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AEspA, 69, 1996, págs.

37 a 56

LAS CECAS CATALANAS Y LA ORGANIZACIÓN


TERRITORIAL ROMANO-REPUBLICANA
POR

ARTURO PÉREZ ALMOGUERA


Universitat de Lleida

RESUMEN su singularidad y por razones de extensión no va-


La numismática puede proporcionar indicios importantes mos a realizar nosotros.
para la reconstrucción de las primeras organizaciones terri- Fue precisamente al proponerse la posibilidad de
toriales romanas en Hispânia. En el nordeste, la uniformidad una colonia latina en Ampurias cuando se recalcó,
de sus emisiones republicanas frente a la heterogeneidad de
las del mediodía, sugiere unos proyectos organizativos para como un elemento en contra de tal suposición, el
un amplio territorio, uno a fines del s. II e inicios del I, cer- hecho de que un acontecimiento tan trascendental
tificado por la arqueología y ortodoxamente romano, y otro no hubiera tenido eco en la numismática: en buena
anterior, a inicios del s. II, que se basó en las realidades in-
dígenas. Ante el silencio de las fuentes escritas, el análisis
lógica serían de esperar las monedas fundacionales
global de cada ceca y sus problemas de ubicación son ele- (Pena, 1988, 29). Se convino en que no las había, lo
mentos a considerar en el intento de reconstrucción de am- cual es cierto, pues ninguna con caracteres latinos
bos.
se acuña por entonces, pero creemos que cabe la
posibilidad de que las monedas llamadas ibéricas
SUMMARY —no olvidemos que en gran parte son coetáneas de
este acontecimiento— nos pueden informar sobre
Numismatics can represent an important trace when
trying to reconstruct the first Roman territorial organizations esta organización territorial, siempre partiendo del
in Hispânia. The uniformity of the Republican issues in the presupuesto de que nos encontramos ante unas fun-
North-Est —in contrast to the heterogeneity of those in the daciones de «condición jurídica híbrida», como
South— suggests unified organizational projects for a wide
territory: one at the end of the 2nd century and the start of the hace muchos años denominó E. Gabba a los casos
1st, truly Roman and certified by the Archaeology; a previo- problemáticos que mencionaban en Hispânia las
us one at the start of 2nd century was based on indigenous fuentes escritas {Cartela, Norba, Pompaelo, Grac-
realities. Due to the silence of the written sources, this re-
construction work should take into account both the global curris...) (Gabba, 1973, 296). Probablemente se tra-
analysis of each mint as well as their uncertain location. taba de fundaciones en lo formal ortodoxamente ro-
manas pero que eran como mucho oppida ciuium
Romanorum como menciona en el siglo i d. C. Pli-
INTRODUCCIÓN nio, o ciudades mixtas en las que privaba el elemen-
to ibérico como demuestra la epigrafía (de hecho los
Una vez comprobada por la investigación en las documentos latinos, como es bien sabido, no empie-
dos últimas décadas la fundación de entidades urba- zan a proliferar sino con Augusto, alcanzando su
nas ortodoxamente romanas en todo el nordeste his- mayor densidad a fines del s. i y durante el ii d. C).
pano y la correspondiente planificación de sus terri- Pero también, en la misma línea, las monedas ante-
toria a fines del siglo ii a. C. —o inicios del riores en cien años que aparecen, salvo algunas ex-
siguiente—, se planteó lógicamente el problema del cepciones, tras la pacificación de Catón con leyen-
status ciudadano para unas realidades que mostraba da ibérica y módulos romanos, nos pueden dar las
la arqueología y de las que nada nos decían las líneas esenciales de una primera ordenación del nor-
fuentes escritas ni la escasa epigrafía del momento. deste peninsular —ésta no «a la romana» sino sobre
Se apuntó entonces que «tan sólo la numismática realidades indígenas— que se produce precisamen-
nos proporciona algunos datos no siempre seguros te en el momento en que se procede a la primera di-
ni fáciles de interpretar en un contexto histórico» visión provincial, claro exponente del deseo de per-
(Pena, 1984, 49). Por ese terreno se encamina nues- manencia de los vencedores de la segunda guerra
tro trabajo. Este se centra en la actual Cataluña, púnica, que les había traído a la Península y duran-
afectada en su totalidad por el fenómeno que por te la que se habrían emitido las dracmas de imita-
otra parte, rebasó su marco; ciertamente las cecas ción ampuritana con leyenda ibérica, a las que tam-
más al sur o al oeste merecen otro estudio, que por bién atenderemos como exponente de una realidad

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con que se hallaron los romanos en sus primeros ción las que presentan la leyenda olosortin, que nos
años de presencia. Nuestro propósito principal es, recuerda a los olossitani mencionados en un docu-
mediante el análisis de los problemas que cada una mento epigráfico emporitano y la actual población
de las Cecas plantea, ver la posible relación de sus de Olot, sin que podamos ir más allá de recalcar el
emisiones con la organización territorial correspon- parecido toponímico (Untermann, 1975, 179).
diente a los dos momentos clave: inicios del siglo ii
a. C. y fines del mismo e inicios del i a. C.
Al enfrentarnos a ello hay que resaltar la falta de LAS CECAS IBÉRICAS REPUBLICANAS
hallazgos numismáticos en contextos estratigráficos
homogéneos, lo que conlleva aún controversias cro- Se trate de imitaciones emporitanas o de dena-
nológicas que pueden verse todavía sujetas a varia- rios ibéricos y bronces, vamos a sintetizar lo que
ciones en función de futuros hallazgos en estratigra- sabemos. Abordaremos las cecas por orden alfabé-
fía. No obstante, es cierto que el amplio marco tico, transcripción de la escritura ibérica usada
cronológico en que hoy se integran las distintas se- siempre en sus leyendas monetales. Prescindimos
ries es aceptable en líneas generales a pesar de su por tanto de las dracmas de Emporion y Rhode, lo-
poca precisión —o quizás por ello—, constituyendo calidades ortodoxamente griegas.
un elemento indicativo que utilizaremos en nuestro
trabajo. En todo caso, desde presupuestos extra-nu- abañltur emite en la segunda mitad del siglo ii
mismáticos, tendremos en cuenta los referentes his- a. C. Produce raras piezas en bronce —«moneda
tóricos que puedan tener algo que ver con las pre- anormal» según Gómez Moreno (Siles, 1985)—,
tendidas cronologías. En general se acepta, creo que con reverso perro o toro. Es de discutida ubicación,
acertadamente, que las monedas ibéricas cumplen a lo que no son ajenas precisamente sus caracterís-
esencialmente una función militar, de pago a las ticas tipológicas que la alejan de los grupos conoci-
exigencias de los romanos, y no son un elemento dos. Aunque Villaronga las incluya entre las cecas
comercial que circule sino subsidiariamente y en ibéricas catalanas (Villaronga, 1982; id., 1994, 203:
poca cantidad, aunque es cierto que en algún caso en concreto entre las layetanas), no es opinión uná-
ello no resulta claro; no obstante si bien es cierto nime, aunque sí hay una tendencia a creerlo en vir-
que ninguna de las cecas que tratamos cuenta con tud del lugar de hallazgo de las piezas. Las estudió
argumentos como para dudarlo, sí ocurre, por ejem- M. Campo, quien pensó en una posible influencia
plo, con otro taller significativo que escapa a los lí- cesetana, lo que sería un indicio para su ubicación,
mites geográficos que nos hemos impuesto, el de considerando que, además, a esta ceca debían ads-
Arse-Sagunto, cuyas acuñaciones es posible que cribirse buen número de monedas anepígrafas, cuyo
sean resultado más de la madurez política y econó- lugar de emisión se ignoraba, por sus representacio-
mica que de una imposición militar (Aranegui, nes en anverso y reverso, lo que también aceptó Vi-
1994, 36; en contra García-Bellido, 1990, 68-71: al llaronga (Campo, 1974, 226; Villaronga, 1979,
menos la plata nace con la segunda guerra púnica y 212). Por su parte, Guadán las creyó relacionables
finaliza hacia 170). con el grupo ausetano (Guadán, 1969, 197). Unter-
Recordemos una vez más que las localidades que mann, admitiendo su situación costera o cercana a
vamos a tratar ejercerán una suerte de capitalidad, la costa, indica tal posibilidad en el amplio arco que
que se eleva a la categoría de regional si las emisio- limitan Sagunto al sur y la costa septentrional cata-
nes son en plata, a partir de las primeras emisiones lana al norte (Untermann, 1975, 218). Cabría, pues,
con metrología romana, lo que debía responder a la posibilidad, admitida por los menos, de que no
una realidad con que se encontraron los conquista- fuera catalana: se ha creído incluso en un lugar del
dores. Hay sin embargo para los primeros tiempos interior limítrofe entre Valencia y Castilla (Martín
un problema no resuelto: el de las dracmas de imi- Valls, 1967, 20).
tación ampuritana que presentan leyendas al parecer
carentes de sentido —desde ilegibles a incorrectas afketufki es una ceca con abundantes bronces de
pasando por anepígrafas e incluso con la imitación sus tres emisiones fechadas tanto en la primera
del propio nombre de Emporion— (Villaronga, como la segunda mitad del siglo ii a.C. —no es segu-
1979, 113; id., 1994, 33); de ellas sólo tomaremos ro que llegaran al siguiente—, también de ubicación
las que nos dan nombres seguros, y éstas se reducen discutida: aunque Villaronga la supuso cercana al
a bafkeno, iltifta, iltifka y tafakon. De las posibles Ebro por la abundancia de ejemplares en el hallazgo
de kese ya trataremos en su apartado correspondien- de Azaila (Teruel) (Villaronga, 1979, 191; id., 1982,
te. Quizás también pudiera tomarse en considera- 160; id., 1994, 182), y también otros autores se de-

