Está en la página 1de 9

Aguafuertes porteñas, por Roberto Arlt (selección)

Silla en la vereda
Llegaron las noches de las sillas en la vereda; de las familias estancadas en las puertas de
sus casas; llegaron, las noches del amor sentimental de “buenas noches, vecina”, el político
e insinuante “¿cómo le va, don Pascual?”. Y don Pascual sonrie .y se atusa los “baffi”, que
bien sabe por qué el mocito le pregunta cómo le va. Llegaron las noches…
Yo no sé qué tienen estos barrios porteños tan tristes en el día bajo el sol, y tan lindos
cuando la luna los recorre oblicuamente. Yo no sé qué tienen; que reos o inteligentes, vagos
o activos, todos queremos este barrio con su jardín (sitio para la futura sala) y sus pebetas
siempre iguales y siempre distintas, y sus viejos, siempre iguales y siempre distintos
también. Encanto mafioso, dulzura mistonga, ilusión baratieri, ¡qué sé yo qué tienen todos
estos barrios!; estos barrios porteños, largos, todos cortados con la misma tijera, todos
semejantes con sus casitas atorrantas, sus jardines con la palmera al centro y unos yuyos
semiflorecidos que aroman como si la noche reventara por ellos el apasionamiento que
encierran las almas de la ciudad; almas que sólo saben el ritmo del tango y del “te quiero”.
Fulería poética, eso y algo más.
Algunos purretes que pelotean en el centro de la calle; media docena de vagos en la esquina;
una vieja cabrera en una puerta; una menor que soslaya la esquina, donde está la media
docena de vagos; tres propietarios que gambetean cifras en diálogo estadístico frente al
boliche de la esquina; un piano que larga un vals antiguo; un perro que, atacado
repentinamente de epilepsia, circula, se extermina a tarascones una colonia de pulgas que
tiene junto a las vértebras de la cola; una pareja en la ventana oscura de una sala: las
hermanas en la puerta y el hermano complementando la media docena de vagos que turrean
en la esquina. Esto es todo y nada más. Fulería poética, encanto misho, el estudio- de Bach o
de Beethoven junto a un tango de Filiberto o de Mattos Rodríguez.
Esto es el barrio porteño, barrio profundamente nuestro; barrio que todos, reos o
inteligentes, llevamos metido en el tuétano como una brujería de encanto que no muere, que
no morirá jamás.
Y junto a una puerta, una silla. Silla donde reposa la vieja, silla donde reposa el “jovie”.
Silla simbólica, silla que se corre treinta centímetros más hacia un costado cuando llega una
visita que merece consideración, mientras que la madre o el padre dice:
-Nena; traete otra silla.
Silla cordial de la puerta de calle, de la vereda; silla de amistad, silla donde se consolida un
