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Matthew Arnold

Literatura y ciencia1

La gente práctica se sonríe al hablar de Platón y sus ideas absolutas y es imposible


negar que las ideas de Platón suelen parecer insensatas e impracticables, especialmente
cuando se las observa en relación con la vida en un mundo de gran trajín, como el de los
Estados Unidos. Platón considera con desprecio la materia prima ineludible de ese
mundo; desprecia el oficio, el comercio y las profesiones. Pero ¿en qué se transforma la
vida de una moderna comunidad industrial si se le quita la manufactura, el comercio y las
profesiones? Las viles artes mecánicas y los oficios conllevan, según Platón, una
debilidad natural en el principio de excelencia del hombre, de modo tal que este no solo
se vuelve incapaz de controlar sus cambios degradantes, sino que también los alimenta y
no puede imaginarse fomentando otros. Aquellos que practican dichos artes y oficios,
como tienen los cuerpos mancillados por sus ocupaciones vulgares, dice, tienen las almas
doblegadas y quebrantadas por los mismos. Y si a alguno de ellos se le ocurre inclinarse
hacia el cultivo de su espíritu y la filosofía, Platón lo compara con un chapucerito inepto
que ha conseguido algo de dinero y ser relevado de su trabajo, se ha bañado y se ha
comprado un saco nuevo y está emperifollado como un novio a punto de casarse con la
hija de su señor, quien ha caído en la pobreza y la indefensión.
Tampoco las profesiones son mejores que el comercio ante los ojos de Platón.
Realiza un retrato inimitable del abogado y su vida de esclavitud. Nos muestra cómo esta
esclavitud lo ha atrofiado y deformado desde su juventud y ha encogido y torcido su alma.
Lo ha rodeado de dificultades que debe enfrentar sin tener la hombría suficiente para
hacerlo confiando en la justicia y la verdad, sino que, para salir de ellas, debe recurrir a
la mentira y la injusticia. Entonces, dice Platón, esta pobre criatura es doblada y
quebrantada y se transforma de niño en hombre sin tener ni una partícula de sensatez,
aunque se considere a sí mismo excepcionalmente inteligente y astuto.
Es imposible no admirar al artista que realiza estos retratos. Pero nos decimos que
sus ideas demuestran la influencia de un ordenamiento primitivo y obsoleto de las cosas,
cuando eran honorables solo la casta guerrera y la sacerdotal, mientras que los esclavos
eran quienes se ocupaban del humilde trabajo mundano. Ahora hemos cambiado todo eso:
la mayoría moderna se ocupa del trabajo y principalmente, podríamos agregar, del trabajo
común y polvoriento de los cultivadores del suelo, de los hombres de oficio, comercio y
negocio, de los hombres profesionales. Esto es especialmente cierto en una gran
comunidad industrial como la de los Estados Unidos.
Ahora bien, la educación, según dicen muchos, aún está dominada por las ideas
de hombres como Platón, que vivieron cuando solo la casta guerrera y la clase de los
sacerdotes o filósofos eran honorables y los esclavos componían la parte verdaderamente

1
Arnold, Matthew. “Literature and Science” en Discourses in America. Londres: Macmillan,
1912, pp. 72–137. Traducción de Malena Duchovny y Jésica Lenga para uso de los alumnos de
la cátedra de Literatura Inglesa de la Universidad de Buenos Aires, 2019.

1
útil de la comunidad. Es una educación a medida para personas ociosas en una comunidad
tal. Esta educación pasó de Grecia y Roma a las comunidades feudales de Europa, donde,
una vez más, solo la casta guerrera y la casta sacerdotal eran honorables y donde la parte
verdaderamente útil de la comunidad estaba compuesta por hombres que, aunque no eran
llamados esclavos como en el mundo pagano, no tenían mucho más dinero, ni eran
tratados mejor, que los esclavos. ¡Y cuán absurdo es, dice la gente, imponer esta
educación a una moderna comunidad industrial, donde muy pocos están ociosos y la
multitud a considerar no tiene ocio sino que está destinada –por su propio bien y el bien
de todo el mundo– a trabajos comunes y actividades industriales, cuando,
inevitablemente, esta educación los deja insatisfechos con estas actividades y los vuelve
incapaces de llevarlas a cabo!
Esto es lo que se dice. Hasta aquí debo defender a Platón y alegar que su parecer
sobre la educación y los estudios es en general suficientemente sólido, según lo veo, y
adecuado para cualquier tipo de hombre, cualquiera sea su condición o su actividad. “Un
hombre inteligente”, dice Platón, “valorará aquellos estudios que permitan que su alma
consiga sobriedad, honradez y sabiduría, y desestimará los demás”. No puedo decir que
esa sea una mala descripción del objetivo de la educación y de las intenciones que
debieran guiarnos al elegir estudios, ya sea que nos estemos preparando para un lugar en
la Cámara de los Lores de Inglaterra o para el comercio de cerdos en Chicago.
Sin embargo, admito que el mundo de Platón no era como el nuestro, que su
desprecio hacia el comercio y los oficios es increíble, que no podía concebir una gran
comunidad industrial como la de Estados Unidos y que una comunidad tal debe moldear
su educación –y así lo hará– de acuerdo a sus necesidades. Si la educación que le llega
del pasado no es adecuada, no hay duda de que pronto la cambiará por otra. La educación
más común del pasado ha sido más que nada literaria. La pregunta es si los estudios que
por mucho tiempo fueron considerados los mejores para todos siguen siendo los mejores
en sentido práctico en este momento o si no hay otros mejores. La tiranía del pasado,
piensan muchos, constituye un peso perjudicial para nosotros porque le da predominio a
las Letras. La pregunta es si, para las necesidades de la vida moderna, el predominio no
debería pasar de las Letras a la Ciencia. Por supuesto, esta pregunta no se escucha en
ningún lugar con más energía que aquí en Estados Unidos. El plan de denigrar la llamada
“mera instrucción y educación literaria” y exaltar el llamado “conocimiento científico
sólido, amplio y práctico” es, en este mundo intensamente moderno de Estados Unidos
tal vez incluso más que en Europa, un plan muy popular que progresa distinguida y
rápidamente.
Voy a preguntar si acaso la propuesta actual de expulsar a las Letras de su lugar
predominante en la educación y transferir el predominio en la educación a las Ciencias
Naturales –una propuesta enérgica y floreciente– debería prevalecer y si es probable que
finalmente prevalezca. Anticiparé una objeción que se me podría hacer. Mis propios
estudios han sido casi enteramente literarios y mis visitas al campo de las Ciencias
Naturales han sido insignificantes e inadecuadas, aunque esas ciencias siempre han
despertado mi curiosidad. Un hombre de letras, podría decirse, no tiene la capacidad para
comparar los méritos de la Literatura y la Ciencia Natural como medios para educar. A
esta objeción respondo, en primer lugar, que su incapacidad, si es que intenta y es incapaz

