Está en la página 1de 106

EN BUSCA DEL

BIENESTAR
PERDIDO
El concepto del continuum

Jean Liedloff
Para Adam Yarmolinsky, Jonathan Miller, John Horder, Jonas Stalk, Tarzie Vittachi y David
Hearn quienes, una vez entendieron el concepto, tomaron bajo su responsabilidad desarrollarlo,
exactamente como yo había hecho. Y para Mouse y Janet con amor.

2
Contenidos
0: Algunos informes y reflexiones para la segunda edición

1: Cómo cambiaron tan radicalmente mis ideas.


Primero ver, luego entender, finalmente, confirmar mis observaciones / La llegada al concepto
del continuum.

2: El concepto del continuum


Lo que el ser humano espera de la vida como consecuencia de su evolución / Sus impulsos
innatos / Cómo funciona el continuum en el individuo y en la cultura.

3: El Comienzo de la Vida
Nacimiento natural y nacimiento traumático / Las expectativas e impulsos de la criatura / La fase
en-brazos y las consecuencias que tiene para el resto de la vida / La experiencia de criaturas y
bebés dentro y fuera el continuum.

4: Creciendo
Qué significa ser un animal social / El talento innato para sobrevivir, el desarrollo del valerse por
uno mismo y la importancia de respetar la responsabilidad que la criatura tiene de sí misma / El
asumir la sociabilidad innata y sus consecuencias / Cómo una criatura se educa a sí misma / El
tipo de asistencia que necesita de sus mayores.

5: La falta de experiencias esenciales


La búsqueda a ciegas de las experiencias que faltan en todos los aspectos de la vida / El secreto
de los adictos a las drogas duras / Los mitos de la caída del hombre / Dos pasos que nos alejan
del estado de gracia: la capacidad evolucionada para hacer una elección intelectual y el
descarrilamiento del hombre civilizado del continuum / Descansando de pensar, meditación,
ritual y otras maneras de parar el pensamiento.

6: Sociedad
Culturas en armonía y culturas en conflicto con el continuum / Conformismo, valerse por uno
mismo, el derecho a no aburrirse / ¿Qué ocurrió con la alegría?

7: Poniendo los principios del continuo a funcionar de nuevo


Sexo y "afecto": distinguir las dos necesidades de contacto físico / Al mantenerse la necesidad,
se mantiene la posibilidad de satisfacerla / Entender y definir, desde el punto de vista del
continuum, nuestras necesidades / Obstáculos en nuestro estilo de vida actual / Los derechos de
las criaturas / Estrategias asequibles para reinstalar el continuum / Aplicación de estos principios
a la búsqueda.

3
Algunos informes y reflexiones para la segunda edición

Sobre los padres.

Tres meses antes de que este libro fuese publicado por primera vez en 1975, un amigo me pidió
que le prestase mi borrador a una pareja que esperaba su primer hijo. Más tarde conocí a
Millicent, la mujer; vino a comer con Seth, que para entonces tenía ya tres meses. Me dijo que
su marido Mark, médico, y ella, estaban convencidos de que mis ideas tenían sentido porque
coincidían con sus propias impresiones. Tenía mucho interés en que otros padres leyesen el
libro, pero le preocupaba el que algunos se desanimaran ante la idea de llevar constantemente a
cuestas a un bebé durante meses.

"Entendía perfectamente tu argumento", decía, "sin embargo estaba segura de que yo no


iba a cargar día y noche con el equivalente a un saco de seis o siete quilos de patatas. Me temo
que vas a echar para atrás a la gente. ¿Por qué no te limitas a decir 'Ponga la compra en el
cochecito y coja a la criatura en brazos', como te escuché que decías un día por la radio?
Probablemente la mayor parte de la gente estará dispuesta a hacer eso, y una vez que lleguen a
casa, desearán seguir con el bebé en brazos. Yo nunca dejé de sostener a Seth, porque no me
apatecía".

"Esa es la idea", respondí. "Sólo funciona si la criatura está ya ahí, y no niegas tus
sentimientos hacia ella, no porque alguien te diga que debes hacerlo. Tampoco te gustaría que se
te obligara a atender hasta ese punto a "un bebé" antes de conocerlo y haberte enamorado de él".

"Resolví el problema de mi baño metiendo a Seth conmigo en la bañera, y bañándole a él


a la vez", continuó. "Si Mark vuelve a casa a tiempo, no puede evitar el meterse él también en la
baÑera. Le gusta dormir con Seth tanto como a mí".

"He encontrado la manera de trabajar en la casa y en el jardín sin dejar a Seth. Tan solo
le suelto si tengo que hacer una cama, y en ese caso le pongo sobre el colchón y le hago saltar
entre sábanas y mantas; le encanta. Y espero a que Mark pueda ayudarme para subir carbón
desde el sótano. El único momento en que Seth y yo estamos separados es cuando monto a
caballo. Una amiga le sostiene mientras, y para cuando termino el paseo, estoy deseando cogerle
de nuevo. Siento que el tenerle conmigo es lo adecuado. Por suerte, llevo una imprenta a medias
con una amiga, así es que no tuve que dejar el trabajo. Trabajo de pie, y ya me he acostumbrado
a tenerle colgado sobre la espalda ó cadera. Si quiere comer, le doy la vuelta y me lo pongo
delante. No tiene que llorar; simplemente gruñe. De noche, también basta con que se mueva un
poco, y yo ya sé que tiene hambre. Le enchufo en un pecho y apenas tengo que despertarme".

Seth estuvo relajado y callado durante toda la comida, y, como los niños Yequana, se
dejaba coger sin problemas.

4
Se entiende que los bebés occidentales no sean bienvenidos en oficinas, tiendas, lugares
de trabajo e incluso fiestas. Por lo general gritan y dan patadas, sacuden los brazos y estiran el
cuerpo, de tal forma que se necesitan dos manos y mucha atención para mantenerlos bajo
control. Da la impresión de que acumulan tanta energía no descargada, -como consecuencia de
pasar tanto tiempo fuera del contacto de una persona activa, y por lo tanto de una manera natural
de descargar la energía-, que cuando se les coge están todavía rígidos por la tensión, e intentan
aliviarse agitando los miembros y haciendo señales para que la persona que les coge les haga
saltar sobre una rodilla, o les lance en el aire. Millicent estaba sorprendida ante la diferencia
entre el cuerpo tranquilo de Seth y el de otros bebés. Decía que todos parecían atizadores (de
chimenea).

Tan pronto como se reconozca que el tratar a los bebés como


hicimos durante cientos de miles de años da lugar a criaturas tranquilas, relajadas y que no
exigen cuidados especiales, desaparecerá el conflicto para las madres trabajadoras, que no
desean pasar el día aburridas y aisladas sin compañía adulta. Las criaturas podrán estar donde
tienen que estar, con sus madres en el lugar de trabajo de ésta; y las madres podrán estar donde
tienen que estar, con sus iguales, dedicándose, no al cuidado de bebés, sino a actividades propias
de un adulto inteligente. Pero los jefes no estarán dispuestos a ello hasta que la reputación de los
bebés mejore. La revista "Ms" hizo un esfuerzo heroico y aceptó a bebés en sus oficinas, pero no
hubiese sido necesaria tanta heroicidad si las criaturas hubiesen estado en contacto físico con
alguien, en vez de permanecer aisladas en sus cochecitos.

No todo el mundo pone en práctica los principios del continuum con tanta diligencia y
alegría como Millicent y Mark, quienes ahora tienen más hijos criados como Seth. Una madre,
Anthea, me escribió contando que tan pronto como leyó el libro se dió cuenta de debería haber
escuchado su propio instinto, en vez de escuchar a los "expertos" en el cuidado de bebés. No lo
hizo, y a su hijo Trevor, de cuatro años, le había hecho "todas las cosas equivocadas".

No sólo es difícil cargar a cuestas con un crío de cuatro años para que recupere la
experiencia en brazos que le falta, sino que además es importante dejarle que juegue, explore y
aprenda de acuerdo con su edad. Sugerí que Trevor durmiese en la cama con Anthea y Brian, y
que durante el día dejasen las cosas como estaban, excepto que le recibieran en sus brazos y se
mantuvieran físicamente asequibles siempre que él lo pidiese. También les pedí que registrasen
por escrito todo lo que pasaba, pues este libro acababa de salir y pensé que su experiencia podría
resultar útil a otras personas.

Anthea tomó notas fielmente de lo que sucedía. Las primeras noches ninguno de ellos
logró dormir mucho. Trevor se movía y lloriqueaba. Les metía los pies en la nariz, los codos en
las orejas. Pedía vasos de agua a horas intempestivas. Una vez, Trevor se colocó de forma
perpendicular a sus padres, que tuvieron que aferrarse a los bordes del colchón para no caer.
Brian llegó a la oficina con los ojos rojos y de mal humor más de una vez. Pero, al contrario que
otros padres, que tras dos ó tres noches de prueba me decían, "No funciona, no podemos
dormir", y se rendían, ellos perseveraron.

A los tres meses, escribió Anthea, no había problemas; los tres dormían como benditos
toda la noche. Y no sólo mejoraron notablemente las relaciones entre Anthea y Trevor, y Brian y
Trevor, sino también la relación entre Anthea y Brian. "Y", añadió Anthea al final de su escrito,
mencionando por primera vez el tema, "Trevor ha dejado de ser agresivo en el colegio".

5
Algunos meses después, una vez hubo cubierto su necesidad de la experiencia que le
faltó como bebé, Trevor volvió a su cama por su propio deseo. Por supuesto, su nueva hermana
compartía también la cama con sus padres, y Trevor sabía que sería bienvenido en ella siempre
que lo necesitase.

Tranquiliza el saber que, después de cuatro años, uno puede reparar tanto en tan solo tres
meses. Me alentó mucho, y conté a menudo la historia de Trevor tanto en conferencias como en
cartas de respuesta a preguntas sobre el tema.

Sobre por qué no Sentirte Culpable por no haber sido la Unica Persona en la Civilización
Occidental en Tratar Correctamente a su criatura.

Otra mujer, Rachel, cuya famila de cuatro estaba prácticamente criada, me escribió
diciendo, "Creo que su libro es una de las cosas más crueles que yo he leído. Ni siquiera estoy
sugiriendo que desearía no haberlo leído. Es, tan solo, que me impresionó profundamente, me
hirió hasta el fondo y me intrigó muchísimo. No quiero encarar la posible verdad en su teoría e
intento con todas mis fuerzas evitar el enfrentarme a ello...(Por cierto, que Dios la perdone por
ese párrafo sobre lo que las criaturas han de soportar, porque, utilizando las palabras de Noël
Cowward, "¡Yo nunca lo haré!")... Me sorprende que hasta ahora no la hayan embadurnado a
usted de brea y emplumado después... Toda madre que lo lea tendrá que hacer todo lo posible
por evitar sus implicaciones... Sabe, honestamente creo que pude soportarlo sólo porque pensaba
que todo el sufrimiento que padecemos es normal e inevitable -"¡natural!", para utilizar esa
palabra que a menudo escuchamos a modo de consuelo en labios de otras madres, psicólogos de
niños y libros- . Ahora que usted ha introducido en mi cabeza la idea de que podría ser de otra
manera, bien, no me importa decirle que después de leer el libro, por no mencionar mientras lo
leía, estuve tan deprimida durante veinticuatro horas, que pensé en pegarme un tiro".
Felizmente, no hizo, y desde entonces nos hemos hecho buenas amigas, ella una gran
defensora del concepto del continuum, y yo una gran admiradora de su honestidad y su facilidad
de palabra. Pero los sentimientos que expresó, la depresión, la culpabilidad, el remordimiento,
han surgido con demasiada frecuencia en lectores con hijos ya crecidos.

Sí, por supuesto que es terrible el pensar en lo que, con la mejor de las intenciones,
hemos hecho a los que más queremos. Pensemos también en lo que nuestros amorosos padres
nos han hecho a nosotros con la misma ignorancia/inocencia, y lo que sin duda les hicieron a
ellos. La mayor parte del mundo alfabetizado comparte con nosotros la victimización de cada
nuevo y confiado bebé. Se ha convertido en una costumbre (por razones sobre las que no
especularé aquí). ¿Tiene cualquiera de nosotros, por lo tanto, el derecho a tomar sobre sus
espaldas la culpa ó la sensación de haber sido engañado, como si uno sólo pudiera haber sabido
hacerlo mejor?

Por otro lado, si, temiendo ese irracional sentido de culpabilidad personal, nos negamos a
admitir lo que todos nos estamos haciendo a todos, entonces, ¿cómo podremos esperar que algo,
como por ejemplo lo más cercano a nosotros, cambie? Nancy, una hermosa mujer de pelo
blanco, dijo durante una conferencia mía en Londres que desde que ella y su hija de treinta y
cinco años habían leído el libro, el entender la relación entre ellas les había acercado más que
nunca. Otra madre, Rosalind, me dijo que tras leer el libro cayó durante varios días en una
tremenda depresión de llanto. Su marido fue comprensivo, y con paciencia cuidó de sus dos
hijas, mientras Rosalind languidecía, incapaz de continuar viviendo bajo la nueva luz. En un
6
momento dado, me dijo: "me di cuenta de que la única manera de seguir hacia adelante era leer
el libro de nuevo... esta vez en busca de fuerza".

Sobre nuestra extraña incapacidad para ver.

Un conocido me llamó una vez por teléfono excitadísimo, porque se había sentado en un
autobús detrás de una mujer india-americana con una criatura pequeña, y la tranquilidad y el
respeto con el que se trataban indicaban un tipo de relación entre ellos poco frecuente en la
sociedad británica. "Era bellísimo", decía. "Acababa de terminar de leer tu libro, y allí estaban
ellos, ilustraciones vivas. He estado entre muchísima gente como ellos, sin haber llegado jamás a
ver lo que ahora me parece tan obvio. Y desde luego nunca me di cuenta de lo mucho que
podrían enseñarnos, si lográsemos entender cómo llegaron a ser así... y por que nosotros no lo
somos nunca".

Estamos tan ciegos que actualmente en Gran Bretaña hay una organización que se llama
"National Associations for Parents of Sleepless Children" (Asociación Nacional para Padres de
Niños que No Duermen). Parece que funciona siguiendo el modelo de Alcohólicos Anónimos,
impartiendo fuerza a las víctimas de criaturas que no cesan de gritar a través del apoyo de otras
personas que sufren de lo mismo, y de frases del tipo de "Llega un momento en que se les pasa",
"Haz turnos con tu pareja, de forma que uno de los dos pueda dormir mientras el otro se
levanta", "Una vez que sabes que no le pasa nada, no hace daño a un niño el dejarle solo
llorando". Lo más que llegan a decir es lo siguiente: "Si todo lo demás falla, no le hará daño a la
criatura el que te la metas en la cama".

Nunca se sugiere que abandonen la guerra y escuchen a las criaturas que, unánimemente
y con toda claridad, hacen saber a todo el mundo cual es el lugar de un bebé.

Sobre estar centrado exclusivamente en el cuidado de niños ó ser permisivo.

Un padre ó madre cuya única ocupación sea el cuidado de niños, no solo tiende a
aburrirse y aburrir a otros, sino que también tiende a dar un tipo de cuidados poco adecuado. La
necesidad de una criatura es formar parte del entorno de una persona activa, estar
constantemente en contacto físico, y ser estimulada por muchas de las experiencias de las que
más tarde formará parte. El papel del bebé mientras está en brazos es pasivo, con todos sus
sentidos alerta. Ocasionalmente, disfruta de una atención directa, besos, cosquillas, ser lanzado
en el aire, etc. Pero su actividad principal es ser testigo de las acciones, interacciones y entorno
de quien le cuida, sea niño ó adulto. Esta información prepara a la criatura para ocupar su lugar
entre su gente, al haber entendido qué es lo que hacen. Cortar este fuertísimo impulso al mirar
inquisitivamente a un bebé que nos mira inquisitivamente -por así decirlo-, crea una frustración
profunda; algo así como poner esposas a su mente. Una persona emocionalmente necesitada,
que busca ser aceptada y aprobada, va minando la expectativa del bebé de encontrarse en la
periferia de una figura central fuerte y ocupada. La criatura hará cada vez más señales, pero no
será pidiendo atención; lo que de hecho estará pidiendo es el ser incluido en experiencias
adultas. Mucha de la frustración manifestada por este tipo de bebés, está causada por su
incapacidad para conseguir que sus señales de que algo marcha mal den lugar a algo adecuado.

7
Más tarde, algunos de los niños más exasperados y "siempre a la contra" son aquellos
cuyo comportamiento antisocial es un grito pidiendo que se les enseñe a comportarse
cooperativamente. La permisividad constante priva a los niños de ejemplos de vida centrada en
los adultos a través de los cuales puedan ir encontrando su lugar en la jerarquía natural de mayor
y menor experiencia, y en los que sus acciones deseables sean aceptadas, y sus acciones
indeseables rechazadas, pero ellos mismos sean siempre aceptados. Los niños necesitan ver que
se da por hecho que sus intenciones son siempre buenas, que son por naturaleza seres sociables
que intentan hacer lo adecuado, y quieren una reacción de fiar en sus mayores que les guíe. Una
criatura busca información sobre lo que se hace y lo que no se hace, y así, si rompe un plato,
necesita ver algo de enfado ó tristeza ante su destrucción, pero nunca el que se le retire la estima
-como si ella misma no estuviese enfadada ó triste al haber dejado que se le cayera, y no hubiese
decidido por ella misma ser más cuidadosa.

Si los padres no distinguen entre actos deseables y no deseables, la criatura interrumpirá


y trastornará con frecuencia, pidiéndoles así que cumplan su papel correcto. Finalmente, cuando
su paciencia llega al límite, descargarán todo el enfado acumulado en la criatura, probablemente
diciendo que ya le han aguantado 'bastante", y mandándole que se vaya. Este gesto implica que
todo el comportamiento anterior que estaban tolerando era, de hecho, malo, pero que estaban
escondiendo sus verdaderos sentimientos en su momento, y que la irremediable maldad del niño
acabó finalmente con la pantomima de que le aceptaban. En muchos hogares, estas son las
reglas del juego que impone a los niños, que acaban aceptando que lo que se espera de ellos es
que intenten "salir impunes" de la mayor cantidad posible de trastadas antes de que caiga el
hacha, momento en que se manifestará con claridad que no son aceptados.

En los casos extremos, cuando los padres, a menudo habiendo tenido su primer hijo ya
mayores, miman tan desastrosamente a sus pequeños tesoros que jamás dan ninguna señal que
distinga lo que se hace de lo que no se hace, las criaturas se vuelven casi locas de frustración. Se
rebelan ante cada nuevo "¿Quieres esto?", "¿Quieres hacer aquello?", "¿Qué quieres comer ...,
hacer ..., llevar?", "Qué quieres que haga mamá?", etc.

Conocí a una cría preciosa de dos años y medio a la que trataban así. A esa edad, ya
apenas sonreía. La mera sugerencia por parte de sus padres de que algo iba a agradarle, era
recibida con gestos de descontento y una repetición obstinada de "¡No!". Ante su rechazo los
padres se mostraban aún más serviles, y el desesperado juego continuó, sin que la niña
consiguiera que sus padres le sirvieran como ejemplo del que aprender, pues ellos siempre se
dejaban guiar por ella. Le hubiesen dado todo lo que ella hubiese pedido, pero no podían
entender que su verdadera necesidad era simplemente estar con ellos mientras vivían su vida
como adultos.

Los niños gastan una cantidad enorme de energía tratando de llamar la atención, pero no
porque necesiten esa atención en sí misma. Nos están dando señales para indicarnos que su
experiencia es inadecuada, e intentan conseguir la atención de quien les cuida para que tal
experiencia sea corregida.

Un impulso constante a llamar la atención no es más que la continuación de aquel primer


intento frustrado de conseguirla en la infancia, hasta que la llamada inicial se transforma en
objetivo en sí mismo, una especie de duelo de voluntades. De esta manera, una atención por
parte de los padres que da lugar a señales urgentes por parte del niño, suele ser una atención
inadecuada. La lógica natural impide creer que una especie evolucione con una característica
8
que vuelve locos a millones de padres. Una mirada a los otros millones de padres que viven en
lugares tales como países del Tercer Mundo, que no han tenido el "privilegio" de ser educados
en dejar de entender y confiar en sus hijos, nos muestra familias que viven en paz y niños que,
alrededor de los cuatro años, están ansiosos por ser útiles a su familia.

Nuevas reflexiones sobre psicoterapia.

Mi estrategia para curar los efectos de las carencias en la infancia ha evolucionado desde
un primer intento de reproducir las experiencias que faltan, hasta el intento de traducir los
mensajes, conscientes o inconscientes, que tales carencias dejan en la psique. En mi práctica
como psicoterapéuta, he descubierto que uno puede transformar con éxito las expectativas bajas
o negativas de sí mismo y del mundo a base de entender en profundidad cuáles son tales
expectativas, cómo llegaron allí, y por qué son falsas. El sentimiento de "no ser adecuado"
grabado más profundamente resulta ser, en su origen mismo, un conocimiento de que uno
merece la pena. Este conocimiento se ve traicionado y erosionado por experiencias que imponen
creencias erróneas, creencias que en la infancia y en la niñez uno es incapaz de cuestionar.
Miedos, amenazas sin nombre ni forma demasiado terribles para ser contempladas, cortan
cualquier libertad de acción, e incluso de pensamiento, que vaya en tal dirección. Estos miedos
pueden llegar a restringir tanto como para que uno no sea libre de vivir su vida más que en una
prisión auto-impuesta.

Seguir la pista de estos terrores hasta sus comienzos nos lleva a una experiencia que, una
vez encarada por el adulto, es reconocida como terrorífica solo para un niño. El constante y
agotador esfuerzo por evitar enfrentarse cara a cara con ese miedo es abandonado
automáticamente, y la parte, grande ó pequeña, esclavizada por tal miedo queda por fin libre.
Uno puede entonces permitirse a sí mismo hacer ó ser aquello que este miedo prohibió -tener
éxito ó fallar, se un "buen chico" ó dejar de ser un buen chico, amar ó aceptar ser amado, tomar
riesgos ó dejar de tomar riesgos- sin que aparezca una compulsión inapropiada que impida hacer
el mejor uso de las propias capacidades de juicio, tanto intelectuales como instintivas.

A finales de los años setenta, y durante el último de sus treinta años como pionero en la
investigación de la terapia de abreacción, trabajé con el doctor Frank Lake en su centro de
Nottingham. Él había leído este libro, y estaba ansioso por demostrarme que las ofensas a la
sensibilidad de las personas que tanto me preocupan, no comienzan al nacer, sino durante el
tiempo, igualmente formativo, de vida en el útero. La manera dramática en que muchos de sus
pacientes, y posteriormente los míos, revivieron tales experiencias, me convenció de que el
doctor tenía razón, sobre todo cuando produjo en mí las abreacciones antes de que yo hubiese
visto a ninguna otra persona en posición fetal, moviendo los miembros de esa manera especial,
haciendo ruidos y expresando emociones que llegué a reconocer como pertenecientes a ese
período.

Todavía utilizo esta técnica cuando un cliente llega a un punto en que necesita saber
sobre su nacimiento, su primera infancia ó su experiencia en el útero, pero, por muy dramática
que sea, según mi experiencia la abreacción no es terapéutica en sí misma. El valor de la
experiencia está en que contribuye a la información del sujeto, que más tarde la integra en su
nueva manera de comprender cómo es su vida (en oposición a lo que hasta entonces había
creído). Ocasionalmente, la abreacción puede producir la última pieza de un rompecabezas,
haciendo posible el salto de entender a comprender cuando, por fin, el comportamiento
9
espontáneo refleja la verdad descubierta. Pero es la verdad la que da lugar a la transformación...
y parece que sólo la verdad, independientemente de cómo se haya llegado a ella: mediante un
minucioso trabajo de detective, utilizando la deducción y, a veces, la inducción; a través de
evaluar aquellas creencias que no han sido examinadas desde que se formaron en la infancia (y
que por lo general conciernen el "bien" y el "mal"); por abreacción y recopilando información de
personas que no necesitaron olvidar sucesos que, en su momento, suponían un cataclismo para el
sujeto. Los liberadores resultados de este proceso se manifiestan por lo general con rapidez, y no
hacen falta años, sino meses, para que ocurran grandes transformaciones.

A la luz del concepto del continuum, una persona problemática es una persona
inherentemente "correcta", cuyas necesidades específicas -por pertenecer a su especie- no han
sido satisfechas, y cuyas expectativas, fruto de una evolución precisa, fueron negadas con
arrogancia o condenadas precisamente por aquellos cuyo papel debería haber sido el de
respetarlas y satisfacerlas. Padres insensibles tienen el desafortunado efecto de hacer creer a la
criatura que ella no ha sido digna de amor ó lo bastante "buena". Por naturaleza, no puede
siquiera pensar que ellos estén equivocados: la falta ha de ser de ella. Y así, cuando como
persona adulta puede entender en toda profundidad que su llanto, su mal humor, sus dudas, su
apatía ó su rebelión eran respuestas correctas al trato incorrecto que se le daba, toda su
perspectiva de sí misma como mala cambia apropiadamente. Creo que repasar la historia de una
persona bajo esa luz tiene de por sí un efecto saludable y crea una atmósfera curativa para
alguien acostumbrado a que se le haga sentir poco digno, no bienvenido ó culpable. Me alegra el
escuchar que otros psicoterapéutas han encontrado el concepto del continuum útil para sí
mismos, para sus estudiantes y para las personas a quienes están tratando.

De hecho, en los diez años que han pasado desde que este libro se publicara por primera
vez, un clima mucho más receptivo a las ideas que expone se ha ido desarrollando, tanto en
lugares como clínicas ginecológicas, guarderías, instituciones sociales y psicología, como en la
manera en que se ha ensanchado nuestra búsqueda de principios sólidos bajo los que vivir. Me
animó especialmente el leer la descripción de un personaje de película en la revista Time que
decía: "Su sentido de la responsabilidad social obtenía su información de un instinto intachable,
no de sospechosa ideología". Espero que esta nueva edición, así como las otras en distintos
idiomas, sirva como instrumento para que nuestro intachable instinto informe cada vez más a
nuestra muy sospechosa ideología.

Londres, 1985.

10
1
Cómo cambiaron tan radicalmente mis ideas
Este libro tiene por objeto el proponer una idea, no el relatar una historia. Pero pienso
que puede resultar útil contar algo sobre mi propia vida, algo sobre cómo llegó a prepararse en
mí el terreno en el que tal concepto echó raíces. Quizá ayude a entender cómo es que mis ideas
han llegado a alejarse tanto de las ideas de los estadounidenses del siglo veinte entre los que me
crié.

Marché a las junglas suramericanas sin ninguna teoría que demostrar, con una curiosidad
normal sobre los indios, y una sensación vaga de que podría aprender algo importante.

En Florencia, durante mi primer viaje a Europa, dos exploradores italianos me invitaron


a unirme a ellos en una expedición de búsqueda de diamantes en la región venezolana del río
Caroni, afluente del Orinoco. Fue una invitación hecha en el último momento, y en veinte
minutos tuve que decidir, correr a mi hotel, hacer el equipaje, ir a la estación y saltar al tren
mientras este se alejaba del andén.

Todo ello resultó muy dramático, pero cuando repentinamente


terminó la acción y vi nuestro compartimento reflejado en la ventana, casi a oscuras y lleno de
maletas, me entró un miedo atroz al comprender que me encontraba camino de una selva de
verdad.

Aunque no había tenido tiempo para reflexionar sobre las razones que me impulsaban a
ir, mi respuesta había sido instantánea y segura. Pese a que la idea de labrar la propia fortuna a
orillas de ríos tropicales resultaba mucho más atractiva que cualquier otro trabajo que pudiese
imaginar, no fueron los diamantes lo que encontré irresistible. Era la palabra selva la que para mí
escondía toda la magia, quizá por algo que me ocurrió de niña.

La experiencia tuvo lugar cuando yo tenía ocho años, y no sólo resultó muy importante
en su momento, sino que sigo pensando en ella como una experiencia de valor. Pero, como
muchos otros momentos en que nos sentimos iluminados, tan solo reflejó brevemente la
existencia de un orden sin revelar nada sobre su construcción o sobre cómo mantener su imagen
limpia en el lodo del vivir cotidiano.

Lo que más me desilusionó fue la convicción de haber visto por fin la esquiva verdad no
me sirvió para nada a la hora de guiar mis pasos en tal lodo. La breve visión era demasiado
frágil, y no sobrevivió el viaje de vuelta a lo aplicable. A pesar de que no se sostuvo frente a mis
mundanas motivaciones y, sobre todo, a la fuerza de mis hábitos, quizá merezca la pena
mencionarla, pues me dio un atisbo de esa sensación de bienestar (por no ocurrírseme manera
más apropiada de describirlo) sobre la que precisamente trata este libro.

11
El incidente ocurrió durante un paseo por los bosques de Maine, donde asistía a un
campamento de verano. Yo iba la última en la cola y, habiéndome quedado algo rezagada, me
disponía a correr para alcanzar al resto de la gente, cuando entre los árboles vi un claro. Al fondo
había un abeto, y en el centro un montículo cubierto con musgo de un verde brillante, casi
luminoso. Los rayos del sol de la tarde caían oblicuamente sobre el verde azul-negro del bosque
de pinos. El pequeño trozo de cielo visible era perfectamente azul. El cuadro resultaba tan
completo y con un poder tan denso, que me hizo detenerme. Me acerqué y, poco a poco, como
quien entra en un lugar sagrado ó mágico, avancé hacia el centro dónde me senté. Finalmente,
me recliné apoyando la mejilla en el fresco musgo. Es aquí, pensé, y sentí desaparecer la
ansiedad que impregnaba mi vida. Aquí, por fin, las cosas son como deberían ser. Todo estaba en
su sitio - el árbol, la tierra bajo mi cuerpo, la roca, el musgo. En otoño resultaría adecuado; en
invierno, perfecto bajo la nieve. Volvería la primavera, y los milagros irían surgiendo uno dentro
de otro, cada uno a su ritmo especial; algunas cosas brotarían después de haber muerto, otras por
vez primera. Pero todas con la misma adecuada perfección.

Sentí que había encontrado el centro perdido de las cosas, la llave de la bondad misma, y
que debía aferrarme al conocimiento que tan claro emergía en ese lugar. Por un momento me
sentí tentada de arrancar un pedazo de musgo y llevármelo como recuerdo; pero un pensamiento
propio de adulto me asaltó. Temí, de pronto, que atesorar un amuleto de musgo me hiciese
perder el verdadero tesoro: la visión que había tenido; que, creyendo que mientras tuviese el
musgo mi visión estaría a salvo, llegase un día en que no quedase de ella más que unas briznas
de vegetación muerta.

Así es que no me llevé nada, pero me prometí a mí misma recordar el claro todas las
noches antes de dormir, evitando de esta manera que su poder estabilizador se alejara de mí.

A pesar de tener sólo ocho años, sabía que la confusión de valores que me lanzaban mis
padres, profesores, otros niños, niñeras, guías de campamento y demás, no haría sino empeorar
con el tiempo. Los años añadirían complicaciones y me llevarían a enredos impenetrables de
bienes y males, deseables e indeseables.

Había visto ya lo bastante como para saber eso. Pero, pensé, si soy capaz de mantener el
claro cerca de mí, nunca me perderé.

Aquella noche, en el campamento, evoqué el claro, sentí gratitud, y renové el voto de


mantener mi visión. Y durante años ésta mantuvo su cualidad mientras yo, cada noche, evocaba
el montículo, el abeto, la luz, la plenitud.

Sin embargo, con el paso de los años, a menudo olvidaba el claro durante días ó
semanas. Intenté recuperar la sensación de salvación que en el pasado emitía, pero mi mundo
había crecido. El sencillo catálogo de valores niña-buena-niña-mala de la guardería había
desaparecido poco a poco bajo los valores, a menudo contradictorios, de mi cultura y mi familia:
una mezcla de dones y virtudes victorianas, una fuerte inclinación hacia el
individualismo, las ideas liberales y el talento artístico, y, sobre todo, un gran respeto por un
intelecto original y brillante como el de mi madre.

A los quince años me di cuenta, con profundísima tristeza (pues no era capaz de recordar
aquello que me llevaba al duelo), que había perdido el sentido de El Claro. Recordaba
perfectamente la escena pero, como había temido cuando decidí no coger el musgo, su
12
significado se había esfumado. Mi imagen mental había acabado convirtiéndose en el amuleto
vacío.

Viví con mi abuela y, cuando ella murió, decidí marcharme a Europa a pesar de no haber
terminado la universidad. Aunque durante aquel período de duelo mis pensamientos no eran
muy claros, decidí hacer un esfuerzo gigantesco y continuar hacia para adelante, pues acudir a
mi madre siempre acababa hiriéndome.

Nada de lo que se esperaba que yo desease parecía merecer la pena - trabajos para
escribir en revistas de moda, una carrera como modelo, ó seguir estudiando.

En el camarote del barco que me llevaba a Francia, lloré por miedo a haber apostado
todo lo que me resultaba familiar contra algo sin nombre. Pero no quise volver.

Callejeé por París, dibujando y escribiendo poemas. Me ofrecieron un trabajo como


modelo en Dior, pero no lo acepté.

Tenía conexiones en la revista francesa Vogue, pero los utilicé solo ocasionalmente para
obtener trabajos como modelo que no exigían compromiso. Y me sentí más a gusto en aquella
ciudad extranjera de lo que me había sentido nunca en mi nativa New York. Sentía que estaba en
el camino adecuado, pero todavía me hubiese resultado imposible verbalizar qué es lo que
buscaba. En el verano marché a Italia, primero a Venecia y más tarde, tras visitar un pueblo en la
Lombarda, a Florencia. Allí conocí a los dos jóvenes italianos que me invitaron a ir a buscar
diamantes en Venezuela.

De nuevo, como me había ocurrido al partir de América, me asustó la audacia del paso
que estaba dando, pero ni por un instante consideré el echar marcha atrás.

Cuando por fin comenzó la expedición, después de muchas preparaciones y retrasos,


viajamos río arriba por el Carcupi, un afluente pequeño y no explorado del Caroni. En un mes
habíamos avanzado considerablemente pese a los obstáculos, fundamentalmente troncos caídos
que superábamos abriendo paso a la canoa con hachas y machetes, y cascadas ó rápidos que
evitábamos llevando a cuestas una tonelada de material con la ayuda de dos indios. Para cuando
asentamos un campamento base desde el que explorar afluentes menores, el volumen del río
había disminuido a la mitad.

Era nuestro primer día de descanso desde que habíamos entrado en el Carcupi. Tras el
desayuno, el jefe italiano y ambos indios marcharon a investigar la situación geológica, mientras
el segundo italiano se mecía agradecidamente en la hamaca.

Tomé uno de los dos libros de bolsillo que había escogido entre una pequeña selección
de títulos en inglés en el aeropuerto de ciudad Bolívar, y me senté sobre las raíces de un gran
árbol cuyas ramas caían sobre el río. Había leído la mitad del primer capítulo sin despistarme,
prestando atención a la historia, cuando de repente me golpeó con fuerza una certidumbre. "¡Es
esto! ¡El Claro!". Toda la excitación de aquella visión de niña volvió. La había perdido y ahora,
en un Claro de adulto, en la selva más grande del mundo, volvía. Los misterios de la vida en la
selva, las formas de sus plantas y animales, sus dramáticas tormentas y puestas de sol, sus
serpientes, sus orquídeas, su fascinante virginidad, lo duro de abrirse camino en ella y la
generosidad de su belleza, todo ello le hacía parecer aún más activa y profundamente adecuada.
13
Era lo adecuado a gran escala. Cuando sobrevolábamos sobre ella nos había parecido un gran
océano verde, extendiéndose en el horizonte en todas las direcciones, atravesada por vías de
agua, elevada sobre sólidas montañas, ofreciéndose al cielo en las manos abiertas de las mesetas.
Vibraba con vida y con ser lo adecuado en cada una de sus células -siempre cambiando, siempre
intacta y siempre perfecta.

En mi alegría, ese día pensé que había llegado al final de mi búsqueda, que mi objetivo
había sido alcanzado: la visión clara de las cosas en su más pura esencia. Era lo "adecuado" que
había intentado distinguir entre la confusión de mi infancia, y más tarde, en los años de mi
adolescencia, a través de conversaciones, tertulias y discusiones que a menudo se extendían
hasta el amanecer. Era El Claro, perdido, recuperado, y ahora reconocido, esta vez para siempre.
A mí alrededor, sobre mí, a mis pies, todo era adecuado, naciendo, viviendo, muriendo y siendo
reemplazado sin ninguna alteración del orden de todo ello.

Dejé que mis manos recorrieran con amor las grandes raíces que como un sillón me
sostenían, y comencé a acariciar la idea de permanecer en la selva durante el resto de mi vida.

Al terminar la exploración del Carcupi (donde encontramos unos cuantos diamantes),


volvimos por provisiones al pequeño puesto de Los Caribes, cuando vi en un espejo que había
ganado peso, y que por primera vez en mi vida podría describírseme como esbelta, no como
flaca. Me sentí más fuerte, más capaz y menos temerosa de lo que me había sentido nunca.
Estaba floreciendo en mi amada selva. Todavía me quedaban seis meses para discurrir cómo
lograr quedarme allí al terminar la expedición; todavía no había necesidad de encarar los
problemas prácticos.

Sin embargo, una vez pasaron los meses, yo estaba deseando marcharme. La malaria
había marchitado mi salud, y el hambre de carne y verduras frescas había minado mi moral.
Hubiese cambiado uno de nuestros diamantes, que tanto nos habían costado conseguir, por un
vaso de zumo de naranja. Y estaba más delgada que nunca.

Pero, después de siete meses y medio, tenía una visión aún más detallada de lo adecuado
de la selva. Había conocido a los indios Tauripanos, no sólo a los dos que habíamos contratado,
sino a clanes enteros, familias en sus chozas, viajando en grupo, cazando, viviendo la vida de
una especie en su habitat, sin ningún apoyo exterior salvo el machete y hacha de acero con que
habían sustituido los originales de piedra. Eran la gente más feliz que yo había visto nunca, pero
entonces apenas sí me di cuenta; eran tan distintos de nosotros, más pequeños, menos
musculosos, y sin embargo capaces de transportar pesos mayores y durante distancias más largas
que los mejores entre nosotros. Ni me pregunté por qué. Pensaban siguiendo esquemas
diferentes a los nuestros. ("Para llegar a Padacapah", preguntaba uno de nosotros, "¿debemos ir
río arriba en canoa, ó marchar por tierra?", y un indio contestaba "Sí"). Pocas veces tuve la
sensación clara de que pertenecían a nuestra misma especie, aunque, por supuesto, si me
hubiesen preguntado hubiese dicho que sí lo eran sin titubear. Los niños se portaban bien sin
excepción: nunca se peleaban, nunca se les castigaba, siempre obedecían con alegría y rapidez.
El dicho "los niños se comportan como niños" no funcionaba con ellos, pero nunca me pregunté
por qué. No había duda en mi mente de que la selva era un lugar adecuado, ni que cualquier cosa
que yo buscase era mejor buscarla allí, pero, pese a lo que creí al principio, el bienestar y
viabilidad de los ecosistemas de la selva, de sus plantas, animales, indios y demás, no
constituyeron automáticamente una respuesta, una solución personal para mí.

14
De nuevo, esto no me resultó claro entonces. Yo me sentía ligeramente avergonzada de
desear cada vez más espinacas, zumo de naranja, descanso. Sentía un amor salvajemente
romántico y una admiración sin límites por el arisco gran bosque, y mientras hacía el equipaje ya
estaba pensando en cómo ingeniármelas para volver. La verdad era que no había encontrado en
absoluto bienestar para mí misma. No sé cómo fue que no llegué a ver lo obvio: que los indios,
al ser humanos como yo y, a la vez participar en lo adecuado de la selva, eran el denominador
común, el eslabón entre la armonía que me rodeaba y mi deseo de esa armonía.

Algún que otro rayo de luz logró llegar hasta mi mente cegada por la civilización: por
ejemplo, algunos referentes al concepto de trabajo. Habíamos intercambiado nuestra canoa de
aluminio, algo pequeña, por una balsa excesivamente grande. En esta barca, tallada de un sólo
árbol, llegaron a viajar diecisiete indios con nosotros. Con todo su equipaje añadido al nuestro, y
todo el mundo a bordo, la inmensa canoa seguía pareciendo vacía. El cargar con ella, esta vez
con sólo cuatro o cinco indios para ayudarnos, a lo largo de media milla de piedras al borde de
una gran cascada, era deprimente de contemplar. Hubo que colocar troncos de árbol a lo largo
del camino y, una vez sobre ellos, arrastrar la canoa centímetro a centímetro bajo un sol
despiadado, resbalando inevitablemente entre las piedras cada vez que la canoa se tambaleaba
fuera de control, y arañándonos con el granito la piel, los tobillos ó la parte del cuerpo sobre la
que uno cayese. Los italianos y yo, sabiendo lo que nos esperaba, pues ya habíamos tenido que
cargar antes con la canoa pequeña, pasamos varios días temiendo con antelación el trabajo y el
dolor que se acercaban. El día en que llegamos a las cataratas de Arepuchi, estabamos
preparados para sufrir y comenzamos a tirar de aquello con la cara larga y odiando cada minuto
que pasaba.

La maldita balsa pesaba tanto, que muchas veces, al balancearse, uno de nosotros
quedaba atrapado contra las rocas hasta que el resto la movíamos. Al llegar a la cuarta parte del
trayecto, todos los tobillos sangraban. En parte para descansar un minuto, salté a una gran roca
para tomar una fotografía de la escena. Desde la ventaja de mi puesto, y gracias a la distancia,
pude percibir un hecho de lo más interesante. Ante mí tenía a varios hombres entregados a la
misma tarea. Dos de ellos, los italianos, estaban tensos, con el ceño fruncido, perdían los estribos
constantemente y soltaban tacos sin parar a la manera toscana. El resto, indios, estaban muy a
gusto. Se reían ante el movimiento de la canoa, transformando la batalla en juego; se relajaban
entre empujones, se reían de sus arañazos, y se divertían especialmente cuando la canoa les
atrapaba uno tras otro. Invariablemente, el tipo que había tenido la espalda desnuda atrapada
contra el granito, una vez libre, lanzaba las carcajadas más sonoras, disfrutando su libertad.

Todos estaban haciendo el mismo trabajo; todos estaban sometidos a la misma tensión y
al mismo dolor. La única diferencia entre nuestras situaciones era que nosotros habíamos sido
condicionados por nuestra cultura para creer que tal combinación de circunstancias implicaba
una baja indudable en el nivel de bienestar, y no teníamos ni idea de que tuviésemos alguna
opción en el tema.

Los indios, por otro lado, también inconscientes de su elección, estaban en un estado de
ánimo particularmente alegre que se manifestaba en camaradería; y por supuesto no habían
pasado los últimos días regodeándose con el fastidio de lo que se les venía encima. Cada avance
suponía para ellos una pequeña victoria. Cuando terminé de hacer fotos y me uní a ellos, opté
por abandonar la opción civilizada y disfruté de verdad con el resto del trabajo. Hasta los
arañazos y cardenales pasaron con facilidad a no ser más que lo que eran: pequeñas heridas que
sanarían pronto sin necesidad de reacciones emocionales desagradables, como enfado,
15
auto-compasión y resentimiento, ni de ansiedad sobre cuantas más vendrían antes de acabar el
arrastre. Al contrario, pude apreciar lo bien diseñado que estaba mi cuerpo, que se curaba a sí
mismo sin necesidad de instrucciones o decisiones mías.

Pero pronto mi sensación de emancipación cedió ante la tiranía de la costumbre, ante el


peso tremendo de los condicionantes culturales que sólo pueden cancelarse con un esfuerzo
consciente prolongado.

Más adelante surgió otra pista sobre la naturaleza humana y el trabajo. Dos familias
indias vivían en una choza sobre una magnífica playa blanca, un remanso rodeado por piedras
que formaba una media luna, el Caroni y las cataratas de Arepuchi un poco más allá. Un
paterfamilias se llamaba Pepe, el otro César. Fue Pepe quien contó la historia. Parece ser que
César había sido "adoptado" por venezolanos cuando era muy niño, y se había ido a vivir con
ellos a un pueblo pequeño. Le mandaron al colegio, aprendió a leer y escribir, y le criaron como
venezolano. Cuando creció marchó, como tantos otros hombres de los pueblos Guianese, a
probar fortuna con la búsqueda de diamantes en el alto río Caroni. Estaba trabajando con un
grupo de venezolanos cuando Mundo, jefe de los Tauripanos en Guayparu, le reconoció.

