
ese convencim iento pleno de su pureza a la m asa ig­
nara, que presien te siem pre algo trem endo d etrás de
todo m ovim iento de m u jer que se salg a de lo co rrien te,
d etrás de todo gesto que no h ay a sido exactam ente
igual al que tu v iero n , h a n tenido y c o n tin u arán te n ie n ­
do, todas las m ujeres que desde E va pueblan la tierra,
con el com pendio de las p rácticas sociales en tre las
m a n o s ...! Yo im agino la castidad de M aría E ugenia
Vaz F e rre ira tan seg u ra y determ in ad a como la de
•18 LAS POETISAS (I.er grupo)

J u a n a do Arco, obligadas las dos a p ro clam arla a los


vientos de la fam a, p ara poder com pensar el no pa­
searse en ru ed a de m o n o to n ías por la redonda plazo­
leta del m undo, al son de la r e tr e ta u n íso n a <le la es­
túpida m usiquilla s o c ia l ...!
De no ser así, de ser o tro el m undo civilizado y
o tra s las costum bres, de la castidad de M aría E u g en ia
no h a b ría que h acer cu enta, porque con decir “m urió
sin c o n tra e r m a trim o n io ”, b astaría, como b asta a to ­
das las señ o ritas de la que h a dado en llam arse la
buena sociedad.
Ja m á s se o irá decir en el velorio de u n a joven
so ltera de sociedad, el co m en tario ad ju n to de: “ era
c a s ta ”. S ería d en ig ra n te, asom broso, im p ru d en te. . .
¿ P o r qué todos los crítico s se atrev en , entonces, a pro­
clam arlo en voz alta, de M aría E u g en ia Vaz F e rre ira ?
¿PQr qué se h ab la a voz en g rito y se h a escrito en
todos los tonos, sobre la castidad de esta m u jer? se­
ñores. Ved en esto m ism o la m ayor desvergüenza so­
cial. Es necesario ad v ertirlo así, porque u na m ujer
que escribe, su scita dudas siem pre en tre los elem en­
tos conservadores. P o rq u e u n a señ o rita que sale sola
a la calle, en sitios donde las dem ás no lo acostum ­
b ran , com ienza por lla m a r la aten ció n , y te rm in a por
le v a n ta r a le rta a la d e s c o n f ia n z a ...! P orque u n a m u ­
jer, aunque sea un genio, au n q u e sien ta den tro de su
cerebro y de su a lm a la fu erza irresistib le de la divi­
nidad, si h ab la con los hom bres, si com enta ciertas
cuestiones, si ríe m ás que la g eneralidad, o sostiene
am istad es fuera de lo com ún, hay que se ñ a la rla con
reticencias, hay que aso m b rarse de ella, y p ara ev itar
las dudas, y p ara convencer a los m u rm uradores, se
MEIU'UDIOS PINTO 49

tien e que g rita r que es buena, que es pura, que es cas­


ta, como podría co n tarse la m a ra v illa de un lobo que
no m uerde, o u n a víbora que no tien e v en en o . . .
Si M aría E u g en ia h u b iera vivido en un m undo
donde sus pasos no fu eran co n tad o s; si n o h u b iera
necesitado ja m ás “e p a ta r” a la burguesía, porque via­
ja r sola en tra n v ía h u b ie ra sido u n a cosa sin n in g u n a
im p o rtan cia; si el e n tra r en un café se considerase co­
mo un deseo sin n in g ú n alcance, y el le v a n ta rse te m ­
prano cuestión de gustos, y el tra s n o c h a r, de capricho
sin trascenden cia, en to n ces M aría E u g en ia h u b iera po­
dido re a liz a r su obra con u n a com pleta independencia,
y no h u b iera tenido in terés en h ace r “ cosas r a r a s ” p a­
ra asom brar, porque no h u b iera lev an tad o asom bro, ni
curiosidad siq u iera si re a liz a ra cada uno lo que le venga
en deseo, siem pre que no m oleste, ni h ie ra a los de­
m ás. ..
Y eso fué su p rim er paso hacia la desventura. La
hostilidad de unos y el aplauso desm edido de otros. T o­
tal, incom presión social, señ alan d o ex trañ ezas, en lu­
g ar de p ro cu rar h acer cada uno lo que le ocurra, rom ­
piendo norm as ridiculas que no conducen a n ada p rác­
tico.
Círculo ap retad o sobre sus pies de gacela, fué la
m urm uración le v an tad a h acia cosas sin n in g u n a im ­
p o rtan c ia. . . ! No hay n ad a que exalte m ás la rebelión
en las aim as grandes, que la crítica que h acia ellos
deslizan los insig n ifican tes. El espíritu de g ran d es vue­
los tiene en sí fuerzas para re sistir la desgracia, p ara
desafiar el peligro, p ara acom eter g ig an tescas em pre­
sas, ¡pero tien e miedo, sin em bargo, del in sisten te vue­
lo am enazad o r del m osquito! No hay nada que an o n a ­
00 LAS POETISAS (l.nr grupo)

do la n ío al esp íritu de g ran d es am plitudes, como el


chism o cobarde o la m urm u ració n estúpida venida de
seres que no h an podido re a liz a r n ad a en la vida, que
a n ada He lian atrevido, y que n ecesitan dirección y
com pañía hasta, p a ra h ace r un viaje (le dos kilóm etros!
Ved a esos hom bres a (julones la fam a coronó en
los gran d es cen tro s in telectu ales del m undo, cóm o n au ­
frag an al c o rre r de los años en los verde» p an tan o s
cenagosos de los puebleclllos nativos! E llos g u errea­
ron, escribieron, produjeron, lucharon y triu n fa ro n con
a rm a s poderosas en las tie rra s am p lísim as do la nieve
o del « o l. . .! Allí dieron el fru to do su cerebro on obras
Inm ortales! Allí la F am a se vistió de fleBta y la G loria
«o arom ó de rosas 'para recib irlo s. . . P ero de pronto,
en la m adurez de la vida, aquel ser de excepción sien ­
to a ñ o ra n z a s de su poblado. . . R egresa afanoso on el
carro t r i u n f a l . .. P e ro . . . allí precisam ente, en el círcu ­
lo ru in donde nació el genio, so le rom pió al carro la
p rim e ra rueda, y el so b rin lto zurdo del com isario o la
so b rin a dol am a del cura, h a rá n los prim eros in sig n ifi­
c a n te s n u d ito s en la cuerda du rísim a que h a de e s tra n ­
g u la rlo . . .!
Y esa decepción suicida, no la sien ten con igual in ­
tensidad los e sp íritu s m ezquinos, p ara quienes las m e­
jo res a la s son las de perdiz- Esos viven co n ten to s de
las m urm uracio n es, e Im pasibles an te la calum nia. Si
no fu era así, m uchos pueblos pequeños h ab ría n des­
aparecido de dolor, en la h isto ria! Pero no; no desapa­
recen, porque viven en un am biente que les es pro­
picio!
En cam blq, no hay desesperación m ayor p ara el
que sobrepasa las v u lg ares tendencias, que la m irada
MBRO lADIOS PINTO 51

recelosa de los que» n a d u v a l e n , o l a crítica a c e r b a d o


Iob q u e n ad a n o n . . .! E sa o » l a p r i m e r a z a r z a H o m b r a ­
da por la s o c i e d a d al p a B o d e M aría E u g en ia, l a g e n i a l .
L a segun d a fué la cuestión sexual. Dice el escri-
to r A lberto Zum Felde, en su últim o libro “ P roceso In­
telectual del U ruguay", al referirse a M aría E u g en ia
Vaz F e rre ira
“E sa d u ra castid ad de la poetisa, esa ab su rd a y
desolada negación del am o r físico, proviene sólo dol
trem endo orgullo de b u alm a, o responde tam bién a a l­
gún oculto facto r palco-fisiológico, a u n a especie de in ­
sensibilidad erótica, a u na e x tra ñ a Inhibición de su li­
b i d o . .. ? Sea com o fuere — co n tin ú a Zum Felde —-,
ello es una do las cau sas p rin cip ales de esa trag ed ia que
ensom brece y a r r a s tr a la ú ltim a etap a de su vida, como
a n te s fué la cau sa de aq u ella su g u e rre ra dureza de am a­
zona lírica, bajo la b rilla n te a rm a d u ra de b u b verso»
El escrito r h a dejado en duda la clave e x tra ñ a del
alm a de M aría E u g en ia, y yo sin em bargo creo que en
M aría E ugen ia no h ab ía oculto nin g ú n facto r psico-fl-
siológlco, ni in sensibilidad erótica, ni Inhibición del li­
bido. C ontinuam os en co n trán d o n o s, al to car eBte punto,
con la contradloción trá g ic a de su g enialidad in d iscu ti­
ble y la ch ata vulgaridad de las costum bres sociales.
M aría E u g en ia en su p rim era juventud, espera al
am or. E n su declinación, otoñal, se im p reg n a de des­
e s p e r a n z a ... Ese orgullo, esa esp era del ser e x tra o r­
dinario la tienen todas las m ujeres a los 15 a ñ o B . ¡Es
la espera «pie h a dado en llam arse "del príncipe a/.ul"!
La diferencia es quft las señ o ritas burguesas se con­
form an p ron to con un marido, y unas m atan por com ­
pleto al príncipe de sus sueños y se resignan con l o
52 LAS POETISAS (l.er grupo)

que h a venido en su defecto, y o tras lo desplazan, n a ­


da m ás que p ara reco rd arlo de nuevo, pasado el tiem po
y en circu n stan cias a se q u ib le s. . .!
P ero en algo se h a de d ife re n c ia r la m u jer genial
de la que no lo es. . . M aría E u g en ia no necesitaba un
m arido. T enía, sin em bargo, p rep arad a el alm a p ara
el am or. Y no uno cu alq u iera, sino el suyo, el que co­
rresponde a un alm a de m u jer de excepción, que bue­
no o m alo p ara las dem ás, h u b iera podido re u n ir las
c ara c te rístic a s por ella deseadas. . . ¿Lo encontró M a­
r ía E u g en ia? Y si lo encontró, ¿en qué condiciones?
H ay u n a poesía de M aría E ugenia, que titu la “Los des­
te rra d o s ”, y dice así:

LOS DESTERRADOS

U na fría ta rd e triste
yendo por lina a p a rta d a
ru ta , al trav é s de los tu rb io s
crista le s de u n a v e n ta n a
yo lo vi g allard am en te
curvado sobre las fraguas.
E l cabello sudoroso
en ondas le n eg reab a
ch o rrean d o salud y fuerza
sobre la desnuda espalda.
Le relu cían los ojos
y la boca le b rillab a
h en ch id a de san g re ro ja
bajo la ceniza parda.
Y e ra el acre olor del h ierro
luz de ch isp as incen d iarias.
MERCEDES PINTO

rudo golpe del m artillo ,


vaho a rd ie n te de las ascuas,
que las m al ju n ta s re n d ija s
h a s ta m í flu ir d ejaban
con ecos de cosa fu erte
y efluvio de cosa sana.
“Dios de las m iserico rd ias
que los d estin o s am p aras,
cuando me ech aste a la vida
¿por qué me pusiste un alm a?
M íram e como A hasvero
siem pre tris te y so litaria,
soñando con las q u im eras
y las divinas p a la b ra s . . .
M íram e por mi cam ino,
como por u n a vía ap ia
de so n risas in coloras
y de vacías m ira d a s . . .
¿P or qué no te plugo hacerm e
libre de secretas ansias,
como a la feliz doncella
que esta noche y o tra s ta n ta s
en el hueco de esos brazos
h a lla rá la sum a g ra c ia ? ”
Así m e quejé y a poco
seguí la tediosa m arch a,
a rro p a d a en tre las brum as
pluviosas, y me obsediaban
como brazos extendidos
los penachos de las llam as
y unos ojos relucientes
adonde se reflejab a
54 LAS POETISAS (l.er grupo)

el dorado y lum inoso


serpenteo de las frag u as.

Al cam in ar de la p ereg rin a, la obsesionan como


brazos los penachos de la llam a, y la m irad a llen a de
in ten sa luz, le quem a to d av ía el recuerdo, dejándole el
calor de la visión, en el a l m a . .. No son todos los versos
de M aría E u g en ia frío s y duros como el m etal. L eam os
la poesía titu la d a

H E R O I CA

Yo quiero un vencedor de to d a cosa


invulnerab le, u n iv ersal, sapiente,
inaccesible y único.
E n cuya g rácil m ano
se q u eb ran te el acero,
el oro se diluya
y el bronce en que se funden las corazas,
el sólido g ra n ito de los m uros,
las ro cas y las p ied ras
los tro n co s y los m árm o les
como la arc illa m odelables sean.
A cuyo pie sin v alla y sin obstáculo
las m u rallas am engüen,
se nivelen los pozos,
las colum nas se tru n q u en
y se ab ran de p ar en p ar los pórticos.
Que posea la copa de sus labios
el licor de la vida,
el viru s de la m uerte,
la m iel de la esperanza,
MERCEDES PINTO 55

las b eatas obleas del olvido,


y del divino am o r la s h o stia s sacras.
Que al erótico in flu jo de sus ojos
se em pañen los cristales,
la nieve se calcine,
se com bustione el seno
v irg in al de las selvas
y se em penache con a rd ie n te s ascuas
el corazón de la rebelde fém ina.
Que al ra y a r de su te sta ilu m in ad a
resb alen de las fre n te s
las m ás bellas coronas,
los láb aro s se b o rren ,
repliegue sus in sig n ias
la faz del e sta n d a rte
y vacilen los sím bolos ilu stres
sobre sus pedestales.
Yo quiero un vencedor de toda cosa,
dom ador de serp ien tes,
encendedor de astro s,
trasp o n ed o r <}e a b ism o s. . .
Y que ro m p a u n a cósm ica fo n ía
como el d erru m b e de u n a in m en sa to rre
con sus cien m il alm en as de cristales
quebrad o r en la bóveda in fin ita ,
cuando el g ra n vencedor doble y deponga
cabe m i p la n ta sus ro d illas ínclitas.

El deseo del am o r b ro ta en a rd o r de conquistadora,


que es el m ism o que h an experim entado casi todas las
m ujeres en sus p rim eros sueños de a m o r . .. ! ¡Ver a
n u estras p la n tas a un triu n fad o r, a un poderoso, a un
56 LAS POETISAS (l.er grupo;

gran d e en algo y por algo! M aría E ugenia lo expresa


así en sus m agníficos versos, pero no porque esta fue­
r a la exacta m edida am o ro sa de sus aspiraciones, sino
porque su in sp iració n le llevó a esta form a de expe-
sión, como o tras p o etisas h a n . coronado a su ilusión
de rosas, los h a n hecho lleg ar h a s ta ellas en barco de
plata, o los h an vestido de tro v ad o re s. . . ¡Y sin em bar­
go, no era esta ex actam en te la ju sta realid ad (Je sus
asp iracio n es. . .!
Pudo M aría E u g en ia sen tir, en verdad, el deseo de
un hom bre fu erte, v irilm e n te herm oso, que tu v iera al
m ism o tiem po luz suficiente en la m ente como p ara
poder a t r a e r l a . .. P ero, volvem os a rep etir, ¿lo encon­
tró? Y si lo halló, ¿en qué condiciones? M aría E ugenia
era joven, so ltera, de fam ilia d istin g u id a en la socie­
dad, de relig ió n a b s o r b e n te ... ¿pudo en estas circu n s­
tan cias escoger ella m ism a el objeto de sus p referen ­
cias? ¿qué im posibilidades, q-ué com prom isos a ta ría n
a su ideal? ¿E s libre la m u jer p ara tra z a rse el p o rv en ir
de su propia vida? P o r o tra parte, ¿ten ía M aría E uge­
nia v ulgaridad de esp íritu p ara ace p tar al prim ero que
se le ofreciese p o r esposo? O tra cosa m ás, ¿pueden
e n am o rar a u n a m u jer de la a ltu ra m o ral de M aría
E ugenia, hom brecitos vulgares, incom prensivos o que
tuviesen fa lta s e sp iritu ale s o p erso n ajes poco perdo­
nables por gustos depurados? Aún o tra cosa: ¿S erían
m uchos en aqu ella época los hom bres de buena p re­
sencia, de in telig en cia y de b u en a posición, que se acer­
caran , con m iras al m atrim o n io , a la escrito ra, a la
poetisa, cosas que aú n hoy asu sta n un poco a algunos
c a b a lle ro s .. . ?
E ntonces, no hay m ás rem edio que acu sar tam bién
MERCEDES PINTO 57

a la saciedad de- este o tro m otivo de la d esv en tu ra de


M aría E u g en ia Vaz F e rre ira . De no h a b e r pertenecida
a esa dorada sociedad, no h u b ie ra tenido que d eten er
los latidos de su corazón, que cu b rir las alas del deseo,
que o cu ltar las m ás lógicas sen sacio n es de la N a tu ra ­
leza, h a s ta deform arse y caer en el polvo del cam ino
como u na pobre ave m u e rta en la noche!
i Oh, si G regorio M arañ ó n hubiese conocido a M a­
r ía E ugenia! Si su soberbio libro científico “A m or y
C onciencia” h u b iera podido te n e r e n tre sus p ág in as la
egregia fig u ra de esta d esv en tu rad a v íctim a social! ¡No
lloréis, no, a M aría E u g en ia Vaz F e rre ira , sociedad que
la h a traicion ad o ! Como el Rey Boadbil bajo los m u ­
ro s de G ranada, llorem os todos n u e stra debilidad an te
su m iseria, por no h ab er co ntribuido con la sal de nues­
tro s cerebros a la lib eració n de la m ujer, de la e n re­
dosa m adeja de las preocupaciones so c ia le s. . .!
Y llega luego p a ra M aría E u g en ia la te rc era ofen­
sa de la sociedad. Todos lo s críticos están co ntestes en
a firm a r que p a ra M aría E u g en ia Vaz F e rre ira tra jo el
ocaso de su glo ria en vida, la ap arició n de otr$ estrella
fem en in a de p rim era m agnitud. L a escrito ra L uisa L ui­
si dice en un juicio sobre M aría E u g en ia Vaz F e rre ira
lo siguiente:
“M aría E u g en ia em pezó a ver dism inuido su re i­
no h a sta entonces ilim itado. P ero como su corazón era
noble y am plia su intelig en cia, ella m ism a reconoció
el ta len to de su nueva riv al; y no se desdeñó de procla­
m arlo. Donde em pieza el d ram a real de M aría Eugenia,
que no fué un m ezquino d ra m a de am or propio sino
un hondo dolor de a rte incom prendido, fué al co n sta­
ta r la te rrib le in ju sticia a rtístic a que desde la aparición
r>8 LAS l ’OKTISAS (l.ftr grupo)

