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Crónicas publicadas en el diario El Mundo

Otra vez el gas misterioso

El agua del Meuse se extiende platinada entre murallas graníticas. Borbotones de verdura
ruedan entre las piedras y el río, surcado por balsas de troncos, se desliza cubierto de ampollas
de plata. El hombre de la balsa, con el pantalón arremangado sobre el cuello de las botas, toca el
fondo del Meuse con un remo, de pronto gira sobre sí mismo, se desploma en las aguas, flota un
instante y se hunde. La balsa, entre las burbujas de plata, se desliza mansamente al azar.
El becerro con paso cauto, belfo húmedo, piel lustrosa, se acerca al río. Tras el becerro, cornuda,
inmensa, semejante a la madre tierra, la vaca madre. Tras la vaca madre, pequeña, respingada,
un poquito sucia y otro poquito respingada, la niña que cuida la vaca. La niña, la vaca y el
becerro vienen de pastar en el prado comunal. La niña lleva una vara en la mano y la vaca, a ras
del suelo, el hocico rosado.
De pronto la niña huele algo en el aire, y mira en redor espantada y echa a correr. El becerro
levanta el hocico del agua y anhela el aire. La vaca también embiste el aire con el hocico. De
pronto el becerro echa a correr, avanza unos pasos y cae de rodillas en el suelo. Y ya no se
levanta.
El agua sigue deslizándose bajo los puentes romanos que cruzan el río, con sus arcos de media
luna de piedra. E1 agua sigue corriendo bajo los ventanales de las casas de tres pisos de estos
pueblos, que desde la mañana temprano quedan vacíos porque sus habitantes parten para los
campos. Y las mujeres con pañuelo al cuello y grandes sombreros de paja están en los viñedos y
en los trigales, y en las huertas, y los chicos, sentados sobre el lomo de los caballos, conducen
los carritos aguateros. Y la vida es hermosa bajo este cielo. Pero he aquí que la gente levanta la
cabeza del suelo. Mira el aire. Olfatea el aire. Los perros erizan el pelo y gruñen sordamente a
los fantasmas del aire. Y de pronto baten las campanas de la iglesia parroquial.
No es el incendio.
Es el gas.
Un gas sutil que avanza por el Valle de la Muerte, en el Meuse, espantando a la gente. Un gas
penetrante que se deja caer hasta el fondo de las antiguas bodegas estrechadas por inmensos
toneles. El gas pica el vino hace toser convulsivamente a los asnos, y sobresalta a los caballos.
Ya en el año 1930 murieron aquí 63 personas.
El terror cunde. Se ven ancianos descubiertos, inclinada la cabeza canosa, arrodillarse entre los
árboles.
Se ven grupos de campesinas arrodillarse frente a los Cristos de las cruces de los caminos,
anudando las manos sarmentosas y cubiertas de tierra. Se ven en las iglesias comunales frente a
los altares y retablos de madera labrada y oscurecida por los siglos, campesinas haciendo votos
en caso de que salven la vida, ellas o el ganado.
Y mientras las viejas rezan, los jóvenes, corriendo por los campos, preparan grandes hogueras.
Son las instrucciones de la gendarmería. En todas partes se encienden apresuradamente
voluminosas torres de ramas y de hierba cuyas llamaradas, recalentando el aire, determinan
corrientes atmosféricas verticales que levantan el gas a más de cien pies sobre la superficie de
los campos.
¿De qué fabrica de ingredientes químicos escapa el veneno sutil? No se sabe.
Ya en el año 1930 una nube venenosa de intensidad tóxica elevadísima dejó los campos
cubiertos de ganado muerto. También cayeron 63 campesinos.
¿Constituye el fenómeno un anticipo de lo que ocurrirá durante la futura guerra? ¿Son
experimentos para comprobar la eficiencia de algún nuevo producto químico?
Cada hombre conjetura algo, y la muerte, suspendida a cien pies de altura sobre el Valle de la
Muerte, se mantiene flotante, mientras las hogueras alimentadas por los campesinos
aterrorizados arden durante el día y la noche.
Y mientras la guardia de campesinos mantiene en actividad las fogatas, en los pueblos de la
orilla del Meuse, tranquilamente reflejados en las aguas verdosas, cunde el terror secreto. El
terror colectivo que tan diestramente han descrito Wells y Doyle; miedo de la muerte y holganza
forzada que conmociona el entendimiento de los boticarios, y solidariza a las familias mangas
que en un frente único, con voces insensatas, preguntan cada media hora:
–¿Qué debemos hacer? ¿Qué debemos hacer?
“El gas como viene se va”, podría rezar una cancioncilla siniestra. Ya no son las pestes, las
clásicas pestes volcándose sobre Europa desde las tibias llanuras de Asia. Ahora es el gas.
Invisible, a veces ligeramente aromático como un clavel recalentado por el sol sofocante,
mortal, esterilizador. Antaño eran las pestes, hoy es el gas.
Postradas frente a los retablos labrados en maderas oscuras, rezan las campesinas en las pétreas
iglesias de las orillas del Meuse. Rezan con las rodillas apoyadas en el duro suelo, y las sayas
levantadas como oreja de perro sobre la suela de los botines. En los campos, en las huertas,
entre los viñedos, los mozos apresuradamente encienden hogueras. Y nadie sabe lo que pasa y
de dónde surge la amenaza.
8 de marzo de 1938.

