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MARGARET MEAD

EL HOMBRE
y la
MUJER


COMPAÑIA GENERAL FABRIL EDITORA
T ítulo del original inglés:
M A L E AND FEM ALF,

© by Margaret Mead
Traducción de
L . M . CAPIUOLI

IM P R E S O E N L A ARGENTINA
PM N TED IN ARGENTINA

Qued.i hecho el depósito que previene la ley N ? 11.723.


© 1961 by C o m p a ñ ía G e n e r a l F a b r il E d it o r a , S. A., Bs. As.
A mis padres
ED W A RD SHERW O O D MEAD
E M ILY POGG MEAD
L as observaciones directas sobre las que se basa este libro compren-
d in u n lapso de catorce años, 1925-1989; los conceptos abarcan toda
n i vida profesional, 1923-1948. L os estudios y las investigaciones fu e ­
ron llevados a efecto con diversos y generosos auspicios: del Museo
A m ericano de H istoria N atural, que m e ha acogido y alentado desde
1926 y m e ha brindado el apoyo económico del Fondo F oss para las ex­
pediciones; del Consejo N acional de Investigaciones; del Com ité de
Investigaciones sobre D em entia P raecox, respaldado por el R ito E sco­
cés del Trigésim o T ercer Grado, Jurisdicción M asónica del N o rte; del
Gobierno N a v a l de los E stados Unidos en Sam oa, del Consejo de In ves­
tigaciones en Ciencias Sociales del M inisterio del In terio r y T errito­
rios de A ustra lia , de la A dm inistración del T erritorio bajo mandato
de N u eva Guinea, del Gobierno de las Indias O rientales Holandesas y
de varias agencias del Gobierno de los E stados Unidos. D urante m is
largos períodos de residencia en lugares apartados he contado con la
cooperación de m uchas personas y quiero agradecer especialm ente al
señor ju e z don J . M . P hillips, C. B . E ., al señor E . P . W . Chinney, al se­
ñor E d w a rd J. H olt y a la señora de H olt, y al g ra n a rtista fallecido
W alter Spies. Por colaboración en el campo de las observaciones direc­
tas, les estoy in fin ita m en te reconocida, m ucho m ás de lo que puedo
expresar, a Gregory Bateson, Jea n Belo y Reo F ortune y a nuestro
asistente balines 1 Made K aler. N o podría dar u n a idea siquiera de lo
mucho que les debo a los centenares de personas del Pacífico cuya pa­
ciencia, tolerancia de diferencias, confianza en m i buena fe e inquie­
ta curiosidad, hicieron posibles estos estudios. M uchas de las criaturas
que tu v e en los brazos y de cuyo com portam iento tenso y tranquilo re­
cibí nociones que de ninguna otra m anera hubiera podido adquirir, son
hoy hombres y m ujeres adultos; la vida que cobran en las notas de un
antropólogo tendrá siem pre algo de m aravilla tanto para ellos como
para el antropólogo. A partados de la corriente principal de la civiliza­
ción, han conservado la delicada tra m a de sus culturas, y a través de
■i-z • J t'.'S ,ic kan contribuido a la comprensión contem poránea de las
pc-‘nunaHdades de la hum anidad.
C roño lógicamente, este libro representa el desarrollo de m i penga-
—.¡m ió sobre este problema en particular a p a rtir de la publicación
fie Sexo y tem peram ento en 1935.. C ontinúa tam bién con el hilo del
tem a al que m e he dedicado durante toda m i vida profesional y ex­
presa m i reconocimiento por las ideas recogidas en el transcurso de
la m ism a, especialm ente de F ra n z Boas, R u th Benedict, L u th e r Cress-
m an, W illiam F ielding O gburn, E dioard S apir, Reo F ortune, A .
R . R adcliffe-B row n, P hilip M osely, E a rl T. E ngle, R obert y H elen
L ynd, Law rence y M ary F ra n k, G regory Bateson, John Dollard, W .
L lo yd A w m e r , E r ik H om burger E rikso n , G ardiner y Lois M urphy,
K in g sley Noble, G eoffrey Gorer, K u r t Levñn, R obert Lam b, H arold
W o lff, G otthard C. Booth, M arie Jaha, E rw in Schuller, E ve lyn H u t-
chinson, F rancés llg , Rhoda M etra u x, N a th a n L eites, M arth a W olfens-
tein, y E d ith Cobb. P or su ayuda en la preparación de este m anuscri­
to, les estoy profundam ente agradecida a m i m adrina, Isabel E ly Lord
y a M arie Eichelberger, M arión M arcovitz, Carol K aye, Ju d ith Calver
y C atherine Schneider. A m i abuela, M a rth a R am sey Mead, a m i p a ­
dre, E d w ard Sherw ood Mead, y a m i m adre, E m ily Fogg Mead, les
debo la fe en la búsqueda del conocimiento, la convicción de que las ob­
servaciones y el análisis deben realizarse con am or para que resulten
constructivos tanto para los que estudian como para los que son estu­
diados, y les debo finalm ente la identificación con m i propio sexo que
ha orientado m is trabajos hacia el estudio de los niños.

M a rga ret M ead


Cobb Web
F alls Village, Connecticut
19 de octubre de 1948
PRIMERA PARTE

INTRODUCCION

1. LA S IG N IF IC A C IO N DE LAS PREGUNTAS
QUE HACEMOS

¿Qué concepto h an de ten er los hombrea y las m ujeres de su m asculini-


dad y de su fem ineidad en este siglo veinte, cuando ta n ta s de n u estras
an tig u as ideas deben renovarse? ¿H abrem os domesticado demasiado
a los hom bres, habrem os negado su n a tu ra l esp íritu aventurero, los
habrem os atado a m áquinas que, al fin y. al cabo, no son sino husos y te ­
lares glorificados, m orteros y azadas, que an tes correspondían a ta re a s
de m u jer? ¿H abrem os aislado a las m ujeres del contacto n a tu ra l con
sus hijos, les habrem os enseñado a b uscar u n empleo en vez de la c a ri­
cia de la m anecita de u n niño, a a s p ira r a c ie rta catego ría en un m un­
do en el que rein a la com petencia m ás que a u n lu g a r señero ju n to al
fuego del hogar? Al educar a las m ujeres igual que a los hombres,
¿habrem os hecho algo desastroso tartto p a r a los hom bres como p ara
la s m ujeres, o habrem os solam ente iniciado o tra e ta p a de la ta re a pe­
riódica de d esarro llar m ás y m ejor n u estra n atu raleza hum ana ori­
ginal?
E sta s p reg u n ta s están siendo form uladas de cien m an eras d istin tas
en n u e stra A m érica contem poránea. L as encuestas, los folletos y los
artículos de las rev istas especulan, censuran y. expresan preocupa­
ción p o r la relación en tre los sexos. E n las películas, la s chicas boni­
ta s que usan anteojos de carey y zapatos de tacón bajo son p rim e ra­
m ente hum illadas por com petir con los hombres, p a r a ser luego p er­
donadas y am adas, perm itiéndoseles se r a tra c tiv a s sólo cuando h an
reconocido su erro r. E n los carteles de p ropaganda se les dice ah o ra
a los hom bres que si u san el sombrero indicado pueden lleg ar a ser el
e'.egido, el ser am ado (papel que an tes estab a reservado p a r a las m uje­
res). L as an tig u as certidum bres del pasado h a n desaparecido y su r­
gen por todas p a rte s indicios de u n a te n ta tiv a de c re a r u na nueva t r a ­
ic ió n que, al igual que las v iejas tradiciones desechadas, rodee a los
niños y a las n iñas p a ra que cuando crezcan se elijan unos a otros, se
casen y tengan hijos. L as m odas reflejan la huella de esta in certidtim ­
b re: el new look de 19-17 capto en p a rte la im agen fu g az de las m a­
dres de la generación a n te rio r, los muchachos hallaro n nuevam ente
que las chicas eran elegibles como esposas — como lo h ab ían sido sus
m adres — , m ien tras que las chicas m ism as adquirieron o tra fem inei­
dad al ad o p tar u n an d a r cim breante en arm onía con la sensación re ­
cordada de las am plias fald as de volantes que en otro tiem po habían u sa­
do sus m adres. E s probable que en cada p a re ja de enam orados ambos
se estén preguntando cuáles ha.n de se r los próxim os pasos de un ba­
llet e n tre los sexos que se h a a p a rta d o de la línea tradicional, u n ballet
en el que cada p a re ja debe i r inventando los pasos a m edida que av an ­
za. Cuando él insiste, debe ella ceder, y ¿h a sta qué punto? Cuando ella es
exigente, debe él im ponerse, y ¿con qué g rado de firm eza? ¿Quién da el
próxim o paso hacia adelante o hacia a trá s? ¿Qué significa se r u n hom­
bre? ¿Qué significa ser u n a m u je r?
Un solo libro no puede p rete n d er m ás que ro z a r apen as u n a cuestión
que es ta n fun d am en tal p a r a 1a. vida hum ana. He tra ta d o en este libro
de hacer tr e s cosas. P rim eram ente, tra to de d esp ertar u n a m ayor con­
ciencia de cómo todas las nociones que adquirim os sobre nuestro p ro ­
pio sexo y n u e stra relación con el otro sexo se fu n d an en las d iferen ­
cias y sim ilitudes que existen e n tre los cuerpos de los seres hum anos.
H ab la r de nuestros cuerpos es difícil y complicado. E stam os h a ­
bituados a cubrirlos, a re fe rirn o s a ellos indirectam ente con expresio­
nes fam iliares o en otro idiom a, h a s ta a encubrir el sexo de la s cria­
tu ra s con cin tas celestes y rosadas. E s difícil llegar a ten er c la ra con­
ciencia de cosas que h a n estado y e sta rá n siem pre su je ta s a nuestros
pudores y reticencias. Rechazamos, y con ju s ta razón, los catálogos de
caricias ordenadas en ta b la s de frecuencia o los relato s de la in fan cia
que parecen histo rias clínicas. P o r lo ta n to , a f in de que podamos pen­
sa r vividam ente, y sin em bargo desde cie rta distancia, en la fo rm a
en que n uestros cuerpos aprenden a lo larg o de la vida a ser m ascu­
linos, a se r fem eninos, he recu rrid o -—■en la p rim e ra p a rte del libro —■
a las siete cu ltu ras de O ceanía, que he estudiado d u ran te el último
cu a rto de siglo. Sus nociones fu ndam entales son las m ism as que las
n u estra s: cada c ria tu ra debe ap re n d er, m ien tras su m adre la am am an­
ta , que es del mismo sexo, o del sexo opuesto, que la m adre que la conci­
bió, quG el q u s l s G n ^ciidro . Q uizel cuando sea g f s n d s t í n in o
use lanzas y. arcos y flechas en vez de portafolios y estilográficas, pero
ten d rá tam bién que c o rte ja r a u n a m u jer, conquistarla y m antenerla.
P o d rán la s m ujeres u s a r la m ás breve in dum entaria y p asarse la vida
desempeñando la s ta re a s m ás sim ples im aginables, pero al acep tar a
sus m aridos y al d a r a luz a sus hijos en la la d era verde de la m ontaña,
a veces sin poder siquiera guarecerse de la lluvia, deben h acer fre n te
: ■¿j - i esencial de m ujeres ta n ineludiblem ente como las que
i. r=s 1 '. i= en un sanatorio moderno. Observando las etapas
- 3 - i - =s - r cuales sus niños aprenden a qué sexo pertenecen, pode-
- s - r riT i ten er una idea del proceso por el cual se aprende a ser
- lt :* : ¿ =«r m ujer, y a com prender cómo hemos adquirido nosotros
■- que tenem os de n uestro propio sexo. De ah í que h ay a titula*
j . segunda p a rte “Los medios del cuerpo”.
£ - La. p a rte siguiente, “ Los problem as de la sociedad”, me he basa-
- — en las siete cu ltu ras de Oceanía que he estudiado personal-
- r. i- sino tam bién en p a rte de los conocimientos que poseemos sobre
x ü Las sociedades hum anas, ya que cada sociedad ha intentado cre ar
del tra b a jo , establecer u n vínculo que u n a a los hom bres con
.1 = m ujeres y los niños, a s e g u ra r que los niños sean alim entados y
- a , y resolver los problem as que surgen cada vez que los impul-
. : je m a le s individuales deben disciplinarse dentro de fo rm as socia-
Podemos idear form as de fam ilia m ás adecuadas p a ra n u es tra vida
: ie m a si sabemos qué moldes se h an usado en el pasado, cuáles son
. : elementos comunes que ninguna sociedad ha podido h a sta ahora
¿éiccnocer, y cómo la s reg las sobre el incesto h an hecho posible el des­
i r .olio de la vida de fam ilia ta l como la conocemos. ¿Qué lo g ra la fa -
ü i i a , cómo funciona, y qué relación h ay e n tre la vida de fam ilia, con
tensiones y sus prohibiciones, sus sacrificios y satisfacciones, y la
:> '.encía que su rg e n a tu ra lm e n te de los hom bres y la correspondencia
espontánea de la s m ujeres, que florece m ás lentam ente?
Cada u n a de las sociedades hum anas conocidas h a tra ta d o de h a lla r­
le un a solución a este problem a, de c o n tra rre s ta r la incom patibilidad
que existe en tre la espontaneidad del hom bre y. la monotonía doméstica,
a com patibilidad excesiva que hay e n tre la docilidad de la s m u jeres y
.a perpetuación de alg u n a tradición severa y anticuada. E n esta épo­
ca, en la que m illones de m ujeres no tienen ni consorte n i hijos, o están
solas p a ra criarlos, en la que ta n to s hom bres andan o tra vez por el
mundo inquietos y e rra n te s, este problem a es hoy ta n u rg en te y ta n
ineludible como antes. Los pueblos que no lo a fro n ta n no pueden sobre­
vivir integralm ente como seres hum anos.
E n la c u a rta p a rte , “Los dos sexos en la A m érica contem poránea”,
vuelvo a lo conocido, a lo fam iliar, a lo que es concretam ente urgente,
a la relación e n tre los sexos en A m érica hoy en día, a la in fan cia, el no­
viazgo y el m atrim onio aquí en los E stad o s U nidos, vistos com parati­
vam ente, en co n traste con ias costum bres de o tra s sociedades.
Y finalm ente tr a to de su g e rir de qué m an eras podríam os, como civi­
lización, aprovechar los dones especiales de las m u jeres ta n plena-
—.ente como hemos aprovechado los de los hom bres, creando así form as
ie civilización que sepan h acer uso cabal de todas la s dotes hum anas.
Cada una de las p a rte s principales del libro constituyo u n a unidad. E l
lector puede com enzar por la niñez en Oeeanía, o por el problem a del
sexo en la sociedad, o po r el sexo en los E stados U nidos de hoy, según
su tem peram ento o su gusto. Las tre s p arte s tienen como origen el
mismo método, la disciplina de la antropología, la ciencia de la costum ­
bre, m ediante el cual hemos aprendido a observar los medios y las nor­
m as de que se lia valido el hom bre p a ra c re a r diversas y provocativas
cu ltu ras hum anas sobre la base de la herencia biológica común.

L as diferencias que existen entre los sexos constituyen u n a de las


condiciones im portantes sobre las que hemos creado las diversas v a­
riedades de cu ltu ra hum ana que dignifican y enaltecen al hombre. E n
todas la s sociedades conocidas la hum anidad ha estilizado la división
biológica del tra b a jo , inventando fo rm as que a menudo están sólo re ­
m otam ente relacionadas con las diferencias biológicas originales que
proporcionan la clave en u n principio. Basándose en el co n tra ste de
las form as y funciones corporales, los hombres h an creado analogías
en tre el sol y la lu n a, el día y, la noche, la bondad y la m aldad, la fu e r­
za y la te rn u ra , la constancia y la veleidad, la resistencia y la f ra g ili­
dad. U n as veces cie rta cualidad le ha sido atrib u id a a uno de los sexos;
o tra s veces, al otro. E n ciertos casos los varones han sido considerados
como infin itam en te vulnerables, prodigándoseles especiales y tiernos
cuidados; en otros, las m im adas son la s niñas. E n ciertas sociedades los
padres tienen que re u n ir u n a dote p a ra sus h ija s o celebrar rito s m á­
gicos p a r a conseguirles m arid o ; en o tras, la preocupación de los p a­
d res rad ica en las dificultades que se presen tan p a r a c a sa r a los v a­
rones. A lgunos pueblos consideran que las m ujeres son dem asiado f r á ­
giles p a r a tr a b a ja r al a ire libre, otros las consideran a p ta s p a ra lle­
v a r pesadas carg as porque ‘'tien en la cabeza m ás d u ra que los hom­
bres” . L a periodicidad de la s funciones reproductivas fem eninas h a
hecho p en sar a algunos pueblos que las m ujeres e ra n fu en tes n a tu ra ­
les de poder m ágico o religioso, m ien tras que otros han pensado que
eran precisam ente la an títe sis de dichos poderes; alg u n as religiones,
incluso n u e stra s religiones europeas tradicionales, le han asignado a
la m u jer u n a posición in fe rio r en la je ra rq u ía religiosa, o tra s han ba­
sado toda su relación sim bólica con el mundo so b ren atu ral en im ita ­
ciones m asculinas de la s funciones n atu ra les de la m u jer. E n algunas
cu ltu ras se considera a las m ujeres incapaces de g u a rd a r u n secreto;
en o tras, los chismosos son los hombres. Y a se tr a te de m enudencias o
de cuestiones im portantes, y a de ia frivolidad del adorno y los cosmé­
ticos o bien del lu g a r sagrado del hombre en el universo, en co n tra­
mos siem pre que los papeles de los sexos h an sido precisados de m a­
n era s m uy diversas y a menudo com pletam ente contradictorias. Pero
siem pre encontram os p atrones. No conocemos ninguna cu ltu ra que h a ­
y a expresado, c la ra y distintam ente, que no h ay diferencia alg u n a en­
tre el hom bre y la m u je r a p a rte de la fo rm a en que cada uno co n tri­
buye a la creación de la generación siguiente, que son por lo dem ás en
todo sentido sim plem ente seres hum anos dotados de d istin ta s cualida­
des que no pueden atrib u irse exclusivam ente a uno u otro sexo. N o en­
contram os n inguna cu ltu ra en la que las ca racterísticas reconocidas
— la estupidez y el talento, la belleza y la fealdad , la cordialidad y la
hostilidad, la iniciativa y la obediencia, el coraje y la paciencia y la labo­
rio sid a d — sean ta n sólo cualidades hum anas. A unque estas cualidades
se hayan asignado diversam ente, u nas a u n sexo, o tra s al sexo opues­
to y algunas a am bos, aunque la atribución parezca caprichosa (ya que
seguram ente no es posible que la cabeza de la m u je r sea al mismo tiem ­
po absolutam ente m ás débil — p a ra llevar c a r g a s — y absolutam en­
te m ás fu e rte — p a ra llevar c a r g a s — que la cabeza del hom bre),
aunque la división haya sido a rb itra ria , siem pre h a existido en todas
las sociedades conocidas.
De modo que en este siglo veinte, al t r a t a r de rev a lu ar nu estro s re ­
cursos hum anos y al preocuparnos por alcanzar la p lenitud hum ana,
nos enfrentam os con u n conjunto de pruebas aparen tem en te contradic­
to ria s acerca de las diferencias en tre los sexos, que nos llena de p er­
plejidad y confusión. Podríam os m uy bien p reg u n ta rn o s: ¿E s que tie ­
nen im portancia? ¿E xisten a p a rte de las evidentes diferencias an ató ­
micas y físicas, diferencias reales que, a u n siendo tam bién de origen
biológico, puedan disim ularse m ediante las enseñanzas de u n a socie­
dad, pero que no obstante estén siem pre presentes? ¿Y acen dichas di­
ferencias en el fondo de la conducta de todos los hom bres y. m ujeres?
I s de esperar, por ejemplo, que u n a n iña valiente sea m uy valerosa, pe­
ro sin te n er nunca el mismo tipo de coraje que u n v aró n valiente, o que
■aa hom bre que se dedique todo el día a u n a labor monótona llegue a p ro ­
ducir m ás que cualquier m u jer de su sociedad, pero a costa de u n sa-
.riíicio personal m ayor? ¿Son reales estas diferencias y h an de te n er­
se en cuenta? ¿S ignifica el hecho de que los hom bres y las m ujeres h a­
y an creado en todas la s sociedades una g ra n e s tru c tu ra a rtific ia l de
diferencias socialm ente definidas e n tre los sexos (que no son eviden-
■.«aente características de toda la hum anidad, ya que el pueblo vecino
podría entonces p en sar en sentido exactam ente opuesto), que es me-
rs s te r c re ar ta les estru c tu ras? A quí surgen dos p reg u n ta s d iferen tes:
_No estarem os hablando de u n a necesidad que no nos atrevem os a de-
. i r a un lado porque está a rra ig a d a en n u e stra n atu ra lez a biológica
áe m am íferos que desdeñarla a c a rre a ría m ales individuales y sociales?
. ‘ será u n a necesidad que, aunque sin raíces ta n hondas, es sin em bar­
ra de g ra n conveniencia social y. está ta n bien probada que no sería
: r : T e c h o s o desdeñarla, u n a necesidad que señala, p o r ejemplo, que es
fácil que nazcan y se críen los niños si estilizam os la conducta
,;s dos sexos de acuerdo con patrones bien definidos, enseñándoles a
cam inar, a vestirse y a com portarse de m anera co n tra sta n te y a espe­
cializarse en d istintos tipos de tra b a jo ? P ero existe todavía u n a te rc e­
r a posibilidad. ¿N o son valiosísim as las diferencias en tre los sexos, no
constituyen uno de los recursos de la n atu ra lez a hum ana utilizados por
todas las sociedades, pero que '.ninguna sociedad h a comenzado aú n a
aprovechar plenam ente?
Vivimos en u n a época en la que todas las interrogaciones deben ju z ­
g arse en función de su urgencia. ¿Son académ icas estas p reg u n ta s
acerca del papel que desem peñan y, que p o d rían desem peñar los sexos?
¿R esultan ellas p eriféric as en relación con los problem as centrales de
nuestro tiem po? ¿C onstituyen estas discusiones u n a ociosa p érd id a de
tiem po m ien tras a rd e Rom a? Creo que no.
La supervivencia de n u e s tra civilización, que hoy podemos d estru ir,
depende de la precisión cada vez m ayor con que estimemos n u e stra s lim i­
taciones y n u estra potencialidad como seres hum anos y especialm ente
como sociedades hum anas. Ja m á s en la h isto ria h a tenido la hum ani­
dad an te sí a lte rn a tiv a s ta n trascendentales. E s cierto que en el p a sa ­
do un pequeño grupo de salv ajes podía o p ta r por v a g a r dem asiado h a ­
cia el no rte y m o rir de frío a la llegada del invierno, o podía u n a pe­
queña banda de rebeldes h a b ita n te s de la s islas del m a r del S u r m a rc h a r­
se en u n a canoa, navegando hacia el poniente p a r a no re g re sa r, y ta m ­
bién podían las trib u s vecinas com batir en u n a g u e rra que d estru y era
la cu ltu ra de am bas, dejando ap en as algunos sufridos rem anentes hu­
m anos que debían m a rch arse y ap re n d er la lengu a y las costum bres
de algún otro grupo social. Los hom bres podían esclavizar a pueblos
enteros, a r r a s a r aldeas y ciudades, los colonizadores podían d e stru ir
el alm a m ism a de u n pueblo y abandonarlo, apenas con el p an de cada
día, a u n a vida mucho menos h u m an a que la del salv aje m ás sim ple;
los sistem as m ilitares podían reg im en ta r a grupos enteros d en tro de
u n a existencia social e stric ta y. m u tilad a incapacitándolos p a ra u n a
vida hum ana ín te g ra. N inguno de estos poderes es nuevo — n i el de
m a ta r a los individuos, n i el de d e s tru ir la integración social de los g ru ­
pos, ni el de deshilar la fin a tr a m a de la cu ltu ra h u m an a dejando des­
nudos y avergonzados a quienes la hu b ieran lucido con o rg u llo — ; son
poderes que el hom bre h a tenido en su m ano desde que com enzara a
c re a r u n a trad ició n social que ab a rcab a el conocimiento de h acer a r ­
m as adem ás de h erram ien tas, de o rg a n iz a r ejércitos y ofensivas diplo­
m áticas al igual que re u n ir p a rtid a s de ca 2a y grupos de cosechadores,
un a trad ició n que incluía el deseo de convencer a los dem ás hombres
que sus costum bres e ra n in ferio res y sus dioses falsos. P ero m ien tras
los hom bres estuvieron disem inados sobre la faz de u n p la n eta que
llevó m ilenios poblar, y m ien tras la m ayoría de loa que iniciaban largos
viajes no llegaban al f in de lo» mismos, m ien tras n a u fra g a b a n cin­
cuenta canoas po r cada u n a que llegaba a otro atolón de coral, aunque
... - : . : : wt , . . - t . í i í z riesgos, aunque la s sociedades vivieran en peli-
¿3» - ü r - ^ r s í hum anas se m an tu v ieran en p recario equilibrio en
t i ' —z z í i que no sabían g u ard a rla s, la g ra n tradición, v aria-
—díT--íí. de la cu ltu ra hum ana estaba segura. E s cierto que al-
podían desaparecer por completo, aunque parezca increí-
t : - = -zz invento ta n complejo y ta n perfecto como lo es u n a lengua
— i:. Tiempo creada y hablada con am or por ancianos y niños —
: — - desaparecer. Sin em bargo, h an desaparecido idiomas, y sólo co-
^ £= : = los idiom as de muchos indios am ericanos a trav é s de textos
de labios de los últim os seres hum anos que los hablaron.
__ , ; ¿nricuarios escudriñan los vestigios de lenguas m u ertas que
■ i - í - r r a n grabados en p iedra. Pero la fac u ltad de ten er u n lenguaje,
. --:~íz z de que todos los hom bres que vivieran en grupos p o drían te-
z .m b re s y verbos, conform e a un p atró n fonético, m ediante I03
. . - í sería posible com unicarse, estaba segura. P orque aunque m u-
lenguas m urieron, o tra s fu ero n creadas e n tre los pueblos que se
- ra-ron del desastre de la peste, el terrem oto o la g u erra, que azo tara
~-n» p a rte de la hum anidad borrando todo vestigio de su idioma,
-’uir.do los que hemos llegado a la edad m a d u ra o somos y a ancianos
i r=mos niños, leíam os en los libros de h isto ria leyendas rom ánticas
i .ír : a de las a rte s perdidas y n u e s tra im aginación quedaba hechizada
.: n los relato s de métodos olvidados de te m p la r el acero o de fa b ric a r
. irio de color, com prendiendo luego que civilizaciones e n teras se
iría n perdido y que y a n ad a queda del p a tró n intrincado de G recia o
: e P ersia, de E gipto o del antiguo P erú , en n ingún hombre n i en nin­
guna m u jer, ni en el an d a r, ni en el porte, n i en el lenguaje, n i en la
-:an era de vivir. L a pérdida de u n a r te ú til — como en el caso de los
-im itan tes de las islas del Pacífico a u s tra l que u n día y a no supieron
: in s tru ir canoas y quedaron prisioneros p a ra siem pre en las peque­
ñas islas a la s que hab ían llegado siendo audaces m a rin o s— quizá
haga estrem ecer de horro r a los que tienen im aginación. Si los senci­
llos hombres de la s islas olvidaron el a rte de co n stru ir canoas, ¿no po­
drán los pueblos m ás complejos olvidarse de algo que sea igualm ente
esencial p a r a su vida? ¿E s posible que el hom bre moderno h ay a olvi­
dado su relación con el resto del m undo n a tu ra l h asta el extrem o de a is­
larse del la tir de su propio pulso, de escribir poesía solam ente al com­
pás de la s m áquinas ap artán d o se irrem isiblem ente de su propio co­
razón? ¿E s posible que debido a la recién descubierta preocupación
por ei dominio del mundo n a tu ra l los hom bres se hay an olvidado tan to
de Dios como p a ra querer c re a r u n a b a rre ra infranqueable co n tra la
sabiduría del pasado? L a gente ya se ha hecho estas p reg u n tas, los poe­
ta s y los filósofos de antaño percibieron intuitivam ente que la hum a­
nidad podría llegaT un día a tener dem asiado poderío a su alcance.
Pero por m uy im aginativos que fuésem os, por m ás que llorásem os las
glorias pasadas de Grecia, de la In g la te rra isabelina o de la Florencia
del Q uattrocento, preguntándonos si la n atu ra lez a hum ana podría j a ­
m ás volver a fu n d irse en u n molde ta n perfecto, sólo hacíam os ejerci­
cios espirituales, tra ta n d o de que la m ente y el corazón fu e ra n m ás sen­
sibles a toda la tradición hum ana; no nos enfrentábam os con un
problem a rea l y aprem iante.
H oy vivim os en otro mundo, en un mundo ta n íntim am ente relacio­
nado que ningún grupo, p o r pequeño que sea, puede sucum bir an te un
d esastre — ya sea la peste, la revolución, la agresión e x tra n je ra o el
h a m b re — sin que tiem ble la e s tru c tu ra del mundo entero. Por más
que lo desee, ya no puede ningún pueblo g u a rd a r un invento como la
pólvora p a ra u tilizarlo en fuegos artific ía les en vez de cañones. E s ta ­
mos llegando a u n a a ltu ra en la que cada paso que damos no sólo puede
te n e r repercusión en el m undo entero y ser de im portancia p a ra la h is­
to ria del fu tu ro , sino que podemos ten er la certeza de que será im por­
ta n te p a r a todo el mundo. A sí como la cu ltu ra de cada pequeña so­
ciedad a n tig u a se desarrolló, se modificó, y floreció o declinó, desapa­
reció o se tran sfo rm ó en o tra , sin que n ingún hecho que tu v ie ra lu g ar
dentro de esa e s tru c tu ra p u d ie ra considerarse totalm ente in sig n ifican ­
te en relación con el todo, a s í tam bién hoy la cu ltu ra del mundo tiende
a ser única, única por su interdependencia, pues lejos está de ser una
sola por los contrastes y discrepancias que hay d entro de ella.
L as decisiones que tomemos ahora, como seres hum anos y como
m iem bros de grupos con suficiente poderío p a ra a c tu a r, pueden com­
prom eter el fu tu ro como nunca lo com prom etieron an tes las decisio­
nes de los hombres. E stam os colocando los cimientos de un sistem a de
vida cuyo alcance m undial puede lle g ar a ser ta n vasto como p a ra no
te n e r riv al, y la im aginación de los hombres e s ta rá a la vez a m p ara­
da y p risionera dentro de los lím ites del sistem a que creemos. Porque
p a r a el pensam iento creador los hom bres necesitan el estím ulo del
contraste. Sabemos po r d u ra experiencia cuán difícil es p a r a los que
se h an criado dentro de u n a civilización sin a p a rta rs e nunca de sus con­
ceptos, im aginar, por ejemplo, lo que se ría u n idiom a con trece géne­
ros. E s claro — p ie n sa n — : masculino, fem enino y n e u tr o ... ¿y cuáles
p odrán ser los otros diez? A quienes han crecido creyendo que el azul
y el verde son dos colores diferentes les cuesta im ag in ar siquiera cómo
los v ería n si no estu v ieran diferenciados, o lo que sería p en sar en los
colores en térm inos de in tensidad en vez de m atiz. L a m ay o ría de las
m ujeres am ericanas o europeas no pueden hacerse u n a idea de lo que
sig n ific aría ser u n a esposa feliz dentro de u n a fam ilia polígam a, com­
p artien d o la s atenciones del m arido con o tra s dos m ujeres. Y a no po­
demos p en sar en la f a lta de atención m édica sino como en u n a penu­
r ia que debe elim inarse en seguida. L a cu ltu ra que nos rodea mode­
la y U mita inevitablem ente n u e s tra im aginación y, a l p erm itirnos ac-
■ *r y ^¿ntir de an a m anera determ inada, hace que sea cada
« p r o b a b le o imposible que actuem os, pensemos o sintam os de
sea en sentido contrario o tangencial,
ente, ah o ra que todavía podemos escoger, ah o ra que ape­
gamos a explorar las propiedades de las relaciones hum anas
r -- -^Tl_raron las ciencias n atu ra les las propiedades de la m ateria,
. enísima im portancia la s p re g u n ta s que hacemos, porque es-
tr-eg-ssias h an de determ inar las resp u estas que obtendrem os y se-
--i- -j.- - - el rum bo a seguir por las generaciones fu tu ra s.
1 _~ relaciones e n tre los hombres y las m ujeres y e n tre padres e hijos
- - i v r - Te- los puntos cruciales de la s relaciones hum anas. E sta s re-
- : í ; - tran sm itid as, ya delineadas conform e a un p atró n , por la
a la c ria tu ra m ientras la am am anta, y el niño, an tes de empe-
a : i ra te a r, ya ha asim ilado un estilo de relaciones e n tre los sexos y
aprendido a desechar otros estilos.
? roemos com prender cómo n u e stra experiencia lim ita las p reg u n tas
- t form ulam os si exam inam os los posibles resultados de diferentes
:.-rranLas. Supongamos que se p re g u n ta : “ ¿No son las m ujeres ta n
como los hom bres de desem peñar una actividad X V ’ O lo con-
:--¿río: “ ¿No tienen los hom bres ta n ta capacidad como las m ujeres p a­
r í Tina actividad X ?” L as investigaciones de este tipo generalm ente
rc riu c e n a com paraciones cu an titativ as, que indican que los hom bres
fcn m ás rápidos que la s m ujeres, o las m ujeres m ás ráp id a s que los
h ed o res, o que no h ay en tre ellos diferencia alguna. La resp u esta pue-
: í tam bién ser u n poco m ás com plicada y se ñ ala r que las m ujeres son
- a lentas pero m ás exactas, o que los hombres son m ás rápidos pero
rué no tienen la precisión que proporcionan los músculos pequeños p a­
r a esa ta re a . U n a vez obtenida e s ta respuesta, siem pre de acuerdo con
las p rácticas de n u e stra c u ltu ra actu al, los patronos, o las serviciales
oficinas del gobierno, o alg u n a m inoría de uno de los sexos que ten g a
influencia sobre la opinión pública, se en c arg arán de ex p lo tar o de res­
ta rle im portancia a estas diferencias, p a ra obtener m ejor tra b a jo por
el mismo sueldo, o p a r a in v en tar u n a m áquina com pensadora. Pero en
ninguno de estos casos sirve el descubrim iento de la s diferencias p a ra
su g erir nuevas aplicaciones de los recursos hum anos. Sólo influye en
el sentido de que h a b rá m ayor o m enor probabilidad de que los hom bres
y m ujeres tra b a je n ju n to s en u n a m ism a fáb rica, pero no sirve de pun­
to de p a rtid a p a ra la utilización constructiva de dichas diferencias, si-
7-.0 p a ra in v en tar métodos de compensación a fin dé que las m ism as no
cuenten, o p a ra en casillar a los individuos destinándolos a ciertos tr a ­
bajos exclusivam ente.
E sto puede com pararse con lo que se está haciendo con las perso­
nas que tienen distintos grados de agudeza visu al o auditiva. Los a n ­
teojos y los audífonos elim inan la s evidentes diferencias de capacidad
de realización que h a y en tre los individuos. E n tan to que an tes ten er
la v ista de u n lince e ra uno de los rasgos destacados de la personali­
dad del cazador, y u n a m aravillosa m iopía podía ser uno de los a tr i­
butos del poeta, hoy conocemos el efecto que la necesidad de llev ar a n ­
teojos tiene sobre la personalidad. M ediante nuestros ingeniosos es­
fuerzos p a r a que individuos con diferentes aptitu d es puedan alcanzar
u n mismo nivel de realización, hemos logrado au m en tar enorm em ente
el núm ero de personas cuyo desempeño en la sociedad es ap aren tem en ­
te com parable, pero elim inam os las diferencias subjetivas que tam bién
podrían con trib u ir a la civilización hum ana. Si hacemos p reg u n ta s
acerca de las diferencias que existen e n tre los sexos con el solo objeto
de librarnos de ellas o de ex p lo tarlas cu antitativ am en te, es m uy p ro ­
bable que encontrem os m a n era de elim inarlas, pero las elim inarem os
al mismo tiem po como causa de desigualdad y de pérdida y como base
de diversificación y de contribución p a r a el mundo.
E s cierto que en algunos te rren o s se ría decididam ente provechoso
hacer este tipo de p re g u n ta p a r a obtener u n a sencilla resp u esta cuan­
tita tiv a que se pueda e n c a ra r a tra v é s de la inventiva. E 3 un a to n te ría
excluir a la m u je r de aquellas actividades p a ra las que su fu e rz a físi­
ca resu lta sólo ligeram ente in ferio r a la del hombre, cuando un simple
dispositivo puede hacerla ta n com petente como él. E s m ás absurdo aún
que se tr a te de ju s tific a r e s ta ac titu d m ediante estudiadas y falsa s
razones sociales que im plican que cie rta labor es in d ig n a de un a m u­
je r o de un hombre. S ería indudablem ente beneficioso p a ra la socie­
dad d e stru ir los m itos de esta n atu ra lez a en aquellos casos en que to ­
dos los que pertenecen a u n sexo se ven impedidos autom áticam ente de
c o n sag rar su talento a determ inado campo p a ra el cual la investigación
objetiva dem uestre que tienen ap titu d . Si adm itim os que necesitam os
todos los dones hum anos y que no podemos p erm itirn o s desdeñar n in ­
guno por causa de b a rre ra s artific ia les creadas en razón del sexo, la r a ­
za, la clase o la nacionalidad de origen, debemos saber cuáles de las p re ­
tendidas diferencias en tre los sexos son solam ente exageraciones a r ti­
ficiosas de diferencias sin im portancia que pueden rem ediarse fácil­
m ente con ta n to s inventos como hay ahora.
L as p reg u n ta s que hacemos acerca de los sexos pueden a fe c ta r en
fo rm a m ás fun d am en tal a ú n el esquem a del mundo que, de buen o m al
grado, conscientem ente o con absoluta indiferencia, estam os edifi­
cando. Podemos fo rm u la r n u e s tra s p reg u n ta s acerca de las diferencias
e n tre los sexos concentrando la atención sobre las lim itaciones que
impone el sexo y, por consiguiente, directam ente sobre las lim itaciones
que n u e stra n atu ra lez a de m am íferos nos impone. Cuando exam ina­
mos las diferencias e n tre los sexos pensando en lim itaciones, cada pa­
la b ra que pronunciam os im plica suposiciones arraig a d as. ¿ E n qué m e­
dida debe evitársele a u n a m u je r em barazada el esfuerzo físico? ¿H as­
ta qué punto debe e sta r exenta de m onotonía la vida de u n joven sano?
;Q ué grado de experiencia sexual física se necesita p a ra gozar de bue­
na salud m ental? ¿Qué oportunidad debe te n e r u n a c ria tu ra — que
áerpués de todo es como u n osezno que m uerde y retoza en tre otros osez­
n o s— , de m order, de p a te a r y de h acer añicos las cosas? ¿Y h a de d á r­
tele a los varones m ás oportunidad p a ra ello que a las n iñ as? ¿Qué
tolerancias h an de aco rdarse a la periodicidad de la vida de u n a m u­
je r? Todas estas p reg u n tas, que surgen de n uestro empeño por com­
prender nuestro pasado biológico y. por c re a r un mundo que ten g a en
:-.lenta las lim itaciones im puestas por n u e stra condición de m am íferos,
im plican cierto sentido de restricción. S u b ray an concesiones que es
m enester h acer porque, de lo contrario, h ab ría que s u f rir la s consecuen­
cias sobre la salud, la felicidad del individuo y de la sociedad, la sime­
tr ía y la belleza de la s tradiciones culturales y la arm onía del mundo.
Nos encontram os creando un panoram a en el que la s que se h a dado en
llam ar necesidades hum anas básicas son como fro n te ra s que no
nos atrevem os a trasp o n e r, como pozos que debemos esquivar, como
tram p as que se ab re n a n uestros pies. A sí, c re a r un mundo en el que
puedan vivir los seres hum anos, o c ria r u n a fam ilia individual, viene a
=ar como edificar una casa con los ojos fijo s en las ordenanzas munici­
pales o en las disposiciones del M inisterio de Sanidad, o como p rep a­
r a r la cena teniendo como único recetario las ta b las que ilu s tra n sobre
la pérdida de v itam inas esenciales d u ra n te el cocimiento. P o r m ás que
=■=■q u iera am pliar la lista de las necesidades h um anas básicas, el fo r­
m arse un concepto de la vida según las necesidades significa fu n ­
dam entalm ente — al menos según la s tendencias actuales de n u e stra
: p :a:ó n '— ad m itir que la n atu ra lez a hum ana impone lim itaciones.
Qaizá se nos prom eta que si exam inam os, catalogam os y satisfacem os
: V a d o sa m e n te estas necesidades — la necesidad de in g erir vitam inas
- m inerales y ta n to s gram os de proteína, la necesidad de descansar, de
: --sumir líquidos y oxígeno, de a liv ia r la s tensiones (ésta es induda-
: em ente la m ás a ju sta d a descripción del am or cuando las necesidades
f -icas fig u ra n en prim er térm in o ), la necesidad de e s ta r siem pre en
-,:¿cto con un ser hum ano reconocible sensorialm ente d u ra n te los
; rase ro s dos años de vida, etcétera —podremos crear u n a sociedad
: r r ¿ , cria r individuos sanos, d esarro llar y p e rp e tu a r tradiciones cul-
,-a.les que no te n g an fallas ni falsedades, que no presenten oscuras
i :_'üedades ni a lte rn a tiv a s aparentem ente claras pero engañosas, y
-a ra re m o s que el mundo viva en arm onía.
T'- to estas soluciones nos dejan una sensación de vacío y de disgus-
v B asta observar las caras del auditorio m ien tras se expone este pun-
y lo exponen m uy a menudo quienes tienen un optimismo y. u n afec-
: - - ;-dado y sin lím ites por la ra z a hum ana) p a ra se n tir que a medi-
_r se describe ante las m iradas aten ta s el cuadro del niño fu e rte
de la sociedad ín teg ra, de la cu ltu ra equilibrada y sana y del mundo
tranquilo, el desaliento invade el esp íritu de loa que escuchan porque
d etrás de la visión de las piern eeitas robustas a salvo del peligro m i­
lenario de la f a lta de vitam ina, d etrá s de los hom bres y m u jeres de
m irada b rilla n te y de an d ar airoso que dem uestran que no su fre n n i las
penas ni las penitencias de la soltería, de la correcta p o stu ra del esco­
la r al leer, que indica que el exam en de la v ista es u n a m edida an u al ru ­
tin a ria , d e trá s de todo esto nos acecha c ie rta sensación de lim itación.
Si tomamos la s necesidades hum anas como única g u ía p a ra el mundo
que queremos crear, descubrirem os que nos queda u n resabio en la bo­
ca. No se tr a t a de un sabor desagradable, puesto que la d ieta adecuada,
el descanso necesario y la higiene sexual a se g u ra rá n la pureza de nues­
tro aliento, sino sim plem ente de c ie rta desazón y del deseo vehem ente de
a d o p tar la posición denegadla, es decir, la opuesta: el deseo de “ con­
se rv a r ham brientos lo., labios y m order p an bendito”. *
P orque esta exigencia de que se exam ine la natu raleza hum ana y de
que se estim en sus necesidades — las de los hombres y las de las m u­
jeres, las de los varones y niñas, las de los ancianos y ancianas, las de
los que tienen diferente físico o distinto ritm o de d esarro llo — da lu ­
g a r a m uy poco entusiasm o positivo. T odas las recetas son al fin y al
cabo negativas. ¿Qué hacer p a r a e v ita r el raquitism o, p a ra no conver­
tirse en delincuente o en cleptóm ano, o p a ra no volverse u n a solterona
neurasténica? ¿Qué hacer p itra no a s p ira r a la d ictad u ra, ni em pezar
una g u e rra , ni s u frir de ninfom anía, n i convertirse en el tira n o to rtu ­
rad o r de u n campo de concentración? ¿Cómo e v ita r ser lo que no se de­
be, cómo h acer p a ra no soñar, quizá no tan to sueños inconvenientes, pe­
ro de todos modos los sueños! que en vez de serv ir p a ra d esca rg a r có­
m odamente los impulsos antisociales colman los d ías y sirven de fon­
do a la p o e s ía ... in oportuna? Todos estos proyectos utópicos descui­
dan la o tra faz del problem a, aunque tra te n de ten erla p resente, y es
que como seres hum anos no sólo estam os interesados en a p a rta rn o s del
m al y de la destrucción, sino que tam bién no3 h a im portado siem pre
muchísimo la posibilidad de re a liz a r algo bueno, constructivo y bello.
Pero creo que en el momento ac tu al la solución, no es lanzarnos al
otro extrem o. No pueden proporcionarnos solaz ni g u ía los preceptos
ascéticos o extáticos que ignoran las necesidades reconocidas de nues­
tr a condición de m am íferos. A penas empezamos a d escifrar las in trin ­
cadas conexiones que hay e n tre u n corazón acongojado y u n nervio blo­
queado o la hipertensión de una a rte ria , a com prender cómo u na
cuenta de alm acén pendiente se tran sfo rm a en algo que se puede ob­
se rv a r m ediante los ray o s X en el estómago, y cómo un recuerdo olvi-

• Las referencias correspondientes a todos loa capítulos se encontrarán en


las páginas 3X9 a 328.
: infancia puede ser el origen de ana dism enorrea aguda. Sa-
ah_— í que si un niño p refiere comer papel en vez de comida no es acon-
wí.x'rl» esp erar h a sta que se coma las en tra d as p a ra el te a tro el día del
?a£os del abuelo p a ra decidirse a consultar a un especialista.
T - - - . ao que deseemos p roclam ar que no sólo de pan vive el hombre,
j que los resultados obtenidos con el p rogram a fed eral de n u tri-
- que o rdenara a g re g a r elem entos n u tritiv o s al pan y que lo g rara
- desaparecer la p elag ra del sudoeste de los E stados Unidos, fo r-
- i* p a rte , y buena p a rte , de n u estra s convicciones. Los norteam eri-
. •: = de esta época, y probablem ente tam bién u n a g ra n proporción de
r;r« o s occidentales, de chinos y japoneses modernos, no pueden ya
t —irirse ig n o rar el conocimiento cada vez m ayor que se tiene de la
-- dad de nuestro sistem a nervioso, de la sensibilidad de los tejidos
. I2 piel, o de las reacciones espontáneas del canal gastro in testin al.
- ;n:agen de u n mundo en el que el clero podía decir fran cam en te:
'■*: r.03 interesa la civilización, sino la colonización del Cielo”, quizá lle-
- :e nostalgia a quienes am an la catedral de C h artres, pero así solo
e '.:gra desanim ar a u n obrero que la civilización necesita en su taller.
> que hoy se dediquen a la herm osa y g ra ta ta re a de colonizar el Cié-
. ta n por entero como p a ra no poder p re sta r atención a la s disposi-
;nes de salud pública o a los reglam entos sobre la edificación, se
- : arcarán de casi toda la banda de colonos que pretenden conducir
l i s t a la luz etern a de la presencia divina. L a ap titu d del hombre p a ra
T a r en el Cielo, que quizá sea la m ejor descripción de las potencia-
lid e s no com partidas con ningún otro m am ífero, no es u n a sim ple fór-
- ü l a que les im pida a los hom bres y m ujeres modernos p re sta r la de-
r.d a atención a los medios recién descubiertos p a ra d esarro llar la ap-
• rad del hom bre p a ra vivir en la tie rra .
Pero no tenem os por qué a c ep tar sem ejante oposición e n tre el Cielo
7 la tie rra , e n tre las necesidades corporales y las facu ltad es espiri-
• iales, en tre las lim itaciones y la s potencialidades. E l a lfa re ro que tr a -
: i j a con arcilla reconoce las lim itaciones de su m ateria l, sabe que tie-
** que m ezclarlo con cierta cantidad de arena. E sm altarlo conform e a
: erto método, m antenerlo a determ inada te m p eratu ra , cocerlo a un
ísego adecuado. Pero aunque reconozca las lim itaciones del m aterial
■ por ello lim ita la belleza de la form a que su m ano de a r tis ta , sabia
: : r la tradición recogida y. expresiva por su propia visión especial del
—■ando, puede d arle a la arcilla. Pero si el a lfa re ro deja de p en sar en
¿ arcilla, si a sp ira a fa b ric a r sus cacharros valiéndose de fórm ulas
- -ric a s que hag an el tra b a jo m ien tras él duerm e, o si y a no tiene una
visión en su m ente y cree poder reem plazarla con pinzas y norm as de
t --.porción, se m alogra y fra ca sa.
Puesto que somos m am íferos, y m achos y hem bras adem ás, tenemos
■.aciones, y es nuestro deber conocerías, te n erlas en cuenta y conser-
v aria s en nuestros hábitos a fin de evitarnos el fastid io de p en sar en
ella3 continuam ente. H ay alguna-s cosas que los hombres no pueden
hacer por ser hombres o que las m ujeres no pueden hacer p o r ser m u­
je re s: el engendrar, el concebir, el d a r a luz, y el am am a n ta r a la ge­
neración siguiente están rep a rtid o s de d istin ta m anera. A m edida que
los cuerpos de cada sexo se d esarrollan p a ra e s ta r en condiciones de
asum ir los diferentes papeles que desem peñan en la reproducción, tie­
nen necesidades básicas, alg u n as comunes a ambos sexos y o tra s dife­
ren tes, au n en las c ria tu ra s pequeñas. D u ran te toda la v id a debemos
cum plir con la condición peirm anente e ineludible de que somos c ria tu ­
ra s creadas no sólo p a ra se r individuos sino p a ra p e rp e tu a r la ra z a
hum ana. Si no lo hacemos, n u e stra omisión puede m an ifestarse bajo
innum erables fo rm a s: u n a ú lcera g á stric a o u n a rab ie ta, u n a d isp u ta
o u n poema m al escrito. (U n buen poema req u iere explicaciones m u­
cho m ás com plejas p a r a ju s tific a r su existencia.) Pero si sólo hacemos
las p reg u n ta s en este sentido, si indagam os únicam ente cuáles son las
lim itaciones que impone el sexo, cuáles son las condiciones ineludibles,
los sacrificios inevitables, invocamos y fom entam os el conflicto, la t r a ­
dicional fa lsa oposición e n tre lo elevado y lo terreno, e n tre lo anim al y
lo espiritu al, e n tre el cuerpo y el esp íritu .
D e modo que al fo rm u lar las m uy u rg en tes p reg u n ta s que tenemos
que h acer sobre las diferencias y. la s sim ilitudes, la vulnerabilidad y
la s desv en tajas de cada sexo, debemos tam bién p re g u n ta r: ¿Qué po­
tencialidades ofrecen las diferencias que h ay en tre los sexos? Si a los
hom bres, po r ser hombres, les cuesta m ás olvidar la s urgencias inm e­
d ia tas del sexo, ¿qué gratificaciones les ofrece este reco rd ar m ás u rg en ­
te? Si los varones tienen que a f ro n ta r y a c ep tar desde pequeños el des­
engaño que les ocasiona el sa b er que ja m á s po d rán c re a r u n niño con
la certeza y la incontrovertibilidad que la m u je r tiene como derecho n a ­
tu ra l, ¿en qué form a llegan a te n e r por eso m ás am bición creadora que
las niñ as, y a depender tam bién m ás del m érito y del éxito de sus em­
presas? Si la s n iñas tienen u n ritm o de crecim iento que no les perm ite
a l principio e s ta r ta n seg u ras de su sexo como los varones del propio
y sienten por eso u n ligero im pulso hacia el logro de m éritos compen­
sativos que se desvanece casi siem pre ante la certidum bre de la m a­
ternidad, ¿ello contribuye probablem ente a lim ita r su sentido de la am ­
bición? ¿P ero qué potencialidades positivas h ay adem ás? Si en cada
e ta p a p r e g u n t a m o s consciente y claram ente cuáles son la s lim itacio­
nes y cuáles son las potencialidades, los lím ites in ferio res y los posi­
bles lím ites superiores, del hecho que h ay a dos sexos, y de la s diferen­
cias que existen e n tre ellos, no sólo hallarem os resp u estas en sí sa tis­
fac to rias sobre el p apel de los sexos en el mundo en tran sfo rm ació n de
n u e stra época, sino que harem os algo m á s: contribuirem os a fo rta le ­
cer la convicción de que en to d a cuestión referen te al ser hum ano de-
bemos interesarnos no sólo po r las lim itaciones o sólo p o r las asp ira -
::ones y potencialidades, sino por am bas cosas. A crecentarem os nues­
tr a fe en la plenitud hum ana — ta n a rra ig a d a en la herencia bio­
lógica que no nos atrevem os a d e sd e ñ a r— capaz de alcan zar a ltu ra s
ran m agníficas que cada generación viviente sólo podrá vislum brar
apenas la próxim a etap a del ascenso.

2. C O M O ESCRIBE UN ANTROPOLOGO

Zn la je rg a de los m odernos comités am ericanos y. de las relaciones


;>rlales responsables en general se ha introducido d u ran te los últim os
i- .:s la fra s e “desde mi punto de v ista” . E s a menudo dicha en broma,
s ir. em bargo rep resen ta un cambio to ta l de concepto. Cuando alguien
ir r e g a risueño o esbozando apenas u n a sonrisa, o un pequeño gesto de
i-scnlpa, “ desde mi punto de v ista”, se adm ite que n inguna persona
t cede ver m ás que u n a p a rte de la verdad, que la contribución de u n
= o de u n a c u ltu ra, o de una disciplina científica aunque ésta tr a s ­
t e - g a las fro n te ra s del sexo y de la cu ltu ra, es siem pre p arcial, nece­
sitándose o tra s contribuciones p a ra lo g rar una verdad m ás com pleta.
E rre libro está escrito desde el punto de v ista de una m u je r de edad
- íd tira , am ericana y antropólogo. U no de los argum entos en los que se
tss. este libro es precisam ente que las m ujeres ven el mundo de dis-
m anera que los hombres, contribuyendo en esta fo rm a a que la
: ^ iz iñ d a d logre u n a im agen m ás com pleta de sí misma. Forzosam en-
iZ 3. am ericana escribe sobre A m érica de otro modo, sintiéndose m ás
ttp rem etid a, que un ex tra n jero . L a contribución especial del an tro -
• : r : requiere sin em bargo m i com entario m ás extenso.
m a te ria de estudio de un antropólogo está constituida p o r la con-
de personas que viven ju n ta s según costum bres que h an apren-
- i : áe sus antepasados, que tuvieron ciertos patro n es de conducta en
■i n . Les laboratorios del antropólogo son principalm ente las socie
. i i í i p rim itivas, pequeños grupos aislados de personas que debido a
- lin im ie n to geográfico o histórico han perm anecido al m argen de
- :: m e n te principal de la h isto ria conservando p rácticas propias, en
^ r z i : contraste con la conducta de la s grandes sociedades. E l an tro -
r : no estudia a los pueblos prim itivos con el fin p rim ordial de in-
- r los orígenes de n u estra s actuales form as de conducta. Tanto
- es como el samoano, el a sh a n ti como el indio cheyene, tienen
- _ : ■: i r i s ta n la rg a como la n u estra , sólo diferente. Si bien el estu-
.: ¿-tos pueblos sim ples puede a c la ra r la relación que h ay en tre
. i ología sim ple, la inseguridad en el abastecim iento de ios ali­
m entos, una población reducida y otros aspectos de la vida social, al
pensar en nuestros orígenes sociales sólo es posible u tiliz a r estas re la ­
ciones como sugerencias; nunca podemos e sta r seguros sobre el sentido
en que fueron sim ilares n u e stra s propias form as de sociedad an c e stra ­
les. Pero podemos estu d iar a los pueblos prim itivos p a ra re u n ir m aterial
que nos sirv a de base p a r a m ed itar sobre la conducta hum ana, p a ra que
nos faciliten indicios sobre cómo y cuándo se aprenden ciertas líneas de
conducta. Nos volvemos hacia las sociedades p rim itiv as p a r a in fo r­
m arnos acerca de los lími tes pasados los cuales la sociedad y a no pue­
de neg ar la herencia biológica del hombre, y tam bién p a ra en co n trar
variaciones de conducta h um ana que no podríam os de lo co n trario ni si­
quiera im aginar.
Los antropólogos poseemos ciertas peculiaridades propias que tienen
su origen en el tipo de tra b a jo que realizam os. Debido a que hemos tr a ­
bajado con pueblos que no tienen lenguaje escrito, hemos ideado m a­
n era s de estu d iar la conducta anim ada, en vez de los indicios que de di­
cha conducta quedan, en u n a sociedad como la n u estra, reg istrad o s en
documentos como cuestionarios, declaraciones de im puestos, testam en ­
tos, certificados, etcétera. Hemos tra b a ja d o casi siem pre solos o en pa­
re ja s de distinto sexo y lo hemos hecho debido a v aria s raz o n es; por fa l­
ta de fondos, porque éram os m uy pocos p a ra tr a b a ja r y la ta re a u rg en ­
te, y; porque la m ayoría de las com unidades p rim itiv as son ta n peque­
ñas que sólo pueden to le ra r la presencia de dos observadores de dis­
tin to sexo. Puesto que trab ajáb am o s solos hemos tenido que sab er algo
sobre todos los aspectos de la sociedad, y el plan de tra b a jo que su rg ie­
r a del sim ple deseo de obtener alg u n a inform ación sobre todo lo que
un pueblo hiciera — sobre su arte , sobre sus tradiciones populares, su
sistem a de parentesco, sobre sus métodos de fa b ric a r cach arro s y, de
p re p a ra r los alim entos, su fo rm a de m atrim onio y de e n te rra r a los
m uertos —- se ha tran sfo rm ad o con el tiem po en un punto de v ista siste­
mático. E l antropólogo h a llegado así a tr a b a ja r constantem ente con
u n a sociedad en tera como telón de fondo. No se especializa en la con­
ducta de las cria tu ra s, ni en las prácticas corrientes de los avisadores,
ni en los detalles de la construcción de viviendas, como los estudiosos
que tra b a ja n principalm ente dentro de n u estra com pleja sociedad. De
m anera que el antropólogo aprende, al hacer estudios directos sobre
el terreno, a p en sar sim ultáneam ente en m uchas cosas que la m ayoría
de los estudiosos de ia conducta hum ana no acostum bra a ten er p re­
sentes a la vez. E sta m odalidad de pensam iento que relaciona u n a se­
rie de hechos aparentem ente d isp ares: la fo rm a de alim en tar a un ni­
ño, de la b ra r un pu n tal, de re c ita r una plegaria, de componer u n poe­
m a o de cazar venados al acecho, con la unidad que rep rese n ta el mo­
do de vivir de un pueblo, se convierte en un hábito de la m ente que con­
servam os al tr a b a ja r con n u estra s propias cu ltu ras.
I r ; hábito de estu d iar cada aspecto en relación con la sociedad en-
<rx acó perm ite establecer u n nexo, en el caso del pueblo iatm u l de
; k t s G uinea, po r ejemplo, e n tre lo poco decisivos que se m u estran al
—;ia r prim ero el destete de u n niño p a ra sólo luego d estetarlo real-
- :=:¿, las órdenes que les g rita n a los perros y que éstos nunca obede-
-- y las disputas interm inables en tre los grupos. O bservando el pa-
- - completo, es posible d istin g u ir en Bali que la construcción de una
--13. balinesa — un sistem a de p a rte s independientes p refab ricad as
t r i d a s tem porariam ente en u n edificio— expresa la m ism a actitu d
-í los balineses siem pre m anifestaro n hacia el cuerpo hum ano como
- sistem a de p a rte s independientes ensam bladas, pero cuyo m ontaje
-: es nunca del todo definitivo- Buscam os cierta reg u larid ad en tre dis-
- ’ :s aspectos de la conducta hum ana dentro de cada sociedad, y espe-
i z o s h a lla rla porque los actos son realizados por seres hum anos que
rtnás de su hum anidad tienen en común una m ism a tradición y una
■_ n ss im agen del mundo. E n segundo térm ino, la antropología es un a
í- r ia com parativa. Descubrimos ciertas claves al co m p arar lo que
i c~nte ha hecho dentro de u n a cu ltu ra con lo que hace en o tra. Como
• i-*.e de su preparación, enviamos expresam ente a nu estro s investiga -
. . r ; a observar pueblos rem otos y exóticos, donde e sta rá n expuestos
i líneas de conducta m uy d iferente de las n u estra s, ta n diferentes que
m zgún esfuerzo m ental lo g ra red efin ir las nuevas modalidades valién-
: se de los conceptos de las v iejas m odalidades conocidas. A l vivir en-
■xa pueblo cuyas costum bres le son totalm ente ajen as, el antropólo-
r :: ’ne que a d a p ta rse en muchos sentidos. A prendem os a h ab lar, o por
menos a o ír y, a p en sar en idiom as com pletam ente diferentes, en los
i^ies puede haber muchos géneros o puede no haber ninguno, en los
- r las p alab ras pueden com binarse de ta l modo que hacen imposible
intento de clasificación dentro de la s categorías g ram aticales que
■ *:-:emos y se pronuncian según u n sistem a fonético que está siste-
- úricam ente relacionado con los sonidos que nuestros órganos vocales
- :ria n producir, pero no con los que hemos aprendido a producir. H as-
j . en nuestros hábitos m usculares quedan huellas de^esta m anera de
- —Ir. E n Samoa me acostum bré a inclinarm e casi h a sta el suelo al pa-
i r delante de u n a persona de alto rango que estuviera sentada, y to-
. . 7 I2. ah o ra cuando paso delante de alg u n a persona que me in sp ire
■■ fundo respeto experim ento u n a curiosa sensación en la región lum-
-r. A prendem os a hacernos diferentes p reg u n ta s cuando los niños
a p a rte del consabido: ¿Qué le pasa? A prendem os a fo rm u lar
- - ivas teorías acerca de lo que significa a p re ta r los dientes o d e ja r las
—t - .-w laxas, a m edida que vamos in terp retan d o la conducta hum ana
- - . t r á m e n t e en este nuevo y extraño contexto y luego con m ayor
ú s i i l i í a d cada vez que la abordam os. P or lo tan to el investigador
que como antropólogo h a tenido am plia participación en el estudio de
una cu ltu ra es un agente modificado.
E sto que le o curre al antropólogo disciplinado no debe confundirse
con lo que les sucede a la s personas que p asan por la experiencia de
tra sla d a rse de una cu ltu ra a o tra , de casarse con miembros de o tra
cu ltu ra, y aun de h ab lar varios idiomas. No se t r a t a sim plem ente de
saber que el anim al cuadrúpedo que en español se llam a p erro se pue­
de denom inar igualm ente chien, hnnd, nubat, maite, etcétera. E s cier­
to que las personas que h a n tenido la suerte de ap ren d er varios idio­
mas en su niñez poseen u n valioso grado de sofisticación y de com pren­
sión de distin tas cu ltu ras. P ero el antropólogo aprende a te n e r p resen ­
te y a pen sar sobre la posible diferencia e n tre lo que rep rese n ta un
apretón de m anos correspondiente a l verse fre n te a u n miembro de una
nacionalidad determ inada. A p a rte del conocimiento de o tra s costum ­
bres, y de la capacidad de ad o p tarlas o releg arlas según las circuns­
tancias, el antropólogo percibe constantem ente las diferencias: diferen­
cias en el tono de la voz y en la s p alab ras, en las secuencias de conduc­
ta , en la form a en que las disputas sencillam ente se desvanecen en un
país, m ien tras que en o tros u n a serie de intercam bios iniciales hubiera
conducido a u n a pelea a puñetazos o a u n a m u ralla de silencio.
P a ra que el lector pueda ap re cia r debidam ente el estudio antropoló­
gico de n u estra sociedad, especialm ente en lo que se refiere al m a te­
ria l incluido en la c u a rta p a rte de este libro, es m enester, a n te todo,
ac la ra r un punto. ¿E s fríai o inhum ana esta conciencia de la conducta
de nuestros sem ejantes? E ncontram os u n a p ro fu n d a desconfianza
en tre los profanos en cuanto a la posibilidad de com binar el conoci­
m iento y la benevolencia, c ie rta sospecha de que un a m ayor conciencia
im plica siem pre m ayor g rado de m anipuleo, de friald ad , o un a g ra n
sed de poder. Vemos expresado este tem or en la s h isto rias que se cuen­
ta n a menudo acerca de los; hijos de psicólogos y p siq u íatras, en las que
cualquier fra ca so y el m enor defecto se atrib u y en a supuestos expe­
rim entos que los p adres han hecho con sus hijos. L as h isto ria s que c ir­
culan acerca de los antropólogos en esos rincones prim itivos del m un­
do donde el antropólogo fo rm a p a rte del p aisaje al ig u al que el t r a ­
ficante, el cateador, el funcionario del gobierno y el misionero, tie­
nen po r consiguiente especial significación. L as leyendas corrientes
acerca de los antropólogos en el Pacífico sudoccidental casi siem­
p re los acusan de haberse quitado la ropa y de h aber adoptado alg u n a
fo rm a de in dum entaria n ativ a. No se les acusa de ca u sa r estrag o s en
la sociedad n ativ a, ni de introm isión despiadada en las h u e rta s n a ti­
vas con el objeto de observar rito s de m agia h o rtelan a, ni del envenena­
miento de algunas personas de edad y sexo determ inados p a ra poder
describir u n a serie de funerales. Pero se les acu sa de desechar las p ren­
das de la civilización, la peluca, la cam isa de cam paña, las polainas, y
- í ponerse una fald a de h ierba o un ta p a rra b o , o de a n d a r desnudos. Yo
n is r s a he debido so p o rtar que un funcionario del gobierno a quien h a­
ría recibido im pecablem ente vestida de hilo blanco y sentad a con sum a
: : —p o stu ra an te una m esa perfectam ente p uesta p a ra el té, describiera
nre; meses después y de m uy buena fe lo que yo p arecía con un a fald a de
hierba o con una to alla de baño. Sin em bargo, p asad a la p rim e ra sensa­
ción de u ltra je , esta sin g u lar serie de leyendas acerca de los antropó-
. zos puede re s u lta r reconfortante. P orque aunque en detalle son todas
al'jninias increíbles y aunque ningún antropólogo llega a los extre-
- rs de comodidad o de adopción de la in d u m en taria n ativ a que por r u ­
t i l a les reprochan, estas histo rias señalan ciertos hechos que son ve­
r-re s en espíritu. E x p re sa n en el lenguaje p opular que el antropólogo
re c e b a las prendas de su p ropia cu ltu ra e in te n ta ad o p tar ■— com-
r rer.der — la c u ltu ra n a tiv a ; expresan que echa abajo las b a rre ra s que
¡. poyados en la raza, la clase y los tem ores higiénicos erigen en torno de
la m ayoría de los euro-am ericanos en las aldeas nativ as. Y por úl-
_r_:o estas pequeñas leyendas populares dicen claram ente que el mé-
u-io utilizado por los antropólogos p a ra estu d iar a los pueblos no es el
ia c e r experim entos, sino ap render m ediante la observación y la p a r­
ticipación.
ZI antropólogo no sólo r e g is tra el consumo de sagú en la dieta na-
rrra ; come por lo menos lo suficiente p a ra com probar si le re su lta pe-
r r :■ p a ra el estómago, y no sólo tom a notas verbales y fo to g ráficas
r=l estrecho abrazo de u n niñito, sino que lo tom a en sus propios b ra-
rr= y siente la presión de los bracitos sobre la tráq u e a, se a p re su ra o
: =da rezagado camino de una cerem onia, y. se a rro d illa casi cegado
r-rr el incienso m ientras hablan los esp íritu s de los antepasados o los
r-:=ís se niegan a m an ifestarse. E l antropólogo se introduce en el am-
- ¡n te y observa, pero no altera. P o r consiguiente, estas h isto rias sin-
: ■._ran m uy prolijam ente los principios fundam entales del an tropó-
j r : que realiza observaciones directas, pues éste considera que las p e r­
ras con quienes tr a b a ja son seres hum anos ta n im portan tes y dignos
él, se tom a la m olestia de ap re n d er m inuciosam ente sus costum-
y p rocura en lo posible d e ja r in ta c ta su m an era de vivir, tratan d o
_s la anim ada tra m a de su modo de vida como una valiosa contri-
. r u s p a ra la ciencia del hombre.
Ir.ionces, con la conciencia adquirida por hab er estado ta n en con-
con o tras m an eras de vivir, el antropólogo piensa teniendo pre-
s - r : í todos estos detalles co n trastan tes de m uchas cu ltu ras. Si es afor-
.i: como lo he sido yo, puede te n e r la oportunidad de e stu d ia r mu-
- -j . ■ sociedades prim itiv as que pueden ser com paradas, de modo que
: - rr nueva experiencia hace re s a lta r m ás la experiencia a n te rio r y la
- - ría queda casi ta n rep leta como los libros de ap u n tes de con-
n i c- y com paraciones. Pero, se estudien o no m uchas sociedades, se
aprende igualm ente a u tiliz a r m ateria l sobre diversas sociedades, a
tener presente crónicas de la. vida de los esquimales aunque no se haya
estado en las regiones á rtic a s, a leer con o tra penetración las rep e ti­
ciones de la fra s e “¿N o tien e acaso huesos?, que fig u ra n en un cuen­
to de N ueva G uinea, fra s e con la que las m u jeres desafían a los
hom bres a se r hombres.
E n lo que se re fie re a la cuestión de lo que es m asculinidad y fem i­
neidad y a la fo rm a en que los varones difieren de la s niñas y. los hom­
bres de las m ujeres, los antropólogos tenem os nuestro modo propio de
en c arar el problem a. Nos ideamos pruebas m erced a fo rm as coloreadas,
indefinidas, en las que los hom bres puedan v e r cierto tipo de im agen,
y las m ujeres otro. No contam os cu án tas veces las niñas construyen vi­
viendas b a ja s e íntim as m ie n tra s los varones lev an tan to rres. No po­
nemos en fila a los hombres y a las m ujeres p a ra som eterlos a p ru e­
bas de rapidez p a ra golpetear o a p re ta r botones, n i tom am os r a ta s
ni conejillos de Indias p a ra inyectarles horm onas sexuales y obser­
v a r las alteraciones que se producen en su conducta. No hacemos es­
tudios detallados de los pacientes que llegan a n u e stra clínica de la
ciudad con anorm alidades e stru c tu rale s ta n p rofu n d as que re su lta im­
posible decir a qué sexo pertenecen. Tampoco seguimos h a s ta el fin al
las h isto rias de los hom bres que deciden vivir como si fu e ra n m ujeres
ni las de las m ujeres que resuelven v iv ir como hombres p a r a en co n trar
la clave anatóm ica endocrinológica o psicológica de lo que les h a indu­
cido a seguir ese camino. Todos estos modos de ab o rd ar la cuestión de
las m aneras y los aspectos en que los hom bres d ifieren de las m ujeres
son válidos e im portantes. L as conclusiones que se saquen m ediante
dichos métodos deben con fro n tarse u nas con otras.
P ero el método antropológico consiste en lleg ar h a s ta las sociedades
prim itivas sin te o rías m uy precisas y fo rm u lar en cambio p reg u n ta s
e x p lo ra to rias.1 ¿Cómo aprenden desde pequeños los varones y las niñas
cuáles son los papeles sociales que les toca desem peñar en d istin tas
sociedades? ¿Qué tipos de com portam iento h a n sido clasificados por
ciertas sociedades como m asculinos o fem eninos? ¿Q ué com portam ien­
tos no han sido considerados característicos de ningún sexo? ¿Qué g ra ­
do de sim ilitud han encontrado algunas sociedades e n tre los hombres y
la s m u je res; y qué grado de diferenciación?
No indagam os si h ay diferencias p a rtic u la re s de sexo en la perso­
nalidad, sistem áticam ente asociadas, cualquiera sea la cu ltu ra, con la
m asculinidad y la fem ineidad, como por ejemplo la pasividad, la ini­
ciativa, la curiosidad, cierta capacidad p a r a lo ab stracto , cierto in te­
rés por la m úsica. Indagam os sí, qué com portam iento esperan d istin ­
tos pueblos de los niños, cómo se valen de la diferencia de sexo p a ra de­
fin ir la diferencia del papel por desem peñar, y cómo logran provocar
las reacciones previstas.
Zr.a. investigación tiene varios resultados. E n p rim er lu g a r, elími-
- * el la stre de preconceptos culturales sobre los hom bres y las muje-
r-r:. ya se tr a te de la trad icional insistencia sobre las diferencias inna-
u.- o del intento m ás contem poráneo de n eg a r m uchas diferencias his-
' . ricam ente aceptadas. E sto exime a la m ente de la utilización de a r-
z-:;;cntos del tipo de los que se invocaron a fav o r y en co n tra del mo­
víanlo fem inista, la lib ra de las confusas reconstrucciones de perío-
i idílicos de la histo ria d u ran te los cuales gobernaron m ujeres y rei-
• la paz y de las enojosas discusiones sobre po r qué las m ujeres no
- in sido nunca grandes com positoras de m úsica. L as mil y un a afirm a-
. :r.es que diariam ente se hacen -— “ Cosas de hom bres” , “ Los hom-
:re s son unos niños gran d es”, “ Las m ujeres tienen una m entalidad ta n
-Cantil”, “L as m ujeres son m ás sensibles que los hom bres”, “ Los
hombres son m ás sensibles que las m ujeres”, “ L as m ujeres son más
á la b le s que los hom bres”, “Los hom bres son m ás volubles que las
-jeres” — tienen que ser b arrid as de la m ente como las h o jas secas
¿e los senderos de los ja rd in es en otoño p a ra que sea posible p en sar con
-c rid a d .
Pero como el método antropológico consiste en ir a v iv ir e n tre un
rieb lo , ap ren d er su lenguaje y todas sus costum bres, se to rn a muy
mplicado com unicar a otros los resultados de este método. La ta re a de
;- rs e n ta r la im agen de u n a m an era de vivir c o n tra sta n te es relativa-
: r. e simple. Se puede escribir un libro dando todos los detalles posi-
- es sobre la vida de los samoanos o de los m anus, de los esquim ales o de
- bagandas, se puede llevar al lector h a s ta el in te rio r de las casas na-
■-~as, sentarlo ju n to a los deudos en u n fu n eral, hacerle seguir los p a-
.; de los bailarines en una boda, perm itirle escuchar conversaciones
t i c increíbles, ta n inesperadas, que le h agan experim en tar en p arte ,
: . ^que en fo rm a mucho m ás aten u ad a, la sensación que el antropólo-
. ex perim entara oportunam ente. A veces le es difícil al lector ab rir-
a camino e n tre los detalles sobre la s fa n tá stic a s disposiciones de pa-
-r-tesco que colocan a la s abuelas y. n ietas bajo u n a m ism a clasífica-
ri;n y prescriben ciertas norm as de conducta p a ra los prim os hijos de
: - -j-.anos y herm anas, pero no p a ra los hijos de dos herm anos o dos
: roanas, o sobre cómo el espectro del suegro m antiene a ra y a la len-
de la nuera. L a experiencia ha dem ostrado que si el antropólogo
i ene in terés en este tipo de comunicación, en proporcionarle al lec-
' : ur.a idea de la tra m a anim ada de otro sistem a de vida, puede ha-
a rlo . Los lectores h a n accedido a que se les presenten tre s c u ltu ras en
solo libro, han consentido en hacer el esfuerzo que significa p a sa r
-n pueblo indio a una aldea papú, o de un apacible pueblo p a te rn a l a
grupo de caníbales. E s posible que luego los nombres de las ex tra-
■ tribus, los incidentes de vida y de m uerte, de b ru je ría y de ceremo-
t 1 se confundan y se desvanezcan en una especie de neblina, pero
queda un sedimento. E l lector ha pasado por la experiencia de com­
prender — aunque sea durante, una h o r a — que la n atu ra lez a hum ana
puede m odelarse según patror.es m uy diversos. P ero h a s ta ahora, al
tr a t a r de que los relatos antropológicos fu e ra n provechosos p a ra el
lector sofisticado, que puede se r u n p siq u íatra, u n biólogo o u n geólo­
go, juez, p ed íatra, banquero o una m adre de cinco niños, hemos procu­
rado dos cosas: hacer com prender que ciertos aspectos de la conducta
hum ana — como la adolescencia, la propensión a la bebida o la sensi­
bilidad a r tís tic a — podrían o rg an izarse diferentem ente, o, de lo con­
tra rio , señalar h a s ta qué punto las cu ltu ras difieren u n as de la s o tras.
P a ra el prim er objetivo de d isip ar la expectativa im puesta por n u estra
cu ltu ra de que ciertos aspectos de la conducta ap ren d id a han de m a­
n ifestarse inevitablem ente en la form a conocida en n u e s tra sociedad,
b asta la descripción de una sola cu ltu ra diferente. P a ra el segundo ob­
jetivo, b astan tr e s o cuatro cu ltu ras.
En este libro yo me propongo algo distinto. No quiero sólo documen­
ta r vividam ente que diversos pueblos le asignan a los hombres y m u­
je re s diferentes papeles, ni d em ostrar únicam ente cómo h an logrado
coordinar estrecham ente dicha distribución y la educación de la in fa n ­
cia con la conducta ad u lta. Q uiero darle a conocer a l lector los descu­
brim ientos positivos de u n estudio realizado sobre la cu ltu ra, acerca
de las sim ilitudes, acerca de los factores esenciales de la m asculinidad
y de la fem ineidad que toda sociedad debe ten er en cuenta, y acerca de
las regularidades así como de las diferencias. Quiero p re se n ta r resu l­
tados y a l mismo tiem po d a r u n a idea .,de cómo fueron obtenidos.
E ste es u n objetivo mucho m ás difícil, como lo dem u estra u n a anéc­
dota. C ierta vez incluí en u n trab a jo etnológico u n p á rra fo que iba a
se r publicado en u n a serie ed itad a por u n geólogo m uy conocido. E n
dicho p á rra fo describía las creencias respecto de las posibles m an eras
de reconocer el em barazo, y dio la casualidad que estas creencias coin­
cidían exactam ente con las convenciones obstétricas del momento. E l
editor me lo devolvió con la n o ta : “ igual en todo el mundo”. Si yo h u ­
biera escrito sobre u n pueblo que creyera que las n áu seas por la m añ a­
na sólo se sienten al e sp erar el prim er hijo o que el em barazo d u ra seis
meses, el editor lo hubiera aceptado po r diferenciarse de n u estra s
creencias y observaciones. A sí apenas u n as fra se s sobre u n pueblo
que crea que no hay relación alg u n a e n tre la cópula y la concepción,
o que el h ijo en m in ia tu ra an d a vagando p o r la nieve y se introduce en
la m atriz trepando por los cordones de los zapatos de la m adre, cap tan
la im aginación y producen la conmoción deseada. E l lecto r p ien sa:
“ Entonces los hombres no siem pre han comprendido la biología de la
concepción ta n bien como nosotros” (te n d rá que ser m uy sofisticado p a ­
r a a g re g a r esa últim a fra se, y a que la suposición corriente es que la
ciencia recién sa b e ); “qué interesan te, m e im agino que esta creencia
r ^ r i lu g a r a diferencias en la organización de la fam ilia e in flu irá so-
rre la buena disposición de los padre*- p a ra hacerse cargo de los hijos”,
'■tretera. Y si yo d ije ra que m uy pocas sociedades hum anas h an podi-
; : reducir ta n al mínimo el papel de la m adre, aunque los h ab itan tes de
-s~ islas Rossel creen que el padre pone un huevo en la m u jer a a quien
: d i e r a n como u n receptáculo com pletam ente pasivo, y aunque se sa-
- cae los m ontenegrinos niegan toda relación en tre m ad re e hijos,
m ente le re su lta ría llam ativo, porque es evidente p a ra el lector que
ü —Jcho m ás difícil neg ar el papel de la m adre que el del padre. Pero
7 : le digo: “E n todas las sociedades se adm ite que las m u jeres con­
rees. hijos”, ahorrándole las serie de sorp resas y sobresaltos que po-
- j.r provocarle las im ágenes de in fan tes dim inutos gateando friolen-
f por la nieve en busca de los cordones de los zapatos de su m adre,
i i mellizos que anhelan la reencarnación saltando como p ajarillo s
tra s inspeccionan a un grupo de m ujeres p a ra elegir m adre, el lec-
r ,-entirá inclinación irresistib le a decir “y bien, ¿qué?” y a olvidar-
- i t l asunto.
5ir em bargo en tre la fra se del p ro fan o : “N atu ralm en te ninguna
- _ r ia d hum ana to le ra ría el incesto”, que b ro ta de sus labios inspira-
por las enseñanzas tradicionales de su propia sociedad, y la afirm a -
- - del antropólogo: “ Todas las sociedades hum anas conocidas tienen
- - J .; sobre el incesto”, se interpone toda la experiencia que el segun-
z¡ ü tenido y el prim ero no. Cuando el prim ero dice “incesto” se re ­
ír ; a las relaciones en tre p ad res e hijos, herm anos y h erm anas, bio-
* e t rím en te relacionados. No incluye, en n u e stra sociedad, a los p ri-
zerm anos, aunque piense que los m atrim onios en tre prim os pue-
. t ?er causa de la demencia, o pertenezca a un grupo religioso que no
- - m i t a los m atrim onios en tre prim os, a menos que se les conceda una
. r-rs-a especial. E l antropólogo, al h ab lar sobre el incesto, se refe-
tam bién a este mismo grupo biológico prim ario pero h a b rá Uega-
- 1 fo rm ular su declaración después de considerar los alcances enor-
- r- 7 grotescos de los grupos sobre los que rig e el coneepto de incesto,
. t r ceden incluir a varios cientos de personas pertenecientes al clan
7r o a u n a prim a-herm ana abuela bajo la clasificación de prim a-
r ^ ~ a i a o de abuela, según el caso. Después de e stu d ia r la s diversas
— ¿s en que los distintos pueblos del mundo entero h an extendido y
- - ta ra d o los tabúes sobre el incesto, su afirm ación constituye u n a abs-
r-i.rr_ .r- especial. E n tre la fra s e de! pro fan o : “N aturalm en te ningu-
ía. .~: ::edad” y la fra s e del antropólogo: “N inguna sociedad conocida'’
3 7 —lies de estudios detallados y. concienzudos hechos a la luz de fa -
e í 7 fo g ata s por exploradores y m isioneros y hom bres de ciencia
- ca rao s en m uchas p arte s del mundo. ¿P ero cómo pueden in tro d u -
r v eetas observaciones en la comunicación en tre el escrito r y los lec-
E l método que generalmente! utilizam os p a ra salv ar !a d istancia que
hay e n tre las observaciones del científico y las necesidades de los pro­
fanos acerca de d eterm inada ciencia es el simple ejercicio de la a u to ri­
dad. Incluyo en la cubierta de mi libro o, p a ra m ás seguridad, en la
p rim era página, todos los nom bram ientos y las becas que se me han
otorgado, o por lo menos los de m ayor em inencia. E l lector inspecciona
la lista. Si es u n a persona m uy p rep a ra d a y pedante ir á m ás lejos aún
y b uscará mi nom bre en alg u n a guía. Entonces, un a vez aclarado que
se tr a t a de mí, que me he sometido oportunam ente a los rito s corres­
pondientes p a ra obtener títu lo s im portantes, que se me han concedido
becas y que he hecho expediciones y escrito m onografías que se han pu­
blicado en colecciones eru d itas, el lector comienza a leer el libro con
ei respeto que in sp ira quien es considerado como un a “au to rid ad ” en
la m ateria. Luego, cuando el lector quiera hacer uso del m aterial, te n ­
d rá probablem ente que av e rig u a r si las dem ás auto rid ad es están de
acuerdo conmigo o cu á n ta s autoridades h ay de cada lado, qué explica­
ciones puede haber p a ra ju s tific a r las divergencias y si dichas diver­
gencias son pertin en tes o si se deben sólo a d istin ta s ideologías polí­
ticas o vinculaciones históricas. Si el lector desea valerse únicam ente
de los descubrim ientos citados por la au to rid ad en sus relaciones h u ­
m anas corrientes, ta rd e o tem prano se v erá envuelto en un a discusión
y afe rrad o a su au toridad la n z a rá argum entos co n tra su contrincan­
te, quien h a rá lo propio a fe rra d o a o tra autoridad. E l resultado es ta n
previsible como la resp u esta a la p re g u n ta del niño: “¿M am á, qué su­
cede cuando alguien que sólo cree en Dios conversa sobre la n a tu ra le ­
za con otro que eree únicam ente en la ciencia?” Y este desacuerdo in ­
superable que irru m p e en todas la s discusiones no es n ad a m ás que
sintom ático de los desacuerdos que se suscitan en la m ente de los que
h an aceptado las vitam inas, los átom os, las glándulas endocrinas y los
complejos — guiándose por la s opiniones de los ex p e rto s— y ahora
descubren que constituyen u n m a teria l poco valioso p a ra p en sar sobre
un mundo moderno m uy difícil. Yo quisiera, de algún modo, lo g rar a l­
go m ás. D esearía poder in te rc a la r una pausa e n tre m is afirm aciones
y la consideración del lector, no p a r a la verificación de la au to rid ad
que tango p a ra hacer dichas afirm aciones, sino p a ra que com prenda
cómo se llegó a ellas y cuál es el procedim iento antropológico.
P a ra d a r u n a idea de la experiencia que ap o rta el antropólogo a la
consideración de u n problem a hum ano, tom em os la fra s e “ E l am or
siem pre encuentra un cam ino”, un r e frá n bien conocido de n u e s tra pro­
p ia tradición. A un am ericano joven esta fra s e le h a rá evocar im áge­
nes de dificultades de tra n sp o rte , de un hombre resuelto que cruza los
E stados Unidos pidiéndoles a los autom ovilistas que lo lleven u n trecho,
o que v ia ja tre in ta y seis h o ras seguidas parando sólo p a ra comer sal­
chichas, a fin de reu n irse a tiempo con su novia, a n te s de que se em-
..irque o se case con otro. O puede re p rese n tar la fo rm a en que un a chi­
ra hace proyectos, a h o rra y h a sta diseña el vestido que se v a a poner
j a r a un baile sabiendo que allí se en c o n trará con su ex novio, que qui-
vuelva a ella. P o r la m ente de cada persona cruzan diversos inci-
: entes y escenas: autom óviles, empleos, escasez de dinero, aviones mal
.-crr.binados, h a s ta p adres que se oponen, si los am antes son lo suficien­
tem ente jóvenes o los pad res lo b astan te ricos como p a ra que sus opi­
niones cuenten. C onfundidas con las im ágenes de n u e stra propia ex-
T-rriencia ap arecerán escenas de películas, de novelas, de episodios r a ­
i d e s , im ágenes fugaces de Tom M ix cruzando las lla n u ra s a caballo,
de In g rid B ergm an en u n papel m uy dram ático, uno o dos versos de
7. -neo y Ju lieta, o alg u n a a n tig u a rim a de San V alentín. Si uno es
r a s sofisticado pueden su rg ir algunas dudas sobre el am or — sobre si
=: será sólo u n térm ino sentim ental p a ra designar a “las horm onas”—
s- mismo tiem po que m ás im ágenes de iniciales entrelazadas, corazones
flechados e inscripciones como “J u a n y A licia” en las paredes de las
z ^ a s vacías. E l am or es u n a emoción adm itida, sentida por personas
. quienes vemos m entalm ente iguales a nosotros mismos, luciendo ro ­
sa . conduciendo autos, compitiendo con rivales, luchando contra el aba-
_-;ento cuando las rechazan y eufóricas de felicidad cuando son co­
rrespondidas. A un leyendo Romeo y Ju lieta detenidam ente, se tiene
's. sensación de que los am antes se parecen mucho a los jóvenes ame-
ranos modernos y de que la enem istad e n tre Montescos y Capuletos
jilo p a rte del argum ento. D espués de todo, nadie sabe lo que real-
-■aate sintieron Romeo y Ju lie ta . S hakespeare sabía m uy poco m ás que
¿otros al escribir sobre ellos como dram atu rg o inglés p a ra el públi-
- inglés del siglo dieciséis. E l conocimiento del pasado puede ense-
- • ie a nu estros labios herm osas p alab ras, pero debemos reconocer
-± éstas incluyen sentim ientos ajenos a la v ida m oderna, y a que
-i fidelidad después de la m uerte es tenida hoy por emoción sospechosa,
p a ra la fam ilia y las am istades, mereciendo ta l vez la atención
:; p siq u íatra m ás que la del poeta.
Z n rre el joven lector que nunca h a salido de A m érica y que sólo h a
: ia conducta de o tra s épocas y de o tra s tie rra s a trav é s de los cris-
a . -- especiales que le proporcionan Hollywood y los novelistas histó-
contem poráneos — a trav é s de los cuales la ve exactam ente igual
- - suya p ropia — y el antropólogo sentado en la intim idad de la cho-
_in cazador de cabezas de N ueva G uinea puede hab er n atu ra !-
t - _ muchos m atices de experiencia. H ay en los E stados U nidos mi-
1 - de personas que, por ser hijos de ex tran jero s, han sentido en sus
- - . 5 huesos que la vida puede ser y es d iferente en o tra s sociedades.
" - - : -ér¡ hay muchos miles de personas que h an vivido en la intim i-
- - e países europeos, latinoam ericanos o asiáticos, y saben por sus
-- ttes con la n iñera, el am ante o el am igo, que la fra s e “ E l am or
siem pre encuentra un cam ino” te n d rá otro sentido p a ra ellos. M uchas
de estas experiencias, con p ad res servios o escoceses, o con n iñ eras ale­
m anas, con u n am ante italian o o con am istades fran cesas, e n tra ñ a n
un g rado de contacto p ersonal y de intim idad que no se lo g ra fácilm en­
te en tre un hombre de ciencia caucásico de este siglo y los m iem bros de
una trib u de N ueva G uinea. E stos residentes de diferentes clim as
emocionales pueden m uy biíen o b serv ar: P uesto que se buscan re la ­
ciones emocionales vividas con personas que ven la vida en fo rm a
m uy d istin ta, no e s ta rá n los que han vivido y am ado en el ex tran jero
m ejor prep arad o s p a ra observar la conducta con la perspectiva que
confiere el conocimiento de v a ria s cu ltu ras que los científicos que deam ­
bulan con libros de apuntes, dem asiado ocupados en a n o ta r lo que ven
p a ra observar realm ente. A p rim e ra vista, esta objeción parece m uy
acertad a. U no evoca la im agen de un chiquillo am ericano, con las p ier­
n as bien p la n tad a s y. los dientes apretados, tra ta n d o en vano de sol­
ta rs e de la mano de u n a t í a alem ana, o la de u n joven p in to r am erica­
no in dinado sobre la m esa, contemplando embelesado el juego de ex­
presiones del ro stro de su esposa francesa. E ntonces al co m p arar estas
escenas con la im agen del antropólogo sentado ante u n a m esa en la
aldea de los cazadores de cabezas, anotando sus observaciones en­
t r e personas a quienes el solo acto de escribir de por sí les parece casi
mágico, se p en sará por supuesto que el antropólogo tiene menos pro­
babilidades de saber lo que; p a sa por la m ente del cazador de cabezas,
que el niño o el am an te dle ap render algo significativo e im p o rtan te
acerca de valores que difieren mucho de los suyos. A un así, el a n tro ­
pólogo tiene una experiencia que le está negada al joven que se ha
pasado la noche despierto haciendo el am or en otro idiom a, o a la chi­
ca que se m archa con su m arido a v iv ir con la fam ilia de éste en un
país ex tran jero . P orque lo que hace el antropólogo está m otivado por
razones propias de su disciplina. Sí ustedes son seis herm anos y su m a­
dre insiste en tom ar g obernantas alem anas, quizá lleguen a realizar
un estudio b astan te profundo de las F rauleins a f in de poderse lib ra r
de la presente, aunque sólo sea p a ra oír una nueva versión de lo que les
cuenta a la ho ra de acostarse. Si u sted es el dueño de u n a fáb rica, y el
tra b a jo se ve continuam ente desorganizado a cau sa de las disputas
en tre dos grupos de d iferen te nacionalidad, usted puede lleg ar a ap re n ­
der “a llevarse bien con los ita lian o s”, y si es u n d irig en te político, sa­
b rá exactam ente lo que debe h acer p a r a calm ar o p a r a aprovechar
los odios y las alianzas nacionales existentes. Pero en todos los casos,
y a se tr a te de u n niño que estudie un desfile de n iñ eras o que v ay a al
colegio en u n p aís ex tra n jero , de un joven que escudriñe el ro stro de
su am ada o de una novia que observe la e x tra ñ a conducta de su suegra,
las observaciones e sta rá n siem pre subordinadas a los fines prácticos
del niño, del am an te y de la novia. Y esta subordinación les d a un ca-
- distinto del que tienen las observaciones del antropólogo, al
r a . : -4 5o que uno le dice a un am ante difiere de lo que le dice a un
s B r a t r s . A ambos puede uno contarles un incidente d esg arrad o r de
- " - i r í a : que u n a vez se despertó y se encontró en u n a casa vacía,
- - rrr r : cómo el médico de al lado le am pu tab a la mano a un herido o
r - —: caer al pad re de un molino. P ero cuando se habla con el am an-
r ;n u n amigo, se está edificando una relación, se están colocando
' _ :s de com prensión y de confianza p a ra c re ar u n a es tru c tu ra que
- i ¿e n e la esperanza que ha de d u ra r toda la vida. E l rela to es ex-
■ -r^ íd o y plasm ado de m an era que se a ju ste a lo últim o que contara
* rra persona y que lleve a n u e stra s confidencias. Pero cuando se
~ : ¿3 con el p siq u íatra, la intim idad de las confidencias m u tu as de una
■-r. -:ón com pleta es reem plazada por un proceso exploratorio conscien-
- : redando subordinada a éste la relación con el p siq u íatra como
strso n a. Si el p siq u íatra es experto y el paciente se siente lo b astan te
--^r.-íguido por los te rro re s y las ansiedades que lo h an llevado a eonsul-
- r l ; , este énfasis im personal sobre la com prensión y sobre la utiliza-
de la comprensión en form a personal y no in terperso n al se m an-
a in e h a s ta que u n día la p u e rta del consultorio se cierra definitiva-
—ía te . E l paciente se rá otro. Lo que el médico sabe sobre el paciente
¿d iere mucho de lo que el paciente sabe del médico,y. generalm ente no
r e v e r s a r á n nunca sobre dicha diferencia.
Cuando el antropólogo e n tra en la aldea de u n pueblo prim itivo, solo
romo in te g ra n te de u n m atrim onio p a ra poner su casa en tre las
: Tras, tam bién se suscita una situación consciente y controlada. No
ii= ea com prender la cu ltu ra a fin de poder co n stru ir su casa o cu ltiv ar
n h u erta, ni a fin de conseguir acarread o res p a ra su equipo, ni obre-
rrs p a ra un aeródrom o, ni prosélitos p a ra su religión. Ni siquiera de-
í-»a, como desearía u n médico, cu rarles las enferm edades, ni cam biar-
t= los conceptos que puedan te n er sobre la sanidad, ni persuadirlos de
rae tienen que e n te rra r a los m uertos prolijam ente en u n cem enterio y
zj} debajo de las casas como lo hacen “p a ra que no estén ta n solos". No
roiere m ejorarlos, ni convertirlos, ni gobernarlos, ni com erciar con
¿lo s, ni reclutarlos, ni curarlos, sólo desea com prenderlos, y com pren­
diéndolos am p liar nuestro conocimiento de las lim itaciones y potencia-
edades de los seres hum anos. * A sí como el p siq u iatra debe lim itarse
i un objetivo, c u ra r, el antropólogo debe disciplinarse con un solo fin ,
cbservar y com prender cómo los individuos revelan su cu ltu ra. Al pro-

