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Relato - Viaje por los nueve mundos

Tumbado en la cama, escuchando la lluvia caer en la calle, apago las luces y las notas
de Rundgang Um Die Transzendentale Säule Der Singularität de Burzum me trasladan a un
estado de tranquilidad. Así comienza mi viaje por los Nueve Mundos. Como el Padre de Todo,
colgaré durante nueve noches del árbol el cual nadie conoce el origen de sus raíces para
obtener la sabiduría, para descubrir las runas. Sosegado, en la oscuridad de mi habitación,
recuerdo los tristes acontecimientos recientes, la felicidad de los dos últimos años, mis años de
estudiante en Granada, mi adolescencia, mi infancia más remota… y sigo viajando en el
tiempo, hacia la época de mis antepasados godos y celtíberos y aún más allá, hacia la Era
Ancestral. Me veo de pronto tumbado, cubierto de pieles, en una cueva, con un frío glacial en
el exterior. Es la vieja Europa de hace miles de años. Viajo aún más, hacia el nacimiento de la
Tierra y aún más, ahora soy sólo polvo de estrellas, y llego al origen de todo, al Vacío
Primordial, donde está concentrada toda la energía latente, pero aún sin forma ni
manifestación. Es el caos primigenio, antes del nacimiento de Ymir.

Helheim

He descendido al Reino de los Muertos, donde está el principio de todo y donde al final todo
regresa. Es un lugar sombrío, lleno de nieblas, en el que se siente una gran energía. He visto a
Ensi de nuevo, me ha recibido en la Playa de los Cadáveres, donde están la gente sin honor y
los condenados. Ella me ha reconfortado y me ha guiado hacia adentro, donde estaban mis
abuelos. He podido darles un abrazo y ver que están bien. En aquel lugar no hay dolor,
tampoco placer, sólo hay quietud. Me han conducido ante Hela y Garm, su perro guardián, me
ha recibido con ladridos. No le gustan los vivos.

La Diosa de la Muerte me ha dicho que aún no ha llegado mi momento y que no me preocupe


demasiado de las cosas, pues al final todo pasa y lo que surge del Helheim regresa a él. Todo
son ciclos y al final hay que morir para volver a nacer. He sentido cierto miedo, estaba ante la
muerte, incluso he llegado a creer que no podría salir de aquel lugar, pues quienes visitan ese
reino nunca pueden regresar después. Sin embargo yo sólo estaba de paso allí, como Odín,
que descendió para recoger las runas y luego regresó. He abandonado ese lugar oscuro
recibiendo la fuerza primigenia, recuperando mi vigor. He meditado con la runa Uruz y he
recibido su energía. No lo he visto, pero sé que el buen Balder estaba allí y que un día
regresará, pues el Sol siempre vence a la oscuridad.

Svartalfheim

Desciendo desde las cavidades de las montañas hasta lo más profundo de la Tierra y desde allí,
por grutas angostas, llego a Niðavellir, los Campos Oscuros, el Reino de los Tuergos. En aquel
lugar puedo ver a los tuergos trabajando afanosamente, todo lo que me rodea es oscuro, este
es el interior profundo de la Tierra y no alcanza el Sol. Visualizo una fortaleza llena de tesoros,
de diamantes y otras piedras preciosas, paredes de oro y grandes y magníficos artefactos.
Todo tiene una atmósfera steampunk. Siento el gran poder de la Tierra y todas sus energías.

Al salir de la fortaleza se extiende una gran llanura, como en otro plano de la realidad, y tras
ella un bosque oscuro. Me adentro en él y siento como los elfos oscuros me asaltan. Un aura
de protección impide que lleguen a tocarme, pero todos intentan asediarme. Mi fylgja, mi
seguidor, me protege de ellos y visualizo la runa Nauthiz. Allí están mis miedos más profundos,
mis temores infantiles, mis pesadillas, todos los traumas que a lo largo de mi vida me han
asolado. Es el miedo, los nervios, las energías más primarias, las bajas pasiones, las manías, los
vicios, los instintos más bajos, los celos, las fobias, los odios…

Todo ello me asalta, de ese miedo se nutren los elfos oscuros y los elfos negros, pero paso
sereno entre ellos y no pueden dañarme. Los tuergos, en cambio, representan lo material, la
tecnología, la creación, pues son formidables artesanos. En ese mundo subterráneo habitan
criaturas sin ojos, alimañas peligrosas, seres celosos de su propiedad que recelan de todo
intruso. Por eso debo marcharme pronto de allí. A los seres del mundo exterior nos consideran
débiles e inútiles, pero se nutren de nuestros miedos.