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cantaron por una situación meridional —siempre alusivas a la segunda guerra púnica (Livio 21, 23, 2;
dentro de los límites de Cataluña o la zona inmedia- 21, 61, 8; 29, 2, 5; 29, 3, 3) como aliado de los iler-
ta aragonesa— (Mateu Llopis, 1947, 56; Beltrán, getes, siendo tras éste el más importante del interior
1953, 29), la tendencia ha sido ubicarla Segre arriba catalán (conoce también la institución de los régu-
(Untermann, 1975, 19), y concretamente en la pire- los). Es también citado en acontecimientos posterio-
naica La Seo de Urgel (Martin Valls, 1967, 221), en res (34, 20, 1; 39, 56, 1). Sin embargo, Untermann
el más apto valle de la zona y en camino hacia la considera que este etnònimo, como los otros termi-
Cerdaña. —ufki habría dado origen a Urgel. Esa es nados en —sken, se refiere a los habitantes de una
nuestra opinión (Pérez Almoguera, 1995; id., e.p. a): ciudad determinada (Untermann, 1992, 25), en este
en concreto la cabecera de esta ciuitas debía encon- caso Auso o Ansa como aparece citada por Ptolomeo
trarse en Castellciutat, germen de La Seo, donde se (II, 6, 6), que, como su nombre indica, era la locali-
han documentado restos cerámicos correspondientes dad principal de los ausetanos desde el momento que
al siglo II a.C. (Padró, 1988), indicio de que en efec- presenta un nombre derivado del mismo. A ésta debe
to hubo habitat; es cierto que el dato no es suficien- referirse la cita de César {b.c. 1, 60, 2). Será munici-
te para suponer que éste fuese importante, pero no pio de ciudadanos latinos (Plinio, N.H. III, 23) en el
olvidemos que esta zona careció de poblaciones de alto imperio (IRB 86) y corresponde a la actual Vie.
entidad incluso en época altoimperial, como parece Su papel proponderante en los primeros tiempos de
desprenderse de lo conocido en torno a la cercana presencia romana se acrecienta cuando observamos
lulia Liuica (Lívia) donde priva la población disper- su amonedación de denarios y divisores a inicios del
sa. Su situación en zona limítrofe explicaría, ade- siglo II a. C. Aun cuando emite menos plata que hese
más, por qué la primera de sus emisiones se inscribe o iltifta, las únicas otras dos cecas indígenas que lo
dentro del grupo de influencia ausetana y las otras hacen por entonces, ello puede ser indicio de capita-
dos en el iltirtense. Es interesante que señalemos el lidad regional. Es posible que esta emisión sea co-
intento de englobar, tras la pacificación de Catón en etánea de los primeros bronces (Villaronga, 1979,
el 195, los Pirineos orientales en la red urbana y en 76, 129, 138, 208; id., 1982, 163; id., 1994, 185),
la organización del territorio, que, sobre bases indí- pero así como la plata cesa, los bronces llegan hasta
genas, se llevó a cabo entonces {ore, como veremos, finales de siglo y señalan el fin de las emisiones lo-
podría ser un caso similar), lo que no parece haber cales, indicio quizás de que no se produjo allí una
tenido continuidad cuando se produce una nueva or- fundación romana contemporánea de otras bien do-
ganización ya «a la romana» a fines de siglo o ini- cumentadas, pero ello no parece avenirse bien con el
cios del siguiente: las fundaciones que conocemos lo destacado papel regional que antes había jugado y
serán más al sur, en el pre-Pirineo como mínimo que por otros motivos sospechamos que continuó te-
{Aeso, Labitolosa), alcanzando el rango municipal niendo, lo que supondría un engarce con el posterior
en el alto imperio. No obstante, es muy posible que, municipio. Las distancias que indican unos miliarios
a pesar de ello, aunque sin status, afketurki conti- fechados a fines de siglo ii a. C. (IRC I 175, 176,
nuara con vida: se trataría de la Orgia que cita Ptolo- 181) cuadran bien con la ubicación de Vie, que sigue
meo como ilergete (II, 6, 69), y ya en el bajo imperio haciendo sospechar su preeminencia en la zona, y el
alcanzaría notoriedad siendo la Vrgellum que apare- llamado monumento de Malla, también cercano a la
ce a fines del mismo como obispado (al menos des- capital ausetana y fechado por los mismos años
de 527). Es posible que, dada la etapa de inseguridad (Roda, 1992, 18), podía formar parte de la ordena-
del momento, el carácter de marginalidad y plaza ción del territorio que se lleva a cabo a fines del si-
fuerte significara su nueva potenciación: las ciuda- glo II o inicios del i a.C, lo que nos mueve a admitir
des pre-pirenaicas, si no desaparecen totalmente, no que el territorio de Auso fue por entonces reorgani-
consta que fueran obispados. En cualquier caso la zado y debió conllevar un nuevo establecimiento ur-
localidad se encontraba en zona fronteriza, lo que a bano. El que arqueológicamente no se haya docu-
su vez reforzaría su valor: ya hemos visto como Pto- mentado no es obstáculo insalvable para admitirlo:
lomeo la situaba entre las ciudades ilergetas, pero ni siquiera en el alto imperio contó con un núcleo
antes pudo ser ceretana, según se deduce de las noti- urbano de entidad, aunque la llanura en torno a Vie
cias de Estrabón (III, 4, 41) y Plinio (III, 22, 23), en aparece ocupada, al menos, desde el siglo ii a. C.
el límite con los lacetanos. (Molas, 1982, 122). Por otro lado tampoco cuenta
prácticamente con epigrafía, aun siendo municipio.
ausesken se venía considerando como un etnòni-
mo que hacía referencia al populus de los ausetani, baitolo es el antecedente del municipio de Bae-
ampliamente mencionado por las fuentes escritas tulo (Badalona) y emite bronces en la primera mi-

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tad del siglo i a. C. (Villaronga, 1979, 224; id., biluaon también es conocida por un único ejem-
1994, 198), aunque es posible que comience algo plar y asimismo se cree que es catalana, pero no te-
antes, en el siglo ii (Villaronga, 1982, 177). Dado nemos seguridad de ello. Por lo demás, su cronolo-
que se trata de una población layetana, es tentador gía es también imprecisa (Villaronga, 1982, 182).
poner en relación el inicio de sus emisiones con el
fin de las de laiesken, como explicamos en su apar- eso emitió escasamente bronces en la primera
tado correspondiente, y ello en función de su cerca- mitad del siglo I a.C. (Villaronga, 1982, 162), qui-
nía a Barcelona, probablemente la sede de este otro zás algo antes (Guadán, 1980, 95). Villaronga la si-
taller. En cualquier caso, la aparición de las mone- tuaba en el grupo sedetano, si bien luego lo hizo en
das baetulonenses puede relacionarse con la funda- el ilergete (1994, 183); Guadán lo hace en el de
ción de la ciudad en torno al 100 a. C , fecha com- iltifta (1969, 191) con otras acuñaciones ciertamen-
probada en el estudio del poblamiento rural por M. te aragonesas, como también lo hizo Untermann
Prevosti (Prevosti, 1981) y por los datos que se de- (1964, 145). Ello no es óbice para que el propio
ducen del recinto amurallado (Guitart, 1993 b, 57), Villaronga la identifique con la romana Aeso, la ac-
aunque hay partidarios de retrasar la fundación has- tual Isona, en el pre-Pirineo, como efectivamente
ta aproximadamente el 75 a. C. (Aquilué - Subías, suele ser admitido, aunque sin embargo Untermann
1986). La nueva fundación no sería, como se ha no cree, por razones lingüísticas, que se trate de ésta
propuesto, «la que sustituyó a la prerromana que (Untermann, 1975, 201). Por nuestra parte, acepta-
acuña moneda con el nombre de Baitolo» (Pina, mos la identificación con la localidad aesonense,
1993, 79), sino que fue ésta la que las acuñó. La ciudad estipendiaria que menciona Plinio {N.H. III,
localidad será citada posteriormente por Mela (II, 23) formando parte del conuentus Tarraconensis, y
90) y por Plinio (III, 22) como englobada en el co- que después, desde época flavia, fue municipio. Pto-
nuentus Tarraconensis. lomeo la cita como localidad lacetana (II, 6, 71). La
fecha inicial propuesta para la aparición de sus mo-
bafkeno (también barkeno) es un topónimo que nedas parece avenirse bien con la de su fundación
figura en dracmas de imitación emporitana emitidas —contemporánea de otras varias como vemos—,
durante la segunda guerra púnica (Untermann, según se desprende de los datos de las intervencio-
1975, 180; Villaronga, 1979, 113; id., 1994, 49). Su nes arqueológicas que se vienen regularmente reali-
reducción a Barcelona parece evidente. El nombre zando desde 1987: en concreto la de 1992, junto a
no vuelve a aparecer en posteriores emisiones y el la muralla, certificó la fundación de la ciudad a fi-
problema se imbrica de alguna manera con el de la nes del siglo II e inicios del i a.C. (Paya et al,
ceca de laies ken, a la que remitimos. 1994), al parecer sobre un núcleo anterior de impor-
tancia desconocida. En cierto sentido puede consi-
basti, de la que hay una conocida homónima en derarse sucesora de afketufki pero sólo en tanto que
la Ulterior (hoy Baza), era conocida por una sola es la ciudad más norteña del interior que deja de
pieza a través de la clásica obra de Vives. Es dudo- emitir al parecer cuando lo hace eso, que pasa a ser
sa y Villaronga no la recoge en su relación de la ceca más septentrional.
cecas ibéricas catalanas: se conocía sólo un semis
y cabía la posibilidad de que se tratara de una eustibaikula o eusti (sus monedas presentan am-
lectura incompleta (Martín Valls, 1967, 31). Recien- bas lecturas) fue una ceca relativamente importante
temente, Villaronga da noticia de una dracma de si observamos que emite bronces ya a inicios del si-
imitación con la misma leyenda (Villaronga, 1994, glo II a.C. (con varios divisores) y sigue haciéndo-
53, num. 112). Es muy probable que haya que lo en la segunda parte del siglo, aunque no llega
ubicarla fuera de Cataluña, aunque sea tentador po- al posterior (Guadán, 1969, 124-125; Villaronga,
nerla en relación con la Bassi que cita Ptolomeo 1979, 129, 210). Se suele admitir que se trata de la
como población de los Castellani (II, 6, 70), para Baicula que cita Ptolomeo entre las localidades au-
la que no habría más argumento que el parecido setanas (II, 6, 69) y de los baeculonenses que Plinio
toponímico. Se ha propuesto su ubicación en el cur- relaciona como estipendiarios del conuentus Tarra-
so bajo del Ebro y en la zona de Sagunto (Unter- conensis (III, 4, 23). Estas citas no hacen sino
mann, 1975, 220): Guadán opta decididamente por abundar en que fue localidad de alguna importan-
situarla en este último lugar, en la esfera de las cia: incluso se pensó en que sus habitantes fuesen
monedas de arse (Guadán, 1969, 178). Lo expresa- los Becensis que aparecen en el Bronce de Ascoli.
do nos mueve a prescindir de ella en nuestro estu- Es, por lo demás, un topónimo que también se do-
dio. cumenta en el sur: hay otra Baecula en Bailen, Jaén