"¿No te llevaron a vivir con José Grande?", preguntó Mundo.


"Me crió José Grande" dijo, según la historia, César.
"Entonces debes volver con tu propia gente. Eres un Tauripano", dijo Mundo.

César, después de pensarlo mucho, decidió que estaría mejor viviendo como indio que
como venezolano y fué a Arepuchi, donde vivía Pepe.

Durante cinco años César vivió con la familia de Pepe, se casó con una bella mujer
Tauripana, y tuvo una niña. Como a César no le gustaba trabajar, él, su mujer y su hija comían
de lo que crecía en la plantación de Pepe. César estaba encantado de que Pepe no esperase de él
ni que cultivase un terreno propio ni que le ayudase a limpiar el suyo. A Pepe le gustaba trabajar
y a César no, así que el arreglo les iba bien a todos.

A la mujer de César le gustaba reunirse con las otras mujeres para cortar y preparar la
tapioca, pero a César solo le gustaba salir a cazar tapir y, ocasionalmente, algún otro tipo de
gamo. Al cabo de un par de años empezó a disfrutar con la pesca y añadió sus presas a las de
Pepe y sus hijos, a quienes siempre gustaba pescar manteniendo bien provistas de pescado a
ambas familias.

Justo antes de que llegásemos nosotros César había decidido limpiar su propio terreno, y
Pepe le ayudó en todos los detalles, desde elegir el lugar hasta tirar y quemar los árboles. Pepe lo
disfrutó aún más porque él y su amigo charlaron y bromearon todo el tiempo.

César, tras cinco años de garantía, había sentido que nadie le presionaba a llevar a cabo
el proyecto, y se sentía tan libre cómo Pepe ó cualquier otro indio para disfrutar del trabajo.

Todo el mundo estaba contento en Arepuchi, nos dijo Pepe, porque César había
empezado a estar descontento e irritable. "Quería tener su propio huerto", dijo riendo, "pero él
no lo sabía". A Pepe le resultaba graciosísimo el que alguien no supiese de sí mismo que quería
trabajar.

16
Estas indicaciones de que en la civilización nos basamos en conceptos seriamente
erróneos sobre la naturaleza humana, no me sugirieron en aquel entonces ningún principio
general sobre el tema. Pero, pese a que no me había formado ninguna idea sobre lo que quería
saber, y ni siquiera sabía claramente que andaba buscando algo, al menos reconocí haber
encontrado un camino que merecía la pena seguir. Esto bastó para mantener mi rumbo durante
los años siguientes.

La segunda expedición, a seis semanas de los límites de la Venezuela de habla hispana,


la encabezó un italiano, un profesor convencido de que las chicas no tenían nada que hacer en la
selva.

Uno de mis antiguos socios logró que me aceptara a regañadientes, y pude seguir mi
camino al mundo de la Edad de Piedra de las tribus Yequana y Sanema, protegidas del exterior
por el llamado "inpenetrable" bosque de la lluvia, en la cuenca alta del río Caura, junto a la
frontera con Brasil.

Las fuertes personalidades individuales de hombres, mujeres y niños eran aún más
evidentes en ellos, pues nunca habían tenido la necesidad de protegerse de extraños tras rostros
impasibles, como sucedía a los Tauripanos. Sin embargo, en aquella tierra extraña, no fui capaz
de comprender que mucho del carácter irreal de su gente se debía a la ausencia de infelicidad, un
factor común en todas las sociedades que yo había conocido hasta entonces.

Tenía la sensación imprecisa de que en algún lugar detrás de los árboles, fuera de la
vista, el fantasma de Cecil B. De Mille estaba dirigiendo la acción al estilo clásico,
uni-dimensional, de los salvajes de Hollywood. Las "reglas" del comportamiento humano no
iban con ellos.

Durante tres semanas mis socios fueron detenidos por un gran grupo de pigmeos que les
retuvo como mascotas, y yo viví sola con los Yequana. En ese breve intervalo de tiempo, me
deshice de más de las suposiciones con las que había sido criada, que en la primera expedición
entera. Y comencé a comprender el valor del proceso de des-aprendizaje. También hubo varios
factores más que indicaban un punto de vista alternativo con referencia al trabajo y que lograron
atravesar las capas de mis prejuicios.

Uno de ellos fue la aparente ausencia de la palabra "trabajo" en el vocabulario Yequana.


Tenían la palabra tarabaho, que usaban para describir tratos con no-indios, a los cuales -nosotros
éramos la excepción- conocían sólo de oídas. Esta palabra venía de la palabra castellana trabajo,
y se refería con bastante exactitud a lo que los conquistadores y sus sucesores entendían por tal.
Me sorprendió que entre todas las palabras que aprendí de ellos, esta era la única que se derivaba
del castellano. Al parecer, entre los Yequana no existía un concepto de trabajo parecido al
nuestro. Había palabras para cada actividad concreta, pero no un término genérico.

Dado que no distinguían el trabajo de cualquier otra actividad, no tenía nada de


sorprendente lo irracional (según pensaba yo entonces) de su comportamiento a la hora de ir a
por agua. Las mujeres abandonaban sus hogueras varias veces al día llevando consigo dos ó tres
calabazas cada vez y, tras bajar una pendiente empinadísima y resbaladiza en cuanto se mojaba,
llenaban las calabazas en un arroyuelo y trepaban de nuevo hasta el pueblo. La operación
completa requería unos veinte minutos, y muchas de ellas llevaban consigo a las criaturas
además de las calabazas.
17
Cuando bajé por primera vez, me sorprendió lo incómodo de tener que andar tanto para
cubrir una necesidad tan frecuente. No me cabía en la cabeza que no hubieran construido el
pueblo en un lugar donde el agua fuese más accesible. En la última parte del paseo, a la orilla del
arroyo, estaba tensa por la ansiedad de tener que prestar atención a cada paso que daba. Seguro
que los Yequana tienen un mayor sentido del equilibrio y, como los indios norteamericanos,
carecen de miedo a las alturas, pero el caso es que ni ellas ni yo nos caímos nunca, y yo fui la
única a la que enfadaba tener que prestar atención a dónde ponía los pies.

Sus pasos eran tan cuidadosos cómo los míos, pero ellas no fruncían el ceño, como hacía
yo, ante el "infortunio" de tener que prestar atención. Seguían charlando y bromeando
suavemente, tanto en el llano como en la pendiente, pues por lo general iban en grupos de dos ó
tres y, como siempre, un ambiente de fiesta prevalecía.

Una vez al día cada mujer dejaba sus ropas (un cache-sexe tipo delantal, y cuentas para
los tobillos, rodillas, muñecas, antebrazo, cuello y orejas) y calabazas a la orilla del arroyo y se
bañaba con su criatura. Por muchas mujeres y niños que participaran, había siempre una
cualidad de lujo romano en ese baño. Cada movimiento indicaba placer sensual, y las criaturas
se pasaban de mano en mano como objetos maravillosos, hasta el punto de que las madres se
veían obligadas a contener su alegría y orgullo con una falsa mueca de modestia llena de humor.
El descenso de la montaña se llevaba a cabo con el mismo aire, casi presumido, de quien está
acostumbrado a lo mejor de lo mejor, y los peligrosos últimos pasos de entrada al arroyo eran
dignos de una Mis Mundo acercándose a recoger su corona. Esto era cierto en toda mujer y
chica Yequana que conocí, aunque las distintas personalidades hacían que manifestasen su
encanto de maneras muy diferentes.

Tras reflexionar sobre ello, me resultó difícil encontrar una manera mejor, desde el punto
de vista del bienestar, de aprovechar el tiempo empleado en recoger agua. Por otro lado, si el
criterio fuese el progreso -y sus asistentes: velocidad, eficiencia y novedad-, los paseos al agua
resultarían propios de un imbécil. Pero el ingenio que esta gente había manifestado en mi
experiencia con ellos era tal, que, si les hubiese pedido que inventaran alguna manera de
evitarme el paseo hasta el agua, no dudo que habrían construido un sistema de cañerías de
bambú y poleas para ayudarme, ó me habrían construido una cabaña junto al arroyo. Pero ellos
mismos no tenían ningún motivo para progresar, pues no sentían ningún tipo de presión que les
llevase a cambiar sus maneras.

El que yo considerase como una imposición tener que usar la coordinación,


perfectamente adecuada, de mi cuerpo, ó me enfadase, en base a un principio nunca cuestionado,
el malgastar el tiempo en satisfacer necesidades, estaba en función de unos valores arbitrarios
que su cultura no compartía.

Otra cosa que aprendí sobre el trabajo, fue fruto de la experiencia y no de la observación.
Anchu, jefe del pueblo Yequana, había tomado por costumbre guiarme, siempre que se le
presentaba la ocasión, hacia un comportamiento más feliz. Yo acababa de intercambiar un
adorno de cristal por siete cañas de azúcar, y estaba en el proceso de asimilar una lección (que
mencionaré más adelante) que acababa de recibir sobre las técnicas de trueque entre individuos
para los que las relaciones humanas son más importantes que el conseguir una rebaja.La esposa
de Anchu se dirigió de vuelta a su cabaña, un lugar aislado y cercano, y Anchu, un Sanema que
parecía su mayordomo, y yo, teníamos que volver atravesando dos montañas al pueblo, en lo
18
alto de una tercera montaña. Anchu pidió al Sanema que cogiese tres cañas y colocó otras tres
sobre sus propios hombros, dejando una en el suelo. Yo esperaba que los hombres cargasen con
todas, y cuando Anchu señaló la última caña y dijo "Amaadeh" ("Tú"), por un instante me
enfurecí ante la idea de que se me ordenase cargar con algo en el empinado camino de vuelta,
habiendo dos hombres fuertes que podían hacerlo; pero recordé a tiempo que, antes ó después,
siempre resultaba que Anchu sabía más sobre casi todo.

Me coloqué la caña sobre los hombros y, como Anchu esperaba


Para que yo fuese en cabeza, comencé el primer ascenso. Al peso del temor al largo paseo de
vuelta acumulado durante el viaje de ida -y que aumentó durante la comida en casa de Anchu y
el tiempo que pasamos en el cañaveral-, se añadió la noticia de que, además, tendría que cargar
con una caña pesada. Los primeros pasos estuvieron marcados por pensamientos sobre la
presión que yo siempre experimentaba en las marchas a lo largo de la selva, especialmente
cuesta arriba y sin tener las manos libres.

Pero de repente, todo ese peso añadido desapareció. Anchu no hizo la menor señal que
indicase que yo debía andar más rápido, que mi prestigio sufriría si yo mantenía un paso
cómodo, que se me juzgaba por mi rendimiento, ó que el tiempo pasado sobre el camino iba a
ser menos apetecible que el tiempo a pasar de vuelta en casa.

La prisa había sido siempre una componente en situaciones similares con mis socios
blancos, como también lo había sido la ansiedad por adaptar mi paso al de los hombres para
mantener el honor del sexo débil, y la presunción nunca cuestionada de que la ocasión era
desagradable porque ponía a prueba nuestro aguante físico y determinación moral. Esta vez la
actitud de Anchu y el Sanema, tan distinta, hizo que estos elementos desaparecieran, y por
primera vez me sentí simplemente caminando por el bosque con una caña de azúcar sobre mis
hombros. Lejos quedó el espíritu de competición, el esfuerzo físico pasó de ser algo impuesto a
ser una demostración satisfactoria de la fuerza de mi cuerpo, y aquella actitud de quien va hacia
el martirio con determinación dejó de tener sentido.

Y entonces, un nuevo placer se añadió a mi libertad: fui consciente de estar acarreando


no sólo una caña de azúcar, sino parte de una carga compartida entre tres compañeros. Había
escuchado con frecuencia en el colegio y el campamento de verano la expresión "espíritu de
equipo", hasta que no llegó a significar más que una falsa pretensión. La posición de cada cual
siempre era de riesgo. Una se sentía siempre amenazada, observada, juzgada. La intención
inicial de realizar una tarea a medias con un camarada se perdía en un nudo de competiciones; la
sensación básica de placer al compartir las propias fuerzas con las de otros nunca había tenido
ocasión de emerger.

Durante el camino me asombró la velocidad y facilidad con las que caminaba. Por lo
general solía ir más lento, eso sí, sudando sin parar y al borde de mis límites. Quizás estaba
acercándome al secreto de los indios, capaces de superar a nuestros hombres más fuertes y
entrenados pese a tener, por lo general, menor poder muscular. Economizaban sus fuerzas a base
de usarlas tan sólo para realizar la tarea, sin desperdiciarlas en tensiones asociadas.

Me acordé entonces de mi sorpresa ante los Tauripanos en la primera expedición,


cuando, cargados cada uno de ellos con setenta y cinco libras mientras cruzaban un puente
sobre un río que consistía en un sólo tronco atravesado, a uno de ellos se le ocurría una broma,
se paraba en mitad del tronco, se daba la vuelta, contaba la historia a los hombres que se
19
apilaban detrás y proseguía la marcha, mientras todos reían a su manera curiosamente musical.
Nunca se me ocurrió que ellos no estaban sufriendo, como nos ocurría a nosotros en tales
circunstancias, y así, con su alegría me causaron la impresión de ser algo lunáticos. (De hecho,
era muy propio de ellos el contar una broma en mitad de la noche, cuando todo el mundo
dormía. Aunque muchos estaban roncando sonoramente, todos se despertaban instantáneamente,
se reían y continuaban durmiendo, ronquidos incluidos. No consideraban que el estar despierto
fuese más desagradable que el dormir, y se despertaban en un estado completamente alerta,
como cuando todos los indios, que dormían, oían a la vez un rebaño lejano de peligrosos
animales, mientras que yo, despierta y escuchando, no había notado nada). Como casi todos los
viajeros, yo había observado su comportamiento sin comprenderlo, y nunca había intentado
establecer un puente entre su expresión de la naturaleza humana y la nuestra.

Pero en aquella segunda expedición empecé a apreciar las ideas nuevas que venían a
abrir nociones cerradas, como "el progreso es bueno", "el hombre ha de establecer leyes bajo las
que vivir", "una criatura pertenece a sus padres", "el hacer nada es más agradable que el trabajo".

Las expediciones tres y cuatro, bajo mi propia dirección, y que duraron, respectivamente,
cuatro y nueve meses, me llevaron de nuevo a la misma región, y el proceso continuó. Mis
diarios reflejan que la técnica del des-aprendizaje se fue convirtiendo para mí en una segunda
naturaleza, pero las premisas más generales y no cuestionadas sobre las que mi cultura construía
su visión de la condición humana -por ejemplo el que la infelicidad es una parte tan legítima de
la experiencia como la felicidad, y además necesaria para poder apreciar la felicidad, o el que
tiene más ventajas el ser joven que el ser viejo-, esas, me llevó más tiempo liberarme de ellas y
someterlas a examen.

Al final de la cuarta expedición volví a New York con la cabeza tan llena de lo que había
visto, y con un punto de vista tan carente de presuposiciones, que el efecto fue como el de llegar,
tras un largo recorrido, al punto cero. Mantenía mis observaciones como piezas separadas de un
rompecabezas pues, habiéndome acostumbrado analizar cualquier cosa que resultase
sospechosa, el caer en deducir a partir de un grupo concreto de comportamientos un principio de
la naturaleza humana, me mantenía reticente a unirlas.

Comencé a invertir el proceso de ruptura cuando un editor me pidió que escribiera un


texto explicando con detalle unas declaraciones mías en el “New York Times” y, poco a poco,
empecé a percibir el orden que subyacía no sólo en mis observaciones en América del Sur, sino
también en los fragmentos desnudos en los que había roto mi experiencia de la vida civilizada.

En aquel entonces yo carecía de teoría; pero, mientras observaba sin parpadear mi


entorno, vi por primera vez algunas de las distorsiones en las personalidades que me rodeaban, y
comencé a su vez a entender algunas de las fuerzas que las distorsionaban. Al cabo de un año,
más o menos, reconocí el origen evolutivo de las expectativas e impulsos humanos y pude
empezar a explicar el alto grado de bienestar de mis amigos salvajes comparados con los
civilizados.

Consideré adecuado el realizar una quinta expedición antes de discutir estas ideas en un
libro. Quería mirar de nuevo a los Yequana, esta vez con mis nuevas ideas in mente para ver si
mis observaciones, hechas retrospecticamente, aumentaban de manera útil con un estudio
deliberado.

20
"Me daría vergüenza el reconocer ante los indios que allá de dónde yo vengo las mujeres
no se sienten capaces de criar a sus hijos hasta que han leído las instrucciones escritas por un
desconocido".

En la pista que se limpió en la segunda expedición y que se utilizó para aterrizar en la


tercera y cuarta, habían construido una misión y un centro meteorológico. Ambos habían sido
abandonados. Los Yequana, a pesar de que algunos se habían comprado pantalones y camisetas,
no habían cambiado, y sus vecinos los Sanema, a pesar de que la enfermedad los había llevado
casi a extinguirse, se aferraban con la misma firmeza a su manera tradicional y adecuada de
vivir.

Ambas tribus estaban dispuestas a trabajar ó hacer trueques para conseguir cosas del
exterior, pero no estaban dispuestas a pagar el precio de abandonar ninguno de sus puntos de
vista, tradiciones o formas de vida. Algunas pistolas y linternas crearon en sus poseedores un
moderado deseo de poder, pero nada que les llevase a hacer ningún trabajo que no disfrutasen, ni
a repetir una tarea una vez esta resultase tediosa.

Algunos detalles que se escapaban a la observación superficial, como si los niños


estaban presentes ó no durante el acto sexual de los padres, los rellené preguntando, y lo mismo
hice con los que se referían a su visión del universo, su mitología, sus actividades chamánicas,
etcétera, pues resultaban relevantes por proceder de un tipo de cultura que resulta tan adecuada a
la naturaleza humana.

Pero, sobre todo, la quinta expedición sirvió para asegurarme que mi interpretación de su
comportamiento, construida sobre mis memorias de éste, contaba con el apoyo de la realidad.
De hecho, visto a la luz de principios continuum, el comportamiento de ambas tribus, que tan
extraño me había parecido, no solo se entendía sino que podía a menudo predecirse.

En mi búsqueda de excepciones que pudiesen indicar errores en mis razonamientos,


constantemente encontré confirmación a la regla, como en el caso de un bebé que se chupaba el
dedo, tensaba el cuerpo y lloraba como un niño civilizado. No había ningún misterio: los
misioneros se lo habían llevado al poco tiempo de nacer, y había permanecido en un hospital de
Caracas ocho meses hasta que su enfermedad sanó y pudo volver con su familia.

El doctor Robert Coles, psiquiatra de niños y escritor a quien una fundación Americana
pidió que evaluara mis ideas, me dijo que se le había invitado como "especialista en el campo",
pero que "el campo, desafortunadamente, aún no existe como tal", y ni él ni nadie podría ser
considerado experto en él. El concepto del continuum ha de ser, por lo tanto, evaluado en
función de sus propios méritos, según llegue ó no a tocar esos sentidos y sensaciones, casi
enterrados en cada individuo, que intenta describir y restablecer.

21
2
El concepto del continuum.

A lo largo de unos dos millones de años, y a pesar de tratarse de la misma especie animal
que nosotros, el ser humano tuvo éxito. Había evolucionado de la simiedad a la humanidad
como cazador, con un estilo de vida eficiente que, de haber continuado, podría haberle llevado a
sobrevivir millones de años. Tal y como están las cosas, todos los ecologistas están de acuerdo
en que sus posibilidades para sobrevivir este milenio decrecen cada día.

Durante los escasos miles de años que han pasado desde que el ser humano abandonó el
estilo de vida para el que fue evolutivamente adaptado, no sólo ha alterado el orden natural de
todo el planeta, sino que además se las ha ingeniado para poner en entredicho el altamente
evolucionado buen sentido que había guiado su propio comportamiento durante millones de
años. Mucho de este sentido ha sido arruinado recientemente, al haber sido arrancados de cuajo
los últimos recodos de nuestra capacidad instintiva, y haber sido expuestos a la mirada incapaz
del silencio. Cada vez con mayor frecuencia la sospecha produce un corto-circuito en nuestro
sentido innato de lo que es mejor para nosotros, mientras que el intelecto, que nunca ha sabido
mucho sobre nuestras necesidades reales, decide qué se hace.

Por ejemplo, no es asunto de la razón el decidir cómo debe ser tratada una criatura.
Desde mucho antes de que nos convirtiésemos en algo parecido al Homo Sapiens, hemos tenido
instintos exquisitamente precisos y expertos en cualquier detalle sobre el cuidado de los niños.
Pero hemos logrado desconcertar de tal manera este conocimiento que teníamos de antiguo, que
ahora contratamos investigadores para que nos aclaren como hemos de comportarnos con los
niños, con nosotros mismos y con los demás. No es ningún secreto que los expertos no han
logrado "descubrir" cómo vivir satisfactoriamente, pero cuanto más fallan, mayor es su empeño
en resolver todos los problemas a través de la razón e ignorar aquello que la razón no puede
entender ó controlar.

En este momento estamos bastante dominados por el intelecto; nuestro sentido innato de
lo que es bueno para nosotros ha sido destruido hasta el punto de que apenas somos conscientes
de que está ahí, y no podemos distinguir un impulso original de otro distorsionado.

Pero creo que es posible partir desde donde estamos, perdidos y minusválidos, y
encontrar un camino de vuelta. Al menos podríamos aprender qué dirección seguir para velar
mejor por nuestros intereses, y no seguir realizando esfuerzos que nos llevan a descarrilar. La
parte consciente de la mente, como un buen "asesor técnico" en la guerra de otro, al ver que sólo
lleva a error debería quitarse de en medio, no empujar aún más al otro en territorio extraño. Hay,
por supuesto, muchísimas tareas que nuestra capacidad de razón puede llevar a cabo sin estar
con ello apropiándose del trabajo que durante millones de años ha sido llevado a cabo por esas
áreas de la mente, infinitamente más refinadas y sabias, llamadas instinto. Si tales áreas fuesen
también conscientes, nos harían perder la cabeza al minuto, aunque sólo fuese por el hecho de
22
que la mente consciente, por naturaleza, sólo puede hacerse cargo de diversas cuestiones una a
una, mientras que el inconsciente puede llevar a cabo, simultánea y correctamente, un gran
número de observaciones, cálculos, síntesis y ejecuciones.

En este contexto, "correcto" es una palabra complicada. No implica que todos estemos
de acuerdo en lo que queremos conseguir con nuestras acciones, pues las ideas intelectuales
sobre lo que se quiere varían con las personas. Lo que aquí se entiende por "correcto" es aquello
que es adecuado al antiguo continuum de nuestra especie, en el sentido de que está de acuerdo
con los impulsos y expectativas con los que evolucionamos. En este sentido, la expectativa está
arraigada en el hombre tan profundamente como su mismo diseño. Se puede decir que sus
pulmones no sólo tienen, sino que son una expectativa de aire; sus ojos son una expectativa de
rayos de luz de longitud de onda específica, emitidos por aquello que le es útil ver durante las
horas en que le es útil a su especie poder ver; sus oídos son una expectativa de vibraciones
causadas por los sucesos que más le pueden afectar, incluyendo las voces de otras personas; y su
propia voz es una expectativa de que los oídos de otros funcionen de la misma manera. La lista
podría extenderse interminablemente: piel y cabellos a prueba de agua –expectativa de lluvia;
pelos en los orificios nasales -expectativa de polvo; pigmentación en la piel -expectativa de sol;
mecanismo de transpiración -expectativa de calor; mecanismo para coagular -expectativa de
heridas en la superficie del cuerpo; un sexo -expectativa del otro; mecanismo reflejo
-expectativa de la necesidad de reaccionar con rapidez en emergencias.

¿Cómo logran las fuerzas que lo componen, conocer con antelación lo que serán las
necesidades de un ser humano? El secreto es la experiencia. La cadena de experiencias que
preparan a un ser humano para su vida en la tierra comienza con las aventuras de la primera
célula viva. Lo que esta célula experimentó con respecto a temperatura, composición de su
entorno, alimento disponible con el que sustentar sus actividades, cambios climáticos y
encuentros con otros objetos ó miembros de su especie, fue transmitido a sus descendientes. A
partir de estos datos, transmitidos por medios que aún resultan misteriosos para la ciencia,
surgieron cambios lentos, lentísimos, que, tras un tiempo inimaginablemente largo, dieron lugar
a una gran variedad de formas que podían sobrevivir y reproducirse adaptándose al medio de
diversas maneras.

Como ocurre siempre que un sistema se diversifica y adquiere mayor complejidad,


adaptándose con más precisión a una variedad más amplia de circunstancias, el efecto fue mayor
estabilidad. La vida misma estaba sometida a un peligro menor de extinción debido a catástrofes
naturales. Aún cuando toda una forma de vida desapareciese, habría muchísimas otras para
seguir adelante y seguir complicándose diversificándose, adaptándose y estabilizándose. (No
parece una locura el aventurarse y suponer que unas cuantas formas "primeras" de vida se
extinguieron antes de que alguna llegara a sobrevivir, quizá millones de años después,
diversificándose a tiempo para evitar desaparecer tras algún suceso elemental intolerable).

Simultáneamente, el principio estabilizador estaba en funcionamiento en cada forma y en


cada parte de cada forma, tomando datos de la herencia de experiencias y de contactos de todo
tipo, y equipando aún más complejamente a los descendientes para encarar con mayor eficiencia
tales experiencias. Así pues, el diseño de cada individuo era un reflejo de la experiencia que
esperaba encontrar. La experiencia que podría tolerar estaba definida por las circunstancias a las
que sus antecesores se habían tenido que adaptar.

23
Si las criaturas se habían formado evolutivamente en un medio que nunca superó los
120 F, ni descendió por debajo de los 45 F, ellas podrían sobrevivir en tales temperaturas; pero
no podrían sobrevivir de ser expuestas por períodos excesivamente largos a condiciones
extremas para su tolerancia. Las reservas de emergencia se extinguirían, y de no llegar a tiempo
el alivio, ocurriría la muerte, ya del individuo, ya de la especie. Si uno quiere saber lo que es
correcto para una especie, ha de conocer las expectativas innatas de esa especie.

¿Cuánto sabemos sobre las expectativas innatas del ser humano? Conocemos bastante
bien lo que consigue, y a menudo se nos dice lo que, de acuerdo con el sistema de valores
imperantes, quiere ó debería querer. Pero, irónicamente, aquello que su historia evolutiva le ha
condicionado a esperar como espécimen último de un antiguo linaje hereditario, permanece
como el más oscuro de los misterios. El intelecto ha tomado el poder de decidir lo que es mejor,
e insiste en que se dé soberanía a sus caprichos y suposiciones. En consecuencia, la expectativa
confiada del ser humano de encontrar entorno y trato adecuados está hoy tan frustrada, que
mucha gente considera una suerte el no carecer de hogar ó no estar sufriendo. Y aún cuando diga
"estoy bien", hay en el ser humano un sentido de pérdida, una ansiedad de algo que no puede
nombrar, un sentimiento de estar descentrado, de faltarle algo. Si se le pregunta directamente,
pocas veces lo niega.

Así pues, para descubrir la naturaleza precisa de estas expectativas evolutivas, no tiene
sentido observar el último modelo, el ejemplo civilizado.

Observar otras especies puede ayudar, pero también puede llevarnos a error. Donde el
nivel de desarrollo se corresponde, las comparaciones con otros animales resultan válidas. Este
es el caso de las necesidades más antiguas profundas y fundamentales que anteceden a nuestra
forma antropoide, como el requisito de aire para respirar, que surgió hace cientos de millones de
años y es compartida por muchos animales. Pero resulta obviamente más útil el estudiar sujetos
humanos que no han abandonado comportamiento y entorno adecuados al continuum. Aún si
somos capaces de identificar algunas de esas expectativas nuestras menos evidentes que "aire
para respirar", siempre quedará una cantidad inmensa de expectativas sutiles que identificar
antes de que podamos siquiera pensar en un ordenador que nos ayude a alcanzar una pequeña
fracción de nuestro conocimiento instintivo de ellas. Es, por lo tanto, esencial, el aprovechar
cualquier oportunidad que se nos brinde para restablecer nuestra capacidad innata para elegir lo
que nos es adecuado. El torpe intelecto con el que ahora intentamos reconocer aquello que nos
es adecuado, quedarla libre para ocuparse en las tareas que le son más propias.

Las expectativas con las que encaramos la vida están inseparablemente ligadas a los
impulsos (por ejemplo, a mamar, a evitar daño físico, a gatera, a explorar, a imitar). Según el
trato y circunstancias que esperamos se van haciendo accesibles, entran en interacción con
conjuntos de impulsos en nosotros, preparados para ello por la experiencia de nuestros
antecesores. Cuando lo esperado no tiene lugar, impulsos correctivos o compensatorios hacen un
esfuerzo por restablecer la estabilidad.

El continuum humano puede ser descrito como la sucesión de experiencias que se


corresponden con las expectativas e impulsos de nuestra especie en un entorno consistente con
el que tales expectativas e impulsos se formaron. Esto incluye, como parte del entorno, un
comportamiento adecuado y un trato adecuado por parte de otras personas.

24
El continuum de un individuo es un todo, pero a la vez forma parte del continuum de su
familia, que a su vez forma parte del continuum de su clan, comunidad y especie, de la misma
manera que el continuum humano forma parte del continuum de toda la vida. Cada continuum
tiene sus propias expectativas e impulsos, que surgen a partir de un precedente largo de
formación. Así, el continuum que incluye todo ser vivo espera incluso, debido a su experiencia,
un marco adecuado de condiciones en el entorno inorgánico.

En cada forma de vida, el impulso a evolucionar no es aleatorio, sino que sigue sus
propios intereses. Está dirigido hacia una estabilidad mayor, es decir, mayor diversidad,
complejidad y por lo tanto adaptabilidad.

Esto no tiene nada que ver con lo que llamamos "progreso". De hecho, la resistencia al
cambio, que no está en conflicto con el impulso a evolucionar, es una fuerza indispensable para
mantener cualquier sistema estable.

Sólo podemos hacer suposiciones sobre qué es lo que interrumpió nuestra propia
resistencia innata al cambio, hace tan solo unos cuantos miles de años. Lo importante es
entender qué significa evolución frente a cambio (no evolutivo. Están en extremos
diametralmente opuestos, pues lo que la evolución crea en diversidad, adaptada cada vez con
mayor precisión a nuestras necesidades, lo destruye el cambio introduciendo comportamientos ó
circunstancias que no tienen en cuenta todos los factores que afectan a nuestros intereses. Todo
lo que el cambio puede hacer es sustituir una pieza de comportamiento bien integrado por otra
que no lo está. Sustituye lo que es complejo y adaptado por algo más simple y menos adaptado.
Como consecuencia, el cambio da lugar a tensiones en la intrincada relación entre factores
internos y externos al sistema.

La evolución, pues, crea estabilidad; el cambio trae vulnerabilidad.

Las organizaciones sociales siguen también estas reglas. Una cultura evolucionada, una
forma de vida para un grupo de personas que satisfaga sus expectativas sociales, puede tomar
una entre una infinidad de estructuras. Las características superficiales de estas estructuras
pueden variar mucho; sus principios básicos menos, y en algunos aspectos fundamentales no les
queda más remedio que ser idénticos. Serán resistentes al cambio, al haber evolucionado a lo
largo del tiempo como cualquier otro sistema de la naturaleza. También ocurrirá que cuanto
menos interfiera el intelecto en el instinto a la hora de crear los modelos de comportamiento,
menos rígida necesitará ser
la estructura en su superficie (con respecto a detalles de comportamiento, rituales y exigencias
de conformidad) y más rígida en su esencia (en actitudes frente al ser y frente a los derechos de
los demás, y en sensibilidad hacia las señales del instinto que favorecen la sobrevivencia, la
salud, el placer, un equilibrio en el tipo de actividades que se llevan a cabo, el impulso a proteger
las especies, un uso económico de plantas y animales del entorno, etcétera). En una palabra,
cuanto más se apoya una cultura en el intelecto a la hora de establecer normas y reglas, más
restricciones son necesarias en el individuo para mantenerla.

No hay ninguna diferencia importante entre un comportamiento puramente instintivo,


con sus expectativas e impulsos, y nuestra expectativa, igualmente instintiva, de una cultura
adecuada. Una cultura en la que podamos desarrollar nuestros impulsos y satisfacer nuestras
expectativas, primero de un trato muy preciso en la infancia, y gradualmente de un tipo (más

25
flexible) de trato, circunstancias y requisitos para los que estamos preparados, ansiosos porque
lleguen, y a los que somos capaces de adaptarnos.

El papel de una cultura en la vida humana es tan legítimo como el del lenguaje. Ambos
comienzan con la expectativa e impulso a encontrar su contenido en el entorno. El
comportamiento social de una criatura se desarrolla entre influencias esperadas y el ejemplo de
su sociedad. Fuerzas innatas también le llevan a hacer aquello que percibe se espera de ella; los
demás humanos le hacen saber lo que esperan, de acuerdo con la cultura. El aprendizaje es un
proceso de satisfacer expectativas de cierto tipo de información; tipos que van aumentando
según un orden preciso de complejidad, como ocurre con el habla.

La base de lo que está bien y mal en un momento dado en una cultura, está de acuerdo
con los baremos marcados por nuestras expectativas, y es mantenido por el sentido del
continuum de cada individuo (estimulado por el placer, dirigido mediante una revulsión natural
que aumenta según se van alcanzando los límites de lo que es adecuado). Las particularidades de
cada sistema pueden variar infinitamente siempre y cuando se respeten ciertos parámetros
esenciales. Hay muchísimo espacio para las diferencias, individuales o tribales, sin transgredir
esos límites.

26
3
El Comienzo de la Vida

Durante el tiempo que permanece en el útero, el pequeño ser humano necesita que se le
permita seguir en línea recta las etapas evolutivas de sus antecesores -desde una célula hasta el
Homo Sapiens listo para nacer, pasando por el anfibio-, sin que le ocurra nada para lo que la
experiencia de sus antepasados no le haya preparado. Durante este tiempo, y a no ser que su
madre viva junto a un aeropuerto, frecuente discotecas o conduzca un camión, el embrión es
alimentado, mantenido a la temperatura adecuada y sacudido de un lado a otro, de la misma
manera en que lo eran ya los embriones de los primeros cazadores-recolectores. Tampoco lo que
escucha difiere mucho de lo que escuchaban aquellos: escucha los latidos del corazón de su
madre, su voz y las voces de otras personas y animales; escucha también su digestión, sus
ronquidos, su risa, su canto, su tos,... Y ninguno de estos sonidos le molesta. Su adaptación los
ha tenido
a todos en cuenta a lo largo de los millones de años en que sus antepasados escucharon sonidos
parecidos, igual de fuertes e igual de repentinos. Y es más, debido a esta experiencia de sus
antepasados, el pequeño ser humano espera los sonidos, las sacudidas y los movimientos
bruscos; forman parte de la experiencia que necesita para completar su desarrollo prenatal.

Para cuando nace, el bebé ya se ha desarrollado en su celda de alta seguridad lo


suficiente para poder emerger y continuar su vida en el mundo exterior, mucho menos acogedor.
Hay diversos mecanismos para absorber en parte el trauma del nacimiento. Por ejemplo, como
protección contra las infecciones, el bebé nace con un alto contenido de globulina gamma en su
sangre, contenido que va disminuyendo según la criatura va desarrollando inmunidades. Otro
ejemplo nos lo da la visión, inicialmente limitada y que irá pasando de forma gradual, mucho
después del nacimiento, a visión completa. Un tercer ejemplo de estos mecanismos lo
encontramos en el programa general de desarrollo que coordina muchos de los factores que
afectan la formación de la criatura, desde algunos que aparecen antes de nacer, como los
reflejos, el sistema circulatorio y el oído, hasta otros que aparecerán días, semanas ó meses más
tarde, y que incluyen el desarrollo, paso a paso, de las partes del cerebro.

En el momento del nacimiento el entorno inmediato de la criatura cambia radicalmente:


pasa de ser húmedo a ser seco; baja la temperatura; los sonidos dejan de estar amortiguados.
Además, el bebé ha de empezar a utilizar su propia capacidad de respirar para obtener el
suministro de oxígeno necesario, y, por si fuera poco, pasará de estar boca-abajo a tener la
cabeza a un nivel igual o superior al del resto del cuerpo. Pero la criatura puede soportar estas y
todas las demás sensaciones del parto natural con una ecuanimidad sorprendente.

Su propia voz no le sorprende, aunque suene dentro de su cabeza, aunque sea muy fuerte
y aunque nunca la haya escuchado antes, puesto que la han escuchado sus "informadores", los
constructores de su capacidad de sentir miedo y de distinguir lo que es temible de lo que es
normal. Cuando sus antepasados desarrollaron la voz, también desarrollaron una red de
27
capacidades estabilizadoras para suavizar su llegada al continuum* de lo que era entonces su
especie. A medida que la voz evolucionaba, dentro del total de la evolución de la especie, y
adquiría variaciones para adecuarse a un organismo cada vez más complejo, se iban
desarrollando más mecanismos para mantener un equilibrio entre la persona y la sociedad en la
que la voz iba a ser empleada. El oído se afinaba con ella, los reflejos también, y las
expectativas del bebé acabaron por incluir el sonido de su voz como una de las "sorpresas" de
las primeras experiencias fuera del útero.

En las primeras etapas posteriores al nacimiento, la criatura está en un estado de


consciencia que es todo sensación; no tiene capacidad de pensamiento -en el sentido de razón,
memoria consciente, reflexión o juicio-. Quizás se podría decir que más que consciente es
sensible. Dormida siente que está bien, algo parecido al adulto que comparte cama y al dormir
nota la presencia o ausencia de su pareja. Despierta, es mucho más sensible a su condición, pero
de una forma que en el mundo adulto todavía se llamaría subliminal. En cualquiera de los dos
estados, una criatura es más vulnerable a su experiencia que un adulto, puesto que no tiene
precedentes con los que contrastar sus impresiones.

La falta de la sensación del paso del tiempo no supone tampoco ninguna desventaja a un
bebé siempre que esté en el útero o en brazos; simplemente se encuentra bien. Pero para una
criatura fuera del útero o de los brazos, el no poder mitigar ninguna parte de su sufrimiento a
través de la esperanza (que depende de un sentido del tiempo), es quizás el aspecto más cruel de
la situación en que se encuentra. Su llanto, por lo tanto, ni siquiera puede contener esperanza,
aunque actúa como señal para conseguir alivio. Más tarde, según van pasando las semanas y los
meses, y el bebé se va enterando más de lo que ocurre a su alrededor, el llanto se convierte en un
acto conectado a un resultado, ya sea negativo ó positivo.

Pero las largas horas de espera siguen aún sin ser aliviadas por el desarrollo de un
sentido del tiempo. La falta de experiencia previa hace que el tiempo resulte intolerablemente
largo para una criatura en estado de necesidad.

Incluso tan tarde como a los cinco años de edad, una promesa hecha en agosto de una
bicicleta "para las Navidades del año que viene", sigue sin producir ninguna satisfacción. Al
cabo de diez años, el sentido del tiempo habrá ido emergiendo a la luz de la experiencia lo
bastante como para que una criatura de esa edad pueda esperar un día, más o menos
cómodamente para algunas cosas, una semana para otras y unos meses para algo especial; pero
un año carece aún de sentido cuando se trata de mitigar una necesidad. A los diez años, la
realidad del presente sigue reteniendo una cualidad de lo absoluto que, tan sólo después de
mucha más experiencia, dará paso a un sentido de la naturaleza relativa de los acontecimientos
en la escala del tiempo de uno mismo. Por lo general, sólo después de cumplidos los cuarenta o
cincuenta años se empieza a intuir lo que significa un día o un mes en el contexto de toda una
vida, y, de hecho, tan sólo unos cuantos gurús y octogenarios llegan a comprender la relación
entre momentos o vidas con la eternidad (dándose perfecta cuenta de la poca importancia del
concepto arbitrario del tiempo).

El bebé (como el gurú iluminado) vive en el ahora eterno: un bebé en brazos, (como el
gurú), en un estado de felicidad; un bebé fuera de los brazos, en un estado de ansiedad en la
desolación de un universo vacío. Sus expectativas se mezclan con la realidad, y así, las
expectativas que están basadas en su propia experiencia se superponen (sin alterarlas ni

28
sustituirlas), con las ancestrales que son innatas. Las disparidades entre estos dos tipos de
expectativas determinan la distancia que separará al bebé de su potencial inherente de bienestar.

Las dos clases de expectativas no se parecen en nada. Las desarrolladas evolutivamente,


mantienen la naturaleza de certidumbres hasta que son traicionadas; las aprendidas, tienen el
carácter negativo de la decepción, y se manifiestan como duda, sospecha, miedo a ser herido por
otras experiencias o, lo más irreversible de todo, la resignación.

Todas estas respuestas funcionan como defensas del continuum*, pero la resignación
como resultado de la desesperación absoluta, acaba por anestesiar la expectativa inicial de
encontrar las condiciones para que las expectativas sucesivas y sus cumplimientos puedan tener
lugar.

Las distintas líneas de desarrollo se irán parando en aquellos puntos en los que los
requisitos necesarios a su experiencia particular cesen de darse. Algunas líneas se pararán
cuando el bebé sea todavía muy pequeño; otras seguirán desarrollándose hasta que se las frena
en la niñez; y algunas continuarán avanzando a lo largo de la vida adulta, de acuerdo con el
objetivo de su evolución. En individuos cuyas necesidades no han sido satisfechas, suelen
coexistir aspectos de facultades emocionales, intelectuales y físicas, que se encuentran en
estados de madurez muy dispares. Todas las líneas de desarrollo, estén cómo estén, atrofiadas ó
maduradas, trabajan juntas en todo momento, cada una de ellas esperando la experiencia que
satisfaga su necesidad, e incapaz, mientras tanto, de proseguir con otra tarea. El bienestar
general depende en gran parte de cómo y en qué aspectos se limita el funcionamiento.

En el parto, pues, hay sustos que no asustan, ó bien porque son esperados (y si no
estuviesen incluso se les echaría en falta), ó bien porque no ocurren todos a la vez. El
nacimiento no marca el momento en que el bebé está terminado, como si se tratase del final de
una cadena de montaje. Hay complementos que ya han "nacido" en el útero, mientras que otros
no serán operativos hasta más tarde. Debido a la experiencia de las expectativas cumplidas en el
útero, el recién nacido tiene la esperanza, o más exactamente la certeza, de que sus necesidades
siguientes también serán satisfechas.

¿Qué ocurre a continuación? A lo largo de millones de generaciones, lo que sucede es el


paso, en un momento, de un entorno completamente vivo dentro del cuerpo de la madre, a un
entorno parcialmente vivo fuera. Aunque el cuerpo de ella, que lo da todo, está ahí y (desde la
llegada del andar de pie) el soporte de sus brazos también, hay una cantidad importante de aire
extraño, sin vida, que toca el cuerpo del bebé. Pero la criatura está preparada también para ello.
Su lugar en brazos es el lugar esperado, que ella conoce en su más profundo ser como su sitio, y
lo que experimente mientras esté en brazos, resultará aceptable a su continuum, dará satisfacción
a sus necesidades actuales y contribuirá correctamente a su desarrollo.

De nuevo, la calidad de sus percepciones es muy distinta de lo que llegará a ser. No


puede describir sus impresiones de como están las cosas. O están bien o no están bien. Los
requisitos son muy estrictos a esa temprana edad. Como hemos visto, una criatura recién nacida
no tiene esperanza de, si se encuentra mal ahora, encontrarse bien más tarde. Si su madre le
deja, no puede sentir que "Mamá volverá enseguida": de pronto el mundo ya no está bien, las
condiciones son intolerables. La criatura escucha y acepta su propio llanto, pero aunque su
madre conoce el sonido y su significado desde tiempo inmemorial, igual que lo conoce cualquier
otro niño o adulto que lo escuche, la criatura no lo conoce. Tan sólo siente que es una acción
29
positiva que puede ayudar a arreglar las cosas. Pero si se le deja llorar demasiado, si la respuesta
que pretende provocar no se produce, esa sensación también desaparece dando lugar a un vacío
completo sin tiempo ni esperanza. Cuando su madre vuelve, se siente bien otra vez; no es
consciente de que ella haya estado fuera, ni se acuerda de haber llorado. Se conecta de nuevo
con su línea de vida y su entorno satisface sus expectativas. Cuando se le abandona, se le echa
fuera de su continuum de experiencias correctas, nada es aceptable y nada es aceptado. Tan
sólo existe la falta; no hay nada que utilizar, nada sobre lo que crecer, nada con lo que satisfacer
su requisito de experiencia. Porque las experiencias deben ser las esperadas, y no hay nada en la
experiencia evolutiva de sus antepasados que le haya preparado para estar solo, despierto o
dormido, y aún menos para llorar sin que se produzca una respuesta de alguien entre su gente.

