Está en la página 1de 295

PORTADILLA

Índice

Reconocimientos

7

Introducción

John Crabtree

9

Parte I. Etnicidades

Xavier Albó

19

Carlos Toranzo

41

Diego Zavaleta

57

Parte II. Regionalismo

José Luis Roca

69

Rossana Barragán

91

Parte III. Relaciones Estado-Sociedad

George Gray Molina

123

Franz Xavier Barrios Suvelza

143

Parte IV. Constitucionalismo

Rodríguez Veltzé

161

Luis Tapia

179

Parte V. Estratégias de Desarrollo Económico

Carlos Miranda

189

Fernanda Wanderley

211

Parte VI. Bolivia y la Globalización

Juan Antonio Morales

235

Carlos Arze Vargas

259

Conclusión

Índice de Gráficos, cuadros y mapas

Gráficos

5.1 y 2 Comparación del presupuesto del Estado en Bolivia y

 

su distribución en 1827 y 1883 (sin enseñanza)

97

5.3

La relación entre el presupuesto y la población entre algunos departamentos de Bolivia entre 1827 y 1883 (incluye enseñanza)

98

5.4

Evolución de los ingresos departamentales, 1903-1954 (en porcentajes)

106

5.5

Santa Cruz: regalías petroleras 1980-1988 (millones de dólares)

115

10.1

Reservas de gas (trillón de pies cúbicos)

193

10.2

Reservas de petróleo/condensado (millón de barriles)

193

10.3

Inversión y reservas de gas

194

10.4

Bolivia: Reservas probadas y probables

195

10.5

La naturaleza de la producción

197

10.6

La participación del gas natural en el consumo total de energía (2006)

205

11.1

Producto interno bruto (en miles de bolivianos de 1990)

213

11.2

Menos estaño, más comercio: 50 años de Producto Interno Bruto

216

11.3

Las exportaciones de Bolivia (2000-2004)

221

11.4

Bolivia: Industria manufacturera y empleo

223

12.1

Tasas de crecimiento del PIB per cápita (1990-2006)

239

12.2

PIB per capita (1990-2006)

239

12.3

Precios de productos de exportación deflatados por el índice de Valor Unitario de Manufacturas (1980-2006)

242

12.4

Precios reales de exportación y términos de intercambio

243

12.5

Inversión directa extranjera neta (en millones de dólares)

251

12.6

Inversión como porcentaje del PIB

254

Cuadros

3.1

Resultados de encuestas que miden identidades étnicas

58

5.1

Los diputados y su relación con la población 1826-1992

101

5.2

Principales ingresos del Tesoro Nacional (porcentajes respecto al total de ingresos

104

5.3

División de recursos gastos ‘central’ y ‘no-central’ (1903-1954)

108

5.4

Destino principal de los gastos según servicios (porcentajes respecto al total)

109

5.5

Ingresos nacionales según departamentos (1872)

111

5.6

Subvenciones del Tesoro Nacional a los Tesoros Departamentales

112

10.1

Cuánto se produce?

197

10.2

Dónde se encuentra la producción de gas?

198

10.3

Quién produce y cuánto? (2006)

199

10.4

Cómo se utiliza la producción de gas? (2006)

200

10.6

Impuestos: petróleo y gas (en millones de dólares)

203

10.7

La participación de los ingresos petroleros en el PIB y exportaciones (a los precios actuales)

205

10.8

Las dificultades

206

10.9

Posibles ingresos de exportación

207

12.1

Exportaciones en valor por productos (en millones de dólares)

240

12.2

Destino de las exportaciones (2000-20006) (en millones de dólares)

241

12.3

Exportaciones de hidrocarburos (2000-2006) (en millones de dólares)

245

12.4

Condonaciones de deuda externa (en millones de dólares)

252

12.5

RIN del Banco Central (en millones de dólares)

253

12.6

Acuerdos financieros con el FMI

254

Mapas

10.1 Yacimientos de gas en Bolivia

192

10.2 Gas y petróleo en Bolivia

196

10.3 Red de oleoductos

201

10.4 Red de gasoductos

202

Agradecimientos

Los editores quieren agradecer a varias personas e instituciones que ayudaron a hacer realidad este libro. En primer lugar, al Warden y Fellows de Nuffield College, Oxford quienes nos prestaron facilidades para la organización de la conferencia, cuyas ponencias forman la base del libro. Además queremos agradecer al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en La Paz por su apoyo en la or- ganización de una reunión subsiguiente en Bolivia. El PNUD también nos ayudó a financiar la edición del libro versión en castellano. Por su parte, queremos agrade- cer a la Embajada Británica en La Paz y al Department for International Development (DFID) quienes nos brindaron recursos para cubrir los costos de viaje de varios de los exponentes en la conferencia en Oxford. El Foreign and Commonwealth Office (FCO) nos ayudó con los costos de traducción. Sobretodo queremos agradecer en forma muy especial a los contribuyentes mismos por su compromiso con el proyec- to y su paciencia en su lenta realización; como suele suceder, tomó más tiempo que pensamos al principio. Estamos seguros que valió la pena.

Introducción

Una historia de tensiones no resueltas

John Crabtree Research Associate, Latin American Centre, Oxford University

En Bolivia, el veredicto popular de las elecciones presidenciales de 2005 fue indiscutible. Juan Evo Morales –conocido por las mayorías simplemente como Evo– ganó con casi el 54% de los votos, un resultado electoral en buena lid, que evitó la necesidad de ir a una elección en el Congreso. El Movimiento al Socia- lismo (MAS), movimiento más que partido político convencional, ganó 72 de los 130 asientos de la Cámara Baja. Y por poco no logró la mayoría en el Senado, que sobre representa a los departamentos menos poblados de las tierras bajas. A pesar de que el sufragio universal fue instituido hace más de medio siglo, el advenimiento de la democracia política es un hecho mucho más re- ciente en el país. No fue sino hasta 1982 que Bolivia emergió de casi dos déca- das de poder militar discontinuo. El electorado se fragmentó en cada elección democrática desde los ochenta, de forma tal que los candidatos victoriosos ac- cedieron al poder con sólo una pequeña minoría de votos. Antes del ascenso de Morales, ningún Presidente elegido democráticamente había ganado por mayoría absoluta, así como ningún Congreso elegido democráticamente había producido una mayoría como la presente. Hasta el año 2005, las competencias electorales habían terminado en extrañas (y en algunos casos poco honorables) coaliciones unidas por los beneficios que trae el poder. El sistema de dominio partidario, o la partidocracia, terminó siendo visto como deshonesto y corrupto. La dimensión de la victoria de Morales, entonces, le otorgó el nivel de legiti- midad que sus predecesores carecieron.

10

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

Los resultados electorales atrajeron una atención internacional sin prece- dentes. Evo Morales fue visto por buena parte del mundo como el primer jefe de estado “indígena” en un país donde una “minoría blanca” había monopolizado his- tóricamente el poder político. A pesar de que la realidad era bastante más compli- cada, el simbolismo era muy convincente. Su historia personal –su ascenso desde los orígenes más humildes hasta la Presidencia– era particularmente notable. Por otro lado, sus lazos con la dirigencia cocalera del país, entre los movimientos socia- les más combativos y organizados, generaron preocupación, no poca en los Estados Unidos, por las políticas que el nuevo gobierno seguiría. Evo no era solamente el hombre cuya posible elección en alguna ocasión fue calificada por un embajador de los Estados Unidos como una amenaza para las relaciones con ese país, sino que su cercanía con Fidel Castro y Hugo Chávez “confirmaba” al mundo el resurgimiento de una “izquierda antinorteamericana” en América Latina. La victoria de Morales representa una ruptura con el pasado. Ofrece un es- quema más directo y participativo de representación democrática, con un rol más importante para la movilización popular. Representa, asimismo, la posible con- vergencia de dos tradiciones de la política boliviana, una constitucional y una de movilización popular, ambas con historias que datan desde inicios de la Repú- blica (Crabtree y Whitehead 2002). El nuevo Gobierno ha prometido reescribir la Constitución de forma tal que permita a los grupos previamente “excluidos” –notablemente, la población indígena del país– jugar un papel de liderazgo en la política. Entre sus primeras acciones estuvo el anuncio de la elección de una Asamblea Constituyente para llevar a cabo esa tarea. Elegida con un margen si- milar al voto que obtuvo Morales en 2005, la Asamblea fue inaugurada en agosto de 2006 con una mayoría de sus miembros (pero menos que las dos terceras partes necesarias para aprobar la nueva Constitución por sí solo) provenientes de las filas del MAS. La tarea encargada a los constituyentes fue nada menos que la de “re- fundar” la República. El desafío de escribir un documento que cerraría las heridas políticas, sociales, económicas y geográficas de Bolivia era ciertamente ambicioso, particularmente en un país donde las instituciones democráticas son frágiles y don- de quien ha recibido el poder a través de las ánforas plantea utilizar el poder para lograr cambios profundos en la estructura y mecanismos de la sociedad boliviana. El nuevo Gobierno asumió el poder luego de un período de alto conflicto político y movilización social. Los primeros años del siglo XXI fueron testigos de cómo los movimientos sociales se enfrentaron a la elite política y vencieron. En ello, jugó un papel fundamental la llamada “Guerra del Agua” de Cochabamba en 1999-2000 que forzó al Gobierno de turno a la humillante paralización de sus po- líticas de privatización. Entonces, en 2003, una coalición de movimientos sociales –encabezada por las juntas vecinales urbanas de El Alto– derribó al Gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada. “Goni” simbolizaba el tipo de política de los negocios que había exacerbado las desigualdades sociales y étnicas del país. La manera en

InTRODuccIón

11

que fue forzado a dimitir recordó el tipo de protagonismo popular que había carac- terizado a períodos más tempranos de la historia de Bolivia.

A pesar de que los movimientos sociales que emergieron como actores polí-

ticos en los primeros años del siglo XXI estaban organizativamente fragmentados y eran ideológicamente embrionarios, se unieron en torno a la oposición a las políti- cas económicas de liberalización que habían predominado en Bolivia desde 1985, y de las cuales Sánchez de Lozada había sido el arquitecto principal. Estos movimien- tos se unificaron también por el nuevo impulso de la política indígena (aun cuando ésta signifique diferentes cosas para diferentes grupos) y por la convicción de que las materias primas del país debían ser desarrolladas para que beneficien a todos los bolivianos –especialmente a los sectores indígenas y más pobres–. El control de la industria del gas se volvió, entonces, un asunto emblemático, situación que el nuevo Gobierno aprovechó rápidamente forzando a las compañías a renegociar sus contratos en términos más favorables para los intereses bolivianos. Sin embargo, a pesar del margen de la victoria de Evo Morales en 2005 y del cambio de poder que trajo consigo, el conflicto político no ha terminado. La oposición rápidamente optó por una combinación de presiones constitucionales y extra parlamentarias para bloquear aspectos del programa del Gobierno. La tortilla se volteó. El principal motor de la oposición, en las tierras bajas de Santa Cruz, utilizó su influencia regional para presionar al Gobierno con grandes movilizacio- nes populares de apoyo a sus intereses. Otros departamentos siguieron esa direc- ción, demandando mayor autonomía del gobierno central. Los métodos de acción directa incluyeron marchas, bloqueos de caminos y huelgas de hambre, métodos utilizados con gran efectividad por los movimientos sociales antes de 2005. A tra- vés de una combinación de estas demostraciones de fuerza y un uso inteligente de otros espacios, la oposición forzó al Gobierno a retractarse en una serie de asuntos importantes, oponiéndose con eficacia a los esquemas oficialistas en la Asamblea Constituyente y después. Las dificultades para gobernar el país se hicieron rápida- mente evidentes para el nuevo régimen, a pesar de su legitimidad y popularidad en grandes sectores de la población.

El nuevo Gobierno tuvo que enfrentar otros conflictos, no sólo con las elites

de las tierras bajas sino también con otros sectores de la sociedad, incluso con los que lo apoyaban. Los conflictos, muchas veces relacionados al acceso o control de los recursos naturales, podían desembocar rápidamente en una confrontación vio- lenta. Así, en octubre de 2006, un conflicto entre trabajadores mineros –trabaja- dores sindicalizados por un lado y cooperativistas autoempleados por el otro– dejó varios muertos. Los grupos se enfrentaron por el control de un de los depósitos mi- nerales más ricos del país. De forma similar, en abril de 2007, en Tarija, una disputa sobre límites provinciales terminó en la suspensión temporal de las exportaciones de gas a la Argentina. Las dos provincias luchaban por establecer su jurisdicción sobre los pozos de gas más productivos de Bolivia. Estas disputas muestran eviden-

12

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

cias de las dificultades del Gobierno para imponer soluciones a los problemas de sus propios partidarios. Los sectores críticos de la extrema izquierda, por su parte, no desaprovecharon la oportunidad para acusar al nuevo Gobierno de no satisfacer las expectativas “revolucionarias”. ¿Por qué Bolivia es un país tan conflictivo? ¿Por qué tiene problemas de go- bernabilidad tan agudos? Estos problemas están presentes en toda América Lati- na, pero no en la misma dimensión. La respuesta reside, al parecer, por lo menos parcialmente, en la relación entre Estado y sociedad en un país donde el poder que ejerce uno sobre el otro está lejos de ser uniforme. En su evolución, el Estado boliviano se muestra altamente concentrado en algunas áreas y completamente ausente en muchas otras. Es un Estado que carece de presencia efectiva en muchas partes del territorio, un Estado que no ejerce su autoridad “nacional” en forma homogénea. De ahí que haya sido descrito como el “Estado queso suizo”, un Estado lleno de huecos (PNUD, 2007). Al mismo tiempo, la organización social es muy desigual, con bolsones donde los actores sociales disfrutan de una enorme influen- cia y son capaces de organizar sus propias agendas e imponerlas a las autoridades públicas. Históricamente, los trabajadores mineros bolivianos fueron el referente de organización social; hoy, sus sucesores se encuentran probablemente entre los cocaleros, los herederos de una tradición sindical que tiene pocos paralelos en otras latitudes de América Latina. En muchos aspectos, la fortaleza de la organización social –basada en fuertes tradiciones comunitarias– ha florecido precisamente de- bido a la debilidad del Estado. La relación entre Estado y sociedad, lejos de ser estática, es cambiante en el tiempo. Hay períodos de conflicto absoluto y otros de relativa paz, períodos en los que el Estado ejerce control sobre la sociedad y otros en los que no puede hacerlo. En los últimos cincuenta años, la presencia política del Estado se ha extendido y las áreas donde estaba totalmente ausente han disminuido. Entre otras cosas, el de- sarrollo de las comunicaciones ha permitido que menos comunidades permanezcan aisladas del resto del país. Reformas como la Participación Popular en los noventa ayudaron a construir la presencia del Estado donde antes no la hubo. A pesar de estas reformas, sin embargo, el Estado ha sido presionado frecuentemente a ejercer su autoridad sobre los poderosos movimientos sociales. Éstos se han mantenido vigorosos, resistentes a la cooptación y preparados para responder a la fuerza con fuerza. Si en la gestión de Evo Morales el Estado y sociedad entrarán a un período de mayor armonía y colaboración es, por supuesto, una pregunta abierta. La expe- riencia del MAS en sus primeros tres años de gobierno sugiere que el cierre de las brechas podría ser más difícil de lo que muchos habían vaticinado al inicio. Este libro busca ofrecer algunas explicaciones sobre la naturaleza del con- flicto político en Bolivia, centrando su atención en los problemas principales que han surgido en los años recientes. Estos problemas implican, también, diferentes interpretaciones sobre el pasado (tanto del pasado cercano como el pasado más

InTRODuccIón

13

distante) y como éste se relaciona con el presente. A pesar de que buena par- te del libro aborda la historia, es una historia selectiva –no necesariamente “la historia del historiador”– la que ilumina los debates de inicios del siglo XXI. El pasado es evocado repetidamente –en ocasiones inadecuadamente y a veces en forma selectiva– para justificar las pretensiones del presente. En lugar de esbozar el desarrollo político desde la elección de Morales, este volumen busca examinar cómo los hechos del presente responden a un conjunto de problemas históri- cos más profundos que surgen de las características del desarrollo económico y político del país. Con suerte, esto ayudará al lector a entender mejor algunos debates claves de la Bolivia contemporánea, debates que, por supuesto, tienen ramificaciones más amplias en toda América Latina y en algún modo en el resto de los países en desarrollo. En lugar de presentar una sola “interpretación”, el libro busca airear esta discusión y proveer, en consecuencia, una mejor base para comprender las diferencias políticas del presente. Los autores de este volumen son algunos de los más renombrados analistas de la realidad boliviana. Muchos de ellos contribuyeron con ponencias a la conferen- cia organizada por Laurence Whitehead y el autor de estas líneas en el Nuffield Co- llege, Oxford, en mayo de 2006, que tuvo una segunda ronda de discusión en agos- to del mismo año en La Paz. Como otros observadores de la escena contemporánea boliviana, nos interesa comprender el cambiante desarrollo político del país, un proceso que, al parecer, tiene el potencial para lograr transformaciones profundas y perdurables. Nuestra preocupación era, sin embargo, que analistas con diferentes perspectivas y de diferentes disciplinas académicas enfocaran la situación actual en el marco más amplio de la historia de Bolivia, aspecto frecuentemente ignorado por los comentaristas de la escena actual. A pesar de que en la conferencia no hubo una convergencia absoluta de opiniones, sí hubo un amplio consenso en que el nuevo Gobierno de Evo Morales representa un importante proceso en la historia del país, con el potencial para construir un nuevo orden. El libro se organiza alrededor de cinco temas centrales: (i) etnicidad, (ii) regionalismo, (iii) la relación entre Estado y sociedad, (iv) reforma constitucional, (v) desarrollo económico y (vi) globalización. Estos temas contienen muchas de las discusiones que actualmente motivan la política boliviana, aunque es claro que todavía hay que encontrar los vínculos entre ellos. En cada caso, hemos buscado contrastar diferentes interpretaciones del pasado y del presente para comprender las diferentes posiciones adoptadas hoy en Bolivia. Esperamos que esta perspectiva sea una motivación para continuar el debate intelectual y que ayude a enfrentar los problemas del desarrollo con una mejor comprensión de sus orígenes. El libro está pensado de manera que el lector no necesite seguir necesariamente el orden en el que se presentan los capítulos. La etnicidad ha reforzado las divisiones sociales en Bolivia desde los tiempos de la Colonia, pero sólo emergió como una fuerza política potente y conciente de

14

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

sí misma en los últimos treinta años. El aumento de la conciencia étnica no es una característica exclusiva del altiplano, donde el pueblo aymara ha abierto el camino que dio fuerza política al indigenismo, sino también se ha enraizado en los pueblos de las tierras bajas de Bolivia. La defensa de la etnicidad se ha unido a la defensa de los recursos naturales y a la defensa de las condiciones de vida en un sentido más amplio. La conciencia étnica también se ha relacionado con la política de clases, produciendo una nueva amalgama, muy diferente a la tradición sindicalista ante- rior (inspirada por los trabajadores mineros), por la cual Bolivia es ampliamente conocida. La figura de Evo Morales representa esta nueva síntesis: un aymara que emigró al Chapare de lengua quechua, donde bebió de la tradición sindicalista en su nueva forma cocalera. Como señalamos anteriormente, la importancia de la elección de un “auténtico indígena” a la Presidencia es más que meramente simbólica: sostenemos que representa un cambio irreversible en la composición del Estado y en su orientación. Independientemente del éxito o no del Gobierno de Morales, Bolivia no retornará al status quo ante en términos de la participación política de la población excluida del poder por razones étnicas. Sin embargo, como dejan claro los capítulos de este libro, existen todavía importantes desacuerdos entre los analistas respecto a cómo evaluar la etnicidad y su impacto en la sociedad en sentido más amplio. ¿Es Bolivia más indígena que mestiza, o más mestiza que indígena? Más allá de los desacuerdos sobre los métodos estadísticos, queda claro que la condición de indígena no es estática o inmutable al cambio social y al am- biente cultural. Pero, al mismo tiempo, la mutación no significa necesariamente que la gente deje de ser indígena. Existen pocas dudas de que los problemas étnicos –especialmente cuando toman formas extremas– pueden provocar una división y una polarización conflictiva, particularmente cuando se retroalimentan de otras fuentes de conflicto económico, social y geográfico. El regionalismo, en la forma que ha emergido en tiempos recientes, es otra fuente de división y de posible conflicto en el país. Nuevamente, como Roca y Barragán muestran en sus respectivos capítulos, la historia de la política centrífuga se remonta a la fundación de la República, pero ha adquirido una nueva dinámica en tiempos recientes que –por lo menos en ciertos momentos históricos– parecía poner en peligro la unidad del país. Esto se ha acentuado por el descubrimiento de grandes reservas de gas, lo que exacerba el debate sobre la distribución de las rentas que este recurso produce. Es una ironía que la “nacionalización” de los hidrocar- buros –una medida que la mayor parte de los bolivianos ha terminado apoyando con entusiasmo–, que ha incrementado significativamente los recursos fiscales en manos del Estado, pueda agudizar el conflicto sobre cómo y quiénes deben utilizar esos recursos. La debilidad del Estado para imponer su voluntad a los ciudadanos alienta el regionalismo. El proyecto de construcción nacional del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), post 1952, parece haber terminado en la demanda de “autonomías” regionales. Sin embargo, por más que Evo Morales aluda

InTRODuccIón

15

a la “nación” boliviana, es imposible ignorar la fuerza de la política regional. El

regionalismo le dio la fuerza política que necesitaba a la oposición para el debate sobre la composición y los poderes de la Asamblea Constituyente. Emergió con más fuerza que nunca a fines de 2007, cuando los departamentos del “media luna” anunciaron sus respectivas declaraciones de autonomía. Seguramente, uno de los desafíos más difíciles que enfrentará el Gobierno de Morales es encontrar una fór-

mula de autonomías satisfactoria para las regiones pero que mantenga la unidad territorial y no haga al país ingobernable. En cierto sentido, la elección del Gobierno del MAS representó un punto de inflexión en el patrón histórico de relaciones entre el Estado y sociedad en Bolivia. Justamente, nació de una crisis entre una variedad de movimientos sociales y un Estado cuyos vínculos con la sociedad (sobre todo a través del sistema de partidos) se había atrofiado durante las dos o tres décadas anteriores. Pero, desde otro pun- to de vista, el nuevo Gobierno representó una repetición de un patrón bastante conocido en la historia nacional, en el cual las presiones populares arrollaron al Estado y los movimientos sociales reclamaron por ellos mismos en el nombre de la democracia popular. Desde luego, los movimientos sociales han tenido un marcado protagonismo en el quehacer estatal, y muchos de sus dirigentes han entrado al Go- bierno desplazando a la burocracia tradicional. Un tema importante en este libro se refiere al balance entre la democracia (o la participación democrática) por un lado y el Estado de derecho por el otro. Para algunos, la extensión de la democracia popular pone en riesgo al Estado de derecho; para otros, el “Estado de derecho” es una máscara para ocultar los afanes de grupos de elite para mantener el estatus quo. George Gray Molina intenta repensar algunas nociones convencionales sobre las relaciones entre el Estado y la sociedad, invocando a una nuevo “contrato” entre un Estado que no es tan débil como a veces se piensa y una sociedad que no es tan fuerte. Según él, la elección del Gobierno masista representa un punto de arran- que para lograr un nuevo acuerdo, un nuevo punto de equilibro. Franz Barrios, en cambio, adopta un tono menos optimista. Destaca los peligros de una sobre-politi- zación del Estado bajo la influencia o captura de los movimientos sociales o lo que

él llama la “democracia plebeya”.