2
de conducir la discusión, será claramente visible: nadie será engañado y habrá cantidad
de observadores y críticos agudos que salven a la humanidad de tal peligro. Pero el hilo
que seguiré, como verán, es tan extremadamente simple que tal vez pueda ser seguido
correctamente incluso por uno que sería ciertamente incapaz de un hilo de discusión más
ambicioso.
Es posible que algunos de ustedes recuerden una frase mía que ha sido
ampliamente comentada: una observación cuyo sentido era que en nuestra cultura, que
tiene como objetivo conocernos y conocer al mundo, debemos, como medio para este fin,
saber lo mejor de lo que ha sido pensado y expresado en el mundo. Un hombre de ciencia,
que es también un escritor excelente y el mismísimo príncipe de los polemistas, el
profesor Huxley, en un discurso por la apertura de la universidad de sir Josiah Mason en
Birmingham, amplió esta frase con más citas de palabras mías, que son las siguientes: “El
mundo civilizado debe ser considerado ahora, para propósitos intelectuales y espirituales,
una gran confederación destinada a una acción conjunta, que se esfuerza por conseguir
un resultado común y cuyos miembros están adecuadamente equipados de conocimiento
de la Antigüedad griega, la romana y la oriental. Dejando fuera de consideración las
ventajas especiales de tiempo y espacio, la nación moderna que logre progresar más en la
esfera intelectual y espiritual será aquella que siga este plan más meticulosamente”.
Ahora bien, acerca de mi frase, ampliada de este modo, el profesor Huxley
observa que cuando hablo del conocimiento antes mencionado como medio para
conocernos a nosotros y conocer al mundo, afirmo que la literatura contiene el material
suficiente para hacer que nos conozcamos a nosotros mismos y al mundo. Pero, dice, no
es para nada evidente que, una vez que hemos aprendido todo lo que las literaturas
antiguas y modernas pueden enseñarnos, hemos construido cimientos lo suficientemente
amplios y profundos para aquella crítica de la vida, aquel conocimiento de nosotros y del
mundo, que constituye la cultura. Por el contrario, el profesor Huxley manifiesta sentirse
“completamente incapaz de admitir que las naciones o los individuos avanzarán realmente
si no están equipados con algo de las reservas de las Ciencias Físicas. Un ejército sin
armas de precisión ni una base particular de operaciones podría empezar una campaña en
el Rin con más esperanza que un hombre que empieza una crítica de la vida sin
conocimiento acerca de lo que las Ciencias Físicas han realizado en el último siglo”.
Esto demuestra cuán indispensable es que aquellos que van a debatir acerca de
cualquier tema tengan la misma comprensión del sentido de los términos que emplean:
cuán indispensable y cuán dificultoso. Lo que dice el profesor Huxley supone aquel
reproche que con frecuencia se hace al estudio de las belles lettres, como se les dice: que
es un campo de estudios elegante pero trivial y fútil, un conocimiento fragmentado del
griego y el latín y otras cosas ornamentales, de poca utilidad para cualquiera cuyo objetivo
es alcanzar la verdad y ser un hombre práctico. Así, también, monsieur Renan habla del
“humanismo superficial” de un campo de estudios que nos trata a todos como si fuéramos
a convertirnos en poetas, escritores, predicadores, oradores, y opone a este humanismo la
ciencia positiva o la búsqueda crítica de la verdad.2 Y en aquellos que protestan contra el
predominio de las Letras en la educación siempre hay una tendencia a confundir Letras

