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Mempo Giardinelli

¿Por qué prohibieron el


circo?
Edhasa
Primera edición en Argentina: diciembre
de 2013
Buenos Aires – Argentina
ISBN: 978—987—628—282—6
Índice
Prólogo a esta edición
Texto de la contratapa de la edición mexicana
de 1983
Advertencia al lector (Texto tomado de las
primeras
ediciones de 1976 y 1983)

Primera parte
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete

Segunda parte
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho

Tercera parte
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete

Brevísimo vocabulario
Prólogo a esta edición

Escribí mi primera novela cuando


tenía menos de veinte años pero también
la decisión blindada de que la literatura
sería mi vida. El título era "La tierra de
uno", y rápidamente descubrí que como
novela no valía nada y por eso duerme
hoy un justo sueño.
Pero aquel aprendizaje juvenil me
sirvió para escribir una segunda novela,
que empecé a los veintiún años, durante
el servicio militar. Es ésta que usted lee
y su primer título fue Toño, y más tarde
Toño tuerto rey de ciegos.
En 1973 la presenté al Concurso
Latinoamericano de Novela del diario
La Opinión, cuyo jurado era
intimidatorio: Juan Carlos Onetti,
Augusto Roa Bastos, Julio Cortázar y
Rodolfo Walsh.
No lo gané, pero mis expectativas
se cumplieron con holgura: Roa Bastos y
Walsh destacaron explícitamente mi
novela en el largo artículo que el diario
dedicó al veredicto, el domingo 13 de
mayo de ese año.
Fue un estímulo inmejorable, pero
como siempre ha sido difícil encontrar
editor para un primer original, mi caso
fue uno más. Recién en 1974 Jorge
Lafforgue decidió incluir Toño en la
colección Narradores de Nuestra Época,
de la editorial Losada. Lo celebré,
obviamente, aunque todavía no sabía
que ésta era una novela maldita. Primero
porque por naturales demoras
editoriales se fue postergando la
publicación, que finalmente se produjo
después del golpe de Estado del 24 de
Marzo de 1976.Y luego porque la
edición completa de tres mil ejemplares
fue retenida en las bodegas de Losada
hasta que una noche del invierno de ese
espantoso año argentino fue incinerada
junto a miles de otros libros de Losada
que los dictadores ordenaron quemar.
Ésa fue la causa principal de mi exilio
en México, hacia donde partí en cuanto
pude.
En el oscuro trayecto perdí el único
ejemplar que tenía, realzado por una
bellísima tapa de Silvio Baldessari, el
extraordinario ilustrador de aquella
colección de Losada. En cambio, y por
fortuna, conservé unas viejas galeradas
de linotipo, sucias y entintadas, que me
habían enviado de la editorial un par de
años antes para corregir. Y que en
México me sirvieron para tipear
nuevamente esta novela, que sin
embargo ya no me convenció y decidí
abandonar, pensando que había
envejecido. O acaso era que mis ideas
literarias iban ya por otros carriles: en
1980 se publicó en España La
revolución en bicicleta, que fue, de
hecho, mi primera novela publicada. En
1981 y 1982 se editaron en los Estados
Unidos El cielo con las manos y los
cuentos de Vidas ejemplares. Y en 1983
recibí en México el Premio Nacional de
Novela por Luna caliente.
En esos días me llamó el poeta
Sandro Cohen, amigo y colega del diario
Excelsior, y me propuso una cita con
Luis Mario Schneider, un editor bastante
prestigioso que para mi sorpresa resultó
ser correntino de nacimiento y estaba
lleno de nostalgias del mismo río Paraná
y de las mismas siestas que yo añoraba,
aunque él llevaba cuarenta años
viviendo en México y no tenía nada que
ver con el exilio político. Había fundado
y dirigía la editorial Oasis, una empresa
pequeña pero muy activa, y quería leer
el original premiado.
De ese encuentro resultó la primera
edición de Luna caliente, que se vendió
en un par de meses e hizo que Schneider
me pidiera otra novela. No tenía
ninguna, pero le conté la historia de
Toño tuerto rey de ciegos, abortada
entre miles de otros libros quemados
por los militares. Schneider se
entusiasmó y me ofreció publicarla
también.
No fue para mí una decisión fácil,
porque ese texto requería una ardua
reescritura. Habían pasado nueve años
desde que Lafforgue aprobara el primer
original, y en ese lapso yo había crecido
y me reconocía mucho más exigente. De
manera que me apliqué a un riguroso
trabajo de reescritura durante varias
semanas. Le quité malezas y vicios
adolescentes, y también le cambié el
título.
¿Por qué prohibieron el circo? se
publicó, igual que Luna caliente, en la
colección El Nido del Ave Roe, de
Oasis. Y así como a la primera la
presentaba en contratapa un texto de
Juan Rulfo, a ésta la presentó uno de
José Agustín, que los lectores
encontrarán a continuación de este
prólogo.
La novela se vendió más rápido
que lo esperado, e igual velocidad tuvo
mi arrepentimiento: decidí que era un
texto menor, que ya no me representaba,
y me prometí nunca más reeditarla y
hasta la excluí de mi bibliografía.
Acierto o error, pasaron tres
décadas hasta que en 2012 la encontré
en la Biblioteca Alderman, de la
Universidad de Virginia, Estados
Unidos, donde hay un único ejemplar
encuadernado que me llenó de nostalgia.
Pedí una copia escaneada, pensando en
alguna futura labor de arqueología
literaria.
Apenas dos meses después,
desayunando con mi editor y amigo
Fernando Fagnani, le conté esta historia
y él se entusiasmó exactamente como
Schneider treinta años antes. Me
propuso rescatar esta novela y
contratarla a ciegas, sin haberla leído,
con lo que me metió en un compromiso
porque yo ya no recordaba cabalmente
el argumento.
Desde esa mañana, me apliqué a
una lectura crítica de esta novela, pero
con la decisión de no modificarla
argumental ni estructuralmente. Sólo
hice pequeños arreglos necesarios,
cambié el nombre de un par de
personajes, eliminé alguna alusión que
ya no me interesa, y morigeré y
perfeccioné la oralidad local de la
historia, que originalmente reproducía
vocablos en lenguas guaraní y qom (que
entonces llamábamos "toba"). Hace
cuarenta años era una valorable labor
reflejar los sonidos de la oralidad. Hoy
pareciera que ya no, pero quise
mantenerlo igualmente porque creo que
le da un justo sabor de época al texto.
Releer esta novela, avanzar en ella
sin saber lo que seguía e incluso
ignorando el final —puesto que no
conseguía recordarlo— fue nomás un
trabajo arqueológico personal. No me
sobraba el tiempo ni andaba yo sin otros
proyectos, pero comprendí que en esa
tarea estaba reconociendo mi
irrenunciable pasado literario. Y eso es,
finalmente, casi todo lo que un escritor
posee.
MG.
Resistencia, Chaco, Febrero de
2013.
Texto de la contratapa
de la edición mexicana
de 1983
Por José Agustín

En esta, la primera novela del


argentino Mempo Giardinelli, nos
encontramos con un escritor
extraordinariamente dotado, que posee
la seguridad instintiva de los grandes
artistas; que maneja diversos e
intrincados estratos del lenguaje, con
una capacidad poco común; y que se
muestra atento a las necesidades más
profundas y dramáticas de los pueblos
latinoamericanos que sufren
explotaciones y miserias.
Esta novela, sin perder su
condición primeriza, es muy rica: se lee
con gusto, primero, y con
apasionamiento después. Los
personajes, vistos en su
contradictoriedad, están vivos; y la
recreación del pequeño pueblo
fronterizo es magnífica. Hay un doble
compromiso aquí: con la suerte de los
oprimidos (lo cual motivó que la
edición argentina de esta novela se
cancelara en 1976), y con la literatura
misma, pues el autor nos da lo mejor de
sí sin auto complacencias ni fuegos de
artificio.
Fascinante, rica en líneas
argumentales, en planos literarios, esta
novela también refleja la búsqueda de
un estilo propio, ya entonces en proceso
de consolidación, y los vastos recursos
artísticos del autor, una de las cartas
más fuertes de la reciente narrativa
latinoamericana.
Advertencia al lector
(Texto tomado de las
primeras ediciones
de 1976 y 1983)

Casi todo lo que aquí se relata


ocurrió realmente. Sin embargo, como
no quise hacer historia, los hechos
aparecen mezclados, exagerados o
minimizados. Fundamentalmente, lo que
hay es una absoluta incoherencia
temporal. Lo único cierto es que estos
sucesos acaecieron en la provincia del
Chaco, años atrás.
Por otra parte, puede que algunas
personas se sientan identificadas.
Aunque la mayoría de los personajes de
esta obra son imaginarios, es verdad que
algunos de ellos existen o existieron en
la vida real. Por eso, hago mía la
advertencia con que Crisanto
Domínguez, un plurifacético individuo
que protagonizó el Chaco, mi provincia,
en el Norte de Argentina, durante más de
treinta años, comenzaba su libro Tanino.
Memorias de un hachero: "Los
personajes de este libro podrían ser
ficticios, pero no, son auténticos. Por
eso, si alguien se siente zamarreado por
estas páginas y cree que es él; que no lo
dude, es él nomás".
La presente versión es
prácticamente la misma, con algunas
correcciones.
La edición mexicana de 1983 tenía
esta dedicatoria:

Para Mónica, a pesar de todo.


Y para María y Guillermina.

Treinta años después la mantengo y


no sólo por elegancia, sino porque es lo
justo.
PRIMERA PARTE
Uno

Llegó una mañana temprano,


cuando el sol se adivinaba por la
claridad que subía desde el horizonte.
Con la mochila al hombro y una valija
en la mano, caminaba lentamente. Tenía
el pelo revuelto, una mueca de disgusto
en la boca y una barba nueva y morena
que le ensombrecía el rostro. Los ojos,
vidriosos, miraban como mira un
muerto.
El pueblo apareció detrás de unos
eucaliptos, como si la espesura se
hubiera convertido, repentinamente, en
una larga calle. Un par de casas, a cada
lado, parecían formar una puerta de
entrada al vecindario. A unos trescientos
metros vio un mástil sin bandera. Más
allá, un árbol, otro mástil y un rancho: el
final del caserío, cuyos habitantes, a esa
hora, dormían o se desperezaban frente a
galletas mojadas en mate cocido.
Unos pasos más adelante, a su
derecha, le llamó la atención un viejo
edificio descolorido, que parecía una
mezcla de supermercado ciudadano con
tienda de turco contrabandista. La puerta
de madera nunca había sido pintada.
Sobre la vidriera, se destacaba una
inscripción: Farmacia Lema. Se acercó.
Adentro, un hombre tomaba mates.
A pesar del calor, vestía calzoncillos
largos y camiseta de frisa. Era canoso y
no se le distinguían las facciones, pero
miraba hacia la ventana. Tenía la
costumbre de contar los mates: decía
que si se tomaban números impares era
mala suerte y podía quedar tuerto. Por
supuesto, jamás había tomado uno solo:
seguramente hubiera terminado rengo.
Lo cierto es que se asustó y no supo si
vio al hombre junto a su ventana en el
octavo o en el noveno. Era uno de los
más antiguos pobladores de Colonia
Perdida y conocía a todos sus
habitantes, uno por uno.
—No es de acá —murmuró.
Dejó la pava y el porongo sobre el
piso de ladrillos. Se pasó una mano por
la frente y achicó los ojos para ver
mejor. La figura se hizo más nítida: hasta
le vio una pequeña cicatriz en la mejilla
derecha. Se puso de pie y dio un salto
hacia atrás. Se escudó tras el mostrador
y tomó la escopeta que guardaba entre
los papeles de envolver.
—Dieciséis de mierda —dijo—.
Ojalá que me andés ahora.
Afirmó los pies en el piso y apuntó
con la culata pegada al costado de su
cintura. Pensó: "Si entra lo mato".
Afuera, el recién llegado lo miraba
sin verlo. Durante casi un minuto, los
dos hombres parecieron esperar, ventana
de por medio. Después, el forastero giró
y se alejó hacia el centro de la calle,
hacia el oeste.
El canoso se desconcertó. Arma en
mano, corrió hasta la ventana y vio que
el sol despuntaba a lo lejos y comenzaba
a castigar las espaldas del desconocido.
Lo miró: era alto, fornido, moreno y una
larga melena le cubría el cuello.
Se preguntó cómo había llegado. A
Colonia Perdida no conducían caminos
ni vías de ferrocarril. Los aviones
pasaban demasiado alto y seguían de
largo. Una vieja picada desandaba
larguísimas leguas de monte cerrado,
cruzando esteros y riachos, hasta la ruta
más próxima; de ahí a la capital había
como cinco horas de viaje. Pero andar
la picada podía requerir varios días de
marcha.
Se preguntó, también, por qué había
llegado. Y para qué. Colonia Perdida, en
medio de las selvas más vírgenes del
Chaco —ni tan al Norte ni tan al Sur
pero más bien hacia el Norte—, era
menos que un centenar de habitantes, una
larga calle de tierra y casas dispersas a
su vera.
—Malo —aseguró—, esto es malo.
Abrió la puerta y se asomó. El
forastero caminaba por el medio de la
calle; estaba a casi doscientos metros de
distancia. Al mirarlo nuevamente,
sacudió la cabeza. Era el primer
extranjero en veintisiete años.

Dos
Atravesó la tranquera de molinete y
se detuvo frente al árbol, un enorme y
solitario quebracho. Más allá, tras los
descuidados yuyos del patio, se
levantaba una construcción rectangular,
con techo de cinc a dos aguas y una
galería en la que se destacaban las
cuatro columnas de grueso urunday.
Haciendo ángulo con el árbol y el viejo
edificio, un mástil de tacuara tenía los
hilos colgando. En la galería dormía un
hombre, flanqueado por dos perros: uno
blanco, lanudo y de cola corta, y otro
marrón, gordo y de cola larga. La
botella de vino parecía haberlos
emborrachado a los tres.
Al fondo había un rancho cuadrado
y pequeño que alguna vez había recibido
una mano de pintura blanca. Sobre el
techo de adobe crecían dos paraísos.
Fue hasta allí y se detuvo frente a la
puerta. Aplaudió tres veces.
—Quién es —preguntó una voz
ronca, del otro lado.
—Antonio Oroño, el nuevo
maestro.
Pudo escuchar el ruido que hacía el
hombre al levantarse de la cama,
ponerse un pantalón y calzarse unas
chancletas. Cuando abrió la puerta,
apareció un rostro ajado como una flor
guardada entre las páginas de un libro.
La cabeza era enorme y los cabellos
reblancos. La nariz puntiaguda caía
como un pico de carancho.
—Pase —dijo—, pase.
Adentro había un desagradable olor
a encierro, a falta de sol, como si la
transpiración de ese individuo estuviera
suspendida en el aire.
—Puede llamarme Toña.
—Y yo soy Juan Palacio. Tome
asiento. Ya me visto y preparo el café.
Toña se sentó en una silla de
mimbre. El anciano se abotonó una
camisa blanca y almidonada, encendió
el calentador y puso la cafetera sobre la
hornalla. Se ajustó el pantalón y se calzó
unos viejos botines que le cubrían los
tobillos. Cuando el café estuvo listo,
llenó dos tazones, espantó las hormigas
de la azucarera y se acercó.
—Sírvase, ché, está en su casa.
Toña revolvió el azúcar.
—No me esperaba, ¿no?
—Acá nunca se espera nada.
Bebieron en silencio. Después, el
viejo preguntó cómo está Resistencia,
hace mil años que no vaya la capital.
Toña se lo dijo.
Se miraron durante unos minutos
sin saber de qué hablar, hasta que Juan
Palacio se dirigió a la puerta, la abrió,
miró hacia el otro edificio y volvió a
cerrarla. Se sentó en la cama.
—No piense que este pueblo es una
porquería —afirmó—. Sólo un poco
aburrido. Hay que conocer la
idiosincrasia de la gente, entenderla,
hacerse querer un poco y enseguida se
los pone a todos en el bolsillo. Y si no
es de mucho pensar y se hace menos
mala sangre, lo va a pasar bien. No digo
que yo no haya sentido el paso de los
años, pero le aseguro que no es tan malo
como estará pensando.
—Yo no pienso que sea malo. Pedí
para venir.
—¡Pidió para venir!
¡Voluntariamente con su voluntá!
—Sí.
—¿Y por qué, si se puede
preguntar?
—Me cansé de la ciudad. No me
gustaba.
—Yo, en cambio, vine por error.
Me anoté mal en el registro, y cuando
me dijeron que mi destino era Colonia
Perdida resultó que andaba sin plata.
Como me ofrecían un trabajo, una casa y
un sueldito...
Se pasó la mano por la barba.
Estaba larga, como de tres días. Se
arrellanó en la cama, recostándose
contra la pared, y suspiró
profundamente.
—Acá no hay Este ni Oeste —
continuó—, ni Sur ni Norte. No hay
diferencia entre que el sol salga o se
ponga. No hay sobresaltos. No hay
diarios. ¿Sabe la de cosas que no hay
aquí? Eso sí: el que tiene radio se salva
un poco.
Los tiempos cambian, se dijo Toña.
—Al principio me gustaba —siguió
el viejo—, porque yo era un ante de la
naturaleza, y acá hay mucha. Me sentaba
todas las noches bajo el algarrobo y
disfrutaba de esta paz, tomaba mates y
hacía planes para cuando volviera.
Hasta que un día vi que todo era igual,
que estaba harto de la tranquilidad y que
me olvidaba de los planes con la misma
facilidad con que los hacía. Entonces
empecé a ir al boliche y a sentirme cada
vez más solo. Pedí la jubilación y rogué
que no me la dieran. Pero ahora vino
usted, Oroño, y yo me voy esta misma
tarde.
Se levantó y abrió la ventana.
Suspiró. Después se peinó frente a un
espejo que había sobre una palangana.
—¿Y qué le parece el pueblo?
—Todavía no me parece nada.
El viejo levantó dos camisas del
suelo y escondió las alpargatas debajo
de la cama.
—Ser maestro es creer en Dios —
dijo—. Lo que se dice un verdadero
sacerdocio, ¿no?
—No.
—¿No? —lo miró, sorprendido—.
¿Cómo que no?
—No me parece que sea un
sacerdocio. Ni me parece que uno deba
creer en Dios por el hecho de ser
maestro. Yo no creo en Dios.
—Uy, uy, uy, eso es malo, amigo,
muy malo. En un pueblo como éste ser
ateo no es aconsejable. Le sugiero que
no lo diga. Acá la gente trata de creer
más y más, como si fuera una
obligación, como si así cada uno se
mirara menos para adentro. La fe es una
buena medicina, y Dios no es malo,
Oroño, sólo un poquito olvidadizo. Al
fin y al cabo todo el mundo le pide
cosas y él no puede estar en todas
partes. Alguien tiene que sufrir y pasada
mal, ¿no?
—Discúlpeme, pero no estoy de
acuerdo.
—Ya lo sé. Pero quiero verlo de
acá a un tiempo, cuando se sienta solo
como un terrón en medio del campo. Ya
va a cambiar.
—Hábleme de la escuela, ¿quiere?
—Hay poco que decir. Son
cuarenta y dos chicos en el único turno,
de mañana. Y cuatro o cinco que vienen
de tarde, pero porque si no yo me
aburro. Están todos juntos para los siete
grados. En general Son buenos, pobres,
flacos, brutos, pero... No es importante
que aprendan gran cosa. Ninguno va a
estudiar a Resistencia.
—¿Por qué?
—Porque nadie sale de Colonia
Perdida. No hace falta: los chicos hacen
lo mismo que sus padres. El hijo de
hachero será hachero. El de padre
cosechero será cosechero. Y heredan
también la miseria. El pueblo está
ordenado así.
—¿Y el resto de la gente?
—Hay de todo. Ya los va a
conocer.
—¿Pero qué hacen, de qué viven?
—Acá se trabaja cuatro meses en
las cosechas y todo el año en el obraje.
Y están el cura, el bolichero, el tendero,
el farmacéutico, el almacenero, el
intendente y los administradores. Nada
más. La gente no hace nada y ésa es su
virtud. O hacen que hacen cosas, pero
como cada uno conoce más las
limitaciones ajenas que las propias,
todos se resignan y se aceptan así: tratan
de vivir lo mejor posible y morirse lo
más tarde que se pueda. No me dirá que
no es una buena filosofía, ¿no? Acá no
hay gente mala. Los malos están muertos
o aquietados.
Se escuchó una campana. El viejo
se puso de pie.
—Venga que lo voy a presentar. La
campana la toca Nicasio todos los días
cuando calcula que son las siete y
cuarto. Lo habrá visto durmiendo en la
galería con sus perros. Es un borrachín
que un día se quedó aquí y desde
entonces toca la campana, corta el pasto
y trata de aguantar cada día ese día. Hay
que tratarlo como a un portero y se
siente feliz... Y a usté, ¿qué le dio por
venir a Colonia Perdida?
—Vine nomás.
—Claro —dijo el viejo—. Yo
también vine nomás. Hace cuarenta y
cuatro años.
Tres

Ahora ambos caminan mientras un


grupo numeroso de niños los observa en
silencio. Miran el monte que está ahí
nomás. Toño hace un comentario sobre
el paisaje, que es muy gris, y el viejo
está de acuerdo en que es una lástima
que el polvo lo cubra todo, pero acá el
clima es así y el verano es eterno y uno
se acostumbra, ya lo va a ver, y eso es lo
malo: acostumbrarse.
Juan Palacio dice estar convencido
de que por más que uno se resista, a la
larga termina adaptándose y se resigna.
Los hombres resignados son como las
líneas rectas, no tienen perspectiva.
Entonces uno se achata, se recuesta en su
propia soledad y acaba despreciando a
la gente, al pueblo, a uno mismo. Es que
uno se contradice y se traiciona
permanentemente: justo cuando va a
decir se acabó, planto y me voy, decide
esperar hasta mañana. Y mañana se
convence de que no está tan mal como
está. Y lo peor es que, siempre, cuando
uno se da cuenta ya es tarde.
Toña no lo mira. Siguen caminando.
—Qué quiere que le diga. Me
cuesta entender que haya venido por su
voluntá. Parece tan joven. ¿Cuántos años
tiene? ¿Treinta?
—Treinta y uno —sonríe, mira al
viejo a los ojos—. Pero qué ganas tiene
de quedarse, ¿eh?
—¿Qué? ¿Que yo? ...
—Sí, claro, usted. Tiene unas ganas
locas de quedarse.
Juan Palacio frunce el ceño, patea
un terrón y suelta una risita forzada.
—Puede ser —dice—. Pero usted
ya vino y los dos no cabemos.
Cuando llegan a la galería, Toña
mira hacia el pueblo: hay un sulky
detenido a cien metros, una mujer con un
bolso en la mano, varios perros, dos
chicas que barren la calle, un paisano a
caballo. Después observa a los niños.
Casi todos son muy pobres y bajo sus
guardapolvos blanquisucios asoman
ropas harapientas. Son caras angulosas,
demacradas, casi adultas.
—Buenos días, alumnos —dice
Juan Palacio.
—BUENOSDÍAS—MAESTRO —
grita el coro de niños.
—A la enseña con unción.
Toño lo mira. Está seguro de que
ninguno conoce el significado de esa
fórmula. Pero los chicos giran las
cabezas cuando empieza a escucharse
"Aurora" en un viejo fonógrafo. Al pie
del mástil de tacuara hay un gordito
peinado a la gomina y un peticito con los
zapatos lustrados. Izan una bandera
desteñida y algo deshilachada, en un
ambiente sin emoción, mientras la
mañana se entibia lentamente.
Después, los niños entran al aula.
Juan Palacio se dirige al hombre a quien
Toño viera durmiendo en la galería.
—¿Están todos, Nicasio?
—Faltan dó. El de Luján y un
Galínde.
Es un individuo sin edad, pequeño,
enjuto y encorvado como el dedo
meñique de una mano caída. Tiene la
cara agrietada y cobriza, unos ojos que
parecen dos agujeros de bala y una nariz
enorme y roja.
—Nicasio —dice el viejo—. Este's
el nuevo maestro.
—Qué tal —dice Toño.
Se miran pero no se dan la mano.
—¿Y usté? —pregunta Nicasio.
—Me voy esta tarde —responde el
viejo.
—No va'volver.
—No, nunca más.
Entran al aula. Hay un cuadro de
San Martín al frente, y otros dos, de
Rivadavia y de Sarmiento, al fondo. En
las paredes hay láminas con vacas,
pampas, insectos y máximas. Debajo de
San Martín está el pizarrón. Una ventana
da a la galería. Otras dos, en la pared
opuesta, dejan ver el monte. Juan
Palacio mira a sus alumnos, uno por uno,
detenidamente.
—Bueno muchachos —dice—.Yo
me voy a la ciudad y se queda con
ustedes el Señor Antonio Oroño, que
acaba de llegar de Resistencia. y
entonces tenemos que despedirnos.
Toño juzga que es mejor no estar
presente. El discurso promete ser
sensiblero, y la sensiblería lo agobia.
Nicasio ceba mates en la galería.
Los perros lo observan.
Toño se detiene junto al mástil y
enciende un cigarrillo. Al rato, Juan
Palacio sale del aula, con los ojos
brillosos.
—Qué lástima, carajo, qué triste.
Nunca pensé que sería tan difícil.
Y camina presuroso hacia la casa,
mientras una bandada de cotorras se
anticipa a las nubes que avanzan
trotando.
Toño lo mira indiferente.
Cuatro

El Bar El Jardín era un antiguo


caserón de ladrillos con dos grandes
vidrieras que daban a la calle. De jardín
sólo tenía algunas flores pintadas sobre
el viejo empapelado hecho jirones. En
el salón, de unos diez metros por lado,
había varias mesas cuadrangulares
rodeadas de sillas con sentaderas de
mimbre tejido. Mosquitos y vinchucas
giraban en torno de los faroles de
querosén. Tras el mostrador, una puerta
de la que colgaba una cortina roja daba
a las habitaciones interiores.
Ignoró la insistencia de las miradas
y se sentó junto a una de las ventanas.
Había caminado lentamente, observando
el paisaje de viejos ranchos de barro y
paja y las pocas casas de material. La
gente lo había mirado con asombro
desde las veredas falsas. Era la hora en
que se encendían los candiles; algunos
sacaban sus catres de tijera para dormir
a la intemperie y otros, simplemente,
tomaban mate o guaripola en las puertas
de sus casas. Era la hora en que la noche
trataba en vano de mitigar el sofocón de
los cuarenta grados de abril.
Se le acercó un hombre gordo, de
mediana estatura, casi calvo y con una
cara pálida como la de un payaso recién
maquillado. Sonrió mostrando dos
premolares de platino.
—Usté's el nuevo maestro —dijo
—. ¿El Señor Oroño?
Toño asintió.
—Tóo el pueulo habla de usté. Acá
no llegan gente, ¿sabe?
El gordo hablaba con tonada
paraguaya: las palabras salían como
mecidas en una hamaca.
Detrás, la concurrencia —numerosa
— no respiraba. Algunos se habían
inclinado descaradamente para oír
mejor.
—¿Qué toma, mestrro?
—Una ginebra, por favor.
—Enseída. Pero va'dispensar que
no tenemo hielo.
Corrió hacia el mostrador. Jamás
en su vida había sido tan diligente. Lo
recibió un murmullo perceptible. El
gordo chistó como ahuyentando a un
perro y volvió a la carrera. Depositó el
pedido sobre la mesa, esperó un instante
y luego se retiró.
Toño lo miró hacer, pensando que
los primeros días lo colmarían de
atenciones porque era nuevo en el
pueblo. Pero no se detenía a analizar lo
que estaba viviendo. Nada tenía edad.
Todo era de hace un rato, ayer, anteayer
a lo sumo. Las cosas pasaban porque
tenían que pasar, así había sido todo el
día, todo el viaje desde Resistencia,
todo el tiempo anterior, toda su vida,
todo lo que vendría. Se preguntó si de
veras vendría algo. En realidad, no
esperaba nada. Esperaba nada. Era su
única certeza.
—Disculpe, caraí mestrro —le dijo
una voz ronca—. ¿Me deja sentar?
Era un moreno enorme, de casi dos
metros, espaldas anchísimas y manos
callosas que sostenían nerviosamente un
sombrero aludo.
—Métale.
—Me llamo Gerunflo Romero —
dijo el hombrón. Tenía ojos achinados,
cejas quemadas y pómulos redondos y
gordos que le ensanchaban la cara.
Barbilampiño, su boca estaba coronada
por un bigote ralo. El sombrero
descansó en su falda.
—Uno'e misijo é alumno suyo.
—Ahá.
—Sí, hoy vino contento. Al viejo
Palacio no le quería por el Nicasio. Ya
le conocerá, supongo...
Toño asintió y pensó que la
amabilidad era mentira. Los chicos de la
escuelita lo odiaban, estaba seguro. Los
había atiborrado de deberes: un par de
problemas, tres trabajos de geometría,
una composición y una lección de
Naturaleza. La mentira era una excusa
para acercarse; estaría harto de cacarear
alrededor del paraguayo gordo.
—M'hijo es güeno, mestrro —dijo
el hombrón—. Si se hace'l loco déle
nomá por cabezudo. Pero cuídemelo del
Nicasio; se la tengo jurada.
—¿Por?
—Yo le digo nomá.
—Está bien.
El hombre bajó los ojos y se miró
las manos. Habló con rabia:
—Pasa que's un generáo... Vez
pasada me lo arrinconó al Artemio y se
abusó.
Toño achicó los ojos y preguntó:
—¿Cómo dice?
—Eso. Nicasio se lo mandó y yo se
la juré.
Se miraron sostenidamente. Y justo
en ese momento entró al bar un
hombrecito flaco, que vestía pantalones
claros y rotosos y una camisa que habría
sido blanca si la lavaban. Tenía cara de
retardado, la boca muy abierta y unos
ojos de mirar vidrioso, achinados, que
parecían encerrar entre paréntesis una
nariz anchísima y carnosa. Jadeaba
nerviosamente.
Se dirigió al paraguayo, gritando:
—¡Rojo... El intendente... me
mandó'ver... al nuevo mestrro...!
—¡Despacio, Marcial! ¡Ya te dije
que no entrés así, que me asustás la
clientela!
—Tá'bien, pero el intendente me...
—Ahi'stá —señaló Rojo—. Es el
Señor Oroño.
Marcial caminó hacia Toño, con su
paso desparejo y rápido. Su mirada
parecía incapaz de fijarse en un solo
punto.
—Güenas hiñor —dijo—. Dice'l
intendente que l'invita almorzar mañana.
Que por qué no le vio primero a él. Que
l'estuvo esperando too el día dihoy. Que
vaye mañana a las docenpunto.
Toño agradeció con un movimiento
de cabeza. La concurrencia elevó el
murmullo y algunos cruzaron miradas de
entendimiento. Rojo masculló unas
palabrotas.
Él siguió bebiendo su ginebra.
Cinco

El mate cocido con leche y sin


azúcar le dejó un gusto amargo en la
boca, como si hubiese pegado
estampillas toda su vida. Después se
recostó en la cama y fumó un par de
cigarrillos.
Cuando escuchó que llegaban los
primeros niños a la escuela, se puso de
pie y salió. El sol comenzaba a picar.
Caminó hasta el edificio.
—¿Quién es Artemio Romero? —
preguntó.
—Aquél —respondió un flaquito
picado de viruelas. Señaló a un chico de
unos diez años, relleno y aindiado, de
mirada triste, que comía una galleta
sentado en un tronquito—. ¿Quiere que
le llame?
—No —dijo Toño. El flaquito lo
miraba. Tenía una panza pequeña, como
una pelota escondida bajo el delantal.
Las piernas parecían un piolín con
nudos.
—Y vos quién sos.
—Miguel.
—Miguel cuánto.
—Miguel Perón.
Tenía los pelos parados como las
cerdas del lomo de los pecaríes, los
ojos mínimos, rasgos inconfundibles:
era un toba legítimo.
—No te hagás el vivo, pendejo. Tu
apellido, de veras.
—Perón —repitió el niño—. Mi
papá se llama Juan Perón.
Nicasio asistía a la escena con la
pava en la mano. Se acercó a Toño y le
entregó un mate.
—Miguel es hijo 'e un indio que
nació n'el obraje hace muchosaño. No
tenía padre conocido y tonce le
bautizaron Juan Perón. Hay mucho
jhindio que tienen nombre de prócere:
hay Domingo Sarnmiento, San Martín,
Belgrano... Hipólito Yrigoyen tamién;
hasta Julio Arroca, hay de too...
Toña asintió y entró al aula.
Explicó la regla de tres compuesta para
los mayores y las tres clases de
triángulos para los menores. En la hora
de lenguaje enseñó la conjugación de un
par de verbos y luego hizo preguntas a
los niños acerca de gustos, costumbres y
detalles de la vida en el monte, las
plantaciones y el pueblo. La mañana
pasó rápidamente.
Cuando la escuela quedó desierta,
se cambió la camisa, se mojó el pelo y
salió rumbo a la intendencia. Nicasio le
indicó el camino. El calor era intenso y
pesado; el mediodía tenía el olor de los
aromas del monte mezclado con el de
los guisos que cocían las mujeres del
pueblo. Las puertas estaban cerradas y
la gente comía con urgencia para dormir
la siesta a la sombra.

La intendencia era la misma casa


del intendente, una construcción amplia
y antigua, frente a la iglesia, plaza de
por medio, pintada de azul claro y con
varias ventanas —cuyas persianas
estaban cerradas— que daban a la
galería delantera. Un seto cubierto de
ligustrinas separaba al edificio de la
calle. Toña llamó y unos segundos
después se abrió la puerta principal.
Apareció una mujer de unos cuarenta
años, pelo castaño oscuro, pechos como
ubres y ojos color miel. La sonrisa
dejaba ver sus dientes parejos y sanos.
—Adelante, adelante —lo invitó,
casi cantando—. Lo estábamos
esperando, Señor Oroño, creíamos que
ya no venía...
Toño se dejó llevar y de paso vio
al retardado regando unos naranjos a un
costado de la casa.
Entraron a una sala blanca en cuyas
paredes se destacaban tres retratos de
hombres bigotudos y solemnes: un
militar y dos civiles. La mujer le rogó
que esperara un minutito. Un quinqué de
plata le llamó la atención. Leyó la
inscripción en la base: "A nuestro
querido intendente Marcelino Grande,
por ser grande entre los grandes. Su
pueblo, Colonia Perdida".
A la izquierda había una puerta. Se
abrió y Marcelino Grande apareció
dando unos pasos enormes. Un bigotazo
magnífico, rubio como todo él, parecía
caminar adelante. Toña tuvo la certeza
de que había visto alguna vez a ese
hombre. Enseguida se dio cuenta: era
uno de los tres individuos cuyos retratos
estaban en esa misma sala.
—¡Salud, amigo, salud! —dijo
Grande con voz estrepitosa—.Vaya que
es usté poco formal. Llega al pueblo y
no me viene a ver. Tengo que enterarme
por los demás de que se encuentra entre
nosotros un eximio maestro ciudadano a
quien me complazco en darle
oficialmente la bienvenida.
—Gracias —dijo Toño—. No es
para tanto.
—No señor. Soy intendente desde
hace diecisiete años, cuando se nos
murió el benemérito y eficiente Jacinto
Portal, que en paz descanse, y ésta es la
primera vez que recibo a un visitante.
Compréndame...
—Claro, claro...
—Y como le decía, amigo mío —
Grande gesticulaba, mostrando sus
muchos anillos. Parecía un molino de
viento cuando se zafan los frenos de las
aspas—, usté es un hombre poco formal
pero no se preocupe que yo lo entiendo.
Estuvo ocupado, seguro. Y está bien:
sólo los ocupados construimos. ¡Qué
sería de este bendito país sin gente que
tenga que hacer!
La panza parecía contenida por
varias fajas. La culata de un revólver de
considerable tamaño aparecía sobre el
ancho cinturón, a un costado de la
hebilla de plata en la que relucían sus
iniciales. Sus ojos eran muy claros y sus
cejas tupidas. Mediría un metro noventa
y seguramente sobrepasaba los cien
kilos.
Se dirigieron a otro salón, en el que
había una mesa preparada para tres
comensales. Un florero en el medio,
repleto de jazmines, despedía un
agradable perfume.
—Por aquí, Oroño —dijo el
intendente—. Le repito que es un honor
tenerlo con nosotros.
—Siéntese ahí —invitó la mujer—.
La casa es chica pero el corazón es
grande, usted sabe.
—Grande —dijo el intendente—.
Como que me llamo Marcelino Grande.
Toño sonrió, creyendo que se
trataba de una broma. El intendente
dispuso que se sirviera la comida.
Tomaron tres botellas de vino y
Grande comió como si lo hubieran
tenido a dieta una semana. En ningún
momento dejó de hablar: de Resistencia
ciudad a la que hace mil años que no
voy usté sabe las obligaciones al frente
de la comuna porque acá el intendente es
además comisario juez de paz y jefe del
registro civil vea es para volverse loco
yo no sé uno se sacrifica por el progreso
del pueblo pero hay gente mala son dos
o tres a los que tengo bajo control usté
comprende los rebeldes nunca faltan
además tengo a mis hijas estudiando en
la capital y viera qué maravilla de hijas
contale Mary pero cuídese Oroño
porque enseguida se va a hacer de
enemigos lo van a envolver en barullos
y mire por más bueno que uno sea la
gente confunde y cree que uno es boludo
con perdón de la palabra y si se deja
pasar al cuarto está listo yo sé lo que le
digo mire vea siga mis consejos que
nadie conoce Colonia Perdida como yo.
Después del postre se levantó y
hurgueteó en un aparador de madera
oscura. Sacó una botella envuelta en una
redecilla de hilo y un par de copitas.
—Esto es extraordinario —afirmó
—. A este coñac lo tengo desde hace
diecisiete años y ésta es la oportunidad
de saborearlo. Me lo regaló Jacinto
Portal antes de morir. Me dijo: "Te lo
dejo para las grandes ocasiones,
Marcelinito". Después dio vuelta los
ojos y se murió. Fue como la entrega del
bastón de mando. Gran intendente
Portal. Una vida al frente de la comuna.
Sirvió las dos copas, se puso de
pie y exclamó:
—Solemnemente lo recibo como
maestro de Colonia Perdida. Que su
gestión sea positiva en pro de la
educación de nuestros hijos y... en fin,
disculpe pero no sirvo para pronunciar
discursos. Además, acá no hacen falta.
Así que bienvenido.
Mientras tomaban el café, el
intendente habló de las mejoras de la
calle, de la poda de las árboles y de las
fórmulas con que redactaba los
certificados de nacimientos,
matrimonios y defunciones. Hizo
hincapié en la necesidad de mantener la
cordialidad entre la gente. Toño se sintió
repentinamente cansado, pero Grande
estaba en su apogeo.
—Si el pueblo se aburre, estoy
sonado —dijo, agitando el índice
derecho de arriba hacia abajo—.
Siempre hay que darles en qué pensar,
algo a qué combatir. En cuantito se
sienten bien y livianos me hacen
planteos estúpidos. Ya los va a conocer
—miró el reloj de la pared: eran las tres
y cuarto—. Dentro de un rato saldremos
pa'hacer una recorrida. Le voy a
presentar a la gente... que vale la pena.
Seis

—¿Usted pertenece a algún partido,


intendente?
—No, acá no hay.
—¿Y eso?
—El Coronel MacGuire, primer
intendente del pueblo, determinó que
fuera un cargo hereditario o algo así:
cuando un intendente se está por morir
nombra al sucesor. A Portal un día se le
dio por morirse y me llamó.
"Marcelinito (era muy cariñoso
conmigo), vos vas a ser el intendente —
me dijo—. Dale duro a los que se te
rebeléen. Abajo los sagua—á." Entonces
llamé a Lema, al tendero Maderal, al
cura, al almacenero Gold y a los
administradores del obraje y del
algodonal. Fueron los testigos de la
decisión de Portal.
—¿Y el pueblo? ¿No se opusieron,
no dijeron nada?
—¡Qué iban a decir! En el entierro
de Portal anuncié que me hacía cargo de
la intendencia y que esperaba la
colaboración de todos.
—Sí, pero ... ¿y los partidos?
—Nunca hubo, ya le dije. Acá
miramos los acontecimientos nacionales
como desde un balcón, ¿vio? Además,
sólo unos cuantos estamos enterados de
lo que pasa. Los que tenemos radio.
¿Para qué informar a todos? Si somos
pocos. Entonces nos dividimos entre los
que están con los intendentes, en este
caso conmigo, y los que no. Es muy
sencillo y se vive bien.
—¿Y los que están en contra?
—A esos los tengo a raya. El día
que deje de tenerlos estoy frito.
Cruzaron la plaza. Grande explicó
que en el mástil no flameaba la bandera
porque la única que poseían la usaban
para las fiestas patrias.
La iglesia era de ladrillos sin
revocar. En el frente —de unos ocho
metros— había una cruz de madera a la
izquierda y una enorme puerta a la
derecha. Entraron. La única nave estaba
ebria de luz. Tres altos ventanales a
cada lado iluminaban los bancos vacíos.
Al fondo, se divisaba el altar: un Cristo
chiquito extendía sus brazos hacia un par
de santos ubicados a los costados y, más
abajo, se observaba a la Virgen de la
Soledad, vestida de celeste y orlada de
estrellitas de lata.
—¡Padre! —gritó el intendente—
¡Padre Gabriel!
De atrás del altar salió una cabeza
calva y brillosa.
—¡Chist, carajo! ¡No porque sea
intendente va a entrar a las gritos en la
casa de Dios, ché!
A la cabeza calva sucedió un
cuerpo menudo, enfundado en una sotana
gris. El Padre Gabriel era un hombre de
entre sesenta y setenta años. Tenía los
ojitos perdidos tras las gafas de miope,
calzadas sobre una nariz aguileña y tan
fina como toda su cara, y se notaba que
era un hombre pulcro y de modales
estudiados.
—Está bien, pero no se enoje.
Vengo a presentarle al Señor Antonio
Oroño, ilustre visitante de Colonia
Perdida y desde hoy nuevo maestro del
pueblo.
—Desde ayer —corrigió el cura.
Su boca, de labios muy finos, apenas se
movía—. Llegó ayer de madrugada y dio
su primera clase acompañado por Juan
Palacio.
—Mucho gusto —dijo Toño.
El cura refregó su diestra en la
sotana antes de extenderla.
—Padre Gabriel Maldonado a sus
órdenes. y créame que es un placer.
Hace años que no veo una cara nueva.
—Bueno, padre —dijo Grande—.
Usté comprenderá que andamos de
pasada. Tengo que presentarle al resto
de la gente. Así que lo dejamos.
—Confieso de tardecita —dijo el
cura, dirigiéndose a Toño—, y se
comulga en cualquier momento. Pero
venga cuando quiera; será un gustazo
que me cuente cosas de la ciudá.
—A charlar voy a venir.
—Lo espero —dijo el cura,
entendiendo.
—Chau padre —dijo el intendente.
Cuando cruzaban el umbral de la
iglesia, el sacerdote corrió hacia ellos y
le preguntó a Toño si sabía jugar al
truco. "Y claro", fue la respuesta.

En la primera cuadra a la derecha


de la iglesia estaba el Bar El Jardín.
Pasaron frente a la puerta, en silencio.
Algunos metros más adelante, Grande
dijo:
—A Enrique Rojo ya lo conoció
anoche. Es mala persona; se hace el
simpático pero es un renegado hijo de
perra y un pésimo patriota: como
paraguayo es malo y como argentino
peor. Los patriotas no son privilegio del
pasado, Oroño. Y los antipatria
tampoco. Este es comunista y anarquista.
Toño no hizo comentarios y así
llegaron, en silencio, a la tercera cuadra
a la derecha de la iglesia, donde se
ubicaba la Farmacia Lema. Entraron. El
intendente pateó una silla y adentro, tras
una puerta, se oyó un murmullo.
—Ricardo —dijo el intendente—.
Soy Grande.
Apareció un hombre macizo y
retacón. Toño lo reconoció: era el
mismo al que había visto tomando mate
y que lo había apuntado con una
escopeta. De cabeza llamativamente
redonda y poblada de canas, tenía
muchas arrugas en la cara, los ojos
saltones y la boca como un esfínter
fruncido. Su mirada era inteligente.
—Ricardo —dijo Grande—. Te
presento al nuevo maestro: el Señor
Antonio Oroño.
—Mucho gusto —dijo el
farmacéutico—. Creo que ya nos
conocemos.
—Sí, claro —sonrió Toño, dándole
la mano.
—¿Cómo? —se asustó el
intendente.
—De vista —explicó Toño—. Nos
vimos cuando llegué.
—Ahá. Bueno, el Señor Ricardo
Lema es el boticario, y eventualmente
médico, del pueblo. Uno de nuestros
más eficaces colaboradores. Es
importante, Oroño, que frecuente su
amistad. Lema es un hombre culto,
sabio, prudente y bien intencionado.
Toño adivinó un brillo jocoso en
los ojos de Lema.
—No es para tanto, Marcelino, no
es para tanto...

En la segunda cuadra a la derecha


de la iglesia, y sobre la vereda de
enfrente, se destacaba la casa de Ramiro
Luján, administrador del Obraje El
Quebrachal. Era una mansión de campo:
un edificio cuadrado, de una sola planta
y techo a cuatro aguas, con numerosas
ventanas protegidas por gruesas rejas de
hierro forjado. Emplazada en mitad de
la cuadra, la rodeaba un parque en el
que abundaban rosales y malvones. Al
fondo, había dos limoneros de los que
colgaban orquídeas silvestres.
Una mujer de rasgos indígenas,
gorda y morena, les salió al encuentro.
Tenía los pómulos elevados, la nariz
chata y la boca carnosa.
—Güena, caraí intendente —dijo la
mujer—. Pase usté.
—Cómo le va, Ña Clara. ¿Está
Luján?
—Y sí. Pase usté qu'el hiñor
Ramiro le va'tendé.
Ramiro Luján era un hombre de
estatura mediana, más bien delgado y
con una cara rubicunda y casi
inexpresiva que delataba alguna
ascendencia sajona. De unos cuarenta
años, su mirada era firme, clara y fría.
Tenía unas extrañas manos de cardíaco:
nudosas y con las uñas gordas y anchas.
Estaba recién afeitado y jugueteaba con
un rebenque. En la cartuchera, sobre la
pierna derecha, cargaba un Colt calibre
38.
—Hola, intendente.
—Vengo a verlo, Luján, para
presentarle al nuevo maestro de Colonia
Perdida, el señor Oroño.
—Ahá —dijo Luján—. Mucho
gusto.
Sin darles la mano, se dirigió al
intendente.
—Estaba por ir a verlo. Tengo un
problemita que me interesa consultarle.
—Cómo no —se alegró Grande—.
Cómo no, Luján, cuando quiera. Usté
sabe que estoy a sus órdenes.
—Lo veré esta tardecita o mañana
temprano.