* Lo que aquí menciono se refiere al estudio de ana cultura. Se está desa­


rrollando la ciencia de la antropología aplicada, a través de la cual el an­
tropólogo se convierte en un profesional que trata de mejorar, mejorando
relaciones entre un pueblo primitivo y el gobierno, o entre dos grupos étni-
: j= en una comunidad, o entre unidades de diferente nacionalidad que actúen
*n cooperación. En este caso rige una ética diferente.
fano le parecen rebuscadas m uchas de las técnicas psiq u iátricas que se
exponen. ¿P or qué h ab rá de discutirse ta n to si el psicoanalista debe o
no d arle la mano a los pacientes, visitarlo s o ten er un consultorio con
dos p u erta s? Pero es únicam ente porque la relación en tre el p siq u íatra
y el paciente es u n a relación p arcial y, estilizada que estos detalles a p a ­
rentem ente pequeños tienen im portancia.
De modo que cuando el antropólogo se va a viv ir a u n a aldea n a ti­
va, es preciso p en sar con detención en cada detalle subordinándolo a la
ta re a prim ordial. ¿Dónde ha de construirse la casa? No h a de ser don­
de tenga la m ejor vista, ni m ás aire, ni poco ruido, ni menos cerdos, ni
tam poco donde esté aislada de la proxim idad de M anngwon, u n a v iu­
da anciana y pendenciera, siem pre de m al hum or, ni lejos de la casa de
Kwowi Kogi K um ban, cuyo hijato M aggiendo todavía llora porque fue
u n a vez adoptado y devuelto la m ism a noche. No han de to m arse en
cuenta n in g u n a de las consideraciones corrientes acerca de la belleza,
la tran q u ilid ad y la salubridad del lu g ar. E n cambio, se tra z a rá p id a ­
m ente u n m apa de la aldea, tom ando especialm ente n o ta de la ubicación
de los templos, los lu gares de recreo y los senderos. Se consideran los
p a ra je s disponibles, los sitios vacíos en los que ha habido casas an tes
y la índole de dichas casas. Si, por ejemplo, como nos sucedió en Ali-
toa, construim os n u e stra vivienda en el sitio ocupado anteriorm ente
por la casa cerem onial de los hombres, el te rren o e sta rá “caliente” y los
v isitantes no q u errán v enir po r tem or a que algo de su personalidad
quede retenido en esa tie r r a que p a ra ellos está ta n sa tu ra d a de hechi­
zos. O, como nos ocurrió en M anus, se puede ad q u irir ju n tam en te
con el predio la personalidad de u n hom bre recientem ente fallecido,
cuyo espectro aú n ronda la querencia y cuyos parien tes le tienen toda­
v ía ta n to miedo que ni se atre v en a v is ita r la nueva casa. Pero al des­
ech ar un sitio porque se diga que el suelo está im pregnado de susurros
m ágicos, o porque u n espectro p articu larm en te agresivo v a a hacerse
om nipresente, no lo hacemos porque p refiram os u n te rrito rio n eu tra l o
fan tasm as m ás tranquilos, sino porque después de pensarlo detenida­
m ente nos parece que otro sitio nos c re a ría menos complicaciones en
el trab a jo .
A sí, la ubicación de n u estra casa en la aldea de Tam bum ún sobre el
río Sepik fu e elegida en 1938 p o r la s siguientes v irtu d es: E ra b a sta n ­
te céntrica con respecto a la aldea, pero se hallaba m ás cerca del ex­
trem o que daba a o tra aldea y p o r lo tan to favorecería el contacto con
la aldea vecina. E sta b a lo suficientem ente cerca de la casa de los hom­
bres como p a ra o ír la m úsica de las fla u ta s y como p a ra poder ir — en
el caso del m a rid o — a v er lo que p asara. E sta b a e n tre un grupo de
casas en la s que había muchos niños, de modo que e ra posible — en el
caso de la esposa — escuchar el llanto de cada c ria tu ra y ac u d ir inm e­
diatam ente al n o ta r alguna diferencia significativa, como cuando sa-
: de mi m osquitero a las dos de la m añana al o ír u n a n o ta e x tra ñ a en
llanto de una niña de dos años, N em angke, y la encontré fre n te a una
d isputa ta n se ria e n tre sus p adres que la m adre le h ab ía prohibido
:rc?.rse al padre. A dem ás n u e s tra casa estaba situ ad a ju stam en te
entre el sendero de los hombres, que co rría a la orilla del río, y el sen­
dero de las m ujeres, que quedaba m ás hacia tie r r a adentro. M ientras
trab a jab a , yo observaba a todos los que pasaban de un extrem o al otro
ds la aldea, sin detenerm e a an o tar sus nombres, sin a d v e rtir siquie­
ra en que había reparado en sus nombres, pero registrán d o lo s de modo
ro e si pasaba algún grupo cuyo propósito no adivinaba o grupos de per-
í'-nas que norm alm ente no tenían por qué e s ta r ju n ta s , pudiera
;a lir en seguida a av e rig u a r lo que o curría. Construim os n u estra s ca­
ía s sin paredes, utilizando solam ente u n a enorm e lona que debíamos
irom odar trab ajo sam en te de m ad ru g ad a cuando h ab ía torm enta. H a­
ría un a p la tafo rm a disponible delante de la p u erta, sobre la que se reu ­
nía la gente a c h a rla r todas las ta rd e s; tampoco esto es lo m ás indica-
:: p ara esas h oras ab rasad o ras del trópico, cuando el sol está casi ho-
risontal e invade todos los rincones de una casa ta n expuesta, pero no
■í te n te convierte a la casa en un excelente centro de observación. Por
-’nmo, una de las consideraciones que tuvim os en cuenta p a ra la elec-
:;:n de ese sitio fu e que la esposa de n uestro vecino Bangwin estaba
em barazada, porque es m uy difícil poder p resenciar un p a rto en las
,:iedades p rim itivas, ya que los niños nacen a menudo de m adrugada,
0 aando la m adre se h a ido de pesca. E s cierto que a la postre el hijo
1- Bangwin tam bién nació cuando Tchamwole estaba pescando, pero de
•- -ios modos estábam os suficientem ente cerca como p a ra oír que Bang-
— i ncrepaba a su m u jer por e s ta r dem asiado tiem po em barazada
: que Tchamwole le contestaba: “ ¿P or qué me riñ es? E ste niño v a a
- : :er cuando quiera. E s u n ser hum ano y escoge el momento de nacer.
Xo es como los cerdos y los perros, que nacen cuando los dem ás dicen.”
I -dimos film ar la escena en la que Bangw in cortó en pedazos la canas-
_ de dorm ir de su o tra esposa — u n a acción que en A m érica equival-
T.a. a destrozar el piano de cola o el coche n u ev o — y la escena en que
T ia a iw o le , que se hallaba cuidando a su h ijito en o tra casa, volvió ra-
- 1 de celos porque la o tra esposa gozaba de todos los placeres del m a-
r — :r.io y puso u n a señal de “no to car” en los cocoteros que le p erte­
necían a ella, la prim era esposa. De su erte que la elección de u n pre-
i atiguo a la casa de u n a m u jer em barazada fu e m uy provechosa,
'-—c e el punto de v ista antropológico. A i igual que la elección de la ca-
i v su construcción, se deben a ju s ta r tam bién los otros detalles de la
- cotidiana p a ra a u m en ta r la capacidad y las oportunidades de
•» i-frvación. Los sirvientes no se escogen porque sepan cocinar o por-
: r ■ honestos, aunque uno se siente agradecido cuando ocurren se-
.¿r.tei coincidencias, sino porque vienen bien p a ra las observaciones,
porque proporcionan rep rese n tan tes de las dos fam ilias m ás gran d es
o de las dos facciones de u n a com unidad dividida, o porque son del sexo
y de la edad indicados p a ra a tr a e r o por lo menos p a ra no ah u y e n ta r
a l tipo de inform ante que a uno le in teresa. E n M anus, p o r ejemplo,
donde yo quería observar a los niños, toda mi servidum bre estab a com­
p u esta de jóvenes de menos de catorce años, porque de h aber tenido v a ­
rones m ayores se hubieran suscitado problem as de relaciones prohi­
bidas y las n iñ itas se h u bieran m antenido aleja d as de la casa. L a edad
com prendida e n tre los doce y los catorce años no es la ideal p a ra el p er­
sonal doméstico y a veces la cena ib a a d a r a la la g u n a sobre la que se
e rig ía n u e stra casa, m ien tras te n ía lu g a r u n a b a ta lla en la cocina. P e­
ro entre los muchos m iles de dibujos de niños que recogí h ab ía dibujos
hechos por niñas, adem ás de los de los varones.
E sta necesidad de p lan ear, de disciplinar las preferen cias p a ra lo­
g r a r u n objetivo, no significa que las relaciones con u n pueblo p rim i­
tivo estén lim itadas a u n a f r ía indiferencia profesional. P ero al m is­
mo tiem po que se tom a en brazos el cuerpecito inerte de un chiquillo
ahogado y se tr a t a desesperadam ente de hacerlo rev iv ir, uno tien e la
obligación de observar la ac titu d de la m adre que se golpea la cabeza
co n tra u n a alm ohada de m adera, en lu g a r de p erm itir que los p ensa­
m ientos se vuelvan hacia otros euerpeeitos exánim es que uno ha tenido
en los brazos. Los sentim ientos propios, que podrían d a r lu g a r a un
poem a, a u n a pleg aria por alguien que e s tá m uy lejos, o a l deseo de es­
crib ir u n a c a rta o de aban d o n ar la escena de la m u erte buscando lo
que nunca es posible lo g ra r en el cam pam ento, un momento de soledad,
deben quedar subordinados a la obligación de observar, de escuchar, de
re g is tra r, de com prender. A un los fracaso s de esta autodisciplina
— como la vez que m e eché a llo ra r, p resa de u n resentim iento im poten­
te, porque m e mordió el p erro al volver u n a f r ía m ad ru g ad a ju n to a
un niño balinés gravem ente enferm o, a quien había velado to d a la no­
che y sólo dejado por unos in stan te s p a ra i r h a s ta mi c a s a — deben
ser utilizados inm ediatam ente p o r el antropólogo, si es posible, como es­
tím ulo p a ra descubrir cómo reacciona la gente cuando se m an ifiesta la
ira en ciertas form as.
Los antropólogos en tra n a fo rm a r p a rte de la vida de los pueblos de
m uy diversas m a n eras: ya sea vendándoles las lastim ad u ras, o ay u ­
dándoles a r e p a ra r los frag m en to s de m áquinas m odernas que posean,
saliendo de caza cor. ellos o sum inistrándoles carne en la ta p a ra las
fiestas. P ero, cualquiera sea el tipo de relación que s u rja d u ra n te los
muchos meses en que se vive pendiente de los tem ores y las aleg rías de
toda u n a aldea, la relación debe disciplinarse siem pre p a ra lo g rar un
único objetivo: el de com prender la cu ltu ra. P o r lo ta n to la p en etra­
ción que el antropólogo a p o rta a la consideración de un tem a como el
de la s relaciones en tre los sexos difiere mucho de la del hombre sensi-
. ¿ . ifi h a tenido la experiencia de conocer m ás de u n am biente cultu­
ral y difiere tam bién de la del historiador, que debe rec o n stru ir el cua-
ir : histórico fundándose en la s pruebas docum entales fra g m e n ta ria s que
¡-"¡den talm ente puedan subsistir. E l m a te ria l es de u n orden especial
y de u n a utilidad tam bién especial, del mismo modo que el médico pue-
l-: a menudo te n er un radio de observación menos vasto y menos v aria-
£: que el del novelista, pero sin em bargo y debido a que sus observacio-
k s son disciplinadas, a p o rta u n a contribución de d istin ta índole a la
comprensión de la conducta hum ana.
L a o tra p re g u n ta im p o rtan te es: ¿Qué es lo que el antropólogo ob­
serva al tr a b a ja r con pueblos prim itivos?
Quizá el punto m ás im portante sea que el antropólogo tiene que de­
cidir en qué sentido va a an a liz ar los resultados al mismo tiem po que
realiza las observaciones. P or ejemplo, si se quiere estu d ia r de qué m a­
re ra hablan el inglés los irlandeses, los hab itan tes de Queensland o los
: nía ñ es es de K entucky —■todas m uy diferentes y m uy dignas de es-
—¿ lo — el lin g ü ista a p o rta a la ta re a todo su conocimiento de la g ra-
—¿rica y dél sistem a fonético del inglés y de otros idiom as indoeuro-
t - : s . No p reg u n ta fundam entalm ente qué idiom a es, sino en qué senti»
i : v aría dentro de la e s tru c tu ra del inglés. Pero cuando vamos a estu ­
c a r un a trib u de N ueva Guinea, debemos p re g u n ta r, ¿qué idiom a es
éste?, y deducir la g ram á tic a a trav és de las pocas fra se s que es posible
- ‘-.sacarle a un nativo incómodo colocado fre n te al etnólogo. Lo mismo
::u r r e con la conducta de los niños y la s niñas, de los hombres y las
“ ajares. Al estudio del papel desempeñado po r la m u jer en un a aldea
¿si s u r de A lem ania uno a p o rta ría todo el conocimiento que se posee
5oi>re los papeles históricos de la m u je r en E uropa, su posición según la
'.--y rom ana y, la a n tig u a ley teutónica, los conceptos de los católicos y
: í los p ro testan tes acerca del lu g a r que ocupa en el esquem a del u ni­
verso, y con esta e s tru c tu ra como referencia, o bservaría entonces en
zoé sentido v a ría el cuadro histórico en dicha aldea. Pero a! ab o rd ar
raa trib u desconocida de N ueva G uinea no se puede co n tar con la guía
ir sem ejante m odalidad de pensam iento. Porque al an clar el velero o
=1 d ar la voz de alto a los acarreadores — si se m arch a a pie — a la en-
—id a de u n a aldea e x tra ñ a e inexplorada, no sabemos cuál de los dos
:¿xos e sta rá adornado y cuál no, no sabemos si la cabeza ra p a d a que
se asom a e n tre los arbustos pertenece a un hom bre o a u n a m u jer, si la
: ■r a r a tre p a d a a una palm era de quince m etros de a ltu ra en la distan-
es un hom bre, porque las m ujeres no deben rea liza r tra b a jo s difí-
i—ís y peligrosos como tr e p a r a las palm eras, o u n a m ujer, porque éste
■a s n tra b a jo de m ujeres y niños. Tenemos que i r form ando nuestro co-
_ r-diniento directam ente por el com portam iento de las personas, apren-
ie r sim ultáneam ente cómo se p o rta u n a su eg ra y si tienen u n a pala-
ir * p a ra designarla. Al antropólogo habituado a som eterse a su m ate-
ria l, a esperar, a observar y a escuchar h a s ta que u n a fo rm a em erge
de los innum erables pequeños actos y p alab ras del grupito de gente con
el que lleva una existencia ta n concentrada, el m a teria l mismo le d eter­
m ina las categorías. A sí se ve libre del riesgo de hacer únicam ente
las p reg u n ta s que se b asan en n u e s tra civilización y en o tra s cono­
cidas. 4
Entonces, de nuestro acopio de observaciones propias y de otros an ­
tropólogos, ya se tr a te de im ágenes, fra se s y sonidos que guardem os
en la m ente o bien estén catalogadas prolijam ente en fichas que re p a ­
samos con la m ayor atención, tom am os el m a teria l que h a de servirnos
p a ra fo rm u lar hipótesis, com probar la utilidad de éstas y suge­
r i r nuevas líneas de acción. E ste es el proceso que señala la distancia
que h ay en tre la fra s e del p ro fa n o : “N atu ra lm en te n in g u n a sociedad”,
y la del antropólogo: “ N inguna sociedad conocida", y. d esearía que el
lector lo tu v ie ra p resente de alg ú n modo al leer las p ág in as siguientes.
D etrás de la p a la b ra “hom bre” h ay en mi m ente toda u n a legión de
im ágenes de hombres de piel blanca y de piel cobriza, am arilla y mo­
ren a, de hombres con el cabello corto o la cabeza ra p a d a o grandes mo­
ños, de hombres de n u e stra sociedad contem poránea vestidos de etique­
ta , y de hom bres que llevan como único atuendo m edias lu n as de n ác ar
sobre el pecho, de hombres de músculos abultados y crispados y de
hombres de brazos finos como los de las m uchachas, de hom bres que
tienen los dedos ta n torpes que sólo pueden m a n eja r un hacha y de
otros que se pasan los días en sartan d o cuentas pequeñísim as; de hom­
bres p a ra quienes el olor de u n a c ria tu ra es u n a ofensa a su virilidad,
y de otros que acunan suavem ente a un niño en sus brazos firm e s; de
hom bres con las m anos siem pre pro n tas p a ra el adem án violento de
a r r o ja r una lanza y de otros cuyas m anos se ju n ta n serenam ente en
un gesto de excusa y de súplica:; de hombres de u n m etro noventa y de
hom bres de uno cincuenta. Ju n to a ellos aparecen las m ujeres, ta m ­
bién de distintos tonos de piel; algunas con la coronilla calva y o tras
con largos cabellos; m ujeres con los pechos m uy caídos y a veces ta n
deform ados que pueden echárselos por encima del hombro y o tra s con los
pechos pequeños y erguidos como los de la s e sta tu a s de las tum bas de
los Medici en F lorencia; m u jeres que le infunden a las fald as de h ier­
ba un gracioso vaivén al a n d a r y m ujeres que u san esas m ism as fald as
como si fu e ra n cam isas de hierro p a ra p roteger su v irtu d , m ujeres
cuyos brazos parecen siem pre vacíos si no acunan a u n niño y o tras
que lev an tan a sus hijos con los brazos estirados como si fu e ra n ga-
tito s m onteses que a ra ñ a n ; m u jeres que están m ás d ispuestas a pelear
que sus propios m aridos y m u jeres que se dispersan como hojas a l me­
nor indicio de u n a r iñ a ; m u jeres con una labor siem pre en las m anos
y m ujeres que se sientan a descansar después de las fae n as del d ía de­
jando las m anos fláccidas sobre la fa ld a ; y delante y d etrás de ellas,
en sus brazos, a sus espaldas, aferrán d o se con los bracitos a sus cue­
llos, sentados sobre sus hombros, en cabestrillos, en bolsas de m alla o en
cestas, colgados en las paredes de los tipis bien atados a las tablillas
:ue les sirven de cuna, están los niños. Niños vestidos como réplicas
de los mayores, tropezando con largos faldones al ap ren d er a cam inar,
~ niños que andan com pletam ente desnudos h a sta los diez y once años
:e edad; niños que descansan pasivam ente m ien tras las que los llevan
a ja n arro z o se entretienen con juegos bruscos, y. niños que se defien­
den con brío cuando la canoa se atasca y m adre e hijo caen al a g u a ;
~iños p a ra quienes no h a y p alab ras que los denominen, a los que se
ilu d e con los térm inos “rato n e s”, “escarabajos” y luego “pequeños
>-ombres” ; y niños que han sido deseados y cuyas p alab ras son tenidas
Tor profecía; niños considerados subhum anos h asta que les salen los
ilentes y otros que son tenidos por m onstruos si los dientes les van sa-
endo sin reg u la rid ad ; niños que no tienen juguetes y que se a fe rra n
huraños a las p iern as de los m ayores y niños juguetones y alegres co­
s o la risa mism a.
E ste libro tr a t a sobre varones y m ujeres, de niños y de adultos. La
- ente del lector e s ta rá llena de im ágenes d istin ta s de las m ías. L a cues-
:n es si podrán, m ien tras yo escribo con estos antecedentes, te n er pre-
~r-te que las p alab ras como “hom bres”, “m ujeres” y “niños” no dé­
t e im plicar conceptos rígidos, sino que deben ser p o rtad o ras de un
aunque no de detalles precisos, de las variedades de la conducta
._T.ana, cuyo conocimiento me ha servido de base p a ra lo que quiero
-:unicar.
SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS DEL CUERPO

3. LAS PRIMERAS N O CIONES

E n este libro me re fe riré principalm ente a los siete pueblos de Ocea-


nia, con los que he vivido y trab a jad o . L as islas del Pacífico consti­
tuyen una región en la que los grupos hum anos, separados p o r el m ar
y las m ontañas y careciendo de las form as políticas que unen a los hom-
:re s p a ra c re a r reinos, han desarrollado m aneras de v iv ir notablem en-
: í d istintas. Siete sociedades son dem asiadas p a ra poder te n erlas p re­
santes a la vez. Los detalles se mezclan confusam ente, y a se tr a t e del
sistem a de parentesco que obliga a los niños m anus comprometidos a
echarse de c a ra al piso debajo de una estera cuando pasan las suegras,
o a los adolescentes ara p esh a llevar suavem ente de la mano a sus p ro ­
metidas, todavía niñas, a ju n ta r langostinos por la noehe, o a los jóve­
nes m undugum ores a volver con u n a explicación razonable sobre los
arañazos que han recibido de la chica escogida p a ra u n in stan te f u r ti­
vo; o bien de las fu g as al am anecer en B ali, donde las jovencitas se fi-
; .in si h ay testigos a n te los cuales te n d rían que g r ita r y. p a ta le a r p a ra
fin g ir un ra p to o si pueden irse tran q u ilam en te con sus elegidos, o de
un m arido teham buli que en un in stan te de cólera y de incomprensión
de su papel clava su lan za en u n a hendidura del piso y h iere a su espo­
sa en la m ejilla, de un cazador de cabezas iatm ul que llam a a sus com­
pañeros de la misma edad p a ra que le ayuden a fo rz a r y a som eter a su
m u jer o de u n a joven sam oana susurrándole al oído a su am an te exac­
tam ente en qué sitio va a esperarlo debajo de las palm eras.

T ra ta ré de p re se n ta r sucintam ente a cada pueblo, como se hiciera


,-ierta vez con la larg u ísim a lista de personajes de u n a novela an tig u a
y complicada. E stos siete pueblos, que viven en islas, en las m ontañas,
en lagos y lag u n as y a las orillas de los ríos, son los actores, no como
individuos, sino como grupos de individuos que tienen u na m ism a m a­
ñ era de vivir. Sus gestos, fru to de hábitos conservados desde remotos
tiempos, form an p a rte de la tra m a del tapiz de la vida hum ana, recién
retocado p ara incluir su conducta, que yo quiero de algún modo poner
an te los ojos del lector. Quizá los lectores que no tienen inconveniente
en m ira r de cuando en cuando el rep a rto que fig u ra en los p ro g ram as
de te atro , estén tam bién dispuestos a retroceder a veces alg u n as p ág i­
nas p a ra id en tificar una trib u .

LOS SIETE PUEBLOS DE OCEAN1A

Los sam oanos son un pueblo polinesio, de buena e sta tu ra y de piel


dorada, que viven en un pequeño grupo de islas pertenecientes en p a rte
a los E stados Unidos. Su m a n era de vivir es ceremoniosa y llena de
dignidad. Los jefes y los oradores, los príncipes y las princesas de las
aldeas, los grupos establecidos de jóvenes y de ancianos, se reúnen p a­
ra p la n ta r y cosechar, p a ra pescar y construir, p a ra fe ste ja r y. danzar,
en un mundo en el que nadie tiene prisa, el alim ento es abundante, la
natu raleza generosa y la vida arm oniosa y no muy intensa. H ace m ás
de un siglo que son cristianos, y han incorporado los dogmas del cris­
tianism o a sus propias tradiciones, poniéndose prendas de algodón p ri­
m orosam ente alm idonadas los domingos, pero siguiendo descalzos y o r­
gullosos de su m anera de vivir.

LOS M A N U S DE LAS ISLAS DEL A LM IR A N T A Z G O

LOS SAMOANOS

E! pueblo m anus es una trib u pequeña y enérgica de pescadores y


com erciantes que construyen sus casas sobre pilotes en las lagunas-sa-
linas cerca de sus pesqueros. A ltos, de piel m orena, delgados y activos,
merced a su ingenio, a su habilidad y a u n a ética que señala que los es­
pectros de los m uertos ca stig an a los holgazanes, se han creado un ele­
vado nivel de vida, que conservan trab a jan d o con tesón. P u ritan o s
h asta la m édula, dedicados por entero al esfuerzo y al trab a jo , negán­
dose el am or y el deleite de los sentidos, se avienen fácilm ente a los usos
de! mundo occidental, !as m áquinas y e! dinero.

* Ver el Apéndice I.
LOS ARAPESH DE LA MONTAÑA

Los m ontañeses arap esh son un pueblo m anso, m al nu trid o , que h a ­


bita las escarpadas e im productivas m ontañas T orrieelli de N ueva
Guinea. Son pobres y están siem pre luchando por a h o rra r lo suficien­
te p a ra com prar m úsica, pasos de baile y. nuevas modas de los pue­
blos m ercaderes de !a costa y p a ra lib ra rse de los brujo s de los pueblos
m ás feroces que viven en las llan u ras del interior. Sensibles a la nece­
sidad ajen a y cooperadores, han creado una sociedad en la que aunque
nunca hay b astan te de comer todos los hom bres se p asan la m ayor p a r­
te del tiem po ayudándole al prójim o y dedicados a los proyectos del
vecino. El m ayor interés de ta n to s hombres como m ujeres radica en
criar cosas — niños, cerdos, cocoteros —, y su m ayor tem or es que ca­
da nueva generación llegue a la m adurez sin alcanzar la e s ta tu ra de
sus antepasados, h asta que finalm ente no quede gente bajo las palm eras.

LOS CANIBALES MUNDUGUMORES DEL RSO YUAT

E ste pueblo vigoroso e inquieto vive a orillas de un río de ráp id a co­


rrien te, pero no tiene tradición fluvial. T ra fica n y asaltan a los pueblos
mal n u tridos que viven en tie r ra s m ás pobres, p asan el tiempo riñendo
o cazando cabezas, y han creado una form a de organización social en
la que cada hom bre tiene la mano alzada contra los otros. L as m ujeres
son ta n fu ertes y hacen valer sus derechos ta n to como los hom bres;
aborrecen tener y c ria r hijos y sum inistran casi todos los víveres, de­
jando a los hombres en plena lib e rtad p a ra pelear y conspirar.

LOS TCHAMBULIS LACUSTRES

E l pueblo tcham buli, que sólo cuenta con seiscientos miembros en


total, ha construido sus viviendas a la orilla de uno de los m ás bellos la-
eos de N ueva Guinea, que reluce como el ébano lustrado y. que tiene por
telón de fondo las colinas distantes, d etrá s de las cuales viven los
-rap esh . H ay en el lago lotos m orados y n en ú fa re s rosáceos y blancos,
- ¡ancas águilas pescadoras y garzas reales. A quí las m ujeres, ágiles,
sin adornos, diligentes y laboriosas, van de pesca y al m ercado; los
hombres, decorativos y acicalados, tallan y pin tan y ensayan pasos de
tiile , habiendo reem plazado la tradición de cazar cabezas por la cos­
tum bre m ás sencilla de com prar victim as p a ra valid ar su virilidad.
LOS CAZADORES DE CABEZAS IATMULES DEL GRAN RIO SEPIK

E n la rib era del río ancho y lento en el que desemboca el Y u at, que
recibe las vertientes de las m ontañas de los arapesh y que se comunica
por medio de canales con el lago de los tcham bulis, se levantan las orgu-
llosas aldeas del pueblo ia tm u l; cazadores de cabezas, ta llis ta s y
oradores, altos y fieros, de u n a m asculinidad quebradiza, donde las
m ujeres son espectadoras de la te a tra lid a d sin lím ites de la conducta
de los hombres. Poseyendo bañados de sagú, que Ies aseg u ran un sum i­
n istro estable de víveres, bien alim entados g rac ias a l pescado que p ro ­
porciona la continua laboriosidad de las m ujeres, h an construido m ag­
n íficas casas cerem oniales y. canoas g u e rre ra s prim orosam ente ta lla ­
das, acum ulando en sus gran d es aldeas todos los estilos artístico s, los
pasos de danza y los m itos de los pueblos m enores que los rod ean ; des­
collantes, pero sum am ente vulnerables en la intensidad de su orgullo.

LOS BALINESES

Los balineses, que se cuentan po r cientos de miles, y no por m illares


como los sam oanos, ni por cientos como los pueblos de H ueva Guinea,
no son u n pueblo prim itivo sino una cu ltu ra que se h alla relacionada, a
trav é s del A sia, con nuestro pasado histórico. Sutiles, gráciles, de ca­
bello ondeado y ágiles cuerpos cuyos segm entos mueven separadam en­
te en la danza, tienen una m a n era de vivir sum am ente com pleja y or­
denada que por sus corporaciones y su r itu a l hindú, sus reg istro s y la
organización de sus tem plos, sus m ercados y sus arte s, nos recuerda a
la E u ro p a de la E dad Media. E strecham ente agrupados en un a isla
d im inuta con u n p aisaje herm osísim o, cam biante y m uy m atizado, han
convertido la vida toda en a rte . E l a ire está lleno de m úsica noche y
día y. las gentes, cuyas relaciones personales son frív o las, sin ard o r
perdurable, ensayan incansablem ente una comedia en la que se da es­
tilizad a expresión a los sentim ientos relegados.

E stos son los personajes. H an sido escogidos por la simple razón de


que yo los he estudiado personalm ente y puedo com pararlos, contrapo­
niendo u n a danza b ru ja de B ali al juego de un niño de N ueva Guinea,
las quejas m u rm u rad as en tre dientes por u n a m u je r m anus an te los re ­
querim ientos de su m arido a los gritos acusadores de u n a m u je r iatm ul
cuyo m arido no le dem uestra interés. No fueron escogidos p a ra escla­
recer los problem as que se exponen en este libro, sino p a ra distintos f i­
nes, profesionales, prácticos, teóricos y personales, d u ran te un cu arto
de siglo de investigaciones. D e n inguna m a n era rep resen tan todos los
modos posibles da e n c arar la» relaciones entra los sexos. No se inclu­
yen aquí las sociedades en la s que los hom bres am enazan e intim idan
a sus hijos h a s ta lo g rar una sum isión im potente, ni las sociedades en
la s que las m ujeres rep rese n tan u n a fu e rz a so b ren atu ral m aligna,
ci las sociedades en la s que hay g ra n intensidad religiosa, explotación
económica, tira n ía s, o división de clases.
F a lta n tam bién las sociedades en la s que los hom bres fu n d am en tan
su m asculinidad en realizaciones productivas que le e s tá n vedadas a
¡a m ujer. P ero en estos siete pueblos encontrarem os m uchas cosas que
nos h ará n detenernos a pensar, a in d ag ar, y que ex c ita rá n n u e s tra im a­
ginación con visiones de lo que podría hab er sido n u estra vida de no
ser como es.
E n la siguiente exposición estos siete pueblos ap a rece rá n in term i­
tentem ente, a veces en u n a fra s e que evoque c ie rta actitu d o la m ane­
r a en que u n hom bre in v ita a u n a m u jer a l am or o como se mueve la
mano de u n a anciana en c ie rta danza, o tra s veces en la descripción a l­
go m ás com pleta de u n a cerem onia o de u n a escena e n tre m adre e h i­
jo. E sto no equivale, sin em bargo, a los datos sueltos de la antropología
antigua, en la que el antropólogo de sillón citaba detalles exóticos de
diferentes procedencias sin ten er noción alguna de la fo rm a en que el
detalle insólito sobre los sacrificios hum anos o los filtro s m ágicos p a­
r a el am or estaba relacionado con la cu ltu ra en tera. Cito cada detalle
extrayéndolo de la unidad, pero tr a t a r é de darle al lector el sentido de
dicha in teg rid ad sin agobiarlo con la obligación de ten er presen te un
conjunto de singulares disposiciones sociales- De la s diferencias, de los
contrastes, de las m an eras e x tra ñ a s e in au d itas en que estos siete pue­
blos han ordenado la vida, h an delineado las relaciones e n tre los sexos,
en tre p adres e hijos, e n tre los hom bres y m ujeres, y sus facultades
creadoras, debe su rg ir u n a m ejor apreciación del valor que p a ra la ci­
vilización tiene la presencia de los dos sexos, de la im portancia de es­
te co ntrapunto que a veces ignoram os penosam ente, que a m enudo fa l­
seamos y que nunca hemos aprovechado en fo rm a cabal.
Al refe rirm e a los hom bres y a la s m ujeres, m e ocuparé de la s dife­
rencias prim ordiales, los diferentes papeles que desem peñan en la re ­
producción. ¿Qué diferencias de funcionam iento, de capacidad, de sen­
sibilidad, de vulnerabilidad surg en de los cuerpos plasm ados p a r a des­
em peñar papeles com plem entarios en la perpetuación de la especie?
¿Qué relación h a y en tre lo que los hom bres son capaces de hacer y el
hecho de que el papel que les corresponde en la reproducción se cumple
en un solo acto, y qué relación h ay en tre la capacidad de las m ujeres
y el hecho de que su m isión les exige nueve meses de gestación y,
h asta hace poco, muchos meses de lactancia? ¿C uál es la contribución
de cada sexo de por sí y no como versión im perfecta del sexo opuesto?
Viviendo en el mundo actual, arropados y. embozados, obligados a
d ar la sensación del cuerpo por medio de símbolos rem otos, como los
bastones y los p a ra g u a s y los bolsos, es fácil perd er la noción de la pre­
sencia del cuerpo humano. Pero cuando se vive en tre pueblos prim itivos,
donde las m ujeres u sa n apenas m inúsculos delantales de hierba y
h asta se los quitan p a ra in su ltarse o p a ra bañarse en grupo, y donde
los hom bres sólo u san u n ta p a rra b o s de corteza b atid a o — después de
m a ta r a un hom bre— la piel de un m urciélago frugívoro, que luce
bien como condecoración homicida., pero que cubre poco, y donde los chi­
quillos no u san nada, las com unicaciones fundam entales en tre el in ­
fan te, el niño y el adulto que se tran sm ite n de un cuerpo a otro, se h a­
cen m uy reales. E n n u e stra sociedad hemos inventado recientem ente
un método terapéutico que deduce trab ajo sam en te de los recuerdos de
los neuróticos o de la s fa n ta sía s desem barazadas de los psicópatas có­
mo el cuerpo humano, sus apariciones y desapariciones, determ in a la
im agen que del mundo se fo rm a el individuo en crecimiento. E l an a lis­
ta observa en su consultorio cómo el niño juega con una fuente, hace
to rta s de barro , coloca escudillas u n as dentro de o tra s y las g u a rd a en
un sitio seguro y guía un tre n de m in ia tu ra hacia un tú n el con certeza
y u fa n a p u n tería. Observa al niño alterado, tra íd o porque su costum ­
bre de com erse todo resultó fastid io sa cuando se comió las en tra d as p a­
r a el te atro , llenarse la boca de pedazos de papel y destrozarlos con los
dientes. O bserva cómo el niño tom a bolitas de p la stilin a y le pone pe­
chos al muñeco p a ra luego arran c árselo s airadam en te, o cómo le colo­
ca órganos genitales m asculinos a una m uñeca y luego la c a stra con
la s tije ra s de juguete. E n estas sesiones la rg a s y lentas, in te rru m p i­
das por la resistencia de los p ad res que hace tiem po aprendieron a ocul­
ta rs e toda relación inm ediata con el cuerpo, se reconstruyen las im á­
genes del niño, y g ra n p a rte de esta reconstrucción todavía le parece
al adulto corriente de n u e s tra sociedad un asunto b astan te grotesco.
Le parece m ás grotesco aú n cuando el paciente adulto tendido en el d i­
v án brinda la rg a s y. d etallad as descripciones de sucesos de su niñez
que los padres saben que no pueden hab er tenido lu g a r y a que el niño
vivía plácidam ente en su camíita en un cuarto ap a rte. Los que se han
transform ado saludablem ente en adultos norm ales en n u e stra sociedad,
no pueden acep tar con facilidad los símbolos que se revelan en el con­
sultorio o en el hospital. D espués de todo, si bien los niños m uerden los
flecos del cobertor y la borla de la g o rra , no llegan por lo g eneral a co­
m erse las en tra d as. Y casi todos los adultos, au n los que h an sido m uy
bien criados, se ríe n a ca rcajad a s en cualquier función de variedades
en que se haga referencia a la s bananas. P ero p a ra la m ay o ría de nos­
otros d u ra n te la m ayor p a rte del tiem po las en trad as, las tir a s cómi­
cas y las etiquetas de los equipajes son sim plem ente en trad as, tir a s có­
m icas y etiquetas de eq u ip aje; las b an an as son, fu e ra de la escena,
f ru ta s que recomendamos p a r a los niños, pero que los adultos no tene­
mos por qué comer. E l p e n e tra n te conjunto de im ágenes corporales del

f ¿i
niño se aten ú a, se nubla y se tra n sfo rm a en una conducta social adm i­
sible, quedando apenas un hilillo en la m em oria como fu en te oculta
de la que b rotan luego la s risita s de los adolescentes y las ca rcajad as
de los adultos. Y así debe ser. L a civilización depende de la ordenada
tran sfo rm ación de las experiencias p rim a ria s de la niñez en el simbo­
lismo disciplinado de la vida ad u lta, en la que los bastones son distin­
tivos de clase o de individualidad, los p ara g u as sirven p a ra re sg u a r­
d arse de la lluvia, y los bolsos contienen los objetos que uno necesita
llevar consigo, y es ta n evidente la distinción entre lo que es comesti­
ble y lo que no lo es, que el tr a g a rs e una espada resu lta un a divertida
pru eb a de circo. Los que no logran hacer estas transform aciones se
vuelven locos y llenan los manicomios. Los que conservan el acceso a
sus prim eros recuerdos y tienen adem ás talento y habilidad se convier­
ten en a rtis ta s y, actores, los que pueden com binar estas experiencias
fundam entalm ente hum anas con cierta visión y con el am or a la h u ­
m anidad se convierten en p ro fe tas; los que combinan este fácil acceso
a las p rim eras im ágenes con el odio, se vuelven demagogos peligrosos,
como H itle r y Mussolini. Sin em bargo es necesario p a ra todos — p ara
los que dirigen y los que escuchan, p a ra los que actúan y p a ra los que
aplauden, p a ra el pintor y p a ra los que su rten su im aginación menos
fé rtil con las escenas del lienzo — que h ay a un velo en tre la niñez y el
presente. Si se re tira el velo, la im aginación a rtístic a languidece y se
extingue, el p ro fe ta se m ira al espejo con ojos desilusionados y cíni­
cos, y el hom bre de ciencia se va de pesca. E l auditorio, la clase y la
m ultitud quedarán tam bién irrevocablem ente despojados. Hace mucho
tiempo, uno de los vecinos de u n a aldea de N ueva In g la te rra recibió
una m anifestación divina en el sentido de que todos hicieran lo que
quisieran. T ristem ente, pero con ejem plar rebeldía, los aldeanos se
quitaron la ropa y em pezaron a an d a r a g atas, gruñendo como anim a­
les. A ninguno se le ocurrió n ad a m ejor.
La significativa y saludable función de la transform ació n de la ex­
periencia corporal p rim a ria en estilizaciones aceptad as por la cu ltu ­
r a quedó perfectam ente dem ostrada en el caso reciente de u n a n iñ a in ­
tern ad a en una sala de niños p sicó p atas.1 La n iñ ita había vivido con
su m adre en un prostíbulo. Al e n tra r en el hospital dibujó repetidam en­
te un a casa, un árbol y una iglesia, pero se re fe ría al dibujo diciendo
que e ra ella m ism a, u n falo y la vulva de su m adre, y “no me co n trad i­
ga”. L entam ente, a m edida que fu e recobrando la salud v el equilibrio,
ia pesadilla de las experiencias del prostíbulo se fu e desvaneciendo, y la
.'asa fu e sim plem ente u n a casa; el árbol, u n árbol con m anzanas, y
la iglesia, una iglesia; y la n iña pudo abandonar el hospital.
Si esto es cierto, si los dotados de talento y los sanos deben conservar
■-.on g ra n esfuerzo los velos de reinterp retació n que los sep aran de una
nfancia profundam ente física, con im pulsos de ira incontrolable y de
: -_i detenxinacióa asom brosa, ¿cuál h a de ser el procedim iento del
- que, a fin de esclarecer n u e stra com prensión de los proble-
r..«- que enfrentam os actualm ente, no puede ra s g a r estos velos, porque
scio podrían re p a ra rse in segura e im perfectam ente, sino que debe h a­
cerlos tra n sp a re n te s? E n p rim er térm ino, el científico debe te n er la
c la ra intención de explorar la p rim e ra in fan cia en nom bre de u n a hu­
m anidad m ás com pleta, de u n a hum anidad que esté m ejor capacitada
p a r a u tiliza r los símbolos de n u e s tra g ra n tradición. E n segundo té r­
mino, el lector debe com prender que puede sentirse tran q u ilo viviendo
larg o s años con u n cuerpo que se h a civilizado, que tiene dientes que
m astican los alim entos pero que no m uerden a sus sem ejantes, que tie ­
ne cavidades que sirven p a ra d ig e rir la comida en ambos sexos y p a ra
concebir hijos en la s m ujeres, y que no son cuevas de b ru ja s en las que
po drían en c e rra r y destro zar a su s enemigos, que tiene órganos geni­
ta les hechos p a ra el am or y no p a r a las g u e rra s ex tra ñ as y oscuras de
niñitos furiosos atrap ad o s en u n mundo in fa n til de gigantes. E l hecho
de que las clínicas y los ja rd in e s de in fan tes dem uestren que el proce­
so de civilización es difícil y lento y que en los niños de cu atro y cinco
años se pueden n o ta r a veces — observándolos d eten id am en te— cla­
ros indicios de que aún no están civilizados, no significa que la m ayo­
r ía de nosotros no lo estem os y que no podam os perm anecer civilizados.
E l lecho es u n a tentación irre sistib le cuando uno tiene fiebre, las pier­
n as flo ja s o un dolor de cabeza, pero el hom bre y. la m u je r corrientes
pueden, por muy fatig ad o s que estén, p a s a r la m añ an a de com pras en
u n a tien d a llena de m uebles de estilo, o v a g a r toda un a ta rd e por los
salones de época de F ontainebleau o H am pton C ourt o del Museo Me­
tropolitano sin d ejarse caer sobre un cobertor antiguo. Si hemos de
com prender realm ente las diferencias fundam entales que existen en­
tr e los sexos y cómo estas diferencias se d esarrollan d u ra n te la in fa n ­
cia y la niñez — a m edida que el niño crece y va utilizando cada cen tí­
m etro de su piel, cada m úsculo en tensión, cada u n a de las sensibles
mucosas, p a r a aprender, p a r a ex plorar, p a ra conocer el mundo que lo
rodea—, es preciso explorar esta infancia, que hemos dejado a tr á s y que
tienen por delante las generaciones fu tu ra s , y ex p lo rarla sin reaccio­
nes violentas, sin fascinación, sin desviar los ojos, p o r lo que rep resen ­
ta en sí: el proceso m ediante el cual se adquiere je ra rq u ía hum ana.
Pero el hecho de que comencemos por los niños no significa que las
cu ltu ras hum anas sean obra de las c ria tu ra s. L as experiencias de los
niños en un mundo en el que los m ayores y a tienen determ inadas m a­
n era s de vivir, les sirven a su vez cuando llegan a adultos p a ra deci
d ir si han de ad a p ta rse y se g u ir con dichas m aneras de v iv ir o si haii
de rebelarse y desecharlas. A l seg u ir las etap a s a tra v é s de las cuales
el niño aprende su civilización, descubrim os u n proceso de transm isión
y no de creación, pero el cam ino no es po r eso menos revelador.
Se sabe m uy poco acerca de la s experiencias que el niño tiene en la
m atriz y acerca de la fo rm a en que las d istin ta s c u ltu ras precisan di
chas experiencias. Los arap esh dicen que el niño duerm e h a s ta que es­
t á pronto p a ra n acer y que entonces desciende de cabeza. Los iatm ules
creen que el niño puede a su antojo darse p risa o dem orar p a ra n a­
cer. “ ¿P o r qué me riñes?", le decía Tchamwole a su m arido. “ E ste niño
v a a nacer cuando quiera. E s u n ser hum ano y escoge el momento de su
nacim iento. No es como los cerdos y. los perros, que nacen cuando los
dem ás dicen.” “ E l p a rto es difícil”, dicen los tcham bulis, “porque la m a­
d re no h a ju n tad o b astan te leña.” E s probable que en diferentes socie­
dades, por la m ayor o m enor autonom ía de movim iento que se le a tr i­
buye al niño o por la conducta activ a o plácida que se le impone a la
m adre, el proceso de ap rendizaje comience en la m a triz y que se pueda
in te rp re ta r de distinto modo p a ra cada sexo. E s posible que h ay a p ro ­
fu n d as afinidades bioquím icas e n tre m adre e h ija y contrastes en tre
m ad re e hijo que desconocemos en absoluto. E n el in sta n te mismo de
nacer, ya sea que la m adre esté en cuclillas a fe rra d a a dos palos o a un
trozo de roten colgado del techo — a p a rta d a en tre m u jeres o sola con
su m arido sosteniéndola del talle, se n tad a e n tre u n grupo de v isitan tes
dedicados a l juego o su je ta a una m oderna m esa de p a r to — , el niño ex­
perim enta un violento contacto inicial con el m undo cuando es sacado,
a rra stra d o , impelido y expulsado de cabeza desde un medio ap a­
cible y perfectam ente modulado hacia el m undo exterior, donde la
te m p e ra tu ra , la presión y la nutrición son diferentes, y donde tiene que
re s p ira r p a r a vivir. Puede haber aquí u n a intervención cu ltu ral, en el
sentido, por ejemplo, de sa lv a r al v arón y estra n g u la r a la n iñ a, pero
no tenem os noción alguna sobre si el nacer en sí tiene distin to signifi­
cado p a ra el varón y p a ra la m u jer. P arec e que existe una diferencia
de sensibilidad en tre la piel de los varones y la de la s m u je re s; y la piel
sensible es uno de los indicios que pueden inducir a u n varón a clasifi­
carse como m ujer, m ien tras que u n a piel rec ia puede ser el motivo de
que u n a niña parezca m asculina a n te sus propios ojos y a n te los ojos
de los dem ás. La conmoción que su fre la piel es u n a de las m ayores que
se experim enta al nacer, y donde h ay u n a diferencia defin itiv a es posi­
ble que haya tam bién u n a diferencia inicial. E n n u e stra sociedad la
im agen que tenemos del r itu a l escrupulosam ente observado en la sala
de p arto s, en la que la m ente evoca u n a te m p e ra tu ra uniform e reg u la­
d a p o r el term ostato, los m ás perfectos aceites y ungüentos m edicina­
les y la g a sa m ás suave p a ra Giivolveí al inno, disim ula y no perm ite
com prender la conmoción que rep rese n ta el nacim iento. L a conmoción
es evidente cuando el niño nace a la intem perie en la la d era de u n a co­
lina, donde la m adre y las m ujeres que la atienden se ag ach an alrede­
dor de u n a pequeña fo g a ta h a s ta que por últim o el niño cae suavemen­
te sobre u n a hoja f r ía y cubierta de rocío p a ra perm anecer allí d u ran ­
te unos cinco m inutos, m ien tras la m adre le corta y le a ta el cordón um-
bieal, envuelve la placenta y le lim pia los ojos y la nariz. Sólo en­
tonces tom a la m adre en sus brazos a la pobre c ria tu ra expuesta a un
mundo hostil, y la ac u rru ca contra el pecho. Y a sea o no fu n dam ental­
m ente d istin ta p a r a cada sexo esta experiencia inicial, el concepto que
m ás adelante se fo rm a rá n de su sexo puede a b a rc a r la experiencia que
saben que han sufrido. E l anhelo de un mundo en el que la presión sea
uniform e en todo el cuerpo y la respiración no req u iera esfuerzo, la
aspiración de los m ísticos de todas las épocas, puede rep rese n tar cosas
m uy diferentes en la f a n ta s ía de u n a p a re ja que espera un hijo. P a ra
la m adre puede sig n ific ar un sentido m ás profundo de la relación pro­
tecto ra que h a y en tre ella y el niño que lleva en la m atriz, p a ra el padre
estos recuerdos pueden re p re se n ta r u n a am enaza o un a tentación. P a ­
r a él la identificación con el h ijo iss por lo menos en p a rte inadm isible,
porque co n vertiría a su m u je r en su m adre. E sta s fa n ta sía s pueden
tra e rle s a ambos recuerdos de la época en que naciera un herm ano m e­
nor, y entonces ta n to el pad re como la m adre se defenderán del recu er­
do de distinto modo. No sabemos qué huellas específicas quedan re a l­
m ente en el sistem a nervioso de la conmoción que se su fre al nacer, pe­
ro observando cuidadosam ente las d istin ta s m aneras de t r a t a r a los n i­
ños recién nacidos — los acunan suavem ente contra el pecho, los tom an
por los tobillos palm eteándolos, los a rro p a n de ta l modo que la luz no los
toca h a s ta que tienen ya v a ria s sem anas, o los sostienen con los b ra ­
zos tiesos p a ra que se las arreg le n solos, como r a n it a s —- se com prue­
ba que estos prim eros tra to s coinciden con el tra ta m ie n to que se les da
posteriorm ente y con las fa n ta s ía s que te n d rá n luego. P or m uy poco
que ap ren d a el niño al nacer, la m adre, la com adre que la atiende y el
pad re que ag u a rd a o que se m archa a consultar al brujo, conservarán la
huella de la experiencia del nacim iento y se la tra n sm itirá n al niño.
N u estra s teorías de las nociones h um anas su friría n una alteración
esencial si se com probara que los varones y las m ujeres recuerdan, en
fo rm a diferente, la p rim e ra experiencia violenta de la te m p e ra tu ra y
la respiración, o si se en teran de ella a tra v é s de las im ágenes y de la
poesía del mundo adulto. P ero de cualquier modo, ta n to si el varón
aprende algo d iferente de la voz de su m adre porque recuerda, m uy en
lo íntim o, una conmoción menos inten sa en su piel, o porque com pren­
de que sólo puede experim entar el nacim iento u n a sola vez, m ientras
que la niña vive anticipadam ente a l nacer el momento en que d a rá a
luz a su propio hijo, de cualquier modo !a experiencia del nacim iento
fo rm a p a rte del equipo simbólico de la s m ujeres, que están hechas p a ra
concebir hijos, y de los hom bres, que nunca los han de concebir.
A p a r tir del nacim iento — y probablem ente tam bién desde an tes —
pueden distinguirse tipos co n tra sta n tes de conducta en la actitu d de
'.a m adre hacia el niño. E l niño puede ser tra ta d o como u na pequeña
c ria tu ra ín te g ra : pequeño anim al, pequeña alm a, pequeño ser hum a­
no, según sea el caso, pero siem pre íntegro y h a s ta cierto punto capaz
de oponer su voluntad y sus necesidades a las de su m adre. E s ta con­
ducta se puede denom inar sim é tric a " ya que la m adre procede como si
el niño fu e ra esencialm ente igual a ella, como si ella respondiera a u n a
conducta sim ilar a la suya. O puede t r a t a r al niño como si fu e ra u n ser
diferente, que recibe cuando da, poniendo todo el énfasis en la diferen­
cia que h ay en tre su conducta y la del niño, m ien tras acaricia, cobija
y sobre todo alim enta a u n a c ria tu ra débil que depende de ella. E sta
relación puede denom inarse com plem entaria ya que cada uno desempe­
ñ a un papel diferente y los dos papeles se' com plem entan. A parece un
te rc e r tem a cuando se considera que la conducta de la m ad re y el niño
e n tra ñ a un intercam bio, recibiendo el niño lo que la m adre le da, y de­
volviéndolo luego en la eliminación. No se su b ray a el c a rácter simé­
trico o com plem entario de los papeles, que im plica u n a sensación de
am bas personalidades — como siendo del mismo tipo o, en este caso,
como teniendo diferentes conductas ad e cu a d as— , sino que se pone de
relieve el intercam bio de cosas e n tre m adre e hijo. E s ta conducta pue­
de denom inarse reciproca. 3 E n la versión recíproca de las relaciones
el am or, la confianza, las lág rim as equivalen a los objetos físicos, pero
el intercam bio de objetos físicos sigue siendo el prototipo. Todos estos
tem as se encuentran presentes en las distin tas versiones cu ltu rales de
la relación e n tre m adre e hijo. Cuando se su b ray a la individualidad
ín te g ra del niño, h ay sim etría ; cuando se su b ray a su debilidad y su
im potencia, h ay conducta com plem entaria; cuando la m adre le da al
niño no sólo el pecho sino la leche, comienza la reciprocidad. P ero las
cu ltu ras d ifieren mucho en cuanto al én fasis que le d an a cada uno de
estos aspectos. P o r lo ta n to podemos ver los contrastes que hay en tre
m adres pertenecientes a cu ltu ras que su b ray a n aspectos diferentes.
Los ara p esh tr a ta n al niño como si fu e ra un pequeño objeto suave, f r á ­
gil y precioso que se debe proteger, alim e n tar y m im ar. No sólo la m a­
dre, sino tam bién el padre, tienen que cum plir con esta protección abso­
lu ta. Después del nacim iento, el pad re d eja de tr a b a ja r y duerm e al
lado de la m adre, debiendo abstenerse de copular, au n con su o tra es­
posa, m ien tras el niño sea pequeño. Cuando la m adre anda por la casa
o por la aldea lleva al niño colgado debajo del pecho por medio de u n a
banda de género de corteza o en u n a suave bolsa de m alla donde el n i­
ño se acu rru ca como lo hacía en la m atriz. Siem pre que quiera comer,
aunque no dé m uestras de ham bre, se lo alim enta con serenidad e in ­
terés. Se pone de relieve así la receptividad de la boca ta n to en los v a­
rones como en las niñas. D u ra n te la la rg a y am parad a in fan cia, mien­
tr a s son llevados por los escarpados cam inos de la m ontaña en bolsas
sostenidas con la fre n te por sus m adres o sobre los hombros de sus p a­
dres, sin que ja m ás se les h ag a cum plir con ta re a s difíciles o agotado-
r ts , todo su interés se concentra en la boca. N i siquiera el pecho que
casi siem pre a su alcance le proporciona suficiente estím ulo a u n a
: a la que se le ha dado ta n to énfasis, y los chiquillos ju e g an incan­
sablem ente con los labios, haciendo b u rb u jas, pellizcándoselos o f ru n ­
ciéndolos con los dedos. E n tre ta n to , la acción prensil de la boca no se
desarrolla. E l pecho que se le ofrece fácilm ente no tiene por qué ser
arreb atad o o mordido. E l modo des llevar a los niños no hace hincapié en
que las m anos ap ren d an a a s ir; cuando así ocurre esto re fu e rz a las posi-
bilidadades prensiles de la boca. E l niño arapesh, v arón o n iñ a, sigue
tom ando, receptiva y, pasivam ente, todo lo que le ofrecen y tiene rab ie­
ta s si se le llega a n eg a r el alim ento, como puede suceder p o r nece­
sidad, ya que el pueblo su fre g ra n escasez de víveres.
T anto los niños como las n iñ a s van conociendo la vida valiéndose de
la boca. Cuando m iran, sus ojos re fle ja n la m ism a expectación pasiva.
Los ojos se les ilum inan y las bocas g rita n de entusiasm o cuando se les
m u estra un color hermoso, pero la s m anos no se extienden agresivas,
n i la s m irad as escudriñan o exam inan con curiosidad activa. E n tr e los
arap esh la comunicación en tre el in fan te y los dem ás se establece a
tra v é s de u n a p a rte del cuerpo, que se ha especializado intensam ente,
la boca, y de u n aspecto de la boca, la receptividad pasiva. Los ara p esh
de ambos sexos, como todos los seres hum anos, deben ap ren d er even­
tualm ente a u sa r el cuerpo entero en el acto de m adurez sexual que
conduce a la procreación. E sto le re su lta b asta n te fác il a la m u je r a r a ­
p e s h .4 Se necesita u n cambio m uy leve de actitud p a ra tr a n s f e rir la
sensación de agradable expectación, de retención suave y optim ista, de
la boca a la vulva. E n tre los a ra p e sh e ra posible v er a u n a esposa des­
deñada tra e rle con a fá n la comida al m arido negligente, quedando p até­
ticam ente agradecida si él la comía, pero ja m á s oí a n inguna m u je r
q u ejarse de la incom petencia sexual del esposo. No se oyen acusaciones
de poca potencia cuando riñ en al caer la ta rd e . Cuando siguen el p atró n
establecido p a ra el m atrim onio, según el cual el m arido, siendo toda­
v ía un jovencito de doce o catorce años, empieza a alim en tar a su p ro ­
m etida, desem peñando el papel que su m adre y su p a d re h an des­
empeñado an tes p a ra con él, y el m atrim onio no su fre in te rru p ­
ciones, la m u je r se encuentra en una posición psicológica que es la
evolución p erfec ta de su experiencia in fa n til: pasiva, subordinada,
m im ada. A su vez tr a t a a los hijos del mismo modo.
P ero, ¿qué le sucede a l varón arapesh? ¿Qué p rep aració n le propor­
ciona p a ra ia vida en u n a a g re ste región de N ueva G uinea, rodeada
de trib u s de feroces cazadores de cabezas y brujos ch an ta jista s, la no­
ción de que la relación prim ordial con los dem ás está basad a en la re ­
ceptividad pasiva o en el sum inistro de alim ento y bebida? N o se vuel­
ve hom osexual dentro de la sociedad, aunque hay m ucha confianza
y cordialidad y risita s de am or p u eril e n tre los varones. P ero la acti-
tu d inversa — el deseo de dom inar, de im ponerse, que se rv iría de base
p a ra la hom osexualidad activa ■—■no se p rac tica lo suficiente, n i está
lo b astan te desarrollado el resentim iento asertivo de la pasividad como
p a ra d a r lu g a r a un tipo de hom osexualidad en el que se intercam bien
los papeles activos y pasivos. Los hom bres adultos son varones hete­
rosexuales que desconfían muchísim o de la s m ujeres ex tra ñ as, de sexua­
lidad acentuada, de las trib u s vecinas, que Ies q u ita rá n p a rte del se­
men p a ra utilizarlo en b ru je ría s. A un la cópula con sus p ropias esposas,
a quienes han alim entado y mimado, no e n tra ñ a u n a confianza abso­
lu ta , sino que es un rito por el cual las excreciones genitales de cada
uno le son en treg ad as cerem oniosam ente al otro. Y h a s ta d entro del
círculo doméstico, ta n bien definido, esto puede re s u lta r peligroso. No h a ­
cen la g u e rra casi nunca y perm iten que sus vecinos m ás agresivos los
extorsionen, los am enacen, los intim iden y los sobornen; ad m iran ta n ­
to las producciones a rtístic a s de o tros pueblos que p rácticam en te no
tienen a r te propio. Cuando van de caza arm a n tra m p a s y esperan a
que el anim al caiga, o “cam inan por el bosque p a ra ver si en cuentran
alg u n a p re sa ” y las peleas e n tre los cazadores son m otivadas porque
discuten acerca de quién divisó prim ero al anim al. L as cerem onias m as­
culinas de los arap esh , de las que quedan excluidas las m ujeres, sub­
ra y a n sim bólicam ente la n atu ra lez a de la m aternidad. Los hombres
se h ieren los brazos, dejando co rrer la sa n g re que luego m ezclan con
leche de coco p a r a d árse la a beber a los novicios, que en esta form a
ritu a l se convierten en sus hijos (porque el niño al n acer sólo lleva la
san g re de la m a d re ). Todos los violentos recursos utilizados en la ini­
ciación, la subincisión, el golpearse con ortigas, etcétera, contribuyen,
a su m a n era de ver, al crecimiento de los novicios. Los jóvenes que h an
comido por f a lta de precaución alim entos prohibidos — f ra s e que
tam bién u sa n p a ra refe rirse a la prom iscuidad se x u a l— se hieren el
pene y dejan co rrer la sangre p a r a rec o b ra r la salud. P o r consiguien­
te, la crianza que los ara p esh dan a sus hijos su b ray a la conducta
com plem entaria de ta l modo que les re su lta m uy fácil a las m ujeres
tra n sfo rm a rla p a r a asum ir el papel fem enino adulto. Solam ente su ­
f r e la m u je r que, a p esar de estas nociones im puestas, tiene un a se­
x ualidad positiva y tiene interés en la culminación del placer. P ero se
tr a t a de u n a sociedad en la que es mucho m ás difícil ser varón, es­
pecialm ente en los aspectos afirm ativos, creativos y productivos de la
vida, de los que depende la e s tru c tu ra de u n a civilización. Si bien la
crian za es adecuada p a ra la m ayoría de las m ujeres, sólo re su lta
apro piada p a ra algunos hombres.
Pero la receptividad es sólo u n a de las m odalidades de conducta
propias de la boca del niño pequeño que pueden tra n s fe rirs e a o tras
p a rte s del cuerpo. La boca no es únicam ente dócil y receptiva, los la ­
bios infan tiles son capaces de algo m ás que de ex p rim ir suavem ente
el pezón; la boca es tam bién u n órgano prensil exigente y las encías
del niño m ás pequeño pueden m order salvajem ente el pecho que no le
da satisfacción. Cuando la madrea tom a al niño en brazos por p rim e ra
vez puede tra ta rlo como si fu e ra u n a c ria tu rita receptiva o u n a cria tu -
rita activa y exigente arm ad a de voluntad propia y de dientes. E s ta re ­
lación activ a es todavía m ás com plem entaria; el niño tom a, la m adre
responde con resignación o con u n a acción recíproca, o quizá r e tirá n ­
dole el pecho si el niño reclam a dem asiado. E n tre los cazadores de ca­
bezas iatm ules hallam os que ta n to la conducta receptiva como la exi­
gen te están muy. desarrolladas. Desde su nacim iento se tr a t a al niño co­
mo si fu e ra una entidad a p a rte con voluntad propia, y en seguida, an ­
tes de que la m adre ten g a leche, la nodriza le introduce el pezón en la
boca con solicitud, pero al mismo tiem po con algo de ese gesto que tie ­
nen las m adres cuando le ponen el pezón en la boca al niño que llora,
como quien ta p a u n a botella de gaseosa.
Cuando el niño iatm ul tiene alg u n as sem anas la m adre y a no lo lle­
va a todas p arte s, n i se sienta con él en la fald a, sino que lo deja encima
de un alto banco a cierta distancia, desde donde tiene que llo ra r con g a ­
n as p a ra que lo am am anten. S eg u ra de que tiene ham bre, la m adre se
llega h a s ta el niño y lo alim enta generosa y serenam ente, pero cuando
el niño ha tenido que llo ra r de v era s p a ra que le den su alim ento come
con m ás determ inación y au m en ta tam bién el vigor con que la m adre
le introduce el pezón en la boca. A n tes de que el niño te n g a dientes, se le
dan a roer trozos duros de carne de ave y cuando los dientes le em pie­
zan a sa lir los corta con la s conchas del collar de su m adre. A trav é s
de este intercam bio en tre m adre e hijo, se va desarrollando la sensa­
ción de que la boca es u n órgano imperioso y, exigente, que tom a todo lo
que puede de un mundo que no está m uy m al dispuesto a dárselo. E l
niño adquiere noción de u n a a c titu d an te el m undo: que si lucha bas­
ta n te , alguien que lo t r a t a como a u n igual cede, y que la ir a y el hacer
sen tir im periosam ente los derechos tienen recom pensa. 5
Los niños de ambos sexos se fo rja n im ágenes que luego in flu irán
sobre su concepto de la cópula; la n iñ a se fo rja u n a im agen m ás activa
del papel fem enino. M ás adelante, en las cerem onias de iniciación se h a­
rá n descender fig u ra s que rep rese n tan vulvas gigantescas sobre las ca­
bezas de los novicios.6
A orillas de uno de los aflu en tes del río Sepik viven los m undugum o­
res, quienes exageran aún m ás la s actitudes activas de las m u jeres ia t­
m ules hacia los niños de pechó. A las m ujeres m undugum ores les dis­
g u sta positivam ente te n e r hijos y les disgustan los niños. Llevan a las
c ria tu ra s en ásp eras can astas opacas que les ra sp a n la piel, y luego
sobre los hombros, bien lejos del pecho. A m am antan a los hijos de pie,
apartándolos en cuanto están u n poco satisfechos. A los recién nacidos
que algunas veces adoptan los hacen p a s a r ham bre p a ra que chupen
luego con fu erza de los pechos h a s ta que les venga la leche. Aquí h a ­
llamos que el desarrollo del carácter sub ray a la avidez im paciente, ir r i­
tad a. E n la vida ad u lta el am or se hace como si fu e ra el p rim er asalto
de u n a pelea y los mordiscos y los arañazos fig u ra n prom inentem ente.
Cuando los m undugum ores ca p tu rab a n a un enemigo se lo comían y,
luego contaban el incidente riendo. Cuando un m undugum or se enoja­
ba h a s ta el punto de e s ta r furioso consigo mismo, se m etía en un a ca­
noa y se dejaba llevar por la corriente p a ra que lo devorara la trib u
vecina.
E n estas tre s trib u s la boca tiene un papel im portante, como medio
del que se valen los adultos p a ra com unicarle al niño sus actitudes o r­
g anizadas con respecto al mundo. E s probable que al mismo tiempo
que se alim enta, el niño vaya adquiriendo cierta noción de la disposición
del mundo p a r a d arle o n egarle comida, p a ra ofrecer pródigam ente
o r e p a rtir con parquedad. Pero a fin de lo g rar u n a comunicación ge-
nuina, que le sirv a de base al niño p a ra com prender su c u ltu ra y su p a ­
pel sexual, es preciso que la boca le interese ta n to al adulto como al ni­
ño. Cuando una m u je r se ha form ado el concepto de su p ro p ia recep­
tividad fem enina a tra v é s de la fo rm a en que ha sido alim entada de n i­
ña, e¡ proceso está presente cuando le introduce el pezón en la boca
a su hijo, y es aparentem ente a trav é s de este intercam bio como se
adquieren las nociones fundam entales en la sensibilidad de los labios,
en la perioricidad del apetito, en la fuerza del impulso p a ra m am ar.
E sta s diferencias, que en rea lid ad pueden e s ta r sistem áticam ente re la ­
cionadas con el tipo de complexión, tienen g ra n im portancia porque
constituyen la base del carácter individual, pero la individualidad se
desarrolla como u n a versión de la actitud general que prevalece en la
sociedad, en la clase social o en la región donde se c ría el niño.
E n algunas cu ltu ras los adultos se interesan menos por la boca y de­
m u estran en cambio m ás preocupación por enseñarle al niño a contro­
la r el intestino. La alim entación se cumple m ás sencillam ente ya que
no tie n e la m ism a im plicancia, en ta n to que las principales nociones
que adquiere el niño tienen relación con el otro extrem o del canal g as­
tro in te stin a l cuya m odalidad de conducta no es la receptividad pasi­
va y la exigencia activa, como en el caso de la boca, sino la retención
y la evacuación. E n este caso el én fasis se desvía de la relación com­
plem entaria hacia Ja relación en tre el niño y lo que prim ero ingiere y
luego expulsa. Asi se conocen las relaciones en tre la persona y las co­
sas, subrayándose las relaciones recíprocas en vez de las simples re ­
laciones com plem entarias. La posterior tran sfe re n cia a los órganos
genitales de la s actitudes referen te s a la elim inación da origen a la pu­
dibundez, al apuro, a la ausencia de gozo y de caricias previas en la
cópula. E ste tipo de ca rá c te r en el que la comunicación más destacada
en tre m adre e hijo es el én fasis sobre el control de la eliminación es
b astan te frecu en te en n u e stra sociedad. F ig u ra prom inentem ente en­
tr e los m anus de las islas del A lm irantazgo un grupo de p u ritan o s
eficientes cuyas m ujeres ja m á s m enean las fald as de hierba al an d a r
— las fald a s no son, al fin y al cabo, m ás que un artículo como cual­
quier otro de continuo trá fic o de m e rc an c ías— , donde a las jóvenes no
les e stá perm itido coquetear y donde el am or, aun el afecto e n tre h e r­
m ano y h erm ana, se m ide en m ercaderías. E n estas aldehuelas de la
E dad de P iedra ex istía la prostitución, y el dueño de la p ro stitu ta , una
cau tiva de g u e rra , gan ab a dinero. A quí las m ujeres no se q u itan jam ás
las fald as, n i siquiera cuando dan a luz. E n tre m arido y m u jer la có­
p u la es algo vergonzoso que se hace de p risa y a escondidas, y en tre
otros es adulterio, castigado severam ente por los espectros tu te la re s
v igilantes y p uritanos. Los papeles que desem peñan los hombres y las
m u jeres están m uy poco diferenciados; todos tienen im portante p a rti­
cipación en el cerem onial religioso e intervienen en los negocios. Si un
hom bre es estúpido, los p arie n tes le buscan u n a esposa lista p a ra com­
p en sar su deficiencia. E l acto sexual viene a se r algo así como u n a ex­
creción com partida y en tra n en juego la s actitudes que ambos sexos
h an adquirido d u ra n te la in fan cia, aunque no en ig u al medida, y a que
el papel sexual de la m u je r es denigrado, m ien tras que el hom bre si­
gue h a sta cierto punto cum pliendo con u n a actividad que le han im­
puesto. P ero es ta n g ran d e la desestim ación del sexo y de la atracción
sexual que esta diferencia en tre los conceptos que se fo rja n los hom­
bres y las m ujeres pierde significación. L a sodomía, algo frecu en te en­
tr e los jóvenes, es uno de los n a tu ra le s resultados de e sta educación.
P o r o tra p arte , un pueblo puede d em ostrar mucho menos in terés por
los extrem os del canal g astro in testin al. Pueden alim en tar a los niños
de una m an era positiva sin én fa sis alguno, d em ostrar hacia la elimi­
nación u n a absoluta indiferencia, y com unicarse con ellos en cambio
p o r la fo rm a de tom arlos en brazos, de oprim irles los bracitos y las
p iern as, de abrazarlos y tocarlos, por el juego de tensiones en tre el
niño y quien lo sostiene. Los baliineses, por ejemplo, lo g ran cierta co­
municación p o r medio de la boca, pero en esta comunicación el énfasis
recae sobre el alim ento y a m asticado (es decir, por analogía, y a dige­
rid o ), una mezcla de b an an as y arro z que apilan sobre los labios in ­
defensos del niño y que le hacen tr a g a r sin piedad en cuanto ab re la
boca p a ra p ro te sta r. L a consecuencia lógica de este asalto es u n a f u e r ­
te tendencia a cubrirse, a ta p a rs e la boca m ás adelante. Se come con
g ra n vergüenza, m ien tras que se bebe con n atu ra lid a d y con placer;
el arquetipo es lib a r de un pecho vuelto hacia a rrib a sobre el que se
sostiene al niño. E xiste una dicotom ía fundam ental en la vida balinesa
en tre lo frívolo y lo serio, e n tre las comidas pesadas y la defecación
p o r una p a rte , y las com idas lig e ras y la micción, por la o tra , entre
acostarse con la esposa y acostarse con una e x tra ñ a con quien se tro ­
pieza al azar. L a c ria tu ra se encuentra por p rim e ra vez fre n te a esta
dicotomía en la alim entación. Pero, a diferencia de los otros cuatro
pueblos que he mencionado, los balineses le dan énfasis a los órganos
genitales desde m uy te m p ran a edad. L a m adre, el chiquillo que lo cui­
da y todos los que lo rodean ju g u e tea n constantem ente con el pene del
niño. A com pañan el cosquilleo repitiendo las p alab ras, “ buen mozo,
buen mozo”, calificativo que sólo em plean p a ra los hombres. A la s ni-
ñ ita s les acarician suavem ente la vulva, susurrándoles el calificativo
fem enino correspondiente: “L inda, linda, linda”. H ay m uy poca dife­
rencia e n tre el tr a to que la m adre le da a su hijo y. el que le d a al pene
del niño. E l mismo palmoteo, las m ism as caricias se rep iten mien­
tr a s que los dem ás tam bién tom an en brazos al niño jugando con él co­
mo ju e g an con su pene.
Pero la m ayoría de las nociones del niño balines tienen relación con
su cuerpo entero, con la fo rm a en que la m adre lo tom a en brazos co­
mo si fu e ra p a rte de su cuerpo; el niño, pasivo y tranquilo, se mece en
el cabestrillo m ien tras ella m a ja arro z o hace sus ta re a s con movimien­
tos rápidos y rítm icos. E l niño se va creando una relación con el m un­
do sem ejante a la de u n a p a rte in te g ra n te con el todo, en la que cada
p a rte de su cuerpo es una unidad y sin em bargo es p a rte in te g ran te
del todo. L a valoración de la sexualidad se basa prim ordialm ente en
la valoración del pene. L a hom osexualidad m asculina no es cuestión
de reivindicación com plem entaria, sino u n anhelo de poseer toda la
m asculinidad posible, y en los casos de hom osexualidad fem enina — en
los palacios de los viejos r a ja s , por ejem p lo — se utilizaban falos pos­
tizos. Cuando los chiquillos se ponen el dedo en la boca explorándola,
ponen aparentem ente m ás énfasis en la sensación que experim entan
en la superficie del dedo que en las sensaciones de los labios y de la
cavidad oral. Se co rte ja con los ojos y todo el juego g a la n te se concen­
t r a en las m iradas. L a fra s e que u san p a r a describir el juego de los
ojos es “ como se m iran dos gallos de riñ a ”, y la tensión decae rá p id a ­
m ente luego de este choque de sentim ientos. A un esta exploración ta n
esquem ática de la form a en que los m iem bros de diferentes cu ltu ras
les com unican a los niños sus actitudes culturales históricas puede d a r
un a idea de lo in fin itam en te complicado que les resu lta el proceso de
fo rja rs e un concepto del papel sexual adulto a los seres hum anos que
tienen que e s ta r d u ra n te ta n to s años sujetos a ¡as estilizadas presio­
nes de los adultos. E l cuerpo del niño con sus orificios está expuesto a
innum erables presiones, estím ulos, prohibiciones y énfasis. P u ede ser
cuidado por m ujeres, o p o r hom bres y m ujeres, p o r n iñ a s o niños. P ue­
de se r como si fu e ra p a rte de su m adre, o como si fu e ra u n a persona
ín te g ra, o p a rte de u n a persona, o u n escarabajo o u n dios. P ero cuales­
q u iera sean las estilizaciones de su crianza, el acto sexual adulto sigue
siendo un acto com plem entario: el varón introduce, la m ujer recibe,
por m ás que estos principios anatóm icos se quieran fa lse a r o igno­
r a r . Cada niño se fo rja , a trav é s del tr a to que recibe de los adultos de
ambos sexos, u n a im agen de su cuerpo y, del sexo opuesto, que luego
fo rm a rá p a rte de su capacidad y de su papel sexual. Probablem ente, el
én fasis sobre la boca como zona de intercom unicación en tre los adul­
tos y los niños proporciona im ágenes m ás intensas p a ra el acto sexual,
pero al mismo tiem po e n tra ñ a gravísim os peligros porque la a p re­
ciación dem asiado vivida de las gratificaciones de la receptividad es
incom patible con el papel masculino adulto, y puede h asta conducir a la
inversión; m ien tras que si se da mucho énfasis a los aspectos afirm a ­
tivos y exigentes de la boca se puede su scitar una im agen fem enina
dem asiado activa, dem asiado exigente, y am enazante. E n las d isputas
conyugales los m aridos iatm ules p ro testan agriam ente porque las m u­
je re s exigen dem asiado de su capacidad p a ra la cópula.
P o r lo tan to , hemos visto que el én fasis sobre la boca o los órganos
genitales es fundam entalm ente de c a rá c te r com plem entario, y condu­
ce a la adopción de ciertas actitudes con respecto a la actividad y a la
pasividad, a la iniciativa y a la correspondencia, a la introducción y a
la recepción. T am bién hemos visto que el énfasis sobre la elim ina­
ción puede fácilm ente recalcar la reciprocidad y el énfasis sobre la in ­
gestión, retención y evacuación, la m esura en d a r y recibir. A fin de
hacer de esta conducta u n a conducta sim étrica, es preciso ig n o rar o
fa lse a r estas relaciones parciales que son esencialm ente asim étricas.
Cuando la distorsión es activa, encontram os situaciones como las que
reproducen cuando riñen las m u jeres iatm ules y una le dice a o tra :
“ Voy a copular contigo”, contestándole la o tra con la m ism a fu ria :
“ ¿Con qué?” E l hombre balinés conserva la s relaciones sim étricas re­
chazando específicam ente las situaciones com plem entarias. Se ta p a la
boca y los oídos, niega su correspondencia y su receptividad, y no perm i­
te que lo convenzan por medio de la o rato ria. Se doblega, y a menos que
su su p erior dem uestre !a m ás estilizada conducta com plem entaria, exa­
g era súbitam ente su propia conducta en térm inos com plem entarios y
le hace co rrer el riesgo de d egradarse. E l superior, p a ra reco b rar el
equilibrio, debe ren u n ciar a la arro g an c ia com plem entaria.
Pero un conjunto igualm ente im p o rtan te de nociones, que luego fo r­
m a rá n p a rte de los conceptos del niño sobre su papel sexual, le es o fre ­
cido p o r las diferencias de tam año ¡bu el mundo que lo rodea. Las dife­
rencias de tam año en tre pad res e hijos parecen a prim era v ista fija s
y por lo tan to inm utables; no obstante, la s sociedades en realidad las
utilizan de m uy d istin ta s m aneras. E l adulto puede su b ra y a r el p are­
cido en tre el niño y el pad re y vestirlo como un adulto, quitándole toda
relevancia a la diferencia de tam añ o y destacando la diferencia de se­
xo. E n ciertas regiones del antiguo Ja p ó n un niño de cu atro años, por
ser varón, podía a te rro riz a r a su m adre y a las dem ás m ujeres de la
casa. Su m asculinidad c o n tra rre sta b a u n a diferencia de tam año que
le hubiera perm itido a cualquiera de las m ujeres d arle u n a buena
zu rra. Cada vez que se su b ray a la identidad del sexo a expensas del
co n traste en el tam año, se destaca la significación y el ca rá c te r com­
plem entario de los dos sexos. P ero cuando se a g ru p a a los niños sin
distinción alg u n a considerándolos inferiores en categ o ría o en fu erzas
a los adultos de ambos sexos, se les re s ta toda im po rtan cia a las dife­
rencias de sexos. A lgunas cu ltu ras hacen uso de un tem a, o tra s se va­
len de los dos. E n tre los iatm ules, que dem uestran acen tu ad a p refe­
rencia por la conducta sim étrica, cuando dicha conducta es posible,
se utilizan complicados recursos p a ra no perder el control de las posi­
bilidades de que se desarrolle u n a conducta com plem entaria e n tre los
hombres. La c ria tu ra conoce sim ultáneam ente las posibilidades de la
pasividad y de la receptividad, a trav é s de la fo rm a afirm a tiv a en que
su m adre lo am am anta, y la s v en taja s de la exigencia im periosa por­
que no es alim entado h a s ta que no h ay a hecho se n tir su reclamo. Las
m adres no sólo tr a ta n a los recién nacidos como si fu e ra n seres ín te­
gros dotados de voluntad propia, sino que es m uy corriente ver a una
m adre desafiando a un niño de dos años, que huye chillando de miedo
al palo con que lo am enaza, pero con el que sin em bargo nunca le pega.
Se le perm ite escapar agotado por el esfuerzo, m ien tras la m adre vuel­
ve a sus ta re a s com entando lo fu e rte y lo in tra ta b le que es el chico.
Los hom bres adultos ahu y en tan a los niños arrojándoles p ied ras; los
p adres se pasean furiosos por la aldea lanzando imprecaciones contra
sus hijos de ocho años, que pueden por ejemplo haber quemado u n a v a­
liosa h u e rta de sagú. De m il m aneras diferentes los adultos le dicen
al n iñ o : “E re s m uy fu e rte , m ás de lo que pareces, m ás aú n de lo que
tú te sientes. T an fu e rte eres que puedes se r nuestro riv a l y vencer­
nos.” Y cuando la m adre tom a algo p a ra comer el niño g rita rabioso y
la obliga a darle un pedazo prim ero. Pero, a p esar de esta valorización
de su fuerza, los varoncitos están clasificados con las n iñ as y las mu­
je re s fre n te a los hom bres, que son los m ás fu e rte s o quieren creer que
lo son. Los varones se sientan con sus m adres en la s casas de duelo
arqueando la espalda, con la m ism a g rac ia que tienen las n iñ itas cuan­
do se sientan a ju g a r con sus pequeños utensilios de cocina, y llevan
tam bién cariñosam ente a las c ria tu ra s en brazos. Oyen m ás de un a do­
cena ue térm inos p a ra d esignar "la sodomía proferidos por los h ab itan ­
tes de la aldea sin distinción de sexo, pero si dos chiquillos in te n ta n
llevar a efecto lo que oyen, los varones m ayores los arm a n con palos y
los obligan a pelear. E n la vida ad u lta los rito s complicados en los que
los hom bres se d isfraz an de m ujeres parodiando su in ferio rid ad y las
m ujeres se d isfraz an de hombres parodiando su gloriosa am pulosidad
fig u ra n frecuentem ente en las cerem onias. Y sin em bargo en todas las
sociedades los hombres son en gen eral m ás grandes que la s m ujeres,
m ás fu e rte s que las m ujeres, y los adultos son en g eneral m ás grandes
y m ás fu e rte s que los niños. Se le puede hacer se n tir a un niño que su
m asculinidad es profundam ente dudosa porque es ta n to m ás pequeño
que un hom bre, o que su m asculinidad es una posesión inalienable y ab­
soluta porque le otorga u n a posición de dominio o de p referen cia
fre n te a u n a m u jer mucho m ás g ran d e que él. U na n iñ a puede p asarse
la in fancia peleando en igualdad de condiciones con los varones, alg u ­
nos m ás chicos o m ás débiles que ella, cuando los niños de ambos se­
xos se colocan fre n te al mundo de los adultos, y puede lle g ar a se n tir­
se en consecuentica ta n fu e rte o m ás fu e rte que u n varón. U na n iñ a pue­
de ser tr a ta d a con ta n excesiva caballerosidad desde chiquita, que lle­
g a a d arle a sus encantos fem eninos u n valor que ja m á s se le hubiera
ocurrido asignarles, si no se lo hu b ieran acordado hombres ta n to m ás
g randes e im portantes que ella.
De modo que los tre s tem as, la oposición com plem entaria, la recipro­
cidad y la sim etría, están entretejidos en el larg o proceso de apren d i­
zaje, com penetrándose y m odificándose, siendo posible recalcar un a s­
pecto de la conducta com plem entaria h a s ta convertirlo en u n a fo rm a
de conducta sim étrica, constituyendo la diferencia de edad la única asi­
m etría — como en tre los arapesh, donde lo ideal es que los m aridos sean
mucho m ayores — puesto que la receptividad y la correspondencia es­
tá n ta n subrayadas. O el aspecto imperioso y agresivo de la relación
que m erced a la lactan cia se crea e n tre m adre e h ijo puede to rn arse
dom inante, volviéndose ambos sexos im periosos y exigentes. L a no­
ción de los medios del cuerpo se adquiere a tra v é s de éste.