de la poesía de D elm ira em pezaron a com eter los hom ­


bres. No sería digno del co m en tario elevado y sincero,
el dolor de u na m u jer pospuesta en sus éxitos sociales
por u n a rival m ás joven o m ás herm osa. Pero la ex­
tra ñ a desviación a rtís tic a que sufrieron los críticos, aun
bien intencionados, al ju zg ar la poesía fem enina de
acuerdo con ese tipo de poesía, que su rg ía y que a l­
canza e x tra o rd in a rio poder en D elm ira, no a causa del
elem ento sexual que en ella predom ina, sino precisa­
m ente ti pesar do 61, cosa que no supieron d iferen ciar
los críticos, ese tip o de poesía elevado a canon in tra n s-
gredíb'le, fué llen an d o le n tam e n te de ju stificad a a m a r­
g u ra el alm a a ltiv a y orgullosa de la poetisa. No era
solam ente la vanidad del a rtis ta pospuesto; era so­
bre todo el dolor del a r tis ta negado en sus m ás (taras
idealidades. No era la m u jer que san g rab a san g re del
alm a; por m ás que fu era también la m u jer que sa n ­
g rab a: era la a r tis ta aclam ad a única h a s ta entonces,
que v iera n eg ad a de p ronto, como Jesús, toda su o b ra” .
Pues b ie n ; tam poco esto le h u b iera ocurrido a M a­
ría E u g en ia de h ab er existido en un am b ien te m ás a m ­
plio, en o tra época m ás com prensiva. E stá muy bien
lo que dice L uisa Luisi de que la poesía de D elm ira a l­
canza e x tra o rd in a rio poder, ¡no a causa del elem ento
sexual que en ella predom ina! sino u p esar de él, pues­
to que se h a podidp co m probar — como cosa lógica,
adem ás — el fracaso ro tundo de o tras p oetisas que se
han deslizado por p endientes de m a terialism o sin po­
seer la g e n ia lid a d .. . P ero la sociedad m ascu lin a no lo
com prendió así, y pospusieron la delicada poesía de
M aría E u g en ia ¡no a n te o tra voz de g enialidad que so­
n aba en la a ltu ra ! sino sólo al ru m o r de la fiera carn al
MERCEDES PINTO B»

que le tra ía presa e n tre los d ie n te s ... La so­


ciedad es culpable tam b ién de esta tran sg resió n , p o r­
que hay cam po siem pre paira la lleg ad a de nuevos a s ­
tro s en el cielo espléndido del a rte , y los v erdaderos
valoree no pueden p erd erlo porque o tro s nuevos ap are z­
can en el m isino plano ¡más, sobre todo, siendo ta n d i­
feren te y m arcan d o cada uno rum bos ta n p articu la res
y personalísim os! El insecto de la m ediocridad devoró
poco a poco las raíces del árbol g ig an te. La horm iga
en tró , cegándola, en la d esafiad o ra pupila del águila!
¡Y el am biente la ahogó!
L a trag e d ia de M aría E u g en ia es como la de esos
fenóm enos de crecim iento, esos hom bres g ig a n tes que
son el espanto de las v iejas cam p esin as y la curiosidad
de los m uchach o s. . . ¿Se h a conocido alg ú n ser m ás
desventurado que el g ig a n te? N ada le viene bien; no
le sirven las m edidas com unes; su cabeza n ecesita som ­
b reros que no los hay en el pueblo; su pies precisan
h o rm as desm esuradas. Sus m anos, al ag itarse, cau­
san el pavor de los n iñ o s. . . ! Su cabeza, al elevarse por
encim a de los dem ás, distin g u e cosas que los otro s 1 1 0
pueden ver, y al no poder nadie d escu b rir lo que él ve,
piensan que el g ig a n te e stá loco y sueña visiones in ­
com prensibles . . . !
Y es porque m ie n tra s todas las g en tes contem plan
solam ente la luz de la lám p ara, el gigante, des­
cubre el polvo que se extiende sobre la p a n t a lla ...
M ientras el vulgo ad m ira el eleg an te m enaje de la casa,
el g ig an te ve el tejado viejo y ap u n talad o y a. . . y en
cam bio, en ta n to que el resto de los sereft ve con d is­
gusto que la lluvia h a hecho en los cam inos un b arro
negro, pegajoso y sucio, el g ig an te hunde las m anos
LiAS POETISAS (l.e r grupo)

en las esm erald as de los árb o les recién lavados, y ex­


tiende h acia las nubes b lan cas sus dedos que el rocío
h a podido a d o rn a r de b r il la n t e s ...!
¡Y esa fué la tra g e d ia de M aría E u g en ia Vaz Fe­
rre ira ! P e n sa r en g ig an te, s e n tir de u na m a n era g i­
gantesca, y e n c e rra rla en u n a ja u la de alo n d ra! T en ér
a la s p ara tra s p a s a r las m o n tañ as, y q u erer co rtárselas
con tije rilla s de b o r d a r ...! V en ir a la tie r r a con una
in telig en cia poderosa y te n e r la desg racia de n acer m u­
j e r . . . ! Y esto b a sta por sí solo p ara tra n s fo rm a r un
e sp íritu in ad ap tab le a las sinuosidades de las vidas pe­
queñas, c o n streñ id as en asp iracio n es lim itadas! Es su­
ficiente la in com prensión p ara h acer e sta lla r el cere­
bro de cristal del g ig a n te . . . !
H ace m uy poco tiem po, en esta m ism a trib u n a, mi
dilecto am igo y poeta, E m ilio Oribe, acu sab a de la en ­
ferm edad que agobiaba al sabio Dr. C arlos Vaz F e­
r re ira a los desengaños recibidos, a las lu ch as in ju stas,
a todo el m ezquino m a r de pasiones, de envidias, de
incom prensiones, que d u ra n te m ucho tiem po h ab ía ro ­
deado su vida c la ra de educador y de A p ó sto l. . . !
Yo, hoy tam bién, acuso a la sociedad de la terrib le
enferm edad y de la m u erte p re m a tu ra de M aría E uge­
nia! Cuando se es bueno, no se reciben con tra n q u ili­
dad las d ia trib a s. . . C uando se sien te la Inspiración
a le te a r en n u estro s labios, se a m a rg a n las p alab ras con
la ceniza de la envidia a j e n a . . . C uando el genio nos
le v a n ta los hom bros h a s ta sen tirn o s capaces de em pa­
p arn o s la fre n te de divinidad, nos puede d e sg a rra r las
a la s el tocam ien to im pío del m ezquino c e n s o r .. . ! y es
entonces cuando se escriben versos como estos:
MERCEDES PINTO 61

LA RIMA VACUA

G rito de sapo
lleg a h a s ta m í de las n o c tu rn a s c h a r c a s . . .
la tie r ra está b o rro sa y las e stre lla s
m e h a n vuelto las espaldas.
G rito de sapo, m ueca
de la arm o n ía, sin tono, sin eco,
llega h a s ta m í de la s n o c tu rn a s c h a r c a s ...
L a vaciedad de m i p rofundo h a stío
rim a con él el dúo de la n ad a.

¡La tie r r a e stá bo rro sa! E s decir que la tie rra ,


que tam bién im porta, se h a colocado en un lejan o se­
gundo té rm in o . . . ! L as e strellas, es decir, lo superior,
el soplo in tan g ib le, el fecu n d an te ray o de la g racia,
está oculto por entero, ¡le h a n v u elto la s espaldas! Y
sólo persiste, in siste n te y m onótono, el g rito perverso,
el negativo g rito de la s c h a r c a s . . . !

¡Sociedad m ezquina que la desconociste! ¡R eligión


fría que no la aco g iste; M aría E u g en ia m uere, de
a.mor! ¡Dicen que e ra católica! ¿D ónde está la te r ­
n u ra de u n a relig ió n sen tid a en su poesía deso­
lada? ¡Su religión, com o to d a su d esv en tu rad a actu a­
ción social, era un producto m ás de las a lta s esferas a
que p e r te n e c ía ...! ¡P ero su corazón se s e n tía ajen o a
u n a llam arad a que no le dió calor! E lla deseaba am or
y al no en co n trarlo como lo soñó, cayó en u n a
trág ica a n g u stia que la llevó de la m ano h a sta
el f i n . . . Ese orgullo de que h ab lan los críticos, lo h u ­
b iera quebran tad o M aría E u g en ia an te el hallazgo de
<52 LAS POETISAS (l.e r grupo)

su ilusión, como lo dice en form a m a g istral en estos


versos:
HOLOCAUSTO

Q u eb ran taré en tu h o n ra mi v ieja rebeldía


si sabe com batirm e la ciencia de tu m ano,
si tie n e s la g ran d eza de un tem plo soberano
o fren d aré mi san g re por tu id o latría.
N a u fra g a rá en tu s brazos la p rep o ten cia m ía
si tien es la p ro fu n d a fruición del océano
y si sabes el ritm o de un canto sobrehum ano
sile n c ia rá n m is a rp a s su e te rn a m elodía.
Me volveré p alom a si tu soberbia sien te
la g a rra v encedora del ág u ila poten te;
si sabes ser fecundo seré tu floración,
y b ro ta ré u n a selv a de cósm icas e n tra ñ as,
cuyas salv ajes fro n d as ro m án tica s y h u ra ñ a s
c o n q u istará tu im perio si sabes ser león-

y en otros versos, titu lad o s “S e re n a ta ” , la poetisa se


sien te m ás dulcem ente am o ro sa que nunca, y con su a­
vidad de sedería dice así:

SERENATA

Te g u sta que esté a tu lado,


te g u sta m i can to alado
aunq u e tú no me lo digas, m i am o r;
eres triste p ereg rin o
am as la glo ria del trin o
y yo soy un ru iseñ o r. . .
L a m ism a fuente m u rm u ra
MERCEDES PINTO 63

tu v e n tu ra y m i v e n tu ra
aun q u e tú no m e lo digas, mi bien;
y aunque no m e digan n ad a
ni tu voz ni tu m irad a,
todo tú m e dice: “ ¡V en !”
A lguna ce rc a n a noche
o a lg u n a noche le ja n a
ro m p erá m i pico el broche
secreto de tu v en tan a,
y con las a la s te n d id as
p ara re m o n ta rte en ellas
llevaré n u e stra s dos vidas
a fu n d irse en la s estrellas.
V erás qué dulce fu lg o r
aunque tú no m e lo digas, m i am o r;

E sto s versos no tien en la in fin ita a n g u stia de “B a­


lada de un escéptico” o de o tro s v erso s suyos llenos de
desolación. Son juveniles, g ráciles, y hacen p en sar en
un corazón cálido, reb o san te de p ierna so lic itu d . . .
Lo m ism o que lo® versos, su v id a. . .
R eía de un modo im petuoso. .. T en ía u n a aleg ría
desbordante, dicen de ella los que la conocieron en su
p rim era ju v e n tu d . . . D ecía frases a m a rg a s . . . G ustaba
de h ace r b u rlas san g rien tas, — cu en tan algunos que la
tra ta ro n en la m a d u re z . . . Y siem pre, en todas las épo­
cas su corazón lleno de sinceridades, de lealtades, de
a m is ta d e s !. . .
N iña empezó su ru ta con el* pie h acia sag rad as a s­
piraciones . . .
M ujer que llegaste al puerto de la a m arg u ra con
64 LAS POETISAS (l.er grupo)

el ro stro m ojado de lág rim as y la fren te tocada de res­


p lan d o r. . .
Corazón poeta que rasg ab as la noche con tu voz, y
pudiste qued ar como u n a e strella viva en el canto es­
te la r de tu p a t r i a . .. y aún m ás a llá . ..
Yo te saludo rev eren te como a un esp íritu de se­
lección, que recogió las voces de los caracoles de n ácar,
y el rum or de aco m p añ am ien to que em ite el buche de
las palom as, y con estos m urm ullos fo rm aste el en g a r­
ce de tu lírica pura, como si hecha estu v iera de la pla­
ta de las m o n tañ as lav ad as por el go lp ear perenne del
río . . .
F ino esp íritu de M aría E ugenia, cuando yo llegué
a tu país, descansabas ya bajo la verde g ram illa del ce­
m e n terio . . . Tú no m e am aste porque tus ojos nunca
pudieron fijarse en los m íos. . . P ero yo te adm iré en tu
genio sin par, y su frí tu dolor de m ujer y de triu n fad o ­
ra, y por eso les digo a los que no te com prendieron,
que llo ren tu pena, y a los que te am aro n , que no te
glorifiquen sólo en el recuerdo p restán d o se a fo rm ar
en filas u n íso n as por sobre la tie rra d u ra de fria ld a ­
des y de inco m p ren sio n es; sino que en nom bre de Ma­
ría E u g en ia y por su obra gloriosa, ro m p an lig ad u ras,
e n tie rre n prejuicios, pulvericen opresiones m a len te n d i­
das, y cum plan el designio que d a a los seres alas de
án g eles:
El an helo de v o lar y vo lar
cada vez h acia rum bos m ás a lto s ! . . .

H e term inado. *

Mercedes Pinto»
Las p o e tis a s
( 2 . 0 grupo )
M.a Carmen I. B. de Muñoz Ximénez,
Esther Parodi Uriarte, Sofía Arzarello
de Fontana, Alicia Porro Freire, Ofelia
Calo Berro, Layly Daverio de Bonavita,
Ana María de Foronda, María Adela Bo­
navita, Esther de Cáceres, Edgarda Ca-
denazzi y Clotilde Luisi de Podestá

Por

Giselda Welker
Las poetisas
(2.° grupo)

El eclecticism o es la condición p rim ordial en un


crítico. Toda crítica ap asio n ad a deja de m erecer el
nom bre de crítica desde oí m om ento en que su autor,
al colocarse exclusivam ente en un determ in ad o punto
de vista, m ás cjue una crítica serena, inicia una co n ­
dena o un ditiram bo. Alguien ha dicho, no sin razón,
que la condición esencial de un crítico e strib a en saber
colocarse en el estado de ánim o o en el punto de p a r­
tida intelectual de cada uno de los* au to re s que él de-
bará tra ta r, aunque sin a b an d o n a r bu propio credo es­
tético. El m ás sano eclecticism o es aquel que sabe des­
e n tra ñ a r la m ejor parte de lo que, siendo bueno, pue­
de e sta r en conflicto form al o esencial con el canon
artístico del que com enta; pero 1 1 0 , como m uchos creen,
es eclecticism o el en c o n tra r todo bueno de lo que In­
tegre determ in ad a ten d en cia o v arias a la vez. K\ ver­
dadero crítico delx» saber e x tra e r lo bueno de lo bue­
no, aunque ello esté, repito, en contradicción con su
estética y no por esto d ejar de reconocerlo. No sin di­
ficultad tra té de em paparm e en este concepto, al r e ­
cibir de la (-omisión Nacional del C entenario la h o n ­
rosa designación p ara tr a ta r el tem a que hoy me ocu­
pa. Lo que entonces me propuse, he tratad o de llevarlo
6 LAS POETISAS (2.’ grupo)

a cabo al escrib ir mi conferencia, y si hago esta acla­


ración previa, ello es debido a que deseo que los que
me escuchan en tre n con m i m ism o esp íritu a explo­
ra r esta p a rte de la fra g a n te com arca que es la poesía
fem enina del U ruguay. No se tr a ta de exponer m i c ri­
terio personal e íntim o, que ello no te n d ría in terés
m ás que p a ra m í; sino de m o stra r a los ojos de la g en ­
te de esp íritu culto, sensible e in q u ieto a n te las m a n i­
festaciones de la Belleza, u n núcleo de fisonom ías li­
te ra ria s fem e n in as de n u estro país, y de las cuales a l­
g u n as son poco conocidas fu era de los reducidos ce­
náculos literario s, fam iliares o sociales donde actú an .
E n ellas tend rem o s ocasión de co n tem p lar los m ás b ru s­
cos co n trastes, las m ás d istin ta s coloraciones, las m ás
div erg en tes sensibilidades, anim adas, no obstante, por
un solo m óvil: la inconm ovible y e te rn a belleza que a
tra v é s de los siglos h a venido rodando como lluvia de
d esg ran ad as p erlas sobre los labios privilegiados por
el don del canto. L a Belleza, el placer estético, el a fi­
n am ien to sensitivo, que como d ijera n u estro g ran poe­
ta E m ilio Oribe, en su co n feren cia sobre D elm ira A gus­
tin i, no es de h om bre n i de m ujer, sino de la Belleza.
A tra v é s del deslucido vidrio de m is p alabras, tr a ta r é
de h a c e r b rilla r los exquisitos lirism os, las cualidades
sorprendentes, la s e x tra ñ a s an g u stias, los inesperados
júbilos, las visiones tra n s p a re n te s que in te g ra n las r e a ­
lizaciones y la s ideas de estas fin a s y g en iales m ujeres,
h o n ra de n u e stra s le tras, acaso las m ás ricas del m u n ­
do en buena producción poética fem enina. Y aunque
he tra ta d o de lo g rar d ifere n ciar bien sus valores, m u ­
cho tem o que ta n ta s y ta n ricas variacio n es e sp iritu a­
les no en cu en tren en mi expresión sino un eco m ono-
OI8KLDA WELKER

corde e incapaz de tra s m itir las so n o ras vibraciones


de su significación poética.
*#*
1900. Los p rim ero s lu stro s del siglo que com ien­
za tra e n consigo los m ás fu n d am e n tales cam bio* en
la lite ra tu ra y poesía in te rn a c io n a le s; esto sin m en ­
cio n ar la s a rte s p lásticas y la m úsica, que sufren es­
trem ecim iento s causante» de cam bios de aspecto ta n
rad icales como los que las fu erzas te lú rica s a veces
ocasionan en la superficie de la tie rra , por cósm ico ca­
pricho. L a hu m an id ad p e n sa n te se ve acom etida por
la m ás afie b rad a inquietud por ver alg o nuevo, afán
sintom ático de superclvllización y h a s ta de decadencia,
en cierto s casos en que la sen sib ilid ad e stá ab so lu ta­
m ente hiperestesiad a. E s así cóm o vem os acoger con
adoración fetich ista todo lo que p re se n ta un sello de
novedad sin que sobre la calidad se h ag an distingos, y
por un m om ento, felizm ente breve en la h isto ria lite ­
ra ria m undial, todo se ve trasp u esto , envuelto, confun­
dido en el torbellino. Como en to d as las g ran d es reac­
ciones, se toca ta n p ro n to el lím ite de lo exquisito co­
mo de lo grotesco. P ero de m ás e stá decir que estos
bruscos cam bios, este gen eral ato lo n d ram ien to , este
uesorden, h an gestado el nuevo orden, en el que están
floreciendo to d as la s ju v en tu d es lite ra ria s del mundo.
A todo esto, parece com o si el esp íritu fem enino se
e n c o n tra ra au sen te de la brega y no sin tie ra la general
conm oción, refugiándose en un rom anticism o ya pre­
térito , o en un post-sim bolism o que muy pro n to habría
de serlo. F ran cia, cuna de todas las revoluciones in te ­
lectuales, que acaba de e n a m o ra r a sus poetas con el
esbelto m onstru o de acero que es a n te n a de París, ape*
s I.AH l’OKTISAS 12.'' Ki' iipo)

lias si puede m o stra r en sus falan g es poéticas a una


('ondosa de Noallles, tím id am en te m oderna y tím id a­
m ente p ag an a; tím id am en te poeta y tím id am en te m u­
jer, u n a Rosem onde (3érard R ostand, am pulosa y re­
tórica, a una H elene V acarescu, por o tra p arte ru m a­
na, lírica y fina, pero sin inquietud. NI siq u iera una
sola de ellas sufre la benéfica influencia renovadora
del medio en que actúa. En las a rte s p lásticas pasa lo
co n trario , y ya vemos al lado de A,pollinaIre y de Ooe-
lejui, de Picasso y Ju an (Iris, de Satie y de S traw insky,
d e sp u n ta r el ta len to fenom enal de una M arle L auren-
cin o de una Iren e Lagut. Italia, s a lta rln a en so rp resas
d esco n certan tes; p roductora del m ás legítim o fu tu ris­
mo, no sale de la g lo ria de una Ada Negri ex u ltan te y
revolucionarla, cuya benéfica influencia se ha hecho
s e n tir m ás e n tre las m u jeres intelectu ales de otro s paí­
ses. Italia, que a veces nos da tem p eram en to s poéticos
in teresan te s, como A m alla O ugllelm inetti, pero que se
en cu en tran envueltos en los ab ru m ad o res oropeles p a r­
n asian o s y pedantesco», que q u itan todo valor de ac­
tualidad a esa d a s e de poesía. I>e las m u jeres de E s­
p añ a nada sabem os, a no ser como novelistas, e n sa ­
yistas, etc. Siem pre la nueva m usa poética calla a sus
h ija s y nos b a sta rá ech ar una ráp id a ojeada h acia to ­
das las dem ás n acio n es europeas que no tienen habla
la tin a, p ara ver que están en la m ism a situación — si
no en peor - que sus h erm a n as de la tin a raza. El m o­
m ento parece reservado a A m érica; a Sudam érica. Y
una de las p rim eras m an ifestacio n es del esp íritu n u e­
vo, a la vez clásico y m oderno, inquieto sólo an te el
pleno logro de lo bello, en u n a m u jer poeta, se m uestra
al m undo en M aría E u g en ia Vaz F e rre ira y en D elm ira
(iISWM)A WKLKKK