Una cuadra a la izquierda de la


iglesia estaba la Tienda El Amanecer. y
justo enfrente, el Almacén Casa Gold.
Primero fueron a la tienda.
Los recibió un hombre alto y de
pelo escaso.
—Don Grande —dijo con una
sonrisa que mostró dos hileras de
dientes equinos: amarillos y enormes—.
Qué gusto verlo.
—Floro —dijo el intendente—, te
presento al nuevo maestro. y
dirigiéndose a Toño, agregó:
—Floro Maderal, el mejor tendero
del mundo, el de los precios... ¿Cómo es
eso, Floro?
—Maderal Floro el de los precios
de oro, o Floro Maderal el del precio
especial —sonrió. Los dientes eran
impresionantes. Se dieron la mano. El
tendero siguió:
—Me dijeron los chicos que usté's
un gran maestro, Señor Oroño.
—Gracias —dijo Toño—. Sus
chicos son encantadores.
—Claro, claro —dijo el intendente
—. De tal palo tal astilla —y acarició
una tela—. ¿Y, Floro? ¿Cómo andan las
cosas?
—Mal, intendente. No nos llega la
mercadería. El Gerunflo Romero se
retrasa con sus mulas y ya no tengo qué
vender.
—Algo de eso supe. A Gold le
pasa lo mismo.
—No hablemos de esos... ¿Toman
algo?
Marcelino Grande explicó que
estaban de paso. Maderal insistió sin
suerte un mate un tecito intendente no
me desprecie mire qu'es ingrato
siempre anda a las apuradas y usté
Señor Oroño venga cuando quiera ya
sabe qu'ésta es su casa. Y los dientes
equinos salían a relucir a cada palabra
porque su dueño recogía los labios
como se arremanga una camisa.
Mientras cruzaban la calle, Toño se
preguntaba quienes serían los hijos de
Floro Maderal.

El almacén era el amplio jól de una


casa grande en el cual se habían apilado
estantes, cajones y un mostrador de
madera despintada. Había una balanza
con dos platos de aluminio y varias
pesas de bronce. Entre latas y paquetes,
aceites y yerbas, moscas y salames,
Nicomedes Gold hacía sus cuentas en
una libreta y con un lápiz cortito que
cada tanto montaba sobre su oreja
derecha. Era bajo y delgado, de nariz
recta y ojos pardos, abundante cabellera
y manos firmes.
—Intendente —sonrió, sin mucha
convicción—. Buenas, Señor.
—Cómo está, Nicomedes. Vengo a
presentarle al nuevo maestro.
—El Señor Antonio Oroño —dijo
Gold—. Que vino ayer de madrugada y
se hizo cargo del vacío que nos deja
Juan Palacio.
—Exacto —dijo Grande—. Usted
sí que es un hombre informado. Mire,
Oroño, acá el amigo es un magnífico
exponente de Colonia Perdida: nació y
progresó en el pueblo.
—Y son cuarenta y siete años —
apuntó Gold.
—Qué bien —dijo Toño.
—Y cómo andan las cosas, Nico —
preguntó el intendente.
—Andan nomás... Usté sabe que
acá no se puede enriquecer nadie.
Solamente se gana pa'vivir
modestamente.
Grande miró a Toño, orgulloso.
—Mire qué ejemplo de humildad.
Gold estaba preocupado.
—Intendente... ¿El señor Maderalle
dijo algo de mí?
—No.
—Porque usté sabe que tenemos
alguna diferencia. Cada vez que hay
viento Norte él aprovecha y limpia, y la
mugre viene a mi negocio... ¿No podría
hacerse una ordenanza que prohíba
limpiar y sacar basura los días de viento
Norte?
—Los días de cualquier viento,
Gold —dijo Grande, dirigiéndose a la
puerta. Toño lo siguió presuroso, harto.

Una cuadra más allá, vivía Jesús


María Pérez, comisionado de los
Establecimientos Algodoneros Sociedad
Anónima. Era una vieja casa pintada de
blanco, con margaritas y malvones en el
jardín anterior. Una mujer joven regaba
las plantas.
—Rosario... ¿Está su esposo?
La mujer se dio vuelta y asintió en
silencio. Tenía un rostro interesante:
ovalado, de nariz fina con pequeños
orificios hacia adelante, boca amplia y
sensual y grandes ojos marrones.
Menuda pero esbelta y de pechos firmes,
sus piernas se escondían bajo una larga
falda de colores suaves. Miró a ambos
fugazmente y después bajó la vista.
—Pasen —dijo—. Jesús está
vistiéndose para ir a la plantación.
Pérez se peinaba frente a un espejo,
en el comedor. Mayor que su mujer,
debía rozar los cincuenta años. Sus ojos
eran claros, de mirada fría, y aunque en
la boca se le notaba una mueca de
desagrado, o de desconfianza,
impresionaba como un hombre
inteligente, calculador y astuto.
—Salú, Jesús —dijo el intendente.
—Buenas —respondió Pérez, quien
no pareció alegrarse por la visita.
Grande hizo las presentaciones una vez
más.
—Oroño —dijo—, Pérez aún no
tiene hijos, pero en cuanto se largue le
llena la escuela.
—¿Usté viene a radicarse? —
preguntó Pérez, desviando la
conversación. Toño le descubrió un
ligero acento español.
—Sí, claro.
—Bueno, vamos —dijo Grande—.
Que si nos quedamos nos invitan a tomar
unos mates y no andamos con tiempo.
Chau, Pérez.
Salieron los tres en silencio. En el
jardín, la mujer seguía regando las
plantas. Pérez dijo:
—Rosario, adentro que te necesito.
—Pero las plantas, Jesús.
—Un cuerno. Adentro que te
necesito.
Caminaban por el medio de la
calle. Toño sabía que eran observados,
que en las ventanas manos anónimas
descorrían las cortinas para verlos
pasar. Solo quería irse a dormir el resto
de esa maldita siesta. Ni siquiera,
pensó, voy a sacar la mugre que me dejó
el viejo Palacio.
—Bueno, amigo, ya sabe que estoy
a sus órdenes. La semana que viene lo
volveré a invitar a comer. Me gusta
agasajar a los que llegan al pueblo.
—¿Pero no era que yo soy el
primero?
—No tiene nada que ver. Me gusta
igual.
Se dieron la mano en el centro de la
plaza, bajo el mástil sin bandera.
En la escuela, Nicasio tomaba
mates en la galería, mientras sus perros
masticaban el aire cazando moscas; el
silencio sólo era quebrado por el chocar
de las mandíbulas. Toño lo saludó con
un movimiento de cabeza y siguió de
largo, hacia el rancho. Al abrir la
puerta, lo sorprendió la limpieza. Miró
la cama recién tendida, las sábanas
cambiadas, la alfombrita sacudida, el
calentador y los utensilios limpios y en
orden. La ventana estaba abierta y
entraba un grueso rayo de sol. Sobre la
mesa había una botella de litro con tres
rosas color té. El olor era agradable. Se
dio vuelta.
—¡Nicasio, quién me limpió el
rancho!
—¡No sé! —gritó Nicasio desde la
escuela.
—¡Pero quién vino!
—¡Nadie!

Siete

Esa noche volvió al Bar El Jardín.


Se sentó a la misma mesa, junto a la
ventana, y tuvo la sensación de que todo
se repetía: el murmullo, la curiosidad
general, el paraguayo gordo que se
disculpaba por no tener hielo.
Bebió su ginebra en silencio,
mientras repasaba las sorpresas de esa
tarde. Había salido a caminar por los
alrededores de la escuela, intrigado por
esas flores y la limpieza del rancho.
Cómodamente recostado bajo la sombra
de los eucaliptos que preceden al monte
y masticando unas hierbas, había
escuchado atentamente los sonidos de la
selva: los gritos de los monos, el canto
de los pitohué y el estruendo de las
chicharras, y ese particular zumbido de
mosquitos, jejenes y tábanos hasta que,
después de un largo rato, oyó aquellos
chasquidos frente a la escuela, seguidos
de un grito agudo y una andanada de
insultos. Se acercó a la tranquera, sin
entender, y observó a las cuatro figuras
que se dirigían a la plaza: tres hombres
vestidos con camisas celestes, armados
con rifles y con cananas cruzadas en
pecho y espalda —uno de los cuales
esgrimía un amenazante teyú—ruguay—
llevaban prisionero a un cuarto
individuo.
Llamó a Nicasio, quien armaba un
cigarrillo junto al fuego que había
encendido.
—Quiénes son.
—Lo brigáa ... y el otro é jhindio.
Habrá robao o eso. Vaye sabé.
Él repitió brigadas y puso cara de
no entender.
—Sí, lo brigáa de control de traájo.
Hay dó: una n'el obraje y otra n'el
algodonal. Son como policía, ¿vio? La
policía d'ellos.
Enrique Rojo se paró a su lado y
tosió discretamente. Toño bebió un
sorbo y lo miró a los ojos. El paraguayo
esbozó una sonrisa.
—¿Y; qué tal?
—Está buena, sírvame otro vaso.
—No, decía si está contento n'el
pueblo.
—¿Por?
—Digo nomá, si le gusta.
—Usted... ¿qué opina de las
brigadas de control de trabajo?
—¿Por qué me lo pregunta?
—Porque esta tarde vi que llevaban
a un indio.
Rojo movió la cabeza juntando
saliva y escupió un gargajo pesado y
oscuro.
—Son unos asesino —dijo,
mordiendo las palabras—. No me hable
d'ellos.
Una hora después, recorrió la calle
con la actitud de un centinela alertado.
Ya no había luces y la quietud delataba
el sueño en que se sumía Colonia
Perdida.
En la galería de la escuela, Nicasio
dormía junto a uno de sus perros. El otro
salió a reconocerlo, pero sin ladrar. A la
luz de la luna, los brotes de paraísos del
techo de su rancho parecían dibujar
mapas de ríos que desembocan en el
mar.
Cuando abrió la puerta, sintió el
aroma de las rosas. Le sonrió a la
oscuridad y, sin encender la vela, se
acostó vestido, sobre las sábanas, para
pensar.

Desde entonces su vida fue tan


rutinaria y monocorde como sus clases
en la escuela. Los cuarenta y dos niños
llegaban todas las mañanas, atraídos por
la campana que tocaba Nicasio; se izaba
la bandera y él pronunciaba algunas
palabras de aliento, en una terca
arremetida contra la desilusión que se
dibujaba en la mayoría de las caras.
Eran discursos breves, de palabras
fáciles y frases cortas. A veces les hacía
preguntas acerca de sus padres, o de las
enfermedades que azotaban a todos, y
siempre terminaba exigiéndoles que
dijeran sus opiniones, si las tenían, y los
incitaba a discutir con él.
Después de las clases, se
preparaba alguna comida, secundado a
veces por Nicasio. Los niños le
llevaban, casi diariamente, pollos,
gallinas, patos, huevos, leche, verduras
y chorizos caseros.
Por más que quiso convencerlos de
que no debían hacerle obsequios —y
aunque más de una vez los rechazó—
terminó por aceptarlos, para no herir
susceptibilidades. Después de comer,
dormía una breve siesta y por las tardes
se quedaba encerrado en su rancho,
fumando un cigarrillo tras otro, con la
vista fija en el techo. Algunas veces
escribía cartas que después rompía, o
salía a caminar por las inmediaciones de
la escuela y se internaba en el monte.
Todas las noches iba al Bar El
Jardín. Casi siempre alguien le pedía
permiso para sentarse con él.
Cambiaban impresiones sobre el tiempo,
las cosechas, el vinal que ya era plaga,
el régimen de trabajo en los obrajes y
sobre la vida y costumbres de los
habitantes de la colonia.
Supo que su llegada fue tema de
conversación durante semanas, y que
hasta se produjo una polémica acerca de
su viaje por la picada.
Muchos dijeron que había llegado a
lomo de mula y no caminando.
Algunos porfiaron haber visto una
mula flaca y patizamba en el patio de la
escuela aquella mañana de abril.
Ricardo Lema, entonces, decía: "No,
vino caminando".
Supo también que su llegada
despertó desconfianza porque, como
todo pueblo chico, Colonia Perdida
sospechaba de los forasteros. Se dio
cuenta de que engendró odios, porque
había necesidad de conservar el orden
presente, y un nuevo habitante siempre
ocupa lugar e implica cambios. Y generó
envidia, porque los pueblos que durante
veintisiete años no recibieron visitas,
envidian a los que llegan y tienen, al
menos, misterio. Muchas veces se
preguntó el por qué de su arribo; si
había sido para tanto; si soportaría la
inmensa soledad de la selva.
Alguna vez intuyó que todo
ocurriría lenta, perezosamente, porque
el tiempo carecía de prisa y para la
tienda, el almacén, la iglesia, el bar, la
farmacia, la plaza, la gente, todos los
días eran iguales. En más de una ocasión
se preguntó por qué. Y se respondió que
su única expectativa era la nada; lo más
que podía hacer era dejarse llevar.
Y también lloró, aunque no
demasiado. Y poco a poco se dio cuenta
de que ése era un pueblo vacío,
resignado y sin esperanzas, un pueblo
donde verdaderamente se podía morir
olvidado del mundo.
Segunda Parte
Uno

—Y así nomá he de terminar.


—Pero es triste.
—Y qué... Al hambre le v'ia ganar
de alguna forma.
—Sí, pero yo digo que es triste
haber trabajado toda la vida para
terminar así.
—Usté no entiende, mestrro. La
ciudá ha de ser distinto.
—No es cuestión de ciudad, Don
Sanda.
—Si usté dice...
El viejo Sandalio Quiroga se quedó
pensativo. Había sido cachapecero,
hachero, carpidor, peón de playa y ya no
recordaba cuántos oficios más. Tampoco
sabía su edad ni la cantidad de hijos que
había engendrado; pero no era menor de
setenta años y una colonia de jóvenes
Quiroga atestiguaba su virilidad. De
ojos penetrantes, bajo la nariz usaba un
bigote llamativamente gris. No era un
hombre corpulento, pero a su lado se
tenía una inequívoca sensación de
seguridad. Su cabeza pequeña, poblada
de cabellos blancos, le daba el aspecto
del abuelo que cualquiera desearía
tener.
Toño, quien poco después de
arribar a Colonia Perdida conoció el
obraje guiado por Enrique Rojo, se
había hecho amigo del viejo Sandalio
desde sus primeras visitas a las playas
de El Quebrachal Sociedad Anónima.
Lo había visto ir y venir, con ese
aspecto mezcla de resignación y
dignidad que el viejo resumía en su
andar, y una tarde lo siguió hasta su
rancho, una tapera de barro y paja
custodiada por una larga familia de
perros. Construida en un abra entre
tupidos algarrobos e itines, los arbustos
que crecían en el techo delataban su
antigüedad. Se acercó en medio del
escándalo provocado por los perros que
lo rodearon y ladraron. El viejo le dijo
"güenas" y le ofreció unos mates.
Fue e! comienzo de una útil
amistad. En frecuentes, interminables
mateadas, Toño aprendió a conocer e!
monte y a distinguir sus ruidos.
Aprendió a orientarse en la espesura y a
diferenciar olores, colores y
propiedades. Aprendió que e! hachero
habla mucho con su conciencia, como
hombre solitario que es, y que e!
sapukay es un grito de triunfo pero
también de impotencia, de rabia
contenida, la única gran prueba que
tienen esos seres para demostrarse su
dominio sobre la naturaleza. Porque su
labor es compleja y extenuante: cortar el
quebracho, desramado, pelar el rollizo,
montado al alzaprima. A veces, todo en
un solo día, por un jornal que apenas
alcanza para yerba, vino y pan, y con la
atemorizante certeza de que los hachazos
pueden atraer a los yaguaretés. Pero su
necesidad de tumbar al árbol es más
fuerte que el temor a enfrentarse con un
tigre. Quizás por eso, los últimos golpes
de! hachero son desesperados, cargados
de odio, como si esa arremetida
estuviera destinada a matar a su peor
enemigo: el que le da de comer.
El viejo sólo hablaba en respuesta
a preguntas concretas, y sabía ser
explícito economizando palabras. El
resto del tiempo se encerraba en un
silencio amplio como el de las tardes
tristes. Se había quedado solo por esas
cosas que pasan: un poco por su mal
genio y su egoísmo con las mujeres; otro
poco por temperamento;
fundamentalmente porque la vida era así
y a él no le importaba mayormente lo
que no entendía con claridad. Para él lo
único cierto era que e! monte imponía
sus reglas y era inútil oponerse. La
opción era tomar la vida que ese mundo
ofrecía, o dejarse morir. Y como ningún
hombre se deja morir, decía, entonces y
aunque no comprenda, vive como puede.
Toño lo escuchaba con atención. A
veces se asombraba o pretendía discutir.
El anciano, entonces, se encerraba en un
oscuro y pegajoso silencio, como
dejándolo solo, como para que
comprendiera lentamente. Y luego decía:
—El destino n'el monte no se
cambia, chamigo mestrro; se aguanta
nomá.

Yo estaba más loco que una cabra.


Me había convencido de que no existía.
Me ponía a prueba constantemente,
siempre en busca de lo indemostrable.
¿Quién me dijo que estoy vivo? ¿Cuál es
la prueba, e! certificado, la garantía que
indica categóricamente que uno existe?
¿Y si uno sólo se ha autoconvencido de
existir? ¿Acaso ver, sentir, escuchar,
transpirar, hacer el amor, hablar con la
gente, ocupar, presuntamente, un lugar en
el espacio, es estar vivo? ¿Y quién dijo
que en la no existencia no se ve, no se
siente, no se escucha y todo eso? Mil
interrogantes por el estilo me
inquietaron durante toda mi
adolescencia. Yo estaba más loco que
una cabra.
Una noche Malena dormía, y yo,
desvelado y fumando en la oscuridad,
me preguntaba por qué razón, si ella
dormía, su sueño significaba que estaba
viva. ¿Acaso el haberle pegado unos
chirlos a Carlitos esta mañana —me
pregunté— demuestra que está viva? ¿El
hecho de que hoy hayamos cogido
después de un mes (qué le voy a hacer,
no tengo ganas) quiere decir que
estamos vivos? ¿Sentir algo de vez en
cuando, o ver pájaros o carros que van
al mercado al amanecer, implican
aceptar que uno existe? ¿Y si uno no está
vivo, qué? Ninguna respuesta, de las que
intenté, me satisfizo. Entonces me dije
que seguía tan loco, etcétera, y me fui a
la cocina, me hice un sángüiche y seguí
pensando. A ver, me dije mientras
comía, yo creo ser yo con mi cuerpo
desde que nací, y soy un tipo físicamente
completo, supongamos, admitamos.
¿Entonces estoy vivo? ¿Soy, existo por
eso?
Me niego a aceptarlo, como niego
montones de cosas y allí está el
problema: sé lo que niego pero no lo
que afirmo.
Terminé el sángüiche y volví a la
cama, preocupadísimo.
Pero al día siguiente todo fue
distinto. Miré a Malena con otros ojos,
no sé si más críticos o con una
desconocida dosis de estupor. Evité
hablarle, la eludí —también a Carlitos
— y no hice más que recordar el día en
que nos conocimos, a la orilla del río
Negro, y me encantaron sus rizos, su
pequeñez, su sonrisa que parecía
empeñada en reflejarse en mis ojos, sus
quince años y esa mirada
sorprendentemente verde. Reviví su
llegada, en bicicleta, y más de una vez la
vi arrojando esa piedra al agua, iplack!,
¡glug! y hasta volví a observar los
circulitos que arrugaron la superficie,
olitas redondas y nerviosas que
corrieron como monjitas huyendo de un
convento incendiado, hasta que se
disiparon un par de metros más allá en
virtud de no sé qué ley física. Y vi
nuevamente a Malena mirándome (yo
diría mirándome verdemente desde el
verdor de sus ojos verdes) y
—¿Cómo te llamás?
—Toño —le digo y me dice:
—Pero no. Te pregunto tu nombre,
no tu sobrenombre.
Malena y su lógica elemental, que
amé y odié sucesivamente.
—Ah. Antonio.
La miro. Me mira. Siempre verde.
Insisto:
—Pero me dicen Toño.
Me mira. La miro. Dice:
—Ya me lo dijiste, tonto.
Y otra piedra ¡glug! Esta más
grande, más pesada, el doble, el triple,
la tiré yo. Uno siempre hace cosas así
cuando lo sacan de su desgano, cuando
no quiere no sabe qué pero no quiere
algo.
Y después recordé a Malena
enamorada y enseñándome a querer si
quererla fue enturbiarme, salir de mi
rutina, crecer y al mismo tiempo
aprender a mentir, a especular, a luchar
para que no me dominara, para no
entregarme. Y si es cierto que los
recuerdos se encadenan, desde ese día
me volví más nostálgico, creo, porque
empecé a recapitular mi vida, a tientas,
inseguro. Por eso mentiría si afirmo que
encontré las respuestas; más bien
descubrí nuevos, inmensurables
interrogantes. Y empecé a saber que las
posibilidades de la mente son infinitas.

A veces solía matear con ellos el


indio Josecito, un mataco joven, ojeroso
y desnutrido que tenía una extraña
fortaleza para enfrentar al quebracho.
Era uno de los pocos nativos que
trabajaban en el obraje como hacheros,
pues los aborígenes eran tomados,
generalmente, como peones de patio,
cebadores o niñeros; las tareas mayores
estaban reservadas para los hijos de
santiagueños, correntinos o paraguayos
que con el tiempo se habían radicado en
la colonia. Los indígenas se limitaban a
tareas insignificantes que los obligaban
a vivir en un estado de miseria
permanente, mendicantes y hambrientos.
En su mayoría eran tobas o matacos de
aspecto enfermizo. La tuberculosis, las
fiebres palúdicas y el alcohol los
devastaban. Tenían los ojos
sanguinolentos, las manos siempre
lastimadas y en sus cuerpos se veían
heridas que la maleza y su propia
ignorancia reabrían. Muchos de ellos
alojaban familias de piojos en sus
cabezas, de pelos lacios pero tan
grasientos como sus mismos cuerpos.
Eran subseres que no vivían más de
cuarenta años y desde los treinta eran
viejos. No tenían amparo sanitario ni
legal alguno y ni siquiera se los
inscribía en el registro civil, pues desde
los tiempos del Coronel MacGuire se
los había segregado. Sólo unos pocos,
los que trabajaban como sirvientes
domésticos, niñeros o jardineros,
entraban al pueblo. Casi todos se habían
convertido al catolicismo, la mayoría
más por miedo o ignorancia que por
convicción. La iglesia de Colonia
Perdida daba misas exclusivamente para
ellos los domingos al caer la tarde, pero
nunca a la mañana por el olor intenso
que dejaban.
Eran razas amansadas a fuerza de
castigos y acostumbradas al trato con los
blancos. Pero conservaban sus
tradiciones, entre ellas la de vivir de la
caza y de la pesca en los numerosos
esteros de la zona. Minoritarios en el
poblado y sus alrededores, vivían
desperdigados en el monte, o en
pequeñas comunidades formadas por
unas cuantas taperas. Desde siempre,
sabían bastarse con lo que la naturaleza
les daba. Y quizás esa costumbre, esa
autosuficiencia hizo que fueran casi
exterminados. Josecito siempre lo decía
en su castellano duro: "Blanco le mata'l
monte; y si monte tene indio, jodió
indio".

Todas las noches Toño comentaba


con Enrique Rojo sus impresiones, y el
obeso paraguayo lo escuchaba sin
sorprenderse porque la vida en el obraje
no era extraña para él. Una vida dura,
que comienza antes del alba, con la
mateada que arranca a las dos o a las
tres de la mañana. Se trabaja a partir de
las primeras luces del día, hachazo tras
hachazo, y se interrumpe cuando el calor
es más intenso. Se come algún pedazo
de charque con galleta dura, se bebe
agua de botellones y algunos
simplemente mascan tabaco. Luego se
continúa la faena hasta que oscurece, y
después se duerme. Los hombres
matizan las noches con abundante
ginebra o caña.
Los Establecimientos Algodoneros
Sociedad Anónima abarcaban diversas
parcelas de tierra que se habían ganado
al monte a lo largo de los años, y algo
más de tres mil hectáreas que
conformaban un enorme rectángulo a una
legua de Colonia Perdida.
También se trabajaba el algodón en
pequeñas chacritas que explotaban
aparceros y arrendatarios. El acopio era
monopolizado por la empresa que
dirigía Jesús María Pérez, y que se
encargaba de llevar el producto a los
centros poblados en largas filas de
carretones tirados por bueyes o
caballos, a través de la única picada que
comunicaba al pueblo con la ruta que
iba a la capital.
La jornada también comenzaba muy
temprano, y continuaba hasta que la
tierra se recalentaba y endurecía por la
acción del sol. Bajo el rigor del verano
casi eterno, trabajaban
ininterrumpidamente hombres, mujeres,
niños y ancianos, y se los reconocía
también por sus manos, plagadas de
sangrantes callos de tanto meterlas en
los capullos para arrancarlos. Los
cosecheros transpiraban profusamente,
lo que los obligaba a beber caña o agua
calientes. La protección que les
brindaban los sombreros de paja, o los
pañuelos empapados que se anudaban
alrededor del cuello, eran pobres
recursos para evitar deshidrataciones o
insolación.
De todos modos, la recolección del
algodón era la época más próspera de
esa gente, si prosperidad era un
concepto aplicable a esas vidas
miserables.

Nadie escribe su historia si no es


uno mismo, empezó a repetir un día.
Hacía ya bastante tiempo que lo notaba
cambiado, extraño. No me sorprendió;
lo conozco mucho más de lo que él cree
y siempre sé si viene con alguna locura
nueva. Todas las madres del mundo nos
damos cuenta de lo que les pasa a
nuestros hijos. Y yo enseguida supe de
esas ideas raras que tenía, porque a la
hora de almorzar se ponía a hablar de
las injusticias del mundo, como si una
no las conociese. Comíamos y hablaba
del hambre. Yo le decía Toño, comé
querido, no te preocupés por eso, que
hambre siempre hubo, no hay nada que
hacerle.
Primero era yo sola, pero cuando la
conoció a Malena ella también se dio
cuenta y por suerte lo cambió un poco.
Pero yo sufrí mucho; qué no hace una
madre por su hijo adorado. Cuando era
chico le daba todos los gustos, lo
mimaba, le compraba lo que quería. Y
después que murió Antonio padre más
todavía, cómo no, si Toñito era mi
alegría, mi vida entera, mi desvelo
constante, y yo sólo quería que fuese
feliz y supiera el sacrificio de esta
madre que dejaba todo de lado por él.
Pero los hijos son todos iguales. Como
pajaritos: aprenden a volar y se olvidan
de la que los trajo al mundo. Sólo Dios
sabe cuánto hace una madre por su hijo.
Es la ley de la vida, sí Señor, en algún
lado debe estar escrito que una sufra
tanto.
Claro que por suerte, después que
nació Carlitos se puso mejor, dejó de
pensar en esas ideas y anduvo amoroso
otra vez, democrático como Dios manda.
TOÑO (en el porsche que da al
jardín de la casa frente al río).
—Dejate de decir tonterías, mamá.
Cuando nació el chico, ustedes no
hicieron otra cosa que joderme.
MAMÁ (tejiendo en la mecedora
de mimbre que juera de Antonio Padre).
—No me desmientas,Toñito. Nunca
dudes de la palabra de tu madre que te
quiere tanto y sólo vive para vos. Si
hasta habías dejado de ir a la iglesia,
acordate... Y mirá que yo te lo decía,
¿eh?
TOÑO (en Colonia Perdida, en el
rancho detrás de la escuela).
—¡Dejame de hinchar las bolas,
querés!
MALENA (en la cocina, donde
prepara un pastel).
—¡Toño! ¡No trates así a tu madre,
le debés respeto!
MAMÁ (un domingo, mientras
amasa y corta ravioies).
—Dejalo, queridita, es un ingrato
como son todos los hijos. Ya te va a
tocar a vos también. A los hijos hay que
comprenderlos; no tratar de reformarlos.
Cada uno es como es y nosotros los
viejos tenemos que adaptarnos. Los
tiempos nos superan.

Una tarde, mientras caminaba por


la picada que conducía a lo de Quiroga,
Toño escuchó el ruido de alguien que
corría.
—¡Hijo 'e puta! —gritó una voz, en
el monte—. ¡Brigáa hijoputa!
Se dirigió hacia el lugar de donde
provenían los gritos, pero se enganchó
en unas lianas y se distrajo para zafarse.
Cuando levantó la vista, un hombre bajo,
chueco y musculoso, lo miraba desde
unos cinco metros de distancia. Tenía un
hacha en una mano y temblaba de
indignación. Parecía más joven que lo
que seguramente era. En sus profundos
ojos negros se reflejaba e! instinto
animal de! montaraz que vale por y para
sí mismo. En el monte un hombre vale su
voluntad, su destreza, su coraje; no hay
vida más librada al azar que la suya. Y
en ese individuo se notaba que todo
estaba en contra de él y que él estaba en
contra de todo.
—Qué le hicieron, amigo...
—Lo brigáa ... ¡Me robaron n'el
pesaje, añá membí! Rollizo poguasú
nicó era el mío. Pero siempre nos joden,
nomá, siempre igual.
Toño extrajo un cigarrillo recién
armado y se lo ofreció.
—Lo persiguen —preguntó.
—No ha de... Hace rato que
meandanjodiendo nomá.
Fumaron en silencio, sentados en el
suelo. Se dijeron sus nombres y Toño
formuló algunas preguntas para las que
no obtuvo respuesta. Quirurgo Gauna era
un hombre cauteloso.

Sandalio Quiroga estaba sentado


con las piernas abiertas y el sexo le
abultaba exageradamente bajo la
bragueta de la bombacha. Los tobillos al
aire dejaban ver su carne ajada y sucia,
y las alpargatas parecían parte de sus
pies.
Las verdes llamas de un palo santo
encendido los iluminaban más. Toño
tenía el ceño fruncido y escuchaba
atentamente.
—Maguire era retobáo como él
solo... Nunca se sacaba el sombrero 'e
corcho, ni pa' dormir. Y andaba siempre
con el latiguito en la mano, que si le
agarraba a uno capá que le partía la jeta
en dó. Jue medio mujerengo, eso sí.
Machazo, viera mestrro, que no quedaba
ninguna pa'mujer de los otro gente.
Paece que él nomá se las culiaba toa. Y
siúro que de alguna le habrá nacido el
rubito ése, el Richar. Pero nicó habrá
sido por vergüenza, porque el Coronel
Maguire era maridao, que le negó al
mitaí y tonce le hizo aparecer como hijo
de un capanga que tamién era bringo, y
soltero. Un tal Jái, que despué se murió
en una fiebre... El coronel nicó le obligó
a toito que le llamáramo Ño Richar Jái
al chico. Y güeno..., aunque too sabíamo
qu'era su hijo de él, igual nomá le
empezamo a llamar asi, como había
ordenao el patrón.
"Pero despué pasó lo año y cuando
Portal jué intendente una vé le llamó al
Ño Richar y le dijo que mejor no se
llamara má así, porque había qué ser too
argentino. Le ordenó que se pusiera un
nombre que no juera bringo... Y paece
que al Ño Richar no le pareció mal
porque al otro día, nomá, va y dice que
nadie má le diga Richar Jái y que dende
ahora se iba a llamar Ramiro Luján, en
honor de una virgen que no era de por
acá".
El viejo cebó otro mate y lo sorbió
lentamente.
—Igualmente el don Ramiro sigue
siendo medio bringo por lo refinao.
Se rascó una pierna y miró
alternativamente a Josecito y a Quirurgo
Gauna.
—Éste jué de los primero que
sufrió e! efeto. ¿Te recordá, cheraí? Se
hizo un largo silencio. Todos parecían
concentrados en los mismos recuerdos.
—Le mataron al padre. Lo brigáa.
N'de balde que se resistió el taitá de
José, que era juerte demá. Lo brigáa le
cepearon tres día y ni siquiera le dieron
ahua pa' tomá. Y cuando le dejaron ir,
por atrá le siguieron dó hasta la tapera y
áhi le carnearon alante la pendejáa.
—Por qué hicieron eso.
—Porque se le había retobao a un
capatá que le tenía ojeriza. Un día le
hizo provocar por un brigáa brasilero,
un negro grandote, malo. Le acusó de
robarle la ginebra de su caramañola.
Tonce el taitá de José le dijo que no
había sido, y se dio güelta y se jué pa'las
casa mientra el negro le insultaba
fiero.Y güeno..., esa noche le buscaron y
le llevaron al monte pa' guasquearle. Le
llenaron la boca 'e ortiga pa' que
confesara, y despué vino el Ño Richar
Jái, que acababa de cambiarse'l nombre,
y le hizo estaquiar. Sufrió demá el
pobre, viera, que s'escuchaba de lejo su
grito...
Mientras el viejo Sandalio
chasqueaba la lengua, entre sorbo y
sorbo, Toño observó a Josecito: la
frente lisa, las cejas casi lampiñas,
como sus mejillas, y toda la cara del
color de un ladrillo nuevo. Sus ojos
estaban secos y opacos. Parecía ausente.
—De ahí en má —siguió el viejo
Sandalio—, lo brigáa se hicieron má
bravo. Que lo jusile, que la metralleta,
que lo guascazo, la verdá es que nunca
má hubo pá. Al que se quejaba, cepo. Al
que no, no. Tonce too elegimo... Porque
al que se retobaba le dentraban en los
rancherío y meta bala y lonjazo nomá.
Por un retobao ligábamo too... Y usté
sáe: la gente, con tal de vivir tranquila,
aguanta cualquier cosa.
La noche era fresca y un ruido de
sapos lejanos parecía flotar en la brisa
que venía de los esteros que habían
alimentado las últimas lluvias. Toño
hizo una seña al anciano, indicándole
que no quería más mates. Prendió otro
cigarrillo.
—Mese despué hub'una bailanta
n'el obraje, como siempre los día de
pago, y se armó un tiroteo flor. Un
correntino que jué mi amigo, Paricio
Ayala, se mamó fiero y empezó a
insultarle a Pére, qu'era capatá del
algodonal, por no sé qué asunto. Peló su
machete y le quiso peliar, tonce Pére
sacó su réminton coli, ése que siempre
usa a la cintura, y le baleó en medio 'e la
fiesta. ¡Pa' qué! Ahí nomá se armó el
desparramo y volaron la silla y los
musiquero se escuendieron con el
mujerío y too sacamo lo machete... Yo
me alcé con un finao y a otro le corté
un'oreja. Pero de atrá m'encajaron un
planazo n'ia espalda y áhi nomá quedé
tendío... Por suerte, porque al ratito
nomá cayeron lo brigáa del algodonal
qu'estaban toito trancao tamién y meta
tiro se bajaron como dié gente. Jue
brava la cosa: como dos noche siguieron
apretando al rancherío y a unos cuanto le
estaquiaron. Too jhindio, porque a Pére
se le había metido en la cabeza que jué
indio el iniciador del baleo. Mire si
habrá estao en pedo que ni en cuenta se
dio de que'l Paricio jué el primer finao.
Y todo porque el don Pére siempre le
tuvo ojeriza a l'indiada, porque cuando
le trajeron de la Uropa un malón le atacó
en las casa y le mataron toíto a su
familia. Jesú nicó jué el único que se
salvó...
El viejo se mordió los labios
mientras miraba en derredor, como
vigilando la discreción del monte.
—Eso gente siempre le
persiguieron demá a lo jhindio. Jodido
estuvimo too, como ahorita nomá,
porque pa' eso semo pobre, pero a éstos,
mestrro, ni que jueran chancho cómo le
mataron siempre... Que Pére, que Luján,
que'l mismo Grande, pero al que no le
finaban l'estaquiaban, o meta lonjazo
nomá... Y despué el intendente dice que
en este paí no hay má esclavitú...
¡Pa'ello no hay má!
Toño suspiró ruidosamente; le
interesaba el relato, pero estaba cansado
y se sentía inquieto.
—¿Tá cansao, charnigo? Si se
aburre no se haga el educáo, ¿eh? Se va
cuando quiere nomá.
—No, no, Don Sandalio, no es
cansancio. Lo que pasa es que no
entiendo cómo aguantan —se preguntó si
era eso, realmente, si acaso no volvía a
hartarse, otra especie de hartazgo. Pensó
en Malena, en por qué él estaba ahí, en
cuál sería su lugar en el mundo. ¿Había
un lugar? Espantó un mosquito del brazo
—. Pareciera que todo está escrito, que
no puede ser de otra manera...
El viejo carraspeó y soltó un
suspiro largo.
—Yo no sé si esté escrito en algún
láo. Y ademá yo no sé lér. Acá ninguno
saémo —hizo un gesto con la mano,
abarcándolos a todos—. Pero lo que sí
saémo es que los brigáa son dañino
demá. Como yarará, son. Les buscan en
la ciudá, en Resistencia, Corriente,
Formosa, entre la gente más pior, y les
dicen que son fugitivo de la justicia, que
má vale se vengan a escuender aquí n' el
monte. Les dan rancho y comida, su
arma, su platita y órdene pa' joder a los
pobre.Y ello obedecen. Así nomá é.
Josecito se movió para avivar el
fuego con unos palos.
—Nojotro aprendimo rápido,
mestrro. Hace muchos año, ya. Un
brigáa se muere y ya preparate porque
traen otro, má malo toavía. Y le
irrespetan a las mujere, se abusan
cuando tienen gana... Y lo pior es que
nojotro semo zonzo, ésa's la verdá,
porque ahí las compañía organizan una
bailanta, reparten el chupi y ahí vamo
nojotro, nos mezclamo toíto el
paisanaje, nos ponemo en pedo y nos
olvidamo... No nos damo en cuenta:
juntamo rabía al cuete nomá. Como la
vez pasáa, que con un Lucho Sánchez,
que es hachero, le jugamo un truco a uno
brigáa y le ganamo, pero ello son malo
perdedore y se enojaron y no quisieron
pagar... Siempre igual: se reviran y
pelan los machete, los cuarentaycuatro, y
empieza el escarmiento. Así le dicen:
escarmiento... y pior toavía los días de
pago, porque nojotro saémo que nos
roban con las liquidacione. Los patrón y
los brigáa te patrulla el monte, te
contabiliza el rollizo, te calcula
l'algodón, te engaña n'el pesaje y tamién
te roba en los vale que te da la
compañía. Siempre están paráos detrás
del contador, como buitres, esperando a
ver si vó te quejá de las cuenta d'ello, o
de los vale que te dan. Porque aquí
plata, lo que é plata, pocas vece vemo
nojotro.Y eso que trraajamo duro, juerte,
todo los día, vece lo sábado, vece lo
domingo tamién, y sin saber de las leye
ésa que dicen que hay en la ciudá, que
dio el general Perón, y que les dio
tamién jubilacione, güeno, aquí nada
d'eso aplican las compañía. Ni nunca
supimo de jubilacione. ¿Vó supiste
alguna vé, cheraí?
Josecito negó con la cabeza.
—Por eso, chamigo, aquí cada uno
hace lo que puede. Y si ya no servís
pa'trraajar, mejor te vas muriendo. El
destino acá no se cambia, ya te dije.
Alpedamente que uno procure.
—Tá bien, Don Sanda —intervino
Gauna, tosiendo para aclarar la garganta
y bajando la cabeza, respetuoso—, pero
yo siempre le 'igo a usté que no nos
podemo dejar así nomá. No vaye creer
el mestrro que nosotro nos dejamo...
—Sí, vó siempre decí nomá...
—Áhi anda Rojo diciendo que
tenemo que hacerle una güelga al Don
Ramiro y al Don Pére. Qu'eso les
va'joder.
—Sí, capá que les duele. Cuando
estaba el general dicen que seguro les
hubiera dolido. Pero aura nos puede
doler máh a nojotro.
—No, Sanda, no crea; ya semo
vario los que'stamo pensando.
El anciano se tomó un tiempo antes
de responder. Miró a Toño, a Josecito, a
Gauna. Dijo:
—No sé, Quirurgo. Yo hace pilas
de año que vengo pensando.
Dos

—Que venga —dijo el intendente.


Marcial Calloso lo miró sin
entender. Abrió la boca como para un
bostezo y preguntó:
—Quién.
—Rojo. Que venga.
Junto a la verja que daba a la calle,
unas charatas se alborotaron alrededor
de Marcial y el tero domesticado se
puso a saltar como si hubiera pisado un
cigarrillo encendido. Doña Mary regaba
el patio que separaba la casa del
despacho.
—A dónde vas —preguntó.
Marcial se detuvo y la miró
lánguidamente.
—A buscarle a Rojo.
Se quedó con los ojos fijos en ella.
Parecía bobo y lo era. Tenía treinta años
pero aparentaba cincuenta. Desde chico
había oficiado de secretario de la
intendencia, a cambio de comida y
algunos pesos que recibía los sábados.
—Bueno —dijo la mujer—. Andá,
no te quedés ahí parado.
Lo vio alejarse levantando
nubecitas de polvo con las alpargatas
bigotudas. "Era hora que Marcelino le
apretara las clavijas —pensó—.
Comunista asqueroso."
Enrique Rojo lustraba la bandeja
de plata, recuerdo de la Guerra del
Chaco. Se la había regalado un soldado
que fue asistente del general Gutiérrez
en la Brigada 22, en la que también él
prestó servicios. Sargento a los catorce
años, ya no le gustaba acordarse de
aquellos meses en el frente de Fortín
Boquerón. En las misérrimas trincheras
había conocido el dolor, la cercanía de
la muerte, el hambre y todo tipo de
sensaciones que lo hicieron dudar
acerca del valor de la vida.
El Bar El Jardín estaba casi vacío:
el Tarta Riquelme mascullaba borracho,
junto a una botella de vino, y cada tanto
se dormía para despertar sobresaltado
por sus propios eructos. Toño, frente a
un vaso de ginebra, pensaba en lo que
minutos antes había dicho Rojo respecto
de esa guerra: que nunca entendió por
qué y para qué se peleó con tanta
vehemencia y a costa de tanta sangre.
"En realidad —había concluido— nunca
entendí ninguna guerra. Los hombres no
se dan cuenta 'e qu'en las guerra no gana
nadie; pierden todos."
Marcial Calloso lo sacó de esas
cavilaciones:
—Rojo: el intendente 'ice que vaye
—anunció desde la puerta.
Enrique Rojo hizo una mueca de
disgusto.
—Y qué quiere.
—No sé, así nomá me 'ijo.
Rojo recordó sus discusiones con
Marcelino Grande cada vez que éste lo
intimaba para que se nacionalizara.
Había tenido similares problemas con
Jacinto Portal. El chauvinismo de los
intendentes lo fastidiaba. Pero él había
escapado del Paraguay por motivos
políticos y no tenía intenciones de
nacionalizarse, lo que además en esos
parajes era absurdo e imposible.
—Que se deje de joder.
Marcial lo miró. Tenía las
facciones de goma y los huesos parecían
saltarle adentro.
—¿Le 'igo así?
Rojo asintió con la cabeza y
Marcial giró para salir, pero Toña lo
detuvo y le dijo que esperara.
—No sea pavo, Rojo. Vaya a verlo
o tendrá problemas.
Rojo dejó la bandeja en el
mostrador y se acercó.
—¿Le parece?
—Estoy seguro, hombre. Después
de todo es el intendente. Aunque no le
guste.
—Pero me argela demás. Lo que
pasa es que no tiene náa que hacer.
—Y que usted es el único
extranjero del pueblo.
—Lev'ia hacer morder el culo con
mi perro pa' que se deje de joder.
Marcial soltó una risita y con una
mano se rascó las nalgas, debajo del
pantalón. Rojo se dio vuelta.
—Andá y decile qu'estoy ocupado.
Que v'ia d'ir más tarde. Marcial salió y
Rojo desapareció tras la cortina que
separaba el salón de la casa.
Toño se quedó pensando en esa
tarde de julio; en el invierno breve del
Chaco; en esos tres meses de vivir en
Colonia Perdida durante los cuales lo
había tapado todo. Su vida, hasta su
arribo al pueblo, era la síntesis de algo
distante, una luz que se ve a lo lejos, de
noche, un resplandor que se le aparecía
en algunas pesadillas, cuando Malena,
Carlitos, su pasado, adquirían
características de monstruos alados y
malignos, de palomas malamente
presagiosas que cuestionaban su
presencia en Colonia Perdida. Le decían
que ése no era su lugar, que su sitio
tampoco estaba en Resistencia, que su
existencia misma era un equívoco y que,
por eso, su única posibilidad era la
muerte.
Consideró cuánto se había
consolidado su amistad con Rojo.
Devenidos mutuamente en confidentes,
se consultaban casi todo y mantenían una
relación que era mal vista por
Marcelino Grande, pero a la que ellos
fomentaban quizás por esa misma razón.
Esa complicidad los hacía sentirse
menos solos.
Después de un segundo y último
almuerzo en la intendencia —en un
clima más bien frío, casi hostil—, había
optado por recluirse en la escuelita y,
por las noches, en el Bar El Jardín. Con
Floro Maderal había conversado en tres
oportunidades, en la puerta de su tienda,
sobre nimiedades; otras veces había
fingido no verlo. Con Nicomedes Gold,
en cambio, había hablado algo más,
hasta que se hartó de escuchar su
pequeña disputa con Maderal. Con
Pérez se ignoraban mutuamente; y desde
un comienzo había sentido el desprecio
de Ramiro Luján.
También recordó la tarde reciente
en que, luego de que fustigara
públicamente la existencia de las
Brigadas de Control de Trabajo, Grande
lo mandó llamar. Con toda calma le
explicó que cumplían una función social
importantísima, de resguardo de
intereses que eran beneficiosos para el
pueblo; de contralor para el mejor
rendimiento del desmonte y la posterior
carpida que daría excelentes tierras para
la explotación del algodón; de vigilancia
contra eventuales contrabandistas que
vinieran desde el Paraguay, vía
Formosa, y de freno a los desmanes de
esos indios matreros, carajo, que son
todos una manga de vagos y ladrones.
Él habló, en cambio, de la miseria
en que vivían los trabajadores y del mal
trato a que eran sometidos, y le recordó
que algunos podían ser taimados en
defensa propia pero todos eran humanos.
—Acá hay demasiadas injusticias,
intendente.
—Se hace lo que se puede, Oroño.
Pero usté mejor no se meta. Acá vino de
maestro, no de político.
—Lo siento, pero si puedo ayudar a
esta gente lo vay a hacer.
—Entonces, seguro que usté tiene
que ver con el petitorio ése que nos han
entregado.
—¿Qué petitorio? —mintió. Sabía
bien de que se trataba. Rojo y Quiroga
lo habían redactado una semana atrás,
con copias para Luján y Pérez. Pedían
un aumento de la remuneración por
rollizo lampiñado, del doscientos por
ciento y con pago en efectivo; la
eliminación del sistema de vales; la
jornada laboral de ocho horas y un
doble franco semanal; una comida
gratuita por día; la disolución de las
brigadas; la efectivización de aportes
jubilatorios por parte de las empresas;
un plan de sindicalización de obrajeros
y cosecheros y otro de asistencia en
caso de muerte o enfermedad.
—Usté sabe a lo que me refiero.
—Claro, porque yo leo en su
mente.
—No se haga el vivo.
Marcelino Grande se recompuso y
su despedida fue política: "Le
recomiendo que se limite a sus funciones
escolares. Acá hay un orden que debe
cumplirse: unos mandamos; los demás
obedecen. El timón del pueblo está en
mis manos, y los años y la felicidad de
Colonia Perdida atestiguan que son
buenas manos. Así que dedíquese a lo
suyo".
Marcial Calloso volvió al ratito de
la intendencia. Preguntó nuevamente por
Rojo, que se asomó corriendo la cortina.
—El intendente quiere que
vaye'nseída. Y con tu perro.
—¿Con mi qué?
—Tu perro. Que le lleve.
—Pero áique joder.
Volvió a entrar a la casa mientras
Marcial se secaba unas babas con el
antebrazo. Luego de unos minutos
reapareció con el perro. Le había atado
un cinturón viejo alrededor del cogote.
Era un animal de cualquier raza, grande,
negro y peludo. Tenía una bocaza
inmensa y la lengua le caía por un
costado. Marcial lo miró con respeto.
—¿Me acompaña, mestrro?
Sin hablar, Toño terminó la ginebra
y se puso de pie.

