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La Leyenda

del
Ángel Dorado
Alguna vez pensando en los designios del destino se han preguntado ¿Por qué venimos a esta
tierra? ¿El porqué de vivir una vida? Pues la respuesta es simple: Vinimos a vivir… Vinimos
a recorrer este diminuto mundo, porque sin nuestra presencia sería un tétrico lugar,
demasiado vacío para la nada… No obstante lo que realmente deberíamos preguntarnos es
¿Para qué vinimos a esta tierra? No todo ocurre por accidente, todo tiene un “porqué” y cada
porqué un “para qué”. Cada ser ha sido enviado con un objetivo primordial que le da sentido
a la historia de la existencia, seres que vienen con una misión especial para cambiar el curso
del mundo y el andar cotidiano del tiempo. Tú podrías ser uno de ellos…
Existen personas que a lo largo de su vida nunca logran descubrir a qué han venido; existen
otros que intentan descubrirlo, pero mueren en el intento; y existen otros que luchan ya no
por descubrirlo sino por realizar lo que se les ha encomendado…
I
CARPE DIEM
EL MAÑANA DEL AYER

K ilometros de verdes planicies anchurosas se extendían en las frías tierras de


Irlanda, allí donde hubieron invasores vikingos y torres legendarias de otros
tiempos ya olvidados en donde moraron antiguos señores defensores de su tierra,
lugar en donde ahora nace la blanca niebla y acaricia los sueños de los pocos
habitantes que aún quedan y que se atreven a soñar, allá donde la brisa duerme los escasos
montes y cumbres borrascosas rozando sus caras, lugar de campos verdes rodeado y rasgado
en partes por franja largas y refulgentes de argentados ríos que escapan hacia el mar. En este
lugar podíase apreciar el intenso color de la tierra, los árboles inmensos de los espesos
bosques escuchabanse hablar… murmurar…

Muchas personas piensan que la naturaleza posee vida propia, y no se equivocan sin duda
alguna, también poseen misterios y secretos que por miles de años jamás ha osado revelar a
los simples mortales. Siendo mucho más antigua que la vida de los habitantes de aquel lugar
la, la naturaleza sabía todo lo ocurrido a través del pasado, observando el presente y
preparando las ocasiones para abrir paso al futuro que aun no existe. Desde los inmensos
árboles que parecen cosquillear el cielo y la tierra sumamente pura hasta las profundas cuevas
ocultas y lúgubres en donde se solía decir que moraban gigantes dragones invencibles, todo
parecía un inmenso pero muy bello desierto…

En las afueras de los bosques pocas personas habitaban en los poblados que aun luchaban
por mantenerse, viviendo algunos sus propias vidas, otros viviendo la vida de otros y el resto
que no dejaba vivir a los demás. Sin embargo, a pesar de vivir sus vidas fuese como fuese,
ni una solo persona de algún pueblo se molestó nunca por encontrar la razón de su existir
mucho menos por realizar sus sueños, eran seres retrógrados programados por la codicia y la
amargura, controlados por bestialismos primitivos que les hacía parecer hombres sin razón.
Estas personas no recordaban el porqué de sus vidas, no veían más allá de sus narices y en
cambio vivían en una intensa monotonía día tras día, año tras año. Pero después de años de
esta repetición instantánea con el nacimiento de un bebé, un simple mortal común y
corriente, esto cambiaría.

Nació un bebé, así fue, con el alba ya clareando y recibido por una espesa niebla fría, hijo de
una humilde familia de un pueblo en las afueras de algún bosque que se alegró con su llegada.
Tes era una madre feliz, ama de casa, enérgica y valiente, su cabello color terra daba un buen
tono a su piel trigueña un tanto quemada por el sol; por otro lado Blastor, el padre, era un
fuerte y emprendedor hombre, además de inteligente, su cabello era un poco escaso y oscuro,
llevaba un bigote no muy espeso. Ambos habían elegido un nombre para su hijo,
bautizaríanlo por tradición con algún nombre sencillo como el de algún escritor ya fallecido,
aquel nombre era Zoren y por alguna extraña coincidencia el vecino llamabase igual; sin
embargo, Blastor estaba fastidiado de lo monótono y cansado de lo común así que quiso
buscar otro nombre que o fuese tan común.

