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En honor a la tristeza

¿Sabéis por qué en determinados tratamientos no se


recomienda administrar medicamentos que calmen
el dolor que sufre un paciente? pues porque esto
podría enmascarar otras enfermedades o causas que
estén provocando dicha dolencia. Y evidentemente
por el bien del paciente, no interesa que queden en la
sombra, avanzando y creciendo.Con la felicidad
debería pasar algo parecido, aunque la realidad es
que esto no es así. Vivimos en la era del optimismo,
el buen rollo, el carpe diem y la felicidad de obligado
cumplimiento. Un momento en el que lo importante
son precisamente eso, los momentos (y si podemos
inmortalizarlos con siete filtros y una frase ‘molona’,
mejor, que para vivirlos ya habrá tiempo) En el que la
actitud lo es todo, no importa si llueve, nieva o
truena. Y sobre todo, en el que la actitud (que lo es
todo) es nuestra elección. Por lo que, si no eres feliz
es porque no quieres. Esa es la sinopsis, más o menos
resumida.

Ese es el espejismo que nos toca vivir. Hay que ser


feliz. Hay que serlo… o tal vez no. Tal vez cada
emoción tenga su momento y su minuto de gloria, su
oportunidad para arrimar el hombro y aportar su
granito de arena a nuestra vida. Porque tan
importante es la alegría y la felicidad como lo son el
miedo, el asco o la tristeza. Cada una, aunque no te
guste, tiene su utilidad, y nada ni nadie debería
imponernos un modo de sentir.

Porque nuestra vida no es un muro azul en el que


todo es ideal. Nuestra vida es emoción, en toda su
extensión y sin pegar tijeretazos a su rico expectro. Y
vender una vida con una sola emoción es vender una
vida de mentira, de plástico, parcial. Pablo Arribas
decía en su (muy recomendable) blog lo siguiente:
“yo no he venido aquí ni a ser feliz ni a no ser feliz:
yo aquí he venido a vivir”

De modo que en honor a la tristeza, quiero pedirte


algo:
Llora. Llora cuando tengas que llorar. Compártelo si
lo necesitas. Derrama las lágrimas que sea necesario
derramar, las que te pida el cuerpo. Encógete lo
necesario, arrúgate si hace falta, busca abrazos,
hombros en los que confiar.
Tiembla. No tengas reparo en hacerlo cuando algo
te aterre. Deja que el miedo te embargue durante un
instante. Asúmelo, admítelo. Todos, sin excepción,
tenemos miedo de vez en cuando. Ponle nombre y
rostro. Es la única forma de hacerle frente y, ahora sí,
ser valiente.
Revuélvete. No tienes por qué sentir agrado si algo
te da verdadera repulsa. Porque si es así, seguro que
no es bueno para tí. Y si no es bueno, ¿por qué tienes
que aceptarlo?

Enfádate. Hazlo sin miramientos, sin pudor. Porque


lo admitas o no lo admitas, es inevitable, si tienes que
enfadarte lo harás. La diferencia la marcas
gestionando la emoción, amortiguando el
sentimiento, expresando tu respuesta. Hay formas y
formas. Admitirlo, aceptarlo y permitírtelo será
necesario para superarlo y gestionarlo.
Siente vergüenza, apatía, melancolía,… da igual. Son
emociones igualmente válidas y necesarias. Tanto
como la felicidad. A veces, incluso más. Cada
emoción tiene su momento específico. Abrazarlas y
aceptarlas es el primer paso para gestionarlas
sabiamente. Para vivir en equilibrio.

Y por supuesto…
No dejes de buscar y sentir la felicidad. Alégrate
cuando toque, cuando sonrías a la vida y ésta te
devuelva la sonrisa. No antes.
Porque cada emoción tiene su momento y su lugar.
Cada emoción merece ser tenida en cuenta con la
misma importancia. Y podemos ignorarlas o
abrazarlas, reconciliarnos con ellas y que fluyan a
través de nosotros para seguir su camino.
Así que, te propongo que vivamos honrando a la
tristeza y al resto de emociones que, cada día, la
sociedad y sus modas imperantes tratan de dejar
fuera de circulación. En el equilibrio está el secreto
de la auténtica felicidad. La de verdad.