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(Untermann, 1975, 188). Ignoramos su ubicación, ieso, al igual que su vecina norteña eso, emite
si bien tenemos un importante punto de partida bronces a inicios del siglo i a.C. (quizás algo antes
como es su inclusión en el territorio de los auseta- según Guadán, 1980, 120), fecha en la que se funda
nos, uno de los más amplios por cierto del interior la ciudad según módulos romanos que la arqueolo-
catalán. Sin gran fundamento se ha propuesto si- gía viene poniendo al descubierto en la actual Guis-
tuarla en Roda, Granollers o Besalú (Tovar, 1989, sona (Guitart - Pera, 1993, 161). Fue municipio al-
446, C-605), pero es cierto que tampoco la disper- toimperial con el nombre de lesso, y es citada por
sión de sus monedas nos aclara el problema, pues Plinio {N.H, III, 4, 23) y más tarde por Ptolomeo
éstas suelen aparecer en la zona comprendida entre (lessós; II, 6, 71) como localidad lacetana, no jace-
Vie y el Valles (Crusafont et al, 1986, 29), pero tana como aparece en algunas versiones (Tovar,
también llegan hasta el valle medio del Ebro e in- 1989, C-560, 431). No hay disparidades en cuanto
cluso a la Meseta (Martín Valls, 1967, 46). Un ele- a su ubicación en la citada localidad de la comarca
mento que creo debe ser tenido en cuenta es el he- ilerdense de la Segarra, aunque en alguna ocasión se
cho de que no emite, como hemos visto, a inicios haya negado (Crusafont et al, 1986, 31) en base a
del siglo I, lo que puede ser un indicio de que no se la distribución de los hallazgos de ejemplares y a la
incluyó en la nueva organización territorial del mo- similitud de sus monedas con las de battolo o iltu-
mento, pero que como en el caso de afketufki con- ro, por lo que se encontraría en la costa. Villaronga
tinuó con vida posiblemente englobada en el territo- consideraría posible esta última probabilidad, pero
rio de otra ciuitas, a juzgar por la mención de la evidencia epigráfica la sitúa claramente en Guis-
Ptolomeo. Este último menciona como localidades sona (Villaronga, 1982, 179; id., 1994, 199), donde
ausetanas, además de la que nos ocupa y de Ausa, en el imperio tenemos documentado epigráficamen-
sólo dos más, Gerounda e Udata Therma, es decir, te el ordo lessonensis (IRC II 73). Reparemos que
las latinas Gerunda y Aquae Calidae (Gerona y el ejemplo es interesante por cuanto nos previene de
Caldas de Malavella). Que estas dos últimas lo fue- que no necesariamente la circulación monetai nos
ran también no es precisamente aceptado por unani- indica el lugar o zona de emisión con seguridad. No
midad y no pocos consideran que se trata de un obstante también se ha documentado algún ejemplar
error del escritor alejandrino, aunque por nuestra en las comarcas orientales de Lérida (Martín Valls,
parte, y aún teniendo en cuenta los impedimentos 1967, 48).
orográficos y la lógica de la cercanía emporitana de
la región gerundense, lo creemos posible. Por las iltifkesken es posiblemente la ceca que más pro-
monedas sabemos que los ausetanos llegan también blemas plantea, pues en este caso se complica por la
hasta el Pirineo, en la cuenca alta del Segre, lo unanimidad con que ha sido considerada propia de
que nos da un amplio territorio donde ubicar los ilergetes repitiendo el etnònimo que ya aparece
eustibaikula. Destaquemos, si aceptamos que fue en en otra ceca distinta, iltifta, que es la «capital» de
algunos momentos localidad de cierta importancia, este pueblo. Priva la opinión de que se trató de la
que hay casos como el de Caldas de Montbui por moneda de los ilergetes orientales que se encontra-
ejemplo, donde hubo población romana tanto repu- rían en torno a Solsona o en la Segarra, en alguna
blicana —por allí discurría una antigua vía— como forma distintos a los que se agrupaban en torno a
imperial —aunque no se conoce un núcleo urbano iltifta (Villaronga, 1979, 130, 210), en base a los ha-
de entidad (Miró et al, 1993, 225)—, que bien llazgos conocidos. Más recientemente, por las mis-
pudo ser eustibaikula (Molas, 1982, 40), máxime mas razones, se ha considerado ceca lay etana (Villa-
cuando su nombre antiguo nos es desconocido al ronga, 1994, 200). Nuestra propuesta es muy distinta
demostrarse que no es Aquae Calidae como se y la creemos en el bajo Ebro, zona sorprendentemen-
creía (ésta es Caldas de Malavella; Nolla, 1993, te huérfana de cecas conocidas, habitada por los iler-
660), y además se encuentra situada en la zona de caones o ilergauones, que jugó también un gran pa-
dispersión de las monedas. Ya Villaronga expresó la pel en los primeros tiempos de presencia romana y
posibilidad de que en Caldas de Montbui se ubica- que debió contar con un centro importante en aten-
ra nuestra ceca. Por otro lado su situación cercana a ción a las posibilidades comerciales que el curso del
tierras de los layetanos podría explicar que, en sus Iberus propiciaba de antiguo, así como a las posibi-
últimas emisiones, el jabalí característico de los au- lidades agrícolas que conllevaba. Sus monedas se
setanos es sustituido por el ánfora propia de la Le- encuentran a lo largo del curso del Ebro y llegan, sin
yetania (Villaronga, 1994, 187). En cualquier caso, duda a través de su afluente el Segre, hasta el medio-
no podemos ir más allá de suponerla en el amplio día galo donde son incluso motivo de imitación.
marco ausetano, como apuntábamos. También aparecen en las comarcas orientales iler-

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denses y parte de la occidental barcelonesa del iltirta es una de las cecas más prolíficas como
Anoia; hay un numero considerable en Els Prats de corresponde a la cabecera del principal populas, el
Rei, sede del municipio imperiai de Sigarra, y es in- de los ilergetes, que habitó las tierras interiores de
teresante señalar que Ptolomeo cita esta localidad Cataluña y las vecinas aragonesas. Las fuentes es-
como ilercaona (II, 6, 63). Recientemente se han do- critas correspondientes a la segunda guerra púnica
cumentado también ejemplares en el meollo de las son suficientemente explícitas en destacar su carác-
tierras ausetanas (Molas et al, 1994, 49). Desde un ter de pueblo más poderoso. Comienzan las acuña-
prisma filológico, la reducción del ibérico iltifkes- ciones con dracmas de imitación emporitana y divi-
ken al latino presupone la pérdida de la / (como iltu- sores de imitación massaliota en cantidad
ro - lluro o iltirta = Ilerda) y el cambio de la se- relativamente notable a fines del siglo m a. C. (Un-
gunda / en e {iltirta = Ilerda), lo que nos remite termann, 1975, 177; Marchetti, 1978, 358, 360, 365;
claramente a los ilercaones o ilergaones. En concre- Villaronga, 1978, 43; id., 1994, 175; Ripollés, 1982,
to, aceptando que los étnicos en -sken se refieran a 264; Pérez - Soler, 1993, 152), lo que puede poner-
los habitantes de una ciudad (Untermann, 1992, 25), se en relación con noticias como las que nos da Li-
ésta sería una Ilerca o Ilerga, y es tentador ponerla vio (28, 25, 6 y 34, 11) referida a 206 a. C. en que
en relación con Tortosa, el municipio de Dertosa, o se reclama al régulo ilergete Mandonio erario para
mejor, la antecesora de la misma —no necesaria- pagar al ejército romano (García-Bellido, 1993,
mente ubicada en el mismo solar— dado que aún no 109). Poco después, ya a inicios del siglo siguiente,
se había formado el delta que preside y no hay nive- acuñará denarios (Guadán - Villaronga, 1968, 59),
les claros anteriores a Augusto en el casco urbano lo que nos sigue indicando la primacía de la locali-
tortosino (Genera, 1993; Pena, 1993). En cualquier dad tras la conquista como de hecho seguirá tenien-
caso Ilercauonia aparece como uno de los sobre- do durante toda la etapa republicana en un amplio
nombres del municipio dertosino. Por otra parte, se- territorio del interior. Realizará también diversas
ñalemos que, retomando una vieja postura, también emisiones en bronce a lo largo de todo el siglo ii y
la suponían en esa zona Martín Valls y más reciente- primera parte del i a. C. (Villaronga, 1979, 128, 137,
mente Collantes, Fatás o Panosa (Martín Valls, 213, 225), entre ellas las que muestran la represen-
1966, 49, 108; Collantes, 1987-1989, 29; Fatás, tación del lobo —también lo hace en las de pla-
1992, 226; Panosa, 1992, 203). Es posible que se ta—, animal totèmico de los ilergetes (Pérez - So-
trate de la Hibera citada por las fuentes alusivas a la ler, 1993). La identificación de iltirta con el poste-
segunda guerra púnica y, quizás menos probable, la rior municipio de Ilerda, hoy Lérida, que acuñará
Tyriche mencionada por Avieno (O.M., 496-503) con caracteres latinos en época de Augusto, no
(Pena, 1989). Parece pues más oportuno situarla en ofrece dudas. Aunque durante la segunda guerra
esta zona que no en la otra vecina de los lacetanos púnica Livio se refiere a una desconocida Athana-
como se ha hecho (Padró - Sanmartí, 1992, 193). grum como capital de los ilergetes (21, 61, 6), lo
Señal de su importancia en los primeros tiempos es cierto es que, como hemos visto, las monedas y
la acuñación de dracmas (sólo conocemos una) y di- también las fuentes escritas posteriores sólo se re-
visores con la leyenda iltifkesalir (aquí parece sin fieren a la nuestra. Aun cuando, sin gran fundamen-
duda referirse a una ciudad), claro antecedente de las to, se ha propuesto otra ubicación, se admite que el
de bronce de iltifkesken que se acuñarán a partir de núcleo principal de la ciudad prerromana se desarro-
la primera mitad del siglo ii a. C. (García-Bellido, lló en la colina de la Seu de Lérida donde, a excep-
1993, 114). Además no se trata de imitaciones ampu- ción de un pequeño muro fechado en el siglo ii a.C,
ritanas, sino de estáteras tarentinas (Villaronga, no quedan restos constructivos —pero sí materiales
1994, 36; en contra García-Bellido, 1993, 114), lo cerámicos mezclados que se remontan al siglo iv
que cuadra mejor con una ubicación marítima que a.C.—, consecuencia del carácter de fortaleza que el
con las menos cosmopolitas tierras del interior. Sus lugar ha tenido a lo largo de la historia hasta fechas
emisiones en bronce llegan hasta el i a.C. (Villaron- muy recientes y que ha significado rebajes y remo-
ga, 1979, 223). Señalemos que durante el imperio delaciones en muy diversas épocas (Pérez Almogue-
perdura el recuerdo de la importancia que los ilerca- ra, 1993, 256; Junyent, 1994, 86). En el llano, la ve-
vones habían tenido: junto con la cesetana y la iler- cina plaza de Sant Joan, también cercana al puente,
gete, es la única región {regio Ilergaonum) que cita aparece ya ocupada en la primera mitad del siglo ii
Plinio en la actual Cataluña {N.H., III 21); por otro a.C. y, algo más tarde, otras zonas del casco anti-
lado muy posiblemente se trataba de un pueblo em- guo. En lo que hace a la circulación monetaria en
parentado con los ilergetes, sus vecinos, como en Lérida, realizada ciertamente con pocos ejemplares,
varias ocasiones ha sido señalado. se constata un predominio de la ceca local y de la

