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REFLEXIONES DE UN JOVEN AL ELEGIR PROFESION Trabajo escrito para el examen de bachillerato Oia Al animal se encarga la misma naturaleza de trazarle el radio de ac- cién dentro del que ha de moverse y en el que se mantiene tranquila- mente, sin salirse de él ni sospechar siquiera que exista otro. También al hombre Je ha trazado Dios un fin general: e] de ennoblecer a la hu- manidad y ennoblecerse a si mismo, pero encargandole al mismo tiem- po de encontrar los medios para alcanzarlo; dejando que sea él el en- cargado de elegir el puesto que dentro de la sociedad considere mas adecuado para su persona y desde el cual pueda elevarse mejor é1 mis- mo y elevar a la sociedad. Esta posibilidad de elegir constituye un gran privilegio del hombre con respecto a los demés seres de la creacién, pero es, al mismo tiem- po, algo que puede destruir su vida entera, llevar sus planes al fracaso y hacerlo desgraciado. De ahi que la eleccién seria de una profesién sea el primer deber del joven que inicia su carrera en la vida y no quie- re encomendar al azar sus asuntos m4s importantes. Cada cual tiene ante sus ojos una meta que a él, por lo menos, le parece grande y que lo es, siempre y cuando que su conviccién més profunda, la voz més recéndita del corazén, la considere asi, ya que Dios no deja nunca al hombre sin consejo y, aunque hable en voz baja, su voz es siempre segura, Sin embargo, esta voz es ahogada, a veces, por los ruidos de fuera y lo que se nos antoja entusiasmo puede ser un capricho del momento, que el momento mismo se encargue también de disipar. Puede ocu- trir que nuestra fantasia se sienta inflamada, que nuestros sentimientos se vean estimulados, que se proyecten ante nuestros ojos imAgenes en- gafiosas y nos precipitemos afanosamente hacia una meta que creemos nos ha sido trazada por Dios, para ver luego que lo que habfamos abra- zado tan apasionadamente nos repele, y toda nuestra existencia amenaza con derrumbarse. Debemos, pues, pararnos seriamente a meditar, cudndo, de veras, sen- timos entusiasmo por una profesién, si es una voz interior la que la aprueba o nos engafiaba el entusiasmo que se hacia pasar por una Ila- mada de la divinidad. Ahora bien, la dnica manera de convericerse de esto, es ahondar en la fuente misma de la que nace el entusiasmo. La grandeza brilla, el brillo suscita la ambicién y la ambicién puede facilmente provocar el entusiasmo o lo que se hace pasar por tal: y, ‘4 Estos _méimeros comresponden a las notas explicativas que figuran al final del vo- lumen, Erginzungsband 0 temo complementario. 1) 2 REFLEXIONES DE UN JOVEN AL ELEGIR PROFESION cuando la furia de la ambicién se desencadena y nos atrae, ya no po demos refrenar la razén, sino que nos precipitamos alocadamente en pos de nuestros impulsos irrefrenados, y no somos nosotros quienes ele- gimos lo que queremos ser en la vida, sino que nos dejamos llevar de la ee y el azar. E] puesto para el que estamos Ilamados no es precisamente aquel en que més podemos brillar; ni es tampoco el que, a lo largo de todos los afios en que podamos ejercer esa actividad, no nos fatiga ni deja que se entibie nuestro entusiasmo, pero en el que, sin embargo, al cabo de al- gan tiempo, ya no colma nuestros deseos, ya no satisface nuestras ideas, sino que nos lleva a murmurar de Dios y a maldecir de los hombres. Pero no es solamente la ambicién la que puede suscitar en nosotros el repentino entusiasmo por un puesto en la vida; a veces, es también nuestra fantasfa la que lo adoma engafiosamente, llev4ndonos a ver en 1 lo més alto que Ja vida puede ofrecernos. No nos detenemos a anali- zarlo, a“tonsiderar todas las cargas, la gran responsabilidad que nos im- pone; sélo lo vemos de lejos, y la lejania siempre engafia. En esto, nuestra propia razén no es nunca buena consejera; ni la experiencia ni una profunda observacién se encargan de apoyarla, y los sentimientos y la fantasia la fascinan, no pocas veces. Y si nuestra pro- pia raz6n nos abandona, yhacia dénde podemos volver la mirada, en quién podemos buscar apoyo? En nuestros padres, ge han recorrido ya la trayectoria de la vida y saben lo que es rigor destino: he ah{ lo que nuestro corazén nos aconseja. Y si, en estas condiciones, seguimos sintiendo el mismo entusiasmo y seguimos amando la misma profesién por la que nos sentimos atrafdos, habiéndonos parado a considerar lo que representa como carga, cono- ciendo sus inconvenientes y sus amarguras, podemos abrazarla sin mie- do, seguros de que no nos engafiar4 el entusiasmo ni obraremos mo- vidos por la precipitacién. Ahora bien; no siempre podemos escoger en la vida aquella posicién hacia la que nuestra vocacién nos llama, pues las telaciones en que nos encontramos dentro de la sociedad se encargan, hasta cierto punto, de decidir por nosotros antes de que nosotros mismos lo hagamos. Ya nuestra misma naturaleza fisica se interpone con frecuencia, en adem4n de amenaza, sin que nadie se atreva a discutir sus derechos. Es cierto que podemos desafiarla, pero, cuando lo hacemos, nos ex- ponemos 2 perecer irtemisiblemente, nos lanzamos a levantar, impru- dentemente, un edificio sobre precarios fundamentos, nos memos a jue toda nuestra vida sea un conflicto desyenturado entre rincipio ‘ico y el principio espiritual. Quien no sea capaz de acallar dentro de si mismo los elementos en pugna jamés podrd obrar serenamente, y sélo en la paz pueden nacer los grandes y hermosos hechos de la vida; la calma es el suelo del que tienen que brotar los frutos