El despacho del intendente era un


salón espacioso que alguna vez había
sido pintado de amarillo y en cuyo techo
abundaban las telarañas. Sobre el
escritorio había un tintero, dos
lapiceras, un lápiz, una pila de
expedientes de pocas páginas y algunos
papeles sueltos. Del otro lado, echado
hacia atrás, Marcelino Grande miraba
por la ventana. Sus espaldas abarcaban
todo el respaldo del sillón. El frío
comenzaba a hacerse sentir y por la
ventana entraba una brisa olorosa a
monte, a verde virgen.
—Salí, Marcial —dijo el
intendente.
Marcial Calloso salió. Rojo
preguntó qué quería. Grande lo ignoró:
—Viene bien que haya venido,
Oroño —dijo fríamente—. Será testigo.
—De qué —preguntó Rojo.
—Vea, yo a usté lo tengo calado —
Grande señaló despectivamente al
animal—. El perro...
—Y qué pasa con el perro.
—El nombre.
—Se llama Stalin.
—¿Y qué le parece?
—Pero dígame, Grande, ¿que tiene
que se llame así?
—Tiene que ver con sus ideas
políticas, ¿no es cierto?
—El perro se llama Stalin porque
es mío y a mí me gusta que se llame
Stalin. Le pongo el nombre que quiero.
Su tero se llama Jacinto y yo no le'igo
nada.
—Es distinto: un tero es un tero y
un perro es un perro... —titubeó el
intendente—. Y después de todo, Jacinto
no es un nombre político.
—¡Pero los asunto 'e perros no es
su índole!
—¡No discuta a la autoridá! ¡Dije
que no y no se me insolente!
—No qué.
—No se puede llamar así.
—Y por qué.
—Porque no se puede. Cámbiele'l
nombre. Es todo.
Toño lo tomó del brazo.
—Ya oyó. No enquilombice que
será peor. Vamos.
Salieron sin despedirse. Al llegar a
la vereda, Rojo dijo:
—¿Y ahora qué hago?
—Cámbiele el nombre. Póngale
Perón.
—¿Perón?
—Y sí. Es más nacional. Y
tambiénjoderá a Grande.
—Pero yo soy paraguayo.
—Y qué. Stalin es ruso.
Rojo se rascó la cabeza,
considerando la idea. Se rió.
—Perón—Perón. Eso lo va'joder
más todavía. Dende ahora Stalin se
llama Perón—Perón.
Regresó al rancho, le pidió a
Nicasio que nadie lo molestara y se
tendió boca arriba a fumar. Pensó en el
Padre Gabriel y en que esa noche
volverían a enfrentarse en una partida de
truco. Se preguntó si el viejo cura
hablaría, como decía, con Dios. Él,
Toño, sí lo había hecho.
Suspiró, apagó el cigarrillo contra
el piso y se dispuso a dormir. Estaba
inquieto. Se dio vuelta y vio, sobre la
mesa y como cada semana, dos rosas
nuevas en la botella, dos pimpollos que
apenas se abrían. Sonrió y cerró los
ojos.
Todo sucedió después de que me
separé de mis amigos, luego de aquella
manteada en el bulín de la calle Brown.
Era un terreno baldío con una piecita en
el fondo y algunos árboles bajo los
cuales solían hacerse asados. A veces
los más grandes organizaban fiestas con
prostitutas de los barrios marginales de
Resistencia, que arrimaba cualquiera de
ellos aunque en particular el Bestia
Dioménica, un tipo que ya tenía veinte
años y la inocencia del destripador de
Londres. Yo le temía y siempre pensé
que la manteada fue idea suya.
Habíamos jugado al truco hasta
bien entrada la noche, y él llegó y dijo
que estaba con una mina que no nos
imaginábamos.
—Y vos, pendejo —me señaló—,
vas a ver qué debut tenés.
Todos nos escondimos y yo, la
verdad, estaba aterrado. El Pardo fue el
primero en entrar a la piecita. Yo
temblaba de miedo y Hugo se dio cuenta
y empezó a alentarme. Me dijo que
estuviera tranquilo, que alguna vez debía
ser la primera y que la mina valía la
pena. Todos me miraban como hermanos
mayores. Yo era el más chico de la
barra.
Después de un rato, salió el Pardo
y Hugo me llamó.
—Andá —me dijo—, pero no
prendas la luz para que no vea que tenés
once años. No hay cama; el colchón está
en el suelo.
Entré a la piecita, aterrado. En la
oscuridad no se veía nada, pero escuché
una respiración. Me desvestí
rápidamente, mientras me excitaba de
solo imaginarme una mujer desnuda toda
para mí. Cuando me agaché para tender
me en el colchón, toqué un pecho
peludo. La carcajada del Sapo fue la
señal para que todos se me echaran
encima. Me cubrieron con una frazada
maloliente y me dieron una paliza
afectuosa, eso que llamábamos
manteada.
Yo me fui, ofendido, y no volví
nunca más.
Y entonces empecé a ir a la
catedral. Pero no necesariamente para
rezar, que yo no sabía hacerlo, sino
porque era un lugar tranquilo en el que
supongo que mi vergüenza sentía cobijo.
y además aprovechaba para comer un
sángüiche o pensar en cualquier cosa
cuando faltaba al colegio, y hasta para
hacer alguna siestita. Quizás fue el
comienzo de una leve etapa mística, no
sé, pero allí me sentía bien. Estaba solo
y podía conversar cómodamente con
Jesucristo, a quien poco a poco fui
considerando mi mejor amigo. Me
pasaba horas enteras charlando con él,
lo tuteaba y le contaba mis secretos. Y
Jesús me entendía. A veces se bajaba de
la cruz, tomaba un mantelito bordado en
ftltiré o una carpetita de hilo de Francia
para secarse la sangre, y se sentaba
conmigo en un rinconcito, entre los
mármoles acres de las columnas. Nos
mirábamos confianzudamente, como
buenos y viejos amigos, cruzábamos las
piernas y yo le hablaba de mi drama de
entonces —me masturbaba varias veces
por día— y de mi relación con mamá,
cuya menopausia me tenía podrido.
Jesús era sensacional: discreto,
comprensivo, siempre con la palabra
justa y la sonrisa en el momento
apropiado. Alguna vez, inclusive, me
confió sus problemas, su soledad, lo
harto que estaba de vivir clavado y
escuchar tantas tonterías de cierta gente.
Yo lo consolé: "Bueno, pero para algo
sos el hijo de Dios. Si Dios tuviera que
atender a todos los que le piden cosas se
volvería loco; entonces vos tenés que
escucharlos y después le transmitís a él
para que intervenga, ¿no?".
Un día le hice el planteo: "Decime,
Jesús: ¿existo yo?" Estábamos fumando
a escondidas, en nuestro rincón de la
nave izquierda. Escuchábamos cómo
afuera el Padre Mauro cortaba rosas
para la virgen o se inventaba tareas de
bricolaje. "¿Y eso?", me dijo. "Mirá, te
lo pregunto porque yo a veces me
desprendo de mí mismo y entonces me
parece que a lo mejor uno no existe y
sólo tiene un cuerpo para engañar a la
gente y cumplir con ustedes." "¿Quién,
ustedes?" "Y..., digamos vos, tu viejo y
el Espíritu Santo." Jesús se quedó un
rato pensativo. Al final sonrió: "Sí,
existís". La respuesta no me convenció:
"Por qué, pregunté, explicámelo". "Son
cuestiones de Filosofía y Teología, me
dijo, preguntalo cuando tengas muchos
años y sientas que se te acaba la vida.
Preguntate a vos mismo si viviste como
Dios manda y te vas a saber contestar.
Esas son cosas que pertenecen a los
misterios divinos." "Jesús: no me vengás
con misterios. Yo quiero saberlo ahora.
Me lo pregunto ahora. Ya te dije que a
veces me desprendo de mí mismo." "No
puede ser." "Te lo juro. Por ejemplo
cuando me hago la paja yo pienso en vos
para que me salvés. Entonces me salgo
de mí y vengo a verte, como a morir a tu
lado. Muero aquí cada vez que me
masturbo en mi casa." "Esa es la lucha
de la fe contra la tentación." "Ma qué fe,
Jesús. Si yo me independizo de mi
cuerpo no hay fe que valga. Eso es dejar
de existir. Es dejar que mi cuerpo
respire y palpite y nada más." "No
puede ser que te salgas de tu cuerpo. El
alma es inseparable del cuerpo. Sólo se
independiza con la muerte, cuando llega
el momento de salvarla." "Pero yo me
salgo." "Te digo que no puede ser." "Ah,
¿no?, mirá..."
Me desprendí la bragueta y empecé
a masturbarme.
—Fijate bien —le dije—. Mi
cuerpo está ahí, sentado, dándole a la
mano. ¿Pero y yo, Jesús, dónde estoy?
Me salí, ¿ves? Ese pibe que está ahí es
el que todos conocen como Toño, pero
no soy yo, ¿ves? Entonces, ¿quién soy
yo?
Claro que no hubo forma de
explicarle esta conversación al Padre
Mauro. Me dijo que era un pendejo
asqueroso, que masturbarse era pecado
mortal, mortalísimo, y yo merecía la
excomunión, a quién se le ocurre venir a
hacerse la paja a la casa del Señor,
pendejo de mierda. Me dio uno par de
sopapos, me llevó a la sacristía y llamó
a reunión del consejo parroquial
mientras tomaba unas pastillas para los
nervios. Llamó a mi vieja y la amenazó
con comunicar el asunto al obispo si no
pagaba una misa por los jóvenes
descarriados. Fue imposible explicarle
que no era yo el que se masturbaba; que
Jesús estaba conmigo y los dos
mirábamos mi cuerpo.
Desde entonces, abandoné la
iglesia porque la siguiente vez que fui el
Padre Mauro no dejó de vigilarme. Y así
lo inhibió a Jesús, que nunca más bajó
de la cruz.
Y yo me convencí de que no existía.
Que era sólo una ilusión óptica de los
demás y hasta de mí mismo. Comencé a
masturbarme frente a un espejo.

"Tengo un tres, un cuatro y una sota,


pensó el Padre Gabriel, veintisiete de
mano."
"Una sota y dos dos, calculó
Gerunflo Romero, y al cura ya le vi un
tres, que no vamo a ganar."
"Dos caballos y un cinco, carajo",
se dijo Enrique Rojo.
"El macho de bastos y un seis y un
rey, especuló Toño, si Rojo me ayuda
les ganamos."
Se reunían los domingos por la
noche en el Bar El Jardín, casi siempre
rodeados de algunos parroquianos que
respetaban la seriedad del juego con un
profundo silencio. El Padre Gabriel
llevaba la cuenta de los partidos
ganados por cada pareja. Se jugaba por
dinero.
—Ya son nuestro —fanfarroneó
Rojo.
—Pobrecito —dijo Gerunflo,
mirándolo con desprecio—. Venga,
Padre.
—Quién es mano —preguntó Toño.
—Yo —dijo el Padre Gabriel—. Y
voy con un cuatro a ver qué pasa.
—Métale un arrancayuyos, Oroño
—pidió Rojo, esbozando una sonrisa
enigmática y optimista. Sus ojos iban del
sacerdote a Romero y de éste a aquél
incesantemente, pero su palidez lo
delataba. Toño se dio cuenta de que el
as de bastos estaba indefenso. Ganaban
catorce a doce y estaban en buenas. Iban
a quince.
—No tengo —confesó—.
Aguántese con lo que pueda.
Jugó el rey de copas.
Romero estaba nervioso y seguía
con el vaso en la mano. Miró fijamente a
su compañero, rogándole que dijera la
verdad.
—¿Tiene tantos?
—Cante —autorizó serenamente el
Padre Gabriel, acomodándose las gafas.
—Envido —dijo Romero, y miró a
sus contrincantes. Cada uno estaba
enfrascado en la contemplación de sus
naipes. No se les notaba la desolación.
Rojo dijo:
—¡Falta envido!
—Quiero —se apresuró el Padre
Gabriel—, veintisiete y de mano.
Enseguida supo que ganaba.
Ensanchó la sonrisa.
Toño no se inmutó. Ni siquiera
intentó sorber la ginebra para disimular.
Tenía veintisiete, también, pero
perdedores.
—Son güenas —admitió Rojo.
Romero soltó una risita y dijo
alegremente:
—Catorce a trece —le pasó un
poroto al sacerdote—. ¡Al truco jugamo!
—No sea pavo, Gerunflo. ¿No ve
que así los corremo?
Toño y Rojo se miraron.
—Guarda la cama, Rojo. Si no
tiene un dos, agarre; si no, rajemos.
—Me gusta, mestrro. Soy capá 'e
darle un quiero santo.
Romero se removió en la silla.
Jugó el dos de espadas. Rojo, nervioso,
bajó el cinco de copas. Romero jugó
otro dos, el de oro, y miró al cura.
Toño estaba serio; Rojo
arrepentido. Depositó un caballo sobre
el cinco y el cura puso la sota de oro
sobre el cuatro de bastos. Toño jugó su
as y lo miró burlón, pero no lo
impresionó. Estaban perdidos.
—Y bien —dijo el cura—. Juegue.
Toño sorbió ginebra. Miró a su
compañero.
—¿Qué le queda? —preguntó—. La
verdad.
Rojo se avergonzó: "Otro caballo".
—Paso —dijo Toño.
El Padre Gabriel y Gerunflo
Romero se miraron eufóricos,
enarbolando un tres y una sota. Romero
miró a Toño con rencor, como si en ese
partido se hubiera jugado la vida.
Los vencedores se retiraron
guardando sus dineros y haciendo
sonoros comentarios.
Rojo se refugió tras el mostrador y
Toño permaneció sentado, mirando el
vaso de ginebra.
—En qué piensa, mestrro.
—Pensaba en Romero. Qué tipo
resentido.
—¿Vio la cara que puso cuando le
cobró?
—Sigue cabrero por lo del hijo,
pero no veo por qué conmigo.
—La otra noche, empedo, dijo que
usté era igual que Palacio. Que no hacía
náa con el Nicasio.
—¿Y qué quiere que haga? ¿Que lo
mate?
Rojo movió la cabeza como si
recién entendiera algo. Levantó el índice
derecho y señaló al aire:
—Fíjese: el Gerunflo nunca jué
amigo del intendente, pero ahora, medio
por el lao del cura, me parece que se
anda amigando.
—Estos van a empezar a cazar
brujas.
—No sé si brujas, pero hombres,
seguro... Ademá el Gerunflo por plata
hace cualquier cosa, y Luján y Pére
tienen demá.

—¿Y, cómo le fue?


—Perdimos.
—Seguro que por culpa de Rojo.
Toño lo miró entre despectivo y
sonriente. Durante la semana casi no se
veían, pero los domingos, luego de su
visita al Bar El Jardín, Toño hacía una
breve escala en la farmacia.
—Usted no entiende, viejo.
—Déjeme de joder con Rojo.
La disputa entre el bolichero y el
boticario databa de unos veinte años:
Marciana de Rojo había perdido un hijo
porque su marido se había empecinado
en asistirla personalmente el día del
parto. De nada valió que Lema lo
acusara de ignorante y materialista;
discutieron, se insultaron y Lema jamás
le perdonó el no haberlo llamado, ya
que los partos eran su especialidad y su
orgullo.
Paradójicamente, la amistad que
Toño mantenía con Rojo no impidió una
estrecha relación con Lema. Esto
produjo un curioso efecto: el intendente
celaba a Lema de la misma forma en que
Rojo celaba al maestro.
Se sentaron en la botica, a la luz de
un velón, y Lema sirvió ginebra. Se lo
veía concentrado. "¿En qué piensa? ",
preguntó Toño. Lema lo miró. "¿La
verdad?" "La verdad." "En sus
complejos. Quizá los asume para
hacerse el intelectual, o el misterioso.
Pero a mí no me engaña." "No me joda
usted, no me hable en difícil." "Usted
entiende todo, dijo Lema, es un tipo
culto.""Culto las pelotas, eso no sirve
para nada."
Era una noche apacible y el viento
jugaba entre el follaje de los paraísos.
Toño sorbió un trago y dijo: "¿y usted,
Lema?" "Yo qué." "Usted es inteligente.
Pero es tan conservador que no se anima
a cambiar nada. Quiere que todo siga
igual, total usted no se perjudica. Es muy
egoísta. Le calienta dos carajos que las
brigadas azoten y maten a la gente; o que
en este pueblo haya tres o cuatro que
explotan a los demás". "¿Y con eso?"
"Que es un reaccionario de mierda."
"Así que yo soy reaccionario", dijo
Lema, molesto. " ¿Y Rojo, qué me dice
que es izquierdista, por no decir
comunista, y es bruto como un zapato?"
"Error, dijo Toño, Rojo es muy
inteligente a su manera. Usted tiene con
él un asunto personal." "Rojo es bruto,
no lo niegue." "Pero es intuitivo." "Y
necio." "Ya le dije, Lema, usted tiene
con él un asunto personal." "Sí, pero
igual es bruto, y es comunista, y todos lo
sabemos. Lo supimos desde que volvió."
"¿Y qué hay de las brigadas, Lema, y de
Luján, Grande y todos esos?"
Ricardo Lema tenía la cabeza
gacha. Se frotó las manos, buscó algo en
un bolsillo, volvió a llenar los vasos.
Siempre ocurría lo mismo: llegaban
a un punto en el que ya no podían seguir
hablando, señal de que ambos estaban
borrachos. Lema se acordaba entonces
de la mañana en que lo vio llegar y dijo
"malo; esto es malo". Entonces decía
arrepentirse de no haberlo reventado de
un escopetazo, y de paso le echaba en
cara su crueldad al irse de Resistencia y
abandonar a su familia.
"Usted no entiende nada porque
además es un viejo resentido, replicaba
Toño, la familia es un invento de mierda
pero ni eso fue capaz de tener usted." Y
entonces le echaba en cara ser cobarde,
acomodaticio con el poder y cagón en
todos los sentidos.
—Váyase a la mierda —terminaba
Lema, furioso, y se ponía de pie.
—Es lo que debería hacer y no
venir nunca más —retrucaba Toño, que
también se ponía de pie diciendo: Usted
sí que no entiende nada, viejo del
carajo, porque tiene miedo, usted es de
los que siempre están en la vereda de
enfrente.
Y después de los insultos se
quedaban en silencio, los dos, y
lentamente volvían a sentarse para
seguir bebiendo, fastidiados y en
silencio. Hasta que Toño, cuando
calculaba que eran las dos de la mañana,
decía borrosamente:
—Bueno, me voy.
—Haga lo que quiera. Otra vez
vino a confundirme con su mierda.
—Los hombres siempre estamos
confundidos, Lema. Ta mañana.
—Váyase a la puta y no vuelva
más.
Y así cada domingo, como novios
que se esperan.

Pero eso no tiene nada que ver con


lo que yo estaba pensando de modo que
tengo que admitir que no hay dos patos
de un mismo vuelo o sea que cuando
Toño dijo que su madre no era buena no
se refería a la bondad misma sino a las
habladurías y a ciertas intimidades entre
ellos pero no por eso era mala porque
mala lo que se dice mala de mala leche
mala sangre y malos sentimientos no era
pero a eso Rojo no lo entendió jamás
como hay muchas cosas que no entiende
y por eso cuando dijo: "La madre de
Toño era una mala mujer", se equivocó
de puro rencoroso porque saber sabía la
verdadera historia de la madre de Toño
lo que pasa es que es un resentido
porque también sabe la historia de su
propia madre que Dios me libre y
guarde yo mismo se lo recordé la noche
que volvimos a pelearnos Asunción
Celeste era una prostituta paraguaya que
llegó a Colonia Perdida con el Circo
Haggemberg y sus 20 rutilantes estrellas
del juego y el buen humor 20 y se pasó
de gran farra una semana entera con
Jacinto Portal y se fue borracha, muy
borracha, tan borracha que se olvidó un
hijo de tres años que dormía en un cesto
de mimbre bajo un lapacho la noche que
se fue el circo y al otro día alguien lo
encontró creo que fue Riquelme y dijo
ah y le avisó a Jacinto Portal quien
sintió mucha vergüenza pobre Portal en
que lío se metió él apenas recordaba que
ella le había dicho que el chico se
llamaba Enrique pero como eso había
ocurrido en un momento de jolgorio no
se acordó del apellido o capaz que
nunca lo supo y por eso durante muchos
años fue conocido como Enrique Portal
para desgracia de Jacinto aunque así
nomás lo llamaron mal que le pesara y
Enrique se hizo muchacho y se fue al
Paraguay y estuvo muchos años e hizo la
guerra y volvió un día deportado
trayendo tres caballos cargados con
latas de grasa y otras chucherías aunque
de la grasa nunca más se supo, cuestión
que ya en esa época dijo llamarse
Enrique Rojo y no porque ése fuera el
apellido de su padre pues padre
conocido no tenía sino porque era
comunista y además trajo un retrato de
su madre que en ese entonces era
madrina de otro circo paraguayo que
estaba dando la vuelta al mundo y que se
llamaba Circo Variedades y dijo Rojo
que ya no ejercía el oficio y es claro
pobre con los años que tendría pero
todos sabíamos que había sido una mala
mujer aunque buena hembra y a pesar de
los años transcurridos yo la recordaba
bruta pero hermosa con fogatas negras
en los ojos y un rosario de piedras de
cálculos renales liado al cuello así que
para que no hablara macanas le recordé
todo esto y encima le dije:
—La madre de Toño no era mala,
Rojo. Mala era la tuya.
Rojo me miró y me dijo maldito
seas Lema mil veces maldito, y desde
entonces no hemos vuelto a hablarnos ni
siquiera a saludarnos cosa que para este
pueblo es bastante difícil porque nos
vemos todos los días.
Tres

"Tenés cara de puta", le ha dicho.


Como con cariño, tiernamente, sin
sensualidad.
—Y me gusta tu olor —le dijo
después—. Tenés olor a rancho, a humo
de espiral, a indio cansado.
—Qué más.
—No preguntés. Los piropos me
salen solos.
Ahora ella da un pequeño giro
sobre sí misma, desnuda, con los pechos
insinuándose bajo las sábanas. La cama
ha crujido como siempre, encaprichada
en apoyarse sobre tres de sus patas
mientras la cuarta se eleva un centímetro
y con los movimientos hace tac—tac—
tac.
Es la tarde más fría de este
invierno, el primero que pasa Toño en el
pueblo. El viejo despertador está por
dar las cuatro y media. Hace tres horas
que están juntos, han hecho el amor y
mientras él prepara café ella mira el
techo y piensa en esa especie de rito de
casi todas las tardes: despedir al
marido, ordenar la casa, salir por la
puerta de la cocina, ir hacia el monte,
alejarse del pueblo dando el rodeo de
siempre, por el senderito que conoce de
memoria desde hace meses, y llegar al
rancho de Toño sin pasar por la galería
donde Nicasio duerme custodiado por
sus perros. Ahí mirar bien a todos lados
y entrar sin golpear la puerta, y adentro
abrazarlo desesperada y sintiendo cómo
él juega con sus nalgas y la arrastra
hacia la cama, la desviste, la posee.
—Toño.
—Qué.
—Le voy a contar al Padre Gabriel.
—¿Qué? ¡Vos estás loca!
—A alguien tengo que contarle todo
esto. Nadie puede guardar un secreto
como éste tanto tiempo. A alguien tengo
que confiarle el miedo de hacer lo que
más me gusta.
—Pero decime: ¿qué te picó a vos?
—Lo mismo que a vos, Toño. Se lo
contaste al paraguayo Rojo.
—Pero es distinto: Rojo es mi
amigo... Sé que puedo confiar.
—El Padre Gabriel es viejo y es
cura. Tendrá qu'entender y callarse la
boca.
—Pero es amigo de tu marido, del
intendente, de todo el mundo.
—No sé... Acá nadie es amigo de
nadie, me parece.
Toño se acerca con el café
humeante.
—Hablando de Roma: ¿Y tu
marido?
—Es un pobre tipo que empezó a
odiar a la vida antes de nacer. Vive
como esperando que le den una
puñalada en la espalda. A veces me da
lástima.
Hace una pausa, bebe un trago de
café y continúa:
—El otro día se indignó con vos
por el asunto del perro de Rojo.
—Qué dijo.
—Que seguro qu'el nuevo nombre
era cosa tuya. Que Grande no debería
permitirlo. Que iba a hablar con Luján...
Beben en silencio. Hay un elogio,
un par de besos, se cae una taza.
Toño se extiende a su lado y la
cama comienza a crujir. La cuarta pata
hace tac—tac—tac.
Al terminar, ella dice:
—Me tengo que ir. Andá a charlar
con Nicasio que yo te limpio el rancho y
me voy.
Toño se viste presuroso. La mira
una vez más, mientras ella se calza el
vestido.
—Chau, Rosario.
—Chau, Toño... Te dejo las rosas
sobre la mesa.
Cuando Rosario hubo partido, Toño
se sintió liviano, nada de boa—nube, se
dijo, y recordó a Benicio, su amigo que
tanto le había cuestionado el viaje el día
que compró la mula. "Estás loco, Toño,
hermano —le había dicho—, en lugar de
ir a ese pueblo de mierda tendrías que ir
a un analista."
Una tarde, cuando Benicio tenía
catorce años y yo doce, me dijo:
"Anoche fui a coger. Debuté", y se
quedó mirándome de reojo. Con un
palito yo apartaba la tierra que
dificultaba el paso de una caravana de
hormigas que venían de un caramelo
escupido.
—¿Y vos? ¿Todavía nunca?
Negué con la cabeza. A él no podía
mentirle.
—¿Querés ir? A mí me encantó y
voy a volver. Si querés te llevo.
Me miraba con unos ojos tan negros
como mis pensamientos, grandes como
mi confusión y mi miedo. Empecé a
dibujar circulitos. También mi nombre.
Borraba, alisaba, volvía a escribir,
volvía a borrar, a alisar, a escribir. Qué
ganas de tener catorce años.
—¿Ya te sale?
—Claro.
—¿Y te la hacés mucho?
—Un momón, todo el día me la
hago. Y eso me da miedo.
—Dicen que uno se acostumbra y
cuando sos grande podés volverte loco.
—¿De veras?
—Y tenés la cara llena de granos.
—Eso no sabía.
—¿Querés ir o no?
—Y bueno.
—¿Tenés veinticinco mangos? Si
no, yo te presto.
—Voy a ver si consigo.
—Esta noche, entonces.
Íbamos a Barranqueras en un viejo
ómnibus Ford destartalado que rompía
la calma del verano. Yo transpiraba.
Buscaba pretextos la luz prendida
Benicio me olvidé qué macana y al
ratito me siento mal cité debo tener
fiebre mejor bajemos a tomar una Bidú
no sé qué me pasa.
—Ya llegamos —dijo y me codeó
en el costado. Lo tomé del brazo y sentí
que agarraba una barra de hielo, un
pedazo de piel mojada y fría. O mi mano
estaba afiebrada de veras.
Bajamos del ómnibus sin miramos.
Reconocí la curva de Villa Rossi. La
arboleda ocultaba un camino de tierra
que se hundía en el rancherío, de donde
venía un impreciso olor a frituras,
humedad, sudor.
Flaco tengo miedo le dije y él me
dijo ya sé pero quedate tranquilo que
no es para tanto.
La luna parecía acompañarmos,
redonda y plateada como un medallón
sobre un pecho de árboles. Caminamos
una, dos, no sé cuántas cuadras.
Aquí es dijo él y yo dije sí claro.
Era una casa muy vieja, de ladrillos
soldados con barro, cuadrada y sombría.
Estaba detrás de un alambrado cubierto
de campanillas silvestres. En la pared
del frente había una puerta de colores
chillones y arriba un farolito rojo.
Entramos.
Benicio me dijo va a salir la tía
Matilde decile tía Matilde y hacete el
simpático que después si sos habitué
algunas veces no te cobra. Una vieja
nos salió al encuentro, lo besó y abrazó
y qué contás pichoncito me encanta que
vengás seguido y qué bien que trajiste
un amigo justo tengo dos chicas libres.
Benicio sonreía y decía a todo que
sí. La vieja hablaba y parecía que sin
respirar. Tenía ojos grandes y saltones
como los de una vaca aburrida, y el pelo
teñido de un color raro como si en vez
de tintura hubiese usado una mezcla de
agua, orín y tabaco. Me preguntó cómo
te llamás. Se lo dije y ella ordenó una
limonada que trajo una pibita y nos
sentamos en el patio de tierra, bajo una
morera, como viejos amigos.
Una mujer descorrió una cortina y
nos miró. Era joven y delgada y a mí me
pareció muy linda.
—Betty, llamala a Mary que acá
están dos chicos.
—Que pasen —dijo Betty, y
después dijo algo hacia adentro.
Yo pensé Benicio me quiero ir pero
él ya estaba de pie y decía dale que ésta
te va a gustar. La tía Matilde se reía
como si un fantasma le hiciera
cosquillas con un cepillo de acero.
Después siguió hablando, pero yo no la
escuchaba.
Betty se asomó tras apartar la lona
y me dijo: bueno vení, apurate que me
quiero dar un baño. Por la tonada supe
que era paraguaya. Enseguida la otra
chica llamó a Benicio. Yo corrí la lona y
entré.
Estaba echada.
Tendida.
Displicente.
Puta, ramera, golfa, carne
aglomerada.
Mis ojos hinchados, cinchados,
trinchados, pinchados, henchidos. La
nube siempre venía, siempre vino y
viene. Es una cosa oscura.
No parece de vapor ni es nube de
cielo de mayo, ni nube con pájaros, ni
avión que la cruza, ni es húmeda ni flota
ota ota ota ota. Produce un eco eco eco
eco eco que me nubla la vista y a veces
alcanzo a pensar que parece mentira
porque no puedo pensar sar sar sar. Eso
es la nube y viene solita y me sube lenta,
tranquilamente y sigue subiendo sin
parar, sube y sube y llega a la cintura y
yo me quiero ir Benicio de mierda para
qué me trajo acá y la nube se convierte
en boa y es la etapa más crítica porque
ahora quiere comerme, se enrosca a mi
alrededor, me contornea pero no me
aprieta, eso viene después porque ella
es sutil, me envuelve lenta y suavemente,
es como caer en una ciénaga y es inútil
resistirse, tampoco puedo gritar, no sé
por qué no puedo gritar, mejor estarse
quieto tieso no intentar resistencia lo
que es superior no se resiste se soporta
orta orta orta...
Betty dijo bueno dale vení.
Yo no dije nada.
La boa—nube no me había cubierto
la cara así que alcancé a ver el
deshabillé transparente, gastado y como
de segunda mano, y debajo el corpiño
negro y la mancha oscura del pubis.
Betty tenía una dentadura linda y
parejita, el pelo negro azabache y la piel
lechosamente blanca.
La boa—nube hizo un movimiento y
yo me desvestí pudorosamente, mientras
Betty se limaba las uñas y tarareaba no
me acuerdo qué. Pensé qué suerte que no
me mira y me saqué todo. Hasta las
medias.
Cuando Betty levantó las rodillas y
acercó los pies a sus nalgas, ya la boa—
nube me cubría la boca. Después me
tapó totalmente.

—¿Y qué le parece'l mestrro,


chamigo? —preguntó Quirurgo Gauna,
mientras jugaba con una ramita en la
boca.
Sandalio Quiroga, atusándose el
bigote, lo miró sin hablar. Gauna lo
animó con un movimiento de cabeza.
—Tiene istrución —dijo Quiroga
—. Quién sáe qué quiera.
Hacía frío. La humedad se elevaba
desde el piso mojado por las lluvias
invernales, como si fuese verano.
Estaban en cuclillas, descansando, con
las hachas apoyadas contra un árbol.
Gauna, con un cuchillo, tallaba un palito
de yuchán.
—Oiga, viejo, nojotro ganamo
poco.
—Uhjú ...
—Trrabajámo demá, cobramo en
papele y encima no alcanza...
—Así nomá é. Siempre jué.
—Rojo y el mestrro dicen qu'el
hambre é más juerte que lo brigáa.
—Si ellos 'icen ...
—Yo ando pensando en la güelga
que'ice Rojo. Qué le parece.
—Hummm... Rojo es muy...
—Pero no digo Rojo, digo la
güelga qué le parece.
—Hummm... Quién sabe...
Estuvieron así un largo rato. El
canto de millones de cotorras llenaba la
tarde, y las charatas del monte aparecían
a curioseados cada tanto. Un sol medio
flaco se colaba a través de la fronda y el
cielo, vacío de nubes, resplandecía en
un azul intacto.
De pronto escucharon un ruido.
"Chanchos", pensó primero Quiroga,
pero inmediatamente se puso de pie:
—¡La brigáa, Quirurgo! ¡Son
brigáa!
Gauna se paró de un salto y así los
encontró el grupo que surgió de la
espesura.
—¿Qué hacen? —preguntó uno de
los hombres. Eran tres. Tenían cananas
cruzadas en el pecho, pistolas a la
cintura, del otro lado un machete y fusil
al hombro. Vestían camisas celestes y
los escuditos los identificaban
redundantemente.
—Descansamo —dijo Quiroga.
—A trabajar —repuso el hombre
—. Hay que entregar los rollizo ante 'e
las cuatro.
—Y sí —dijo Gauna, y tomó el
hacha. Quiroga hizo lo propio. En
silencio, y sin saludarse, se separaron.
Los tres hombres se perdieron en el
monte.

Esa tarde, Quirurgo Gauna fue al


Almacén Casa Gold para abastecerse de
provisiones. Ató el caballo al horcón de
la galería y entró con cuidado, como
quien va de visita. Vestía ropas
domingueras: bombachón rosado y
camisa blanca, saco negro, un pañuelo
también negro anudado al cuello y el
chambergo ladeado.
"Don Nico", llamó. "Hola,
Quirurgo", saludó Nicomedes Gold
atravesando la cortina. Gauna hizo el
pedido: yerba, galleta, azúcar, caña,
tabaco y papas. Mientras Gold lo
atendía, pensaba en el petitorio que
habían presentado, en que habría que
hacer una huelga porque la respuesta
había sido una sonora carcajada de
Ramiro Luján, y en los cambios del
mundo "aunque, se dijo, acá ninguno
saemo qu'es el mundo".
Gold guardó los vales. El almacén
estaba inundado de un olor a cebollas y
alpargatas nuevas que apestaba. Gauna
miró los ojos fríos del almacenero y
recordó que quince días antes le había
encargado unas hojitas de ñangapirí,
buenas para hacer té contra la presión
alta. Las tenía en el bolsillo derecho de
la bombacha.
Creyó escuchar que Gold se las
pedía.
—No le traje —mintió—, me
olvidé, don...
Y después salió con su tranco lento,
de rodillas separadas. Pensaba: "Hijos
'e puta. Lindo tu almacén, linda la casa
'el intendente, y la 'e Luján y la 'e Pére.
Pero lo jodido semo nojotro con esto 'e
los vale de mierda y nunca tener plata.
Hoy la Rosa se va'nojar: no le cambié'l
ñangapirí por los vestidos viejos 'e la
Gold".

Esa misma tarde, Anselmo


Riquelme estaba sentado a la mesa de
siempre. Era el único parroquiano del
Bar El Jardín. Rojo leía un diario viejo,
apoyado sobre el mostrador.
—Che, Ro—Rojo ...
—Qué pasa, Tarta.
—Algún día t—t—te voy a p—p—
pagar.
Rojo sonrió.
—Chupá nomá —dijo—. Vo tenés
crédito.
—Por l—l—lástima, ¿no? Y sí, a—
así nomá ha de ser...
Rojo hizo como que no lo oyó.
Carraspeó con fuerza y recordó al
Riquelme de hacía años, cuando era un
joven capataz de los Establecimientos
Algodoneros Sociedad Anónima y uno
de los mozos más codiciados por las
niñas de la zona. Cliente del Bar El
Jardín, todas las mañanas a las seis y
media entraba al salón luciendo su andar
seguro, sus bombachas de gabardina, el
impecable sombrero negro y los bigotes
siempre recortados. Rubio y alto,
parecía hijo de gringos. Siempre pedía
lo mismo: café con leche tibio, dos
galletas, manteca, dulce de moras y
medio mamón maduro. Después decía
"te pago, Rojo" y se iba lentamente, a
caballo, hacia el algodonal. Entonces,
Anselmo Riquelme, de sólo veintitrés
años, ya era Don Anselmo. Tenía fama
de hombre justo: desdeñaba los vales y
sabía hacerse respetar sin apelar a la
crueldad. Se había opuesto a la
formación de las Brigadas de Control de
Trabajo que implantó Jacinto Portal y
que luego desarrollaron Luján y Pérez en
sus establecimientos. "E—era ot—t—tra
epoca", solía decir, Cuando sus
borracheras eran nostálgicas.
Un buen día se casó con una de las
hijas de Portal. Fue favorito, entonces,
del intendente, y vivió feliz algo más de
cuatro años. Incluso llegó a rumorearse
que sería el sucesor de Portal en la
intendencia, Pero no tuvo hijos. Nunca
se supo si era estéril o lo era su mujer,
Catalina, la más linda de las tres niñas
del intendente. Lo cierto es que Portal se
sintió muy preocupado a partir del
segundo año desde la boda y hubo
quienes insinuaron que lo había
autorizado a mantener relaciones con sus
otras hijas. Mentira o verdad, pasaron
más años y Portal no pudo tener nietos.
Las solteras —Rosaura y Margarita—,
envejecieron de golpe. Catalina se
marchitó tejiendo mañanitas y bordando
pañuelos. Y Anselmo Riquelme, el
favorito, cayó en desgracia.
Una noche Jacinto Portal se llevó a
sus hijas a Resistencia y volvió dos
semanas después, solo y optimista.
Anselmo lo encaró duramente porque
también se había llevado a su mujer. De
esa discusión, se dijo que fue muy
violenta y que Portal llegó a pegarle. El
caso es que Anselmo desapareció por
tres días y Rojo lo supo porque no fue a
desayunar. Al cuarto día lo vio entrar un
poco inseguro, con el bigote viejo y una
barba despareja que le ensombrecía la
piel. Eran las nueve de la mañana y se
sentó a su mesa de siempre. Rojo lo
saludó y le sirvió el desayuno.
—Llevátelo —dijo Riquelme—, y
traéme una botella 'e caña.
Desde entonces siempre desayunó
así. Con el andar del tiempo se fue
endeudando y matizaba sus alimentos
con vino tinto, todo lo cual Rojo le fiaba
sin saber bien por qué. De noche,
terminaba dormido sobre la mesa junto a
una botella vacía. Entonces Rojo lo
llevaba al patio y lo echaba en un catre
viejo. Después, cuando Portal murió y
empezó a tartamudear, un día Marcelino
Grande lo definió como "el pobre Tarta
Riquelme". Como ya no tenía domicilio,
Rojo se habituó a tenderlo en un catre en
la cocina. No le cobraba ni jamás iba a
cobrar, pero Riquelme siempre decía:
"Te pago, Rojo", y Rojo le contestaba:
"Bueno, Tarta".
—¿V—vo s—se—seguí p—pe—
pensando en eso de la hue—ue—uelga?
Rojo se inquietó. Puso el diario a
un costado.
—¿Por?
El Tarta se acomodó el pantalón.
—Mm—ma—mala cosa. Port—t—
tal me dijo que las co—cosas son como
son. Que sss—si sss—seguí una huella
ll—lle—llegás al animal. Qu—que
pa'que cambiar, ¿e—hé?
—Pa'que no haiga injusticias.
El Tarta sorbió un trago de caña.
Eructó suavemente y comentó:
—De balde. T—to—todo va' ser al
p—pe—pedamente. Ac—c—cordate.