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de iltifkesken (Ripollés, 1982, 508-512). La presen- norum, citaba Plinio (III, 22). Es también una de las
cia de la última puede deberse, como proponemos escasas que menciona Mela (II, 90).
en su apartado correspondiente, al contacto con el
bajo Ebro a través del río principal y de su afluente kaio es otra ceca de ubicación desconocida de la
el Segre. En general la moneda externa es escasa, que se conocen escasas piezas (por supuesto bron-
quizás como consecuencia de la abundacia de emi- ces). Ya hace años A. Beltrán la creyó ciudad-cabe-
siones de la ceca local. cera de los loutiscos, con lo que no se encontraría
en Cataluña (Martín Valls, 1967, 37). No obstante la
ilturo. Las excavaciones de Burriac, en Cabrera localización en ella es probable, por cuanto la repre-
de Mar, han certificado que se trata de la localidad sentación del caballo piafando que aparece repre-
indígena que acuñó numerario abundante en bronce sentado en sus monedas las acerca a las de kese
desde la primera mitad del s. ii. Continúan las emi- (Villaronga, 1982, 147; id,, 1994, 173). Por lo de-
siones en la segunda parte del mismo (Villaronga, más, se ignora su cronología.
1979, 129, 210; id., 1994, 191) y en torno al cam-
bio de siglo emite la conocida serie que tiene por kese. Se admite que corresponde a Tarraco (aun
símbolo la oreja (Crusafont et al, 1986, 30). Proba- cuando no hay unanimidad; contra ello Alfoldy,
blemente coincide esta última con el traslado de la 1991, 23-24; García-Bellido, 1993, n. 6), localidad
población al solar —no traslado total, dado que el ésta última que por su importancia y función de ca-
poblado de Burriac continúa con vida hasta el 50 a. pitalidad es citada por casi todas las fuentes histó-
C.— que hoy ocupa Mataró, donde estuvo la roma- ricas y geográficas que desde fines del s. m a. C. en
na lluro, del que es testimonio el ordenamiento te- adelante se refieren a Hispânia. Los cesetanos ha-
rritorial, estudiado por M. Prevosti, y los restos más bitaban la zona tarraconense e inmediaciones, kese
antiguos en Mataró que se fechan entre 120-100 a. es seguramente la Kissa que menciona Polibio en
C, posiblemente más cerca de la primera fecha que plena segunda guerra púnica {Hist. 3, 76, 3-5), don-
de la segunda (Clariana, 1994, 9, 17). No obstante, de tuvo lugar una decisiva batalla, lo que también
recientemente se ha sostenido que la nueva funda- hará Livio (21, 60) —Cissis la llama éste. Por lo
ción no tuvo lugar hasta 75-50 a. C. (Cerda et al, demás Plinio el Viejo se refiere a Tarraco como si-
1993, 87), lo que, comprobado también en Gerun- tuada en la regio Cessetania (N.H. III, IV, 21) y lo
da, ha hecho pensar en una reorganización pompe- mismo, ya en el s. ii d. C, Ptolomeo (II, 6,17). Es
yana (Olesti, 1993, 245). Se pensó que el paso de de señalar que éstos últimos sólo hablan de la re-
los cimbrios pudo ser determinante en el cambio de gión en la que Tarraco ejerce una capitalidad y no
ubicación, situando el núcleo urbano cabecera de la ya de la ciudad de kese. Parece admisible suponer
ciuitas donde era más fácil acceder a las fuentes de que la localidad indígena se funcfló con la romana
aprovisionamiento, es decir, junto a la vía Heraclea. Tarraco con la cual había convivido durante los pri-
Por nuestra parte, las fechas del poblamiento rural meros tiempos de presencia romana. El problema es
que M. Prevosti fijó y los datos de otras localidades que el topónimo Tarraco también parece indígena
{Aeso por ejemplo) indican en todo caso que el nú- (aunque Schulten lo creyó etrusco) y es posible que
cleo urbano sería la culminación del proceso que se nos encontremos ante una dualidad de nombres (To-
inicia a fines del siglo ii a.C. La identificación de la var, 1989, C-627, 454), siendo el de kese el que
cecas con esta localidad —o localidades— es uná- indicaría su característica de ciudad principal del
nimente aceptada (Untermann, 1975, 190). Así, la populus del que toma el nombre. Tal localidad in-
ecuación ilturo = Burriac e lluro = Mataró, aunque dígena quizás hemos de identificarla —al menos su
en realidad se trate de la misma entidad al ser una centro principal— en la parte baja del actual casco
sucesora de la otra, es desde hace tiempo recogida urbano de Tarragona, al sudoeste de donde se alzó
en la bibliografía (Ripollés, 1982, 357-369). De he- el recinto amurallado republicano que aún se con-
cho la nueva fundación en sus comienzos fue pro- serva (Adserias et al, 1993, ìli-221), que en prin-
bablemente la que siguió emitiendo con el nombre cipio limitaba el praesidium y en el que quizás en
de ilturo con caracteres ibéricos a inicios del siglo i una ampliación llevada a cabo en el s. ii a. C. se
a.C. Por tanto, Burriac enlazaría con Mataró crono- incluyera el núcleo indígena. Se trata de un «pobla-
lógicamente; es palpable que la población de Bu- do» del que se ignora su superficie total, pero de
rriac comienza a menguar en torno a los años 100- magnitud considerable, lo que cuadra con su carác-
90 a.C. (Miró et al, 1988, 134). Se trata de la ter de capitalidad de un populus, y que aparece ocu-
localidad que Ptolomeo sitúa entre las layetanas (II, pado al menos desde el siglo v. Recientemente se
6, 18) y la que antes, como oppidum ciuium Roma- ha propuesto de nuevo la identificación de Tarrago-

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44 ARTURO PEREZ ALMOGUERA AEspA, 69, 1996

na con la Callipolis mencionada por las fuentes momentos clave de la ordenación territorial romana,
también por las mismas latitudes (Icart, 1993). a inicios del s. ii y a finales del mismo o inicios del
Como fuere, sean o no ciudades diferentes todas siguiente. No es posible, en el grado de inseguridad
ellas, lo que parece claro es que la localidad que en que nos movemos, relacionar una o unas series
llevaba el nombre del populus que aparece en las concretas con el momento (o los momentos) especí-
monedas, si no era la misma, debía estar en la ve- fico. Por lo demás, si se trata de Tarraco, —así lo
cindad de la ciudad romana o, en todo caso, ésta úl- cree también Untermann y con él otros autores (Un-
tima no hay duda de que estaba en el territorio de termann, 1964; Ripollés, 1982, 372) aunque hemos
los cesetanos. Se conocen dracmas con la leyenda visto también disidencias— huelgan más comenta-
tafakonsalir (Villaronga, 1988), imitación de las rios: es la principal ciudad, capital de la Citerior. Si
ampuritanas, acuñadas entre 218 y principios del admitimos pues la identidad de Tarraco y kese, re-
siglo II a. C. Se había negado no hace mucho su sultaría que nos encontramos ante una ceca de ex-
existencia: Ripollés (1982, 374) se refiere a que traordinaria duración: desde aproximadamente la
Guadán consideró que se trataba de una acuñación segunda guerra púnica hasta época de Tiberio cuan-
inexistente y por tanto había que desecharla; Flet- do ya era la colonia Triumphalis Tarraco. Añada-
cher (1989, 823), en base a que sólo se conocía una mos que no existe moneda de plata a nombre de
a través de un dibujo con lectura poco clara. El ha- kose como se pretendía, sino que la lectura correcta
llazgo de cinco monedas la pasada década demos- es tikose (Villaronga, 1979, 113), con lo que pode-
tró su existencia (Villaronga, 1992 b, 93). Para las mos prescindir de ella al no tener relación con nues-
mismas ha llegado a proponerse una fecha en torno tra ceca.
al 250 a. C. (Alfoldy, 1991, 23), lo que parece exa-
gerado siendo más prudente la cronología que pro- laiesken plantea importantes problemas en cuan-
pone Villaronga. Cese emitirá denarios a mediados to a su ubicación. No hay duda de su relación con
del s. II a. C. En principio las citadas dracmas po- el populus de los laitani, que tiene su asiento en la
drían considerarse las antecedentes de los posterio- costa al norte de los cesetani y al sur de los indike-
res denarios y bronces con leyenda kese, pero en tes y en el Valles por el interior, y que es menciona-
contra parece haber dos dracmas en que se lee pre- do por diversas fuentes: Ptolomeo (II, 6, 18), Plinio
cisamente también hese, lo que vendría a significar (sobre la bondad de sus vinos, XIV, 71) o Marcial
que, si son coetáneas de las de tafakon, hay serios (en la misma tónica que Plinio; I, 49, 22). Antes nos
motivos para pensar que, en efecto, se trata de dos hemos referido a las dracmas con leyenda bafkeno.
localidades diferentes. Sin embargo las dracmas con Ha sido tendencia generalizada el suponer una hipo-
leyenda kese no presentan una lectura clara (Villa- tética Laie en Barcelona, antecesora de la colonia
ronga, 1988; id., 1992 b; id., 1994, 52 : «... con pe- lulia Augusta Paterna Fauentia Barcino que se fun-
queñas dudas leemos kese»), por lo que quizás se da en época de Augusto. Ha sido así posiblemente
precise el hallazgo de nuevos ejemplares para co- por el importante papel jugado por la localidad en
rroborar con seguridad que tal es la lectura. etapas posteriores de la historia. En cualquier caso,
Las primeras emisiones en bronce se llevarían, es de retener el hecho de que bafkeno ya es un to-
según Gimeno (Gimeno, 1954, 28-30, cuya opinión, pónimo documentado a fines del siglo m a. C. El
sin citarle, sigue Villaronga, 1979, 119; id., 1983, que ningún ejemplar de estas dracmas se haya do-
101), a una data contemporánea de las monedas his- cumentado en Barcelona nada significa por cuanto
pano-cartaginesas, antes de 214/212 a. C., lo que, son pocos los conocidos (Campo - Granados, 1978;
de ser cierto, abundaría en la presunción de dos po- id., 1979) y tuvieron un fin muy inmediato y segu-
blaciones diferentes. La fecha puede ser discuti- ramente poca circulación. Es tentador ponerla en
ble, pero es evidente que el signo ke que presentan relación con el poblado ibérico documentado en
las consideradas tres primeras emisiones es arcaico, Montjuic que se supone de extensión comparable al
amén de que su estilo y su técnica también están en de Burriac que mencionábamos a propósito de iltu-
la misma línea y, aún más, su sistema metrologico. ro y, posiblemente, muy superior a los otros vecinos
Tras ellas sigue emitiendo, en abundancia, ya en la (Padró - Sanmartí, 1992, 191), aunque no puede
primera mitad del s. ii sin los caracteres arcaicos asegurarse por haber desparecido a consecuencia de
(Villaronga, 1979, 123), emisiones a las que segui- la explotación de la montaña en diversas épocas; no
rán otras en la segunda mitad de siglo y en el si- obstante, unos silos de gran tamaño investigados
guiente, siendo probablemente la ceca más comple- parecen atestiguar que se trataba de un centro co-
ta del nordeste. A los efectos que nos interesan, es mercial de importancia (materiales de los siglos iv
uno de los talleres que tienen actividad en los dos y iii a. C ; Blanch et ai, 1994) que llega hasta el

