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SANTIAGO GUIJARRO OPORTO

LOS CUATRO
EVANGELIOS

ED ICIO N ES SÍG U EM E
SA LA M A N CA
2010
Cubierta diseñada por Christian Hugo Martín

© Ediciones Sígueme S.A.U., Salam anca 2010


C/ García Tejado, 23-27 - E-37007 Salamanca / España
Tlf.: (34) 923 218 203 - Fax: (34) 923 270 563
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www.sigueme.es

ISBN: 978-84-301-1730-7
Depósito legal: S. 646-2010
Impreso en líspiifln / Unión linropea
Imprime: (iriilii'us Varona S.A.
CONTENIDO

l'rólogo .............................................................................................................. 9

Introducción
LA SELECCIÓN DE LOS CUATRO

1. Los libros sobre Jesús en el cristianismo naciente ............................... 21


2. La recepción eelesial de los libros sobre Jesús ..................................... 34
3. El uso del término «evangelio» para designar los libros sobre Jesús .. 44
4. El género literario de los cuatro evangelios ........................................... 53

Primera parte
LA FORMACIÓN DE LOS EVANGELIOS

1. L a s r e l a c io n e s e n t r e l o s c u a t r o e v a n g e l io s.................................. 63
1. E l texto de los ev a n g elio s .................... ................................................ 64
2. Las relaciones entre los evangelios sinópticos ................................. 69
3. La relación del Evangelio de Juan con los sinópticos .................... 90
4. Las relaciones entre los evangelios y el trazado de este libro ....... 102

2. La tra d ic ió n o r a l y lo s c u a tr o evang elio s ..................................... 103


1. La tradición en una cultura oral ........................................................... 104
2. La tradición oral tuvo su origen en J e s ú s ........................................... 112
3. La tradición oral durante la generación ap o s tó lic a.......................... 123
4. La tradición oral y la redacción de los evan g elio s........................... 144

3. L a s COMPOSICIONES ANTERIORES A LOS EVANGELIOS ............................. 161


1. La «cristalización» de la tradición sobre J e s ú s ................................ 161
2. El Relato de la pasión ........................................................................... 171
3. El Documento Q .................................................................................... I SO
4. La Fuente de los sig n o s......................................................................... 191
5. I .as composiciones prccviingólicus y el osludio dts los evangelios 200
Segunda parte
EL EVANGELIO TETRAMORFO

4. E l E vangelio según M arcos .......................................................................... 205


1. La com p o sició n del ev a n g e lio ..................................................................... 206
2. Lectura del E van gelio de M arcos .............................................................. 218
3. E l con texto vital del E van gelio de M arcos ............................................. 264

5. E l E vangelio según M ateo ............................................................................ 283


1. La com p osición del eva n g elio ..................................................................... 284
2. Lectura del E vangelio de M ateo ................................................................. 297
3. C ontexto vital del E van gelio de M ateo ................................................... 331

6. E l Evangelio según L ucas .............................................................................. 349


1. La relación entre Lucas y H e c h o s .............................................................. 350
2 . La com p o sició n del E van gelio de Lucas ................................................ 355
3. Lectura del E van gelio de L u c a s .................................................................. 365
4 . C ontexto vital de la obra lucana ................................................................. 391

A péndice . L o s H echos de los a p ó s t o l e s ........................................................ 405


1. La com p osición de los H ech os .................................................................. 406
2. Lectura de los H ech os de los apóstoles ...................................... ............ 412

7. E l E vangelio según J u a n .................................................................................. 441


1. La relación del eva n g elio con las cartas de Juan ................................. 442
2. La com p osición del e v a n g e lio ..................................................................... 445
3. Lectura del eva n g elio de J u a n ...................................................................... 466
4. El contexto vital del cuarto eva n g elio ...................................................... 511

C o n c lusió n . L a memoria de Jesús ..................................................................... 529

A péndice . C omposiciones anteriores a los e v a n g e l io s .......................... 541


El R elato premarquiano de la pasión ............................................................. 545
El D ocum ento Q ..................................................................................................... 547
La Fuente de los s i g n o s ........................................................................................ 555

Bibliografía .................................................................................................................... 561


Indice de nombres ....................................................................................................... 565
Indice g e n e ra l ................................................................................................................ 571
PRÓLOGO

No resulta fácil encontrar en la historia de la literatura universal obras


que hayan tenido un influjo tan amplio y determinante como el que han ejer­
cido los cuatro evangelios. Estos cuatro relatos sobre Jesús no solamente han
mlluido de form a decisiva en la formulación de la fe cristiana, en la confi­
guración de la liturgia de las diversas iglesias, o en la orientación ética del
cristianismo a lo largo de sus veinte siglos de existencia, sino que también
lui.n dejado su huella en numerosas tradiciones populares y han sido fuente
de inspiración para incontables expresiones artísticas. La m em oria de Jesús
conservada en los evangelios ha configurado de forma decisiva el cristianis­
mo y, a través de él, la cultura occidental.
El influjo que han ejercido los evangelios seria una razón más que sufi­
ciente para estudiarlos, pero existen tam bién otras motivaciones. Una de
ellas es que son importantes docum entos históricos, pues contienen infor­
mación sobre Jesús de N azaret que es un personaje clave en la historia de la
humanidad. También poseen interés desde el punto de vista literario, pues
representan un proceso de enorme creatividad, en el que se dio una original
confluencia entre tradición oral y com posición literaria. Sin embargo, 1a
motivación más común y extendida para estudiarlos es de naturaleza reli­
giosa. En efecto, para la m ayoría de quienes se acercan a ellos, el interés de
los evangelios no reside, principalm ente, en el influjo que han ejercido en
la historia, ni tam poco en su valor com o docum entos históricos u obras li-
lerarias, sino en su capacidad de evocar la enseñanza y la vida de Jesús de
Nazaret, el Hijo de Dios.
El presente libro trata de ofrecer algunas claves para conocerlos mejor,
leniendo en cuenta el proceso histórico de su composición, los procedimien-
los literarios que los configuraron y el mensaje religioso que trataban de
li iinsmitir. En él se propone un estudio crítico que tiene en cuenta todos es-
los aspectos e intenta recoger los principales resultados a los que ha llega­
do la exégesis bíblica durante los dos últimos siglos. El estudio crítico es la
forma más respetuosa de acercarse a los evangelios, porque tiene en cuenta
Imito el complejo proceso u través del cual cristalizaron las tradiciones so­
bre Jesús, como los aspectos lilernrios, sociales y religiosos implicados en
dicho proceso.
10 Prólogo

1. ¿Por qué «los c u a t r o » e v a n g e l io s ?

El estudio de los evangelios se circunscribe en este libro a los cuatro que


form an parte de la Biblia cristiana. Este hecho requiere una doble explica­
ción. En primer lugar, es necesario aclarar por qué se estudian sólo estos
cuatro, prescindiendo de los dem ás libros sobre Jesús com puestos durante
el periodo formativo del cristianismo. En segundo lugar, hay que explicar
por qué se estudian conjuntam ente los cuatro, y no por separado (los Sinóp­
ticos por un lado y el Evangelio de Juan por otro), como es habitual en los
manuales e introducciones al uso.
La opción de estudiar sólo los cuatro evangelios se inspira en el proceso
de recepción de los recuerdos sobre Jesús que llevó a cabo la iglesia apostó­
lica. La composición de cada uno de el ios pertenece ya, en cierto modo, a es­
te proceso de recepción. Cuando el autor del Evangelio de Marcos incorporó
la tradición a un relato de tipo biográfico, en el que se prestaba más atención
a las acciones de Jesús que a sus dichos, estaba realizando un acto de recep­
ción que podía ser confirmado o revisado por los lectores/oyentes de su obra.
Más tarde, en la reelaboración que Mateo y Lucas hicieron del relato mar-
quiano, ambos asumieron la opción de incluir los recuerdos sobre Jesús en un
relato biográfico, pero revisaron la decisión de M arcos sobre la tradición de
los dichos y decidieron enriquecer su relato con los que pudieron encontrar
en sus fuentes. El autor del Evangelio de Juan, por su parte, asumió el m ode­
lo biográfico de Marcos, pero introdujo en él tradiciones desconocidas para
los oíros evangelios y, lo que es más importante, una forma particular de re­
cordarlas e interpretarlas.
La recepción de los recuerdos sobre Jesús dio lugar también a otros es­
critos en los que se perciben las opciones que guiaron a sus autores para se­
leccionar las tradiciones recibidas y darles una form a precisa. Sin embargo,
este proceso no concluyó con la composición de los prim eros libros sobre
Jesús, sino que continuó después en la valoración que las comunidades cris­
tianas hicieron de ellos durante el siglo II d.C. El resultado de este proceso
fue la selección de cuatro escritos que tienen m uchos rasgos en común. El
más significativo es que todos son relatos biográficos. Este hecho revela que
la pregunta por la identidad de Jesús fue clave en el proceso de recepción de
los recuerdos que se habían conservado sobre él, y que dicho proceso no fue
fruto de una decisión arbitraria, sino una respuesta coherente a la pretensión
que aparece en sus palabras y acciones y en su form a de vivir.
Con todo, los cuatro evangelios no pueden separarse com pletamente de
los otros libros sobre Jesús compuestos en el periodo formativo del cristianis­
mo. Su ambíentación en el contexto que configuran estos otros escritos cons­
tituye una de las grandes adquisiciones de la investigación reciente, como lia
puesto de manifiesto la obra ele 11. Koester, Anrii'iit ( 'hrislian ílos/iclw Thcir
llistory uiiít l’liihuleljihía I .oiulno I*W0. Por eso, el estudio de
Prólogo U

los cuatro evangelios debe comenzar situándolos en este marco más amplio
y rastreando el proceso que ílevó a la selección de los cuatro, así como los
criterios que la inspiraron. Este proceso está estrechamente relacionado con
la designación de estos escritos como «evangelios», la cual expresa la convic­
ción de que contienen lo esencial del anuncio cristiano.
Por otro lado, antes de estudiar conjuntamente los cuatro evangelios ca­
nónicos, hay que aclarar cual es el significado y el alcance de las diferencias
que existen entre los tres evangelios sinópticos y el Evangelio de Juan. Es­
tas diferencias han sido la causa de que los cuatro evangelios se estudien ha­
bitualmente en dos bloques separados, como representantes de dos trayec­
torias históricas, literarias y teológicas diferentes. Esta distinción se advierte
no sólo en los manuales más recientes, que tratan por separado los evange­
lios sinópticos (R. Aguirre - A. Rodríguez Carmona, Evangelios sinópticos
y Hechos de los Apóstoles, Estella 1992; J. J. Bartolomé, El Evangelio y Je­
sús de Nazaret: manual para el estudio de la tradición evangélica, M adrid
1995; Ph. Perkins, ¡ntroduction to the Synoptic Gospels, Grand Rapids 2007;
E. P. Sanders - M. Davies, Síudying the Synoptic Gospels, London 1989)
y los escritos joánicos (J.-O. Tuñí Vancells - X. Alegre, Escritos Jo á n ico sy
Cartas Católicas, Estella 1995; J. J. Bartolomé, Cuarto evangelio, cartas de
Juan: introducción y comentario, Madrid 2001), sino también en las intro­
ducciones más generales, como la de Ph. Vjelhauer, Historia de la literatu­
ra cristiana prim itiva. Salamanca 1991. A un así, no faltan en la historia de
la investigación tratados sobre los cuatro evangelios, como el clásico de B.
H. Streeter, The Four Gospels. A Study ofO rigins, London 1924.
El estudio de los evangelios sinópticos y del Evangelio de Juan por se­
parado se basa en las diferencias objetivas que existen entre ellos tanto a ni­
vel formal como de contenido. Sin em bargo, la disociación que en ocasio­
nes se establece entre unos y otro no tiene en cuenta la im portancia de los
rasgos y elementos que poseen en común. Resulta evidente que se trata de
dos formas distintas de conservar y transm itir la memoria de Jesús, pero re­
saltar estas diferencias revela una perspectiva que únicamente toma en con­
sideración los cuatro evangelios del canon. Cuando estos se comparan en­
tre sí sin tener f;n cuenta los otros libros sobre Jesús, lo que queda subrayado
son las diferencias. Sin embargo, cuando la com paración entre los cuatro se
hace teniendo en cuenta los otros evangelios, aparecen más claramente las
semejanzas entre ellos.
La riqueza y la peculiaridad de cada uno de los evangelios, así como las
relaciones entre ellos, se aprecian mucho m ejor en este contexto más amplio.
Este marco permite ver con más claridad, por ejemplo, que los cuatro evan­
gelios canónicos tienen en común el hecho de haber incluido la tradición so­
bre Jesús en iin relato de carácter biográfico que concluye con un extenso re­
hilo de la pasión. Un él se descubro, también, que el Evangelio de Marcos y
el tic Juan licncn utui nclifnd muy parecida Inicia las palabras de Jesús, pues
¡2 Prólogo

ambos insisten de diversas formas en la necesidad de interpretarlas, como ha­


ce también, por otro lado, el Evangelio de Tomás. Sin embargo, en los Evan­
gelios de Mateo y de Lucas no se aprecia tal preocupación.
Las relaciones entre los cuatro evangelios son más complejas de lo que
aparece a primera vista, y sólo un acercamiento que tenga en cuenta el con­
junto de los escritos más antiguos sobre Jesús permite percibir toda su ri­
queza. Tales relaciones no sólo 'se dan al nivel de la obra final, sino también
en los diversos estadios de su composición. M arcos y Juan, por ejemplo,
utilizaren dos versiones muy parecidas de un relato tradicional de la pasión
que tam bién conoció y utilizó el autor del Evangelio de Pedro. Por su par­
te, Lucas conoció algunas noticias relativas a los acontecimientos de la pa­
sión que también recoge el Evangelio de Juan, pero desconocen los otros
dos sinópticos. Cuando se observa la com plejidad de la tradición ora) y de
las diversas com posiciones en las que cristalizó antes de que fueran com ­
puestos los evangelios, resulta difícil no reconocer que todos ellos com par­
tieron la misma tradición básica.
A l plantear un estudio conjunto de los cuatro evangelios, este libro pre­
tende ofrecer una visión más unitaria de todo el proceso que culminó con la
formación del «evangelio tetramorfo». Visión que abarca desde los primeros
estadios de la tradición oral, en los que se formularon los recuerdos sobre Je­
sús recurriendo a un número reducido de esquemas que facilitaban su memo­
rización, hasta la composición de los cuatro evangelios según un modelo li­
terario de carácter biográfico, pasando por diversos estadios intermedios, en
los que las tradiciones se reelaboraron y comentaron, o formaron pequeñas
agrupaciones y composiciones más complejas que luego fueron utilizadas
por los evangelistas. Este proceso de recepción, como ya he señalado, no ter­
minó hasta que quedó concluida la selección de los cuatro evangelios. El es­
tudio conjunto de los cuatro reconoce la importancia de este proceso para la
comprensión de los evangelios. Éstos pueden y deben ser leídos teniendo en
cuenta las diferentes situaciones en que nacieron y la orientación propia de
cada uno de ellos, pero tanto su historia como el proceso de recepción de que
fueron objeto, sugiere que deben estudiarse y leerse conjuntamente.

2. O tr as opciones de este libro

A ntes de exponer los criterios que han guiado la articulación del presen­
te libro y que justifican su forma final, conviene explicar algunas de las op­
ciones que han configurado su contenido y la forma de presentarlos.
P or lo que se refiere al contenido, ha sido necesario tomar una decisión
con respecto a la conveniencia de incluir algunos escritos estrecham ente re­
lacionados con dos de los cuatro evangelios, Esta situación se du, en primer
lugar, ;¡ propósito del libro de los I lechos de los apóstoles, que lite estrilo por
Prólogo 13

el autor del Evangelio de Lucas y se presenta como segunda parte del m is­
mo (Hch 1,1). Una alternativa similar se plantea a propósito de las cartas joá-
nicas, especialmente la primera, que está estrechamente relacionada con el
Evangelio de Juan. En apariencia se trata de un caso diferente, pero en reali­
dad no lo es tanto, porque este evangelio no es obra de un solo autor, y cabe
la posibilidad de que su última redacción fuera realizada por un contem po­
ráneo del autor de las cartas, que introdujo reflexiones similares a las que en­
contramos en ellas. Por diversas razones, que se exponen al comienzo de los
capítulos dedicados a estos dos evangelios, el libro de los Hechos será estu­
diado junto al Evangelio de Lucas, pero la Primera carta de Juan sólo será te­
nida en cuenta como referencia para estudiar el proceso de composición del
Evangelio de Juan y la evolución de la comunidad joánica.
En todo caso, la opción que ha determinado de forma más decisiva la na­
turaleza de este libro no ha sido la delimitación de sus contenidos, sino la for­
ma de exponerlos. En su origen, esta obra fue pensada como un manual y,
aunque ha conservado algunos rasgos de este proyecto inicial, con el tiempo
se ha convertido en una presentación más general de la problemática impli­
cada en el estudio de los evangelios. La diferencia fundamental entre un m a­
nual y la presente obra reside en el hecho de que un manual, por definición,
debe presentar la opinión más establecida y aceptada entre los estudiosos,
mientras que en este libro se ha ido introduciendo, cada vez de forma más
decidida, mi propia visión de los evangelios. En líneas generales, esta visión
coincide con la que comparte la mayoría de los estudiosos, pero en algunos
casos se separa de ella.
En coherencia con este objetivo y siguiendo una práctica de no pocos m a­
nuales, las referencias bibliográficas se han colocado al comienzo de cada
parágrafo. Esta opción tiene ventajas e inconvenientes. La principal ventaja
es que se evitan las notas que interrumpen la lectura, y el principal inconve­
niente, que no se pueden ofrecer aclaraciones complementarias, Todo depen­
de de la finalidad que se persiga. La de este libro, como ya se ha dicho, es
ofrecer una visión general de los evangelios, presentando las cuestiones im­
plicadas en su estudio, y no tanto la discusión que se ha provocado en tomo
a ellas. Por eso, las referencias a los autores son muy poco frecuentes, aun­
que cualquier lector atento podrá descubrir fácilmente, repasando la biblio­
grafía, de dónde proceden algunas de las ideas que se exponen y dónde pue­
de acudir en busca de una información más detallada.
Las numerosas referencias bibliográficas son sólo orientativas. La pro­
ducción de comentarios, monografías y artículos especializados sobre los
evangelios es inabarcable para una sola persona; por ello la selección biblio­
gráfica de cada parágrafo podría ampliarse con muchas referencias similares
a las que aquí se proponen. La mayoría de las veces, la lectura de las mono­
grafías y artículos citados han servido para estimular la reflexión, pero otras
han inspirado directamente algunos aspectos de la exposición. La visión que
14 Prólogo

presento en este libro es sólo responsabilidad mía, pero debo reconocer que
nunca habría llegado a ella sin el estímulo de las lecturas que cito. Su estilo
se inspira en obras de síntesis, como el excelente libro de J. Becker, Pablo, el
apóstol de los paganos, Salamanca 1996. No he querido prescindir, como ha­
ce él, de todo aparato bibliográfico, pero sí he pretendido, siguiendo su ejem­
plo, facilitar las cosas al lector, con la esperanza de que los colegas podrán
advertir fácilmente cuándo sigo a algún autor o discrepo de él.
Antes de exponer los criterios que han determinado la disposición de los
contenidos, conviene aclarar el uso de algunos términos que son objeto de de­
bate entre los estudiosos. En primer lugar, es obvio que el uso de los térm i­
nos «cristianismo» o «judaismo» para designar respectivamente a los grupos
de discípulos de Jesús y a los grupos judíos en el siglo I es un anacronismo,
pues hasta bien entrado el siglo II estos diversos grupos no empezaron a con­
figurarse como dos entidades netamente diferentes que más tarde darían lu­
gar a las dos religiones a las que hoy nos referimos con estos nombres. Por
eso, en este libro he preferido utilizar expresiones como «los grupos de dis­
cípulos de Jesús» o «los distintos grupos judíos». Sin embargo, en bastantes
ocasiones he conservado los sustantivos «cristianismo» y «judaismo», y los
adjetivos «cristiano» y «judío» porque entre aquel periodo formativo y las re­
ligiones que surgieron de él más tarde hay también cierta continuidad. Para
distinguir estas fases he utilizado términos o expresiones como «judeofari-
seísmo», «judaismo fariseo», «judaismo helenístico», «judeocristianismo»,
«cristianismo naciente» o «primeros grupos cristianos».
El adjetivo «judío» plantea un problem a particular. En los últimos años
se ha discutido cuál debería ser la traducción más adecuada del término iou­
daios, tan frecuente en el N uevo Testamento, en la literatura de la época y
en las inscripciones. Al igual que otros gentilicios, el adjetivo ioudaios de­
notaba el origen de un grupo étnico vinculado a un lugar geográfico. Así, su
significado más obvio sería «los habitantes de Judea». Esta connotación se
pierde en inglés cuando se traduce ioudaios por «Jewish»; por eso algunos
autores de lengua inglesa han sugerido que «Judean» sería una traducción
más adecuada del término griego. Sin embargo, este argumento no vale para
el término español, que denota claramente la vinculación con Judea. Por otro
lado -s e continúa argum entando-, el uso del adjetivo «judío», al igual que el
sustantivo «judaismo», induce a equiparar los grupos judíos de este periodo
con el judaismo posterior. En algunos casos, este equívoco puede evitarse re­
curriendo a expresiones como «Israel» o el «pueblo de Israel». También po­
dría recurrirse al adjetivo «hebreo», pero este uso seria anacrónico, pues Pa­
blo y Lucas lo utilizan para designar a un grupo concreto de jud ios (2 Cor 11,
22; Flp 3, 5; Hch 6, 1). Por otro lado, en un libro como éste no estaría ju sti­
ficado introducir el neologismo «judeo», que resulta muy problem ático al
coincidir con la llexión propia del adjetivo «judio» pura lu construcción do
adjetivos y nombres compuestos, tales como «judeocrislíimo» o «judcoeris-
Prólogo 15

tianismo». Por estas razones, hemos decidido m antener el adjetivo «judío»,


confiando en que el buen juicio de los lectores y su sentido de la historia les
ayudarán a distinguir entre aquellos grupos y el judaism o posterior.

3. L a d i s p o s i c i ó n d e l o s c o n t e n i d o s

Los contenidos que se abordan en este libro son los que suelen tratarse
por separado en las introducciones a los evangelios sinópticos y a la literatu­
ra joánica. Aquí, sin embargo, algunos de ellos se tratan conjuntamente, de
acuerdo con el criterio expuesto más arriba. Con todo, la organización de los
contenidos forma parte de la personalidad propia de una obra y por eso será
útil, para introducir su lectura, una breve explicación de algunas de las opcio­
nes que determinan el orden en que se han dispuesto las cuestiones y la for­
ma en que se abordan algunas de ellas.
Este libro consta de una introducción y siete capítulos divididos en dos
partes. La introducción sitúa el estudio de los cuatro evangelios en el marco
más amplio de la producción literaria a que dio lugar la tradición sobre Jesús
en el periodo formativo del cristianismo. Buena parte del mismo está dedi­
cada a analizar el proceso de recepción de estos escritos, que condujo a la
selección de los cuatro y más tarde a su inclusión en el canon de los libros sa­
grados. Conocer esta producción literaria y el proceso de selección que dis­
curre paralelamente a ella es fundamental para plantear de modo adecuado el
estudio de los cuatro evangelios y las relaciones entre ellos, como he expli­
cado ya, y por eso estas cuestiones deben ser abordadas en primer lugar. Co­
mo un corolario de este proceso de composición y recepción, se estudia al fi­
nal el tem a del género literario, pues la configuración de la tradición sobre
.lesús según el modelo biográfico es un dato de gran trascendencia, como in­
dica el hecho de que los cuatro evangelios asumieran dicho modelo.
La primera parte, compuesta por tres capítulos, estudia desde distintos
puntos de vista el proceso de composición de los cuatro evangelios. En los
manuales e introducciones a los evangelios sinópticos se suelen tratar por se­
parado el problem a de las relaciones entre los tres (1a llamada «cuestión si­
nóptica») y el proceso que va desde Jesús hasta los evangelios. Por su parte,
los manuales e introducciones a los escritos joánicos suelen abordar, como
una cuestión introductoria, el problem a de las relaciones entre Juan y los si­
nópticos. La cuestión de ias composiciones anteriores a los evangelios no se
(rata en estas introducciones como un problem a relacionado con este proce­
so, sino que más bien se aborda al hablar de la hipótesis de los dos docum en­
tos (Documento Q), o de la formación de los Evangelios de Marcos (Discur­
so escatológico, Relato de la pasión) o de Juan (Fuente de los signos, Relato
de la pasión). Sin embargo, todas estas cuestiones pertenecen al proceso de
formación de los evangelios y están relacionadas entre sí.
16 Prólogo

La decisión de organizarías en tres capítulos sucesivos quiere subrayar


tres aspectos fundamentales en el proceso de formación de los evangelios. En
el primero de estos capítulos se estudian las relaciones entre los evangelios.
Bajo este epígrafe se abordan las dos cuestiones clásicas que suelen introdu­
cir el estudio de los sinópticos: la «cuestión sinóptica» y el Evangelio de Juan:
«relaciones entre Juan y los sinópticos». Es obvio que se trata de dos cuestio­
nes distintas, pero su tratamiento dentro de un mismo capítulo permite descu­
brir más fácilmente las interacciones que se dieron entre los cuatro.
La com paración entre los evangelios, además de aclarar las relaciones
de dependencia literaria que pudieron existir entre ellos, muestra la com ple­
jidad de su proceso de composición, en el que tuvieron un papel decisivo los
recuerdos sueltos sobre Jesús y también las agrupaciones y com posiciones
que se formaron a partir de ellos. Este proceso de conservación y transm i­
sión de los recuerdos acerca de Jesús se desarrolló en el contexto de una cul­
tura que privilegiaba la com unicación oral; por ello, el estudio de la tradi­
ción oral es decisivo para comprenderlo. El segundo capítulo de esta parte
está dedicado a rastrear esta transmisión oral de los recuerdos sobre Jesús en
los tres momentos que configuran este proceso: el nacimiento de dicha tra­
dición durante la actividad de Jesús; su conservación y transm isión durante
la generación apostólica; y su cristalización en los evangelios durante la se­
gunda generación después de Jesús.
El tercer capítulo de esta segunda parte tiene un carácter complementario
con respecto al anterior. Trata sobre las composiciones anteriores a los evan­
gelios, que durante mucho tiempo fueron estudiadas sólo como fuentes de los
mismos. Sin embargo, estas composiciones constituyen un momento impor­
tante en el proceso de formación de los evangelios, pues gracias a ellas se
puede apreciar cómo las tradiciones sobre Jesús comenzaron a vincularse en­
tre sí, dando lugar a composiciones más complejas. La elaboración de estas
composiciones forma parte del proceso de la tradición oral descrito en el ca­
pítulo precedente, pero es probable que algunas de ellas comenzaran pronto
a ponerse por escrito. Debido a ello, en este capítulo se han incluido algunas
observaciones sobre el uso de la escritura en la tradición sobre Jesús.
La segunda parte del libro, que es con mucho la más extensa, consta de
cuatro capítulos, cada uno de los cuales está dedicado a un evangelio. El or­
den de los mismos (Marcos, Mateo, Lucas y Juan) viene determinado por las
conclusiones del capítulo primero sobre las relaciones entre ellos. L am as im­
portante de todas es, sin duda, la prioridad de M arcos con respecto no sólo a
los otros dos sinópticos, sino también al Evangelio de Juan. En coherencia
con tal conclusión, este evangelio se estudia en primer lugar. Los capítulos
dedicados a M ateo y a Lucas, que reelaboraron el relato de Marcos, vienen
a continuación para subrayar su dependencia con respecto a él. El capítulo
final trata sobre el Evangelio de Juan, que representa una visión nueva y ori­
ginal con respecto a los tres ¡interiores.
Prólogo 17

Los cuatro capítulos tienen la m ism a disposición en tres partes. En la


prim era se expone el proceso de com posición de cada evangelio, identifi­
cando las fuentes que utilizó, la forma de articularlas y la form a final que
dio a su obra. En la segunda, que es la m ás extensa, se propone una lectura
seguida y com pleta de cada evangelio, delimitando cada una de sus partes,
identificando los elementos tradicionales y redaccionales, analizando la dis­
posición literaria y tratando de identificar el mensaje que se quiere transm i­
tir. Por último, el tercer epígrafe está dedicado a contextualizar cada evan­
gelio, identificando la situación en que surgió, sus destinatarios y su lugar
en el cristianismo naciente.
Esta forma de presentar los contenidos presupone algunas opciones. El
orden en que se exponen las cuestiones, y sobre todo el hecho de que ia ex­
posición com ience con el estudio de la formación de cada evangelio, res­
ponde al propósito de facilitar al lector un acceso lo más rápido posible al
texto de cada evangelio, ofreciéndole la información que necesita para leer­
lo críticamente. Algunos manuales e introducciones comienzan el estudio de
los evangelios tratando de su contexto (autor, lugar, fecha, destinatarios,
etc.). Estas cuestiones son muy importantes, pero es m ejor abordarlas des­
pués de haber hecho una lectura detenida del texto, pues lo que podemos sa­
ber acerca de ellas se deduce, en gran medida, de los destinatarios que se
presuponen en él.
Por otro lado, en la presentación de cada evangelio se ha renunciado
conscientemente a incluir un apartado sobre la teología de cada evangelista.
Esta opción se inspira en la convicción de que estas síntesis teológicas pue­
den no hacer justicia a la forma en que los evangelistas presentan su mensa­
je. Los evangelios son textos narrativos y exponen su mensaje a través de un
relato, cuya riqueza escapa siempre a cualquier intento de sistematización.
Por eso, en cada capítulo proponemos una lectura seguida de todo el texto de
cada evangelio. Teniendo en cuenta la cantidad de comentarios y estudios
publicados en los últimos años sobre los evangelios, ésta es una opción muy
arriesgada, pero es la mejor manera de respetar la forma en que los evange­
listas formularon su mensaje. El lector observará que estaparte es especial­
mente extensa y detallada en los capítulos dedicados a Marcos y a Juan. Ello
se debe a la importancia y novedad de estos dos evangelios.

4. A gradecim ientos

La redacción de este libro ha sido mi principal ocupación durante los dos


últimos años, pero en realidad su elaboración se inició hace catorce, cuando
impartí por primera vez el curso de Evangelios Sinópticos en la Facultad de
Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca. Desde entonces, año
Iras níío, lie venido enseñando esc mismo curso, al que se añadió pronto otro
18 Prólogo

dedicado a los Escritos Joánicos, El contexto vital en que ha madurado este


libro ha sido el trasiego diario entre el aula y la biblioteca, sin olvidar los
múltiples encuentros, en los que se me ha ofrecido la posibilidad de apren­
der de otros colegas y de exponer mis propios puntos de vista. En este esce­
nario ha tenido lugar un fecundo encuentro con diversas personas que me
han ayudado a leer mejor los evangelios. Por eso, es justo que ahora les ex­
prese mi gratitud y reconocimiento.
En primer lugar, quiero dar las gracias a los alumnos con los que me he
encontrado en el aula semana tras semana durante estos catorce años. Sus ob­
servaciones y preguntas me han ayudado a formular con mayor claridad y
precisión lo que quería decirles, y sus caras de extrañeza me han hecho detec­
tar lo que necesitaba ser explicado de forma más comprensible. Pero sobre to­
do les agradezco los momentos de plena sintonía reflejada en sus gestos de
interés y atención. A ellos, y a los que como ellos desean conocer mejor los
evangelios, quisiera dedicar especialmente este libro.
Quiero dar las gracias también a los colegas, cercanos y lejanos. Con al­
gunos de ellos he podido mantener largas conversaciones, Con otros he te­
nido ocasión de contrastar m is puntos de vísta. A otros sólo los he podido
«escuchar» a través de sus escritos. Sin este coro de voces múltiples, que
descubre siempre nuevos matices en la misma partitura, ésta acabaría sien­
do interpretada de forma demasiado monótona.
En especial quiero expresar mi agradecimiento a Esther Miquel, que leyó
pacientemente la mayor parte del manuscrito y m e hizo observaciones muy
oportunas para mejorarlo; a Rafael Aguirre, que aceptó mi invitación a dete­
nerse unos días en Salamanca para leer y discutir algunos capítulos; a Juan
Chapa, que me ofreció precisas observaciones sobre los manuscritos más an­
tiguos de los evangelios; a María José Castejón, que me señaló algunos as­
pectos mejorables en la lectura del Evangelio de Juan y a L eif E. Vaage, con
quien pude discutir algunas de las reflexiones de la conclusión. Gracias a M i­
guel Salvador, que lo ha revisado minuciosa y detenidamente. Gracias, final­
mente, a todos los amigos y amigas que, sabiéndome ocupado en esta tarea,
no han dejado de mostrar interés por ella y de animarme para que la llevara
a término.
In t r o d u c c ió n

LA SELECCIÓN DE LOS CUATRO


Este libro trata sobre los cuatro evangelios canónicos. Pero antes de
abordar el estudio de su proceso de form ación y de las características pro­
pias de cada uno de ellos, conviene situarlos en el complejo proceso de cris­
talización literaria de la tradición sobre Jesús, que tuvo lugar después de su
muerte. Durante este periodo formativo del cristianismo no sólo se produ­
jeron num erosos y variados escritos que recogían en parte dicha tradición,
sino que se hizo una selección de los m ism os que culminó con el reconoci­
miento de algunos de ellos com o escritura sagrada. Fue en esta etapa cuan­
do dichos escritos com enzaron a ser designados con el nom bre de evan­
gelios para expresar la convicción de que contenían «el evangelio». Como
resultado de este proceso, cuatro de ellos se convirtieron en «los evange­
lios» y adquirieron una especial autoridad dentro de la gran iglesia.
Esta introducción aborda algunas de las cuestiones que perm iten con-
lextualizar el estudio de los cuatro evangelios canónicos desde el punto de
vista histórico, literario y teológico, tales como: la producción de escritos
sobre Jesús durante las prim eras generaciones de discípulos; el proceso de
recepción de los m ism os y el reconocim iento del carácter sagrado de algu­
nos de ellos; el uso del térm ino evangelio y su aplicación a los diversos es­
critos sobre Jesús; así com o el género literario de los cuatro considerados
com o escritura sagrada en la m ayoría de las com unidades cristianas.

I . Los LIBROS SOBRE JESÚS EN EL CRISTIANISMO NACIENTE

Los evangelios que con el tiem po llegarían a form ar parte del canon
no fueron los únicos escritos en los que cristalizó la tradición sobre Jesús.
H1 autor del Evangelio de Lucas afirm a, no sin cierta exageración, que
«otros m uchos» habían com puesto antes libros parecidos al suyo a partir
de la tradición recibida de los testigos oculares y m inistros de la palabra
(Le I, 1-2). Por su parte, el redactor final del Evangelio de Juan recono­
ce que en ésle sólo se recoge parte de dicha tradición y afirm a que, si se
22 Introducción

pusiera por escrito todo lo que hizo Jesús, el m undo entero no podría con­
tener tantos libros (Jn 21, 24-25). A lgunos de estos libros sobre Jesús han
llegado hasta nosotros com pletos o de form a fragm entaria. De otros ten e­
m os noticia a través de las citas o referencias de los prim eros escritores
eclesiásticos. E studiándolos y com parándolos es posible reconstruir e!
m apa de los escritos m ás antiguos sobre Jesús, m apa en el que deben si­
tuarse los cuatro evangelios canónicos.

I
a) Tradición oral y tradición escrita

S. Guijarro Q\->afta,Jesús y sus primeros discípulos, Estella2007, 11-34; W. H. tCel-


ber, The Oral and the Written Cospel. Hermeneutics ofSpeaking and Writing in the
Synopíic Tradition, Mark, Paul, and Q> Bloomington and Indianapolis21997.

La tradición sobre Jesús se originó a p artir de ios recuerdos de q u ie­


nes lo habían conocido o habían oído hablar de él. Al principio, esta tra ­
dición se transm itió únicam ente de form a oral; sin em bargo, con el paso
del tiem po los recuerdos m em orizados se fueron agrupando en pequeñas
com posiciones escritas, las cuales darían lugar más tarde a verdaderas
obras literarias. En ios siguientes capítulos analizaré con más detalle este
com plejo proceso. A hora el objetivo es elaborar un m apa de los escritos
m ás antiguos sobre Jesús que nos perm ita contextualizar los cuatro evan­
gelios canónicos, y para ello será suficiente con una idea general sobre
cómo fue cristalizando la tradición oral en textos escritos. En este proce­
so se pueden distinguir tres fases.
La prim era fase estuvo dom inada por la tradición oral. E ste periodo se
inició durante la actividad pública de Jesús y llegó hasta m ediados del si­
glo I d.C., m om ento en que com enzaron a ponerse por escrito algunas de
las palabras de Jesús y de los recuerdos sobre él. El testim onio m ás tem ­
prano de dicha cristalización son las cartas de Pablo, las cuales incorpo­
raron tradiciones procedentes del Señor (1 C or 11, 23-26) o palabras su­
yas (1 Tes 4, 15; 1 Cor 7, 10; 9, 14).
En la segunda fase, la tradición oral coexistió con la tradición escrita.
Esta segunda fase com enzó cuando algunas palabras o recuerdos sobre
Jesús se pusieron por escrito (m ediados del siglo I d.C.), y concluyó cuan­
do los textos escritos com enzaron a gozar de una especial autoridad en las
com unidades cristianas (finales del siglo II d.C.). D urante este periodo,
los recuerdos sobre Jesús se transm itieron, al m ism o tiem po, de form a
oral y por escrito, aunque progresivam ente la segunda form a lúe ganan­
do importancia. Tradición oral y tradición escrita no se entendían enton­
ces com o dos canales de transm isión incom unicados, sino miis bien com o
dos conductos com plem entarios tic una mi Mitin Imdieión, que j>(iz¡ib¡in de
La selección de los cuatro 23

la m ism a autoridad y estim a en las com unidades cristianas. Un ejem plo


representativo de esta situación a com ienzos del siglo II d.C. lo ofrece el
obispo Papías, el cual, aunque conocía los evangelios escritos, valoraba
mucho los recuerdos sobre Jesús transm itidos oralm ente por los testigos
oculares, pues consideraba que no le «aprovecharía tanto lo que sacara de
los libros, com o lo que proviene de una voz viva que perm anece» (Euse-
bio, Hist. Ecl. 3, 39, 4).
La tercera fase, finalm ente, se caracteriza por el predom inio de la tra­
dición escrita. A unque existen indicios de que la tradición oral continuó
viva todavía durante m ás tiem po, puede afirm arse que, a partir del reco­
nocim iento generalizado de algunos de los prim eros escritos sobre Jesús
en la segunda m itad del siglo II d.C., la tradición oral com enzó a perder
im portancia y los recuerdos en torno a Jesús se transm itían principalm en­
te por escrito.
Este breve recorrido por las principales fases de la tradición sobre Je­
sús revela que durante un im portante periodo de tiem po, que duró apro­
xim adam ente un siglo (desde m ediados de! siglo I hasta m ediados del si­
glo II d.C.), la tradición oral cristalizó en diversos escritos. De hecho, fue
en este periodo cuando se escribieron los prim eros libros sobre Jesús, en
los que se recogía de diversas formas la riqueza de dicha tradición. En los
siglos posteriores se escribieron otros libros sobre Jesús, pero no tenían ya
lina conexión directa con la tradición viva. A lgunos de ellos, com o la m a­
yoría de los evangelios gnósticos, no hablan del Jesús terreno, sino del re­
sucitado, que revela sus secretos a sus discípulos en largos diálogos y dis­
cursos. Otros am plían con episodios legendarios los relatos de la infancia
o la narración de la pasión y m uerte de Jesús.
El catálogo de los escritos m ás antiguos sobre Jesús que se presenta
en el siguiente apartado incluye únicam ente aquellos que se com pusieron
cuando todavía estaba viva la tradición oral. Se ha elaborado a partir de
ilos fuentes de inform ación: las citas de los autores eclesiásticos y los m a­
nuscritos más antiguos. En el prim er caso, se consideran tan sólo las re­
ferencias de los autores del siglo II d.C. Sin em bargo, en ei segundo se in­
cluyen tam bién los m anuscritos datados por los expertos «a finales del
siglo II o com ienzos del III d.C.». N o obstante, para m ayor seguridad, to ­
dos los escritos contenidos en los m anuscritos citados en este catálogo
son m encionados po r autores eclesiásticos del siglo II, de m anera que la
datación del m anuscrito en nada afecta a la datación del escrito. Solamen-
le la datación del Papiro Egertoo debe establecerse a partir de la eviden­
cia papirológica; pero en este caso los expertos están de acuerdo en fe­
charlo en el siglo II d.C.
24 Introducción

b) Los escritos m ás antiguos sobre Jesús

A. E. B ernhard, O iher E a rly C hristian Gospels. A C ritica! E dition o f the S u rv ivin g


G reek M anuscripts, L o n d o n 2006; F. B ovon, F ra g m en t O xyrhynchus 840, F ra g m en t o f
a L o s t Gospel, W itness o f an E a rly C hristian C on tro versy o ver P urity. Jo u rn al o f Bi-
blical L iterature 119 (2000) 705-728; P. Foster, A re T h e re A n y E a riy F ragm ents o f the
S o -ca lled G ospel o fP e te r ?: N ew T esta m e n t Studies 52 (2006) 1-28; L. W. H urtado, P 4S
a n d the Textual H isto r y o f the -G o sp el o f M ark, en C h. H orton (ed.), The E a rliest
G ospels, L ondon-N ew Y ork 2004, 132-148; L. W. H urtado, The E arliest C h ristian Ar-
tifa cts: M a n u scrip ts a n d C h ristia n O rigins, G ran d R ap ids 2006, 209-22 9; D, L ühr-
'm ann, F ragm ente apo kryph gew o rd en er E vangelien in g riesch isch er itn d latein ischer
Sp rache, M arburg 2000; D. L ührm ann, D ie apokryph g ew ord ener E van gelien , Leiden
2003; R. K asser y otros, The G o sp el o f J u d a s , W ashington 2006; H. K oester, A p o-
cryp h a l a n d C anonical G o sp e ls: H arvard T h eolog ical R eview 73 (1980) 105-130; E.
N e stle - K. A land (eds.), N o vu m Tesíam entum G raece p o s t E b erh a rd et E rw in N estle
e d itio n e vicésim a sé p tim a revisa , S tu ttg art 2001, 6 8 3-72 0; A. de S an to s O tero, L o s
eva n g elio s apócrifos, M adrid ,01999.

Partiendo del criterio establecido en el apartado precedente, se puede


elaborar un catálogo de los escritos m ás antiguos sobre Jesús. Es necesa­
rio aclarar que se trata de un catálogo incom pleto, ya que las dos fuentes
de inform ación de que disponem os son incom pletas. Por un lado, tan só­
lo ha llegado hasta nosotros una parte m uy pequeña de los m anuscritos
(casi todos procedentes de Egipto). Por otro, únicam ente poseem os la in­
form ación que proporcionan los autores ortodoxos, pues la m ayoría de las
obras de los autores que fueron considerados heterodoxos dejaron d e co­
piarse y transm itirse.
D icho catálogo incom pleto, y sin em bargo representativo, incluiría los
siguientes escritos:

Mt E v a n g e lio d e M a teo
.In E v a n g e lio d e Ju a n
Le E v a n g e lio d e L u c a s
E vPe E v a n g e lio d e P e d ro
E vT om E v a n g e lio d e T o m á s
Me E v a n g e lio d e M a rco s
I n fle s E v a n g e lio d e la in fa n c ia de Je sú s
PE vSant P ro to e v a n g e lio d e S a n tia g o
PEg E v a n g e lio del p a p ir o E g e rto n
E v V er E v a n g e lio d e la V erd ad
E v Ju d E v a n g e lio d e Ju d a s
E vl-lebr E v a n g e lio d e lo s H eb re o s
E v N az E v a n g e lio de los N iizaren o s
E vE g E v a n g e lio d i1 lo s 1'ni|H'ioH
La selección ele los cuatro 25

La tabla que puede encontrarse más adelante recoge los principales


datos que tenem os sobre cada uno de eílos. Para su interpretación deben
tenerse en cuenta las siguientes observaciones:
1) Su elaboración se basa en los datos que proporcionan B em hard,
Koester, Santos O tero y Hurtado 2006. Para facilitar la visión de conjun­
to, se ha prescindido de las citas de los autores eclesiásticos, que pueden
consultarse en estas obras. Para los papiros neotestam entarios, véase Mest-
lo-Aland. No es del todo seguro que POxy 4009 y PO xy 2949 contengan
fragmentos del E vangelio de Pedro (Foster).
2) A estos catorce escritos habría que añadir otros anteriores que pro­
bablem ente fueron utilizados por algunos de ellos y más tarde dejaron de
copiarse, tal vez porque ya estaban incluidos en un texto m ás elaborado,
liste es el caso de la colección de dichos de Jesús utilizada por M ateo y
I ,ucas (Q), o de la colección de signos de Jesús utilizada por Juan (SQ ), o
de! R elato de la pasión que sirvió de fuente a M arcos, a Juan y al E van­
gelio de Pedro (RP). Estas com posiciones, que serán estudiadas con más
detalle en el capítulo tercero de este libro, no se incluyen en el catálogo
porque no son m encionadas por los escritores antiguos ni se ha conserva­
do ninguna copia de ellas, pero será necesario tenerlas en cuenta más ade­
lante para hacer una tipología de los evangelios más antiguos.
3) Existen otros papiros que contienen 'fragmentos de evangelios hoy
perdidos (Santos O tero, Bernhard); algunos de estos evangelios podrían
haber sido contem poráneos de los que se incluyen en esta lista. El caso
más interesante es, sin duda, el POxy 840, que contiene una discusión en-
Ire Jesús y un sacerdote de Jerusalén, y que algunos autores datan a fina­
les del siglo II d.C. o en el siglo III d.C. (Bovon). Sin embargo, este y otros
fragmentos han sido excluidos del catálogo porque no cumplen ninguno de
los dos requisitos que nos hem os fijado para elaborarlo.
4) El orden en que han sido dispuestos pretende reflejar la difusión y
la valoración de los m isinos durante el siglo II d.C. Encabezan la lista
aquellos que aparecen m encionados por los escritores eclesiásticos y que
adem ás están atestiguados en m anuscritos contem poráneos (M t, Jn, Le,
EvTom y tal vez EvPe). D espués se han colocado aquellos que son m en­
cionados por los escritores eclesiásticos del siglo II d.C. y están atestigua­
dos por m anuscritos griegos posteriores (M e, InfJes, PEvSant). A conti­
nuación, el PEg que solam ente está atestiguado por un papiro de fecha
muy tem prana. Vienen luego los escritos gnósticos citados por Ireneo de
los que tenem os m anuscritos posteriores, pero tan sólo en traducción al
copto (EvVer, EvJud). En último lugar, ñ guran aquellos de los que única­
m ente tenem os noticia por las referencias de los autores eclesiásticos
(lív lIch , livN az, livlig).
26 Introducción

E v a n g e l io s a t e s t ig u a d o s e n e l s ig l o I I d .C ,

Evangelio Autores eclesiásticos Papiros Descripción


Ev. de M ateo Papias? P™ (s. II) Relato de la activi­
Pol ¡carpo p “ + p « (s. u - i i n dad pública de Je­
Justino P77(s. 11-111) sús {desde Juan Bau­
Epistula Apostolorum tista hasta la tum ba
Taciano vacía). Relato de la
[reneo infancia. Dichos de
Valentinianos Jesús. Relatos de apa­
Teófilo de Antioquía riciones.
Atenágoras
Clem ente de Alejandría

Ev. de Juan Epistula Apostolorum P5Í (s. 11) Relato de la activi­


Taciano P™ (s. 11) dad pública de Jesús
Ireneo P“ (s. 11-111) (desde Juan Bautista
Valentinianos Pre (s. II-TI1) hasta la tum ba va­
Clem ente de Alejandría P5 (s. 11-111) cía). Diálogos y dis­
cursos de Jesús. Re­
latos de apariciones.

Ev. de Lucas Epistula Apostolorum P4 (s. II-III) Relato de la activi­


Policarpo P7 í(s. 11-111) dad pública de Jesús
Justino (desde Juan Bautista
Taciano hasta la tum ba va­
Ireneo cía). R elato de la
Valentinianos infancia. Dichos de
M arción Jesús, Relatos de apa­
Clem ente de Alejandría riciones.

Ev. de Pedro Serapión POxy 4009? (s. Texto fragm entario.


11-111) Relato de la pasión.
POxy 2949? (s.
II-III}

Ev. de Tomás Taciano POxy i (s. II-III) Colección de dichos


POxy ft45 {s. II- de Jesús.
III)

POxy 655 (s. II-


III)
Ev. de Marcos Papias Relato de la activi­
Justino dad pública de Jesús
Taciano (desde Juan B autis­
Ireneo ta basta la tum ba va­
Clem ente de Alejandría cía).

Ev. de la infancia de Epistula Apostolorum? Relato sobre la in­


Jesús fancia de Jesús de
cariicler popular (he­
chos pnik-iilosos).
La selección de tos cuatro 27

l'roto-Ev. de Santiago Justino? Relato de la infancia de


María y de Jesús.

t :v. Egerton PEg2 (s, II) Diálogos de Jesús y ac­


ciones portentosas.

lív. de la Verdad Ireneo Tratado gnóstico.

I!v. de Judas Ireneo Diálogos y revelacio­


nes de Jesús de tipo
gnóstico.

I .v. de los Hebreos Clem ente de Alejandría ¿R eelaboración de Mt?

I 'v. de los Egipcios Clem ente de Alejandría Diálogos de Jesús

l !v. de los Nazarenos Hegesipo? ¿Reelaboración de Mt?

Lo prim ero que llam a la atención en este catálogo es el orden en que


¡tparecen ios diversos evangelios cuando los disponem os de acuerdo con el
número y la im portancia de los testim onios que tenem os sobre ellos. El or­
den de los cuatro evangelios canónicos, por ejem plo, no corresponde al de
nuestras ediciones del NT, que es el que se im puso a partir del siglo IV
d.C. Sin embargo, corresponde al orden que,tienen en el P45. Este códice de
mediados del siglo 111 d.C. es el prim ero que contiene los cuatro evange­
lios canónicos, pero no en el orden que más tarde se impondrá, sino en el
llamado orden occidental, que refleja el uso de estos escritos y la im portan­
cia que se les daba, tal com o aparece en esta lista: M t-Jn-Lc-M e.
El orden de este catálogo revela tam bién que los evangelios m ejor
atestiguados fueron los atribuidos a un apóstol (M ateo, Juan, Pedro, To­
más), lo cual indica que se daba m ucha im portancia al carácter apostóli­
co de los escritos. Este dato revela que estaba en marcha un proceso de se­
lección que, sin em bargo, no habia concluido todavía ya que la distinción
enlre los evangelios que m ás tarde llegarían a ser reconocidos com o escri­
tura y los dem ás no era entonces tan nitida com o lo fue más tarde. De he­
d ió , es posible que el Evangelio de Pedro y el Evangelio de Tomás se co­
piaran m ás que el E vangelio de M arcos.
Otro aspecto que resulta llam ativo en este catálogo es la variedad de
lórmas en que cristalizó la tradición sobre Jesús. O bservando la colum na
de la derecha se com prueba que, ju nto a escritos que narran la pasión de
Jesús (EvPe) o su infancia (InfJes, PEvSant), había otros que contenían so­
bre todo dichos (EvTom ), o diálogos y discursos del Señor (EvJud, PEg),
e incluso un tratado que en nada se parece a los dem ás evangelios (EvVer).
Id grupo más num eroso, sin em bargo, es el de aquellos que incluyen va­
28 Introducción

rias de estas form as literarias en un marco narrativo que tiene como cen­
tro la actividad pública de Jesús (M t, M e, Le, Jn, EvHebr, EvNaz?, PEg?).
Por últim o, es interesante observar que algunos de estos evangelios es­
taban estrecham ente vinculados a ciertos grupos, m ientras que otros te­
nían un carácter m ás universa!. Así, los llam ados evangelios judeocristia-
nos (EvH ebr, EvNaz) parecen haberse difundido casi exclusivam ente en
el seno de los grupos cristianos de observancia judía, y los llam ados evan­
gelios gnósticos (EvEg, EvVer, EvJud) eran estim ados y leídos sobre to ­
do en sus propios grupos. El resto, aunque con m atizaciones en algún ca­
so, ttivieron un carácter más universal.
Todos estos evangelios, así com o las colecciones y com posiciones in­
tegradas en ellos, fueron com puestos, m uy probablem ente, entre el año 50
y el 150 d.C. Sin em bargo, no todos se escribieron al m ism o tiem po. A un­
que no resulta fácil determ inar con precisión cuándo se com puso cada
uno de ellos, en ia m ayoría de los casos es posible establecer al m enos una
cronología relativa.
En la segunda mitad del siglo 1 pueden datarse, en primer lugar, las co­
lecciones y com posiciones que m ás tarde serían usadas por otros evange­
lios. Las más importantes son la colección de dichos utilizada por Mateo y
Lucas, otra colección de dichos utilizada por el Evangelio de Tomas, la co­
lección de milagros utilizada por Juan, y el relato de la pasión utilizado por
M arcos, Juan y el Evangelio de Pedro. En el últim o tercio de este mismo si­
glo fueron com puestos, con m ucha probabilidad, los evangelios que más
tarde serían reconocidos com o canónicos: M arcos, Mateo, Lucas y Juan.
E n la prim era m itad del siglo segundo podrían datarse, en prim er lugar,
tres evangelios que incorporaron de form a independiente tradiciones sim i­
lares a las utilizadas por los canónicos. El Evangelio de Tomás, que es una
colección de dichos y apotegm as de Jesús; el Evangelio de Pedro, conser­
vado fragm entariam ente, que contiene gran parte del relato de la pasión; y
el Evangelio del papiro Egerton, tam bién conservado fragm entariam ente,
que contiene algunos diálogos de Jesús con los jefes del pueblo y dos his­
torias de milagro. En este mismo periodo habría que datar dos textos judeo-
cristianos: el Evangelio de los N azarenos y el Evangelio de los H ebreos.
N inguno de los dos ha llegado com pleto hasta nosotros y sólo conocem os
algo de su contenido a través de las citas de los Padres.
Los demás evangelios conocidos en el siglo II d.C. son m ás difíciles de
fechar. El Evangelio de la infancia de Jesús y el Protoevangelio de Santia­
go podrían haber sido com puestos en la prim era m itad, m ientras que los
evangelios gnósticos, el Evangelio de Judas, el Evangelio de los Egipcios
y el Evangelio de la Verdad, habría que lecharlos con posterioridad al año
150 d.C’.
La selección de los cuatro 29

De form a gráfica, la cronología de estos escritos sería la siguiente:

50-70 d.C. 7 0-100 d.C. 100-130 d.C. 13 0-15 0 d.C. 150-180 d.C.

( '(im p o sicio ­ E v a n g e lio s E vT om ; E v In fT o m Evangelios


nes p erd id a s q u e m á s ta rd e E vPe; P E g g n ó stic o s
PE vS ant
s e ría n re c o ­
<.>, S Q , RP E v a n g e lio s P E g , E v Ju d ;
n o c id o s c o m o
c a n ó n ic o s ju d e o c r is tia - E v V er
nos
M e , M t, L e,
Jn E v H eb ;
E vE b;
E vN az?

c) D iversos tipos de com posiciones

U. A asgaard, L a infa ncia d e Jesús. Texto b ilin g ü e del evangelio a p ócrifo d el P seudo-
Tmnás, S alam anca 2 009; H. I. Bell - T. C . S keat (ed s.), The N ew G o sp e lF ra g m e n ta ,
i .iindon 1935; T. C hartrand-B urk e, The In fa n cy G ospel o fT h o m a s. The Text, lis O ri-
i’J iis a n d its T ransm ission, T oronto 2001; A. D , D eC onick, R eeo verin g the O rigina l
G o spel o fT h o m a s: A H isto ry q f the G ospel a n d its G rowth, L ond on -N ew Y ork 2005;
A, I). D e C o n ic k , T he G o s p e l o f T hom a s: E x p o s ito ry T im e s 11 8 (2 0 0 7 ) 4 6 9 -4 7 9 ;
I1', (ia rc ía B azán, E l E va n g elio d e Ju d a s, M adrid 2006; H. K oester, A p o cryp h a l a n d
( 'ttuonical Gospels-, H arvard T heological R eview 73 (1980) 105-130; H. K oester, A n-
i ’ient C hristian G ospels. T heir H isto ry a n d D e v e io p m e n t, P h ilad elp hia-L o nd on 1990;
M. K M ara, II va ngelo di Pietrc/. Introduzione, versione, com m ento, B ologna 2002; E.
N orclíi, L e P apyrus E g erto n 2 e t sa loca lisation d a n s la tradition s u r Jesús; n o u vel
i'Xiimen du fra g m e n t l . en D. M argu eral y oíros (eds,), Jésu s de N a za reth —N ouvelles
A pproches d 'u n e E nigm a, G enéve 1998, 397-435; T. N icklas, P apyrus E gerto n 2. The
« U nknown Gospel»'. E xpository T im es 118 (2007) 261-266; J. M . R obm son y otros, E l
I hicum ento O en g rie g o y en esp a ñ o l con p a ra le lo s d e l E va n g elio de M arcos y d el
¡•Evangelio de Tom ás, S alam an ca 2 002; A. de S antos O tero, Los eva ng elios a p ó crifo s,
M adrid 1°1999; R. T revijano E tch everría, E stu d io s sobre el E va ng elio d e Tomás, M a­
drid 1997,77 -1 2 0; J. H, W ood, The N ew Testam ent G ospels a n d the G ospel o fT h o m a s:
o N ew D irection: N ew T estam ent Studies 51 (2 00 5) 579-595.

La denom inación genérica de «libros sobre Jesús» que venim os utili­


zando incluye escritos de naturaleza diversa desde el punto de vista del
contenido y de la forma. E n realidad, los escritos m ás antiguos sobre Jesús
configuran una variada tipología. Por eso, si se quiere situar con m ás pre­
cisión los evangelios canónicos en el contexto de estas prim eras cristaliza­
ciones de la tradición sobre Jesús, es necesario averiguar cuál es el lugar
i¡iie ocupan en el entram ado que form an estos prim eros escritos.
I’lii'li reconstruir la evolución de c a d a uno de estos tipos es necesario te ­
ner presente las colec cio n es y c om po sicio nes m ás antiguas en las qu e c o ­
30 introducción

m enzaron a cristalizar los recuerdos sobre Jesús. Estas primeras coleccio­


nes, que recogían tradiciones sem ejantes desde el punto de vista formal
(dichos, controversias, parábolas, m ilagros, etc.), no se han conservado y
únicam ente pueden ser reconstruidas a través de un minucioso análisis re-
daccional de dichos escritos, com o tendrem os qcasión de ver en el capitu­
lo tercero de este libro. A hora bien, los rasgos característicos de estas pri­
m eras com posiciones se pueden reconocer también, aunque en form as más
evolucionadas, en algunos de los escritos posteriores. Esto permite relacio­
nar las com posiciones m ás tem pranas y las m ás tardías, y describir el iti­
nerario seguido por cinco tipos de escritos: las colecciones de dichos, las
com posiciones integradas por diálogos y discursos, las colecciones de m i­
lagros, los relatos sobre la pasión y los que am pliaron las noticias sobre la
infancia de Jesús.
Las colecciones de dichos ocupan un lugar m uy im portante en los pri­
meros estadios de la tradición. Los cuatro evangelios canónicos utilizaron
pequeñas agrupaciones de dichos, parábolas o anécdotas de Jesús que re­
flejan el estadio m ás prim itivo de este tipo de colecciones; pero la prim e­
ra com posición elaborada de este género fue la utilizada por Mateo y Lu­
cas en la com posición de sus respectivos evangelios. Se conoce con el
nom bre de «Documento Q», o «Fuente Q» y contenía, sobre todo, dichos,
parábolas, controversias y anécdotas de Jesús dentro de un incipiente m ar­
co narrativo que com enzaba con la predicación del Bautista y term inaba
con un discurso de tono escatoíógico.
A lgunas de estas colecciones dejaron de copiarse cuando fueron inte­
gradas en los evangelios narrativos, pero otras continuaron copiándose e
incluso se produjeron algunas nuevas. El m ejor ejem plo de esta trayecto­
ria es el Evangelio de Tomás descubierto en 1945 en N ag H am m adi junto
a otros textos de orientación gnóstica escritos en copto. Consta de ciento
catorce dichos de Jesús (sentencias, parábolas y apotegm as) débilm ente
conectados entre sí. Dos terceras partes de estos dichos tienen paralelo en
los sinópticos y estas coincidencias son mayores aún cuando se trata de las
tradiciones que Mateo y Lucas tom aron del D ocum ento Q. La versión cop-
ta encontrada en N ag H amm adi es traducción de un original griego, del
cual se han encontrado algunos fragm entos entre los pariros de Oxyrhinco
datados a finales del siglo II d.C. y com ienzos del III (PO xy 1, 645, 655).
Este dato y la estrecha relación con los evangelios canónicos perm iten fi­
ja r su com posición a com ienzos de este mismo siglo, muy probablem ente
a partir de una colección de dichos contem poránea al D ocum ento Q. El
Evangelio de Tomás fue com puesto y transm itido en círculos periféricos
del cristianism o naciente; así lo revelan los detalles de colorido popular y
la rcclaboración gnóstica de algunos dichos, o la incorporación de otros
La selección de los cuatro 31

que reflejan esta tendencia, Gracias a ello, EvTom conservó las caracterís-
Iícíis de las prim eras colecciones de dichos m ejor incluso que el Documen-
I») Q, donde los dichos y anécdotas de Jesús fueron insertados en un inci­
piente esquem a narrativo del que EvTom carece com pletam ente.
Las com unidades cristianas reconocieron una gran autoridad a los di­
chos de Jesús y se remitían a ellos para orientar su estilo de vida, solucio­
nar sus conflictos o definir su identidad. Por eso, adem ás de am pliar y
com pletar las antiguas colecciones, en el siglo II d.C. crearon otras nuevas
m partir de los evangelios escritos y de la tradición oral. Un ejem plo de es­
te lipo de com posiciones es la colección de dichos utilizada p o r la Segun­
da carta de Clem ente, escrita a m ediados de este siglo. D icha colección
contenía una com binación de dichos de M ateo y de Lucas (2 Cíem 3, 2; 6,
9, 11; 5 ,2 -4 ), junto con otros procedentes de otros evangelios y de la tra­
dición oral (2 Clem 8, 5; 4, 2.5; 12, 2.6).
La tradición de los dichos y apotegm as de Jesús dio lugar tam bién a
otro tipo de com posiciones en las que éstos se transform aron en discursos
r diálogos. A unque no es posible reconstruir con precisión ninguna com ­
posición de este tipo anterior a los evangelios canónicos, es evidente que
lal tendencia existía ya cuando éstos se escribieron. En el E vangelio de
I .ucas hay algunos diálogos de Jesús en form a de sim posio (Le 14, 7 -1 7 ,
10), y el Evangelio de M ateo incluye am plios discursos com puestos a par-
Iir de pequeñas agrupaciones de dichos (M t 5 -7 ; 9, 3 6 -1 1 , 1, etc.). Sin
em bargo, es en el Evangelio de Juan donde estos discursos y diálogos al­
canzan su form a m ás elaborada (cf. por ejem plo Jn 14-16). Los discursos
están construidos a partir de dichos de Jesús, que se am plían recurriendo
ii procedim ientos exegéticos característicos de la tradición hebrea, o con
recursos propios de la tradición retórica helenística. Los diálogos utilizan
esía m ism a técnica, pero a veces desarrollan breves anécdotas de la vida
de Jesús. E l Evangelio de Juan suele com binar estas dos formas de expli­
cación de las palabras de Jesús (cf. por ejem plo Jn 8, 12-59),
La com posición de diálogos y discursos tam bién continuó después de
que estos prim eros discursos fueran integrados en los evangelios narrati­
vos de finales del siglo prim ero. En los escritos posteriores se encuentran
indicios de diálogos contem poráneos a los utilizados por el Evangelio de
Juan. En el Papiro E gerton 2, que conserva fragm entos de un evangelio
desconocido com puesto a finales del siglo prim ero o com ienzos del se­
cundo, hay un diálogo que reproduce una versión m enos elaborada que la
su paralelo joán ico (PEg2 1 verso, lin. 7-16; par. Jn 5, 39.45; 9, 29). En el
D iálogo del Salvador, una reelaboración gnóstica de un antiguo diálogo
de Jesús con sus discípulos, que puede datarse en el siglo II d.C., tam bién
se encuentran conexiones con dichos sinópticos y con los diálogos joáni-
32 Introducción

eos (D ialSalv 125, 1.8-127, 3; par. Jn 12, 35; 16, 13.20.23-24). Y lo m is­
m o ocurre con el A pócrifo de Santiago, otro escrito gnóstico del siglo II
d.C., en el que se discute el significado de algunos dichos y parábolas de
Jesús (A pSant 12, 3 8 -1 3 , 1; par. Jn 20, 29). Es posible que los discursos
conservados en estos escritos posteriores sean tan antiguos com o los del
Evangelio de Juan. En todo caso, tanto unos com o otro testim onian el n a­
cim iento de un género literario que tendrá gran fortuna en círculos gnós­
ticos. Los dos escritos gnósticos m encionados (D ialSal y A pSant) son
ejertjplos representativos de este género, pero a ellos podrían añadirse
otros. U no de tos m ás antiguos es, sin duda, el E vangelio de Judas, que
era conocido hasta hace muy poco tan sólo por una referencia de Ireneo
(Adv. Haer. 1,31 , 1-2) y que ha sido publicado recientem ente. Este evan­
gelio, escrito en el siglo II d.C. y conservado en una traducción al copto
del siglo IV d.C., contiene-num erosos diálogos de Jesús con sus discípu­
los y es un m agnífico ejem plo de la trayectoria que siguió este género en
otros escritos gnósticos posteriores.
Junto a estas com posiciones que desarrollaron la tradición de los di­
chos, hubo otras que reelaboraron los recuerdos de las acciones de Jesús y
de acontecim ientos im portantes de su vida. Un desarrollo tem prano de es­
tas tradiciones narrativas, que no dio lugar a un tipo diferenciado de libros
sobre Jesús, aunque se encuentra en com posiciones anteriores y posterio­
res a los evangelios narrativos de finales del siglo I, son las colecciones de
m ilagros. El Evangelio de M arcos incorporó varios de ellos procedentes
de la tradición popular, aunque no puede asegurarse que éstos form aran
parte de una o varias colecciones anteriores (M e 4, 35-5, 43; M e 6 ,4 5 -8 ,
10). E l Evangelio de Juan, por su parte, utilizó muy probablem ente una
com posición en la que los m ilagros de Jesús, interpretados como signos,
ocupaban un lugar im portante (Jn 2—12).
A diferencia de lo que ocurrió con la tradición de los dichos, la tradi­
ción de los m ilagros no tuvo un desarrollo significativo. No hay apenas re­
latos nuevos en el D ocum ento Q ni en las tradiciones propias de M ateo y
de Lucas; por su parte, tanto Mateo com o Juan parecen interesados en li­
m itar esta tradición o en reinterpretarla. El evangelio del Papiro Egerton 2
es el único escrito posterior que narra un nuevo m ilagro de Jesús adulto
(PEg2, verso), m ientras que el Evangelio de la Infancia de Jesús incluye
una serie de milagros atribuidos a Jesús niño, todos ellos de sabor popular
y legendario (2, 1.2.4; 3, 2-3; 4, 1, etc.). Esta tradición de los m ilagros tu ­
vo, sin em bargo, un notable desarrollo en la literatura sobre los apóstoles
de Jesús, pues tanto los Hechos de Lucas, com o los I lechos apócrifos de
los siglos II y III d.C. contienen relatos de milagro muy parecidos a los que
fueron conservados en los evangelios más anliguos.
La selección de los cuatro 33

La tradición narrativa desarrolló tam bién dos tipos de com posiciones


Ibinadas a conocer un notable desarrollo en los siglos posteriores. La más
tem prana e im portante fue la nacida en torno a la pa sió n de Jesús. El Re-
l;ilo de ia pasión fue, probablem ente, la com posición narrativa m ás anti-
¡.'.mi del cristianism o naciente. U na versión de este relato tuvo un papel de-
cisivo en la com posición del Evangelio de M arcos (M e 14-16) y otra,
ligeramente distinta, fue utilizada por Juan (Jn 18-19). Tanto M arcos co­
mo Juan reelaboraron de form a significativa un relato tradicional para in­
sertarlo en la tram a de sus respectivos evangelios y adaptarlo a su visión
teológica; en am bos casos, sin em bargo, un m inucioso análisis redaccio-
iiül permite recuperar de form a aproxim ada el contenido y la form ulación
de los respectivos relatos tradicionales. L a tram a de am bos relatos, desde
lu escena del prendim iento hasta la del sepulcro vacío, es básicam ente la
misma, pero las diferencias entre ellos hacen pensar que M arcos y Juan
utilizaron versiones diferentes.
Esta m ism a tradición podría haberse conservado de form a indepen­
diente en un escrito m ás tardío que ha llegado hasta nosotros de form a
fragmentaria: el E vangelio de Pedro. Este evangelio, conservado en un
códice tardio, pero conocido ya a finales del siglo 11 d.C ., contiene una
pinte im portante del Relato de la pasión, la escena de la resurrección de
Jesús y el com ienzo de su aparición a los discípulos en el lago de Galilea,
Aunque en él hay detalles que se deben sin duda al influjo de los evange­
lios canónicos, especialm ente del Evangelio de M ateo, otros sugieren que
podría haber sido com puesto a partir de la tradición que dio lugar a los re­
latos utilizados por M arcos y p o r Juan, y que es, por tanto, un testim onio
independiente de ella. Este evangelio es tam bién un nexo im portante en-
Ire los antiguos relatos de la pasión y otras com posiciones posteriores, co­
mo las reunidas en el ciclo de Pilato o en el Evangelio de Bartolom é, que
com entan o am plían los sucesos de los últim os dias de Jesús.
El segundo grupo de escritos que desarrolló la tradición narrativa se
centró en los orígenes de Jesús. Las com posiciones más antiguas de esta
Iinyectaría son los relatos de ¡a infancia de M ateo y de Lucas (M t 1-2; Le
I 2). A m bos, probablem ente de form a independiente, com pusieron di­
chos relatos a partir de tradiciones sueltas para adaptar el Evangelio de
M arcos al m odelo de las antiguas biografías y para responder a la crecien­
te dem anda de inform ación sobre el nacim iento y la infancia de Jesús. En
el conjunto de la tradición evangélica, estos relatos pertenecen a un esta­
dio relativam ente tardío y no hay indicios de que existieran otros sim ila­
res antes de que M ateo y Lucas los com pusieran. Sin em bargo, serán el
punto de partida de otras narraciones centradas en la infancia de Jesús que
U-iuIrán una gran fortuna en los siglos posteriores.
34 Introducción

Los dos evangelios de la infancia más antiguos, com puestos probable­


m ente a m ediados del siglo II d.C., presuponen y com pletan el relato de
M ateo y, sobre todo, el de Lucas. En concreto el Protoevangelio de San­
tiago narra el nacim iento y la infancia de M aría, su dedicación al servicio
del tem plo, su com prom iso con José y la anunciación del ángel, ju n to con
otros episodios narrados por M ateo y Lucas. Por su parte, el E vangelio de
la Infancia de Jesús cuenta episodios de la niñez de Jesús hasta la edad
de doce años, llenando así el periodo que va desde su nacim iento hasta la
escfena del tem plo narrada al final del relato lucano (Le 2, 41 -52). C ontie­
ne, com o ya he dicho, varios m ilagros realizados por Jesús niño, que re­
flejan una visión popular acerca de él. Tras las huellas de estas prim eras
com posiciones, en los siglos posteriores se escribieron diversos evange­
lios de la. infancia, algunos de ellos tan tardíos com o e] E vangelio árabe
de la infancia escrito en él siglo VI d.C.
En el contexto de estos diversos tipos de evangelios, que desarrollan los
géneros utilizados en la transm isión inicial de las tradiciones sobre Jesús,
los evangelios canónicos se caracterizan por su capacidad de integrar d i­
chas tradiciones en un marco narrativo. El Evangelio de Mateo, por ejem ­
plo, incorporó la tradición de los dichos en sus discursos, pero tam bién
integró la tradición narrativa de los milagros y el relato de la pasión, y ade­
m ás com puso un relato de la infancia. Lo m ism o puede decirse de Lucas
y, con m atizaciones, de Juan y de M arcos. Es posible que algunos de los
evangelios conservados fragm entariam ente, com o el del PEg2 o el EvPe,
y otros que se han perdido, tuvieran estas m ism as características, pero to­
dos ellos son posteriores a los cuatro canónicos y, al m enos en la versión
que ha llegado hasta nosotros, han sido influidos por ellos. También los
evangelios judeocrisíianos participaban de estas características, pero ello se
debe, probablem ente, a que dependen del Evangelio de M ateo. A sí pues,
los cuatro evangelios canónicos se diferencian de los dem ás no sólo por su
antigüedad, sino también por su capacidad para integrar las diversas formas
de la tradición sobre Jesús en un marco narrativo.

2. L a recepción ec lesia l de los libro s so b r e J esús

Los primeros escritos sobre Jesús nacieron en las com unidades form a­
das por sus discípulos. A unque fueron escritos por autores individuales, to ­
dos ellos consideraron que su obra era una formulación particular del evan­
gelio que pertenecía a sus destinatarios. La fórmula que se impuso a partir
de la segunda mitad del siglo II d.C. para designar a los libros sobro Jesús:
«Evangelio se g ú n ...» rellcja bien osla conexión enlre autoría personal y
La selección de ¡os cuatro 35

pertenencia com unitaria que es característica de los evangelios. Estas co­


munidades de discípulos fueron también el ám bito en el que se produjo su
recepción, que im plicaba necesariam ente un juicio sobre el valor y la auto­
ridad de cada uno de ellos. Es im portante subrayar esta dim ensión cornu-
nilaria de los evangelios, porque desde ella se explica la lógica de su recep­
ción y la inclusión de algunos de ellos en el canon de las Escrituras.
El resultado de este discernim iento com unitario fue una distinción
fundamental entre un pequeño grupo de escritos, que fueron considerados
canónicos, y los dem ás, a los que se definió com o apócrifos. Pero esta dis-
linción fue la conclusión de un largo proceso. Para llegar a afirm ar «éstos
y sólo éstos» fue necesario que antes se reconociera su valor y autoridad
en el com plejo entram ado de las iglesias cristianas a partir de criterios que
m ó I o desde el final se perciben con claridad. El proceso que llevó a reco­

nocer el valor y !a autoridad de algunos evangelios se entrelaza con el que


Inc definiendo el canon del evangelio en cuatro versiones, el evangelio te-
li'íimorfo, que com ienza a im ponerse a finales del siglo II d.C. Por eso,
una vez presentado el entram ado que form an los evangelios más antiguos
en su variedad de form as y de contextos, es necesario explicar cóm o se
llegó a establecer la distinción que otorgó un lugar de preem inencia a cua-
Iro de estos libros sobre Jesús.

11) Escritos canónicos y apócrifos

I M. McDonald, T he B ihlical Canon: its Origin, Transmission. and Authority, Peabody


.'(>07, 38-69; W. A. G raharn, Scripture, en M. E fiade (ed,), The E n cycio p ed ia o fR e li-
yjoii, vol. 13, N ew York 1987, 133-145; l l.-J. Klauck, Los evangelios apócrifos. Una in-
Innhicción, S antan d er 2006: A. de Santos O tero, L o s evangelios ap ó crifo s, M adrid
1111999; P. R. T ragan (ed.), E vangelios apócrifos. Origen, carácter, valor, Estella 2008.

Los escritos sobre Jesús que han llegado hasta nosotros pueden clasifi­
carse de formas m uy diversas. En los epígrafes precedentes, por ejemplo,
he distinguido los m ás antiguos de otros m ás tardíos. Se pueden clasificar
tiiinbién atendiendo a su contenido o a su género literario, como he hecho
en el apartado anterior. A sim ism o resulta útil la clasificación que utiliza co­
mo criterio el grupo o movim iento en que surgieron (judeocristianos, gnós-
l icos, etc.). Sin em bargo, la división m ás determ inante de este com plejo
Corpus de escritos es la que distingue entre escritos canónicos y apócrifos.
I os primeros son aquellos que las iglesias cristianas consideraron norm a­
tivos (canon = norm a, m edida); los segundos son todos los demás.
En su sentido m ás fuerte y preciso, esta distinción es bastante tardía.
En el periodo l'ormativo del cristianism o no existía aún y, por ello, sería
36 Introducción

más correcto hablar de escritos que m ás tarde acabaron form ando parte
del canon de libros sagrados, y de otros que con el tiem po fueron consi­
derados apócrifos. D e hecho, am bos térm inos adquirieron un sentido pre­
ciso sólo al final del proceso de canonización, que en el caso de los evan­
gelios puede considerarse cerrado en el siglo IV d.C. A ntes de esta fecha,
am bos térm inos se utilizaron con diversos sentidos. El adjetivo «apócri­
fo», por ejemplo, fiel a su sentido original (oculto, escondido), podía de­
signar un m ensaje o un m isterio que se había m antenido oculto debido a
su extraordinario valor o a que no podía ser com prendido (1 C or 2, 7; E f
' 3, 9; M e 4, 22); pero en el marco de las prim eras polém icas sobre la au ­
toridad de los escritos cristianos com enzó a utilizarse ya con el sentido de
falso o espurio. Tertuliano, por ejem plo, considera al Pastor de Herm as un
escrito apócrifo y falso, argum entando que no ha sido incluido en el ca­
non de las Escrituras por ninguna iglesia (D e Pud. 10, 6).
El proceso de canonización fue largo y com plejo. D istinguim os en él
dos fases que son en realidad dos procesos complementarios. La primera de
ellas condujo a su valoración como escritura y la segunda a su reconoci­
miento canónico. La valoración como escritura equivale al reconocimiento
de que poseen cierto estatus o importancia debido a su valor sagrado o a su
autoridad. Su reconocim iento com o canónicos, sin em bargo, suponía la
identificación y delim itación de los textos norm ativos. D ecir que un texto
es escritura equivale a decir: «Este texto posee una autoridad sagrada». Pe­
ro al decir que es canónico se afirma: «Estos textos, y no otros, son los que
poseen autoridad norm ativa». No son afirm aciones contradictorias, sino
com plem entarias, y de hecho apuntan a dos procesos m uy relacionados,
pues no hay canon si antes unos escritos no han sido reconocidos com o es­
critura. Los dos se dan, en efecto, en el seno de una com unidad religiosa
que es quien confiere estatus y autoridad a los textos, basándose en la con­
vicción de que tienen un carácter sagrado por su relación con Dios.
En el periodo form ativo del cristianism o, que es el que he tom ado co­
m o referencia para contextualizar los cuatro evangelios canónicos, se
aprecian claram ente indicios de un creciente reconocim iento de diversos
escritos. Pero tam bién se pueden rastrear los signos incipientes de un p ro ­
ceso de delim itación, en el que cuatro de ellos se fueron distinguiendo de
los demás. Estos indicios son los que ahora vam os a examinar.

b) L a recepción de los cuatro evangelios

L. W. H urtado, The E a rlie st C hristian A rtifa c ts: M anuscriplx a n d C hrixtiun O rig in s,


G rand Rapids 2006; 11. G am ble, T he N ew Testam enl ( 'anón. It.s M akiim a n d M caning,
l’liíl¡idei|ihm I). D. Ilaiuinh , The l'mtr~(i<>si>el «C iu n m » tu the H píslitln A pos-
La selección de los cuatro

lo lo ru m : T h e Jo u rn al o f T h eo lo g ical S tudies 59 (2008) 598-63 3; L . M . M cD on ald ,


The B iblical C anon: its O rigin, Transm ission, a n d A u th o rity, P eab o d y 2007, 250-265
y 2K5-322; W. L. P etersen, The D ia tessaron a n d the F o u rfo ld G ospel, en C h. H o rton
(« !.), The E a rliesí G ospels, L o nd on -N ew Y ork 2004, 50-68; J. M . S ánchez C aro, S o-
l»v la fe c h a del C anon M u ra to ria n o , en S. G uijarro O porto - J. J. F ern án d ez S an g ra­
do r (co o rd s.), P le n itu d o tem poris. M isc e lá n e a h o m e n a je al Prof. Dr. R a m ó n Trevi-
¡ttuo E tcheverría , S alam anca 2002, 2 9 7-314; T. C. S keat, T he O ld est M a n u scrip t o f
llu: F m tr G o sp els: N e w T estam ent Studies 43 (1997) 1-34; D. M . Sm ith, When D id the
h'oxpels B eco m e S c rip tu r e ? ’. Journ al o f B iblical L iteratu re 1 i 9 (20 00 ) 3-20; G. N.
Nliinton, Jesús y e l eva n g elio , B ilbao 2008, 107-173; J. T reb olle B arrera, Z a s co m ien -
;.t>s o A P X A I d e l N u e vo Testam ento y de la bio g ra fía de Jesú s, en C. B ern ab é - C. Gi!
(a is .), R eim aginan d o los orígenes d e l cristianism o, E stella 2008, 401-431.

El reconocim iento de los evangelios com o escritura sagrada y la defi­


nición del canon no fue un proceso homogéneo. No siguió el m ism o ritmo
(Ni lodas las com unidades ni se dio en todas partes de la m ism a forma. En
términos generales puede decirse que a finales del siglo II d.C. los cuatro
evangelios que m ás tarde entrarían a form ar parte del canon habían al­
unizado y a un am plio reconocim iento; además, en el siglo IV d.C. esta se­
lección inicial fue sancionada por los grandes concilios de la época cons-
luntiniana. E ste reconocim iento fue m ayoritario, pero no universal, pues
todavía a finales del siglo IV d.C. las iglesias de S iria seguían otorgando
muís valor al D iatéssaron, la arm onía de los evangelios com puesta por Ta­
ciano dos siglos antes, que al evangelio tetram orfo de la gran Iglesia.
En el periodo form ativo del cristianism o se observa, en prim er lugar,
mi reconocim iento del valor y la autoridad de la tradición sobre Jesús y de
los libros que la trasm itieron. Los dichos de Jesús, que com enzaron a
ngruparse ya en la tradición oral, asi com o las colecciones de dichos que
se com pusieron m ás tarde a partir de los evangelios escritos, se utilizaban
pura form ular la fe o m otivar un tipo especial de conducta. Tal recurso se
encuentra ya en las cartas de Pablo (1 C or 7, 10; 9, 14) y continúa a lo lar-
H<> de todo el siglo 1 y del II d.C. Este uso indica que el origen de la auto­
ridad no era un texto escrito, sino el propio Jesús.
La com posición de los evangelios señala un hito im portante en este
[troceso, pues el hecho de poner por escrito la tradición oral llevaba im plí­
cito un reconocim iento de su valor y de su autoridad. Los autores de los di­
versos libros sobre Jesús tenían la pretensión de conservar y proponer es-
l:i tradición que ellos y sus destinatarios consideraban valiosa. Pero esta
intención tiene connotaciones particulares en el caso de los cuatro evange­
lios que más tarde llegarían a ser canónicos. Los cuatro conocían las Escri­
turas hebreas y cuentan la vida de Jesús com o continuación y cum plim ien­
to de dichas Escrituras.
38 Introducción

El hecho de que los cuatro evangelios canónicos comiencen con la pre­


sentación de la figura de Juan Bautista y su predicación es, sin duda, un da­
to procedente de la tradición anterior a ellos (Hch 10, 37). Sin em bargo, la
form a en que introducen al precursor indica que tal vez entendieron sus
obras com o continuación de las escrituras hebreas. Éstas, en efecto, con­
cluían, al m enos según el canon utilizado por los prim eros seguidores de
Jesús, con la colección de Sos libros proféticos (la Ley y los Profetas). Esta
colección, a su vez, concluía con una exhortación a recordar la enseñanza
de Moisés, y anunciaba el retorno de Elias (Mal 2, 22-24). El Evangelio de
M arcos, com binando un texto tomado de la Ley y otro de los Profetas (Ex
23, 20; Is 40, 3), ve en la actuación de Juan Bautista, a quien presenta con
los rasgos de Elias (M e 1, 6 = 2 Re 1, 8), el cum plim iento de este anuncio
(cf. obra citada de J. Trebolle). Mateo y Lucas no sólo explicitaron esta re­
ferencia, sino que reelaboraron el relato de M arcos imitando el estilo de los
libros sagrados para hacer ver que la historia que contaban era continuación
de la que en aquellos se narraba (cf. Mt 1-2 y Le 1-2).
El Evangelio de Juan com ienza tam bién relacionando a Jesús con las
grandes figuras de la tradición hebrea; él, no Juan, es el M esías y el Pro­
feta anunciado en las E scrituras (Jn 1, 19-51). Este evangelio adquirió
m uy pronto un valor sagrado entre los grupos en los que se transm itió.
C om o tendrem os ocasión de ver con más detalle en el capítulo dedicado
al estudio del E vangelio de Juan, en la últim a etapa de su com posición,
cuando se añadieron parte de los discursos de despedida y el epílogo (Jn
15-17 y Jn 21), el evangelio era ya un texto venerado; por esta razón los
capítulos añadidos se incorporaron sin m odificar el texto anterior, dando
lugar así al extraño fenómeno de una doble conclusión, que habría sido fá­
cilm ente evitable (Jn 20, 30-31; 21, 24-25), o al corte brusco que se apre­
cia en Jn 14, 31, pasaje que tiene su continuación lógica en Jn 18, 1 y no
en Jn 15, 1. Todos estos indicios sugieren la posibilidad de que los auto­
res de ios cuatro evangelios y sus prim eros destinatarios los hayan consi­
derado escritura sagrada y les hayan otorgado un gran valor y autoridad
desde el momento de su com posición.
El tem prano reconocim iento del valor y de la autoridad de los cuatro
evangelios se refleja tam bién en el hecho de que fueran frecuentem ente ci­
tados por los primeros escritores eclesiásticos. El Evangelio de M ateo, sin
duda el más difundido desde el com ienzo, se encuentra citado ya en las
cartas de Ignacio de A ntioquía (Smir. 1, 1;Ef. 19, 1-3) y tal vez tam bién en
la D idajé y la Prim era carta de Clem ente, am bas obras escritas a finales del
siglo I d.C. (1 Clem 7, 7; 13, 2; Did 1,2 -3 ; 8, 1-3). Justino cita una vez e!
Evangelio de M arcos (Día!. 106, 2-3) y utiliza una arm onía com puesta a
partir de Mateo y de Lucas. El Evangelio de I aichs fue revisado por Mar-
La selección de los cuatro 39

d ó n a m ediados de! siglo II d.C. para elaborar un relato al que considera­


ba escritura, m ientras que el Evangelio de Juan fue utilizado por Taciano
como texto de base para com poner su arm onía de los evangelios. Todos es-
los datos indican que, muy pocos años después de su com posición, estos
cuatro evangelios gozaban de una gran estim a en un am plio círculo de co­
munidades cristianas que los consideraban escritura sagrada y les recono­
cían autoridad sagrada.
Hacia m ediados del siglo 1¡ d.C. Justino ofrece un testim onio m uy va­
lioso que confirm a lo que venim os diciendo. Su descripción de la liturgia
dom inical en las com unidades de Rom a y sus alrededores com ienza así:
«lil día que se llam a ‘del so l’ se celebra una reunión de todos los que m o­
ran en las ciudades o en los cam pos y allí se leen, en cuanto el tiem po lo
permite, los recuerdos de los apóstoles o los escritos de los profetas. Lue-
y,o, cuando el lector term ina, el presidente, de palabra, hace una exhorta­
ción invitando a que im item os estos bellos ejem plos» (Apol. 1, 67, 3-4).
Los recuerdos de los apóstoles son, para Justino, los evangelios escritos
{Apol. 1, 66, 3). D e ellos afirm a que a veces se leían en ias asam bleas li-
li'irgicas ju n to con los profetas, y que se com entaban buscando orientacio­
nes para la vida de quienes participaban en la asam blea. A partir de este
pasaje no puede afirm arse que tal práctica fuera com ún en todas las igle­
sias, pero sí que en la más influyente de todas ellas, la de Roma, los evan­
gelios eran reconocidos com o escritura. Unos años m ás larde, Ireneo no
sólo confirm a de form a am plia y explícita el valor y la autoridad de los
cuatro evangelios que más tarde entrarían a form ar parte del canon, sino
que se refiere a ellos explícitam ente com o escritura (Adv. Haer. 1 ,9 ,4 ; 2,
1-2; 3, 1, 1), reconociendo m ás claram ente que todos los autores an-
leriores su valor y su pertenencia a un cuerpo de escritos norm ativos. A
partir de Ireneo, la consideración de los evangelios com o escritura co­
m ienza a generalizarse.
En el paso del siglo II al 111 d.C., los m anuscritos cristianos más anti­
guos expresan este reconocim iento del valor sagrado y de la autoridad de
algunos evangelios a través de tres rasgos característicos. El prim era es
el uso de los nom ina sacra, es decir, de las abreviaturas de los nom bres
divinos cuidadosam ente adornadas por una línea transversal colocada en
la paite superior, adornos que parecen indicar tanto el valor sagrado del
nombre com o del escrito. El segundo rasgo es ta utilización del códice, un
soporte ITsico diferente al rollo, que p o r aquel entonces era m ucho m ás
com ún; el códice com ienza a ser utilizado expresam ente entre los cristia­
nos para copiar los textos que consideraban propios. E n tercer lugar, el
uso de una caligral'ín literaria, más elegante y cuidada que la docum ental,
la cual solía ulili/.arse para escritos do menor valor; una buena parte de los
40 Introducción

papiros cristianos m ás antiguos están escritos con gran esmero utilizando


esta calig rañ a literaria que denota una especial valoración de los textos
que se copiaron en ellos.
Todos estos indicios revelan un proceso ininterrum pido en el que los
evangelios fueron ocupando cada vez más claram ente un lugar de preem i­
nencia en los prim eros grupos cristianos, que expresaron de diversas for­
m as el reconocim iento de su valor, de la autoridad que les otorgaban y de
su carácter sagrado. A hora bien, este reconocim iento no se otorgó por
iguat a todos los libros sobre Jesús. Hay algunos que destacaron desde el
com ienzo sobre los dem ás en dicha estima, de modo que en el proceso de
su reconocim iento com o escritura com ienza a m anifestarse, prim ero tím i­
dam ente y con más claridad después, un proceso de selección que co n ­
cluirá con la delim itación del canon de los cuatro evangelios.
El prim er intento conocido de establecer una lista cerrada de los escri­
tos sagrados fue el de M arción, cuyo canon incluía una versión m uy ree-
laborada del Evangelio de Lucas y algunas cartas de Pablo. En realidad,
la propuesta de M arción no era muy diferente de la práctica que seguían
m uchas com unidades a com ienzos del siglo II d.C., pues la m ayoría de
ellas poseían sólo un evangelio. De hecho, el punto m ás conflictivo y
tam bién el m ás com batido por los autores ortodoxos no fue la selección
de un evangelio realizada p or M arción, sino el rechazo de las escrituras
judías, a las que consideraba revelación de un dios inferior.
L a prim era delim itación explícita del canon de los cuatro evangelios
se encuentra en la obra de Ireneo contra los herejes, que fue escrita hacia
el año 180 d.C. En su exposición de la doctrina cristiana defiende, con ar­
gum entos un tanto extraños para la m entalidad actual, que la Iglesia debe
utilizar tan sólo los evangelios de M ateo, M arcos, L ucas y Juan, que ya
había m encionado al com ienzo de su exposición como referencia de dicha
doctrina cristiana {Adv. Haer. 3, 1, 1): «L os evangelios no pueden ser ni
m enos ni más de cuatro; porque cuatro son las regiones del m undo en que
habitam os y cuatro los principales vientos de la tierra. Dado que la Igle­
sia ha sido disem inada sobre toda la tierra, y que el evangelio y el E sp íri­
tu de vida son colum na y fundam ento de la Iglesia, cuatro deben ser las
colum nas en las cuales se funda lo incorruptible dando vida a los h om ­
bres. Por eso, es evidente que el Verbo, el artífice de todo, que se sienta
sobre los querubines y contiene en sí todas las cosas y se h a m anifestado
a los hom bres, nos h a dado a nosotros un evangelio en cuatro form as, pe­
ro penetrado de un solo E spíritu» (Adv. Haer. 3, ! 1, 8).
A p esar de la claridad y co ntu nd encia con qu e se expresa Ireneo, la
ac eptació n de este can on no era ento nce s universal, lil m ism o lo ad m ite
en el p ám ilb si^nieníe, e nu m eran do diversos grupos q ue no reconocían los
L a selección de los cuatro 41

cuatro evangelios o utilizaban otros: M arción, que rechazaba «el evange­


lio»; otros que rechazaban el Evangelio de Juan y las cartas de Pablo; los
valentinianos que llam aban Evangelio de la Verdad a un escrito que ellos
mismos habían com puesto recientem ente y que nada tenía que ver con los
oíros evangelios. Frente a éstas y otras propuestas de grupos heréticos, ¡re­
nco afirma rotundam ente que «son auténticos y verdaderos solo los evan­
gelios que hem os dem ostrado con tantos argum entos, y no pueden ser ni
unís ni menos de los que hem os dicho» (Ádv. Haer. 3, 11, 9).
No eran, sin embargo, sólo los grupos heréticos m arginales los que aún
no afirmaban «estos cuatro y solo ellos». En la m ism a época en que Ireneo
escribía su obra, Clemente de A lejandría citaba, junto a los cuatro evange­
lios tradicionales, otros libros sobre Jesús (el Evangelio de los Egipcios y
el Evangelio de los Hebreos) a los que tam bién reconocía autoridad y un
cierto valor sagrado. Un poco más tarde, Serapión, obispo de Antioquía, fue
consultado por la com unidad de Rhossos acerca del Evangelio de Pedro. En
un primer m om ento respondió perm itiendo su lectura pública, aunque des­
pués de haberlo leído personalm ente y com probar que algunos aspectos no
‘te ¡ijustaban del todo a la fe ortodoxa, previno a la com unidad (Eusebio,
Uist. Ecl. 6, 12, 3-6). Pero el dictam en de Serapión no se basaba en !a exis­
tencia de un canon de cuatro evangelios, sino en la discordancia del Evan­
gelio de Pedro con la regla de fe. Finalmente, el Diatéssaron, com puesto un
poco antes de que Ireneo escribiera su obra y am pliamente difundido en las
iglesias de Siria, se basa en los cuatro evangelios, pero incluye también
otras tradiciones; ello revela que la valoración y estim a que aquellos ha-
liiim alcanzado no había dado lugar todavía a un canon cerrado.
A partir de Ireneo, sin em bargo, la selección de los cuatro evangelios
com ienza a im ponerse en la gran Iglesia y se ju stifica con argum entos
nuevos. En el paso del siglo segundo al tercero, T ertuliano insiste en el
crilerio de la apostolicidad, distinguiendo entre los evangelios de M ateo
y Juan, que fueron escritos por un apóstol, y los de M arcos y Lucas, es­
critos por varones apostólicos {Adv. Marc. 4, 2, 2). Un poco más tarde,
<>rigenes ratifica el canon de Ireneo, reforzando la autoridad de la tradi­
ción escrita dentro del cristianism o (Eusebio, Hist. Ecl. 6, 25, 3-14), y en
ln prim era m itad del siglo IV d.C. E usebio de C esarea da testim onio de
11 iic el proceso de selección había quedado definitivam ente cerrado {Hist.
l'A-t. 3, 25, 1-7). El resultado de este proceso quedó tam bién reflejado en
ln com posición de algunas listas de escritos sagrados, que contenían bre­
ves explicaciones sobre cada uno de ellos. Estas listas, cuyo m ejor expo­
líenle es el llamado «Canon M uratoriano», que puede datarse a Anales del
sipjo II d.C., señalan el com ienzo de una nueva fase que concluirá con el
csltiblecim ienlo del canon del Nuevo Testamento.
Introducción

El proceso de selección de los más antiguos evangelios puede rastrear­


se también en la tradición manuscrita. En ella, en efecto, se observa un pro­
ceso de selección y agrupación similar al que reflejan los testim onios de los
autores que acabam os de mencionar. En un prim er mom ento, los evange­
lios se copiaron separadam ente y es así co m o ’los encontram os en los papi­
ros m ás antiguos. Sin em bargo, en la prim era m itad del siglo 111 d.C. había
ya códices que contenían más de un evangelio (P75: Lucas y Juan; y tal vez
p<i4+ pí,7+ p4. m i - y Lc) ^ ¡0 que es m¿s significativo aún, códices que conte­
nía^ los cuatro evangelios que más tarde llegarían a ser reconocidos como
canónicos. Se ha especulado con la posibilidad de que ya en el siglo II d.C.
haya existido algún códice con los cuatro evangelios, pero lo único que
puede afirmarse con toda seguridad es que existían a mediados del siglo III
d.C., como testifica el P45que conserva fragmentos de los cuatro evangelios
canónicos, ju n to con el texto del libro de los Hechos. P4S es el testim onio
más antiguo de la existencia de un códice con los cuatro evangelios canó­
nicos y confirm a que el proceso de selección de los evangelios m ás anti­
guos se había com pletado ya a mediados del sigío 111 d.C.

c) Criterios que determ inaron la selección

H, Y. G am ble, Literacy, Liturgy, a n d the S h a p in g o f th e N e w Testam ent C anon, en Ch.