Uno de los debates de la Asamblea Constituyente giró en torno a las nuevas “reglas del juego” de la política. La definición de estas reglas –particularmente en vista del objetivo de “refundar” el país– estaba destinada a ser políticamente muy intensa, especialmente por la falta de confianza entre el Gobierno y la oposición. Tanto Eduardo Rodríguez Veltzé como Luis Tapia anotan en sus capítulos respec- tivos que la Constitución boliviana ha estado sujeta a repetidas reformulaciones desde la Independencia, hace casi dos siglos, para reflejar la emergencia de nuevos actores y el cambio de las prioridades de la sociedad. La demanda de una nueva Constitución vino de los movimientos sociales que emergieron a partir de los no- venta que veían que el viejo sistema político era excluyente y que no representaba

16

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

a los ciudadanos comunes y corrientes. Al momento de escribir esta Introducción,

el futuro del nuevo texto constitucional (fruto de la Asamblea Constituyente (2006-2007) era todavía incierto. Sin embargo, si bien muchos aspectos de la an- tigua Constitución serán mantenidos, existirán cambios importantes respecto a los derechos y la representación indígenas, la división política, las autonomías regio- nales, la propiedad y los derechos sobre los recursos naturales y la distribución de

los beneficios que su explotación conlleva, la relación entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial y sobre el sistema electoral para aumentar la participación. Una de las polémicas más duras de la etapa preparatoria de la Asamblea Constitu- yente fue, precisamente, el alcance del poder de este cuerpo. ¿Dónde debe residir el poder soberano? ¿En la Constitución existente o en la Asamblea elegida para formular una nueva Constitución? La victoria del MAS en 2005 planteó también fuertes dilemas de políticas públicas, incluyendo la discusión sobre el modelo de desarrollo. ¿Qué tipo de es- trategia de desarrollo debería seguirse para resolver los problemas de deprivación social en uno de los países más pobres y desiguales de América Latina? Antes de llegar al poder político, el MAS criticó ampliamente los preceptos del capitalismo neoliberal, buscando promover un modelo de desarrollo de mayor igualdad social

y un tipo de desarrollo laboral que el neoliberalismo ha fracasado en producir.

Sin embargo, la importancia de la economía del gas –intensiva en capital y de escasos eslabonamientos con el resto de la economía– es difícil de ignorar. Como el capítulo de Miranda argumenta, Bolivia tiene pocas alternativas que no sea la utilización de sus recursos naturales para la generación de divisas e ingresos fiscales que impulsen el crecimiento económico y mantengan la economía estable. Pero

los peligros de depender de un commodity son evidentes en un país cuya historia ha estado condimentada de booms de corto plazo que fracasaron en la generación de un desarrollo de base ancha. Discutiendo la “economía más allá del gas”, Wan- derley centra su atención en la creciente economía informal y en la necesidad de encontrar mecanismos que la transformen en un actor central del desarrollo económico, para construir una economía exportadora basada en ventajas compa- rativas de otro tipo, con multiplicadores de empleo mucho más potentes que los de los hidrocarburos o la minería. El desafío que enfrenta el Gobierno es cómo sacar ventaja de las oportunidades económicas del gas de forma tal que la economía pue- da diversificarse. Éste era, debemos anotar, el mismo desafío que los gobiernos del MNR trataron de asumir en los cincuenta. Una vez más, se puede aprender mucho del estudio del pasado. La victoria del MAS también sacó a la luz un dilema mayor de la política pública. ¿Cómo Bolivia, un actor pequeño en el sistema internacional, va a respon- der a las inevitables presiones externas? Concretamente, ¿cómo va a enfrentar la globalización y, al mismo tiempo, proteger en la medida de lo posible sus intereses? Desde 1985, los sucesivos gobiernos buscaron conectarse con el mundo exterior

InTRODuccIón

17

para aprovechar algunas ventajas que este ofrecía. En particular, procuraron atraer la inversión extranjera y utilizarla como un instrumento para alcanzar el creci- miento global de la economía. También buscaron utilizar los recursos de la banca multilateral y de otros “donantes” para enfrentar la pobreza y la exclusión. En el corto plazo, por lo menos, estas políticas tuvieron algunos éxitos; en la década de los noventa, para el Banco Mundial y otras agencias, Bolivia era un ejemplo para otros países en desarrollo de lo que podía lograr con la liberalización económica. Estos éxitos relativos, contrastaban con los horrores de la hiperinflación de inicios de los ochenta. Las fallas del modelo fueron más obvias a consecuencia de la rece- sión económica sucedida después de 1999 y fue un elemento importante de la crisis política y social que ahogó a sucesivos gobiernos desde entonces hasta 2005. Pero, ¿era recomendable para los nuevos gobiernos desafiar al sistema internacional? Para Juan Antonio Morales, un funcionario clave del período previo como Presidente del Banco Central, los peligros eran muy evidentes. El país no estaba en posición de imponer sus términos y la consecuencia de “nadar contra la corriente” hubiese sido la pérdida mercados comerciales, de inversiones y de asistencia para el desa- rrollo. Más aun, Morales sostiene que la capacidad de Bolivia para negociar con el resto del mundo está limitada por la inexperiencia de los funcionarios y asesores. Una interpretación muy diferente es la que ofrece Carlos Arze, para quien la eco- nomía neoliberal fue la responsable directa de los problemas sociales que contribu- yeron al colapso del anterior régimen. Es claro que muchas políticas económicas del nuevo Gobierno representan un abandono de las reglas establecidas y asociadas al Consenso de Washington. Es claro también que algunos cambios de política –particularmente la renegociación con las compañías petroleras– trajeron impor- tantes ganancias económicas de corto plazo. Sin embargo, a tres años de iniciado el nuevo Gobierno, es difícil predecir cómo seguirá la nueva estrategia económica en el futuro. ¿Será Bolivia capaz de atraer nuevas fuentes de inversión? ¿Perderá sus preferencias comerciales con los Estados Unidos? ¿Continuará comprando Brasil grandes cantidades de gas boliviano? ¿Mantendrán Cuba y Venezuela su asistencia para el desarrollo? Lo que es claro es que Bolivia seguirá siendo un jugador débil en el sistema internacional, dependiente de los altibajos de la economía global y deberá jugar sus cartas con cuidado. Finalmente, en el último capitulo, Laurence Whitehead se pregunta cuánto de nuevo hay en la Bolivia de Evo Morales. Evaluando los cambios en curso, su- braya la necesidad de ubicar los hechos del presente como parte de una evolución histórica mucho más larga. La preocupación por el presente puede distorsionar los lentes a través de los cuales observamos el significado del cambio. Es posible que sólo se pueda ofrecer un análisis adecuado dos o tres generaciones después. El análisis de sucesos contemporáneos está sujeto a peligros. Es imposible saber cómo futuras generaciones juzgarán la importancia de los hechos que ocurren hoy en el país, así como fue imposible para quienes vivieron la Revolución de

18

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

1952 percibir el significado global que esos acontecimientos tendrían. El resulta- do de los cambios de ahora dependerá en gran medida de cómo se resuelvan las tensiones que hemos mencionado. Sea cual fuere el resultado del Gobierno de Evo Morales, es posible que las futuras generaciones vean en éste un importante punto de inflexión, como lo fue 1952, si algunos de los cambios implementados hoy echan raíces sólidas para el futuro. Los editores quieren agradecer a varias personas e instituciones por su apo- yo para hacer este libro una realidad. En primer lugar, quieren reconocer la ayu- da brindada por el Warden y Fellows del Nuffield College, en la Universidad de Oxford, por ser los anfitriones de la conferencia en la que se presentaron muchas de la ponencias originales. Del mismo modo, los editores quieren reconocer pú- blicamente al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), cuya oficina el La Paz organizó un encuentro posterior y pagó algunos de los costos de traducción de esta edición en castellano. La Embajada Británica en La Paz y la oficina local de el Department for International Development (DFID) proveyeron fondos para facilitar los viajes de algunos de los expositores en la conferencia en Oxford. El Foreign and Commonwealth Office (FCO) en Londres ayudó con los costos de traducción al ingles de algunos capítulos, pues este volumen se publica en inglés por Pittsburgh University Press. Finalmente, quisiéramos agradecer a todos los autores que contribuyeron a este libro por su tiempo, esfuerzo y paciencia.

Referencias bibliográficas

Crabtree, J. y L. Whitehead (editores)

2002 Towards Democratic Viability: the Bolivian Experience. Basingstoke: Palgrave.

PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo)

2007 Informe nacional sobre desarrollo humano 2007: El estado del Estado en Bolivia. La Paz: PNUD.

Larga memoria de lo étnico en Bolivia, con temporales oscilaciones

Xavier Albó, CIPCA

Introducción

En este ensayo se resalta la persistencia de la dimensión étnica en la realidad social y política de Bolivia. Cuando se la observa desde una perspectiva de largo plazo, muestra su juego entrelazado con otros factores, entre los que sobresalen la perspectiva del Estado nacional y los conflictos de clase. Los datos básicos más actualizados de la autopertenencia étnica de la po- blación boliviana los brinda el Censo 2001, que hizo esta pregunta a la población mayor de 15 años, con los siguientes resultados: un 31% se audoidentificó quechua, otro 25% aymara, ambos mayormente en la región occidental andina, y un 6% dijo pertenecer a alguno de otros 31 pueblos originarios o indígenas 1 esparcidos ma- yormente en las tierras bajas, siendo los tres principales el chiquitano (2,4%), el guaraní (1,6%) y el mojeño (0,9%). Es decir, casi dos tercios (62%) de la población boliviana afirman pertenecer a alguno de estos pueblos. Es oportuno recordar que un siglo atrás, el Censo de 1900 incluyó una pre- gunta semejante pero sin especificar pueblos, con el siguiente resultado: 13% blan- cos, 51% indígenas y 27% mestizos. Ésta fue la última vez que un censo nacional utilizó esa categoría. La oficina estatal responsable de aquel Censo comentó:

20

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

En breve tiempo, ateniéndonos a las leyes progresivas de la estadística, tendremos a la raza indígena, si no borrada por completo del escenario de la vida, al menos reducida a una mínima expresión 2 .

Cuando en 1971 fundamos el Centro de Investigación y Promoción del Cam- pesinado (CIPCA), escogimos el término campesinado –en vez de alguna referencia a los pueblos indígenas– porque ésa era la corriente dominante en el país desde la Revolución del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en 1952. Pero, transcurridos treinta años –y cincuenta de aquella Revolución, y cien del vaticinio de 1900– resulta que los que se autoidentifican como miembros de algún pueblo “originario o indígena” suman un 62%. Para muchos, el término indígena sigue es- tando más desprestigiado que el de mestizo, por lo que, a la vez que se autodefinen como quechuas, aymaras, etc., es corriente que se digan también “mestizos”, pero con una significativa diferencia con relación a la propuesta de 1952: ahora, para la mayoría, tal afirmación ya no implica negar su identidad como miembros de esos pueblos “originarios” (Seligson, 2006: 13-19). La mayor concentración indígena está, con mucho, en la región andina occi- dental (entre el 66% en Chuquisaca y el 84% en Potosí), que sigue concentrando dos tercios de la población total. Sin embargo, los procesos de desarrollo regional en los llanos y ciudades orientales, acelerados desde la Revolución de 1952, han atraído numerosas oleadas migratorias, de modo que actualmente tienen un signi- ficativo componente andino 3 . Por ese mismo proceso migratorio, más de la mitad de quienes ahora se proclaman quechuas, aymaras o miembros de los principales pueblos orientales viven en las ciudades, donde más fácilmente se sienten, además, “mestizos” 4 y, entre ellos, no todos mantienen lengua originaria, sobre todo los de la generación urbana más joven. Los datos anteriores reflejan que, a lo largo de un siglo han ocurrido notables cambios y, a la vez, han vuelto a aflorar profundas continuidades históricas que se mantenían subyacentes. Analizar esas continuidades y el cambio identitario es el telón de fondo del presente ensayo. En el caso boliviano, en medio de los indudables cambios sociales que se han dado, sobre todo a partir de la Guerra del Chaco (1932-1935), se cumple sin lugar a dudas la constatación braudeliana de los ciclos históricos largos. Silvia Rivera (2003: 178-184), desde los movimientos indígenas y campesinos, ha in- terpretado estos ciclos como su “memoria larga” (más allá de otra “corta”) a par-

2 Vol. II, p. 36, cf. pp. 31-32.

3 Máximo en el departamento de Santa Cruz, con un 17% de quechuas y un 4% de aymaras frente a un 17% de indígenas orientales.

LARgA memORIA De LO éTnIcO en BOLIvIA, cOn TemPORALes OscILAcIOnes

21

tir, principalmente, de la multisecular vivencia colonial y neocolonial. Veremos esta memoria en tres momentos: la sociedad colonial con su secuela neocolonial, el Estado de 1952 con su propuesta “campesina” y la reemergencia étnica desde fines de los años 1960.

La sociedad colonial y neocolonial

La importancia de la Audiencia de Charcas, precursora de la República de Bolivia, radicaba en sus minas y su abundante mano de obra indígena, sobre todo en la región andina, siendo la mita minera a Potosí la institución emblemática que unía a las dos. La sociedad dual colonial quedaba soldada en ésta y otras tributaciones que, canalizadas a través de los caciques o autoridades indígenas coloniales, legitimaban ante la Corona la persistencia de los pueblos “indios”, con su propia cultura, organizaciones y territorios. Ésta es la esencia de lo que Tristan Platt (1982) llama el implícito “pacto colonial”. Fue cabalmente el de- bilitamiento de este “pacto”, después de las medidas borbónicas de mediados del siglo XVIII, uno de los detonantes que precipitó el levantamiento general indí- gena de los Tupac Amaru y los Katari en Cusco y Charcas (1780-1784), algo que sigue muy vivo en la memoria colectiva de los descendientes de quienes entonces fueron derrotados o amenazados. Superada esa crisis, la Corona abolió el sistema cacical, pero ni ello ni la ulterior Independencia (1825) –que fue estimulada a su vez por la rebelión indí- gena previa– rompieron el esquema colonial. Más bien mostraron su asimetría y explotación más al desnudo. Más aun, cuando con la recuperación de la minería de la plata, el nuevo Estado ya no necesitaba la tributación indígena (mantenida con el eufemismo de “contribución territorial”), se aceleró la expoliación de la tierra de comunidades para expandir el régimen de la hacienda, transformando a los “ex comunarios” en peones. De esta manera, a un siglo de la Independencia, la superficie de los ayllus y comunidades originarias quedó reducida a menos de la mitad, provocando interminables rebeliones de esas comunidades y el consabido contrapunto de represión y hasta de masacre por parte del Ejército. Así se explica que, cuando en 1932-1935 el Ejército se desplazó al Chaco para la guerra contra el Paraguay, muchas comunidades e incluso peones de haciendas andinas aprovecha- ron la situación para generalizar una guerra indígena no declarada (Arze, 1988). Esa transformación del pacto colonial en una relación de explotación más asimétrica consolidó lo que ahora llamamos una sociedad neocolonial. Lo común de ambas situaciones es la clara oposición entre una elite minoritaria dominan- te, considerada descendiente de los conquistadores y colonizadores españoles e identificada con la historia y cultura europea, y una mayoría vista como des- cendiente de los pueblos que habitaban estas tierras, a los que se llamó primero

22

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

naturales, después indios (por la confusión inicial de Colón) o indígenas y también por los nombres diferenciados de originarios y agregados 5 si seguían en sus ayllus y comunidades, y de yanaconas (y en la República, pongos) si habían pasado a servir y depender directamente de los españoles y sus sucesores en las haciendas u otras forma de servicio en las ciudades. En una situación intermedia estaba el creciente grupo mestizo con sus dos principales modalidades. Inicialmente se trataba de mestizos biológicos nacidos de español e india, que tendían a formar bloque con la “república de españoles”. Pero poco a poco fue prevaleciendo la figura del “mestizaje cultural” por el que algunos que eran biológicamente indígenas, pero que ya habían perdido sus vínculos con sus lugares rurales de origen, se arrimaban más bien a esa condición rechazando sus orígenes. Esta situación culturalmente intermedia fue ganando mayor cuerpo en la nueva situación republicana, hasta el punto de que empezó a distinguirse del mesti- zo un grupo subalterno llamado cholo (Barragán, 1990) por su mayor cercanía a los indígenas de los que, en el fondo, provenían. Ellos mismos no se autoidenficaban como tales sino que se trataba (y se trata) mayormente de un nombre despectivo que otros les han dado. Es ya clásica la sombría forma con que los describe Alcides Arguedas en su ensayo Pueblo enfermo (1909). En el menor poblamiento, la mayor dispersión y diferencias internas entre sus múltiples pueblos originarios y la ausencia de la explotación minera. Como resultado, la gama de relaciones interétnicas fue mucho más variada, desde la au- sencia de contacto entre algunos pueblos y las guerras crónicas entre otros, como los guaraní-chiriguanos, hasta la explotación directa en haciendas e incluso la forma muy particular con que otros entraron al mundo colonial a través de las misiones-reducciones. Ya en tiempos republicanos, se añadió la explotación de la goma y, su apéndice, la Guerra del Acre, las expediciones de conquista de nuevos pueblos y territorios y luego, como colofón, el pueblo guaraní quedó totalmente atrapado en la Guerra del Chaco que, a la postre, aceleró más la expansión de las fincas ganaderas en su territorio. Sería inexacto concluir de este panorama, como piensan algunos, que en esta larga era colonial y neocolonial la clase política estaba constituida sólo por la minoría dominante blanca, amplificada tal vez por sus aliados mestizos, y que el sector indígena, que seguía constituyendo la inmensa mayoría del país, se man- tenía en una postura “prepolítica” y pasiva. Otra cosa es que éste haya sido, tal vez, el sueño de la elite. Pero las continuas luchas y rebeliones de los pueblos indígenas, tanto en la Colonia como en la República, muestran su permanente accionar político, como altamente político era también, desde otra perspectiva, el juego de cintura con el que, dentro de su posición subalterna, debían actuar los

LARgA memORIA De LO éTnIcO en BOLIvIA, cOn TemPORALes OscILAcIOnes

23

caciques y otras autoridades indígenas como bisagra entre la república de indios

y la de blancos. Ya mencionamos que la sublevación general de 1780-1784, que

puso en vilo al régimen colonial como nunca antes, tuvo además el efecto políti- co no pretendido de despertar al mundo criollo y mostrarle la posibilidad real de la independencia, aunque contados fueron después los invitados a participar en la Guerra de la Independencia. Cuando el nuevo Estado republicano intentó construirse sin los pueblos indígenas, ellos se encargaron de seguir jugando un rol político, no sólo a través de su resistencia militante al avasallamiento de sus territorios sino también to- mando partido en las diversas pugnas entre grupos políticos criollos que preten-

dían escalar al poder. Después, exacerbados por la defensa de su tierra amenazada, fueron en varias ocasiones actores y aliados clave de diversos grupos políticos emergentes, por mucho que una y otra vez fueran traicionados por éstos cuando se establecían en el poder. Así ocurrió, por ejemplo, cuando apoyaron la caída de Melgarejo en 1871, que había firmado y ejecutado las leyes de exvinculación en contra de las “ex comunidades”; y de nuevo en 1899, cuando apoyaron a los libe- rales paceños en su insurgencia contra los conservadores de Sucre; y por tercera vez, dos décadas después, en 1921, durante la revolución de Bautista Saavedra

y sus republicanos contra los liberales (Albó y Barnadas, 1995, gráfico 31). En

esa oportunidad, se llegó a formar una alianza entre el Partido Republicano de Saavedra y el nuevo movimiento cacical, llamado así en clara referencia a la re- cuperación de la memoria de los antiguos caciques coloniales en torno a los años veinte (Choque y Ticona, 1996: 35-45) 6 . La justificación ideológica de esta sociedad jerarquizada y discriminadora cambió parcialmente entre el período colonial y la república neocolonial, pero sólo para llegar a conclusiones relativamente semejantes. En el primero, a la herencia de la sociedad española estratificada, con ciertos toques incluso sacrales (Díos esta-

ba por el lado español), se añadió al principio el debate sobre la condición humana de los indios. Se impuso lo obvio (al fin y al cabo los indios eran humanos), pero con una serie de restricciones con relación a su capacidad jurídica, por ejemplo,

para acceder a determinados cargos públicos y religiosos. El mestizaje se desglosaba

a su vez en un sofisticado espectro de “castas” (Szeminski 1983), que tenía muy en

cuenta la mayor o menor dosificación de la mezcla entre blancos, indígenas e inclu- so negros, pese a que en Charcas y Bolivia nunca fueron numerosos. En cambio, en el primer siglo de la República se impuso el llamado darwinismo social que, con un barniz de apariencia científica, exaltaba la superioridad de la raza blanca (Demelas, 1981). Incluso la subordinación de ex comunarios al régimen de hacienda llegó a ser vista como una ventaja para superar las limitaciones inherentes a su raza.