prestigio de urbanidad ciudadana; silla que se le ofrece al “propietario de al lado”; silla que
se ofrece al “joven” que es candidato para ennoviar; silla que la “nena” sonriendo y con
modales de dueña de casa ofrece, para demostrar que es muy señorita; silla donde la noche
del verano se estanca en una voluptuosa “linuya”, en una charla agradable, mientras “estrila
la d’enfrente” o murmura “la de la esquina”.
Silla donde se eterniza el cansancio del verano; silla que hace rueda con otras; silla que
obliga al transeúnte a bajar a la calle, mientras que la señora exclama: “¡Pero, hija! ocupás
toda la vereda”.
Bajo un techo de estrellas, diez de la noche, la silla del barrio porteño afirma una
modalidad ciudadana.
En el respiro de las fatigas, soportadas durante el día, es la trampa donde muchos quieren
caer; silla engrupidora, atrapadora, sirena de nuestros barrios.
Porque si usted pasaba, pasaba para verla, nada más; pero se detuvo. ¿Quién no se para a
saludar? ¿Cómo ser tan descortés? Y se queda un rato charlando. ¿Qué mal hay en hablar?
Y, de pronto, le ofrecen una silla. Usted dice: “No, no se molesten”. Pero, ¿qué? ya fue
volando la “nena” a traerle la silla. Y una vez la silla allí, usted se sienta y sigue charlando.
Silla engrupidora, silla atrapadora.
Usted se sentó y siguió charlando. ¿Y sabe, amigo, dónde terminan a veces esas
conversaciones? En el Registro Civil.
Tenga cuidado con esa silla. Es agarradora, fina. Usted se sienta, y se está bien sentado,
sobre todo si al lado se tiene una pebeta. ¡Y usted que pasaba para saludar! Tenga cuidado_
Por ahí se empieza.
Está, después, la otra silla, silla conventillera, silla de “jovies” tanos y galaicos; silla
esterillada de paja gruesa, silla donde hacen filosofía barata ex barrenderos y peones
municipales, todos en mangas de camiseta, todos cachimbo en boca. La luna para arriba
sobre los testuces rapados. Un bandoneón rezonga broncas carcelarias en algún patio.
En un quicio de puerta, puerta encalada como la de un convento, él y ella. El, del Escuadrón
de Seguridad; ella planchadora o percalera.
Los “jovies”, funcionarios públicos del carro, la pala y el escobillón, dan la lata sobre
“eregoyenisme”. Algún mozo matrero reflexiona en un umbral. Alguna criollaza gorda,
piensa amarguras. Y este es otro pedazo del barrio nuestro. Esté sonando Cuando llora la
milonga o la Patética, importa poco. Los corazones son los mismos, las pasiones las
mismas, los odios los mismos, las esperanzas las mismas.
¡Pero tenga cuidado con la silla, socio! Importa poco que sea de Viena o que esté esterillada
con paja brava del Delta: los corazones son los mismos…