Pasó aquel joven padre día y noche pensando en el nombre adecuado para su primogénito,
entre uno, otro y otro nombre pasó tardes, mañanas y horas silenciosas sin poder elegir el
adecuado. Hasta que cierta mañana salió junto al alba de cacería al bosque, la niebla le
acompañaba, iba por la vereda de ríos de piedra seguido de un largo manto de aguas claras,
cruzando la pradera, por el campo hasta la inmensa arboleda. Con su fino arco y sus flechas
afiladas se adentró en la espesura del bosque, caminó sigiloso entre los árboles enmarañados
y evitaba pisar alguna rama que hiciera ruido y ahuyentara a su presa. Llegó acechante a una
parte del bosque donde los árboles hacían un circulo, allí había una extraña roca pentagonal
como si hubiese sido tallada por el tiempo, en ese lugar el padre cazadores detuvo a escuchar
un leve murmullo de viento que sopló repentinamente. Escuchó el susurro de los árboles que
se mecían de lado a lado, quedose inmóvil por un instante, puso cuidado y escuchó como la
naturaleza, desde flores, árboles y plantas pronunciaban un nombre que jamás había
escuchado. Un rio plateado cruzábase por aquel claro del bosque y juntamente con aquel
murmurar de la naturaleza entonaban un silbido que casi parecía hablar y pronunciar un
nombre que el sorprendido padre. El cazador corrió asustado y despavorido. Los aldeanos de
aquel pueblo habían creado el mito que decía que aquel bosque tenía vida propia, que los
árboles hablaban, que los arbustos reían y el viento. Ante aquel extraño soplo y susurro
Blastor se vio obligado a correr despavorido pues él creía en el mito que los pueblerinos
comentaban, aferrado a esa creencia abandonó su caza y emprendió el retorno a su humilde
hogar en las afueras del bosque. Por aquel mito llamaban a este bosque “El Bosque de los
Espíritus”.

Sin aliento, cansado, despavorido, cerró tras sí la puerta de su casa y no sabiendo qué hacer
y sin poder hacer nada o decir algo pues su boca tiritaba debido al susto, dejó caer su arco
dorado y deteriorado por el tiempo pero reluciente por el cuidado que él le daba, y las flechas
sonaron como simples leños viejos y desquebrajados aun estando nuevas. Su esposa atónita,
lo miraba con los ojos fijos mientras dejaba derramar la miel en la mesa, el recipiente donde
vertían la miel era muy pequeño y se llenaba rápidamente. Tes reaccionó y colocó la miel en
la mesa, fijose en el derrame que había ocasionado pero le importó un comino con respecto
a la actitud de su esposo.

-¿Qué sucede?-preguntó exclamativa

Su esposo respiró profundo tomó su tiempo y explicó lo sucedido a Tes. Le explicó que los
árboles, arbustos, flores, el río y el viento del Bosque de los Espíritus le habían dado nombre
para su hijo. Jamás había escuchado ese nombre y eso era lo que le llamaba prestamente la
atención. Tes, aclarándose, supuso que Blastor sabía que aquel nombre podía llamar la
atención de los demás y generar desconcierto en el pueblo ya que en ese poblado todo nombre
para un hijo procedería del pasado y al nombrar a una persona no solo se colocaba la manera
de cómo llamarlo sino también se plasmaba en él una guía que le llevaría a enmarcar su
destino, su vida, una forma de cómo ser y cómo actuar. Esa era la tradición. Zoren, el nombre
que habían elegido anteriormente, era el nombre de un viejo escritor que vivió muy tranquilo
durante toda su existencia y murió sin preocupaciones. Por esto muchas personas del pueblo
de Shannon, que se llamaba así por estar cerca del río del mismo nombre al Oeste de Dublín,
elegían nombres comunes de personas comunes del pasado. Esta tradición se inició para
evitar el reaparecimiento de seres peligrosos y extraños tales como hechiceros, brujas,
monstruos, piratas, guerreros crueles y despiadados, revoltosos caza dragones, etc. Era una
tradición sumamente extraña, no obstante dicha tradición era lo que les había llevado a vivir
en una común y a la vez absurda monotonía.

Zoren era un nombre muy común, en Shannon ya existían diez personas con el mismo
nombre aun cuando era un pueblo muy pequeño. Esto fue lo que llevó deseosamente a Blastor
a buscar otro nombre fuera de lo común para su hijo. Resultado de ello el nombre que el
Bosque de los Espíritus le había dado. Tes sin nada más que hacer más que poner una cara
de alegría pero de dudosa aceptación a la vez, accedió a que su hijo llevara aquel nombre.