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siglo I d. C. (Barberà - Dupré, 1984, 67). Como fue- hallado tampoco monedas de ella en su casco urba-
re, el hecho de que no vuelva a emitir no deja de no, pero también lo es que son pocas las publicadas,
llamar la atención por cuanto hay que suponer que y entre éstas, evidentemente todas ellas residuales
se trataba de una de las ciudades más notables de de los siglos II y i a. C , también brillan por su au-
Cataluña con que se encontraron los romanos a su sencia las de las otras cecas laietanas (Ripollés,
llegada, prescindiendo por supuesto de un urbanis- 1982, 369-372).
mo desarrollado o no, y las mismas suelen seguir
siendo cabeceras de su zona durante el siglo si- lauro. Es posible que se trate de una localidad
guiente. Esta sea quizás la razón más importante, a valenciana —incluso se ha propuesto en concreto
mi entender, para suponer a laie continuadora de Liria—, pero el hecho es que las monedas de esta
bafkeno. El hecho de la duplicidad de nombres no ceca aparecen casi con exclusividad en Cataluña y,
necesariamente lo contradice: pensemos en el caso en ocasiones, como en los hallazgos de Balsareny y
tafakon-kese y en que es presumible que el centro Cànoves —sobre todo—, en cantidad notable (Villa-
principal de cada pueblo tendiera a tener por ciu- ronga, 1979, 89; id., 1994, 195). Recientemente se
dad-cabecera una que ostentara el nombre de éste o ha documentado su presencia en tierras ausetanas
un derivado. Pudiera pues tratarse de la misma. Hay junto a otras de cecas cercanas, catalano-costeras y
sin embargo elementos que parecen estar en contra alto-aragonesas (Molas et al, 1994, 46). En todo
de tal identificación: de un lado los hallazgos de caso la tendencia más aceptada es situarla en Cata-
monedas con leyenda laiesken se centran algo más luña (Untermann, 1975, 198), y se ha propuesto, por
al interior y se ha propuesto ubicar la ceca en el su parecido toponímico con Llerona, en el Valles,
Llobregat medio (Villaronga, 1979, 130; id., 1982, con lo que tendría sentido la distribución de los ha-
169); por nuestra parte no nos parece concluyeme, llazgos (Estrada - Villaronga, 1967) y además, seña-
pues por la misma razón habría que suponer a iltifta lemos, el Valles es una zona huérfana en cecas si
o ieso en la costa, donde abundan más los hallaz- aceptamos que laiesken no se ubicaba allí. Se trata-
gos. Por otro lado, cuenta el problema que se plan- ría por tanto de una ceca lay etana (Crusafont et al.,
tea con la presencia de otra ceca a inicios del siglo i 1986, 11). Recordemos que, en la etapa imperial,
a. C. excesivamente cercana de Barcelona, la de habrá en el Valles un municipio. Egara (Tarrasa),
baitolo. Sin embargo en este caso reparemos tam- del que no tenemos noticia de precedentes, pero
bién en que, como hemos visto, debe corresponder nada hay que pueda ponerlo en relación con lauro,
a la fundación comprobada por la arqueología de incluso parece estar en contra la diferencia toponí-
Baetulo en el llano. A este respecto, se ha llamado mica. Guadán la sitúa en el grupo de ausesken
la atención de la monumentalidad de la fundación (Guadán, 1969, 196), pero parece más evidente la
augustea de Barcino en contraste con lo escaso de influencia de kese (Villaronga, 1982, 174). También
su núcleo urbano —aun-tratándose de una colonia, el parecido toponímico con Lloret de Mar (como
poco más de 10 Ha.— lo que parece implicar una asimismo la partida gerundense de Llorona) ha he-
población dispersa e incluso el englobe en la misma cho que se indique como posible sede. Ciertamente
de oppida cercanos, como Baitolo aún sin status es un argumento poco consistente, pero sí que es
(Guitart, 1993 b, 71). La otra ceca laietana, ilturo, cierto que, no lejos, tenemos el problema de Blan-
aparece ya lejana, en el norte de territorio del popu- dae, uno de los oppida citados por Plinio que no
lus. Es en cualquier caso de destacar el que laies'ken tuvo ceca; desde luego ello no significa que se trate
emita a lo largo de todo el siglo ii a. C. y deje de de la que nos estamos ocupando. En todo caso, re-
hacerlo cuando lo hace precisamente baitolo. Cabe cordemos una vez más que puede tratarse de una lo-
la posibilidad de que ésta última formara parte an- calidad valenciana. Acuñó bronces en el siglo ii a.
teriormente de la ciuitas de laie, pues pensamos que C. y la última emisión seguramente tuvo lugar poco
efectivamente existió una con este nombre y que, antes de 104 a. C. (Villaronga, 1982, 174).
como en el caso de ausa o iltifka el etnònimo haría
referencia a los habitantes de una ciudad siguiendo masonsa es un taller del grupo de kese que emi-
las observaciones de Untermann (Untermann, te pocas monedas, quizás en la segunda mitad del
1992). Incluso si hiciera referencia al pueblo habría siglo II a. C. (no es seguro), lo que ha llevado a su-
que suponer que las monedas se acuñaron en el lu- ponerla ceca cesetana o al menos en la órbita de
gar que ejercía la capitalidad del mismo. En defini- kese (Villaronga, 1982, 147; id., 1994, 173). La ten-
tiva parece que, como también otros autores habían dencia general es en cualquier caso considerarla
propuesto (Martín Valls, 1967, 51), es lícito suponer ceca catalana (Untermann, 1975, 198), aunque en su
nuestra ceca en Barcelona. Es cierto que no se han día se llamó la atención sobre el hecho de que el

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46 ARTURO PEREZ ALMOGUERA AEspA, 69, 1996

unico hallazgo conocido procedía de la aragonesa mas de imitación ampuritana que aparecen con la
Alcañiz (Martín Vails, 1967, 54), lo que pudiera leyenda oróse (Untermann, 1975, 180; Villaronga,
hacer dudar de que en efecto lo fuera. 1994, 42, núm. 41) que conocemos en el tesoro de
Les Ansies (Gerona) (Marchetti, 1978, 367).
olosoftin es la leyenda que presentan algunas
imitaciones de dracmas ampuritanas emitidas duran- oskumken emite bronces en la segunda mitad del
te la segunda guerra púnica que están presentes en el siglo II a. C. en número escaso. La tendencia gene-
tesoro de Les Ansies, Gerona (Untermann, 1975, ral es suponerla ceca catalana, pero ello dista de re-
179, Marchetti, 1978, 367). Pertenecen al grupo de sultar claro, pues al mismo tiempo se ha propuesto
aquéllas cuya asignación a una localidad conocida hacerlo en la región de Sagunto e incluso en la de
no es fácil. No obstante, en alguna ocasión se ha in- Jaca (Untermann, 1975, 24). También se ha pro-
tentado relacionarla con los olositani, cuyo nombre puesto la posibilidad de que se trate de otra ilergete
parece haberse perpetuado en el actual Olot. Al mis- aunque ya en territorio oséense, por su parecido to-
mo no se le conoce a través de las fuentes escritas, ponímico (Martín Valls, 1967, 58). Villaronga sin
sino por medio de dos defixiones ampuritanas (To- embargo la relaciona con lauro por la representa-
var, 1989, T-20). Sin embargo, no hay constancia de ción en sus monedas del torques rematado en cabe-
que fuera nunca ceca con posterioridad ni que hubie- za de serpiente, y la supone entre las comarcas bar-
ra una localidad romana en Olot. Quizás sea pruden- celonesas del Valles y el Maresme (Villaronga,
te no tomarla en consideración para nuestro fin da- 1979, 211; id., 199A, 197), lo que nos remite al
dos los problemas, hoy insolubles, que plantea. problema que plantea esta ceca, de la que ya hemos
tratado.
ore aparece como ceca, dentro del grupo auseta-
no, en la segunda mitad del s. ii a. C. emitiendo una otobesken suele identificarse con la Otogesa que
única y rara serie (Guadán, 1969, 198; Villaronga, menciona César en los acontecimientos del 49 a. C.
1982, 166). En general se conviene en la dificultad entre Ilerda y el Ebro {b.c. 1, 61, 62), por lo que
de ubicarla, aunque en un momento dado Villaron- pudiera tratarse de una ceca catalana. Sin embargo
ga la había creído en los Pirineos (Villaronga, 1961, ello no parece cierto: tradicionalmente se la relacio-
61), sin duda relacionándola con la actual Orrit na con la Etebesa edetana (en realidad, sedetana)
próxima al Noguera ribagorzano. Que pudiera tra- que cita Ptolomeo (II, 6, 62, 2), que no sería sino la
tarse de ésta es posible si admitimos que a la mis- Otobesa conocida por la epigrafía (CIL II 3794)
ma alude la referencia a un Orritanus que en el s. ii (Untermann, 1975, 212) y quizás la etokisa que co-
d. C. se trasladó a la cercana Aeso (Isona) (IRC II, nocemos en imitaciones de dracmas ampuritanas
35). Es cierto que a favor de la identificación sólo (Villaronga, 1994, 51, núms. 96 a 100). Antes el
podemos basarnos en el hecho del parecido toponí- propio Untermann la había incluido en el grupo re-
mico y en que sus monedas estén en la órbita de gional de iltifta (Untermann, 1964, 145). Es, pues,
influencia ausetana, lo que no sería de extrañar si muy probable que se trate de una localidad aragone-
también los estuvo la cercana afketufki, ubicada en sa que acuña en escaso número entre los años 133 y
La Seo de Urgel. Esta pretendida identificación fue 82 a.C. (Guadán, 1980, 98). Villaronga por su parte
asimismo sostenida por Martín Valls (1966, 255), la consideró en la Suessetania, entre el Ebro y la
pero en contra, Untermann la propuso en la costa sierra de Alcubierre, pero en Aragón en todo caso
(Untermann, 1964, 139). Sus monedas suelen apa- (Villaronga, 1979, 193). Por tanto, parece oportuno
recer entre la plana de Vie y el Valles, pero su esca- prescindir de ella.
so número hace que pensemos que ello no es deter-
minante como para situarla forzosamente en este tafakon es el topónimo que presentan unas drac-
espacio territorial (Pérez Almoguera, 1995). Si pen- mas de imitación emporitana de las que hemos tra-
samos además en la posibilidad de poner el topóni- tado al referirnos a la ceca de kese.
mo en relación con los airenosioi de Polibio (III, 35,
1) o con los aresinari de Salustio {Hist. Ill, 5) —la untikesken es una importante ceca que comienza
tendencia ha sido situarlos en el valle de Aran—, su actividad a inicios del siglo ii a.C. y concluye en
parece que en efecto los Pirineos cuentan con más la primera mitad del siguiente (Villaronga, 1979,
posibilidades que otros lugares para ser sede de la 125, 212, 223; id., 1994, 140). Se podría esperar,
ceca. No obstante, no sabemos de la presencia de dada su importancia, que hubiera emitido denarios
restos en Orrit adscribibles a esta etapa. Más difícil —sólo acuña bronces— en el momento que lo ha-
es que tengan que ver con ella las tempranas drac- cían kese e Hurta. Una explicación podría ser que