El placer de vagabundear
Comienzo por declarar que creo que para vagabundear se necesitan excepcionales
condiciones de soñador. Ya lo dijo el ilustre Macedonio Fernández: “No toda es vigilia la de
los ojos abiertos”.
Digo esto porque hay vagos, y vagos. Entendámonos. Entre el “crosta” de botines
destartalados, pelambre mugrientosa y enjundia con más grasa que un carro de matarife, y el
vagabundo bien vestido, soñador y escéptico, hay más distancia que entre la Luna y la
Tierra. Salvo que ese vagabundo se llame Máximo Gorki, o Jack London, o Richepin.
Ante todo, para vagar hay que estar por completo despojado de prejuicios y luego ser un
poquitín escéptico, escéptico como esos perros que tienen la mirada de hambre y que
cuando los llaman menean la cola, pero en vez de acercarse, se alejan, poniendo entre su
cuerpo y la humanidad, una respetable distancia.
Claro está que nuestra ciudad no es de las más apropiadas para el atorrantismo sentimental,
pero ¡qué se le va a hacer!
Para un ciego, de esos ciegos que tienen las orejas y los ojos bien abiertos inútilmente, nada
hay para ver en Buenos Aires, pero, en cambio, ¡qué grandes, qué llenas de novedades están
las calles de la ciudad para un soñador irónico y un poco despierto! ¡Cuántos dramas
escondidos en las siniestras casas de departamentos! ¡Cuántas historias crueles en los
semblantes de ciertas mujeres que pasan! ¡Cuánta canallada en otras caras! Porque hay
semblantes que son como el mapa del infierno humano. Ojos que parecen pozos. Miradas
que hacen pensar en las lluvias de fuego bíblico. Tontos que son un poema de imbecilidad.
Granujas que merecerían una estatua por buscavidas. Asaltantes que meditan sus trapacerías
detrás del cristal turbio, siempre turbio, de una lechería.
El profeta, ante este espectáculo, se indigna. El sociólogo construye indigestas teorías. El
papanatas no ve nada y el vagabundo se regocija. Entendámonos. Se regocija ante la
diversidad de tipos humanos. Sobre cada uno se puede construir un mundo. Los que llevan
escritos en la frente lo que piensan, como aquellos que son más cerrados que adoquines,
muestran su pequeño secreto… el secreto que los mueve a través de la vida como fantoches.
A veces lo inesperado es un hombre que piensa matarse y que lo más gentilmente posible
ofrece su suicidio como un espectáculo admirable y en el cual el precio de la entrada es el
terror y el compromiso en la comisaría seccional. Otras veces lo inesperado es una señora
dándose de cachetadas con su vecina, mientras un coro de mocosos se prende de las polleras
de las furias y el zapatero de la mitad de cuadra asoma la cabeza a la puerta de su covacha
para no perder el plato.
Los extraordinarios encuentros de la calle. Las cosas que se ven. Las palabras que se
escuchan. Las tragedias que se llegan a conocer. Y de pronto, la calle, la calle lisa y que
parecía destinada a ser una arteria de tráfico con veredas para los hombres y calzada para las
bestias y los carros, se convierte en un escaparate, mejor dicho, en un escenario grotesco
y espantoso donde, como en los cartones de Goya, los endemoniados, los ahorcados, los
embrujados, los enloquecidos, danzan su zarabanda infernal.
Porque, en realidad, ¿qué fue Goya, sino un pintor de las calles de España? Goya, como
pintor de tres aristócratas zampatortas, no interesa. Pero Goya, como animador de la canalla
de Moncloa, de las brujas de Sierra Divieso, de los bigardos monstruosos, es un genio. Y un
genio que da miedo.
Y todo eso lo vio vagabundeando por las calles.
La ciudad desaparece. Parece mentira, pero la ciudad desaparece para convertirse en un
emporio infernal. Las tiendas, los letreros luminosos, las casas quintas, todas esas
apariencias bonitas y regaladoras de los sentidos, se desvanecen para dejar flotando en el
aire agriado las nervaduras del dolor universal. Y del espectador se ahuyenta el afán de
viajar. Más aún: he llegado a la conclusión de que aquél que no encuentra todo el universo
encerrado en las calles de su ciudad, no encontrará una calle original en ninguna de las
ciudades del mundo. Y no las encontrará, porque el ciego en Buenos Aires es ciego en
Madrid o Calcuta…
Recuerdo perfectamente que los manuales escolares pintan a los señores o caballeritos que
callejean como futuros perdularios, pero yo he aprendido que la escuela más útil para el
entendimiento es la escuela de ”
la calle, escuela agria, que deja en el paladar un placer agridulce y que enseña todo aquello
que los libros no dicen jamás. Porque, desgraciadamente, los libros los escriben los poetas o
los tontos.
Sin embargo, aún pasará mucho tiempo antes de que la gente se dé cuenta de la utilidad de
darse unos baños de multitud y de callejeo. Pero el día que lo aprendan serán más sabios, y
más perfectos y más indulgentes, sobre todo. Sí, indulgentes. Porque más de una vez he
pensado que la magnífica indulgencia que ha hecho eterno a Jesús, derivaba de su continua
vida en la calle. Y de su comunión con los hombres buenos y malos, y con las mujeres
honestas y también con las que no lo eran.