sazonados. Aunque no sea posible luchar durante mucho tiempo y rara vez con satisfaccién contra una naturaleza fisica adversa a la profesi6n abraza- REFLEXIONES DE UN JOVEN AL ELEGIR PROFESION 3 da, la idea de sacrificar al deber nuestro bienestar se hace sentir siem- pre vigorosamente, en cierta medida. Pero, si elegimos una profesién sin poseer el talento necesario para ella, no podremos ejercerla digna- mente y no tardaremos en reconocer, avergonzados, nuestra propia in. capacidad y en consideramos como un ser inttil en la creacién, como un miembro de la sociedad condenado a no poder ejercer con fruto su profesién. Y la consecuencia mds natural de ello sera, entonces, el des- recio de uno mismo, el mas doloroso y amargo de los sentimientos, frente al que nada vale todo lo que, como compensacién, nos puede ofrecer el mundo exterior. Pues el desprecio de uno mismo es como el veneno de una serpiente que nos corroe constantemente el corazén, que corrompe dia tras dia nuestra sangre y destila en ella la ponzofia lel odio a la humanidad y la desesperacién. Cuando nos engafiamos acerca de nuestras dotes para el ejercicio de la profesién a la que nos entregamos cometemos un crimen que se ven- ga de nosotros mismos y que, aunque no sea condenado por el mundo que nos rodea, provoca en nuestro pecho un dolor mas penoso que la condena de los dems. Después de meditar en todo esto y si las condiciones de nuestra vida nos permiten realmente escoger la profesién deseada, debemos procurar elegir aquella que nos ofrezca la mayor dignidad, que descanse sobre ideas de cuya verdad estemos profundamente convencidos, que abra ante nosotros el mayor campo de accién para poder actuar en bien de la hu- manidad, que nos permita acercarnos a la meta general al servicio de la cual todas las profesiones son solamente un medio: la perfeccién. La dignidad es lo que mAs eleva al hombre, lo que confiere mayor nobleza a sus actos y a todas sus aspiraciones, lo que le permite mante- nerse intacto, admirado por la multitud y elevarse, al mismo tiempo, por encima de ella, Y s6lo puede conferir dignidad aquella profesién en la que el hom- bre no se convierte en un instrumento servil, sino que wiede elegir por s{ mismo el cfrculo en que se mueve; solamente aquella profesién que no impone ninguna clase de hechos reprobables ni siquiera el vislumbre de ellas puede ser abrazada con noble orgullo por los mejores. Y las que més garantizan esto no son siempre las mis altas, pero si las més dignas de ser elegidas. Pero, asi como una profesién sin dignidad nos humilla, podemos es- tar seguros de sucumbir ante aquella basada en ideas que més tarde habremos de reconocer como falsas. Si la abrazamos, sélo podremos sostenernos en ella engafidndonos a nosotros mismos, camino que nos conducird necesatiamente a la deses- peracién. Las actividades que, en vez de entrelazarse con la vida, se alimentan de verdades abstractas son las més peligrosas de todas para el joven cu- yos principios ain no estan formados, cuyas convicciones no son ain firmes ¢ inconmovibles, aunque puedan considerarse, al mismo tiempo, como las mis altas de todas, si han echado profundas rafces en nuestro 4 REFLEXIONES DE UN JOVEN AL ELEGIR PROFESION pecho, si somos capaces de sacrificar la vida y todas nuestras aspiracio. nes por las ideas que en ellas predominan. Podemos consigerat dichoso a quien se siente Mamado por estas ac- tividades, aunque destruyen a quien las abraza precipitada y atolondra- damente, dejéndose llevar por los impulsos del momento. En cambio, la alta opinién que nos formamos de las ideas sobre las que descansan nuestras actividades nos confiere una posicién superior dentro de la sociedad, acrecienta nuestra propia dignidad y hace que nuestros actos sean inconmovibles, Quien elige una profesién que tiene en alta estima retroceder4 aterra- do ante la posibilidad de hacerse indigno de ella y obrar4 noblemente por el solo hecho de ser noble la posicién que Je asigna en la sociedad. Pero la gran preocupacién que debe guiarnos al elegir una profesién debe ser la de servir al bien de la humanidad y a nuestra propia perfec. cién. Y no se crea que estos dos intereses pueden ser hostiles 0 incom. patibles entre si, pues la naturaleza humana hace que el hombre sélo pueda alcanzar su propia perfeccién cuando labora por la perfeccién, por el bien de sus semejantes. Cuando el hombre sélo se preocupa de si mismo, puede Iegar a ser, sin duda, un famoso erudito, un gran sabio, un excelente poeta, pero nun- ca Hegard a ser un hombre perfecto, un hombre verdaderamente grande. Los mas grandes hombres de que nos habla la historia son aquellos que, laborando por el bien general, han sabido ennoblecerse a si mis- mos; la experiencia demuestra que el hombre més dichoso es el que ha sabido hacer dichosos a los mds; y la misma religién nos ensefia que el ideal al que todos aspiran es el de sacrificarse por la humanidad, aspi- racién que nadie se atreveria a destruir. Quien clija aquella clase de actividades en que més pueda hacer en bien de la humanidad, jamds flaqueard ante las cargas que pueda im- ponerle, ya que éstas no serén otra cosa que sacrificios asumidos en in- terés de todos; quien obre asi, no se contentar4 con goces egojstas, pe- juefios y mezquinos, sino que su dicha serd el patrimonio de millones le seres, sus hechos viviran calladamente, pero por toda una eternidad, sus cenizas se veran regadas por las ardientes lagrimas de todos los hombres nobles. Marx.

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