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YO SOY UN HOMBRE FELIZ

Unos muchachos me han dirigido una carta llena de preguntas:


—¿Qué es para usted la alegría?
—¿Cree que hay o que falta alegría entre la juventud?
—¿Cuáles son las causas de la falta de alegría en el mundo y concretamente en los jóvenes?
—¿Cuáles son las fuentes de la alegría?
—¿Cómo distinguir las alegrías auténticas de las superficiales y pasajeras?
Y bastantes preguntas más. Como comprenderéis, yo necesitaría horas para responder a estas preguntas. Pero voy
a tratar de responder con el mínimo posible de palabras. Y creo que podría resumir mi respuesta en una frase que leí
no sé dónde: «La felicidad y la alegría dependen de estar en armonía consigo mismo, con los demás, con el mundo y
con Dios».

Fijaos bien que digo estar en armonía, no estar contento consigo mismo y con el mundo. ¿Quién podría estar
satisfecho de sí mismo? ¿Quién puede estar contento con un mundo como este nuestro de hoy, en el que los hombres
se matan entre sí? Pero sin estar enteramente satisfecho, sí se puede estar en armonía con esas cuatro cosas.

Y yo, en primer lugar, me siento a gusto siendo hombre. Sé que el hombre puede hacer muchos disparates, pero sé
también que puede amar, que puede trabajar por los demás y por el mundo, que tiene un alma llena de reservas
espirituales y de posibilidades de belleza.

Y me gusta el hombre que he sido y el que soy. Me siento muy feliz del amor que me tuvieron mis padres y sé que
tengo mucho que agradecer a los que me educaron. Y me siento a gusto con el trabajo que hago. Porque me gusta
trabajar y me gusta en concreto que mi trabajo sea este tan bonito de escribir y hablar a los demás, sobre todo
cuando se escribe y se habla de alguien a quien quieres, que en mi caso es nada menos que el Jesús de Nazaret y el
Dios de los cielos.

Y me siento en armonía con la gente que me rodea. Quiero a mis amigos y, mis amigos me quieren, y este saber que
uno es amado y que uno puede amar es algo entusiasmante. Sé que hay gente de todo, buena y mala, pero estoy
convencido de que, cuando hurgas en el corazón de las personas, la mayoría son buenas y las que no lo son tanto es
porque tuvieron mala suerte o porque no han sido amadas lo suficiente.

Y me siento en armonía con el planeta Tierra, este mundo tan hermoso en el que vivimos y en el que hay cosas tan
geniales como el milagro dela música o de la poesía, en el que tenemos la maravilla del agua y el prodigio de los
árboles. Sí, me gusta esta tierra a la que tanto tenemos que querer y defender.

Pero, sobre todo, me siento en armonía con Dios, porque sé que es mi Padre y que me ha amado desde la eternidad
y me seguirá amando hasta más allá del final de los tiempos. Me siento en muy especial armonía con su hijo Jesús,
que es mi mejor amigo y a quien más quiero y admiro cuanto más le conozco. Y me siento también muy a gusto con
la madre de Jesús: María, de la que las letanías dicen que ella es la «Causa de nuestra alegría».

Todo esto no quiere decir que en mi vida no haya —muchas, muchas― zonas oscuras. No me gusta el odio del
hombre y su violencia; no me gusto a mí mismo porque sé que soy mediocre; no me gusta el dolor y me gustaría no
tener enfermedades, ni ver en el horizonte a la muerte; me gustaría que mi servicio a Dios fuera más entero y sincero.
Pero todos esos fallos y dolores los asumo como parte de mi lucha y sé que Dios me dará fuerzas para superados. Lo
mismo que sé que al otro lado de la muerte me esperan mis seres queridos y mi Dios para abrazarme. ¿Cómo podría,
entonces, no vivir alegre? ¿Cómo podría ser mi vida otra cosa que un incesante canto de alegría?

P. José Luis Martín Descalzo, 17 marzo 1991