A gustini, verdaderos m ilag ro s de la Idea y dol liris-


mo. M aría E u g en ia y D elm ira, sin proponérselo, sin
Haber de m odernism os, lian Rido las p rim eras poetisas
m odernas de A m érica, tal vez del m undo, y las p recu r­
so ras directas de la actu al poesía u ru g u ay a fem enina,
así como la poesía m ascu lin a puede eno rg u llecerse de
haber tenido como an tep asad o finísim o a Ju lio H e­
rre ra y Uelssig. M aría E u g en ia Vaz F e rre ira y D elm ira
A gustini, casi por el m ilagro de sus subjetivos tem p e­
ram entos, hicieron poesía nueva y o rig in al, ín tim a y
desnuda, cuando todos libaban en los sobredorados cá­
lices exornados de falsas p ed rerías de la decadencia
fran cesa: buen experim en to p ara los que de tan in to ­
xicante influencia so libraron a tiem po, pero fu n esta
para m uchos que hicieron de ella la única razón de su
poesía. Abuso probablem ente del vocablo “m oderno"
para desig n ar la actual poesía. Deseo que esto se en ­
tienda exclusivam ente on el sentido casi cronológico
con el quo se debe d esig n ar a la poesía actual. Todos
sabem os que no se puede h a b la r de m oderno ni de a n ­
tiguo, sino de bueno y de m alo, sobre todo hablando
de literatu ra. Decía Jean Coeteau que al decir “n o s­
otros, los m o dernos” , caíam os en el m ism o ridículo de
los personajes de una opereta cuya acción se d esarro ­
llaba en el m edioevo y que decían de sí m ism os “nos­
otros, los caballeros de la edad m edia” lís exacto y
estoy com pletam ente, de acuerdo con el ingenioso au ­
tor de “Le rappel a l’o rd re ”. P ero de algún modo hay
que designar, y el térm in o “a c tu a l” m ás am plio en su
sentido crítico, no lo es ta n to en el cronológico, ya que
sería difícil h acer caber en él un período de treln tii
años de vida literaria. En la A rgentina, la deliciosa
III I.AH l'OIOTIHAH V¿.'> grupo)

A lfonsina S torni, c a p a / de todo» Ioh maticen, desde Ioh


tníls audaces y frívolon, h asta Ioh m ás hondos y con­
tem plativos, hace hii obra fin a y verBáUl Hln verse
Igualada por n in g u n a de huh com jm triotas. Tan hóIo
hace poco t lempo, hemoH conocido otro ln teren an tto l­
mo tem p cram en lo poético fem enino de la A rgentina,
en tre Ioh com ponentes del desaparecido grupo de "M ar­
tín F ie rro ”. Ella es N ora Imnge. Jín Chile, G abriela
M lntral, yergue hu ásp e ra cruz Hobre Ioh plcachoB de
hii cordillera, m acerando hu pecho y e n san g ren tan d o
huh manoH en el a m o r doloroso y en la religión, que en
esta alm a to rtu ra d a He vuelve caHl cruel. El am arg o
deleite del cilicio, a rra n c a de huh carn ea gritón casi ex ­
tra-h u m an oa, y la dulzura deHolada de Ioh jiIííoh d es­
validos, pon»! en las m anos piadosas de esta m ujer ro-
HarloH vivos hech o s de lágrlm an y de caricias En
hii país, i;omo en el n u estro , m uilhas o tras m ujeres
tam bién escriben con ta len to y valor. Pero destácase
siem pre en tre (días, con no alcan zad a altu ra , el nom bre
de la g ran G abriela. De todos los dem ás p a Í H e s de C en­
tro y Sudam érlca, non llega el eco de voces fem eninas,
fuertes y del litadas, estrem ecidas por los épicos ritm os
revolucionarios o por los angélicos órgano# del m isti­
cismo, En o tra de las g ran d es naciones herm an as, vi­
bra (tomo una llam a sin cenar consum ida y renovada
por el a rd o r amoroHo, una m agnífica figura di* m ujer:
la b rasileñ a G llka M achado; a su lado, como polo opues­
to, destácase el subjetivo y cerebral co ntorno p o é tic o
de Cecilia M eirelles, sin n o m b rar a Infinidad de o tras
finas e In q u ietan tes poetisas que ornan como una flor
más, los exu b eran tes p aisajes del b rasil. Y en el U ru­
guay, m ás que en n in g u n a de las o tras naciones de
OISELDA WELKER 11

América, florece la poesía fem enina con brío y firmeza,


inquieta y distinta entre sí. Juana de Ibarbourou, Ma­
ría Elena Muñoz, Sarah Bollo, Luisa Luisi, Ofelia Ben-
venuto, nombres que hubiera querido consignar en mí
crónica, pero que ya han sido confiados al an álisis
mejor y m ás capaz de otros conferencistas. Todos ellos
nombres admirados; m ás o m enos conocidos; más o
m enos ilustres, pero igualm ente interesantes para el
analista .am ante de todas las m anifestaciones de be­
lleza. A otro m otivo muy lam entable obedece la exclu­
sión de un nombre de mujer hacia el que todos sen ti­
mos igual adm iración: Raquel Sáenz. La em otiva au­
tora de “La almohada de los sueños”, ha m anifestado
a la Comisión su firme deseo de no ser nombrada en
las conferencias que se vienen desarrollando. Esta in­
explicable m odestia es lo que me obliga a no incluirla
en mi crónica y es realm ente con pesar que así lo hago.
Queda, pues, satisfecho el injustificable deseo de esta
poetisa.
***

Como creo ya haber dicho antes, la fuente dft casi


todas las diversas tendencias de la poesía fem enina
uruguaya, son las dos rutas trazadas por María Eugenia
Vaz Ferreira y por Delmira Agustini. Una de las pocas
poetisas uruguayas que en este sentido constituye una
excepción, es la señora María Carmen Izcua Barbat de
Muñoz Xim enes. Esta amorosa y tierna criatura a l­
canza su más alta expresión al abordar el tema, hasta
ahora desconocido en la poesía hispanoamericana, a
no ser en las canciones de cuna de Gabriela Mistral: el
de la maternidad. Pero la maternidad colmada de cas­
tos júbilos y de dulcísim os sueños al acariciar las blon­
12 LAS POETISAS (2." grupo)

das o m orenas cabecitas de sus niños, es, con el sen ­


tido hogareñ o y feliz que le da esta poetisa a su lí­
rico am or de m adre, muy d istin to de los d esg arrad o res
acen to s que im prim e a su poesía m a tern al la dolorosa
^ G abriela. E n G abriela M istral es, por encim a de todo,
la m ujer la que clam a su am or y su dolor a trav é s de
las siem pre m elancólicas canciones con que a rru lla al
h ijo ; la m ujer que, a trav é s de las c la ra s pupilas de su
niño, ve siem pre, como obsesora im agen, la to rv a o
a c a ricia n te m irad a del hom bre que un día d estilara
la dicha y la a m a rg u ra en su cáliz de barro. E n M aría
C arm en, no; ella es la m adre por excelencia, la m adre
feliz y despreocupada, la que por la dicha inm ensa de
su cosecha de án g eles vivos, casi llega a olvidar al com ­
p añero am an te, en sus cán tico s de am o r m a tern al. Oi­
gam os lo que de ella dice G abriela M istral en in telig en ­
te y sin tético a n álisis: “Poesía fresca, de p u ra salud,
que se a p ro x im a en excelencia a la de la g ran Ju an a,
hoy m a estra de todas. E sp o n tan eid ad gozosa y que pone
gozo en el lector. U na te rn u ra inacabable a trav é s de
todo el libro. La “m a d re” aso m ad a a la lite ra tu ra , su­
ceso h a sta hace poco escaso en n u estras tierras. Y una
bondad que circula por la poesía e n te ra como una ab u n ­
dante agua de rieg o ”. E ste concepto de la g ran poetisa
de A m érica que es G abriela, b a sta ría p ara rev elarn o s
la personalid ad poética de M aría C arm en Izcua de Mu­
ñoz, si él no a b a rc a ra m ás que uno solo de los aspec­
tos de ésta., ya que su au to ra, dotada de u na noble y
gran d e inquietud lite ra ria , aunque siem pre co n serv an ­
do su inconfundible p ersonalidad de m adre, h a ab o r­
dado con éxito otros tem as que exam inarem os en su
debido m om ento. Desde muy joven, M aría C arm en
M S K U U WKl.KKK

Izcua de Muño* se reveló cultora de la poesía. Pero


es después de haber sentido en sus entrañas el doloroso
júbilo de la maternidad, cuando esta mujer vibrante y
pletórica de vida encuentra y da forma concreta a su
ritmo interior y se hace más sonoro su canto. En 15)1 !>
publica “Fábulas”, libro que alcanzó muy poca difu­
sión debido a que inm ediatam ente a su publicación fué
adquirido en la casi totalidad de sus volúm enes por el
Consejo de Enseñanza, para las bibliotecas escolares.
Componen este volumen un puñado de fábulas a la
manera de La Fon tai ne, Sam aniego. Iriarte, Hartzen-
buch y otros cultores de este género. Este volumen,
primorosamente ilustrado por ltadaelli, está lleno de
la ingenua gracia propia de la buena fábula y de la
sana enseñanza que se desprende de sus fantásticas y
'entretenidas moralejas. Sólo un gran conocim iento del
alma infantil puede haber dictado estas com posiciones
tan llenas de frescura, destinadas a arrancar risas y
reflexiones a los tiernos lectores de sus páginas- Con­
viene aquí destacar el hecho de que María Carmen
Izcua de Muñoz es la primera mujer que en babla cas­
tellana haya escrito fábulas, habiéndose siempre en­
contrado este género literario entre manos mascu­
linas. En 15)22 reúne las poesías dispersas que había
escrito desde hacía tiempo, y las publica en un volu­
men titulado "Alma”, agotado rápidamente como el an­
terior. Pero su verdadero éxito, su consagración defi­
nitiva, se realiza al publicar, en 1í>2í*. su libro ''Frutal".
En él se define y se exalta su personalidad de madre y
es en el desborde de su rica savia en frutos nunca sofia-
dos, que el lirismo de María Carimm expresa hu amor
hacia todas las cosos, hacia todos los «eres animados
14 LAS POETISAS (2.’ grupo)

y estáticos, pues ella, en su ardiente frenesí materno,


quisiera trasm itir su dicha a todo lo existente y saturar
su carne con todas las dulzuras de los zumos frutales
para brindarse, henchida de m ieles, al hijo ávido de
las caricias de su madre am orosísim a. Uno de los poe­
mas incluidos en este volumen, “Gallinita negra”, ha
alcanzado tanta repercusión, que en una edición chile­
na de las “Cien mejores poesías líricas de la lengua
castellana” fué incluido entre éstas sin que siquiera su
autora lo supiese. No todo es el tono maternal en este
libro, sino que una parte de él está reservada a poesía
de un tono más moderno, de esencia panteísta, que a
veces presenta contactos con la poesía deificadora de
toda cosa de Juana de Ibarbourou en su primer período.
De esta parte, muchos poemas han obtenido gran di­
vulgación en Sudamérica. Varias de ellos fueron can­
tados no hace m ucho tiem po por los alum nos de la E s­
cuela Salomé Ureña en Santo Domingo, con motivo de
la celebración del día del árbol. En “Frutal” también
publica esta poetisa versos de corte e idea vanguardis­
ta en los que se hace presente la inquietud de su cere­
bro ante los vitales problemas de la actual literatura.
Todos sabemos que trabazón significan para la libre
expansión del pensam iento los m últiples cuidados do­
m ésticos que requiere una numerosa fanjilia. Sobre es­
tos inconvenientes, exagerados, sin duda, por la que es
am antísim a madre y esposa, ha sabido triunfar María
Carmen Izcua de Muñoz y ha logrado construir su mo­
rada interior entre el fárrago cotidiano y las mil pe­
queñas preocupaciones que son la verdadera tragedia
ae un alma que desearía estar libre de todo terreno cui­
dado para lograr la completa liberación espiritual. Es
(IIHIüUlA WICliKIflll ir>

dob le, pito», hu mérito. En D iciem bre de publica


"A n ten a íl<* P ájaro s", volum en que, c o m o e l l a a f i r m a
e n el prólogo, r e ú n e en v o l u n t a r l a h e t e r o g e n e i d a d , m u -
cliaH t e n d e n c l u » . "lie* In ten tad o e x t e r i o r i z a r en "A n te­
n a de P ájaro»" tul a l m a m u l t i f o r m e " , d i ce on ol iiiIh-
rrto p ró l og o . V a s í vento» p u s a r a n t e nuoHtroH ojo» la»
(ilHtlutaH f a c e t a » del prlHtna, hIii (|ue n in g u n a cl«» olla»
<1e»luzea. al lado de l a a n t e r i o r . Y oa»i Hln IraiiHloIón,
aHlHtltnoH al doHpllegue do t o d a » oHtas alan de col oro»
qu« non huh poemaH; HontlmentaloH, iiiíhUcoh, l'IIoHÓfl-
coh, m o d e r n o » , y Ioh quo n o p o d í a n f a l t a r en un li bro
de M aría ( ' . a r m e n : Ioh n i a t c r n u l c » . En huh página» h a ­
llam os má» m a d u r e z . y má» t rlHteza. No parecí! la m is­
ma, la quo Imce cu atro atloH ho d e c í a : " l o c a de p o l l i ­
to» d e b a j o dol ala" y a h o r a e x c l a m a : ' ' I ’anó la Juven­
tud, don de coHochaH". P a ra d a r una. i d e a do laH fu ti -
damonitale» IraiiHformaclotioH do o»t,o e s p í r i t u , lio aquí
prim ero un poem a do " F r u t a l " y otro do "A n ten a de
pájaro»".

V Jt U T A h

MI» dedo» Be perfum an con m anojo» de fresas —■


y mi» lab Ioh ho em b riag an en un zumo frutal - obutl-
nada y golosa he llegado a la h uerto - a ju n ta r pi­
fia» m oran bajo el fresco pinar. (ion m edalla» de
alm endra» emnaltó un aderezo - e hice rublu» pulwo-
ram de erlHital de a ra z á ; me he perdido on la Honda
de ciruelo» berm ejos —- y he cortado racimo» por el
viejo p arral. Y luego en el em brujo de Inmenso»
cocotero» - - escanciando en un coco el novado licor
— he besado a mi» hijos - quo lo» traig o muy prle-
16 LAS POETISAS (2.* grupo)

tos — en sus caras redondas de m an zan a en sazón.—


Y a¿sí, plena y colm ada, acosada de m ieles — con m is
fru to s de carn e me he tendido a so ñ ar — soy la r a ­
m a opulenta que da an g u stia a Ceres — y en m is la ­
bios de nuevo vive el zumo fru tal.