4. LOS PATRONES DE EQUIDAD, DE LUCRO Y DE


EM U LA C IO N DE LA M A T R IZ

E n el capítulo a n te rio r hemos visto cómo la comunicación m u tu a en­


tr e el niño y el resto de la sociedad hum ana, en p a rtic u la r la m ad re que
lo am am anta, determ ina sus p rim e ra s suposiciones y nociones acer­
ca del ca rá c te r com plem entario de las relaciones sexuales. Verem os
ah o ra la fo rm a en que estos sie te pueblos de O eeania han delineado,
en los rito s y cerem onias, los papeles relativos de los hom bres y las
m ujeres, y como h an valorado o desestim ado las diferencias a n a tó ­
micas fundam entales que existen e n tre los sexos.
E sta s crónicas de las casas cerem oniales de los hom bres con sus p i­
lares labrados, de m ujeres que pescan m ientras los hom bres dicen dis­
cursos, o de hom bres que conducen bueyes m ien tras la s m u jeres hacen
ofrendas, de hom bres con rulos y m ujeres rap a d as, diligentes y p rác­
ticas, de m ujeres que and an de modo que las fa ld a s de h ierb a casi se
desvanecen sobre sus cuerpos y de m ujeres avejentad as por ten er ta n ­
tos hijos, pueden servirnos de ilustración de dos m an eras distin tas. No
sólo nos insinúan ciertas posibilidades de n u e stra sociedad o de o tras
sociedades que conocemos bien, sino que nos perm iten observar con m ás
claridad algunas de las relaciones fundam entales e n tre los hombres
y las m ujeres que están, oscurecidas por la com plejidad y la diver­
sidad de n u e stra m oderna m an era de vivir. L as paredes líos sep aran
en casi todos los momentos im portantes de ia vida, los colegio3 sepa­
ra n a los de cierta edad de los otros, la ropa nos se p ara de nuestros
cuerpos y de los euerpos de los dem ás. L as poeas ocasiones en que de­
rribam os estas m u rallas: un fu n e ra l al que no es posible d e ja r de ir,
u n a boda en la que el significado del m atrim onio p en e tra h a s ta la con­
ciencia algo tu rb a d a por el cham paña de los invitados que lloran, m uy
a su pesar y sin saber por qué; el nacim iento en el que un a ju a r y u n al­
boroto como p a ra cien niños sam oanos disim ula la f a lta de p re p a ra ­
ción del pad re y. de la m adre; todas estas ocasiones contribuyen a que
la im agen que tenem os de nosotros mismos y del sexo opuesto sea aú n
m ás fa n tá stic a y menos intuitiva.
E s posible que ahora, a mediados del siglo veinte en los E stados U ni­
dos, sea mucho m ás difícil que antes p en sar en los sencillos contornos
de n uestro cuerpo porque estam os viviendo en u n a época en la que, co­
mo reflejo de la prom iscuidad tem p o raria de la g u erra, se fom enta la
f a lta de decoro en el lenguaje y en ios anuncios. P ero por m uy la rg a s
que tengan las p iern as las modelos de las lám inas, el hombre que las
contem pla no se fam iliariza m ás por eso con su propio cuerpo n i con el
de ellas. N u e stra sociedad nos enseña a no pen sar nunca en el cuerpo.
E sto nos re su lta mucho m ás difícil sí tropezam os en todas p arte s con
im ágenes de m ujeres seductoras a medio vestir. E l pu ritan o , en sus r a ­
tos libres, puede pecar con m ás frecuencia pero no con m ás facilidad,
y todavía se cree que la conciencia corporal constituye inevitablem en­
te un a am enaza p a ra los que basan sus nociones de la tem planza, la
responsabilidad y ia decencia en la m ortificación del cuerpo. L a solu­
ción de la s dificultades propias de una sociedad p u rita n a no se encuen­
tr a en una serie de fig u ra s de chicas con pechos hermosos p a ra el
am or, pero que como es notorio no han de am am a n ta r nunca a sus hi­
jos. L a solución sería m ás bien lo g rar m ayor desenvoltura con la ro ­
pa p u e sta ; ei quitárnosla sólo contribuye a au m en tar n u estra ansiedad.
Cuando observamos pueblos exóticos que han creado u na m anera de
v iv ir totalm ente d iferente y que viven en un clim a donde la desnudez
es adaptación y no f a lta de habilidad p a ra hacerse vestidos de cuero
o p a ra ponerles suela a los zapatos, tenem os la oportunidad de seguir
el crecim iento del cuerpo, de observar cómo los adultos y los niños se
- :r.:;3.r. a trav é s del tra to que se le da al cuerpo del niño, y pode-
na obstante perm anecer vestidos. Sin ninguna referen cia directa
i r . ; : -o cuerpo, bien alejados de los corpinos rellenos y de la expre-
dsl rostro del abuelo cuando u n a n ie ta los usa, podemos observar
.“ edios del cuerpo en un bosquejo delicado y lejano, com prendiendo
lo que son y pueden llegar a se r los seres hum anos como no lo po-
irlarr.os c:m prender ja m ás si perm aneciéram os en n u e s tra socie­
dad. aunque nos desnudemos y descubram os totalm ente n u es tra piel
'-i- ¡cnsible. L a búsqueda del siglo X V III del noble salv aje, de !os ha-
. ._ntes del p araíso te rre n a l inocentes aún, sin que la serpiente los hu-
iei a engañado, puede in te rp re ta rse como u n a evasión, como u na cu­
riosidad morbosa o como un deseo de com prender. H a sta el m ás enca­
llecido e indiferente hom bre de negocios que es un dechado de v irtu d
en su pueblo se convierte en libertino cuando v a a u n a ciudad grande,
y cuando llega a B ali porque ha visto los pechos desnudos de los
anuncios se queda a p re g u n ta r: “ ¿P or qué está esta gente ta n con­
te n ta ?”
Volviendo entonces al niño y a la niña que viven en u n mundo don­
de el cuerpo de los hombres y m ujeres de cualquier edad se cubre ape­
nas y se acepta llanam ente, vemos que la n iña sabe que es hem bra y
que si espera, sim plem ente, algún d ía se rá m adre. E l niño sabe que es
varón y que si tiene éxito en acciones varoniles lle g ará u n d ía a ser un
hom bre y a d em ostrar su virilidad. Al m ira r a las n iñ as y a las m uje­
res com parando sus cuerpos con el suyo, puede decir sencilla e indis­
tin ta m e n te : “Soy varón y ella 110 p odría serlo nun ca”, o “ ¿No serán
jas m u jeres en realid ad tam bién v arones?” E s posible que el hecho de
que h aya ta n ta s m ujeres solteras y sin hijos en la sociedad occidental
sea uno de los facto res que le hacen p erd er al hombre la sensación de
que la s m ujeres conciben y él no, fortaleciendo su concepto de que son
hom bres im perfectos, varones castrados, incompletos, parciales, que
nunca te n d rá n su im portancia porque no están com pletam ente habili­
tados. Asimismo, en la sociedad m oderna la n iñ a al m ira r a las dem ás
m u jeres no puede decir con certidum bre “ puesto que soy u n a n iñ a te n ­
dré u n hijo algún día” . E n nuestro mundo de departam entos cerrados y
£-.;iados la noción que adquieren los niños sobre las diferencias en tre
;33 sexos está relacionada con la s diferencias de ocupación, de vestido
y de privilegio. No todas la s m ujeres tienen hijos, pero la m ayoría de
.:5 hom bres no tienen que la v a r platos. Los hom bres son aviadores,
. : -.pitera, capitanes de barcos y policías, son ellos los que g an a n las
• r*-vba3 de esquí y los que llegan a ser presidentes. E s significativo
: ec los E stados U nidos no se h ay a encontrado un papel adecuado
•. - i r a los hijos ni p a ra la esposa del presidente; sólo tienen papeles in-
• : = y derivados. P ero en las sociedades donde todas las m u jeres se
- ; -a s ta las m ujeres estériles pueden generalm ente ad o p ta r y
c ria r a un niño, donde el em barazo es u n hecho notorio e in tere­
sante, los varones saben que no pueden te n er hijos, por m ás que ju e ­
guen a que pueden y que m ás adelante expresen este deseo colectiva­
m ente en ceremonias que em ulan la gestación y el parto . E s cierto que
el am biente social, la distribución de hombres y m ujeres en las fam i­
lias y los térm inos de parentesco les dicen que serán p adres, pero es
mucho m ás difícil com prender lo que es ser pad re que lo que es ser m a­
dre. La n iña pone su mano sobre el v ientre hinchado de su m adre, sa­
be que allí hay un niño y que algún día tam bién h a b rá uno dentro de
su cuerpo, que es igual al de su m adre. Se va a ju g a r a la are n a y se
sie n ta cubriéndose la vulva con arena, en cerrándose; ella que h a de alo­
j a r u n día dentro de su cuerpo a u n a nueva vida. Pone a su muñeca, a
un p errito o a su herm anito en un lu g a r cerrado y puede im ag in arse a
sí m ism a en el fu tu ro . Su capacidad sexual actual as negativa, m ientras
que la de su herm ano es positiva. E l puede hacer alard e de su mascu-
linidad, ella en cambio sólo puede a g u a rd a r la m aternidad.
P a r a el varoncito su habilitación p a ra el am or es m an ifiesta, pero,
¿qué significa ser padre? E s algo que tiene lu g a r fu e ra de su cuerpo,
en el cuerpo de o tra persona. Además es algo que lleva mucho tiempo.
Uno de los motivos de que sea ta n dificil convencer a la gente de la im­
p o rtan cia de la nutrición, en contraste con la im portan cia de la alim en­
tación, es que los efectos de la deficiencia de vitam in a C dem oran ta n ­
to en m anifestarse que a muchos adultos les re su lta imposible ad m itir­
los. A los niños, cuya m ente sólo puede a b a rc a r lapsos muy cortos, y
cuya visión del fu tu ro es m uy p rec aria, el concepto de la fecundación,
seguida ta n to s meses después por el p arto, les resu lta mucho m ás
difícil de entender que la gestación y el nacimiento. Los detalles del
an álisis simbólico de los juegos de las c ria tu ra s indican que los varon-
citos que em ulan la vida ad u lta ju e g an sobre la idea de la cópula y del
em barazo, pero ju e g an menos sobre la idea de la fecundación, u n a se­
cuencia que ellos inician y otros deben te rm in ar. E l hombre, como
am an te y como realizador, p a ra d a r prueba de su virilidad, y la m u jer,
como hacedora de niños, vista a veces como u n a realizadora de m ayor
o m enor m érito, cautivan la im aginación del niño. “ ¿P o r qué no copu­
las con tu m u jer en lu g a r de pegarle?” , g rita un niño m an u s de ocho
años. Sus nociones sobre el acto sexual son num erosas y v ariad as, tan
num erosas y v ariad as como las p rácticas y las emociones que los adul­
tos de su sociedad se perm iten ex p resar, pero su concepto de la p a te r­
n idad es vago y su cuerpo no lo valida.
A unque los adultos 110 dem uestren interés activo o prohibitorio p o r
los órganos genitales infantiles, los niños van adquiriendo cierta con­
ciencia diferencial de los mismos. Ambos sexos experim entan momen­
tos de ardoroso placer orgiástico, y aparentem ente los varones los aso­
cian m ás fácilm ente que las niñas con los órganos genitales. Ambos
sexos com prenden pau latin am en te — o quizás a veces súbitam ente —
que los distintos nombres, fra s e s y conductas que les han asignado,
“pequeño v aró n ”, “ pequeña m u je r”, o “cosa m asculina”, “cosa fem eni­
n a ” tienen especial relación con los órganos genitales. E sta noción te n ­
d rá sin em bargo m uy distintos significados, según la capacidad del ni­
ño p a ra ca p ta r la continuidad que existe en tre su cuerpo y el de un
adulto.
E n una ola de serios intentos p a ra elim inar algunos de los tab ú es
que ya no e ra n apropiados p a r a u n a sociedad que h ab ía cambiado
radicalm ente desde ia época en que fu e ra n instituidos, hubo reciente­
m ente en los E stados U nidos u n a te n ta tiv a general por p a rte de los
p ad res p a ra evitarles a sus hijo s los conceptos erróneos que el psico­
análisis acababa de descubrir en los pacientes neuróticos, perm itién­
doles a los niños verlos desnudos. Cuando la próxim a serie de pacien­
tes llegó a los consultorios — e s ta vez eran n iñ o s— surgió un a nueva
alarm a, porque los médicos anun ciaro n que dicha m edida no h ab ía re ­
sultado ser una panacea un iv ersal como se esperaba y que los niños es­
ta b a n todavia asustados y llenos de confusión, negándose a acep tar
su sexo.
E stos reform adores ta n bien intencionados habían pasado por alto
u n eslabón sum am ente im p o rta n te de la cadena del conocimiento. Lo
que el niño recibe en las sociedades prim itivas y lo que está adquirien­
do en las play as m odernas es la seguridad de que h ay u n a serie inin­
terru m p id a de etap as e n tre su cuerpo pequeño y el cuerpo de un a
persona adulta. E l varoncito tiene que ver los cambios de la form a y del
vello del cuerpo, los órganos genitales que se desarro llan gradualm en­
te, el vello que se va extendiendo por el pecho y las axilas, la p rim era
pelusa facial que no se puede a f e ita r siquiera, p a r a aso ciar la sensa­
ción que tiene de sí mismo, ta n pequeño y sin desarrollo alguno, con la
im agen del hombre que lle g ará a ser un día. Y la n iñ a, p a r a sentirse
segura, necesita in te g ra r u n a serie de n iñas que incluya a la joven
núbil de pechos florecientes y a la joven m ujer, al principio y en la ple­
n itu d del em barazo, después del p arto y d u ran te la lactancia. E sto
es lo que ocurre en las sociedades p rim itivas, donde el cuerpo e s tá ap e­
n a s cubierto y donde la m ayoría de las principales transform aciones
corporales tienen lu g a r a la v ista del niño. E l adulto puede se r pudoro­
so, en el verdadero sentido del pudor, no exhibiendo ja m á s a n te los
ojos desprevenidos de o tra persona las p arte s de su cuerpo que pudie­
ra n resu ltarle chocantes o tu rb a d o ra s; como los hombres balineses que
salen de! a g u a cubriéndose ligeram ente los órganos genitales con la
n a n o , después de b añarse desnudos. Pero a n te los ojos del niño, cuan­
do h a tenido lib ertad de ver y no lo h an atem orizado ni sobornado pa-
t z . c_-e no m ire, se halla visible todo el proceso del desarrollo hum ano,
;5 la niñez h a s ta la m adurez. L as com paraciones angustiosas en tre
el niño y. su pad re — la única m anifestación de virilidad que le dep aran
en el h ogar p ro g re s is ta — no son características de esta experiencia.
E sta s experiencias pueden n atu ra lm e n te ser im presionantes au n en
la s sociedades en las que no existe el vestido. Los pueblos prim itivos
son tam bién capaces de im buirle tem ores m uy profundos al niño. La
im aginación del hombre ha hallado ta n to s modos sutiles de ag reg arle
detalles fantásticos a la condición m isteriosa de la existencia que en
Sudam érica, en A fric a y en O ceanía h ay trib u s en las que el antagonis­
mo de los hom bres de edad hacia la sexualidad floreciente de los jóve­
nes infunde tem ores que se trad u cen luego en pantom im a, en los crue­
les rito s del noviciado en los que los jóvenes deben s u frir la circunci­
sión, la pérdida de algunos dientes y v arias d u ras p ru eb as que los re ­
b ajan , los m odifican y los hum illan, antes de que se les perm ita ser
hombres. E l contraste de tam año, especialm ente cuando coincide con la
noción de que algún día será necesario to m ar ciertas m edidas, se pres­
ta siem pre a la fa n ta s ía de u n a cu ltu ra o de la im aginación a lte ra d a o
ultrasensible de un niño.
P ero consideremos aquellas sociedades en las que el niño conoce todo
el crecim iento norm al y la expresión del cuerpo hum ano, y en las que
los ritos del noviciado no en tra ñ an sentim ientos de castración ta n a rro ­
lladores. E l varoncito cam ina desnudo po r la aldea, con paso incierto y
con precario equilibrio. Cuando se resbala, su m anecita se dirige h a ­
cia el pene como p a ra a seg u rarse de que aú n e s tá en su lu g a r o p a ra
que le sirv a de apoyo. No existen en su idiom a prejuicios inconscientes
que le im pidan llam ar al pene po r su nom bre, o que lo desestim en h a s­
t a el punto de que parezca inexistente, como sucede en los idiom as en
que la gazm oñería ha privado a la lengua de p alab ras que designen a
los órganos y a los actos de la procreación, generalm ente debido a una
lam entable asociación con los actos de excreción. La gente le habla
del pene como le habla de los brazos y las piernas, de los ojos y de la n a­
riz. Es algo que tiene, definitiva e ineludiblem ente. E s varón. E s pe­
queño, pero alg ú n día, a trav és de las etap a s que ve rep resen tad as en
los varones m ayores que h ay a su alrededor, va a se r u n adulto. V a a
se r un hom bre y no va a ser u n a m ujer.
E l lector versado en la lite r a tu r a que existe sobre los neuróticos b u r­
gueses de la sociedad occidental contem poránea, se p re g u n ta rá quizá
p o r qué no expongo prim ero la experiencia po r la que atra v iesa la n i­
ña, la dolo rosa experiencia de sentirse menos habilitad a que su h erm a­
no p a ra la lucha de la vída. Pero esta experiencia occidental que, sin.
duda alguna, ocurre con b astan te frecuencia, y que es u n a de las carac­
te rístic a s m ás corrientes de la m u jer que llega al consultorio del psico­
a n a lista, ocurre en u n a sociedad que se viste con afectado recato y en
u na sociedad que reconoce ta n excesivam ente las posiciones m asculinas,
que la envidia del papel desempeñado por el padre puede e s ta r ligada
al conocimiento incidental de la más obvia habilitación anatóm ica de un
herm ano o de u n com pañero de juegos. Como veremos m ás adelante en
■una exp-: =:::ón sobre la s estilizaciones del papel sexual que h an crea­
do d is -in tis culturas, la envidia del papel del sexo opuesto es casi in ­
evitable en algunos individuos, cualquiera sea la cu ltu ra, pero la envi­
dia p ro fu n d a de la anatom ía del sexo opuesto es u n problem a distinto,
y puede o no suscitarse.
P a ra los niños desnudos que co rretean al sol entre las p alm eras, la
identidad del sexo de la n iña es ta n evidente como la del de su h erm a­
no, pero le sirve de mucho menos. Cuando tropieza y se cae, se a g a r ra
la cabeza o tr a t a de cru z ar los brazos sobre el pecho. Su fem ineidad es­
tá oculta m uy dentro de ella, no es algo que pueda ver y to car, algo a
q_ie pueda atenerse o de que pueda hacer alarde. E n las sociedades don­
de los adultos reconocen el sexo de los niños, donde los hom bres tr a ta n
a las n iñ itas con g alan te ría y la s m ujeres provocan e in citan jugando
a los varones, las niñas responden con movim ientos de cuerpo entero,
que ondula y adopta actitudes con una com placencia deliciosa de su fe­
mineidad. E l v arón se pavonea, a veces con énfasis sobre el pene, pero
m ás a menudo llevando un m achete, u n cuchillo o un palo en posición
v ertical m ien tras m archa, rechaza estocadas y se luce. Su conducta,
aunque simbólica, constituye, dentro de su m asculinidad, u n a concen­
tra d a exageración fálica, m ie n tras que la conducta de su h erm an a es
m ás difusa y ab a rca el cuerpo entero. E l varón está seguro de su m as­
culinidad específica, pero no se siente ta n seguro de su competencia
p a ra m anejarla. La suple con diversos objetos simbólicos, Con f r e ­
cuencia tam bién g rita , sum ando la energía de su voz a la en erg ía
de sus actitudes.
E n una sociedad sem ejante la niña ve tam bién que el em barazo es t r a ­
tado con la m ayor franqueza y sencillez. E s posible que el p a rto en sí
no pueda ser presenciado sino por adultos; quizá los niños se m an ­
ten g an ajenos al p arto , como sucede en Bali, porque los han atem o­
rizado con histo rias acerca de la s b ru ja s que vienen a ro b ar al recién
nacido; quizá los m ayores les p rohíban firm em ente acercarse, como en­
tr e los ara p esh ; o quizá los ahuyenten arro ján d o les p ied ritas, y re g re ­
sen en seguida p a ra a tisb a r a tra v é s de las ren d ijas de la s esteras, co­
mo en Samoa. P ero en ninguna, de estas siete sociedades se oculta el
em barazo, y se requiere por cierto m ucha ropa y, casas cerrad as y
un sistem a económico que p erm ita que las m ujeres se re tire n y se abs­
tengan de rea liza r tra b a jo s productivos p a ra que sea posible o cultar
el em barazo an te los ojos del mundo, como se hacía en ciertas clases de
E aro p a d u ran te el siglo pasado. “ I W a ja n está em barazada, algún día
tú tam bién esta rá s em barazada.” “ ¡Q ué b a rrig u ita gorda tienes!
E s ta rá s em barazada y a ? ” E n Bali las n iñ itas de dos y tres años de
. - . d cam inan m uy a menudo con el v ie n tre hacia adelante de propósito
y las m ujeres m ayores Ies dan u nas palm aditas cuando pasan , dicié r.-
doles en brom a “em barazada”. De modo que la n iñ a sabe que aunque
los indicios de su identidad sexual son leves, sus pechos dos botoncitos
como los de su herm ano, sus órganos genitales un pliegue poco visible,
lle g ará el día en que va a e s ta r em barazada y te n d rá un hijo. Y ten er
un h ijo es en gen eral u n a de la s realizaciones m ás em ocionantes y no­
tab les ante los ojos de los niños de estos m undos sim ples donde el edifi­
cio m ás alto tiene cinco m etros de a ltu ra y el barco m ás gran d e tiene
seis m etros de eslora. Además la n iña sabe que va a te n er un h ijo no
porque sea fu e rte o enérgica o tenga iniciativa, ni porque tra b a je y lu ­
che y se esfuerce, triu n fan d o finalm ente, sino sencillam ente porque es
u n a n iña y no u n varón, y las niñas se tra n sfo rm a n en m u jeres y al f i­
n al — si protegen su fem ineidad— tienen hijos. Puede ser que la socie­
dad Ies im ponga ciertas precauciones a las n iñas m ayores: es posible
que deban observar ciertos tabúes en la alim entación o que tengan que
fro ta rse con o rtigas p a ra aseg u rarse de que les crezcan los pechos; pe­
ro se su b ray a siem pre la protección de un desarrollo n a tu ra l o a lo su­
mo cierto realce del tam año de los pechos, y no el empeño y el esfuerzo.
E s posible que la identidad sexual no sea por ahora ta n evidente como
la de su herm ano, pero sólo tiene que a g u a rd a r, que ser, y u n día h a de
concebir u n hijo.
E n tre ta n to , ¿qué rep rese n ta el papel m asculino en el presente y en
el fu tu ro p a ra el varón que se cría en u n a sociedad donde el papel pro­
creador de la m u je r es ta n em inente? Sobre este punto se pueden h acer
distinciones m uy precisas en tre la s siete sociedades, pero no compa­
rando aquellas sociedades en que la s realizaciones de los hom bres son
sum am ente evidentes con las sociedades en las que son las menos emi­
nentes, puesto que las grandes casas cerem oniales de los hom bres del
río Sepili rep resen tan la realización más notoria de las siete sociedades.
L as distinciones no dividen a las sociedades en las que el físico de hom­
bres y m ujeres h a sido claram ente diferenciado. E n B ali, donde si exis­
te envidia alguna, es la virilidad anatóm ica lo que se valora, ambos se­
xos se parecen extraordinariam ente. Los hom bres carecen casi por
completo de desarrollo m uscular pronunciado y tienen los pechos bien
desarrollados; las m ujeres son m enudas y tienen los pechos pequeños y
altos. Lo que notam os en estas siete sociedades es que en las que han
subrayado la lactancia, que es la relación m ás com plem entaria de toda
la experiencia cognoscitiva corporal, existe u n a m ayor preocupación
simbólica por las diferencias en tre hom bres y m ujeres, u n a m ayor en­
vidia, compensación excesiva, im itación ritu a l del sexo opuesto, etcé­
te ra . Ju n ta m e n te con el énfasis sobre la relación creada p o r la lac­
tan cia, surge n atu ra lm e n te el énfasis sobre la relación en tre m adre
e h ijo o por lo menos en tre nodriza y lactante. No es posible d e ja r al n i­
ño d u ran te mucho ra to a cargo del padre, de uno de los abuelos o de
un a n iñ e ra ; el lazo que lo une al pecho es fu e rte y. central. Cuando ade­
m ás la segregación en tre hom bres y m ujeres se tra n sfo rm a en un a in s­
titución influyente con casas cerem oniales p a r a los hom bres y rito s
de iniciación m asculinos, se crea un sistem a que se va reforzando
perpetuam ente, en el que cada generación de varones crece e n tre m u­
je re s, se identifica con la s m ujeres, envidiándolas, y se a p a rta de ellas
luego p a ra defender la certidum bre com prom etida de su virilidad. Los
hijos de estos hom bres se crian a su vez concentrando toda su atención
en las m ujeres, y necesitan luego ritos excesivam ente com pensatorios
p a ra redim irse.
P orque por m ás seguro que esté el niño de que es varón y de que al­
g ú n d ía ha de ser hom bre, queda pendiente el problem a de la identi­
ficación con el adulto. Sabe que h a de ser un hombre, pero esto no es
g a ra n tía de que desee ser hom bre, del mismo modo que en n u e s tra des­
equilibrada sociedad occidental el hecho de que u n a n iñ a sepa que es
m u je r no es g a ra n tía de que quiera serlo. E n realidad, es muy posi­
ble que el papel sexual adulto que le corresponda sea m ás vividam ente
inaceptable o in satisfactorio si la sensación del propio sexo es cla­
r a e inequívoca a la edad en la que: sólo se ven los aspectos m ás notorios
y destacados del papel desem peñado por el sexo opuesto: que las m u ­
je re s hacen niños y que los hom bres andan a caballo o m a tan enemigos.
E s sólo mucho después que la n iñ a llega a com prender que el tem or
de no ser capaz de m a ta r al león le q u ita casi todo el encanto al juego,
y que el v arón llega a la conclusión de que el ten er un hijo cuesta nue­
ve largos meses de paciencia y no es sólo u n momento de d ram ática
realización.
E sta s siete sociedades polinesias nos ofrecen virtu alm en te todas las
variaciones sobre este tem a. E n Sam oa y en B ali, donde se su b ray a el
tra ta m ie n to del niño como entidad!, siendo la relación m erced a la lac­
ta n c ia específica y no difusa, y donde no existe prácticam ente preo­
cupación alguna po r la elim inación, el niño se cría en un mundo de dos
sexos, en u n mundo en el que ta n to a los hom bres como a las m ujeres
se les t r a t a de m aneras sign ificativ as y equitativas. E n Samoa, el ni­
ño aprende a re sp e ta r al je fe de la fam ilia no porque sea u n hombre
sino porque es el m atai. E chan ta.nto a los varones como a las niñas,
pero ambos vuelven siem pre p a ra observar u n a fiesta o a u n a p a re ja
de enam orados a la luz de la lu n a. E n el r itu a l los hom bres tienen sus
fie sta s propias y la s m ujeres las suyas, pero la s fiestas m ás im portan­
te s son aquellas en las que la tapón, la princesa de la cerem onia y el
g ra n jefe, o el m anaia, el heredero, b ailan juntos, con pelucas de cabello
hum ano. N i a los varones ni a las n iñas se les aprem ia ni se les hosti­
ga. E l joven que huye de !a presión: excesiva que se le impone a su mas-
culir.idad casi no existe en Sam oa; la chica am biciosa y em prendedo­
r a tiene muchas oportunidades p a ra a c tu a r en la vida anim ada y equi­
tativ am ente organizada de los grupos femeninos. La certidum bre del
propio sexo, la separación en tre el cuidado, la disciplina y el am am an­
tam iento, la f a lta de énfasis en la eliminación que podría ro d ear de v e r­
güenza a las relaciones sexuales y una im agen del mundo adulto en
el que ta n to los hom bres como las m ujeres desem peñan papeles sa tis­
factorios se combinan p a ra hacer que los sam oanos sean seres hum a­
nos com placientes, equilibrados, con un equilibrio ta n firm e que aun
el alejam iento de Sam oa por muchos años no logra a lte r a r su sim etría
esencial. Bali en muchos sentidos co n tra sta agudam ente con Samoa.
L a vida sam oana se ca racteriza po r lo reposada, por la ausencia de com­
plicaciones, po r las la rg a s noches de luna en la s que la gente baila las
m ism as danzas sim ples y aplaude sin esfuerzo la m isma brom a que
y a h a oído m uchas veces. L a religión cristian a h a sido aceptada senci­
llam ente como u n a fo rm a social agrad ab le y sa tisfac to ria en la que los
coros can tan y las m ujeres casadas u san sombrero y los p asto res oran
y predican en un lenguaje hermosísimo. L a vida balinesa es en cambio
como el m uy estilizado filo de una n av a ja , donde las personas cuyas
emociones h an estado d u ran te la infancia prim eram ente en tensión y
luego m ás flo ja s dejan las relaciones personales volviéndose hacia fo r­
m as a rtístic a s y religiosas interm inablem ente com plicadas y en trela­
zadas, donde las m ujeres se pasan días enteros haciendo in trin cad as
o frendas, los hom bres ensayan d u ran te largos meses p a ra perfeccio­
n a r u n a pieza orquestal y logran enseñarles a los niños a b a ila r en éx­
ta sis sobre b rasas, viviendo cada uno ta n pendiente de sab er cuál es
su sitio en el tiem po y en el espacio y dentro de su casta que un a leja­
miento de veinte m illas puede re su lta r traum ático. Y sin em bargo tam po­
co aquí existe la segregación en tre hom bres y m ujeres, excepto en que los
hombres tienen ciertas cerem onias y las m ujeres las p ro p ias correspon­
dientes. A sí como en Samoa la esposa del je fe orador es tam bién u na
je fa oradora, en Bali la esposa del g ra n sacerdote b rah m án puede
ser u n a g ra n sacerdotisa, y el principal dignatario del ritu a l del tem ­
plo de la aldea puede ser reem plazado por su esposa. L a división del tr a ­
bajo está bien definida, pero nadie se opone si se tra stru e c a . E l énfasis
algo excesivo sobre ia m asculinidad, paralelo al papel ligeram ente
preponderante que desem peña la m adre en com paración con el padre
en la crianza de los hijos, es sim bólicamente anatóm ico, constituye un a
valoración excesiva y u n in terés pronunciado por la sensibilidad de los
órganos masculinos m ás que u n in te rés por la m ayor capacidad de re a ­
lización de los hombres.
E n tre los m anus h ay tam bién cierto grado considerable de equidad
en la vida religiosa y económica de la aldea. Se destaca m ás el comer­
cio que la g u e rra — en la que se em barcaban principalm ente p a ra ad­
q u irir propiedades o alguna vez p a ra vengar u n a m uerte — y ta n to en
el comercio como en la religión la m ujer puede te n er u n a actuación
de relieve. Lo m ás significativo en M anas es la desestim ación del sexo
y del vínculo en tre m arido y m u jer. L a pudibundez, la equiparación del
acto sexual con la excreción, la estrecha relación en tre la m u jer y la
propiedad, el hecho de que el m atrim onio sea el eje de todos los convenios
económicos de modo que el adulterio constituye siem pre u na am enaza
p a ra la economía, todo contribuye p a ra que la suerte de la m u je r sea
menos a tra c tiv a que la del hom bre. R epresentando a las actividades de­
negadas del cuerpo, siendo el sexo que en realidad realiza m ás con el
cuerpo, las m ujeres están m ás oprim idas. Si las m u jeres cuentan chis­
mes, los espectros se enfurecen, si las m ujeres pecan con alguien, los
espectros crean dificultades. P ero los hom bres m anus pueden pecar li­
brem ente fu e ra de las fro n te ra s de la trib u , lejos de las m ujeres de su
clan que son ta n im portantes p a r a la economía. Todo ello tiene rep ercu ­
sión en los niños. Cuando se les pide que dibujen hombres y m u jeres
los niños dibujan a los hom bres con pene y a las m ujeres con fald as de
hierba. Cuando una m u je r da a luz, se la aisla de su m arido d u ran te
u n mes, h a s ta que él pueda re sc a ta rla m ediante el pago de u n a fu e rte
sum a al herm ano de ella, quedando él en lib e rtad p a ra ju g a r con la
c ria tu ra por la aldea. E l lazo que se crea en tre el p ad re y el hijo du­
ra n te los prim eros años es afectuoso y durable, pero la niña, que de pe-
queñita siente g ra n apego por su padre, tiene que volver ju n to a las
m u jeres a los cinco o seis años: porque la s prohibiciones y los tab ú es
relacionados con los m atrim onios y compromisos en perspectiva resu l­
ta ría n em barazosos p a ra los hom bres y los jóvenes e n tre quienes su
p ad re y su herm ano pueden a c tu a r librem ente. L a identificación de la
n iñ a con el grupo fem enino nun ca llega a ser ta n feliz ni ta n comple­
ta como la identificación de su herm ano con el grupo m asculino. A!
tra n sfo rm a rse en u n a m u je r a d u lta no m ueve jam ás la s cad eras a l
an d a r y los pesados ornam entos que lleva de novia, y luego en cada an i­
versario de la boda, rep rese n tan dinero y no un adorno; puede c a n sa r­
se ta n to de so p o rtar su peso como p a ra irse disim uladam ente a su ca­
sa después que la s s a rta s de conchas m onetarias han sido contadas. E l
intercam bio de bienes, y no la novia, constituye el centro de atención
de la boda. E ste ejemplo m anus es m uy instructivo porque rep resen ta
u n caso en el que las m ujeres no se sienten felices de ser m u jeres, no
porque les sean negados el reconocimiento público y las recom pensas
que les conceden a los hombres, y a que ta n to la influencia como el po­
der y la riqueza están al alcance de la m u je r; sino porque se desestim a
tan to la significación c re ativ a y sensorial del pape! fem enino de espo­
sa y m adre. E l mismo sentido del tacto está restrin g id o y reglam en­
tad o ; la única m u jer a quien u n hombre puede acariciarle los pechos
es su prim a, con quien no tiene n inguna relación de afecto — la te rn u ­
r a le está reservada a la h erm an a — y con quien le está vedado copular.
E n las especulaciones occidentales se desconoce a menudo el hecho de
que la envidia de la función m asculina puede ser provocada ta n to p o r
la desestimación del papel de esposa y m adre como por la excesiva
valoración de los aspectos públicos de la s realizaciones reservadas
p a ra los hombres. Guando las realizaciones consideradas m eritorias
tienen lu g a r fu e ra del hogar, a las m ujeres les resu lta odioso que Ies
digan que deben encerrarse en sus casas, pero cuando se desestim a el
h o g ar en sí, las m ujeres ya no se sienten felices de ser m ujeres y los
hombres no envidian ni valoran el papel femenino.
E n tie rra firm e, en N ueva Guinea, la m ayoría de los pueblos p ra c ­
tic an alg u n a variedad de noviciado m asculino, conform e a p atrones
form ales sim ilares. He tra b a ja d o en cuatro de estas cu ltu ras — arapesh,
m undugum or, tcham buli, iatm ul—, y re su lta in stru tiv o com parar
lo que ha sucedido en cuatro grupos diferentes que h an tra b a ja d o den­
tro de un m arco común. E l noviciado, con una casa en la que los hom­
bres se reúnen p a ra las cerem onias y de la que quedan excluidas las
m ujeres y los jóvenes no iniciados, constituye u na institución social
m uy poderosa, ta n estrecham ente entrelazada con los dem ás aspectos
de la cu ltu ra que generalm ente a] q u eb ran tarse el sistem a de novicia­
do — como sucede debido a la influencia de las misiones, por ejemplo —
se derrum ba todo el sistem a cultural. A tra v é s del tiem po los pueblos
pueden, en razón de accidentes de personalidad, por epidem ias o por
efecto del contacto con pueblos vecinos, desviarse en muchos sentidos de
la c u ltu ra origina!, p a ra la cual el sistem a de noviciado resu ltab a con­
g ruente. E n consecuencia, ia crónica de la form a en que d istin tas so­
ciedades de N ueva G uinea que son vecinas, que comen los mismos ali­
m entos, que hablan idiom as en tre los que se distingue cierta relación,
m odifican y a lte ra n esta institución ta n firm em ente in te g rad a de la
casa de los hom bres y del noviciado; esta crónica, decimos, nos propor­
ciona valiosas sugerencias sobre la relación que existe e n tre u n a in s­
titución social y el desarrollo de determ inadas actitudes hacia la iden­
tificación con el propio sexo y hacia los papeles sexuales.
Podemos to m ar la c u ltu ra iatm ul del río Sepik Medio, con sus casas
enorm es, sus aldeas im ponentes, su a rte espléndido, sus grandes canoas,
como ejemplo de u n a cu ltu ra en la que el sistem a de noviciado se m an­
tiene estable debido precisam ente a la com plejidad o al eclecticismo de
la cu ltu ra m ism a. Cada clan p a te rn a l posee su parcela en la aldea, con
las a lta s viviendas construidas en tre los árboles con los techos corona­
dos por m ascarones tallados y con sólidas escaleras p a ra su b ir a los p i­
sos superiores. Ju n to a'l río, que cuando crece inunda la aldea obligan­
do a la gente a desplazarse en canoas, se lev an ta la casa de los hom bres
que rep rese n ta un tab ú p a ra la s m ujeres y en la orilla fan g o sa se ali­
nean las canoas usadas por ambos sexos. C ada aldea se enorgullece de
poseer adem ás de las pequeñas casas p a ra los hombres u n a o m ás g ra n ­
des casas, construidas gracias al esfuerzo conjunto de v arios clanes.
y lo suficientem ente sólidas como p a ra m antenerse en pie v arias déca­
das, si no las incendian d u ran te la s excursiones enem igas, con los des­
vanes repletos de grandes gongs, fla u ta s, m áscaras y los solemnes a ta ­
víos ritu a les del culto m asculino. E n esta casa cerem onial tienen lu g a r
todos los acontecim ientos im portantes del r itu a l masculino, los cóncla­
ves g u errero s y los debates, los p rep a ra tiv o s p a ra las cacerías de coco­
drilos y p a ra la g u erra. G eneralm ente la p la n ta b a ja es ab ierta, de mo­
do que la s m ujeres y los niños pu edan, desde cierta d istancia respetuo­
sa, ver algo de las actividades cotidianas. Pero p a ra las cerem onias y
los rito s de iniciación erigen u n g ra n cerco de hojas. E n este recinto pe­
n e tra n los novicios a tra v é s de un portón con fo rm a de cocodrilo des­
pués de haber sido intim idados y de s u f rir escarificaciones y hum i­
llaciones, p a r a ocupar sus puestos ju n to a los hom bres adultos en la ca­
sa ceremonial, llam ada m uy propiam ente m atriz. Los mitos del novi­
ciado re la ta n cómo los sagrados objetos resonantes fu ero n en u n p rin ­
cipio descubiertos por las m ujeres, quienes les contaron el secreto a los
hom bres y h a s ta les rog aro n que la s m a ta ra n p a ra que sólo ellos p u ­
dieran conservarlo p a ra siem pre.
E n tre ta n to en las am plias viviendas sigue la vida cotidiana de la a l­
dea. Las m ujeres vienen y van ocupándose de la pesca o de hacer ces­
ta s, cruzando la aldea continuam ente, y ju n to a ellas se en cu en tran
siem pre los varones pequeños y la s niñ itas. Cuando los hom bres vuel­
ven a sus hogares, no tienen n ingún papel preciso p a ra desem peñar. Se
enojan con sus esposas y éstas se enojan con ellos a su vez con un a m ag ­
n ífica sim etría de fu ria . F re n te al grupo m asculino, las m ujeres son,
salvo en ciertas ocasiones especiales, espectadoras llenas de adm iración,
pero individualm ente son recios m arim achos. A menudo el padre, es­
tando en su casa, tom a a l hijo en brazos o lo mece sobre las rodillas,
pero lo hace con el mismo gesto y con el mismo tono de voz que em plea la
m adre. Al igual que ella, les g r ita a los niños, sim ulando que son m ás
fu ertes que él, los em puja h a s ta los lím ites de sus fu erzas, los recom­
pensa por su im periosidad y los ayuda a d esarro llar la capacidad de
gozo de la pasividad, siendo ésta u n a fac eta del c a rácter iatm ul que
cuando sean hom bres no h an de g ra tific a r. E n este período los niños
p articip an en la v aria d a vida de las m ujeres, pudiendo h a s ta p resen­
ciar las grandes cerem onias de duelo de la s que quedan excluidos los
hombres, m ie n tras que ven en la vida de los hom bres u n a descolorida
versión de la vida de sus m adres — cuando los padres están en casa—
o, desde c ie rta distancia, u n espectáculo espléndido y fan tástico . Más
adelante, cuando los varones se convierten en novicios, los recuerdos
conscientes de esta época de la in fan c ia se to rn an pálidos y confusos.
D irán por ejem plo: “Mi m adre debe haberm e llevado a algún velato­
rio porque veo que las m ujeres llevan a los niños. Pero no lo recu er­
do.” Sin em bargo, cuando les dábam os ju g u etes a los varones de on­
ce y doce años, Ies g u stab a ju g a r sobre todo a los velatorios, volviendo
en sus fa n ta sía s a la niñez que habían com partido con sus m adres en
vez de an ticip arse al esplendor y a la tem eridad de !a vida pública m as­
culina. Los varones cuidan a las c ria tu ra s ta n bien como las niñas, y
au n los adolescentes pasan g ra n p a rte del tiempo jugando con los n i-
ñitos. E n su m anera de ser son sorprendentem ente fem eninos, dúctiles,
sin que pueda entreverse la am pulosidad y la conducta a rro g a n te y vo­
lu n tario sa que ha de caracterizarlos de adultos.
Inevitablem ente, se han identificado prim ero con la s m ujeres, con
m ujeres que tr a ta n a los varones y a las n iñ ita s en la m ism a form a,
sim étricam ente, como pequeños haces de voluntad, y en sentido comple­
m entario, como objetos a los que se lea puede ta p a r la boca a la fu e r­
za con el pezón. Luego, a los trece o catorce años y mucho an tes de que
lo deseen, los sep aran p a ra ser iniciados, pasando después varios me­
ses y a veces años de desdicha, d u ran te los que la s m ujeres los ahuyen­
ta n —■como ech arían las n in fas pudorosas a u n in tru so que o sara pe­
n e tra r en el estanque — m ie n tras que ellos e stá n to d av ía poco dispues­
tos a unirse a los hombres. • E n treta n to en el grupo de los hom bres se
observa una conducta m asculina recia y dem asiado definida, así como
el uso constante de verbos que nacen de las im ágenes del asalto fálico
a hom bres y m ujeres por igual. P ero hay tam bién poderosos tabúes
que impiden toda dem ostración de pasividad y no existe n ingún m atiz
de hom osexualidad m asculina en esta sociedad. La m enor señal de de­
bilidad o de receptividad es considerada como u n a tentación y a menu­
do los hom bres cam inan por la aldea sosteniendo cóm icamente sus pe­
queños tab u retes de m adera contra las nalgas. C ualquier v aró n de u n a
aldea o de una trib u e x tra ñ a es una víctim a propicia, y se dice que los
jóvenes iatm ules se tra n sfo rm a n en homosexuales activos cuando cono­
cen a hom bres de o tra s trib u s en las plantaciones. Pero d entro del g ru ­
po el sistem a se m antiene y. dem uestra claram ente cómo es posible de­
fo rm a r la educación del varón de modo que su capacidad y la tentación
de in troducir el sexo en sus relaciones con los dem ás varones, au n sien­
do muy fu e rte , se m antenga bajo estricto control.
Las relaciones sexuales con las m ujeres son activ as y vigorosas. L as
técnicas de seducción que em plea u n a m u je r son dos: poner en duda
la v irilidad del hombre — enviándole por un interm ediario u n a p re n ­
da de am or y cualquiera de las p reg u n ta s burlonas ya mencionadas,
“ ¿E s que no tienes huesos?” o “ ¿ E re s hombre o m .ijer?” — o colocarse
en una posición que facilite el ataque, y la propensión a a ta c a r se

* E sta descripción data del ario 1938 y pertenece a la aldea de Tambunum.


La nueva costumbre de marcharse a trabajar como obreros contratados en
las plantaciones ha reducido sensiblemente la edad para la iniciación, ya que
al volver los jóvenes son ya muy mayores y se sienten demasiado seguros do
sí mismo» para los ritos del noviciado.
encuentra siem pre presente en la crian za de los iatm ules. Los chiqui­
llos están ta n a le rta s que p a r a poder alcanzarlos la palm ada debe ve­
n ir com pletam ente de sorpresa. Era cuanto se percibe la menor tensión
en el cuerpo de un adulto, los ehieo>s se dispersan como hojas en el vien­
to. P a r a in c ita r a los hom bres a cualquier actividad se necesita un a
lluvia de insultos y de desafíos provenientes de o tra facción o de otro
clan, y la esposa que ve su despensa vacía g r ita fu rio sa co n tra el m a ri­
do porque su desidia, imprevisión, y f a lta de energía le hacen p a s a r v e r­
güenza a ella, a los hijos y a él mismo fre n te a los cuñados.
Siguiendo las líneas de esta e s tru c tu ra de noviciado que se p ara a las
m u jeres y a los niños de los hom bres en o tras tre s cu ltu ras m enores y
no ta n p resuntuosas de N ueva G uinea, encontram os valiosos indi­
cios acerca de la fo rm a en que puede m odificarse un a institución ta n
influyente. L as aldeas tcham bulis del hermoso lago negro que se encuen­
t r a al sudoeste del río Sepik p rese n tan superficialm ente la m ism a es­
tr u c tu ra que hallam os en las aldeas iatm ules: grupos de casas p erten e­
cientes a los clanes y de casas cerem oniales p a ra ios hom bres ju n to al
lago, u n sistem a de noviciado, y complicados rito s que los iniciados
cumplen an te el asom bro y la adm iración de las m ujeres. P ero el carác­
te r de la m u je r tcbam buli es mucho m ás severo y positivo que el de la
m u je r iatm ul. M ientras é sta tr a t a a su hijo como si fu e ra ta n fu e rte y
voluntarioso y ta n capaz de u tiliz a r ia ira p a ra lo g ra r lo que desea co­
mo ella m ism a, la m u jer tcham buli pone de relieve su p ro p ia fuerza.
A lim enta al niño alegre y am enam ente, ya sea am am antándolo u
ofreciéndole variedades de melcocha, raíces de lirio, sem illas dulces y
fru ta s . M ientras la m adre iatm ul persigue al niño travieso de dos años
am enazando m atarlo con un remo de tre s m etros si lo alcanza — y, nun­
ca lo m a ta — , la m adre tcham buli se pone sim plem ente al pequeño cul­
pable bajo el brazo. E n tre los iatm ules, son las m ujeres y los niños
quienes u san s a rta s de adorno; e n tre los tcham bulis las usan los hom­
bres y los niños: las m ujeres llevan la cabeza rap a d a, no se adornan y
se dedican diligentem ente a sus ta re a s. E n tre los iatm ules el hom bre
es el amo del hogar, aunque tenga que pelearse con u n a esposa casi ta n
fu e rte como él p a ra lograrlo; pero las esposas riñ en e n tre sí y le es m ás
fácil im ponerse. E n tre los tcham bulis el hom bre se casa con la h ija de
alguno de los herm anos del clan de su m adre, de modo que la joven en­
tr a de novia en la casa de la herm ana de su padre. Siendo a la vez tía y
suegra, la m adre del novio t r a t a bien a la joven. L as m ujeres de !a ca­
sa form an un grupo sólido, siem pre unido, tra b a ja n d o a p risa m ien tras
los varoncitos retozan a su lado sin que les presten atención alg u n a y
los jóvenes perm anecen sentados, inquietos e incómodos, cerca de ellas,
optando luego por m archarse a la casa de los hombres. E n lu g a r de te ­
n er g randes cerem onias colectivas de iniciación, como los iatm ules, los
tcham bulis inician y escarifican a los varones de pequeños y de a uno
en u n a cerem onia fa m ilia r en la cual todo el énfasis recae sobre el rito
y sobre el intercam bio de bienes y no sobre el niño. Cuando los iatm u-
les tra n sfo rm a n a los jóvenes en hombres, su brayan sin piedad el e sta ­
do an terio r, sim ilar al femenino, de los novicios; les introducen ignomi­
niosam ente fig u ra s enm ascaradas en la boca y les colocan vulvas gi­
gan tes en la cabeza; pero los tcham bulis sim plem ente escarifican a los
varones y los tienen recluidos d u ran te varios meses.
Los hom bres tcham bulis son volubles, cautelosos, desconfiados en tre
ellos, y se interesan por el a rte , po r el te a tro y por m il pequeños chis­
mes e insultos mezquinos. Se ofenden constantem ente, pero la reacción
no es la violenta resp u esta iracunda del iatm ul, desafiado en lo m ás
sensible de su ser, sino el resentim iento quisquilloso de los que se sienten
débiles y solos. Los hombres llevan adornos prim orosos, hacen las com­
p ras, tallan , p in ta n y danzan. Con anterio rid ad al dominio británico
la caza de cabezas ya se reducía al sacrificio ritu a l de cautivos com pra­
dos y no opusieron resistencia efectiva a las depredaciones de sus veci­
nos iatm ules, sino que huyeron hacia el in te rio r, retornando sólo cuan­
do la paz b ritá n ica les ofreció seguridad. Los que ten ían el cabello b as­
ta n te largo se h acían rizos y los otros usaban rizos falsos de palm era.
De todas la s sociedades que he observado, ésta es la única en la que
las niñas de diez y once años de edad e ra n m ás inteligentes y m ás em­
prendedoras que los varones. N i siquiera las confusiones de la educa­
ción iatm u l logran ev itar que los varones sean m ás decididos y que
ten g an m ás curiosidad intelectual que las niñas, pero la m entalidad
de los varones tcham bulis, fastidiados, consentidos, desatendidos y so­
litarios, te n ía cierta cualidad esquiva y caprichosa, u n a imposibilidad
de hacerle fre n te al mundo.
E l culto de iniciación de N ueva G uinea es u n a e s tru c tu ra que p resu ­
pone que los hom bres sólo pueden serlo cumpliendo con un rito que
simboliza el nacim iento y haciéndose cargo — colectivam ente— de las
funciones que las m ujeres cum plen natu ralm en te. No obstante los tcham -
bulis han modificado este culto p a ra que coincida con los én fasis p a r ­
ticu lares de un pueblo que y a no tiene interés en el ideal guerrero. H an
adaptado parcialm ente la sociedad conforme a su in terés prim o rd ial:
el arte . E l v arón teham buli se convierte en a r tis ta fre n te a un a m u jer
fu e rte y p ráctica que lo m im a y lo m aneja. L as m áscaras blancas y
neg ras de la rg a n a riz que ta lla se cuentan e n tre la s m ás bellas de la
región, pero inevitablem ente nos tr a e n el recuerdo del hombre-lobo.
E n treta n to , separados po r dos ríos y a u n as cincuenta m illas de dis­
ta n cia , los m undugum ores del río Y u a t han hecho algo com pletam ente
distinto con el sistem a de noviciado. Sobre los patrones de parentesco
de la región, que parecen vacilar siem pre e n tre los vínculos m a tern a­
les y los patern ales, han creado u n sistem a que sep ara a los hombres
unos de otros, m ás profundam ente que ningún otro sistem a conocido.
Los lin ajes se llam an h ile ras y consisten en un hombre, sus h ija s, los
h ijos de sus hijas, las h ija s de los hijos de sus h ija s, y así sucesivamen­
te. Todas las cosas de valor, inclusive los objetos sagrados pertenecien­
tes a l culto m asculino, se heredan en este orden. H a sta cuando una
joven se fu g a con su am ante, trata, de ro b ar la fla u ta sag rad a p ro fu sa­
m ente adornada de sa padre. Si una m u jer tiene dos hijos, que p e rte ­
necen por lo tan to a la m ism a h ilera, hay u n tab ú que los sep ara, esta ­
bleciendo que no han de comer del mismo p lato ni h ab larse jam ás si no
están enojados. T anto los varones como la s n iñ a s se crian en un m un­
do hostil y dividido por la discordia, A los varones las m adres les en­
señan cuál es el sitio que ocupan en la sociedad, los térm inos de p a re n ­
tesco y las com plicadas combinaciones de prohibiciones fam iliares,
m ien tras que a las n iñas las enseña el padre. Ambos sexos son indepen­
dientes, hostiles, vigorosos, y ta n to los varones como las niñas d esarro ­
llan personalidades sim ilares. No existe la casa de los hombres donde
éstos puedan reunirse, porque no h ay dos hom bres que se sien tan a g u s­
to estando juntos. E n esta sociedad la unidad está constituida por el
caserío doméstico rodeado de una em palizada, donde !as esposas de un
hom bre logran cie rta cooperación fo rz ad a y las h ija s conservan cierto
grado de solidaridad, m ien tras que cada m adre convierte a su h ijo en
enemigo del pad re y de su medio herm ano. L a iniciación ya no es un ac­
to colectivo que une a los varones, sino un espectáculo ofrecido por al­
gún hom bre im p o rtan te en el que los iniciados pueden in tim id ar e in ­
fe rirle incisiones a los novicios de cualquier edad. L as niñas pueden ser
iniciadas sencillam ente m ediante la observancia de ciertos tabúes.
E n u n a sociedad sem ejante a la s m ujeres les estorban las cualidades
fem eninas. D etestan el em barazo y la lactancia, haciendo todo lo posi­
ble por evitarlos, y a los hom bres les disgusta que sus m ujeres estén
em barazadas. Los hombres ven en la m u jer a un ser hum ano p o r el que
deben pelear y por interm edio del cual pueden recibir perjuicios y ofen­
sas. Si el hom bre no tiene una her m ana que pueda d ar a cambio de una
esposa, te n d rá que en tre g a r en pago una fla u ta valiosa, y así en co n tra­
mos curiosam ente que las fla u ta s, esos símbolos excesivam ente m ascu­
linos del culto de los hom bres, que en o tra s p a rte s no pueden ser n i si­
q u iera v istas por las m ujeres sin que peligre toda la sociedad m ascu­
lina, están colocadas en el mismo plano que las m ujeres, y a éstas les
está perm itido m ira rla s con menos precauciones que las que se toman
anee ios jóvenes. E l concepto que de su identidad tienen los varones es
el de que son luchadores vinculados precariam ente p o r interm edio de
las m ujeres a o tros varones en pugna. L as m ujeres se han m asculini-
zado h a sta el extrem o de que todo rasgo fem enino rep rese n ta un incon­
veniente, con excepción de su m uy específica sexualidad genital, y los
hombres h a sta el punto en que cualquier aspecto de su p ersonalidad que
pudiera te n e r un eco fem enino o m a tern al significa vulnerabilidad e
implica un riesgo. H an eliminado prácticam ente la división de la socie­
dad en dos grupos, hom bres adultos por una p a rte y m ujeres y niños
por la o tra , pero lo h an logrado arriesgando, como los tcham bulis, la su­
pervivencia m ism a del grupo. Pues los hábitos hostiles de los m undu-
gurnores estaban ta n exacerbados que hab ían comenzado a devorar a
miembros de su propio grupo lingüístico. No existía v irtu alm en te la
solidaridad trib a l, y probablem ente fu e sólo debido a u n accidente his­
tórico que se hayan entregado a los m isioneros an tes de que sucumbie­
ra n a los asaltos de sus vecinos.
Los arap esh de la m ontaña constituyen el cu a rto grupo, cuya vida so­
cial se basa en una división en tre hom bres y m ujeres, siendo los v aro ­
nes transform ados en hom bres m ediante la iniciación que los in te g ra al
grupo masculino adulto. Los ara p esh poseían los mismos atavíos y ob­
jeto s cerem oniales p a ra el culto de los hom bres que poseían las o tra s t r i ­
bus que he descrito: ¡os toros rugientes, las fla u ta s sag rad as, las m ás­
caras, el recinto donde el novicio es escarificado, la relación p a rtic u la r
en tre el iniciador y el novicio. P ero m ien tras el sistem a tcham buli se
derrum bó debido a la inversión del c a rácter de hom bres y m u jeres y
m ien tras el sistem a m undugum or fue invadido y desintegrado por el
énfasis sobre un común c a rácter hostil en el que no había co ntrapun­
to n i rasgo com plem entario alguno a p a rte de la m era diferencia an a­
tóm ica sexual, el sistem a ara p esh se vuelve inocuo debido al énfasis so­
bre ios aspectos paternales y m aternales de hombres y m ujeres. T anto
los hombres como la s m ujeres ara p esh se sienten a gusto cuidando a
sus hijos en las pequeñas chozas de la m ontaña. No necesitan la casa
de los hom bres p a ra otros fines a p a rte de la cerem onia y les re su lta di­
fícil co n stru ir casas grandes. L a mano de obra es escasa y p refieren de­
d icar sus esfuerzos a la obtención de alim entos p a ra las c ria tu ra s. H an
modificado todos los ritos dándoles u n sentido protector y los hombres
evitan que las violentas personificaciones del g u ard ián so b ren atu ral
del culto masculino m anifiesten ferocidad a n te las m u jeres y, si es posi­
ble, ante los novicios. E n u n a sociedad sem ejante los varones y las n i­
ñas crecen juntos teniendo a sus padres y a sus m adres siem pre presen­
tes como modelos. Los varones saben que son varones por su cuerpo, sus
nom bres y los oficios que aprenden. L as n iñas saben que son m ujeres
por su cuerpo, sus nom bres y por las pequeñas bolsas de m alla que las
m adres les colocan en la cabeza. Los chiquillos de ambos sexos se sien­
ta n contentos alrededor de las fo g ata s en las m añanas f ría s y hacen
b u rb u jas con los labios. Las n iñas ven que sus m adres llevan carg as
en bolsas de m alla y los varones ven a sus padres llevarlas en el ex tre­
mo de un palo. Saben ellos que m ás adelante te n d rá n que to m ar p a rte
en los asuntos de los hombres y que h a s ta deberán decir discursos y pe­
lear. Son deberes que deben cum plir los hom bres y ven lo cansados que
vuelven después de las r a r a s ocasiones en que suenan las fla u ta s en la
aldea y los hom bres p asan allí toda la noche. Las m ujeres tienen que
m archarse fu e ra de la aldea cuando se in stalan la s fla u ta s o cuando el
m onstruo fabuloso del culto m asculino an d a por la aldea dejando sus
enorm es ajo rcas de hojas y las huellas de los testículos en la tie rra . Los
hom bres deben a leja rse de la aldea cuando las m ujeres dan a luz
sus hijos y se p reg u n tan , con u n a curiosidad angustiosa que nunca po­
d rá n satisfacer, cómo se hace p a r a d a r a luz. T anto los varones como
las niñas deben v ig ilar su crecim iento a fin de poder ser un día buenos
padres.
E l te n e r hijos ha de debilitar ta n to al hombre como a la m u jer. “ H u ­
b iera visto qué hombre m agnífico era antes de te n er todos esos hijos.”
No h ay com plejidad alguna de identificación que alte re este ritm o, pe­
ro probablem ente im plica una m ayor modificación de la conducta in ­
n a ta p a ra los hombres que p a r a las m ujeres. A un en este caso, aunque
la casa de los hom bres ha sido reem plazada v irtu alm en te p o r el h ogar
en el que el pad re y. la m adre c ría n a los hijos de ambos sexos, la a lte ra ­
ción de la institución fu n d am en tal del culto de iniciación no se logra sin
cierto detrim ento en la adaptación al papel sexual.
H a de re su lta r provechoso exam inar ahora, después de observar es­
ta s cuatro variaciones sobre el tem a del noviciado, la es tru c tu ra sub­
yacente que sustenta este culto de iniciación, porque proporciona un
co ntrapunto convincente p a ra n u e stra s ideas occidentales acerca de la
relación en tre los dos sexos. Según nuestro punto de v ista occidental, la
m ujer, hecha de la costilla del hom bre, sólo puede a s p ira r in fru c tu o sa­
m ente a im ita r sus facultades y vocaciones superiores. E l tem a fu n d a­
m ental del culto de la iniciación es, sin em bargo, que la m u jer, en v ir­
tud de su capacidad p a ra hacer niños, tiene el secreto de la vida. E l p a ­
pel del hom bre es incierto, indefinido y quizá innecesario. M ediante
g ran d es esfuerzos el hom bre ha logrado h a lla r u n método que compen­
sa su inferioridad básica. A rm ados de distintos instru m en to s m isterio­
sos p a ra hacer ruido, cuyo in flu jo reside en el hecho de que su v erd a­
dera fo rm a es desconocida p a ra los que oyen el sonido — ni las m ujeres
ni los niños deben saber ja m ás que se tr a t a en rea lid ad de fla u ta s de
bam bú, de troncos huecos o de pequeños elipsoides de m adera e n s a rta ­
dos en un h ilo —, logran a tra e r a los varones alejándolos de las m ujeres,
y. tachándolos de incompletos los tra n sfo rm a n ellos en hombres. E s
cierto que la s m ujeres pueden h acer seres hum anos, pero sólo los hom­
bres pueden h acer hombres. E sta s im itaciones del nacim iento se llevan
a efecto m ás o menos ab iertam en te y, según el caso, los novicios son t r a ­
gados por el cocodrilo que rep rese n ta al grupo m asculino, p a ra ren acer
luego saliendo po r el otro extrem o del m onstruo, o son alojados en m a­
trices, alim entados con sangre, engordados, recibiendo la comida en la
boca y atendidos por “m adres” m asculinas. D etrás del culto existe el
m ito de que todo esto les fu e robado de algún modo a las m u jeres; a ve­
ces, p a ra obtenerlo debieron m atarla s. Los hombres son dueños de
su v irilidad gracias a un robo y a una pantom im a te a tr a l que se de­
rru m b a ría en un momento convirtiéndose en polvo y ceniza si sus ele­
m entos se descubrieran. E sta frá g il e stru c tu ra protegida por un sin­
fín de tabúes y precauciones, que se m antiene vigente debido a la v er­
güenza de ¡as m ujeres en Iatm ul, al tem or aturdido de no poder ten er
hijos de los arapesh, a Ja tolerancia am ena de la vanidad m asculina en
Tcham bnli, y a los golpes y bofetadas y a la cariosa identificación in­
v ertid a en tre la fla u ta y la m u jer e n tre los m undugum ores, sobrevive
sólo m ie n tras todos observan las reglas. Los hombres iatm ules que ven
en el europeo u n a am enaza p a r a todo el orden social am enazan a su
vez, en tre lágrim as de fu ria , com pletar la ru in a m ostrándoles las fla u ­
ta s a la s m ujeres, y el misionero que se las m uestra logra q u eb rar la
cu ltu ra efectivam ente.
A l occidental criado en u n a cu ltu ra que h a exaltado las realizacio­
nes de los hom bres y h a despreciado el papel de la m u jer, todo esto le
resu lta rebuscado, quizá m ás rebuscado aun cuando piensa que los hom­
bres cuyo sentido de la virilidad depende de u n a fa n tá stic a es tru c tu ra
de fla u ta s de bam bú tocadas dentro de u n recinto de arb u sto s que
em ula a la m atriz, no son apacibles pastores, sino cazadores de cabe­
zas feroces y audaces, hombres de u n m etro ochenta de e sta tu ra , de
físicos bien desarrollados, capaces de m a n ifestar u n a cólera m agnífi­
ca. Pero si hay sociedades enteras que pueden b a sa r sus rito s en la en­
vidia del papel fem enino y en el deseo de em ularlo, ha de re s u lta r m ás
fácil inv estig ar la posibilidad de que la envidia del sexo opuesto o la
duda acerca de la autenticidad del propio sexo ex ista en la vida de am ­
bos sexos, posibilidad que puede ser en g ra n p a rte fo m entada por las
disposiciones culturales pero que de todos modos se halla siem pre p re­
sente.

5. LOS PADRES, LAS MADRES Y LOS


IMPULSOS QUE A SO M A N

E n todas estas sociedades el niño debe h acer fre n te a los cam­


bios que se producen en sus propios sentim ientos — en lo que siente
acerca de sí mismo y acerca de los dem ás — , sino que tam bién debe te ­
n er en cuenta lo que los dem ás, especialm ente sus padres, le m anifies­
ta n . Cuando los niños llegan a la edad de cu a tro o cinco años aum enta
su preocupación por el propio sexo y aum enta asimism o la preocupa­
ción de los adultos. E sto im plica a veces la prohibición severa de to c ar
los órganos genitales o la insistencia de que se vistan , especialm ente en
el caso de la s niñas. E l hecho de que en todas estas sociedades sean siem­
p re las niñas la s que deben vestirse an tes constituye o tra m an ifesta­
ción de que son m ujeres latentes, 'm ientras q:.e los varones tienen aún
que conquistar su virilidad. P a ra los jóvenes y los hom bres la s n iñ itas
de cu atro o cinco años son decididam ente fem eninas y a tra c tiv a s y esta
atracción debe desim ularse y g u a rd a rse , así como se ocultan los encan­
tos de las h erm anas m ayores y de las m adres p a r a pro teg er a los ojos
m asculinos. P o r lo visto, cuanto m ás cabalm ente se reconoce la fem i­
neidad de las m ujeres — en sentido positivo, no como m era negación de
v irilid a d — m ás se les enseña a pro teg erla. L a n iñ ita graciosa y cau­
tiv a n te rep resen ta suficiente tentación p a ra un hombre, como p a ra ju s­
tific a r que las sociedades recurran, a ciertas m edidas p a ra protegerla,
circu n scribirla, p a ra enseñarle a no exhibir su sexo ya que ella no lo
sabe dom eñar. E l niño, en cambio, por m ás que la m adre lo tr a te como
varón, rep rese n ta p a ra ella u n a prolongación de su m aternidad más
que un a tentación fre n te a su fem ineidad, y en él se han erigido y a cier­
ta s defensas contra la atracción de la m adre. E l incesto e n tre m ad re e
hijo es el que ocurre con menos frecuencia en el mundo, y es m enester
que existan disposiciones culturales b astan te rebuscadas p a ra que re ­
sulten verdaderam ente atractiv o s los am ores en tre m ujeres m ayores y
hombres lo suficientem ente jóvenes como p a ra ser sus hijos. Sin duda
alg u n a !a base de la atracción de la m u jer joven hacia el hombre m a­
yor y del hombre m ayor hacía la m u je r joven, queda firm em ente esta­
blecida d u ran te la prim era infancia.
E n el caso del varón el énfasis e.3 otro. B asta observar la prudencia
del afligido niño balines que esquiva a un grupo de hombres p a ra evi­
ta r que le tire n del pene al p a s a r, o la fu ria del pequeño iatm u l cuando
la h erm ana del padre lo ap o rrea ritualm ente, p a ra com prender que el
contacto de tono sexual que tiene con los adultos le infunde tem or y ne­
cesariam ente suscitan la pasividad del niño, avivando el recuerdo de lo
que ap ren d iera cuando siendo un la cta n te aceptaba receptiva y pacien­
tem ente el pecho. Cada contacto le provoca tre s tem ores: el tem or de
p erd er el pene, el de no lle g ar a se r nunca u n hombre com petente y el
de volver a ser un niño de pecho, pasivo y dependiente. Cuando el te ­
m or a la pasividad tam bién se h a lla presente en la m ente de los adul­
tos — es decir, cuando una sociedad adm ite la hom osexualidad, y a sea
con consentim iento o con reprobación — el miedo se hace m ás exacer­
bado. Los p adres empiezan a re g a ñ a r al niño, a preocuparse por su con­
ducta, a someterlo a pruebas o a la m en tar su m ansedum bre. ¿P o r qué
se quedaba el pequeño Gelis, un chiquillo balines, todo el d ía en tre
las m ujeres, apoyando la cabeza sobre las rodillas de la que estu v iera
m ás cerca, en vez de sacar los bueyes al campo? Los padres, unos cam ­
pesinos de la aldea B ajoeng Gedé, probablem ente ja m ás habían visto
u n hom osexual trav estid o en persona — u n bantjih como dicen en Ba-
— ; no obstante estaban preocupados. Dem ostrando un esp íritu de ini-
d a tiv a y un sentido de responsabilidad poco común en tre los p adres
balineses, que están acostum brados a t r a t a r la v ida como si ésta fu e ra
u n a película expuesta que ha de revelarse oportunam ente, pensaron que
quizá la pasividad del niño tu v ie ra algo que ver con el puesto de ven
ta que h ab ía fre n te a la casa donde Gelis se h a rta b a de golosinas; de
modo que convencieron al vendedor p a ra que se m ud ara. Si se le tolera
dem asiado la m ansedum bre y la pasividad, el varón no h a de lleg ar
nunca a ser hombre. Los indios plains de A m érica del N orte, que adm i­
rab a n el coraje en el com bate p o r sobre todas las dem ás cualidades, vigi­
laban a los varones con u n a vehemencia ta n obsesiva, que inducía a m ás
de uno a abandonar la lucha y ad o p tar la in d u m en taria de las m ujeres.
Parece, en verdad, que h ay motivos p a r a suponer que, con excepción
de alguno que otro caso de h erm afro d itas que p resen tan confusiones
anatóm icas, la hom osexualidad es producto de u n a combinación de p re­
sagios y tem ores adultos y de cierta posibilidad la ten te en muchos n i­
ños que no se m anifiesta enteram ente a menos que sea adm itida social­
m ente o que se dé lu g a r a la posición com plem entaria, como e n tre los
iatm ules. L a preocupación porque los varones no lleguen a ser hom­
bres es m ás generalizada que la inquietud porque las niñas no lleguen
a se r m ujeres, y. este tem or no existe en n inguna de estas sociedades
de Oceanía. Siem pre que se m ira a la m u je r como m ad re y no como po­
sible riv a l en el terreno de las realizaciones o como esposa m al dis­
puesta, ese cierto aire pueril puede servirle a las niñas de defensa con­
tr a la atención de los hombres adultos m ientras no sea m ayor. Los in ­
dios am ericanos ten ían cierto tem or de que sus m ujeres p udieran m a­
n ife sta r u n a conducta m asculina, pero este recelo te n ía g raves conse­
cuencias: la india om aha que se en c o n trara sola e ra víctim a dócil y
propicia. Como contrapunto a esta insistencia sobre la docilidad de las
chicas, los adultos ten ían que acom pañarlas constantem ente, m ien tras
que los hombres se abusaban en fo rm a ta n agresiva de la m u jer fácil,
que la joven de dudosa v irtu d e ra violada por grupos de hombres.
De modo que a m edida que los varones y las n iñas llegan a la edad
en que experim entan con su propia sexualidad floreciente, se en fren ta n
tam bién con una crisis en sus relaciones con los adultos, crisis que en
psicología se denom ina técnicam ente la situación de Edipo, por alusión
al m ito griego de Edipo, que m a ta ra a su padre y se ca sa ra con su m a­
dre. E n térm inos m ás generales, é sta es la eta p a del desarrollo en la
cual ios niños capaces de sentim ientos intensos y de experim entar el
placer, pero careciendo del grado de m adurez necesario p a ra la s re la ­
ciones procreadoras adu ltas, tienen que avenirse con sus p adres y con
su propia f a lta de m adurez. E l niño tiene que ren u n ciar en p a rte al
afecto apasionado que siente por su m adre y a la riv alid ad con su p a­
d re ; la n iñ a tiene que desechar el apego que siente por su pad re y la
rivalidad que existe en tre ella y su m adre. Ambos tienen que acep tar
al progenitor del mismo sexo como modelo en cierto sentido de su f u tu ­
r a conducta. A la vez tienen que a c ep tar la postergación de u n a plena
satisfacción sexual, y esto im plica tam bién el reconocimiento de que los
p adres son uno del otro y que no son de los hijos. Cuando se exam inan
las fo rm a s de este conflicto que p erd u ran en los sueños y en la libre
asociación de ideas, surgen im ágenes que le resu ltan al adulto difíciles
de e n fre n ta r. E l térm ino “conflicto de E dipo” tiene c ie rta implicación
de algo inaceptable porque proviene de un fracaso , y no deriva de las
soluciones sa tisfac to rias, aunque a menudo tran sig en te s, que cada ci­
vilización ha encontrado. *

• Resolta interesante referirse a la declaración de un poeta norteamericano


escrita con anterioridad a Freud que deja entrever cierta seguridad sin afec­
tación de que se trataba de -un problema que los hombres vencían: “To an
Usurper” (A un usurpador) de E agene Field 1 .

Afia! A traitor in the camp, That m aaaia, I regret to see


A rebel strangely bold— Inclines to take your part—
A lisping, laughing, toddling scamp, As if a dual monarchy
N ot more than four yeaTS oíd! Shoald rule her gentle heart!

To think th at I, who’ve ruled alonis when the years o f youth have


So proudly in the past, , . [sped,
Should be ejected from my throne ', e bearded man, I trow
By my own son at last! Wí” ,5u‘te [orSet her fver said
He d be his mamma’s beau.
He trots his treason to and fro, Eenounce your treason, little son,
As only bables can, Leave mamma’s heart to me;
And says he 11 be his mamma’s beau For there wiu be another on¿
When he’s a “gweat, big man"! To c]aim yonr loyaUy-

You stingy boy! you’ve always had And when that other comes to you,
A share in mamma's heart; God gran t her love may shine
Would you begrudge your poorolddad Through all your life as fair and trae
The tin iest little part? As mamma's does through mine! *
* A já ! Un traidor en el campamento, / Un extraño y audaz rebelde, !
Pillo balbuceante, riente y gateante. / De cuatro años apenas!
i pensar que yo, que reiné solo / Orgullosamente en el pasado, /
Sería desplazado de mi trono. / Por fin , por mi propio hijo!
Pasea su traición por todas partes, / Como .hacen sólo los niños /
Y dice que será el novio de mamá / Cuando sea un “hombre grande” !
N iño mezquino! siempre has tenido / Un lugar en el corazón de mamá.
No le regatearás a tu pobre papá / La más pequeña parte,
Y mamá, me entristece ver, j Se inclina hacia tu lado, /
Como si una doble monarquía / Reinara en su dulce corazón!
Pero cuando pasen los años de juventud, / El hombre con barba ya, /
Olvidará que jamás haya dicho, / Que sería el novio de su mamá.
Renuncia a tu traición, hijito, / Déjiame a mí el corazón de mamá /
Pues habrá algún otro / Que reclame tu lealtad.
Y cuando ese otro llegue a ti, / Dios permita que su amor brille /
A través de tu vida, limpio y cierto / ; Como el de mamá en mí!
E n todas las sociedades conocidas encontram os en ios varones cier­
ta s m anifestaciones de lo que los psicoanalistas denom inan estado la­
tente, o sea un período d u ran te el cual desaparece el in terés evidente
por el sexo, viviendo los niños en u n mundo a p a rte , indiferentes o
ab iertam ente hostiles fre n te a la s niñas, preocupándose solam ente por
ad q u irir fu erza y dominio sobre los demás. Y a son dem asiado g randes
p a ra conform arse con las sensaciones que aceptaban ávidam ente du­
ra n te la infancia, pero todavía no están en condiciones de gozar los de­
leites m ás sofisticados de la edad adulta. No se sabe si existe algún
mecanismo psicológico interno que provoque el “estado la ten te” en el
niño, pero sin duda a los cinco o seis años se le p resen ta el dilema de la
actitud que ha de asum ir d u ran te los próxim os siete u ocho años en sus
relaciones con los adultos, con el otro sexo y con su propio cuerpo. E l
dilem a se agudiza cuando el niño pertenece a u n a reducida fam ilia bio­
lógica, siendo su única com pañera fem enina la m adre, que lo h a alim en­
tado y. cuidado con te rn u ra confiriéndole una sensación de dependencia,
y siendo su único com pañero m asculino su padre, que, por m ás cordial
que sea, es siem pre un riv al po r el cariño de la m adre. Luego llega el
momento — cuando lo envían a un internado si pertenece a un a fam i­
lia inglesa de la clase alta, o cuando nace u n herm ano o pierde los dien­
tes de leche — en que su relación con la m adre ya no se define en térm i­
nos de se r él u n niñito y ella una m u jer que lo am p ara. Cuanto m ás des­
taquen los adultos la fem ineidad y ¡as m usculinidad, m ás vivam ente p e r­
cibirán los varones la tensión de la situación, la riv alid ad con el padre,
el co ntraste v irtu a l con el sexo de la m adre. Tam bién la m adre, empe­
ñ ad a en su relación de m u jer con los hom bres adultos, e s ta rá m ás dis­
puesta a renunciar al hijo. E l caso es otro cuando se pone de relieve la
fem ineidad de la m u jer y la virilidad del hombre. E ntonces es posible
que la m adre se a fe rre al hijo y que la m asculinidad del niño se des­
arro lle como co n tra p arte de su m aternidad en vez de asu m ir la fo rm a
de u n a rivalidad con el padre. Cuando la m asculinidad de los hom bres
es ru d a y los sentim ientos p atern ale s están sólo ligeram ente d esarro ­
llados, se acrecienta la tendencia a v er u n riv a l aun en el varoncito m ás
pequeño, y el padre tr a t a al hijo-rival de modo que se atenúen los temo­
res que dicha rivalid ad le in sp ira obligando a menudo al h ijo a com­
p o rta rse m ás como un hom bre que como un niño, lo que viene a ser o tra
m an era de deeirle “A léjate de tu m ad re”. A sí es que au n an tes de na­
cer el P.iño ya constituye1 una v irtu a l am enaza y u n riv a l tan to p a ra
el padre como p a ra la m adre m undugum or puesto que están pendien­
te s de su pro p ia m asculinidad y fem ineidad, detestando ser padres. E n ­
tr e los m undugum ores los tabúes prenatales que en las o tra s socieda­
des vecinas sirven p a ra proteger al niño protegen al p ad re; si el m a­
rido copula con su m u jer d u ran te el em barazo, le b ro tan furúnculos o
en g en d rará otro hijo y luego se verá fre n te a la doble ca tá stro fe que
significan los mellizos. Pero en tre los arapesh, donde los papeles p a te rn a ­
les eclipsan la sexualidad, las relaciones sexuales se prolongan por
mucho tiem po d u ran te el em barazo m ientras que el niño se v a fo rm a n ­
do, y. es sólo cuando creen que el niño ya está completo que el m arido
deja de dorm ir con su m ujer, como m edida de protección p a ra el niño
que ta n to desean. De modo que a u n antes de que nazca la c ria tu ra se
p re fig u ra ya la situación de Edipo y se pueden observar indicios sobre
la m anera de en c a ra r la rivalidad en tre p ad re e hijo o m ad re e h ija .
El niño de cinco o seis años se h a lla tam bién en una eta p a de conso­
lidación de todas la s nociones que ha adquirido, ad ap tán d o la paTa
asum ir u n a actitud fre n te a un m undo mucho m ás am plio. Sintiéndose
todavía m uy unido a la m adre, aunque haya otro niño en el regazo m a­
tern o — ya sea otro hijo o el hijo de u n a v e c in a —, cuidando a los h e r­
m anos m enores que todavía no controlan bien la eliminación, en fren tá n ­
dose con la noción de su propio sexo, la conducta del niño a esta edad
h a de te n er profunda repercusión en su vida fu tu ra . E sto re su lta ne­
cesariam ente del largo intervalo que se produce e n tre el momento en
que los seres hum anos son capaces de se n tir emociones sexuales y su
a p titu d p a ra ser padres. P ero tam bién está profundam ente arraig ad o
en la n atu ra lez a de la fam ilia hum ana, en el hecho de que los p adres
fu ero n hijos un día, y que su conducta ad u lta se basa en las experien­
cias de la infancia. P or lo ta n to , la fo rm a en que los niños en caran a los
cinco años su floreciente sexualidad!, p re m a tu ra y sin función social a l­
g u n a en cualquier sociedad, está a rra ig a d a en el c a rácter de los p a­
dres. Cuando el p ad re observa al niño de cinco años que hace gestos con
u n a lanza, que tir a flechas con c e rte ra p u n te ría, que reclam a el pecho
m aterno o que es retado por la m adre por ser ya g ran d e p a ra esos mi­
mos, vive nuevam ente las emociones que ex perim entara cuando a esa
m ism a edad lo tra ta b a n del mismo modo.
E n aquellas sociedades hom ogéneas que evolucionan lentam ente este
rev iv ir de los recuerdos tiene resultados satisfactorio s, y a que todos
los adultos que el niño encuentra en su vida han pasado por experien­
cias relacionadas norm alm ente. E n tr e los m undugum ores el p a d re h a
sido tra ta d o con aspereza por sus propios p adres y h a sido consentido
h a s ta cierto punto por otros hom bres, muchachos, tíos por p a rte de m a­
dre, y por las vecinas. E s tá dispuesto a t r a t a r a su hijo con la m ism a
aspereza, perpetuando el p a tró n de conducta. No hay mimos inusitados
que confundan a l niño que lucha en un mundo que h a sentido hostil
desde que su m adre le ofreciera el pecho de m ala gana. A los cinco años
los niños pueden ser ya enviados como rehenes a vivir unos meses con
alg u n a trib u vecina, aliada te m p o raria. E l niño, que corre el riesgo de
p erd e r la vida si cam bian los proyectos de g u erra, tiene que odiar a las
p ersonas e n tre quienes vive, lo suficiente como p a ra ap ren d er la lengua
y, descubrir sus r u ta s a fin de que m ás adelante, cuando sea grande, y
sean sus enemigos en vez de sus aliados, pueda p re s ta r valiosos ser­
vicios como guía. No se h a b rá in terpuesto n ad a de dulzura ni de con­
descendencia en su camino p a ra resistir Ja prueba. E s posible que al
n acer un herm ano menor, la m adre le h ay a ofrecido nuevam ente el pe­
cho, esta vez de buena g an a por el sólo gusto de observar la Licha en­
tr e los dos varoncitos. F re n te a su padre, la m adre es u n a aliada. T ra ­
ta ella de conservarle la herm ana p a ra que el hijo pueda cam biarla por
u n a esposa, impidiendo que el padre la cambie por o tra esposa p a ra sí.
P o r su p a rte el padre vigila celosam ente a la h ija y, si puede, la cam­
bia por una esposa joven m ien tras el niño es aún dem asiado pequeño
p a ra oponerse. Las posiciones están claram ente definidas, la situación
de Edipo es resu e lta de ta l modo que coloca a los hom bres unos contra
otros. E l m undugum or crece en un mundo hosco y áspero, pero su risa es
vigorosa; sonríe de gusto cuando re la ta que ha mordido ?. un enemigo.
E l mito por el que explica cómo la m uerte llegó al mundo dice que el
hom bre perdió el secreto de detener las hem orragias y que entonces las
heridas se volvieron m ortales- L a hostilidad que siente hacia todos los
varones y la rapacidad que dem uestra fre n te a las m u jeres le a c a rre a ­
ría n serias dificultades en una sociedad m oderna, o se m a n ifestarían
en costum bres ocultas y h asta crim inales ta n bien trab a d as que resisti­
ría n a la reeducación, a la conversión y a l psicoanálisis. Pero e n tre los
m undugum ores este p atrón de conducta es válido y cada pad re revive
la sañ a de su p ro p ia in fan c ia y c ría a un hijo capaz de e n fre n ta r los
rigores de la vida con fu ria pero riendo.
A sí estudiam os el papel del p ad re en las sociedades prim itivas, pero
no basándonos en los recuerdos de individuos lo suficientem ente alterados
como p a ra co nsultar a un psicoanalista o a u n a visitadora social, sino
observando cómo los padres m im an u oprim en, alien tan o reprenden
a sus hijos y cómo responden los niños; analizando los tab ú es que de­
term in an sus relaciones recíprocas. Vemos que el papei del p ad re fre n te
al niño, el de la m adre, el de la esposa, están ta n estilizados que indivi­
dualm ente cada padre, ya sea joven y fu e rte , viejo y débil, o viejo y
fu erte, y cada m adre, a sí te n g a leche en abundancia o sólo alg u n as es­
casas gotas que la obliguen a depender de o tra s m ujeres p a ra c ria r a
sus hijos, ac tú a siem pre sobre e! fondo de este cuadro de estilización.
P o r consiguiente, es posible p in ta r con ciertos detalles la fo rm a que
ha de asum ir la situación de Edipo. A menudo se oye decir en n u estra
sociedad: “ Si su p ad re hubiera sido otro hombre, su s problem as h a ­
b rían sido bien distintos." P ero sería m ás acertado com entar: “ Si hu­
b iera nacido en el seno de una sociedad que tu v iera otro tipo de p a te r­
nidad __ ” Guando el estilo de p atern id ad vigente exige firm eza y una
dignidad reservada, el padre débil com prom ete el desarrollo de su hijo,
dejándolo en inferio rid ad de condiciones en com paración con los de­
m ás muchachos. Pero cuando el estilo de p atern id ad impone un p ad re
aliado, cordial y sereno, el p ad re firm e, reservado y riguroso constitu­
ye un a am enaza. H asta en n u e s tra sociedad, ta n rica en m atices, en la
que cada pequeña fam ilia se encu en tra tan aislada de las o tra s que n a ­
die puede decir si son m uy p articu la re s o corrientes los sentim ientos
y la conducta que custodian las p u e rta s cerrad as con llave, hay. u n esti­
lo que sirve de punto de referen c ia p a ra ju z g ar, aunque sea defectuosa­
mente, las acciones individuales.
L as cu ltu ras difieren mucho en la lib ertad acordada a los niños p a­
r a re p rese n tar y experim entar con su sexualidad y en la fo rm a de
im poner reserva. E n Sam oa la personalidad aceptad a es aquella que
considera al sexo como una experiencia deliciosa, que debe ejecu tarse
expertam ente, pero que no debe re su lta r ta n absorbente como p a ra
com prom eter el orden social. Los samoanos perdonan las av e n tu ras
frívolas, pero repudian las pasiones caprichosas y en realid ad no ad­
m iten que alguien pueda p re fe rir perm anentem ente, a p esar de la s ex­
periencias sociales que le indican lo contrario, a otro hom bre o a o tra
m u jer por encima de un cónyuge socialm ente m ás aceptable. L a exigen­
cia de que las doncellas se m o stra ra n receptivas a las proposiciones de
v arios am antes pero que fu e ra n a la vez capaces de p ro b ar su v irg in i­
dad al co n traer m atrim onio es b a s ta n te incongruente, y fu e soluciona­
d a en un principio asignándole la responsabilidad de conservar la v ir­
ginidad a la taupou, princesa r itu a l de la aldea, y no a todas las m u je­
res. La taupou estab a m ejor custodiada que la s dem ás m uchachas
y se hallaba por consiguiente lib re de toda tentación. Como precaución
adicional, podía siem pre fa lsific a rse la san g re virginal. L a taupou que
no a v isara a sus g uardianes que no era una verd ad era taupou, y des­
h o n rara así a la aldea en su noche de bodas, co rría el riesgo de que la
m a ta ra n a golpes, no po r su flaqueza, sino por no haberse provisto de
cierta cantidad de sangre de pollo. Los m atrim onios eran concertados
por la s fam ilias teniendo en cu en ta h a s ta cierto punto los deseos de los
jóvenes y éstos a su vez m antenían relaciones prolongadas que resu l­
ta b an en el em barazo, que e ra n consideradas como u n a prep aració n
adecuada p a ra el m atrim onio, con com pañeros o com pañeras acepta­
bles, reservando las av e n tu ras pa.sajeras “debajo de las p alm eras” p a ­
r a quienes les resu ltab an inaceptables como cónyuges. L as av e n tu ras
p rem aritales y ex tra m aritale s e ra n lo b astan te frív o las como p a ra
no a lte r a r la estabilidad de las relaciones sexuales en tre las p a re ja s ca­
sadas, estabilidad que ha asegurado uno de los aum entos de población
m ás gran d es reg istrad o s en n u e s tra época.
Al exam inar esta capacidad p a r a responder con confianza y segu­
rid a d a los im pulsos sexuales, capacidad que no com prom ete n i a lte ra
u n orden social firm em ente organizado en m atrim onios b astan te esta­
bles, encontram os que la relación en tre el niño y sus p ad res se difunde
o se divide entre varios adultos, L a m adre sam oana am am an ta al niño
generosam ente; si lleg ara a no ten er leche elige u n a nodriza; la lac­
ta n cia da lu g a r a una relación física leve pero m uy específica. De cual­
quier modo, el niño es alim entado, consolado y. llevado en brazos por
todas las m ujeres de la casa, y m ás adelante es paseado por la aldea
por las niñeras que se reúnen sosteniendo a las c ria tu ra s apoyadas so­
b re las caderas. Lo alim entan cuando tiene ham bre, lo lev an tan euando
e stá cansado y le perm iten dorm ir cuando quiere. Si comete u n a fa lta
— si g r ita y a lte ra el orden de u n a discusión e n tre las personas m ayo­
res, si hace sus necesidades dentro de la casa, o si tiene un ataq u e de
ra b ia — no lo castigan a él sino a la n iñera que tiene que cum plir con
su deber de evitarle estas dificultades y de alejarlo p a ra que no lo oi­
g an cuando llora. Los niños son m uy pequeños aún p a ra saber condu­
cirse pero se puede confiar en que adquieran juicio y criterio — rno-
fa u fa u — con el tiempo. E n tre ta n to la sociedad ad u lta tom a algu­
nas precauciones fre n te a ellos, y no tienen por qué ten er miedo de al­
te ra r el orden norm al de la existencia, debido al control incierto que
ejercen sobre el esfín ter, a sus alaridos y a sus exigencias inoportunas.
A m edida que v an creciendo, es posible que los m ayores pierd an el
tiem po diciéndoles que hag an lo que ellos ya hacen. Me im pacientaba,
por ejemplo, oír a los niños de diez años decirle a los de cuatro, o a los
de veinte decirles a los de diez años: “ / Soia! jS o ia ! ¡S o ia !”, “ ¡Cállen­
se! ¡Cállense! ¡C állense!", cuando los interpelados estab an quieteeitos
como rato n es inmóviles, con las p iernas cruzadas y los ojos fijo s ob­
servando todo graves y respetuosos. E n realidad, les infligen ta n ta s
órdenes innecesarias, que el niño en cierto sentido se estrem ece dentro
de un m arco en el que y a encuadra dem asiado bien. Casi n u n ca en fren ­
ta la experiencia de que le pidan algo que le resu lte dem asiado difícil,
que le ex ija m ucha autodisciplina o que lo obligue a e s ta r larg o ra to sen­
tado inmóvil de brazos y p iern as cruzados. Más bien p odría decirse que
lo restrin g en , no perm itiéndole hacer lo que es capaz de h acer m uy bien,
como si esto fu e ra no sólo un m argen de seguridad sino tam bién una
especie de v e n ta ja que les conceden p a ra que logren la perfección. To­
dos los adultos tienen en cierto modo algo de la dignidad del je fe de la
fam ilia, en cuya presencia se come con m ucha form alidad y no se pue­
den ra sc a r, ni hacer cosquillas, ni re ír, n i recostar. P ero consienten sin
reservas los bocados que tom an ávidam ente en tre las comidas, así co­
mo que se rasquen, se h agan cosquillas, se ría n y se recuesten, cuando
están fu e ra del círculo form al, fu e ra de la casa, o au n dentro de la casa
en los momentos en que viven inform alm ente. L a form alidad definida
que existe entre p adres e hijos nunca desaparece totalm en te; los padres
no hablan acerca de los problem as del sexo con los hijos, aunque a
menudo asisten ju n to s a cerem onias en las que fig u ra n danzas despro­
v istas de toda inhibición. P or consiguiente la form alid ad es an te todo
de c a rácter especial; y por mucho tiem po no le confieren al niño la re s ­
ponsabilidad de conservarla. E l pad re no lo rechaza, ni obliga al hijo
a sentirse inhibido, sino que sencillam ente la n iñ e ra se lleva al niño que
tiene g anas de g r ita r a u n sitio donde no lo oigan los adultos, cuya dig­
nidad ofenderían los g rito s de la c ria tu ra . E l niño adquiere la siguien­
te noción: “Tienes u n cuerpo y u n a serie de impulsos que pueden origi­
n a r situaciones im propias, pero es sólo porque eres pequeño. N adie se va
a en fa d a r contigo por ello, pero se pondrán todos furiosos con tu s peque­
ños cuidadores si perm iten que tú , que eres inocente, hagas daño” . E l
“aú n no” de las emociones in fan tiles es subrayado en todo momento por
u n sistem a que considera que e s ta f a lta de preparación esencial en el
niño es n a tu ra l y deseable. La peregrinación hacia la m adurez es ta n
le n ta que el impulso de no cum plir es e n tre ellos algo insólitam ente r u ­
dim entario. U na vez que el niño sam oano h a aprendido a quedarse quie­
to, perm itiéndosele entonces e s ta r solo donde quiera, m an ifiesta poca
inclinación a p a ta le a r o a g r ita r o a q uebrar la dignidad del momento.
Cuando los niños llegan a la edad de cinco o seis años, d ejan de ser
protegidos del daño que sus p ropias exigencias exorbitantes e im pul­
sos incontrolables p u dieran ocasionar a la dignidad de la vida. L as ni­
ñas se convierten a su vez en n iñ e ra s y deben entonces ser ellas las que
alejen a la s c ria tu ra s p a ra que no molesten. Los varoncitos empiezan a
seguir a los m ás grandes y aprenden a pescar, a n ad a r, a m an io b rar con
u n a canoa, a tre p a rs e a los árboles adquiriendo todas las o tras pe­
queñas habilidades m asculinas. L a s niñas concentran toda su atención
en el papel de fa c ilita r la vida dom éstica y cuidar a la s cria tu ra s, a
quienes consideran b astan te difíciles, resultándoles m ás bien u n a ca r­
g a en vez de una responsabilidad. L a atención de los varones se desvía
hacia la posición que ocupan al principio de u n a escala de habilidad y
destreza, ansiosos de que los m uchachos m ayores los acepten. E l perm i­
so p a ra acom pañar a los m uchachos m ayores parece con stitu ir un po­
te n te incentivo p a r a la buena conducta y así tiene lu g a r el ap a ren te
m ilagro de que los chiquillos exigentes, sin control, tem peram entales,
se tran sfo rm en en n iñ e ra s y. serenos portadores de ag u a y ju n tad o res
de cebo.
L a distancia e n tre el grupo de los varones y el de la s n iñ as es b astan ­
te g rande a esta edad y se ve acentuada por el tab ú m ás severo de la
sociedad sam oana, el tab ú en tre herm ano y herm ana. E ste ta b ú no sólo
incluye a la propia herm ana, sino tam bién a las prim as y por supues­
to a todas las niñas dé la casa. Los herm anos y las herm anas no deben
conversar ja m á s fa m ilia r o frívolam ente, no deben p a se a r ju n to s ni
to carse nunca, ni fo rm a r p a rte de un mismo grupo inform al en diver­
siones. Puesto que la cu a rta, y h a s ta la te rc e ra p a rte de las chicas de
u n a aldea pueden ser “ herm anas" p a ra cada muchacho, el tab ú se p ara
efectivam ente a los grupos de chicos m ayores que buscan diversión, con-
virtiéndolos en grupos de un mismo sexo. Tam bién se quiebra aquí el
vínculo e n tre n iñera y pupilo si éste es un varón. Las m ujeres emplean
afectuosam ente el térm ino tei, que significa “herm an a m enor”. La re la ­
ción en tre herm ano y herm ana constituye el punto cen tral cuando el va-
roncito se a p a rta de u n a niñez lozana que le perm itía g ra tific a r todas
sus emociones y d u ra n te la cual te n ía a ia h erm ana apenas m ayor a su
e n tera disposición p a ra e n tra r en u n a niñez m ás avanzada siendo en­
tonces sólo un varoncito m uy pequeño, m uy to rp e y m uy in sig n ifican ­
te en tre los varones m ayores que él. L a imposición del ta b ú se deja en
sus propias m anos: “cuando se sien ta tím ido, avergonzado” h a de
a le ja rs e gradualm ente de la herm ana m ayor, o de la prim a u o tra joven
que h a atendido ta n afablem ente a sus necesidades in fan tiles. No se
le impone nada de p risa ; sim plem ente va adquiriendo la noción, al ob­
se rv a r a los dem ás, por los com entarios que oye, por la expresión y la
m ira d a de los que lo rodean, de que está llegando a la edad en que por
iniciativa propia levanta una b a rre ra que lo separa de su propia in­
fan cia im pulsiva e irresponsable, y declara que empieza a re g ir el
tab ú . D u ra n te el período de la niñez y el comienzo de la adolescencia
los varones y las chicas se m antienen en grupos ap arte, conservando
la distancia m ediante cierta hostilidad ritu a l, que se m an ifiesta a ve­
ces verbalm ente y o tra s veces en b atallas cam pales con proyectiles li­
vianos. Luego, a m edida que llegan a la edad núbil, las chicas son ele­
gidas p a ra su prim era av e n tu ra am orosa por muchachos m ayares que
a su vez h an sido iniciados en la com pleta experiencia sexual por chi­
cas m ayores. E n cada p a re ja ha de haber uno con experiencia y segu­
ridad. L a única discordancia g rav e que pude observar en Sam oa ocu­
rrió cuando dos adolescentes sin experiencia tuvieron su p rim era aven­
tu ra , sufriendo u n traum atism o psíquico como consecuencia de su p ro ­
p ia torpeza.
Puede a firm a rse que la adaptación sexual del samoano adulto es de
las m ás tran q u ilas y fáciles que se observan en el mundo. Combinan
ta n perfectam ente la pasión con la responsabilidad, que los niños son
recibidos con am or y. criados con te rn u ra en fam ilias grandes y e s ta ­
bles cuya seguridad y tran q u ilid ad no dependen solam ente de un víncu­
lo su til y frá g il e n tre los padres. La personalidad del adulto es lo su fi­
cientem ente estable como p a ra re sis tir presiones ex tra o rd in arias del
m undo exterio r conservando la serenidad y la firm eza. E ste sistem a f á ­
cil, p arejo, generoso e indulgente les cuesta no obstan te un sacrificio:
el de! talen to especial, la inteligencia ex tra o rd in aria, la intensidad
p articu la r. E n Sam oa no hay cabida p a r a el hombre a la m u jer capaz
de se n tir una g ra n pasión, u n a emoción estética com pleja o un a pro­
fu n d a devoción religiosa. E l trib u to que pag an por esta negación de la
intensidad, que es el acom pañam iento de la seguridad adquirida len ta­
m ente, se re fle ja en los chismes maliciosos, la calum nia, la s in trig as
políticas infam es pero astu ta s. Los inadaptados son los que tienen t a ­
lento, los que poseen u n a intensidad superior que hubiera podido hacer
fre n te a] im pacto de la situación de Edipo rep resen tad a por los padres,
como si fu e ra un dram a im portante. Pero el dram a no existe. E l p a­
d re sam oano está dem asiado absorto en las relaciones bien escalonadas
que m antiene con el grupo social a que pertenece; sus emociones, dem a­
siado bien difundidas entre los que constituyen su grup o fam iliar, p ara
p ercibir en el deseo insistente del niño po r la m adre algo que pueda
ser un a am enaza o re su lta rle de interés. No tiene miedo de su p ropia
sexualidad, no tem e por su capacidad p a ra sa tisfa c e r a la esposa, no
en cu en tra a su m u je r ni inestable ni exigente, de modo que no surge en
él ningún impulso en principio antoprotector que lo lleve a d esafiar o
a am p a ra r a su hijito. De igual modo, las m adres no abandonan una
vida in satisfecha con el m arido, con exigencias que son imposibles de
cum plir, anhelando desesperadam ente que los hijos las compensen. Po­
siblem ente la cu ltu ra sam oana dem uestra con m ás claridad que n in ­
guna o tra h asta qué punto la solución trá g ic a o fácil de la situación de
Edipo depende de las relaciones e n tre p adres e hijos, y que no es creada
enteram ente por los im pulsos biológicos del niño.
Si com param os las cu ltu ras sam oana y m undugum or paralelam en ­
te, encontram os dos sociedades que p rep a ra n a los niños p a ra la edad
ad u lta, en un caso restándole im portancia y disim ulando toda in ten ­
sidad entre p adres e hijos, y en el otro acentuando las hostilidades y la
especificidad sexual en tre los p adres y los hijos. Ambas sociedades
p re p a ra n a los niños p a ra que sean adultos que puedan a c tu a r en la
sociedad vigente y que continúa desarrollándose. Pero estas dos socie­
dades no son igualm ente viables.
Los samoanos han logrado u n a de las adaptaciones m ás efectivas
que se conozcan al im pacto de la ci vilización occidental. De la politecnia
europea han adoptado las telas y los cuchillos, los faroles, el kerosene,
el jabón, el alm idón y la m áquina de coser, el papel, la plum a y la tin ta ,
pero conservan los pies descalzos, los sarongs livianos y. cortos, la s ca­
sas hechas con m ateriales locales asegurados con cuerda de fib ra de
coco. Cuando se lev an ta u n h u rac án , las chapas que techan las casas
de los blancos se vuelan y h a sta m a ta n gente m ien tras la casa se de­
rru m b a ; pero la casa sam oana ca« graciosam ente a n te la to rm en ta y
luego es arm ada o tra vez con los mi smos p untales. H an aceptado el c ris­
tianism o pro testan te, pero han reform ado suavem ente algunos de sus pre­
ceptos m ás rigurosos; ¿P o r qué a rre p e n tirse con ta n ta a m arg u ra — p re ­
g u n ta el predicador samoano — “ si de todos modos Dios está siem­
p re dispuesto a perd o n arte” ? N i la instrucción, ni !as misiones ni la
tecnología m oderna han logrado p e rtu rb a r la uniform idad y la docili­
dad que este pueblo, euya cu ltu ra se b asa sobre relaciones hum anas
■difusas pero afectuosas, ha dem ostrado p a ra ad a p ta rse a cualquier
:ú rabio. Los m undugum ores por su p a rte h an estado siem pre en peli­
gro de no m ultiplicarse, de dividirse en ta n ta s facciones que la cultu­
r a desapareciera, de abandonar ta n to la s cerem onias que éstas caye­
ra n en el olvido. U na solución del conflicto de Edipo, que coloca a cada
hom bre fre n te a los otros, puede aquí re su lta rle al individuo p erfecta­
m ente tolerable. E l m undugum or se p asa la vida en u n a ac titu d hostil
hacia los demás, pero es jovial y se ríe a menudo. E s al considerar la
sociedad desde el punto de vista de la capacidad que d em uestra p a ra
en fren ta rse con em ergencias y con cambios y p a ra fo rm a r unidades
sociales m ayores, que se hacen notables las diferencias en tre estas dos
m an eras de vivir.
Los m undugum ores han sido siem pre violentos al e n fren ta rse con
nuevos acontecim ientos. P re firie ro n siem pre pelear an tes que ad ap ­
tarse. E l hom bre que a los cinco años ya desafiaba a su p ad re, y se
m archaba de la casa, que a los seis años vivía como reh én en tre los ene­
migos, que a los quince tiene u n a m u jer que defender contra los otros
hombres, no se somete fácilm ente ni a n te los fenómenos n atu rales. Di­
cen que cuando el río ju n to al que viven cambió de cauce, dividiendo
a los pueblos de habla m undugum or en dos, los m undugum ores siguie­
ron odiando y teniéndole miedo a l agua, m anejando la s canoas con to r­
peza. * No han adoptado la crianza de los niños a la vida que hacen
a orillas de u n río de corriente ráp id a, y la vida de la aldea se h a com­
plicado fastidiosam ente tratan d o de h a lla r la fo rm a de im pedir que los
niños se acerquen al a g u a en lu g a r de enseñarles a no caerse al río. De
vez en cuando alguno cedía al impulso y em pujaba al hijo o a u n fam i­
lia r débil m ental de otro p a ra que se ah o g ara. Ja m á s alegó n ad ie que
cu id aran a loa niños p a r a protegerlos, pero les resu ltab a m uy moles­
to ir a b uscar ag u a a o tra p a rte y había un ta b ú que prohibía beber
ag u a del río si alguien se ahogaba. C ontaban que después de la sepa­
ración de los dem ás miembros del grupo ocasionada por el río, los
veían cada vez menos y. que uno sugirió que quizá fu e ra posible devo­
r a r a los miembros de su propio grupo lingüístico sin s u f rir consecuen-

* Cuando se estadía i n pueblo que no sabe aún escribir, la reconstrucción


de los sucesos del pasado es sumamente insatisfactoria. El cambio del cau­
ce del río, que los mundugumores sostienen que tuvo lugar y que explica en
gran parte la actitud que asumen con respecto a las canoas, es factible de
acuerdo con lo que se conoce sobre los ríos de Nueva Guinea. También es po­
sible que la torpeza inaudita con que manejan las canoas, la ineptitud para
la natación, el temor de que se ahoguen los niños, la enemistad entre las
tribus que viven en ambas márgenes del rio, sean las consecuencias de una
adaptación cada vez más difícil y defectuosa a un medio inalterado; o qui­
zá sean el resultado de una emigración hoy olvidada de la que no hay
crónica algnna. Quizá los mundugumores se fueron acercando más y más
al río, cruzándolo finalm ente y luego lo acusaron de dividir el territorio
que ocupaban y de complicarles la vida. De cualquier modo, el quid del
asunto es el mismo: se deba el cambio al río o a la emigración, no su­
pieron resolver inteligentem ente la situación resaltante.
cías deplorables. Puede considerarse que el pueblo m undngum or poseía
un g rado de adaptación tolerable en el individuo, pero que no obs­
ta n te se m anifestaba en instituciones que requerían circunstancias m uy
favorables en eí medio p a ra su b sistir. M ientras los m undugum ores
pudieron vivir del p illaje de Jas trib u s vecinas, que eran mucho
menos agresiv as y que les proporcionaban casi todo el tra b a jo de
arte sa n ía que necesitaban; m ie n tras hubo abundancia de víveres y és­
tos fueron recogidos por las m ujeres que expresaban sus im pulsos
agresivos activos pescando y comiendo m ejor que los hombres o p rep a­
rando platos m ás sabrosos que la s dem ás esposas del mismo m arido,
la sociedad subsistió. Cuando llegaron los europeos,, tra ta ro n en p rim er
térm ino de sojuzgar a los m undugum ores con expediciones punitivas.
Pero los m undugum ores se reían de las aldeas incendiadas y de los
miembros de la trib u fusilados p o r los pelotones de la expedición. A sí
debían m orir los hombres. Sólo cuando algunos hom bres im p o rtan tes
con m uchas esposas fueron encarcelados, se sometieron al control del
gobierno, porque Ja inactividad ju n ta m e n te con la violencia de los ce­
los hacia quien e n tre tan to p u d ie ra tener a las esposas e ra algo que
estos hom bres dom inantes no podían soportar.
La solución de la situación de Edipo de los ara p esh es ta n especia­
lizada como la de los m undugum ores y tam bién es propia de u n a so­
ciedad que depende de un am biente p articu larm en te favorable p ara
sobrevivir, M ientras que los m undugum ores subrayan el vínculo im­
petuoso en tre m adre e hijo y p a d re e h ija y tam bién los celos y la
rivalidad que como consecuencia surg en en tre todos los varones y casi
todas las m ujeres, los ara p esh acallan todo el interés que pu d iera su r­
g ir de los vínculos en tre los niños y los adultos de! sexo opuesto. Les
parece bien que haya hijos de ambos sexos y tanto los p ad res como las
m adres tr a ta n a los niños y a las n iñ a s v irtu alm en te de la m ism a m a­
nera. Puede ser que la c ria tu ra dotada de m ayor intensidad de sen ti­
m iento tr a te de establecer u n a relación m ás aguda y, definida con el
progenitor del sexo opuesto, pero sólo io lo g ra rá si el progenitor tam ­
bién posee cierta intensidad. T an to los varones como las niñas quedan
dentro de las redes de pocas y cortas fam ilias relacionadas en tre sí, es­
tando cada fam ilia em peñada en la producción de alim entos, en c ria r
cerdos y niños, y en responder a los proyectos de los dem ás. Los niños
de cinco o seis años tienen berrinches furiosos si se Ies niega el a li­
mento, y ¡os adultos los aplacan en vez de t r a t a r de refre n arlo s o casti­
garlos. E sta s m ism as rá fa g a s de cólera que estrem ecen al niño cuyas
exigencias exorbitantes no son satisfech as aparecen nuevam ente en
la vida ad u lta y constituyen un riesgo p a ra la sociedad. E l adulto eno­
ja d o porque le han negado ayuda p a ra una fie sta o el préstam o de v í­
veres roba los desechos personales dei pariente que le in flig iera la ofen­
sa y se los lleva a un brujo. E l niño sabe que los enojos son insoporta­
bles y que a lte ra n el orden. De adulto, interviene en el castigo del que
provoca a otro, no del provocado que hace uso de la violencia. Debido
al én fasis perm anente e interpersonal sobre la alim entación, sobre la
solicitud altern ad a de alim en tar y ser alim entado, la diferencia en tre
el papel del p ad re y el de la m adre — siendo ambos indulgentes, c a ri­
ñosos, m ostrándose a veces absurdam ente irasc ib le s— es m uy leve. Lo
que les a la rm a un poco a los arap esh es la adolescencia de los hijos y no
la conducta que m an ifiestan a los cinco o seis años, ya que creen que a
esta edad son todavía demasiado pequeños, dem asiado débiles p a ra
crearles problem as.
C aracterísticam ente, no se form aliza el estado latente. No se aleja
al varoncito de un h ogar en el que la m adre acepte dem asiado ávida­
m ente o sea excesivam ente exigente fre n te a la m asculinidad del n i­
ño, o en el que el pad re insista en tra ta r lo como a un riv a l o a u n a vícti­
m a potencial. Los niños, en cambio, van de u n lado a otro de a dos y de
a tre s con los muchachos m ayores y los hom bres, o con las m ujeres,
según el caso. Sólo al lle g ar a la adolescencia se a p a rta n m ás en g ru ­
pos y las niñas aprenden los rito s de la choza m e n stru al y cuchichean
excitadas contando cómo les crecen los pechos, m ien tras los varones
comienzan a cum plir seriam ente los tabúes que les prohíben ciertos
alim entos p a ra proteger el desarrollo de los órganos genitales. D u ran ­
te la adolescencia los tabúes de que se sirv ieran los p ad res p a r a dome­
ñ a r su p ropia sexualidad a fin de proteger a los hijos se trastru e ca n .
Los adolescentes tienen que proteger a los p ad res y especialm ente cuan­
do se han consumado los m atrim onios concertados mucho tiempo a trá s
deben cuidarse de no darles a los padres ni a los suegros alim entos co­
cidos sobre el fuego ju n to al cual h an tenido relaciones sexuales. E n
esta sociedad, en la que el nexo en tre los varones no está constituido
po r la rivalidad fre n te a las m ujeres, sino po r la em presa común de
alim e n tar a las personas de toda edad y de ambos sexos, la atención se
desvía de lo específico del conflicto de Edipo hacia la lucha in te rn a
que cada individuo sostiene con sus propios im pulsos a fin de poder a
su vez ser fecundo y c ria r seres hum anos. Los p adres se m antienen co­
mo aliados del niño en la lucha, sin im poner severas prohibiciones, sin
oponerse a su vez, y sin estim ular al niño presentándole u n adversario
fu e rte y peligroso. Cualquier conflicto propio puede tra n sm u ta rse en
un a actividad en fav o r de los hijos, como lo dem ostraron W abe y Ora-
bomb, dos herm anos de trib u b astan te in tra tab le s y con personalida­
des desviadas, que pusieron fin a las disputas con sus esposas dedicán­
dose a proyectos p a ra buscarles m u jer a los sobrinos, y, en el caso de
W abe, con el plan de ad o p tar a u n niño. *

* Estas personalidades desviadas se describen en detalle eo S e so y tem pe­


ram ento, Primera Parte, y en Los arapesh de la m ontaña, Cuarta Parte,
passim . V éase el Apéndice II c.
De modo que los arap esh tr a ta n a los niños de seis años con suavidad,
disim ulando su sexo, subrayando su necesidad de alim ento y p ro ­
tección h asta que lleguen a ser capaces de v ig ilar su propio creci­
m iento convirtiéndose el varón en el custodio de su pequeña prom etida
a quien alim enta, m ien tras la n iñ a vela por su propio cuerpo y así p o r
sus hijos fu tu ro s.
E l sistem a es vulnerable. No tom a en cuenta debidam ente ni lo fo r­
tu ito ni la m uerte. Los arap esh son m ansos y tra b a ja n con asiduidad,
escalan las m ontañas entre la niebla de las m añanas fría s p a ra ay u d ar­
se unos a otros a alim entarse m utuam ente, re fre n a n sus propios im pul­
sos y concentran toda su atención, en los dem ás. E n un sistem a sem ejan­
te no hay cabida p a ra las “fata lid a d es”. Si todos quieren alim en tar a los
niños, lo ju sto sería n atu ra lm e n te que siem pre hubiera alim entos. Pero
a veces no hay víveres. L a tie r r a es pobre, el método de cultivo es m uy
insuficiente. Cuando un hom bre está dispuesto a c ria r a su esposa y
a esp erar pacientem ente d u ra n te muchos años h a s ta que ella llegue a
la edad ad u lta a fin de sa lv ag u a rd a r la capacidad de ambos p a ra ser
padres, y cuando ella a su vez e s tá dispuesta a reconocer por la obe­
diencia esta deuda, re su lta evidentem ente injusto que uno de ellos
m uera y desbarate toda la e s tru c tu ra . L a m uerte, excepto en el caso de
los m uy ancianos o del niño que padece de un defecto congénito, no les
re su lta inteligible. L a ausencia de u n a explicación adecuada p a r a la
m u erte ju n tam en te con la cólera im pulsiva que m anifiestan d u ran ­
te la niñez cuando les reh ú san la comida quienes pretenden querer
p roporcionarla, exponen al ara p esh a la b ru je ría y a la lucha in te rio r
que provoca la sospecha de una b ru je ría . No b asta con que los padres
sean cariñosos y benévolos, que se preocupen por sus funciones p a ­
tern ales en un mundo como el de N ueva Guinea, donde escasean los ví­
veres y el frío y el ham bre son problem as de todos los días. No b asta
con que los padres procuren convencer a los hijos de que la irritació n
que revelan en su voz al reh u sa rles el alim ento no es provocada por
los niños sino por la f a lta de víveres — porque en su voz quedarán
tam bién ra stro s de la ir a in fa n til que sin tieran cuando de chicos los
p ad res les reh u saro n el sustento —. E l mundo exterior, los b ru jo s de
la trib u vecina— hombres robustos y ceñudos— se aprovechan fácil­
m ente del resentim iento in fan til o de la conducta indisciplinada del
arap esh necio o inadaptado, y su rg en las discordias. Si las tie rra s que
poseen fu e ra n fértile s y los bosques estuvieran poblados de anim ales,
p o drían m antener a los niños. E ntonces nunca v ería n a un a c ria tu ra
llorando tira d a en el suelo en medio de la aldea pidiendo a g rito s que
le den un coco porque los únicos recogidos están guardados p a ra un
fru g a l banquete en el que todos sus parientes han de p a sa r ham bre por
ser los anfitriones. Pero por o tra p a rte si las tie rra s fu e ra n fértile s
y si los bosques estuvieran poblados, no sería m uy probable que estu-
vieran en poder de u n pueblo como el arapesh. E n toda N ueva Guinea,
las lla n u ras fértiles, los ríos con pesca abundante, las tie rra s a lta s en
las que crecen los cocoteros y los bañados exuberantes de sag ú están
ocupados por los pueblos m ás agresivos. La conducta p a te rn a l que da
lu g a r a que la escasez de víveres en la m ontaña provoque el quebran­
tam iento del fre n te de defensas sociales que ta n m inuciosam ente se han
creado los incapacita a la vez p a ra la com petencia fra n c a con los pue­
blos veeinos que, siendo mucho m ás aguerridos, pueden elegir e n tre el
ch an taje o la hostilidad ab ierta. E l ch an taje les re su lta m ás provecho­
so, y a que les aseg u ra a los hom bres de la lla n u ra la h ospitalidad de los
ara p esh d u ran te las la rg a s jo rn ad a s de v ia je e n tre la lla n u ra y la
costa, y los arapesh de la m ontaña subsisten en u n mundo cuya rea li­
dad está m uy por debajo de sus sueños, atorm entados por la pesadilla
p erm anente de que los niños de cada nueva generación, esos niños que
se desvelan por c ria r, son m ás pequeños que los de la an terio r.
O tra solución de la situación de Edipo es el sistem a de los tres hijos,
según el cual cada uno de los niños de cada sexo es prim ero el fa v o ri­
to, es luego desplazado y queda p o r últim o en el grupo fa m ilia r con­
tem plando cómo el u su rp ad o r es desplazado a su v e z .a E ste sistem a
de crian za dirige la atención del niño que deja a trá s la situación de
Edipo y asum e un papel de espectador en el mundo de la niñez, hacia
un d ram a complejo en el que intervienen tan to los p ad res como los h e r­
m anos m enores. T anto en Iatm ul como en Bali, el “niño cercado”, el te r­
cero contando del menor al m ayor, constituye el centro del d ram a en­
tr e el mundo de los p adres y el niño en sí. E n ta n to que los m undugu­
mores y los a ra p esh comienzan a definir la relación en tre los p adres
y. el hijo antes de que se produzca el nacim iento, y surgen g rav es te n ­
siones al destetarlo cuando llega el próxim o herm ano, en B ali y en Ia t-
m ul el niño destetado perm anece con la m adre form ando p a rte de un
cu arteto compuesto por la m adre y tre s hijos haciendo el m ayor de
n iñ e ra del menor.
E x isten m uchas o tra s soluciones a p a rte de la s que se observan en
estos siete pueblos. E n Ba Thonga, po r ejemplo, los varones van a v i­
v ir con los abuelos m aternos d u ra n te el período com prendido e n tre la
p rim e ra infancia y la edad del noviciado, y entonces, luego de largos
años de indulgencia vividos lejos del p a d re que asum e el papel severo,
son llam ados bruscam ente a la realid ad de la vida ad u lta m ediante las
rig u ro sas cerem onias de iniciación. O se aprovecha casualm ente la a p ti­
tu d sexual de las cria tu ra s, como lo hacen ¡os kain g an g del B rasil. Pe­
ro n inguna sociedad ha podido desconocer com pletam ente este aspecto
ta n notorio de la n atu ra lez a, este florecer p rem aturo de la sensibilidad
sexual en el niño que aú n está lejos de la ap titu d p a ra la procreación. a
Cada adulto conserva candentes y casi a flo r de labios los recuerdos
de la niñez y éstos, ju n ta m e n te con los im pulsos del niño, co n stitu ­
yen el dinamismo del d ram a que debe vivir cada nueva generación. L a
índole del d ram a v a ría según la cu ltu ra. E n u n a sociedad en transición
las p a rte s del dram a se dislocan y u n a niñez aprop iad a p a ra u n a ado­
lescencia expresiva puede verse seguida de severas restricciones o pue­
de u n a in fan cia restrin g id d a te n e r que hacer fre n te luego a exigencias
de expresividad d u ra n te la adolescencia. Los modelos se to rn an confu­
sos y cada vez m ás niños se ven im posibilitados de ex p erim en tar la
serie de acontecim ientos que en cada cu ltu ra sirven de preludio p a ­
r a la edad ad u lta. L as sociedades hum anas, siem pre cam biantes y en
contacto con o tra s sociedades tam bién en evolución, deben tr a b a ja r
constante y perpetuam ente p a ra re a d a p ta rse m ediante la adaptación
renovada de los seres hum anos que las componen. L a ap titu d p a ra lo g rar
esta adaptación, así como la a p titu d p a ra crista liz a r en u n a cu ltu ra
u n a serie de hábitos de nutrición viables, es p a rte del patrim onio hu­
mano, p a rte del mecanismo de evolución que le h a proporcionado al
hom bre su m entalidad singular. E je rc id a sin discernim iento, esta ap ­
titu d se d esarrolla to rp e e inciertam ente produciendo en algunos casos
civilizaciones herm osas y fu e rte s y en otras, civilizaciones que defor­
m an, falsean y censuran au n aquellos aspectos de la n atu ra lez a h u ­
m ana cuya m anifestación toleran. Pero a ú n debemos p ro b ar que es po­
sible lo g ra r un discernim iento que, regido por la fe en la lib e rtad de la
hum anidad, aproveche la prodigalidad de las épocas de inocencia dan ­
do origen no a un cinismo reactivo sino a u n a nueva inocencia que no
te n g a como base el sacrifico hum ano.

