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LA NACIÓN

La gran amenaza que ronda al papa Francisco

13 de septiembre de 2019 • 21:32

El Vaticano no sería el Vaticano sin sus intrigas e internas. Y esas confabulaciones y peleas
suelen terminar mal.

Todos los papas de los últimos 40 años las sufrieron. Juan Pablo I no tuvo tiempo de
experimentarlas; fue encontrado sin vida en su cuarto, en septiembre de 1978, un mes
después de haber asumido su pontificado. Las intrigas llegaron después, en la forma de teorías
conspirativas sobre su muerte, que fue el resultado -según se comprobó más tarde- de un
ataque cardíaco.

Las internas no fueron benignas con su sucesor, Juan Pablo II, y terminaron en un cisma, el
primero desde 1870, cuando los viejos católicos abandonaron la Iglesia luego de cuestionar la
infalibilidad papal. En 1988, el arzobispo tradicionalista francés Marcel Lefrevre -crítico del
concilio Vaticano II y defensor ferviente de la misa en latín- consagró obispos en abierto
desafío a Karol Wojtyla, quien no lo había autorizado. Fue entonces excomulgado y creó la
Fraternidad San Pío X.

Las disputas fueron bastante más despiadadas con Benedicto XVI. El estallido del escándalo del
Vatileaks -la filtración de documentos privados que describían un mundo de corrupción y
extorsión y de un lobby gay en la jerarquía eclesiástica- lo desgastó hasta que, agobiado,
renunció en 2013, ocho años después de haber asumido.

A Jorge Bergoglio no le faltan internas desde que se convirtió en papa, hace seis años y seis
meses. Pasado el asombro global por la elección del primer pontífice latinoamericano, las
disidencias comenzaron a surgir. La primera y más abierta fue la dubia a la exhortación
apostólica Amoris Laetitia, en la que un grupo de cardenales cuestiona como demasiado
flexible su posición sobre los divorciados vueltos a casar.

Ese grupo estuvo encabezado por el cardenal Raymond Burke, el rival más frontal de Francisco.
Hoy este religioso norteamericano, que fue desplazado por el Papa de varios puestos
importantes de la curia, es la cara más visible y empecinada de un grupo de católicos
ultraconservadores que no esconde su rechazo a Bergoglio ni su voluntad de forzarlo a
renunciar aunque su empeño parezca improbable.
Tal es la determinación de ese grupo -formado en su mayoría por religiosos, dirigentes y
empresarios norteamericanos- que el propio Pontífice habló de un cisma esta semana, cuando
volvía de su viaje a África.

"Siempre está la opción cismática en la Iglesia. Es una elección que el Señor deja a la libertad
humana. Yo no les tengo miedo a los cismas. Rezo para que no se den, porque está en juego la
situación espiritual de tantas personas", dijo el Papa.

Y advirtió, él también desafiante, que es un "honor ser atacado por los norteamericanos" y
habló de cómo la ideología se metió en la religión.

Fue una de las primeras veces en las que Bergoglio se manifestó abiertamente sobre la nueva
fractura en Iglesia sin descartar esa posibilidad. Si la oposición a los últimos dos papas
desembocó en un cisma y en una renuncia ¿cómo terminará entonces la resistencia
ultraconservadora a Francisco?

Qué le reprochan a Bergoglio

La Iglesia está hoy tan polarizada y atravesada por la política y la ideología como la mayoría de
las naciones de Occidente. El ala ultraortodoxa de Vaticano binario le cuestiona a Francisco su
aperturismo y sus ideas económicas; lo llaman el "papa comunista".

Una de las razones de la elección de Bergoglio fue precisamente su postura más flexible y
hasta reformista ante los desafíos sociales del siglo XXI. Los cardenales que votaron en el
cónclave de marzo de 2013 pensaban que eso ayudaría a la Iglesia a reencontrarse con sus
fieles para detener la sangría que vaciaba las iglesias en todo el mundo.

Curiosamente varios de los cardenales clave en su elección eran norteamericanos, como hoy lo
son aquellos que pugnan por ver el ocaso de su papado.

Esa última rama está convencida de que el Papa está embarcado en un proceso de destrucción
de la fe y de los dogmas con su apertura a los gays y divorciados, su respaldo a los migrantes y
pobres, sus críticas al capitalismo, su acercamiento al islam y su condena de la pena de
muerte.