2
N. de la T: Aquí, “positiva” es equivalente a empírica, es decir, no especulativa.

3
con belles lettres y belles lettres con un humanismo superficial, opuesto a la Ciencia o al
conocimiento verdadero.
Pero cuando nos referimos, por ejemplo, al conocimiento de la Antigüedad
grecorromana, que es el conocimiento que la gente ha llamado ‘humanidades’, yo, por mi
parte, me refiero a un conocimiento que es más que un humanismo superficial y
meramente decorativo. “Considero ‘científica’”, dice Wolf, el crítico de Homero, “toda
enseñanza que esté explicada sistemáticamente y que conduzca a sus fuentes originales.
Por ejemplo: el conocimiento de la Antigüedad clásica es científico cuando los restos de
la Antigüedad clásica son estudiados correctamente en los idiomas originales”. Es
indudable que Wolf tiene razón, que toda enseñanza que está explicada sistemáticamente
y conduce a sus fuentes originales es científica, y que el humanismo genuino es científico.
Cuando me refiero, entonces, al conocimiento de la Antigüedad grecorromana
como un medio para conocernos a nosotros mismos y conocer al mundo, me refiero a más
que un conocimiento de cierta cantidad de vocabulario, cierta cantidad de gramática y
cierta cantidad de autores en idiomas griego y latín: me refiero a conocer a los griegos y
los romanos, su vida y genio, lo que fueron e hicieron en el mundo, lo que obtuvimos de
ellos y el valor de esto. Este es, al menos, el ideal. Y cuando hablamos de intentar conocer
la Antigüedad grecorromana como un medio para conocernos a nosotros mismos y
conocer al mundo, nos referimos a intentar conocerlos de modo que podamos satisfacer
este ideal, más allá de cuán lejos quedemos de alcanzarlo.
Lo mismo aplica al conocimiento de nuestra moderna nación y otras, con el
objetivo equivalente de entendernos a nosotros mismos y entender al mundo. Conocer lo
mejor de lo que ha sido pensado y expresado por las naciones modernas es saber, dice el
profesor Huxley, “solamente aquello que las literaturas modernas tienen para decirnos,
es la crítica de la vida contenida en la literatura moderna”. Y sin embargo, “lo que
distingue el carácter de nuestra época”, declara, “es el amplio y creciente rol del
conocimiento del mundo natural”. Y, entonces, ¿cómo puede comenzar con esperanza
una crítica de la vida moderna un hombre sin conocimiento acerca de lo que las Ciencias
Físicas han realizado en el último siglo?
Pongámonos de acuerdo, digo yo, en el significado de los términos que utilizamos.
Yo me refiero al conocimiento de lo mejor de lo que ha sido pensado y expresado en el
mundo, el profesor Huxley dice que esto es el conocimiento de la literatura. Literatura es
un término amplio: puede significar todo lo que ha sido escrito con letras o impreso en un
libro. Los Elementos de Euclides y los Principios de Newton son, entonces, literatura.
Todo el conocimiento que nos llega a través de los libros es literatura. Pero literatura, en
la boca del profesor Huxley, quiere decir belles lettres. Él quiere hacerme decir que
conocer lo mejor de lo que ha sido pensado y expresado por las naciones modernas es
conocer sus belles lettres y nada más. Y éste, explica él, no es equipamiento suficiente
para una crítica de la vida moderna. Pero así como conocer a la antigua Roma no es, en
mis palabras, conocer solo algo de las belles lettres latinas, sin tener en cuenta la labor
militar, política, legal y administrativa de Roma en el mundo y conocer a la antigua Grecia
es, para mí, conocerla como la que nos ha otorgado el arte griego, la guía del uso libre y
correcto de la razón y la guía del método científico, y la que ha fundado la matemática,
la física, la astronomía y la biología que nosotros utilizamos –para mí, conocerla es todo

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esto y no solamente conocer ciertos poemas, historias, tratados y discursos griegos–, del
mismo modo considero el conocimiento de las naciones modernas. Cuando me refiero a
conocer las naciones modernas, no me refiero meramente a conocer sus belles lettres,
sino a conocer también aquello que han hecho hombres como Copérnico, Galileo,
Newton, Darwin. “Nuestros ancestros aprendieron”, dice el profesor Huxley, “que la
Tierra es el centro del universo visible y que el hombre es el centro de las cosas terrestres.3
Y más especialmente se inculcó la idea de que el curso de la naturaleza no tenía un orden
fijo, sino que podía ser –y era constantemente– alterado”. Pero ahora, para nosotros,
continúa el profesor Huxley, “las nociones del comienzo y el fin del mundo contempladas
por nuestros antepasados ya no son creíbles. Es muy cierto que la Tierra no es el cuerpo
principal del universo material y que el mundo no está subordinado a su utilización por
parte del hombre. Es aun más cierto que la naturaleza es la expresión de un orden
determinado, que nada puede modificar”. “Y sin embargo”, exclama, “la educación
puramente clásica por la cual abogan los representantes de los humanistas de nuestra
época no muestra ni un indicio de todo esto”.
En el momento y espacio oportunos me encargaré brevemente de esta insistente
pregunta por la educación clásica, pero ahora la pregunta es por el significado de conocer
lo mejor de lo que las naciones modernas han pensado y expresado. El significado no es
conocer meramente sus belles lettres. Conocer las belles lettres italianas no es conocer
Italia y conocer las belles lettres inglesas no es conocer Inglaterra. Para conocer Italia e
Inglaterra son necesarios muchos otros elementos, entre ellos Galileo y Newton. El
reproche de ser un humanismo superficial, un barniz de belles lettres, podría hacerse con
justicia a otras disciplinas, pero no aplica a la disciplina particular que recomiendo con
mi propuesta de conocer lo mejor de lo que ha sido pensado y expresado en el mundo. En
ese ‘lo mejor’ incluyo, por supuesto, lo que ha sido pensado y expresado por los grandes
observadores y conocedores de la naturaleza de los tiempos modernos.
No hay, entonces, ninguna duda ni por mi parte ni por la del profesor Huxley sobre
si conocer los grandes resultados modernos del estudio científico de la naturaleza es o no
un requisito de la cultura, tanto como conocer los productos de la literatura y el arte. Pero
seguir los procedimientos por los cuales se alcanzan dichos resultados debería ser, según
dicen los amigos de las Ciencias Físicas, el elemento básico de la educación para la mayor
parte de la humanidad. Y aquí sí aparece un problema entre aquellos a quienes el profesor
Huxley llama con sarcasmo jocoso “los levitas de la cultura” y aquellos a quienes el pobre
humanista a veces debe considerar como sus Nabucodonosores.4
Estamos de acuerdo respecto del conocimiento de los grandes resultados de la
investigación científica de la naturaleza, pero ¿qué parte de nuestros estudios debemos
dar a los procedimientos mediante los cuales se llega a dichos resultados? Los resultados
son visiblemente importantes para la vida humana. Pero todos los procesos también –

3
N. de la T: La palabra que utiliza para ‘centro’ en “el hombre es el centro de las cosas terrestres”
(cynosure) refiere también a la estrella polar, que los marineros antiguos usaban como guía.
4
N. de la T.: Los levitas son una de las doce tribus de Israel, la única que no heredó territorio sino
la responsabilidad del cuidado del templo, según Jehová le indicó a Josué (Josué 13).
Nabucodonosor II, rey de Babilonia entre el 604 y el 562 a.C., destruyó el Templo de Jerusalén
(Jeremías 52).