24

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

Recapitulando, por una u otra vía, el dualismo asimétrico de la sociedad colonial continuó y hasta se agudizó con el neocolonialismo republicano. Pero al mismo tiempo, como contrapunto, este enfoque nunca contó con la sumisión pasiva de los pueblos originarios dominados. Desde su gestación y parto, Bolivia no sólo es una sociedad multicultural sino que este rasgo ha tomado y mantenido el perfil y la clara asimetría de una sociedad neocolonial. Ésta es la gran estructura fundante, el “pecado original” que, de una u otra forma, sigue condicionando al país de manera reiterada a lo largo de toda su historia.

El Estado del 52 y los campesinos

La derrota de Bolivia ante el Paraguay en la Guerra del Chaco provocó una profunda crisis nacional y la búsqueda colectiva de un nuevo estilo de país. Algunos de esos nuevos lineamientos se perfilaron en la Asamblea Constituyente de 1938 (Barragán, 2005: 359-371), pero el cambio real tuvo que pasar por la sangrienta Revolución del MNR en 1952, que llevó a la presidencia a su jefe, Víctor Paz Es- tenssoro. Surgió así el llamado “Estado del 52”, que con cambios significativos pero secundarios persistió hasta su desmantelamiento en 1985. Éste fue el intento más largo y logrado de la historia de construir una es- tructura estatal relativamente sólida e inclusiva del conjunto de la población, en contraste con lo que George Gray (2006) llama “el Estado [boliviano] como modus vivendi”. En términos económicos, se caracterizó por la concentración de empresas o “corporaciones” estatales, empezando por la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), fruto de la nacionalización de las minas, y Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) y siguiendo con otras varias empresas a la sombra de la Corporación Boliviana de Fomento (CBF). En términos políticos, la tendencia del nuevo régimen, inspirada en otras experiencias contemporáneas como las del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México y el pero- nismo en Argentina, era consolidar un partido omnipotente y omnipresente –el MNR– al que debían responder las diversas organizaciones sociales. El MNR, que había subido al poder con el apoyo de la Policía contra el Ejército, complementó

a la primera con su temido mecanismo represivo de “control político” y sustituyó al segundo con sus “milicias populares”, formadas principalmente por mineros

y campesinos y equipadas con los viejos fusiles Máuser de la Guerra del Chaco,

aunque después abrió de nuevo el Colegio Militar con la vana esperanza de for- mar un nuevo Ejército fiel a su Revolución. Con ese modelo, se implementó una serie de transformaciones públicas y sociales, entre las que sobresalen, para nuestro tema, el voto universal, incluso para las y los indígenas analfabetos, que eran todavía la gran mayoría del país; la masificación de escuelas rurales (sin cuestionar su típico enfoque castellanizador y

LARgA memORIA De LO éTnIcO en BOLIvIA, cOn TemPORALes OscILAcIOnes

25

“civilizatorio”); las nuevas organizaciones sindicales campesinas fomentadas por el Gobierno y una nutrida y leal “brigada parlamentaria campesina” en el Congreso. Con la ayuda y, a veces, la iniciativa de estos nuevos “sindicatos” campesinos, la Reforma Agraria logró desmantelar el tradicional sistema de haciendas en la región andina. Sin embargo, sentó a la vez las bases para una nueva estructura agraria dual en la frontera agrícola que se fue expandiendo en las promisorias tierras bajas del

Oriente, con miras a la autosuficiencia, modernización y diversificación agropecua- ria del país, mediante grandes fincas y empresas al lado de las pequeñas propiedades de los colonizadores. Empezó así a incubar lo que, con los años, sería la cara con- trarevolucionaria del MNR (la nueva oligarquía terrateniente y agroindustrial del Oriente) y uno de los mayores conflictos estructurales internos del país. Como consecuencia de la Reforma Agraria, en el occidente andino, los “campesinos” pasaron a ser los más leales aliados del régimen que hacían frente militantemente a cualquier intento subversor. Más aun, en la región quechua del Valle Alto de Cochabamba, donde los campesinos ya habían luchado contra los patrones y donde se firmó el decreto (y futura ley) de Reforma Agraria (Dandler, 1984), y en algunas otras regiones, como los valles quechuas del Norte de Potosí

y la región aymara de Achacachi, llegaron a funcionar los llamados “superestados

campesinos”, donde los dirigentes asumían de hecho las principales funciones del Estado, con notables márgenes de autonomía aunque sin cuestionar su lealtad al Gobierno del MNR. Es célebre el regimiento popular de los ucureños (provenien- tes del lugar donde se inició y firmó la Reforma Agraria), presente siempre que había alguna asonada contra el Gobierno, no sólo en Cochabamba sino también en lugares más distantes como las minas estatales, cuyos obreros pronto se distan- ciaron del Gobierno, su nuevo “patrón”, y Santa Cruz, donde se impusieron a la re-

belde oligarquía terrateniente, en uno los primeros conflictos abiertos entre collas

y cambas (Albó y Barnadas, 1995: 217-226; Albó, 1999: 467-471). Pero el costo de la incorporación orgánica del sector rural fue que el Estado desconoció y pretendió borrar las identidades culturales de estos pueblos. Bajo el legítimo argumento de eliminar la discriminación racial contra los “indios”, se los empezó a llamar “campesinos” y sus organizaciones comunales se transformaron en “sindicatos campesinos”, aunque ya no tuvieran patrón ni reivindicaciones claras como la recuperación de sus tierras. En los primeros años, los propios interesados, por lo general, aceptaron con ilusión y hasta con orgullo este cambio, incluso en áreas que nunca tuvieron haciendas ni patrones, pensando que era el camino para liberarse de la explotación y la discriminación y llegar a ser ciudadanos plenos y modernizados dentro del Estado. En medio de estas indudables transformaciones, el nuevo Estado del 52 no siempre tuvo éxito en sus pretensiones, ya sea por los conflictos entre sus alas internas, o por problemas económicos y de gestión en Comibol y otras empresas estatales, o por la creciente dependencia de Estados Unidos para cu-

26

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

brir el déficit fiscal, con la consiguiente derechización, sobre todo a partir del triunfo de Fidel Castro en Cuba. Finalmente, en 1964, el MNR cayó por el golpe militar del general René Barrientos, hasta entonces vicepresidente de la segunda gestión de gobierno de Paz Estenssoro. Así se inauguró la serie de regímenes militares que, sin embargo, mantuvieron lo fundamental del Estado del 52. Con relación a nuestro tema, Ba- rrientos dejó claro desde un principio que mantendría y hasta profundizaría la Re- forma Agraria y consolidó el “pacto militar campesino”, que había firmando siendo vicepresidente del Gobierno del MNR. Desarrolló un enfoque populista y en sus constantes viajes a las comunidades era aclamado como “líder máximo del campe- sinado”. Los siguientes gobiernos militares no tuvieron ese carisma popular, pero la mayoría del campesinado los veía como sus aliados y líderes, continuadores de la liberación que les había “dado” el MNR desde la Reforma Agraria sin cuestionar el hecho de que habían derrocado al partido de la Revolución Nacional y truncado el sistema político democrático. En síntesis, el Estado del 52 y sus bases ideológicas no fueron una simple reproducción del sistema neocolonial precedente. Se generalizó por fin, a más de un siglo de la Independencia, el sentido de ser todos parte consciente y deseada del “Estado-nación boliviano”: ya no bolivianos “en sí” ni –para los indígenas– sólo de una manera subalterna y discriminada, sino todos bolivianos “para sí”. Pero, aun cuando el nuevo Estado hizo un notable esfuerzo, como nunca antes, para incorporar a los “indígenas-hechos-campesinos” de una manera más equitativa y formal, creando incluso en ellos un aura de liberación, en el fondo mantuvo la estructura colonial a través de viejas y nuevas vías más sutiles. Esta estructura se expresó no tanto en la exclusión y explotación directa en la hacienda sino en la persistencia del contraste brutal entre el campo y la ciudad en cuanto al acceso a bienes y servicios comunes; y, en el ámbito ideológico, en la necesidad de perder las identidades originarias como un tributo para lograr la ciudadanía plena. El ideal del Estado del 52 era, ciertamente, la construcción de una sociedad más inclusiva, pero uniformada por una cultura “mestiza”, en el sentido de que ya no era “indígena” sino una cultura común cada vez más cercana a la de la sociedad blan- co-criolla dominante, dentro de una mentalidad “civilizatoria”. El sistema escolar estatal, que se había expandido hasta los últimos rincones del campo, los sindicatos campesinos apoyados por los “comandos” del MNR y el servicio militar al que acudían sobre todo los jóvenes de origen rural y popular constituían los grandes instrumentos ideológicos para este propósito. De esa forma paradójica, lo que inicialmente se había propuesto como un mecanismo para superar toda discriminación étnica –y, como tal, era aceptado también por los propios interesados– acabó produciendo un efecto boomerang:

otra forma de discriminación cultural. Años después, Juan Condori Uruchi, un jo- ven aymara universitario que no había vivido la situación anterior al Estado del 52,

LARgA memORIA De LO éTnIcO en BOLIvIA, cOn TemPORALes OscILAcIOnes

27

lo expresaba de manera muy lúcida: “Dijeron que nos liberaríamos si dejábamos de ser indios. Les creímos y, casi sin darnos cuenta, poco a poco quedamos reducidos a una simple categoría social –‘campesinos’– con lo que estamos perdiendo nuestra condición de Pueblo Aymara” 7 .

La reemergencia étnica

El comentario anterior refleja los primeros indicios de que el esquema más profundo de la estructura sociocultural y del subconsciente colectivo –la memoria larga– volvía a aflorar a la superficie. Dos tipos de factores tienen que ver con ello:

uno, negativo, la frustración frente a las promesas incumplidas del 52 y, otro, la presencia de nuevos enfoques e incentivos. Entre los primeros, estaba la constatación diaria de que, pese a los esfuerzos de igualación a la sociedad criolla dominante, persistía la marginación del sector rural y popular. Por eso se seguían sintiendo “ciudadanos de segunda”, sensación que se fue acrecentando durante los regímenes militares. Entre los nuevos enfoques, hay que mencionar la red de radios educativas, la mayoría vinculadas con la Iglesia Católica, que al retrasmitir en lengua origi- naria, con alta participación de la audiencia, contribuyeron a fortalecer –a veces sin haberlo pretendido– un nuevo sentimiento de pertenencia a los pueblos que- chua y aymara y de que estos pueblos eran mucho más extensos que las pequeñas comunidades en las que vivían. Influyeron también algunos proyectos privados de promoción y algunos investigadores e intelectuales –entre los que sobresale el escritor militante Fausto Reinaga (1906-1994)– interesados en la dimensión étnica cultural. La expansión del sistema educativo, pese a su enfoque colonial civilizatorio 8 , contribuyó también a que algunos llegaran al nivel secundario e incluso universitario en la ciudad y abrieran así los ojos. Veamos los principales hitos de este proceso.

El Katarismo

La primera expresión articulada de esta emergencia fue el Katarismo, ini- ciado a fines de los años sesenta por jóvenes estudiantes aymaras con un pie en el campo y otro en la ciudad, que no habían vivido la experiencia anterior a la Reforma Agraria. Significativamente, su núcleo principal provenía precisamente de la región de comunidades originarias donde, dos siglos antes, había vivido Tupaj

7 Comentario personal en los años setenta, que se publicó también en la prensa.

28

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

Katari, el gran héroe anticolonial de 1780, y de él tomaron su nombre. Gustaban, además, aclarar algo clave para ellos: “Ya no somos los campesinos del 52”; y, glo- sando las últimas palabras atribuidas a este héroe al morir, repetían: “Tupaj Katari ha vuelto y somos millones”. El ascenso meteórico del Katarismo, antes y después de la dictadura militar de Hugo Banzer (1971-1978) y su consolidación en los primeros años de democra- cia (1982-1985) ha sido objeto de otros trabajos a los que remito (Rivera, [1983] 2003: 148-184; Albó, 1985; Hurtado, 1986), por lo que aquí me limitaré a resaltar sólo algunos rasgos internos y externos de este proceso. Internamente, esta emergencia supuso, en lo inmediato, la ruptura definitiva del Pacto Militar Campesino y las ilusiones que en él habían fijado las propias or- ganizaciones campesinas durante más de una década. En una perspectiva más am- plia, supuso también la superación de la “memoria corta” (Rivera, 2003: 179), que llegaba sólo hasta la Reforma Agraria de 1953 y a las esperanzas de ciudadanía ho- mogeneizante propuesta por el Estado del 52. Reapareció, en cambio, la “memoria larga” que se remonta al Estado (neo)colonial y a la necesidad de acabar con él. No es casual que ello haya coincidido con un cambio del eje geográfico de liderazgo. En la época de la memoria corta de la Reforma Agraria, éste se había concentrado, sobre todo, en la región de ex haciendas, incluso coloniales, de Cochabamba; y en el altiplano, en la región de Achacachi, donde predominaban también las hacien- das, por lo menos desde las expoliaciones de tierras del siglo XIX y principios del XX. En cambio, el liderazgo katarista, que recupera la memoria larga, volvió a las comunidades y ayllus originarios de la región donde actuó Tupaj Katari en 1780. Otros dos hitos: en 1982, recién restaurada la democracia, se creó la Con- federación Indígena del Oriente Boliviano (CIDOB) que, con los años, ha llegado a agrupar a todos los pueblos minoritarios de tierras bajas. Y, en 1983, el II Congreso de la CSUTCB elaboró y difundió una tesis política que, por primera vez, afirmaba:

Basta a una falsa integración y homogeneización cultural

la construcción de una sociedad plurinacional y pluricultural

que, manteniendo la unidad de un Estado, combine y desarrolle la diversidad de las naciones aymara, qhechwa, tupiguaraní, ayoreode y todas las que la integran.

] [

Queremos

Al nivel externo, hay que subrayar que, en Bolivia, el proceso de recupe- ración de la conciencia étnica fue un fenómeno fundamentalmente endógeno, y ocurrió antes de que en el escenario internacional se diera importancia al factor étnico. Por ejemplo, es reveladora la resistencia inicial de la Central Obrera Bo- liviana (COB), muy condicionada todavía por el paradigma internacional exclu- sivamente clasista, a incorporar en su seno a los dirigentes kataristas o incluso,

LARgA memORIA De LO éTnIcO en BOLIvIA, cOn TemPORALes OscILAcIOnes

29

llegada ya la democracia, a aceptar el uso de las lenguas nativas en el plan de alfabetización Senalep. La caída del muro de Berlín (1989) y el derrumbe de la Unión Soviética (1991) son los principales hitos internacionales que marcan la crisis del paradigma clasista característico hasta entonces de la mayoría de los movimientos populares, incluidos los de América Latina, y la adopción de un paradigma étnico, cuya im- portancia quedó manifiesta para muchos en los conflictos de este tipo que entonces se desataron en la ex URSS y en otros países de la Europa Oriental. Pero, para en- tonces, en Bolivia la propuesta katarista estaba muy avanzada e incluso los pueblos minoritarios de tierras bajas ya estaban agrupados en torno de la CIDOB, fundada en 1982 pero gestada varios años antes. En lo que esos cambios tardíos del paradigma internacional sí influyeron fue en corregir la percepción de los partidos tradicionales de Bolivia, tanto de derecha como de izquierda. Éstos, anteriormente, veían las iniciativas kataristas y otras semejantes como el diletantismo de unos pocos locos y como una señal más del “primitivismo” del campesinado, cuando no como un peligroso desviacionismo que podía degenerar en racismo. Incluso el poderoso movimiento minero, que lideraba la COB, usaba argumentos ideológicos para justificar el rol de vanguardia que debía jugar el proletariado minero sobre el campesinado y los “indiecitos” 9 quienes, por la propiedad privada de la tierra, eran “pequeños burgueses”, argumentos de apa- riencia teórica en los que subyacía la misma mentalidad colonial del Estado, antes y después del 52.