Dos temas son hoy los que más reproches despiertan entre los ultraconservadores.
Por un lado, acusan al Papa de llegar mal y tarde al tema de los abusos sexuales por parte de
religiosos, que para ellos está casi exclusivamente relacionado a la existencia de homosexuales
en las filas de la Iglesia.

Por el otro, creen que es herético siquiera evaluar la posibilidad de ordenar a sacerdotes
casados, una alternativa que el Vaticano no descarta del todo ante la imagen de seminarios
cada vez más desérticos.

Quiénes son

Los crecientes cuestionamientos a Francisco van más allá de los tradicionalistas


norteamericanos; las críticas cruzan fronteras. Sin embargo, es en Estados Unidos donde más
se amplifican, ayudadas por organizaciones laicas ultraconservadoras que cuentan con
donaciones de empresarios y dirigentes tan millonarios como poderosos.

Burke y Carlo Maria Viganó

Burke, exarzobispo de St. Louis, es la punta de lanza, casi el héroe de esa resistencia. También
como ariete de esa batalla está Carlo Maria Viganó, protagonista primero de los Vatileaks,
nuncio en Estados Unidos después, y acusador de Bergoglio finalmente. Fue él quien, hace un
año, publicó una carta en la que involucraba al Papa en el encubrimiento de los delitos
sexuales de otro cardenal norteamericano -clave en su elección- y en la que exigía su renuncia.

Steve Bannon

Como toda resistencia, la oposición a Bergoglio tiene su pata política y esa está encabezada
por Steve Bannon, excerebro electoral de Donald Trump, católico tradicionalista y uno de los
personajes más decisivos en la ofensiva por crear un movimiento populista global de
ultraderecha. Bannon y Burke se conocen desde hace cinco años, pero hace dos meses el
cardenal decidió alejarse del gurú político asustado por el tono de sus tácticas.

Los think tanks y los millonarios

Estados Unidos no es el país con la mayor cantidad de católicos en el mundo (Brasil ocupa el
primer lugar); tampoco es la nación con mayor cantidad de cardenales electores (cuenta con
11 entre 118); esa posición la retiene Italia.
Pero cuenta con varias organizaciones dispuestas a marcar los destinos de la Iglesia y a ellas no
les faltan recursos. Financiados por empresarios, el instituto Napa y el INSTITUTO ACTON son
los abanderados laicos de la ofensiva contra Bergoglio.

El primero, una organización tradicionalista, es la fuente de la crítica moral al Papa y recibió


varios cientos de miles de dólares de la familia Koch, que es dueña de refinerías y otras
industrias, está entre las más ricas de Estados Unidos y fue una de las mayores donantes de la
campaña de Donald Trump.

El segundo instituto es un think tank ultraliberal y de allí proviene el cuestionamiento


económico a Bergoglio. Detrás de esa organización está, entre otros, la familia DeVos, dueña
de la empresa Amway; Betsy DeVos, nuera del fundador de la firma, es hoy la secretaria de
Educación de Estados Unidos.

Ambos institutos organizan muy frecuentemente seminarios con personalidades de la


economía, la academia y la política norteamericano en los que Francisco es siempre el gran
blanco.

Otra organización poderosa que se fue enemistando gradualmente de Francisco es Legatus,


fundada por Thomas Monaghan, el dueño de Domino's Pizza, y compuesta por un grupo de
CEO católicos y fervientes defensores de un Estado casi ausente en la economía.

La contraofensiva de Francisco

Más político que su antecesor directo, Ratzinger, Francisco no tiene ninguna intención de dar
su brazo a torcer. Aunque él nunca descarta la posibilidad de renunciar, no da señales de que
vaya a hacerlo próximamente ni de que vaya tampoco a modificar su discurso, su gestión del
Vaticano o su visión de hacia dónde debe ir la Iglesia.

Consciente también de que el ala ultraconservadora no se va rendir fácilmente, Bergoglio está


lentamente construyendo un cuerpo cardenalicio muy en línea con su perfil aperturista. Esta
semana anunció 13 cardenales nuevos, todos ellos provenientes de lo que él llama "la
periferia". Pone así su mira en el mismo lugar en el que la tiene la resistencia ultraortodoxa: en
el próximo cónclave y en su sucesor. La batalla no es solo por el Vaticano sino también por la
Iglesia del futuro. Y ninguno de los protagonistas tiene previsto renunciar a ella.

Por: Inés Capdevila