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todos los componentes de la realidad– mediante los cuales se alcanzan y establecen dichos
resultados son interesantes. Todo conocimiento es interesante para un hombre sabio, y el
conocimiento de la naturaleza es interesante para todos los hombres. Es muy interesante
saber que el pichón en el huevo toma de la clara albuminosa del huevo todos los materiales
para su carne, huesos, sangre y plumas, mientras que, de la grasosa yema del huevo, toma
el calor y la energía que le permitirán romper el cascarón y dar comienzo al mundo. Es
tal vez menos interesante, pero interesante al fin, saber que cuando una vela se consume,
la cera se transforma en ácido carbónico y agua. Aun más, es ciertamente verdad que la
costumbre de trabajar con hechos, la cual viene con el estudio de la naturaleza, es una
excelente disciplina, tal como la describen elogiosos los amigos de las Ciencias Físicas.
El estudio de la Ciencia constantemente urge a observar y experimentar: no sólo se dice
que una cosa es de tal modo, sino que se nos puede demostrar que efectivamente es de tal
modo. No sólo un hombre nos dice que cuando una vela se consume la cera se transforma
en ácido carbónico y agua –como un hombre podría decirnos, si quisiera, que Caronte
impulsa su bote a través del río Estigia o que Víctor Hugo es un poeta sublime o que el
señor Gladstone es el estadista más admirable–, sino que se nos puede demostrar que la
transformación en ácido carbónico y agua efectivamente sucede. Es esta característica del
conocimiento del mundo natural que hace que los amigos de las Ciencias Físicas lo
contrasten, como conocimiento de las cosas, con el conocimiento del humanista, que es,
según dicen ellos, conocimiento de las palabras. Y entonces el profesor Huxley es
impulsado a declarar que “para el propósito de obtener cultura real, una educación
exclusivamente científica es al menos igual de efectiva que una educación exclusivamente
literaria”. Y un cierto Presidente de la Sección de Ciencia Mecánica en la Asociación
Británica es, para tomar una frase de las escrituras, “muy osado”, y declara que si un
hombre, en su entrenamiento mental, “ha sustituido la Literatura y la Historia por las
Ciencias Naturales, ha escogido la opción menos útil”.5 Pero lleguemos o no a este punto,
debemos admitir que en las Ciencias Naturales la costumbre que se adquiere de trabajar
con hechos es una disciplina muy valiosa y que todos debieran tener la experiencia de
hacerlo.
Sin embargo, los reformadores piden aun más que esto. Proponen que el
entrenamiento en Ciencias Naturales sea la parte principal de la educación, por lo menos
para la mayor parte de la humanidad. Y aquí, confieso, abandono la compañía de los
amigos de las Ciencias Físicas, con quienes hasta este punto estuve de acuerdo. En esta
discrepancia, sin embargo, deseo proceder con la mayor cautela y reticencia. La pequeñez
de mi conocimiento acerca de las disciplinas de las Ciencias Naturales se hace presente
en mi mente como nunca antes y temo ser injusto con estas disciplinas. La habilidad y

5
N. de la T.: La Asociación Británica para el Avance de la Ciencia fue fundada en 1831. En 1860,
en el contexto del encuentro anual de la Asociación, se produjo un debate histórico entre varios
científicos (incluído Huxley) respecto de El origen de las especies de Darwin que había sido
publicado meses atrás. Durante el mismo, el obispo Wilberforce le preguntó a Huxley si era a
través de su abuelo o su abuela que le llegaba su linaje simio, a lo cual Huxley respondió que no
le avergonzaba tener a un mono como antepasado pero sí le avergonzaría estar ligado a un hombre
que usaba su gran talento para ocultar la verdad. Fuente: Lucas, J. R. "Wilberforce and Huxley:
A Legendary Encounter".

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belicosidad de los partidarios de las Ciencias Naturales los vuelven oponentes difíciles.
El tono de una pesquisa tentativa, que es adecuado para un ser torpe y limitado en sus
conocimientos, es el tono que deseo utilizar y del cual espero no alejarme. En este
momento me parece que aquellos que están a favor de darle al conocimiento del mundo
natural, como ellos lo llaman, el lugar principal en la educación de la mayor parte de la
humanidad dejan de lado una cosa muy importante: la composición de la naturaleza
humana. Pero sugiero esto basándome en la solidez de ciertos hechos para nada remotos.
Todo lo contrario: son hechos pasibles de ser expresados de la manera más simple posible
y hechos que, si los expreso de dicho modo, el hombre de ciencia –estoy seguro– estará
dispuesto a considerar como importantes en su justa medida.
Difícilmente, creo, podría negar los hechos por completo. Difícilmente podría
negar que cuando emprendemos la enumeración de las fuerzas que participan en la
construcción de la vida humana y decimos que son la fuerza de la moral, la fuerza del
intelecto y el conocimiento, la fuerza de la belleza y la fuerza de la vida social y los
modales; difícilmente podría negar que este esquema, aunque retratado con líneas
desiguales y sencillas, aunque no pretenda tener exactitud científica, es una
representación bastante veraz del tema. La naturaleza humana está compuesta por estas
fuerzas, las necesitamos a todas. Cuando hayamos considerado y solucionado
correctamente todos sus reclamos, entonces estaremos en el camino adecuado para
obtener la sobriedad y la honradez, junto con la sabiduría. Esto es suficientemente obvio
y los amigos de las Ciencias Físicas lo admitirían.
Pero tal vez no hayan observado suficientemente otra cosa: a saber, que las
numerosas fuerzas mencionadas no están aisladas, sino que hay, entre el común de los
hombres, una tendencia perpetua a relacionarlas de diversas formas. En este momento
quiero ocuparme específicamente de una de estas formas de relacionarlos. Al seguir
nuestro instinto por el intelecto y el conocimiento, adquirimos pedazos de conocimiento
y, en ese momento, en el común de los hombres, asoma un deseo de relacionar estos
pedazos de conocimiento con nuestro sentido de la moral, nuestro sentido de la belleza;
y si el deseo es pasado por alto, aparecen el hastío y la insatisfacción. Ahora bien, en este
deseo se encuentra la fuerza de esa fascinación que las Letras ejercen sobre nosotros.
Todo el conocimiento es, como acabo de decir, interesante e incluso las partes del
conocimiento que por su propia naturaleza no pueden ser relacionadas, sino que deben
mantenerse aisladas en nuestro pensamiento, son interesantes. Incluso las listas de
excepciones son interesantes. Si estamos estudiando la acentuación griega, es interesante
saber que pais, pas y algunos otros monosílabos de la misma declinación, no llevan
circunflejo sobre la última sílaba del genitivo plural, sino que en este aspecto difieren de
la regla. Si estamos estudiando fisiología es interesante saber que la arteria pulmonar
transporta sangre de color rojo brillante y difiere en este aspecto de la regla de división
de trabajo entre venas y arterias. Pero todos sabemos cómo espontáneamente buscamos
combinar juntas las piezas de nuestro conocimiento, someterlas a leyes generales,
relacionarlas con principios; y cuán insatisfactorio y tedioso sería estar siempre
aprendiendo listas de excepciones o acumulando detalles fácticos que deban permanecer
aislados.