El sentimiento natural de un bebé en brazos, es el de estar a gusto. La única identidad


positiva que puede conocer, siendo el animal que es, está basada en la premisa de que él es
adecuado, bueno, y bienvenido. Sin esta convicción, un ser humano de cualquier edad es un ser
lisiado, limitado por la falta de confianza, por la carencia de un sentido pleno de sí mismo, de
espontaneidad, de gracia. Todos los bebés son buenos, pero ellos sólo llegarán a saberlo por
reflejo, por cómo se les trata. No hay otra manera visible de que un ser humano pueda
desarrollar un sentimiento sobre sí mismo; otros tipos de sentimiento no sirven como base del
bienestar. La bondad es el sentimiento básico apropiado a los individuos de nuestra especie. Un
comportamiento que no asuma la propia bondad esencial, no será un comportamiento para el
cual hemos evolucionado. Por ello, no sólo malgastará millones de años de perfeccionamiento
de la especie, sino que además resultará inadecuado en cualquiera de nuestras relaciones, tanto
con nosotros mismos como con el entorno. Sin un sentido de la propia bondad esencial, uno no
sabe hasta que punto debe exigir en términos de comodidad, de seguridad, de ayuda, de
compañía, de amor, de amistad, de objetos materiales, de placer o de alegría. Si se carece de
este sentido, se tiene la sensación de que, allá donde debería estar uno, sólo hay un espacio
vacío.

Muchas vidas se dedican a poco más que comprobar que uno existe. Pilotos de carreras,
escaladores, héroes de guerra y otros individuos temerarios que eligen jugar con la muerte, con
frecuencia sólo intentan sentir, por contraste, que están vivos. Pero, la excitación que produce
este enfrentarse al instinto de auto-sobrevivencia, no sustituye sino de forma débil y provisional,
la corriente cálida y firme que surgiría de ese sentido de uno mismo que falta.

El atractivo que emanan las criaturas en la infancia supone, necesariamente, una fuerza
poderosa; una fuerza que les permite compensar sus muchas desventajas como seres pequeños,
débiles, lentos, indefensos, sin experiencia y dependientes de sus mayores. Este atractivo hace
que no necesiten competir, y atrae, además, la ayuda que necesitan.

La ternura que despiertan los bebés es tan fuerte, que logra atravesar las fronteras entre
las distintas especies. Una cría de animal despierta una respuesta maternal en todos nosotros,
hombres, mujeres y niños. Ya sea morsa recién nacida, cría de elefante, cachorro de tigre o
ratoncito de un sólo día, queremos acariciarla y darle cosas, protegerla y cuidarla. Todas las
características de los bebés están ahí: el tierno desamparo, la suavidad especial de pelo, piel o
plumas, una cabeza mucho más grande en proporción al cuerpo que la de un adulto, la torpe
avidez y la confianza ciega. Y en cada uno de nosotros hay un mecanismo de respuesta que hace
que de inmediato, y con ternura, estemos dispuestos a prestar nuestros servicios a los propósitos
del pequeño animal, aún cuando uno de estos propósitos sea crecer y convertirse en nuestro
enemigo natural.
30
De la misma manera, una cría humana emite señales que enternecen a una manada de
lobos voraces Se la llevan a su guarida, la mantienen caliente y la madre loba le amamante, a
pesar de que les meta el dedo en el ojo, dé empujones a las crías ó tire del rabo al padre lobo.
Los perros grandes y los gatos pequeños adoptan un papel maternal y totalmente tolerante tanto
con las crías del otro como con las humanas, y no cabe duda de que, si se diera el caso, se
llevarían igual de bien con las crías de un oso-hormiguero. Es frecuente también el que los
cazadores primitivos, después de matar a un animal para conseguir comida, cojan la cría y se la
lleven a casa, donde la mujer le da el pecho encantada.

Para que las necesidades de una cría queden satisfechas, no es necesario que el papel
maternal lo adopte su madre biológica. La persona que la sustituya tampoco tiene porqué ser
hembra o adulta, excepto en época de lactancia, y aún en esos momentos, ni siquiera tiene por
qué ser de la misma especie. Porque la leche, a diferencia del resto de las dietas respectivas de
cada especie, puede ser intercambiada entre todos nosotros. En esto se reconoce el continuum
de los mamíferos en acción, a cuyas prioridades se supedita la disparidad de géneros y especies.
Y no sólo para garantizar la alimentación trans-especie, sino también porque el prototipo de
mamífero que todos hemos sido antes de desarrollarnos por nuestras propias líneas, es un
determinante esencial de nuestras naturalezas respectivas. De hecho, la relación materno-filial,
que aparece en la tierra mucho antes de la llegada de los mamíferos, provoca una respuesta en
nosotros, como la provocan también - en mayor o menor grado, según el tiempo que haya
pasado desde que nos despedimos evolutivamente de ellos -, las señales emitidas por los
animales no-mamíferos. Así pues, un patito o un pollito suave y amarillo nos afectan
profundamente; una cría de tortuga, menos; un pez recién nacido, aún menos; un saltamontes;
mucho menos; un bebé-gusano, casi nada; y nada en absoluto las amebas recién dividas al otro
lado de un microscopio. No es que nos divierta ver como miembros de una especie cuidan las
crías de otra, sino que nos complace profundamente. Es una visión que conmueve a nuestro
sentido del continuum, y por ello se registra a nivel físico como placer.

Walt Disney construyó un imperio basado en utilizar aquellas características infantiles


que provocan ternura. Y lo hizo evitando casi por completo las criaturas humanas, posiblemente
porque los bebés que "pertenecen a" otro, ó están al cuidado de otro, provocan un mecanismo de
no tocar que, salvo casos patológicos, inhibe nuestros impulsos de interferir. Sin embargo,
Disney dotó generosamente a sus animales con características infantiles - mofletes gordos,
cabezas grandes en proporción a los cuerpos, (algo que la mayoría de las crías animales ya
tienen, pero en grado menor), y ojos inmensos con pestañitas rizadas en sus extremos-. También
utilizó la naricilla chata, la boca pequeña y el pelo suave, despeinado y lleno de rizos, aún
cuando se tratase de representar animales de pelo suave pero liso.

En la película Pinocho, el héroe marioneta era lo bastante no-humano como para poder
disfrutar de las ventajas de todos los conmovedores trucos inventados por los maestros de los
estudios Disney. Sin embargo, cuando la marioneta se transformó en un niño de verdad, tuvo
que renunciar a muchas de las características exageradamente infantiles que tenía como
marioneta, puesto que en niño que ya no era bebé hubieran resultado monstruosas.

Dumbo, el bebé-elefante que protagoniza otra de las películas de Disney, estaba dotado
de todas las características infantiles en unas proporciones desmesuradas: la cabeza inmensa, los
enormes y confiados ojos con las pestañas de rigor en las esquinas, su torpeza e impaciencia, y
una nariz lo más pequeña posible en un elefante.
31
Bambi se ajustaba más a las características, tremendamente enternecedoras, de un
cervatillo de verdad, con aquellas patas largas e inestables, aquel trasero alto y redondo, aquellos
movimientos alertas y repentinos de su cabeza, y sus esfuerzos, tan solemnes y tan torpes, por
comportarse como un ciervo mayor.
Sin embargo sus ojos y sus pestañas estaban humanizados, lo mismo que muchos de sus
movimientos y expresiones, cogiendo así lo mejor de los dos mundos. Todos los personajes
secundarios como patos, ardillas, conejos, pájaros, mofetas, peces de colores y ejemplares no del
todo humanos como los siete enanos, gozaban de características infantiles irresistibles, mientras
que los malos carecían exageradamente de ellas. Así los villanos, las brujas, las madrastras
malvadas, los titiriteros crueles, etcétera, aparecían no solo privados de las enternecedoras
características de los bebés, sino además provistos de pelo de alambre, nariz grande y huesuda,
ojos diminutos y cabeza pequeña. (Los personajes que tenían que resultar atractivos pero no
infantiles, como Blanca Nieves y su Príncipe, ó Cenicienta y el suyo, carecían de la fuerza de las
otras creaciones de Disney y resultaban insípidas entre tanta criatura conmovedora. Si en aquella
época, en estos personajes se hubiesen explotado tanto como en los más pequeños las
características apropiadas a personas de su edad, las connotaciones sexuales de todas ellas
habrían llevado al Tío Walt ante los tribunales).

El papel maternal, el único desde el que uno puede relacionarse con un bebé en sus
primeros meses, es adoptado de forma instintiva por los padres, por otros niños y por cualquier
persona que trate al bebé, aunque sea sólo durante un minuto. Para un bebé no hay distinción de
sexo ó edad.

La irrelevancia de las características femeninas y masculinas para el desempeño de los


papeles maternales y paternales, ha sido demostrada experimentalmente en un hospital
psiquiátrico francés. Médicos mujeres adoptaron con resultados totalmente satisfactorios el
papel de padres con sus pacientes, mientras que enfermeros varones, a cuyo cargo estaba el
cuidado cotidiano de los pacientes, ejercieron de madres con el mismo éxito. (Este es un
ejemplo del tipo de cosas que el ser humano ha estado llevando a la práctica durante millones de
años, y que el intelecto descubre de repente).

Así pues, sólo hay una manera posible de relación con un bebé, y dentro de cada uno de
nosotros residen respuestas a todas sus señales. También tenemos, todo hombre, mujer, niña y
niño, un conocimiento exacto y minucioso sobre cómo cuidar un bebé, a pesar de que
últimamente (no más de unos miles de años) hemos dejado que el intelecto experimente sus
torpes modas en este terreno tan crítico, y hemos violado nuestra capacidad innata hasta tal
punto y de forma tan caprichosa, que apenas nos acordamos de su propia existencia.

En los países "avanzados" es frecuente comprar un libro sobre el cuidado del bebé tan
pronto se sabe que se espera un hijo. Unas veces, la moda del momento es dejar que el bebé
llore hasta que se le parta el corazón, se rinda y, agotado, se convierta en "un bebé bueno"; otras,
la moda es cogerlo sólo cuando a la madre le apetezca y no tenga nada que hacer en ese
momento; según otra filosofía reciente, hay que dejar el bebé en un vacío emocional, tocarle
sólo cuando sea necesario y mostrarle siempre una cara sin expresión. Ningún placer, ninguna
sonrisa, ninguna admiración, tan sólo una mirada vacía. Sea lo que sea la moda del momento, las
madres jóvenes leen y obedecen, desconfiando de su capacidad innata, y desconfiando de su
bebé aún cuando da unas señales todavía perfectamente claras. De hecho, hoy en día los bebés
se han convertido en una especie de enemigo que ha de ser vencido por la madre. Hay que
32
ignorar su llanto para demostrarles quien manda, y, desde el principio, todos los esfuerzos son
pocos para hacer que el bebé se adapte a los deseos de la madre. Si el comportamiento del bebé
nos hace "trabajar" más, "desperdiciar" el tiempo ó nos resulta de alguna manera incómodo,
habremos de mostrar desagrado, desaprobación ó hacer cualquier otro gesto que indique que le
retiramos nuestro amor. La idea es que atender a los deseos de un bebé le "malcría", mientras
que el ir en contra de ellos sirve parar domarle ó socializarle. En realidad, en ambos casos se
consigue el resultado opuesto. La etapa inmediatamente posterior al nacimiento es la parte más
impresionante de la vida fuera del cuerpo de la madre. La criatura siente que la naturaleza de la
vida es aquello con lo que se encuentra en esta etapa. Cada impresión posterior sólo modificará,
en mayor o menor grado, esta primera impresión hecha cuando aún no tiene información previa
sobre el mundo externo. Sus expectativas, en este período, son de las menos flexibles que tendrá
nunca. El cambio, al dejar atrás la hospitalidad total del útero, es enorme pero, como ya hemos
visto, la criatura viene preparada para dar el gran salto que le llevará del útero a su sitio en
brazos.

Lo que no viene es preparada para afrontar ningún salto mayor, y mucho menos un salto
en la nada, en la no-vida que supone una cesta cubierta de tela ó una caja de plástico sin
movimiento, sonido, olor ó la textura de lo vivo. La violenta ruptura del continuum
madre-criatura, tan sólidamente establecido durante las fases que transcurrieron en el vientre,
puede dar lugar a una lógica depresión en la madre y a la agonía para el bebé.

Toda terminación nerviosa de su piel, recién expuesta al aire, anhela el abrazo esperado.
Durante millones de años, la madre ha sostenido contra sí al bebé recién nacido desde el mismo
momento de su nacimiento. En los últimos centenares de generaciones, algunas criaturas han
carecido de esta importantísima experiencia. Pero esto no diminuye la expectativa de toda nueva
criatura de que encontrará el lugar adecuado. Cuando nuestros ancestros caminaban a cuatro
patas y tenían vello al que asirse por todo el cuerpo, era la criatura la que mantenía el vínculo
entre ella y la madre. Su supervivencia dependía de ello. Cuando perdimos el pelo y nos
erguimos en nuestras patas traseras, liberando así las manos de la madre, pasó a esta la
responsabilidad de mantenerse cerca de la criatura. El hecho de que recientemente, en algunas
partes del planeta, la madre tome esta responsabilidad como mera opción, no altera en lo más
mínimo la poderosa urgencia en el bebé de ser sostenido en brazos.

Ella misma se está privando de una parte valiosísima de su experiencia vital esperada,
experiencia que, de haber disfrutado, le habría animado a seguir comportándose de la manera
más satisfactoria para ella y para su bebé.

El estado de consciencia de una criatura cambia enormemente durante la fase "en


brazos". Al principio es más parecido a otro animal que a un humano adulto. Paso a paso, al ir
desarrollando su sistema nervioso central, va acercándose más al Homo sapiens. Según sus
facultades aumentan y se agudizan, la experiencia le va afectando no sólo de manera más
profunda, sino, de manera distinta. Por así decirlo, las componentes que se establezcan primero
en el maquillaje psico-biológico de la criatura, serán las que más contribuyan a su aspecto a lo
largo de su vida. Lo que siente antes de poder pensar será un determinante poderoso de las cosas
que pensará cuando el pensar sea posible.

Si antes de poder pensar se siente a salvo, querido y "como en su propia casa" en medio
de gran actividad, su punto de vista en experiencias posteriores será esencialmente distinto del

33
de una criatura que se siente no deseada, sin el estímulo de experiencias que le han faltado, y en
un estado constante de falta, aún cuando las experiencias posteriores de ambos sean idénticas.

Al principio la criatura tan sólo percibe, no puede razonar. Se acostumbra a su entorno


por asociaciones. Muy al principio, en los primeros mensajes post-nacimiento emitidos por los
sentidos, hay una impresión absoluta, sin calificar, del estado de las cosas. Esta impresión es
relativa, tan solo, a las expectativas innatas de la criatura, y, por supuesto, carece de toda
relación al paso del tiempo. Si el continuum no operase de esta manera, el trauma producido en
el nuevo organismo por tanto evento desconocido sería intolerable. Cuando la criatura empieza a
poder prestar atención a los sucesos que ocurren en su entorno, lo que llama su atención es la
diferencia entre aquello que los sentidos perciben y aquello que evoca de la experiencia previa.
Conocer el mundo a través de asociaciones supone tomar todo lo nuevo sin que nada en ello
llame la atención. Sólo se presta atención a experiencias posteriores similares pero algo distintas,
de forma que el mundo se conoce primero de manera general, y después en más y más detalle.

En este aspecto, el Homo sapiens es único entre los animales. Su expectativa es


encontrar un entorno adecuado, conocerlo cada vez con mayor precisión, y actuar sobre él con
creciente eficiencia. Otros primates se adaptan, en diversos grados, a algunas de las
circunstancias tal como las encuentran, pero los animales están en su mayoría diseñados
(evolutivamente) para comportarse siguiendo patrones inherentes.

Una cría de oso hormiguero gigante, que adquirí cuando tenía cuatro días, creció feliz en
compañía humana. Claramente pensaba que todos nosotros éramos osos hormigueros, y
esperaba que nos comportásemos como tales, saltando y boxeando con él a la manera tradicional
de los osos hormigueros. De mí, como madre, esperaba que me mantuviese en comunicación
con él en todo momento, pero a distancia cada vez mayor, según iba volviéndose más
autosuficiente. Al principio debía llevarlo en brazos a todas partes; más adelante, permitirle que
me abrazase tan a menudo como su espíritu necesitase, y dejarle lamer mis pies frecuentemente;
hacerle compañía mientras comía; y buscarle cuando, habiéndose alejado demasiado como para
percibir mi olor, me llamaba. Pero consideraba a los perros y a los caballos como enemigos, no
como de su misma especie.

Por el contrario, una mona de lanas a la que también crié desde la infancia, parecía
considerarse a sí misma una persona. Trataba a los perros con condescendencia, incluso a los
grandes, y más de una vez se sentó en una silla en medio de un grupo de personas con los perros
tranquilamente echados a sus pies debido a su conducta imperiosa. Aprendió como comportarse
educadamente en la mesa y, tras observar durante un año, logró abrir una puerta trepando al
marco y girando el picaporte mientras tiraba.

Sus patrones de comportamiento tenían una proporción de adaptabilidad, de expectativa


de aprender a través de la experiencia personal, mucho mayor que los del oso hormiguero, cuyo
comportamiento estaba prácticamente marcado con antelación por mecanismos innatos.

El ser humano, más adaptable aún a su propia experiencia, puede sobrevivir a


alteraciones en su entorno que llevarían a la extinción a especies menos ingeniosas. Ante un
problema, puede elegir entre un gran número de reacciones. Un mono tiene un margen
relativamente pequeño de elección ante un estímulo, y un oso hormiguero no puede elegir, por lo
que, como tal oso hormiguero, es infalible. Desde el punto de vista del continuum, un mono

34
puede cometer pocos errores, pero el ser humano, con su capacidad de elección, es muy
vulnerable.

Pero, junto con esa amplitud de elección de comportamiento que le añade falibilidad, en
el ser humano ha evolucionado un sentido paralelo del continuum que le dispone para elegir
adecuadamente. Así sus elecciones, de darse el tipo de experiencias necesarias para
desarrollarlas y ejercitarlas, pueden llegar a ser tan infalibles como las del oso hormiguero.

Las criaturas humanas criadas por animales, muestran de manera aún más reveladora, la
importancia del entorno para que las expectativas evolutivas de la especie lleguen a alcanzarse.

Entre los muchos casos conocidos, quizás el mejor documentado sea la historia de Amala
y su hermana Kamala, criadas por lobos desde que eran bebés en la jungla de India. Cuando las
encontraron, las llevaron a un orfanato, donde un tal Reverendo Shing y señora intentaron
adaptarlas a la sociedad humana. La mayor parte de los tremendos esfuerzos de los Shing
acabaron en un completo fracaso. Las chicas estaban tristísimas, y permanecían echadas
desnudas, en la postura de lobas, en la esquina de su habitación. Durante la noche se despertaba
su actividad, y aullaban para llamar a su manada de lobos. Después de mucho entrenamiento,
Kamala aprendió a andar sobre los pies, pero solo corría a cuatro patas. Durante algún tiempo, se
negaron a llevar ropa ó comer nada cocinado, prefiriendo carne cruda y carroÑa. kamala
aprendió cincuenta palabras antes de morir a la edad de quince años. En ese momento su edad
mental, de acuerdo con los baremos humanos, era de unos tres años y medio.

La habilidad de los niños criados por animales, para adaptarse a condiciones inadecuadas
a su especie, es mucho mayor que la de cualquier otro animal para adaptarse a las costumbres
humanas. Pero la muerte temprana de la mayor parte de estos niños, lo mucho que sufren tras su
captura y su incapacidad para sobreponer una cultura humana a sus culturas animales, muestra
también la profundidad con la que estas culturas, una vez aprendidas, entran a formar parte de la
naturaleza del individuo humano. La expectativa de formar parte de una cultura es un producto
de nuestra evolución, y las costumbres en que esta expectativa se desarrolla, una vez asimiladas,
forman una parte tan fundamental de nuestras personalidades como los patrones innatos en otras
especies. En los niños que crecen en estado salvaje, siendo humanos y por tanto mucho más
susceptibles que cualquier animal a la influencia de su experiencia, los hábitos de los otros
animales arraigan profundamente. Por eso, cuando su entorno cambia, sufren un trauma mucho
mayor que el que sufriría cualquier otro animal protegido por patrones de comportamiento
innatos (no-influenciables).

El hecho de que la edad mental de Kamala fuese tan baja es un factor que dice poco si se
considera de forma aislada. Pero si lo consideramos como parte del continuum de una criatura
nacida humana y criada como lobo, puede muy bien representar la mejor manera de utilizar una
buena mente dadas las circunstancias. Algunas de sus habilidades eran prodigiosas: su agilidad a
cuatro patas, su sentido del olfato (podía oler carne a ocho metros), su visión nocturna, su
velocidad, su adaptabilidad a cambios de temperatura. Su juicio en la caza y su sentido de la
orientación deben haber sido magníficos, también, para poder sobrevivir como loba. En suma,
su continuum le sirvió adecuadamente: de entre todo su potencial desarrolló lo que más
necesitaba para su modo de vida. El hecho de que no pudiese deshacer su desarrollo y sustituirlo
por otro completamente distinto, es insignificante: no hay ninguna razón para que una criatura
necesite poder adaptarse a una exigencia tan poco probable. De la misma manera que no se

35
puede esperar que un ser humano crecido, y una vez su comportamiento ha sido condicionado
para la sociedad humana, se adapte con éxito a las costumbres de otro animal.

Desde el principio el aprendizaje es selectivo: siempre es relevante a lo que


subjetivamente se conoce sobre la vida que se va a llevar. El proceso asociativo lo garantiza.
Como una radio preparada para recibir sólo longitudes de onda seleccionadas, con un receptor
en principio capaz de recibir muchas más longitudes de onda distintas, así el receptor
psico-biológico comienza con un vasto potencial, y pronto se le fija en la amplitud requerida. El
alcance de visión óptimo para la mayor parte de las maneras de vivir de los seres humanos,
comprende la luz del día, un cierto grado de oscuridad, y el espectro de colores entre el rojo y el
violeta. Aquellos objetos demasiado pequeños ó demasiado lejanos son eliminados de nuestras
percepciones, y de entre todas las cosas al alcance de la vista, solo una parte son percibidas con
nitidez. A una distancia media, cuando resulta útil ver qué ocurre en todos los lados, la visión es
clara. Cuando algo ó alguien interesante se acerca, la visión periférica se va enturbiando hasta
que el objeto está a corta distancia. Entonces desenfocamos la distancia media, y la atención se
dirige de forma más concentrada al objeto cercano, para poder observarlo sin distracciones. Si
todo lo que rodea al objeto permaneciese igual de nítido, los sentidos tendrían mayor carga de
trabajo, y esto impediría que el cerebro, que debe dirigir su atención al objeto o a una parte del
objeto, realice su trabajo con la mayor eficiencia. La gama de visión del individuo es
seleccionada según la cultura, dentro, claro está, de los límites de su naturaleza (evolutiva).

Los niños criados por lobos tienen una visión nocturna extraordinaria. Los yequana
pueden percibir la forma de un pájaro pequeño entre las sombras de un bosque, allá donde
nosotros sólo vemos hojas, incluso si nos señalan el lugar exacto. Pueden ver un pez entre la
espuma de los rápidos, de nuevo invisible a todos los esfuerzos de concentración de nuestros
ojos.

El oído es también selectivo - limitado a lo que nuestra cultura nos dice que es
importante, eliminando el resto -. El mecanismo auditivo tiene capacidad para oír mucho más de
lo que lo utilizamos para oír. Todos los indios de Sur América que he conocido, acostumbrados a
escuchar tanto los peligros como la caza, en junglas que impiden la visión a unos cuantos
metros, pueden oír también el motor de una lancha ó un avión mucho antes que cualquiera de
nosotros.

Su gama de percepciones es adecuada a sus necesidades. La nuestra sirve mejor a


nuestros objetivos, ignorando lo que en nuestra vida serían, por lo general, ruidos sin sentido. En
nuestra cultura, ser despertado por un gruñido a doscientos metros sería tan solo un
inconveniente.

Para evitar que la mente se desborde con sensaciones no seleccionadas, el sistema


nervioso actúa de seleccionador. La atención a los distintos sonidos aparece y desaparece según
el condicionamiento del mecanismo selector, no a voluntad. Aunque el sistema auditivo no se
puede desconectar, hay ciertos sonidos que la mente consciente nunca oye y que, pese a ser
perceptibles, permanecen subliminales desde la infancia hasta la muerte. Un ejemplo clásico
utilizado por hipnotizadores en los teatros, es el ordenar a un sujeto que escuche lo que se está
murmurando a una distancia que nos parece imposible de superar. El hipnotizador sustituye la
gama normal de percepción del sujeto por su propia selección. Crea la ilusión de estar
aumentando el poder del oído, cuando, de hecho, lo que hace es suspender momentáneamente la
selección que ignora ciertos sonidos dentro de la gama de percepción del oído.
36
A menudo, poderes llamados sobrenaturales o mágicos no son más que capacidades no
seleccionadas por el sistema nervioso (por orden del continuum) como apropiadas para nuestra
gama de facultades. Pueden ser desarrolladas con disciplinas que superan el proceso normal de
eliminación, ó pueden aparecen en momentos de presión, como en el caso de un chaval de diez
años a cuyo hermano había atrapado un árbol al caer. Aterrorizado, levantó el árbol y liberó a su
hermano antes de ir a buscar ayuda. Más tarde fueron necesarios una docena de hombres para
mover el mismo árbol que el chico, en su extraordinario estado emocional, había levantado sólo.
Hay muchas historias de este estilo. Los poderes que describen se liberan sólo en circunstancias
especiales.

Excepciones interesantes a esta regla son los casos de personas cuyos mecanismos de
selección han sido dañados, ya sea temporal ó permanentemente, y se vuelven clarividentes. No
pretendo saber cómo funciona esto, pero algunas personas tienen la capacidad de ver a través del
agua ó de metales. Otras perciben auras alrededor de la gente. Peter Hurkos, el famoso vidente
americano, se convirtió en vidente a consecuencia de una herida en la cabeza al caer de un árbol.
Dos amigas me contaron en secreto su capacidad para adivinar el futuro cuando estaban a punto
de caer en un ataque de nervios, capacidad que les horrorizaba. Las historias me fueron contadas
por separado, y las mujeres no se conocían entre sí, pero ambas fueron hospitalizadas a los
pocos días de las experiencias "videntes", que no se volvieron a repetir. Es cuando las emociones
se fuerzan hasta el límite. Cuando suele suceder que los límites normales de capacidad humana
se rompan. En accidentes, cuando la víctima se enfrenta sin previo aviso a su propia muerte, en
su desamparo suele pedir ayuda a su madre o quien quiera que ocupe el lugar maternal en su
vida. A menudo la madre, ó figura materna, recibe el mensaje esté a la distancia que esté. Esta
situación se da con tanta frecuencia que la mayor parte de nosotros hemos conocido directa ó
indirectamente casos de este tipo.

Las premoniciones funcionan al contrario: un suceso desconocido que amenaza con


tener consecuencias extremas, puede atravesar el consciente de una persona tranquila, ya sea
durmiendo ó despierta. Muchas de las premoniciones pasan desapercibidas y, debido a la
prohibición de "creer en esas cosas", no se las reconoce cómo tales. Frases vagas del tipo de
"tuve la sensación de que no debería haber venido" suelen ser el único reconocimiento que se da
a premoniciones anuladas por otras presiones.

No tengo ni idea de cómo pueden percibirse sucesos que aún no han ocurrido -en qué
manera pueden existir antes de ocurrir-. Pero el que conozcamos sucesos pasados y presentes sin
recurrir a los sentidos es, mecánicamente, igual de misterioso. Y hay otras muchas maneras de
comunicación, como las recientemente descubiertas señales emitidas por sustancias químicas
que inducen ciertos comportamientos en animales, ó los dispositivos para decidir la dirección en
pájaros migratorios, que están también más allá de nuestra comprensión.

La mente consciente, ni es lo que aparenta ser, ni tiene acceso a los secretos de


programación del continuum, sino que ha evolucionado para servirle. Un objetivo fundamental
en la filosofía del continuum, será hacer del intelecto un servidor competente en vez de un amo
incompetente. Si se utiliza de manera adecuada, el intelecto supone una ventaja inestimable. Su
capacidad para percibir, clasificar y comprender las relaciones y características de animales,
plantas, minerales y acontecimientos a su alrededor, hace que los intelectos humanos puedan
crear, almacenar y transmitir de uno a otro cantidades enormes de información. Por ello, el ser
humano logra utilizar el entorno de una manera mucho más flexible que cualquier otro animal.
37
Además, es menos vulnerable a las vicisitudes de ese entorno: las alternativas de que dispone en
cuanto a posibles comportamientos frente a los elementos que le rodean son mayores, y, así, su
posición frente a ellos es más estable.

Cuando el equilibrio natural está intacto, el intelecto va aprendiendo y siguiendo las


directrices de sentido del continuum, sirviéndole de esta manera como protector. La razón, el
juicio basado tanto en la experiencia personal como en la que los demás nos comunican, y la
capacidad de sintetizar pensamientos y memorias en un sinfín de combinaciones útiles a través
de la inducción y la deducción, aumentan la capacidad del intelecto para servir a los intereses
tanto del individuo como de la especie.

Por ejemplo, un intelecto que quiera conocer la botánica en todos sus aspectos y que esté
en armonía con un sentido del continuum bien desarrollado y que funcione bien, puede adquirir
cantidades prodigiosas de información. Los informes de observadores de muchas culturas
primitivas coinciden: cada hombre, mujer y niño de estas sociedades guarda en la cabeza un
catálogo minucioso de los nombres y características de cientos de miles de plantas.

Uno de estos observadores, E. Smith-Bowen, hablando sobre una tribu africana y los
amplios conocimientos de botánica compartidos por todos sus miembros, dijo, "Ninguno de
ellos creería que yo soy incapaz, por mucho que me lo propusiera, de llegar a saber tanto como
ellos."

Con esto no quiero decir que el salvaje tenga una inteligencia innata mayor que la
nuestra, sino que las presiones de una personalidad distorsionada pueden dañar el potencial
natural de la mente.

El intelecto de un miembro plenamente desarrollado en una sociedad que así lo espera,


puede memorizar una cantidad increíble de información y retenerla para uso posterior.

Incluso entre la gente civilizada se puede ver que los analfabetos, al no dejar la mayor
parte de la responsabilidad de almacenar información a los libros, como hacemos nosotros,
tienen memorias más desarrolladas. Y quizás las tuvieran aún más de estar en paz con ellos
mismos y con su mundo.

El condicionamiento de la mente del bebé es el principal determinante del tipo de


recursos que va seleccionando para usar a lo largo de su vida. El bebé espera que su experiencia
le vaya guiando, que le vaya dando numerosas pistas distintas. Es más, espera que esta
experiencia que le guía le resulte útil de una manera directa en las situaciones que encuentre más
tarde.

Cuando las experiencias posteriores no son del mismo tipo que las que le condicionaron,
la criatura tiende a manipularlas, ya sea para bien o para mal, intentando que se asemejen a
aquellas. Si se ha acostumbrado a la soledad, inconscientemente se las arreglará para asegurarse
un nivel de soledad parecido. Cualquier intento por su parte, o por parte de los demás, de que sea
más ó menos solitario de lo que es su costumbre, será resistido por su tendencia hacia la
estabilidad.

Incluso la ansiedad tiende a mantenerse, ya que la pérdida repentina de "algo por lo que
preocuparse" puede llevar a una forma de ansiedad mucho más profunda, e infinitamente más
38
aguda. Para alguien cuyo hábitat natural sea estar al borde del desastre, una seguridad grande
resulta tan intolerable como lo sería la materialización de sus mayores temores. Esto es debido a
la tendencia a mantener el alto nivel de bienestar que se debería haber establecido mientras se
fue bebé.

Los estabilizadores que llevamos incorporados se oponen también a los cambios bruscos
en nuestra medida del fracaso y del éxito, y a menudo nuestra voluntad se enfrenta a ellos.
Raramente, sin embargo, tiene la voluntad gran efecto contra el poder del hábito. Pero a veces,
debido a acontecimientos externos, el individuo no tiene más remedio que aceptar cambios. En
esos casos, los estabilizadores se las arreglan para suavizar las situaciones que no pueden ser
asimiladas tal cual. Distracciones, del tipo de enfrentarnos a problemas que nos resulten
familiares y requieran toda nuestra atención, pueden hacer llevadero un fracaso o un éxito
intolerable.

A menudo, para adaptarse a un cambio irreversible, después de haber hecho todos los
esfuerzos posibles para restablecer el status quo, hay que retirarse del combate. Hay que ponerse
en punto muerto y reorientarse en las nuevas circunstancias que la vida manda. Este proceso
necesita a veces de una enfermedad o un accidente que inmovilice a la víctima lo suficiente
como para poder descansar y alinear sus fuerzas ante los nuevos requisitos. La tendencia
estabilizadora también se sirve del cuerpo para reponer el equilibrio, permitiendo que este caiga
enfermo cuando exista la necesidad de mimos infantiles y un sustituto de madre está
disponible. Y provocando un resfriado, cuando un pequeño viaje "fuera de combate" baste para
reponer a una persona que se encuentre demasiado alejada del nivel de bienestar que le es
cómodo, ó se le exija empujar demasiado en su hacer cotidiano.

Algunos seres humanos han de estar constantemente en un estado físico lamentable para
que su vida sea tolerable (son los propensos a los accidentes); otros tienen que estar destrozados
de forma permanente para sobrellevar su necesidad de mimos, castigo o diversión, según el
caso. Los hay que necesitan desarrollar un estado de fragilidad tal que sus familias se vean
obligadas a mantener la relación con ellos, cayendo enfermos sólo si son tratados demasiado
mal, o demasiado bien.

Entre mis conocidos, probablemente el caso más extremo del uso de la enfermedad para
lograr estabilidad fue el de una mujer incapaz de soportar el sentimiento de culpa que la invadía.

Desconozco, y probablemente ella también, el trato que mi amiga recibió de pequeña, ni


de qué manera se le hizo evidente a su mente infantil que ella era "mala". Pero su hermano
gemelo, que debió compartir su tormento, se suicidó a los veintiún años. Con el peso añadido de
la culpa que, inevitablemente y por irracional que sea, acompaña la muerte de un hermano, en
este caso probablemente multiplicada por dos por la compenetración especial entre gemelos, se
dedicó a buscar los castigos adecuados para alcanzar un punto de equilibrio llevadero para ella.
El mecanismo estabilizador de su destrozado continuum, con métodos y técnicas propios de su
cultura, tuvo que reducir el peligro de que ella tuviera una vida dichosa por encima, por así
decirlo, del cadáver de su hermano. Condicionada por la culpa de su infancia, reprimida y
posteriormente abierta de un tajo por el suicidio de su hermano, no podía tolerar ni una pizca de
felicidad.

En pocos años tuvo dos hijos ilegítimos -uno con un hombre de otra raza, otro con un
desconocido -, varios trabajos -todos ellos humillantes para alguien de su condición social -, y
39
contrajo una poliomielitis, teniendo que ir en silla de ruedas durante el resto de su vida. Mientras
estaba en el hospital debido a la poliomielitis, contrajo una tuberculosis que le destrozó un
pulmón y dañó gravemente el otro. Se tiñó el pelo de un color berenjena con el que, por fin,
consiguió estropear su persistente belleza, y se fue a vivir con un artista fracasado mucho mayor
que ella.

La última vez que hablé con ella me contó, con su habitual buen humor, que mientras
limpiaba la casa después de una fiesta se había caído de la silla, rompiéndose una de sus piernas
paralizadas.

Nunca estaba de mal humor, y nunca se quejó. Estos desastres consecutivos le iban
aliviando su carga interior de forma cada vez más eficaz, y tras cada uno de ellos emergía aún
más alegre. Una vez le pregunté, si era producto de mi imaginación, o si realmente era más feliz
desde que se quedara coja. Me contestó inmediatamente que en su vida había sido más feliz.

Media docena de casos parecidos me vienen a la cabeza. Varios son hombres que se
dejaron barba o adquirieron cicatrices para disimular un atractivo físico que, ó bien les hacía la
vida incómodamente fácil, ó bien era razón de que las mujeres les amasen más de lo que sus
sentimientos de no merecer ser queridos podían tolerar.

Existen hombres y mujeres que sólo se sienten atraídos por personas para las cuales ellos
carecen de interés.
La razón de fracasos de todo tipo suele encontrarse, no en la falta de capacidad, ni en la
mala suerte, ni en la competición, sino en una tendencia en el sujeto a mantener la condición en
la que ha aprendido a sentirse a gusto.

Así, cuando una criatura va formando una impresión de su relación con todo aquello que
no sea ella misma, está construyendo el marco de creencias que se convertirá en su hogar de por
vida. Sus mecanismos estabilizadores trabajarán para mantenerlo y, en lo sucesivo, todo será
remitido a esta referencia, todo será medido y equilibrado según ella. Un bebé privado de la
experiencia necesaria para sentar la base del desarrollo pleno de su capacidad innata, quizás
nunca conozca un solo momento del bienestar incondicional que ha sido natural a los suyos
durante el 99,99 por ciento de su historia. La falta se mantendrá de forma indiscriminada como
parte de su desarrollo, en la misma medida en que la haya sufrido en la infancia. Las fuerzas
instintivas no razonan. Dan por sentado, desde el peso inmenso de su experiencia en las leyes de
la naturaleza, que al individuo le será beneficioso estabilizarse según sus experiencias iniciales.

El que esa ayuda pueda llegar a convertirse en una trampa cruel, una especie de condena
perpetua en una cárcel portátil, es una posibilidad tan remota dentro del proceso evolutivo, tan
reciente en la historia animal, que apenas si se encuentran recursos dentro de nosotros para
aliviar el dolor. Algunos hay. Hay neurosis y locuras para proteger a los que no pueden, por sus
carencias, enfrentarse a la realidad desnuda. Hay un entumecimiento frente al dolor
inaguantable. La muerte libera a otros, por lo general a aquellos a quienes la fuerte necesidad
infantil de una figura materna ha seguido hasta la edad mediana ó vejez, momento en que la
persona que ha jugado ese papel les deja, muriéndose, fugándose con la secretaria, ó lo que sea.
La persona dependiente, carente de toda esperanza de encontrar un apoyo nuevo, es incapaz de
vivir con el vacío interior y exterior que llenaba con su presencia la persona que le dejó.

40
Para la persona con una infancia plenamente enriquecida, y que por lo tanto es capaz de
irse enriqueciendo a lo largo de la vida, la pérdida de la pareja, ocurra a la edad que ocurra, no
equivale a la pérdida total. Esta persona no es un recipiente vacío dependiente de otro para su
sustancia o motivación. La persona plenamente adulta, probablemente durante un período de
retiro, hará duelo y reagrupará sus fuerzas para adaptarse al cambio.

En las culturas evolucionadas, y en muchas culturas civilizadas también, existen ayudas


rituales a este proceso del duelo (lamentaciones comunales, ceremonias, reuniones).
Especialmente cuando la cultura no tiene un procedimiento exacto que determina la vida de la
persona que sobrevive, ni hay unos hijos u otros dependientes que marquen como continuar esta
vida, suele haber un período de reorientación que la sociedad aprueba y apoya. El vestirse de
blanco ó de negro, ó alguna otra señal de estar fuera de juego (fuera de los colores de la vida, por
así decirlo), indica un espíritu en crisálida, y pide reconocimiento y tolerancia por parte de la
sociedad.

El hecho de que el intelecto civilizado haya destrozado estas costumbres, ó bien


transformando unas formas evolucionadas en unas exageraciones grotescas sin relación alguna
con la necesidad real, ó bien eliminándolas por completo, no altera lo íntegro y adecuado de su
origen. Y los estabilizadores del continuum no dejarán de satisfacer las necesidades de los
miembros de culturas donde los ritos de duelo sean inexistentes o inadecuados. Como en otras
situaciones de exigencias paralelas, producirán cobijo, a menudo en forma de enfermedad o
accidente si no hay manera mejor de obtener un periodo de rehabilitación.

El efecto del impacto de un cambio en el entorno de una persona depende, por supuesto,
de cuánto haya podido desarrollar su capacidad innata de adaptación, ¿Cómo podemos
aprender acerca de la vida del bebé en continuum, y la del bebé no-continuum? Podemos
empezar por observar pueblos como los Yequana y mirar de nuevo más detenidamente a los
miembros de nuestras propias culturas. Los mundos de las criaturas-en-brazos de la Edad de
Piedra y los de las criaturas-en-brazos de las culturas civilizadas son como el día y la noche.

Desde su nacimiento, a los bebés continuum se les lleva a todos lados. Antes de que el
cordón umbilical caiga, la vida del bebé está ya llena de acción. Duerme mucho, pero incluso
cuando está dormido se está acostumbrando a las voces de su gente, al sonido de sus actividades,
a los empujones, a los movimientos bruscos y a las paradas imprevistas. A que le levanten ó le
presionen varias partes del cuerpo cuando, por necesidades del trabajo ó comodidad, quién le
cuida ha de cambiarle de posición; a los ritmos de día y noche, a los cambios de textura y
temperatura en su piel, y a la sensación, segura y buena, de estar sostenido por un cuerpo vivo.
Sólo notaría su necesidad urgente de estar ahí si le quitasen de su sitio. El que él espere
inequívocamente estas circunstancias, y el hecho de que sus experiencias sean estas y no otras,
no hace otra cosa que continuar el continuum de su especie. Se siente bien, y por eso es raro que
necesite llorar, ó hacer otra cosa que no sea mamar cuando surge el impulso disfrutando del
estímulo que le anima a hacerlo, de la misma forma que disfruta del estímulo de satisfacción de
defecar. Por lo demás está ocupado aprendiendo lo que es ser.

Durante la fase en-brazos, el período entre el nacimiento y el andar a gatas voluntario, la


criatura va recibiendo experiencia que, al satisfacer sus expectativas innatas, le permite pasar a
nuevas expectativas que a su vez serán satisfechas. Despierta se mueve poco, y por lo general se
encuentran en un estado relajado y pasivo. No está en el estado muñeca de trapo en el que
duerme, pues sus músculos están despiertos, pero solo utiliza la mínima actividad muscular
41
necesaria para poder enfrentarse a cada momento, comer y defecar. Además, desde muy pronto,
aunque no inmediatamente después de nacer, tiene que dedicarse a mantener en equilibrio la
cabeza y el cuerpo (y poder así prestar atención, comer y defecar) en un sinfín de posturas,
dependiendo de las acciones y posiciones de la persona que la sostenga.

Puede estar tumbado en un regazo, en contacto sólo ocasional con manos y brazos que
trabajan en algo por encima de él, como remar una canoa, coser, o preparar comida. De repente,
siente como el regazo le inclina hacia fuera y una mano le coge la muñeca. El regazo
desaparece, la mano lo aprieta y lo levanta a través del aire, hasta que entra en contacto de nuevo
con el tronco del cuerpo, momento en que la mano lo suelta y un codo entra en acción,
sujetándole contra una cadera y un costado antes de inclinarse y recoger algo con la mano libre,
poniéndole boca abajo momentáneamente, para luego empezar a andar, correr y volver a andar,
sometiéndole a un vaivén de meneos y sacudidas a distintos ritmos. Puede que en este momento
le pasen a alguien distinto, y que, tras perder contacto con una persona, sienta una nueva
temperatura, una nueva textura, un nuevo olor o sonido. Quizás se trate de alguien mucho más
huesudo, con la voz aguda de un niño o la resonancia de un hombre. Puede que de pronto un
brazo le vuelva a levantar, y sumergiéndole en agua fresca, le salpique y acaricie, frotándole
después hasta secarle. Puede que húmedo vuelva a su lugar en la cadera, húmeda también, y así,
húmedo contra húmedo, se vaya generando calor allá donde hay contacto mientras que las zonas
de su cuerpo expuestas al aire se van enfriando. A continuación puede que sienta el calor del sol,
o el fresco de un camino a la sombra de un bosque umbrío. Puede que para entonces está casi
seco, y que, tras una lluvia repentina, se encuentre empapado de nuevo, encontrando más tarde
alivio en el cambio radical de frío y mojado, a cobijo y fuego, un fuego que calentará su lado
mucho más rápido que el cuerpo de su acompañante el otro lado.