-Que así sea…- asintió sin saber lo que le depararía.

Blastor y Tes eran personas humildes, trabajadores del campo y de la tierra, capaces de darle
a su hijo lo necesario para vivir. Ambos nacieron y crecieron en ese lugar en el pueblo de
Shannon, cerca de este mismo río en las afueras del Bosque de los Espíritus al que de vez en
cuando Blastor llevaba a su hijo para enseñarle las tácticas de cacería que en ese tiempo eran
necesarias para conseguir alimentos y mantener a la familia. Con su arco y sus flechas el
padre enseñó al hijo sin saber que en un futuro incierto el hijo podría enseñar a los demás
algo que nadie en el pueblo imaginaba.

El simple joven, hijo de Blastor crecía y conforme crecía aprendía todo lo que su padre y
madre le enseñaban, desde preparar su desayuno: que a veces consistía en avena, a veces
blanquillos y tocino o jamón; hasta ir de caza para llevar alimento al hogar, buscar miel en
los colmenares de los viejos troncos secos para venderla a los aldeanos, recolectar frutas
silvestres, ir de pesca, tocar la flauta, etc.

Corriendo colina abajo por la verde y fluorescente pradera; subiendo árboles; saltando cercas
de madera; caminando por las veredas que parecían imitar ríos de piedra y tierra; admirando
con atención a su alrededor mientras el soplo de viento murmuraba en su oreja; nadando en
el río argentado, el cual nosotros recordamos como aquel simple río de la infancia;
disfrutando de la vida. Así transcurría la infancia del hijo de Blastor a los diez años. Era un
niño despeinado de piel clara, muy clara aunque el sol la había oscurecido un poco, el cabello
oscuro que siempre hacía caso omiso al peine de mamá, nariz pequeña, labios rosados y
delgados y de pies grandes. Sin embargo lo que le distinguía de los demás niños era esa
misteriosa mirada que emitían sus ojos café oscuro que más parecían negros, eran unos ojos
que helaban la sangre y parecía que cuando te miraban con fijeza te hacían saber que ellos
sabían ya todos tus secretos, hasta los más ocultos en lo olvidado de tus pensamientos. Mas
en su infancia quizás por la alegría enérgica de la niñez o por ser eso mismo, un niño, nadie
nunca notó esa mirada.

El joven hijo de Blastor desarrollo su interior desde pequeño, disfrutaba de la lectura y de la


música, tal vez porque su madre le leía historias antes de dormir cuando otras personas ni
siquiera arropan a su hijos a la hora de dormir o porque quizás le agradaba estar solo e
introducirse en su mundo (pues cada libro es un mundo y cada canción es un sueño). Siempre
realizaba sus quehaceres, hacía sus tareas, nadaba en el río, subía y bajaba árboles, hasta
jugaba en ausencia de otra persona que le acompañase. Sus padres a pesar siempre muy
ocupados le dedicaban tiempo a u hijo, tiempo suficiente decían ellos mas para un hijo no
hay tiempo que baste, se le debe atender siempre, cuando él lo necesite y quizás cuando no
lo necesite también. Talvez era una la de razones por las que se acostumbró a estar solo. El
niño jamás se sintió olvidado, al contrario, sabía que sus padres estaban ocupados trabajando
para que a él no le faltara nada.

Transcurría el tiempo, algunos árboles se secaban, otros crecían y otros nacían. El trigal era
dorado y la pradera que fue verde era ya tardía y bronceada. El otoño se podía oler en las
escasas flores del campo, en los árboles y en la brisa que de vez en cuando era fuerte como
una ventisca y arrasaba con el polvo haciendo cortinas y olas como el mar. Sucedió un día
por la mañana, ya había clareado, el cielo azul oscilando con las blancas nubes de algodón,
las hojas doradas cayendo de las copas de los árboles. El día había llegado no para el hijo
sino para el padre, quien había aprendido ya mucho acerca del mundo y de su hijo. Siempre
es triste decir “adiós” a alguien que amas quizá por eso el destino quiso que el niño no
estuviera allí para dar un último adiós a su padre, hubiese sido aún más triste para él y para
su madre; aunque el jovencito era ya lo suficientemente maduro para aceptar los hados del
destino, los azares de la vida y las vueltas de la fortuna.