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siendo aliada de Roma se vería libre de un pago fijo alianza de las ciudades griegas con los romanos
como lo hacían las otras (García-Bellido, 1993, (desembarco en Ampurias del 218), constituyendo
113). Quizás no lo hizo por emitirlos Emporion, que la primera base de penetración peninsular, antes de
continuó acuñando dracmas: si admitimos, como es ser sustituida por Tarraco. Es interesante señalar la
lo más probable, que los étnicos en -sken aluden a posibilidad de que algunas series pudieran relacio-
los habitantes de una localidad (Untermann, 1992), narse con la fundación de la ciudad ortodoxamente
ésta sería la discutida Indika que únicamente men- romana en cuanto a su morfología —^pero las mone-
ciona Esteban de Bizâncio (146 Watermann: Tovar, das siguen ostentando caracteres ibéricos— que
1989, T-14, 37), que se supone vecina de la ciudad tuvo lugar a fines del siglo ii o inicios del i a. C.
fócense e incluso la propia Emporion (Padró - San- según demuestra la arqueología (Aquilué et al,
martí, 1992, 192; ya antes lo había propuesto Unter- 1982): así las series 21 a 31 posteriores al 143 a. C.
mann, 1975, A-6, 165-172), como ciudad doble que o de la 32 al final posteriores al 91 a. C. (Villaron-
era según Estrabón (3, 4, 8). No se trata por tanto ga, 1982, 145) que pudieran corresponder a las ne-
de una moneda genérica de los indiketes —o indi- cesidades de las guerras celtibéricas también, algu-
getes según Plinio (III, 21)— citados por Salustio na o algunas de ellas, pudieran ser del momento de
{Hist 2, 98, 5) y Estrabón (III, 4, 1), de los que de- la fundación. La imprecisión en la cronología de las
bió ser capital por ser la que lleva un nombre deri- emisiones impide ser más taxativos.
vado del populus; Ptolomeo sólo cita en su territo-
rio dos localidades en la costa, Emporion y Rhode Analizados los problemas que cada una de las
y otras dos en el interior. Deciana y luncaria (II, 6, cecas plantea, desde un punto de vista cronológico
19; 6, 71). Su papel trascendente se relaciona con la resulta el siguiente cuadro:

ceca a b c d
abañltur (¿no catalana?) — — si —
afketufki — SI SI —
ausa — SI SI —
baitolo — — — SI
barheno SI — — —
eso — — — SI
eustibaikula — SI SI —
ieso — — — SI
iltifka SI SI SI ?
iltifta SI SI SI SI
ilturo — SI SI ?
kese 7 SI
si SI
laie — SI SI —
lauro (¿no catalana?) — SI SI —
masonsa (¿no catalana?) — — SI —
oíos of tin SI -- — —
ore — — SI —
oskumken (¿no catalana?) — — SI —
tafakon SI — — —
untika — SI SI SI
a = dracmas fines s. m a. C , b = T mitad s. ii a. C , c = 2^ mitad s. ii a. C , d = T mitad s. i a. C , ? = quizás sólo inicios.

Hemos prescindido de basti, bilauon, kaio y que presentan también de ubicación (algunas quizás
otobesken, pues, además de ignorarse su ubicación, ni siquiera catalanas), prescindiremos también de
sus monedas son de cronología imprecisa. Aunque abañltur, lauro, masonsa, olosoftin y oskumken. Se
las hemos situado en el cuadro, por los problemas observa una continuidad especialmente destacable

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48 ARTURO PEREZ ALMOGUERA AEspA, 69, 1996

en el caso de iltifta y en el de kese, continuadora de meras no ofrecen dificultad en cuanto a su identifi-


tafakon. También es de destacar el largo período de cación, aunque planteen problemas de los que he-
vigencia de untika, iltifka, ilturo y bafkeno/laie si mos tratado antes (¿por qué tafakon y bafkeno no
admitimos que se trata de la misma. Por último, vuelven a acuñar con estos nombres y aparecen,
destacan como nuevas fundaciones a inicios del i aparentemente en su lugar, las cecas de kese y
a. C. battolo, eso e ies'o, las tres confirmadas por la laiel). La última, iltifka, ya he indicado que en mi
arqueología. Las cuestiones que este panorama su- opinión hay que buscarla en el bajo Ebro, pudiendo
giere serán tratadas más detenidamente en los apar- considerarse la antecesora de D erto sa. No hay que
tados que siguen. incidir demasiado en el papel de capitalidad que
siempre a lo largo de la historia, salvo momentos
específicos, han jugado Tarragona, Barcelona, Léri-
LOS PRECEDENTES DE LA SEGUNDA da y Tortosa. A pesar de las dificultades expresadas
GUERRA PÚNICA seguirán jugando ese papel en la etapa siguiente,
aunque si bien kese e iltifta emitirán de nuevo en
Las dracmas de imitación ampuritana emitidas plata, no ocurrirá otro tanto con las otras dos cecas,
como consecuencia de la segunda guerra púnica lo apareciendo sin embargo una nueva que cuenta con
son, como apuntábamos antes, con el fin ya sabido denarios, auso, sin antecedentes que sepamos en el
de satisfacer las demandas imperativas del conquis- siglo III a. C.
tador. Se acuñan para financiar los gastos de los ro-
manos, aunque al representar también una extensión
en cuanto al número de cecas —antes sólo acuñaban LA ORGANIZACIÓN DE INICIOS DEL
las localidades griegas— significan también la in- SIGLO II a. C. (figs. 1 y 2)
clusión de amplias zonas en la economía monetaria.
Tales imitaciones nos ofrecen un primer indicio de Las campañas victoriosas del cónsul Catón en
las localidades que en ese momento jugaban un pa- 195 significan, como se ha expresado en diversas
pel de importancia, aunque dado el número conside- ocasiones (Pena, 1992, 67), la verdadera incorpora-
rable de cecas no puede aceptarse que, frente a lo ción de las tierras del nordeste peninsular a Roma.
que ocurrirá con los denarios, la amonedación en Es a partir de ese momento cuando comienzan a ge-
plata signifique capitalidad regional. El problema neralizarse las acuñaciones de las diversas comuni-
radica en que no todas son de fácil identificación dades indígenas, salvo los posibles pero no seguros
por cuanto una parte presentan como consecuencia precedentes de kese que ya lo hace antes de 211 se-
de su propio carácter de imitación lecturas incom- gún Gimeno (1954) y de iltifta unos pocos años an-
prensibles —en realidad son signos que nada indi- tes del cambio de siglo: he aquí una faceta del pro-
can— y, en otros casos, cuando la lectura es perfec- blema antes enunciado de falta de estratigrafías. A
tamente ortodoxa se trata de nombres que no diferencia de la Ulterior en que todas se refieren in-
vuelven a aparecer con posterioridad ni en amone- equívocamente a ciudades, aun cuando pudieran ser
daciones ni en las fuentes escritas o epigráficas, si estructuras pseudourbanas (Chaves, 1994, 1306), en
bien es cierto que algunas de ellas resultan sugeren- la Citerior, y en concreto en la zona que tratamos,
tes como olosortin, tal como hemos visto en su tales acuñaciones aparecen desde el principio con
apartado correspondiente. Otras como kertekunte o leyendas en alfabeto indígena que se refieren a ciui-
erur... quedan sin explicación satisfactoria, por no tates —o a los habitantes de las mismas—, señal
referirnos a las que presentan una transformación de evidente de que éstas últimas existían o estaban en
los signos en un pseudoibérico a partir de la leyen- los preámbulos; así, se ha dicho en un trabajo ya clá-
da griega Emporiton (Villaronga, 1992 a). A pesar sico (y por cierto discutible en varios aspectos) que
de la merma que ello representa, hemos de tomar los romanos pudieron apoyarse en el tejido proto-
sólo en consideración las que con toda seguridad urbano que había, al menos en algunas zonas, sin
nos mencionan cecas perfectamente identificables necesidad de modificaciones espectaculares (Jacob,
que, después de todo, serán además las únicas que 1985, 19). Un buen exponente de ello puede ser el
tendrán continuidad en la emisiones del siglo si- «poblado» de Burriac en Cabrera de Mar, segura-
guiente. Son éstas tafakon (o kese\ bafkeno (des- mente la primitiva Ilturo antes de su traslado a Ma-
pués laie\ iltifta e iltifka. Significativamente co- taró, que conoce un gran auge a lo largo del siglo II
rresponden a los antecedentes de las localidades que llegando a las 10 Ha. de extensión (Guitart, 1993 b,
en Cataluña van a jugar el papel más destacado, y 57). Que desde el punto de vista urbanístico no exis-
no sólo en la Antigüedad precisamente. Las tres pri- tiera una aglomeración importante como en Burriac

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Figura 1.—Ubicación de las cecas de la primera mitad del siglo ii a. C.

Figura 2.—Ubicación de las cecas de la segunda mitad del siglo ii a. C.