SE FU E LA JUVENTUD

Se fué la ju v entud — y estoy llorando con los ojos


— alarg ad o s — sedientos como ta llo s — h acia la nube
h erm ética — y a v a ra — que se lleva el teso ro — de
la lluvia — deján d o lo s m orir. — H acia el divino y am ­
plio — m eteoro — que volcó fugitivo — en tre las m a­
nos — sus latid o s de luz — escurriéndose locos —
por los dedos — a m a n era de g otas — c rista lin a s —
suprem as e im posibles. — Se fué la juventud — don de
cosechas — don de frescas m a n zan as — pulidas y r e ­
dondas. — D estrenzo m is cabellos — de ceniza — vuel­
tos trem en d a — y cálida iro n ía — y son un sar.ce vivo
— llorando — con los brazos desgajados — y los ojos
— sedientos como tallos.
M aría C arm en a h o ra está m uda de dolor por la
trág ica desap arició n de u na de sus hijas. La M uerte
h a jugado u na m ala p artid a a esta ad o rad o ra de la
vida. ¿C uánto tiem po callará? ¿Acaso el dolor a b rirá
nuevos h orizo n tes a su ex presión poética? El tiem po
con sus bálsam os nos d irá del m ilagro.
*#*
U na de las p rim eras p oetisas u ruguayas que pu­
blicaron libros, es E sth e r P aro d i U riarte, quien, casi
co n tem p o rán eam en te a D elm ira A gustini, publicó su
libro de poesías titu lad o “Oro v iejo”. Es este un li­
GISELDA WEL.KEK 17

bro juvenil y sentimental, de un' alma exaltada en la


gracia y en la ilusión que dan los pocos años puros e
inexpertos. Libro acusador, no obstante, de un tempe­
ramento definido y audaz, prometedor de una obra fe­
cunda y equilibrada, que desgraciadamente, de enton­
ces acá, su autora ha producido tan sólo para la pro­
pia expansión de su espíritu, publicando solamente al­
gunos poemas en revistas y periódicos y que no han
sido reunidos en volumen. Tal como en “Oro viejo”,
sus actuales poemas conservan un sabor de puro ro­
manticismo, siendo el soneto la forma favorita en que
Esther Parodi Uñarte, vierte sus delicados conceptos.
Voluntariamente alejada de toda tendencia moderna
formal, sin embargo, casi sin ella saberlo, se ha re­
novado en concepto sin variar de forma, y es así como
la vemos a través del tiempo afirmarse hacia lo más
profundo, y unir sus sensaciones, en cósmico anhelo,
a las manifestaciones de la naturaleza sobre la oscura
tierra. Uno de sus últimos poemas, soneto también, es
este:
RENOVACION
Esta primavera correrá en mis venas — una nue­
va savia. Y he de retoñar — en un mazo fuerte de es­
pigas morenas — que en grano armonioso consiga es­
tallar. — Al beso fecundo de las lunas llenas — la nue­
va simiente ha de germinar — en un mazo fuerte de
espigas morenas — para el pan moreno que has de
elaborar. — Al viento los brazos, como dos banderas,
— con los pies hundidos en las sementeras — veré
muchos soles que me tostarán — y caerá la espiga al
peso del grano — que ha de hacerse polvo si crispas
la mano — y si lo acaricias ha de hacerse pan.
IX LAS POIOTISAS (2.v grupo»

E n cu en tro fin él m ás concepto, m ás depuración


que en los an terio res. Más síntesis, es decir, m ás ex­
presividad. Saber d ecir m enos es sab er ex p resar m ás.
P ero como p ru eb a de lo que ya e ra fu erte y personal,
on su p rim er libro, he aq u í este poem a, publicado en
1911, en “Oro viejo ” :

LA CICATRIZ

Ese rictu s e x tra ñ o que co n trae tu cara --- y que


p resta a tu vida honda desolación — es un cruel la ­
tig azo que su h u ella d ejara — p a ra m o stra rse a todos
com o u n a m aldición. P o r eso h as ag o tad o todas
tus rebeldías — no quisiste ser pródiga de co n m isera­
ción — sim plem ente rodaron las (tosas y los días —
no te m ag n ificaste en piadoso perdón. — P a ra todos
h u ra ñ a , fuiste conm igo buena —- yo descubrí en tu s
ojos hum ildad n a z a re n a y com p artí tu a n g u stia pa­
ra h ace rte feliz. Te asom aste a mi vida como a un raro
paisaje y volviste su frien te de tu p ereg rin aje —
porque h allaste en mi h o n d u ra tu m ism a cicatriz.
Es de esp erar que E sth e r P aro d i U ria rte se de­
cida a publicar en un volum en lo m ejor de lo que en
esto s diez y nueve añ o s h a escrito en los ra to s de ocio
que le dejaban las ta re a s perio d ísticas y oficinescas
a que ha estado m ay o rm en te dedicada.
## *•
E n 1923 publica su p rim er libro “Oro y S om bra”
la se ñ o ra Sofía A rzarello de F o n tan a . E s un libro ex­
tra ñ o y desco n certan te, rev elad o r de una o rig in al p er­
sonalidad, pues se m ezclan en sus tonos in terio res,
ta n to como en el sugestivo título, resp lan d o res áureos
OISKI jDA w k l k k k 1!)

y oscuridades nocturnas. Logra brillantes efectos, si


bien a veces empañados por la excesiva preocupación
por la forma, que no logra, a fuerza de artificial, al­
gunas veces, la rutilante perfección deseada; defecti-
11o éste que, estoy segura habrá desaparecido en la ac­
tual producción literaria de esta interesante poetisa,
pues es algo sólo proveniente de cierta falta de ma­
durez, que unos años de práctica, cuando no unos m e­
ses, bastan para cancelar.
***
O tra joven poetisa que h a publicado b a sta n te en
corto plazo de tiem po, es A licia P o rro F reire, quien,
en 11)26, inicia la serie de sus libros poéticos con “S a­
via n u ev a’’, libro de un can d o r y u n a te rn u ra v irg in a ­
les y am orosos. Viene luego, en 11)28, otro libro de
versas, “ P o len ” , seguido a co rta d ista n cia por un li­
bro de prosa “E v a ” , en que su a u to ra se revela pro­
sista hábil. T an to " P o le n ” como “Savia n u ev a” son li­
bros de am or hum ano y sereno. Sin so b resalto s cere­
brales ni Inquietudes lite ra ria s, esta n iñ a escribe co­
mo piensa, como am a, como resp ira.
«#•
U na poetisa que no podem os olvidar como com pa­
trio ta, aunque h ab itu alm en te h a b ita en Buenos Aires,
y allí publicó su p rim er libro, es O felia Calo P erro. Su
prim er volum en de poesías, “El árbol jo v en ”, fuó pu­
blicado en B uenos Aires, en 11)24, y es una revelación
de buen gusto y de superioridad esp iritu al. Es un libro
de pura aristo cracia - - la del espíritu, desde luego —
elevado hacia u na concepción exquisita del sen tir, ya
sea del am or, ya sea del m isticism o, ya sea del p ai­
saje, tra ta d o por ella m ística y am orosam ente. Tengo
LAS POETISAS (2.» grupo)

entendido que Ofelia Calo B erro, actu alm en te señora


de R ibeiro, p rep ara un libro de poem as, cuyo títu lo
aproxim ado sería: ‘'‘E sta m p a s R ío g ra n d en se s”, in sp i­
rado m ayorm en te en la cálida visión p in to resca del sur
del B rasil, tie rra que y a en “El árbol jo v en ”, dícenos
h ab er em brujado a la joven poetisa. “P a ís cálido y
fuerte que m e h a s em b ru jad o !” . L a im presión vivida
hace tiem po, d esp ierta y d esarro lla sus p in to rescas
im ágenes en el nuevo libro suyo.
###
En 1928 dos jóvenes m ujeres se hacen acreed o ras
a los prem ios de im presión del concurso del M inisterio
de In stru cció n P ú b lica; u n a de ellas, Layly D averio
de B onavita, recibe el prem io de im presión p ara p ro ­
sa, y esto ta l vez contribuye a d ar u n a falsa im presión
del verdadero c a rá c te r lite ra rio de su libro. El hecho
de que sus poem as estén escrito s en pro§a, no q u ita
n ad a a la calidad de su obra, que es esencialm ente
poética. D icha o b ra prem iada, “P á rra fo s del am o r di­
choso” , es obra de u n a poetisa, de u n a m u jer m uy fe­
m enina, la viva en carn ació n del am o r honesto, dom és­
tico y feliz.

La o tra que m ereció el prem io de im presión p ara


poesía, es A na M aría de F o ro n d a y P in to , verdadero
m ilagro de la lite ra tu ra , n iñ a h a s ta la m édula, pero
con p re m a tu ra s preocupaciones y com plicaciones en
su u ltra-jo v en poesía, en la que, a fuerza de in fan til,
nos hace so n reír cuando h ab la de los quince años ya
lejanos. ¿L ejanos? ¿C uándo? ¿H ace dos o tre s años?
Y exhibe com o juguete prohibido su conocim iento y su
predilección por cierta lite ra tu ra e x tra n je ra muy fin
tlIKKI.DA, W KI.KKIt

de siglo y muy decadente, quo e sta chiquilla, estu p en d a­


m ente talen to sa, m a n eja com o un bebé un arm a de
fuego; y resu lta ab so lu tam en te am eno y e n ca n tad o r
o b servar a esta c ria tu ra , que sólo conoce la vida a t r a ­
vés de bu in telig en cia p rem a tu ra, colocarse en posicio­
n es de desengañada. Que m e perdone A na M aría es­
tos risueños co m en tarlo s a c ie rta p a rte de su obra, que
am o y adm iro, pues a p esar de ello la tom o en serio y
la estu d iaré brevem ente. El libro de A na M aría de F o ­
ronda, titu lad o “ D em onios lila s”, esto es, el que fué
prem iado en el concurso, asum e las c ara cterísticas de
un fenóm eno. E sa pequeña A na M aría, de ojof? ra s g a ­
dos y negros, de un golpe se nos coloca a la a ltu ra de
una poetisa ya ex p erim en tad a y definida. No h ab laré
aq u í de la influencia h e re d ita ria in telectu al que podría
a c tu a r en esta c ria tu ra de excepción, sino sólo p ara
reco rd ar que es h ija de M ercedes P into, la in te lig e n tí­
sim a y sim pática e sc rito ra c a n a ria rad icad a en tre nos­
otros. N acida en E sp añ a, A na M aría llega a M ontevi­
deo, en com pañía de los suyos, siendo u n a n lñ lla y
"aunque conserva en su h a b la r am enísim o la incom pa­
rable g r a d a del acen to español, todo en ella dice que
es n u estra h e rm a n ita , por el cariñ o que profesa al
Uruguay, y por h ab er crecido y pensado en esta su se­
gunda p atria. Es A na M aría u n a c ria tu ra vivaz e in ­
quieta, a la vez in genua y enigm ática. Quien la conoz­
ca puede ver enseguida que tra s la am p lia frente, m u­
chos graves p ensam ientos se acum ulan, y que esa m o­
re n a cabeza no contiene solam ente las Ideas frívolas
propias de su edad. De ello dan fe no sólo la profundi­
dad de su expresión flsonóm ica sino lo que ella escri­
be. Su verso es lib re; de form a casi salvaje. N ada ex­
22 LAS POETISAS Í2.» grupo)

te rio r la preocupa; sólo la expresión de sus íntim os


an h elo s y las to rtu ra s de sus problem as sen tim en tales
que apenas ap arecen en su obra bajo la fo rm a de su­
gestio n es m en tale s v ag as y a to rm e n ta d a s por e x tra ­
ños factores. N ada hay en ella que revele las se n sa ­
ciones h ab itu ale s de u n a joven m u jer de quince a
v einte añ o s de edad. Sus problem as no son los de u n a
n iñ a sólo preocupada por el etern o m otivo de casi to ­
da la poesía fem enina, el am o r; sin o que a rra ig a n en
todo lo literario , lo cereb ral y lo ex trañ o que pueda a n i­
d ar en una cabecita joven como la suya. E s A na M a­
ría de F o ro n d a uno de esos seres que hacen creer en
la te o ría de la m etem psícosis, y a veces, lleno de so r­
presa, el lector, se p re g u n ta a n te lo inesperado de sus
poem as, sino cabe creer que el alm a que an id a en el
frág il y m oderno cuerpo de esta cria tu ra , h ay a sido
en o tras ex isten cias la de u na a n tiq u ísim a sibila, la
de un filósofo m edioeval envuelto en sin iestro s p res­
tigios de m a g ia y dem onología, o la de un o de aq u e­
llos poetas m alditos, gem elos de Poe, de L au tréam o n t,
o B audelaire. E n “D em onios lila s ” y a se ex p erim en tan
las fuertes sensaciones an ted ich as, pero se h allan en
ese p rim er libro m uchas cosas pueriles, ya en el con­
cepto, ya en la form a. E s a la esp era de u n a com pleta
depuración en su producción p o sterio r que se te rm in a
su lectura. La resp u esta no se hace esp erar m ucho y
he aq u í que A na M aría tien e en p ren sa actu alm en te
un segundo voflumen de versos que lleva por títu lo :
“ D em onios de colores”. En este libro ya la expresión
es m ás fácil, m ás su elta; sólo en ra rísim as ocasiones
deja A na M aría que se le escapen las n iñ e rías de que
hablé al principio de estos p árrafo s sobre ella. A la
GISELDA WELKER 23

vez que m ayor ex ten sió n de concepto, h a lla m ás be­


llos colores con que p in ta r sus te m as fav o rito s, espli-
náticos y brum osos. Creo sin c e ra m e n te que con “D e­
m onios de co lores” A na M aría de F o ro n d a h a dado
un paso de los que m a rc a n u n a etap a, en obra como la
suya. ¿Qué no debem os e sp erar de ese h áb il cerebro
juvenil que ta n to s y ta n g rav es tem as ab o rd a en su
poesía, resolviéndolos con ta n to ta le n to ?

E n 1928, y an te el asom bro de todos los círculos


in telectu ales uruguayos, publica su p rim er volum en de
versos “C onciencia del can to s u frie n te ”, M aría Adela
B onavita. Precedido por un estupendo y rev elad o r p ró ­
logo de P edro L ean d ro Ipuche, abre este libro sus m is­
teriosos tesoros a la avidez in telectu al del lector. E ste
libro, de un m isticism o único, hondo y cósmico, a ve­
ces escalo frian te de poder sugestivo, húm edo con la
hum edad estrellad a de un m ás a llá no encerrado en
determ inados dogm as, es un libro sagrado. E ste libro
podría ser un libro de preces en u n a fu tu ra religión
que no tu v iera m ás tem plos que la bóveda in q u ie ta n ­
te de la noche estrellad a, ni m ás cirios encendidos que
los llam ean tes cálices vegetales, en los cuales esta a l­
m a cree percib ir un m en saje ex tra terren o . N ada m ás
in te rio r que esta relig ió n h erid a y sufriente, que esta
v o lu n taria e n tre g a del esp íritu a algo divinam ente do­
loroso y que hace de la poesía el m edio favorito p ara
llevar la oración h a s ta las p la n tas de ese Dios, p atria
suya, am oroso, ignoto y te rrib le. El libro de M aría
A dela B onavita podría ser, no sólo la iniciación hacia
una religión p u ram en te esp iritu al, sino tam bién la de
24 LAS POETISAS grupo)

una m ística filosofía cread a por un alm a am orosa y


sobrehum ana. T oda u n a m an era, m uy suya, de ver el
cosm os y a m ar la vida h a s ta en sus m ás ocultas fibras,
se revela en la im agen so rp ren d en te de M aría Adela
B onavita. E lla eleva, sin am an eram ien to ni ex ag e ra­
ción, todo lo que se contem pla, h a s ta su esencia ató ­
m ica, en el atóm ico caos que es p ara ella el m undo, y
en el cual sólo alcan za a d istin g u ir esta m u jer que es,
no ya un cerebro, sino u n a p u ra alm a, ese algo que
n u n ca se h a podido definir, sólo distingue, rep ito , ele­
m en to s p rim ario s condensadores de su se n tir en la ex­
presión de sus fu erzas ig n o tas; sólo dos form as, como
sín te sis de m an ifestacio n es v itales. L a curva, que es
p a ra ella el sím bolo de la v id a — g racia; la curva que
re c o rta la s alas de u n p ájaro o da expresión a unos
ojos, la lín ea curva y viv ien te de la vida m ism a, y la
recta que a fila las a ris ta s de los astro s, el filo de los
m in erale s y el de los dardos de la m u erte o el de los
c ristales de la luz. ¿De qué lúcidos abism os del p ensa­
m iento nos llega esta voz que solloza en la noche a to r­
m en tad a, creyendo in te rp re ta r el gem ido del v iento y
la m últiple voz de la lluvia, com o la súplica de todas
las ex isten cias estática s y m udas, y en su d esesperada
a ltu ra , se a fe rra a la creen cia de ser ella la in tré p re te
elegida p ara o fren d ar el cósm ico llan to a Dios? Nunca
n ad a parecido se h a visto en m a te ria de fe. Los g ra n ­
des m ísticos, un F ra y L uis de León, u n a T eresa de J e ­
sús, un J u a n de la Cruz, h an elevado h a s ta las llag as
de los exangües C ristos castellan o s, preces ard id as de
am or divino y de exaltado m isticism o; pero ellos h an
llevado siem pre h a s ta su Dios sem i-hum ano, las an g u s­
tia s de su corazón o de su carne, asaetead o s por la to r­
UIHWt.MA W l l l . K M t

tura ospirttual do ultratumba, mi amor casi sonmia4 por


un I>ies muerto on la Horra y mi fe «loga y absoluta,
l<a tortura quo Irradia do a#ta alma os otra: os la da
sontir ni alma do todas la» cosas, dosdo «1 guijarro
«ris Hasta «1 policromo colibrí, quo tilla croo urv troso
de la lux y dol movimiento mismos, Poca Idea pueden
dar un poema o don o tro» que fueran de la obra de
esta intensa escritora, a quien no conoce tata, y que,
sobre todo, no ha podido ver en mi* frases el reflejo do
mi espíritu tan extraflamente Irtddo y (rio,
««#
A paran en ÍR20 el libro de Wstber de ^Aceres ti*
tulado "Las ínsulas exirafttw", Hon veinte poemas mAs
o menos, un formato «rAeil y elegante, que en bu fra*
miiiidad contiene un mundo, (-orno on ni «ano de María
Adela Dona vil a, se traba aquí do una poesía eompleta-
mente mística, «i bien el mistlclmtio de Bsther de í’A*
cure* na más sereno, muñón torturado; una fe más do*
finida y ñuto tranquilam ente melantWilitta, Hu autora
es una criatura do excepcional Inquietud amorosa. La
recordamos en loa tiempos en quo buscaba volcar sus
tesoros do fo y do amor, militando on la extrema I»”
quierda do lo quo se llama polítlm, y quo on «tuto «aso
yo llamaría má# ble» ideología. Creía olla, on su ab*
nogat'ién h ad a loa humildes, encontrar la verdadera
carrera do mi eorasón, l»ero mal podía aatIsfacer a esta
mímica exaltada ol materialismo da la eoneetK'lón his­
tórica da ciertas teorías y as así cómo ©ata mujor poe-
ia encontró on ia religión al anuiente necesario a la
expansión do au espíritu, Bsther da tiAeeres, quo pro­
fosa desda batía poco la medicina, os una «reyente sin-
cara y fervorosa, y al primor poema do su volumen os
26 J.AS POETISAS (2.’ grupo)

una sín tesis y u n a confesión de sus vacilaciones espi­


ritu ales, filam en te afirm ad as en el am or al dios de»l
pobrecito de Asis y de C atalin a de Siena.
“P orque am é la belleza de los seres — el in cierto
destino de los h om bres — y las m anos que cogen ro ­
sas — por todo esto, an tes — di mi locura de fr a te r ­
nidad — Junto a todos los surcos del m undo — nad a
m ás que por e s t o . . . ¡ay! — pero tú h as encendido mi
lá m p ara — ¡Dios mío! — P orque te veo en la trág ica
espera de los hom bres — en la so n risa de las m ujeres
— en la lá g rim a de toda soledad — por todo esto —
voy dando m i san g re y m i m ano — la g racia elegante
- - de m i frate rn id ad . — N ada m ás que por esto —
¡Dios m ío ! . . . ¡ay !”
E n todos sus poem as se ad v ierte la m ism a seren a
resig n ació n an te la vida o a n te la m uerte, a veces nos­
tálg icam en te, com o cuando dice: “ Sobre la losa —
irá n danzando las p r im a v e r a s ... — yo q u ie ta ... —
ni siquiera — la frescu ra y la g racia — de sus, lá g ri­
m as b u e n a s . . . N a d a . . . — D ura la p ie d ra” .
U ltim am en te E s th e r de Cáceres ha publicado en
las rev istas lite ra ria s “C a rte l” y “A lfar” , poem as su­
yas, inéditos h a sta entonces, en los cuales la a rtis ta
pone todo su cariñ o de poeta al escribir. Uno de ellos,
es este, publicado en “A lfar” , la sim p ática rev ista di­
rig id a por el poeta Ju lio C asal:

EN E L ULTIMO DIA DE LA ESPERANZA

E n el últim o día de la esp eran za — en la últim a


m a ñ a n a de cielo — yo esta ré ex tra ñ am en te tra n q u ila
-— sin que golpee m is sienes, vivaz, — el miedo. — Se
GISELDA WELKER 27

h a b rá dorm ido ya e sta a n g u s tia — que hace que m is


m ejillas palidezcan. — L leg aré con u n a paz triste —
como la del cam po crep u scu lar — y la del m a r sin fies­
ta de barcas — y sin to rm en ta. — L leg aré con u n a
paz tris te — el corazón an ch o como la p u e rta d e1 cielo”.
F in a y no stálg ica, es E s th e r de Cáceres u n a de las
m ás in telig en tes m u jeres que escrib en en el U ruguay.
L ástim a que su libro, publicado por u n a ed ito rial a r ­
gentina, haya, estado en M ontevideo al alcan ce so la­
m ente de un puñado de am igos íntim os de su au to ra.

