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OMAR ALEJANDRO CORRALES

JOHN PARRAGA
JOSE PEREZ
LUIS PEDREROS
ROGER GOMEZ

TESIS
Se enfoca básicamente en nuestro sistema de democracia, que es solo una democracia de
papel. Nuestra democracia no se ha fortalecido, como era la intención de la Constituyente,
por el contrario, luce más impotente ante los nuevos y mayores retos que le imprimió la
Carta del 91. Por todo esto la democracia colombiana se terminó desenvolviendo durante
todos estos años entre dos realidades tan desconocidas entre sí y tan incoherentes: la
maravillosa realidad constitucional, la enredada realidad legal y la trágica realidad
social. Algunas preguntas nos sirven de punto de partida para analizar nuestra democracia
'participativa'. Por ejemplo, en una democracia participativa ¿debería el gobierno concertar
la implementación de multimillonarios incentivos a transnacionales extranjeras? ¿Deberían
concertar las fumigaciones con las poblaciones afectadas? ¿Deberían solicitar la opinión a
los ciudadanos para firmar el TLC con los otros países? ¿Deberían preguntarnos sobre la
decisión de comercializar nuestros bosques y selvas o la privatización del agua?
Obviamente la respuesta es Sí, pero la realidad nos dice No. En el orden de ideas que la
democracia participativa complementa, suple y fortalece la democracia representativa, la
participación ciudadana, entendida en la elaboración, ejecución y control de las políticas
públicas, es un escalón superior en la democratización de nuestro sistema social. Sin
embargo, primero debemos comenzar por construir un sistema de representación
independiente frente al ejecutivo, transparente frente a las decisiones públicas y responsable
hacia los ciudadanos, sin esto, la complementariedad de la participación es imposible o
inútil. Si bien el artículo uno de la constitución colombiana de 1991 afirma que Colombia
es democrática y participativa, en los últimos 28 años se ha percibido poco de lo que en
realidad debería ser esta forma de gobierno. Campañas desenfocadas, elecciones
acomodadas, desinformación de las decisiones tomadas por quienes están en el poder y,
sobre todo, que día a día se revelan escándalos de corrupción. Esta es la realidad del país, y
aunque los medios traten de ocultarlo, es necesario de que cada ciudadano tiene que
entender por qué Colombia es, cada día, menos democrática. Por eso no estamos de
acuerdo con el sistema de gobierno.
Esta tesis esta ¿sustentada en el documento Por qué fracasan los países?, los autores
Acemoğlu y Robinson (2012)
IDEA PRINCIPAL
La crisis de la democracia en Colombia
IDEA SECUNDARIA
El mayor problema que tiene Colombia es la forma como funciona el estado y la corrupción
INTRODUCCION
En este ensayo se tratará el tema del sistema de gobierno en nuestro país, la democracia y
su aplicación a la sociedad, donde la participación política y el control por parte de los
ciudadanos no pesa. Ver como en Colombia estos fundamentos están desapareciendo. Los
ciudadanos les dan cada vez menos importancia a los asuntos políticos, no les interesa saber
porque aquel candidato político por el cual votaron ahora está bajo investigación. El pueblo
debe entender que esta no es una cuestión tan solo de aquellos que están ligados a la
política, porque en realidad, todos hacemos parte de esta. Si bien es cierto que el título IV
de la Constitución promueve la participación política a través de la creación de varios
mecanismos que le permitirían al pueblo participar en la toma de decisiones, encuestas
realizadas por el DANE en 2008, evidencian como el porcentaje de personas que no
conocen los mecanismos de participación es mayor al de los que sí lo conocen: el 54,33%
de los ciudadanos mayores de 18 años no tenía conocimiento del mecanismo de la consulta
popular; además, solo el 25,97%, de la población encuestada, sabía lo que es el plebiscito
¿Cómo va a participar el pueblo en la toma de decisiones si ni siquiera conoce los
mecanismos para hacerlo?