El Colegio Nacional José María


Paz, de Resistencia, funcionaba en el
viejo edificio de una antigua pensión de
fin de siglo, con un patio con aljibe y
paredes descaradas, baños al fondo y a
la derecha, y un cuerpo de profesores
que se indignaba cada vez que en el
mástil aparecían flameando banderas
con estrellas de cinco puntas, o cuando
amanecían los "Perón vuelve" o "Viva
Perón, carajo" pintados en las paredes.
Uno de ellos era el profesor
Storvo, un sujeto menudo, amanerado e
ignorante que enseñaba música, adoraba
su piano y con el tiempo se había
convertido en blanco de las bromas
pesadas de todas las generaciones que
desde hacía veinte años pasaban por las
aulas. Tenía la frente despejada, un
hoyuelo en la pera, una expresión como
de sueño permanente y era un individuo
más bien frío y manso, cuyo prestigio
empezó a arruinarse el día que el
Caballo Esllóquez lo amenazó de muerte
si no aprobaba música.
Storvo primero no creyó en la
amenaza y lo denunció ante el rector.
Pero al día siguiente y al empezar la
clase el Caballo desenfundó un revólver
enorme, que lo hizo palidecer y a todos
nos dejó helados. "Quieto", le dijo y
Storvo quedó como clavado al piso.
"Póngame el diez que necesito y después
chitón". Storvo sacó la libretita y
cambió las notas en medio del silencio
general, silencio que significaba que
nadie había visto ni oído nada.
Esllóquez aprobó la materia.
Dos años después, la imagen de
Storvo se deterioró aún más por culpa
de otro caballo: el de Troya. Irineo
Gambetta era tan desafinado como un
violín humedecido y yo también, lo que
nos granjeó la antipatía de Storvo, quien
pidió a las autoridades que se nos
eximiera de asistir a las clases de canto
porque distraíamos al resto de los
alumnos. Cuando el rector nos comunicó
la novedad yo sentí alivio y alegría,
pero Irineo se indignó: "Che Toño esto
es agraviante", dijo, y explicó que se
sentía como los aqueos que para tomar
Troya debieron recurrir al famoso
caballo de madera. "También nosotros
vamos a entrar", aseguró cuando Storvo
nos cerró en la cara la puerta de la sala
de música. Irineo señaló un enorme y
pesado tablón que se usaba como
andamio para unas refacciones que se
efectuaban en esos días en el colegio, y
dijo: "Como los aqueos, Toño". Tomó el
andamio por un extremo y yo por el otro,
apuntamos hacia la puerta, hicimos dos
ensayos y al grito de "a la conquista de
Troya" nos abalanzamos. El estallido fue
tremendo, los vidrios saltaron justo en
Cabralsoldadoheroico /
cubriéndosedegloria y Storvo casi
muere del susto.
Por supuesto, pidió expulsiones
para los dos, pero esa noche Irineo fue a
verlo y, según dijo después, lo corrió
por toda la casa con un cuchillo de
carnicero. No supe si fue verdad o
mentira, pero Storvo retiró el pedido de
expulsión. Y poco después renunció,
cuando una extraña huelga arrasó con el
poco prestigio que le quedaba.
Fue un episodio absurdo y en él
intervino personalmente el rector. Lo
recuerdo de pie ante nosotros y con una
sonrisa malévola. El ventilador sonaba
como si lo hubieran aceitado por última
vez a principios de siglo y el hombre
caminaba ante nosotros arremangándose
la camisa y secándose la frente con un
pañuelo. Era un tipo bajo y macizo, de
facciones duras y voz de falsete. De
pronto se detuvo y nos miró con dureza.
A que fue usted Gambetta.
No Señor rector dijo Gambetta.
Entonces usted Greco.
Tampoco Señor estuve engripado.
¿Mansilla?
No señor yo tengo estreñimiento
crónico.
Greco y Burgos se rieron Viviana
Viglietti se puso colorada y bajó la
vista. Irineo y Mansilla eran dos
estatuas. Yo sabía que el rector tenía la
paciencia de un buey, y eso me daba
miedo porque la expulsión era segura en
este caso.
Burgos dígame quién fue ¿eh?
No lo sé señor si lo supiera se lo
digo.
Miren que van a pagar justos por
pecadores, muchachos, si no aparece el
responsable se van todos a la calle en
este asunto no hay tu tía piénsenlo.
Tomó una carpeta de su despacho y
salió a la galería. Estaba demasiado
ofendido para perdonamos, pero quería
dejamos deliberar.
Gambetta dijo muchachos estamos
fritos. Burgos se enojó mirá Irineo si
fuiste vos más vale que lo digas. Yo no
fui. Tengo mis dudas insistió Burgos. Y
qué le vas a hacer dijo Gambetta,
desdeñoso. Pero mi viejo me degüella
reclamó Burgos, transpirando. Greco
intervino ché confiesen carajo. La puta
que lo parió al que fue dijo Viviana. En
mi casa me capan, comentó Mansilla.
Solo a este enano y al imbécil de
Storvo se les puede ocurrir que haya
sido yo pensó Viviana en voz alta.
Pudiste ser así que no te hagás la
santita le replic6 Gambetta.
Me dí cuenta de que el culpable no
iba a confesar. Entonces pensé que si
alguno se declaraba culpable y se
disculpaba, lo podrían perdonar.
El rector volvió a entrar. Traía seis
legajos bajo el brazo.
Bueno señores acá tengo vuestras
carpetas los escucho.
Entonces dije fui yo.
¿Usted Oroño?
Sí señor.
¿Y por qué hizo semejante
barbaridad Oroño?
Porque tuve ganas y me pareció
divertido. Pensé en la cara que pondría
el profesor Storvo y me tenté já já lo
volvería a hacer já já já, le juro.
Todos empezaron a reírse. Hasta el
rector perdió su compostura y soltó una
carcajada. Viviana, roja y encendida, se
ahogaba con su risa fuerte y sonora.
Irineo escupía por entre el hueco del
colmillo que le faltaba.
Entonces le cagué el piano, conté
muy divertido, cagué todo a lo largo
del teclado pensando en Storvo.
Já já já se reía el rector la cara de
Storvo já já claro si lo hubiesen visto
decía mi piano mi pianito querido me
lo cagaron todo mi piano querido já já
já usted es una bestia Oroño
considérese expulsado já já se va del
colegio.
No Señor rector afirmó Gambetta
no fue Oroño fui yo.
Já já dijo el rector y súbitamente se
puso serio: cómo dice Gambetta
Que fui yo Señor.
No Señor Burgos dio un paso al
frente fui yo.
Mentira dijo Greco la verdad es
que fui yo no estuve engripado.
Aunque parezca increíble en una
dama dijo Viviana sin dejar de reírse
fui yo se lo juro por mi madre.
Todos mienten Señor aseguró
Mansilla fui yo no tengo estreñimiento
crónico.
Esa noche Irineo propuso conseguir
la solidaridad de todo el colegio para
hacer una huelga, porque nos habían
expulsado a los seis. Muchos
compañeros eran incondicionales y los
más chicos no podrían negar su apoyo a
los cuartos y quintos años unidos. Dos
días después, fuimos al colegio una hora
antes de que se abrieran las puertas y
nos instalamos en las esquinas.
Colocamos carteles que decían: "Fue
todo el colegio", "Unidos contra las
expulsiones", "Reincorporación para los
compañeros". Costó poco convencer a
los dudosos, ya los remisos los dejamos
entrar señalándolos como carneros. La
inasistencia fue casi total y hasta hubo
profesores que nos apoyaron. Además
logramos que una comisión de padres y
profesores poco solemnes, que habían
tomado el asunto en broma, entrevistaran
al rector. Y cuando se retiraron,
Olazábal, que era el profe de
Psicología, nos dijo que no habría
expulsiones si limpiábamos de
inmediato y entre los seis el piano, le
pedíamos perdón a Storvo y le
jurábamos al rector que nunca más
ocurriría algo semejante. Por supuesto
aceptamos, y a las diez de la mañana
todo el mundo estuvo en clase mientras
nosotros íbamos a la sala de música.
Allí nos miramos sin saber qué hacer,
hasta que Irmeo dijo esto es un asco
pero yo estoy dispuesto a limpiarlo
todo; les cuesta cien mangos a cada
uno. El asco se trasladó a Irineo, pero
todos estuvimos de acuerdo en que era
un precio razonable. Nos fió hasta el día
siguiente y puso manos a la obra.
Dos días después le pregunté, en
el baño, si había sido él.
Y claro, respondió, sólo uno puede
limpiar tranquilamente su propia
mierda.

—Decididamente hay que hacerla.


Carajo, mire como viven esos indio.
Mírelo a Gauna, a Quiroga...
—También miro a Gerunflo, a
Lema y a otros que no quieren saber
nada.
Enrique Rojo hizo una mueca de
resignación. Terminó de prepararse un
inmenso sángüiche de jamón y queso y
se sentó a comerlo junto a Toño. Hacía
más de una hora que discutían, ante la
muda presencia del Tarta Riquelme, que
dormitaba sobre sus propios brazos, en
otra mesa. Toño lo miró y sonrió:
—Como diría el viejo Quiroga: en
este pueblo es tan posible hacer una
huelga como cazar un tigre a hondazos.
—Se'stá achicando.
—Vamos, Enrique, usted conoce
Colonia Perdida mejor que a la
cachuncha de su mujer.
—Tiene miedo. Tóos tienen miedo.
Prefieren seguir así.
—Me extraña que subestime a la
gente. ¿Usted qué opina, Doña?
Acababa de aparecer Marciana en
la puerta de la cocina, como convocada
por el comentario del maestro, y al ser
interpelada se detuvo y lo miró,
inexpresiva. Era una mujer alta y gruesa,
de enormes pechos y voz de pito. Tenía
una verruga muy grande en el lado
izquierdo de la nariz y unas manazas que
hubiera envidiado un carpintero.
—No sé. Grande, Luján y estos
mierda no se van a quedar cruzaos de
brazo. Un reclamo se aguantan y no dan
bola, pero una güelga... De puro machos
van'arriar a todos pa'l conchabo.
Rojo se removió en la silla. Armó
rápidamente un cigarrillo, lo encendió y
tiró el fósforo con rabia.
—¡Pero hay que hacerla! Ademáh
ahora lo tenemo a usté.
—Yo no significo nada, no se
engañe.
—Pero si siempre'stá criticando y
coincidiendo con nojotro...
—Y con eso qué. Lo único que yo
sé hacer es criticar.
Toño tomó unas miguitas de pan de
sobre la mesa, y pensó que no se
entendía a sí mismo. ¿Por qué se oponía
a la huelga? ¿Se oponía o era que tenía
miedo, un miedo diferente del que
enojaba a Rojo? ¿Era que volvía su
vieja pavura a paralizarlo, la puta boa—
nube, o eran sus viejos cuestionamientos
existenciales? ¿Y qué le importaba a él
que hicieran o no esa huelga? Rojo lo
contaba de su lado, pero, ¿estaba seguro
de que se ubicaría en su vereda? Una
miguita le pareció que tenía la forma de
la cara de Ricardo Lema.
Rojo terminó de comer. Bebió un
trago de vino.
Marciana llevó al salón los faroles
que acababa de encender. Los distribuyó
entre las mesas, mientras los hombres
hablaban, y llenó de agua la palangana
donde Perón—Perón bebía. Después se
acercó a ellos y puso una mano sobre el
hombro de su marido. Miró a Toño con
aire solemne.
—Le digo algo: una güelga es una
güelga y náa má.
—Eso —dijo Rojo, sintiéndose
triunfante.

Todos los días, a la una y cinco de


la tarde, caminaba hasta la plaza. A esa
hora pasaba el ómnibus que iba a Puerto
Barranqueras. Llegaba justo para la
partida del vaporcito de las dos menos
cuarto.
El "Nicolás Ambrosoni" era una
embarcación panzona y blanca, con un
bar en la proa donde se bebía una cosa
negra que todos llamábamos café, y se
jugaba al truco durante los setenta
minutos que duraba el cruce del río
Paraná. Ese horario era casi
exclusivamente para los estudiantes que
iban a Corrientes y el "Nicolás
Ambrosoni" se convertía en una especie
de mensajero cultural interprovincial:
traía a los alumnos de Arquitectura,
Ingeniería, Humanidades y Ciencias
Económicas y llevaba a los de Derecho,
Medicina, Exactas, Agronomía y
Veterinaria.
Todos los años, en el mes de Julio,
había elecciones en los Centros de
Estudiantes y el activismo aumentaba,
proliferaba la propaganda política y
todo el mundo tomaba partido. Los
activistas repartían panfletos, había
asambleas a diario y se escuchaban
discursos encendidos. En época de
elecciones toda arma era válida, por lo
que se organizaban fiestas, guitarreadas,
reuniones doctrinarias y hasta se
presentaban amigas o amigos a los más
indecisos con el criterio de que el sexo
era otro medio de penetración
ideológica. En el bar del "Nicolás
Ambrosoni" se suspendían los partidos
de truco y proliferaban volantes y
documentos.
Yo no fui ajeno a ese clima y una
tarde, mientras el vaporcito atracaba,
acepté incorporarme a una agrupación
que dirigía un tal Victor Ciervaloni, un
tipo alto, de espaldas anchas, moreno y
de mirada fría y penetrante a quien
apodaban "El Buitre". Ex afiliado al
Partido Comunista, se había retirado,
según sus palabras, "bien marxistizado
pero harto del blabla y el antiperonismo
de las menches". En las elecciones
recibimos pocos votos pero mateamos
toda la noche, hubo guitarreada hasta el
amanecer y yo me ligué una morocha
fenomenal de nombre Itatí.
Al amanecer fui al puerto para
tomar el primer vaporcito a Resistencia.
Corrientes, a esa hora, parecía un
bellísimo desierto cósmico. El río
recibía al sol desde la ciudad y las
aguas se teñían de marrón oscuro. En el
ambiente había un subyugante olor a
jazmines. Yo me sentía como un arquero
después de atajar un penal sobre la hora.

Toño lo convenció de que debía


hablar con Capinté. No lo conocía, pero
lo había oído nombrar por algunos
aborígenes del obraje, y el mismo Rojo
solía mencionado aunque no parecía
respetado demasiado. Consideraba que
si un cacique permitía que a su raza la
exterminaran sin oponer resistencia, era
inútil intentar comprometerlo para nada
y menos para una huelga.
Sin embargo, Toño argumentó que,
como fuera, sin la aprobación del
cacique los indígenas jamás apoyarían
acción alguna. Dijo que eran razas
sometidas pero en esencia indómitas y
Rojo debía recordar los malones contra
los blancos.
—No, mestrro. Usté no conoce a lo
jhindio.
—Está bien, pero usted no sea
sectario. Vaya a verlo.
—Bueno, pero acompáñeme —
Rojo lo apuntó con un dedo—. Capinté
es un hombre dificil, amargáo.
Toño aceptó.
—Y ademáh, hable —siguió Rojo
—. Muéstrese juerte y Capinté le
va'respetar. En una d'esa le hace caso.
—A mí no tiene que hacerme caso.
Yo simplemente lo acompaño.
—Sí, pero yo no tengo el
palabrerío como el que usté usa.
—Usté ocúpese de no equivocar el
discurso, nada más.
—Qué me quiere decir.
—Capinté, los indios... ¿son
peronistas?
—¿Y qué sé yo? Han de ser...
—Bueno, por las dudas hable de
Perón; dígale que va a volver.
—¿Y usté cómo lo sabe?
—Todo el país lo sabe. Va a
volver.
—Usté está mal de la cabeza. No
conoce a lo jhindio.
—Puede ser, pero escuche esto: en
este país todos los pobres son
peronistas. Y los indios también, por
algo tengo alumnos de apellido Perón.
Así que haga lo que le aconsejo. No
joda con el comunismo, hágame caso.
—Yo no soy comunista.
—Ya sé, pero aquí nadie se lo cree.
Y además, lo fue.
—Quién no.
—Yo, por citar un caso.
Dos días después, fueron al obraje
a buscar a Quirurgo Gauna. Él podía
llevarlos a la tapera de Capinté. Eran
compañeros de tareas y según Rojo se
respetaban mutuamente.
Gauna acababa de entregar un
rollizo al pesaje. Estaba con unos
paisanos que descansaban al costado de
unos carretones a medio cargar. Esa
noche saldría una partida de postes y
varillas rumbo a la capital. Aunque la
travesía sólo llegaba hasta la ruta —
donde esperaban camiones que llevarían
el cargamento a las playas del
ferrocarril y al puerto— el paisanaje
vivía con entusiasmo el acontecimiento.
Los hombres se acercaban a despedir a
los viajeros, cambiar impresiones y
hacer encargos.
Gauna accedió a acompañarlos.
Era un rancherío gris y polvoriento.
Las taperas estaban desperdigadas entre
abras y monte, en un radio de cien
metros. Eran todas parecidas: cuatro
estacas y techo de barro y paja. Algunas
paredes se cubrían con adobe, chapas,
tablas o cartones. Las puertas eran de
lona o de arpillera y dentro de ellas
reinaba la oscuridad. El caserío estaba
habitado por más chivos que seres
humanos, y a la sombra y junto a las
mujeres había perros flacos y de
miradas tristes o cansino andar. También
se veían algunos chanchos flacos,
conviviendo mansamente con pecaríes
domesticados. Las gallinas picoteaban
quien sabe qué en el piso de tierra y era
como que se olía la presencia de
vinchucas chagásicas. En un rancho y
junto a una pequeña cruz sin Cristo,
había dos calaveras en la entrada, una
de carayá adulto y la otra de humano, y
en el piso varias estatuillas de barro o
madera que representaban a Caá—vi—
yara, N'ohuet y otros dioses indígenas.
Era un puñado de familias que
vivía en la mayor promiscuidad. El olor
que despedía el conjunto era fuerte
como un lago de amoníaco junto a una
montaña de azufre. Los más pequeños —
piojosos y desnudos, o apenas cubiertos
con viejos culeros de sus padres—
jugaban en el suelo con bolitas de barro,
maderitas y caparazones de tatú. Las
mujeres —algunas de las cuales no
sobrepasaban los quince años pero ya
lucían avanzados embarazos—,
permanecían en las chozas cocinando
guisos flacos, chipá o torta parrilla
mientras sus maridos hacían nada en las
puertas o alrededor de algún fuego
agonizante. A un costado una picada se
perdía en el monte. Había un cierto
silencio en el ambiente, quebrado solo
por los gritos esporádicos de un indio
borracho que parecía pelear con alguien.
Hablaba un qom duro, ininteligible
acaso para muchos de sus congéneres.
Una mujer de voz chillona lo reprendió
severamente. Después se escuchó un
ruido como de latas que caían y, por fin,
el murmullo de algunas voces.
Se dirigieron a la vivienda de
Capinté, en medio del cuchicheo de los
niños que corrían a esconderse en las
faldas maternas. Se les notaba el miedo.
Hacía demasiados años que las visitas
de los blancos significaban pesares. El
vivir en comunidad implicaba ese
riesgo, pero era su única manera de
subsistir. Los indígenas que se
separaban y permanecían desperdigados
en el monte eran exterminados por las
alimañas o por los brigadas. Además,
necesitaban asociarse para las tareas de
caza y pesca. En los alrededores de
Colonia Perdida coexistía una decena de
pequeños núcleos de aborígenes, en su
mayoría de la etnia qom, que los blancos
llamaban tobas.
Al final de la calle, y enfrentándose
a ésta, se levantaba la tapera de Capinté.
Era un hombre joven, alto, delgado y de
un carácter extremadamente silencioso.
Trabajaba como hachero y eso, sumado
a su condición de cacique, le permitía
cierta riqueza: poseía un par de caballos
y un buen número de gallinas. Su
destreza en el monte y su formidable
puntería —con arco y flecha no había
animal que se le escapara— lo habían
hecho legendario para el indiaje. Sabía
oler una manada de chanchos a un
kilómetro de distancia, armar trampas
para mborevíes o pumas y sus perros
podían alcanzar y rodear rápidamente a
un pecarí tambor. Reacio al trato con los
blancos, el sistemático exterminio de los
suyos, desde la colonización a fines del
siglo diecinueve, le daba razones para
ello. Mantenía un orgullo siempre
encendido y se decía que sabía la
historia completa de su raza, aunque
sólo hablaba de ello con sus hermanos, y
en su idioma.
Quirurgo Gauna entró primero.
Toño escuchó que hablaban qom. Al rato
apareció una india anciana, apenas
cubierta con un batón descolorido y sin
botones que dejaba ver sus pechos
fláccidos y manchados, y les indicó que
pasaran. Traspuso la puerta detrás de
Rojo. Un paco de bosta encendida en un
rincón espantaba a los mosquitos pero
despedía un olor muy intenso. Toño no
pudo reprimir una sensación de
repugnancia ante lo que le pareció un
golpe de calor y de olor.
El ambiente era todo lo deprimente
que puede ser la visión de la miseria
más absoluta. Un camastro con una
frazada raída y un montón de trapos
sucios, una olla con restos de comida
adheridos a los costados, una silla de
mimbre a la que le faltaba una pata, una
vieja valija llena de cosas y pieles por
doquier, no todas bien curadas,
constituían el mobiliario. Capinté estaba
sentado en el suelo y en la
semioscuridad, con las piernas cruzadas
bajo sus nalgas, y Toño pudo ver los
callos de la planta de uno de sus pies.
Eran como una tabla de una pulgada de
espesor. Ese indio podía andar sobre la
tierra calcinada a cuarenta y cinco
grados, o sobre un sendero de ortigas y
cardos, y sentir menos molestias que
cualquier blanco al pisar un grano de
arroz.
—Buenas —dijo Toño,
extendiéndole la mano.
Capinté no se movió. Por toda
respuesta, señaló la silla de mimbre.
Tenía una cara de huesos grandes,
sobre los cuales la piel se estiraba
Como un cuero mojado expuesto al sol.
Sus ojos eran pequeños y hundidos y de
mirada seca y roja. Le faltaban varios
dientes y dos de ellos, amarillos,
apuntaban hacia afuera levantándole los
labios carnosos y heridos por llagas
viejas. Gauna estaba junto a él.
Rojo se sentó en el suelo. Toña
eludió la silla y se agachó y se mantuvo
en cuclillas.
—Capinté, aquí andan queriendo
conocerte —dijo Gauna.
El cacique asintió. Toña se dio
cuenta de que le tocaba hablar a Rojo.
Deseó que lo hiciera rápido y sin
vueltas. Se sentía incómodo y quería
irse cuanto antes de ese lugar.
El paraguayo habló con precisión y
frases cortas. Dijo que muchos ya no
podían soportar la situación, y que él y
otros estaban pensando en hacer una
huelga y creían muy importante la
participación de los aborígenes.
Aseguró, también, mirando a Toña con
cierto embarazo, que Perón volvería
pronto y que, de paso, la huelga sería
una contribución para esa causa. Tosió y
concluyó afirmando que la huelga era
necesaria.
Los ojos de Capinté eran tan
expresivos como dos bolitas de barro.
El silencio se hizo pesado. Para Toña
fue insoportable.
—Cacique —dijo—. Ustedes
tienen derecho a una vida mejor, a una
verdadera justicia y a que se respete su
cultura. ¿Se da cuenta?: los que no son
las dueños viven como dueños, y
ustedes viven como la mierda.
Quirurgo Gauna se removió en su
sitio.
—Puede tutearlo —comentó—. A
lo jhindio se le tutea. Por confianza
nomá.
—Está bien —dijo Toña, y siguió
—: ¿Pero qué pasaría si ustedes dejaran
de obedecer a las capangas? ¿Qué
pasaría si de pronto ustedes abandonan
sus conchados, si todos, blancos y
aborígenes, dejan de trabajar? ¿Usted
sabe lo que es una huelga?
Capinté asintió con un gruñido.
Buscó algo detrás suyo y extrajo una
hoja de tabaco liado. Lo mascó
lentamente.
—Indio pohre, nomá —dijo.
—Por eso mismo. ¿Por qué se
dejan castigar, entonces? Porque tienen
los brazos caídos. Pero tienen que
levantarlos, cacique. Tienen que luchar.
Ustedes también son el país, también son
el mundo, son seres humanos, no
animales.
—Indio no tene paí. Indio bruto no
sáe mundo.
—Pero a este paso dentro de treinta
años se acabó su raza, Capinté. ¿O no se
da cuenta?
—Blanco cagüén é ma juerte. Quitó
toa a indio. Ansí nomá e.
Cuatro

Cada vez que Jaime Cabello, que


era calvo como un vidrio, iba al Bar El
Jardín, a su alrededor se reunían todos
los parroquianos para pedirle que
contara sus historias de cacerías.
Paisano retacón y redondo, de carnes
blandas, patizambo, tenía el ojo derecho
más cerrado que el izquierdo y una
enorme cicatriz en el cuello, productos
de un arañazo de yaguareté. De pómulos
altos, cejijunto y medio bizco, era un
buen prototipo de hombre feo. Usaba el
chambergo echado sobre la espalda y
sostenido al cuello por una cintita negra
con un bordado ilegible, que se decía
era regalo de una muchacha que había
sido su único amor de juventud.
Famoso baqueano de la zona, el
concurso de Jaime Cabello resultaba
imprescindible para quien quisiera
internarse en el monte a cazar. Era,
además, el guía obligado de Luján,
Pérez y Grande, quienes una o dos veces
al mes pasaban un fin de semana
mariscando en la selva. También como
patero era muy reconocido. Siempre
estaba al tanto de la llegada de picazos,
crestones y sirirís a los comederos.
Sabía qué laguna frecuentaban y a qué
horas se acercaban a comer. Jaime
Cabello se jactaba de que jamás se le
había escapado presa alguna que hubiera
perseguido.
Con su largo puñal en la espalda,
bajo la faja, y su Colt adelante, pegado
al abdomen, era un tipo con carisma y
orgulloso de ser libre como los pájaros
libres y nadie recordaba haberlo visto
de mal humor. Las brigadas de control
de trabajo no se metían en sus cosas, y
él se llevaba tan bien con los patrones
como con hacheros e indios. Nacido y
criado en el monte, había quedado
huérfano de muchacho y desde entonces
vivía solo. Amaba a los animales
aunque ayudaba a cazados, porque decía
que era más fácil entenderse con ellos
que con los hombres. Gran bebedor,
jamás se lo había visto borracho y se
comentaba que era capaz de tomarse un
esqueleto de vino o un barril de
guaripola y luego salir lo más campante
tras una manada de gargantillos.
Su oficio de baqueano del
intendente y de los administradores le
permitía un buen pasar. Su rancho estaba
bastante alejado de Colonia Perdida, en
uno de los últimos puestos de los
campos propiedad de los
Establecimientos Algodoneros Sociedad
Anónima. Vivía con dos perros y su
caballo, el Azulino, con el que se decía
que hablaba largas horas. Algunos
incrédulos se le acercaban, cuando
llegaba al pueblo, y le preguntaban si
era cierto que el caballo hablaba.
—Naturalmente —sonreía Cabello.
—A ver, hacélo hablar, chamigo —
lo desafiaban.
Él meneaba la cabeza,
bondadosamente.
—No va' querer —decía—. El
Azulino habla cuando'stá solo conmigo,
nomás.
Los días de Jaime Cabello
transcurrían en la mayor soledad, como
es la vida en el monte, cazando y
criando animalitos, autoabastecido y sin
amigos. Según él, había que verlos muy
de vez en cuando porque, aseguraba, un
amigo es como una víbora: si uno la ve
todos los días deja de tenerle miedo, se
confía y acaba envenenado.
De cada cacería obtenía anécdotas,
abundante ginebra de regalo y unos
pesos que siempre le dejaba el
intendente. Era un hombre sin
problemas, orgulloso de sí, que vivía de
espaldas a lo ajeno y jamás se inmutaba,
salvo en el momento de encontrar y
matar a una presa. Su misma fama lo
henchía de satisfacción y lo hacía
sentirse marginado —aunque en un
plano superior— del resto de sus
paisanos.
El advenimiento de Toño a Colonia
Perdida no significó nada para él. Era
cierto que hacía muchos años que nadie
llegaba al pueblo para quedarse, pero no
quebró su rutina y sólo se interesó por el
nuevo maestro la noche que fue al Bar
El Jardín y lo vio sentado junto a la
ventana frente a su vaso de ginebra.
Enseguida lo enteraron y después
de observado durante un rato se le
acercó y se sentó a su mesa. Toño lo
invitó a compartir ginebra. Estaba de
excelente humor y le gustó ese hombre
simple, despierto, alegre, que había
provocado aplausos y vivas en la
concurrencia y que era un personaje
querido por todos. Lo trató como tal, se
interesó por el oficio de baqueano y le
contó de la escuela, y cuando Cabello le
preguntó sus impresiones sobre el
pueblo, contestó:
—Más o menos. Hay demasiada
injusticia —y sonrió.
Contra lo que se podía esperar de
un hombre que contaba con los favores
del intendente y sus amigos, Cabello
simplemente dijo:
—Así es.
Y siguió bebiendo y cambió de
tema, y pidió que llamaran a Carvajal, el
violinista, y a Cardozo, el que tocaba el
bandoneón. Él sabía pulsar la guitarra y
estaba probado, anunció, que formaban
el mejor trío chamamecero. La idea fue
acogida con entusiasmo.
Jaime Cabello se convirtió en el
alma de la fiesta. Tocó, cantó y bailó
hasta la madrugada, bebiendo
incansablemente caña tibia natural.
Toño le propuso seguir
conversando. Cabello se excusó y
prefirió dejarlo para otra vez pues a las
cinco de la mañana debía ir al almacén a
buscar provisiones. Inmediatamente
partiría hacia su puesto.

Otra vez la boa—nube carajo


justo esta noche que van a estar las
pibas de Alvarlenga y seguro que
tambien Milagros que es tan linda
aunque medio boluda y encima con
novio aunque para lo que a mí me
interesa...
Me detuve en la vereda de enfrente,
arreglé el nudo de la corbata mientras
trataba de dominar un tic que me tensaba
la yugular y me acordé de mamá. Tóñito
qué buen mozo estás si te viera tu
padre que era tan elegante qué lastima
que se murió.
Se celebraba el Día de la
Independencia y en el Club Social y
Deportivo se realizaba el tradicional
baile anual. Se presentaban en sociedad
las niñas quinceañeras que, vestidas de
largo, a las doce de la noche invadían la
pista para danzar el vals con sus padres.
Estos, hombres soberbios y solemnes
como próceres, representaban
cabalmente a esa sociedad sin
tradiciones ni abolengo pero
fenomenalmente pretenciosa. Eran
empresarios, industriales, comerciantes,
médicos, abogados y funcionarios
públicos que hablaban de negocios y de
política mientras sus mujeres se
enjoyaban y analizaban a los
pretendientes de sus hijas.
En ese palacete viejo y lujoso, con
amplios salones alfombrados en rojo y
grandes arañas sobradas de caireles,
rodeados de jardines de cuidados
rosales y santarritas en pleno centro de
la ciudad, había que pagar mucho dinero
y tener excelentes presentantes para ser
admitido. Allí se reunían los miembros
de las más diversas asociaciones para
servir a la comunidad con
pantagruélicas cenas, y se instalaban de
noche los venerables de la ciudad con
sus mujeres a beber café y soda y
discurrir sobre la nada y el vacío. En los
salones de la parte posterior se jugaba
al póker o a la loba por sumas
fuertísimas, y en la planta alta se reunían
las señoras para organizar desfiles de
modas a beneficio del Asilo de
Ancianos Desvalidos, la Asociación de
Ayuda a los Huerfanitos Pobres y otras
instituciones, y todos los fines de
semana se celebraban bodas,
cumpleaños y aniversarios. En cada una
de las grandes fiestas —el 25 de Mayo,
el 9 de Julio y el 31 de Diciembre— se
cenaba con platos franceses y vinos
italianos, se cantaba el himno nacional a
las doce de la noche, ejecutado en estilo
de banda militar por la Bristol Jazz, y se
bailaba hasta el amanecer con
predominio de música norteamericana y
brasileña.
En la historia de la institución se
contabilizaban, además, tres o cuatro
muertes notables, duras venganzas
financieras y hasta retos a duelo que
nunca se llevaron a cabo. Desde la
década del cuarenta se contaban también
nueve infartos en la sala de juegos e
infinidad de grescas, muchas de ellas
protagonizadas por militares destinados
en el regimiento local.
El asunto va a ser aguantarla a
Malena cuando tire la bronca pero ya
me las voy a arreglar después de todo
tengo ganas de conocer alguna minita
nueva me siento mal no sé ni por qué
vengo.
En la puerta estaba Corvalán, el
portero, vestido de mayordomo de gala.
Era un veterano guardaespaldas de un
caudillo conservador que había sido
presidente del club y allí lo conchabó
para siempre. Antiguo matón, se le
conocían por lo menos dos muertes
limpiamente ejecutadas años atrás, lo
que le permitía gozar del respeto de
muchos. Corvalán era inteligente como
una mona rabiosa, pero conocía de
memoria a cada socio y sobre todo sus
puntos vulnerables, y había forjado la
discreción suficiente como para no
exigir tarjetas de invitación. Lo saludé
tuteándolo e ingresé con paso seguro.
En la escalinata que llevaba al gran
salón gris, el anterior, estaban las
debutantes quinceañeras, lejos del
control paterno. Los varones, un poco
más allá, fumaban como degenerados
para demostrar su hombría. Los solteros
más veteranos deambulaban a la pesca,
whisky en mano. Los subtenientes del
regimiento se nucleaban alrededor de
las hijas de los tenientes coroneles; los
capitanes se aburrían con sus esposas y
espiaban a las acompañantes de los
tenientes. Las mujeres de los capitanes
hablaban de sirvientas e hijos y miraban
con discreta codicia a los solteros más
veteranos. Una orquesta típica
amenizaba la cena con tangos
instrumental es, y todo debía terminar
indefectiblemente a las doce, hora en
que se cantaba el himno y empezaba el
baile.
Yo iba a esas fiestas todos los
años. Papá había sido vocal de la
Comisión Directiva y mamá integrado la
Comisión de Damas. Ya no concurría a
las fiestas para no ponerse triste y
porque ahora éramos pobres y su
dignidad le impedía sentarse a la larga
mesa de las viudas notables. Pero
aquella vez entré al salón gris y en el
acto me sentí nervioso. Como siempre,
debía saludar a derecha e izquierda,
besar a viejas señoras apergaminadas y
aceitosas que comentaban cuánto había
crecido, el parecido con mi padre y,
claro, se interesaban por la presión de
tu mamita. Pero lo más fastidioso era
atender los halagos a la memoria de
papá, un hombre que jamás hubiera
imaginado el aprecio de toda esa gente
porque la verdad era que se había
muerto disgustado con muchos de ellos y
convencido de que la vida era una
mierda.
La boa—nube me perseguía desde
hacía media hora. Había comenzado
como de costumbre: subiendo desde las
pies, inmovilizándome, haciéndome
suspirar y fumar nerviosamente,
obligándome a soportar un creciente
dolor de cabeza. Fui al bar, pedí una
aspirina y un whisky con hielo, y me
dispuse a esperar aburridamente que
algo sucediera. Pero no pasó nada.
A las dos de la mañana el baile
estaba en su apogeo. Yo me sentía harto.
La batería de la orquesta parecía tocar
sólo en mi cabeza y mi estómago era un
campo donde alguien encendía fuegos
artificiales. En algún momento salí al
jardín. Algunas parejas pasaron
bailando Sweet Georgia Brown y en un
giro más violento que lo aconsejable un
bailarín me pateó un tobillo. Era un
subteniente, rígido y engominado, que
llevaba en sus brazos nada menos que a
Milagros, evidentemente fascinada por
el uniforme del tipo, que además era
alto, flaco y fibroso y tenía un bigotito a
lo Clark Gable típicamente militar. Yo
sentí que la boa—nube me había
atrapado. Me aflojé la corbata y noté
que con el tobillazo me había manchado
la camisa con whisky. Pensé que mi
aspecto debía ser lamentable y me dije
siempre lo mismo esto es lo que me
jode venir por calentón a ver si
engancho algo y después termino en
pedo y haciendo papelones. Y pensando
esto me acerqué a la pista y cuando
después de Sweet Georgia Brown
tocaron Saint Louis Blues, girando,
girando, vi venir al miliquito y le grité:
—Ché, sorete mequetrefe, me
llegás a pisar de nuevo y te rompo la
jeta.
El tipo se detuvo e hizo una firme
indicación a Milagros para que volviera
a la mesa, aunque ella lo tomaba del
brazo como Ingrid Bergman conteniendo
la violencia de Bogart.
—La jeta de tu hermana —me dijo.
—Milico de mierda —le grité—.
Convoquen a elecciones.
—Elecciones tu hermana —el tipo
no tenía un lenguaje variado.
—Vení si sos macho —desafié.
Y el tipo vino, y no sé cómo, en ese
momento la boa—nube me tapó por
completo.

En cuanto abrí los ojos, reconocí el


prostíbulo de la Tía Zita, en Villa San
Martín. Calculé que habría dormido un
montón de horas.
Intenté ponerme de pie y fue como
si un grandote de ciento veinte kilos se
hubiera sentado sobre mi cabeza. Me
quedé un rato acostado, escuchando el
canto de los canarios y el hermoso
sonido del barrio, hasta que me sentí un
poco mejor.
La tía Zita, Benicio y dos de las
chicas charlaban alegremente en la
vereda. Salí con el saco y la corbata en
la mano y vi que el sol declinaba del
otro lado de la ciudad.
—Salú pueblo —dije desde la
puerta.
Zita y las chicas me besaron, de lo
más cariñosas. Acepté una taza de té y
lo miré a Benicio.
—Hablé con tu vieja —me explicó
—. Le dije que dormiste en mi casa y
que esta mañana te fuiste a pescar. No
me creyó, pero se quedó tranquila.
Estuvimos un rato en la vereda.
Pasó el camión regador, dejando un
exquisito olor a tierra mojada en el
ambiente. En todos los jardines se
alargaban las sombras del día. Después
nos fuimos y en el ómnibus Benicio me
preguntó si me acordaba de lo que había
pasado. Le contesté que no.
—Vos estás loco, chamigo. Lo
dejaste al miliquito a la miseria y
gritabas que las elecciones, que la
revolución y hasta vivas a Perón y Evita.
Si no te paramos, todavía sigue el
despelote. Y después, dormido, decías
que los pobres y las putas eran lo mejor
del mundo. La tía estaba chocha.

Al mes siguiente, en pleno invierno,


Jaime Cabello volvió a Colonia
Perdida. Cuando entró al pueblo, vio
gente reunida en la puerta del Bar El
Jardín. Eran las cinco de la tarde, una
hora desusada para que el salón
estuviera tan concurrido. Apuró el paso
del Azulino y desmontó a pocos metros.
El viejo Sandalia, con una enorme
cinta negra sobre el bolsillo del saco,
estaba junto a Rojo. En ese momento, el
grupo se movilizaba hacia la calle y se
dirigía a la intendencia.
Rojo se le acercó y lo enteró de lo
ocurrido: la tarde anterior un brigada
ebrio había estrangulado a la hija de
DeJesús Quiroga, nieta del viejo
Sandalia. La niña, de sólo once años,
además había sido violada. Jesuso —
como le decían a DeJesús— no hizo
esperar su venganza: esa misma noche
buscó al asesino y estuvo a punto de
matarlo en la puerta de la casa de
Ramiro Luján, adonde el brigada fue a
esconderse. A fustazos y ayudado por
algunos sirvientes, Luján logró contener
a Quiroga y lo hizo arrestar por "alterar
el orden".
A la mañana siguiente —y ante la
indignación general—, Marcelino
Grande ordenó a Marcial Calloso que
distribuyera la noticia de que el preso
sería puesto en libertad sólo si juraba
que no intentaría vengarse por su cuenta.
En cuanto al brigada, sería sancionado y
transferido a los Establecimientos
Algodoneros Sociedad Anónima.
Todos sabían que Jesuso jamás
dejaría de pensar en vengarse y que el
brigada no sufriría castigo, sino que se
lo escondería en algún lugar hasta que
todo pasara. Después, seguramente, se
organizaría una fiesta con cualquier
pretexto, se emborracharía a todo el
mundo y el asunto quedaría
definitivamente olvidado. Ya había
ocurrido otras veces.
Jaime Cabello ató el Azulino a un
palenque y también integró la
manifestación.

—¡Intendente! —gritó Rojo desde


la calle. Detrás de él se apiñaban todos,
en silencio—. ¡Salga, carajo, que el
pueblo lo reclama!
Esa mañana, al enterarse, Toña
había suspendido las clases. De
inmediato, ordenó a Nicasio poner la
bandera a media asta y salió en busca de
Rojo. Juntos partieron hacia el rancho
del viejo Sandalia. Entre los tres
consiguieron reunir a ese puñado de
hombres que exigía a Grande la libertad
de Jesuso Quiroga.
El intendente apareció en la puerta,
con su Colt 44 bien visible, apenas
metido el caño bajo su cinturón. Se paró
con las piernas abiertas y las manos
colgándole a los costados como dos
preservativos usados. Miró al conjunto
con una mirada feroz.
—¿Qué pasa?
—Usté sabe lo que pasa —dijo
Rojo, con el mismo tono firme y
decidido—. Queremo que deje libre a
De Jesús Quiroga. No hizo nada.
—Lo voy a dejar en libertá cuando
me jure que se va' dejar de joder. Ya
está todo arreglado y es mejor que se
vayan y no me desorganicen el pueblo.
—Estoy seguro de que ese arreglo
que usted dice no satisface a la familia
Quiroga —terció Toño.
—La intendencia va' enterrar a la
chica en el cementerio atrás de la
iglesia. Ya hablé con el cura y tendrá
cristiana sepultura. En cuanto al
detenido, lo voy a dejar salir cuando yo
lo considere. Y usté no se meta en lo que
no le importa, maestro... ¡Y ahora,
váyanse!
Se dio vuelta y se dirigió a su casa.
Toño gritó:
—¡Sí que me importa, Grande!
El intendente se detuvo, giró
despacio y lo miró severamente.
—Entonces jódase.
Sacó el Colt y lo gatilló. Se
escuchó un murmullo.
—Se van o no.
Algunos hombres comenzaron a
retroceder. "Quietos", musitó Rojo, pero
muchos no le hicieron caso. Sólo
quedaron junto a él Toño, el viejo
Sandalio, Jaime Cabello y media docena
de paisanos e indios. Grande los miró
uno por uno.
—Tire —dijo Cabello—. Vamo,
métale si usté sabe...
Marcelino Grande titubeó por un
instante. Hizo una mueca con la boca,
entrecerró los ojos y por fin forzó una
sonrisa.
—No —dijo en voz baja
—.Todavía no hay maestro suplente.
Pero les juro que se van' arrepentir.
Cinco

Gilberto Ramúa entró corriendo,


jadeante. Era un muchacho de quien se
decía que de tanto masturbarse tenía los
nervios destrozados. Parecía un
muestrario de tics ambulante, con el
cutis perforado por infinitos forúnculos
abiertos, como un marlo desgranado.
—¡La mujer de Pére! —chilló con
voz infantil—. Él le pilló con el
mestrro... ¡Culeándo!
En el salón se hizo un silencio
ominoso. La tensión de los últimos días
se reflejó en todas las caras.
Para esa gente, acostumbrada a los
días parejos, la sobriedad de las tardes
y el silencioso e imperceptible paso de
los días, era como si la vida diese un
giro de imprevisibles consecuencias.
Todo parecía tomar color, como cuando
se guisa la carne con mucho picante.
Pero a la vez se daban cuenta de que los
cambios los obligarían a tomar partido.
Enrique Rojo, que atendía una de
las pocas mesas ocupadas, se sobresaltó
como quien encuentra una yarará en su
cama.
—Y qué pasó —preguntó alguien.
—No sé —dijo Gilberto—.
Primero jué un griterío y agora el
intendiente'stá encerrao con Pére y su
mujer. Paece que'l mestrro se juén
la'scuela y Pére le castigó a la Rosario.
Marciana de Rojo atravesó la
cortina.
—Vó andá verle al mestrro —le
ordenó a su marido—. Yo me'ncargo 'e
la puta ésa.
Dejó el cuchillo sobre el
mostrador, se calzó debidamente los
zapatos y partió, decidida, hacia la casa
de los Pérez.
Los pocos parroquianos se
retiraron en tropel, haciendo
comentarios. Rojo, presuroso, cerró el
bar y salió detrás de todos.

Empujó la puerta suavemente.


Adentro no había luz. Apenas se
divisaba la cama, en la penumbra, sobre
la que Toño fumaba tranquilamente. La
ventana estaba cerrada y el olor a
cigarrillos y a encierro era fuerte pero
soportable. Se sentó en una silla.
—Qué pa lo que pasó.
—Qué le importa.
—Me importa. Lo van a joder.
—Ya se jodió todo.
—Con más razón, cuente...
—Fue una boludez. Rosario
siempre me pedía que fuera a su casa
porque decía que iba a ser... excitante, y
usted sabe cómo son a veces las
mujeres... Yo me negaba, pero jodió
tanto que hoy le di el gusto.
—¿Y qué dijo Pérez cuando
apareció?
—Que me fuera... Y yo me fui... Me
vestí despacito mientras él me miraba.
Nunca vi tanto odio concentrado y no sé
cómo no nos baleó... Rosario se largó a
llorar y me pidió que me quedara. Pero
qué iba a hacer yo ahí... Pensé que el
tipo nos iba a matar a los dos. Y no sé si
lo hice por ella o por los dos, pero me
fui como un cobarde... Renuncié.

Una madre conoce perfectamente a


su hijo. Bien dicen que el diablo sabe
por diablo, etcétera. Siempre le decía:
Toño, cuando vos vas yo estoy de vuelta.
Pero él se reía y se encerraba en ese
silencio tan profundo, tan suyo. Podía
estar días enteros sin hablar, aferrado a
esa manía de no contestar o contestar
mal. Era agresivo, para qué negarlo,
aunque a veces tan tierno. En todo
contradictorio, mi Toño querido, en
todo. Hasta para meterse en eso de la
política y dejar su trabajo en Tribunales
y un camino de bien... Pero una madre
no abandona al hijo caído en el error,
trata de encaminado a toda costa.
Malenita también jugó un papel
importante. La primera vez que la trajo a
casa, me dijo, antes de que ella llegara,
que no pensaba casarse porque no creía
en el matrimonio, que se acostaba con
ella y que no lo jodiera haciéndome
ilusiones de tener una nuera... Ay, mi
hijo, si me hubiera escuchado. Pero los
hijos no hacen caso de las madres y
menos si la madre es una tonta como fui
yo, que vivía para él y le combatía todas
esas ideas raras que tenía.
Un día vino y me dijo rettuncié.
Yo temblé y le pregunté qué decís
Toñito. Que renuncié mamá y no digás
ni mú.
Yo mú no iba a decir, qué
esperanza. No Señor. Pero le dije todo
lo que pensaba: que estaba loco, que era
un insensato y hasta le dije que me
arrepentía de haberlo tenido. Sé que
estuve dura con eso pero me pareció que
no le afectaba demasiado, así que me
ofendí aún más. Y él no quiso
explicarme nada, esa noche no vino a
comer y yo me quedé sola, llorando y
decidida a hablar al otro día con el
doctor Carranza para decirle que Toño
no sabía lo que hacía.

Yo amé la Facultad de Derecho, y


mi trabajo en la Corte y la plena certeza
de que muy pronto iba a ser abogado. Y
lo amé tanto como de pronto un día me
di cuenta de que ya no quería serlo.
Hoy me pregunto por qué empecé
esa carrera, por qué me dejó de gustar y
por qué la odio tanto ahora, cómo se me
acabó la pasión... y respondo que no
sé... Yo fui un perfecto tragalibros. Meta
y meta con entusiasmo y devoción. Que
las discusiones de Kelsen y Cossio. Que
los iusnaturalistas y los iuspositivistas
(las dos escuelas estaban superadas,
pero la controversia es siempre
interesantísima). Que la admiración a
Ihering por su defensa del Derecho. Que
el odio a Von Kirchman porque dijo que
el Derecho no es más que un montón de
bibliotecas inútiles o algo parecido. Y
no obvié, claro, un profundo amor a los
romanos. Al punto que en algún
momento me juré que mi primer hijo se
llamaría Justiniano, aunque es un
nombre francamente espantoso. Por
supuesto, también soñé con ser delegado
ante las Naciones Unidas, seducido por
la idea de defender las doctrinas
nacionales y nuestra tradición—jurídica
—internacional. Oh, sí, y eso no es todo,
hasta llegué a convencerme de que el
Civil es un codigazo. "Persona es todo
ente capaz de adquirir derechos y
contraer obligaciones" me parecía una
definición la mar de inteligente,
pobrecito de mí, no me daba cuenta de
que el sistema jurídico fue armado por
tipos que creían en la propiedad privada
más que en la virginidad de su propia
hermana.
Lo que quiero decir es que estaba
harto. Una vez en Economía Política
asistí a una clase sobre Marx y empecé a
leer El Capital, claro, y no lo terminé,
como corresponde, pero aprendí algunas
cosas. Y como era un adolescente
inflexible y dogmático me autodeclaré
marxista, aunque en realidad me sentía
anarquista, con lo que se me hizo un
despelote en el balero. Por suerte todo
eso me duró apenas un poco más que lo
que dura un pedo en un salón, pero me
sirvió para desdeñar, con asco, los
Derechos Reales que me enseñaban que
la propiedad es un derecho inalienable
que se ejerce erga omnes, que quiere
decir contra todos, el viejo Dalmacio
Vélez Sársfield, ni lerdo ni perezoso,
dejó bien sentado que nadie puede
atentar contra la propiedad de una
persona, ¿okéy? Por eso en este país la
propiedad privada es parte inseparable
de nuestra forma de vida republicana y
chúpese ésa, o, dicho de otro modo, la
clase trabajadora que no tiene donde
caerse muerta, y además es peronista,
justamente se puede morir, pero en
silencio, calladitos, no sea que si gritan
se los califique como extremistas
subversivos, portadores de ideologías
foráneas, flagelos apátridas al servicio
de potencias extranjeras, la sinarquía, el
comunismo internacional y la mar en
coche.
En la facultad sólo enseñan
abstracciones. Nada es absoluto en
Derecho, nada definitivo, nada
concluyente. El Derecho es la escuela de
la transacción, porque transar es la gran
solución de los abogados: un poco para
cada parte, bastante para los apoderados
de las partes y a otra cosa, que pase el
que sigue.
La vida tiene cánones
preestablecidos. La sociedad es tan
rígida como sólo pueden serlo los
necios, los hipócritas y los obsecuentes.
En ella sólo triunfan los necios, los
hipócritas y los obsecuentes.
Y como a mí todo eso me daba por
las pelotas, agarré y me fui. Pero antes
le dije todo esto mismo al doctor
Carranza, presidente de la suprema
corte, cuando renuncié a tribunales.