Si mientras duerme tiene lugar una fiesta, se verá sacudido con violencia mientras su
madre salta y marca el ritmo con los pies; y vivirá aventuras parecidas durante su sueño diurno.
Por la noche, como siempre piel contra piel, su madre duerme a su lado: respira, se mueve y a
veces ronca un poco. Ella se levanta con frecuencia durante la noche para atender el fuego.
Agarrándole con fuerza se desliza de su hamaca al suelo, y, mientras ella mueve los troncos, la
criatura es un bocadillo entre muslo y costillas. Si el bebé se despierta para y en seguida se le
vuelve a sujetar. A medida que su confianza aumenta, el punto donde muestra miedo se va
alejando y la criatura va ganando confianza, se le permite que vuele más alto y que caiga durante
más tiempo.

Los bebés van aprendiendo de sus acompañantes otros juegos con los que poner a
prueba, de manera parecida, cada uno de los sentidos. La imagen tranquilizadora de una madre o
un pariente va apareciendo y desapareciendo de la misma manera progresiva en juegos como
“¡cu-cú! ¡tras-trás!”. Se sorprende al bebé con sonidos, repentinos y fuertes, como “¡Bu!”,
seguidos por la noticia tranquilizadora que es solo mamá o quien sea, y que no hay motivo para
asustarse. Juegos como la caja sorpresa ayudan a que desaparezca la respuesta de susto ante el
mundo exterior, y ponen a prueba capacidades mayores de adaptación. Los Yequana aprovechan
la predisposición del bebé a este tipo de actuaciones, y ateniéndose a sus reglas y respetando sus
indicaciones de proseguir o parar lo van sumergiendo en aguas cada vez más profundas. Además
de recibir un baño diario desde que nacen, a todos los bebés se les mete en los rápidos del río.
Primero solo los pies, luego las piernas, y más tarde el cuerpo entero. Se empieza en aguas
tranquilas y se va avanzando, por aguas cada vez más rápidas, hasta las cataratas. El tiempo de
permanencia en el agua se prolonga cada vez más, en función de las señales de confianza de la
criatura. Antes de que pueda andar, o siquiera pensar, un bebé Yequana va ya camino de se
42
experto en juzgar a simple vista la fuerza, dirección y profundidad del agua. Entre su gente se
encuentran los mejores remeros de canoa del mundo.

A los sentidos se les proporciona una cantidad y variedad enorme de acontecimientos y


objetos con los cuales entrenarse, afinar sus funciones y coordinar sus mensajes al cerebro.

En las primeras experiencias predomina el cuerpo de una madre ocupada. Sus


movimientos son la base sobre la que aprender el ritmo de una vida activa. Este ritmo se
convierte en una característica del mundo del vivir y se asocia siempre con el bienestar acogedor
del ser, porque se aprende mientras se está en brazos.

Si la persona que sostiene al bebé en brazos pasa mucho tiempo sentada tranquilamente,
esta experiencia no le servirá a la criatura para aprender sobre la calidad de vida y sobre la
acción, aunque sí le servirá para evitar sentimientos negativos de abandono, de aislamiento, y,
mucho, del peor entre los sentimientos negativos, el de falta. El hecho de que los bebés animen
activamente a los demás a exponerles a emociones, es una indicación de que esperan y necesitan
acción para su desarrollo. Una madre sentada tranquilamente condicionará al bebé a concebir la
vida como aburrida y lenta. Este estará inquieto, y dará indicaciones frecuentes de que quiere
que se le estimule más. Intentará expresar lo que quiere saltando, o agitará los brazos para iniciar
un ritmo más rápido en las acciones de la madre. Así mismo, si la madre se empeña en tratarle
como si fuera frágil, le está sugiriendo que lo es; en cambio, si le trata de una manera casual y
natural, la criatura se pensará fuerte y adaptable, y se encontrará a gusto en muchas situaciones
distintas. Además de ser desagradable, sentirse frágil interfiere en la eficiencia del niño en
desarrollo, y más tarde en la del adulto.

Imágenes, sonidos, olores, texturas y sabores, al principio son dominados por el cuerpo
protector. Más tarde con el desarrollo de facultades mayores incluyen una amplia gama de
acontecimientos y objetos. Se hacen asociaciones. La oscuridad de la choza siempre está
presente cuando hay olores de cocina, y casi siempre cuando hay olor de madera quemada. La
luz es brillante durante los baños y durante la mayoría de los viajes a pié. Generalmente la
temperatura de la oscuridad es más agradable que la de la luminosidad del aire libre, donde a
menudo hace un calor insoportable; llueve o hay viento. Pero todos y cada uno de los cambios
son aceptables y esperados, ya que en la experiencia del bebé ha habido siempre variación. La
necesidad básica de estar en brazos ha sido satisfecha, y la criatura es libre, para ser estimulada
y enriquecida por todo lo que siente. Un bebé en brazos apenas nota sucesos que asustarían a un
adulto no prepara para ellos. Está acostumbrado a que aparezcan, repentinamente, figuras justo
sobre sus ojos, o a que las copas de los árboles den vueltas sobre él. Las cosas se oscurecen o se
aclaran sin previo aviso. Truenos y relámpagos, ladridos de perros, el rugido ensordecedor de
cataratas, árboles partiéndose, las llamas del fuego, lluvias repentinas, baños imprevistos en un
río,... , nada le altera. Dada las condiciones en que ha evolucionado su especie lo alarmante en el
silencio, o una falta prolongada de cambio en sus estímulos sensoriales.

Cuando llora por algún motivo, mientras un grupo de adultos está conversando, su
madre le susurra suavemente al oído para distraerle. Si este método falla, se lo lleva hasta que se
tranquiliza. No enfrenta su voluntad a la del bebé, simplemente se aísla con él sin mostrar seña
alguna de juicio al comportamiento de la criatura, ni disgusto porque se le moleste. Cuando la
criatura le babea encima, ella pocas veces se da cuenta. Si le limpia la boca con el dorso de la
mano, lo hace de la misma forma medio atenta en que se asea a sí misma. Cuando se moja o
defeca, quizás se ríe, y como pocas veces se encuentra sola, también se ríen sus compañeras,
43
mientras ella le sujeta lo más alejado posible de su propio cuerpo hasta que el bebé termina. Es
una especie de juego, el ver cuan rápido lo puede coger y alejar de sí, pero las carcajadas son
mayores cuando ella se lleva la peor parte. El suelo de tierra absorbe el agua en un momento y el
excremento se quita inmediatamente con unas hojas. Vomitar, un suceso cotidiano de la vida de
nuestros bebés es tan raro que solo recuerdo haberlo visto una vez durante los años que pasé con
los indígenas; el bebé en cuestión tenía una fiebre muy alta.

Es sorprendente el que los expertos civilizados nunca se hayan cuestionado la idea de


que la naturaleza haya permitido la evolución de una especie para que sufra de indigestión cada
vez que toma la leche de su madre. Se recomienda que, dándole palmadas en la espalda mientras
se le mantiene en el hombro, se le saque un eructo para que “eche el aire que ha tragado”. Con la
tensión que soportan, no es de extrañar que nuestros bebés sean enfermos crónicos. Sus patadas,
contorsiones y chillidos, son síntomas de la confusión constante y profunda en que viven. Los
bebés Yequana nunca requieren un trato especial después de alimentarse –como tampoco lo
requieren las crías de otros animales-. Una posible explicación yazca, quizás, en el hecho de que
maman mucho más a menudo, día y noche, de lo que a nuestros bebés civilizados se les permite.
Sin embargo, parece más probable que la respuesta se encuentre en nuestro estado constante de
tensión. Durante la mayor parte del día, el cuidado de los bebés Yequana estaba a cargo de niños.
Sin embargo, y pese a no poder acceder a su madre a voluntad, las criaturas nunca mostraron
señales de cólico.1

Más adelante, cuando el entrenamiento casero comienza, si el pequeño ensucia el suelo


de la choza se le persigue hasta echarle fuera. Para entonces, está tan acostumbrado a sentirse
afectado y a gusto, a saberse “bueno”, que los impulsos sociales que va desarrollando están en
armonía con los del resto de la tribu. Si hace algo que despierta desaprobación, el pequeño no
siente que el problema sea él, sino su comportamiento, y se siente motivado a cooperar. Ningún
impulso le lleva a defenderse de ellos, o a tomar otra postura que la del resto; son aliados de
verdad.

Aunque tener que decirlo suponga una terrible ironía, eso es lo que significa ser un
animal social, lo cual nos lleva a las experiencias de los bebés no-continuum en las culturas
contemporáneas de occidente.

La criatura es la misma. Aunque tengamos una historia reciente muy distinta, la historia
de nuestra evolución, los millones de años formativos que dieron lugar al animal humano, es
común para nosotros y para los Yequana. Los pocos miles de años que han visto cómo el
desviarse del continuum llevaba a la civilización, no tienen peso en tiempo evolutivo: en un
período tan corto es imposible que tenga lugar ninguna evolución significante. Así pues, las
expectativas son idénticas para los bebés que han seguido el proceso del continuum y proceden
de antepasados sin carencias, que para los que han nacido de partos provocados para ajustarse a
los compromisos de golf de un ginecólogo.

Como ya hemos visto, las crías humanas no están menos preparadas que las de otras
especies para la tarea de nacer. Las experiencias del nacimiento forman parte del repertorio de
situaciones a las que somos capaces de adaptarnos, debido a hecho de que hemos evolucionado
de acuerdo con la experiencia de unos antepasados. Todos ellos nacieron después de la llegada

1
Dr. Frank Lee (veáse la introducción) me dijo que sus investigaciones demostraron que los problemas digestivos son la manifestación más
importante del estrés infantil, en cambio los problemas de piel(eccema, soriasis, erupciones) son resultados típicos que a veces aparecen
mucho más tarde, de la angustia vivida en el útero.
44
de los mamíferos y antes habían incubado huevos, proceso que requiere una capacidad
adaptativa y de resistencia parecida. Los sucesos esperados son aquellos que siguen un
precedente formativo. No se han desarrollado mecanismos estabilizadores para asimilar los
sucesos inesperados. Además, está el peligro añadido de que los sucesos inesperados que
ocurran en el nacimiento sustituyan a los que son esperados y necesarios para ciertas líneas de
desarrollo. Hay poco despilfarro en la naturaleza. La esencia del sistema evolutivo es la relación
de economía entre todos sus aspectos, cada uno de ellos causa y efecto, a la vez, dentro del
proceso de desarrollo.

Esto significa que el ser privado de cualquier experiencia esperada, por pequeña que sea,
supondrá en el individuo nivel menor de bienestar, aunque quizás la diferencia sea tan sutil o tan
común que ni nos damos cuenta de ello. Como veremos, hay investigaciones que demuestran
que el ser privado de la experiencia de gatear perjudica el posterior desarrollo de las capacidades
verbales. Quizás algún día se descubra, con sorpresa, que el no haber sido sostenido en diversas
posturas durante la infancia, no haber sido nunca mojado por la lluvia, o no haber experimentado
la transición natural del día a la noche, son causa de problemas posteriores como falta de
agilidad, menor tolerancia a las variaciones de temperatura y la poca resistencia al mareo. Con
respecto a la agilidad debería investigarse la razón de la falta de miedo a las alturas en los bebés
Mohawk. Quizás sea posible aislar de entre las experiencias de estos bebés, aquellas que los
nuestros no tienen y que explican la carencia del miedo citada, así como los diversos grados de
tolerancia a las alturas que nosotros experimentamos. (A los Yequana, los Sanmea y los indios
de otras tribus indígenas de América del Sur, tampoco les importa las alturas, pero hoy en día,
los Mohawk tienen muchas más experiencias aprendidas de nosotros. Esto facilitaría el detectar
las experiencias diferenciadoras entre las que buscar el factor en cuestión).

El principio del continuum nos sugiere posibles factores que contribuyen al fenómeno
del trauma del nacimiento en individuos civilizados. Estos pueden ser el uso de instrumentos de
acero, las luces fuertes, los guantes de goma, el olor del antiséptico y de la anestesia, las voces
fuertes o los sonidos de los aparatos. Para un nacimiento sin trauma, las experiencias de la
criatura han de ser aquellas, y sólo aquellas, que coincidan tanto con sus expectativas como con
las de su madre. Hay muchas culturas sólidas en la que se deja parir a la madre sin ninguna
ayuda, mientras que en otras tantas, igualmente sólida, la madre recibe ayuda. En ambos casos,
la criatura está en contacto directo con el cuerpo de su madre desde el mismo momento en que
emerge del útero. Cuando el bebé ha empezado a respirar por sí solo y descansa con serenidad
sobre su madre que le ha estado acariciando hasta tranquilizarle, el cordón umbilical se corta tan
pronto como deja de pulsar y a la pequeña criatura se le da el pecho inmediatamente –ni lavarla,
ni pesarla, ni examinarla, ni ninguna otra cosa-. Es en este preciso instante, (cuando el
nacimiento ha terminado, cuando la madre y la criatura se encuentra por vez primera como
individuos separados), que el vínculo entre ambos, en un acontecimiento momentáneo se
establece. Es bien sabido que muchos animales experimentan el vínculo a la madre al nacer. Las
crías de ganso, en cuanto salen del huevo, se sienten vinculadas al primer objeto que se mueva.
Incluso si este primer objeto no es su madre, sino algo disparatado como un juguete mecánico o
Konrad Lorenz, su naturaleza evolucionada les impulsa a seguirle a todas partes. Su vida
depende de que sientan vinculados a la madre, ya que a ella le resulta imposible seguir a todas
sus crías a la vez, y éstas, por su parte, son incapaces de sobrevivir sin ella. En nuestra propia
especie, a diferencia de muchas otras, es necesario que sea la madre la que se sienta vinculada al
bebé, ya que la cría humana es incapaz de seguir a nadie. De hecho, lo único que puede hacer
para mantener en contacto con su madre es darle señales si ella no satisface sus expectativas.

45
Este impulso del vínculo, sumamente importante, está tan arraigado en la madre humana,
que prima sobre las demás consideraciones que ésta pueda tener. Por muy cansada, hambrienta o
sedienta que esté, ella desea de forma imperiosa alimentar y consolar a este ser extraño y algo
feo. Si no fuese así, no habríamos sobrevivido estos cientos de miles de generaciones. El
vínculo, eslabón de la cadena de sucesos que, en el nacimiento, las hormonas van generando, ha
de tener lugar enseguida antes de que sea demasiado tarde. Una madre prehistórica no podría
permitirse el lujo de ni siquiera unos minutos de indiferencia ante el recién nacido. El poderoso
instinto debe ser inmediato. En el continuum de sucesos, es necesario satisfacer este impulso
para que la sucesión de estímulos y respuestas que va teniendo lugar, según madre y criatura
comienzan su vida en común, sea armoniosa.

¿Qué ocurre si se impide el vínculo? ¿Qué ocurre si, cuando la madre se dispone a
acariciar al bebé, a darle de mamar, a abrazarle y acercarle a su corazón, se lo quitan? ¿Qué
ocurre si la madre está demasiado drogada para experimentar plenamente el vínculo? Parece que
el impulso a vínculo, si no es satisfecho en el esperado encuentro con el bebé, da lugar a un
estado de duelo. En las etapas formativas de los nacimientos humanos, tan solo cuando el bebé
nacía muerto se encontraba la madre sin objeto en que volcar la oleada de ternera que la invadía.
Por ello, la respuesta psico-biológica era de dolor. Cuando se deja pasar el momento adecuado y
se deja el estímulo sin respuesta, las fuerzas del continuum dan por sentado que no hay bebé, y
la necesidad del vínculo ha de ser anulada.

El hospital moderno hace aparecer a la criatura de pronto y minutos, incluso horas,


después de que la madre haya entrado en un estado fisiológico de duelo. El resultado de esto es
que, con frecuencia, la madre se siente culpable por no poder “despertar su impulso maternal” o
“no querer mucho al bebé” (véase la pag. 97), además de sufrir la clásica tragedia civilizada
llamada depresión post-parto normal ... justo en el momento en que estaba preparada por la
naturaleza para experimentar una de las emociones más profundas y fundamentales de su vida.

En esta etapa, una loba, fiel al continuum de los lobos, sería una madre mucho más
adecuada para la cría humana de lo que es su madre biológica yaciendo en una cama de treinta
centímetros. La madre loba será tangible; la humana podría estar en Marte, que daría igual.

En las salas de maternidad de la civilización occidental, hay pocas posibilidades de


encontrar consuelo en los lobos. La criatura recién nacida, con la piel pidiendo a gritos el
contacto ancestral, suave y cálido del cuerpo humano, está envuelta en trapos secos y muertos.
Después, se le mete en una caja y ahí se le deja, por mucho que llore, en un limbo carente de
todo movimiento (por primera vez en toda la experiencia de su cuerpo, tanto durante el tiempo
de su evolución, como durante su eternidad en el útero). Los únicos sonidos que el bebé puede
oír son los gemidos de otras víctimas de la misma agonía inefable. Los sonidos no pueden tener
ningún significado para él. Llora y llora; la desesperación de su corazón fuerza al límite sus
pulmones, nuevos al aire. No viene nadie. Confiando en la bondad de la vida, como le dicta la
naturaleza, hace lo único que puede, seguir llorando. Finalmente, una vida atemporal más tarde,
se duerme agotado.

Se despierta con terror al silencio, a la inmovilidad. Grita. La falta, el deseo, la


impaciencia intolerable, le hacen arder de la cabeza a los pies. Lucha por respirar y grita hasta
que el sonido le llena la cabeza, que palpita. Grita hasta que le duele el pecho, la garganta. No
puede aguantar más el dolor y sus sollozos flaquean. Mueve la cabeza de un lado a otro. Nada le
alivia. Es inaguantable. Empieza a llorar de nuevo, pero es demasiado para su garganta dolorida;
46
lo deja. Pone rígido su cuerpo, destrozado por el deseo, y siente un poco de alivio. Mueve las
manos y da patadas. Para, incapaz de pensar, de esperar; capaz tan solo de sufrir. Escucha.
Luego se vuelve a dormir.

Cuando se despierta moja el pañal, y el suceso le distrae de su tormento. Pero el placer


de hacer pis, y la sensación de un flujo caliente y húmedo en la parte inferior de su cuerpo
desaparecen pronto. El calor se vuelve inmóvil y frío. Da patadas, se pone rígido, solloza.
Desesperado por el deseo, rodeado de un entorno mojado e incómodo, grita su desgracia hasta
que le calma un sueño solitario.

De pronto le levantan; sus expectativas de lo que es suyo emergen. El pañal mojado


desaparece. Alivio. Manos vivan le tocan la piel. Le levantan los pies y otro trapo seco, sin vida,
le envuelve de nuevo. En un instante, es como si las manos nunca hubieran estado allí, ni el
pañal mojado tampoco. No hay memoria consciente, ni un ápice de esperanza. Se encuentra en
un vacío insoportable, sin tiempo, sin movimiento. Silencio, deseo, deseo. Su continuum intenta
emplear las medidas de emergencia, pero todas ellas están diseñadas o bien para hacer de
puentes durante cortos períodos de tiempo dentro de un tratamiento correcto, o bien para pedir
ayuda a alguien que (se supone) quiere proveerla. Su continuum no tiene solución para este caso
extremo. La situación desborda su amplia experiencia. La criatura, a las pocas horas de haber
empezado a respirar aire, ya ha alcanzado un punto de desorientación más allá de los poderes
salvadores de su poderoso continuum. Probablemente su estancia en el útero será lo más
parecido que conozca nunca al estado de bienestar en que, por sus expectativas innatas, esperaba
pasar su vida entera. Su naturaleza se basa en la asunción de que su madre se comporta de forma
correcta, y que las motivaciones y acciones consiguientes de cada uno de ellos serán adecuadas
para todos.

Alguien viene y lo levanta deliciosamente por el aire. Está en la vida. Preferiría que no le
trataran como si fuera frágil, pero, al menos, hay movimiento. Está en su sitio. Toda la agonía
que ha sufrido no existe. Unos brazos le envuelven, y aunque su piel no se ha librado de la tela y
no siente otra piel viva en la suya, sus manos y su boca están como han de estar. El placer
positivo de la vida, normal al continuum, es casi completo. El gusto y la textura del pecho están
ahí; la leche caliente fluye en su boca ansiosa; hay un latido de corazón, aquel que debería haber
sido su nexo de unión, la confirmación de la continuidad con el vientre materno. Ve formas que
se mueven y denotan vida. El sonido de la voz también es el adecuado. Tan solo la tela y el olor
(su madre utiliza colonia) dejan algo que desear. Mama y, cuando se siente satisfecho, se
duerme.

Cuando se despierta está en el infierno. Ninguna memoria, ninguna esperanza, ningún


recuerdo puede traer el consuelo de la visita materna. Pasan las horas, los días y las noches.
Grita, se cansa, duerme. Se despierta y moja el pañal. A estas alturas ya no tiene ningún placer
de este acto. Tan pronto aparece el placer del alivio es sustituido por un dolor punzante cuando
la orina, caliente, entra en contacto con su piel irritada. Grita. Sus pulmones agotados deben
gritar para anular el ardiente escozor. Grita, pues, hasta que el dolor y el llanto le agotan y se
duerme.

Como suele ocurrir, en su hospital las enfermeras cambian todos los pañales siguiendo
un horario fijo. No importa si están secos, recién mojados o mojados desde hace horas. Luego
mandan a las criaturas a casa con la piel irritada a que se la cure alguien con tiempo para
semejantes cosas.
47
Para cuando le llevan a casa de su madre(que no suya) la criatura sabe mucho de la vida.
En un plano pre-consciente, que afectará todas sus impresiones posteriores, sabe que la vida es
de una soledad inenarrable, sorda a sus señales y llena de dolor.

Pero no se ha rendido. Mientras haya vida, sus fuerzas vitales intentarán reinstaurar el
equilibrio.

El hogar no es muy distinto al hospital, salvo la irritación de la piel. Las mismas horas en
que la criatura está despierta anhelando, deseando, esperando que lo que es adecuado reemplace
el silencioso vacío. Durante unos minutos al día, su imperiosa necesidad de ser tocado, sostenido
en brazos, paseado y movido es satisfecha.

Su madre después de pensárselo mucho, ha decidido darle el pecho. Ama a la criatura


con una ternura que nunca había conocido antes. Al principio y sobretodo por lo mucho que
llora, le cuesta dejarlo en la cuna después de darle de mamar. Pero cree que debe hacerlo pues su
madre le ha dicho (y ella debe saber del tema) que si ella cede ahora, la criatura se malcriará y
causará problemas más adelante. Quiere hacer todo bien; por un instante, siente que la pequeña
vida que sostiene en brazos es más importante que cualquier otra cosa sobre la tierra.

Suspira y lo pone suavemente en su cuna decorada con patitos amarillos haciendo juego
con la habitación entera. Se ha pegado una paliza para poner cortinas, una alfombra con forma
de oso panda, un armario blanco y una mesa para cambiarle provista de polvos, aceite, jabón,
champú y cepillo, todo en colores especiales para bebés. Sobre la pared cuelgan láminas de crías
de animales vestidas como humanos. En el armario, decorado con un corderito de lana y un
jarrón con flores, -porque la madre “ama” también las flores- hay camisetas, pijamas, calcetines,
manoplas y pañales.

Le arregla la camiseta y le tapa con una sábana bordada con sus iniciales. Observa todo
con satisfacción. No ha escatimado dinero en dejarle el cuarto perfecto, aunque ella y su joven
marido todavía no han podido comprar los muebles para el resto de la casa. Se inclina para
besarle la mejilla de seda y, según va hacia la puerta el primer chillido angustioso sacude el
cuerpo del bebé.

La madre cierra la puerta suavemente. Ha declarado la guerra a la criatura: se impondrá a


su voluntad. A través de la puerta escucha lo que parece gritos de alguien bajo tortura. Su propio
sentido del continuum lo reconoce como tal. La naturaleza no hace señales claras de tortura en
vano. La situación es exactamente tan seria como parece.

Duda, su corazón le pide que entre, pero se resiste y sigue su camino, y siente que su
corazón tira hacia él, pero resiste y sigue su camino. Acaba de cambiarle y darle el pecho. Está
segura de que, por lo tanto, no necesita nada realmente, y le deja llorar hasta el agotamiento...

El bebé se despierta y llora de nuevo. Su madre se asoma a la puerta para asegurarse de


que está en su sitio; suavemente para no despertar en la criatura falsas esperanzas vuelve a cerrar
la puerta. Va corriendo a la cocina, donde trabaja con la puerta abierta para poder oír en caso de
que “algo ocurra al bebé”.

48
Los gritos de la criatura se convierten en temblorosos lamentos. Al no recibir respuesta,
el impulso que le lleva a hacer la señal se pierde en el vacío dejado por la falta de alivio. Alivio
que hace mucho debiera haber llegado... . Mira a su alrededor. Hay una pared más allá de los
barrotes de su cuna. La luz es débil. No puede darse la vuelta. Tan solo ve los barrotes,
inmóviles, y la pared. Escucha sonidos sin sentido en mundo lejano. Cerca, no hay ningún
sonido. Mira la pared hasta que se le cierran los ojos. Cuando lo vuelve abrir los barrotes y la
pared están como antes, pero la luz se ha hecho más débil.

Entre las eternidades mirando los barrotes y la pared, hay otras eternidades que incluyen
los barrotes de ambos lados y el techo lejano. Muy lejos, a un lado, hay unas formas inmóviles;
siempre allí.

Hay momentos en que hay movimiento, algo que le tapa las orejas, y montones de ropa
encima de él. En estos momentos puede ver la esquina de plástico blanco del interior de su
cochecito, y a veces, cuando le ponen boca arriba, el cielo y la parte interior de la capucha. De
vez en cuando, grandes bloques lejanos le pasan por los lados. Hay copas de árboles, distantes y
lejanas; y muchas personas que le miran mientras hablan entre sí.

Muchas veces le sacuden un sonajero, y, al escucharlo tan cerca, siente que está cerca de
algo vivo. Mueve los brazos, con la excitación de que pronto se sentirá a gusto. Cuando le
acercan el sonajero a su mano lo agarra y se lo mete en la boca. Mal hecho. Mueve las manos y
el sonajero sale volando. Alguien se lo devuelve. Aprende que cuando tira algo, una persona
viene. La criatura ve en esta persona una promesa, quiere que vuelva, así tira el sonajero o
cualquier otro objeto que esté a mano y haga funcionar el truco. Cuando ya no le devuelven el
objeto, están otra vez el cielo vacío y el techo del coche.

Si llora en coche, suele recibir como premio señales de vida. Su madre mueve el coche,
pues ha aprendido que el movimiento tiende a calmarle. La dolorosa falta de movimiento,
experiencia que todos sus antepasados tuvieron en sus primeros meses, queda algo mitigada con
el vaivén del coche. Más vale esta experiencia, por pobre que sea, que ninguna. Las voces
cercanas no aparecen asociadas a nada de lo que ocurre, y por ello no sirven para satisfacer sus
expectativas.

No obstante, son mejores que el silencio de su cuarto. Su índice de experiencia


continuum es prácticamente cero; su principal experiencia es la de la falta.

Su madre lo pesa con regularidad, orgullosa de su progreso.

Lo poco que hay de experiencia útil, tiene lugar durante los breves minutos que suponen
su ración diaria de tiempo en brazos, además de algunas migajas que recoge aquí y allá, y que
sumadas resultan aceptables para cubrir mínimos en algunos de sus requisitos. Quizás en algún
momento, mientras está en algún regazo, un niño se acerque corriendo y gritando, y le permita
vivir la emoción de tener acción alrededor mientras se siente seguro. Mientras juguetea en
brazos de su madre, el ruido de algún automóvil suena a bienvenida. Hay ladridos y otros ruidos
repentinos. Algunos sonidos pueden ser aceptados desde el cochecito, pero otros, sin la
seguridad de estar en brazos, le asustan.

49
Las cosas que se dejan a su alcance están diseñadas para sustituir lo que le falta. La
tradición manda que los juguetes consuelen al bebé dolido. Pero lo hacen sin, de ninguna forma,
reconocer el dolor.

Primero está el osito de peluche, o algo parecido, “con quien dormir”. Se supone que le
dará al bebé la sensación de estar acompañado constantemente. El eventual vínculo a estos
juguetes que a veces se forma, se considera como un capricho infantil encantador, en lugar de
cómo una manifestación de falta aguda en una criatura que, en su hambre de compañía, se ve
forzada a agarrar un objeto inanimado que no le abandona. El mover el coche o el mecer la cuna
son otros sustitutos posibles. Pero sus movimientos son tan pobres comparados con el de los
brazos que sirven de poco a un bebé aislado. Hay también juguetes que cuelgan encima de la
cuna y el cochecito, y que hacen sonidos distintos cuando el bebé los toca. Suelen ser objetos de
colores brillantes colgados de una cuerda, que le ofrecen algo que mirar además de las paredes.
Le llaman la atención, pero los cambian de lugar tan de vez en cuando, si es que lo hacen, que
no sirven ni para empezar a cubrir la necesidad de una experiencia visual y auditiva variada.

A pesar de su escasez, vaivaenes, sonajeros, sonidos y colores no pasan desapercibidos.


El continuum, siempre preparado a que sus expectativas se realicen, acepta lo poco o mucho de
ellas que recibe.

Pese a que las experiencias vienen a rachas y no se relacionan unas con otras, como lo
hacen las experiencias de una criatura continuum (cuando se está en brazos las impresiones que
imágenes, sonidos, movimientos, olores y sabores dejan en los sentidos van tejiendo un diseño
armonioso, el mismo que recibieron nuestros antepasados comunes), pese a que algunas se
repiten con frecuencia mientras otras son eliminadas, todas se reciben como material adecuado.
La continuidad uniforme de la experiencia en el tiempo, vertical y horizontalmente produce en
nuestros sentidos la ilusión de una operación única. Sin embargo, se puede comprobar que cada
componente actúa por separado. Así, todo lo que sea requisito necesario para alguna línea de
desarrollo particular será aceptado. Puede, incluso, en líneas individuales, superarse un requisito
y pasar al siguiente. Se puede demostrar que algunos comportamientos que parecen estar
relacionados –por relación causa/efecto- tienen motivaciones independientes. Esto se ve, quizás
con mayor claridad, en animales con necesidades similares a las nuestras, pero cuyos
comportamientos frente a estas necesidades no están inhibidos por la necesidad de dar una
explicación racional a sus impulsos.

Una mona capuchina que traje conmigo de mi primera expedición, comía hasta saciarse
cuando yo le daba su plátano, ya pelado, y después, como quien no quiere la cosa, envolvía el
resto en una servilleta de papel, mirando a su alrededor como si no se diera cuenta de lo que
hacían sus manos. A continuación se ponía a dar vueltas pretendiendo ir de paseo. De repente,
descubría el paquete misterioso, y excitadísima, quitaba la envoltura del tesoro. ¡Medio plátano!
¡Menuda sorpresa! Y en este punto la pantomima empezaba a flaquear. Con el estómago lleno
no se decidía a coger el premio. Envolvía de nuevo el pobre plátano con los restos del papel y
comenzaba de nuevo el espectáculo. Me acabó convenciendo de que su impulso, su necesidad
de buscar y abrir recipientes con comida dentro, ya fuesen pieles de frutas, o cáscaras de frutos
secos, era independiente de su impulso de comer. Yo, queriendo “ahorrarle molestias y con mis
mejores intenciones había eliminado la búsqueda y ruptura del contenedor de la comida de la
sucesión de impulsos que la naturaleza había exigido de sus antepasados evolutivos (sucesión
que hubiese satisfecho sus expectativas experienciales). Pero, en aquel entonces, yo no entendía
el continuum. Ella obedecía primero su impulso más fuerte y comía el plátano.
50
A medida que, al comer, iba satisfaciendo este impulso, salía el siguiente. Quería cazar.
Las condiciones no eran adecuadas para la caza, puesto que el plátano estaba pelado y visible.
Solución: poner ella el escenario, luego realizar la caza. No fingía su emoción en el momento de
desenvolverlo. Estoy segura que el latir de su corazón se aceleraba, y de que mostraba todas las
señales fisiológicas de la verdadera anticipación, aún cuando el supuesto objeto de esa
anticipación, comer, ya se hubiese logrado. De la misma manera en que cada componente de la
experiencia continuum es a la vez, causa, efecto y meta, el verdadero objetivo de su caza era
satisfacer la necesidad de cazar.

El objeto de la vida es la vida; el objeto del bienestar, fomentar el comportamiento que


produce bienestar; el objeto de la procreación, crear procreadores. Este efecto circular, lejos de
ser inútil, es el mejor (y único) de todos los efectos posibles. El ser ella misma es lo que hace
“buena” nuestra naturaleza, puesto que buena es en un término relativo. Relativo al potencial
humano, es la mejor de todas las alternativas.

Entre los humanos, abundan los ejemplos de comportamientos que no sirven a otro
propósito que el de satisfacer la necesidad de su ejecución. Por lo general se trata de requisitos
en la experiencia continuum que en su día, y por razones culturales o intelectuales – y en base a
la pérdida de tiempo que suponen su poca efectividad o su perversidad -, fueron excluidos de la
sucesión original. Más adelante analizaremos en profundidad algunos de estos comportamientos,
pero como ejemplo ilustrativo y paralelo al de la mona, está la caza por deporte y no para comer.
Individuos que experimentan residuos del impulso hacia el trabajo manual, lo satisfacen, si
pueden permitírselo, en campos de golf, talleres privados o barcos de vela. Los menos
afortunados han de conformarse con el bricolaje, las maquetas, y la cocina. Para las mujeres, por
lo general aquellas que no tienen que limpiar su propia casa, están los tapices, los bordados, el
ikebana – arte de colocar flores -, la ceremonia del té, y los trabajos voluntarios para
organizaciones no lucrativas, hospitales, y comedores de beneficencia.

El bebé, pues, almacena cada experiencia positiva que tiene, sea de la sucesión que sea, y
por muy fragmentada que esté.

No obstante, el proceso acumulativo ha de contener un requisito mínimo de cada


experiencia para poder sentar la base del siguiente grupo de experiencias. Si el mínimo de
experiencias necesarias en una etapa no es satisfecho, las de la etapa siguiente pueden ocurrir
mil veces sin que contribuyan a la madurez del individuo.

A la vez que acepta cualquier pedacito que pueda conseguir, el bebé privado de estar en
brazos va desarrollando conductas compensatorias con las que aliviar su angustia. Patea con
toda la violencia posible para mitigar el anhelo de su piel. Agita los brazos. Mueve la cabeza de
un lado a otro para enturbiar los sentidos. Se pone rígido, arqueando la espalda con la máxima
tensión para dejar de sentir. Descubre un pequeño consuelo en su dedo pulgar; alivia así, en
parte, el deseo constante de su boca. Pocas veces llega de hecho a chuparlo, salvo cuando quiere
mamar antes de que su horario lo permita, pues come lo suficiente como para satisfacer su
hambre. Por lo general lo mete en la boca como reacción contra su vacío insoportable, la soledad
eterna, contra la sensación de que el centro de todo está en algún otro lado.

Su madre consulta a la suya, y ésta le cuenta ese cuento de que el chupar el dedo
perjudicará sus futuros dientes. Preocupada por su bienestar, busca métodos disuasorios del tipo
51
de una pintura de sabor asqueroso. Cuando el bebé, llevado por su necesidad, logra chupando
limpiarse el pulgar, su madre le ata por las muñecas a los barrotes de la cuna.

Las experiencias que le faltan de la fase en-brazos, el consiguiente vacío allá donde
debiera estar su confianza y su estado inefable de alienación, cambiarán e influenciarán todo lo
que llegue a ser, mientras crece al borde del abismo que aparece allá donde debiese haber
crecido un gran sentido de sí mismo. Pero es necesario entender que no hay ningún mecanismo
en su vida temprana que le permita adaptarse a una madre inadecuada, una madre que carece de
un continuum que funcione, que no responda a las señales del bebé, que no sólo no favorece,
sino que incluso va en contra de la satisfacción de sus expectativas. Más adelante, cuando su
intelecto se vaya desarrollando, quizás “entienda” que sus intereses y los de su madre están
enfrentados, y a medida que vaya creciendo, quizás luche para actuar con independencia, para
salvarse a sí mismo. Pero, en el fondo, jamás podrá creer que su madre no le quiere
incondicionalmente por el mero hecho de existir. Por mucho que grite por todo lo alto que sabe
que no es así. Por mucha evidencia en contra. Por mucha comprensión intelectual de los hechos.
Todas sus protestas, todas sus renuncias (de ella), todo acto de rebelión contra ella basado en
estas evidencias de que la postura de ella le es perjudicial – en nada harán cambiar su aceptación
inicial de que ella le quiere, de que por encima de todo, ella debe quererle -.

El “odio” hacia una madre (o figura materna) es manifestación de la batalla que se pierde
para liberarse de esa asumpción.

El desarrollo de la independencia y la capacidad de madurar emocionalmente, surgen, en


buena medida, de la relación
en-brazos en todos sus aspectos. Así pues, uno no puede independizarse de su madre si no es a
través de ella, a través de que ella desempeñe su papel correctamente, permitiendo la experiencia
en-brazos, y permitiendo que se salga de ella una vez la necesidad ha sido satisfecha.

Pero uno no puede liberarse de una madre no-continuum. La necesidad imperiosa de ella
permanece atrapada, uno no puede hacer otra cosa que luchar en vano. Como aquel “ateo” que
amenazaba con su puño al trono de Dios en los cielos gritando
“¡No creo en ti!” , y emitiendo blasfemias que no sólo merece la pena pronunciar porque toman
Su nombre en vano.

La Organización Mundial de la Salud encargó al Dr. John Bowlby, de la clínica


Tavistock de Londres que hiciese un informe sobre la salud mental de “niños sin hogar en sus
países de origen”.2

Los sujetos del estudio representaban los casos de carencia de madre más extremos en
cada país, y ascendían a miles. La información que recogían de especialistas en el campo
abarcaba muchos años y situaciones: criaturas en instituciones desde su nacimiento, otras en
casas donde habían sido acogidas, bebés que vivieron en hospitales durante algunos meses y
años críticos de su vida temprana, y víctimas de todo tipo de desgracias que impidieron que
tuvieran ni tan siquiera, ese grado mínimo de contacto materno llamado normal.

Después de un análisis escrupuloso de la evidencias, se eliminó del estudio toda causa


que no fuera “carencia emocional como resultado de la falta de madre”. El cuadro que se obtiene
a partir de las descripciones y estadísticas del informe, es uno de horrendas angustias personales,
2
J. Bowlby, Maternal Care and Mental Health, W.H.O, 1951.
52
multiplicadas más allá de lo que pueda concebir nuestra mente. Es una crónica de las vidas
vacías que siguen a las carencias, de la “personalidad incapaz de dar cariño” de los más carentes,
los que han perdido para siempre la capacidad de formar vínculos, o sea, del saber del valor de la
vida misma. Documenta la angustia de los que todavía luchan por el amor que, por el hecho de
haber nacido, es su derecho experimentar. Lo hacen mintiendo, robando, atacando brutalmente o
asiéndose como sanguijuelas a las figuras maternas, regresando al comportamiento infantil con
la esperanza de que les traten por fin como el bebé que sigue dentro de ellos, hambriento de su
experiencia. Deja constancia de cómo estas personas desesperadas se perpetúan al procrear hijos
a los que no pueden querer, hijos que se críen como ellos mismos, en contra de sí mismos, en
contra de la sociedad, incapaces de dar, destinados por siempre a pasar hambre.

Son la evidencia indiscutible, los ejemplos, las pruebas para quien lo ponga en duda, de
la primacía quintaesencial de la experiencia infantil en la personalidad humana. El que sean
casos extremos nos sirve de lupa a través de la cual ver más claramente las carencias y sus
efectos en la gama –más amplia, más variada y más sutil- de lo que llamamos casos normales.
Estas carencias “normales” están hoy en día tan entremezcladas en el tejido de nuestras culturas,
que pasan desapercibidas excepto en los extremos que suponen peligro y coste para los demás
(a través de violencia, locura y delitos, por ejemplo), e incluso en estos casos nuestra
comprensión de ellas es mínima.

Desde que el intelecto, con su colección de teorías, se encargó de su cuidado, las


vicisitudes de las criaturas humanas son muchas y terribles. Las razones por las que
modificaciones o revoluciones en el trato a los bebés han tenido lugar, nunca se han parecido a
las “razones” continuum y cuando sí han ido en el sentido adecuado, han sido fragmentarias e
infértiles, sin relación alguna al principio continuum.

Uno de estos trocitos de teoría se puso en práctica en una sala de maternidad


norteamericana, cuando a alguien se le ocurrió emitir un latido de corazón por los altavoces a las
criaturas en sus primeras angustias de carencia de experiencia materna. Esta pequeña
contribución tuvo un efecto tan tranquilizante, y la salud de las criaturas mejoró tan
notablemente, que el experimento recibió atención en todo el mundo.

Otro experimento, parecido pero independiente, lo llevó a cabo un especialista en el


cuidado de bebés prematuros. Consiguió una mejora notable en desarrollo de los pequeños
sujetos manteniendo las incubadoras en movimiento con un motor. En ambos casos, los bebés
aumentaron de peso más rápido y murieron menos.

Harry Harlow hizo experimentos espectaculares que comprobaron la importancia de las


caricias de las monas madres en el desarrollo psicológico de las crías de mono3.

Jane Van Lawick-Goodall, en lo que probablemente sea una de las mayores ironías de
todos los tiempos, encontró otros ejemplos sugerentes de cómo cuidar a los bebés de sus amigos
chimpancés –cuya conducta, incluso siendo de otra especie, se aproxima mucho más a la del
continuum humano que la conducta de humanos modernos-. Hablando de cómo siguió estos
ejemplos con su propio hijo escribe: “No le dejamos chillar en su cuna. Lo llevábamos a donde

3
H.F.Harlow, “El desarrollo de patrones de cariño en las crías de mono”, en Determinantes de la conducta del bebé, Brian M. Foss, Londres
1961.
53
íbamos de forma que, aunque su entorno cambiaba a menudo, su relación con sus padres
permaneció estable”.4

Podría resultar muy iluminador el investigar la influencia sobre la personalidad de la


generación posterior, de la aceptación, por parte de la reina Victoria, del cochecito del niño
(llevándolo al uso corriente), así como su efecto sobre la vida familiar en occidente. Ojalá que el
invento del cochecito hubiese corrido la misma suerte que el corral para bebés que vi inventar un
día en una aldea Yequana.

A Tudulu le faltaba poco para terminarlo cuando lo vi. Tenía palos verticales atados con
parras a marcos cuadrados superior e inferior, como una ilustración de comic de un corral
prehistórico. Le había costado mucho trabajo, y Tudulu tenía cara de contento cuando cortó el
último palo que sobresalía. Se puso a buscar a su hijo Cananasinyuwana, que había dado sus
primeros pasos hacía una semana. Tan pronto Tudulu vio al crío lo cogió y, triunfalmente, lo
puso dentro del nuevo invento. Cananasinyuwana se quedó unos segundos en el centro sin
comprender, luego fue hacia un lado, se dio la vuelta y se dio cuenta de que estaba atrapado. En
un instante estaba gritando un mensaje de sumo horror, un sonido inequívoco y poco frecuente
entre los niños de su sociedad. El corral estaba mal, era inadecuado para las crías humanas. El
sentido continuum de Tudulu, tan fuerte como el de todos los Yequana, no dudó en interpretar
los aullidos de su hijo. Lo sacó y le dejó que fuera corriendo a echarse en los brazos de su madre
el tiempo necesario para recuperarse del susto y poder seguir jugando. Tudulu aceptó el fracaso
de su experimento sin dudar. Tras echar una mirada a su construcción, la rompió a trocitos con
un hacha. Había usado madera verde, así es que no consiguió mucha leña de sus esfuerzos de la
mañana. No creo que este fuese el primer invento de esa clase entre los Yequana ni el último,
pero su sentido continuum no permitiría que perdurara un error tan garrafal. De no haber sido
nuestro sentido continuum una fuerza tan fundamental en la conducta humana durante nuestros
dos millones de años de estabilidad, no hubiera sido capaz de contener los peligros inherentes a
nuestro altamente desarrollado intelecto. El hecho de que se le haya restado fuerza hasta el punto
de que la inestabilidad o “el progreso”
nos parezca nuestro mas glorioso destino, no altera en lo más mínimo el que el sentido
continuum sea intrínseco a nuestra propia humanidad. Tudulu rompiendo el corral representa lo
que nosotros hemos evolucionado para ser, lo que seguiríamos siendo si nuestro sentido no se
hubiese enturbiado, si no hubiese sido traicionado por lo que sea que lo ha hecho descarrilar,
dejándonos en las manos, peligrosamente ignorantes, del intelecto.