Al regresa de la pradera entró a su casa corriendo, había visto muchas personas reunidas fuera
de allí; y a pesar de haber corrido entró con toda la calma, observó a su madre con el rostro
frío y triste como el de los maniquís, junto a ella estaba el vecino Zoren que miraba de reojo
hacia la habitación de Blastor y también estaba allí el viejo Pog de la tienda de abarrotes
quien le veía como diciendo “así es la vida”.
Todo estaba calmado, entró a la habitación de sus padres y… Allí estaba su padre tendido en
la cama, ahora él parecía un maniquí, sin color en el rostro, los ojos cerrados, levantado el
mentón, las manos con los dedos entrelazados sobre el pecho, si respiración, sin latidos del
corazón, sin sangre corriendo por sus venas. El cruel señor del tiempo había llamado ya a la
que no se sabe si es señor o señora o quizás sea ambos, la que se encarga de llevar al juicio
final a rendir cuentas ante el “Todopoderoso” a las personas que han exhalado su último
respiro. El niño no parecía sentir nada, ni temor, tristeza, nostalgia o algo parecido. Estaba
viendo a su padre tendido de largo en la cama. Quien alguna vez le enseñó todo lo que sabía,
lo suficiente para subsistir, lo necesario para defenderse ante las inclemencias de la vida, pero
no lo necesario para evitar la muerte; ahora yacía inmóvil, cauto por las sombras. Fue
entonces que el niño meditando recordó que su padre le mostró y enseño muchas cosas de la
vida: desde nacer, crecer y reproducirse hasta el despiadado final, el morir. Su padre le había
enseñado cómo defenderse mas no le enseño cómo afrontar la muerte, pensó el jovencito
mientras que después de haber meditado lloró. Era un extraño cuadro, estar frente a su padre
fallecido sin sentir nada era muy extraño además de confuso y luego llorar repentinamente
sin saber por qué o si saber ya “para qué”… Pasó la tarde como un murmullo y la fría noche
cayó. Esa noche se veía esplendida para correr hacia el río atrás de su casa y darse un
chapuzón, ver las estrellas y la luna sin necesidad de levantar la vista al cielo pues bastaría
ver su reflejo en la superficie del río que más parecía espejo… Y después de todo, la noche
no era tan esplendida ni adecuada para una aventura en el río que seguramente no estaría
reflejando nada y estaría, ahora mismo, llorando.

El jovencito luego de aquel día no volvió a ser el mismo, es más, nunca lo había sido. El niño
que ya dejaba de serlo pensaba si su actitud era incorrecta ya que no sentía nada más que
resignación como si el muerto hubiese sido un simple desconocido. Se sentía como de
aquellas personas que asisten hipócritas a algún velorio de alguien que apenas conocieron en
una calle dándose una simple mirada, saludándose y luego cada quien por su camino, como
quienes asisten también sólo por ir a tomar el pedazo de pan y la taza de café o chocolate que
ofrecen después de iniciado el velorio. Mas en el fondo él sabía que su actitud no era
incorrecta, lo que no sabía es si era correcta.

Al siguiente día, un día como cualquier otro, cielo azul en lo alto, nubes blancas de algodón
brisas fresca típica del clima, pradera dorada, la niebla densa y fría al amanecer y… Un niño
que se retiró horas después del velorio y que no asistió al sepelio de su padre. Saliendo de
casa él tomó el camino de la vereda que va hacia el bosque, pasando por el rió que se
adentraba en el arbolar gigante que ahora el niño conocía como la palma de su mano, brincó
la cerca del terreno de Blastor que ya era de él y de su madre, cruzó el campo seguido por el
río y el viento que parecía formar una mano empujando al niño hacia el Bosque de los
Espíritus…
NO HAY LUZ SIN OSCURIDAD

Cuando al fin logró llegar, se detuvo frente al inmenso arbolar. Flagrante recordó aquella vez
en que su padre, que seguramente ahora yacía tres metros bajo tierra, le había dicho que
nunca entrara solo a ese lugar mas… El único que le acompañaba había ido a un largo viaje
sin boleto de regreso hacia la bóveda azul del cielo. Exhaló un suspiro resignado, llevaba
consigo el arco dorado y las flechas de su padre, penetró la niebla que abrazaba los roncos
gruesos y desaparecía tras él su sombra. Iba dispuesto a cazar un venado para demostrarle a
su madre que ya era capaz de subsistir a pesar de haber muerto su padre. Tomó el arco con
ambas manos, sacó una flecha y se dispuso a la caza. Un rayo de luz que penetraba por las
copas de los árboles hacía brillar la punta de acero de la flecha y si no fuera porque la niebla
empezaba a fugarse del bosque se diría que una estrella deambulaba pérdida de la noche
pasada sin encontrar el camino de regreso a la inmensa bóveda azul.