H orton (ed.), The E arliest G ospels, L ondon-N ew York 2004, 27-39; L. M. M cD onald,
The B íb lica l Canon: its Origin, Transm issian, a n d A nthority, P eabody 2007, 4 0 1- 4 2 1;
.1. M. S ánchez C aro, £7 can o n d e l N uevo Testam ento: P ro b lem a s y planteam ientos'.
S alm an ticensis 29 (1982) 309-339.

El proceso que concluyó con la selección de cuatro evangelios de en­


tre aquellos que eran leídos y venerados en diversas com unidades cristia­
nas es un hecho de gran alcance literario. La lapidaria form ulación de lre-
neo de lo que en la práctica significaba esta elección: «estos cuatro y no
otros», expresa bien sus im plicaciones. «Estos cuatro y no otros» signifi­
caba, en prim er lugar, una tom a de posición frente a la práctica com ún de
utilizar un solo evangelio. M arción es el caso m ás conocido, pero los m a­
nuscritos m ás antiguos de los evangelios corroboran que, en el siglo II
d.C., éstos se copiaron por separado. A firm ar «estos cuatro y no otros»
im plicaba también un posicionam iento frente a algunos autores ortodoxos
que seguían reconociendo la m ism a autoridad a otros evangelios, y fren­
te a grupos heterodoxos, com o los círculos gnósticos o docetas, que uti­
lizaban otros evangelios. «Estos cuatro y no otros» era, finalm ente, un
pronunciam iento frente al uso de arm onías evangélicas que fueron tan po­
pulares a lo largo del siglo lí d.C., com o indica la difusión que tuvo el
Diatássaron de Taciano.
La selección de los cuatro 43

II hecho de reconocer un valor norm ativo único a los cuatro evange­


lios que más tarde serían incluidos en el canon fue tam bién una decisión
de fj.i'im alcance teológico. Debido a ella, fueron estos cuatro libros sobre
ti ’uis, y no otros, los que se leyeron en las celebraciones que definían la
Idrniídad de las com unidades cristianas a través de una constante evoca-
i uní ile la m em oria de Jesús; fueron estos, y no otros, los que configura-
n>ti c| estilo de vida de los creyentes que form aban estas com unidades, y
lim ((lie definieron los lím ites de la ortodoxia. El reconocim iento de alg u ­
nos evangelios com o escritura y la posterior selección de cuatro de ellos
i .....o textos norm ativos fue un acto de recepción que contribuyó decisi-
\ uniente a !a configuración del cristianismo.
I ):nlo el alcance de esta selección, es im portante aclarar que 110 fue un
in lo arbitrario, sino que se hizo a partir de ciertos criterios am pliam ente
lii’.lil'icados. U n criterio determ inante fue la difusión y el uso de estos tex-
Ihn en la lectura pública y en la celebración litúrgica de las prim eras com u­
nidades cristianas. El precioso testim onio de Justino que hemos citado más
mu ib¡i confirm a que los evangelios se leyeron y com entaron en las reunio-
iii", com unitarias desde muy pronto; por otra parte, la lista de los m anus-
11 ilos más antiguos confirm a que algunos de ellos se copiaban más que
olios cu formatos aptos para la lectura pública. Los evangelios que con el
1lempo entrarían a form ar parte del canon fueron aquellos que eran leídos
V iiprcciados en com unidades y grupos de diversa orientación teológica y
de distintas áreas geográficas. Por el contrario, los escritos de grupos más
1educidos o sectarios (judeocristianos, gnósticos) no fueron incluidos en el
rniioti porque carecían de esta universalidad (catolicidad).
( Uro criterio determ inante fue la vinculación de los diversos libros so-
I>ie Jesús a los apóstoles. Para los prim eros cristianos fue de vital impor-
Iniieiii conservar la tradición apostólica, pues los apóstoles habían sido los
depositarios y los transm isores del m ensaje de Jesús. Los testim onios más
¡mlíf'uos sobre los evangelios canónicos insisten en la relación de cada
uno de ellos con alguno de los apóstoles o con un secretario o acom pa­
ñadle suyo. Papías, por ejem plo, presenta al autor del Evangelio de Mar-
ron com o oyente y secretario de Pedro (Eusebio, Hist. Ecl. 3, 39, 14-15);
pin su parte, Ireneo ofrece una detallada relación sobre la apostolicidad de
1 mln uno de ellos, subrayando la vinculación de M arcos con Pedro y de
I i i c i i s con Pablo (Aüv. Haer. 3, 1, 1). D e hecho, com o hem os visto al co-
iiuen/o tic esta introducción, los evangelios más citados y copiados en el
ii|j|o II d.C, fueron los vinculados al nom bre de un apóstol. Este criterio
>•,lít csirccluim entc unido a la consideración de los apóstoles com o testi-
no*, oculares de las acciones de Jesús y destinatarios privilegiados de sus
i’iiMennu/as, que se valoraba enorm em ente en la Iglesia antigua.
44 Introducción

Por últim o, fue tam bién im portante la coincidencia de los libros de Je­
sús con la regla de fe de la gran Iglesia. La escena relatada por Eusebio de
C esarea a propósito de la consulta que la com unidad de Rhossos hizo al
obispo Serapión sobre el Evangelio de Pedro ilustra bien el recurso a este
criterio que fue el que guió al obispo a la hora de ju zg ar si este evangelio
podía ser leído o no en público. Si los evangelios canónicos se convirtie­
ron en m edida de la fe fue porque antes habían acreditado que la conser­
vaban con fidelidad. E ste criterio ayudó a determ inar qué evangelios con­
te n ía n el evangelio con m ayor fidelidad. A quellos que adolecían de graves
carencias, que tenían un carácter parcial o que recogían doctrinas contra­
rias a lo que las iglesias apostólicas creían y anunciaban, no entraron a for­
m ar parte del canon.
La selección de los cuatro evangelios canónicos fue el resultado de un
largo y com plejo proceso dentro de la com unidad de interpretación en la
que habían nacido. D esde el punto de vista herm enéutico, es legítim o que
el valor y el sentido de unos escritos sean definidos por la com unidad a la
que pertenecen; por eso, nada tiene de extraño que fueran las prim eras co­
m unidades cristianas las que, recurriendo a los criterios que hem os esbo­
zado, determ inaran cuáles de esos escritos contenían de form a autorizada
la tradición sobre Jesús.

3. E l u s o d e l té rm in o « e v a n g e lio » p a ra d e s ig n a r lo s lib r o s s o b re
J esús

Los libros sobre Jesús no se llam aron evangelios desde el principio,


pero a partir del siglo II d.C. casi todos ellos adoptaron esta designación.
Al final de la copia del Evangelio de Tomás encontrada en N ag H am m a-
di se puede leer: «Evangelio según Tomás». Sin em bargo, el título origi­
nal de este escrito es el que se encuentra al com ienzo: «Estos son los di­
chos secretos que pronunció Jesús el Viviente y que Dídim o Judas Tomás
consignó por escrito» (EvTom incipit). Es evidente que el título del final
ha sido añadido para relacionar esta colección de dichos con un tipo de
escritos que se llamaban de este m odo y que gozaba de m ayor autoridad.
Esta m ism a m otivación justifica el título E vangelio de la Verdad dado por
ciertos grupos gnósticos a un escrito tardío que nada tenía que ver con la
tradición apostólica (A dv. Haer. 3 ,1 1 , 9),
L a designación de los libras sobre Jesús com o «evangelios» está estre­
cham ente relacionada con el reconocim iento tic su valor y de su autori­
dad; por otra parte, el proceso a través del cual recibieron este nom bre es,
cu cierto modo, paralelo al de !a selección de algunos tic ellos com o es-
La selección de los cuatro 45

11 Mitra. Dado que la palabra «evangelio» se convirtió desde m uy pronto


t il Im designación habitual de los libros sobre Jesús, es necesario conocer
i mil era su significado preciso en el mundo de los prim eros cristianos, qué
iti'iiliilo particular le dieron ellos y en qué contexto com enzó a utilizarse
jiiini designar dichos libros.

«evangelio» anunciado p o r los prim eros cristianos

W I >ilk'iibcrger(ed.), O rientis G ra cci¡m eip tio n es Selectae, L ipsiae 1905; C. A. Evans,


Wi ii k .v tn ripit a n d the P r im e C alendar ¡nscription: P rom Jew ish G ospel to G reco-Ro-
mun Gospel: Journal o f G reco-R om an C hristianity and Ju d aism 1 (2000) 67-81; G.
h Inli id i, FvúayYeJú^onai x t L , en G. K ittel (ed.), T heological D ictio n a ry o f th e N e w
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hmh'M o I, S alam anca 1996, 1637-1651.

I I térm ino «evangelio» procede de una palabra griega (euaggélion)


i|ih‘ sijíiiillca «buena noticia». Tanto en el contexto am plio del m undo he-
Inilwliat com o en la tradición israelita esta palabra form aba parte del len-
pimji' común y se usaba para referirse a todo tipo de buenas noticias. Por
< vtensión llam aban tam bién así a la recom pensa que recibía el portador
di i'íhIus buenas noticias (2 Sm 18, 19-32).
Además de esta acepción com ún, tanto en el contexto helenístico co-
11 ii i en la tradición israelita el térm ino «evangelio» tenía signi ficados más
|iii'i isus. En el m undo helenístico-rom ano se utilizaba, sobre todo, en el
11 miento de la propaganda imperial. Así, los grandes acontecim ientos pro-
lnnoiii/ados por el em perador, com o sus victorias m ilitares (Plutarco,
I' oiii/) 41, 4; 42, 3), su ascensión al trono (Josefo, B J A, 618) o su llega-
ilti ii una ciudad (Josefo, B J 4 ,6 5 6 ) eran considerados buenas noticias. Es-
lüti Inicuas noticias se anunciaban, sobre todo, en las inscripciones que
iiilm iiiibaii las calles principales de las ciudades y eran un m edio priviie-
i-hulu de propaganda. U na de ellas, fechada en el año 9 d.C., que se en-
■iiiiiiuha cu la ciudad de Priene, resum e de form a elocuente el significa­
do que tenía esta palabra en el contexto de la propaganda imperial, y pone
di1 nm nillesto su relación con el culto al em perador. Se trata de una larga
I i i m ' i ipeión que contiene la respuesta del consejo provincial a la propues-

tn ilel procónsul de Asia para cam biar el calendario, haciendo com enzar
i*l iiiin en el día natalicio de Augusto. La parte en la que aparece el térm i-
iiii evangelio dice así:
46 introducción

D a d o q u e la p ro v id e n c ia , q u e h a o rd e n a d o to d a s las c o s a s y e s tá m u y in te ­
r e s a d a e n n u e s tra v id a , io h a d isp u e sto to d o p e rfe c ta m e n te d á n d o n o s a A u ­
g u sto , a q u ie n h a c o lm a d o de v irtu d p a ra b e n e fic io de los h o m b re s, y n o s lo
lia e n v ia d o a n o so tro s y a n u e stro s d e s c e n d ie n te s c o m o sa lv a d o r q u e a c a b a ­
r á c o n las g u e rra s y o rd e n a rá to d a s las c o s a s, y (d a d o q u e) con su m a n ife s ­
ta c ió n el c é s a r ha so b re p a s a d o las e sp e ra n z a s de to d o s los que tra je ro n b u e ­
n a s n o tic ia s (e u a g g é tig ), n o só lo s u p e ra n d o a lo s b e n e fa c to re s q u e v in ie ro n
an tes de él, sin o a n u la n d o toda e s p e ra n z a d e q u e en el fu tu ro n a d ie le su p e ­
rará , y y a q u e el día del n a c im ie n to del d io s ha sid o el c o m ie n z o d e las bu e-
* ñ a s n o tic ia s (e u a g g é lia ) qu e v in iero n a tra v é s d e é l ... (D itte n b e rg e r 2, 4 5 8 ).

En la tradición israelita, el verbo «anunciar buenas noticias» (euagge-


lizomai) se encuentra, sobre todo, en los últim os capítulos de Isaias (ís
4 0-66). Lo que se anuncia en ellos com o buena noticia es la llegada de
Dios como rey que trae fa salvación a su pueblo:

Q u é h e rm o so s so n so b re los m o n te s los p ie s del m e n s a je ro q u e trae la b u e ­


na n o tic ia d e la p a z , q u e a n u n c ia b u e n a s n o tic ia s (e u a g g e liz o m e n o s ) y pre­
g o n a tu s a lv a c ió n , q u é d ic e a S ión: ¡Ya re in a tu D ios! (Is 5 2 , 7).

E n estos dos pasajes, la buena noticia es un anuncio de salvación rela­


cionado con un nuevo reinado. En el prim er caso, el salvador es Augusto,
cuyo nacim iento anuncia una nueva era. En el segundo, es el Dios de Is­
rael, cuya intervención traerá a su pueblo ía salvación. En el mundo de los
prim eros cristianos se anunciaban estos dos evangelios: el que difundía la
propaganda imperial a través de las inscripciones públicas y el que resona­
ba en los textos sagrados de Israel. Fue en el m arco de este doble anuncio
donde los prim eros discípulos de Jesús com enzaron a utilizar este térm ino.
A l igual que hicieron con otras palabras del lenguaje com ún (gracia, fe,
etc.), a las que dieron un significado nuevo, tam bién la palabra evangelio
pasó a form ar parte de su lenguaje propio. Com enzaron así a anunciar otro
evangelio que se proclam aba, en cierto m odo, com o alternativa al de la
propaganda imperial y com o cum plim iento del anuncio profético.
Tanto el sustantivo «evangelio» com o el verbo «anunciar buenas noti­
cias» fueron utilizados m uy pronto por los discípulos de Jesús para referir­
se al m ensaje que ellos proclam aban com o anuncio de salvación. En las
cartas de san Pablo, que fueron escritas veinte años después de la muerte
de Jesús, el térm ino «evangelio» resum e el contenido de algunas confesio­
nes de fe tradicionales. En 1 Tes 1, 9 b -10 el evangelio anunciado por Pa­
blo se refiere a la espera de Jesús, a quien Dios ha resucitado de entre los
muertos (1 Tes 1, 5); en Rom 1, 3b-4a es la buena noticia anunciada por
Dios en las Escrituras acerca de su I lijo, nacido de la eslirpe de David y
consliluido I lijo de Dios a p.nlir de la resurrección de e n h v lo.s muertos;
La .yelección de los cuatro 47

>, i'ii I ( 'or 15, 3-5 es el m ensaje de salvación cuyo contenido central es la
imin lc y resurrección de Jesús: «Os recuerdo, herm anos, el evangelio que
mi im nncié... Es el evangelio que os está salvando, si es que lo conserváis
luí cuino yo os lo anu ncié... Porque yo os transm ití, en prim er lugar, lo
que n mi vez había recibido: Que Cristo m urió por nuestros pecados según
lii'i f ■scrituras y que fue sepultado, que resucitó al tercer dia según las Es-
• m uras y que se apareció a Pedro y luego a los D oce» (1 C or 15, 1-5). Pa-
111 l'iihlo eí evangelio era, ante todo, un anuncio de salvación centrado en
li ■iiu i'isto. A unque unas veces hablaba del «evangelio de Dios» (1 Tes 2,
’ M 2 C or 11, 7) y otras del «evangelio de Cristo» (Rom 15, 19; 1 Cor
'» I 2 Cor 12, 12), con am bas expresiones se refería a la m ism a realidad:
ln puicLimación de la buena noticia de la salvación que D ios había reali­
zado en Jesucristo.
I n los escritos que suelen atribuirse a los discípulos de Pablo (Ef, Col,
les, I 2 Tim), el térm ino «evangelio» adquiere nuevos m atices, pero su
Mi|niílicado sigue siendo básicam ente el mismo. En las cartas pastorales,
I ii m ejem plo, se relaciona con la figura del apóstol com o fundador de igle-
rtluu, pero su contenido sigue siendo el anuncio de la salvación realizada
i ii Icsi'is: «A cuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los m uertos, naci-
iln de la descendencia de David, según mi evangelio» (2 Tim 2, 8; cf. tam ­
bién: 2 Tim 1, 8.10). En los escritores eclesiásticos de la prim era m itad
ili-l siglo II d.C. el evangelio es también un m ensaje proclam ado oralm en­
te Ignacio de A ntioquía usa este térm ino para referirse a la predicación
m elca de Jesucristo (Fil 8, 1; E f 18, 2), m ientras que en la Prim era carta
de <'lómente y en la Epístola de Bernabé se refiere a la predicación en ge-
iii mi ( I Clem 47, 2; E pB ern 5, 9).
I ii lodos los pasajes m encionados m ás arriba el térm ino «evangelio»
ilr.inna un mensaje «sobre» Jesús. Sin embargo, en otros textos del n á d e n ­
le movim iento cristiano el sustantivo «evangelio» y el verbo «anunciar el
evangelio» se refieren al m ensaje anunciado «por» Jesús. El testim onio
unís antiguo de esta acepción se encuentra en un dicho común a Mateo y a
1 ucus, que procede del Documento Q. Juan B autista envía a algunos de sus
ileicipulos para averiguar si Jesús es o no «el que había de venir», es decir,
<I Mesías y él responde enum erando los signos que le acreditan com o tal,
i I ultimo de los cuales es que «a los pobres se les anuncia el evangelio» (Le
¡ M i l i , 5). El sujeto, com o en los dem ás signos, es Jesús, de modo
i|m- se 1ruta del anuncio realizado por Jesús, no del anuncio sobre Jesús.
I I uso del térm ino «evangelio» para designar el m ensaje anunciado
j>i>i Icsús aparece tam bién en el Evangelio de M arcos. El contenido de es-
le m unido es la llegada del reinado de Dios: «Después que Juan fue arres-
iiidn. marchó Jesús a (lalilea, proclam ando el evangelio de Dios. Decía:
Introducción

Se lia cum plido el plazo y está llegando el reino de D ios. C onvertios y


creed en el evangelio» (M e I, 14-15). A unque en los otros pasajes en los
que utiliza esta palabra, M arcos da a este térm ino un significado muy pa­
recido al que tiene en las cartas de Pablo, en este pasaje la buena noticia
se refiere, claram ente, a la llegada inm inente del reinado de Dios procla­
m ada por Jesús. Esta acepción del térm ino evangelio, que es m uy cerca­
na a la que aparece en Isaías, donde la buena noticia es la irrupción del
reinado de D ios (Is 52, 7), supone una novedad respecto a la com prensión
que de él tenían las com unidades paulinas.
M ateo desarrolla esta acepción de «evangelio» com o m ensaje anuncia­
do por Jesús cuando lo describe como el «evangelio del reino» que él iden­
tifica con la enseñanza de Jesús recogida en sus discursos; así lo sugiere el
hecho de que esta expresión se encuentre inm ediatam ente antes o al co­
m ienzo de varios de esos discursos (M t 4 ,2 3 ; 9 ,3 5 ; 24, 14). Lucas, por su
parte, aunque no usa el térm ino «evangelio» para referirse al anuncio de
Jesús y con frecuencia da un sentido genérico al verbo «anunciar buenas
noticias», distingue bien entre el anuncio de Jesús (Le 4 ,4 3 ; 8, I; 16, 16)
y el que proclam an sus discípulos sobre él (Hch 5, 42; 8 ,2 5 , etc.).
Esta acepción del térm ino «evangelio» se encuentra también en otros
escritos de la prim era mitad del siglo II d.C. En la Didajé, el Padrenuestro
se introduce con la exhortación de orar «com o el Señor mandó en su evan­
gelio» (Did 8, 2), pero la fórmula de la oración no es la de ninguno de los
evangelios escritos, y por tanto eí térm ino evangelio no se refiere a un es­
crito, sino a la enseñanza de Jesús, com o en Mateo. De! m ism o m odo, en
la Segunda C arta de Clem ente, que utilizó una arm onía basada en M ateo
y Lucas y en otros escritos o tradiciones orales, el térm ino «evangelio» uti­
lizado a veces para introducir las palabras de Jesús (2 Clem 8, 5), se refie­
re a su enseñanza, no a un texto escrito.
A sí pues, hasta m ediados del siglo II d.C. el térm ino «evangelio» tu ­
vo para los primeros discípulos de Jesús un significado muy sim ilar al que
tenía en su entorno. Entre ellos, lo mismo que en el contexto de la propa­
ganda imperial o de la esperanza profética de Israel, se refería a un m en­
saje de salvación. Sin em bargo, la estrecha vinculación de este m ensaje
con la figura de Jesús le dio un significado nuevo y de intensa coloración
cristológica, que le convirtió en uno de los térm inos propios del lenguaje
cristiano. En las com unidades de la diáspora, que vivían en contacto di­
recto con la propaganda im perial, el evangelio era, sobre todo, la buena
noticia «sobre Jesús», el acontecim iento salvador de su m uerte y resurrec­
ción, algo que se proponía com o alternativa al evangelio del imperio, Pe­
ro en las com unidades de Siria y Palestina, de donde procede el segundo
grupo de textos m encionados más arriba, el evangelio se refería, princi-
La selección de los cuatro 49

(mímenle, u la irrupción del reinado de D ios anunciado «por Jesús» com o


i l(iii|ilimieiito de las esperanzas proféticas.
I I hedió de que exista una tradición continuada en la que el térm ino
«h mmjj.c Iío» se utilizó para designar la buena noticia anunciada por Jesús,
V di' que esta tradición esté vinculada geográficam ente a la región siropa-
l< 'límense, que fue donde mejor se conservaron los recuerdos sobre Jesús,
«iilíieie la posibilidad de que el m ism o Jesús haya utilizado este térm ino
Iihii 11 referirse a su m ensaje. Sin em bargo, ninguno de los pasajes en que
fiimica* puede atribuirse críticamente a Jesús. M arcos le atribuye varias ve-
i t'i> i*l uso de esta palabra, pero en todas ellas el sentido del térm ino «evan-
¡¡ello» liene un claro colorido pospascual. Lo más probable es, por tanto,
i|in Jos lis no haya utilizado la palabra «evangelio» para designar su men-
ftri|r Sin em bargo, sí pudo haber usado el verbo «anunciar buenas noti-
t ln'i.i, luí com o aparece en el dicho de Q 7 ,2 2 (par. M t 11, 5), donde Jesús
i Un In M , 1: «los pobres son evangelizados». En este pasaje de Isaías, que
In lindición más antigua vincula con Jesús, aparece el verbo bisher, que sig­
uí lien «¡inundar buenas noticias», y no se puede descartar que Jesús lo em-
11h mui para referirse a su propio anuncio. En todo caso, tanto en las tradi-
i uiiíes más antiguas com o en los prim eros escritos cristianos, el térm ino
noviiiigelio» se utilizó siempre para referirse a un m ensaje, no a un texto,
imnqiie la im portancia que fue adquiriendo en el vocabulario cristiano pre-
paió el camino para que se le diera este nuevo significado.

11) lh'1 evangelio proclam ado a los evangelios escritos

11 KocHlur, From th e K eryg m a -G o sp e l to the Writen Gospels: N ew T estam en t S tudies


l"i | I9K9) 3 6 1-3 8 1; H . K o ester, A n cien t C h ristia n G ospels. T h eir H isto ry a n d D eve-
hifttit*’tít, f’fnlad elp hia-L ondo n 1990, 1-48; W. M arxsen, E l evang elista M arcos. E stu -
tlh ts n h iv la h isto ria d e la redacció n del eva n g elio , S alam an ca 1981, 11 1-143.

A mediados del siglo TI se planteó una discusión que sería determ inan-
le pura la designación de los libros sobre Jesús com o evangelios. Esta dis­
ensión lúe provocada po r la iniciativa de M arción que hem os m enciona­
do más arriba. M arción propuso a la iglesia de R om a un canon que incluía
iiincamente las cartas de Pablo y una versión m odificada del relato de Lu-
ens, al que, según él, se habia referido Pablo con ia expresión «mi evan­
gelio» (2 T im 2, 8). La propuesta de M arción desencadenó u na serie de
leiiceiotics cuyos ecos se escuchan en los decenios posteriores (Ireneo,
fi/r. llavr. 3, 27, 2-4; Tertuliano, Adv. Mar.). En la controversia intervino
m i ivilmente Justino, q ue tam bién se encontraba en R om a p o r entonces. El
impnclo de la con tro versia imncioniln se advierte no solam ente en las re­
.5ü fn ír v d u c c ió n

ferencias expl ícitas (Apol. 1, 58), sino tam bién en la form a de usar los tex­
tos que M arción había incluido y excluido en su canon, Justino, a pesar de
la im portancia que p ara entonces tenía y a ia figura de Pablo en la com u­
n idad de Rom a, no le m enciona nunca ni cita sus cartas, pero en sus es­
critos abundan las referencias a los libros sagrados de Israel, que M arción
había excluido.
Fue en este contexto polém ico donde com enzó a hacerse visible la uti­
lización del térm ino «evangelio» para designara los libros sobre Jesús. Jus­
tino conservó la designación tradicional de «M em orias de los apóstoles»
‘(Apol. 1, 67, 3-5; Dial. 100,4; 101, 3; 105, 5; etc.), pero en tres ocasiones
se refiere a ellos com o «evangelios». En uno de estos pasajes se advierte
claram ente el paso de una designación a otra: «En las m em orias que los
apóstoles com pusieron, ¡as cuales se llaman evangelios, transm itieron que
habían recibido las siguientes instrucciones... [Apol. 1, 6 6 ,3 ; cf. también:
Dial. 10,2; ¡ 00, 1). Justino habla aquí de «los evangelios» en plural y sus
escritos testim onian que conocía al m enos tres de ellos, pues cita con fre­
cuencia el texto de Mateo y de Lucas, y una vez el de M arcos (Dial. 106,
3). La form a de introducir las citas procedentes de dichos evangelios, así
com o el lugar que estos textos ocupaban en la celebración, revelan ya una
valoración que debió intensificarse con m otivo de la polém ica m arcioni-
ta. A l designar el relato de Lucas con el nom bre de «evangelio», Marción
quería m ostrar que en este escrito estaba contenido el «evangelio» anun­
ciado por Pablo. Del m ism o modo, cuando Justino designaba con este
nom bre otros evangelios, les estaba reconociendo una autoridad similar.
La denom inación de los relatos sobre Jesús com o «evangelios» im plica­
ba, p o rtan te, un reconocim iento de su autoridad, fundada en la convicción
de que la Iglesia podía encontrar en ellos el evangelio de Jesús.
En la segunda m itad del siglo segundo, el térm ino «evangelio» com en­
zó a generalizarse como designación de los textos escritos sobre Jesús, pe­
ro continuó la polém ica acerca de cuáles de ellos debían recibir ese n om ­
bre, Fue entonces cuando com enzaron a aparecer los prim eros escritos
gnósticos. En este contexto polém ico algunos de ellos fueron designados
com o «evangelios», aunque originalm ente hubieran tenido otro título, co ­
mo ocurrió con el Evangelio de Tomás o el Evangelio de la Verdad.
Pocos años después, Ireneo de Lyon, que era originario de A sia M enor
y había conocido durante su estancia en Rom a la controversia entre M ar­
ción y Justino, afirm aba que sólo cuatro relatos sobre Jesús contenían la
predicación de los apóstoles: «M ateo publicó un evangelio escrito entre
los hebreos... m ientras Pedro y Pablo estaban predicando en Rom a y po­
niendo los cim ientos de la Iglesia. D espués de su partida, M arcos, d is cí­
pulo e intérprete de Pedro nos transm itió también por escrito lo qu e IVdro
La selección de los cuatro 51

Inihln predicado. Tam bién Lucas, el com pañero de Pablo, consignó en un


lilini el evangelio predicado por él. D espués Juan, el discípulo del Señor,
i|in- estuvo recostado sobre su pecho, publicó él m ism o un evangelio du-
i unte su estancia en Éfeso» (Adv. Haer. 3 ,1 , 1; cf. tam bién 3, 11,8). [re­
l i e n encontraba una confirm ación de la autoridad de estos cuatro evange­

lios en el hecho de que tam bién los herejes trataban de fundam entar sus
iliK'liiiias en ellos: «Tan firm e es el fundam ento sobre el que se asientan
i 'tlns evangelios, que los m ism os herejes dan testim onio de ellos y, a par-
lli ile ellos, cada uno trata de establecer su propia doctrina» (Adv. Haer. 3,
11, N; refiere el uso que los Ebionitas hacen de M ateo, M arción de Lucas,
lo:. I Jocetas de M arcos y los G nósticos de Juan).
Asi pues, a finales del siglo 11 d.C. la designación de los libros sobre Je-
<4iiMcuino «evangelios» era ya com ún y tenía un significado preciso. Se 11a-
iiinliii así a los libros que contenían (o pretendían contener) la «buena noti-
ein» de Jesucristo y sobre Jesucristo. En algunos casos, esta designación
implicaba una tom a de posición respecto a su valor normativo. Ireneo, por
e|em plo, sólo daba este nombre a los cuatro evangelios canónicos. Es po-
■iihlc que algunos grupos gnósticos tuvieran la m ism a intención al designar
ir.i ii otros escritos com o el Evangelio de la Verdad (Adv. Haer. 3, 11, 9) o
d i vangelio de Judas (Adv. Haer. 1 ,3 1 , 1.-2). En otros autores, sin em bar­
co, la designación de los libros sobre Jesús com o «evangelios» no parece
lencr esta connotación. Es el caso, por ejemplo, de Clemente de Alejandría,
quien, a pesar de reconocer el valor especial de los «evangelios tradiciona-
le'i», seguía llamando evangelios a otros libros sobre Jesús como el Evan­
gelio de los Hebreos (Strom . 2, 9); y lo m ism o puede decirse de Serapión
de Anlioquia, que daba este nom bre al Evangelio de Pedro (Eusebio, Hist.
/ *■/. (>, 12, 2-6), a pesar de no estar seguro de su carácter ortodoxo.

c) ¡.as ti lulos de los evangelios

M I le n g d , S tu d ies in the C o sp el o fM a r k , P h ilad elp h ia 1985, 64-84; M . H engel, The


I niir <7uv/x ’/.í a n d the O ne G ospel o f J e s ú s C hrisl, en C h , Ilo rto n (ed.), The E a rtiest
i i'iuyir/.v, I ,o ndo n -N ew Y ork 2 004, 13-26; L. M . M c D o n ald , The B íblica! Canon: its
i h 'ty jn T ra m m isston , a n d A u th o r ity , P eab o d y 2007.

I;.] auténtico sentido de la designación genérica de los libros sobre Jesús


com o «evangelios» debe buscarse en los títulos que recibió cada uno de
d io s por separado. Dichos títulos utilizan una fórmula que refleja muy bien
d sentido original de la palabra «evangelio». Por ejem plo, el evangelio
iili ihuido a M arcos llevaba el título de «Evangelio según Marcos»; el atri­
buido ¡i Maleo, el de «livangelio según M aleo», ele. Esta designación, que
He p.enenili/ó a partir de la segunda mitad del siglo II d.C., refleja la con­
Introducción

vicción de que los diversos evangelios contienen el mismo mensaje, que ha


sido transm itido a través de diversos testigos. Com parados con los de otras
obras contem poráneas, estos títulos resultan m uy originales, pues la forma
m ás com ún de citar una obra consistía en anteponer al título de la m ism a el
nom bre de su autor en genitivo (genitivo de autor): «de Plutarco, las vidas
paralelas»; «de Filóstrato, las vidas de los filósofos», etc. La fórm ula utili­
zada com o título de los evangelios no sigue esta pauta y tal vez el cam bio
fuera intencionado, pues no sólo redefine el papel del autor, sino que iden­
tif ic a el contenido de sus obras com o una versión del mismo anuncio.
Estos títulos se encuentran en varios de los m anuscritos m ás antiguos
(P75, P66, P64), pero es posible que ya se usaran a com ienzos del siglo II d.C.
O rígenes m enciona un «evangelio según Basílides» (In Lucam 1), m ien­
tras Tertuliano se refiere repetidas veces al «evangelio según M arción»
(Ádv. Marc. 4). Tanto la obra de B asílides com o la de M arción hay que
datarlas en los prim eros decenios del siglo II d.C., de m odo que estas re­
ferencias podrían reflejar un uso muy tem prano de la fórm ula utilizada en
los títulos de los evangelios, anterior incluso a estos dos autores, que la
habrían utilizado para dar autoridad a sus respectivas versiones del evan­
gelio. Q uienes defienden que estos títulos son muy antiguos argum entan
que, al com ienzo, los evangelios se copiaron en códices separados y que
habría sido necesario darles un título para distinguir unos de otros (Hen-
gel). Tal uso podría haberse generalizado porque los evangelios ya tenían
estos títulos, com enzando por el de M arcos, que em pieza, precisam ente,
haciendo referencia al «evangelio de Jesús, M esías».
E s m ucho m ás probable, sin em bargo, que los evangelios recibieran
estos títulos ya en la segunda m itad del siglo II d.C. Los m anuscritos an ­
tes citados suelen fecharse entre finales del siglo II y com ienzos del III,
cuando dicho uso ya se había generalizado, y lo m ism o puede decirse de
las referencias de autores posteriores a los evangelios según B asílides y
según M arción. U n argum ento im portante a favor de este uso tardío es
que ni los propios evangelios ni los autores eclesiásticos de la prim era m i­
tad del siglo II que se refieren a ellos los llaman así. Lucas es el único que
identifica su propia obra y otras sim ilares escritas con anterioridad, pero
las designa con otro térm ino, que era bien conocido en la retórica contem ­
poránea (diégesis = relato). Papías, que habla de la obra de M ateo y de
M arcos, no utiliza el título que m ás tarde se im pondría, sino otros com o
«sentencias» o «lo que C risto había hecho o dicho» (Eusebio, Hisi. Ecl.
3, 39,1 4 -1 5 ). Y lo m ism o puede decirse de Justino, que se refiere a ellos,
sobre todo, como los «recuerdos de los apóstoles».
A sí pues, los títulos de los ev ang elios q u e aparecen en algu no s de los
m an u s crito s más antiguos, y q ue se g eneralizarían más linde c o m o dcsig-
L a selección de los cuatro

tul» Ion habitual para distinguir las cuatro versiones del único evangelio,
i um nizaron a utilizarse a m ediados del siglo II d.C ., probablem ente en
i tnu‘.\ión con el proceso de reconocim iento y selección que he descrito
t n i-l iiparlado precedente. La designación de un escrito com o «evangelio
nr|rim a» afirm aba que dicho escrito contenía el anuncio de salvación so-
I<ii■Jesús y llevaba im plícita la pretensión de que poseía autoridad y debía
*u IrUlo con veneración. La discusión que encontram os en los autores an-
U'» m encionados acerca de la autenticidad de los diversos evangelios úni-
i nmi'iitc se explica si este título expresaba tal pretensión. P or eso, no re-
niillii extraño que estos m ism os títulos se dieran a escritos más recientes,
0 Mi' incidieran secundariam ente a otros que originalm ente tenían un título
■li leu-ule. Era una form a de reconocer su condición de escritura y de con-
U i u les autoridad.

■I l'í ( ¡ENERO LITERARIO DE LOS CUATRO EVANGELIOS

Se luí dicho y a que cuatro de los libros sobre Jesús que se escribieron
t u i-l periodo en el que todavía estaba viva la tradición oral adquirieron un
i'M|ied¡il reconocim iento dentro de las com unidades cristianas. Los crite-
iloi, que d eterm inaron esta selección (am plia difusión, origen apostóli-
1u, conform idad con la regla de fe) aparentem ente tuvieron poco que ver
m u su naturaleza literaria, pero cuando los cuatro evangelios canónicos
¡a' sim p a ra n con los dem ás escritos antiguos sobre Jesús, se descubren
iiiipíH'lantes peculiaridades literarias que los distinguen de los demás. Des­
de i*| punto de vista formal, estas diferencias y sem ejanzas tienen que ver
...... d género utilizado. P or eso, para concluir esta introducción, cuyo
|ii m dpal objetivo es situar los evangelios canónicos en el marco de las di-
\i-isiis cristalizaciones de la tradición sobre Jesús, es necesario tratar la
rin'slión del género literario.

ii | A'(isgos com unes de ¡os evangelios canónicos

II I . Aliñe, E l N uevo Testam ento e n s it en to rn o litera rio , B ilbao 1993, 23-150; L. W.


I linlmln, S eñ o r Jesu cristo. L a devoción a J e s ú s en el cristianism o p rim itivo , Salam an-
i ii ,'<KW, 304-314.

I ,a diversidad de formas literarias en que cristalizó la tradición sobre


Ii'mús lince im posible incluir los evangelios más antiguos dentro del mis-
luii género. Sin em bargo, la cuestión que ahora nos planteam os es si los
i iinlro evangelios canónicos poseen suficientes elem entos en com ún co ­
mo pura Iralar de forma conjunta la cuestió n del género literario; o si, por
54 Introducción

el contrario, las diferencias entre ellos son tales que esta cuestión debe
tratarse por separado para cada uno de ellos.
Considerem os, en primer lugar, las diferencias. Las más visibles son las
que existen entre el Evangelio de Juan y los otros tres evangelios canóni­
cos. Los evangelios de Mateo, M arcos y Lucas, efectivam ente, poseen un
trazado m uy similar, incluyen a menudo las m ism as tradiciones y utilizan
formas m uy parecidas (dichos de Jesús, parábolas, pequeñas anécdotas, re­
latos de milagro, etc.). Debido a estas semejanzas, que permiten leerlos co­
mo relátos paralelos, reciben el nom bre de «evangelios sinópticos».
Pero cuando estos tres evangelios se com paran con el de Juan, apare­
cen im portantes diferencias, tanto en el trazado general de la obra com o en
las tradiciones y formas literarias que incluyen unos y otro. En el Evange­
lio de Juan no hay parábolas ni pequeñas anécdotas, pero si grandes discur­
sos y diálogos de Jesús; tam bién faltan algunos de los tem as centrales de
su predicación, como el reinado de Dios, pero se insiste en la importancia
de la fe. Con frecuencia, incluso, los sinópticos y Juan conservan versio­
nes distintas de los m ism os acontecim ientos, com o ocurre con la vocación
de los prim eros discípulos (M e 1, 16-20 par. y Jn 1, 35-50), o sitúan im ­
portantes episodios en lugares diferentes de su relato, com o sucede con la
acción de Jesús en el tem plo, que Juan coloca al com ienzo de su actividad
(Jn 2, 14-16) y los sinópticos sitúan al fina! (M e 11, 15-17 par.).
Tam bién entre ios tres evangelios sinópticos existen im portantes dife­
rencias que afectan a su trazado y naturaleza literaria. Las m ás notables
son las que se advierten entre el Evangelio de M arcos, por una parte, y los
de M ateo y Lucas por otra. En M arcos no encontram os un relato de ¡a in­
fancia de Jesús, ni relatos de sus apariciones, ni m uchas de sus enseñan­
zas recogidas en los otros dos. Com o tendré ocasión de m ostrar más ade­
lante, el Evangelio de M arcos es el más antiguo y fue utilizado com o
fuente por Mateo y por Lucas; así las cosas cabría preguntarse si tiene al­
gún significado, desde el punto de vista del género literario, que M ateo y
Lucas hayan coincidido, probablem ente de form a independiente, en su
form a de reelaborar e¡ relato de Marcos.
En el capítulo siguiente se estudiarán con m ás detalle estas y otras di­
ferencias entre Juan y los Sinópticos y entre los tres Sinópticos, así com o
su significado para reconstruir el proceso de form ación de los evangelios.
En este momento las he referido para m ostrar que, desde el punto de vis­
ta literario, son m ás im portantes las sem ejanzas que existen entre ellos.
Esto se advierte, sobre todo, cuando com param os los evangelios canóni­
cos con los dem ás escritos antiguos sobre Jesús.
El rasgo común más significativo de los evangelios canónicos es su ca­
rácter narrativo. A todos ellos puede aplicarse el lémiino «diéresis» (reía-
La selección de ¡os cuatro 55

ln| rim el que Lucas define su obra y la de sus predecesores. Pero se pue-
«l>• decir más, pues no sólo son relatos (Le 1, 1), sino relatos que eom par-
li'ii el mismo trazado. En todos ellos, en efecto, la narración de la actividad
publica de Jesús com ienza con la predicación de Juan Bautista y term ina
i ini rl relato de la pasión. Los cuatro relatos conceden una gran impor-
iniiria a la pasión de Jesús. Este es un dato reseñable, pues el relato de la
|| iim¡óii parece haber desem peñado un papel determ inante tanto en la com -
puMción del Evangelio de M arcos (y en consecuencia de los otros dos si­
nópticos), como en la del Evangelio de Juan. Este relato, en efecto, estable-
iv mi marco biográfico, que sitúa las palabras y las acciones de Jesús en su
v iln terrena, cosa que no ocurre con los evangelios de dichos o de diálogos,
t u los que se escucha la voz dei Viviente o del Resucitado.
Lúe en este m arco narrativo de carácter biográfico donde los cuatro
i'vmicelios canónicos incluyeron otras tradiciones y com posiciones que
linliliin circulado de form a independiente y que, en algunos casos, se si-
ijitleron transm itiendo. Tanto el Evangelio de M arcos, com o el de Juan,
un oí poraron la tradición de los milagros, que encajaba perfectam ente con
i«ii carácter narrativo. El Evangelio de Juan incorporó discursos y diálogos
ih‘ Jesús, un género que se siguió cultivando en circuios gnósticos. Por su
| m i le, Mateo y Lucas incorporaron a sus relatos gran cantidad de palabras

iL Jesús, algunas de las cuales form aban parte de una colección de dichos
pilleada a la que después daría lugar al Evangelio de Tomás.
I .os elem entos que tienen en com ún los cuatro evangelios canónicos
Molí Uní notables desde el punto de vista de su form a y contenido, que p er­
miten plantear conjuntam ente para los cuatro la pregunta acerca del géne-
iii literario.

11 1 I.ds evangelios com o kerygm a narrado

11 l< Anne, E l N uevo Testam ento en su entorno literario, B ilbao 1993, 23-150; H_ Can-
i ik /);V íu tttu n g E vang eliu m . D a s E vangelium des M oríais im Rahme.n d e r antiken
lll\iiii‘lnrtiphie, en H . C ancik (ed,), M arkus-P hilologie: H istorische, íiteraturgeschicht-
lli lif m u i stilistische U ntersu ch u ngen zum zw eiten E va n g eliu m , T übingen 1984, 85-
11 1 N. ( 'usalini, M arco e ii g enere letterario degli annunei (o vangeli)'. Studium Bibli-
. mu IjuiicÍNcaiium Líber A nnuus 53 (2003) 45-112; C. H. D odd, The Framexvork o fth e
I iik/j¡7 N arrative\ E x pository T im es 43 (1931-1932) 396-400; C. H. D odd, L a predi-
i iiríi ni apostó!iva y su s desa rro llos, M adrid 1974.

I' I género literario de una obra define el marco en el que tiene lugar la
i iiiiiiiiiicneión entre el autor y sus destinatarios. C onocer el género litera-
i ln de i mu tibi a es determ inante pura poder leerla bien. En el caso concre­
to de los evangelios, sin em bargo, esta tarea no resulta fácil, debido a la
56 Introducción

naturaleza de sus contenidos, ya que el carácter tradicional de éstos y el


orden en que han sido dispuestos podrían hacer pensar que sus autores no
siguieron las pautas de un género conocido.
Los evangelios canónicos, en efecto, están com puestos, en su m ayor
parte, por m ateriales tradicionales. En los relatos evangélicos estas tradi­
ciones se encuentran dispuestas según un esquem a narrativo típicam ente
cristiano. Este esquem a, que al com ienzo se refería sólo a la m uerte y re­
surrección de Jesús (1 C or 15, 3-5), se fue am pliando con el tiem po hasta
d^r lugar a verdaderos resúm enes de su actuación y posterior glorifica­
ción, com o los que encontram os en los discursos de! libro de los H echos
de los apóstoles (Hch 10, 37-43). Tales resúm enes se utilizaban, sobre to ­
do, en el contexto de la predicación, y por ello su contenido recibe el
nom bre de kerygm a (anuncio).
La sem ejanza del trazado de los evangelios con estos resúm enes del
anuncio sobre Jesús ha hecho que con frecuencia ios evangelios hayan si­
do considerados un «kerygm a narrado». Según este punto de vista, los
evangelios serían un género literario sin paralelo en la literatura contem ­
poránea; se trataría, pues, de un genero literario que habría sido inventado
por los prim eros cristianos para expresar la novedad del m ensaje que pre­
dicaban. Tal catalogación se hizo muy popular a com ienzos del siglo pa­
sado debido a] influjo de la llam ada escuela de la historia de las formas, la
cual consideraba que los evangelios, nacidos de la fusión de las tradicio­
nes orales, pertenecían a la literatura p o p u lar y no eran por tanto asim i­
lables ni com parables a las obras literarias de la antigüedad. Sin embargo,
esta form a de catalogar literariam ente los evangelios no tuvo su ficien ­
tem ente en cuenta sus notables sem ejanzas con algunos escritos de la lite­
ratura helenística que, com o los evangelios, fueron co m puestos a partir
de tradiciones anteriores, que habían cristalizado de diversas form as en la
m em oria oral. A dem ás, los relatos centrados en un personaje, com o vamos
a ver más adelante, utilizaban recursos muy característicos, que tam bién se
encuentran en los evangelios.
Tam poco puede afirm arse, sin m ás, que los evangelios siguen el es­
quem a literario de los antiguos resúm enes del kerygm a. C om parando el
resum en que m ás se asem eja a los relatos evangélicos (H ch 10, 37-43)
con el Evangelio de M arcos, se puede com probar que en el prim ero la re­
surrección de Jesús, sus apariciones y su exaltación como ju e z ocupan el
lugar central, m ientras que la actividad p ública de Jesús apenas tiene re­
levancia. Sin em bargo, en el Evangelio de M arcos las apariciones y la
exaltación de Jesús no se m encionan, y toda la atención se centra en su ac­
tividad anterior a la pasión, que incluye tam bién sus enseñanzas y contro­
versias. Es cierto que estos resúm enes y el trazado de los evangelios tic-
La selección de ios cuatro 57

mi'ii elem entos en com ún, pero de ello no se puede deducir, sin m ás, que
Im. evangelios sean un desarrollo del kerygma.
1.11 llam ada e s c u e la d e la h istoria d e la red a cc ió n m o stró q u e lo s ev a n -
(m IímIiis no habían sid o m eros c o m p ila d o r e s, sin o v e rd a d e ro s a u tores, y
i|in los e v a n g e lio s n o eran tan s ó lo un c o n g lo m e r a d o de tr a d icio n e s, sin o
* g im ie r a s obras literarias que pod ían ser com p arad as a la literatura de su
i'iuioi. liste n u e v o a c er ca m ie n to se ha id o c o n so lid a n d o a lo largo d e lo s
iillu n os treinta a ñ o s, en lo s que se ha tratado de id e n tific a r e l g é n e ro lite-
i ni ii i ilo los e v a n g e lio s a través de d e la co m p a r a ció n c o n otros e sc rito s de
Im lilem lura con tem p o rá n ea .

i I ¡ i >s evangelios y las biografías helenísticas

11 I A une, E IN u evo Testamento en su entorno literario, Bilbao 1993,23-150; R .A . Bu-


11 h l|i/', Whu! A re the Gospels. A Com parison wilh G raeco-R om an Biography, C am bridge
I ’f'J '! I ), l'rickenschm idt, E vangelium ais B iographie. D ie vier E vangelien im R ahm en
i uiiíhti E n a h lku n st, T übingen 1997; P. L. Schuler, The Genre(s) o f the Gospels, en D. L.
I iimumi (cil.), The / nterrelations o f the G ospels, Leuven 1990, 459-483; J. M . Sm ith,
I tt íií it-, Snh-G enre a n d Q u estions o f A udience: A P roposed T yp o lo g yfo r G reco-R om an
ílmui ii¡iliy : Journal o f G reco-R om an C hristianity and Judaism 4 (2007) 184-216.

A iu hora de determ inar el género literario de los evangelios es m uy


InijjniImite no proyectar sobre ellos los m odelos literarios de nuestra cul-
luiii I , i i literatura antigua tenía sus propias pautas que son, en m uchos ca-
mm. diferentes a las que sigue la literatura actual. Por eso, un buen punto
il» |nnl¡di¡ para identificar el género literario de los cuatro evangelios es
In i lanificación que hace de ellos el autor del Evangelio de Lucas al 11a-
i huí los relatos. El «relato» (diégesis) era una de las form as básicas del
iIimi tu so retórico, cuya naturaleza puede precisarse tratando de averiguar
i m u q ue tipo de escritos relacionarían los lectores contem poráneos aque-

llnii idilio s sobre Jesús.


I oh lectores fa m ilia r iz a d o s co n la literatura israelita observarían cier-
imi >¡riiiejimzas co n las v id a s d e lo s p r o fe ta s, u n g é n e r o narrativo qu e se
........ . de form a fragm entaria en los libros de los R eyes (1 Re 17 - 2
Mi íp’ cielos de Elias y Eliseo) y que conoció un notable desarrollo en la
•>|ii>i ii helenística. Sin em bargo, los lectores de los evangelios que cono-
i (un In literatura griega y latina seguram ente los relacionaron con las bio-
iuhUmn ile personajes lamosos. A fortunadam ente contam os con un núm e-
in i mr.iilcm hle de estas biografías y tenem os también las obras de algunos
iiHir'ilios de retórica de la época que inform an acerca de las pautas que so-
liiin in tu irse en su com posición.
Introducción

En los últim os años se ha explorado detalladam ente la relación de los


evangelios con las biografías de la época helenística. R. Burridge, partien­
do de una elaborada teoría de los géneros literarios y de un estudio de los
rasgos característicos de dichas biografías, h a llegado a la conclusión de
que los evangelios pueden ser clasificados com o un tipo peculiar de b io­
grafía. Por su parte, D. Frickenschm idt, después de com parar los evange­
lios con un am plísim o catálogo de biografías antiguas, ha aportado algu­
nos datos que confirm an y añaden algunos m atices a sus conclusiones.
L as trabajos de estos dos autores ofrecen claves interesantes para deter­
m inar con m ás precisión el género literario de los evangelios.
La prim era de ellas se refiere al origen y naturaleza de la biografía an ­
tigua. La b iografía (Bios! Vita) era un tipo particular de relato, que se si­
tuaba a m edio cam ino entre la historia y el encom io. La historia tenía por
objeto los hechos sucedidos, pero éstos podían referirse a varios persona­
jes; la biografía, sin em bargo, se centraba en uno solo, que aparece como
protagonista del relato. Por su parte, el encom io era uno de los géneros
básicos del discurso retórico, que tenía por objeto ensalzar el honor de un
personaje. La diferencia entre el encom io y la biografía helenística resi­
día, sobre todo, en la form a narrativa de esta últim a y en su interés por los
hechos realm ente sucedidos. Como ocurre con otros géneros literarios de
la antigüedad, la biografía se desarrolló a partir de una form a básica del
discurso retórico que, al transform arse en un relato, adquirió rasgos pro­
pios de la historiografía. El ingrediente encom iástico era m uy im portante
en las biografías antiguas. Éste es un rasgo que las diferencia de las bio­
grafías actuales. Por eso, el principal objetivo de las biografías antiguas
no era narrar ordenadam ente todas las acciones realizadas p o r la persona
elogiada, sino revelar a través de algunas anécdotas y datos fundam enta­
les los rasgos de su carácter.
Las biografías helenísticas solían tener tres partes bien diferenciadas,
cada una de ellas con sus topoi o tem as característicos. La prim era trata­
ba sobre la infancia y juventud del personaje hasta su entrada en la vida
pública. Sus topoi m ás característicos eran aquellos que servían p ara po­
ner de m anifiesto el honor adscrito del protagonista, es decir la valía que
éste tenía ante los ojos de los dem ás por el m ero hecho de pertenecer a
una estirpe honorable, haber nacido en un lugar renom brado o haber sido
educado por un m aestro fam oso; justam ente los datos con los que, según
los antiguos tratados de retórica, debía com enzar un encomio.
La segunda parte estaba dedicada a narrar las acciones y enseñanzas a
través de las cuales el protagonista había acrecentado su honor; aquí se in­
cluían sus acciones portentosas y las reacciones de asom bro y alab an /a de
ios testigos, las anécdotas que conservaban sus eii.suílimziis o las disputas
La selección de tos cuatro 59

i mi ñus adversarios. Esta segunda parte podía tener una disposición ero-
l(nlri(iica o tem ática, pero, dado que su principal objetivo no era registrar
uiili'iiiul;! y exhaustivam ente tales acciones o enseñanzas, sino m ostrar el
i í i m i c U t moral del personaje, podría elegirse cualquiera de estas dos for-

mih’. de ordenar las noticias acerca de él. En esta segunda parte de las bio-
findlds se perciben diferencias de m atiz entre las biografías griegas, más
lia Imadas a resaltar las virtudes de la naturaleza hum ana (valor, coraje,
h iituiimidad, etc.), las rom anas, que resaltaban más las virtudes públicas
ihiii'ii gobierno, justicia, etc.), y las biografías israelitas, que insistían en
Id i ful i ocha relación de los protagonistas con Dios a través de la acción de
"ii l".piritu en ellos. Estos diversos m atices revelan una flexibilidad y
mltiplubilidad del género biográfico que se observan tam bién en el caso de
lini evangelios.
I'ur último, la tercera parte de las biografías estaba dedicada a lam u er-
l*i \ vindicación del protagonista. Se narraban las circunstancias y el m oti-
mi de la muerte (anuncios, conspiraciones, traiciones, etc.), así com o el en­
hen o y los honores que lo acom pañaban; pero tam bién eran im portantes
tu', acontecimientos posteriores a ella, en los que se confirm aba el valor del
ejemplo, las acciones y enseñanzas del protagonista. Aquí se incluían tam ­
bién, con frecuencia, algunos hechos portentosos acaecidos después de su
.......c r i e , como la aparición de signos en el cielo, o, en el caso de los empe-

hiilmvs, su apoteosis o elevación a la condición divina.


I n los evangelios, sobre todo en los m ás desarrollados desde el punto
ile vista literario (M ateo y Lucas), se pueden identificar claram ente estas
111 ih partes, pero tam bién en los otros dos (M arcos y Juan) aparecen los to-
l«u propios de la biografía antigua. A unque con matices y form as distin-
iny Unios ellos incluyen los tres m om entos propios de la biografía: infan-
i in. nclividad pública y m uerte. Un lector que conociera las biografías de
lü «‘poca sería capaz de reconocer en los cuatro evangelios canónicos es­
líe. rasgos característicos de las biografías de aquella época.
I'or otro lado, los cuatro evangelios fueron escritos con finalidades muy
pnieeidas a las que perseguían las antiguas biografías. En ellas se buscaba,
iiiile lodo, poner de m anifiesto el honor del protagonista, porque el honor
«■ni el valor central de aquella cultura y sólo un personaje que fuera consi-
ileiiido honorable m erecía ser escuchado y tenido com o modelo. Las bio-
intilias perseguían, adem ás, una finalidad encom iástica (provocar la ala-
biin/ii y el reconocim iento del personaje), ejemplarizante (proporcionar un
ii iinielo li seguir), histórica (conservar la memoria), didáctica (especialmen-
ii ni Lis villas de los filósofos y maestros) y apologética (defender al pro-
injiniiislii de las acusaciones vertidas contra él). Todas estas finalidades apa-
h'eeii de formas diversas en los evangelios, que presentan a Jesús com o un
60 introducción

personaje honorable en su infancia, en su actuación y enseñanza y, sobre


todo, en su muerte. También quisieron conservar los recuerdos sobre él (sus
acciones y enseñanzas) en un m om ento en que com enzaban a desaparecer
ios testigos oculares. Los evangelios tenían, por tanto, una finalidad enco­
m iástica, ejem plarizante y didáctica, pero sobre todo trataron de despertar
una actitud de fe (Le 1, 4; Jn 20, 31). E sta finalidad, relacionada con la na­
turaleza kerigm ática de la tradición sobre Jesús, es un rasgo propio que les
da un tono peculiar con respecto a otras biografías contemporáneas.
L a flexibilidad del género biográfico hizo posible que las tradiciones
sdbre Jesús, ordenadas según el esquem a del kerygm a cristiano, produje­
ran una form a particular de biografía, que tuvo su propio desarrollo. En él
pueden distinguirse tres etapas. La prim era corresponde al m om ento en
que alguien reunió por prim era vez los diversos rasgos que caracterizan al
género. Esto fue, precisam ente, lo que hizo el autor del Evangelio de Mar­
cos al situar en un cuadro narrativo las tradiciones sobre Jesús, aunque sin
ajustarse del todo a los cánones literarios del género (no hace referencia,
por ejem plo, a los antepasados de Jesús, su nacim iento e infancia). En el
segundo estadio, representado sobre todo p o r los evangelios de M ateo y de
Lucas, este prim er intento se perfeccionó y se adaptó al m odelo de las bio­
grafías de aquella época, incorporando nuevas tradiciones sobre los oríge­
nes de Jesús, sobre sus enseñanzas y sobre los acontecim ientos posterio­
res a su muerte. Finalm ente, en un tercer estadio, los evangelios canónicos
se convirtieron en m odelos de las biografías de los hom bres santos, las
cuales tuvieron un gran desarrollo en la época bizantina.
A sí pues, aunque algunos indicios podrían hacer pensar que los evan­
gelios son un género literario nuevo inventado por los prim eros cristia­
n o s para conservar y transm itir las tradiciones sobre Jesús, un análisis
más detallado de su disposición y de los topoi que utilizan, revelan que son
biografías antiguas con ciertas particularidades que perm iten clasificarlas
com o un subgénero peculiar. Al igual que las dem ás biografías, no son in­
vención de sus autores, sino que recogen una tradición anterior transm iti­
da fielmente para preservar y honrar la m em oria de Jesús. Pero, a diferen­
cia de ellas, su contenido está organizado según un esquem a tradicional del
anuncio cristiano y, aunque su form a externa es la de una biografía, en rea­
lidad su intención más genuina es de tipo religioso, pues tratan de fortale­
cer la fe de otros creyentes dando testim onio de una experiencia que había
cam biado radicalm ente sus vidas (Jn 20, 30-32; Le 1,1-4).
P r im e r a p a r t e

LA FORMACIÓN DE LOS EVANGELIOS


LAS RELACIONES
ENTRE LOS CUATRO EVANGELIOS

l.d introducción precedente ha tratado de situar los cuatro evangelios


i'ii el contexto de la producción de libros sobre Jesús, describiendo al m is­
mo licmpo el proceso a través del cual alcanzaron un reconocim iento y
nuil estim a particulares en el cristianism o naciente. A l presentar el pro-
itku que siguió la tradición sobre Jesús, hem os observado que los diver-
mom escritos en que cristalizó se encuentran vinculados entre sí a través de
i nmplejas relaciones. Dentro de este conjunto de escritos, los evangelios
i iiiiónicos form an un grupo peculiar, puesto que poseen im portantes se­
mejanzas en cuanto a la form a y al contenido. Todos ellos, en efecto, son
lev los narrativos que se atienen básicam ente al mismo esquem a e integran
diversas tradiciones que se transm itieron de form a independiente (colec-
i limes de dichos y anécdotas, agrupaciones de m ilagros, breves relatos,
i'ir, |. I'ales sem ejanzas ponen de m anifiesto que se hallan estrecham ente
M'lndonados entre sí.
lín los tratados sobre los evangelios las relaciones que se observan en-
lu‘ ellos suelen estudiarse por separado. Por un lado, se analizan las que se
ilun cutre los tres prim eros, en lo que se conoce tradicionalm ente com o la
■<t ucstión sinóptica», y por otro las que existen entre estos tres y ef Evan-
i'fho de Juan. Sin em bargo, cuando las relaciones entre los cuatro evange-
Ifi in se estudian teniendo en cuenta el panoram a descrito en la introducción,
’k* ¡ulvierte m ejor la conexión entre estas dos cuestiones. A unque las rela-
i iones entre los sinópticos plantean una problem ática muy específica, ésta
un está totalmente desconectada de la que suscita la relación de los tres con
el I''vnngclio de Juan, Por esta razón, tratam os am bas cuestiones dentro de
m u mismo capítulo. Antes de abordarlas, sin em bargo, es necesario aclarar

i o r n o se difundió y transm itió inicialmente el texto de los evangelios, pues


riti- aspecto es delerm inante para plantear adecuadam ente el problem a de
lie. ii'lnciones entre ellos,
64 L a form ación de los evangelios

1. El t e x t o d e l o s e v a n g e l io s

La com paración entre los evangelios, lo m ism o que su estudio crítico


o su traducción a las lenguas modernas, suele hacerse a partir de las edicio­
nes críticas del N uevo Testamento, pero con frecuencia se olvida que tales
ediciones son reconstrucciones realizadas a partir de los m anuscritos que
han llegado hasta nosotros. La sensación de realidad que producen estas
reconstrucciones hace olvidar que m uchos de los textos que utilizaron los
prim eros cristianos, incluidos los que conocieron y utilizaron los autores
de los evangelios, se han perdido para siem pre y que, por tanto, las relacio­
nes entre los evangelios sólo pueden reconstruirse hipotéticam ente.

a) Lim itaciones de la crítica textual

J. K. Elliott, The R elevance o f Textual C riticism ta the Synoptic Problem , en D. D ungan


(ed.), T he Interrrelation o f tha G ospels, Leuven 1990, 348-359; E. N estle - K. A land,
N ovum Testameníum G raece, Stuttgart 272001, edición revisada; D. C. Parker, The Living
Text o f the G ospels, C am bridge 1997; T. C. Penner, «In the B eginning»: P o st-C ritical
R eflections on E arly C hristian Textual Transmission a n d M odern Textual Transgression:
P erspectives in R eligious Sftidies 33 (2006) 415-434.

Las ediciones críticas proponen an texto de los evangelios que ha si­


do reconstruido a partir de un m inucioso exam en de los más de cinco mil
m anuscritos del N uevo Testam ento que han llegado hasta nosotros, espe­
cialm ente de los papiros y códices m ás antiguos. En los dos últim os siglos
la crítica textua! del N uevo Testam ento ha estudiado estos m anuscritos,
los ha clasificado por fam ilias y ha elaborado un «árbol genealógico» que
sitúa a cada uno de ellos con respecto a los dem ás. L a crítica textual ha
desarrollado también una serie de criterios para identificar los errores más
com unes de los escribas y para determ inar qué m anuscritos han conserva­
do m ejor et tenor original de una frase cuando hay discrepancias entre
ellos. Com o resultado de todo este trabajo, en las ediciones críticas se pro­
pone el texto de los evangelios que se considera m ás de acuerdo con el
original, señalando a pie de página las principales variantes o una selec­
ción de las mismas.
Por su m ism a naturaleza, estas ediciones críticas eligen unas lecturas
entre otras, y esto tiene consecuencias a la hora de reconstruir las relacio­
nes entre los evangelios. A sí, la idea que podem os h acem o s de las rela­
ciones entre el Evangelio de Juan y el Evangelio de Lucas será diferente si
en lugar de tom ar com o referencia el texto alejandrino, que es el que sue­
len preferir las ediciones criticas, utilizam os el texto occidental. En el reía­
lo de la aparición de Jesús a los discípulos (Jn 20, 10-23 // Le 24, 36-43),
Las relaciones entre los cuatro evangelios 65

pm e jem p lo, el texto alejandrino m uestra importantes coincidencias verba-


li". con la versión de Juan (Le 24, 36 = Jn 20, 19; Le 24, 40 = Jn 20, 20),
1<i i ilmI induce a pensar en u na cierta relación de dependencia literaria;
Iii i o esto no ocurre cuando lo com param os con el texto occidental, ates-
i túmido en el códice Beza y en las antiguas traducciones latinas. Esto sig-
iillicn que la com paración entre los evangelios está condicionada por las
npi iones que hacen las ediciones críticas en la reconstrucción del texto.
I u crítica textual goza de una estim a m erecida entre filólogos y exe-
(i' iiis, pero cada vez existe una conciencia más extendida de sus lím ites.
I un textos que nos proporciona no son sino reconstrucciones realizadas a
i m i I i i d e presupuestos y postulados de la lingüistica m oderna y, por tan-

in textos que m uy probablem ente no han existido nunca exactam ente así.
I >r licclio, la crítica textual se basa en dos postulados que la investigación
un tente ha puesto en cuestión. El prim ero de ellos es que existió un úni-
i h texto original. El segundo, que dicho texto puede reconstruirse a par-
iii ile ios m anuscritos que han llegado hasta nosotros. Tanto lo que cono-
ti'iniis sobre los procesos de producción y difusión de los textos en el
mundo antiguo y en el cristianism o naciente, com o el exam en de los ma-
(iiiiirrilos más antiguos de los evangelios, revela que am bas cosas son po-
t n |nohitbles com o se verá a continuación.

lo Lii producción y difusión de los evangelios

1 Alt 'Xinuler, A ncient B o o kP ro d u ctio n a n d the Circulation o f the G ospels, en R. Bauck-


11*1111 li-il.), The G ospels f o r A l l C hristians: R ethinking the G ospel A udiences, Edinburgh
I 71 I I I ; J. D ew ey, The S u rv iva l o fM a r k 's G ospel: a G o o d Story?: Journal o f
llliihn il I .iturature 123 (2004) 495-507; H. Y. G am ble, B ooks a n d R e a d e rs in the Ear-
i hiirrli: A H istory o fE a r ly C hristian Texis. N ew H aven 1995; D. C. Parker, The Li-
■un: H'U n frh e G osp els, C am bridge 1997.

I ,n producción y difusión de textos en el mundo antiguo tiene poco que


u>i ron los procesos que se generalizaron después de la invención de la
ititpieiiUi, que son los que configuran nuestra form a de entender la publi-
• in Mui de un escrito. Los textos se reproducían y se difundían a través de
i iijiiii'. hechas a mano y, debido a ello, no existían dos copias exactam ente
límales. Además, la form a m ás com ún de dar a conocer una obra en la an-
lliitleiliid era la representación oral. Los escritores buscaban la ocasión pa-
iii ti rjinr o hacer recitar sus obras en cenas privadas o en lecciones públí-
■iin en representaciones teatrales o en declam aciones poéticas. U n autor
|imllii ofrecer también el original de su obra a un «editor», que lo hacía co-
plitt v lue¡j,o lo vetulia, pero esta no era la form a más com ún de difundir un
Hliti i en ln antigüedad. lira mucho más común que las personas interesadas
66 L a form ación de ¡os evangelios

en el m ism o tem a se prestaran sus libros para copiarlos, o que los discípu­
los de un m aestro publicaran sus notas, o que alguien dedicara su obra a un
m ecenas para que éste prom oviera su difusión. Con este procedim iento no
resultaba m uy com plicado realizar una nueva edición de la obra o introdu­
cir en ella algunas m ejoras, com o ocurrió, por ejemplo, con la retórica de
Q uintiliano, publicada prim ero por sus alum nos y luego por él m isino en
una edición revisada (1, Pr,ef. 7-8).
En este escenario, que se parece más a la difusión de textos en la era
digital que a la edición en la era Guttenberg, es posible im aginar cóm o se
realizó la prim era producción y difusión de los evangelios. Im aginem os,
por ejem plo, cóm o pudo ser la del Evangelio de M arcos. Es m uy proba­
ble que, en sus prim eros estadios, su versión escrita se redujera a unas no­
tas que servian como soporte para la recitación. Sólo después de haber si­
do recitado varias veces y de haber recibido la aprobación de ios oyentes
se habría puesto por escrito el relato com pleto, que pronto habría sido co ­
piado para ser recitado en otros grupos de discípulos que deseaban escu­
charlo. A m edida que el texto de M arcos se copiaba, los copistas podrían
haber ido incorporando recuerdos sobre Jesús que eran significativos en
las com unidades p ara las que los copiaban, y es posible que con el paso
del tiem po su autor o un escriba autorizado hiciera una nueva edición que
se difundió apoyándose en la autoridad de alguno de los apóstoles o de
una com unidad im portante.
Com o verem os al estudiar cada uno de los evangelios, existen indicios
de que esta reconstrucción es algo m ás que un ejercicio de im aginación.
La flexibilidad del proceso de com posición y difusión de los evangelios
se explica fácilm ente si se tiene en cuenta que, cuando com enzaron a di­
fundirse, los evangelios no tenían aún el reconocim iento y autoridad que
alcanzarían después. Entre su com posición, a finales del siglo I d.C., y su
reconocim iento com o escritura en la segunda mitad del siglo II d.C., m e­
dia casi un siglo, en el que estos textos se copiaron con relativa libertad.
Durante este tiem po los copistas tenían a disposición no sólo los evange­
lios canónicos, algunos de los cuales, com o hem os visto, alcanzaron pron­
to una gran difusión, sino tam bién otros libros sobre Jesús y, sobre todo,
la tradición oral que seguía teniendo gran vitalidad.
A la vista de este panoram a cabe preguntarse: ¿Es posible identificar el
«texto original» del Evangelio de M arcos? ¿Cuái de las prim eras copias y
ediciones podemos considerar como la «original»? En el caso de que este
evangelio haya sido utilizado por otros evangelistas, ¿Podem os estar segu­
ros de que todos utilizaron la m isma versión? ¿Es posible identificar la
versión o edición que utilizó cada uno de ellos? El principal problem a es
que no existió un único texlo original, sino que desde el principio existie-
Las relaciones entre los cuatro evangelios 67

mn diversos textos que se actualizaban y enriquecían en las recitaciones


publicas y a m edida que se copiaban. En general, estas versiones no eran
niisliineialmente diferentes entre sí, pero sí eran diversas, y esa diversidad,
i|m* es constitutiva de la prim era difusión y transm isión de los evangelios,
lime prácticamente im posible identificar con precisión las relaciones lite-
mi las l|ue existieron entre ellos.

t | io s m anuscritos más antiguos

I I Ijip , The Significance o f the P apyri f o r D eferinining the N ature o f the N e w Testa-
mt'Ht Tvxt in th e S e c o n d C entury: A D ynam ic View o f Textual Criticism, enW . L. Petersen
IimI ), ( ¡aspe! Tradiíions in the Second Century: Origins, Recensions, Text, a n d Transmis-
ifmi, Nutre D am e 1989, 71-103; P. M. H ead, C hristology a n d Textual Transmission: Re-
Alterations in the Synoptic G ospels: N ovum T estam entum 35 (1993) 105-129;
I W. I Ilutado, The E a rliest C hristian A rtifucts. M anuscripts a n d C hristian O rigins,
i li tiltil Kupids 2006; D. C. Parker, The L iving Text o f the Gospels, C am bridge 1997.

I11 segundo postulado de la crítica textual es que el texto original de


luí. evangelios puede reconstruirse a partir de los testim onios m anuscritos
•|iii■I i jiii llegado hasta nosotros. Este postulado resulta tam bién problem á­
tico. pues los papiros encontrados constituyen una m ínim a parte de los
i|iir existieron en los prim eros siglos del cristianism o y adem ás son rela-
iH dnicntc tardíos. L os m ás antiguos suelen datarse a finales del siglo II
il ( , pero la m ayoría de ellos proceden del siglo III d.C. Estos papiros
i onlicuen sólo fragm entos, en general poco extensos, y de no ser por los
gnindes códices unciales de la época constantiniana, habría sido m uy di-
IU li leeotistruir el texto com pleto de los evangelios a partir de ellos. Es
iMlrii'siinte observar que la datación de los papiros m ás antiguos coincide
i un d m om ento en que los cuatro evangelios com enzaban a ser recono-
i lilon com o escritura, y que la m ayoría de ellos se copiaron cuando dicho
Mii'iinocimiento estaba am pliam ente generalizado. Este proceso no sólo
implicaba la selección de algunos evangelios entre los diversos libros
>ni'.lentes sobre Jesús, sino tam bién la elección de las ediciones adecua-
ilir. <li; esos evangelios entre las que circulaban y un control más cuidado-
fimlo lus copias que se hacían de ellas.
Ahora bien, si los papiros m ás antiguos proceden de una época en la
■|iir fom enzaba a ejercerse un control en la transm isión del texto, cabría
i' .pi'ini que la versión de los evangelios conservada en ellos fuera bastan-
ir hom ogénea. Sin em bargo no es así. A pesar de su escaso núm ero y de
■mi ni tider fragm entario, estos papiros no sólo revelan la existencia de di-
• HiNii't ediciones, sino también procesos de «contam inación textual». La
68 L a form ación de los evangelios

existencia de tradiciones textuales tan diferentes com o la alejandrina y la


occidental en el caso de la obra lucana es un ejemplo de lo prim ero. Ejem­
plos de lo segundo serían el influjo de la versión m ás reconocida de uno
de los sinópticos (generalm ente M ateo) en los otros dos, o las alteracio­
nes m otivadas po r razones de tipo cristológico en los títulos o las afirm a­
ciones sobre Jesús. Si esta diversidad y flexibilidad existía después de que
los evangelios h u b ie ra n ,sido reconocidos com o escritura, es razonable
pensar que tam bién haya existido, y en m ayor m edida, antes de dicho re­
conocim iento. Tal suposición se puede confirm ar analizando las citas de
los evangelios que se encuentran en los autores del siglo II d.C. y en las
m ás antiguas traducciones. A unque tam bién esta evidencia es fragm enta­
ria, todos los indicios sugieren que, durante el siglo II d.C., circularon di­
versas versiones de los evangelios, cuyo m utuo influjo afectó a la trans­
m isión del texto de cada uno de ellos.

d) ¿D escripción o hipótesis?

Tanto el estudio de los procesos de producción y difusión de los textos


en el mundo antiguo, com o el análisis de los m anuscritos que han llegado
hasta nosotros, ponen de m anifiesto que las ediciones críticas que suelen
utilizarse com o base para establecer las relaciones entre los cuatro evange­
lios son m odernas reconstrucciones de unos textos que existieron en una
form a más fluida y flexible en los diversos estadios de su com posición y
difusión. Para reconstruir con precisión dichas relaciones sería necesario
conocer las versiones que se utilizaron en cada mom ento de este proceso,
pero tal cosa resulta totalm ente imposible. Esto no significa que sea impo­
sible determ inar qué tipo de relaciones existieron entre los evangelios, si­
no que los datos reales y concretos de estos procesos no pueden ser recu­
perados. Como ocurre con otros m uchos fenóm enos del mundo físico y de
los procesos históricos, sólo es posible conocerlos a través de sus efectos
y sólo a partir del conocim iento de tales efectos se puede elaborar una hi­
pótesis que los explique.
Las hipótesis son m odelos teóricos que sirven para explicar fenóm e­
nos com plejos de la vida real. Es im portante tener presente que u n a h i­
pótesis no es una descripción de dichos fenóm enos, sino una representa­
ción abstracta y sim plificada de ellos. Las ciencias experim entales las
utilizan asiduam ente para explicar m uchos fenóm enos a través de sus
efectos. D e hecho, la m ayor parte de las explicaciones en que se susten­
tan las teorías de la ciencia m oderna se basan en hipótesis, Pura que ten­
gan valor deben ser capaces de explicar de la forma más sencilla el m a­
yor núm ero posible de datos.
Las relaciones entre los cuatro evangelios 69

I I esludio de las relaciones entre los evangelios sólo puede plantear­


ía- rii osle marco. Con los datos de que disponem os sería com pletam ente
tita n io pretender describirlas con detalle. Para ello necesitaríam os tener
hiiln-i los textos que fueron utilizados y conocer cóm o se com puso, editó,
miimIüicó y transm itió cada uno de los evangelios. Sin em bargo, lo único
111n loiiemos es cierta inform ación acerca de cóm o solían producirse y di-
I.... luso los libros en el mundo antiguo y en el naciente m ovim iento cris-
Iliiiui. y unos pocos papiros fragm entarios que podem os com parar con al-
tiiiiiin, citas esporádicas de los escritores cristianos m ás antiguos y con las
l>i imoriis traducciones de dicho texto. Estos datos, jun to con los grandes
i milcos unciales del siglo IV constituyen la base de las m odernas edicio-
inm i rílieas, a partir de las cuales se pueden form ular algunas hipótesis so­
lí! lus relaciones entre los evangelios.

' I .AS (E L A C IO N E S ENTRE LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS

l muido se com paran los evangelios m ás antiguos, se advierte ensegui-


ilii i|in- los cuatro canónicos poseen varios elem entos en com ún y que las
i lililí ¡delicias son todavía mayores entre los tres primeros. Tales semejan-
íti'i propiciaron en los prim eros siglos del cristianism o el fenóm eno de las
'iiiiioni/.iiciones. Al hablar de los prim eros escritos sobre Jesús he mencio-
iiihId el Diatesaron, la arm onía de los evangelios que com puso Taciano to-
iiifiniln cum o base el Evangelio de Juan; pero ésta no fue la única ni la más
!iiiii|!iii.i. Hemos visto tam bién cóm o esta tendencia fue neutralizada por el
it t miocimiento generalizado del evangelio en cuatro formas, que ratificó
In Minoridad de cuatro relatos bastante parecidos entre sí.
I I reconocim iento eclesial de estos cuatro relatos hizo que se plantea-
m In cuestión de las relaciones entre ellos. Al principio, tal vez bajo el in-
Ilujo de una m ayor sensibilidad teológica, los autores cristianos se pre-
Kimiiiioii, sobre todo, por las relaciones entre Juan y los otros tres; pero
pnmln luvieron que dar una explicación a las llam ativas coincidencias
i|Ut* r.xislcn entre los sinópticos. Com o el evangelio más difundido por en­
tu m es era el de M ateo, la explicación m ás aceptada y difundida fue la
(impuesta por san A gustín, según la cual este evangelio habría sido utili-
tulu por M arcos y por Lucas.
I ns semejanzas y diferencias entre estos tres evangelios siguieron sor-
¡ 'i 1 1 iiliando y provocando interrogantes a cuantos se acercaban a ellos, pe­
ni mi estudio crítico sólo pudo com enzar cuando J. G riesbach elaboró la
jn imoni sinopsis de los evangelios a finales del siglo XVIII. U na sinopsis
un un libro en el que se lian dispuesto en paralelo los pasajes que dos o más
70 La form ación de los evangelios

evangelios tienen en com ún. Su propósito es identificar con precisión las


coincidencias y discrepancias que existen entre ellos para estudiarlas crí­
ticam ente. G eneralm ente, las sinopsis incluyen los cuatro evangelios, p e­
ro tan sólo los tres prim eros pueden leerse verdaderam ente en paralelo
(syn-opsis significa visión o lectura conjunta), y por esta razón sólo ellos
reciben el nom bre de evangelios sinópticos.

a) E l problem a sinóptico

K. A land, S ynop sis Q u attuor E va n g elio ru m , S tu ttg a rt9] 976; I A ionso D íaz - A. Var­
g as-M achuca, S in o p sis d e los e va n g elio s, M adrid 1996; D. L. D ungan, A H isto r y o f
the S yn o p tic P roblem , N ew Y ork 1999; D. L. D u ng an (ed.), The In terrela tio n s o f the
G osp els, Leuveti 1990; W. R. Farrner, The P resent S ta te o f the S yn o p tic P ro b lem , en
R. P. T hom pson - Th. E. P hillip s (eds.), L itera ry S tu d ies iti L u k e -A c ts, M acó n 1998,
11 -36; J. K lo p p en b o rg , Q. E l evan gelio d esco n o cid o , S alam anca 2005, 29-8 1; R. H,
Stein, The S ynoptic P ro b lem : A n Introduction , G rand R apids 1987.

Para explicar las relaciones entre los tres prim eros evangelios es nece­
sario conocer antes las coincidencias y divergencias que se dan entre ellos.
Tanto unas com o otras pueden analizarse a tres niveles: el de los conteni­
dos que ha incorporado cada uno de ellos; el del orden en que están dis­
puestos los diversos episodios; y el de las expresiones concretas con que
está form ulado cada pasaje.
Por lo que se refiere a los contenidos, un repaso de la sinopsis perm i­
te constatar una serie de datos que resultan ya orientativos;

a) Los tres evangelios tienen en com ún unos trescientos treinta ver­


sículos.
b) Mateo y M arcos tienen en común unos ciento ochenta versículos.
c) Lucas y M arcos, por su parte, coinciden en unos cien versículos.
d) Mateo y Lucas tienen en común doscientos treinta versículos.
e) Cada uno de los tres posee algunos versículos que no se encuen­
tran en ninguno de tos otros dos: M arcos, cincuenta y un versícu­
los; M ateo, trescientos treinta; y Lucas unos quinientos.

Expresado de form a gráfica, las coincidencias entre ¡os tres sinópticos


darían com o resultado la siguiente tabla de coincidencias:
Las relaciones entre los cuatro evangelios 71

l isias constataciones iniciales de carácter externo perm iten descubrir

i|iK' el Evangelio de M arcos es el que tiene proporcionalm ente m ás v er­


m í c u l o s en com ún con los otros dos y el que tiene m enos versículos pro-

p l u s . Por otro lado, si se tiene en cuenta el tipo de m aterial que dos o más

evangelios tienen en com ún, se advierte que los versículos que M ateo y
I m us tienen en com ún contienen casi exclusivam ente dichos y anécdo-
hi'i de Jesús, m ientras que el resto de los m ateriales com partidos contie­
nen sobre todo relatos.
I ',11 segundo lugar es interesante observar las coincidencias y divergen­
cias en cuanto al orden en que están dispuestos los pasajes en cada evange­
lio lisia observación es muy importante a la h o rad e determ inar las relacio­
nen de dependencia literaria, pues si dos escritos poseen algunos pasajes en
tiiniún, pero no en el mismo orden, esta coincidencia puede explicarse fá­
cilmente recurriendo a la tradición oral. Sin em bargo, cuando dos escritos
lim en un número importante de pasajes en el mismo orden, es m ás fácil su­
poner que uno de ellos ha utilizado el otro, o que am bos han utilizado la
ini'ima fuente escrita, porque sería menos probable que todos estos pasajes
»ii hubieran transm itido en el mismo orden oralmente.
( 'on respecto a las coincidencias y divergencias en el orden, pueden
hacerse las siguientes constataciones sobre los pasajes que tienen parale-
ln en Marcos:

a) Los tres sinópticos poseen el m ism o esquem a narrativo, que re­


sulta peculiar cuando lo com param os con el de Juan; esta coin­
cidencia en el trazado general se da, sobre todo, en los pasajes
que tienen paralelo en M arcos (M t-M c-Lc; M t-M c y M c-Lc).
b) Los pasajes que aparecen sólo en M arcos y en otro de los sinópti­
cos (M t-M c y M c-Lc) suelen seguir las mismas pautas que los que
se hallan en M arcos y en los otros dos a la vez (Mt-Mc-Lc).
e) M ateo no coincide en el orden con M arcos y Lucas en el co ­
m ienzo de la actividad de Jesús en G alilea (M t 5 -1 3 ), m ientras
que la sección del viaje es m ás am plia en Lucas (Le 9, 5 1-19,
28) que en los otros dos.
d I Mateo y L ucas coinciden en el orden cuando coinciden con M ar­
eos y dejan de coincidir cuando no coinciden con él. Esto se ob­
serva claram ente en los prim eros capítulos de los tres evangelios
(Mt 1-4; Me 1; Le 1 ^ ) .

I ,on pasajes que Mateo y Lucas tienen en com ún presentan una serie
i)■1características peculiares que los distinguen de los que am bos tienen en
i «hinni con Marcos. Sí tom am os com o referencia el esquem a de Marcos,
72 La form ación de los evangelios

que com parten básicam ente Mateo y Lucas, observam os que M ateo y Lu­
cas no suelen situar estos pasajes en el m ism o lugar con respecto a dicho
esquem a. Ú nicam ente en el com ienzo del m inisterio de Jesús (predica­
ción de Juan Bautista, bautism o y tentaciones de Jesús) encontram os al­
gunos dichos en el m ism o lugar del esquem a com partido con M arcos. Sin
em bargo, si prescindim os del esquem a que com parten con M arcos, los
otros dos sinópticos - e s decir, M ateo y L u c a s- coinciden con frecuencia
en el orden relativo de m uchos de estos pasajes que tienen en com ún. Un
ejem plo de ello puede verse en la siguiente secuencia:

L e 9, 5 7 -6 0 C o n d ic io n e s p a ra s e g u ir a Je sú s M t 8, 19-22
L e 1 0 ,2 - 1 2 E n v ío d e lo s d isc íp u lo s M t 9, 3 7 - 1 0 , 16
L c lO , 2 L 2 4 O ra c ió n d e Je sú s M t 1 1 ,2 5 -2 7

Lucas ha situado estos pasajes en el marco del viaje de Jesús desde G a­


lilea hasta Jenisalén (Le 9, 51-19, 28), m ientras que M ateo los ha situado
al com ienzo del m inisterio de Jesús en G alilea, que es una etapa anterior
en el esquem a que él y Lucas com parten con M arcos (en Mateo, el viaje de
Jesús a Jerusalén no com ienza hasta M t 19, 1). A hora bien, a pesar de es­
tas diferencias respecto al esquem a com partido con M arcos, estos episo­
dios poseen el m ism o orden relativo en ambos evangelios.
En tercer lugar, analizam os las coincidencias y divergencias en las ex­
presiones concretas que utiliza cada evangelista. Este tipo de análisis per­
m ite observar con m ayor precisión las relaciones de dependencia literaria
entre los evangelios, pero debe hacerse con cautela, pues es en este nivel
donde la decisión sobre una u otra variante a la hora de reconstruir el tex­
to puede determ inar la visión de las relaciones entre dos escritos. En este
nivel los casos concretos se m ultiplican y las síntesis deben hacerse con
más prudencia.
Para ofrecer una idea de las im plicaciones de este tipo de com para­
ción, proponem os un pasaje representativo de los que com parten los tres
sinópticos. Antes de seguir la explicación, sería conveniente som brear con
distintos colores las palabras que los tres sinópticos tienen en com ún, las
que com parten M t y M e, las que com parten M e y Le, y las que com par­
ten Mt y Le. Las palabras que quedarán sin colorear en cada colum na se­
rán las que son propias de cada evangelista.
A este nivel, la com paración debe realizarse siem pre en la lengua ori­
ginal; no obstante, con el objeto de facilitar el ejercicio, proponem os aquí
una traducción literal que trata de reflejar las coincidencias y diferencias
del original:
Las relaciones entre los cuatro evangelios 73

M a tiío 8, 14-15 M arcos 1, 2 9 - 3 1 L ucas 4, 38-39


Y enseguida, A lzánd ose
saliendo de la sinagoga, de la sin ag og a
^ yrm lu Jesús fue entró
•i In i iniii de Pedro a la casa de Sim ón y A n ­ a la casa de Sim ón
drés con Santiago y Juan,
>■h >ii 'ni .suegra L a suegra de Sim ón [La] su eg ra de Sim ón
|i>ixhmln y febril yacía febril, estaba poseída por una fie­
y enseguida le inform an bre grande y le preguntaron
sobre ella. sobre eila
Y, acercándose, la levantó y, co lo cán do se so bre ella,
i 11 ii 11 l'i In m ano de ella agarrándola de la m ano, increpó a la fieb re
i In ilrjó Ili fiebre Y la dejó la fiebre y la dejó.
\ m li'VillKÓ A lz á n d o s e in m e d ia ta m e n ­
\ lü '¡i’ivlil y los servia te , lo s s e r v ía

ithservam os enseguida que existen algunas coincidencias entre las


to n versiones: a la ca sa ... su eg ra ... y la d ejó ... servía. También existen
HiniM'msas coincidencias entre M arcos y cada uno de los oíros dos sinóp-
I h i m Aqu í resulta interesante observar que con frecuencia cuando uno de
i;llni, im coincide con M arcos, el otro sí lo hace.
Mi u ro s y Lucas coinciden en contra de Mateo en varios detalles:

MM m M arcos L ucas
d e la sin a g o g a d e la sin a g o g a
it lu f iíw d e P ed ro a la casa de S im ó n a la ca sa d e Sim ón
su e g ra d e S im ó n su e g ra d e Sim ón
sobre ella so bre ella
tu \r n 'iu los se rvía los servía

l'n o Mateo y M arcos coinciden tam bién en contra de Lucas:

luiNlriiiln y fe b r il yacía f e b r il poseída por u n a fiebre


grande
liinnWíí m a n o de ella ag arrán d o la de la m ano increpó a la fiebre

Amu|ue a prim era vista no se observa ninguna coincidencia entre Ma-


I' i* I nciis en contra de M arcos, am bos coinciden en om itir la m ención
iL liin li es discípulos que acom pañan a Jesús y a Sim ón: y A n d rés con
i' Juan. A dem ás, en la conclusión del relato, M ateo y Lucas ex-
|ill< nn con nnis detalle que M arcos la reacción de la mujer, aunque lo ha-
<■!( iilili/m ido palabras distintas: se levantó (M t); alzándose inm ediata-
(1 i‘).
74 La form ación de los evangelios

Por últim o, se puede constatar que cada uno de los evangelistas tiene
elem entos propios. L a versión de Mateo es la m ás breve y se diferencia de
las otras dos en la form a de designar a Simón (a quien llam a Pedro) y en
la observación final, según la cual la m ujer curada sirve sólo a Jesús, no
a todo el grupo. La de M arcos es la m ás extensa y es, como la de Mateo,
un relato de sanación. Sin em bargo, la de Lucas, que tiene algunas m odi­
ficaciones estilísticas con respecto a las otras dos, se ha transform ado en
un relato de exorcism o.
' Del análisis de éste y otros m uchos episodios pueden deducirse los si­
guientes datos generales:

a) Los pasajes que se encuentran en los tres evangelios suelen coin­


cidir en algunas expresiones concretas.
b) M ateo y M arcos coinciden a veces en contra de Lucas, m ientras
Lucas y M arcos lo hacen en contra de Mateo.
c) M ateo y Lucas coinciden m uy raram ente en contra de M arcos.
Sin em bargo, hay cinco pasajes en tos que se dan coincidencias
im portantes (M t 3, 11-17,4, 1-11; 12,22-37; 13,31-32; 10, 1-15
y par.) y unas cien coincidencias m enores com o las que hem os
observado en este pasaje.
d) En aquellos pasajes que únicam ente se encuentran en M ateo y
en M arcos, o en M arcos y en Lucas, las coincidencias y diferen­
cias son m uy sim ilares a las de los pasajes que los tres tienen en
com ún.
e) Los pasajes que sólo se encuentran en M ateo y en Lucas suelen
coincidir más literalmente.

A partir de estas observaciones se pueden distinguir tres tipos de p a­


sajes en los evangelios sinópticos.
En prim er lugar, los pasajes de triple tradición, que se encuentran en
M arcos y en otro evangelio, o en los otros dos a la vez (M t-M c-Lc; Mt-
Mc y M c-Lc). Estos pasajes contienen principalm ente tradiciones narra­
tivas y están dispuestos generalm ente según el orden de M arcos, con cu ­
ya versión suelen coincidir los otros dos o uno de ellos.
En segundo lugar, los pasajes de doble tradición, que sólo se encuen­
tran en M ateo y en Lucas (M t-Lc). Estos pasajes contienen casi exclusiva­
m ente dichos de Jesús y no ocupan el m ism o lugar con respecto al esque­
m a de M arcos, aunque poseen con frecuencia el mismo orden relativo.
Y en tercer lugar los pasajes de tradición únicti, que son lo.s que se en­
cuentran sólo en uno de lo.s evangelios.
Las relaciones entre los cuatro evangelios 75

I ■l I it prioridad de M arcos

I I i ii ii «lucre. F a tigue in the Synopti.es: N ew T estam ent S tudies 44 (1998) 45-58; M.


I dmiliit'ii', The Synoptic P roblem . A Way Through the M aze, London 2001, 5 ó -105; E. P.
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n i 11 N, iTL-edman (ed.), The A ncho r B ihle D ictionary VI, N ew York 1992, 263-270.