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no es óbice para que nos refiramos a sociedades po- duda una de las cecas más importantes, al norte de
líadas: se trata de un elemento importante de las la cual estuvo la ceca de arketurki, que creo situa-
mismas, pero no imprescindible; una organización da en La Seo de Urgel. Este último hecho es impor-
política de poblados puede serlo perfectamente. Es- tante en tanto que parece que se intentó englobar
tas ciuitates van a ser el eje sobre el que va a desa- también a los Pirineos en la organización ciudada-
rrollarse la primera organización territorial, conse- na, a diferencia de lo que sucederá en la organiza-
cuencia de la citada pacificación y consiguiente ción de la siguiente etapa en que todas las localida-
asunción de la conquista por Roma, que va íntima- des aparecen en el pre-Pirineo como muy al norte.
mente ligada a la admitida primera división provin- También posiblemente en los Pirineos emitirá en la
cial de esas fechas. Que no se trata de una organiza- segunda mitad de siglo ore (¿Orrit?), lo que refor-
ción estrictamente «a la romana» —extraña por lo zaría esta idea. En el centro, y en torno a ausa,
demás en una época en que aún no se tiene experien- cabecera de los ausetanos, lo hará eusti o eustibai-
cia en administrar tierras lejanas—, parece certifi- kula, no localizada pero que bien pudiera correspon-
carlo el que para la misma se tomen como eje las der a Caldas de Montbui, como hemos indicado. Ya
principales localidades indígenas que ya debían ser- en la costa, por el sur situamos la ceca de Ilerca,
lo si, como es lógico suponer, las que emiten plata que hemos considerado el antecedente de Dertosa
ejercen una capitalidad regional. por diversos motivos, y quizás lo más razonable,
Destacan tres cecas que acuñan plata —las alu- dado el papel de los ilercavones y la importancia de
didas capitales regionales—: ausesken (de auso), la región donde se asentaron, hubiera sido esperar
kese e iltirta. Las tres son además cabeceras de gru- en ella moneda de plata (ya la tuvo durante la se-
pos monetarios y emiten también en bronce. García- gunda guerra púnica). Más al norte, la importante
Bellido (1993, 109) cree que los denarios aparecen ceca de kese (Tarragona) y, aún más norteña, laie,
entre 180 y 178, relacionados con los cambios que sobre la que ya hemos expresado nuestra opinión de
la presencia de Graco comportó para la Citerior, no que cuadraría más aparentemente con la continua-
realizándose en todos los casos al unísono ni de una dora de barkeno que con cualquier otra, y la tam-
forma continuada, y no necesariamente con fines bién layetana ilturo, antecesora de lluro (Mataró),
estrictamente militares, lo que de ser cierto repre- que parece corresponder en ese momento al pobla-
sentaría un cambio significativo con respecto a lo do de Burriac en Cabrera de Mar. Finalmente, la
generalmente admitido. Como fuere, ilergetes y au- más septentrional, untika, con toda probabilidad la
setanos son los pueblos más mencionados duran- entidad indígena que convive con la griega Empo-
te la etapa de conquistas por las fuentes escritas, los rion. La continuidad, e incluso el aumento en una
que ocupan una mayor extensión territorial, espe- ceca en la segunda mitad del siglo, haya quizás que
cialmente los primeros, y los que oponen una mayor ponerlo en relación con la necesidad de erario para
resistencia a los romanos. Resulta pues perfecta- el ejército que está luchando en las guerras celtibé-
mente coherente que sus cabeceras ejercieran el pa- ricas.
pel de capitales en una primera organización (Pérez Lo importante, en definitiva, es que las cecas del
Almoguera, e.p. b). En cuanto a kese, si la identifi- siglo 11 a. C. nos están dibujando el panorama ciu-
camos con Tarraco, resulta también lógico que emi- dadano resultante de una primera organización terri-
ta en plata por su condición de principal base roma- torial que se basa, como decíamos, en la realidad in-
na primero y capital provincial después. dígena existente.
Las que sólo emiten bronces, junto con las ante-
riores, y a pesar de algunas dudas de identificación,
nos permiten observar por su situación geográfica LA ORGANIZACIÓN DE FINES DEL SIGLO II-
que no quedan grandes espacios sin cubrir, lo que INICIOS DEL I a. C. (fig. 3)
equivale a decir que la presencia de ciudades o pro-
yecto de tales auspiciadas por Roma afectaba a todo En concreto se había comprobado que en torno
el espacio que tomamos en consideración. Además, a finales del s. ii o principios del i a. C. se había lle-
el hecho de formar parte de una organización terri- vado a cabo en nuestra zona la fundación —sobre
torial perfectamente planificada por los conquista- realidades anteriores o no, aún no está satisfactoria-
dores parece desprenderse del hecho de que todas mente aclarado— de ciudades ortodoxamente roma-
las monedas presentan tipos uniformes, rasgo carac- nas desde el punto de vista urbanístico que conlle-
terístico de la Citerior frente a la diversidad que pre- vó la parcelación y organización de su ager
sentan en la provincia meridional. correspondiente. Retengamos que coincide con el
El occidente aparece presidido por iltirta, sin momento en que precisamente el desarrollo del sis-

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untikesken
(Ampurias)''
1y .' :'• eso 1
i ¡(Isona))

-^ "^ " ieso; ' ' S


f - ^ ~ - '(Guìssòna) iltìiro
\ • iltirta (Mataró)^
^ (Lérida) bai tolo - . . - ^
(Badalona)/"^

\
- • ' " < ? " ' " • , - 1
/ kese¿^ ,eO
ibS^^
I^e<^aiter
; / . ' (Tarragona)^"""^
í y—^
1 ^ /
^ .' / biltiaon ?
*' iftirkesken ' ? ¿ x ^
=*" '^(fortosa ?) y^

100 fan.

Figura 3.—Ubicación de las cecas de la primera mitad del siglo i a. C.

tema provincial romano tiene su momento decisivo Provenza —donde se funda la colonia de Narbo ha-
(en torno al 100 a. C), motivado tanto por la ame- cia 118 a. C.—, y que llega hasta la Celtiberia aún
naza de Yugurta, como por las incursiones de cim- no del todo pacificada como decíamos (Pérez Almo-
brios y teutones (Crawford, 1990, 105). A ello, aña- guera, 1994): no es casual que precisamente a par-
diríamos nosotros, tampoco sería ajena la actividad tir del último tercio del siglo II sea cuando comien-
de los aún no pacificados celtíberos en esos momen- zan a acuñar muchos nuevos talleres, sobre todo en
tos. Es posible que el antecedente más lejano de la cuenca del Ebro (Ripollés, 1982, 518), más cer-
esta nueva organización haya que buscarlo en la que canos a la zona conflictiva y que también servirían
tras la caída de Numancia se propusieron realizar para financiar los gastos bélicos.
los romanos, según indican las fuentes escritas. Las nuevas fundaciones estaban generalmente
Era la primera vez que en nuestra zona se pro- enclavadas en la línea de la costa y en lugares es-
ducía una organización «a la romana», pues, como tratégicos del interior, cumpliendo la función mili-
hemos visto, tras la pacificación de Catón el Censor tar de vigilancia de las rutas (Guitart, 1993 a). En
se había reorganizado el territorio, pero en base a parte serán continuadoras de anteriores núcleos —
las realidades indígenas sin que el campo se viera desplazados o no de su solar previo— y en otros ex
afectado por la acción de los agrimensores, al me- nouo. El conocimiento de tan trascendental hecho
nos de una manera global. Que las nuevas fundacio- hemos de reconstruirlo a través de la arqueología, lo
nes tal como expresábamos en la introducción care- que significa que el fenómeno que conocemos des-
cieran paradójicamente de status romano o latino de hace pocos años se ha comprobado en algunos
parece cierto, como lo demuestra la ausencia de yacimientos favorecidos por la excavación progra-
noticias de tan trascendente hecho en las fuentes mada y es posible que haya más fundaciones aún no
escritas. Además, en los casos que sabemos de la comprobadas. Incluso antes de que se planteara el
coincidencia de fundaciones y cecas, todas las mo- problema como fenómeno que afectaba a una am-
nedas siguen con caracteres y nombres indígenas. plia zona ya se había llamado la atención de la
Lo que sucede en Cataluña se englobaría en un pro- construcción de las murallas de Emporiae y de Bae-
yecto que abarca desde la Liguria, pasando por la tulo por esas fechas, considerándose consecuencia

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52 ARTURO PEREZ ALMOGUERA AEspA, 69, 1996