De pronto, entre las sombras escuchose un sonido de hojarasca, el joven cazador prestó
atención y camino lentamente para no hacer ruido y ahuyentar a su posible presa, aquel paraje
estaba rodeado de árboles de bellotas y una infinidad de arbustos de entre los cuales saltó un
pequeño venado que cruzó frente al jovencito tirándole al suelo. Al igual que todo animal
silvestre el venado corrió lo más rápido que pudo para escapar de la aguda flecha del cazador.
El muchachito no desistió, irguiéndose corrió hacia la bestia para darle muerte y demostrar
su habilidad. Se internó en el bosque, más allá de donde su padre le llevaba comúnmente.
Saltando una roca que más parecía una cabeza, resbalando en el fango y levantándose
instantáneamente para no perder de vista al animal, así perseguía el cazador a su presa. La
niebla se había desvanecido ya, sin duda el jovencito tenía habilidad y destreza, siguió el
venado sobre aquel manto dorado que formaban las hojas secas, esquivando arbustos,
apartando ramas, evadiendo árboles y tomando atajos aun sin fijarse por donde había llegado
o hacia donde iba, todo para dar alcance al venado con una de sus flechas. Luego de unos
momentos, en donde los árboles forman un círculo se ocultó tras los arbustos, el animal
perseguido supuso que el cazador había abandonado su cacería pero el jovencito seguía allí,
oculto tras los árboles y entre los arbustos. El joven cazador siguió acechando unos momentos
más, cansado observaba amenazador al venado que se había acercado al río a beber agua, él
también estaba agotado por la carrera. El niño esperó unos momentos y tomó aire, estaba
acido al arco y a la flecha, tenía los brazos tensos, era su primer cacería solo, observó una
vez más al animal que confiado bebía agua aun, mientras el río corría hacia más allá del
bosque y justo cuando se disponía a emprender el ataque sorprendiole un resplandor que
emanaba desde las aguas y que le impedía las vista. El pequeño cazador asombrado bajó el
arco y la flecha y caminó hacia el río, el venado no huyó al verle al contrario, le esperó, con
los ojos parecía decirle que se acercara como si lo hubiese estado esperando alguien desde
hacía mucho tiempo y el venado tan sólo hubiese servido de guía. El luminoso rayo de luz
oscurecía la claridad del día, miró los ojos del venado y luego vió hacia el río de donde surgía
el resplandor sin embargo, la causa de aquella luz era desconocida y extrañamente difusa. El
joven cazador estaba atónito, no podía moverse, el viento sopló y los árboles movieron su
brazos cubiertos con guantes de hojas doradas dejando caer una lluvia de hojas del mismo
tono; los arbustos, las rocas, los árboles y el viento murmuraron, hablaron como aquella vez
en que le dieron el nombre, del que ahora estaba parado allí, a un joven Blastor que ahora
emprendía el vuelo eterno.
El joven estaba frío, el arco en la mano derecha, la flecha en la mano izquierda, ambas cosas
cayeron al suelo inundado de cascajo y arena. De la luminosidad brotaron rayos que cegaron
los misteriosos ojos del jovencito, su mente se nubló, a su conciencia empezaron a corres
imágenes de tierras desconocidas: dragones, bestias salvajes, ríos, montañas enormes,
castillos de cinco torres con estandartes negros y un corazón alado atravesado por una espada,
una espada con guarniciones doradas y forma de dragón, un dragón real color negro y ojos
color sangre, un corsel como el carbón y por último quedose la luz fulgurante dentro de la
cual había una figura al parecer humana que nunca se discernió para los ojos del joven
cazador…