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Bien, la misma necesidad de relacionar nuestro conocimiento, que opera aquí
dentro de la esfera de nuestro conocimiento mismo, debemos encontrarla operando,
también, por fuera de esa esfera. Nosotros experimentamos, a medida que vamos
aprendiendo y conociendo –la vasta mayoría de nosotros lo experimenta–, la necesidad
de relacionar lo que hemos aprendido y conocido al sentido en que comprendemos la
conducta, al sentido en que comprendemos la belleza.
Cierta griega profetisa de Mantineia en Arcadia, Diotima era su nombre, explicó
una vez al filósofo Sócrates que el amor, el impulso y todo tipo de inclinación son, de
hecho, nada más que el deseo en los hombres de que el bien esté siempre presente para
ellos. Este deseo del bien, aseguró Diotima a Sócrates, es nuestro deseo fundamental,
cada impulso dentro nuestro es solo una forma particular de este deseo fundamental. Y
por lo tanto este deseo fundamental es, supongo yo, –este deseo en los hombres de que el
bien esté siempre presente para ellos– el que actúa dentro nuestro cuando sentimos el
impulso de relacionar nuestro conocimiento con nuestro sentido de la moral y con nuestro
sentido de la belleza. De todos modos, entre los hombres en general el instinto existe. Esa
es la naturaleza humana. Y el instinto, esto será admitido, es inocente, y la naturaleza
humana se preserva por el seguimiento del ejemplo de este impulso inocente. Por lo tanto,
en la búsqueda de gratificar este instinto en cuestión, estamos obedeciendo al instinto de
autopreservación en la humanidad.
Pero, sin duda, algunos tipos de conocimiento no pueden estar hechos para servir
directamente al instinto en cuestión, no pueden ser directamente relacionados con el
sentido de la belleza o el sentido de la moral. Estos son los conocimientos instrumentales;
ellos nos conducen a otros conocimientos, que sí pueden. El hombre que pasa su vida en
los conocimientos instrumentales es un especialista. Estos pueden ser invaluables como
instrumentos para algo más allá, para aquellos que tienen el don de poder emplearlo así;
y puede haber disciplinas en sí mismas donde es útil para todos tener cierta erudición.
Pero es inconcebible que el común de los hombres pase toda su vida mental con los
acentos griegos o la lógica formal. Mi amigo el profesor Sylvester, que es uno de los
mejores matemáticos del mundo, domina doctrinas trascendentales en virtud de las
matemáticas, pero esas doctrinas no son para los hombres comunes.
En la mismísima Casa del Senado, corazón de nuestra inglesa Cambridge, una vez
me aventuré, aunque no sin una disculpa por mi blasfemia, a arriesgar la opinión de que,
para la mayor parte de la humanidad, un poco de matemáticas ya son más que suficientes.
Por supuesto esto es absolutamente consistente con el hecho de que sean inmensamente
importantes como instrumento para algo más, pero quienes tienen la aptitud para
emplearla son la minoría, no la mayor parte de la humanidad.
Las Ciencias Naturales no están, sin embargo, en pie de igualdad con estos
conocimientos instrumentales. La experiencia nos demuestra que el común de los
hombres encontrará más interés en aprender que, cuando una vela arde, la cera se
convierte en ácido carbónico y agua, o en aprender la explicación del fenómeno de la
condensación, o en aprender cómo se lleva a cabo la circulación de la sangre, que el que
encuentran en aprender que el genitivo plural de país y pas no llevan el circunflejo en la
terminación. Y cada pieza del conocimiento del mundo natural se añade a la otra, y otras
se añaden a ella, y al final llegamos a proposiciones tan interesantes como la famosa
propuesta del señor Darwin de que nuestro ancestro era un cuadrúpedo peludo provisto
de una cola y orejas puntiagudas probablemente arbóreo en sus hábitos. O llegamos a
proposiciones de tal alcance y magnitud como esas que brinda el Profesor Huxley cuando

