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Indiferencia social, una

forma de violencia
silenciosa
¿Es natural que uno de cada tres habitantes sea
pobre? Los medios de comunicación, el papel del
estado y una salida posible a la pobreza desde los
trabajadores.

Todos los días al ir al trabajo, al colegio, la facultad o


realizar nuestras actividades nos topamos en las calles con
personas durmiendo en las veredas o en los bancos, con
mujeres, niños y hombres que piden una moneda y a veces
algo para comer.

Puede sucederle a muchos que esa situación les impacte,


les sensibilice o apenas signifique un instante de reflexión,
pero en definitiva eso es “parte del panorama” cotidiano y
es asimilado como algo natural. A tal punto que se
transforma en una cuestión indiferente. Como si no ver,
quizás, transformara la realidad que está por delante.

¿Pero esto no podría ser de otra forma? ¿Es que no se pude


hacer otra cosa que “ayudar” con algún billete o una
moneda? El límite al mirar nuestro bolsillo, es que el dinero
que poseemos quienes trabajamos para obtener un salario
también es finito e insuficiente, aún si quisiésemos
colaborar con apenas una sola de las personas en situación
de indigencia o de pobreza. A lo sumo, sabemos, esa
colaboración para que ese niño, esa mujer, o ese hombre
que pide ayuda, alcance para comprar algo para vivir ese
día. ¿Cómo cambiar eso?
Muchos se responden que en definitiva no es posible
cambiar esa realidad y que querer hacerlo sólo está
motivado por un sentimiento de culpa. Cierto es que al ser
parte de este sistema contribuimos también en su
formación y la vez nos hacemos responsables de las
consecuencias. Sin embargo, la culpa se argumenta para
justificar la negación, dando como respuesta un “no se
puede hacer nada”, o que la solución compete al Estado, los
gobiernos, o instituciones como la Iglesia.

Respuestas de las más diversas que confluyen, desde el


escepticismo, el desinterés, la impotencia o la comodidad,
en la reproducción de esa película conocida de la
indiferencia o la caridad.

Sin embargo, no se trata aquí de un grupo minúsculo de


marginación, indigencia, o pobreza: un tercio de la
población del país no alcanza a cubrir sus necesidades
básicas y más de 2 millones ni siquiera las necesidades
alimenticias mínimas.
Según del Instituto Nacional de Estadística y Censos, 32,2 %
de los habitantes de la Argentina vive en condiciones de
pobreza, al cierre del segundo trimestre de este año, en
tanto, el 6,3 % de las personas son indigentes. Los
porcentajes significan que hay 8.772.000 de personas
pobres y 1.705.000 de habitantes que viven en la indigencia
en los 31 aglomerados relevados por la encuesta, lo que
significa aproximadamente un total de 13 millones de
pobres en todo el país.

Y esta situación es mucho peor para los jóvenes. Según los


datos oficiales, el 47,4 % de los niños entre 0 y 14 años vive
en un hogar pobre en el país. Mientras que de la población
entre 15 y 29 años el 38,6 % está por debajo de la línea de
pobreza.
Estos datos por sí mismos, hablan. Hace falta hacer un
esfuerzo de reflexión más profunda que aquella que deriva
en la indiferencia o la caridad.
El “otro” y los medios de comunicación

Según la ONG Techo, muchas familias rechazan el


asistencialismo y señalan que al no recibir oportunidades
laborales se ven empujadas al aislamiento, al tiempo que
ven sus magros ingresos saqueados por la inflación. Así,
casi tres millones de personas viven hacinadas y
empobrecidas en un país con 2.780.400 kilómetros
cuadrados y una producción de alimentos suficiente como
para abastecer a 400 millones de personas al año.

Sin embargo, los medios de comunicación, más allá de


informarnos de la realidad económica, lo que hacen es
tergiversar la información y presentarla de forma tal que
estigmatizan y criminalizan a las familias obreras,
construyendo así una idea del “otro”.

Esta influencia por parte de la mayoría de medios de


comunicación impacta de una manera tan negativa hacia la
sociedad que nos vuelve más insensibles y nos aleja más de
la realidad en la que vivimos. A su vez, vivimos tan
encerrados en nuestro círculo que no reaccionamos ante
estos sucesos. Un sistema individualista que nos tiene tan
cerca y a la vez tan alejados de la realidad.