6. EL SEXO Y EL TEM PERAM ENTO

De la solución de la situación de Edipo depende en g ra n p a r te la


aceptación por p a rte del niño de su identidad sexual fundam ental. P e­
ro no b a sta con que la c ria tu ra llegue a la sencilla y absoluta conclu­
sión de que pertenece al sexo correspondiente, de que anatóm icam ente
es v arón o hem bra, de que tiene determ inado papel procreador que des­
em peñar en el mundo. A m edida que crecen, los niños se ven fre n te a
otro problem a: ¿“ Cuán m asculino o cuán fem enina soy?” Oyen que
se tild a a ciertos hom bres de fem eninos, que se censura a alg u n as m u­
je re s por ser m asculinas y que se elogia a alguien por ser todo un hom­
bre o m uy rnujer. Oyen que algunos oficios son considerados propios
de un hom bre y otros no, que c ie rta s ocupaciones realzan o perju d ican
la fem ineidad de u n a m ujer. Ven cómo ciertas form as de corresponden­
cia, de afectación, de sensibilidad, de coraje, de estoicismo y de resis­
tencia son atrib u id as m ás a un sexo que a otro. E n su mundo no en­
cu en tran un modelo, sino muchos, y se com paran con todos juzgándose
a sí mismos y sientiéndose ufanos y seguros, angustiados, in ferio res y
p erplejos, o desesperados y dispuestos a darse por vencidos.
E n cualquier grupo hum ano es posible ord en ar a los hom bres y a
la s m ujeres según cie rta escala de modo que e n tre el grupo m ás m as­
culino y el m ás fem enino queden algunos individuos ap aren tem en te in­
term edios, que p are cería n exhibir en m enor grado los rasg o s físicos
pronunciados característicos de uno u otro sexo. E sto se com prueba
ta n to al com parar las ca racterísticas sexuales secundarias — la dis­
tribución del vello en el pubis, la barba, las capas de tejido adiposo, et­
cétera— como al observar la s ca racterísticas sexuales elem entales
— los pechos, las dimensiones de la pelvis, las proporciones en tre el
torso y las caderas, etcétera— . E sta s diferencias se hacen aún m ás
evidentes cuando se observa por ejem plo la sensibilidad de la piel, la
g rav edad de la voz o la modulación de los movimientos. A dem ás en­
contram os en casi todos los grupos de cierto tam año que h a y m uy po­
cos individuos que p ersisten en desem peñar un papel del sexo opuesto
en sus ocupaciones, en su vestim enta o en sus actividades sexuales in ­
terpersonales. E l invertido completo parece sólo su rg ir cuando la cul­
tu r a reconoce esta posibilidad. E n m uchas de la s trib u s indígenas ame­
rica n as el berdache, o sea el hom bre que se v estía y vivía como "una
m u jer, e ra u n a institución social reconocida, en contrapunto con el én­
fa sis excesivo asignado al valor y a l vigor de los hombres. E n o tra s re­
giones del mundo, como en el Pacífico au stra l, po r ejemplo, no se su­
pone que u n individuo pueda in v ertirse com pletam ente aunque en nu­
m erosas trib u s las cerem onias incluyen m uchas inversiones ritu a les. A l­
gunos pueblos perm iten la inversión de los papeles p a ra ambos sexos,
como lo hacen los aborígenes de S iberia que asocian la inversión sexual
con el exorcism o; otros se la perm iten a los hom bres pero se la prohí­
ben a las m u jeres; otros no la perm iten bajo n ingu n a fo rm a. P ero el
co n traste en tre la inversión de los indios m o jav es,1 cuyos trav estid o s
rem edan el em barazo y el p a rto y se alejan del cam pam ento p a ra d ar
a luz ritu alm en te a una p iedra, y los samoanos, que no reconocen al
invertido, aunque encontré e n tre ellos a un muchacho que p re fe ría que­
d a rse con la s m ujeres haciendo esteras, es claram ente u n co n traste de
disposición social. L as sociedades pueden proporcionar papeles estili­
zados y complejos que resulten atra y en te s p a ra muchos individuos que
nunca a s p ira ría n a los mismos espontáneam ente. E l tem or d s que los
varones sean fem eniles en su conducta puede llevar a muchos a re fu ­
g iarse en la fem ineidad explícita. L a identificación de ciertas carac­
te rístic as como te n er menos vello en el mentón o el busto menos pronun­
ciado como pertenecientes a l sexo opuesto puede crear desviaciones so­
ciales. Si hemos de in te rp re ta r estas experiencias, por las que p asan
todos los niños, buscarem os u n a teo ría sobre el significado de dichas
diferencias.
E lim inam os toda esta e s tru c tu ra a rtific ia l al invocar la presencia
o la ausencia, el reconocimiento y la tolerancia, de instituciones socia­
les in vertidas, o la supresión explícita de la p ráctica homosexual, pero
encontram os aún entonees diferencias que exigen explicación. Después
de re u n ir los detalles reveladores de las h isto ria s clínicas de la socie­
dad occidental que señalan cómo los accidentes de la educación, la iden­
tificación errónea con uno de los progenitores, o el miedo excesivo al
p rogenitor del sexo opuesto em pujan a los varones y a la s niñas h acia
la inversión sexual, nos queda aú n el problem a fundam ental. Coloca­
dos en fila, los hombres de cualquier grupo fo rm an u na escala en cuan­
to a m asculinidad explícita, así como tam bién a la m asculinidad de su
conducta. L as m ujeres de cualquier grupo ilu stra n u n a v aried ad se­
m ejan te de tipos, o m ayor aún, si se observan adem ás las rad io g rafía s
de los contornos pélvicos que pueden re su lta r engañosos, y a que no re ­
velan con exactitud la ap titu d e s reproductivas fem e n in as.3 ¿Debe
a trib u irse esta eseala a p a re n te a diferencias en el equilibrio endocri­
no, por cuanto adm itim os que cada sexo depende de horm onas m as­
culinas y fem eninas y a ¡a acción recíproca de estas horm onas y o tra s
endocrinas p a ra su perfecto funcionam iento? ¿E s que cada individuo
tiene u n a potencialidad bisexual que puede ser evocada fisiológicam en­
te por f a lta o exceso de horm onas, psicológicam ente por anorm alida­
des en el proceso del desarrollo individual, o sociológicamente al c ria r
a los varones siem pre e n tre m u jeres o apartándolos com pletam ente de
ellas, o imponiendo o fom entando diversas form as de inversión social?
Cuando en la edad ad u lta los seres hum anos — o las r a t a s — están acon­
dicionados por las circunstancias p a ra responderles sexualm ente a los
miembros del mismo sexo con p referencia sobre los del sexo opuesto,
se fu n d a este acondicionam iento en alg u n a base bisexual rea l de la per­
sonalidad, que v a ría mucho e n tre los miembros de u n grupo y otro.
L a p rim e ra im presión p are cería indicar que es m uy posible que h a ­
y a que an ticip ar u n a hipótesis sem ejante. A l contem plar u n grupo de
varoncitos, p arecería evidente que se ría fácil acondicionar a los que
ap arentem ente son “fem eniles” p a r a un papel invertido y que en u n
grupo de niñas re s u lta ría m ás fácil p re p a ra r a la que tien e rasgos
propios de los varones p a r a la identificación con el sexo opuesto. ¿Y
no significa e sta “facilidad'” que poseen un m ayor grado de bisexuali-
dad física? Pero los datos de que disponemos nos obligan a detener­
nos. Las investigaciones m ás m inuciosas no logran relacionar el equi­
librio endocrino con la conducta homosexual propiam ente dicha. L as
poquísim as c ria tu ra s que poseen los órganos sexuales prim ario s de am ­
bos sexos, p resen tan como es lógico graves anom alías y confusiones pe­
ro h a sta ahora no han servido p a r a dilucidar el problem a general. E n
cada grupo es notoria la e x tra o rd in aria f a lta de correlación e n tre el
físico que puede ser considerado hiperm asculino o hiperfem cnino y la
ap titu d reproductiva. E l hom bre que posee las ca racterísticas m ás vi­
riles puede no ten er hijos, m ien tras que el tím ido y descolorido, de a s­
pecto femenino, engendra num erosa prole. La m u jer de pechos g ra n ­
des y caderas anchas puede re su lta r estéril, o aun , si tiene hijos, ser
incapaz de am am antarlos. No obstante, tropezam os siem pre con una
a p a ren te correlación e n tre la tendencia hacia la inversión sexual en los
hombi'es y m ujeres que divergen m ás hacia el físico previsto p a ra el
sexo opuesto. E n aquellas trib u s prim itivas que no adm iten la inver­
sión, el varón que opta por hacer esteras se rá m ás sim ilar al tipo fem e­
nino según el concepto de la trib u y la m u je r que sale de caza se p a re ­
cerá m ás al varón. ¿No significa n ad a esta ap a re n te correspondencia
físic a ; rep rese n ta sencillam ente u n accidente dentro de la escala n o r­
m al de variaciones? Si la trib u considera que el vello abundante es un
rasg o varonil deseable, ¿no se se n tirán los lam piños confusos acerca
del papel sexual que les corresponde?, o si piensan que el vello es un
rasg o tosco, ¿no se verán los hirsutos condenados sexualm ente y los
lam piños por consiguiente tenidos por menos viriles? E sto sería la
réplica am biental m ás extrem a, m ien tras que la razón genética u lterio r
podría invocar alg u n a variación estru c tu ra l y funcional m uy su til y
au n insondable en la base biológica de la identidad sexual.
Sugiero o tra hipótesis que en mi opinión está m ás de acuerdo con la
conducta de los siete pueblos de Oceanía que he observado. E l balinés
es p rácticam ente lam piño; ta n to que puede bien a rra n c a rse los pocos
pelos de la ca ra con u n a pinza. Tiene los pechos b astan te m ás d esarro ­
llados que un occidental. Casi cualquier balinés p arecería afem inado
com parado con una serie de europeos occidentales. L as balinesas, al
contrario, tienen las caderas estrechas y los pechos pequeños y altos y
casi cualquiera de ellas p are cería m ás bien un doncel e n tre m ujeres
europeas occidentales. P odría im aginarse que m uchas son incapaces de
am am an tar, y h a s ta ju z g arse que tienen el ú tero in fan til. ¿Pero puede
in te rp re ta rse esto en el sentido de que los balineses son m ás bisexuales,
menos diferenciados sexualm ente que los europeos occidentales, que
los hombres son menos m asculinos y la s m ujeres menos fem eninas, o sig­
n ifica sencillam ente que los tipos de m asculinidad y fem ineidad baline­
ses son distintos? Los p a rtid a rio s m ás firm es de la s variaciones del
equilibrio bisexual sostendrían que en ciertas ra z a s los hombres se
diferencian menos, que son m ás fem eninos, etcétera, y p o drían aplicar
el mismo argum ento en el caso de las m ujeres. P ero en general, se ad­
m itiría que por lo menos algunos de los aspectos por los que el balinés
p arecería fem enino — la a ltu ra , el talle, el vello y otros — no afectan en
realid ad p a ra n ad a su virilidad. H a y que inclin arse a reconocer, en
consecuencia, que en tre estirpes raciales ta n v aria d as como la de los
balineses y la de los europeos nórdicos, los pigmeos de A ndam an y los
g ig an tes nublos, no sólo son ineficaces ciertos criterio s de m ascuíini-
dad y fem ineidad, sino que h a s ta puede producirse una correspondencia
inversa, ya que los hom bres andamíanosos e sta ría n por su e s ta tu ra den­
tr o de la escala de las m ujeres áe u n grupo mucho m ás alto.
P ero todos los grupos hum anos de que hayam os tenido noticia eviden­
cian variaciones considerables en la herencia biológica. H asta en los
grupos m ás aislados y puros en su raza se observan diferencias m uy
pronunciadas en el físico y en el tem peram ento m anifiesto, y no obstan­
te el alto grado de uniform idad en la fo rm a de c ria r a los hijos propios
de m uchas trib u s prim itivas, cada se r hum ano adulto p arecerá
m ás o menos m asculino o fem enino, según el tipo establecido p o r la t r i ­
bu. H ay por o tra p a rte variaciones de cierto orden que parecen — al ob­
servarlos, por lo menos, ya que no h ay detalles re g is tra d o s— m an te­
nerse constantes en distintos grupos. A unque casi todos los balineses
p resen tan la configuración g eneral que técnicam ente puede clasificar­
se como asténica, el balines asténico co n tra sta a su vez con el balinés
fornido y con el que es m ás bajo y rollizo. A parecen siem pre las m ism as
diferencias en los hom bres y m ujeres dentro de los lím ites del tipo ge­
n eral. M ientras no tengam os m étodos mucho m ás sutiles p a ra medir,
que no sólo ten g an en cuenta la complexión individual sino tam bién
los rasgos étnicos, no podremos saber si existe una correspondencia
au tén tica en el plano de la conducta e n tre los individuos delgados y
esbeltos arapesh, teham bulis, suecos, esquimales y. hotentotes, o si la
conducta, aunque tenga cierta base en la complexión, no puede de n in ­
g u n a m an era relacionarse con lar» ca racterísticas que tienen en común.
E n tre ta n to no se creen dichos métodos y. no se realicen estos estudios
sólo se puede especular m erced a cuidadosas observaciones, no dispo­
niendo de otro instrum ento a p a rte del ojo hum ano p a r a hacer compa­
raciones. No obstante, el uso de este instrum ento en el estudio de siete
pueblos diferentes me h a sugerido la hipótesis de que en cada grupo
hum ano se encuentran, aunque probablem ente en d istin ta proporción
y no siem pre en todos, algunos rep rese n tan tes de los mismos tipos cons­
titucionales que empezamos a d istin g u ir en n u e stra población. Y sugie­
ro adem ás que la presencia de estos tipos co n tra sta n tes de complexión
es una de las condiciones im p o rtan tes que influyen sobre el niño al
fo rm arse un juicio sobre la integridad de su identidad sexual.
Si reconocemos la presencia de escalas com parables de tipos de com­
plexión en las sociedades hum anas, vemos que cualquier serie continua
que ordenemos incluyendo desde el m ás masculino h a s ta el menos m as­
culino puede re s u lta r equívoca, especialm ente a n te los ojos del niño. Ten­
dríam os que d efin ir en cambio diversas series, haciendo un a distinción
e n tre el varón m ás m asculino y el menos diferenciado sexualm ente den-
tro de cada uno de los diversos tipos. E l hombrecillo delgaducho, sin
vello ni músculos, que engendra num erosa prole no p arecerá entonces
u n a anom alía, sino que se considerará como la versión m asculina del
tip o hum ano en el que ta n to los hom bres como las m u jeres son delga­
dos y pequeños y tienen relativam ente poco vello. L a joven esbelta que
tiene los pechos apenas form ados, pero que puede am am a n ta r perfec­
tam ente a su hijo porque la leche se le d istribuye en fo rm a p a re ja so­
b re el tó rax , no se rá considerada como u n a m u je r incom pleta — diag­
nóstico desmentido por su a p titu d p a r a concebir y c ria r hijos y por lo
bien que se siente d u ran te el em barazo— sino como la correspondien­
te al tipo constitucional en el que la m u jer tiene los pechos mucho más'
pequeños y menos redondeados. Se v erá así que el hom bretón de pelo en
pecho, cuya m asculinidad es a menudo tildada de pálida y poco convin­
cente, es sólo una versión menos m asculina de u n tipo en el que predo­
m inan la m u sculatura m uy desarrollada y el vello abundante. L a mu­
je r poco fecunda a p esar de sus pechos y caderas ondulantes se rá en­
tonces una de las que pertenecen al tipo que p resen ta las caderas y los
pechos muy pronunciados, cuya infecundidad en este caso se hace no­
to ria porque la m ayoría de las m ujeres con las que se la com para tie ­
nen menos busto y las caderas m ás suaves. Tam bién podría dilucidar­
se con este punto de vista la ap a ren te contradicción que existe en tre lo
que revelan las ra d io g ra fía s de la pelvis y las m edidas del contorno.
Los dem ás aspectos de la personalidad se considerarían de la m is­
m a form a. Se clasific aría a la m u je r fogosa y vehem ente ju n to a los
hom bres fogosos y vehem entes del mismo tipo y no p are cería enton­
ces u n león, sino sólo una leona en su propio am biente. Si se colocara al
menudo y sumiso C aspar M ilquetoast ju n to a la m ás dócil versión fe ­
m enina de sí mismo y no ju n to a un luchador se v ería que es mucho
m ás masculino que ella. E l hom bre rollizo, de pechos blandos, doble
b arb illa y glúteos prom inentes, que p arecería u n a m u jer si le pusie­
ra n u n som brerito, no te n d ría contornos ta n am biguos si se lo observa­
r a ju n to a una m u jer igualm ente rolliza; su m asculinidad es inconfun­
dible com parándolo con la m u je r de su complexión y no con hom bres
de otros tipos. Los bailarines y b ailarin as esbeltos, sin caderas n i pe­
chos, no parecen entonces hom bres fem eniles y m ujeres-donceles, si­
no varones y hem bras de un tipo especial. A sí como no se podría iden­
tific a r ta n fácilm ente el sexo de u n conejo com parando su conducta
con la del león, el ciervo o el pavo real, como si se com para al conejo con
la coneja, al león con la leona, al ciervo con la cierva y al pavo con la
pava, si lográram os elim inar de n u e s tra m ente la costum bre de a g ru ­
p a r a todos los varones por u n a p a rte y a todas las m u jeres por la o tra y
la de fija rn o s en la barb a de unos y en los pechos de o tra s, p restando
en cambio m ás atención a los diferentes tipos de hombres y m ujeres, el
problem a que se les p rese n ta a los niños se ría mucho m ás inteligible.
Se o rdenarían tam bién m uchísim as cuestiones teóricas confusas.
Tomemos por ejemplo la cuestión del grado de actividad sexual y la
m ayor actividad que m u estran los hom bres que se d esarro llan a una
edad tem prana. ¿Son éstos m ás m asculinos o sólo un tipo distinto? O
citemos el caso de las m ujeres que aun en un pueblo como el arapesh,
que no adm ite el concepto del orgasm o en la m u jer, son activam ente
exigentes con respecto al sexo y tienen apetitos sexuales definidos.
Tenemos asim ism o el caso de la s m ujeres que en u n a sociedad como
la de los m undugum ores, que le a sig n a a la m u je r u n papel sexual es­
pecifico y poco m aternal, son no obstante difusam ente responsables y
m aternales. E sta s divergencias no se considerarían entonces como in ­
dicio de m ayor o m enor fem ineidad, sino como ca racterísticas de diferen­
tes tipos de m u jer de ta n profundo arra ig o biológico que n i el a p a ra ­
to del acondicionam iento cu ltu ral logra encauzarlas de acuerdo con el
tipo que la cu ltu ra ju zg a como verdaderam ente masculino o femenino.
E n todas las sociedades el niño se encuentra fre n te a individuos
— adultos, adolescentes y niños — que la sociedad clasifica én dos g ru ­
pos, varones y m ujeres, según los rasgos sexuales p rim ario s m ás acen­
tuados que exhiben, pero que en rea lid ad p resentan u n a extensa gam a
y g ran diversidad de características en cuanto al físico y la conducta.
Como la s diferencias sexuales p rim a ria s son de e x tra o rd in a ria im por­
tan cia porque determ inan la experiencia que del mundo adquiere el
niño a trav és de su cuerpo y la reacción de los dem ás a n te su identidad
sexual, la m ayoría de los niños acepta su m asculinidad o fem ineidad
como prim er rasg o de identificación. Pero una vez establecida esta
identificación, el niño comienza a com pararse con los dem ás no sólo f í­
sicam ente sino, lo que es m ás im portante, según sus im pulsos e in tere­
ses. ¿Son todos sus intereses propios de su sexo? “ Soy varón, pero me
g u sta el color y el color sólo les in teresa a la s m ujeres.” “ Soy m u jer,
pero tengo los pies ligeros y me encanta correr y sa ita r. L as c a rre ra s
y los saltos y los arcos y flechas son p a ra los varones, no p a ra las n i­
ñ as.” “Soy varón, pero me g u sta tener m ateriales suaves en tre las m a­
nos; este interés por el tacto es fem enino y me q u ita rá virilidad,” “ Soy
u n a niña, pero tengo los dedos to rp es y puedo m a n eja r m ejor un hacha
que e n s a rta r cuentas; las hachas son p a ra los hom bres.” E l niño, a me­
dida que va conociéndose, se ve obligado a rech azar las facetas de su
p ropia herencia bilógica que d iscrepan con los prototipos que la cu ltu ­
r a impone p a r a cada sexo.
P o r o tra p a rte , los clisés que determ inan los intereses y ocupaciones
de cada sexo no carecen siem pre absolutam ente de fundam ento. El
concepto que u n a sociedad tiene del varón puede e s ta r m uy de acu er­
do con el tem peram ento de cierto tipo de hombre. E l concepto que ten ­
g a de la m u je r puede corresponder a l de la m u je r del mismo tipo o de
cualquier otro. Los niños que no pertenezcan a ninguno de los tipos pre­
feridos sólo podrán valerse de 3a ca racterísticas sexuales p rim a ria s
p a ra clasificarse a sí mismos. Sus impulsos, preferen cias y luego en cier­
to sentido sus rasgos físicos p arecerán anom alías. E s ta rá n condena­
dos toda la vida a sentirse menos hom bres y menos m u jeres e n tre sus
sem ejantes sólo porque el ideal cu ltu ral se basa en u n a serie de carac­
terístic as diferentes, aunque igualm ente válidas. A sí el hombre m enu­
do como un conejo se am a rg a com parándose con el tipo leonino fre n te
al cual no se siente hom bre y quizá por ello su sp ira siem pre por la m u­
je r leona. E n tre ta n to la m u jer im periosa y. audaz, convencida en su
fu ero íntim o de que no es fem enina porque se com para con las m u jeres
frá g ile s que ve a su alrededor, quizá se decida en su desesperación por
u n cambio to tal casándose con un hom bre tím ido y prudente. O ta l vez
el hom bre tím ido que hubiera podido ser suavem ente firm e y decidida­
m ente m asculino, capaz de conquistarse una m ujer, de defenderla y
de m antenerla, si hubiera pertenecido a u n a cu ltu ra que le reconociera
plenam ente su virilidad, se dé po r vencido y se ten g a por m ujer, con­
virtiéndose en u n verdadero invertido y uniéndose a alg ú n hom bre que
posea la s m agníficas cualidades que a él le fu e ra n negadas.
A veces uno tiene la oportunidad de contem plar a dos hom bres de f í­
sico y conducta sim ilares, a rtis ta s o músicos, uno de los cuales se im­
pone como com pletam ente m asculino, pudiendo con el brillo de sus
ojos y de sus cabellos hacer que todas las m ujeres presentes se sientan
m ás fem eninas cuando él e n tra . E l otro se ha identificado como ad m ira­
dor de los hom bres, sus ojos no tienen fu lg o r ni sus pasos firm eza, y
parece casi e s ta r disculpándose por- su adaptación cuando se encuen­
tr a an te un grupo de m ujeres. No obstante, ambos pueden ser idénti­
cos, en las proporciones del cuerpo, en sus gustos, en la calidad de la
m ente. Pero uno ha sido criado en un am biente de colonizadores, el
otro en una atm ósfera europea cosmopolita; en el mundo de uno los
hombres sólo m anejaban escopetas, cuchillos de m onte y rebenques;
en el mundo del otro los hom bres tocaban los instrum entos musicales
m ás delicados. Al estu d ia r una p a re ja sem ejante, se hace evidente
que lo m ás provechoso no es buscar posibles diferencias endocrinas
sino observar la discrepancia, mucho m ás m an ifiesta en uno de los ca­
sos, en tre sus propias preferencias y las que la sociedad estim a ade­
cuadas p a ra los hombres.
Si es que existen sem ejantes diferencias autén ticas en tre los tipos
de complexión, de modo que la v irilidad en un caso puede ser ta n dife­
ren te de la v irilidad en otro y h a s ta ten er atrib u to s fem eninos — de
acuerdo con un tipo d istin to — , estos han de te n e r pro fu n d a in flu en ­
cia no sólo en la interp retació n de las variaciones de cada sexo y en
las form as de inversión y de fra ca so sexual que su rg en en las socieda­
des, sino tam bién en el p atró n establecido p a r a las relaciones e n tre am ­
bos sexos. A lgunas sociedades sim ples y algunas ca sta s dentro de so­
ciedades com plejas parecen hab er escogido los prototipos p a ra am ­
bos sexos del mismo tipo constitucional, La aristocracia, los ganaderos
o la pequeña burguesía pueden te n er como ideal ta n to p a r a los hom bres
como p a ra las m ujeres al tipo delicado, menudo y sensible, o a d m ira r
a la m u jer y al hombre altos, fogosos, indeciblem ente altivos, con u n
tem peram ento sexual específicam ente nervioso, o bien p re fe rir a los hom­
bres y m ujeres rollizos y plácidos. Pero no sabemos si los prototipos m as­
culinos y fem eninos de una cu ltu ra se com plem entan de esta m ane­
ra . E n los casos en que parece que realm ente existe u n a relación recí­
proca en tre los prototipos de ambos sexos es probable que se pueda es­
tablecer una relación biológica m ás directa y m ás arm oniosa p a ra el
m atrim onio ideal y la s formas, de m atrim onio serán entonces m ás cohe­
ren tes y firm es. Cuando los hom bres y las m ujeres que no concuerdan
con los prototipos in te n ta n u tiliz a r las form as de m atrim onio — ese
ballet finam ente entretejido, la re se rv a orgullosa y firm e o la a g ra d a ­
ble costum bre de quedarse de sobrem esa, que son form as apropiadas y
creadas p a r a el p ro to tip o — tienen por lo menos la v e n ta ja de verse
fre n te a u n p atró n coherente, aunque sea ajeno, que les resu lta m ás
fácil de aprender.
Im aginem os por ejemplo una aristo crac ia que te n g a como p ro to ti­
po p a ra hom bres y m ujeres u n ser hum ano alto, fogoso, altivo, con
u n tem peram ento sexual específico y sensible. Supongamos que en una
fam ilia así nazca un varón regordete, sosegado, goloso y de tem p era­
m ento sexual difuso. Desde la in fan cia se le inculcará la conducta apro­
piad a p a ra un tipo de persona m uy diferente y te n d rá que acep tar como
prototipo fem enino a u n a joven fogosa, reservada, de tem peram ento
sexual específico. Si se casa con ella, h a b rá aprendido en g ra n p a rte a
desem peñar el papel que le corresponde y que la chica a su vez espera
de él. A un si se casa con u n a joven ta n divergente como él con respec­
to a los modelos vigentes, cada cual te n d rá aprendido un papel cohe­
ren te, y así él la tr a ta r ía como si ella fu e ra sensible y. altiv a, hacien­
do la joven lo propio con él. La vida quizás sea m ás artificio sa p a ra
ellos que p a r a quienes se aproxim an m ás al tipo p a ra el que se estable­
cieran los papeles culturales, pero la m ism a nitidez del p atró n hace
que los papeles puedan ser representados. E n todos los casos sem ejan­
te s de p atrones rígidos h a b rá quien se rebele, quien se suicide — si el
suicidio es u n a escapatoria reconocida por la c u ltu r a — , quien se vuel­
v a prom iscuo, frígido, re tra íd o o loco o quien — teniendo talen to —
sea el innovador que introduzca variaciones en el p atró n establecido.
Pero la m ayoría ap ren d erá a v iv ir según el p atró n aunque le sea ajeno.
E n todas las sociedades que he estudiado e ra fácil d istin g u ir a los
que divergían en fo rm a m ás ag u d a con respecto al físico y a la conduc­
ta previstos y que se ad a p ta b an de diferentes m aneras según la re la ­
ción que hubiera e n tre el tip o de; complexión p a rtic u la r y el prototipo
."jltural. E l varón que se tra n sfo rm a en un hombre alto, altivo e im­
paciente, a quien el orgullo to rn a susceptible exponiéndolo al a fo ra ­
miento, corre m uy d istin ta suerte en Bali, en Samoa, en A rap esh y en
M anus. E n M anus se re fu g ia en los vestigios de je ra rq u ía que quedan,
se interesa m ás p o r las ceremonias que por el comercio y p ro fiere los
vituperios adm isibles con m ás vivo encono en las controversias comer­
ciales. E n Samoa u n hom bre así es considerado d u ran te larg o tiempo
como dem asiado violento p a r a que se le pueda encom endar la je fa tu ra
de u n a fa m ilia ; la aldea espera h a s ta que su propensión a la cólera y
los sentim ientos intensos se h ay a desgastado a trav é s de los años de
resistencia suave que corroen estas exageraciones im propias. E n Ba­
li el mismo individuo quizá dem uestre m ás in iciativ a que los demás pe­
ro sólo le se rv irá p a ra sentirse de m al hum or y desorientado porque
no puede rea liza r sus proyectos. E n tr e los m aoríes de N ueva Z elandia
probablem ente se ría el prototipo cu ltu ral ya que su propensión a la a l­
tivez correspondería a la exigencia de altivez de esa sociedad, su vio­
lencia a la exigencia de violencia, perm itiéndosele tam bién ex p resar
p erfectam ente su im petuosa te rn u ra ya que la m u jer ideal es allí ta n
a ltiv a e im petuosa como él.
Pero en las com plejas sociedades m odernas no existen estas expec­
ta tiv a s ta n claras n i este aprovecham iento ta n perfecto de las posibi­
lidades, ni siquiera p a r a u n a clase social determ inada, un gru p o p ro fe­
sional o u n a región ru ra l. No h ay necesariam ente u n a corresponden­
cia e n tre los prototipos de hom bre y. m u jer y cualquiera sea el tipo
ideal de hombre es m uy poco probable que el tipo fem enino correspon­
d iente tam bién sirv a de modelo. L as eventualidades de las m igraciones,
de los m atrim onios e n tre personas de d istin ta s clases sociales, de las
condiciones de vida de los colonizadores, influyen p a ra que las carac­
te rístic as deseadas en la m u jer ideal correspondan a un tipo m uy dis­
tin to del que sirve de base p a ra el prototipo m asculino. E l prototipo m is­
mo puede re s u lta r borroso y confuso debido a expectativas d istin­
ta s o e s ta r desdoblado de modo que el am an te ideal no sea ig u al al h e r­
mano o al m arido ideal. E l p a tró n de las relaciones recíprocas en tre
ambos sexos, de reserv a o intim idad, de requerim iento o esquivez, de
iniciativa y correspondencia, puede ser el resultado de la combinación
de diversos tipos biológicos coincidentes en vez de ser a fín a u n tipo
exclusivo. N ecesitam os disponer de m ás datos sobre h a s ta qué p u n ­
to puede en realidad identificarse y estudiarse este género de tipos cons­
titucionales antes dé responder a las interrogaciones que surgen en se­
guida con respecto a las diferencias en potencia, estabilidad y flex i­
bilidad entre la s cu ltu ras cuyos prototipos son combinaciones, com­
puestos o se basan en un tem a lírico único, prototipos que son ta n in ­
clusivos que todos los hom bres y m ujeres encuentran u n a ubicación,
aunque ésta no sea m uy definida, o ta n rígidos o estrechos que muchos
hom bres y m ujeres tienen que c re arse otros patron es en contraposi­
ción a aquéllos.
E l reconocimiento de estas posibilidades m odificaría b astan te los
métodos corrientes de c ria r a los niños. D ejaríam os de referirn o s a la
conducta del niño que se in te resa en ocupaciones que se consideran fe ­
m eninas o que dem uestra m ás sensibilidad que sus com pañeros, dicien­
do que “tir a a fem enina” y. p reg u n taríam o s m ás bien qué tipo de v a­
ró n es. Podríam os to m ar la identidad sexual como clasificación gene­
r a l que abarque los diversos tipos de complexión, del mismo modo que
en o tra escala el sexo sirve p a r a a g ru p a r bajo cierta clasificación al
macho del conejo, del león y del ciervo, sin que por eso nos oculte las ca­
rac terística s esenciales de cada uno de estos anim ales. E ntonces la n i­
ñ a que dem uestra m ás tendencia a desarm ar las cosas que las dem ás
no se verá clasificada como m u je r singular. E n un mundo sem ejante
ningún niño se vería obligado a rec h aza r su identidad sexual por ser
dem asiado alto o bajo, dem asiado gordo o delgado, o m ás o menos ve­
lludo que los dem ás, ni te n d ría nadie que sa crifica r la sensación de su
identidad sexual debido a las cualidades especiales que le perm iten, a
p esar de ser varón, d is fru ta r de u n tacto sensible o, si es niña, ser u n a
am azona audaz.
A fin de poder contar con el impulso necesario p a ra su p e ra r las p ru e­
bas y los obstáculos de este período ta n difícil de la h isto ria, el hom­
b re tiene que sentirse alentado por la visión de un fu tu ro ta n halag ü e­
ño, como p a ra que ningún sacrificio le parezca excesivo y continúe av an ­
zando. E n ese panoram a del fu tu ro se rá de sum a im portancia la con­
ciencia que ten g an del cuerpo los hombres y las m ujeres y el grado de
so ltu ra que adquieran en sus relaciones con las personas del mismo se­
xo y del sexo opu esto .8

7. LAS REGULARIDADES BASICAS DEL DESARROLLO HU M AN O

P or m ás diferentes que sean las form as en que la s d istin tas socieda­


des in te rp re ta n y precisan el desarrollo de los seres hum anos, hay cier­
ta s regularidades básicas que h a s ta ah o ra ninguna sociedad h a podi­
do eludir. Luego de las digresiones sobre los contrastes en los métodos
educativos de siete cu ltu ras d istin tas, podemos hacer un a relación
de las regularidades que toda sociedad debe tener en cuenta. Deben te ­
nerse presentes cada vez que se intente com prender lo que está suce­
diendo en n u e stra sociedad o en o tra s sociedades y siem pre que procu­
rem os com prendernos o c re a r u n a vida d iferente p a ra nu estro s hijos.
Hemos visto que la sensación que el niño tiene de su identidad sexual
y la form a de estim a r la im portancia de dicha identidad están su jetas
a un a serie de condiciones. E n la e s tru c tu ra de su propio cuerpo la n i­
ña encu en tra que la reinterp retació n de la fecundación, la concepción
y el p arto concuerda con sus prim eras experiencias en la ingestión de
alim entos, pero el varón, aunque h ay a pasado por la m ism a experien­
cia, puede a lo sumo u tiliza rla p a r a in te rp re ta r el papel femenino y se
siente confundido y turbado si tr a t a de ap licarla a la interp retació n
del suyo. L a n iñ ita que ha aceptado contenta el pecho m atern o no tie­
ne que som eterse a una adaptación nueva o de d istin ta índole estru c tu ­
r a l p a ra acep tar las relaciones sexuales adultas. L a ingestión es una
fo rm a de conducta com patible con su ritm o biológico esencial. Debido
a que la s p a rte s del cuerpo se pueden s u stitu ir m uy fácilm ente en la
im aginación si sus form as o m odalidades funcionales son sem ejantes, la
n iñ a puede a d q u irir nociones incom patibles si a p a rte del n a tu ra l deseo
de co rrer y sa lta r, explorar y tocar, se in te resa dem asiado por el d í-
toris, vestigio fálico. L as pruebas obtenidas en m uchas sociedades no
confirm an sin em bargo la suposición ta n corriente de los que lim itan
sus observaciones a n u e stra sociedad, en el sentido de que esta eta p a
“fá lic a ” de las n iñ a s es un problem a norm al con el que tienen que lid iar
o que p resenta dificultades sistem áticas p a ra la adaptación sexual com­
p leta de la m ujer, sim ilares a las que le provoca al v aró n la extensión
de la receptividad asociada en un principio con la ingestión. E n los ca­
sos en que se producen estas perturbaciones no se pueden relacionar di­
rectam ente con el cuerpo, con el én fasis inapropiado que el niño le confiere
a la ingestión n i con el in te rés desmedido que la n iñ a dem uestra por la
intrusión. Deben m ira rse como in terpretaciones de la experiencia cor­
p o ral de dos c ria tu ra s que viven en un mundo en el que existen dos se­
xos, en el que h ay hom bres y. m ujeres de todas las edades y en el que las
funciones que requieren especialización sexual, como la cópula, el em­
barazo, el p a rto y la lactancia, son ta n trascendentales como las que no
son especializadas: com er y beber, d ig e rir y elim inar.
Los indicios que al niño le proporciona su propio cuerpo, con sus ten ­
siones, m odalidades y ap titu d e s p a ra ingerir, conservar y expulsar, y
p a ra a c tu a r con otros seres hum anos ya sea recíprocam ente o en fo rm a
p arcial, com plem entaria o sim étrica como ente, no pueden considerar­
se aisladam ente como si co nstituyeran sólo u n a secuencia del d esarro ­
llo. J unto al niño que va adquiriendo la sensación de destro zar algo con
los dientes que le acaban de salir, está siem pre el adulto que tiene nocio­
nes m uy estilizadas y precisas acerca de la sensación de m order, desga­
r r a r , destrozar, disecar y an alizar. E l niño m uerde inocentem ente u n a
m anzana, tan teán d o la con los dientes. L a m ano com prensiva del adul­
to tiene o tra tensión porque recuerda la im presión que los dientes reci­
ben de la m anzana, porque se da cuenta con cierto recelo de que el n i­
ño y a puede m order y a ta c a r a otros y h ay que refre n arlo , o porque
fu rtiv am e n te vuelve a su m em oria una ilusión am arg a oculta y. olvida­
d a d u ra n te muchos años. L a lig e ra presión del brazo de su m adre, el
gesto de hum edecerse los labios o a p re ta r los dientes, la fo rm a en que
le estrecha la mano, todo esto le v a indicando al niño lo que significa
m order. A veces las fa n ta sía s de los adultos e stá n ta n lejos de las re a li­
dades observadas que es el propio cuerpo del niño el que le p resen ta
órganos y modalidades que los adultos que lo rodean tr a ta n de n egar
totalm ente. P o r eso es im p o rtan te volver a d estacar que, a p esar de lo
que digan, sientan o rep rim an los adultos, el niño tiene un cuerpo, que
la boca prim ero m am a y luego m uerde y puede tam bién escupir o re te ­
n e r un bocado toda la noche, que el niño no es sólo un a ta b la ra sa , sino
un organism o vigoroso que se desarro lla y que tiene m odalidades de
conducta propias de su edad y de su potencia. No es un organism o en
evolución colocado dentro de u n a v itrin a o en un consultorio. E l a r ti­
ficio de u n com partim iento de c rista l bien ilum inado p a ra fo to g ra fia r
al niño desde seis ángulos distintos sirve sólo p a ra obtener u n a visión
a b s tra c ta del p atró n de conducta adoptado por el niño a m edida que
crece rodeado de otros seres hum anos. H a sta puede su p rim irse por el
m omento a los dem ás, contem plando entonces al niño como organism o
en evolución que avanza hacia la m adurez. Pero esto nunca ocurre en
to d a la extensión de la experiencia hum ana. No se le exige al v aró n que
in te rp re te su m asculinidad de o tra m an era que no sea en relación con
los otros seres hum anos de am bos sexos; y n inguna n iñ a se lim ita j a ­
m ás a concentrarse en el ritm o de su propio corazón. Si la m adre que
acu n a al hijo tiene conciencia de que algún día ha de m order y reaccio­
n a an te la energía con que m am a como si en realidad y a m ordiera, es
posible que el niño adquiera la noción de m order an tes de que le salgan
los dientes. P ero esto no se producirá porque haya aprendido a m order
con las encías ni porque te n g a el deseo la ten te de devorar a la m adre,
sino debido a la m an era en que és ta, que tiene dientes, reacciona a n te lo
que la boca de otros le hacen a ella o a los dem ás, o an te la tensión del
cuerpo del niño cuando se siente: reprim ido.
Cuando se hace caso omiso de la dependencia del niño de las dem ás
personas p a r a la interpretación de la s m odalidades del cuerpo, d a la
im presión de que los especialistas de n u e stra sociedad se h ubieran de­
dicado a fa b ric a r los conceptos m ás fantásticos. R elatan por ejemplo
el caso de un varoncito que cree que los niños nacen por el ano, am plian­
do la h isto ria con elementos de juego gráficos, con declaraciones ver­
bales y ta l vez h a sta con pesadillas en las que el niño sueña que está
dando a luz. E l lector o el oyente que tr a ta de in te rp re ta r la h isto ria
piensa que lo que el especialista quiere decir — y acaso el especialista
tam bién lo p ie n se— es que el niño ha elaborado u n a su til fa n ta s ía so­
bre el p a rto en base a su p ro p ia experiencia corporal de la alim enta­
ción, la digestión y la elim inación. E n realidad es muy. probable que lo
sucedido no sea ta n sencillo. E l niño lia combinado todas sus experien­
cias con hom bres y m ujeres de d istin ta s edades y las sugerencias pro­
porcionadas por su propio cuerpo, y ha elaborado entonces, pero sólo en­
tonces, sus singulares fa n ta sía s. Cuanto m ás disim ula la sociedad estas
relaciones, encubriendo los cuerpos con ropajes, ocultando la elim ina­
ción con pudibundez, relegando ia cópula a! m isterio y a la vergüenza,
m intiendo el em barazo, obligando a los hom bres y a los niños a desco­
nocer el p arto , y disim ulando la lactancia, m ás singulares y grotescos
se rá n los esfuerzos de los niños por com prender y fo rm arse u n a noción
aunque sea im perfecta de! ciclo vital de los dos sexos y por in te rp re ta r
la etap a del desarrollo en que se encuentran sus propios cuerpos.
Pero au n en las sociedades donde no existen m uehas de estas condi­
ciones confusas, donde el niño tiene oportunidad de ver el cuerpo de p e r­
sonas de d istin ta s edades y en d istin ta s etapas, h a s ta después de la
m uerte, el niño percibe cómo los adultos aceptan o rechazan, o quizá a
la vez aceptan y rechazan, la identidad sexual, restableciendo así en
cada generación el p a tró n de ca rá c te r previsto la distorsión sistem áti­
ca del mismo. Todos los sistem as sem ejantes com prenden no sólo el p a­
tró n ce n tral o diversos patrones p a ra las d istin ta s ca stas o clases, sino
tam bién la tolerancia y los lím ites p a ra las posibles desviaciones. E l
muchacho m anus se tra n sfo rm a en u n hom bre capaz de violar a las
m u jeres ex trañ as, de esp iar morbosam ente, de convertirse en un sátiro,
p err ja m á s llega a ser un am ante afable y considerado. E l p atró n de
conducta que aprende de los que lo rodean no da lu g a r a estas posibili­
dades. E l ara p esh puede convertirse en u n homosexual pasivo si llega
a e s ta r en contacto con miembros de otras trib u s, puede ser im poten­
te o crearse un ritu a l de autoerotism o m erced a los rito s higiénicos
que le imponen, pero la violación y la hom osexualidad activ a no están
com prendidas en el p atró n de conducta, a menos que se vuelva comple­
tam ente loco.
Debemos por lo ta n to tener presente que los niños re in te rp re ta n con­
tinuam ente la experiencia a m edida que sus cuerpos se v an desarrollan­
do ju n to a los cuerpos de los dem ás, tam bién en desarrollo, en la ple­
n itu d o en regresión. Y entonces, pensando siem pre en seres hum anos
de ambos sexos, de d istin ta ta lla y de d istin ta edad, observamos que
hay ciertas regularidades biológicas que indefectiblem ente influyen so­
bre estas interpretaciones. La prim era de esas reg u larid ad es es que
tan to los varones como las niñas son am am antados por la m adre, lo
que significa que uno de los sexos recibe la im agen de un a relación
com plem entaria aten u ad a dentro de su propio sexo, m ien tras que el
otro — el v a ró n — conoce desde el principio una relación com plem enta­
ria con el sexo opuesto. A unque la c ria tu ra de tre s meses no sea muy
capaz de c a p ta r por sí m ism a la diferencia e n tre los sexos, la m adre
tiene plena conciencia y sus sonrisas, sus brazos, la actitu d de su cuer-
po entero revelan el sentido de ¡a m ism a de diversas m aneras, según el
tem peram ento y la sociedad en que vive. L a niña es u n a réplica de sí
m ism a. “ Yo sentí an tes lo que ella siente ah o ra” , piensa introspectiva­
m ente, y la h ija percibe fácilm ente esta sensación. Constituye p a ra la
n iñ a la base de la identificación fá c il y sin complicaciones con su p ro ­
pio sexo; es algo que existe, que no necesita una estilización artificio sa,
que puede acep tarse sencillam ente. E n cambio, en el caso del hijo, la
m adre inevitablem ente p e n sa rá : “ E s diferente p a ra él.” La ingestión
no tiene el mismo sentido p a ra el varón que p a ra la m ujer. In te rp re ta ­
da en térm inos adultos esta situación in v ierte los papeles m asculinos
y fem eninos, ya que ah o ra piensa “Y o introduzco y él recibe. A ntes de
tran sfo rm arse en un hombre, te n d rá que cam biar esta actitu d de inges­
tión p asiva.” La n iña encuentra en su prim era experiencia sem ejanza
y proxim idad con alguien de su p ropia índole. La m adre y la h ija per­
tenecen a un mismo p a tró n y la suposición de la m adre de que el pulso
de am bas tiene el mismo ritm o le da c ie rta intim idad al desarrollo de la
niña. L a n iña adquiere esta noción: “ Soy.” E l v arón p o r su p a rte sabe
que tiene que em pezar a diferenciarse de la persona que está m ás cer­
ca de él; que a menos que lo logre, no será nunca n ad a ; y comprende
por la sonrisa de su m adre, la leve coquetería o la presión agresiva de
sus brazos, la suave pasividad con que le entrega el pecho, que tiene
que descubrir quién es, que es varón, que no es m ujer. P o r consiguien­
te, desde el comienzo mismo de la vida se le insinúa al varón que tiene
que hacer un esfuerzo, t r a t a r de diferenciarse m ás, m ien tras que a
la n iñ a se le sugiere la serena aceptación de su ser.
E n la exposición precedente, hemos señalado algu n as de las m ane­
ra s en que diversas sociedades han deform ado, falseado, destacado,
valorizado o desestim ado la identidad sexual fem enina o m asculina. Sin
em bargo, en este capítulo destaco las regularidades biológicas que se
m antienen constantes por debajo de estas variaciones enormes. No im­
p o rta que a las m ujeres les ag ra d e ser m ujeres o que vivan resentidas
por ello; de cualquier modo Jes en señ arán a las h ija s que pertenecen al
mismo sexo, les parezca desdichado o feliz, y a los varones les enseña­
r á n que pertenecen al otro. E sta reg u larid ad fundam en tal está n a tu ra l­
m ente ligada a la lactancia y a sus consecuencias en los p atro n es so­
ciales, y a que porque son las m ujeres las que am am an tan a los niños,
tam bién son ellas las que los cuidan.
Si se reem plazara totalm ente til pecho en la alim entación de las c ria ­
tu ra s — posibilidad factible en u n a sociedad como la n u estra o rien ta­
da hacia el maqum ism o —y si los padres y los herm anos asum ieran la
m isma responsabilidad por el niño, esta reg u larid ad biológica desapare­
cería. E n lu g a r de que las n iñas com prendieran que sencillam ente son y
los varones que tienen que lle g a r a ser, el énfasis recaerla en cuestio­
nes como el tam año y el vigor relativos, se m odificarían las preocu­
paciones del niño en desarrollo y, quizá la psicología m ism a de los se­
xos. A ctualm ente las derivaciones de la lactancia tienen vigencia u n i­
versal ya que en todas las sociedades se cree que el cuidado de los n i­
ños es nn tra b a jo de m u jer m ás que de hom bre, y por consiguiente
ao podemos saber si ia tendencia del varón a a firm a r su m aseulinidad
por medio de realizaciones tiene alg u n a o tra base a p a rte de ésta.
Las cu ltu ras como la de los arap esh ilu stra n claram ente cómo se a te ­
n ú a esta tendencia del varón cuando los pad res no hacen distinciones
ta n m arcadas e n tre los hijos de uno y otro sexo y los hombres desempe­
ñ an \in papel im portante en la alim entación. Pero este am ortiguam ien­
to sacrifica dem asiado, por lo que nos preguntam os si esta tendencia
a im ponerse del varón no te n d rá o tra s raíces m ás bien filogenétieas. De
todos modos la situación actu al e n tre m adre e hijo proporciona un con­
texto perfecto p a ra que la niña aprenda a ser y el varón aprenda que
debe actuar.
E n la etap a siguiente del desarrollo, d u ran te la cual la relación con
el pecho se to rn a activa, buscándolo el niño y concediéndoselo la m adre,
la situación se invierte en cierto sentido. L a m adre puede to m ar por
conducta m asculina en el varón la exigencia activa del pecho y apoyar­
lo en su actitud im periosa o puede e s ta r aún dem asiado preocupada por
el cambio y pensar que esa exigencia es u n a rapacidad que ag o ta en vez
de renovar su fem ineidad. Asimismo, tr a t a a su h ija en fo rm a análoga
como si la avidez fu e ra im propia de una n iña o de lo co n trario como si
fu e ra una fase n a tu ra l de la receptividad fem enina. E n este período
en el que el niño abandona la pasividad receptiva p a ra b uscar activa y
ávidam ente el pecho m aterno, pueden producirse confusiones en cuan­
to a las relaciones fundam entales en tre la boca que se desarrolla y. el
pecho que se le ofrece. No es sorprendente que s u rja n com plejas estili­
zaciones de la relación e n tre m adre e hijo y complicaciones en la s ac­
titu d es hacia los dem ás, por lo que vale siem pre la pena estu d iar en
detalle las influencias de la lactancia desde los seis meses h a s ta el des­
tete.
Luego viene el destete, en cierto sentido siem pre cargado de emocio­
nes, ta n to si se produce cuando la c ria tu ra todavía se preocupa p rin ­
cipalm ente por la ingestión, como cuando es todavía m uy chica p a ­
r a cam inar, o si y a cam ina y habla y se vale por sí m ism a. Cuando tie ­
ne lu g a r la ru p tu ra , la niña abandona la relación de m adre e hija,
aunque la re p e tirá algún día. E l v arón la deja definitivam ente y sólo
podrá rev iv irla en el sentido de que la cópula expresa h a s ta cierto p u n ­
to el reingreso a la m atriz. De las relaciones posibles en tre v arón y m u­
je r la de la m adre con el niño de pecho puede ser la m ás g ra ta p a ra la
m u jer, y en ese caso le com unicará esa sensación ai hijo. E l deseo de
prolongar esta relación ta n preciada por “un mes m ás” está implícito
en la voz de la m adre cuando les contesta a quienes le aconsejan deste­
ta rlo “porque ya es muy grande” . EJ niño a su vez aprende que ésta es
la relación que las m ujeres m ás aprecian, y de adulto suponen que su m u ­
je r h a de p re fe rir m im ar al hijo en vez de dorm ir con él, repitiéndose así
el ciclo, P a r a la n iña el planteo esquem ático es el siguiente: “ Tienes
que em pezar a cam biar de papel. No puedes seguir siendo un a c ria tu ra
am am antada por una m u je r; tienes que ser desde ya un a m u jer que a l­
gún día tam bién críe hijos.” E n tr e los arapesh, las n iñ as valo ran la
lactancia tan to como la s m adres y se m u estran ta n reacias a d e ja r el
pecho como los varones. E n M anus las m adres trasm ite n a las hijas
la f a lta de entusiasm o hacia el papel m aternal, y la n iñ a a punto de ser
d estetada ya tr a t a el pecho m aterno algo despectivam ente. Pero cual­
q u iera sea el matiz, p a ra el v arón rep rese n ta el fin de u n tipo de re la ­
ción, m ien tras que p a r a la n iña rep rese n ta la term inación de cierta f a ­
se de un p atrón com plem entario y el comienzo de la p reparación p a ra la
fase siguiente.
E l pei'íodo d u ran te el eual los niños aprenden a re g u la r la elim ina­
ción tam bién proporciona u n a base n a tu ra l p a ra in te rp re ta r la iden­
tidad sexual. L as m odalidades funcionales del ano tienen cierta re la ­
ción con las m odalidades de conducta aprendidas con la boca. A unque
la expulsión sólo tiene lu g a r por la boca en los casos de enferm edad, de
conducta de em ergencia o de emociones desagradables, es igualm ente
un a m odalidad que la boca puede ensayar. E l cambio de dirección en el
esófago que produce los vóm itos tiene la m ism a cualidad convulsiva
que la evacuación violenta y súbita, y la reprobación que m erecen los
vómitos puede tra n s fe rirs e en sensación a las actitudes hacia la defe­
cación. Si el niño ha adquirido d u ra n te la lactancia actitudes definidas
con respecto a la ingestión, si h a aprendido a defender la boca del a sa l­
to de las personas o las cosas y tiene hábitos como el de quedarse con
la comida en la boca y no traga.r, es posible que los re in te rp re te en su
conducta en relación con la elim inación. L as cu ltu ras que se preocu­
pan mucho por lo vergonzoso de la eliminación por lo general no reco­
nocen abiertam ente que el a p a ra to g astro in testin al es uno solo, con un
orificio en cada extrem o, y a tra v é s del cual el alim ento debe seg u ir cier­
to curso aunque pueda sa lir en cualquier dirección. E l in terés del niño
por la ingestión, la retención y la eliminación, despertado casi siem pra
por el cambio de la leche a la comida y por las exigencias s a n ita ria s
— todas las sociedades h um anas conocidas tienen reg las s a n ita ria s'—,
tam bién pone de relieve el concepto de la virilidad y la fem ineidad, de lo
que significa pertenecer a determ inado sexo y no al opuesto. La v e rifi­
cación de que las cosas no sólo se ingieren sino que luego se a lte ra n y
em ergen bajo otro aspecto puede a fe c ta r profundam ente el concepto
que uno se form a de la concepción, la gestación y el p arto . Si lo que se
destaca del producto es que es verdaderam ente u n producto, perm itién-
í rmele al niño identificarse e in teresarse por el mismo, fácilm ente lo aso­
ciará con el p arto . Pero si el recato general obliga a rech azar lo» pro­
ductos de la digestión, se su b ray a ta n to el hecho de que el alim ento se
destruye o se to rn a inaceptable que sólo se nota la índole destructiva
de la ingestión y ambos sexos le atrib u y en propiedades peligrosas y da­
ñinas a los órganos de e n tra d a, la vulva y, la boca. E l problem a ta m ­
bién se puede resolver en el plano cu ltu ral negando que el cambio que
se o pera te n g a im portancia o afirm ando que el cuerpo no aprovecha n a ­
da de los alim entos. Los nativos de T robriand, que llam an la atención
porque niegan que el padre te n g a intervención alg u n a en la pro crea­
ción, niegan tam bién que el alim ento sea de provecho y creen que sólo
e n tra en el cuerpo p a ra salir bajo cierta form a menos agradable. E l
extrem o opuesto de la identificación de la cópula con la ingestión bien
puede e s ta r representado por las fa n ta sía s de las adolescentes de nues­
tr a sociedad que se niegan a comer debido al profundo tem or subcons­
ciente de quedar em b araz ad a s.1
L a dualidad de la elim inación tam bién contribuye a d estacar o a des­
v ir tu a r las diferencias sexuales. Si la actitud es siem pre la m ism a, co­
mo ocurre cuando la exposición del cuerpo y la eliminación son ta n ver­
gonzosas que la micción tiene que ocultarse y está su je ta a ta n to s tabúes
como la defecación, se aten ú an las diferencias sexuales con respecto
al p arto . A um enta la probabilidad de que se asocien en cierto sentido los
excrem entos con las cria tu ras. Si la actitu d hacia la micción es menos
ríg id a, se hace m ás noto ria la diferencia en tre la e s tru c tu ra m asculina
y la fem enina. A unque en esas sociedades las m ujeres o rin an de pie,
por lo que no se observa la expresión de envidia fem enina previsible
en Occidente — la n iñ a que insiste en p a ra rs e —> los varones ig u al de­
m u estran c ie rta tendencia al exhibicionismo en la micción, y hacen
alard e de sus acciones delante de las niñas, si la cu ltu ra lo perm ite, o
por lo menos delante de sus com pañeros. Sin duda éste es uno de los ca­
sos en que puede adquirirse o lesionarse perm anentem ente el orgullo
m asculino por la posesión del órgano viril, y en los que la n iñ a puede
sen tirse dom inada po r la am a rg u ra , la desilusión o el desaliento.
Al estu d ia r cómo la s actitudes hacia la elim inación determ inan las
actitudes hacia el sexo es necesario lim itarse a la s posibilidades que
ofrece la cultura, m ás aún que al re fe rirse a la conducta relacionada
con la lactancia. E l proceso completo de ingestión, digestión y elimi­
nación es sum am ente complejo y puede in te rp re ta rse de distintos mo­
dos. L as convenciones culturales pueden d e sv irtu a r excesivam ente las
diferencias estru c tu rale s e n tre el varón y la niña y no se puede enton­
ces a firm a r que esta etap a contribuya de una m an era c la ra y sencilla
a darles u n a sensación de fem ineidad o virilidad, aunque hay que tener
p resente la posibilidad de que se produzca algún ap o rte im portante.
No obstante, cabe d estacar que por interm edio del sistem a g astro ­
in testinal el cuerpo se relaciona m ás con m aterias que con personas,
absorbiendo alim entos y expulsando residuos. P o r o tra p a rte , la prim e­
r a relación entablada por el niño a trav és de la alim entación es p rim or­
dialm ente u n a relación personal, aunque la discrim inación e n tre el
pecho y. su propio ser sea m uy borro sa p a ra el niño, como a firm a n los
investigadores. Si la m adre le da otro alim ento adem ás del pecho, la r e ­
lación entre el niño y la m a te ria y el niño y la persona se rá de cierta
índole; si solam ente lo am am an ta te n d rá otro carácter. Al ech ar los
dientes se intensifican las distinciones. Hemos mencionado que en Ia t-
m ul el niño corta los dientes m ordiendo las conchas redondas y blancas
que penden del collar de la m adre. Cuando las m olestias de los dientes lo
inducen a m order, la m adre no necesita despersonalizar com pletam en­
te la relación a fin de protegerse el pecho, sino que le coloca sim plem en­
te en tre las encías las conchas del collar. E n Bali, en cambio, el niño
co rta los dientes mordiendo u n a c a jita de p la ta que le cuelgan al cuello
y que antiguam ente servía p a ra g u a rd a r u n trozo dei cordón um bilical.
Al m order siente, si es que le parece un acto personal, que es personal
hacia prolongaciones de si mismo y no de los demás. E stim ulado por la
m ad re que lo incita, este mismo niño p refiere a menudo chuparse el de­
do del pie aunque esté ju n to al pecho m aterno.
C ualquiera sea la transición, es im portante la distinción que el niño
hace e n tre el cuerpo de la m a d re y el suyo, como sa tisfa c to ria o in sa­
tis fa c to ria en el plano de las relaciones interpersonales y en el plano de
la persona y el objeto. Cuando no se su b ray a la relación creada p o r la
lactancia y el proceso completo de la alim entación y la elim inación cons­
titu y e el eje de las comunicaciones e n tre los adultos y los niños, el niño
se fo rm a una im agen del mundo en la que las cosas son m ás im p o rtan ­
tes que las personas, en la que las relaciones con los dem ás en tra n
principalm ente en el plano del intercam bio y la reciprocidad, en la que
h acer niños es igual a hacer cosas y. el p a rto es algo así como u n a expul­
sión. E n las im ágenes de una sociedad in d u stria l como la n u estra , el
cuerpo viene a ser una fáb rica que produce seres hum anos, en lu g a r
de ser la fáb rica u n a im itación im perfecta del cuerpo. Los produc­
to s del cuerpo se to rn a n im personales y predom ina la orientación
del individuo hacia el mundo ex terio r a m edida que la relación con
su propio cuerpo dism inuye. E s ta es la e s tru c tu ra del ca rá c te r m anus,
aunque tam bién se desarrolle frecuentem ente en las sociedades m oder­
nas, pero el hecho de que ap arezca en etap a s ta n p rim itiv as como la de
los m anus, que viven en la E d ad de P ied ra custodiados por espectros
en sus viviendas lacustres de la s islas del A lm irantazgo, indica que si
bien coincide con la fá b ric a y la m áquina, tiene su origen en la re la ­
ción en tre el individuo y el cuerpo. E ste concepto de expulsión se m a­
n ifie sta vividam ente en la ac titu d de los m anus fre n te al aborto y el
m al parto, ya que le dan un nom bre al feto, tratánd o lo y refiriéndose
a él como si fu e ra un individuo completo. D espués de algunos años la
zzad re no distingue retrospectivam ente e n tre un aborto, un hijo que h a­
ya nacido m uerto y uno que m u rie ra a poco de nacer. Pertenecen al
sr-undo exterior, se hicieron intercam bios de bienes en su nombre y p a­
ra ella son iguales en los recuerdos que expresa.
E l niño ap o rta a la interpretación de su propio sexo fu n d ad a en los
órganos sexuales las experiencias anteriores sobre relaciones con los
dem ás que re a firm a n lo que el cuerpo le sugiere. Si los padres h an sa­
bido d iferenciar en tre uno y otro sexo, el niño puede sentirse orgulloso
del hecho de ser varón, y la e stru c tu ra de su cuerpo le parece m agní­
fica y digna de o ste n ta r jactanciosam ente. L a n iñ a no está ta n segura
de que ia e s tru c tu ra inm ediata de su cuerpo sea como p a ra envanecer­
se. Sus órganos genitales son por cierto mucho menos evidentes. A un­
que se identifique perfectam ente con su m adre, no tiene pechos y su
v ie n tre es pequeño por m ás que se arquee al cam inar y. la confundan
palm eteándola y exclamando con sorna “¿ E stá s em barazada?” E l va­
rón te n d rá la certeza de ser varón m ien tras se concentre sim plem ente
en la posición fálica y no piense dem asiado en los problem as de la p a­
tern idad, que están por encima de su im aginación, pero la n iñ a tiene
que confiar en que algún día será m adre. Si bien el concepto de la m a­
te rn id ad es m ás accesible que el de la paternidad, la satisfacción que
ofrece la virilidad anatóm ica es m ás explícita que la satisfacción que
puede ofrecer la fem ineidad anatóm ica. Cuanto m ás precisas hay an si­
do las etapas anteriores, cuanto m ás haya logrado la m ad re hacerle sen­
t ir al hijo su v irilidad y a la h ija su fem ineidad, m ás seguros se senti­
rá n los varones y m ás llenas de incertidum bre esta rá n las niñas du­
ra n te este período. Al mismo tiempo esto hace que la solución al con­
flicto de Edipo sea m uy d istin ta p a ra ambos. Sintiendo plenam ente su
v irilidad, el niño tiene que reconocer que en realidad no está preparado
p a ra to m ar a una m ujer, ni adulta ni pequeña. Tiene que reconocer la
necesidad de crecer, de aprender, de d esarro llar diversas habilidades
y a d q u irir fu e rz a y destreza, an tes de poder com petir con los hombres.
Puede desanim arse si el padre ve u n a am enaza en su m aseulinidad inci­
piente y le tran sm ite su tem or al peligro de se r m asculino. Puede exas­
p era rse si ie p resentan a los hombres como si fu e ra n seres poco im por­
ta n te s con quienes es fácil com petir. Puede sentirse m uy desalentado
si los hom bres de la sociedad son an te sus ojos seres de un vigor y de
un heroísm o incom parable, tem erarios y aguerrid o s como los indios
plains. S er m ayor puede in te rp re ta rse como haber alcanzado la pleni­
tu d dei desarrollo, o cazado u n a cabeza o reunido suficientes bienes co­
mo p a ra com prarse una esposa. P ero casi siem pre el derecho del hom­
b re a una m u jer está sujeto a que ap ren d a a a e tu a r en determ inada
form a, que puede re su lta r difícil. C iertas sociedades no se preocupan
p o r prohibirle los juegos sexuales, los juegos exhibicionistas en compa­
ñ ía de otros muchachos, o los sim ulacros de boda con las n iñas. T anto
si le permiten, estos juegos como si se los prohíben, le enseñan, explíci­
ta o im plícitam ente, que h a y u n a g ra n distancia en tre la confianza lo ­
zana y exhibicionista que se tiene; el niño de cinco años y. el hombre ca­
paz de conquistar y m antener a u n a m u je r en un mundo lleno de otros
hombres.
E n la ac titu d hacia la edad a d u lta se invierte nuevam ente la posición
de los varones y las niñas. E l v aró n sabe que tiene que hacer un esfu er­
zo p a ra e n tra r en el mundo de ios hombres, que el prim er acto de dife­
ren ciarse de la m adre, de reconocer que el cuerpo le pertenece y que es
distinto al de elia, tiene que prolongarse d u ran te muchos años de esfu er­
zo, y que puede fra c a sa r. Conserva la noción de que el p a rto es algo
que la s m ujeres son capaces de rea liza r, que su p ro p ia herm an a será
capaz de cum plir, y le sirve de estímulo la ten te p a r a em prender o tra
clase de realizaciones. Inicia un larg o proceso de desarrollo y ejercicios,
cuyo resultado, si es que im plica no sólo la posesión de u na m u jer sino
tam bién la paternidad, es incierto. P a r a la n iña no existe esa am enaza.
Los tabúes y la etiqueta que la obligan a observar sirven p a r a p ro te­
ger su fem ineidad incipiente de los hombres. Se sien ta con las p iern as
cruzadas, sobre los talones o con las rodillas ju n ta s. La visten p a ra cu­
b rirla m ejor, p a ra ev itar la desfloración p rem atu ra. E n la cantidad de
reg las que le imponen, prohibiéndole exhibirse, m erodear y v a g a r como
su herm ano, está im plícito este m ensaje: “ Puede suceder dem asiado
pronto. E sp era .” Y esto a la edad en que al herm ano le perm itían exhi­
birse mucho m ás en público, pud.iendo an d a r desnudo y desgreñado sin
que lo vigilaran, con lo que los adultos proclam aban que n ad a que im­
p o rta ra podía pasarle a él. E n la tm u l, en A rapesh, en M undugum or y
en T cham buli el varoncito se pone el ta p a rra b o cuando quiere, pero a
la n iña le a ta n cuidadosam ente u n a dim inuta fa ld a de h ierb a a la cin­
tu ra . Y al lleg ar a la p u bertad au m en tan las m anifestaciones de pres­
ciencia que la ro d ean : la vigilan m ás en la s sociedades que aprecian la
virginidad, y se hacen m ás audaces las insinuaciones de los hom bres en
la s cu ltu ras que no le dan im portancia. P or sobre la ineertidum bre ini­
cial de su m aternidad definitiva, comienza a predom inar la seguridad
que culm ina finalm ente — en las sociedades p rim itiv as y sim ples don­
de todas las m u je res se c a s a n — en los hijos, experiencia ésta ta n legí­
tim a y valedera que sólo pueden rechazarla unas poeas m ujeres en fe r­
m as criad as en sociedades que denigran la m aternidad. L a vida de la
m u jer comienza y te rm in a con certidum bre, prim ero por la identifica­
ción con la m adre y luego la certeza de que esa identificación era a u ­
té n tic a y de que ha creado a otro ser. E l período de duda, de perplejidad,
de envidia hacía el herm ano, es breve y o curre tem prano, seguido lue­
go de largos años de seguridad.
E l d iag ram a del varón es a la inversa. L a prim era experiencia so­
bre su propio ser ocurre cuando se ve obligado, en su relación con la
-:e. 3 reconocer que es diferente, que es una c ria tu ra d istin ta a los
hum anos que hacen niños directa e inteligiblem ente utilizando
i . cuerp o p ara ello. Tiene que sa lir de sí mismo, p en e trar y explorar
j producir en el mundo exterior, que h a lla r su expresión a trav és del
: - e r j.c¡ de o tras personas. E l breve período de certidum bre, d u ran te el
:u al se siente bien equipado p ara la lucha ■— y.a sea sim plem ente la có­
p u la o las proezas de fa e rz a y p o te n cia— , queda anulado por la con­
ciencia de que aún no está p rep arad o p a ra a c tu a r. E s ta incertidum -
b re im puesta y este período de lucha y esfuerzo en realid ad nunca
■terminan. L leg ará a la edad a d u lta , cazará cabezas, re u n irá los bienes
necesarios p a ra com prarse u n a esposa; se ca sa rá y su m u je r te n d rá
u n hijo, pero este h ijo nunca le da la confianza y la certeza que le d a a
ella. Posiblem ente las cu ltu ras como la de los arap esh , que asocian la
creación del hijo con el esfuerzo prolongado y tesonero de los p ad res que
lo van form ando poco a poco con el semen del pad re y la san g re de la m a­
dre, sean las que m ás le ofrecen al hom bre que engendra un hijo la sen­
sación de que ha realizado algo por sí mismo. Pero la versión arapesh
de la patern id ad es después de todo sólo un m ito que coincide con el g ra n
m érito que los a ra p esh le confieren a la paternidad . E n la etap a m ás
p rim itiva de la sociedad hum ana, los hombres no podían ap re cia r la re ­
lación en tre la cópula y la p atern id ad ; a m edida que fu ero n haciendo
observaciones correlacionadas y precisas establecieron que al papel
m asculino se reducía a un solo acto logrado. Si bien las teo rías gené­
ticas m odernas le han restituido al pad re una contribución genética
equivalente a la de la m adre, no nos facilitan la m an era de p ro b ar que
un hom bre es el padre de determ inado niño. L as teorías genéticas só­
lo nos perm iten com probar que cierto hom bre no puede se r el pad re de
dicho niño. Le sirven de defensa en u n pleito o p a ra co n firm ar la sos­
pecha de la infidelidad de su m ujer, pero no su bray an la certeza de su
p aternidad. A p e sa r de todos los conocimientos biológicos de que dispo­
nemos, la patern id ad es todavía u n asunto ta n ilativo como antes, y
mucho menos determ inable de lo que se presum iera en o tra s épocas.
P o r consiguiente, m ien tras que la m ujer que vive en aquellas socieda­
des en las que todas las m ujeres se casan resuelve casi siem pre las du­
das sobre su identidad sexual que le inculcan en el tran scu rso n a tu ra l de
su la rg a infancia y niñez, el varón necesita re a firm a r, en say a r y defi­
n ir nuevam ente su virilidad.
E n todas la s sociedades hum anas conocidas se ad vierte le necesidad
del varón de rea liza r aigo. Puede ser que los hom bres cocinen o tejan ,
que v istan m uñecas o cacen colibríes, pero si estas actividades son pro­
pias de los hombres, la sociedad entera, hombres y m ujeres, las consi­
dera im portantes. Cuando las m ujeres desem peñan esas m ism as ta re a s
se las considera menos im portantes. E n m uchas sociedades la certi­
dum bre de la identidad sexual del hombre está ligada al derecho o a la
habilidad p a ra desem peñar m aseulinidad prohibiéndoles a las m ujeres
dedicarse a ciertas ocupaciones o re a liz a r ciertas hazañas. A quí encon­
tram o s la relación que hay entre la virilidad y el orgullo; es decir, el
anhelo de un prestigio que supere al que gozan las m ujeres. No hay in ­
dicio alguno de que sea necesario' que los hom bres superen a la s m u je­
res de cierta m anera, pero p arece m ás bien que los hom bres necesitan
la confianza y la certeza que les proporcionan la s realizaciones, y por
esta razón las cu ltu ras a menudo presen tan las em presas como cosas
im propias o imposibles p a ra las m ujeres y no directam ente como algo
que los hombres logran bien.
E l problem a perm anente de 3a civilización es la definición sa tisfac­
to ria del papel m asculino — y a sea cultivar h u ertas, c ria r ganado, ir
de caza o m a ta r enemigos, construir puentes o colocar acciones— p a­
r a que el hom bre adquiera en el transcurso de la vida la sensación f ir ­
me de que ha logrado realizaciones irrevocables, sem ejantes a las vis­
lu m b radas en su niñez en relación con la satisfacción de te n er u n hijo.
E n el caso de la m u jer, b a s ta con que las disposiciones sociales le perm i­
ta n cum plir con su función biológica p a ra que logre esta sensación de
h aber realizado algo irrevocable, Si se quiere que las m ujeres sean in ­
q uietas y em prendedoras a p esar de te n er hijos, es necesario p rep a­
r a rla s m ediante la educación. P a r a que los hom bres se sien tan tra n q u i­
los, seguros de que viven plenam ente, tienen que poder co n tar con
medios de expresión estilizados culturalm ente y que sean firm es y per­
durables, a p a rte de la p atern id ad . Todas las cu ltu ras han creado a su
modo soluciones sa tisfac to rias p a r a las actividades constructivas de los
hombres sin fa lse a r la certeza de su virilidad. Pero pocas cu ltu ras han
logrado infundirle a la m u jer um descontento suprem o que exija o tras
satisfacciones a p a rte de los hijos.
TERCERA PARTE

LOS PROBLEMAS DE LA SOCIEDAD

8. EL RITM O DE TRABAJO Y DE RECREO

Podemos d e ja r ahora el tem a de cómo el niño adquiere la noción del p a ­


pel sexual que le corresponde y e n c arar otro aspecto del problem a. P a ra
que u n a sociedad hum ana sobreviva — ya sea g ran d e o insignificante,
simple o com pleja, se funde sobre la caza y la pesca o sobre in trin c a­
do intercam bio de los artículos fab rica d o s— tie n e que disponer de un
p atró n de vida social que tom e en cuenta las diferencias de los sexos.
Contemplando el mundo, podemos p reg u n ta rn o s: ¿Qué problem as h ay
que resolver p a ra que una sociedad perdure? Uno de ellos es el de es­
tablecer un ritm o de actividad y. descanso, que en la m ay o ría de las so­
ciedades se convierte en la altern an c ia del tra b a jo (la actividad deli­
b erad a con fines u lteriores) y el recreo (la actividad g ra ta de por s í).
L a relación en tre los ritm os fisiológicos de los seres hum anos y la
fo rm a en que la hum anidad ha ordenado el día y la noche, los meses y
los años, ha visto la vida como algo continuo perpetuam ente subdividi-
do o como u n a serie de ciclos de vida y m uerte, pone de relieve las dis­
tin ta s contribuciones de los dos sexos. Observam os los ritm os fisiológi­
cos y notam os el contraste en tre la vida de la m ujer, con las tran sicio ­
nes bien definidas de la m enstruación, la desfloración, el em barazo, el
p arto, la lactancia y la m enopausia, y la vida del hombre, evolucionan­
do casi im perceptiblem ente de la niñez a la p u bertad y a la edad ad u lta,
sin que el p rim er sueño sem inal ni la iniciación sexual le dejen huella al­
g u n a en el organism o a p a rte del significado que él mismo Ies atrib u y a.
Observamos tam bién las expresiones culturales estilizadas que d istri­
buyen el tiem po en intrincadas periodicidades como la m úsica y las ma­
tem áticas, en las que las m ujeres casi no han intervenido en form a cre a­
tiv a. Podemos com parar el ciclo m ensual de la m u jer, que comprende
la exaltación y la dism inución de las tensiones y de la sensibilidad a
m edida que el cuerpo se p re p a ra infatigablem ente p a ra la fecundación
que no llega a producirse, con los estados de ánimo interm itentes, en
los que a ltern an el entusiasm o con la m elancolía, de los hombres que,
de no e s ta r sujetos a la periodicidad de la esposa, carecen aparen tem en ­
te de un ritm o que sirv a de base p a r a la creación de u n calendario. P or
últim o, tenemos las investigaciones sobre endocrinología y. sobre la f a ­
tig a , que parecen se ñ alar que la m u je r tiene m ás ap titu d que el hom­
bre p a ra rea liza r ta re a s m onótonas y continuadas, m ien tras que el
hombre puede rea liza r esfuerzos súbitos necesitando luego descansar
p a ra reponerse.
E stos contrastes son ta n evidentes que se com prende inm ediatam ente
que si una cu ltu ra se a ju s ta a las aptitudes y peculiaridades rítm icas
de uno de los sexos crea u n p a tró n sum am ente inadecuado p a ra el otro
y que toda c u ltu ra en la que hom bres y m ujeres particip en del tra b a jo
tiene que tra n s ig ir con las periodicidades rítm icas de ambos sexos. Las
soluciones adoptadas por las diferentes sociedades v aría n y los re su lta ­
dos son satisfactorios en m ayor o m enor grado.
Consideremos en prim er térm ino el tra b a jo monótono y repetido en
com paración con el esfuerzo súbito seguido de reposo. La capacidad p a­
r a estas explosiones de en erg ía puede relacionarse por cierto con los
conocimientos que poseemos sobre la endocrinología del hombre y p re­
sum iblem ente se le podrían provocar a la m u je r fisiológicam ente pero
a expensas de la m asculinización de los rasgos sexuales secundarios.
L as o tra s suposiciones — que porque los hom bres pueden hacer esfu er­
zos in term itentes la monotonía los perju d ica m ás y que las m u jeres tie­
nen cie rta capacidad biológica n a tu ra l p a r a to le rarla sin detrim ento
psíquico— carecen ap arentem ente de fundam ento, según las investi­
gaciones.
De todos los pueblos estudiados, los que m anifiestan menos fa tig a son
los balineses. D ía y noche los caininos están llenos de hom bres y m uje­
res que corren ágilm ente con ca rg as ta n pesadas que se necesitan v a­
ria s personas p a ra colocárselas sobre la espalda o la cabeza. E l aire
está noche y día lleno de m úsica y los hom bres tañen los instrum entos
sin cansancio después de m uchas h o ras de tra b a jo en los arrozales con
los pies hundidos en el lodo. L a actividad continúa hora tr a s h o ra dili­
gentem ente pero sin aprem io, a u n ritm o liviano y vivo pero firm e, m ás
que con grandes impulsos. Los brazos de los hombres son ta n poco
musculosos como los de las m u je re s; sin em bargo la potencialidad del
desarrollo m uscular existe y cuando los balineses tra b a ja n de peones
en los m uelles bajo la enérgica vigilancia de los europeos, desarrollan
músculos fuertes. Pero en las aldeas prefieren llevar y no c a rg a r y. se
reúnen muchos p a ra rea liza r cualquier ta re a , de modo que si h ay que
m u d ar una casa de sitio o que llevar u n a to rre crem ato ria de diez m e­
tro s de a ltu ra al cementerio, lo hacen en tre cien hombres y ninguno tie­
ne que esforzarse. Cuando construyen una casa o p re p a ra n los festiv a-
! :-5 c* -3? tem plos y las cerem onias, siem pre hay m ás obreros que los ne-
« s3 .r-:s v tiempo de sobra. Sin presiones, ocupados en ta re a s que se di-
~~ií~ y gubdividen p a ra que todos participen, los hom bres y las m uje­
res tra b a ja n , hacen pausas p a ra fu m ar, m ascar buyo, d ar un a vuelta,
;:B£ar con las c ria tu ra s o ta ñ e r algún instrum ento que siem pre tienen
a mano, y luego vuelven al trab ajo . No tienen u n vocablo que exprese
la idea de e s ta r “ cansado” que utilizan en las r a r a s ocasiones en que
hay urgencia en las grandes com petencias exhibicionistas como cuando
los hom bres a ra n conduciendo a la c a rre ra sus bueyes ataviados por los
arrozales secos de la m ontaña, y de regreso en sus hogares duerm en du­
ra n te v a ria s horas agotados por el esfuerzo im provisado que los oc­
cidentales consideran propio del hombre. E n Bali se ha descuidado la
capacidad p a ra el esfuerzo súbito que fa c ilita la acción de le v an ta r
g randes pesos o de lanzarse a la c a rre ra , pero los hombres y las m uje­
re s llevan y hacen las ofrendas, cam inan distancias enorm es tra n sp o r­
tando ca rc a s que no pueden alzar, pero que soportan bien a un paso r á ­
pido, tra b a ja n m uchas horas en los campos, y. luego, renovados por unos
m inutos de “paseo p a ra olvidar”, siguen por v aria s horas ensayando
u n a danza o preparando hojas y carne p a ra las cerem onias. Si no cono­
ciéram os otros pueblos a p a rte de éste, no se ría posible suponer que por
su constitución los hombres pudieran d esarro llar la m u scu latu ra y tr a ­
b a ja r alternando momentos de g ran impulso energético con otros de re ­
poso.
A sí como el ritm o de tra b a jo no les exige a los hombres esfuerzos
ex traordinarios, el calendario balinés no tra n sig e con la periodicidad
fem enina. La m enstruación y el em barazo la inhabilitan p a ra la s ce­
rem onias. D u ran te la m enstruación no puede e n tra r en el templo n i en
el pequeño atrio, mezcla de sa n tu ario y. ja rd ín , que hay en su casa. L as
m ujeres em barazadas y las que acaban de d ar a luz no pueden e n tra r en
las casas donde se g u a rd a n ciertos dioses, ni acercarse al sacerdote, a
fin de que éste pueda conservar la pureza ritu a l. Pero ei calendario, una
es tru c tu ra in trincada en la que se suceden sem anas de uno, dos, tre s y
h asta diez días, y en la que las intersecciones periódicas señalan la opor­
tu n idad p a ra los rito s, no ofrece tolerancias que contemplen los r it­
mos femeninos. Llega la fie sta y la m u jer m enstruosa no concurre. Nace
un niño y los padres, que hubieran sido p a rte in te g ran te de un a g ra n
cerem onia fija d a por el calendario, no pueden p articip a r. Se aproxim a
la fecha de u n a sesión de baile y s i el día an tes una de las niñas que bai­
lan tra n sfig u ra d a s m en stru a por p rim e ra vez, queda elim inada p a ra
siem pre de esa danza. La vida regida por el calendario sigue su curso
sin concesiones, excluyendo a las m ujeres y po r interm edio de ellas a los
hombres. No es extraño entonces que las m ujeres generalm ente se r e ­
fie ra n a ia m enstruación diciendo que no pueden e n tra r en el tem plo y
que hablen del em barazo en el mismo tono que m encionan u n a h erid a o
u n a m utilación que les im pide p a rtic ip a r en los rito s.
Sin em bargo, como si la intransigencia hacia el posible clim ax de ca­
da sexo — el clím ax cíclico y orgiástico de la m aternid ad , el clím ax or­
giástico de la cópula, y. la capacidad m asculina de rea liza r enorm es es­
fuerzos físic o s— exigiera alg u n a compensación, advertim os en los r i­
tos religiosos de Bali violentos tra n c e s de paroxism o. A p esar de ser
sum am ente violentos, no denotan m anifestaciones sexuales específicas.
A rm ados de dagas serpenteadas, que dirigen contra sí mismos en f u ­
riosos atentados sim ulados, ru ed a n finalm ente por el suelo retorcién­
dose en u n espasmo. A l volver en sí, les recogen los cabellos a las m u­
je re s — como d u ra n te el p arto , p a r a tra n q u iliz a rla s— y les echan ag u a
bendita en la c a ra a los hom bres y a las m ujeres. E ntonces vuelven a
la vida cotidiana, apacible y sin m omentos críticos, tran q u ilam en te ocu­
pados m ientras tra n s c u rre el tiem po infin itam en te subdividido p o r un
sistem a a rtific ia l que hace caso omiso del año lu n a r, que conocen pero no
observan, ta l vez porque es un ritm o dem asiado n a tu ra l y no les s a tis­
face ta n to como el ciclo de doscientos diez días de su calendario p rin ­
cipal.
P ero b a sta con d irig ir la m ira d a hacia o tra sociedad p a ra en co n trar
otro ritm o. E n los escarpados yerm os de los m ontes T orricelli de N ue­
va Z elandia, donde los víveres son escasos y las h u ertas quedan en sitios
ap artad o s, los ara p esh m al alim entados se p asan g ra n p a rte del día
subiendo y bajando por las la d eras em pinadas y las m ujeres ap rie tan
los dientes p a ra soportar las c a rg a s que sostienen con la fre n te. C uan­
do hay un banquete, significa dem asiado tra b a jo p a ra poca gente, y
después de la rg a s horas en los pantan o s de sagú, los hombres llegan
con los ojos enrojecidos por el cansancio y sin g anas de nada. Todo el
tra b a jo es arduo, los senderos son in tra n sita b les y largos y las ca rg as
dem asiado pesadas. L as m ujeres por lo gen eral llevan todas las cosas
porque creen que ellas tiene la cabeza m ás d u ra ; los hombres carg an
los cerdos y los troncos m ás gran d es, lastim ándose los hombros con las
p értig as que utilizan a ese efecto. Los ra ro s días de descanso los hom­
b res y las m ujeres de la aldea se sientan con las manos vacías y ociosas,
las m adres con los hijos al pecho, y. el com entario es el siguiente: “ Hoy
estam os cansados, dorm irem os en la aldea.” Así como las m ujeres p a r ­
ticip an en los arduos esfuerzos, los hom bres intervienen tam bién en la s
ta re a s m e n jd a s de la vida cotidiana s cuidando a los niños, encendien­
do el fuego, trayendo cosas del bosque. Pero en general el ritm o de t r a ­
bajo se aproxim a m ás al supuesto p a tró n m asculino de esfuerzos im­
provisados, y fa lta n característicam ente los trab a jo s m anuales que las
m ujeres realizan con ta n ta laboriosidad en o tras sociedades. A llí las
m anos de las m ujeres reposan in e rtes como las de los hom bres al fin al
de la jo rn ad a.
Nc r.e n er ub calendario que les im ponga a los días que p asan el es-
r .e ~ 3 de la distribución del tiem po creado p o r la im aginación del
i re o m ediante la observación, detenida de la lu n a y las estrellas.
A .v;-:-ríen el movimiento de las Pléyades pero sin fin alid ad alguna, y
; .ir.ta n los ñam es — cultivados en todas p a rte s según el calendario,
por lo que hay períodos de escasez y de ab u n d a n cia— en cualquier
época del año. A quí se combina el ritm o de tra b a jo que nosotros con­
sideram os femenino, es decir, el tra b a jo que nunca se term in a
porque responde a la s necesidades perm anentes de los dem ás, espe­
cialm ente la alim entación y el cuidado de los niños, con el ritm o de t r a ­
bajo que denominamos m asculino que a lte rn a los im pulsos irre g u la ­
res de descanso.
T anto los hom bres como las m ujeres se ad a p ta n a la s periodicidades
fem eninas. D u ra n te la m enstruación la m u jer reposa en u n pequeño
refugio incómodo a l borde de la ladera y el m arido se las a rre g la p ara
cocinar y cuidar a los hijos, absteniéndose de e n tra r en la h u e rta de ñ a ­
mes de la que ella tam bién queda excluida. D urante el em barazo el m ari­
do com parte asimismo los tabúes de la m u jer y después del p arto des­
cansa ju n to a su esposa porque el esfuerzo del p a rto av e je n ta ta n to al
bom bre como a la m ujer. Observando a los ara p esh ju n tam en te con
los balineses, re su lta ría todavía defícíl determ inar u n a diferencia
biológica de ritm o e n tre los sexos. Contemplando a los arap esh , se po­
d ría estim ar que las m ujeres son capaces de realizar gran d es esfuer­
zos interm itentes y que los hom bres están en cierto sentido sujetos a las
sanciones fisiológicas que la m enstruación y el p a rto les imponen.
P a ra el balinés tampoco hay una g ra n distinción e n tre el tra b a jo y
el recreo. L a diferencia en tre u n a clase de tra b a jo y o tra rad ica p rim or­
dialm ente en su c a rácter sagrado ya que p icar carne en el templo es
tr a b a ja r p a ra los dioses m ien tras que p icar carn e en casa es sim ple­
m ente tra b a ja r . Los pescadores m anus de las islas del A lm irantaz­
go diferencian el tra b a jo del ocio de u n a m an era muy. sim ilar a
la de nuestros antepasados puritanos. Allí los dos sexos tra b a ja n con
ahínco, los hom bres pescan, construyen casas y em prenden largos via­
jes p a ra com erciar; las m ujeres cocinan, ahúm an el pescado, van al
mercado, e n sa rta n cuentas y hacen fald a s de hierba. E l ocio es un pe­
cado, adm isible solam ente cuando se merece po r algún trab a jo sum a­
mente arduo, como cuando los hom bres rondan por la aldea después de
h&ber pasado la noche pascando con el a ^ u a f r ía h a s ta la cin tu ra, o
cuando la m u je r perm anece con el hijo recién nacido m ien tras el m a ri­
do reúne la cantidad de sagú suficiente p a ra p ag a r el rescate que le de­
be al cuñado. A unque viven apenas a u n grado del ecuador los hombres
y las m ujeres tra b a ja n intensam ente, preocupados por m uchas cosas,
instigados po r espectros cavilosos y exigentes, la enferm edad es in te r­
p reta d a como u n castigo de los espectros por omisiones de índole eco-