I n mejor form a de explicar las coincidencias y divergencias que se


iliin n i los pasajes de triple tradición es suponer que el Evangelio de M ar-
i ii i luc com puesto antes que los otros dos y que tanto M ateo com o Lucas
Ih niili/iiion com o fuente. Para ju stificar esta suposición se suelen dar di-
■mmiM argum entos, pero ninguno de ellos constituye una prueba irrefu-
Ih)i I>’ | h ir separado. Lo que confiere valor a la argum entación es la con-
llm iu’iii de todos ellos y el hecho de que cualquier otra explicación resulta
mi mu, plausible. Los argum entos, com o las coincidencias y divergencias,
.'i iilliiiiii ¿i tres niveles.
I’oi lo que se refiere al contenido, M arcos posee un carácter interm e-
ilin i on respecto a los otros dos sinópticos. Casi todo el material de Mar-
i ih «e encuentra en M ateo y en Lucas a la vez o en uno de los dos. Tan só-
ln unos pocos pasajes (M e 3, 20-21; 4, 26-29; 7, 31-37; 14, 51-52) y
iilfjiiiins versículos sueltos no se encuentran ni en M ateo ni en Lucas. Es-
im ilnlo, com binado con el hecho de que el m aterial propio de M arcos es
mui lio m enor que el de M ateo o el de Lucas, sugiere que la m ejor hipó-
l i ' 11 pura explicar el origen del m aterial de triple tradición es la que pre-
nHimne que M arcos fue utilizado com o fuente por los otros dos.
I'l oirúcter interm edio de M arcos podría explicarse tam bién suponien-
iln i|iic liie com puesto con posterioridad a M ateo y a Lucas. En este caso,
M uiros habría com binado elem entos de am bos y habría añadido los pa-
mi|i,L|i m encionados m ás arriba. Sin em bargo, el razonam iento lógico no
iipnvii i‘sla segunda suposición, pues es m ás probable que Mateo y Lucas
luí1, iin am pliado el Evangelio de M arcos, y no que M arcos haya reducido
le 11 imteiiidos de M ateo y Lucas. Del m ism o modo, es más probable que
I Iii leo y I .ticas sintetizaran los relatos de M arcos para añadir nuevos rna-
li-iinles, y no que M arcos seleccionara los m ateriales de M ateo y Lucas,
I><niei ¡onneiite los am pliara. Por últim o, es m ás probable que M ateo y
I limo elim inaran los elem entos redundantes del E vangelio de M arcos,
mi <|iie M arcos los introdujera en los pasajes seleccionados.
1'nsmulo al segundo nivel, el del orden en que están dispuestos los pa-
míe el dalo más relevante os que M aleo y Lucas com ienzan a coincidir
iiiln ni cumulo coinciden con M arcos, y dejan ele coincidir entre sí cuan­
76 La form ación de los evangelios

do no coinciden con él. Tanto Mateo com o L ucas com ienzan sus respecti­
vos evangelios con un relato de la infancia de Jesús que no tiene paralelo
en M arcos (M t 1-2 // Le 1-2), pero las coincidencias entre ellos en estos
dos capítulos iniciales son prácticam ente inexistentes. Sin em bargo, cuan-
do narran la actividad de Juan Bautista y el com ienzo de la actividad de Je­
sús (M t 3^1 // Le 3 -4), que son los episodios con los que com ienza el re­
lato de M arcos (M e 1), ambos com ienzan a coincidir. Por otro lado, no hay
ningún caso en el que M ateo y Lucas coincidan en el orden en contra de
M ateos. Las coincidencias entre M ateo y Lucas en el orden de los relatos
siempre que ambos coinciden con M arcos resultan m uy llamativas, porque
el orden de M arcos no está gobernado por una lógica de tipo histórico y
narrativo, sino que sus m ateriales están agrupados con frecuencia siguien­
do criterios tem áticos o de sem ejanza en el género literario (controversias,
parábolas), y a pesar de ello Mateo y Lucas lo siguen.
Por otro lado, en los pasajes de triple tradición, cuando o bien M ateo
o bien Lucas no siguen el orden de Marcos, el otro suele seguirlo. Así, du­
rante la actividad de Jesús- en G alilea es Lucas quien sigue m ás de cerca
el orden de M arcos, m ientras que M ateo se separa de él (M t 3—14). Sin
em bargo, en el viaje a Jerusalén es M ateo quien conserva m ejor el orden
marquiano. Este dato refuerza el carácter interm edio de M arcos, ya que la
coincidencia alternativa en el orden se explica m ejor si M ateo y L ucas de­
penden de él.
Los argumentos basados en las coincidencias y divergencias en cuan­
to a los contenidos y al orden en que están dispuestos, deben corroborar­
se analizando las expresiones concretas. C om parando los pasajes que se
en c u en tran en los tres evan g elio s, qu e son aq u ello s en los que m ejor
se observan estas coincidencias y divergencias, podem os observar tres ti­
pos de situaciones: a) los tres evangelios coinciden literalm ente; b) dos de
ellos coinciden literalm ente y el otro no; c) los tres poseen form ulaciones
diferentes. Los datos más interesantes para determ inar las relaciones de
dependencia literaria entre los evangelios son los del segundo grupo. Si
observam os los casos en los que sólo dos evangelistas coinciden literal­
m ente en la form ulación, advertim os que lo más frecuente es que M arcos
sea uno de ellos (M c-M t o M c-Lc). M ás aún, suele ocurrir que cuando
M ateo o Lucas no coinciden con M arcos, el otro sí lo hace. Sin em bargo,
son m ucho m enos frecuentes los casos en los que M ateo y Lucas coinci­
den entre sí en contra de M arcos. Estas coincidencias m enores entre M a­
teo y Lucas constituyen, com o verem os m ás adelante, una de las objecio­
nes m ás serias a la hipótesis de los dos docum entos,
D ada la frecuencia con que la form ulación de M arcos es recogida en
Mateo y/o en Lucas, la m ejor explicación de este tipo de iniiuideiicijis es.
Las relaciones■entre los cuatro evangelios 77

ili- nuevo, la que confiere a este evangelio un a posición interm edia. Si


M uiros ha servido de fuente a M ateo y a Lucas, resulta fácil explicar las
iimililicaciones introducidas por ellos. Estas m odificaciones suelen ser de
ilim lípos: mejoras estilísticas o de vocabulario, por un lado, y cam bios que
ti'lli’iiin los intereses propios o la perspectiva del evangelista, por otro.
la s mejoras estilísticas son pequeños retoques que tratan de suavizar
i >i|iicsiones poco elegantes o dem asiado vulgares. Se da, incluso, algún ea-
■tn n i que Mateo y Lucas corrigen de form a distinta una expresión de Mar-
1 1 liti el relato de la sanación de la suegra de Pedro, que he analizado más
mi llm, en un caso Lucas corrige el estilo de M arcos: fu e a la casa de Simón
I Mi ) // entró a la casa de Sim ón (Le); y en otro lo corrigen los dos: y a cía
It'hrli (Me) // postrada y fe b ril (Mt) // poseída p o r una fieb re grande (Le),
liimhíén hay algunas m odificaciones que reflejan los intereses de am bos
(■•vüiinclistas. M ateo, por ejem plo, cam bia el nom bre de Sim ón (M c-Lc),
|mh i‘l de Pedro, porque para él este nom bre evoca la función que va a de-
m» inpeñur (cf. M t 16, 13-19). Al final del pasaje vuelve a m odificar el reía­
lo de Marcos y dice que cuando la fiebre abandonó a la suegra de Pedro, és-
ln r11* levantó y se puso a servirlo (en singular), no a servirlos (M c-Lc); de
Hrtin numera se subraya su relación con Jesús después de la curación. Lucas,
|iin nii parte, introduce algunos cambios que revelan sus intereses. En este
i u n i lia cambiado por com pleto la form a en que se realiza la sanación. M a­
lí ii y Marcos dicen que Jesús tomó de la mano a la enferma, y M ateo pre-
i l uí iidemás que la levantó. Lucas, sin em bargo, dice que Jesús se inclinó
muIih’ ella e increpó a la fiebre. Estas m odificaciones tienen el efecto de
i iinvcrlir el relato de sanación en un exorcism o, m ostrando así el poder
i|* Ii'nus sobre las fuerzas del mal.
I innlm ente, al analizar detenidam ente las m odificaciones introduci-
il-ci |ini Mateo y por Lucas en el texto de M arcos, se observa un fenóm e­
no inleicsante que corrobora la suposición de que am bos lo utilizaron co­
mo lim ite. Es algo que sucede con frecuencia en la corrección de textos.
• imiiilo alguien m odifica un texto, las correcciones suelen ser m ás cohe-
ifiiii", til com ienzo que al final. El cansancio hace que la atención del co-
n n luí mc relaje y se dejen sin cam biar algunos detalles que deberían ser
nmdiliciidos para m antener la coherencia con las m odificaciones introdu-
i iiIhh miles. El resultado son pequeñas incoherencias que deben atribuir­
ía ¡i In «liiliga del corrector» (Goodacre).
Ni los textos de triple tradición se han identificado algunos ejem plos
di r'tlr fenómeno. Uno m uy ilustrativo puede verse en la reelaboración
iimli’imu del reíalo de la purificación del leproso (M t 8, 1-4 // M e 1, 40-
L I r “i, I2 - 16). Mateo sitúa este episodio después del sermón del mon-
h >, iimbienüi los milagros que va a narrar a continuación con estas pala­
78 L a form ación de los evangelios

bras: Cuando bajó del m onte lo seguía m ucha gente. Esta noticia sirve de
introducción al relato de la purificación del leproso, que viene inm ediata­
m ente después. Com o suele hacer en otros casos, Mateo abrevia el relato
de M arcos suprim iendo algunos detalles secundarios. Sin em bargo, al lle­
gar a las palabras que Jesús dirige al leproso, reproduce literalm ente el
texto de M arcos: ¡C uidado con decir nada a nadie!, incurriendo así en
una notoria incoherencia, pues este m andato de silencio tiene poco senti­
do en una escena presenciada por m ucha gente. En M arcos, sin em bargo,
el m andato tiene sentido, no sólo porque el episodio no es presenciado por
nadie, sino porque este tipo de m andatos son un rasgo característico de su
form a de presentar a Jesús (M e l , 25.34). La incoherencia de M ateo de­
be atribuirse, por tanto, a la fatiga del corrector.
También en el Evangelio de Lucas existen ejem plos de este fenómeno.
Un caso ejem plar nos lo Ofrece la parábola del sembrador. Tanto en M ar­
cos com o en los otros dos sinópticos, esta parábola va seguida de una in­
terpretación de carácter alegórico (Mt 13, 1-23 // Me 4, 1-20 // Le 8 , 4 - 15).
Es un pasaje en el que fácilm ente se pueden com eter este tipo de errores,
pues las m odificaciones que se hagan en )a parábola deberán hacerse tam­
bién en la explicación. Pues bien, en tres ocasiones Lucas m odifica deta­
lles de la parábola de M arcos que luego m enciona en la explicación. Pero
en una de ellas la modi ficación de la parábola no se refleja en la explica­
ción. Según M arcos, la semilla que cae entre piedras se marchita porque no
tiene raíz (M e 4, 6). En Lucas, se m archita p o rq u e no tiene hum ed a d {Le
8, ó). Sin em bargo, al llegar a la explicación afirm a que quienes se pare­
cen a la sem illa que cae entre piedras son los que no tienen raíz (Le 8, 13).
Esta incoherencia se debe, de nuevo, a la fatiga del corrector.
A sí pues, el exam en de las coincidencias y divergencias en las expre­
siones concretas corroboran lo que hemos observado al estudiar las coin­
cidencias y divergencias en los contenidos y en e! orden. La confluencia
de todos estos argum entos perm ite afirm ar que la prioridad de M arcos es
la explicación más plausible de ¡os textos de triple tradición, es decir, de
aquellos que tienen paralelo en Marcos.

c) L a hipótesis de los dos docum entos

A. J. BelUnzoni (ed.), The Tw o-Source H ypothesis: A C ritical A p p m im l, M acón 1985;


J. K loppenborg, Q. E l evangelio desconocido, S alam an ca 2005, 8 3 - 150; I N e i r y n c k ,
The Tw o-Source H ypothesis: In tro d u ctio n , en F. N eiry n ck , E vangélica III: C oU ected
E ssa ys, L e u v e n 2 0 0 1 , 343 -362; R. H. Stein, Slm lying lite Syim plic (i'm /v/.v, G rnnd
R apids 22001, 97-172; B. H. Slreelcr, The E m ir (Yw/v/.v. , / Slm ly ti/ ( h iy jn s , I .onilon
1924; C . M. T uckcü, Q a n d the l/isto ry a /'lú iríy ( 'Itristhuntv, IVnImily I ‘J'Ht, I W.
Las relaciones entre los cuatro evangelios 79

I .a hipótesis de los dos docum entos es la explicación m ás com ún de las


¡eluciones de dependencia literaria entre los sinópticos. Es conocida tam-
Im'-ii com o la hipótesis de las dos fuentes, ya que explica dichas relaciones
ln’m ieiimente a partir de dos fuentes: el Evangelio de M arcos y una colec-
i lón ele dichos de Jesús (Q), Sin em bargo, es preferible hablar de dos d o ­
cum entos, porque estas com posiciones fueron utilizadas en los grupos de
illNcípulos de Jesús independientem ente del papel que más tarde desem pe­
ñaron en la composición de los otros dos sinópticos. En su formulación clá-
Hli'ii. a estos dos docum entos se añaden otras dos siglas (SM t y SLc), que
pi'liivsentan los m ateriales propios de M ateo y Lucas respectivamente:

SM t Q Me SLc
...
Mt Le

I a hipótesis de los dos docum entos se sustenta en dos postulados bá-


Miro.v líl primero de ellos es la prioridad de M arcos, de la que se ha habla­
do en el apartado precedente. Este postulado explicaría las coincidencias
V divergencias en los pasajes de triple tradición. El segundo es la existen-
t ni de una com posición, ahora perdida, que habría sido utilizada por Ma-
lti> y por Lucas de form a independiente. Esta com posición, que se cono-
i •1con el nombre de «Fuente Q», «D ocum ento Q» o «Fuente Sinóptica de
I Mi líos», explicaría las sem ejanzas y divergencias que se observan en los
inrinjes de doble tradición , es decir, en los que sólo M ateo y Lucas p o ­
nían cu com ún. U na vez identificado el origen de los pasajes de triple y
ilnltlc tradición, los pasajes que tan sólo se encuentran en un evangelio se
pueden explicar fácilm ente, bien postulando la existencia de otras fuentes,
lilin por influjo de la tradición oral,
I I prim er postulado, la prioridad de M arcos, es tam bién el punto de
l»n IkIii de otras hipótesis. Lo propio de ésta es la form a en que explica los
|ni'i;i|cs de doble tradición postulando la existencia de una fuente anterior
h luí', evangelios. P or eso, para justificarla, es necesario probar la existen-
1 1ii de (,). Antes de exponer los argum entos que apoyan este segundo pos-
iiilnilu hay que recordar que ninguno de ellos es concluyente por separa­
d a y que su valor procede de la acum ulación de pruebas que conducen a
lii explicación m ás plausible de los datos. C om o en el caso de M arcos,
miidi/iiremos las coincidencias y divergencias a tres niveles: el contenido,
¡ I un leu y las expresiones concretas.
l n el nivel del contenido, el argum ento más importante a favor de la
i'n jtdi'tu'in de Q es la peculiaridad tic los más de doscientos versículos que
hlnii'ii y I ueiis lieiien en com ún. Si se com para» con los pasajes de triple
80 La form ación de los evangelios

tradición, se advierte que éstos últimos contienen sobre todo relatos sobre
la actividad de Jesús: sanaciones, exorcism os y otros episodios, mientras
que sus palabras ocupan un espacio reducido y tienen poca relevancia en el
conjunto. Por el contrario, la m ayor parte de los pasajes de doble tradición
contienen palabras de Jesús: dichos, apotegm as, controversias o parábolas.
E sta diferencia revela que los pasajes com unes a M ateo y a Lucas poseen
cierta hom ogeneidad y se distinguen de los que proceden de M arcos.
O tro indicio a favor de la existencia de Q es la presencia de tradicio­
nes paralelas a M arcos que tienen una orientación diferente o que han si­
do utilizadas de diversas form as por M ateo y por Lucas. Un ejem plo de
este tipo de solapam ientos entre M arcos y Q es la agrupación de dichos
que recoge las instrucciones de Jesús a sus discípulos sobre la misión. Se
encuentran en M ateo (M t 9, 3 5-10 , 15), en M arcos (M e 6, 7-13) y en dos
lugares diferentes en Lucas (Le 9, 1-6 y Le 10, 1-12). Si se com paran de­
tenidam ente estas cuatro versiones, se com prueba que la prim era instruc­
ción de Lucas coincide básicam ente con la de M arcos, mientras que la se­
gunda contiene m uchos dichos com unes a la de M ateo, la cual a su vez
contiene los dichos de M arcos. La m ejor explicación de estos datos es
postular la existencia de dos versiones independientes de las instruccio­
nes sobre la misión: la de M arcos y otra que tam bién habrían utilizado
M ateo y Lucas. M ateo habría com binado las dos para com poner el co­
m ienzo de uno de sus cinco discursos, m ientras que Lucas habría conser­
vado las dos para distinguir dos envíos m isioneros. G ráficam ente, la re­
lación podría representarse así:

T ra d ic io n e s m á s a n tig u a s M e 6 ,7 - 1 3 Q 10, 1-12

y t
R e d a c c io n e s p o s te rio r e s M t 9 , 3 6 - 1 0 , 15 L e 9 , 1-6 L e 10, 1-12

A lgunos de estos dobletes se encuentran tam bién en los episodios con


los que com ienza la actividad pública de Jesús (predicación de Juan y ten­
taciones de Jesús), que es el único caso en que los pasajes de doble tradi­
ción ocupan el m ism o lugar con respecto al trazado de M arcos. E n los de­
más casos, sin em bargo, los pasajes de doble tradición se encuentran en
lugares diferentes con respecto al esquem a de M arcos, que siguen M ateo
y Lucas. Com o ya he indicado al exponer los datos del problem a sinópti­
co, esta falta de coincidencia con respecto al esquem a de M arcos es muy
significativa no sólo porque M ateo y Lucas suelen seguir el orden de
M arcos, sino porque los pasajes de doble tradición que no ocupan el m is­
m o lugar en el esquem a de M arcos a veces tienen el mismo orden relati­
vo. Recordem os el ejem plo de la secuencia de dichos correspondiente a
Las relaciones entre los cuatro evangelios SI

l,i‘ 57-10, 15 (par. M t8 , 18-22; 9, 3 7 -1 0 , 16; 11, 21-24), que M ateo y


I m as sitúan en lugares distintos de esquem a tom ado de M arcos, a pesar
ilc lo cual poseen el m ism o orden relativo.
( )lro dato significativo relacionado con el orden de los pasajes de do-
l>!i- tradición lo ofrece la localización en Lucas de los dichos de Jesús re­
cudidos en los discursos de Mateo. El Evangelio de M ateo contiene cinco
IMmides discursos com puestos a partir de agrupaciones de dichos procé­
senles de M arcos y de otros dichos com unes a Lucas. Si se observa la dis-
|uilición de estos dichos en los discursos de M ateo y se com para con la
que tienen en Lucas, se advierte que con frecuencia están dispuestos en el
misino orden, pero m ientras en Mateo forman parte de una m ism a com po-
nli'ióii, en Lucas están dispersos por todo el evangelio. Un ejem plo tom a­
do de la segunda parte del discurso m isionero de M ateo puede servir para
lliinlrur esta observación:

M a teo Lucas
líl d isc íp u lo n o e s m á s q u e el m a e stro 10, 2 4 -2 6 6 ,4 0
N o te m á is a los q u e m a ta n el c u e rp o 10, 26-31 1 2 ,2 - 7
D ar te s tim o n io d e l H ijo d e h o m b re 10, 3 2-33 12, 8-9
N o h e v e n id o a tr a e r paz 10, 3 4 -3 6 1 2 ,5 1 - 5 3
1il q u e p re fie re a su p a d r e ... 1 0 ,3 7 -3 8 14, 2 6 -2 7
I'.l q u e q u ie ra g a n a r su v id a 10, 39 17, 33

lisie fenómeno, que se repite en otros discursos del Evangelio de M a­


leo. puede explicarse suponiendo que su autor repasó el D ocum ento Q en
l'imni de los dichos relacionados con el tem a del discurso que estaba com-
|'tullendo, m ientras que Lucas los fue introduciendo en su relato respetan-
iln el orden que tenían en dicho docum ento.
1‘or lo que se refiere a las coincidencias y divergencias al nivel de las
i*v presiones concretas, sucede con frecuencia que M ateo y Lucas coinci­
den (iiíís entre sí en los textos de doble tradición que en los de triple tra ­
dición. A hora bien, si en los pasajes de triple tradición am bos dependen
de M arcos, es razonable explicar las coincidencias en los pasajes de do­
ble inidición postulando la existencia de otra fuente com ún. E s posible
que osla m ayor coincidencia sea debida a que las com unidades cristianas
leiiinu más cuidado e interés en conservar literalm ente las palabras de Je-
hiin que sus acciones, pero ésta no es una explicación suficiente, sobre to-
dn cumulo se trata de expresiones raras o poco com unes.
I In ejem plo en el que se da un elevado índice de coincidencias litera­
les. y en el que tam bién puede observarse el trabajo redaccional realiza­
do por los evangelistas, son los dos apotegm as que preceden en L ucas a
Iiin iusli nociones sobre la misión:
82 La form ación de los evangelios

L e 9, 5 7 -5 8 M t 8, 1 9 -2 0

M ie n tra s e llo s ib a n p o r el c a m in o
S e a c e rc ó un e s c rib a y
U n o le dijo\ le d ijo : M a e stro ,
Te s e g u ir é d o n d e q u ie r a q u e vayas. te s e g u ir é d o n d e q u ie r a q u e vayas.
Y J e s ú s le d ijo ' Y J e s ú s le dice:
L a s z o r r a s tie n e n m a d r ig u e ra s L a s z o r r a s tie n e n m a d r ig u e ra s
y lo s p á ja r o s d e l c ie lo n idos, y lo s p á ja r o s d e l c ie lo n idos,
p e r o e l H ijo d e l h o m b r e n o tie n e p e r o e l H ijo d e l h o m b re n o tie n e
d ó n d e r e c lin a r la c a b eza . d ó n d e re c lin a r la cabeza.

Las escasas diferencias entre estas dos versiones pueden explicarse a


partir de los intereses de Lucas y Mateo. Lucas ha situado la escena al co­
m ienzo de la sección del cam ino (Le 9, 5 1 -1 9 , 28) y está interesado en
subrayar que Jesús y sus discípulos van cam ino de Jerusalén; por esta ra­
zón introduce la escena con la expresión: «M ientras ellos iban por el ca­
mino». M ateo, por su parte, está interesando en actualizar la escena y por
esta razón identifica al interlocutor de Jesús con un «M aestro».
En la segunda escena se da un cam bio de género literario. En M ateo
encontram os un apotegm a muy parecido a la escena precedente, mientras
que en Lucas se trata de un relato vocacional. A pesar de ello, la coinci­
dencia en la form ulación de los dichos sigue siendo casi total.

L e 9, 6 1 -6 2 M t S. 2 1 -2 2

A o tro !e dijo: O tro d e [sus] d isc íp u lo s


S íg u e m e
É l dijo'. le dijo\
[S e ñ o r], p e r m íte m e q u e v a y a a n te s Señor, p e r m íte m e ir a n tes
a e n te r r a r a m i p a d re y e n te r r a r a m i p a d re
P e ro ( é l) le d ijo : P e ro Je s ú s le dijo:
S íg u e m e , y
D e ja q u e lo s m u e rto s d e ja q u e lo s m u e rto s
e n tie r re n a su s p r o p io s m u e rto s. e n tie r re n a su s p r o p io s m u e r to s.
T ú v e y a n u n c ia el re in a d o d e D ios.

Lo m ás probable es que M ateo haya conservado la form a original del


apotegm a, añadiendo sólo la identificación del interlocutor, com o hizo en
el apotegm a anterior. Lucas, sin em bargo, ha desdoblado las palabras de
Jesús, colocando al com ienzo la invitación a seguirle, y ha transform ado
así el apotegm a en un relato de vocación que hace más verosím il la radi­
cal exigencia de Jesús. A esta misma intención podría responder el añadi­
do final, en el que se justifica la invitación a desatender In obligación sa-
Las relaciones entre los cuatro evangelios 83

unida de enterrar al propio padre com o un requisito para poder dedicarse


oí anuncio del evangelio.
I .as coincidencias literales en los pasajes de doble tradición no siempre
■.mi inn num erosas com o en estos ejem plos, pero son m uy significativas.
I ule dato, unido a los que proporciona la com paración a nivel del conte­
nido y, sobre todo, del orden de los pasajes, hace muy probable la existen-
i m de Q y, en consecuencia, la hipótesis de los dos docum entos. Una vez
hm'iiIíuIos estos dos postulados, el material propio de cada evangelista (so-
bii‘ lodo de M ateo y de Lucas) se explicaría por la existencia de otras fuen-
lf o por el influjo de la tradición oral. Los rasgos peculiares de este tipo
di- material contribuyen a reforzar la hipótesis de ios dos docum entos, pe­
ni rom o su análisis no es determ inante para probarla, dejaré su estudio
|Hini el momento en que analice las fuentes de cada evangelio.

ilI ( Objeciones a la hipótesis de los dos docum entos

II A. I )crrenbacker, A n cien t C om positional P ra ctices a n d the S ynoplic P roblem , L eu-


' i'ii ’.OOh; A. E nnu lat, D ie « M in o r A g reem en ts» : U ntersuchungen zu ein er offenen
I íii,i¡(' ¡les syno p tischen P roblem s, T ubingen 1994; P. Foster, Is it P osxih/e lo D ispense
ivtilt {K1: N ovum T esíam entum 45 (2003) 313-337; M. CJoodacre, The Case against Q.
'tliitllrs in M arkan P riority a n d the Synoptic P ro b lem , H arrisburg 2002; J. S. K loppen-
1'itljJ. O n D ispensing w ith Q ? G oodacre on the R etalian o fL u k e to M atthew . N ew Tes-
iiiiili'nl SI lidies 4 9 (2003) 210-236; F. N eirynck, The M inor A greem ents. In a H orizon­
tal l.lnc Syno p sis, Leuven 1991; E. P. Sanders - M . Davies. S tu d y in g the S yn o p tic
iniviii’/v, London 1989, 67-83.

1.a hipótesis de los dos docum entos ha sido capaz de resistir las innu-
niiTiibles paiebas a que ha sido som etida po r los estudiosos de los evan-
prlios a lo largo del siglo XX. Es, sin duda, la hipótesis más aceptada co ­
mo instrum ento de trabajo, hasta el punto de que, si un día se dem ostrara
mi Inlsedad, habría que revisar una buena parte de los resultados de la exé-
|ji M'í de los evangelios. A pesar de ello, nunca ha gozado de un apoyo uná­
nime, porque hay datos que no consigue explicar. Tres son las principales
uh|reioiies que suelen esgrim irse contra ella.
I ¡i prim era, sin duda la m ás im portante, son las num erosas «coinci-
ilrm ins m enores» de M ateo y L ucas en contra de M arcos; este tipo de
i iiiiicidencias aparecen con frecuencia en los pasajes de triple tradición.
A m v s se trata de una omisión en la que coinciden los dos, com o la que
lii'nios identificado en el pasaje de la curación de la suegra de Pedro. En
nlins clisos, M ateo y Lucas coinciden en ordenar las m ism as palabras de
lnnii:i diferente. Pero los casos más llam ativos son aquellos en que Ma-
li'ii y l.iicus contienen mui form ulación diferente a la de M arcos. Estas
84 L a form ación de los evangelios

coincidencias plantean un a objeción im portante a la tesis de la prioridad


de M arcos y, po r extensión, a la hipótesis de los dos docum entos, porque
resulta difícil explicar que M ateo y Lucas hayan corregido exactam ente
de la m ism a m anera el texto de M arcos tantas veces.
U n ejem plo de este tipo de coincidencias se encuentra en el relato de
la sanación del p aralítico , que posee una concentración poco frecuente
de este tipo de coincidencias m enores. Son las que aparecen en cursiva en
esta sinopsis:

M ateo 9, 6-8 M a r c o s 2 , 10-12 L u c a s 5, 2 4 -2 6

... para que veáis que ... para que veáis que ... p ara que veáis que
tien e p o d er tien e poder el H ijo del hom bre
el Hijo del hom bre el H ijo deJ hom bre tiene poder
so b re la tierra p ara perdonar pecados sobre la tierra
p a ra p erd o n a r p e c a d o s ... sobre Sa tie r ra .., p a r a p e rd o n a r p e c a d o s ..
entonces dice al paralítico: dice al paralitico: dijo al paralítico:
L evan tándote, A ti te d ig o : L evántate A ti te digo: L evántate
tom a tu cama to m a tu catre Y, tom ando tu cam illa,
y vete a tu casa y vete a tu casa m árchate a tu casa
y h ab ién d o se levantado y se levantó y en seg u id a y lev an tán d o se a! punto
en p resencia de ellos,
tom ando su catre tom ando su lecho
se f u e a su casa. salió. s e fu e a su casa.

En esta escena podem os identificar tres casos de coincidencias m eno­


res. El prim ero es m uy sutil, pues consiste sencillam ente en un cambio de
orden: p a ra perdonar pecados sobre la tierra (M e) // sobre la tierra p a ra
perdonar pecados (M t-Lc). Este cam bio de orden podría explicarse fácil­
m ente como una m ejora estilística, pero es significativo que am bos autores
hayan cam biado al mismo tiempo el orden de la expresión. El segundo ca­
so consiste en el cam bio de una sola palabra: catre (M e) // cam a (M t) //
cam illa (Le). La coincidencia entre M ateo y Lucas no es com pleta, pero
am bos utilizan palabras de la m ism a raíz, y sobre todo evitan el térm ino
utilizado por M arcos, que procede del lenguaje vulgar. La tercera coinci­
dencia es la más interesante, porque supone un cam bio notable con respec­
to a M arcos. N o se trata ya de un cam bio de orden, ni de una om isión, ni
siquiera de una sola palabra, sino de una frase completa: salió (M e) II se fu e
a su casa (M t y Le). Esta coincidencia podría explicarse también com o una
m ejora estilística independiente. A m bos habrían advertido que M arcos no
recogió bien el cum plim iento de la orden de Jesús: «I .eviuilalc, lomn tu ca­
tre y vete a tu casa» y habrían añadido el dalo de que ue lúe ii cusa.
L as relaciones entre los cuatro evangelios 85

listos ejem plos son representativos de las coincidencias de M ateo y


I m us en contra de M arcos, y las explicaciones sugeridas lo son de ¡as que
mirlen darse para justificarlas. Q uienes, a pesar de todo, siguen conside-
i mulo que la hipótesis de ios dos docum entos es la que m ejor explica las
i d u d o n e s de dependencia literaria entre los sinópticos, justifican algunas
<|r rilas com o correcciones lógicas, O tras pueden explicarse com o resul-
Imlo del influjo de Q o de la tradición oral en M ateo y en Lucas. Otras, en
Im. podrían deberse al interés de los copistas por arm onizar el Evangelio
ilr Maleo y el de Lucas, que eran los m ás difundidos. Sin em bargo, a pe-
mii ilc estas explicaciones, las coincidencias m enores siguen siendo una
ul>|rción im portante a la hipótesis de los dos docum entos.
I .ii segunda objeción parte de una observación que, paradójicam ente,
imrde utilizarse tam bién com o un argum ento a favor de ella. Se trata de
unos pocos pasajes en los que, de acuerdo con dicha hipótesis, u na tradi­
ción do M arcos ha sido com binada con otra de Q. Son los siguientes:

M a te o M a rc o s L ucas

l'rc ilie a c ió n d e Ju a n 3 , 11-12 1, 7-8 3 , 15-17


1i n lució n d e Je sú s 4 , 1-11 1, 1 2 4 3 4 , 1-13
( o n iro v e rs ia d e B e lc e b ú 12, 2 2 -3 7 3 ,2 2 - 3 0 11, 14-23
1'm ilitóla d e l g ra n o d e m o s ta z a 13, 3 1 -3 2 ' 4, 3 0 -3 2 13, 18-19
1 n vio d e lo s d isc íp u lo s 10, 1-15 6, 6 b - 13 9, 1-6; 10, 1-12

I1,n el apartado precedente he presentado el últim o de estos pasajes co-


mn un ejemplo de solapam iento entre M e y Q. Sin em bargo, cuando es-
iim pasajes se com paran prescindiendo de la existencia de Q, lo prim ero
i|in Niilla a la vista es que M arcos no es el térm ino m edio, y por tanto re-
iinll>i difícil afirm ar su prioridad. La explicación que se da de estos pasa­
je, ii pnriir de la hipótesis de las dos fuentes resuelve el problem a de for-
11<11 limpia, pero deja algunas preguntas sin responder. En estos pasajes
i-shlrn bastantes coincidencias literales entre la versión de M arcos y la
i|n< ,r mríbuye a Q (com párense, por ejem plo, los dichos de M e 6, 6b-13
i un los de Le 10, 1-12; o el com ienzo del relato del bautism o en las tres
M’tniniics}, lisias coincidencias literales se pueden explicar diciendo que
M uiros y (,) tuvieron acceso a las m ism as tradiciones orales, que M arcos
■muti ló o que Q conoció M arcos. A hora bien, en los dos prim eros ca-
tioii que son los más probables, habría que explicar por qué M arcos pres-
i Indio de la abundante tradición de dichos de Jesús que supuestam ente
Imi >i ln cnconlrado en la tradición oral o en Q.
I n lerecra o b jeció n p ro ced e de q u ie n es no aceptan la e x iste n c ia d e Q.
\ i » .... ilc los a rg u m e n to s q u e apoy an dicha ex iste n cia, el ca rá c te r hip o -
86 L a form ación de los evangelios

tético de este docum ento hace que resulte difícil probar si M ateo y Lucas
utilizaron una com posición de este tipo. Q uienes prescinden de Q para ex­
plicar las relaciones de dependencia literaria entre los evangelios, g en e­
ralm ente explican las coincidencias y divergencias entre ellos aplicando
un principio lógico que sé conoce como la «navaja de Occam». Según es­
te principio, cuya form ulación clásica es: «No se deben m ultiplicar los en­
tes sin necesidad», no sería necesario buscar una explicación com pleja a
algo que se puede explicar más sencillam ente. A plicado a la cuestión si­
nóptica, este principio sugiere que no se debe recurrir a una fuente hipo­
tética para explicar el m aterial de doble tradición cuando éste puede ex­
plicarse recurriendo al influjo de los evangelios entre sí.
Adem ás de estas tres objeciones m ayores, hay otras menores. U na de
ellas es la presencia en M arcos de algunas expresiones dobles (dos expre­
siones sinónim as seguidas), una de las cuales se encuentra en M ateo y la
otra en Lucas. Así, por ejem plo, en Me 1, 32 se lee: cuando se hizo de no­
che, a l p o n erse el sol, y en los lugares paralelos: cuando se hizo de noche
(M t) // cuando se ocultó el so l (Le). M ateo coincide literalm ente en la pri­
m era de las dos expresiones y no contiene la segunda, m ientras que Lu­
cas sólo coincide con M arcos en la segunda, y aunque la coincidencia lio
es literal, utiliza la m ism a imagen para referirse al anochecer. Sin em bar­
go, se trata de un fenóm eno m arginal que podría deberse a la actividad re-
daccional de los evangelistas.
O tra objeción m enor es que tanto M ateo com o Lucas prescinden de m u­
chos materiales de M arcos. En algunos casos resulta difícil explicar cómo
am bos pasaron por alto tradiciones que les habría interesado incorporar. Es
el caso, por ejemplo, de la parábola de la semilla que crece sola (M e 4, 26-
29), pues tanto Mateo com o Lucas están muy interesados en conservar las
parábolas de Jesús, y de hecho han incluido en sus respectivos evangelios
un núm ero im portante de parábolas procedentes de Q y de otras fuentes.
También resulta llam ativo que am bos evangelistas hayan om itido muchos
versículos de M arcos (más de cien en M ateo y m ás de doscientos en L u­
cas), y a veces secciones enteras como ocurre en Lucas con la llam ada sec­
ción de Betsaida (Me 6 ,4 5 -8 , 21), una omisión que ha dado lugar a num e­
rosas conjeturas sobre la versión de M arcos utilizada p or este evangelista.

e) Otras soluciones a l p roblem a sinóptico

P. B en oit - M .-É. B oism ard - J. L. M alillos, Sinopsis de los m a lm evan^e/ii/s IL Bilbao


1975, 13-51; D. R urkett, R eth in kin g the G ospel Si m ire s, l-'rmn l ’n u ty ¡\Utrk in M ark,
L ondon-N ew York 2004; Z. A. C rook, The Syno/ttic l'anthU-s iif the h ltts h m lS c e d tm il
the I,ea w n : A Test-Case f o r the Two-Dt/etiinent, IW o-G dsih 'I, a n d i'a m 'r l u t n lt ü 'r ¡ly-
Las relaciones entre los cuatro evangelios 87

¡inlhiw x: Journal for ibe S tudy o f the New T estam ent 78 (2000) 23-48; D. L. D ungan,
/Iivj ( im p e l H yp o th esis, en D. N. Freedman (ed.), The A n c h o r B ible D lctio n a ry VI,
Mt'W York 1992, 671-679; M . G oodacre, The S ynoptic Problem . A Way Through the
h L ondon 2 001, 121-161; E. F. S anders - M. D avies, S tu d yin g the Syno ptic
l.'m/W.v, London 1989, 84-119.

I ,n hipótesis de los dos docum entos no ha sido la única que se ha pro­


puesto para explicar el problem a sinóptico; de hecho, las explicaciones han
liiln ruimerosas. Aquí sólo presentaré algunas de ¡as que han resistido el pa-
M<i del tiempo y la erosión de la critica. Son básicam ente de tres tipos. En
rl primero de eilos se incluyen las versiones más elaboradas de la hipóte-
nl>i de los dos docum entos, que han sido propuestas por quienes consideran
i|m' las objeciones precedentes no son un obstáculo insalvable para seguir
lllili/iindola. El segundo incluye las hipótesis que explican las coinciden-
i ln1. y divergencias entre los sinópticos como resultado del influjo entre los
ii evangelios sin necesidad de recurrir a otras fuentes. Por último, presen-
luir el intento más elaborado y sólido de identificar las relaciones que se
dli'mn cutre los sinópticos en los distintos estadios de su elaboración.
I ns versiones m ás com plejas de la hipótesis de los dos docum entos
liulmi tic explicar, sobre todo, el fenóm eno de las coincidencias menores.
I un ilus más difundidas postulan una doble redacción de M arcos y pueden
ilr-H'i ibirse así gráficam ente:

P ro to M a rc o s (P íM c) D e u t ero M a rc o s (D lM c'j

D tM c

I ii hipótesis del ProtoM arcos explica las objeciones antes indicadas


|iM'ilnlmido la existencia de una versión de M arcos anterior a la que ha lle-
^uilii lin.slii nosotros. Esta versión, que habrían usado Mateo y Lucas, habría
fiitti irloendü después dando lugar al actual Evangelio de M arcos (Me). La
hipótesis del DeuleroM arcos, por su parte, afirm a que la versión de M arcos
i|iu- nos lia llegado sería Sa más antigua (M e), mientras que M ateo y Lucas
Indi! Inn tenido com o fuente una versión posterior que se ha perdido.
Ainhiis hipótesis pueden explicar teóricainente la m ayoría de las obje-
■lunes i|iie se han planteado a la hipótesis de los dos docum entos. En el
|nim ri ruso, el muleriul propio de M areos habría sido añadido posterior-
88 L a form ación de los evangelios

m ente, m ientras que en el segundo habría sido elim inado de la prim era
versión. Por su parte, las coincidencias m enores se explicarían en am bos
casos al presuponer que M ateo y Lucas conocieron una versión de M ar­
cos diferente a la que ha llegado hasta nosotros. Sin embargo, de estas dos
hipótesis la que h a recibido más atención y h a sido planteada de form a
más rigurosa es la del ProtoM arcos, debido sin duda a que resulta m ás fá­
cil explicar que la segunda redacción de M arcos (la que nosotros conoce­
m os) fuera una am pliación de la que conocieron M ateo y Lucas,
El segundo grupo de hipótesis explica las coincidencias y divergencias
entre los evangelios sinópticos sin necesidad de recurrir a fuentes distintas
de los evangelios actuales. Consciente o inconscientem ente aplican la «na­
vaja de Oceam» y buscan la explicación más sencilla. La versión más an­
tigua de este tipo de hipótesis fue propuesta p o r san Agustín. Según él, el
prim er evangelio habría sido el de Mateo. M arcos habría hecho una ver­
sión abreviada de él, y Lucas habría elaborado su evangelio a partir de los
dos. En los com ienzos de la investigación crítica sobre los evangelios, J. J.
G riesbach propuso otra hipótesis basada también en la prioridad de Mateo.
Lucas habría com puesto su evangelio a partir de él, y M arcos habría hecho
una síntesis de los dos. Esta hipótesis se conoce también con el nom bre de
«H ipótesis de los dos evangelios» y explica el carácter interm edio de Mar­
cos postulando su posterioridad, no su anterioridad, con respecto a los
otros dos sinópticos. Esta hipótesis explica m uy bien las expresiones do­
bles que hem os m encionado en el apartado precedente, pero no explica có­
mo M arcos pudo prescindir de tantas tradiciones de M ateo y Lucas, ni por
qué seleccionó algunas de ellas para am pliarlas después.

P r io r id a d d e M a te o (A g u stín ) P r io r id a d d e M a teo (G rie sb a c h )


Mt Mt

Mc — >- Le Le

L a hipótesis de este grupo m ás difundida y defendida hoy en día es la


que se conoce con el nom bre de «H ipótesis de Farrer-G oulder». Su pun­
to de partida es el m ism o que el de la hipótesis de los dos docum entos:
la prioridad de M arcos. D icha prioridad explicaría, tam bién en este caso,
los m ateriales de triple tradición, es decir, aquellos que tienen paralelo en
M arcos. Sin em bargo, para explicar los m ateriales que sólo se encuentran
en M ateo y en Lucas, no considera necesario recurrir a una hipotética
fuente de dichos, sino que supone que M ateo reelubom el Lvatigelio de
M arcos, y que Lucas com puso el suyo a partir ile los oíros tíos. Lslu liipó-
Las relaciones entre ios cuatro evangelios 89

i> uis tiene la ventaja de la sim plicidad, pero no term ina de explicar los ca-
i.itn concretos. La objeción m ás im portante es que no explica el origen de
lint l('¡idiciones discursivas incorporadas por M ateo y, a través de él, por
I m us, pues al afirm ar que se deben a la reelaboración m ateana de Mar-
i mi lo único que hace es trasladar el problem a a un estadio precedente,
I m ih a b r ía que explicar de dónde las tom ó M ateo.

H ip ó te s is d e F a r r e r -G o u ld e r

Me

\
M t -------------------> - L c

I I tercer grupo de hipótesis tratan de explicar la com plejidad del pro-


hh'niii sinóptico identificando las interacciones que se dieron en diversos
taiiiíiilios del proceso de redacción de los evangelios. La que ha alcanzado
Immvoi' difusión y reconocim iento es la que propusieron Benoit-Boism ard,
Ifiilriulo en cuenta tres estadios en el proceso de redacción de los evan-
prlIoM, lin el prim ero de ellos habrían existido cuatro docum entos. Los
ln'u primeros se designan convencionalm ente con las letras A, B, C, y el
i iiiiilo con la sigla Q, porque equivaldría en cierto m odo a la fuente de di-
i tur, que postula la hipótesis de los dos docum entos. D iversas com bina-
i idiu's de estos cuatro docum entos habrían dado lugar a tres evangelios
luid medios, que a su vez habrían servido de base a los evangelios actua-
ile acuerdo con el siguiente gráfico:

H ip ó te s is d e B e n o it-B o is m a r d

i) A ----------------------- C 0

M nteo in te rm e d io M a rc o s in te rm e d io P ro to iu c a s

M atuo M arcos
^ \
L ucas

I ii hipótesis de Benoit-Boism ard tiene en cuenta la com plejidad de las


o-hiimués entre los sinópticos, que resulta muy difícil de explicar con una
itl|iulc';¡N más sim ple. Es bastante probable que las relaciones entre los
>t .m uflios hayan sido así de com plejas, pero resulta m uy difícil probar-
|n 11’iln es, sin iluda, una de las explicaciones más serias y fundadas que
r linn piopiieslo, pero com o hipótesis de trabajo resulta poco práctica.
90 La form ación de tos evangelios

3. La r e l a c ió n d e l E v a n g e l io de Juan c o n l o s s i n ó p t ic o s

Las sem ejanzas que existen entre los evangelios sinópticos y el Evan­
gelio de Juan no son tan estrechas com o las que se dan entre los primeros.
Sin em bargo, son lo suficientem ente im portantes com o para que nos pre­
guntem os acerca de la relación que pudo haber existido entre ellos en las
diversas etapas de su com posición y difusión. Es una cuestión que y a se
plantearon los prim eros escritores cristianos. La explicación más difundi­
da entre ellos fue la que Eusebio de C esarea atribuía a C lem ente de A le­
jand ría. Según C lem ente, Juan, que escribió el último, «sabiendo que lo
corporal [de Jesús] había sido desvelado ya en los [otros] evangelios,
com puso un evangelio espiritual, anim ado por sus discípulos e inspirado
por el Espíritu» (Hist. Ecl. 6, 14, 7). La afirm ación de C lem ente presu­
pone que el autor del Evangelio de Juan conocía los otros tres evangelios
canónicos y escribió su obra para com plem entarlos, insistiendo en los as­
pectos más espirituales. Sin embargo, esta visión tradicional de la relación
entre Juan y ios sinópticos ha sido cuestionada y m atizada por la investiga­
ción crítica a m edida que se ha ido desvelando la com plejidad del proceso
de form ación de los evangelios. En los últimos años se han propuesto di­
versas explicaciones, aunque ninguna de ellas ha encontrado un apoyo ge­
neralizado entre los estudiosos.

a) Coincidencias y divergencias

.T. B linzer, Ju a n y los sin ó p tico s. S alam anca 1968; A. D enaux (ed.), Jo h n a n d th e Sy-
n o ptics, L euven 1992; J, D. D vorak, The R ela tio n sh ip betw een Jo h n a n d ¡he Syn o p ­
tic G ospels: Journal o f the E vangeücal T heological S ociety 41 (1998) 201-213; D. M.
Sinith, Jo h n am ong the G ospels, C oium bia -2001.

El punto de partida para explicar las relaciones entre Juan y los sinóp­
ticos es la observación de las sem ejanzas y diferencias que existen entre
ellos. En la exposición de dichas sem ejanzas y diferencias suele conside­
rarse a ios sinópticos en conjunto, pero en realidad casi todos los puntos
de contacto se dan con el Evangelio de M arcos. Si exceptuam os algunos
episodios del relato de la pasión y de ¡as apariciones de Jesús, que tienen
paralelo tan sólo en el Evangelio de Lucas, y algún episodio suelto que tie­
ne paralelo en M ateo y Lucas, el resto de los elem entos com unes se en­
cuentran en la tradición com ún a los tres sinópticos, tradición que, según
todos los indicios, tuvo su origen en M arcos.
Las sem ejanzas entre Juan y M arcos resultan más visibles cuando se
contem plan en el marco de los diversos escritos a que dio lugar la tradi­
ción sohre Jesús. Tanto Juan com o M arcos poseen un esquem a iwurativo
Las relaciones entre los cuatro evangelios 91

i diluido en la actividad pública de Jesús, que com ienza en el círculo de


Iiiiiii bau tista y term ina con su pasión. D entro de este esquem a, am bos
tu impelios han incorporado tradiciones sobre los dichos y los hechos de
li-uiis sin que el conjunto pierda su carácter narrativo y biográfico. Los
nii iis dos sinópticos poseen estas m ism as características, pues han d esa­
m a n d o el esquem a de M arcos, aunque tanto M ateo com o Lucas incor-
i miaron un relato de la infancia de Jesús del que carecen M arcos y Juan.
I ri'i sem ejanzas entre M arcos y Juan incluyen tam bién num erosos pasa-
y algunos episodios sueltos situados en distintos m om entos del relato,
m ino el episodio del tem plo, (M e 11,11-17 // Jn 2, 13-22), adem ás de al­
binias palabras aisladas de Jesús (Jn 12, 25 // Me 8 ,3 5 ; Jn 12, 27 // Me 14,
II Wi); pero en general el conjunto del m aterial que tienen en com ún no
| mmw mi alto grado de coincidencias verbales.
Marcos y Juan no sólo tienen en com ún una serie de rasgos caracterís-
iii ¡i-, y num erosos episodios sueltos, sino que con frecuencia sitúan los
i: |iimidios en el m ism o orden. A m bos com ienzan su relato con la predica-
i huí ile Juan B autista y su testim onio sobre Jesús (M e 1, 4-8 // Jn 1, 19-
lfi|. limbos narran la actividad de Jesús en G alilea (M e 1, 14-15 // Jn 4, 3)
i un algunos casos cuentan los m ism os episodios exactam ente en el mis-
iiin oí den (M e 6, 34-52 // Jn 6, 1-21); am bos relatan tam bién su actividad
i-n li'riisalén en la últim a etapa de su v id a'(M e 9, 30-31 // Jn 7, 10-14),
-ni m ira d a triunfal en la ciudad (M e 11, 1 - 1 9 / / Jn 12, 12-15), su unción
h i IIHnnia (M e 14, 3-9 // Jn 12, 1-8), la últim a cena y la predicción de ¡a
inunción de Judas (M e 14, 17-26 // Jn 13-14), concluyendo con el relato
ilc la pasión, desde el arresto de Jesús hasta el episodio de la tum ba vacía
iM. 14,5 3 -1 6 , 8 / / Jn 18, 1-20, 10).
IVio junto a estas coincidencias existen también importantes discrepan-
t lini, 111relato de M arcos y e! de Juan poseen un esquem a geográfico y cro-
imli'iniu» diferente. En M arcos, la actividad pública de Jesús tiene lugar so-
lm Indo en G alilea, aunque incluye una breve estancia al final en Jerusalén
i iliua aproxim adam ente un año. En Juan, sin em bargo, dicha actividad se
<|i mu i o II ii alternativam ente en Judea y G alilea y se extiende a lo largo de
ln' i míos, pues se m encionan tres celebraciones de la fiesta anual de la pas-
■hm lili 2, 13; 6, 4; 13, 1). También existen im portantes diferencias entre
I i i hi i y Mu reos en el vocabulario y en los tem as teológicos, hasta el pun­

id di <|iu- algunos tem as centrales de la predicación de Jesús en M arcos y


jii ln1. dIros sinópticos, com o el reinado de Dios, casi no se m encionan en
I n n i i j de ip,ual modo, muchos de los temas teológicos de Juan, como la ho-

m 1 1envió ticI Paráclito o la muerte com o momento de la glorificación de


li mui, tallan en Marcos. E stas diferencias afectan también a los géneros li-
ii i m i i huís haliilualmenle ulili/.ados por ambos evangelios. Así, mientras
92 L a form ación de los evangelios

en Juan se encuentran largos discursos y diálogos, en M arcos predom ina el


lenguaje parabólico y los dichos breves. C on todo, la diferencia m ás evi­
dente es que cada uno de ellos contiene num erosas tradiciones que no se
encuentran en el otro. Juan, por ejemplo, no narra el bautism o de Jesús, ni
su transfiguración, ni la institución de la eucaristía, m ientras que M arcos
desconoce el episodio de las bodas de Caná y los encuentros de Jesús con
N icodem o o con la Sam aritana, por citar sólo algunos ejemplos.
De los otros dos sinópticos, M ateo no tiene paralelos con Juan en los
episodios que no proceden de M arcos. Lucas, sin embargo, presenta algu­
nas coincidencias significativas con el cuarto evangelio. En prim er lugar,
coincide con él en algunos detalles del relato de la pasión (la traición se de­
be a la acción de Satanás en Judas; el anuncio de la negación de Pedro tie­
ne lugar en la cena, no después de ella; al siervo del Sumo Sacerdote le cor­
tan la oreja derecha; en la tumba hay dos ángeles en lugar de uno). También
existen algunas coincidencias en el relato de la visita de Pedro a la tum ba
(relato descrito escuetam ente en Le 24, 12 y narrado con detalle en Jn 20,
3-10) y en la aparición a los discípulos, que am bos sitúan en Jerusalén (Jn
20, 19-29; Le 24, 36-49). Lucas y Juan poseen también otros episodios en
común, com o el de la pesca milagrosa, que Juan considera un relato de apa­
rición (Le 5, 1-11; Jn 21, 1-11); además, sólo ellos conocen la actividad de
Jesús en Samaría (Le 9, 52-56; Jn 4). Hay que m encionar, por últim o, el
episodio del encuentro de Jesús con el centurión, que tiene paralelo en Juan
(Le 7 ,1 -1 0 // Jn 4 , 46b-53). Este episodio es significativo porque Lucas lo
tomó, m uy probablemente, del Documento Q (par. M t 8, 5-13).
Estas coincidencias y discrepancias de los evangelios sinópticos con
Juan requieren una explicación. En la investigación reciente se han p ro ­
puesto tres hipótesis para dar razón de ellas. L a prim era, fijándose sobre
todo en las coincidencias, defiende la dependencia literaria del Evangelio
de Juan con respecto a los sinópticos. La segunda, que tiene en cuenta so­
bre todo las discrepancias, supone que Juan utilizó tradiciones orales o es­
critas que también utilizaron los sinópticos. Y la tercera, que trata de equi­
librar la im portancia de las coincidencias y las discrepancias, afirm a que
Juan conoció los sinópticos, especialm ente M arcos, pero escribió su evan­
gelio independientem ente de ellos. Veamos a continuación cuáles son los
argum entos en los que se apoyan estas tres explicaciones.

b) Juan conoció y utilizó los sinópticos

M. É. B oism ard - A. L am ouille, S yn a p se des quaíre évangiU-x a i fi in ty i ix III, l.'éva n -


g ile d e Juan, P arís 1977; W. I I. K elber, The Pavxltm in M w k : filutllcx un M urk ¡4 16,
í’hilatldphiH 1976; R. K ieflcr, Jetm cí Mure: fo n w r g t'n tv x Juiix ln s ln u liiiv el ilunx /ex
Las relaciones entre los cuatro evangelios 93

•Irh itlx, on A. D enaux (ed.), John a n d the Synoptics, L euven 1992, 109-126; F. N eirynck,
hilm ¡mil the Synoptics: ¡975-1990, en A. D enaux (ed.), John a n d the S ynoptics, L eu-
11 ii 3-2; D. M . Sm ith, Jo h n am ong the G ospels, C olum bia 22 0 0 1 ,2 1 2 -2 3 4 .

I .os argum entos que acabo de exponer invitan a centrar la atención en


luí. iclaciones de Juan con M arcos, no sólo porque casi todos los episodios
<nimines se encuentran en este evangelio, sino tam bién porque m uchos de
t4liis están narrados en el m ism o orden. R ecordem os que el argum ento
ili l,i coincidencia en el orden es m uy im portante a la hora de determ inar
lii'i ¡elaciones de dependencia literaria, aunque no debe forzarse dem asia-
iIh, pues los estudios sobre la transm isión oral en culturas tradicionales
liiin puesto de m anifiesto la capacidad que tienen algunos de sus miera-
Imir; para m em orizar com posiciones largas y com plejas. A dem ás, com o
In- observado al hablar de la publicación y difusión de los evangelios, es
muy posible que el de M arcos se haya difundido sobre todo a través de re-
i Muriónos orales, dando lugar al fenóm eno de la «oralidad secundaria»,
ijiir consiste básicam ente en la difusión oral de un texto escrito.
I I mejor ejem plo de coincidencia en el orden de los episodios se en-
i iiciilm en el relato de la pasión, donde M arcos y Juan coinciden en una
mu i-iíión de episodios que va desde el arresto de Jesús hasta el episodio de
lu lumba vacía (M e 14, 53 -1 6, 8 // Jn 18, 1-22, 10); sin em bargo, este ti­
p i l ilr coincidencias se encuentran tam bién a lo largo de la actividad púbii-

i ii i|e Jesús. Un ejem plo de ellas es la secuencia que com ienza con la mul-
(iplimción de los panes:

K i'isom o J uan M arcos

M u ltip lic a c ió n d e lo s p a n e s 6 , 1-15 6, 3 2 -4 4


Jesú s c a m in a s o b re las ag u a s 6, 16-24 6 ,4 5 - 5 1
!,ti % e n te p id e u n sig n o tí, 2 5 -3 4 8, 11-13
1'A p lic a c ió n so b r e e l p a n 6, 3 5 -5 9 8, 14-21
<’o n le s ió n d e P e d ro 6 , 6 0 -6 9 8 ,2 7 - 3 0

Aunque en su form a actual los pasajes que se encuentran entre los dos
* plnoi líos iniciales y el últim o poseen signos evidentes de elaboración por
|Milr de M arcos y de Juan (en cursiva algunos rasgos com unes), resulta
lliimulivo que el orden de la m ultiplicación de los panes, la travesía del la-
ii>i v In confesión de Pedro sea exactam ente el m ism o en los dos evange-
Mim, I h llamativo porque en am bos evangelios la confesión de Pedro es la
' uní liisión de una sección centrada en el pan y su significado. Estas coin-
i iilriii ias se podrían explicar suponiendo que Juan conocía el E vangelio
di M íneos y quiso reelaborar esta sección para com pletar la visión de
M im os. IVm lamliién es posible que Juan y M arcos hayan utilizado una
La form ación de los evangelios

com posición anterior que contenía los tres episodios. D e hecho, la pre­
gunta de Jesús a Pedro se explica m ucho m ejor después de los dos prim e­
ros episodios que después del largo discurso de Juan o la am plia sección
de M arcos, pues en los dos episodios iniciales se revela que Jesús es al­
guien fuera de lo com ún y en el últim o Jesús pregunta a sus discípulos
acerca de la opinión que tienen sobre él.
El argum ento de la coincidencia en el orden es im portante, pero no de­
cisivo. Lo realm ente determ inante es identificar elem entos redaccionales
de M arcos en la versión joánica de un episodio; y esto porque, si se pudie­
ra dem ostrar que Juan contiene una tradición redactada p o r M arcos, en­
tonces se podría deducir que ha utilizado dicho evangelio y no una tra­
dición anterior, El problem a es que la identificación de los elem entos
redaccionales de M arcos no es muy segura, pues carecem os de versiones
paralelas para verificarla. A pesar de ello, el análisis redaccional de M ar­
cos ha hecho algunos progresos y existe relativa certeza acerca del voca­
bulario característico de este evangelio y de algunos de sus recursos lite­
rarios propios.
Uno de estos recursos característicos de M arcos son las intercalacio­
nes, Básicam ente consisten en situar un episodio en m edio de otro, o en­
tre otros dos que están relacionados entre sí, dando lugar a una especie de
bocadillo literario. Un ejem plo del segundo tipo es la escena en la que los
fam iliares de Jesús van a buscarle porque piensan que está fuera de sí (Me
3, 20-21.22-30.31-35); en cuanto al prim er tipo, puede verse un ejem plo
en el episodio de la revivificación de la hija de Jairo, dentro del cual se ha
introducido el de la sanación de la m ujer con flujo de sangre (M e 5, 21-
24.25-34.35-43). Pues bien, tanto en M arcos com o en Juan, el episodio de
la com parecencia de Jesús ante el Sanedrín está situado entre dos episo­
dios que tienen como protagonista a Pedro.

E p is o d io M arcos J uan

P e d ro e n c a s a del S u m o S a c e rd o te 14, 5 3 -5 4 18, 15-18


C o m p a re c e n c ia a n te el S a n e d rín 1 4 ,5 5 - 6 5 1 8 ,1 9 - 2 4
N e g a c io n e s d e P ed ro 1 4 ,6 6 - 7 2 1 8 ,2 5 - 2 7

En el análisis literario de M arcos, este conjunto suele considerarse una


intercalación característica de su estilo y, por ello, cabría pensar que Juan
depende aquí del texto de M arcos y no de una tradición anterior a él; esta
explicación puede reforzarse observando las coincidencias verbales que
existen entre am bas versiones.
Q uienes piensan que Juan utilizó el E vangelio de M arcos encuentran
un argum ento sólido en los que niegan la exisienciu de un reíalo (mdicio-
Las relaciones entre Jos cuatro evangelios 95

mil <li- la pasión. Éste es un tem a m uy debatido en la crítica de las fuentes


il> Marcos, com o tendrem os ocasión de ver en el capítulo dedicado a ias
n imposiciones preevangélicas. A unque hay buenas razones para suponer
■11ii' Imito M arcos com o Juan dependen de un relato tradicional de la pa­
ilón que se transm itió de form a oral en versiones m uy parecidas, algunos
■M..llenen que fue M arcos quien com puso este relato. Si de hecho fue así,
lu í estrechas coincidencias del relato de Juan con el de M arcos serían la
mrjm prueba de la relación de dependencia literaria existente entre ellos,
•muque en este caso habría que explicar por qué Juan com ienza a coinci­
dí) i on Marcos en el episodio del prendim iento y no donde M arcos inicia
>I h 'IiiU) de la pasión.
I ii ¡ilim ación de que Juan utilizó el E vangelio de M areos plantea in-
mriliiilamente la cuestión de la finalidad. ¿A caso utilizó dicho evangelio
lauque queda reem plazarlo? ¿Tal vez porque trataba de corregirlo? ¿O
luí hu intención com plem entarlo? Para responder a estas preguntas es n e­
n g u n o tener m uy presentes las diferencias que existen entre estos dos
i vnii|.',dkis, especialm ente, las num erosas tradiciones que son propias de
i niln lino de ellos. Puede servir también com o referencia la form a en que
Mulro y Lucas utilizaron el E vangelio de M arcos en la com posición de
iiiiu icspectivos evangelios. Si Juan utilizó el Evangelio de M arcos, cier-
iiiiiinilc lo hizo con una intención muy diferente a los otros dos sinóptí-
i iiii, pues, a diferencia de éstos, prescindió de la mayoría de las tradicio-
HHtt contenidas en él. Esta m ism a com paración entre Juan y los otros dos
iJimplicos en su relación con el Evangelio de M arcos induce a pensar que
liimi un depende de M arcos, al m enos no en la form a en que parecen de-
11* ihIit tic él M ateo y Lucas.
Por último, hay que m encionar aquí la hipótesis de Boismard-Lamoui-
lli que, en coherencia con su explicación de las relaciones entre los sinóp-
lli u n , considera que la relación entre éstos y Juan tuvo lagar, no en el mo-
iih iiio de su redacción final, sino en alguna de las etapas precedentes de su
• niii|ios¡eióri. Com o verem os en el capítulo dedicado al Evangelio de Juan,
Ihiv numerosos indicios de que existieron diversas ediciones de él. El ¡n-
llii|u de los sinópticos, principalm ente de M arcos y de Lucas, habría te-
iililu lugar en una etapa intermedia de este proceso de com posición, lo cual
i -i pilcaría la com binación de las tradiciones propias de Juan con otras pro-
■i ilm lcs de los sinópticos, y que en la versión actual del evangelio, fruto
ik Ni nliuna redacción, las coincidencias verbales con los sinópticos no
i un lm i i evidentes. El problem a de este tipo de hipótesis es que resulta muy
illlli il com probarlas. Dado el proceso de com posición de los libros en la
iiiilljiJIcdiid, es muy probable que hayan existido contactos de ida y vuelta
ruin- los evangelios en las dislintas elapas ele su com posición, pero no te­
96 La form ación de los evangelios

nem os form a de probarlo. Este tipo de intentos tratan de describir lo que


pasó, pero ya he indicado que para explicar las relaciones entre los evan­
gelios tenem os que conform arnos con hipótesis m ás generales y simples.

c) Juan utilizó tradiciones com unes a los sinópticos

P. B orgen, John an d the Synoptics: Can P aul O jfer H elp?, en G. F. H aw thom e (ed.), Tra-
dition a n d Intepretation in the N ew Testament, G rand R apids 1987, 80-94; P. G ardner-
Smith, S a in tJo h n a n d the Synoptics, Cam bridge 1938; H. W eder, Vonder W endeder Welt
zum Sem eion des So h n es,$ n A. D enaux(ed.), John an d the Synoptics, Leuven 1992,127-
145; M . R odríguez R.uiz, E l E vangelio de Pedro. ¿U n desafio a los evangelios canóni-
cos?\ E studios Bíblicos 46 (1988) 497-525; D. M. Svoíth, John am ong the G ospels, Co-
Lumbia ^2001,45-84; M . L. S oaids, The Q uestion o f a Prem arkan Passion N a rm tive, en
R. E. Brown, The D eath o f the M essiah: From G ethsem ane to the Grave. A C om m entary
on the P assion N arratives in the fo u r Gospels, N ew York 1994, 1492-1524.

La segunda explicación de las relaciones entre Juan y los sinópticos


tiene en cuenta, sobre todo, las diferencias que existen entre ellos. Estas
se dan, com o hem os visto, tanto a nivel del trazado general de ¡a obra, co­
m o al nivel de los contenidos. Com parado con los otros evangelios canó­
nicos, Juan posee m uchas m enos tradiciones en com ún con cualquiera de
ellos que cada uno de los sinópticos con los otros dos. Por otro lado, in­
cluso en los pasajes en los que Juan tiene una tradición en com ún con los
sinópticos, las coincidencias verbales no son frecuentes. Partiendo de es*
tas observaciones, las coincidencias entre Juan y los sinópticos se han ex­
plicado afirm ando que Juan conoció y utilizó algunas tradiciones que
tam bién conocieron y utilizaron ios sinópticos.
L a m ás im portante de ellas habría sido, sin duda, un relato tradicional
de la pasión, que tam bién M arcos habría conocido, aunque muy probable­
m ente en una versión distinta. La utilización de este relato explicaría bien
las principales coincidencias entre Marcos y Juan al narrar la pasión. Dicho
relato habría contenido la secuencia de episodios que van desde el prendi­
m iento de Jesús hasta la escena de la tum ba vacía, que son los episodios
en los que coinciden M arcos y Juan. M arcos sitúa dentro de su relato de la
pasión las tradiciones de la unción en Betania y de la cena (M e 14, 1-31),
que Juan conoce pero sitúa fuera de su propio relato de la pasión, y la ora­
ción de Jesús en Getsem aní (M e 14, 32-42), que no se encuentra en Juan.
Este, p or su parte, habría incorporado tam bién algunos detalles com o la es­
cena del costado traspasado, que no se encuentra en los sin ó p tic o s (Jn 19,
31-37). Tanto uno com o otro habrían reelaborado el rehilo In id icion al in­
corporando acentos teológicos propios q u e son r ec o n o c ib le s en el resto de
su s r esp e ctiv o s relutos,
Las relaciones entre los cuatro evangelios 97

I ,:i existencia de este relato tradicional de la pasión puede confirm ar-


mi* com parando la versión de M arcos y de Juan con la del E vangelio de
l'n lio . En los tres relatos la sucesión de los acontecim ientos es básica-
ini'iile la misma, pero tam bién la versión de E vPe posee elem entos pecu-
IIiih-n. lJor un lado, hay detalles que revelan el influjo de los evangelios
■(iiii'iiiicos y hacen pensar que fue com puesto a partir de ellos. Pero por
tilm, el relato que subyace al actual no parece depender ni de los sinópti-
i ni. mi de Juan. Este relato sería una de las versiones del relato tradicional
ilr la pasión que circuló oralm ente o por escrito, y que tam bién habrían
i nuoeido M arcos y Juan.
Además del relato de la pasión, Juan habría utilizado otras tradiciones
mu mi ¡vas que tam bién conocieron y utilizaron los sinópticos. El ejem plo
iiui’i representativo son las historias de m ilagro. Siete de ellas ocupan un
lunar relevante en el relato de Juan. Reciben el nom bre de signos y proce-
iIh i . muy probablem ente, de una com posición anterior que se conoce con
el nombre de «Fuente de los signos». El Evangelio de M arcos incluye tam-
hít'n diversas historias de m ilagro, que tam bién podrían haber form ado
|iiii le ile una o varias colecciones, y otros relatos transm itidos de form a in­
dependiente. A hora bien, com parando las historias de m ilagro que se en-
i nrnlinn en am bos, resulta difícil justificar la dependencia de Juan con res-
I" i lo ii los sinópticos, pues de los siete relatos recogidos por Juan, sólo tres
i iii-ii paralelo en M arcos y otro tiene paralelo en Q:

Kn s o p i o J uan M arcos

1in d as d e C a n á 2, 1 - 1 1
1lijo del o fic ia l real 4 , 4 6 -5 4
Sm iiición d e l p a ra lític o 5, 1-9 2 , 1-12
M u ltip lic a c ió n d e lo s p a n e s 6, 1-15 6, 3 2 -4 4
i 'nm i n an d o so b re la s ag u as 5, 16-21 6, 45-51
i 'iego d e n a c im ie n to 9, 1-9 [8, 2 2 -2 6 ]
K e v iv ifíc a c ió n d e L á z a ro 11, 1-44

I muido se com paran las dos versiones de las cuatro historias que tie­
nen piiruleto en M arcos, se advierte claram ente que se trata del m ism o
i |i|m>dio, pero en los dos prim eros casos las versiones son m uy diferen-
ii , I nulo el relato de la curación del hijo de) funcionario real com o el del
pin idílico coinciden en el esquem a básico, pero difieren en m uchos deta­
ll* ii I i i el segundo relato, por ejem plo, Juan sitúa la curación en Jerusa-
Imi i n e a de! lemplo, m ientras que M arcos la sitúa en un a casa de C afar-
Hititn, Uiiito en Juan com o en M arcos el enferm o necesita ser ayudado por
nloH¡ pero en un caso lo que hacen es introducirlo en la p isc in a y en otro
<li M iníenlo desde el techo para que Jesús lo cure; sin em bargo, el mo-
98 La form ación de tos evangelios

m entó central del relato es exactam ente igual, hasta el punto de que tanto
Juan com o M arcos utilizan un térm ino popular para referirse a la camilla
(krabcitton = catre), que M ateo y L ucas cam biaron por otro m enos vulgar,
com o hem os visto más arriba. En los episodios que M arcos y Juan tienen
en com ún se advierte que la tradición de los m ilagros ha sido releída de
dos formas diversas por cam inos paralelos, y por tanto que esta tradición
no llegó a Juan a través de Marcos.
La existencia de dos líneas de tradición que llegaron a M arcos y a Juan
por distintos cam inos es más evidente cuando se exam ina la tradición de
los dichos. A quí las conexiones son m ucho m enores. En Juan no se en­
cuentran agrupaciones de dichos de Jesús ni parábolas, ni tam poco anéc­
dotas o controversias breves, com o en M arcos (M e 4, 1-34; 13; 2, 1 -3 ,6 ),
sino largos discursos y diálogos que a veces tratan de explicar el signifi­
cado de los signos realizados por Jesús (Jn 4; 5; 6). Las conexiones son
m uy puntuales, lo mismo que las que existen entre Juan y Q. Con todo, a
pesar de que Juan y los sinópticos representan dos trayectorias indepen­
dientes de la tradición de los dichos, Juan y M arcos com parten una acti­
tud hacia dicha tradición muy diferente a la que se percibe en M ateo y en
Lucas; en efecto, tanto en M arcos com o en Juan existe una preocupación
por interpretar los dichos de Jesús, que está ausente en los otros dos evan­
gelios. En M arcos esta preocupación aparece desde el principio (M e 4,
10-11) y podría ser la causa de que haya incorporado tan pocos dichos. En
Juan, sin em bargo, se traduce en un constante interés por explicar lo que
Jesús dice, cuyo sentido pleno sólo desvelará el Espíritu (Jn 14, 25-26).
En M ateo y en L ucas no existe esta preocupación, sino que las palabras
de Jesús se explican por sí mismas.
Estos argum entos deducidos del análisis de las diversas tradiciones
evangélicas pueden validarse recurriendo a la com paración con otros tex­
tos en los que se recogen tradiciones com unes a Juan y a los sinópticos.
Éste es el caso de los evangelios apócrifos m ás antiguos, nacidos en el se­
no de la m isma tradición durante un periodo de tiem po en el que los evan­
gelios canónicos aún no habían alcanzado el reconocim iento del que go­
zarían después y en el que la tradición oral seguía viva. El E vangelio de
Pedro, del que he hablado m ás arriba, es un ejem plo de cóm o un m ejor
conocim iento de la tradición evangélica en su conjunto abre un horizonte
nuevo a la com paración entre Juan y los sinópticos, pues este evangelio
parece haber utilizado un relato tradicional de la pasión sem ejante al que
utilizaron M arcos y Juan.
O tra form a indirecta de com probar la validez tic esta hipótesis consis­
te en analizar, por una parte, cóm o aparecen en las cartas de l’ablo algu­
nas tradiciones orales recogidas más larde en el livangelio de M arcos, y
Las relaciones entre los cuatro evangelios

i iiinlilecer, por otra parte, una com paración con los pasajes com unes ¡i
Marcos y a Juan. Si com param os, por ejem plo, la tradición de la última
rnui recogida en 1 C or 11, 23-29 y en Me 1 4,2 2 -2 5 no se observan más
i m ncidencias verbales que cuando com param os el episodio de la acción
di-l k'inplo en Jn 2, 13-22 con la versión de M e 11, 15-17. A unque el al-
i nuce de este tipo de com paración es reducido, porque las tradiciones
l Yiiup.élieas recogidas en las cartas de Pablo son escasas, el resultado pue­
de ay u d a ra determ inar si existieron o no relaciones de dependencia lile-
i n ni entre Juan y los sinópticos.

d) Juan conoció los sinópticos, p ero no los utilizó

r N. Audcrson, The F ourth G ospel a n d the Q uest f o r J e s ú s, New York 2006, lili I
I* llmickham, J o h n f o r R eaders o f M ark, en R. Bauckham (ed .), The ( to s /a is fin- AH
i linMhnis: R eíh m kin g the G ospel A udiences, Edinburgh 1998, 147-17 I ; l>. M. Smilli,
m u i the S y n o p tic s .*S om e D im ensions o f the Problema New TesUiuieiil SuitlieN „’(>
I I'IKÜI -125-444; D. M. Smíth, The P m blern o f John a n d the Synoptics in L /^h í ti/'fhe
t>i hillr»/ betw een A p o c n p h a l a n d C a n o n ica l G ospels, en A. Demuix (eil.), J o h n a n d
i S ynnp/ics, Leuven 1992, 147-162; W. E. Sproston North, J o h n f o r R ea d ers oj
\i,u i ’ ii R esponse ¡o R ich a rd B auckham 's Proposal: Journal for the Stucly o f the New
lp «fiimeiit 25 (2003) 449-468; S. E. Witmer, Á p p ro a ch es to S crip tu re m th e F ourth
i ..■./'i / m u i the Q um ran P e sh a rim : Novm n Testamentum 48 (2006) 3 13-328.

Ninguna de las dos explicaciones precedentes, que durante largos pc-


Hndos de tiem po concitaron im portantes consensos, resulta hoy del todo
Minvíncenie. A unque las dos cuentan con buenos argum entos, el modelo
i|iu |imponen para explicar las relaciones entre Juan y los sinópticos es de-
iniiKiiidu rígido y no tiene en cuenta suficientem ente la com plejidad de 1¡i
Inulinóu sobre Jesús durante el prim er siglo del cristianism o, ni la lónnii
mi i|iu’ se publicaron y difundieron los escritos que produjo esa tradición,
l'mii dar cnenta de las sem ejanzas y diferencias que existen entre ellos se
Im pm|Hieslo un modelo explicativo m ás flexible que considera am bas de
luí mui más equilibrada. Esta tercera hipótesis afirm a que Juan conoció Ion
■Hnipiicos, pero no los utilizó com o referencia fundam ental a la lioni de
i (imponer su evangelio.
I id forma de explicar las relaciones entre Juan y los sinópticos tiene en
i in mu las grandes discrepancias (com puso su evangelio sin tener en cneii
iii In» sinópticos) y también las escasas coincidencias (pero los conocía)
.|in- i'siKlcn entre ellos, Además encaja bien con la explicación atribuida a
i I' mi-ule de A lejandría citado al com ienzo de este apartado. Duranlc nui-
i Im licfiipo se pensó que si Juan había conocido los sinópticos, ello impli
( iiIih t|iir los había utilizado, pero una cosa no se sigue necesariam ente tic
too L a form ación de los evangelios

la otra. Juan pudo conocer los sinópticos, sobre todo M arcos y Lucas y, sin
em bargo, pudo haber querido com poner un evangelio diferente que reco­
giera otras tradiciones y propusiera otra visión de Jesús.
Las diferencias entre Juan y los sinópticos son de tai m agnitud que re­
sulta m uy difícil probar la dependencia literaria del prim ero con respecto
a los segundos. Sin em bargo, las sem ejanzas sugieren que pudo haberlos
conocido, lo cual no excluye que en algunos casos utilizara tradiciones
anteriores a ellos. La com plejidad del proceso de com posición puede ilus­
trarse recurriendo a los evangelios apócrifos más antiguos, La m ayoría de
ellos fueron com puestos, lo m ism o que el de Juan, después de tos sinóp­
ticos. En casi todos se advierte un proceso de adaptación a dichos evange­
lios en el m om ento de su com posición o en las sucesivas ediciones, lo cual
significa que sus autores o editores conocían los sinópticos. Sin embargo,
con frecuencia su trazado y las tradiciones utilizadas son diferentes. En es­
te sentido, el caso del Evangelio de Tomás es ilustrativo. Su trazado origi­
nal, su género literario y sus tradiciones son independientes de los sinóp­
ticos, pero en sus sucesivas ediciones se advierte un proceso de adaptación
a la versión sinóptica de los dichos que contiene.
También es necesario tener presente que, en el m om ento de componer
los evangelios más antiguos, la tradición oral y la tradición escrita coexis­
tían en un proceso de m utua fecundación. Es m ás, en m uchos casos, los
textos escritos se conocían y utilizaban de m em oria (oralidad secundaria),
U n ejem plo de ello es la form a de citar las Escrituras. C on frecuencia se
han intentado identificar los textos utilizados por los prim eros autores
cristianos, olvidando que la m ayoría de ellos los citaban de m em oria y, en
algunos casos, con bastante libertad. E! E vangelio de Juan es, de hecho,
un buen ejemplo de esta form a de citar las Escrituras, pues sus referencias
parecen a veces más un com entario que una cita literal. Si Juan cita de es­
ta form a las Escrituras, es de esperar que haya seguido una pauta pareci­
da a la hora de citar los evangelios sinópticos. Por eso, la falta de coinci­
dencias literales en los pasajes com unes no im plica necesariam ente que
no los conociera. Pudo conocerlos y citarlos con libertad, lo m ism o que las
Escrituras, o pudo conocer la versión escrita de un episodio y, al mismo
tiempo, una tradición oral ligeramente distinta con respecto a dicha versión
escrita (por ejem plo, en el caso de la curación del paralítico citado más
arriba) eligiendo la tradición oral.
E sta explicación de las relaciones entre Juan y los sinópticos plantea
una pregunta ineludible: Si Juan conocía los sinópticos, ¿por qué no los
utilizó com o su referencia básica, al igual que hicieron Maleo y Lucas con
M arcos, o los evangelios judeocristian o s con M aleo? Ya n in o ccm o s la
respuesta de C lem ente de Alejandría: Juan quiso com ponci un evangelio
Las relaciones entre los cuatro evangelios 101

■'upiritual para com plem entar la versión «corporal» de los sinópticos. Sin
im liiugo, lo que sabem os ahora sobre el desarrollo de la tradición sobre
Ii' hún y, en especial, sobre los evangelios apócrifos m ás antiguos, puede
i iHiipletar esta explicación.
I ii el seno de dicha tradición com enzó m uy pronto a definirse lo que
Iii iiIríamos llam ar un «canon sinóptico». El hecho de que tanto M ateo co-
mn I .ucas decidieran reelaborar el Evangelio de M arcos utilizando la ma-
V"i parte de su relato e incorporando algunos otros elem entos fundam en­
tales de los que carecía (relato de la infancia, enseñanzas, apariciones),
piulo haber contribuido a reforzar la visión sinóptica de Jesús. C om o re-
millndo de este proceso, M arcos perdió relevancia, pero M ateo y Lucas
mi' convirtieron en los rep resen tantes del canon sinóptico y alcanzaron
mi niorm e prestigio. A hora bien, este canon proponía una visión de Jesús
i|iir no incorporaba plenam ente aspectos o tradiciones recogidas en otros
i líenlos cristianos. L a com posición de algunos apócrifos antiguos respon­
dí- ni interés de recoger esas otras visiones y tradiciones; en este aspecto
^1 Lvmigelio de Juan se parece mucho a ellos. El E vangelio de Juan, en
nlct (o, incorpora no solam ente num erosas tradiciones que no se encuen-
iiiin en los sinópticos, sino tam bién una form a particular de inteipretar los
ii'i líenlos sobre Jesús, que es especialm ente visible en aquellos pasajes
i ¡ui' liene en com ún con los sinópticos. Para Juan, las acciones y las pala-
IM11 . tic Jesús eran, ante todo, un cam ino para llegar a conocer su verda-
iliMit identidad; precisam ente desde esa clave fueron com prendidas e in-
ln preladas dichas acciones y palabras. La fidelidad a una tradición, en la
i|nr los recuerdos de Jesús se habían com prendido en una clave distinta a
In i|iie dom inaba en los sinópticos, pudo haber sido la m otivación princi-
IhiI pitru com poner un evangelio diferente.
St- lia sugerido asim ism o la posibilidad de que Juan com pusiera su
i--vmi|Jctío teniendo presentes a quienes ya conocían el Evangelio de Mar-
ta'i I In indicio de que ésta pudo haber sido la intención de Juan, se en-
i m uirá en dos paréntesis que el evangelista introduce en dos m om entos
i liivcs de su relato. En Jn 3, 24, explica que Juan B autista aún no había si-
ilii oiionreelado, lo cual podría entenderse com o una alusión a Me 1, 14,
i|im' nilúa el m inisterio de Jesús después de que Juan fuera arrestado; de
i nli' motlo, Jn 1, 1 9 - 3 ,2 2 com pletaría el relato de M e 1,2 -1 3 , y deberla
in‘i leído entre Me 1, 13 y Me 1, 14. El otro paréntesis se encuentra en Jii
11, donde el autor parece presuponer que sus destinatarios conocían el
i--pisndio ile la unción antes de que lo narrara (Jn 12, 1-8). A unque ningu-
mt d¡‘ estos dos argum entos resulta del todo convincente, ambos eonlrihii
n n reforzar la idea de que Juan conocía los sinópticos, pero quino es-
i iilm mi evangelio diferente.
102 La form ación de los evangelios

4. L a s r e la c io n e s e n t r e lo s e v a n g e lio s y e l t r a z a d o d e e s te lib r o

El examen de las coincidencias y divergencias entre los cuatro evange­


lios m uestra que las relaciones entre ellos fueron com plejas. D ebido a la
naturaleza y escasez de los textos que han llegado hasta nosotros, los di­
versos contactos que se dieron en las distintas fases de su com posición son
ya irrecuperables. Sin em bargo, estos m ism os textos permiten elaborar un
m odelo que explique de form a sintética y general cóm o fueron dichas re­
laciones. En el caso de los tres prim eros evangelios, la hipótesis m ás plau­
sible es que tanto M ateo como Lucas utilizaron el Evangelio de M arcos
com o s.u fuente principal, ju n to con una colección de dichos de Jesús y
otras tradiciones. En el caso de Juan, lo más probable es que conociera el
Evangelio de M arcos y tal vez el de Lucas, aunque com pusiera su evan­
gelio a partir de otras tradiciones.
La aceptación de estas hipótesis tiene im portantes consecuencias para
el trazado del presente libro y para el estudio de los evangelios que se pro­
pone en él. G racias a ellas se descubre la im portancia de la tradición oral
en el proceso de com posición de los cuatro evangelios, pues el com plejo
entram ado de las coincidencias y divergencias que se observan entre los
evangelios no puede explicarse sólo recurriendo a docum entos escritos.
El estudio de las relaciones entre los evangelios nos ha revelado asim is­
m o que los evangelistas utilizaron algunas com posiciones anteriores que
se han perdido, pero que son im portantes para com prenderlos bien (el D o­
cum ento Q, el Relato de la pasión, etc.). Estas dos cuestiones serán obje­
to de estudio en los dos próxim os capítulos.
Las hipótesis que he considerado m ás plausibles determ inarán tam ­
bién el orden que voy a seguir en el análisis de los evangelios y la forma
de realizar el estudio de cada uno de ellos. D icho estudio com enzará por
el Evangelio de M arcos, porque la m ejor explicación de la relación entre
los sinópticos tiene com o punto de partida la prioridad de este evangelio
sobre los otros dos, y porque la explicación más plausible de la relación
de Juan con los sinópticos es que éste conocía dicho evangelio. En segun­
do lugar estudiaré los evangelios de M ateo y de Lucas, que son reelabo­
raciones muy am pliadas del de M arcos. El Evangelio de Juan lo estudia­
ré en último lugar porque, aunque no haya utilizado los sinópticos como
fuente, los presupone según la hipótesis m ás probable.
2

LA TRADICIÓN ORAL
Y LOS CUATRO EVANGELIOS

H estudio de las sem ejanzas y diferencias de los evangelios canónicos


H'vela que entre ellos existieron relaciones de dependencia literaria, pero
luiiiltién m uestra que su com posición no se puede explicar sólo com o el
ti-niltado de la relación entre textos escritos. Con anterioridad a ellos y
di".pués de ellos existió también una tradición oral que tuvo un papel de-
i hivo en la transm isión de los recuerdos sobre Jesús. La existencia de es-
ln (tiidición oral se puede deducir de la com paración entre los cuatro evan-
yrlius, no sólo porque en algunos pasajes las diferencias entre ellos son
iim nolubles que es difícil explicarlas com o reelaboraciones de la m ism a
líte n le escrita, sino tam bién porque los relatos evangélicos contienen nu-
im'iosas unidades m enores de carácter tradicional.
lisia. conclusión, a la que se llega a través de la com paración de los
i'viiiihcUos, se confirm a con el testim onio de los prim eros escritores cris­
pimos, que subrayan la im portancia y vitalidad de la tradición oral. A ella
nt> icíiere el prólogo del E vangelio de Lucas cuando m enciona a los «ser-
\ ulules de la palabra», cuya labor consistió en conservar y transm itir los
un tirulos sobre Jesús que posteriorm ente otros pusieron por escrito (Le
I, !l. Tam bién se refiere a ella el testim onio de Papias, quien a com ien-
del siglo II d.C. aún daba más im portancia al testim onio oral de aque­
l l a (¡ue habían conocido a los apóstoles que a los textos escritos (Euse-
lijn, Hist. Ecl. 3, 39, 4), Estos datos no sólo m uestran que existió una
ti mlk ióii oral, sino tam bién que fue determ inante en la transm isión de ios
n i uerdos sobre Jesús.
I I objeto de este capítulo es precisar cuál fue el papel que desem peñó
ti iimlíción oral en los diversos estadios del proceso que dio lugar a los
nviiunelios. Pero, antes de hacerlo, es necesario situar este proceso en el
i miU‘\lo de una cultura que privilegiaba la com unicación oral sobre la co-
iiiiinii'acióii escrita.
104 La form ación de h s evangelios

1. La t r a d ic ió n e n u n a c u l t u r a o r a l

A pesar de la im portancia objetiva de la tradición oral, su estudio sólo


pudo com enzar cuando se desarrollaron instrumentos de análisis que permi­
tieron identificar en los evangelios las pequeñas unidades que habían sido
transm itidas oralmente, Esta aportación de la escuela de la historia de las
formas abrió el camino a investigaciones que han mostrado la peculiaridad
de la com unicación verbal y el lugar de los escritos en una cultura oral.

a) La escuela de la historia de las form as

R. B ultm ann, H isto ria de la Tradición S in ó p tica , S alam an ca 2000; M . D ib eliu s, L a


h isto ria de las fo r m a s eva n g élicu s, V alencia 1984; E. G ü ttg em an n s, O ffene Fragert
z u r F o rm g esckich te des E vangelium s, M ünchen 1970; E. V. M cK night, tyh a t isF o rm
C riticism ?, P hiladelphia 1969; H. Z im m erm ann, Las m étodos h istó rico -crítico s en e l
N u evo Testam ento, M adrid 1969, 131 -232; K.. L. S chm idt, D e r R ahm en d er G eschich-
te Jesu , Berlin 1919; G. S trecker - U. S chnelle, Introducción a la exégesis d el N uevo
Testam ento, S alam anca 1997, 95-128.

H asta las prim eras décadas del siglo XX el estudio critico de los evan­
gelios estuvo centrado en el tipo de cuestiones que lie abordado en el ca­
pítulo precedente. La crítica de las fuentes, que trataba de determ inar las
relaciones de dependencia literaria entre los evangelios, y entre ellos y
otras com posiciones, aceptaba im plícitam ente el carácter literario de la
tradición sobre Jesús, e im aginaba la com posición de los evangelios co­
mo el resultado de un proceso de copia y corrección de docum entos escri­
tos. Se conocía y valoraba el papel de la tradición oral, pero no se tenían
los instrum entos para identificarla y estudiarla.
Esta fue, precisam ente, la principal aportación de la llam ada «escuela
de la historia de las formas», que surgió en A lem ania después de la prim e­
ra guerra mundial. Entre 1919 y 1921 sus tres principales representantes,
K. L. Schmidt, M. Dibelius y R. Bultmann, publicaron sendos trabajos que
sentaron las bases para entender de una form a nueva la historia de la for­
mación de los evangelios. Schm idt descubrió que los evangelios habían si­
do com puestos a partir de pequeñas unidades independientes y que el m ar­
co narrativo que ahora tienen había sido creado por los evangelistas. Por su
parte, Dibelius y Bultmann confirm aron y com pletaron este descubrim ien­
to, m ostrando que esas pequeñas unidades literarias se habían transm itido
en diversos contextos de la vida eclesial, e hicieron una clusi íicación com ­
pleta de las mismas.
Este descubrim iento fue posible gracias al eslmlio de his literaturas
populares de tradición oral, el cual había identificado com posiciones muy
l a tradición oral y los cuatro evangelios 105

parecidas a las de los evangelios (sagas, leyendas, etiologías, etc.) y ha-


I'ln puesto de m anifiesto algunos de los m ecanism os que intervienen en su
Htmposición, transm isión y conservación. Se pasó, así, del estudio de las
liicnles escritas al estudio de las tradiciones orales que habían dado ori­
llen a dichas fuentes, y se analizó el proceso de transm isión en el que es-
Iiin tradiciones sobre Jesús habían ido adquiriendo form as fijas que con-
1Mlnlyeron a su conservación.
listos hallazgos de la escuela de la historia de las form as han perm iti-
iln conocer con m ucho m ás detalle el proceso de form ación de los evan­
gelios, aunque no todas sus aportaciones han resistido de la m ism a m a­
licia el paso del tiempo. Su principal contribución consistió, com o y a he
npunUido, en poner de m anifiesto tanto la naturaleza oral de las tradicio­
nes que m ás tarde fueron recogidas en los evangelios com o la existencia
ilc unas form as o esquem as en los que dichas trad icio n es se hab ían fi­
ludo, A sim ism o, se descubrió que, para p oder entender adecuadam ente
Ins tradiciones orales, era necesario conocer el contexto vital en que se
Imbían formado. A unque estos autores prácticam ente reducían el contex-
iii vital al contexto eclesíal, su sensibilidad para captar la im portancia del
mulliente en que las tradiciones se habían originado y transm itido abrió el
i nmino a estudios posteriores que han propuesto una visión m ás am plia
drl contexto vital.
( )lros aspectos de su visión, sin embargo, han sido cuestionados. En ge­
neral, esta escuela dio dem asiada im portancia a la creatividad de los pri­
meros grupos de discípulos después de la Pascua, atribuyéndoles la com ­
posición de m uchas tradiciones sobre Jesús. Bultmann pensaba que no era
posible acceder a la tradición prepascual y, aún en el caso de que lo fuera,
no encontraríamos en ella nada que fuera relevante para la fe, porque el Je-
min histórico pertenece a la esfera del judaism o, no del cristianism o. El
erisíianismo habría com enzado, según él, con el anuncio sobre Jesús resu-
i'ilndo y, por tanto, el único fundam ento de la fe sería el ketyg m a predi-
rudo por los prim eros cristianos. E sta m anera de ver las cosas hacía de la
insurrección un m uro que im pedía el acceso a la tradición prepascual, con-
rrdiendo a las com unidades cristianas un excesivo protagonismo en la crea-
rión do tradiciones sobre Jesús.
Tam poco resultó convincente la concepción que esta escuela tenía del
pupcl que habían desem peñado los evangelistas. Influidos por los estudios
Nobre las literaturas populares, consideraron que los evangelios eran obras
IIlocarias poco elaboradas y que los evangelistas habían sido m eros com-
piludorcs ile las tradiciones recogidas en ellos. De hecho, los m ism os dis-
i Ipulos de U ultm ann se vieron obligados a superar esta concepción, re-
conociendo que los evangelios eran obras literarias com plejas y que los
106 La form ación de los evangelios

evangelistas eran verdaderos autores. N ació así la llam ada «escuela de la


historia de la redacción», de la que hablaré m ás adelante.
Tam bién desde el cam po de la lingüística se cuestionaron ios postula­
dos y conclusiones de la escuela de la historia de las formas, mostrando su
incapacidad para captar las diferencias que existen entre la com unicación
oral y la com unicación escrita. La tradición oral y la com posición escrita
de los evangelios no fueron dos fases sucesivas, sino dos formas diferen­
tes de com unicación que se dieron en paralelo; precisam ente esta consta­
tación cuestiona, en cierto m odo, la posibilidad de recuperar la tradición
oral a partir del texto de los evangelios. La tradición oral tiene su propia
lógica y debe ser entendida en sus propios térm inos y no sólo com o una
fase más del proceso de form ación de los evangelios.
La aportación de la escuela de la historia de las form as, que ha deter­
m inado durante décadas el paradigm a del estudio crítico de los evange­
lios, ha sido inmensa. Pero el estudio reciente de la naturaleza oral de los
textos antiguos ha cuestionado algunos de sus presupuestos, p o r cuanto
fueron elaborados en un contexto cultural m uy diferente a aquel en que
tuvo lugar la com unicación entre los transm isores de la tradición sobre Je­
sús y sus destinatarios. C onocer este contexto es, por tanto, de sum a im­
portancia para situar adecuadam ente la tradición oral y para determ inar su
pape! en la com posición de ios evangelios.

b) E l contexto de la cultura oral en que nacieron las evangelios

P. A cb tem eíer, O m ne verbum sonat: The N ew Testam eni a n d the O ra l E n viro n m en t o f


L ate W estern Antiquity: Journal o l'B iblical L iterature 1 0 9 (1 9 9 0 ) 3-27; J. D ew ey, Tex-
tuality in an O ral Culture: A Stirvey o f the P aulina Tradi.ii.ons: S em eia 65 (1994) 37-
65; J. D. G. D unn, A lterin g the D efa u lt Setting: R e-en v isa g in g the E arly Transm ission
o f the Jesú s Tradiúon: N ew T estam ent S tudies 49 (2003) 139-175; W. H. fCeiber, The
O ra l a n d the W ritten G ospel. H erm en eu lics o fS p e a k in g a n d W riting in the Synoptic
Tradition, M ark, Paul, a n d Q, B loom ington and Indianapolis 1997.