Los dragones afilan sus dientes en las usinas

El esfuerzo de 1918 no ha servido más que para afilar los dientes de


los dragones que se han convertido en dictadores.
HOOVER

I.
Aún es el hombre simio, velludo, feroz, pero con la frente dignificada en una vertical cabelluda
que en el futuro tendrá su copia en la horrible cabeza de Schopenhauer. O un siglo antes, en
Dantón.
Aún es el hombre simio, pero ya aprieta entre sus rodillas una rama de árbol y con un cordel
vegetal amarra un trozo de sílex tallado en punta. A su lado, también desnuda, una hembra
crimosa, de belfos barbudos, pulimenta un triángulo de piedra. Y el triángulo de piedra tiene la
apariencia del diente de un Dragón. Y el diente del Dragón mata.
Transcurrirán siglos numerosos. El cubil lustral se transformará en una ciudad de casas de
piedra. Con jardines. Con dioses tallados en estatuas vehementes y hermosas. Dóciles tejidos
protegerán el cuerpo de este ciudadano romano, creador del Derecho. A su lado, el legionario,
curtido y servilmente feroz, se protege el cuerpo con un escudo redondo como el de los héroes
homéricos y la cabeza con un casco cónico. Esgrime espada. Una espada.
Y la espada es de hierro.
Pero este hierro no es el hierro que conocemos, sino un metal esponjoso, tierno, endeble. No
resiste la presión de los golpes. Polibio de Megalópolis cuenta que un general de Roma se zafa
de una situación dificultosa que le han creado numerosas hordas galas, haciendo que sus
soldados reciban en los mangos de sus lanzas los golpes de espada de los bárbaros. Cuando los
bárbaros están ocupados en enderezar las espadas con el pie, caen sobre ellos los infantes y los
degüellan a discreción. Y el Dragón de aquellos días se llama Pompeyo, César Antonio o
Herodes el Grande. Las ciudades no saben de paz.
A lo largo de los caminos se encuentran hombres con la cabeza separada del cuerpo. Se dan
batallas tan salvajes, se producen guerras civiles tan cruentas, que durante largos días los ríos,
anchos y tumultuosos, muestran sus aguas teñidas de rojo. Se matan, como hoy en los
bombardeos aéreos, a las mujeres, a los niños y a los ancianos. Los dragones cambian de
nombre, de religión, de herejía. Pero el hierro primitivo, meteórico, rechinante, continúa
cercenando cabezas, reventando ojos, escindiendo miembros.
Se transforman las geografías, los mitos, las dinastías; el planeta plano se convierte en tierra
redonda; pero allá donde se encamina el Dragón, le sigue dócil, inmortal, esclavo, dignificado y
sombrío, el fundidor de hierro.