m
nómica, como no cum plir con lias deudas o con la obligación contraída
de le v an ta r u n a casa o iniciar cierta em presa. L a m enstruación es a l­
go ta n vergonzoso que debe ocultarse y no da lu g a r ni a sanciones ni a
lina treg u a . Los tabúes que debe observar el pad re de un recién nacido
le perm iten gozar de un período de ocio parcial m ien tras se recogen
los víveres necesarios p a ra llevar a efecto los intercam bios en nombre
de! niño. E n general, los m anus presen tan un p atró n b astan te equi­
tativo p a ra ambos sexos. E l m arido y la m u jer com parten, aunque se­
parados, un breve período de ocio después del p arto . L as m ujeres rea -
lizan m ás bien las actividades ru tin a ria s, pero los hombrea son ta n in ­
dustriosos que el co n traste no es m uy patente. Cuando el tra b a jo es un
deber severam ente im puesto por las sanciones religiosas, la ap titu d
ta l vez m ayor de la m u jer p a ra las pequeñas ta re a s m onótonas y la ca­
pacidad ta l vez n a tu ra l del hom bre p a ra rea liza r esfuerzos irre g u la ­
res pueden quedar supeditadas a u n p atró n de actividades basado en el
deber inculcado de ser laboriosos.
E n tre los cazadores de caberas iatm ules del río Sepik medio, encon­
tram os u n a división de los ritm os de tra b a jo que coincide b astan te con
la s te o rías actuales sobre las diferencias de los sexos. Las m u jeres t r a ­
b a ja n en grupos, con perseverancia pero am enam ente, sin sen tirse de­
m asiado esclavizadas. Se en cargan de pescar todos los días, de llevar
ei pescado al m ercado, de ju n ta r leña y a c a rre a r ag u a, de cocinar y de
hacer las enormes cestas cilindricas que son como alcobas dim inutas
en las que se refu g ian p a r a defenderse del ataq u e de los mosquitos. E s­
tá n ocupadas casi todo el tiem po que están despiertas, m u e stran m uy
pocas señales de fa tig a o de irritac ió n por la s continuas exigencias de
los deberes domésticos y de la pesca. E l tra b a jo de los hom bres es, sin
em bargo, casi enteram ente episódico: co n stru ir casas y canoas, cace­
r ía s colectivas de cocodrilos d u ra n te la sequía o de roedores pequeños,
p a ra lo que quem an la m aleza, y. p ro y ectar los decorados prim orosos
de los rito s. P rácticam ente no es necesario rea liza r n inguna de estas
actividades en fechas determ inadas y sólo las realizan después de m u­
chas arengas prelim inares, am enazas, desafíos y retos, que in stig an f i­
nalm ente a los hombres a tr a b a ja r con resolución. F ra c a sa n muchos
in tentos de lle v ar a efecto obiras de g ra n envergadura porque no b asta
esta determ inación a ira d a y exhibicionista. Cuando desem peñan una
ta re a hacen g ra n despliegue de energía y esfuerzo, interviene todo el
cuerpo y los hom bres ue Ia tm u l se q u ejan del cansancio a l te rm in a r=
Cuando los varones y la s n iñ a s ju e g a n juntos, im itan la vida de los
adultos. Los varones cazan p a ja rito s y las niñas los cuecen; ju n to s r e ­
m edan las cerem onias m o rtu o rias y los exorcismos. E ntonces el n a r r a ­
dor suele a g re g a r: “ Volvimos a la aldea. Las niñas dijeron; ‘Juguem os
o tra vez m añ an a’. P ero los varones contestaron: 'No, estam os m uy can ­
sados, m añ an a descansam os’ ”. Hubo un incidente a n u e stra llegada
i- ai i r a de Tam bunum que ilu stra m uy bien la ap titu d de la m u jer
la a s o l p a ra tr a b a ja r con tesón en ta re a s m onótonas sin a b u rrirse n i
í- seriam ente el ritm o, y la aversión de los hom bres por ese tipo
i i ¿;::v id ad . Le pedimos a Tomi, un nativo que tra b a ja b a con nosotros
t - rali dad de inform ante, que tr a je r a arcilla del río p a ra ta p a r las ren ­
iñ a s que quedaban e n tre el tejido de alam bre y el piso de cemento des­
p arejo de nuestro refugio co n tra los mosquitos. Tomi tra jo la arcilla
7 comenzó de m ala g an a a rellen ar las hendiduras. A l ra to m andó bus­
car a sus cinco esposas. Dividió la arcilla en dos porciones y. les dio una
a las m ujeres p a r a que te rm in a ra n el tra b a jo ú til y tedioso. Con el re s­
to hizo un cocodrilo m uy in te resa n te p a ra a d o rn a r el u m b ral de la
p u erta .
P or consiguiente, si el teórico b a s a ra sus conceptos acerca de los r it­
mos n a tu ra le s de la m u je r y el hombre sobre lo observado en Iatm ul,
lleg aría fácilm ente a la conclusión de que el hom bre es el heredero di­
recto del cazador nómade, capaz de rea liza r grandes esfuerzos pero exi­
giendo largos períodos de recuperación, m ie n tras que las m ujeres serían
m ás a p ta s por n atu ra lez a p a ra cum plir con las ta re a s de ru tin a de la
vida cotidiana, sin rebelarse ni oponer resistencia alg u n a co n tra un
mundo en el que sus ta re a s nunca se acaban ni sus m anos descansan.
E n Iatm u l no se le da m ayor im portancia a la m enstruación. L a m u­
je r m enstruosa no debe hacerle la comida al m arido a menos que esté
enfadada con él y quiera perjudicarlo levemente. Pero esto no le ocasio­
n a problem as a nadie debido a la fo rm a en que está o rganizada la vida
doméstica, con dos fam ilias viviendo en los extrem os opuestos de u n a
m ism a casa y v aria s m ujeres disponibles: esposas, viudas, h ija s solte­
ras. A veces las m ujeres vuelven con su fam ilia p a r a el p arto , a fin de
verse aliviadas de tra b a jo , pero no se le imponen tabúes rigurosos a l
m arido. L a crítica social e stá m ás bien dirig id a co n tra el m arido que
deja em barazada a m ás de u n a esposa a la vez y los jefes de la trib u
le reprochan su iniquidad, diciéndole: “ ¿Quién te crees que eres, p a ra
d e ja r em barazadas a tre s esposas a la vez? ¿Q uién v a a hacer la s co­
sas en tu casa? ¿Q uién va a ju n ta r la leña? ¡T ú, por lo v isto !” Los
hom bres necesitan que se los hostigue h a s ta p a ra cosechar el sa g ú que
consume la fam ilia. E l a ire está lleno de los g ritos estridentes de las
m u jeres que tr a ta n de in stig a r a sus m aridos por medio de insultos y
vituperios p a ra que vayan a tr a b a ja r en el sagú.
E n tre los sam oanos los ritm os de tra b a jo están nuevam ente dividi­
dos en fo rm a m ás p a re ja . A unque los hom bres a veces dem uestran en­
tusiasm os repentinos por la pesca de to rtu g a s o tiburones que les ab­
sorben todas sus energías, ta n to los hombres como las m u jeres cultivan
intensam ente las h u e rta s y se dedican a u n a pesca fatig o sa. T anto los
hombres como las m ujeres cocinan, hacen tra b a jo s m anuales y n i si­
quiera los jefes m ás encum brados están ja m ás ociosos. Sentados en tre
sus consejeros, tienen siem pre la s m anos ocupadas, ya sea enrollando
el sennit (cordel hecho de fib ra de cocotero) o trenzándolo p a ra hacer
los m iles de m etros de cuerda que se necesitan p a r a tr a b a r las casas o
a m a rra r las canoas. L as m ujeres se p asan las horas tejiendo esteras
fin a s como el lienzo p a ra los a ju a re s de la s h ija s de los je fe s o las m ás
rú stic as que sirven de lecho a toda la aldea. E l tra b a jo se distribuye
prim ordialm ente de acuerdo con la edad y el rango, m ás que de acuerdo
con el sexo. T anto los hom bres como las m ujeres son musculosos, trep an ,
ca rg an y a lte rn a n el tra b a jo arduo con períodos de laboriosidad a p a ­
cible y la rg a s horas de esparcim iento cantando y, bailando. L a vida
diligente, placentera e in d u strio sa se in te rru m p e cuando toda u n a al­
dea se va de v isita p a ra celebrar u n a boda o sencillam ente p a ra in te r­
cam biar festejos. E n esas ocasiones, se dejan todas las ta re a s quizá por
dos o tre s meses, dedicándose todo el tiem po a los agasajos, que h an de
re trib u irse m ás adelante requiriendo mucho tra b a jo . P ero todos los
hom bres y las m ujeres de cualquier edad p articip a n del tra b a jo y de la
festividad. No hay una sensación de urgencia n i de aprem io, aunque
a veces se a g ita n inútilm ente po r cuestiones de etiq u eta o detalles r i ­
tu ales y los niños de cinco años com entan excitados: " ¡H a y gran d es
complicaciones en m i c a sa !”
E l mero exam en de cinco sociedades señala de qué modos ta n a rb i­
tra rio s pueden disponerse los ritm os de tra b a jo de los hombres y las
m ujeres. A un si las investigaciones dem o straran finalm ente que hay
diferencias au tén ticas en la capacidad p a ra to le ra r la monotonía o p a­
r a tr a b a ja r con im pulsos irre g u la re s, tendríam os que v e r si se obten­
d ría n m ejores resultados creando u n a sociedad en la que las ta re a s de
las m ujeres, aunque m onótonas y asiduas, estuv ieran en relación con
los ciclos de la m enstruación y el em barazo, y el tra b a jo de los hom bres,
no ta n monótono ni asiduo, fu e r a m ás bien el requerido en las situacio­
nes de em ergencia, ya que los hom bres no experim entan las fluctuacio­
nes periódicas de capacidad que tienen las m ujeres. Posiblem ente des­
cubram os en cambio que si el tra b a jo se a ju s ta a u n nivel lo suficiente­
m ente flexible como p a r a que la s m ujeres no su fra n dem asiado d u ra n te
la s fluctuaciones periódicas de su capacidad y los hombres no se vean
impedidos de in v en tar crisis si las encuentran convenientes, el benefi­
cio de la adaptación rítm ica de los sexos com pensará por lo que se p ier­
da al no coordinar ta n exactam ente el ritm o de tra b a jo con las perio­
dicidades respectivas.
H a sta aquí hemos considerado la distribución del esfuerzo en el tiem ­
po y las posibles diferencias de capacidad in n a ta y de conducta adqui­
rid a e n tre los sexos. P ero h a y otro co n traste ta n notable como los dis­
tin to s ritm os diarios y. m ensuales y la presencia o ausencia del em­
barazo, y es el contraste en el desarrollo de la vida.
L a tra y e c to ria biológica de la m u je r tiene una es tru c tu ra n a tu ra l
con un punto culm inante que puede ser ignorada, aten u ad a, disim ula­
da y negada públicam ente, pero que constituye de todos modos un ele­
mento esencial del concepto que de sí tienen ambos sexos. Porque es
im prescindible reco rd ar que los niños adquieren la noción del papel se­
m a ! que Ies corresponde a trav é s de sus experiencias con ambos sexos.
C ualquiera sea la n atu ra lez a peculiar del otro sexo, p a r a ellos es algo
“ que no soy”, “ que nunca seré”, “ que me g u sta ría se r”, o “que po d ría
llegar a se r”. P artic u larm e n te la e s tru c tu ra fem enina con su punto
culm inante, da m ás lu g a r a que se subrayen las posibilidades de ser que
la del hombre. L a niña es virgen. U n a vez roto el him en, físicam ente
si lo tiene y sim bólicamente si es anatóm icam ente insignificante, ya no
es virgen. L a joven balinesa a quien uno le dice “ ¿T u nom bre es 1 Te-
w a?" y que contesta con altivez: “ Yo soy Men B aw a” (la m adre de B a­
w a ), habla con sentido categórico. E s la m adre de B aw a; Baw a podrá
m orirse m añana, pero ella seguirá siendo la m adre; sólo si hubiera
m uerto antes de que le pusieran un nom bre la lla m a ría n los vecinos
‘Men B elasin" (M adre D espojada). Todas la s etap a s de la vida de un a
m u jer se m antienen así, irrevocables, incontestables, consum adas. E s­
ta es la base n a tu ra l del énfasis que la n iña le confiere al se r y no a! ha­
cer. E l niño sabe que tie n e que a c tu a r como varón, que hacer cosas,
que p ro b ar que es v arón y confirm arlo m uchas veces, m ien tras que la
niña sabe que es m u je r y que lo único que tiene que hacer es ab s­
tenerse de ac tu a r como un varón.
F re n te a la serie de etap as físicas inevitables que componen la im a­
gen biológica de la vida de u n a m u jer, se destacan n ítidam ente la don­
cella y la que no tiene hijos, contraste que en la vida de un hombre só­
lo se podría lo g ra r m ediante determ inadas estilizaciones culturales.
La niña es virgen, luego de la desfloración ya no lo es; sucede algo
definido, identificable, m uy d iferente de la experiencia g rad u a l que
el varón adquiere de la cópula. Sólo en aquellas sociedades que poster­
gan la experiencia sexual h asta una edad m ás avanzada, de modo que
el varón no ha tocado jam ás el cuerpo de u n a m u je r h a s ta que siendo
adulto tr a ta de copular con ella, puede com pararse el prim er acto se­
x u al del varón con la intensidad dram ática de la desfloración p a ra las
doncellas. La p u b erta d es p a ra la niña u n a conmoción inconfundible
n ie n tr a s que p a ra el v arón la serie de acontecim ientos se produce len­
tam ente: la voz in c ierta y luego m ás grave, el vello corporal y fin al-
— loe eyuculacioncs íi3.y u n momsiiuo si* si cjtis si v si’ón pii6ds
:-_;ir: “A hora soy u n hombre” , a menos que la sociedad intervenga e
ponga una definición. U na de la s funciones de las cerem onias de ini-
tiid ó n que se celebran en diversas p a rte s del mundo — en las que los
hombres adultos les practican incisiones, subincisiones, y som eten a los
m itescentes a la circuncisión, escarificaciones, m utilaciones y gol-
:«« — es precisam ente la de p u n tu a liz ar u n a eta p a del desarrollo no se-
Salada de otro modo. No sabemos si en realidad ex istiría el deseo de
señ alar definitivam ente el hecho si no se conociera a su vez la irrevo-
cabilidad de la m enstruación en la m ujer. Sea como fu ere, el hecho es
que la p rim e ra m enstruación señ ala la transición de la n iñ a a la m u­
je r. A unque las cu ltu ras h an precisado este acontecim iento de d istin ­
ta s m aneras, n in g u n a sociedad de que se tenga noticia h a creado un
p atró n que les n eg a ra vigencia. *
La p rim e ra m enstruación da lu g a r a u n a im p o rtan te cerem onia en­
tr e los austeros m anus, que a p a r tir de entonces ocultan la m e n stru a­
ción h a sta el m atrim onio. No tien en u n vocablo que signifique “ virgen” ,
y p a ra ellos la hem orragia provocada por la ro tu ra del himen es equi­
valente a la m enstrual, que suponen renovada po r el m atrim onio.
Son ta n extrem osam ente pudibundos — las m ujeres no se q u itan las
fald as de h ierb a ni cuando están m uy gravem ente e n fe rm a s— que la
inspección ocular es inconcebible, es poco probable que vuelvan a des­
cu b rir el himen. La fra s e con que denom inan la m enstruación es ke-
kanw ot (“p ie rn a” — en te rc era persona y posesivo — “ro ta ” ) es decir,
que la m enstruación im plica c ie rta idea de lesión que otros pueblos re ­
servan p a ra la desfloración. P a r a la p rim e ra m enstruación de un a n i­
ñ a m anus se p re p a ra u n a g ra n cerem onia. L as dem ás n iñ as de la a l­
dea vienen a dorm ir a su casa, se hacen intercam bios de víveres, rea li­
zan ciertos ritos y ju e g an bañandose en la laguna. Los hombres que­
dan excluidos y las m ujeres se divierten en alg u n as fie sta s; des­
pués las m enstruaciones de la chica quedan en el m ayor secreto. E n cam ­
bio la cerem onia correspondiente de los varones, en la que se les p erfo ­
ra n las orejas y se pronuncian hechizos sim ilares, resu lta descolorida.
A la n iñ a le ha sucedido algo que la hace p a s a r de un estado físico a
o tro ; a l v arón le hacen algo que lo coloca en o tra posición social.
E n tre los a ra p esh la p rim e ra m enstruación se efectúa cuando la
niñ a ya h a vivido varios años con la fam ilia de su prom etido, donde el
fu tu ro m arido y sus p arie n tes cazan y cultivan las h u erta s p a ra pro­
porcionarle los alim entos que la ayudan a crecer. E l suceso da lu g a r a
una cerem onia; vienen los herm anos de la chica a co n stru irle un a cho­
za m en stru al lejos de la aldea p a ra que la gente quede a salvo de los
peligrosos poderes sobrenaturales que les atrib u y en a las m u jeres mens-

* Podemos, como es lógico, basándonos sobre nuestra experiencia acerca del


Ingenio con que el ser humano reinterpreta su propia fisiología, im aginar
cómo podría lograrse esto. Las niñas podrían ser sometidas a sangrías ri­
tuales desde su nacimiento, de modo que la primera menstruación pasara
a integrar fácilm ente el patrón de conducta ya establecido. E s mucho más
artificiosa aún la práctica social de fabricar la virginidad en los prostí­
bulos que se observa en ciertas partes de Europa. E stas posibilidades de­
ben tenerse presentes al estudiar la relación entre lo innato y lo impuesto
por la cultura, pero no se les debe dar demasiada importancia.
troosas. Se le advierte a la niña que tiene que sen tarse con las piernas
hacía adelante y las rodillas flexionadas. Le qu itan la fald a de hierba
y los brazaletes que u sa ra h a s ta entonces y los reg a lan o los destruyen.
La atienden las m ujeres m ayores de la fam ilia, enseñándole a arro lla r
"ojas de o rtig a y a introducírselas en la vulva p a r a que les crezcan los
pechos. E s ta costum bre explica por qaé no ocurre la desfloración a me-
:.o= que el joven “robe” a su esposa an tes de la p rim e ra ceremonia. La
niña ay u n a d u ra n te cinco o seis días y luego reaparece p a ra que la
adornen y la pinten.
L as m ujeres le ponen su bolsa de m alla vieja en la cabeza adornada
con hojas de w heinyal. Sobre los labios le colocan u n a h o ja ro ja en
ío rm a de corazón. Los novicios tam bién u san estas h o jas en las ceremo­
nias del tam beran. Le m andan tr a e r al m arido el tallo de u n a palm a de
cocotero y un poco de m ebu, la flo r perfum ada del licopodio, sobre dos
hojas de aliw hiwas. L a espera en el centro del agehu\ la joven avanza
lentam ente, cabizbaja, con pasos inseguros después de ta n larg o ayuno,
m ientras las m ujeres la sostienen por debajo de los brazos. E l m arido se
p a ra fre n te a ella y coloca el dedo g rande del pie sobre el suyo. Toma la
v ara de palm a y cuando ella lev an ta la cabeza p a r a m ira rlo le quita la
bolsa de m alla (la m ism a que el padre le p u siera en la cabeza al con­
c e rta r el compromiso cuando e ra pequeña). E ntonces la chica deja caer
la h o ja de los labios y saca la lengua hinchada sa rro sa a causa del ay u ­
no. E l m arido se la lim pia con el polvo de m ebu. L a joven se sien ta en
un trozo de corteza de sagú] lo hace cuidadosam ente, apoyándose con
u n a mano, y extiende la s p iern as hacia adelante. E l m arido le alcanza
un a cuchara fo rra d a con una hoja y un tazón de sopa que h a preparado.
Tiene que llevarle la m ano p a r a el prim er sorbo y p a r a el segundo, pero
al tercero ya se siente lo b astan te fu e rte como p a ra hacerlo sola. C uan­
do te rm in a la sopa, el m arido p a rte en dos uno de los ñam es wabalaL
Le da a comer la m itad y coloca el resto e n tre las vigas de la casa. Esto
le g a ra n tiz a que su m u je r no h a de tr a ta r lo como si fu e ra u n ex trañ o
entregándolo a los hechiceros. P or si lo hiciera, la tradición le d a en
prenda p a rte de su personalidad. E l trozo de ñam e se g u a rd a h a s ta que
la joven quede e m b araz ad a .1
Los pueblos del Sepik — los iatm ules, tcham bulis y m undugumo-
r e s — no le conceden m ayor im portancia a las cerem onias correspon­
dientes a la m enstruación, ya que se preocupan m ás por la p re p a ra ­
ción de los rito s del noviciado masculino que por ase g u ra r la fecundi­
dad de la m u jer.
E n Sam oa no se le da énfasis social a la p rim e ra m enstruación pero
se celebra ritu alm en te la desfloración. Com binan u n a actitu d to leran ­
te hacia el sexo con la vanidad por las p rerro g a tiv a s del rango. L a h i­
ja de u n a fam ilia encum brada tiene que ser virgen al co n tra er m a tri­
monio; el consejero oficial del novio tiene que exhibir ante los in v ita­
dos reunidos la m ano envuelta en u n paño blanco m anchado de sangre
y es preciso enarbolar fre n te a la casa un pendón blanco de te la de cor­
teza tam bién m anchado de sangre. Si la joven no fu e ra virgen, tiene
que atre v erse a decírselo a las m u jeres m ayores de la fam ilia, que le
consiguen la cantidad necesaria de san g re de pollo. E ste pueblo, que
h a sabido com binar ta n bien las exigencias del cuerpo con la etiq u eta
de un estilo de vida elegante, h a logrado asim ism o ad m itir que la des­
floración, aunque sea fisiológicam ente irrevocable, puede rep etirse
socialmente.
E n B ali, se le da o tra vez én fasis a la m enstruación y las niñas que
se desarrollan tem prano tr a ta n de ocultarlo por tem or a que las casen
con m aridos elegidos po r los p ad res, m ien tras que las que m en strú an
ta rd e — p articu larm en te las de las ca stas superiores, que celebran
herm osas cerem onias— se im pacientan y, se alegran de v era s cuando
p o r fin llega la m enstruación.
E n esta sociedad la circunstancia de no tener hijos significa m ás
bien elegir otro camino. L a joven b rah m a n a puede lleg ar a ser u n a
sacerdotisa virgen — en ese caso no puede c a s a rs e — o co n traer m a­
trim onio y luego dedicarse al sacerdocio. E n las aldeas de la m ontaña
los hom bres y las m ujeres que no tienen hijos pueden llegar a ocupar
el segundo rango de la je ra rq u ía social, pero si tienen hijos, a menos
que uno sea varón, se en c u en tra n en una posición social restrin g id a.
E s posible alcanzar casi el ran g o m ás alto no teniendo hijos y se dice
que la m u jer que no se casa “busca el cielo”, pero p a r a lo g rar u na cate­
g o ría absoluta en el mundo el hom bre tiene que ten er un hijo y el hijo
tien e que ser varón. Los m anus, po r su p a rte , pretenden que p a r a ten er
h ijos se necesita m ás voluntad que participación física. L as m u jeres
adoptan hijos y los consideran como propios, negando todos los deta­
lles del origen biológico del niño, así como b o rra n con detalles econó­
micos el recuerdo de los abortos, refiriéndose a ellos como si hubieran
sido hijos norm ales.
No obstante, por m ás que las cu ltu ras m odifiquen el sentido que se
les d a a los hijos, el em barazo sigue siendo evidente e inequívoco
— excepto dentro de los confines! de las grandes ciudades y de la s so­
ciedades com plejas—• y la diferencia en tre la m u jer que tiene u n hijo
y la que no los h a tenido es categórica. H ay sociedades que clasifican
como m adre a cualquier m u je r que h ay a concebido, aunque h ay a abor­
tad o a las dos o tre s sem anas; o tra s hacen hincapié en el nacim iento
de un niño vivo y o tra s clasifican a la m u jer que ha perdido a sus hijos
a d istin ta s edades como si nunca los hubiera tenido. P ero queda la dis­
tinción absoluta e irrevocable.
L a m enopausia constituye otro cambio bien definido e inapelable.
Cuando la procreación se considera en cierto sentido im p u ra e inhabi­
lita d a p a ra las cerem onias — como sucede en Bali — la s m ujeres que
han pasado la edad c rític a y las doncellas tra b a ja n ju n ta s en los rito s
que excluyen a la s m ujeres en edad de te n e r hijos. Cuando se les impo­
ne el recato en el lenguaje y en la s actitudes, las m ayores y a no se sien­
ten obligadas a observar dichas norm as de conducta y es posible que
usen p alab ras indecentes con la m ism a o m ayor licencia que los hom­
bres. Pero aquí tam bién le ha sucedido algo te rm in an te a la m u je r que
no le sucede a ningún hombre.
P o r lo tanto, la vida de una m u je r se desarro lla en d istin ta s etap as
definidas, recayendo el énfasis inevitablem ente sobre lo que es virgen,
m u jer que ya no es virgen, m u je r sin hijos, m adre, m u je r que h a pasado
la m enopausia y que ya no puede te n er hijos. No se puede subdividir in ­
fin itam ente la vida de la m u jer en etap a s de virginidad perdida, de
m enstruación p arcial o en u n a serie de intentos grad u ales p a ra conce­
b ir y d a r a luz a u n hijo, sin u n esfuerzo trem endo, sin que ex istan enor­
mes invenciones cu ltu rales que nieguen la fisiología de la reproduc­
ción.
P a ra lo g ra r secuencias dram áticas análogas en la vida del hombre,
es preciso que los in te g ran te s de la cu ltu ra le in flija n la circuncisión,
o la s incisiones y subincisiones, la m utilación de los dientes, escarifi­
caciones o ta tu a je s p a r a a lterarle , deform arle o embellecerle el cuerpo
por medios culturales, sin a ju s ta rs e a ningún ritm o determ inado de
su herencia biológica. Tam bién puede la sociedad in tro d u cir distincio­
nes sociales artific ia les, exigir por ejemplo que los hom bres solteros
perm anezcan siem pre ju n to a los jovencitos ■— como en las aldeas ba-
¡inesas de la m on tañ a — o negarles autorización p a ra la caza y la pes­
c a ,2 como en la época le ja n a en que los franco-canadienses estaban
creando u n a sociedad que h a b ría asegurado u n altísim o índice de n a ­
talidad.
A lgunas cu ltu ras h a sta h an llegado a ad o p tar la m enstruación m as­
culina a rtific ia l o sea sa n g ría s p a ra que los hom bres puedan tam bién
elim inar su “ san g re im p u ra ” y gozar de la salud de las m ujeres. H e­
mos visto cómo la s sociedades de N ueva G uinea h an creado sistem as r i ­
tu ales que se basan en la em ulación m asculina del p a rto y la crianza
de los hijos, pero dichos sistem as son siem pre ficticios, son creacio­
nes im ag in arias de u n sexo al que la vida del sexo opuesto le resu lta
d ram ática e incitante. A m edida que se va alargando la vida, la meno­
p au sia — que no se observa en los prim ates probablem ente debido a
su co rta ex iste n cia— se hace m ás noto ria y advertim os entonces la
tendencia a d estacar el estado análogo masculino, y a que si bien sólo
uno de cada cien hom bres llega a experim entar u n a alteración física se­
m ejante a l “cambio de vida”, el clim aterio, con sus tensiones y su con­
ducta crítica, está al alcance de cualquier presidente de banco.
Si se contem pla la herencia biológica de los seres hum anos y se ob­
serva h a s ta qué punto deben reg irse por ella, se ad vierte en seguida
qae las m ujeres son mucho menos dúctiles. L a concepción y el p a rto
son condiciones im puestas por la vida ta n inquebrantables como la m is­
m a m uerte. A ju sta rse a los ritm os de la vida de la m u jer significa acep­
t a r la vida m ism a, cum plir con los m andatos del cuerpo en vez de con
los m andatos de u n a civilización artific ia l, creada p o r el hombre, au n ­
que ésta sea de u n a belleza trascendental.
D estacar el ritm o de tra b a jo m asculino es d estacar las posibilida­
des in fin ita s; su b ra y a r los ritm os fem eninos significa su b ra y a r un
p atró n definido, lim itado. E l in m ig ran te que llega de E u ro p a, donde las
posibilidades de cre ar algo nuevo están determ inadas por u n pasado
p a ra él irrevocable — todos los nuevos cam inos siguen en realid ad u n a
tray e cto ria p re h istó ric a — encu en tra en las lla n u ras sin lím ites de
K ansas u n estím ulo incitan te p a r a cualquier realización. Los seres h u ­
m anos quizá encuentren que la biología menos determ inada del hom bre
constituye tam bién u n estím ulo perm anente. No es ex trañ o que el si­
glo en el que se exploran continentes, se extraen las riquezas de la tie ­
r r a y se establece el trá n sito aéreo, considere que los ritm o s fem eninos
rep rese n tan u n a m olestia y un obstáculo y que deben aten u arse, supe­
ra rs e o ignorarse. No en vano n u e s tra época ha dedicado la m ayor aten ­
ción al p a rto sin dolor p a r a la “joven m am á”, a la s píldoras que la con­
serv an fre sc a y a tra c tiv a “aun d u ra n te esos días”, a la s n iñ eras por te­
levisión, a los biberones y a los tra ta m ie n to s p a ra que “las abuelas luz­
can como colegialas”. Siem pre que el ser hum ano se h a sentido fasci­
nado por el ritm o de su propio corazón, el p atró n biológico m ás in trin ­
cado de la m u je r le ha servido de modelo al a r tis ta , al místico y al san ­
to. Cuando la hum anidad se vuelve en cambio hacia lo que se puede
realizar, a lte ra r, co n stru ir o in v e n tar en el mundo ex terior, la s p ro ­
piedades n a tu ra le s de los hom bres, los anim ales y los m etales se con­
v ierten en impedimentos p a ra m odificar en vez de ser cualidades que
sirv an de guía. Mucho de lo que se ha escrito p a ra el g ra n público d u ­
ra n te los dos últim os años denunciando ásperam ente a las m ujeres no
es m ás que u n intento poco o ptim ista p a ra reco b rar el equilibrio en tre
el se r biológico y el mundo que hemos creado. E ntonces se les reprocha
a las m ujeres el que sean m adres y que no lo sean, que qu ieran salirse
con la suya y. que no quieran, y bien p odría uno p re g u n ta rse : “ ¿Dónde
están los hechos irrevocables que le daban cierto sentido a la vida h u ­
m an a?”

9. LA PATERNIDAD H U M A N A ES UNA IN V E N C IO N SO CIAL

Los hombres y las m ujeres de todas las sociedades han m editado siem­
p re sobre los m éritos específicos del género hum ano, sobre las dife­
rencias que irrevocable o indubitablem ente lo distinguen del resto del
reino anim al. E sta preocupación puede m anifestarse en cierto énfasis
que re ite re el parentesco del hombre con loa anim ales que caza y de los
que depende p a ra el sustento, como sucede en los pueblos prim itivos
que se ponen m áscaras de bestias cuando se reúnen alrededor de las fo­
gatas. O puede denotar un profundo repudio del vínculo anim al, como se
observa en la cerem onia balinesa que obliga a la p a re ja incestuosa a
a n d a r a g a ta s con el yugo de los cerdos domésticos al cuello y a comer
de un a batea, debiendo luego despedirse de los dioses de la vida y m ar­
charse a las tie rra s de penitencia a servir a los dioses de la m uerte.
Según el sistem a ta n difundido que técnicam ente se denom ina totem is­
mo, la s divisiones de la sociedad, los clanes u otros grupos o rg an iza­
dos singularizan sus diferencias alegando vínculos de p arentesco con
ciertos anim ales que tom an como emblema protector, que únicam ente
ellos pueden comer o que declaran tabú p a ra siem pre. C asi todos los
pueblos se in sp ira n a menudo en el mundo anim al p a ra los insultos y
las expresiones afectu o sas; los pad res se enojan con el hijo porque se
p o rta como un cerdo o como u n perro, lo m im an diciéndole g atito o p a ­
loma, le reprochan que reaccione como u n a fie ra o ad m iran la tem eri­
dad y la agilidad que posee en común con los anim ales del bosque. Mu­
cho antes de que D arw in se ñ ala ra el vínculo e n tre el hombre y la bes­
tia en la teoría de la evolución, que le re su lta ra ta n rep u g n an te a g ra n
p arte de sus contem poráneos como a los balineses el ver g a te a r a u n n i­
ño, los hom bres advirtieron las sim ilitudes y diferencias con los dem ás
anim ales.
E l tem a ha sido estilizado por las grandes religiones, traduciéndose
en poesía, como cuando San F rancisco les habla a los p ájaro s, o en un
precepto, como cuando los y aínas se niegan a beber el ag u a que pudie­
r a contener m osquitos; ha sido dram atizado en los juicios de anim ales
de la E dad M edia; ha sido falseado y llevado a extrem os horrendos por
la sensibilidad peculiar de los que siendo b ru tales con los hombres, le
han prodigado excesivas atenciones a los caballos. Los niños sueñan y
se despiertan gritando porque tienen pesadillas en las que fig u ra n an i­
m ales espantosos y ex trañ o s que los am enazan; la equivalencia de los
im pulsos del niño que los padres consideran anim ales. E n el fondo de la
poesía y. del simbolismo de la belleza evocadora de los g ran d es emble­
m as de sacrificio en los que el cordero de Dios padece por el hombre o se
rea firm a el vínculo e n tre los hombres y todos los seres anim ados, por
debajo de la blasfem ia y. del insulto que p a ra den ig rar a un hom bre lo
acusan de ser un anim al o de te n e r las costum bres sexuales de u n a n i­
m al, surge siem pre la m ism a p re g u n ta : “ ¿E n qué consiste la superio­
rid ad del hom bre y qué tiene que hacer p a ra conservarla?" A ntes de que
hubiera filósofos que m e d itaran sistem áticam ente sobre el tem a, los
hombres de pelo enm arañado p in ta rra jea d o s de barro habían com pren­
dido y a que esta cualidad h um ana era algo frá g il, que podía perderse,
que h ahía que conservarla con ofrendas, sacrificios y tab ú es p a ra que
la ap reciaran las generaciones subsiguientes. L a p re g u n ta : "¿Q ué he­
mos de hacer p a ra ser hum anos?” es ta n a n tig u a como la hum anidad
misma.
E s ta interrogación p e rp e tu a revela que el hom bre reconoce que su f í­
sico humano, la posición erg u id a, el cuerpo casi desprovisto de vello,
el p u lg a r oponible y hábil y las facultades potenciales del cerebro no
constituyen la clave de la n atu ra lez a hum ana. Ni siquiera el prolonga­
do período de gestación que lentam ente p re p a ra a u n a sola c ria tu ra hu­
m ana p a ra el nacim iento cuando todavía no está del todo fo rm ad a de
modo que pueda am oldarse a una civilización com pleja, rep rese n ta g a ­
ra n tía alguna de hum anidad perdurable. E n el leng u aje co rrien te se
habla de la bestia que el hom bre lleva dentro, del b arn iz de la civiliza­
ción, y estas expresiones sim plem ente tra s u n ta n que no confiamos en
que los hom bres sean perm anentem ente hum anos.
N u e stra hum anidad depende de u n a serie de nociones de conducta
adquiridas, que en conjunto fo rm an patro n es indeciblemente frá g ile s
y que nunca se heredan directam ente. Podemos confiar en que la h o r­
m iga que descubrim os en un bloque de ám b ar báltico que los geólogos
calculan que d a ta de m ás de 20.000.000 de años reproduzca la conduc­
ta típ ica de la horm iga siem pre que sobreviva. Podemos confiar en ello
por dos razones: prim ero, porque su com pleja conducta, según la cual
su sociedad queda dividida en ca stas dim inutas que desem peñan ta re a s
p redeterm inadas, está a rra ig a d a en la e s tru c tu ra m ism a del cuerpo;
y segundo, porque aunque ap re n d iera algo nuevo, no p o d ría en señ ár­
selo a las dem ás horm igas. L a reiteració n de un p a tró n de conducta
m ás complicado aú n que los que proyectan los u topistas tecnocráticos,
p o r p a rte de innum erables generaciones de u n a m ism a especie, queda
aseg u rada por dos circunstancias:: la conducta está a rra ig a d a en la es­
tru c tu ra física y no son capaces de tra n s m itir las nuevas nociones ad ­
quiridas. Pero el hom bre no tra e consigo n i siquiera la s fo rm as m ás
sim ples de conducta de modo que un niño pueda sin que otros le ense­
ñen reproducir espontáneam ente un acto cultural. A ntes de que ten g a
los puños lo suficientem ente fu e rte s como p a r a peg ar, los gestos ir r i­
tados del niño no m anifiestan sus rem otos antecedentes m am íferos sino
los hábitos de a r r o ja r lanzas o de peg ar con g arro tes que tienen los p a­
dres, L a m u je r que da a luz sola a su hijo no se atiene a un p atró n
instintivo que le sirv a de guía p a r a c o rta r el cordón umbilical y
lim p iar a la c ria tu ra , sino que lo hace torpem ente según las nociones
sueltas y los chismes de las com adres que ha recogido. Quizá se sirv a
de lo que recuerde hab er visto en los anim ales, pero su p ropia n a tu ­
raleza no le ofrece sugerencias fidedignas.
Podemos enorgullecernos de n u e stra nariz y nuestros labios, del cuer-
po casi desprovisto de vello, de los brazos bien form ados y. de n u estras
manos hábiles, pero cuando nos estremecemos fre n te a la deform idad
que d esfig u ra a un ser hum ano asem ejándolo a u n anim al o cuando r e ­
huim os el contacto con personas de o tra s raz as identificándolas p o r los
rasg o s p articu la re s que nos hacen considerarlas m ás anim ales que
nosotros — los labios finos y el vello del caucásico, por ejemplo, la n a ­
riz sin caballete de los mongoles o la pigm entación de los negroides —
existe por debajo del tem o r m anifiesto a la mezcla ra c ia l la conciencia
de que todas las form as de conducta cu ltu ral se pueden perder, que se
lo g ran y que se conservan con grandes sacrificios. Siem pre que el te ­
mor del hom bre se expresa en térm inos sociales — en los g ran d es rito s
colectivos p a ra que el sol brille o tra vez, o cuando todos los hombres
perm anecen callados d u ran te el día del Año Nuevo balines p a ra que
no se in te rru m p a el flu jo de la vida, euando una vez al año los iraque­
ses v iv ían sus sueños, confesaban los pecados y se a rro ja b a n desnu­
dos a los ríos helados a instancia de u n a ilusión — la expresión es a la
vez un a fo rm a de m itigarlo. E stos rito s sirven p a ra re a firm a r que so­
lam ente en conjunto pueden ser hum anos los hombres, que su hum ani­
dad no depende del instinto individual, sino de la sabid u ría tradicional
de la sociedad. Cuando los hom bres pierden la confianza en esta sabi­
d u ría, y a sea porque se vean e n tre personas cuya conducta no les g a­
ra n tiz a la continuidad de la civilización o porque no puedan u tilizar
m ás los símbolos de su propia sociedad, se desesperan, retirán d o se len­
tam ente, luchando a menudo con brío desg arrad o r an tes de ren u n ciar
poco a poco a la herencia cu ltu ral adquirida con ta n to esfuerzo y nunca
asim ilada lo suficiente como p a ra que la nueva generación estuviera
segura.
E ste tem or bien puede atrib u irse al criterio del hombre y no im pu­
társele como irracionalidad peculiar. E s ta n profundo que incluye las
acciones m ás fútiles y aparentem ente inconsecuentes. H asta los d eta­
lles m ás insignificantes de los modales -— las comidas, cuándo se co­
men, con quién y en qué tipo de p la to s — pueden tra n sfo rm a rse en la
base de las condiciones por las que el hombre se siente humano. E n las
sociedades que se dividen en ca sta s como la de la In d ia o la del sudeste
de los E stados Unidos, donde la hum anidad culturalm ente definida del
individuo está inextricablem ente ligada a la identificación con la casta,
relacionarse con personas de o tra clase en las form as p ro scritas signi­
fica p erder la p ropia hum anidad. L a identificación con el propio sexo
tam bién com prende actitudes sem ejantes. La m u jer cosaca de la novela
de Sholokhov, después de esp iar a u n a tu rc a tra íd a por los cosacos, m a­
n ifie sta: “ Lo vi con m is propios ojos. U sa pantalones. Me quedé he­
lada.” E n aquellas cu ltu ras donde los modales de la m esa son d istin ti­
vo de hum anidad, es posible que la gente no pueda sen tarse a comer con
alguien que tenga o tra s costum bres, especialm ente si los modales son
índice de clase o de casta de modo que la presencia de alguien que co­
me de d istin ta m an era lo clasifica a uno inm ediatam ente dentro de esa
clase. Los hombres fornidos de E u ro p a occidental se sienten ofendidos
cuando en tra n en contacto con gente de E u ro p a oriental, donde los hom­
bres se agachan p a ra o rin ar, y la m u je r a u s tra lia n a m oderna se siente
algo incómoda cuando u n a am ericana le dice al m arido que p re p a re el
cóctel. T odas esas pequeñas cortesías o restricciones o deferencias son
ap reciadas por lo que en realidlad representan, actitudes que cuesta
mucho a d q u irir y que son fáciles de perder.
Recordando estos antecedentes, podemos observar las disposiciones
acerca de las relaciones e n tre loa sexos que han sido indispensables p a­
r a la preservación de la sociedad hum ana. ¿H a b rá en el fondo de los
m il símbolos fugaces e inconsecuentes — el caballero que se q u ita el
sombrero, la señora que b a ja los ojos, los geranios en la v en tan a del ve­
cino alem án, los um brales inm aculados de las viviendas obreras de los
M idlands en I n g la te r r a — u n a p rá c tic a común esencial a la que se h a ­
y an afe rrad o todas las sociedades a fin de conservar los aspectos hu­
m anos ta n preciados y ta n difíciles de adquirir?
Al exam inar las d istin ta s sociedades hum anas encontram os siem pre
alg u n a fo rm a de fam ilia, u n a serie de disposiciones p erm anentes por
las que los hom bres ayudan a la s m ujeres a cuidar de los hijos m ien­
tr a s son pequeños. L a sin g u larid ad del aspecto hum ano de la em presa
no se debe a la protección que el hom bre le ofrece a la hem bra y a los h i­
jo s; los p rim ates tam bién lo hacen. N i se basa en el dominio posesional
del macho sobre las hem bras cuyos favores conquista en com petencia
con o tros; tam bién tenemos esto en común con los p rim ates. Lo singu­
la r es la conducta nutricional del varón, que en todo el mundo le propor­
ciona el sustento a la m u je r y a los hijos. L as m e táfo ras sentim en­
ta le s ta n corrientes en Occidente que rec u rren a las abejas, a las hor­
m igas y a las flores p a ra ilu s tr a r los aspectos m ás equívocos del ser hu­
m ano nos confunden y no es ta.n fácil reconocer la invención que re ­
presenta. e s ta conducta m asculina. E s cierto que los machos ali­
m entan a los polluelos e n tre Xas aves, pero el hom bre está m uy lejos
del p á ja ro en la eseala de la evolución. C iertos peces m achos h a ­
cen nidos con fo rm a de b u rb u ja s y sólo ea p tu ran a la hem bra p a­
r a exprim irle los huevos, dedicándose luego, después de ah u y e n ta r­
la , a rec u p erar sin m ayor éxito los que salen del nido, y siem pre
que no se coman los huevos c la s cría s, algunos hijos sobreviven. P e­
ro esta s analogías tom adas del m undo de los p á ja ro s o de los peces
d istan mucho del hombre. E n tr e los que tienen u n a e s tru c tu ra m ás si­
m ilar a la n u e stra — los p rim a tes — el m acho no m antiene a la hem­
b ra . * G rávida y pesada, cam ina trab ajo sam en te p a ra buscarse qué co­
mer. Q uizá el macho luche p a r a p ro teg erla o p a r a poseerla, pero no
la alim enta.
E n algún momento en los albores de la h isto ria hum ana se debe de ha­
ber instituido una invención social por la cual los varones comenzaron
a m an tener a las hem bras y a las cria tu ra s. No hay. motivo alguno p a ­
r a creer que los varones tuv ieran la noción de la p atern id ad física au n ­
que posiblemente el sustento fu e ra el prem io ofrecido a la hem bra que
no fu e ra m uy veleidosa p a ra conceder favores sexuales. E n todas las
sociedades hum anas conocidas sobre la fa z de la tie r ra el varón sabe
que al llegar a la edad ad u lta una de las cosas que tiene que hacer p ara
e n tra r cabalm ente a fo rm a r p a rte de la sociedad es proporcionarle el
sustento a u n a m u je r y a sus c ria tu ra s. H asta en las sociedades más
simples algunos hom bres rehuyen la responsabilidad, tran sfo rm án ­
dose en vagabundos, holgazanes o m isántropos que viven solos en los
bosques. E n la s sociedades com plejas es posible que muchos hombres
eludan la obligación de m antener a las m ujeres y a los niños, in g resan ­
do en u n m onasterio — donde se alim entan m utuam ente — o en un a pro­
fesión que según la sociedad respectiva les confiere el derecho de ser
m antenidos, como el E jército y la A rm ada o en las órdenes budistas en
B irm ania. P ero a p esar de estas excepciones, todas las sociedades hu­
m anas conocidas se basan en la conducta del varón con respecto al sus­
tento. E sta actitu d de procu rarles el alim ento a las m u jeres y a los n i­
ños en vez de d ejarlos valerse por sí mismos como los p rim ates, asum e
d istin tas form as. E n casi todas las sociedades las m ujeres tam bién
desem peñan ciertas ta re a s relacionadas con la recolección o el cultivo
de los alim entos pero e n tre los pueblos que viven casi com pletam ente
áe la caza y de la pesca las actividades de la m u jer se reducen a lim p iar
y a p re p a ra r las presas. Cuando la caza proporciona sólo u n a peque­
ña p a rte de la dieta y los hombres se dedican prim ordialm ente a esta
ocupación, la s m ujeres se hacen cargo casi totalm ente de la ta re a de
recoger los víveres. E n las sociedades en las que los hom bres se m a r­
chan a tr a b a ja r por dinero a la ciudad, las m ujeres que se quedan en las
g ran jas cultivan la tie r ra y cría n los anim ales que sirven de sustento,
m ientras que el hombre com pra h erram ien ta s y arte fa cto s con el sala­
rio que gana. L a división del tra b a jo puede rea lizarse de mil m an eras
d istin tas, de modo que los hombres vivan relativam ente ociosos o que
Ía3 m u jeres d isfru ten de una vida desproporcionadam ente fácil, como
en los hogares urbanos am ericanos donde no hay hijos. Pero el princi­
pio es el mismo. E l hombre, heredero de la tradición , m antiene a las
m ujeres y a los niños. No h a y indicio alguno de que el hom bre como
anim al, sin los patro n es sociales, h a ría algo sim ilar.
Las disposiciones sociales determ inan qué m u je r y. qué niños h a de
m antener, aunque el p a tró n central parece indicar que generalm ente
el hom bre m antiene a su cónyuge y a los hijos que ella ten g a. Que las
cria tu ras sean de él o de otro del mismo clan, o sim plem ente hijos legí­
timos del prim er m atrim onio de su m u je r, parece no ten er m ayor im­
p o rtan cia. Pueden haber entrado a fo rm a r p a rte de la fam ilia por adop­
ción, elección o por ser huérfanos. Pueden ser las aú n n iñ as esposas
de los hijos. E l h ogar com partido por uno o m ás hombres y sus cónyu­
ges, al que los hom bres tra e n el sustento p a ra que ellas lo prep aren ,
constituye el cuadro fundam ental que se re p ite en todo el mundo. Pero
este cuadro puede a lte ra rse y las alteraciones evidencian que el p atró n
en sí no tiene arra ig o biológico.2 E n tre los nativos de la isla de Tro-
ria n d el hombre abastece la despensa de ñam es de la h erm ana y no la
de la esposa. E n la isla de M entaw ie los hom bres tra b a ja n en la casa
del p ad re h a sta que sus propios hijos concebidos subrepticiam ente lle­
g an a la edad en que pueden tr a b a ja r p a ra ellos. E n tre ta n to los hijos
son adoptados por el abuelo m atern o y los m antienen los herm anos de
la m adre. E l resultado social neto es el m ism o: el hom bre dedica g ra n
p a rte del tiem po a ase g u ra r la m anutención de las m u jeres y los niños;
en este caso los hijos son de las h erm anas y no propios. Donde predo­
m inan las fo rm a s extrem as del m atriarcado el hom bre puede verse
obligado a tr a b a ja r p a ra la casa de la suegra, y si se divorcia tiene que
volver a su casa m a tern a a vivir de lo que producen los m aridos de las
h erm anas, como en los pueblos de los indios zunis. P ero a u n así, cuan­
do po dría alegarse que la responsabilidad social de los hombres hacia
las m ujeres se debilita, tr a b a ja n p a r a alim e n tar a las m u jeres y a los
niños. O tra form a social extrem a en la que los hom bres aú n tra b a ja n
p a ra los niños aunque la relación con la m adre sea m uy vaga, se puede
o bservar en las sociedades in d u striales m odernas, donde m uchos niños
viven en hogares deshechos socorridos por los im puestos que p ag a n los
hom bres y m ujeres que tienen e n tra d a s m ayores, de modo que los miem­
bros de la soeiedad que se dedican con esfuerzo a ta re a s bien rem une­
ra d a s son en cierto sentido los que m antienen a los miles de niños que
dependen del E stado. Se ad v ierte nuevam ente lo tenue que es el im pul­
so del hom bre p a r a m antener a los hijos, ya que las diferentes disposi­
ciones sociales pueden an u larlo fácilm ente.
E l vínculo alim entario en tre la m adre y el h ijo está al p arecer ta n
profundam ente arraig a d o en la s condiciones biológicas de la concep­
ción y la gestación, del p a rto y la lactancia, que sólo pueden in v alid ar­
lo las disposiciones sociales b á s te n te com plejas. E n los casos en que
los seres hum anos han aprendido a v a lo ra r el rango por encim a de todo
y la ambición suprem a es alca n za r cierta categoría, las m u jeres llegan
a estra n g u la r a ios hijos eon sus propias m an o s.3 Guando ías socieda­
des ex ag eran ta n to la observancia de la legitim idad que se lo g ra con­
se rv a r provisores a los hom bres m ediante el ostracism o de la m ad re sol­
te ra , es posible que la m u jer que te n g a un hijo n a tu ra l lo abandone o lo
m ate. Cuando el te n er u n hijo m erece la desaprobación social y m o rti­
fica al m arido, como sucede e n tre los m undugum ores, las m u jeres se
esfuerzan por no tenerlos. Si se fa lse a la noción que de la a p titu d de su
p a p el sexual tiene la m ujer, si se disim ula el p arto con anestésicos im pi­
diéndole ten er conciencia de que ha dado a luz u n niño, si se su stitu ­
ye el pecho con una fórm ula recetada por el especialista, advertim os
tam bién g raves trasto rn o s en las actitudes m aternales, trasto rn o s que
pueden difundirse por toda u n a clase o una región y que pueden asu m ir
im portancia social adem ás de personaL Pero las pruebas parecen indi­
c a r que el problem a tiene aspectos diferentes p a ra los hom bres y las
m ujeres, y a que los hom bres tienen que a d q u irir el deseo de m antener
a otros y que esta conducta, siendo adquirida, es frá g il y puede desapa­
recer fáeilrnente en circunstancias sociales que ya no la im pongan
efectivam ente. Puede decirse en cambio que la m u jer es m ad re a menos
que se le inculque el rechazo de su a p titu d p a ra te n e r hijos. L a socie­
dad tiene que fa lse a r la sensación que tiene de sí m ism a, d esn atu rali­
z a r los p atrones de desarrollo innato, inculcarles u n a serie de nocio­
nes a la fu erza, p a ra que desista de hacerse cargo, p o r lo menos d u ra n ­
te algunos años, del h ijo que ya ha n u trido d u ran te nueve meses en lo
m ás íntim o de su cuerpo.
P or consiguiente, las fo rm as tradicionales que nos h a n perm itido
conservar la s cualidades hum anas adquiridas se basan en la fam ilia,
en cierta e s tru c tu ra fa m ilia r dentro de la cual los hom bres se hacen
cargo perm anentem ente de las m ujeres y de los niños. D entro de la fa ­
m ilia cada nueva generación de varones adquiere la conducta adecua­
da que observar p a ra la m anutención y superpone este papel p atern al
aprendido a la virilidad biológica. Cuando la fam ilia queda desmem­
b rad a — como sucede con los esclavos, los siervos y, ciertas fo rm a s de
mano de obra contratada, o en épocas de intranquilidad social, d u ran te
las g u erras, revoluciones y epidem ias, o períodos de escasez o de tr a n ­
sición rep en tin a de u n tipo de economía a otro — se quiebra esta sutil
línea de transm isión. Los hom bres vacilan y tropiezan d u ra n te esos
períodos y predom ina nuevam ente la unidad biológica p rim a ria cons­
titu id a p o r la m adre y el hijo, violándose y desvirtuándose las condi­
ciones especiales que g ara n tiza b an las tradiciones sociales. H a sta el p re­
sente todas las sociedades históricas conocidas h a n resta u rad o siem­
p re la fo rm as que perdieran tem porariam ente. E l esclavo negro de los
Estados Unidos e ra criado como u n sem ental y le quitaban los h ijos p a ­
r a venderlos. L a huella de esa pérdida de la responsabilidad p atern al
se observa todavía en los negros am ericanos de la clase obrera donde la
unidad n u tric ia está form ada po r la m adre y la abuela m atern a,
vinculándose a veces a ella los hombres aunque no ap o rte n ninguna con­
tribución económica. No obstante, no bien alcanzan cierto nivel de edu­
cación y de seguridad económica abandonan este estilo de vida desor­
ganizado y el pad re negro de la clase m edia es quizá h a s ta excesiva­
m ente responsable. A menudo los prim eros en establecerse al coloni­
za r u na región son hombres, luego, d u ran te algunos años, las únicas mu-
je re s ta l vez sean p ro stitu ta s, pero finalm ente tra e n esposas y se re sta ­
blece la fam ilia. H a sta ahora el p a tró n fa m ilia r no se ha quebrantado
nunca d u ran te ta n to tiem po como p a ra que los hom bres se olvidaran
de su valor.
L a subsistencia de la fam ilia h a s ta nuestros días, su restablecim ien­
to luego de la destrucción ca ta stró fic a o ideológica, no es sin em bargo
g a ra n tía de que siem pre ha de suceder lo mismo ni signifca que n u e stra
generación pueda tran q u ilizarse dándola por segura. Los seres hum a­
nos han adquirido su hum anidad m ediante gran d es esfuerzos. H an
conservado las invenciones sociales a p esar de innum erables pequeñas
vicisitudes, en p a rte porque estando aislados en pequeños g rupos sepa­
rados por los ríos, las m ontañas, los m ares, los idiom as extraños y, las
fro n te ra s vigiladas, siem pre h ab ía algún grupo que p u d iera conservar
la sabiduría conquistada con ta.ntos sacrificios y que los dem ás des­
echaran, al ig u al que algunos se salvaban de las epidem ias que ex ter­
m inaban a unos o evitaban los errores de nutrición en que in c u rría n
los otros debilitándose y pereciendo. R esulta significativo que las abro­
gaciones de la fam ilia en g ra n escala m ás efectivas no h ay an o cu rri­
do entre los salvajes prim itivos que se m antienen al borde de la subsis­
tencia, sino en las g ran d es naciones y los im perios poderosos que te ­
n ían recursos abundantes, una población inm ensa y dominio ilim ita­
do. E n el antiguo P erú el E stado disponía de las personas a su antojo
y sacaba a m uchas jóvenes de la s aldeas destinando a las menos a g ra ­
ciadas p a ra tejedoras en los gran d es m onasterios y a las m ás bellas
p a ra concubinas de la nobleza. E n R usia an tes de 1861 los siervos se ca­
saban por orden de los te rra te n ie n te s que los tra ta b a n como si fu eran
ganado y no seres humanos. D u ra n te el régim en nazi en A lem ania, la
ilegitim idad e ra prem iada con casas de descanso cómodas y soleadas
p a ra la m adre y el hijo, asum iendo el E stado por completo la responsa­
bilidad m asculina de la m anutención. No tenem os po r qué creer que es­
tos procederes no puedan prevalecer si son im puestos d u ran te cierto
tiempo por naciones que logren ev itar el conocimiento por p a rte de sus
miembros de otros estilos de vida antiguos o contemporáneos. L a R usia
soviética ha vuelto a h acer hincapié en los vínculos fam iliares luego
de un breve ensayo de a flo ja r los lazos m atrim oniales y red u cir las res­
ponsabilidades de los padres, pero esto ocurrió en u n contexto u n iv er­
sal y en oposición con el resto del mundo. Las te n ta tiv a s in fru ctu o sas
que ha habido en la histo ria p a ra cre ar sociedades en las que el Horno
S apiens a c tu a ra no como el se r hum ano que conocemos sino como
u na c ria tu ra que bien se podría com parar con la horm iga o con la abe­
ja , aunque sus patro n es rígidos fu e ra n adquiridos en lu g a r de innatos,
constituyen o tra advertencia — m ás punzante que las analogías que
el hom bre prim itivo percibiera en tre su conducta y la de las bestias de
la se lv a — de que la form a actu al de n u e stra n atu ra lez a hum ana no
es inalienable, que es posible perderla.
P or consiguiente, si reconocemos que la fam ilia, o sea un p atró n de
disposiciones p a ra ambos sexos en el que los hombrea desempeñan el
p apel de m antener a las m ujeres y a los niños, es u n a de la s condicio­
nes prim ordiales de dicha hum anidad, podemos inv estig ar cuáles son
los problem as universales que tienen que resolver los seres hum anos que
viven d entro de la fam ilia adem ás del problem a elementa] de inculcarle
al hom bre los patrones y los hábitos de la m anutención. E n p rim er té r­
mino, es preciso establecer u n a perm anencia de c ie rta índole, la seguri­
dad de que los mismos individuos han de tr a b a ja r y hacer proyectos
ju n to s po r lo menos d u ra n te una tem porada o u n a cosecha, y g eneral­
m ente con la esperanza de que la unión dure toda la vida. A unque sean
liberales con respecto al divorcio, aunque los m atrim onios se separen
con frecuencia, en casi todas las sociedades existe la suposición de que
el ayuntam iento h a de ser perm anente, la idea de que el m atrim onio ha
de d u ra r m ien tras vivan los cónyuges. E s posible que se devuelva a la
esposa estéril, o que se le exija o tra al clan de la m u je r; que el hombre
le ceda la esposa a un herm ano m enor con quien se lleve m e jo r; que los
m aridos dejen a las m ujeres o éstas a aquéllos por los motivos m ás in ­
sig n ificantes; no obstante, la suposición prevalece. N inguna sociedad ha
inventado u n a form a perdurable de m atrim onio que no te n g a implíci­
ta la fra s e “ h asta que la m uerte nos separe". P or o tra p a rte , sólo con­
tadas sociedades p rim itiv as h an insistido con esta suposición h a s ta el
extremo de n egarse a reconocer diversas posibilidades de fracaso s m a­
ritales. L a insistencia ju ríd ic a sobre el m atrim onio perpetuo en cual­
quier circunstancia es m ás propia de las sociedades que h an logrado
u n a organización ta n absoluta que el grupo puede coaccionar al indivi­
duo sin te n er en cuenta las relaciones en tre los sexos. H a sta el p resen­
te u n a de las condiciones p a ra que se estableciera y p e rd u ra ra la fa ­
m ilia h a sido la proposición de un p atró n norm al p a ra todo el curso
de la v ida; en ciertos casos se h a basado en la relación con u n a herm a­
n a en vez de con la esposa, pero de todos modos el p atró n es p erm a­
nente.
A fin de lo g ra r la estabilidad y la continuidad de la relación que da
lu g a r a la fam ilia, la sociedad tiene que h allarle solución a la riv ali­
dad de los varones por las m ujeres p a ra que no se m aten, n i las acap a­
ren de modo que muchos se queden sin esposa, ni excluyan a los m ás jó ­
venes, ni m a ltra te n a las m ujeres y a ios niños d u ran te la época de com­
petencia p a ra el ayuntam iento. ‘ Si im aginam os a dos hom bres arm ados
de g arro tes enfrentándose ante u n a m u je r desarm ada y recelosa, nos
parece que el problem a de la rivalidad pertenece al pasado rem oto y
prim itivo y no es propio de la sociedad m oderna. Pero los p atro n es que
rigen en la elección del cónyuge son patrones adquiridos y por lo ta n to
pueden q uebrantarse en cualquier momento, debiendo retocarse cons­
tan tem ente p a ra que no resulten caducos. Se dice que uno de los facto ­
re s que contribuyeron al advenim iento del p artido nazi fu e la tenden­
cia contraproducente de la república de W eim ar de darles a los hom­
bres m ayores los puestos que hubiera vacantes, dejando a los m ás jó ­
venes en inferioridad de condiciones fre n te a las m ujeres. D u ra n te la
Segunda G uerra M undial la diferencia en tre la pag a del soldado am e­
ricano y el inglés asum ió g ra n im portancia en In g la te rra porque colo­
caba a los prim eros en una situación ventajosa p a ra co rte jar y reque­
r i r a las m ujeres. Siem pre que se produce un cambio violento en el p a­
tró n de vida, en la división del tra b a jo , en la proporción de los sexos
•—•como en las guarniciones de la s islas del Pacífico d u ran te la últim a
g u e rra — surge el problem a periódico de la rivalidad. A unque no p ro ­
voque com bates individuales entice dos hombres que luchen con piedras
y cuchillos por Ja posesión de u n a m ujer, puede d a r lu g a r a p e rtu r­
baciones del estado de ánimo del grupo, al agravam iento de los proble­
m as grem iales, a la form ación de partid o s subversivos. Puede llegar
a a lte r a r las relaciones entre aliados o a com prom eter el éxito de una
revolución dem ocrática.
E n las sociedades m odernas que ya no sancionan la poligam ia ni en­
c la u stra n a las m ujeres su rg e a h o ra otro problem a, el de la rivalidad
de las m ujeres por los hombres. Constituye éste el ejemplo de un p ro ­
blema creado casi enteram ente por la sociedad, de u n producto de la ci­
vilización superpuesto al problem a biológico an terio r. E n el plano hu­
mano m ás prim itivo el varón, po r su atracción persisten te hacia las
m ujeres, su fu e rz a física superior que los hijos no menoscaban, se en­
co n trab a en la posición n a tu ra l de ataque. L as m ujeres, aunque no per­
m anecieran indiferentes ni p asivas fre n te a la contienda, no e ra n h as­
ta cierto punto m ás que prendas en juego. Pero a m edida que la civili­
zación ha ido reem plazando los puños y los dientes, prim ero con el h a ­
cha de piedra, el cuchillo y el fu sil, y luego con las arm as m ás sutiles
del prestigio y la influencia, el problem a de la rivalidad de dos perso­
nas pertenecientes al mismo sexo por una del sexo opuesto se h a aleja­
do progresivam ente de la base biológica. E n las sociedades en que hay
m ás m ujeres que hom bres — la proporción norm al en O ccidente— y en
las que im pera la m onogam ia, advertim os que la com petencia de los
hombres po r las m ujeres está variando e incluye tam bién la competen-
cia de las m ujeres por los hom bres. Quizá este cambio sin g u lar sea la
dem ostración m ás g rá fic a de lo que puede lo grarse socialm ente, ya
que coloca al sexo que biológicamente está menos capacitado p a ra la
lucha en u n a posición de com petencia activa.
Hay. m uy diversas soluciones hum anas al problem a de qué hom bres
h an de conseguir a ciertas m ujeres, bajo qué circunstancias y. por
cuánto tiempo, y al problem a menos corriente pero m ás moderno de qué
m ujeres han de conseguir a ciertos hombres. A lgunas sociedades tole­
ra n períodos de licencia p a ra que aquellos que crean que pueden h a ­
bérselas con m ás miembros de! sexo opuesto que los que norm alm ente
se le consienten tengan la oportunidad de rea liza r sus ilusiones sin des­
b a r a ta r el orden social. E n cie rta s sociedades se estila p re s ta r a la
m u jer o in tercam biar las esposas en tre amigos, de modo que la coope­
ración e n tre los hom bres se re a firm a m ediante este vínculo sexual.
O tras sociedades perm iten que todos los hombres que pertenecen al
mismo clan ten g an indistintam ente acceso a las respectivas esposas y
se observa la sin g u lar am onestación de que d u ran te el em barazo la m u­
je r sólo puede tener relaciones sexuales con su m arido. E l pueblo usuai
de la s grandes islas del A lm irantazgo les perm itía a los jóvenes de am ­
bos sexos gozar de un año de diversión vigilada juntos, pudiendo al té r­
mino del mismo escoger u n a p a re ja p a ra una sola noche. Luego casa­
ban a las chicas con hom bres m ayores y los muchachos optaban por ca­
sarse con viudas que tu v ie ran propiedades y experiencia. E n ciertas
sociedades los hombres m ás fu ertes, los que se d estacaran como gue­
rrero s, cazadores, agricultores o depositarios del saber p opular tr a d i­
cional, podían te n er m ás esposas que los demás. E n to d a sociedad no
sólo es m enester e n c a ra r la s situaciones reales, como la escasez re la ti­
va de hombres o de m ujeres, sino tam bién tener presentes las ilusiones
que in sp ira n las disposiciones sociales p articu lares. E l m undugum or
tr a t a siem pre a su esposa como si fu e ra u n a entre m uchas, aunque sea
pequeño y poco com petente y te n g a sólo u n a esposa coja y con culebri­
lla m ien tras el herm ano m ayor tiene ocho o nueve, porque e n tre los
m undugum ores el varón ideal es el que tiene u n as cuantas. E l arap esh ,
en cambio, aunque ten g a dos esposas, u n a heredada del herm ano m uer­
to o fu g itiv a de los pueblos m ás agresivos de la lla n u ra, tr a t a a cada
un a como si fu e ra la única, la que alim e n tara y cu id ara d u ran te los
largos años del compromiso. Los m anus, siendo monógamos rigurosos,
aunque están rodeados de polígamos entusiastas, creen que hay g ran
escasez de m ujeres en el m undo y no sólo com prom eten a los hijos v a­
rones lo an tes posible, sino que re la ta n que en el mundo de los espectros
se a rre b a ta n de una m anera de lo m ás indecorosa el esp íritu de cada
m ujer que se m uere. Los papúes de K iwai celebran rito s mágicos com­
plicadísimos p a ra aseg u rarles a los varones el éxito en el m atrim onio
y los esquim ales p ractican a la vez el infanticidio fem enino — b asán­
dose en la te o ría de que sobran m u je re s — y la poligam ia, que impli­
ca q u itarles las esposas a los dem ás porque ias m ujeres no alcanzan.
Todas estas situaciones de rivalidad afectan a los adultos, ta n to si
el eje de las m ism as es la competencia e n tre los hombres m ayores y m ás
fu ertes y los jóvenes y m ás débiles como si se tr a t a del conflicto en tre
'.zs m ujeres m ás jóvenes y a tra c tiv a s y las m ayores y m ás aplom a­
das, o de la lucha en tre personas de la m ism a edad. Pero h ay otro p ro ­
blema que toda sociedad hum ana tiene que resolver: la protección de
los que aún no han llegado a la m adurez sexual, que es en esencia el
problem a del incesto.
Hemos mencionado las diferen tes m aneras de e n c arar la sexualidad
en desarrollo del niño, hemos visto cómo el niño samoano comienza el
período de inactividad sexual m ediante la observancia del tab ú entre
la h erm ana y el herm ano, cómo la identificación del niño con el proge­
n ito r del mismo sexo tr a e a p a re ja d a s ciertas tensiones y prohibiciones
en su relación con el sexo opuesto. Poner al niño a salvo de los p ad res
— un a vez que se adm ite que sea deseable— im plica tam bién poner
a los p adres a salvo de los hijos. E s m enester p roteg er a la n iñ a de
diez años de los requerim ientos del padre p a ra a seg u rar el orden social,
pero es preciso ev itarle al pad re la tentación p a ra que su adaptación
social sea perm anente. Las defensas que el niño erige co n tra el deseo
por el progenitor tienen su equivalencia en las actitudes del progeni­
to r que protegen al hijo. G eneralm ente los tabúes sobre el incesto se
extienden en varios sentidos de modo que el niño queda protegido de
todos los adultos, aunque la protección puede ser m inim a, como en tre
los indidos de K aíngang, donde todos los niños reciben b astan te estí­
mulo sexual, o m áxim a, como lo ilu s tra la educación trad icio n al que se
le daba en F ra n c ia a la jeune filie . E sta s prohibiciones quedan estili­
zadas en los tabúes contra el “ sacjueo de cunas” y en la definición legal
de la “edad del consentim iento”, que según las m adres de la generación
p asad a significaba la edad a la cual “una joven podía acceder a su
propia deshonra” .
L as reglas fundam entales sobre el incesto abarcan las tre s relacio­
nes p rim a ria s de la fa m ilia : e n tre padre e hija, entre m ad re e h ijo y
e n tre herm anos. L a necesidad social de que haya reg las que eliminen
la com petencia dentro de la fam ilia queda m uy bien ilu stra d a por las
condiciones im perantes en M undugum or. Se quebrantó el ta b ú sobre
los m atrim onios en tre personas de d istin tas generaciones debido a la
presión de u n sistem a m atrim onial dem asiado complicado y esto les
perm itió a los hom bres cam biar st las h ija s por nuevas esposas m ás jó ­
venes. Pero esta situación pone a]| hijo en com petencia con el pad re por
la h ija-herm ana, ya que ambos quieren c a n je arla por un a esposa. L a so­
ciedad m undugum or se convirtió en u n a selva donde todos los hombres
era n rivales y subsistía gracias la m em oria de form as sociales an te­
riores que algunos todavía in te n ta b an observar, aunque precisam ente
debido a esa m em oria no se podían re a d a p ta r. Puesto que la ta re a p r i­
m ordial de toda sociedad es lo g ra r que los hom bres continúen tr a b a ­
jando ju n to s con cierto grado de; cooperación, cualquier situación que
predisponga a los hombres unos co n tra otros re su lta fa ta l. P a ra que el
hombre sig a siendo el que a seg u ra el sustento dentro de la fam ilia, tie ­
ne que m antener y no com petir con los hijos, sobrinos, etcétera. P a ra
que pueda cooperar con los dem ás hombres de la sociedad tiene que es­
tablecer relaciones con los que no te n g a rivalidad sexual.
L as sociedades que h a n puesto de relieve la colaboración en vez de la
com petencia en tre los hom bres logran fo rm u lar los tabúes sobre el in­
cesto de modo que no destaquen la necesidad de ev itar las contiendas
e n tre los que están em parentados, sino la de establecer nuevos lazos a
trav és del m atrim onio. “ Si uno se ca sa ra con la herm ana — dice el
a ra p e s h — no te n d ría n ingún cuñado. ¿Con quién iba a tr a b a ja r ? ¿Con
quién iba a cazar? ¿Quién le a y u d a ría ? ” Y la cólera está d irig id a h a­
cía el hom bre antisocial que no quiere casar a la herm ana o a la h ija,
porque el deber del hom bre es c re a r nuevos vínculos p o r interm edio de
la s jóvenes de su fam ilia. Sin em bargo, el desear u n cuñado p a ra irse
de caza juntos, como los arapesh, o una nuera a quien poder dom inar,
como los japoneses, y el p erm itir el incesto en tre el herm ano y la h e r­
m ana en la fam ilia real, como sucedía en tre los antiguos haw aianos y
egipcios, constituyen estilizaciones de las reglas sobre el incesto. Tam ­
bién lo son la s generalizaciones que com prenden a media trib u o, en el
caso extrem o de los aborígenes de A u stralia, que se extienden en ta l
fo rm a que sólo m ediante las ficciones m ás rebuscadas pueden casarse
ciertas personas. L as reg las sobre el incesto encierran en el fondo la
m an era de conservar la unidad fam iliar personalizando y p a rtic u la ri­
zando las relaciones que surgen eu él seno de la mism a. L a am pliación
de las reglas sobre el incesto de modo que p ro tejan en diversos senti­
dos a los jóvenes — a todos los hijos de la sociedad— co n tra la explo­
tación y la crueldad sirve p a ra ilu s tra r cómo las p rácticas conservado­
ra s y protectoras in stitu id as du ran te el tran sc u rso de la h isto ria hu­
m ana sirven de p a u ta p a r a la conducta social m ás compleja.

10. LA POTENCIA Y LA RECEPTIVIDAD

A unque la fam ilia hum ana depende de invenciones sociales que indu­
cen a los hom bres a m antener a las m ujeres y a los niños, dichas inven­
ciones se fu n d an en determ inadas relaciones sexuales físicas que la n a ­
tu raleza biológica establece en tre el hom bre y la m ujer. No estando su-
n « iv in n n n n n /Irt n n l n r. 1 VlA 1*11C*Wi"íVinÍl> VI í n l 'J 'm a n í ’O l' TIOV1Á A 5f »« m Í3T*
JtílíUS a UUct e p u c a UC WiUj d i HU UiOlUUlUlJ. HA &. amtiiLQj. p c A iu u it o iu c i n t

la receptividad explícita de la m ujer, los seres hum anos lograron fu n ­


d ar un a asociación perm anente sobre la base de las relaciones sexua­
les continuadas.
A u n en tre los prim ates la plenitud de la actividad sexual está su­
peditada a la periódica disposición de la hem bra. De nada vale el in te­
rés que pueda dem ostrar el macho a menos que la hem bra se encuentre
en un período de receptividad. E[ay algunos indicios que p arecerían se­
ñ a la r que este ciclo de receptividad obra todavía en la m ujer, pero sin
te n e r ya el mismo efecto sobre la cópula y el em barazo.1 Cuando los
antropólogos comenzamos a e stu d ia r detenidam ente las sociedades p r i­
m itivas, descubrimos que había sociedades en las que se p erm itía u n a
g ra n licencia sexual p rem a rital sin que hubiera casi hijos ilegítim os.
No obstante, después de casarse las jóvenes que hab ían gozado de ab ­
soluta lib e rtad concebían y te n ía n hijos, y lo que es m ás, te n ían num e­
ro sa prole. Los pueblos de Sam oa y de T robriand constituyen dos de los
ejem plos m ás conocidos de esta licencia p re m a rita l y ambos son p u e­
blos fecundos. AI principio se sugirió como explicación que quizá hubie­
r a en algunas raz as, en ciertos clim as o en sectores de la población, cier­
ta dem ora en tre la p rim e ra m enstruación y la ovulación, de modo que
las jóvenes parecieran desarro llad as uno o dos años an tes de que pudie­
ra n concebir. * P ero aunque esto explique en p a rte este fenómeno, no
parece ac lararlo totalm ente. Q uizá te n g a m ayor significación el hecho
de que con el m atrim onio el control del momento propicio p a ra el acto
sexual p asa de la m u jer a) hom bre, hecho éste que ilu s tra asimism o lo
que p arecería haber sucedido en la histo ria de la hum anidad. E n estas
sociedades prim itivas es la joven la que decide, antes del m atrim onio,
si ha de reu n irse con su am an te bajo las palm eras o si h a de recibirlo
con las precauciones necesarias en su casa o en su lecho en la casa de
los jóvenes. E l la corteja y la requiere, le envía regalos y m ensajes g a­
lan tes por un interm ediario, pero es ella quien tiene derecho a escoger.
Si no quiere no va a la cita, no le v a n ta la p u n ta de la estera, no lo es­
p era en el bosquecillo. B a sta urna leve alteración del ánimo, un cap ri­
cho pasajero, la m enor aversión, p a ra d efrau d a r al muchacho. Todo
esto cam bia con el m atrim onio. E l m arido y la m u jer com parten el m is­
mo lecho y la m ism a m esa. Q uizá el lecho no sea m ás que un a estera en
el suelo, u n a ham aca en la selva, una cesta contra los m osquitos en el
río Sepik, o la décima p a rte del talego fam iliar, pero el m arido tiene
siem pre por p re rro g a tiv a acceso a su m u jer, rigiéndose solam ente por
la etiqueta y los tabúes. E s el deseo insistente, esporádico del hombre
lo que determ ina el momento, y no la disposición m ás caprichosa de la
m ujer, que se m anifiesta a intervalos ta n d ispares en d istin ta s m uje­
re s que no es posible a trib u irle siquiera u n a reg u larid ad g eneral p ro ­
pia del sexo.
Muchos de los autores que escriben sobre los sexos y la fam ilia hu=
m ana destacan el hecho de que el hombre sea capaz de violar a la m u­
je r. No es sino u n a m an era precip itad a y alarm an te de ex p resar algo
que es en realidad mucho m ás sutil. E l macho de la especie hum ana es
capaz de copular con u n a hem bra que m anifieste relativ am en te poco
a rd o r y poco interés. No h a y pru eb as que indiquen que el estu p ro en el
verdadero sentido de la p alab ra — es decir, la violación de u na m u jer
que se oponga to ta lm e n te— h ay a sido ja m á s adm itido como p ráctica
social. O curre como fo rm a de desviación bajo diversas circunstancias
sociales singulares, cuando los hom bres se h allan segregados de las
m ujeres en condiciones que provocan la hostilidad exacerbada, en situ a­
ciones o riginadas por los sistem as de ca stas cuando no existen sancio­
nes sociales a rra ig a d a s que las h ag an tolerables, o en los casos de de­
m encia del estu p rad o r o de la víctim a. Pero p a ra que el hombre cuerdo
e inerm e viole realm ente a u n a m u je r — p a ra que copule con ella con­
tr a su voluntad consciente e inconsciente—■es preciso que ex istan cir­
cunstancias especiales, que haya po r ejemplo u n a e x tra o rd in a ria dife­
rencia de ta lla , o diferencia de cu ltu ra, de modo que la joven se sienta
a te rra d a y el hom bre se deje confundir por lo inusitado de la situación,
o que sucum ban an te algún otro elemento im previsto o insólito del am ­
biente. P or lo general, en un am biente social homogéneo, el hombre de
vigor norm al no puede v iolar a u n a m u jer sana y fu erte. E n m uchas so­
ciedades p rim itiv as uno u otro sexo, o ambos, sueñan con la violación,
pero existen m edidas sociales eficaces que im piden la p ráctica. A un en
n u estra sociedad, en la época en que una m u jer que anduviera sola de
noche propiciaba el ataque — es decir, insinuaba m ás bien in terés que
ren u en cia— e ra n bien conocidos los pinches de som brero como medios
de defensa. E l hom bre de Dobu soñaba con el estupro y la m u jer dispo­
nía de u n a técnica efectiva p a ra impedírselo. E n Iatm u l los hombres
hablan de violaciones todo el tiem po e im aginan situaciones en las que
-;na m u jer sola e indefensa les b rinda la oportunidad deseada, pero en
la realidad cotidiana acuden todos los hom bres de la m ism a edad cuan­
do es necesario som eter — por medio del e s tu p ro — a la m u je r que el
marido no puede dom inar. L a violación llega a o cu rrir en las socieda­
des m odernas cuando en diversos niveles y, sectores rig en d istin ta s le­
yes consuetudinarias, cuando los miembros de u n sexo no son capaces
de in te rp re ta r la conducta de los miembros del sexo opuesto que p ro ­
vienen de otro am biente, o cuando no son eficaces las técnicas u tiliza­
das p a ra diagnosticar e in te rn a r a los que padecen de trasto rn o s men­
tales crim inales. Pero es entonces un acto m uy diferen te de la conduc­
ta que puede p o stu larse p a ra los pequeños grupos de c ria tu ra s que en
los albores de la histo ria in v e n taran los patro n es sociales.
Sin em bargo, es m uy grande la transición entre el simple a y u n ta ­
miento periódico de los prim ates, que obliga a los machos a com petir
entre ellos y a b uscar el fav o r de la hem bra en el preciso momento en
q'je se encuentra fisiológicam ente receptiva, y, la fam ilia hum ana, que
le p erm ite al hom bre im poner su deseo a p esar del desinterés, el tedio,
la fa tig a , la aversión y h a sta la repugnancia y el rechazo de la m ujer.
Cuando se produce esta transición de la voluntad fem enina a la volun­
tad m asculina, el hom bre se ve fre n te a una responsabilidad que no tie-
el macho en ios planos inferiores del reino anim al. E n las hordas de
los p rim ates las hem bras m anifiestan su receptividad periódicam ente
y los machos que les responden la s cubren si los aceptan. N ada le su­
cede al macho que perm anece in d iferente. E se día no riñ e con los de­
m ás, sino que se queda sosegado, acicalándose. H a sta en cuentra m ás
f r u ta p a ra comer porque los com pañeros que despliegan m ás actividad
sexual están absortos en o tra s cosas. No necesita esposa. Excepto en
lo que al sexo se refiere, se b a sta a sí mismo, se p ro cu ra el alim ento
que consume, se quita solo la caspa del cuerpo. No precisa, como el es­
quim al, una m u jer que le m achaque las botas, ni que le cuide los cer­
dos, como el papú, ni que le asegure una posición social, ni le zurza los
calcetines ni c u rta las pieles de las presas de caza, como los hom bres de
ciertas sociedades. Ni necesita tam poco una esposa p a ra que le críe los
hijos. No tienen hijos — en ese sentido — . Son las hem bras las que los
tienen y los cuidan. De modo que m ien tras el macho excesivam ente ac­
tivo lucha con sus coetáneos p a r a te n er acceso a las hem bras que se
m u e stran receptivas, el que sea o se sienta tem porariam en te menos ac­
tivo perm anece al m argen. N adie se lo reprocha y la s hem bras no lo
fastid ian . E s posible que viva m ás que sus com pañeros inquietos. No
le preocupa la impotencia.
P ero al producirse la cohabitación conyugal prolongada en tre los se­
res hum anos, estando la m u je r a disposición del hom bre en todo mo­
mento debido a la índole de su receptividad, surgen v arios problem as.
E l m érito del hombre como am an te se complica con la necesidad de te ­
n er una esposa, con el vínculo que lo une a los hijos que tiene que m an­
ten er, con la posición que le corresponde en la comunidad. M ientras que
el p rim ate necesita a la hem bra únicam ente por razones físicas, es p re­
ciso que el hombre te n g a esposa aun en los esquemas sociales m ás ru d i­
m en tarios de que se tiene noticia. Y siem pre, en cualquier sociedad y en
to d as las circunstancias conocidas, la esposa es algo m ás que el objeto
o el medio p a ra lo g ra r la satisfacción del deseo físico. E n consecuencia,
aparecen diversas modalidades de conducta adquirid a que definen y h a ­
cen m ás com pleja la actitu d del hombre hacia las m ujeres. Suprim ien­
do los convencionalismos sociales o rodeada de form alism os que la defi­
nen sólo como objeto sexual accesible sin otros atrib u to s sociales, la m u­
je r activam ente receptiva d espierta todavía en la m ayoría de los hom­
b res la m ism a reacción que se observa e n tre los prim ates. El hombre
que es sexualm ente activo reacciona positivam ente; el que es inactivo
reacciona lentam ente o no reacciona. H asta en tre Ies r a ta s blancas hay
machos activos e inactivos. No obstante, puesto que la s relaciones hu­
m anas im plican el noviazgo, el m atrim onio, el prestigio social, el in te r­
cambio de parentesco, la elección de un b arrio respetable p a ra vivir,
etcétera, la p referencia espontánea del hom bre está supeditada a o tra s
aspiraciones. Q uiere conservar a la esposa y esto significa que h a de
acostarse m ás o quizá menos a menudo con ella. E l iatm ul les dice írri-
tado a sus esposas: “¿Se piensan que uno es de palo p a ra copular con
ustedes todas las veces que quieren?’’ “ La cópula es rep u g n an te”, di­
cen la m ujeres de M anus. “ E l único m arido tolerable es el que apenas
hace se n tir sus requerim ientos.” Cada cu ltu ra estiliza las preferencias
de los hom bres y las m ujeres en cuanto a lo que debe ser la esposa, el m a­
rido, el am ante, tolerando m ás o menos diferencias individuales. Los
hom bres y las m ujeres criados en la m ism a c u ltu ra tienen los mismos
ideales sexuales. E l hom bre sabe m uy bien cuál es el am an te ideal p ara
las m ujeres, y sabe asim ism o en qué circunstancias la esposa puede
reaccionar tirándole un tacho, dándole una palm ada al niño, pegándole
al p erro, sacando la escalera p a ra que él no pueda e n tra r en la choza, o
sugiriéndole que duerm a en el diván del tocador. E n vez de ser una sim­
ple u rgencia sin complicaciones m oderada por la periodicidad de la hem­
b ra , como en los p rim ates, el instinto del hombre está siem pre supedi­
tado a num erosas consideraciones. Sin em bargo, p arecería que la reac­
ción sexual m asculina se produce m ás fácilm ente cuando es espontánea,
cuando responde sim plem ente a ciertas señales que se reconocen como
incitantes, como la desnudez, un perfum e especial, la reputación de fácil
de una m u jer o sencillam ente el hecho de que esté sola — en un sendero
de la selva o en un departam ento v acío — . Cuando la función sexual
m asculina se complica con ideas sobre el am or sentim ental o sobre el
prestigio personal, con rep a ro s m orales, con teorías acerca de la re la ­
ción en tre la actividad sexual y las proezas atléticas o la vocación reli­
giosa, o en tre la v irilidad y la fac u ltad creadora, es posible que se torne
menos espontánea e indefectible. No es por casualidad que las élites
— la aristocracia, los intelectuales, los a r ti s ta s — de todas la cu ltu ras
h an creado diversas p rácticas incidentales y suplem entarias con el fin
de av iv ar el instinto m asculino, como las perversiones, u n a concubina
d istin ta todas las noches, la hom osexualidad o la dram atización do
oscuros delirios. Dichas p rácticas se observan con asom brosa re g u la ri­
dad, m ientras que p a ra los sectores de la población que tienen menos
altern ativ as, un gusto m ás lim itado y menos ideas que los d istra ig an
o desorienten, la cópula es algo mucho m ás sencillo.
Teniendo presentes sus ca racterísticas de m am ífero, p arecería que
el hom bre dem o strara m ucha m ás iniciativa fre n te a la hem bra que la
que se observa entre los prim ates. Pero quizá sea uno de los p rin cip a­
les dilem as de la historia de los seres vivientes que la m ism a circuns­
tan cia que consolida dicha iniciativa, la institución del m atrim onio, en­
tra ñ e m uchas complicaciones. Sucintam ente, podría decirse que cuanto
m ás piensa el hombre menos copula, a no ser que la cópula y la refle­
xión se in teg ren sabiam ente en todos los' p la n o s.3 E n las cu ltu ras que
consideran que todos los bienes son lim itados la inversión de “en erg ía”
en actividades sexuales se m ira como u n dispendio contraproducente
p a ra el buen éxito de o tra s em presas. P or o tra p arte, cuando se d esta­
ca precisam ente la virilidad ac tiv a del cazador, del gu errero o del am an­
te, la potencia es superior. Puede decirse sin em bargo que en g eneral
cuanto m ás interpersonales son las relaciones sexuales, cuanto m ás
influyen la personalidad de los p rotagonistas, el estado de ánimo, la f a ­
tig a, la actitu d hacia el mundo y hacia la o tra persona, m ás probabili­
dades hay de que dism inuya la actividad sexual en sí. Los indios plains
de la Am érica del N orte cultivaban el vínculo entre el m arido y la m u­
je r de u n a m anera mucho m ás p a rtic u la r y personal que los dem ás g ru ­
pos prim itivos conocidos. E l noviazgo d u rab a a veces años enteros y des­
pués de la boda el m arido co rte jab a a la novia d u ran te v a ria s sem anas
an tes de que se consum ara el m atrim onio. Los g u errero s y a ancianos
recordaban con nostalgia los prim eros tiem pos de casados, cuando se
quedaban despiertos toda la noche hablándole suavem ente a la joven
esposa. Y fu ero n precisam ente los indios am ericanos los que crearon
la institución increíble de la m a n ta de castidad, u n a m a n ta p e rfo ra ­
da que los m atrim onios recibían de m anos de los je fe s de la trib u cuan­
do querían copular. E n estas sociedades la s p a re ja s se enorgullecían de
los intervalos e n tre los hijos.
G ran p a rte de la consideración hacia el estado de ánimo de la o tra
persona, im plícita en el m atrim onio que pone de relieve las relaciones
interpersonales, puede n atu ra lm e n te m an ifestarse en fo rm as cu ltu ra­
les que le a h o rra n al individuo la responsabilidad de p en sar en ello y
de controlarse o cum plir con una actividad periódica. Con la única ex­
cepción de Bali, todas estas c u ltu ra s del Pacífico prohiben la cópula
d u ra n te el em barazo. E l m arido :no re p a ra en el estado de ánimo de la
esposa; la cópula está prohibida y h ay penas rig u ro sas p a ra quienes
violen el tabú. Cuando los hom bres de u n a aldea iatm ul hacen los p re­
p arativ o s p a ra u n a cacería, se quedan a dorm ir todos ju n to s en la casa
de los hom bres a fin de lib ra rse de toda tentación. D u ra n te la m ens­
tru ac ió n las m ujeres ara p esh se aíslan en chozas levantadas lejos de
la aldea y si salen procu ran a n d a r po r senderos poco frecuentados. E n
m uchas sociedades es costum bre de la aristo crac ia que los cónyuges
te n g an dorm itorios separados p a r a no ofender la dignidad de la seño­
r a y p a ra evitarle im portunaciones im propias. Se h an estilizado a me­
nudo como períodos de abstinencia las épocas en que tienen lu g a r cier­
ta s actividades, como te n er hijos, am am antarlos, cazar, pescar, luchar,
o r a r o dedicarse al a rte sin saber cuál ha de ser el resultado de la obra,
elim inándose así el dilema perscmal de escoger e n tre la actividad se­
x u al y las demás.
P o r consiguiente es relativam ente fácil p a ra la cu ltu ra re g u la r la
conducta activ a de los hombres, estilizándola, aislándola, lim itándola
a determ inados períodos y lu g ares, todo lo cual contribuye a que dicha
actividad dism inuya. Pero re su lta mucho m ás difícil e n c a ra r la fa lta
de espontaneidad cuando la actividad sexual se hace obligatoria sin to-
m a r en cuenta la disposición individual del momento. E s m enester, des­
de luego, que haya ciertos patro n es positivos. E n todas las sociedades
los hom bres tienen que ap render a m odular la potencia, a a c o rta r o pro­
longar los intervalos y el momento de acuerdo con la conducta prevista
que se Ies ha inculcado a los hom bres y a la s m ujeres de la sociedad y
de la que dependen las relaciones sexuales satisfacto rias. Pero si las dis­
posiciones de la sociedad exigen que el hom bre copule con u n a m u je r en
determ inado momento y lu g a r, su rg e la resistencia. L a costum bre po­
p u la r de que se v erifique públicam ente la consumación del m atrim onio
la noche de bodas se d e sb a ra ta cuando se exige dem asiado de la es­
pontánea reacción del novio. E s precisam ente de la capacidad del hom­
bre p a ra re sis tir o rech azar los patro n es rigurosam ente im puestos a su
espontaneidad que depende la arm ónica conjunción de la felicidad del
individuo y el bienestar de la raza. E l hom bre tiene derecho a aleg ar con
toda razón que la c u ltu ra que no contemple sn sexualidad espontánea
ha de perecer al fin porque no h a b rá hijos p a ra p erp e tu arla . Tiene de­
recho a exigir, y a ex ig ir enérgicam ente, con plena responsabilidad so­
cial, que se m odifiquen aquellas form as sociales que obstaculizan sus
im pulsos o que los circunscriben dem asiado. L a necesidad de form as
culturales que perm itan la favorable expresión de los im pulsos sexua­
les espontáneos constituye u n a p ru eb a decisiva p a r a toda sociedad. T al
vez ésta sea u n a de las razones por la s cuales a menudo se considera
que los hombres son el elemento p ro g re sista de la historia,
A diferencia de la hem bra de los p rim ates, la m u jer se h a beneficia­
do al controlar su sexualidad y h a aprendido a reem p lazar el impulso
p rim ario por diversas m odalidades de conducta. L a hem bra de los p ri­
m ates está su je ta al ciclo del e stro ; cuando se produce el período de
ard o r sexual se m u estra receptiva, de lo contrario, no. E s m uy ra ro que
llegue a ofrecerse, como los m achos jóvenes, a cambio de alim ento o
protección, pero esto p are cería ser la m ás vil fo rm a de prostitución.
P o r su p a rte , la m u je r que ha aprendido desde la niñez a ap re cia r dis­
tin ta s form as de gratificación y de castigo com prueba que su recepti­
vidad — aun conservando cierto g rado de periodicidad — puede en re a ­
lidad m odularse. P uesto que la receptividad le exige mucho menos
— sólo a flo ja r y e n tre g a r el cuerpo en vez de la reacción específica y el
deseo vivo que se le pide al hom bre — le es m ás fácil com binar la sim ­
ple anuencia con m il o tra s consideraciones sobre la m an era de conquis­
ta r y conservar a un amante, com pensando el estado de ánimo del mo­
mento con el del m añana, adaptando su receptividad al p atró n general
ie la relación. Es indudable que el hom bre que adquiere diversos hábi­
tos ru tin a rio s p a ra estim ular su especificidad sexual a fin de poder co­
p u la r con u n a m u jer que no desea en determ inado momento se inflige
“ ás daño que la m u jer que recibe a u n hombre que m erece su beneplá­
cito en muchos sentidos, aunque no lo desee con ardor.
E n todas la s sociedades el m atrim onio, como institución, configura
un p atró n dentro del cual es preciso disipar las presiones que la civi­
lización les impone ta n to a los hom bres como a las m ujeres, debiendo los
hombres som eterse, a cambio de diversas form as estilizadas de g ra tifi­
cación, a nuevas m odalidades de conducta que p erm itan la espontanei­
dad sexual, m ien tras que las m u jeres aprenden a disciplinar su recep­
tividad teniendo presentes num erosas consideraciones. Donde im pera la
m onogamia parecería que le re su lta difícil al hom bre la m onotonía de
d orm ir siem pre con la m ism a m ujer, pero en las sociedades polígam as el
hom bre se queja de lo que significan las exigencias de v arias esposas.
Cuando rig e la monogamia, la m u je r se lam enta porque el m arido exige
dem asiado de ella, pero en las sociedades polígam as se advierte que cada
u n a de las esposas tr a ta de seducir al m arido p a ra que se quede en su
choza. P or lo tanto, en las sociedades que atra v ie sa n por épocas de tr a n ­
sición, los m ás lúcidos y los interesados se ponen generalm ente a escri­
b ir novelas y a in v e n tar teo rías acerca de este equilibrio, comprobando
siem pre que persiste la p rin cip al dificultad originad a por la civiliza­
ción, o sea la posibilidad de que el hombre ten g a acceso perm anente
a un a m u jer y la ap titu d de la m u je r p a ra lo g rar la receptividad con­
tro lada.
E n algunas sociedades y en c ie rta s épocas de la h isto ria se h a d esta­
cado especialm ente la co n traried ad que esto significa p a ra los hombres.
L a im potencia cobra m ucha im portancia en las cu ltu ras como la de Bali,
donde los individuos son cristalin am en te im personales, de modo que ni
los espectadores de u n a función que todos aprecian se sienten en re la ­
ción con los dem ás o con los bailarines. L a brom a de los casam ientos
es u n a pantom im a en la que el cris se dobla a n te la frá g il este ra de
fib ra y p a ra los hom bres es motivo de ansiedad que sea ta n difuso el
nexo en tre los convencionalismos sociales que rig en el m atrim onio y el
ritm o incierto de su propio organism o, porque tem en que les im pida te ­
n e r hijos. Muy a propósito, h a y sanciones rig u ro sas p a ra ob lig ar a los
hom bres a casarse, penas sociales; p a ra los que no tienen hijos. E n Ba­
li la potencia es cuestión de fluctuaciones en la reacción m asculina, r e ­
tirán dose el hom bre siem pre desconcertado por la m ujer, que le inspi­
r a recelo, y si bien reacciona en u n principio fre n te a su belleza, no pue­
de m antener la relación porque a menudo re su lta que no es la h erm an a
linda, sino la herm ana fea, que en el te a tro aparece caracterizad a como
ia m adre o la suegra.
P a ra los ara p esh el problem a 110 es conservar la potencia sino resis­
t i r la seducción de las m ujeres fu e rte s de sexualidad explícita. “ Te aca­
rician las m ejillas, les acaricias los pechos, sientes un estrem ecim iento
en la piel y se acuestan ; te roban el fluido de tu cuerpo, se lo dan luego
a un hechicero y m u e re s/’ M ás a llá de los confines del hogar, fu e ra de
los sitios en que p a ra n d u ran te la s trav e sía s en casa de u n a tía, un pri-
rao o la prom etida de u n herm ano, el mundo está lleno de m ujeres
ex tra ñ as que pueden fácilm ente seducir a un hom bre y ocasionarle la
m uerte. N ingún arap esh se acercó a n u e stra clínica de cam paña bus­
cando un rem edio p a ra la im potencia; pedían en cambio eméticos p a ra
c o n tra rre s ta r el m al que la b ru je ría — po r seducción— Ies cau sara.
Pero esta potencia indefectible no constituye precisam ente u n a sa tis­
facción p a ra todas la s m ujeres a ra p esh ya que cuando se d a el caso de
u n a m u jer que, a p esar del panoram a cu ltu ral, posee u na sexualidad
activa, específica, no es extraño que inspire desconfianza porque la
identifican con la m u je r que seduce p a ra m a ta r.
P a r a los m anus, que ta n a menudo se refieren a !a cópula como sí
fu e ra una form a de excreción (o de “alivio”, como d iría el D r. K insey),
las relaciones sexuales conyugales no son m uy agradables. T anto p ara
el m arido como p a ra la m ujer, el am biente hogareño ideal es el de una
fam ilia que te n g a dos hijos, uno p a ra dorm ir con e! pad re al lado del
fuego, y otro p a ra dorm ir con la m adre del otro lado. Al lleg ar a la edad
m adura, cuando los hijos ya son crecidos, es posible que el m arido y la
m u jer se p erm itan cierto esparcim iento, conversando y h a s ta comiendo
ju n to s, libres ya de la sensación opresiva de una relación que es p ara
ambos repulsiva y vergonzosa. E l índice de n atalid ad es muy bajo en
lía n u s. Tampoco aquí constituye la potencia un problem a reconocido.
No hay indicios explícitos de que se ex ija mucho de los hombres, y es
posible que la aversión que las m u jeres m a n ifiestan hacia el sexo les
baste como estím ulo p a ra sobreponerse a la vergüenza, así como la pros­
titu ta c a p tu ra d a y com partida por un grupo de hom bres es p a r a ellos
el símbolo de u n a a v e n tu ra sexual sa tisfacto ria.
De todos los pueblos que he estudiado el samoano es el que tiene las
actitudes m ás felices y serenas hacia el sexo, subrayando lo específi­
cam ente in terpersonal que es el acto sexual. E l am an te perfecto es el
que lo g ra sa tisfac er sexualm ente a u n a m u jer, quedando él tam bién s a ­
tisfecho. E l hom bre se ofende en su m ás vivo orgullo si la joven recibe
a otro am an te la m isma noche, pero no atrib u y e la d e rro ta a posibles
fallas de potencia, sino a su propia torpeza. D estacando como siem pre
la tran q uilidad, los samoanos consideran que el am or debe insinuarse
gradualm ente, p reparan do el cuerpo de la joven p a ra que sepa a p re­
ciar al am ante y éste dedica toda su atención a la relación que tiene con
ella en vez de inquietarse po r su propia com petencia. E n Samoa el in ­
adaptado sexual es el moetotolu, el in tru so que llega d u ra n te el sueño;
el hombre debe robar subrepticiam ente lo que no es capaz de conquis­
t a r ; el que sabiendo que u n a joven espera ai am ante se desliza en tre
las som bras y se aprovecha de su receptividad. P ero esta n atu ra lid a d
que se advierte en Samoa p a ra las relaciones sexuales es posible g racias
al sistem a de educación que se describiera anteriorm ente, debido a que
el círculo de la s relaciones personales del niño se va ag randando h asta
que las emociones de la in fan cia se diluyen, en vez de q u eb rarse co­
mo en Bali. Se aten ú a y se controla la com petencia; no les exigen de­
m asiados m éritos individuales a las niñas ni a los varones. E l am or
en tre los sexos es como u n a danza lig era y agradable que uno puede
ejecu tar con m ucha g rac ia o torpem ente, y en este triste caso no encuen­
t r a p a re ja . Más ta rd e es como u n a buena m erienda, frecuentem ente
com partida con n a tu ra lid a d y buen hum or, sin que pueda com plicarse
con la vergüenza, el esfuerzo, la te rn u ra o el deseo de asom arse al alm a
de la o tra persona. E n B ali nun ca cesa la m úsica; en las aldeas la gen­
te se dedica todo el tiem po a las. cerem onias y a las o fren d as; el escul­
to r tr a b a ja en el bajorrelieve del tem plo y se yerguen esplendorosas
en tre las p alm eras las to rre s crem atorias, cuya construcción les lleva
v a ria s sem anas. E n Samoa la s danzas, de las que nadie se ab u rre, son
sencillas, y tiene m ás im portancia la g rac ia con que se ejecutan que el
arg u m ento; el brillo de la piel, que el tra je . A llí el niño aprende a exi­
g ir cosas sencillas y se le proporcionan los medios p a ra satisfacer com­
pletam ente sus deseos.
H e titu lad o este capítulo “L a potencia y la receptividad” a fin de
d estacar la diferencia que hay. e n tre los problem as que se les p resen tan
a los hom bres y a las m ujeres en la cu ltu ra hum ana. E l hombre civili­
zado corre siem pre el riesgo de que la civilización rija , y en consecuen­
cia reduzca, su espontaneidad. L a ap titu d de la m u je r p a ra la recep ti­
vidad se ve generalm ente acrecentada por la civilización, por su cap a­
cidad p a r a hacer proyectos, su anhelo de ten er un hogar, casarse, ten er
hijos, alim entos y com pañía, o de conservar u n a relación, aunque no
responda precisam ente a la m anifestación del deseo físico. L a fa lta de
ard o r en la m u je r puede re s u lta r desde luego crucial en ciertas circuns­
tancias, al reproducirse tem porariam ente las condiciones de las socie­
dades no hum anas, sin que haya entonces relaciones propiam ente dichas,
sino u n a asociación p a s a je ra e n tre hombres y m ujeres, como ocurre en
las ciudades ocupadas en tiem po de g u e rra y en las av en tu ras ex tra -
conyugales que se fundan en la pasión. E n estas circu n stan cias cuenta
el a rd o r femenino, ju stam e n te porque la potencia del hombre no está
supeditada a las in fin itas consideraciones que sobrevienen en la vida
norm al. E l soldado que halla in diferente a u n a m u je r la deja si encuen­
tr a o tra m ás ardiente. E l am an te apasionado se aleja de la m u je r im­
pasible. Pero el hom bre como m arido, presunto o verdadero, que es lo
que e stá destinado a ser la m ayor p a r ís del tiempo debido a la índole
de la civilización, tiene tam bién que p en sar en o tra s cosas. No busca
u na m u je r que coincida perfectam ente con su instin to de m am ífero,
que le responda como le responde d u ra n te el celo la hem bra al macho
en tre los prim ates, sino que quiere u n a esposa cuya receptividad coin­
cida en cierto sentido con su potencia esporádica que aum enta o dis­
m inuye debido a consideraciones al m argen, como la hum illación, la es-
peranza, la vanidad, el éxito y la previsión, el prestigio y la influencia,
o el hecho de que se h ay a lucido en la casa de los hombres, en la cace­
r ía del ja b a lí o en una reunión de la ju n ta .
E n m uchas sociedades p rim itivas sólo se exige y se espera receptivi­
dad de la m ujer, y las niñas aprenden de sus m adres y de la m anera
en que los padres les acarician la cabeza o las tienen en los brazos,
tran q u ilam ente, ju n to al cuerpo, que se supone que la s m ujeres son re ­
ceptivas y que no se espera que im pongan activam ente su sexualidad. El
hecho de que haya sociedades e n teras que ignoren el orgasm o como as­
pecto de la sexualidad fem enina p are cería in dicar que qui2á no tenga ta n ­
to a rraig o biológico en la m ujer. E s cierto que la sociedad hum ana es ca­
paz de c re a r sistem as culturales viables que prescinden en fo rm a ex­
tra o rd in a ria de todo fundam ento biológico. G ran p a rte de la conducta
adquirida del ser hum ano, como el cam inar, p o r ejemplo, se desarrolla
después que desaparecen las acciones reflejas que constituyen el proto­
tipo estru ctu ra,* y Gessell, que cree que hay secuencias prácticam ente
inevitables en el desarrollo hum ano, encuentra factible la h isto ria del
niño lobo que co rría en cuatro p atas con las b e s tia s.6 H ay u n a disocia­
ción ta n absoluta en tre n u e stra conducta alim en taria y el sabio instinto
del cuerpo que es preciso re fo rz a r los patro n es artific ia les de nutrición,
en los que la alim entación adecuada depende de uno o dos alim entos que
contienen determ inado elem ento nutritiv o , con nociones sociales, incul­
cando el hábito de to m ar determ inadas comidas p rep a ra d as de cierto
modo a distin tas h o ras del día. Los experim entos dem uestran que fre n ­
te a u n a variedad de alim entos nutritiv o s adecuados, el niño hace u n a
selección individual pero equilibrada, compensando un día el exceso del
día an terio r, exceso bien conocido po r el especialista que an aliza el a li­
mento en cuestión. * Pero tam bién se sabe que las r a ta s que encuentran
3 su disposición elementos n u tritiv o s artific ia les —-vitam in as y m ine­
rales en tubos de vidrio tra n s p a r e n te — tienen m ejor discernim iento
rae el bioquímico que les p re p a ra una dieta d ia ria .5 P ero si bien las r a ­
tas después de p a sa r ham bre y sed conservan el tino de dirigirse hacia
i', ag u a prim ero cuando ta n to ésta como la comida están ocultas, estan -
zo fre n te a am bas c o sas6 prefieren el alim ento que les g u sta, aunque
Ies ag ra v e la sed y el m alestar, en vez del agua, insulsa, pero m ás ne­
cesaria.
Los escasos datos disponibles nos perm iten suponer que los seres hu-
■ anos son capaces de escoger e n tre diversos alim entos que contengan
r-ít& ncías n u tritiv a s esenciales, creando norm as de nu trició n biológí-
: em ente provechosas, pero que esta capacidad no se m an ifiesta salvo
e s circunstancias m uy especiales que no se habían producido nunca h as-
• j que en el co rrer de este siglo se pudieron rea liza r análisis nutricio-
• i ’.es y aisla r los elementos nutritivos. E n treta n to , el niño aprende a
:'m e r los alim entos incluidos en la dieta corriente que la sociedad con­
sidera digna de confianza debido a un largo proceso de exp erim en ta­
ción social y. de com probaciones fo rtu ita s , casi siem pre sin control r a ­
cional. E l niño se hab itú a a com er dichos alim entos y a no comer otros,
p ero no porque se guíe por u n a determ inada sensibilidad bioquím ica
laten te p a ra ciertas vitam inas, aunque esta sensibilidad la ten te sea la
base biológica de descubrim ientos decisivos, sino porque los p ad res re ­
cu rren al disgusto y a la com placencia, a la gratificació n y al castigo,
a toda la serie de sanciones y condiciones que rigen d u ran te el ap ren d i­
zaje. E l niño com prende a l fin : "E sto es comida p a ra mí. Eso se rá co­
m ida p a ra otros, pero no p a ra mí. E sto es comida p a ra los aním ales, pe­
ro no p a ra las personas. Aquello no es comestible.” L a d en tad u ra, la
fo rm a de la pelvis, la resistencia a ciertas enferm edades, la facilidad
p a ra curarse, de los pueblos, puede depender del empeño con que se v a­
len de aptitudes adquiridas, no innatas.
P or consiguiente, es m uy factible, en v ista de lo que se conoce sobre
la cu ltu ra hum ana, que la s m odalidades de conducta adquiridas abso­
lu tam ente esenciales p a ra la reproducción hayan reem plazado a las mo­
dalidades de origen biológico. L a m u je r dem uestra ap titu d p a ra la ex­
citación sexual y puede decirse que el motivo de que la m asturbación
o cu rra con menos frecuencia e n tre la s jóvenes, como lo señalan los in ­
form es sobre n u e stra sociedad y la s observaciones realizad as en todas
las sociedades de los M ares del S u r que estudiáram os, se debe sim ple­
m ente a la conform ación anatóm ica. Los órganos g enitales de las n i­
ñas están m ás al cubierto, m enos expuestos a la m anipulación p o r p a r ­
te de la m adre y de ellas m ism as. Si la m asturbación no se reconoce so­
cialm ente, si los hijos no aprenden esa práctica de los padres, n i los
pequeños de los m ayores, es posible que escape a la atención esp o n tá­
nea de la niña. Pero dejando po r ah o ra este argum ento, no se h a podi­
do com probar que haya una relación ta n directa e n tre la capacidad p a ­
r a concebir y el orgasm o en la m u je r como la que hay en tre la capacidad
p a ra fecu n d ar y la eyaculación en el hombre. L a potencia física, aunque
esté disociada o responda a un estím ulo artific ia l, es esencial p a ra la
fecundación. Si u n a sociedad im p la n ta ra métodos que inhibieran comple­
tam ente la capacidad eréctil y eyaculatoria de los hombres, no podría
m ultiplicarse. P arece sin em bargo que no hay razón alguna p a ra creer
que el orgasm o en la m u jer te n g a una im portancia com parable en la con­
cepción, al menos en la m ayoría de los casos. E n consecuencia,
se ría razonable suponer que la capacidad de la m u jer p a ra el orgasmo
debe considerarse m ás bien como u n a potencialidad que puede o no des­
arro lla rse según la cu ltu ra y el cuadro p a rtic u la r de la vida de cada
una, en vez de ser una ca racterística in n a ta de su n atu ra lez a hum ana.
E s indudablem ente ta n necesaria la a p titu d de la m u je r p a ra recibir
la fecundación como la capacidad m asculina p a ra fecundar. Más que
a la supuesta capacidad fem enina p a ra el orgasm o, la capacidad del
hombre p a ra introducir correspondería a la ap titu d de' la m u jer p a ra
com pletar la secuencia de la reproducción: concebir, conservar y d a r a
luz. Se h an llevado a efecto experim entos con ra ta s , tomando la cópula
como índice p a r a com parar la actividad de los machos y las hem bras.
Los prim eros resultados indicaron que h ab ía sin lu g a r a dudas cierta
relación en tre la capacidad p a ra la cópula y la ap titu d p a ra ap render
en los machos, sin que se pud iera observar relación alguna en las hem ­
bras. 0 A lgunas interpretaciones destacaban que el acto es después de
todo mucho m ás complicado y difícil p a ra el macho. No obstante, al
am p liar los experim entos y a l com parar la a p titu d p a ra ap ren d er de la
hem bra con su desempeño como m adre y no con la ac titu d hacía la
cópula, se adv irtió la m ism a relación que se observara en el macho en­
tre la capacidad superior y el m ejor desempeño como fecundador. La
contribución biológica de la hem bra ab a rc a todas las funciones m a ter­
nales y no sólo el acto en sí, que únicam ente le exige inmovilidad.
Quedan sin em bargo por estu d ia r ciertas pruebas contradictorias.
H ay sociedades donde las m ujeres poseen una sexualidad activa, adm i­
tiendo y deseando el orgasm o con la m ism a franqueza que los hombres,
y donde se m ortifica a las m ujeres que no m anifiestan ese tem peram en­
to. E l m ejor ejemplo que conozco lo constituye la sociedad de M undu-
gum or, donde se supone que la m u je r tiene que gozar del sexo al igual
que el hom bre. E l hecho de que algunas m ujeres no logren experim en­
t a r ese placer se ju stific a fácilm ente observando que pueden o cu rrir
casos de b a ja tonicidad, situaciones adversas en la educación, etcétera.
Pero tam bién tenemos sociedades como la arapesh, donde a p esar de
qae la m ayoría de las m ujeres d eclaran no conocer el orgasm o, que la
sociedad no reconoce y ni siquiera identifica con un térm ino, h ay alg u ­
nas m ujeres que experim entan un a rd o r sexual activo que sólo el o rg as­
mo g ratific a. Si fu e ra cierto que la m u je r no siente la necesidad in­
nata de experim entar el orgasmo, ¿qué es lo que les ha sucedido a estas
m ujeres? ¿S erán m ás m asculinas, como pretenden ciertas teo rías, en
el sentido de que quizá tengan un ritm o endocrino diferen te? N a tu ra l­
mente, en com paración con m uchas m ujeres de la m ism a sociedad, la
m ujer que dem uestra m ás intensidad sexual se asem eja m ás al tipo m as­
culino. ¿H a b rá n aprendido accidentalm ente d u ra n te la in fan eia que el
;rgasm o es una potencialidad del cuerpo hum ano, despertándoseles en­
tonces c ie rta avidez, a sí como las personas de ambos sexos desarro llan
rlerto gusto y, apetencia por los alim entos preparados en determ iná­
i s fo rm a, aunque la p referen cia no sea de prim ordial im portancia bio-
. ;.-gica? E s u n a posibilidad como cualquier o tra y los térm inos p u rita ­
nos “ inocente" p a ra la m u je r c a sta y “sensual” p a ra referirse a la
;ue consideraban m ala m u je r se fu n d an en u n a te o ría sem ejante. Pero
teorizador convencido de que el orgasm o es una reacción elem ental
p a ra la m u jer puede fácilm ente v er en la m u je r “inocente” un caso
de falseam iento, producto de la civilización p u rita n a.
H ay o tra a ltern ativ a y se ría la posibilidad de que todas la s m ujeres
posean en distinto grado la capacidad p a ra llegar a ex p erim en tar u n a
reacción de orgasm o total, con leves diferencias que dependerían de
ciertos detalles como la sensibilidad re la tiv a de la s zonas sensuales.
E s posible que debido a la m ás difusa distribución de la receptividad
sexual de la m ujer, distin tas p a rte s del cuerpo, en ciertos casos los pe­
zones, en otros los labios, sean lo b astan te sensibles como p a ra que se
produzca u n efecto espontáneo. E n las sociedades que como Sam oa h a ­
cen hincapié en la variedad y extensión de las caricias prelim inares, el
rep erto rio del hombre incluye actos que despiertan el ard o r de todas
las m ujeres, a p e sa r de las diferencias de constitución. P ero cuando
m uchas caricias están prohibidas por la cu ltu ra o quedan descartad as
debido a las disposiciones sociales que obligan a los am antes a e s ta r cu­
biertos o a oscuras, o a disim ular el olor del cuerpo con desodorantes
perfum ados, esta potencialidad que toda m u jer puede d esarro llar en c ir­
cunstancias propicias es ig n o rad a po r g ra n p a rte o por la casi to ta li­
dad de las m ujeres. H ay que ten er presente asim ism o que este desco­
nocimiento de las potencialidades no implica necesariam ente la f r u s ­
tración.
Quizá sea provechoso m encionar aquí algunas o tra s potencialidades
y variaciones del ciclo fem enino de la gestación que pueden q uedar al
m arg en o d esarrollarse según el énfasis que la cu ltu ra les asigne. E s
posible que se desconozca com pletam ente un síntom a como la náu sea
p o r la m añana d u ran te el em barazo, o que el m a lestar se estim e ta n n a­
tu ra l que la m u jer que no lo siente constituya una excepción, y h asta
puede estilizarse como indisposición propia de la m u jer o.ue espera el
p rim er hijo. Sin em bargo, a u n en las sociedades que h a n estilizado o
que sólo adm iten este m a lestar d u ra n te el p rim er em barazo de u na m u­
je r, hay m adres que padecen de náuseas. Puede ser que la náu sea indi­
que que la m u jer rechaza al h ijo recién concebido, pero en u na sociedad
como la n u estra , donde las expectativas sociales suponen que la náusea
h a de sobrevenir indefectiblem ente y donde la s am igas de la m adre
le anuncian lo m al que se va a sen tir, queda excluida la simple hipóte­
sis de que se tr a t a de un síntom a que revela que la m adre rech aza in ­
conscientem ente al hijo. Al contrario, la náusea con el atra so de la
m enstruación puede d a r lu g a r a grandes esperanzas de e s ta r em b ara­
zada, siendo en este caso un símbolo puram ente social que la ilusión
le impone al organism o. E n aquellas sociedades que no reconocen la
n áu sea como síntom a de la m atern id a d o que suponen que sólo se ex­
perim enta d u ra n te el p rim er em barazo, la náusea puede ser m an ifesta­
ción de repudio pero tam bién p odría ser un tra sto rn o de m enor sig n ifi­
cación psicológica dentro de ios Kmites de lo norm al, si bien inusitado en
las estadísticas, que se m anifiesta a p esar de que Ja cu ltu ra no lo a n ti­
cipe. (Los casos muy excepcionales de ardores súbitos que se observan
en los hombres como fenómeno del clim aterio podrían tam bién signi­
fica r h istéricas identificaciones fem eninas, pero pueden asimism o p ro ­
ducirse debido a u n ra ro desequilibrio del organism o.) Con respecto a
la náusea puede decirse que cuando la c u ltu ra la estiliza como p ro p ia
de determ inada época del em barazo o de cierto orden (como por ejem ­
plo, p ropia del p rim ero ), la m ayoría de las m ujeres m an ifiestan esa
conducta; cuando no está reconocida por la soeiedad, se ad vierten pocos
casos. C ualquier organism o hum ano puede s u f rir de vómitos espasmó-
dicos, pero esta capacidad se puede estilizar, olvidar y h a s ta cierto p u n ­
to denegar.
Se advierte lo mismo con. respecto a la disnienorrea. L as sam oanas
adm iten que es lo norm al se n tir cierto grado de dolor al m e n stru a r y
m uchas m ujeres declaran experim en tarlo .1'’ Las m ujeres de A rap esh
no reconocen el dolor m enstrual, quizá debido a que la g ra n incomodi­
dad de sentarse sobre un trozo de corteza en el suelo húmedo y. frío de
un a m ísera choza de hojas, frotándose el cuerpo con ortig as, no les
perm ite ten er conciencia de m alestar alguno. L as investigaciones rea­
lizadas en A m érica sobre la disnienorrea no Tevelan facto res constan­
tes en las m ujeres que experim entan dolores, excepto el h aber estado
d u ran te la infancia en contacto con m ujeres que padecían de ese tr a s ­
torno. A unque no se elim ina la posibilidad de que puedan producirse
cambios en las term inaciones nerviosas, hay tam bién motivos p a r a creer
que ta l vez se tr a t e de un fenómeno de atención com parable en cierto
sentido con los fenómenos de la causalgia, en los que se crean circuitos
de repercusión, ya que la joven su fre porque tiene conciencia de las
contracciones u te rin as que a o tra s no le producen do lo r.11 L a expec­
ta tiv a cu ltu ral puede se r u n fa c to r de im portancia cuando su rg e u n a
conciencia sem ejante, de la m ism a m anera que los Yoghi logran habi­
tu a r al individuo a percibir conscientem ente los procesos fisiológicos
que norm alm ente están por debajo del plano de la atención consciente.
Se puede p re se n ta r todavía o tra hipótesis p a ra explicar en qué se
fu n d an ciertas sociedades p a ra d esarro llar en la m u jer u n a sexuali­
dad activ a que culm ina en el orgasm o, m ien tras que en o tra s socieda­
des las m ujeres m anifiestan reacciones sexuales menos ard ien tes y m ás
difusas. E s posible que h ay a v erdaderas diferencias relacionadas con
el tipo de constitución, diferencias que com prendan ca racterísticas es­
tru c tu ra le s específicas — como el clitorís m ás grande, m ás expuesto
o m ás cerca de la e n tra d a de la vagina, pezones m ás eTéctiles, etcéte­
r a — o que entrañ en cualidades mucho m ás sutiles, como la tonicidad,
y el ritm o y la sensibilidad tem poral del sistem a nervioso. Entonces,
como en otros casos, la cu ltu ra puede ad o p tar la s ca racterísticas de
determ inado tipo de constitución e imponerles a las dem ás u n a conduc­
ta que no pueden observar como la s que sirvieran de modelo. La fo r­
ma en que las balinesas am am an tan a los hijos, apoyando la m adre so­
b re la cadera al niño que se a rrim a a m am ar cuando quiere del pecho
alto y pequeño, concuerda con el tipo que predom ina en Bali y le resu l­
ta incómodo y difícil a la m u jer que tiene los pechos m ás caídos. Pero
en los pueblos donde las m ujeres tienen los pechos ta n fláccidos y esti­
rad o s que algunas pueden ponérselos sobre los hombros, la típ ica mu­
je r balinesa, con sus pechos pequeños y firm es, e sta ría todavía en peo­
re s condiciones. E n los pueblos pequeños, donde h ay un elevado índice
de consanguinidad, puede a lte ra rse radicalm ente la proporción de in ­
dividuos de cierta complexión, y entonces las características físicas re ­
fu erzan las nociones culturales. E n un pueblo num eroso y heterogéneo
como el n uestro esta selección re su lta v irtu alm en te imposible y surgen
nociones exageradas y. las p rácticas p a ra m odificar exteriorm ente la
fo rm a del cuerpo, como la tendencia actu al de las m u jeres a corregirse
los pechos m ediante la cirugía estética y a som eterse a disciplinas die­
té tic as p a ra lo g rar la esbeltez que es ah o ra el ideal de los n o rteam eri­
canos. Si se descubriera una v erdadera diferencia relacionada con la
constitución en la capacidad p a r a experim entar el orgasmo, se d a ría
con el motivo por el cual en c ie rta s cu ltu ras las m u jeres se contentan
con reacciones difusas y en o tra s son dichosas reaccionando en fo rm a
específica, m ie n tras que las que presen tan ca racterísticas divergentes
se resignan, m ás o menos infelices, a im itar la m odalidad predom i­
n ante.
L a com paración de los datos cu ltu rales no nos perm ite suponer que
el orgasm o form e p a rte in te g ral e in n a ta de la reacción sexual de la
m ujer, como en el caso del hom bre, e indica que la conducta fem enina
d u ran te la cópula depende principalm ente de nociones adquiridas. L as
te o rías que consideran “n a tu ra l” la reacción m uy específica o la fa lta
de reacción específica en la m u je r, haciendo caso omiso de la g ra n im­
portancia que tienen estas nociones, no sólo han de fra c a s a r y desb ara­
ta rs e científicam ente, sino que suscitan diversas actitu d es sociales
que false an la índole de la sexualidad fem enina y d ificu ltan in ú til­
m ente las relaciones e n tre ambos sexos.