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dice que las nociones de nuestros antepasados sobre el principio y el fin del mundo eran
todas incorrectas y que la naturaleza es la expresión un orden definido con el cual nada
interfiere.
Son interesantes, por cierto, estos resultados de la ciencia, son importantes, y todos
nosotros deberíamos estar familiarizados con ellos. Pero lo que yo quiero que adviertan
ahora es que, todavía, cuando estos nos son propuestos y los recibimos, aún estamos en
la esfera del intelecto y el conocimiento. Y para el común de los hombres surgirá allí,
digo yo, cuando hayan asumido debidamente que su ancestro era un cuadrúpedo peludo
provisto de una cola y orejas puntiagudas, probablemente arbóreo en sus hábitos, y de allí
surgirá un deseo invencible de relacionar esta proposición con el sentido de la moral en
nosotros y el sentido de lo bello en nosotros. Pero esto no lo harán para nosotros los
hombres de ciencia y difícilmente incluso pretendan hacerlo. Ellos nos darán otras
porciones de conocimientos, otros hechos, sobre otros animales y sus ancestros, o sobre
plantas, o sobre piedras, o sobre estrellas y puede que finalmente nos conduzcan a esas
grandes concepciones generales del universo “que se imponen sobre todos nosotros”
afirma el Profesor Huxley, “debido al progreso de la ciencia dura”. Pero seguirá siendo
solamente conocimiento lo que nos dan; conocimiento no puesto en relación con nuestro
sentido de la moral y nuestro sentido de la belleza, y conmovido por la emoción de haber
sido así relacionados, no así relacionado para nosotros, y, por consiguiente, para la
mayoría, después de cierto tiempo, poco satisfactorio, aburrido.
No para el naturalista nato, lo admito. Pero ¿a qué nos referimos con el naturalista
nato? Nos referimos al hombre en que el celo por observar la naturaleza es tan
extraordinariamente fuerte y eminente, que lo distingue de la mayor parte de la
humanidad. Un hombre así pasará su vida felizmente coleccionando conocimiento de la
naturaleza, y razonando sobre él, y no pedirá nada, o casi nada, más. Escuché decir que
el naturalista admirable y sagaz que perdimos no hace mucho, el señor Darwin, una vez
reconoció a un amigo que por su parte no experimentaba la necesidad de dos cosas que la
mayoría de los hombres consideran tan necesarias para ellos –religión y poesía–; la
ciencia y los afectos domésticos, él pensaba, eran suficientes. Para un naturalista nato,
puedo comprender que parezca así. Tan absorto en su dedicación a la naturaleza, tan fuerte
es su amor por su ocupación, que continúa adquiriendo conocimientos de la naturaleza y
razonando sobre ellos, y tiene poco tiempo o la inclinación para pensar en relacionarlos
con el deseo del hombre por una moral, por el deseo de belleza del hombre.
Él lo relaciona con estos para sí mismo, a medida que avanza, solamente en cuanto
siente la necesidad; y extrae de los afectos domésticos todo el solaz adicional que necesita.
Pero los Darwins son extremadamente raros. Otro gran y admirable maestro del
conocimiento natural, Faraday, era un sandemaniano.6 Esto quiere decir que relacionaba
su conocimiento con su instinto moral y su instinto de belleza, asistido por ese respetable
sectario escocés, Robert Sandeman. Y tan poderoso, en general, es el reclamo de la
religión y la poesía de poseer lo que les corresponde de un hombre, de asociarse con su
saber, y de aligerarlo y disfrutarlo que, probablemente, por cada hombre entre nosotros
con la disposición de hacer como Darwin al respecto, haya al menos cincuenta con la
disposición de hacer como Faraday.

6
La Comunidad Sandemaniana fue una de las divisiones de la Iglesia Protestante surgida en
Escocia. Creían en la veracidad literal de la Biblia e intentaban revivir el sentido de la unidad de
las primeras comunidades cristianas.

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La educación se nos impone, de hecho, a través de la satisfacción de esta demanda.
El profesor Huxley demuestra despreciar la educación medieval, con su rechazo del
conocimiento de la naturaleza, su pobreza incluso en los estudios literarios, su lógica
formal consagrada a mostrar cómo y por qué aquello que la Iglesia dijo que era verdad
debe ser verdad. Pero las grandes universidades medievales no nacieron, podemos estar
seguros, por el afán de brindar una educación árida y deleznable. Reyes han sido sus
padres nutricios y reinas han sido sus madres nutricias,7 no para esto. La universidad
medieval nació por los dogmas impartidos por las Escrituras y la Iglesia, tan
profundamente inmersos en los corazones de los hombres, por tan simple, fácil y
poderosamente relacionarse ellos mismos con el deseo de una moral, el deseo de belleza
del hombre. Todo otro conocimiento estaba dominado por el dogma y estaba subordinado
a él, a causa de la incomparable fuerza del arraigo que este había ganado entre las
aficiones del hombre, por aliarse con su sentido de la moral, su sentido de belleza.
Pero ahora, afirma el profesor Huxley, concepciones del universo funestas para
las nociones que sostenían nuestros antepasados, nos han sido impuestas por las ciencias
duras. Concedámosle que estas son así funestas, que las nuevas concepciones se
convertirán pronto corrientes en todas partes, y que todos finalmente las considerarán
funestas para las creencias de nuestros antepasados. La necesidad de las Letras humanas,
como se llaman verdaderamente, porque sirven al deseo supremos del deseo en los
hombres de que el bien esté siempre presente en ellos; la necesidad de las Letras para
establecer una relación entre los nuevos conceptos, y nuestro instinto de belleza o nuestro
instinto de moral, es solo la más visible. La Edad Media podía hacer esto sin el estudio
de la naturaleza debido a que sus dogmas estaban arraigados a sus emociones de manera
tan poderosa. Admitamos que los dogmas desaparecen, su capacidad de comprometer las
emociones, por supuesto, desaparecerá consigo, pero las emociones en sí, y su demanda
de ser ligadas y complacidas permanecerá. Ahora, si descubrimos a través de la
experiencia que las Letras tienen un innegable poder de comprometer las emociones, la
importancia de las Letras en la formación del hombre se vuelve no menor sino mayor en
proporción al éxito de la ciencia moderna en extirpar el denominado “pensamiento
medieval”.
¿Tienen las Letras, entonces, tienen la poesía y la elocuencia el poder que aquí les
atribuimos de comprometer las emociones y lo ejercitan? Y si lo tienen y lo ejercitan,
¿cómo lo ejercitan para influir en el sentido de la moral del hombre, su sentido de belleza?
Finalmente, aun si ellas tanto pueden como efectivamente influyen sobre los
sentidos en cuestión, ¿cómo relacionar con ellas los resultados –los resultados modernos–
de la ciencia natural? Todas estas preguntas son válidas.
Primero, ¿la poesía y la elocuencia tienen el poder de convocar nuestras
emociones? Apelemos a la experiencia. La experiencia demuestra que, para la vasta
mayoría de los hombres, para la humanidad en general, ellas tienen el poder. La siguiente,
¿lo ejercitan? Lo hacen. Pero entonces, ¿cómo lo ejercitan para así afectar el sentido de
la moral del hombre, su sentido de la belleza? Este es quizás un caso para aplicar las
palabras del Predicador: “Aunque el hombre busque con afán, no la descubrirá; y aunque
el sabio diga que la conoce, no puede descubrirla”. 8

7
Expresión alegórica de origen bíblico. Se refiere a la protección que las naciones darían al pueblo
disperso de Israel para volver a su tierra desde la Diáspora.
8
Eclesiastés, VIII, 17.