II.
Fundidor de hierro, inmortal a través de las edades. Disimulado bajo hábitos sacerdotales en el
imperio azteca, revestido de acolchados de algodón en las escuadras de Hernán Cortés y con los
brazos ceñidos de ajorcas en el África Central en este año de 1938.
Sí. Lo vemos otra vez en el año 1938 como al comienzo de los tiempos prehistóricos, recogido
en cuclillas, desnudo, triste, motudo. Hace la guardia frente a un horno vertical elemental,
revocado de barro. Hace la guardia desnudo, achocolatado, con los tobillos ceñidos de aros
mágicos, con los brazos ceñidos de aros mágicos. Collares de dientes de animales feroces
cuelgan de su cuello. Collares de dientes humanos rozan la betunosa negrura del pecho. Con
otros negros, también desnudos, también sombríos, forma círculo en torno de la tobera vertical,
cubierta de lodo, cargada de hierro y de madera, con vejigas de animales han confeccionado los
fuelles que inyectan aire en el horno primitivo, por tuberías de bambú. Cada mano mueve
alternativamente una vejiga, mientras el tamtan de los brujos ahuyenta de las selvas a los
espíritus malvados que dañan la fortaleza de hierro. Trabajan en el año 1938 como al comienzo
de los tiempos prehistóncos, en las edades del hombre simio. Y funden el hierro para fabricar
cuchillos con qué degollar a sus prójimos.
Funden el hierro…
El mismo hierro que en Swindon (Inglaterra) forma la pendiente de una montaña. Una montaña
de hierro viejo. Son sunchos, elásticos, ejes quebrados, cárters, bastidores, ruedas,
monobloques, cunas de niño, patines, cacerolas, engranajes...
Es el hierro.
El hierro por el que disputan Mussolini, Hitler, Inglaterra, Japón, Rusia. El hierro que permite
fundir maquinarias destructoras de hombres. Cañones, ametralladoras, tanques, motores, obuses,
bombas, espadas, puñales.
Los dragones de Europa no afilan sus dientes en las piedras de amolar, sino en las usinas. La
usina que levanta titánicas estructuras de castillos medievales, con torres panzudas, con grúas
colgantes que se deslizan por rieles aéreos. La tenaza ha sido sustituida por el tren blooming una
especie de monstruo cuyas garras de acero cogen el lingote candente y lo voltean, lo aplastan, lo
masajean, lo dilatan.
El hornillo prehistórico africano se ha transformado en la superusina.
El único que no ha cambiado es el hombre. Su rostro continúa triste y bestial al inclinarse sobre
el fuego destinado a devorarlo. El alto horno centellea por las bocas a su lado; pero él,
aplastado, tiranizado, sucesor del hombre simio, continúa fabricando instrumentos de muerte
para los dragones, cuyos dientes han crecido extremadamente desde 1918 hasta hoy.
5 de abril de 1938

Un argentino piensa en Europa

En la rue Bonaparte, al costado mismo de un arco de puerta ahumado como toda la fachada de
la casa por el hollín y la humedad, con un balconcete de cobre protegido por anticuadas
persianas de madera pintadas de verde, pobretona la finca, siniestra la muralla, tristes las
persianas y las ventanas, en la rue Bonaparte, en el frente mismo de esta casa que describo, el
ciudadano errabundo puede descubrir una placa de mármol. Lo único blanco que ha sido
clavado al muro con espigas de bronce.
Y en la placa de mármol se lee:

ICI
En 1916
Le Gouvernement Provisoire
Tchécoslovaque
Établit Son Siège
Sous La Présidence
De T. G Masaryk

El hombre de la calle, con un gabancito cauchutado, un sombrero hongo y algunos sueldos