La participación ciudadana en la democracia nacional constitucional de Colombia no
pesa
Palabras Claves. Participación, Ethos , Clientelismo
Estado y poder político en Colombia: ¿Un espacio democrático y participativo? A través de
la participación, las comunidades y los sectores sociales influyen en los proyectos,
programas y políticas que les afectan, implicándose en la toma de decisiones y en la
gestación de los recursos. Existen al menos dos formas de concebir la participación, ya sea
como medio orientado a la satisfacción de determinados objetivos o como fin en sí misma,
ligada a la idea del fortalecimiento democrático. En este segundo sentido, la participación
permite a los sujetos incidir en decisiones colectivas, mejorando sus capacidades y
dotándolos de mayor control e influencia sobre los recursos y procesos políticos.
“La participación ciudadana surge en Colombia como un medio para renovar las estructuras
formales de la democracia y convertirlas en dispositivos capaces de interpretar la voluntad
y las demandas de la población en la materialización efectiva de sus derechos
fundamentales. Surge en la doble combinación del interés institucional de ampliar los
espacios de participación de la ciudadanía en la gestión pública y, como consecuencia de
los procesos de lucha de la ciudadanía para reivindicar sus derechos en el marco de un
proceso general de calidad de vida humana” (Gallego, 2008: 50).
La participación busca generar el acercamiento del ciudadano a la esfera del interés público
en los escenarios de la formulación de la política pública, los planes de desarrollo y el
ejercicio de la administración pública. La participación ciudadana en la gestión pública,
busca derrotar las tradicionales formas de clientelismo político, las prácticas encubiertas de
corrupción administrativa y colocar en la agenda ciudadana la defensa del interés colectivo.
¿Qué ha pasado con la participación política de la juventud? Al respecto hay que distinguir
entre la participación convencional y la no convencional. En la primera, se incluyen
actividades que se encuadran dentro de las normas sociales y políticas más consagradas,
especialmente en torno del voto y la participación en las campañas electorales.
“El concepto de participación política no convencional, en cambio, nace en los años setenta
del siglo pasado para incluir actos de protesta y rechazo hacia el sistema político
característicos de aquel momento. Estos son también expresiones de intereses y opiniones
que buscan influir en la acción del gobierno, y por lo tanto deben considerarse formas de
participación política. La participación en nuevos movimientos sociales y en redes diversas
también ha sido incluida dentro de este tipo de participación política no convencional”
(Barnes, Kaase et al., 1979: 13).
La participación ciudadana surgió y se ha desarrollado en condiciones de creciente
desigualdad social. Colombia presenta uno de los índices más altos de concentración del
ingreso en América Latina y la exclusión signa la vida social, económica y política de sus
ciudadanos; además, en la segunda mitad de la década pasada, las desigualdades
aumentaron. Aunque hasta la década de los 90 se logró una reducción del porcentaje de
población por debajo de la línea de pobreza, a partir de 1998 el índice se elevó rápidamente
hasta llegar en la década pasada a cerca de 60% de la fuerza de trabajo ocupada se ubica en
el sector informal de la economía. El desempleo también creció en la década del 90, en
especial a partir de 1998, llegando en la década pasada a 16.6%.La participación ciudadana
surge en Colombia precisamente como un medio para renovar las estructuras formales de la
democracia y convertirlas en dispositivos capaces de interpretar la voluntad y las demandas
de la población, pero se desenvuelve en un marco de relaciones sociales, políticas y
simbólicas fuertemente atravesadas por el ethos clientelista. Al clientelismo se suman las
conductas corruptas y la creciente desconfianza de la ciudadanía en la política y los
políticos, abriéndose así un abismo entre el ciudadano y la esfera pública, que de entrada
constituye una poderosa barrera a la participación, pues se la asocia además con la política