4
Van Lawick-Goodall, A la sombra del hombre, Boston, 1971.
54
4
Creciendo

Cuando ha recibido plenamente toda la protección y estímulo de la experiencia en


brazos, la criatura puede mirar hacia afuera, al mundo más allá de su madre, segura de sí misma
y acostumbrada a un bienestar que su naturaleza tenderá a mantener. Está a la expectativa del
siguiente conjunto de experiencias apropiadas. Comienza a arrastrarse, volviendo a menudo para
asegurarse de que su madre sigue disponible. Una vez se asegura de ello, se atreve a alejarse más
y volver menos, pasando de arrastrarse (sobre los codos, muslos y estómago) a gatear (manos y
rodillas). El continuum mantiene el desarrollo de su agilidad en proporción a su curiosidad por
el entorno.

La necesidad de contacto físico disminuye rápidamente una vez que la cuota necesaria se
ha satisfecho. El bebé, niño ó adulto necesitará la seguridad de este contacto sólo en momentos
de tensión especial que requieren más energía de la corriente. Estos momentos se hacen más y
más escasos, y la independencia crece con una rapidez, profundidad y amplitud que sorprende a
todo el que sólo ha tenido contacto con niños civilizados sin una experiencia en brazos
completa. El tener parte de las líneas de desarrollo avanzando, mientras otras permanecen
estancadas esperando ser completadas, tiene el efecto de desdoblar las intenciones de un niño: es
posible que nunca lleguen a querer nada sin a la vez querer ser el centro de atención; que nunca
lleguen a concentrarse en un problema cuando parte de sí mismos aún ansía la euforia
despreocupada del bebé en brazos a quien todo se le da resuelto. No pueden volcarse en el uso
de la fuerza y habilidad que se va desarrollando en ellos mientras parte de sí mismos está
anhelando sentirse desvalido en brazos. Todo esfuerzo está hasta cierto punto en conflicto con
un deseo subyacente del triunfo sin esfuerzo del bebé amado.

Una criatura con una base sólida de experiencia continuum, recurre al consuelo físico de
su madre solo en casos de emergencia. Un niño Yequana vino a mí con dolor en un diente,
abrazado a su madre y gritando a todo pulmón. Tenía unos diez años, y tenía tal confianza en sí
mismo, y era tal su amabilidad, que yo siempre pensé que debía ser un chaval muy disciplinado.
Bajo mi punto de vista civilizado, daba la impresión de ser un maestro en esconder sus
sentimientos, y por eso yo suponía que en semejante situación estaría poniendo todo su empeño
en no llorar ó en que nadie le viese en tal estado. Pero estaba claro que no intentaba contener
ninguna de sus reacciones al dolor, ni su necesidad primordial del consuelo de los brazos
maternos.

55
Nadie hizo comentarios, todo el mundo lo entendió. Algunos de sus compañeros de
juegos se acercaron para ver cómo le sacaba el diente. No tuvieron ningún problema con verle
depender así de su madre: ni el más mínimo asomo de chanza por parte de ellos, ni de vergüenza
por parte de él. La madre estaba allí, pasivamente disponible, mientras él se sometía a la
extracción. Gritó aún más alto varias veces cuando le toqué el diente, pero nunca retrocedió, ni
me miró enfadado porque le estuviese causando dolor. Cuando terminé y le cubrí el agujero con
una gasa, pálido, se echó agotado en su hamaca. En menos de una hora volvió solo. El color
había vuelto a sus mejillas, y había recuperado la calma. No dijo nada, pero sonrió y se quedó
cerca unos minutos para mostrarme que estaba bien. Luego se fue a jugar con los otros niños.

Otra vez sucedió con un hombre de unos veinte años: yo estaba haciendo lo posible para
extirpar un principio de gangrena en su pie. El dolor debía ser atroz. Sin ofrecer ninguna
resistencia a que le limpiase la herida con un cuchillo de caza, lloraba sin reprimirse en el regazo
de su mujer. Esta, como la madre del niño, estaba completamente relajada. No se puso en ningún
momento en el lugar de su marido, sino que se mantuvo serenamente disponible mientras él
escondía la cabeza en su cuerpo cuando el dolor aumentaba, o la movía de un lado al otro en su
regazo al sollozar. Pese a la presencia en escena de la mitad de la aldea, no hizo ningún esfuerzo
de auto-control ni de dramatización.

Dado que la mujer Yequana vive con su madre hasta que esta muere, y el hombre deja a
su madre para entrar a formar parte de la familia de la mujer, es muy frecuente que la mujer
ocupe el lugar de la madre durante las crisis del hombre. La mujer tiene su propia madre a la que
recurrir, pero instintivamente da apoyo maternal a su hombre cuando él lo necesita. Tiene la
costumbre de que otra familia adopte a los huérfanos adultos también. Esto exige poco de la
familia, ya que el adulto Yequana, hombre ó mujer, contribuye mucho más de lo que consume, y
tiene tácitamente garantizado el consuelo cuando sea necesario. Esa seguridad es un factor
estabilizador. La necesidad de un apoyo emocional asegurado es una parte de la naturaleza
humana aceptada entre los Yequana, una necesidad que se respeta en beneficio de la sociedad.
Es otra manera de evitar la anti-socialización de cualquiera de sus miembros debido a la presión
de las circunstancias. Este respeto a los requisitos del continuum de todo individuo es
ciertamente la manera más eficaz de prevenir el crimen.

Cuando comienza a gatear, la criatura empieza a sacar partido tanto de las facultades
acumuladas pasivamente durante la experiencia anterior, como del desarrollo fisiológico que las
vuelve útiles. Por lo general, sus primeras expediciones son cortas y cautelosas, y no es apenas
necesario que la madre, o quien esté a su cuidado, le eche una mano. Como todos los animales,
tiene un gran instinto de auto-protección, y un sentido realista de sus posibilidades. Si la madre
le observa constantemente, le dirige constantemente, y le para y le persigue cada vez que se
mueve auto-motivado, la criatura, siempre dispuesta a cooperar, aprenderá pronto a dejar de ser
responsable de sí misma.

Uno de los impulsos más arraigados en el tremendamente social animal humano,


es hacer lo que ve que se espera de él (Algo que no tiene nada que ver con hacer lo que le
manden). Sus incipientes capacidades intelectuales son débiles, pero sus tendencias instintivas
son tan fuertes al principio como al final de su vida. La combinación de estas dos capacidades
-la de razonar, que depende del aprendizaje, y la instintiva, basada en la misma clase de
conocimiento innato que guía a otros animales a lo largo de toda su vida -, el resultado de su
interacción, es el carácter humano y la capacidad humana, única, de refinar intelectualmente la
eficiencia instintiva.
56
Además de su tendencia al experimento y la cautela, la criatura tiene, como siempre,
expectativas. Espera la gama de experiencias que sus ancestros disfrutaron. Espera no sólo
espacio y libertad para moverse en él, sino también tener diversidad de encuentros. A estas
alturas es más flexible en lo que espera. Los requisitos estrictos de la experiencia previa se han
ampliado gradualmente durante la fase en-brazos, y a partir de las fases de arrastrarse y gatear, y
cada vez más, la criatura empieza a necesitar tipos de experiencias, y no tanto circunstancias y
tratamientos precisos.

Pero, para que le sirva, su experiencia tiene que caer, todavía, dentro de ciertos
márgenes. No puede desarrollarse adecuadamente sin el tipo y variedad de oportunidades que
requiere, ni sin la ayuda de los demás que necesita. Para poder descubrir y aumentar sus propias
capacidades, tiene que tener más objetos, gente y situaciones disponibles que aquellas de las que
puede hacer uso. Además, deben cambiar a menudo, aunque no de manera demasiado radical ni
con excesiva frecuencia. Como siempre, el precedente, el carácter de la experiencia evolutiva de
nuestros ancestros durante su infancia, marca lo que es adecuado y lo que no lo es.

En un pueblo Yequana, por ejemplo, hay curiosidades, peligros y asociaciones en


cantidad y calidad más que suficiente para un bebé gateando. Durante sus primeras correrías lo
pone todo a prueba. Está midiendo su propia fuerza y agilidad, y está poniendo a prueba todo lo
que encuentra, formando conceptos y haciendo distinciones en tiempo, espacio y forma.
También está creando una nueva relación con su madre, que va paulatinamente de la
dependencia directa de ella a saber que ella está disponible. Cada vez son menos frecuentes los
momentos en que necesita apoyarse en ella para encontrar consuelo.

Entre los Yequana, la actitud de una madre, o persona a cargo de una criatura, es relajada,
ocupada en cualquier otra tarea además del cuidado del bebé, pero siempre dispuesta a recibir
una visita. A no ser que toda su atención sea necesaria, no deja lo que tenga entre manos. No se
lanza con los brazos abiertos al pequeño visitante, sino que, tranquilamente, le ofrece libremente
su persona, ó un viaje sobre su cadera sujeto con el brazo si está haciendo algo que requiere
movimiento.

Ella no inicia los contactos, y sólo contribuye a ellos de una forma pasiva. Es la criatura
quien la busca, y quien le muestra, con su comportamiento, lo que quiere. Ella se adapta
completamente y con gusto, pero no añade nada más. En todos los intercambios, ella es el
agente pasivo, y es el bebé quien lleva la acción, quien se acerca a dormir cuando está cansado ó
a comer cuando tiene hambre. Poder contar con ella, saberla constantemente disponible, refuerza
y equilibra sus exploraciones en el ancho mundo.

La criatura ni pide, ni recibe la atención total de la madre, dado que no tiene ansiedades
acumuladas que aparten su atención del aquí y ahora. De acuerdo con el carácter económico de
la naturaleza, no quiere más de lo que necesita.

Un bebé gateando puede avanzar a bastante velocidad. Entre los Yequana, observé una
vez, nerviosa, como uno de ellos se acercaba a un agujero de dos metros de profundidad de
donde habían estado sacando barro para hacer paredes, parándose en el borde. En sus correrías,
hizo lo mismo varias veces durante el día. Tan despreocupado como lo estaría un animal en el
borde de un precipicio, rodaba hasta quedarse sentado, casi siempre de espaldas al agujero.
Concentrado en un palo, una piedra ó sus dedos, jugaba y rodaba en todas las direcciones,
57
aparentemente sin prestar atención al agujero, pero siempre cayendo en cualquier parte menos
en la zona de peligro. Los mecanismos de auto-protección trabajaban sin errores, y, dada la
precisión de sus cálculos, funcionaban tanto en una dirección como en otra, incluido el borde
mismo del agujero. Sin que nadie le atendiera, ó mejor dicho, en la periferia de la atención de un
grupo de niños que jugaban con la misma falta de respeto hacia el agujero, el bebé se hacía
cargo de su propia relación con las posibilidades a su alrededor. La única sugerencia que recibía
de los miembros de su familia y sociedad es la de que se esperaba que fuese capaz de cuidarse a
sí mismo. Aunque aún no podía andar, sabía donde encontrar consuelo en caso de necesitarlo
-pero pocas veces lo buscó -. Si su madre se iba al río ó a la huerta, a menudo se lo llevaba con
ella, levantándolo por el antebrazo, y asumiendo que él mismo se agarraría a su ropa ó se
acomodaría en su cadera. Donde quiera que fuesen, si ella lo ponía a salvo en el suelo, esperaba
que el se mantuviera a salvo sin necesidad de supervisión.

Una criatura no tiene inclinaciones suicidas, y sí tiene un juego completo de mecanismos


de supervivencia, que van desde los sentidos a la telepatía cotidiana. Se comporta como
cualquier otro animal joven y sin experiencia sobre la que basar su juicio: elige lo más seguro
sin ser consciente de estar haciendo una elección. Está en su naturaleza proteger su propio
bienestar, su gente lo espera de él, y tanto sus habilidades innatas como su estado de desarrollo y
experiencia se lo permiten. Pero la experiencia es tan escasa a la edad de seis, ocho ó diez
meses, que contribuye poco, prácticamente nada, cuando se trata de situaciones nuevas. Su
auto-protección se basa en el instinto. Pero ya no es tan solo un mamífero primate: empieza a
adquirir características específicamente humanas. Cada día tiende más a adquirir la cultura de su
propia gente. En esta fase comienza a distinguir las funciones de su madre y su padre en su vida.
Su madre conserva la función que hasta ahora era de todo el mundo: dar y cuidar sin esperar
nada más a cambio que la satisfacción de haber dado. Su madre le cuida simplemente porque él
está ahí: su mera existencia garantiza el amor materno. La incondicional aceptación por parte de
la madre permanece constante mientras el padre emerge como una figura importante, interesado
en el desarrollo de su comportamiento social y en sus progresos hacia la independencia. El amor
constante del padre mantiene el mismo carácter que el de la madre, pero parte de su aprobación
depende del comportamiento de la criatura. Así la naturaleza garantiza tanto la estabilidad como
el incentivo hacia la sociabilidad. Más adelante, el padre se distinguirá con más y más claridad
como el representante de la sociedad, y guiará a la criatura, mostrando con su ejemplo el
comportamiento adecuado a las costumbres en las que participan.

Hermanos, hermanas y otras personas empiezan a ocupar lugares diferenciados en el


mundo del bebé. Durante algún tiempo seguirá existiendo un elemento maternal en todos
aquellos con quienes se asocia. Necesitará cuidado y protección mientras desarrolla seguridad en
sí mismo. Continuará haciendo señales de acuerdo con sus necesidades, y los mensajes
resultarán irresistibles a sus mayores hasta que desaparezcan en la adolescencia. Mientras tanto,
el será susceptible a las señales de niños más pequeños y se comportará con ellos de manera
maternal, mientras que a su vez dará ese tipo de señales a los niños más desarrollados y a los
adultos, sobre los que aún depende gran parte de su sistema de apoyo.

Para los chicos, los hombres se convertirán en fuente de inspiración y ejemplo en el que
aprender su parte en la cultura. Es la manera en que se hace su sociedad. Las chicas imitarán a
las mujeres una vez que su estado de desarrollo dicte que la asociación se transforme en
participación.

58
Cuando las herramientas sean difíciles de hacer, se las darán hechas. Por ejemplo, una
criatura puede remar una canoa o jugar en ella mucho antes de que pueda construirse su propio
remo. En su momento, un adulto le dará un remo pequeño. Antes de que puedan hablar, a los
niños se les dan arcos y flechas con los que practicar. Yo estaba presente en los primeros trabajos
de una niña. Le había visto ya con las niñas y mujeres, jugando mientras rallaban mandioca. Un
día cogió un trozo de mandioca y lo frotó contra el rallador de una niña que estaba a su lado. El
trozo era demasiado grande, y se le cayó varias veces. Su vecina, con una sonrisa, le dio un trozo
más pequeño, y su madre, preparada para el natural impulso de su hija, le entregó su propio
rallador pequeñito. La niña había visto a las mujeres rallar desde que nació, e inmediatamente
empezó a frotar como las otras.

En menos de un minuto perdió interés y se fue corriendo, dejando su rallador en el suelo


y ni una marca en la mandioca. Nadie le hizo sentir que su gesto fuese gracioso o sorprendente;
de hecho las mujeres, acostumbradas a que las criaturas se unan a la cultura según su propio
ritmo, lo esperaban. Ni se cuestiona el que el resultado final sea social, cooperativo y
enteramente voluntario. Los adultos y otros niños proveen tan solo la ayuda y utensilios que la
criatura no puede conseguir por sí misma. Antes de hablar, un bebé es perfectamente capaz de
expresar claramente sus necesidades, y no hay por qué ofrecerle lo que no pide; después de todo,
el objeto de las actividades de una criatura es desarrollar confianza en sí misma. Darle más ó
menos asistencia de la que necesita tiende a impedir que consiga ese objetivo.

Cuidado y asistencia se dan cuando son solicitados. Comida para alimentar el cuerpo y
ternura para alimentar el alma si se imponen ni se niegan, pero están siempre disponibles, de
manera sencilla y natural, como algo asumido. Al bebé se le respeta como a algo bueno por
encima de todo. No existe el concepto de "niño malo" ni de "niños buenos". Se da por hecho que
los motivos del niño son sociales, no antisociales. Lo que hace se acepta como la acción de una
criatura innatamente "correcta". Este asumir la bondad y sociabilidad como características
humanas innatas es la esencia de la actitud de un Yequana con el resto, sea de la edad que sea. Es
también la base desde la que tanto padres como demás adultos colaboran en el desarrollo de una
criatura.

Educar, en su sentido original, es "guiar hacia fuera", pero aunque esta versión quizás
tenga alguna ventaja sobre la interpretación más extendida de "machacar", ninguna de las dos es
consistente con las expectativas evolucionadas del niño. El que una persona mayor le lleve o
guíe, equivale a interferir en el desarrollo del niño, porque le aleja de su camino natural, y lo
lleva a otro menos eficiente. Asumir la sociabilidad innata está en oposición directa con la
creencia civilizada, bastante universal, de que para hacer social a un niño hay que reprimir sus
impulsos. Hay quien cree que razonando y pidiendo la colaboración del niño logran mejor que
con cualquier amenaza o insulto mental o físico esta represión. Pero tanto estas dos posturas
extremas como todas las intermedias comparten la presunción de que todo niño tiene una
naturaleza antisocial y necesita manipulación para hacerse socialmente aceptable. Si algo hay
fundamentalmente extraño para nosotros en sociedades continuum como lo es la Yequana, es
esta presunción de la sociabilidad innata. Sólo si partimos de esta presunción y sus
consecuencias podremos entender la distancia, aparentemente insalvable, entre su extraño
comportamiento -que sin embargo da lugar a un alto grado de bienestar entre ellos -, y nuestros
cálculos cuidadosos -con los que conseguimos un grado de bienestar enormemente inferior -.

Como hemos visto, más ó menos cuidados de los necesarios dañan el desarrollo de una
criatura. Iniciativas exteriores ó ayudas no solicitadas no le resultan positivamente útiles. Nunca
59
podrá hacer más progreso que el motivado desde sí mismo. La curiosidad y el deseo de hacer
cosas de una criatura son la definición de su capacidad para aprender sin sacrificar ninguna parte
de su desarrollo completo. El que se le guíe, sólo consigue desarrollar ciertas habilidades a
expensas de otras, pero nada puede ser desarrollado al límite de su capacidad más allá de sus
límites innatos.

El precio que una criatura paga por que sus padres le guíen "por su propio bien" (ó el de
ellos mismos) es su integridad. Su bienestar total como reflejo de que todos sus diversos
aspectos sean alimentados o muertos, se ve severamente afectado. Sus mayores pueden
contribuir en mucho a determinar sus elecciones de comportamientos simplemente con su
ejemplo y expectativas. Pero no pueden añadir nada a su integridad sustituyendo los motivos de
la criatura por los suyos, ó diciéndole "lo que debe hacer".

Lo ideal es dar ejemplo a través de lo que uno tiene que hacer normalmente, sin la
intención expresa de influenciar el comportamiento de la criatura; crear una atmósfera en la que
la prioridad es que cada cual se preocupe de sus asuntos, prestando atención a la criatura sólo
cuando esta lo pide, y en la medida necesaria. Una criatura con una experiencia en-brazos
completa, no solicitará ayuda más allá de sus necesidades físicas, puesto que, al contrario que los
niños civilizados, no necesita que se le tranquilice re-afirmándole su existencia o su merecer ser
amado.

Si seguimos este principio en su modo más simple, una madre civilizada irá haciendo su
trabajo doméstico dejando que la niña tome el interés que quiera, pero permitiéndole que barra
cuando le apetezca con una escoba pequeña, ó que limpie el polvo o que friegue los platos
subida en una silla. Poco se romperá, y la niña no caerá de la silla a menos que la madre exprese
de manera clara que espera que el desastre ocurra. En este caso, el impulso social de la niña (a
hacer lo que entiende se espera de ella) puede llevarle a obedecer. Una mirada ansiosa, una frase
(¡no dejes caer eso!) O una advertencia (¡cuidado! ¡Te caerás!), pese a ir en contra tanto del
impulso de auto-protección como de la tendencia a imitar en la criatura, si se repite en exceso
puede hacer que esta obedezca y rompa el plato y/ó se caiga de la silla.

Entre las características únicas del ser humano como especie, está su capacidad de
contradecir con el intelecto su naturaleza evolutiva. Una vez que el continuum ha descarrilado,
sus estabilizadores desequilibrados hasta la impotencia, las aberraciones aparecen pronto y en
abundancia, pues el intelecto, con su buena intención, su desinformación y su considerar las
cosas una a una (cuando la cantidad de factores relevantes a un comportamiento es incalculable),
tiene las mismas posibilidades de hacer bien que de dañar.

Una de las consecuencias más extrañas de la pérdida de fe en el continuum, es la


capacidad de los adultos para lograr que las criaturas les huyan. Nada hay más cercano al
corazón continuum de un bebé que permanecer cerca de su madre en un territorio desconocido.
Todos nuestros parientes mamíferos, así cómo pájaros, reptiles y peces, son seguidos por sus
crías en beneficio de estas. A un crío Yequana no se le ocurre apartarse de su madre en el bosque,
y ella nunca se vuelve a ver si el niño le sigue: no hace la más mínima sugerencia de que haya
elección ó de que es responsabilidad de ella el que se mantengan juntos. Lo único que hace es
caminar a una velocidad que el crío pueda seguir. Sabiendo esto, el niño gritará si por cualquier
razón no puede mantener el paso. Una caída pequeña de la que él mismo pueda levantarse y, tras
una carrera corta, recuperar los segundos perdidos, rara vez da lugar a un grito. El
comportamiento de la madre da a entender que será práctica y paciente si es necesario esperarle.
60
Sugiere también que ella sabe que él sólo tomará el tiempo necesario para, tranquilamente,
poder seguir juntos su camino. No hay nada de juez en ella. La presunción que tiene de la
sociabilidad innata en la criatura, trabaja con la tendencia en esta última a hacer lo que se espera
de ella. Parados o en marcha, esta presunción básica permanece sin alteración y sin ser
cuestionada.

Sin embargo, a pesar de los millones de años de precedente, y de los ejemplos


consistentes de los otros animales y bastantes seres humanos, hemos logrado persuadir a
nuestros críos para que huyan de nosotros.

Después de mi cuarta expedición, me sorprendió la cantidad de niños pequeños


perseguidos por adultos que había en el Central Park de Manhattan. Madres y ayas corriendo por
doquier, incómodamente agachadas y con las manos extendidas, gritando amenazas poco
convincentes para convencer a los críos de que volviesen. Intentaban combinar semejantes
actuaciones -desquiciantes- con conversaciones sentadas en los bancos, desde donde gritaban
cada vez que su pequeño se alejaba más allá de la distancia permitida. O bien saltaban en cuanto
los fugitivos, habiendo aprendido las reglas del juego, tomaban cualquier distensión en la
vigilancia como señal de descanso.

Una simple sugerencia del tipo de "No vayas donde yo no pueda verte" dicha con tono
de aprensión (expectativa) da lugar a cantidad de escapadas, y si se mezcla con una promesa
cómo "Cuidado, te harás daño", puede traer consigo caídas serias, ahogados y accidentes.
Dispuesta sobre todo a jugar la parte que se espera de ella en esta guerra de voluntades con su
guardián, la criatura carece de equilibrio responsable con su entorno, y su sistema de
auto-protección está minusválido. De manera inconsciente se le lleva a obedecer la orden
absurda de dañarse a sí misma. Si despierta en un hospital no le sorprenderá saber que ha sido
atropellada por un automóvil como tantas veces le había sido advertido.

El inconsciente no razona. El mecanismo que tiene para convertir en hábito la


experiencia, para automatizar comportamientos recurrentes dando descanso al consciente, para
estabilizar y mantener, y para catalogar y comparar datos, es demasiado para una facultad tan
poco de fiar como la razón, su antítesis precisamente. Es demasiado observador como para creer
lo que alguien dice si el tono y los gestos indican lo contrario. Por eso un niño puede entender
perfectamente un razonamiento e incluso razonar de forma parecida, y sin embargo actuar de
forma contraria. Es más probable que haga lo que percibe se espera de él, que lo que se le pide
que haga. Su deseo crónico e insatisfecho de ser aceptado por su madre, puede llevar hasta el
punto de la autodestrucción su necesidad de hacer lo que ella ó sus representantes esperan de él.
Un niño sólido, continuum, tiene un conjunto de impulsos innatos trabajando en la dirección de
hacer lo adecuado. Como imitar, explorar, examinar, no dañarse a sí mismo ni dañar a otros,
protegerse de la lluvia, poner expresiones agradables cuando la gente se comporta
correctamente, responder a las señales de niños más jóvenes, etc. Un niño con carencias, ó de
quien se espera que actúe antisocialmente, puede transgredir su sentido innato de lo que es
adecuado hasta el punto de que tanto sus propios requisitos como las expectativas de otros sean
transgredidas.

Las estrategias comunes de alabanza y condena dañan los motivos de los niños, sobre
todo de los más pequeños. Si la criatura hace algo útil, como vestirse, dar de comer al perro,
coger flores en el campo, o modelar un cenicero en barro, nada desanima más que una expresión
que indique sorpresa ante su comportamientos social. Frases como "¡Qué niña tan buena! ¡Mira
61
lo que ha hecho ella sola!" indican que la sociabilidad no es esperada, no es ni esperada, ni
característica, ni común en una niña. Su razón se sentirá halagada, pero su sentimiento será de
confusión al no haber acertado a hacer lo que se esperaba de ella, eso que le hace parte de su
cultura, tribu y familia. Incluso entre niños, una frase como "¡Cielos! ¡Fíjate lo que ha hecho
María en el colegio!" dicha con suficiente admiración, hará que María se sienta incómodamente
separada de sus compañeros de juegos, como si hubiesen dicho "¡Cielos! ¡pero si María es
gorda!", ó flaca, ó alta, ó baja, ó lista, ó tonta, ó cualquier cosa que no se esperaba de ella. La
culpa también es destructiva, sobre todo si va apoyada con el latiguillo "Tú siempre haces eso",
con la sugerencia de que el comportamiento era esperado. Frases como "muy propio de ti es
perder el pañuelo", "está lleno de maldad", "¡cómo son los niños!" (indicando que la maldad está
sólidamente arraigada), o un simple gesto indicando que el mal comportamiento era de esperar,
producen el mismo efecto desastroso que la sorpresa ó alabanza hacia el comportamiento social.

La creatividad también puede ser frustrada si se abusa de la necesidad del niño a


cooperar. Basta un comentario como "llévate las pinturas al jardín; no quiero que ensucies aquí."
El mensaje de que el pintar ensucia no cae en saco roto, y el impulso creativo ha de ser
fuertísimo para poder superar la necesidad innata en el niño de hacer lo que la madre espera de
él. Ya sea dicho con una sonrisa dulce, ya sea gritado en tono de guerra, el mensaje "niño malo"
inherente es igualmente efectivo.

Asumir la sociabilidad innata requiere algún conocimiento del contenido y la forma de


los impulsos y expectativas en el niño. Es claro que imitan, cooperan y tienden a proteger al
individuo y la especie, pero también incluyen capacidades específicas como saber cuidar de
bebés, y poder hacerlo. No dar opción a que el profundo instinto maternal en las niñas pequeñas
se desarrolle, canalizarlo siempre en muñecas cuando hay bebés de verdad alrededor, supone,
entre otras cosas, un flaco servicio a los hijos que la niña pueda tener cuando crezca. Incluso
antes de que pueda entender las instrucciones de su madre, la niña, si se le da la oportunidad,
instintivamente se comportará de la manera que, desde tiempo inmemorial, resulta adecuada
para tratar a un bebé. Para cuando es lo bastante mayor como para considerar métodos
alternativos, ya es una experta en el cuidado de bebés, y no siente que sea necesario darle vueltas
al tema. Durante su infancia ha crecido cuidando a criaturas, ya sean de su propia familia, ya
sean vecinos, y para cuando se casa no solo no tiene nada que discutir con los médicos de turno,
sino que además cuenta con dos brazos fuertes y un repertorio de posturas desde las que sujetar a
un bebé mientras cocina, trabaja en el campo, limpia, rema una canoa, barre, duerme, baila, se
baña, come, ó hace cualquier otra cosa. También tiene un sentido, profundamente arraigado, que
se rebelaría contra cualquier acción inadecuada tanto para su continuum como para el de la
criatura.

Entre los Yequana, vi a niñas pequeñas de tres y cuatro años (a veces incluso menores),
que se hacían cargo por completo de bebés. Claramente, era su actividad favorita, pero no les
impedía hacer otras cosas a la vez -atender el fuego, ir a por agua, etc.-. Nunca se cansaban de
los bebés, como hubiese ocurrido de tratarse de muñecas. Parece que el continuum emerge en su
mayor fuerza cuando se trata de proteger bebés, y la paciencia infinita y el cuidado cariñoso que
necesitan está en todo niño, incluyendo los chicos. Aunque a estos últimos se les asignaba pocas
veces el cuidado de criaturas durante períodos largos de tiempo, les gustaba cogerlas y jugar con
ellas. Los chicos adolescentes buscaban a los bebés a su vuelta de las actividades diarias para
jugar con ellos. Los lanzaban en el aire cogiéndolos a vuelo, riéndose a carcajadas y
compartiendo momentos agradabilísimos con sus pequeños compañeros de tribu, que veían así
enriquecidos tanto su experiencia como su sentido de ser queridos.
62
Quizás tan importante como asumir la sociabilidad innata en niños y adultos sea el
respetar a cada individuo como su propio dueño. El concepto de posesión de otra persona está
ausente entre los Yequana. La idea de que este es "mi niño" ó "tu niño" no existe. Decidir lo que
otra persona debe hacer, tenga la edad que tenga, está fuera del vocabulario de comportamientos.
Hay gran interés en lo que todo el mundo hace, pero ningún impulso a persuadir -mucho menos
coaccionar- a nadie. La voluntad de un niño es su fuerza motriz. No hay esclavitud -¿de qué otra
manera describir el imponer nuestra voluntad en otros y la coacción mediante amenaza ó
castigo?-. Para los Yequana la menor fuerza de un niño y su mayor dependencia no implican
que deba ser tratado con menos respeto que un adulto. Nunca se dan órdenes a una criatura que
contradigan sus propias tendencias sobre cómo jugar, cuánto comer, ó cuándo dormir. Pero
cuando su ayuda es necesaria, se espera que responda instantáneamente. Ordenes como
"Trae agua", "Corta un poco de leña" "Pásame eso", ó "Dale un plátano al bebé" se dan, de
nuevo con la misma asunción de sociabilidad innata, en el conocimiento firme de que un niño
quiere ayudar y contribuir en el trabajo de su gente. Nadie controla si el niño obedece ó no -no
se duda sobre su voluntad de cooperar. Cómo el animal social que es, hace lo que se espera de
él, sin dudarlo y lo mejor posible.

Funciona increíblemente bien. Pero durante mi segunda expedición conocí a un niño de


un año, más ó menos, que parecía haberse apartado de alguna manera del centro de su
continuum. No puedo asegurar cual era la causa exacta, pero puede que no fuese una mera
coincidencia el que su padre era el único en el pueblo capaz de hablar español, pues había
trabajado en la explotación de caucho en su juventud, y su madre conocía la lengua Pemontong,
señal de que había vivido entre los indios de más al este. Puede que, durante los períodos más
cosmopolitas de sus vidas, se hubiesen enfrentado a tales abusos de autoridad que su propio
continuum se hubiese dañado. No lo sé. Pero Widdidi, su hijo, era el único niño al que vi agarrar
una pataleta y gritar a todo pulmón, en vez de llorar de la manera relajada en que otros bebés
lloraban. A veces, una vez que aprendió a andar, pegaba a otros niños. Curiosamente, los otros
niños le miraban sin ninguna emoción; la idea de agresividad les era tan ajena que se lo tomaban
como si les hubiese golpeado la rama de un árbol ó cualquier otra causa natural. Ni se les ocurría
devolverle los golpes, y seguían jugando como si tal cosa sin excluir a Wididi. Le vi de nuevo
cuando tenía unos cinco años. Su padre, Wenito, había muerto, y Anchu, jefe de la tribu y mejor
amigo de Wenito, ocupaba el lugar de padre para Wididi. El niño seguía manteniéndose fuera de
la norma Yequana. Había una cierta tensión en su cara y en la manera en que se movía que
recordaba a un niño civilizado.

En nuestro viaje a la pista de aterrizaje que habíamos construido junto al río Canaracuni,
Anchu trajo consigo a Widdidi, de la misma manera que otros miembros del equipo trajeron a
sus hijos para que vivieran la experiencia. Wididi era ya experto en el uso de la canoa y, puesto
que el trabajo más duro es el de remar a proa, él solía trabajar en popa mientras Anchu lo hacía
delante. Intercambiaban pocas palabras, pero la expectativa silenciosa y constante de Anchu de
que todo se hiciese correctamente era prácticamente palpable. En el camino, cuando repartíamos
la carne, Anchu siempre compartía su trozo con Wididi. A veces daba la impresión de que
Wididi se había vuelto tan sereno y tranquilo como cualquier otro niño Yequana.

Pero un día, en el campamento junto a la pista de aterrizaje, Anchu se preparaba para ir


de caza, y Wididi observaba cada vez con más aprensión. Su cara reflejaba un conflicto
tremendo, y sus labios temblaban mientras con los ojos seguía todos los movimientos del
hombre. Cuando el arco y las flechas de Anchu estuvieron preparadas, el niño sollozaba. Anchu
63
no había dicho una palabra, ni le había hecho ningún gesto, pero Wididi sabía que los niños van
de caza con sus mayores, y él no quería ir. No había nadie con quien discutir salvo consigo
mismo, pues Anchu iba simplemente a cazar, y lo que Wididi hiciese era decisión de Wididi. Su
lado antisocial decía no; su sociabilidad innata, en pleno proceso de ser liberada por Anchu,
decía sí. Anchu cogió el arco y las flechas y comenzó a caminar. Todo el cuerpo de Wididi
temblaba mientras gritaba. Ambos impulsos eran iguales de fuertes y, destrozado por la
indecisión, permanecía de pie aullando de dolor. En aquel entonces yo no entendía nada sobre
los principios que allí se manifestaban. Sólo veía a un niño atormentado porque no había ido con
Anchu. Me acerqué a él y, poniendo mis manos en sus hombros, le insté a que echase a andar.
Corrí con él hacia la sabana, donde vimos a Anchu en un extremo a punto de desaparecer en la
jungla. Le grité que esperara, pero él ni se volvió ni frenó el paso. Grité de nuevo, pero Anchu
desapareció en el bosque. Empujé a Wididi, y le dije que corriera. Pensé que estaba ayudando a
Wididi y evitando que Anchu se decepcionase, pero, por supuesto, estaba interfiriendo. Con la
patosería propia de mi cultura, estaba sustituyendo la voluntad de Wididi por la mía, intentando
que este hiciese lo correcto, mientras que Anchu había estado trabajando en el principio, mucho
más sólido, de liberar el deseo de Wididi a hacer lo correcto. Probablemente mi contribución
hizo que el progreso de Wididi echase marcha atrás semanas. El sistema de Anchu estaba a
punto de romper el equilibrio a base de librar a Wididi de toda presión, dejando así que su
impulso natural a formar parte de su entorno pudiese superar aquello que había causado su
rebelión.

La completa ausencia de presión, ya fuese por persuasión, ya por imposición de la


voluntad de un individuo sobre la de otro, era difícil de creer ó entender para mí, a pesar de la
perseverancia de los Yequana en mostrarme ejemplos de ello.

Al principio de la tercera expedición, mientras nos preparábamos para ir río arriba,


pregunté a Anchu si Tadaha, un niño de unos nueve ó diez años, podía venir con nosotros.
Ibamos a filmar la excursión, y el niño era especialmente fotogénico.

Anchu fue hacia el niño y su madre adoptiva, y les trasmitió mi invitación. Tadehah dijo
que quería venir, y la madre me mandó un mensaje con Anchu pidiéndome que no le llevara el
niño a mi propia madre después de la expedición. Le prometí que se lo devolvería, y el día que
partimos, con cinco hombres Yequana como ayuda, Tadeha trajo su hamaca y se le hizo un sitio
en una de las canoas.

Una semana después surgió un altercado, y los hombres Yequana se levantaron


súbitamente diciendo que se volvían a casa. En el último momento se volvieron y dijeron
"¡Mahtyeh!" ("¡Ven con nosotros!") a Tadehah, cuya hamaca seguía colgada en el campamento.

El niño dijo tan sólo, suavemente, "Ahkay" ("No") y los otros siguieron su camino.

No hubo ningún intento de forzarle o persuadirle. Como cualquier otro, se pertenecía a sí


mismo. Su decisión era una expresión de su independencia, y su consecuencia parte de su
destino. Nadie dudó de su derecho a elegir por sí mismo porque fuese lo bastante pequeño y
débil cómo para ser dominado físicamente, o porque su experiencia en tomar decisiones fuese
menor.

Entre los Yequana, se considera que toda persona tiene el juicio adecuado como para
tomar cualquier decisión que se sienta motivada a tomar. El hecho de que surja un impulso a
64
tomar una decisión es evidencia de la capacidad para hacerlo de forma adecuada. Los niños
pequeños no toman grandes decisiones. Están muy interesados en la auto-protección, y en
cuestiones más allá de su capacidad de comprensión dejan que los mayores juzguen. Dejar que
el niño elija desde pequeño, mantiene su juicio, tanto para delegar cómo para tomar decisiones,
en su estado de máxima eficiencia. La precaución aparece en función de la responsabilidad, y así
los errores son mínimos. Una decisión tomada de esta manera no encuentra oposición en el niño,
y es fuente de armonía y placer para todos los afectados.

A su edad Tadehha estaba capacitado para tomar lo que a mí me parecía una


responsabilidad enorme para un niño. Eligió no irse con los hombres de su tribu, sino
permanecer con tres extraños, río arriba, sin tripulación y sin remos, pues los hombres se
llevaron los suyos y a mi no se me había ocurrido llevar ninguno.

Tadehah conocía sus propias posibilidades y quería la aventura. Ciertamente todos


tuvimos nuestra dosis de aventura en los meses que pasaron hasta que volvimos, pero él estaba
siempre preparado, siempre dispuesto a echar una mano y siempre contento.

El grado al que llegaba la falta de voluntad en presionarse los unos a los otros quedó
claro para mí en la cuarta expedición, cuando André, belga, y yo fuimos detenidos por Anchu
pese a nuestro deseo de marcharnos. Esta actitud, en aparente contradicción con su no imponerse
a otras personas, queda explicada en parte por el hecho de que los Yequana no nos consideran a
nosotros ó a los de la tribu Sanema personas, y en parte por la manera en que los Yequana nos
impidieron partir (para que yo siguiese ejerciendo de doctora): negándose a acompañarnos en el
viaje, viaje que dos personas solas no tenían posibilidad de realizar. Nos alimentaron y nos
construyeron una choza, y nuestras peticiones de que nos ayudaran a salir de allí eran ignoradas,
aunque nadie se negó a ello abiertamente. En otras palabras, nadie nos obligó a hacer nada pero
nadie nos ayudó.

Había dos hombres muy enfermos, uno que vivía en el pueblo y otro que vivía
cerca. Uno tenía apendicitis con complicaciones, y el otro dos fístulas en la espalda. Estaba claro
que ambos iban a morir, pues pese a que lograba mantenerlos vivos con antibióticos, las
semanas y los meses pasaban sin que experimentasen ninguna mejoría.

La primera vez que fui, río arriba, a visitar al hombre con apendicitis, le dije a su padre
que le llevase a Ciudad Bolívar, para que un doctor de verdad le operase. Le expliqué que debían
hacerle un agujero y sacarle lo que estaba causando el problema, y le enseñe mi propia cicatriz
de cuando me extrajeron el apéndice. Estuvo de acuerdo conmigo, pero añadió que Masawiu no
podía ir a una ciudad venezolana sin hablar español. No sugirió directamente que yo le llevase,
pese a que yo sentía mucho afecto por su hijo. Estaba claro que hubiese dejado que Masawiu se
muriera antes de pedirme algo que me crease problemas. Me explicó en que consistía el
problema: fue todo que hizo para persuadirme.

Le dije que llevaría a su hijo a ser curado, y que hablase con Anchu y le insistiera en que
nos dejase partir inmediatamente. Ante esto el viejo palideció, pese a que yo repetí
enfáticamente que debía hablar con Anchu ó su hijo moriría. Nunca insistió, aunque
probablemente mencionó la situación al jefe cuando se mudó con toda su familia al pueblo para
que yo pudiese tratar a Masawiu. Su relación con Anchu siguió siendo cordial, a pesar de que la
vida de su hijo estaba en manos del jefe.

65
Cuatro meses después, cuando por fin se me permitió hacer el difícil y largo viaje con
mis pacientes, el padre y su familia nos acompañaron en otra canoa, con la idea de esperar a que
Masawiu estuviese curado y llevarle ellos mismos a casa. Así pues, la negativa del anciano a
ejercer presión no era por falta de interés.

Lo mismo ocurrió cuando pedí a Nahakadi, gran amiga mía y muy amiga, además de
hermana por adopción, de Anchu, que presionase a este para que nos dejase salir y poder llevar
así a su marido, que se estaba muriendo, al hospital. Ella veía al jefe a menudo y tuvo muchas
oportunidades de hacerlo, pero siempre mantuvo el tono de la conversación ligero y agradable,
incluso cuando estaban a escasos metros de la hamaca en la que su amado se extinguía entre
dolores.

Durante los meses en que le traté, ella me pidió varias veces que le abriese la espalda y
limpiase las fístulas. Yo me negué siempre, por miedo a mi ignorancia sobre cirugía, y llegó el
día en que intentó hacer el trabajo ella misma. No acababa de decidirse a clavar la espina de
pescado en la espalda de su marido, y mandó que su hijo me avisase. Cuando vi lo que intentaba
hacer, prometí hacerlo yo misma antes que caer en el riesgo, aún mayor, de sus poco higiénicos
métodos. Si lo que intentaba era persuadirme con "chantaje moral", funcionó, pero no hubo
ninguna imposición directa de su voluntad sobre la mía.

Al final logré hacer llegar a ambos hombres, vivos, al hospital. Sobrevivieron y


volvieron con su gente.

Mi propia insistencia para que Anchu nos dejase partir, caía en oídos sordos. Siempre
cambiada de tema, y me preguntaba si no me gustaba la choza que nos habían construido ó la
comida que nos daban. Cuando, día tras día, le expliqué el riesgo que para la vida de los dos
hombres suponía seguir retrasando el viaje, respondió al fin. Se pintó el cuerpo, se puso todos
sus collares, y, en la tradición chamanística Yequana, se encerró durante una semana con los dos
hombres, cantando sin cesar acompañado de una maraca. Durante sus siestas, otros le sustituían
al canto. Su tratamiento no mejoró a los pacientes, pero evitó que nadie pensase que a Anchu no
le preocupaba la vida de sus gentes. No era uno de los grandes chamanes Yequana, pero estaba
haciendo lo que estaba haciendo lo mejor que podía, y probablemente pensase que, a la larga,
era mejor para su gente que yo permaneciese en el poblado como doctora, que arriesgarme en un
viaje peligroso para intentar salvar dos casos aparentemente perdidos.

La falta de voluntad en un Yequana para engatusar a nadie, no parece ser una elección
individual. Aparentemente es una prohibición desarrollada evolutivamente en su continuum y
sostenida por su cultura. Son muy capaces de ejercer la fuerza sobre otras especies: entrenan a
perros de caza mediante una disciplina severa y castigos que incluyen golpearles con puños,
palos ó piedras, y cortarles las orejas. Pero nunca impondrán su voluntad a otros humanos, ni
siquiera, como hemos visto, si se trata de niños.

Hubo una excepción para confirmar la regla, como el caso de la construcción del corral
para bebés. Vi a un padre joven perder la paciencia un día con su hijo de un año. El bebé gritó
con un horror ensordecedor. El padre quedó paralizado por el terrible sonido que había causado;
vio claramente que había cometido una ofensa contra natura. Vi a la familia con frecuencia, pues
vivían en la casa de al lado, pero nunca vi que el hombre volviese a dejar de respetar la dignidad
de su hijo.

66
Sin embargo, la actitud de padres y madres no es una actitud "permisiva". Honran la
autonomía de sus hijos e hijas y dan por hecho que se comportarán como seres sociales, pero
también establecen muchos de los baremos a los que las criaturas deben adaptarse.

Las comidas, alrededor del fuego familiar, resultan solemnes a los ojos civilizados. La
madre coloca silenciosamente alfombrillas y cuencos frente al padre, y los críos se sientan al
lado, comiendo ó pasando la comida en silencio. A veces la madre dice algo con suavidad, y un
niño se levantará como disparado por un muelle, y le llevará a ella ó al padre un cuenco. La
acción es armoniosa, silenciosa y eficiente, aún si la criatura apenas ha comenzado a andar. A mí
me daba la impresión de que el gesto era efecto del miedo, que todo el ritual había sido diseñado
para no molestar al pater familias, que representaba una especie de amenaza egocéntrica para los
otros. Pero no era así.