financiando imposibles entre los dedos que juegan en sus bolsillos, pasa frente a la casa
ahumada, mira los balconcetes de hierro forjado en el siglo pasado, se detiene frente a la placa
de mármol y luego se aparta meneando la cabeza. Menea la cabeza porque todo ciudadano de
Londres, París, Berlín y Praga se cree obligado hoy a menear la cabeza cuando pasa frente a esa
casa donde el tratado de Versalles incubó ese fantasma que sobresalta las casernas de Europa
Y cuando hablo del hombre de las ciudades de Europa, no me refiero al lustroso ciudadano que
discierne rumbos en las altas esferas de la catástrofe actual. No. Hablo del hombre de la clase
media para abajo, del ciudadano que, de tanto en tanto, cobra la renta de algunos cupones, que
disfruta una pensión de sed y de hambre, que se gana la vida como tenedor de libros, como
encargado de una agenda de informaciones comerciales, como mediquillo de una sociedad “con
velatorio” y que vive en una pensión de barrio en cuyas veredas se encuentran ciudadanos con
gorra de pana y visera de hule, y mujeres enanas que para caminar se auxilian con bastones de
punta de goma.
Éste es el hombre de quien ningún corresponsal se acuerda de escribir. El hombre que vive en
las callejuelas que avanzan haciendo zigzag entre los altos murallones y que se lanza a las calles
a engrosar las filas de curiosos que estiran el pescuezo frente a las pizarras de los periódicos.
Este es el hombre de la calle. El hombre que vive pensando, desde la mañana en que se levanta
hasta la noche, en la catástrofe de una guerra próxima. Cuando digo hombre, involucro a la
mujer, al niño, a los abuelos y al perro. Cuando digo hombre, también me refiero a esa viejecita
maldiciente que levanta un puño tembloroso y muestra unas encías desdentadas. Cuando digo
hombre, en cierto modo quiero decir: unidad política. Porque en Europa no se concibe al
hombre sin partido. Y menos en los países donde supervive la democracia. Sin exagerar (que
bien lo saben esto algunos amigos míos), los niños de 5 y de 6 años ya tienen una posición
política. Es decir, saben a quién odiar. Por eso cierro los ojos. Me sitúa en el recibimiento de una
casa de pensión. Puede ser París, Berlín, Londres o Praga. Y en este recibimiento hay una mujer
que usa muletas y otra señora que es guapa y joven, y otro caballero que es un militar retirado, y
otro que se gana la vida como farmacéutico, y otro de quien se sospecha que es un espía. Y
también hay dos niños que son los hijos de la dueña de la casa de pensión, y también hay una
niñita y también la sobrina. Y el perro, gordo y cariñosamente vigilado por la mirada de todos,
como un futuro y nutricio fiambre, también mira y escucha. Y todos hablan de la guerra. Con
rabia sorda. Con bocas torcidas. Con puntas de dientes visibles. Todos hablan de la maldita
guerra. Hablan de la guerra, desde la mañana en que salen hacia el baño y se encuentran en el
pasillo, hasta la noche, en que, furtivamente, vencidos por el cansancio, se van a dormir. Y a
penar. Porque duermen y penan. Sueñan. Sueñan en bombardeos. Sueñan en la pobreza. En la
ruina. Sueñan en los gases. Y este sueño es comunicable. Y los niños saben qué “cosa” es eso de
gases. Y si una señora sale a la calle en compañía de otra a comprar una tela, no va hablando de
modas, sino de guerra. Y si un ciudadano baja con otro por una escalera, habla de la guerra. Y si
dos señores se tocan con el codo en el subte, hablan de la guerra.
Todos hablan terroríficamente de la guerra.
Las parejas de amantes que se besan en los parques sin llamar la atención de nadie, y luego se
quedan calladas unos minutos, piensan en la guerra. Y el matrimonio que aprieta las mandíbulas
delante de una vidriera con preciosísimos jamones y preciosísimos chorizos y preciosísimos
panes de manteca, hablan de la guerra. Del hambre de la guerra. Del desorden de la guerra. Del
racionamiento. Y cuando entran en la casa de donde salieron hace una hora, o dos horas, o tres
horas, los que no salieron a la calle les preguntan:
–¿Todavía no hay guerra?
Yo amo estas callejuelas de la Europa sórdida y cruel. Amo su inútil belleza, su antihigiénica
belleza; pero cuando pienso en los días que viven sus multitudes, en el odio que hora tras hora
pulveriza estas bocas humanas, cuando pienso en el terror escondido en todos los pechos, un
terror que en vez de acobardar al hombre lo toma valiente y desdeñoso de la vida, me siento
agradecido a la suerte invisible que me hizo nacer en este pavimentado rincón del paraíso.
Y en la bendita anchura del Atlántico que nos protege de esas fieras...
16 de septiembre de 1938
Termina un año terrible... ¿Y el que viene?

Ha sido éste, que termina, un año terrible.