11. LA PROCREACION

P a r a muchos de los que viven, como nosotros, en cu ltu ras urbanizadas


donde los hijos son un lujo costoso y en sociedades ta n gran d es que se
piensa en el aum ento y en el descenso del índice de n atalid ad an tes que
en la significación de cada hijo, el problem a de la procreación está liga­
do al problem a de lim itar la población. P arece m uy a rra ig a d a la creen­
cia de que la concepción es un proceso casi autom ático y de que a menos
que se tomen m edidas d rásticas, todo acto sexual da por resultado un
hijo. L a histo ria del rey y la rein a que no ten ían hijos h a sido desplaza­
da por los cuentos sobre las fa lla s de los anticonceptivos. A p esar de que
aum enta la esterilidad y de que h an aparecido algun as clínicas de es­
terilización, la gente todavía se preocupa m ás po r e v ita r los hijos que
p o r tenerlos. E ste énfasis u n ila te ra l no es n ad a extraño. Todas las épo­
cas de la h isto ria en las que los cambios sociales se producen con ta l
rapidez que no pueden quedar reg istrad o s en la e s tru c tu ra del carác­
te r de las personas que viven la transición, p resentan énfasis desequi­
librados como éste. E n los E stados U nidos u n a población móvil, p re ­
dom inantem ente r u r a l h a s ta hace dos generaciones, tiene que h acer fre n ­
te a la exigencia social de que las fam ilias sean reducidas, pero n u e stra
actitu d hacia la m aternidad comprende a la vez la consagración de las
m adres que han tenido muchos hijos, los conserven o no, y la noción
de que la m u jer m oderna se salva po r m ilagro de un destino peor que
la m u e rte: el de te n e r una docena de hijos seguidos.
P ero aunque se explica la ac titu d contem poránea hacia la procrea­
ción — o sea que la concepción es infalible a menos que se tomen p re ­
cauciones, opinión que com parten ta n to los p a rtid a rio s como los que se
oponen a la p atern id ad co n tro lad a— se tr a t a tam bién, n atu ralm en te,
de u n a ac titu d parcial. Toda sociedad hum ana debe e n e arar no uno,
sino dos problem as con respecto a la población: el de en g en d rar y c ria r
b astan tes hijos y el de no engen d rar ni c ria r dem asiados. L a d efin i­
ción de los térm inos “b astan tes” y “dem asiados” v a ría enormemente,
E n un p aís colonial o en un E stado m ilita r en ascendencia nunca están
de m ás los niños sanos. Cuando la fecundidad menoscaba el vigor, pue­
den su rg ir presiones sociales en contra de la procreación. Los pueblos
ag ra rio s que sólo disponen de tie rra s lim itadas se ven obligados a en­
e a ra r autom áticam ente la necesidad de m antener u n a población esta­
ble, de p erm itir la em igración de los jóvenes o de c re ar un a in d u stria.
Los pueblos prim itivos que subsisten en pequeñas extensiones de tie rra s
pobres viven constantem ente pendientes del problem a del equilibrio:
a seg u rar el núm ero necesario de varones y, de niñas, decidir qué ca n ti­
dad de c ria tu ra s h a y que conservar y cria r, y cuándo es preciso sacri­
fic a r la vida de un hijo po r la de otro m ayor — en algunos casos insó­
litos dándoselo a comer al m a y o r— . Y en el plano prim itivo, así como
en n u estra s com plejas sociedades m odernas, existe cierto tem or de que
pueda dism inuir ta n to la natalid ad como p a ra que la sociedad desapa­
rezca. F re n te a situaciones nuevas de cualquier índole — la llegada del
hombre blanco al Pacífico, la desaparición del búfalo de las lla n u ras
am ericanas, la introducción de las arm a s de fuego, y h asta la necesi­
dad de ad a p ta rse a un río cuando el pueblo ha vivido siem pre en la es­
p esura — se a lte ra n da ta l modo las disposiciones sociales que al grupo
puede re su lta rle imposible m an ten er el aum ento de la población en fo r­
m a estable y conveniente, M uchos pueblos pequeños de los M ares del
S u r comenzaron a desaparecer g radualm ente an te el avance del hom­
b re blanco, sin que hubieran adoptado precauciones p a ra e v ita r la con­
cepción. E n algunos casos los jrrupos m uy reducidos desaparecieron
por completo. Los grupos m ás gran d es vacilaron d u ran te u n a genera­
ción luego del im pacto producido por u n mundo distinto y recobraron
después la estabilidad como p a ra su b sistir dignam ente.
E ste descenso del índice de n atalid ad ta l vez sea el fiel reflejo de la
desesperanza, pero por ah o ra se sabe m uy poco acerca de los m ecanis­
mos que intervienen. A menudo no pueden atrib u irse a sim ples condi­
ciones sociales como la edad de los novios o el índice de nupcialidad, o
a costum bres evidentes como el uso de anticonceptivos, el aborto y el in­
fanticidio. H ay un fac to r mucho m ás sutil d etrás de estos recursos m i­
len arios: la inclinación o la renuencia a p ro crea r que está p ro fu n d a­
m ente a rra ig a d a en la e s tru c tu ra del carácter del hombre y la m ujer.
A ún se ignora cómo funciona la rela tiv a voluntad o renuencia y en
qué etap a s del proceso reproductivo se interponen los impedimentos,
pero no h ay lu g a r a dudas de que existen.
E n el fondo de las tendencias de la población que reg istra n la s esta­
dísticas, en el fondo de la ansiedad m an ifiesta por el núm ero del con­
tin g e n te guerrero o de la p a rtid a de caza de la aldea, por los predios
cada vez m ás divididos que les quedan a los hijos, se advierte la s ac­
titu d es que los hombres y las m ujeres h an asumido con respecto a la
procreación. Hemos visto que hay; motivos bien fundados p a ra creer
que los hom bres adquieren el deseo de ten er hijos, ta l vez siem pre du­
ra n te la infancia, por identificación o por envidia hacia la m ad re co­
mo procreadora, o por identificación con el padre que engendra y m an­
tiene a los hijos de acuerdo con el papel definido por la sociedad. Como
se h a observado, esta noción es u n a de la s m ás esenciales p a ra la p re ­
servación de la sociedad hum ana. E n toda sociedad que proporcione las
condiciones que Inducen a los hom bres a en g en d rar y a h acerse cargo
de los hijos, el que no los desea se considera en cierto sentido un caso
anóm alo y divergente. Puede in te rp re ta r su f a lta de in terés como in ­
versión y volverse hom osexual; puede elegir una categoría que le ase­
g u re la m anutención como si todavía fu e r a un niño y p asarse la vida
encerrado en un m onasterio o en u n colegio, o in g re sa r en el ejército. Si
lo exam inara un psiquíatra, se v e ría que a menudo p resen ta profu n d as
divergencias con respecto a la e s tru c tu ra p rev ista p a ra el c a rácter de
los hom bres de la sociedad y que es vulnerable, no porque sea u n desna­
turalizado, sino porque no ha adquirido las nociones que asim ilaran la
m ayoría de los hom bres de su edad y condición, del mismo grado de in ­
teligencia y tipo de sensibilidad. No es m ás “desnaturalizado” que el
intelectual am ericano que insiste en tener muchos hijos a p esar de con­
ta r con u n sueldo reducido. E n un p a tria rc a de esta índole, el mismo
profundo exam en psiquiátrico rev e laría probablem ente fa lla s de igual
im portancia, aunque u n hom bre así no se preocupa ta n to y consulta m e­
nos al p siq u íatra porque está respaldado por las tradiciones del p a sa ­
do. T anto la fa lta de nociones como la exageración e n tra ñ a n graves p er­
juicios p a ra el organism o; se observan muy a menudo síntom as somá­
ticos que corresponden a las aberraciones de la vocación in d iv id u al.1
No se puede saber si el sacrificio de las funciones biológicas esenciales
es m ayor, por los síntom as físicos perceptibles, que el de quienes su fren
porque se ven impedidos de componer cierto tipo de m úsica o de v estir­
se como deben hacerlo la s personas de su condición social. P o r consi­
guiente, cuando se dice que los hom bres no poseen n atu ralm en te un
in stin to p a te rn a l y que no su fre n al ren u n c iar a la p atern id ad , h ay
que reconocer sin em bargo que en casi todas las sociedades le cuesta
m uy caro al individuo rechazar las responsabilidades paternales.
B ali constituye un excelente ejemplo de la sociedad que, p o r la m is­
m a profusión de detalles con que recom pensa el m atrim onio, destaca
la probabilidad de que no resu lte agradable. E n la aldea de Bajoeng
Gedé el hom bre que no se casa no puede gozar de todas las p re rro g a ti­
vas sociales. Queda siem pre al pie de la escala social como el m ayor de
los jóvenes: es u n joven viejo en vez de un joven en la plenitud. E l hom­
b re que no tiene hijos no llega nunca a la posición suprem a dentro de
la je ra rq u ía , ni alcanza jam ás la santidad absoluta, sino que se re tira
en el penúltim o escaño. No obstante, es peor aún la sanción p a ra el hom­
b re que in te n ta ser padre y sólo engendra niñas. E n Bajoeng Gedé el
hom bre que, por ejemplo, tiene cuatro h ija s y luego no tiene m ás prole
d u ran te u n intervalo de cu atro años, queda a l m arg en de la ciudada­
n ía activa. Puede re c u p e ra r empero su posición al te n er un hijo. De
casado vive con la preocupación de no lle g ar a desear a su m u je r lo su­
ficiente como p a ra poder te n er hijos. L as disposiciones sociales se­
p a ra n continuam ente a l m arido de la m u je r y “si uno se va, el otro se
queda a cu id ar la casa”, “ uno en la aldea y el otro en la h u e rta ”. E l m a­
trim onio es una form alidad que la sociedad impone, u n medio p a ra te ­
n er los hijos necesarios a fin de se r u n a persona com pleta desde el p u n ­
to de v ista social. E n B ali h ay hom bres, y tam bién m ujeres, que no
quieren casarse, y hom bres y m ujeres que se aflijen ta n to por no te­
n e r hijos o, lo que es m ás frecuente, po r haber tenido sólo un a h ija que
han perdido, que se to rn an irritab les y antisociales, dedicándose al ju e ­
go y destruyendo la e stru c tu ra m a teria l de su vida. E l mismo am biente
hace que algunas personas respondan de ta l m an era a los aspectos ne­
gativos, que se niegan a casarse y a ten er hijos, y que o tra s personas
respondan ta n intensam ente, que se a rru in a n la personalidad si no lo­
a r a n la p atern id ad social sa tisfac to ria. No he sabido de ningún caso
de reacciones extrem as por p a rte de p ad res acongojados p o r la m uerte
del único h ijo varón. E s ta es en realidad la posición d e m ás valo r so­
cial en B ajoeng Gedé, ya que se h a alcanzado un grado de consumación
individua! que sólo la m uerte puede in te rru m p ir. Los hom bres que tie­
nen hijos vivos deben a f ro n ta r el re tiro de la vida activ a al casarse el
m enor o al nacer el p rim er bisnieto. Pero el m arido y la m u je r que tie ­
nen un hijo m uerto están seguros; por el resto de esa encarnación. E sta
in stancia d ram a tiz a vividam ente la índole de las presiones ejercidas
sobre la p atern id ad en Bali. Tam bién estim an conveniente te n er u n des­
cendiente varón p a ra que p ro sig a ofreciendo la s p le g arias de los a n te ­
pasados y las fam ilias que sólo tienen h ija s adoptan a los yernos; las
fam ilias sin hijos adoptan un v arón en ciertos casos, pero no siem pre.
La necesidad de a s e g u ra r las p le g arias de los descendientes no se im ­
pone con ta n ta gravedad como la necesidad da que el individuo llegue
a ser u n a persona com pleta desde el punto de v ista social en esta en car­
nación. L a secuencia es in te re sa n te ; en prim er térm ino: los solteros,
incompletos por definición, excepto en el caso de la joven b rahm ana
que se convierte en sacerdotisa por derecho propio y que en consecuen­
cia no se puede casar (o sea que h a alcanzado la posición que norm al­
m ente sólo lo g ran u nas pocas m u jeres b rahm anas casadas, no pudien-
do p o r lo ta n to ascender m ás; el m atrim onio en el sentido profano se­
r ía p a ra ella descender); luego ’rienen los m atrim onios que h an tenido
únicam ente h ija s m ujeres, los m atrim onios sin hijos y., finalm ente, los
m atrim onios que han tenido por lo menos un hijo varón.
Los aborígenes de M arind-A nim h a n exagerado h a s ta u n extrem o
violento el tem or de que los hom bres y las m ujeres no encuentren la ac­
tiv id ad heterosexual lo b a sta n te g r a ta como p a ra dedicarse a ella. Les
p erm iten a los m uchachos u n a época de experiencia homosexual m uy
convencional y luego, como sacrificio d u ra n te los rito s que p re p a ra n
a un grupo de novicios p a r a ser hombres, a rro ja n a u n pozo a u n a p a­
re ja abrazad a, dándole m uerte. E l tem or de que nadie p re fie ra el am or
heterosexual es una actitud m uy ex tre m a; constituye uno de los lím i­
te s de la escala, m ien tras que los que imponen toda clase de restricciones
severas a la actividad heterosexual (p o r tem or explícito a que de lo
contrario se to rn e irrefren ab le) se hallan en el extrem o opuesto. N in ­
g ún pueblo prim itivo deja de reconocer de algún modo que la cópula
tiene relación con la reproducción, aunque lo expliquen diciendo que se
a b re un sendero p a ra que e n tre el e sp íritu del niño o que es p a r a ali­
m entarlo después que h a en trad o en la m atriz. P o r lo tan to , las a c titu ­
des in stitu id a s en lo que se re fie re a la hosquedad de los im pulsos he­
terosexuales y a la necesidad de estim ularlos proporcionan un índice
de la actitu d hacia la procreación. Se ad v ierte a veces un contrapunto
y las p le g arias de fertilid ad van acom pañadas en ciertos casos de tabúes
que prohíben la actividad heterosexual p a ra favorecer el desarrollo de
la nueva vida, m ien tras que en otros casos los rito s y las p leg arias de
fertilid ad se com plem entan con cerem onias que estim ulan el a rd o r hete­
rosexual. E n el hom bre, la relación en tre los im pulsos sexuales innatos
y la reproducción p are cería depender de una noción adquirida, como lo
confirm a la g ra n variedad de soluciones culturales contradictorias.
La sexualidad m asculina parecerá en un principio no te n er o tro objeti­
vo que la exoneración inm ediata; es la sociedad la que le inculca el de­
seo de te n er hijos y las relaciones interpersonales definidas que orde­
nan, controlan y estilizan sus im pulsos o rig in a les.8
E n la m ujer, en cambio, se advierte algo m uy diferente. E l acto se­
x u al m asculino constituye en sí u n a solución y u n a g ratificació n in ­
m ediata p a ra el hom bre, pero la co n tra p arte fem enina no es únicam en­
te la cópula, aunque parezca una gratificació n sa tisfac to ria, sino el ci­
clo completo de la gestación, el p a rto y la lactancia. Si bien la s m ujeres
sólo disponen de la m itad de la vida en las sociedades donde m ueren
jóvenes, y de la te rc e ra p a rte cuando viven mucho, p a ra te n e r hijos,
ip rnavoria de las sociedades insisten en destacar este aspecto de la fe ­
mineidad como el de m ayor significación. E n m uchas sociedades la s n i­
ñas que no han llegado a la pu b ertad y las m ujeres que h an pasado ya
la m enopausia reciben el mismo tra to que I03 hombres. L a sociedad que
no define a la m u jer como destinada prim ordialm ente a ten er hijos, to ­
le ra m ás fácilm ente la violación de los tabúes y de las b a rre ra s socia­
les. R esulta significativo que los m undugum ores, a p esar de te n e r u n a
e s tru c tu ra institucional basada en la exclusión de las m u jeres del cono­
cim iento del culto de los hombres, repudien las funciones procreadoras
de la m u jer y les perm itan conocer el m isterio de las fla u ta s sagradas.
P aralelam ente, vemos que en el pueblo de los indios zuñís de N orteam é­
rica, donde las disposiciones culturales le prohibían al hom bre toda ac­
tividad que no tu v ie ra u n aspecto constructivo, conservador, que fac i­
lita r a la crianza de los hijos, no h ab ía objeción alg u n a a que las m uje­
res in g resa ran en las sociedades de los hombres. Pero m ien tras que en
M undugum or sólo u n a que o tra joven indolente rechazaba los peque­
ños inconvenientes de la iniciación, en Z uñi m uy pocas m u jeres aprove­
chaban el privilegio. P arece que en R usia an tes de la revolución no se le
daba g ra n valor a la a p titu d procreadora de la m ujer, y llam a la a te n ­
ción el hecho de que los rusos no te n g a n m ayor rep aro en p erm itirles a
las m ujeres desem peñar ta re a s que norm alm ente se consideran m ascu­
linas, y h a s ta u tiliz a r rifles y am etrallad o ras en la g u£rra. E n Tcham-
bulí, donde la s m ujeres se h an hecho cargo casi por completo de la m a­
nutención, los hom bres se ir r ita n por la carga que el cuidado de los n i­
ños rep rese n ta p a ra la m u jer, y los jóvenes nos in stab an a que tr a j é r a ­
mos cabras p a ra la trib u . “ Podríam os o rd eñ a r las cabras y darles de
comer a los niños", decían, “L as m ujeres están m uy ocupadas y tienen
o tras cosas que h acer”. Más adelante veremos cómo en los E stados U ni­
dos, donde g ran p a rte de la educación que recibe la m u je r es idéntica
a la del hombre, y donde se ha im puesto el dogma de que ambos m ere­
cen las m ism as oportunidades económicas, se supone no ob stan te que el
m atrim onio exige un papel especializado p a ra c ria r a los hijos y. aten d er
el hogar, casi com pletam ente diferenciado de la experiencia que las n i­
ñas y los varones tienen en com ún con respecto a las posibilidades de
la vida.
E n resum en, los hom bres tien en que ap ren d er desde la infancia a
q u erer engendrar y hacerse cargo de los hijos y a p re se rv a r u n a socie­
dad que asegure el porvenir de los niños, adem ás de protegerlos de los
enemigos. L as m ujeres, por su pa.rte, tienen que ap ren d er a desear los
h ijos sólo bajo ciertas condiciones, p resc ritas por la sociedad. E l varon-
cito contem pla su propio cuerpo y el de ¡os demás hom bres de d istin ta
edad y se da cuenta de su potencialidad p a ra explorar, p a ra an a liz ar y
coordinar, p a ra con stru ir cosas nuevas, p a ra p rofun d izar en los m is­
terios del mundo, p a ra luchar, p a r a h acer el am or. L a n iñ a contem pla
su cuerpo y el de las o tra s m u jeres de d istin ta edad y se da cuenta de su
potencialidad p a ra concebir y te n e r un hijo, p a ra am am an tarlo y c ria r­
lo. L a lógica de la fra s e “ los pechos que no am am an tan d añ an ” sólo
se puede ig n o rar m ediante las m ás rebuscadas nociones culturales. Es
posible que la niña se críe en u n am biente donde todas desean ser va­
rones y se lam entan de ser m u jeres o donde ser m u je r y te n er un hijo
equivale a so p o rtar la invasión, la desfiguración y la ru in a del cuerpo.
L as n iñas pueden ap ren d er por supuesto a no querer hijos, pero esta
noción es aparentem ente im puesta siem pre por la sociedad. Desde lue­
go, la cu ltu ra puede re in te rp re ta r los detalles m ás sutiles del cuerpo de
la m ujer. L a vulva es entonces u n a región de placer inm ediato en vea
de la p u e rta p a ra u n a nueva vida. Los pechos se pueden considerar co­
mo p arte s eróticas que se ap recian y se cuidan sólo porque sirven p a ra
el am or y. no porque algún día lleguen a am am a n ta r a un niño. E l cuer­
po suave de la m ujer, en vez de se r un nido tibio p a ra el recién nacido
que tiene la piel ultrasensible y e x tra ñ a la m atriz, es algo despreciable
que hay que m e jo rar robusteciéndolo. E l útero, en lu g a r de ser un p u n ­
to de expansión gozosa, puede lle g a r a constituir u n a am enaza que
es preciso c o n tra rre s ta r comiendo raíces m ágicas que aseg u ran la es­
terilid ad — como en T ew ara, un poblado de Dobú — o u na región que
h a y que a isla r del resto del cuerpo dem asiado fecundo m ediante la ope­
ración que liga las trom pas. L a belleza áe la m u je r estéril puede llegar
a te n er ta n ta significación p a ra u n pueblo, que en B ali, por ejemplo, se
define a la b ru ja como la m u je r que porque le han rechazado a la h ija
en m atrim onio, se venga educando a ciertas niñas herm osas sin sexo
p a ra que lleven la m uerte a esa com arca.
E l personaje de la b ru ja , que ae rep ite con terrib le monotonía en el
mundo entero, e n tre loa seres civilizados y los que carecen de civiliza-
ción, en los rincones rem otos de la selva y en la encrucijada de E uropa,
es una m u jer que se va cabalgando sobre una escoba o un a v a ra m ági­
ca descascarada, dejando la piel vacía ju n to al esposo p a ra hacerle
creer que está con él. No d eja de te n er significación el hecho de que no
ex ista u n a imagen reiterad a como ésta del hom bre que hace el m al v a­
liéndose de la m agia. Los hechiceros, los m édicos-brujos y los magos
maléficos surgen y desaparecen en el curso de la h isto ria de d istin tas
sociedades. L a b ru ja , en cambio, sigue siendo un símbolo ta n a r ra ig a ­
do que p arecería p e rd u ra r sin que logre desplazarlo la m ás lúcida im a­
ginación cultural.
E n B ali la b ru ja es la fig u ra principal del te a tro y la caracteriza­
ción exhibe al mismo tiem po los rasgos de la m atern id ad y de la m adu­
rez v ir il: los pechos caídos y mucho vello. Los niños la rep resen tan con
las m anos como g a rra s , lista p a ra destruirlos, pero en el te a tro adulto
es el miedo personificado, asu sta d a y m edrosa. Sola, moviéndose cu­
riosam ente, perm anece dentro del círculo m ágico que tra z a su amigo
masculino, el dragón, encerrándola con la gente de la aldea. E s tá en tre
ellos, pero pueden sentirse seguros m ientras no log re a tra e r a o tras
b ru jas. Y en el djoget, la fascin an te danza callejera que la n iñ a que aú n
no h a llegado a la adolescencia ejecu ta p a ra deleite de los hom bres de
la aldea, la b ailarin a , representando todo lo que la m u je r tiene de a t r a ­
yente y de irresistible, puede to m ar u n a m uñeca y, tran sfo rm án d o la en
b ru ja , p isa rle la cabeza con su pie de doncella, delicado y fino, p a ra de­
ja r la m u erta en el polvo. Muy lejos de Bali, a o rillas del río Sepik de
N ueva Guinea, donde las b ru ja s sólo fig u ra n en la s leyendas, encontré
u n a vez a u n a niña de cinco años bailando por encima de un herm anito
de meses que h ab ía colocado en un hoyo hecho por ella m ism a en la tie­
r r a . Sin nin g u n a referencia visual que pudiera servirle de guia, sin p a ­
sos de baile tradicionales, ejecutó los pasos que en B ali se han elevado
a la categoría de fo rm a dram ática. L a im agen de la b ru ja que le quita
la vida a todo, que les acaricia la g a rg a n ta a los niños h a s ta que se m ue­
ren, cuya m irada b a sta p a ra que las vacas pierdan la cría y la leche
se cu aje en los ta rro s, es una personificación del miedo que al ¿er hum a­
no le in sp ira lo que es capaz de h acer la m u jer que se niega o se ve obli­
g ad a a ren u n c iar a te n e r hijos. Se la considera capa» de a p a rta rse , de
m antenerse ajen a al deseo de los hombres, elim inando así el vínculo con
la vida mism a. "Se m archa dejando la piel vacía ju n to al m arido.” La
m u jer, como el hombre, es u n a c ria tu ra que adquiere nociones; su
conducta adulta depende igualm ente de las experiencias de la infancia.
Puede ap render a no querer hijos y llegar así h a sta el punto de consti­
tu ir una am enaza p a r a la vida del mundo.
Pero no se ha confirm ado que el ap ren d er a no desear los hijos en­
tra ñ e necesariam ente p a ra la m u jer conflictos ta n hondos que resu l­
ten insolubles o que el sacrificio, por la fru stra c ió n y el odio que le ina-
p ira su destino, sea inevitable y rep e rc u ta sobre la vida de quienes la
rodean. U n p siq u íatra que e jercía en los E stados U nidos resum ió su ex­
periencia clínica de la siguiente m a n e ra : “N unca encontré u n a m u jer
que, estando física y socialm ente en condiciones de te n er hijos, se nega­
r a a tenerlos y no su frie ra psíquicam ente p o r la privación.5’ E s ta de­
claración se puede in te rp re ta r, como lo h aría n los au to res m ás ex tre­
m istas del momento, en el sentido de que la necesidad de ten er hijos es
ta n esencial p a ra la m u jer que cualquier in terferen cia provoca tr a s ­
tornos y h a s ta dolencias. Según ellos, así como el ser hum ano no puede
d e ja r de re sp ira r, de comer, de dorm ir, pudiendo ta n sólo m odular y
re g u la r estas actividades com binadas, la m u je r tampoco puede n eg arse
a ten er hijos. No obstante, leyendo con detención la f ra s e del psiquía­
tr a , se re p a ra en el adverbio “socialm ente”. H ay o tra in terp retació n
posible y es que sufren quienes, sintiéndose en una situación que e n tra ­
ña te n er hijos, se niegan a ac ep tarla. E s el caso del prim ogénito de un
re y que no puede so p o rtar la responsabilidad del trono, del piloto que
fra c a sa al hacerse cargo del barco en a lta m a r cuando se m uere el ca­
p itá n , del estu d ia n te que recibe rana beca p a ra estu d ia r m úsica en E u ­
ro p a y luego la desperdicia sin ap re n d er nada. Todos ellos m an ifiestan
tam bién graves desórdenes psíquicos. L a sociedad hum ana dispone de
u n a g ran variedad de métodos p a r a inculcarles a los hom bres lo que de­
ben hacer, así como del correspondiente conjunto de castigos, im puestos
in te rio r y exteriorm ente, p a ra los que no cumplen con la s nociones ad ­
quiridas. L as m ujeres de n u estra sociedad saben que el m atrim onio im ­
plica tener hijos, que excepto en circunstancias especiales — como cuan­
do hay, u n a enferm edad h ere d itaria , euando uno de los cónyuges no go­
za de buena salud, o cuando h ay que cum plir con deberes financieros
como el de m antener a los pad res o a los h erm a n o s—• ev itar la p a te r­
n idad significa eludir la responsabilidad. E n esas circunstancias, los
hom bres y las m ujeres que eluden expresam ente esta responsabilidad
dem uestran haber elegido un camino inadm isible p a ra la sociedad.
N i siquiera los datos clínicos que parecerían su g erir, si bien no en
fo rm a concluyente, que la m enopausia es m ás grave y que los carcino­
m as asum en distinto cariz en la s m ujeres que no han tenido hijos, ju s ­
tific an la te o ría sim plista de que el cuerpo de la m u jer se venga p o r el
desuso de la función m a tern al. P a r a la m u je r soltera que h u b iera que­
rido ten er hijos y p a ra la casada estéril que los deseó, la m enopausia des­
b a r a ta definitivam ente toda esperanza y puede por lo ta n to tr a e r a p a ­
read as la desesperación y la enferm edad. Tenemos que in te rc a la r sin
em bargo la fra s e “que hub iera querido tenerlos” p a ra que la a firm a ­
ción ten g a valor dentro del estudio com parado. Los que aprenden a de­
se ar algo su fre n si no lo logran, a menos que h ay an aprendido tam bién
a se n tirse g ratificado s por la abnegación.
L a institución monacal, por la que los hom bres renuncian a sus po­
tencialidades procreadoras y las m ujeres a tener hijos, p a ra dedicarse
por entero a se rv ir a Dios, ilu s tra una tradición aceptad a por la socie­
dad por la cual las m ujeres pueden ap render a no querer hijos. Cuando
las n iñ as se sientan a la som bra de u n árbol a conversar sobre el fu*
tu ro y. una dice, categórica y definitivam ente: “Y yo voy a ser u na mon­
j a de toea plegada y voy a cuidar a muchos niños”, o ‘‘a los enferm os”, o
“Voy a enseñar a re z a r todo el día” , la sociedad dispone de u n a fórm ula
que le perm ite a la m u je r ren u n c iar a la procreación sin hacerse daño.
A veces la pérdida posterior de la f e o las dudas en cuanto a la propia
vocación religiosa queb ran tan esta noción y la que fu e ra m onja devota
puede tra n sfo rm a rse en u n a pobre c r ia tu ra desesperada qu e oye las
voces, no ya de los ángeles, sino de los hijos que no pudo tener. No obs­
ta n te, es posible in s titu ir vocaciones p a r a la m u jer que excluyan la po­
sibilidad de te n e r hijos y que las niñas pueden a b ra z a r como solución
h um ana absoluta. Si estas soluciones no se complican por la negación
de la fem ineidad, el rechazo de los niños o del papel m atern al, el proceso
es probablem ente m ás sencillo que cuando la n iña elige, porque la a tra e ,
u n estilo de vida que se considera m asculino. L a m u je r que elige hoy. la
m edicina lo hace por d istintos motivos en la fíu sia soviética y en loa
E stados U nidos, puesto que aquí la m u je r médica constituye una excep­
ción no m uy reconocida, m ien tras que en R usia es m ás corriente y es
adm irada. Pero esto no significa que se pueda in sistir con la teo ría de
que los papeles en los que las m ujeres se h an sentido satisfech as au n ­
que no tu v ie ran hijos im pliquen la sublimación del deseo de tenerlos.
No se sabe aún h a s ta qué punto logra aprender u n a n iñ a o un grupo de
n iñas a no querer hijos.
Tampoco se ha confirm ado que aprender a no seguir el camino defi­
nido por la fisiología resu lte m ás f a ta l que ap ren d er a seguir un cam i­
no definido po r la sociedad que no te n g a fundam ento fisiológico. Si la
sociedad Ies enseña a los hombres a se r constructivos, apacibles y dóciles
a expensas del goce activo de la sexualidad — como en Zuñi y en A ra ­
p e s h — la noción e n tra ñ a un sacrificio p a r a los hombres. Sin em bar­
go, los samoanos, que son igualm ente apacibles y constructivos como
pueblo, no se sacrificaban en absoluto. La sexualidad m asculina no se
definía ja m á s como agresividad que re fre n a r, sino como un placer del
que e ra posible d is fru ta r en el momento oportuno y con u n a com pañera
adecuada. P arece m ás justo decir que en toda sociedad tan to los hom bres
como las m ujeres aprenden el significado de la s diferencias físicas J
com prenden la significación de sus ap titu d es reproductoras. A medida
que v an adquiriendo estas nociones la c u ltu ra puede d efin ir la conduc­
ta que exige de cada sexo imponiendo deberes onerosos o fáciles.
Q uizá el ejemplo m ás evidente de dicha definición sea el modo de en­
c a ra r el p a rto en sí. C iertas sociedades creen que el p arto es por n a tu ­
raleza peligroso y los aztecas veían en el cielo teñido de rojo la 3angre
de los hom bres que m orían en el campo de b atalla y. de la s m u jeres que
m orían de p arto . O tros pueblos lo consideran un hecho ta n sencillo que
sólo la m adre calcula esperanzada si el niño va a n acer en el cam pa­
mento donde puede sobrevivir o si h a de n acer d u ran te la jo rn a d a de
m archa, m uriendo entonces seguram ente de frío . Los rig o res del p a rto
se pueden ex a g erar h a s ta el p unto de com partirlos el padre, que se echa
luego a “ reponerse” ju n to a la esposa o se va a la s islas B erm udas des­
pués de la to r tu r a de la im paciencia en la sa la de espera del sanatorio.
A veces las com adres sugestionan a los niños con h isto ria s de su fri­
miento y b ru jería s, de modo que la s c ria tu ra s tienen pesadillas si
hay un p arto en la casa, m ie n tras que en o tra s cu ltu ras los chiquillos
se escurren por la aldea buscando u n p arto in te resa n te p a ra observar.
E n algunos casos se espera que la s m ujeres gim an y g rite n como p a ra
que todas las espectadoras jóvenes se im presionen y se sientan predis­
p u estas a g r ita r a su vez cuando les llega el “momento”. E n o tra s so­
ciedades las m ujeres aprenden que la p a rtu rie n ta tiene que proceder
con sereno decoro, concentrando toda su atención en el acto y cuidán­
dose m uy bien de d isip ar sus fu erza s y de avergonzar a la fam ilia con
alaridos. P o r consiguiente, según la interp retació n de la cu ltu ra, el
p a rto puede re su lta r u n a experiencia arriesg ad a y dolorosa, in teresan ­
te y digna de atención, corriente, n a tu ra l, con sólo alg u n a que o tra con­
tingencia, o puede e n tra ñ a r g rav es peligros sobrenaturales. T an to si
íes está perm itido p resenciar los p arto s como si ja m á s han visto uno,
los hombres contribuyen a la in terp retació n y he tenido ocasión de ver
cómo algunos inform antes m asculinos que nunca hab ían visto n i oído
a un a p a rtu rie n ta se reto rcían en. el suelo haciendo u n a espléndida p an ­
tom im a del p a rto doloroso. L a in te rp re tac ió n de cualquier m a n ifesta­
ción de la conducta hum ana, aunque parezca p ropia de un solo sexo,
recibe el ap o rte im aginativo de ambos, y es posible asim ism o que las
personas de uno u otro sexo que te n g an inclinaciones singulares den la
n o ta dom inante. L as fa n ta s ía s que se f o rja n los hom bres que creen que
la cópula es ag resiv a acerca del efecto deplorable que ese te rrib le ins­
tin to de agresividad incontenible le produce a la m u jer, h an de ser m uy
d iferentes de lo que se im agina el hom bre que piensa que la cópula es
u n p lacer y que acepta la in terp retació n c u ltu ral que aseg u ra que el
niño “ duerm e plácidam ente h a s ta que llega el momento de nacer y ex­
tiende entonces los brazos por encim a de la cabeza p a ra sa lir”.
Se 11ii dicho que uno de los cambios m ás significativos de nuestro
tiempo es que las m ujeres ya no tem an ta n to m o rir de p arto porque las
estad ísticas dem uestran que ha dism inuido el núm ero de m uertes por
esta causa *. Pero a mi entender — después de estu d iar el m a terial reco­
gido en las sociedades p rim itiv a s — éste es u n p unto de v ista lim ita­
do p o r la cu ltu ra. E l hecho d« que el p a rto se in te rp re te como un a
situación en la cual s* a rrie s g a la vida, por la cual se obtiene un hijo, se
r erece el reconocimiento social o el derecho de ir al cielo, no depende de
l i í estadísticas sobre la m ortalidad, sino del criterio adoptado p o r la
sociedad. Todos los argum entos sobre la conducta m a tern al in stin tiv a
de la m u je r que sostengan a este respecto que h ay un su stra to bioló­
gico m ás fu e rte que la s experiencias cognoscitivas qne la n iñ a en fren ta
desde su nacim iento tienen que to m a r en cuenta esta g ra n diversidad
de interpretaciones. No es posible a firm a r que el p arto sea a la vez un
torm ento insufrible y u n dolor tolerable, u n a situación que toda m u jer
n atu ra lm e n te anhela dichosa, que sea al mismo tiem po u n peligro que
es m enester eludir y u n a consumación deseada con ferv o r. P o r lo me­
nos un a de estas nociones tiene que ser adquirida y. me parece m ás sen­
sato suponer por ahora, en v ista de los conocimientos actuales, que
ta n to las actitudes de la s m ujeres como la s de los hombres con respec­
to al p a rto incluyen elementos complejos y contradictorios y que la
sociedad puede to m ar y estilizar cualquier serie de actitudes, h asta
opuestas en ciertos casos. Y como acontece con toda conducta ad q u iri­
da estilizada por la sociedad, cuanto m ás se a leja de la base biológica
m ás libre queda la im aginación. H ay m otivos p a ra creer que la im agi­
nación m asculina, sin la disciplina y el conocimiento que b rin d an los
indicios y la experiencia corporal inm ediata, h ay a quizá contribuido
desproporcionadam ente a crear la su p e re stru ctu ra cultura! de creen­
cias y p rácticas en relación con el p arto . T al vez no carezca de signifi­
cación el hecho de que en las sociedades de la Polinesia, donde el hom­
bre interviene en el p a rto como m arido, y no como m ago o sacerdote,
la actitud hacia el p arto sea sum am ente n a tu ra l y sin complicaciones;
las m u jeres no g rita n , actúan, y. los hom bres no tienen necesidad de im­
ponerse luego actividades expiatorias.
P ero en el fondo de la aceptación y del rechazo de la procreación, del
deseo de te n er hijos y de criarlos, hay siem pre u n a trad ició n cu ltu ral
que les inculca a los niños la noción de que en el m undo hay dos sexos y
que cada sexo desempeña u n papel. L as d istin ta s sociedades logran en
m ayor o menor g rado enseñarle a cada sexo el papel que le correspon­
de en la procreación y cuando ambos sexos están predispuestos en con­
t r a de la reproducción, la sociedad se extingue sin necesidad de to m ar
precauciones contra la concepción.
Desde haee milenios los pueblos h a n estado luchando con los proble­
m as de la fecundidad y la infecundidad, tra ta n d o de a ju s ta r, aunque
f o rtu ita e im perfectam ente, la relación e n tre el núm ero de hijos desea­
do, el núm ero de hijos que podían m antener y el núm ero de hijos que
h ab ría n de nacer — a menos que se to m a ra alguna m edida p a ra ev itar­
lo — según las prácticas sociales vigentes. T al vez alg ú n día logremos
d esarro llar una cu ltu ra en la que la comunión de las p a re ja s sea tan
p erfec ta que no haya necesidad de control alguno a p a rte del ritm o
m ensual de fecundidad n a tu ra l de la m u jer. E s evidente que si bien la
sensibilidad fem enina a los cambios que se operan en el cuerpo le sirve
de g u ía a la joven p a ra desistir con mucho tino de la cita n o ctu rn a en
u n a sociedad donde el am or es frívolo, no b asta p a ra re sis tir las in fin i­
ta s presiones de una organización social com pleja como la n u estra , en
la que h a y que a d a p ta r los im pulsos n atu ra les a un mundo regido por
los despertadores, las bocinas de la s fáb rica s y los tren e s de los em plea­
dos, donde tam bién cuentan los meses propicios p a ra el m atrim onio, la
tem porada de las B erm udas y la tensión nerviosa de la sesión an u al del
directorio o de la puesta en escena de u n a obra de te atro . Sin em bargo,
al observar h a s ta qué extrem os desesperados h an llegado los pueblos
m ás sim ples p a ra a ju s ta r el índice de supervivencia a la e s tru c tu ra so­
cial — viendo por ejemplo que los todas dejaban a las n iñ as recién n a ­
cidas en los lodazales p a ra que los búfalos las pisotearan , m ie n tras que
el exceso de hom bres que sobrevivía com partía las m u jeres con p recau ­
ciones com plicadas a fin de que la vida dom éstica fu e ra am istosa —
comprendemos que no sólo la civilización, en el sentido de la u rb an iza­
ción m oderna, a p a r ta a los seres hum anos de su propio ritm o fisioló­
gico. Desde la época rem ota en la que nuestros antepasados nóm adas
escupían en seguida las bayas nocivas y sabían buscar la raíz que les
proporcionara la sal que necesitaban, h a s ta hoy en día en que sabemos lo
suficiente como p a ra em pezar a com poner una dieta de la que la c ria tu ­
r a pueda seleccionar intuitivam ente sus alim entos, el hombre h a es­
tad o tratan d o , torpem ente, pero con im aginación y con afá n , de impo­
nerle u n estilo de vida creado p o r él a su propio organism o, que es ca­
paz de idearlos pero que carece de la capacidad autom ática de ad o p tar­
los. Desde el p rim er artificio , el p rim e r lecho de pasto seeo, la p rim era
roca u tilizada como abrigo contra el viento, la prim era ram a tra n sfo rm a ­
da en h erram ien ta, o quizá la p rim e ra m u je r que se acostó, m ás dócil
que anhelante, ju n to al com pañero elegido, o el p rim er hom bre que
comenzó a com partir con ella la f r u ta recogida, h a s ta los m ás m oder­
nos recursos de la era atóm ica, la n iñ e ra por radio, la leche homogenei-
zada con v itam in a D, las operaciones p a ra tra s p la n ta rle p a rte de los ojos
de u n m uerto a u n a persona viva, los hombres han avanzado p o r el
mismo camino y n ad a ha sido n a tu ra l. E s u n a to n te ría sentim ental de­
cir que el esquim al vestido con u n tr a je de pieles hecho por la esposa y
calzando las botas que ella m ism a tr a b a ja r a con cariño, sentado a l ace­
cho de u n a foca con un arpón hábilm ente ideado, es n a tu r a l; y qu e no
¡o es el hom bre moderno que usa. las botas que su m u je r le com pra en
u n a liquidación, viste u n tr a j e confeccionado en u n ta lle r con te la de
la n a tra íd a de A u stralia, y tr a b a ja en u n a fá b ric a vigilando las m á­
quinas de en v a sa r carne. E s el mismo argum ento que esgrim en algunos
especialistas en nutrición co n tra la idea de enriquecer el p an con v ita ­
m inas, porque se ría u n a m an era “a rtific ia l” de t r a t a r el pan n a tu ra l,
aunque se am ase de h a rin a de trig o cultivado, cosechado con h e rra -
m ientas fab ricad as, molido en molinos modernos, y se dore en hornos
construidos por el hombre. E l dilema no es ser n a tu ra l, lo que e n tra ­
ñ a ría en realidad deshacerse de todo vestigio de civilización, ren u n ciar
al len g u aje y re to rn a r a la vida anim al; y no es tampoco ser m ás o
menos a rtific ia l, aceptando las m e táfo ras cándidas, los falsos gestos
rústicos, la s cacerías con colchones neum áticos o el p an de h a rin a in ­
te g ra l m al molida, como aten u an tes de n u estra horrible condición. La
cuestión es d esarro llar y estilizar este nuevo método de evolución, este
invalorable sistem a de invenciones y hábitos sociales adquiridos que,
de todos los seres vivientes, únicam ente el hom bre h a sido capaz de
crear. No necesitam os ese pan “ m ás n a tu ra l” , am asado con u n trig o
sim ilar al que les sirve de alim ento a los anim ales salvajes, aunque al­
go in ferio r debido a los siglos de cultivo y a la fertilización. N ecesita­
mos en cambio un p an en el que sea posible com binar m ás “artificio s”,
m ás, y no menos, resultados de la investigación, de la inventiva y de la
ciencia.
N u estra n atu ra lez a hum ana depende de n u estra rela tiv a infecundi­
dad, del larg o período de gestación y de la independencia que sólo es po­
sible cuando se tienen pocos hijos que se pueden c ria r con atención y
con te rn u ra d u ra n te muchos años. Depende de la espontaneidad de las
reacciones de ambos sexos, que no están supeditadas al ciclo reproduc­
tivo de la m ujer. P ero p a r a poder d efin ir y disciplinar esta potenciali­
dad p a ra la vida conyugal, p a ra que no ex ista una desproporción en tre
los hijos que podemos m antener y, los que deseamos tener, p a ra ev itar
la necesidad de tom ar m edidas p recipitadas e incongruentes, de modo
que ningún sector de la población se eduque psicológicamente p a ra la
esterilidad y n in g u n a vida comience p a ra ser sacrificad a en seguida
a los pies de ídolos ciegos, se necesita u n conocimiento m ás profundo
de las relaciones hum anas y u n a tra m a mucho m ás sutil, que la hum a­
nidad aú n no ha logrado concebir.
CUARTA PARTE

LOS DOS SEXOS EN LA AMERICA CONTEMPORANEA

12. LA COMPLEJIDAD DE LA CULTURA AM ERICA N A

Al contem plar la enorm e extensión de los E stados U nidos, el p aisaje


complejo y variado, los cientos de tradiciones populares que im peran
en los rincones de las m ontañas del sur, en los páram os de N ueva In ­
g la te rra , en la s casuchas aisladas de las llan u ras, p arecería casi impo­
sible re fe rirse al pueblo am ericano en conjunto. ¿N o hay acaso u n abis­
mo insalvable e n tre la m adre inm ig ran te que mece suavem ente al hijo
en la cuna tra íd a del Viejo Mundo y la joven m adre am ericana im bui­
da de nociones sobre horarios e higiene, im pasible aunque el niño llore
bajo las cobijas que le im piden chuparse el dedo, y la m ad re ultram o d er­
n a que desecha los horarios p a ra alim entar al niño cuando tiene ham ­
bre? Si es cierto que los m ás fú tile s detalles del mundo a su alrededor
son de u n a im portancia inestim able p a ra la experiencia que p rep a ra
al niño p a ra el papel sexual adulto — por ejemplo la plum a o la flor
que le colocan en la cabeza, los adornos de cuentas p a ra la n ariz, Tina
f ra n ja de color sobre la fre n te de la niña, la suavidad de u n tejido deli­
cado o de la piel de búfalo nonato, la superficie de un cesto rústico — ,
¿cómo podemos entonces h ab lar de las c ria tu ra s am ericanas en general
y del proceso por el cual los niños am ericanos se tra n sfo rm a n en hom­
bres y m ujeres capaces, o incapaces, de am ar y de te n e r hijos? Sin em­
bargo, si visitáram os el m ás insignificante hogar am ericano, el que más
se a p a r ta del standard aceptable, el tu g u rio del ap arcero donde las
r a ja s de pino ard e n en el fogón, o el departam ento sin ag u a caliente
y sin otro mobiliario que las alfom bras tra íd a s del Cercano O riente, en­
contraríam os en estos am bientes ta n distintos de la casita blanca de dos
pisos con postigos verdes que los diarios denom inan “el hogar norteam e­
ricano”, ta l vez no y a u n a cam ita de niño m oderna, pero p o r lo menos un
catálogo o u n alm anaque con la ilustración correspondiente. Donde
no se han introducido aú n los objetos m ateriales y las nuevas costum ­
bres que éstos reclam an debido a que la fam ilia sigue a fe rra d a a las
an tig u as tradiciones o porque la m an era de g a n a rse la vida no les per­
m ite d istra e r dinero del sustento p a ra aproxim arse a l nivel am ericano,
se ad vierte que ha llegado la im agen de las costum bres nuevas, m oder­
n as, del estilo de vida corriente de los E stados Unidos. H a llegado a
tra v é s de los catálogos que ofrecen artículos contra reembolso, a tra v é s
de la radio y del cine, aunque sólo vean dos películas por año. T a l vez
las m ujeres usen aún fald a s la rg a s de percal como las que se ponían
sus abuelas; las h ija s en cambio lucen versiones b a ra ta s pero a u té n ti­
cas de la moda im puesta en la Q u in ta A venida y en el Hollywood Bou-
levard. E s necesario que la trad icio n al m erienda del niño del campo in ­
cluya u n pedazo de p an com prado, de lo contrario no q u e rrá llev arla al
colegio p a ra no p a s a r vergüenza delante de los demás. La cu ltu ra nor­
team ericana que se ha generalizado les llega sutil, persisten te y. conti­
nuam ente a los ricos y a los pobres, a los in m igrantes y a los aborígenes
cuyos antepasados reco rrían las lla n u ra s an tes de que los españoles
tr a je r a n el caballo al Nuevo Mundo.
Cabe sin em bargo p re g u n ta r: ¿B asta con d a r a conocer la s nuevas
m odalidades? Sin duda alguna, la m adre que se recuesta co n tra la p u er­
ta de su casa d e sta rta la d a p a ra ho jear ociosam ente un catálogo que
ilu s tra los m ejores exprim idores fiara el jugo de n a ra n ja del bebé, mien­
tr a s ella sigue dándole el chupete con azúcar cuando llora, es m uy dis­
tin ta de la joven bien a rre g la d a que se pone un delan tal coqueto p a ra
m edir prolijam ente la cantidad de jugo an tes de dárselo al niño. Los
efectos sobre la nutrición son m uy diferentes. U na de las c ria tu ra s ta l
vez llegue a padecer de deficiencia de vitam ina C, p articu larm en te
si la m adre se pone fastidiosa y le prohíbe comer v erd u ras cru d as de la
h u e r ta ; la o tra no. A un si el niño de la casucha crece y v a al colegio y
se to rn a superficialm ente indistinguible de los niños criados en los de­
p artam en to s inm aculados de la ciudad, la diferencia subsiste. Si son
n iñas, cuando sean a su vez m adres quizás reciban la m ism a receta del
especialista p a ra sus hijos, pero u n a ha de cum plirla en la seguridad de
que hace lo que su p ropia m adre hiciera con ella, m ien tras la o tra se la ­
m e n tará por el estado de su d e n ta d u ra y se o cu ltará a sí m ism a, av er­
gonzada, la m em oria del descuido m aterno. E n la penum bra del consul­
torio te n d rá n histo rias m uy d istin ta s que contar sobre los recuerdos que
conservan de la infancia acerca de las relaciones en tre sus padres. U na
de ellas rec o rd a rá haber oído voces a tra v é s de la p u e rta prudentem en­
te cerrada, ta l vez la in terru p ció n del teléfono que hizo que se ab rie ra
esa p u erta , perm itiéndole e n tre v e r los ro stro s tensos y oír u n a fra se que
no podía del todo com prender. L a o tra rec o rd a rá las d isp u tas de unos
p ad res que com partían la m ism a alcoba y h a s ta el mismo cobertor des­
vanecido, que se enojaban y se reconciliaban a n te los ojos de la niña. La
an g u stia de no recibir la invitación p a r a u n a cena o de no ser ad m itid a
er. e! club del colegio te n d rá detalles m uy distintos, siendo lo m ás signi­
ficativo que se mencione o no el problem a. Los antecedentes de sus m a­
ridos no han de ser menos dispares, aunque — y esto es im portante—
’o sean a la inversa. Puesto que la cbica de la casilla abandonada puede
llegar a casarse con el joven de la ciudad, y viceversa. E n u n h ogar es
el p ad re quien recu erd a vagam ente, sin otro vestigio que u n resque­
m or agridulce, la sensación del chupete azucarado, la incomodidad de
los pañales m ojados que nadie se ocupaba de cam biarle; en otros hoga­
res las m em orias son de la m adre. Im p o rtan mucho los recuerdos de ca­
da progenitor. E l padre puede sen tirse como un ex trañ o fre n te al n i­
ño, ta n limpio y. prolijo con su tra je c ito alm idonado — que le parece
m ás bien una n iñ a —, aunque no ta n to fre n te a la h ija porque sus re ­
cuerdos se rem ontan h a s ta una im agen de un niño m uy distinto, y no di­
rectam ente h a s ta la im agen de u n a niña. La m adre criad a en la pobre­
za siente de pronto que se le crisp an los dedos m ien tras plancha el vue­
lo plegado del vestido de su h ija , a l recordar los pobres vestiditos des­
coloridos que le daban y que la m adre n i siquiera le acortaba, por can­
sancio o por dejadez. P o r su p arte , la m adre criad a en el departam ento
céntrico, fre n te a un m arido que no entiende por qué hay que g a s ta r el
dinero en esa form a, a p rie ta los labios irrita d a recordando las fald as
tableadas de su niñez, resentida porque él se niega a darle a los hijos
lo que m erecen.
E n cada b o g ar el panoram a es diferente. Hoy en día, sólo es posible
en co n trar en los E stados U nidos en los sitios ap artad o s, en la m onta­
ña, en las aldeas que los jóvenes abandonan, en las colectividades fo r­
m adas por esclavos liberados o desertores, aisladas en p a ra je s lejanos,
y en los poblados de gentes de habla española que se a fe rra n a las cos­
tu m bres del siglo X V I, el tipo de relación e n tre p ad res e hijos, en tre
abuelos y nietos, que se observa en las sociedades prim itivas. E n el re s­
to del p aís la ca racterística m ás notable es que todas las p a re ja s de p a­
dres son distintas, que no hay dos que tengan los mismos recuerdos, que
no se pueden com parar dos fam ilias diciendo: “ E stos cu atro progenito­
res se han alim entado de la m ism a m anera, h an jugado a los mismos ju e­
gos, h an oído las m ism as canciones de cuna, se h an asustado con el m is­
mo cuco, se les han prohibido las m ism as p alabras, h an recibido la m is­
m a im agen de lo que debían ser como hom bres y m u jeres adultos, están
p rep arados p a ra tra n sm itir in ta c ta la tradición que recibieran ín te g ra

tt on o r»-nATiínc! noflrac!
jf U1C1J. UCillllUU, UU OUO ¡J *

Cada hogar difiere de los dem ás, cada m atrim onio, aun dentro de la
m ism a clase y del mismo círculo, p rese n ta contrastes en tre los in te g ra n ­
tes, en apariencia ta n evidentes como las diferencias que distinguen a
cada trib u de N ueva Guinea de la s demás. “E n casa nunca cerrábam os
el baño con llave.” “ E n casa nunca entrábam os a u n a habitación sin
llam ar.” “Mi m adre siem pre nos pedía las ca rtas, au n siendo ya m ayo­
res.” "Siem pre nos devolvían sin leer cualquier papel que tu v iera algo
escrito.” “ No nos p erm itían m encionar las piern as.'1 “ Mi p ad re decía
que ‘sudor* era una p alab ra m ás fra n c a que ‘tran sp ira ció n ’, pero que
nos cuidáram os m uy bien de decirla en casa de tía A licia.” “ Mi m adre
m e decía que se me iban a estro p e ar la s m anos si m e subía a u n árbol.”
“ Mamá opinaba que las chicas te n ían que co rrer y hacer ejercicio m ien­
tr a s fu e ra n jóvenes.” H a sta e n tre vecinos, en tre los hijos de prim os y de
herm anos, se advierten discrepancias en la m an era de educar a los hi­
jos, y una fam ilia los cría con rec ato y reserva, poniendo de relieve el
pape! de cada sexo, m ie n tras o tra s to leran concesiones m u tu as que hacen
que la s n iñas parezcan m arim achos. Luego se efectúan o tra vez los
m atrim onios en tre personas criad as de distinto modo, su rg e el co n tras­
te, la f a lta de sensibilidad p a ra saber cuál es el momento oportuno, la
f a lta de correspondencia en tre los: nuevos padres. No h ay dos hogares
ig u ales; no hay dos padres que h ay a n sido alim entados de la m ism a m a­
n era aunque los bols de p la ta p a r a la avena hayan sido idénticos. Los
adem anes de las manos, ya sean la s de la m adre o la abuela, las de u n a
cocinera irlandesa, u n a n iñ e ra inglesa, un am a neg ra o u n a sirv ien ta
tr a íd a del campo, no son los gestos seguros, estereotipados de los que
viven en u n a sociedad homogénea. L a mano de la e x tra n je ra recién lle­
gad a titu b ea al m a n eja r las cosas que no le son fam iliares y a l ponerle
la cuchara en la boca a un niño que se com porta y habla en form a e x tra ­
ñ a ; la mano de la anciana norteam erican a conserva la huella de la in-
certidum bre de las generaciones an terio res y vacila o se crisp a al en­
t r a r en contacto con un desconocido difícil de com prender.
P ero precisam ente porque todos los hogares son diferentes, porque
n inguna p a re ja responde n atu ra lm e n te al mismo arru llo , son todos
iguales. E l antropólogo que estu d ia u n a trib u de N ueva Guinea puede
a menudo an ticip ar h a s ta el m enor detalle de lo que h a de suceder en
u na fam ilia si su rg e u n a d isputa, sabe lo que dicen al reconciliarse,
quién tom a la iniciativa, de qué p alab ras y de qué gestos se valen. N in­
gún antropólogo puede hacer lo m ismo en los E stados Unidos. E l mo­
tivo de la disputa, quién hace las paces y la ac titu d ad optada v aría n
en todos los hog ares; tam bién v a ría el momento m ás intenso en tre los
p ad res y los hijos. Pero la form a, la índole de la disp u ta, y el tono de
la reconciliación, el afecto y el tem or de las desavenencias son sim ilares
por su d isp a rid a d .1 E n u n h o g ar el m arido m an ifiesta su ard o r t r a ­
yendo flores, en otro jugando eon el gato al e n tra r, en u n tercero h a­
ciéndole mimos a la c ria tu ra u ocupándose de la radio, m ien tras que la
m u jer revela su com placencia o s¡u desinterés ante la expectativa eró­
tica pintándose los labios o quitándose el rouge-, dedicándose a o rd en ar
el cu arto o sumiéndose en sueños acurrucada en el otro sillón m ien­
tr a s ju e g a d istraídam ente con el cabello del niño. No existe ninguna
norm a, no hay ninguna p alab ra que re p ita n todos los m aridos en ore-
ien cia de los niños que han de ser m aridos alg ú n día y de las niñas que
han de ser esposas, de modo que cuando sean adultos conozcan de m e­
m oria el juego de la insinuación y. la reticencia.
E n A m érica cada h ogar tiene un lenguaje propio; cada fam ilia se
vale de u n a clave que los dem ás no entienden. Y esto constituye la se­
m ejanza esencial, la reg u larid ad básica de todas la s discrepancias a p a ­
rentes. Cada m atrim onio norteam ericano tiene su clave creada según
los antecedentes de los cónyuges, d u ran te las incidencias de la lu n a de
miel y a m edida que se definen la s relaciones con los suegros, fo rján d o ­
se así u n lenguaje que no llega a ser del todo inteligible p a ra ambos.
A quí se advierte o tra regularidad. Cuando un lenguaje, u n a clave, es
conocido por todos los hab itan tes de u n a aldea, utilizado p o r los que
son afables y los inflexibles, por los que tienen una disposición dócil y
por los obstinados, por los que hablan en u n tono melodioso y por los
que ta rtam u d e an , la lengua cobra una precisión prim orosa, d iferen ­
ciándose los sonidos n ítid a y perfectam ente. L a c ria tu ra recién nacida
que comienza a balbucear desaprensivam ente toda la posible gam a de
sonidos agradables y desagradables, escucha y lim ita la escala. Si an ­
tes balbuceaba cien m atices de sonido, se lim ita ah o ra a m edia docena
y se ensaya p a ra lo g rar la perfección, la seguridad de los m ayores. Pos­
teriorm ente, aunque ten g a torpe la lengua y el oído, lo g ra h ab lar el idio­
m a de su pueblo de modo que todos le entiendan. E l modelo perfecciona­
do que le ofrecen los labios y la lengua de personas de d istin ta condi­
ción que pronuncian las mismas p alab ras, le sirve al recién llegado p a­
r a expresarse con la claridad y la precisión necesarias p a ra lo g ra r la
comunicación. Y lo que acontece con el lenguaje tam bién se aplica a los
gestos, al tacto p a ra saber cuál es el momento oportuno p a ra la inicia­
tiva, la correspondencia, la exigencia y la sumisión. E l niño que se
com penetra de la vida de quienes lo rodean forzosam ente aprende su
p arte.
P ero en u n a cu ltu ra como la de los E stados Unidos en el momento
actu al, el niño no encuentra u n a conducta uniform e reiterad a . No to ­
dos los hom bres cruzan las piernas con la m ism a aserción varonil, ni
se sientan en ta b u re tes de m adera p a ra e sta r a cubierto de cualquier
ataq u e traicionero. No todas las m ujeres cam inan con pasitos afectados,
ni se sientan ni se acuestan con la s p iern as ju n ta s h a s ta p a ra dorm ir.
La conducta del norteam ericano es u n compuesto, es u n a versión im­
perfectam ente lo g rad a de la conducta de otros que a su vez no tuvieron
u n modelo único —'expresado de diversas m aneras por m uchas voces
d istin tas, pero aun así ú n ic o —, sino centenares de modelos diferentes,
que tenían un estilo propio, careciendo de la autenticidad y. la preci­
sión de u n estilo colectivo. Al extender la mano p a r a despedirse, p a ra
contener una lágrim a o p a ra ay u d a r a un niño desconocido que tro p ie­
za, no se tiene la certidum bre de que la han de acep tar, y si la aceptan
no se sabe si es con el mismo sentido que se ofreció. Guando existe un
p atró n de conducta reconocido p a r a el noviazgo, la chica sabe lo que su­
cede si sonríe o se ríe , si b a ja la v ista o si p asa callada ju n to a u n grupo
de jóvenes segadores con u n a espiga de m aíz en los brazos. E n A m é­
ric a la m isma actitud puede d a r lu g a r a u n a am plia sonrisa como re s­
p u esta espontánea, o a que se a p a rte n de ella los ojos turbados, a insi­
nuaciones desagradables y h a s ta a que la sigan po r la s calles desier­
ta s, no porque cada uno de los m uchachos reaccione de distinto modo,
sino porque in te rp re ta n de o tra m an era la conducta de la joven.
P o r consiguiente, aunque todos los hogares sean distintos, se puede
h ab lar mucho acerca del h ogar am ericano, p articu la rm en te si nos re ­
ferim os a la corriente p rincipal de la vida norteam ericana, adm itien­
do to lerancias p a ra los esteros y los bajíos de las colonias del pasado
y a lejano y la s incorporaciones e x tra n je ra s, pero sin p re sta rle s dem a­
siada atención. Los porm enores v a ría n , v a ría n enorm em ente, pero la
sensibilidad subyacente en el fondo de estas diferencias h a tomado
cuerpo y form a. L a m anera de h ab lar, los gestos del norteam ericano,
en cierran la ineertidum bre, la posibilidad de una m ala in terp retació n
cuando las relaciones son intensas, la posibilidad de establecer u n a cla­
ve de em ergencia que sirv a p a r a ¡salir del paso, la necesidad de sondear
a la o tra persona, de lo g rar u n a comunicación superficial, inequívoca,
incom pleta e inm ediata.
Los hogares norteam ericanos tienen en cierto sentido, y, a p esar de
las notables discrepancias señaladas, otro rasgo de sem ejanza que no
se advierte en hogares europeos ta n dispares. La fam ilia n o rteam eri­
cana vive orien tad a hacia el fu tu ro , hacia lo que los hijos pueden lle­
g a r a ser, sin la preocupación de p e rp e tu a r el pasado ni de estab ilizar
el presente. E n la s sociedades divididas en ca stas los p ad res vigilan
al hijo que, p a ra bien o p a ra m al, re ite ra el estilo de vida de sus m ayo­
res, casándose con u n a joven de ¡la m ism a casta, vistiéndose, actuando
y pensando, ahorrando o gastando, enam orándose y recibiendo al mo­
r i r honores fúnebres al igual que sus antepasados. A unque el h ijo cam ­
bie de m an era de vivir, lo hace ju n ta m e n te con los dem ás miembros
de la casta, perm aneciendo en cierto sentido todavía fiel a la tradición
fam iliar. E n u n a sociedad de clases flu id as y cam biantes como la de
A m érica, los p adres que viven en los viejos edificios de H ell's Kitchen,
en las casas espaciosas de Hy.de P a rk , Illinois, en las haciendas de Ne­
v ad a o en los pueblos m ineros de P ennsylvanis, no tienen} al evocar
el pasado, recuerdos en común. Pero al proyectar la m ente hacia el f u ­
tu ro , tienen seguram ente la m ism a visión: hijos bien vestidos con t r a ­
jes de Brooks Bros., con el som brero colocado como es debido p a ra m e­
recer la adm iración de la chica m á s bonita, con u n a lib reta de cheques
en el bolsillo, el fu lg o r del éxito on la m irada, un coche de la misma
m arca en la puei’ta , Si estu v ieran presentes los abuelos — los altivos
te rraten ie n tes húngaros, los caballeros ingleses, los m ineros galeses,
los artesanos suizos, los escoceses que in sistía n en la perfectibilidad co­
rno orientación de los h ijo s — m enearían la cabeza, y cada uno a su mo­
do rec h aza ría la visión. “ E n m il años nadie abandonó el valle sin que
se m u rie ra al in te n ta rlo .” “ N ingún m iem bro de la fam ilia se h a en­
suciado jam ás las m anos con u n oficio,” “Los hom bres de esta fam ilia
and an a caballo y no en m áquinas.” E l pasado los ag o b iaría con distin­
ciones, con el estancam iento, con la lim itación de la esperanza con­
form e a la expectativa de los m ayores. Pero los abuelos y los bisabue­
los están m uy lejos, en otro país, en o tra ciudad o en o tra clase, descar­
tados en principio si no de hecho, y los p adres de d istin ta condición, ta n
diferentes unos de otros que no se se n tirían a gusto en la m ism a m esa,
sueñan sin em bargo con el mismo fu tu ro . M ientras que en A sia y en E u ­
ropa cada aldea, cada ca sta o cada grupo dialectal se caracteriza por
la uniform idad que le h a otorgado la experiencia del pasado tra n sm i­
tid a ínteg ram en te de generación en generación, el pueblo de los E s ta ­
dos U nidos, del norte, del sur, del este y del oeste, se caracteriza por
la uniform idad de sus aspiraciones, porque todos sueñan con la m ism a
casa a p esar de la desigualdad de sus orígenes, porque todos tienen el
mismo ideal de la elegancia fem enina aunque sus m adres no se hay an
vestido de la m ism a m anera.
H ay como es n a tu ra l m uchas excepciones, como por ejemplo Beacon
Hill, en Boston, y la M ain Line, cerca de F iladelfia, donde cada nueva
generación ocupa u n a posición f ija en el m undo aunque la vida a su al­
rededor sea flu id a y cam biante. Tam bién se observan excepciones en
los pueblos m ineros donde la gente, tra sp la n ta d a directam ente de E u ­
ropa, no entiende aún que el hijo de u n m inero no tien e por qué a b ra z a r
el mismo oficio. Los agricultores del sudeste se en teraro n con asom­
bro — por la cam paña p a ra r e p a rtir la carne d u ra n te la S egunda Gue­
r r a — de que los pobres podían comer u n kilo de carne m a g ra por se­
m an a y h ay personas en los b arrio s m iserables que han subido por
p rim e ra vez a u n tre n a los sesenta años y. com entan que “es lo mismo
que un tra n v ía , pero avisa an tes de ponerse en m arch a” . Pero la vida
circu n scrita y m enguada de estas fam ilias an tig u as conscientes de
su posición, de estos m ineros aislados, de los labradores de la s regio­
nes ap a rta d a s, confirm an la fluidez de la vida norteam ericana en ge­
n eral. L a tra g e d ia de u n a clase a lta que sólo puede descender porque
sn A m érica no existe la noción de conservar sim plem ente la csteg o rís
social, y la am arg a intransigencia de u n millón de m ineros a trin c h e ra ­
dos dentro de u n a colectividad e x tra n je ra que se a fe rra a un oficio,
negando casi todos los valores m anifiestos de la vida norteam ericana,
sirven p a ra poner de relieve la preponderancia y la hegem onía del ideal
del fu tu ro . E s el ideal de la n iñ a que se cría en u n a cabaña con las ro­
dillas sucias, de las chiquillas raq u ítica s de los barrio s pobres y de las
n iñ as cuidadas, fu ertes, bien n u trid a s, de la clase media. T odas ellas,
aunque ten g an las piernas to rcid as por f a lta de sol y de v itam in as y
los pies deform ados por los zapatos incómodos, tienen la esperanza de
ponerse algún día las m edias de nylon que la s deslum bran en los an u n ­
cios de los diarios y rev istas y en los carteles de propaganda. L a n iñ a
n o rteam ericana no obtiene la sensación de la superficie de sus piernas
a trav é s del roce sensitivo de la la n a, la seda o el aire, ni de la aspere­
za del algodón negro o de la piel de foea. No percibe como im agen do­
m inante la sensación de los m ateriales, la adherencia, la suavidad, la
aspereza, el zurcido en la p la n ta , sino que im agina que u sa m edias de
un m ateria l que ni siquiera h a tocado jam ás. E n consecuencia, las p ie r­
n as se convierten en una im agen visual percibida a trav és de los ojos,
en vez de ser un conjunto de im presiones de músculos en movimiento
y de la piel ir rita d a o pro teg id a por las m edias usadas d u ran te la
niñez.
Ju n ta m e n te con la preponderancia del soñar, del ideal que se fo r­
ja n todos los norteam ericanos a p e sa r de la diversidad de anteceden­
tes y de la experiencia sin g u lar de cada uno, se advierte cierto descon­
ten to por la versión de la p ro p ia fam ilia y de la p ro p ia in fan cia. Los
estu d iantes se reúnen a escu d riñ ar y d iscu tir el pasado de cada uno y
los erro re s de la s d istin ta s fam ilias, el exceso de rig o r que inhibe la
espontaneidad, la indulgencia qcie no da lu g a r a la sa n a rebeldía, el
a fá n de estim ular u n a espontaneidad que term in a p o r re s u lta r f a s ti­
diosa. Debido a la índole m ism a del ideal nadie lo alcanza y ninguna
fam ilia lo g ra cristalizarlo perfectam ente. A todas la s casas les f a lta
algún detalle incluido en esa c a sa soñada que nadie ocupa. N in g u n a
m ad re llega a ser todo lo que debe se r la m adre am ericana, n in g ú n id i­
lio tiene todas las virtu d es del am or verdadero. Y no es porque el ideal
sea ta n elevado, sino porque se t r a t a de u n a visión del fu tu ro y no de
p ro cu rar la em ulación del pasado. E n aquellas sociedades que p ro cu ran
reproducir fiel y respetuosam ente los esquem as del pasado, algunos de
los que tr a ta n de co nstruirse una casa de acuerdo con el modelo antiguo
fra c a sa n po r diversas raz o n es: por f a lta de medios, por pereza, p o r m a­
la suerte, por enferm edad o por no ser capaces de o rd en ar su vida; al­
gunos tienen la im aginación n ecesaria p a ra su p e ra r el modelo y crear
uno nuevo. Pero en la s sociedades que se rig en por u n a visión no re a li­
zada del fu tu ro , la deficiencia es de otro orden. E l estilo de vida que se
le p resenta al niño como ideal puede lo g rarse únicam ente m ediante u na
educación basada en dicho estilo. Sólo es posible vivir con so ltu ra y n a ­
tu ralid ad en determ inado tipo dtí casa si uno se ha criado en h a b ita ­
ciones sim ilares, con los muebles y las luces dispuestos de la m ism a m a­
r e ra . E n 1947 colocaron en la te rra z a de Leopoldskron de Salzburgo
¡ra n d e s candelabros con velas encendidas p a r a a lu m b rar a los m úsi-
austríacos. Los am ericanos que asistieron al concierto apenas pu-
dieron p re sta r atención a la m úsica de ta n preocupados que estaban
por las velas; ¿se iría n a a p a g ar, velan los ejecutan tes bien la p a rti­
tu r a cuando la luz vacilaba en la b risa? Hoy y a no se ponen velas en
los árboles de N avidad, no porque las velas sean m ás peligrosas que
antes, sino porque la gente h a perdido el hábito de m an eja rlas con la
precaución debida, que incluía v ig ilar la s cortinas ag itad as por el vien­
to y el cabello suelto de las niñas. L a relación p erfecta e n tre la perso­
na y lo que la rodea, e n tre la persona y los dem ás, depende de esta len­
ta , am able habituación, a m edida que los ojos del niño v an absorbien­
do los patrones, a m edida que se v an acum ulando uno tr a s otro en la
m ente los significados en e stra to s coherentes, aunque se insinúe un con­
tra p u n to o contrastes aparentes.
P o r consiguiente, no sólo existe la posibilidad de describir detallada
y coherentem ente las etap a s de la tra y e c to ria hacia la edad ad u lta de
los am ericanos de cualquier condición sino que se percibe asimismo que
las etap a s se cumplen perfectam ente. L a discrepancia e n tre la rea li­
dad ac tu al y el ideal se in te rp re ta como u n a discrepancia e n tre “yo y
los dem ás”, u n a tra s o con respecto al nivel general de los vecinos, del
círculo social, de la clase del colegio, de los dem ás empleados de la
oficina o de los colegas, y tam bién como u n a discrepancia en tre lo que
uno debería ser y se n tir y lo que siente en efecto. “ Quiero a mi m arido,
tengo un hijo, tengo dinero, soy inteligente y bonita”, se lam en ta la jo ­
ven esposa, “pero no soy del todo feliz. Me parece que no gozo plena­
m ente de la vida y que m e f a lta algo. ¿S eré todo lo feliz que debería
ser?” E l antiguo im perativo de los p u rita n o s: “ T ra b a ja r, a h o rra r, m or­
tif ic a r la carne”, ha sido desplazado por una serie de im perativos ir re a ­
lizables p a ra el f u tu ro : “ S er feliz, vivir plenam ente, lo g ra r el ideal”.
R esulta m uy difícil vivir de cierto modo cuando no se está p re p a ra ­
do, a d a p ta rse a relaciones que no se h a n experim entado d u ran te la in ­
fan cia, llevándose a los labios u n a cuchara que no lo g ra su sc ita r el re­
cuerdo de la presión de los dedos. R esulta ta n difícil, p articu larm en te
p a ra los nuevos norteam ericanos, aquellos cuyos p adres o abuelos lle­
g aron como extraños al país, y p a ra los que h an cambiado de posición
social, que la m ayoría encara el problem a negando la existencia del
mismo. Se olvidan, se niegan, se b o rra n de la m ente los abuelos que
desentonan, los pad res con acento extran jero , y se superpone un r e tr a ­
to superficial, m ás de acuerdo con el ideal norteam ericano, sobre la
im agen ag u d a de las ca ra s y actitudes verdaderas. La casueha de u n a
sola pieza, el departam ento pobre, las mil desviaciones del h ogar nor­
team ericano, se disculpan como accidentes, quitándoseles toda tra sc e n ­
dencia en relación con la im agen ín tim a de la persona. P o r eso los sol­
dados norteam ericanos que com batieron en E u ro p a d u ran te la Segun­
da G uerra contem plaban los b arrio s m iserables de la G ran B retañ a y
com entaban con toda fran q u eza: “N ingún am ericano vive en esas con­
diciones.” Los ingleses que h ab ían visto fotos del D ust Bowl, de los sec­
tores abandonados de Chicago, o de los callejones de la s ciudades del
su r, creyeron n atu ra lm e n te que los am ericanos m entían. P ero no era
a s í; se re fe ría n sencillam ente, como siem pre, al ideal que era p a ra ellos
lo auténtico. E s claro que en A m érica la gente vive de diversas m ane­
ra s, pero se t r a t a de ex tra n jero s o de desgraciados, de viciosos o de
personas sin am bición; h ay g en te que vive así, pero los am ericanos vi­
ven a p a rte en casas blancas con p ersia n as verdes. E l sueño tiene p rio ­
rid ad siem pre, inflexible y ciegam ente. E l proceso de la negación es con­
tinuo, no se t r a t a del repudio decisivo de u n pasado que no sirv ie ra p a ­
r a alcanzar la m eta, sino de re c tific a r diariam ente la vida rea l de acu er­
do con el concepto de lo que la vida debe ser. E l living-room de la casa
con los muebles desvencijados, los posabrazos de crochel y la lá m p ara
horrible de vidrio opaco decorada con u n a escena tropical, en rojo y ver­
de, no es m ás que el p recu rso r del modelo de living de este año que se
exhibe en la s m ueblerías del centro. E l chal que la abuela se pone en la
cabeza se convierte casi en u n sombrei-o y se tra n sfo rm a por completo
cuando los pañuelos están de moda. L a im aginación v a entretejiendo lo
que se percibe a tra v é s de los sentidos con lo que la m ente considera
completo y perfecto.
Los norteam ericanos en caran e s ta s discrepancias de d istin ta m ane­
ra , según el tem peram ento y la s experiencias que h an tenido en la vida.
E stá n los que se niegan a ig n o rarla s y expresan la conciencia vehemen­
te que tienen de las m ism as m ediante el repudio cínico de todos los v a­
lores o afiliándose con entusiasm o a los grupos m inoritarios, esforzán­
dose p o r perfeccionar la com unidad, por acerca r la realidad al ideal.
E stos últim os son los liberales, el ferm ento de la entidad política de la
que depende la sociedad am ericana p a r a que el sueño valg a la pena. Sin
ellos estaríam os perdidos. No obstante, su presencia nos re su lta incó­
m oda porque corrobora la s discrepancias esenciales del modo de vivir
de los norteam ericanos. No sólo im p o rta el hecho de que tengam os evi­
dentes desigualdades sociales, contrastes caprichosos en tre los ricos y
los pobres, contradicciones intolerables en tre el ideal y la p ráctica en
n u estra s sociedades. H a habido o tra s sociedades con co n trastes sim i­
la re s que han encarado los cambios de d iferen te m an era. Pero puesto
que la e s tru c tu ra m ism a del c a rá c te r de los norteam ericanos se b asa
en la necesidad de conciliar constantem ente el presente re a l con el f u ­
tu ro irrealizable — en la vida p e rso n a l— la s discrepancias sociales
tienen sin g u lar repercusión. Cuando se las señala p e rtu rb a n el cora­
zón y la conciencia de casi todo el m undo: algunos no duerm en y otros
contribuyen con u n a donación p a ra alguna buena cau sa; unos pocos
— los que son menos capaces de to le ra r las discrepancias — se sienten
' ¿elevados y vindicativos y org an izan el co ntraataque. Se h an llevado
i rí'ro recientem ente en la U niversidad de C alifornia ciertos estudios

m
sobre el contraste en tre la e s tru c tu ra del c a rácter de los que se m ani­
fiestan como p a rtid a rio s activos de los grupos que d isfru ta n de menos
privilegios — los obreros, los judíos, los negros, e tc é te ra — y de los que
dem uestran tendencias en contra de las m inorías. - E n tre los defenso­
res de las m inorías están los que se podrían clasificar como neuróticos;
es decir, los que h a n afrontado e incorporado a su propio c a rácter las
discrepancias que se hallan p resentes en la cu ltu ra. E n el grupo de los
contrarios se encuentran los que necesitan cosas perm anentes, los que no
pueden to le ra r la s am bigüedades, los que h an aju stad o la percepción de
la realid ad a u n a e s tru c tu ra fo rm a l y. perfeeta, que p resen ta u n aspec­
to uniform e y m uy bien adaptado, pero que incluye la posibilidad de
un tra sto rn o psicótico. •
E stos grupos rep rese n tan tre s énfasis de la vida n o rteam erican a:
los liberales no aten ú a n su im agen de la realidad p a ra sen tirse m ás cer­
ca del ideal sino que agudizan 1a percepción y luchan p a ra realizar el
sueño o renuncian desalentados. Los que pertenecen a la g ran m ayoría
ce n tral em pañan su percepción, sacrifican la sutileza de la experiencia
p a ra v iv ir de acuerdo con el ideal como si estuvieran p reparados. Y f i­
nalm ente los reaccionarios, no pudiendo to le ra r la discrepancia n i en­
c a ra rla a m edias, optan por n e g a rla y favorecen toda acción que con­
trib u y a a ese fin. E n la vida p riv ad a este grupo se defiende con p ro ­
yecciones y fa n ta s ía s y haciendo responsables a los dem ás; en polí­
tica abogan por d istin ta s form as de reacción que reem p lazarían los sue­
ños políticos tradicionales por la aceptación de la desigualdad social,
de los sistem as de castas, de la violencia y la perversidad como fenó­
menos de la v ida social. La publicación del inform e de K insey h a pues­
to de relieve el co n tra ste en tre estos tr e s grupos. Los reform adores
redoblan el esfuerzo p a ra que la educación sexual esté m ás de acuerdo
con lo que el individuo a fro n ta en la p rác tica sexual; no es que reb a­
jen los conceptos, sim plem ente re ite ra n su empeño. L a g ra n m ayoría
experim enta cierto desasosiego a l te n e r que a r r o s tr a r las estadísticas
que sugieren que las discrepancias que ellos practican, y n ieg an son
m uy generales y difíciles de ig n o rar en le tra de molde. Si u n hombre se
e n te ra de que su infidelidad conyugal, que lo avergüenza y le rem uerde
la conciencia, va a se r clasificada en una ta b la con los po rcen tajes co­
rrespondientes a los hombres de su edad y condición, se siente am ena­
zado en su sistem a de defensa por el cual podía p ecar y arrep e n tirse,