Antes de irme dejo allí todas mis inseguridades, todo mi odio, todos mis miedos, todo el rencor
acumulado durante años. Esos malos sentimientos, esas bajas pasiones, quedan allí enterradas
y yo me nutro de las fuerzas positivas de la Tierra, de su energía telúrica, que me reconforta y
me hace aprender de todas las malas experiencias.

Jotumheim

Thor, mi protector, el amigo de los hombres, me sube en su carro y me lleva surcando los
cielos hasta los confines de Miðgarð. Una imponente cadena de montañas heladas marca el
final de nuestro mundo y allí es donde el Dios Tronador me dice que no puede acompañarme,
que este viaje me corresponde a mí solo. El hijo de Odín se quita su cinturón y sus guantes y
me los entrega, después me da su poderosa arma, el Mjöllnir. Voy a necesitar esto en mi viaje.

Desciendo por las escarpadas montañas y siento como antiguos ojos me observan. Un viejo y
oscuro bosque cubre la ladera y escucho aullidos profundos que me hielan el corazón. De
entre los árboles emerge un imponente lobo, mayor que cualquiera que jamás haya visto. Se
abalanza a por mí, ese lobo son mis miedos, mis aflicciones… es uno de los lobos de Angrboda,
la giganta que envía los pesares. Sin temblar empuño el Mjöllnir y lo lanzo contra él,
abatiéndolo. El martillo de Thor, cubierto por la sangre de mi enemigo, regresa despacio a mí
con sólo extender la mano derecha.

Sigo avanzando y esta vez es un terrorífico troll quien me ataca. Me intenta golpear pero yo
esquivo sus acometidas una y otra vez hasta que en un descuido, el martillo impacta sobre su
cabeza y lo deja fuera de combate. Sigo avanzando y son muchos los espíritus salvajes que me
acechan, pero siento el poder del Mjöllnir, esta magnífica arma forjada por los tuergos me
protege de todo mal.

Por fin llego a Jotunheim, el Reino de los Devoradores. Es un lugar agreste, descomunalmente
grande y ante mí aparece un viejo conocido, es un jotun que hace diez años me destrozó la
vida y casi acaba conmigo y que regresó para terminar su trabajo. Esta vez, aunque infringió un
gran dolor, no pudo derrotarme, lo puse de rodillas y ahora estoy aquí, en su propio hogar,
para devolverle la visita. Es enorme y yo parezco insignificante frente a él. Aquí cobra un gran
poder, estamos en su mundo, pero yo lo dejé malherido en el último enfrentamiento.

Como no pudo acabar conmigo atacó a alguien muy importante para mí, más vulnerable, y le
causó un gran dolor. Ella no pudo vencerle pero hoy estoy aquí para vengarme y visualizo la
runa Thurisaz, lanzo el Mjöllnir sobre él y consigo derribarle. A mi merced, después de un duro
combate, destrozo su cráneo en mil pedazos. La vieja deuda está saldada.

Sigo adelante y llego a la imponente ciudad de Utgard. Aquí estoy en zona desconocida, fuera
del recinto protector, soy como un ratón en medio de criaturas que pueden aplastarme en
cualquier momento. Aquí está la ira, la lujuria, las energías salvajes, la fuerza bruta y
destructora. Los Devoradores, los Etones, los Gigantes, moran este lugar. A veces es necesario
un estallido de ira para limpiar todo, para barrer y empezar de nuevo. La tormenta desatada
con toda su violencia puede arrastrar aquello que está viejo e impide que la Naturaleza se
renueve.

Los gigantes son una raza muy antigua, más que los dioses. Son sabios y poderosos y no puedo
marcharme de aquí sin buscar el Pozo de Mímir. Con dificultad llego a él y logro beber de sus
aguas, aunque sólo un trago minúsculo, casi insignificante. Todas mis vivencias, todo lo que me
ha ocurrido, sin duda me han hecho más sabio y regreso a Miðgarð con ese conocimiento que
he obtenido.