y esto conduce a su estigmatización. El clientelismo y la corrupción, ambos inspirados en el
principio del beneficio particular por encima del colectivo, y, en general, la crisis de la
política en Colombia han propiciado la desinstitucionalización del Estado a lo que se suma
un fuerte corporativismo e, incluso, un individualismo a ultranza en el campo de las
relaciones entre el ciudadano y el Estado, lo que tampoco contribuye a la participación. Así,
pues, la participación se enfrenta a componentes culturales de gran monta, que no siempre
están articulados en función de los objetivos que ella persigue, a saber: el fortalecimiento
de lo público, el compromiso moral de la ciudadanía con la política como forma colectiva
de definir el destino de todos y todas, la articulación entre intereses particulares e interés
colectivos, la cooperación y la solidaridad para quebrar el clientelismo y la corrupción y el
logro de una gestión pública que, alimentada por la participación, contribuya a mejorar la
calidad de vida de los colombianos. A esto se suma el incremento de la violencia y del
conflicto armado. En 2002, el 70 o 75% del total de municipios del país tenía presencia de
grupos armados y las ciudades capitales no escapaban a este fenómeno. La guerra ha
obligado a los líderes a desarrollar un trabajo de bajo perfil para evitar ponerse en la mira
de los grupos armados. Así la violencia ha sido un obstáculo para la participación, le ha
generado altos costos y, sobre todo, ha impedido la emergencia de nuevos liderazgos.
“Las asambleas ciudadanas municipales de Colombia humana deben ser citadas
públicamente. No se debe excluir a nadie a menos que haya cometido delitos de corrupción
o recurra a la violencia, las asambleas organizaran nodos de actividad por causas sociales”
Gustavo Petro.
Debido a estas causas el país se ha dividido “la ley es para los de ruana”. Esto es
importante, porque los estratos altos y medio altos son los mayores agentes de la corrupción
en Colombia. Desde luego, se encuentra la criminalidad más abierta en los estratos
inferiores, pero esta nace en parte de las dificultades de acceso a las oportunidades
económicas. Ligado a lo anterior aparece la ausencia de un Estado con la fortaleza
suficiente para garantizar el reinado de la ley y la responsabilidad política de los elegidos
(especialmente en la periferia). Lo que ha existido históricamente es un acomodo entre
élites nacionales, regionales y locales: las primeras conceden a las segundas un amplio
grado de autonomía a cambio de su respaldo. Esta fragmentación mina por completo la
independencia y efectividad de las escasas y débiles instituciones nacionales, estimula el
clientelismo y permite la corrupción, Por otra parte, el limitado crecimiento económico del
país y la concentración de sus beneficios han significado niveles de apenas subsistencia
para la mayoría de colombianos, esta precariedad en las condiciones de vida obliga a
concentrar la atención en satisfacer las necesidades más básicas, pero no permite pensar en
los niveles superiores, donde se fundamentan la moralidad y la solidaridad. ¿Se puede hacer
algo?
Sin duda, los grandes cambios sociales del último siglo han incidido sobre los patrones de
la moralidad, y en algunos contextos o sentidos han ayudado a crear nuevas solidaridades
integradoras. Por ejemplo, la concentración demográfica en centros urbanos, la
industrialización, el cambio tecnológico, la generalización de la educación y el desarrollo
de los medios de comunicación. A esto se suman la expansión demográfica y el
rejuvenecimiento de la población. Todo esto constituye el fundamento de una nueva esfera
de opinión pública crecientemente crítica, cuya presencia e impacto se muestra en la cada
vez mayor censura popular no solo a la corrupción y la criminalidad, sino al irrespeto de los
derechos fundamentales, de género y de los animales, entre otros. No obstante, la mayoría
de colombianos viven todavía marcados por relaciones de dependencia personal, en
condiciones no muy alejadas de la subsistencia y con solidaridades ancladas primariamente
en redes familiares extendidas, lo cual inhibe el desarrollo de una moral universal.