* Los contrastes que ae observan entre estos tipos de estructura de carácter


asociados con loa cambios sociales súbitos no se producen solamente en los
Estados Unidos, pero la forma que adoptan en este país tiene relación con
Ja índole de los cambios de la cultura norteamericana, con la combinación de
ia ideología orientada hacia el futuro y la circunstancia de que haya migra­
ciones tan vastas de otras culturas, del ambiente rural al urbano y de una
clase social a otra.
y arrepintiéndose p rese rv a r el ideal inaleanzado. E l reaccionario y el
cínico se ponen de acuerdo al a f ir m a r que todo lo que existe tiene 3u
razón de ser y que h ay que re fo rm a r la s leyes y los ideales p a r a que
ad m itan las divergencias y discrepancias e n tre el ideal y la p ráctica,
abandonando el empeño p o r lo g rar el ideal.
E s preciso ten er presente todo al in te n ta r describir cómo las
chicas y los jóvenes norteam ericanos se tra n sfo rm a n en hom bres y m u­
je re s y adquieren las nociones sobre la m an era de v iv ir que expresan
y definen sus papeles sexuales y s u identidad. E stu d ia r las re g u la ri­
dades en la crianza de los norteam ericanos cuando cada uno se c ría de
distinto modo significa id ear la fo rm a de ab o rd a r las diferencias. Si
yo quisiera describir la fa lta de susceptibilidad sensorial del niño m un-
dugum or, podría relacio n arla directam ente con la ausencia de todo
contacto con la piel de la m adre u o tra s personas, con la ru sticid ad del
cesto, con la m a n era de am am a n ta r a las c ria tu ra s y de to m arlas en los
brazos. P ero al re fe rirse a la sensibilidad lim itada de la m u je r am eri­
cana no es posible relacionarla con ctl hecho de que la h ay an o no levan­
tad o de niña, que la h ay a n envuelto en a rp ille ra o en gasa, acariciado
o no — puesto que alg u n as h an tenido estas experiencias— , sino más
bien con la fa lta de correspondencia e n tre la experiencia sensorial y el
ideal v isu al que se les p resenta a los norteam ericanos. N inguna reali­
dad sensorial concuerda con el sueño, es necesario n eg arla, aten u a rla
o rech azarla rigurosam ente h a s ta cierto punto p a ra poder seg u ir vi­
viendo. L a fa lla de la sensibilidad se produce en otro plano. No se
tr a t a sim plem ente de la habituación a superficies ásp eras, de eludir
cualquier roce directo, de la m ortificación p u rita n a del cuerpo, de a s ­
fix ia rse contra el pecho insistente de la m adre. Todo esto ocurre en cier­
tos casos y. fig u ra en las h isto rias recogidas por los p siq u íatras y los
psicoanalistas, pero cuando se h ab la de la f a lta de sensibilidad c u tá ­
nea de los am ericanos en general, e sa f a lta de sensibilidad que comen­
ta n los europeos, que da origen a lsi trem enda im portancia que cobra la
ap arien cia personal en el am or, la descripción se a p a rta de la experien­
cia p a rtic u la r del individuo p a ra albarcar las regularid ad es que surgen
en la experiencia de casi todos lost norteam ericanos al aproxim arse a
u n ideal sexual p a ra el que carecen de los antecedentes do conducta
necesarios.
H ay u n a segunda posibilidad p a r a ab o rd a r el estudio de los papeles
sexuales en A m érica y relacionarlos con la s experiencias de la niñez.
Se tr a t a ah o ra de las experiencias in fan tiles que la m ay o ría de los nor­
team ericanos no ha tenido, aunque la conducta a d u lta las supone. E l
se r hum ano es capaz de adivinar, h a s ta cierto punto, la experiencia p re ­
cu rso ra de cualquier estado presente. Contemplamos un ro stro su fri­
do e im aginam os las penas y los disgustos que h an dejado esas huellas,
percibimos en el niño asustado y cruel los m alos tra to s qua lo volvieron
receloso; la suavidad y la ausencia de tensiones del cuerpo de un a m u­
je r nos hace p ensar en las caricias que la h an dejado asi. P o r consi­
guiente, alrededor de la im agen del hom bre y de la m u je r ideal los n o r­
team ericanos se fo rja n im ágenes de lo que deben de haber sido las expe­
riencias infan tiles y juveniles que p rodujeron este resu ltad o fin al. El
cutis perfecto, “ de colegiala", sugiere por ejemplo m uchas fa n ta sía s
acerca de toda clase de condiciones: la c a ra de u n a c ria tu ra lavada
cuidadosam ente con un paño finísim o, el a ire fresco que e n tra por la
ventana, u n recipiente con ag u a sobre el rad ia d o r p a ra que no se rese­
que la atm ósfera del am biente, las crem as “con fórm u las secretas ex­
clusivas”, la s lociones p a r a proteger la piel del viento y del sol, la di­
gestión norm al que aseg u ra que no queda en el organism o ni u n a p a r tí­
cula de desechos después de tran sc u rrid o el tiem po necesario, u n a dieta
adecuada a base de proteínas, sin muchos dulces n i g rasa s, com puesta
de alim entos sanos y deliciosos a la vez; las sábanas lavadas con jabo­
nes que no contengan productos químicos irrita n te s, u n a vida sexual
sin las indulgencias que todavía se consideran en cierto sentido p e rju ­
diciales p a ra el cutis. De los procedimientos que se recomiendan p a ra
el cuidado de las c ria tu ra s, las n iñ a s y las jovencitas, de las am enazas,
advertencias y prom esas de los anuncios, de la s ominosas am onestacio­
nes de la infancia, su rg e la im agen de cómo hay que t r a t a r a la h ija
p a ra que cuando crezca tenga u n cutis im pecable como el de las modelos
de la s carátu la s. Convergen p a ra f o rja r el pasado im aginario del ideal
representado, del fu tu ro soñado, las prácticas de actualidad, los f a ­
llos científicos de los p ed íatras, dietistas, fisio te rap eu tas y consejeros
médicos, la s modas im puestas por la lite ra tu ra , el cine y la radio, los
sobreentendidos y las insinuaciones de la propaganda. E n consecuen­
cia, cuando la m adre le baña las m ejillas suaves a la h ijita se estable­
ce u n a nueva relación e n tre la m anera de t r a t a r a la n iñ a y lo que la
n iñ a h a de ser cuando crezca, que difiere mucho de la fidelidad y la rei­
teración de los métodos de crianza de las sociedades an tig u as y estables.
Los procedim ientos son diversos, contradictorios, y es dudoso que ase­
g u ren la belleza del cutis, pero tienen en común el deseo de d arle a la
n iñ a esa tez herm osa; la fin alid ad m a n ifesta viene a se r el común de­
nom inador de las d istin tas prácticas.
E n conclusión, los norteam ericanos reciben continuam ente u na im a­
gen de lo que es la educación, el am or, el m atrim onio y la fam ilia, que
T fin i'p e flw to üw oí pl í/^ a o l n o ro oí m i l i ti n a e tó n í ía t trtíí* r ln c CJ
Ks Ll kí í Cx x u v u í c* C ii v. u a i n\j u c t iv w u c y a x a u u o < u i

bien no podemos tra z a r la s etap as diversas y contradictorias por las


que cada hom bre y cada m u je r p asa an tes de lleg ar a la edad adulta,
podemos tr a z a r con b astan te exactitud la im agen de esta supuesta evo­
lución: el p a tró n recomendado, aplaudido, destacado, qu e suponen las
películas y los educadores, los com entaristas rad iales y los avisadores.
Los adultos ad a p ta n a esta im agen sus recuerdos del pasado y hacen
lo posible por aproxim arse a la m ism a en sus relaciones con los hijos.
Se puede así describir la ru tin a cotidiana del niño de la casita blanca
con p ersia n as verdes, donde casi nadie vive en realidad, o la declara­
ción de am or que le hace el joven de tr a je de fra n e la impecable a la
chica perfectam ente arreg la d a, h a sta la exteriorización de los sen ti­
m ientos del pad re ante el nacim iento de un hijo. H ay no ob stan te alg u ­
nos vacíos en esta estam pa ideal izada porque hay cosas que no se m en­
cionan en la lite ra tu ra popular n i en las obras de a rte . “ ¿P o r qué n a­
die v a al baño en las novelas?” , p reg u n ta el niño sin inhibiciones de
1949. E stos claros sólo se llenan parcialm ente en cualquier cu ltu ra, au n ­
que se tr a te de u n a sociedad homogénea y relativam en te estable. P ero es
posible se ñ alar la significación de estos vacíos, del hecho de qu e la mu­
je r ignore la vida sexual de las dem ás y que conozca el p a rto sólo al te ­
n er un hijo, de que no se conozca el aspecto de los órganos genitales,
a p a rte de los del m arido, el am ante, o la esposa, de que no se ten g a no­
ción de las fa n ta s ía s que pueda te n e r la vecina — ¿es que los demás
piensan en esas cosas? — in terpretándolos dentro del contexto g en eral
p a ra fa c ilita r la com prensión de los dos sexos en esta cam biante cultu­
r a am ericana.
P o r lo ta n to , a l p ro cu rar a p lica r los conocimientos antropológicos a
los problem as de ambos sexos en A m érica, hacemos observaciones en
diversos planos, estudiam os las regularidades que se ad vierten e n tre los
incontables contrastes y diferencias ap a ren te s y describimos el im pacto
del ideal sobre ias esperanzas de los norteam ericanos.

13. LAS EXPERIENCIAS INFANTILES PREVISTAS

E n A m érica no h ay m agia que p e rm ita d eterm in ar el sexo de u n a c ria ­


tu r a an tes de nacer. Los p ad res a veces se niegan a elegir nom bre de
n iñ a o de v arón o — con la lógica de que sa lir con p ara g u as significa
que no va a llover — eligen solam ente u n nom bre del sexo que no quie­
ren. No h ay nin g ú n motivo social p a ra que se p re fie ra m ás a u n sexo
que a o tro ; las m adres no reciben m ás honores po r te n e r hijos varones
y no se considera que los hom bres sean menos viriles porque engendren
únicam ente niñas. E s cierto que el proyecto de u n a líder de las G irl
Scouts de o rg an iz ar en u n a com unidad del oeste u n grupo de “P ad res
de n iñas solam ente” no contó con g ra n aceptación, pero dudo de que h a ­
ya am ericanos que quieran p ertenecer a u n grupo lim itado por la p a­
la b ra “ solam ente”, aunque se tr a t e de “Dueños de coches Koils Royce
solam ente”. L a posibilidad de que el h ijo abrace la profesión del padre
es ta n rem ota que f a lta aquí el én fasis de o tra s sociedades en el senti-
do de qae hay que ten er u n varón que herede las tie rra s o el oficio t r a ­
dicional de la fam ilia.
E n A m érica la diferencia rad ic a sim plem ente en el hecho de ten er o
r.o tener un hijo, y un crítico sarcástico ha denominado “hijo de cate­
g o ría” al hijo único de las fam ilias de la clase media, es decir el niño
que coloca a los p adres en la categoría de haber tenido un hijo. A este
fin no tiene im portancia el sexo de la c ria tu ra . La tendencia de poner­
le al h ijo el nombre del padre es m ás general que la de d arle a la n iñ a
ei nom bre de la m adre, perpetuándose así la tradición p atrilin ea l, au n ­
que tam bién influyen las complicaciones que su rg irían si h u b iera que
decirle a la m adre “ S usana g ran d e” o “ S usana m ayor”, puesto que es­
tos adjetivos no Ies a g ra d a n a las m ujeres. F re n te a la preferencia ca­
si general por que el prim ogénito sea un varón se advierte a menudo en
los avisos la im agen de la fam ilia norteam ericana con dos hijos, sien­
do la n iñ a la m ayor. L as herm anas m enores siguen siendo la ilusión
de los hombres co n trap u esta a la opinión corriente de que p a ra los nor­
team ericanos las herm anas son siem pre m ayores, representando el r i ­
gor y el orden, la s restricciones y prohibiciones, los privilegios e in te r­
venciones, en lu g a r de ser frá g ile s c ria tu ra s que m erezcan gentileza y
necesiten guía.
Pero la opinión g eneral es que ios sexos deben e s ta r mezclados. Se
compadece a los que tienen únicam ente niñas o varones y existe siempre
el peligro de que el tercero o el cuarto de una serie de niñas o varones
piense que ha decepcionado a sus padres. Los accidentes m ás simples
en la distribución de los sexos dentro de u n a fam ilia pueden d a r lu g ar
a una e stru c tu ra dentro de la cual el niño siente que no lo quieren y que
no lo quieren precisam ente por su sexo. E n el fondo de la im agen que
muchos norteam ericanos tienen del comienzo de su ser, fig u ra n los de­
fectos de los anticonceptivos y las te n ta tiv a s in fructu o sas de aborto. A
la a m a rg u ra de la siguiente sensación: “ Sólo fu e un accidente," “No me
q u erían.” “No e sta ría aquí si no hubieran tenido pere/.a de i r h a s ta la
fa rm a c ia ”, se ag re g a esta o tra : “U nicam ente querían otro h ijo si era
n iñ a.” “ No se h ab ría n molestado en te n er otro hijo si hub ieran sabi­
do que iba a ser varón.” E l problem a m ilenario del sexo de los hijos ha
a rru in ad o d in astías y, h a desbaratado las delicadas disposiciones socia­
les de muchos pueblos. E n los E stados Unidos constituye un aspecto de
la posible aceptación o condena del propio pasado: “ F u i del sexo que
q uerían” o “ No lo fu i” . Sin duda alg u n a es el progenitor que lo rechaza
el que le dice al hijo que no es del sexo que deseaban, pero como todos los
p adres rechazan en cierto sentido al niño en algún momento, au n ­
que nadie se lo diga explícitam ente, éste puede crearse, según el pano­
ram a general de la sociedad, la sensación de que no h a logrado sa tisfa ­
cer las esperanzas de sus padres. * N o son todos los que pueden de­
* Esto explica en parte e] resultado sorprendente de la encuesta llevada a
c ir lo que contestó tina n iñ ita meciéndose a b s tra íd a al oír que su m a­
dre había querido tener mellizos: “ Yo quise ser mellizos pero e ra im­
posible, así que me encargué a m í sola.”
E l sexo de la c ria tu ra , señalado por el nombre, sirve p a ra f ija r el
hecho del nacim iento en la m ente de las am istades y los p arien tes que
eo la conocen. A ntes del nacim iento las m adres usan a veces esp eran ­
zadas el nom bre que tienen escogido, pero es sólo al n acer cuando el ni­
ño se convierte en un individuo con nombre, de sexo determ inado. E n
Bali las c ria tu ra s recién nacidas no tienen nom bre y las llam an R atón
u O ruga u o tra cosa sem ejante, sin que se re p a re m ayorm ente en el se­
xo, excepto cuando el nacim iento de un v arón coloca al p ad re en un a
situación social seg u ra (o sea, que si tiene una h ija es absolutam ente
necesario que te n g a un v aró n ). P ero la v e n ta ja o desv en taja social que
el nacim iento puede significar p a r a el pad re le es a jen a al niño, que ca­
rece en realidad de sexo h a s ta que tiene lu g a r la cerem onia del nom bre
a los ciento diez días de vida. L a p rác tica norteam ericana no da lu g a r
a esta fo rm a de obtener el sexo; el niño recibe su nom bre e identifi­
cación com pleta y absoluta desde el momento de nacer. La reiteración
sentim ental del celeste p a ra los varones y del rosado p a ra las niñas
aparece en las ta rje ta s , en los regalos, en la decoración de la pieza
del niño.
E n tre ta n to el cuerpo del niño es; sometido a u n a la rg a serie de expe­
riencias que influyen sobre la im agen que cada sexo tiene de su cuerpo,
del cuerpo del sexo opuesto y de las relaciones en tre ambos. E n Am é­
rica se considera que lo ideal es que el p a rto o c u rra en un hospi­
ta l y esto sucede cada vez con m ás frecuencia, lo que significa que salvo
ra r a s excepciones e! pad re no está presente y la m adre queda al cuida­
do de profesionales, de médicos y enferm eras. D u ra n te varios meses
se h a ido p reparando p a ra d e ja r el hogar, pero no p a ra irse a la casa
de sus padres, o de un herm ano, como en algunas sociedades prim itivas,
sino p a ra in te rn arse en u n lu g a r ajeno y segregado donde ella y o tra s
desconocidas van a quedarse y a d a r a luz en tre extraños. E l niño nace
en co n tra de la fu erza de g ravedad en una m esa que no h a sido dise­
ñ ad a p a ra que el peso del niño fac ilite el p arto , sino p a ra favorecer la
acción del obstétrico. E l prim er llanto es provocado p o r u n a palm ada.
L a m adre aleta rg a d a por los anestésicos no oy,e el llanto aunque las
últim as investigaciones parecen se ñ alar que tiene la propiedad de p ro ­
ducir la contracción del útero. Se llevan a i niño a u n a hilera de cunas;
tiene los labios listos p a ra m a m ar pero sólo puede ap re tarlo s en su
im potencia; aunque llore no lo atienden. L as ap titu d e s elem entales del
cuerpo del niño al llegar al mundo no se g ratific an . Puede m am ar, pe-

caso en el otoño de 1946 por F ortu n e, que indicaba que el 3,3 % de los hom-
ire£ decían que si nacieran de nuevo preferirían ser mujeres. 1
ro no se le ofrece ei pecho; llora, pero nadie lo tom a en brazos p a ra ali­
m entarlo. Tiene todo el cuerpo cubierto de te las suaves: es la prim era
lección de que siem pre hay telas que im piden el contacto directo en tre
ios cuerpos. La segunda lección tiene lu g a r cuando se lo llevan a la m a­
dre a la hora exacta de acuerdo con el peso que ten ía al nacer, y a listo
en u n a m esa rodante. E s ta lo a rrim a a su cuerpo vestido, obligándolo
a m am ar del pecho desinfectado apenas expuesto. La persuasión es in­
flexible; la enferm era sabe a g a r r a r al niño que a menudo está ta n tr a n ­
sido de ham bre que y a ni quiere comer, lo tom a por la mica y lo acerca
al pecho. Sin re p a ra r en que h ay a m am ado o no, es preciso re tira rlo
cuando ha tran sc u rrid o el tiem po indicado. L a m ad re se queda a ve­
ces con los pechos doloridos debido a la presión de las pequeñas m an­
díbulas ávidas, o tra s veces preocupada y m ortificad a porque la c ria tu ­
r a no ha querido m am ar, y es ra ro que la experiencia ru tin a ria y enfun­
dada le resu lte agradable. D u ran te los nueve o diez días siguientes la
m adre sólo toca al niño estando vestido y a las horas p rescritas. E l p a­
d re no lo toca p a ra nada. E l pecho se d escarta a menudo y cuando lle­
g a el momento de volver al hogar, po r lo menos la m adre y a h a ap re n ­
dido que todo contacto e n tre ella y el hijo asum e determ inada form a.
La f a lta de leche, la m ala disposición del niño p a ra m am ar, los conse­
jos de los especialistas en el sentido de que se complemente a rtific ia l­
m ente la alim entación, son fenómenos n a tu ra le s en un am biente donde
se tr a ta a i niño como si su salud y su b ienestar dependieran de la p re­
cisión mecánica y de la fórm ula de la alim entación. L a m adre no se
conform a con su leche, que es dem asiado fu e rte o débil, dem asiado abun­
dante o escasa, que fluye de los pezones invertidos, lastim ados o defi­
cientes. R ecurre con alivio al biberón y a las h arin as, al chupete seguro
con la perforación que se puede a g ra n d a r con un alfiler, al frasco g r a ­
duado que sirve p a ra m edir la fórm ula adecuada a la te m p e ra tu ra in­
dicada. Se lib ra así del cuerpo hum ano reacio, individual, irregulable,
que puede com prom eter el aum ento de peso del niño, p rin cip al criterio
p a ra ju z g a r su estado de salud. Desde un principio o a las pocas sema­
nas, la m ayoría de las m adres norteam ericanas rechazan su cuerpo co­
mo fuente n u tricia p a ra los hijos y a l a c ep tar la perfección mecánica
del biberón, re ite ra n por la m anera de tr a t a r al niño el concepto de que
éste e s ta rá m ejor en cuanto aprenda a valerse de esta m arav illa a r tifi­
cial que controla exactam ente las cantidades y la hora, en cuanto acepte
un ritm o externo y abandone los ritm os peculiares que h a traíd o al
mundo. L a experiencia prim ordial que constituye el prototipo físico
de la relación sexual — la relación com plem entaria en tre el cuerpo de
la m adre y el del n iñ o — es reem plazada por una relación e n tre el ni­
ño y un objeto, u n a im itación del pecho m aterno que no se considera
p a rte de la m adre ni del niño. Si la m adre tom a al hijo en brazos p ara
d arle el biberón (p rá ctica que se recom ienda p a ra proporcionarle a la
c ria tu ra lo que erróneam ente se denom ina contacto co rp o ral), el fra s ­
co viene a ser como un implemento, una extensión de la mano que o fre­
ce el alim ento y no una extensión del pecho. No se sabe a qué edad la
c ria tu ra sabe d istin g u ir la diferencia exacta en tre un frasco de vi­
drio con chupete sueiío en el espacio y el pecho de la m adre pero la m a­
dre percibe la diferencia desde el comienzo y se la tran sm ite al niño a
trav és de la voz, de las m anos, del ritm o de su propio ser. No se está
dando a sí m ism a, le proporciona p u n tu al y eficientem ente un biberón
que les es ajeno a ambos, sustituyendo la relación directa p o r u na re la ­
ción en la que se interpone un objeto.
D u ra n te los prim eros meses la m adre se preocupa continuam ente por
la salud y el crecim iento de la c ria tu ra , dándole los alim entos indicados,
bañándola correctam ente, cuidando de que no se le ir rite la piel, que
no se excite dem asiado, que no tom e frío , que no vay a a co n traer n in ­
g u n a infección. E l baño es u n r itu a l que puede lleg ar a dom inar toda
la jo rn ad a , pero suscita m ás ansiedad que placer. L as c ria tu ra s n o rte­
am ericanas reciben ta l vez Ja m ás p erfec ta atención física, el índice de
m ortalidad es cada vez menor, los chicos son en general m ás robustos y
p resen tan menos síntom as de deficiencia vitam ínica. E i niño bien ali­
m entado, bañado, entalcado y. arropado descansa en la cuna y tom a la
leche p asteriz ad a de un biberón perfectam ente esterilizado. Después
de llo ra r un poco — a veces — porque nadie lo va a m alcriar tom ándo­
lo en brazos, se duerme. E l sueño está asim ism o m uy bien reg u lad o : lo
acuestan un ra to de cada lado p a ra que no se le deform e la cabeza. Lo
pesan, lo vigilan, lo com paran. Su desarrollo concuerda con las nor­
m as, así se tr a te de las norm as de Gessell que le sirven de base a la m a­
d re in struida, como de los chisméis de barrio que guían a las ignorantes.
E s preciso exam inarle la boca, esa boca que nunca o pocas veces se ha
prendido del pecho, p a ra ver si los dientes le salen an tes o después que
a la generalidad de las c ria tu ra s. Tenemos luego el problem a de los
niños que se chupan el dedo. ¿Se lo ch upará? T al vez el p e d ía tra u ltr a ­
moderno recomiende el uso del chupete — el mismo chupete que aú n sub­
siste en la s calles a p a rta d a s, en las farm ac ia s desordenadas y ate sta ­
das de los b a rrio s —, pero si lo recom ienda es p a ra que el niño no se
chupe el dedo. H a sta puede im ponerle el chupete al niño satisfecho
que la m adre a veces am am anta, porque está convencido de que g r a ti­
ficando así la acción re fle ja se- evita que el niño se chupe los de­
dos. E ste ta b ú se impone por razones de apariencia y de salud,
pero sobre todo de salud. P erju d ic a la respiración, deform a la
d en tad ura. La boca sirve prim ordialm ente p a ra la ingestión de alim en­
tos sanos y h a y que conservarla lim pia, sin que se introduzcan los j u ­
guetes de goma que andan po r el suelo n i los dedos sucios. Los niños
se duerm en abrazados a u n p erro descolorido o a una m uñeea ro ta, de-
pendiendo p a ra el consuelo y el placer de objetos que no son p a rte de su
cuerpo ni del de la m adre.
A esta edad te m p ran a los órganos genitales se conservan siem pre
lim pios; no tiene que hab er irritació n porque el m alestar fa c ilita la
conciencia del niño y puede inducirlo a la m asturbación *. Al mismo
tiempo se estim ula al niño p a ra que crezca, p a ra que ap ren d a a mo­
verse, a u tiliza r las m anos y los pies, a seguir los objetos con la m ira ­
da, a responder a distintos sonidos. Sin distinción de sexo y en p a r ti­
cu lar porque el vínculo en tre el cuerpo de la m adre y el de la c ria tu ra
es ta n insustancial, se incita a la c ria tu ra p a ra que sea activ a y. vi­
gorosa. Al b añ arla, la m adre deja a un lado m entalm ente la s evidentes
diferencias de sexo. La conducta explícita de la m ayoría de los adultos
no hace abiertam ente distinciones en tre la m an era de tr a t a r a los v a­
rones y a las niñas. Probablem ente la diferencia existe siem pre por­
que desde pequeños los niños tr a ta n de m uy distinto modo a las perso­
n as de su mismo sexo y a las del sexo opuesto; pero perm anece subya­
cente m ien tras el h ijo es u n a c ria tu ra que depende de la m adre. E l es­
crupuloso am or m a tern al no da lu g a r a distinciones, a incitaciones ni
a diferencias. E sta s serían reprobables por considerarse “demasiado
estim ulantes”.
P o r lo tanto, los varones y las niñas aprenden que la boca, como las
m anos, sirve p a ra tom ar, es una p a rte del cuerpo que se pone en
contacto con el mundo con cierto propósito. L a boca no rep resen ta una
m anera de ser con o tra persona sino u n a fo rm a de a fro n ta r el am bien­
te im personal. L a m adre está p a r a ponerles cosas — biberones, cucha­
ra s , galletitas, aros — en la boca. E n el fondo de la im agen in a rtic u la ­
da que el niño tiene de las relaciones en tre los hombres y las m ujeres
fig u ra esta satisfacción p rim a ria de que le p usieran cosas en la boca.
Luego, cuando los soldados am ericanos van al exterior, los ex tran jero s
:ue reflexionan perplejos sobre el esp iritu norteam ericano p o r creer
que lo que tiene im portancia prim ordial es el jugo de n a ra n ja , la Coca-
Cola, o cualquier otro renglón de comestibles o bebidas. L a relación
com plem entaria de la lactancia es reem plazada po r un p atró n que f á ­
cilmente se tran sfo rm a en alterno — “Dale u n a g alletita al nene",
Nene, dale u n a g alletita a m am á” — , interponiéndose en tre ambos un
:bjeto que satisface, quitándole relevancia a la p ro fu n d a diferencia es­
tru c tu ra l de los papeles femenino y m asculino. Los estudios realizados
en los E stados U nidos sobre los niños señalan que tan to los varones co­

* E] comentario más significativo en lo que se refiere a la tentativa de al-


r .r o s especialistas de niños para eliminar el tabú de la masturbación lo
jroperciona el error actual en que incurren los padres y los maestros que
- - - transformado el tabú en una insistencia casi obsesiva. Hesulta difícil
: i - cuál de estos métodos ha de sofocar con más certeza el placer pura-
= * • :e exploratorio del niño.
mo las niñas quieren casarse con la m ad re a cierta edad y sugieren
que se ría un e rro r in te rp re ta r directam ente el in te rés del v arón como
siendo de índole sexual, porque la 'bija tam bién se le declara. ¿P ero qué
im plica esta declaración? “ M amá, cuando yo sea grande, me voy a ca­
sa r contigo y te voy a com prar u n a casa preciosa, u n au to bien grande
y un saco de piel.” E l juego recíproco sobre la base del “ yo te doy y tú
m e d as” no tiene por qué ser in tersex u al cuando deriva de los biberones
y las to stad itas y no de la experiencia p rofunda y específica del pecho.
A los dos años ta n to los varones como las niñas tienen que ad q u irir
o tra noción: la del control de la eliminación. E n este caso la m adre tie ­
ne que re p a ra r m ejor en la s diferencias anatóm icas que hay e n tre el
v arón y la niña. “ A los varones les cuesta m ás ap ren d er”, com entan,
con la im putación de que el niño es m ás reacio. Pero tam bién dicen:
“E s m ás fácil llevar a los varones toda la ta rd e al parque, porque se les
puede decir que se paren a trá s de un árbol”, o como dijo un n iñ ita la
p rim e ra vez que vio o rin ar a un varó n : “Qué cosa m ás cómoda p a ra
llev ar a un pic-nic.” Aquí comienza la valoración egoísta del miembro vi­
ril como órgano que no tiene equivalente femenino y. que realiza actos
específicos, y esta valoración constituye el antecedente de la envidia
que experim enta luego la n iña y que se asem eja m ás a la envidia que
siente fre n te a las bicicletas o los patin es de los dem ás, o la a s p ira ­
ción activa de poseer algo que sirve p a ra cierto fin, que a la profunda
am a rg u ra n a rc isista que se describe en los casos clásicos de neurosis
del am biente europeo. M ás ta rd e se m an ifiesta vividam ente en la insis­
tencia de las m ujeres que quieren m anejar su propio coche y, bajo o tra
form a, en el culto de los pechos erguidos y de las piernas, destacándose
en !a p rim era instancia la actividad y la potencia, y en la segunda las
p arte s del cuerpo que se valoran y se adm iran. Al llegar a la edad adul­
ta, la m u jer norteam ericana cam ina como si estuviera perfectam ente
h ab ilitad a; no sigue de p risa al esposo con pasos propios de su ser ta n
diferente, n i se vale de su m an era de an d a r p a ra inducir al hombre a
com pletarla. T al vez crea que necesite lo que denom inan satisfacción
sexual — así como la persona sa n a necesita ejercicio — y quizá desee
te n er m arido, pero ni el an d a r ni los gestos sugieren que sea p a rte in ­
te g ra n te, antagónica, de la posible unión de dos personas.
Pero los varones y las niñas “enseñados” por m adres im pacientes y
escrupulosas, aprenden o tra s cosas adem ás de las diferencias a n a tó ­
micas. A prenden que es bueno excinerar los intestinos en el lu g a r y el
momento indicado, m ientras que los productos de la eliminación son ta n
nocivos que si perm anecen en el cuerpo m ás de lo debido ocasionan toda
clase de trasto rn o s. S aber av isarle a tiem po a la m ad re es p a ra el ni­
ño un a cuestión de im portancia angustiosa, particu larm en te en el
caso de los varones, p a ra quienes es mucho m ás complejo el control de
la micción. Los impulsos quedan supeditados a la previsión y es menes-
te r preocuparse por las situaciones im previstas, p en sar cómo se h an
de solucionar los v iajes largos en auto, las idas al cine, las visitas a los
abuelos. Si el niño se olvida y no le av isa a tiem po a la m adre, ésta le re ­
tir a su cariño, cariño que el niño sabe que está condicionado por su com­
portam iento. “M am á lo quiere mucho cuando el nene es bueno y avisa.”
Se le inculca a la c ria tu ra que la eliminación tiene g ra n im portancia y
que es tam bién im portante acordarse p a ra ev itar accidentes. L as ca­
lles de los E stados U nidos co n trastan con las de F ra n c ia o Ita lia , don­
de hay m ás tolerancia p a ra los impulsos urgentes de los hombres
aunque se insiste en que los de la m u je r se confinen a la casa. E n los
E stados U nidos los re tre te s públicos están p a ra los que no supieron
tom ar precauciones, p a ra los que se han quedado detenidos en el tr á n ­
sito, no p a ra el alivio espontáneo de la necesidad.
E s ta asociación de la eliminación con la conducta v irtu o sa y saluda­
ble coincide con el ca rá c te r sin g u lar del cuarto de baño am ericano, que
ag ru p a los arte fa cto s que sirven p a ra lavarse, b añ a rse y elim inar y
que a menudo se u tiliza en común. H ay cu ltu ras que h an tenido la obse­
sión de rep u d ia r los productos de la eliminación, que han reaccionado
con repugnancia fre n te a la suciedad y la im pureza, y que h an aislado
el lu g a r destinado a la higiene. P ero los norteam ericanos, al incluir a la
eliminación en el r itu a l de la salud, h an reem plazado el re tre te húmedo
y desagradable por instalaciones eficientes y bonitas que se llevan los
productos de la correcta eliminación y lo dejan a uno triu n fa n te y listo
p a ra la jorn ad a.
La trem enda im portancia que la m adre le asig n a al control de la eli­
m inación da lugar a que la c r ia tu ra se form e m erced a esto un concep­
to de lo que el cuerpo puede hacer. D u ra n te la eta p a a n te rio r h a ap re n ­
dido a in g e rir; ah o ra aprende a expulsar, a no g u a rd a r n ad a indebido
o perjudicial. L a arq u ite c tu ra m oderna hace todo lo posible p a ra que
el proceso sea higiénico, agradable y cómodo. T anto el re sta u ra n te in­
maculado, recubierto de azulejos blancos, como el baño inm aculado, ta m ­
bién blanco, in te g ran este ritu a l, con la voz de la m adre que dice: “ Si
cumples con todos los preceptos p a ra conservar la salud, podrás gozar
de la vida.”
Pero m ien tras la m adre evita con toda le altad el favoritism o en tre
el varón y la n iña y los t r a t a de m an era casi idéntica g racias a la m e­
diación de los objetos — suspirando a veces de impaciencia porque el
varón es m ás reacio, menos dócil p a ra a c ep tar los p a tro n e s— el p a ­
d re m anifiesta u n a conducta diferenciada. Le sigue el juego brusco al
varón y le hace levemente la corte a la niña, escogiendo juegos m ás am a­
bles. Los varones m ayores acentúan aú n m ás el reconocimiento del p a­
dre de las diferencias de sexo em pujando y provocando, buscando y des­
u ñ ando a los m ás pequeños a lu ch ar y a desquitarse, pero sin re p a ra r
er¡ la s niñas m ás chicas. Con grandes v arian tes, según la clase social y
la región, todavía predom ina la tendencia de que los varoncitos adquie­
ra n la noción de la virilidad m ediante los juegos bruscos con el padre
o los herm anos m ayores, que se tra n sfo rm a n luego en la s brom as pe­
sadas, los im properios jocosos y la chanza interm inable pero cordial
de los grupos masculinos. L a m ad re le enseña que la gratificación
— alim entos y elogios— le llega si crece, si se conserva sano y fu erte,
si realiza algo, si aprende a ser independiente, a co n tro lar su cuerpo,
a m a n eja r la s cosas con habilidad. Si cumple con lo que ella le exige,
lo recom pensa. Más adelante, en el papel de m arido, se merece las re ­
com pensas si g an a bien, si a rre g la las p ersianas los sábados, si lleva a
su m u je r al cine. Si no cuenta co:n la aprobación de la m adre, se siente
desdichado, no tiene sosiego, tem e perder su cariño. Pero el p ad re le en­
seña que las relaciones con los hom bres exigen que dem uestre toda su
fu erza, que resista los em bates con buen hum or, que intervenga y a r r e ­
m eta por pequeño que sea, y que todo esto es muy divertido. T an to el
pad re como la m adre esperan que no se com porte como un bebe o como
un m ariquita, que salga bien en los estudios, en los deportes y luego en
su trab a jo . E n el fondo de estas tre s esperanzas hay cierto recelo de
que pueda fra ca sar.
P or su p arte , la niña adquiere la noción de su sexo de dos m an eras
d istin tas. Sabe que tampoco debe p o rtarse como una llorona o u n a bo-
bita, que no debe ser como el v aró n que se conduce como u n a n iñ a. Y
aprende con el padre el único juego que él sabe ju g a r con las m u jeres:
él pide jugando y ella jugando le dice que no. R esulta significativo el
hecho de que en A m érica el hom bre m ayor sea característicam en te la
víctim a, el “protector” y no el explotador. Los p adres son indulgentes
con las hijas, les perm iten a menudo acostarse ta rd e y les com pran
dulces. L as m adres tienen que vigilarlos constantem ente p a ra que no
las consientan dem asiado. La h ija aprende así a m a n eja r al pad re a
p esar de que o tra m u jer tr a te de impedírselo. E ste es un conflicto ape­
nas esbozado p a ra la niña pero se tran sfo rm a en un conflicto mucho
m ás agudo d u ra n te la adolescencia, cuando las chicas creen que la m a­
dre pone obstáculos a sus relaciones con los muchachos.
E n treta n to , la prohibición de .ser m elindrosa le d eja a la n iñ a una
im agen m uy confusa. No le dicen que no se porte como un varón, que
no sea un m arim acho. E sta am onestación, ta n común y co rriente h a sta
hace dos generaciones, e ra por lo menos c la ra y simple, aunque ir rita r a
& las chicas activas y. tsilsntosas. S sr un m srim scho significEtbs co rrer
librem ente, tre p a rs e a los árboles, ro b ar m anzanas del huerto, pelear,
ju g a r como los varones, en lu g a r de quedarse en casa, a rreg la rse las
cin tas del pelo, ju g a r a las v isita s y a las m uñecas, sen tarse d iscreta­
m ente con las p iern as cruzadas y llo ra r en los momentos oportunos.
P or o tra p arte , era b astan te fácil decirles a los varones que no ju g a ­
ra n s las m uñecas ni se p reocuparan por m antenerse limpios y proli-
jos, ni reh u y eran los choques con los dem ás muchachos. M ientras se le
exigió a cada sexo que e v ita ra el p atró n bien definido del sexo opuesto,
su frieron algunos, a veces vivam ente, y se convirtieron en inadaptados
e invertidos, en m isántropos y en erm itaños, pero la m ayoría logró
a d a p ta rse al patrón. L as m ujeres lloraban y se desvanecían, los hom­
bres p ro fe rían juram en to s y golpeaban las cosas, pero no lloraban. Se
sen tab an despatarrad o s de cualquier modo; la s m u jeres cruzaban los
pies con recato. Los hombres ten ían empleos y g anab an dinero y se h a­
cían cargo de todo lo que fu e ra rudo, peligroso o que pu d iera ofender
a la m ujer, se consideraba que podían lid iar m ejor con todo lo que fu e ­
r a sucio, a excepción de la pelusa que se form a debajo de las cam as y la
m ugre de las o reja s de los niños.
Hoy en día los varones y las niñas en edad preescolar se en fren ta n
con la m ism a actitud, el mismo destello en los ojos, la m isma disposi­
ción p a ra pelear o ev itar la pelea. A ambos se Ies dice que no deben pe­
lear y luego se vigila a los varones con im paciencia, y a las niñas casi
con el mismo a fá n , p a ra que no se m uestren esquivos, p a ra que no se
den por vencidos. A esta edad la n iña parece contar, p o r su educación,
con m ás recursos que el varón. Sus relaciones con el pad re son menos
rig u ro sas y le proporcionan m ás satisfacciones inm ediatas que a su
herm ano la s relaciones con la m adre. Sabemos por lo que hemos obser­
vado en o tra s cu ltu ras que la m adre que se inclina an te la v irilidad
im periosa de su hijo de cuatro años le da alas a su aplomo masculino y
— h a s ta donde puede servirle de modelo a la h i j a — le in sp ira a la n i­
ñ a actitudes negativas hacia el papel femenino. E n A m érica, en cambio,
la n iña recibe los halagos y los mimos de un p ad re condescendiente que
no le impone disciplina y se siente m uy seg u ra de sí misma. La m adre
se m uestra exigente con el m arido y con el hijo. No es un papel que le
h ag a sen tir a la niña que está condenada — por su sexo— a desem peñar
un papel débil o inferio r. Al varón se le enseña a “ ser bueno con la h er­
m a n a”, pero nadie le dice a la n iña que le lu stre los zapatos o que lo
atienda porque sea modelo de su fu tu ro amo y señor.
A sí surge nítidam ente la tra m a que W olfenstein y L eite señalaron
en las películas de la época posterior a 1940. Los varones esperan que
el padre los apoye y. los aliente, de lo contrario es un m alvado y pueden
derrotarlo com pletam ente m ás adelante sin rem ordim iento. L as niñas
esperan que el padre, y luego el m arido, req u iera persuación; ninguna
v ictoria es definitiva, es preciso r e ite ra rla al día siguiente. P a ra los v a­
rones, la m adre, y luego la esposa, es la persona que le b rin d a la con­
firm ación de que son buenos. E s ta confirm ación es ta n necesaria como
el pan y dulce que comen en la cocina en las ta rd e s de invierno, pero en­
tr a ñ a un sacrificio, el de e v ita r el placer de la irresponsabilidad, del
desaliño, de la s reacciones espontáneas que origina la libido, en resu ­
men, im plica ren u n c iar a irse de pesca. Al mismo tiempo, subsisten al­
gu n as hostilidades en tre los sexos en los grupos de chicos de seis a doce
años. P a r a los varones, la única fo rm a de diferenciarse de la s niñas,
que m anifiestan prácticam ente la s m ism as preferencias y la m ism a
conducta que ellos, es a p a rta rs e por completo. La pandilla de los v aro­
nes de los pueblos de los E stados U nidos a principios de siglo se fu n ­
daba en el desdén que les in sp irab an las niñas, que no podían h acer n a ­
da divertido y que se pasaban el día sentadas, entreteniéndose con ton-
te rias. La pandilla de 1940 en adelante constituye un recurso defensivo
desesperado p a ra no ser m a riq u itas, lo que se puede in te rp re ta r en el
sentido de no se r como las niñas. P ero las chicas tam bién se a fa n a n por
no ssr frá g ile s y p atin an , esquían, ejercitan las piernas la rg a s que ya
no cruzan con modestia. P a ra ellas, la m ejor m anera de no ser unas bo-
bitas, es decir, de no parecerse a los varones que se com portan como n i­
ñas, es n atu ralm en te m antenerse en contacto con los varones. Las n i­
ñas de la generación a n te rio r te n ían prim orosas m esitas de té que de­
fen d ían de los varones que podían v oltearlas y rom per las m uñecas, y
las m adres criad as en o tra época todavía les reg a lan a las h ija s juegos
de té, insinuándoles que sería mucho m ás lindo fe ste ja r los cum plea­
ños sin los varones. Pero a m edida que los nuevos modelos p a ra cada
sexo se van filtran d o hasta los pequeños a trav és del com portam iento
de los adolescentes, a trav é s del núm ero cada vez m ayor de m adres
que no fueron criadas de ese modo, las niñas no se m uestran ta n dis­
pu estas a a c ep tar las fiestas de la s m uñecas, en las que los varones, co­
mo rudos intrusos, les brindaban la ocasión de ensayar el tipo de reac­
ción que en un tiempo se describía como “el alboroto del palom ar” . A ho­
r a nadie, y mucho menos los hom bres que se enam oran y. se casan con
ellas, tiene interés en las chicas que se ruborizan y sonríen tím idam en­
te y no entienden de nada. P recisam ente está desapareciendo el rubor
a la an tig u a, el que sentían los niños cuando ten ían que d em ostrar sus
habilidades delante de los adultos, y las m ujeres y las niñas cuando les
pedían que hicieran algo propio de un hombre. A ctualm ente, decir
“M iren, se ruboriza” significa — en una reunión m ixta — que !a joven
d is fru ta activam ente de un poco de coquetería exhibicionista. “ Me rubo­
rizo cuando me siento b a sta n te feliz y segura de mí m ism a”, dice u n a
chica de veinte años.
P o r lo tan to , se observan u n a serie de cambios a medida que los v a­
rones y las niñas se crían cada vez m ás de la m isma m anera, d iv irtién ­
dose con los mismos juegos, valiéndose del cuerpo en form a adecuada y
eficiente. La desintegración de los grupos de niñas o varones p a ra c re ar
u n esquema de relaciones e n tre los sexos ocurre cada vez m ás pron­
to. “E l año pasado fu e en séptim o”, dicen preocupadas las m aestras,
“ este año em pieza en sexto”. V an desapareciendo las an tig u as hostili­
dades definidas de rom per las m uñecas y tira rs e del pelo, las lág rim as
de las n iñas y las tra v e su ra s de los varones, y surge en cambio el nue-
vo esquem a de relaciones en tre los chicos que aú n no h an llegado a la
pubertad, probablem ente no con menos hostilidad, sino con la hosti­
lidad in te rp re ta d a de otro modo. A la edad en que, según la m ayor p a r­
te de n uestros datos com parativos, los varones se en cuentran menos
prep arados p a ra in te rv en ir en actividades sexuales que les ex ijan ini­
ciativa, se ven em pujados hacia u n a vida que im ita la s actividades se­
xuales de la últim a eta p a de la adolescencia.

14. LA C O N D U C TA ANTERIOR AL N O V IA ZG O Y LAS


EXIGEN CIAS SEXUALES DEL ADULTO

L as actitudes con respecto a las relaciones en tre adolescentes de am ­


bos sexos que p resentan las películas, los episodios radiales, los avisos
que incluyen form ulas p a ra conducirse correctam ente y la s columnas
de los suplem entos femeninos, son n atu ra lm e n te las actitudes de la b u r­
guesía. Los muchachos de las esquinas, los que dejan la escuela en sépti­
mo a los catorce años, los muchachos del campo que abandonan tem p ra­
no los estudios p a ra tr a b a ja r en la g ra n ja , todavía tienden a a g ru p a r­
se h a s ta que están listos p a ra la actividad sexual completa. Siguen con­
siderando que la m u jer existe prim ordialm ente p a ra satisfacerlos f í­
sicam ente antes y. fu e ra del m atrim onio, y p a ra d arles hijos, p rep a­
ra rle s las comidas y dorm ir con ellos cuando se casan. Sus costum bres,
y las de las chicas que luego buscan y con las que a veces se casan, difie­
ren mucho del modelo estilizado que p resen ta la lite ra tu ra popular. Pe­
ro así como las m odas en el v estir se popularizan en todas la s categorías
de precios de modo que la m ás hum ilde o b rera puede te n er un vestido de
la m ism a hechura, aunque no de la m ism a confección, que la joven rica,
se generalizan tam bién las costum bres de la burguesía. A nim an los
sueños y contribuyen al descontento de quienes no p articip an de las
m ism as. H ay en los grupos económicos inferiores cada vez menos inm i­
g ran tes que insisten en que la s m ujeres vayan a todas p arte s acom pa­
ñadas h a s ta que se casen, y h ay cada vez m ás hoteles modestos donde
se o rganizan bailes que rem edan las grandes fiestas que fig u ra n en la
p ág in a de sociales. L a mecanización de ciertas actividades, como los
“bailes de presentación”, el traslad o de las fiestas de las casas que y a
no tienen servidum bre a los hoteles donde los intruso s son ta n corrien­
tes que las m edidas que en un tiempo se tom aban en los turbulentos
bailes de los sábados de los pueblos m ineros se adoptan ah o ra en casi
los m ejores círculos, individualizando a la p a re ja que y a h a sido ad ­
m itida u n a vez; todo esto va aproxim ando los estilos sociales de la s cla­
ses m odestas a los estilos sociales ds los privilegiados. E sto no quiere
decir que desaparezcan los m atices, que la chica que p ag a cien dólares
por un vestido no se dé cuenta de que el que luce o tra joven a su lado en
cine es un vestido de 14,98. P ero van al mismo cine, p ag an el mismo
precio por la en tra d a, y el contorno de las siluetas no rev e laría n ingu­
n a diferencia. E s posible que a la s chicas de la élite las ofenda la p a ­
la b ra "c ita ”, pero tam bién llo ran am argam ente si se quedan solas
un sábado de noche. P o r consiguiente, no es que h ay a menos presunción
ni que se insista menos sobre la s distinciones de clase, sino que la dife­
renciación en tre la s clases es cada vez m ás tenue. T anto la obrera, co­
mo la joveneita de sociedad, como la h ija del ag ricu lto r que pide p res­
tado el ejem plar de L ife que no puede com prarse, sienten determ inada
reacción fre n te al vestido descrito como “dem asiado provocativo p a ra
u n a cita” , a una la fra se la horroriza, las o tra s dos piensan tristem en ­
te en sus perspectivas de ro p a y en la reacción de los presu n to s com­
pañeros del próxim o sábado. L a im agen les queda g rab ad a en la m ente
y tiene p a ra ellas u n a significación m uy d iferente de la que puede te n er
p a ra la chica que vive en rea lid ad el papel descrito en la revista.
Cuando las chicas y los m uchachos de un grupo de secundaria 1 em­
piezan a sa lir en p are jas, re su rg e la an tig u a lucha por m erecer la
aprobación y las atenciones del pad re o de la m adre y la necesidad de
que les reiteren la adm iración y el aprecio, necesidad fom entada
d u ra n te los prim eros años cuando los p adres tenían la preocupación
de que los liijos no llegaran a nada. E n v a ría s de la s sociedades que he
descrito anteriorm ente en este libro los niños se veían libres de toda
com petencia sexual m ien tras vivían en estrechos círculos in fan tiles de
un solo sexo y poco a poco iban evolucionando h a s ta convertirse en adul­
tos. T al vez ten g a gTan significación el hecho de que la división m ás
notoria en tre los grupos de varones y de niñas se observa en las socie­
dades donde la relación d efin itiv a en tre el hom bre y la m u jer es m ás
específicam ente sexual, en Sam oa y en Bali, y donde se advierten me­
nos imposiciones, menos agresividad, menos rivalidad, etcétera. E l ca­
riñ o de los padres y el re tiro de ese cariño no están condicionados por las
exigencias im periosas y la agresividad en desarrollo de los hijos, si­
no que responden a los cuerpos, iristos como cuerpos de varones y de n i­
ñas que han de ser un día homb3res y m ujeres. Los niños se a p a rta n de
estas exigencias de sexualidad que son excesivas p a ra que los varones
puedan dom inarlas y dem asiado precoces p a ra la seguridad social de
las niñas, y esperan h a s ta lle g a r a la edad en que puedan reap arecer
en el cuadro general y buscarse u n am ante, conform e a l p atró n que han
aprendido de los padres.
Pero los padres norteam ericanos no se preocupan fundam entalm en­
te por las relaciones que tienen con los hijos como miembros de uno u
otro sexo, como c ria tu ra s que responden a la caricia de las m anos y al
brillo de los ojos de los padres. Los hijos les preocupan en prim er té r-
mino como personas, como haces potenciales de gran d es realizaciones,
que merecen las m ejores oportunidades, la m ejor educación, la m ejor
crianza, p a ra tr iu n f a r en la vida. L a vida es una com petencia en la que
tan to los varones como las n iñas tienen que in terv en ir despejados,
bañados, con el aliento puro, las ta b las de m ultiplicar bien sabidas y
pisando ju sto en la línea. E s m enester que se inicien cuanto antes, que
sepan h ab lar por teléfono a los cuatro años, que m anejen el dinero, que
ten g an y dem uestren suficiencia según los patro n es adultos.
E n o tra s sociedades al niño le asu sta u n poco la idea de crecer por­
que significa asu m ir el papel físico del ad u lto : p a r a el v arón signi­
fica tra n sfo rm a rse en el am ante de u n a m u je r ad u lta y. en g en d rar hi­
jos, p a ra la niña ser am ante y m adre. L a n iña se contem pla el cuerpo
dim inuto, el v arón se m ira los órganos genitales incipientes, y ambos
com prenden que tienen que esp erar, ren u n c iar al juego de ser el niño
de m am á y la niña de p ap á — que no es m ás que un juego in satisfacto ­
rio y p a rc ia l— y a g u a rd a r, a g u a rd a r diez años o m ás h a s ta que sean
m ayores. E n general, cuanto m ás específicam ente sexual es la relación
en tre los adultos — que puede incluir n atu ra lm e n te una interpretación
del m atrim onio que im ponga g ra n abstinencia sexual sin otro su stitu ­
to — m ás necesitan aparentem ente los niños que se crían con la noción
de que la edad ad u lta exige una sexualidad específica, un período de
aislam iento p a ra crecer en paz sin que los im portunen con exigencias
que no pueden sa tisfac er. S ería ta l vez acertado describir este estado
laten te, el período e n tre la sexualidad in fa n til cen trad a en los padres
y el d esp ertar de la conciencia sexual del adolescente, como un fenóme­
no especializado del desarrollo sexual, que se puede a te n u a r o fom en­
ta r según las disposiciones sociales vigentes.
E n cambio, en A m érica, debido a l énfasis que los p adres le dan a la
personalidad realizadora de los hijos, apenas diferenciada por el
sexo en cuanto a la conducta y a la e s tru c tu ra p rev ista del carácter,
apen as su je ta al modelo que le proporciona el progenitor de! mismo se­
xo, hay cada vez menos posibilidades de que se produzca el estado laten ­
te. P a r a el niño norteam ericano ser g ran d e no significa asu m ir respon­
sabilidades ni a f ro n ta r las pruebas de la actividad sexual completa.
S er g rande significa u sa r pantalones largos como el herm ano m ayor,
conducir un coche, g a n a r dinero, ten er u n puesto, gobernarse solo y lle­
v a r a la s chicas al cine. A lgunas caricias seguram ente, o tras caricias
ta l vez con el tipo de chica que todo el mundo invita n ad a m ás que p a ra
eso, pero nadie espera que la im itación de la conducta ad u lta que tiene
lu g a r cuando sale una p a re ja term ine en u n a unión p erd u rab le o ten ­
g a como secuela el em barazo. E s en cambio p a rte de un juego de com­
petencia, m ediante el cual las chicas y los m uchachos ponen en eviden­
cia su popularidad apareciendo en público con personas m uy conocidas
del sexo opuesto.1 E l éxito que tiene con las chicas si usa el som brero
de moda y se baña con el jabón que se recom ienda, es p a rte de la perso­
nalidad del joven que ta rd e o tem prano recibe del presid en te del direc­
torio la noticia de que lo lian nom brado p a ra ocupar el puesto ejecutivo
que todos am bicionan. P ero así como el je fe de personal queda bien im­
presionado si el joven sale a menudo con chicas, m ira con m uy malos
ojos a l que a esa edad m antiene relaciones sexuales an tes de casarse. El
am or y el éxito que constituyen las ilusiones por las que se a fa n a n ta n ­
to los varones como las niñas, cuidándose el cabello, lim piándose las
uñas, leyendo los libros de etiq u eta, ahorrando la m ensualidad y el
sueldo, tiene m uy poco que ver con el sexo o con el cuerpo.
E s el juego de las c itas: los m uchachos son los que in v itan a las chi­
cas a salir, las chicas no in v itan , todos tienen que v estirse bien a la mo­
d a del momento p a ra los adolescentes, el resto del grupo tiene que en­
te ra rs e de alg u n a m anera, de lo contrario no tiene gracia. A quí su r­
ge la confusión debido a la a n tig u a asociación e n tre vestirse y co rte jar.
H ay quien supone que porque h ay una relación ta n estrecha en tre los
tra je s y las salidas se tr a t a de un juego galante. Pero los hombres
se han pintado m uchas veces p a ra im presionar a sus enemigos o a
sus cam aradas en la g u e rra y la s m ujeres h an librado v erd ad eras b a­
ta lla s con perlas y plum as desde tiem po inm em orial. L a ropa, las flo­
res, el baile, todo es p a rte del juego pero no es posible identificarlo con
el noviazgo ni con una conducta esencialm ente sexual, a p esar de
que este p atró n tiene luego honda repercusión en las relaciones en tre
el hombre y la m u je r en A m érica.
E l hecho de que las citas constituyan m ás que nad a un a competencia
que sirve p a ra lo g rar la confirm ación pública de la popularidad p ro ­
pia queda ilustrado por la conducta de los que no salen y se sep aran de
los dem ás p a ra “ a rre g la rs e ”, a veces a u n a edad b astan te tem p ran a.
Se advierten aquí dos g rupos: po r u n a p a rte los que han experim enta­
do un verdadero d esp ertar de su sexualidad floreciente, de modo que
puede decirse que están “enam orados”, y que no le en cu en tran sentido
a la s citas porque p refieren su m utua com pañía, y por la o tra los que
se necesitan recíprocam ente, la chica y el muchacho que no les resu ltan
g rato s a los dem ás, que ocultan su fracaso fingiendo e s ta r m ás a gus­
to ju ntos. F u e ra del círculo de los que salen en p a re ja s están los grupos
periféricos m ás num erosos: las chicas y los muchachos que física­
m ente están ta n poco desarrollados y, son ta n displásticos que se sienten
inhabilitados p a ra este juego que exige el remedo de ia ap titu d física
p a r a el sexo; las chicas y los muchachos que no disponen de dinero ni
de ropa adecuada; los que tienen un interés ta n profundo por o tra co­
sa que no quieren perder el tiem po en un juego qi¡e no les llam a la aten ­
ción. Pero a los que están en condiciones de in terv en ir, el g ra n tem or
de d ivergir — consecuencia n a tu ra l de los patrones cu ltu rales inte­
grados con precipitación y apenas asim ilados — los in cita a continuar,
a d em ostrar que están triu n fan d o en la form a decretada por el mundo
social de los adolescentes, por las rev istas que leen y p o r la expectativa
de los padrea.
¿P ero qué efecto tiene este p atró n de relaciones de la adolescencia
sobre la conducta social propiam ente dicha de los norteam ericanos?
E n prim er térm ino le da a la relación en tre el hom bre y la m u je r el sen­
tido de u n a situación. Se dice “ten er com pañero", “sa lir con fulano” ,
“ no h ay nadie como la gente p a ra sa lir”. Se t r a t a de un a situación que
incluye a una chica — o a un m uchacho— de la posición social que co­
rresponde y lo suficientem ente popular, algo m ás que uno, si es posible,
y a que esto es lo lo que m ás halaga. A p rim e ra v ista quizá se crea que es­
to no difiere mucho del sueño de los estudiantes ingleses de “sa lir en
bote con u n a chica” o de las escenas de las canciones rom ánticas, donde
había siem pre “una joven a la luz de la luna”. Sin em bargo, el m ucha­
cho que quiere salir no susp ira por u n a chica. B usca un a situación p rin ­
cipalm ente pública, en la que los dem ás lo vean con una joven que se vis­
ta bien y que esté al corriente de todo. L a saca a pasear con el mismo
esp íritu que saca el coche nuevo, pero con un. sentido m ás im personal,
ya que el coche es suyo p a ra siem pre m ientras que ella lo es sólo d u ran ­
te un a velada. La experiencia de b uscar y obtener gratificació n de
la s situaciones que carecen en sí de significado le re s u lta luego m uy
ú til al norteam ericano cuando se ad a p ta a las exigencias de u n nue­
vo puesto o logra olvidarse de los com pañeros del empleo a n te rio r que
y a no form an p a rte del grupo que le exige u n a atención estilizada cons­
ta n te .5 D u ra n te la g u e rra , los observadores británicos se quedaron
perplejos por la contradicción que h ab ía aparentem ente e n tre el afecto
que el soldado am ericano dem ostraba po r el cam arada, evidenciado por
la postración en que se sum ían al m o rir alguno, y los resultados de las
investigaciones que señalaban cuán tra n sito ria s eran esas am istades.
Se descubrió que los soldados aceptaban al cam arad a porque pertene­
cía a la m ism a unidad y debido a accidentes de asociación, pero no por
rasgos personales que sirv ie ra n de base a la am istad v erdadera. E l ca­
m arada, como la com pañera, es función de u n a situación p a ra la cual
rig e determ inada conducta. E sto no significa, sin em bargo, que el f r a ­
caso de una cita no les cause pesar, ya que los jóvenes norteam ericanos
les conceden m ucha im portancia a las obligaciones hacia la s personas
con quienes com parten una situación. D e fra u d a r al com pañero no es
ráenos horrible porque se tr a te de u n desconocido* E n realidad es peor
porque el joven o la chica se ven im posibilitados de relacio n ar la conduc­
ta m anifestada con u n a idiosincrasia habitual y perdonable, y por io
ta n to le dan una in terpretación im personal.
Los patrones de conducta adquiridos d u ran te este período de in v ita­
ciones no sólo p re p a ra n a los jóvenes y a las chicas de A m érica p ara
ab o rd ar las relaciones personales como si se t r a t a r a de un a situación,
sino que tam bién tienen g ra n significación porque se destaca positiva­
m ente por prim era vez desde la época de las cintas celestes y ro sad as
de ios sonajeros y las colchas, la co n tra p a rte emocional de la identidad
sexual. E xiste siem pre el tem or de que el muchacho sea un m ariq u ita.
Pero en m uchas sociedades donde la m adre am am anta a los hijos y rea c­
ciona fre n te a los varones con la conciencia inequívoca de que son del se­
xo opuesto y fre n te a las niñas temiendo presente que son de su mismo
sexo, las nociones elem entales del papel sexual se adquieren tem prano
y perm anecen incontestables d u ra n te toda la vida. E sta s nociones se
adquieren en una situación m uy emocional y la lactan cia constituye el
prototipo de la relación sexual a d u lta que surge luego, no sólo por su
esquema com plem entario sino por el tono emocional. A sí como es
la m adre de juguetona, perm isiva, incitadora, condescendiente, ap a­
sionadam ente voluble, es luego la esposa o la am ante y así quieren
el am ante o el m arido que sea la esposa. E n cambio, en el p atró n am e­
ricano el tratam ie n to que se les da a los hijos de ambos sexos como
personas y la interposición de los objetos — del biberón, la cuna, la ro ­
p a — e n tre el cuerpo de los p ad res y el cuerpo del hijo, contribuyen
a d esdibujar esta noción prim itiva. Cuando se destacan las diferencias
sexuales se pone de relive la afirm ación y la agresión en vez de la
represión de la sensación física. E n vez de que la identidad sexual sea
muy evidente a los cuatro años y luego se m antenga laten te h a s ta la
pu b ertad, en tre nosotros se aten ú a la sexualidad in fan til y la sensación
del propio sexo p a ra d esarro llar d u ran te la prim era p a rte de la adoles­
cencia la representación de una comedia originada no por el ím petu de
la actividad glandular ni por la m em oria de los placeres corporales de
la infancia, sino por las exigencias del juego de las p are jas. Los ni­
ños no en tra n en el juego porque el cuerpo los induzca sino debido a la
necesidad de hacerse ver, al deseo de te n er m éritos, de triu n fa r, de ser
populares. No obstante, el juego está concebido en térm inos sexuales;
merecen m ucha atención los pechos y las p iern as de las chicas y los ra s ­
gos viriles de los muchachos. La acentuación de la identidad sexual vie­
ne a ser como una ficha en este juego y el sexo se convierte en algo se­
cundario, que sirve p a ra conseguir lo que se desea, p a ra llegar a don­
de se quiere.
La chica sabe que tan to en la oficina como en la p ista de baile, cuan­
to m ás atra y e n te luzca, m ás probabilidades tiene de p ro g re sar o de ca­
sarse bien. Y sabe asimism o qu& la atracción se puede lo g rar con buen
criterio, habilidad y dinero. La chica que se abandona por no te n er
por n atu raleza buena silueta o lindas cejas no tiene excusa. Lo prim ero
se corrige con una dieta adecuada y un buen modelador, lo segundo se
soluciona con cosméticos favorecedores. E n uno de esos fam osos in sti­
tutos de embellecimiento se proyecta en la p an talla al fin al del curso
la fo to g ra fía de cada egresada antes del tratam ien to , gorda, desaliña-
da, m al vestida, y luego la joven en persona a p a rta el telón de tercio­
pelo negro y se p resen ta delgada, cim breante, perfectam ente vestida
y m aquillada. Y los aplausos no son p a ra la m ás bella sino p a ra la que
logra la m ejor transform ación. E l muchacho que no in v ita a un a chica
a salir porque siem pre tiene las costuras de las m edias torcidas p ro ­
cede con el mismo criterio pero a la inversa. A plaude y recom pensa y.
se siente orgulloso de la chica que está al tan to , que se a rre g la bien,
que dem uestra haberse esforzado por ser et tipo de chica que a él le g u s­
ta in v ita r. L a apariencia del hombre e n tra cada vez m ás en esta ca­
te g o ría; el cabello, ¡os dientes, el arreglo, el sombrero y el tr a je de mo­
da, todo indica que se p reocupa: po r el ascenso, por el cliente o los pre­
suntos com pradores, por su aceptación como com pañero. Desde el p u n ­
to de vista de o tra cu ltu ra o después de una incursión al subconsciente,
estos detalles d aría n la im presión de que se tr a t a de un pueblo, y en
p a rtic u la r de u n a juventud, que se preocupa enorm em ente por el sexo,
que tiene un solo interés en la v id a : el am or, y que define al am or como
netam ente físico. Sin em bargo esto es a mi entender u n concepto erró ­
neo. Creo m ás bien que este énfasis sobre la relevancia sexual de la a p a ­
rien cia física es el resultado de la utilización del juego heterosexual co­
mo índice del éxito y de la popularidad du ran te la adolescencia.
E ste p atró n de la adolescencia afe cta las relaciones sexuales de lo*
adultos tam bién en otro sentido. Como cu ltu ra, hemos desechado el h á­
bito de acom pañar a las p a re ja s. Toleram os y h a s ta fom entam os situ a­
ciones en las que los jóvenes pueden perm itirse la conducta sexual que
p refieran . A l mismo tiempo, se censura con el mismo rig o r de an tes a
la chica que queda em barazada y no se ha tomado ninguna m edida p ara
sim plificar el problem a de la m adre soltera que tiene que decidir lo
que h a de hacer con el hijo. Se condena el aborto y resu lta prácticam en-
te imposible conseguir los datos veraces disponibles sobre el control de
la n atalidad, debido al conflicto en tre la s actitudes de católicos y p ro ­
testan tes con respecto a los principios éticos. E ducam os a las niñas
p a ra que tengan libertad, soltura y confianza, sin aseg u rarles la protec­
ción que la tim idez y el tem or les brindan en o tra s cu ltu ras. Educamos
a los varones p a ra que sean tam bién despreocupados y libres, p a ra que
se h abitúen a e sta r con las chicas y p a ra que sepan imponerse. Coloca­
mos a los jóvenes en una situación virtualm ente intolerable; les p ro ­
porcionamos el m arco adecuado p a ra un tipo de conducta que luego
castigam os si llega a suscitarse. L a cu ltu ra am ericana se ha adaptado
curiosam ente a esta situación anóm ala recurriendo a las caricias au ­
daces, o sea a diversas p rácticas sexuales que no dan por resultado el
em barazo. Se le concede cada vez menos im portancia a la virginidad
técnica; en cambio, subsiste 1a prohibición del em barazo fu e ra del m a­
trim onio. L as caricias proporcionan la solución del dilema. Pero las ca­
ricias tienen efectos emocionales propios; exigen una adaptación de ín~
dolé m uy p a rtic u la r tanto por p a r te del hombre como por p a rte de la
m ujer. La p rim e ra regla que observar es que h ay que conservar un con­
tro l absoluto y saber h asta dónde se puede lle g a r; b asta u n impulso
arro llad o r, b asta con sucum bir u n in stan te al an sia de consum ar la po­
sesión o de en tre g arse plenam ente p a ra perder la ju g a d a, y se pierde
sin dignidad. E l control de este juego peligroso, ta n sim ilar a un tobo­
gán, pero que no debe en c a ra rse nunca como si lo fu e ra , se le confía a
la chica. Se supone que el m uchacho tiene que in sistir todo lo posible y
que la chica tiene que ceder lo menos posible. L a cita puede ser todo un
éxito aunque no haya caricias de ninguna especie sino un a b atalla de
ingenio, estocadas verbales por la s que el muchacho convence a la joven
de que él es ta n popular que se atrev e a pedir cualquier cosa, m ien tras
que ella le hace v er que es ta n adm irada que no tiene por qué h acer
concesiones. Si la atracción físic a es muy g ran d e en los casos en que se
llega a las caricias, el m uchacho espera que la chica lo m antenga a ra y a
y ella esp era que él se lo perm ita.
De este juego que se re p ite interm inablem ente, a veces h a s ta d u ran ­
te diez años, antes del m atrim onio, surge luego la im agen de la vida
conyugal de los norteam ericanos, en la que es la esposa la que determ i­
n a el p a tró n de las relaciones sexuales. De ah í proviene la incapaci­
dad de m uchas m ujeres p a ra en tre g arse totalm ente, que deja perplejos
y fru stra d o s a los ex tran jero s, y ése es tam bién el origen de ta n ta s com­
pensaciones, del uso del alcohol p a ra a flo ja r el control, y del m ito co­
rrie n te del am ante invencible e irresistible. A un an tes de lleg ar al g r a ­
do de m adurez que le p erm ita atender a la s advertencias de su propio
cuerpo, la chica tiene que asu m ir la responsabilidad de se r la concien­
cia de dos personas y a la vez tiene que saber p a rtic ip a r con aleg ría
y con so ltu ra en un juego que nunca se te rm in a y en el que siem pre
puede perder. No es ex trañ o entonces que las películas y los folletines
de las rev istas glorifiquen el im pulso de ren d irse por completo que no
se debe g ra tific a r jam ás.
E ste p a tró n es igualm ente coercitivo p a ra el muchacho. Se h ab itú a
a v alo ra r las situaciones en las que lo fre n a n y a ten er en poco Ja situ a ­
ción con la chica fácil, a la que sólo busca p a ra la gratificació n física
inm ediata, y a a p re c ia r únicam ente como sa tisfac to ria la relación con
la m u je r que sabe decir que no y que se lo dice con frecuencia. Los que
analizan las películas contem poráneas señalan que cobra cada vez m ás
im portancia la im agen de la chica buena y m ala a la vez, la que en un
papel atra y e n te parece m ala pero al fin a l resu lta b u e n a .4 E s ta tenden­
cia se anticipaba ya en aquella canción de 1920 “¿W on’t somebody g i-
ve m e some good advice, on how to be n a u g h ty and still be nice?" (¿Q uie­
ren decirm e cómo se hace p a r a ser p ic ara y ser u n a chica bien?) E n cier­
to sentido se h a dado con la solución, sintetizada en la conducta de
nuestros adolescentes. L a can tid ad de em barazos que se producen hoy
en día en las escuelas secundarias y en la s universidades no parece h a­
ber aum entado sensiblem ente — en relación con los cambios observa­
dos en la cantidad y en la índole del alum nado — con respecto a las
cifras de hace veinticinco años cuando las p a re ja s salían acom pañadas
y volvían tem prano. F re n te a la exigencia de que participen en este ju e ­
go arriesgado y difícil, los jóvenes se desem peñan con valor y altivez;
muchos logran aprovechar lo positivo de la situación, el hecho de que
la chica y el joven com parten la responsabilidad de no p erd er la cabe­
za. E sta especie de pacto, de sociedad en la que cada uno depende de la
colaboración, de la com prensión, del proceder leal del otro, constituye
la base del m atrim onio am ericano moderno, de estos m atrim onios jó ­
venes que han resistido, p are cería por m ilagro, las contrariedades de los
cam pam entos m ilitares, de la vida con los parientes, la inflación, la p a­
te rn id ad tem prana, las neurosis de la g u e rra y. el aislam iento en comu­
nidades ex trañ as. E l com pañerismo que ambos conocieron cuando te­
nían que ju g a r con el sexo y h a s ta cierto punto vencerlo, los m antiene
unidos y podrían se r felices si no se le hubieran añadido sim ultánea­
m ente ciertas norm as discrepantes de felicidad sexual a la exigencia
de la cu ltu ra norteam ericana de que todo individuo sea dichoso.
D u rante el período de la s diversiones en p a re ja la consigna es saber
ju g a r constantem ente con el sexo y g an a r. C uanto m ás jóvenes son la
chica y el muchacho al aprender este juego de g ra tific a r los impulsos
parcialm ente y en fo rm a controlada, llegan a dom inarlo con m ayor
perfección. H ay m enos posibilidades de que aflo ren las emociones p ro ­
fu n d as que pueden confundir el proceso. P ero luego viene el m atrim o ­
nio y el im perativo es otro. E s preciso que ta n to el m arido como la mu­
je r gocen de una “ vida sexual feliz" que no tiene ya la sim etría de las
citas en las que ambos se encontraban en u n a situación peligrosa y se
v alían de un pacto p a ra salvarse juntos, sino que se define de distinto
modo p a r a el hom bre y la m ujer. P a ra el hom bre lo m ás aciago,
lo que tiene que e v ita r a toda costa, es la fa lta de poteneia, determ i­
nada cuantitativam ente por diversos elem entos: la frecuencia, el mo­
mento, los intervalos, la seguridad p a ra calcular la intensidad del im­
pulso. Los hom bres suponen im plícitam ente que si copulan son felices.
E l género de vida sexual que an tes se efectuaba fu e ra del m atrim onio,
en los b arrios escandalosos de fin de siglo, se ha incorporado ahora
en cierto sentido a la vida conyugal. E s verdad que tampoco ah o ra él
hombre está muy versado en refinam ientos; la técnica, aunque Sé do­
mine, se adquiere de m ala g an a y. se menosprecia, Pero d u ran te la épo­
ca en que se iba cerrando el cisma e n tre la m u jer bien — con la que se
casaban y a la que respetaban sin pretender tom arse lib e rta d e s— y la
m u jer fácil — a la que re c u rría n p a ra solaz físico ya que consideraban
que su seducción contribuía a d esp ertar ráp id am en te el a r d o r — fue­
ron surgiendo las nuevas modalidades de diversiones y caricias. La li­
te ra tu r a de In g la te rra y de los E stados U nidos causó g ra n revuelo al
p ro clam ar que la m u jer te n ía la necesidad y el derecho de gozar de la
m ism a clase de satisfacción sexual que el hombre.
E l pretexto de este clam or e ra la exploración de la psiquis fem enina,
que revelaba que la m u jer necesitaba el placer sexual tan to como el
hombre. Los sabios con c a ra de san to s y b a rb a blanca que escribían y
luchaban p a ra que este punto de v ista tu v ie ra aceptación deben haberse
sentido como S an ta Claus, rep artien d o bendiciones y dádivas donde an ­
tes había aridez y privaciones. L a novedad se propagó y al e sta lla r la
g u e rra de 1914 este énfasis coincidió con la dism inución del rig o r del
control sexual y con el ingreso cada vez m ayor de m ujeres en la indus­
tria . L a m u jer bien se tran sfo rm ó entonces en una m u je r que te n ía que
g ozar del sexo y hacerlo en fo rm a decididam ente análoga al hombre.
P o r supuesto que esto no es u n criterio insostenible en m a teria de con­
ducta sexual. T anto en F ra n c ia como en Sam oa se supone que las rela­
ciones sexuales felices e n tra ñ a n el orgullo y el placer del hom bre al sa­
tisfa ce r a la m ujer, al su scitar en ella u n orgasm o com parable al que
experim enta él. N i en Sam oa ni en F ra n c ia se espera que la sim ple có­
p u la logre esos resultados. P odríam os haber pasado del concepto p u ri­
tano, según el cual las m ujeres decentes no d isfru tab a n del sexo y las
m alas m ujeres no d isfru tab a n de ninguna o tra cosa, a una filosofía y
a un a p ráctica po r la cual los hom bres apren d ieran a su sc ita r el o r­
gasm o en la m u jer de diversas m aneras. P ero apareció un a nueva in ­
fluencia casi ta n poderosa como' la prim era. Se tr a ta b a de la doctrina
de que la m u je r ten ía que experim entar el orgasm o al igual que el hom­
bre y no porque ap ren d iera a responder sino como reacción espontá­
nea al acto sexual. De lo contrario, se las te n ía por fríg id as de acuerdo
con una p siq u iatría en la que dom inaba la interp retació n m asculina
europea de las diferencias sexuales. Sin em bargo, no h ay ap arentem ente
razón alguna p a ra creer que todas las m ujeres, y ni siquiera u n a g ran
m ayoría, reaccionen “ n atu ra lm e n te” en este sentido al simple acto
sexual.
P or lo tan to tenemos ah o ra u n a serie m uy com pleja de criterios de
adaptación sexual que han surgido jun tam en te con los cambios de la
conducta sexual de los adolescentes, pero que no h an logrado la in te­
gración con dichos cambios. D u ra n te la adolescencia el hombre se h a ­
b itú a a p erm itir que la chica le refren e la potencia directa, m ientras
que ella aprende a no d ejarse ex c ita r m ás que h a sta cierto punto. Pero
al casarse tiene que cum plir con la exigencia de que él m anifieste u n a
potencia directa y de que ella experim ente el placer del orgasm o
como consecuencia de esa potencia sim ple y n a tu ra l. Ambos consi­
d eran que re c u rrir a las caricias sería una regresión. E l m arido
se ofende a n te cualquier in te rfe re n cia que le im pida m an ifesta r
la potencia inm ediata que es ahora índice de su virilidad. La
m u jer se considera in ep ta si necesita aún o tra s gratificaciones y si no
sucumba al arreb ato , después de haberse controlado d u ran te tan to s
años. No obstante, es difícil que la m u je r logre la lax itu d completa de.
la en tre g a total, a diferencia del orgasm o específico, cuando ha tenido
que re p rim ir antes todos sus impulsos.
No nos ex trañ en las descripciones entre lo que se les exige a los jó ­
venes p a ra que m anifiesten y controlen a la vez diversas actividades he­
terosexuales y las norm as que luego rig en en el m atrim onio con u n a p re ­
tensión casi imposible de felicidad sexual. E n A m érica alcan zar la fe­
licidad sexual conyugal constituye ah o ra un deber como todas la s o tras
aspiraciones. La cu ltu ra n o rteam ericana se ha desarrollado ta n rá p i­
dam ente, combinando elementos de ta n ta s fuentes, que es n a tu ra l que
s a rja n contradicciones como la s que se advierten en cu ltu ras mucho
más an tig u as y m ejor integradas. Pero es im portan te reco rd ar que
cuanto m ejor resuelvan los adolescentes los problem as difíciles de la li­
b ertad y la s diversiones im puestas, menos p reparados han de e s ta r p a­
ra cum plir con el criterio sin g u lar de la adaptación sexual en el m a­
trim onio.