A unque la escuela de la historia de las form as se propuso estudiar el


desarrollo de la tradición oral, su explicación del proceso de form ación de
los evangelios tenía com o referencia el paradigm a de la com unicación li­
teraria. El rasgo m ás caracteristico de este paradigm a es que concibe los
diversos estadios de la form ación de un texto com o estratos sucesivos que
se van superponiendo. Este esquem a es muy sim ilar al de una excavación
arqueológica, que rastrea las diversas etapas de un yacim iento excavando
en sentido inverso los estratos que se han ido sedimeiiiumlo eon el paso del
tiempo. Ihiílimmn concebía el análisis de los diversos eslmlos de los evnn-
L a tradición oral y los cuatro evangelios 107

Id-luis como un medio para identificar las diversas etapas de la evolución


il> l cristianism o prim itivo, desde la m ás tardía (helenística) hasta la m ás
i m i lla (palestinense). C ada estrato se entendía com o una reelaboración
ilrl estrato precedente y las unidades de la tradición oral eran consideradas
«I pimío de partida de las sucesivas reelaboraciones escritas. El prepuesto
ijiir suhyace a este m odelo es que existe continuidad entre la tradición oral
i In Inidición escrita, o incluso que la tradición oral es una form a imperfec-
lii ilc com unicación escrita, no algo diferente a ella.
I isle paradigm a literario, que ha dom inado la com prensión de la com u-
nlniríón en la cultura occidental, es el resultado del enorm e influjo que ha
Heteido en ella el uso del papel y de la imprenta. A costum brados durante
mulos a un modelo que considera al texto escrito ia form a más perfecta de
i mi indicación, resulta m uy difícil im aginar un mundo en el que la com u-
ii! lición escrita ocupaba un lugar secundario con respecto a la com unica-
i ión oral. Los textos escritos desempeñaron una función im portante en el
11 (unimismo naciente, com o tendremos ocasión de ver en el capítulo si­
guiente, pero no eran la forma prim aria de com unicación. Por eso, para
i >mi prender lo que significaba entonces la com unicación oral no se puede
ptiiiir de lo que significa ahora la com unicación escrita, sino que es nece-
■ii11 ni hacer un esfuerzo para entender ios procesos im plicados en esa otra
Imi iiui de com unicación y el lugar que ocupan en ella los textos escritos,
i Mili/ando la term inología informática, podría decirse que la configuración
Imm delecto de quienes vivimos en la era G utenberg presupone el paradig-
imi literario, y que para entender lo que significaba Ja tradición oral en el
inundo antiguo es necesario cambiar esta configuración.
I I cum bio de nuestro marco de com prensión (o de nuestra configura-
t Km menlal) puede com enzar reconociendo una serie de datos que revelan
el i uríicter secundario de los textos escritos en la antigüedad. El prim ero de
(>lli is es que el índice de alfabetización era extrem adam ente bajo. Se calcu-
In que Inn sólo un diez por ciento de la población era capaz de leer, aunque
i Hiti nprcciación general incluiría a quienes podían reconocer las letras y a
quienes eran capaces de leer un texto en voz alta. Estos últimos eran cier-
Miinenle muy pocos y sus servicios eran muy valorados, porque la form a
tine, habitual de lectura era entonces hacer que un lector leyera un escrito
Imi ii un grupo más o m enos numeroso de personas. Este hecho está rela­
cionado con el carácter rudimentario de la tecnología asociada a la produc­
ción de textos escritos, pues en la antigüedad los textos se copiaban a m a­
me ....... en papiro, y la producción de un libro era costosa. Los
Ii Imos eran un lujo q u e no estaba al a lca n ce d e tod os.
I 11 pi iniíicla de lo oral sobre lo e sc rito en la cultura an tigu a se p o n e de
miiii 111u'st o lam h ión en el u so de los lib ros y en la fu n ción q u e ten ían los
JOS L a form ación de los evangelios

textos escritos en la com unicación. Tanto la copia de un texto com o su re­


producción incluían siem pre su vocalización. G eneralm ente los libros se
dictaban e incluso cuando un am anuense copiaba un m anuscrito, solía ir
leyéndolo en voz alta. D el m ism o m odo, la lectura, tanto la individual co­
m o la colectiva, se hacía en voz alta. Para escribir un texto había que pro­
nunciarlo, com o revela el pasaje lucano según el cual Z acarías, antes de
recobrar el habla «pidió una tablilla y escribió d iciendo: Juan es su nom­
bre» (Le 1, 63); y otro tanto ocurría al leerlo, com o se pone de m anifies­
to en la extrañeza de san A gustín al ver cóm o san A m brosio estaba leyen­
do m entalm ente (C o n f 6, 3).
Un dato m uy revelador de la función que tenían los textos en la comu­
nicación es la llam ada scriptio continua. En la mayoría de los casos se uti­
lizaba esta técnica, que consistía en escribir las palabras seguidas sin nin­
gún tipo de separación entre ellas. Esta form a de escribir lim itaba el uso de
los textos escritos a unos pocos lectores «profesionales», pues sólo un lec­
tor avezado podía leer con fluidez un texto escrito de esta forma. La lectu­
ra, pues, era una actividad especializada y, lo que es más im portante, la
m ayoría de la gente conocía los textos, no porque los hubiera leido, sino
porque los había escuchado, com o m uestra de form a espontánea la obje­
ción de los interlocutores de Jesús: «N osotros hem os escuchado (en la lec­
tura de ia Ley), que el M esías perm anecerá para siempre» (Jn 12, 34). E s­
te fenómeno se conoce con el nom bre de oralidad. secundaria y revela hasta
qué punto la com unicación oral predom inaba en el mundo antiguo.
La tradición oral sobre Jesús surgió en este m undo, rio en el nuestro.
E ra un m undo en el que ciertam ente había libros y era relativam ente fre­
cuente la escritura, pero no era un mundo que pensara en térm inos de co­
m unicación escrita. En sus prim eros estadios, la tradición oral sobre Je­
sús se form uló y se difundió en un contexto rural, es decir en las aldeas y
los pueblos de G alilea donde había sanado a los enferm os y anunciado su
m ensaje. En este contexto, la im portancia de la tradición oral sería inclu­
so m ayor que en las ciudades, pero en am bos casos se trata de un mundo
cuyos hábitos de pensam iento y de expresión estaban determ inados por la
com unicación o ral. Por eso, antes de preguntarnos por el papel de la tra­
dición oral en las diversas etapas de la form ación de los evangelios, es ne­
cesario conocer algunos de sus rasgos m ás característicos.
El prim ero de ellos es que la tradición oral se transm ite a través de di­
versas representaciones que nunca son exactam ente iguales. En esto se
diferencia radicalm ente de la com unicación escrita, que es m ás estable.
Q uien contaba una parábola de Jesús o narraba mío de sus m ilagros o re­
producía algunos tic sus dichos, los actualizaba en n u la mía de sus repre-
senlíiciones. Asi, inionlnis en ln IücIhki <le mi lux lo se ru m io cutí un ori
La tradición oral y los cuatro evangelios 109

filial que se reproduce y se actualiza, en la com unicación oral no existe


mi original, sino que todas las representaciones son originales. Un coro-
lm n>de esta característica fundam ental de la tradición oral es la importan-
i ni ile la m em oria en las culturas orales y el desarrollo frecuente de pro-
i i'tlimientos que faciliten la m em orización,
l in segundo lugar, la com unicación oral posee una referencia más di-
n'i'lii y determ inante con respecto al grupo en el que acontece. La comuni-
i m ión escrita introduce un elemento nuevo en la relación del autor con sus
(U'Mlinatarios, pues la producción de un texto escrito hace posible la com u-
iiit'iidón a distancia. En la com unicación oral, sin em bargo, no existe esta
ilhiuiicia y quien recita o representa una com posición oral debe tener m uy
pti'Heute la situación del grupo. Esta dim ensión grupal de la tradición oral
eip lica otro rasgo que la diferencia de la com unicación escrita. E sta úl-
niuii, en efecto, tiende a ser autosuficiente, es decir, trata de integrar den-
im del texto escrito los elem entos que el lector necesita para com prender­
lo Sm em bargo, la tradición oral es por su m ism a naturaleza com unitaria
\ i'Voeu un conjunto de acontecim ientos, personajes, valores y creencias
t|iii- Ibrman parte de la m em oria del grupo, es decir, de su tradición. Por
tí'iii, la tradición oral está estrecham ente relacionada con la m em oria social
m iiiivós de la cual el grupo define su identidad.
I'ur último, la com unicación oral se caracteriza por com paginar fídeli-
ilml y flexibilidad. La fidelidad afecta, sobre todo, a los elem entos básicos
'ihi los cuales una tradición concreta dejaría de ser tal, mientras que la fle-
i ilulfilad se da en los elem entos secundarios que adornan un episodio o un
ilirlu i. I ,a tradición oral es más flexible que la tradición escrita ya desde sus
mi'imos com ienzos, pues es de suponer que si Jesús pronunció algunas de
mi', parábolas y enseñanzas en diversos mom entos y en diversas círcunstan-
i in«, no siem pre lo haría utilizando exactam ente las m ism as palabras. Sin
>mlHirgo, quienes lo escuchaban tenían la certeza de que se trataba de la
ii nuniii parábola o del m ism o dicho. M ás tarde, cuando los que le habían es-
i ii' lindo y habían visto sus signos com enzaron a transm itir sus palabras y
ni i lunes, tam poco lo hicieron exactam ente con las mismas palabras.
A m edida que vayam os analizando el papel que desem peñó la tradi-
t k m m a l en las diversas fases del proceso de form ación de los evangelios,
ln m encionando otros rasgos característicos de la tradición oral sobre Je-
.... Los tres que acabo de describir ponen de m anifiesto la diferencia que
i - i'iiv m ire la com unicación escrita y la com unicación oral, y plantean la
Mi i i"uil¡id de cam biar nuestra configuración m ental para situarnos en un
mundo que nos resulta extraño, un m undo en el que m uy poca gente sa-
l-lii I«ti y en el que los textos escritos servían com o apoyo para la cotnu-
ni< ¡ii ion oral; un m undo en el que las cosas se conocían no por haberlas
¡10 La form ación de los evangelios

leído, sino por haberlas oído. La tradición sobre Jesús no fue el resultado
de la sucesiva reelaboración de docum entos escritos, sino de la recitación
de sus palabras y de sus acciones en diversas circunstancias y en diversos
grupos de discípulos que las consideraban significativas. Fue, ante todo,
una tradición viva que no sólo se conservaba, sino que se actualizaba en
las diversas recitaciones y representaciones, una tradición que inicialm en­
te no estaba destinada a ser leída, sino a ser escuchada.

c) L a tradición oral y la fo rm ació n de los evangelios

R. E. B row n, L as iglesias q u e los apóstoles nos deja ro n , B ilbao 1986, 13-30; S. G ui­
ja r ro O p o rto - E. M iquel P ericas, E l C ristia n ism o naciente. D elim itación, fu e n te s y
m etodología'. S alm anticensis 51 (2 0 0 5 ) 5-37; F. Vouga, L o s p rim e ro s p a so s d e l cris­
tianism o, E stella 2000; L. M. W hite, D e Je sú s a l cristianism o. E l N uevo Testam ento
y la f e cristiana; un p ro c e so de cuatro g en era cio n es, E stella 2007, 125-363.

Los cuatro evangelios fueron escritos, muy probablem ente, durante el


últim o tercio del siglo I (70-100 d.C.), aunque su com posición fue el re­
sultado de un largo proceso que com enzó con la predicación y la actua­
ción de Jesús hacia el final del prim er tercio del mismo siglo (27-30 d.C.).
Estos acontecim ientos señalan el com ienzo y el final de un periodo en el
que pueden distinguirse tres etapas. La prim era corresponde a la actividad
pública de Jesús; la segunda, a la prim era generación de discípulos que
continuaron su obra después de su muerte; y la tercera, a la segunda ge­
neración de discípulos que se inicia con la desaparición de los testigos
oculares. Estas tres etapas se encuentran divididas por dos acontecim ien­
tos significativos: la m uerte de Jesús (ca. 30 d.C.), que establece una ne­
ta separación entre el prim er periodo y el segundo; y la destrucción del
tem plo de Jerusalén (70 d.C.), que coincide con la desaparición de los que
habían conocido a Jesús. Cada una de estas etapas presenta un a fisonomía
propia en la historia del naciente m ovim iento cristiano y en el proceso de
form ación de ios evangelios. La tradición oral sobre Jesús resultó deter­
m inante en este proceso, pero desem peñó un papel diferente en cada una
de sus etapas.
La prim era etapa coincide con la actividad pública de Jesús, que fue
extrem adam ente breve: entre uno y tres años, según los evangelios (ca,
27-30 d.C.). Fue breve, pero m uy intensa, pues el contacto con él dejó una
huella im borrable en todos aquellos que escucharon sus enseñanzas o
contem plaron sus acciones portentosas. La actividad de Jesús se caracte­
rizó por el frecuente contacto con personas de Indo lipo n las que curaba
y enseñaba, pero lambién creó en torno a sí un nnipu de discípulos que le
La tradición oral y los cuatro evangelio.v 111

Mallín en todo m om ento y con los que entabló una relación muy estrecha.
I in- cu esta etapa cuando nació la tradición sobre Jesús. El im pacto que
mi* palabras y acciones causaron entre sus seguidores y sim patizantes se-
itnlii el com ienzo de este proceso. Sin em bargo, el hecho de que estas tra­
diciones hayan llegado hasta nosotros coloreadas por !a fe pascual, ha
plumeado una pregunta a la que será necesario responder: ¿No es acaso la
inidición sobre Jesús un producto (al m enos en parte) de la fe pascual? La
i iieslión de fondo que se plantea con respecto a esta prim era etapa es, por
ifiiiUi, la del origen de la tradición sobre Jesús.
I a segunda etapa en el proceso de form ación de los evangelios corres­
ponde a la prim era generación de discípulos, que tam bién se conoce co ­
mo «generación apostólica» (30-70 d.C.). Entre esta etapa y la anterior
liiiy que situar el surgim iento de la fe pascual, es decir, la convicción ge-
m-mlizada de que Jesús seguía vivo después de su muerte. E sta convic­
ción determ inó el interés de sus discípulos por conservar y transm itir los
leí neldos sobre él, y tam bién la form a en que éstos se conservaron y se
liiinsmitieron. Este segundo periodo, m ucho m ás dilatado que el primero,
mc caracteriza, ante todo, por una intensa actividad m isionera que en muy
pocos años hizo llegar el m ensaje cristiano no sólo a las regiones cerca-
iiiis ji Palestina, sino a casi toda ia cuenca de! M editerráneo y a otros In­
times de! im perio rom ano en occidente y del im perio parto en oriente. Tal
timpliación del escenario geográfico trajo consigo un cam bio de contexto
uncial: desde el m edio rural que reflejan las parábolas y los dichos de Je-
ims, ¡iI medio urbano en que actuaban los m isioneros cristianos; y desde
i-l contexto predom inantem ente jud io de la patria de origen, al m ás hele-
ui/udo de la diáspora. Tales cam bios propiciaron la creación de grupos
de discípulos m u y diversos entre sí desde el punto de vista cultural y so-
cmL y el surgim iento de diversas identidades grupales y de diferentes for-
huís do asociación. D esde el punto de vista del proceso de form ación de
Ion evangelios, esta etapa corresponde a la fase de la form ulación y trans­
misión de la tradición sobre Jesús, que se fue actualizando a través de di­
versas recitaciones y representaciones en los diferentes grupos de discí­
pulos. Esta es la fase en la que se fijó y se transm itió la tradición oral; la
cuestión que se plantea en ella es si dicha fijación y transm isión conser­
vó su sentido original o si, por el contrario, m odificó sustancialm ente los
ii'ciierdos sobre Jesús.
1.a tercera etapa coincide con la segunda generación de discípulos, la
Humada «generación subapostólica» (70-110 d.C.). El com ienzo de esta
pencnición está m arcado por un acontecim iento que convulsionó a todos
los ¡udios: la destrucción del tem plo de Jcrusalén; y por otro que tuvo no-
iulile im parto dentro del naciente m ovim iento cristiano: la desaparición
112 L a form ación de los evangelios

de los que habían conocido a Jesús. D urante esta etapa, los grupos de dis­
cípulos surgidos durante la etapa anterior buscaron consolidarse; para ello
tuvieron que abordar nuevos problem as de tipo organizativo y doctrinal.
Todos estos factores determ inaron una tendencia hacia la fijación de la
tradición sobre Jesús; po r eso, durante esta tercera etapa se observa una
intensa actividad literaria que dio lugar a la producción de diversos libros
sobre Jesús. D icha cristalización había com enzado tím idam ente durante
la etapa anterior, pero fue en ésta cuando se generalizó. A pesar de ello, la
tradición oral siguió viva, y este hecho plantea una nueva cuestión que se­
rá preciso abordar: ¿Q ué papel desem peño la tradición oral en la com po­
sición de los evangelios y en su prim era difusión?
Las tres etapas que aquí hem os descrito brevem ente, así com o su re­
lación con el proceso de com posición de los evangelios, coinciden con la
inform ación que encontram os ya en el prólogo del Evangelio de Lucas, el
único que ofrece algún detalle sobre el proceso seguido en su com posi­
ción. Explicando al lector cómo ha obtenido la inform ación recogida en
su obra, Lucas afirm a que su relato contiene «lo que nos han transm itido
los que fueron testigos oculares desde el principio y luego se convirtieron
en m inistros de la palabra» (Le 1, 2). En estas escuetas palabras se dibu­
ja n las tres fases m encionadas. La prim era es la de los testigos oculares,
es decir, aquellos que acom pañaron a Jesús durante su actividad pública.
La segunda, aunque protagonizada por las m ism as personas, se distingue
de la prim era por el hecho de que los que habían sido testigos oculares
desde el principio recibieron luego el encargo de custodiar y transm itir es­
ta tradición. Finalm ente, la tercera es la que representa el «nosotros» en
el que se incluye el evangelista y todos aquellos que antes de él habían
com puesto un relato similar. D urante estas tres etapas la tradición sobre
Jesús fue, ante todo, una tradición oral.

2. La tr ad ició n o r a l t u v o su or igen e n J esús

La tradición recogida en los evangelios com enzó a fraguarse durante


la actividad pública de Jesús. A unque la escuela de la historia de las for­
mas puso entre paréntesis la posibilidad de que hubiera existido una tra­
dición prepascual, la investigación p osterio r ha m ostrado que la m ejor
form a de explicar la existencia de la tradición postpascual es reconocer
que ésta tuvo su origen en el impacto que causaron las acciones y las pa­
labras de Jesús en quienes se relacionaron con él. Fueron ellos, los testi­
gos oculares, quienes cultivaron y transm itieron dichos recuerdos en el
contexto de una cultura de la memoria y de la Iradición.
L a tradición oral y los cuatro evangelios 113

i i ) El im pacto de Jesús en su entorno

I) Kiensy, Leader,s o f M ass M ovem ents a n d the L ea d e r o f the Jesú s M ovem env. Jour-
mil l'orth e S tudy o f the N ew T estam ent 74 (19 9 9 ) 3-27; J. D. G. D unn, R ed escu b rir a
J f xús de N azaret. L o q u e la investigación so b re e l Jesú s histórico ha olvidado, Sala-
lilimca 2006, 17-44; S. G uijarro O porto, Je sú s y su s prim e ro s discípulos, E stella 2007,
MS-168; J. P. M eier, Un ju d ío m arginal. N ueva visión del Je sú s h istórico III, Com pa-
llrros y co m p etid o res, E stella 2003, 43-214; G. T heissen, J esu sb ew eg u n g ais charis-
m atisclte Wertrevolutiorr. N e w T e sta m e n t S tudies 35 (1989) 343-360.

A diferencia de Juan Bautista y de otros profetas contem poráneos, que


Me retiraban al desierto para predicar la conversión ante la inm inente He­
dida del juicio de Dios, Jesús desarrolló su actividad en los am bientes de
Iji vida cotidiana. Frecuentaba la sinagoga, entraba en las casas y congre-
Hiilm a La gente en los espacios abiertos de los pueblos y aldeas que visi-
litlm (M e 1, 21-39). Su actividad se caracterizó tam bién por el contacto
personal con gentes m uy diversas: sanaba a los enferm os, discutía con los
maestros de la ley, enseñaba a la gente, com ía con quienes le invitaban a
tui mesa e instruía a sus discípulos (M e 2, 1-3, 6). Estos dos rasgos carac­
terísticos de la actuación de Jesús - s u presencia en los espacios de la vi-
<!n cotidiana y su intensa actividad de c o n tac to - explican por qué en el
breve tiem po que duró su m inisterio dejó una huella tan duradera en las
personas que le conocieron.
No todas estas personas, sin em bargo, se relacionaron con él del mis-
mu. modo y con la m ism a intensidad. La m ayoría sólo fueron testigos de
Hialinas de sus acciones portentosas o escucharon sólo algunas de sus en-
Nclliinzas, pero unos pocos le acom pañaban constantem ente y conocían
t on detalle su enseñanza y actuación. H ubo tam bién un grupo de perso-
iiiim que se sintieron especialm ente cautivadas por el m ensaje que procla-
mnbu y le acogieron gustosos en sus casas. Encontram os así, en torno a
U'nús, tres círculos de personas. El m ás cercano es el que form aban sus
discípulos, es decir, aquellos que lo habían dejado todo para seguirle. Los
(|in; se habían adherido a su m ensaje, pero tenían una relación m enos asi-
diui con él form aban un grupo interm edio de seguidores y sim patizantes.
I mnlmente, los que le escucharon o fueron testigos de sus acciones sólo
di- lam ia esporádica, form aban el círculo m ás externo al que los evange­
lio:. designan com o «la gente». A unque esta clasificación no debe tomar-
>m■i ¡^idamente, la distinción entre estos tres grupos ayuda a im aginar las
di versus situaciones en que se originó la tradición que luego recogieron
Im evangelios. Por eso, al estudiar el nacim iento de esta tradición, debe-
itinis preguntarnos qué tipo de impacto causó en cada uno de ellos la rela-
i uní que establecieron con Jesús,
114 L a form ación de los evangelios

Podem os com enzar por el circulo más am plio, el que form aba «la gen­
te». En algunos casos, corno en la m ultiplicación de los panes (M e 6, 34-
44), se trata de un grupo numeroso; pero en otros, el grupo se reduce a los
que caben en una casa o a la pequeña asam blea local (M e 2, 1-12; 1 ,2 1 -
28). Con relativa frecuencia, de este grupo se destacan algunos individuos
que se dirigen a Jesús para preguntarle o para pedirle que los sane o que
cure a alguna persona cercana (Me 1, 40-45; 7, 24-27). Todos ellos estable­
cen con éí una relación puntual, aunque en algunos casos la gente se des­
plaza de un lugar a otro para buscarle (M e ó, 53-56). Estas noticias de los
evangelios, corroboradas por la información que recogen algunos autores
no Cristianos (Tácito, A m . 15, 44; Flavio Josefo, Ant. 18, 63), revelan que
el anuncio de Jesús sobre la cercanía del reinado de Dios y las acciones
que lo hacían presente se dirigían a todo el pueblo. El origen de esta rela­
ción hay que buscarlo en la situación de las m ultitudes que, a los ojos de
Jesús, se encontraban com o ovejas sin pastor (M e 6, 34; Mt 9, 36). Esta
iniciativa dio lugar a un m ovim iento de masas liderado por Jesús y el gru­
po de sus discípulos m ás cercanos. El hecho de que los evangelios conten­
gan num erosas instrucciones dirigidas a estos discípulos más cercanos no
significa que ellos fueran los únicos destinatarios del m ensaje y de las ac­
ciones de Jesús, pues, com o precisan los relatos de vocación, Jesús los lla­
m ó para que le ayudaran en su tarea de convocar a Israel: «Venios detrás
de mí y os convertiré en pescadores de hom bres» (M e 1, 17).
El intenso contacto de Jesús con las m ultitudes dio lugar a una tradi­
ción popular en ía que se recordaban algunas de sus palabras y, sobre to­
do, los signos que había realizado. Los evangelios m encionan con fre­
cuencia que la fam a de sus acciones portentosas y de su enseñanza con
autoridad se difundía por los pueblos y ciudades del entorno (M e 1, 28.45,
etc.). Estas noticias, que en su m ayoría proceden de ios evangelistas, re­
velan no obstante la convicción que ellos tenían de que ias palabras y las
acciones de Jesús se difundieron entre la gente. La existencia de una tra­
dición prepascual de carácter popular puede confirm arse tam bién con al­
gunos datos que aparecen de forma indirecta en los estratos tradicionales
de los evangelios. Así, po r ejem plo, en la escena de la com parecencia de
Jesús ante el Sumo Sacerdote, unos testigos, que obviam ente no pertene­
cen al grupo de sus discípulos, afirm an haberle oído decir: «Yo destruiré
este tem plo hecho con m anos hum anas y en tres día edificaré otro no h e­
cho con m anos hum anas» (M e 14, 58). Estas palabras, que los evangelios
vuelven a poner en boca de sus adversarios (M e 15, 29) y que tam bién
pronuncia el mismo Jesús (M e 13, 2; Jn 2, 18-22), pudieron haber circu­
lado, al m ism o tiem po, entre la gente, entre sus adversarios y cutre sus
discípulos. En los evangelios hay también indicios de que existió una Ira-
La tradición oral y los cuatro evangelios a 5

ilición popular de sus acciones antes de la pascua. En el relato m arquiano


ih'l endemoniado de G erasa, por ejemplo, se dice que los porqueros, al ver
In que había hecho Jesús, difundieron la noticia por la ciudad y las aldeas
ilrl campo, y la gente acudió a ver qué es lo que había pasado (M e 5, 14).
I ;nle tipo de indicios revelan la existencia de una tradición sobre Jesús en-
lii- la gente e incluso entre sus adversarios. A unque sólo una parte muy pe-
qucila de ella fue incorporada m ás tarde a los evangelios, esta tradición
dehió tener una notable im portancia no sólo en vida de Jesús, sino también
dexpués de su muerte.
TI circulo interm edio estaba form ado por un grupo heterogéneo de se­
guidores y sim patizantes que tuvieron una relación m ás asidua con Jesús.
Se distinguen de la «gente» por la adhesión a su proyecto, que apoyan sin
tiimiulonar sus casas y familias de form a perm anente. Este grupo incluiría
.i quienes habían dejado tem poralm ente sus hogares y ocupaciones, como
Iiin mujeres que siguieron a Jesús desde G alilea hasta Jerusalén (M e 14,
1(1 -11) y, sobre todo, a quienes prestaban apoyo al grupo itinerante que for-
umba con sus discípulos (Le 8, (-3), y a quienes los acogían en sus casas.
I ¡i frecuencia con que Jesús aparece en los evangelios actuando y enseñan­
do en las casas es un indicio de la im portancia que tuvo esta hospitalidad
¡hiiv la difusión de su proyecto en Galilea; es preciso, sin em bargo, sefia-
Int que los evangelios mencionan especialm ente las casas que le acogieron
h i*l y a sus discípulos galileos en Jerusalén y sus alrededores: la casa de
Zaqueo en Jericó (Le 19, 1-10), la casa de Lázaro y sus herm anas en Be-
Iiiiiiü (Jn II, 1-12, 11; Le 10, 38-42?; Me 11,1 i?)> la de Simón e! Lepro-
>iii, lambién en Betania (M e 14, 3-9; Me 1 1, 11?), o la del anónim o propie-
Imi io L¡ue le cede una estancia am plia para que celebre con sus discípulos
I» pascua en Jerusalén (M e 14, 12-16). La im portancia de estos seguidores
\ ■nnipatizantes sedentarios para el m ovim iento de Jesús se percibe en la
i rnltiilidad que tienen las instrucciones sobre la misión; en las dos versio-
■ir mque se han conservado de ellas, se recom ienda a los discípulos, en pri-
iiu-i lugar, que se dirijan a las casas para anunciar allí la buena noticia de
In llegada del remado de Dios (M e 6 ,1 0 par.; Le 10,5-7 par.). Las casas en
ln<- que Jesús actuaba y enseñaba, así com o las que acogían al grupo itine-
iiiiile, .se habían adherido a su m ovim iento com o resultado de una acción
mi'tionera sim iíar a la descrita en estas instrucciones.
Jesús estableció una relación m ás estrecha con estos seguidores y sim ­
plificantes que con la gente. Ellos habían tenido ocasión de escucharle
nn'iu de una vez en sus propias casas, donde habían sido testigos tam bién
tlr ',n H irió» sanadora. A lgunos, incluso, le habían acom pañado durante
mi lu-nipo breve o en ocasiones especiales, com o la peregrinación a Jeru-
iiilrii. I.a aelilud que tenían hacia Jesús quienes form aban parte de este
116 L a form ación de los evangelios

círculo iba m ás allá de la adm iración, pues habían acogido su m ensaje y


vivían de acuerdo con él en su vida cotidiana. Lo que escuchaban a Jesús
y lo que veían en él era im portante para ellos y procuraban recordarlo, so­
bre todo las enseñanzas relativas al nuevo estilo de vida inaugurado por
la llegada del Reino. Es probable que en las casas de los seguidores de Je­
sús se conservara el recuerdo de algunas de sus acciones cargadas de con­
tenido sim bólico y ritual, como la unción en B etania (M e 14, 3-9; Jn 12,
1-8), las palabras sobre el pan y el vino durante la última cena (M e 14, 17-
25; Jn 13, 21-30), el lavatorio de los pies, que Juan sitúa en este m ism o
contexto (Jn 13, 1-20), o la efusión del E spíritu en el relato de aparición
a los discípulos (Jn 20, 22-23). A lgunas de estas acciones van acom paña­
das en los evangelios de una invitación a repetir o recordar el rito realiza­
do, que evoca algún rasgo im portante del proyecto o del misterio de Jesús.
D icho recuerdo estaba vinculado a la casa, no sólo porque había sido el
ám bito en el que Jesús había realizado estas acciones, sino tam bién porque
era el lugar en que sus seguidores y sim patizantes habían recordado, repe­
tido y transm itido dichas acciones.
Por último, en el círculo m ás cercano encontram os a los discípulos. Los
evangelios no están de acuerdo a la hora de determ inar quiénes form aban
parte de este círculo. Los tres sinópticos presuponen que estaba form ado
por los Doce, aunque no coinciden del todo en la enum eración de sus nom ­
bres (M e 3, 16-19; Mt 10, 2-4; Le 6, 13-16). Sin em bargo, el Evangelio de
Juan sólo m enciona a este grupo una vez (Jn 6, 66-71) y, en cambio, habla
de otros discípulos que no aparecen en los sinópticos, com o N atanael o el
D iscípulo A mado (Jn 1, 46-51; 13, 23), El libro de los Hechos, por su par­
te, m enciona a otros dos discípulos que habían acom pañado a Jesús y a los
D oce desde el principio: José, llamado Justo, y M atías (Hch l, 23). Estos
datos indican que quienes siguieron de cerca a Jesús fueron más de doce,
pero asim ism o m uestran que, de entre ellos, Jesús asignó una función par­
ticular al grupo de los Doce. Todos, sin em bargo, m antuvieron una estre­
cha vinculación con él. Ellos lo habían dejado todo para seguirle, 1o cual
im plicaba no sólo ir detrás de él en sentido físico, sino tam bién en sentido
existencial, porque habían abandonado su form a de vivir anterior para vi­
vir con él y com o él. Esta estrecha relación con Jesús explica que aparez­
can en casi todos los pasajes de los evangelios com o testigos o com o pro­
tagonistas de lo que se cuenta en ellos.
Entre Jesús y sus discípulos m ás cercanos se estableció una relación
m uy especial. Ellos no sólo le escuchaban con agrado y adm iración com o
las multitudes. Tampoco se conformaban con llevar a la práclica su m ensa­
je en la vida cotidiana com o hacían los seguidores y simpnl izantes que le
acogían en sus casas. Estos discípulos más cercanos hnbfuii ahiindoiiailo su
La tradición oral y los cuatro evangelios 117

ennii y su familia, su trabajo y su pueblo, para ir detrás de él com partiendo


<*n estilo de vida y su misión. U na decisión así sólo puede ser consecuen-
i'in de una seducción. Los discípulos siguieron a Jesús porque antes ha-
luun sido cautivados por él y porque confiaban en él. Su actitud puede
ili lliiirse entonces com o una form a de fe en Jesús. No era todavía una fe
imsaial, pero sí una «fe discipular» (Dunn). Y fue en el contexto de esta re­
ligión de confianza y adhesión, de seguim iento y com prom iso, donde co­
menzaron a com entar el significado de las llamativas palabras de Jesús y a
nnmir sus sorprendentes acciones. En este círculo íntimo se conservaron y
i ih neniaron tam bién ias enseñanzas que Jesús les había dirigido sólo a
pilos, como las instrucciones sobre la misión (M e 6,7-1 3 ; Le 10, 1-12 par.),
0 los episodios de los que sólo ellos habían sido protagonistas, com o las es­
trilas de vocación (M e 1, 16-20: Le 9, 57-62 par.). La m ayoría de los re-
1lindos que m ás tarde recogerán los evangelios proceden de este círculo
miis cercano o fueron conservadas y transm itidas en él; por esta razón, es
ni este grupo de discípulos m ás cercanos donde podem os encontrar con
imis certeza los com ienzos de la tradición sobre Jesús.

11) i. a tradición prepascual en el circulo de los discípulos

M I Icngel, Segu im ien to y carism a. L a ra d ica lid a d de ia llam ada de Jesús, S antander
I ‘>HI ; C. G il A rbiol, L o s Valores N egados: E nsayo de exégesis sociocientiflca sobre la
,Htu>i‘stig m atiza ció n en e l m o vim ien to d e J e s ú s , E stella 2003, 327-406; S, G uijarro
i ipoilo. D iscipulado, en E. B orile y otros (dirs.), D iccionario de P a sto ra l Vocacional,
'iiilm nim ca 2005, 3 8 3-3 9 0; M. Pesce, D iscep o la to gesu a n o e d iscepolato rabbinico.
1‘m h lcm i e p r o s p e ttiv e d ella co m p a ra zio n e, en H. T em porini - W. H aase (eds.), A uf-
luid N iedergang d er rom ishen Welt II, B erlin-N ew Y ork 1984, 25.1, 351-389; H.
‘ii'lidm iann, D ie voró stlichen A n fa n g e d e r L ogientradition, en H. R istow - K. M atthiae
ii 'ik ) , D er h isto rische Jesú s un d er kerygm atische C hristus, Berlin 1962, 342-370.

( 'orno hem os señalado m ás arriba, la escuela de la historia de las for-


miiis asignó a la fe pascual un papel determ inante en el surgim iento de la
i un lición evangélica. D esde su punto de vista, dicha tradición habría co­
menzado cuando los discípulos de Jesús tuvieron la experiencia de que
I >ios lo había resucitado de entre los m uertos. E sta experiencia tuvo cier-
luiiu'iite una gran im portancia en el proceso de conservación y transm i­
sión do los recuerdos sobre Jesús, pero eso no significa que antes sus dís-
rípulos no hubieran recordado y com entado sus palabras y sus acciones.
I ‘i im pensable que todas las enseñanzas que habían escuchado y las ac­
riolles de que habían sido testigos hubieran quedado alm acenadas en su
iiiriiioi'iíi para salir a la luz sólo en esc mom ento. La explicación del ori­
gen de la tradición sobre Jesús que he propuesto en el apartado preceden­
118 La form ación de ios evangelios

te es m ucho m ás plausible desde el punto de vista histórico; en realidad,


no sería necesario insistir en ella si la explicación propuesta por Bultm ann
y sus discípulos no hubiera influido tanto en la reconstrucción del proce­
so que dio origen a los evangelios. Es precisam ente la propuesta de Bult­
m ann la que plantea la necesidad de explicar con detalle los argum entos
que avalan la existencia de una tradición prepascual en el grupo de los
discípulos más cercanos a Jesús.
El punto de partida es el hecho fácilm ente constatable de que Jesús es­
tableció con sus discípulos una relación diferente a la que estableció con el
resto de la gente. No sólo proclam ó un m ensaje dirigido a todo el pueblo,
como hizo Juan Bautista y otros profetas que esperaban la inminente inter­
vención de Dios, sino que adem ás reunió en torno a sí un grupo de discí­
pulos que le acom pañaban constantemente. Jesús no actuó com o los m aes­
tros de la ley, que eran elegidos por sus discípulos para recibir de ellos una
enseñanza, sino que tom ó ia iniciativa y eligió a sus propios discípulos.
A unque asum ió elem entos de estos otros m odelos culturales a 1a hora de
llam ar a sus discípulos, la relación que estableció con ellos posee elem en­
tos nuevos y característicos que explican el nacim iento de la tradición
evangélica. Esta relación aparece, sobre todo, en tres m om entos clave de
la experiencia discipular: la llamada, el seguim iento y el envío.
En los evangelios encontram os tres tipos de relatos vocacionales: el de
M arcos (M e 1, 16-20; 2, 14 par.), el de Q (Le 9, 57-62 par.) y el de Juan
(Jn 1, 35-51). Estos relatos son una form ulación estilizada y sintética de
experiencias más com plejas y prolongadas. Es poco probable, por ejem ­
plo, que Jesús llam ara a sus prim eros discípulos sin conocerlos de nada y
sin que ellos supieran nada sobre él, com o podría deducirse de la presen­
tación de M arcos (M e 1, 16-20). M arcos cuenta así la llamada de los pri­
m eros discípulos porque quiere presentarlos com o modelo de (a conver­
sión que exige la llegada del reinado de Dios anunciado por Jesús (M e 1,
14-15), y porque quiere m ostrar que le acom pañaron desde el com ienzo
de su actividad y fueron testigos de todo lo que hizo y dijo. Lucas, sin em ­
bargo, sitúa la llamada de los primeros discípulos en un punto posterior de
su relato, cuando Jesús ya ha com enzado su actividad en G alilea (Le 5, I-
11), tal como había hecho antes el D ocum ento Q (Le 9, 57-62 par.). En la
versión de Juan, que sitúa el encuentro de Jesús con sus prim eros discípu­
los tam bién al com ienzo de su actividad pública, aparece, sin em bargo,
otro detalle que parece históricam ente verosím il, a saber, que la mayoría
de estos discípulos llegan a Jesús a través del testim onio y la m ediación
de otros (Jn I, 35-51).
A pesar de estas diferencias, que perm iten apreciar In com plejidad de
la experiencia v oracional, estos reíalos poseen también noliililes sem ejan-
La tradición oral y los cuatro evangelios 119

/as que revelan los rasgos fundam entales de la llam ada de Jesús. Estas se­
mejanzas m uestran, en prim er lugar, que Jesús tom ó la iniciativa a la ho-
ia ile llam ar a sus discípulos o de aceptar com o tales a los que se acerca­
ban a él. Con ello Jesús reveló una autoridad poco com ún y tam bién una
pean claridad acerca de las metas que perseguía y de las personas que n e­
cesitaba para alcanzarlas. M arcos lo expresa con una frase lapidaria cuan­
do dice que «llam ó a los que quiso» (M e 3, 13). A unque a veces la inicia-
liva para incorporarse al grupo de sus seguidores procediera de aquellos
ii los que había curado o exorcizado (M e 5, 18), el grupo de sus seguido-
ics más cercanos fue elegido personalm ente por él. A dem ás, a quienes en-
n liban a form ar parte de este grupo Jesús les impuso condiciones de ex ­
trema radicalidad, la más im portante de las cuales fue, sin duda, la ruptura
ron sus fam ilias y sus vínculos sociales anteriores para encam ar proféti-
i uniente la novedad del reinado de Dios.
Tanto la forma com o las exigencias de la llamada se explican porque és­
ta lenía una intencionalidad concreta que M arcos expresa así: «para que
estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (M e 3, 14). Esta doble fmali-
lliu I de la llamada de Jesús aparece también en los relatos vocacionales. Así,
i-n la llamada a Pedro y a su hermano Andrés, que tiene un m arcado carác-
Irr tradicional, Jesús los invita a ir «detrás de él» para convertirse en «pes-
riulores de hombres». Por su parte, en la versión joánica de la llamada a los
discípulos, éstos son invitados a estar con él (Jn 1, 39), y Pedro recibe un
nuevo nom bre que prefigura su m isión (Jn 1, 42). A m bas finalidades de la
Humada, de Jesús, el seguim iento y la misión, fueron determ inantes para el
Mirlamiento de una tradición sobre él en el grupo de los discípulos.
I ,a invitación a estar con él implicaba, ante todo, seguirle (Le 9, 60; Me
1, 18; 10, 28), ir detrás de él (M e 1, 17.20). Estas dos expresiones poseen
diversos significados en las tradiciones sobre el discipulado. Se refieren,
ni primer lugar, al seguim iento material, que im plica ir físicam ente detrás
ilc Jesús, pero tam bién aluden a una actitud vital que consiste en com par-
lu su estilo de vida y su destino. El seguim iento de Jesús im plicaba, por
Innlii, la convivencia continuada, ya que los discípulos no sólo tenían que
ii|iicm ler unas enseñanzas, sino que debían ser testigos de las acciones
iliie realizaba, tal com o queda expresado en estas palabras dirigidas a sus
•■«•Unidores más cercanos: «D ichosos vuestros ojos que ven lo que estáis
i icndo, porque os digo que m uchos profetas y reyes desearon ver lo que
Misolros estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo
oyenm » (Le 10, 23 par.). Ver y oír fue la prim era tarea de los discípulos;
|u-m seguir a Jesús significaba también com partir su estilo de vida. Este es­
tilo de vida, que lenía un claro carácter contracuItural por su actitud críti-
i n Inicia la familia (M e 3, 20-21.3 1-35), por la renuncia al dom icilio fijo
120 L a form ación de los evangelios

(Le 9, 58 par,), la relación con personas de m ala reputación (M e 2, 15-17),


o la actitud poco respetuosa hacía algunas prácticas religiosas (M e 2, 18-
20.23-28) y hacia ciertas norm as de pureza ritual (M e 7, 1-15), fue com ­
partido por los discípulos (M e 1, 18.20; 2, 14.15.18.23-24; M e 7, 2.5),
quienes tam bién experim entaron la reacción adversa que provocaban di­
chos com portam ientos (M t 10, 25; Le 7 ,3 4 par; M t 19, 12). Por eso, Jesús
les anuncia en diversas ocasiones que serán objeto de persecuciones y de
una oposición provocada precisam ente por esta form a de vivir que expre­
sa la novedad del reinado de Dios (Le 6 ,2 2 -2 3 par.).
El seguim iento supone, pues, acom pañar a Jesús para escuchar sus en­
señanzas y ver sus signos, pero supone tam bién com partir su estilo de vida
y su destino. Estas tres dim ensiones del seguimiento expresan la íntim a re­
lación de los discípulos con Jesús y su adhesión incondicional a él. Tal rela­
ción fue el ám bito en el que nació y se cultivó la tradición sobre él. En
aquella, experiencia había un elemento que contribuyó decisivam ente al
cultivo de dicha tradición, pues Jesús no sólo estableció una relación per­
sonal con sus discípulos, sino que dio m ucha im portancia a las relaciones
que éstos mantenían entre sí. Esta dim ensión grupal del discipulado, que se
refleja en las enseñanzas sobre cóm o debían relacionarse los discípulos pa­
ra que su grupo fuera expresión del reinado de Dios que anunciaban, creó
el contexto apropiado para recordar y com entar las palabras y acciones de
Jesús, tal com o reflejan algunas escenas del evangelio (M e 9 ,30-33).
Jesús invitó a sus discípulos a establecer una estrecha relación con él
y con los dem ás discípulos, pero esta relación no era la finalidad últim a
de su llamada. La invitación a seguirle estaba en función de una m eta más
precisa: asociarlos a su propia m isión y hacerlos m ensajeros de la buena
noticia que él anunciaba (M e 3, 14), Es aquí donde hay que situar sus ins­
trucciones para la m isión, que tienen un sólido fundam ento en la tradi­
ción. H an llegado hasta nosotros en dos versiones diferentes (M e 6, 7-13
par. y Le 10, 1.-12 par.) que dependen de una colección de dichos proce­
dentes de Jesús. Una prueba de ello es que utilizan la im agen de la m ies
para hablar de la m isión y la de los jorn alero s para referirse a los m isio­
neros (Le 10, 2), dos im ágenes que no fueron utilizadas m ás tarde p o r los
prim eros cristianos.
La tarea encom endada a estos enviados consistió en anunciar y hacer
presente la inm inente llegada del reinado de D ios. E n las instrucciones
para la m isión se les encom ienda la tarea de anunciar de palabra la cerca­
nía de este reinado; al m ism o tiem po se les encarga realizar dos acciones
m uy representativas de la actuación de Jesús: com partir la m esa y expul­
sar dem onios. Jesús envió a sus discípulos a hacer lo que él Inicia, y a ha­
cerlo en su nombre, según el conocido proverbio rahínico: «el enviado de
L a tradición oral y ios cuatro evangelios 121

<111 hombre es com o si fuera él m isino». A hora bien, para llevar a cabo es-
!<■ encargo, los discípulos tuvieron que recordar necesariam ente el conte­
nido del m ensaje de Jesús y los rasgos característicos de su peculiar to r­
il ni de actuar. Cabe suponer tam bién que en su m isión en las casas y en las
plazas de los pueblos gal íleos tendrían que dar alguna noticia acerca de
ni|iiel que los enviaba. Todo ello hace pensar que en este contexto del en-
vio misionero se cultivó una tradición sobre Jesús.
Así pues, las tradiciones sobre la vocación, el seguim iento y el envío re­
vellín que Jesús estableció una relación m uy estrecha con sus discípulos.
Scjf,ún los relatos de vocación, en el origen de dicha relación se encuentra
i'l reconocimiento de una autoridad capaz de hacerles rom per con su vida
nnk'rior para vincularse a él y a su proyecto. En esta relación inicial de ios
discípulos con Jesús aparece ya una adhesión personal a él, un a form a de
'de discipular», que supone un reconocim iento de su persona y revela el
Impacto que causó en ellos el encuentro con Jesús. En la relación continua­
da con él, escuchando sus enseñanzas y contem plando sus signos, esta ac-
ti ilid se fue consolidando. El grupo de los discípulos en el que se com enta-
niii sus enseñanzas y sus acciones ofrecía un contexto adecuado para esta
ti induración. Por últim o, el hecho de que estos discípulos fueran enviados
iiimnciar el m ism o m ensaje que Jesús anunciaba presupone que habían
¡inundado sus enseñanzas y podían dar razón de ellas. Todos estos datos no
nulo muestran que existió una tradición prepascual sobre Jesús en el grupo
de los discípulos, sino también que la adhesión a él y la fe en él desem pe-
nmon un papel determ inante en este proceso desde el comienzo.

i ) La form a de hablar y de actuar de Jesús

I I lispinel. La poesía de Jesús, Salamanca 1986; B. Gerhardsson, Memory and


1 Umttscñpt. Oral Tradition and Written Transmission in Rabbinic Judaism and Ear-
t\• i lirhlitmity, G randR apids 1998; J. Jeremias, Teología del Nuevo Testamento, Sala-
imtnni 1974, 21-43; R. Riesner, Jesús ais Lehrer. E ine Untersuchung zum Ursprung
ihn Eí'imgelien-Überlieferung, Tübingen 1981; G. Vermes, La religión de Jesús el j u ­
dío, Miulrid 1995,65-97.

I ,n peculiar relación que Jesús estableció con sus discípulos no sólo


lime plausible la existencia de una tradición prepascual, sino que en cier-
in modo la exige. Este es, po r así decirlo, el argum ento prim ario a favor
di' In existencia de dicha tradición, pero no es el único; tam bién la forma
df liiiblar y de actuar de Jesús pudo haber facilitado y estim ulado el naci-
iiiH'iilo de dicha tradición.
I íiiind o Jesús hablaba a la g en te o a su s d isc íp u lo s, n o lo hacía de for-
mn d escu id a d a o im p ro v isa d a , sin o u ld iz a n d o recu rsos d e la p o e sía oral
¡22 La form ación de los evangelios

que facilitaban la m em orización de sus enseñanzas. La inm ensa mayoría


de sus dichos eran sentencias breves y rítm icas que recurrían al paralelis­
mo o ¡a repetición, A lgunos de estos dichos poseen, además, un tono para­
dójico que hacia más fácil su m em orización (M e 10,44: «el que quiera ser
el más im portante que se haga esclavo de todos»), Jesús utilizó también
con frecuencia sím iles y parábolas, un género en el que alcanzó una gran
maestría y originalidad. Una de sus principales características es que pue­
den recordarse con facilidad. Incluso hoy, las personas que tienen alguna
familiaridad con los evangelios reconocen que las parábolas son las ense­
ñanzas de Jesús que m ejor han m em orizado y también! las que más fácil­
m ente pueden reproducir. Es posible que la formulación no coincida exac*
taimente con la de los evangelios, pero el esquem a narrativo será el mismo
y la parábola será fácilm ente reconocible. A dem ás, podem os suponer que
Jesús pronunció sus sentencias y parábolas no sólo en una ocasión, sino en
varias. Los diversos grupos de personas a los que hablaba las escucharían
probablem ente sólo una vez, pero los discípulos que le acom pañaban ias
habrían escuchado varias veces, y es posible, incluso, que hablaran con Je­
sús o entre ellos acerca de su significado (M e 4, 10-12).
Las acciones de Jesús tam bién eran fáciles de recordar. A lgunas de
ellas, com o sus com idas con los pecadores (M e 2, 15-18), la expulsión
de los m ercaderes del tem plo (Me II, 15-17 par.) o la m aldición de la hi­
guera (M e 11, 20-24), eran muy parecidas a las acciones sim bólicas de los
antiguos profetas. Estas acciones trataban de transm itir un mensaje, pero lo
hacían de form a plástica y llamativa, lo cual facilitaba mucho su m em ori­
zación. Otras, como sus sanaciones y exorcism os, también habrían sido fá­
cilm ente recordadas por quienes las presenciaron debido a su carácter ex­
traordinario, En el mundo antiguo en general, y en el contexto en que vivió
Jesús en particular, existía un vivo interés por lo extraordinario; de hecho,
los evangelios m encionan a diversos grupos y personajes que desean ver
un signo realizado por Jesús (Le 11, 29 par.; Me 8, 11 par.; Le 23, 8). Este
deseo de lo extraordinario creaba un clim a adecuado para que las acciones
portentosas de Jesús fueran recordadas no sólo entre sus discípulos y segui­
dores, sino también entre sus adversarios; en realidad, estos últim os nun­
ca negaron sus exorcism os o sanaciones, sino que le acusaron de haberlos
realizado de form a inadecuada (M e 3, 22; Le 11, 15 par.; M e 3, 1-6).
El hecho de que Jesús elaborara poéticam ente sus enseñanzas y de que
diera un significado a las acciones que realizaba revela su intención de
transm itir un m ensaje a las personas con las que se relacionó. Más aún,
am bas cosas m uestran que su intención era grabar en ellas do forma du­
radera dicho m ensaje. Jesús era un maestro, No al estilo de los m aestros
rabínieos posteriores, pero sí com o lo fueron otros coiileiii|ioi'áneos gali-
La tradición oral y los cuatro evangelios ¡23

I * c o m o H anina ben Dossa, que acom pañaba sus enseñanzas con ac-
i times portentosas. En los evangelios, de hecho, tanto sus discípulos co ­
lín i ln gente le llam an «m aestro» (M e 4, 38; 10, 17), y él habla com o un
muestro (Me 10, 1; 11, 17; M t5 , 2; Le 11, 1). El m ism o hecho de que en
t-l leluto evangélico sus adversarios cuestionen su autoridad (M e 11, 27,
ii-liriéndose a las acciones precedentes de Jesús, que incluyen su enseñan-
í'nl y de que los evangelistas estén interesados en explicar de dónde pro-
i nlfn ésta (M e I, 21-22), indica que Jesús fue considerado un maestro,
Alinra bien, si Jesús hablaba y enseñaba com o un m aestro, sus palabras y
rime fianzas, que form ulaba con ayuda de sencillos recursos poéticos, se-
i Ion laciles de recordar en un contexto en el que, com o se ha visto más
iiiului, predom inaba la com unicación oral y se cultivaba la m em oria. El
ln ncixlo de sus enseñanzas se habría conservado, sobre todo, en el círcu-
li> de sus discípulos m ás cercanos, pues aunque Jesús no m antuvo con
fllns lina relación com o la que tenían los m aestros de la ley con sus dis-
i l|nilos, ellos le consideraban su m aestro y él quiso transm itirles su men-
«itjc de forma que pudieran retenerlo.

I I ,A TRADICIÓN ORAL DURANTE LA GEN ERA CIÓ N APOSTÓLICA

I ,a segunda etapa de! proceso de form ación de los evangelios coinci­


dí- ron el periodo de la historia del cristianism o naciente protagonizado
Iii 11 los discípulos que habían acom pañado a Jesús durante su actividad
|iulilica. Com o ya se ha señalado, esta etapa va desde la m uerte de Jesús
IniHla la destrucción de Jerusalén, un acontecim iento que coincidió en el
l lempo con la desaparición de la m ayor parte de dichos discípulos. En es-
le periodo (30-70 d.C .) desem peñó un papel fundam ental la certeza de
que Jesús seguía vivo. E sta certeza hizo que sus palabras y sus acciones
ni- recordaran no com o las palabras o las acciones de un m aestro del pa­
cido, sino com o las enseñanzas y los signos de alguien que seguía vivo en
nn-dio de ellos. Por eso, durante este tiem po la tradición sobre Jesús no
i*nli> se conservó y se transm itió, sino que se cultivó y se enriqueció. A
ello debió contribuir, sin duda, la espectacular difusión del naciente m o­
vimiento cristiano que en pocos años hizo llegar su m ensaje a diversas re-
|iiniios del imperio rom ano.
I;.l estudio de la tradición oral en este periodo debe analizar, en primer
lunar, el im pacto de la experiencia pascual en el grupo de los seguidores
de Jesús y la forma en que esta experiencia afectó al cultivo de dicha tra­
dición; en segundo lugar, es necesario identificar los contextos vitales y
lu lumia en se transm itió en ellos dicha tradición oral; por último, será de
124 La fo rm ación de tos evangelios

gran utilidad hacer una descripción y clasificación de las form as m ás ca­


racterísticas que adquirieron estas tradiciones en la transm isión oral a par­
tir de las pequeñas unidades que fueron incorporadas a los evangelios.

a) L a experiencia p ascu a l dio lugar a una tradición viva

A. del A g u a P érez, E l m éto d o derásico y la exégesis d e l N u evo T estam ento, V alencia


1985; D . E. A uné, P ro p h ecy in E a rly C h ristia n ity a n d the A n c ie n t M ed iterra n ea n
W orld, G rand R apids 1983, 2 3 3 -2 4 5 ; M . E. B o rin g , The C o n tin u in g Volee o f Jesus.
C hristian P rophecy a n d the C o sp e l T radition, L ousville 1982; R. E, Brow n, Introd uc­
ció n a la cristo lo g ia d el N uevo T estam ento, S alam an ca 2 00 1, 127-132; J. D. G. Dunil,
R e d e sc u b rir a Je sú s de N azaret, L o que ia in vestig a c ió n so b re e l J e s ú s h istó rico ha
o lv id a d o , S alam an ca 2 006, 47-77 ; L, W, H urtado, S eñ o r Jesu cristo . La d evo ció n a
Je sú s en e l cristianism o p r im itiv o , S alam anca 2 0 0 8 ,4 7 -1 0 3 ; A. K irk - T. T hatcher, J e ­
su s Tradition as S o c ia l M em o ty, en A. K irk - T. T h a tc h e r (eds.), M em ory, Tradition,
a n d Text; U ses o f the P ast in E a rly C hristianity, L eid en 2 00 5, 25-4 2; H . W anshrough
(ed .), Jesu s a n d the O ra l C o s p e l T radition, S h effield ] 9 91; G. T heissen , L a religión
d e ios p rim e ro s cristia n o s, S alam an ca 2 0 02, 61-84.

Los indicios analizados en el apartado precedente muestran que duran­


te la actividad pública de Jesús se fue creando u n a tradición acerca de sus
palabras y de sus acciones. Sin em bargo, esto no significa que dicha tra­
dición fuera cultivada con la intención de preservarlas o de transm itírse­
las a las generaciones futuras. El m ensaje que Jesús anunciaba y que sus
enviados repetían hablaba de una pronta intervención de D ios que trans­
form aría este mundo, lo cual hace poco plausible la existencia de una tra­
dición form alm ente conservada. De hecho, es m uy probable que después
de la m uerte de Jesús el interés p o r sus palabras y sus acciones dism inu­
y era considerablem ente entre la gente e incluso entre sus seguidores más
cercanos, algunos de ¡os cuales decidieron regresar a su vida anterior (Jn
21, 1-14). Esta situación cam bió radicalm ente cuando la certeza de que
seguía vivo se fue generalizando entre ellos, porque entonces el recuerdo
de sus enseñanzas y de sus acciones adquirió un nuevo significado. Dicha
experiencia hizo que descubrieran con m ayor claridad quién era Jesús, y
los recuerdos que se habían conservado sobre él se convirtieron en una
preciosa tradición que debía ser preservada y transm itida.
La certeza de que Jesús seguía vivo tuvo una expresión plural en los
años inm ediatam ente posteriores a su muerte. E n las tradiciones m ás anti­
guas dicha certeza se expresa, en prim er lugar, en la convicción de que ven­
drá en el futuro como M esías o Hijo del hombre (l lcli 3, IÚ-2 I; Me 13, 26
par.). La invocación «¡Ven, Sefior!» (M aratialha), que fue conservada en
aram eo, refleja bien el sentido de esta convicción que esperaba la lulimi
La tradición oral y los cuatro evangelios 125

manifestación de Jesús (1 C or 16, 11; Ap 22, 20). E sta cristología de futu-


ii» situaba la muerte de Jesús en relación con su segunda venida en la que,
finalmente, se haría presente el remado de Dios anunciado por él (1 C or 11,
Me 14,25). Sin em bargo, la convicción acerca de Jesús que se expresa
i'on más fuerza en las tradiciones más antiguas no es !a que pone la m irada
en el futuro, sino la que se centra en el presente y confiesa que Jesús está
vivo porque D ios lo ha resucitado. Los prim eros credos e himnos sitúan en
primer plano este acontecim iento, haciendo de él la clave para com prender
In situación actual de Jesús. Esta cristología de presente, que abre las puer­
tas a una nueva forma de presencia suya, es la que aparece mayoritariamen-
le en las primitivas confesiones de fe (R om 1, 3-4; 1 C or 15, 3-5).
I .a resurrección de Jesús, en efecto, tuvo una im portancia decisiva en
el naciente m ovim iento cristiano. Pablo de Tarso, uno de sus m iem bros
más activos durante la prim era generación, expresó de form a contunden-
lr su significado cuando, dirigiéndose a la jo v e n com unidad de Corinto,
iifirmaba: «si C risto no ha resucitado, tanto mi anuncio com o vuestra fe
enlucen de sentido» (1 C or 15, 14). U n poco antes, Pablo se había hecho
eco de una tradición recibida y transm itida por él, en la que el aconte­
cim iento de la resurrección aparece corroborado por la ex periencia del
encuentro con el resucitado que otros m uchos y él m ism o habían vivido
11 Cor L5, 5-8). E n los evangelios encontram os varios relatos de esta mis-
iiiíi experiencia (M t 28, 16-20; Le 24, 9-52; Jn 20, 11-28), ju n to con la tra­
dición del sepulcro vacío (M e 16, 1-8 par.). Tanto en la tradición trans­
mitida por Pablo com o en los relatos evangélicos de las apariciones, el
encuentro con el resucitado señala el com ienzo de una nueva misión. Así,
In resurrección aparece no sólo com o el acontecim iento que legitim ó la
i inisa de Jesús, sino com o la experiencia que dio lugar a una nueva forma
de relación con él y a una m isión que llevaría su nom bre hasta los confi­
nes del m undo (H ch 1, 8).
líl papel determ inante de la experiencia pascual en el nacim iento del
ei iHlinnismo se debe, sobre todo, a lo que este hecho revelaba acerca de la
identidad de Jesús, pues no sólo confirm aba que era el M esías enviado por
1>kis, sino que revelaba que era el Hijo. Sus seguidores pasaron así de una
"le discipular» a una «fe pascual», que definía de una form a nueva su re-
Incíón con Jesús. Fue en el contexto de esta nueva relación donde descu-
ln lertm quién era él en realidad. Y por eso, junto a las fórmulas que conden-
'iíihiin la experiencia del encuentro con el resucitado, m uy pronto circularon
en las comunidades cristianas himnos que expresaban el reconocimiento de
In condición divina de Jesús. A m bas tradiciones se acuñaron al com ienzo
de la segunda generación y lian llegado hasta nosotros porque Pablo las re­
envió lileinlmcnle en sus carias ( I Cor 15, 3-5; I■Ip 2, 6-11). Estas cartas
126 L a form ación de los evangelios

fueron escritas en la década de los cincuenta, de m odo que las tradiciones


que citan son anteriores. La afirmación de que Jesús había resucitado y el
reconocim iento de su fialiación divina no fueron, por tanto, dos fases su­
cesivas de un largo proceso, sino dos expresiones contem poráneas de la
m ism a fe pascual.
La resurrección de Jesús pasó a ser una afirm ación central en las fór­
m ulas de fe de las com unidades cristianas de la diáspora, com o se puede
apreciar fácilm ente a través de las cartas de Pablo. Sin em bargo, no pode­
m os estar seguros de que este acontecim iento haya tenido la m ism a im­
portancia para todos los grupos de seguidores de Jesús. O tras tradiciones
vinculadas a la región siropalestinense, com o la que recoge la colección
de dichos de Jesús que conocem os como D ocum ento Q, reflejan una cris-
tología de futuro, en la que se subraya su próxim o retorno. Sin em bargo,
tam bién en estas tradiciones encontram os un reconocim iento de la digni­
dad de Jesús y de su especial relación con D ios (M t 4, 1-11 par.; M t 11,
25-26 par.). Todo parece indicar, por tanto, que al com ienzo de la prim e­
ra generación cristiana se produjo uu cam bio decisivo en la visión que sus
discípulos tenían de Jesús. Tanto los que le habían conocido antes como
otros que no le habían conocido descubrieron que Dios lo había resucita­
do de entre los m uertos y vieron en este hecho una afirm ación de su es­
trecha relación con él. Esta nueva form a de ver a Jesús se m anifestó en los
títulos honoríficos que se le atribuyeron (H ijo de Dios, Señor, etc.) y se
expresó en las confesiones de fe o en los him nos que se recitaban en las
reuniones com unitarias.
Para com prender lo que supuso este reconocim iento de la filiación di­
vina de Jesús es necesario recordar que sus prim eros seguidores profesa­
ban la fe tradicional de Israel, cuyo fundam ento era la confesión de un
único D ios, que cada fiel israelita recitaba varias veces al día: «Escucha,
Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno» (D t 6 ,4 ). En este con­
texto, la afirm ación de que Jesús era «igual a Dios» (Flp 2, 6) suponía una
innovación radical que sólo podía ser justificada por una revelación divi­
na o por una nueva experiencia religiosa. Esto explica la im portancia que
tienen en la tradición más antigua las dos experiencias que dieron origen
a la fe pascual: las apariciones de Jesús y el hallazgo de la tum ba vacía,
En am bos casos se trata de experiencias de contacto con lo divino en las
que, directa o indirectam ente, se produce una revelación acerca de la nue­
va condición de Jesús. E n las apariciones, cuya versión más antigua se en­
cuentra en. la tradición citada por P ablo que he m encionado m ás arriba
(1 Cor 15, 5-8), tiene lugar un encuentro con el m ism o Jesús que se m a­
nifiesta ( o p h th e - se dejó ver) a sus discípulos después de su muerte. Los
relatos evangélicos tic las apariciones eseenillcau de diversas formas es-
La tradición oral y los cuatro evangelios 127

iii experiencia fundam ental, pero en todos los casos la iniciativa parte de
li'sús que se m anifiesta revelando su nueva condición. Los relatos de la
(timba vacía form an parte de otra tradición cuyas protagonistas son las
mujeres que habían seguido a Jesús hasta Jerusalén (M e 16, 1-8 par.). Pe­
ni lambién en este caso se trata de una revelación acerca de la nueva con­
dición del Resucitado. Las experiencias revelatorias que evocan estos re-
lulos están en el origen de la fe pascual, ya que sólo a partir de ellas fue
posible afirm ar la filiación divina de Jesús en un contexto m arcadam ente
monoteísta.
Llegamos así a la conclusión de que la experiencia de la resurrección
t'Nlnvo directam ente relacionada con el reconocim iento de la filiación di­
vina de Jesús, y de que estas convicciones transform aron la fe discipular
ilr sus seguidores en una fe pascual. E ste hecho influyó de form a decisi-
vii en la conservación y transm isión de los recuerdos sobre el M aestro, pe­
to lambién dio lugar a un enriquecim iento de la tradición sobre él. La re ­
ían lección no debe entenderse com o un muro que separa a la com unidad
poslpascual del Jesús terreno, sino com o un puente que conecta estas dos
lases del naciente m ovim iento cristiano y del proceso de form ación de los
i'Vimgeltos. La transform ación que produjo en sus discípulos esta expe-
i inicia fue la ocasión para que los recuerdos sobre Jesús se clarificaran y
i'xplicitaran. Al conocer su verdadera identidad, los discípulos tuvieron
nnis interés en conservar sus palabras y acciones, pues no eran sólo las pa-
lnlii'iis y acciones de un gran maestro, sino las del Hijo de Dios, que había
^'incitado de entre ios muertos.
I,a certeza de que Jesús seguía vivo en m edio de sus seguidores tuvo
Inmbién otro efecto im portante en el desarrollo de la tradición que más
luí de sería recogida en los evangelios. Si él estaba vivo, podía seguir h a­
blando, y de hecho seguía hablando a través de los profetas que actuaban
movidos por su espíritu. La existencia de estos profetas está am pliam en-
|c docum entada en los prim eros escritos cristianos que insisten con fre-
i iK'iicia en la necesidad de desenm ascarar a los falsos profetas (M t 7 ,1 5 -
íjil 11-1 2 ). E n este contexto, la D idajé ofrece un criterio que revela
la i-sirecha vinculación de los profetas cristianos con Jesús: «No todo el
que habla en espíritu es profeta, sino sólo el que actúa com o el Señor»
l / */i/. 11,8). A lgunas de las palabras y oráculos pronunciados por estos
píntelas, que hablaban y actuaban com o Jesús, pudieron entrar a form ar
(nii le de la tradición evangélica, com o ocurrió con los dichos del Señor re-
nm ilíulo, pero tales dichos no se confundían con los del Jesús terreno. Es-
Iom profetas ciertam ente inHuyeron en la form ulación y en la transm isión
dr tus palabras de Jesús, pero lo hicieron sin tergiversar la m em oria de lo
i|iii- él hiihíii dicho y heclut.
128 L a form ación de los evangelios

La existencia de profetas cristianos que form ulaban y repetían las pa­


labras de Jesús es un indicio de la vitalidad de esta tradición, p ero no el
único. En las prim eras com unidades cristianas se dieron otros fenóm enos
de carácter extático atribuidos a la acción del Espíritu de D ios o de Jesús,
que influyeron en la transm isión y form ulación de la tradición evangéli­
ca. En 1 C or 14, por ejem plo, Pablo distingue entre los que profetizan y
los que hablan en lenguas m ostrando serias reservas con respecto a la
actuación de éstos últim os. Pero es, sobre todo, en el Evangelio de Juan
donde se encuentran los indicios m ás claros de la acción del E spíritu en
la transm isión y la com prensión de las palabras y las acciones de Jesús.
U na.de las funciones del Paráclito, el Espíritu que Jesús prom etió enviar
a sus discípulos, era precisam ente la de recordarles y explicarles el signi­
ficado de sus palabras (Jn 14, 26). En la tradición joánica, el recuerdo de
las palabras de Jesús llevaba consigo la explicación y com prensión de su
sentido más profundo, y estas tareas se atribuían a la acción del Espíritu.
El Evangelio de Juan es un caso extrem o de esta herm enéutica espiritual,
pero ayuda a com prender cóm o esta form a de m em oria contribuyó a ha­
cer de la tradición sobre Jesús una tradición viva.
El hecho de que los recuerdos sobre Jesús fueran com entados e inter­
pretados m uestra que en su transm isión la creatividad se com paginó con
la fidelidad. A m bas actitudes no son excluyentes sino com plem entarias,
de m odo que podem os hablar de una fidelidad creativa, que conserva lo
que es fundam ental, pero m odifica los detalles. Éste es, com o hem os vis­
to m ás arriba, uno de los rasgos característicos de la tradición oral. Así, en
la tradición de los dichos es m uy frecuente observar cóm o las sentencias
breves y rítm icas de Jesús fueron am pliadas y com entadas. Un ejem plo de
ello puede verse en la prim era bienaventuranza: «D ichosos los pobres,
porque vuestro es el reino de Dios» (Le 6, 20), que fue am pliada y adap­
tada de esta forma: «D ichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el
reino de los cielos» (M t 5, 1). Lo m ism o ocurrió con la tradición de los
hechos de Jesús. En otros casos los recuerdos fueron com entados; así ocu­
rrió con los acontecim ientos de los últimos días de la vida de Jesús, a los
que se fueron añadiendo referencias a las E scrituras para explicar lo su­
cedido com o cum plim iento del designio de Dios.
En la am pliación y com entario de los dichos y de los hechos de Jesús,
los discípulos de las prim eras generaciones utilizaron los recursos de su
cultura. La mayoría de ellos estaban familiarizados con las Escrituras y con
las técnicas rabínicas de interpretación. Por eso, las referencias a los libros
sagrados de Israel, sobre todo al Pentateuco, los Salm os y algunos profe­
tas, son muy frecuentes en los evangelios. Muchas de oslas referencias, co­
mo sucede en el caso del relato de la pasión que acabam os de mencionar.
La tradición oral v los cuatro evangelios 129

Incron relacionadas con los recuerdos sobre Jesús en la prim era etapa de su
iiiinsmisión. Pero, además, estas mismas técnicas utilizadas para com entar
In Iiscritura, que conocem os con el nom bre de midrash, se aplicaban a los
ira ie rd o s sobre Jesús y a sus palabras. Este tipo de com entario, que con-
msIc en glosar las palabras y las acciones de Jesús y que se conoce con el
nombre de derash, tuvo una im portancia decisiva en el desarrollo de la tra-
ilirión de los dichos, que alcanzó su form a m ás com pleja en los diálogos,
ranlroversias y discursos del Evangelio de Juan.
Las tradiciones sobre Jesús fueron tam bién form uladas siguiendo los
moldes de la retórica helenística, que había desarrollado técnicas m uy pre­
nsas. Algunas de las formas literarias com unes en los evangelios, com o las
<Urdas o apotegm as, eran consideradas formas básicas del discurso, y los
nmcsIros que preparaban a los jóvenes para el estudio de la retórica les en­
cellaban cóm o com poner y cóm o reelaborar estas breves anécdotas si­
guiendo técnicas muy sim ilares a las que se observan en las sucesivas ree-
Inltoraciones de tales anécdotas dentro de la tradición evangélica.
lista creatividad a la hora de form ular y transm itir los recuerdos sobre
Ira is no dio lugar a un desarrollo arbitrario o incontrolado de la tradición
[mes, como tendrem os ocasión de ver más adelante, entre los primeros cris-
llnnos existieron desde eí principio diversos mecanismos de control que ga-
um li/abansu fiabilidad. Creatividad y fidelidad determ inaron, por tanto, el
Iimcoso de transm isión de los recuerdos sobre Jesús a lo largo de la prime-
iii f.'.eneración de discípulos, configurando así una tradición viva.
1,os estudios sobre la m em oria social, que recientem ente se han comen-
/mlo a aplicar a la tradición sobre Jesús, ayudan a com prender algunos de
Iim procesos que acabo de describir. Tanto la m em oria individual com o la
memoria com partida tienen un im portante com ponente social. En prim er
lup.iu, porque la situación de quienes recuerdan determ ina la form a de re­
m ullir los datos que se subrayan y las conexiones que se establecen entre
i llos; y en segundo lugar, porque la recuperación del pasado tiene siempre
mili importante función en la construcción de la identidad de ios grupos.
I tiinmle la prim era generación, los discípulos de Jesús estuvieron inmer-
win en un intenso proceso de construcción grupal. Fue un proceso muy he-
porque se desarrolló en contextos m uy diferentes y tuvo que
ir'ipoiulera problem áticas m uy diversas. La situación de las com unidades
iwiilinas, que tenían com o principal referencia el m undo del Im perio, era
iiiiiv diferente a la situación con que se enfrentaban los grupos de la región
.liiipiileslinense, donde la referencia fundam ental eran los grupos judíos,
‘.in embargo, en am bos casos, la m em oria de Jesús fue determ inante en la
i niisiHiccióii de las diversas identidades grupales. No todos recordaron lo
m iuno ni lo recordaron de la misma forma, pero linios trataron tic ser lie-
J30 La form ación de los evangelios

les a la m em oria de Jesús y a la situación que estaban viviendo. Estas ob­


servaciones ponen de m anifiesto la necesidad de conocer los diversos con­
textos en que se transm itió la tradición sobre Jesús.

b) Los contextos vitales en que se transmitieron los recuerdos sobre Jesús

K. E, Baiiey, inform a l C o ntrolled O ral Tradition a n d the Syno ptic G ospels: Asia Jour­
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yond\ Zeitschrifl tur die neutestamentliche Wissenschaft 98 (2007) 1-27; J. D. G. Dunn,
Je sú s en la m em oria oral. E stadios iniciales d e la trad ición de Jesú s, en D. Donnelly
(ed.), Jesús. Un coloquio en Tierra S anta, Estella 2004, 113-184; B. Gerhardsson, The
S ecret o f the Transm ission o f t h e U nwritten Jesús Tradition: New T estam ent Studies 51
(2005) I -1 8; S. Guijarro Oporto, Ind icio s d e una trad ició n p o p u la r so bre Je s ú s en e!
E vangelio de Marcos: Salmantícensís 54 (2007) 241-265; S. Guijarro Oporto, Jesú s y
su s p rim ero s discípulos, Estella 2007, 11-34; R. Stark - W. S. Bainbridge, A T heory o f
R eligión, New B runsw ick21996, 121-193.

La escuela de la historia de las form as definía el contexto vital (Sitz im


L eben) com o una situación típica en la vida de las com unidades cristianas
en la que se habían form ulado y transm itido las tradiciones orales sobre
Jesús. La identificación de estas situaciones típicas y la am bientación en
ellas de las diversas form as de la tradición ayudó a com prender m ejor el
proceso de la transm isión oral; con todo, la com prensión que esta escue­
la tenía del contexto vital era m uy reducida, pues se refería sólo al contex­
to eclesial. En !a investigación posterior, este concepto se ha am pliado no­
tablem ente y hoy se aplica a cualquier situación de contacto entre una
tradición (o un texto) y la realidad social en que nace y pervive, sea ésta
una situación com unitaria típica, una com unidad particular, o incluso una
situación social externa.
Entre estas situaciones y las tradiciones que se conservaron y transm i­
tieron en ellas se dio una influencia recíproca. Por un lado, el contexto vi­
tal influyó en la selección, form ulación y transm isión de las tradiciones;
por otro, las tradiciones afianzaron y legitim aron los com portam ientos y
las instituciones que configuraban los contextos vitales. Com o acabo tic
indicar, el recuerdo del pasado significativo desem peña una función de­
term inante en la construcción de la identidad social. Por esta razón, los
grupos suelen conservar y transm itir las tradiciones que poseen una fun­
ción social, es decir, aquellas que tienen alguna relevancia para su vichi,
aunque esto ni) significa que respondan al modo de vida del j'.nipo o de al
La tradición oral y los cuatro evangelios 131

fjtuos de sus m iem bros, sino que sus m iem bros las consideran im portan-
íes y valiosas por algún motivo.
En su versión restringida del contexto vital, la escuela de la historia
i le las formas identificó tres situaciones típicas en la vida de las prim eras
inm unidades cristianas: la predicación, la catequesis y eí culto. La predi­
c c ió n fue, sin duda, la actividad más característica de la prim era genera­
ción de discípulos, pues en el espacio de m u y pocos años el evangelio lle­
nó tanto a las ciudades del M editerráneo orienta! com o a las del interior
de Siria. U na expansión tan rápida sólo puede explicarse si se dio un a in­
tensa actividad m isionera. D e esta actividad m isionera hablan abundante­
mente las cartas de Pablo, en las que se m enciona tam bién a otros após-
Uiles dedicados a ella (Gal 2, 6-8). En las com unidades que se form aban
rom o resultado de su predicación, los nuevos creyentes eran instruidos
más am pliamente sobre su nueva fe, com o m uestran las exhortaciones éti-
rus en las cartas de Pablo (cf. especialm ente 1 Cor). En este nuevo con­
trolo com unitario tenían lugar tam bién los actos de culto; la celebración
de l;i cena del Señor, en la que se realizaba la fracción del pan com o m e­
morial de la últim a cena de Jesús, era, sin duda alguna, el principal de ellos
11 ( or 11, 17-34); pero tam bién se celebraban otros ritos com o el bautis­
mo y reuniones de oración en las que los profetas cristianos tenían un pro-
lii|.',on¡smo especial (1 Cor 12, 1-11).
Al describir así las situaciones típicas de la vida com unitaria, la escue­
la tic la historia de las form as suponía im plícitam ente que todos los gru­
pos de discípulos de la generación apostólica habían tenido una estructu-
iii i itierna suficientem ente com pleja com o para distinguir entre estos tres
ll|>os ele actividad. Por otro lado, al considerar estas situaciones com o tí-
l'irus, suponían que todas las com unidades y grupos tenían una estructu-
iii similar. En realidad, la identificación y caracterización de estos contex­
tos ilc la vida com unitaria se basó, sobre todo, en las cartas de Pablo, en
Iiin que se refleja la organización de las com unidades paulinas asentadas
en I¡is ciudades del Im perio, y del libro de los H echos, que presenta una
iiitufícn idealizada de la com unidad de Jerusalén, perfectam ente organiza-
dii en torno a la predicación de los apóstoles, la enseñanza y ia celebra-
< ióii <1Ich 2, 42-47). A quella descripción de los contextos com unitarios
riii, en realidad, una generalización que no tenía en cuenta la diversidad
di'l cristianism o naciente.
I Ina descripción más m atizada de los contextos vitales en que se con-
Mrivaion y transm itieron los recuerdos sobre Jesús debe tener presente la
diversidad de los prim eros grupos de discípulos, así com o las diferentes
'inunciones en que vivieron. Por otra parte, una distinción fundam ental,
que ivlaliviza la ¡mugen de la vida com unitaria imaginada por la escuela
La formación de los emolios

de la historia de las form as, es la que se pede establecer desde el pun­


to de vista sociológico entre los grupos defccipulos de la región síropa-
lestinense (la patria de origen) y los que setenaron en las ciudades del
Im perio (la diáspora). Desde una perspectiva sociológica, los prim eros
pueden ser caracterizados como una «secta»,mientras que los segundos
podrían definirse com o un «culto». Una sectaes un movimiento de reno­
vación que se desgaja de un sistema religioso más amplio ya asentado con
el que sigue teniendo muchos elementos ai común. Un «culto», sin em ­
bargo, es un m ovim iento religioso importado a un contexto social y re­
ligioso diferente, en el que trata de integrarse, Tanto las sectas com o los
■cultos están en tensión con su entorno social y religioso y experim entan
dificultades para sobrevivir en él. Las secias corren el peligro de ser ab­
sorbidas por el grupo religioso mayoritarioy.por eso, para sobrevivir tie­
nen que subrayar las diferencias con respecto a él. Sin em bargo, los cul­
tos, que son elem entos extraños dentro delcontexto en que se encuentran,
tienen el peligro de ser rechazados y, por ello, desarrollan estrategias de
asim ilación a] entorno (Stark-Baimbridge),
E! lugar de aquellos primeros grupos dediscípulos en sus respectivos
entornos sociales fue determinante en el pioceso de configuración de su
identidad e influyó en su forma de consemry transmitir los recuerdos
sobre Jesús. Para los grupos de discípulosasentados en la patria de o ri­
gen, que tuvieron que definir su identidad frente a otros grupos judíos, era
esencial el recuerdo de las enseñanzas y déla actuación del Jesús terreno,
porque esta form a de m em oria les permitía subrayar sus diferencias con
respecto a esos otros grupos. Sin embargo, para las com unidades de la
diáspora, que tuvieron que definir su identidad en el mundo del Imperio,
era decisivo resaltar los aspectos que mostaban la condición divina de Je­
sús, porque esto les perm itía legitimarse entre los sistemas religiosos del
nuevo entorno.
Esta distinción explica por qué las cartas de Pablo contienen tan pocos
recuerdos sobre el Jesús terreno. A pesar deque fueron escritas en el m o­
m ento en que la tradición oral estaba muy viva, tan sólo encontram os en
ellas unas pocas palabras suyas (1 Tes 4,5; I Cor 7, 10; 9, 14) y algunas
referencias a acontecim ientos concretos, principalmente a la últim a cena
con sus discípulos (1 Cor 11, 23-25) y a sumuerte y resurrección (1 Cor
15, 3-8). No cabe duda de que, al instruir alas comunidades recién funda­
das, Pablo les había hablado de Jesús, de suenseñanza y de sus acciones,
y sobre todo de su muerte en la cruz. En lacarta a los Gálatas, aludiendo n
aquella prim era instrucción, recuerda cómo había representado gráfica­
m ente ante sus ojos a Jesucristo crucil'icatli>((ía! 3, 3). I’ublo había tenido
ocasión de contrastar la tradición sobre Jesús que luiblii recibido en sus en-
La tradición oral y los cuatro evangelios

uicntros con Pedro y con los dem ás apóstoles (Gal 1, 18; 2, 11-14). Pero
e s te conocim iento del Jesús terreno, que tal vez fue im portante para él al
principio, pasó a segundo plano cuando com prendió la novedad que entra­
ñaba la revelación de su resurrección (2 C or 5, 16). La situación en que vi­
vían sus com unidades, en com petencia con otros cultos que anunciaban di­
versos salvadores divinos y con el influyente culto al emperador, favoreció,
riMr duda, esta concentración en la condición divina de Jesús. Por eso, en las
n atas paulinas encontram os numerosas fórmulas de fe e him nos litúrgicos
111ic confiesan su resurrección y exaltación.
I ,as tradiciones orales sobre el Jesús terreno que más tarde fueron reco-
Hiilas en los evangelios se transm itieron, sobre todo, en los grupos de dis­
cípulos de la región siropaiestinense, com o indica el hecho de que tres de
los cuatro evangelios canónicos (M ateo, M arcos y Juan) hayan sido escri-
los en dicha región. Esta es una cuestión discutida, como verem os al estu­
diar cada uno de los evangelios, sobre todo porque la tradición antigua si­
ma la com posición del Evangelio de M arcos en R om a y la del Evangelio
di' .1Lian en Efeso, Sin em bargo, un análisis detallado de am bos evangelios
iiiif.iere que sus prim eras versiones se originaron cerca de Palestina, don-
di- mejor se habían conservado las tradiciones sobre Jesús. L a existencia
ili-l cristianismo palestinense fue efím era debido al trem endo im pacto que
i m isó la guerra contra R om a en la región. La últim a noticia que tenem os
i Ir él es una tradición recogida por Eusebio (Hist. Ecl. 3, 5, 5) y por Epifa-
niii (Panarion 29, 7, 7-8), según la cual la com unidad de Jerusalén huyó a
la ciudad de Pella, Pero los recuerdos sobre Jesús transm itidos en la región
raropalestinense se conservaron en los evangelios que se com pusieron en
lo.s años inm ediatam ente posteriores.
l il escenario en el que se form ularon y transm itieron los recuerdos so-
lnr Jesús durante la prim era generación no fue, por tanto, muy diferente al
que he descrito en el apartado precedente al tratar sobre los com ienzos de
dicha tradición en el m inisterio de Jesús. La certeza de su resurrección y
de su retorno glorioso reavivó los recuerdos que se habían conservado en-
lu- la gente, en los círculos de sus sim patizantes y seguidores, y entre sus
discípulos, consolidando así tres form as de tradición que conservaron y
iian.smitieron los recuerdos sobre Jesús en tres contextos diferentes.
I ,os recuerdos transm itidos entre la gente que seguía esporádicam ente
a Jesús se convirtieron en una tradición popular que se conservó entre sus
■anipul izantes galileos, es decir, entre aquellos que habían estado difusa-
uietile vinculados a él. Después de la m uerte de Jesús, estos antiguos sinv
pnli/nntes no crearan nuevas estructuras sociales, sino que se mantuvieron
mil-unidos en sus anteriores grupos de pertenencia. La vida cotidiana de la
lamilla y de la aldea habría sido, por tanto, el contexto vital de esta tradi­
134 La form ación de los evangelios

ción que tuvo un carácter m uy local. En el docum ento Q se encuentran al­


gunas alusiones a este grupo am plio de personas que recordaban a Jesús,
aunque desde el punto de vista del grupo discipular que está detrás de este
docum ento su adhesión a él era insuficiente (Q 10, 13-15).
Los recuerdos conservados entre quienes habían acogido a Jesús en
sus casas se convirtieron en una tradición com unitaria. Esta se transm itía
entre ios grupos que seguían reuniéndose en las casas cercanas a Jerusa­
lén y que Jesús había frecuentado (Hch 12,12). En ellas se habría conser­
vado el recuerdo de la últim a cena (1 C or 11, 23-26) o el relato tradicio­
nal de la pasión, que posee un intenso colorido litúrgico (M e 14, 1-16, 8);
pero es m uy posible que este tipo de grupos surgiera tam bién en las ciu­
dades del entorno (Tiro y Sidón, A ntioquía, D am asco, etc.). El contexto
vital en el que se form ularon y se transm itieron estas tradiciones fueron,
pues, las casas urbanas en las que se reunían los seguidores de Jesús. Es­
tas casas y los grupos que se reunían en ellas ofrecían un m arco adecua­
do para la conservación de sus palabras y, sobre todo, de ciertas acciones
suyas que, con la repetición, fueron adquiriendo un carácter ritual cada
vez más acentuado.
Por último, los recuerdos transm itidos en el círculo de sus discípulos
m ás cercanos generaron una tradición discipular que se conservó entre
quienes habían dejado sus casas para seguirle. D espués de la m uerte de
Jesús, estos discípulos form aron pequeños grupos muy activos y com pro­
m etidos en la difusión del naciente m ovim iento cristiano, lo cual explica­
ría la difusión de las tradiciones conservadas por ellos. Dichas tradiciones
se cultivaron inicialm ente en Palestina, pero m uy pronto se difundieron
por otras regiones. A ntioquía, debido a su posición estratégica, pudo ser
un centro im portante de esta difusión. Estos grupos estaban m uy im plica­
dos en el m ovim iento y m uy orientados hacia la m isión, y sus m iem bros
adquirieron un enorm e protagonism o en el periodo postpascual com o ga­
rantes de la tradición sobre Jesús y com o m isioneros itinerantes (Gal 1,
18; 1 C or 9, 3-6).
En el Evangelio de M arcos, que es el m ás cercano en el tiem po al pe­
riodo apostólico y el que m uestra un conocim iento más preciso de la si­
tuación de Palestina antes de la guerra, hay indicios que confirm an la
existencia de estas diversas tradiciones. La tradición popular está repre­
sentada por los m ilagros de Jesús, que ocupan en este evangelio un lugar
proporcionalm ente m ayor que en los otros dos sinópticos. El autor del
evangelio los asum ió de form a crítica, negando la transm isión popular e
incontrolada de estos recuerdos y m ostrando que eran insuficientes para
com prender el m isterio de Jesús (M e 1 ,4 4 ; 7, 36; 8, 27-3(1). La tradición
com unitaria está representada, sobre todo, por el ivlnlo «lo la pasión, que
La tradición oral y los cuatro evangelios 13 5

ocupa un lugar m uy im portante en la narración de M arcos y en su teo lo ­


gía ( Me 14, 1-16, 8). La im agen de Jesús com o ju sto sufriente que apare-
cu on ella es el contrapunto necesario a la imagen del taum aturgo exitoso
que aparece en los m ilagros. Por últim o, la tradición discipular se expre-
mii en los recuerdos sobre la constitución del grupo de los D oce y su en­
vío (3, 13-19; 6, 7-13), y en otras m uchas enseñanzas y pequeñas anécdo-
lits sobre el estilo de vida de los discípulos, que se encuentran a lo largo
ilc lodo el evangelio. (M e 2, 1-3, 6). La centralidad del discipulado en es-
le evangelio revela su estrecha vinculación con esta tradición, pero el he-
llio de que haya incorporado la tradición com unitaria y la popular indica
lumbién que am bas eran im portantes en su entorno.
La diversidad de los contextos en que se difundieron los recuerdos so-
Iiic Jesús en la región siropalestinense hace suponer que éstos no se trans­
mitieron siem pre de la m ism a forma. Esta diversidad puede explicarse re-
riirriendo a un sencillo modelo construido sobre dos variables. La prim era
ilo ellas se pregunta si dichos recuerdos se transm itieron de form a contra-
luda o incontrolada, mientras que la segunda distingue entre dos form as de
i'imlrol: formal e inform al. A partir de este modelo, la tradición popular
puede definirse com o una tradición oral incontrolada, pues carecía de me-
¡■¡mismos de control, aunque esto no significa que fuera totalm ente arbitra-
ii:i. La tradición com unitaria fue, con m ucha probabilidad, una tradición
oral formalmente controlada, pues la estructura social sobre la que se asen-
inba facilitaba la existencia de instancias específicam ente orientadas a con-
Irolar su fiabilidad. Este tipo de tradición está docum entada en las cartas
do Pablo, quien utiliza en dos ocasiones los térm inos técnicos «recibir» y
Mliansmitir» para subrayar la fiabilidad de algunas tradiciones concretas
I I t or 11, 23; 1 5 ,3 ); pero no debe olvidarse que Pablo había recibido es-
las tradiciones durante su estancia en las com unidades de Siria y Palesti­
na. Por último, la tradición discipular puede ser considerada una tradición
oriil informalmente controlada, pues aunque no existen en ella m ecanismos
lonnales, com o m aestros u otras personas encargadas específicam ente de
ivtlii tarea, algunos m iem bros del grupo y éste en su conjunto pueden ejer­
cer diversas form as de control, sobre todo cuando los contenidos que se
Iniiismiten son im portantes para la identidad del grupo.
listas formas colectivas de m em oria estuvieron especialm ente vincu­
ladas a Palestina y sus alrededores, donde podían encontrarse fácilm ente
personas que habían conocido a Jesús o habían oído hablar de él. Sin em ­
bargo, en las dem ás regiones, donde no era tan fácil encontrar una tradi­
ción viva sobre ¿1, cobraron una especial relevancia los testigos oculares.
1 ns Icslim onios que hablan de ellos y de la im portante función que de-
Nompeflumn en la primera generación se encuentran, de hecho, en escritos
136 L a form ación de los evangelios

procedentes de com unidades cristianas no palestinenses. El testim onio


m ás antiguo es ía noticia que recoge Pablo en la carta a los Gálatas sobre
su v isita a Jerusalén para hablar con Pedro (G al 1, 18). Pablo pudo h a­
ber tenido diversas m otivaciones para realizar esta visita, pero es de supo­
ner que una de ellas habría sido preguntar a quién había conocido de cerca
de Jesús. En el prólogo del Evangelio de Lucas encontram os otra noticia
acerca del im portante papel desem peñado por los testigos oculares. Su au­
tor afirm a que otros relatos com puestos antes y el suyo propio se basan en
lo que «nos transm itieron los que fueron desde el principio testigos ocu­
lares y luego se convirtieron en m inistros de la palabra» (Le 1, 2); de esta
m anera Lucas subraya la continuidad entre el periodo prepascual y el post-
pascual. Por últim o, cabe m encionar el conocido testim onio de Papías,
que recoge Eusebio de C esarea, acerca de su interés por escuchar el testi­
m onio de los que habían sido discípulos del Señor (Andrés, Pedro, Felipe,
Tomás, Santiago, Juan o M ateo), tal com o lo transm itieron los presbíteros
(Hist. Ecl. 3 ,3 9 , 3-4). Estos testigos oculares autorizados habían acom pa­
ñado a Jesús desde los com ienzos de su actividad pública y form aban par­
te del grupo de sus seguidores más cercanos que, según el libro de los H e­
chos y del Evangelio de Juan, no se redujo al grupo de los Doce (H ch 1,
21-23; Jn 1, 35-50). Su papel en la transm isión de los recuerdos sobre Je­
sús fue determ inante, sobre todo, en las com unidades de la diáspora, don­
de su testim onio seguía vivo a com ienzos del siglo II d.C.

c) Las fo rm a s que adoptó la tradición sobre Jesús

D. E. Auné (ed.), G reco-R om an L itera tu re a n d the N e w Testam ent, Atlanta 1988; R.


Bultmann, H istoria de l a Tradición Sinóptica, Salamanca 2000; M. Dibelius, L a his­
toria d e ¡a s jb r m a s evangélicas, Valencia 1984; G. Theissen, E p ílo g o , en R. Bult­
m ann, H isto ria de la Tradición S in ó p tic a , Salam anca 2000, 447-487; Ph. Vielhauer,
H isto ria d e la literatura c ristia n a prim itiva , Salam anca 1991, 311-330; H. Zimmer-
mann, L o s m étodos histórico-criticos en el N uevo T estam ento, Madrid 1969, 150-169,

D espués de considerar los contextos vitales en que se transm itieron los


recuerdos sobre Jesús, podem os identificar las form as que éstos adopta­
ron en el proceso de su transm isión oral. U na lectura atenta de los evan­
gelios perm ite descubrir que m uchos de los episodios y de los dichos de
Jesús recogidos en ellos fueron originalm ente independientes, pues la co ­
nexión con el contexto es con frecuencia débil. Si se presta atención a su
contenido y a su estructura literaria, se observa, adem ás, que todas estas
unidades pueden ser clasificadas según un reducido núm ero de tipos a los
que los estudiosos han dado el nom bre de «Ibniins cvuu^Miiuis».
La tradición oral y ios cuatro evangelios 137

l’or su estilo y estructura, las form as evangélicas pertenecen al ámbi-


lo ilc la literatura popular o m enor que, a diferencia de la literatura culta,
«c mantiene m uy cerca del lenguaje hablado. Las características m ás no-
Inblcs de este tipo de literatura son: la sim plicidad de la sintaxis, la senci­
llez. del vocabulario, la repetición de elem entos im portantes y, sobre todo,
ln tendencia a reproducir una y otra vez estructuras estereotipadas, nor­
malmente asociadas a los contenidos. La tendencia de la literatura popu-
Lir a adoptar form as fijas parece ser un indicio de que la m ayor parte de
mis producciones fueron creadas y se transm itieron durante un cierto
lii'inpo de form a oral, pues la repetición favorece la fijación de esquem as
S1éstos, a su vez, sirven de ayuda a la m em oria. A dem ás, es m uy proba-
lile (¡Lie la m ayoría de estas com posiciones se hayan utilizado en situacio­
nes específicas de la vida cotidiana, que determ inaron en algunos casos la
t mi figuración de los estereotipos formales.
I'ara estudiar las unidades de la tradición oral resulta útil disponer de
mui clasificación de las m ism as. Tanto R u d o lf B ultm ann com o M artin
1>i huí i as propusieron su propia descripción y clasificación partiendo del
|ni'Kiipuesto de que los evangelios y las tradiciones que habían incorpo-
imln formaban parte de un tipo de literatura peculiar nacida de la prim i-
Hvn predicación cristiana. Con el tiem po se im puso la clasificación de
finllm ann, que agrupa las diversas form as en dos grandes grupos: pala-
lu ns del Señor y m aterial narrativo. Esta distinción básica entre palabras
v mirraciones responde a la naturaleza de la tradición sobre Jesús, aunque
cmln vez se ha hecho más com ún distinguir entre las palabras propiam en-
lr dichas y los apotegm as, que contienen tam bién dichos de Jesús, pero
en un contexto narrativo. R esulta así una clasificación en tres grandes
l'iupos: (1) palabras de Jesús; (2) apotegm as; y (3) narraciones sobre Je-
hiim. Siguiendo esta clasificación, se puede hacer una descripción de las
lum ias elem entales com parándolas con otras com posiciones sim ilares
d is ie n te s en el entorno.