10
¿Por qué es una cosa, en su efecto sobre las emociones, decir “La paciencia es
virtud” y otra muy diferente “Las Moiras dieron al hombre un corazón paciente”?9 ¿Por
qué es una cosa, en su efecto sobre las emociones, afirmar con el filósofo Spinoza
“Felicitas in eo consistit quod homo suum ese conservare potest” –“La felicidad del
hombre consiste en su capacidad para preservar su propia esencia”–, y otra diferente decir
“¿Cuál es la ganancia del hombre, si gana el mundo entero, y se pierde a sí mismo,
renuncia a sí mismo?” con el Evangelio? ¿Cómo surge esta diferencia de efecto? No
puedo decirlo, y no me preocupa mucho saberlo; lo importante es que esta surge, y
podemos beneficiarnos de ello. Pero, ¿cómo ejercen, finalmente, la poesía y la elocuencia,
el poder de relacionar los resultados de las Ciencias Naturales con el instinto moral del
hombre, su instinto de belleza? Y aquí otra vez respondo que no sé cómo lo ejercen, pero
de que pueden y ejercen este poder estoy seguro. No me refiero a que los poetas
filosóficos modernos y los moralistas filosóficos modernos han de venir a relatarnos, en
términos expresos, los resultados de modernas investigaciones científicas para nuestro
instinto de la moral, nuestro instinto de belleza. A lo que me refiero es a que
encontraremos, como fruto de la experiencia, si sabemos lo mejor que ha sido pensado y
expresado en el mundo, encontraremos que el arte y la poesía y la elocuencia de los
hombres que vivieron, tal vez hace mucho, que tuvieron un conocimiento de la naturaleza
más limitado, que tuvieron las más erróneas concepciones sobre asuntos importantes,
encontraremos que este arte, y poesía, y elocuencia, tienen de hecho no solo el poder de
refrescarnos y deleitarnos, también tienen el poder, tal es la fuerza y valor, en lo esencial,
de la crítica a la vida que hacen sus autores, tienen un poder fortificante, edificante,
estimulante y sugestivo, capaz de ayudarnos maravillosamente a vincular los resultados
de la ciencia moderna con nuestra necesidad de moral, nuestra necesidad de belleza. Las
concepciones de Homero del universo físico eran, imagino, grotescas; pero realmente,
bajo el efecto de escuchar de la ciencia moderna que “el mundo no está supeditado al uso
del hombre y que el hombre no es el centro de todas las cosas”, no podría, por mi parte,
desear ningún consuelo mejor que la línea de Homero que cité recién: “las Moiras dieron
al hombre un corazón paciente”.
Y cuanto más se aclaren las mentes de los hombres, más se aceptarán
verdaderamente los resultados de la ciencia, cuanto más la poesía y la elocuencia pasen a
ser estudiados como lo que verdaderamente son, la crítica de la vida por hombres dotados,
vivos y activos con un poder extraordinario, en una inusual cantidad de aspectos; tanto
más el valor de las Letras y del arte también, que es un tipo de expresión que tiene un
poder parecido al de estas, se sentirá y será reconocido, y su lugar en la educación estará
asegurado.
Evitemos, por eso, todos nosotros, tanto como sea posible cualquier comparación
injusta entre los méritos de las Letras y de las Ciencias Naturales como medios
educativos. Pero cuando algún Presidente de la Sección de Ciencia Mecánica insista en
hacer la comparación, y nos diga “aquel que en su formación ha sustituido la Literatura y
la Historia por las Ciencias Naturales ha elegido la opción más útil”, permítannos
responderle que el estudiante de Letras sabrá, al final, también las grandes ideas
proporcionadas por la ciencia moderna; porque la ciencia, como dice el Profesor Huxley,
se impone sobre todos nosotros. En cambio, el estudiante de Ciencias Naturales
solamente, según nuestras mismas hipótesis, no sabrá nada de Letras, por no mencionar

9
Ilíada, XXIV, 49.

11
que, al autoimponerse estar perpetuamente acumulando conocimiento científico, se
impone aquello que solo los especialistas tienen el don de hacer genialmente. Y así
probablemente estará insatisfecho o en todo caso incompleto, aún más incompleto que el
estudiante de Letras únicamente.
Una vez indiqué en un informe escolar cómo un joven en una de nuestros colegios
de formación ingleses teniendo que parafrasear el pasaje de Macbeth que empieza “Can’st
thou not minister to a mind diseased?”10 transformó esta línea en “¿No puedes esperar al
lunático?”. Si fuera forzado a elegir creo que preferiría tener un joven que ignore el
diámetro de la luna, pero consciente de que “¿No puedes esperar al lunático?” está mal,
antes que un joven cuya educación haya sido tal como para resolver las cosas de la otra
manera.
O, para ir por sobre los pupilos de nuestras escuelas nacionales, tengo en mente
un miembro de nuestro parlamento británico que viene de viaje aquí a América, que
posteriormente relata sus viajes, y demuestra un conocimiento magistral de la geología
de este gran país y de sus capacidades mineras, pero que termina sugiriendo gravemente,
que los Estados Unidos deben pedir prestado un príncipe de nuestra Familia Real, para
hacerlo su rey y que deberían crear una cámara de lores de grandes terratenientes
siguiendo nuestro modelo, y entonces América, él piensa, tendrá su futuro feliz y
perfectamente asegurado.
Sin duda, en este caso, el Presidente de la Sección de Ciencia Mecánica
difícilmente diría que nuestro miembro del Parlamento, al concentrarse en la Geología y
la Mineralogía, y demás, y no atendiendo a la Literatura y la Historia ha “elegido la
alternativa más útil”.
Si entonces tiene que haber una separación y alternativa entre Letras por un lado,
y Ciencias Naturales por el otro, la gran mayoría de la humanidad, todos los que no tienen
aptitudes excepcionales y abrumadoras para el estudio de la naturaleza, harían bien, no
puedo sino pensar, en elegir ser educada en las disciplinas humanísticas antes que en las
Ciencias Naturales. Las Letras convocarán su ser en más aspectos, los harán vivir más.
Dije que antes de terminar tocaría la cuestión de la educación clásica y cumpliré
mi palabra. Aún si la literatura retendrá un lugar importante en nuestro sistema educativo,
el latín y el griego, no obstante, dicen los amigos del progreso, definitivamente tendrán
que irse. El griego es el mayor ofensor a los ojos de estos caballeros. Los atacantes de los
métodos de estudio establecidos, piensan que, contra el griego, por lo menos, tienen
argumentos irresistibles. La literatura tal vez podría ser necesaria, dicen ellos; pero ¿por
qué demonios debería ser literatura griega? ¿Por qué no francesa o alemana? ¿Acaso no
tiene un caballero inglés modelos de todo tipo de excelencias en su propia literatura?
Tal como antes, no es en débiles alegatos propios en lo que me baso para
convencer a quienes me contradicen; es en la constitución de la naturaleza humana en sí
misma y en el instinto humano de autopreservación. El instinto de belleza está
configurado en la naturaleza humana, tan firmemente como el instinto del conocimiento
o el instinto moral. Si el instinto de belleza es dispensado por la literatura y el arte griegos
como ningún otro arte y literatura pueden dispensar, debemos confiar en el principio de
autopreservación de la humanidad para conservar el griego como parte de nuestra cultura.
Debemos confiar en esto para incluso hacer el estudio de griego más habitual de lo que
es ahora. El griego llegará, espero, algún día, a ser estudiado más racionalmente que en