A la puerta de la casa de los Pérez


parecía haberse reunido todo el pueblo.
Marciana de Rojo se abrió paso entre la
multitud e ingresó resuelta a la casa.
—No sea testarudo, hombre —
decía el intendente. Estaba sentado
frente a Jesús María Pérez, quien
parecía llorar con la cabeza entre las
manos.
—¿Y Rosario? —preguntó
Marciana.
Marcelino Grande la miró de
arribabajo, con resentimiento. Sabía que
era una mujer temperamental y decidida,
como su marido.
—En la pieza. Pero mejor no entre.
—¿Por qué no?
—Este animal la destrozó. Mejor
que duerma un poco.
—¡Cómo dormir! Hay que
verla'nseída.
Entró a la habitación, cuyas
ventanas estaban cerradas. Sobre la
cama, Rosario tenía los ojos abiertos
pero la mirada perdida. Todavía
semidesnuda y apenas cubierta con las
sábanas, tenía un moretón en un ojo y
huellas de golpes en la cara. En distintas
partes de su cuerpo se advertían huellas
de los cinturonazos que le había
aplicado su marido. A los numerosos
moretones se sumaban dos heridas, una
en una pierna y otra en uno de sus
pechos, cuyo pezón parecía una
orquídea abierta. Los cabellos le caían
sobre la cara pero no ocultaban su
palidez ni los golpes recibidos.
—M'ijita —dijo Marciana—,
losombre'engañao no son hombre. Son
animale que creen que toa'las hembra
son puta y tonce golpean.
Como no obtuvo respuesta, la
zamarreó.
—¡Ché, contestame si estás viva!
Rosario apenas hizo, débilmente,
una mueca de dolor.
Marciana salió, presurosa, a buscar
ayuda. En la antesala, el intendente
seguía discutiendo con Pérez; lo
amenazaba con que se pudriría en la
cárcel si mataba a su mujer. Marciana le
ordenó:
—Mande llamar a Lema y que
traiga gasa, alcohol y vendas. En la
farmacia tiene de tóo. Y a ver si a Pére
lo encierra sei mese pa'que aprienda a
no ser tan pavo.
Volvió a entrar en la habitación,
mientras el intendente la seguía con la
mirada, sorprendido. No podía tolerar
que una mujer, y menos Marciana de
Rojo, le diera órdenes y en su propia
casa. Se puso de pie para decirle lo que
pensaba, pero ella cerró la puerta
violentamente.
—¡Y usté no moleste! —gritó desde
adentro.
Marcelino Grande ordenó que
buscasen a Lema y enseguida se sintió
un tanto desgraciado, pero reconoció
que ella tenía razón. Se convenció
rápidamente de que la decisión de
encerrar a Pérez era una buena idea y
era suya. "Si hace una macana, se dijo,
me va'alterar la paz del pueblo".
Entonces salió a la calle y, a los
gritos, ordenó que todos se metieran en
sus casas y en sus cosas. Después tomó
a Pérez de un brazo y lo llevó a la
intendencia.
Cuando una hora más tarde
Marciana regresó al bar —cerrado en
señal de curioso duelo—, su marido la
esperaba echado sobre la hamaca, con
las piernas cruzadas. Su panza se inflaba
y se desinflaba rítmicamente mientras
espantaba mosquitos con una palmeta.
Un espiral se consumía en el pico de una
botella vacía.
—No me digás náa —dijo
Marciana—. Sé más que vó.
—Qué cosa —preguntó Rojo.
—Rosario ta bresa. Y no sabe de
quién é.

Yo sé que se va a sentir como la


mona, pobre mi Toñito. Lo conozco tanto
que sé que no podrá perdonármelo.
Andará silencioso y arisco y hasta se va
a pelear con Malenita y todo eso, pero
hay cosas que él ahora no comprende
pero algún día me va a agradecer...
Cómo no iba a pedirle disculpas al
doctor Carranza, tan buena persona. Por
suerte, me entendió y me prometió
olvidar el incidente, así son los
muchachos de ahora, me dijo, son
idealistas, eso es lo que pasa. Y tiene
razón. Pero lo importante es que acá no
ha pasado nada, le van a dar un mes de
licencia especial y Carranza me dijo que
todo sea en honor de Antonio padre, que
en paz descanse, a quien él conoció y
estimó mucho. Yo a eso no lo sabía,
pero está bien, lo que importa es que
Toño será reincorporado y sanseacabó.

Se quedó acostado, y fumando,


hasta muy tarde, hasta que sólo quedaron
encendidas las luces del Bar El Jardín y
de la intendencia. No tenía fuerzas ni
para levantarse y preparar café. Lo
abrumaba una forma de vergüenza, un
pudor imprecisable y absurdo que no
sabía explicarse. El pudor y el odio
desandaban un mismo camino en sus
sensaciones. No era la primera vez. Y lo
sabía: degeneraría en una parálisis más,
en una soledad infinita. Soledad igual a
hastío, se dijo, hastío igual a muerte; la
humillación del hombre. Siempre hacer
lo que no se quiere hacer. Estar donde
no se sabe si se quiere estar. Buscar un
lugar, desconocer si existe.
En esos pensamientos, se acordó
del Gordo Conde, el soldado más pícaro
y audaz que había conocido. Todo un
año juntos en el Servicio Militar, nunca
más lo había visto pero lo recordaba
porque jamás estaba triste y se reía de
todo; pertenecía a esa clase de
individuos con los que uno quisiera
pasar los últimos minutos de su vida.
Pero también, y paradójicamente,
era un ser absolutamente desprovisto de
pudor y capaz de traicionar hasta a su
hermanita menor. A nadie más que a él
se le pudo ocurrir meterse con la mujer
del sargento Cabrera, que era jefe de
guardia dos veces por semana. Su
esposa lo visitaba por la noche en el
Casino de Suboficiales, y le hacía
comidas especiales. Era una tipa de
huesos grandes, abundantes carnes y un
aspecto de acorazado en medio del
océano que hacía fácil imaginar que
Cabrera, bajo y de aspecto debilucho,
no le era suficiente. Todo el mundo
sabía que le metía los cuernos, y además
se decía que le pegaba cada vez que él
juntaba coraje para una escena de celos.
Cabrera se desquitaba con nosotros: era
capaz de sacarnos a correr desnudos por
el patio en las noches de invierno, o a la
una de la tarde en pleno febrero,
después de comer y bajo un sol
calcinante.
En la segunda guardia que nos tocó
hacer juntos, Cabrera encontró a Conde
masturbándose en el baño y alguien le
dijo que estaba loco por su mujer. Por
eso lo vigiló especialmente y la primera
noche que ella volvió a cocinar en el
Casino, se dio cuenta cuando el Gordo
se ató al borseguí un espejito que
apuntaba su cara reflectora hacia arriba,
de manera que con sólo acercarse y
ubicar bien el pie podía observar las
intimidades de la mujer. Se ofreció de
asistente y anduvo una hora de acá para
allá, siempre cerca de ella y estirando la
pierna para mirarle los muslos y el
calzón. Cabrera lo castigó con diez días
de calabozo, y como creyó que
estábamos todos confabulados ordenó
también un arresto colectivo.
Se preguntó por qué se acordaba de
Conde, Cabrera y ese tiempo
desagradable que consideraba un año
perdido. Quizás porque la soledad es la
mejor compañera y la peor enemiga del
recluta. Se busca el baño donde
masturbarse, se escriben cartas que
conectan con el exterior y se espía la
foto secreta o la estampita que cada
soldado lleva siempre en sus bolsillos,
del lado del corazón. Mienten los que
dicen que en el servicio militar no hay
tiempo para aburrirse. Sobra, y tanto,
que uno se hace amigo de las cucarachas
de la colchoneta, de las hormigas que
construyen y van y vienen y van y
vuelven a venir, de los pájaros que
hacen nidos en los techos de las
galerías. Y se sueña con salir pronto
porque la soledad es abrumadora.
Como ésta que ahora sentía, y
además con vergüenza. Debió quedarse
con Rosario. Debería estar allí ahora.
¿Sí? No, ni se le ocurría. Como tampoco
pensaba en volver a Resistencia.
Basta de siempre hacer lo que no se
quiere, se dijo, basta de estar mal
parado en el mundo.
El problema era que no sabía qué
hacer ni dónde estar.
El Padre Gabriel elevó las manos,
con las palmas extendidas hacia el cielo.
"¿Te das cuenta?", le preguntó a
Jesucristo, bajando los párpados y
alzando las cejas. Después suspiró
profundo, meneó la cabeza y musitó:
—¡Qué vergüenza, Dios mío!
Marcial Calloso lo miraba como un
borracho a un vaso de leche.
—Padrecito. Qué le 'igo a don
Grande.
El cura lo observó severamente.
—¿Y qué le vas a decir? Que vaya
ir, m'ijo, que voy a ir... Un buen
sacerdote no abandona a sus fieles
descarriados.
Marcial asintió, sin entenderlo, y se
retiró en silencio. La palabra del
sacerdote era sagrada para él. Tenía una
idea muy vaga de dios: se lo imaginaba
como a un Cristo crucificado, con la
cara y la voz del Padre Gabriel.

Cada vez que Micapitán me


llamaba para jugar al ajedrez, me sentía
liberado del asedio de los suboficiales.
Jugar con él era terrible, pero en alguna
medida era estar hombre a hombre y
además me convidaba café y me
permitía fumar. La frustración se hacía
soportable y de pronto yo era una
especie de esclavo feliz con su amo.
Micapitán era un sujeto alto y
rubio. Tenía la cara alargada como la de
un caballo, y en su piel se notaban las
huellas de alguna vieja viruela. Siempre
olía a loción Old Spice, y de él se podía
decir que era un racista consecuente.
Quizás por eso me estimaba: yo
pertenecía a la clase media local, y
aunque venidos a menos él me
consideraba su par. Además, conmigo
podía conversar de cine, de política, de
cualquier cosa. Claro que conversar era
su fantasía, porque el que hablaba era él
y yo sólo podía asentir. Sus muletillas
eran Kennedy, Enrique Carreras y el
Comunismo, y pronto supe cuáles eran
los argumentos convenientes de
esgrimir: me mostraba como el calco de
su mente, sonreía ante todas sus
estupideces y hablaba en forma clara y
precisa. Eso lo encandilaba. Los dos
constituíamos un baluarte occidental y
cristiano.
Según me conviniera, yo ganaba o
perdía. A lo sumo, le hacía tablas, pero
siempre dependía de sus estados de
ánimo porque era un sujeto peligroso: si
yo perdía dos partidas, creía que me
dejaba ganar; si le ganaba dos, se
enojaba porque lo consideraba
insubordinación; lo mejor era hacer
tablas. Pero entonces corría el riesgo de
que se deprimiera porque resultábamos
iguales y eso tampoco podía ser. Había
que estar muy atento.
Yo llevaba a sus hijos a la escuela
todos los días. Eran dos cretinitos a
quienes debía tratar con dulzura y
soportarles sus caprichos. Para ellos un
soldado era como un pañuelo de papel,
que se usa y se tira. También hacía de
mandadero de su mujer, una porteña
cajetilla cuyas frases más originales
eran "los negros no trabajan porque no
quieren" y "los peronistas me producen
alergia, yo no sé cómo pueden querer a
ese hombre". Además, una o dos veces
por semana la emprendía a arañazos
contra su marido. Entonces yo tenía que
comentar —durante las partidas— que
los gatos son animales traicioneros, e
inmediatamente relatarle alguno de mis
dramas. Por ejemplo, que mi novia me
pegaba e insultaba y que yo, por amor, la
comprendía y perdonaba. Terminábamos
hablando de mujeres, lo que le permitía
contarme sus aventuras extraconyugales.
Micapitán me quería, ciertamente, y
me defendía de los suboficiales. Pero
todos detestábamos su sonrisa estúpida,
su olor a Old Spice y sus ojos claros
como escupida de mate de leche.
Un soldado es un creador de
pampas donde crecen el odio y el hastío.
La humillación cotidiana puede llegar a
resultarte normal y por eso en la milicia
uno se abandona sobre un mullido
colchón de recuerdos y deja resbalar las
horas por su piel, mientras el hartazgo
crece como la espuma de una cerveza
recién tirada.

En la intendencia, Ramiro Luján,


furioso y desencajado, había quebrado
el mango de su teyú—ruguay de tanto
azotar el despacho de Grande. Era de la
idea de expulsar inmediatamente a Toña
de Colonia Perdida.
Ricardo Lema lo llamó a la
reflexión:
—Eso va'hacer que todo el mundo
tenga a Pérez en su boca por el resto de
sus días, y va a ser un guampudo
público... Lo que hay que hacer es
buscar la forma de que Pérez se
tranquilice y la gente se olvide del
asunto. Cosas así ocurren y ocurrieron
siempre.
—Pero acá nunca pasó algo
semejante.
—Quién sabe...
—Lo que pasa es que usté es amigo
de ese tipo.
Ricardo Lema hizo como que no lo
escuchó. Se dirigió a Grande:
—¿Usted qué piensa, Marcelino?
—Que el problema de expulsarlo
es que además nos deja sin maestro.
—¡Igual hay que echarlo! —bramó
Luján—. ¡A este paso nos va'poner a
todos esos negros de mierda en contra!
—Cuando llegue ese día, lo echo
en menos que canta un gallo —amenazó
Grande.
—Y a quién pone de maestro —
preguntó Lema.
—Seré yo, si es necesario.
En ese momento el cura entró
resueltamente diciendo "hay que
perdonar, hay que perdonar, es un
mandamiento de Jesucristo: errar es
humano, perdonar es divino".
—Bueno, cura, silencio —ordenó
Grande.
El Padre Gabriel se sentó junto a la
ventana mirando hacia el naranjo, y
preguntó:
—Y ahora qué vamo'hacer.
—Eso estamos pensando —dijo
Lema.
—¡Insisto que con tres brigadas lo
hago desaparecer esta misma noche! —
dijo Luján, tocándose la cartuchera.
El intendente frunció el ceño y
estuvo un rato pensativo, con un gesto de
preocupación, hasta que lentamente se le
empezó a dibujar una sonrisa.
—Ustede son una manga de inútiles
—dijo poniéndose de pie y apoyando
los puños sobre el escritorio—. Que no
se hable más.
Los tres hombres lo miraron,
extrañados.
—Cómo dice —preguntó Lema.
—Que no se hable más del asunto
—explicó Grande—. Ésa es la solución.
Acá no pasó nada, no hay por qué
preocuparse. Nadie tiene por qué pensar
nada, puesto que no ocurrió nada.
Su sonrisa era triunfal.
—De Pérez m' encargo yo. Esta
misma noche lo emborracho y lo mando
tranquilito a su casa, y a Rosario la dejo
una semana al cuidado de Mary, hasta
que se recupere. Usté la va' controlar,
Lema... Y mañana el pueblo sigue igual
que siempre y le meto veinte días de
cepo al que hable de esto. ¡Acá no pasó
nada!
—Pero... —insinuó el cura.
—Nada, nada —lo interrumpió el
intendente, y sacó un block de papel y su
lapicera del cajón—.Ya mismo preparo
el comunicado.
Se sentó, contento como un general
condecorado, y empezó a escribir. Los
demás lo miraban, sorprendidos. El
intendente leía en voz alta, mientras
redactaba:
—... Y ante versiones infundadas...

Seis

Después de escribir Abajo Grande


miró la "b" y pensó que le había salido
desprolija pero no le importó. Alzó el
balde y caminó un par de metros.
Imaginó la cara de Floro Maderal
cuando al día siguiente descubriera la
inscripción. Abriría la boca como un
caballo que bosteza y, espantado,
correría hasta la intendencia para jurar
que él no tenía nada que ver y que
repudiaba el hecho.
Se detuvo frente al muro de la
esquina del Almacén Casa Gold.
Era una pared de unos cuarenta
metros. "Ideal", murmuró. Entonces
escribió con enormes letras:
BASTA DE EXPLOTACIÓN Y DE
INJUSTICIAS EN EL OBRAJE
La idea había sido de Marciana.
"Yo no sé lér, pero ser letráo no ha de
ser pura felicidá. Ansí que ustede vayen
y escríbanle lo que no les gusta".
A Rojo le encantó la idea, y a Toño
le produjo un cierto escozor porque sólo
ellos dos podían hacerlo. Pero aceptó. Y
ahora, viendo las primeras leyendas en
las paredes, tuvo la sensación de que
algo se repetía, como si de alguna
manera las paredes fueran espejos en los
que él se reconocía. Deseó que el final
de esa película que volvía a ver, el
fondo de los espejos, fuera diferente.
Sintió un escalofrío.
La pintura la habían preparado con
cal, arcilla y un colorante que consiguió
Rojo. Las letras se chorreaban, pero eso
no les importaba. Al otro día todo el
pueblo comentaría las inscripciones.
En la ventana del dormitorio de
Nicomedes Gold escribió:
VIVA LA HUELGA
Y de ahí hasta la casa de Roque
Moreno:
ACABAR CON LAS BRIGADAS
DE LUJÁN Y DE PÉREZ
Después caminó rápidamente hasta
la plaza. La noche era clara y las
estrellas alumbraban su itinerario.
Colonia Perdida parecía un cementerio a
la hora del crepúsculo. En la base del
mástil escribió una misma frase en los
cuatro costados:
OBRAJEROS: A LA HUELGA
Después retornó a la calle y frente
a la iglesia y la casa cural se detuvo a
pensar. Cuando se decidió, escribió lo
mismo en ambos edificios:
EL PADRE GABRIEL ESTÁ
CORROMPIDO
Volvió a cruzar la plaza, rumbo a la
intendencia. Junto al alambrado, escuchó
el silencio durante unos segundos.
Después se acercó a la casa y creyó oír
los ronquidos de Marcelino Grande.
Con una mueca de satisfacción, volvió a
empapar la brocha en el balde y
escribió:
EN ESTE PUEBLO 10 VIVEN
COMO REYES
Y EL RESTO COMO ESCLAVOS
Se retiró unos metros y leyó con
una sonrisa. No se apuró. A esa hora, las
dos de la madrugada, Colonia Perdida
era un caserío fantasmal. Depositó la
brocha en el balde y caminó bajo la
arboleda, que brindaba una complicidad
acogedora. Enrique Rojo lo esperaba en
el banco convenido. A su lado Perón—
Perón, con la lengua afuera, parecía
sonreír.
—Listo —dijo Rojo—. Ya pinté la
otra parte de la calle. Ni el bar se salvó.
—Está bien. Pero ojo que mañana
hay que sorprenderse como cualquiera.
—Sí, pero angaú nomá —se rió
Rojo dirigiéndose a su casa.
Ya en su rancho, Toño pensó que
era una lástima que en ese pueblo eran
muy pocos los que sabían leer.

Envuelto en papel cartón, parecía


palpitar sobre la cama. Lo levanté, me
lo puse bajo la axila y salí a la calle.
Acomodé el paquete en el
portaequipajes de la bicicleta, monté y
empecé a andar. Eran las ocho de la
noche.
No sentía miedo ni emoción.
Simplemente, pedaleé hasta que llegué a
la avenida. Los árboles impedían el
paso de la luz de los faroles y la ciudad
parecía habitada por gnomos ocultos en
las copas. Me detuve en la esquina,
frente a la vieja y blanca casona. Una
enamorada del muro se abrazaba al
enrejado semi colonial y a las paredes,
tapando casi totalmente las ventanas de
vidrios de colores. Entonces repasé mi
plan: tendría que dejar la bicicleta junto
al muro, saltado, cruzar el pequeño
jardín y depositar el paquete en la
puerta. Inmediatamente, iría a ocultarme
en lo de Eduardo hasta muy entrada la
noche. Después reaparecería con toda
naturalidad.
Di una vuelta a la plazoleta del
boulevard y comprobé que no había
nadie a la vista. La oscuridad me
favorecía. Ágilmente salté las rejas,
deposité el paquete y volví a la vereda.
Empecé a contar: uno, dos, tres ... —
monté a la bicicleta y emprendi la fuga
—... nueve, diez, once... —tenía que
apurarme, alejarme lo más que pudiera
—... dieciséis, diecisiete, dieciocho...
—apareció un automóvil, juré que me
habían visto, dije "carajo" y seguí
pedaleando—... veintisiete, veintiocho...
—bueno, ya explota—... treinta.
Escuché el estruendo y casi me caí
de la bicicleta. El automóvil frenó
violentamente y por un instante los faros
me alumbraron. La onda expansiva
rompió algunos vidrios del vecindario.
Dos cuadras más allá, Eduardo no abrió
la puerta del garage; sólo se asomó a su
ventana y me dijo: "Boludo, te vieron.
Ahora andá a esconderte a otro lado".
Mañana —dijo el indio Josecito,
con los ojos brillantes como carbones
mojados. El pelo negro, largo y seco,
estaba sostenido por una vincha de trapo
viejo. Descalzo, sus pies parecían
empanadas de barro. Las ropas
harapientas —un raído culero sobre una
bombacha bataraza, una camisa rotosa y
un saco que le quedaba grande—
despedían un olor intenso.
—¿Noay que í? —preguntó
Belgrano, sin mirado. Molía maíz con
destreza en un mortero de lapacho.
Estaban en la puerta de su tapera, junto
al catre de guayaibí con trenzado de
tientos que el indio usaba para dormir a
la intemperie pues adentro ya no cabían.
Su mujer acababa de tener al noveno
hijo y apenas habían hecho lugar para el
cajoncito de madera que le servía de
cuna.
—Y no —explicó Josecito— El
Quirurgo dijo que si va te jode'l brigáa.
Brigáa malo: pega y no paga. No é
justicia, dijo él.
Alrededor y en distintas sombras
dormitaban varios perros.
—¿Y vó cré que güelga va sacá
brigáa? —preguntó Belgrano.
—No ha de... Peo le va'jodé.
—¿Y quién no van?
—Too.Vó frená'l que pase. Que
naide vaye.

A las tres de la mañana Malena


trajo una bandeja con dos milanesas
mas, un frasco de mayonesa, pan cortado
en rodajas y un vaso de naranjada. Yo
estaba escondido en el sótano de su
casa, detrás de unos cajones de vino y
un par de baúles repletos de cosas
viejas.
Prendió la lamparita del techo, dejó
la bandeja sobre una gran alfombra
plegada y se acercó al colchón
extendido en el suelo. Me dio un beso y
me dijo cariño despertate. Yo estaba
despierto, pero con los ojos cerrados.
Los abrí, la miré y le dije que estaba
hermosa y que la quería. Y le conté que
había soñado que allanaban mi casa me
detenían y me daban una paliza
bárbara para que dijera quién me dio
la bomba. A ese primer interrogatorio
lo aguantaba, pero sabía que cuando
vinieran a buscarme para el segundo
yo iba a cantar hasta La Cumparsita
con variaciones porque había un
sargento de bigotitos que quería
amputarme el pito con una yílét el hijo
de puta y me la tmía jurada.
Ay mi amor no pensés esas cosas.
¿No querés otra mílanesa?
Malena puso la bandeja sobre el
colchón y se sentó a mi lado. Le guiñé
un ojo y ella me pasó una mano por el
pelo. Mañana te lavo la camisa / Qué
dicen tus viejos / Creen que estás en
Corrimtes / Bueno contame las
novedades / Según los diarios sigue la
guerra en Asia otra vez hay rumores de
golpe en Buenos Aires y continúa la
tensión en Berlín. / Siempre lo mismo. /
Y El Rotativo no deja de alabar al
gobernador vos sabés cómo son. /
Cabrones hijos de puta, eso son. / En la
facultad se comentó mucho la
movilización del viernes vino el Buitre
de Corrientes y anduvo repartiendo
panfletos yo no me explico cómo anda
suelto. / Porque tiene huevos y suerte
pero decime cuándo me van a sacar de
aquí. / El Buitre me dijo que piensan
esconder te en la catedral y si dentro de
una semana todo sigue igual te llevan a
Córdoba. / Está bien. / ¿Y si te agarran
Toño? / Ni pienso en eso.
Cuando terminé de comer, le dije te
cojo y me largué a reír. Puerco no
hablés así respondió Malena mientras
yo me acercaba a ella en cuatro patas.
Dijo no acá no, pero la alcancé y
comencé a besarla y nos fundimos en un
largo abrazo.
Después se fue. Debe haber
apagado la luz cuando yo ya estaba
dormido.
Pasó por la administración a las
tres de la mañana. Se acercó a una de
las ventanas del edificio y espió. Un
brigada hacía guardia, dormido junto a
un Soldenoche y con el máuser entre las
piernas.
Aunque recién era la primavera,
esa noche hacía mucho calor y resultaba
peligroso quedarse quieto en la
oscuridad: las vinchucas salían de sus
escondites a buscar sangre caliente. En
esos montes impenetrables y esos
ranchos y casas nunca fumigados eran
chagásicas y sus picaduras, aunque
indoloras, a la larga eran letales. La
inmensa mayoría de los habitantes de la
región estaban infectados.
Se alejó de la ventana y caminó
hacia el monte. La cita era en la picada
por donde los cachapés pasaban
diariamente. Las profundas huellas
conservaban aún el agua de la última
lluvia; allí, generaciones de mosquitos
nacían, ovulaban y morían, con un
zumbido que se mezclaba con los ruidos
de la selva. Mientras caminaba,
recapituló el proceso previo a esa
huelga. Habían considerado aguardar
hasta el verano —entre diciembre y
abril el algodonal funcionaba a pleno—
porque eso hubiera permitido más
huelguistas; y en pocos meses más se
habría logrado la adhesión de los
aborígenes que obedecían a Capinté,
quien todavía desconfiaba y, acaso,
también tenía miedo.
Sin embargo, tras muchas
discusiones se había impuesto el criterio
de no esperar más, posición apoyada
por el viejo Sandalio Quiroga, quien
desde la muerte de su nieta sectía
urgentes deseos de justicia, o quizás de
venganza. El plan que elaboraron fue
sencillo: nadie trabajaría hasta que los
patrones aceptaran —y se
comprometieran a cumplir— el pliego
de condiciones presentado.
Para garantizar el paro, habían
hablado con todos los trabajadores
individualmente y en pequeños grupos.
Las arengas corrieron por cuenta de
Josecito y de Quirurgo Gauna. Quiroga,
por su parte, apalabró a unos cuantos
boyeros y cachapeceros, entre los que
gozaba de respeto. El anuncio oficial de
la huelga quedó a cargo de Enrique
Rojo, quien colocó un cartel en el Bar
El Jardín.
En minutos la noticia llegó a oídos
del intendente, que hizo llamar a Rojo
para pedirle explicaciones. El diálogo
fue áspero y no lograron —ni quisieron
— ponerse de acuerdo. Rojo dijo: "La
güelga se hará anque no les guste porque
con ustede no es posible entenderse; son
la autoridá y no conozco autoridá que
esté dispuesta a ceder nada por las
güenas". Marcelino Grande fue más
explícito: "Si me joden la tranquilidá
del pueblo y alteran el progreso dentro
del orden y la paz, no v'iá dejar cabeza
en pie". Ramiro Luján, presente en la
entrevista, anunció escuetamente que se
tomarían represalias contra los
huelguistas.
Toño caminó, en la total oscuridad,
hasta que calculó que había llegado al
Campo de Diosecito, un abra de un largo
centenar de metros de ancho, especie de
cañadón seco y con pastos naturales
cuyos humedales permanentes servían de
aguadas para los animales del monte. A
esa hora empezaban a llegar manadas de
todas las especies y los sonidos eran
impresionantes. Se mantuvo sereno,
sabedor de que era un extraño allí, pero
no necesariamente sería atacado si se
quedaba quieto. El Campo de Diosecito
era la sección más ancha de ese antiguo
cañadón, posible viejo cauce de un río,
y en él había un estero que los
aborígenes veneraban porque, según la
leyenda, era el último vestigio de un
gran lago en el cual, en tiempos
inmemoriales, el dios maligno de los
tobas —Nohuet— saciaba su sed.
—Mestrro —dijo una voz.
Era Josecito.Veía en las sombras.
—Dónde —preguntó Toño.
—Aquí... Caminá hacia mi vó.
Toño pudo orientarse.
—¿Estás solo?
—Total.
Se sentó a su lado, sobre un viejo
rollizo olvidado por algún cachapé.
—Una vé —dijo josecito, como
para sí mismo—, vino Yporá a tomá el
ahua.Tonce Nohué le comió... Nohué
májuerte qu'Yporá. Nunca má vino.
—No vino nadie —dijo Toño. Ya
se había acostumbrado a la oscuridad.
Josecito estaba sentado sobre sus
piernas. Su mutismo era total; no se
escuchaba ni su respiración.
Así estuvieron un largo rato, hasta
que oyeron pasos.
—E jhindio —alertó josecito
—.Vien'en pata.
—Parálo —dijo Toño.
Josecito se hundió en la oscuridad
con el sigilo de una víbora en un yuyal.
Enseguida volvió acompañado por un
mataco que trabajaba como peón de
patio en la administración.
—Mestrro: Manuel quere í.
Toño lo miró. Era menos moreno
que Josecito, pero más joven y fuerte.
Como todo mataco, era bajo y
desaliñado.
—¿Por qué vas, Manuel? Si la
brigada te castiga, te...
—Lenda palagra, peo vó no podé
cumplí. El brigáa má macho. Si Manuel
no va tonce'l brigá me castiga.
—¿Quién te dijo eso?
—El Don Ramiro. Ayé tarde avisó
q'al que no viene el brigáa le buca'n las
casa.
Toño no dudó que fuera cierto.
Luján era capaz de estrangular a su
madre y después llorarlda. Si los indios
iban a trabajar, nada se podría esperar
de los paisanos y la huelga fracasaría.
Se dio cuenta del peligro que corrían las
familias de los que cumplieran el paro.
De Josecito y de Quiroga, por ejemplo.
De Gauna y algún otro. Deseó consultar
a Rojo. Se sintió muy solo. Perdido.
Josecito lo miraba. El aborigen es
desconfiado y ladino, pero cuando
entrega su amistad, cuando cree en un
hombre, es ciego. Entonces no admite
flaquezas. Toño lo sabía. Y lo lamentó.
—Me voy —dijo Manuel.
Josecito intentó detenerlo. Toño
intervino:
—Dejalo... —y al otro—:
Manuel... ¿Qué van a hacer los demás?
—Güelga no alimenta. Nojotrro
traajámo pa'comé. El brigáa'stá
porqu'stá. Qué le va'hacé.
—¿Eso quiere decir que todos van
a trabajar?
—Y sí. Elambre a májuerte que'l
brigáa.
Manuel siguió su camino. El sol se
asomaba entre las copas mientras el
vapor subía y los mosquitos se
escondían en las sombras. Toño sintió
frío. "El hambre es más fuerte que la
brigada, se repitió, qué ironía, carajo,
nos dieron vuelta el slogan".

Era absurdo que estuviera


escondido en la casa de mi novia. La
noche siguiente salí, sin avisar, y con
todas las precauciones caminé hasta la
catedral. Pero allí el cura Osvaldo me
confirmó que la policía me andaba
buscando, me habían identificado desde
el coche que apareció cuando huía en la
bici y ahora tenía que esconderme en
otro lado porque, según el sacerdote, en
cualquier momento pueden allanar la
catedral éstos no respetan nada.
Eran las once de la noche, ya no
quedaban compañeros en el patio y la
ciudad sufría el toque de queda. Decidí
salir por una puerta lateral, pensando
refugiarme con la tía Zita. Después, no
sería dificil ubicar compañeros que me
sacaran de Resistencia escondido en el
baúl de un coche.
Me había acostumbrado a
desconfiar hasta de mis calzoncillos, de
modo que no avisé a nadie, ni siquiera
al cura Osvaldo. Fue un error y de eso
me di cuenta cuando escuché el ruido de
un motor y vi la sombra del Ford que
doblaba en la esquina, con los faros
apagados, y viniendo directo hacia mí.
—¡Alto! —me gritaron y un par de
tipos bajó corriendo mientras el Ford
retrocedía. Vestían inconfundiblemente
de negro. Empecé a correr y en la
esquina vi, como en un sueño, que se
encendía una luz en una ventana de la
media cuadra. A los gritos de mis
perseguidores se agregó un silbato.
Doblé, esquivé una raíz y caí en brazos
de un agente de uniforme que parecía
haber estado esperándome. Traté de
zafarme a manotazos, pero otro
uniformado, que apareció de no sé
dónde, me aplicó una trompada en el
hígado que me paralizó.
Me llevaron hasta el coche,
sosteniéndome porque yo estaba tan
firme como una toalla mojada, me
arrojaron al interior y los dos tipos de
civil se sentaron a mis costados.
—Dormílo —ordenó una voz.
Me durmieron de un culatazo.

En la celda el olor a orín era tan


fuerte como para reanimar a un
infartado. Cuando me arrojaron y
cerraron la puerta de rejas hubo algunos
chistidos. Ahí había más de sesenta
hombres que dormían amontonados,
abrazados como víboras en sus nidos,
para combatir el frío.
Me quedé cerca de la puerta y
busqué un hueco donde sentarme.
—Oiga compañero —me dijo una
voz ronca, aguardentosa—. ¿Trae
cigarro?
Busqué en el bolsillo del pantalón,
saqué el paquete y se lo alcancé.
—¿Por qué lo trajeron?
—Soy estudiante. Me agarraron
recién.
—Venga. No se va' estar parao toda
la noche —se corrió a un costado y
encendió el cigarrillo. No me devolvió
el atado. Pude observado mientras me
sentaba y él fumaba. Era un tipo de la
edad que hubiera tenido mi viejo, pero
muy arrugado y sucio, y con un tajo que
le cruzaba el lado derecho de la
mandíbula.
Fumaba y mascullaba palabras
inentendibles. Se moría de ganas de
hablar, pero yo estaba demasiado
asustado, y preocupado por lo torpe que
había sido: nadie sabía mi paradero y
recién sospecharían a la tarde siguiente.
O no, ya que el cura Osvaldo me había
alertado y podrían suponer que estaba
muy bien escondido. El tiempo político
que se vivía estaba demasiado
convulsionado como para hacerse
ilusiones.Tras un mes de agitación y
luchas estudiantiles, de las últimas
marchas habían resultado un muerto y
varios heridos y contusos. Los policías
—mal pagados y peor dormidos por el
exceso de trabajo— estaban hartos y eso
los hacía más temibles. Pensé que podía
estar años encerrado sin que nadie lo
supiera y que nunca como en ese
momento era tan fácil morir y que nadie
se enterara. Temblé.
—¿Tenés frío, pibe?
—No.
—Entonces tenés miedo.
—Un poco, sí.
—Te van a fajar.
Lo miré de reojo, con ganas de
putearlo, pero me contuve.
—¿Y usted por qué está aquí?
—Vengo siempre. Por ebriedá o
asuntos menores. Acá ya me conocen. A
veces no tengo dónde dormir y vengo
nomá.
—¿Y lo dejan entrar así nomás?
—Ahora sí. Ante, cuando no me
dejaban, tenía qu'empedarme o hacer
contravenciones. Pero ahora estoy viejo
y cuando me ven venir me dicen "Pasá
Gorosito" y me abren la puerta. Los
canas son así, a vece quieren a alguien.
Un alarido me sobresaltó y me hizo
brincar como si hubiera estado sobre un
colchón de lana y le hubiesen prendido
fuego. El grito se convirtió en un
lamento largo y quejumbroso. En la
celda hubo murmullos y puteadas.
Gorosito dijo en voz muy baja:
—Toas las noche lo mismo.
Sentí una corriente helada
transitando mi columna. El tipo siguió:
—Hace varias noche qu'están
haciendo cantar a los detenidos. Si te
toca'l turno hacéme caso: largá todo, y
rápido.
Se dio vuelta con un murmullo
inentendible. Lo maldije para mis
adentros, encendí un cigarrillo y observé
que me temblaba la mano. El lamento se
fue apagando hasta convertirse en un
llanto que parecía venir desde un piso
alto' Un rato después se escuchó el ruido
de una palangana que caía al suelo.
Luego se hizo un largo silencio, hasta
que los ayes volvieron a escucharse. Esa
sesión duró como una hora, según mis
cálculos. La oscuridad era total y los
demás presos parecían sordos. Me
pregunté si los gritos de ese desgraciado
no eran invención de mi propio terror.
Estaba solo en el mundo y ni siquiera mi
sombra me acompañaba. Tenía un nudo
en la garganta y el cerebro bloqueado
como si me hubieran inyectado cemento
líquido. Le pedí a Gorosito la colilla del
pucho para darle un par de pitadas.
—Ché, mariquita, dormí y la puta
que te parió —gritó uno, en el fondo.
Otro chistó. Gorosito me tiró de un
brazo.
—Dormí, chamigo.Y llorá, si
sabés.
Supe.

Fue un día de cielo encapotado, con


algunos truenos en el horizonte y un frío
desusado sobre la tierra. El Obraje El
Quebrachal despertó como siempre, con
la única novedad de que la vigilancia
había sido reforzada. Ramiro Luján se
instaló en su escritorio y dos de sus
hombres quedaron en la puerta,
custodiando su caballo. Inmediatamente
ordenó el conteo de los ausentes e hizo
anunciar el descuento de ese día a todo
el personal "por el solo hecho de haber
dudado". Una patrulla de veinte brigadas
se internó en la selva rumbo a los
ranchos de los huelguistas, con la orden
de escarmentarlos.
En los ranchos de Quirurgo Gauna
y de Sandalio Quiroga no había nadie;
revolvieron las miserables pertenencias
de los hacheros y siguieron de largo. En
la tapera de Belgrano sólo hallaron a su
compañera y a sus hijos. Después se
dijo que violaron a la mujer delante de
sus crías y salieron en busca de
Belgrano. Lo encontraron mientras se
hundía en la espesura. El indio echó a
correr, pero le cerraron el paso.
—¡Tuyo, Montiel! —gritó un
brigada.
El tal Montiel disparó y Belgrano
cayó bajo un vinal, herido en una pierna
y sabiéndose perdido.
—¡Piedá! ¡Piedacita chamigo
brigáa!
Por toda respuesta le descerrajaron
un tiro en el sexo y otro, después, en la
cabeza.
El grueso de los brigadas siguió su
camino. Montiel y tres más se quedaron
con el indio muerto. Le ataron una soga
al cuello y lo colgaron de un enorme
franciscoalvarez. Después siguieron al
resto del grupo.
Cuando llegaron al rancherío donde
vivía Josecito, mujeres y niños se
dispersaron aterrados. Los brigadas
gritaban y disparaban al aire, entraban
en todos los ranchos y los prendían
fuego. Pero Josecito no apareció.
Entonces reunieron a la indiada y un
brigada preguntó:
—¡Dónde está ese hijo 'e puta!
Nadie respondió. Los niños se
abrazaban a las piernas de los mayores y
los mayores se apiñaban como para
ocultarse entre ellos mismos.
Un brigada señaló a una joven
aborigen de pelos muy largos y se
dirigió a Montiel:
—Creo qu'ésa es su mujer.
Montiel se acercó a la muchacha y
la quiso tomar de los pelos, pero ella lo
esquivó y se puso a gritar como un gato
incendiado.
—¡José! —gritó Montiel, cuando
logró agarrada—. ¡Indio'e mierda, salí o
te culeo la hembra!
Dos hombres la sujetaron por los
brazos y dos por las piernas. Y en ese
momento Josecito apareció, con una
hachuela en la mano.
—Jo putaaaaa! —gritó y lanzó el
hachazo hacia el grupo, mientras extraía
un machete de su espalda. Montiel aulló
de dolor, llevándose las manos al pecho
partido, mientras sus colegas baleaban a
Josecito.
Después se abalanzaron sobre él y
lo remataron. Dejaron su cuerpo
atravesado en la puerta de su tapera.

Ese sopapo me vino de la


izquierda. Al principio los había
contado para distraerme, para no pensar,
para no hablar. Pero en el catorce me
aturdí y perdí la cuenta, y entonces
repetía: "Catorce, catorce, catorce".Y
me vino una trompada de la derecha. A
la mandíbula.
—¡Hablá, hijo de puta!
No era cuestión de mostrar me
estoico, pero yo sabía que me exigían
que hablara aunque no les importaba lo
que pudiera decirles. No me hacían
preguntas concretas. Era un simple
trabajo de ablandamiento. Una rutina.
Sólo pisoteaban mi dignidad.
La habitación no tenía ventanas y
todo su mobiliario se reducía a una mesa
y dos sillas. Un gordo en mangas de
camisa fumaba recostado contra la
puerta. Un sargento uniformado
manipulaba una lámpara de por lo
menos quinientos watts; la luz me daba
de lleno en la cara y me enceguecía. El
que me pegaba era alto y delgado y yo
no podía distinguir sus facciones. Era
como una sombra sin dueño.
—¡Hablá, te digo, maricón!
Me pegó un revés, enseguida con la
palma y luego con el puño cerrado,
directo al mentón. Sentí que se me
aflojaban los dientes y tragué un poco de
algo pastoso, que supuse era sangre.
Después me regresaron a la celda.
Llevaba casi una semana detenido y
no hacía más que pensar en las torturas
que por alguna razón todavía no me
aplicaban. Me pegaban a diario, y el
trato era humillante, pero ni ellos
parecían saber lo que querían de mí. O
sabían que yo no era importante.
Mientras tanto estar encerrado era
ratificar mi soledad, mi aislamiento.
Allí no había noción de tiempo, nada era
cierto ni evidente y, como todo preso, yo
vivía inmerso en suposiciones y
fantasías. Mi mente giraba en torno a
mis teorías sobre la no existencia: no
era yo; sólo a mi cuerpo golpeaban y
todo pasaría, finalmente.
Una tarde de esos días escuché un
ruido de pasos que se acercaban y supe
que venían hacia mi celda. Contra lo
esperado, un cana me pidió, de buenas
maneras, que lo acompañara. Alguien
quería hablarme. Me condujo hasta una
oficina bien iluminada, donde un tipo
joven, de traje claro e impecablemente
planchado, estaba sentado ante un
escritorio.
Me tendió una mano, que no
estreché.
—Soy oficial de la Secretaría de
Informaciones, caballero —dijo, y tomó
una carpeta anaranjada que estaba sobre
el escritorio—. Siéntese.
Acerqué una silla. Me miró a los
ojos.
—Sabemos que usted es uno de los
integrantes de la Junta Coordinadora de
Estudiantes —pronunció solemnemente
el título—. Y que puso una bomba de
estruendo en la Sociedad Rural, que
causó daños menores.
Lo miré tratando de que mis ojos
fueran tan expresivos como los botones
de un amplificador.
—Afortunadamente no hubo
víctimas que lamentar —continuó, sin
dejar de hojear la carpeta—. Y no se lo
reprocho. Sé muy bien lo que es una
ideología y soy respetuoso de ellas,
aunque no las comparta.
A medida que el tipo hablaba, yo
hacía esfuerzos por permanecer en
actitud neutra y me cuidaba de no mover
ni un músculo.
—Le advierto que yo soy apolítico
—continuó, con naturalidad—. Pero eso
sí: decididamente antiperonista.
Lo miré sin verlo.
—Usted se preguntará por qué le
digo estas cosas y por qué lo tienen
aquí, encerrado, y ya pasaron... ¿cinco
días? Sí. Y naturalmente, la libertad es
hermosa. Pero algunos no saben
valorada y por eso la combaten. Y
entonces quienes creemos en ella la
vamos a defender, ¿no le parece, Oroño?
La libertad es la hija dilecta del sistema.
Y un buen padre cuida a su hija, ¿no?
Usted haría lo mismo. Es un brillante
alumno de abogacía, un muchacho que
tiene todo en sus manos para ser un
excelente profesional, ganar dinero,
tener amigos. Está muy bien
conceptuado y pertenece a una conocida
familia chaqueña. Su expediente no es
demasiado comprometedor y créame que
le tomé aprecio y por eso está aquí. Sólo
para conversar...
Bajé la cabeza y me mordí el labio
inferior.
—¿Qué le pasa? ¿Se siente mal?
—Sí. Sinceramente, estoy
esperando que termine.
—Lástima, porque yo sólo quería
conversar y ayudado. Quiero pensar que
usted no es un caso perdido como
ciertos peronistas envenenados. Si
conversamos hoy, y mañana, y pasado,
quién le dice... Usted podría revisar sus
conceptos y después que se olviden
estos pequeños incidentes lamentables,
debidos a tontos errores de las
autoridades universitarias, usted va a
gozar nuevamente de su libertad.Y hasta
podríamos entendemos. Por ahí
colaborar con nosotros...
Durante el espích del tipo, yo había
juntado saliva a sabiendas, de manera
que el escupitajo que le lancé le dio de
lleno en la cara. Sobre la nariz, donde se
juntan los ojos. Me emocioné como
quien aprecia la mejor obra de su vida.
El tipo sacó un pañuelo y se secó la
cara lentamente. No dejó de mirar me
con unos ojos que parecían recién
sacados de la congeladora. Se puso de
pie y salió, y enseguida entraron un cabo
y otro cana y me llevaron de vuelta a la
celda. Después me interrogaron y
picanearon en tres oportunidades, la
primera con electrodos en los tobillos y
los testículos. Yo me sacudí, grité, lloré,
sentí que la carne se me desgarraba en
cada descarga, mi sangre enloquecía y
me quemaban hasta las visceras, y así
hasta que me desmayé. De nada me valió
pensar que yo no existía y esas
boludeces que me resultaron tan útiles
como un diario de la semana pasada.
Para la segunda sesión un flaquito de
ojos de muerto, biliosos, se dedicó a
recorrer todo mi cuerpo con los
electrodos. Descubrió uno por uno mis
puntos vulnerables: las axilas, los
testículos, el ano y las plantas de los
pies. Desnudo sobre un elástico de
cama, torpemente mojado con una toalla
sucia, sufrí las distintas potencias de la
batería. Fríamente, y ante dos tipos que
estaban en las sombras y fumaban, se
reían y hacían preguntas sin mucho
sentido, el flaquito me arrancó todo lo
que quiso: conté la historia de mi vida,
completa, y reconocí haber puesto la
bomba, delaté mi escondite, mencioné a
cada uno de mis compañeros y a los
curas amigos, hablé de planes terroristas
y hasta juré haber participado
activamente en el exterminio de judíos
en Polonia, además de confesar mis
íntimas relaciones con el canciller de
Napoleón. Fue la noche más desgraciada
de mi vida.
La tercera sesión fue una breve,
simple y yo diría que rutinaria
repetición de los tormentos. Después me
tiraron en la celda como se tira un forro
usado.