I'nhthras de Jesús

I 11 esle p rim e r g ru p o se in c lu y e n las p a la b r a s de Je sú s q u e c a re c e n d e u n a am -


Itunilnción n a rra tiv a . E n e lla s c a b e d is tin g u ir e n tre lo s d ic h o s y las p a rá b o la s. El
i lu iu -iitu q u e los d ife re n c ia es el u so d e l le n g u a je fig u ra d o , q u e es c a ra c te rístic o
ili'l iieguiulo g ru p o , a u n q u e no sie m p re re s u lta f á c il c la s ific a r a lg u n o s d ic h o s de
li'Ntin q u e Listín e s te lip o d e len g u aje.
I us dichos de Jesús son por lo general breves. Aunque con frecuencia se en-
(‘HL'niran [orinando parte de pequeñas agrupaciones, como el discurso de envío
(Mi (i, 7-1.i), o de composiciones más amplias, como el sermón del llano (Le 6,
MI ■!')) n el discurso esenlológieo (Me I ^), la mayoría de ellos tuvieron un origen
L a fo n n a ció n de los evangelios

in d e p e n d ie n te . S u e le e s ta b le c e rs e u n a d istin c ió n e n tre lo s d ic h o s d e c a rá c te r s a ­
p ie n c ia l de lo s d e c a rá c te r p ro fé tic o , p ero e x iste n ta m b ié n o tro s q u e no e n c a ja n en
e s ta d iv is ió n b á s ic a :

- D i c h o s s a p ie n c ia le s . S o n s e n te n c ia s b a s a d a s e n la o b se rv a c ió n d e la n a ­
tu ra le z a o d e !a v id a c o tid ia n a y e n la e x p e rie n c ia a c u m u la d a , ta le s co m o
« a c a d a d ía le b a s ta su p ro p io a fá n » (M t 6, 3 4 ); o « d e la a b u n d a n c ia del
c o ra z ó n h a b la la le n g u a » (L e 6, 45). D ad o q u e h a b ía d iv e rso s tip o s de sa­
b id u ría (d e l p a d re , d el m a e s tro , e tc.), lo s d ic h o s sa p ie n c ia le s p n e d e n ser
m u y v a ria d o s e n su s c o n te n id o s .

- D i c h o s p ro fe tic o s . C o n tie n e n a n u n c io s , p ro m e sa s o a m e n a z a s q u e n o p u e ­
d e n d e d u c irse d e la e x p e rie n c ia c o tid ia n a . M u c h o s de e llo s e s tá n re la c io ­
n a d o s co n la lle g a d a d el re in a d o d e D ios: « n o te m á is , p e q u e ñ o re b a ñ o ,
p o rq u e m i p a d re a te n id o a b ie n d a ro s el R e in o » (L e 12, 3 2 ); o se refieren
a a c o n te c im ie n to s fu tu ro s: « v e n d rá n m u c h o s d e o rie n te y de o c c id e n te y
se se n ta rá n en el b a n q u e te del rein a d o de D io s» (L e 13, 29).

- E x i s te n , a d e m á s , o tro s d ic h o s , e n tre lo s q u e c a b e d e s ta c a r lo s q u e se re­


fie re n a la m isió n de J e s ú s , in tro d u c id o s c o n la e x p re sió n « H e v e n id o »
(Le 12, 49 ); ¡os d ic h o s so b re el se g u im ie n to y so b re el e n v ío de io s d isc í­
p u lo s (Me 4, 17; Mt 8, 2 2 ); las o ra c io n e s (Le 10, 2 1 -2 2 par.; L e 11, 2b-4
par.); o lo s d ic h o s le g a le s , c o m o la s e n te n c ia so b re el d iv o rc io (Me 10,
10-12 par.), q u e re v e la n u n a p ro b le m á tic a p articu lar.

L a lite ra tu ra d e l e n to rn o p ro p o rc io n a a b u n d a n te s e je m p lo s de e s ta fo rm a , ta n ­
to e n e l á m b ito p o p u la r c o m o en el c u lto . L a lite ra tu ra s a p ie n c ia l y p ro fé tic a de
Isra e l o fre c e m u c h o s p a ra le lo s , p e ro ta m b ié n la lite ra tu ra h e le n ís tic a c u ltiv ó la
tra d ic ió n d e la s s e n te n c ia s y n o es c o rre c to a firm a r q u e lo s d ic h o s d e la trad ició n
g rie g a p e rte n e c e n sie m p re al á m b ito d e la s a b id u ría tra d ic io n a l. E x is te n , po r
e je m p lo , se n te n c ia s a trib u id a s a filó s o fo s p o p u la re s e n to rn o a la re n u n c ia , cuya
ra d ic a lid a d es c o m p a ra b le a la de lo s d ic h o s d e Je sú s. L o ú n ic o q u e v a ría s o n los
m o tiv o s p o r lo s q u e se e x ig e d ic h a re n u n c ia .

L as p a r á b o la s d e J e s ú s c o n s titu y e n el o tro g r u p o y se c a ra c te riz a n p o r e l uso


del le n g u a je fig u rad o . E sta fo rm a de len g u a je , q u e u tiliz a c o n fre c u e n c ia la s im á ­
g e n e s y las m e tá fo ra s , tie n e la c a p a c id a d d e e v o c a r u n a re a lid a d q u e e s tá m á s allá
d e la d ire c ta m e n te s ig n ific a d a , in v ita n d o a s í al o y e n te a p a rtic ip a r a c tiv a m e n te en
el d e s c u b rim ie n to del m e n s a je q u e se q u ie re tra n sm itir. E n los e v a n g e lio s , la s d i­
v e rs a s fo rm a s de le n g u a je fig u ra d o se d e sig n a n c o n f re c u e n c ia c o n el té rm in o
g r ie g o p a r a b o lé (M e 7, 17; L e 4, 2 3 ), q u e tra d u c e e l té rm in o h e b re o m a s h a l, u ti­
liz a d o p a ra d e s ig n a r fo rm a s lite ra ria s m u y v a ria d a s . E ste tip o de le n g u a je se e x ­
p re s a e n los e v a n g e lio s co n fo rm a s d iv e rsa s y n o sie m p re re s u lta fá c il establece!'
u n a c la s ific a c ió n q u e h a g a ju s tic ia a e s ta d iv e rsid a d . A p e s a r d e e llo , c a b ría d is ­
tin g u ir esta s fo rm a s b ásicas:

- E l s ím il o c o m p a r a c ió n , q u e u n e la im a g e n con el o b je to c o m p a ra d o , va
lié n d o se g e n e ra lm e n te d e l a d v e rb io « c o m o » ; « S ed p ru d c tile s c o m o ser
pien tes y se n c illo s c o m o p a lo m a s » (M i Id. líili).
La tradición ora! y los cuatro evangelios 139

- L a p a r á b o la en se n tid o e s tric to , q u e d e s a rro lla un d ic h o fig u ra d o o u n a


c o m p a ra c ió n . S e d is tin g u e d e e llo s p o r la e x te n s ió n c o n q u e s e d e s c rib e
la s itu a c ió n o p ro c e so , c o m o o c u rre c o n la p a rá b o la del s e m b ra d o r (M e 4,
1-9 p ar,), la d e la se m illa q u e c re c e so la (M e 4 , 2 6 -2 9 ), o las d e l g ra n o de
m o s ta z a y d e la le v a d u ra (M e 4 , 3 0 -3 2 ).

- L a n a rr a c ió n p a ra b ó lic a . A d ife re n c ia de la p a rá b o la , n o p re se n ta un c a ­
so típ ic o , sin o un c aso p a rtic u la r q u e re s u lta lla m a tiv o o so rp re n d e n te , ta l
c o m o o c u rre e n las p a rá b o la s del m a y o rd o m o p e rv e rso (L e 16, 1-8) o del
ju e z m a lv a d o (L e 18, 1-8).

- E l re la to e je m p la r se d ife re n c ia d e los d o s tip o s p re c e d e n te s e n q u e c a re ­


ce d e e le m e n to fig u ra tiv o ; p re s e n ta un c a s o c o n c r e to , p ero n o c o n la in ­
te n ció n d e re m itir a o tra re a lid a d , sin o p a ra su sc ita r la re fle x ió n a p a rtir de
lo q u e se n a rra ; así o c u rre e n las p a rá b o la s lu c a n a s d e l b u e n s a m a rita n o
(L e 10, 2 9 -3 7 ); del ric o in se n sa to (L e 12, 16-21); d el ric o y e l p o b re L á ­
z aro (L e 16, 19 -31); o del fa ris e o y el p u b íic a n o (L e 18, 9 -14).

- L a a le g o r ía , a d ife re n c ia d e to d a s las fo rm a s p re c e d e n te s , n o só lo u tiliz a


u n a m e tá fo ra , sin o q u e e n c a d e n a v a ría s, c o n s tru y e n d o u n a e s p e c ie de m e ­
tá fo ra c o n tin u a d a e n la q u e c a d a e le m e n to d e la im a g e n e v o c a u n a s p e c ­
to d e la re a lid a d . E ste tip o de c o m p o s ic ió n e s m á s fre c u e n te en el E v a n ­
g elio de Ju a n (Jn 15, 1-8), p e ro ta m b ié n se e n c u e n tr a e n la s e x p lic a c io n e s
d e a lg u n a s p a rá b o la s s in ó p tic a s (M e 4 , 13 -2 0 ; M t 13, 3 6 -4 3 ).

I 'l u so d e l d is c u rs o f ig u ra d o c o n s titu y e u n a d e las c a r a c te r ís tic a s m á s so b re-


Kiilienles d e la e n s e ñ a n z a a trib u id a a Je sú s en lo s e v a n g e lio s . A u n q u e e n la litera -
lina b íb lica, r a b ín ic a y g re c o rro m a n a e x is te n e je m p lo s b a sta n te p ró x im o s a lo s ti-
|nm re se ñ a d o s, re s u lta e v id e n te el c a r á c te r s in g u la r d e las p a rá b o la s e v a n g é lic a s
i ii se n tid o e s tric to y d e las n a rra c io n e s p a ra b ó lic a s. E n e lla s no se p re te n d e tra n s-
iini ir ei c o n te n id o d e u n a e n s e ñ a n z a , ni ta m p o c o e x p lic a r alg o difícil de en te n d e r,
i n ino su e le o c u r rir e n los a p ó lo g o s g r e c o r ro m a n o s y en las p a rá b o la s ra b ín ic a s.
I ir. p a rá b o la s d e J e s ú s p re se n ta n fin a le s a b ie rto s q u e im p id e n d e d u c ir u n a co n -
i Insión c la ra , p le n a m e n te tra d u c ib le en el le n g u a je no fig u ra d o . P o r el c o n tra rio ,
iw u v e n q u e re r in v ita r al o y e n te a q u e c a m b ie la p e rs p e c tiv a co n la q u e h a b itu a l-
in rn lc ju z g a las c o s a s y a d o p te u n a actitu d d is tin ta y n o v e d o s a . E l final e s tá a b ie r-
iii, p o rq u e es el o y e n te q u ie n d e b e c o n c lu ir el re la to fig u ra d o e n su v id a real,

o se n te n c ia s e n m a r c a d a s

I In a p o te g m a p u e d e d e fin irs e c o m o u n a a n é c d o ta m e d ia n te la q u e se in te n ta
imiiMii¡(ji' una e n s e ñ a n z a , un m e n s a je o u n a f o rm a d e a c tu a r c a ra c te rís tic a de al-
iiiiii p e rso n a je c o n o c id o d e b id o a su u tilid a d p a r a lo s o y e n te s o d e s tin a ta rio s . En
In rln s ifie a c ió n d e B u ltm a n n , los a p o te g m a s se c o n s id e ra b a n u n a f o rm a p a rtic u -
liii ilc las p a la b ra s d e Je sú s . E sto se d e b e , en p a rte , a q u e a lg u n a s v e c e s un m is ­
m o d ic h o se lia tra n sm itid o de Ibrm a in d e p e n d ie n te y d e n tro de un a p o te g m a . E s
i I ciiso, por e je m p lo , del d ic h o « la s zo rra s lien en m ad rig u e ra s y los p ájaro s del c ie ­
lo n id o s, p ero el M ijo del N om bre no lie n e d ó n d e r e c lin a r la c a b e z a » , q u e se e n ­
140 La form ación de los evangelios

c u e n tra e n E v T o m 86 c o m o un d ic h o s u e lto y e n M t 8, 2 0 / L e 9, 58 d e n tro d e u n


a p o te g m a . É ste y o tro s e je m p lo s p o d ría n h a c e r p e n s a r q u e m u c h o s a p o te g m a s p u ­
d ie ro n h a b e rs e f o rm a d o a p a r tir d e d ic h o s su e lto s, a u n q u e un e x a m e n d e te n id o de
lo s p rim e ro s m u e s tra q u e e s to só lo o c u rrió en a lg u n a s o ca sio n e s. E n c u a lq u ie r ca ­
so , lo s a p o te g m a s p o se e n u n a f o n n a c a ra c te rístic a q u e los d istin g u e c la ra m e n te de
las p a la b ra s de Je sú s; p o r e s o d eb e n c o n s id e ra rs e u n a fo rm a d ife re n te e n la q u e el
e le m e n to n a rra tiv o e s tan im p o rta n te c o m o los d ic h o s. D e b id o a la c o n flu e n c ia de
e sto s d o s e le m e n to s a v e c e s s e los d e n o m in a « s e n te n c ia s e n m a rc a d a s » , a u n q u e el
té rm in o m á s a p ro p ia d o p ara d e fin irla s s e ria el de ch r e ia s, q u e e ra el q u e u sa b a n
lo s re tó ric o s a n tig u o s. E n lo s e v a n g e lio s e n c o n tra m o s d iv e rso s tip o s:

- A p o te g m a s d id á c tic o s. E l c e n tro d e la a n é c d o ta q u e se c u e n ta e s u n a e n ­
se ñ a n z a d e Je sú s, g e n e ra lm e n te d irig id a a su s d isc íp u lo s y se g u id o re s , c o ­
m o re s p u e s ta a u n a p r e g u n ta d e é sto s. A v e c e s , a la re s p u e s ta sig u e u n a
n u e v a p re g u n ta d e lo s d isc íp u lo s y u n a n u e v a re s p u e s ta d e J e s ú s (M e 10,
3 5 -4 5 ; L e 13, 1-5).

- A p o te g m a s p o lé m ic o s , o c o n tro v e rs ia s. S o n m u y fre c u e n te s e n los e v a n ­


g e lio s . E n e llo s, el d ic h o p rin c ip a l a tr ib u id o a J e s ú s a p a re c e c o m o re s ­
p u e s ta a la p re g u n ta o a ta q u e v e rb a l de a lg ú n o p o n e n te . U n a s v e c e s esa
p re g u n ta e s tá m o tiv a d a p o r u n c o m p o rta m ie n to p re v ia m e n te d e s c rito y
o tra s se re fie re a c u e s tio n e s típ ic a s d e su a c titu d an te la v id a o e n se ñ a n z a
d e J e sú s . L a m a y o r p a rte d e los c o n flic to s d e Je sú s co n su s c o n te m p o rá ­
n e o s h a n sid o tra s m itid o s e n esta f o rm a (M e 2, 1 5 -1 7 .1 8 -2 0 .2 3 -2 8 ).

- A p o te g m a s b io g rá fico s. Su cen tro no es u n a en se ñ a n z a ni la re sp u e s ta a u n a


a c u sa c ió n , sin o u n d e ta lle c o n c re to del c o m p o rta m ie n to de Je sú s o de sus
d isc íp u lo s que se d e s e a re sa lta r p o r su v a lo r ejem p lar. P erten ecen a este ti­
p o lo s llam ad o s relato s de v o c a c ió n (M e 1, 16-20; 2, 14; L e 9, 5 7 -6 2 par.).

E l a p o te g m a e s u n g é n e ro m u y c o m ú n d e tra d ic ió n o ra l en to d a s la s cu ltu ras,


p ero en la lite ra tu ra g rie g a lle g ó a se r c o n s id e ra d o u n a de las fo rm a s b á s ic a s del
d is c u rs o . L o s jó v e n e s q u e se in ic ia b a n en la p rá c tic a de la re tó ric a n o so la m e n te
d e b ía n a p re n d e r a re c o n o c e rlo s , sin o q u e d e b ía n e je rc ita rs e en su c o m p o s ic ió n y
re e la b o ra c ió n . E ste tip o d e c o m p o s ic io n e s fue m u y u tiliz a d o e n la tra n s m is ió n de
las e n s e ñ a n z a s p rá c tic a s d e filó s o fo s p o p u la re s y s a b io s fa m o so s , p u e s se a d a p ­
ta b a p e rfe c ta m e n te ta n to a la f o rm a o c a s io n a l e n la q u e im p a rtía n su s d o c trin a s
c o m o a la m a n e ra d e e n c a m a rla s en su p ro p io c o m p o rta m ie n to .

N a r r a c io n e s s o b r e J e s ú s

E n las n a rra c io n e s lo c e n tra l e s la a c tu a c ió n de Je sú s . A u n q u e c o n fre c u e n c ia


d ic h a a c tu a c ió n va a c o m p a ñ a d a de las p a la b ra s q u e d irig e a las p e rs o n a s q u e se
re la c io n a n c o n él, lo q u e d e fin e la fo rm a d e la tr a d ic ió n no so n sus d ic h o s , sin o
su a c tu a c ió n . L as n a rra c io n e s m ás c a ra c te rís tic a s tic la Iru d ició n e v a n g é lic a son
los re la to s d e m ila g ro , p e ro en esle g ru p o h ay q u e in clu ir Ininbién las narracionw s
b io g r a fiá is y el re ía lo do la p asió n , q u e es una ro n ip o n ie u iii m u y piirliculnr.
La tradición oral y los cuatro evangelios 141

I ;is n a r r a c io n e s d e m ila g r o s so n r e la to s b r e v e s q u e r e c o g e n d iv e r s a s a c c io -
m ¡r. p o rten to sa s d e Je sú s. A u n q u e h a n sid o c la s ific a d a s d e fo rm a d iv e rs a (sa n a c io -
iion, e x o rc ism o s , re sc a te s, m ila g ro s d e l d o n , e tc .), to d a s e lla s tie n e n el m ism o e s ­
quem a n a rra tiv o b á s ic o qu e c o n s ta d e tre s m o m e n to s (d e sc rip c ió n d e la situ a c ió n ,
ni i'iún d e Je sú s y c o n firm a c ió n del p o rte n to ). E n lo s re la to s d e sa n a c ió n , q u e so n
Iivn m ás fre c u e n te s, el e s q u e m a b á s ic o a d q u ie re e s ta s c o n n o ta c io n e s :

S itu a ció n . E l e n fe rm o , so lo o a c o m p a ñ a d o p o r alleg ad o s, se a c e rc a a Jesús,


A m e n u d o d e b e n v e n c e r d ific u lta d e s u o b stá c u lo s (el p a ra litic o d e s c o lg a ­
do a tra v é s d e un ag u je ro en el tejad o : M e 2 ,1 - 4 ; la m u je r c o n flu jo de s a n ­
g re b u sc a n d o to c a r a Je sú s e n tre el g en tío : M e 5, 2 5 -2 8 ; el c ie g o d e Je ric ó
lla m a n d o a g rito s a p e s a r de la h o stilid a d de la gente: M e 10, 4 6 -4 8 , etc.).

T ra n sfo rm a c ió n . T ie n e lu g a r un in te rc a m b io v e rb a l e n tre e l e n fe rm o y J e ­
sú s en el q u e el p rim e ro e x p lic a su d o le n c ia y /o p id e a y u d a , y el se g u n d o
o fre c e u n a p a la b r a d e án im o . E n e s te c o n te x to tie n e lu g a r la a c c ió n s a n a ­
d o ra m e d ia n te un c o n ta c to (to c a r, im p o n e r la s m a n o s, p o n e r sa liv a ) o u n a
p a la b ra (M e 2 , 5 -1 1 ; 5, 2 8 -2 9 ; 10, 4 9 -5 2 a ).
C o n firm a ció n . S e re a liz a a tra v é s de u n a p ru e b a irre fu ta b le q u e m u e s tra el
c a m b io d e situ a c ió n . E n a lg u n o s c a s o s ésta v a a c o m p a ñ a d a d e la a d m ira ­
c ió n y a la b a n z a s d e los te stig o s a llí p re se n te s (M e 2, 12; 5, 30-34; 10, 52b).

I n s e x o rc ism o s tie n e n e l m ism o e s q u e m a , p e ro se d ife re n c ia n d e las sa n a c io -


iii ti n i q u e Je sú s n o se r e la c io n a c o n el p o s e s o , sin o c o n e! d e m o n io q u e lo p o se e ,
i mi frec u en cia s e d a u n a p u g n a d ia lé c tic a e n tre e llo s, e n la q u e c o n o c e r la id en -
liilml del riv al tie n e m á x im a im p o rta n c ia (« sé q u ie n e re s» « ¿ c ó m o te lla m a s? » ),
i n el c o n te x to d e e s ta p u g n a , Je sú s o rd e n a al d e m o n io q u e sa lg a de la p e rs o n a po -
mlilii. El d e m o n io sa le d a n d o un fu e rte g rito , no sin a n te s h a b e r p r o v o c a d o e n el
iniNi’lilt) u n a c ris is s o m á tic a e s p e c ta c u la r q u e se m a n ifie s ta en c o n v u ls io n e s , re-
i liliini de d ie n te s, etc. (M e 1, 2 5 -2 6 ; 5, 9 -1 3 ).
I ns relatos d e sa n a c ió n so n frec u en tes en las literatu ras del en to rn o . S e en cu en -
nim n i las tra d ic io n e s b íb lic a s (c ic lo s d e E lias y E lise o y en e l lib ro d e T o b ías), en
In lu m ilu ra g re c o rro m a n a (v id a d e A p o lo n io de F iló stra to , F la v io Jo s e fo , T á c ito ,
l'litlrneo) y e n la ra b ín ic a (tra d ic io n e s d e H a n in a B en D o s a y d e H o n i, e! tra z a d o r
d r « líenlos). E n las n a rra c io n e s e v a n g é lic a s e s b a s ta n te c o m ú n q u e Je sú s a trib u y a
* I tin lio de las m is m a s a la fe d e l e n fe rm o o d e su s a lle g a d o s (M e 2 , 5; 5, 34; 10,
i 1) I ii co n lian za e n el p o d e r d e l ta u m a tu rg o o d e lo s d io se s es u n te m a rec u rre n te
i-ii Iu.n relato s p a g a n o s de sa n a c ió n . T a m b ié n e x is te n te s tim o n io s d e e x o rc ism o s
i mili m p o rán eo s, a u n q u e ésto s tie n e n u n p a p e l p ro p o rc io n a lm e n te m á s im p o rtan te
i n li in ev an g elio s. Lo m á s típ ic o d e lo s e x o rc ism o s de J e sú s es q u e no u tiliz a m e-
illiu. iiinlcrialos ni p ala b ra s m á g ic a s. E l e n fre n ta m ie n to es to ta lm e n te v erb al y e n él
in- jum e d e re liev e la a u to rid a d de Je sú s so b re lo s e s p íritu s m alig n o s.

I un itu m tc io n e s b io g rá fic a s fo rm an un g ru p o b a sta n te h e te ro g é n e o q u e inclu-


■,i Inri e v a n g e lio s de la in fa n c ia (M I 1 -2 ; I ,c I 2 ), las a p a ric io n e s d e l R e su c ita d o
(M i ,'H. H 1 0.16-20; Le 2 4, 13-53; Jn 2 0 , II 2 1, 2 5 ), y o tro s e p is o d io s s u e lto s co~
m u el liim lísm o d e .Icniís (M e I , 11 p u r.), su s leu lacio iies (M e I, 12-13; MI 4, 1-
142 La form ación de los evangelios

U p ar.) y la e s c e n a d e la tra n s fig u ra c ió n (M e 9, 2 -1 0 par.). L o s e v a n g e lio s d e la


in fa n c ia y las a p a ric io n e s d e l R e s u c ita d o p a re c e n n u e v o s c a p ítu lo s a ñ a d id o s p o r
M a te o y L u c a s a la « v id a d e J e s ú s » e s c rita p o r M a rc o s. S in e m b a rg o , e s to n o e x ­
c lu y e la p o sib ilid a d d e q u e h u b ie ra n te n id o e x is te n c ia in d e p e n d ie n te a n te r io r a su
in c o rp o ra c ió n a los tex to s e v a n g é lic o s . D e h ec h o , c o m o se ha v isto e n la in tro d u c ­
c ió n , e n la lite ra tu ra a p ó c rifa e n c o n tra m o s u n a tra d ic ió n de e s c e n a s in d e p e n d ie n ­
tes so b re la in fa n c ia de Jesús.

El re la to d e la p a s ió n se d is tin g u e co n c la rid a d de to d a s las d e m á s fo rm as


e v a n g é lic a s p o r su e x te n s ió n y d e sa rro llo a rg u m e n ta l. A u n q u e está fo rm a d o p o r
p e q u e ñ o s e p is o d io s s e m e ja n te s a a lg u n a s n a rra c io n e s b io g rá fic a s, ésto s se e n c u e n ­
tran , tra b a d o s n a ira tiv a m e n te . E s p o c o p ro b a b le , p o r ta n to , q u e h a y a n e x is tid o in ­
d e p e n d ie n te m e n te unos d e o tro s, al m e n o s e n lo q u e c o n s titu y e el n ú c le o del re la ­
to q u e v a d e s d e el p re n d im ie n to d e Je sú s h asta el relato de la tu m b a v a c ía (M e 14,
4 3 - 1 6 , 8 par.). E s una c o m p o s ic ió n del to d o p a rtic u la r en el c o n ju n to d e la tra d i­
ció n so b re Je sú s. L as a n a lo g ía s m á s p ró x im a s en la lite ra tu ra de la é p o c a s o n las
a c ta s d e m á rtire s p a g a n o s y io s c a p ítu lo s fin a le s d e las v id a s de filó s o fo s ilu stres,
q u e p re se n ta n su m u e rte c o m o e je m p lo p a ra d ig m á tic o d e c o h e re n c ia y fid e lid a d a
los p rin c ip io s de la sa b id u ría q u e han e n s e ñ a d o y p ra c tic a d o d u ra n te su v id a. U n a
c o m p o s ic ió n ju d e o h e le n ís tic a m u y c e rc a n a e s e! S e g u n d o L ib ro d e los M a c a b e o s,
en el q u e se n a rra de fo rm a e x te n s a el m a rtirio de los sie te h e rm a n o s y su m adre,
q u e p re fie re n la m u e rte a n te s de re n e g a r de su re lig ió n , p re se n ta d a aq u í c o m o una
filo so fía (2 M a c 7). El p re c e d e n te m á s a n tig u o , a u n q u e p e rte n e c ie n te a la lite ra tu ­
ra c u lta , es la A p o lo g ía d e S ó c r a te s , escrita p o r P lató n y a en el sig lo ÍV a.C .

La clasificación y descripción de las form as evangélicas suele hacer­


se a partir de los evangelios sinópticos, aunque en el estudio de las formas
concretas tanto B ultm ann y D ibelius com o los autores posteriores tuvie­
ron en cuenta otros escritos que han conservado elem entos de la tradición
sobre Jesús. Esta perspectiva presupone que es e n los sinópticos donde
m ejor se han conservado los primeros estadios de la tradición oral, lo cual
es en gran m edida cierto. Sin em bargo, una m ayor atención al Evangelio
de Juan y a los evangelios apócrifos más antiguos, principalm ente al Evan­
gelio de Tomás, contribuiría a enriquecer la visión que se deduce del exa­
men de los sinópticos.
En el Evangelio de Juan pueden encontrarse casi todas las formas
evangélicas descritas, aunque en distinta proporción y con características
peculiares. En las palabras de Jesús y en Los apotegm as es donde encon­
tram os m ás diferencias. En los discursos joánieos, p o r ejem plo, se pueden
identificar dichos sapienciales y proféticos, pero tam bién form as que son
poco com unes en los sinópticos, tales com o los dichos de revelación in­
troducidos por la fórm ula «yo so y ...» (Jn 6, 35; 8, 12; 10, 7, etc.). No se
encuentran parábolas ni retatos parabólicos, pero si ¡ilegorias (Jn 15, 1-K).
Pueden identificarse lam bién algunos ¡ipolegnms hivvos (Jn I, 19-35; <>,
La tradición ora! y los cuatro evangelios

Mt-71), pero los largos diálogos ocupan un lugar m ucho m ás im portante


llit 3, 1-21; 4, 1-42, etc.). Por lo que se refiere a la tradición narrativa, los
reíalos de m ilagro poseen la m isma estructura que los relatos sinópticos;
ni algunos casos se trata incluso del m ism o episodio en versiones m uy pa-
nvidas (como ocurre con el relato de la multiplicación de los panes: Jn 6,
I 15// M e 6, 32-44), o en versiones diferentes del m ism o episodio (como
ocurre con la sanación del paralítico: Jn 5, 1-9a // Me 2, 1-12); faltan, sin
embargo, relatos de exorcismo. Por últim o, aunque las narraciones biográ­
ficas son menos importantes, el relato de la pasión es, com o y a he dicho en
el capítulo precedente, m uy parecido al de Marcos.

il) ¿ lisp o sib le recuperar la tradición oral?

'< Kyrskog, S lo ry as H istory. H isio ry as Story. The G o spel TYadition in the C o n texi o f
l i h i f i n O ral H isto ry, Boston-Leiden 2002, 127-138; W. H. Kelber, The O ra l a n d the
lU itten G ospel. H e rm e n e a tic s o f S p e a k in g a n d W riting in the S y n o p tic Tradition,
htttt'k, Paul, a n d Q, Bloomington and Indianapolis 1997, 14-34; E. .P. Sanders, The
ii'ndencies o f the S yn o p tic Tradition, Oxford 1969; G. Seüin, «G attim g» u n d «Sitz im
I fh cit» a u fd e m H in terg ru n d d er P ro b lem a tik von M ü n d lich kelt u n d S ch riftlich ke it
w vn plixcherE rzcihltingen: Evangelische T heolog ie 50 (1990) 3 11 -3 3 1.

I I descubrim iento de que las formas y estructuras básicas de la tradi-


i mu oral podían reconocerse fácilm ente en el texto de los evangelios sus-
i ilo entre los iniciadores de la escuela de la historia de las form as un jus-
liUnido optim ism o acerca de la posibilidad de recuperar dicha tradición.
I >ilc optim ism o se acrecentó cuando el análisis redaccional de los evan­
gelios, del que hablaré enseguida, perm itió distinguir de forma rigurosa y
iiiMrnuUica entre tradición y redacción, identificando las tendencias y los
lucillos propios de cada evangelista. Se pensaba que bastaría con prolon-
(.Mii Inicia atrás las tendencias de la tradición que se perciben en los escri-
lii’, pura recuperar la tradición oral anterior a ellos,
l',s(n form a de relacionar la tradición oral y los textos presuponía un
iii/nniim icnto basado en el paradigm a literario del que he hablado al co ­
mienzo de este capítulo. D icho m odelo im agina la com posición de los
evangelios com o el resultado de un proceso de sucesivas reelaboracio-
ni'íj lín este modelo, la tradición oral y la tradición escrita se conciben co­
mo dos lases sucesivas del m ism o proceso de reefaboración. Según este
muik'lo, los evangelistas habrían reelaborado la tradición oral precedente,
•|iu' habría qu ed ad o en cap su lad a dentro d e los actu ales e v a n g e lio s, de don-
«lt pudría ser recuperada gracias al a n á lisis red accion al y ai estu d io de las
N’iidfiu'Uis de la irudición.
144 La form ación de los evangelios

Sin em bargo, el paradigm a literario no puede explicar adecuadam ente


las relaciones entre tradición oral y tradición escrita en el contexto de una
cultura oral. En las culturas orales la escritura es una forma im portante de
com unicación, pero tiene un carácter secundario y subordinado con respec­
to a la com unicación oral. El paradigm a de la com unicación oral sitúa la
com posición de los evangelios y su fijación por escrito en un marco más
am plio, un marco en el que las tradiciones sobre Jesús se form ulaban y se
representaban en contextos diversos con flexibilidad. Cuando esta tradición
se fija por escrito, lo único que sucede es que una de estas representacio­
nes queda fosilizada. La tradición oral sigue existiendo y, m ientras pervi­
ve, es un fenómeno m ucho más amplio que da lugar a representaciones pa­
ralelas de la m ism a tradición. Según este paradigm a, la tradición oral y la
tradición escrita no son dos fases sucesivas de un mismo proceso, sino dos
procesos paralelos que interaccionan entre sí de formas diversas.
Cuando el proceso de com posición de los evangelios se sitúa en el mar­
co del paradigm a de la com unicación oral, el optim ism o de la escuela de
la historia de las formas respecto a la posibilidad de recuperar la tradición
oral queda notablem ente matizado. Los evangelios no son una especie de
m atrioskas, esas m uñecas rusas que albergan en su interior otras muñecas
iguales pero más pequeñas. Han conservado, ciertam ente, muchos elemen­
tos y rasgos de la tradición oral, pero, por su m ism a naturaleza literaria, no
han podido incorporar la riqueza inherente a la com unicación oral que de­
sempeñó un papel clave en la transm isión de los recuerdos sobre Jesús y en
la configuración de la identidad de los primeros grupos de discípulos. Esto
no significa que los esfuerzos de la escuela de la historia de las formas ha­
yan sido en vano. Al contrario, su aportación ha resultado decisiva para en­
tender m ejor el proceso de formación de ios evangelios, pues ha permitido
identificar una serie de esquem as y form as, m otivos y estructuras narra­
tivas elem entales que los transm isores de los recuerdos sobre Jesús utili­
zaron en la formulación de dicha tradición y en sus diversas representacio­
nes orales, algunas de las cuales quedaron fosilizadas en el m om ento de la
com posición de los evangelios y han llegado hasta nosotros.

4. L a TRADSCtÓN O RAL y LA REDACCIÓN DE LOS EVANGELIOS

L a tercera etapa del proceso coincide con la segunda generación de dis­


cípulos; es el m om ento en que la tradición sobre Jesús cristalizó en los
evangelios. Este periodo com enzó con la destrucción del templo de .lerusa-
lén y la desaparición de ios apóstoles y abarca, com o la milorior, unos cua­
renta años (70-110 d.C'.). En él se fueron consolidando los grupos y comu-
La tradición oral y los cuatro evangelios 145

intitules de discípulos que se habían form ado durante la generación apos­


tólica. Según la opinión más com ún, los cuatro evangelios fueron co m ­
puestos durante este periodo,
I ,a redacción de los evangelios h a sido estudiada, sobre todo, por la
"escuela de la historia de la redacción», que ha puesto de m anifiesto la im-
ptH'lancia del trabajo realizado por Jos evangelistas. Por eso, la indagación
«tibie el proceso de form ación de los evangelios durante este periodo de-
In- com enzar tom ando nota de sus principales aportaciones.

ii I l.a escuela de la historia de la redacción

II llornkamm, La te m p e sta d calm ada en e l E va n g elio d e M a teo , en R. Aguirre - A.


Kiuli'lguez Carmona (eds.), L a investigación d e los evangelios sin ó p tico s y H ech o s de
Im A p ó stoles e n el sig lo X X , Eslella 1996, 193-199; G. Bom kam m - G. Barth - H. J.
I li'lil (tds.), Tradition a n d ¡n te rp re la tio n in M althew , London 1982; R. E. Brown, L as
Iglesias q u e lo s a p ó sto les nos d e ja ro n , Bilbao 1986; H. Conzelm ann, E l centro del
tiempo. La teología d e L u ca s, Madrid 1974; W. M arxsen, E l evangelista M arcos. E s-
lnJlo sobre la h isto ria de la redacción de! evangelio, Salamanca 1981; W. Trilling, E l
verdadero Israel. L a teología d e M ateo, Madrid 1975.

1,u llam ada «escuela de la historia de la redacción» fue, al igual que la


tórnela de la historia de las formas, un producto de la investigación alem a­
na sobre el N uevo Testamento durante el siglo XX. M ás aún, el trabajo de
ruin nueva escuela, integrada básicamente por discípulos de Bultmann, con-
hlNlió básicamente en desarrollar los postulados de sus predecesores, subra­
yando sobre todo la labor realizada por los evangelistas. La escuela de la
liiNloria de las formas no sólo estudió la transm isión de las tradiciones ora-
IfH, sin o que pretendió explicar todo el proceso de formación de los evan­
gelios, incluida la fase de su redacción. Pero en su visión de este proceso no
ni’ consideraba a los evangelistas verdaderos autores, sino m eros compila-
tli nes cuya principal tarea habría consistido en reunir las tradiciones orales
liiiiismiüdas durante la prim era generación de discípulos. Bultmann y sus
i innpañeros de escuela estaban m uy influidos por los estudios sobre las li-
iri in nras populares y pensaban que los evangelios pertenecían a este tipo de
literatura menor en la que los autores tenían un papel secundario.
lista Corma de entender la labor de los evangelistas patrocinada por
Hulimimn y su escuela fue cuestionada por una serie de trabajos que apa-
h i ic m n en la década de los cincuenta del siglo pasado. En 1948 G. Born-
l'.iiiimi publicó un breve artículo sobre la redacció n m atean a del relato
de ln tem pestad calm ada, que señala el com ienzo de una nueva form a de
iiiuccuii' el trabajo de los evangelistas. Unos años m ás tarde H. Conzel-
tinuni publicó su estudio sobre la redacción de Lucas, en el que puso de
146 La form ación de los evangelios

m anifiesto que el evangelista había situado las tradiciones anteriores en el


m arco de su propia visión de la historia de la salvación para solucionar las
tensiones causadas por el retraso de la parusía. P o sterió rn en te apareció el
estudio de W. M arxsen sobre ia redacción del E vangelio de M arcos, en
el que atribuyó al evangelista algunos rasgos im portantes del relato mar-
quiano, com o la centralidad del térm ino «evangelio» o la insistencia en
Galilea, que revelan el contexto vital en que se escribió. Finalm ente, apa­
reció la obra de Trilling sobre Mateo y un libro editado por Bornkam m,
Barth y H eld que reunia varios estudios de Bornkam m y sus discípulos
sobre este m ism o evangelista, com pletando así ia serie de los trabajos bá­
sicos sobre los tres evangelios sinópticos.
Debido a la estrecha relación que existe entre los tres sinópticos, y a la
dependencia literaria de Mateo y de Lucas con respecto a M arcos, hecho
éste últim o que perm ite estudiar con más precisión la labor redaccional
realizada por ambos evangelistas, fue en los sinópticos donde los estudios
redaccionales alcanzaron un m ayor desarrollo. Sin em bargo, el descubri­
miento de que los evangelistas habían tenido una función im portante en la
com posición de los evangelios influyó tam bién en los estudios sobre Juan,
que, gracias a esta nueva perspectiva, pudieron identificar algunas de las
fuentes utilizadas por el evangelista y precisar m ejor el com plejo proceso
de com posición del cuarto evangelio.
Todos estos trabajos reivindicaron un protagonism o m ayor para los
evangelistas. El estudio de ia redacción de los evangelios ponía de m ani­
fiesto que los redactores finales no habían sido unos meros com piladores,
sino verdaderos autores que quisieron transm itir un m ensaje a las com u­
nidades a las que se dirigían. Poco a poco se fueron identificando los pro­
cedim ientos redaccionales utilizados por ellos y las intenciones que les
habían m ovido a seleccionar, ordenar y m odificar las fuentes y tradicio­
nes de que disponían. A m edida que estos procedim ientos se iban catalo­
gando, iba apareciendo con claridad que el m ensaje que los evangelistas
quisieron transm itir se hallaba condicionado por la situación de las com u­
nidades a las que dirigieron sus escritos. Los trabajos de la escuela de la
historia de la redacción m ostraron así que el contexto vital no sólo era im­
portante para situar y entender las tradiciones orales, sino tam bién para
com prender adecuadam ente la labor de los evangelistas. D e este m odo, el
concepto de «contexto vital», que originalm ente se refería a las situacio­
nes típicas de la vida com unitaria, se am plió para referirse tam bién a la si­
tuación de las distintas com unidades para las cuales se habían escrito los
evangelios; fueron, en efecto, las diferentes situaciones vitales de estas
com unidades las que determ inaron, en gran m edida, el (rabajo redaccio-
na! de los evangelistas.
La tradición oral y los cuatro evangelios 147

Al subrayar el protagonism o de los autores de los evangelios y de las


comunidades a las que se dirigían, la escuela de la historia de la redacción
rilirió un horizonte nuevo que no sólo perm itía descubrir la perspectiva
U'ológíca propia de cada evangelista, sino que ponía de m anifiesto la exis-
li-iicia de diferentes destinatarios. De hecho, el análisis redaccional de los
evangelios llevado a cabo en los años posteriores dio com o resultado un
mejor conocim iento de la orientación propia de cada evangelista y de las
inm unidades de la segunda generación de discípulos.

h) La com posición de textos en una cultura oral

S. Byrskog, S lo ry (tí History. H istory as Story. The C ospel Tradition in the Coniexl
i‘t A ni'ient O ral H istory. Boston-Leiden 2002, 107-144; J. Dewey, The S u rv iva i o f
Murk's Cospel: a G o o d Story?: Journal o f Bíblica! Literature 123 (2004)495-507; H. E.
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W I lollander, The Words o f Jesús: From O ral Traditions lo Written R eco rd in P a u l a n d
Novum Testamentum 42 (2000) 340-357; R. A. Horsley - J. A. Draper, W hoever
Ihuirs You H ears M e: Prophets, Perform ance, a n d Tradition in Q, Harrisburg 1999; W.
11 K d b er, The O ra l a n d the Written Cospel. H erm eneutics o f S p ea kin g a n d Writing in
th e Synoptic Tradition, M ark, Paul, a n d Q, Bloomington and Indianapolís 1997.

La escuela de la historia de la redacción ayudó a reconstruir con más


piecisión la últim a fase del proceso de form ación de los evangelios en la
i [hc intervinieron de form a m ás directa los evangelistas. Sin em bargo, sus
iipnrluciones deben ser m atizadas teniendo en cuenta el predom inio de la
i tmm nicación oral en la cultura en que éstos com pusieron sus obras.
Uno de los presupuestos im plícitos m ás determ inantes del análisis re-
iliiecional es que el papel de los evangelistas consistió en reelaborar tex­
to* o tradiciones ya existentes. Este presupuesto form a parte del paradig­
ma literario que, com o ya he dicho, im agina la com posición de un texto
rom o un proceso en el que se va m odificando la m ism a com posición pa-
im producir sucesivas versiones. El concepto m ism o de «redacción» refle-
|i este paradigm a, pues presupone un proceso sem ejante al que conlleva
In ¡'colaboración de un texto escrito. Sin em bargo, en el contexto en que
nucieron los evangelios, el paradigm a dom inante no era el literario, sino
el de la com unicación oral, y en la com unicación oral cada nueva repre-
M'iiinuón es un original; no hay sucesivas versiones de!, m ism o texto o
iimlición, sino diferentes representaciones que lo actualizan.
I1ii 111 ui cultura en la que la mayoría de la gente no sabía leer y en la q u e
lo1, lexlos oslaban deslinados en gran medula a la representación en públi-
i i), In com posición tic un lo.xlo no implicaba ncccsariainenlc .su fijación por
148 La form ación de ios evangelios

escrito. Es más, la escasez de recursos para la escritura hace pensar que, en


sus prim eras fases, los textos eran com puestos, representados y revisados
recurriendo a la m em oria, y que sólo en un segundo momento, cuando una
com posición había alcanzado cierto reconocim iento entre los oyentes, se
ponía por escrito. Fue así com o se elaboraron las primeras com posiciones
que recogían ia tradición sobre Jesús, com o el Documento Q o el Relato de
la pasión, y también, muy probablemente, los evangelios de M arcos y Juan,
que no parecen depender de textos escritos, pero la com posición de Mateo
y de Lucas no debió de ser muy diferente, pues, aunque am bos utilizaron
el Evangelio de M arcos, es muy posible que com enzaran a reelaborarlo
oralm ente a partir de sus propias representaciones de dicho evangelio.
Esta form a de imaginar la com posición de los evangelios en el contex­
to de una cultura oral, ayuda a situar en un marco nuevo algunas de las
aportaciones de la escuela de la historia de la redacción. En este nuevo con­
texto, la tradición oral y su fijación por escrito no deben concebirse como
dos fases del proceso de formación de los textos, sino com o dos procesos
paralelos que se influyeron m utuamente de diversas formas, tanto en el mo­
m ento de la com posición com o en el de la representación. La tradición oral
siguió viva después de que los prim eros textos fueran fijados por escrito.
Cuando éstos fueron reelaborados, la tradición oral continuó aportando no­
ticias y recuerdos sobre Jesús; no sólo nuevos recuerdos, sino versiones di­
ferentes de algunos que y a habían sido puestos por escrito. De hecho, es
m uy poco probable que M ateo y Lucas conocieran por prim era vez estos
recuerdos cuando los leyeron en Marcos, pues m uchos de los episodios na­
rrados y de las palabras citadas se habían transm itido también oralm ente en
sus respectivos contextos. Por eso, algunas de las m odificaciones que el
análisis redaccional suele atribuir a los evangelistas m uy bien podrían de­
berse a que éstos reprodujeron la versión que se contaba en sus com unida­
des en lugar de la que encontraron en los textos escritos que utilizaron. Es­
ta observación invita a ser cautos a la hora de asignar a los evangelistas
todos los cambios que se observan con respecto a sus fuentes.
E sta nueva perspectiva invita también a no identificar el m om ento de
la fijación escrita de un texto con el m om ento de su com posición; ésta, en
efecto, no tenía lugar necesariam ente en el m om ento en que el texto se
ponía por escrito, sino que podía acontecer, y de hecho acontecía con fre­
cuencia, en un m om ento anterior. Lo constitutivo de un texto no es su for­
m a escrita, sino, com o su m ism o nom bre indica, la existencia de un teji­
do en el que se da form a a diversos elem entos siguiendo un m odelo, lín
el m undo antiguo, por ejem plo, un discurso podía ser un texto bastante
com plejo, pero no tenía que ser necesariam ente una com posición escrita.
El hecho de poner por escrito un texto previam ente com puesto, represen-
La tradición oral y los cuatro evangelios 149

linio y revisado tenía una gran im portancia, pero no porque hubiera sido
compuesto en el m om ento en que se escribió, sino porque la fijación por
m 'rito reflejaba el valor que los oyentes le habían otorgado.
lista form a de entender la com posición de los evangelios invita, asi­
mismo, a considerar la función que tienen los textos escritos en el contex-
|n de una cultura oral. Estos son, generalm ente, el resultado de diversas
i ('presentaciones exitosas y se fijan por escrito para p oder conservar una
\ cisión particular. L a fijación por escrito no im plicaba, sin em bargo, la
"losilizaeión» del texto, porque los textos escritos, lo m ism o que los ora-
ln¡¡, estaban destinados a la representación oral, que con frecuencia exigía
lii nclualización y la interpretación. Esto se puede apreciar especialm en-
lr en los m anuscritos hebreos, donde encontram os con frecuencia notas
iiüirninales sobre cóm o se deben leer algunas palabras. Es el conocido fe­
nómeno del qeré qeíib, que tiene su origen en el hecho de que la escritu-
hi rim sonántica perm ite diversas vocalizaciones y, por tanto, diversas lec-
iiirns. La lectura de los textos im plicaba, por tanto, un a interpretación, de
iiiui forma m uy parecida a com o la lectura de una partitu ra im plica hoy
mía ¡nlerpretación del texto musical.
Por último, la fijación por escrito perm itía también una com unicación
ii disliincia, que no era posible en el caso de los textos orales. Una vez fi-

|iulo por escrito, un texto podía ser copiado y enviado a un lugar distante,
donde un lector profesional sería capaz de reproducirlo y representarlo. La
invisidad de esta com unicación a distancia dio lugar a las cartas de Pablo,
i|iii' son los prim eros textos conocidos del cristianism o naciente. En ellas
rncontram os un a com unicación personal que probablem ente se realiza-
I«ii ii Iravés del m ensajero que llevaba la carta, No es difícil im aginar que,
miles de enviarlas, Pablo haya pedido a sus correos que leyeran sus cartas
ilrliinle de él para sugerirles dónde debían hacer hincapié, dónde colocar
nuil pausa, etc. Las cartas eran una prolongación de la com unicación pre-
uitiidiil. Como indicaré m ás adelante, los evangelios no tenían exactamen-
i< <".i;i (unción, pero el ejemplo de las cartas de Pablo sirve para ilustrar co­
mí i los textos escritos facilitaban la com unicación a distancia.
Así pues, la tradición oral y la tradición escrita no constituyen dos fbr-
iiiii'. independientes de tradición ni fueron dos fases sucesivas en el pro-
i r de formación de los evangelios, sino dos formas de preservar la me-
n ii ii ni de Jesús estrecham ente relacionadas entre sí. La fijación por escrito
i|i‘ un texto no debe situarse, por tanto, en el paso de u na a otra form a, si­
no i|iio piulo acontecer en m om entos diversos del proceso. D icha fijación
Un-, unle lodo, un reflejo de la estim a que algunos textos habían alcanza-
d<i rn lie sus prim eros destinatarios, lo cual no sólo perm itió su conserva-
i irm, sino que facilitó su difusión.
150 L a form ación de los evangelios

c) L a labor de los evangelistas

D. E. Auné (ed.), G reco-R om an L itera tu re a n d the N e w T estam ent, A tlanta 1988; N.


Perrin, W h a tls R e d a d ion C ritlcisrrfl, P hilad elp h ia 1969; E. T eón, E jercicio s de retó­
ric a , en M. D. R eche (ed.), E jercicios d e retórica, M adrid 1991, 33-163; R. H. Stein,
The P ro p er M eth o d o lo g y f o r Á scerta in in g a M a rka n R ed a ctio n Iíisio ry: N o v u ra Tes­
tam entara 13 (1971) 181-198; O. Strecker - U. Schnelle, Introducción a la exégesis
d e l N uevo Testam ento, Salam anca 1997, 147-160; H. Zinttnermann, L o s m étodos his-
tó rico -critico s en e l N u e vo T estam ento, Madrid 1969, 233-284.

A unque en sus com ienzos el análisis redaccional de los evangelios no


tuvo en cuenta la naturaleza y el lugar que ocupan los textos escritos en
una cultura oral, m uchos de los procedim ientos que utilizaron para iden­
tificar la labor realizada por los evangelistas siguen siendo válidos. La ta­
rea de los evangelistas consistió en dar form a a las tradiciones preceden­
tes para crear un texto, aunque dicho proceso no estuvo necesariam ente
vinculado en todos los casos desde el com ienzo a la fijación por escrito de
dicho texto. Por otro lado, la com posición de los evangelios y su fijación
por escrito fueron procesos com piejos en los que m uy probablem ente in­
tervirtieron diversas personas. En algunos casos, quien com puso el texto,
quien lo representaba y quien lo escribió pudieron no haber sido la m is­
m a persona; esto implica que la idea que habitualm ente tenem os sobre «el
autor» tal vez no corresponda a esta form a de producción de un texto que
resulta de la colaboración entre varias personas. Un ejem plo de este tipo
de autoría colectiva lo encontram os en las cartas de Pablo, que suelen
m encionar a sus colaboradores com o rem itentes y, por tanto, coautores de
¡as m ism as (1 Tes 1, 1; 1 Cor 1, 1; 2 C or 1, 1; Flp 1 ,1 ; Flm 1, .1).
Al estudiar la com posición de los evangelios es necesario tener pre­
sente tam bién que sus autores utilizaron técnicas y procedim ientos que
eran com unes tanto en la retórica grecorrom ana com o en !a tradición lite­
raria israelita. En los ejercicios que realizaban los jó v en es antes de co­
m enzar sus estudios de retórica no sólo aprendían a distinguir las formas
básicas del discurso, sino que se les enseñaba tam bién cóm o reelaborar-
las. U na anécdota, por ejem plo, podría am pliarse añadiendo algunos da­
tos que sirvieran para caracterizar al personaje, expíicitando las circuns­
tancias en las que había pronunciado el dicho central de la anécdota, etc.
Los tratados de retórica de la época, y sobre todo las notas sobre los ejer­
cicios preparatorios (progym násm ata), son una m agnífica fuente de infor­
m ación sobre este tipo de procedim ientos que fueron utilizados en la com ­
posición de los evangelios.
También e s n ecesa rio ten er presente que los e v a n g e lio s nucieron en un
co n te x to en el que se c o n o c ía n y utilizaban técn icas propias de la Iradictón
Lu tradición oral y los cuatro evangelios 151

Ih-Ihea. En su origen, dichas técnicas, lo m ism o que las utilizadas en las es-
i urlas de retórica griegas, estaban orientadas a la com posición de textos
nuiles, aunque tam bién en am bos casos existía la costum bre de com entar
li»f( lextos clásicos, que norm alm ente se conocían de memoria. En los evan-
p lm s bailamos indicios de am bas cosas. Algunas com posiciones, com o la
liinimcción sapiencial que sirvió de base al sermón del m onte m ateano y al
un inóii del llano lucano (Mt 5-7; Le 6,20-49), parecen seguir m odelos tra­
dicionales de la literatura hebrea. Pero también es común encontrar referen-
rluN a textos de las Escrituras que se van haciendo cada vez m ás presentes
i>ii Im Irudición evangélica y ocupan, de hecho, un espacio notabJe en los re­
ídlos evangélicos. Este recurso a las Escrituras revela una progresiva recu-
jiciiición de la m em oria cultural de Israel, que los prim eros grupos de dis-
i ipulos de Jesús consideraban parte de su propia identidad.
Teniendo presentes todos estos aspectos relacionados con la com po­
sición de los textos en el m undo antiguo, podem os recuperar algunas de
Imi aportaciones de la escuela de la historia de la redacción sobre la labor
irn li/ad a por los evangelistas. Para com enzar, se debe asum ir la distin­
ción básica que estableció esta escuela entre tradición y redacción. La tra­
dición incluiría tanto las com posiciones orales com o los escritos que uti~
ll/iim n los autores de los evangelios, m ientras que la redacción incluiría
ludo aquello que puede atribuirse directam ente a ellos.
lín la com posición de sus obras, los evangelistas siguieron pautas que
immi com unes en la preceptiva literaria de su entorno. Los m anuales de re­
tín u:u solían identificar cinco pasos en la com posición y representación de
im discurso (cf. por ejem plo Cicerón, De invenüone 1, 7, 9). Los tres p ri­
meros pasos, que describen propiam ente su com posición, distinguen en-
1n‘ la búsqueda de la inform ación relevante (/nveníio), la organización de
dicho m aterial (dispositio), y su form ulación con las palabras adecuadas
(<'hnntio). Todos estos procedim ientos se pueden identificar en el proee-
de com posición de los evangelios.
I ,ii prim era tarea de los evangelistas, que corresponde a la inventio,
roiisistió en buscar inform ación y en seleccionar el m aterial disponible.
Id linal del Evangelio de Juan alude a este procedim iento básico cuando
iiI n iiiíi que en dicho evangelio sólo se han recogido algunos de los signos
utilizados por Jesús (Jn 20, 30). Es probable que tam bién el autor del
t'Vimgclio de M arcos haya realizado una selección de las palabras de Je-
.ii\ y por eso contiene m uchas m enos enseñanzas que los otros evange­
lios. Tam bién se observa este procedim iento en los evangelios de M ateo
v I ucas, que tuvieron com o principal fuente a M arcos, pues ninguno de
Iiim dos incorporó todas las tradiciones contenidas en dicho evangelio. Es-
lc pm ccdm iienlo básico permite ideiilillcai' los intereses y acentos propios
152 La fo rm ación de los evangelios

de cada evangelista, sobre todo cuando poseem os cierta inform ación acer­
ca de las fuentes que utilizó y podem os preguntarnos por qué incluyó o
dejó de incluir las tradiciones a las que tuvo acceso.
La segunda tarea, que corresponde a la dispositio, consistió en integrar
las tradiciones en un marco literario significativo. En una prim era fase, las
pequeñas unidades se unieron formando com posiciones menores. Más tar­
de, estas com posiciones se volvieron m ás com plejas, hasta form ar verda­
deros textos que fueron utilizados como fuentes por los evangelistas, los
cuales situaron las diversas tradiciones y com posiciones en un marco na­
rrativo más amplio que abarcaba toda la actividad de Jesús. Al situar las tra­
diciones y com posiciones anteriores en este nuevo marco, los evangelistas
respetaron a m enudo el orden de sus fuentes, pero en ocasiones lo modifi­
caron para hacer más clara su exposición o resaltar algún aspecto. A un así,
su labor en esta fase de la com posición consistió, sobre todo, en articular
las tradiciones sueltas para configurar un relato coherente.
Finalm ente, los evangelistas formularon los recuerdos sobre Jesús con
las palabras adecuadas {elocutio). Dado que se trataba de tradiciones ante­
riores a ellos, su tarea no consistió tanto en dar form a a dichos recuerdos,
cuanto en modificar la forma que ya tenían para incorporarlos a sus respec­
tivos relatos. Básicamente, las m odificaciones que realizaron consistieron
en añadir, cam biar o suprim ir algunos detalles. Con frecuencia se encuen­
tran m ejoras de estilo, que afectan sobre todo al vocabulario o a la cons­
trucción de las frases. En otros casos, el autor trata de aclarar e! sentido de
las tradiciones recibidas, añadiendo com entarios explicativos, explicitando
algún detalle u om itiendo lo que puede resultar confuso. La m ayoría de las
veces estas m odificaciones pueden parecer poco significativas, pero obser­
vadas en conjunto se percibe claram ente en ellas la orientación del evange­
lista. Por eso, el estudio detallado de estas m odificaciones es uno de los ins­
trum entos más valiosos para el análisis redaccional de los evangelios.

d) ¿ P or qué se escribieron los evangelios?

J. Assmann, F ortn as a M nem onic D evice: C ultural Texis a n d C ultural M em ory, en


R. A, Horsley y otros, P erfo rm in g the Cospel. Orality, M em o ty a n d M a rk , Minneapo­
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T. Thatcher (eds.), Jesú s in Jo h a n n in e Tradition, Phiiadeíphia 2001, 175-188; S. Byrs-
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139; B. J. Malina, T im n th y , P a t i ls C lo .se st /¡a s o c ia te , ( 'ollt'ni'villi' ?t)UN, 2 1-47.
La tradición ora! y los cuatro evangelios 153

I ’.n este capítulo he tratado de la transm isión oral de los recuerdos sobre
Irsús durante las prim eras generaciones. Esta tradición tuvo una gran vita­
lidad en sus com ienzos, pero con e) paso del tiem po sólo se conservaron
in |iiullos recuerdos que fueron consignados por escrito. La com posición de
liis evangelios fue un acontecim iento determ inante para las generaciones
|Misteriores, pues gracias a ellos éstas tuvieron acceso a la m em oria sobre
Ii ' m 'is . D icha com posición tuvo lugar en un breve espacio de tiem po, cuan-
iln iii'in estaba viva la tradición oral. Durante este periodo, que coincide con
i'l último tercio del siglo I, surgieron com posiciones sobre Jesús, literaria-
iim ile m uy elaboradas, que pronto se pusieron por escrito. La difusión y
m/cplación que alcanzaron algunas de ellas fue extraordinaria lo cual dio
liiKtir a nuevas versiones y ediciones. En aquellos años tuvo lugar, por tan-
ln, una intensa actividad literaria que requiere una explicación.
lista intensa actividad literaria no fue m otivada directam ente por la
implicación de Jesús. Tam poco se puede explicar com o un resultado in ­
mediato de la prim era m isión, que difundió el evangelio por las ciudades
del Imperio. La com posición de los evangelios y su fijación por escrito tu-
vm lugar en un m om ento posterior, en el que confluyeron diversas circuns-
líiiirias. U na de ellas, que ya he m encionado, fue la desaparición de los
lentigos oculares. A partir de la década de los sesenta com enzaron a mo-
i li los que habían conocido personalm ente a Jesús, inaugurándose así una
nueva etapa en la que ya nadie podía decir «yo lo vi» o «yo lo oi». Es pro-
Imlilc que este hecho despertara en m uchos el deseo de querer conservar
ln que Jesús había hecho o había dicho; pero este deseo por sí sólo no
imrde explicar tam poco la com posición de los evangelios, porque para
|iiesei var los recuerdos sobre Jesús no era necesario que se incorporaran
ii rm nposiciones literariam ente com plejas, ni tam poco que se pusieran
m i escrito.
I .a desaparición de los testigos oculares fue un acontecim iento deter­
minante, porque señaló el paso de la prim era a la segunda generación de
ilhrlpulos después de Jesús. D esde el punto de vista de la sucesión de g e­
neraciones, tal com o se entendía en el m undo antiguo, aquella era, en rea­
lidad, la lercera generación. En Jn 17 se identifican claram ente estas tres
(jfiMTiiciones cuando se presenta a Jesús orando por sí m ism o, por sus dis-
• Ipulos, y por los que creerán en él a través del testim onio de ellos (Jn 17,
I .’()). Ahora bien, existe una ley social según la cual, cuando se produce
mi cambio significativo en la prim era generación, la segunda reacciona ol-
^iiluíujo algunas de aquellas experiencias, m ientras que la tercera trata de
iei upenir (odo lo vivido por la primera. Q uienes com pusieron los evange-
llifi pertenecían n la tercera generación; no habían conocido personalmen-
ii n Jesús y por eso tenían necesidad de lijar los recuerdos sobre él.
154 L a form ación de ¡os evangelios

Para que los recuerdos puedan ser fijados, éstos deben adoptar una for­
m a precisa. La forma es un recurso m nem otécnico fundamental, sin el cual
no hay recuerdo duradero. En los primeros estadios de la tradición oral, co­
mo hem os visto, los recuerdos sobre Jesús adoptaron form as característi­
cas. Sin em bargo, en la nueva situación que se produjo durante la tercera
generación, se hizo necesaria otra form a de objetivación. La escritura era,
en estas circunstancias, la forma que mejor garantizaba la conservación de
la m em oria sobre Jesús. El texto escrito, adem ás, hacía posible la difusión
de esta m em oria en una «situación extendida», es decir, más allá del redu­
cido, círculo de aquellos que podían acceder a la representación oral dentro
de un grupo concreto. Durante la segunda generación (la prim era después
de Jesús), se habían ido constituyendo diversos grupos y com unidades que
form aban ahora esa situación extendida que exigía la objetivación de los
recuerdos sobre él en form a escrita.
La form ulación escrita de la tradición sobre Jesús se vio favorecida,
probablem ente, por otro aspecto formal que determ inó la com posición de
los cuatro evangelios. Todos ellos, como he intentado m ostrar en la intro­
ducción de este libro, adoptaron com o referencia básica el modelo de las
vidas de personajes ilustres. La elección de este género literario fue el re­
sultado de un largo proceso en el que se pueden reconocer diversos esta­
dios. El prim ero de ellos fue, sin duda, la adopción de formas característi­
cas para preservar las palabras y acciones de Jesús. En un segundo estadio
encontram os m odelos literarios más com plejos que dieron lugar a com po­
siciones m ás am plias detectables detrás de los actuales evangelios. En el
tercero, en fin, aparece el género literario de la biografía, que fue capaz tic
incorporar las tradiciones anteriores a un m odelo literario más complejo.
La com posición del E vangelio de M arcos fue determ inante en este proce­
so, pues este relato fue el primero que incorporó, aunque de form a toda­
vía im perfecta, los elem entos fundam entales del género.
El impacto que tuvo esta innovación explica, en cierto modo, que los
otros tres evangelios se com pusieran tan rápidam ente. D e hecho, los tros
reflejan reacciones diversas frente a la iniciativa de M arcos. Los evange­
lios de Mateo y Lucas, aunque con diferencias m uy notables entre ellos,
representan una reacción m oderada. A m bos incluyeron gran parte del re­
lato de M arcos y asum ieron su esquem a básico, pero tam bién lo com ple­
taron de form a significativa y lo corrigieran en muchos aspectos. Su reac­
ción a la iniciativa de M arcos dio lugar a tres evangelios «sinópticos», que
pueden leerse en paralelo de forma com plem entaria. Sin embargo, el Lvan-
gelio de Juan representa una alternativa lienle al Evangelio de Marcos.
M uchos indicios sugieren que, aunque Juan conocía esle últim o ovando
lio, decidió escribir un reíalo díleivnle, dundo nsl liif?ai a dos evangelios
La tradición oral y los cuatro evangelios ISS

-liíópticos», es decir, a dos evangelios que pueden leerse en paralelo como


versiones alternativas de la m em oria de Jesús. En am bos casos, el impac -
ln de la innovación de M arcos ayuda a entender por qué los cuatro evan-
P.i'lios fueron com puestos en un espacio de tiem po tan breve.
!.a fijación por escrito de los evangelios se vio favorecida tam bién por
un láetor contextúa!. El cristianismo nació en un contexto religioso que va­
loraba los libros y la escritura. D e hecho, las dos únicas religiones que pro­
dujeron una literatura religiosa significativa en el m undo antiguo fueron el
(udaísmo y el cristianism o. Los libros desem peñaron un papel de prim er
i iiden entre los judíos, que fueron relacionando cada vez de form a m ás ex­
plícita la revelación de Dios con su fijación por escrito. Los discípulos de
Irsús se interesaron desde el principio por las Escrituras judías. Las cono-
clnii y las citaban con frecuencia. Probablem ente las citaban de m em oria,
lirio sabían que estaban citando textos escritos y por eso introducían sus
fitas con la expresión «está escrito». M ucho antes de que se escribieran los
•‘vnngelios, esta fam iliaridad y aprecio de las Escrituras judías pudo haber
piomovido la fijación escrita de algunas tradiciones sobre Jesús, pero tal
Indujo fue determ inante en la com posición de los evangelios. M arcos co­
mienza citando unas palabras atribuidas al profeta Isaías que establecen
mui clara conexión entre las Escrituras judías y su relato sobre Jesús (Me
I , 3; Mal 3, 23-24). Esta conexión im plica que los evangelios se situa-
Imii en continuidad con la historia de salvación narrada en ellas, lo cual fa-
uneeió, sin duda, que se pusieran por escrito.
I’nr último, es im portante no olvidar que la fijación por escrito de los
iivmigelios estuvo estrecham ente vinculada a su difusión, pues una vez es-
11 ilos, los relatos sobre Jesús podian difundirse más fácilmente. Este hecho
m aniere una especial significación cuando se sitúa en el contexto de lo que
Implicaba la publicación de un texto en el mundo antiguo. La form a más
i muím y más segura de difundir un libro entonces consistía en entregar una
i (ipm del mismo a un círculo reducido de am igos o sim patizantes para que
i lli w lo copiaran o lo prestaran a otros para copiarlo. También podía entre-
Hin kc a un m ecenas, a quien se solía dedicar, para que él favoreciera su di­
lución. Aunque en Roma y en algunas otras ciudades surgieron a finales del
primero pequeñas copisterías, la calidad de sus copias solía dejar mu-
i Im que desear, por lo que la m ayoría de los libros se difundían a través de
\ti, ra le s de am istad y patronazgo. De ahí la palabra «edición», que origi-
milmente se refería al hecho de entregar un libro a otro para que lo cono-
) ii'in y difundiera (edU'to, en latín; ekdosis, en griego). Los libros cristianos
w ililiiiuliemn también de este modo entre los diversos grupos de discípu­
l o Aliora bien, la «edición» de un libro era, en realidad, el lina! de un lar-
I.mi iimceso, pues antes de esta «entrega», los libros eran leídos o represen­
156 La form ación de los evangelios

tados oralm ente ante un auditorio de am igos o personas interesadas, que


solían opinar sobre su contenido o su forma. En este proceso previo a la pu­
blicación del libro, su autor solía m odificarlo y m ejorarlo siguiendo las su­
gerencias de los que lo habían escuchado en las representaciones previas,
En el caso de los evangelios, este papel habría correspondido a las comu­
nidades cercanas al autor, que habrían participado así en su composición,
dando su aprobación y ofreciendo sugerencias para mejorarlos.

e) ¿P ara quién se escribieron ios evangelios?

R. B auckham (ed.), The G o spel f o r AH C h ristians: R eth in k in g the G ospel A udiences,


G ran d R apids 1998; T. K azen, S e d a r ía n G ospels fo r S o m e C hristians? Intention and
M irro r R ea d in g in the L ig h i o f E x tra -c a n o n ic a l Texts: N ew T esíam en t S tudies 51
(20 0 5) 561-578; E. W. K litik, The G osp el C o m m u n ity D ébale: S ta te o f the Quesüotr,
C úrrente in B ib lic a l R esearch 3 (2004) 60 -85; M . M. M áche!!, P atristic C ounter-Evi-
d ance to the C laim th a t « T h e G ospels Were W ritten f o r AH C h ristia n s»: N ew Testa-
m ení S tudies 51 (2005) 36-7 9; D. C. S im , The G ospels f o r a ll C h ristians? A Responso
to R ic h a rd B a u ckh a m : Journal for the Study o f the N ew T esíam ent 84 (2 00 1) 3-27,

La escuela de la historia de la redacción subrayó la necesidad de co­


nocer el contexto vital de los evangelios para com prender las m otivacio­
nes y los intereses que guiaron a sus autores. C ada evangelista elaboró la
tradición sobre Jesús teniendo muy presente la situación del grupo de dis­
cípulos al que se dirigía; precisam ente por eso los cuatro contaron la m is­
m a historia con acentos diferentes. Los evangelios de M ateo y de Lucas
son un ejem plo ilustrativo de este proceso, pues am bos utilizaron básica­
m ente las m ism as fuentes (M e y Q), pero tanto la visión que presentan du
Jesús com o los problem as que aclaran con sus enseñanzas difieren nota­
blemente. A partir de esta observación, la crítica redaccíonal insistió en la
im portancia de conocer dicho contexto vital, que identificó con las com u­
nidades de los evangelistas. C om o he indicado m ás arriba, esta m anera de
entender el contexto vital supuso un avance con respecto a la visión de la
escuela de la historia de las formas, que había centrado su atención en los
distintos ám bitos de la vida com unitaria, y perm itió identificar algunas de
las principales m otivaciones e intenciones que determ inaron la com posi­
ción de los evangelios.
A partir de este descubrim iento se fue afianzando la convicción de que
cada evangelista había escrito desde una com unidad y para una com uni­
dad; en consecuencia, se hizo com ún hablar de «la com unidad de M ateo»,
«la com unidad de Lucas», etc. Sin em bargo, recientem ente se han revisa­
do los presupuestos de esta identificación de los deslm alarios con la c o ­
munidad del evangelista y se lia cuestionado que los evangelios hayan le-
La tradición oral y los cuatro evangelios 157

nulo una orientación tan local. Según esta nueva visión, los evangelios no
habrían sido escritos para com unidades concretas, sino para «todos los
i'i'istianos». La idea de que se escribieron para com unidades concretas se-
lin, según este punto de vista, la consecuencia de asim ilar los evangelios
h las cartas de Pablo que eran escritos más ocasionales; pero, en realidad
siempre según este punto de v ista-, ni el género literario ni el contenido
permiten tal asim ilación, pues los evangelios son obras más generales que
dirigen a un auditorio m enos especifico.
lista nueva visión, que supone un cam bio m uy im portante a la hora de
Identificar a los destinatarios de los evangelios, se basa en tres tipos de ar­
gumentos. El prim ero de ellos, de carácter negativo, observa que las re ­
construcciones de las com unidades de los evangelistas difieren entre si
notablemente. El segundo, de carácter contextual, sostiene que los diver­
tios grupos cristianos tenían conciencia de form ar parte de un m ism o m o­
vimiento y que estaban en constante com unicación, lo cual habría facili­
tólo el intercam bio de escritos entre ellos. Por últim o, la utilización de un
Hfiicro literario conocido en el m undo antiguo, asi com o el hecho de que
los evangelios se pusieran por escrito, indica que estaban destinados a
personas que se encontraban distantes. Estos argum entos se basan en ha-
llu/gos recientes relacionados con la com posición y difusión de los evan­
gelios; conviene, pues, exam inarlos para determ inar en qué m edida pue­
den fundam entar un cam bio de paradigm a a la hora de identificar a los
destinatarios de los evangelios.
Con respecto al prim er argumento, resulta evidente que las reconstrue-
i iones que se hacen de las com unidades de los evangelistas difieren con
lu-cuencia. Ello no significa, sin em bargo, que todas tengan el m ism o va-
luí o sean igualm ente atendibles. Las discrepancias a la hora de reconstruir
h acontecim ientos del pasado son frecuentes entre los historiadores, pero
de ello 110 puede deducirse que sea im posible recuperar dichos aconteci­
mientos cuando se tienen datos sobre ellos. En el caso de las com unidades
di- los evangelistas disponem os no sólo de los evangelios, sino tam bién de
olíns noticias externas que permiten contrastar las deducciones que se ha-
i en n partir de ellos. A sí, por ejem plo, la hostilidad que aparece constante-
menie en el Evangelio de M ateo frente al judaism o fariseo corresponde a
lu hegemonía que alcanzó este grupo en la región siropalestinense después
ile !u guerra contra Roma; no parece, por tanto, dem asiado aventurado d e­
ducir que los destinatarios de este evangelio estaban viviendo en tensión
i mi este grupo dom inante. Por otro lado, todo relato presupone siempre
irnos destinatarios, cuyo perfil se puede reconstruir a partir de lo que se
i iicntn en dicho relato (lector implícito). Aunque estos destinatarios implí­
citos no coinciden nunca totalmente con los destinatarios reales de la obra,
J58 L a form ación de los evangelios

para que ésta tenga sentido deben existir puntos de contacto entre unos y
otros. Esto significa que la identificación de los destinatarios im plícitos en
el relato puede ofrecer pistas válidas para la descripción de ¡os destinata­
rios reales. Finalm ente, aunque es cierto que a veces las reconstrucciones
que los autores realizan de las comunidades de los evangelistas difieren no­
tablem ente, no es menos cierto que entre ellas se dan también importantes
coincidencias, y que los resultados en este campo se van depurando gracias
a la aplicación de un método cada vez m ás riguroso y a la discusión de los
argumentos en que se fundamentan.
El segundo grupo de argum entos se basa en la observación de que
existió una relación fluida y frecuente entre las prim eras com unidades
cristianas, las cuales tenían conciencia de form ar parte de un m ism o mo­
vimiento. Los evangelistas habrían dirigido sus obras a todas ellas, no só­
lo a la com unidad que tenían más cerca. Esto explica, por ejem plo, que el
Evangelio de M arcos haya sido conocido y utilizado por M ateo y por Lu­
cas, que escribieron sus respectivos evangelios pocos años después en lu­
gares muy distantes entre sí y en contextos muy diferentes. Sin embargo,
el hecho de que algunos evangelios se d ifundieran rápidam ente no im­
plica necesariam ente que, en su origen, tuvieran un carácter universal. La
com posición de una obra literaria, su fijación por escrito y su difusión,
tal com o han sido descritas en los apartados precedentes, era un proceso
com plejo, en el que no es fácil precisar quiénes eran los destinatarios. La
m ayoría de las obras escritas en la antigüedad estaban dirigidas inicial-
m ente a un grupo cercano a! autor, aunque algunas de ellas, p o r razones
diversas, alcanzaran una notable difusión. Esto fue, de hecho, lo que su­
cedió con los evangelios en el siglo II d.C. tal com o atestiguan los papi­
ros m ás antiguos encontrados en Egipto; pero esta, situación posterior no
puede retrotraerse, sin más, al siglo I d.C. Los evangelios, com puestos du­
rante la segunda generación de discípulos, reflejan situaciones y proble­
m áticas muy diferentes, y las diferencias entre ellos a la hora de contar In
historia de Jesús siguen siendo un argum ento m uy im portante para afir­
m ar su carácter local.
El tercer tipo de argum entos sostiene que el hecho de que los evange­
listas utilizaran un género literario conocido, y de que sus obras fueran li­
jad as por escrito, indica que estaban destinados a un auditorio m ás am ­
plio. A m bos hechos son, sin duda alguna, indicios de que ios evangelios
estaban sobrepasando las fronteras del grupo en que nacieron. El uso del
género biográfico facilitaba que los relatos sobre Jesús pudieran ser leí­
dos, incluso, po r quienes no pertenecían al naciente m ovim iento cristia­
no; al m ism o tiem po, el hecho de que estas biografías de Jesús se pusie­
ran por escrito revela la intención de llegar más ¡illa del circulo al que
La tradición oral y ios cuatro evangelios 159

|Miode accederse por m edio de la representación ora!. Sin em bargo, estos


ih>s elem entos característicos de los evangelios deben situarse en el m ar­
co de un proceso m ás am plio. La tradición sobre Jesús no se transm itió
desde el principio en un m olde biográfico, ni las prim eras vidas de Jesús
ni' pusieron por escrito inm ediatam ente. En el proceso de dar form a lite-
i nrin a la tradición sobre Jesús se percibe una dinám ica que sólo se reali-
,'iii'í'i plenam ente con la recepción de los evangelios y, en últim a instancia,
con la inclusión de los cuatro evangelios en el canon. El uso de un géne-
10 literario conocido y de la form a escrita fue, sin duda, un paso decisivo
en esta dirección, pero los desarrollos de este proceso no fueron hom ogé­
neos, como revela e! hecho de que en los siglos posteriores continuaran
npiireciendo evangelios dirigidos a grupos particulares (gnósticos, judeo-
erislianos, etc.).
Aunque los argum entos que sostienen esta nueva perspectiva sobre los
destinatarios de los evangelios no son concluyentes, la discusión sobre
ellos ha ayudado a revisar críticam ente la posición tradicional de la escue-
ln de la historia de la redacción y ha aportado algunos datos que deben ser
lenidos en cuenta en el estudio de los evangelios. Resulta evidente que los
evangelistas pertenecían a com unidades cristianas concretas y que éstas
colaboraron de diversas form as en la com posición y en la difusión de sus
obras. Tam bién parece claro que estas com unidades fueron las prim eras
ilest matarías de los evangelios y que éstos tratan de responder a los nue­
vos problem as y situaciones planteados en ellas cuando cuentan la histo-
t mi ile Jesús. Esto no significa, sin em bargo, que la preocupación princi-
|iul de los evangelistas haya sido reflejar dicha situación; los evangelios
no describen prioritariam ente la situación de las com unidades a las que se
dirigen, sino que narran la historia de Jesús desde la situación vital con-
i tel;i ile sus com unidades.
I’uede afirm arse que los evangelios se escribieron para un círculo de
roiuiiiiidad.es cercanas que com partían las m ism as preocupaciones y la
m isma orientación teológica. Sin em bargo, al m ism o tiem po, es neecsa-
ii o reconocer que en este aspecto existen diferencias notables entre ellos,
1 I Evangelio de M arcos y el de Juan tuvieron en sus com ienzos, con mu-
i Im probabilidad, un carácter m uy local, puesto que se dirigían a un gru­
po de com unidades reducido y cercano geográficam ente. El Evangelio de
Maleo revela un horizonte m ás am plío, que podría abarcar diversas eom u-
indiide.s urbanas de la región de Siria. El. de Lucas, en fin, presupone un
lnni/oiile todavía más am plio, que incluía probablem ente las com unida­
des de la diáspora cristiana. Más tarde, los dos evangelios que tuvieron
imeialiueiHe una ti i fusión más reducida (M arcos y Juan) fueron objeto de
<iiiii segunda difusión avalada por una com unidad im portante (Rom a y
¡6 0 L a form ación de los evangelios

Éfeso, respectivam ente, según la tradición). A m edida que pasaba el tiem­


po, el círculo de los destinatarios de los evangelios se fue am pliando, has­
ta que llegó un m om ento en que los cuatro evangelios fueron recibidos
com o los evangelios de todos los cristianos. Pero, en su origen, cada uno
fue escrito para un grupo m ás reducido de com unidades, que varía según
los casos y que trataré de identificar en los siguientes capítulos.
3

LAS COMPOSICIONES ANTERIORES


A LOS EVANGELIOS

Al estudiar las sem ejanzas y diferencias que existen entre los cuatro
i'vimgelios y su proceso de form ación, hem os llegado a la conclusión de
■111l- lodos ellos em plearon com posiciones anteriores. A lgunas, com o el
Keliito de la pasión utilizado por M arcos y Juan, o el D ocum ento Q utili-
,-iulo por M ateo y Lucas, son fácilm ente identificables, porque fueron in­
tuí potadas a sus respectivos relatos por más de un evangelista, pero otras
!|m' sólo son accesibles a través de uno de ellos no se pueden identificar
liin fácilmente.
líu este capítulo se estudian algunas de estas com posiciones que ocu-
pnii un lugar interm edio en el proceso de form ación de los evangelios. Su
¡ilnilificación tiene un enorm e interés desde el punto de vista histórico,
pues a través de ellas se puede vislum brar algo de la situación vivida por
In primera generación de discípulos. Pero también resulta interesante para
i iMiocer el proceso de formación de los evangelios y los acentos propios de
i iiilu uno de ellos.
Pura facilitar la lectura de este capítulo, se ofrece en apéndice (p. 451 -
v>N) una reconstrucción de las com posiciones más importantes.

I I .A «C R ISTA L IZA C IÓ N » DE LA TRAD ICIÓ N SO BRE JESÚ S

f'n el capítulo precedente se h a estudiado cuál fue el papel de la tradi-


'km ni'al en el proceso de com posición de los evangelios. En él he insisti-
ln varias veces en que los evangelios nacieron dentro de una cultura oral,
*ii In que los textos escritos tenían una función secundaria. Sin em bargo,
iiiíi consideración unilateral y excluyente de este aspecto podría oscure-
n id lieclio de que los escritos desem peñaron un papel im portante en la
niiNiTvaeión y transm isión de los recuerdos sobre Jesús. P or eso, com o
milnipimlo y com plem ento a lo ya dicho, conviene presentar ahora algu-
nm linios sohre el uso de la escritura entre los primeros cristianos.
i 62 La form ación de ¡os evangelios

Las referencias a escritos que recogen la tradición sobre Jesús empiezan


a aparecer a finales del siglo I d.C. (Le 1, 1) y se generalizan en los prime­
ros decenios del siglo II d.C.; cabe, sin em bargo, preguntarse, si ya en los
prim eros estadios de la tradición los discípulos de Jesús recurrieron a tex­
tos escritos com o medio para fijar los recuerdos que habían conservado so­
bre él. No es del todo inverosímil que las com posiciones en que comenza­
ban a fraguar dichos recuerdos fueran consignadas de alguna form a por
escrito. Pero si fue así, ¿por qué no ha llegado hasta nosotros ninguna evi­
dencia o noticia sobre su existencia? Y si no ha llegado hasta nosotros nin­
guna prueba de su existencia, ¿cóm o podem os saber cuál era su form a y su
contenido? Antes de abordar las tres com posiciones preevangélicas que se­
rán objeto de estudio en este capítulo, debem os responder a estas pregun­
tas que cuestionan su m ism a existencia o la posibilidad de conocerlas.

a) L os prim eros escritos cristianos

H. Y. G am ble, B o o ks a n d R eaders in the E a rly C hurch: A H istory o f E a rly Christian


Texis, N ew H aven 1995; L. W. H urtado, The E a rliest C hristian Artifactu. M anuscripts
a n d C hristian O rigins, G rand R apids 2 006, 43-93; A. M illard , R ea d in g a n d Writinn
in th e Time o f Jesú s, S heffield 2000; C. II. R oberts - T. C. Skeat, T he B irth o f tíw
C odex, O xford 1987; G. N. S tanton, J e m s y el evangelio, B ilbao 2008, 249-287.

La transm isión oral de ios recuerdos sobre Jesús y su fijación por es­
crito no son dos procesos sucesivos, sino paralelos. En los capítulos pre­
cedentes he insistido varias veces en este dato fundam ental para entender
el proceso de form ación de los evangelios. Estas dos formas de memoria
de Jesús coexistieron durante casi un siglo, aunque a lo largo de todo esc
siglo el papel y la im portancia de cada una de ellas fue cam biando. Des­
de las prim eras referencias escritas a palabras de Jesús o a acontecim ien­
tos de su vida, que fueron recogidas a m ediados del siglo I en las carta»
de Pablo, hasta el reconocim iento, a m ediados del siglo II, de los evange­
lios escritos com o form a privilegiada de conservar estos recuerdos, la tra­
dición oral y la tradición escrita se relacionaron y se enriquecieron m utua­
m ente. El m om ento más im portante de esta fecunda interacción fue, sin
duda, la com posición de los evangelios y su fijación por escrito. Es nuiy
probable que estos dos procesos no ocurrieran al m ism o tiem po, pero el
hecho de que la versión concreta de un evangelio se pusiera por escrito le
otorgó una autoridad y un valor de los que carecían las otras versiones,
C on todo, es m uy probable que los cuatro evangelios no fueran las prim e­
ras com posiciones sobre Jesús que se pusieron por eserilo, Las cartas de
Pablo son una prueba evidente de que los discípulos tic Jesús coiuen/am n
Las composiciones anteriores a los evangelios 163

ii utilizar la escritura m uy pronto. Las com posiciones preevangélicas de


liis que vamos a hablar en este capítulo son contem poráneas a ellas o in-
i luso posteriores, de m odo que no parece aventurado preguntarse si p u ­
dieron haber sido consignadas por escrito.
I ,as inform aciones que tenem os sobre el uso de la escritura entre los
discípulos de Jesús durante la prim era generación se reducen práctica­
mente a las cartas que acabam os de m encionar, pero los testim onios que
encontram os en los años posteriores son cada vez más num erosos y rev e­
ladores, especialm ente los que proceden del siglo II d.C. La sorprenden­
te proliferación y generalización del uso de la escritura entre los prim eros
11 isliunos en esta época, ju n to con la utilización del códice como soporte
miilcrial de los textos que copiaban, perm ite hacer algunas conjeturas
m rrca de cóm o pudo haberse originado en el siglo precedente este fenó­
meno tan llam ativo. Tendrem os que proceder, por tanto, desde adelante
Inieiíi atrás, com enzando nuestra indagación en un m om ento en el que el
uno de la escritura estaba bieu asentado, para identificar, desde él, las eta­
pas ¡interiores de este proceso.
I ,os primeros papiros cristianos suelen datarse en la prim era m itad del
mulo II d.C. Los dos m ás antiguos, el P52, que contiene varios versículos
ilel i'.vangelio de Juan, y el PEg2, que conserva fragm entos de un evan­
gelio desconocido, están escritos en una cuidada caligrafía. Los papirólo-
suelen distinguir entre la caligrafía literaria, más cuidada y elegante,
v In docum ental, que no es tan refinada. La prim era solía utilizarse para
■>1mus lilerarias que se conservaban y leían en público, m ientras que la se­
cunda tenía un carácter más práctico y se utilizaba para redactar docum en-
liw» o lomar notas. En los papiros cristianos se encuentran estos dos tipos de
i nli^ralla en una proporción similar a la de otros cuerpos literarios, pero no
th'/ii du ser significativo que los dos papiros cristianos más antiguos uíili-
i en la caligrafía literaria. Es un indicio de que, a finales del siglo I, el uso
de lu escritura se había hecho común entre los prim eros cristianos.
A lo largo del siglo II d.C., los textos cristianos son cada vez m ás visi­
ble-; cu los papiros que han llegado hasta nosotros. A unque la m ayoría de
ellos se han perdido a causa del deterioro, o debido a la destrucción inten-
i ¡i Hindíi de que fueron objeto en las persecuciones de la segunda mitad del
iil'lo III d.C. (la dam natio codicum form aba parte del protocolo seguido
|nii lns autoridades imperiales), los que han llegado hasta nosotros testimo-
niiin mi enorm e aprecio por la escritura y por los libros. Este aprecio no
‘iiii|jió tic pronto, sino que tiene sus raíces en el uso tem prano de la escri-
I i i i i i n o n o medio de com unicación entre las com unidades cristianas.

I I aprecio de los cristianos por los libros está ligado desde el com ienzo
ni iim m IcI códice, un soporte material que no eslaba muy generalizado en-
164 La form ación de los evangelios

tortees y que, en todo caso, no solía utilizarse p ara copiar obras literarias.
Para este fin se recurría al rollo, un formato m ás elegante, que facilitaba el
uso de la caligrafía literaria dispuesta en columnas. Los códices, que enton­
ces tenían una form a muy rudim entaria, solían utilizarse para fines más
prosaicos, como tom ar notas, redactar contratos o llevar registros. Se con­
feccionaban uniendo unos pocos cuadernillos form ados por varias hojas de
papiro dobladas, en las que se podía escribir por ambos lados. En el siglo 1
el códice apenas se usaba, pero la inmensa m ayoría de los textos cristianos
fueron copiados en este soporte desde el principio. Con el tiempo el códi­
ce llegará a imponerse en ei m undo antiguo con un form ato m uy parecido
al de los libros actuales, que son sus directos herederos.
L a preferencia cristiana por el códice es un hecho muy llam ativo que
aún no ha sido explicado satisfactoriamente. Es posible que se deba, en par­
te, a razones de tipo práctico, com o el hecho de que su reducido tamaño ha­
cía más fácil su transporte, o a que la m ism a superficie de papiro podía aco­
ger una mayor cantidad de texto. Se ha sugerido incluso que el uso de este
form ato particular respondía a la intención de distinguir los escritos cristia­
nos de otros que no lo eran, m otivación ésta que podría estar tam bién en el
origen del uso de unas peculiares abreviaturas de los nom bres sagrados
(nom ina sacra), que es otro rasgo característico de los libros cristianos. To­
dos estos factores tuvieron que ver, sin duda, con la progresiva y cada v e/
más sólida opción po r el códice, pero ninguno de ellos explica por sí solo
que los prim eros libros cristianos fueran copiados en este soporte. La pre­
ferencia por el códice se había dado antes del siglo U d.C., y eso significa
que era utilizado y a por los seguidores de Jesús en el siglo 1. D ado que las
hojas de papiro eran más accesibles que los elaborados rollos, no es impro­
bable que, como hojas sueltas o formando un rudim entario códice, fueran
utilizadas para copiar series de citas bíblicas que se utilizaban en la predi­
cación (testim onia), borradores y copias de cartas, o colecciones de pala­
bras de Jesús y notas sobre otros recuerdos de su vida. A unque estas citas,
palabras o recuerdos se conservaron y transm itieron oralm ente, tal hecho
no excluye la posibilidad de que fueran tam bién consignadas por escrito en
este tipo de soporte más inform al. Si fue así, la preferencia cristiana por el
códice podría haber tenido su origen en el hecho de que éste fue el sopor­
te en que se copiaron los prim eros recuerdos sobre Jesús.
U na explicación com o ésta vincularía la tradición sobre Jesús con ln
escritura desde m uy pronto, pero es necesario reconocer que carecem os
de datos para confirmarla. A pesar de los intentos por explicar la preferen­
cia cristiana por el códice, ésta sigue siendo un enigma. Sin em bargo, su
uso tem prano y generalizado revela que los prim eros cristianos no sólo
estaban fam iliarizados con la escritura, sino que tenínn ¡deas propias so-
Las composiciones anteriores a los evangelios 165

Int* la form a de utilizarla. Parece razonable, por tanto, afirm ar que, desde
muy pronto, ia tradición sobre Jesús pudo haber sido consignada por es-
i tilo. Esta conclusión no contradice, en absoluto, lo dicho en el capítulo
precedente sobre la im portancia de la tradición oral. La cultura m editerrá­
nea antigua era una cultura oral, pero eso no significa que careciera de li-
tn os, sino que los libros tenían en ella una función secundaria con respec-
iii :i la com unicación verbal. Dentro del naciente m ovim iento cristiano,
Ins lextos escritos ocuparon un lugar cada vez m ás im portante, pero en es-
lit prim era fase, en que la tradición oral estaba todavía viva, ella fue el
pimcipal vehículo para la transm isión de los recuerdos sobre Jesús.

h| Las com posiciones preevangélicas

i I Jcwey, The S u rv iva l o f M a r k ’s G ospel: a G o o d Story?: Jo urnal o f B ib lical L itera-


iiiic 123 (2004) 495-507; F. G, D ow ning, W ord-Processing in th e A n c ie n t World: The
\iu7<// P roduction a n d P erfo rm a n ce o f Q ; Journal fo r the S tudy o f th e N e w T estam ent
(kI ( I ’>%) 29-48; M. G oodacre, The S yn o p tic P roblem , A Way Through the M aze, L on-
iloii 2001, 122-161; W. H. K elber (ed.), The P a ssio n in M ark: S tud ies on M a rk 1 4 -1 6 ,
l'liilntlclphia 1976; E. L innem am i, S tudien z u r P assionsgesc-hichte, G ottin gen 1970.