Apertura estatal al “indio permitido”

Con los cambios en la Europa del Este, los partidos de izquierda fueron los primeros en percatarse de la importancia del componente étnico, unos antes que otros. Más adelante, al katarismo y al CIDOB se añadieron, con un sesgo mu- cho más populista, otros movimientos, como Conciencia de Patria (Condepa) del “compadre” Palenque (desde 1988) en el escenario aymara de La Paz, y Unión Cívica Solidaridad (UCS), del “cervecero” Max Fernández (desde 1989), con un alcance más nacional. Aunque Fernández evitaba un discurso étnico o ideológico, los analistas se referían a él, por su apariencia, como “cholo”. También los partidos de derecha incorporaron, por reacción, este mismo discurso 10 . El último en hacer- lo fue el MNR (o, más exactamente, su candidato presidencial, Gonzalo “Goni”

9 El uso de ese término aparece, por ejemplo, en el testimonio minero publicado por Nash (1976).

30

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

Sánchez de Lozada) en las elecciones de 1993. Tras sondeos de marketing político, Goni decidió invitar como su compañero de fórmula al katarista aymara Víctor Hugo Cárdenas quien, de esta forma, llegó a ser el primer indígena en escalar la vicepresidencia del país (Albó, 1994). Por oportunismo político o por conven- cimiento de la relevancia del componente étnico antes ignorado, el caso es que desde entonces éste ya no puede ser soslayado ni en Bolivia ni en el mundo. Vale la pena detenernos algo más en el análisis de cómo este nuevo y viejo paradigma –que empalma con un largo ciclo histórico que se remonta por lo menos hasta la Colonia– se adaptó al nuevo escenario estatal boliviano, desde que en 1985 se dio fin al Estado del 52 para dar paso, por un simple de- creto supremo (nº 21060), a la llamada Nueva Política Económica basada en el modelo globalizador neoliberal que se generalizó en toda la región (ver Morales en este mismo volumen). Limitándonos a sus efectos en los movimientos sociales, el shock con el que se inició este cambio resultó más tolerable, incluso para muchos sectores populares, que el clima de incertidumbre creado por la inflación y devaluacio- nes galopantes de los tres primeros años de democracia y que el caos social y “desgobierno” que las acompañaban. La férrea estabilización monetaria generó tranquilidad en toda la población, aunque tuvo un alto costo social. La “reloca- lización” (léase despido) de la mayor parte de los trabajadores de las empresas mineras estatales fue particularmente dura. Los mineros, la “vanguardia proleta- ria”, perdieron, de hecho, la hegemonía del movimiento popular. Algo parecido ocurrió con los obreros de otros sectores menos eficientes de la economía formal, que transfirieron mucha mano de obra al sector informal más precario. Por otra parte, esta condición precaria era habitual en el sector indígena campesino y, por tanto, éste se sintió menos sacudido y, más bien, alcanzó un mayor protagonismo en el movimiento popular. Con los años, se les unieron otros sectores urbanos in- formales con mucha presencia de inmigrantes rurales y también de ex dirigentes obreros relocalizados. Durante el primer Gobierno de Sánchez de Lozada (1993-1997) –cuyo Vicepresidente, el aymara Cárdenas, era también Presidente del Congreso– se aprobó una serie de reformas de segunda generación que tuvieron dos vertientes. Éstas, por una parte, consolidaron la Nueva Política Económica y, por otra, le dieron una cara social e, incluso, de respeto étnico. Este último aspecto se vio en la reforma constitucional de 1994 que define el país como “multiétnico y pluri- cultural” (art. 1) y en la incorporación de la figura de las Tierras Comunitarias de Origen (TCO) (art. 171) con los principales atributos reconocidos a los pueblos indígenas y a sus territorios por el Convenio 169 de la Organización Interna- cional del Trabajo (OIT), que Bolivia había ratificado en 1991, después de una histórica marcha de los pueblos indígenas de tierras bajas hasta La Paz. Por otra parte, la Ley de Capitalización (1994) privatizó las empresas estatales con cier-

LARgA memORIA De LO éTnIcO en BOLIvIA, cOn TemPORALes OscILAcIOnes

31

tos rasgos de joint venture y dio una función social a sus presuntos beneficios: el Bono Solidaridad (Bonosol) para la población mayor de 65 años. El espectacular aumento de las reservas probadas de gas (en buena parte a partir de previsiones de la empresa estatal del petróleo) es fruto de esas generosas asociaciones con multinacionales petroleras 11 . Otras tres leyes son particularmente relevantes en ese juego dialéctico entre las dos vertientes. La Ley de Reforma Educativa (1994), por una parte, fue rechazada por los maestros porque les quitaba privilegios y ponía en riesgo su seguridad laboral

pero, por otra parte, introdujo en todo el sistema el principio de la interculturalidad

y el bilingüismo, favorable ante todo para la población indígena y, de haberse imple-

mentado de acuerdo a la Ley, también para la convivencia en un país pluricultural. La Ley del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) (1996), por una parte, abrió más el mercado de tierras para beneficio de las grandes empresas pero, por otra, hizo operativas las TCO para los pueblos indígenas, incluso como forma de propiedad agraria. Y la Ley de Participación Popular (1994), apropiándose de una demanda de las organizaciones de base, desarrolló y fortaleció el nivel municipal en todo el país, transfiriéndole mayores competencias y recursos, tangibles sobre todo en los municipios rurales que hasta entonces figuraban sólo en el papel. Esta ley otorgó, además, personería jurídica y roles de vigilancia a las Organizaciones Territoriales de Base (OTB), incluyendo a las comunidades indígenas y a los sindicatos campesinos, sin percatarse de que estos últimos son muchas veces “indígenas”. Desde un principio, muchos se preguntaron si estas concesiones a lo étnico eran sólo parte de una estrategia de los centros del poder global para debilitar a

los estados e imponer su modelo económico –algo así como el pan y circo de los antiguos romanos– o si respondían a la presión de los pueblos originarios para ser reconocidos. Probablemente influyeron ambos elementos. Sin la presión, dentro

y fuera de Bolivia, es posible que los gobiernos y la cooperación internacional no

hubieran visto necesario abrirse a esta temática. En Bolivia, hay evidencia de la resistencia inicial del Banco Mundial al enfoque intercultural bilingüe en la Refor- ma Educativa por consideraciones de eficiencia financiera. (Años antes también la COB se había opuesto a este mismo enfoque en el plan de alfabetización Senalep, pero por consideraciones clasistas.) Pero también tiene sentido que los grupos de poder, una vez aceptada la necesidad de responder a esa presión, hayan hecho todo lo posible para acomodarla a sus intereses, incluso como una manera de desviar la atención de lo clasista a lo cultural. En este contexto, podemos decir que la evi- dencia del “indio alzado” llevó al Estado, y quizás incluso a las grandes financieras internacionales, a hacer algunas concesiones al “indio permitido”. 12

11 Ver el ensayo de Carlos Miranda en este volumen.

32

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

En este contexto, hay que dar crédito al aymara Víctor Hugo Cárdenas –cu- yos orígenes se encuentran en el “indio alzado” katarista– por su habilidad como Presidente del Congreso para lograr que se aprueben varias medidas favorables a los pueblos indígenas en un Parlamento claramente hostil a ellos. Fue también desde su Vicepresidencia y de la nueva Dirección Nacional de de Asuntos Étnicos, de Género y Generacionales que se dieron los primeros pasos de lo que en 1997 se transformaría en el Consejo Nacional de Markas y Ayllus del Qullasuyu (CONA- MAQ). Sin embargo, para Cárdenas, el costo político de su participación en un modelo económico y político en alianza con un Presidente que con los años apare- cería como el símbolo de la “antipatria” fue muy alto. Pujó y logró que el Estado se abriera al “indio permitido” pero pronto fue desbordado por el desarrollo del “indio alzado” del que históricamente provenía. Al principio, el movimiento popular llamó “malditas” a estas leyes porque fue- ron impuestas por el Banco Mundial, pero ese juicio se fue matizando a medida que se implementaron. En el caso de la de Participación Popular, más bien, pronto se la llamó “ley bendita”, porque contribuyó efectivamente a transferir un porcentaje significativo de recursos estatales a las áreas rurales que, nunca antes, los habían tenido. Más aun, en medio de inevitables errores de aprendizaje y corrupción, pasó a ser un instrumento clave para construir el poder local popular. Así, en diciembre 1995, se realizaron las primeras elecciones municipales bajo la nueva ley y más de 500 indígenas y campesinos accedieron a gobiernos municipales como concejales e incluso alcaldes y, en las elec- ciones del año 2000 subieron a más de mil o 65% (Albó y Quispe 2004: 35).

El “indio alzado”: Evo y el MAS

En las elecciones municipales de 1995, el caso más notable fue el de la Asam- blea por la Soberanía de los Pueblos (ASP/IU, futuro MAS). Las organizaciones campesinas de Cochabamba, bajo el liderazgo del entonces dirigente cocalero Evo Morales, tuvieron el olfato político para ver que la Ley de Participación Popular, que muchos tildaban todavía de “maldita”, en realidad les abría un espacio para crear su anhelado “instrumento político”, por lo menos en el nivel municipal. Rá- pidamente presentaron su partido a la Corte Electoral, hábilmente sortearon las objeciones jurídicas de ésta arrimándose a otro partido y sigla 13 y, en menos de un año, lograron los primeros lugares en los municipios rurales de Cochabamba.

13 La Corte Electoral no aceptó la sigla ASP, por lo que en 1995 se asociaron a Izquierda Unida (IU), ya recono- cida. En las siguientes elecciones nacionales de 1997, tras una división interna, adoptaron la personería y sigla del Movimiento al Socialismo (MAS) que –por ironías de la historia– les cedió un partido de origen falangista. Paradójica y astutamente, el partido que la oposición llamaba “de los cocaleros”, supo aprovechar primero una reforma del Gobierno neoliberal y se prestó después una sigla de Falange –el partido que en los años 50 se opuso al Estado del 52– para llegar a la Presidencia en 2005 con una votación arrolladora.

LARgA memORIA De LO éTnIcO en BOLIvIA, cOn TemPORALes OscILAcIOnes

33

Fue el principio de la escalada hasta el presente. En las elecciones de 1997 (de las que Banzer salió nombrado Presidente por el Congreso) lograron cuatro diputados campesino-indígenas, todos de Cochabamba. Desde abril de 2000 se ge- neralizó el rechazo popular del modelo globalizador neoliberal, empezando con la “guerra del agua” en Cochabamba, siguiendo con una retahíla de bloqueos de caminos, sobre todo en el altiplano (liderados por el aymara Felipe Quispe) y en la zona de productores de coca del Chapare (liderados por Evo Morales). En enero del 2002, el Parlamento expulsó a Evo Morales, acusado sin pruebas de ser el res- ponsable de la muerte de dos policías en un conflicto con cocaleros, pero esto, más bien, lo catapultó, de modo que en las elecciones presidenciales de julio de ese año salió segundo, apenas un 1,4% por debajo del primero, Sánchez de Lozada. Entre el MAS de Evo Morales y el Movimiento Indio Pachakuti (MIP) de Felipe Quispe, los parlamentarios campesino-indígenas y afines fueron casi un tercio del total. Apenas transcurrido un año, una serie de movilizaciones contra la política del gas, considerada demasiado favorable a los intereses foráneos, culminó con masivos bloqueos y protestas de la ciudad de El Alto, que al ser reprimidas a bala, inclina- ron la balanza a favor de los rebeldes, obligando a Goni a renunciar y huir del país. Tras los gobiernos de transición de Carlos Mesa y Eduardo Rodríguez (por sucesión constitucional), las elecciones adelantadas de diciembre 2005 dieron una amplia victoria a Evo Morales y al MAS, con un 54% de los votos, algo nunca visto desde la restauración de la democracia. Gran parte del capital simbólico acumulado desde entonces por Evo Mora- les y el MAS se debe a su condición de ser el primer presidente militantemente indígena de Bolivia y del continente 14 . Su convocatoria se amplió porque también aparece muy ligado a otros movimientos populares, como el cocalero, el sindicalis- mo tanto “campesino” como obrero y urbano y las juntas vecinales, y por apelar a la izquierda tradicional, que había quedado fuera de juego desde 1985 y a algunos sectores cuestionados de clase media. En su programa, más allá de los gestos simbólicos, llama particularmente la atención, dentro de nuestro tema, la combinación de la retórica étnica, sintetizada en la propuesta de un país “plurinacional 15 e intercultural”, con la típica de otros regímenes de izquierda que buscan una mejor redistribución interna de los recursos y oportunidades y –a la vez– una mayor independencia y capacidad de maniobra frente a los intereses de las empresas multinacionales y de las grandes potencias en que éstas se apoyan. El Gobierno del MAS ha dado también pasos significativos hacia la reconstrucción de un Estado fuerte y unitario, que en muchos aspectos

I4

Los presidentes mexicanos Porfirio Díaz y Benito Juárez eran indígenas biológicos pero evitaron aparecer como tales y sus gobiernos se caracterizaron, más bien, por sus medidas anti indígenas.

34

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

parece inspirarse en el Estado del 52, pero con otro imaginario y propuesta, sobre todo en lo referente a la temática étnica y al desmantelamiento del modelo neoco- lonial. Por eso, su propuesta busca conjugar el carácter plurinacional del nuevo Estado con el de unitario y fuerte. Para llevar adelante su programa, actualmente el Gobierno cuenta con una coyuntura internacional particularmente favorable

tanto en lo económico, sobre todo por los altos precios del gas, como en lo político, por la mayor inclinación hacia la izquierda en muchos gobiernos de la región. Internamente, se le ha abierto un frente difícil en la creciente confrontación entre el occidente andino, más pobre y todavía con la mayoría de la población,

y los grupos de mayor poder económico de las tierras bajas de la llamada Media

Luna, desde el norte y oriente hasta Tarija al sur, que han logrado atraer a su causa

a buena parte de su población. Esta polarización, de larga data en la historia del

país pero parcialmente frenada por el potenciamiento municipal de la Ley de Par- ticipación Popular, rebrotó con fuerza durante el corto y débil Gobierno de Carlos Mesa (2004-2005) –en el que se contrapuso la “agenda de octubre” (2003) de El Alto y el occidente andino con la “agenda de julio” (2004) de Santa Cruz y la Me- dia Luna– y ha sido innecesariamente amplificada por algunas posturas del propio Gobierno del MAS. Esta situación hace insoslayable el análisis de la temática autonómica dentro de ese Estado “unitario” y a la vez “plurinacional”. Lo que se vislumbra es que, en realidad, se trata de un juego de autonomías: las departamentales, reclamadas por la Media Luna; las municipales, iniciadas de alguna manera por la aplaudida Ley

de Participación Popular; y las de las unidades territoriales indígenas, apoyadas por

el Gobierno; cada una de ellas con competencias a ser definidas.

Todos estos planteamientos serán sin duda centrales en la Asamblea Cons- tituyente instalada en agosto de 2006 pero trabada durante mucho tiempo por

bizantinas disputas procedimentales en las que se ocultaban intereses confrontados de la mayoría oficialista, quizás demasiado deslumbrada todavía por su 54%, y de la minoría opositora ahora desplazada pero afanada en recuperar espacios. Es la paradoja de un Gobierno que ha llegado al poder por la vía democrática electoral

y con amplia mayoría absoluta, pero sin sacar de la cancha a sus opositores, lo que no le permite imponer a sus anchas su propia propuesta de la manera que lo hizo, por ejemplo, el MNR en 1952, después de una sangrienta revolución que anuló a

la oposición.

Algunos rasgos dialécticos recurrentes

A modo de conclusión, en esta última parte resaltaré telegráficamente diver- sas tensiones dialécticas que se repiten en la historia y que pueden ayudar a detec- tar las continuidades en medio de las variantes coyunturales. Las dos primeras son,

LARgA memORIA De LO éTnIcO en BOLIvIA, cOn TemPORALes OscILAcIOnes

35

en mi opinión, las fundamentales y las otras son configuraciones complementarias que estas mismas han desarrollado en la realidad geográfica y territorial. La primera tensión se da entre la identidad o identidades étnicas y la identi- dad nacional unificante. El punto de partida en la historia profunda es la diversidad de identidades étnicas, muchas de las cuales recién después de la política de reduc- ciones coloniales adquirieron cierta cristalización en determinados territorios. La Colonia contribuyó, por otra parte, a diluir en parte las particularidades étnicas precedentes al reforzar la polarización más genérica entre lo español-criollo y lo in- dio o indígena. Se esbozó, así, de manera implícita, cierta convergencia interétnica de los pueblos originarios en la contradicción fundamental de nuestra estructura colonial y después neocolonial. Éste es, desde entonces, el condicionamiento histórico más largo y persisten- te de nuestra formación política y social. Ni el mestizaje biológico de la primera época colonial ni el posterior mestizaje cultural que durante el Estado del 52 se transformó en el montaje ideológico de la identidad nacional boliviana han lo- grado reemplazarlo, como muestra la creciente reemergencia étnica a partir de los años sesenta. Una consecuencia jurídica de esta primera tensión es la necesidad de buscar una mayor complementariedad entre derechos ciudadanos individuales, que apuntan a la unidad nacional, y los colectivos, entre los que sobresalen los específicos de cada pueblo indígena. Los pueblos indígenas tienen una doble demanda: ser “ciudadanos de primera” sin discriminaciones por su condición étnica y, a la vez, que se respete su derecho a ser “diferentes”, por su condición de pueblos originarios. Es decir, quieren ser iguales pero manteniendo sus identidades culturales distintas. Ello puede tener consecuencias en el ordenamiento territorial y en los márgenes de unidad y autono- mía dentro de él, no sólo por departamentos y municipios sino también según otros criterios derivados de la identidad y organización como pueblos originarios. La segunda tensión se da entre etnia y clase. Se relaciona con la constitución de la estructura (neo)colonial arriba indicada, por cuanto la polarización entre lo hispano-criollo (arriba) y lo indígena (abajo) tiene mucho de la contradicción entre una clase dominante y otra explotada. La explicitación de esta tensión como una lucha de clases es más reciente, y está relacionada con las nuevas conceptuali- zaciones políticas, sociales y económicas elaboradas en Europa en el siglo XIX. Pero en la forma en que éstas llegaron y se adaptaron a nuestras latitudes, desde México hasta el sur de Chile, se ha mantenido esta tensión dialéctica. A principios del siglo XX, las nuevas corrientes marxistas encontraron cierta síntesis al identificar al indio como el más pobre de los pobres, algo que, bajo la influencia del peruano Mariátegui, enfatizaron en Bolivia personajes como Tristán Marof y José Antonio Arze. 16 Pero más adelante, en línea con el internacionalismo de los partidos de

36

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

inspiración marxista, se tendió a ver la contradicción fundamental sólo en la lucha de clases, relegando la contradicción étnica como algo meramente super- estructural o peligrosamente racista. El redescubrimiento de la riqueza cultural de los “pobres” indígenas llegó a Bolivia, primero, a través de artistas y literatos, como el quechuólogo y novelista Jesús Lara –que en 1951 fue también candidato presidencial del Partido Comunis- ta– y más recientemente el cineasta Jorge Sanjinés. Después, fueron los propios pueblos originarios –pese a seguir organizados como “sindicatos campesinos”– los que, durante el deterioro militarista del Estado del 52, empezaron a reclamar con fuerza la importancia de sus diversas identidades culturales, experimentadas vital- mente más como pueblos originarios concretos que como “indios” o “indígenas” genéricos. Sólo al final se añadió la eclosión internacional de lo étnico, producida por la caída de los socialismos históricos de Europa y Asia y, con ella, la de su modelo exclusivamente clasista. El riesgo fue que, en la debacle, se cayera en otro reduccionismo: sólo el polo étnico. Así pareció ocurrir en Bolivia y otros países la- tinoamericanos, cuando los gobiernos y agencias internacionales de enfoque neo- liberal empezaron a incorporar lo “multiétnico y pluricultural” en sus respectivas constituciones (Sieder, 2002) a la par que imponían una globalización económica de estilo neoliberal que tiende a achicar el Estado y a borrar del horizonte la proble- mática de clases. Ahí nació la distinción, que algunos han empezado a usar, entre el indio “permitido” por los estados y el indio “alzado”, rebelde y revolucionario al que la sociedad dominante ya no toleraría. Estas evoluciones y continuidades en el tiempo no señalan dos perspectivas con- trapuestas, de las que sólo una sería válida, ni una evolución cronológica de lo étnico a lo clasista o “moderno” ni viceversa. Retomando una metáfora que años atrás era co- mún entre los kataristas, etnia y clase son los dos ojos con los que hay que comprender la realidad o los dos pies para moverse en ella. La emergencia del MAS y el Gobierno de Evo Morales parecen haber agarrado al toro por sus dos astas, tanto dentro del país como en las relaciones internacionales. El Gobierno de MAS y la Asamblea Constitu- yente deberán seguir alertas para mantener abiertos esos dos ojos, dos manos y dos pies para interpretar y transformar nuestra compleja realidad nacional. En el camino, han ido aflorando otras tensiones dialécticas complementa- rias, relacionadas sin duda con las anteriores, entre las que subrayaré principalmen- te dos. Una, la tercera, es la tensión rural-urbana. En las áreas rurales se concentra la mayor pobreza y a la vez la mayor densidad étnica tanto desde el punto de vista demográfico como de intensidad cultural, mientras que en las ciudades se concen- tra la mayor riqueza y a la vez la presencia hegemónica de la cultura no indígena, más abierta a la influencia de otras formas culturales, nuevas o no, llegadas con la creciente globalización. En el pasado, esta contradicción llevó con frecuencia a la

LARgA memORIA De LO éTnIcO en BOLIvIA, cOn TemPORALes OscILAcIOnes

37

conclusión perversa y científicamente insostenible de que los sectores rurales eran más pobres porque se aferraban a sus culturas ancestrales y que la solución era, por lo tanto, “civilizarse” o mestizarse culturalmente, es decir, abandonar su propia cultura para acercarse cada vez más a la cultura dominante hispano criolla. En las últimas décadas, se ha producido una variante importante en esta ten- sión, por el notable aumento que han experimentado los movimientos migratorios, primero del campo a la ciudad y a la frontera agrícola y, últimamente, también a otros países. El resultado es que actualmente la mayoría de quienes se identifican como miembros de algún pueblo originario viven en centros urbanos, con frecuen- cia pero no siempre, en su área periférica más pobre. Aunque a la larga muchos emigrados de segunda y tercera generación modifican significativamente su manera de ser y pierden los vínculos con sus lugares de origen, son también muchos los que en los centros urbanos siguen identificándose como miembros de su pueblo origina- rio, aunque, quizás, hayan perdido la lengua y/o se digan a la vez “mestizos”. Por otra parte, muchos mantienen un pie en ambas áreas, como si la ciudad fuera ahora un nuevo piso “eco-socio-económico” de su gente. La ciudad de El Alto es el caso más notable, pero no el único. El 74% de su población se hizo censar como aymara, pese a que sólo un 48% habla esta lengua, y el porcentaje es bastante menor en las generaciones más jóvenes. Por ello, esta ciudad, sólo recien- temente desprendida administrativamente de La Paz, funciona como una bisagra entre la metrópoli y el campo aymara circundante, donde nació casi el 40% de su población. Por eso mismo, la rebelión popular de octubre 2003, cuyo foco principal estuvo en El Alto, fue descrita por muchos como una rebelión aymara. Es decir, el fuerte fenómeno migratorio desplaza en parte la contradicción rural urbana a la contradicción “campo + periferias urbanas étnica y socialmente empobrecidas” vs “áreas urbanas más ricas, criollas y céntricas”. La otra tensión, y van cuatro, es la regionalista que actualmente se ha pola- rizado en la contradicción colla vs camba o, si se prefiere, entre el occidente andino y la Media Luna, que abarca a las tierras bajas orientales y a Tarija. En Bolivia, los conflictos regionales son de larga data, hasta el punto que algunos llegan a consi- derarlos como la contradicción fundamental del país (ver el artículo de José Luis Roca en este mismo volumen). Por eso, la demanda autonómica resulta fundamen- tal para la Media Luna. Pero en su forma actual, más dicotómica, ha tomado un nuevo cariz que, según algunos, si no se la encara adecuadamente, podría romper la viabilidad de Bolivia como país. La diferencia ecológica, cultural, socioeconómica y política entre la macro región andina y las tierras bajas se remonta a épocas precoloniales y ha persistido hasta el presente con cambios menores. Uno de estos cambios es el tránsito, por razones económicas y culturales, de Tarija, cuya parte más poblada es ecológica- mente andina, a la Media Luna. Estas razones explican también buena parte de la polarización actual entre occidente andino y la Media Luna. En términos de

38

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

clase, es fundamental el control de las elites de la Media Luna sobre los recursos naturales, desde la tierra hasta el petróleo, actualmente mucho más ricos allí que en el occidente andino, hoy más empobrecido por el menor valor de sus recursos mineros y la pérdida de su complemento comercial marítimo. Si a ello añadimos, en términos étnicos, el gran peso aglutinante que en la Media Luna juega la cultura hispano-criolla frente a las minorías muy diversificadas y dispersas de pueblos ori- ginarios e inmigrantes andinos, se explica que la polarización halle, de momento, un eco fácil en otros sectores poblacionales. No se agotan aquí las tensiones dialécticas que se cruzan a lo largo de las épocas. Sigue, por ejemplo, el dilema entra la unidad y el faccionalismo en los movimientos sociales y étnicos. Están los mencionados regionalismos. Y también el creciente im- pacto de la globalización, que últimamente incide sobre migraciones internacionales e intercontinentales, generando nuevos lazos e identidades. Pero basten las cuatro tensiones señaladas para ver cómo, en medio de los cambios y procesos de la historia social boliviana, seguimos enfrentando temas estructurales de larga data.