La calle Florida
He hablado tanto de las calles canallas, con sus mansardas asomadas al sol y sus tiestos de
geranios que riega casi siempre una muchachita vestida de percal, que hoy, día decorado de
nubes, con un crepúsculo que antorchan letreros luminosos, maravilla de lo pálido verde, de
lo pálido azul y amarillo, siento necesidad de hablar de la calle Florida.
De la calle Florida y de sus petimetres; de la calle donde siempre hay «un día
convalesciente» de claridad, con sus vidrieras que retuercen de deseos el alma de las
mujeres, y con sus mujeres que se llevan los ojos de los hombres que pasan en busca del
amor inesperado.
Multitud de gente bien vestida. Los desdichados evitan esta calle; los miserables que
albergan un proyecto, la eluden; los soñadores que llevan un mundo adentro, la esquivan;
todos aquellos que necesitan de la calle para desparramar su angustia o para recogerla en un
ovillo nervioso, no entran en esta, que es el escaparate vivo del lujo, de las mujeres que
cuestan mucho dinero y de la vida que pasa vertiginosamente.

Calle del paseo


Es la calle del paseo pero ¿de qué paseo? Porque hay calles donde previamente, sabemos
que recibiremos una impresión de bienestar burgués; otras de romanticismo barato, fácil y
halagador; otras, donde la sucesión de murallas rojas y chimeneas negras, es tan continua
que se cree estar en los alrededores de Detroit o Chicago; otras donde uno se siente
anarquista, asaltante y todo lo demás; porque el espectáculo influye de tal modo, que uno es
lo que lo rodea, al menos transitoriamente. Pero en la calle Florida ¿qué impresión de paseo
se recibe?
Yo creo que es la calle más despersonalizada que tiene Buenos Aires. Esa es la verdad. La
más conocida e insignificante.

Despersonalizada
Despersonalizada porque hay un poco de todo, como en farmacia. Y ese poco es pretencioso
con tendencias al lujo. Y la enorme vulgaridad de sus tiendas con liquidaciones; esas
liquidaciones manidas que sublevan a todas las dueñas de casa que, con un presupuesto de
veinte para el tranvía y veinticinco centavos para el café con leche, piensan compensar los
gastos que harán con las rebajas que obtendrán.
¡Formidable! Y el aburrimiento se pasea junto a los maniquíes con ropa para hombres; esos
maniquíes que tienen la cara más pintada que una muchacha y cuyas patillas imitan los
horteras con conmovedora fidelidad.
La gente va y viene, pero porque sí. Hace cola, se apretuja. Los rateros distinguidos dan
manotones discretos a las posibles carteras rellenas, y las mamás se afanan al perder un
miembro de su prole entre las brigadas de papanatas que abren ojos de platos frente a un
soberbio collar de perlas que vale un peso y veinte, con opción a una rifa, en la que se regala
un chalet amueblado, con piano, automóvil y perro.
Lo único que falta es que regalen también, los habitantes del chalet.
Las que pasean
Hay mujeres que van todos los días a Florida. Digo todos los días, porque cada tres meses
paso por allí y me encuentro a las mismas paseantes, con los mismos vestidos, la misma
mirada, el mismo cansancio, igual paso, semejante rumbo. Grupos de tres, de cuatro, que al
que va por primera vez le da la impresión de ser provincianas que están estudiando
arquitectura y que, para el que las ve todos los días, le dejan en el entendimiento una
pregunta flotante: ¿Qué diablos vienen a buscar todos los días estas mocitas a la calle?
Porque se explica un día, dos ¿pero todos los días: invierno, verano, otoño? Se necesita
paciencia y plata, sobre todo plata, para atender al desgaste de material rodante, quiero
decir, de zapatos y medias.

Los provincianos
En cambio, los provincianos se encantan con esta calle de encargue para las admiraciones; y
si son de Azul, dicen: «¿Viste? Florida es bastante parecida a la vuelta del perro», que así se
llama en Azul al tal paseo por tal calle. Y si son de Córdoba, en cambio, exclaman:
-¡Como la calle San Martín, igualita!...
De más está decir que una calle que se parece a tantas calles distantes, no es posible que
tenga ninguna característica.
Su única virtud es ser el canal de nuestro aburrimiento ciudadano, la calle donde los
mozalbetes y los que no lo son, van en grupo a buscar programa, esos programas que
terminan, como siempre, a la orilla de la mesa de un café cosmopolita donde hay extranjeros
que fuman y un negro que muestra los dientes al sonreírnos porque entráis a tomar un
cocktail.
Eso es todo.