A hora me d eten d ré en a n a liz a r la p erso n alid ad


de la que no vacilo en. a firm a r que es la m ás in te re ­
san te poetisa del actu al m om ento literario . Su obra,
muy poco conocida, es casi toda in é d ita; ta n sólo a l­
gunas selectas rev istas lite ra ria s h an publicado sus
poem as, y los que*som os sus am igos conocem os el re s­
to de su obra, que quién sabe si alg u n a vez e sta rá re ­
unido en un volum en, dado el refin am ien to , en este
caso casi cruel, de su au to ra, al producir su bellísim a
obra sólo p ara su propio esp arcim ien to intelectual.
Cuando Ildefonso P ered a Valdés editó su A ntología de
la M oderna P oesía U ruguaya, un noimbre latinísim o,
sugeridor de saladas y azules costas y dorados vinos
itálicos, nos aso m b rab a en la p arte “P o etas novísim os”
de dicha antología, sobre todo al decir el com pilador
que se tra ta b a de la m ás joven de las poetisas u ru g u a­
yas. E ste nom bre era el de E d g ard a Cadenazzi y fir­
m aba un poem a o rig in al y muy herm oso. Lo de la ju ­
ventud de E ílgarda se coínprobó no ser u n a equivoca­
ción de P ered a V aldés; en cuanto a lo de poetisa, di-
LAS POETISAS (2." grupo)

fíeilm ente podría ese terrib le ta len to de E d g ard a Ca-


denazzi y su vibración cerebral, caber en el títu lo casi
oficial de ta n ta s fab ricad o ras de rim as. E sta especie
de poeta fa n ta sm a, publicaba de vez en cuantío un
poem a d esco n ce rtan te y acrobático en alg u n a rev ista
lite ra ria en tre las m ás selectas de todo el continente,
lo que casi h acía creer que su a u to ra estu v iera en po­
sesión de un excepcional don de ubicuidad, y luego,
por un tiem po, desap arecía de la escena lite ra ria . ¿Qué
hacía m ien tras ta n to ? E studiaba. P o rq u e habéis de sa­
ber que esta E d g ard a Cadenazzi, que a decir del n o ta ­
ble p in to r co m p atrio ta, N orberto B erdía, se parece m u­
chísim o a “ la filie aux cheveux de lin ” de Debussy, es
m aestra. Cum plió los v einte añ o s hace pocos m eses
e sta m u jer h erm é tic a e in q u ietan te, fin a como u n a qui­
lla y como ella m ism a dice “dolorosa como un vela­
m e n ” . E d g ard a Cadenazzi es in v ero sím ilm en te ru b ia
y fina. T iene algo de esas m o dernas m uñecas de tr a ­
po que en cu alq u ier pose son estéticas y graciosas.
E d g ard a am a los tra je s de colores agrisados, suavísi­
mos, las te las cuyos colores no se pueden casi definir,
el “rouge de G u erlain ”, los g u an tes largos, el álgebra,
la psicología, la filosofía, todas esas cosas que se estu ­
dian en las U niversidades y que se ap ren d en fu era de
ellas. Y lo m ás im p o rtan te, ad m ira locam ente a G reta
G arbo, a quien se parece m uchísim o, ta n to , que los que
la conocen la recu erd an en m u ch as actitu d es de la ex­
q u isita actriz sueca. No se vaya\ a creer que dadas las
frívolas p referen cias de E d g ard a por las ciencias exac­
tas y las cosas de moda, sea ella u n a c ria tu ra su p er­
ficial. L ejos de ello; es ta n seria, que Sem analm ente
com pra todas las rev istas de cine que aparecen y se
OISELDA WELKER 29

e n frasca en su lectu ra d u ra n te h o ras y h o ras. P ues


bien; E dgarda, hace dos años, escribía poem as casi
científicos, en el orgullo y el am o r de sus conocim ien­
tos estu d ian tiles y en la satisfacció n de saberse su p e­
rio r in telectu alm en te a la s dem ás m ujeres, que no sa ­
ben n ad a o saben poco, lo cual es m ucho peor. E ra n
poem as en que siem p re estab a la te n te su g ran in te ­
lecto, su visión clarísim a y su sensibilidad, en ferm iza
de ta n afinad a. L ástim a que los poem as de dicho p erío ­
do iban dem asiado cubiertos por frases y p alab ras casi
técnicas que les d ab an el v alor de la ra re z a y de la
audacia única de su au to r, pero a veces em p añ ab an el
bellísim o concepto interior- U no de los m ás in te re s a n ­
te s poem as de ese período fué el que publicó en “V an­
g u ard ia” , rev ista lite ra ria de avance, d irigida por mi
esposo Ju a n C arlos W elker, y por ese fino esp íritu de
poeta que es Ju v en al O rtiz Saralegui, rev ista que,
como los elegidos de los dioses, m urió en su p rim era
juventud, es decir, en el segundo núm ero. E ste poem a
se titu la b a “ P oem a en serio a C arlitos C h ap lin ” y era
muy profundo; h a s ta te n ía un g ra n sentido social; di­
ce en u n a frase: “a los b a rrio s pobres que h a s ta les
em bargaron el sol — sólo lleg an am b u lan cias”. Y al
fin al del poem a se h a lla esta frase estupendam ente iró ­
n ica: “La gen te siem pre se queda en el u m b ral.” E n el
segundo y últim o n ú m ero de “V an g u ard ia” publicó otro
ex tra o rd in ario poem a: “C anto al binom io líquido y fru ­
ta l” que te n ía cosas so rp ren d en tes y bellas como ésta:
‘ T ener la boca de lim ón — donde q u ieran m o rir los ca­
zadores noctu rn o s — te n e r los brazos de agua p ara el
reposo de los an sio so s” . La m a n era que a p u n ta en estas
frases, c lara y depurada, im pera en los últim os poem as
f.AH POETISAS (2." Krupo)

(|uc «illa, lia escrito. Un aquí (Ioh de I oh últim os, com ple­
ta m en te inéditos:

PID IEN D O LE AL O LEA JE UN R E F L E JO DE LONAS

‘‘Soy u n a Isla que Be e stá m uriendo. ■ M endiga, y


sólo tengo el beso de los cielos. - - P reg ú n tale a los pá­
ja ro s si so ñ aro n m i pecho — o ro zaro n m is díaB.
M endiga y sólo tengo la a m a rg u ra del viento - y
tú que eren el agua que no pensó en Dios — y el
sueño de la espum a que no quiere m o rir — dam e
de la esperan za que alu m b ra como un pan - y h az­
me los ojos suaves p ara v erlas llegar. — M endiga y
sólo tengo la piedad del oleaje.”

UN JU BILO PERFEC TO

"Con la m ism a m úsica - de los g ran d es párpados


y los m ism os sueños - de los gajos grises, - re ­
to rn a, otoño. D ías de delicados pétalos lilas ~~ cae­
rá n sobro mi soledad — y g ran d es alas de ceniza y de
(rielo - .se llev arán mi boca con claridades de uva.
- G licinas in fin ita s de tus m ad u ras danzas —- me
h a rá n seren a — como av isp a rezando. Y m is brazos
que son la frescura. — Oh tú —- serán crucifijo de lo
que we va. - A mi vida — que es su c íta ra —- y el
am o r de «u m usgo - • reto rn a , otoño - - con tu g racia
a n tig u a —- que es luz de las á n fo ras — y reflejo de
i oh dam ascos.”
E sto s dos poem as evocadores, que tienen un sim ­
bolism o herm ético, traslu cid o s de in q u ietan tes tin tas,
pueden d ar u n a idea de la poesía perfecta de E d g ard a
Codenazzi, poesía que parece lleg ar de m ucho m ás allá
de los siglos prosaicos, p o esía estrem ecida en un r i t ­
T3ISELDA W ELKER 31

m o de danzas y de oscuros o dorados racim o s de vid,


de quien sabe que fin a s co stas g riegas. E d g ard a, “es­
piga h acia la p ro fu n d id ad ” com o h a dicho V icente Bas-
so M aglio; E d g ard a, “que am a la im agen como a sí
m ism a” como h a dicho S ab at E rcasty , sólo debe a los
que ad m iran su poesía el don de re u n iría en un vo­
lum en p ara que todos los que alcan cen a a p rec iar su
a rte refinado y excepcional la conozcan y la am en.

Pocos p á rrafo s m e qu ed an p ara reco rd ar a o tra


poetisa que sólo en re v ista s h a hecho conocer sus poe­
m as y que es m uy in te re sa n te . Se tr a ta de C lotilde L uisi
de Podestá. L a rep resen tació n en p alab ras co n cretas
del paisaje subjetivo, de la im ag en ab stra c ta , es la
p rin cip al c a ra cterística de los pocos poem as que de ella
se conocen, siendo su m a n e ra su m am en te o rig in al y su
sensibilidad finísim a. T al vez C lotilde Luisi a su re-
greso de E uropa, donde a h o ra reside en com pañía de
su esposo, el fino crítico Jo sé M aría P odestá, se decida
a dar a conocer algo m ás de su bella producción poé­
tica y así nos brinde nuevas expresiones de su tem p e­
ram en to que es ta n in teresan te .

No se si fa lta n nom bres en mi breve reseña. El


tiem po lim itado por u n a parte, por o tra el esfuerzo que
requiere el an álisis de ta n ta s d istin ta s personalidades,
pueden muy bien ser la causa de m uchas om isiones.
Creo h ab er hecho todo lo posible p a ra lo g rar salv ar esta
d ificultad y h ab er podido ex p licar a los que nos escu­
chan, partieularidaJdes, tem p eram en to s y en pequeñí­
sim a parte, algo de la obra de las poetisas que me h an
ocupado.
La poesía post - modernista
( 2.o urii/'o )
J. Parra del Riego, I.
Pereda Valdez, Mario
Ferreiro, Julio J. Casal,
J. C. Rodríguez Pintos.
Por

Raúl Mone s
La poesía post-modernista
(2.o grupo)

J u a n P a r r a d e l R ie g o

CANCION DE LUNA
P en as tengo que llo rar.
Del olvido volví negro,
pero al m a r me voy co rriendo
con la sed del corazón.
P orque a b ie rta está hoy la sáb an a de la luna en la
\p rad e ra
y de m il ojos sensibles m e he vestido h a s ta los pies
p ara e n c o n tra r
mi alm a, y l l o r a r . ..
D esparram ado corazón de los cam inos
tam bor sonám bulo de unos am ores
que me h an perdido
¡que me h an perdido!

¡Corazón grave de las v en tan as!


¡L am parín solo!
Que en su g u ita rra le n ta de nubes me llore hoy su alm a
y m i som brero n eg ro em papado de luna y m uerte
nunca salude
m ás a esas tu rb ias
g entes m alditas
¡gentes m alditas!
6 LA POESÍA POST-MODERNISTA (2.1 grupo)

P orque a b ie rta está hoy la sáb an a de la lu n a en la


[p rad era
y aunque yo llevo en mi pecho la a lta an g u stia,
trom pos frescos de cristal, trom pos de luna,
c an tan las ra n a s celestes
por el am o r y la dicha de las tre s n iñ a s del pueblo;
por las tre s en am o rad as
del te le g ra fista tísico
que h a s ta el alb a solo queda
como el ronco e sp a n ta -p á ja ro s de las ú ltim as estrellas.

¡T am bor de la m an zan illa! ¡Vía L áctea de las m a r­


g a r ita s !
sed dulces p a ra la dicha de las tre s n iñ as del pueblo
cuando en la estación se quedan
con un fino aire de h u érfan as
viendo el tre n que se va al cielo. . .
¡qué calle la rg a y so ñ ad a
de jo y erías y novios que ap en a s pueden p a s e a r ...!

P orque a b ie rta está hoy la sáb an a de la lu n a en la


[p rad era
y a b esar la m ano fin a de u n a estrella que es mi novia
he tirad o mi s o m b re ro . . .
¡L una grave de los pinos, m o lin era de la noche,
ya descalzo b aja el día con el buen trig o del sol,
y aunque yo llevo en mi pecho la a lta a n g u stia
h a s ta el m a r me voy corriendo
con la sed del corazón.

H e aquí a Ju a n P a r r a del Riego, poeta de alcu r­


nia, un m ilag ro m ás de los que se producen en Amé­
RAÚL MONES 7

ric a con ta n ta frecu en cia, y en n u estro país m ás que


en n in g ú n otro. “T ie rra de los poetas, ciudad en que
la juventud c a n ta con la irre sistib le n a tu ra lid a d de la
a lo n d ra ”, decía R afael B a rre tt, refirién d o se a M onte­
video. Y to d av ía e stán San José, Meló. . . B ien es v e r­
dad que P a rr a del R iego nació en H uancayo ( P e r ú ) ;
sin em bargo se “m o n tev id ean izó ”. Sus N octurnos to ­
m a ro n fiebre en M ontevideo, en la fa n tá stic a llam a
aguda de e sta ciudad.
A penas llegado aq u í fundó u n a biblioteca de edi­
ciones populares R afael B a rre t, en cuyo m an ifiesto
de fundación, con u n a pro fu n d id ad clarísim a, ubicaba
su grito de g u e rra en esta ciudad de Yaz F e rre ira
(tales sus p alab ras) el g ra n ren o v ad o r de n u e s tra cul­
tu ra abism al. De un golpe nos descubría la verdad y
la dignidad de n u estro medio, aq u í donde hay ta n to s
negadores de oficio. C onocim os entonces su producción
dispersa en d istin ta s publicaciones, e inédita. R ecor­
dam os, en tre o tras, las sig u ien tes com posiciones:
“C arta S en tim e n ta l” , “Los v ien to s del P e rú ” , “Loa del
fútbol”, “P am p a A rg e n tin a ” y “N ochebuena m ág ica”.
T rabó am istad con alg u n o s prestigiosos in telec­
tuales, en tre ellos S abat E rcasty , en cuya casa se alo­
jó algún tiem po. T raslad ó se a la A rg en tin a por unos
m eses y desde a llá escribía que debíam os fo rm ar círcu­
lo alrededor del “viejo tro n co sabio de S ab at”. P ero ya
era roído por las teo rizacio n es p o larizan tes en que
precisan c rea r casi todos los a rtis ta s y se q u ería in ­
dependizar h a sta de la adm iración al “viejo tronco sa ­
bio” como si in d ep en d izarse de sí m ism o y de sus
viejos am ores, fu era li b e r ta d ...!
T enía ya por ese entonces la idea de d arn o s a rte
8 LA POESÍA POST-MOD1SRNISTA (2." grupo)

m oderno. H izo a n u n c ia r u n a conferencia que no se


realizó que v e rsa ría sobre “La M áquina y la P o esía”.
Al verla a n u n c ia d a se indignó. Ya em pezaban a cono­
cerse sus “ P o lirritm o s”. “ P o lirritm o dinám ico de la
m o to cicleta”. “P o lirritm o dinám ico de G radín, jugador
de fú tb o l” , etc. P arece que por algún tiem po to d a su
vehem encia la em pleaba en la fu n d am en tació n radical
de un a rte nuevo; pero el n ostálgico que h ab ía en él
violaba con profundidad in alien ab le sus propósitos. O,
por lo m enos, no era lo prin cip al el tem a: m otor, sports,
nervios, L enin, W ilson, etc.; ni todavía la fo rm a: v er­
sos libres, a rb itra rio s de m edida o de ritm o. De m an era
que no es el n o stálgico de la a n tig u a fo rm a; es el nos­
tálg ico de la vida p asad a o fu tu ra (que h ay nostálgicos
de futuro, h isto riad o res de ideal, h isto riad o res de es­
p e ra n z a ), o fan tasm al. U nos m eses an tes de su m uerte
ocurrida en 1925, nos daba sus dos únicos libros: “ H im ­
nos del cielo y de los fe rro c a rrile s”, cuyo títu lo ex p resa­
ba un aspecto fu erte de su personalidad, y “ B lanca L uz”
alusivo al nom bre de su esposa.
Q uedaron sin la fo rm a d efin itiv a del libro, los po­
lirritm o s, en los que cifrab a esp eran zas revoluciona­
ria s de la poesía. Toda perso n alid ad es u n a revolución.
M an ifestarse con u n a v erticalid ad inconfundible es la
única m a n e ra de ser nuevo en cu alq u ier época. P a rra
del R iego lo h a conseguido con profundidad. No sabe­
m os si eso se puede dem o strar.
Si nos querem os ex p licar su poesía, nos e n co n tra­
m os con su vida. U na im plica la otra.
E n co n tram o s en su “N ochebuena m ág ica” el p rin ­
cipio de su a lta a n g u stia :
RAÚL m o n b :s

¡NOCHEBUENA MAGICA!

¡N ochebuena m ágica! ¡Em oción! ¡Juguetes!


Calles po p u lares v ib ra n te s de am ores,
L arg as estocadas de luz de los cohetes
que a rrib a son p ájaro s de alas de colores;
m ien tras, ja rd in ero
de su árbol sonoro,
baja el cam p an ero
por cada repique cien fru ta s de oro.

P ero yo al ro tu n d o son de esas cam p an as


siento que desp iértase el de o tras le jan as
cam panas dorm idas en m i corazón;
y, entonces, m e veo
de la m ano de alg u ien que era mi recreo
hace ya quince años, por o tro paseo
que hacía fan tá stico la ilum inación.

E ra en Lim a, la á u re a ciudad c o lo n ia l. . .
T e acuerdas, oh, m adre, de la nochebuena
ta n sen tim en tal?
Yo aú n m iro la cena,
los hilos de p la ta que el árbol llovía.
Dios e ra en la casa
el buen cam panero de aqu ella alegría.
A las doce pasa —
el rey B a ltasar — decía tu voz.
Los herm an o s se iban con la azul quim era,
pero yo esa noche sabía quien era,
ese g alop an te R ey Mago de Dios.
LA POESÍA POST-MODERNISTA <2/> grupo)

M as hoy estás le jo s . . . ta l vez subiendo u n a


cuesta que es cansancio, fa tig a y tristeza,
blanca, blanca, b lan ca como si la lu n a
te hubiese besado sobre la cabeza.
Me cierro los ojos por v erte m ejor.
Y, entonces, quisiera,
es ta n to el dolor,
irm e h a s ta tu lado de u n a g ra n c a r r e r a . . .

No sé cómo e s t á s . ..
Si eres la ab u elita de p la ta del cuento,
o la que m ad ru g a al repique vivaz
p ara oir con los p ájaro s m isa de convento;
o, si todavía,
desde la v e n ta n a que m irab a al puerto
com o cierto día
sigues la h u m ared a de alg ú n barco incierto.
Fué in ju sta la vida '
te acuerdas?, tuvim os que irnos a lu c h ar
todos los h erm an o s de esa despedida:
unos por la tie rra y otros por el m ar.