Cerca en el sentido de que las desigualdades están a la


vuela de la esquina. Pero tan ajenos a ellos porque vivimos
influenciados por los medios que criminalizan. A diario
vemos noticias que muestran la manera de delinquir en las
villas o la realización de allanamientos por venta de drogas,
que si bien pueden estar basados en casos reales, las
cosechas masivas de drogas no salen de un humilde
domicilio en una villa, sino de grandes mafias. Asimismo,
muchas de ellas ya tienen acuerdos con la policía. Y en
cuanto a los robos, las noticias nos muestran robos de
personas naturales mas no los convenios de las grandes
firmas y empresarios amigos del gobierno con el Estado,
que en su mayoría perjudican a la clase obrera.

Pero no, la prensa no nos muestra esta realidad o lo hace


selectivamente, de tal manera que nos pone a unos en
contra de otros. Por ejemplo, nunca nadie cuestionó en los
grandes medios que el salario mínimo, vital y móvil sea de
$7.560. Un ingreso que claramente no cubre las
necesidades básicas como el pago de alquiler, servicios y
educación (si bien es cierto la educación pública es gratuita,
pero estudiar implica otro tipo de costos).

Si además a ese ingreso le sumamos el costo que conlleva


mantener una familia es evidente que condenamos al
obrero a llevar una vida de pobreza. Según la Canasta
Básica Alimentaria que elabora el INDEC, una familia
compuesta por dos personas adultas y dos niños de entre 6
y 8 años necesitó $ 5287,67 por mes para cubrir los
alimentos y no caer en la indigencia. Si a este monto se
suma lo indispensable para comprar vestimenta, transporte,
educación y salud, entre otros, la cifra asciende a $
12.637,53.

Pero el salario mínimo por jornada completa está fijado por


ley, ¿Cómo se espera que viva una familia con un ingreso
tan bajo? El Estado y las leyes tampoco son, entonces, ni
neutrales, ni justas.

Realidades similares o aún más agudas se viven en Perú,


Chile, México y en el resto de América Latina, en un
contexto de amplias desigualdades y polarización social.
Observando el índice de Gini, que es una aproximación a la
desigualdad de ingresos, se ve a Honduras en un índice de
53,7 y una pobreza que afecta al 62,8% de la población,
seguido por Colombia con un coeficiente de Gini de 53,5 y
una pobreza de 27,8%. El “gigante” Brasil, que atraviesa
varios años de recesión, con un coeficiente de Gini de 52,9 ,
en tanto que en Argentina el coeficiente alcanza a 42,7,
según cálculos del Banco Mundial.

Mientras tanto, según la agencia Oxfam las 62 personas


más ricas del mundo poseen la misma riqueza que la mitad
de la población acumulada. No es casualidad que el
porcentaje de pobreza sea más alto en América Latina que
en Europa.

Basta de violencia silenciosa: pasemos a la


acción

Ese ejercicio de violencia silenciosa, la indiferencia ante las


condiciones de vida del sector más vulnerable, es una
violencia al cual estamos acostumbrados, en ocasiones
desde la niñez. El entorno individualista en el que vivimos
nos hace ajenos hacia esa realidad y hasta terminamos
naturalizándolo.
“Todos son unos vagos” o “no podemos hacer nada para
cambiarles la vida” son frases típicas utilizadas por la
ideología dominante para generar un “sentido común” en el
cual se naturalice y legitime la explotación, incluso a costa
de discriminar a los hermanos de nuestra misma clase.

Pero que la indiferencia no nos ciegue. Los derechos que


ahora los trabajadores poseemos no fueron gratis ni se
dieron por la buena fe del empresario, sino que se dieron
por medio de la lucha. Cada derecho ganado lleva por
detrás una batalla de clase, en el que muchas personas se
jugaron hasta la vida, para que hoy en día por ejemplo
todos podamos gozar de una jornada legal de trabajo de 8
horas por día.

Es así que como trabajadores fuimos ganado nuestros


derechos, y así también combatiendo la opresión hacia las
mujeres, los niños y la juventud. Pero aún quedan más
derechos por conquistar, aún el salario mínimo no cubre la
canasta básica, el aborto sigue siendo ilegal y las muertes
por abortos clandestinos afecta especialmente a las más
pobres, aún siguen habiendo personas que viven en la
indigencia.

Que la indiferencia no nos ciegue. Los trabajadores, pobres


y ricos, podemos ser objeto y sujetos de cambio.
Empecemos por comprendernos y organizarnos como parte
de una misma clase.