Al estudiar las com posiciones preevangélicas es necesario recordar


i|iif la producción de textos en la antigüedad era diferente, al m enos en
ilus aspectos, a la producción de textos hoy. El prim ero de estos aspectos
■,rJ que no iba necesariam ente unida a su fijación por escrito. Com o ya di-
ni hablar de la com posición de los evangelios, es m uy probable que és-
Ins fueran representados oralm ente varias veces antes de ser consignados
pin escrito. U n texto com puesto oralm ente se fijaba por escrito porque se
t imskloraba valioso y se quería conservar una versión autorizada de él, o
P < n q u e se quería h acer llegar su contenido a personas que se hallaban dis­
imiles, aunque generalm ente am bas cosas iban unidas. En cualquier caso,
ln fijación por escrito suponía un reconocim iento de su valor.
I I segundo aspecto que hay que tener presente es que la com posición
•le i in lexto en la antigüedad era un acto corporativo, en el que no sólo par-
ik ipalia su autor, sino tam bién otros m iem bros de su grupo básico de ads-
11 ipción y, en cierto m odo, sus destinatarios. Este aspecto es especialm en-
lr visible en los escritos cristianos. D e hecho, la m ayor parte de las así
llu minias «cartas de Pablo», fueron escritas junto con otros m iem bros de su
liniiTiiulad apostólica (Timoteo, Sostenes, etc.), teniendo m uy presentes a
Inr. destinatarios con los que dialogaban. También los evangelios y las
11 imposiciones anteriores a ellos fueron com puestas en contextos com uni-
iniioN y pudieron verse afectadas por las reacciones del grupo que las es­
166 La form ación de los evangelios

cuchaba, hasta el punto de que dicha reacción pudo haber determ inado qué
com posiciones se debían conservar (y poner por escrito) y cuáles no.
Asi pues, la elaboración de las prim eras colecciones y com posiciones,
partiendo de los recuerdos sobre Jesús conservados en los diversos contex­
tos vitales del cristianism o naciente, tuvo lugar en un contexto grupal don­
de prim aba la com unicación oral. En sus com ienzos, tales colecciones y
com posiciones fueron representadas oralm ente en continua interacción con
los grupos a los que estaban destinadas, pero no debe excluirse que algu­
nas de estas com posiciones se consignaran por escrito en los rudimentarios
códices que se usaban entonces como cuadernos de notas. Esto fue lo que
sucedió, muy probablem ente, con el Documento Q, un texto oral com pues­
to durante un periodo de tiem po relativam ente dilatado, a lo largo del cual
pudo haber sido copiado en diversos m om entos. Sólo así se explican las
llam ativas coincidencias y divergencias entre Mateo y Lucas en los pasa­
je s que tom aron de este docum ento.
Pero más allá de estas consideraciones sobre la naturaleza oral de las
prim eras com posiciones cristianas y sobre su fijación por escrito, la prin­
cipal cuestión que se plantea a propósito de ellas es su m ism a existencia.
A unque hay argum entos convincentes que hacen m uy razonable el su­
puesto de que la tradición sobre Jesús cristalizó en com posiciones relati­
vam ente com plejas a lo largo del proceso que conduce desde los prim e­
ros recuerdos sobre él hasta los evangelios, no todos los estudiosos están
convencidos de que tales com posiciones hayan existido. M uchos dudan,
por ejem plo, de que hubiera un relato tradicional de la pasión y sostienen
que dicho relato fue com puesto por el autor del Evangelio de M arcos, de
donde lo habrían tom ado el Evangelio de Juan y el Evangelio de Pedro.
Otros, com o ya hem os visto al hablar del problem a sinóptico, consideran
que, para explicar los pasajes que M ateo y Lucas tienen en com ún, no es
necesario postular la existencia de Q, y sugieren que tales pasajes podrían
explicarse mejor si Lucas conoció y utilizó el Evangelio de Mateo. Las de­
más colecciones y com posiciones, reconstruidas a partir de un solo evan­
gelio, com o ocurre con la colección prejoánica de los signos de Jesús o con
las colecciones prem arquianas, son aún más difíciles de identificar y resul­
ta, por tanto, m ás difícil probar su existencia.
Q uienes niegan que estas com posiciones preevangélicas hayan existi­
do, suelen esgrim ir el argum ento de que no h a llegado hasta nosotros nin­
gún indicio o noticia sobre ellas. N o sólo no se ha descubierto aún ningún
m anuscrito que contenga el texto que se les atribuye, sino que tam poco
encontram os en los escritores cristianos m ás antiguos noticias acerca de
ellas. C on respecto a esta últim a objeción debe decirse, sin em bargo, que,
en el prólogo de su evangelio. Lucas m enciona n «oíros muchos» que luí
Las composiciones anteriores a ¡os evangelios 167

bían com puesto obras sobre Jesús antes que él (Le 1, 1). Es probable que
so refiera a obras parecidas a la suya, com o eJ Evangelio de M arcos, pero
también podría estar pensando en el D ocum ento Q, que tenia un cierto
marco narrativo. Tam bién se puede aducir el testim onio de Papías conser­
vado por E usebio de Cesarea, según el cual M ateo habría com puesto su
evangelio ordenando los logia dei Señor que ya existían (H isí. Ecl. 3, 39,
I (>). A unque el sentido de esta palabra no es claro, resulta evidente que se
¡ruta de tradiciones anteriores utilizadas en la com posición de una obra
más amplia. N o es tan claro, sin em bargo, que se trate de las com posicio­
nes preevangélicas que vam os a estudiar en este capítulo.
A la objeción de que no ha llegado hasta nosotros ningún m anuscrito
de estas com posiciones preevangélicas, podría responderse diciendo que
éstas dejaron de copiarse cuando se incorporaban a una obra m ás amplia,
¿Qué sentido habría tenido seguir copiando el Relato de la pasión después
de que M arcos lo hubiera incorporado a su evangelio? O ¿Q ué sentido
tendría seguir copiando el D ocum ento Q después de que M ateo y Lucas
10 integraran en sus respectivas vidas de Jesús? Resulta m uy instructivo
observar que al Evangelio de M arcos le sucedió algo muy parecido. A i
luteer en la introducción el inventario de los m anuscritos más antiguos de
los evangelios, nos hem os encontrado con la sorpresa de que no ha llega­
do hasta nosotros ningún m anuscrito de este evangelio que pueda datarse
11 linales del siglo II d.C. o com ienzos del III, m ientras que de los dem ás
evangelios nos han llegado varios. Si tom am os com o referencia toda la
época preconstantiniana, es decir, la época anterior a la producción de los
jJiandes códices unciales, la sorpresa perm anece, porque el Evangelio de
Marcos se encuentra tan sólo en un m anuscrito, el fam oso P 45, que es, al
mismo tiem po, el códice más antiguo de los cuatro evangelios canónicos.
I I hecho es sorprendente porque los m anuscritos de ios otros tres evange­
lios son relativam ente num erosos en este periodo de tiem po. ¿Por qué el
l’vaugelio de M arcos se copió m enos que los dem ás? Muy probablem en-
li\ porque M ateo y Lucas lo habían incorporado a sus relatos ju n to con
otras tradiciones sobre Jesús.
Kn cualquier caso, p ara probar la existencia de estas com posiciones
¡interiores a los evangelios es necesario recurrir a argum entos de tipo li-
UTfirio, que son el resultado de un análisis m inucioso del texto de los
evangelios o de la com paración entre ellos. En esta tarea resulta decisivo
el mu'ilisis redaccional, ya que perm ite distinguir entre el trabajo realiza-
ih> por los autores de los evangelios en la com posición de sus obras y las
tim ü d o n es que utilizaron. Esta tarea es m ás fácil cuando existen dos o
i i i i i í ; escritos que utilizaron una misma com posición, pero no es del todo

imposible cimmlo sólo existe una.


i 68 La form ación de los evangelios

c) Las p rim eras colecciones y com posiciones

P. J. A ch tem eier, Tow ard the Isola tion o fP re -M a rk a n M ira cle C atenae: Journal o f Bi-
blical L iteratu ra 89 (1970) 2 6 5 -2 9 !; S. G uijarro O porto, L o s p rim e ro s d isc íp u lo s de
Jesú s, E stella 2007, 2 0 3-22 5. J. S. K lo pp enborg , The F o rm a tio n o fQ . T rajectories in
A n cien t W isdom C ollections, P h ilad elp h ia 1987, 171-245; H. W. Kuhn, A ltere Sam m -
lungen im. M arkusevan geliu m , G ó ttingen 1971; G. T heissen, C olorido lo ca l y co n tex­
to h istó rico en ¡os evan gelios, S alam an ca 1997, 145-187.

Antes de abordar con cierto detalle las com posiciones que m ás influye­
ron en el proceso de form ación de los evangelios, será útil m encionar otras
que, aunque m enores en extensión e importancia, tuvieron también un pa­
pel importante en dicho proceso. Estas com posiciones pertenecen a los pri­
meros estadios de cristalización de la tradición sobre Jesús. Se encuentran,
sobre todo, en los evangelios de M arcos y de Juan y en el D ocum ento Q.
En los evangelios de M ateo y de Lucas, elaborados a partir de M arcos y de
Q, no se han identificado com posiciones de este tipo, a pesar de que tanto
uno com o otro contienen bloques de tradición bastante hom ogéneos, como
los textos legales en M ateo, o las parábolas en Lucas.
Las prim eras com posiciones preevangéiicas nacieron al fusionarse di­
versas tradiciones sueltas que, en la mayoría de los casos, se habían trans­
m itido independientem ente. La vinculación de estas tradiciones siguió bá­
sicam ente dos pautas: la agregación y la articulación. La prim era dio lugar
a conglom erados de m ateriales sem ejantes, com o las colecciones de di­
chos, m ilagros, controversias o parábolas. La segunda, a com posiciones
más com plejas que se ajustaban a m odelos literarios más elaborados, co­
mo las instrucciones sapienciales de Q, o el relato tradicional de la pasión.
A estos dos tipos básicos puede añadirse un tercero, que se formó a partir
de com entarios y am pliaciones a ias palabras de Jesús, cuya expresión más
evolucionada puede verse en los discursos del Evangelio de Juan.
Las colecciones que se form aron yuxtaponiendo tradiciones sim ilares
constituyen el tipo más básico de com posición, aunque con el tiem po lle­
garon a form ar com posiciones com plejas desde el punto de vista tanto li­
terario com o teológico. Com o verem os m ás adelante, el autor del E van­
gelio de Juan utilizó una colección de m ilagros bastante elaborada, y algo
sim ilar podría decirse de las colecciones de m ilagros utilizadas por M ar­
cos. Sin em bargo, en sus prim eros estadios estas colecciones eran bastan­
te elem entales. Un ejemplo de ellas se encuentra en el núcleo tradicional
de las llam adas controversias galileas (M e 2, 13-28). En su form a actual,
estas tres controversias constituyen el elem ento central del gran tríptico
que Marcos com puso al situar antes y después oirás dos conlrovcrsias (Me
2, 1-12; 3, 1-6). listas dos controversias, i|iic consliluyen las labias exle-
Las com posiciones anteriores a los evangelios 169

rutres en el tríptico de Marcos, tienen una serie de características en com ún


i|ue las diferencian de las otras tres. En am bas, por ejem plo, la controver­
sia se suscita a propósito de una sanación, m ientras que las tres co n tro ­
versias de la parte central tratan, desde diversos puntos de vista, sobre as­
pectos relacionados con la form a de com er (com er con pecadores, ayuno,
com er en sábado). Estas tres controversias centrales se unieron porque
abordaban la m ism a problem ática y porque ésta tenía que ver con la situa­
ción vital de los prim eros discípulos de Jesús que las recordaban. Las tres
escenas habían conservado palabras o acciones de Jesús que aclaraban su
(ictitud con respecto a las norm as alim entarias. A l unirlas en una m ism a
com posición, dichas palabras y acciones se reforzaban m utuam ente, pro­
porcionando una serie de pautas sobre cóm o debían actuar en relación con
este tem a tan determ inante para los diversos grupos ju d ío s del m om ento,
l isia colección, que era m uy sencilla desde el punto de vista literario, p u ­
do haber desem peñado una im portante función entre los prim eros grupos
de discípulos de Jesús, que estaban entonces definiendo su identidad en
contraste con otros grupos judíos.
Las com posiciones propiam ente dichas se diferencian de las coleccio­
nes en que pueden reunir tradiciones de diferente naturaleza y, sobre todo,
cu que las vinculan siguiendo m odelos literarios. Los cuatro evangelios
mui los ejem plos m ás acabados de esta form a de articular las tradiciones
tmlire Jesús, pero antes de ellos existieron com posiciones más elementales.
I I relato tradicional de la pasión y el D ocum ento Q, de los que vam os a
Mullir enseguida, son dos ejem plos de este tipo de com posiciones. El pri­
mero sigue las pautas de un relato elem ental, y el segundo com bina algu-
iiiis pautas de tipo narrativo con otras de carácter discursivo. Un ejem plo
ile com posición de este tipo, que representa un nivel todavía más elemen-
i.il, es la instrucción sapiencial con que se inicia la enseñanza de Jesús en
el I Jocumento Q. D icho discurso puede reconstruirse com parando el ser­
món del m onte de M ateo, m ucho m ás am plio y elaborado (M t 5-7), y el
iirrmún del llano de Lucas, que incluye básicam ente los contenidos que te-
uln en Q (Le 6, 20-49). Este discurso fue elaborado a partir de palabras de
IrMis que originalm ente no estaban relacionadas entre sí. Es m u y posible,
pm ejem plo, que las bienaventuranzas fueran pronunciadas por Jesús en
diversas ocasiones y, en todo caso, no al m ism o tiem po que las enseñan-
sobre el am or o la recom endación de no ju z g a ra los demás. Sin embar-
jiu, nliora forman parte de una com posición coherente que se ajusta a una
imilla de com posición bien conocida en la literatura del antiguo oriente: !a
lipjlmeción sapiencial. Dicha instrucción solía com enzar con una introduc­
ción en ia que se mencionaba a los destinatarios (Q 6, 20a), continuando
i mi iinn prom esa que despertaba el deseo de escuchar, eu este caso una
170 L a form ación de los evangelios

prom esa de felicidad (Q 6, 20b-23). El cuerpo de la com posición eran las


enseñanzas, en este caso algunas de tas más peculiares y llam ativas de Je­
sús (Q 6, 27-45). Finalm ente, la instrucción concluía con una exhortación
a poner en práctica la enseñanza recibida (Q 6, 46-49). A rticuladas de esta
forma, las enseñanzas de Jesús adquirían una m ayor consistencia y autori­
dad, pues se ajustaban a un modelo de instrucción conocido y valorado. No
eran ya las m áxim as sueltas de un rabí excéntrico, sino las enseñanzas de
un m aestro, que podían justificar un estilo de vida nuevo.
El tercer tipo de com posición que hem os m encionado se diferencia de
ios dos precedentes en que incorpora elem entos externos a la tradición
de las palabras y acciones de Jesús. En ellas no se yuxtaponen tradiciones
sem ejantes ni se articulan diversos recuerdos sobre Jesús, sino que algu­
nos de ellos se com entan y se amplían. Un ejem plo desarrollado de este ti­
po de com posición son los largos diálogos y discursos del E vangelio de
Juan, discursos que, jun to a los dichos tradicionales de Jesús, incluyen con
frecuencia citas y com entarios de la Escritura. Otro ejem plo más elem en­
tal es la com posición que M arcos utilizó para elaborar su discurso escato-
lógico (M e 13). A lgunas tensiones en el texto actual revelan su proceso de
com posición. Así, por ejem plo, en 13, 15 y 13, 37, Jesús se dirige a p e r ­
sonas que le escuchan, m ientras que en 13, ¡4 m enciona a fos que leen el
discurso. O bservaciones de este tipo han llevado a identificar una com po­
sición anterior a M arcos, que contenía sólo el com ienzo y el final del dis­
curso propiam ente dicho (M e 13, 6-8.14-26), al que más tarde se añadió
una descripción m uy viva de la situación de la com unidad en tiem pos de
M arcos (M e 13, 9-13) y las exhortaciones y parábolas del final (M e 13,
27-37). La com posición anterior a M arcos es un desarrollo de los dichos
de Jesús sobre la venida del Hijo del hombre, que encontram os tam bién en
otros contextos (M e 13, 26-27; Le 17, 23-30). A quí, estos dichos se han
com binado con otros que reflejan muy probablem ente la situación creada
con m otivo de la orden de Calígula de instalar en el tem plo de Jerusalén
una estatua suya. La com posición prem arquiana, elaborada a p artir de los
dichos de Jesús, podría reflejar la reacción de los grupos de discípulos de
Jesús en Palestina ante este acontecim iento, reacción que tuvo lugar des­
pués de una dura experiencia de persecución durante eí reinado de A gri­
pa. De nuevo, esta com posición representa un avance significativo sobre
el estadio precedente de la tradición sobre Jesús. No se trata ya de dichos
sueltos, sino de una com posición más com pleja que utiliza un lenguaje co­
nocido para ofrecer una respuesta a un problem a concreto.
Las com posiciones que acabam os de presen tar brevem ente ¡lustran
los prim eros m om entos de un proceso que condujo a la reducción de los
evangelios. Pero en el cam ino que va de unas a oíros se pueden ¡denlifi
Las composiciones anteriores a los evangelios 171

(‘¡ir todavía com posiciones más com plejas que influyeron de m anera de-
risiva en la form a que adoptaron los cuatro evangelios. En el resto de es-
U- capítulo exam inaré tres de ellas, a saber: el Relato de la pasión, el Do-
iiim ento Q y la Fuente de los signos.

. I íl R e l a t o d e l a p a s ió n

Los cuatro evangelios concluyen con un Relato de la pasión, que po-


ma1algunas peculiaridades reseñables. Por un lado, es la única parte de la
i mi ración en la que los sinópticos coinciden con el Evangelio de Juan de
lumia significativa. C om o se ha indicado al estudiar las relaciones entre
los evangelios, Juan y los sinópticos tienen en com ún algunos episodios
'mellos, pero sólo en el Relato de la pasión coinciden al disponer varios
episodios en el m ism o orden. Por otro lado, e! relato que configuran es­
tos episodios posee unas características que lo distinguen del resto de la
innración evangélica. C om parado con los capítulos precedentes, en los
1111c las escenas de la vida de Jesús están unidas de form a artificial, este
icliito posee una tram a narrativa bien cohesionada que se desarrolla en un
iiHtcnario y en un m arco cronológico preciso y presenta a unos p ersona­
o s bien definidos.
Estos rasgos caracteristicos del R elato de la pasión en los evangelios
Mij’icrcn la posibilidad de que haya existido un relato tradicional anterior
ti ellos. En el capítulo prim ero se ha abordado ya esta cuestión y se ha po-
ilulo constatar que la explicación que se dé a las coincidencias de los
twiingelios en este punto tiene im portantes consecuencias a la hora de ex-
plicar las relaciones entre los cuatro evangelios, sobre todo las de Juan
i m i los sinópticos. La explicación que ofrecí entonces se basa, en parte,
i-ii el postulado de que existió un relato tradicional de la pasión. A hora te ­
nemos que volver sobre este tem a con m ás detalle, porque no todos los es-
Iutilosos aceptan este postulado.

ti) ¿Hx-istiá un relato tradicional de la p a s ió n ?

II I lu llm a n n , H istoria de la tradición sin óp tica, S alam anca 2 0 0 0 , 3 3 5 -3 4 4 ; J. D , Cros-


M¡in, lia ' í'm x s that Spoke: The O rigins o fth e P assiort N arraíive, San F rancisco 1988;
M I >i lid ms, La historia d e las fo rm a s evangélicas, V alencia 1984, 1 7 7 -2 1 0 ; W. H . K e l-
ln i. < 'ntie/iisitin: Trota Tassion N a rrativato G ospel, en W. H, K e lb e r (ed.), T h eP a ssio n
ni Murk: Stm lies on M ark 14 16, PliiU ulelpliia 1^76, 153-180; T. A . M o h r, M arkus- u n d
M kiim rsiH issitm : Reditktions u n d ira d iliim su cscltifh llich í' U iiterxnchitngder m arhini-
K,'ht'u und ¡o h u m n 'isu h eu l'n ssh m sira iiitio n , Zllrii'h IW 2 ; (i. W, li. Nickclsbtirfi, The
i i.viív a nti i'tiiiction i>JUn’ Marhau Passion N an 'ativf. T in 1 I Inrvanl T lu -o lo j'ia il lic v k 'w
172 La form ación de los evangelios

73 (1980) 153-184; G. Schneider, D a s P roblem einer vorkanosnischen P assionserzah-


lung: B iblische Z eitschrift 16 (1972) 222-244; M . R odríguez Ruiz, E l E vangelio d e P e­
dro. ¿U n d esafio a los evangelios ca n ó n ico s?: E studios B íblicos 46 (1988) 497-525.

A lgunos estudiosos sostienen que no es necesario postular la existen­


cia de un relato tradicional para explicar las coincidencias entre los rela­
tos evangélicos de la pasión. En realidad, el problem a se plantea sólo a
propósito de las relaciones entre M arcos y Juan, pues las sem ejanzas de
M ateo y de Lucas se suelen explicar por su dependencia con respecto a
M arcos. Q uienes piensan que M arcos y Juan no utilizaron un relato tradi­
cional de la pasión suelen aducir dos argum entos. El prim ero de ellos, de
carácter literario, afirm a que en ninguno de estos dos evangelios se apre­
cian tensiones ni rupturas que perm itan identificar un relato anterior. El
segundo, de naturaleza lógica, considera que la form a más sencilla de ex­
plicar las coincidencias entre ellos es suponer que el Relato de la pasión
fue com puesto por M arcos y que Juan conoció y utilizó este relato para
com poner el suyo.
Esta form a de explicar las sem ejanzas que existen entre el relato de
M arcos y el de Juan atribuye a M arcos la creación del Relato de la pasión
afirm ando que el relato m arquiano posee una notable coherencia literaria
y teológica. Sin em bargo, a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado,
los estudios redaccionales sobre M arcos avanzaron notablem ente, de m o­
do que han perm itido identificar con bastante precisión el vocabulario, el
estilo y los acentos teo ló g icos propios de M arcos, así com o las ten sio ­
nes que existen en el texto actual de este evangelio. Por otro lado, la afir­
m ación de que Juan utilizó el relato de M arcos resulta difícil de sostener,
pues, en ese caso, habría que explicar por qué m otivo Juan siguió a M ar­
cos tan de cerca en el Relato de la pasión, ignorándolo prácticam ente en el
resto de su relato. Mateo y Lucas, que sí siguen a M arcos desde el comien­
zo, ofrecen aquí un contraste ilustrativo.
L a discusión precedente puede enriquecerse si exam inam os con más
detalle las coincidencias y discrepancias que existen entre los relatos de
la pasión de los cuatro evangelios. El punto de partida de tal exam en es la
observación básica de que todos ellos tienen en com ún un a serie de epi­
sodios concatenados que narran los últimos m om entos de la vida de Jesús.
Esta secuencia incluye el prendim iento, la com parecencia ante el Sumo
Sacerdote, el juicio ante Pilato, la crucifixión y el hallazgo de la tumba
vacía. Los tres sinópticos anteponen a este esquem a básico una serie de
escenas en las que se narra el com plot para, dar muerte a Jesús, la celebra­
ción de la última cena con sus discípulos y la oración do Jesús en Gelse-
maní (M e 14, 1-42 par.). En eslus escenas iniciales, sin em bargo, 1.ucus se
Las composiciones anteriores a los evangelios 173

distancia de los otros dos, pues no incluye la escena de la unción en Be-


liinia (M e 14, 3-9; M t 26, 6-13) y transform a los anuncios de Jesús duran-
Ir la cena en un pequeño sim posio (Le 22, 21-38). Juan, por su parte, no
incluye estas escenas en su relato, pero conoce algunas de ellas, com o la
unción en Betania (Jn 12, 1-8 = M e 14, 3-9) y Ja últim a cena en la que tie­
ne lugar el anuncio de la traición de Judas (Jn 13, 1-30 = Me 14, 17-21).
Además, en el esquem a narrativo com ún, cada evangelio ha introducido
episodios y detalles propios, como la m uerte de Judas, que sólo narra M a­
leo (M t 27, 3-10), ia com parecencia de Jesús ante H erodes, que sólo re­
líele Lucas (Le 23, 6-12), o la escena del costado traspasado, que sólo se
encuentra en Juan (Jn 19, 31-37).
Al com parar los cuatro relatos considerados en su conjunto, se advier­
te que el de Juan se distancia en m uchos aspectos de los tres sinópticos.
Aunque el esquem a básico es el m ism o, la form a de contar los diversos
episodios es diferente, com o puede observarse com parando el interroga-
inrio de Pilato en unos y en otro (M e 15, 1-5 par.; Jn 18, 29-38). Los tres
sinópticos coinciden más entre sí, pero no tanto com o cabría esperar, pues
I ncas se distancia de los otros dos en diversos m om entos. R esulta llam a­
tivo que, cuando ocurre esto, su relato se acerca al de Juan. De hecho, so­
lí* I ncas y Juan atribuyen la traición de Judas a la acción de Satanás (Le
-1.1. 3 = Jn 13, 2); sólo en estos dos evangelios el anuncio de la negación
de Pedro tiene lugar después de la cena y no dentro de ella (Le 22, 31-34
lu 13, 37-38); y sólo en ellos se encuentra una declaración expresa de
In inocencia de Jesús en boca de Pilato (Le 23, 4.22 = Jn 18, 38).
liste com plejo panoram a de coincidencias y discrepancias entre los
eimlro relatos de la pasión no se puede explicar sólo com o el resultado de
In dependencia entre textos escritos. Los contactos entre el relato de M ar­
ros y el de Juan, así com o los de Lucas con este último, se explican mu-
i lio mejor si se presupone la existencia de un relato oral que circulaba en
viirias versiones y que se iba am pliando a m edida que se representaba. A l­
lí,muís de las diferencias que se aprecian entre los cuatro relatos son, de
lieeho, claros indicios de este proceso de constante actualización y adap-
iiieión del relato tradicional. Cuando M ateo añadió la escena de la m uer­
te de Juilas, o cuando L ucas am plió la com parecencia ante Pilato con la
fficena del envío de Jesús a H erodes, am bos estaban com pletando el rela-
11>de M arcos. Pero podem os suponer que este proceso observable en los
evangelios escritos había com enzado antes. Tal proceso habría dado lu-
Hin n diversas versiones orales del m ism o relato que, ju n to con la versión
ile M íneos que utilizaron Mateo y Lucas, y que tal vez conoció Juan, po-
ililnii explicar las coincidencias y discrepancias entre los cuatro evange­
lios. 1.ns peculiaridades del Rehilo ile la pasión en el Fivangelio de Pedro
174 La form ación de los evangelios

se explican tam bién m ejor si, adem ás de considerar su dependencia con


respecto a los evangelios canónicos, se tiene en cuenta que pudo haber co­
nocido y utilizado una versión tardía de] relato oral.
Estos argum entos de tipo literario, que hacen probable la existencia de
un relato tradicional de la pasión, encajan bien con algunos factores con­
textúales que habrían favorecido su com posición. El prim ero y m ás evi­
dente fue la necesidad que sintieron los discípulos de la prim era genera­
ción de explicar el sentido de la muerte de Jesús. En las confesiones de fe
m ás antiguas se afirm aba que Jesús había m uerto «según las Escrituras»
(1 C or 1.5, 3), explicando así que su muerte respondía al designio de Dios.
En el Relato de la pasión encontram os esta m ism a confesión de fe, pero
form ulada narrativam ente, pues no sólo se cuentan los hechos, sino que so
les d a un sentido a partir de las Escrituras. La form a narrativa podría res­
ponder a la necesidad de recordar los detalles de los últim os m om entos
de la vida de Jesús. Los discípulos de Judea no se habrían conform ado
con una afirm ación genérica: «murió crucificado», sino que habrían teni­
do necesidad de recordar los detalles vinculados a lugares bien conocidos.
Por últim o, este relato tradicional pudo haber sido com puesto según el
m odelo literario del m artirio del justo (Sab 2, 4-5; 2 M ac 7). En este tipo
de relatos se narraba o se recordaba la persecución sufrida por el ju sto y
su posterior vindicación por parte de Dios, recurriendo a motivos m uy se­
m ejantes a los utilizados en el Relato de la pasión.
A sí pues, se pueden aducir argum entos literarios y factores contextúa­
les que hacen m uy plausible la existencia de un relato tradicional de la pa­
sión. Este relato, com puesto m uy probablem ente de form a oral, se habría
ido am pliando y adaptando a m edida que se representaba en contextos di­
versos. Las prim eras versiones escritas que conocem os, las de los cuatro
evangelios, m uestran que era un relato vivo del que existían varías versio­
nes. De hecho, es m uy probable que M arcos, Juan, Lucas y el autor del
Evangelio de Pedro hayan conocido diferentes versiones de dicho reíalo
N o hay que descartar la posibilidad de que alguna de estas versiones se
pusiera por escrito antes de que ellos las incluyeran en sus obras, pero, si
fue así, lo niás probable es que dejaran de copiarse cuando fueron incoe
poradas a los evangelios de M arcos y de Juan. La vitalidad de este reíalo
tradicional de la pasión hace que resulte prácticam ente im posible recons­
truirlo en su form ulación m ás antigua. A pesar de los num erosos intentos
realizados para rastrear su evolución a partir de los cinco relatos escrilos
que han llegado hasta nosotros, la flexibilidad de la tradición oral no luí
perm itido determ inar qué relación tenía, el relato que conoció Juan con el
que conoció Lucas, o cualquiera do estos dos con el iilili/ndo por Marcos.
Lo único que se puede hacer es inlenlar reeonslm ii los reíalos que cmln
Las composiciones anteriores a los evangelios 175

iiim de ellos conoció y utilizó. Tal cosa resulta posible en el caso de Juan
V, sobre todo, en el de M arcos, a través de un m inucioso análisis redaccio-
mil del texto actual.

Ii) relato prem arquiano de la pasión

M i ln ¡jarro O porto, L o s p rim e ro s discípulos d e J e s ú s, E stella 2007, 169-201; J. M ar-


i n-¡, The Way o f the Lord: C hristological E x e g e sis o f the O íd Testam ent in the G ospel
m/ Murk, L ouisville 1992, 153-198; R. Peana, I ritra tti origina!i di G esü il C risto. íni-
■i i' svilup p i delia cristologiu n eotestam entaria II, G li sviluppi, R om a 1999, 14-26; M.
I , Sonrds, The Q uestion o f a P rem arcan P assion N arrative, en R. E. Brow n, T he D eath
11/ the Messiah: Prom G ethsem ane to the G rave, N ew Y ork 1994, 1492-1524; G. T beis-
-iii, ( 'oíorido lo ca l y contexto histórico en los eva n g elio s, S alam anca 1997, 189-222;
I I rncm é, The P assion as Liturgy. A S tu d yin g the O rigin u f the P assion N arratives in
ilir l-dur G ospels, London 1983.

III relato tradicional de la pasión utilizado por M arcos puede recons-


Imirse identificando los añadidos y m odificaciones que el evangelista in-
lindiijo en el m om ento de incorporarlo a su obra. Para ello, es necesario
m ili/a r un análisis redaccional del relato actual, teniendo presentes las
ii’iHlencias y preferencias que el autor del evangelio muestra en el resto de
fui olira, donde tam bién ha incorporado tradiciones anteriorm ente existen-
l i l i s t o s rasgos característicos de la redacción m arquiana se ponen de ma-
mlicsto en el uso de un vocabulario y unos recursos literarios característi-
i tis, así como en la preferencia por ciertos tem as. Para la reconstrucción
ili'l relato prem arquiano resulta tam bién m uy útil observar las tensiones
dilemas del texto y las incoherencias con respecto al contexto, y a que a
liiivés de ellas se puede averiguar cóm o fue m odificada o interpretada la
>'imposición tradicional. Finalm ente, es de gran ayuda la com paración con
<’l leíalo paralelo de Juan, pues, com o he indicado ya, es probable que su
iiiiim luiya utilizado una versión del m ism o relato tradicional; esta compa-
liti'ión es especialm ente útil para determ inar qué escenas pertenecían a di-
i lm relato y cuáles pudieron haber sido añadidas por Marcos.
'leñem os así tres tipos de indicios que perm iten identificar el relato
pifinnrquiano: el uso de vocabulario, estilo y tem as propios del evange-
li'-iir, las tensiones que existen en el texto actual; y las conexiones con el
i' lnln joánieo. Con frecuencia, en un m ism o pasaje o detalle se pueden
nliiierviii' varios de estos indicios, !o cual refuerza la probabilidad de que
ir hule de añadidos redaccionales. Así, por ejem plo, en los dos anuncios
ih que Jesús se encontrará con sus discípulos en G alilea (M e 14, 28; 16,
'I, no sólo se aprecia el uso de un vocabulario característico de M areos
(i ítililen, discípulos), sino lambién una incoherencia con el contexto, pues
176 L a form ación de los evangelios

este anuncio no se cum ple después en el relato. Este tipo de indicios per-
m iten tam bién identificar las escenas que no form aban parte del relato
prem arquiano. Es el caso, por ejem plo, de la unción en B etania (M e 14,
3-9), una escena tradicional que Juan y Lucas han situado en otro lugar
(Jn 1 2 ,1 -8 ; L e 7, 36-50). Podem os deducir que su colocación al comien­
zo del R elato de la pasión se debe a M arcos, porque form a parte de uno
de los trípticos propios de su estilo (M e 14, 1-2.3-9.10-11). A plicando con
m inuciosidad y rigor este tipo de análisis se llega a identificar un relato
que habría incluido los siguientes episodios:

M e 14, 17-21 A n u n c io d e la tr a ic ió n d e Ju d a s
M e 1 4 ,2 6 -3 1 A n u n c io d e la h u id a de los d isc íp u lo s y d e las n e ­
g a c io n e s de P e d ro
M e 1 4 ,4 3 - 5 2 P re n d im ie n to d e Je sú s
M e 14, 5 3-65 C o m p a re c e n c ia a n te el S u m o S a c e rd o te
M e ¡4 , 6 6 -7 2 N e g a c io n e s d e P e d ro
M e 15, 1-5 [6-15] C o m p a re c e n c ia a n te P ilato
M e 15, 2t)b-41 C ru c ifix ió n en el G ó lg o ta
M e 1 5 ,4 2 -4 7 P etició n del c u e rp o d e Je sú s
M e 16, 1-8 H a lla z g o de la tu m b a v a c ía

En esta reconstrucción del relato prem arquiano de la pasión no apare­


cen cinco escenas, en las que se pueden identificar claram ente elementos
redaccionales o tensiones con respecto al resto del relato; adem ás, ningu-
na de ellas se encuentra en el relato de Juan. Son las siguientes:

M e 14, 1-11 C o m p lo t c o n tra J e s ú s y u n c ió n en B e ta n ia


M e 14, 12-16 P re p a ra c ió n de la c e n a d e P a sc u a
M e 14, 2 2 -2 5 P a la b ra s de Je sú s s o b re el p a n y el v in o
M e 14, 3 2 -4 2 O ra c ió n en G e ts e m a n í
M e 15, 16-20 F la g e la c ió n y b u rlas

Por otro lado, en los episodios que hem os asignado al relato premni'-
quiano se encuentran a veces añadidos o com entarios del evangelista, que
pueden identificarse gracias a estos m ism os criterios. Por ejemplo, en In
com parecencia de Jesús ante el Sumo Sacerdote hallam os un doble interro­
gatorio. Primero, el Sumo Sacerdote le pregunta a Jesús sobre la acusación
de haber anunciado la destrucción del templo, y luego sobre si él es el Me
sías, el Hijo de Dios (M e 14, 60-62). A hora bien, la segunda pregunta no
sólo rom pe el ritmo del relato, sino que refleja un interés propio de Marcos,
que aparece ya desde el com ienzo de su obra (M e 1,1). Otros añadidos do
M arcos en las escenas del reíalo tradicional podrían ser ios siguientes: Me
14, 28.56.59.72b; 15, 2 1,22b,2 7 .3 1-32.39.40-41.42M 3lr, Ih, 1,7-8.
Las composiciones anteriores a los evangelios ¡77

ííl relato que resulta de esta reconstrucción posee una notable unidad
llkTíiria y los rasgos característicos de una narración. La acción se desa-
i i olla en un m arco tem poral y espacial bien preciso. El m arco tem poral
r define por la referencia diversos m om entos de dos dias seguidos, sin
mii'neión alguna de la fiesta de Pascua, que introdujo M arcos (M e 14, 17;
I \ l .25.33-34.42; 16, 2). E! marco espacia!, por su parte, describe un es­
cenario bien conocido en la ciudad de Jerusalén: el huerto de los olivos,
In casa del Sum o Sacerdote, la residencia, de Pilato, el lugar de la crucifi­
xión y el sepulcro (M e 14, 26.53; 15, 1.22.46). Los personajes que apare-
i rn en este escenario están bien caracterizados, sobre todo Jesús, que es
rl protagonista, pero tam bién Judas, Pedro, el Sumo Sacerdote y Pilato,
u n í como los personajes colectivos, com o los D oce, los jefes de los sacer­

dotes o la gente. Por últim o, la actuación de estos personajes se cuenta en


mui serie de escenas relacionadas entre sí, en las que unos episodios son
consecuencia o resultado de otros. Esta tram a narrativa es, de hecho, uno
de los rasgos más característicos del Relato de la pasión, cuyos episodios
im pudieron haber existido independientem ente unos de otros, com o ocu-
mK) con la m ayoría de ios recuerdos sobre Jesús.
Iíl relato prem arquiano posee también una orientación teológica propia,
que es diferente a la que más tarde le dio Marcos. Su principal finalidad era
implicar el sentido de la m uerte de Jesús. N o trataba de responder a la pre­
munía ¿quién es Jesús?, sino de explicar el hecho escandaloso de su muer-
lc, el cual se desvelaba al narrar los acontecim ientos que precedieron y si­
guieron a su muerte, mostrando la relación que tenían con los anuncios de
lii I escritura. Por eso, el relato está cuajado de referencias a los salmos en
que el justo sufriente se dirige a Dios confiándole su causa (Sal 22; 69). Es-
liifi referencias y alusiones no se introducían con fórmulas de citación, co­
mo ocurre en escritos posteriores o en el mismo relato marquiano, sino que
>u‘ iililizaban directam ente para narrar la pasión de Jesús. Tal procedim ien-
l<i refleja una reflexión m uy temprana realizada en círculos de discípulos de
Icüús que estaban fam iliarizados con las Escrituras, sobre todo con los sal­
mos. A la luz de estos textos, los discípulos interpretaron la muerte de Je-
'ii'm desde la certeza de que D ios había reivindicado su causa al resucitarlo
de cnlre los m uertos. E laboraron así una teología narrativa, en la que los
ficclios estaban indisolublem ente unidos a su interpretación.
Por último, el relato prem arquiano m anifiesta una serie de indicios a
jmi l ir de los cuales se puede deducir cuándo y dónde fue com puesto. En él,
pni ejemplo, se mencionaba por su nom bre al prefecto romano, pero no al
Mutuo S acerdote; esto puede ser un indicio de que se com puso en Jeru-
’uilén después de q ue Pílalo fuera destituido de su cargo, pero antes de que
lim lamillas de A nas y ( u i f á s dejaran d e lencr indujo en la ciudad, pues la
178 L a form ación de los evangelios

m ención de sus nom bres podría haberlos predispuesto contra los discípu­
los de Jesús. Por otro lado, la mención de ciertos personajes supone que los
lectores estaban fam iliarizados con ellos, com o ocurre con la alusión a
«M aría, la de José» (M e 1 5 ,47 ), ya que sólo si se conoce a Ja persona, se
puede saber si se trata de la madre, la esposa o la hija de José. La referen­
cia a otras personas por su lugar de origen revelan tam bién una perspecti­
va jerosolim itana, com o en la referencia a «Pedro, el Galileo» (M e 14,70).
La form a de presentar a fos Doce es tam bién muy reveladora, pues no hay
ninguna m ención de su rehabilitación com o las que encontram os después
en los relatos de las apariciones; esto indica que el Relato de la pasión fue
com puesto cuando los Doce y a no tenían una función directiva en la comu­
nidad. Se mencionan también varios lugares y la alusión a ellos muestra un
conocimiento preciso del escenario en que se desarrolla la acción. Especial­
mente importantes son las alusiones al templo, pues dan a entender que no
había sido destruido en el mom ento en que se com puso el Relato de la pa­
sión. Estos y otros indicios apuntan hacia Jerusalén com o lugar de com po­
sición del relato y a un periodo de tiem po anterior a la destrucción del tem ­
plo. Durante ia m ayor parte de este tiem po ¡a com unidad de Jerusalén
estuvo presidida por Santiago, el hermano del Señor (43-62 d.C.), cuya cer­
canía a otros grupos judíos encaja bien con la forma de explicar la muerte
de Jesús que encontram os en el relato prem arquíano de la pasión.
La reconstrucción de este relato y su localización revisten gran inte­
rés no sólo para conocer m ejor el proceso de form ación de los evangelios,
sino tam bién para reconstruir un periodo muy im portante de la historia del
cristianism o naciente, pues a través de él es posible obtener una inform a­
ción de prim era m ano acerca de la com unidad de Jerusalén en el m om en­
to más floreciente de su corta historia. La inform ación que proporciona el
relato prem arquiano es indirecta, pero puede revelar aspectos m uy im por­
tantes sobre las creencias, las prácticas y las preocupaciones de esta co­
m unidad que desem peñó un papel tan im portante durante los años en que
estuvo gobernada por Santiago. En el m arco de la presente obra, sin em ­
bargo, el aspecto m ás relevante de esta reconstrucción es lo que puede de­
cirnos acerca del proceso de form ación de los evangelios y por ello debe­
m os aclarar cuál es papel que desem peñó en él.

c) E l Relato de la pasión y la com posición de los evangelios

C . H. D odd, L a p re d ica ció n a p o stó lica y su s d e sa rro llo s, M adrid 1974; M, Kílhlor,
D e r so g e n a n n te h isto risch e Jesú s a n d d e r geschichU chc, htshllsclu- í 'hr¡sfiis\ M an ­
ch en ■'1953; S. G uijarro O porío, L a ro m p o siiló u i/cl E va n g elio </c Marcas: Sal maní i
cen sis 53 (2006) 5-33.
Las composiciones anteriores a los evangelios i 79

1lace más de cien años M. K áhler definió los evangelios com o «reía­
los de la pasión con una am plia introducción» (K ahler 60). Esta frase, di­
fluí casi de pasada en una nota al píe de página, ha sido citada en muchos
trabajos sobre los evangelios porque explica m uy bien la centralidad que
licué dicho relato en el Evangelio de M areos y en los otros tres evange­
lios canónicos. Los autores de los cuatro evangelios, en efecto, no sólo in ­
cluyeron este relato de pasión, sino que !e otorgaron un enorm e v alo r al
colocarlo como conclusión de sus obras. El significado de este hecho pue­
de percibirse com parando las form ulaciones tradicionales del prim itivo
iimmeio cristiano con el esquem a com ún a los cuatro evangelios.
Id primitivo anuncio sobre Jesús, tal como se puede reconstruir a partir
ilc las cartas de Pablo y del libro de los H echos de los apóstoles, proclam a­
ba que había nacido de la estirpe de David, había com enzado su m iniste-
i io público m ientras Juan B autista bautizaba en el Jordán, había actuado
i niño maestro y taum aturgo, había m uerto en Jerusalén según las Escritu-
iiin, había sido puesto en el sepulcro, había resucitado al tercer día según las
I M'rituras, había sido exaltado a la derecha de Dios com o Hijo y Señor, y
vendría com o ju e z y salvador (1 C or 15, 3-5; Flp 2, 5-11; Rom 1, 3b-4a;
I Icli 2, 22-36; 10, 34-43). Los cuatro evangelios, lo mismo que este resu­
men del prim itivo anuncio sobre Jesús, dan m ucha im portancia a la pasión
ile Jesús, pero m ientras que en el esquem a tradicional ésta es un aconteci­
miento interm edio entre las dos venidas de Jesús, en los evangelios se ha-
llii al final. La exaltación de Jesús y su segunda venida se mencionan en los
evangelios, pero com o parte de la predicación de Jesús (en el discurso es-
nilológico de M e 13 o en la oración final de Jesús de Jn 17). En el esque­
ma Iradicional, el anuncio sobre Jesús queda enm arcado entre su prim era
venida y la segunda; en los evangelios, entre el com ienzo de su actividad
pública (o de su nacim iento en M ateo y en Lucas) y su pasión. A! introdu-
i n este cambio en el esquema tradicional, los evangelistas circunscribieron
dicho anuncio al m arco de su biografía. D e este m odo, no sólo atenuaron
In relación entre sus dos venidas, sino que situaron sus palabras y acciones
en el pasado, introduciendo así la categoría del recuerdo, que establece una
distancia con respecto a la predicación y la enseñanza de Jesús.
lil relato Iradicional de la pasión ju g ó un papel fundam ental en el pro­
feso de com posición de los evangelios, pues funcionó com o catalizador de
lir. tradiciones sueltas tanto a nivel literario como teológico. Su función co­
mo catalizador literario pudo deberse, en gran medida, a que fue el primer
idilio surgido en el seno de la tradición sobre Jesús. Los dem ás recuerdos
unible el se habían transm itido como tradiciones sueltas o formando parle
de pequeñas colecciones, puro no luibía entre ellas verdaderas narraciones.
I n alalinos casos, estas tradiciones pudieron haberse agrupado siguiendo
¡8 0 L a formación de los evangelios

un sencillo esquem a geográfico, com o ocurrió probablem ente con las co­
lecciones prem arquianas de milagros (M e 4, 3 5 -5 , 43) o con la Fuente de
los signos, pero estas agrupaciones no tenían una verdadera tram a narrali-
va. Sólo el Relato de la pasión era una com posición narrativa, y por eso só­
lo él pudo haber servido com o punto de partida para la elaboración de mi
relato m ás am plio, que incorporó las dem ás tradiciones. En el caso de Mar­
cos, esto ocurrió en el m om ento de la com posición del evangelio. En el de
Juan, pudo haber ocurrido incluso antes, pues com o se verá en el capítulo
dedicado a este evangelio, cabe la posibilidad de que el relato tradicional
de la pasión, junto con la colección de los signos, form ara un Evangelio tlü
tipo narrativo parecido ai de M arcos, aunque mucho más breve.
Este protagonism o del Relato de la pasión en el proceso de com posi­
ción de los evangelios está íntimam ente vinculado con el papel que desem­
peñó la reflexión sobre ía muerte y resurrección de Jesús en la comprensión
de las tradiciones que se transmitían sobre él. Cuando se exam inan los dos
evangelios que incorporaron de prim era mano el Relato de la pasión, se ad­
vierte que en am bos la prioridad literaria de dicho relato refleja la centra-
lidad teológica del acontecim iento a que se refieren. M arcos no sólo in­
corporó las tradiciones sueltas y las pequeñas colecciones a un relato que
concluía con la pasión, sino que hizo de ésta la clave de todo su relato,
orientado desde el principio hacia este mom ento final (Me 3, 6; 8, 31, etc.)
ert el que se desvelan la verdadera identidad de Jesús y las actitudes de sus
seguidores más cercanos. Tampoco en el Evangelio de Juan el Relato de la
pasión es un apéndice a los signos que realiza Jesús y a las discusiones que
éstos provocan, pues tanto unos com o otras están relacionados desde el co­
m ienzo con la «hora» de su pasión (Jn 2, 4; 13, 1). En M arcos, la pasión es
la clave para com prender que Jesús no es un M esías triunfante, sino el Hi­
jo del hombre que tiene que pasar por la cruz. En Juan, sin em bargo, es el
m om ento de su glorificación, de su vuelta ju n to al Padre, de donde había
venido (Jn 1, 1.14; 13,1; 17,1-5). Esto significa que fue la reflexión sobre
la m uerte de Jesús lo que dio al Relato de la pasión un protagonism o tan
grande en el proceso de com posición de los evangelios.

3. E l D o c u m en to Q

La existencia de esta com posición es uno de los postulados fundam en­


tales de la hipótesis de los dos docum entos. C om o ya he señalado en el
capítulo prim ero, esta hipótesis tiene su punto de partida en el reconoci­
m iento de la prioridad de M arcos con respecto a los oíros dos sinópticos,
y explica los pasajes que sólo M aleo y I .uens lid ien en com ún poslulan-
Las composiciones anteriores a los evangelios 181

■ln ln existencia de otra com posición que suele denom inarse «Fuente Q»,
iilm-ule Sinóptica de D ichos» o «D ocum ento Q», dependiendo del aspee-
iii que se quiera subrayar. La sigla «Q », que se im puso muy pronto para
it'lrrirsc a ella, procede de la prim era letra de la palabra alem ana Q uelle
i iuenlo), con la que se solía designar esta com posición.
H D ocum ento Q ha suscitado en los últim os anos un enorm e interés
t los estudiosos de los evangelios y entre quienes investigan los orí-
pt iics del cristianism o. Los prim eros se han interesado por su valor para
( i i <instruir el proceso de form ación de los evangelios, m ientras que los
ii^jitimlos han visto en este docum ento una vía de acceso al grupo de dis-
>)j mi los que lo com puso. En el contexto de este libro, el estudio de Q pre­
c ía le contribuir a un m ejor conocim iento del com plejo proceso de cris-
iiili/nción de los recuerdos sobre Jesús en com posiciones cada vez m ás
t nmplejas. Com o ya se han presentado los argumentos que avalan la exis-
ii iu'iii de este docum ento al tratar de la cuestión sinóptica, nuestra aten-
H ihi se centrará ahora en conocerlo m ejor para com prender el im portante
|ni|»fl que desem peñó en el proceso de form ación de los evangelios.

<i | ¡((.‘construcción y principales características de Q

I I D ow ning, W o rd-P rocessing in the A n c ie n t W orld: The S o c ia l P roduction a n d


l'iifo rm u n c e o f Q: Jo u rn al for th e S tudy o f th e N ew T estam ent 64 (1996) 29-4S; S.
i liilfiirro O porto, D ic h o s P rim itivo s de Jesús. U na intro d u cció n a l «P roto-evangelio
tlr dichos Q », S alam an ca 2 0 0 4 , 11-32; J. S. tCloppenborg, Q. E l eva n g elio d escono-
i u tu. Salam anca. 2 00 4 , 83-150; J. M. R ohinson y otros, The C ritica l E dition o f Q. Sy-
ih i/uis in clu d in g th e G ospels o fM a ttk e w a n d L uke, M ark a n d T hom as w ith E nglish,
i ii’ivuin. a n d F re n c h Translations o f «Q» a n d T h o m a s, L euven 2000; J. M . R obinson
i iilros. El « D o cu m ento Q » en g rie g o y en e sp a ñ o l con p a ra le lo s d e l E va n g elio de
SU ttvo sy del E va n g elio d e Tomás, S alam an ca 2002; C. M . T uckett, Q a n d the H isto-
i v n fl'.a ríy C hristianity, P eab o d y 1996, 1-106; A. V argas M achuca, L a llam ada f u e n ­
te O de los eva ngelio s, en A . P iñero (ed.), F uentes d e l cristianism o. T radiciones p ri-
ntlilviis sobre Jesú s, C ó rd o b a 1993, 63-94.

1 íl D ocum ento Q puede reconstruirse a partir de los pasajes que M a­


leo y Lucas tienen en com ún, aunque la tarea no resulta nada fácil. Con
liccuencia, la coincidencia entre am bos evangelios en estos pasajes es
muy am plia, m ayor incluso de la que se observa en los pasajes que toma-
mu de M arcos, pero en otros casos es m uy reducida. Esta diversidad ha-
11 ’ que a veces sea difícil reconstruir con precisión !a form a que un dicho
o un apolegm a tenía en Q. Por otro lado, incluso en los pasajes en los que
i'kíkIc un alio nivel tic coincidencia verbal, Maleo y Lucas tienen varían-
Ii-n que no parecen haber sido introducidas por ellos, lo cual sugiere que
t i m b o s ulili/aroii versiones difcrenles de O. lisio significa que las rccoiis-
¡82 La formación de los evangelio.v

trucciones realizadas a partir de M ateo y Lucas sólo pueden llegar a recu­


perar un texto arquetípico, es decir, la form ulación aproxim ada de ia ver­
sión anterior a las utilizadas por cada uno de ellos.
La reconstrucción del texto de Q se realiza com parando los pasajes que
sólo estos dos evangelistas tienen en com ún para identificar los elementos
redaccionales, es decir, lo que cada uno de ellos ha añadido o modificado,
A diferencia de lo que ocurre con M arcos o con Juan, que com pusieron sus
respectivos evangelios a partir de tradiciones o fuentes que no han llegado
hasta nosotros, M ateo y Lucas utilizaron profusam ente el Evangelio de
M arcos y, com parándolos con él, se pueden conocer con bastante detalle
las tendencias y los procedim ientos que utilizaron al reelaborarlo. Esta
identificación de los procedim ientos redaccionales característicos de Ma­
teo y de Lucas es la que perm ite descubrir lo que cada uno de ellos modi­
ficó o añadió al texto de Q. Con todo, la identificación de las modificacio­
nes y añadidos de ios evangelistas no siem pre asegura la recuperación del
texto de Q, pues a veces un mismo pasaje pudo haber sido m odificado por
Mateo y por Lucas, en cuyo caso ninguno de los (.los habría conservado lu
form ulación que tenía en Q. Por eso, en la reconstrucción del texto de Q
hay que recurrir con frecuencia a conjeturas basadas en el conocimiento
del estilo característico de los pasajes reconstruidos con más seguridad. En
esta tarea de reconstrucción resulta también útil tener en cuenta otras ver­
siones independientes de los dichos y apotegm as que se encuentran en el
Evangelio de M arcos y, sobre todo, en el Evangelio de Tomás la com para­
ción con ellos puede ayudar a decidir entre la formulación de Lucas y la de
M ateo, o incluso a proponer otra distinta.
L a reconstrucción del texto de Q es, com o se ve, una tarea compleja,
Pero ios elem entos disponibles son suficientes para llevarla a cabo. De
hecho, a lo largo del siglo pasado se propusieron diversas reconstruccio­
nes que han culm inado en ia publicación de ia prim era edición crítica de
Q (Robinson et al.). Esta reconstrucción, que ofrece todos los paralelos
relevantes de cada pasaje, jun to con una breve discusión de las variantes,
es un excelente instrum ento para ei estudio de Q. Para distinguir el texto
reconstruido del de los evangelios, aquel suele citarse con la sigla Q se­
guida del capítulo y versículo que dicho pasaje tiene en Lucas. A si, por
ejem plo, la cita Q 9, 57-58 corresponde al texto de Q reconstruido a par­
tir de Le 9, 57-58 y su paralelo Mt 8, 18-20.
El m inucioso trabajo llevado a cabo en la reconstrucción de Q ha per­
m itido identificar una serie de rasgos característicos que definen los con­
tornos de este docum ento con bastante precisión. En prim er lugar, se pue­
de determ inar su extensión. El punto de partida para ello son los m ás de
doscientos versículos que sólo Mateo y Lucas tienen en común, l istos ver-
Las com posiciones anteriores a los evangelios

ili ulos definen la extensión m ínim a, pero es posible que algunos dichos
ih o se hayan conservado sólo en Mateo o en Lucas. La com paración con
Im (orina en que am bos evangelistas utilizaron el texto de M arcos apoya
lula últim a suposición, pues sólo la m itad de este evangelio está al m is­
mo lieinpo en Mateo y en Lucas, aunque cada uno de ellos ha incorpora-
iln mía buena parte del texto de M arcos que el otro no ha incluido. Podría
pensarse, entonces, que ocurrió lo mismo en el caso de Q, es decir, que los
liunijes que Mateo y Lucas tienen en com ún representan sólo una parte de
illi lio docum ento. Sin em bargo, en un análisis m ás detallado de los pasa-
|i"* de M arcos incorporados por M ateo y por Lucas se observa que am bos
í'Viiiigelistas han tom ado casi todos los dichos y apotegm as de M arcos.
Alinea bien, dado que el D ocum ento Q contenía casi exclusivam ente di-
i luis y apotegm as, lo m ás razonable es suponer que am bos incorporaron
ti mus obras casi todo el contenido de Q. Puede decirse, entonces, que la
tAlensión de este docum ento coincide básicam ente con los pasajes que
■millos evangelistas tienen en común.
También se puede precisar con bastante probabilidad el orden de Q.
1’uiu ello, resulta muy útil observar si M ateo y Lucas conservaron el or­
den de M arcos o lo cam biaron, pues cabe esperar que am bos hayan sido
coherentes en el uso de sus fuentes. Lo que se observa en este análisis es
i|iie 1.ueas suele seguir el orden de M arcos, y que sólo en contadas ocasio­
ne. cam bia de lugar algún episodio. M ateo, en cam bio, utiliza el Evange­
lio de M arcos con m ás libertad y, sobre todo en la prim era parte de su re­
hilo ( Mt 4 -1 3 ), m odifica fácilm ente el orden de los episodios. A partir de
i'hln observación se puede deducir que el orden de Q se ha conservado
mejor en Lucas que en M ateo. Esta suposición se confirm a con un análi­
sis detallado del orden que tienen en am bos evangelistas los dichos y apo­
lism a s procedentes de Q. En num erosas ocasiones am bos coinciden en
nlliiiir estas tradiciones en el m ism o orden relativo, aunque no las sitúen
mi e! mismo punto del esquem a de M arcos. Por otro lado, en los discur-
nn;. com puestos por M ateo se da un fenóm eno que podría corroborar esta
mposieión, pues los dichos procedentes de Q, que suele m ezclar con otros
(irncedentes de M arcos o de sus propias tradiciones, se encuentran en el
mismo orden relativo que tienen en Lucas. Esta coincidencia se explica-
i la muy bien si M ateo hubiera repasado el D ocum ento Q en busca de di-
i líos apropiados para el tem a del discurso que le ocupa en cada caso; ello
riiiilln u a n a que tales dichos se encontraban dispuestos en el orden que
uliora lidien en Lucas. C oncluim os, entonces, que el orden del Docum en-
ln (,) se ha conservado m ejo ren el tercer evangelio.
A partir de los dalos que proporciona la reconstrucción de Q se puede
hviiir /jir todavía un poco más en la caracleri/aeión de esta com posición,
184 Leí form ación de los evangelios

tratando de identificar ia lengua en que fue com puesto. Lo más probable es


que las palabras de Jesús se transm itieran inicialm ente en arameo, que era
la lengua en la que él y sus discípulos solían hablar. A lgunas de estas p a­
labras, de hecho, se conservaron en dicha lengua, incluso en comunidades
que no la hablaban (Gal 4, 6; R om 8 ,1 5 ). Sin em bargo, la m ayoría de las
tradiciones sobre Jesús sólo han llegado hasta nosotros en griego. Durante
algún tiem po se pensó que el Docum ento Q había sido com puesto origi­
nalm ente en aram eo y que m ás tarde habría sido traducido al griego. Sin
em bargo, un estudio m inucioso de las características del griego de traduc­
ción y de textos escritos originalm ente en griego, puso de m anifiesto que
los dichos y apotegm as de Q, tal com o pueden ser reconstruidos a partir de
M ateo y Lucas, tienen las características propias de una com posición ori­
ginalm ente escrita en griego. Esto no significa que tales dichos no circula­
ran entre los primeros discípulos en arameo, sino que en el m om ento de ser
incorporados al D ocumento Q ya habían sido formulados en griego.
Por último, cabe preguntarse si se transm itió de form a oral o com o un
texto escrito. Teniendo en cuenta que nació en una cultura oral, hay que su­
poner que su com posición fue el resultado de un largo proceso en el que
los dichos de Jesús se fueron agrupando para form ar pequeñas com posi­
ciones com o la instrucción sapiencial que hem os m encionado al com ien­
zo de este capitulo. Con el tiempo, estas com posiciones se unieron a otras
hasta configurar una obra más elaborada, que se actualizaba en las repre­
sentaciones orales. Es m uy posible que algunas de estas com posiciones se
pusieran por escrito para facilitar su conservación, e incluso para compar­
tirlas con otros grupos de discípulos. Así se explica que este docum ento
fuera conocido en versiones m uy sem ejantes por M ateo y por Lucas, que
com pusieron sus evangelios en lugares geográficos m uy distantes. El alto
grado de coincidencias que se observa en algunos pasajes avala esta supo­
sición. Sin em bargo, como ya hem os dicho antes, tal cosa no ocurre siem­
pre, pues en bastantes casos el nivel de coincidencia verbal entre M ateo y
Lucas es m uy bajo. Por eso, lo más razonable es suponer que el D ocum en­
to Q se transm itió, al m ism o tiempo, de form a oral y por escrito.

b) E l contenido y el contexto vital d el D ocum ento O

F. G. D ow ning, A G e n r e fo r Q, a n d a S o cio -C ultura! C c m te x tfo r Q: C am pa rín # Seta


o fS im ila ritie s a n d D ifferences: Journal fo r th e S tudy o f the N ew T esíam ent 55 ( I W 'l)
3-26; S. G u ijarro O porto, D ich o s P rim itiv o s d e Jesús. U na in trod ucció n a l « ¡’rotn
eva n g elio de dichos Q», S alam anca 2004, 33-60; S. G uijarro O porto, M em oria ntlfii
ra l e id en tid a d de g ru p o en Q, en C. B ernabé - C. G il (uds.), l(i'ima¡’itiando los
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In tro d u ctio n , S onom a I9 l>2; J. S, Klo|ipenbur¿>, '¡'he lú m iin tin n o / \ ) . Tiitji'ctorics In
Las composiciones anteriores a los evangelios 185

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b'nii Upstars. Jesús 'F irst F ollow ers A ccorcling to Q, Valley Forge 1994.

I !l Docum ento Q posee, com o acabam os de ver, un a fisonom ía propia.


Ni» sólo se puede llegar a conocer la lengua en que fue escrito y la form a
• ii que se transm itió, sino que es posible determ inar su extensión y el or­
den en que estaban dispuestos en él los dichos y apotegm as de Jesús. Tal
i coinstrucción facilita un análisis de su contenido que perm ite seguir pre-
i hundo la naturaleza de esta com posición, su género literario y el contex-
in vilal en que pudo haber sido com puesto.
Por lo que se refiere al contenido, pueden distinguirse nueve unidades
literarias de diversa naturaleza. Estas unidades están relacionadas entre sí,
ilt unido que la com posición posee en su conjunto una cierta disposición
liirüii ia que se percibe, sobre todo, en las agrupaciones de dichos con que
>tmiicn/.a y term ina. El com ienzo está form ado por una serie de dichos de
Intuí que culminan en la escena de las tentaciones de Jesús (Q 3 ,2 - 4 , 13),
inirtilias que el final es una agrupación de dichos cuyo tem a central es la
venida del Hijo del hom bre (Q 17, 2 3 -2 2 , 30). Estas dos secciones dotan
ii Im com posición de un m areo narrativo que sitúa la enseñanza de Jesús
II lili; .su prim era m anifestación y su segunda venida. A m bas secciones tie­
nen puntos de contacto que las vinculan. En la prim era, Juan anuncia la
llciiiula. de aquel que viene detrás de él (Q 3, 16b), y en la últim a se anun-
i ím lii venida del H ijo del hom bre (Q 17, 24); en la prim era se pronuncia
un juicio severo sobre los hijos de Abrahán (Q 3, 7.8.17), y en la últim a se
Imlilii del ju icio sobre las doce tribus de Israel (Q 22, 28.30). El anuncio
ile In venida del Hijo del hom bre y del juicio sobre Israel son dos de los te-
mu*, más característicos de Q, y el hecho de que aparezcan form ando in-
i lii'iión en la sección inicial y en la final es un indicio de la unidad lite-
i m Im de este docum ento. M ás adelante, al tratar sobre el género literario,
ii lidiemos ocasión de com probar que el com ienzo y el final de Q se ajus-
i-iii n un esquem a que tam bién parece haber seguido M arcos en la com po-
i'it luii de los trece prim eros capítulos de sil evangelio.
I i >s demás dichos y enseñanzas se encuentran dentro de este m arco que
Ion 'iilñii enlre la primera m anifestación de Jesús y su segunda venida. Las
ii.'ic unidades que com ponen el cuerpo del docum ento son diferentes en-
iui ij|. Algunas de ellas se dirigen a los seguidores de Jesús, exhortándoles
186 L a formación de los evangelios

a poner en práctica su enseñanza o a dejarlo todo para seguirle y convertir­


se en enviados suyos. En otros casos, sin em bargo, los destinatarios pare­
cen ser personas ajenas al grupo, a quienes se reprocha haber rechazado a
Jesús. Partiendo de esta distinción básica, y teniendo en cuenta otros crite­
rios de tipo literario, se puede proponer la siguiente división:

1. P re se n ta c ió n de Ju a n y Je sú s (Q 3, 2 b - 3 a .7 - 9 .! 6 b - l 7 .2 1 -2 2 ; 4, 1-13)
2. S e rm ó n in a u g u ra l de Je sú s (Q 6, 2 1 -2 3 .2 7 -2 8 .3 5 .2 9 -3 4 .3 6 -4 9 }
3. Ju a n , Je s ú sy e s ta g e n e ra c ió n (Q 7 , 1 -1 0 .1 8 -3 5 )
4. D isc ip u la d o y m isió n (Q 9, 5 7 -6 0 ; 1 0 ,2 - 7 .1 0 -1 6 .2 1 - 2 4 ; 11, 2 b -4 .9 -1 3 )
5. A c u s a c ió n y re s p u e s ta de Je s ú s (Q 11, 1 4 -2 8 .1 6 .2 9 -3 5 .3 9 -4 4 .4 6 -4 8 .5 2 .
4 9 -5 1 )
6. R e v e la c ió n de So e s c o n d id o (Q 12, 2 -1 2 .3 3 -3 4 .2 2 b -3 1 .3 9 -4 0 .4 2 -4 6 .4 9 -
5 9; 13, 18-21)
7. E n tra r p o r la p u e rta e s tre c h a (Q 13, 2 4 - 3 0 .3 4 -3 5 ; 14, 1 1 .1 6 -2 3 .2 6 -2 7 ;
17, 33; 14, 3 4 -3 5 )
8. E l R e in o e s tá d e n tro de v o so tro s ( Q 16, 1 3 .1 6 -1 8 ; 17, 1-2; 1.5, 4 -1 0 ; 17,
3 -4 .6 .2 0 -2 1 )
9. L a v e n id a del H ijo del h o m b re (Q 17, 2 3 -2 4 .3 7 .2 6 -3 0 .3 4 -3 5 ; 19, 12-24)

Resulta evidente que en ei D ocum ento Q se han incorporado tradicio­


nes m uy diversas. Pero, en medio de esta diversidad de form as y conteni­
dos, el conjunto posee una notable unidad. Una obra literaria posee unidad
cuando contiene elem entos característicos que permiten distinguirla de
otras obras sim ilares y cuando se detecta en ella un principio organizador
que relaciona y da sentido a sus partes. El Docum ento Q cumple estos cIon
criterios. En prim er lugar, se trata de una com posición peculiar, que puede
distinguirse de otras. Así, por ejemplo, al com pararla con el Evangelio de
Marcos se observa que las formas literarias más com unes en dicho evange
lio apenas se usan en Q, mientras que las que aparecen con más frecuencia
en este docum ento son poco frecuentes en M arcos. El D ocum ento Q cslti
com puesto casi íntegram ente por unidades de carácter discursivo, como
bienaventuranzas, maldiciones o dichos proféticos. En M arcos, por el con
trario, predom inan las form as de tipo narrativo, com o los relatos de milfi
gro o los apotegmas biográficos. El carácter peculiar de Q se percibe lam
bién cuando se com paran tradiciones com unes a M arcos y se observa que
am bos han interpretado de forma diferente la tradición recibida. Un ejcin
pío de ello son los pasajes sobre Juan Bautista. En el D ocum ento Q Jimii
aparece com o un profeta autónom o que, al igual que Jesús, se enfrenlii u
«esta generación» (Q 3, 7-9.16-17; 7, 24-28.31-35; 16, 16). Sin embíiifío,
en M arcos aparece claram ente subordinado a Jesús (M e I , I- 1 1; 6, 17
9, 9-13), En segundo lugar, en Q se repiten ¡líennos lemas que conlieien
unidad a las diversas agrupaciones de dichos. I Ino tic ellos es c¡ anuncio
Las composiciones anteriores a ¡os evangelios ¡8 7

ild que ha de venir, anuncio que aparece ya en la predicación de Juan Bau-


(isla (Q 3, 16-17). M ás tarde, este personaje anunciado por Juan se identi-
Ik'íi con Jesús (Q 7, 18-23), y al final se relaciona con el tem a del juicio (Q
I 3, 34-35). Otro tem a recurrente es la referencia a la muerte violenta de los
profetas, que aparece en la última bienaventuranza (Q 6, 22-23) y en otros
dos pasajes (Q II, 4 7 -5 1 y 13, 34-35). La recurrencia de estos tem as indi-
i'ii que el redactor final quiso dar unidad a su obra relacionando las diver-
mhk agrupaciones de dichos que la com ponían.
La unidad que posee el texto de Q desde el punto de vista literario re­
vela que no era una colección aleatoria de palabras de Jesús, sino una ver-
dmlera obra literaria que utilizó un género acorde con el m ensaje que pre-
Inidía transm itir. Al tratar de identificar el género literario utilizado por
u se ha observado que posee notables sem ejanzas con los «dichos de los
tullios» (Logoi sophon), un género al que pertenecen antiguas coleccio­
nes sapienciales egipcias o israelitas, y tam bién com posiciones m ás ré ­
den les, tales com o el E vangelio de Tomás, o el tratado Pirqe A b o t de !a
Misná, que recoge las enseñanzas de los m aestros rabínicos m ás antiguos.
( '¡chám ente Q se parece m ucho a estas com posiciones y podría conside-
mi'sc un ejempfo más de «dichos de los sabios», pero se trata de un caso
pni'licular dentro del género, pues posee una am bientación tém pora! que
i Oku Ita del todo peculiar.
Tai am bientación sugiere la posibilidad de que Q fuera una form a in­
cipiente de biografía. Las biografías antiguas eran m ucho más breves que
ln-, actuales y no solían seguir un orden cronológico. Estaban com pues-
Itis por pequeñas anécdotas independientes que ponían de m anifiesto el
i ii ni d e r del protagonista. El D ocum ento Q posee estas características y
■ , muy posible que sus contem poráneos vieran en él una «vida de Jesús».
1ti- hecho, tanto en su forma, como en su extensión, podría com pararse a
ulilis vidas contem poráneas, como, por ejem plo, la del filósofo Dém onax
• lu í ¡l¡i por Luciano de Samosata. C om o ella, Q es una com posición cen-
n iiiln en el protagonista y posee un m arco tem poral; la caracterización de
luí. personajes ño se hace a través de com entarios, sino de sus palabras y
ilr pequeñas anécdotas ordenadas tem áticam ente. Al igual que en las bio-
tíiiiííns antiguas, el principal objetivo de Q es ensalzar el honor de Jesús,
i «uno se pone de m anifiesto en las palabras de Juan B autista (Q 3, 16b-
I / ) y en el relato de las tentaciones (Q 4, 1-13). Por otro lado, el D o cu ­
mento („) parece seguir un esquem a tradicional que tam bién siguió Mar-
i m en la com posición de los trece prim eros capítulos de su evangelio; en
. Ii‘í■(11, ,'«libas com posiciones com ienzan con la predicación de) B autista
. ln prcsenlíición de Jesús que culm ina en las tentaciones (Q 3, 2-4, 13 =
Me 1,2 I 3), y term inan con un discurso escnlológico (O 17,23 22, 30 =
188 La form ación de los evangelios

M e 13, 3-36). E n este sentido, Q se encuentra m ás cerca de M arcos que


del E vangelio de Tomás, el cual no parece seguir ningún esquem a en la
organización de los dichos de Jesús.
Así pues, el D ocum ento Q no sólo es una com posición que posee uni­
dad y coherencia interna, sino que, según los cánones de la retórica antigua,
puede considerarse una form a incipiente de biografía. En ella se integra­
ron num erosas tradiciones sueltas sobre Jesús y pequeñas com posiciones
y agrupaciones de dichos que se habían transm itido independientemente,
A hora bien, al integrarse en esta nueva com posición, su sentido y su men­
saje se enriquecieron y am pliaron; ya no eran palabras o recuerdos desco-
nectadoSj sino que form aban parte de una obra que tenía una fisonomía li­
teraria reconocible, una form a a través de la cual se transm itía el mensaje
de Jesús vinculado a su persona y se reclam aba una actitud hacia él.
La com posición de Q suele situarse en Palestina y, m ás concretam en­
te, en G alilea, Se aduce para ello que el m apa espacial que aparece en
este docum ento tiene com o centro y punto de referencia las aldeas de la
B aja G alilea m encionadas en él (Cafarnaún, Corozaín, Betsaida, etc.). De
hecho, lo que sabem os acerca de esta región en el periodo rom ano encaja
bien con lo que se presupone en los dichos de Q: la situación económica
y social, la relación con el tem plo de Jerusalén, o la presencia de grupos
fariseos. D icha com posición debió tener lugar antes de la guerra contm
los rom anos, pues no existe en el docum ento ninguna alusión clara a la re­
vuelta contra Rom a, ni se m encionan las desastrosas consecuencias que
tuvo esta contienda para G alilea. El grupo de discípulos de Jesús que ela­
boró, conservó y transm itió esta com posición h a sido caracterizado de
form as diversas; profetas itinerantes, filósofos cínicos o escribas locales,
En cualquier caso, era un grupo especialm ente im plicado en la continua­
ción del proyecto de Jesús; form aba una red de pequeños grupos locales
y vivió su relación con el am biente de form a conflictiva, como indican las
referencias negativas a «esta generación» y la repetida m ención del juicio
sobre Israel, así com o las invectivas contra los escribas y fariseos. En el
proceso de integrar y articular las diversas palabras y recuerdos sobre ,li>
sús, los m iem bros de este grupo dejaron tam bién algunos vestigios de su
propia situación. La com posición de esta incipiente biografía de Jesús lúe
para ellos un acto de m em oria, pero fue tam bién un instrum ento para de ■
finir su propia identidad,''como se advierte en su form a de recordar las pa­
labras de Jesús y en la relectura que hacen del pasado com ún de Israel y
sus figuras m ás representativas (Abrahán, los profetas perseguidos, etc,),
Todo parece indicar que el grupo en que se com puso el D ocum ento Q es
taba definiendo una nueva identidad frente a otros grupos que ¡nvocuhmt
tam bién la tradición israelita (fariseos, esla gencnición, ele.).
Las composiciones anteriores a los evangelios 189

i ) E l D o c u m e n t o Q y la c o m p o s ic ió n d e lo s e v a n g e lio s

II. I'. Fleddermann, M a rk a n d Q: A S tu d y o fth e O verlap Texts, Leuven 1995; D, Lühr-


Míiinn, The G o sp el o f M a rk a n d the S a yin g s C o llectio n Q : Journal o f Bíblica! Litera-
lin i- 108 (1989) 5 1- 7 1; J. Schüling, S tudien zurn Verhcüfnis von L og ien q a elle trndM ar-
kiiscvangeltum , Wiizburg 1991.

El pape) de Q en el proceso de com posición de los evangelios viene de-


Iluido por el lugar que ocupa en la hipótesis de los dos docum entos. Según
ilielia hipótesis, este docum ento habría sido determ inante en la com posi-
i ion de M ateo y Lucas, los cuales reelaboraron, com pletaron y tai vez tra-
lition de suplantar al Evangelio de Marcos. Es importante recordar el carác-
Iri' hipotético de esta explicación de las relaciones entre los tres evangelios
ninópticos y de los postulados en que se asienta. Pero, al m ism o tiempo, es
necesario tener presente que la «hipótesis Q» cuenta en su haber con una
liayectoria de casi dos siglos, a lo largo de los cuales no h a dejado de su­
perar ias pruebas a las que ha sido sometida. El D ocum ento Q es, por tan-
|n, una hipótesis bien asentada en la que la m ayoría de los expertos fun­
damentan el estudio científico de los evangelios de Mateo y de Lucas. La
pi íncipal aportación de este docum ento al estudio del proceso de composi-
i u'm de los evangelios tiene que ver, por tanto, con su contribución a estos
iltis evangelios. Sin em bargo, no term ina ahí, porque su m ism a existencia
I ilnnlca una serie de preguntas que pueden ayudar a conocer m ejor el pro-
i eso de cristalización de tas tradiciones sobre Jesús.
I ,a existencia de Q plantea, en prim er lugar, una pregunta sobre su po-
mlilc relación con el E vangelio de M arcos. Com o se verá en el próxim o
i iipilulo, es muy probable que este evangelio haya sido com puesto cerca
«le l’íilestina hacia el. año 70 d.C., es decir, un poco después del Docum en-
lit (,) y en un área geográfica cercana. D e hecho, el Evangelio de M arcos
i iiimce e incorpora tradiciones de origen palestinense, tales com o el Re-
litio do la pasión, las tradiciones vinculadas a los Doce o las historias de
miliigros. Cabe, entonces, preguntarse si tam bién conoció el Docum ento
i,) I ,n respuesta a esta pregunta podría encontrarse en los duplicados que
mi- liiin m encionado en el capítulo prim ero al tratar sobre el problem a si­
nóptico, es decir, en los pasajes que se encuentran al m ism o tiem po en
Míneos y en Q. Para algunos autores, estos pasajes son un indicio de que,
rleelivam ente, M arcos conoció y utilizó el D ocum ento Q. O tros, sin em-
Itm'l'.o, ¡divierten que estos pasajes com unes contienen visiones diferentes
ile los m ism os lem as (por ejem plo la im agen de Juan B autista y su rela-
i n e n i i Jesús), y atribuyen estos duplicados a una tradición anterior.
I tivule el pimío de vista literario, ésta es la hipótesis más plausible, pues
19 0 La form ación de los evangelios

explica por qué no se encuentran en M arcos la m ayoría de las tradiciones


de Q. Sin em bargo, la cuestión puede ser m ás com pleja ya que M arcos
parece tener algunas reticencias a la hora de incorporar en su relato las en­
señanzas de Jesús. Éstas son, de hecho, bastante escasas en su evangelio,
sobre todo si las com param os con los otros tres canónicos. A dem ás, no
suelen estar dirigidas abiertam ente a la gente, sino a un grupo reducido de
discípulos, com o ocurre con la mayor parte de las enseñanzas del discur­
so en parábolas (M e 4, 1-34) y con el discurso escatológico (M e 13), que
son las dos agrupaciones de dichos más extensas en este evangelio. Mar­
cos parece tener cierta prevención hacia las enseñanzas de Jesús, tal v e /
porque no com partía la interpretación que se hacía de ellas. Es casi impo­
sible que no conociera la tradición de los dichos de Jesús, pero el hecho
es que fue muy com edido a la hora de incorporarla a su evangelio. Esto
explicaría su actitud hacia el D ocum ento Q. N o se puede descartar que ln
conociera, pero si lo conoció, decidió no utilizarlo.
Si ésta fue la posición de M arcos con respecto a Q, el hecho de que
Mateo y Lucas decidieran incorporar este docum ento íntegram ente en sus
«vidas de Jesús» cobra un significado especial. Ni uno ni otro parecen ha­
ber tenido reticencias a la hora de proponer abiertam ente la enseñanza do
Jesús. Es más, cada uno a su modo la consideró uno de los rasgos más ca­
racterísticos de su biografía. Ambos evangelios recogieron así la herencia
de Q, en la que Jesús aparecía com o sabio, profeta y maestro. A hora bien,
al hacerlo, no sólo incorporaron una parte im portantísim a de la tradición,
sino que, m uy probablem ente, trataron de corregir la posición unilateral tic
M arcos. El hecho de que asum ieran el esquem a biográfico de este evange­
lio indica que consideraron im portante esta form a novedosa de presentar
la tradición sobre Jesús. Sin em bargo, el hecho de que com pletaran el re­
lato de M arcos incorporando de forma m asiva la tradición de los dichos, y
de que sacaran su enseñanza del ám bito esotérico en que M arcos habín
situado parte de ella, indica que quisieron corregir este evangelio p resa n
tando sendos relatos alternativos. En este proceso, el D ocum ento Q de­
sem peñó un papel im portantísim o, pues en él se habían ido sedim entan
do buena parte de las palabras de Jesús transm itidas durante la primera
generación. Q aparece así, al m ism o tiem po, com o el punto de llegada de
una rica tradición de palabras de Jesús, y com o un punto de partida que
facilitó la com posición de Kíateo y Lucas.
La identificación, la reconstrucción y el análisis detallado del Doeu
m entó Q, suponen una contribución notable ai estudio del proceso de lor
mación de los evangelios, Gracias a este trabajo es posible acceder, aunque
sea de forma hipotética y aproxim ada, a un estadio muy im portante de di
cho proceso, en el que la tradición sobre Jesús co m cn /ó a loiiviulai'He ie
Las com posiciones anteriores a los evangelios 191

im-riendo a m oldes literarios relativam ente com plejos para responder a la


nueva situación que vivían ciertos grupos de discípulos de Jesús. El Do-
í nniento Q form a parte de una serie de com posiciones que conservaron,
miilire todo, los dichos de Jesús. El m ejor exponente de este tipo de com ­
posiciones es el Evangelio de Tomás, con el que Q com parte num erosas
ninficiones. Sin em bargo, la mayoría de las com unidades de discípulos de
lesús optaron por el modelo de M arcos que daba más im portancia a la ac-
1mieión de Jesús, aunque com pletaron tal m odelo incorporando los dichos
conservados en Q , los cuales encontraron en dicha actuación y, sobre to­
llo, en el relato de su pasión, un contexto herm enéutico m ás adecuado.

I I ,a F u e n t e de los sig no s

Para concluir esta presentación de algunas de las com posiciones que


desem peñaron un papel im portante en el proceso de form ación de los
evangelios, exam inaré a continuación la llam ada F uente de los signos,
liunbién conocida com o S e m e i a Q u e l t e , de donde proceden las siglas que
n veces se utilizan par referirse a ella (SQ ). Recibe su nom bre de la pe-
i ulínr designación que reciben los m ilagros de Jesús en el cuarto evange­
lio (s e m e i a = signos). A diferencia de las dos com posiciones precedentes,
que fueron recogidas por varios evangelios, la Fuente de los signos sólo
puede reconstruirse a partir del Evangelio de Juan. Es una com posición
em parentada con las colecciones de m ilagros que be m encionado en el
pum er apartado de este capítulo, pero es m ás com pleja que éstas desde
el punió de vista literario y teológico.
Al igual que ocurre con las otras com posiciones estudiadas en este ca-
pllulo, el conocim iento de la Fuente de los signos reviste un enorm e inte-
ién histórico, ya que es la única com posición teológicam ente elaborada
nobl e los m ilagros de Jesús que ha llegado hasta nosotros, y puede arro-
|nr mucha luz sobre el grupo de discípulos en que se compuso. Sin em bar­
co. en la perspectiva de este libro, se estudiará teniendo presente lo que
|im-de aportar para conocer m ejor el proceso de form ación de los evange­
lios. lín todo caso, lo prim ero que debe hacerse es exponer los argum en­
tos que avalan su existencia.

itl ,jÍK¡stió una Fuente de ¡os signos?

I< I’. Purina. The G o sp el ofS Ign s: A R cco m lru clio n o f the N a rra tíve Source Under-
th e /''iiiirlh G ospel, l.om lon 1470; F,. D. í;r c « l - R. B. H unt, F o r tn a ’s Signs
iMw i c In .hilnr. .1un nuil oí’ lülilicul l.ikTnUiiv 94 ( i 975) 563-579; W. N ieol, The Se-
192 La form ación de los evangelios

m eia in the F ourth G ospel, Leiden 1972; J. M. Robínson, M ira cles So u rce o f John.
Journal of the Am erican Academ y o f Religión 39 (1971) 339-348; G. van Belle, 7?ii>
S ig n s S o u rc e in the F o u rth G ospel: H isto ric a l S u rv ey a n d C ritica! E va lu a tio n o f tlit1
S em eia H ypothesis, Louvain 1994.