Referencias bibliográficas

Albó, X.

1985

“De MNRistas a kataristas: campesinado, estado y partidos, 1953-1983”. En: His- toria Boliviana. La Paz. 87-127. [Adaptación inglesa: “MNRistas to Kataristas to Katari”. En: Stern, Steve (ed.). 1987. Resistance, rebellion, and consciousness in the Andean peasant world 18th to 20 th centuries. Madison: University of Wisconsin Press.

 

379-419.]

1994

Y

de kataristas a MNRistas. La sorprendente y audaz alianza entre kataristas y neolibe-

rales en Bolivia. La Paz: CEDOIN y UNITAS. [Versión inglesa abreviada: “And from Kataristas to MNRistas? The surprising and bold alliance between Aymaras and Neoliberals in Bolivia”. En: Lee Van Cott, Donna (ed.). 1994. Indigenous peoples and democracy in Latin America. New York : Inter-American Dialogue. 55-81.]

1999

“Diversidad cultural, étnica y lingüística”. En: Campero P., Fernando (coord.). Bo- livia en el siglo XX. La Paz: Harvard Club de Bolivia. 451-482.

2002

Pueblos indios en la política. La Paz: CIPCA y Plural.

Albó, X. y J. M. Barnadas

1995 La cara india y campesina de nuestra historia. (Cuarta edición, ampliada; primera edición: 1984.) La Paz: CIPCA y Reforma Educativa.

Albó, X. y V. Quispe

2004 ¿Quiénes son indígenas en los gobiernos municipales? La Paz: CIPCA y Plural.

Arguedas, A.

1909 Pueblo enfermo. Barcelona.

LARgA memORIA De LO éTnIcO en BOLIvIA, cOn TemPORALes OscILAcIOnes

39

Arze, R. D.

1988 Guerra y conflictos sociales. El caso rural boliviano durante el conflicto del Chaco. La Paz: CERES.

Barragán, R.

1990

Espacio urbano y dinámica étnica. La Paz en el siglo XIX. La Paz: Hisbol.

2005

“Ciudadanía y elecciones, convenciones y debates”. En: Rossana Barragán y José Luis Roca. Regiones y poder constituyente en Bolivia. Una historia de pactos y disputas. La Paz: PNUD. 275-448.

Bolivia

1901

Censo Nacional de Bolivia, 1900. (2 vols.) La Paz.

Campero P., F. (coordinador)

1999 Bolivia en el siglo X. La Paz: Harvard Club de Bolivia.

Choque, R. y E. Ticona

1996 Jesús de Machaqa: la marka rebelde. Sublevación y masacre de 1921. Vol. 2. La Paz:

CIPCA y CEDOIN.

CSUTCB

1983 “Tesis política”. Reproducida en: Rivera, 2003: 193-209.

Dandler, J.

1984 “Campesinado y Reforma agraria en Cochabamba (1952-1953): dinámica de un mo- vimiento campesino en Bolivia”. En: Calderón, Fernando y Jorge Dandler (coord.). Bolivia: la fuerza histórica del campesinado. Ginebra y La Paz: UNRISD y CERES.

Demelas, D.

1981 “Darwinismo a la criolla: el darwinismo social en Bolivia, 1880-1910”. En: Historia boliviana. La Paz. 55-82.

Gray, G.

2006 “Estado como modus vivendi”. La Paz: PNUD.

Hale, C. R.

2004 “Indigenous Politics in the Era of the Indio Permitido”. En: NACLA Report on the Americas. Vol. 38, Nº 2.

Hurtado, J.

1986 El katarismo. La Paz: Hisbol.

Molina B., R. y X. Albó (coordinadores)

2006 Gama étnica y lingüística de la población boliviana. La Paz: Sistema de Naciones Uni- das. [Incluye CD.]

40

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

Nash, J.

1976 He agotado mi vida en la mina: una historia de vida. Buenos Aires: Nueva Visión.

Platt, T.

1982 Estado boliviano y ayllu andino. Tierra y tributo en el Norte de Potosí. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Reinaga, F.

1969 La revolución india. La Paz: Partido Indio de Bolivia.

Rivera, S.

1983

“Luchas campesinas contemporáneas en Bolivia: el movimiento katarista”. En: Za- valeta, René (comp.). Bolivia hoy. México: Siglo XXI. 129-178. [Reproducido en:

Rivera, 1984 y 2003; capítulos 10 a 12.]

2003

Oprimidos pero no vencidos. Luchas del campesinado aymara y qhechwa 1900-1980. (Cuarta edición, con nuevo prefacio de octubre de 2003; edición original: 1984.) La Paz: Aruwiyiri. [Edición inglesa: Geneva, UNRISD, 1987.]

Sanjinés, J.

2004 Mestizaje upside-down: Aesthetic politics in modern Bolivia. Pittsburgh: University of Pittsburgh Press. [Versión castellana: El espejismo del mestizaje. 2005. La Paz:

PIEB.]

Seligson, M. A. et al.

2006 Auditoría de la democracia. Informe Bolivia 2006. La Paz: USAID, LAPOR y Ciuda- danía.

Sieder, R. (editora)

2002 Multiculturalism in Latin America. Indigenous rights, diversity and democracy. London:

Institute of Latin American Studies.

Szeminski, I.

1983

La utopía tupamarista. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.

UNIR

2006

“Encuesta nacional Diversidad Cultural Hoy”. La Paz: Fundación UNIR.

Visibilizar a los mestizos en Bolivia

Carlos Toranzo Roca

Cuánto tienes, cuánto vales, amor mío, si no tienes yo te pago

Si quieres bailar morenada, tienes que tener platita. 1

Introducción

El presente ensayo pretende sacar del baúl de las cosas olvidadas la cuestión del mestizaje en Bolivia. En realidad, busca hablar de los múltiples mestizajes, pues si de mestizos se habla, se debe usar el plural y no el singular. No se intenta una discusión teórica, ni entrar en la maraña estadística para hallar argumentos de verdad; antes bien, se acude a las intuiciones y percepciones de la vida cotidiana que inducen a pensar que el mundo de los diversos mestizos tiene importancia para entender la Bolivia actual y, en especial, su futuro. El razonamiento y las intuiciones que se vierten en este ensayo tienen una premisa básica: es imposible acudir a la homogeneidad para hablar de las socie- dades, de las antiguas y de las presentes. Esto implica que es vano el esfuerzo de imponer la monoculturalidad para delinear el desarrollo político y social. Muchos fracasos en la historia se deben a las estandarizaciones. La cultura occidental no pudo imponer el cartesianismo como único modo de pensamiento en el mundo;

42

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

y los socialismos se tropezaron con su propia estandarización y hoy son sólo un

recuerdo histórico. En Bolivia, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), que hizo la Revolución Nacional de 1952, no pudo vestir con un traje de mestizo homogéneo

a todos los bolivianos. Así, hacia adelante, a pesar de las esperanzas en revolucio-

nes culturales, es poco probable teñir a toda la sociedad de indigenismo, como es imposible creer que todos los ciudadanos se sienten mestizos. En esta época de globalización, en la que el Internet, el celular y las migraciones nos cambian el alma, cada día observamos cambios, y las identidades no son excepción. Pero hay que tener presente que el cambio no elimina el pasado; lo incorpora con modi- ficaciones, recreando la realidad, las culturas y las identidades; éstas son fluidas, cambiantes y diversas.

Algunas interpretaciones de los datos

La estadística es fundamental para el análisis. Sin evidencia empírica,

cualitativa y cuantitativa, es difícil avanzar en las investigaciones. Es impres- cindible dar datos, pero no lo dicen todo; se necesita olfatearlos, generar per- cepciones sobre ellos para comprender la temática de estudio. Pero, quién puede decir que todos los datos, inclusive sobre un mismo tema, hablan exactamente sobre lo mismo, o quién puede asegurar que sean comparables entre sí. Además, allí donde hay subdesarrollo y ausencia de continuidad institucional, los datos son escasos y poco precisos (Verdesoto y Zuazo, 2006). Por eso, el investiga- dor, pero especialmente el lector, deben tratar de entenderlos y analizarlos por cuenta propia. De los datos salen intuiciones pero nunca una verdad absoluta, menos aún en temas tan intrincados como las identidades étnicas o culturales.

Y la cuestión es todavía más complicada cuando el dato está sometido al paso

del tiempo. Una cosa es hablar de blancos, mestizos o indígenas en 1900 y otra muy distinta hoy en día. Los datos del Censo de Población de 1900 muestran lo siguiente: 51% indíge- nas, 27% mestizos y 13% blancos. 2 Cincuenta años después, el Censo de Población de 1950 arroja estos resultados: 63% indígenas y 37% mestizos. Lo primero que llama la atención es que ya no aparece la categoría poblacional “blancos”, es decir, que quienes se creían “blancos” en ese tiempo no tuvieron opción a ser censados como tales. Los resultados de este Censo no son plenamente comparables con los

del Censo de 1900. Pero, con todo, en uno u otro, hay algunos datos referenciales, por eso no nos preocupamos de entender por qué sube el porcentaje de los indíge- nas o de los mestizos comparados con los datos de cincuenta años atrás.

vIsIBILIzAR A LOs mesTIzOs en BOLIvIA

43

Según los datos del Censo de Población y Vivienda de 1992, 8,1% de la po- blación mayor de seis años hablaba sólo quechua, y un 3,2% de la población total era monolingüe aymara. ¿Qué quiere decir esto? Es evidente que aumentó la pobla- ción que hablaba español, ya sea que fuere monolingüe o bilingüe. Este incremento deja percibir un movimiento cultural, significa que algo estaba pasando con las identidades. La respuesta no puede ser dogmática. No quiere decir que quien habla español deja de poseer una identidad originaria o indígena; simplemente habla de un fenómeno de complejización de los temas de la identidad. Pero, huyamos de los censos de población y vayamos a otros datos. La En- cuesta de Seguridad Humana del Programa de las Naciones Unidas para el De- sarrollo (PNUD) realizada en 1996, al indagar la autopercepción étnica de los bolivianos, arroja los siguientes datos: indígenas 16%, mestizos 67%, blancos 17% (Calderón y Toranzo, 1996). Estos datos tampoco son plenamente comparables con los correspondientes a los censos que mostramos líneas arriba, pero desafían a la intuición. Por de pronto, aunque muchos sonrían al mirar a alguien que se cree blanco después de siglos de mezcla y de mestizaje, es ponderable que los investiga- dores hayan dejado en libertad a la gente censada para percibirse entenderse a sí misma de esta manera. Otras encuestas que se realizan con continuidad desde 1998 son las del Latin American Public Opinión (LAPOP) de la Universidad de Vanderbilt, Es- tados Unidos. Éstas también penetran en el tema de la autopercepción étnica y arrojan los siguientes datos (Seligson, 2006): para 1998, indígenas u originarios 9,8%, mestizos 62,8% y blancos 23,3%. A dos años de la Encuesta de Seguridad Humana y sin que los datos sean totalmente comparables, llama la atención que el porcentaje de mestizos que arroja ésta, 67%, sea un tanto parecido al 62,8% de LAPOP. Por su parte, los blancos, según la Encuesta de Seguridad Humana son 17% y, según LAPOP, 23,3%. Los datos de la encuesta LAPOP para 2004 son los siguientes: indígenas u originarios 15,6%, mestizos 60,6% y blancos 19,4%. El dato sobre los mestizos no muestra grandes variaciones respecto de la encuesta realizada seis años antes, pero marca una línea dura, pues significa un porcentaje muy alto de la población. Lo que se debe destacar, sin embargo, es que quienes se autoperciben como indígenas pasan de un 9,8% a un 15,6%. Está claro que esta cifra tiene mucho que ver con el impulso del discurso indigenista en el país, especialmente en el período 2000-2004, época de crisis del neoliberalismo y de los partidos tradicionales. Los datos de LAPOP para 2006 son: indígenas u originarios 19,3%, mestizos 64,8% y blancos 11%. El dato sobre los mestizos es consistente respecto al de dos años antes, pasa de 60,6% a 64,8%, a pesar del gran boom del discurso indigenista que vive Bolivia después de la asunción de Evo Morales al poder en enero de 2006. Y, con toda certeza, por esa ebullición del indigenismo promovida por el MAS y su Gobierno –que condujo a que muchas personas de las clases medias de intelectuales

44

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

y otros sectores profesionales vistan atuendos originarios y tengan ideas de ese tipo para articularse con el proceso masista–, en 2006, un 19,5% de los encuestados se autopercibe como indígena u originario con relación al 15,6% de dos años antes. Pero, volvamos a los censos nacionales de población y, específicamente, al Censo de 2001.En este Censo se preguntó a las personas mayores de 15 años si se consideraban perteneciente a algunos de los siguientes pueblos originarios: que- chua. aymara, guaraní, chiquitano, mojeño u otro nativo o a ninguno. Los datos obtenidos no son comparables con otros censos o encuestas en los que se indagó el porcentaje de indígenas, mestizos y blancos. Con esta limitación, según el Censo 2001, 62% de la población se adscribía a algún pueblo originario. Al respecto, la

historia larga del país depara algunas sorpresas: al inicio de la Colonia no se censaba

a los mestizos y, por coincidencia o casualidad, en el Censo de 2001 no se preguntó

a la gente si se autopercibía como mestiza. Como no existía esta categoría, la gente no tenía otra opción que marcar las casillas que se le pusieron delante. Un censo que olvida a los mestizos muestra un dato flaco, dudoso: 62% de la población boli- viana se autoidentifica con algún pueblo indígena u originario. Si, como dijimos, no todos los datos son fidedignos, y hay huecos en los censos de 1900, 1950, 1976

y 1992, no tenemos por qué jurar la veracidad del Censo de 2001 ni tomar como

verdad absoluta sus datos, que “olvidan” expresamente algo que está en el sentido común boliviano: el proceso de mestizaje de siglos, y que deshecha un hecho prác- tico: mucha gente, quizás la mayoría, se siente una mezcla cultural o étnica. Sin embargo, el Censo de 2001 muestra un dato importante: únicamente el 11% de la población boliviana habla sólo un idioma nativo. Si restamos esta cifra del 62% que se autoidentifica con algún pueblo indígena u originario, resulta que un 51% de ésta habla castellano. Así, los datos sobre la población que se autoiden-

tifica como indígena se ablandan. Con ello, no queremos decir que una persona deja de ser indígena por el hecho de hablar castellano; lo que intuimos es que

hablar castellano significa muchas cosas, entre ellas la mutación de costumbres, el enriquecimiento cultural, la mezcla étnica y cultural. Al suceder todo eso, queda por explicar que no se puede ser algo de manera absoluta, ni siquiera indígena. Antes bien, se es algo combinado, se es algo más complejo, y al ser más complejo

o diverso, es obvio que la gente siente y vive esa complejidad en su carne y en su

conciencia, así como en la percepción de sí misma. En el Censo de 2001, sin considerar la velocidad incrementada de la migración

a los centros urbanos de estos últimos seis años, hasta 2007, se muestra que 62,4% de

la población era urbana y 37,6% rural. No vamos a decir que por ser urbana, la pobla- ción es blanca o mestiza. Pero sabemos por mirada propia que las poblaciones urbanas son mayoritariamente populares. Esto conduce a una constatación: si alguien se per- cibe como blanco, por respeto a su autopercepción que se lo cense como tal; y que se haga lo mismo con quienes se perciben como mestizos, que no se los eluda. El dato, en todo caso, relativiza los resultados sobre la autopercepción indígena.

vIsIBILIzAR A LOs mesTIzOs en BOLIvIA

45

Más datos del Censo de 2001: 44,8% de la población boliviana ha tenido un movimiento migratorio. Estos movimientos normalmente se dirigen a los centros urbanos o fuera del país. Esto no quiere decir que no haya una migración rural- rural, pero ésa no es la norma. Nuestra población es de ocho millones y hay tres millones más en el extranjero. Como producto de esta migración, ¿no modifica la población su cultura, sus hábitos, su lengua, sus costumbres y su autopercepción? ¿No se convierte en diversa y así genera una mayor y más compleja diversidad nacional? ¿Quienes migran no adquieren “manchas” de mestizaje? ¿O permanecen tan indígenas u originarios como hace siglos, guardando su memoria larga pero olvidando su vida cotidiana? Pero, quienes impulsan con denuedo el dato de 62% de personas que se au- toperciben como indígenas, comienzan a relativizar algunas de sus apuestas. No dejan de mirar que si en El Alto un 74% de la población se autopercibe como ay- mara, sólo 48% habla la lengua aymara. Esto dice algo de la complejidad del tema que impide quedarse arrobado con el dato frío del 62%. Es más, en una encuesta realizada por la Fundación UNIR en 2006 en las ciudades capitales de departamen- to y El Alto, se observa que 56% de quienes se identifican como aymaras también se autoperciben como mestizos; lo mismo sucede con el 76% de quechuas y el 79% de los chiquitanos. La estadística es maravillosa: se podría preguntar primero si se sienten mestizos y, después, si paralelamente se identifican como aymaras, que- chuas o de otro pueblo originario. La estadística no deja de tener intencionalidad y corazón; por eso acudimos al lector para que ponga sus intuiciones en la lectura de los datos que presentamos. La pista abierta por el comentario de los datos de la Fundación UNIR puede generar una mayor complejidad analítica que es, quizás, el camino para entender mejor lo que se pretende analizar: resaltar las referencias mixtas, las ambivalen- cias, las complejidades, las diversidades. Toda persona debe tener la libertad de sentirse muchas cosas a la vez, incluida la autopercepción como mestizo. No por ser políticamente correctos en estos tiempos de boom indigenista vamos a hablar solamente de pueblos originarios o de indígenas, cuando salta a la vista una ver- dad: somos más complejos y diversos. Tiene que haber libertad en la estadística para que los sujetos se sientan cholos, mestizos, aymaras o quechuas, todo a la vez. No es aconsejable inducir a la pertenencia a una singularidad originaria y, menos aún, a una particularidad cultural.