—No pudo ser más pior —


sentenció el viejo Quiroga. Una arruga
le había arado la frente y su semblante
tenía los colores de un cadáver
conservado en formol.
Toño lo miraba sin verlo. Varios
vasos de ginebra se habían convertido
en un plomo derretido que le subía del
estómago al cerebro. Marciana de Rojo
parecía llorar en silencio, mientras su
marido, más sereno, fregaba el
mostrador con un trapo rejilla por
enésima vez.
—La brigáa estuvo fiera demá —
siguió Quiroga—.Y too por culpa d'eso
jhindio cagone.
—No diga eso —eructó Toño, y
repitió Rojo casi a coro.
En el Bar El Jardín no había nadie
más que ellos. Estaban en silencio,
sombríos, escuchando el relato de lo
acontecido que hacía el viejo Sandalio.
Con la voz quebrada, concluyó diciendo
que todos corrían peligro.
Como sucede con todo, y aún lo
peor, a lo largo de muchos días, que
luego supe hicieron un mes, me fui
reponiendo. Alguien se ocupó de que
mejorara mi alimentación y recibí
atención médica. Las marcas
desaparecieron y sólo me quedó la
quebradura moral.
El día que me liberaron, dos
policías de civil me colocaron ante un
fotógrafo que me retrató de frente y de
perfil mientras sostenía un cartel lleno
de números contra mi pecho. Me
tomaron las diez huellas digitales, me
hicieron firmar media docena de veces y
me abrieron la puerta diciéndome rajá
pibe y quedáte piola.
En mi casa me sentí extrañamente
maduro, prescindente, triste como una
pampa inundada. El miedo que me
habían inculcado era pegajoso,
imposible de limpiar. Cuando me
contaron que como consecuencia de las
revueltas habían renunciado el ministro
del interior, algunos gobernadores y el
rector de la universidad, tuve la
sensación de que me hablaban de cosas
ocurridas varios siglos atrás. Me negué
a ver a mis viejos compañeros y amigos
y también a Malena. Me fui a Buenos
Aires, a vivir en casa de una tía que no
tenía hijos y me quería tanto como a sus
gatos, lo que no era poca cosa.
Regresé cinco meses más tarde y
pedí la reincorporación a Tribunales.
Me la dieron y también recomencé mis
estudios y me recluí en la placidez del
jardín y el río. No hizo falta que avisara
a nadie que me abría y poco a poco todo
fue quedando atrás. Y con la misma
rapidez se me agotó la imaginación, me
desgané, tuve miedo y empecé a
desarmarme como una calesita de
parque que se va de un pueblo. No
quería luchar, no tenía por qué hacerlo;
el círculo estaba cerrado.

Esa noche Marcial Calloso pegó


ocho bandos manuscritos: en la ventana
de la Farmacia Lema; en el murito de la
casa de Ramiro Luján; en la puerta de la
iglesia; en el costado norte de la peana
del mástil de la plaza; en la pared del
Almacén Casa Gold; en la única
vidriera de la Tienda El Amanecer; en el
portoncito de la casa de Jesús María
Pérez y en la galería de la escuelita. El
bando se refería a los "sucesos del día
de hoy en el Obraje El Quebrachal" y
terminaba con estas palabras: "...porlo
que no habiéndose producido
alteraciones del orden, y esperando que
estos hechos que sólo atentan contra la
vida pacífica de nuestra comunidad y el
sagrado derecho a ganarse el pan
honradamente no se repitan, puede
considerarse superada la situación, sin
novedad".
Esa noche Enrique Rojo hirió de
una perdigonada a Marcial Calloso
cuando intentaba pegar el noveno bando
en la vidriera del Bar El Jardín.
Esa noche Marciana de Rojo se
vistió de luto y encendió dos velones
sobre el mostrador del bar, debajo de
una cruz que fabricó con dos tablas
cruzadas. Su esposo estuvo mascullando
toda la noche, acostado en la hamaca
que tendió en el fondo de la casa.
Esa noche Toño arrancó, furioso, el
bando pegado en la galería de la
escuela. Después tomó ginebra hasta que
se durmió. Al alba, Nicasio vio cómo
sus perros lo lamían, tirado al pie del
lapacho.
Siete

—Repiten siete —dice Toño,


mirando a sus alumnos.
Es la última clase del año y la
asistencia es completa. A la derecha los
varones; a la izquierda, las mujeres. Los
aborígenes, todos adelante y ocupando
hasta la cuarta fila. Las cinco restantes,
para los blancos y mestizos,
rigurosamente mezclados. Es una forma
de ubicación que Toño impuso desde
que se hizo cargo de la escuela: como
los indígenas estuvieron siempre,
históricamente relegados, desde que
llegó les dio el desquite.
Sorprendidos, los niños se miran
entre ellos. Todos saben que seis
repetirán de grado: Armidia Perón,
Natividad Quiroga, Natalio Ramúa y
Pedro Claro, todos por poca inteligencia
y nula dedicación;Arturo Flor, por faltas
reiteradas y no completar el ciclo;
Pastor Gauna, porque es retardado. La
incógnita es el séptimo.
Toño lee la lista de los repitentes y
se solaza en retardar la mención del
último. Sabe que los niños contarán todo
a sus padres, con el mismo suspenso.
Entonces deja pasar unos segundos y
dice:
—Ramiro Luján, hijo.
Inmediatamente, se jura una vez
más que no es por venganza. Está
convencido de que Ramirito es poco
inteligente. Además, ha faltado
demasiado, es en extremo arrogante y
observó una pésima conducta.
Nicasio es el único testigo, pues
Toño envió una circular a los padres
solicitando que se abstuvieran de
concurrir a la fiesta de fin de año ya que
no habría tal "en razón del luto por los
trabajadores asesinados en el obraje".
Entonces entrega a cada uno su
libreta y a algunos les acaricia la
cabeza. Los niños salen
desordenadamente y organizan rondas y
juegos. Algunos pocos se acercan a
Nicasio, que bajo el lapacho del fondo
atiende el asado, que Toña exigió al
intendente para despedir el año escolar.
El exquisito olor de los chorizos se
confunde con los aromas del monte.
Acomoda su carpeta y los libros de
temas y de grados. Está solo en el aula y,
lentamente, comienza a desprender
algunas láminas de las paredes. Cierra
las ventanas, echa una última mirada al
salón y se retira.
Entra a su rancho y deposita las
láminas sobre la cama. Por la ventana ve
la luna, que insiste en durar todo el día.
Después suspira y sale. De lejos ve a
los ninos que rodean la mesa donde
Nicasio sirve chorizos, morcillas,
costillas y achuras. Entonces se siente
solo y reconoce lo mucho que los
extrañará.
Se acerca, se sienta a la cabecera y
come con ellos.

Tan tan tatáaaaaa / ta tan tatáaaa /


tan tan tatáaa / tan—tan—tan tan—táaa
...
Ay qué émoción Dios mío después
de años de esperarlo vaya ser su esposa
para toda la vida qué contenta esta mami
es el sueño de su vida el vestido me
quedó precioso aunque ahora estoy muy
delgada, pero a Toña le gusto igual no
importa que hayamos tenido relaciones
total lo importante como dijo el Padre
Euclides es que nos casamos
enamorados y él me quiere y yo lo
quiero con toda mi aima claro que sí y la
gente qué de gente que hay Toña me
espera allá en el altar qué serio y qué
lindo que está el traje negro le queda
brutal y eso que me costó convencerlo
porque se le ocurre cada idea mi amor
quería casarse solamente por civil y en
mangas de camisa era una locura así está
precioso las chicas se van a morir de
envidia yo sé que hay cada loca suelta
que le tiene unas ganas pero lo voy a
hacer muy feliz para que no mire a
ninguna otra tarada qué emoción Dios
mío ya estoy llegando al altar dentro de
un ratito seremos marido y mujer y
vamos a ir a la fiesta en casa y después
a Mar del Plata.

—ChéToño.
—Qué hay.
—¿Cómo te sentís?
—Bien. Como siempre.
—¿Viste qué lindo es estar
casados?
—Hummmm ...
—Yo me siento tan feliz... e incluso
más buena, qué querés que te diga. Es
como si de repente amara a todo el
mundo.
—No me digas...
—No seas irónico, ché.Vos siempre
fuiste un tipo raro, duro, complicado.
Pero yo no, y ahora que te tengo me
siento más buena... Es dificil de
explicar.
—No sé a qué viene que te sientas
buena. Nadie es bueno.
—Pero mi amor, cuando uno ama se
siente mejor y necesariamente es más
bueno. ¿Acaso vos no me amás?
—No tiene nada que ver. No
entendés.
—Pero me querés o no. Decímelo.
—Dale, Malena, acabala —estaba
desnudo, sobre la cama del hotel, y se
acariciaba el sexo—. Sacate la
bombachita y vení que te lo digo.
Mientras caminábamos, le dije:
—Yo pensaba que las lunas de miel
eran dulces de veras.
Él se detuvo frente a un banco de
piedra, apoyó un pie y contempló cómo
el mar, agitado, desparramaba espuma
sobre la arena.
—Te veo raro, Toño. Estás callado,
y como si huyeras. No te quiero hacer
reproches, ahora menos que nunca, pero
me duele que estés así, tan ausente,
como disgustado.
—Me rebelo.
—¿Contra qué?
—¿Contra quién va a ser? Contra
mí, Malena.Yo soy una mierda.
—¿Por qué decís eso? No sos
ninguna mierda, ¿sabés?
—Sí soy. Y no me defiendas. Yo no
sé si te amo. No sé si soy capaz de
querer a alguien. Mamá me hincha las
bolas y vos me gustás mucho, a veces
me siento bien y creo quererte, pero no
sé... Me quiero ir.
—A dónde.
—Qué sé yo, a cualquier parte.
Nunca vas a entender que piense así.
Nada me gusta. Ni mi laburo, ni un
carajo. Quiero estar solo, no sé qué me
pasa...
—¿Y cómo en la cama, cuando lo
hacemos, decís que me amás?
—Porque cuando hacemos el amor
yo siento que moriría sin vos.
Una gaviota gorda y lustrosa se
acercó en picada. Se detuvo a pocos
metros y nos miró. Los dos la miramos.
—Algún día me voy a ir y necesito
que lo entiendas. Me voy a ir cuando
sepa dónde está mi verdadero lugar. No
quiero ser un cabrón toda la vida.

Y sin embargo lo fui durante


muchos años, a lo largo de los cuales
viví muy bien. El así llamado éxito
social merodeaba a mi alrededor como
las moscas sobre las cabezas de las
malditas palometas que pescaba
involuntariamente los sábados, bajo el
puente. Uno iba en busca de un dorado o
un pacú, pero en las carnadas se
enganchaban las muy putas. Como en la
vida. Y así me pasó con el desahogo
económico alcanzado cuando terminé la
universidad y empecé a laburar en un
estudio jurídico de renombre en el
Chaco, y con mi matrimonio bien
constituido, y una amante rubia a la que
veía de vez en cuando, y el hijo que
crecía porque no podía ser de otra
manera, y desde luego el olvido con que
el mundo había tapado mis pecados de
juventud. La sociedad me había
perdonado y yo iba camino de ser otro
perfecto y prolijito hijo de puta.
Mamá, Malena y Carlitos eran
felices.

Un día de fines de ese noviembre el


Padre Gabriel Maldonado cumplió
sesenta y siete años. Por la mañana se
sintió más solo que nunca y tuvo el
negro presentimiento de prometerse
descargar su desazón sobre el primero
que fuera a confesarse. "Después de
todo tengo derecho, se dijo, para eso soy
el cura del pueblo y tengo que
aguantarme los pecados de todo el
mundo".Aunque enseguida imploró el
perdón de Dios, no pudo dejar de ser
mordaz cuando vio aparecer en la puerta
de la iglesia a Rosario de Pérez.
—Hola niña...
—Buenas, padre. Vengo a
confesarme.
—¿Has pecado acaso? —y le
sonrió—. Rezate un par de aves que
vuelvo enseguida.
Entró a su casa pensando que debía
ir a almorzar, como todos los años, a lo
de Marcelino Grande. En el fogón se
consumía un leño y la pava ennegrecida
despedía un vapor flaquito que subía
hasta el techo de madera y adobe,
ennegrecido también por el humo de
todos los días. Preparó el mate con
yerba nueva, le pus dos fetas de cáscara
de naranja y se sentó, levantándose la
sotana has arriba de las rodillas,
mientras pensaba: "La loquita ésta se
infidela con el maestro y después viene
a pedir perdón.Yo le v'ia enseñar a
refrescarse la cachuncha".
El murmullo del follaje delató la
tormenta que se avecinaba. Miró en
derredor como para asegurarse de que
todo estaba bien agarrado; el viento
norte, que empezaba con aumento de
temperatura y veloces nubes de polvo,
podía llevarse algo. Entonces vio
elmanaque con esa rubia desnuda a la
que con tinta china le había cubiert las
partes pudendas.
Escuchó pasos del otro lado de la
puerta. Era Rosario.
—¿Me confiesa, padre? Tengo que
hacerle la comida al Jesús.
—Bueno, pasá.
—¿Acá, padre?
—Y qué tiene. Te vea o no la cara,
igual te conozco. En la confesión, lo que
importa son las palabras y el
arrepentimiento.
Rosario se sentó a su lado, e
inclinó la cabeza.
—Mentí —dijo— sentí envidia no
me importa mi casa cada día odio más a
las mujeres del pueblo salvo Marciana
de1Rojo me negué a dar plata para la
cooperadora de la escuela y eso que'l
Jesús es vocal de la comisión tuve
malos pensamientos y...
—Cuáles.
—¿Hace falta decirlos?
—Y sí.
—Que Jesús se muera. Que nomás
pase n'el pueblo lo que presiento.
—¿Qué presentís?
—Cosas. Una nunca sabe, pero
siento escozotes en el vientre, como
cuando barruntamos que van a pasar
cosas extrkñas.
—Va a haber tiros y muertos,
¿verdad?
—Sí, padre, ¿Cómo sabía?
—Yo también presiento. Seguí.
—Que no le pase nada a Toño,
padre. Yo lo quiero.
—Ya sé, todo eso me lo dijiste la
última vez. Hace meses que te confesás
con las mismas palabras.
—¿Lo aburro, padre?
—Un cura siempre se aburre con
las confesiones.
—Disculpe.
—Seguí, Rosario, seguí.
—Pero hay algo nuevo.
—A ver.
—Voy a tener un hijo. Estoy de
cinco meses.
—Carajo, cómo no vas a sentir
escozores en el vientre, m'ija... De quién
es.
—De Toña, claro.
—Y Jesús qué dice.
—No sabe.
—¿Y Oroño?
—A él no le importa, creo... Ya no
nos vemos. Yo tengo mucho miedo, usté
lo conoce al Jesús. Si nos encuentra de
nuevo nos achura a los dos.
—Vas a tener que decírselo.
—Claro.
—Y decile que es de él.
—Sí.
—Y cuidate, m'hija...
Entonces se puso de pie y le ordenó
rezar seis padrenuestros y seis
avemarías, hacer la señal de la cruz con
las manos mojadas en agua bendita y
encomendar su alma a Jesús. Como
Rosario se confundiera tuvo que
aclararle que no se encomendara a su
marido, por favor, sino al verdadero, al
de la cruz.
Cuando ella salió, siguió tomando
mates pero enseguida se sintió inquieto,
abrumado. Fue a la capilla y vio que
ella rezaba en el tercer banco. Se sentó a
su lado y murmuró:
—Rosario... Los presentimientos...
¿Cómo es eso?
—No sé, padre, me vienen por las
cosas que dicen todos: mi marido,
Marciana. En lo único que todos
coinciden es en que no pueden
permanecer así frente a lo que pasa.
—¿Cómo así?
—Así; dicen así.
—Qué más dicen. Oroño, los Rojo.
—Que la huelga no fue suficiente y
hace falta cambiar.
—¡Y qué carajo quieren cambiar!
—se irritó el padre Gabriel, dándose un
manotazo en la pierna.
—No sé, padre. Supongo que al
intendente. Yo no entiendo de esas
cosas.
El sacerdote se levantó
bruscamente. Se dirigió al altar y se
detuvo con las piernas separadas. Desde
un crucifijo de madera colorada, un
Jesucristo miraba hacia abajo. El Padre
Gabriello señaló con un dedo
amenazador:
—Hay más que un simple cambio
de intendente —le advirtió—. Estoy
seguro. Tenés que ayudarnos o el pueblo
éste se va a la mierda.

Cambiabas de formas de pensar


según te convenía. Eras ubicua como un
chicle muy masticado. Un día me
explicaste que gracias a eso nunca tenías
problemas con la gente. Entonces yo te
dije que quien carece de enemigos es un
hipócrita. Me aseguraste que no te
importaba porque al mundo hay que
correrla para el lado que dispara Toñito
no podés pretender que todos sean como
vos querés.
Qué notable, mamá, yo siempre de
contramano y vos siempre en el camino
recto, el ejemplo digno, la formalidad
hecha madre y encima madre mía.
Cuando me casé, empezaste a joder
con eso de que ya te podías morir
tranquila. Hablabas de tu muerte como
de algo inminente y tanto fastidiabas con
esa especie de victimización que no te
creí cuando te encontré tirada en el
suelo. Pasaron varios minutos durante
los cuales miré tu cuerpo gordo y
vencido, hasta que reaccioné y corrí a
buscarlo al doctor Báez, que ordenó una
ambulancia mientras Malena se
levantaba y organizaba dejar a Cartitas a
cargo de una vecina.
Yo me quebré horas después,
cuando besé tu cadáver y sentí lo que
supongo siente todo el mundo en esas
circunstancias: perplejidad ante la
muerte; un deseo inexplicable de pedir
perdón aunque sin saber claramente por
qué; el vago propósito de empezar de
nuevo algo, otra cosa. Estaba
completamente desconcertado, de
pronto, y cuando me di cuenta eran las
dos de la mañana del día siguiente y
decidí salir a caminar. Resistencia
estaba linda: fría y seca y con su
silencio de invierno sólo quebrado por
los carros de frutas y verduras que van
al mercado y a las ferias antes del alba.
Crucé la plaza llena de tipas y rosales;
escuché el bullicio asordinado de un
grupo de estudiantes reunidos en el Bar
La Estrella y alguna zamba que venía de
una peña follclórica; caminé entre
estatuas y murales; vi a los taxistas
durmiendo en los coches y a los típicos
vigilantes aburridos controlando la
quietud; y vi también los pocos edificios
con ventanas iluminadas en las alturas y
ese coche solitario con pareja solitaria
que siempre parece estar dando vueltas
a la plaza y el ómnibus que va a
Antequera y que pasa a las tres y diez
por el mástil frente al Banco Nación.
Volví a casa sintiendo que algo
había cambiado o iba a cambiar. Es
posible que sea un sentimiento—lugar
común que asalta a todo el que viene del
velatorio de su madre. No lo niego. Pero
algún muñeco de la estantería se había
movido, eso seguro.

El 24 de diciembre a las seis de la


tarde, Floro Maderal llamó desde la
tranquera de la escuela. Toño se asomó
a la puerta del rancho, sacó un par de
sillas y lo invitó a sentarse bajo el
lapacho.
—Qué lo trae por acá.
—Vengo a invitarlo —dijo Maderal
con una sonrisa, mientras cruzaba sus
larguísimas piernas. Vestía una especie
de saco de hilo sin mangas ni cuello,
sobre una camisa nueva. Los zapatos
recién lustrados ya tenían una pequeña
capa de polvo—. El intendente quiere
que pase la nochebuena'n su casa, con
nosotros.
—Y quiénes son nosotros.
—Bueno... Grande, Lema, Gold,
yo... y Pérez y Luján. También van a
estar nuestras familias, claro. Y el cura.
Toño encendió un cigarrillo
mientras contenía una sonrisa.
—Por supuesto, saben que no voy a
ir —dijo suavemente.
—Pero el intendente...
—Nada, Maderal, no se esfuerce,
es obvio que no voy a ir. Pérez va a
estar con Rosario y mi presencia allí
sería un fastidio. Luján se quedó con la
sangre en el ojo porque su hijo repitió
de grado y por la huelga en el obraje. Y
el intendente anda jodiendo con que soy
igual que Rojo.
—Todo se arregla, Oroño —dijo
Maderal, amistosamente—. Semo gente
grande y culta. Debemo comprender que
lo pasado pisado. En la vida se superan
muchas cosas, usté sabe...
—No. No voy a ir, Maderal. Puede
ir a cacareárselo al intendente.
—¿Y cómo va pasar las fiesta?
—¿Y a usted qué le importa?
—Pero usté no nos puede hacer
esto. Usté...
—Yo hago lo que se me canta.
Cuando Maderal se fue, Toño se
sintió aún más disgustado, pero consigo
mismo. Se reprochó su grosería y pensó
que debía haber aceptado la invitación,
que habría sido útil, y además habría
visto a Rosario. Le hubiera encantado
verla, aunque no con el marido allí.
También se dijo que Maderal no tenía la
culpa de su malhumor. Él detestaba las
navidades y en una de las más lejanas
que recordaba se escuchaba una vaga
melodía, el Célebre Adagio de
Albinoni, y había una especie de
procesión de hambrientos extenuados
que bajaban de una colina a la hora del
crepúsculo. El comienzo ideal de un
film sobre las miserias humanas, había
pensado alguna vez. Claro que ese
cortejo era de gordos señores y gordas
señoras, y la colina era Resistencia un
día de diciembre a las cinco en punto de
la tarde, y la única música era el ruido
verdadero de los cascos de los caballos
sobre el pavimento.
Un hombre caminaba / hacia los
pinos verdes y los mármoles / con su
cara de pena y un traje azul / seis
caballos de alquitrán / empujaban un
feretro lustrado y / la tarde tenía silbos
de chicharras disfónicas / y había una
mujer con un velo sobre el rostro / y otra
mujer con el rostro sobre un velo / había
un niño de rubios cabellos con traje de
hombre / y un hombre de rubios cabellos
con traje de niño / y otro hombre de
rubios caballos y un niño de traje / un
par de vecinas con rosarios en las
manos / otro par de vecinas con vista de
lince / un médico gordo con cara de
gordo bueno / un caballo que cagó una
torta de bosta sobre el pavimento / un
chofer de librea gastada / un carro lleno
de flores cortadas esta mañana / un cura
con una Biblia en el bolsillo / un
monaguillo mirando al Señor / un señor
con cara de pájaro que bosteza / un
joven de la mano de una joven / la joven
con su otra mano en el hombro de un
niño / el niño rascándose el sexo / una
señora nueva en el barrio que se plegó
por sentimientos humanitarios / un
abogado a la pesca / otro abogado
seguro de sí mismo / un ex embajador
con un monóculo verde botella / un
oftalmólogo amigo de la familia /
unjoven que cuando se acuerda de un
amigo se pregunta qué andará haciendo /
un anciano que cuando se acuerda de un
amigo se pregunta si estará vivo / un
kioskero que le vendía el Leoplán al
muerto todas las semanas / un cuarteto
de señoras camaradas de canasta de la
viuda / un marido que también jugaba a
la canasta / tus ex compañeros de
oficina / el Club Social / el Club de
Regatas / la Asociación Española de
Socorros Mutuos / La Asociazione
Italiana di Benevolenza / un
representante de las fuerzas vivas / un
vivo sin representante / un juez muy
circunspecto / un hijo de economista con
lágrimas en los ojos / un borracho que
salió a caminar / un buen hombre que no
tenía nada que hacer / un niño al que la
hermana mandó a ver si llueve / dos
perros que no se conocían / un director
de cortejo con cara de cuervo y una
factura en el bolsillo / un subdirector de
escuela primaria con cara de hormiga /
millones de hormigas en las aceras / un
hijo llamado Toño que se aparta, entra a
un bar y pide una Coca—Cola mientras
se escarba la nariz.

Cuando Marcial Calloso terminó de


acomodar la mesa en la vereda, frente a
la intendencia había más de cincuenta
personas. En la plaza algunos chicos
jugaban alrededor del mástil, esa tarde
con la bandera flameando.
Durante toda la semana el
intendente había invitado a la población
a reunirse frente a su casa para despedir
el año. Prometió sidra y pan dulce gratis
para todos. Gold y Maderal, cuya
disputa había pasado a segundo plano,
se encargaron de diseminar la noticia.
La expectativa estaba creada, ya que
desde los tiempos de Jacinto Portal no
se convocaba al pueblo un 31 de
diciembre.
En el Bar El Jardín, Toño tomó una
copita de ginebra mientras Rojo —
vistiendo un traje color habano y un
sombrero de carandaí muy aludo— urgía
a su mujer para ir a la plaza. Después de
un rato de hablar de cualquier cosa, de
reconocer que se sentían tristes y que se
consideraban el uno al otro el mejor
amigo del mundo, apareció Marciana
enfundada en un vestido de lamé violeta.
Cuando llegaron a la plaza,
Marcelino Grande acababa de subir a la
mesa que hacía de tarima. El público —
numeroso, casi todos los habitantes del
poblado— se aglomeró frente a él.
—Esto es un discurso —dijo
Grande, luego de toser y sacando un
papelito del bolsillo de la guayabera—.
Y trataré de hacerlo en el mejor estilo
de nuestro ilustre Coronel MacGuire,
fundador de Colonia Perdida y
colonizador de nuestra región, e
inspirado por la claridad meridiana de
nuestro recordado y nunca bien
ponderado Jacinto Portal...
La gente estaba en silencio y
Grande lo aprovechaba para leer su
ayuda memoria. Toño, sin disimular su
molestia, miraba en derredor como
contabilizando las ausencias. Se había
negado a ir a la plaza, pero Marciana y
Enrique Rojo lo habían convencido: una
fiesta popular no es asunto pa'oponerse,
habían dicho, y aunque fuese para
criticar a Grande, debían estar
presentes.
—Colonia Perdida está viviendo
momentos de calma, como siempre a
través de su historia. Es la misma calma
que permitió el florecimiento y la
prosperidad para cada uno de nosotros,
la calma armoniosa del entendimiento y
el diálogo... ¡Porque no se puede estar
contra las autoridades todo el tiempo y
porque sí nomás! Las autoridades
cumplen una función importantísima, que
es la de guiar espiritualmente a la
comunidad...
Recorrió con los ojos a todos los
presentes.
—Y si los he reunido hoy aquí no
es sólo para desearles un feliz año
nuevo. Es también para advertir al
pueblo que nuestra muy querida y
bienhechora paz está en peligro... Es
también para denunciar que hay algunas
personas que todos conocemos muy bien
que están empeñados en que yo me
vaya... y que no quieren que los antiguos
ciudadanos, hijos de este pueblo y
hombres de bien que siempre velamos
por la seguridad y la tranquilidad de la
población, sigamos gobernando Colonia
Perdida. ¡Pero ellos son extranjeros,
venidos vaya uno a saber con qué
oscuras intenciones, y ahora pretenden
enjuiciar a dignos ciudadanos que en
nuestras vidas demostramos ser hombres
fieles a nuestro estilo de vida! Esos
disolventes subversivos tienen
inconfesables intereses y pretenden
imponer la anarquía con ideas foráneas
completamente ajenas a nuestras
tradiciones... Así lo demostraron
alentando una huelga que no condujo a
nada y ensuciando las paredes de
nuestras casas. Son enemigos de la
sociedad que sólo pretenden entronizar
el caos y la violencia, y por ello deben
ser repudiados...
Miró en derredor por encima de las
pequeñas gafas de lectura que se había
montado en la nariz. El silencio del
gentío era absoluto e indescifrable.
Tosió y siguió:
—Hoy estoy aquí para advertirles a
todos que la salvaguarda de nuestras
instituciones, así como de la paz, la
estabilidad, el orden y el progreso, ¡será
una lucha a muerte si así lo quieren!... y
lo será porque estamos decididos a
cumplir con nuestro compromiso
histórico para con los próceres que nos
enseñaron el derrotero de la dignidad y
los altos valores morales. De modo que
no repararemos en medios con tal de
frenar esas actitudes disociadoras, en
defensa de nuestras más caras
tradiciones y nuestro patrimonio
espiritual...
La voz de Grande sonaba cada vez
más fuerte, segura y solemne.
Un extraño brillo de excitación le
bailoteaba en los ojos, que parecían más
claros.
—... Y por eso, anuncio con
entusiasmo que el distinguido amigo
Ramiro Luján ha tenido un gesto que lo
enaltece: ha puesto al servicio de
Colonia Perdida y por lo que pudiera
acontecer, a la Brigada de Control de
Trabajo del Obraje El Quebrachal. Esta
brigada, como todos saben, está
compuesta por un grupo de honestos
capataces del obraje, encargados de la
vigilancia de la producción. Y el
honorable amigo Don Jesús María Pérez
ha hecho lo propio con la brigada
homónima de los Establecimientos
Algodoneros Sociedad Anónima...
—Un verdadero discurso de mierda
—sentenció Rojo, que tomó a su mujer
del brazo para retirarse sin disimular su
disgusto.
Toño se fue con ellos y esa noche
comieron un chivito asado en el fondo
del Bar El Jardín, con abundante vino y
poca luz, como para que en la
semioscuridad no pudiera saberse quién
iba a saludarlos ni a qué hora,
exactamente, estarían todos borrachos.
Ocho

Se acabó, Toño, se acabó eso de


venir a la farmacia a las tres de la
mañana y despertarme para charlar un
rato, meterle a la ginebra y después irse
lo más campante mientras yo me quedo
con mi curda y violentado porque no le
puedo seguir el tren. Encima, usted se va
y aparte de la tranca me deja el drama
de sus alumnos hambrientos peleándose
por el pan que les reparte en los recreos;
o el dolor de las indias que se
embarazan con docenas de críos sin
padre y nada que comer; o el asco hacia
Nicasio que es capaz de cogerse a sus
perros o la angustia de sus amoríos con
Rosario y eso que se supone que Pérez
es amigo mío.
No, muchacho, basta de eso. Yo lo
defendí al principio, cuando llegó, y
ahora creo que lo hice para no sentirme
tan solo. Me jugué por su amistad
aunque pensábamos distinto y lo defendí
cuando vino el intendente y me dijo:
—El maestro... Es subversivo.
Le pregunté por qué. Usted sabe
que Grande es maniático.
—Lo dijo la radio.
—Qué dijo la radio.
—Que todos los que tienen el pelo
largo como mujeres son subversivos.
—Pero intendente, eso es por la
barba y Oroño no tiene barba.
—Igual. ¡Es peligroso!
—Es inofensivo; solamente mira lo
que pasa; no ha hecho nada. Peligrosos
pueden ser los otros.
—A ésos también los voy a poner
en vereda. Pero este Oroño...
—¿Por qué no se tranquiliza,
Marcelino? Usté está muy excitado.
—Ni de áhi, tranquilidá es
descuido. Si ni sabemo de dónde viene.
—¡Viene de la capital, de
Resistencia, ché! Y después de todo
reconozca que aquí hay injusticias.
—¡Y dónde no las hay! Pero ésto'
son comunistas, anarquistas, peronistas,
pura mierda. Tenía razón MacGuire: la
política es una mierda y los que vienen a
soliviantar sólo entienden el rigor.
—Entonces ocúpese d'ellos pero
deje en paz al maestro.
—Sí, pero el pelo largo.
—No tiene nada que ver el pelo
largo.
—Tiene. Es subversivo.
—Usté es una mula, Grande.
¿Cuándo dejará de ser tan terco?
—Nunca. Gracias a eso soy
intendente y lo voy a ser hasta que me
muera.
Así que vea, Toño, como tiré por la
borda un montón de años de amistad con
la vieja gente del pueblo, porque
pensaba que usted iba a cambiar. Pero
no. Y ahora qué quiere que le diga. Si yo
no hubiera vivido en este pueblo, usted
se habría muerto de aburrimiento.
Porque no me va a decir que el
paraguayo Rojo con sus extravagancias
le hubiera bancado sus crisis, lo hubiera
siquiera entendido, ¿no?
Pero ahora resulta que usted quiere
cambiar las cosas de veras, más allá de
las palabras, y en eso es peor que el
delirante de Rojo. Dirá que soy
reaccionario, ya sé, pero es que me está
jodiendo también a mí. Yo no puedo
romper amistades de tantos años por
defenderlo. No puedo apoyar lo que no
me asegura una muerte en paz. No tengo
hijos, estoy en los sesenta y sólo quiero
morir viendo todo como está. ¿Usted se
imagina lo lindo que debe ser morirse
viendo que todo está igual?
Así que basta. Carajo: ya ni me
deja dormir la siesta. Hoy mismo estaba
calentito, sin moscas ni viento norte,
pero yo me sentía mal y tenía pálpitos.
Dormí como el diablo, y por ahi soñé
con usted y con el intendente, que lo
quería meter preso por no sé qué asunto
y yo lo sabía. Entonces corría hasta su
casa y le gritaba "Toño, dispare que el
intendente lo busca". Entonces usted
salía y me decía "Lema, dispare que el
intendente lo busca" y yo le gritaba de
nuevo "Toño, dispare que el intendente
lo busca" y era cosa de mamados, los
dos diciendo lo mismo. Y mire qué
casualidad que va y me despierta
Marcial Calloso con su voz gangosa y el
terror, el desconcierto y hasta un poco
de alegría en la cara:
—¡Lema, Lema, dispare que'l
intendente se volvió loco! ¡Anda' los
tiro por el medio 'e la calle!

Muchas veces me hiciste sufrir.


Muchas. Pero ninguna me dolió tanto
como ésta, Toño. Ninguna.
Desde que te conocí, aquella
primavera, siempre estuve dispuesta a
soportar cualquier cosa. Por capricho o
por amor, una nunca sabe, te perdoné
todo, siempre. Y así me fue. Lo recuerdo
como si fuera hoy: vos habías tirado una
línea y leías, echado sobre el pasto. Yo
dejé la bicicleta en el puente y bajé
hasta el río. Cuando me agaché para
tocar el agua, tosiste y vi que me
mirabas. Estuve cinco minutos y regresé
al camino. Pensé en vos toda la semana.
Yo tenía quince años, vos
dieciocho, y ya eras un solitario
empedernido: casi todas las siestas te
instalabas bajo el puente para mirar el
agua. Llevabas tus libros, pero no
estudiabas. También las líneas y
anzuelos y carnadas, pero no te
importaba pescar. Poco a poco te
acostumbraste a mi presencia. Me
esperabas leyendo y yo me sentaba a tu
lado, sintiéndome chiquita y protegida.
A veces hablabas de la facultad. Yo no
entendía nada, pero me gustaba
escucharte, mirarte a las ojos y sentirme
envuelta, turbada. Eras tan fuerte, tan
seguro, tan decidido. De repente me
observabas, decías "estás linda" y
volvías a mirar la línea. Y yo me moría
de amor. Muchos sábados esperé que me
tomaras en tus brazos, pero vos, nada.
Para ver cómo reaccionabas, dejé
de ir dos sábados seguidos. Cuando
volví a verte, dijiste "vení, acercate" y
golpeaste el piso a tu lado, sonriendo,
radiante, para que me sentara. Me dijiste
"quedate quieta" y acercaste tu cara. Te
vi cerquita, ahí nomás, y empecé a
desmayarme. Primero me besaste
tiernamente. Después nos apasionamos y
yo te abracé y empecé a gritar de placer.
Me tomaste como lo que era: una
mocosa enamorada que creía
encontrarse en el cielo y se olvidaba del
dolor. Todavía recuerdo el gusto amargo
que me quedó en la boca y el dolor en la
entrepierna. Vos no pronunciaste ni una
palabra pero sí dijiste montones de
cosas con las manos y la mirada después
de levantarte. Estabas a pocos
centímetros y me pusiste la bolsa de
pesca bajo la cabeza. Me pediste que
cerrara los ojos y me di cuenta de que
me mirabas abajo. Después me cubriste
con la pollera y me besaste en la frente.
Yo lloraba apenitas y te dije que te
quería. Pero vos encendiste un cigarrillo
y dijiste:
—Está bienVení cuando quieras.
Un hijo de puta, Toño. Así eras, así
fuiste siempre. Una semana más tarde
me explicaste que había sangrado poco
para ser la primera vez. A veces dulce, a
veces brutal, tu franqueza era agresiva:
llegaste a decirme que yo no era
inteligente y que me querías justamente
por eso. Una bestia. Adorable, para la
pendejita que yo era, pero una bestia.
Después, en el invierno, nos
instalábamos a estudiar en el comedor
de casa, uno junto al otro, cada uno con
sus libros.Vos te concentrabas lo más
bien; yo, en cambio, me turbaba. No
podía acabar de leer ni la primera
página. Cuando terminabas lo que a vos
te interesaba, empezabas a tocarme.
Apoyabas una mano en mi pierna y yo
me volvía loca. A veces me subía
encima tuyo, o me tirabas sobre la mesa.
O me hacías el amor en el suelo. Mamá
era tan discreta, pobre, que nunca se le
ocurría entrar al comedor.
Eras incansable. Cuando íbamos al
Club de Regatas, en el verano,
nadábamos hasta el medio del río y lo
hacíamos bajo el agua, mirando a la
gente. O estábamos con amigos, cerca de
la orilla, contando cuentos, y me
sentabas en tu falda de lo más cariñoso,
como una parejita cualquiera, pero me
entrabas y yo me ponía toda colorada. Y
así siempre. Y yo siempre aguantando. Y
es claro que también fui feliz, cierto, no
lo niego, la verdad es que durante todos
los años de estar a tu lado yo fui muy
feliz con vos, con Carlitos y con tu
madre. Pero hasta esta mañana.

Todavía debió pasar mucho tiempo


hasta el día en que le compré la mula al
Turco Yunes. Hasta ese momento, tuve
que preguntarme demasiadas cosas que
no supe responderme. Debí esquivar a
Malena y a Carlitos infinidad de veces,
porque optar es siempre dificil: se elige
un camino, pero se abandona otro. Volví
a leer, a observar, a mirarme para
adentro. Fue un proceso largo y lento, en
el que yo mismo era un juez implacable.
Es complejo y duro reconocerse cuando
uno ni siquiera sabe bien quién es; se
corre el riesgo de ser un mar sin peces,
un cuadro sin firma, una cáscara vacía.
No sé en qué momento ocurrió,
pero sé que fue después de los besos,
del amor en la orilla del río, de mi
cabeza sobre el vientre rítmico de
Malena y sus dedos enredándome el
pelo. Después de la complacencia de
mamá por la nueva habitante de la casa
al regreso de la luna de miel en Mar del
Plata. Después de cuidado que no se
canse Malena vení queridita sentate
querés algo te sentís bien. Después de
Carlitos se va a llamar Carlitos y el
abuelo si viviera qué contento se
pondría. Después de Carlitos en hogar
bien constituido y todo lo que sea por el
hijo no tiene precio para él todo y yo
también para él todo y no me daba
cuenta qué mierda me iba a dar.
Entonces yo tenía treinta años y
podía recostarme sobre el presente
porque había decretado que todo lo
demás estaba lejos: los amigos, la
universidad, la militancia. Lo cercano
eran Malena y sus pechos vibrantes y
tersos, y sus uñas clavadas en mi
espalda como si sólo aferrándose a mí
pudiera no caerse del mapa. Cercanos
eran mi vieja y su mundo eclesial.
Cercana era la enorme mano imaginaria
que me atenazaba el cogote. Todo es
demasiado trabajoso cuando la apatía te
va entrando por cada poro hasta que no
sos consciente de cómo se diluye tu
vida, tu querida y única vida.
Y así un día llegó el hastío como
llega el tipo que llama desde la vereda y
ofrece en venta una radio a transistores
que trajo del Paraguay, o una caja de
cosméticos para la patrona de la casa,
mire, vea. Fue una tarde de sol y yo
tomaba mates mientras miraba pasar
autos y camiones por el puente sobre el
río Negro. De repente me sentí solo,
abrumadoramente solo y me dije ché,
capaz que está llegando el momento de
rajar. Juro que no lo tenía pensado ni
mucho menos planeado, pero fue como
una ráfaga de idea, ni siquiera una idea
chiquita, un pensamiento completo.
Pero tenía esa forma redonda que
tienen algunas decisiones
trascendentales. Había llegado el
momento de irme. No sabía si era lo
mejor, pero tenía que hacerlo. Y era
urgente. Esa tarde fui con los Turcos y
les compré la mula.
Y cuando a la mañana siguiente me
levanté para, rutinariamente, afeitarme,
de pronto giré y regresé al dormitorio,
desconcertado y dubitativo. Malena me
preguntó qué quería comer al mediodía y
no sé qué le contesté, dije que no iba a ir
a trabajar y estuve un largo rato dándole
vueltas al asunto, de pronto mi
vacilación era absoluta y yo no cabía en
mi ansiedad. Sentía un miedo infantil y
hasta me dio pena pensar en la pobre
mula que se habría cagado de frío bajo
el puente, el caso es que decidí decirlo
todo de un saque, no sé como pero de
pronto parece que se me vio en la cara y
Malena entró en pánico. Se le aflautó la
voz como cada vez que se ponía
nerviosa y antes de que montara una
escena le dije me voy, ahora sí que me
voy. Ella empezó lo que pintaba para ser
un ataque de histeria y yo, embolado y
muerto de miedo, le dije que ella sabía,
que siempre había sabido que yo me iba
a ir un día; que le había jugado limpio y
que si tenía algo o mucho que
reprocharme lo lamentaba en el alma y
le pedía perdón, pero yo me rajaba.
También le pedí que después le
explicara a Caditos, pero ella me tiró un
zapatazo gritándome cagón, cobarde y
traidor, y yo cerré la puerta después de
aclarade, inútilmente, que no sabía si
iba a volver algún día, que nunca se
sabe, que así es la vida.