La cuarta parte del planeta se ha pasado los días esperando ver cómo las otras tres cuartas partes
volaban por el espacio aventadas por la más espantosa explosión que nunca hayan soñado los
más feroces imaginadores de catástrofes.
Ha sido éste, que termina, un año terrible.
Se ha superado en materia de crueldad a los bestiarios de los tiempos góticos. Se ha
estandarizado la crueldad, no se ha perseguido ni torturado a individuos, se ha perseguido y
torturado a masas. Y el secretario general de un partido se ha permitido definir a la piedad, en un
país católico, como “un exceso de sensiblería burguesa”.
Una vorágine de rapacidad, científicamente organizada, científicamente justificada, ha lanzado
ráfagas de exterminio sobre vastas zonas del planeta.
Japón en China; Alemania en Checoslovaquia y Austria; Alemania e Italia en España; judíos,
árabes e ingleses en Egipto; persecución de judíos en Alemania; persecución de católicos en
Alemania; en Austria, matanzas. Nunca se ofreció tan simultáneamente a los pensadores de
nuestro continente el espectáculo de una Europa tan terroríficamente dislocada y contradictoria.
Los presupuestos de guerra, crecientes cada día, han adquirido volúmenes astronómicos. Se
habla de miles de millones. Y nadie sabe de dónde se sacan.
El hombre, el hombre de la calle, que no entiende de política, ni de economía, abre los diarios y
observa desconcertado que cada día son más abundantes las informaciones telegráficas del
extranjero; observa desconcertado que los gobiernos de los países democráticos no hacen nada
más que hablar de paz y armarse aceleradamente para la guerra violenta, porque la otra, la
guerra comercial, ya marcha a todo vapor. También observa que los Estados totalitarios no
hacen nada más que hablar de la guerra y quejarse porque los otros, en vez de quedarse con los
brazos cruzados, se arman. El hombre de la calle, que antes creía en las afirmaciones rotundas
de los hombres de gobierno, en los principios y en los tratados; el hombre de la calle, que no es
profundo, ni sensato ni analizador, a pesar de las vendas que le circundan los ojos, atisba que él
y los hombres del gobierno están metidos en un atolladero donde nadie puede predecir lo que va
a ocurrir.
Por supuesto que cuando hablo del hombre de la calle, me refiero al dichoso hombre de
América. El hombre de Europa no elige ya, no discierne, no piensa. Calla, obedece y espera.
¿Qué espera?
El estallido.
El hombre de Europa, la mujer de Europa, el niño de Europa saben perfectamente que están
sentados sobre un esférico polvorín que hoy, mañana, el año que viene, o el otro, tiene que
estallar y volarlos a todos por los espacios. Naturalmente, algunos sobrevivirán, cómo no. Pero
nadie piensa en ser el sobreviviente. Y al que quiere escapar de la catástrofe, se lo castiga. Y al
que no piensa como se le ha mandado que piense, se lo castiga. En consecuencia, se ha creado la
atmósfera del miedo. Miedo al enemigo interno. Miedo al enemigo externo. Miedo al amigo de
hoy. Miedo al enemigo de ayer.
Porque miedo tiene el ministro de Estado que habla con palabras melifluas, y miedo tiene el
dictador que golpea teatralmente la mesa con el puño.
Hoy, por una terrible lógica que rige la marcha de las sociedades hacia su misterioso destino,
hoy, los que gobiernan en Europa se saben tan condenados a muerte como los que arrojan el
último suspiro en el piso mojado de sus cárceles modelos de cemento.
El otro día leía un telegrama respecto al que fue canciller de Austria, el doctor Schuschnigg:
“Apenas puede hablar. Se pasa el día tendido en una cama, en estado semiinconsciente. Para
caminar tiene que usar muletas”.
Tal es el estado físico en que ha quedado un hombre entre las manos de sus enemigos políticos,
algunos meses después de perder el poder.
¿Qué es de los otros? ¿De los de abajo? Mejor apartar el pensamiento.
No hay un solo hombre en Europa que no esté desnucado por el miedo. Miedo permanente.
Miedo permanente que ha llevado a estos clanes de civilizados, a estas clases, a estos países, a
tal grado de ferocidad organizada que no se detiene ante ningún escrúpulo de orden moral,
jurídico o teológico. Ferocidad que ha degenerado en lo que podríamos llamar “el vistoso juego
de los condenados a muerte”.
Digo que hemos vivido un año terrible y que éste entraña otro, cuyas promesas de violencia son
más notoriamente peligrosas.
Algunos aún suponen que es necesaria la protocolar declaración de guerra, pero el que sepa ver
se dará cuenta de que estamos viviendo en estado de preguerra, que Europa vive en estado de
guerra, que las poblaciones de sus países están racionadas rigurosamente como en los peores
días de los años de la gran conflagración.
Hasta ayer, los países totalitarios, y los otros también, tenían el pretexto de armarse invocando
los peligros del comunismo; hoy, estos mismos países han cambiado su consigna por la de
“agresión a los países satisfechos”. Por supuesto, los países satisfechos son los países
democráticos, los mismos que hasta ayer financiaban la guerra fresca contra Rusia y la noche
del cuchillo largo, como dicen los nazis. Y hoy, estos países se encuentran en una diabólica
encrucijada. ¿A quién ofrecerle la garganta? ¿A los fascistas o a los comunistas?
Porque ya no queda duda. Los países de economía dirigida llevan la guerra o el proyecto de
guerra, no contra el cuco Rusia, sino contra los países democráticos, y sobre todo “satisfechos”,
es decir, con magníficos mercados donde colocar la mercadería.
¿Y nosotros? ¿Nosotros?
Un año terrible ha pasado. Un año de ejecuciones, de persecuciones, de matanzas, de masacres,
de guerras. Un año rojo. Un año de sangre.
Las palabras no pueden remediar los hechos ni aderezarlos ni agravados. Pero a veces un
concierto de tenues palabras refleja una realidad tremenda. Y la realidad es que América, desde
el estrecho de Magallanes hasta el estrecho de Behring, está aterrorizada por el espectáculo que
ofrece Europa.
17 de diciembre de 1938