Abrió los ojos, vió la copa de los árboles abrazándose unas con otras, llovían hojas. El joven
cazador estaba tendido en el suelo, pusose en pie aturdido como estaba y observó a su
alrededor, observó un resplandor leve en el río y encontrase que tan sólo era un rayo de sol
que caía sobre las aguas del río y le hacía resplandecer. A su izquierda, a poca distancia de
él estaba un venado con la flecha clavada en el dorso, sorprendido el jovencito observó sus
manos, en la izquierda no había más que un arco dorado y en la derecha nada. Fue un instante
confuso para el cazador quien había lanzado la fecha el venado en momento desconocido a
la razón del jovencito. Como pudo tomó a su presa y se marchó no sin antes echar un vistazo
al lugar para recordarlo y poder volver al mismo; hizolo rápido grabando en su mente el bello
río, árboles que misteriosamente formaban un círculo alrededor, el rayo de sol que daba en
el río y una singular roca en forma pentagonal.
Verdaderamente aturdido no creía ni lo que llevaba en el hombro, un venado para la cena de
unos cuantos días. A ratos el joven cazador bajaba la presa y descansaba, veía hacia atrás,
algo que no hacía comúnmente y suspiraba confundido. Recordaba las imágenes que había
visto y pensaba si acaso lo ocurrido en el río sería tan sólo un sueño, no sabía si había sido
real, pero ahora las imágenes en su mente estaban borrosas, apenas y recordaba las siluetas
de aquellas imágenes. Sin embargo lo que más recordaba era la luz dorada con la figura de
una persona en su interior.

Tomó de nuevo el cazador a su presa y retornó a su hogar, parecía haber grabado en su mente
el camino que había seguido cuando corrió tras el animal que ahora pendía de su hombro,
salió del bosque sin problemas. Al salir del Bosque de los Espíritus volvió su misteriosa
mirada, la cual era más notoria, hacia atrás por entre la arboleda y suspiró…
-Ahora sé por qué te llaman el Bosque de los Espíritus.- murmuró
Siguió por el campo, cruzó el río tras la cerca, sobre la vereda, de egreso al pueblo de
Shannon, En su casa le esperaba su madre muy preocupada por él. Calmóse la madre al ver
a su hijo entrar por la puerta y tirar la presa el suelo, ella interpretó la mirada del niño que le
decía: “mamá podemos seguir adelante”. Tes le abrazó cariñosamente y ese día cenaron un
buen guiso de venado. El joven cazador jamás comento lo que le había ocurrido en el río,
todos creerían que estaba loco como lo dijeron de su padre alguna vez cuando dijo que los
árboles, las rocas, las flores, los arbustos y el viento del Bosque de los Espíritus le habían
dado un nombre para su hijo. El hijo de Blastor decidió callar.

El otoño caducó y tras un invierno frío que congeló lagos y tiñó de blanco las verdes
alfombras de las inmensas praderas en las planicies de Irlanda, llegó la primavera con el
silbido de fauno y el trinar de las avecillas que revoloteaban por entre las cortinas de
mariposas, después el verano con sus calurosos matices que tiñen de rojo carmesí los cielos
en el ocaso y transcurrieron así las estaciones una tras otra, una y otra vez. Las nubes surcaban
de Norte a su Sur, de Este a Oeste y viceversa. El viento murmuraba; en las noches la luna
asomaba tímida ante la fluorescencia de las verdes planicies esmeriladas, asomabase a beber
el agua de los ríos, lagos y mares en la tierra, de vez en cuando las estrellas legendarias la
seguían y más de alguna se perdía deslizándose por el cielo. El pueblo de Shannon seguía
tras su monotonía común; por su parte el niño cazador se había convertido en todo un joven,
ya era un hombre, no mayor de veinte años ni menor de quince. Había, desde su primer
cacería solo en el bosque, soñado cada noche con aquellas imágenes que se revelaron a sus
ojos en el río: el corsel y el dragón ambos del mismo color negro, la dorada espada con
guarniciones en forma de dragón, el castillo de las cinco torres y por su puesto el resplandor
con la silueta de una persona en el fondo. Él seguía cazando por aquellos rumbos en el Bosque
de los Espíritus, surcaba los alrededores, conocía todo el bosque pero no dejaba de visitar el
lugar en el que había tenido aquella visión. Pronto supo que aquel lugar era el centro del
bosque. No olvidaba el rayo de sol sobre el río que a toda hora llegaba desde distintos
ángulos, los árboles en formación circular y la extraña roca pentagonal; llegaba a ese sitio y
esperaba una respuesta a su pregunta.