Una observación más detallada mostraba que todos los afectados estaban completamente
relajados, y que el silencio no era un silencio amenazador y que no estaba cargado más que de
entendimiento entre todos y confianza mutua en hacer las cosas en la manera en que esas cosas
habían de ser hechas. Une vez uno se daba cuenta de que no había tensión, la "solemnidad"
pasaba a ser simplemente paz. La falta de conversación denotaba que se encontraban a gusto los
unos con los otros, no lo contrario.

Si el niño, ó los niños, tenían algo que decir, lo cual no ocurría a menudo, lo hacían sin
ninguna timidez. Es una costumbre Yequana comer en silencio buscando serenidad, y lo poco
que se suele hablar está siempre dentro de ese espíritu.

La llegada del padre calma a la mujer y a los niños. Bajo la mirada de los padres, y de los
hombres en general, mujeres y niños se enorgullecen de actuar lo mejor posible. Los chicos,
especialmente, tienden a compararse con su padre, mientras que las niñas disfrutan atendiéndole.
Es un premio para la niña llevarle un trozo de fruta fresca al padre y que éste lo tome de sus
manos. Por su comportamiento, su dignidad y por la calidad de lo que hace, muestra las
costumbres de la sociedad a los menores. Si una criatura llora mientras los hombres están de
conversación, la madre le lleva fuera del alcance del oído. Si antes de estar entrenado, pero ya en
edad de comprender, ensucia el suelo, se le pide con seriedad que salga fuera. Se le pide que no
ensucie el suelo, pero no se le dice ni que es malo, ni que siempre hace las cosas mal. Nunca se
le hace sentir que es malo, sólo, y cómo mucho, que es un niño querido haciendo algo
desagradable. El mismo niño quiere dejar de hacer aquello que desagrada a su gente. Es
innatamente social.

Si hay alguna desviación, ó incluso una excepción accidental, respecto al


comportamiento correcto de un niño, ni las madres ni los padres son blandos al respecto. No le
doran la píldora en absoluto. Como en el caso de Anchu con Wididi, mantienen sus baremos
fijos.

No emiten sonidos de pena cuando un niño se hace daño. Esperan a que este se levante y
siga, si esto es todo lo que hace falta. En caso de heridas serias ó de enfermedad, ayudan lo
mejor que pueden proveyendo medicinas ó con chamanismo, a veces cantando durante varios
días y noches, dirigiéndose al mal que ha entrado en el cuerpo del enfermo, pero sin consolar al
paciente. Este lleva lo mejor que puede su dolor en paz sin molestar innecesariamente a nadie.

67
Cuando yo estaba allí me traían ó enviaban niños enfermos a que les tratase. En esas
ocasiones, la diferencia entre los niños continuum y no continuum era especialmente evidente.
Los Yequana, que habían sido tratados correctamente durante la fase en-brazos, que se sabían
dignos de ser queridos, no buscaban ningún trato maternal extra para soportar el dolor, a menos
que este fuese atroz. A nuestros niños civilizados les damos besos, abrazos y palabras de aliento
al más mínimo chichón, pues tácitamente aceptamos que todos ellos soportan una carga
permanente de dolor (el deseo de más contacto maternal que el que les ha sido dado). No
curamos con ello el arañazo en su rodilla, pero la carga total de dolor es aligerada en un
momento en que está sometido a una tensión especial.

Puede ser que el esperar consuelo sea un comportamiento adquirido. Yo no dudo que lo
sea, pero la confianza en sí mismos y la confianza en otros (en este caso un extraño) mostrada
por los niños que venían a que les curase indicaba algo mucho más positivo que la simple
carencia de esperar consuelo.

En una de las primeras expediciones al territorio Yequana, estaba en Wanania, el pueblo


de Anchu, cuando un niño de unos cuatro años vino a verme. Se me acercó tímidamente, sin
saber si era bienvenido. Una vez intercambiamos sonrisas, me mostró el pulgar de su mano. En
su cara no había la más mínima señal de pena de sí mismo, solo una amplia sonrisa. Se había
cortado la punta del dedo y parte de la uña, salvo un pequeño trozo de piel que impedía que el
resto se cayese. Sangre medio seca mantenía la punta pegada al resto del dedo, pero fuera de
lugar. Mientras limpiaba y re-colocaba su dedo, inmensas lágrimas de dolor inundaban sus ojos,
y a veces su mano temblaba, pero en ningún momento hizo gesto de retirarla, ni emitió más
ruido que algún pequeño gemido en los momentos más dolorosos. La mayor parte del tiempo se
mantuvo relajado y la expresión de su cara tranquila. Una vez el dedo estuvo vendado,
señalándolo dije: "¡Tuunah ahkey!" ("¡Agua no!"); y, su vocecilla musical repitió: "¡Tuunah
ahkey!" ; después dijo: "Hwaynamah ehtah" ("Mañana aquí") y se marchó. Todo su
comportamiento contradecía las pre-concepciones que yo tenía sobre como se comportan los
niños, como tratarles en emergencias, la importancia de tranquilizar al paciente como parte del
tratamiento médico, etc. No podía creer lo que estaba viendo.

En un viaje posterior, una mañana me despertó un niño de dos años llamando


suavemente "¡Si! ¡Si!" Intentaba pronunciar lo mejor que podía mi nombre Yequana, "¡Shi!".
Desde mi hamaca vi que se trataba de Cananasi, sólo, y con un corte que tenía que ser curado.
Ni lloraba, ni pedía que se le cogiese ó consolase. Esperó a que la venda estuviese colocada,
escuchó mi advertencia de no meter la mano en el agua y de que volviese al día siguiente, y se
fue corriendo a jugar.

Cuando le vi al día siguiente, la venda estaba mojada y sucia. Su comprensión intelectual


a los dos años era insuficiente como para acordarse durante todo un día de obedecer una orden,
pero su sólida experiencia de lo que es Uno Mismo y el Otro durante dos largos años, con una
fase en-brazos rica y completa, y habiendo entrenado la autosuficiencia en un mundo lleno de
retos, le capacitaba para venir a recibir tratamiento sólo, sin apoyo ni consuelo, y sin que apenas
nadie se diese cuenta. Supongo que su madre, al ver el corte, le dijo "Ve a ver a Jean", y
Cananasi hizo el resto.

Otro incidente resultó muy revelador para mí, aunque este tuvo lugar cuando ya llevaba
meses acostumbrada a la actitud tranquila de los Yequana ante el tratamiento médico. Awadahu,
el segundo hijo de Anchu, que tenía unos nueve años, llegó sólo a mi cabaña con una herida en
68
el abdomen. Resultó no ser peligrosamente profunda, pero a simple vista tuve miedo del daño
que podía causar en un lugar tan vulnerable. "¿Nehkuhmuhduh?" ("¿Qué fue?"), pregunté.
"Shimada", ("Una flecha") contestó educadamente.
"¿Amahday?" ("¿Tuya?"), insistí.
"Katawehu", dijo nombrando a su hermano de diez años con la misma emoción con la
que hubiese respondido si le hubiese preguntado el nombre de una flor.

Mientras trabajaba en la herida, que tenía un aspecto terrible, Katawehu y otros niños se
acercaron a ver lo que hacía. No había señal alguna de culpabilidad en Katawehu, ni de enfado
en Awadahu. Fue simplemente un accidente. La madre se acercó, preguntó qué había pasado, y
se le explicó brevemente que su hijo menor había disparado una flecha al mayor a la orilla del
río.

"¿Yeheduhmuh?", ("¿De verdad?") dijo suavemente.

Antes de que yo terminase había abandonado el grupo de curiosos para seguir con su
trabajo. Su hijo estaba siendo atendido sin requerir su ayuda; no había necesidad de que ella se
quedase. La única persona preocupada era yo. Lo que había ocurrido había ocurrido; se le estaba
dando el mejor cuidado disponible, y ni siquiera era necesario que los otros chicos esperasen y
se fueron a jugar. Awadahu no necesitaba apoyo moral y, una vez le puse el último trozo de
esparadrapo, se fue a reunirse con ellos en el río.

Su madre suponía que si él la necesitaba le iría a buscar, y estaba disponible para esa
eventualidad.

Quizás el que yo mencione estos incidentes dé la falsa impresión de que los accidentes
entre los Yequana eran frecuentes. En comparación con sus contemporáneos occidentales y
civilizados de clase media, tienen poquísimos. No es coincidencia el que estos occidentales sean
probablemente los niños más protegidos de la historia de la humanidad con respecto a peligros
exteriores, y por lo tanto sean los que menos saben cómo cuidarse.

Un caso que resulta apropiado es el que me contaron de una familia Estadounidense


obsesionada por el peligro que su piscina suponía para sus niños pequeños. No temían que la
piscina emergiese y se tragase a los niños, sino que ellos se cayesen ó lanzasen al agua.
Construyeron una verja alrededor de la piscina, y mantenían la puerta cerrada con candado.

Probablemente la mente lógica del niño (no la que razona), apoyada por los
razonamientos de los padres, entendió la sugerencia tras verja y candado. De hecho, entendió tan
bien lo que se esperaba de él que un día, al encontrar la puerta abierta entró, se cayó en la piscina
y se ahogó.

Cuando oí esta historia, que se me contó para demostrarme como los niños necesitan
constantemente que se les proteja de su impulso a dañarse a sí mismos, no pude evitar pensar en
el agujero del terreno en que los niños Yequana jugaban cada día sin supervisión y sin
incidentes. Por supuesto, estos dos casos aislados no significan mucho, pero representan con
bastante exactitud la diferencia entre las dos culturas. Hay muchas más situaciones
potencialmente peligrosas entre los Yequana. Una de las que más llama la atención es la
presencia por doquier de machetes y cuchillos, perfectamente afilados y disponibles para
tropezar con ellos, caer sobre ellos ó jugar con ellos. Los bebés, demasiado pequeños como para
69
saber lo que es un mango, los agarraban por la hoja y los agitaban en el aire. No sólo nunca se
cortaban, sino que además, si estaban en el regazo de la madre, se las arreglaban para no hacerle
daño tampoco a ella.

También vi a bebés jugando con antorchas encendidas, tropezando y cayendo con ellas
en la mano, entrando y saliendo de la casa, sin jamás tocar con ellas la madera, el techo de
palma, ni su pelo ó el de otra persona. Bebés y cachorros jugaban alrededor del fuego sin que
sus mayores interfirieran.

Los chicos, a partir de los dieciocho meses practicaban todos el uso del arco con flechas
afiladas, y algunos cargaban a todas horas con su arco y sus flechas llenos de entusiasmo. No
había lugares especialmente designados para practicar el tiro, ni "reglas de seguridad"
establecidas. En los dos años y medio que pasé allí, sólo fui testigo del incidente que mencioné
antes.

Están los imprevistos de la jungla, incluidas la facilidad con la que uno puede perderse al
no haber caminos y la posibilidad de dañarse al caminar desnudo y descalzo, además de los
peligros mayores como serpientes, escorpiones y jaguares.

Y están los ríos, cuyos rápidos son más peligrosos aún que las anacondas ó los
cocodrilos. Un niño nadando allá donde la fuerza del agua sea mayor que la de sus brazos, tiene
una gran probabilidad de ser lanzado contra las rocas o contra los muchos troncos sumergidos.
La profundidad y fuerza del agua, incluso en zonas conocidas, varía de un día a otro, y así,
conocer los peligros de un día concreto puede no resultar de ayuda al día siguiente. Los niños,
que juegan y se bañan en el río todos los días, han de calibrar su capacidad correctamente en
todas las condiciones.

El factor operativo parece ser la responsabilidad. En la mayor parte de los niños


occidentales, la maquinaria para cuidarse a sí mismos está sólo en uso parcial, pues gran parte de
la responsabilidad es asumida por los adultos que les cuidan. Con ese aborrecer la redundancia
que le caracteriza, el continuum retira tanto como otros asumen. El resultado es mucho menos
eficiente, pues nadie puede estar tan constante y cuidadosamente alerta de las circunstancias de
otro como uno mismo de las propias. Es otro ejemplo del efecto de intentar mejorar a la
naturaleza, otro ejemplo de desconfianza hacia las fuerzas no controladas por el intelecto,
incapaz de tomar toda la información relevante en consideración.

Además de ser el motivo de que los niños occidentales tengan más accidentes, esta
propensión nuestra a interferir con la asignación de responsabilidades que hace la naturaleza da
lugar a otros muchos inesperados. Un ejemplo notable es el de los incendios por descuidos.

No hace mucho que, durante el invierno y en una ciudad en el medio-oeste de los


Estados Unidos, hubo un vendaval que paralizó durante varios días el tráfico, y por lo tanto a
los coches de bomberos. Acostumbrado a enfrentarse con unos cuarenta fuegos diarios causados
por accidentes, el jefe de los bomberos apareció por televisión pidiendo a la gente que
extremasen su cuidado para no provocar fuegos durante el período de emergencia. Advirtió a los
ciudadanos que, de haber algún fuego, tendrían que arreglárselas por sí mismos. Como
consecuencia, la media diaria de fuegos bajá a cuatro por día hasta que la situación se normalizó,
momento en que la media subió de nuevo a cuarenta.

70
No es que la mayor parte de los cuarenta fuegos diarios fuesen intencionados, pero
quienes accidentalmente los provocaban, eran conscientes evidentemente de que mientras los
bomberos funcionasen con rapidez y eficiencia, no era realmente necesario ser especialmente
precavido. Advertidos de la nueva asignación de responsabilidades, inconscientemente
disminuyó el número de fuegos en un noventa por ciento.

En la misma línea, en Tokio tienen lugar, permanentemente, menos fuegos que en otras
grandes ciudades. Parece que es debido a que, por un lado, las casas están construidas con
madera y papel y los fuegos se propagan gran velocidad y, por otro lado, resulta muy difícil para
los bomberos moverse en las abarrotadas calles. Los ciudadanos conocen estas circunstancias y
se comportan de acuerdo a ellas.

Esta asignación de responsabilidades es un aspecto más de la expectativa, la fuerza que


marca gran parte del comportamiento de niños y adultos: ¿Por qué se nos describe cómo
criaturas sociales si no es porque tenemos una fuerte inclinación a comportarnos como
percibimos se espera de nosotros?

Este cambio que supone el confiar en la capacidad de un niño para protegerse a sí


mismo, es uno de los problemas más difíciles con los que se enfrenta cualquiera que desee
utilizar los principios del continuum en un estilo de vida civilizado. Estamos tan poco
acostumbrados a ello, que dejar que nuestros hijos se valgan por sí mismos, basándonos en la
teoría de que estarán mejor sin vigilancia, está por encima de lo que mucha gente es capaz de
hacer. La mayor parte de nosotros los miraría por lo menos de reojo, arriesgándonos a ser
pillados in fraganti, y a que nuestro mirar se interprete como una expectativa de ineficiencia. Y,
¿qué nos daría la fe necesaria como para dejar que un niño juegue con un cuchillo afilado, esa fe
a la que los Yequana han llegado a través de una larga experiencia? No es su experiencia con
bebés y cuchillos, pues la introducción del metal en su cultura es reciente, sino su experiencia
con la capacidad de un bebé para percibir los factores más sutiles en su entorno y conducirse a
salvo entre ellos.

No tenemos otra elección que echar marcha atrás y encontrar ese conocimiento común a
los Yequana y a nuestros ancestros a través del uso del intelecto. No es muy distinto, a estas
alturas, que el ir a la iglesia y rezar pidiendo creer en Dios. Uno ha de empezar por actuar lo
mejor posible pretendiendo creer.

Unos serán mejores actores y actrices que otros; pero si cada padre ansioso confía un
poco más de lo que ha confiado hasta ahora en el instinto de auto-protección de su bebé, el
comportamiento del bebé hará que la confianza vaya aumentando.

El lenguaje es el último de los grandes desarrollos en el sorprendente catálogo de


capacidades animales. La habilidad para producir sucesiones de conceptos de cada vez mayor
complejidad, se refleja en la capacidad verbal de una criatura en desarrollo. Su visión del
universo, de la relación del Ser con el Otro y su concepto del tiempo, cambian necesariamente
con ese desarrollo y su condicionamiento temporal.

Como consecuencia, hay un abismo conceptual entre grupos de distintas edades. A pesar
de la moda reciente de razonar y discutir las cosas con los niños, sigue existiendo una distancia
insalvable entre lo que alguien de seis años, desde su universo, entiende ó quiere decir, y lo que
entiende ó quiere decir desde el suyo alguien de treinta. El lenguaje sirve de poco en su relación.
71
Resulta interesante el que, entre los Yequana, la comunicación verbal entre niños y
adultos se limita a frases básicas como "Espera aquí", ó "Pásame aquello". El sistema de
conversación está totalmente estratificado; hay intercambios verbales completos entre niños de
la misma edad, y la comunicación disminuye al aumentar la diferencia de edades. Hay poca
conversación entre chicos y chicas, con intereses vitales muy distintos, y rara vez, incluso entre
adultos, parece haber conversaciones largas entre los sexos.

Cuando los adultos conversan, los niños, por lo general, escuchan. No hablan entre ellos.
En ningún momento se ve a alguien hablar pretendiendo tener un punto de vista distinto del que
tiene. Los adultos Yequana dicen lo que tengan que decir delante de los niños y estos escuchan,
entendiendo más o menos según sus capacidades. Para cuando llega el momento de que un niño
se una al grupo de adultos, este ya ha aprendido, a su propio ritmo, a entender la manera de
hablar de este grupo, sus patrones verbales y sus puntos de vista, y no necesita deshacerse de
modelos de habla ó puntos de vista especialmente confeccionados "para niños".

Cada grupo de edad es capaz de asimilar las estructuras conceptuales que son apropiadas
a su desarrollo y, hasta que tienen un conjunto completo de formas verbales (y culturales) de
pensamiento que les permiten entender tanto el punto de vista de los adultos como el contenido
de las conversaciones a las que han estado asistiendo desde que nacieron, siguen los pasos de
los niños un poco mayores que ellos.

Nuestro sistema de intentar adivinar lo que un niño puede y no puede entender, da lugar
a todo tipo de confusiones, malentendidos, enfados y, en general, falta de armonía. La desastrosa
costumbre de enseñar a los niños que lo "bueno" siempre tiene un premio y lo "malo" un
castigo, que las promesas siempre se cumplen, que los adultos nunca mienten, etc., no solo
tendrá como consecuencia el que un día lleguen a necesitar un par de palos para dejar de ser
"poco realistas" e "inmaduros", y abandonar semejantes fantasías, sino que además dará lugar a
una tremenda desilusión ante el hecho de que el mundo no es como creían que era, desilusión
que marcará el resto de sus vidas.

De nuevo encontramos al intelecto intentando decidir lo que un niño puede entender,


cuando la manera del continuum es simplemente dejar que el niño absorba aquello del entorno
que sea capaz de absorber, sin distorsión ni censura. Es imposible dañar la mente de un niño con
conceptos que no pueda entender, siempre y cuando se permita que la mente ignore lo que no
entiende. Coger a un niño por los hombros e intentar hacer que entienda algo, puede crear un
triste conflicto entre lo que puede comprender y lo que percibe se espera de él. Permitir que los
niños escuchen libremente entendiendo lo que puedan, elimina las sugerencias sobre cuanto se
espera de ellos, y evita el desastroso conflicto.

Mientras que las niñas yequana pasan mucha de su infancia entre mujeres, participando
desde el principio en el trabajo en la casa ó en las huertas, los niños corretean juntos la mayor
parte del tiempo; sólo pueden ir con sus padres cuando se trate de actividades en las que fuerza y
resistencia no sean esenciales. Mientras tanto, los niños tiran cientos de flechas, primero a
saltamontes y más tarde a pájaros pequeños. Esto permite que desarrollen su habilidad con el
arco, ya que más tarde no podrán hacerlo, pues los hombres, cuando van de caza, no tiran más
de un par de veces al día.

72
Tanto los niños como las niñas van a nadar casi todos los días. También son expertos,
increíblemente pronto, con la canoa, guiando pesados troncos a través de corrientes y rápidos, a
menudo sin nadie por encima de los seis ó siete años en la tripulación. Niños y niñas suelen
remar juntos en canoa. No hay ningún tabú que impida que estén juntos, solo pocas
coincidencias en sus actividades e intereses.

A la vez, cualquier niño Yequana, al estar libre de la necesidad de apoyo, es muy capaz
de hacer cosas por sí mismo. Pescar es algo que se suele hacer a solas, se sea hombre ó mujer,
niño ó adulto. Hombres y niños, a solas, hacen y arreglan cestas y armas. Las mujeres y niñas, a
solas ó con un bebé como única compañía, fabrican (con un martillo y dientes) los ralladores de
tapioca, tejen cintas ó hamacas, y cocinan.

Pero los Yequana nunca se aburren ó sienten solos. La mayor parte del tiempo la pasan
en compañía. Los hombres se dedican a la caza, cierto tipo de pesca, y a la construcción de
canoas y chozas, en grupo. También en grupo viajan para hacer trueques, y queman el terreno
para sus huertos. Las mujeres van juntas a los huertos y a por agua y leña, y juntas rallan la
tapioca. Generalmente, los niños practican en grupo el tiro al arco y el lanzamiento de dardos, y
se juntan para nadar, jugar ó ir a por comida. Cuando hacen algo juntos, hombres, mujeres,
chicos, chicas y familias, hablan constantemente. Es impresionante la frecuencia con la que ríen,
y los hombres jóvenes suelen gritar a coro con júbilo tras una buena broma ó una buena historia.
Parecen pasárselo igual de bien cotidianamente que cuando celebran una fiesta.

Una de las diferencias más sorprendentes entre los niños Yequana y el resto de los niños
que yo he conocido, es el que los primeros nunca se pelean ó discuten entre ellos. No hay
competitividad, y los líderes se eligen por sugerencia de los que le van a seguir. Durante los años
que permanecí con ellos, nunca vi a un niño discutir con otro, y mucho menos, pelear. Las
únicas palabras de enfado que escuché, fueron emitidas por un adulto impaciente con el
comportamiento de un niño. A su alrededor hubo algunas voces de protesta, y él, tras mostrar
preocupación, deshizo el error. Cuando todo se arreglo, no había rencor ni en el niño ni en el
adulto.

Aunque he visto muchas fiestas en las que todo Yequana, hombre, mujer ó niño, estaba
borracho, nunca he visto siquiera un amago de altercado. Esto parece indicar que son realmente
lo que parecen -en armonía los unos con los otros, y felizmente a gusto bajo su propia piel.

73
5
La falta de experiencias esenciales

No se puede alcanzar un punto de vista útil sobre la vida civilizada, sin tener en cuenta
constantemente el hecho de que se nos ha privado de casi toda la experiencia en-brazos y de
mucha de la experiencia posterior que esperábamos, ni que seguimos, de una manera
inconsciente pero ordenada, buscando satisfacer tales expectativas en un orden inalterable.

Se nos desconecta de nuestro continuum humano al nacer, dejándonos hambrientos de


experiencia en serones y cunas, al margen de la corriente de la vida. Partes de nosotros
permanecerán infantiles, y no podrán contribuir de forma positiva en nuestra vida posterior
como adolescentes y adultos. Pese a ello no las dejamos atrás, no podemos dejarlas atrás. El
deseo de la experiencia en-brazos acompañará al desarrollo de mente y cuerpo, esperando ser
satisfecho.

Los que vivimos en la civilización compartimos ciertas enfermedades del continuum. El


odio a uno mismo y el dudar de uno mismo son frecuentes entre nosotros, en mayor o menor
grado según cuándo el complejo de carencias comenzó a afectar nuestras cualidades heredadas.
A lo largo de los años, según vamos creciendo, la búsqueda de la experiencia en brazos toma
diversas formas. La pérdida de la condición esencial de bienestar que debería haber surgido de
nuestra experiencia en-brazos da lugar a todo tipo de búsquedas y sustituciones. La felicidad
deja de ser una condición normal en el estar vivo, y se convierte en objetivo. Un objetivo que se
persigue tanto a corto como a largo plazo.

Teniendo in mente la manera de vivir de los Yequana, muchos de nuestros


comportamientos, que a primera vista resultan absurdos, adquieren sentido.

La manera más frecuente de manifestar la carencia de experiencia en-brazos es,


probablemente, un sentimiento soterrado de inseguridad frente al aquí y ahora. Uno se siente
descentrado, como si algo faltase; con una sensación vaga de pérdida, de deseo de algo que uno
no puede definir. Este deseo a menudo se proyecta en un objeto ó suceso a media distancia;
puesto en palabras, sería algo así cómo "Yo me sentiría bien si tuviese...", y a continuación se
menciona un traje nuevo, un coche nuevo, un aumento de sueldo, un trabajo distinto, unas
vacaciones, la posibilidad de irse para siempre, ó un hombre, mujer ó criatura a quien amar si
uno no los tiene ya.

Una vez se consigue tal objeto, un nuevo "si tuviese..." ocupa pronto esa distancia media
donde un día estuvo la madre, y la distancia entre uno mismo y el nuevo objetivo se convierte en
la nueva medida del espacio que separa a uno mismo del bienestar que falta - el bienestar en el
aquí y ahora -.

74
De esta manera nos vamos manteniendo sobre las esperanzas que despiertan en nosotros
los diversos objetos que en sucesión van apareciendo ante nosotros, a una distancia marcada por
el grado de inalcanzabilidad que cada cual necesita para sentirse "a gusto", es decir, en la misma
relación que uno estuvo con su propia madre cuando la experiencia en-brazos le fue negada.

El no poder mantener los objetos de deseo a la distancia necesaria puede llevar al


desastre. No ocurre a menudo, dado que la mayor parte de la gente no tiene problema en
imaginarse una lista interminable de cosas que nunca podrán tener, no importa lo mucho que ya
tengan. Pero ocasionalmente ocurre que la rapidez con la que los objetivos se consiguen sea
mucho mayor que la de la imaginación para producirlos.

Hace no muchos años, una famosa actriz de cine rubia se convirtió en víctima de lo que
parecía ser un desequilibrio insufrible entre su necesidad de desear y las cosas que le quedaban
aún por desear. Era la actriz más famosa del mundo, la mujer más deseada del mundo. Había
logrado casarse y divorciarse de hombres notorios tanto por su valía física como intelectual.
Según los cánones de su propia imaginación, tenía todo lo que había deseado. Desconcertada al
no haber alcanzado la sensación de bienestar que le faltaba, buscó en el horizonte algo que
desear que no pudiese ser obtenido de forma inmediata, y al no hallarlo, no pudo aguantar la
necesidad de alivio y se suicidó.

Muchas adolescentes y mujeres con objetivos parecidos a los suyos se preguntaban


¿cómo pudo, ella-que-lo-tenía-todo? Pero el daño que su muerte causó a ese sector del Sueño
Americano no fue serio, pues cada una de esas mujeres, en su fuero interno, estaba segura de
que "si ella tuviese...", si ella tuviese tantas cosas deseables en la vida, ella que sentía que la
felicidad estaba casi a la vuelta de la esquina, ella no fracasaría y sería feliz.

Hay ejemplos abundantes de suicidios cometidos por razones parecidas, pero mucho más
frecuentes son los comportamientos de aquellas personas con éxito cuyo instinto de
auto-conservación les evita dar el último paso y sumergirse en el olvido, pero cuyas vidas están
marcadas por la bebida excesiva, las drogas, los divorcios y la melancolía.

La mayor parte de la gente rica puede desear, y desea, ser más rica; los que tienen poder
quieren más poder, y dan así forma a su ansiedad. Los pocos que han llegado al final, o cerca, de
todo lo que podían desear, han tenido que enfrentarse al hecho de que su deseo no puede ser
satisfecho. No pueden recordar su forma original: el anhelo, como bebés, a ocupar un lugar en
los brazos de su madre. A todos los efectos se encuentran ante un abismo sin fondo,
preguntándose por el sentido de todo lo que les rodea sin encontrar respuesta, una respuesta que
una vez creyeron se trataba de dinero, fama ó éxito.

El matrimonio entre personas civilizadas se ha convertido, en muchos casos, en un


contrato doble. Una cláusula podría decir "... y yo seré tu madre si tú eres la mía". Las
necesidades infantiles de cada cónyuge se expresan cuando la declaración implícita (a menudo
explícita) es, "te amo, te quiero y te necesito". Los dos primeros tercios de esta expresión son
apropiados a mujeres y hombres adultos pero, por lo general, el necesitar, pese a ser
románticamente aceptado en nuestra cultura, implica la petición de algún tipo de cuidado
infantil. Puede ir desde el hablarse en la intimidad con lengua de trapo como los bebés ("¿me
quieres un poquito?"), hasta el acuerdo tácito de no prestar más que atención superficial a otras
personas. A menudo, la necesidad dominante es la de ser el centro de atención (una continuación
de aquellos gritos iniciales emitidos al objeto de ser trasladados allá donde estaba el centro de la
75
vida en el hogar y que, ante la falta de éxito, acabaron transformándose en una súplica
interminable reclamando atención), y la pareja se reparte el centro del escenario más o menos
equitativamente.

El período del noviazgo suele ser también un período experimental durante el que se
intenta determinar hasta qué punto la relación servirá para satisfacer las necesidades infantiles de
cada miembro de la pareja. Para aquellas personas con muchas necesidades - personas cuyos
primeros años de vida les dejaron con tales carencias que no pueden ni siquiera comprometerse
satisfactoriamente con otra persona y sus necesidades -, la búsqueda de pareja suele ser larga y
dolorosa. Habiendo sido traicionados en la infancia, sus anhelos son grandes y profundos. El
miedo a ser traicionado de nuevo puede llegar a ser tan fuerte que, en el momento en que corren
el peligro de encontrar una pareja, huyen aterrorizados para evitar la posibilidad insoportable de
que el candidato no pase la prueba, recordándoles de nuevo que nadie les quiere de esa manera
incondicional que necesitan.

Muchos hombres y mujeres se reconocen víctimas de un comportamiento repetitivo en


sus relaciones de pareja, que demuestra un pánico aparentemente inexplicable a la felicidad. Aún
cuando superar el miedo a encontrar pareja resulta fácil, los novios siguen paralizándose ante el
altar y las novias siguen llorando con ansiedad cuando llega el momento de dar el paso adelante
y proclamar su felicidad a los cuatro vientos.

Pero muchos continúan buscando durante años una relación que no pueden verbalizar,
cambiando constantemente de pareja, incapaces de comprometerse con algo tan insignificante
como un hombre ó una mujer.

La dificultad para encontrar una pareja aceptable se ha complicado aún más gracias a las
imágenes culturales que películas, televisión, novelas, revistas y anuncios nos presentan como
objeto de deseo. Las grandes imágenes de la pantalla, que reducen a los espectadores al tamaño
de enanos, crean la ilusión de la vuelta aquel "bienestar" que se perdió hace tiempo, al
colocarnos ante personas con tamaño de madre. Tenemos una confianza irracional en estas
inmensas criaturas, y adjudicamos a los actores mismos el halo de perfección que nuestra mente
asocia con ellas. No pueden causar daño, están más allá de ser juzgados según las reglas con las
que nos juzgamos entre nosotros. Y para hacer las cosas aún más confusas, los personajes que
representan, por poco realistas que sean, crean estereotipos que hacen que la gente real resulte
cada vez más insuficiente a nuestros deseos.

La publicidad ha aprendido a capitalizar en las ansiedades de un público falto de


experiencia en-brazos, y lo hace con promesas que parecen decir "si logras tener esto,
recuperarás el bienestar". Un refresco conocido se anuncia con "Es lo auténtico", mientras que
su rival principal, a su vez, intenta hacer mella en ese sentido añorado de formar parte de algo,
con "Estás en la generación Pepsi", ó bien mediante fotografías de "Personas Pepsi" con aspecto
de estar a gusto. Otra compañía sugiere el fin de la ansiedad con la frase "Un diamante es para
siempre". La implicación es que poseer algo de garantizado valor confiere a uno mismo un valor
igual de permanente, sólido y absoluto. Si se lleva puesto un diamante, un anillo mágico que
atrae a otras personas, no hace falta merecerlo para que nos quieran. Pieles, coches buenos y
mansiones también parecen atraer el tipo de aceptación social que uno añora. A la vez, nos
rodean de seguridad en medio de la incertidumbre, algo parecido al abrazo que uno siempre ha
echado en falta. Sea lo que sea lo que nuestra cultura mantiene como aquello que hay que tener,

76
"formar parte de" es lo que ansiamos, ya que crónicamente nos sentimos fuera, por mucho que
intentemos convencernos a nosotros mismos de que estamos "dentro".

Aunque la mayor parte de nosotros no recordamos habernos sentido jamás completa y


verdaderamente a gusto en el momento tal y cómo se está viviendo, a menudo proyectamos la
ilusión de que sí al pasado ó al futuro. Hablamos así de la dorada época de la niñez, o de los
viejos tiempos, intentando mantener la ilusión de que el bienestar no está tan lejos.

La inocencia de la infancia, que pensamos nos protegía de la cruel realidad, estaba


mezclada con sorpresa y confusión ante las contradicciones entre lo que nos decían y lo que
ocurría, y antes cómo ahora, la sensación de que algo nos faltaba estaba siempre ahí. Pero
entonces la ilusión consistía en pensar que una vez creciésemos y nos uniésemos a personas de
nuestra edad, alcanzaríamos el bienestar.

Poco sospechábamos que las personas de nuestra edad iban a mantenerse siempre un
paso más adelante que nosotros hasta que con el tiempo se nos permitiese creer que estaban un
paso ó más por detrás.

La idea de que la satisfacción y la sensación de bienestar se consigue compitiendo y


venciendo es una extensión de lo que Freud llamó "rivalidad fraternal". Freud pensaba que todos
tuvimos que enfrentarnos a los celos y odio de nuestros hermanos y hermanas, que amenazaban
el acceso a nuestra madre. Pero Freud nunca conoció a personas sin carencias. Si hubiese tenido
la oportunidad de conocer a los Yequana, se hubiese dado cuenta de que la idea de competir y
ganar, como un fin en sí misma, no existe entre ellos. Por lo tanto no puede ser considerada
como parte intrínseca de la personalidad humana. Cuando un bebé goza de toda la experiencia
que le es necesaria en los brazos de su madre, y se aleja de ella por su propia voluntad, la llegada
de una nueva criatura al lugar que dejó voluntariamente no le causa problemas. No hay rivalidad
si nada de lo que necesita se le usurpa.

Entre los Yequana hay muchas razones para desear cosas y personas, pero vencer a otros
no es una de ellas. No tienen juegos competitivos, aunque sí tienen juegos. Hay lucha libre, pero
no hay campeonatos; tan sólo una serie de encuentros entre parejas de hombres. La práctica
constante con el arco tiene por objeto adquirir destreza, no el competir con otros chicos, y la
caza tampoco es un asunto competitivo entre ellos. Su vida emocional no lo necesita, y por lo
tanto su cultura no lo ofrece. Es difícil imaginarnos una vida sin competitividad -tanto como
imaginarnos a gusto tal y cómo estamos-.

Lo mismo podría decirse sobre la búsqueda de la novedad. Está tan presente en el estado
actual de nuestra cultura, que nuestra natural resistencia al cambio ha sido distorsionada. Da la
impresión de que se ha transformado en una tendencia compulsiva cambiar, y el cambio ocurre
con una frecuencia tan regular cómo para resultar monótono y uniforme.

La idea de que lo último es lo mejor es muy reciente. La publicidad se ha encargado de


apadrinar la carrera hacia la novedad. No hay descanso, no hay respiro. A nada se le permite ser
lo bastante bueno, nada resulta satisfactorio. Nuestro descontento interior se canaliza en deseo
de los objetos más nuevos.

Entre aquellas cosas que encabezan la lista se encuentran las que suponen un ahorro de
trabajo. La atracción hacia los objetos que ahorran trabajo es doble, pues está alimentada por
77
dos aspectos de la carencia de experiencia en-brazos. Por un lado, adquirir algo "adecuado', por
otro, obtener la mayor cantidad de bienestar con el menor esfuerzo. En una persona completa
bajo el punto de vista del continuum, la habilidad infantil para obtener lo que se quiere sin hacer
nada a cambio va dando paso a un creciente deseo de ejercitar la capacidad de trabajo. Cuando
no se ha experimentado de forma satisfactoria el ser una criatura pasiva, hay una tendencia a
apretar botones y ahorrarse trabajo cómo garantía de que todo está hecho para el sujeto sin
esperar nada a cambio. El acto de apretar un botón es parecido al de hacer una señal a quien nos
cuida, pero esta vez se hace con la seguridad de que nuestros deseos serán satisfechos.

El impulso hacia la actividad, necesariamente fuerte en un continuum sano, está


paralizado; no puede crecer de forma adecuada sobre el estéril terreno de la incapacidad para
cuidarse a uno mismo. El trabajo se convierte en lo que es para la mayor parte de nosotros: una
necesidad que resentimos. Y los artilugios para ahorrarnos trabajo brillan con la promesa del
bienestar perdido. Mientras tanto, la solución a la discrepancia que surge entre el deseo adulto de
utilizar las propias habilidades, y el deseo infantil de ser inútil, suele encontrarse en eso que,
acertadamente, se denomina ocio.

Un hombre que trabaje, por necesidad y sin disfrutarlo, entre papeles e ideas, canalizará
su impulso hacia el trabajo físico en una actividad como, por ejemplo, jugar al golf. Pasando por
alto el que el mayor valor de esta actividad es el que no sirve para nada, el jugador de golf
camina bajo el sol arrastrando una pesada bolsa llena de palos, y de vez en cuando centra su
atención en el problema de persuadir a una bolita de que caiga en un agujero en el suelo. Y esto
se hace, de manera muy ineficaz, utilizando el extremo de los palos, en vez de coger la bola con
la mano y meterla en el agujero. Si tuviese que hacerlo por obligación, se sentiría explotado,
pero dado que se le llama ocio y no sirve para nada salvo como ejercicio, se siente libre para
disfrutarlo de la misma manera en que los Yequana disfrutan con el trabajo útil.

Sin embargo, muchos jugadores de golf han permitido que el impulso a ahorrarse trabajo
les estropee también parte de este placer. El sector relevante de la cultura ha sugerido que
arrastrar los palos no es placentero y hay que utilizar carros, e incluso el que el espacio entre
golpe y golpe debe ser considerado en la categoría de trabajo, y como tal ser evitado mediante el
uso de un cochecito. Pronto necesitarán, como recreo, jugar al tenis nada más acabar un partido
de golf.

La falta de experiencias en-brazos nos lleva a comportamientos curiosísimos. Sería muy


difícil explicar nuestra afición a las montañas rusas y demás maquinarias de los parques de
atracciones, si no fuese porque tenemos una necesidad no satisfecha de tiempo experimentado
en situación de relativa seguridad, con cambios bruscos de postura y peligros amenazantes
alrededor. El gusto a ser sacudido y asustado en cualquier animal, solo puede explicarse
descubriendo qué necesidad satisface con ello. Las desafortunadas criaturas actuales, que sólo
han conocido el silencio y la inmobilidad de una cuna, ó el armonioso movimiento de un
cochecito, quizás algún juego sobre unas rodillas, y cómo mucho el que algún padre capaz aún
de escuchar la voz de su propio continuum les lance en el aire de vez en cuando, echan de menos
los millones de años en que experimentaron agradables sustos en brazos de su madre mientras
ésta trepaba por los árboles, corría por la sabana, ó se metía en el agua.

El secreto de la atracción está en la zona de seguridad, el asiento con cinturón en el


cochecito mientras este corre y salta sobre la vía en el aire. Es el placer de sentirse seguro en
circunstancias que en otra situación resultarían aterradoras. En el "túnel del amor", fantasmas y
78
esqueletos emergen inesperadamente, dándonos sustos que podemos disfrutar, pues nos sabemos
seguros; es el acuerdo tácito que nos lleva a comprar entradas.

Lo mismo ocurre con las popularísimas películas de monstruos, contempladas desde un


asiento del que sabemos nos levantaremos sin haber sufrido ningún arañazo. Si en el local
hubiese verdaderamente un gorila suelto, un dinosaurio ó un vampiro, no se venderían muchas
entradas.

El objeto de la experiencia en-brazos de una criatura es tener experiencias que le


prepararán para desarrollar más adelante la confianza en sí misma. Ser testigo de, y participar
pasivamente en las inesperadas, violentas y amenazadoras situaciones que forman el vivir
cotidiano de una criatura en brazos de una madre ocupada, son ladrillos esenciales en la
construcción de la confianza en sí misma. Es una parte importante del material que forma la
percepción de uno mismo.

De una manera más leve, el montar a caballo y en coches, ya sea de juguete ó reales, y en
cualquier otra cosa que nos transporte, contribuye a cubrir la cantidad de experiencia en-brazos
que nos falta, y disminuye nuestra necesidad de ella. Montar en algo produce con frecuencia
adicción, pues tan pronto como muchos de nosotros descubrimos el placer de ser transportados
por un caballo ó un vehículo, al poner de nuevo los pies en tierra experimentamos la sensación
de abandono; más adelante consideraremos el papel que ocupa la adicción.

Las manifestaciones de la falta de experiencia en-brazos marcan nuestra vida y colorean


las personalidades a nuestro alrededor con tanta frecuencia, que tendemos a considerarlas parte
de la naturaleza humana. Un ejemplo es el llamado "síndrome de Casanova", que lleva a un
hombre a intentar demostrarse a sí mismo que es digno de amor compensando con el número de
conquistas la carencia de esa cualidad del amor que debería haber encontrado en su madre, esa
cualidad que da seguridad a nuestra existencia y a lo que valemos. El coleccionar testimonios de
amor, de alguna manera reemplaza la convicción sobre sí mismo que le falta. Cada momento en
los brazos de cada mujer compensa un poquito más, y eventualmente el insaciable Casanova se
"cansa" de ese método de búsqueda del bienestar, y es capaz de tomar una posición más
avanzada, más madura, frente a las mujeres. En la mayor parte de los Casanovas este cambio
ocurre razonablemente pronto, pero algunos individuos nunca pueden librarse de la ilusión de
que las conquistas sexuales añaden puntos a la tabla del bienestar, de que perfeccionar la técnica
de conquista es el camino que lleva a reencontrar lo que misteriosamente falta en la vida.

Gígolos y cazadotes creen que el valor monetario asociado a la mujer u hombre que
conquistan es la verdadera medida de su propio valor, y a menudo sienten que casarse con
alguien rico les hace ricos a su vez, y por lo tanto indiscutiblemente aceptables. De alguna
manera, además de la ilusión comúnmente sostenida de que dinero equivale a felicidad, a esta
gente se les ha transmitido la impresión de que dinero equivale a amor. Nos es difícil descubrir
las influencias culturales que mantienen estas falacias. Pero erradicar estas falacias sobre dinero
y felicidad no resolvería el problema. La sensación de falta de bienestar buscaría otra esperanza
sobre la que depositarse, y hay muchas posibilidades de que se tratase de algo igualmente
ilusorio.

El "síndrome del desastrado" es otra manifestación usual de carencias en la infancia. El


desastrado, despeinado y lleno de babas como un bebé, quiere que se le ame simplemente
porque existe, y excluye la posibilidad de que se le quiera debido a su agradable
79
comportamiento. Se relame para que todo el mundo a su alrededor sepa que está disfrutando con
la comida; se hace notar siempre que puede, dejando cenizas, manchas ó basura como testigos
de su existencia, retando a todos a que le rechacen y le nieguen el derecho a ser amado. Cuando
se siente rechazado confirma su resentimiento con la madre naturaleza: "¿Lo ves? Nadie me
quiere porque tú te niegas a limpiarme la barbilla". Y sigue dando tumbos, sucio, desaliñado y
pisando por accidente a todo el mundo. Su esperanza es que la madre naturaleza, como es el
deber de toda madre (el continuum lo dice así), se apiade de él por todo lo que ha sufrido y por
fin le dé la bienvenida a su amor incondicional. Nunca cerrará la posibilidad de su vuelta
acicalándose el mismo: sería como admitir que es un caso perdido.

El mártir se parece al desastrado. Sufre también acusadoramente, pero pone mayor


énfasis en la cantidad de sufrimiento que le debe ser eventualmente recompensado. Figuras de
ojos brillantes han acudido con paso firme a las trincheras, piras, galeras y fauces de leones por
diversas razones. Sienten que dándose del todo ganarán, sin ninguna duda y finalmente, el lugar
que les pertenece. La ventaja es que los que se sacrifican hasta ese extremo no vuelven para
protestar de que les han engañado, por lo que la ilusión se mantiene segura para aquellos que
tienen inclinación hacia ella, quizás debido a que, en su temprana edad, su madre era dada a
hacer signos extravagantes de arrepentimiento cada vez que la criatura se hacía daño.