Nifelheim

Me adentro en el Hogar de la Niebla, un blanco brillante me ciega al llegar aquí, todo es frío,
todo es quietud. Siento una gran calma, un silencio absoluto, no sopla el viento ni hay
animales o ruidos de ninguna clase, sólo una tremenda quietud y la sensación de que todo está
en un estado latente.

Camino por entre la espesa niebla y puedo ver andar en silencio a los gigantes del hielo. No
reparan en mí, un insignificante humano que se estremece ante la sensación de inacción
absoluta que hay en este mundo. Puedo ver a Niðhöggr, royendo las raíces del Yggdrasil,
incesante pero en silencio. Últimamente ha habido una gran convulsión en mi vida y
necesitaba esta paz, esta quietud. Necesitaba la calma absoluta de la que disfruto en este
lugar. Cierro los ojos y me viene a la mente la runa Isa que me transmite paz y la sensación de
que en la vida hay momentos en los que se debe recuperar la calma, reposar, dejar que las
cosas vuelvan al punto original y mantenerse a la espera.

A veces tengo la sensación de querer hacer muchas cosas a la vez, un gran nerviosismo, siento
que se me acaba el tiempo, como si tuviese prisa por vivir, tal vez porque siento que he
desperdiciado mucho tiempo y tengo ansia por recuperarlo. Pero ahora es el momento de
recuperar la tranquilidad, de actuar con calma, de tener paciencia. Siento una gran relajación
aquí pero he de regresar y continuar mi vida después del necesario parón para recuperar las
fuerzas.

Miðgarð
Nuestro mundo, nuestro plano de la realidad, es el mundo consciente. Apenas conocemos
nuestra Tierra, nuestro Sistema Solar… pero el Miðgarð es inmenso, inimaginable a nuestra
mente humana. Vivimos en la Tierra Media, en donde se produce el equilibrio de los extremos,
somos criaturas vulnerables, imperfectas, débiles… simples mortales que a lo sumo en el mejor
de los casos no estaremos más de noventa o cien años en el Miðgarð. Eso no es nada
comparado con los millones de años que nos contemplan.

¿Por qué estamos aquí? Es la gran pregunta que todos nos hacemos y la respuesta sólo el
Altísimo la conoce. Debemos aprender de nuestros numerosos errores, crecer, evolucionar…
aprovechar el viaje, que dura muy poco. La vida es un regalo, una oportunidad y al ser
imperfectos, podemos mejorar y aprender sin fin, podemos dejar un legado a nuestros
sucesores y tenemos la obligación de custodiar la llama de nuestros antepasados.

Uno ha de hacerse una pregunta ¿quiero pasar por el Miðgarð sin pena ni gloria? Yo tengo
claro que no, que no quiero ser sólo uno más de los que nacen, viven y mueren. Quiero
trascender, quiero que mi espíritu se eleve, quiero dejar un legado y quiero que mi fama sea
grande. Quiero que mi vida tenga un sentido.

He desperdiciado demasiado tiempo y ahora siento que hay mucho por hacer y no sé si una
vida alcanza para conseguirlo. He caído mil veces y al comienzo de mi viaje por los Nueve
Mundos estoy de nuevo en el suelo, pero me levantaré otra vez. Medito con la runa Jera, la
cosecha recogida, la justa recompensa a mis esfuerzos. Siento el vigor de Freyr y comprendo
que, como en los ciclos naturales, como en las estaciones, hay un tiempo para cada cosa y al
final se trata de morir y resucitar una y otra vez. Aquí, en el mundo consciente, puedo valorar
lo que ha sido mi vida hasta ahora… y decidir lo que quiero que sea en el futuro.