Final
Y, a pesar de sus parejas de subtenientes y de sus coroneles que salen del Círculo y de sus
mocitos patlludos y de las damiselas que cotorrean y de las vidrieras con «artículos
alemanes» y de los escaparates con «perramus ingleses»; a pesar de sus teatros y de las
naranjas metálicas que sudan una naranja biliosa y de los bares automáticos, Florida es la
calle menos porteña que tenemos. Falta el espíritu que en todos los barrios, bajo una forma u
otra, encontramos; falta «ese no sé qué» que, tanto en las mujeres como en las calles, pone
su encanto finísimo y particular; esa atmósfera extraña, singular y perceptible que, de
pronto, nos encanta sin que podamos definir de qué ángulo o de que gesto se escapó esa
poderosa atracción que nos seduce.
Florida... calle ñoña como la inofensiva Agua Florida. Yo me imagino que allí es donde
nació la palabra cursi. Y debe ser así.

Corrientes, por la noche


Caída entre los grandes edificios cúbicos, con panoramas de pollos a «lo spiedo» y salas
doradas, y puestos de cocaína, y vestíbulos de teatros ¡qué maravillosamente atorranta es
por la noche la calle Corrientes! ¡Qué linda y qué vaga! Más que calle parece una cosa viva,
una creación que rezuma cordialidad por todos sus poros; calle nuestra, la sola calle que
tiene alma en esta ciudad, la única que es acogedora, amablemente acogedora, como una
mujer trivial, y más linda por eso.
¡Corrientes, por la noche! Mientras las otras calles honestas duermen para despertarse a las
seis de la mañana, Corrientes, la calle vagabunda, enciende a las siete a la tarde todos sus
letreros luminosos y, enguirnaldada de rectángulos verdes, rojos y azules, lanza a las
murallas blancas sus reflejos de azul de metileno, sus amarillos de ácido pícrico, como el
glorioso desafío de un pirotécnico.
Bajo estas luces fantasmagóricas, mujeres estilizadas como las que dibuja Sirio, pasan
encendiendo un volcán de deseos en los vagos de cuellos duros que se oxidan n las mesas de
los cafés saturados de jazz band.

Confraternidad
Vigilantes, canillitas, fiocas, actrices, porteros de teatros, mensajeros, revendedores,
secretarios de compañías, cómicos, poetas, ladrones, hombres de negocios innombrables,
autores, vagabundas, críticos teatrales, damas del medio mundo; una humanidad única,
cosmopolita y extraña se da la mano en este único desaguadero que tiene la ciudad para su
belleza y alegría.
Sí; para su belleza y alegría.
Porque basta entrar a esta calle para sentir que la vida es otra y más fuerte y más animada.
Todo ofrece placer. Todo.
Desde la trattoría con sus vidrieras llenas de moluscos entre guijarros de hierro, hasta las
confiterías que, en vez de exhibir dulces, muestran magníficas muñecas de raso y seda y
perros que sonríen con ojos de niños. Y libros, mujeres, bombones y cocaína, y cigarrillos
verdosos, y asesinos incógnitos; todos confraternizan en la estilización que modula una luz
supereléctrica y una especie de estremecimiento sordo, que no se sabe si brota de la entraña
de la tierra o cae del cielo purísimo, alto, con una blanca luna glacial truncándose en las
cornisas de los rascacielos.

