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El arte de lo simple

Natalia Vargas Bermúdez.


201715297

A menudo escucho a gente mucho mayor que yo decir que la música de hoy en día no es
música porque carece de significado. Dichas personas defienden esta opinión diciendo que
esa música es monótona, que no tiene ningún tipo de desarrollo, que es “simplona”, mientas
que la música de sus épocas tenía complejidad lírica, rítmica y melódica. Siempre me pareció
curioso que hubiera personas que dijeran que algo era bueno o sustancioso cuando era
complicado, sobre todo en el arte. ¿Desde cuándo es completamente necesario que una obra
musical, o en general una obra artística, esté repleta de recursos o tenga un millón de
significados y referencias para que pueda ser tomada en serio?

Este debate ha estado presente desde hace varios siglos. Cuando empezó el periodo clásico,
después del barroco, llegó un músico prodigio con la intención de cambiarle la cara a la
música. Mozart, aunque es difícil de creer, fue altamente criticado en sus inicios ya que, a
comparación de la música antigua religiosa, sus obras eran bastante sencillas. Tenían una
armonía básica y melodías intuitivas y fáciles de comprender por cualquier tipo de público.
En el periodo romántico, esto fue principalmente lo que se buscó evadir. Los compositores
buscaban densidad. Buscaban una sonoridad repleta de adornos, de pasajes virtuosos
imposibles de tocar, pasajes que demostraran las capacidades de un instrumentista. Esta idea
fue evitada más tarde por los músicos del periodo impresionista. Claude Debussy y Erik Satie
comenzaron a explorar recursos musicales sencillos. Líneas melódicas que no requirieran de
alta destreza musical para ser comprendidas. La música romántica suena pesada, confundida,
muchas veces el oyente no tiene ni idea de qué está sucediendo. Mientras que la música
impresionista suena a calma, a tranquilidad.

Los compositores impresionistas buscaban una sonoridad ligera. Mas esto no quiere decir
que era fácil realizar este tipo de música. Hacer cosas sencillas de manera natural no es tan
sencillo como parece. Se necesita confianza, intuición, naturalidad. La música complicada es
fácil de hacer porque tiene fórmulas. Se puede estudiar y recrear con facilidad. Por otro lado,
lo sencillo se alcanza al estar en un estado sereno, y este estado no todos lo consiguen.

La música no tiene que ser complicada para tener validez. Nada tiene que serlo. Que algo sea
simple no significa que detrás de ello no haya existido esfuerzo o trabajo. Saber cuándo parar,
saber qué remover y saber cómo limpiar una obra de arte requiere de concentración y de
práctica. Que una canción esté conformada por cuatro acordes básicos, que el cantante no sea
virtuoso o que la letra no hable de temas profundos, no significa que la canción sea mala o
que para su realización no se hubiera requerido talento y disciplina. Ya me he resignado un
poco ante esas personas que buscan complejidad para catalogar algo como bueno. A lo mejor,
cuando pasen algunos años, yo me veré igual que ellos, criticando posturas artísticas nuevas
solo porque son ajenas a mí. Lo único que espero es continuar pensando como pienso ahorita:
que algo sea complejo no lo hace bueno, que algo sea sencillo no lo hace malo.

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