Muspelheim

Viajo hacia el sur, hacia el Reino de los Gigantes de Fuego, de donde según las viejas historias
vendrá la destrucción de todo, donde comenzará el Ragnarok. Surtur, el rey de los gigantes del
fuego, blandirá su espada ígnea y arrasará con todo nuestro mundo. ¿Una tormenta solar? ¿El
cambio climático? ¿Un holocausto nuclear? La Profecía de la Vidente se puede referir a
muchas cosas…

El fuego desbordado es destructor y arrasa con todo, puede devastar como en un incendio
forestal, como en una erupción volcánica… pero si consigues domarlo, es fuente de vida, nos
da calor. El mayor salto evolutivo de nuestros antepasados fue domar el fuego. El fuego
domesticado es la antorcha, es la luz entre las tinieblas, es la llama de la esperanza en medio
de la oscuridad, es el calor del hogar que nos libra del frío, es la chispa de la creación.

Aquí siento mucho calor, sudo y, como en una sauna, expulso todo lo malo por los poros de mi
piel, para quedar renovado. Es el fuego purificador, es el fuego de la regeneración que
desbocado puede destruir todo. Me concentro en la runa Kaunaz, siento su energía, su luz.
Siento su inspiración, la fuerza creadora necesaria para activar la materia dormida del frío y
comenzar a crear de nuevo. Mi viaje está finalizando, ya sólo me quedan tres mundos por
visitar, los más elevados. De aquí me llevo la chispa creadora necesaria para seguir adelante, la
antorcha para iluminar mi oscuridad. Las tinieblas están llegando a su fin.

Vanaheim

Me adentro en la profundidad del bosque, donde todo es verde a mi alrededor. La densidad de


la silva es abrumadora y veo una cueva con pinturas ancestrales en sus paredes. Me adentro
en ella igual que si fuese a las entrañas de la Madre Tierra y veo en el interior, iluminadas por
una tenue luz, a dos mujeres de exuberante belleza, con la cara pintada de rojo, bailando
alrededor del fuego. Son sacerdotisas de Neþus y al verme entrar me toman dulcemente de las
manos y me besan en las mejillas. Me despojan de mis ropas y siento su cálido y reconfortante
abrazo. Me conducen al interior hasta un túnel y al otro lado, saliendo de la gruta, se abre ante
mis ojos el mayor espectáculo natural que jamás haya visto. Es el Reino de los Vanir.

Los colores aquí son mucho más intensos, hay tantos tonos de verde que mis ojos mortales no
pueden distinguirlos todos. A mi alrededor la vida florece sin parar. Estoy completamente
desnudo, sintiendo la suavidad de la brisa y el agradable rocío moja mi piel al caer desde las
copas de los árboles. Todos los arbustos, los árboles… que me rodean, tienen frutos sabrosos y
me decido a probarlos. Al hacerlo mi paladar estalla de placer y siento un irresistible deseo,
pasión sin medida, mi corazón se acelera, todo aquí estimula mis sentidos.

Los animales aquí son más grandes que en nuestro mundo, hay una cantidad incontable de
ellos, sus pelajes brillan, el canto de los pájaros es como la más hermosa de las sinfonías y los
benéficos Vanir me miran desde todas partes. Este es un lugar mágico, el seiðraquí es tan
cotidiano que para los habitantes de este mundo es como respirar. Siento una energía
benéfica indescriptible, la fertilidad, la creatividad, el poder generador se apodera de mí. Llego
hasta un lago de aguas cristalinas y me zambullo en él. Bajo sus aguas me siento joven, sano
por siempre, y al salir de él es como si todos mis males hubiesen desaparecido. Estoy
renovado, regenerado.

Medito con la runa Berkana y vienen a mi mente mi nacimiento, mi infancia, mi adolescencia,


mi primer beso, la primera vez que compartí placeres con una mujer… incluso veo mi vejez y
mi muerte, que están por llegar. Todo es un ciclo, todo es renovación, nacimiento, muerte y
resurrección. Abandono este reino con la energía renovada, con mis heridas sanadas y con la
fuerza creadora que necesito. Como si hubiese muerto y vuelto a nacer.