Había sido un día excitante: el


intendente aterrorizó a todo el pueblo
durante horas bajo la anarquía de los
balazos. Al final tuvieron que enlazarlo
y encerrarlo con candado en su casa. Se
quedó gritando hasta muy entrada la
noche, y después se durmió. Como era
de esperarse, los administradores
convocaron a una reunión para nombrar
un intendente interino. Provisoriamente,
y tras una agitada discusión, él resultó
elegido. Claro que la designación no era
más que una imposición porque él no se
sentía capaz de dirigir al pueblo. Ni
tenía ganas. Su aceptación había
quedado condicionada a que esa noche
lo pensaría con detenimiento y recién
después daría una respuesta definitiva.
Cerró la farmacia y se sentó a la
mesa del pequeño despacho. Se sintió
más solo que nunca, se sirvió un vaso de
caña y lo bebió completo y sin pensar en
lo que debía pensar. Al segundo vaso le
pareció escuchar ruidos en el
dormitorio. Encendió una vela y se
dirigió hacia allí.
Sentado al borde de la cama, un
anciano de botas y bombachas, con un
aludo chambergo y el barbijo anudado al
cuello, le sonreía confianzudamente.
Lema estiró la mano que sostenía la vela
y estudió el rostro.
—Pero usté es el fantasma de
Jacinto Portal.
—Así es.
—¿Qué hace aquí?
—Vine a verlo porque usted es un
hombre sensato, no como el tarado de
Grande.
—¿Y qué quiere?
—Conversar.
Lema encajó la vela en un
candelabro de bronce y lo depositó
sobre la mesa de noche. Se sentó del
otro lado de la cama.
—Lo escucho.
—Hace tiempo que vengo
observando el comportamiento de ese
mozo, el maestro. Es mala persona y le
está haciendo daño al pueblo. Usted
sabe: es inteligente, preparado, egoísta.
No puedo decir que mal nacido porque
yo hablé con la madre, que es una
excelente señora, pero... Tiene que
expulsarlo de Colonia Perdida. Para eso
es ahora el intendente.
—En primer lugar, todavía no
acepté el cargo y no sé si lo voy a hacer.
Y en cuanto a Toño, no creo que sea
mala persona. Es el único hombre más o
menos culto que aparece por Colonia
Perdida en toda su historia. Bien
aprovechado, puede ser positivo.
—¡No, ahí está la cosa! Justamente
por eso hay que expulsarlo... Éste es un
pueblo de gente simple; aquí nunca pasa
nada. Entiéndalo: aquí no puede vivir un
hombre que sabe lo que no quiere y que
pretende cambiar nuestro estilo de vida.
Es demasiado evolucionado. Hay
pueblos que no deben cambiar, para
poder subsistir. ¿No se da cuenta, Lema?
¿No ve que acá nunca nadie se planteó
un problema existencial? ¿No ve que acá
nunca nadie se preocupó por el tiempo?
¿No ve que acá un comunista estando
solo no jode? ¿No ve que acá las
mujeres siempre fueron fieles porque no
tuvieron por quién cambiar los maridos?
¿No ve que aquí las radios sólo
funcionan para las buenas noticias y la
música popular? ¿No ve que la gente no
se aburre y se divierte igual aunque hace
como cuarenta años que el Circo
Haggemberg dejó de venir? ¿Por qué
cree que prohibí que volvieran los
circos con sus prostitutas e intercepté
las malas noticias de la radio e inventé
las Brigadas de Control de Trabajo y
aislé al pueblo del exterior y aquí nunca
llegó el ferrocarril ni hay caminos a la
capital? ¿No ve, carajo, que éste es un
pueblo incomunicado y ésa es su
salvación?
Lema lo miraba, entrecerrando los
ojos y fruncido el ceño.
—Le digo: un hombre inteligente en
este pueblo lo único que hace es joder.
Ricardo Lema miró al fantasma con
desconfianza, pero reconoció que sus
argumentos eran razonables. Quizás
porque se dio cuenta de que el nuevo
cargo lo envejecía definitivamente,
sintió menos aversión hacia la vejez.
—Está bien, Portal. Déjeme
pensarlo.
Tercera parte
Uno

Cuando las sombras se estiraron al


máximo, Enrique Rojo salió al jardín
envuelto en un poncho colorado y se
internó en el monte. Llevaba una linterna
en una mano y una pala en la otra. Perón
—Perón, jadeante, lo siguió sin ladrar.
Marciana lo miró desde la cocina,
mordiéndose la lengua y comprendiendo
la emoción de su marido.
Hacía veintiún años que no iba a
ese lugar, seiscientos metros hacia el
sur, monte adentro, contados desde el
paraíso del fondo de la casa. Era una
cruz rudamente confeccionada: dos
palos unidos transversalmente con
alambres y un clavo en el centro, y en la
coyuntura un corazón de lata —ya muy
oxidada— con una inscripción hecha a
punta de cuchillo:

Enrique Rojo (hijo)


Que le parta un rayo al que usurpe
esta tumba

Aunque los Rojo nunca habían sido


religiosos, a nadie extrañó que
cumplieran con la tradición de enterrar a
su angelito muerto. Claro que nadie
entendió sus omisiones florales de los
domingos y fiestas de guardar, pero al
menos, se decía, Marciana y Enrique
habían inhumado cristianamente al único
hijo que engendraron y que murió al
nacer. Por supuesto, nadie osó profanar
esa tumba. Primero porque estaba en un
lugar por el que nadie pasaba. Y además
porque la superstición popular obligaba
a persignarse frente a cada sepultura,
más aún si era de angelito, y a seguir de
largo mirando hacia otro lado. Es mala
cosa la muerte en el monte, y Enrique
Rojo lo tuvo muy en cuenta.
Cuando llegó al sitio, comprobó
que la vegetación había cubierto el
montículo de tierra. La maldición era
apenas legible. Con la punta de la bota
limpió apenas la escritura y remontó su
memoria dos décadas atrás, hasta el día
en que, solo con Marciana, cavó la fosa
cuidando que nadie los viera. Después
dijeron, en el pueblo, dónde estaba
exactamente la tumba de su niño.
Durante algunas semanas, almas
piadosas depositaron flores junto a la
cruz y ellos recibieron unas pocas
visitas de pésame.
Se quitó el poncho y puso manos a
la obra. Arrancó la cruz y la arrojó a un
costado. Luego empezó a cavar. La
tierra estaba endurecida por los años. Él
también. Hundía la pala sin pensar y,
mecánicamente, extraía un terrón tras
otro. La linterna, apoyada sobre unas
ramas bajas, iluminaba lóbregamente el
lugar. Media hora después había abierto
un cuadrado de un metro de profundidad
y la pala chocó contra algo duro,
metálico.
Se alegró en silencio y redobló el
esfuerzo. Cuando hubo sacado una
decena de paladas, esquivando los
latones de la fosa, se arrodilló y escarbó
con las manos, ayudado por Perón—
Perón, hasta aislar la primera lata. La
extrajo.
Era un recipiente de casi medio
metro de altura, que alguna vez había
contenido veinte kilos de grasa. Le quitó
la tierra y con el cuchillo que llevaba en
la cintura, lo destapó. Adentro,
totalmente desarmada y engrasada, había
una ametralladora Piripipí calibre 9, de
fabricación checoslovaca, con
abundantes municiones. Recordó que en
las otras seis latas había cuatro
metralletas más —dos checoslovacas;
dos belgas—, y una quincena de
revólveres Browning calibre 38 largo
con sus correspondientes arsenales.
También había tres machetes Barcelona
del ex Regimiento de Macheteros "Acá
Carayá", en cuya vigésimo segunda
brigada había prestado servicios.
Sonrió satisfecho después de
comprobar que la ametralladora se
hallaba en buen estado, y volvió a
enlatarla. Se limpió los restos de grasa
restregando sus manos en un tronco y
con tierra en polvo, y cerró la tapa,
recogió el poncho y regresó a su casa
cargando el latón.
Marciana lo esperaba, nerviosa.
Habían pasado tres horas y en una mesa
del Bar El Jardín cuatro paisanos
jugaban al tute rodeados de un par de
espectadores. El Tarta Riquelme y Toño,
sentados a la mesa de siempre, no
hablaban. Gerunflo Romero fumaba en
silencio, y dos brigadas de franco, a su
lado, parecían vigilar el salón.
Marciana atravesó la cortina y fue a
recibido.
—Todo'stá bien —dijo Rojo—,
esta misma noche traigo las sei lata que
faltan.
Entonces se lavó las manos, se
alisó el pelo y apareció en el salón
como todas las noches.

Cuando al amanecer del día


siguiente terminó de desenterrar el
séptimo latón de armamentos y lo llevó
a su casa, luego de rehacer el montículo
y de dejar la cruz tal como la encontrara,
Marciana había revivido la historia de
esas armas.
Al finalizar la guerra paraguayo—
boliviana, él había llegado por segunda
vez a Colonia Perdida, con tres caballos
cargados de enseres. Cuando se instaló
con el Bar El Jardín y se juntó poco
tiempo después con ella, nadie sospechó
que tuviera armas, y menos que hubiera
urdido alguna vez la locura de usadas.
Quizás ni él mismo, entonces, lo
imaginaba. Al menos así se lo confesó al
año de concubinarse:
—Mirá, chamiga, quedan tres
camino: o guardamo las arma en casa; o
las llevo a Formosa y las hago plata; o
las escondemo por áhi.
Ella le contestó, entonces, muy
segura de sí:
—Enterrále n'el monte.
—Pero Marciana, mejor las
vendemo en Formosa. ¿Enterradas
pa'qué sirven?
—Nunca se sabe.
Él no la entendió aquella vez, pero
ahora, después de veintiún años de
haber representado la parodia del
embarazo y el hijo muerto durante el
parto, después de casi cuarenta años de
haber huido del Paraguay en aquella
canoa con la que cruzó el Pilcomayo
para adentrarse en territorio formoseño,
cargando armas, descalzo, empiojado,
hambriento y dispuesto a refugiarse para
siempre en el monte chaqueño, sí
comprendía las palabras de su mujer: un
arma es una guerra latente; enterrada, es
un peligro que duerme pero que podrá
revivir cuando las circunstancias lo
exijan.
—Che, Ro—Rojo... Vo andáp—p
—p—preocupado, ¿no?
Rojo se miraba en el espejo del
estante de las bebidas. Se veía más
viejo y calvo que nunca. Había
engordado mucho y la papada se había
tragado el cuello con varios pliegues.
Estaba ojeroso y cansado. Hacía varias
noches que no podía dormir. Desvelado,
se escapaba de los abrazos de Marciana
para mirar las estrellas desde la
ventana, mientras mascaba tabaco.
Se acercó a Riquelme.
—¿Se me nota?
—Qué no.
—Ay,Tarta, si supieras que no
duermo 'e noche...
—Y q—q—quien va'dormir c—co
—con los gritos de Grande... Dende que
se entenó que gr—grita toas las noches.
Pa—p—parece lechuza.
—Pero no es por eso, Tarta.
—¿Y d—de áhi?
—Hace sei mese y veintitré día que
vengo cocinando un guiso, y no sé si me
va a quedar crudo o se me va'pasar.
Riquelme bebió un largo trago y
chasqueó la lengua:
—Hace sei mes e y veint—t—titré
días que Lema está de intendente y s—si
—siempre lo mismo. Es de balde t—tu
impaciencia, chamigo; lo—lo que está
mal dura mucho.Vó t—t—te apurá
porque só calentón, pe—ppero te frená
porque'l maestro con Lema se ent—t—
tienden y respetan. Vó t—t—te da en
cuenta y por eso te po—p—poné
nervioso. Ss—son—son... ¡celo!
Rojo se sentó frente a Riquelme. Lo
apuntó con un dedo.
—No sabés cómo me jode que le
aprecie a ese viejo choto.
El Tarta sonrió.
—Eso'lo que te ti—t—tiene mal. Y
ademá t—te—tenés miedo.
Se recostó en el respaldo de la silla
y pensó en sus años de mimado de
Jacinto Portal. Eran otros tiempos.
—Y ademá de arma les fa—fa—fa
—faltan huevos.
—Explicáte.
—Qu'estás vi—viejo, Enrique... No
p—podés ver que aun si ustéen ganaran,
¿q—qu—qué van a hacer? Si sac—can
tamién a Le—Le—Lema Y a Luján, ¿qu
—quién quedará, eh? ¿Qu—qu—quién
va'p—prohibir el circo ahora, eh? ¿V—
vó?
—No lo sé, pero si tenés una papa
podrida tenés que tirarla. Despué se ve
cómo se acompleta el kilo.
—¿Y c—cómo se ac—completa,
eh?
Rojo se desconcertó. Se rascó la
nariz con el antebrazo, caminó hacia el
mostrador y se sirvió una copita de
grappa. El Tarta lo núraba triunfante. No
le interesaba vencer en nada, pero
disfrutaba viendo a Rojo luchar con sus
confusiones.
Desde lejos se escucharon los
gritos de Marcelino Grande. Rojo
escupió y se puso más nervioso.
—¡M'importa un carajo lo que
venga despué ni quién mande! ¡Lo que
digo es que uno primero caga y despué
se limpia el culo!
En la última habitación de la
intendencia, Marcelino Grande se había
pasado toda la mañana cantando su
canción favorita: "Los voy a matar a
todos". Después, se dedicó a observar a
su mujer, que colgaba ropas recién
lavadas en el alambre del patio. Al
mediodía, ella le alcanzó una pata de
chancho asado y medio cacho de
bananas y le prometió escribir sin falta
al gobernador de la provincia. Según
expresas órdenes de Grande, debía
explicarle que él había sido desalojado
de su puesto y que era necesario enviar
un veedor a Colonia Perdida para
reintegrarlo a sus funciones, pues el
orden institucional estaba alterado con
grave peligro para la estabilidad
lugareña.
Doña Mary escuchó pacientemente
las denuncias y después se alejó con
cualquier excusa. Hacía seis meses y
veintitrés días que Marcelino Grande le
pedía lo mismo. Vestido con su viejo y
ya estropeado traje de dril blanco,
renovaba esperanzas como todas las
siestas, y entonces desafinaba junto a los
barrotes que habían instalado en la
puerta y la ventana de la habitación que
hacía de celda:
Los voy a matar a todos
aunque vengan degollando
y voy a degollarlos
así vengan matando.
Hacía seis meses y veintitrés días
que Enrique Rojo escupía cada vez que
lo escuchaba.
En esos seis meses y veintitrés días
Ricardo Lema había dejado transcurrir
el tiempo como convencido de que su
sola voluntad podía detenerlo y arreglar
las cosas. Recelado por todos y con la
única compañía del cada día más senil
Padre Gabriel, no se daba cuenta de que
las cosas verdaderamente habían
empezado a cambiar, y su manejo de la
intendencia era desastroso. Su mejor
gestión había sido interceder ante Luján
y Pérez para que disminuyeran la
vigilancia en sus empresas, convencido
de que en un clima de concordia, paz y
democracia todo tendría solución, pero
fue inútil. "Usté confunde democracia
con amontonamiento y cree que nosotro
semo estúpido", le dijo Luján. "Y ni se
le ocurra apañar a esos revoltosos",
completó Pérez.
Afuera, el viento del Sur agitaba al
monte y el ruido del follaje era nítido y
turbio a la vez. En la cocina del Bar El
Jardín, alumbrados sólo por una vela,
Rojo y Quirurgo Gauna tomaban mate.
Junto a la ventana que daba al fondo,
Toño miraba hacia la noche y recordaba
que habían pasado seis meses y
veintitrés días desde que Nicasio, en un
ataque de risa, le contara que el
intendente se había vuelto loco.
Fueron meses difíciles en los que el
régimen de terror que Luján y Pérez
instituyeron, con posterioridad a la
demencia de Marcelino Grande,
sobrepasó prontamente la autoridad de
Ricardo Lema, quien día tras día daba
pruebas de su ineptitud al frente del
pueblo. Esto aumentó las tensiones ya
existentes, alentadas por Rojo, Gauna y
Quiroga, quienes todas las tardes
recorrían la zona tratando de solucionar
cuanto problema tenía solución. Más de
una vez habían obligado a Lema a salir
de su botica, aun a altas horas de la
madrugada, para visitar enfermos o
curar a los infortunados que sufrían el
rigor de las brigadas.
Era evidente que ahora los
aborígenes odiaban sin disimulo cuando
eran castigados, o robados en peso y
pesos. Ahora Capinté protestaba cuando
los brigadas flagelaban a cualquiera de
los suyos. Y las bailantas, el vino y la
caña gratuitos ya no servían para olvidar
totalmente los rencores. Todos tenían
memoria de la muerte de cada muerto, y
de cada agravio y cada violación. En
cada uno parecía renacer un instintivo
sentimiento de venganza y sus miradas
ya no eran de resignación. El pueblo
había cambiado.
Y Toño también, sobre todo desde
la navidad pasada, cuando lentamente
entró en un estado de melancolía y
abatimiento. La vieja orfandad que
redescubría, la empecinada búsqueda de
identidad y de un lugar propio en el que
sentirse seguro, eran las materias de su
desazón. Las noches de enero las pasaba
solo en el rancho, a la luz de un
Soldenoche que convocaba millones de
bichos. El verano nocturno podía ser tan
brutal como de día, y él ya había leído y
releído al azar y por completo su vieja
enciclopedia y todos los varios libros
que había traído. Era muy difícil
conciliar el sueño con esa temperatura
en el monte, el asedio de los mosquitos,
la presagiosa compañía de las
vinchucas, la posible visita letal de las
yararás y encima teniendo el cerebro
envinado.
Fueron meses en los que desatendió
la escuelita y se emborrachó con Lema,
en los que echó de menos a Rosario y
soñó las más espantosas pesadillas,
como aquella en la que su madre era un
centauro hembra que galopaba sobre su
cabeza; o esa otra, horripilante, en la
que se pasaba toda la noche enterrando
el cuerpo de su padre, que lo miraba con
los ojos abiertos y una sonrisa maligna
desde el ataúd. En esos meses de
borracheras brutales, su creciente
desesperación parecía empujarlo hacia
formas de muerte que no se atrevía a
imaginar, porque su relación con la
muerte era intelectual, más bien íntima y
retórica, inocua. Se dio cuenta de que en
vez de encontrar un sitio, en Colonia
Perdida había hallado una dimensión del
infierno que nunca antes había
imaginado. Porque el infierno, en
realidad, era él mismo.
Hasta que una tarde se quebró y
Nicasio debió ir en busca de Rojo y de
Lema para que lo asistieran, porque
llevaba dos días padeciendo
convulsiones, meándose y llorando
como un bebé.
Esa fue la tarde en que ambos se
encontraron cara a cara y Lema volvió a
tratar a Rojo de asesino, recordándole
lo del parto de Marciana, y Rojo acusó a
Lema de cómplice de los patrones, y
además rencoroso e ignorante. Y fue
también la tarde en que Jaime Cabello
volvió al pueblo y al enterarse de la
demencia de Marcelino Grande se rió a
carcajadas, y cantó y bailó, porque él
sabía que eso iba a ocurrir, dijo, el
Azulino no se equivocó, y contaba que
el caballo se lo había anticipado porque
al Azulino nunca le había gustado el
intendente.
Dos

Junto a la ventana que daba al


fondo, los observó y los vio borrosos,
confusos, hasta que Rojo dijo:
—No vienen.
—Ya vendrán —aseguró Gauna.
Le ofrecieron un mate, que rechazó
con la cabeza, sin dejar de mirar por la
ventana.
—¿Le avisaron a Cabello? —
preguntó.
—Sí mestrro —dijo Gauna—.
Capinté mand'un indio p'avisarle.
Toña encendió un cigarrillo. Le
costaba enfocado, pero ese hombre le
gustaba. Era valiente, decidido, honesto
y cada vez que llegaba a Colonia
Perdida todos lo recibían como a un
abuelo millonario. Carismático, Jaime
Cabello se había dado cuenta de su
tácito liderazgo. Ya no era el baqueano
dilecto de Luján y de Pérez, y ahora se
lo podía encontrar —por lo menos una
vez a la semana— recorriendo taperas o
discutiendo con los trabajadores del
obraje.
—Mestrro —dijo Gauna—. Acá
vamo a morí mucho, ¿no?
Toña lo miró. Gauna tenía un raro
resplandor en los ojos.
—¿Por qué lo preguntás?
—Digo nomá. Quería saér... —
sonrió y se rascó una pierna.
—¿Y por qué te vas a morir vos?
—No, digo nomá... Un suponer.
Enrique Rojo los miraba
atentamente. Pensaba en los miles que
había visto morir en las trincheras y
fortines de la guerra contra Bolivia, esa
guerra que nunca había entendido y a la
que los lanzaron diciéndoles que la
patria estaba en peligro. Y así se habían
enfrentado a miles de bolivianos a los
que otros también lanzaron
asegurándoles que la patria peligraba. Y
al final todo siguió igual, sólo que
después de la más estúpida matazón.
—Qué lo parió —comentó,
moviendo la cabeza. En ese momento
golpearon a la puerta.
Primero entró Capinte. Su saludo
consistió en mirar fijamente a cada uno.
Detrás iba Rodríguez, su lugarteniente,
un qom silencioso y de mirada
sanguinolenta, casi tan alto como el
cacique y resentido por la tuberculosis,
la fiebre que matara a su mujer y el
hambre de sus cuatro hijos. Finalmente
ingresó Juan, un mataco bajito y
encorvado, a quien llamaban El Tatú
Carreta por su giba voluminosa. Se
sentaron en el suelo, sin hablar.
Un minuto más tarde, casi al mismo
tiempo, llegaron Sandalia Quiroga y
Jaime Cabello. El viejo se recostó
contra la pared, junto a Toño. Cabello
acercó una silla y se sentó con el
respaldo hacia adelante. Marciana
cambió la yerba y puso más agua a
calentar. Desde el salón llegaban los
ronquidos del Tarta Riquelme; Rojo lo
había emborrachado más que de
costumbre. Eran las cuatro de la
madrugada y estaban todos. Rojo dio
comienzo a la reunión.
—Tenemo que copar el pueblo —
dijo—. Es la única forma de terminar
con esto. Sólo tomando nosotro la
intendencia vamo eliminar a Luján,
Pérez y sus brigáas. Y pa'eso ya tenemo
las arma.
Se detuvo un instante y recorrió los
rostros de los presentes.
—Pero ante de recurrir a métodos
violento —continuó—, debemo llamar a
otra huelga. Habrá que trabajarla mejor,
lograr que sea efectiva y estar muy
atentos porque van a salir a buscarno
como tigras en celo. En lah asamblea
que hagamo va'haber provocacione
como nunca, pero las vamo a responder.
Lo más probable es que la güelga misma
no sirva pa'nada, pero debemo hacerla
pa'que a naides le queden dudas de que
si acá empiezan los tiro es porque
pacíficamente no se puede conseguir
nada. Y después sí, iremo a la
intendencia a desalojar a Lema.
Le tocó un mate. Mientras lo
tomaba, Cabello preguntó:
—¿Y cuándo pá va'ser la güelga
ésa?
—Ya fijaremo fecha. Por ahora
tenemos que hacer asamblea pa'volver a
explicar los objetivo que se persiguen,
pa'que la gente comprenda la necesidad.
Que no ocurra como la vez pasáa.
Se hizo un silencio. Quirurgo
Gauna meneó la cabeza y dijo:
—Y si tenemo lah'arma, pa'qué la
güelga, ¿eh? Mejor vamo ahora nomá y
le achuramo a tóo en las casa. ¿Pa'qué
esperar?
—No, Quirurgo —respondió
Cabello—, si hacemo'heso el pueblo se
nos tir' en contra. Vamo a parecer
vulgares asesino.
—Y qué.
—No se puede. Tenemo que ser
cuidadoso. Una cosa eh'el apuro que
todos tenemo y otra es la prudencia.
Josecito y Belgrano eran dos'ombre muy
valioso, y los perdimo...
Rojo se inclinó hacia adelante.
—Una pregunta... ¿Qué va 'pasar
despué que tomemo la intendencia?
¿Quién va 'mandar?
—Nojotro —dijo Cabello—. O los
que nojotro queramo.
Toño pensó que iban a fracasar,
pero no lo dijo. Miró hacia afuera, le
pareció encontrar los ojos de Perón—
Perón en la oscuridad y se reprochó por
no decir lo que pensaba. Se replicó que
no había nada que decir; esos hombres
no retrocederían.
—¿Y vó? —preguntó Capinté, con
voz ronca.
Toño lo observó. Después de haber
sido reacio a cooperar, ahora estaba
decidido a ir hasta el final.
—Me quedaré mientras ustedes lo
crean necesario. Después no sé. Seguiré
como maestro o me voy a ir.
—Peo va'ser patrrón... Vó ha de
queré algo. No se pelea por náa. Lo que
mestrro tá' ciendo —se dirigió a la
reunión— é por alguna plata o por un
interé. Si no no sé.
—No, Capinté, ni por plata ni por
interés —hizo una pausa; todos lo
miraban—. Te voy a ser sincero: yo no
tengo mucha fe en todo esto. Sí creo en
los cambios que hay que hacer en este
pueblo, y en que ustedes son capaces de
hacerlos. Pero soy escéptico y...
—Y eso qué's.
—Eséctico —repitió Cabello—.
Esplique lo que es eso.
—Quiero decir que no estoy
convencido de que vayamos a triunfar. Y
que tengo miedo. Pero igual estoy con
ustedes, y si se equivocan yo me
equivoco con ustedes. ¿Está claro?
Capinté lo miró fijo durante
algunos segundos. Toño sostuvo la
mirada.
—Tá'ién.
—¿Y qué vamo'hacer con Lema,
Luján y todo'heso? —preguntó Rojo.
Toño miró el piso y midió su
respuesta; sabía que tarde o temprano se
harían y le harían esa pregunta.
Pero fue Cabello el que retrucó:
—¿Qué quiere hacer usté, Enrique?
—Matarlos a todos.
Toño los miró uno por uno. No
estaban asombrados. Para ellos, los que
mandaban en el pueblo eran malos y
explotadores. Debían morir. Así de
sencillo. Rojo retornó la palabra:
—Claro que yo sé que no'stamo
solos...
—Qué quiere decir —preguntó
Sandalio.
—Que'stamo en Colonia Perdida.
Qu'el Chaco es grande y hay un
gobernador. Que'ste país tiene un
presiénte... Un milico hijoeputa, pero es
el presiénte y manda.
—Claro —dijo Cabello.
—Cómo claro. No vamo a jugar
nuestras vida pa'que despué vengan los
milico de la capital...
—Güeno... —dijo Cabello,
cautelosamente—, lo que aquí pase no
tiene por qué saberse. Si en veintisiete
año no viniero' naiden más que el
mestrro, por qué van a venir ahora.
—Pero Jaime —interrumpió Gauna
—. Acá lo único que queremo es que los
brigáa no jodan má a la gente y se pague
lo que é justo.
—Tiene razón —dijo Rojo.
—Güeno, lo que yo 'igo es que si
semo esplotación, el asunto'stá en que no
noh'esploten má. De los gobierno n'el
paí a mí no me importa.
—Eso —dijo Gauna—. Si uno
tanto se pregunta qué va'pasar mañana,
hoy no hace náa...
Capinté pareció sonreír. Al menos
dejó ver sus dientes picados.
—Tené razón, ché Jaime: anque
despé vayen a joderno igual, agora
nojotro saémo queay que cagale juego a
eso brigáa. Despé se verá.
Tres

—En conclusión, lo que hay que


hacer es rezarle mucho al Señor para
que nos oiga —dijo el Padre Gabriel,
desde el púlpito—. No es que se haga el
sordo, como piensan algunos; lo que
pasa es que tiene demasiado trabajo y
que nosotro somo una comunidad de
pecadores imperdonables...
La concurrencia era la misma de
todos los domingos: algunas mujeres,
niños y ancianos ganados por el tedio.
Monotemático, al Padre Gabriel se le
daba por desmenuzar asuntos e insistía
en ellos durante varias misas, hasta que
alguien le sugería que cambiase porque
los asistentes comenzaban a aburrirse.
Dos meses atrás, había iniciado una
campaña contra la haraganería de la
gente para orar.
—Jesucristo se está olvidando de
este pueblo porque soy el único que le
reza —remató—, y así todo va a ir de
mal en peor...
Ese domingo los feligreses estaban
convulsionados por la desaparición del
maestro, cuarenta y ocho horas antes.
El Padre Gabriel acababa de
enterarse.
—¡Esto es el colmo! —bramó—.
¡Hace dos días que se fue y yo recién
ahora vengo a saberlol ¡Es para
matarlos, carajo! ¡Como si acá la Iglesia
no contara!
En la puerta, las mujeres
comentaban el acontecimiento. Entre
ellas la de Gerunflo Romero, muy
excitada, y Ramona Luján. El Padre
Gabriel se acercó y preguntó "adónde se
fue, si se puede saber" y todas lo
rodearon hablando a la vez,
preocupadas porque "los chicos van a
perder el año", "ateo tenía que ser", "se
infideló y aura se va", "es comunista
como el paraguayo ése","sejue sin dejar
las nota de los chico", "y justo que
faltaba un mé".
El cura, a los gritos, impuso
silencio y prometió "hablar con el mozo
ese".
—¡Pero es que se jué! —le advirtió
una voz chillona.
—Seguro qu'está con esos
crenchudos —se indignó Ramona Luján
justo cuando dos indias que pasaban se
detuvieron a mirar. Una en gorda y
patizamba; la otra era flaca como un
alambre y por la falta de dientes sus
labios estaban contraídos en una mueca
que parecía una cicatriz con forma de u
hacia abajo.
—¡Chusma! ¡Mugrientas! —les
gritó Ramona Luján acercándose a ellas.
La flaca la escupió en la cara y en el
acto todas las mujeres empezaron a
zamarrearlas, haciéndolas rodar por el
suelo. El cura trató, inútilmente, de
separarlas, pero enseguida se dio cuenta
de que no tenía las fuerzas ni la
convicción para hacerla. Entonces giró,
entró en la iglesia y se fue a rezar al
altar. Afuera seguía el griterío de las
mujeres.

A las seis de la tarde, y después de


tres negativas, Ricardo Lema accedió a
recibir a la Comisión de Damas de la
Virgen de la Soledad. Andresa Romero
habló en nombre de sus colegas, ya que
la presidenta, Ramona Luján, había
sufrido un ataque de alta presión.
—Vea, Don Lema, esto no puede
seguir así. Hay que hacer algo.
—De acuerdo. Qué le parece que
hagamos.
—Yo no sé... ¡Usté debe saber,
qu'es el intendentel
—Lo único que yo sé es que la
escuela se quedó sin maestro y nadie
tiene idea de dónde está metido.
—Hay qu'echarlo del pueblo.
—Señora —dijo Lema, suavemente
—, mal podemos echar a una persona
que no sabemos donde está...
—¡Entonce hay que obligarle a que
venga'dar clase! Nuestros'ijo van a
perdé'l año.
—¿Pero ustedes quieren echarlo o
que vuelva a dar clases?
Andresa Romero se desconcertó.
La situación la salvó Eduviges
Mendieta:
—Vea, Lema, no nos confunda. Yo
tengo tres nieto y sé mucho d'estas cosa.
Lo que pasa es que usté siente aprecio
por esa porquería.
—Con Don Juan Palacio estas cosa
no pasaban —agregó Andresa Romero.
Lema ignoró la acusación, miró de
reojo a Rosario de Pérez, que eludió su
mirada, y decidió que estaba harto y
llegaba a un límite:
—Bueno, bueno, ya las escuché y
tengo mucho que hacer. Vayan nomás que
yo voy a encontrar al maestro...
Entró a la farmacia, cerró las
puertas y fue directo al baño.
—Estoy harto —dijo, mirándose en
el espejo—. Carajo, estoy más harto de
lo que yo creía.

Esa noche, Ramiro Luján se reunió


con Jesús María Pérez y llegaron a la
conclusión de que debían hacerle una
seria advertencia a Ricardo Lema o
asumir ellos poderes extraordinarios.
También esa noche el espejo de la
farmacia le devolvía a Lema una imagen
que parecía la de él mismo, sólo que le
costaba reconocerse tan arrugado y
ojeroso. El enero chaqueño, con su
pesadumbre de insectos, barro y
humedad, lo malhumoraba tanto o más
que la certeza de que estaba condenado
a ser un solitario. Hacía nueve meses
que era intendente, pero esa noche podía
jurar que no aguantaría un día más.
Durante su mandato, el pueblo
había cambiado muchísimo, y no sólo
por el temporal de verano que sufrieron,
ni por el fallecimiento de Isaquito Gold
víctima de una meningitis violenta, ni el
parto de Rosario de Pérez que dio que
hablar a todo el mundo y dividió a las
mujeres entre las que opinaban que el
niño era idéntico a Toña y las que se
inclinaban por la paternidad de Jesús
María Pérez (todas, empero, estaban de
acuerdo en que el niño era igual al
padre) ni por las reiteradas denuncias de
vecinos que acudían a exigirle un orden
que él no podía imponer ni garantizar.
Lo verdaderamente grave eran los
enfrentamientos en el monte porque los
pagos seguían haciéndose en vales, y
eso desencadenaba protestas seguidas
de represiones y asesinatos que
ordenaban Luján y Pérez, y de
ajusticiamientos y venganzas por parte
de hacheros y aborígenes. Las noticias
que se tenían del maestro eran confusas:
algunos lo dieron por muerto y otros
afirmaban haberlo visto borracho y en
un zanjón; y no faltaron los que dijeron
que era su ánima la que ahora andaba
sublevando en abras, picadas y
plantaciones.
Lo cierto era que el clima de
tensión había obligado a reforzar las
vigilancias, el trabajo se cumplía en
sugestivo silencio y todo el mundo
parecía esperar graves acontecimientos,
y él, como intendente a pesar suyo, era
obvio que no podía con todo eso.
Mientras se afeitaba, su panza
acariciaba la palangana y él tomaba
conciencia de lo gordo que estaba, y se
veía hinchado y extremadamente bajo, le
crecían las orejas, la lengua le sangraba
y tenía cinco cuernos que se
desarrollaban desmesuradamente.
Entonces dejó de mirarse y suspiró.
Últimamente no podía conciliar el
sueño. Su humor era como el de un gato
al que alguien le sacara los bigotes uno
por uno con una pincita. Pensó que era
absolutamente necesario que el fantasma
de Jacinto Portal volviera a visitarlo.
No lo hacía desde la víspera de su
asunción al cargo. Portal había sido un
hombre criterioso y su fantasma no tenía
por qué ser diferente.
Cuando terminó de afeitarse se
vistió lentamente y se dirigió a la
intendencia. Desde la plaza vio las tres
caballos que estaban en la puerta.
Reconoció el gateado de Ramiro Luján y
decidió llegar más tarde a su despacho.
Se sentó en un banco, cerró los ojos y se
concentró en escuchar el canto de las
cigarras.
Se quedó dormido bajo la sombra
de los paraísos.

Cuando despertó, una hora después,


las caballos ya no estaban. Marcial
Calloso lo enteró de que Pérez, Luján y
un brigada lo habían estado esperando.
—Mejor que no me encontraron —
comentó.
Marcial le confirmó, además, los
rumores de que habría otra huelga en el
obraje y en la plantación.
—Carajo —dijo—, no me dan paz.
Para colmo, debía solucionar el
problema de la escuelita. En el pueblo
no había nadie en condiciones de
suplantar a Oroño. Le quedaban menos
de dos meses para solucionar el asunto,
o tendría que dar las clases él mismo
antes de tener encima a todas las madres
de Colonia Perdida.
A la hora de almorzar hizo cinco
solitarios, todos con mal resultado.
Nervioso, llamó a Marcial.
—Andá y decile a Rojo que le
avise a Oroño que quiero velo sin falta
—le ordenó—. Él debe saber dónde
está.

—iAaaaaHHH! Indiu morió che


Lema, aaahaaayyy va vé vó cuando'l
espírito d'indiaje te maldice se t'i'vá
podrí tu sangue! ¡El brigáa le achuró al
ante 'e laj cria! ¡Asesino son tóo'ustéen!
Marcial Calloso apenas lograba
contenerla. La india lo arañaba y
escupía una saliva negra. Saltaba como
una rana sobre un piso de brasas y los
ojos le brillaban sin lágrimas, rojos
como sangre fresca, mientras manoteaba
el aire intentando acercarse.
—¡Ustéen asesino! ¡De tré bala n'el
pecho le mataron!
Lema se cansó.
—Sacála, ché.
Marcial Calloso sacudió a la
indígena sin dejar de insultada, y la
arrastró hacia el patio.
El Padre Gabriel, que estaba
sentado en un sillón, se mordió un labio,
desconsolado. Tenía las manos
entrelazadas sobre la falda y el ceño
fruncido. Su calvicie era opaca y los
cabellos grises, alrededor, parecían
brillar artificialmente.
—¡Qué cristiandá, carajo!
Lema reparó en él.
—Qué me dice, paí.
—Que a ésta no la reconforta ni
Cristo resucitáo.
Los gritos, afuera, se aplacaron.
Lema se puso de pie y se acercó a la
ventana. Los truenos anunciaban la
lluvia inminente.
—Va a llover —dijo—, y en forma.
—Con éste son cuatro indios
muertos —dijo el Padre Gabriel.
—Ojalá lloviera diez días
seguidos. Ojalá Colonia Perdida se
inundara y desapareciéramos.
—No se haga ilusiones, Lema.
Nosotros moriríamos porque semo
viejos, pero el pueblo se levantaría al
día siguiente. Siempre hay cucarachas
dispuestas a caminar sobre la miseria.
Apenas se apagaron los chillidos
de la indígena, empezaron a escucharse
los insultos de Marcelino Grande. El
cura se levantó y juntos miraron el cielo
a través de la ventana.
—Cuatro muertos, chamigo, es
demasiado.
—Lo hice llamar a Oroño —dijo
Lema—. Pero no da bola. Le hice avisar
con Rojo. Ése ha de saber dónde está
metido.
—Cuatro muertos, Ricardo, ya es
demasiado.
—Ya sé, pero qué quiere que
haga... Luján y Pérez se cagan en razone.
Para ellos un indio es un animal. O
menos.
—Parece mentira que sean
cristianos.
Lema lo miró y por toda réplica
alzó una ceja.

Eran las seis de la tarde y las


primeras sombras de la noche caían
sobre la intendencia con algunos
gotones. La voz de Marcelino Grande se
escuchaba como desde un sótano:"Que
se mueeeraaa... India 'e mierdaaaa,
sáquenla... Que la maldicion de mil
siglos caiga sobre ustedes, traidoreeee...
"
Marcial regresó, alborotado, y se
arrodilló ante el cura.
—Mirá ché paí, yo me quiero d'ir.
Tengo miedo...
—Claro, claro —dijo el Padre
Gabriel.
—Hacé lo que quieras, Marcial—
dijo Lema—. Yo estoy harto, andáte si
querés...
—¿Y Marcelino? —preguntó el
sacerdote.
—Que se joda. Quién le manda
estar loco.
Los ayes de la aborigen volvieron a
mezclarse con los de Grande.
Parecía una competencia entre
tenor y soprano, pero a ver quién
afinaba peor. Lema meneó la cabeza
hacia los costados y en eso entró Doña
Mary, aterrorizada.
—Vino... —balbuceó
adelantándose a Toño, que tenía el pelo
muy largo y los ojos fríos como los de
un pescado. Parecía enfermo.
—Cómo le va —dijo Lema, con
sincera alegria—. Gracias por venir.
Pensé que...
—Usted me llamó y yo vengo,
aunque ya no tenemos nada que hablar...
Vine porque me queda un resto de
respeto hacia usted, así que dígame qué
quiere.
Lema se dio cuenta de que había
bebido. Pálido y ojeroso, había
adelgazado mucho. Vestía una vieja
camisa de color claro, manchada y rota,
y le temblaban las manos. Sintió pena
por ese hombre a quien había aprendido
a respetar y a querer.
—Quiero hacer un pacto.
El Padre Gabriel hizo una seña a
Marcial y a Doña Mary para que se
retiraran. Toño los atajó:
—Que se queden. Lo escucho...
—Necesito que vuelva a la escuela.
Quiero pacificar los ánimos Y estoy
dispuesto a hablar con Luján y con
Pérez. Usted debe reintegrarse a sus
funciones y con el padre nos
encargaremos de que todo sea como...
—Antes.
—Sí, claro, como antes.
—¿Cuándo, antes?
—Bueno, antes de que empezaran
todos estos líos.
Toño lo miró, entre irónico y
piadoso.
—Ya no sé si usté es o se hace,
Lema.
—Pero Toño, no joda, sea
razonable... Solo le pido que coopere
para tranquilizar a la gente. El pueblo
necesita que el obraje y las plantaciones
trabajen en paz. Y que usté esté en la
escuela.
—No me diga... Si quiere
tranquilizar las cosas, ¿por qué no los
llama a Pérez y Luján y les dice que
paguen lo que es justo, y en pesos en
lugar de esos papelitos de mierda? ¿Y
por qué no llama también a Rojo y a
Cabello, a ver si logra entender lo que
está pasando y lo que va a pasar... ? Yo
no mando a nadie.
—¿Es cierto que habrá huelga otra
vez? —la voz de Lema parecía rogar
que la respuesta fuera negativa.
Toño dudó un segundo.
—¿Para qué le voy a mentir,
Ricardo? Sí, está convocada para
pasado mañana, según decidió la última
asamblea. Será total y por tiempo
indeterminado, hasta que acepten
cumplir el petitorio y disuelvan las
brigadas.
El Padre Gabriel intervino:
—¿Y entonces?
—Entonces no hay más que hablar.
—Pero usté sabe que con la huelga
no van a ganar nada. Las brigadas no
van a...
—Vea, cura, lo único que yo sé es
que esto no da para más.
Se dio vuelta para retirarse. Doña
Mary y Marcial le abrieron paso.

Cuatro

Y viera usté don Ricardo que


anoche el Marcelino me empezó a
llamar a los gritos yo no quería verlo
porque ademá de loco me da no sé qué
cuestión que él gritaba como cotorra en
bandada y tuve qu'ir porque
iba'dispertar a todo el pueblo me paré
en la puerta medio lejos pa' que no me
alcanzara y le pregunté qué querés
Marcelino y él me dijo estar un rato con
vos vení acercate que no te hago nada
estaba dulce viera don Lema no sé me
hizo acordar de otros tiempo en
qu'éramo jóvenes y él no estaba loco y
me acerqué y me tomó la mano y la
acarició y me dijo que me extrañaba que
todavía estaba linda y me quería como
siempre y bueno como yo también le
quiero entonce no pude resistirme y
pensé que se habría curado porque mire
que yo le rezo mucho a Dios pa que se
cure y entonce me acerqué un poco más
y me acarició los brazos y dijo rejas de
mierda que me separan de vos por qué
no me soltás eh y yo le dije ay
Marcelino no puedo te juro que mañana
le pido a don Lema que te abra entonce
él s'enojó y dijo no pero soltame ya que
tengo que hablar con ellos no Marce
esperate hasta mañana y entonce se puso
nervioso porque le contradije y me gritó
pero dende cuándo una mujer se le va
rebelar a Marcelino Grande y áhi le juro
que le vi un brillo en los ojos que me di
cuenta que seguía chifláo nomás y me
asusté y quise dejarlo pero él me agarró'
e las muñeca y empezó a gritar que él
era grande entre los grandes y que usté
era un impostor y un mal amigo y de
pronto gritó démen mi cuarenta y cuatro
hijos d'una gran... y vó soltame qu'
estuve hablando con Jacinto Portal...
—Qué dijo de Portal, Mary...
Dijo que juntos habían consideráo
la situación y él tenía que retomar las
rienda del pueblo a todo esto me
mantenía agarrada y empezó a hablar
como quien rezara y decía lo que iba a
pasar que Colonia Perdida se
iba'incendiar toíta y que no iba haber
más quebracho ni algodón y que se
acabaría el indiaje y áhi empezó a cantar
bajito algo así como "qué lindo qué
lindo carajo / el mundo se viene abajo"
y de repente me soltó las manos y me
sonrió le juro que parecía carayá
contento cuando me dijo mirá Mary ni el
sagráo fuego del amor va'salvar a este
mundo de la catrrástofe y le juro
Ricardo que estará cada día más loco no
se lo niego pero a mí me da un miedo...
Ricardo Lema los mira con
desprecio. Chismosos y egoístas, han
olvidado su viejo diferendo y ya no
limpian sus negocios los días de viento
norte; ahora están unidos y desde hace
un par de meses solidariamente
aterrados. No sólo por la progresiva
disminución de sus dividendos —
producto de una campaña contra ellos,
incitando a exigir rebajas y vueltos en
efectivo—, sino porque además sienten,
como nunca, la hostilidad de su
clientela.
—Lema, hay que hacer algo; a
Gauna tiene que arrestarlo —exige
Maderal, mostrando sus dientes equinos.
—Por qué razón.
—Porque vino hace un rato y me
dijo que si no le'ntregaba dos kilos de
yerba, uno de azúcar, uno de harina y un
cajón de vino y otro de gaseosas, me
iba' achurar —tercia Gold.
—Mire qué atrevido —dice
Maderal—. A mí tamién me amenazó.
—Por supuesto yo le dije que no le
daba nada y lo eché, y entonc'él
desenfundó un revólve de la cintura y
encajó un balazo en el mostrador, me
insultó y se llevó todo lo que quería sin
pagar. Eso se llama robo.
—Y despué salió y se topó
conmigo, que corrí a ver que pasaba, y
me dijo: "vó tamién la vas a pagar" y me
tiró dos balazo al suelo y tuve que salir
corriendo, eso no se hace con la gente
decente, para mí qu'estaba borracho.
Estos tape'stán agrandáos.
—Va'tener que hablar con Ramiro
pa'que los haga buscar, esto no puede
seguir así. Esta mañana vino al almacén
un indio que conozco bien porque una vé
le ayudé con mercadería, y le pregunté
qué pasaba y me dijo que nada pero yo
me di cuenta de que estaba mintiendo.
Tuve una corazonada y le ofrecí
regalarle lo que quisiera si me decía lo
que estaba pasando n'el monte entre
ellos. Me costó una caja de leche'n
polvo y una botella'e ginebra.
—Güeno, Nicomede, pero cuéntele
lo que dijo'l indio.
—Dijo que Rojo les había
entregado armas: ametralladoras,
revólves, machetes, cañones y
cuantimás, y que ojo las brigada si
quieren romper la güelga de mañana, yo
casi muero del disgusto.
—Ya mí ya el Gerunflo me alvirtió
vez pasada qu'escuchó hablar del asunto
'e las arma. Yo creo que hay que
arrestarle al paraguayo, si no qué va
'pasar aquí, ¿eh?
—No sé qué va a pasar —dice
Lema—. Pero vayan nomás.
—¿Cómo que vayen nomá? ¿Y no
va'hacer náa? —preguntan a dúo.
—Ya veré pero ahora se van, por
favor —dice Lema.
—Pero Lema, usté...
—Yo estoy harto, señores —y se da
vuelta y entra al despacho.