10
Macbeth, Acto V, escena 3. La traducción sería: “¿No puedes curar un alma enferma?”.

12
el presente, pero será cada vez más estudiado a medida que los hombres cada vez más
sientan la necesidad interna de belleza, y cuán poderosamente el arte griego y la literatura
griega pueden satisfacer esta necesidad. Las mujeres nuevamente estudiarán griego, como
lo hacía Lady Jane Grey: creo que en esa serie de fortificaciones con las que el justo
anfitrión de las Amazonas está ahora entrelazando nuestras universidades inglesas,
encuentro que aquí en América, en colleges como el Smith College en Massachusetts, y
el Vassar College en el estado de Nueva York y en las familias felices de las universidades
mixtas al Oeste, ya lo están estudiando.
Defuit una mihi symmetria prisca: “La antigua simetría es la única cosa que me
falta” dijo Leonardo da Vinci; y él era un italiano. No presumiré de hablar por los
americanos, pero estoy seguro de que, en el inglés, la falta de esta admirable simetría de
los griegos es mil veces mayor y más atroz que en cualquier italiano. Los resultados de
esta carencia se muestran con más claridad, tal vez, en nuestra arquitectura, pero también
se exhiben en nuestro arte. Encaje los detalles estrictamente combinados, en vista de un
resultado general más grande noblemente concebido: esa es simplemente la hermosa
symmetria prisca de los griegos, y es exactamente en donde nosotros los ingleses
fallamos, donde todo nuestro arte falla. Ideas sorprendentes tenemos, y detalles bien
ejecutados tenemos; pero esa simetría elevada que, con un efecto delicioso y satisfactorio
los combina, rara vez o nunca tenemos. La gloriosa belleza del Acrópolis en Atenas no
proviene de cosas perfectas individualmente, adheridas a esa montaña, una estatua aquí,
una puerta allá; no, esta surge de todas esas cosas estando perfectamente combinadas en
función de un efecto supremo. ¡Qué no debe sentir un inglés sobre nuestras deficiencias
al respecto, a medida que el sentido de la belleza del cual esta simetría es un elemento
esencial, se despierta y se fortalece dentro suyo! ¡Qué no se volverá un día respeto y deseo
de Grecia y su symmetria prisca, cuando las escalas se desploman ante sus ojos mientras
camina las calles de Londres, y observa semejante ejemplo de maldad como el Strand,
por ejemplo, en su auténtica deformidad! Aquí estamos llegando al campo de nuestro
amigo el Señor Ruskin y no me entrometeré allí, porque él es un guardián más que
suficiente.
Y así al final encontramos, así parece, encontramos discurriendo a favor de las
humanidades el fluir natural y necesario de las cosas, que parecía estar en contra suya
cuando comenzamos. El cuadrúpedo peludo, dotado de una cola y con orejas puntiagudas,
probablemente arbóreo en sus hábitos, este buen hombre, portaba oculto en su naturaleza,
aparentemente, algo destinado a convertirse en una necesidad de Letras. Es más, parece
que estamos incluso empujados a concluir adicionalmente que nuestro ancestro peludo
portaba en su naturaleza, también una necesidad de griego.
Y por lo tanto, a decir verdad, no puedo pensar que las Letras están en un peligro
real de ser expulsadas de su rol central en la educación, a pesar del despliegue de autoridad
en contra suyo en este momento. En tanto que la naturaleza humana sea lo que es, su
atracción permanecerá irresistible. Y así como con el griego, lo mismo sucederá con las
Letras en general, ellas serán en días por venir, podemos esperar, estudiadas de una forma
más racional, pero no perderán su lugar. Lo que pasará será más bien que serán
amontonados en la educación otros asuntos, además, tal vez demasiados asuntos; habrá,
quizás, un periodo de inestabilidad, confusión y tendencias falsas; pero las Letras no
perderán al final su lugar destacado. Si lo pierden por un tiempo, lo recuperarán de nuevo.
Seremos conducidos a ellas otra vez por nuestros propios deseos y aspiraciones. Y el

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pobre humanista debe “ganarse su alma con paciencia”,11 sin luchar ni llorar, admitir la
energía y brillantez de los partisanos de las Ciencias Físicas y el favor del público con el
que cuentan en el presente, que es mucho mayor que el suyo, y aun así tener una contenta
fe en que la naturaleza de las cosas trabaja silenciosamente en nombre de los estudios que
él ama y en que, aunque nosotros deberíamos estar al tanto de los grandes resultados
alcanzados por las ciencias modernas y proporcionarnos tanto entrenamiento en sus
disciplinas como podamos acarrear cómodamente, a pesar de todo la mayoría de los
hombres requerirán siempre de las Letras, y más aun a medida que tengan más y más
importantes resultados de la Ciencia que relacionar con la necesidad en el hombre de una
moral y su necesidad de belleza.

11
Alusión al Evangelio de San Lucas 21.19–20: “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas.
Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha
llegado”.

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