15. EL SEXO Y E l MERITO DE LAS R EALIZACIO NES

E n la c u ltu ra occidental existe desde hace siglos el hábito de suponer


que los hom bres son capaces de fo rja rse una im agen de la m ujer, que
ella acepta de m al grado, y que la s m ujeres tienen pretensiones a las
que los hombres se avienen aún con m ayor renuencia. E sta es la descrip­
ción fiel de la sociedad que hemos estru ctu rad o , en la que la s m ujeres,
como am as de casa, insisten en que los hom bres se lim pien los pies en
el felpudo, m ien tras ellos las m antienen insistiendo en que vivan con
recato en el retiro del hogar. H a habido m il v aria n tes de estas exigen­
cias, que abarcan desde el adem án de tom ar una ta za de té h asta la
prohibición de que las m ujeres fum en o de que las h ija s se corten el ca­
bello. E n cierto sentido daban lu g a r a u n a tensión ag rad ab le que ser­
vía de base p a ra la etiqueta de salón y m ediante la cual el hom bre po­
día proclam ar el n a tu ra l deseo masculino de ser libre, desprolijo, des­
atento o im puntual siem pre que la m u jer no lo in s ta ra a volver a la
h ora de la cena todas las noches. E l cuadro se puede com plicar obsesi­
vam ente y quizá las chicas al hacer sus proyectos se detengan a refle­
xionar: “ Pero a los hom bres no Ies g u sta n las m ujeres q u e . . . ” Sin
em bargo una cosa es ad m itir que éstos son recursos cultu rales p a ra con-
seiT ar el equilibrio esencial en tre los papeles del hombre y la m u jer
y o tra m uy d istin ta es tom arlos al pie de la le tra y a firm a r que el m un­
do es del hombre o decir, como E m ily Jam es P utnam en la in tro d u c­
ción de The L ady (L a dam a), “W her* he p u t her, th e r e she s ta y t” 1
( Perm anece en el sitial que él le a s ig n a ra ), negando así la verdad elemen­
ta l de que los hombres y las mu.j eres com parten un mismo concepto de
las cualidades de la esposa, del m arido ideal, del am an te fascinador con
quien sería un d isp arate casarse, y del solterón por natu raleza. Las f r a ­
ses “el hombre que aprecian los hom bres” o “la m u jer que las m u jeres
ad m iran” no implican una discrepancia fundam ental en cuanto al tipo
de hombre que se lleva m ejor con los hombres que con las m ujeres,
sino que señalan m ás bien u n acuerdo sobre los diversos tipos de hom­
b re y de m ujer. Cuando un hom bre y u n a m u jer hablan de un a joven
m etódica, dedicada al tra b a jo y la m u je r dice “S ería u na buena espo­
sa”, aunque el hom bre le conteste “ A m í me parece que nadie v a a que­
re r casarse con ella”, no hay. en realidad un conflicto de opiniones. E l
disidente entiende lo mismo que ella por el térm ino “buena esposa” p e­
ro se p re g u n ta : “ ¿Quién tiene in te rés en una m u je r a sí? ” E n el siglo
pasado, cuando el mundo de la burg u esía y de los círculos m ás selectos
se m antenía rigurosam ente ap a rtad o de las m ujeres fáciles que u sa­
ban colores llam ativos y exhibían sus encantos, las m ujeres bien no por
eso dejaban de reconocer que la s o tra s fu e ra n seductoras. T an to el m a­
rido que, aburrido de las imposiciones de la esposa que se p o straba en
un sillón después del p rim er hijo, se buscaba u n a dam a ru tila n te ador­
n ad a de plum as, como la esposa que desde su re tiro se im aginaba a la
o tra , adm itían que la a v e n tu re ra e ra atra y e n te y que era n a tu ra l y re ­
probable que él se d e ja ra seducir y tam bién n a tu ra l y ju sto que ella se
ofendiera. Por consiguiente, el p ad re y la m adre, el herm ano y la h e r­
m ana, el vecino, el párroco y el m aestro, la f u tu ra suegra, la p resu n ta
am ante, el Don J u a n y el sabihondo del pueblo, así como las historietas,
los episodios radiales y las películas, contribuyen a c re ar la im agen
de los distintos tipos de hom bre y de m u je r que han de m erecer el afec­
to, el aprecio, el odio o el desdén del mismo sexo, del sexo opuesto, o de
ambos.
No hay por qué a trib u ir la m enor vacilación de la m u je r y los alard es
del hombre a una conspiración m asculina p a ra m antener a las m ujeres
en su lu g a r, ni la tim idez to rp e de un hom bre o la pretensión fa tu a de
u n a joven a una co n ju ra fem enina p a ra dom inarlos. L as d istin ta s cul­
tu ra s han precisado la s relaciones e n tre los hombres y las m ujeres de
diferentes m aneras. Cuando se h an definido los papeles de modo que
coincidieran, logrando así la integración de los preceptos y la s costum ­
bres, de los ideales y las posibilidades reales, los hom bres y las m u je­
res de la sociedad han sido dichosos, Pero en la m edida en que hubiera
discrepancias en los dos papeles, en la m edida en que se im pusiera un
estilo de belleza inalcanzable p a r a la m ayoría o determ inado género de
heroísmo o de iniciativa au n q u e la cu ltu ra no tu v ie ra los medios p ara
su scitar dichas reacciones, su fría n ta n to los hom bres como las m uje-
res. E l menoscabo de Tino de los sexos — del hom bre que es incapaz de
asum ir, debido a la educación recibida, el papel em prendedor y p a tria r­
cal que no obstante se le exige, o de la m u jer que ha gozado de excesiva
lib ertad de movim ientos d u ran te la niñez p a ra resig n arse luego a p er­
m anecer encerrad a plácidam ente — , este menoscabo, esta discrepancia,
esta sensación de fracaso en el papel im puesto, constituye la palanca
que prom ueve los cambios sociales. B a sta con seguir el curso del movi­
miento en pro de la igualdad de los derechos polítieos de la m u je r p a ra
a d v e rtir los contrastes en la reacción de la s m ujeres de u n país a otro
y cuán leve es la relación explícita en tre la posición in ferio r de la m u­
je r y la exigencia im periosa de los derechos. D esgraciadam ente no dis­
ponemos de datos com parativos sim ilares sobTe las te n ta tiv a s p a ra cam ­
b iar la posición re la tiv a de los hombres, los movimientos paralelos,
po r ejemplo, p a ra sup rim ir las pensiones en los casos de divorcio, las
controversias sobre si las asignaciones fam iliares han de p ag ársele al
p ad re o a la m adre, los argum entos sobre el régim en de bienes en co­
mún, Los esfuerzos realizados p a ra exonerar al hombre de ciertas res­
ponsabilidades y, restricciones que ya no resu ltan razonables n i ju sta s no
se han canalizado en movimientos reivindicatoríos ni han recibido la
atención de subcomisiones internacionales que estu d ia ra n el sta tu s ju ­
rídico de los hombres. Sin em bargo, el análisis detenido de cualquiera
de estas reform as ju ríd ic as dem o straría claram ente que hay u n movi­
miento perm anente p a ra exim ir a los hom bres de las imposiciones que
ya no están de acuerdo con la e ra actual. Los casos de incum plim iento
de p alab ra de m atrim onio re su lta n ridículos en un mundo donde la s
m ujeres hacen la m itad de las declaraciones y tam bién suenan falsos los
casos de enajenación de sentim ientos, que suponen que la m u jer es co­
mo u n a flo r frá g il e im presionable. P arece cada vez m ás notoriam ente
injusto que el hom bre divorciado te n g a que p asarle u n a pensión a la jo ­
ven sin hijos ta n bien educada como él, debiendo d ife rir por esta razón
el nuevo casam iento. Pero aún p e rd u ra la tendencia histórica de incluir
a las m ujeres en tre las m inorías explotadas, originada por la revisión
de los abusos legales y sociales que tuvo lu g a r sim ultáneam ente con la
tran sform ación de u n a sociedad dividida en categorías, donde los dere­
chos e ra n inm anentes, en sociedad contractual, donde e ra m enester es­
tipularlos, y. esta tendencia contribuye a la confusión y ap arentem ente
da lu g a r al argum ento de que el mundo es de los hombres, que se abusa
de las m ujeres y que éstas tienen que luchar por sus p rerro g ativ as.
E s m enester u n g ra n esfuerzo por p a rte de los hombres y de las m u­
je re s p a ra rec tifica r la orientación y rec o rd a r — al re fle x io n a r— que
éste no es un mundo creado sólo por los hom bres en el que las m ujeres
sean incautas y to n tas, inútiles y m aldispuestas, n i tampoco poderosas
in trig a n tes que ocultan sus atribuciones e n tre los volados de la s ena­
guas, sino u n mundo creado po r la hum anidad p a ra seres hum anos de
ambos sexos. E n este mundo ta n to el papel femenino como el masculino
se ha definido a veces bien y o tra s veces m al; en algunos casos los hom­
bres tienen una existencia reg a lad a m ien tras las m ujeres recu rren a los
adivinos, a las ilusiones, al autoerotism o, a los gigolós y padecen de
trasto rn o s somáticos o te rm in an en la locura. E n otros casos el papel
de la m u jer se a ju s ta ta n bien a la s realidades de su su erte que dan una
im presión de rela tiv a placidez m ie n tra s los hom bres viven pensando en
quim eras. Pero es indudable que la posibilidad de lo g ra r desem peñarse
o no en el pape! im puesto afe cta ta n to a unos como a o tras. L as mu­
je re s que parecen serenas m ie n tras los hom bres viven errático s y a to r­
m entados por la b ru jería , tam bién su fre n por las discrepancias del p a­
pel m asculino; los hom bres que gozan de m ás privilegios o libertades
que sus m ujeres no llegan a la plenitud individual que h ab ría n cono­
cido si las esposas y las m adres hubieran sido a su vez dichosas en un
papel que les p erm itiera d esarro llar sus facultades.
L a lite ra tu ra norteam ericana de la actualidad p ro testa estrep ito sa
y airadam ente por este problema, de la s relaciones en tre los hombres y
las m ujeres. A bundan los libros que afirm a n que las m ujeres se están
masculinizando, p a ra desgracia de ellas, de los hom bres y de todo el
mundo y h ay tam bién muchos libros (o ta l vez sean los mismos) que in ­
sisten en que los hombres se e stá n afem inando. Atendiendo a las reite­
raciones destem pladas de un libro como M o d em W om an: The L o st
S e x (L a m u je r m oderna: el sexo perdido), que term in a p o r a ta c a r a los
hom bres al igual que a las m ujeres, se da uno cuenta de que estam os
pasando por un período de discrepancias ta n evidentes en los papeles
sexuales que los esfuerzos p a ra disim ular el sacrificio de ambos sexos
resu ltan cada vez m ás infructuosos. M ientras perdure la costum bre de
en c a ra r aisladam ente “la posición de la m u je r” no se ha de com prender
que si u n sexo sufre, tam bién su fre el otro. M ientras tengam os la con­
vicción de que los penosos problem as de adaptación sexual actuales se de­
ben solam ente a la posición de lít m ujer, nos em barcarem os en u n a la r­
g a serie de soluciones equivocadlas, tra ta n d o de saca r a la m u je r del
hogar, devolviéndola al hogar y sacándola o tra vez, agregando aú n m ás
confusión a las dificultades provocadas por la evolución de la opinión
m undial, la tran sfo rm ació n de la tecnología, y. la creciente p recip ita­
ción y violencia de la s transiciones culturales.
D u ra n te los últim os años h a estado de moda decir que en A m érica
im pera ei m atriarcado, abusando así de u n concepto antropológico m uy
ú til. U na sociedad m a tria rc a l es aquella en la que alg u n as, si no todas,
las facultades legales relacionadas con las disposiciones y el gobierno
de la fam ilia — la fac u ltad de disponer de los bienes y de las herencias,
de co ncertar los m atrim onios y de re g ir el h ogar — le han sido asig n a­
das a la m u je r y no al hombre. H ablam os a menudo de sociedades m a-
trilineales, donde el hom bre hereda el nombre, la tie r ra o la posición del
herm ano de su m adre a trav és de ella. Esto no significa necesariam en­
te que las m ujeres ten g an g ran influencia aunque se tr a t a de un siste­
m a que las favorece bastante, como p a ra que la poligam ia, por ejemplo,
no resulte. Tam bién hablam os de sociedades raatrilocales, donde las ca­
sas y las tie rra s son propiedad de la m u jer y p asan de m adre a h ija,
m ien tras los m aridos en tra n y salen. E ste sistem a es todavía menos
com patible con la poligam ia o con el ejercicio de m ucha au to rid ad por
p a rte de los m aridos y los padres, que después de todo viven bajo el te ­
cho de la suegra. H ay tam bién diversas v aria n tes según las cuales la
m u jer vuelve al m o rir a las tie rra s de sus propios parientes, tienen g ran
significación los vínculos m aternos, pero d ifieren de los paternos, o,
como sucede en Sam oa, el hijo de la herm ana conserva la p rerro g a tiv a
del veto en los consejos de la fam ilia m aterna, Y existen sistem as m uy
raro s, como el de los indios iroqueses, por los que las m ujeres ejercen
la suprem acía política ya que las ancianas nom bran a los poseedores
de títu lo s que tienen asimism o atribuciones de autoridad.
Al com parar la sociedad norteam ericana contem poránea con estas
disposiciones, se hace evidente que la p alab ra “m a triarca d o ” no
sólo no sirve p a ra describirla sino que adem ás contribuye a confundir
los puntos esenciales.2 E n los E stados Unidos, las m ujeres adoptan el
nombre del m arido y los hijos reciben el apellido del padre. Se espera
que la m u jer viva donde el m arido q uiera y n egarse a ello equivale a
abandonarlo. Los hombres tienen la responsabilidad de m antener a la
esposa y los hijos, pero las m ujeres no tienen la obligación de m ante­
nerlos, así como tampoco los herm anos a la s herm anas. E l concepto ju ­
rídico fundam ental es que la m u jer depende del padre m ien tras es me­
nor y que luego depende del esposo. Juríd icam en te somos u n a sociedad
patrinom inal, patrilin eal, patriloeal y casi p a tria rc a l. Carece de im por­
tan cia el hecho de que el pad re norteam ericano no coneuerde con la
imagen popular del p a tria rc a de luenga b arb a con diez hijos. T anto los
hombres como las m ujeres se crían dentro de este sistem a orientado ex­
plícitam ente hacia el padre. L a ley le prohíbe a l m arido p egarle a la
m ujer, pero es m enester invocar otros preceptos si ella le pega a él. E l
derecho consuetudinario define a la m u jer como un ser frá g il, que nece­
sita protección y sobre todo apoyo. E n n u estra sociedad rig e adem ás la
monogamia, censurándose todas las form as, h a sta las m ás casuales, de
poligam ia.
E s ta €s la e s tru c tu ra fam iliar heredada de E urop a, pero fu e in tro ­
ducida en este país en circunstancias excepcionales. L a au to rid ad que
ejercía el padre sobre el hijo quedó m inada al lim itarse las sanciones
sobre los bienes legados y debido a las in fin ita s posibilidades de ab an ­
donar el hogar. L a potestad del m arido sobre la m u je r se h a ido modi­
ficando con m ás sutileza. E n los tiem pos de la colonización había pocas
m ujeres y, debido a la competencia, el hombre se veía obligado a corte­
ja rla s de u n a m anera m uy d istin ta a la que se estilaba en los países
donde era posible escoger de e n tre una docena de jóvenes y sus corres­
pondientes dotes, o d istra erse plácidam ente m ientras la s m adres se
a fan ab an por presentarles a las b ija s. D esaparecieron la s dotes y se
co rtejaba a u n a joven por sus m éritos personales. H ubo asim ism o un
cambio en la valoración de las cualidades fem eninas. L a docilidad, el
apego al hogar, la inquietud y el tem or cada vez que el m arido hacía
un v ia je de pocas leguas quedaban m uy bien en el Viejo Mundo. Pero
la am ericana de las regiones fro n te riza s te n ía a veces que hacerse cargo
de u n a hacienda d u ran te v a ria s sem anas, disciplinando a los hijos cre­
cidos, albergando al fo ra ste ro que p a sa ra , cuidándose de los indios. Las
m u jeres fu ertes, resu e lta s y de c a rácter, o sea la s m u jeres con coraje,
fueron teniendo cada vez m ás aceptación. H a s ta se produjo un a v aria n ­
te en el prototipo de la solterona, y la versión inglesa de la tía rig u ro sa
que te n ia u n gato y p re fe ría a los sobrinos se tran sfo rm ó en u n a vieje-
cita indulgente que te n ía g a ta s y m im aba a las sobrinas, Pero a p esar
de la dem anda de m ujeres con firm eza y. habilidad p a ra m a n e ja r el di­
nero y resolver las situaciones, no se toleraba paralelam ente la ap a rien ­
cia m asculina en la m ujer. E r a m enester que aún poseyera las virtudes
fem eninas, que fu e ra atra y en te , que tu v ie ra m ás encanto todavía, ya
que los hom bres la elegían por su persona y no por la dote. E l m a tri­
monio por elección, denominado m atrim onio por am or, obligó a los hom­
bres y a las m ujeres a pro cu rar, cada vez m ás, a g ra d a r al sexo opuesto.
E n los tiem pos agitados de la colonización del continente, se le con­
fia ro n a la m u je r o tra s ta re a s a p a rte de la dirección de la finca, la dis­
ciplina de los hijos y la vigilancia de los indios en ausencia del m a ri­
do. Cuando los poblados iban adquiriendo el aspecto de u n a aldea, se
pensaba que el orden, el cierre ciel g a rito o de la tab ern a, coincidía con
la llegada de una o m ás m u jeres decentes. Las cosas m ás nobles de la
vida — los valores estéticos y m orales — le fu ero n confiados activam en­
te a la m u je r, que los encaró de distinto modo; A m érica no e ra E u ro ­
pa, donde se suponía que las m u je res rezaban m ás que los hombres sin
que asum ieran responsabilidades fu e ra del hogar. La m ujer que des­
echaba los dictados del decoro fem enino p a r a pred icar el bien es un
personaje corriente en la h isto ria de nuestro país desde la época de
A nne H utchinson, y ta n to los hom bres como las m ujeres reconocen que
se tr a t a de un elemento im p o rtan te de la cu ltu ra. Si bien se supone que
los hom bres confían en que sus propias esposas no h a n de se n tir la vo­
cación de re fo rm a r el mundo, sí; tr a t a de u n a esperanza sem ejante a la
de la m adre creyente que, aunque le enseñe a re z a r al hijo, quiere que
sea cap itán de barco y no sacerdote. La disposición ideal de la conducta
ética se ría asignarles la s obráis de caridad — ta n necesarias — a las
viudas y a las solteronas, de modo que estas dos categorías su p ern u ­
m e ra rias estuvieran felizm ente ocupadas en una gestión provechosa p a ­
r a la sociedad. H a sido m uy in te resa n te observar los cambios operados
en la actitud hacia la señora de Roosevelt y el interés vivo e in fa tig a ­
ble que m an ifiesta por todo lo que se relaciona con el b ien estar social.
Como esposa del presidente, la criticaban y. la censuraban los mismos
que se hubieran inclinado a n te las nobles m ujeres que lucharon, por
ejemplo, por la abolición de la esclavitud. E l resentim iento disminuyó
notoriam ente, sin em bargo, después de la m uerte de Roosevelt, y a que
su dedicación constante y esforzada a la causa del bien pasó a servir
entonces de ejemplo p a ra las viudas más que p a ra las esposas.
La solterona defensora del bien, propulsora de la educación, del p ro ­
greso del pueblo, de la legislación social y de la libertad de las m inorías
oprim idas, se ha ido convirtiendo en el arquetipo de las ocupaciones en
las que la m u jer se hace cargo profesionalm ente de un a buena causa,
especialm ente en el te rren o de la educación y de la asistencia social. Son
terrenos en los que el hom bre interviene a riesgo de que lo tachen de
afem inado, a menos que desempeñe u n a función ad m in istra tiv a o fin an -
ciadora. “ ¿Dónde están los hom bres?” p re g u n ta n los ingleses que se
destacan en las obras sociales, “Los nom bres fig u ra n en los m em bretes
de las organizaciones, pero en las conferencias internacionales nos en­
contram os casi invariablem ente con m ujeres.” “ Los hombres, pues,
son los presidentes de la s comisiones, los que determ inan la política fi­
n an ciera de las agencias, pero dejan la labor en manos de la s m ujeres.
V iven dem asiado ocupados como p a ra poder a s istir a las conferencias.”
E n sem ejante evolución histórica no se puede h ab lar n atu ralm en te
de causa y efecto. H ay que h ab lar m ás bien de un interm inable proce­
so en espiral, según el cual la presencia de la m u je r decente daba lu g a r
en seguida a alg u n a reform a y se empezó entonces a considerar que las
refo rm as eran actividades fem eninas, lo que sirvió p a ra a tra e r m ás a
las m ujeres y hacer aún m ás fem enina la vocación, excluyendo así a
los hombres. E n tre la P rim era y la Segunda G uerra, las m ujeres de­
m o straron mucho menos interés por las vocaciones denom inadas de “asis­
tencia”, o sea las ocupaciones en las que no im portab an la poca rem u­
neración y el exceso de tra b a jo porque brindaban la oportunidad de des­
a rro lla r las facu ltad es fem eninas p a r a atender a los niños, a los enfer­
mos, a los desdichados y a los desvalidos. E s ta tendencia a considerar
la asistencia como profesión im plica la transición de una actividad a la
cual uno se consagra por entero — como la m u jer lo hace todavía en el
m atrim onio y cuando llega la m aternidad — a una ocupación a la cual
uno le dedica ciertas h oras y deberes específicos, E s evidente que este
ideal de la m u jer am ericana está asum iendo la form a de un papel ta n ­
to p a ra la que tiene la idea de casarse como p a r a la solterona que se
busca u n a m anera de vivir. Todo esto es consecuencia de la asim ilación
del ideal fem enino al ideal m asculino. Los varones y las niñas aprenden,
sentados en los mismo bancos, estudiando las m ism as lecciones y. reci­
biendo los mismos conceptos, que los dos criterios m ás respetables p a ra
elegir una profesión e n tra ñ a n que ésta ofrezca oportunidades p a ra
p ro g re sar y que sea “ in te resa n te” . H asta las v isitad o ras sociales, que
deben dedicar todas las horas de tra b a jo a aliv iar a los demás, ju s tifi­
can su elección diciendo que la c a r re ra es in te resa n te o que en ella se
puede desem peñar bien u n a m ujer. Sólo con m uchas excusas confiesan
ah o ra sim plem ente el deseo de ay u d a r a los seres hum anos.
M ientras se m odificaban y a lterab a n los tipos de m u je r en esa época
histórica, se creaba tam bién un tipo de hom bre. E l hom bre ten ia que
g an arse la vida, te n ía que a f r o n ta r las realidades acerbas de la com­
petencia, que ta la r y a b rir claros en los bosques, aprovechar los ata jo s
en un mundo en el que cualquiera podía llegar a ser presidente. La ciu­
dad norteam ericana corriente no le ofrecía la oportunidad de cu ltiv ar
la in terpretación ni el goce de la s a rte s; las m anifestaciones estéticas
convencionales le estaban vedadas y se la s consideraba fem eniles. H as­
ta el día de hoy, escoger la m úsica, la p in tu ra o la poesía como ocupa­
ción form al constituye u n a ac titu d equívoca p a ra el norteam ericano.
Los hom bres ponían de m anifiesto su virilidad en el mundo prosaico
de los negocios, de la a g ric u ltu ra (en el campo las m u jeres p erm an e­
cían adentro y los hombres h a s ta ordeñaban) y de la política (la poli­
tiq u e ría p rác tica y co rru p ta en contraste con las inocuas cam pa­
ñ as re fo rm ista s). A m edida que e s ta cu ltu ra de tran sició n fu e estable­
ciendo inevitablem ente valores sim plificados p a ra que p u d ieran enten­
derse los inm igrantes de distintos países, aum entó la com petencia por
los símbolos del éxito: el dinero, las cosas que se com pran con dinero,
la au to rid ad sobre las personas y la influencia sobre los acontecim ien­
tos.® L as ru d a s realidades de u n mundo donde el paso de cada hom bre
está determ inado por la m archa del riv al y donde no h ay tre g u a en la
com petencia, se le presen tan a l hom bre an tes que a la m u jer. La expan­
sión de la economía que le proporcionó am enidades a la vida de la m u­
je r les impuso m ás exigencias a los hombres. Tenemos así finalm en­
te los arquetipos ac tu a le s: el m a rido agotado que llega a la casa desean­
do tran q u ilid ad p a ra descansar y desprenderse el cuello de la cam isa y
la esposa que quiere salir, la m adre que está dem asiado con los hijos y
que fastid ia continuam ente al p a d re p a ra que se ocupe m ás de ellos,
m ien tras el m arido piensa que si. p u d iera se ir ía a pescar. P a ra m erecer
la consideración de los hom bres y las m ujeres, el norteam ericano tiene,
en p rim er lu g a r, que tr iu n f a r en los negocios; p ro g re sar, g a n a r dine­
ro y ascender ráp id am en te y, si es posible, tam bién tiene que ser a g ra ­
dable e interesan te, a rre g la rse bien, ser sociable, e s ta r al co rriente de
todo, p ra c tic a r las actividades recreativ as propias de su clase social,
su fra g a r todos los gastos del hogar, conservar bien el coche y ser siem­
p re g alan te con la esposa p a r a ev itar que lo d istra ig an o tra s m ujeres.
A fin de m erecer la m ism a consideración, la m u jer tiene que ser inte-

' > '1 n


lig en te y atra c tiv a , rea lza r sus condiciones n atu ra les valiéndose de los
modales y del gusto en el v estir, ca u tiv a r la atención de v arios hom­
bres prim ero y m antener el interés de uno después, saber d irig ir el ho­
g a r y la fam ilia p a ra conservar al m arido y p a ra que los hijos puedan
su p e ra r los riesgos de la nutrición, psicológicos y éticos del crecimiento
y tr iu n f a r a su vez, y debe disponer asim ism o de tiempo p a ra otros “ in ­
tereses”, como la parro q u ia, la s sociedades, las comisiones, o el baseball.
L a m u je r que sólo tiene tiem po p a ra aten d er la casa está mal v ista por­
que “tiene mucho que h acer”, es decir, porque es incom petente, porque
el m arido no g an a lo suficiente o porque se han descuidado y han teni­
do muchos hijos.
P ero se le da m ás im portancia al éxito con que se desempeña el p a­
pel que a las cualidades específicas del mismo. L a m u jer y el hombre
que triu n fa n m erecen la adm iración de ambos sexos p a ra corroborar que
es posible llegar a ser lo que la m adre exigía que fu e ra n p a ra hacerse
acreedores de su cariño. T al vez el que estudie la opinión pública crea
a d v e rtir que hay m ucha envidia en tre los norteam ericanos.4 Pero esta
envidia, así como las calum nias acerca de las personalidades conocidas
que aparecen en los diarios sensaeionalistas cuando se v en tila cualquier
escándalo, constituye un rasgo secundario en com paración con el placer
que les proporciona generalm ente a los norteam ericanos el que triu n fa
en realidad, como lo evidencian las cenas de despedida p a ra el je fe que
d eja la firm a por u n puesto m ejor y las fiestas en honor de la única f a ­
m ilia de la cu a d ra que consigue m udarse al nuevo b arrio ja rd ín . Por­
que el niño norteam ericano recibe, conjuntam ente con la fórm ula cuida­
dosam ente p re p a ra d a del biberón, la exhortación de lo g ra r todo, de al­
can zar el peso norm al y. cam inar a su debido tiempo, de p a s a r todos los
años con buena nota en el colegio, de in te g ra r el equipo e in g resa r en el
club o en el círculo selecto, de ser de los que la gente distingue p a ra el
éxito. E n vez del p ad re que disciplinaba al hijo como si fu e ra un demo­
nio que necesitara azotes y de la m adre que lo socorría y consolaba en­
señándole a e v ita r el castigo, tenem os ah o ra a la m adre p ráctica­
m ente sola, pero no tra ta n d o de contener la m aldad in n a ta de la cria tu ­
ra, sino observándola con inquietud p a ra v er si podrá salir bien, cum­
p lir y ev itar el fracaso.
E s ta crianza, ta n sim ilar ah o ra p a r a los varones y las n iñas, les pro­
duce sin em bargo un im pacto diferente. Tiene dos efectos im portantes
sobre el varón. Son m ujeres las que lo educan p a r a ser hombre, lo que
im plica que él no se puede id en tificar con la m adre ni con la m aestra. ‘
Va a ser varón haciendo las cosas que la m adre le indica, pero tiene
que hacerlas como un hombre. D espués de todo, los varones crecen si co­
men bien, y si estudian, sacan buenas notas — si observan las amones­
taciones de la m adre —, pero tienen que ser hombres, no tienen que ser
afem inados, tienen que valerse por sí mismos. Tienen que p elear siem­
p re en defensa propia, pero no p elear significa ser “m a riq u ita”, por lo
que es preciso en carar la situación de modo que las m adres de ambos con­
trin c an te s crean que se baten p a ra defenderse. Los únicos que les en­
señan directam ente a ser varones, son los propios herm anos m ayores o
los de sus com pañeros. L lam a la atención lo que aum entó la delincuen­
cia juvenil d u ra n te la g u e rra , cuando los herm anos m ayores estaban
lejos de la fam ilia. Pero el herm ano m ayor está a su vez esforzándose
por cum plir con el papel adulto que la m adre y el mundo le han asig n a­
do, y el niño que lo sigue im ita y em ula a alguien que piensa en el f u tu ­
ro, en un puesto, en un coche, en un aum ento.
E n los distrito s habitados po r ex tra n jero s, donde los nuevos inm i­
g ra n te s o los fracasados viven en b arrios m iserables, se a lte ra y se f a l­
sea este secuencia del desarrollo social. “ Los muchachos no ven en los
fracaso s de los padres vestigios de un p atró n remoto de triu n fo s m as­
culinos, según la rein terp re tae ió n de las m adres. Se hacen caudillos y
dan origen a un corto circuito en el desarrollo social de los herm anos
menores. La vida asocial de la pan d illa ju venil sirve de base en Am é­
rica p a ra las organizaciones crim inales adultas. Sirve p a ra d estacar la
evolución norm al del norteam ereiano, en la cual la m adre que conoce
el am biente am ericano señala al padre como ejemplo, ya que si bien no
es un dechado perfecto que el hijo pueda dedicarse a im itar, va al m e­
nos por buen camino y el niño lo puede su p erar. De acuei'do con este p a ­
tró n , los muchachos, que no piensan en la adm iración que puedan des­
p e rta r entre los jóvenes sino en la acogida y en la aprobación que les
h an de acordar los adultos, to le ran que los m enores los sigan y. los imi­
ten — siem pre que no los m olesten— . La fam ilia, el b arrio entero, m i­
r a hacia el fu tu ro y cada hombre va señalando h asta dónde y de qué
m an era han de p ro g re sar los dem ás.
N adie rep rese n ta una etap a perm anente en esta escala. E n tiem pos
de paz, los héroes del niño, ya sea hijo de un alm acenero o del presiden­
te de un banco, son los agentes de policía, los bomberos, los aviadores,
los vaqueros y los jugadores de baseball, los hom bres que en la vida real
m an ifiestan los im pulsos m otores activos que experim enta el chico. La
m adre reacciona altern ativ am en te, perm itiéndole sa lta r sobre el sofá
porque los libros señalan que no hay que f re n a r a las cria tu ra s, y expli­
cándole luego que no tiene que rom per las cosas. P o r su voz, y por la
v oí del anunciador de la radio,, de la m a estra y de todos los que lo ro ­
dean, el niño com prende que cuando crezca va a ten er que acep tar un
papel de responsabilidad, bien rem unerado. Sabe que p a ra ju s tific a r el
deseo de in g re sa r en la policía o en el baseball profesional no b a sta con
decir qué es lo que quiere hacer, sino que tiene que aleg a r que se tr a ta
de un a c a rre ra que le ofrece la posibilidad de triu n fa r, de g a n a r dinero
y p rogresar. Sabe que a menos que ten g a un buen puesto y coche, que
se case y tenga hijos, no se re sp e ta rá nunca, porque le v a a f a lta r el
testim onio íntimo de su m érito, sintiéndose entonces, como ah o ra cuan­
do no cuenta con la aprobación de la m adre, solo e insatisfecho. La vida
es una em presa en la que se puede tr iu n f a r m ediante el esfuerzo. Todas
las cualidades dignas de adm iración se pueden ad q u irir esm erándose
en la apariencia personal, cultivando las aptitudes, cuidando las re la ­
ciones con los demás. A prende asimismo que la recom pensa del éxito es
el afecto, el beneplácito y el brillo de los ojos de la m adre, el pan y dulce
y el perm iso p a r a to m a r lo que quiera de la heladera, el alivio y la com­
placencia que el p ad re m anifiesta en la m irada. A qui la m adre no se es­
trem ece al oír el g rito de g u e rra del niño disfrazado de indio — aunque
le haya com prado el tr a je porque hay, que perm itirle d esarro llar la im a­
ginación o porque los dem ás lo te n ía n — sino que se emociona con las
buenas notas, con el prim er dinero que gana. A quí la conciencia que el
p ad re tiene de su p ropia m asculinidad no lo induce a v er en el hijo u na
am enaza ni un desafío. Se siente pad re desde hace y a tiem po y el buen
éxito del hijo confirm a el suyo como m arido y como progenitor. E n re a ­
lidad, a menudo se preocupa excesivam ente por él, protegiéndolo dema­
siado. A un en los suburbios residenciales de la clase m edia los chicos
re p a rte n diarios y los m agistrados y los presidentes de las com pañías
hacen el re p a rto cuando los hijos se enferm an, p a ra que no dejen de
cum plir con las obligaciones comerciales contraídas. Llega a ser ta n
g ran d e el m érito de dem ostrar an te los p adres adm irados que los alien­
tan , las v irtudes ta les como la iniciativa, la independencia y la seguri­
dad en 1a vida cotidiana que h an de ser luego g a ra n tía del éxito, que a
p esar de cierto tem or de fra c a sa r, el niño am ericano se acostum bra
a ser m uy optim ista y a ap re cia r los elogios, la estim ación y el aplauso
de los demás. Los fracasos no son m ás que contrariedades p asaje ra s,
los obstáculos existen precisam ente p a r a su perarlo s y sólo los afem i­
nados consideran que u n fracaso pueda ser o tra cosa que u n estímulo
p a ra esforzarse m ás aún. “ Realizamos lo difícil inm ediatam ente; p a­
r a lo imposible dem oramos u n poco m ás.”
E n este p atró n lo que puede re su lta r u n a tra m p a es la índole condi­
cional del proceso. P or u n lado siem pre pueden g an arse los elogios p a ­
sando a la etap a siguiente, ascendiendo del equipo de te rc e ra al de se­
gunda, del último al penúltim o lu g a r de la clase, aum entando u n kilo
o creciendo un centím etro; los elogios son sinceros y generosos, ya que
los padres creen que tienen que brindarles a los hijos todas las opor­
tunidades y que tienen derecho a considerar el éxito del chico como la
recom pensa del sacrificio. P or o tra p arte , ni la aceptación ni ei m érito
son definitivos. Si no se sigue avanzando hacia la próxim a etapa, no
queda del elogio m ás que el recuerdo de una dicha perdida que es menes­
te r recuperar. L a m adre lo quiere si sale bien; el p ad re está contento
y orgulloso si tiene éxito, si fra c a s a lo consuela con cierta desazón. P e­
ro en ningún momento de la infancia, y a menudo de la vida, logra me­
recer un cariño o un elogio que no esté condicionado ni sea tra n sito ­
rio, que nadie le pueda r e tira r. E s te es el antecedente de algunas acti­
tudes am ericanas, como la de no acep tar a los in m ig ran tes y prom ul­
g a r leyes estatales no m uy pródigas p a ra la asistencia social de las f a ­
m ilias indigentes, que c o n tra sta n agudam ente con la buena voluntad
y la liberalidad p a ra donar artículos y p re s ta r servicios sin r e p a ra r
en el tiem po dedicado. No es que los norteam ericanos piensen, como
otros pueblos, que los bienes son lim itados y. que si uno g an a, otro p ier­
de. Creen m ás bien que el núm ero de prem ios p a ra el certam en, el n ú ­
m ero de buenas notas p a ra la clase, es m ás lim itado que el núm ero de
p articipantes. Si aum entan los contendientes, la c a rre ra interm inable
por las notas o los prem ios se hace proporcionalm ente m ás difícil. No
es que el chico se acostum bre a querer d e rro ta r a los otros, sino que
espera fervientem ente poder a v e n ta ja r al núm ero necesario p a ra
poder tr iu n f a r ; los dem ás son p a r a él incidencias, no cuentan ta n to co­
mo rivales que hay que vencer sino como com petidores que h a y que de­
j a r a trá s . La educación recibida no le perm ite gozar ab iertam ente de la
contienda y luego, al a c tu a r en un am biente de riv alid ad que le exige
a veces una com petencia rig u ro sa y h a sta feroz, la lucha en sí no le
proporciona m ayor placer. A cepta el m andato de seguir triu n fan d o ,
avanzando, conservando su puesto entre los demás. Los métodos que se
ve obligado a u tiliz a r son p a rte del j'uego y se pueden dej'ar a un lado
en la ca m arad ería com pensatoria que llega h a sta m ezclarse con la des­
ag radable rivalidad. Cuando es posible olvidar por completo esta riv a ­
lidad en las relaciones en tre los. hom bres suele su rg ir un juego delicio­
so de pretendida agresividad con estocadas y. pases inofensivos y toni­
ficantes.
Pero el papel de la herm an a, de la novia y. de la esposa es m uy com­
plejo en un m undo como éste, donde la m asculinidad im petuosa del v a­
rón se orienta hacia la com petencia por el éxito. Debido a que desde
un principio es la m adre la que m an ifiesta la aprobación o la censura,
las am onestaciones de la conciencia tienen voz de m u jer p a ra ambos
sexos, es la voz que dice: “ No estás logrando lo que te n d rías que lo­
g ra r.” E l hom bre que se siente fracasado está resentido con las m uje­
re s y con los valores que las m u jeres rep rese n tan : los valores sociales,
la legislación social, “ la bondad sentim ental”. Y no sólo se resiente el
que fra c a s a sino tam bién el que cree que el triu n fo le cuesta un sacri­
ficio dem asiado g rande y vive com entando cuánto tra b a ja , que se ha
hecho solo y que ahora la vida es m ás fácil que antes. E l no rteam erica­
no que triu n fa sin se n tir que se ha tenido que sa crifica r dem asiado es­
tá en paz consigo mismo y con su conciencia, es generoso y hace dona­
ciones p a ra las obras de carid ad o p a ra el fondo de asistencia del sin­
dicato, les envía víveres a los necesitados de E uro p a, apoya la legisla­
ción social, h a sta in te g ra u n a comisión p a ra reu n ir fondos p a ra la or-
ganización benéfica que patrocina la esposa. No obsvo,nce, en cualquier
momento esta bondad afab le puede ser su p lan tad a p o r las aserciones
violentas contra los “reform adores” que lo obligan a seguir un camino
que le resu lta intolerable, ya que desde el punto de vista de la com peten­
cia despiadada parecería que ese camino no tiene n ad a que ver con el
problem a inm ediato de m antener un hospital o aum entarles el sueldo
a los m aestros. Queda m al condescender abiertam ente a m a n ifesta r las
v irtu d es cívicas; el hom bre p a ra ser hom bre tiene que sa lir a d a r p ru e ­
bas de ello y sólo entonces puede dejarle la fo rtu n a a un asilo de h u é rfa ­
nos. P a ra el norteam ericano !a c a rre ra ideal es la del niño pobre que
aprende a rezar ju n to a la m adre, lucha contra gran d es obstáculos
ascendiendo y utilizando sin rem ilgos fem eniles pero sin p lacer los m é­
todos que la d u ra lucha reclam a y que, m illonario al fin , no les deja la
fo rtu n a a los hijos, porque sería a rru in a rle s el ca rá c te r privándolos
del g rad ien te que les ofrece por lo menos c ie rta posibilidad de éxito,
sino que la destina a obras benéficas, dotando al pueblo n a ta l o al país
de colegios, bibliotecas, g alerías de a rte y o rfanatos. E sta s son las co­
sas que la m adre le enseñó a resp e tar, cuando él se dedicaba de lleno
a p ro c u ra r el éxito. L as m ujeres buenas lo han hecho así y term in an
por quedarse con sus réditos, utilizándolos p a ra sus propios fin es, y en
el ín te rin él se ha esforzado por se r el hombre que según ellas debía
ser. Como el cariño m aterno está cada vez m ás condicionado por el triu n ­
fo, tienden a fu n d irse en la m ente del niño las im ágenes de la m adre y
de la m a estra, atribuyéndosele a la m a estra algunos de los aspectos de
la m adre m ala que antiguam ente caracterizaban a las m a d ra stra s de
Jos cuentos.
La herm ana desem peña un papel m uy especial en la v id a del niño
norteam ericano que se p re p a ra p a ra tr iu n f a r en un orden donde lo
com paran p o r su edad y tam año con los dem ás y donde las recom pen­
sas vienen de las m ujeres m ás que de los hombres. L a h erm ana se tr a n s ­
form a en doble riv al a m edida que crece m ás ligero, cumple m ejor con
los deberes, se ve en menos aprietos y aprende la s lecciones que le ense­
ñan las m ujeres con m ás facilidad. R esulta curioso que en Am érica
la h erm ana represente siem pre a la herm ana m ayor que los p ad res de­
fienden, que se dé m aña p a ra g an a r, que se sale con la suya ,—■es decir,
que obtiene la m ism a recom pensa con menos esfu erzo — m ien tras que
la h erm ana ideal es siem pre la m enor, la que puede ser superada sin es­
fuerzo. 1 La costum bre que tienen las m adres norteam ericanas de u tili­
zar las com paraciones odiosas o desafiantes como aliciente p a ra los h i­
jos los exasperan, m ás cuando se refieren a la herm ana, a la p rim a o a la
vecina. Se le inculca al niño que tiene que a v e n ta ja rla por ser v arón y
que es justo y lógico com parar los m éritos de ambos según la m isma es­
cala a !a m ism a edad porque los dos andan en bicicleta o duerm en so­
los en el tercer piso o están en el grupo adelantado de tercero. Cuando
a los adultos les conviene, los tr a ta n como si fu e ra n iguales, y como si
fu e ra n distintos cuando la distinción puede serv ir de estímulo. Si el
v arón llora, lo re ta n m ás que a la n iña que no llo ra ; si ella lo domina,
le dicen que es peor que si lo venciera un varón, aunque la chica sea el
doble de grande y le hayan enseñado al niño a no pegarle por ser m u­
je r. Se com paran los modales de unos y o tra s desde que se sientan ju n to s
en el cuarto de los niños y m ás adelante, en el colegio, comienza la con­
frontación de la prolijidad y la puntu alid ad adem ás del progreso en la
lectura, en o rto g ra fía y en aritm ética. La niña lo d esafía y lo a v e n ta ja
por lo menos en la m itad de los casos y. a veces m ás, h a s ta que p o r fin
en el secundario encuentra la com pensación en las ciencias y la m ecáni­
ca, m a teria s en las que ya no se espera que se luzcan las niñas. Mien­
tr a s to lera que lo av entajen — por lo menos la m itad del tiempo — com­
prende que las chicas son capaces de hacer la m ayoría de las cosas
dignas de recom pensa que hacen los varones, lo que le resu lta insopor­
table por parecerle hum illante.
E sto se m an ifiesta luego en la vida, en el hecho de que las m ujeres
tienen acceso a casi todas las ocupaciones, pero tam bién se re fle ja en la
renuencia a darle los puestos bien rem unerados o que confieren am ­
p lias facultades ad m in istra tiv a s — los dos índices m ás corrientes del
éxito de un hom bre— au n en aquellos campos p a ra los que la m u jer
e stá m ejor p rep a ra d a, como por ejemplo ciertos servicios públicos. H ay
m uchas sociedades que educan a los varones enseñándoles sim plem ente
a no ser m ujeres, pero esta educación redunda inevitablem ente en d e tri­
mento, ya que el hombre tem e p erd er lo que tiene y vive obsesionado por
este tem or. Pero si adem ás de a p re n d er a no ser niñ a por nada del m un­
do, se ve obligado a com petir con ellas constantem ente a la edad en que
la s chicas se d esarrollan m ás rápidam ente que los varones, y en los
tra b a jo s asignados por una m u je r que ellas in te rp re ta n m ejor, se ag u ­
diza la am bivalencia. Los norteam ericanos se valen por lo menos en
p a rte del am or propio m asculino p a ra su p e ra r a las m ujeres, en té rm i­
nos de dinero y de categoría. L as m ujeres com parten la m ism a noción
y tienden a despreciar al hom bre aventajado por u na m ujer. A las n o r­
team ericanas que llegan a ocupar puestos de au to rid ad y categoría les
resu lta m uy difícil t r a t a r a los subalternos razonable y sensiblemente
•— ¿pues no son acaso fra ca sad o s si están a h í? — y las horro riza la idea
de g a n a r m ás que el m arido si quieren sentirse fem eninas o le echan
en ca ra su propio éxito cuando poseen el sentido de la com petencia en tre
los individuos de ambos sexos. Tenemos por lo ta n to el cuadro co n tra­
dictorio de una sociedad que le abre todas las p u erta s a la m u jer, pero
que in te rp re ta cada paso que da hacia el triu n fo como perjudicial p a ra
las probabilidades de casarse y p a ra los hom bres que va dejando a trá s.
E ste antagonism o se acen tú a precisam ente en la clase m edia y en tre
los que a sp ira n a esta categ o ría social, ya que las ocupaciones de la
■ -l?; —■ e dia se p resta n a! lucim iento de la m ujer, sintiéndose los hom-
: r « — reprim idos porque se rechaza y se tra b a la m asculinidad ex-
--ísir.'.i s fin de re se rv a r y p o sterg ar la gratificació n de los impulsos.
I_ ü ire s burguesas, in stru id as y tran q u ilas en el retiro del hogar,
de mucho tiem po p a ra dedicarse a fo rm a r a los hijos, m anifes-
•-üiolfcs y retirándoles el cariño según las actitudes que adopta el ni*
I - Y las virtudes de la burguesía — el ahorro, la p untualidad, la fru -
r-i-iiad, la previsión, la asiduidad, el control de los ím petus, el res-
por la opinión de los dem ás, el acatam iento de un código de eos-
: -P irres — son virtudes que se pueden adq u irir. L as habilidades que
rre fie re n la ap titu d del cuerpo y en las que los hombres pueden d esta­
llarse. como la caza, la equitación o la lucha, no fig u ra n en la nómina
ie actividades de la clase media. Las virtudes burguesas que el niño
id q u iere en la relación recíproca con su m adre se fu n d an en el p atró n
¿5 actividades del canal g astro in testin al; se tr a ta de recibir, g u ard a r,
_ c ra r con orden, y el varón tiene la complicación de a isla r el control
impuesto sobre la eliminación de la necesidad de conservar la virilidad
expulsiva. A unque no se evoquen las características p articu larm en te
-«n-eninas, a la n iña no le cuesta ta n to observar los preceptos que se
refieren al momento y al lu g a r. E l norteam ericano se ve obligado a com­
p etir duran te la niñez, ta n to en la casa como en el colegio, con chicas
Le llevan cierta v en taja en casi todas las actividades que se prem ian,
¿si como se elogia, por ejemplo, al que se defiende pero no al que pelea.
Los deportes, ta n estrecham ente asociados con la fuerza y la vulnerabi-
-:ia d corporal, constituyen casi el único campo del que aú n queda ex-
-*»iáa la com petencia fem enina y rep resen tan u n a evasión emocionante
t i r a los jóvenes y los hombres, aunque sea en las páginas de los dia­
rias. Y la evasión es necesaria en un juego como éste, donde h ay tra m -
t i pero nadie puede perder, so pena de perder el afecto de los demás y
per ende, el am or propio.
E n treta n to , ¿cuál es la situación de la n iñ a que tiene la facilidad y
el éxito asegurados en la com petencia con el herm ano debido a la s
"adiciones im perantes en el hogar y en el colegio? P a ra el herm ano,
es como una herm ana m ayor que tiene privilegios, que se sale con la su-
: z. En lu g a r de enseñársele a no hacer ciertas cosas por ser niña, a
-.razar las piernas y a b a ja r los ojos, a sentarse en un a b utaca a b o rd ar
labores prim orosas, se le enseña a hacer las m ism as cosas que a los
~ iTon€s. Al varón ls dic^n que debería d srle vergüenza Que una n in a lo
l ie n ta je y. se invocan símbolos anticuados de superioridad m asculi-
rjL p a r a ru tin a s como la de acordarse de cepillarse los dientes o de
‘úcer los deberes. La sensación que siem pre ha tenido el hombre de que
t i r a ten er éxito en la vida sexual hay que ser fu e rte , se invoca en
; rovecho de actividades que no son del caso. A l mismo tiempo, se le di­
ta a la niña que tiene que hacer todo m ejor que el herm ano, no porque
sea p a ra ella hum illante fra c a sa r, sino porque a las niñas les cuesta
menos se r buenas. W h ittie r sin tetiza esta p ara d o ja de la com petencia
en tre los varones y las niñas en la. poesía “In School D ays” (E n el co­
legio), que fue de las p rim eras en celebrar las aleg rías y las penas de
la coeducación, y que re la ta la h isto ria de u n a niña que av en tajó a su
com pañero en o rto g ra fía : s

“/ ’»« sorry th a t I sp e lt the w ord:


I hate to go above yon,
B e c a u s e — the brow n cyes low er fell—
"Because, y o u see, I love yo n !"

(“L am ento hab er escrito esa p a la b ra : no me g u sta g a n a rte por­


que” — y bajó los ojos p a rd o s— “ porque yo te quiero, ¿sabes?” ), y re ­
su lta significativo que el poeta, un hombre, al h ab lar de ella con ta n ta
du lzura y nostalgia, m oralizando sobre el contraste en tre su ac titu d y
la de la m ayoría de la g en te:

He lived to le a m in life ’s hard school,


H ow f e iv who pa.su above him
L a m en t their trium ph and his loss
L ike her — because th ey love him.

(L a experiencia d u ra de la vida le enseñó luego cuán pocos son los que


a l vencerlo lam entan el triu n fo propio y su derro ta por quererlo como
ella), se re fie ra a su m uerte con sutileza, pero term in an tem en te:

Dear g irl! the grasses on her grave


H ave fo r ty years been grow ing!

(¡P o b re niña! hace c u a ren ta años que sobre su tum ba crece la hier­
ba.) De la m isma m an era los aborígenes de N ueva G uinea re la ta n la
h isto ria de la m u jer que les en tre g a a los hombres los símbolos que h an
de serv ir p a ra com pensarlos por su inferioridad fre n te a ella y luego
les dice que sería m ejor que la m a taran . E l am or en estas condiciones
se vuelve intolerable. E n la niña norteam ericana se su scita un conflic­
to de otro orden. Tam bién tiene que hacer los deberes y obedecer a la
m adre p a ra no p erd er su cariño, la aprobación de la m a estra y las recom­
pensas que reciben los que triu n fa n . Tam bién a ella le g u sta n las ga-
íle titas con dulce y quiere co n tar con el perm iso de sacar lo que se le
an to ja de la heladera. E ste derecho le corresponde casi autom áticam en­
te. H ay una bombonería en N ueva Y ork que tiene en la v id riera un c a r­
tel que rez a: “ P a ra todas las n iñas y p a ra los varones que se portar»
bien.” E l derecho es inm anente, pero le exige un sacrificio. Si cumple
con todos los preceptos, si saca buenas notas, si g an a becas u obtiene
u n puesto de periodista hace algo im perdonable tan to p a ra su criterio
: p a ra los demás. Cada paso que avanza hacia el éxito como inte*
r r a c íe de la sociedad norteam ericana, sin distinción de sexo, represen-
ur. paso hacia a trá s como m u je r y significa a la vez que h a hecho re ­
ír : ceder a algún hombre. P orque en Am érica la virilidad no es definí-
í . es m enester conservarla y ren o v arla día a día y uno de los elemen-
*: ? que la definen es su p e ra r a la m u jer en todos los terren o s en los que
ambos sexos p articip an y en todas las actividades que ambos sexos
desempeñan.
Cuando la niña m an ifiesta la ac titu d de la heroína de W h ittier, re-
r i á i s el dilema. E s cierto que ta l vez ten g a que saber la p alab ra ah o ra
k te rcer año porque, orien tad a como está hacia el éxito, no puede so-
P - r ta r el fracaso. Pero m ás adelante ha de desviar su interés, a p a r-
' ird o se de la com petencia fa lsa y del juego peligroso, p a ra tr iu n f a r en
:íro plano como esposa y m adre. P ersiste la necesidad im periosa de
tr iu n f a r ; no es ta n absoluta como p a ra el varón porque a la n iñ a se le
exige que triu n fe como ser hum ano sin que exista la am enaza de no ser
m a verdadera m u jer si no se destaca. E l fracaso menoscaba la identi-
iad sexual del varón, en cambio las niñas, si son bonitas, son m ás en-
raa tad o ras si necesitan un caballero que les ayude a estu d iar. No obs­
tan te, esto sucede cada vez menos. Se está difundiendo sutilm ente por
todo el país la pretensión de que ta n to los hombres como las m ujeres
ter.gan la m ism a es tru c tu ra de carácter. E n una encuesta realizad a en
Iv 16 por F ortune, los hom bres ten ían que d eclarar eon cuál de tre s
.■■venes igualm ente bonitas p re fe riría n easarse: con una que nunca hu­
ir iera trab a jad o , con una que se h u b iera destacado b astan te en el era-
r ’eo, o con u n a que se hubiera desempeñado brillantem ente en su tr a -
-3 ;o .* L as preferencias fueron las siguientes: el 33,8 por ciento eligió
- la que había tenido cierto éxito, el 21,5 por ciento a la de c a rre ra b ri­
lla n te y sólo el 16,2 por ciento escogió a la joven que no h ab ía tr a b a ja ­
do nunca. Todavía se prefiere a la que no se destaca dem asiado, pero
esta opinión sirve p a ra in sta r a la joven a tr a b a ja r an tes de casarse,
•-Ü vez h asta que nazca el prim er hijo, y tam bién a em pezar a “hacer
sigo” , aunque sea un trab a jo voluntario, o a dedicarse a alg u n a afición,
« cuanto los hijos van al colegio. E l hom bre quiere que la esposa le
proporcione la certeza de su propio éxito actuando en un a escala me-
■ r. pero al mismo tiem po quiere que le g ratifiq u e su stitu tiv am en te
£“ = aspiraciones de competencia, desempeñándose bien. P odría a f ir ­
m arse que la distancia introspectiva que m edia en tre “ cierto éxito” y
;a rre ra brillante” significa “ a expensas de otro, actuando en o tra es­
fe ra ” m ás que “superándom e a m í” , prevaleciendo el énfasis sobre e!
éxito. Se desconfía cada ve* m ás de la joven que nunca na tenido un
e~p!eo. Quizá no haya podido conseguir un puesto, quizá si lo hubiera
-te n ta d o h a b ría fracasado, y, ¿quién tiene interés en un a m u je r que
; : ¿ r l a haber sido incompetente, por más dócil y anim osa que sea? Re­
su lta tam bién interesan te com probar que el 42,2 por ciento de las m uje­
res que respondieron a la p re g u n ta creían que los hombres p re fe riría n
a la que se d estacara m edianam ente, que sólo el 12,1 por ciento p ensa­
ba que los hombres podrían elegir a la que no hubiera trab a jad o y que
el 17,4 por ciento estim ó que p re fe riría n a la que tu v ie ra u n a c a rre ra
ex tra o rd in aria. Los com entaristas de F o rtune ag re g an : E s evidente que
las m ujeres capaces no le in sp ira n a los hombres el recelo que suponen.
E sto se advierte p articu la rm en te en tre los hombres pobres, ya que el
25 por ciento cree que la joven de c a rre ra b rilla n te sería la m ejor es­
posa. Las m ujeres de condición m odesta tam bién eligen a la chica que
se destaca (24,7 por ciento), m ie n tras que las de la a lta burguesía no la
favorecen mucho (12,3 por ciento). Y obsérvese que precisam ente la
a lta burguesía le da a las niñas u n a educación m ás sim ilar a la de los
varones, obligándolas a com petir m ás directam ente con los varones y
sometiéndolas a las presiones que he mencionado.
P or consiguiente, desde el pricipio al fin de su educación y de la
evolución de las perspectivas vocacionales, la n iña se en cu en tra fre n te
al dilema de m an ifesta r sus condiciones lo suficiente como p a r a d esta­
carse, pero no dem asiado; p a r a m erecer y conservar u n puesto, pero
sin la dedicación que conduce a u n a c a rre ra e x tra o rd in aria que le im ­
pida luego renunciar a su tra b a jo p a ra casarse y ser m adre. L a con­
signa es como las instrucciones de la clase de baile: “ Dos pasos hacia
adelante y uno hacia a trá s .” Si no la cumple ha de aten erse a las con­
secuencias. ¿Y cuáles son las consecuencias? ¿No casarse? Si no fu e ra
m ás que eso, no se ría ta n grave. H ay m ás m ujeres que hom bres en el
mundo y m uchas sociedades h an logrado estilizar los votos de castidad
y de pobreza asegurándoles así una vida digna. L a m onja que !e ofrece
a Dios sus cualidades potenciales de esposa y m ad re p a ra la h u m an i­
dad entera, y que sustituye la creación de sus propios hijos por las ple­
g aria s y el am or a las c ria tu ra s de Dios, siente que in te g ra los desig­
nios divinos cumpliendo con el deber hum ano de “am ar y p ro teg er la
existencia del hombre y la v id a del mundo.” 10 E n los autobuses llenos
y en los subterráneos, donde los hombres ah o ra perm iten que las m u­
je re s viajen de pie con los hijos en brazos — porque las m u jeres tam ­
bién ganan, ¿ n o ? —, les dan sin em bargo el asiento a las H erm anas de
Caridad.
P ero la m u jer que sigue una c a rre ra en vez de casarse no goza en los
E stados Unidos de una posición ta n g r a ta ni ta n acreditada. E l mismo
sentim iento que a veces dom ina en los norteam ericanos, cuya genero­
sidad no tien e paralelo en el mundo, cuando se oponen a que en tre n en
el país algunos miles de h u érfanos desam parados, ju n tam en te con la
noción de que el éxito de la m u je r obra en desmedro de la virilidad
del hombre, an u la todas las posibilidades de que el papel le pro p o r­
cione plena satisfacción. Si se destaca en una profesión como la del
- í c -í esrio, los hom bres la desechan o rec u rren a expedientes ta n in-
rr-:.;.es ccmo dictam inar que la s m ujeres no pueden enseñar h isto ria
í" segundo año, de modo que la m ism a adopción de las m edidas defen-
- los denigra an te sí mismos. N adie, ni el hom bre ni la m u je r que
deja a trá s , cree que esté bien que un hombre inepto sea nom bra-
:: i .rector de un colegio pasando por encim a de cinco m u jeres m ejor
c ita d a s . N inguno de los dos sexos se siente conforme, n i las m uje­
res competentes, escrupulosas y dedicadas que pueden co n stitu ir el 80
; : r ciento de los concursantes, ni los hombres que ta l vez rep resen ten
el 20 por ciento y sospechan en general que el verdadero motivo de la
írotcoción sea que “p refieren u n hombre” .
7 vez esta situación, en la cual las m ujeres se ven siem pre diferí-
l i s después de consagrarse toda la vida a una profesión “dedicada”,
exige v irtudes fem eninas como la im aginación m inuciosa y la pa-
tlezcia con los niños, sea u n a de las razones por las cuales las m ujeres
: refieren tr a b a ja r en las fáb rica s y en las oficinas, donde no es ta n
ii-iU relegarlas. A sí pueden valerse tam bién de otros recursos. Puesto
: -e m ientras las arm as de la m a estra y de la visitad o ra social son la
m aternal y la exigencia perm anente de que los hom bres sean rec-
las arm a s de la que elige o tra c a rre ra en los E stados Unidos pue-
¿ í- incluir las de la m u jer que se vale de su sexo p a ra lo g rar lo que am -
: ::cna. La obra de Ilk a Chase, I n B ed W e C ry (Lloram os en la ca-
s a ) , describe precisam ente la trag e d ia de esta situación, la am enaza
: . i la c a rre ra brillante de u n a m u je r rep resen ta ta n to p a ra ella como
r a r a el hom bre que q u ie re .11 L a niña que siente u n a vocación m ás
í~ e rte por el éxito que por el papel de esposa y m adre se inicia en un a
ra rre ra en la que ningún recurso le está prohibido. E l v aró n está rae-
preparado p a ra la conducta p rev ista en el mundo de la competen-
, i Ambos adquieren en los campos de deportes la s nociones éticas de
lealtad en la lucha, de que no h ay que in tim id ar n i acosar, pero si-
•.■¿ando siem pre que cualquier varón es m ás fu e rte que un a niña. T al
en ella este anhelo de tr iu n f a r provenga de esa com paración, de la
i-í:nnación de que los varones siem pre h an de a v e n ta ja r a las n iñ as;
zzizá. se avive porque le cierra n m uchas p u e rta s debido a que las m u-
= “t er mi nan abandonando el tra b a jo p a ra ca sarse” o porque el pa-
: el herm ano se burlan de que las n iñas no te n g an ap titu d p a ra las
_ .¿tem áticas. De cualquier modo, queda definida como m ás débil, y. en
--_=¿rica no h ay norm as que rija n el proceder del m ás débil. Cuando las
- rr'éam erican as — la m ayoría— se guían por las reglas de la lea!-
_ i y la s concesiones m utuas, renunciando a la pensión del divorcio,
: cacen considerándose seres hum anos capaces, sintiéndose en igual-
m de condiciones fre n te a los hombres y negándose por lo ta n to a va-
¿r.-i de ellos en provecho propio. E n cambio, a la m u je r que se desta-
-.lea c a rre ra m asculina le resu lta casi imposible proceder corree-
tam ente debido a la definición de la sociedad. La m u jer que se destaca
m ás que el hombre — y en u n a c a rre ra m asculina la única a lte rn a ti­
va es a v e n ta ja r a unos cuantos hombres — comete un a acción hostil
y, d estructiva. Si es bella o seductora, su proceder es todavía m ás fa ta l.
A la m u jer hom bruna o fe a se la puede tr a t a r como si fu e ra en el fon­
do u n hom bre y es m ás fácil perdonarle el éxito. Pero no h ay excusa a l­
g una p a ra la m u je r fem enina: cuanto m ás fem enina es, m ás difícil re ­
su lta perdonarla. E sto no significa que todas las m ujeres que escogen
un a actividad o una c a rre ra en la que predom inan los hom bres sean
hostiles y destructivas. S ignifica sí, que la m u je r que desarrolla y re ­
prim e d u ran te la niñez cie rta potencia d estru cto ra corre un riesgo psi­
cológico cuando desempeña luego un papel que se define como des­
tru cto r. L a situación puede lleg ar a resu ltarle absolutam ente in to lera­
ble a la m u je r que tiene actitu d es m aternales bien definidas.
P o r consiguiente, el herm ano y la h erm ana que se educan ju n to s sa­
ben qué es lo que cada uno desea del otro y lo que son capaces de dar. La
n iñ a se acostum bra a disciplinar y a a te n u a r la ambición que la socie­
dad le estim ula constantem ente, ya que se dice que las jóvenes que tie ­
nes puestos adm in istrativos tien en su “c a rre ra ” y te n e r u n a c a rre ra
es in teresante, m ien tras que los hombres con la s m ism as ap titu d es
son sólo empleados. Tenemos tam bién la situación ap aren tem en te in ­
sólita de que a m edida que aum enta el núm ero de m u jeres que tra b a ­
ja n , las m ujeres parecen in te re sa rse cada vez menos por d estacarse
profesionalm ente. H ace cincuenta años, la joven de sin g u lares dotes
que cursaba estudios univ ersitario s te n ía como m eta u n a profesión,
u n a c a rre ra . D esechaba a menudo la idea de casarse porque le p arecía
un impedimento. Hoy en día u n a chica con la m ism a capacidad con­
fiesa generalm ente que quiere: casarse y. está m ás dispuesta a sacri­
fic a r la c a rre ra por el m atrim onio que a perder la oportunidad de ca­
sarse por la c a rre ra . Debido a que se ha generalizado la costum bre de
que las chicas tra b a je n an tes de casarse — y si no tienen suerte, toda
la vida— se esfuerzan por a d q u irir conocimientos y por p re p a ra rse
p a ra una profesión. Si son inteligentes y tienen ap titu d es, el virtuosis­
mo y el anhelo de tr iu n f a r las induce a dedicarse por entero al trab a jo ,
pero r a r a vez se entusiasm an ta n to como p a ra d esca rta r el m a tri­
monio.
Tampoco m anifiesta ya la sociedad la condescendencia de antes p a ra
la que no re su lta elegida. Los veredictos que b rotan de los labios de !a
joven soltera al re fe rirse a urna solterona no son ta n benévolos: “ De­
be ser u n a neu rastén ica”, “ N o se f ija en nadie”, “ No supo aprovechar
las oportunidades que se le p resen taro n ”. P a ra la m u jer el éxito radica
en conseguirse y conservar u n m arido. E sto es m ás cierto ah o ra que
h a s ta hace una generación, cuando a ú n se p reten d ía que los hom bres
eran los que buscaban a las m ujeres y había chicas que h allaban ta n
r ir a r iU o s a la nueva libertad fu e ra del hogar que se dedicaban por en­
tere 2¡ trab ajo . Lo cual no nos e x tra ñ a en este mundo donde se eonsi-
que el hombre soltero es un fra casad o en lo que respecta a las re ­
laciones hum anas, u n a rara avis que, a pesar de la cantidad de jóvenes
—- hay, no ha podido en co n trar ninguna por pereza o por negligencia.
C u m to más se destaca un hom bre, m ás cree la gente que h a de ser un
:--en m arido; cuanto m ás se destaca una m u jer, m ás se pone en duda
c ;e pueda llegar a ser u n a buena esposa. L a encuesta de F ortune d eta­
llaba las razones por las cuales se creía que los hom bres h ab ría n de
p re fe rir a las m ujeres que tu v ie ran u n a c a rre ra b rillan te — porque
serían m ás eficientes, m a n eja rían m ejor el dinero y p o drían ay u d ar­
le al m a rid o — y ag reg ab a: “ M uy pocos consideran que la inteligencia
sea una v en taja en la m u jer y casi nadie dijo que se ría m ás fácil con­
g en iar con ella.” La conocida f ra s e “h a sta los m ejores cocineros son
hombres” im plica la adm isión de que el norteam ericano no h a sido edu­
cado p a ra se n tirse dichoso de ser el m arido de u n a ch ef de renom bre.

16. CA D A FAM ILIA EN SU HOGAR

La noción de que cada fam ilia tiene que vivir en su propio h o g ar nos
parece u n a verdad trilla d a que cualquier norteam ericano acepta sin
vacilar. Casi todos los norteam ericanos adm iten asimism o que hay es­
casez de viviendas debido a la declinación de la construcción d u ran te
la década de 1930 y la Segunda G uerra M undial y a ciertas d iscrepan­
cias entre los costos y. los ingresos que se ría m enester a ju s ta r. Sin em­
bargo, hay que ten er presente que la p alab ra “fam ilia” sirve p a ra de­
sig n ar a un núm ero cada vez m ás reducido de personas, que h a au ­
mentado progresivam ente la cantidad de fam ilias y que, en consecuen­
cia, es cada vez m ayor la necesidad de disponer de m ás unidades a dife­
rencia de espacio habitable. A unque los senadores sureños se oponen
a veces a la legislación p a ra la m u jer aduciendo que la m u je r es p ara
la casa, casi todos ceden, por lo menos aparentem ente, cuando se les
p re g u n ta : “ ¿L a casa de quién?” E n los E stados U nidos la m u jer y a no
se queda en casa y la exclusión de este derecho que le h a correspondido
siem pre en casi todas las sociedades se debe en p a rte a n u estra convic­
ción de que cada fam ilia tiene que vivir en su propio hogar, donde só­
lo puede haber u n a m ujer. A dem ás, la fam ilia com prende solam ente al
m arido, a la m u je r y a los hijos menores.
Se considera que cualquier o tra form a de vida p resen ta g randes in­
convenientes. L a combinación m adre-hijo se clasifica como perjudicial
p a ra el hijo, ya que no se quiebra el vínculo y. esto le a rru in a la vida.
No se critica ta n to al padre que vive con una hija, pero si la joven e stá
en edad y en condiciones de casarse, se censura a l p a d re e in sta a la
h ija a que busque novio. Los herm anos y las h erm an as que viven ju n ­
tos —solución corriente p a ra los que teniendo cierta posición carecían
de medios en o tra s épocas — están m al vistos, aunque uno de ellos sea
viudo y tenga hijos. Se piensa que en este caso alguien se está sa cri­
ficando por los demás. Los h ijo s solteros que se g an a n la vida no tienen
poT qué perm anecer en el h o g a r; tienen que irse, casarse y fo rm a r sus
propios hogares. Tampoco deben quedarse los p ad res ancianos a v iv ir
con los hijos casados; de n inguna m anera si ambos viven y pueden “h a­
cerse com pañía” y sólo si es im prescindible cuando h a fallecido uno.
E l concepto inflexible de los norteam ericanos de que los p arien tes, es­
pecialm ente la s suegras, son funestos p a ra el m atrim onio, no re p a ra en
la soledad de los m ayores. Los respetam os si “viven su vida” , sin contar
con disposiciones sociales que se lo perm itan. Las dos únicas excepcio­
nes de esta insistencia sobre la inferioridad y la conveniencia de cual­
qu ier fo rm a de organización dom éstica a p a rte de la fam ilia biológica
con o sin hijos, las constituyen las jóvenes solteras que viven ju n ta s y
la m u jer divorciada o viuda con hijos que vuelve a la casa de algún
fam iliar, por lo general u n a h erm an a soltera o el pad re *. La actitu d
correcta fre n te a la m u je r viuda o divorciada que tiene hijos que m an­
ten er es suponer que se ha de volver a casa r y que la solución dom ésti­
ca adoptada es tem p o raria. Los hijos necesitan que h ay a un hombre
en la casa p a ra educarlos y se compadece a los que han perdido al p a ­
dre. No se cree que los abuelos ni los tíos puedan reem plazarlo. E n
cuanto a las m ujeres solteras que viven ju n ta s, m erecen todavía cierta
to lerancia con un dejo de la condescendencia que hace un siglo se les
acordaba a las solteronas, pero esta benevolencia se ad v ierte cada
vez menos. A hora las jóvenes que tra b a ja n y que com parten la m ism a
casa tienen que ju stific a rse con alusiones a la escasez de viviendas o ale­
gando razones de economía. S urge la duda y hasta el tem or de que com­
prom etan así sus probabilidades de casarse. U nicam ente se adm ite que
los hom bres vivan ju n to s en los pensionados univ ersitario s, en los
cuarteles y en los cam pam entos obreros, situaciones precisas que supo­
nen que son dem asiados jóvenes p a ra casarse o que las esposas no pue­
den acom pañarlos. De lo contrario, los hombres que viven ju n to s tie ­
nen que cuidar que no se ponga en duda su heterosexualidad. L a ética
que anim a las diversas form as de censura social y que se m an ifiesta

* En 1947 una de cada diez fam ilias no tenía hogar propio. E ntre éstas, ha­
bía dos millones y medio de matrimonios con o sin hijos, es decir, personas
que en esta cultura tienen derecho a creer que arriesgan así la felicidad co­
mo peligra la salud durante una época de escasez. Había 750.000 grupos
constituidos por ’Un progenitor y los hijos (generalm ente la ni adre y los
h ij o s ) .1
ios reproches a la persona que parece egoísta y en los consejos p a ra
i - ír .ta r a los supuestos perjudicados, se fu n d a en la convicción de los
- rrream ericanos de que es una perversidad re strin g ir la lib ertad emo-
:: n a l de los dem ás impidiéndoles gozar de la vida. Y como gozar de la
“ da es p a ra ellos casarse, resu lta evidentem ente equivocada cualquier
solución dom éstica que pueda inducir a la persona en condiciones de
casarse a ren u n c iar al m atrim onio, m ien tras que beneficiarse por se­
m ejante situación denota un proceder egoísta y abusivo.
E sta s actitudes y preferencias van creando un mundo en el que la
persona se casa y vive en su propio hogar o se queda sola, alm uerza en
re sta u ra n te s, se pasa la noche leyendo y ve las películas dos veces, re ­
covando el pro g ram a diario y valiéndose de su p ro p ia iniciativa p a ra
e v itar la soledad. Con estos antecedentes no es ex trañ o que los n o rte­
am ericanos estim en que u n a de las v en taja s prim ordiales del m a tri­
monio sea la com pañía, porque somos un pueblo g reg ario y necesitam os
la presencia de los dem ás p a ra lo g rar la plena sensación de nuestro
ser. No hay d u ran te la niñez ni la adolescencia ocasiones que sirv an p a­
r a h ab itu arse a e s ta r solo o p a ra ap re cia r lo que significa ser dueño
de la soledad. Lo que e! niño hace por su cuenta, con reserva, resu lta
sospechoso. “ Hay. ta n to silencio que debe de e s ta r haciendo alguna t r a ­
vesura.” Las divagaciones y los ensueños se m iran con malos ojos. L as
personas que p refieren quedarse leyendo en lu g a r de sa lir obtienen me­
nos puntos en los cuestionarios sobre las ca racterísticas personales.
H a sta los m ás sencillos placeres sensoriales, como el de leer en la bañe­
r a el domingo de m añana, se consideran indulgencias antisociales. E l
tiempo que uno p asa solo se aprovecharía m ejor con los dem ás y tan to
el tiempo como el dinero son valores que hay que aprovechar lo m ejor
posible. E l niño deja el hogar donde todos com parten la m ism a sa la p a ­
r a ir al colegio, donde ta n to el estudio como el recreo son colectivos. D u­
r a n te la adolescencia se siente excluido si no tiene con quién sa lir cuan­
do no hay que estu d ia r y al lle g ar a la edad ad u lta en cu en tra insopor­
table la fa lta de com pañía. Lo prim ero que hace al e n tra r a u n a habi­
tación vacía es poner la radio p a ra su p rim ir el silencio. “ E l silencio
p e rtu rb a ” dice esta generación que se ha criado estudiando en grupos
con el estrépito de la radio. Lo que significa que cuando se en cuentran a
solas surge inevitablem ente la p re g u n ta : “¿Qué hice p a ra m erecer este
aislam iento ?”, y a que así como se acostum bra a vig ilar al niño que bus­
ca la soledad, tam bién se suele como penitencia echarlo de la habitación
o encerrarlo en su cuarto.

A n d i f yoxi doubt w k a t the thin g s 1 say,


Suppose yon m ake the te s t;
Suppose when y cu've been bad som eday
A n d up to bed are sent aivay
F ro m m o th e r a n d the reat —
Suppose iyou a sk, “W ho feas been bad?”
A n d th en you’ü hear w h a t’s true
F o r the w in d vyt.ll m oan in its ru cfu llets tone:
“Yooooooooo!
“Yooooooooo!
“Yooooooooo ! 1

(Y si no me crees, ¿por qué no haces la p ru eb a; por qué cuando te


p o rtas m al y te m andan a tu cuarto, lejos de tu m adre y. de los demás, no
p re g u n ta s: “¿Quién se ha portado m al?" E ntonces oirás la verd ad ;
el viento a u lla rá con su voz p la ñ id era: “Tuuuu, tu u u u , tu u u u ” .) La so­
ledad, ya sea anhelada o in v o lu n taria, resu lta indeseable y. sospechosa.
C uanto m ás adm irada y ap reciada es la persona, m ás la reclam an, y
sería egoísta de su p a rte quedarse leyendo, ocasionando sin q u ere r la
desdicha de otro. E l proceder leal, la m agnanim idad deportiva, que en
A m érica tiene un sentido que d ifiere de la tradicional aceptación inglesa,
im plica no negarse nunca a hacer lo que se tiene por divertido cuando
los dem ás se lo piden, aduciendo cansancio, fastid io o la necesidad de
estu d iar, de escribir c a rta s o de zurcir medias. Los que critican a los
norteam ericanos porque necesitan la tran q u ilid ad que les b rin d a la
com pañía a menudo se olvidan de señalar que, en una cu ltu ra como la
n u estra, las necesidades um versalm ente reconocidas e n tra ñ a n tam bién
deberes p a ra todos, y que si se dice que uno está solitario cuando está
a solas, re su lta evidente que todos tienen la obligación de e s ta r con o tra
persona. P or eso los niños deben te n er “con quien ju g a r ” , los adoles­
centes tienen que sa lir y los adultos tienen que casarse y fo rm a r su ho­
g ar.
P or consiguiente, los dos valores sociales codiciados que no se pue­
den obtener fu e ra del m atrim onio son la com pañía perm anente y la p a­
te rn id ad o la m aternidad. C asi todas las demás necesidades hum anas
que an tes se satisfacían en el hogar se satisfacen ah o ra en o tra p a r ­
te : los re sta u ra n te s brindan, la com ida; las rev istas, el cine y la radio
sirven p a ra d istraerse y tra e n noticias y chism es; h a y lavaderos y
tin to re ría s y establecim ientos que se encargan de zu rcir las m edias y
de g u a rd a r la ropa de invier no, y otros lu gares donde uno se puede lav ar
la cabeza, a rre g la r las u ñ a s v lu s tra r los zapatos. P a ra la g ra tific a ­
ción sexual ya no es preciso elegir en tre el m atrim onio o la pro stitu ció n ;
la m ayoría de los que no tienen rep aro s de índole religiosa pueden te n er
relaciones sexuales am istosas, sin compromiso ni responsabilidad. Con
el autom óvil, ya ni siquiera es necesario que la p a re ja f o rtu ita disponga
de un departam ento. L as recepciones se ofrecen en los hoteles y en los
clubes. Si uno se enferm a, se in te rn a en un hospital, y cuando se m uere
el velatorio puede rea lizarse en u n a fu n e ra ria . H ay servicios que se
: r-p a n de atender la s llam adas telefónicas y de hacer la s com pras que
: ordena. L as diversas necesidades, de alim entarse, de alb ergarse, de
relaciones sexuales y recrearse, se satisfacen eficientem ente fue-
r i dci hogar, y sin em bargo, ah o ra h ay m ás gente que se casa que en
-:-g ú .n o tra época de n u estra historia.
E l m atrim onio es un estado hacia el cual se sienten im pulsados los
- : rteam ericanos y que rep resen ta p a ra la m u je r educada p a ra ser ac-
r dinám ica la oportunidad de re a liz a r las aspiraciones que los de­
rla s le fom entan y le reprim en a la vez d u ra n te la in fan cia. A unque en
:tr a s cu ltu ras la m u je r domina m ás en el hogar, en A m érica llam a la
z.-sció n !a fo rm a en que la m u jer da la tónica del hogar. E sto puede
« trib u irse a diversos antecedentes: a que los valores estéticos le fue*
ron confiados a la m u jer d u ran te la colonización, a la exigencia de
todos tra b a ja ra n , lo que motivó que los hombres estu v ieran dem a­
n d o cansados p a ra dedicarse al hogar, y p articu larm en te a la divi-
. ri del tra b a jo en tre los inm igrantes que no e ra n de habla inglesa. A l
le g a r , el padre se ponía a tr a b a ja r p a ra g a n a r el sustento, m ien tras
La m adre se dedicaba a ap render las costum bres del país, y se h a acen*
: -sdo esta división e n tre la adquisición de los medios y del estilo de
■ La como preocupaciones propias del hom bre y la m u jer. L a vida u rb a ­
na. con la complicación de los sistem as de tra n sp o rte s que obliga a los
"■ .ubres a alm orzar cada vez m ás fu e ra de casa, tam bién contribuye a
irea r esta situación. A m edida que los colegios se van consolidando y
- i.Tjentan las distancias, los niños se van quedando a alm orzar y la ea-
: i está desierta todo el día, por lo que la m adre tiene tiempo p a ra es­
t i l a r s e las rev istas, cam biar el arreglo del living y ac tu a liz ar sus no-
:;ones sobre la paz m undial y el sistem a de educación oficial en los ra -
* _5 libres que tiene e n tre que atiende el teléfono, espera que llegue la
pa del lavadero y sale a hacer una diligencia.

De suerte que le corresponde a las m ujeres determ in ar el estilo de vida


:e la fam ilia consultando al m arido únicam ente p a ra los problem as
¿r'isivos, porque ésa es su responsabilidad. D u ra n te los prim eros tiem ­
pos del m atrim onio y la m aternidad, le consagra a esta ta re a toda la
=-erg ía adquirida d u ran te una infancia san a y activa. Si h a recibido
. 7. 3. educación esm erada y está p rep a ra d a p a ra u n a actividad o u n a
. .rre ra , y sobre todo si se destacó profesional man te antes de casarse,
por* m ás énfasis en la form a de d irig ir el h ogar y c ria r a los hijos,
=“ peñándose en dem ostrar que es una buena m adre y un a buena espo-
=.i A veces puede decir con toda fra n q u ez a: “ Sé que m i n iñ a ya podría
: al colegio sola, pero la sigo llevando. D espués de todo, es lo que ju s-
~ e a que me quede en casa.” No siem pre m an ifiesta abiertam ente
: dudas acerca de la necesidad de dedicarle todo el tiem po al hogar,
"centrándose entonces en el desempeño de la com pleja ta re a . Se
rig e por las m ism as norm as que el m arido: tiene que destacarse, supe­
ra rse , exigirse cada vez m ás.
Al an a iiz ar la labor de la dueña de casa en los E stados Unidos, en ese
b o gar que glorifican las rev istas fem eninas y que presuponen los epi­
sodios rad iales que ta n bien se cuidan de especificar los detalles, ad­
vertim os ciertas contradicciones m uy curiosas. E n el h ogar bien pues­
to —el objetivo de todos los anuncios— todo se hace m ás rápido y con
menos esfuerzo: la ro p a se blanquea en seguida, las planchas funcio­
n an casi sin que uno se dé cuenta, el accesorio de la asp ira d o ra sirve
p a ra lim piar los libros, el nuevo líquido p a ra lu s tra r la p la te ría la con­
serv a siem pre flam ante. E n realid ad se le dice a la m ujer, y al m a­
rido que no puede ev itar los avisos de los diarios aunque no escuche la
radio, que puede ser dichosa, m oderna y d is fru ta r de m uchas horas li­
bres, si tiene los arte fa cto s necesarios- P arece que en cierta época — en
la década de 1920, cuando aún se conseguía servicio— la m u jer que te ­
n ía unos cuantos a p a ra to s y por lo menos una sirvienta, disponía de
b astan te tiem po p a ra ju g a r al bridge. E sta es la im agen que conservan
las profesionales de m ás de cincuenta años cuando com entan con en­
vidia que las am as de casa tienen muchos ra to s de ocio, especialm ente
en com paración con las que adem ás de tr a b a ja r atienden e! hogar, co­
mo lo hacen ta n ta s , y no por capricho sino por necesidad. Hubo ta m ­
bién u n a época, cuando apenas aparecieron las prim eras p an ad erías y
los lavaderos, los rep a rto s y los alim entos envasados, las confecciones
y las tin to re rías, en la que pareció que la vida se iba a sim plificar enor­
memente. La asp ira d o ra rep resen tab a u n a g ra n v en taja p a ra la casa
que m antenía el standard de lim pieza de la escoba y el cepillo, los la ­
vaderos significaron un alivio p a ra las fam ilias que lavaban las sába­
n as en una tin a an ticu ad a y las p an ad erías u n a solución p a ra quienes
se dedicaban un día entero a hacer el pan. Sin em bargo, así como los
nuevos paliativos producen o tra sensibilidad y distintos estados m or­
bosos, los modernos ap a rato s no le han dejado a la m u jer m ás tiem po
libre p a ra ju g a r con ios hijos, ni p a ra ac u rru c a rse ju n to al fuego a
leer, ni p a r a colaborar con los m aestros, sino que conjuntam ente con
o tra s complicaciones, le hacen la vida m ás difícil en vez de m ás fácil.
L a m ayoría de las m ujeres que viven en zonas urb an as no están ente­
ra d a s de que, según el inform e de B ryn M aw r, las ta re a s dom ésticas
req u erían 60,55 horas sem anales en el h ogar de un a fam ilia típ ica de
ag ricultores, 78,35 h o ras en la casa de las fam ilias que viven en ciu­
dades de menos de 100.000 hab itan tes, y 80,57 horas en las ciudades de
m ás de 100.000 h a b ita n te s .0 E sto e ra antes de la g u erra, cuando en
todo el mundo se estaba adoptando la sem ana de cu aren ta h o ras de t r a ­
bajo.
T al vez el térm ino m ás significativo que se ha inventado en los ú l­
tim os tiem pos en el terreno de las relaciones fam iliares sea el de “cui-
: i~& La persona que viene a cuidar de la fam ilia cuando los
' - - s r .t- e n que salir. L a m adre m oderna vive sola con el m arido, que
- es n:-:ñe, y con los hijos que de pequeños tiene que aten d er d u ran te
- - i — -,.-astro horas del día, en u n a casa que sugiere la eficiencia
• fáb rica — ¿no tiene acaso asp ira d o ra y lavadora autom ática?—
r .s r i no le ofrece m uchas de las compensaciones que an tes te n ía la
- - =-i ir tasa. Excepto en la s zonas ru ra les, ya no produce, en el senti-
i ; i re p a ra r conservas, encurtidos y dulces. Y a no d isfru ta de aque-
¿ :r¿_as de lim pieza dos veces al año. No da fiestas en las que todos
- i ¿m iran por la cantidad de m a n jares que ha p rep arad o ostentosa-
■ r.no que la adm iran precisam ente si da la im presión de que “ha
:odo en un momento”. L as fáb ricas p rocuran alcan zar el ideal
ir ; .:r,ar la m ano de obra, y los ideales domésticos son análogos; hoy
£= la dueña de casa tiene que lucir siem pre como si no hubiera he-
—i ni tu v iera que hacer n a d a ; tiene que lo g rar un efecto de perfección
- :: -tá n e a , aunque se pase todo el sábado ensayando la fo rm a de ser-
—■- el desayuno del domingo sin el m enor esfuerzo. Se le exige la in-
de un je fe de producción en serie y no la fac u ltad creadora de
Transform ar am orosam ente los m ateriales en alim entos y en prendas
t i r s los niños. V a de com pras, encarga provisiones, tra n sp o rta , inte-
--4. coordina, combina los ra to s sueltos p a ra hacer todo el tra b a jo y a
-■ytudo sólo puede ja c ta rs e de haber term inado bien la sem ana por­
ras “nada le h a salido m al”.
Generalmente, la m u jer norteam ericana desempeña estas ta re a s con
^-rcsiasm o. D em andan m ás energía nerviosa que esfuerzo físico, le ab-
: :rr<en el tiempo pero no la agobian, y ella tra b a ja con diligencia en esa
increíblem ente lim pia, donde todo brilla, donde el m ango del bati-
i : r es del mismo tono que el banco de la cocina, p rep aran d o los platos
milagrosos que aseg u ran la salud y la aleg ría del m arido y de los hijos.
H s r sin em bargo dos cosas que le impiden ser com pletam ente feliz; el
te n o r de que a p esar de que no le queda tiem po libre, su tra b a jo no me-
que le consagre todo el día y el hecho de que, aunque le enseñaron
:: rno al herm ano que cada uno tiene derecho a escoger su trab a jo , no
escogido el suyo. Quiso ser esposa y m adre, pero no necesariam ente
‘i n a de casa”. La convicción corriente de los norteam ericanos es que
esto se le impone po r ser m u je r; no es u n a categoría absoluta que se es-
2: ge con orgullo, sino u n deber ineludible si se quiere m erecer la dicha
¿el m atrim onio. Cuando las m ujeres que están em pleadas le p reg u n tan
qné hace, les contesta: “N ad a” o “ E stoy en casa”. Y no obstante, son
: :h enta horas sem anales de tra b a jo — quizá u n a noche libre si viene la
n id a d o ra — so litaria y ap u ra d a porque ninguna o tra m u jer com parte
ib o ra sus ta re as, vigilando a los niños m ien tras ju e g an y procurando
- ic ir fre sca y tra n q u ila cuando llega el m arido.
Al lim ita r el h ogar excluyendo a la abuela, a la s h erm an as y a las
h ija s solteras, y con la desaparición de la servidum bre — como p a rte
de ese proceso de negarse a com partir el hogar con otros adultos— se
h an m ultiplicado los hogares en los que la m adre tiene que in te g ra r to ­
dos los días la vida de la fam ilia, p rep aran d o las comidas, em paquetan­
do m eriendas, bañando a los niños, cerrando las p u ertas, sacando a los
p erros y echando al gato, encargando provisiones, conectando la m á­
quina de la v ar, enviándoles flores a los enferm os, haciendo to rta s p ara
los cum pleaños, contando el cambio, lim piando la heladera. M ientras
que antiguam ente había una c a fe te ra g ran d e que serv ía p a ra un a f a ­
m ilia de diez o doce personas, a h o ra hay. que hacer café, la v a r y lu s tra r
la ca fe te ra tre s o cuatro veces por día. E l hogar se reduce actualm ente
a lo m ás esencial, a menos de lo que la m ayoría de los pueblos p rim iti­
vos consideran indispensable. L as m anos de la única m u jer de la casa
tienen que alim e n tar al niño, aten d e r el teléfono, a p a g a r el g as cuando
la olla hierve, conform ar ai h ijo m ayor que rom pe u n ju g u e te y a b rir
las dos p u e rta s a la vez. T iene que re u n ir las condiciones de u n a e s ­
p e rta en nutrición, en psicología in fan til y en mecánica, las de un je fe
de producción y la s de una com pradora avezada. E l m arido la envidia
porque puede d istrib u ir el tiem po a su m a n era y ella lo envidia a él por­
que cum ple con un horario. Si creen adem ás que son el mismo tipo de
persona, si tienen los mismos gustos y preferencias, se sienten discon­
form es y se im pacientan po r el descontento del otro.
No es ésta la p rim e ra vez en la h isto ria que los hom bres y las m u je­
res tienen un concepto falso clel papel del sexo opuesto o se envidian,
pero lo significativo del panoram a norteam ericano es la discrepancia
que hay entre la educación de los varones y las niñas — que le perm ite
elegir la profesión y el cónyuge— y el hecho de que se defina la res­
ponsabilidad doméstica, como si fu e ra un sacrificio p a ra la m u jer sin
que se defina el tra b a jo como un sacrificio p a ra el hombre. A los hom­
bres se les enseña a querer tr a b a ja r en una fáb rica, en las m inas, en el
campo, en una oficina, en un diario o en el m ar, como m anifestación
de virilidad; a destacarse y a casarse y te n er hijos p a ra coronar el éxi­
to, pero a la m u je r no se le inculca una ambición ta n bien definida, no
se le enseña a querer a hacerse cargo de un departam ento, de u n a ca­
sa en la ciudad o en el campo, o de cualquier otro tipo de hogar. La m u­
je r norteam ericana quiere te n e r m arido e hijos y, v iv ir en su propio
hogar, vivir con otros es intolerable. Pero en cuanto a aten d e r ese ho­
g ar, no sabe si no p re fe riría “ hacer algo” después de casada. A muchos
hom bres les g u sta ría cam biar de tra b a jo —po r lo menos p a ra g a n a r
m ás, p a ra e s ta r en o tra categ o ría o d is fru ta r de m ejores condiciones—
pero no se ven fre n te a la discrepancia ap a ren te de h aber sido educa­
dos p a ra una a lte rn a tiv a y creer que el éxito im porta, pero que tam bién
im porta el am or, por lo que todos tienen que casarse, sin la seguridad
de que una cosa es la decisión de casarse y o tra la ocupación que tienen
- ; : lia d o s. E s como si un hombre hiciera proyectos p a ra el fu tu ro
— s-er contador, abogado o p ilo to — y luego tu v ie ra que a g re g a r: “A
2££03 que me case, n atu ra lm e n te.” — “ ¿P or qué?" — “ Porque enton-
- - ten d ría que ser g ran jero . E s m ejor p a r a los hijos, ¿sabe?”
>>'; es que hayam os logrado s u stitu ir la asociación en tre la respon-
■í.idad dom éstica y la m aternidad. Los ja rd in es de in fan tes y los co­
tí : 3 les proporcionan a los niños un am biente adecuado d u ran te va-
—i horas al día, un am biente en cierto sentido m ejor que el de la fam i-
pequeña donde los herm anos rivales se pelean con encono y se tra u -
: : tizan m utuam ente. G racias a las heladeras, a las conservas y a las
■ . rm iias a presión, se puede ah o ra p re p a ra r la comida sin necesidad
p asarse horas en teras vigilando la olla. Los sanatorios atienden a los
iiiíerm os graves. P ero la ta re a de in te g ra r la vida de los niños, aun
untando con los nurseries, con los ja rd in e s de in fan tes y las pla-
ü 5 de deportes, reclam a la atención de una m u jer d u ran te todo el día.
la m adre sale a tr a b a ja r , aunque sea po r algunas horas, es necesario
cae o tra la suplante a fin de que los hijos no su fra n . No se puede rnan-
i a r al nursery al niño que está resfriad o o que h a estado expuesto
una enferm edad contagiosa sin hab erla contraído. L a m u jer n o rte­
am ericana es cada vez m ás independiente, m ás em prendedora, m ás efi-
rnie, y está cada vez menos dispuesta a conform arse con u n a ru tin a ,
.r^istiendo en tr a b a ja r profesionalm ente, ofreciendo sólo un a p arte
de la personalidad cuando está em pleada, y exigiendo ab so lu ta autono­
mía cuando se consagra al hogar. P ero esta autonom ía le exige asim is­
mo u n sacrificio m ayor. E s como si la ilusión de los colonizadores, que
in d ujera a ta n to s inm igrantes de diverso origen a convertirse en
agricultores independientes que desem peñaban to d a clase de ta ­
rea s y que subsiste en la añoranza de ten er una g ra n ja o u n negocio
propio, les hubiera sido tra n sfe rid a a las m ujeres, que la ponen en p rác­
tica en la casa, pero que no tienen la satisfacción que les d a ría la cer­
teza de haber elegido ese papel a la vez que el m atrim onio, de desear la
ru tin a a la vez que los hijos.
L a dedicación que la m adre norteam ericana le consagra a la ta re a
te atender el hogar, com prende innum erables salidas p a ra hacer las
tjm p ra s, p a ra llevar y, tr a e r a los in teg ran tes de la fam ilia, p a ra de­
fender el am biente en el que se cría n los hijos luchando p o r el m ejora­
miento de las escuelas, de los parques y. de las disposiciones de sanidad,
lle n e, adem ás del tesón p u rita n o de ia m u je r del colonizador, la con­
tie n d a de que el h ogar moderno, por su aislam iento, depende m uchísi­
mo de la com unidad. E s m enester que la com unidad se organize p a ra
asum ir algunas de las funciones que la única m u je r de la casa y a no
puede desem peñar, y. aun así, las m adres no se pueden en ferm ar. Si
se enferm an, la sociedad no ofrece por lo g eneral soluciones adecuadas
p a ra una em ergencia de esta índole en la vida de los hijos. No obstan-
te, por m uy activa que sea la p articipación de la m ujer que tiene hijos
pequeños en las em presas com unales, el hogar, y sobre todo los hijos,
constituyen el eje de su vida y a ellos les dedica la m ayor p a rte del tiem ­
po. A veces im portuna al m arido p a r a que la saque a p asear o se queja
abiertam ente porque se siente sola y está a b u rrid a de las responsabi­
lidades domésticas, pero nunca se queja de no te n er nada que hacer.
P o r eso le resu lta ta n penoso el cambio a la m adre, cuando los hijos
adolescentes dejan el hogar p a r a irse a estu d iar o a tr a b a ja r y com­
prende que su m isión ha term inado. L as convicciones sociales le re ite ­
ra n que no tiene que a rru in a rle s la vida, que es necesario dejarlo s v i­
v ir a su modo, perm itiéndoles ser independientes y valerse por sí m is­
mos. Sin em bargo, si cumple fielm ente con este m andato, pierde su fu n ­
ción. Llega el día en que, siendo aún joven, se ve de pronto desayunando
con el m arido y se siente sola, m uy sola, en su propio hogar. Se encuen­
t r a perdida, le f a lta su razón de se r; la misión p o r la cual “ ren u n ciara
a todo” h a concluido y todavía tiene que p re p a ra r dos y ta l vez tre s
comidas d ia rias, atender la p u e rta y lim piar la casa. E s cierto que hay
menos platos p a ra la v a r y que no es necesario en cerar ta n a menudo,
cuando no hay niños que ray e n el piso. No se ha quedado del todo sin
trab a jo , pero está relevada; desem peña un papel sim ilar al que les con­
fieren las grandes organizaciones a los em pleados con antigüedad
p a ra disim ular el hecho de que son todavía dem asiado jóvenes p a ra re ­
tir a rs e aunque deberían hacerlo. E s ta crisis dom éstica es n atu ralm en te
m ás penosa aún si ocurre sim ultáneam ente y se a g ra v a con la inestabi­
lidad horm onal y los tem ores emocionales que acom pañan la m enopau­
sia, combinándose entonces el tem or injustificado de perder el a rd o r
físico y la adm isión forzosa de que term in a el período de la procrea­
ción. * P a r a la norteam ericana, casada y con hijos es m ás grav e el tem or
de perder el encanto y la estabilidad emocional, que la inquietud que
podría producirle el fin de la función procreadora, porque h a tenido
uno o dos hijos que valid an el m atrim onio y, po r lo menos consciente­
m ente, no quiere te n er más..
P or su p arte, el pad re tien e que a fro n ta r o tras dificultades. Desem­
peña en el desarrollo de los hijos, particulam ente en el caso de los v a­
rones, el papel de un aliado propicio que les ayuda a em anciparse de la
m adre. Si alienta y fa c ilita el anhelo del hijo de tr a b a ja r y ten er novia,
es u n fcueu padre. Tiene que desdeñar las preocupaciones de la m a­
dre, defender las co rrerías del muchacho, m ostrarse fra te rn a lm e n te
comprensivo. P ero en este sentido se expone a varios riesgos. Vuelve a
vivir, aunque sea en fo rm a ficticia, la libertad de que gozara al llegar
a la edad adulta, esa libertad que sacrificó ta n pronto y ta n gustoso por
el tra b a jo perm anente y sin indulgencias que ha sido el sostén de su
m atrim onio. Al m ira r hacia el pasado quizá sienta que nunca h a vivido
en realidad, que se casó dem asiado joven. E s ta convicción domina m ás

*)><•)
r i . =Í£ico tiem po se da cuenta de que ya no tiene m ayores probabili-
t i t a s d- p ro g re sar en el tra b a jo o de destacarse en su c a rre ra . Mien-
rü vida se desarrolló en u n a curva ascendente, la gratificación que
i- ¿ e r o e n tra ñ a p a ra los norteam ericanos le servía de incentivo. Pero
-T -rii: al punto en que ya no asciende m ás, se ve en muchos casos obli-
r i t : s tr a b a ja r sólo p a ra conservar el puesto, y esto lo desalienta. A yu-
al hijo a em anciparse de la m adre, identifica a la esposa como
i ~ - je r de quien nunca lo g ra ra lib ra rse p a r a gozar del p lacer de las
a tra c c io n e s irresponsables. L a m ira con los ojos del m uchacho y de
- ' t o s jóvenes y descubre que comienza a im pacientarse con ella por-
: -■= rep resen ta las realizaciones term inadas, la conform idad. E l hom-
r r i siente que la vida se term ina cuando apenas h a llegado a la edad
- i tu ra , no hay nuevos am ores n i nuevos horizontes, sólo tiene por de-
t r t e u n g ran vacío. De modo que aunque no h ay a perdido el puesto
— a i realidad se encuentra en la plenitud de sus funciones— se siente
~-*jo debido a la índole del ciclo v ita l de los norteam ericanos. A veces
que esforzarse por contener el impulso de abandonarlo todo y en
r_=t"ios casos su fre g rav es trasto rn o s que pueden ocasionarle un a
—u erte p rem a tu ra.
S uperficialm ente, el problem a de la p a re ja que se queda sola al llegar
i edad m a d u ra es que la misión de la m adre concluye cuando es to-
i ¿ —j¡ una m u jer san a y fu e rte que tiene que b u scar la fo rm a de encau­
za,: su energía sin a p a rta rs e de las costum bres ni de las necesidades
v t. —árido, que ha vivido m uy unido a ella en ese h o g ar ta n aislado,
i_ = -tra s el hom bre sigue dedicado por entero a su trab a jo . Sin em bar-
- . debido a la g ra n im portancia que le dan a la juv en tu d , porque am -
sexos la añ o ran y la vejez les ofrece ta n pocas satisfacciones, tan to
- marido como la m u je r en caran u n a crisis mucho m ás g rav e : la des-
—tíió n . E sta crisis se agudiza si se m ueren los padres ancianos y su r-
~-f- las complicaciones de hacerse cargo del que queda solo, de cui­
ta rlo d u ran te largos meses si se enferm a, de disponer la v en ta de las
t .-vt i edades y los muebles, todo lo cual contribuye a a g ra v a r el conflic-
te verse envejecer. L a insistencia de que los m atrim onios se arreg len
j s hace aún m ás a rd u a cada e tap a de la crisis, ya que la m ayoría no
logra. Pero tampoco pueden a b rig a r la esperanza de irse a v iv ir con
1:; hijos casados, ni con la s h erm anas o herm anos solteros o viudos.
I - z enden absolutam ente uno del otro cuando constituyen u n verdadero
= itrim o n io . Vienen a se r como u n a sola persona y, por lo tanto, necesi­
ta* como la m ayoría de los individuos en los E stado s U nidos la presen-
de los dem ás p a ra te n er la sensación cabal de sí mismos, p a ra e s ta r
: « _ r o s de que son buenos, p a ra lib ra rse del exam en de conciencia que
_^t-: ne la soledad y del p esar que los atorm en ta si condenan a otros a
• ivir solos.
E stá n surgiendo algunas soluciones p a ra esta crisis. H ay p are jas
que tr a ta n de te n er otro hijo y h a sta se oyen térm inos vulgares c a ri­
ñosos — “pequeña p o std a ta ”, “capullito de invierno” — , que m odifican
el tono del antiguo apelativo popular “el hijo de la vejez” . E s u n a fo r­
m a de reconocer h a s ta qué punto la vida de la m u je r y el m atrim onio
mismo g ira n a menudo en torno a los niños. La solución m ás co rrien te es
que las m ujeres aprovechen esa independencia que ta n to an h elaran
cuando vivían a tad a s a la fam ilia y que se consagren activam ente a al­
gu n a obra v o lu n taria o que vuelvan a la actividad que ejercían de sol­
te ra s. Pero en este caso corren nuevos riesgos, especialm ente si h a n su ­
perado con éxito la inestabilidad de la m enopausia. Sin las gran d es re s­
ponsabilidades anteriores, con veinte años buenos por delante, las m u­
je re s inician un a c a rre ra ascendente a m edida que se entusiasm an con
las actividades de la com unidad o con las delicias de un tra b a jo que
tenían abandonado desde h ac ía ta n to tiempo. Y como la escala ascen­
dente tiene ta n ta im portancia en A m érica, el nuevo ferv o r puede con­
tr a s t a r vivam ente con la d esventura del m arido que tiene que resig ­
n a rse a acep tar un estancam iento. L a boda de u n a h ija y la atención
que le perm iten dedicarle a los nietos aten ú an a veces el entusiasm o
de la m u je r por las nuevas actividades, pero e n tra ñ a n u n g rav e p ro ­
blema p a ra el m arido que tie n e que a f ro n ta r el hecho de ser abuelo.
¿Q uién quiere ser abuelo en un país donde la vejez b rin d a ta n pocas
satisfacciones? L a m u je r da sus sueños inverosím iles es to d av ía un a
jovencita espigada, m ás joven ya que la propia h ija casada que a me­
dida que avanza hacia la m adurez lo va relegando definitivam ente.
Los m atrim onios de c ie rta edad m ás conscientes están encarando es­
ta situación seriam ente, verificando sus recursos personales y m ate­
riales, pero sin o rie n ta r los proyectos hacia la v ag a noción de r e tir a r ­
se a p esar suyo, sino pensando en los próxim os veinte años. Si logran
p lan ear nuevam ente la vida ju n to s, la crisis significa p a ra ellos u n p a ­
so hacia adelante en vez de un paso a trá s. Puede se r que la sociedad
reconozca con el tiem po que se tr a ta de un período en el que las perso­
n as necesitan ta n ta g u ía como d u ra n te la adolescencia. Cada m atrim o­
nio aislado en su hogar e s tá expuesto a presiones y a dificultades que
no se conocen en las sociedades organizadas de otro modo. Y como p ru e ­
ba de las fases del ciclo de la responsabilidad, los hijos casados se po­
nen a p en sar qué pueden h acer por los padres. L a solución que adop­
ta n no es i r a v iv ir todos ju n to s, sino buscarles algo que les pueda in­
te re sa r. Lo ideal se ría entonces que reo rg an iz aran su vida, que vivie­
r a n independientem ente de los hijos excepto en los casos de em ergencia,
que les cuid aran los chicos cuando ellos tienen que sa lir y que se r e ti­
r a r a n por últim o a u n a casita en la F lorida, donde los jóvenes esperan
piadosam ente que encuentren m uchas am istades de su edad.
17. ¿PUEDE DURAR EL M A T R IM O N IO ?

Z. ~ zepto que del m atrim onio ideal tienen los norteam ericanos ilus-
~ ce m anera notable h a sta qué punto se guían por un adagio: “A ta
■ - ís rro a u n a estrella.” * E s u n a de las form as de m atrim onio m ás
-i- :2es que ha ensayado la hum anidad y re su lta asombroso que h ay a
pocos fracaso s si se tiene presente la com plejidad de la situación.
r -r: el ideal es ta n alto y son ta n ta s las dificultades, que éste es u n
-'■-•-cío de la vida norteam ericana que reclam a el esam en de la relación
: - rre los ideales y la práctica.
Guiados por este ideal los norteam ericanos no sólo consienten sino
-- ¿xigen que los contrayentes se elijan m utuam ente. L a vida es raás
:'--ü si los p adres están conformes, pero ni las leyes ni las costum bres
cíales insisten sobre este requisito. Se considera que los jóvenes que
; -¿ran que los padres se opongan al m atrim onio carecen de m adurez
—: dona] o se d ejan te n ta r por los sobornos que los p ad res ricos e in-
r oyentes les pueden ofrecer. Pero la chica ideal y el joven ideal se eli-
t . v se casan a p esar de todos los obstáculos. T al vez hay an sido con-
¿i =ripulos desde la niñez. E ste es u n tem a sentim ental reiterad o :
Desde que escribiste ‘Te quiero’ en la p iz a rra cuando éram os chicos” ;
la inversa, la iniciativa m asculina: “Te quiero desde que era s un a
: ríaru ra y gateabas por el suelo.” Quizá h ay an pertenecido al mismo
:-r;-alo estudiantil, saliendo juntos y com prendiendo finalm ente que
r ir. el uno p a ra el otro. Pueden tam bién haberse conocido en un tren ,
" un barco, en un accidente, u n incendio o un n au frag io ; m ie n tras
: “ erab an en la estación cen tral, de casualidad al sa lir invitados por
m p a re ja , o por c a rta. “ Reeibí la prim era c a rta de ella el domingo
- ¿e mayo de 1943. Yo estaba en A lbuquerque, Nuevo México, y nos ca-
: i-^os en St. Louis, M issouri, el sábado 3 de junio de 1944.” T al vez la
i.-is ta d se h ay a encauzado al descubrir que el herm ano de uno y el tío
otro habían integrado, en d istin ta s épocas, el equipo de fútbol de
ru n a pequeña universidad del medio oeste. Pero no im porta que se
L ira n conocido en el colegio, cuando sentados en el mismo banco él le
- :;'aba las tren z as en el tin tero , o viajando en la m ism a línea de óm-
* iu s, o al cruzarse las m irad as en u n club m ilita r d u ran te la g u e rra ,
. ñ se tr a t a de la curiosidad y. el in terés que un joven experim enta al
- ■'o c e r a la chica que su com pañero in v ita al baile de p rim av era de la
T-iversidad, cualquiera de estas circunstancias puede se r la feliz ca-
íusiüdad que da lu g a r al encuentro p a ra que el corazón elija, E l mismo

* Véase el Apéndice II.


colegio, el mismo pueblo, un accidente ferroviario , tienen idéntica fu n ­
ción en u n a e s tru c tu ra rom ántica que hace caso omiso de las realidades
del momento y del lu g a r, de la sem ejanza de hábitos y antecedentes so­
ciales, que han servido generalm ente de base p a ra el m atrim onio. E l
esfuerzo com pensatorio de los p adres por m antener a los hijos dentro
del círculo de las personas de su m ism a fe, ra z a y clase social, puede
in te rp re ta rse como u n a precaución fre n te a este ideal rom án