P ero e s p e ra . . . e s p e ra . . .
No en vano yo he ro to desde la trin c h e ra
recosida a tiro s de mi corazón
la pólvora loca de m i p rim avera.
(Mi can to es la flech a de un arco en te n sió n !)
P o r eso en la erguida
voluntad de m i alm a sé que volveré;
y que entonces, m adre, con toda mi vida
con to d a mi san g re te defenderé.
RAÚL MONES 11

V enceré la m u erte
co n q u istaré el oro
y como en la c la ra ta rd e en que m e fui,
joven, puro, fu erte,
por el m a r so n o ro
volveré can tan d o después h a s ta tí.

NOCTURNO N.* 3

Hem e aquí en la g ra n noche de la pam pa, perdido


bajo el g rand io so y loco árb o l estrem ecido
de las estrellas, dándoles a las som bras mi paso
con un azul y h elad o corazón de payaso.

H em e aquí e x tra ñ a m e n te perdido y desolado


sin com prend er m i alm a, con un te rro r callado
fren te a la p ro fu n d ísim a noche desconocida,
viendo que sólo ab su rd a y atro z me fué la vida
que ni sé por qué he am ado, ni he sufrido, ni espero
aún algo de las cosas como un av en tu rero .

H em e aquí por p rim era vez fren te a mi destino


fan tá stico de pena y h o rro r en el cam ino. /
T riste de la a le g ría y triste del pensam iento.
Seguro de que todo se acaba a olvido lento.
L ejano y so litario como u n a tum ba en mi alm a
y buscando en la s noches no sé qué am or, qué calm a
por la delicadeza de los sitios sencillos,
como uno de esos pobres enferm os am arillo s
en quienes la esp eran za — ¡esperanza espantosa! —•
es ya sólo u n a m u erte perdida y silenciosa.
12 IjA POIOS1A P08T-M0r»KHNJ8TA <2." xrupo)

E n poesía poco Im p o rtará el hecho, el acontecí*


miento, la Incidencia, si ese fu era solam ente el conte­
nido de la com posición. Quizá tam poco la sensación, el
sentim iento, por sí solos no consigan la realización
poética. A unque, desde luego, s e p a ra r así en incidencia
o en sen tim ien to la to talid ad de un verso, es un tra b a ­
jo a rb itra rlo ; so lam en te sirve p ara el an álisis, m ien­
tr a s ayuda a s e n tir m ás, a com prender u n a p rofundi­
dad oscura y nebulosa.
E n esta com posición de “ N ochebuena m ág ica”, el
sen tim ien to poetizado de la incidencia (u n a com plicación
de n u estro p rim er problem a) p rim a sobre el contenido to ­
tal y es P a rr a del Riego, evidentem ente, un rom ántico
de legítim o sen tim en talism o . “ Mi alm a está triste h asta
la m u e rte ” decía .Jesús en el H u erto de G etsem aní. Y
aq u í hay poesía?, nos preguntam os. T enem os que a p a r­
t a r la fra,se del d ram a y del personaje, un poco a rb i­
tra ria m e n te , p ara ir a un “ su b straetu m ” poético, fondo
com ún, m áxim o d en o m in ad o r del verso, o de la frase.
P ero la poesía es in sep arab le de su form a, de su
m edio de expresión que es sim biosis de fondo y form a.
M ilagro de sín tesis que resiste "a la s te o rías y a las épo­
cas, si es que tiene sentido h ab lar de épocas. Cuando
en co n tram o s afirm acio n es como ésto: “ La belleza es
in m u tab le” , p arecería que por no poder p en sar ni sen ­
tir por épocas, le p restáram o s n u estro asen tim ien to :
pero el caso es que no podem os p en sar tam poco en ab s­
traccio n es (belleza, sublim idad, etc). P ensam os en a p li­
caciones d irectas de n u estra adm iración a d e term in a­
dos y concretos fenóm enos emotívt>s. Y esto ya debe
ser un lugar com ún de la c rític a y de la estética. Pero
es lo m ás difícil de com unizar. T enem os el alm a tuto-
llACI, MONKH U

rlal, según expresión <le Vaz Ferreira y querernos am­


parar demasiado en nuestro temperamento, toda crea­
ción artística y la que se reátete, condenarla. Por eso
en el (««o concreto de Parra del Klego, y al dar la ca­
racterística de su poesía, no nos podemos libertar del
todo de nuestro temperamento, y nuestra crítica es una
historia temperamental. SI, por el contrario, quisiéra­
mos librar al artista de los peligros de la tutoría) crí­
tica y lo amparáramos en una ontológka definición
de lo bello, (que por otra parte no es posible por cues­
tiones de lógica y de la endemoniada levadura de nues­
tra razón) habríamos, en cierto sentido, desindividua­
lizado el arte.
Hecha esta disgresión, y teniendo en cuenta que
no por ella se salvan los malos creadores en ancas de
los legítimos y buenos (para la legitimidad, tan abs­
tracción como la sublimidad, emplearíamos un criterio
empírico retrospectivo como la resistencia al tiempo)
entremos n el canto de nuestro poeta. Kn “Noche-
buena mágica” su nostalgia es simple en el tiempo
como en un Guerra Junquelro, diferente de una mucho
más ten tacú lar y compleja que Je va invadiendo con
todos los espectros oscuros, paulatinamente, hasta lle­
gar a la "Canción de Ixina" que leimos en primer tér­
mino, El romántico permanece ("Desparramado cora-
7/ón de los caminos tambor sonámbulo de unos amo­
res que me han perdido — ¡que me han perdido'")
a vece» en la oscuridad y no siempre se manifiesta con
esa expresión Insustituible, insustituible en “Trompos
freseos de cristal, trompos de luna, — cantan las ranas
celestes — por el amor y la «Helia de las tres niñas del
paelílo*... No es lo mismo en: “hasta el mar me voy
14 LA POESÍA POST-MODERNISTA (2." grupo)

corriendo con la sed del co razó n ”. E sto últim o puede


no q u erer decir n ad a -más que su sentido literal, bas­
ta n te v ulgar y descrip tiv o en su literalid ad . M enos a fi­
n am ien to espectral, ten tácu lo s que conecten el pasado
con el fu tu ro en fiebre azul y en e x tra ñ a h isto ria
aním ica.
Cuando la frase de Jesú s en el M onte de los Olivos
que citam os m ás a rrib a nos p reg u n táb am o s si d ada su
lite ra lid a d escueta y seca u n a frase que expresa un es­
tado aním ico de tristeza, (o de aleg ría; lo m ism o da)
contiene poesía, y el asu n to se nos entu rb ió con disqui­
siciones de o tro orden. Q uerem os decir lo sig u ien te: la
in ten sid ad poética no está en el estado aním ico en abs­
trac to , o en h isto ria n a rra tiv a y lite ra l y que por in ­
dividual que fuere re su lta re desconectada del pan o ram a
especial en que los ten tácu lo s esp ectrales d ejaron su
delegado aním ico que re c o n stitu irá la h isto ria, la an éc­
dota, la incidencia, m ás individualizada y fundida con el
m ism o p an o ram a en algo indivisible.
E sta h is to ria an ím ica que constituye uno de los
m ás preciosos y alu c in a n te s dones de la poesía, des­
bordando lo sim p lem en te expositivo y residiendo gen e­
ralm en te en los residuos esp ectrales que p atin an de
m usgo^de alm a y de. som bra, los hechos, los lugares, y
h a s ta los sen tim ien to s, la podem os n o ta r con u n a im ­
p resio n an te frecuencia en A ndreieff, el m aravilloso poe­
ta -n o v e lista ruso. R ecordem os el am biente de p rolon­
gaciones y de crecim iento te n ta c u la r en que a n d a el
p ro ta g o n ista de su cu en to “El M isterio” , cuento que ca­
da día se p e n e tra m ás, aludiendo a las ideas pedagó­
gicas de Vaz F erreira . T am bién tiene relación con és­
ta de la penetrab ilid ad indefinida de alg u n as obras de
RAÚL MONKS 15

a rte aquello del m ism o Vaz F e rre ira : “Cuandó nos v a ­


m os haciendo m ás nobles en co n tram o s m ás profundas
las e stre lla s ”. Y es que el alm a entonces posee un m a­
te ria l de espectros te n ta c u la re s, riquísim o. R ecorde­
mos cuando el p re c e p to r de los h ijo s de N oraen, h ab la
del piso alto en que esta b a reclu id a la m ad re de E len a,
la n iñ a que se h ab ía ah o g ad o ; cuando ella, m isterio sa
y de un crecim ien to indefinido, to c a el piano en esa
habitación que ya se nos h a hecho de pesadilla y como
«1 lu g ar m ás im p o rta n te del alm a de la casa.
E se su b stractu m aním ico, ese no sabem os qué, d i­
rigiendo por la p resen cia co n cre ta de objetos, de h e­
chos, el hilo que une los hechos y los poetiza en u n a
m elodía in fin ita . O, m ás p ro p iam en te: la ola desbor­
dada de los hechos literales, definidos, m uertos vivien­
do en la e stre lla p ro fu n d a del alm a h an cam biado el
aspecto lim itad o de lo n a rra tiv o , de lo sim plem ente ex­
positivo. D espués de e sta la rg a disgresión, no sabem os
si se com pren d erá m ás el significado de n u e stra p re­
g u n ta hech a con m otivo de la frase: “Mi alm a está
triste h a s ta la m u e rte ” y del verso de P a r r a del Riego:
“ H a sta el m a r me voy corriendo — con la sed del co­
razó n ” .
Y uno de los aspectos que en nu estro poeta esti­
m am os m ás es p recisam en te ese del d esbordam iento de
lo n arrativ o , por la h isto ria an ím ica y te n ta c u la r: . . .
“c a n ta n las ra n a s celestes — por el am or y la dicha
de la s tres n iñ a s del pueblo; — por las tre s en am o rad as
— del te le g ra fista tísico — que h a sta el alba solo que­
d a — como el ronco esp an ta -p ájaro s de las últim as
e stre lla s” .
No son como floreB secas o papeles am arillos de
16 LA POESÍA POST-MODERNISTA <2." grupo)

c a rta s viejas (ro m an ticism o v u lg ar) receptáculos a n í­


m icos del recuerdo, p u n to s de apoyo de u n a sim ple
asociación de ideas; es la existen cia del “doble” (1), del
espectro de la e stre lla pro fu n d a; n o es sólo el pasado,
la h isto ria n o stálg ica; hay adem ás un* ensueño espec­
tra l dando profundidad al hecho, al lu gar, al p a n o ra ­
ma. C an tan con m úsica inag o tab le esas ra n a s celestes.
In ag o tab le, in co n m en su rab le m úsica de la som bra. Ju e ­
gos de ecos in fin ito s en tre el espectro y la estrella. Ecos
som bríos como u n a fatalid ad . C oncretos en un hecho,
en un p an o ram a, en u n a piedra, en un nom bre. Des­
bordados en el “ otro y o ” por su raíz d eliran te y su fie­
bre. No opera so lam en te con recuerdos.
Si se pid iera m á s co n cretam en te que es el “ o tro
yo” , cuales son sus exp erien cias y su ju stificación cien­
tífica, que lo le g itim aran y lo lib e rta ra n del vano p a­
labrerío, diríam os que tiene ex p erien cias de la m uerte
y de la conciencia. De esta conciencia d iu rn a ta n m is­
te rio sa que sirve de p a n ta lla de proyección a los fe­
nóm enos; y de la conciencia n o ctu rn a, ta n p rofunda y
ta n elab o rad o ra de poesía; tenem os datos precisam en ­
te por su labor. Vemos que en a p arien cia h ay un círcu­
lo vicioso: P o esía elab o rad a por el “ otro yo” y éste a
su vez identificado por su presen cia en la poesía. No
hay círculo vicioso. No podrem os estab lecer relación de
causa a efecto, pero h ay concom itancia, co n cu rren cia
de los datos.
Pero, esto de o p erar en poesía con el espectro, no
se puede o b ten er de u n a m a n era v o lu n ta ria ; viene co­
m o com pensación de u n a vida terrib le, de u n a h isto ria
esp an to sa; ten tácu lo s que sobrevivieron del pasado y
se a la rg a n irrem ed iab lem en te en la som bra, en la es-
RAÚL MON'KS' 17

peranza. Si se quisiera utilizar voluntariamente el es­


pectro, se convertiría en “espectralina”. Y adiós poesía!
No siempre ese desbordamiento es claro y preciso;
por ejemplo, este verso: . .oir la estrella de las gui­
tarras de las lagunas;” ha indignado a más de cuatro.
Nos sirve a<quí bien la explicación de lo que es el hilo
de una historia anímica. ¿Quién no sabe lo que es una
guitarra, una estrella, una laguna? ¿Cómo no va a te­
ner correspondencia, hilo conductor, gravitación lunar
en la marea musical de nuestra tristeza, la asociación
de esos tres elementos, de esos apoyos concretos cu­
biertas del musgo del alma tan vieja? El romántico e#
el sólido hilo de su poesía: “Andarín de unas sonrisas
locamente, finamente — junto a sus hombros de luna,
70 perdí mi corazón.”
Entremos ahora, con la lectura de su Nocturno N.’
8, en otro aspecto de su poesía:

Dolorida en la luna se va la carretera.


Me voy a sentir más hoy tu alma allí;
dolorido en la luna que me mira y espera
y da su solitaria paloma mensajera
que va como acordándose de tí.

Miro las soledades misteriosas del cielo


y nada es más profundo que tu amor;
Bailarín de amargura, zapateador de hielo,
tú eres!, oh, Sirio, dulce yioltoist3, del cielo
lo que me ha comprendido aquí mejor.

Voy solo. Voy cansado. Voy ciego. Voy perdido.


Pero tu eres la luz que tiembla allá;
1.8 LA I'OKSIA POST-MODUHNISTA <2;> grupo)

y esta noche de lu n a que es m úsica sin ruido


me va poniendo tu alm a como en un hondo nido
sobre mi sollozante eternidad.

Con m i som brero n eg ro em papado en la lu n a


yo te co n taré todo m i d o lo r .. .
le pediré a la m u erte m ás pavor que nos una,
le pediré a la vida m ás calien te fo rtu n a
de besos, de locura y de tem blor.

Yo te c o n ta ré toda mi h isto ria de hom bre e rra n te


‘que un día al m undo am arg o se lanzó.
E ra al p a rtir aleg re el joven cam in an te,
m ás tarde, curvo y triste , pero m ás a n h elan te
su corazón sa n g rie n to regresó.

Y no se hizo filósofo ni aprendió el hum orism o


de los que solo qu ieren e n g a ñ a r
Vió que en la vida sólo el olvido es el abism o
y que su g ran secreto es ser siem pre uno m ism o
y con el alm a cálida e sp e ra r. . .

Y vió que el am or e ra la única ru ta clara


y que por eso solo hay que e x istir;
— ¡oh, am ad a la m ás dulce, la que aclara y am p ara! —
yo que he p artid o en tu alm a y he llegado en tu cara
ya sé p ara qué tengo que vivir.

Sé por qué an te la lu n a tiem blo como un poeta


del tiem po de M usset y Jo rg e Sand;
y a veces m ás que el ritm o de mi ciudad in q u ieta
busco las som bras ín tim as de alg u n a plazoleta
donde o tra s cosas ín tim as están .
RArtL MONICB Jí)

Y por qué mi alm a v ib ra (Miando m iro u n as flores


y en el fino y azul a ta rd e c e r
en mi cabeza zum ban p alab ras de colores
y a n te la» joyerías, m ojado (le fulgores,
m e quedo fino com o u n a m ujer.

Y por qué hago mi paso m ás lento en los cam inos


y en todo en red a mi alm a su em oción;
y bajo las g u ita rra s n o ctu rn a s de los pinos
en la h ora de los g ra n d e s crepúsculos m arin o s
tengo una m isterio sa ag itació n .

Es el afin a m ie n to conexo con la profundidad.


“Hallaría de amargura, zapateador de hielo, — tú eres!
oh, Sirio, dulce violinista del cielo — lo que me hu
comprendido aquí mejor”. E sa m an era de h acer m u­
sical la frase im agen es frecuente en P a rra del M ego.
T am bores, caetañ u elas, g u itarra» , violines; Instrum en-
te ría gráfica, a veces, por trasp o sicio n es slnestésleas de
la sensación como en el "v io lin ista del cielo” donde
casi se ve la llam a aguda y vertical de un Intensísim o
lam ento. E x altació n eufónica, m usical, que lo lleva a
an tep o n er la u, so sten id a en el adjetivo dulce, cuando
la situación sen tid a era de am arg u ra. "A m arg o ” no p re­
paraba bien el a fin a m ie n to de violinista, con la ex al­
tación de las íes, Iii crescendo. Decíam os afin am ien to
conexo con la profundidad, porque ya sabem os con qué
paso andaba debajo de las eatrellas y h asta dónde su
alm a se había ennoblecido en el dolor. Como en este
trozo de su prosa: . .." c o n el árbol de mi pena clav a­
do mudo «obre mi pecho”, es de una densidad de dolor
realm ente e x tra o rd in aria . T odas sus, com posiciones,
20 LA l'OKHIA l'OHT MODKKNIHTA (2.' grupo)

aun acuella» que quieran aer optimista», como loo po-


llrrltmoH o el “Canto al Carnaval” no» dan en imáge-
m*# que participan, ora de un fuerte graílcUwno; ora
de una musicalidad transportable ninetit¿Hlcamente a
terror o angimtia; ora con el vino eapaclal que maneja
prodigiosamente en embriaguez de velémene» o de ve­
locidades, la fragilidad de n ucirá vida; la alegría de
la luz y del color, el vino del cielo o del viento no le
hacen olvidar la nombra y la muerte: ,. ."o en el «bar*
eo Molltaiio de la mimbra en que me extlro — »e me
eopla el corazón como una estrella denotada*.. .“cuan­
do Me me hincha el corazón de una «al vajealegría, — o
we me quiere romper de dolor — y de melancolía”» Kn
la "Berenata de Zuray Zurita”

Tiene párpados de luna mi agonía.


De la rnar yo vine loco de aoftar.
Me perdí en un puerto mudo donde el día
cataba muerto de enperar.

Zuray Zurita,
¿no me oyen llorar?

A la mar me fui con velan de colore»...


De la tierra eataba ando de luchar,..
Terco» muerto# cazadores
dolorido de camino* y tamborea,
yo la quería enperar!

Zuray Zurita,
¿no me oye» llorar?
Y 1?
dije A i» i>*ÍMM y ft itt «WMIftí
mi (<omn4n í» quiere emuwtmp,
mofttwwto de <&w<’Ume» vay tr»w «11»,
y #g mA# mudtt que |& muerte, jy eg tan bella!
y m ta f im **we I# mftf,

%Hf&y 'Aurite,
I M me oyen llwftf?
*
Me Ha 1a (WMrguFtL,
»ñw» ardua# y HMfiiivi# me Imn <msefi<i4íj a wlvldar
Iaim aml d* mi m m hrw a ¡á Immrn,
y mí de MKíft» la# «la# del mar,

%ur»y ítorlfca,
¿no me oyt*a llorar?

V te 41je; veagM e#f.rafttf,


»« me fMiftdt# mutrdkr,
g (M a gola di mi Minare iud<i <*t año ,,
e#f-»y eiego de ilam#r,,

55»ray Buril*,
¿ft« m# íiyefü llorar?