La lógica del blanco o negro o la invisibilización del matiz

En Bolivia, el análisis social y político e, incluso, la mirada histórica a lo social están marcados por la intención de descubrir o hacer visibles los contrarios, los opuestos, las contradicciones. Es decir, por esfuerzos para mostrar lo blanco y lo

46

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

negro. Pero el impulso analítico no es el mismo para detectar el matiz, la combi- nación, la mezcla, la mixtura. En cada momento histórico, se insiste en adscribirse a lo bueno y en negar lo malo, existe una pulsión analítica para la adscripción a posturas maniqueas. O se denuesta o se hace apología, no se hace un esfuerzo para tender puentes conceptuales. Es decir, se milita a favor de una u otra categoría, por ello, esas categorías dejan de ser instrumentos analíticos. Esta limitación debe ser tomada en cuenta el momento de pensar sobre lo mestizo. Esta limitación está presente en la oposición entre blanco e indígena, o lo que es lo mismo en el código nacional, la oposición entre k’ara y t’ara, 3 términos que implican una connotación negativa y un fuerte maniqueísmo. Por otra parte, en muchos casos, las categorías utilizadas por los análisis históricos son frías y, por ello, inmóviles, cuando, por el contrario, la historia implica el cambio de la reali- dad y, por ello, del contenido de las categorías. A lo largo del tiempo, los conceptos tienen referentes históricos y reales distintos. ¿Es lo mismo hablar de criollos en la Colonia que en el siglo XXI? Referirse a blancos e indígenas en el siglo XIX es muy diferente que en el siglo XX. Las categorías de blancos, indígenas y mestizos en los censos de 1900, 1950, 1992 y 2001 remiten a realidades diferentes; las palabras son las mismas pero las categorías han cambiado de contenido porque aluden a fenó- menos y realidades que también han cambiado. Muchos análisis históricos no admiten los procesos ni valoran los cambios; antes bien, se inclinan a convertir las revoluciones en utopías y creen que cuando aquéllas suceden todo debe ser cambiado. Si queda un hálito del pasado, la revolu- ción o el proceso de cambio son acusados de reformistas, se los mira con intenciones maquiavélicas de mantener los viejos órdenes. No se comprende que no todo puede cambiar de cuajo, que los procesos históricos, incluidos los procesos revolucionarios, cambian lo que pueden y no lo que quieren. Esta mirada desconfiada está presente en los análisis del mestizaje y de la cuestión indígena. Por ello, se observa a las revolu- ciones, a los cambios y los procesos de reforma social sólo como una regeneración del neocolonialismo o como los afanes de los “blancos” para mantenerse en el poder. La pugna ideológica que contrapone blancos contra indios llega a tales extremos que re- presentantes intelectuales de éstos –en realidad mestizos de origen popular o no pero con ideas indigenistas– hablan de “etnofagia” para referirse a procesos de innovación institucional, como la Participación Popular que ha sido una de las reformas políticas más profundas y que más democratización e inclusión social ha creado en Bolivia. Así, el análisis dicotómico (Zuazo, 2006), portador de una cuota de mani- queísmo, ha estado presente siempre en Bolivia. No hay que olvidar las oposiciones clásicas: hispanos-criollos, blancos-indios, k’aras-t’aras, nación-antinación, clases dominantes-clases dominadas, urbano-rural, oriente- occidente, collas-cambas, oc-

vIsIBILIzAR A LOs mesTIzOs en BOLIvIA

47

cidente-media luna 4 . Estas oposiciones eliminan los matices de los análisis y de la elaboración de la estadística poblacional. El pensamiento dicotómico no admite a

los “cafés”, no tolera las mezclas, razona sólo en blanco y negro. Si hace un siglo, en Pueblo enfermo, Alcides Arguedas 5 decía que el problema del país eran los indios,

a inicios del siglo XXI los indigenistas más radicales dicen que el problema son las

oligarquías blancas del oriente de país, incluyendo entre los blancos a la burguesía cunumi 6 de Santa Cruz. En el análisis no sólo está presente lo dicotómico sino que éste se pervierte con la mirada racista. En esto hay grandes pecados históricos. Franz Tamayo 7 , uno de los intelectuales más enjundiosos de Bolivia, valoró positivamente a los indios, pero tuvo una valoración negativa de los cholos. Él y muchos otros pensaban que lo

cholo es peor que lo mestizo. Pero, ¿a esta altura del tiempo, dónde está la frontera entre lo cholo y lo mestizo? El liberalismo de inicios del siglo XX, que debía convertir a todos los boli- vianos en ciudadanos, no tenía, sin embargo, como norte de la edificación política

y social a la ciudadanía; su núcleo conceptual era el darwinismo social, la expre-

sión de la superioridad de una raza, la de los blancos, frente a otra raza, la de los indígenas, que debía extinguirse. Ese liberalismo, ¿entendía la historia boliviana? ¿Comprendía la sublevación de Belzu? ¿Había entendido porque, por momentos, se hablaba del cholo Belzu? (Peredo, 1992). ¿Qué sabía el liberalismo de la multitud de artesanos y, especialmente, de los emprendedores populares del comercio de la chicha y de la coca? Estos negocios no los realizaban, precisamente, los liberales en el poder, los burgueses clásicos, sino los sectores populares que no nacieron de la noche a la mañana con la República sino que se formaron desde mucho antes. Hablamos de quienes que, con una licencia categorial, podrían ser nombra-

dos como los mestizos del siglo XIX o de la primera fase del siglo XX. Pero, en este caso, no estamos hablando de cualquier tipo de mestizos sino de quienes constru- yen sus identidades, sus cambios societales, sus transformaciones culturales, con una buena cuota de cambios en su posición económica y de la funcionalidad que juega en los procesos de desarrollo económico. Y, repetimos, con una cuota de cambio económico, porque sabemos que las transformaciones de ese tipo juegan un rol en la mestización, pero no lo explican todo; por eso no queremos caer en los excesos de los viejos marxismos que lo explican todo a partir del cambio eco- nómico, desde la mutación de las estructuras. A la hora de hablar del mestizaje, es más importante escudriñar los cambios identitarios, culturales, de hábitos de vida,

4 Media luna hace referencia a cuatro departamentos del país: Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando, en los que ganó el voto por el Si en el referéndum sobre las autonomías departamentales de julio de 2006.

5 Alcides Arguedas fue uno de los pensadores conservadores más importantes de la primera mitad del siglo XX.

6 La elite de Santa Cruz se refiere como “cunumi” a los sectores populares.

48

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

de lugar de morada, de lengua, de auto percepción y de muchas cosas más que no podremos abordar en este ensayo. En este ensayo no emprenderemos la difícil tarea de distinguir a los criollos de los mestizos. Si somos conscientes del paso del tiempo y de los procesos his- tóricos, veremos que esas diferencias se redujeron poco a poco hasta dejar de ser importantes. Uno debería preguntarse hoy, porque ése es el tema de este ensayo, ¿dónde está la diferencia entre criollo, mestizo y cholo y qué importancia tiene hoy hacer ese ejercicio intelectual? (Soruco, 2006). El darwinismo social del liberalismo de inicios del siglo XX no se ha per- dido en la sociedad, a pesar de la Guerra del Chaco, que provocó el encuentro nacional de regiones, razas y sujetos distintos, y de la Revolución de 1952. No se puede ocultar que en Bolivia las ideas y percepciones anti indígenas de las elites sociales, políticas y económicas han persistido. Estas posturas anti indíge- nas emergieron, a veces, con más fuerza en los cholos. Por eso René Zavaleta 8 hablaba de una paradoja señorial: una suerte de renacimiento continuo de los comportamientos señoriales y oligárquicos de las elites y, lo que es peor, incluso de quienes no pertenecen a las elites. Ésta es una de las marcas negativas de la vida boliviana con signos de racismo. Aunque muchos teóricos no lo admiten, el racismo es de ida y vuelta. Los indios, o para ser contemporáneos, los indígenas u originarios, y mucho más sus intelectuales también tienen su propio darwinismo social: dicen que “el aymara es mejor que el sistema”. En este momento de apoteosis del indigenismo, muchos concilian con la idea de imponer una cultura, la aymara, porque entienden que ése es el camino de la inclusión social y política. Concilian con esta idea sin criticar el monoculturalismo que implica. Ya no se habla de la multiplicidad de culturas, de la diversidad de pueblos originarios, sino se apunta a la hegemonía de los indígenas, en especial de los aymaras. Así, se pasa del multiculturalismo al monoculturalismo, so pretexto de la defensa de las ideas que apoyan a los indígenas. Pero, así como los liberales de inicios del siglo XX no consideraban a los mestizos porque estaban embebidos en la dicotomía blanco-indio, da la impre- sión de que ahora, el indigenismo, reforzado por los resultados de un censo mal elaborado, también se olvida de los mestizos. Ese indigenismo no sólo cierra sus ojos a otras culturas originarias también los cierra a la cotidianeidad, no observa a los mestizos. Hay que aclarar que estos mestizos no son las elites oligárquicas, no son los profesionales graduados en el exterior; son los cholos de todo tipo, los comerciantes minoristas, los informales, las burguesías cholas y cunumis, los trabajadores de cuenta propia, los choferes, los contrabandistas, los empleados públicos, los taxistas, los metalmecánicos, los carpinteros, los heladeros y, con asombro, también muchos cocaleros. Esos mestizos son, después del proceso de

vIsIBILIzAR A LOs mesTIzOs en BOLIvIA

49

democratización económica iniciado por la Revolución de 1952, las nuevas cla- ses medias populares de nuestros tiempos (PNUD, 2005). Si no se abre los ojos a estas nuevas clases medias, a esta multiplicidad de mestizos, no se entenderán los cambios sociales producidos en el país desde la Guerra del Chaco, hace más de 70 años, o desde la Revolución Nacional de 1952.

Revolución nacional, democratización social y mestizaje

Si el liberalismo de comienzos del siglo XX era darwinista social, y si sus ideas fueron la norma de la construcción social en las primeras décadas de esa cen- turia, no es menos cierto que ya en la década de los 30, en los albores de la Guerra del Chaco, ya se comenzaba a regar ideas nacionalistas y de diferentes marxismos que contenían críticas al pensamiento liberal y al Estado oligárquico construido por esas fuerzas políticas e ideológicas. La guerra con Paraguay, más allá de ser un conflicto bélico que perdimos, pero curiosamente sin perder los hidrocarburos, fue simultáneamente una guerra que ganó Bolivia. La guerra fue una coctelera social, o para decirlo de manera más fina, fue un intercambio de subjetividades que permitió la articulación, la conexión cara a cara entre la gente del campo y de las ciudades, de la población del oriente con la del occidente. En las arenas ardientes del Chaco se conocieron y se conectaron entre sí cambas, collas, chapacos y todo tipo de bolivianos, de todas las regiones, urbanos y rurales, plebeyos y gente acomodada. En el Chaco emergió la necesidad de entender qué era la nación, qué era el país. Si al llegar a los campos de batalla los campesinos gritaban ¡viva el General Bolivia!, tres años después salieron del Chaco entendiendo que Bolivia era otra cosa: una nación que se debía construir, un país que se tenía que edificar. Mientras estos cam- pesinos movilizados como tropa defendían el país, muchos terratenientes tomaban sus tierras, sin importarles la nación, esa nación que comenzaban a pensar quienes combatían en el Chaco. Ese cruce de subjetividades distintas, ¿no tuvo la capacidad de modificar y enriquecer las culturas? ¿Esas intersubjetividades juntas podían dejar intactos a quienes fueron al Chaco, podían dejar intacto al país? ¿No habrá surgido, de mane- ra práctica, una idea de mezcla, no se habrá adicionado un germen más de nuevas identidades, ahora ya no singulares, absolutas, sino de identidades que se cruzan entre sí, que toman algo de otras y que dan algo a las otras? ¿No sería ése también un camino de construcción de más mestizajes, de múltiples mezclas, de conexiones sociales que complejizan las identidades? Después del Chaco, ¿podían quedar los indios intactos, incólumes, sin modificaciones en sus culturas y sus costumbres? Por otra parte, ¿podían quedar iguales los cambas, chapacos y collas; podían quedar incólumes los pobladores urbanos de las ciudades, podían quedar sin mácula las elites oligárquicas de las ciudades?

50

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

Terminada la Guerra del Chaco, todos cambiaron, poco a poco el país se transformó. Inmediatamente se instalaron los gobiernos del nacionalismo militar. Como prueba de su nacionalismo, el Gobierno del coronel David Toro nacionalizó los hidrocarburos en 1937, a dos años del final de la guerra. A diferencia de la época de las oligarquías, el nacionalismo ya era visible. Por su lado, los indios, en especial en el valle alto de Cochabamba, comenzaron la toma de las tierras que les usurpa- ron y también de las propiedades de los terratenientes. Cada vez era más audible el planteamiento de Tristán Marof: 9 Tierras al indio y minas al Estado. También emergió el nacionalismo civil, cuyo núcleo fue el MNR que, entre 1943 y 1946, go- bernó aliado a un militar nacionalista: Gualberto Villarroel, ese militar que decía que no era enemigo de los ricos pero que era más amigo de los pobres. Si con Toro y el nacionalismo militar nació el constitucionalismo social, con Gualberto Villarroel se hicieron explícitas las acciones a favor de los trabajadores. Durante su Gobierno se creó la institución del Inspector General del Trabajo, an- tecedente del Ministerio del Trabajo de la época de la Revolución Nacional y se realizó el Primer Congreso Indigenal como consecuencia tanto de la atención del Estado a la problemática de los indios como de su propia movilización, pues, en general, en Bolivia, los oídos del Estado se abren únicamente cuando hay ruido de movilización de masas. En los años cuarenta también nació la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), núcleo del sindicalismo revolucio- nario boliviano, que se entendía a sí mismo como partido político y no como or- ganización de reivindicación económica. La FSTMB jugó papel importante en las movilizaciones sociales de los años cuarenta y fue clave para la Revolución de 1952 y la construcción del Estado revolucionario. Mucho más tarde, a finales del siglo pasado e inicios de éste, fue el modelo para la organización de los sindicatos coca- leros del Chapare y para la construcción del Movimiento al Socialismo (MAS) que llevó al poder a Evo Morales en diciembre de 2005. En la Guerra del Chaco emergió la idea de nación. Entre 1935 y 1952, pa- sando por gobiernos de nacionalistas militares y golpes de Estado conservadores, emergió la idea de la eliminación del Estado oligárquico. Esa idea transitó a la realidad con la Revolución Nacional de 1952, encabezada por el MNR, con la alianza de clases medias populares, intelectuales, obreros mineros y fabriles y cam- pesinos; es decir, con la participación de buena parte del mosaico social de Bolivia. Como toda revolución, ésta hizo cambios trascendentales: voto universal, reforma educativa, nacionalización de minas y, un cambio muy importante para el tema de este ensayo, la reforma agraria, en especial en el occidente del país y en los valles, dejando la gran propiedad en el oriente del país. El proceso de ciudadanización que impulsó el MNR condujo a un cambio que no es menor: la generación de una clase

vIsIBILIzAR A LOs mesTIzOs en BOLIvIA

51

campesina minifundiaria, ya no formada por indios, los ex pongos de la hacienda, sino por lo que el MNR entendía como campesinos, una categoría de clase con la

que ese partido trataba de evadir la idea de indios, pues creía que ella era portadora de la discriminación social de siglos. En ese momento, ése fue un avance inconmensurable. Treinta años después de la Revolución, sin embargo, muchos indigenistas, mirando esas transformacio- nes con el lente de la desconfianza, acusaron al MNR de tratar de quitar a los campesinos (en los ochenta ya nombrados como indígenas u originarios) sus iden- tidades, sus culturas y sus tradiciones para refundar el neocolonialismo. Desde esta óptica, los cambios producidos por la Revolución fueron menores y no generaron la verdadera revolución que esperaba el país para desterrar al colonialismo y retornar

a las identidades e instituciones tradicionales de los pueblos originarios. Más allá de esa percepción, el voto universal democratizó la política. Sus verdaderos efectos se sintieron recién en los años noventa y en este siglo XXI, una prueba de ello es que por medio del voto Evo Morales ganó la Presidencia. La reforma agraria eliminó a los gamonales de occidente y del valle, pero es evi- dente que surgieron terratenientes en el oriente. La reforma educativa amplió el acceso, casi universal, de niños urbanos y rurales a la escuela. Sin embargo,

algunos analistas piensan que accedieron a una escuela civilizatoria, que les quitó sus identidades, sus costumbres, sus instituciones y su lengua. La nacionalización de minas facilitó la expulsión del Estado oligárquico: ya no estaban los viejos ba- rones del estaño, pero ello no quiere decir que no hayan surgido algunos nuevos

y grandes empresarios en la minería. La Revolución no sólo permitió la democratización social sino también la

democratización económica; abrió espacios para que otros sectores sociales adquie- ran capacidad de acumulación o de actuación en la economía. Si desde la Colonia

y principios de la República algunos sectores populares ya operaban en el comercio

de la coca, en la producción y comercialización de la chicha (Rodríguez y Solares, 1990) y en la artesanía, con la Revolución Nacional multiplicaron sus posibilida- des. Éstos y otros sectores populares se desarrollaron demostrando un gran olfato para el mercado y destrezas para la acumulación económica, especialmente en el campo del comercio y en menor medida en el de la producción. En los años cin- cuenta y sesenta, para nadie es un misterio el crecimiento del contrabando, del transporte urbano, interprovincial e interdepartamental, de la metalmecánica, de la joyería, de la carnicería, de las ventas de abarrotes al por mayor, del comercio de electrodomésticos y de los negocios de las maestras mayores y menores de los mercados (Barragán, 2006). Todo esto ha dado lugar al surgimiento de una burguesía chola y cunumi muy pujante. ¿Son indígenas estos nuevos empresarios? Más bien, parecería que son parte de un nuevo mestizaje. Es cierto que su origen puede ser indígena o campesinos, pero su vida diaria los convirtió en una simbiosis y mezcla de muchas

52

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

cosas. No siempre se deja de ser lo que se era, se lo modifica, se lo enriquece, se lo complejiza; ése parece ser el camino de la mezcla y del mestizaje en Bolivia. El MNR de la Revolución ofreció la industrialización, pero sólo generó una urbani- zación sin industria, lo cual devino en una gran informalidad, el 66% de la pobla- ción económicamente activa es informal, un sector integrado por trabajadores por cuenta propia, pequeños comerciantes, vivanderas, heladeros, choferes, taxistas, transportistas, voceadores, carpinteros, peluqueros, sastres, plomeros, albañiles y muchos etcéteras. ¿Son todos ellos, de manera absoluta, indígenas? ¿Son cholos? ¿Son mestizos? ¿Qué son? A decir verdad, se sienten muchas cosas simultáneamen- te. Pueden sentirse originarios, pero no dejan de autopercibirse como bolivianos y mestizos. Se sienten una parte de esa gran multiplicidad de mestizos que existen. No se comprenden como un mestizo universal, que no existe; porque una cosa es ser mestizo de las Siete Calles, otra de Equipetrol, o de Montero, en Santa Cruz; como es diferente el mestizo de Quillacollo en Cochabamba, de El Alto o del cen- tro o de la zona Sur de la ciudad de La Paz. Todos son diversos. Esta realidad no tiene nada que ver con el sueño de estandarización del MNR de la Revolución. Los mestizos no son solamente la burguesía chola, son también otros secto- res sociales más amplios que conforman las clases medias populares que la socio- logía, porque no usan corbata, no puede captarlos como parte de las varias clases medias nacionales. No obstante, si para ellos la corbata no es el pan de cada día, es el instrumento de batalla para la fiesta. ¿No portan corbata los bailarines populares de todas las festividades zonales del país? La acumulación popular es cosa añeja, de siglos, pero se potenció desde la Revolución Nacional. Las clases medias populares, los cholos con plata, en buen romance, los mestizos populares ricos –que son diferentes a los mestizos que vienen de las elites y que se creen blancos– se apoderaron de buena parte de la economía nacional. Durante mu- chos años bailaron en honor del Señor del Gran Poder en la zona popular del Rosario, en La Paz, pero después, con el paso de los años, se apropiaron del centro de la ciudad. Esto no expresa sólo acumulación económica sino también emisión cultural de quienes ya no son virginalmente indígenas sino portadores de múlti- ples identidades, muchas de ellas de códigos urbano-populares. Lo popular, o lo nacional-popular, impulsado por la Revolución está presente en la construcción de las identidades de muchos sectores mestizos, que no se adhieren al MNR pero que se sienten nacionales, nacional-populares, lo cual no niega que rechacen su pasado campesino o indígena (Mayorga, 1993). Max Fernández 10 expresó este fenómeno de manera paradigmática. Pero tam- bién expresó algo más: la participación de esos sectores en la política. El partido de Fernández, Unidad Cívica Solidaridad (UCS), formó parte de varios gobiernos

vIsIBILIzAR A LOs mesTIzOs en BOLIvIA

53

nacionales como prueba de la apertura del sistema político a otros actores sociales durante el proceso de democratización que se inició en 1982 con la asunción al gobierno de Hernán Siles Zuazo a la cabeza de la Unidad Democrática y Popular (UDP) (Mayorga, 1997). Pero Fernández no fue el único; a su lado, de manera coetánea, desde una vertiente popular no muy lejana, también estaba presente en la escena de la cotidianidad y de la política el compadre Carlos Palenque, 11 como representante de los migrantes recientes a La Paz, de sectores urbano-populares no adinerados pero que enriquecieron a las clases medias y que complejizaron más el proceso de mestización en el país (Toranzo, 1992). Estos nuevos actores sociales con representación política suponen un fenó- meno amplio de democratización social y ejemplifican la apertura del sistema po- lítico y de partidos a los sectores populares. Pero esto no significa que en Bolivia haya desaparecido la cultura de la discriminación. Está claro que una cosa era la discriminación en la Colonia, otra al inicio de la República y otra muy distinta la de fines del siglo XX, como es otra la que pervive a inicios del siglo XXI, cuando Evo Morales es Presidente. Bolivia todavía no está curada de la discriminación ni de las posiciones anti indígenas pero, ante todo, anti populares de las elites quebradas económicamente y en decadencia. Los círculos empresariales y las elites oligárquicas quebradas ¿abrieron sus clubes sociales y sus federaciones empresaria- les a la burguesía chola? No lo hicieron. Esa actitud demuestra que no hubo mucha circulación social y explica que sin contacto entre ellas es difícil hablar de un proyecto nacional compartido. Pero, ahora en Bolivia, hay otras elites económicas y otras elites políticas. La categoría elite ya no se refiere solamente a los “blancos” (es decir a los cafés de tra- dición oligárquica), se extiende a otros sectores, a los grupos populares adinerados urbanos o rurales, a las burguesías cholas y a las elites políticas populares partidarias y sindicales que tienen el control político del Estado y de muchos municipios y pre- fecturas. Pero esto no es el ayllu, no es un fenómeno indígena, es una mezcla cul- tural, política, económica, racial, de lenguas, de costumbres y de imaginarios. Todo esto nos conduce a expresar que la política, la economía, el poder y las identidades hoy en día están mucho más mezcladas, son más mestizas que antes y, además, están marcadas con discursos indigenistas.