La hipótesis de que Juan habría utilizado una Fuente de signos en lil


com posición de su evangelio es relativam ente reciente. Fue expuesta poi
R. Bultm ann en su com entario a este evangelio, aunque sobre la base ik*
estudios precedentes que habían m encionado ya algunos de los argumen­
tos que la sostienen. A ños más tarde, R. T. Fortna llevó a cabo una delU'
liada reconstrucción que se ha convertido en referencia para los estudios
posteriores.
La identificación de esta «fuente» partió inicialmente de algunas obser­
vaciones. La prim era de ella es que Juan suele utilizar la palabra «signo»
(sem eion) para referirse a las acciones portentosas de Jesús. Los sinóptico»
usan tam bién esta palabra para designar diversas m anifestaciones extraor
diñarías, pero no con tanta frecuencia com o Juan y tam poco expresan con
ella una form a particular de entender los m ilagros de Jesús. En segundo lu
gar, los prim eros «signos» del evangelio parecen seguir una numeración
que podría haber sido el com ienzo de una serie m ás larga de milagros: trtiN
haber narrado el signo de las bodas de Caná, se dice que «así com enzó Je­
sús los signos...» (Jn 2, 1 í ); y, después de la curación del funcionario real,
am bientada por Juan también en Caná, se afirm a que «este segundo signo
lo hizo Je sú s,..» (Jn 4, 54). Por último, los relatos de milagro del Evange­
lio de Juan están ordenados geográficam ente, si, como parece m uy probu
ble, Jn 5 iba originalm ente después de Jn 6. Los primeros signos estarinn
situados en G alilea y Los últim os en Jerusalén, según un esquem a geográ
ftco que encontramos no sólo en los evangelios sinópticos, sino también en
ios antiguos resúmenes del kerygma (Hch 10, 34-43).
Estas tres observaciones iniciales no prueban con total seguridad ln
existencia de una fuente particular; de hecho, se pueden rebatir fácilmente
com o se ha hecho a m enudo. Sin em bargo, se pueden corroborar con otron
indicios de tipo literario. £1 más importante de ellos es la tensión que exis
te en el Evangelio de Juan entre los relatos y los discursos. En los relator
nos encontramos con episodios concretos que se narran en tercera personn
con viveza y realismo. Sin embargo, en los discursos aparece Jesús hablan
do en prim era persona de form a atem poral y repetitiva sobre cuestiono,
abstractas. Esta m ezcla de estilos constituye un verdadero enigma desde el
punto de vista literario, enigma que sólo puede aclararse postulando la uxis
te n cia d e diversas fuentes. Tal hipótesis encuentra una cierta confirmación
en el hecho de que el inaleruil de lipo narrativo a.sl iilenlificado (¡ene mu
Las composiciones anteriores a los evangelios 193

<luis semejanzas con las tradiciones recogidas en los sinópticos, m ientras


i|iu' en éstos no se encuentra nada parecido a los discursos joánicos.
Al prim er grupo de textos pertenecen los relatos de m ilagro y el R eía­
lo de la pasión, y al segundo los discursos y diálogos que aparecen a lo
Im)'o de todo el evangelio. En la prim era parte del m ism o (Jn 1-12), los
Jynos y los discursos están m ezclados, aunque no resulta difícil d istin­
guirlos, m ientras que en la segunda parte, el m aterial discursivo y el na-
inil¡ vo están más claram ente separados (Jn 13 -17; 18-20). Esta diferente
t-Hinhinación de relatos y discursos tanto en la prim era parte del evange­
lio como en la segunda sugiere que el evangelista utilizó dos fuentes de
■tiiiicler narrativo: la Fuente de los signos en la prim era parte; y el Relato
■le la pasión en la segunda.
La identificación de la Fuente de los signos parece ínicialm ente una
linea difícil, porque no es posible establecer com paraciones con otra ver-
.iiiin, com o ocurre en el caso del Relato de la pasión o del D ocum ento Q.
Además, los relatos que contenía se encuentran ahora incrustados en una
¡ «imposición en la que su autor ha dejado una clara im pronta literaria y
ínilógica. Sin em bargo, la em presa no es tan difícil com o puede parecer
ii primera vista, porque dicho autor, que tenía una personalidad literaria y
Urológica muy definida, respetó m ucho sus fuentes y no las m odificó de
lumia sustancial. D ebido a ello, estas fuentes pueden recuperarse con un
nmilisis m inucioso y atento del texto joánico.
H! respeto del evangelista hacia sus fuentes se percibe, por ejemplo, en
lim constantes rupturas y cam bios de nivel o de vocabulario que refleja el
ii'xlo actual. A sí, por ejemplo, en Jn 4 ,4 8 encontram os un com entario que
im encaja en el contexto: «Jesús le dijo (al centurión): si no veis signos y
pmdigios, no creéis». Es un com entario extraño, porque en el versículo an-
ki uir el centurión había manifestado su fe ai pedirle a Jesús que fuera a cu-
ini n su hijo; por otro lado, ¿qué sentido tiene que Jesús le hable en prime-
i ii persona del plural? Se trata de un com entario añadido por el evangelista
iiI incorporar el m ilagro a su evangelio; de hecho, no se encuentra ni en
Milico ni en Lucas, que tom aron de Q este m ism o relato en una versión al-
y.n diferente (Q 7, 1-10); por otro lado si se prescinde de él, el relato de
I i i i i i i resulta m ás fluido. E ste tipo de añadidos y com entarios se pueden

nlrnli líear a través de un análisis redaccional del vocabulario y estilo pro­


pio de Juan y de los tem as que aparecen en los pasajes claram ente redac-
i uníales, En los casos en los que existe un relato paralelo en los sinópticos,
im illa también útil, com o he señalado, com pararlo con el de Juan.
( oii ayuda de este tipo de procedim ientos se puede reconstruir con bas-
1 :11111- probabilidad la formulación que tenía la Fuente de los signos utiliza-
i|n poi Juan. La lórma en que el evangelísln la ha incorporado a su obra po­
194 L a form ación de. los evangelios

dría ser un indicio de que se trataba de una com posición conocida por sus
destinatarios y m uy valorada por ellos. Tal vez p o r eso no se atrevió a mo­
dificar drásticam ente los relatos de m ilagro al com binarlos con los discur­
sos. Si lo hubiera hecho, habrían desaparecido las tensiones que hemos ob­
servado y la lectura de su evangelio habría sido m ás fluida. Es posible, por
tanto, que estas rupturas no sean fruto del descuido, sino una form a de pro­
ceder intencionada para que los destinatarios de su evangelio pudieran per­
cibir cóm o la Fuente de los signos que conocían había quedado integrada
en el nuevo relato y am pliada en su sentido con los com entarios y añadi­
dos que relacionaban los signos de Jesús con sus discursos,

b) E l contenido y ei contexto de la F uente de los signos

R. T. F ortna, The F ourth G ospel a n d ¡ts P redecessor; F rom N arrative Source to Pre­
sera G ospel, Edinburgh 1989; R. T. Fortna, The G ospel o f Signs: A R econsiruction o fth e
N arrative Source. U nderiying the F ourth C ospel, L ondon 1970; E. K oskenniem i, Ohl
Testam ent M iracle-W orkers in E a rfy Judaism , T ubingen 2005; J. L. M artyn, We have
fo u n d E lijah, en R. Hammerton-Kelly - R. Scroggs, (eds.), Jews, G reeks a n d C kristiam .
R eü g io u s Cultures in L a te A ntiquity, Leiden 1976, 181-219; W. N icol, The Sem eia in
the F ourth G ospel, Leiden ¡972; D. M. Smith, The. M ilieu o f the Joharm ine M iracle
Source, en D. M . Sm ith (cd.), Johamine Christianity. Essays on its Setting, Sources and
Theology, Columbia 1982, 62-79; G. van Bel le, The Signs Source in the F ourth Gospel:
H isto rica l Survey an d C ritica! E valuatian o f the Sem eia H ypothesis, Louvain 1994,

U na vez reseñados los argumentos que avalan la existencia de la Fuen •


te de los signos y ios procedimientos que permiten reconstruirla, trataremos
de precisar cuál era su contenido. De lo expuesto en el apartado preceden­
te se deduce que dicha fuente contenía básicam ente los relatos de milagro
que se hallan en la prim era parte del evangelio, varios de los cuales son de­
signados com o «signos» (Jn 2, 11; 4, 45; ó, 14). Son los siguientes:

Jn 2, 1-11 L as b o d a s de C a n á
Jn 4 , 4 6 -5 4 El hijo d el fu n c io n a rio real
Jn 6, 1-15 L a m u ltip lic a c ió n de lo s p a n e s
Jn 6, 16-21 L a tra v e s ía del lag o
Jn 5, 1-9 L a sa n a c ió n d e l p a ra lític o
Jn 9, 1-9 L a s a n a c ió n del c ie g o
Jn 11, 1-44 L a r e v iv ific a c ió n d e L á z a ro

Adem ás de estos siete relatos, en la prim era parte del evangelio encoii
tram os otro bloque narrativo que procede con m ucha probabilidad (mu
bién de la Fuente de los signos. Este bloque incluia la presentación do Jiniii
Bautista (Jn I, 6-7), sti testim onio sobre Jesús (Jn I , l<M 4) y el encuclillo
Las composiciones anterioras a ios evangelios J 95

de este con sus prim eros discípulos (Jn 1, 35-49). Era una narración intro­
ductoria, que tenía una importante función en et conjunto, pues no sólo si­
tuaba a Jesús con respecto al Bautista y a sus discípulos, sino que contenía
ii launas afirmaciones im portantes acerca de Jesús. Al igual que los signos,

In introducción narrativa fue reelaborada por el evangelista, pero básica­


mente reproduce la introducción de la Fuente de los signos.
Hay, sin em bargo, un detalle im portante que parece haber sido modi-
líeado. En la prim era escena, Juan B autista afirm a rotundam ente que él
mi es el M esías, ni Elias, ni el Profeta (Jn 1, 20-21). Esta declaración so­
lemne está relacionada con las afirm aciones que más tarde hacen los pri­
meros discípulos de Jesús. A ndrés, después de conocer a Jesús, dice a su
hermano Simón: «H em os encontrado al M esías» (Jn 1,41); y Felipe, des­
pués de haber sido llamado por Jesús, dice a N atanael: «H em os encontra­
do a aquel de quien escribió M oisés en la L ey y los profetas» (Jn 1, 45,
iludiendo a Dt 18, 15-20). En esta serie de declaraciones se afirm a de Je-
Mis lo que Juan B autista había negado sobre sí m ism o, pero falta la refe-
icncia a Elias, que pudo haber sido suprim ida por el evangelista para evi-
lur una interpretación errónea de los signos de Jesús. De hecho, el relato
de la llamada a Felipe, que se encuentra en Jn 1, 43, rom pe la secuencia de
lu narración y, debido a ello, ha llam ado siem pre la atención de los exe-
yclas. Sin em bargo, si este versículo se reconstruye siguiendo el esquem a
de los encuentros precedentes, la secuencia recupera su armonía. Jn 1, 43
i ¡‘construido diría así (en cursiva (ap arte reconstruida): «Encuentra Pedro
o Felipe y le dice: hem os encontrado a Elias. Le lleva hasta Jesús y m irán­
dole Jesús le dice: Síguem e». De este m odo, se recupera la secuencia de
testim onios que dan los discípulos (A ndrés - Pedro - Felipe), y aparece
unís claram ente el paralelism o entre las negaciones del Bautista y las afir­
m aciones de los discípulos sobre Jesús:
J u a n B a u t is t a L o s d is c íp u l o s s o b r e J e s ú s
(Jn 1 ,2 0 -2 1 ) (Jn 1 ,4 1 .4 3 .4 5 )

Yo no soy el M esías H e m o s e n c o n tra d o a l M e sía s


Yo no soy Elias H e m o s e n c o n tr a d o a E lia s
Yo no soy el Profeta H e m o s e n c o n tra d o a aq u el d e q u ie n
e s c rib ió M o is é s

Reconstruida de esta forma, la introducción narrativa posee una enor­


me coherencia, pues las negaciones de Juan apuntan hacia la presentación
dr Jesús com o M esías, com o Elias y com o Profeta. E sta caracterización,
i unió indicare enseguida, está relacionada con los signos que constituyen
■I núcleo de la luiente de los signos. No es, por tanto, una introducción
ili-sconecliida del contenido central, sino estrecham ente vinculada a él.
196 L a form ación de los evangelios

Es m uy probable, tam bién, que la Fuente de los signos haya tenido


una conclusión. De hecho, en el evangelio existen dos pasajes que se re­
fieren de form a genérica a los signos de Jesús y tienen un cierto carácter
conclusivo. El prim ero de ellos se encuentra al final de la prim era mitad
del evangelio (Jn 12, 37-43): se trata de un pasaje m uy elaborado, en el
que se citan dos textos de la E scritura para explicar el rechazo de los sig­
nos de Jesús y la falta de fe en él. Esta prim era conclusión, sin embargo,
no encaja bien con el tono de la fuente, que es en general positivo; por el
contrario, refleja una tensión con el entorno que probablem ente no exis­
tía en el mom ento en que ésta se com puso. El segundo pasaje se encuen­
tra actualm ente al final de lo que fue la prim era edición del evangelio (Jn
20, 30-31); se trata de una conclusión que tiene un tono muy positivo, pe­
ro que no encaja en el contexto, pues se refiere explícitam ente a los sig­
nos que Jesús realizó en presencia de sus discípulos. A unque en los epi­
sodios precedentes se narran las apariciones, en ningún m om ento éstas se
describen com o signos; más aún, la palabra «signo» no se utiliza en la se­
gunda mitad del evangelio (Jn 13-20). Sin em bargo, esta conclusión en­
caja perfectam ente com o conclusión de la Fuente de los signos, de donde
el autor del evangelio la pudo haber tornado para colocarla como conclu­
sión de su obra.
La introducción narrativa y la conclusión que acabo de identificar
m uestran que la Fuente de los signos era una com posición bien articula­
da. A l igual que M arcos y que Q, com enzaba con el testim onio de Juan
B autista sobre Jesús y continuaba, lo m ism o que M arcos, con el encuen­
tro de éste con sus prim eros discípulos. Su contenido central era una se­
rie de signos de Jesús, que parecen estar ordenados geográficam ente, pues
los prim eros tienen lugar en G alilea y los últim os en Jerusalén, según un
esquem a com ún en la tradición sobre Jesús. P or últim o, la com posición
term inaba con una breve conclusión en la que revelaba su finalidad: des­
pertar la fe de los lectores. En esta conclusión se m enciona p o r dos veces
el dato de que los signos han sido puestos por escrito en un libro. Si esln
afirm ación se encontraba en la conclusión de la Fuente de los signos, co­
m o parece probable, seria un indicio de que esta com posición, adem ás de
difundirse oralm ente, se había transm itido p o r escrito.
La Fuente de los signos tenía también una gran unidad y coherencia in­
terna en su propuesta teológica. En ella desem peñaban un papel fundam en­
tal las afirmaciones que hacen los discípulos sobre Jesús en la introducción
narrativa: él es el Mesías, Elias y el Profeta. En realidad se trata de tres afir­
m aciones com plem entarias a través de las cuales se reconoce que en Jesús
se han cumplido las expectativas mesúímcas. La afirmación fundamental on
la prim era y por eso se repite en lu conclusión (Jn 70, .11). Las oleas don
Las composiciones anteriores a los evangelios 197

com pletan y especifican que en Jesús se ha cum plido la prom esa del regre­
so de Elias (Mal 3,2 2 -2 3 ) y la del envío de un profeta como M oisés (Dt 18,
I .S). Peco estas afirm aciones sobre Jesús no se encuentran sólo en la intro­
ducción y en la conclusión de la fuente, sino también en ios signos, que son
su contenido principal. En el segundo de ellos, el de la sanación del hijo del
funcionario real, Jesús repite las palabras que Elias le dice a la viuda des­
pués de devolverle a su hijo: «¡Tu hijo vive!» (Jn 4, 50 = 1 Re 17, 23). Y
en ef relato de la m ultiplicación de los panes, la gente, al ver el signo que
Jesús ha realizado, exclama: «Este es verdaderam ente el profeta que tenía
que venir al mundo» (Jn 6, 14). El signo que Jesús ha realizado evoca, so­
bre todo en la versión de la Fuente de los signos, el don del m aná en el de-
Nicrto, de modo que esta afirm ación identifica a Jesús con el «Profeta co ­
mo M oisés» prom etido en Dt 18, 15.
Estas dos referencias a Jesús com o Elias y com o Profeta invitan a leer
los demás signos en esta clave. Se descubre, entonces, que los seis prim e-
rus tienen una disposición concéntrica: Jos dos m ás externos, las bodas de
l iiná y la sanación del ciego, contienen alusiones de tipo m esiánico (el vi­
no del banquete escatológico, la unción, el significado del nom bre de la
piscina, etc.); los dos interm edios - e l hijo del funcionario real y la sana-
i'iún del p aralítico - evocan signos realizados por Eis'as y Eliseo; y los dos
centrales - la m ultiplicación de los panes y la travesía del lago, los únicos
que están u n id o s- evocan claram ente los acontecim ientos del éxodo y
confirm an que Jesús es el profeta que tenía que venir. L a com posición
i|iicda así trabada, no sólo por una estructura literaria, sino tam bién por las
continuas referencias a la condición m esiánica de Jesús, que los discípu­
los deben descubrir y profundizar. El últim o signo - e l de la revivificación
de L ázaro- se diferencia claram ente de los otros seis desde el punto de
visla literario, pues relato y diálogo en él están m uy m ezclados desde el
com ienzo hasta el final. La estructura literaria y teológica de la Fuente de
los signos puede resum irse en el siguiente esquem a:

Jn 1, 6 -7 .1 9 -3 4 T estim on io de Juan: no es el M esías, ni E lias ni el P ro feta


Jn 1, 35-49 Testim onio de los discípulos: Jesús es el M esías, EJías y el Profeta
.In 2, 1-11 L as b o d as de C aná G alilea (M esías)
J<i 4, 46-54 E l h ijo dei fu n cio n ario reai G alilea (E lias)
Jn (>, 1-15 La m ultiplicación de los panes G alilea (Profeta)
Jn (i. 16-21 La travesía del lago G alilea (Profeta)
Jn 5, 1-9 La sanación del paralítico Jerusalén (E lias)
Jn 9, 1-0 La sanación del ciego Jerusalén (M esías)
In 11 , 1-44 La rev ivificación de L ázaro Jerusalén
.lii 20. 3 0 -3 1 C onclusión : para q u e creáis que Je sú s es el M esías
198 L a form ación de los evangelios

El vocabulario y los tem as característicos de la Fuente de los signos


inducen a pensar que fue com puesta en un contexto netam ente judío. E s­
to se advierte no sólo en los títulos que los discípulos dan a Jesús, sino
tam bién en los signos que realiza, pues en el judaism o palestinense del si­
glo prim ero existía una im portante tradición sobre los taum aturgos de la
historia de Israel, entre los cuales E lias y M oisés tenían un lugar de pre­
ferencia. El grupo en que nació esta com posición veía en los m ilagros de
Jesús signos que podían suscitar la fe en él. N o se perciben en ella actitu­
des reticentes hacia la tradición de los m ilagros, com o las que encontra­
m os en Q (Q 10, 13-15) o incluso en el E vangelio de M arcos (M e 1,40-
45), sino una actitud positiva, que revela ta im portancia de esta tradición
en la prim era generación. Tam poco se advierte una polém ica sobre los
preceptos de la Ley, ni aparecen los problem as derivados de la acogida a
los gentiles: observancia del sábado, norm as sobre alim entos, circunci­
sión, etc. Se trata, por tanto, de un grupo de discípulos de Jesús de origen
ju d ío y muy integrado en su contexto, que podrían haber utilizado esta
com posición com o un instrum ento para llevar a otros judíos a la fe en Je­
sús. Su com posición puede situarse, por tanto, en Palestina o m uy cerca
de ella, donde una situación com o esta sería plausible.

c) L a F uente de ios signos y la com posición de los evangelios

R. T. Fortna, T h e F o u r t h G o s p e l a n d l i s P r e d e c e s s o r: F r o m N a r r a t iv e S o u r c e to P r e ­
s e n ] G o s p e l, Edínbnrgli Í989; A. B. Kolenkow, lle a í 'm g C o n tr o v e r s y a s a T ie b e tw e c n
M ir a c le a n d P a s s io n M a t e r i a l f o r a P r o t o - G o s p e L Journal o f Biblical Literature 95
(1976) 623-638; D. M. Smith, T h e S e t t in g a n d S h a p e o f a J o h a n n in e N a r r a t i v e S o u rce '.
Journal o f Biblical Literature 95 (1976) 231-241; M. Labahn, B e tw e e n T r a d it io n a n d
L i t e r a r y Á r t. T h e U s e o f th e M ir a c le T r a d it io n in th e F o u r t h G o s p e l. Bíblica 80 (1999)
178-203; H, Weder, V on d e r W e n d e d e r W e lt z u m S e m e io n d e s S o h n e s , en A. Denaux
(ed.), J o h n a n d th e S y n o p tic s , Leuven 1992, 127-145.

La Fuente de los signos desem peñó un papel determ inante en la com ­


posición del Evangelio de Juan, pues orientó en una dirección concrelu
la visión de la actividad pública de Jesús ofrecida por este evangelio. ICu
los sinópticos, dicha actividad incluye relatos de m ilagro, pero tam bién
num erosos apotegm as biográficos, controversias y otros episodios. Sin
em bargo, en Juan, la actividad de Jesús se concentra en los signos, que
constituyen el entram ado de la prim era parte del evangelio. Estos signos,
que apuntan h acia el m isterio de la identidad de Jesús, son el punto de
p artida para la reflexión más detallada acerca de dicha identidad, unu re­
flexión que encontram os desarrollada en los discursos, I;l in d u jo de l:i
Las composiciones anteriores a ios evangelios 199

lu e n te de los signos sobre esta prim era parte del evangelio es fácilm en-
le detectable en la secuencia de los siete relatos de m ilagro que se encuen­
dan en Jn 2-12. Sin em bargo, es posible que el evangelista no haya teni­
do acceso directam ente a dicha fuente, sino que la haya conocido a través
de otra com posición.
Esta com posición, que habría incluido la Fuente de los signos y el Re­
lato de la pasión, se conoce con el nom bre de Evangelio de signos. Era una
composición de carácter narrativo, parecida en su contenido y en su estruc-
Inra básica al Evangelio de Marcos, aunque mucho más breve. La existen­
cia de este Evangelio de signos se deduce de varios indicios literarios y de
la form a en que pudo haber evolucionado la Fuente de los signos en un
contexto en el que las relaciones entre los discípulos de Jesús y otros gru­
pos judíos se fueron haciendo cada vez más tensas. Desde el punto de vis-
la literario, la Fuente de los signos y el Relato de la pasión constituyen la
paite narrativa del cuarto evangelio, que se diferencia claram ente de los
discursos y tiene sem ejanzas notables con los relatos sinópticos. D esde el
punto de vista del contexto, es muy posible que la Fuente de los signos se
innpiiara con el Relato de la pasión ante la necesidad de dar un a explica­
ción a quienes cuestionaban la afirm ación de que Jesús era el M esías. De
hecho, esta reacción a los signos de Jesús se encuentra actualm ente en el
I'vangelio de Juan, justo en el tránsito de la prim era parte a la segunda
(Jn 12, 37-40). Las dos referencias a la Escritura que incluye este pasaje se
nlili/an en otros escritos cristianos para explicar el rechazo de Israel a Je­
sús (Is 53, 1 = Rom 10, 16; Is 6, 10 = M t 1.3, 14-15), lo cual indica que re-
llejíi una situación similar. Este pasaje constataba que el anuncio de Jesús
como Mesías había fracasado, probablem ente por el escándalo que supo­
nía su m uerte, lo cual hacía necesario añadir un Relato de la pasión que
explicara el sentido de ésta.
til hecho de que el evangelista haya conocido la Fuente de los signos
n Ira ves del E vangelio de signos no niega su existencia ni afecta de for-
111 :i significativa a su influjo en el cuarto evangelio. Tan sólo ofrece una
explicación plausible de cóm o llegó hasta él. Esta explicación presupone
ln existencia de tres estadios a través de los cuales dicha fuente se fue
com pletando y reform ulando para responder a nuevas situaciones y nue­
vos rolos. Su función en el conjunto de la tradición jo án ica fue, com o se
i t\ muy importante. Pero tam bién tuvo una función im portante en el con-
jiiulo de la tradición evangélica, pues gracias a ella podem os conocer que
e x im ió un grupo de discípulos de Jesús que basaban su fe en una visión
l>iiiliciilnr de los m ilagros de Jesús. C onocem os así una trayectoria pecu-
lim de la Iradición do los m ilagros ele Jesús que com pleta lo que se puede
deducir de las colecciones de m ilagros nlili/atlas por Marcos.
200 La form ación de los evangelios

5. L a s c o m p o s i c i o n e s p r e e v a n g é l ic a s y e l e s t u d i o d e l o s e v a n g e l io s

El objetivo de este capítulo ha sido exponer el papel que desem peña­


ron las com posiciones preevangélicas en el proceso de form ación de los
evangelios. N inguna de ellas se ha transm itido independientem ente, por­
que dejaron de copiarse cuando fueron incluidas en obras más am plias que
pronto alcanzaron un reconocim iento generalizado en las com unidades
cristianas. Su valor, así com o nuestro interés al estudiarlas, no reside, por
tanto, en el reconocim iento que pudieron haber alcanzado en ciertos gru­
pos de discípulos, sino en el hecho de haber sido utilizadas por los auto­
res de los cuatro evangelios.
Estas com posiciones son un eslabón m uy im portante en el proceso de
cristalización de la tradición sobre Jesús. D icho proceso, com o se ha re­
petido varias veces, discurrió por las sendas paralelas de la tradición-ora]
y de los textos escritos. A hora bien, dado que en el capítulo precedente he
insistido en la im portancia de la tradición oral y en el hecho de que el con­
texto oral definía y determ inaba la com unicación en el m undo de los pri­
m eros seguidores de Jesús, en este he tratado de subrayar la progresiva
im portancia de los textos escritos en el proceso de form ación y difusión
de los evangelios.
La reconstrucción que he propuesto de las tres com posiciones pre­
evangélicas m ás im portantes es necesariam ente hipotética. En todos Ion
casos, el instrum ento básico em pleado para realizarla ha sido el análisis
redaccional, el cual, aunque no puede garantizar una reconstrucción exac­
ta, ayuda enorm em ente a identificar los elem entos que proceden de la tra­
dición. A sim ism o, he utilizado otros recursos que sirven para confirm ar
o para com plem entar los resultados obtenidos con dicho análisis, evitan­
do de esta form a, en la m edida de lo posible, el peligro de reconstruir una
fuente a partir de un texto que luego se explica desde la fuente reconstrui­
da. En los tres casos hem os tratado de recuperar los principales rasgos de
cada com posición, sin entrar con detalle en los problem as que plantea In
reconstrucción porm enorizada del texto. A nte todo, he querido poner de
m anifiesto la im portancia que reviste para el estudio de los cuatro ev an ­
gelios, puesto que perm iten conocer m ejor el com plejo proceso de trans­
m isión de los recuerdos sobre Jesús en el estadio inm ediatam ente anterioi
a su com posición.
A l concluir el estudio del proceso de form ación de los evangelios p o ­
dem os com pletar el diagram a básico que define las relaciones entre los
tres sinópticos, según la explicación de la hipótesis de los dos documeii
tos, incorporando algunos de los resultados obtenidos en el présenle eslu
dio. Este nuevo diagram a incluye la tradición oral, que com enzó diiranle
Las composiciones anteriores a los evangelios 201

i-l m inisterio de Jesús y siguió teniendo un papel fundam ental a lo largo


de todo el proceso, junto con las tres com posiciones preevangélicas que
lie estudiado en este capítulo (en cursiva).

Tradición oral
/ i \ \

/ Y 1
RP

En este diagram a aparecen más claram ente las relaciones entre los
cuatro evangelios. Estos, en efecto, no sólo poseen un m ism o esquem a
mirrativo que los diferencia de otros libros sobre Jesús, sino que utiliza-
ion a veces las m ism as com posiciones, principalm ente el R elato de la p a­
ción, que debió tener en este proceso un papel decisivo, tanto desde el
punto de vista literario com o teológico. En este diagram a, el Evangelio de
Marcos ocupa un lugar central que refleja su influjo directo en la compo-
'.icióii de los evangelios de Mateo y de Lucas, adem ás de una probable in-
Mnencia indirecta en la com posición del Evangelio de Juan.
Con este capítulo sobre las com posiciones preevangélicas concluye la
primera parte de este libro, cuyo objetivo ha sido contextualizar la lectura
ilc los cuatro evangelios explicando su proceso de formación. El itinerario
111ic he seguido en ella ha tenido tres etapas, que corresponden a los tres ca­
pítulos en que está dividida. En el prim er capitulo, dedicado a las relacio­
nes entre los evangelios, he querido tratar coordinadam ente dos cuestiones
i|iie suelen tratarse por separado: las relaciones entre los sinópticos y las de
filo s con el Evangelio de Juan. Esta form a de abordar el tem a ha pretendi­
do poner de manifiesto la estrecha relación que existe entre los cuatro evan­
gelios, a pesar de sus evidentes diferencias. El capítulo segundo ha explo-
mdo un aspecto decisivo en el proceso de form ación de los evangelios: ia
rtisle n e ia de una tradición oral viva sobre Jesús, que fue adquiriendo di­
versas formas y matices en las dos prim eras generaciones de discípulos.
I'oi último, el capítulo que ahora concluye ha tratado de esclarecer el pro­
ceso a través del cual dentro de aquella tradición o ra l- los recuerdos so-
lm- Jesús fueron a d q u i r í a n l o formas cada vez más com plejas desde el pun­
ió ile vista literario. 1.os evangelios son el resollado de este proceso.
202 La form ación de ios evangelios

U na vez explorada esta com pleja y rica historia que precedió a la com­
posición de los evangelios, podem os abordar el estudio particular de ca­
da uno de ellos. El orden en que los estudiaré viene dictado por la forma
en que hem os explicado las relaciones entre ellos. En prim er lugar estu­
diaré el Evangelio de M arcos, el m ás antiguo, que sirvió de base para la
com posición de los otros dos sinópticos, y de referencia para la com posi­
ción del Evangelio de Juan, que trataré en últim o lugar. A unque el estu­
dio de los cuatro evangelios estará centrado en su form a final, en varios
m om entos habrá que hacer referencia a aspectos tratados en estos tres pri­
m eros capítulos. Ello se debe a que ¡os evangelios dependen de una tra­
dición anterior, que recibieron y reform ularon para ofrecer su propia vi­
sión de Jesús com o respuesta a nuevas situaciones y necesidades. Por eso,
el conocim iento del. proceso de form ación de los evangelios es un ele­
m ento im prescindible para el estudio crítico de los evangelios.
S e g u n d a p a rte

EL EVANGELIO TETRAMORFO
4

EL EVANGELIO SEGÚN MARCOS

i :i título de este capítulo y de los tres siguientes reproduce el nom bre


que se daba a los cuatro evangelios en los antiguos m anuscritos. E sta for-
imi ile denom inarlos, com o ya se ha explicado en la introducción, refleja-
luí la convicción de que existía un único evangelio que se expresaba de di­
versas formas en cada ano de ellos. A unque a lo largo de la exposición se
ul iIizará con frecuencia la expresión m ás usual de «Evangelio de M arcos»,
(íhvangelio de M ateo», etc., e incluso se designará a veces a los evangelios
Inm el nombre de su autor, el hecho de conservar en el título de los capitu-
Iip‘í la designación tradicional pretende ser un recordatorio de la form a en
»|iH" la Iglesia apostólica recibió los cuatro evangelios.
II Evangelio según M arcos fue uno de los cuatro relatos que configu-
iilion el «evangelio tetram orfo». Sin em bargo, en los prim eros siglos no
lio/ó de la m ism a estim a que los demás. Los otros tres se difundieron y se
leyeron más por diversas razones. Com parado con los Evangelios de M a­
in i y de Lucas, el de M arcos debía parecer incompleto, y com o aquellos
Imlmtn incluido la m ayoría de los episodios narrados por M arcos, se difun­
dió la idea de que éste era un resum en de los otros dos. Por otro lado, en la
Iglesia antigua siem pre gozaron de m ayor estim a aquellos evangelios que
('Miaban vinculados directam ente a un apóstol (M ateo y Juan); por eso Mar­
cos que, lo m ism o que Lucas sólo estaba vinculado a los apóstoles de for­
ma indirecta, fue m enos apreciado. Estas y otras circunstancias contribu­
ye ion a relegar el Evangelio de M arcos al discreto segundo plano que ha
ocupado durante la m ayor parte de la historia del cristianismo.
I isla valoración tradicional del Evangelio de M arcos contrasta, sin em-
I>nrgo, con el lugar de preferencia que ha ido ocupando progresivam ente en
tu investigación m oderna sobre los evangelios. Cuando hace dos siglos co­
menzaron a estudiarse las relaciones entre los sinópticos y se fue abriendo
puso la convicción de que era el evangelio más antiguo, este hecho desper­
tó un gran interés por él. A com ienzos del siglo pasado se descubrió tam ­
bién que su aportación teológica había sillo notable, cosa que confirmaron
unís tarde los estudios de la esciieki de la historia tic la redacción, al inos-
206 E l evangelio tetramorfo

trar que su autor no había sido un mero com pilador de tradiciones, sino un
verdadero autor que tenía su propia visión de Jesús. En los últimos años se
ha insistido también en su valor literario que se m anifiesta en la habilidad
para com poner un relato seguido a partir de tradiciones fragm entarias y
crear la prim era biografía de Jesús.
El conocim iento de este evangelio reviste un gran interés, no sólo por­
que es el prim er relato sobre Jesús que ha llegado hasta nosotros, sino tam­
b ién porque influyó en la com posición de los otros tres evangelios. En el
caso de Mateo y Lucas influyó de forma muy directa, porque am bos lo uti
1izaron com o fuente principal de sus respectivos relatos. En el de Juan, de
forma indirecta, pues muy probablemente el autor com puso su relato cotnu
alternativa al de M arcos. Esta prioridad de M arcos con respecto a los otroN
tres evangelios es la razón por la que debe estudiarse en prim er lugar.
Al igual que haré en los siguientes capítulos, antes de com enzar el es­
tudio de cada evangelio ofreceré una selección de los principales comen­
tarios a] mismo. Estos suelen tener una introducción que trata los diversos
aspectos que se analizan a lo largo del capítulo, y por esa razón conviene
reseñarlos al principio.

M. E. Boring, M a r k . A C o m m e n im y , Louisville 2006; A. Y. Collins - H. W. Atritlgi',


M a r k . A C o m m e n la r y , Minneapolis 2007; .1. Ernst, D a s E v a n g e liu m n a c h M a r k u s , líi'
gensburg 1981; C. Focant, L ’é v a n g ile s e lo n M a r k , París 2003; J. Gniika, E l E v a n g d h t
s e g ú n s a n M a r c o s I-II, Salamanca =2005; .1. M. González Ruiz, E v a n g e lio s e g ú n M a r
e o s , Estella 1988; R. Gundry, M a r k . A C o m m e n la r y o n h is A p o lo g y f b r th e C ro s s , Gruml
Rapíds 1993; E. Haenchen, D e r W eg J e s u . B in e E r k l a n i n g d e s M a r k m - E v a n g e lin m s
u n d d e r k a n o n is c h e n P a r a lle le n , Berlín 1968; E. Klostermann, D a s M a r k u s e v a n g e liu m ,
Tiibingen 1971; P. Lamarche, E v a n g ile d e M a n e , París 1996; E. Lohmeyer, D a s E v a il
g e liu m d e s M a r k u s , Gottingen I71967; M.-J. Lagrange, E v a n g ile s e lo n s a in t M a r k , l’url'i
1911; E. Lohmeyer, D a s E v a n g e liu m n a c h M a r k u s , Gottingen 1953; J. Marcus, E l e v u il
g e lio s e g ú n M a r c o s I-II, Salamanca 2010-2011; M. Navarro Puerto, M a r c o s , Esldtu
2006; D. E. Nineham, T h e G o s p e l o f S t . M a r k , Harmondsworth 1979; R. Pescli, l> in
M a r k u s e v a n g e liu m , Fíeiburg 1976; X. Pikaza, P a r a v i v i r e l e v a n g e lio : L e c t u r a d e M a r
e o s , Navarra 1995; V. Taylor, E l e v a n g e lio s e g ú n s a n M a r c o s , M adrid 1981; B. M, l\
van lersel, M a r k . A R e a d e r-R e s p o n s e C .o m m e n ta ry , Sheffield 1998; B. Witheringlou III,
T h e G o s p e l o f M a r k . A S o c io - R h e to r ic a l C o m m e n la r y , Grand Rapíds 2001.

1. L a c om posición d el ev an gelio

El Evangelio de M arcos depende de tradiciones anteriores que su mi


tor seleccionó, ordenó y reeiaboró. Pero, al m ism o tiempo, es tina vonln
dera obra literaria, porque no sólo ha asum ido las tradiciones an ten o ic i
sino que las ha incorporado a un nuevo m areo y las ha dispuesto de mu
ñera original, creando, a partir tic ellas, un verdadero reíalo centrado en ln
E l evangelio según Marcos 207

viilii pública de Jesús. El autor del E vangelio de M arcos fue, al m ism o


(lempo, un redactor fiel a las tradiciones recibidas y un narrador creativo
que com puso una obra nueva. A mbos aspectos son im portantes para com ­
prender este evangelio en toda su riqueza.
La labor del evangelista como redactor de tradiciones ha sido estudia-
dn con ayuda de los métodos histórico-críticos que tratan de identificar las
(■(imposiciones prem arquianas, las m odificaciones redaccionales introdu-
rulas en ellas y los recursos usados en la com posición de la obra. Por su
piirle, el estudio de M arcos com o obra literaria ha sido im pulsado recien­
temente por los estudios narrativos que leen el evangelio tratando de iden-
lilicar su escenario, su tram a y sus personajes, así com o al narrador que
i lienta la historia desde una perspectiva concreta y con una intencionalidad
precisa. El estudio literario del Evangelio de M arcos debe centrarse, por
(nulo, en la identificación de las tradiciones que utilizó su autor y en los
procedimientos que le perm itieron com poner, a partir de ellas, un relato
coherente. Sin em bargo, antes de abordar estas cuestiones, es conveniente
rxnminar los testim onios más antiguos de la tradición m anuscrita y averi-
[uiiir si existieron diversas ediciones del evangelio para poder así situar en
til contexto la versión del m ism o que ha llegado hasta nosotros.

ii) Transmisión textual y ediciones

I I1, lirown, Á n E a r l y R e v is ió n o f th e G o s p e l o f M a r k : Journal o f Biblical Literature


I l*W ) 215-227; L. Hurtado, P ,s a n d th e T e x tu a l I T is to r y n f t h e C o s p e l o f M a r k , en Ch.
Itmlini (ed.), T h e E a r l ie s t G o s p e ls , London-New York 2004, 132-148; H. Koester,
h t c ú ’M C h r is t ia n G o s p e ls . T h e ir H i s t o r y a n d D e v e lo p m e n t , Philadelphia-London
I'!>«>, 273-292.

I ,os testimonios sobre la transm isión m anuscrita del Evangelio de M ar-


i u:. anteriores a los códices unciales del siglo IV d.C. se reducen a un solo
|Mi|t(i'o del siglo III d.C. (P4S), en el que M arcos aparece ju n to a los otros
lien evangelios canónicos. Los fragm entos que se han conservado de este
i i m I i c c recogen buena parte de Me 4-11 y constituyen un eslabón importan-

h entre el texto original del evangelio y las copias posteriores. Todas estas
i npius, a posar de ¡as variantes que existen entre ellas, reproducen la mis-
mu versión del evangelio, que es la que tratan de reconstruir las ediciones
i niiciis en las que se basan las traducciones modernas de ia Biblia.
Algunos indicios sugieren, sin em bargo, que ésta no fue la única ver-
mutu ilc Marcos que circuló en las com unidades cristianas de la segunda go-
ui'ini'ióu. liste evangelio fue, probablemente, el primer ensayo de una une-
vii manera de formular la Irudición sobre Jesús u, en todo caso, aquel que
208 E l evangelio tetramorfo

tuvo m ás difusión, en una época en la que aún estaba muy viva la tradición
oral. N o es extraño, por tanto, que, a m edida que se copiaba y se difundía,
los copistas lo fueran com pletando. Los evangelios de M ateo y de Lucas,
que en último térm ino son reelaboraciones de M arcos, son un ejemplo ex*
tremo de esta tendencia, pero seguramente no fueron los únicos.
La tendencia a am pliar el Evangelio de M arcos se advierte también en
ios diversos finales que se añadieron al relato original en e! siglo II d.C.
L a brusca conclusión del mismo: «y no dijeron nada a nadie, porque te­
nían miedo» (M e 16, 8), fue una constante invitación a añadir conclusio­
nes m ás largas en las que se narraban apariciones del resucitado y en las
que' éste encom endaba a sus discípulos la tarea de anunciar la buena no*
ticia. U no de estos finales, que resum e diversos episodios narrados en los
otros evangelios, se impuso a los dem ás y llegó a form ar parte del texlo
canónico de M arcos, Es ef llamado «final largo» que en las traducciones
de la B iblia figura com o Me 16, 9-20. Este hecho revela que, incluso ¡i
m ediados del siglo II d.C., el texto del evangelio no estaba fijado del lo­
do, ya que aún podían introducirse algunas m odificaciones.
Otro indicio de que existieron diversas redacciones de M arcos es Iti
omisión lucana de un bloque com pleto de este evangelio. Este bloque, que
abarca casi dos capítulos (M e 6, 4 5 -8 , 26), se conoce com o la «sección de
Betsaida», porque com ienza y term ina con una referencia a esta ciudiid,
Lucas, que suele seguir el orden del relato de M arcos, salta del episodio in
m ediatam ente precedente (M e 6, 30-44; par. Le 9, 10-17) al inmediata
m ente posterior (M e 8, 27-30; par. Le 9, 18-21), om itiendo com pletam en­
te estos dos capítulos. La om isión es significativa, porque esta sección
posee algunos rasgos peculiares con respecto ai resto del Evangelio de
Marcos. En ella se encuentran tres duplicados de otros tantos relatos mm
quianos: un segundo milagro de salvam ento (M e 6, 45-54; par. 4, 35-411.
una segunda m ultiplicación de los panes (M e 8, 1-10; par. 6, 30-44) y olín
sanación de un ciego (M e 8, 22-26; par. 10, 46-52). A dem ás, este último
relato de m ilagro y el de Me 7, 32-37 poseen rasgos de carácter populni
que no se encuentran en las otras historias de m ilagro recogidas por M m i
eos (uso de la saliva, curación en dos fases). Finalm ente, esta sección po
see un vocabulario característico que no se encuentra o es poco común en
el resto del evangelio. Todos estos indicios, que revelan la peculiaridad de
la sección de Betsaida con respecto al resto del evangelio, inducen a pen
sar que Lucas no la incorporó en su evangelio porque no estaba en In en
p ia d e M arcos que conoció, lo cual deja abierta la posibilidad de que dielin
sección haya sido añadida en una segunda edición de Marcos.
La posibilidad de que existieran diversas ediciones de M arcos liene
tam bién un lundam ento sólido en las lliimadus «coincidencias menores'!
E l evangelio según M arcos 209

iic Mateo y Lucas en contra de M arcos. C om o se observó al estudiar las


lalaciones entre los tres sinópticos, M ateo y Lucas coinciden con relativa
frecuencia al omitir, añadir o form ular de m anera diferente algunos deta­
llas en pasajes que proceden del E vangelio de M arcos. E stas coinciden-
<¡ns menores podrían ser indicio de que tanto M ateo como Lucas conocie-
iiiii una versión de M arcos distinta de la que ha llegado hasta nosotros. Un
m'numento a favor de esta hipótesis es que las om isiones com unes, es de-
’ ii, aquellos pasajes de M arcos que ni M ateo ni Lucas han incluido en sus
respectivos evangelios (M e 2, 27; 4, 26-29; 10, 21-23.38-40a; 12, 32-34;
14, 51-52), se explican en general m ejor si los consideram os com o aña­
didos posteriores al E vangelio de M arcos, que com o pasajes om itidos al
mismo tiem po por los dos.
listos tres indicios hacen pensar que el Evangelio de M arcos pudo ha-
lior tenido diversas ediciones. La com binación de los dos últim os perm ite
mstrear tres de ellas. La m ás antigua, que no contenía la sección de Bet-
mida, fue la que conoció Lucas, La interm edia, en la que ya se h ab ía in-
(ímlucido dicha sección, fue la que conoció Mateo. Y la más reciente, en
In que se habrían introducido las tradiciones y retoques que no se encuen-
li ni i ni en Lucas ni en M ateo, es la que se ha conservado en los m anuscri-
lus más antiguos. Todos ellos proceden de la época en que una versión de
Marcos se había generalizado y había sido reconocida com o el «E vange­
lio según Marcos». Esta hipótesis de las diversas versiones de M arcos, ade­
más de explicar de form a satisfactoria los datos m encionados m ás arriba,
puede contribuir a conciliar las diversas propuestas sobre el lugar de com -
pnsición del evangelio, como se verá m ás adelante. En cualquier caso, a la
hiiin de estudiar el proceso de com posición de este evangelio tenem os que
lomar com o punto de referencia la últim a versión, que es la que ha llegado
Imslíi nosotros a través de la tradición manuscrita.

Ii) Las tradiciones anteriores a M arcos

I1 I Adilcmcier, T o w a r d th e k o l a t i o n o f P r e - M a r k a n M ir a c le C á t e m e : Journal ofB i-


lillijil f, ilcrature 89 (1970) 265-291; S. Guijarro Oporto, J e s ú s y s u s p r im e r o s d is c íp u -
fnv. Huidla 2007, 169-201; S, Guijarro Oporto, I n d ic io s d e u n a t r a d ic ió n p o p u l a r s o b re
.I v m 'is c u e l E v a n g e lio d e M a r c o s : Salmanticensís 54 (2007) 241-265; C. W. Hedrick,
l i t e t in t e o J S u m tn a r y S ta le m e n ts in th e C o m p o s itio n o f t h e G o s p e l o f M a r k ; a D i a l o g
w l ll i K u r l S c h m id t a n d N o r m a n P e r r i/ r . Novum Testamentum 26 (1984) 289-311; H. W.
I.hIi». A lie n .’ S a m m lu n g u n im M a r k u s e v a n g e ltu m , Gttttingen 1971; B. L. Mack, A M y th
o ¡ I t in o c c m r . M a r k a n d C h r is tia n O r ig in s , Philadelphiít 1991; R. I I, Stein, T h e P r o p e r
M i- t lm d o h t g v f o r A x c e r la m in g t i M u r ls ttn lie d a c t io n H is to ry -. Novum Testamentum 13
I 1*1/1) INI-19K; ( ¡, TIiuískciv C o lo r id o lo c a l y c o n te x to h is t ó r ic o e n lo s e v a n g e lio s ,
''nliinuiutii 1997, 145-1K7.
210 E l evangelio tetramorfo

El proceso de com posición del Evangelio de M arcos tan sólo se puede


reconstruir a partir de la form a final deL evangelio. N o contam os, com o en
el caso de Mateo y Lucas, con ninguna de las fuentes que utilizó su autor;
por eso resulta más difícil distinguir entre tradición y redacción. A pesar
de ello, un atento análisis de las técnicas utilizadas en [a com posición del
evangelio ayuda a identificar el material tradicional.
El autor del Evangelio de M arcos utilizó dos recursos básicos para com­
poner su relato a partir de las tradiciones y com posiciones anteriores a él;
las suturas redaccionales y los sumarios. Las suturas redaccionales son bre­
ves transiciones, tales com o: «un poco más adelante» (M e 1, 19), «entra­
ron en Cafarnaún» (M e 1,21), «enseguida, ai salir de la sinagoga» (Me I,
29), etc., que sirven para unir tradiciones originalm ente independientes, ta­
les como: un dicho profético (Me 1, 15), dos apotegmas biográficos (Me I,
16b-l 8 .19b-20), un relato de exorcismo (M e 1, 23b-27), o un relato de sa-
nación (M e 1,29-31). Estas suturas se encuentran siem pre ai com ienzo y/o
al final de las unidades procedentes de la tradición oral.
Los sumarios, en cambio, son descripciones sintéticas de la actividad
de Jesús, tales como: «después que Juan fue arrestado, marchó Jesús a Ga­
lilea, proclam ando ia buena noticia de Dios» (M e 1, 14-15); o: «(Jesús) se
fue a predicar en sus sinagogas por toda G alilea, expulsando los dem o­
nios» (M e 1, 39), etc. A diferencia de las unidades procedentes de la tradi­
ción oral, los sum arios no refieren episodios concretos, sino acciones que
se describen de form a genérica con los verbos en tiem po im perfecto, de­
notando así que se trata de acciones repetidas (cf., por ejem plo M e 1, 32-
24.39.45; 3,7-12). Por lo general, los sum arios no resum en la actividad do
Jesús narrada inm ediatam ente antes o después, sino que m encionan nue­
vas actividades realizadas en am plios escenarios y en periodos de tiempo
indefinidos. Sin em bargo, su función en el relato es muy importante, pues
contribuyen a generalizar las acciones concretas de Jesús que se recorda­
ban en la tradición oral, creando la im presión de que los pocos episodios
que se narran no son sino ejem plos de una actividad más amplia.
La identificación de las suturas redaccionales y de ¡os sum arios en el
relato de M arcos perm ite establecer una prim era distinción entre tradición
y redacción, lo cual, a su vez, ayuda a identificar las principales tradicio­
nes pre-m arquianas. A dem ás, estudiando el vocabulario propio de estos
elem entos claram ente redaccionales se puede identificar el vocabulario
propio de M arcos y, a partir de él, se pueden precisar los retoques y mo
dificaciones introducidos p o r el evangelista en las tradiciones que incor­
pora, El estudio m inucioso del texto de M arcos con esUis recursos ha per­
m itido descubrir que su aulor utilizó tradiciones orales sueltas y pcqucfins
colecciones en las que se habían agrupado unidades sim ilares por su for-
El evangelio según Marcos 211

nía o por su contenido, así como com posiciones m ás com plejas com o el
Discurso escatológico o e! Relato de la pasión.
Las tradiciones sueltas pueden reconocerse fácilm ente en las unidades
que conservan la form a adquirida durante su transm isión oral. Con fre­
cuencia, estas tradiciones han sido incorporadas al relato con ayuda de p e­
queñas suturas redaccionales, lo cual facilita tam bién su identificación,
liste es el caso, por ejem plo, del relato de la purificación del leproso (M e
1, 40-45) que conserva los rasgos de la transm isión oral y posee una v in­
culación m uy débil con el contexto inm ediato. Sabem os que se trata de
tina tradición independiente porque se encuentra en un contexto n arrati­
vo diferente en el Papiro Egerton (PEg Ir, lin. 32-41). En el E vangelio de
Marcos encontram os com posiciones que abarcan prácticam ente to d a la
iiama de form as literarias propias de la tradición oral; dichos proféticos y
sapienciales, sim iles, parábolas, breves anécdotas o chreias, controver­
sias, relatos de carácter biográfico, exorcism os, relatos de sanación y de
oirás acciones portentosas de Jesús, etc.
Las colecciones y com posiciones anteriores a M arcos pueden identifi­
carse también en una lectura atenta del evangelio. Así, por ejemplo, resul-
Ifi llamativo que la actividad de Jesús com ience con una jornada en Cafar­
naún, en la que realiza algunas de sus acciones m ás características (M e 1,
.’ 1-39), y que al regreso de su breve gira por G alilea dedique todo su tiem ­
po, de nuevo en C afarnaún, a discutir con sus adversarios (M e 2, 1-3, 6),
I Jn poco más adelante, Jesús se dedica a instruir a la gente con parábolas
I Me 4, 1-34) y después centra toda su atención en realizar una serie de ac­
ciones portentosas (M e 4, 3 5 -5 ,4 3 ). Esta ordenada concentración de acti­
vidades tan diversas realizadas por Jesús se explica fácilm ente si el evan­
gelista incorporó, sucesivam ente, un breve relato sobre la actividad inicial
ilc Jesús, una colección de controversias, una colección de parábolas y una
colección de milagros. A partir de este tipo de observaciones, en el E van­
gelio de M arcos se han identificado las siguientes agrupaciones y com po-
u n o n e s, que podrían haber tenido una existencia previa independiente:

Me ], 16-39 Jornada de C afarnaún


Me 2, 5-3, 6 C olección de controversias
Me 4, 1-34 C olección de parábolas
Me 4, 3 5 -5 , 43 C olección de m ilagros
Me 6, 3 7 -8 , 26 N u ev a colección de m ilagros
Me l), 35-50 Instrucción sobre el seguim iento
Me 10, 1-31 Instrucción sobre el seguim iento
Me II, 15 12,4 0 N ueva colección de controversias
Me 13. 3-37 D iscurso apocalíptico
Me 14 lí> Relato de la pasión
212 E l evangelio tetm m orfo

A unque no podem os tener la m ism a seguridad en todos los casas di­


que estas agrupaciones y com posiciones hayan existido antes de Muivm,
parece m uy probable que, además de tradiciones sueltas, el autor del evi»t
gelio usó este tipo de com posiciones. En concreto, m uy probablemente ni
noció y utilizó un R elato de la pasión (M e 1 4 -16) sim ilar al que empli u
el autor del Evangelio de Juan (Jn 18-19). C om o vim os en el capítulo mi
tenor, ambos evangelios reelaboraron un antiguo relato (oral) que comnt
zaba con el prendim iento de Jesús y concluía con su muerte. También |Hl
do haber em pleado una o dos colecciones de m ilagros (M e 4, 35-5, 43; ti
3 0 -8 ,2 6 ), lo m ism o que Juan utilizó la Fuente de los signos. También ni
tre- estas colecciones existen notables diferencias, aunque en un caso Juiin
y M arcos narran en el m ism o orden dos de ellos: la m ultiplicación de lim
panes y la tem pestad calm ada (Me 6, 30-52; par. Jn 6,1-21).
Es probable asim ism o que M arcos haya utilizado una colección ili
controversias (M e 2, 1-3, 6) y una colección de parábolas (M e 4, 1-3*11
En la literatura rabinica encontram os vestigios de este tipo de com pon
ciones. E ra relativam ente frecuente que se reunieran las discusiones de un
m aestro con sus adversarios para confirm ar a sus discípulos y proporcin
narles argum entos para sus propias disputas (cf. por ejem plo la serie di
disputas en b. Sanh. 90b-91b). Tam bién era frecuente agrupar las paráho
las que utilizaban una im agen com ún (véanse las parábolas sobre reyni
agrupadas en Lam. Rab. 1, 1; 2, 2, 3, 7); por tanto, es probable que las lren
parábolas sobre la sem illa de Me 4 form aran parte de una de estas com ­
posiciones. P or otro lado, com o se ha señalado en el capítulo precedenle,
es bastante probable que e? discurso apocalíptico (M e 13) sea una red»
boración de un apocalipsis centrado en !a crisis provocada por Calígula en
la década de ios años cuarenta, cuando se difundió el tem or de que el tem
pío sería destruido y sustituido por un santuario pagano.
A sí pues, el autor del Evangelio de M arcos no sóio utilizó tradiciones
orales sueltas, sino tam bién algunas com posiciones conservadas en Ion
prim eros grupos de discípulos, que m uy probablem ente llegaron hasta él
tam bién a través de la tradición oral. Estas tradiciones orales se conserva
ron y transm itieron principalm ente entre los discípulos de Jesús en Pales­
tina, lugar donde habían nacido y donde se daban las condiciones más fu-
vorables para dicha transm isión.

c) R edacción y com posición

C . H. Dodd, T h e F r a m e w o r k n f l h e C o s p e l N t i n u l i v v . 1vspowiiory Times 43 ( I I


1 9 3 2 ) 3 9 6 -4 0 0 ; J. R . lítlw aixls, M a r k a u Siim hrichcx: liteSixnij'it-im t'c oflnler/M ihillim x
in M a r k a u N a m iliv e x : Noviun TcKlmnciidiui ' ( ( Mí \ 16; S. <¡ni juno ( iporki,
E l evangelio según Marcos 213

• i ■ im p o s ic ió n d e l E v a n g e lio d e M a r c o s ; Salamanticensis 53 (2006) 5-33; L. Hurta-


t i //ir < io s p e l o f M a r k : E v o lu t i o n a r y o r R e v o lu t io n a r y D o c u m e n t? '. Journal for the
milv ni Ihc New Testam ent 40 (1990) 15-32; W. Marxsen, E l e v a n g e lis t a M a r c o s .
lU illo s o b re la h i s t o r ia d e l a r e d a c c ió n d e l e v a n g e lio , Salamanca 1981; E. Trocmé,
i>/: /11r t n a íio n o f th e G o s p e l a c c o r d in g to M a r k , London 1975.

I ns tradiciones orales sueltas y algunas colecciones y com posiciones


iui i cdcntes constituyen el material básico utilizado por M arcos. El evan-
|i¡ llalli quiso conservar fielm ente estas tradiciones, y por eso a veces se
11I1 u‘i van ciertas disonancias respecto a las m odificaciones redaccionales
>|i m ’ ¡mrodujo en ellas (por ejem plo Me 1, 24 conserva la designación de

Ii -iii'i corno «el Santo de D ios», que no aparece en el resto del evangelio).
I'i ni sobre todo tenía la intención de com poner un relato coherente. P ara
lli viir a cabo este propósito, M arcos seleccionó, ordenó y reelaboró las
Hmlidones sobre Jesús que se habían difundido entre sus discípulos y se­
guidores. De estas tres operaciones la más difícil de identificar es la pri-
liii'iu, pues resulta casi im posible saber qué tradiciones conoció y si p res­
cindió de algunas de ellas. Las otras dos, sin em bargo, se pueden conocer
m luivés del análisis redaccional del evangelio.
I .iis intervenciones redaccionales más fáciles de identificar son las su-
h 11 its y los sum arios de los que se ha hablado más arriba. Estos dos recur-
n i n licnen una función decisiva en la transform ación de las tradiciones

uii'llas en un relato «seguido», pues relacionan y am plifican dichas tradi-


1 iones. Además de estos dos recursos más visibles, se pueden detectar bre-
‘v ; inserciones que responden a los intereses de M arcos, com o el anuncio
■11*I encuentro con los discípulos en G alilea (M e 14, 28; 16, 7), o la nece-
nlilml de aclarar algún aspecto particular a sus oyentes a través de las fre-
1 m-iites cláusulas explicativas introducidas con la conjunción «pues» (gar)
t u posición enclítica, es decir, después del verbo (M e 1, 16: ésa n g a r h a l -
1’i'/.v: «pues eran pescadores»).
Id estudio del vocabulario y de la sintaxis propia de estos tres tipos de
liilci1venciones redaccionales es de gran ayuda para identificar las m odifi-
nieioncs que el evangelista ha introducido dentro de algunas com posicio­
nes que ya existían en la tradición. El uso de dicho vocabulario y estilo, así
i onio la presencia de temas teológicos característicos de este evangelio, o
di- incoherencias narrativas, sirve para identificar los elem entos redaccio-
iinlcH, Con este tipo de recursos puede detectarse, por ejem plo, que M ar­
ros luí introducido en el Relato de la pasión a los escribas. Estos aparecen
cuíco veces en dicho relato (M e 14, 1.43.53; 15, 1.31): en la prim era de
i'llus forman parte de un sumario redaccional; en la tercera han sido intro­
ducidos secinid.'iriamenle, pues en el rcslo de la escena sólo se m enciona
214 El evangelio tetramorfo

al Sumo Sacerdote y a los jefes de los sacerdotes (M e 14, 55.60.63); y en


las dos últimas, la m ención es tam bién secundaria, pues está introdiK'iiln
con la expresión «junto con». A partir de estos datos se puede suponer tftir
su presencia en Me 14, 43 es tam bién redaccional y que en el relato pn
marquiano no se m encionaba a los escribas. M arcos los ha introducido ¡i;i
ra vincular su relato de la pasión con las tradiciones reunidas en los cuj>l
tulos precedentes, m ostrando así que la pasión y m uerte de Jesús fue uint
consecuencia de la oposición que desencadenó su actuación.
Junto a estos recursos básicos, que M arcos utilizó para relaciona! \
m odificar las tradiciones ya existentes, se encuentran en el evangelio vn
dáderos procedim ientos de com posición que le perm itieron am pliar y ir
lacionar de form a creativa algunas de estas tradiciones. El m ás carne Ir
rístico de todos ellos son las inserciones. Este procedim iento consislc i u
elaborar un tríptico insertando una tradición en medio de otra, o situamln
una tradición entre otras dos relacionadas entre sí tem ática o narralivii
m ente. Un ejem plo del prim er tipo se encuentra en M e 5 ,2 1 -4 3 , donde el
relato de la revivificación de la hija de Jaira se interrum pe para narrar In
sanación de la hem orroisa y se retom a cuando ésta concluye. U n ejemplo
del segundo tipo es el com ienzo del relato de la pasión (M e 14, l-l I ),
donde M arcos ha relacionado tres tradiciones, introduciendo la escena di
la unción en B etania entre el com plot de los jefes de los sacerdotes pmu
m atar a Jesús y la traición de Judas. A través de estas com posiciones
M arcos interpreta de form a creativa las tradiciones que relaciona. Asi, ru
el prim er tríptico, la fe de la m ujer sanada por Jesús, que es la clave ilel
relato, presenta un ejem plo de la que debe tener Jairo y m uestra a los In ­
teres la im portancia de esta actitud. En el segundo, sin em bargo, la ¡h ii
tud de la mujer, que unge a Jesús anticipando su sepultura, genera un (ún­
te contraste con la actitud de los je fe s de los sacerdotes y de Judas, q u r
planean la muerte de Jesús. Este recurso es m uy propio de M arcos y no *
encuentra con tanta frecuencia en M ateo y en Lucas (cf. M e 3, 20-35; \
21-43; 6, 7-30; 11, 12-21; y 14, 1-11).
Todos estos recursos redaccionales que sirven para relacionar e inlci
pretar las tradiciones recibidas están al servicio de un proyecto más mu
plio y original: com poner un relato. El autor del Evangelio de M arcos
encontraba en una situación difícil para lograr su objetivo, porque dispo
nía, sobre todo, de tradiciones sueltas o pequeñas colecciones en las que
los elem entos narrativos eran escasos. Tan sólo el Relato de la pasión cm
un verdadero relato en el que los episodios estaban relacionados en d e ii
a través de una tram a narrativa tejida por los m ism os personajes, U h s I u
com parar los tres últim os capítulos de M arcos con los precedentes pmu
descubrir que se trata de dos relatos muy dilerenles. I .os prim eros liver
El evangelio según M arcos 215

npllulos, a p esar de los esfuerzos del autor del evangelio por crear la im-
l¡i non de un relato seguido, contienen una serie de episodios débilm en-
* h'lacionadas entre sí. En el Relato de la pasión, sin em bargo, la acción
iiiiiiscurre en un breve espacio de tiem po dentro de un escenario bien de-
Huido, y tiene com o protagonistas a personajes cuya interacción da lugar
H 1111:1 verdadera narración.
Sí la intención de M arcos fue com poner una narración, es m uy posi-
Mr ij 11c tom ara el Relato prem arquiano de la pasión com o m odelo de su
•mpiesa literaria. Com o ya he indicado al hablar del Relato prem arquia-
110 ilc la pasión, la fam osa y repetida afirm ación de M. Kahler, según la
>mil los evangelios podrían definirse com o relatos de la p asió n con ana
iimplía introducción, se aplica de una m anera especial a M arcos y refleja
liícii la prioridad literaria del Relato de la pasión. En él habría encontra-
iln Marcos la inspiración para com poner una narración m ás am plia que
id' luyera las tradiciones conservadas en los prim eros grupos de discípu­
lo , Su tarea habría consistido, entonces, en dar form a narrativa a dichas
inuliriones y en v incular este relato creado por él con el de la pasión ya
‘ ¡Míenle,
M arcos utilizó los recursos antes m encionados para crear un relato a
(iiMlii de las tradiciones y com posiciones anteriores, pero es muy posible
>|iu- lambién haya tenido en cuenta un esquem a tradicional en el que se
i'numeraban los principales m om entos o aspectos de la actividad de Jesús.
I iir tipo de sum arios se encuentran en el libro de los Hechos, sobre todo
■mi los discursos m isioneros de Pedro. La relación deí Evangelio de Mar-
m m í y de los otros evangelios narrativos con estos sum arios ya fue adver­
tida por quienes pensaban que ios evangelios son un desarrollo narrativo
¡li I kerygma. Sin em bargo, com o ya he señalado al hablar del género líte-
hiiiit de los evangelios, las diferencias entre estos sum arios y ios reiatos
iium gclieos son tam bién notables, sobre todo porque dichos resúm enes
im dan tanta im portancia a la actividad de Jesús com o a su exaltación
(com párese por ejem plo H ch 10, 37-43 con el trazado de M arcos). Cabe
!> posibilidad, sin em bargo, de que M arcos utilizara un resum en díferen-
|i', i'ii el que se daba m ás im portancia a la actividad pública de Jesús. Un
li'imincii así parece haber sido utilizado en la com posición del Documen-
111 (.); este docum ento sitúa la actuación de Jesús entre la predicación de
Inuil, que anuncia al que viene «detrás de él» (Q 3, 7-9.16b-l 7), y el dis-
■111*40 esculo lógico de Jesús, en el que se anuncia la venida del Hijo del
hombre (Q 17,23-24.35; 17, 23 -22, 30). Éste es tam bién el cuadro narra-
Mvo en el que M arcos siliui la actividad pública de Jesús, que com ienza
t 011 el anuncio de Juan Haulista ( Me 1, 2-7) y termina con un discurso de
tono (-sciiloló^ieo, en el que se anuncia la venida del I lijo del hombre ( Me
216 E l evangelio telramor/a

13). Este esquem a tradicional pudo haberle proporcionado una güín iMttt
incorporar las tradiciones que fue relacionando con ayuda de los r c r m n n
m encionados más arriba.
La segunda tarea realizada por M arcos consistió en vincular esln im
rración creada por él con el Relato de la pasión ya existente. Para
este objetivo introdujo en am bas partes tem as y motivos de la otra, do mit
do que quedaran trabadas narrativam ente. Por un lado, en el relato ilf ln
actividad pública de Jesús (M e 1-13) se encuentran con frecuencia aluain-
nes anticipadas a la pasión; en algunos casos se trata de referencias vt'l#-
das, com o ocurre con la m ención de la «entrega» de Juan en el mismo m
m íenzo de dicha actividad (M e 1, 14), pero en otros son absolutamente
claras, com o sucede con la conclusión introducida al final de las coului
versias galileas (M e 3, 6: «tom aron la determ inación de acabar con él») n
los tres anuncios de la pasión, que anticipan los principales momentos iM
relato de la pasión (M e 8, 32; 9, 33-34; 10, 35-40). Por otro lado, en ili
cho relato se hallan tam bién m odificaciones redaccionales que tienen pul
objeto vincularlo con la narración precedente. Un ejem plo de eilo es ln m
traducción de algunas escenas protagonizadas por una serie de perxowi
je s secundarios que, en el momento de m ayor abandono de los discípuhm
encarnan las actitudes propias del discípulo. Estos personajes comien/mi
a aparecer ya en los capítulos precedentes (M e I , 29-31; 5, 18-20; 7, .’■!
30; 10,46-52; 12, 41-44), pero se hacen m ás visibles en el relato de ln pti
sión (M e 14, 8; 15, 21; 15, 39; 15, 40-41.42-47; 16, 1-8). Las refercnd.i-.
que encontram os en el relato de la pasión a personajes secundarios son iv
daccionales, pues el vocabulario que utilizan y los motivos teológicos t|nr
subrayan son característicos de M arcos. Fueron introducidos por el evim
gelista para vincular el relato de la pasión con la narración de la actividad
pública de Jesús. Esta m ism a intención parece haber determ inado la Ibr
m a de presentar a Jesús, pues en M arcos su verdadera identidad va apa
reciendo veladam ente durante su m inisterio público y sólo se revela pli*
nam ente en el relato de la pasión (M e 14, ó lb -6 2 ; 15, 39). C on este lípo
de recursos, el autor del Evangelio de M arcos ha «cosido» las dos partes tic
su relato para com poner una narración de carácter biográfico.

d) Un relato de carácter biográfico

E.-M. Becker, Das M arkus-E vangetium im Raknten an tikee tlisto rio g ra p h ie, Tflhin •
gen 2006; H. Cancifc, D i e G a í t im g E v a n g e liu m . D a s E v tm g e H ifin ck‘.s M a r k u s tm l it i h
m e n d e r a r tt ik e n H i s t o r i g r a p h i i \ en I I. Cancik (ixl.), M u r k u s - Í ’ h i l ü l o g k ': lli, s t n r i. s r h i\
lit e r ü t u r g e s e h ic h t lic h e m u í s t ilis li.s fh c V t i l n ' x i t r h i i i t ^ n i z ttm z w f i t c n l iv n i ig t '/ i i t m , Tü
bingen l lJK4, 85-113; I). J-’rickensulimull, t 'A 'it it y r liit m u h i v Ut Km h-
El evangelio según Marcos 217

M -m /in tim e n c m tik e r E r z á h lk u m t, Tübingen 1997,351 -4 1 4 ; S. Guijarro, W h y D o e s


i , ' t p r l o f M a r k B e g in a s i r D o e s ? : Biblical Theology Bulletm 33 (2003) 28-38; E.
ilhnu, N a r r a t iv e S p a c e a n d M y t h ic M e a n in g in M a r k , Sheffield 1991; D. Rhoads
im d/iu r o s c o m o r e la to , Salamanca 2002.

I I Evangelio de M arcos es un relato (diégesis). Éste es el nom bre con


I ('ir K' refiere a él, m uy probablem ente, el autor del Evangelio de Lucas
'■milii nlirma que m uchos otros han com puesto antes que él un relato si-
■■•ll-il ni suyo (Le 1, 1). Desde el punto de vista de la narrativa actual, M ar­
ti |miNCi* también los rasgos propios de un relato, tal vez incluso en ma-
m ¡miiilri que los dem ás evangelios narrativos, pues es la actividad de
!■ 144*1, no sus discursos o enseñanzas, lo que aparece en prim er plano. El
i nii|ii'lio de M arcos cuenta una historia que tiene un escenario temporal
iH-n^iíilico bien definido; los personajes que intervienen en ella, sobre to-
I ■i. íiin, sus discípulos y sus adversarios, están bien caracterizados y par-
j n I|mii cu la acción de forma dinámica; la narración tiene una tram a hábil-
■■i'-tn* * i instruida en tom o a! proceso que siguen los discípulos y los demás
i ; i ii mu jes en el descubrim iento de la verdadera identidad de Jesús, y en la
hl: iililicución con la nueva situación creada por la soberanía de D ios que
i.iitmpo con él. D etrás de este relato, el lector atento puede descubrir al na-
ím .Iih , que es quien cuenta la historia subrayando algunos aspectos, infor-
mniidn ni lector de cosas que los personajes del relato desconocen y, en de-
lliillivii, tratando de ponerle de parte de Jesús y de su anuncio sobre la
iiiii'ivi-nción definitiva de D ios en !a historia humana.
Al contar la historia de Jesús a través de un relato, M arcos quiso, sin
ilitiln, persuadir a sus lectores-oyentes acerca de la buena noticia que les
.miim iaba por este m edio. Sin em bargo, ello no significa que su historia
if it inventada. Las tradiciones de las que depende ponen de m anifiesto su
iiiU'iés por contar una historia realm ente sucedida: la historia de un perso-
im|>- concreto que tiene un protagonism o indiscutible en el relato. Por esta
ni ’i'm el relato de M arcos adquirió la form a de una biografía. M arcos fue
I I |n micro que reunió las tradiciones sobre Jesús en el marco de un relato
■itltcicnle ajustándose a los rasgos que definían entonces este género lite-
i in In Su relato es m uy parecido en su form a a otros relatos de carácter bio-
m ii tico com puestos por autores griegos, latinos y judíos; por ello podem os
itlimmr que, desde el punto de vista literario, el E vangelio de M arcos es
mui biografía, una vida de Jesús, sem ejante a otras vidas contem poráneas,
iiiini|iie diferente en m uchos aspectos a las biografías modernas.
Al Iralar sobre el género literario de los evangelios, ya indiqué que la vi-
■lii de Jesús com pu esta por M arcos inicia un desarrollo peculiar dentro del
lionero bíográíico. Lsln inici;i(iva fue («(¡límenle asum ida por los autores de
218 E l evangelio telramorfb

los evangelios de M ateo y de Lucas, que trataron de perfeccionar la biogrn


ñ a de M arcos, en parte para hacerla accesible a un auditorio m ás ampliii,
El m érito de M arcos consistió en reunir una serie de ingredientes que en
racterizan al género. Lo consiguió casi plenam ente en el cuerpo del relato,
pues logró articular los diversos recuerdos sobre Jesús creando una traiuu
narrativa que concluye con el relato de su muerte. Sin embargo, el comien
zo de su reiato no se ajusta al modelo de las vidas helenísticas, y esto coiw
tituye una dificultad para considerar a M arcos una verdadera biografía.
Las biografías helenísticas com enzaban refiriendo el origen y la edil
cación de sus protagonistas, m ientras que M arcos com ienza su relato pie
sentando a un Jesús ya adulto. Pero no com enzó así su reiato porque ai
re d e ra de datos acerca de sus orígenes y educación. Sabía que Jesús eiti
originario de una aldea de G alilea llam ada N azaret (M e 1, 9), y le teniii
por galileo (M e 14, 70). Conocía tam bién el nom bre de su m adre y de sim
herm anos y herm anas, aunque no el de su padre (M e 6, 3). Tam bién po
día saber algo acerca de su educación, pues la de los artesanos consis] In
en aprender el oficio paterno. M arcos podía haber com enzado subiogvn
fía de Jesús refiriendo lodos estos datos, pero no lo hizo porque sabía qtir
esta parte inicial de las biografías tenía com o objetivo inform ar a los lee
tores acerca del honor del protagonista, y los datos de los que disponía im
contribuían a resaltar el honor de Jesús. Sin em bargo, no renunció a csh*
aspecto tan im portante de las «vidas» antiguas, sino que trató de moslnu
el honor de Jesús evocando algunas tradiciones relacionadas con el cu
m ienzo de su actividad. E sta es la principal finalidad del prólogo, en el
que se cita un anuncio atribuido a Isaías (M e 1, 1-3), y de la presentación
de Juan Bautista, que apunta hacia la m anifestación del «más fuerte» (Mr
1, 4-8); pero aparece, sobre todo, en la presentación de Jesús com o Hijo
de Dios que recibe el Espíritu y es constituido heraido del reinado de [)¡nn
(M e 1, 9-15). Para M arcos el honor de Jesús no procede de su ascenden
cia humana, sino de su íntima relación con Dios. Así pues, el com ienzo <h*
M arcos no puede ser considerado un obstáculo para clasificar este evmi
gelio dentro del género literario de las antiguas biografías,

2. L ec tur a del E vangelio de M a rc o s

La tarea fundamental de una introducción a los evangelios es propicim


su lectura ofreciendo los instrumentos necesarios. Las orientaciones que ni'
encuentran en este apartado y en los que introducen la lectura de los olioi,
evangelios tienen la finalidad de llevar al leclor hasta el lexto para que
m ism o descubra su mensaje, fin la lectura de cada nna de las secciones, qui’
£7 evangelio según Marcos 219

i.*' propone después de haber presentado la división del libro, se com ienza
delimitando la unidad que se va a leer; en letra un poco m ás pequeña se
nlicccn luego algunas indicaciones sobre la historia del texto; seguidam en-
ii ni- propone una división de la sección; finalm ente se com pleta la exposi­
ción con un breve com entario a cada pasaje o bloque narrativo. Para que
•lutu introducción cum pla su objetivo es necesario leer, antes o después del
t nmcntario, el texto del evangelio que se va a com entar. El pasaje que se
i milenta se ha colocado entre corchetes para facilitar esta lectura.

| La disposición literaria del evangelio

I I Iclorme, E l e v a n g e lio s e g ú n s a n M a r c o s , Estella 1981; D. Frickenschm idt, E v a n -


r r l t i m i a is B io g r a p h ie , D i e v ie r E v a n g e lie n im R a h m e n a n t i k e r E r z á h lk u n s t , Tübin-
f ii l ‘W , 351 -369; K. W. Larsen, T h e S t r u c tu r e o j'M a r k 's G o s p e l: C u r r e n t P r o p o s a lr .
I in re nta in Biblical Research 3 (2004) 140-160.

Los escritores antiguos no dividían sus obras con títulos y subtítulos


i orno hacem os hoy. El pergam ino y el papiro eran escasos y caros; ade­
nitis, las obras escritas en el mundo antiguo estaban destinadas a la recita­
ción en público y no a la lectura en privado, de m odo que las marcas que
■.ensilaban el paso de una sección a otra debían ser perceptibles al escuchar
ni representación oral. Los discursos retóricos, por ejem plo, tenían una es-
li induración m uy precisa, que era conocida por los oyentes. En los relatos
ciiiis divisiones, así com o el paso de una parte a otra, se solían señalar re-
i iii riendo a las repeticiones o a las inclusiones situadas al com ienzo y al fí-
n,il de un bloque narrativo.
lín el Evangelio de M arcos se pueden observar algunas de estas técni-
i iih que perm iten identificar los principales bloques narrativos, pero los
ni,i lidiosos no se ponen de acuerdo sobre cuál fue la clave que utilizó su
nuldi' para articular el conjunto de su relato. Para algunos, lo determ inan­
te liie la secuencia geográfica que sirve de m arco al relato. Para otros, ei
í'vimgclio está articulado en tom o a algunas afirm aciones de tipo teológi­
co. ( >tros encuentran una clave im portante en algunos indicios de tipo li-
tcinrio, com o los antes m encionados. P or últim o, la naturaleza biográfica
di I relato de M arcos perm ite descubrir en él el esquem a tripartito propio
ilr las biografías antiguas.
I,u división de M arcos recurriendo a criterios geográficos distingue
lies motílenlos bien diferenciados: la actividad de Jesús en G alilea, a tra­
vos de la cual irrum pe en el mundo el reinado de D ios; su cam ino hacia
IcKisíilcn; y su «dilación en Jerusalén, donde Jesús encuentra m ayor opo-
Kición y donde linulm enlc mucre. I,a división residíanle es la siguiente:
220 E l evangelio tetram orfo

Prólogo M e 1, 1-13
A ctividad en G alilea M e 1, 14 -9 , 50
Viaje a Jerusalén M e 10, 1-52
A ctividad en Jerusalén M e 11, 1-16, S

P or su parte, la división basada en criterios teológicos tom a como ojo


la progresiva m anifestación de la identidad de Jesús, que es un aspecto
m uy im portante en este evangelio. E sta m anifestación gira en torno a dott
títulos: M esías e Hijo de Dios, que el evangelista m enciona al comienzo
del relato (M e 1, 1) y que después van confirm ando algunos personajes
representativos. El prim er título, que recoge la m anifestación de Jesús n
sus discípulos, aparece confirm ado en la confesión de Pedro en Cesaren
de Filipo: «Tú eres el M esías» (M e 8, 29); y el segundo, que recoge lu
m anifestación de Jesús com o M esías sufriente, se pone de m anifiesto en
la confesión del centurión rom ano al pie de la cruz: «V erdaderam ente en*
te hom bre era Hijo de Dios» (M e 15, 39). El relato de M arcos quedaría asi
dividido en dos grandes partes, que concluirían con estas dos afirm acio­
nes fundam entales sobre Jesús:

Prólogo en el que se revela ia identidad de Jesús Me 1,1-13


M anifestación de Jesús com o M esías M e 1, 14-8, 30
M anifestación de Jesús com o H ijo de D ios M e 8, 3 1 -1 6 , 8

T am bién se ha propuesto una división del evangelio a partir de crite­


rios literarios. Esta propuesta da m ucha im portancia a las repeticiones que
aparecen en diversos m om entos del relato. Se ha observado, por ejemplo,
que en los prim eros ocho capítulos se repite por tres veces la m ism a se
cuencia que sirve com o marco a tres desarrollos narrativos o actos. A l co­
m ienzo de estos tres desarrollos narrativos se encuentra un sum ario de lu
actividad de Jesús seguido de un relato sobre los discípulos; al final de c¡i-
da desarrollo encontram os una escena en la que se recogen diversas reaC'
ciones frente a Jesús:

S u m a r io D is c í p u lo s ( D e s a r r o ll o ) R e a c c ió n A c to s

1, 14-15 1, 16-20 1 ,2 1 - 3 ,5 3 ,6 1, 14—3, ft


3 ,7 -1 2 3, 13-19 2, 2 0 - 5 ,4 3 6, l-6 a 3, 7 -6 , 6a
6, 6b 6, 7-13 6, 14-8, 26 8 ,2 7 -3 0 6, 6b—8, 30

Los tres com ienzos están relacionados. Entre ellos existe una progre­
sión que va desde la llam ada de los prim eros discípulos (Me 1, 16-20) a la
convocación del grupo de los Doce (M e 3, 13-19), y de ésta ¡i su envío pu­
ra anunciar el reinado de Dios (M e 6, 7-13). También, las reacciones con
que concluyen cada uno de estos desarrollos mural ¡vos eslán relacionadas
E l evangelio según M arcos 221

mmIic sí de form a progresiva: prim ero los fariseos y herodianos rechazan a


li'Hiís (M e 3, 6); luego sus propios paisanos y parientes no tienen fe en él
I Mi' 6, l-6a); por último sus discípulos no com prenden su verdadera ¡den­
udad (M e 8, 27-30). Los contenidos que el autor del evangelio ha cofoca-
ilu m ire estos com ienzos y finales son coherentes con esta progresión, co­
mo veremos en la lectura seguida, lo cual confirm a que la repetición de
i uitts elem entos tiene una función estructurante en el conjunto del relato.
Tnmbién se ha observado que en los capítulos que siguen (M e 8, 31-10,
V i se repite una m ism a estructura, que tiene com o eje los tres anuncios de
ln pasión, pues cada uno de ellos va seguido de un pasaje en el que se po-
iii’ de manifiesto la incomprensión de los discípulos a la cual, a su vez, si-
(tut) una instrucción de Jesús.
1 íslos y otros indicios literarios, com binados con la form a en que M ar­
ro» va presentando a los personajes y su relación con Jesús, perm iten
iilm lilícar en el evangelio seis secciones o cuadros de la actividad de Je-
<ir., precedidos por una breve presentación:

Presentación Me 1,1-13
Primera sección Me 1, 14-3, 6
Segunda sección Me 3, 7-6, 6a
Tercera sección Me 6, 6b-8, 30
Cuarta sección Me 8, 311—10, 52
Quinta sección Me 11, 1-13, 36
Sexta sección Me 14, 1-16, 8

l’or último, es posible también dividir el evangelio a partir de un esque-


iiiii que abunda en las biografías antiguas, las cuales solían tener tres par-
I i * m : i i ) la presentación del personaje a través de sus antepasados y lugar de

ilucimiento; esta presentación solía incluir el periodo anterior a su vida pú-


l’lli a ; b) su actuación pública y su enseñanza, que norm alm ente era lap ar-
li- más extensa; y c) su m uerte y los acontecim ientos relacionados con ella..
I1i i Marcos estas tres partes se identifican con facilidad y se distinguen por
iih características literarias. L a prim era correspondería a la breve presen-
inción de Jesús (M e 1, 1-13), que desde el punto de vista narrativo es muy
ililcrcnle a las otras dos. La segunda abarcaría el grueso del evangelio, des­
líe el com ienzo de su predicación hasta el discurso final (M e 1,14 13, 36).
V ln lercera incluiría el relato de la pasión, que tam bién se distingue narra-
iivmnenle de los capítulos precedentes (M e 14, 1-16, 8).
Km realidad estas cuatro divisiones no son excluyentes entre sí, sino que
m* com plem entan, revelando diversos matices de la disposición ¡iteraría
il<i evangelio, Parece evidente que M arcos ha querido distinguir la aetivi-
dml de Jesús en G alilea de sus últimos (lias en Jerusnlén, conservando ns¡
222 El evangelio tetram orfo

el recuerdo de que dicha actuación tuvo lugar en am bos escenarios. La pi h


m era está descrita, junto con el viaje, en las cuatro prim eras secciono»,
m ientras que la actividad en Jerusalén se narra en las dos últimas. Por hii
parte, la división del evangelio en dos grandes partes se com pagina muy
bien con la división en seis secciones, ya que las tres primeras, que sigiun
el m ism o esquem a, corresponden a la prim era parte, m ientas que las otnri
tres corresponden a la segunda. Tam bién la división biográfica se compii
gina bien con ¡a que se hace a partir de criterios literarios, pues los ciiwu
prim eros cuadros de la actividad de Jesús, que son los que reflejan una mu
yor actividad com positiva por parte del redactor, corresponderían a la
gunda etapa de la biografía, aquella en cuya com posición M arcos habrltl
intervenido más activam ente, com o hem os visto más arriba. Estas corres­
pondencias pueden verse en el siguiente cuadro:

D iv is ió n D iv is ió n D iv is ió n D iv is ió n
g e o g r á fic a te o ló g ic a lite ra r ia b io g rá fic a

1, 1-13 1, 1-13 1, 1-13 ,


1 (-13
I , 1 4 -9 , 50 1, 1 4 -8 , 30 1, 1 4 - 3 ,6 1, 14- 13, 36
G a lile a M e sía s
3, 7 - 6 , 6a
9, 5 1 - 1 0 , 52
V iaje 6, 6b 8, 30

8 ,3 1 - 1 6 ,8 8 , 3 1 - 1 0 , 52
H ijo de D ios
1 1 ,1 - 1 6 ,8 11, 1 - 1 3 ,3 6
Je ru s a lé n
14, 1 -1 6 , 8 ,- ,
14 1 16 8

En la lectura seguida que proponem os a continuación seguirem os lu


división del evangelio basada en criterios literarios, que es com patible
con otras divisiones, especialm ente con la división biográfica en tres pur
tes que refleja el proceso de com posición del evangelio. E n todo caso, et*
im portante no olvidar que se trata de un relato, por lo que en todo momen
to es necesario tener presente el conjunto. L a división en secciones es só
lo un recurso para facilitar la lectura.

b) Presentación de Jesús {Me 1, 1-15)

M. E. Boring, M ark 1:1-15 a n d the B eg in n in g o f the G ospel: S em eia 52 (¡9 9 0 ) 43-81 ¡


1. D underberg, Q a n d the B eg in n in g o f Mark-. N ew T estam cnt Studies 41 (1995) 5(11
511; S. G uijarro, W hy does th e G o sp el o fM a r k B egin as it B iblical T hcoliigy
B ulletin 33 (2003) 28-38; H.-J. Klauck, Vorxpiel ¡m H im m cl? lirzahlteehnik m u i Tlit'n
logie im M arkusprolog, N eu kirdieu -V luyn 1997; lí. T revijim o, C.untU'nm tic! i'wiiijjf
lio. E studio sobre e !p ró lo g o d e San M areos, H incos 11>7 I .
El evangelio según Múreos 223

H livangeJio de M arcos com ienza con una presentación de Jesús que


» ilislingue claram ente del resto del relato. A diferencia de lo que ocurre
-ii los episodios siguientes, en estos prim eros versículos la acción se de-
miimlla en un espacio y en un tiem po cargados de connotaciones sim bó-
lu im (el Jordán, el desierto, cuarenta dias), intervienen personajes de un
•iiuliito suprahum ano (el Espíritu, Satanás, los ángeles) y Jesús aparece en
i i h i i actitud pasiva. El centro de atención es la identidad de Jesús, de la

i|«t' hablan Isaías, Juan Bautista, la voz del cielo ... Según su testim onio,
l> j i i . s es el «Señor» a quien Juan prepara el cam ino; «el más fuerte» que
bimi izará con Espíritu Santo y el «Hijo A m ado» en quien Dios se com pla-
i ■ f ¡i intensidad cristológica de este com ienzo sirve para presentar al
(imiajionista del relato y para introducir al lector en el m eollo de la hísto-
1 Imque se va a contar.

111c o m ie n z o del E v a n g e lio de M a rc o s tie n e m u c h o s e le m e n to s e n c o m ú n co n


■I i'uniion zo del D o c u m e n to Q , la c o le c c ió n de d ic h o s y a n é c d o ta s q u e u tiliz a ro n
U n ico y L u cas e n el m o m e n to d e c o m p o n e r su s r e s p e c tiv o s e v a n g e lio s . Q co-
Hii'ii/nba ta m b ié n co n lin a p r e s e n ta c ió n de Ju a n (Q 3, 2 a -3 b ) y c o n u n re s u m e n
ilr mi p re d ic a c ió n (Q 3, 7 - 9 .16b-l 7 ), a la s q u e s e g u ía un b re v e re la to del b a u tis ­
m o ilc Je sú s (Q 3, 2 1 -2 2 ) y un a m p lio relato de su s te n ta c io n e s (Q 4 , 1-13). E sta s
>n iiicid en cias h a c e n p e n s a r q u e p u d o h a b e r e x is tid o a lg ú n tip o d e re la c ió n e n tre
id ílico s y el D o c u m e n to O- S in e m b a rg o , u n a c o m p a ra c ió n d e ta lla d a de e s to s pa-
ini|i'K re v e la q u e se tr a ta d e c o m p o s ic io n e s in d e p e n d ie n te s y, p o r ta n to , q u e M e y
i ) d e p e n d e n de u n a tra d ic ió n c o m ú n e n el c ris tia n is m o n a c ie n te , e n la q u e se re-
Ifii im ialia el c o m ie n z o d e la a c tiv id a d d e Je sú s c o n la p re d ic a c ió n d e Ju a n (cf. p o r
■|em ]ilo U ch 10, 3 7 -3 8 ).
l in la c o m p o s ic ió n d e e s to s v e rsíc u lo s el a u to r del e v a n g e lio u tiliz ó u n a eo m -
Mimcióii de cita s d el A T (M e 1, 2-3 = M al 3, 1 4- Is 4 0 , 3), re c u e rd o s so b re Ju a n
Umiiisfíi (M e 1, 6 y 1, 7 ), el re la to del b a u tism o d e Jesú s (M e 1, 9 b - l !), el relato
ili Iiin le n ta c io n e s (M e 1, 13) y tal v e z un d ic h o so b re la lle g a d a del re in a d o de
I lins (M e 1, 15). M a rc o s re e la b o ró e s ta s tra d ic io n e s y las re la c io n ó e n tre sí co n
te inlii d e su tu ras re d a c c io n a le s (M e 1, 9 a .12.14.). A ñ a d ió ta m b ié n u n títu lo (M e 1,
I I y, p ro b a b le m e n te , u n r e s u m e n de la a c tiv id a d de Ju a n (M e 1, 4 -5 ). L a m a y o ría
ili cnlus in te rv e n c io n e s r e d a c c io n a le s tra ta n de a m b ie n ta r los re c u e rd o s d e la tra-
ilii lón o ral en un e sc e n a rio c o n c re to : J e ru s a lé n ... el J o r d á n ... d e sd e G a lile a al Jo r-
iliin .. ¡il d e s ie r to ... a G a lile a ... E sta a m b ie n ta c ió n a y u d a a e s ta b le c e r u n a re la c ió n
ile i n iilin u id a d e n tre lo s d iv e rso s e p is o d io s , c re a n d o a s í u n a tra m a narra tiv a,

I u estos versículos puede distinguirse un prólogo (M e 1, 1-3) y un dip-


lli o que sitúa en paralelo a Juan (M e 1 ,4-8 ) y a Jesús (M e 1, 9-15). El co-
inicii/i) y el final están delim itados por la referencia al « evangelio» (M e 1,
I I I 15), m ientras que el díptico queda definido por la repetición de una
lidie de térm inos en la presentación de Juan y en la de Jesús («sucedió...
Imiiiismo... en el d esierto... anunciar»).
224 El evangelio íetm m orfo

[1, 1-3] El principal objetiva de estos versículos iniciales es mostnn i*l


honor de Jesús, que no procede de su ascendencia humana, sino de su inlli
m a relación con Dios. En la declaración inicial ya aparecen algunos ole»
m entos que revelan este honor. En prim er lugar, Jesús recibe el título di
Mesías, o sea, es presentado com o el Ungido (de Dios). Se dice asimismo
que, en el com ienzo de su actuación, se cum plió un anuncio de Isaías; t'tl
su origen, el profeta lo refiere a Dios mismo: «preparad el cam ino al So»
ñor», pero M arcos lo atribuye a Jesús. Con pinceladas sobrias pero ecrli'»
ras, M arcos presenta a Jesús como el U ngido de Dios en quien se cumplí
aquello que el propio Dios había prom etido a través de los profetas.

[1, 4-8] La presentación de Juan B autista está orientada a resaltar nii


condición de profeta. El escenario de su actuación es el desierto y el .Im-
dán, dos lugares relacionados con los acontecim ientos del éxodo. El lie
cho de que Juan realizara su actividad en este escenario expresa la prelen
sión de ser el enviado de Dios para prepararle el cam ino, com o asegura ln
cita de Isaías en Me 1,2-3 . Tanto el vestido com o la dieta de Juan, que k
relacionan con el profetas Elias (2 Re 1, 8), apuntan en esta m ism a dim*
ción; y lo m ism o hay que decir de la reacción de los habitantes de Jerusn
lén y de toda Judea que acuden en m asa a su bautism o de conversión
Juan es presentado com o un profeta con honor, pero no es ése el principal
objetivo de M arcos, pues esta presentación desem boca en el anuncio di'
Jesús com o el «m ás fuerte» que bautizará, no con agua, sino con Espíritu
Santo. Juan no puede conferir honor a Jesús, pero puede reconocer y pro
clam ar la im portancia del honor que Dios le v a a otorgar.

[1, 9-15] La presentación de Jesús es, desde el punto de v ísta litcni


rio, paralela a la de Juan. Sin em bargo, desde el punto de vista del conle
nido, constituye la confirm ación de todo lo que se ha dicho antes sobre iíl
El mom ento central es la visión que sigue al bautism o, en la que se revelii
quién es Jesús. M arcos puede decir que es el Ungido (de Dios), el Señor ii
quien Juan Bautista prepara el camino, el «más fuerte» que bautizará con
Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo ha descendido sobre él y D ios mis
mo le ha declarado Hijo suyo. Las palabras pronunciadas por la vo/. del
cielo en el momento del bautism o son el punto de llegada de las afirm ado
nes anteriores y en ellas culm ina la revelación de la identidad de Jesús.
En los dos episodios que siguen, las tentaciones (M e 1 ,1 2 -1 3 ) y el cu
m ienzo de la predicación de Jesús en G alilea (M e 1, 14-15), se com prue­
ba la solidez y verdad de las afirm aciones precedentes. Esta es la función
de las tentaciones en las que Jesús aparece som etido a la prueba en el de
sierto durante cuarenta días. Este periodo de prueba, recuerda el que expe
rím enlo el pueblo de Israel durante cuiircnla artos. I .a (lilereuciíi está cu
El evangelio según Marcos 225

i|ii< uliora Jesús sale victorioso, confirm ando así que es Hijo de D ios. Del
niliiMin modo, en el com ienzo de su predicación en G alilea, se presenta
. mm> el heraldo del «evangelio de Dios» y anuncia la llegada de su «rei-
niidn», pidiendo la conversión y la fe a quienes le escuchan.

Esta presentación de Jesús, que sigue de form a original las pautas ca-
im iciisticas de la prim era parte de las biografías helenísticas, es al m is-
mu tiempo una introducción narrativa m uy elaborada. D etrás de los epi-
<li ulios que se cuentan se percibe a un narrador om nisciente que com parte
m u el lector una inform ación privilegiada. A través de ia inform ación que
|i proporciona, el lector llega a conocer cosas sobre Jesús que los perso­
nales tlel relato desconocen. E sta com unicación crea en el lector una cm-
I ni 11.1 con el narrador, em patia que le predispone para introducirse en el
mlHierío de la identidad de Jesús y para acoger el m ensaje de la soberna [a
di-1 )ios que va a escuchar de sus labios. La introducción narrativa se con
Vigi le así en una confesión de fe a través de la cual el evangelista trata de
minutar en el lector la actitud adecuada para seguir leyendo su relato, pues
:iilu quien reconozca a Jesús com o M esías e H ijo de Dios (M e 1, 1.11)
pin Irá com prender lo que se va a contar sobre él. La lectura del evangelio
■ir propone desde el principio, por tanto, com o un itinerario de lo.

> ) l.ii irrupción del reinado de D ios (M e 1, 14—3, 6)

M I-. lioism ard , L a G uerison du leprettx, en R . A guirre - F. G arcía L ópez (eds.), K<t-
i iltiis ile B ib lia y O riente, S alain an ca-Je ru salem 1981, 2 8 3-291; J. D ew ey, The l.itc-
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lum '>2 ( 1973) 3 9 4-4 0 1; S. G uijarro O porto, F idelidades en conflicto. La ruptura ron
h i h nnilia p o r ca u sa d el discipulado y de la m isión en la tradición sinóptica, Salmimn-
i ii IWH, 167-195; S. G u ijarro O porto , Je sú s y su s p rim e ro s discípulos, lis ió la 2007.
.'III .’.25; tí.. P esch, E in Tag vo llm á ch tig en W irkens J esu in K ap harnaum (M k I, .?/
<■/ H .?!>): B ib e lu n d L eb en 9 (1968) 114-128, 177-195 y 2 61-277; E. M iqucl, A m l
pmv ¡le esclavos, p ro stitu ta s y p eca d o res, E stella 2007, 291-308; P. Rolin, L es ro///n>-
ivmv.v dttns l ’É va n g ile de M arc, P aris 2001.

El sumario de Me 1,14-15 es, al m ism o tiem po, el final de la presenln-


- h'iii de Jesús y el com ienzo de su actividad publica. Este procedimiento,
ijiif consiste en articular las transiciones de un relato entrelazando el linal
ilr nna parle y el com ienzo de otra, es com ún en la narrativa histórica anti-
nmi. Al igual que en las dos secciones siguientes, este sumario introduce un
plísate referido a los discípulos (M e 1, 16-20). A partir tic este mom ento,
le ais deja de ser un personaje pasivo y se convierte en el auténtico proia-
lionislii de la acción. Aparecen también otros personajes que le aeonipaila-
226 E! evangelio teíramorfb

rán a lo largo del relato: sus discípulos, la gente y sus adversarios; pero la
principal intención del narrador es mostrar cómo, a través de la acción de
Jesús, com ienza a irrum pir en este mundo el reinado de Dios, y cuáles son
las reacciones que provoca en los tres grupos de personas que son testigos
de este acontecim iento por su relación con él.

V ario s e p is o d io s d e e s ta s e c c ió n , c o m o lo s d o s r e la to s v o c a c io n a le s (M e 1,
16 b - 1 8 .1 9 b -2 0 ) o el re la to d e la p u rific a c ió n d e l le p ro s o (M e 1, 4 0 -4 5 par. en
P E g 2 1v e rs o ), p ro c e d e n de la tra d ic ió n oral. E s p ro b a b le q u e M a rc o s h a y a u tili­
z a d o ta m b ié n d o s c o m p o s ic io n e s m á s am p lia s: u n a q u e h a b ía a g ru p a d o d iv erso s
e p is o d io s p a ra n a rra r u n a e s p e c ie de jo rn a d a -tip o d e la a c tiv id a d de J e sú s (M e 1,
2 1 -3 9 ) y o tra q u e c o n te n ía u n a c o le c c ió n d e c o n tro v e rs ia s (M e 2, 13 -2 8 ). P a ra a r­
tic u la r esto s e le m e n to s tra d ic io n a le s se sirv ió de a lg u n o s su m a rio s (M e 1, 14.21b-
2 2; 1, 3 9 ) y de su tu ra s re d a c c io n a le s (M e 1, 16a. 19 a . 2 1a; 2, 1a). C o n la a y u d a de
e s to s d o s re c u rso s situ ó la a c tiv id a d d e Je sú s en G a lile a (M e 1, ! 6 .2 8 ) y m á s co n ­
c re ta m e n te en C a fa rn a ú n (M e 1, 2 1 a ; 2 , la ). A l r e d a c to r se d e b e ta m b ié n , m uy
p r o b a b le m e n te , la c o n c lu s ió n del re la to del e x o r c is m o en la s in a g o g a d e C a far-
n a ú n (M e 1, 2 8 ) y la im p o sic ió n d e sile n c io a los d e m o n io s (M e 1, 2 5 ) q u e a p a re ­
ce e n un su m a rio (M e 1, 34) y en o tro s p a s a je s re d a c c io n a le s (M e 3, 11-12). T am ­
b ié n es re d a c c io n a l el v e rs íc u lo co n q u e c o n c lu y e n las c o n tro v e rs ia s y la secció n
(M e 3, 6 ), un v e rsíc u lo q u e r e la c io n a la o p o s ic ió n a Je sú s d u ra n te su m in iste rio
p ú b lic o co n el re la to de la p a sió n .

La sección com ienza con un sum ario de la actividad de Jesús y una es­
cena referida a los discípulos (M e 1, 14-20), y term ina con la reacción de
los adversarios (M e 3, 6). Las escenas situadas entre este com ienzo y es­
te final form an un tríptico com puesto por dos agrupaciones am bientadas
en Cafarnaún (Me 1, 21-38 y Me 2, 1—3, 6) y un episodio colocado entre
am bas a m odo de quicio o tabla central, que extiende el alcance de la ac­
tividad de Jesús a toda G alilea (M e 1, 39-45).

[1, 14-20] El sum ario de la actividad de Jesús y la llam ada de los p ri­
m eros discípulos están unidos por la m ención de G alilea (M e 1, 14. Ifi) y
por la relación im plícita que se establece entre el anuncio de Jesús y l;i
respuesta de los discípulos a su llam ada. M arcos introduce la actividad
de Jesús con una alusión a la pasión de Juan (M e 1, 14; cf. M e 6, 14-29),
que anticipa, en cierto m odo, el final de la sección en que los herodumos
y los fariseos toman la decisión de acabar con Jesús (M e 3, 6). El aiuin
ció de Me 1, 1.5, que evoca el de Is 52, 7, contiene todo un program a. Pro
clam a que la prom esa de D ios ha com enzado a hacerse realidad y pide it
sus oyentes que respondan a este acontecim iento con un cam bio radiad
de vida y una adhesión incondicional a este anuncio. Ln los episodios que
siguen, M arcos no explica en qué consiste la llegada del reinado de I )¡os,
pero éste se liace presente en la actuación ilc Jesús. Tam poco describe con
E¡ evangelio según Múreos 227

precisión en qué consiste la conversión y la fe que reclam a este aconteci­


miento, pero narra cóm o diversas personas y grupos respondieron al anun­
cio y actuación de Jesús.
En el relato de la vocación de los prim eros discípulos, com puesto a
partir de dos breves apotegm as que reproducen el esquem a de la vocación
de Elíseo (1 Re 19, 19-2]), llam a la atención su inm ediata respuesta, que
es un ejem plo de la prontitud y determ inación con que se debe responder
:i la invitación de Jesús. Esta respuesta lleva consigo la renuncia a la fa­
milia y al trabajo. A m bas cosas estaban íntim am ente unidas en !a antigüe­
dad, com o se puede ver en la escena de la llam ada de Santiago y Juan que
dejaron a su padre Z ebedeo en la barca con los jornaleros. E sta renuncia
im plicaba una ruptura social im portante, pues la fam ilia era entonces el
grupo social básico en el que los individuos encontraban identidad, honor
y seguridad. La doble finalidad de la llamada: «ir detrás de Jesús» y «lle­
nar a ser pescadores de hombres» se irá concretando a lo largo de las tres
primeras secciones del evangelio: en esta y en la siguiente los discípulos
acom pañarán a Jesús, y sólo en la tercera éste les encargará !a m isión de
imunciar a otros la buena noticia del Reino. Estos cuatro discípulos son el
núcleo a partir del cual se form ará el grupo de los D oce y seguirán tenien­
do un protagonism o especial en algunas ocasiones (M e 5, 37; 9 ,2 ; 13, 3).

