Está en la página 1de 2

28 de noviembre 1690

Ilustrísima Madre Superiora, yo, Sor Dorotea de los Ángeles de Jesucristo, me dirijo a
vuestra merced mediante este diario que me fue requerido por su santísima e ilustre
persona . En él relataré las experiencias que he vivido en estos cuatro meses
en los que me instruí con aquel insigne confesor docto en lo referido al asunto de las Indias.
Espero que éste sea muestra suficiente para evitar mi excomulgación de la Santa Iglesia
Católica.

Comenzaré contándole a vuestra merced lo ocurrido aquel decimoséptimo día del octavo
mes del año en curso. Debo admitir que se me desplomaba el ánimo sobre este tema,
puesto que mi insigne confesor, dictaba el curso en un horario de lo más desalentador,
devastadora hora diría yo, ya que éste se instaló interrumpiendo justo el Sagrado momento
de la segunda comida del día. En aquella primera clase este docto caballero y confesor mío
se refirió, groso modo, sobre lo que trataría nuestro curso referido a Las Indias, su
descubrimiento y todo a lo que a él se acontece. El ilustre confesor nos presentó ese
mismo día una extensa e interminable lista de obras que tenía por leer para adentrarme en
las profundidades difusas de este asunto;

Durante el mes de agosto el ilustre maestro me dio como lectura un libro titulado la Utopía,
en este se hacía detallada descripción de un país creado en la imaginación de Tomás Moro,
letrado hombre bajo las órdenes del rey Enrique VIII. La manera en la que la gente de
Utopía era, cuanto menos, bastante llamativa y peculiar para el gusto de quienes nos
hemos criado en estas tierras.

Habían en los hombres y las mujeres de Utopía varias virtudes que deben ser señaladas
con aprobación, como era su repudio al oro y las vestiduras lujosas, el respeto por el trabajo
duro y el esfuerzo, el respeto hacia sus mayores y su sabiduría, la repartición de los bienes
de la buena tierra, para que así nadie fuera ni muy rico ni muy pobre, su repudio completo
hacia la guerra barbárica y su respeto por el conocimiento, posición que absolutamente
comparto. Debo mencionar, vuestra merced, que esta lectura la vinculamos con el estudio
de los viajes y vicisitudes del renombrado Cristóforo Colombo, el insigne explorador que se
atrevió a traer a la tierra una acción digna de leyenda, dejando atrás la Ecumene que
conocía y adentrándose en las aguas misteriosas hasta encontrar y conquistar el terreno de
Las Indias, arriesgándose sin importar cuál fuere, de las dos famosas teorías (península
única y península adicional) la correcta, aunque nosotros ya sabemos que al final las dos
sucumbieron ante el descubrimiento de las tierras americanas, y con esta acción les
obsequio a los españoles miles de historias y mitos con los cuales alimentar su imaginación.

. Además de lo mencionado con anterioridad, el Ilustrísimo caballero me dio otra lección: el


“príncipe”, debo aclarar Madre Superiora, me hizo sentir algo contrariada la lectura en
cuanto a sus planteamientos. El letrado Nicolás Maquiavelo dedicó su obra al magnífico
duque Lorenzo de Médici de la bella Florencia como obsequio. Lo que Maquiavelo esculpe
en sus páginas es su visión del cómo los gobernantes debe de ejercer su poderío en sus
tierras. En aquella obra el autor habla de los peligros y problemas que un monarca podría
tener para mantener su reinado contra las adversidades. El italiano es conciso en que para
mantener y expandir el dominio de un señor es menester tener una moral dura e
inquebrantable, una moral digna del que no es cristiano; explicaré mi razón, Madre
Superiora, del porqué sentenció de “no cristiano” las reflexiones del Florentino. No sé si el
planteamiento del autor Florentino estaría bajo la luz de Nuestro Señor.
Otro texto insigne y fundamental del curso fue la Majestuosa poesía épica conocida como
“La Araucana”, escrita por el Excelentísimo Señor Don Alonso de Ercilla y Zúñiga; la cual
relata lo cometido por los españoles al llegar a aquella “fértil provincia señalada”, aunque
debo deciros, vuestra merced, que yo disido completamente de la acción avasalladora que
cometieron miles y miles de caballeros españoles al momento de tomar posesión de aquel
territorio desconocido y nuevo para muchos. ¿Por qué oh Reverendísima Señora, la
evangelización tenía que realizarse de manera tan mezquina y egoísta? Como fiel Sierva de
Jesucristo Nuestro Señor, yo abogo por la evangelización, pero ese camino hacia Dios debe
ser de manera voluntaria y no como os podéis dar cuenta en aquella poesía, de todos los
infortunios que hubieron de pasar esas criaturas indianas que no tuvieron otro remedio que
defender lo que hasta ese momento consideraban suyo ni mucho menos avalo la violencia
como medio y fin para los acometidos de la Santa Fé Católica. No creo que usted, una
mujer tan sabia y bien formada, pueda creer que mi explicita defensa por la libertad y la
dignidad de otros seres humanos, de hombres y mujeres que yo debo ver como mis
hermanos aunque su Fé esté mal enfocada, sea motivo para que mi alma sea condenada al
limbo pues alzar mi voz por el desvalido no me hace menos cristiana que nadie.

No podían quedar exentas de estos estudios las hermanas de mi fe, que como yo juraron su
fidelidad a Dios pero esto no les impidió instruirse y demostrar su talento en el arte de las
letras.
Sor Juana Inés de la Cruz fue una religiosa que usó su don en la escritura para decir lo que
nadie más se atrevía a señalar, hizo que el papel y la tinta fueran su voz y su voto, aunque
esto representara un problema para ella pues a las mujeres desde que el mundo es mundo
se nos ha prohibido acceder al conocimiento como a los hombres, y solo nuestro valor para
pelear por ello y la solidaridad de varones insignes como mi Maestro han podido romper
esto.
Sor Juana fue poetiza, y con sus versos fueron potentes llamados de atención para una
sociedad sumergida en ideas erróneas. En uno de sus poemas, el que más disfruté leer,
ella llamaba la atención a los hombres que buscaban mil y un sinsentidos para humillar a las
mujeres en sus acciones, aun cuando ellos mismos eran quienes las llamaban a obrar de
ciertas formas, señalaba lo absurdo de solicitar incesantemente a una mujer que fuera
indiscreta y luego insultar por falta de pudor, alegando que una buena dama no debería
dejarse caer en esas cosas ¿pero si no son ellos mismos los que quieren verlas caer y
luego se burlan cuando las ven en el suelo? Estas acciones no pueden esperar ser
ignoradas por quienes podemos bien verlas y oírlas.
No concibo que sea motivo de escándalo y censura mi apoyo a tales ideales ¿no fuimos
hombres y mujeres moldeados por el mismo Dios? ¿no fue su infinita sabiduría la que me
dotó con una voz que merece ser escuchada y con un cuerpo que merece ser respetado?
Por ello destaco que la amenaza de ser excomulgada no halla en mí base alguna, pues no
he roto jamás los mandamientos de la moral que Dios padre nos encomendó a partir de su
sagrada palabra.