Babel
Las veredas son tan estrechas y en las zonas anchas hay tantos escombros, que la gente va
haciendo malabarismos con los pies entre los guardabarros de los autos. Como en los
escenarios de los teatros cuando ya se apagaron las luces y quedan solas las bambalinas, se
ven casas cortadas por la mitad, salones donde la piqueta municipal ha dejado íntegro, por
un milagro, un rectángulo de papel de oro o una estampa de La Vie Parissien.
Armazones de cemento armado más bellos que una mujer. Caños de desagüe negros
suspendidos entre jaulones de vigas y maderos. Arcos voltaicos reverberando sótanos de
tierra amarilla, mientras cruje la cadena de la grúa eléctrica. Camiones de cien toneladas.
Tranvías en trinas, zaguanes con puertas forradas de papel verde e inscripciones en oro:
«Saloncitos reservados». Peluquerías de mujeres donde entran y salen hombres. Casas de
departamentos donde cada departamento le deja una ganancia enorme al propietario... y al
comisario. Bodegones donde se comen macarroni adornados con moñitos y lampreas
vetustas. Librerías de viejo y nuevo con volúmenes hinchados de pornografía junto a la
millonésima edición de Martín Fierro. Ristras de fotografías como para entusiasmarlo a
Matusalén. Estudios fotográficos que, además de la fotografía, despachan otros artículos.
Diarieros que se tutean con mujeres admirablemente vestidas. Señores con diamantes en la
pechera que le estrechan la mano al negro de un dancing. Primeras actrices que tienen
catadura de dueñas de pensión en tren de compras. Señoras honestas que parecen artistas.
Gatos que podrían pasar por eximios facinerosos. Bandoleros con caras al coldcream y
anteojos de armadura de carey. Vivos que parecen zonzos y lonyis que parecen asaltantes.
Todo aquí pierde su valor. Todo se transforma. Pasa un señor y dice:
-Buenas noches, mi cabo.
Y el cabo hace la venia. Ese hombre que saludó tiene ocho «manyamientos» y dos mujeres
que lo visten para que pasee su linda figura por el canal de los locos y las bagatelas.
Todo aquí pierde su valor: se transforma. Una princesa baja de un auto y le dice al forajido
del puesto de diarios:
-Che, Serafín ¿no tenés «menezunda»?
La luna, blanca como sal de cinc, redonda y pura, pasa oblicuamente cortando la cornisa de
los rascacielos. De vez en cuando, un forajido levanta la cabeza, la mira y le dice después al
socio:
-Che ¿vamo p' al escolazo?

Calle única
Calle única, calle absurda, calle linda. Calle para soñar, para perderse, para ir de allí a todos
los éxitos y a todos los fracasos; calle de alegría; calle que las vuelve más gauchas y
compadritas a las mujeres; calle donde los sastres le dan consejos a los autores y donde los
polizontes confraternizan con los turros; calle de olvido, de locura, de milonga, de amor.
Calle de las rusas, de las francesas, de las criollas que dejaron demasiado pronto el hogar
para ir a correr la juerga tras de un malevito; calle de tango, de ensueño; calle que recuerdan
los presos en el cuadro quinto; calle que al amanecer se azulea y oscurece porque la vida
sólo es posible al resplandor artificial de los azules de metileno, de los verdes de sulfato de
cobre, de los amarillos de ácido pícrico que le inyectan una locura de pirotecnia y celos.

Pueblos de los alrededores


Pueblos de los alrededores, pueblos que tienen estos nombres: Morón, Banfield, San Isidro,
Ramos Mejía, Témperley, Saavedra... pueblos que son la negación de Buenos Aires, pueblos
para soñar, pueblos de serenidad.
Yo he caminado por ellos en las tardes festivas. En los crepúsculos. Y nunca se ve gente en
sus calles.

Silencio provinciano
Tienen tantos árboles estos pueblos, que de cada hoja cae un silencio. Un silencio que se
suma a los otros. Las calles arrancan limpias; las quintas suceden a las casas; las casas son
profundas, con zaguanes lustrosos, con puertas viejas pero nobles, con rejas antiguas que no
son coloniales ni de quincalla como las que se estilan en esta ciudad de arquitecturas
improvisadas.
Las veredas anchas, con losas rajadas, con cordones tortuosos. Las calzadas rústicas. La
iglesia aquí, enfrente la comisaría, más allá la Municipalidad, la plaza, tres cuadras más
lejos el paso a nivel de la línea de ferrocarril, luego calles, calles que no son ni anchas ni
estrechas, calles en las que el paso del transeúnte resuena nítido y claro, frentes de ladrillo,
rojos y sombríos, faroles en los muros, fachadas de color rosa, de color azul, con molduras
francesas, ventanas viejas con flamantes cortinados, jardincitos, horizontes, horizontes por
todos los costados, encrespados de nubes, con cresterías de eucaliptos, con losanges de oro,
lagos de nácar, montañas de algodón. Y techos de tejas rojas, verdinosas, techados oblicuos,
columnas de humo que se escapan de algunas chimeneas, y luego, paz, serenidad, silencio.
Porque hay tantos árboles en estos pueblos que de cada hoja cae un silencio.