-¿Qué fueron aquellas imágenes…?

Sentabase sobre la roca pentágono y esperaba algo que nunca llegaría si no lo buscaba por su
propia cuenta, en todo ese tiempo que pasó en ese paraje jamás le llegó respuesta. Habían
transcurrido cinco años luego del extraño suceso en el río de plateado de Shannon y lo único
que el joven escuchaba era el murmullo del viento, el trinar de las aves y el rose de los árboles
que casi parecían hablar. Allí estaba de nuevo escuchándolo sentado sobre la roca, frente a
él, el río y el viento susurrándole al oído; aquel lugar se había convertido en el santuario del
hijo de Blastor, cuando deseaba reflexionar acudía a ese sitio pues este le brindaba paz a su
espíritu, hasta se le ocurrió la idea de ser sepultado allí mismo cuando falleciera…
Todo el bosque parecía entonar el nombre de aquel joven, él escuchaba silencioso como
entendiendo aquel resollar del viento.

-Kalizzzzzz… Kalizzzzzz…

El pueblo de Shannon ya no le miraba igual, ya no era aquel niño al cual veían correr por la
planicie, nadar en el río o saltarse las cercas, ahora se había convertido en un gran joven de
un físico al parecer fuerte, un peinado singular lo caracterizaba, en el pueblo todas las
personas le miraban como al tipo que algún día traería problemas; es increíble ver cómo las
personas juzgan a los demás sólo por un peinado, la forma de vestir e incluso la forma de
andar(esa última era propia de Kaliz). Su piel seguía igual o quizás más blanca que antes y
la mirada… la mirada ahora era aun más intensa, con sus ojos parecía penetrar en la mente
de la personas y esculcar en sus pensamientos más ocultos como si alguien extraño o alguien
que no eres tu registrara tus gabinetes y encontrara la fotografía de alguien espacial la cual
ocultabas o talvez tu diario personal junto a cartas especiales que guardas en secreto por no
escandalizar a tu familia. Tanto así era la mirada de Kaliz al cual ni siquiera su nombre le
salvaba de las críticas.

Kaliz ano tenía muchos amigos por ser quizás demasiado serio, callado y con una cara de
piedra que a veces daba calosfríos ver pero que cuando se le veía bien no parecía nada dura
comparada con su mirada, Siempre se le veía sentado en una silla fuera de su casa leyendo
un libro muy grueso. Ya no eran los libros de cuentos que su mamá le leía cuando niño, ahora
leía historia, ciencias, matemáticas, incluso un libro de francés. Su padre le había heredado
buenos libros que trajo consigo luego de in viaje a Francia años atrás antes de morir, ahora
Kaliz leía un libro de filosofía y no parecía muy interesante.

Era tarde la pradera verde fluorescente de nuevo, el sol cálido, la brisaba rosaba en dirección
sur, flores por doquier, todo típico de la primavera. Tés trabajaba dentro de casa, preparando
frascos de miel para venderlos el siguiente día a los aldeanos. La ocupada madre seguía igual,
como si los años no pasaran sobre ella, su cabello aun no blanqueaba pero tenía ya mucha
experiencia en las cosas de la vida, ella gozaba de salud y juventud, había superado la muerte
de su esposo y ahora se disponía a preparar la cena. Afuera el joven Kaliz leía, luego de
varios bostezos, el libro de filosofía, leía acerca de la vida, de cómo debemos afrontarla y
luego leyó una frase que decía ``Siempre nos preguntamos porque cuando lo que realmente
deberíamos preguntarnos es para que´´. Esa frase entro por sus misteriosos ojos a través de
su mente llegando hasta su solitaria y fría alma, él tenía su pregunta sin respuesta, esa que
todos nos hacemos y nunca nos la podemos respondes, tal vez para algunos no sea la misma
pero podría decirse que es la pregunta de nuestra vida.

-¿Porqué vine a este mundo?


La interrogante de Kaliz era de simple respuesta. A este mundo venimos por vivir, por
recorrerlo, porque no se convierta en un bello lugar desierto, demasiado vacio para la nada.
Sin embargo, lo que debía responder verdaderamente:

-¿Paraqué vine a este mundo?