La personalidad de un actor a menudo siente la necesidad de estar en un escenario, ó de


que mucha gente le haga caso, para demostrar que, por derecho propio, es el centro de atención,
a pesar de su persistente sentimiento contrario. De ahí su necesidad incesante de ocupar ese
lugar. Cuando este tipo de atención básica ha sido constantemente pedida en vano al principio de
la vida, exhibicionismo patológico y narcisismo pueden ser maneras aún más desesperadas de
reclamarla. A menudo se observa que una relación "estrecha" entre una madre y un futuro
"exhibicionista" consiste en que la madre, debido a la necesidad que aún acarrea como lastre,
compita con el bebé por ser el centro de atención.

El académico compulsivo, coleccionista interminable de títulos y, en una forma u otra,


perpetuo habitante de universidades, ha hecho del alma mater una madre adoptiva bastante
adaptable. La institución es mayor y más estable que él. Recompensa de manera predecible el
comportamiento bueno y malo. Protege del frío y duro mundo exterior, demasiado peligroso
para el inadecuado equipo emocional de un adulto que como criatura tuvo carencias. El deseo
adulto de ponerse a prueba frente a los retos del mundo, y así aumentar el desarrollo de uno
mismo, no puede tener lugar en la personalidad insegura, no importa de qué edad.

Aparentemente opuesto al académico que se aferra a su lugar infantil frente a la


institución (y el hombre de negocios que se aferra durante décadas a las enaguas de una
corporación), es el conquistador-aventurero, a quien se le ha dado la impresión, quizás un padre
ó una madre, de que la manera de ser aceptado es trepando la montaña más alta ó navegando el
océano en solitario en una cáscara de nuez: la hazaña única, prometiendo la derrota de todos los
rivales en la conquista de atención. El aplauso siempre disponible para cualquiera que aguante
más que nadie aferrado al mástil de una bandera, ó ser el primer hombre blanco en ir a algún
lugar, ó atravesar una cascada sobre una cuerda floja, da la impresión de ser lo que uno busca;
por supuesto hasta que se obtiene, se descubre inadecuado, y se propone un nuevo proyecto que
parece ser lo auténtico, la respuesta, el pasaporte hacia el bienestar.

Al viajero compulsivo le sostiene una ilusión parecida. Nuevos lugares prometen ser el
lugar adecuado, porque la ilusión de la vuelta mágica a los brazos no se puede conseguir en
80
ninguna realidad claramente percibida. Así, los comparativamente más verdes campos lejanos,
brillan tentadoramente para la persona "si-tan-solo-tuviese...", que creer, por razones que ni ella
misma sabe, que la satisfacción yace en cambiarse a un cierto lugar distinto.

De manera consistente con la naturaleza del continuum humano y sus siglos de


experiencia, el deseo de estar justo en el centro de la vida parece demostrar que tal centro es
asequible. Es parte del diseño el que una satisfacción que no se consiga mantenga su lugar en el
futuro; sólo de esta manera puede servir como motivación hacia el desarrollo completo. Esta
creencia, que no altera ni la razón ni la experiencia personal, nos empuja hacia adelante, que es
para lo que está, no importa cuán fuera de contexto ó a destiempo andemos. El
"si-tan-solo-tuviese..." de un tipo u otro da constancia de la enorme cantidad de poder motor que
opera entre gentes civilizadas.

Quizás más tristes de contemplar sean aquellas personas con manifestaciones de


carencias que perpetúan su dolor en otros. Niños maltratados son el caso más obvio de criaturas
que sufren en las manos de padres que a su vez sufren debido a sus carencias.

El profesor C. Henry Kempe, decano del departamento de pediatría en Colorado Medical


Center, encontró en su investigación de mil familias que el veinte por ciento de las mujeres
tenían dificultad en "hacer de madres". "Muchas de las mujeres no aman a sus hijos", dijo el
profesor*. Su desafortunada interpretación de las estadísticas fue que, dado que tantas mujeres
son incapaces de amar a sus hijos, el amor maternal como instinto natural debe ser "un mito"
(ver página 55). Su mensaje era que es una equivocación el esperar que toda madre sea una
madonna, generosa y protectora con sus criaturas, y echaba la culpa a los Viejos Maestros por
lavar el cerebro de la gente y hacerles creer lo contrario. Sus descubrimientos, sin embargo,
hablan por sí mismos con respecto al tema del mal trato a las criaturas. "Toda la investigación
señala en una dirección: criaturas maltratadas se convierten en padres y madres que maltratan".
Y entre las circunstancias que se encontró daban lugar a este tipo de brutalidad por parte de los
padres y madres, estaba la de que ellos, desde la infancia, no habían recibido jamás cuidados
maternales, ni siquiera a través de un maestro adecuado, amigos, amantes, marido ó mujer.

"El progenitor" dice Kempe, "que ha carecido de cuidados maternales, no puede evitar
ser maternal con sus criaturas, pero espera amor por parte del bebé; espera, de hecho, mucho
más de lo que una criatura es capaz de dar, e interpreta el llanto de esta como un rechazo". Y cita
a una madre inteligente y culta diciendo, "Cuando él lloraba, quería decir que no me quería, así
que yo le pegaba".

La tragedia de muchas mujeres está en la expectativa de que su búsqueda de amor será


por fin recompensada por su propia criatura, necesitada y amorosa. Y por supuesto es un factor
que emerge en la cualidad de la carencia que sufrirá la criatura. No sólo se le niega gran cantidad
del cariño y atención necesarios, sino que además tendrá que competir por ellos con una persona
mucho mayor y más fuerte. ¿Qué puede haber más patético que una 5criatura llorando por falta
de cuidados maternos, y que su madre se los niegue porque el bebé no esté, a su vez, siendo
maternal con ella, como ella necesita?

Nadie gana en tal juego; nadie es el villano. Todo lo que se puede descubrir, de horizonte
a horizonte, son víctimas de víctimas.

5
* C,H. Kempe y Helfer (editores), Helping the Battered Child and His Family, Osford and New York 1972.
81
Los niños quemados son una expresión más indirecta de la carencia en los padres. Estos
casos suelen ser catalogados como accidentales, pero eso no es lo que descubrió Helen L.
Martin, una investigadora del centro de quemados del London's Hospital for Sick Children. Ella
estudió cincuenta casos a lo largo de siete meses, y concluyó que la mayor parte de las
quemaduras eran resultado de "problemas emocionales". Salvo en cinco casos, descubrió que las
quemaduras habían tenido lugar durante situaciones conflictivas; tensión en la madre, tensión
entre la criatura y otro miembro de la familia, ó bien tensión entre adultos hostiles. Sólo dos de
los niños se quemaron estando solos.

En contraste con los padres que maltratan, los que provocan que sus hijos se quemen no
se dejan llevar abiertamente por su deseo de hacerles daño. El conflicto entre su cólera y
frustración infantil y sus sentimientos paternales de proteger, les confunde. Utilizando
inconscientemente como arma el sugerir a la criatura que se queme, y quizás incluso ayudando a
tal sugestión al dejar la sopa hirviendo en un lugar excesivamente accesible, la infeliz madre
puede mantener la fachada necesaria de virtuosismo y a la vez castigarse a sí misma con
culpabilidad, logrando así que convivan en su piel la madre escandalizada y la criatura llena de
odio y destrucción que sigue siendo.

La falta de "cariño maternal" por parte de sus maridos en el momento del accidente de
las criaturas, era manifiesta en casi la mitad de las madres, que describieron su actitud ante los
hombres como "distante, indiferente u hostil". Sin embargo, en un grupo controlado y arbitrario
de familias de la misma edad y procedencia social, Helen Martin encontró que sólo tres entre las
cincuenta mujeres compartían esos sentimientos.

Hay evidencia de que la fuerte corriente que establece una madre con hijo exigiendo su
amor puede, al dominar las necesidades del hijo, dar lugar más adelante a la homosexualidad.
De hecho la madre considerada como posesiva o excesivamente protectora, lo que está es no
dando amor, pues sus esfuerzos están concentrados en conseguir la atención total de su hijo. A
menudo juega el papel de "niña pequeña" y engaña a su crío con trucos infantiles, consiguiendo
que éste le preste atención ó sienta pena por ella. Incapaz de imponerse frente a la necesidad de
su madre, la necesidad del propio hijo pasa desapercibida y no es cubierta, y el crío es incapaz
de liberarse de su necesidad y de conseguir que la atención de la madre se enfoque en él como
objeto de amor. Crece pensando que la manera de ganar es jugando el papel de "niña exagerada"
y haciendo pucheros. Juega este papel frente a la actuación similar de su propia madre y se
encuentra, incluso de adulto, fascinado por esa madre aparentemente accesible, que subraya
constantemente el amor y la adoración que siente por él, y que a la vez le exige absolutamente
toda la atención que, como niño primero y adulto después, él sea capaz de dar.

Habiendo aprendido de esta manera que no es posible obtener amor de la hembra de la


especie, y que son los hombres los que dan atención maternal, buscan el amor en éstos, y por lo
general se sienten atraídos por los muy jóvenes, tan jóvenes cómo el niño que él era cuando su
madre exigía, y conseguía, que él le prodigase cariños maternales.

En estos casos, la relación suele consistir en competir por un amor maternal. El varón
homosexual no imita a la mujer adulta cuando coquetea, sino a la niña pequeña que su madre
jugaba frente a él. A menudo se echan a faltar aspectos más maduros del amor, y la pareja
homosexual tiene dificultades en establecer un vínculo que profundice con el tiempo.

82
Las excepciones suelen ser hombres que se alejan de las mujeres por otros motivos,
como por ejemplo el que desde niños se les haya contado historias terribles sobre ellas. Sus
madres, salvo en tal aspecto, les dan bastante amor maternal.

Las mujeres homosexuales sienten con frecuencia que su padre, cruel ó que no les
quiere, les impide recibir amor de los hombres. Si crecieron en presencia de una madre cuyo
deseo de atención masculina le impedía prestar atención a su hija, jugarán el papel de hombre
porque pensarán que es el papel del ganador.

Investigar estas posibilidades puede tener gran valor a la hora de entender y tratar la
infelicidad que suelen traer consigo estas situaciones.

La raíz del crimen, cuando se trata de un aspecto patológico de la personalidad, puede


hallarse, a veces, en el deseo de no jugar según las reglas de los adultos, de no querer formar
parte de ellos. El ladrón puede ser incapaz de soportar el trabajar por las cosas que necesita y
quiere, sintiendo que debe obtenerlas cómo si viniesen de una madre, conseguirlas sin pagar por
ellas. El hecho de que a menudo tenga que poner muchísimo esfuerzo en conseguir cuatro cosas
no es importante. Lo importante es que al final habrá conseguido "algo sin dar nada a cambio"
de la madre cósmica.

La necesidad de ser castigado, de recibir atención, según lo percibe a veces el criminal,


suele ser parte de su relación infantil con la sociedad, a la cual roba objetos de valor, gestos de
amor que ésta le niega.

Estos fenómenos no son nuevos para los estudiosos del comportamiento civilizado, pero
puede que observados a la luz del continuum interrumpido adquieran mayor significado.

La enfermedad física, entendida como un intento por parte del organismo de


restablecerse mientras o después de haber sido atacado, puede jugar distintos papeles. Como ya
hemos visto antes, uno de ellos es el de castigo "bienhechor" sobre el insufrible dolor de la
culpabilidad.

En los momentos de especial necesidad emocional, el continuum puede hacer que


enfermemos y dependamos de los cuidados de otros -el tipo de cuidados que a un adulto sano le
resulta difícil encontrar-. La necesidad de atención puede estar asociada a una persona en
particular, a un grupo de familiares y amigos ó al sistema hospitalario. Un hospital, aunque
puede parecer impersonal, coloca al paciente en un papel infantil, y aún cuando ande escaso de
personal ó sea inadecuado, toma la responsabilidad de alimentar a los pacientes y decidir por
ellos, una situación no muy distinta de la que pueda tener una criatura en manos de una madre
negligente. Aunque no sea necesariamente todo lo que el paciente necesita, puede que sea lo más
parecido a ello a lo que tenga acceso.

En el Centro Loeb de Cuidados y Rehabilitación, ubicado en el Hospital Montefiore de


New York, se han hecho algunos descubrimientos que tienen mucho sentido desde el punto de
vista del continuum. En 1966, el Centro afirmó haber reducido en un ochenta por ciento el
número de readmisiones por recaída gracias a una política basada en que el paciente se sintiese
"aceptado", y animarle a hablar de sus problemas. Lydia Hall, la enfermera que fundó y dirigía
el Centro, decía que los cuidados de una enfermera son equivalentes a los cuidados que da una

83
madre a un recién nacido. "Respondemos inmediatamente a las exigencias de los pacientes",
dijo, "por muy triviales que puedan parecer".

Interpretando esta tendencia en las personas a la regresión a una postura emocional


infantil cuando están bajo tensión, Genrose Alfano, Subdirectora del Centro, decía: "Muchas
personas caen enfermas debido a su incapacidad para enfrentarse a sus vidas. Cuando aprenden
a resolver los problemas por sí mismas no necesitan volver a enfermar".

Antes de caer enfermos, la mayor parte de los pacientes resolvían sus problemas de una
manera u otra. Pero cuando la situación les desbordó necesitaron apoyo externo, como le ocurrió
a Awadu, que se agarraba a su madre cuando vino a visitarme con dolor de muelas, ó al enfermo
de gangrena que quiso que su mujer le hiciese compañía durante el tratamiento.

El centro también descubrió que utilizar esta técnica maternal acelera la recuperación de
los pacientes. La señora Hall decía que la rotura de caderas, una dolencia muy común, se
recupera en la mitad del tiempo que suele ser necesario según los distintos tipos de edad y
condiciones. Tras un ataque al corazón la mayoría de los pacientes permanecen en cama unas
tres semanas, pero, según la doctora Ira Rubin, cardióloga, en el Centro Loeb este tipo de
pacientes podía estar ya en pie a las dos semanas.

"Si coges a una persona mayor que esté aislada y la pones en un entorno social donde la
gente se interese por ella y les pueda contar sus problemas familiares, sus músculos se
recuperarán más rápido", observó la Dra. Rubin.

Un estudio de doscientos cincuenta pacientes elegidos al azar mostró que, en un período


de doce meses, sólo el 0,3 por ciento de los pacientes del Centro tuvieron que ser readmitidos,
mientras que el 18 por ciento de los pacientes tratados en casa recayeron. No es difícil interpretar
estas cifras como evidencia de que frente a la necesidad emocional que llevó al paciente a la
enfermedad y la hospitalización, el cuidado deliberadamente más maternal es mucho más
efectivo. Proporcionar las experiencias que faltan disminuye el período de dependencia y
suministra la fuerza necesaria para seguir avanzando, al ritmo que tenga cada cual como adulto ó
como niño.

Quizás las investigaciones confirmen algún día que la manifestación más directa de la
carencia de experiencia en brazos es la adicción a los narcóticos y la heroína. Sólo la
investigación podrá establecer la relación exacta entre carencia y adicción; y cuando lo haga, las
múltiples formas de adicción -el alcohol, el tabaco, el juego, los barbitúricos ó el morderse las
uñas- empezarán a tener sentido a la luz del concepto del continuum de los requisitos humanos.

Por simplicidad, consideraremos sólo la heroína. La heroína produce adicción química,


en el sentido de crear en el cuerpo de quien la usa una exigencia de más, y de que el efecto
disminuye con el uso, por lo que más y más droga produce menos y menos el efecto deseado.
Llega un momento en que el adicto busca la droga, no tanto para experimentar un "colocón",
como para evitar los síntomas de abstinencia. El intentar escapar al círculo cerrado de exigencia
y uso lleva a veces al adicto a la sobredosis fatal.

Más a menudo, sin embargo, se enfrentan deliberadamente con las agonías de la


abstinencia para poder "limpiarse", librarse del cada vez mayor desequilibrio químico causado
por el uso. Se liberan una y otra vez de la dependencia física no sólo para evitar el síndrome de
84
abstinencia, sino también para poder experimentar de nuevo el "colocón". Así pues, mucho de su
sufrimiento viene de la lucha que para des-habituarse mantienen contra la necesidad imperiosa
de su cuerpo, contra el dolor y las terribles nauseas de la abstinencia para poder sentir el colocón
como al principio. El saber que tendrán que pagar el precio de volver a repetir el terrible ciclo no
les frena.

¿Por qué? Si pueden romper una y otra vez el llamado tiempo de adicción ¿por qué
recaen de nuevo en él? ¿Qué es lo que hace tan irresistible sensación de colocarse como para
que la simple memoria de ello lleve a cientos de miles de personas a abstenerse, volver a la
adicción, arriesgarse a morir, robar, prostituirse, perder su casa, sus familias y todo lo que un día
llegó a importarles algo?

Creo que la fatal atracción del colocón todavía no se ha entendido. Se ha confundido con
la necesidad que la droga crea en la química del cuerpo, que exige continuar y aumentar el uso
una vez que ha alterado a su favor el equilibrio químico. Pero una vez que la droga cesa y los
últimos residuos han desaparecido del cuerpo, la adicción química cesa. Sólo queda entonces la
memoria, la inextirpable memoria del sentimiento que uno experimentó.

Intentando explicarlo, un adicto de veinticuatro años dijo esto:

Bien, cuando más tiempo logré por mí mismo mantenerme limpio en las calles fue
cuando uno de mis hermanos mayores murió de una sobredosis. No quería usar las drogas. Creo
que fueron dos semanas, tres semanas. Pensé que realmente lo haría -mantenerme limpio- por
mi hermano. Y entonces, un día yo estaba con otro de mis hermanos y vi en una esquina a este
chaval que yo conocía. Estaba enfermo. Yo estaba bien. Me mantenía bien vestido, llevando una
vida sana. Yo estaba feliz. Él estaba enfermo. Así que le dije, "¿Qué te estás picando? ¿Cuál es tu
dosis?" Y él me dice, "Dos bolsas", así que le di seis dólares. Y sé exactamente dónde va a ir, y
qué va a hacer, y la sensación que va a conseguir.

Debió golpearme hasta el fondo en la cabeza.

Miré a mi hermano. Él sabía lo que yo estaba pensando, y como que se encogió de


hombros, como diciendo, "A mí qué". Así que le dije al chaval, "Mira, aquí hay otros seis
dólares. Consigue dos más". Así que fuimos al cuarto de baño de cierto hotel y el chaval salió
primero porque estaba enfermo, y salió mi hermano, y yo saqué el material y no hacía más que
estar sentado con él en mi mano. Y seguía pensando en mi hermano muerto. Y no quería usar
por lo que le había pasado a él. Entonces le digo a mí mismo, sólo que era como decírselo a él,
"Espero que lo entiendas. Sabes cómo es".6

Sintió que su fallecido hermano le perdonaría por no tomarse su muerte tan en serio
como la necesidad de la sensación de la droga. Su hermano había conocido esta sensación y por
lo tanto entendería que no había nada que hacer salvo volver a ello. La memoria del colocón
golpeó su mente, como él dijo, "hasta el fondo". Pero, ¿qué es lo que opera? El sólo puede
vislumbrarlo. ¿Qué componente de la mente humana decide sacrificar todo lo sacrificable para
satisfacer esta exigencia?

Otro adicto lo explicó de esta manera. Dijo que otras personas buscan muchas cosas para
ser felices: amor, dinero, poder, esposas, hijos, belleza, estatus, ropa, casas bonitas, y todo lo
6
N de T. La traducción de este párrafo respeta los tiempos verbales del texto original.
85
demás, pero que todo lo que el adicto quiere es una cosa; todas sus necesidades pueden ser
satisfechas a la vez con la droga.

Por lo general se piensa que esta sensación, el colocón del que hablan, es una sensación
extraña que nada tiene que ver con la experiencia de una persona normal, que no corresponde a
nada no natural y no tiene ninguna relación con la estructura de la personalidad humana. Por lo
general se dice que todas sus víctimas son débiles, inmaduras e irresponsables. Pero esto no
explica qué es lo que constituye la poderosa atracción hacia la droga, tan fuerte como para
superar todas las demás atracciones que una persona débil puede sentir en el mundo civilizado.
La vida de un adicto a la heroína no es fácil, por decirlo de una manera suave, y catalogarle de
débil no basta. Queda por entender claramente la diferencia entre una persona temporalmente
"limpia" con tendencia a la droga, y alguien que nunca la ha probado.

Una chica adicta a la heroína, al ser preguntada si alguna vez por la calle se había
quedado mirando a una chica "cuadrada" -que no usa drogas- interrumpió la pregunta diciendo,
"¿Y envidiarla? Sí. Todos los días. Porque ella no conoce lo que yo conozco. Yo nunca podría
ser así de cuadrada. Lo fui una vez. Pero cuando me metí aquel primer pico, eso hizo
tambalearse todo -porque a partir de ahí yo sabía". Pero ella tampoco es explícita, tampoco
puede describir esa sensación tan importante. Sólo referirse a ella. "Sabía lo que era estar
colgada. Sabía lo que era flotar con caballo. A pesar de que el primer mono que pasé, que fue el
peor que pasé nunca, lo pasé a pelo, por mi propia voluntad, aún así volví al caballo".

Esta chica, al enfrentarse al terrible proceso de dejar de usar droga, no estaba tan débil
como para necesitar una droga intermedia del tipo de la metadona, ni estuvo en la cárcel ó en un
hospital, donde la falta de acceso a la droga puede reducir la tensión a la que se ve sometida la
fuerza de voluntad. Lo que no pudo hacer es olvidar lo que sabía, lo que le llevaba a envidiar
todos los días a la chica "cuadrada" por no saber,... lo que se siente al estar colgada.

Me parece, dada la evidencia, que sería tremendamente ingenuo el asumir que todos
aquellos que no sabemos lo que ella sabe nos comportaríamos de manera muy distinta a la suya
si supiéramos. Ha habido innumerables casos de adicciones parecidas que comenzaron con una
persona "normal" a quien se le administró morfina en un hospital para enfrentarse a una
enfermedad dolorosa, y acabó adicto a ella, forzado a la vida criminal del adicto que debe
procurarse la droga sin ayuda médica. Hogares y familias no han tenido el peso suficiente para
contrarrestar la misteriosa atracción de la droga. El desastre resultante está en los datos.

Los psiquiatras que han hecho extensos estudios de adictos, dicen que la mayor parte de
ellos son personas narcisistas, y que su intensa obsesión con la heroína es síntoma superficial de
una obsesión mucho más profunda con ellos mismos. Manifiestan su personalidad infantil de
otra manera añadida: muestran gran astucia y valentía propias de adultos en su búsqueda de la
droga, pero una vez tienen esta en su poder, tales cualidades desaparecen. De hecho, son
notoriamente patosos a la hora de evitar un arresto -eligiendo escondrijos tan obvios como los de
un niño, exponiéndose a riesgos innecesarios e, invariablemente, echando a otras personas la
culpa de sus miedos.

Dicen los expertos que la característica emocional dominante en los adictos es una
tremenda compulsión a renunciar a la responsabilidad de su propia vida. Un psiquiatra presentó
el caso de una paciente suya adicta que al ver a otro paciente con un pulmón artificial entró en
cólera, y exigió que a ella también le diesen un pulmón artificial.
86
Parece que, de una manera muy básica, la sensación que produce la heroína se parece a
la sensación que experimenta una criatura en brazos. La larga y desorientada búsqueda de un
algo vago acaba una vez el consumidor de heroína experimenta la sensación perdida. Una vez
sabe como obtenerla, no puede seguir buscándola de la manera en que lo hacemos el resto de las
personas. Probablemente sea eso lo que la chica adicta quería decir con las palabras "... cuando
me metí aquel primer pico, eso hizo tambalearse todo -porque a partir de ahí yo sabía". El "todo"
del que habla es el motivo para buscar esa sensación siguiendo el camino largo, el camino ciego,
a saltos e indirecto, por el que los demás conducimos nuestra vida en tal búsqueda, y que de
hecho nunca nos lleva a la sensación buscada.
La gente que no ha probado la droga, la gente "cuadrada", al no haber experimentado nunca el
conocimiento inmediato de su objetivo, puede seguir avanzando tranquilamente en el laberinto
de ilusiones que parece llevarle en la dirección correcta, mientras va obteniendo, de una manera
relativa, pequeñas satisfacciones. Pero el adicto sabe donde está el quid de la cuestión, donde
puede obtenerlo todo de golpe, como la criatura obtiene todo lo que quiere en los brazos de su
madre; por eso no puede resistirse a volver, con sentimiento de culpa, perseguido, arrastrado y
enfermo, a ese lugar al cual, de hecho, tiene derecho desde que nació. La amenaza de los
horrores que rodean la vida del adicto, incluida la muerte, no son frenos frente a esta necesidad
básica.

Si sobreviven, la mayor parte de los adictos dejarán de consumir droga al cabo de unos
años, probablemente porque ya habrán acumulado el número necesario de horas bajo su
influencia como para haber satisfecho el requisito del tiempo en brazos que tenían pendiente
desde la infancia. Estarán, por fin, preparados para avanzar emocionalmente al siguiente estadio,
como lo está una criatura Yequana antes de cumplir un año. Parece difícil explicar de otra
manera el cese espontáneo en el uso de la droga tras años de esclavitud, porque, de hecho, no
hay prácticamente ningún anciano que la use, y no es porque todos los adictos mueran antes de
llegar a viejos.

Pronto se comprobará en investigación si la psicoterapia del tipo que discutimos en la


introducción del libro puede sustituir a la droga. De ser así, resultará que los adictos parecen tan
extremadamente enfermos sólo porque en su caso la enfermedad que todos compartimos ha
emergido cruelmente a la superficie, su carencia se ha enfrentado a la satisfacción plena, aunque
se trate de una peligroso sustituto a la satisfacción que originalmente debían haber encontrado.
Quizás algún día se pueda llegar a ver que la única diferencia entre ellos y nosotros es el que su
necesidad de tratamiento es más urgente.

Un domingo por la noche vi un programa de televisión en el que tenía lugar una


acalorada discusión sobre moralidad. Había sacerdotes y humanistas ateos, y uno de esos chicos
con melenas que piensa que la legalización del cannabis es una prioridad a la hora de mejorar la
sociedad. Había una monja y un par de escritores que también tenían sus propias ideas sobre
cómo debería comportarse la gente. Me di cuenta de que, a pesar de sus desavenencias y de la
carga emocional con la que defendían sus posturas, tenían mucho más en común que diferencias.
Todos proponían una u otra línea clara. Todos eran, a su manera, idealistas. Algunos querían más
disciplina; otros querían más libertad; todos querían mejorar la condición humana. Todos
estaban a la busca de, todos eran del tipo "si tan sólo...", pero sus ideas sobre lo que venía
después de las palabras "si tan sólo..." eran muy distintas.

87
Parecía que lo que llamamos sentido moral es el sentido del continuum manifestado de
una manera u otra. Había añoranza de orden, de un orden que hiciera frente a las necesidades del
animal humano, que encajase sin imponerse pesadamente y permitiese un grado de elección
acorde a los intereses del bienestar. Se trataba de personas de la sociedad "del progreso"
intentando alcanzar con la razón el tipo de bienestar estable al que la gente que ha permanecido
en el continuum ha llegado tras una larga evolución social.

Pero parece que hay dos factores independientes que contribuyen a la sensación, tan
común entre nosotros, de que algo va mal. Uno es el sentido del continuum en cada individuo,
que indica lo que está y no está a la altura de sus expectaciones. El otro es aún más básico.

Hay una premisa en el punto de partida común a toda mitología: hubo una época en que
la serenidad era nuestra, y habrá otra en que lo será de nuevo.

El que estemos tan universalmente sujetos a la convicción de que hubo un día en que
perdimos la serenidad, no puede ser explicado tan sólo por la pérdida, a una edad temprana, de
nuestro lugar en un continumm adecuado. Incluso gentes tan relajadas y alegres como los
Yequana, a quienes no se les ha privado de las experiencias que su continuum esperaba, tienen
una mitología que incluye la caída desde la gracia ó éxtasis, y la noción de que viven fuera de
ese estado. Los detalles no vienen al caso. La estructura básica, que la antropología comparada
ha descubierto como universal en mitos religiosos, es lo importante. Parece que basta con ser
humano, para que se necesiten una serie de explicaciones y promesas de cierto tipo que
satisfagan anhelos inherentes.

Da la impresión de que en el larguísimo período de tiempo, cientos de millones de años,


que tuvo lugar antes de que nuestros ancestros desarrollaran un intelecto capaz de reflexionar
sobre cuestiones problemáticas como muestra mortandad ó el sentido de nuestro vivir, los seres
humanos vivíamos de la única manera que es verdaderamente el éxtasis: enteramente en el
presente. Como el resto de los animales, disfrutábamos la gran bendición de ser incapaces de
preocupación. Había incomodidades, hambres, heridas, miedos y carencias que sobrevivir aún
como bestias, pero la caída desde la gracia, invariablemente descrita como fruto de una elección
equivocada, hubiese sido imposible para criaturas sin capacidad mental suficiente para elegir.
Sólo con la llegada de la capacidad de elección la caída es posible. Y sólo con elección
desaparece el éxtasis de la inocencia (la incapacidad de hacer mal). No es haber hecho una
elección equivocada, sino el mismo poder elegir, lo que hace que se pierda la inocencia. No es
difícil imaginar que esos millones de años de inocencia han dejado tal impresión sobre nuestras
más antiguas expectaciones, que queda una sensación de que la serenidad que conlleva la
inocencia puede tenerse de alguna manera. La disfrutamos en el vientre materno y la perdimos
cuando comenzamos, en la infancia, a pensar. Parece tan cercano y, sin embargo tan lejos; uno
puede casi evocarlo. Y en momentos de iluminación, ó éxtasis sexual, puede parecer al alcance
de la mano, real,... hasta que la consciencia de pasado y futuro, memoria y especulaciones,
reaparece para corromper el sentido puro del presente, el simple y perfecto sentido de ser.

En la ya vieja búsqueda de este sentido de ser sin mezclas, este sentido de "mismidad"
entre las cosas, entre todas las cosas, sin condicionar por elecciones y relativismos, el ser
humano ha buscado y encontrado disciplinas y rituales con los que invertir la tendencia a pensar.
Se han descubierto maneras de parar los galopantes pensamientos del ser humano, para ponerle
en paz, para que, detenido el pensamiento, tan sólo sea. La consciencia ha sido entrenada de
diversas maneras para que descanse sobre el vacío, ó sobre alguna palabra u objeto, canto ó
88
ejercicio. La falta de comodidades y el dolor han sido utilizados para distraer a la mente de su
curso desordenado, para acercarla al presente, para aliviarla de la responsabilidad de la
especulación.

El nombre que se suele dar a este proceso de des-pensar es meditación. Está en el centro
de las enseñanzas de muchas escuelas y disciplinas que buscan aumentar el nivel de serenidad.
Una técnica muy usada es la repetición de un mantra, una palabra ó frase, que se usa como
borrador de los pensamientos asociativos que la mente tiende a producir. Según la sucesión de
pensamientos se va haciendo más lenta hasta parar, el estado fisiológico del sujeto cambia y se
acerca, en cierta medida, al de un bebé. La respiración se hace más profunda, y experimentos
recientes han mostrado que la longitud de las ondas que se emiten en este estado es distinta a las
que produce, tanto despierto como dormido, un adulto.

La meditación logra que se dé un aumento aparente de serenidad, a veces llamada


espiritualidad, en aquellos que la practican regularmente, y tiene una influencia estabilizadora en
el resto de sus actividades, al permitir que los pensamientos se manifiesten sin barreras. En el
caso de personas civilizadas, con carencia de experiencia en-brazos, es como si estuviesen
llenando esta laguna precisamente con aquella experiencia infantil que les falta y que, de haberla
tenido, les habría proporcionado mayor serenidad. Y lo hacen colocándose en un estado como el
que echaron en falta, y que, posiblemente, pueda ser alcanzado también con el uso de opiáceos.
Las personas con mayores carencias, las que pertenecen a nuestras culturas occidentales, si
meditan, necesitarán invertir muchísimo tiempo solo para alcanzar el estado de tranquilidad de
una criatura de un año cuyo proceso de continuum haya sido completo. Y el tiempo que
necesitarían para alcanzar la serenidad que les falta sería muchísimo mayor que el que
necesitarían personas de otras culturas cuyas infancias incluyan proporciones mucho mayores de
experiencia en brazos.

En los orientales, que por lo general tienen menos carencias que el occidental medio, hay
un coeficiente de serenidad bastante mayor, y por ello, cuando eligen una de sus escuelas de
disciplina espiritual -zen, yoga, meditación trascendental, ó lo que sea- tienen mucho menos
camino que recorrer antes de poder enfrentarse a la pérdida de serenidad causada por la caída de
la especie humana desde la inocencia animal. La necesidad infantil, mucho más apremiante,
viene primero, pero con tiempo y tesón van avanzando de un nivel de paz interior a otro, hasta
que, en teoría, alcanzan un estado de sencillez imperturbable que les inmuniza contra las
cuestiones y asuntos que nos preocupan a los demás. Sabios, maestros y gurúes, son hombres y
mujeres libres de la tiranía de la razón; no dan a los objetos y sucesos que les rodean la
importancia relativa que les damos nosotros.

Cuando les conocí, una gran proporción de los indios Sanema -mucho mayor que la de
sus vecinos Yequana- cultivaban activamente esta serenidad extra ó espiritualidad. Su método
incluía el uso ocasional de drogas alucinógenas, pero consistía fundamentalmente en entonar
cánticos. El cántico comienza con la repetición de una única frase musical corta, de tres ó cuatro
sílabas, que, como un mantra, se va cantando sin esfuerzo una y otra vez hasta que, sin intención
consciente por parte del cantor, aparecen cambios en las sílabas y la frase se va elaborando.
Cantores con experiencia, lo mismo que meditadores con experiencia, rápidamente alcanzan
cada vez el estado de no esfuerzo. El cambio de pensar a no pensar se lleva a cabo fácilmente,
pero el principiante ha de mantenerse alerta contra el esfuerzo, contra las actividades del
intelecto, y volver a la frase original cada vez que la mente introduce una idea que interrumpe
los cambios absolutamente no guiados del cántico.
89
Dado que a los Sanema, como a los Yequana, no se les priva de las experiencias
esperadas -por el continuum- en su infancia, su camino hacia la serenidad comienza muchísimo
más adelante que el nuestro. Con una personalidad desarrollada y sólidamente basada en un
sentido de la propia justicia, el Sanema que reproduce en sí mismo, con frecuencia y constancia,
el éxtasis sin pensamientos de un bebé, puede liberarse de las ataduras del intelecto con mucha
más rapidez y profundidad que nosotros.

La proporción de gente Sanema que ha alcanzado niveles verdaderamente


impresionantes de bienestar y armonía con lo que les rodea es sorprendente, y sería, -pienso-,
imposible de igualar en cualquier otra parte, oriental u occidental. En todo clan hay varias
personas que viven con la ligereza y contento de los más avanzados gurúes. Conozco familias en
las que prácticamente todo miembro adulto goza de estas cualidades, tan difíciles de encontrar
en la civilización.

Por la expresión de sus caras, me fue posible en poco tiempo reconocer quiénes eran los
chamanes en un grupo de Sanemas, porque son precisamente las personas extremadamente
serenas las que suelen elegir el camino del chamanismo.

La conexión entre el estado de serenidad de un cantor experimentado, y sus posibles


poderes como chamán, es complicada y misteriosa, y lo poco que conozco del tema no viene al
caso. Lo que importa es el grado de bienestar alcanzado, y por qué.

Los rituales suponen otra manera de aliviar la carga del poder elegir. Palabras y gestos se
combinan según un esquema predeterminado. Aunque el sistema nervioso permanece ocupado
actuando y experimentando, no tienen lugar pensamientos ni elecciones. El estado mental del
individuo es parecido al de una criatura ó animal de otra especie. Durante el ritual, sobre todo si
uno toma parte activa en él con bailes ó cánticos, el organismo se mueve por algo muy anterior
al intelecto. Este detiene el aguijoneo continuo de asociaciones, ideas y decisiones, y descansa.
El descanto refresca no sólo al intelecto, sino a todo el sistema nervioso. Aumenta la serenidad
en el platillo de la balanza frente a la falta de serenidad que acarrea el pensar.

Con el mismo fin se ha venido utilizando, en muchos lugares y desde hace mucho
tiempo, la repetición. Ya sea la percusión constante de un tambor, el cántico monótono de un
rito, una sesión de discoteca ó cincuenta ave-marías, el efecto es "purificador". La ecuanimidad
avanza y la ansiedad se repliega. El anhelo infantil dentro de uno mismo encuentra
temporalmente alivio; la experiencia que falta se recupera en alguna medida; y aquellos a
quienes solo resta calmar la nostalgia de inocencia lo consiguen. En todos aquellos que
temporalmente ponen el reino del intelecto en las manos de "ser no pensando", se está sirviendo
a la causa del bienestar.

90
6
Sociedad

A pesar de que a lo largo de la infancia y vida de adultos, vamos desarrollando la


capacidad de adaptarnos a un número cada vez mayor de circunstancias, siempre hay límites
dentro de los cuales operamos óptimamente. Mientras que una persona basta para satisfacer las
necesidades de una criatura, al ir creciendo, el individuo va necesitando cada vez más el apoyo
de su sociedad y su cultura para satisfacer sus expectativas innatas. Una persona puede
sobrevivir en condiciones extremadamente anti-continuum, pero su bienestar, su alegría y su
desarrollo como ser humano pueden malograrse.

Desde muchas ópticas estaría mejor muerto, ya que la fuerza de la vida, en su constante
impulso a reparar los daños y completar las fases del desarrollo, utiliza la ansiedad y el dolor,
entre otros instrumentos, para señalar que algo está mal. El resultado es la infelicidad en todas
sus manifestaciones. En la civilización occidental, una consecuencia frecuente de los efectos del
sistema es el sufrimiento constante. Demasiado a menudo, necesidades por mucho tiempo
insatisfechas presionan desde dentro, mientras que circunstancias que afrontar para las que no
tenemos preparación como especie ni madurez como individuos, nos presionan desde fuera.
Estamos viviendo vidas para las cuales nuestra evolución no nos ha equipado, y a esto se le
añaden las minusvalías debidas a las facultades mutiladas por carencias personales.

Nuestro nivel de vida sube sin que suba el nivel de nuestro bienestar ó la calidad de
nuestra vida, excepto en algunos casos excepcionales, que generalmente ocurren en lo más bajo
de la escala socioeconómica, donde cuestiones del tipo de hambre y frío todavía son factores
reales en la pérdida del bienestar. Sin embargo, con mayor frecuencia las razones de la
infelicidad no están tan claras.

Probablemente la causa más común de pérdida de un nivel ya existente de bienestar con


la consecuente aparición de sentimientos desagradables, es el recelo ante la capacidad del Ser
para tener relaciones con Otro. Debido a la sensación -antigua- de haber perdido algo que de
tenerlo le brindaría a uno bienestar, el Ser se siente debilitado en su misma base, y, en los reveses
cotidianos, cae fácilmente presa de la ansiedad. Además, nuestras expectativas incluyen también
una cultura adecuada en la que utilizar nuestras facultades, y siempre que las circunstancias de
una persona caigan fuera de los parámetros de esas expectativas, la persona no podrá adaptarse a
ellas y habrá una pérdida de bienestar.

Es tristemente utópico, además de poco realista y nada práctico, el intentar describir un


tipo de cultura en que debería transformarse la nuestra para satisfacer los requisitos de nuestro
continuum. Aunque se produjeran los cambios apropiados, estos resultarían inútiles pues, a
menos que nos trasformásemos en el tipo de personas que los hiciesen funcionar, no pasaría de
91
ser un ejercicio poco satisfactorio condenado a la distorsión inmediata y a la desintegración
eventual.

Sí puede resultar útil, sin embargo, seguir la pista a algunas de las cualidades que nuestra
cultura debería tener, de una manera u otra, para poder satisfacer los requisitos del continuum de
sus miembros. Para empezar, necesitaría un lenguaje para verbalizar las cosas en el que el
potencial humano pudiese crecer. Una criatura debería tener tanto la oportunidad de escuchar a
adultos hablando entre sí, como la de comunicarse, en su propio nivel de interés y desarrollo,
con otras criaturas de su misma edad. Es también importante que mantenga siempre relaciones
con personas algo mayores, para poder tener una idea de a dónde va antes de llegar allí. Con ello
lograría familiarizarse con el contenido de sus futuros intereses, y adoptarlos tranquilamente
según vaya estando preparada para ello.

De la misma manera, un niño necesita tanto compañía como ejemplo en sus actividades.
Una sociedad que no los provea perderá tanto en eficiencia como en sociabilidad de sus
miembros.

Una señal inequívoca de que algo serio falla en una sociedad es el conflicto
generacional. Si la generación más joven no se siente orgullosa de llegar a ser como sus
mayores, la sociedad habrá perdido su propio continuum, su propia estabilidad, y probablemente
no posea una cultura que merezca la pena ser considerada como tal, pues estará cambiando
constantemente de un conjunto insatisfactorio de valores a otro. Si los miembros más jóvenes de
la sociedad consideran ridículos a sus mayores, ó equivocados, ó aburridos, carecerán de camino
natural que seguir. Se sentirán perdidos, degradados y traicionados y se enfadarán. Los mayores
se sentirán también traicionados y resentidos por la pérdida de continuidad en la cultura, y
sufrirán, junto con los jóvenes, el sentimiento de que su vida no tiene finalidad.

La promesa constante de "un mañana mejor" (sin la que nuestra vida resultaría tan
intolerable que apenas podemos imaginarla), no tiene ningún sentido para los miembros de una
sociedad evolucionada, estable, orgullosa y feliz. La resistencia al cambio protege sus
costumbres e imposibilita las innovaciones. Por otra parte, nuestra propia insatisfacción,
producto de la alienación de masas carentes, aplasta la expresión cultural de nuestra tendencia
natural a resistir el cambio y hace imperativo el que se ansíe "algo mejor", no importa las
"ventajas" con las que ya se cuente.

Se necesita un modo de vida sin cambios que requiera el trabajo y cooperación de todos
sus miembros sin exceder su naturaleza. El trabajo debería ser tal que una persona cuyos
anteriores requisitos hayan sido satisfechos, y por lo tanto siga vivo en ella el deseo de
comportarse de manera social y ejercitar sus habilidades, pueda disfrutarlo.

Las familias deberían relacionarse estrechamente con otras familias, y todo el mundo
debería también tener la oportunidad de gozar de compañía y cooperación durante su trabajo.
Una mujer a quien se deja sola con sus hijos todos los días carece de estímulo social, y además
necesita un apoyo emocional e intelectual que sus hijos no pueden darle. El resultado es
negativo para la madre, los hijos, la familia y la sociedad.

En nuestra sociedad las amas de casa, en vez de hacer el papel de víctimas en sus casas,
podrían ponerse de acuerdo con sus vecinas, quizás trabajando juntas primero en una casa y
luego en la otra. Lo que ahora llamamos grupos de juego, tienen todos los ingredientes para ser
92
grupos de trabajo prósperos, donde las madres y otras personas podrían estar haciendo trabajos
interesantes y útiles mientras los niños inventan sus propios juegos o se unen al trabajo sin
necesitar más atención por parte de los adultos que la estrictamente necesaria para poder
participar. Colocar a los niños en la periferia, en vez de en el centro, les permitiría encontrar sus
propios intereses y ritmos sin presión, siempre y cuando haya la suficiente variedad de material
en su entorno, y suficiente espacio como para que puedan hacer ejercicio y descubrir su
potencial. Pero ya se trate de tejer, manufacturar un producto, pintar, esculpir, arreglar algo ó lo
que sea, debería ser hecho fundamentalmente por y para los adultos, permitiendo que los niños
cooperen sin interrumpir. De esta manera, todo el mundo se comportará de manera natural, sin
presiones, sin que los padres estén obligados a limitarse a un nivel infantil, ni los niños
obligados a comportarse según consideren los adultos es mejor para ellos, con lo cual sólo se
logra impedir que su propia iniciativa les motive tranquilamente y sin conflicto.

Los niños deberían poder acompañar a los adultos a casi todas partes. En culturas como
la nuestra, donde esto sería prácticamente imposible, colegios y profesores deberían aprender a
aprovechar más el impulso infantil de imitar y practicar por iniciativa propia, y no basarse tanto
en el "enseñar".