Hombre de ciudad
Yo, hombre de ciudad, sujeto que me encuentro perfectamente cómodo en los cafés
humosos y en las bocacalles ensordecedoras con el estrépito de los «claxsons» y los letreros
parlantes, me imagino que la vida en estos pueblos debe ser sustancialmente distinta de la
que hacemos nosotros, pobladores de cuevas de cuatro por cuatro y balconcitos para
pigmeos.
Porque nosotros, hombres de ciudad, estamos acostumbrados a un espacio de dieciséis
metros cuadrados. A la oscuridad de los departamentos. Y a todo lo francamente abominable
que el progreso, la tacañería de los propietarios y los digestos municipales han amontonado
sobre nuestras cabezas.
En cambio, estos pueblos...
Uno va por sus calles como si fuera el inquilino de la pequeña ciudad. Solo. Nadie lo
empuja, no hay círculos de papanatas, ni vigilantes en las esquinas. Se puede pensar. Se
puede reír solo.
Los trenes pasan, dejando con sus pitadas un reguero de distancia, luego el silencio, un
pájaro que tiembla encima de una rama, una mujer distante que con la cabeza cubierta de un
velo negro va hacia la iglesia, y todo este conjunto de pequeñísimas cosas: un postigo que se
entorna, una mujer que tras de una reja lo mira, un señor gordo que entra a la farmacia, un
coche que pasa, le deja a uno en los labios el sabor de la vida añeja.
Y el alma más tumultuosa se siente aquietada.

Otras bellas cosas


En la plaza no hay vagos. La plaza parece un jardín. Limpia, con canteros cuidados, con
árboles que proyectan grandes círculos de sombra en la granza.
De vez en cuando, pasa una mujer. Una mujer que para caminar tres cuadras ha estado dos
horas frente al espejo, embelleciéndose perezosamente, y que después de ponerse el
sombrero sale hacia la tienda a comprar un carrete de seda. Camina sin prisa, saluda con una
inclinación de cabeza a un señor entrecano que se descubre apresuradamente, lo mira a
usted con esa rapidísima fijeza que revela que ella ha descubierto que usted no es del pueblo
y luego sigue a la sombra de los plátanos. Pasan tres colegialas deliciosas miran las tres,
luego una vuelve la cabeza, suenan risas, se pierden en una bocacalle.
Pasa una pareja de amantes. El descubierto, ella también. Son novios. Usted sonríe y piensa:
es linda una pacífica vida en un pueblo así. Es lindo este amor bucólico, simple, sin
complicaciones, con un vals al piano y un barato claro de luna al anochecer; todo esto es tan
lindo, posible y fácil, que no vale la pena de soñarlo.
Pero usted piensa
Pero usted involuntariamente continúa pensando, pensando mil deliciosas pavadas: ¡Qué
lindo sería vivir en un pueblo de estos, escuchar el toque de campanas, saludarlo al cura, ser
amigo del farmacéutico, tener una novia a la que se visita en día fijo mientras las amigas le
lanzan indirectas...!
Mientras va pensando todas estas cosas, las calles del pueblo quedan atrás pero usted sabe
que en Morón, en Banfield o en San Isidro soñará del mismo modo. Verá los mismos
semblantes, reconocerá iguales gestos, y en cualquier parte, donde haya un árbol, un pedazo
de cielo, una reja, una nube distante y un cruce a nivel, su emoción será semejante.
Y es que estos pueblos son el apeadero de la ciudad que necesita soñar. Para eso tienen casas
con tejados en punta, calles que se tuercen, ventanales labrados a mano, hombres gordos,
jardines para la hora de «te quiero», de «¡ay!» y de «suspiro», y colegialas que pasan, le
miran, sonríen y desaparecen. Desaparecen dejándole una sabrosa angustia en el fondo del
corazón.