Democracia representativa, más espacios de mestizaje

En 1982 no sólo se recuperó la democracia arrebatada por las dictaduras, también se inició la construcción de una democracia representativa. Si la Revo-

54

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

lución Nacional abrió poros para la circulación de nuevos actores populares en la economía, la democracia representativa abrió amplios espacios para la democrati- zación política. Ahora sí el voto fue verdaderamente universal, y por medio de él muchos sectores populares, campesinos, urbano-populares e indígenas accedieron

a cargos de representación. Ese proceso de democratización hizo posible muchas reformas institucio- nales. No es poco que se haya reformado la Constitución y que se haya definido al país como multicultural y pluriétnico (Toranzo, 2006), ni que se haya avanza- do en una reforma educativa centrada en la educación intercultural y bilingüe; tampoco se debe dejar de lado la Ley INRA que abrió espacio para las Tierras Comunitarias de Origen (TCO). Pero, sin duda, la reforma más trascendental fue la Participación Popular, no sólo por la municipalización de Bolivia y la redistri-

bución espacial del ingreso, sino, sobre todo, por el retorno a lo rural y, especial- mente, por el reconocimiento jurídico de las organizaciones sociales vecinales, barriales, sindicales, campesinas e indígenas. La importancia de una ley no se mide porque, con exceso de voluntarismo, quiera inventar la realidad, sino por el reconocimiento que hace de la realidad, de lo que ya existe, y por su capacidad para impulsar esa realidad hacia el futuro. El MAS y Evo Morales nacieron políticamente en los municipios del trópico cochabambino. Ahí comenzaron a ejercer el manejo de la política pública. Ahí también, Evo Morales surgió como diputado uninominal. Desde el municipio, él

y su partido enlazaron sus demandas y sus acciones con la política nacional. No

es exagerado decir que lo que vive hoy Bolivia, la presencia de Evo Morales y del MAS, es un producto de las reformas de la Revolución Nacional y de las reformas realizadas en el proceso de democratización iniciado en 1982. Pero también es un producto de la apropiación de esos procesos por parte de los katarismos 12 que desde hace treinta años hablan de la diversidad, de los sindicalismos que buscan la democratización económica y, aunque cueste creerlo, de los partidos políticos que

abrieron el sistema político e impulsaron reformas institucionales, unas veces for- zados por la sociedad y otras por instinto de conservación. Nada nace de la noche

a la mañana, todo sigue un curso de revoluciones, marchas y contramarchas. Lo

destacable en Bolivia es el largo proceso de democratizaciones que se inició en la Guerra del Chaco y que tiene hoy su primer corolario. Si en 1994 se reformó la Constitución para reconocer al Estado como plu- riétnico y multicultural; ahora los signos de los tiempos imponen el reto de la construcción de la interculturalidad. Pero ese porvenir no se puede recorrer por caminos monoculturales, de negación de la diversidad, sino por el camino de la asi-

vIsIBILIzAR A LOs mesTIzOs en BOLIvIA

55

milación del mosaico de mezclas que existe en Bolivia. La interculturalidad no se puede construir sobre la base de una cultura en particular, sino sobre el respeto de la otredad y el reconocimiento del otro. Si en el pasado se discriminó al indígena, en el presente no se debe borrar ni discriminar al mestizo. El desafío del presente es que haya espacio y respeto para todos. Si la Revolución Nacional quiso imponer un modelo cultural homogéneamente mestizo, el presente y el futuro deben rei- vindicar la mezcla, el mestizaje que no implica borrar el pasado sino reconocer los cambios, las mutaciones y la construcción de identidades plurales. El ciudadano boliviano que vive en Estados Unidos, en Argentina o en Es- paña no por el hecho de ch’allar 13 se convierte en originario. Sin embargo, para la OIT, es indígena si proviene de algún pueblo originario o si conserva alguna institución y, como se sabe, la ch’alla es una institución. Pero ello no convierte a los bolivianos-madrileños ni a los boliviano-argentinos en originarios. No, los bolivianos que vivimos en este país, en Estados Unidos, en Argentina, en Espa- ña, o donde sea, somos una mezcla de muchas culturas. Muchas costumbres están dentro de nosotros. No por ir a Mac Donalds olvidamos nuestro pasado, pero tampoco el afán de magnificar el pasado puede convertirnos a todos en origina- rios. Lo único que precisamos para construir mejor nuestro futuro es reconocer las diversidades, los cholajes de todo ropaje, las múltiples mixturas de mestizajes que caracterizan a Bolivia. Quienes en Alasitas 14 compran euros y dólares no son, por ello, “imperialis- tas”, Lo hacen, simplemente, porque reconocen la lógica de mercado y la incor- poración a la globalización, que no da marcha atrás. Pero los mestizos, a pesar de la globalización, no renuncian a ch’allar los billetitos que compran, pero como prueba de sincretismo también los hacen bendecir por la Iglesia Católica.

Referencias bibliográficas

Barragán, R.

2006 “Más allá de lo mestizo, más allá de lo aymara: organización y representaciones de clase y etnicidad en La Paz”. En: América Latina Hoy Nº 43. Ediciones Universidad

Salamanca.

Calderón, F. y C. Toranzo (coordinadores)

1996 La seguridad humana en Bolivia. Percepciones políticas, sociales y económicas de los boli- vianos hoy. La Paz: PNUD-ILDIS-Pronagob.

13 Ch’alla: Acto de agradecimiento a la madre tierra.

56

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

Mayorga, F.

1993 Discurso y política en Bolivia. La Paz: Ceres-ILDIS.

Mayorga, F.

1997 ¿Ejemonías? Democracia representativa y liderazgos locales. Percy Fernández, Manfred Reyes Villa, Mónica Medina. La Paz: PIEB.

Peredo, E.

1992 Recoveras de los Andes. La identidad de la chola de mercado: una aproximación psico-

social. La Paz: ILDIS- TAHIPAMU.

PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo)

2005 La economía más allá el gas. Informe temático sobre desarrollo humano. La Paz:

PNUD.

Rodríguez, G. y H. Solares

1990 Sociedad oligárquica, chicha y cultura Popular. Cochabamba: Serrano.

Seligson, M. et al.

2006 Auditoría de la democracia. Informe Bolivia 2006. La Paz: USAID, LAPOP, Ciudada- nía.

Soruco, X.

2006 “La inentiligibilidad de lo cholo en Bolivia”. En: T’inkazos Nº 21. La Paz: PIEB.

Toranzo, C.

1992

“Carlos Palenque y condepismo”. En: Nuevos actores políticos. La Paz: ILDIS.

2006

“Lo pluri multi o el reino de la diversidad; Burguesía chola y señorialismo conflic- tuado. Burguesía chola y trigo limpio coaligados”. En: Rostros de la democracia. Una mirada mestiza. La Paz: Plural-Fundación Friedrich Ebert, ILDIS.

Verdesoto, L. y M. Zuazo

2006 Instituciones en boca de la gente. Percepciones de la ciudadanía boliviana sobre política y territorio. La Paz: Friedrich Ebert Stiftung/ILDIS.

Zuazo, M.

2006 “Q’ueste los mestizos. Diálogo con tres estudios sobre mestizaje y condición indíge- na en Bolivia”. En: T’inkazos Nº 21. La Paz: PIEB.

Sobresimplificando identidades:

el debate sobre lo indígena y lo mestizo

Diego Zavaleta Reyles St. Antony’s College, Oxford

El judío es un hombre a quienes los demás hombres consideran judío: es ésta la verdad simple de donde hay que partir. Jean-Paul Sartre, Reflexiones sobre la cuestión judía (1948).

Introducción

El objetivo de este libro es presentar una serie de debates que ilustran diferen-

tes facetas de la realidad boliviana. En este sentido, en los capítulos anteriores, Albó

y Toranzo nos muestran importantes aspectos de lo étnico en Bolivia. Sus posiciones

ilustran, a su vez, un largo debate sobre si Bolivia es un país predominantemente in- dígena o mestizo, debate que se ha visto magnificado en los últimos años por la situa-

ción política del país, así como por los resultados del Censo 2001 y otros intentos de medir la composición étnica del país. Éste, sin embargo, es un debate erróneo, ya que asume la centralidad de una identidad particular (la étnica) en un país acostumbrado

a la relevancia de múltiples identidades. Más aun, este debate oscurece la compleja

construcción de las identidades étnicas en Bolivia, las cuales se han construido con fuerte referencia a otro tipo de formas de entenderse e identificarse a uno mismo, a los otros y a la sociedad en general (formas de clase, regionales, ideológicas, etc.). La intención política de este debate (definir la identidad fundamental en lo étnico y politizarla para construir un Estado que la refleje) está basada, por lo tanto, en supuestos inexactos. Pero más preocupante aún es la insistencia en la centralidad de este tipo de identidades, la búsqueda de la preeminencia de una de ellas y su politización, con las virtudes y los peligros que esto conlleva. Si las

58

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

identidades étnicas van a ser politizadas, se debe entender las formas complejas que éstas asumen y su verdadera relevancia para los individuos. Y, lo más importante, es imprescindible entender cuáles son los aspectos que nos unen como sociedad y no únicamente aquellos que nos diferencian.

La ambigüedad de los datos sobre lo étnico

Quisiera comenzar con algunos comentarios sobre los datos que informan el debate actual y que han sido utilizados para justificar distintas posiciones que en- fatizan la identidad indígena o mestiza. El siguiente cuadro refleja los resultados de varias encuestas que han intentado medir la composición étnica del país.

Resultados de encuestas que miden identidades étnicas

 

Censo

Censo

Censo

LAPOP PNG, PNUD, ILDIS

 

900

950

200

CRISE

Indígena (genérico)

51%

63%

n/d

19%

16%

n/d

Mestizo

27%

37%

n/d

n/d

67%

25%

Blanco

13%

n/d

n/d

11%,

17%

2%

Ninguno u otro

n/d

n/d

n/d

4%

n/d

10%

Fuente: Elaboración propia sobre la base de Mesa (2006), Albó (Cap. 1), Toranzo (Cap. 2), Seligson et al. (2006) y resultados de la “Encuesta de Percepciones en Bolivia” de CRISE *La pregunta concreta hace referencia a aymara y mestizo; quechua y mestizo; guaraní y mestizo; otro pueblo indígena y mestizo. Censo 2001: Instituto Nacional de Estadística, Bolivia. LAPOP: Proyecto de Opinión Pública en Latinoamérica (LAPOP por sus siglas en inglés) de la Uni- versidad Vanderbilt, Estados Unidos. PNG, PNUD, ILDIS: Programa Nacional de Gobernabilidad, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Instituto Latinoamericano de Investigación Social. CRISE: Centro para la Investigación sobre Desigualdad, Seguridad Humana y Etnicidad (CRISE por sus siglas en inglés) de la Universidad de Oxford, Reino Unido.

sOBResImPLIfIcAnDO IDenTIDADes: eL DeBATe sOBRe LO InDígenA y LO mesTIzO

59

Los resultados, como puede observarse, son altamente fluctuantes, depen- diendo de las categorías usadas (véase la variación entre el Censo 2001 donde 62% de los encuestados se define como indígena y los de LAPOP donde solamente 19%

se identifica como tal ante la introducción de la categoría “mestizo”, o la variación entre LAPOP y CRISE 2 ante el uso de nombres específicos de pueblos indígenas). Esto ha generado un fuerte debate en el país. Por un lado, los resultados del Censo

2001 han sido usados ampliamente para mostrar la relevancia de lo indígena y

son frecuentemente citados como un dato sólido para justificar una agenda pú-

blica sobre el avance los derechos de estos pueblos. Por otro lado, los resultados de encuestas que introdujeron la categoría “mestizo” y que obtuvieron resultados radicalmente opuestos han sido usados para argumentar que la pregunta del Censo

2001 estaba mal planteada, que la identidad predominante en el país es la mestiza

y que la identidad indígena está sobredimensionada. Defensores de la pregunta del Censo 2001 argumentan, a su vez, que el uso de categorías genéricas (indígena u originario, en vez de nombres específicos) y que el uso de identidades duales (ser indígena y mestizo al mismo tiempo), junto con el estigma de lo “indígena”, esta- rían detrás de semejantes variaciones, pero que el resultado del Censo sigue siendo válido: Bolivia es un país predominantemente indígena. Claramente, las variaciones hablan del uso de categorías problemáticas 3 . So- bre las metodologías e interpretaciones de los datos se puede discutir ampliamente, pero solamente se discutirán algunos argumentos que son comúnmente utilizados en este debate para resaltar lo problemático de estos ejercicios. El primero se refiere al uso de estos datos como si se tratasen de grupos ho- mogéneos, lo cual genera desinformación y puede ser altamente engañoso. Es al- tamente cuestionable agrupar en una misma categoría, como la “indígena” por ejemplo, a grupos tan diversos del área rural, como a un minero y a un miembro de un ayllu, un poblador de una ciudad principal y un habitante del área rural, a habitantes de la misma ciudad pero con vivencias diferentes en términos de nú- mero de años de residencia en ésta o de las actividades económicas en las cuales se encuentra envuelto, una persona que se identifica como indígena en El Alto o una de la ciudad de Santa Cruz, etc. 4 Sin ir más lejos, las categorías étnicas en Santa

2 Esta encuesta se realizó únicamente en Achacachi, El Alto, Ascensión de Guarayos y la ciudad de Santa Cruz, por lo que no es representativa a nivel nacional. Sin embargo, dada la composición étnica de las ciudades elegidas y sus características específicas (alta politización étnica en el caso de Achacachi, una de las principales ciudades receptoras de migración en el caso del El Alto, etc.) los resultados son altamente llamativos.

3 En ambos sentidos, tanto con la introducción de la categoría mestizo como con la variación entre el uso de la categoría “indígena u originario” y los nombres específicos de los pueblos indígenas.

60

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

Cruz pueden ser tan diferentes a las del mundo andino (por el fuerte proceso de migración, por el hecho de que los grupos indígenas regionales son minorías en el departamento, etc.) que probablemente tengamos que referirnos a un proceso diferente de evolución de las identidades étnicas (algo que posiblemente es más pa- recido a las observaciones sobre el melting pot en Estados Unidos que a los análisis de los procesos andinos). Exactamente lo mismo puede decirse de lo mestizo, como ha expuesto claramente Toranzo en este mismo volumen. Todas estás diferencias se ven minimizadas por el uso de categorías genéricas. Sin embargo, el hecho de que la gente se autodefina como indígena (o mesti- zo) es un dato que tampoco puede ser descartado fácilmente: la gente no se identi- fica con algo que le es completamente ajeno. Entre la gente que se identifica como aymara, por ejemplo, es posible que lo que tienen en común un aymara de La Paz y un aymara del campo en Oruro sea poco significativo, como también es posible lo contrario: que a pesar de las diferencias sientan cierta fraternidad y similitudes que no comparten con otros grupos. Pero, aun suponiendo que los datos hacen referen- cia a algo común, ¿cómo determinar los lazos comunes a los que se hace referencia y la fortaleza de éstos? ¿Por qué suponer, como se hace demasiado a menudo, que esos lazos hablan de valores tradicionales de los pueblos originarios y no de valores que han estado sujetos a modificaciones o evoluciones? ¿Por qué asumir, por ejem- plo, que un aymara que vive hace muchos años en la ciudad y que exporta muebles valora los principios de la justicia comunitaria y de la reciprocidad? Un segundo aspecto problemático es la linealidad con la que se pretende analizar a estos grupos: lo mestizo subordina a lo indígena o viceversa. Esto es dudo- so por ambos lados. Para empezar, se trata al mestizaje como si la evolución de una identidad indígena fuera prueba de la pérdida de esa identidad, como si cualquier cambio llevara a un individuo a ser mestizo. Además, ¿cuál es la referencia primaria para estimar el cambio de identidad que permita afirmar que alguien se ha conver- tido en mestizo? ¿Sólo es indígena la persona que tiene una dieta basada en comida indígena, viste con trajes típicos, habla alguna lengua indígena, etc.? Pero el argu- mento de que una persona puede ser indígena y mestiza tampoco es satisfactorio. Si ése es el caso, ¿entonces por qué considerar a esa persona como indígena y contarla como tal? ¿Por qué se asume la centralidad de la identidad indígena por sobre la mestiza? Y si no se la asume, ¿no estaríamos entrando a la definición típica del mes- tizaje que reconoce que en éste existen elementos de identidad indígena a la par que criolla, blanca o como se quiera denominarla? ¿Qué significa exactamente que un individuo se identifique como indígena y mestizo? Tampoco parece satisfactorio el argumento de que estos cambios sean únicamente producto del estigma que pesa sobre la denominación de indígena u originario, ya que la mayoría de estas cifras corresponden a momentos en los cuales esta identificación es motivo de orgullo, lo cual afecta la preponderancia de la estigmatización, por lo menos para justificar una variación tan drástica de los resultados.

sOBResImPLIfIcAnDO IDenTIDADes: eL DeBATe sOBRe LO InDígenA y LO mesTIzO

61

Finalmente, también se suele esgrimir la pérdida de las lenguas indígenas como prueba determinante del proceso de mestizaje. Esto es igualmente incierto y no determinante. Es cierto que la lengua es usualmente un dato muy significativo para entender a los grupos étnicos; sin embargo, hay muchos ejemplos de lo con- trario. Todo escocés, por ejemplo, habla la lengua de su conquistador (y pocos, más bien, su lengua originaria). ¿Estaríamos en posición de decir, siguiendo este dato, que se ha perdido la identidad escocesa? Los vascos han pasado por procesos de pérdida y rescate de su lengua, al igual que los irlandeses. ¿En algún momento han dejado de sentirse miembros de un grupo específico y diferente por esto? En muchos lugares del mundo, los grupos étnicos se definen simplemente por su religión, no por su lengua o por diferencias culturales. Por lo tanto, el que un aymara no hable aymara no lo vuelve, ipso facto, mestizo o menos aymara. En las variaciones de las cifras se puede observar que la medición de las iden- tidades étnicas es un ejercicio altamente complicado y que es erróneo darle a este dato un sentido central como se ha pretendido hacer en los últimos años. También queda claro de estas mediciones se refieren a categorías problemáticas. Con esto, sin embargo, no se pretende negar la relevancia de lo étnico en el país. Lo impor- tante de lo étnico, como ya lo han expuesto muchos autores 5 , es que la gente cree en ello; y, no hay duda, que en Bolivia hay mucha gente que cree que lo aymara, lo quechua, guaraní o lo mestizo la describe y refleja. Sin embargo, esto debe pensarse dentro de un proceso más complejo de entenderse a uno mismo, a los otros y a la sociedad en su conjunto de lo que se puede y quiere leer en estos datos.

La multiplicidad de identidades

El principal problema de este debate es que, en cierta forma, se asume la cen- tralidad y preponderancia de la identidad étnica sin dar importancia al hecho de que cualquier ser humano tiene una multiplicidad de identidades que pueden ser altamente relevantes en su vida. 6 La encuesta CRISE, por ejemplo, añadió dos pre- guntas a la de autopertenencia que se usó en el censo: una, que invita al entrevista- do a identificarse con alguna de las identidades de una amplia gama comúnmente

5

Ver, por ejemplo, Sen (2006), Blu (1980) o Carter Bentley (en Banks, 1996).