Alguna vez el leyó en la biblia:

``Jesús vino al mundo para


Librarnos de nuestros pecados´´

Si fuera así, entonces él, un simple, ¿para qué vino? Debía tener un misión y no era el único,
cada persona, cada ser en el mundo debe tener una razón para existir, algo por lo que luchar
al igual que él debía tener una respuesta a su pregunta. Más no tenía.

Inquieto cerro el libro, púsose en pie vio a su alrededor el campo, la pradera a su izquierda
y la vecina gruñona a la derecha, el anciano de alguna esquina y su café vespertino, al frente
Zoren el buen vecino y amigo que le hacía reír de vez en cuando (a pesar de ser fan frio se
reía) y junto a Zoren su hija , muy bella por cierto. El rio seguía corriendo tras su cálido
hogar. Kaliz entro a su casa, coloco el libro sobre la mesa y quedose pensativo y en silencio.
Si el actuara como piensa y siente seguramente todas las personas se burlarían de el,
llamaríanle loco o tonto. El de la misteriosa mirada suspiro en sus adentros. Tes le observaba
al tiempo que colocaba la cafetera al fuego.

-¿Sucede algo?- pregunto ella con mucha calma y amor de madre que siempre hace pensar
que todo estará bien. Pase lo que pase.

-No.- respondió Kaliz.

El joven siguió pensando unos momentos más sentado sobre una silla y al calor de la
flameante hoguera.

-A este mundo venimos a buscar o hacer algo,- pensó mientras su madre continuaba
cocinando- las flores embellecen los paisajes, los arboles purifican el aire y protegen los
mantos acuíferos, el agua nos ayuda a vivir, los animales nos proveen alimento, otros
transporte y otros compañía, y nosotros los humanos…

El joven suspiro, Tes le observaba y por el delator suspiro y la actitud pensativa creyó que
su hijo había caído en las enmarañadas redes del amor, algo común en su edad. El muchacho
seguía pensando con la misteriosa mirada perdida.
-¿Y yo…?- continuo - ¿Para qué vine a esta mundo? ¿A realizar algo?, ¿A buscar algo?
-¿Quién es la afortunada, hijo? – Le interrumpió Tes creyendo que pensaba una jovencita.

Kaliz confundido la observo con la misteriosa mirada que en su madre no funcionaba, claro
que él no hacía esa mirada para intimidar a nadie, ya era así por naturaleza.

-¿A qué te refieres mamá?- preguntó el hijo.

-¿En qué jovencita piensa? ¿Es la jovencita de la señora del almacén, la nieta del anciano de
la esquina o la hija del vecino del frente tal vez?

Kaliz callaba y su madre esperaba una respuesta. Sonrió y olvidó por un momento lo que
tanto había estado pensando.

-No es ninguna,- respondió- no estoy enamorado.


Solo pensaba, no en doncellas, si no en otra cosa.

-Bueno, entonces ¿en qué pensabas? Algo te tiene muy pensativo este día. – Agregó Tes

-¿En qué pienso? Es que yo… Pensaba en…

Kaliz no siguió la frase, no quería molestar a su madre con su pregunta además él sabía lo
que ella diría como respuesta. Diríale que vino al mundo para hacer feliz a su padre y a su
madre, eso estaba bien pero al joven no le bastaba, no era plenamente feliz después de todo.

-En tu cumpleaños.- exclamó la madre como si respondiera alguna adivinanza - ¿Es eso
acaso?

-¿Mi cumpleaños?… ¡Sí, eso es! – asintió evadiendo lo que realmente pensaba.

El joven de la misteriosa mirada no quería inquietar a su madre con esas extrañas ideas en
su mente así que hablaron de su cumpleaños, que sería dentro de unos días y luego
agradecieron al Dios creador por los alimentos y dispusieronse a cenar.
Esa noche Kaliz no pudo olvidar la frase que había leído en el libro de filosofía: ``Siempre
nos preguntamos por qué cuando lo que realmente deberíamos preguntarnos es para qué´´

-Y sin embargo – se dijo así mismo – yo vine para hacer algo…

Durmió luego de un vaso de agua y varias vueltas en la cama, en sus sueños se encontró
nuevamente con las imágenes que vio en el rio: el corcel y el dragón de matices oscuros, la
espalda dorada, el enorme castillo de cinco torres y su extraña bandera del corazón alado
atravesado por un estoque, por último la luz con la figura de una persona, difusa y misteriosa.
CONTINÚA…

By. Geoffrey Rodríguez