(1, 21-39] A la convocación de los prim eros discípulos sigue una in­
tensa actividad de Jesús en el marco de una jo m ad a am bientada en Cafar-
uaún. El com ún denom inador de estos pasajes es la reacción entusiasta que
suscita entre la gente, una reacción que contrasta con la oposición sistemá-
tica que encontrarán él y sus discípulos en el último cuadro del tríptico
(Me 2, 1-3, 5). Todos los episodios están am bientados en el transcurso de
una jom ada, que va desde el atardecer de un día hasta ia m añana del día si­
guiente, según com putaban los judíos la duración de un día. Las indicacio­
nes de lugar sitúan estos episodios en diversos espacios: el espacio religio­
so de la sinagoga, el espacio privado de la casa, el ám bito público de la
puerta de la casa, y un lugar solitario en las afueras de la ciudad. Esta am-
bíenlación sucesiva de la actuación de Jesús no es casual. M arcos, o al­
guien antes de él, ha querido m ostrar de este m odo que el reinado de Dios
no queda reducido a un espacio concreto, sino que llega a todos.
I ,a jo rn ad a de C afam aún se inicia con un sum ario (M e 1,21 -22) que
nm bienta la acción en un lugar religioso y en un dia de descanso ritual: el
HÚbado. En él se subraya la novedad y la autoridad de la enseñanza de Je-
:ais, contraponiéndola a la de los escribas. Esta autoridad se pone de m a­
ní lieslo en el exorcism o narrado a continuación (M e 1, 23-28). El relato
posee lodas las cm acloiíslicas propias del género: a) am bienlación y des­
228 E l evangelio tetramorfo

cripción de [a situación del poseso; b) enfrentam iento entre el exorcista y


el espíritu, que term ina con la expulsión del espíritu; y c) reacción de la
gente. Lo característico de los exorcism os es el enfrentam iento entre el
espíritu y el exorcista, enfrentam iento que constituye el centro del relato.
En este diálogo sobresale la afirm ación inicial del espíritu, que se refiere
abiertam ente a la identidad de Jesús: «sé quien eres: el Santo de Dios»
(M e l, 24). M arcos recuerda otras veces que los dem onios parecen cono­
cer a Jesús, pero él siem pre les m anda callar (M e 1, 34; 3, 11-12). Esta in­
sistencia tiene que ver con el progresivo des velam iento de la identidad de
Jesús (el llam ado secreto m esiánico). La reacción de la gente insiste so­
bre ello, porque las acciones de Jesús, que hacen presente el reinado de
Dios, acaban planteando la pregunta por su identidad.
La siguiente escena tiene lugar dentro de la casa (M e 1, 29-31), es de­
cir, en el espacio privado de la m ism a al que sólo tienen acceso los parien­
tes. Lo más significativo del relato es que la suegra de Pedro, una vez sa­
nada, se pone a servir a Jesús y a sus discípulos. El verbo «servir» describe
una acción característica de los discípulos (M e 9, 35; 1.0, 43) y de las dis-
cípulas (M e 15, 41) que siguen el ejem plo de Jesús (M e 10, 45). La casa,
que aparece con frecuencia en M arcos com o el espacio donde se reúnen
los seguidores cercanos de Jesús (M e 3, 20-21.31-35), es tam bién en esta
escena un espacio de discipulado.
La siguiente escena, en realidad un sum ario, tiene lugar a la puerta de
la casa (M e 1,32-34), es decir, en el espacio público de la casa, al que tie­
nen acceso los vecinos y conciudadanos. La función de este sum ario es
am pliar a toda la ciudad lo que Jesús ha hecho en la sinagoga y en la ca­
sa. Su actividad consiste en curar a los enferm os y en expulsar dem onios
(nótese el cambio en el vocabulario con respecto al exorcism o narrado en
la sinagoga, donde se habla de un «espíritu impuro»). Tam bién aquí se in­
siste en que Jesús no les perm itía hablar.
La últim a escena de la jo rn ada en C afarnaún está am bientada en un
«lugar solitario» fuera de la ciudad (M e 1, 35-39). Los lugares solitarios
o desiertos son en M arcos el espacio ideal para el encuentro de Jesús con
sus discípulos (M e 6, 31-32). En este caso, el encuentro tiene com o obje­
tivo explicarles el sentido de su m isión, que consiste en una constanlc
«salida»: prim ero sale (se extiende) su fam a (M e 1, 28), luego sale él de
la sinagoga ju n to con sus discípulos (M e 1, 29), m ás tarde sale de la casn
y de la ciudad (M e 1, 35). Estas diversas salidas de Jesús van marcando
un itinerario que va desde el centro a la periferia. La jo rn ad a de Jesús en
C afarnaún concluye con una referencia al anuncio inicial (M e I, 15). Lo
que Jesús ha intentado hacer a través de este conslanle «sal ir», es cumplii
aquel programa.
El evangelio según M arcos 229

[1, 39-45] El relato de la purificación del leproso constituye la tabla


central del tríptico. M ientras que la actividad precedente y posterior de Je­
sús está am bientada en Cafam aún, este episodio am plía inusitadam ente ef
horizonte geográfico de su actuación. Por un lado, el sum ario que lo intro­
duce y la conclusión del relato (M e 1, 39.45) presentan a Jesús en camino
por «toda Galilea». Por otro, aunque encarga al leproso purificado que no
diga nada a nadie y que presente una ofrenda en el tem plo de Jerusalén se­
gún lo prescrito por la ley (M e 1,44), el leproso no le obedece, sino que co­
mienza a divulgar por todas partes lo que le ha ocurrido, A través de este re­
lato, M arcos m uestra cóm o la actuación de Jesús llega a toda G alilea y
provoca una respuesta entusiasta en la gente. Este entusiasm o explica, en
parte, la reacción adversa que aparece en los siguientes episodios.

[2, 1-3, 6] La tercera tabla del tríptico está form ada, en efecto, p o ru ñ a
serie de controversias, en las que Jesús y sus discípulos discuten con los
escribas y fariseos. El tono del relato cam bia bruscam ente. En los pasajes
anteriores los interlocutores de Jesús, principalm ente la gente y aquellos
n los que sana o libera de los espíritus inm undos, se adm iran de lo que ha­
ce y le buscan. A partir de este m om ento, sin em bargo, aparecen en esce­
na diversos grupos que se oponen a él. Los tem as discutidos se refieren a
aspectos centrales de la piedad farisea: la relación con los pecadores, las
prácticas alim entarias y la observancia del sábado (cf. Me 7, 1-23). A lgu­
nos grupos de discípulos de Jesús, principalm ente en la com unidad de Je-
m salén, habían asum ido com o propias estas prácticas (Hch 11, 1-3; 15) y
es posible que el autor del evangelio haya pensado en ellos al recordar es-
ins escenas. La disposición literaria de las cinco controversias sigue la
pauta de una cuidada com posición concéntrica:

A M e 2, 1-12 S a n a c ió n P erd ó n d e io s p e c a d o s
B M e 2 , 13-17 T ra to c o n p e c a d o re s C o m id a
C M e 2 , 18-22 Ayuno
B’ M e 2, 2 3 -2 8 T ra s g re s ió n d e l sá b a d o C om er
A’ M e 3, 1-6 S a n a c ió n T ra s g re sió n d e l sá b a d o

lista disposición relaciona los diversos episodios de dos form as. En


prim er lugar, com o es habitual en las com posiciones concéntricas, existe
una relación equidistante entre los elem entos situados a un lado y a otro
ili-l elem ento central. Así, el relato de la sanación del paralítico, que pro­
voca la prim era controversia (A), está relacionado con el de ía sanación
del hombre con la mano atrofiada (A’), porque en am bos casos la contro­
versia tiene com o m otivo una sanación realizada por Jesús. Del m ismo
m odo, la eonlroversia susciUuln por la com ida do Jesús con los pecadores
230 Eí evangelio tetramorfo

(B) está relacionada con la que provoca la actuación de los discípulos al


arrancar espigas en sábado (B ’); en efecto, en am bos casos se trata de co­
m er sin ajustarse a las normas de la pureza rituai. Pero también se estable­
ce otro tipo de relación entre las controversias contiguas que tratan del
m ism o tema: A y B sobre la relación con los pecadores; B , C y B ’ sobre
las prescripciones alim entarias; B ’ y C ’ sobre el precepto del descanso sa­
bático. En esta com posición, la controversia sobre el ayuno ocupa un lu­
gar centra! y es en ella, precisam ente, donde encontram os una respuesta
más am plia y argum entada de Jesús.
Las dos prim eras controversias (M e 2, 1-12.13-17) están relacionadas
tem áticam ente. En la prim era se discute acerca del perdón de los peca­
dos y en la segunda sobre la relación con los pecadores. La respuesta de
Jesús es m uy llam ativa, pues no sólo se atribuye a si m ism o autoridad
para perdonar los pecados, sino que com parte la mesa con los pecadores,
Para entender el escándalo que supone esta form a de actuar, es necesario
situar estas escenas en su contexto. Como señalan los interlocutores de Je­
sús, los judíos pensaban que los pecados únicam ente podían ser perdona­
dos por Dios. Por otro lado, la. relación con los pecadores, y m uy especial­
m ente la com unión de m esa con ellos, im plicaba una grave transgresión
de las norm as de pureza. Por eso, al actuar así, Jesús define de una forma
nueva la relación con D ios, reivindicando para sí mismo un papel central
com o m ediador de esta nueva relación.
L a controversia sobre el ayuno (M e 2, 18-22) está relacionada con ln
anterior y la siguiente a través del tem a de la com ida. La lógica que suli-
yace es idéntica a la de la escena precedente. La com unión de m esa ern
entre los judíos, como en la m ayoría de las sociedades, una cerem onia que
servía para reforzar las fronteras de un grupo y distinguirlo de los demás,
El ayuno com partido ten ía la m ism a función. La respuesta de Jesús a la
objeción de sus adversarios consta de dos dichos independientes. El se­
gundo (M e 2, 21-22) es el que m ejor encaja con el tipo de actuación des­
crito, pues revela la novedad que ésta supone. El prim ero (M e 2, 19-20),
sin em bargo, es una explicación que parece tener presente la práctica pos­
terior de la iglesia de M arcos. La práctica novedosa de Jesús y sus discl
putos se explica por la novedad del reinado de D ios que se hace presenil-
a través de la actuación de Jesús.
Las dos controversias finales (M e 2, 23-28; 3, 1-6) tienen su origen en
com portam ientos que no respetan el precepto del descanso sabático, lin ln
respuesta de Jesús el argum ento central es que el hom bre es más imporlnn
te que el sábado. Por esta razón, Jesús se proclam a a sí m ism o Señor del
sábado. AI hacer esta afirm ación, M arcos pone en boca de Jesús un lílulo
(Hijo del hombre) que ha utilizado antes sólo un¡i v e/ puní reforzar su im
El evangelio según Marcos 231

loridad (Me 2, 10: perdón de los pecados). La observancia del descanso sa­
bático, lo m ism o que el distanciam iento de los pecadores y las prácticas
alimentarias, era una de las principales señas de identidad del judaism o fa­
riseo. Al transgredir Jesús esta norma y declararse Señor del sábado, él y
m i s discípulos (la com unidad de M arcos) se distancian claram ente de este

j-.rupo y definen de una forma nueva su propia identidad.


La sección se cierra con una reacción negativa de parte de los fariseos
que se alian con los partidarios de Herodes y toman la determ inación de
acabar con Jesús (M e 3 ,6 ). Esta determ inación contrasta con la actitud en­
tusiasta de las m ultitudes y anuncia el destino de Jesús. M arcos ha fusio­
nado de m anera adm irable las tradiciones de la vida de Jesús con el relato
de la pasión haciendo que la som bra de la cruz se proyecte sobre todo su
relato. En esta sección ha aludido a ella veladamente varias veces: m encio­
nando al com ienzo la entrega de Juan (M e 1, 14 = 14, 10); refiriéndose a
In acusación de blasfem ia contra el (M.c 2 , 7 = 14, 64); y aludiendo a los
ilias en que Jesús ya no estará con los suyos (M e 2, 20).

d) El m isterio del reinado de D ios (Me 3, 7-6, 6a)

I'. .1. A chtem eier, T ow ard the h o la tia n o f P re-M arkan M iracle C atenac. Journal o f
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Me 5, 24b~34, E stella 2 0 0 3, 2 8 1-428; G. Fay. In tro d vctio n lo Jncom prehension: The
IM crary S tru c tu re o f M ark 4 :!-3 4 \ C a th o lic B iblical Q u arlerly 51 (1989) 65-81; S.
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k rrle lg e , D ie W u n derJesu im M arkusevctngelium , M anchen 1970, 90-126.

Un nuevo sum ario, que introduce un episodio protagonizado por los


discípulos m ás cercanos de Jesús (M e 3, 7-19), señala el com ienzo de la
HCgunda sección dei evangelio que coincide con un cam bio significativo de
escenario. La acción se traslada de Cafarnaún a orillas del lago, donde ten­
drá lugar gran parte de la actuación de Jesús (M e 3, 7; 4, 1.35; 5,1 .2 1 ). En
clin se observa tam bién una progresión con respecto a la anterior desde el
punió de vista narrativo. En la sección precedente se han definido las acti-
ludes de tres grupos de personas: prim ero, los discípulos que han dejado
linio para seguir a Jesús y le acom pañan en todo m om ento com partiendo
los éxitos de su misión y las criticas que desencadena; segundo, la gente
que acoge con entusiasm o su enseñanza, sus exorcism os y sus curaciones;
V lercero, diversos grupos (m aeslm s ele la ley, fariseos, lierodianos, etc.)
232 E l evangelio tetramorjh

que se oponen a su proyecto y critican su estilo de vida. En la sección que


ahora com ienza, se define con m ayor precisión la actitud de estos grupos
con ayuda de la categoría dentro-fuera: dentro se encuentran aquellos a
quienes se ha revelado el misterio del reino de Dios y hacen la voluntad del
Padre; fuera, quienes se han cerrado a esta revelación.

L a m a y o r p a rte d e l m a te ria l re c o g id o e n e s ta se c c ió n e s tra d ic io n a l. H a y dos


b lo q u e s lite ra rio s h o m o g é n e o s q u e ta l v e z fo rm a ro n p e q u e ñ a s a g r u p a c io n e s a n ­
te s de q u e M a rc o s los in te g ra ra en su e v a n g e lio ; las p a rá b o la s a p a rtir d e las q u e
se c o m p u s o M e 4 , 1 -3 4 , y u n a c o le c c ió n d e m ila g ro s e n to rn o al la g o de G a lile a
(M e 4 , 3 5 - 5 , 4 3 ). L o s d ic h o s re u n id o s en la c o n tro v e rs ia so b re e! p o d e r d e Je sú s
(M e 3; 2 2 -3 0 ) se e n c u e n tr a n en u n a fo rm a a lg o d if e re n te en el d o c u m e n to Q , lo
cu a l s u g ie re q u e ta n to M a rc o s c o m o Q d e p e n d e n de u n a tra d ic ió n an te rio r. E s
p ro b a b le q u e la lista de lo s D o c e (M e 3, 13-19) y el re la to d e la v isita d e Je sú s a
la s in a g o g a d e N a z a re t (M e 6, L ó a ) se a n ta m b ié n tra d ic io n a le s.
El tra b a jo re d a c c io n a l d e M a rc o s se d e te c ta , en p rim e r lugar, en las su tu ra s y
s u m a rio s q u e u n e n esta s tra d ic io n e s (M e 3, 7 -1 2 .2 0 ; 4 , 1 .3 3 -3 4 .3 5 -3 6 ; 6, 1). L as
su tu ra s sitú a n ¡a a c tu a c ió n de Je sú s e n las o rilla s d el la g o , q u e es, c o m o y a h e se ­
ñ a la d o , el e s c e n a rio d o m in a n te de esta se c c ió n . L o s s u m a rio s , al ig u a l q u e en
o tro s lu g a re s d e l e v a n g e lio , tie n e n la fu n c ió n de g e n e ra liz a r lo s e p is o d io s c o n c re ­
to s q u e se n a rra n . L a a c tiv id a d re d a c c io n a l d e M a rc o s es ta m b ié n v isib le e n la
c re a c ió n d e a lg u n o s tríp tic o s ; la c o n s titu c ió n de u n a n u e v a fa m ilia (M e 3 ,2 0 - 3 5 ) ;
el re la to de la sa n a c ió n de la h ija de Ja íro y d e la h e m o rro is a (M e 5, 2 1 -4 3 ); y el
d isc u rs o en p a rá b o la s (M e 4 , 1-34).

L a sección com ienza, al igual que la precedente y la siguiente, con un


sum ario de la actividad de Jesús y una escena centrada en ios discípulos
(M e 3, 7-12.13-19), y concluye con una m anifestación de rechazo hacia
él (M e 6 , 1-óa). Entre el com ienzo y el final pueden distinguirse tres com ­
posiciones: un tríptico en el que se define la verdadera familia de Jesús (Me
3, 20-35), una instrucción com puesta principalm ente por parábolas (M e 4,
1-34) y una colección de m ilagros (M e 4, 3 5 -5 ,4 3 ).

[3, 7-19] El resum en de la actividad de Jesús y la convocación de! gru­


po de los Doce sirven de m arco a toda la sección. En estas dos escenas se
describen los dos círculos de personas que se han congregado en torno a
Jesús; uno m ás am plio: los que le siguen de todas partes; y otro m ás es­
trecho: los discípulos a los que invita a estar con él. Com parados con los
dos pasajes paralelos de la prim era sección (M e 1, 14-20), tanto uno co ­
mo otro suponen un avance en la descripción de la actividad de Jesús y en
la identificación del grupo de sus discípulos m ás cercanos.
E n el resum en de la actividad de Jesús (M e 3, 7 - 12) se repiten expre ­
siones de los sum arios de la prim era sección: le seguía m ucha genio, 110
podía moverse con facilidad, curaba y exptilsalxi espírilns inm undos ¡1 los
E l evangelio según Marcos 233

que m andaba callar porque le conocían, etc. Un dato novedoso es la pre­


sencia de los discípulos a los que se m enciona dos veces com o com pañe­
ros y ayudantes de Jesús. Llam a la atención que la gente que acude a él
venga de fuera de G alilea, dado que su actividad en los capítulos prece­
dentes ha tenido com o único escenario esta región (M e 1, 28.45); se tra­
ta, pues, de una incoherencia narrativa que podría reflejar la localización
de los grupos de discípulos a los que se dirige este evangelio. Es signifi­
cativa la m ención de num erosos lugares paganos, especialm ente de la re­
gión de Tiro que volverá a m encionarse m ás adelante (M e 7, 24.31). El
sumario concluye con un nuevo m andato de silencio (M e 1, 21.34; 3, 12)
que intensifica ¡a intriga en torno a la identidad de Jesús.
La convocación del grupo de los D oce (M e 3, 13-19) se lleva a cabo
en un monte. En M arcos, el m onte es el lugar privilegiado del encuentro
con Dios. Si exceptuam os ias referencias al M onte de los O livos, el m on­
te es el lugar donde Jesús ora (M e 6, 46) y donde se produce la transfigu­
ración (M e 9, 2-9). La presentación que el evangelista hace de los D oce,
gomo veremos, es am bigua, pues su adhesión inicial a Jesús se irá tornan­
do en incom prensión y se traducirá finalm ente en un lam entable abando­
no en el m om ento de la pasión. En esta escena, adem ás del nom bre de ca­
tín uno de ellos, se m enciona la finalidad para la que Jesús los convoca:
para que estén con él y para enviarlos a predicar con poder para expulsar
¡i los dem onios. E sta doble finalidad se encuentra ya en la llam ada de
los primeros discípulos, aunque de una form a más velada (M e 1, 17). Tan­
to en la sección precedente com o en ésta, los discípulos acom pañan a Je­
sú s en todo m om ento, pero sólo al com ienzo de la siguiente serán envia­
d os por él para predicar y expulsar dem onios (M e 6, 7-13). La estrecha
relación que existe entre los tres pasajes con que com ienza cada una de
estas tres secciones revela la relación entre ellas desde el punto de vista li­
terario y la centralidad del discipulado en esta parte del evangelio.

|3, 20-35] La escena siguiente, en la que se delim itan los contornos de


In verdadera fam ilia de Jesús, es una com posición en la que M arcos ha reu­
nido tradiciones de diversa procedencia. Con ellas ha creado un tríptico in­
troduciendo la controversia sobre el poder de Jesús entre dos escenas en
lus que intervienen sus parientes. La opinión que m ueve a éstos a buscarle
I Me 3, 21) es sim ilar a la que tienen sus adversarios (Me 3, 22.30); en am ­
bos casos se trata de una acusación contra Jesús que muestra la incompren­
sión de eslos dos grupos y los sitúa «fuera» de su círculo, que se encuen­
tra «dentro tic la casa» en la tercera escena del triplico (M e 3, 31-35).
lín la escena central (M e 3, 22-30) se cuestiona el significado y alean-
i r de una de las acciones nuís significativas de Jesús: sus exorcismos. M ar­
234 E l evangelio tetramorfo

eos narra cuatro en su evangelio (Me 1,21-28; 5, 1-21; 7 ,24-30; 9, 14-27)


mencionándolos con frecuencia en los resúm enes de la actividad de Jesús
(M e 1, 32-34; 3, 10-12.,,), La expulsión de dem onios es tam bién la prin­
cipal tarea que encarga a sus discípulos (M e 3, 15; 6, 7). Sus adversarios,
que no pueden negar estas acciones, cuestionan su significado; para ellos
son un signo claro de que Jesús actúa con el poder del Principe de los de­
monios. El responde con una serie de com paraciones que m uestran la in­
coherencia de esta acusación y revelan que actúa con el poder de Dios, Por
eso, la acusación de los escribas supone una ofensa contra el Espíritu.
En las escenas que enm arcan e! tríptico (M e 3, 21-22.31-35) se perci­
be una tensión entre la fam ilia natural de Jesús y !a nueva fam ilia que for­
man los que se encuentran en torno a él dentro de la casa. La incom pren­
sión de sus parientes, que se sienten am enazados por lo que se dice acerca
de él y van a buscarlo para llevárselo, contrasta con la de esta nueva fa­
milia cuyo rasgo más distintivo es la obediencia a la voluntad de Dios. La
intención de esta escena y de todo el tríptico es, por tanto, m ostrar cómo
se van definiendo los diversos grupos por su actitud hacia Jesús.

[4, 1-34] V iene a continuación el discurso en parábolas, en el que se


expone el m isterio del reinado de Dios. Es el centro de esta sección y una
de las pocas com posiciones en las que M arcos se detiene a presentar la
enseñanza de Jesús (la otra es el discurso de Me 13). La parte central, en­
m arcada por una introducción narrativa y una conclusión (M e 4, 1.33-34),
tiene tam bién la form a de un tríptico. Dentro de este marco, en efecto, en­
contram os al com ienzo y al final una serie de parábolas (Me 4, 2-9.26-32)
y entre ellas una serie de enseñanzas de Jesús, cuyo centro es la explica­
ción de la parábola del sem brador (M e 4, 10-25).
P ara entender el m ensaje de este capítulo es m uy im portante identifi­
car quiénes son los destinatarios de estas parábolas y enseñanzas. La pri­
m era parábola se dirige a la gente que se h a congregado en torno a Jesús
(M e 4, I). En Me 4, 11 cam bian los destinatarios, pues Jesús responde a
una pregunta que le hacen «los que están en torno a él, ju n to con los Do­
ce», es decir, el grupo de los que forman su nueva fam ilia (M e 3, 34). Es­
tos m ism os son los destinatarios de las dos enseñanzas siguientes (M e 4,
11.13,2.1.24: «les decía»). Sin em bargo, en M e 4, 26 Jesús se dirige tic
nuevo a un auditorio más am plio (M e 4 ,2 6 .3 0 : «decía»). Con frecuencia
se identifica a este segundo grupo con «los de fuera» m encionados en Me
4, 11 para quienes las parábolas tienen un efecto cegador. Si fuera asi,
existiría una contradicción con la explicación de Me 4, 33-34, donde las
parábolas tienen, más bien, una función reveladora. Sin em bargo, no exis­
te tal contradicción, porque «los de fuera», según lia explicado el ovante-
El evangelio según Marcos 235

lista en la escena precedente (M e 3, 31-35), son los parientes de Jesús y


los escribas venidos de Jerusalén, es decir, aquellos que no le entienden
ni cum plen la voluntad de Dios. Los destinatarios de las dos parábolas fi­
nales serían, entonces, los m ism os que los de la prim era parábola: la gen-
le congregada en torno a Jesús.
En el discurso se m encionan, por tanto, tres grupos. En prim er lugar,
la gente, a quien se dirigen las parábolas (M e 4, 1-9.26-34) para ayudarle
ii entender el m isterio del reinado de Dios. En segundo lugar, los discípu­

los (los que están en torno a él y los Doce), los cuales, adem ás de las pa­
rábolas, escuchan las explicaciones que Jesús les da en privado (M e 4, 10-
.?.5). Y en tercer lugar, los de fuera, para quienes las parábolas tienen un
efecto cegador porque se han negado a aceptar a Jesús y no son capaces
ile com prender, com o la gente y sus discípulos, que su p oder viene de
I )ios (en Me 3, 23 se dice que a este grupo les hablaba «en p arab o las» co ­
mo en M e 4, II).
El reinado de Dios, que es una realidad m isteriosa, se com para en tres
parábolas a la sem illa que bien cae en diversos lugares, bien crece por sí
sola o bien, siendo m uy pequeña, acaba convirtiéndose en un gran árbol
I Me 4, 4-9.26-29.30-32). Sin em bargo, estas com paraciones no bastan pa-
rii penetraren su sentido profundo. Para com prender este sentido es nece­
saria una actitud de acogida como la que tiene la gente. Más aún, para
com prender el m isterio del Reino en toda su profundidad es necesario un
don que precede a la escucha de las parábolas; es un don que viene de
Dios y que se ha concedido a los que form an la nueva fam ilia de Jesús
(Me 4, 10-11: d é d o ta ies un pasivo divino). A ellos se dirigen las enseñan­
zas que M arcos sitúa entre Sas parábolas (M e 4, 10-25), muy especialm en-
le la explicación de la parábola del sem brador (M e 4, 13-20). En ella se
tipifican diversas respuestas a Sa llamada de Jesús, respuestas que más tar­
de encam arán diversos personajes del evangelio; en concreto: aquellos a
quienes Satanás arrebata la palabra sem brada (com o Pedro en Me 8, 32b-
11); los que se escandalizan cuando llega el acoso y la persecución (co­
mo los Doce en M e 14, 27); o aquellos cuyas riquezas y preocupaciones
nliogan la palabra (com o el hom bre rico en M e 10, 17-22).

14, 3 5 -5 ,4 3 ] D espués del discurso en parábolas, M arcos narra una se­


ne ile m ilagros am bientados en los airededores del lago. Las suturas re-
ilnccioiuiles que los unen los sitúan con precisión en diversos m om entos
ilc una travesía que com ienza en la orilla occidental (G alilea), va a la ori-
ll¡i oriental (D ecápolis) y regresa de nuevo a !a orilla occidental (M e 4,
5, 1.2 1). Todos los m ilagros narrados tienen en com ún el hecho de es-
luí relacionados con lugares o personas que eran considerados impuros: el
236 El evangelio tetramorfo

mar, un endem oniado que vive entre los sepulcros, una niña m uerta y una
m ujer con flujo de sangre.
El prim er relato com ienza con la orden de «pasar a !a otra orilla». Jesús
y sus discípulos abandonan a la gente y se hacen a la m ar (Me 4, 35-41). El
m ar aparece personalizado, pues Jesús le m anda callar, lo m ismo que al en­
dem oniado de la sinagoga (M e 4, 39 = 1, 25). Ésta es la prim era de una se­
rie de travesías (M t 6, 45-52; 8,1 3 -2 1 ) en las que se irá manifestando cada
vez con más claridad la incomprensión de los discípulos y los reproches de
Jesús por esta incapacidad para com prender el significado de su actuación.
En esta prim era escena, Jesús les reprocha su falta de fe, una actitud cerca­
na a la de sus parientes y paisanos (M e 6, 6a), que contrasta con la fe de la
m ujer con flujo de sangre y con la de Jairo (M e 5, 34.36).
La siguiente escena com ienza con una nueva referencia a la travesía.
Jesús y sus discípulos han llegado a la otra orilla, es decir, al territorio de
la D ecápolis (M e 5, 1-20). La escena describe con gran detalle un nuevo
exorcism o, que contiene todos los elem entos de este tipo de relatos (cf. el
com entario a Me 1, 21-28). M ateo y Lucas lo abreviarán en sus respecti­
vas versiones, pero a M arcos le interesan los detalles que am bientan el
episodio en un contexto de im pureza ritual: el endem oniado vive entre las
tum bas, los espíritus inm undos son enviados a los cerdos y estos se arro­
ja n al mar. Jesús entra en contacto con todo este am biente de impureza,
pero no se contam ina. La fuerza de su palabra devuelve al endem oniado
su dignidad (M e 5, 15: «sentado, vestido y en su juicio»). A unque se lo pi­
de insistentem ente, Jesús no le perm ite unirse al grupo de los Doce, pero
le envía a anunciar lo que el Señor h a hecho con él. Se convierte de esto
m odo en el prim er m isionero enviado por Jesús (antes que los Doce) a te­
rritorio no judío.
La últim a escena se inicia con una nueva referencia a la travesía. L!
paso a la otra orilla sitúa a Jesús y a sus discípulos de nuevo en territorio
ju d ío (M e 5, 21-43). El relato incluye una escena dentro de otra form an­
do un tríptico. En ellas Jesús devuelve a la vida a u na niña m uerta y san¡i
a una m ujer con flujo de sangre. En ambos casos se trata de m ujeres que,
por diversos motivos, eran consideradas im puras. M arcos ya h a contado
otras sanaciones realizadas por Jesús (M e 1, 30-31; 2, 1-12; 3, 1-6), pero
este relato es más elaborado. Sigue el m odelo de los relatos de sanación:
a) descripción de la enferm edad y de la im posibilidad de ser curada; b) in ­
tervención del sanador; c) constancia de la sanación y reacciones. Sobre
este fondo com ún resalta la fe de los que se dirigen a Jesús. La alabanzu
que él hace de la m ujer (M e 5, 34), lo mismo que In exhortación que diri
ge a Jairo (M e 5, 36), contrastan con la actitud de los discípulos y de los
fam iliares de Jesús (M e 4, 40; 6, 6a).
El evangelio según Marcos 237

[ó, 1-6a] La sección concluye, com o la anterior, con una escena en la


que aparece en prim er plano el rechazo hacia Jesús. Q uienes ahora le re­
chazan no son los fariseos y los herodianos (M e 3, 6), sino sus propios
paisanos y parientes. Resulta evidente la relación con el tríptico en que Je­
sús se distancia de sus fam iliares y convoca una nueva fam ilia (M e 3, 20-
35), porque reaparece la pregunta acerca del origen de su autoridad. Sus
familiares más cercanos, sus paisanos y parientes, cuestionan su honor, co­
mo él m ism o reconoce en su respuesta (átim os = sin honor); pero M arcos
lia explicado ya que el honor de Jesús no procede de su fam ilia, sino de
su filiación divina y de su iniciación ju nto a Juan B autista (cf. el com en-
iario a M e 1, 1-15). La falta de fe de todos ellos los sitúa fuera del m iste­
rio del reinado de D ios y los convierte en un m odelo negativo para los
lectores del evangelio.

e) E l banquete del reinado de Dios (M e 6, 6b-8, 30)

!’ J. A chtem eier, T n w a r d th e I s o la t io n o f P r e - M a r k a n M í m e le Catenae'. Journal o f Bi-


Itlical L iteratu re 89 (1970) 2 6 5 -2 91 ; C. F ocan t, L a fo n c tio n n a r r a t i v e d e s d o u b le t s
d itn s ¡a s e c t io n d e s p a in s ( M e 6, 6b-S, 26), en F. van S eg b ro eck y otros (eds.), T h e
t 'o n r G o s p e ls 1992, L euven 1992, 1039-1063; K. K ertelge, D i e W under J e s u im M a r -
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N nvura T estam entum 28 (1986) 104-130; E. K., W efald, T h e S e p a r a le G e n tíie M is s io n
in M a r k : A N a r r a t i v e E x p la n a t io n o f M a r k a n G e o g r a p h y , th e T w o F e e d in g A c c o u n ts
a n d E x o r c is m s : Jo u rn al for the S tudy o f the N ew T estam cn t 60 (1995) 3-26.

Al igual que las dos precedentes, esta tercera sección com ienza con un
sumario de la actividad de Jesús (M e 6, 6b) y un pasaje protagonizado por
los discípulos (M e 6, 7-13). Su rasgo m ás característico es que el vocabu­
lario relacionado con el pan (pan, m igajas, com er, hartarse, com ida, etc.)
es llam ativam ente abundante y encierra un significado que los discípulos
son invitados a descifrar. D esde el punto de vista narrativo, desaparecen
c u s í por com pleto los que rechazaban a Jesús y no entendían el m isterio

<ld Keino (los escribas y fariseos, sus parientes y paisanos). Los discípu­
los y la gente, en grupo o individualm ente, ocupan ahora, ju n to a Jesús, el
iviilm del relato. La gente que le sigue continúa teniendo un papel em i­
nentem ente receptivo, pero los discípulos van adquiriendo progresiva-
iiinile un mayor protagonism o: son enviados por Jesús, actúan com o in­
term ediarios suyos cotí la genle y están con más frecuencia a solas con él.
A posar de ello, es ahora cuando com ion/u a m anifestarse su incapacidad
puní com prender el sentido de lu ncluiu-iún de Jesús.
238 E l evangelio íeframorjb

A lg u n o s in d ic io s h a c e n p e n s a r q u e esta se c c ió n del e v a n g e lio h a e x p e rim e n ­


tad o un c o m p le jo p ro c e so d e c o m p o s ic ió n . A l h a b la r d e las d iv e rsa s e d ic io n e s del
e v a n g e lio , he m e n c io n a d o el h e c h o so rp re n d e n te d e q u e una b u e n a p a rte de estos
c a p ítu lo s, la Mamada se c c ió n d e B e tsa id a (M e 6, 4 5 - 8 , 2 6 ), n o te n g a p a ra le lo e n el
E v a n g e lio d e L u cas. E sta s e c c ió n , q u e re c ib e tal n o m b re p o rq u e c o m ie n z a y te r ­
m in a e n B e tsa id a , c o n tie n e a lg u n o s d u p lic a d o s c o n re sp e c to al resto del ev an g elio
(tra v e s ía p o r el lag o , m u ltip lic a c ió n de los p a n e s , sa n a c ió n d e un c ie g o ), incluy o
d o s re la to s de sa n a c ió n m u y p e c u lia re s (el del so rd o m u d o y el del cieg o d e B e tsa i­
d a ) y tie n e un v o c a b u la rio q u e n o es c o m ú n en el re sto d e l ev an g elio . P artie n d o de
e sto s d a to s se h a su g e rid o q u e p u d o h a b e r sid o in c lu id a en u n a ed ició n del E v an ­
g e lio d e M a rc o s p o s te rio r a la q u e co n o c ió L ucas,
S e g ú n e s ta h ip ó te sis , en la v e rsió n d e M a rc o s q u e c o n o c ió L u cas, a la p rim e ­
ra m u ltip lic a c ió n de Sos p an es h a b ría se g u id o la e s c e n a e n la q u e J e sú s p re g u n ta ­
ba a su s d is c íp u lo s so b re su id e n tid a d (M e 6 , 3 2 -4 4 y 8, 2 7 -3 0 ). S in e m b a rg o , es
m u y p o sib le q u e el re la to d e la p rim e ra m u ltip lic a c ió n de los p a n e s y el d e la tra­
v esía p o r el lago se h a y a n tra n s m itid o ju n to s e n la tra d ic ió n o ral, p u e s es así c o ­
m o a p a re c e n e n Jn ó , L 2 1 , M á s aú n , ta n to en M a rc o s c o m o en Ju a n , e s ta s d o s e s­
c e n a s d e s e n c a d e n a n u n a d is c u s ió n q u e c o n c lu y e co n u n a c o n fe sió n d e fe p o r
p arte de P ed ro en n o m b re d e ios d e m á s d isc íp u lo s (M e 8, 2 7 -3 0 ; Jn 6, 6 6 -6 9 ). L os
d e s a rro llo s de e s ta s d is c u s io n e s en lo s d o s e v a n g e lio s so n m u y d istin to s y, e n u!
ca s o d e Ju a n , m u y c a r a c te r ís tic o s del e s tilo d el e v a n g e lis ta . P ero en a m b o s re la ­
to s se p u e d e id e n tific a r la m ism a se cu en cia:

M u ltip lic a c ió n d e lo s p a n e s M e 6, 3 2 -4 4 J n 6, 1-14


T ra v e s ía p o r el la g o M e ó , 4 5-51 Jn 6, 15-21

C o n fe s ió n d e fe de P ed ro M e 8, 2 7 -3 0 Jn 6, 6 6 -6 9

L a p re g u n ta de Je sú s a lo s d isc íp u lo s y la re s p u e s ta d e P e d io tie n e n m á s sentí


d o en esta s e c u e n c ia q u e e n la v e rsió n actual de M a rco s, p ues ta n to la m u ltip lic a ­
ció n de lo s p an es c o m o la tra v e sía del lag o so n relato s d e re v e la c ió n y p la n te a n im ­
p líc ita m e n te la p re g u n ta q u e Je sú s h a c e e x p líc ita en e l e p is o d io d e C e sa re a tic
F ilip o , c o sa q u e no o c u rre d e fo rm a ta n c la ra e n el la rg o d e sa rro llo q u e con fig u ra
la se c c ió n de B e tsaid a. L a v e rsió n d e M a rco s q u e c o n o c ió L u c a s p o d ría h a b e r co n ­
te n id o esta se c u e n c ia q u e ta m b ié n co n o c ió y d e sa rro lló Ju a n . L u cas, a u n q u e su p ri­
m ió el e p is o d io d e la tra v e s ía p o r el lag o , situ ó la e s c e n a d e la m u ltip lic a c ió n do
los p an es no en un lu g a r d e s ie rto , c o m o M a rc o s , sin o e n B e ts a id a (L e 9, 10). De
es te m o d o e v o c a b a la tra v e s ía q u e h a b ía su p rim id o , in tro d u c ie n d o e n su lu g a r mui
b re v e e s c e n a en la que J e sú s o ra a so la s an te s de p re g u n ta r a su s d isc íp u lo s acerca
d e su id e n tid a d (L e 9, 18a).
E n u n a e d ic ió n p o s te rio r d e M a rc o s, la q u e M a te o c o n o c ió y u tiliz ó , e s la se
c u c n c ia in ic ia l se h a b ría a m p lia d o con u n a se rie d e e p is o d io s q u e c o n fig u ra n alio
ra la « se c c ió n d e lo s p a n e s» . L a p re se n c ia d e v a rio s re la to s d e m ila g ro en esln scc
c ió n h a h e c h o p e n s a r q u e fu e c o m p u e s ta a p a rtir d e una c o le c c ió n d e m ila g ro s,
p ero , a d ife re n c ia d e los c u a tro re la to s q u e h e m o s v is lo cu la se cció n p rc c c tlc n lc
(M e 4 , 35 5, 4 3 ), los d e ésta n o e slá n km esli'ccliim iciilc re la c io n a d o s eiilrc si. I.n
E l evangelio según Marcos 239

a m p lia c ió n de la p rim e ra e d ic ió n p o d ría se r, m á s p ro b a b le m e n te , o b ra d e un re ­


d a c to r q u e q u iso s u b ra y a r la in c a p a c id a d de io s d isc íp u lo s p a ra c o m p re n d e r. P a ­
ra c o m p o n e rla é s te h a b ría u tiliz a d o e p is o d io s c o n s e rv a d o s e n la tra d ic ió n o ral, c o ­
m o la d isc u sió n d e J e sú s c o n lo s fa ris e o s y lo s m a e s tro s d e la L e y (M e 7, 1-13) y
el relato d e la s iro fe n ic ia (M e 7, 2 4 -2 7 ), q u e h a b ría u n id o a tra v é s d e su tu ra s y s u ­
m ario s co n o tro s e p is o d io s c o n s tru id o s a p a rtir de re la to s p re c e d e n te s , c o m o la s e ­
g u n d a m u ltip lic a c ió n y la se g u n d a tra v e s ía (M e 8, 1-21), y o tro s c u y a p ro c e d e n ­
cia es m á s d ifíc il d e te rm in a r, c o m o la c u ra c ió n de! so rd o m u d o (M e 7, 3 2 -3 7 ) y la
del c ie g o d e R e tsa id a (M e 8, 2 2 -2 6 ).

El com ienzo de esta sección, form ado com o en las precedentes por un
sumario de la actividad de Jesús y una escena protagonizada por los dis­
cípulos (M e 6, 6 b - 13), se alarga hasta el regreso de los enviados (M e 6,
30-31) que da paso a la llam ada sección de los panes (M e 6, 3 4 -8 , 26),
lodo un am plio desarrollo narrativo que tiene com o eje dos relatos m uy
semejantes en los que Jesús reparte el pan a las m ultitudes (M e 6, 34-44;
K, I -10). La conclusión es, nuevam ente, una escena en la que aparece una
reacción frente a él, en este caso de los discípulos y sobre todo de Pedro,
cuya incom prensión se pone de m anifiesto en el hecho de que Jesús les
prohíba hablar a nadie acerca de él (M e 8, 27-30).

| 6, 6b-32] El sum ario inicial es m ucho más breve y conciso que los de
las secciones precedentes, pero cum ple la m ism a función, pues sirve para
iimbientar la escena en la que Jesús reúne a sus discípulos para darles ins-
Imcciones sobre la misión que han de realizar. Este breve sumario, en elec-
lo, presenta a Jesús en térm inos muy parecidos a los que utiliza para des­
cribir la actividad de los discípulos enviados por él (M e 6, 6b.30: enseñar).
I;1 envío de los Doce (M e 6, 7-13) está relacionado con la llam ada de
l os prim eros discípulos (M e 1, 16-20) y la constitución del grupo (M e 3,
11 19). Entre estos pasajes hay una progresión clara. En el prim ero y en
el segundo la llam ada de Jesús tiene una doble finalidad: seguirle/estar
c o n él y convertirse en pescadores de hom bres/enviaríos a predicar. Sin
em bargo, a lo largo de los capítulos precedentes los discípulos sólo han
in ilizado la prim era tarea: han acom pañado a Jesús, han sido testigos de
mis acciones y han recibido sus enseñanzas. D espués de esta larga prepa-
i l i c i ó n , Jesús les encom ienda una m isión. Al igual que ocurre en las dos
M a r i o n e s precedentes, este pasaje sobre los discípulos es el que m arca el
l i m o do la sección. Si en la prim era sección se trataba de la respuesta a la
imviUición de Jesús, y en la segunda de la definición del grupo de los su-
v o s , en esta el tema central es la m i s i ó n .
1,a escena d e l en v ío de los d iscípulos forma un tríptico con las dos s¡-
l'ineiitüs: la noticia sobre la miietlc de Ju an Hautisla ( Me 6, 14-29) y el re­
240 E l evangelio tetramorfo

greso de los enviados (M e 6, 30-32), E sta últim a escena fue com puesta
por el evangelista para elaborar dicho tríptico. M arcos relaciona así la
m uerte de Juan con la m isión de los discípulos, lo m ism o que antes había
relacionado el com ienzo de la m isión de Jesús con el arresto de Juan (Me
1, 14). Por otro lado, la inserción del relato del m artirio de Juan entre el
envío y el regreso de los discípulos crea una pausa en la narración de la
actividad de Jesús, esperando a que los discípulos puedan volver a estar
con él para ser testigos de lo que hace y dice.
En la prim era escena se pueden distinguir la noticia sobre el envío.(¡Vlc
6, 7), las instrucciones para la misión (M e 6, 8-11) y la actividad de los
enviados (M e 6, 12-13). La parte central posee un tono diferente al mar­
co narrativo y contiene recom endaciones m uy parecidas a las de Q 10, 2-
12, lo cual indica que am bas dependen de una antigua com posición de di­
chos de Jesús. El marco narrativo, sin em bargo, parece reflejar el punto de
vista del evangelista sobre la misión. Esta consiste en predicar la conver­
sión, realizar exorcism os y curar a los enferm os (M e 6, 12-13), es decir,
en realizar el m ism o tipo de acciones que Jesús ha realizado.
La escena central está construida a partir de dos tradiciones: un breve
apotegm a, en el que se reflejan diversas expectativas populares sobre Je­
sús (M e 6, 14-16), y el relato popular de la m uerte del Bautista (M e ó , 17-
29). La versión m arquiana de este último episodio difiere notablem ente de
la del historiador judío Flavio Josefo, según el cual, la m uerte de Juan tu­
vo, ante todo, una m otivación política. A ntipas tem ía que la predicación de
Juan soliviantara a las m asas contra él por haber desencadenado un enfren­
tam iento con sus vecinos nabateos. De hecho, la gente llegó a pensar que
la derrota de las tropas de A ntipas había sido un castigo por la muerte del
Bautista (Ant. 18, 109-119). La versión de M arcos nada dice acerca de es­
tas circunstancias. Es un relato de carácter popular, que se recrea en los de­
talles pintorescos y hace responsable de la m uerte de Juan a H erodías, no
a Herodes, que hubiera querido evitarla.
El regreso de los discípulos (M e 6, 30-32) describe la m isión que han
realizado de form a muy parecida a la de Jesús (M e 6, 6b: enseñando; Me
6 ,3 0 : lo que habían enseñado). La imposibilidad de hallar un lugar tranqui­
lo testim onia el eco que han encontrado; en cuanto a la dificultad para a i
mer, introduce la sección siguiente, centrada en el pan y la comida.

[6, 33-8, 26] U na breve sutura redaccional, en la que se cuenta cómo


la gente siguió a Jesús y sus discípulos a un lugar tranquilo (M e 8, 33), re­
laciona el tríptico precedente con la llamada «sección de los panes» (Me
6, 3 4 -8 , 26). La insistencia en el pan y la com ida, la abundancia de cura
d o n e s y sobre todo la necesidad de que los discípulos endeudan, son al^u
£7 evangelio según Marcos 241

nos de sus rasgos peculiares. En estos capítulos hay, en efecto, dos m ulti­
plicaciones de los panes (M e 6, 34-44; 8,1 -1 0 ), y entre am bas el pasaje so­
bre la m anera de com er de los discípulos que desencadena una discusión
de Jesús con los fariseos y maestros de ¡a ley venidos de Jerusalén (M e 7,
1-13). D espués de cada uno de estos tres episodios se encuentran sendas
escenas en las que Jesús está a solas con sus discípulos y les reprocha su
incapacidad para com prender el significado de su actuación (M e 6, 52; 7,
I K; 8, 17-21). La prim era y la tercera escena tienen lugar en el marco de
una travesía por el lago y la-segunda en la casa; pero en las tres Jesús se en­
cuentra a solas con sus discípulos antes de dirigirse de nuevo hacia la gen-
lc para realizar algunas sanaciones. En los tres casos se observa por tanto,
la misma secuencia: comida - explicación - sanaciones:

P r im e r a s e c u e n c ia S e g u n d a s e c u e n c ia T e r c e r a s e c u e n c ia
M e 6, 3 4 - 5 6 M e 7, 1 - 3 7 M e 8, 1 - 2 6

J e s ú s y l a g e n te M ultiplicación de L os discípulos co­ M u ltip licació n de


(c o m id a s ) los pan es (doce m en sin lavarse los p an es (siete es­
canastos) las m anos. D iscu­ pu ertas)
sió n con lo s fa ri­ L os fariseos piden
seos y enseñan za un signo
M e 6, 34-44 M e 7, 1-15 M e 8, 1-12

J e s ú s y lo s d is ­ E ncuentro en ei E xplicación en la T ravesía p or el


c íp u lo s lago casa lago
M e 6, 45-52 M e 7, 17-23 M e 8, 13-21

J e s ú s y la g e n t e D iversas san a­ E x o rcism o y S anación


(s a n a c io n e s ) ciones sanació n
M e 6, 53-56 M e 7, 24-33 M e 8, 22-26

l ,a prim era secuencia com ienza constatando la situación de las m ultitu­


des que, a pesar de la m isión de los discípulos, se encuentran «com o ove­
jas sin pastor». Los discípulos piden a Jesús que los despida para que bus­
quen alim ento en otra parte, pero él los invita a proporcionárselo ellos
ni ¡sinos, renovando así, con otras palabras, la m isión que les había enco­
mendado. La respuesta dubitativa de los discípulos hace que Jesús inter­
venga mandándoles distribuir los panes disponibles después de realizar una
m tíc tic gestos muy parecidos a los que más tarde realizará en la últim a ce­
rní (M e 14, 22: pronunció la bendición, los partió y se los dio). Los discí­
pulos son también lo.s encargados de recoger las sobras, que dejan constan­
cia de lo sucedido. La travesía por el lago, en la que contunden a Jesús con
un lanlasma, concluye con un com enlnrio sorprén de m e del narrador acer­
242 FJ evangelio teíramorfo

ca de la actitud de los discípulos: «y es que no habían com prendido lo de


los panes» (M e 6, 52); una actitud que contrasta con la de la gente, que re­
conoce a Jesús, corre a su encuentro y le lleva los enfermos y necesitados.
Jesús, no los discípulos, es el pastor de este pueblo necesitado.
La segunda secuencia com ienza tam bién con una com ida, en este ca­
so de los discípulos, que provoca una discusión entre Jesús y los fariseos
y m aestros de la ley venidos de Jerusalén. Esta discusión, suscitada por un
detalle en cierto m odo secundario (com er sin lavarse las manos), da lugar
a una enseñanza de Jesús acerca de lo que contam ina al hombre. Esta en­
señanza, dirigida inicialm ente a la gente (M e 7, 14-15), Jesús se la expli­
ca coñ detalle a los discípulos en la casa, declarando puros todos los ali­
m entos (M e 6, 17-23). En el episodio que sigue, Jesús se encuentra con ia
petición de una m ujer pagana para que expulse un dem onio de su hija. La
conversación entre ellos es sorprendente, pues no trata sobre la sanación,
sino sobre el pan y sobre quiénes son dignos de él. A unque a prim era vis­
ta parecen escenas desconectadas, la relación entre la instrucción de Jesús
a los discípulos y este relato es muy estrecha., pues era precisam ente ia
distinción entre alimentos puros e impuros lo que im pedía la com unión de
m esa entre judíos y paganos. Esta conversación subraya e¡ valor sim bóli­
co del pan en esta sección. No se trata, en absoluto, del pan m aterial, si­
no de otra cosa, y por eso los discípulos (y los lectores) son invitados a
com prender. La secuencia se cierra, todavía en territorio pagano, con la
sanación de un hom bre sordo y m udo, hecho que evoca la actuación sal-
vifica de Dios (ls 35, 5-6).
La tercera secuencia tiene una estructura paralela a la prim era y presu­
pone la enseñanza de la segunda. Com ienza con una nueva multiplicación
de los panes que es más concisa y tiene matices propios: es Jesús quien
constata la situación de la gente, sus gestos no se parecen tanto a los de la
última cena, se recogen siete cestos, etc. Sigue una nueva travesía por el la­
go, pero ahora Jesús va con los discípulos. Es una escena clave para com ­
prender el sentido de la sección de los panes. En ella se evoca la discusión
con los fariseos y se constata que los discípulos siguen con el corazón em­
botado; debido a su falta de entendim iento, se han situado fuera del círcu­
lo de Jesús, pues se parecen a aquellos que eran incapaces de com prender
los m isterios del reinado de Dios (M e 8, 18 = 4, 12). N o han entendido el
significado de las dos m ultiplicaciones de los panes y su situación es muy
parecida a la del ciego de B etsaida con que concluye la sección.
Entre las tres secuencias hay una progresión, que se advierte com pa­
rando las dos m ultiplicaciones. La primera, que tiene lugar en territorio de
Israel, se caracteriza p o ru ñ a term inología judía: bendecir, doce canastos,
La segunda, que acontece en territorio pagano, evoca la misión a los pa
E l evangelio según Marcos 243

ganos (cuatro mil, siete espuertas). Las referencias num éricas son im por­
tantes, pues en la última travesía parece que la clave para entender lo que
significan los panes es com prender el significado de estos núm eros (M e
N, 19-21). Entre ¡as dos m ultiplicaciones se halla la instrucción de Jesús
sobre lo puro y lo im puro, que ju stifica el reparto del pan entre los paga­
nos. Lo que los discípulos han de entender es que el banquete del Reino,
que se ha ofrecido en prim er lugar a Israel (D oce), ahora se ofrece tam ­
bién a los paganos (Siete). Siete, en efecto, es un núm ero que en la tradi­
ción cristiana suele identificarse con las com unidades cristianas de origen
helenístico (Hch 6, l-ó). M arcos parece estar evocando aquí el problem a
de la com unión de m esa entre judíos y paganos, un problem a que fue de­
term inante en la actividad m isionera de las prim eras com unidades cristia­
nas (Gal 2, 11-14, Hch 11, 1-18). Esta referencia explicaría la inserción de
la sección de los panes después del envío de los discípulos.

[8, 27-30] La sección se cierra, com o las dos precedentes, con una es­
cena en la que aparece una actitud negativa hacia Jesús. En torno a é! se ha
ido estrechando poco a poco el círculo de la incom prensión. Primero fue­
ron los fariseos y herodianos (M e 3 ,6 ), luego sus parientes y paisanos (Me
íi, 1-6a), ahora son sus propios discípulos, cuya falta de entendim iento ha
quedado patente en la sección de los panes. Jesús les pregunta sobre lo que
la gente piensa acerca de él (cf. M e 6, 14-16). A los ojos de los discípulos,
estas afirmaciones, que reflejan una visión popular de Jesús, son insuficien­
tes. Por eso Pedro, haciéndose portavoz de lo que piensan los dem ás, afir­
ma que Jesús es e! Ungido, el Mesías. Esta es la imagen de Jesús a la que
han llegado tras acom pañarle durante su m inisterio en G alilea. A prim era
vista es una respuesta acertada, porque coincide con ¡o que el narrador ha­
bía dicho acerca de Jesús al com ienzo del relato: «Com ienzo de la buena
noticia de Jesús, M e sías...» (M e 1, 1). Sin em bargo, la reacción de Jesús
deja perplejos a los discípulos y también a los lectores y oyentes del evan­
gelio; «Los increpó (com o si de espíritus inmundos se tratase) para que no
hablaran a nadie acerca de él» (M e 8, 30). Esto significa que su respuesta
no es adecuada o es incom pleta y que, tanto los discípulos com o los lecto­
res, deben seguir con Jesús si quieren conocer su verdadera identidad.

I I 1',! cam ino del H ijo d el hom bre (M e 8 ,3 1 -1 0 , 52)

<¡ I >mil/cnberg, Elija im Markusevangelium , en F. van S egbroeck y otros (eds.), F o u r


( ihv/m'/a ¡ W 2 , l.o u vain IW 2 , 1077-1094; M . M. Faierstein, W h y D o th e Scribes S o y
Ih n l EUjtth M u s í C o m o F ir s t : Journal o f llihlicnl Literature 100 (198!) 75-86; V. Fus-
cu, l ’o v t ' i i t i c .vi i/ííc/íi; l. t ! ¡ n - r ii n / ic x i r t u t í r r a th ’Ua v lih u iM la / /e l ricco; Me 1 0 : / 7 - 3 ! ,
Mn'sciit l lW I; S. (¡nijriiTo (>|WI<>, .A'.w/.v i s u s / ir iu ic m s i li s r i p n l o s , líslctln 2007, 123-
244 E l evangelio tetram orjo

143; E. H aenchen, D i n K o m p o s iiio n v o n Ai k 8 : 2 7 - 9 : 1 i m d P a r . : N ovuin Testam entum


6 (1963) 81-109; J. P. Heil, T h e T r a n s fig u r a t io n o f J e s ú s . N a r r a t iv e M e a n in g a n d F u ñ e -
t io n q f M a r k 9 :2 - 8 , M a t t 1 7 : 1 - 8 a n d L u k e 9 : 2 8 - 3 6 , R om a 2000; E. M anicardi, H c a m -
m in o d i G e s ii n e l V d n g e lo d i M a r c o . S c h e m a n a r r a t iv o e te m a c r is to ló g ic o , R om a 1981;
J. M arcus, M a r k 9 : 1 1 - 1 3 : A s i t H a s B e e n W r itte n : Z eitsehrift ftir die neuíestam entliche
W issenschaft 80 (1989) 4 2-63; A, de M ingo K am inouchi, B u l I t h N o t S o a m o n g Yon.
E c h o e s o f P o w e r in M a r k 1 0 :3 2 - 4 5 , L ondon 2003; G . Sírecker, T h e P a s s io n a n d R e -
a u r r e c t io n P r e d ic ü o n s in M a r k ’s G o s p e l: Iníerpretation 21 (1968) 421-442.

La escena con que concluye la sección precedente sirve, al mismo


tiem po, para introducir esta nueva sección. Según la preceptiva literaria
antigua, la transición entre las partes de una obra debía hacerse con sua­
vidad, evitando los cam bios bruscos. Eso es, precisam ente, io que encon­
tram os en este punto del relato de M arcos. El episodio de C esarea de Fi-
lipo incluye, de hecho, la pregunta que Jesús plantea a los discípulos (Me
8, 27-30) y las dos instrucciones que vienen a continuación (M e 8, 31-33
y 8, 3 4 -9 , 1). Sin em bargo, existe un corte fácilm ente ap reciab le entre
la prim era parte de la escena, que concluye con la prohibición de hablar
acerca Jesús (M e 8, 30), y la segunda, que inicia una instrucción acerca
de su destino de m uerte (M e 8 ,3 1 ). A unque en los capítulos precedentes
han aparecido ya algunas alusiones a su destino sufriente (Me l, 14; 2 ,2 0 ;
3, 6, etc.), esta instrucción coloca en prim er plano 1a pasión, orientando
así el relato hacia su final.
L iterariam ente, esta nueva sección está delim itada p o r una inclusión
que sitúa la actuación de Jesús «en el cam ino» (M e 8 ,2 7 ; 10,52). Esta re­
ferencia al cam ino tanto al com ienzo com o al final resulta significativa,
porque todas las alusiones de M arcos al cam ino de Jesús se encuentran en
estos capítulos (9, 33-34; 10, 17.32.46). M arcos insiste en ello, porque Je­
sús se encuentra en cam ino de una m anera diferente a como lo ha estado
anteriorm ente. A dem ás, en esta nueva etapa, m uchos de los personajes
que han aparecido en las secciones anteriores pasan a un discreto segun­
do plano, dejando todo el protagonism o a los discípulos, a quienes Jesús
instruye sobre su inm inente pasión en Jerusalén y sobre las exigencias del
discipulado. Todos estos elem entos configuran una nueva sección que se
distingue claram ente de las precedentes y tam bién de la siguiente, am ­
bientada en Jerusalén.

E n su fo rm a ac tu a l, esta se c c ió n es, m u y p ro b a b le m e n te , u n a c o m p o s ic ió n del


e v a n g e lis ta q u e a b o rd a en este m o m e n to la p re g u n ta c la v e d e su re la to ; ¿ q u ié n es
v e r d a d e r a m e n te J e s ú s ? S in e m b a rg o , p a ra c o m p o n e rla ha u tiliz a d o n u m e ro so »
e le m e n to s tra d ic io n a le s. L os a n u n c io s d e la p a s ió n p o d ría n s e r v a ria c io n e s d e un»
m is m a tra d ic ió n , c u y o te n o r o rig in a l se p e rc ib e m e jo r e n el se g u n d o de e llo s (M i'
9, 3 1 b ). L as in s tru c c io n e s so b re el s e g u im ie n lo y o lrn s ensL-rtanm s, q u e v ien en
El evangelio según Marcos 245

d e s p u é s d e lo s a n u n c io s , a g ru p a n d ic h o s d e J e s ú s q u e p r o c e d e n a s im is m o d e la
ira d ic ió n o ral (M e 8, 3 4 - 9 , 1; 9, 35, e tc .). T a m b ié n s o n tr a d ic io n a le s lo s a p o te g ­
m as y c o n tro v e rs ia s q u e se in c lu y e n e n d iv e rso s m o m e n to s (M e 9, 3 8 -4 0 ; 10, 2 -
9), a s í c o m o lo s c u a tro re la to s: la tr a n s f ig u ra c ió n (M e 9, 2 -8 ); el j o v e n p o s e íd o
(M e 9, 17-27); el h o m b re ric o (M e 10, 17-27) y el c ie g o de J e ric ó (M e 10, 4 6 -5 2 ).
Se tr a ta de m a te ria le s m u y d iv e rs o s e n tre sí. N o e n c o n tra m o s aq u í a g ru p a c io n e s
h o m o g é n e a s , c o m o e n lo s c a p ítu lo s p r e c e d e n te s ( c o n tro v e rs ia s , p a rá b o la s , e tc .),
sin o tra d ic io n e s su e lta s c o n las q u e se ha fo rm a d o u n a c o m p o s ic ió n o rig in a l. T an
só lo en e l c aso de la e n s e ñ a n z a q u e s ig u e al s e g u n d o a n u n c io d e fa p a s ió n , m á s
e x te n s a q u e las p r e c e d e n te s , p o d ría p e n s a rs e q u e M a rc o s c o n tó c o n u n a c o m p o ­
sic ió n q u e in c lu ía in s tru c c io n e s so b re las re la c io n e s d o m é s tic a s (M e 10, 2 -3 0 :
m a trim o n io , n iñ o s, p ro p ie d a d e s), p ero ta m b ié n e s p o s ib le q u e e s ta a g ru p a c ió n te ­
m á tic a se a o b ra su y a .
L a la b o r re d a c c io n a l d e l e v a n g e lis ta en e sto s c a p ítu lo s ha sid o , p o r ta n to , m u y
n o tab le. A él s e d e b e la e s tru c tu ra en tre s p a rte s , q u e p iv o ta so b re lo s tre s a n u n ­
c io s d e la p a s ió n , y la a rtic u la c ió n d e las d iv e rs a s tra d ic io n e s q u e c o n f re c u e n c ia
van se g u id a s d e u n a e x p lic a c ió n d irig id a a los d isc íp u lo s . E n e s ta s e s c e n a s e x p li­
ca tiv a s y en la s s u tu ra s q u e las u n e n a las tra d ic io n e s a n te rio re s se e n c u e n tra n n u ­
m ero so s r a s g o s d e l e s tilo d e M a rc o s , q u e y a h e m o s id e n tific a d o e n los c a p ítu lo s
p rec e d e n te s ( v o c a b u la rio , tem as, e tc .), lo c u a l c o n firm a q u e esta se c c ió n fu e c o m ­
p u e s ta p o r el e v a n g e lis ta a p a rtir de tra d ic io n e s o ra le s.

La sección está organizada en torno a los tres anuncios de la pasión


(M e 8, 31; 9, 31-32; 10, 33-34). C ada uno de ellos se introduce con una
am bientación geográfica y v a seguido de una escena que revela la incom ­
prensión de los discípulos; en los tres casos, a la escena de incom prensión
sigue una instrucción sobre el seguim iento. E sta secuencia básica, que se
repite tres veces, introduce en cada caso otras escenas en las que Jesús
instruye a sus discípulos y a la gente. Se distinguen así tres desarrollos na­
rrativos que tienen básicam ente la m ism a estructura.

P r im e r d e s a r r o llo S e g u n d o d e s a r r o llo T e r c e r d e s a r r o llo


M e 8, 3 1 - 9 , 2 9 M e 9, 3 0 - 1 0 , 31 M e 10, 3 2 - 5 2

A in h ie n ia c ió n [Me 8, 27] Me 9, 30 M e 10, 32


A n u n c io d e la M e 8, 31 Me 9, 31-32 M e 10, 33-34
p a s ió n

in c o m p r e n s ió n d e Pedro increpa a Q uién es el m ayor Primeros puestos


tu s d is c íp u lo s Jesús Me 9, 33-34 Me 10, 35-40
M e 8, 32-33
in s t r u c c ió n d e Sobre el segui­ Sobre el servicio Sobre el poder
,/r.wív miento Me y, 35-37 Me 10,41-45
Me 8, 34 1
< U n ix c n s c m m z its Me *), Me íK 1(1, 11 Me 10,46-52
246 El evangelio tetm m orfo

[8, 3 1 -9 , 29] El prim er desarrollo incluye dos cuadros separados por


la indicación tem poral «al cabo de seis días» (M e 9, 2). En el prim ero tle
ellos (M e 8, 3 1 -9 , 1) continúa la conversación con los discípulos inicia­
da en los versículos precedentes, pero la intervención de Jesús introduce
nuevas claves para com prender su identidad. Evitando los títulos con los
que otros se han dirigido a él en los capítulos anteriores, Jesús se refiere
a sí m ism o con la enigm ática expresión «Hijo del hom bre», que apenas h u
aparecido en la prim era mitad del evangelio (M e 2, 10.28) y que ahora co­
m ienza a utilizar en relación con su destino de m uerte (M e 8, 38; 9, 9.31;
10, 33, etc.). Al prim er anuncio de la pasión sigue una escena en la que se
pone de m anifiesto la incom prensión de Pedro y los dem ás discípulos. Pe­
dro increpa a Jesús (com o si se tratara de un dem onio) tratando de impe­
dir que siga su cam ino, Jesús, por su parte, a la vista de los dem ás discí­
pulos, reprocha a Pedro que es él quien se com porta com o el tentador, y
le invita a colocarse detrás, es decir, a adoptar la actitud propia del discí­
pulo. La expresión «ponte detrás de mi» (M e 8, 33) alude claram ente a l:i
prim era llam ada, en la que Jesús le había dirigido palabras semejantes:
«venid detrás de mí» (M e 1, 17). Pedro y los dem ás discípulos son invi­
tados así a entrar en una nueva fase del seguim iento, asumiendo que ir de­
trás de Jesús implica aceptar y com partir su cam ino hacia la cruz. Si en Iti
prim era etapa del seguim iento la tarea fundam ental consistía en estar con
Jesús y ayudarle en ia tarea de anunciar la I legada del reinado de Dios, en
esta segunda el seguim iento implica asum ir sus m ism as actitudes: negar­
se a sí mismo, tom ar la cruz, perder la propia v id a ... La secuencia: anun­
cio de la pasión - incom prensión de los discípulos instrucción, vinculn
estrecham ente el destino de Jesús y el discipulado.
El segundo cuadro de este primer desarrollo narrativo (Me 9, 2-29) in­
cluye dos escenas interrelacionadas. La prim era narra la transfiguración y
el diálogo posterior con los discípulos que la han presenciado (M e 9 , 2 - 13).
En esta escena intervienen sólo los tres discípulos m ás cercanos a los que
Jesús hace partícipes de una experiencia extraordinaria de contacto con lo
divino; aquí se revela la verdadera identidad de Jesús. L a transform ación
que se produce en él, la conversación con Elias y M oisés, y la voz del ciclo
muestran su condición gloriosa, que se m anifestará en la resurrección. I .n
intervención de Pedro revela, de nuevo, su incapacidad para comprender,
pues se conforma con equiparar a Jesús con Elias y Moisés. A la transllgu
ración sigue un diálogo con los discípulos, cuya lógica no es evidente n pii
m era vista (M e 9 ,9 - 1 3 ) . Jesús les m anda que m antengan en secreto lo que
han visto hasta que el Hijo del hom bre resucito de entre los muerlos. I ‘1Los
no sólo no entienden a qué se rellcrc lo de « res u c ita r de enlre los m u er
tos», sino q ue plantean una cuestión que, a propósito de sn presencia en Im
El evangelio según Marcos 247

iransíiguración (M e 8, 2 8 -9 , 4-5), evoca las expectativas sobre el retorno


de Elias. Al argum ento de los discípulos, tom ado de la Escritura, Jesús
contrapone otro, tom ado también de la Escritura, sobre el destino suí’rien-
le del justo, para concluir que la m isión de Elias no consistirá en restaurar
lodas las cosas, sino en ser precursor del Hijo del hombre -an ticip an d o su
pasión y m uerte-, cosa que ya ha sucedido en la m uerte de Juan Bautista
(Me 6, 17-29). Con esta caracterización de Elias com o precursor del M e­
sías, que no se halla en la tradición israelita, M arcos trata de contrarrestar
una tradición popular que identificaba a Jesús con dicho profeta, m ostran­
do que las expectativas sobre Elias se han cum plido en Juan Bautista.
La segunda escena incluye el exorcism o del jo v en m udo y el diálogo
posterior con todos los discípulos (M e 9, 14-29). En la segunda m itad de)
evangelio M arcos sólo narra tres m ilagros de Jesús (M e 9, 14-27; 10, 46-
52; 11, 12-14.20-21), y en los tres el hecho extraordinario tiene com o fi­
nalidad instruir a los discípulos. En este caso, tal intención resulta eviden-
le, pues io que se resalta es, por un lado, la incapacidad de los discípulos
para expulsar al dem onio y, por otro, la enseñanza de Jesús sobre este ti­
po de exorcism os. C om parado con los relatos de m ilagro de la prim era
mitad del evangelio, éste posee algunos rasgos peculiares: Jesús parece
realizar el exorcism o de m ala gana (M e 9, 19) y reclam a del padre del
m uchacho una fe explícita (M e 9, 23-24). Estos dos rasgos tratan de dis­
m inuir la im portancia de las acciones portentosas que en la tradición po­
pular relacionaban a Jesús con la figura de Elias. La posible relación de
Jesús con Elias está así presente a lo largo de todo eí desarrollo iniciado
con el prim er anuncio de la pasión: Jesús no es Elias, sino el Hijo del
hombre que tiene que padecer y que resucitará al tercer día.

|9 , 3 0 -1 0 , 31] El segundo desarrollo narrativo es el m ás extenso. Al


com ienzo encontram os la m ism a secuencia que en los otros dos: anuncio
de la pasión - incom prensión de los discípulos - instrucción de Jesús (M e
*\ 30-37). El anuncio está am bientado de form a genérica en un recorrido
por Galilea, durante el cual Jesús está dedicado a instruir a sus discípulos.
Es eí anuncio más breve y el que reproduce m ejor la tradición que dio lu-
(.'.¡ir a los tres. La reacción de los discípulos es de desconcierto y miedo, lo
que no les im pide, m ientras van de cam ino, discutir sobre quién es el más
im portante. Esta discusión revela que no han asim ilado ía enseñanza de
Jesús, y por eso tiene que insistir en ella recurriendo a nuevas im ágenes
y, sobre lodo, al gesto sim bólico de colocar a un niño en medio de ellos
para que los discípulos aprendan que deben identificarse con el niño. La
discusión entre los discípulos, la respuesta de Jesús y el gesto sim bólico
indican que el lema tic fondo no es ya el discipulado en general, sino la
248 E l evangelio tetram orfo

actuación de los discípulos com o enviados de Jesús. Por eso, esta segun­
da instrucción no se dirige a la gente, sino sólo a los discípulos.
D icha instrucción se alarga hasta el final del capítulo con un apotegma
y una serie de enseñanzas, todos ellos relacionados directa o indirectamen­
te con la m isión de los discípulos (M e 9, 38-50). El apotegm a revela la
existencia de otros seguidores de Jesús que realizan exorcism os en su
nombre (M e 9 ,38 -40 ). Los discípulos han querido impedírselo, pero Jesús
les m anda que no lo hagan, estableciendo un. criterio de tolerancia; «el que
no está contra nosotros, está a favor nuestro». Esta escena refleja bien la
actitud de M arcos y su grupo hacia otros seguidores de Jesús, sobre todo
hacia quienes daban im portancia a los milagros. La lección de este apoteg­
m a se com pleta con otras dos enseñanzas relacionadas con la misión: una
sobre la recom pensa que aguarda a los que asistan a los enviados de Jesús
(M e 9, 41) y otra sobre el escándalo que éstos deben evitar (M e 9, 42-48).
En el contexto de la instrucción de Jesús sobre el servicio, el escándalo
consiste en querer ser los prim eros, no los servidores de los pequeños que
creen en él. El dicho final, aunque es muy enigm ático, parece que se refie­
re a la discusión inicial de los discípulos que son así invitados a evitar la
confrontación entre ellos (M e 9,49-50, donde «com partir la sal» puede en­
tenderse com o un signo de com unión y hospitalidad).
E n M e 10, 1, un cam bio de escenario y de personajes da paso a un nue­
vo cuadro narrativo (M e 10, 1-31). Jesús abandona G alilea y se traslada a
Judea donde enseña rodeado de m ucha gente. A parentem ente ha conclui­
do la instrucción a los discípulos, pero no es así, pues tam bién este nu e­
vo cuadro contiene una enseñanza que va dirigida principalm ente a ellos.
El cuadro está formado por tres apotegm as. En el prim ero de ellos, de ca­
rácter polém ico, Jesús es preguntado acerca del derecho del marido a re­
pudiar a su mujer (M e 10, 2-12); en el segundo, los discípulos quieren im­
pedir que los niños se acerquen a él (M e 10, 13-16); y en el tercero, un
hom bre rico rechaza la invitación de Jesús a seguirle (M e 10, 17-27). En
estas tres escenas, los personajes que se relacionan con Jesús sostienen
puntos de vista tradicionales sobre diversos aspectos relacionados con el
orden de la casa: la sum isión de la m ujer al m arido; la irrelevancia social
de los niños; la valoración de las propiedades. Jesús, sin em bargo, propo­
ne una nueva form a de vivir las relaciones entre el m arido y la mujer, pro­
m ueve una nueva valoración de los niños y afirm a que seguirle a él es nuis
im portante que preservar el patrim onio familiar.
Los tres apotegm as están relacionados y, en conjunto, proponen una
nueva form a de vivir las relaciones dentro de la casa. En el Evangelio de
M arcos, el espacio físico de la casa y el ánibilo .social de la familia ocupan
un lugar importante. La casa es el lugar donde .lesíis cura y enseña (Me I.
E l evangelio según Marcos 249

29-31; 2, 1-12, etc.), y donde se reúne el grupo de sus seguidores que for­
man una nueva fam ilia (M e 3, 31-35). La familia, que era la institución so­
cial básica de la antigua sociedad mediterránea, había sido asum ida por las
com unidades a las que se dirige este evangelio, pero tam bién había sido
Iransformada por los nuevos criterios que aparecen en estos apotegmas. La
instrucción final, dirigida a ios discípulos, relaciona la aceptación de estos
nuevos criterios con la entrada en el reinado de D ios (M e 10, 23-27). Aun­
que dicha instrucción se refiere directam ente a la escena precedente, su
contenido es igual al que se escucha al final del segundo apotegma, pues en
ambos se trata de entrar en ei reino de D ios y en ambos se exigen actitudes
similares: hacerse com o un niño y renunciar a los bienes.
Los tres apotegm as se refieren, por tanto, a los criterios que han de re-
l'h las relaciones en las casas que han acogido el m ensaje de Jesús. Estas
casas serán tam bién tugar de acogida para sus enviados, los m isioneros
ilinerantes que, com o Pedro y los dem ás habían abandonado sus propias
familias y casas (M e 10, 28-30). De este modo, la escena final de este se­
cundo desarrollo narrativo vuelve al tem a planteado al com ienzo y asíg-
iiii un lugar en la nueva fam ilia a los enviados de Jesús.

110, 32-52] El tercer desarrollo narrativo, que es el m ás breve, com ien-


/,ii con la m ism a secuencia que los precedentes. La am bientación inicial
mibraya la cercanía de Jerusalén, aludiendo así a la sección siguiente (Me
N, 32; 11, 1). Ei anuncio de la pasión es más detallado que los anteriores
r incluye los principales m om entos det relato de la pasión, hasta el punto
de que parece haber sido redactado teniendo en cuenta dicho relato (Me
II), 33-34). La escena en que aparece la incom prensión de los discípulos
rslíi protagonizada, en este caso, por los dos hijos de Z ebedeo cuya res-
imesla a la llam ada de Jesús h a presentado M arcos al com ienzo de su re­
ídlo com o ejem plo de la conversión que exige la llegada del reinado de
I líos (M e 10, 35-40; 1, 19-20). En esta escena, sin em bargo, los dos dis­
cípulos piden a Jesús ocupar un puesto de honor en su Reino, aunque pa-
iii ello tengan que sufrir. El diálogo está cargado de ironía, pues no entien­
den que los está invitando a com partir su pasión, lo cual es incom patible
i on la búsqueda de honores hum anos.
1.a siguiente escena (M e 10,41-45) m uestra que los otros diez discípu­
los participan de la am bición de los Zebedeos y explícita el significado de
In.'. palabras de Jesús. Los Doce aspiran a ocupar un lugar de honor para po­
drí ejercer el poder al estilo de los grandes de este mundo. Sin embargo, Je-
mr, les propone otra forma de entender el poder a través de una serie de an-
ilti’sís en las que los invita a hacerse servidores y esclavos, siguiendo su
ejemplo. De este modo, se complelan las enseñanzas de los dos desarrollos
250 E l evangelio letram orfo

precedentes sobre el grupo de los discípulos de Jesús. Dicho grupo está for­
m ado por los que han aceptado com partir su camino hacia la cruz (prime­
ra instrucción); se configura como una nueva familia en la que se vive se­
gún los criterios del reinado de Dios (segunda instrucción), y en él se ejerce
la autoridad com o servicio (tercera instrucción). En esta sección se propo­
ne un m odelo de com unidad a los destinatarios del evangelio.
A dem ás de la secuencia inicial, este tercer desarrollo narrativo incluye
un relato de sanación que concluye toda la sección c introduce la siguien­
te (M e 10, 46-52). El relato posee un m arcado carácter simbólico, pues la
situación de su protagonista es muy parecida a la de los discípulos, tal co­
mo se ha descrito en esta sección. Es un m endigo ciego que se halla a la
vera del cam ino y se dirige a Jesús invocándole con un título m esiánieo
«Hijo de David». Al com ienzo, Pedro, en nom bre de los dem ás, ha confe­
sado a Jesús con un título similar, pero Jesús Ies ha impuesto silencio (Me
8, 29-30). El m otivo de esta prohibición se ha desvelado progresivamente
en las actitudes de incomprensión que han ido apareciendo después de ca­
da anuncio de la pasión. El ciego encarna sim bólicam ente la situación de
los discípulos. Pero la transform ación que se opera en él abre una posibi­
lidad para que tam bién a ellos se les abran los ojos y puedan seguir a Jesús
por el camino. Jesús le hace la m ism a pregunta que había hecho a los Ze-
bedeos: «¿Q ué quieres que haga por ti?», pero su respuesta es m uy dife­
rente a la de aquellos: «¡Señor, que vea!». Entender y aceptar el cam ino de
la cruz no es el fruto de un esfuerzo hum ano, sino un don que los discípu ­
los deben pedir con fe. Sólo así recuperarán la vista y podrán seguir a Je­
sús por el cam ino, com o el ciego de este relato, en el que pueden verse re*
flejados también los destinatarios del evangelio.

g) A ctuación de Jesús en Jerusalén (Me 11, 1-13, 37)

O . B ig u z z ú Yo d e s t r u ir é e s te te m p lo . E l t e m p lo y e l ju d a is m o e n e l E v a n g e lio d a Mar
e o s , Córdoba 1992; E. B randenburger, M a r k u s 1 3 a n d d i e A p o k a l i p t ik , G ottingen
J, D upont, Les t r o is apocalypses synoptiques. M a r c 1 3 ; Matthieu 2 4 - 2 5 ; L u c 2 ! , I’urlit
1985; .1. P. 1leil, T h e N a r r a t iv e S tr a te g y a n d P r a g m a t ic s o f th e T e m p le T h e m e in M tirh
C atholic B iblical Q u arterly 5 9 (1997) 76-100; V. K, R obb ins, T h e H e a li n g o f l l l i i u l
B a r t im a e u s ( M k 1 0 :4 6 - 5 2 ) in th e M a r c a n T h e o lo g y : Jo urnal o fB ib lic a l L ileruluiv
(19 7 3) 224-243; S. H. S m ith, T h e L i t e r a r y S t m c t u r e o f M a r k 1 1 :1 - 1 2 :4 0 : N ovum 'ira
tfim entum 31 (1989) 104-124; G. T heissen, C o lo r id o l o c a l y c o n te x to h is t ó r ic o en hn
e v a n g e lio s , S aiam aoca 1997, 145-187.

La entrada de Jesús en Jerusalén señala el com ienzo tic una nueva siv
ción que se distingue de la precedente por su amhienlíictóii, pues niientrns
aquella tenía com o escenario «el cam ino», en ésla lodos los episodios lie
El evangelio según Marcos 25 1

nen lugar en Jerusalén o sus alrededores. Tam bién se distingue claram en­
te de la sección posterior en la que se relata la pasión de Jesús. El elem en­
to que confiere unidad a estos capítulos es la constante referencia al tem ­
plo. La m eta del cam ino de Jesús no es la ciudad, sino el tem plo (M e 11,
11.15.27), donde actúa y enseña, y cuya destrucción anuncia. Su unidad
puede percibirse tam bién en los títulos con los que se designa a Jesús. Si
en la sección precedente el título dom inante era el de Hijo del hombre, en
ésta Jesús aparece, sobre todo, com o Hijo de David (M e 10, 47-48; 11,
10; 12, 35-37).
L a actividad de Jesús en (el templo de) Jerusalén es un «capítulo» par­
ticular de la biografía com puesta por M arcos, pero no es un capítulo ais­
lado de los dem ás, sino íntim am ente vinculado a ellos. D esde la sección
precedente, donde Jesús com ienza a anunciar su pasión, dicho relato ha
quedado orientado hacia su final y tal orientación se m antiene en esta sec­
ción, pues en ella se acrecienta la oposición de los líderes ju d ío s contra él
como respuesta a su enseñanza y a su actitud hacia el tem plo.

E n la c o m p o s ic ió n d e esto s ca p ítu lo s, el e v a n g e lis ta u tiliz ó tra d ic io n e s b á s ta n ­


le d iv e rsa s e n tre sí. L a m a y o ría de los e p is o d io s q u e in te g ra n M e 11—12 era n an-
ics tra d ic io n e s su e lta s. D o s d e e llo s tie n e n p a ra le lo en el E v a n g e lio d e Ju a n , q u e
los h a c o n te x tu a liz a d o d e fo rm a d ife re n te : la e n tr a d a d e Je s ú s en J e ru s a lé n (M e
I L 1-10; par. Jn 12, 12 -1 6) y el e p is o d io del te m p lo (M e 11, 1 5 -1 7; par. Jn 2 , 14-
!(>). E l e p is o d io de la h ig u e ra p o d ría se r ta m b ié n tra d ic io n a l (M e 11, 13-14), a u n ­
que !a e x p lic a c ió n q u e d a Je s ú s c o m o re sp u e s ta al a s o m b ro d e los d is c íp u lo s p u ­
do h a b e r e s ta d o r e la c io n a d a con esta e s c e n a (M e 11, 2 2 -2 5 ). El a p o te g m a so b re
el o rig e n d el p o d e r d e J e sú s ( M e 1 1, 2 7 -3 3 ) es ta m b ié n tra d ic io n a l, lo m ism o q u e
lu p a rá b o la d e los v iñ a d o re s m a lv a d o s , q u e tie n e un p a ra le lo in d e p e n d ie n te en el
1ív a n g e lio d e T o m á s (M e 12, 1-12; par. E vT om 6 5 ). L a s c o n tro v e rs ia s q u e sig u e n
n esla p a rá b o la (M e 12, 13-3 4 ) n o fo rm a b a n u n a c o le c c ió n s im ila r a la q u e p u e ­
de id e n tific a rs e e n M e 2, 1 - 3 , 6, y a q u e el c o n ju n to c a re c e d e u n id a d te m á tic a .
I la y q u e p e n s a r, m á s b ie n , q u e fu e M a rc o s q u ie n las re la c io n ó e n tre sí y co n los
e p is o d io s q u e sig u e n , lo s c u a le s ta m b ié n f u e ro n e n su o r ig e n tr a d ic io n e s su e l-
Ins ( M e 12, 3 5 -4 4 ). S in e m b a rg o , el d isc u rs o e s c a to ló g ic o , c o n el q u e se c ie rra es-
In se c c ió n ( M e 13, 1 -3 7 ), fu e e la b o ra d o a p a r tir de u n a c o m p o s ic ió n a n te rio r a
M a rc o s, q u e c o m e n ta b a y a m p lia b a d ic h o s d e J e s ú s so b re la v e n id a d e l H ijo d e l
h o m b re , c o m o h e s e ñ a la d o e n el c a p ítu lo p r e c e d e n te al e s tu d ia r las c o m p o s ic io ­
nes p re e v a n g é lic a s .
La la b o r re d a c c ío n a l d e l e v a n g e lis ta en e sto s c a p ítu lo s c o n s is tió e n a rtic u la r
lns tra d ic io n e s su e lta s, e n a m p lia r el d isc u rs o e s c a to ló g ic o y e n r e la c io n a r am b a s
i o n ip o sic io n e s d e m a n e ra a rm ó n ic a . P a ra a r tic u la r la s tr a d ic io n e s s u e lta s de los
d o s p rim e ro s c a p ítu lo s (M e II 12) re c u rrió , en p rim e r lu g ar, a un e s q u e m a e s p a ­
c io Icm p o m l, a sa b e r, las tres e n tra d a s de Je sú s en In ciu d ad y en el te m p lo e n tres
dtiiN s u c e siv o s ; y en s e g u n d o lugar, a lu a g ru p a c ió n d e las c o n tro v e rs ia s y d e los
i-pismlios q u e vienen d e s p u é s d e e llas, Lu ¡irn p liació n del d isc u rs o c s e a lo ló g ic o
252 E l evangelio tetramorfo

c o n s is tió , so b re to d o , en a ñ a d ir u n a se rie de d ic h o s q u e re fle ja n la s itu a c ió n de su


c o m u n id a d (M e 13, 9 -1 3 ) y la s e x h o rta c io n e s y p a r á b o la s del fin a l (M e 13, 27-
3 7 ). P o r ú ltim o , la n u e v a c o m p o s ic ió n c re a d a al u n ir las tra d ic io n e s s u e lta s y In
c o m p o s ic ió n r e e la b o ra d a se re la c io n a n e n tre sí p o r su a m b ie n ta c ió n e n Jerusalón
y p o r su r e fe re n c ia e x p líc ita ai te m p lo , sin o ív id a r la p re g u n ta a c e rc a d e [a id en ­
tid a d d e J e sú s , q u e se p la n te a y a d e fo rm a in d ire c ta e n e l p r im e r e p is o d io y que
e s tá p re se n te e n to d a la se c c ió n (M e 12, 35-3 7 ; 13, 2 4 -2 7 ).

La disposición literaria de esta sección es poco hom ogénea. El discur­


so escatológico se distingue claram ente de lo que precede y constituye un
bloque diferenciado. Los otros dos capítulos parecen estar organizados en
tres jo m ad as de extensión desigual. La prim era y la segunda están mejor
delim itadas, pero no así la tercera que podría alargarse hasta el final del
capítulo 12. Sin em bargo, una observación más atenta perm ite conjeturar
que su final se encuentra en M e 12, 12. Teniendo en cuenta que la transi­
ción de un día a otro debe situarse en el m om ento del atardecer, la prime-
ra jornada, iniciada en ¡a sección precedente, term inaría con la inspección
del tem plo (M e 11, 11); la segunda, con la reacción de los je fe s de los
sacerdotes a la acción de Jesús en el tem plo (M e 11, 18); y la tercera, con
una reacción sim ilar a la parábola de los viñadores m alvados (M e 12, 12),
L a delim itación de las tres jornadas en Me 11, 1-12, 12 se puede confir­
m ar observando que los interlocutores de Jesús en estos pasajes son dife­
rentes de los que se enfrentan a él en las controversias que siguen (M e 12,
13-44). Los interlocutores de Jesús en los tres prim eros días son los jefes
del pueblo que tratan de acabar con él y que volverán a aparecer al co­
m ienzo del relato de la pasión (M e 14, 1-2). Sin em bargo, los que le pre­
guntan en las controversias son, sobre todo, expertos de la ley que no tie­
nen tal intención. A dem ás, en la prim era escen a de la prim era jo rn ad a y
en la últim a de !a tercera se citan dos pasajes del m ism o salm o, form an­
do una inclusión que separa estos episodios de los posteriores (M e 11, 9-
1 0 = Sal 118, 25-26 y Me 12, 10-11 = Sal 118, 22-23), Las observaciones
precedentes permiten, po rtan to, distinguir en esta sección tres bloques di­
ferentes, aunque relacionados entre sí: las tres jo m a d as iniciales (M e 11,
1-12, 12); una serie de controversias (M e 12, 13-44); y el discurso eseti
tológico (Me 13,1-37).

[11, 1-12, 12] El episodio de la sanación del ciego Bartimeo con que
concluye la sección precedente sirve de transición a ésta. Por un lado, lu
entrada en Jerusalén se describe com o el final de un cam ino que lia co­
m enzado antes (M e 10, 32; I I , 1); y por otro, en el episodio de Barlimeo
aparece por prim era vez el título de I lijo de D avid, que va a desempeúui
un papel im poríante en la présenle sección (M e 11, 10; 12, 35-37). L ii.h
E l evangelio según M arcos 253

dos secciones quedan así trabadas, al tiem po que el relato progresa. El pri­
mer bloque, com o acabo de mostrar, se articula en tres jornadas que se su­
ceden con un esquem a m uy similar:

P r im e r a j o m a d a S e g u n d a jo rn a d a T e rc e ra jo r n a d a
( M e 11, 1 - l l a ) ( M e 11, ) l b - l S ) (M e 11, 1 9 - 1 2 , 1 2 )

( 'o m ie n zo C uando se hizo de no­ C uando anocheció


i fal día che (M e 11, 1 1b) (M e 11, 19)

f 'o m in o d e E n trada en la c iu ­ M aldición de la h ig u e­ A p ro p ó sito de la h i­


J e r u s a lé n dad (M e 11, 1-10) ra (M e 11, 12-14) guera (M e 1 1 ,2 0 -2 6 )

E n tra d a en «E n tró en Je ru sa­ «Van a Jerusalén y, en­ «Van de nuevo a Je ru ­


J e r u s a lé n y lén, en el tem plo» trando en el tem plo» salén. .. el tem plo»
i 'a e l t e m p lo (M e 11, l i a ) (M e 11, 15a) (M e 1 1 ,2 7 a )

E n e l t e m p lo Inspección general Expulsión de m ercade­ C ontroversia y parábo­


(M e 11, l ia ) res (M e 11, 1 5 b -17) la (M e 11, 27b—12, 11)

IU 'a c c ió n B uscan m atar a Jesús, Buscan apresar a Jesús,


pero tem en a la gente pero tem en a la gente
(M e 11, 18) (M e 12, 12)

La organización literaria del com ienzo de esta sección perm ite leerlo
i'ii tíos direcciones: verticalm ente, considerando cada jornada; y horizon-
litl mente, observando la progresión que se da entre ellas. C ada jo rn ad a es
más extensa que la anterior y añade aspectos que com plem entan la prece­
dente. La prim era está claram ente centrada en la entrada de Jesús en Je­
rusalén. A pesar de las aclam aciones de la gente, no se trata de una entra­
da triunfal, pues la intención de Jesús, m anifestada en los detallados
preparativos, ha sido entrar en la ciudad sobre una m ontura hum ilde. M a­
leo explicitará el significado de este gesto (M t 2 1 ,5 ), pero en M arcos se
percibe tam bién el contraste entre lo que dice la gente y la intención de
Jesús. Q ueda así planteada la pregunta acerca de su identificación con el
Mesías davídico, que había aparecido en la escena precedente y volverá
i i aparecer después. El Sal 118, que vuelve a citarse después de la parábo-

ln de los viñadores m alvados, es interpretado aquí en un sentido m esiáni-


i'<> (M e 11, 10); m ás tarde Jesús corregirá abiertam ente tal interpretación
cilimdo otro salm o (M e 12, 35-37; Sal 110, 1).
La seg u n d a jo r n a d a se inicia con un n u ev o gesto sim bólico: la m a l d i­
ción de la higuera. Este gesto, lo m ism o q u e la procesión hacia la ciud ad
y la en se ñ a n z a con q u e c o m ie n z a la tercera jornada, tien e lugar antes de
m i r a r en el tem p lo, pero eslá claram e nte relac ion ado con la acció n sim ­
254 E l evangelio tetram orfo

bólica que Jesús realiza en esa m ism a jornada, es decir, con 1.a expulsión
de los m ercaderes. E sta acción ha sido interpretada de formas diversas:
purificación del tem plo, rechazo del sistem a cultual, renovación de Israel,
En el contexto de M arcos, su sentido se descubre al relacionarla con ln
m aldición de la higuera y con la explicación que se da m ás tarde de este
gesto: el tem plo, com o la higuera, ha dejado de dar frutos y, debido a ello,
ha dejado de ser lugar de encuentro con Dios. Este encuentro se da ahorn
a través de la fe. La reacción de los jefes de los sacerdotes a este gesto e.s
sim ilar a la del final de la siguiente jo rn ad a (M e 12, 12)
La tercera jo rn ada es la más extensa. Com ienza, corno la precedente,
con- una escena am bientada antes de entrar en la ciudad. Es un apotegma en
el que los discípulos preguntan sobre el sentido de la maldición de la higue­
ra. Jesús responde con una enseñanza sobre la fe y la oración; esta respues­
ta parece fuera de lugar, pero tiene pleno sentido después de la acción del
tem plo realizada el día anterior, pues esta enseñanza define una nueva for­
ma de relacionarse con Dios. Más tarde, cuando Jesús entra en el templo,
los jefes de los sacerdotes cuestionan su autoridad para hacer 1o que habin
hecho el día anterior en el templo. Su pregunta es muy diferente a ¡a de Io n
discípulos: no están interesados en el sentido del gesto realizado por Jesús,
sino que buscan un motivo para acabar con él. Com o réplica, Jesús les pre­
gunta acerca del origen del bautism o de Juan, pero se niegan a respondei
por m iedo a la gente (M e 11, 27b-33). De todos modos, contesta a su pre
gunta con la parábola de los viñadores m alvados. El com entario que hace
el evangelista al final: «(los jefes de los sacerdotes) cayeron en la cuenta de
que había dicho la parábola por ellos» (M e 12, 12), aclara su sentido en es­
te contexto: los viñadores, es decir, los jefes de los sacerdotes, los maestros
de la ley y los ancianos (M e 11,27), lo m ism o que la higuera y que el tcm
pío al que representa, no sólo han dejado de dar frutos, sino que han rechu -
zado al Hijo; pero esta piedra rechazada se convertirá en piedra angular poi
obra del Señor. La relación de la parábola con esta cita del Sal 118 indica
que dicho salmo debe interpretarse no en sentido mesiánico, com o hicieron
los que aclam aban a Jesús (M e 11, 9-10), sino en relación con el reclm/.o
de los jefes de los sacerdotes. La tercera jo m ad a, al igual que la segundu,
term ina subrayando su intención de acabar con Jesús; tal intención