En una sociedad correcta desde el punto de vista el continuum, las distintas generaciones
vivirían bajo el mismo techo, con las consiguientes ventajas para todos. Abuelos y abuelas
ayudarían tanto como pudiesen, y quienes estuviesen fuertes y en edad de trabajar mantendrían a
gusto tanto a sus mayores como a sus criaturas. Pero, de nuevo, la convivencia entre las distintas
generaciones será verdaderamente enriquecedora sólo si se trata de personas realizadas, y no
cuando, como ocurriría con casi todos nosotros, los unos manipulen las emociones de los otros
para satisfacer así las carencias de atención y cuidado que se llevan dentro desde la infancia.

Los líderes sociales emergerían de manera natural, como ocurre entre niños, y se
limitarían a tomar iniciativas sólo en las situaciones en que las iniciativas individuales no
resultasen prácticas. Los seguidores deberían ser quienes decidieran a quién seguir y a quién no,
y podrían cambiar libremente de líderes de acuerdo con sus necesidades. En una cultura
continuum como la de los Yequana, la actuación de los líderes es mínima, y se permite que
cualquier individuo actúe en contra de la decisión del líder si así lo prefiere. Pero tendrá que
pasar mucho tiempo antes de que nosotros podamos vivir de una manera tan cercana a la
anarquía. Pese a ello y mientras tanto, merece la pena mantenerlo presente como dirección en la
que movernos siempre y cuando nuestra cultura lo permita.

El número de personas que vivirían y trabajarían juntas podría ir desde unas cuantas
familias, hasta varios cientos, y al individuo le interesaría llevarse bien con todo el mundo a su
alrededor. Incluso en nuestro propio mundo, en el que grupos fijos de vecinos se ven forzados a
formar sociedad en pueblos o barrios, el saber que uno va a seguir asociándose con la misma
gente es un motivo importante para tratarlos con justicia y respeto. El animal humano no puede
realmente convivir con otros cientos o miles de individuos. Sólo puede tener un número limitado
de relaciones, y en grandes ciudades se puede observar cómo, pese a la muchedumbre, cada
individuo tiene un círculo social y de trabajo de tamaño no mayor que el de una tribu.

El resto de las personas a su alrededor tienen como efecto el proporcionarle la sensación


de que tendría infinitas posibilidades para establecer nuevas relaciones en el caso en que las
antiguas fallasen.

93
Los Yequana me enseñaron maneras de tratar a la gente mucho más refinadas que las que
yo había conocido en la civilización. La manera en que recibían a los visitantes me sorprendió y
pareció especialmente sólida.

La primera vez que lo vi fue cuando llegué a un pueblo Yequana con otros dos viajeros,
ambos Yequana de un pueblo lejano. No se esperaba entonces que yo supiese como
comportarme, así es que Yenito, un anciano que había pasado su juventud entre venezolanos y
sabía algo de español, se acercó a mí, me saludó a la manera venezolana con una palmada en la
espalda, y me mostró donde poner mi hamaca.

Pero mis dos compañeros recibieron un trato muy distinto. Se sentaron no lejos de mí
bajo el gran techo redondo, sin dirigirle la palabra a nadie y que nadie se las dirigiese a ellos, y
ni se miraron ni se hablaron entre ellos. Más ó menos lejos, los residentes iban y venían a su
alrededor, realizando sus tareas cotidianas y sin prestar la más mínima atención a los visitantes.
Durante alrededor de hora y media, ambos hombres permanecieron sentados, sin moverse y sin
hablar; entonces se les acercó silenciosamente una mujer, colocó algo de comida en el suelo
frente a ellos, y se alejó. Los hombres no se abalanzaron inmediatamente sobre la comida;
esperaron un rato, y luego comieron algo en silencio. Después, los cuencos fueron retirados, y se
dejó pasar más tiempo.

Finalmente, un hombre se acercó así como quien no quiere la cosa, y se apoyó en un


poste detrás de los hombres. Al cabo de un rato habló, muy suavemente, y sólo unas cuantas
sílabas. Pasaron algunos minutos antes de que el visitante mayor respondiese, también con
brevedad. El silencio volvió a cerrarse sobre ellos. Cuando hablaron de nuevo, daba la impresión
de que todo sonido emitido hacía referencia al silencio reinante del que había venido. Ni la paz
personal ni la dignidad de cada uno de los hombres no sufrió ninguna imposición. Según el
intercambio se iba avivando, más personas se fueron acercando. Todos parecían tener un sentido
con el que percibían la serenidad de cada cual, que había que mantener. Nadie interrumpía a
nadie; la presión emocional estaba ausente de todas las voces. Cada persona permaneció
equilibrada en su propio centro.

No pasó mucho tiempo antes de que la risa floreciera entre la conversación, en forma de
olas que entre intervención e intervención subían y bajaban arrastrando consigo a la docena de
hombres que charlaban.

A la caída del sol las mujeres sirvieron una comida a los hombres reunidos, para
entonces ya todos los hombres del pueblo. Se intercambiaron noticias y había muchísimas
carcajadas. Tanto los residentes como los visitantes habían sido perfectamente asimilados en la
atmósfera sin tener que recurrir a montajes ó nervios. Los silencios no marcaban cortes en la
comunicación, sino tiempo para que cada cual estuviese en paz consigo mismo y se asegurase
que los demás también lo estaban.

Cuando los hombres del pueblo hacían largos viajes para intercambiar productos con
otros Indios, a su vuelta eran recibidos de la misma manera por la familia y el clan: les dejaban
sentarse en silencio el tiempo necesario para que se adaptasen al ritmo del pueblo, y luego, de
forma relajada, se iban acercando a ellos sin presiones ni exigiendo manifestaciones de emoción.

Tendemos a pensar en los extranjeros y pueblos exóticos como gentes con


personalidades uniformes, y más aún en el caso de las culturas primitivas. Pero, por supuesto,
94
esto no es así. Las costumbres locales dan un cierto parecido a los comportamientos de los
miembros de una sociedad, pero en una sociedad continuum las diferencias entre los individuos
emergen de una manera mucho más libre que en otra que no lo es, pues tal sociedad ni teme
estas diferencias, ni necesita suprimirlas.

Por otro lado, en las sociedades civilizadas las diferencias entre individuos reflejan,
fundamentalmente y según el grado de alejamiento del continuum que la sociedad tenga, la
manera en que cada cual se ha adaptado a la distorsión que en su personalidad ha causado la
cantidad y calidad de las carencias experimentadas. Por ello los individuos son, a menudo,
antisociales, y la sociedad les teme, como teme cualquier otra manifestación de no conformidad
entre sus miembros. Por lo general, cuanto más anti-continuum es una cultura, mayor presión se
ejerce sobre el individuo para que muestre una fachada de conformidad a la norma en su
comportamiento público y privado.

Una vez observé atónita como a un Yequana le dio por trepar a una colina desde la que se
contemplaba todo el pueblo, y allí tocar el tambor y gritar a pleno pulmón durante más de media
hora, hasta que satisfizo su impulso. Tendría sus razones para hacerlo, y lo hizo sin que
aparentemente le preocupara lo que sus vecinos fuesen a pensar, a pesar de que no era una "cosa
normal".

Lo que más me sorprendió de aquello es el que yo nunca había cuestionado esa ley no
escrita de mi sociedad, que establece que los miembros cuerdos han de reprimir sus impulsos
extraños ó irracionales para evitar despertar miedo ó desconfianza.

Como corolario a esta regla, en nuestra sociedad la gente más famosa y aceptada
-estrellas de cine y del pop, figuras como Winston Churchill, Albert Einstein y Gandhi- tiene
licencia para vestirse y comportarse de manera mucho menos conformista que lo que se les
permitiría de no ser lo bastante conocidos como para estar fuera de toda sospecha. Incluso las
trágicas aberraciones de una Judy Garland producían menos miedo en el público del que habría
producido el mismo comportamiento viniendo de un vecino, pues ella era una celebridad,
aprobada por millones de personas, y se podía aceptar sin miedo cualquier cosa que hiciese. Uno
no necesitaba basarse en la dudosa capacidad propia para juzgar y aceptar.

Se observa en seguida que precisamente aquellos menos de fiar entre nosotros son los
que más sospechan de otros. Esto sería un comportamiento neurótico y antisocial en una
sociedad que exigiese que sus miembros fuesen de fiar y, sin embargo, es una actitud
perfectamente social en una sociedad en la que es costumbre intentar engañar al otro siempre
que se pueda, asumiendo, claro está, que el otro intentará otro tanto. Uno presupone, entonces,
que los miembros de su propia cultura no son de fiar, y busca constantemente ocasión de
vencerlos en ese juego. Funciona como modus vivendi en muchos países, aunque quizás resulta
un poco duro para el visitante que, sin ser puesto en antecedentes, llegue desde un país en que el
“fair play” forme parte importante de lo que se considera comportamiento social.

Me pareció que la manera en que los Yequana encaraban las cuestiones de negocios se
basaba, como su manera de recibir a los recién llegados, en no crear tensiones. Una cuestión de
negocios que hube de tratar con Anchu, el jefe Yequana, me dio la rara -por escasa- oportunidad
de comprobar hasta qué punto llegaba su caballerosidad. Ocurrió cuando él había iniciado la
campaña para guiarme a comportarme como ellos se comportan, en vez de tratarme, como es lo
común en estos casos, como un no-humano, sin el respeto que se debe a una persona real (un
95
Yequana), y sin esperar un comportamiento como tal. Ninguna de las lecciones que me dio
consistió en instrucciones verbales o explicaciones, sino en experiencias que hacían emerger, ó
más bien confundir, mi capacidad para reconocer y elegir lo más adecuado a las circunstancias.
Se podría decir que estaba intentando eliminar de mi sentido del continuum las numerosas
interferencias que mi propia cultura le había impuesto.

Ocurrió en la ocasión, que ya he mencionado con anterioridad, en que Anchu me había


pedido que tomase joyas étnicas a cambio de cristal de Venecia. Yo inmediatamente dije que
quería caña de azúcar, pues nuestra expedición había perdido su provisión de azúcar cuando una
canoa volcó en los rápidos, y mi antojo por cualquier cosa dulce empezaba a parecer una
obsesión. Al día siguiente fuimos al campo de caña con su esposa (entre los Yequana solo las
mujeres cortan caña) para finalizar la transacción.

Anchu y yo nos sentamos en un leño junto a la plantación mientras la mujer cortaba


cuatro cañas. Ella las puso ante mí en el suelo, y Anchu me preguntó si quería más.

Por supuesto, yo quería más; tanto como pudiese obtener, así es que contesté sí.

La esposa volvió al campo y trajo dos cañas más. Las colocó junto a las otras.

"¿Más?", me preguntó Anchu.

Y de nuevo dije, "Sí, más". Pero entonces se hizo la luz. No estabamos regateando de la
manera que yo pensé que lo haríamos, cada cual a conseguir lo más que pudiese. Anchu me
estaba pidiendo que considerase, con justicia y camaradería, lo que sería un precio apropiado, y
estaba dispuesto a aceptar mi decisión. Me di cuenta de mi error y, avergonzada, grité a su
esposa, que había vuelto por cuarta vez al cañaveral con su machete, "¡Tohini!" ("Sólo uno").
Así pues, el trueque se hizo por siete cañas, y en el regateo ninguno se colocó contra el otro ni
hubo tensión alguna entre nosotros (una vez que yo entendí de qué se trataba).

No pienso que haya ninguna posibilidad de que nuestros intercambios lleguen a ser tan
"civilizados" como los de los Yequana. Ofrezco la historia tan sólo como ejemplo de lo que
puede llegar a ser aceptado como manera de comportarse, si la cultura prescribe que lo que se
espera de sus miembros son motivaciones sociales y no antisociales.

Toda sociedad exige que sus miembros se comporten conforme a sus costumbres,
aunque estas sean menos agradables y menos atractivas que las de los Yequana. Los Indios
Sanema, cuyas costumbres difieren enormemente de las de los Yequana, consideran correcto
arrasar el pueblo de otro clan Sanema, robando el mayor número posible de mujeres jóvenes, y
matando al mayor número posible de hombres.

No se sabe cuando y porqué esta parte de su cultura llegó a ser, o por qué los indios
Jíbaros, al otro lado del continente suramericano, consideran que toda muerte ha de ser vengada,
sea cual sea su causa. Lo que resulta útil es observar que una sociedad formada por individuos
socialmente motivados, vive bajo los dictados de su cultura, y se puede confiar en ellos. El
carácter antisocial ó criminal no se desarrolla en personas cuyo continuum no haya sido
traicionado. Así como el asesino que mata a alguien en un callejón comete un acto antisocial, y
un soldado que mata a un enemigo no, así es el motivo, y no el acto, lo que cuenta a la hora de
medir el grado de antisociabilidad de un sujeto.
96
Presumiblemente nos gustaría que la nuestra fuese una cultura humana a la que nuestra
sociedad prestase sus servicios. Pero decir "humana" incluye también respeto por el continuum
humano. Una cultura que exige que sus miembros vivan de una manera para la que su evolución
no les ha preparado, que no satisface sus expectativas innatas, y por lo tanto fuerza su capacidad
de adaptación más allá de sus límites, tiene forzosamente que dañar sus personalidades.

Una manera de poner al límite la personalidad humana es negándole su requisito mínimo


de estímulos diversos. La pérdida de bienestar resultante toma el nombre de aburrimiento. El
sentido del continuum, al producir esta desagradable sensación, motiva a la persona a cambiar
de actividad. La gente civilizada no solemos pensar que tenemos el "derecho" a no aburrirnos, y
así pues pasamos años realizando trabajos monótonos en fábricas y oficinas, ó bien solos todo el
día realizando tareas sin interés.

Los Yequana, por otro lado, con su sentido agudo y rápido tanto del propio continuum
como de su capacidad de adaptación sin pérdida de bienestar, dejan inmediatamente de hacer lo
que están haciendo cuando el aburrimiento amenaza.

Han encontrado maneras de evitar el aburrimiento cuando han de hacer tareas que
requieren trabajo monótono. Por ejemplo, cuando las mujeres han de clavar trozos de metal en
una madera para construir un rallador, en vez de ir fila por fila monótonamente, comienzan por
diseñar un diamante, rellenando después los espacios hasta que el diseño desaparece, pues su
único objeto era distraer al artesano.

Otro ejemplo es la construcción de tejados, que consiste en cubrir un marco con hojas de
palma que se van atando con lianas. Los hombres se sientan en un andamio, y junto a ellos
colocan pilas de hojas que van asegurando, una a una, cada medio centímetro. Utilizan muchas
estrategias para construir tejados grandes sin aburrirse. Para empezar, invitan a todos los
hombres de su pueblo y de los pueblos vecinos a que les echen una mano. Antes de que estos
lleguen, las mujeres fermentan suficiente mandioca como para que todo el mundo pueda
mantenerse ligeramente trompa durante los días necesarios para hacer el trabajo, y de esta
manera, al estar menos conscientes, estén menos propensos al aburrimiento. Para hacer la
atmósfera más festiva, se portan cuentas, plumas y pintura, y siempre hay alguien que se pasea
tocando un tambor. Los hombres y muchachos charlan y bromean mientras trabajan, y cuando
les apetece bajan y hacen otra cosa para variar. A veces son muchos los que trabajan a la vez,
pero otras veces son pocos los que están de humor para hacerlo. Funciona admirablemente para
todo el mundo; los invitados son alimentados por los futuros dueños de la casa, que han cazado
durante varios días con tal fin.

Es impresionante el que, de nuevo, no haya el menor signo de agresividad ni durante los


días, en que se bebe constantemente y todo el mundo está ligeramente intoxicado, ni durante las
noches, en que hombres, mujeres y niños beben aún más.

Probablemente sea otra manifestación de lo satisfechas y desarrolladas que están sus


personalidades, el que sientan tan poca necesidad de juzgarse los unos a los otros, y acepten tan
fácilmente las diferencias individuales. Se observa también entre nosotros -por ejemplo en los
conflictos religiosos, políticos, nacionales, raciales sexuales ó generacionales-, que los
individuos más frustrados y más alienados son precisamente los que sienten que deben juzgar a

97
los otros y clasificarlos, ya sea en el ámbito de grupo o en el ámbito individual, en aceptables ó
no aceptables.

Por supuesto, una base fundamental en la que arraiga el odio irracional a otros, es el odio
a uno mismo que resulta de habernos sido negado durante la infancia un sentido de nosotros
mismos como individuos "adecuados", dignos de amor y respeto.

Es interesante el observar que aunque los Yequana consideran a los Indios Sanema como
seres inferiores con costumbres bárbaras, y los Sanema muestran cierto resentimiento ante la
manera en que los Yequana les tratan, ninguno de los dos grupos siente la menor inclinación a
dañar ó interferir en la forma de vida del otro. Se visitan y hacen trueques a menudo, bromeando
a las espaldas del otro, pero jamás hay conflicto entre ellos.

Una gran parte de nuestra tragedia es que hemos perdido el sentido de nosotros mismos
como miembros "adecuados" de la especie humana. Aceptamos con resignación no sólo el
aburrimiento, sino otras innumerables infracciones a lo que queda de nuestro continuum después
de los estragos causados en la infancia. Decimos, por ejemplo, "Es cruel tener animales tan
grandes en un piso de ciudad", pero estamos hablando de perros, nunca de personas, que son
mucho más grandes y mucho más sensibles a su entorno. Permitimos que nos bombardee el
ruido de máquinas, tráfico y la radio de otras personas, y esperamos que los desconocidos nos
traten de mala manera. Estamos aprendiendo a esperar que nuestros hijos nos desprecien, y que
nuestros padres nos irriten. Aceptamos vivir con tremendas inseguridades no sólo sobre nuestra
propia capacidad social y de trabajo, sino, muy a menudo, incluso sobre nuestro matrimonio.
Damos por hecho que la vida es dura, y nos sentimos afortunados al experimentar cualquier tipo
de felicidad. No consideramos la felicidad como un derecho desde el nacimiento, ni esperamos
que consista para nosotros en más que paz y contento. La alegría real, el estado en el que los
Yequana pasan la mayor parte de su vida, es extremadamente raro entre nosotros.

Si tuviésemos la oportunidad de vivir el tipo de vida para el que hemos evolucionado,


muchos de nuestros presupuestos se tambalearían. Por ejemplo, no daríamos por supuesto que
los niños han de ser más felices que los adultos, ni que el joven adulto ha de ser más feliz que el
mayor. Como ya hemos visto, mantenemos este punto de vista en gran medida porque estamos
siempre intentando alcanzar cierto objetivo que nos restaure el sentido de bienestar que hemos
perdido. Según vamos alcanzando esos objetivos y encontrando que nos sigue faltando ese algo
innombrable que nos ha sido negado desde la infancia, vamos también perdiendo poco a poco la
fe en que algo llegue a aliviarnos de nuestras persistentes ansiedades. Nos enseñamos a nosotros
mismos a aceptar la "realidad", ó a sobrellevar de la mejor manera posible el dolor producido
por las constantes desilusiones. En un cierto momento, hacia la mitad de nuestras vidas,
empezamos a decirnos a nosotros mismos que hemos perdido, por una razón u otra, la
oportunidad de disfrutar de un bienestar completo, y que debemos asumir las consecuencias y
vivir en un estado de permanente compromiso. Esta situación difícilmente conduce hacia la
alegría.

Vivir de acuerdo con la propia evolución es una historia muy diferente. Los deseos de la
criatura ceden el paso a los deseos de las sucesivas fases de la infancia, y cada conjunto de
deseos satisfechos cede el paso al siguiente. El deseo de jugar juegos desaparece; el deseo de
trabajar va haciéndose más fuerte al ir uno convirtiéndose en adulto; el deseo de encontrar y
compartir la vida con un atractivo miembro del sexo opuesto, una vez satisfecho, cede el paso al
deseo de trabajar por la pareja y tener hijos juntos. Se desarrollan impulsos maternales y
98
paternales hacia las criaturas. La necesidad de asociarnos con otros como nosotros es satisfecha
desde la infancia hasta la muerte. Según las necesidades de los adultos de iniciar y llevar a cabo
proyectos van siendo satisfechas, y la edad va reduciendo las facultades físicas, los deseos se
dirigen hacia ver como los seres queridos prosperan, hacia la paz, hacia una menor variedad en
las experiencias, hacia sentir que las cosas van moviéndose en el ciclo de la vida con menos
ayuda por parte de uno mismo, y en último término sin ayuda ninguna, según el último de los
deseos de la vida es satisfecho y sustituido tan solo por el deseo de descansar, de no saber más,
de cesar.

En cada fase, asentada firmemente en la satisfacción plena de las fases precedentes, se


responde por entero al estímulo del deseo. No hay por lo tanto ninguna ventaja en ser joven ó
viejo. Cada época tiene sus placeres particulares, y una vez que uno ha agotado un conjunto de
deseos a lo largo de su camino, no hay razón para envidiar al joven ni para desear otra edad que
la propia con los placeres que conlleva, que llegan a incluir la muerte.

El dolor y la enfermedad, la muerte de seres queridos, las incomodidades y los


infortunios ensombrecen la feliz norma, pero no alteran el hecho de que la felicidad es la norma,
ni afectan el impulso del continuum a restablecer esta felicidad después de cualquier
interrupción.

El hecho que quiero destacar es que el sentido del continuum, si se le deja funcionar a lo
largo de nuestra vida, es capaz de cuidar nuestros intereses mucho mejor de lo que cualquier
sistema creado por el intelecto podría siquiera empezar a hacer.

99
7
Poniendo los principios del continuo a funcionar de nuevo
Cuando una criatura es mantenida en contacto constante con el cuerpo de quien la cuida,
los campos de energía de ambos se hacen uno. La criatura puede así permanecer relajada, libre
de tensión acumulada, pues su energía fluye en el otro cuerpo, cuya actividad basta para
descargar el exceso de energía en ambos cuerpos.

Hay una diferencia notable entre el comportamiento en brazos de una criatura Yequana, y
el de una de nuestras criaturas, que pasa la mayor parte del tiempo en aislamiento físico. Las
criaturas Yequana son tranquilas y fáciles de manejar, no oponiendo resistencia a ser sujetadas o
transportadas en cualquier postura. Por su parte, nuestros bebés dan patadas, agitan
violentamente los brazos y arquean rígidamente la espalda. Se menean y agitan en sus cunas y
cochecitos, y es difícil sujetarlos cuando, al cogerles, repiten esos movimientos. Con ellos
intentan descargar la tensión acumulada. A menudo se revuelven y emiten gritos agudos cuando
la atención que alguien les presta les excita. Aunque están expresando placer, el estímulo causa
una reacción muscular violenta en la que gastan parte de la energía reprimida.

La criatura pasiva, al abrigo de su continuum y con sus expectativas de contacto físico


constante satisfechas, contribuye poco a la descarga de energía, dejando que se encargue de ello
la actividad del adulto o niño que le esté cuidando. Pero la situación cambia radicalmente en el
momento en que el bebé ha completado la fase en-brazos y comienza a arrastrarse. A partir de
ese momento debe llevar a cabo por sí mismo el reciclado de su propia energía, y hay un
incremento enorme de actividad por su parte. En poco tiempo perfecciona la manera de
arrastrarse y viaja a velocidades impresionantes que aumentan aún más cuando comienza a
gatear. Si no se le reprime, recorre a gatas, con brío y persistencia, el espacio disponible,
descargando su exceso de energía mientras explora el mundo en el que vivirá.

Cuando comienza a andar, correr y jugar, lo hace a un ritmo que en un adulto resultaría
frenético. Cualquier adulto que intente seguirle se agotará. Niños de su edad y algo mayores le
resultan mucho más adecuados como compañeros. Querrá imitarlos y lo hará lo mejor que,
según su siempre creciente capacidad, pueda. Solo él mismo limita su tremenda actividad.
Cuando se cansa se va con su madre a descansar ó, cuando crece, a la cama.

Pero un crío es incapaz de descargar la cantidad necesaria de energía para quedarse a


gusto si por cualquier razón, como a menudo ocurre en situaciones civilizadas, la falta de tiempo
ó espacio en el que jugar -como ocurre cuando se les aprisiona en un corral, arreo ó silla- limita
sus actividades.

Cuando pasa a la fase en que da patadas, agita los brazos, y se estira con rigidez para
aliviar lo incómodo que le resulta el exceso de energía, es probable que descubra que mucho de
ese incómodo exceso se concentra en sus genitales, y que estimulándolos aún más puede hacer
100
que el resto de la energía que sobra en el cuerpo se acumule en ellos hasta conseguir suficiente
presión como para conseguir alivio. De esta manera la masturbación se convierte en una válvula
segura de escape del exceso de energía que no se ha consumido durante las actividades diurnas
del niño.

En adultos, el exceso de energía también se concentra a través de los juegos sexuales y se


descarga con el orgasmo. De esta manera el acto sexual tiene dos fines distintos, el uno la
reproducción y el otro restablecer un nivel de energía cómodo.

En personas cuyas carencias han dado lugar a un estado constante de tensión y falta de
armonía entre los distintos aspectos de su personalidad, el orgasmo suele descargar sólo la parte
más superficial de la energía acumulada en unos músculos permanentemente tensos. Esta
descarga incompleta del exceso de energía crea un estado casi crónico de insatisfacción, que se
manifiesta en mal humor, interés desmesurado por el sexo, incapacidad para concentrarse,
nervios ó promiscuidad.

Para empeorar aún más las cosas, en el adulto con carencias, ya sea hombre ó mujer, la
necesidad de la expresión física del sexo se mezcla con la necesidad infantil que aún le queda sin
satisfacer de contacto físico sin sexo. Por lo general, esta segunda necesidad no es reconocida
como tal por nuestra sociedad, y cualquier deseo de contacto es catalogado como sexual. De esta
manera, los tabúes contra el sexo se extienden a cualquier forma de contacto físico tierno y no
sexual.

Incluso los niños y adultos Yequana, que han tenido todo el contacto necesario durante
su infancia, siguen disfrutando a menudo del contacto físico, sentándose cerca, descansando en
la misma hamaca ó peinándose unos a otros.

Nosotros, mucho más que ellos, necesitamos destruir el tabú presente en nuestra cultura
y tener en cuenta lo necesaria que le es al ser humano esa tranquilidad que produce el contacto
físico. Ese requisito, que de forma natural tendríamos como niños y adultos, se ve aumentado
tremendamente en nuestro caso por la necesidad infantil no satisfecha. Pero no sólo la necesidad
permanece. También permanecen las ocasiones de satisfacerla si lo deseamos.

Bajo la amplia bandera del sexo, sin que se le distinga como impulso separado, está la
necesidad de que se nos coja, de que nos rodee la protección de otra persona, de que nos quieran
no porque hayamos traído un salario a casa, sino por la simple razón de existir. La tranquilizante
atmósfera que se crea entre algunas parejas casadas mediante el uso de diminutivos y palabras
propias de bebés, les ayuda a rellenar las lagunas experienciales creadas por el descuido de sus
padres. El uso extendido de un lenguaje de bebés en parejas adultas es en sí mismo testimonio
del carácter continuum de tal necesidad.

A menudo el deseo de sexo y el deseo de afecto se ven mezclados. En adultos, puede


ocurrir que la satisfacción de uno de ambos impulsos haga emerger el otro. Un día en que el
trabajo en la oficina haya producido una especial inseguridad, el marido puede desear abrazar y
ser abrazado por su esposa y que esta le trate con afecto; pero una vez esa necesidad ha sido
satisfecha, es posible que su interés por ella se transforme en un interés sexual. Pero en nuestra
sociedad, él se sentirá obligado a avanzar hacia el contacto sexual en cualquier caso, pues en su
mente ambas necesidades no aparecen como distintas e independientes entre sí.

101
El amor adulto entre personas carentes de experiencia en-brazos es, por fuerza, una
mezcla de ambas necesidades que varía de persona a persona según la naturaleza de las
carencias. Para que un matrimonio funcione bien, las parejas deben aprender a tener en cuenta y
atender las necesidades especiales de uno mismo y del otro.

No obstante, es importante aclarar la confusión entre necesidad de sexo y necesidad de


afecto, de contacto físico maternal, una confusión que da lugar a expresiones como "de puta
madre". Creo que con una idea clara de la diferencia entre ambas, y con un poco de práctica en
separarlas, podría llegar a intercambiarse mucho afecto sin necesidad de complicarse con una
relación sexual no deseada. La gran reserva de necesidad ansiosa de consuelo físico se vería
tremendamente reducida, si fuese socialmente aceptable el que personas de cualquier sexo
caminasen cogidas de la mano, el sentarse no sólo cerca, sino tocando a nuestro interlocutor, el
sentarse sobre otra persona tanto en público como en privado, el acariciar una mata tentadora de
pelo si nos da por ahí, el abrazarse más libremente en público, y en general, el no reprimir
nuestros impulsos afectuosos salvo si son rechazados.

En los últimos años se ha empezado a avanzar en la dirección de más contacto físico, y


el abrazarse ha llegado a ser poco a poco algo aceptable no sólo entre personas con cultura
mediterránea y profesionales del teatro, sino también en otros sectores de la sociedad. Primero
fue entre las mujeres, después entre mujeres y hombres y, finalmente, entre los hombres.

Partiendo desde el punto de vista del continuum, el entender qué necesitamos los
humanos y porqué lo necesitamos nos lleva a comprender, de manera mucho más útil, tanto
nuestro propio comportamiento como el de otros. Quizás dejemos de echar la culpa a nuestros
padres ó a la sociedad por el daño que nos han causado, y entendamos que somos todos víctimas
de la carencia. Arzobispos y hippies, artistas y científicos, maestros y chavales traviesos -todos
buscamos el camino a una sensación de bienestar. Lo mismo que las estrellas del cine, los
políticos, los criminales, los comediantes, los homosexuales, las feministas, los curas y los
ejecutivos. Siendo los animales que somos, no podemos dejar de avanzar a tientas en la
dirección de satisfacer nuestras expectativas innatas, por mucho que nuestras distintas carencias
hayan hecho de nuestro comportamiento presente una maraña irracional.

Pero el entender cual es el problema y el darse cuenta de que todos somos meras
víctimas, que nadie sale ganando, no nos va a curar. Como mucho nos ayudará a elegir dar un
paso en la dirección correcta, en vez de alejarnos aún más del bienestar.

A los niños pequeños, carentes en su infancia, les beneficia enormemente cualquier


posibilidad de sentarse en un regazo, y el que les sea permitido dormir en la misma cama que sus
padres. No pasa mucho tiempo antes de que, habiendo obtenido todo lo que necesitaban, quieran
tener su propia cama, como les habría ocurrido si hubiesen compartido la cama con sus padres
desde el momento de nacer.

A estas alturas de la historia y dadas nuestras costumbres, compartir la cama con nuestra
criatura es un planteamiento salvajemente radical. Como lo es el que sea portada por alguien
constantemente, tanto dormida como despierta. Pero a la luz del continuum y sus millones de
años, es precisamente nuestra cortísima historia la única que resulta radical por lo mucho que se
aparta de las normas establecidas, siglos ha, en base a las experiencias humanas y pre-humanas.

102
Hay hombres y mujeres que arguyen temor a aplastar a la criatura dormida o ahogarla
con las sábanas. Pero una persona dormida no es una persona muerta ni en coma, salvo que esté
muy drogada, muy borracha o muy enferma. Sin despertarse, uno mantiene un grado constante
de consciencia.

Recuerdo las primeras noches que compartí mi cama con una cría de mono lanudo de un
kilo de peso. La primera noche el miedo a aplastarla me hizo despertar una docena de veces. La
segunda noche ocurrió algo parecido, pero al cabo de unos días me di cuenta de que yo, mientras
dormía, era consciente de la postura de la mona y la tenía en cuenta, como le ocurre a cualquier
animal que duerma con otro más pequeño. La posibilidad de que una criatura sea aplastada por
sus padres al dormir es mucho más pequeña, de haberla, que la de que se ahogue con sus propias
sábanas a solas en una cuna.

También preocupa el que la criatura esté presente cuando sus padres hacen el amor. Entre
los Yequana su presencia se da por hecha, como debió ocurrir durante los cientos de miles de
años anteriores a nosotros.

Es posible que el no estar presente haga que la criatura pierda una forma importante de
contacto psico-biológico con sus padres, dando lugar a una ansiedad que más tarde se convertirá
en un deseo edípico (ó de Electra), reprimido y cargado de culpabilidad, de hacer el amor con el
progenitor del sexo contrario. Lo que comenzó como una necesidad infantil de ocupar un papel
pasivo se convierte, al no ser satisfecha, en un deseo de participación activa, pues, al crecer, la
naturaleza de la sexualidad del niño cambia, y la participación pasiva se olvida y se convierte en
algo inimaginable. Quizás las investigaciones lleguen a demostrarnos que es posible excluir esta
poderosa y desconcertante fuente de culpabilidad.

Un punto de vista muy extendido considera que el prestar una atención excesiva a las
criaturas les impide llegar a ser individuos independientes, y que portarlas encima
constantemente debilitará su capacidad de valerse por sí mismas. Ya hemos visto que la
capacidad de valerse por uno mismo surge precisamente de una fase en-brazos completa, una
fase en la que la criatura está siempre presente, pero rara vez es el centro de atención. Está
simplemente ahí, en mitad de la vida de quien le cuida, constantemente experimentando cosas
mientras se siente a salvo. Cuando deja las rodillas de su madre y comienza a arrastrarse, andar a
gatas y caminar en el mundo más allá del cuerpo de ella, lo hace sin interferencias
("protección"). El papel que la madre ha de ocupar es del de estar disponible cuando el niño se
acerque o la llame. No es asunto de ella el dirigir las actividades del niño, ni el protegerle de
peligros de los que él mismo podría protegerse si se le diese la oportunidad de hacerlo. Esta es,
probablemente, la parte más difícil para nosotros a la hora de retomar un comportamiento
continuum. Cada madre tendrá que confiar cuanto le sea posible en la capacidad de
auto-protección de su criatura. Serán pocas las que puedan aguantar el permitir que sus hijos
jueguen con cuchillos afilados y el fuego, así como en la proximidad del agua, con la
tranquilidad con la que las madres Yequana lo permiten sin pensárselo dos veces, conociendo
cómo conocen la enorme capacidad de un bebé para protegerse a sí mismo. Pero cuanto menor
sea la responsabilidad que sobre la seguridad de su hijo asuma la madre civilizada, antes y mejor
se hará este responsable. Se le debería dejar ser el iniciador. Nunca debería impedírsele el acceso
a su madre, pero esta se debería ofrecer a guiarle lo menos posible.

103
El niño superprotegido y debilitado es aquel cuya iniciativa ha sido constantemente
usurpada por una madre excesivamente protectora. No es el niño que durante los importantes
primeros meses, cuando lo necesitaba, ha sido portado en brazos.

Por supuesto, surgen muchísimas dificultades a la hora de traducir a nuestra situación


civilizada, tan distinta de la de los Yequana, las enseñanzas que sobre el continuum nos ofrecen
estos. Creo que lo más importante y útil es tomar la decisión de mantenerse lo más cerca posible
del continuum. Una vez la decisión está tomada, el cómo hacerlo es cuestión de sentido común.

Una vez la madre se da cuenta de que el que su bebé esté constantemente en brazos de
alguien durante sus primeros seis u ocho meses de vida, asegura su confianza en sí mismo y
sienta las bases para que se transforme en un individuo social, independiente y presto a ayudar
durante los quince o veinte años que vivirá en la casa familiar, por su propio interés le portará
consigo mientras va de compras o limpia la casa.

Creo que la mayor parte de los padres aman verdaderamente a sus hijos, y que la única
razón por la que les privan de experiencias tan necesarias a su felicidad es la ignorancia del
sufrimiento que les están causando. Si comprendiesen la agonía que experimenta un bebé a
quien se deja llorar en una cuna, su tremenda ansiedad y los efectos de esta carencia en el
desarrollo de su personalidad y en su capacidad para llevar una vida satisfactoria, no dudo que
lucharían por impedir que estuviese a solas un sólo minuto.

Creo, también, que una vez la madre empiece a satisfacer el continuum de su criatura (y
el suyo propio como madre), su instinto empezará a afirmarse frente a la confusión cultural, y
conectará con sus pulsiones naturales. No querrá dejar de portar a la criatura. Cuando esta llore,
la señal irá directamente a su corazón, digan lo que digan las distintas escuelas de pensamiento
sobre cómo criar a los hijos. Estoy segura de que una vez ella empiece a hacer los gestos
adecuados, el instinto fruto de tantísimos años de evolución tomará la voz cantante; pues el
continuum es una fuerza poderosa que nunca cesa de intentar rehabilitarse. El bienestar que
siente una madre cuando está actuando de acuerdo con la naturaleza hará mucho más por
re-establecer su continuum que cualquier teoría que le pueda brindar un libro. 7
La diferencia entre nuestra manera de vivir y la de los Yequana es irrelevante a los
principios de la naturaleza humana que estamos considerando.

Muchas madres tienen trabajos en los que no se les permitiría llevar bebés. Pero muchos
de estos trabajos son cuestión de elección; si se diesen cuenta de lo fundamental de su presencia
durante el primer año de vida de su hijo, muchas madres dejarían su trabajo durante un año a fin
de evitar las carencias que además de dañar la vida entera de su hijo, serán una carga para ella
durante años.

Por otro lado, hay madres que necesitan trabajar. Pero no dejan a sus hijos solos en casa.
Contratan a alguien para que les cuide, les dejan con una abuela ó arreglan de otra manera el que
sus hijos no estén solos. Sea cual sea el caso, quien sea que cuide al bebé puede recibir
instrucciones de no dejar nunca de llevarlo encima. A las canguro se les puede pedir que, además
de sentarse ante el televisor, se sienten a la criatura encima. Pueden tener al bebé en su regazo

7
Desde que fué escrito este punto ha sido confirmado por muchas mujeres occidentales. Aunque muchas pensaron que les resultaría
imposible mantener contacto constante con sus hijos veinticuatro horas al día, descubrieron que cuanto más portaban a sus hijos másn
deseaban hacerlo. Sus instintos, ciertamente, tomaron la voz cantante (ver la introducción).
104
mientras ven la televisión ó estudian. El ruido y la luz no harán daño a la criatura, pero
permanecer a solas sí.

Sostener a un niño mientras se trabaja en la casa es cuestión de práctica. Colgárselo en


bandolera sobre la cadera resulta muy útil. Se puede limpiar el polvo y pasar el aspirador con
una sola mano. Hacer las camas es más complicado, pero una madre con recursos imaginativos
hallará la manera de hacerlo. Cocinar es, sobre todo, cuestión de colocar el propio cuerpo entre
el fuego y el bebé. El problema de ir de compras se reduce a tener una bolsa lo bastante grande,
y a no comprar cada vez más de lo que se pueda cargar en ella en un solo viaje. Ya que hay
tantos cochecitos en el mundo, no sería mala idea llevar en ellos las compras y a los niños en el
brazo. Mochilas para colgarse a los bebés por delante limitan mucho las experiencias, pues el
niño tiende a darse la vuelta de manera incómoda para ver qué ocurre a sus espaldas, y al cabo
de seis semanas su tamaño limita también a la madre. En casi todas las circunstancias la cadera
es el mejor sitio donde colocar a la criatura.

Ayudaría una infinidad el que dejásemos de considerar el cuidado de los niños cómo una
actividad. Deberíamos aprender a no tomarlo como una cosa que hacer. Trabajar, ir de compras,
cocinar, limpiar, pasear y conversar con amigos sí son cosas que hacer, a las que hay que
dedicarles tiempo, y considerar como actividades. La presencia del bebé (y de otros niños) en
ellas debería ser asumida como natural; no hay necesidad de dedicarle ningún tiempo especial,
más allá de los minutos necesarios para cambiarle el pañal. Puede bañarse con su madre, y dar
de mamar no tiene porqué entorpecer otras actividades. Es solo cuestión de cambiar una manera
de pensar en la que el bebé es el centro, por otra mucho más adecuada a un ser capaz e
inteligente en cuya naturaleza está el disfrutar del trabajo y la compañía de otros adultos.

Los obstáculos al continuum humano en nuestra forma presente de vida son


interminables. No solo tenemos costumbres que son anti-continuum -como el separar a las
criaturas de sus madres al nacer en los hospitales, el uso de cunas, sillas y cochecitos, y el
esperar que las madres dejen en casa a sus recién nacidos y bebés cuando acuden a reuniones
sociales-, sino que además aislamos a los individuos unos de otros, y así las madres carecen de
la compañía de otros adultos y sufren de aburrimiento, y los niños no gozan de la presencia de
otros niños salvo en guarderías y colegios. Y en estos últimos sus relaciones se limitan a niños
con exactamente su misma edad, pues los profesores a menudo dan órdenes sobre qué hacer, en
vez de dar con su actuación un ejemplo que los niños imitarían de forma natural.

Aún así, hay parques en los que padres e hijos pueden jugar juntos y no se hacen grupos
según las edades. Pero siempre habrá limitaciones fruto del pasado, de la educación recibida por
los padres, y de las ideas sobre cómo criar a los hijos que forman tradicionalmente parte de
nuestra cultura. Y también sentiremos miedo al no seguir las costumbres imperantes, pues el
continuum mismo nos impulsa a comportarnos como lo hace el resto de nuestra sociedad.

Al hijo no se le permitirá acompañar a su padre a la oficina, y, a menos que su padre sea


granjero, tendrá que buscar ejemplo en otra parte.

Los niños podrán seguir el ejemplo de aquellas personas cuyo trabajo consistirá
precisamente en servir de ejemplo, en mostrar las habilidades de nuestra sociedad. Si estos
educadores basan su relación con los niños en estar disponibles para observar, seguir y asistir,
los niños podrán utilizar de forma eficiente y natural su propia capacidad para educarse a sí
mismos utilizando las personas, objetos y sucesos de su entorno como ejemplos a imitar,
105
observar, ó sobre los que ejercitarse, de acuerdo con su propia naturaleza imitadora. Se puede
esperar de los niños mayores que enseñen a los más pequeños cómo hacer las cosas. Es algo
natural para ellos, y mucho más cómodo para todo el mundo. Además, el ser utilizados así por
los más pequeños es un ejercicio excelente para los niños que "enseñan"; no hay mejor manera
de educar.

Otro obstáculo al continuum en nuestra manera de vivir, es la idea de que los hijos son
de nuestra propiedad y consecuentemente, salvo abusar de ellos o matarlos, podemos tratarlos
como queramos. No tienen derechos legales que les protejan de la angustia de ser dejados solos
gritando. A pesar de que son humanos y capaces de sufrimiento, carecen del derecho que sí
tienen los adultos que sufren crueldades en manos de otros adultos. El hecho de que su tormento
durante la infancia perjudique su capacidad para disfrutar el resto de sus vidas, y por lo tanto se
les esté haciendo un daño inmenso, no afecta su situación legal.

Los bebés no pueden protestar. No pueden acudir a las autoridades y quejarse. Ni


siquiera pueden establecer la relación entre su agonía y la causa de esta; se sienten felices al ver
a su madre cuando esta, finalmente, llega.

En nuestra sociedad los derechos se otorgan no porque uno los merezca, sino porque uno
los exige. Los animales gozan solo de los derechos más rudimentarios, y aún así, solo en algunos
países. De la misma manera, las culturas primitivas, que no tienen los medios para quejarse,
gozan de muy pocos de los derechos legales que los conquistadores se otorgan entre ellos.

La costumbre ha dejado el cuidado de los hijos en manos de las madres. Pero, ¿se debe
dejar que una madre sea libre de descuidar a su hijo, de pegarle cuando llore, alimentarle
cuando a ella le convenga o dejarle solo durante horas, días y meses cuando está en su
naturaleza el estar en medio de la vida?

Las asociaciones que tratan de prevenir la crueldad a bebés y niños, solo prestan atención
a los abusos más notorios. Es necesario ayudar a que la sociedad vea la gravedad de los
crímenes contra la infancia que forman parte del comportamiento considerado como normal hoy
en día.

En una cultura como la nuestra, que se ha desarrollado sin tener en cuenta las verdaderas
necesidades de sus gentes ni entender el continuum humano, toda actividad cotidiana, por
pequeña que sea, permite aumentar nuestras posibilidades y reducir nuestros errores.

Sin que haya que esperar a que la sociedad cambie, podemos comportarnos de forma
correcta con nuestros bebés, y darles una base personal sólida desde la que enfrentarse a
cualquier situación que encuentren. En vez de privarles de lo necesario, de tal manera que sólo
les quede una mano con la que enfrentarse al mundo exterior mientras la otra permanece
ocupada con conflictos interiores, podemos asentarlos sobre sus pies dejando ambas manos
libres para enfrentarse con los retos exteriores.

Una vez hallamos reconocido del todo las consecuencias de la forma en que tratamos a
bebés, a niños, a otros y a nosotros mismos, y hayamos aprendido a respetar la verdadera
naturaleza de nuestra especie, no podremos sino descubrir muchísimo más de nuestra capacidad
para el bienestar.

106

También podría gustarte