Tiene el cielo u»a campana


y uw jardin HefM» la mar,
Voiaitfa de <!ÍírtíW i)e»a de mañana,
la *1 , y fw la pudo mi alma ilm nitM , '

%nf*y Zurita,
ÁfW W4» w # § ÜOfftF'/
22 l,A l ’OICHfA I ' O S T M O D K K N I H T A l¡¡/' K i u p o )

Yo he v IhI o en alm a» y en pocho»


ii un alacrán p e r f o r a r ...
Vo he* v IhI o bogare» deshecho»

y a payano* de colore» quo a la lun a do Ioh t e c h o »


<1 « h a n un brinco entelar.

Z uray Z urita,
¿no rno oye» llo rar?

Yo le n ía una aleg ría,


con el arpa do la aurora m e jionía a cam in ar. . .
P érfida lan gu idez do la m elan colía.
u n 1 iba una Boda lon ta m atando día a día
y m Ih o Jo h ho p erdieron on l aH e s t r e l l a » dol m ar.

Zuray Z urita,
¿no rno oye» llo rar?

Mncontrumo» Junto a la fineza do la m elancolía In-


ourablo una e x tra ñ a vaguedad do e n n u e ñ n ..
DocíamoH <|uo ol título dol primor libro do P arra
dol Mogo, "lllm n o» dol d o l o y do lo» forroearri'le»”, en ­
cerraba un fuerte a»pocto do hu personalidad: "ICb ln»-
tlnto e»te loco de»oo do partir, lio mifrldo hu»ta ol
llanto <|iio no huJio »ollr. MI alm a está tris te y huérfa­
na, y ii no quiero osla cara, do palidez do tísico, onta
amargura rara <|U(‘ mata el fondo vivo do mi sor ar­
bitrarlo, vaguibunido, humorl»t.a, gozoHo y visionario”.
"M añana yu oh veré mar do Ioh grande» dolo» • que
lavan la» horidiiH de Ioh hombre». . . puñuelo» de Ioh
adloHo» fino». ¡Mar donde el corazón hace má» pura
hii alta y Moldarla pasión] " . . . "Porque m añana,
HArtl, MUNICH

m adre, m añ an a, m ad re m ía , 1 me iré en el alb a pu ra


cuando ne ro m p a el día."
Hefialamon e«ton vernon, t o m a d a * aq u í y allá, en
donde ne ve Ja em briaguez de espacio y u lu lar de ídolo que
te n ía i'a r r a del R iego: "V en un alcohol celante me alo*
qué la can ció n ”, “ Hollé todan lan velan que tengo de n a ­
vio - y por la pam pa Inm ensa me fui como en el m ar",
"V o tra vez me em p ap a el v ie n to ....con nu vino el cora*
zón”. "R óbale al relám p ag o de tu cuerpo incandencen-
te - - que m e h a roto en mil com etan de u n a loca, ele-
vación — o tra azul velocidad p ara mi fren te y otra
m echa de coloren que m e vuele el co razó n ” , V e| noc­
tu rn o N// 1*...

NOCTURNO N,'' (i

Onda
que h a re c o g id o 'e n Ja noche
la a n te n a (¡sonámbula de mi corazón.

Onda,
lejano
aleteo callen te de o tra alm a
en m i a lm a . •,

Llegada de un desconocido
é te r íntim o de fu erza y de dicha
que emp&pó nfíblto mi corazón
de una Invencible y m isterio sa
fe en la vida,
é

Vo e ra el m u erto
hom bre negro de lan callen.
LA l’OIOSf A POHT-MODKIINJHTA <2.* «rupo)

Yo e ra el curvo
an d arín que fué quedándose en las lágrim as.

Onda
que no sé de dónde h as venido
tra íd a por la noche y el silencio
a mi alm a.
— Acaso,
'bajo la» sen su ales e strellas del trópico.
a firm a tiv a y todopoderosa,
te lanzó al coro de islas lejano
el corazón azul
de un em ig ran te jo v en ;
— acaso,
—a v e n tu re ra ch isp a cálid a—
te a rra n c a ste a la esp eran za
de un n o ctu rn o jin ete
de la I’am p a;
acaso,
cerca y a de la lu n a ártica,
un ex p lo rad o r de ojos celestes
m a rtilló hu v oluntad contigo
en tre m ares so litario s y fu rio so s. ..

Onda,
perdido labio de fuego
del corazón porfiado de la v id a . . . !

Onda,
que esta noche h as venido a decirm e
g rav es p alab ras de1! destino:
NO ESCUCHES NADA.
ANDA.
K A f l l , M O N ICB

O tro aspecto es ol c o lo ris ta : el azul de fiebre, de


delirio, de dicha, de a le g ría ; el rojo violento Incendia­
do; el g ris opaco y frío ; el ru tila n te , profundo, »onoro
estrem ecido color celeste que da fondo a toda» las ele­
vaciones, a todos los tra n sp o rte s, “ en este enloqueci­
do corazón tra s h u m a n te lleno de un so litario su ­
frim ien to Infinito".
El sen tim ien to , en ¿I, es la m ás im p o rtan te cara c­
terística. A m argura, d o lo r sin cu rsilería, de la m ás a lta
estirpe ro m án tica. Q uisiéram os, sin tim idez de n in g u ­
na especie, co m p ararlo a los m ás g ran d es poetas de
universal prestig io y no re s u lta ría perdidoso del p a­
rangón. NI con Poe, ni iíe ln e , ni D arío, ni V erlalne.
P o r vía de ejem plo to m arem o s a Poe que In teg raría,
con seguridad, un tríp tic o de los poetas m ás Intensos
del m undo. B u e n o ... No liarem os n in g ú n p arangón.
R esulta Im posible por la d esigualdad de Idiomas.
SI tuviéram o s que h acer la crítica n eg ativ a de
P a rra del Riego, ¿qué defecto le señ alaríam o s? La v a­
guedad. La Im precisión. En este verso: “ Lim a azul de
mi som brero; la locura, y uil capa de a n d a rín : to ­
das las olas del m ar.", podemos, todavía, precisar, ver
que no es a rb itra rlo ese satélite obseso que lleva en el
som brero, en la cabeza; y la verde ondulación del m ar,
e te rn a en v o ltu ra de su viaje etern o : (“y m is ojos se
perdieron en las estrellas del m a r") un poco m enos
le c ae rá de los hom bros, que de los ojos, poro todavía
se unifica en ondulación y en am p aro ; am paro dem asia­
do Ubre, desolado, si se quiere. T odas las trasposiciones
de sensación o sentim iento, no pueden ten er una concre­
ta correspondencia. A veces se logm n m ilagros como en
este verso: "m ien tras, Jardinero de su árbol sonoro - -
26 LA POESÍA POST-MODERNÍSTA (2.? grupo)

baja el cam pan ero — por cada repique cien fru tas de
oro” P ero esto es p recisam en te porque se refiere a sen sa­
ciones sim ples, que no h an hecho espéctro. (Y aquí m is­
mo, en esta crítica que debiera ser ciencia de las je ra r ­
quías de la em oción, ponderable y precisa como cien­
cia, nos vem os obligados a em p lear a m enudo y q u izás
prim ordialm en te, los espectros y los ten tácu lo s de la
e strella profu n d a del alm a; los espectros pueden an d a r
en la som bra, pero lo s conocem os por la voz, o por el
silencio). Y es esta la objeción que haciendo h in cap ié
en lo preciso, podem os h ace r a las vaguedades obscu­
ras, no identificables como fan tasm as, porque no son
nada. Y, ¡cosa curiosa! h abíam os ap artad o este v er­
so: “A lm a m ía n o ctu rn a, firm e y triste esm eralda
— de u n a m ano estrid en te de am o r y de pelea. — Gui­
ta rr a vagabun d a donde curvo m i esp ald a — p ara llo rar
en donde nad ie llo ra r m e vea.” ; ¡lo habíam os ap a rta d o
p or ininteligib le! en lo de “firm e y triste esm eralda, y
por u n a p arad o ja resu ltó ser de u na concreción h a sta
cristalizad a! Y de n in g u n a m a n era in inteligible! ¿Quién
no h a dicho: “ideal hecho c a rn e ” ? H e aquí, pues, el a l­
m a de un poeta tris te h ech a p a ra ad o rn o de un propó­
sito del destino: “m ano estrid en te de am o r y de pelea” !
No quiere d ecir esto que P a r r a del Riego no te n g a
vaguedades, y que éstas no d eban ser desechadas.
No nos resistim o s a tra n sc rib ir esta p ág in a de Vaz
F e rre ira : “Reacciones. Leyendo a V erlain e”. “Los p ro ­
cedim ientos de estas escuelas son u n a te n ta tiv a (es algo
que hem os com prendido m ejor después de Jam es y Berg-
son) p ara exp licar con p alab ras n u estro ftsiquism o no
discursivo; esa realid ad m en tal “flu id a” de que no es
expresión adecuada el pen sam ien to lógico, esquem a, ni
RAÚL MONES 27

el lenguaje, esquem a de ese esquem a. P o r co n tra d icto ­


rio que sea ese esfuerzo p ara e x p re sa r por la p alab ra
lo que es rebelde a la p alab ra, se obtiene con é'l un poco,
un principio de lo que desearíam o s: sugerim os algo del
psiqueo inexp resab le. Lo que re s u lta herm oso y bueno,,
ya sea ese psiquism o no discursivo del com ún a todos
los hom bres, o a alg u n o s — m a te ria sim patizable, —
ya sea del exclusivam ente personal, porque entonces da­
mos un v islu m b re de n u estro teso ro in terio r. C om pren­
der esto, nos hace m ás sim pático lo sincero de esas es­
cuelas. Y tam b ién (lo que esp an ta e indigna, teniendo
en cuenta la can tid ad de engaño, de exageración, de
artificio, de pose y de snobism o que se pone en esos
procedim ientos, y tam b ién la g ra n disposición de ellos,,
m ayor todavía que en los co rrien tes, p a ra h acer m e­
cánicos y p erd er el esp íritu ) sentim os que h ay u n a re s­
ponsabilidad in m en sa en m a n e ja r procedim ientos que
m uerden h a s ta u n a reg ió n ta n h o n d a de las alm as. 1 ,
precisam ente, la verdad, la justeza, es m ucho m ás d ifí­
cil de o b ten er y de d isc e rn ir en la expresión del psi­
queo flúido que en la esquem atización discursiva, p o r­
que la falsedad no consiste y a en d a r u n a idea por otra,
lo que es grosero, sino en d ar un m atiz, un grado, por
otro. H ay la m ism a diferen cia que e n tre to car m al el
piano y tocar m al el v io lín : en el piano se toca u n a
no ta por o tra, lo que es fácil de ev itar y fácil de p er­
cibir: ese in stru m en to de n o tas fijas es el pensam iento
discursivo, con sus ideas “solidificadas” por la acción
de las palabras. P ero en estas o tras te n tativ as, la de­
te rm in ació n de lo verdadero, la discrim inación de lo
sincero y lo insincero, son cuestiones de afinación, de
u na delicadeza in fin ita ”.
28 LA POESÍA POST-MODERNISTA (2." grupo)

E sto que tran scrib im o s no es ex actam en te ap lica­


ble a lo que hem os llam ado h isto ria aním ica, te n tá c u ­
los espectrales, que ya casi no son m atices del se n ti­
m iento, susceptibles de afinación, sino, m ás bien, a u n ­
que no opuesto, profundidad de la expresión sin m a ti­
ces, o que el m atiz puede ser alterad o sin cam b iar la
profundidad. P ero la precisión, la ju steza exigible, es
la inteligibilid ad de lo aním ico.
D ecíam os m ás a rrib a , que en el verso: “ ... m i e n ­
tra s ja rd in e ro de su árbol sonoro — baja el cam pa­
nero — por cada repique cien fru ta s de oro.” , las sen-
senciones, su expresión poética, era sim ple, que no h a ­
b ía hecho espectro y esto se debe a lo objetivo del pa­
n o ram a, a la m edida, si se quiere, en peso, en color, en
sonido de la im agen. Y qué peso, color, sonido, puede
ten er, por ejem plo: “ en un alcohol celeste m e aloqué
la can ció n ” ? Porque, aquí, celeste, no tien e color; tien e
h isto ria, reco rrid o por la e stre lla profunda del alm a,
por los canales te n ta c u la re s de n u estro pasado y de
n u estro futuro, y, p o r lo ta n to , espectrales.
Y, to d a v ía: alcohol, aloqué, canción, que todos sa ­
ben que g ram a tic alm e n te, d iscursivam ente tien en u n a
lite ra lid a d esquem ática, y que en poesía tien en co rres­
pondencia de m atiz, acá tien en esp ectro de alm a y sig ­
no de profundidad. E sto últim o no lo saben todos.
D ecíam os que en “N ochebuena m ág ica”, su n o sta l­
g ia es sim ple en el tiem p o como en un G u erra Ju n q u ei-
ro ; y bien: no e ra el tiem po lo que m ás a fo rtu n a d a ­
m en te debíam os se ñ a la r en esa em otiva sim plicidad;
era la ausencia de espectro; no h ab ía “doble” como en
“ A lm a m ía n o ctu rn a, firm e y tr is te esm eralda — de u n a
m ano e strid e n te de am or y de p e le a . . . ” E se modo sin
RAÚL. MONES 29'

"doble” no le q u ita profundidad a la poesía. A veces


oím os decir que M ozart no tien e p rofundidad; que sólo
tien e gracia. L a g racia es p ro fu n d id ad y puede ser sim ­
ple y com pleja; con “ doble” o sin él. A hora, si se h ace
cuestión de p a la b ra s. . . O bservaciones de la m ism a es­
pecie podem os h acer a los que dicen que Debussy es un
preciosista, sin re p a ra r en los abism os em ocionales que
están contenidos en su m úsica, que ad em ás de m atices y
finezas nos p resen ta la p rofundidad de u n a h isto ria, co­
mo la que podem os s e n tir a n te las estrellas, o an te el
crepúsculo con todo n u estro espectro.
J e ra rq u ía s de la, em oción, decíam os m ás a rrib a es
el objeto de la crítica. Todo se nos com plica con ab s­
tracciones de v alo r p reten d id am en te ontológico y ya.
no podem os pen sar. Y aquí, al h a b la r de profundidad,,
hacem os u n a excursión clan d estin a por las ab straccio ­
nes. E s evidente que nos tra ic io n a n u e stra alm a tu to -
ria l a los que y a sabem os que el ideal del a rte es el
artis ta . ¿P o r qué querem os se ñ a la r la je ra rq u ía esen­
cial de P a rra del R iego? ¿P o r qué h a s ta nos d isg u sta
una sim ple jerarq u izació n por g rados y querem os ir a
las diferencias de clase?
P oetas verticales y poetas diagonales. Así p en sá­
bam os d ividir en este estudio a los d iferen tes au to res.
La verticalid ad perteneciendo a P a r r a del Riego,
em ergiendo de las m ás p rofundas n ap as n eg ras a los
m ás celestes astro s. Los dem ás, con la voz no ta n pura;
desgarrada, desflecáda, h a sta con abrojos; o sin voz,
em ergiendo de n ap as conceptualistas, o sentim entales, o
de la superficie de los trigos, hacen un recorrido m enos
h acia los astro s, un poco m ás recostados, pegados p o r
la gravitació n h acia lo com ún; o se caen del aire h acia
30 LA POESÍA POST-MODERNISTA (2.1' grupo)

la tie rra y co ntem plan con cansancio y hum orism o el


cielo y la tie rra . T odas estas m odalidades son le g íti­
m as. E l ideal del a rte es el a rtis ta .
E s ta m a n e ra p erso n al de cada a rtis ta , no es sin
em bargo ta b la de salvación. P ero aqu í ten em o s u n c ri­
terio em pírico, p a ra sab er quienes se salvan. P recisa­
m ente, la perso n alid ad está en ser inconfundible, iden-
tificable e n tre m il.
Puede suceder que un poeta esté com pletam ente
identificable por ab o rd ar un te m a especialísim o, no to ­
cado por otro, en su país. H arem o s la experiencia pi­
diéndole a o tra p erso n a que lo im ite; luego se los m os­
tram o s, el au tén tic o y el falsificado, a u n a p erso n a de
fin a sensibilidad. Si no n o ta la d iferencia es porque la
perso n alid ad a rtís tic a en litig io n o e ra ta n e l l a .
P o r o tra p arte, tam b ién em píricam ente, conocem os
la triv ialid ad . T odas estas disquisiciones son p ara en ­
tr a r a tr a t a r el m ás elogiado por la crítica e x tra n je ra ,
y m ucho por la n u estra, de los h etero g én eo s com ponen­
tes de este grupo p o st-m o d ern ista.

I ld e fo n s o P e r e d a V a ld é s

De sus libros nos parece el m ejor “ La G u ita­


r r a de los N egros” , cuyo títu lo , escapado de “ R aza Ne­
g r a ” , no condice con lo m ás g en u in am en te poético de
este autor. Leam os su poesía “ Las E s tre lla s” :

¡P erdidas en la noche, v ia jeras desconocidas


vienen m arcando d e rro te ro s de sueños.!

¡H erm an as de los p lan etas y de la lu n a


RAÚL, MONES 31

e n un tiem po fu ero n ju v en iles e in q u ietas


saltan d o como ca b rita s en el cielo!

¡P rofundas ag u as de las estrellas!


E n los m ares celestes n av eg an p ájaro s y aviones
m ás libres que la luz y que la tie rra .

L as estrellas
son los únicos p ájaro s que a tra v ie sa n la noche!

T iene algo de lo aním ico. Y en casi todo P ered a


Valdez h ay asom o de n o stalg ia, de tristeza, u n poco
diluidas o, m ás bien a n u lad as por la tra v e su ra inco­
nexa de u n a m o risq u eta. E n “D estru cció n ” e n c o n tra ­
m os este verso: ¡Oh! gusano, acordeón sin sonidos —
d ev orador silencioso de m i ojos, — te h a r ta r á s de pe­
dazos de crep ú scu lo !” E s 'a rb itra ria esa evocación, un
poco disociada del triste , enorm e aco n tecim ien to de la
m uerte, el co n sid erar el gusano como el fin al del co­
lor y de la fiesta que en el verso a n te rio r exaltaba. Des­
pués p asa al graficism o concretísim o m im etism o, en
“acordeón sin sonidos” , p a ra te rm in a r, herm o sam en te:
“te h a rta rá s de pedazos de crep ú scu lo !”
E n cuanto a su libro “R aza N eg ra” , señ alarem o s el
hilo d:e viaje soñado m ás que recordado, en su canto
“A frica” , que adolece de u n a enum eración un poco fa ­
tigosa. U nas cu an tas poesías fo lklóricas que ponen a
prueba la im aginación del lector, (queriendo decir con
esto que el poeta cu en ta con la colaboración sen tim en ­
ta l de los que se in clin an a lo no stálg ico ), nos presen­
ta n a I. P. Valdez co n u n a acen tu ad a te rn u ra hacia los
n eg rito s.
32 LA POESÍA POST-MODERNISTA (2.’ grupo)

Podem os en lazar p erfectam en te a la poesía de F e ­


rreiro , o al in g en io de F erreiro , m ejo r dicho, con el es­
tudio idel grafiaism o co n cretísim o de “ jO li!, gusano',
acordeón sin s o n i d o s ...”
No sabem os si su cu ltu ra es g ran d e o no, y, si a l­
gu n a vez, por e s ta m ism a cu ltu ra, se sin tió a rra s tra d o
h acia alg u n a escuela lite ra ria , como pudo hab erte p a­
sado a Valdez, au n q u e esta «s ab so lu tam en te secun­
d ario desde n u estro pu n to de v ista : que no podem os
ser m an ejad o s por te o rías, escuelas o clasificaciones, y
que vam os a l verso, al p o eta rep resen tad o en él. P u ­
d ie ra creerse que al p rete n d er en lazar por u n a sem e­
ja n z a a P e red a Valdez con F erreiro , som os tra ic io n a ­
dos p o r u n a cristalizació n , o p recipitación del gusto.
Que form am os grupos o sistem as de ideas estéticas. P e­
ro lo que querem os se ñ a la r es u n a enferm edad de la
im agen poética. Y co n ste que no llam am os enferm edad
a u n a c a ra cterística, sin o a u n a lim itació n ca ra c te rís­
tica.
S ería absu rd o in fe rir, por ejem plo, que el p erro es
enferm o porque cam in a sobre sus cu atro patas. E sto es
específico y aq u í no h ay elección; pero la im agen poé­
tica es susceptible de v ariacio n es electivas. Y la en fer­
m edad e stá en un graficism o específico.
E n el lib ro de F e rre iro “E l hom bre que se comió
un au to b ú s” , cuya in ten ció n h u m o rística no le h a im ­
pedido m a n ifestarse poéticam ente, en co n tram o s por do­
quier el elem ento gráfico, ta n adecuado al chiste. H e
aquí su poem a “B arcos” . . .