Solamente el crecimiento de una clase media próspera, segura e independiente puede
fortalecer la capacidad moral. La intensificación mundial del capitalismo neoliberal viene
imponiendo modos de vida caracterizados por la primacía del consumo, el cual tiene un
referente esencialmente privado e individual que erosiona los valores y las solidaridades
más amplias. En tal sentido, el capitalismo actual auspicia una regresión a identidades
ancladas en lo egocéntrico. Lo mismo hace las tendencias de concentración del ingreso y de
la riqueza, especialmente fuertes en países como Colombia. Esta situación refleja la gran
dificultad para interiorizar las normas de equidad en sociedades permeadas por la injusticia.
Las dificultades de una moral incluyente se reflejan, por ejemplo, en el escaso rechazo de
los condenados y señalados por corrupción dentro de sus comunidades. Esto se manifiesta
asimismo en la tranquilidad con la cual estos hacen despliegue público de sus riquezas. En
ausencia de una moral de base amplia, el Estado es percibido como un botín, una fuente de
la cual hay que aprovecharse si la oportunidad lo permite. Y el sector privado no escapa a
tendencias similares. Sin duda, las dificultades para acceder a canales alternativos de
movilidad social pesan en este problema, como también pesa el anhelo desbordado de
riqueza fácil. Mientras no entendamos, reconozcamos y actuemos frente a estas raíces
sociales y psicológicas de la corrupción, difícilmente habrá avances sostenibles en su
contención. Desde luego, mejorar la actuación de las autoridades de sanción y prevención
es muy importante. Pero es fundamental construir una moralidad ciudadana más amplia a
través de enfoques de formación inteligentes con didácticas apropiadas para todas las
dimensiones involucradas: socioeconómicas, cognitivas, emocionales y valorativas.
No tenemos identidad de país, no nos concebimos como una sola nación en la que todos
debemos cuidarnos y, en consecuencia, no cuidamos lo que es de bien para todos, los bienes
públicos. En Colombia nunca ha habido frontera entre corrupción y astucia. Una causa
estructural de la gran corrupción es que hay unas puertas giratorias entre lo público y lo
privado: mucha gente viene de lo privado a ‘surfear’ en lo público y, mientras lo hace, paga
favores. Y cuando vuelve a lo privado dice que lo público es ineficaz y hay que privatizarlo.
¿Por qué? Porque muchas veces los altos cargos del Estado vienen de unas ciertas familias
que tienen ciertos negocios. También llama la atención que los corruptos más importantes
fueron a universidades de élite.

CONCLUSION
La soberanía reside en y fluye de las personas de un país. Ellos tienen un derecho colectivo
a elegir sus sistemas gubernamentales, políticos y electorales como un aspecto de la
autodeterminación. La autoridad del gobierno también se deriva de la voluntad del pueblo
en la elección de estos sistemas, y la gente tiene derecho a formar parte de su gobierno,
incluso mediante elecciones genuinas para determinar quién ocupará legítimamente las
oficinas gubernamentales. Estos preceptos están plasmados en la Declaración Universal de
los Derechos Humanos y en constituciones modernas del mundo entero. Ellos tomarán la
base para la famosa frase de que el gobierno democrático es "del pueblo, por el pueblo y
para el pueblo". En esencia, lo anterior quiere decir que: los gobiernos pertenecen al
pueblo, los procesos gubernamentales pertenecen al pueblo; y las elecciones pertenecen al
pueblo.
REFERENCIAS
Acemoglu, Aron y Robinson, James A. (2012). Por qué fracasan los países: Los orígenes
del poder, la prosperidad y la pobreza. Deusto. ISBN 978-84-234-1890-9.
Delfino, Gisela I; Zubieta, Elena M. PARTICIPACIÓN POLÍTICA: CONCEPTO Y MODALIDADES Anuario
de Investigaciones, vol. XVII, 2010, pp. 211-220 Universidad de Buenos Aires Buenos Aires,
Argentina