del peligro generado por «la invasión cimbria» de Gerunda en cuanto a cronología puede coincidir con
104 a.C. (Guitart, 1976, 239; Villaronga, 1983, el de //wro-Mataró, donde los materiales fundaciona-
106). Resulta altamente significativo que casi todas les —se dice— no son anteriores a 75 a. C , y tam-
las localidades que sabemos por la arqueología que bién con el de Baetulo donde las estratigrafías más
se fundan entonces sean cecas. Así, aunque el nu- antiguas hasta el momento son del segundo cuarto
merario emporitano (en nuestro caso, untika) es del siglo I a.C. (Aquilué - Subías, 1986, 353) —aun-
continuo, es entonces cuando tiene lugar la cons- que son pocas y hay materiales más antiguos fuera
trucción del primer foro romano, con todo lo que de contexto—, lo que ha dado pie para que se pien-
ello representa (Aquilué et al, 1982). En cuanto a se en posibles fundaciones pompeyanas (Olesti,
Tarraco (o si preferimos kese/Tarraco), base princi- 1993, 245). Ello conllevaría pues que no todas las
pal y capital provincial, el estudio de su ager indica fundaciones tuvieran lugar a la vez, mediando un
también la aparición de las primeras uillae por es- período de medio siglo entre el inicio o el final del
tos momentos (Keay et al, 1990, 126). ilturo (Ma- proceso, o bien que hay que afinar más la cronología
taró) es continuadora de la ceca que debía encon- aún imprecisa en muchos yacimientos. Significaría
trarse en Burriac, Cabrera de Mar. También se además que lo que se había iniciado como posible
fundan entonces baitolo (Badalona), eso (Isona), o pantalla entre Italia e Hispânia a través de la Narbo-
ieso (Guissona). Con respecto a estas dos últimas, nense hasta la Celtiberia para evitar posibles nuevas
es de señalar que se encuentran en el pre-Pirineo en invasiones del calibre de la de los cimbrios y tener
tierras con más posibilidades, desapareciendo las si- una retaguardia segura tras los aún díscolos celtíbe-
tuadas en pleno Pirineo que antes sí había sido ros, fue concluido por Pompeyo como consecuencia
englobado en la organización ciudadana (afketurki, de una guerra civil, la de los optimates contra el po-
ore), iltifta, que sigue emitiendo, es posible que co- pular Sertório. No obstante subsiste el hecho de que
nociera ahora su primera fundación a la romana en en la Layetania y en concreto en tomo a Baetulo y a
la zona vecina a la colina de la Seo donde se habría lluro, el modelo agrícola basado en las uillae —aun-
desarrollado —y seguiría desarrollándose— la po- que no desaparezcan radicalmente los antiguos asen-
blación anterior, según podría desprenderse de inter- tamientos—, que razonablemente hay que poner en
venciones arqueológicas aún no publicadas. Los relación con una ordenación global, aparecen, como
ilerdenses, ya con ciudadanía romana, que figuran en la zona de Tarraco, a fines del siglo ii a. C. (Pre-
en el Bronce de Ascoli de 90 a. C. serían el expo- vosti, 1981; id., 1982; Ruiz - Molinos, 1993, 277), lo
nente de unos aristócratas admitidos en el grupo di- que hace que siga siendo válida la propuesta de nue-
rigente. va reorganización para esas fechas.
Sin embargo, no quiere ello decir que nueva fun- Como apuntábamos, parece que buena parte de
dación equivalía automáticamente a ceca. Sin perjui- las fundaciones con precedentes no ocuparon en lo
cio de aquellas cuya ubicación desconocemos, como que a su centro urbano se refiere el mismo lugar que
las pobres en emisiones —tanto que sólo se cuenta lo había hecho el anterior, lo cual resulta natural
con algún raro ejemplar— basti y biluaon, y de que pues éstos en buena parte serían de poca entidad o
algunas de las que se consideran de la segunda mi- motivos de otra índole aconsejarían su traslado,
tad del siglo II, por la falta tantas veces argüida de pero nunca lejos del lugar donde se supone estuvo
estratigrafías, pudieran ser algo más tardías y tener el anterior, en su territorium en suma. Creo que no
aquí cabida, sabemos que localidades que se fundan es necesario pensar que fuese una norma general,
también por entonces no emiten moneda. Sería el como parece inferirse de algunos trabajos (Pina,
caso de la costera Blandae (Blanes) y de la cercana 1993) aparecidos a partir de la propuesta de F. Bu-
a la misma Gerunda (Sanmartí, 1993, 210). Ge run- rlilo, que consideró, hace más de una década, un
da sin embargo es posible que se fundara algo más diferente solar para la Bilbilis celtibérica del de la
tarde, aunque desde luego en el primer tercio del si- Bilbilis Italica (lo mismo ocurriría en Segeda) y su
glo I a.C. (Nolla, 1987, 13, 27), lo que hace pensar suposición de que ello ocurriría en más casos (Bu-
que quizás no formara parte de la ordenación y se rlilo - Ostale, 1983-84). Evidentemente la nueva
hubiera fundado como control de la vía necesaria fundación empori tana estuvo junto a la neapolis
para el traslado de los ejércitos optimates en su lu- griega, y parece que lo mismo podría decirse de
cha contra Sertório, pero ello no es sino una hipóte- Tarraco con respecto al precedente poblado indíge-
sis y quizás sea más razonable pensar que debía for- na. En cuanto a Ilerda parece lógico que estuviera
mar parte del mismo plan de ordenación territorial en la mejor elevación de la comarca, la colina de la
del que tratamos, no necesariamente realizado al Seo en cuyas faldas se desarrolló la ciudad romana,
unísono sensu stricto. Precisamente, el caso de como hemos visto en su apartado. Aeso se asentó

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sobre población anterior, según se desprende de las Es una cuestión que, dados los propósitos de nues-
últimas intervenciones... El caso más claro de la tro trabajo, no vamos a abordar si no es con la úni-
zona que nos ocupa, en lo que respecta a su cambio ca intención de observar perduraciones o desapari-
de ubicación de centro urbano principal, es en algu- ciones con respecto a lo que para las etapas
nas ciudades marítimas como Baetulo o lluro, antes anteriores nos informaba la numismática. Se trata,
situadas más tierra adentro, como por otra parte es como es bien sabido, de una etapa en que las cecas,
normal entre los iberos, que se trasladan a la costa, evidentemente ya con caracteres y nombres latinos
a lo que no debió de ser ajeno un mejor control de como corresponde a unas colonias y municipios or-
la uia Heraclea. todoxamente romanos, se ven drásticamente reduci-
das ya en los inicios de la adquisición de status:
sólo acuñarán bajo Augusto Emporiae (quizás inclu-
LA MUNICIPALIZACIÓN AUGUSTEA so algo antes), Ilercauonia (que después lo hará con
el nombre de Dertosa), Tarraco e Herda, La última
Nos resta finalmente observar los cambios pro- desaparecerá con el primer emperador y las demás
ducidos en el tejido urbano que acarreará la muni- no pasarán de Tiberio (Dertosa) y Calígula (Empo-
cipalización, que tendrá su momento álgido en épo- riae, Tarraco). El siguiente cuadro nos ilustra sobre
ca de Augusto y que se completará bajo los flavios. los cambios.

coL/municip. precedentes Augusto 0 post.

Aeso SÍ —
Aquae Calidae — —
Ausa SÍ —
Baetulo SI —
Barcino SI —
Blanda — —
Caldas Montbui — —
Dertosa SI SI
Egara — —
Emporiae SI SI
Gerunda — —
lesso SI —
Herda SI sí
Huro SI —
lulia Liuica — —
Rhodae — —
Sigarra — —
Tarraco SI SI

Hemos exceptuado en esta lista, como también saraugusta. Desde luego también Emporiae, como
lo hemos hecho en los apartados anteriores, las emi- era de esperar, es una ceca activa, como asimismo
siones griegas de Emporion y Rhode por tratarse de Dertosa, la posible sucesora de iltifka, tal como co-
un problema evidentemente distinto de las ibéricas. rresponde a la ciudad que preside el curso bajo
Observando el comportamiento de las diversas ce- del Ebro. Otros municipios que no tienen antece-
cas, resalta la continuidad de la capital provincial, dente conocido nos plantean un importante proble-
sin duda la más importante de todas, y la certifica- ma: ¿corresponden a las cecas republicanas de las
ción de que Herda aún juega un importante papel que ignoramos su ubicación?; quizás en algún caso
como principal localidad del interior, papel que irá no es imposible, aunque no podemos ir más allá de
perdiendo a partir de Augusto en beneficio de Cae- la suposición.

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54 ARTURO PEREZ ALMOGUERA AEspA, 69, 1996

CONCLUSION explica la posterior ausencia de municipios en los


mismos.
Así, pues, examinados los problemas que cada A guisa de colofón, quisiera indicar que soy muy
ceca plantea por los motivos expresados en su apar- consciente de la provisionalidad de muchas de las
tado correspondiente, parece razonable que poda- posibilidades que se apuntan, como la referida, cier-
mos prescindir de bastí, biluaon, kaio, lauro, ma- tamente hipotética, a alguna de las propuestas de
sonsa, oskuñken y otobesken. También, y aún ubicación de cecas, que necesitan de una comproba-
admitiendo que fue ceca catalana, hemos de pres- ción que ojalá el futuro pueda precisar en su certe-
cindir de la olosortin de las dracmas de imitación za o no. De hecho he apuntado una serie de suge-
emporitana y situarla junto a las otras de difícil ads- rencias basadas en una lógica que sólo puede ser
cripción y que incluso, a veces, no presentan sino aparente, pero que he procurado que se apoyara en
imitaciones de signos que no corresponden ni a ciu- los datos históricos conocidos de tiempo y en los
dades ni a pueblos concretos. A partir de inicios del arqueológicos con que hoy contamos tras una déca-
s. II a . C , cuando aparecen buen número de cecas da especialmente pródiga en novedades.
que acuñan con módulos romanos, es cuando se
procede a una primera organización a partir de las
realidades indígenas. Las monedas en este momen- BIBLIOGRAFIA
to nos ofrecen, creo, junto con los precedentes de
las imitaciones de dracmas de la segunda guerra ADSERIAS, M . , BURÉS, L . , MIRÓ, M . T., y RAMÓN,
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país. Los conquistadores estimularían esta realidad 227.
en su beneficio de cara al pago de sus tropas. El ALFOLDY, G., 1991: Tarraco, Forum 8, Tarragona.
interés de tales emisiones se acrecienta al darnos AQUILUÉ, X., y SUBÍAS, E . , 1986: «Sobre la fundació
información de tan importante aspecto al que las de la ciutat romana de Baetulo (Badalona)», 6e.
fuentes escritas, por sus características y su inten- Colloqui Int. d'Arqueologia de Puigcerdà
cionalidad, apenas dedican atención ofreciendo es- (1984), Puigcerdà, 353-359.
casos datos y siempre con carácter subsidiario. Las ARANEGUI, C , 1994: «Arse-Saguntum: una estrate-
que emiten denarios en un momento dado significan gia para consolidar el poder», Leyenda y arqueo-
capitalidad regional, pero son bastantes más las que logía de las ciudades prerromanas de la Penín-
lo hacen en bronce ayudándonos a completar el sula Ibérica I, Madrid, 31-43.
mapa de distribución ciudadana. Aun prescindiendo BARBERÀ, J., y DUPRÉ, X., 1984: «Els laietans, ass-
de las cecas no ubicadas con seguridad, éste resulta aig de sintesi», Fonaments, 4, 31-86.
muy coherente: ninguna zona queda vacía de cecas, BELTRÁN, R , 1953: «Las cecas pirenaicas», Pirineos,
incluidos los Pirineos, lo que quiere decir que en la 27, 17-51.
organización se engloba todo el territorio catalán, BLANCH, R . M . , et al, 1994: «Un gran magatzem
incluyendo las tierras aparentemente más margina- laietá al Mont Jovis: les sitges del port (Mont-
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Las fundaciones comprobadas por la arqueología CAMPO, M . , 1974: «La ceca de Abarildur y un nue-
sobre realidades anteriores o ex nouo emiten en su vo tipo de moneda anepígrafa», Miscelánea Ar-
mayoría monedas, algunas durante un breve perío- queológica. XXV Aniversario de los cursos de
do de tiempo (básicamente las nuevas). Las cecas Ampurias I, Barcelona, 223-228.
anteriores más importantes siguen, con alguna nota- CAMPO, M . , y GRANADOS, O., 1978: «Aproximación
ble excepción para la que no es fácil encontrar ex- a la circulación monetaria de Barcino», Numis-
plicación clara (casos de ausa o iltifka), si no es la ma, 150-155, 221-240.
tendencia a la reducción de talleres que aparece bien CAMPO, M . , y GRANADOS, O., 1979: «Aproximación
reflejada cuando se produce la municipalización a la circulación monetaria en la Colonia Barci-
augustea y las leyendas de los reversos tienen ya no», Symposium Numismático de Barcelona, I,
caracteres latinos. Los Pirineos aparecerán huérfa- Barcelona, 57-69.
nos de entidades ciudadanas en esta etapa, lo que CASTELLA, L , et al., 1986: Campanyes d'excava-

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