B arcos: flores del m ar.

F lores con p étalo s de b an d eras


RAÚL MONES 33

y perfum e de todos los puertos.

M ar: boscaje de olas.


Olas: ram a s b lan cas
de la selva h o rizo n tal de los m ares.

B arcos: flores ab ie rta s


en la p u n ta del vaivén blanco y etern o

B arcos de to d as p a rte s; barcos que deben h ab er


recibido u n a in v itació n p a ra v en ir a d o rm ir en este
puerto.
B anderas que se salu d an con tiro n es de .viento.
B anderas que tr a ta n de h ace r salu d ar a los m ás­
tiles m al educados, p edantes, tiesos.
H élices que v in iero n m ordiendo con fu ria las aguas
de todos los m ares.
H élices ren co ro sas, m u jeres a cu atro palas, in sa ­
ciables en su odio, que to d av ía seg u irán m ordiendo al
pobre m ar.
E l m a r: m illones de veces tajad o por las proas,
m illones de veces d esg arrad o por las hélices v ertig in o ­
sas y voraces y m illones de veces vendado y cicatrizado
por la Cruz R oja de la espum a c a rita tiv a de las olas.
B arcos de todos los tam añ o s, con todas las b an ­
deras, con todos los olores, con hom bres de todas partes.
B arcos: casas m arin as. Casas que se h an ido a v i­
v ir lejos de la tie rra .

El m a r da flores de barco
P a ra e n g alan ar los ojales de am arre
34 LA POESIA POST-MODERNISTA <2." grupo)

de los puertos tristes,


y, “La R onda d:j los P alo s” :-

Tom ados de la m ano,


en ro n d a in term in ab le,
por sobre las ciudades y los cam pos,
los postes telefónicos
danzan
la esquelética danza del zumbido.
A gitados,
larg án d o se tiro n es
con los dedos m etálicos y larg o s
por sobre las ciudades y los cam pos,
en rond a in term in ab le,
los palos del teléfono
danzan su baile.
B ajo un cielo anguloso,
sacudiendo co llares de aisladores,
em pinándose sobre la estrech ez de la base,
los postes telefónicos,
tom ados por lo a lto de las m anos,
juegan al M artín P escad o r con las casas.

Casi todo es de u n a objetividad seca, ingeniosa, que


puede m a ta r al poeta.
El h u m o rista es un aiburrldo de lo serio o un fas­
tidioso innato. P orque ya no se puede quedar serio,
de ab u rrid o que está, nos sopla sus gu asad as d in am i­
teras, o que p retenden serlo. H ay m om entos en que se
pueden to le ra r y h asta hacen falta. Y esto de que h a ­
gan fa lta nos da la p a u ta de lo absurdo que sería cir­
cu n scrib ir el a rte a u n a sola m odalidad. Bien venido
pues, A lfredo M ario F erreiro .
RAÚL MONES 35

J u lio J. C a s a l

Ju lio J. Casal, a u to r (le “ R e g re ts” , “A llá L ejo s” ,


"‘Cielos y L la n u ra s ” , “Nuevos H o rizo n te s” , “H u erto
M atern al” , “ H u m ild ad ”, “ P o em as” , “C incuenta y seis
P oem as” y “A rbol” . T ien e en p rep aració n : “C uentos de
M arynés” y “M otivos de la E s tre lla ”. T am bién “P a tio ” .
De m ás edad que los a n te rio re s; h a vivido m u­
cho tiem po en C oruña. Conoció de cerca los círculos
literario s de E sp a ñ a de alg u n o de los cuales él era
centro.
De sus poem as sacam os en consecuencia que
se tr a ta de un hom bre que sien te g ra n te rn u ra h acia
los árboles. E sp íritu fino, delicado, h a puesto en sus
poem as hum o arcaico, fre sc u ra in fan til, dulzura, dul­
zura, dulzura. .. No podríam os sab er si en su alm a hay
reg io n es m uertas, que al decir de Gil Salguero, in fo r­
m an sobre la creación a rtís tic a en algunos po etas. . .
P arece que no, porque las reg io n es m u ertas dan
un fru to ta n am arg o . . . A unqué esto, no siem pre. H ay
quien reco n q u ista la dulzura por la m uerte. P arece que
Casal, como Salom ón puede decir: “Tiem po de son­
re ír y tiem po de llo rar, tiem po de sem b rar y tiem po
de cosechar”. E s la sab id u ría del árbol. Su sen tim ien to
desborda la im agen poética y no nos fijam os m ucho
en su procedim iento. P o r el sen tim ien to nos aco rd a­
m os de A ntonio M achado, Jim énez, G uerra Ju nquei-
ro. Sus árboles tienen u n a personalidad ta n h um ana que
d ialo g a con ellos y ju eg a a las rondas.
LA POESÍA POST-MODERNISTA (2.’ grupo)

EL SUEÑO

La som bra de aquel pino


E s tá durm iendo
sobre la la n a
verde y rizo sa del cam po.

La som bra cam bia de p o stu ra:


sufre u na pesadilla.
Se e s tira en afilados dedos
dedos como am enazas,
o se recoge alred ed o r del tro n co
com o un n iñ o
asu stad o de la noche.

E l árbol s u e ñ a . . .
Mi corazón se enciende en la p leg aria.
A m anecer,
libra por siem pre
del m al sueño al árbol,
re stre g a n d o sus ojos
con tu esp o n ja em papada de luz.

E L BOSQUE

C orriendo com o un niño,


llevé a la lu n a
h a sta la m ism a boca
elástica de un r í o . . .

Y me alejé en la som bra


de unos á rb o le s . . .
RAÚL MOMIOS

Puse mi corazón
en los jugosos troncos.
Los poros de mi an h elo
se sah u m aro n de hojas.

Y al re g re s a r a casa
mi corazón te n ía
un sano olor a roble,
a eucalip tu s y a pino.

E L HUMO V IA JER O

E n la c a rre ta
Iba
tendido el árbol.
Los bueyes av an z ab an
len tam en te. El cristal
de la a u ro ra , v ertía
sus vinos claros
sobre los cam inos.

La c a rre ta pesa/da y quejum brosa


b alanceab a el cadáver del árbol. . .

A lo lejos,
los brazos de las ram as
aleg rem en te se desenredaban
de la elástica c in ta de la niebla.
El se en cen d ería
en el h o g ar am plio.

Nunca m ás podría
m ecer en su blando
38 LA POESÍA POST-MODERNISTA (2." grupo)

colum pio de hojas,


a la loca brisa.
Ni d a ría m ás
su san g re a los pájaros.

A veces, el hum o
im p rev isto y vago
que vuela vistiendo
con su tu l, los árboles,
es hum o de un tronco
que h a sido quem ado
y sin tió u n a g ris
n o stalg ia de h e r m a n o s ...

C orazón que fuiste


ya sa c rific a d o . . .
A veces, te escap as. . .
en hum o h acia el cam po
del re c u e rd o . . . A veces,
es mi corazón
el hum o de un árbol.

Si habíam os señalado como cara cterística de la.


im agen de los poetas an tes m encionados, el dibujo, o
el recuerdo de u n a form a, por lo cual em pleábam os el
térm ino graficism o, o m im etism o fo rm ista, en Casal po­
dem os señ ala r como pred o m in an te el recuerdo de cre­
púsculo o de m úsica p ara a fin a r su expresión sen tim en ­
tal. A hora bien: esto, ap aren tem en te, nos acerca a aque­
llo que llam ábam os el espectro de la estrella profunda. Si
pudiéram os h acer un electro card io g ram a de la emoción,
veríam os, aunque por los m ism os trazos, u na diferencia
de raíz, una diferencia de densidad, u n a diferencia de
RACL MONES 39

carg a de alm a, en la línea coincidente sólo en superficie.


Como si por la línea m elódica de un F ra n c k p asara un
F auré. v
E xperien cia im posible y a b su rd a h a s ta en h ip ó ­
tesis.

C a r lo s R o d r íg u e z P in t o s

De C arlos R odríguez P in to s, joven escrito r que no


ha reunido en libro su producción, conocem os: “H e r­
m ano e sp a n ta p á ja ro s”, “La fiesta de los o jos”, “Un c an ­
to de vida” , (que in te g ra n co n ju n tam e n te con “Un can ­
to de a m o r” y “Un canto de m u e rte ” , que no conoce­
mos, un “T ríp tic o ” ; “N octurno del niño tr is te ” , “El d ía”
y “A g uafuertes” descom puesto en “A guafuerte del r e ­
dondel y “A guafuerte del T ab lao ” . E n “L a fiesta
de los ojos” el poeta es un p in to r que hace un in ­
tercam bio de colors y de aleg ría. El color no lo co­
loca en el tra n c e de h ace r un m im etism o fo rm ista, u na
concreción gráfica. “ ...Q u e Dios m ism o me h a d a ­
do estas pupilas m ías, p ara m order la pulpa ro sad a de
los días — y escarb ar en el m usgo profundo de las n o ­
c h e s . . . ! ” De “Un canto de v id a” tom am os estos v e r­
sos “Mi pupila am a el lujo de tus soles ard ien tes — el
regocijo blanco de tu s h u erto s floridos, — los oros ex­
tenuados de tu s largos ponientes, — y el azul d eliran ­
te de tu s cielos tendidos. P o r el canto corre una sa­
via dionisía-ca: “E n la b risa salvaje, bebo tu aliento
puro, te recojo en el grito y en el canto divino — y te
sorbo en la san g re del racim o m aduro, — en las bocas
jugosas, en la miel y en el vino. . . ” Después se n o ta un
m atiz conceptual que no sabem os si em paña o no la
40 LA POESIA POST-MODERNISTA (2.? grupo)

poesía: “ Y yo te am o, vida en este cuerpo mío, — ágil


sensual y fuerte, elástico y profundo — donde tiem bla
la vena de un fan tá stico río, — y se copian los ritm o s
dislocados del m u n d o ”. T e rm in a con ferv o r rabioso h a ­
cia la vida, pero a n te s h a pasado por inquietudes de la
som bra: “Silenciosos y lentos, unos dedos helados h a ­
cen siem bra de m iedos en m is carn e s m o ren as — m ien ­
tra s m is ojos puros co n tem p lan afiebrados — los soles
que se ap ag a n d ía a día en m is v e n a s . . . ” N ietsche abo­
m in a b a de la “ m o ra lin a ” que in fectab a a algunos espí­
ritu s. L a “ c o n ce p tu alin a” la “id e ín a”, rep resen tad a en
m uchos poetas por h isto ria s esquem áticas, o u n a de­
claració n de p rin cip io s o de asp iracio n es en verso, pue­
de ta m b ién desecharse. A veces pensam os tem blando
que caen en pecado de “ id e ín a” G abriela M istral y o tras
g ran d es fig u ras de la lírica u n iv ersal, al m enos en p arte
de su obra. No es ex trañ o , pues, que este sea el pecado
de un poeta joven.
E n su poesía “El d ía ” hay u n a obscuridad difícil de
in te rp re ta r. E m pieza por u n a sensación visual m ezcla­
da de sen tim ien to de te rn u ra , todo en u na vaguedad de
dudosa valoración. P en sam o s que au n conseguida la co­
rresp o n d en cia exacta, po d ría no ser m ás que un canto
de sim ple exposición afectiva, sin h ab er conseguido la
sim biosis m ilag ro sa de la poesía. Lo expositivo de una
h isto ria no es d arnos la h isto ria con su calidad aním ica.
“N octurno del niño tr is te ” es tam b ién obscuro; no
sabem os si es a n te rio r o p o sterio r a los “A guafuertes” ;
si m a rc a rá n su m om ento actu al. Lo leerem os y que se
juzgue esa e x tra ñ a h isto ria que parece supersticiosa.
RAÚL MONES

NOCTURNO D EL NIÑO T R IS T E

El corazón em brujado
le echa la culpa a la lu n a
el niño tris te se acerca
m ordiendo u n a e s tre lla oscura

Silencio de raso y agua


Cielo y cielo y cielo y cielo
dos p ájaro s incendiados
se me caen del recuerdo.

Un viento de pinos nuevos


m e llen a el pecho de O ctubre
a lta me roba la fren te
y la cuelga de u n a nube.

Toda la noche se su elta


en u n a ro sa p ro fu n d a
h acia la m u jer d orm ida
m ás a llá de mi te rn u ra .

Cielo y cielo
L u n a y lu n a
E l cielo vendió a la lu n a
sus am uletos de vidrio
y ya no ve al niño triste
vestido de paño fino.

E n un reproche de estrellas
y u n a la rg a q u eja de oros
el corazón em brujado
le echó 1k culpa al otoño.
42 l/A I •()IOSIA l ' O K T M O D K I I N I H T A C¿." « n i p o )
#

A(fiif hay h I i i i I)I o h I h del m isterio con el poeta,


f)esde lu ego que tiene finezas en la exp resión en:
"S ilencio de runo y a g u a .... (/lelo y (rielo y ciclo y cielo
(I o h p á j a r o s In cendiados - ■ se m e caen del recuerdo."
“ Un vien to de pinos nuevos m e llen a el pucho de
octubre - alta m e roba la frente - - y la cuelga de
una n u b o”. A quí el poeta trabaja con lo su b con scien te
y Hería absurdo sin un profundo p sicoan álisis, deste­
rrarlo a la incoherencia.

Sus “ A g u afu ertes” Hon perfectam ente accesibles:

LA HAILAOUA
fandango ballao y can tao

La carn e d o rad a y fina


en lurgu colum na líquida.
A lta de codicias altan
la ace itu n a do la cara.
I'o r la espum a azul del polo,
verdes, b la n c o H y r o n a d o H , .
bajan nadando desnudos
seis pelncclJIoB gitanos.
(L a rosa virgen del m oño
cerró los ojos de escán d alo ).
P ollerón de ruedo» blancos
en la ceniza del a ire
abre una calle de nardos.
Uusto rojo,
salivazo
de san g re y de vino m alo.
Ke m etieron en m is o J o h
cu atro p ájaro s de bunio.
llAfit/ MtíNK»

Baila e) cuerpo con Itt «ombra


en la piel blanca del muro.
Una voz viene de lejos,
que viene del fin 4ei mundo;
- ¡Cinco llagas d«l "Cachorro"
para I o h brazos desnudos!
(para Jo» pechos de seda
el horizonte de muslo»)
Los crótalo» despedazan
un silencio de azulejos:
y enredado en las guitarras
el Fandango del Cepero
unta en leche de nostalgia
las curvas agrias del gesto.
Arriba, dóciles algas,
un ancho cielo apretado '
de cruces y medias tunas.
Itedoble de taco y taco
flamenco, ceñido y corto;
y en el dlseo gris del piso
algún rejero barroco,
forjó una estrella caída
de arabescos y madroños.
Ivos rasgueos
que se estiran
largos de pereza y cante.
La "peniya"
que se ahoga
tajo apagado en el aíre,
entre un Jaleo de palmas
y un temblor de "faralaes" , ,,
y el cuerpo queda «¡lavado,
LA POESÍA POST-MODERNISTA (2.(> grupo)

ácido, duro y m ordiendo


calien te rejó n m oreno
en los m o rrilo s del suelo!

AGUA F U E R T E D EL REDONDEL

Lujo de v alo r con m oños


Silencio de flor con sangre.
Se puso un dedo en los labios
ro ta de cuernos,, la tarde.
P o r el aire ca n ta n lu n as
y por la tie r r a verdades.
La ax ila del h o rizo n te
se prende su rojo lírico
y un m ism o tra je de luces
el redondel y el “ten d ió ”.
Que el que viene por lo suyo,
calien te de h is to ria y vino,
en un revuelo de estrellas
d esbrava el aplauso arisco.
Los g av ilan es y el alm a
ju n to s en el m ism o brío.
R elám pago de alam ares
nudo b o rrach o de in stin to
P o r el aire lu n as ro tas
y por la tie r r a suspiros.
B urla, burlando, la-M uerte
se vuelve por donde vino.
Un tro te de m ulos blancos,
un cielo dulce y feroz.
Subiendo en rosas de púrpura,
lirio negro, el M atador.
JlAOJi MONK8

Y en el cuerpo magro cuaja


Tocia la sangre de Dios,
que escupe sol y coraje,
desde el cogote al talón!

Hay color en ese desfile <le recuerdos y de percep-


tos. Actúa también lo subconsciente. Hay calidad pictó­
rica apretada en extracto. Objetiva. Expositiva.

(1) En todo esto del espectro, debemos aclarar para mía ma­
yor comprensión y juste/a don t ífica, que no se t rata do metáfora#,
Imágenes, Bino do corta real no perceptible por loa sentidos. Lo»
elemento» que Integran el percepto, estados preservativos y repre­
sentativos, no nos darían noticia de esa presencia en profundidad.
Tampoco se trata do una falsa percepción, No. Es la sombra de la
profundidad en la realidad exterior; Ja historia del alma sin los
hechos y sin ubicación espacial. Podríamos poner un ejemplo:
en “Macbeth", encontramos esta frase: "Oh! las castas estrellas
Esto dicho después de todo lo espantoso que ha acontecido. He
notará que no son las estrellas las que en su historia encierran ese
enorme prestigio. Estas podrían explicarse por un fenómeno físico-
químico cualquiera; pero el alma ha vivido bajo las estrellas y esta
historia es en profundidad y sin mayores datos. Una Inmensa carga
negra. En las piedras, en los bosques, en los ríos, mi el cielo, en la
noche, ese largo ulular. Ks nuestro “doble". El muerto. "141 que
fué quedándose en 1as lágrimas".
uootoSdqo

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