Europa, escuela del terrorismo


Cuatro aldeanos, la cabeza caída sobre el hombro, agonizan clavados en cruz en las puertas de
sus casas de piedra. En la aldea de Korito, un grupo de serbios, encadenados en el fondo de un
foso, arden vivos, rociados de petróleo.
Son torturas en masa, ordenadas por Pavelitch en las aldeas de Yugoslavia contra nacionalidades
consideradas políticamente enemigas.
En la noche, de un vagón del expreso que corre entre París y Troyes, unos desconocidos arrojan
a los terraplenes del tren en marcha un bulto humano. Es Yves Perringaux, servidor del Eje,
asesinado a martillazos.
En las heladas llanuras de Noruega, filas de soldados armados de ametralladoras ocupan las
casernas que rodean diez nuevos campos de concentración. Ejecutan a obreros en Bruselas,
acusados de sabotaje; vuelan los depósitos de gas de Binhoven (Holanda); tres terroristas asaltan
en París un garage ocupado por fuerzas del Reich y matan al agente que trata de impedirlo; en
Esmirna, en el edificio del consulado de Grecia, fallece misteriosamente el cónsul...
Europa, es evidente, se ha convertido en una escuela de terrorismo, en la que se utiliza el odio,
que ha alcanzado volúmenes fulgurantes en el pecho de los oprimidos. A pesar de que los
habitantes de las regiones ocupadas purgan la más mínima infracción ante un pelotón de
fusilamiento, hay hombres extraordinarios, exclusivamente dedicados a estructurar atentados.
Obran con absoluta indiferencia por los castigos que les aguardan si son sorprendidos en la
preparación de sus planes.
Estos terroristas trabajan en bandas, porque la ejecución de un atentado necesita auxiliares.
Tienen que eludir la formidable vigilancia de vastas organizaciones de espionaje. Saben que si
son detenidos serán especialísimamente torturados para que delaten a sus cómplices.
Hoy desconocidos, éstos son los hombres que mañana, en la Europa de posguerra, dirigirán la
justicia de ojo por ojo y diente por cliente que, dicen, aplicarán a los opresores de hoy. Se
informa que en Grecia, Polonia, Moravia, Holanda, Serbia, Bélgica y Noruega se han
constituido organizaciones de vengadores. Bajo la forma de brigadas de vigilancia archivan
nombres de individuos que actualmente sirven al enemigo.
Este no ignora las tremendas magnitudes de odio que lo acechan en las bohardillas de las
ciudades. Son enemigos con ojos inmóviles detrás de un ventanuco, o sonriendo con la
obsequiosidad de un servidor. De allí que cualquier represión les parece escasa para postergar la
llegada de ese día terrible, donde al decir del Alighieri: “Todo será rechinar de dientes y crujir
de huesos”.
10 de enero de 1942