Alfheim

Me adentro en la espesura del bosque, es la hora del atardecer, el día y la noche se mezclan y
es ahora cuando los elfos, las hadas y los espíritus del bosque en general se dejan ver. Llego a
un cruce de caminos y escucho una dulce voz, una canción a lo lejos y veo unas luces en la
profundidad del bosque. Me decido a seguirlas y llego a una gruta con una cascada. Ante mí se
descubre el puente del Bifrost y avanzo sobre él, rumbo a los lugares más elevados de la
consciencia.
Llego al Reino de los Elfos de la Luz. Aquí todo es puro, todos los habitantes de este lugar se
comunican mediante el galdr, la más hermosa melodía. Cuando los humanos cantamos
imitamos torpemente el lenguaje de los elfos, mucho más puro y perfecto que el nuestro.
Todas las casas y los edificios no son como los nuestros, torpemente construidos, sino que
ellos plantan fruta mágica de la que sólo existe en los árboles de su mundo, se arrodillan y
rezan, haciendo que broten del suelo como un árbol más. Hasta los edificios son seres vivos
aquí.

Los elfos respetan escrupulosamente la vida y no cazan ni talan árboles, se alimentan de esta
fruta mágica y con ella plantan sus edificios. A diferencia de sus parientes los elfos oscuros, los
elfos de la luz sólo conocen sentimientos elevados. Son nobles y orgullosos, desconocen el
odio y las bajas pasiones que nos mueven tantas veces a nosotros. El materialismo carece de
sentido para ellos, pues aquí todo es abundante y nadie envidia la suerte del otro ni pasa
necesidad. Matan a aquellos que les intentan causar daño, pero desconocen la tortura y son
incapaces de hacer sufrir a un ser viviente.

Aquí viven las hadas, que a veces visitan nuestro mundo, que nos cuidan y protegen. Ven a los
humanos como criaturas frágiles e imperfectas de las que ocuparse. Este mundo irradia una
gran fertilidad, la magia y la música son algo cotidiano. Los elfos no tienen el poder de los
vanir, pero conocen la magia y la emplean en todo. Así mismo, ni las grandes obras de Wagner,
Mozart, Beethoven, Bach, Vivaldi… pueden siquiera compararse a la composición más sencilla
de uno de los elfos.

Es un mundo lleno de luz, los elfos viven de la luz del Sol, sin ella se mueren y es de los rayos
solares de donde reciben su energía mágica. La temperatura de este reino es cálida y
agradable, un halo sagrado de luz desciende entre los árboles y los elfos, las hadas y todos los
seres de luz que habitan aquí pueden hacer crecer plantas con sólo cantarles. También
comprenden el lenguaje de los animales.

Llego a la morada de Freyr, el Señor de los Elfos, que reina en este lugar. El Dios del Bosque, de
la fertilidad, me da su bendición y siento como una agradable sensación de bienestar inunda
todo mi cuerpo. El tiempo pasa muy rápido, las horas parecen segundos aquí, por eso muchos
humanos no pueden volver cuando se adentran en este lugar. Me concentro en la runa Elhaz
que me da protección y me conecta con lo divino. Muy cerca está Ásgarð, estoy casi rozando a
los más Altos Dioses. Mi viaje está llegando a su fin y de este lugar me llevo la nobleza y los
sentimientos elevados que necesitaré en mi vida, pues el mundo en el que vivo está lleno de
odio y negatividad. Todo nos impulsa al consumismo, a las bajas pasiones, a satisfacer placeres
inmediatos, al egoísmo… los altos ideales de los elfos equilibran la balanza.

Ásgarð

Se abre ante mí, a través de las nubes, el puente del Bifrost. Asciendo despacio por él, dejando
muy lejos la Tierra, dejando muy lejos el plano consciente de la existencia y ante mí aparece
una imponente figura. El dios Heimdall me mira con talante serio y me hace un gesto
invitándome a entrar. Estoy en la mítica fortaleza de Ásgarð, el hogar de los Æsir, el plano más
elevado de la consciencia. Freyja me recibe al llegar y me da un abrazo, consolándome por
todo lo que ha sucedido. Me mira con una sonrisa y me susurra al oído: “lo has hecho bien”.
Le doy las gracias y me besa en los labios, la Señora de los Vanir, la diosa del amor, de la pasión
y del deseo. De su mano recorro los Campos del Pueblo, Folkvangr, donde todos aquellos
artistas que lograron la trascendencia viven para siempre, donde descansan en paz la mitad de
los caídos. Dejo atrás la morada de Valfreyja y llego al palacio de Forseti, el dios de la justicia,
de la paz y de la verdad. El dios me sonríe, me dice que he de solucionar cuentas pendientes, a
su debido tiempo.