Había llovido toda la noche y las


nubes indicaban que el mal tiempo
continuaría. Lema estaba sentado en su
sillón reclinable. Afuera, Doña Mary
podaba una ligustrina aprovechando la
pausa de la lluvia, y él oía el chis—chás
de la tijera, chis—chás, chis—chás,
mientras Marcelino Grande cantaba
"ojalá se mueran todos / lo más pronto
posible".
Aún le quedaba media hora para
asistir a Clorinda Robles, quien estaba
por ser madre. En la farmacia habría,
como todas las tardes, algún enfermo
para atender. "Duro oficio el de médico,
se dijo, uno trata con la vida ajena y no
sabe qué hacer con la propia". Terminó
de preparar la vieja tijera, algodones y
unas gasas, que eran todo su
instrumental, y se encontró de pronto
recordando sus comienzos. Casi
cuarenta años antes había estado en
Resistencia, enfermo de hepatitis. La
curación fue larga y gracias a su natural
curiosidad llegó a conocer algo de su
propia salud. Durante los dos meses de
internación en el Hospital del Norte,
médicos y enfermeros lo alentaron a
estudiar, y le regalaron un par de libros
de anatomía y fisiología. Escuchó
infinidad de consejos, pidió y recibió
abundantes explicaciones sobre
dolencias elementales, aprendió el
manejo teórico de algunos instrumentos
y a todo lo retuvo en su memoria. Al
final de la convalecencia, se procuró un
par de manuales de medicina de
urgencia y se impuso un idioma seudo
profesional. Regresó a Colonia Perdida
con un cargamento de remedios
obsequiados por la gente del hospital.
Desde entonces, recibía
esporádicamente muestras gratuitas y
productos farmacéuticos para su botica.
Manualmente habilidoso, intuitivo y
audaz, y buen aficionado a la lectura,
llegó a saber bastante de medicina
práctica. Y Con el tiempo se convirtió
en un hombre indispensable para el
pueblo.
Ligeramente emocionado, Ricardo
Lema revivió la primera extracción de
una muela con su pinza de carpintería,
un destornillador y un bisturí viejo que
le regalaron en el hospital; el miedo del
primer parto, cuando nació el hijo de
Diógenes Aquino, a quien bautizaron
Ricardo en su honor y que de muchacho
murió destrozado por una manada de
pecaríes; sus pretextados dolores de
vientre, cuando dejaba a los enfermos en
la farmacia y se iba al dormitorio a
hojear sus libros pues aun no los sabía
de memoria; aquella peritonitis que se
llevó a Fiestocívico Aguilar; aquel
palúdico que curó con aspirinas y
compresas de agua hirviendo en hojas
de guayaibí y eucaliptos; las ventosas
que recetaba para cualquier enfermedad
y que sabía poner estupendamente; el
extraño caso de sífilis que le curó al
indio Rivadavia en base a baños de
alcohol y meada de tapir, con hojas de
algarrobo negro molidas y flores secas
de yvirá—pitá. Los aborígenes de toda
la región lo tenían por pi'oxonaq, que
significa médico en lengua qom, y eso
era un orgullo para él.
Ensimismado, no escuchó el
crepitar de las gotas sobre la tierra
reseca. Tampoco advirtió el silencio de
Marcelino Grande, quien desde las rejas
de su habitación miraba llover con una
fiera mueca en la cara pero con los ojos
alegres y bailones.
Cuando reaccionó y recordó que
debía atender a Clorinda Robles, cerró
los ojos y pensó que estaba faltando a la
ética hipocrática pero la verdad es que
le importaban un carajo Clorinda, los
griegos y todo lo demás. Se puso
pesadamente de pie y se acercó a la
ventana. Era lindo ver llover a la hora
del crepúsculo. La lluvia siempre es
cosa nueva, se dijo, no tiene edad.
Entonces escuchó las voces en la
galería, y a Doña Mary saludando
respetuosa, y el taconeo irreverente que
se hacía cada vez más fuerte.
Un viejo odio le creció por dentro,
reverdecido y sólido. Ramiro Luján
entró al despacho de la intendencia,
seguido por Jesús María Pérez,
Nicomedes Gold, Floro Maderal, el
Padre Gabriel, Doña Mary y Marcial
Calloso.
—Lema: terminemos la farsa —
dijo severamente. El 38 parecía parte de
su pierna.
—Luján: cuál de ellas —respondió,
mirándolo con desprecio.
—La de ser intendente y seguir
apañando a esos bandidos. Usté estuvo
con Oroño y no lo detuvo. ¿Qué es eso?
No se es intendente pa'dejar que cada
uno haga lo que quiera y la tranquilidá
del pueblo corra peligro.
—Permítame, Luján, pero no estoy
de acuerdo.
—Cualquiera sabe que usté y
nosotros dejamos de estar de acuerdo
hace rato. No es por eso que venimos a
verlo.
—¿Y entonces?
—Venimos a comunicarle que
hemos decidido que vuelva no más a su
farmacia. Ya no es más intendente.
Ricardo Lema se revolvió en el
sillón. Trató de ganar tiempo para
pensar. Abrió un cajón de su escritorio,
lo cerró, carraspeó, suspiró profundo,
reparó en el repiqueteo de la lluvia
sobre las chapas del techo y observó
con lentitud a cada uno de las presentes.
Doña Mary había bajado la vista y a
Marcial Calloso parecía habérsele
petrificado la sonrisa de tonto. El cura
había juntado las manos sobre la panza y
hacía rotar los pulgares, con la mirada
perdida en el techo. Mayoral y Gold no
ocultaban su resentimiento. Pérez y
Luján se veían altivos como dos
caranchos parados sobre los cuernos de
una vaca muerta.
—Qué más quieren decirme —
preguntó.
Hubo un corto silencio. El Padre
Gabriel buscó a alguien con la mirada.
—Verá usté, Ricardo —dijo Pérez,
con el acento español marcado por el
cuidado con que escogía las palabras—:
la cuestión no es personal. Lo que pasa
es qu'en este momento hace falta una
mano dura y usté...
Floro Maderal movió la cabeza
para acomodar el cuello de la camisa y
no se contuvo:
—Usté no hizo caso de las
denuncias que le formulamo. Con
armas'é otra cosa.
—Y nos insultó —agregó
Nicomedes Gold.
El Cura lo miró como a un
moribundo al que debiera administrarle
la extremaunción. Lema se levantó
lentamente, sintiendo un inesperado
dolor en el pecho. Abrió los cajones y
retiró un fajo de papeles, una carpeta, un
cuaderno, dos lápices y una goma de
borrar. También las pastillas para el
hígado y las otras de menta. Dio la
vuelta al escritorio y se paró, firme,
frente a Luján. Lo midió de arriba abajo,
despectivamente, y dijo en voz muy alta:
—¡Abran paso, mierdas!
Todos se corrieron a los costados,
formando un pasillo que Lema caminó
con pasos lentos pero firmes.
—Oiga Ricardo —dijo Luján, en
tono amistoso—, no tiene por qué
insultarnos. No sea necio, comprenda la
situación.
Lema giró y escupió un gargajo
pesado y oscuro que cayó junto a la bota
derecha de Ramiro Luján.
—Que lo comprenda su abuela —
dijo.
Y se alejó por la galería sin mirar
hacia atrás. El dolor en el pecho era
cada vez más agudo.

—¡Marciana, Marciana!
Los gritos de Enrique Rojo
sorprendieron a su mujer, que en ese
momento terminaba de lavar la vajilla
usada la noche anterior por los
parroquianos del Bar El Jardín.
Atravesó la cortina y lo miró desde el
mostrador. Su marido traía la cara
desencajada.
—Marciana... Ahí pasaron pa'la
intendencia...
—Pero quiéne, ché, esplicáte ien.
—Luján y Pére y too eso. Con tré
brigaa de custodia. Tonce yo le seguí y
l'esperé en la plaza... Y despué salió
Lema qu'estaba indignao demá y enseída
Luján que empezó a dar órdene a unos
brigáa.
Marciana se mordió el labio
inferior. Miró hacia la calle a través de
la ventana del salón.
—Vamo a tené que irno —
murmuró.
—Ya mismo —dijo Rojo,
dirigiéndose al interior de la casa.
Diez minutos después el Bar El
Jardín cerraba sus puertas para siempre.
Cinco

Era una vieja tapera abandonada.


Los cuatro postes de urunday estaban
unidos por paredes de adobe estampado
sobre un armazón de ramas secas. La
tierra apisonada del techo apagaba el
plic plic de la lluvia, mientras el follaje
se agitaba libremente. Toño, desde la
puerta, miraba los huellones de las
alzaprimas y jugaba a esperar los
globitos que hacían las gotas al caer.
Pensaba en Malena. La recordaba
extendida sobre la cama, con el camisón
subido hasta el ombligo. Toda ella era
una inmensa, negra y frondosa vagina.
Sandalio Quiroga terminó de
encender una fogata con bosta seca para
espantar a los mosquitos que se
refugiaban en la tapera, y luego se
acercó también a la puerta. Miró en
detredor; su ruidosa respiración le hacía
flamear los bigotes. Empezó a mascar
tabaco mechado.
—Linda lluvia —comentó.
Toño se mantuvo en silencio.
—N' el monte solemo decir que
cuando se va'tirá un tiro noay que
presentir. Hay que tirá nomá.
—Debe ser que estoy teniendo
miedo —dijo Toño, hablando como para
sí mismo. Bebió otro trago del pico de
la botella.
Quiroga se dio vuelta y se tendió en
la hamaca, con las manos cruzadas sobre
el vientre. Cerró los ojos e intentó
dormir.
Toño siguió mirando la lluvia
durante un largo rato. Últimamente bebía
demasiado, se dijo, y no le servía para
nada. Quizás debía pensar en el regreso,
aunque no sabía adónde, a qué, para qué.
Recordaba la tarde en que había
decidido irse y se veía ante el espejo
del ropero, vistiendo traje y corbata de
seda, camisa blanca impecable y zapatos
nuevos, negros. Todo un señor. Después
se veía un domingo junto a la casona y
sobre el río, envuelto en el mundo
pegajoso de Malena; se veía negociando
con el insuperable terror que había
negado durante años y que
pacientemente había disfrazado con
palabras y más palabras que ocultaban
sus verdaderos, profundos infiernos.
Veía nuevamente su soledad y su
impotencia, que ahora surgían como
lenguas de un fuego atizado, convertidas
en la figura borrosa de su padre, aquel
Antonio José Oroño muerto cuando él
era un niño, aquel hombre que nunca le
había dicho que lo quería, ni jamás
acariciado y cuyo beso no recordaba, y
que era apenas una sombra en su
memoria, y encima sombra carente de
ternura, como todas las sombras.
Y ahora ni siquiera veía claro.
Todo era penumbras. Y en las
penumbras, cuestionamientos que no
sabía responder: ¿Estaba
definitivamente perdido? ¿Perdido para
qué? ¿Y qué era lo contrario de estar
perdido? ¿Acaso seguir viviendo como
vivía? ¿Acaso era vivir esa incursión en
la miseria, en el alcohol, en esa peculiar
y avara forma de la autodestrucción, y
esa loca, lasciva fascinación por la
muerte?
El viejo Sandalio se sentó
bruscamente y saltó de la hamaca.
—¡Guarda! —dijo.
—Qué pasa.
—Vienen gente —cerró los ojos y
escuchó el silencio—. Espere.
Se parapetó en la puerta y se asomó
a la lluvia. Miró en derredor, volvió a
entrar y se agachó. De rodillas, apoyó la
oreja derecha sobre el piso de tierra.
—La lluvia jode —murmuró—.
Pero vienen. Y son unos cuanto...
—Brigadas, seguro —dijo Toño,
indiferente, como si hablara del verano,
del viento.
El viejo lo sacudió y lo obligó a
levantarse.
—Rosario —musitó Toño—, debo
ver a Rosario. Ella y el niño no mueren
en las pesadillas. Ellos no existen.
—Tenga —le dijo el viejo, con
urgencia, y le pasó las armas.
Se colocaron los revólveres bajo
los cinturones y colgaron las
ametralladoras de los hombros. Salieron
y Quiroga tomó la iniciativa:
—Sígame. Yo se por'ónde ir.

Rosario depositó al niño en la


cuna, ya amamantado y dormido, y se
dirigió a la cocina. No reparó en los dos
hombres que estaban en la puerta que
daba al monte.
—Rosario.
Se dio vuelta, sorprendida. Al ver a
Toño contuvo un grito.
—Güenas —saludó Quiroga con la
metralleta a la cintura, apuntando al
suelo.
—Qué... qué pasa.
—Sólo quería verlos un minuto —
dijo Toño, en voz muy baja.
—Pero acá es imposible
esconderlos —empezó a temblar, se
restregó las manos y se las pasó por el
cabello primero, y enseguida plisó la
pollera. Tenía los ojos húmedos y el
pelo le caía sobre los hombros—. Jesús
puede venir en cualquier momento.
—No venimos a escondernos.
Ella se estrujaba las manos sin
saber qué hacer. Quiroga miraba
constantemente la puerta del frente y a la
vez vigilaba el monte. Toño no tenía
apuro. Su cabeza se estaba despejando
de la borrachera.
—No les van a dejar hacer la
huelga, Toño. Ahora el intendente es
Luján y... Les tienen mucho miedo. Ya
estuvieron en el bar de Rojo y hay
brigadas en la iglesia y en la escuela.
Por si acaso no te hagás ver.
—Sandalio —dijo—, vaya y
avísele a Rojo...
—Ya lo sáe, mestrro.
—No importa, vaya igual.
—Disculpe, pero sáe que no le v'iá
dejar.
—Entonces espéreme afuera, sólo
un ratito... Por favor...
Quiroga asintió y se alejó unos
mlttros hacia el monte. Esperó junto al
aljibe, vigilante. Toño miró a Rosario.
—Seguí nomás —dijo, y entró a la
habitación contigua, donde dormía el
niño. Junto a la cama matrimonial había
una cuna de mimbre con un mástil en la
cabecera, del cual caía un mosquitero.
Se acercó lenta y suavemente, cuidando
de no hacer ruido pero sin importarle
que el barro de sus botas ensuciara el
piso de baldosas.
—Toño —Rosario estaba detrás de
él—. Toño, vámonos.
—¿Qué decís?
—Que nos vayamos, que me llevés
con vos a Resistencia, a cualquier lado.
Sacános de aquí, no aguanto más, Toño,
no lo aguanto a Jesús, yo te quiero a
vos... Y éste es tu hijo ¿o tenés dudas... ?
Llevános, que aquí te van a matar...
—Vos estás loca.
—Puede ser, y qué. ¡No doy más!
El hizo silencio. Ella empezó a
llorar.
—Terminála, Rosario, sabés que no
me gustan estas cosas.
—No puedo creer que seas tan
desamorado...
—No entendés. Hablamos un
idioma diferente.
—¡Y el chico! ¡Es tu hijo,Toño!
Dudó un segundo. Meneó la cabeza
y dijo, frunciendo el ceño:
—Sí, seguramente... También tengo
otro en Resistencia y...
Se interrumpió. Ella lloraba con
desesperación, casi a los gritos. La miró
con pena, sinceramente conmovido.
Sintió la boca reseca, el aliento amargo.
La culpa que de pronto lo ganaba era del
tamaño de una ola gigante; no supo qué
hacer, no tenía respuesta. Caminó
lentamente hacia la puerta que daba al
monte, por donde habían llegado.
—Ojalá cuando sean grandes sean
indulgentes conmigo —dijo, turbado—.
Por ellos, no por mí... Chau Rosario.
Y salió como quien sale corriendo.
En ese momento, le pareció que alguien
había vaciado el mundo.
Seis

Y claro que son buenos jugadores


pero no se puede negar que son
peligrosos por algo los andan buscando,
mire que decir que nuestro Señor fue
comunista o peronista o esas cosas, no
no y no están equivocados el
todopoderoso fue un hombre justo bajó
de los cielos para castigar a Herodes y a
todos esos judíos que andaban jodiendo
y resucitó y todo eso, y vaya si habrá
hecho milagros no pueden ahora estos
tipos venir a decir que los milagros no
existen y pretender conocer más que yo
de la vida del Señor, lo que quieren es
combatir la religión nadie me va a negar
que son ateos, si están en contra de la
misa, este Oroño nunca vino y cuántas
vece se burló y decía que no le
importaba y Rojo ni se diga.
Lo que más me argela es esta
agitación que tengo, no sé por qué me
parece que mañana van a pasar cosas
terribles con esa huelga de mierda, están
demasiado cabreados unos contra otros
y entonce no hay forma de arreglar las
cosas. Y el tozudo de Luján que no me
llama para que yo interceda, él cree que
estoy viejo y ya no sirvo para deshacer
entuertos lo único que faltaba pa'qué soy
el cura acá.
Encima hay que ver cómo llueve
parece que San Pedro se me hubiera
enfermado de la vejiga justo ahora que
va a haber huelga y va a ser un barria!
inmundo después me ensucian la capilla
y nadie me ayuda a limpiar cómo
quieren que uno no rezongue aunque por
áhi es mejor que no pare de llover por
lo menos si se mojan se van a enfriar un
poco, así que cierto, metele nomá San
Pedro esta noche le voy a rezar tupido al
Señor pa' que te influencie, claro que
últimamente me anda fallando, le tengo
encomendado que aprudencie a la gente
y no hay caso y si no se arreglan las
cosas por las buenas esta misma noche
se van a agarrar y va'ser una carnecería
ahora andan todos armados de dónde
carajo habrán sacado esas armas hay
que verlos no parecen los mismos de
antes, por suerte Luján tomó la manija
porque lo que es Lema se ablandó
demasiado.
Van a ver ahora estos "güelguistas"
cómo se marca el paso por las buenas y
si no será por las malas porque parece
que no queda otro remedio más que
ablandarlos a tiros si es preciso y que
Dios me perdone Señor de las alturas
las cosas que estoy diciendo, pero vos
sabés Jesús mío que soy incapaz de
desearle mal a nadie lo que pasa es que
acá no se puede hacer otra cosa, estos
tapes nos van a invadir el pueblo y son
capaces de quemar la iglesia así son los
peronistas, resentidos de mierda igual
que estos indios que no aprenden más
nacieron brutos y van a morir brutos, yo
no niego que hay injusticias pero en qué
lugar no las hay y si lo permite el Señor
es pa'que cada uno se gane el cielo y eso
está muy bien despué de todo la justicia
divina es la que vale y acá nadie puede
juzgar lo qu'está bien y lo qu'está mal, si
hay injusticias por algo será, y si Dios
así lo quiere él mismo ha de
compensade en el cielo a los que sufren,
así está escrito y los jodidos al infierno.
¡Qué mierda íbamos a estar hace años
de huelga en huelga, si en el obraje se
repartía caña vino y pan dulce que era
un contento y todo el mundo los
domingos a misa qué tiempos aquellos
qué misas Dios mío quién iba a pensar!

El Padre Gabriel se asomó a la


puerta de la iglesia, atraído por el
griterío. Un centenar de manifestantes,
aprovechando una pausa de la lluvia,
había desplegado tres carteles. En uno
se leía:
NO A LA HUELGA —
QUEREMOS PAS
En otro:
QUE BIBAN LAS BRIGADA
Y en el tercero:
UELGA NO — SUVERSIÓN
MENO
A la cabeza marchaban Maderal y
Gold, tomados de los brazos. Con ellos
sus familias, y más atrás Gerunfl.o
Romero y sus hijos, la comisión de
Damas de la Virgen de la Soledad y
algunos familiares de paisanos o
brigadas. La movilización había
comenzado frente a la casa de Ramiro
Luján, caminaban lentamente y se
detenían cada cincuenta metros, para
escuchar las arengas de Maderal.
El Padre Gabriel no pudo reprimir
el disgusto que le producía no haber
sido invitado.
Se dirigían a la intendencia y antes
de cruzar la plaza, Floro Maderal
levantó un brazo y la marcha se detuvo.
—¡Previamente haremos un
desagravio a la bandera de la patria!
Hubo vítores y aplausos.
Maderal siguió:
—¡Cantemo el Higno!
Se escucharon las estrofas a
capella, que el viento de la tarde
pugnaba por llevarse. Las hojas de los
eucaliptos producían un castañeteo que
aumentaba la confusión, pero era un
himno legítimo. El Padre Gabriel, que se
había instalado en el medio de la calle,
no lo cantó. Cuando terminaron,
Maderal carraspeó y dijo:
—¡Pueblo de Colonia Perdida:
vivimos un momento'e zozobra
inominiosa! ¡Esos revoltosos quieren
hacer una güelga que lo único que
va'traer es caos y violencia! ¡Ofienden a
la bandera y las tradicione con sus idea
foráneas y ajenas a nuestro sentir! ¡Este
pueblo jue siempre tranquilo y ahora no
vamo permitir que se istaure la
anarquía! ¡Queremo paz!
Fue interrumpido por una ovación.
Una voz ronca gritó:
—¡Vivan Ramiro Luján y las
brigáas de la paz!
Otra ovación.
El Padre Gabriel, en medio de la
calle, envidió a Maderal: él jamás había
infundido tanto entusiasmo a sus fieles
desde el púlpito. Pero su arrogancia
pudo más. Desde su puesto, impostó la
voz y gritó:
—¡Maderal!
Los que estaban al final de la
manifestación se dieron vuelta. Maderal
había recomenzado su discurso, pero en
unos segundos la noticia llegó hasta él.
—¡Eh, padre, venga!
—¡No voy nada! —gritó— ¡A nú
no me invitaron!
Algunos manifestantes se
apresuraron a rodeado. "Venga paí."
"Vamos no se ofenda." "No piense mal."
"Cómo nos vamo'olvidar." "Agréguese a
nojotro."
—¡No, Señor! ¡Qué clase de
pueblo es éste que no invita a su cura!
¡Ni saben escribir paz con zeta!
—¡No tiene nada que ver, padre! —
gritó Maderal mientras todos coreaban
el nombre del sacerdote: "¡Dónga—
briel! ¡Dónga—briel!"
—¡Venga, padre, discúlpenos!
—¡No—voy—na—da!
Se dio vuelta y entró a la iglesia,
para rezar nuevamente ante el altar.
Muera, la manifestación siguió su
marcha hasta que volvió a llover.

La llovizna continuó hasta el


anochecer y la calle, desierta, se
convirtió en un lodazal. El Bar El
Jardín, a oscuras, ensombrecía todo el
pueblo. Sólo en el extremo oeste de la
calle se descolgaba un haz de luz de la
ventana de la farmacia. En el interior,
Ricardo Lema ya iba por la tercera
botella de vino.
Apenas un par de horas antes se
habían silenciado los gritos de
Marcelino Grande, que esa tarde había
atormentado al pueblo con su canción de
los días de lluvia:
Que llueva que llueva
Marcelino está en la cueva
los pájaros se mueren
la indiada se subleva.
Los nada enigmáticos versos habían
exasperado a Ramiro Luján hasta el
punto de que, en plena siesta, salió de su
despacho, tomó un balde lleno de agua y
se lo lanzó en medio de una andanada de
insultos. De todos modos, Grande no
dejó de reírse y cantar en toda la tarde.
Se puso tan intolerable que a la hora del
crepúsculo Marcial Calloso tuvo que
atrapar una araña pollito y lanzada
dentro de la celda. Entonces se silenció,
ocupado como estuvo en matar al
animal, pues cada vez que intentaba
pisotearla, la tarántula saltaba y
contraatacaba.
Al caer la noche se durmió
temprano, agotado como un niño, y
Ramiro Luján impartió las últimas
instrucciones: ordenó que se patrullara
la calle toda la madrugada y reforzó las
guardias en la escuela y en su casa. Los
brigadas empezaron a rondar de a pares,
fuertemente armados, y frente a la
intendencia quedó apostado uno, con
otros dos caminando de esquina a
esquina.
Mucho después de que Luján se
retiró y se apagaron todas las luces, a
eso de la una de la mañana dos sujetos
lograron llegar sin ser vistos hasta el
mástil de la plaza. Se acercaron
sigilosamente, amparados en las
sombras y esquivando el patrullaje de
los brigadas. Cuando los guardias
pasaron algunos metros más allá, uno de
los hombres, con una bolsa colgada del
hombro, cruzó la calle resueltamente y
con la mano en el revólver que llevaba
en la cintura.
—¿Quién es? —preguntó un
brigada.
—Trranquilo, chamigo —dijo el
hombre—. Yo nomá.
Y levantó el revólver y le
descerrajó un tiro en el pecho.
El guardia se desplomó y en la
esquina se escuchó un grito de alerta,
mientras otros brigadas corrían hacia la
plaza.
Los detuvo una ráfaga de
ametralladora proveniente del mástil.
Uno cayó retorciéndose y el otro
alcanzó a tirarse en la zanja que
separaba la vereda de la calle. Se
entabló un violento tiroteo a la vez que
se difundía la alarma. Para cuando se
encendieron las primeras luces y
arribaban brigadas y vecinos, ya la
intendencia ardía ruidosamente y los dos
hombres se perdían en las sombras.
Al escuchar los primeros balazos,
Ricardo Lema se levantó e
instintivamente corrió a tomar su
escopeta del mostrador.
—¡Empezaron! —gritó— ¡Hijos de
puta!
Sobresaltado y bamboleante, abrió
la puerta y miró hacia la plaza.
Por sobre la arboleda vio las
llamaradas que se alzaban y a algunos
vecinos en calzoncillos, que salían
gritando de sus casas mientras se
escuchaban balazos aislados. Dudó si lo
que veía era cierto o fantasía de su
borrachera. Pero cuando vio que Ramiro
Luján corría por la calle ajustándose las
botas de caña alta y gritando "¡Me la
van a pagar! ¡Me las van a pagar!"
Ricardo Lema alzó la escopeta, le
apuntó y disparó. Luján siguió
corriendo.
En ese momento, Lema decidió que
debía matarlo sí o sí. Salió a la calle y
corrió en dirección a la plaza con la
escopeta en la mano, pero apenas
anduvo unos pocos metros tropezó y
cayó de cara al barro. Primero sintió
que se ahogaba. Después vomitó y
levantó la cabeza y se atragantó con una
bocanada de aire.
—¡Viejo de mierda podrido! —se
lamentó e intentó reincorporarse, pero
no pudo. —Ojalá me muera ahora
mismo...
Y se largó a llorar, desconsolado, y
se dejó caer sobre el lodo.

Marcelino Grande fue rescatado de


su celda con quemaduras de poca
consideración. Dormido profundamente,
no había atinado a pedir auxilio y, en el
fragor del desconcierto, nadie se acordó
de él hasta que Doña Mary empezó a
gritar que una cosa era tener marido
loco y otra quedar viuda. Cuando la
rescataron, Grande se resistió a que lo
maniataran e intentó robarle un rifle a un
brigada. Fue disuadido por una violenta
trompada de Ramiro Luján. Después,
debieron atarlo antes de encerrarlo en el
baño de una casa vecina, con dos
guardias en la puerta. Al mediodía
siguiente reacondicionarían la celda
para volverlo a ella.
El Padre Gabriel, espantado por
los tiros, se persignó infinidad de veces
y salió de la casa parroquial en
calzoncillos y poniéndose la sotana del
lado del revés.
—¡Dios los va a castigar a todos,
tirios y troyanos, hijos de puta!
Cuando llegó junto a Luján, se
quejó airadamente de que ya no se podía
dormir en paz.
—¿Qué pasa en este pueblo, eh?
—No joda, padre —dijo Luján, sin
hacerle caso.
—¡Hay que reprimir urgente y
severamente! ¿Cómo permiten el
incendio, eh?
—¡No joda o lo hago fusilar,
carajo!
—¡Haga lo que quiera, pero acá la
única solución es matarlos a todos!
—Sí —dijo Luján—, ya lo sé.
El cura, de pronto, se sintió
invadido por un problema de
conciencia. Carajo estoy viejo, pensó, y
se retiró en silencio, aturdido y con una
acre sensación de culpa. Musitando un
padrenuestro cruzó la plaza y vio las
tres sombras que corrían en dirección al
Bar El Jardín, lo rociaban con un
líquido inflamable y huían luego de
prenderle fuego.
—Dios mío —fue todo lo que pudo
decir, y, entre desconcertado y
desesperado, caminó sin rumbo. "Si me
queman la iglesia los mato, repetía, los
mato. Cualquier cosa menos la iglesia."
Así anduvo algunos metros hasta que
vio, iluminado por las llamas que venían
del Bar El Jardín, un cuerpo tendido en
el barro. Se acercó y lo dio vuelta con la
punta de sus zapatos.
—¡Lema!
Apelando a todas sus fuerzas, lo
arrastró hasta la farmacia y lo depositó
en el umbral. Allí lo observó y lo olió.
Apestaba a vino tinto.
—¡Lema! —lo cacheteó—.
¡Ricardo, carajo, conteste!
El farmacéutico abrió un ojo —el
otro estaba cubierto de barro— Y miró
al cura.
—Estoy harto —dijo—. Me quiero
ir a la mierda.
—¿Y dónde coños se cree que
está? —le replicó el cura.

Antes de que despuntara el sol se


había logrado dominar el incendio en la
intendencia. El Bar El Jardín, en
cambio, se consumió totalmente al cabo
de un par de horas.
El cielo se despejó al amanecer,
justo en el momento en que las brigadas
del Obraje El Quebrachal se metían en
el monte por picadas viejas y abriendo
otras a machetazos, comandadas por
Ramiro Luján y seguidas por un pequeño
grupo de espontáneos armados. Iban en
busca de los huelguistas, dispuestos a
impedir el paro a cualquier costo.
En el pueblo quedaron las mujeres
y los niños, custodiados por una decena
de brigadas de los Establecimientos
Algodoneros Sociedad Anónima, al
mando de Jesús María Pérez, quien para
entonces no abandonaba su Rémington
recortado por nada del mundo.
Siete

Durante toda la noche cada uno


revisó sus armas, contó sus municiones y
aflió su machete. Las mujeres
aprendieron a diferenciar los
proyectiles, arroparon a sus hijos,
cebaron mate sin cesar y finalmente
descansaron junto a sus hombres.
Apenas antes del amanecer, la columna
se puso en marcha.
Al frente iban Rojo y Cabello.
Quirurgo Gauna, un centenar de metros
más adelante, registraba la picada por
donde debía pasar toda esa gente, a fin
de desmalezar y dar la alarma en caso
de que se les hubiese preparado una
emboscada. Capinté, con un nutrido
grupo de aborígenes y hacheros,
marchaba a la retaguardia. Todos
caminaban silenciosa, velozmente.
Toño y el viejo Quiroga iban detrás
de Rojo, en silencio, cansados, sin haber
dormido en toda la noche. Después de
salir de la casa de Pérez, anduvieron por
el monte y se sentaron a fumar en un
sitio que el viejo consideró seguro,
donde sin hacer fuego esperaron la hora
de juntarse con los demás, una vigilia
que despejó a Toño y que hubiese
resultado perfecta si la inminencia de
ese amanecer cargado de muerte no
hubiera contenido tantos presagios.
—¿Cómo está la gente? —preguntó
Toño a los que iban delante.
—Con ganas —respondió Cabello
—. No le paramo má'anque queramo, así
que...
—Así que qué.
—Nadie va'recular. Acá todo
saémo pa'qué'stamo y le'amo a meter
pata pa'delante nomá —se detuvo un
momento, tosió y anadió—: Le quiero
decir que si en medio' el rio me da un
calambre, no via gritar que me ahogo;
me viá'ugar pensando que falta poco
pa'llegá'la orilla, ¿m'entiende?
Anduvieron unas dos horas, y
cuando ya clareaba llegaron al obraje.
Había sólo un par de guardias que
huyeron al vedos, de modo que tomaron
posiciones rápidamente. La
administración era una vieja casa de
ladrillos pintados a la cal, con techo de
cinc a cuatro aguas y altas galerías
laterales. La playa ocupaba poco más de
dos hectáreas de campo limpio. Los
rollizos allí depositados fueron
colocados uno a continuación de otro, de
manera tal que se formó un círculo de
casi doscientos metros de diámetro,
media cuadra más allá del cual era
monte cerrado. En pocas horas de
trabajo, se hicieron zanjas, pozos y
trampas, y se aprovecharon las
alzaprimas y los cachapés para fortificar
aún más las posiciones.
Algunos aborígenes, provistos de
revólveres y escopetas, se subieron a
los árboles. El resto se ubicó a todo lo
largo de las defensas. Las mujeres
cebaban mate y ayudaban, y las más
jovencitas se hicieron cargo de los
niños, arrejuntados en una especie de
corral de troncos.
—Ahora hay que esperar que
ataquen —dijo Rojo, luego de recorrer
las instalaciones—. No van a conceder
nada del petitorio.
—¿Y si no atacan? —preguntó
Toña.
—Van'hacerlo —respondió Cabello
—. Necesitan que'l obraje y el
algodonal trraajen. Ademá, Luján está
agrandáo y va'matonear. Pero acá n'el
monte no nos ganan...
A media mañana comenzaron a
llegar algunos hacheros que
originalmente se habían opuesto a la
huelga. Jimeno Corral, que vivía a
media legua del pueblo, contó que poco
antes del alba tres brigadas habían
asaltado su rancho mientras él escapaba.
También se recibieron noticias de que
Ramiro Luján en persona encabezaba la
marcha hacia el obraje. Andaban
despacio, requisando y saqueando
cuanto rancho encontraban a su paso.
Rojo calculó que estarían cerca del
obraje alrededor del mediodía. Se
reunió con Capinté, Gauna, Cabello y
Quiroga en la gerencia, y ultimaron los
detalles de la defensa.
Toña también participó, y cuando
todos salieron al patio se quedó sentado
ante el escritorio. Apoyó los codos
sobre la mesa y se mesó los cabellos. Se
sentía lúcido, nuevamente había claridad
en su cerebro. El prolongado andar de
esa noche que terminaba lo había
despejado. Reconoció entonces que
tenía mucho miedo por lo que pudiera
pasar; quizás era, en parte, responsable
de lo acontecido y de todo lo por venir.
Eso lo sacudía interiormente, pero sabía
que sólo le quedaba acompañar los
hechos. No tenía otro camino y lo iba a
andar.
Recordó, entonces, que le hizo bien
llorar al despedirse de Rosario. Un
desahogo que Sandalio Quiroga
entendió, respetó y alentó, hasta
queToño le dijo "qué nos pasó, viejo", y
el anciano, palmeándole la rodilla y
separando su espalda del árbol, le
reconvino "qué te pasó a vos m'ijo", y él
se detuvo a considerar el tuteo, el
cambio de tratamiento que parecía un
eco que repiqueteaba en el follaje.
Se lo dijo, y el viejo respondió que
no sabía por qué lo tuteaba ahora,
aunque pensó que quizás debía decirle
"porque vó has crecido" pero no lo dijo
y entonces volvieron al silencio.
Toña recordaba que después del
llanto de Rosario, y el suyo propio,
estuvo mirando el cielo, todavía nuboso,
y la oscuridad total, atemorizante, de la
selva cuando ha llovido. Descubrió y se
detuvo a mirar un quebracho colorado,
que le pareció el más alto del monte,
verdadero emperador de ese mundo
vegetal. No recordaba haber visto un
árbol semejante, pero sintió que también
eso era indicativo de que algo había
cambiado en él, en su persona más que
en ese paisaje que, a la vez, ya le
resultaba familiar.
Sintió una extraña, inexplicable
emoción. ¿Qué hacía él ahí, a horas de
una casi segura muerte, junto a ese viejo
que le hablaba en un tono paternal que él
no rechazaba? ¿Quién era, realmente,
ese viejo que lo había acompañado esos
casi dos años, y le había enseñado y
hecho sentir la dimensión de la vida en
la selva? ¿Qué extraña virtud tenía ese
momento del alba, cuando se oían los
primeros pájaros matutinos, para mutar
una historia? ¿Qué significaba esa súbita
lucidez luego del llanto de esa noche,
después de dejar a Rosario y vagar por
el monte, aún ebrio? ¿Qué quería decir
el viejo Sandalio con ese "qué te pasó a
vos m'ijo"? ¿Acaso había redención tras
la desdicha? ¿Acaso la parálisis era un
camino con final cierto? ¿Acaso las
pesadillas no necesariamente debían
concluir cuando él concluyera esa
existencia desafortunada, dolorosa,
forjada en la incomprensión y
apuntalada últimamente por el alcohol?
No, se dijo sin quitar la vista del
techo de la gerencia, las respuestas no
están en la noche ni están aquí. Las
respuestas nunca están al alcance del
entendimiento, y menos en instantes
dramáticos, presagiosamente letales,
cuando todo Colonia Perdida iba a
estallar inexorablemente. Quizás no
había respuestas; nunca las habría. Lo
único eterno, inacabable, son las dudas,
se dijo, y el sendero del hombre,
pareciera, es bifurcarse entre buscar
respuestas en la muerte o vivir dudando.
Se dio cuenta de que empezaba a
recuperar una parte de sí mismo que,
paradójicamente, nunca más
reconocería. Lo supo de una vez, y
rápido: era un enfermo, un suicida
zigzagueante, y no era con
desesperación, ni con repulsión ni odio,
ni con la horripilancia de sus pesadillas,
como se curaría, si curarse era esa vana
forma de confirmar las profecías ajenas.
Comprendió que la vida se
componía del montaje de las paradojas y
que a él le había correspondido una muy
peculiar: la de acercarse al
entendimiento, a la salida del
laberinto,justo en el momento en que la
muerte era más palpable, más precisa y
obvia. Cualquier bala de las próximas
horas le podía estar destinada.
Y también descubrió que esa noche
no sintió miedo por primera vez en
mucho tiempo. No deseó huir ni
esconderse, no ansió un trago de vino,
no admitió erotismo alguno en la idea de
la muerte. Alzó la cabeza y miró a lo
alto del quebracho colorado con una
ansiedad renovada, y sintió la urgencia
de decirlo:
—¿Sabe qué me hubiese gustado
preguntarle a mis padres, viejo?
Sandalia Quiroga nada más lo miró,
casi sin expresión. Pero enseguida él
vio, en la oscuridad, que tenía los ojos
humedecidos, una mueca indefinible en
la boca y su mirada se tornaba cálida,
tierna, alentadora. No habló.
—¿Por qué nací? —dijo él— ¿Y
para qué?
Y continuaron en silencio, como si
el anciano transmitiese sus reflexiones
sin palabras, y él entendiese que una vez
más no había respuestas, porque quizás
todas las respuestas estaban dentro de él
y diciéndole que no se inventa la vida de
los hijos, que no se planifica la vida de
nadie.
Después él también se había
tendido al pie del árbol, haciendo cruz
con el cuerpo acostado del viejo
Sandalia. Allí empezó a sentir que
iniciaba un camino desconocido. Siguió
mirando ese árbol altísimo y regio, y
comprendió, finalmente, que la desdicha
es también un recurso, y que la
capacidad de dolor es un don, como el
verdadero sentido de la vida es dudar y
buscar.
Escuchó ruido de voces en el patio
y se acercó a la ventana. Tras el vidrio,
como en una película muda, Enrique
Rojo gesticulaba frente a un grupo de
hacheros e indígenas. Se dedicó a mirar
la escena: las operaciones de los
hombres; los troncos y las alzaprimas
formando la defensa una cuadra más
alla, y luego el monte que se cerraba de
golpe a la salida de la picada.
Traspasándolo todo, como si su
mirada penetrara el espacio y el tiempo
en ese momento, imaginó un instante de
amor, treinta y tres años atrás; imaginó
un espacio, un deseo, una rutina pertinaz
y un éxtasis, un dolor. Sintió que algo
empezaba a morir en ese instante. Era
más una intuición que una certeza, más
un sonido que una música. Desconoció
pormenores, pero lo supo:
paradójicamente, como en un espejo, el
alto y duro quebracho le devolvía su
pequeña dimensión, su fragilidad: en
pocas horas más, quizá minutos, podía
estar muerto. Pero también supo que
antes de eso, en un instante fugaz,
luminoso, alcanzaría a ver su propia
historia en la que se integrarían su padre
y su madre, verosímiles, exactos, y se
juntarían el horror y el amor, la realidad
y los sueños, y la muerte y la vida,
porque en ese exacto momento,
irrepetible y único, se dijo, llorando, él
habría llegado a comprender su propia
condición de hombre.

—¡Doña Mary! —llamó Jesús


María Pérez.
Estaba en el incendiado despacho
de la intendencia, con dos de sus
hombres. Se había cruzado una canana
sobre el pecho y tenía a su alcance una
carabina Winchester calibre 44. Los
ojos le brillaban. Para él, una larga
pesadilla estaba a punto de finalizar.
—Sí, Pére —respondió la mujer al
entrar al despacho.
—Por favor, pregúntele a su marido
si quiere conversar conmigo un minuto.
Podría hacer algo por nosotros.
—Güeno, pero... Y qué es.
—Usté vaya y pregúntele —sonrió
Pérez—. Son cosas de hombres...
Doña Mary salió. Pérez hizo señas
a uno de los guardias para que la
siguiera discretamente. Al otro le dijo:
—Y vos, prepará el mejor caballo
y provisiones pa'un largo viaje.
El brigada salió a cumplir la orden.
Doña Mary entró segundos después.
—Dice'l Marcelino que va' hablar
si lo sueltan. Que si no no es posible. Y
que qué se cree usté...
—¿Pero va' hablar?
—Sí.
Pérez se levantó, fue hasta la puerta
y gritó al guardia:
—¡Soltálo al Señor Grande!
En seguida, Marcelino Grande
irrumpió en el despacho. Ridículamente
vestido con su viejo traje hecho harapos,
por el abierto cuello de la camisa salía
una mata de pelos rubios encanecidos.
—¡Pero carajo, era hora de que
entendieran que sólo yo puedo salvar a
este pueblo de la ruina!
—Vea, Marcelino... —dijo Pérez.
—¡Qué vea ni vea! ¡Salga de ese
escritorio y dígame cómo están las cosa!
Y rápido, que ya han perdido mucho
tiempo. Mire que infamarme con
qu'estaba loco. Háh, loco yo...
—¡Bueno, pero cállese y escuche
que los minutos valen oro! —se alteró
Pérez—. Hay una misión importantísima
que sólo usté puede cumplir... Por eso
reconsideramos nuestra medida y le
vamos a devolver la intendencia con
todos los honores y el respeto eterno del
pueblo.
—¿A ver cómo es eso, ché? —se
interesó Grande.
—Se alzó la indiada con los
hacheros. Están armados y se
fortificaron en el obraje. Luján fue hacia
allá con las brigadas y un grupo de
vecinos, también armados. El pueblo
está a salvo por ahora, pero necesitamos
alguien de absoluta confianza, un
hombre intachable, un prócer digamos,
pa'una misión fundamental.
—Ése soy yo. ¿Cuál es la misión?
—Hay que d'ir a Resistencia'avisar
al gobierno. Para ellos uste's todavía el
intendente. Deberá contar todo lo que
ocurrió en estos dos últimos años y
conseguir su ratificación oficial. Y por
lo que pudiera pasar, pedir refuerzos
para imponer el orden de una vez por
todas. Es urgente: debe salir ya mismo.
—Ajá. Pero un intendente no
abandona a su pueblo en los momentos
dificiles. Yo...
—Un momento, Marcelino. Un buen
intendente hace acciones heroicas por su
pueblo. Más todavía si es el único que
puede hacerlas. Comprenda: si yo voy a
Resistencia, ¿quién me da bola? Pero a
usté sí. Ya su vuelta se hará cargo
nuevamente de la intendencia...
Marcelino Grande lo miró
fijamente.
—Además —agregó Pérez,
guiñándole un ojo—, usté podrá
exagerar un poquito las cosas pa'qu'el
gobierno comprenda la urgencia de la
situación. Tiene elementos de sobra
pa'pedir que se aplaste a los insurrectos.
La campaña de su locura, sabrá, la
organizó Oroño... Hasta dijo que'l Padre
Gabriel es de malas costumbres y que
andaba revolcándose con Lema. Y por si
no lo sabe, y si no lo paramos, Rojo va a
ser el intendente de Colonia Perdida... Y
además recordará usté el asunto con
Rosario... ¿Pudo ser su mujer, no? Ya
sabe cómo son estos tipos... Ésta es
tarea pa'un patriota, usté puede,
Marcelino.
Se miraron sostenidamente durante
unos segundos, hasta que Grande movió
afirmativamente la cabeza y gritó:
—¡Ánde'stá el mejor caballo de'ste
pueblo!
Al mediodía Telésforo Sarmiento,
que era un hachero qom, entró corriendo
al obraje. Flaquito, crenchudo y
descalzo, llevaba una escopeta en la
mano. Saltó los rollizos como los
saltaría un gato y se dirigió
resueltamente a Rojo y Cabello.
—¡Áhi viene lo brigaa! —anunció,
jadeando—. ¡Armáu que no sé, te juro!
¡Demá son, chamigo, capá 'e cualquié
cosa!
Salieron atropelladamente al patio.
—¡Todo el mundo a sus puesto! —
gritó Cabello.
Los hombres se apostaron tras los
rollizos, vigilando el monte. El Tele
señaló hacia el Sur.
—Po eso lao —dijo—. Po la picáa.
Era el camino más directo desde el
pueblo, el de la única huella
permanente. Sandalia Quiroga se refugió
tras una pila de rollizos, junto a un grupo
de cosecheros. Quirurgo Gauna trepó
por una de las columnas de la
administración y se apostó en el techo
del edificio, con tres hombres. Capinté
llamó a un par de jóvenes aborígenes y
les ordenó que repartiesen municiones y
recorrieran la fortificación para ver si
alguien necesitaba algo. Después se
dirigió al corral donde Marciana de
Rojo organizaba a mujeres y niños.
—Si hay parlamento, parlamentamo
pero no rebajamo ni una condición —
dijo Cabello.
—Y si hay bala, le me temo bala —
dijo Rojo.
—¡Al primero que aparezca me lo
bajan! —gritó Cabello—. ¡Pero no
malgasten tiro!
Tomó al indio Telésforo de un
brazo.
—Quedáte con nojotro.Vah'a llevar
las órdene arrastrándote.
Se hizo un largo silencio. Jaime
Cabello respiraba agitadamente. Parecía
ser el único ruido del mediodía.
Del monte surgió un caballo. Era un
zaino orejudo y gordo. Una descarga lo
abatió inmediatamente. Toño sintió un
estremecimiento. Rojo lo codeó.
—Háh —movió la cabeza hacia los
costados—. Qué no.
Se mantuvieron en silencio. El
monte parecía paralizado. No se oía el
canto de pájaro alguno, y el efecto era el
de millones de cotorras enmudecidas de
repente. No había viento y era como si
la tierra humedecida absorbiera la
tensión. Súbitamente,Télésforo se
agachó y apoyó una oreja contra el
suelo.
—Ahicito nomá'stán —dijo—. Son
gente demá, y tienen miedo. De no, ya
hubieran tiráo.
Una bandada de cotorras partió de
un lapachal, cincuenta metros monte
adentro.
—Hablan —dijo el Tele.
Inmediatamente se oyó la voz de
Ramiro Luján, a lo lejos, pero fuerte y
nítida:
—¡Rojo! ¡Es mejor que se
rindaaaaan... !
—¡Ni en pedo, Luján! —gritó Rojo.
Hubo un pequeño silencio.
—¡No van a ganar nadaaaaa! —
insistió Luján—. ¡Si se rinden no habrá
represaliaaaaas...!
—¡Métase su perdón en el culo! —
gritó Cabello— ¡Firme y garantice el
petitorio y se arregla tóo!
Se produjo otra pausa, más tensa
que la anterior. Por fin, Luján gritó
roncamente:
—¡Se van'arrepentiiiir...! ¡Tienen
diez minutos de plazo...!
Cabello extrajo su revólver de la
cintura y apuntó hacia el monte.
—¡Ésta es nuestra respuesta, Luján!
—gritó, y disparó tres veces. El tiroteo
se generalizó. Los estampidos agitaron
la selva y el olor a pólvora inundó el
ambiente, mientras todos los pájaros del
monte, sobresaltados, ahora sí echaban a
volar.

Resistencia / Buenos Aires /


México / Cuemavaca / Charlottesville /
Resistencia, 1969 — 2013.
Brevísimo vocabulario

Acá Carayá: Cabeza de


Mono, en guaraní.
Angá: Expresión de lástima.
Angaú: De mentira, en
guaraní.
Añá membí (o membuí): En
guaraní, hijo del diablo; hijo de
mala madre.
Argelar: Voz del nordeste
argentino por fastidiar, molestar.
Cachapé: Carro de cuatro
ruedas en el que se transportan los
rollizos. Es distinto del
alzaprima, que tiene dos ruedas
muy grandes alrededor de un eje,
del que pende el rollizo.
Cagüén: Malo, en toba.
Carayá: Mono aullador.
Colí: Corto. Rémington colí
es un revólver de caño recortado.
Cheraí: Mi hijo, en guaraní.
Franciscoalvarez: Árbol
típico del Chaco argentino,
Paraguay y Brasil. También
conocido como ivitinga, caobetí o
sota caballo, alcanza los 30
metros de altura y es de copa muy
frondosa.
Cuaripola: Aguardiente
rústico producto de la
fermentación de caña de azúcar.
Cuasquear: Azotar con la
guasca (látigo).
Mitaí: Niño, muchachito, en
guaraní.
Nicó: Expresión fonética
cuya función es dar énfasis a una
afirmación.
Pa: Expresión fonética de
énfasis que acentúa la
interrogación.
Poguasú: Grande, en guaraní.
Rollizo poguasú es el tronco
desramado.
Sagua—á: Salvaje, en
guaraní.
Teyú—ruguay: Látigo de
cueros trenzados.
Yuchán: Palo borracho, árbol
típico del Chaco seco, que puede
alcanzar enormes proporciones.

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