Más adelante está el palacio de Thor, el amigo de los hombres, el protector del Miðgarð, el
Dios del Trueno, mi dios tutelar y el protector de mi familia. El Hijo de Odín me reconforta y
junto a él están los campesinos, los artesanos, los pequeños comerciantes… las gentes
sencillas, los que siempre cumplieron con su obligación en vida. El Hijo de la Tierra me da su
bendición y siento como el Mjöllnir de mi cuello se ilumina y resplandece.

Más adelante está Fensalir, el palacio de la gran Madre Frigg. La diosa de la familia, quien
amorosamente me besa en la frente y me reconforta. Junto a ella está Eir, la diosa de la salud,
quien pone sus manos sobre mí para alejar de mi cuerpo todos los males. Las doncellas del
palacio me acompañan y al dejar atrás la morada de la Madre de Todo, una colina se alza ante
mí. En lo alto está el edificio más imponente que jamás un mortal haya podido contemplar. Me
aproximo hacia él y sus numerosas puertas, sus techos enormes, me dejan sin palabras. Es el
Valhöll, el Salón de los Muertos.

Un impresionante banquete se presenta ante mí, veo brindar en sus cuernos a guerreros de
todas las épocas. Los viejos enemigos están aquí alzando sus cuernos y compartiendo el
hidromiel. Están los guerreros de Eriulfo y los de Frávitas, unos llevan la cota de mallas goda y
los otros la loriga romana, pero ya no hay rivalidad entre ellos. Están los soldados de los
Tercios españoles cantando alegremente con sus antiguos enemigos ingleses y holandeses,
soldados de Napoleón ríen con prusianos, españoles, italianos… carlistas y liberales recuerdan
viejas batallas, milicianos de la CNT y falangistas se abrazan y comparten la comida, soldados
del Ejército Rojo y de la Wehrmacht hacen chanza de sus viejas disputas. Hermosísimas
valquirias me sirven un cuerno de hidromiel y me dan a probar la carne del jabalí que muere y
resucita cada día.

Presidiendo la mesa un anciano tuerto, cubierto por su manto, con dos lobos y dos cuervos
flanqueándolo, se sienta sobre su imponente trono. Me acerco respetuoso al Padre de Todo y
visualizo la runa Ansuz que me conecta con los Poderes Sagrados. El dios predilecto de Frigg
me hace un gesto de hospitalidad, estoy en la mesa del Padre de los Ejércitos.

Wotan, el Furioso, hace un brindis en mi honor y todos los miles de guerreros de aquella salan
levantan el cuerno por mi lanzando un salve que me hace estremecer de emoción. Con un
gesto, Odín, el maestro del éxtasis divino, el dios de la trascendencia, me invita a sentarme en
su trono. Desde aquí veo los Nueve Mundos y mis problemas parecen totalmente
insignificantes. Me acompaña a fuera, el Dios de los Muertos, y ensillamos juntos a Sleipnir, el
majestuoso corcel de ocho patas, viajando a la velocidad del pensamiento a un frondoso
bosque.

Allí, en un claro del bosque, el Thul Supremo arroja las runas. Extraigo una: Othala, la runa de
la propiedad ancestral. Eso es lo que he de conservar cuando regrese a mi mundo. El Rey de
los Æsir me dice que superaré las pruebas, que lo haré sentir orgulloso, y se desvanece. Él es el
mago primordial, el iluminador, el Alto Dios.
Regreso al Miðgarð

Despierto de un profundo sopor y estoy en mitad del bosque. He pasado aquí nueve noches
enteras, entregado yo mismo a mí mismo. El bosque, refugio de proscritos y lugar de retiro
para los ascetas. He viajado por los Nueve Mundos, pero aquí estoy de nuevo. Es el momento
de volver, de retomar mi vida y de seguir adelante. Lo que he aprendido en este viaje me ha de
servir ahora. Se avecinan tiempos difíciles, cambios, aventuras tal vez. El Sol Negro brillará con
fuerza en mi interior.