6

Se argumenta a veces que existe una diversidad de identidades que pueden ser potencialmente relevantes pero que no todas tienen la misma importancia para los individuos. Esto es altamente relativo y dependiente de lo que se quiere analizar. Si lo que se busca es entender qué identidades son particularmente relevantes para la guerra, por ejemplo, entonces probablemente sea cierto que las identidades étnicas, religiosas, ideológicas, nacionales o regionales expliquen una buena proporción de los conflictos violentos en la historia de la humanidad. Pero para otros análisis, ser miembro de determinada familia, de cierta clase, etc. pueden ser identidades centrales, dejando las otras como un aspecto secundario.

62

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

usada en el país (colla, paceño, camba, campesino, miembro de algún sindicato, etc., más una opción abierta); y otra que pide al entrevistado que muestre su prefe-

rencia entre usar la identidad étnica o cultural escogida o la identidad preferida del conjunto de otras identidades usadas comúnmente en el país. El resultado fue que la mayoría de los entrevistados prefirió la alternativa de usar otro tipo de identidades (45%) sobre la identificación étnica o racial (40%) y un 13% prefirió usar ambas al mismo tiempo. Más relevantes son los resultados que muestran que la importancia dada a las características étnicas de una persona no es significativamente mayor a

la importancia dada a otras consideraciones, como su religión, su ideología, su lugar

de nacimiento, su lugar de residencia, su nacionalidad, etc. Esto resulta del hecho de que cualquier ser humano tiene una multiplicidad de identidades. Amartya Sen, por ejemplo, argumenta que los seres humanos “per- tenecen a muchos grupos diferentes de una forma u otra, y que cada una de estas colectividades pueden darle a una persona una identidad potencialmente impor- tante. Tal vez tengamos que decidir si el grupo particular al que pertenecemos es o no importante para nosotros. Dos ejercicios diferentes, aunque interrelacionados, están involucrados en esta decisión: (1) decidir cuáles son las identidades rele- vantes para nosotros, y (2) hacer un balance de la importancia relativa de estas diferentes identidades. Ambos ejercicios requieren razonamiento y tener opcio- nes”. Sin embargo, “en la variación de la importancia relativa que se da a cada identidad puede haber también influencias externas significativas: no todo resulta específicamente de la naturaleza del razonamiento y las opciones. Por una razón, la importancia de una identidad específica dependerá del contexto social” (2006:

24-25, énfasis mío). 7 Las múltiples identidades y la importancia de entender éstas en contextos específicos son aspectos particularmente relevantes para una sociedad abigarrada como la boliviana. Este tipo de sociedad produce una serie de imagina-

rios colectivos muy complejos que hacen que varias identidades sean relevantes en un momento dado. El identificarse simultáneamente como miembro de un pueblo originario, habitante de una ciudad, de una región, de una organización, de un sindicato, etc. es una realidad por demás común en Bolivia. Varios aspectos refuerzan de forma sustancial la relevancia de múltiples iden-

tidades en el país, tres de los cuales se exponen a continuación. El primero se refiere

a los efectos significativos que la acción colectiva puede tener sobre la relevan-

7 “…belong to many different groups, in one way or another, and each of these collectivities can give a person

a

potentially important identity. We may have to decide whether a particular group to which we belong is-or

is

not-important for us. Two different, though interrelated, exercises are involved here: (1) deciding on what

our relevant identities are, and (2) weighting the relative importance of these different identities. Both tasks demand reasoning and choice.” However, “in the variation of the relative importance of identities, there may be significant external influences as well: not everything turns specifically on the nature of reasoning and choice. For one thing, the importance of a particular identity will depend on the social context” (2006: 24-25).

sOBResImPLIfIcAnDO IDenTIDADes: eL DeBATe sOBRe LO InDígenA y LO mesTIzO

63

cia de identidades específicas 8 , elemento central en un país que cuenta con una larga tradición de movilización social. La acción colectiva requiere de un grado significativo de organización de grupo. La vitalidad de este principio en el país se ve reflejada en la multiplicidad de asociaciones, federaciones, juntas vecinales, sindicatos, etc. fortalecidos, adicionalmente, por un importante valor cultural de colectivismo. Estas organizaciones proveen de un poderoso sentido de pertenen- cia a sus miembros y generan nuevas identidades (por ejemplo, los cooperativistas mineros o los cocaleros). El segundo aspecto se refiere a los patrones de migración interna. Éstos han forzado a la gente a acomodarse a nuevas realidades, cambian- do comunidades, sindicatos campesinos, cooperativas agrícolas, etc., por juntas vecinales, federaciones, sindicatos obreros, etc. En muchos casos, sin embargo, los lazos con anteriores colectividades se mantienen, resultando simplemente en potenciales nuevas identidades en las que encontrar sentido de pertenencia. Un tercer elemento se refiere a la importancia de las actividades económicas a través de la historia en la definición y evolución de las categorías e identidades étnicas en el país 9 . El sistema colonial, por ejemplo, convirtió rápidamente el término indio en una categoría fiscal, la cual generó, a su vez, nuevas categorías ligadas principal- mente al sistema de la mita y la tenencia de tierra (como “naturales u originarios”, “forasteros” o “yanaconas”) con un fuerte efecto en las estructuras sociales de la población indígena. La evolución del mestizaje en el país también fue acompañada de factores económicos. Por un lado, estrategias de evasión impositiva fueron parte de un pro- ceso de mezcla natural de grupos. 10 Por otra parte, como ha expuesto Barragán, el proceso de mestizaje como resultado de un proceso de movilidad social estuvo ínti- mamente ligado al incremento de la participación de la población indígena en los mercados y, en particular, a la apropiación de actividades económicas específicas, como los mercados, la producción de artesanía y el servicio doméstico: “Especiali- zación y mestizaje han sido, por lo tanto, en el período colonial, una pareja indiso- luble” (1992: 98). 11 Toranzo (2006), por otra parte, ha explorado el surgimiento de lo que denomina la “burguesía chola”, nuevos segmentos de la economía liberados o creados por la Revolución Nacional, especialmente en las actividades comercial- es destinadas al mercado interno, el transporte interprovincial y el contrabando 12 .

8 Ver, por ejemplo, MacAdam, Tarrow y Tilly (2001) y Tilly y Tilly (1981).

9 La relación de las actividades económicas con la creación y evolución de las categorías e identidades étnicas ha sido ampliamente estudiada por autores como Barragán (1990, 1992), Bouysse-Cassagne (1996), Harris (1989, 1995), Larson (1995), Platt (1982), Rivera (1996), Saignes (1995) y Toranzo (2006), entre otros.

10 Ver también Bouysse-Cassagne (1996).

11 Ver también Larson, Harris y Tandeter (1995) que, en varios capítulos, describen el incremento en la participa- ción en los mercados y la relación con las identidades étnicas.

64

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

Todo esto ha resultado en una complicada construcción de las identidades étnicas, así como de la idea de lo étnico en el país. Por un lado, este tipo de identi- dades tienen, sin duda, una importancia considerable en la forma cómo los bo- livianos se entienden a sí mismos. Por otro lado, otras formas de identidad son altamente relevantes, producto de las características sociales del país y de su evolu- ción histórica. Identidades centrales, como las regionales, de clase, ideológicas, de ciudades, etc., han sido construidas haciendo referencia, de alguna manera, a una categorización étnica (y viceversa) 13 .

Dificultades adicionales para el debate sobre lo étnico

A lo mencionado anteriormente, hay que añadir dos elementos que hacen que la comprensión de las identidades étnicas por parte de los individuos y la sociedad en general sea un proceso complejo: las complejas y muchas veces contradictorias relaciones sociales entre grupos, y el confuso discurso sobre lo étnico en el país. Las relaciones sociales entre grupos étnicos en Bolivia son altamente com- plejas producto, entre otras cosas, de su proximidad. Este tipo de relaciones hace que la relevancia de las identidades étnicas sea altamente dependiente del contex-

to. Por proximidad nos referimos a la “cercanía” entre grupos, sea física o cultural,

y a los intercambios en la vida cotidiana. Por un lado, existe un componente de

proximidad física que ha moldeado las relaciones interétnicas desde la Colonia. La ubicación de las nuevas ciudades coloniales y la proporción de habitantes indíge- nas que vivían en ellas generaron formas específicas y más fluidas de convivencia

y características particulares de las relaciones interétnicas 14 . La proximidad física

entre los grupos no ha sufrido mayores cambios desde entonces. Por otro lado, ya sea por la debilidad del Estado para imponer políticas de mestizaje de una manera más contundente o por actitudes más tolerantes que res- ponden a una variedad de razones (la proximidad geográfica, algunas políticas de igualación implementadas por los gobiernos de la Revolución Nacional, la pobreza de las elites bolivianas, etc.), el país tiene menores niveles de desigualdades de sta- tus cultural 15 del que se podría esperar dada su desigual estructura institucional. El Estado y los gobernantes permiten, promueven y apoyan una variedad de sistemas

13 Ver, por ejemplo, Rivera (2003) y Barragán (1992) para una discusión de la relación entre la clase y lo étnico.

14 Ver Barragán (1992) y Zavaleta Mercado (1986).

15 Se entiende por desigualdades de status cultural las diferencias en el reconocimiento y status jerárquico (de fac- to) de las normas, costumbres y prácticas culturales de grupos diferentes. En la mayoría de las sociedades plurales se observa que diferentes grupos culturales están en disputas unos con otros, no solamente por la distribución de poder político y económico sino también por cuestiones de status y reconocimiento cultural. Las desigualdades de status cultural están generalmente subsumidas en las instituciones y prácticas del Estado, tanto implícita como explícitamente (Brown y Langer, 2007).

sOBResImPLIfIcAnDO IDenTIDADes: eL DeBATe sOBRe LO InDígenA y LO mesTIzO

65

institucionales paralelos (como la justicia comunitaria), festividades (la entrada del Gran Poder o Alasitas, por ejemplo), tradiciones (como el Tinku) y otros even-

tos culturales que reflejan la cultura de los diferentes grupos étnicos. Todo esto ha resultado en un multiculturalismo de facto (aunque no esté reflejado en el nivel institucional) que afecta fuertemente la forma cómo los individuos se entienden a

sí mismos, a los otros y a la sociedad en su conjunto.

Esto no significa, sin embargo, que el Estado o miembros de algunos grupos no discriminen a otros grupos étnicos en una variedad de formas; sencillamente apunta a que el multiculturalismo ha generado formas complejas, fluidas y muchas veces contradictorias en las relaciones sociales que han emergido en Bolivia entre los grupos étnicos dentro de un marco general de discriminación. Esto ha generado una estrecha relación entre los contextos y la relevancia de las identidades étni- cas. Estudios sobre aspectos específicos de la dieta, por ejemplo, muestran que no existe una asociación determinante entre los patrones de consumo a lo largo de

líneas de desigualdad social analizadas por divisiones étnicas, de clase, o regionales; existe, más bien, una importante influencia del contexto en estos consumos (Or- love y Schmidt, 1995). Estudios sobre las relaciones entre empleadas domésticas

y patrones, por otro lado, ofrecen importantes evidencias sobre las complejas rela-

ciones de dominación y fraternidad entre empleadores y empleadas y las diversas formas de entenderse a sí mismos, a los otros y a las relaciones interétnicas (Gill, 1990). La identidad étnica, por lo tanto, adquiere una alta relevancia dependiendo del contexto, pero no es una identidad que determina de forma central las rela- ciones sociales en el país. La importancia del contexto también se refleja en las diferencias de la rel- evancia que las identidades étnicas adquieren en los ámbitos público y privado. La creación y evolución de las categorías étnicas, la constante tensión entre éstas y la realidad, la estigmatización de lo indígena y las relaciones de discriminación han producido importantes diferencias en el discurso y en la actitud hacia lo étnico. En el ámbito público, se acomodan al status y las normas establecidas pero las transgreden en el ámbito privado, o viceversa. Más aun, los individuos pueden ajustar su com- portamiento y opiniones sobre otros grupos guiados por convenciones sociales. Por ejemplo, visiones racistas pueden ser expresadas de maneras muy diferentes, dependi- endo del contexto social (negarlas en una entrevista en la radio pero usarlas amplia- mente en una reunión con amigos). La diferencia entre la esfera pública y la privada puede explicar por qué, por ejemplo, Bolivia se caracteriza por una alta adscripción étnica pero también por la poca relevancia de éstas en la esfera política de una forma continua en su historia. La gente puede apreciar su identidad étnica como forma de identificación pero su vida política puede ser guiada por otras consideraciones. Finalmente, otro elemento que afecta la comprensión de esta problemática por parte de los individuos y de la sociedad es el discurso sobre lo étnico. Este discurso está basado en una serie de historias esenciales que los bolivianos hemos usado para infor-

66

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

mar nuestra visión del mundo y nuestras acciones 16 . Algunas historias están basadas en hechos reales (existe una estructura de dominación y discriminación en el país) o en hechos que algún momento fueron reales (diferencias biológicas más notorias entre los grupos); otras, sin embargo, han logrado generar ideas que se consideran como ciertas pero que están basadas en interpretaciones erróneas de la realidad 17 . El problema es que estas concepciones nublan muchas veces la comprensión de lo étnico. Dos ejemplos pueden ilustrar este problema. El primero se refiere a un con- cepto común: la sociedad como una pirámide de estratificación única (el grupo blanco arriba, el mestizo al medio y los indígenas en la parte inferior) y una dis- tribución de ingresos acorde a esta estratificación. Esta generalización ignora, por ejemplo, las jerarquías y las relaciones de poder dentro de cada grupo o las difer- encias de género dentro y entre grupos. Más importante aun, falla al no hacer un balance de los estratos dentro de cada grupo con respecto a los estratos de grupos diferentes: no está claro, por ejemplo, que un “Jilanku” aymara disfrute de menor status social que una persona de los estratos mestizos más bajos o que disfrute de menor poder (tanto dentro de su contexto específico como en referencia al resto de la sociedad). El efecto psicológico del status social, especialmente en una sociedad jerárquica y acostumbrada al uso intensivo de símbolos como la boliviana, no ha sido todavía estudiado a cabalidad, pero no es difícil imaginar que puede proveer poderosos mecanismos de orgullo y autoestima que reducen las percepciones de inferioridad con respecto a otros grupos. Lo mismo se puede decir del aspecto económico. Existe, por ejemplo, un importante número de individuos en los sec- tores denominados “cholos” con un poder económico superior al de la mayoría de miembros de los grupos considerados tradicionalmente de elite. Los elementos señalados en el presente capítulo buscan llamar la atención so- bre algunos supuestos en los que está basado el debate sobre lo indígena y lo mestizo en Bolivia. Históricamente, este debate ha provocado tensiones que no pueden re- solverse en parte porque se asume el tema de manera simplificada. Si las identidades van a ser politizadas, como está sucediendo actualmente, es importante clarificar la relación de lo étnico con la centralidad de las identidades en el país, las formas que las identidades adquieren, y más importante aun, entender cuáles son los aspectos que nos unen como sociedad y no únicamente aquellos que nos separan.

16 Véase Sanjinés (2004) para un excelente ejemplo de análisis del discurso.

17 Esto ha producido varios discursos que hacen referencia a elementos con los cuales la gente se puede relacionar o puede entender (como conceptos raciales, uso de determinadas vestimentas, actitudes, discriminación, etc.) para diferenciar grupos y, por lo tanto, son discursos que son asumidos como correctos y usados ampliamente, inclusive en el debate académico sobre el tema. El uso de dicotomías (lo blanco versus lo indígena; lo “moder- no” versus lo “tradicional”; el mercado versus la reciprocidad; etc.), la creencia de relaciones lineales (en un extremo lo indígena y en el otro lo blanco, con grupos intermedios tanto en las relaciones de poder como en lo económico), son ejemplos de simplificaciones comunes que nublan el análisis de lo étnico en el país.

sOBResImPLIfIcAnDO IDenTIDADes: eL DeBATe sOBRe LO InDígenA y LO mesTIzO

Referencias bibliográficas

67

Ayo, D.

2007

Democracia boliviana: un modelo para des armar. La Paz: Friedrich Ebert Stiftung, ILDIS y Oxfam.

Banks, M.

1996 Ethnicity: Anthropological Construction. Londres: Routledge.

Barragán, R.

1990

Espacio urbano y dinámica étnica. La Paz: Hisbol.

1992

“Entre polleras, lliqllas y ñañazas: Los mestizos y la emergencia de la tercera repú- blica”. En: Arze, S., R. Barragán, L. Escobari y X. Medinacelli (eds.). Etnicidad, economía y simbolismo en los Andes. La Paz: Hisbol, IFEA, SBH-ASUR.

1996

“Los múltiples rostros y disputas por el ser mestizo”. En: Ruiz, H. D., A. M. Mansilla

y

W. I. Vargas (eds.). Mestizaje: ilusiones y realidades. La Paz: MUSEF.

Blu, K. I.

1980 The Lumbee problem: the making of an American Indian people. Cambridge y Nueva

York: Cambridge University Press.

Bouysse-Cassaigne, T.

1996 “In praise of Bastards”. En: Harris, O. (ed.) Inside and Outside the Law: Anthropolo- gical Studies of Authority and Ambiguity. Londres: Routledge.

Brown, G. y Langer, A.

2007

“Cultural Status Inequalities: an important dimension of group mobilization”. CRI- SE working papers 41. In www.crise.ox.ac.uk/pubs.shtml

Gill, L.

1994

Precarious Dependencies: Gender, Class, and Domestic Service in Bolivia. Nueva York:

Columbia University Press.

Harris, O.

1989

“The Earth and the State: Sources and Meanings of Money in Northern Potosí, Bolivia”. En: Parry, J.P. y M. Bloch (eds.). Money and the Morality of Exchange. Cambridge: Cambridge University Press.

1995

“Ethnic Identity and Market Relations: Indians and Mestizos in the Andes”. En:

Larson, B., O. Harris y E. Tandeter (eds.). Ethnicity, Markets and Migration in the Andes: at the Crossroads of History and Anthropology. Durham N.C. y Londres: Duke University Press.

Larson, B.

1995 “Andean Communities, Political Cultures and Markets: the Changing Contours

of a Field”. En: Larson, B., O. Harris y E. Tandeter, E. (eds). Ethnicity, Markets and Migration in the Andes: at the Crossroads of History and Anthropology. Durham N.C.

y Londres: Duke University Press.

68

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

Mcadam, D., S. G. Tarrow y C. Tilly

2001 Dynamics of Contention. Cambridge and Nueva York: Cambridge University Press.

Orlove, B. y E. Schmidt

1995 “Swallowing their Pride: Indigenous and Industrial Beer in Peru and Bolivia”. Theory and Society, Vol. 24. 271-298.

Platt, T.

1982 Estado boliviano y ayllu andino: tierra y tributo en el norte de Potosí. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Rivera Cusicanqui, S.

1996

“En defensa de mi hipótesis sobre el mestizaje colonial andino”. En: Ruiz, H. D., A. M. Mansilla y W. I. Vargas (eds.). Mestizaje: ilusiones y realidades. La Paz: MUSEF.

2003

Oprimidos pero no vencidos: luchas del campesinado aymara y qhechwa de Bolivia, 1900- 1980. La Paz: Yachaywasi.

Saignes, T.

1995 “Indian Migration and Social Change in Seventeenth-century Charcas”. En: Lar- son, B., O. Harris, O. y E. Tandeter (eds.). Ethnicity, Markets, and Migration in the Andes: at the Crossroads of History and Anthropology. Durham, N.C y Londres: Duke University Press.

Sanjinés, J.

2004 Mestizaje Upside-Down. Pittsburgh: University of Pittsburgh Press.

Sartre, J. P.

1948 Reflexiones sobre la cuestión judía. Buenos Aires: Sur.

Seligson, M. A., A. B. Cordova, et al.

2006.

Auditoría de la democracia Informe Bolivia 2006, La Paz: LAPOP, USAID, Ciudada- nía, Vanderbilt University, Encuestas y Estudios, Universidad Católica de Bolivia.

Sen, A.

2006

Identity and Violence. Nueva York y Londres: Norton.

Tilly, C. y L. A. Tilly (editores)

1981 Class Conflict and Collective Action. Beverly Hills y Londres: Sage Publications.

Toranzo, C.

2006 Rostros de la democracia: una mirada mestiza. La Paz: Plural, Fundación Friedrich Ebert, ILDIS.

Zavaleta Mercado, R.

1986 Lo nacional-popular en Bolivia. México: Siglo Veintiuno.

Regionalismo, revisitado

José Luis Roca

Regionalismo, fenómeno omnipresente en Bolivia

El regionalismo es el poder que poseen las regiones interiores de un país y que

se expresa en conductas, actitudes y acciones. En Bolivia, las regiones rivalizan en- tre sí creando animosidades recíprocas; compiten por influir más en la conducción del Estado y cuestionan los actos de un gobierno nacional autoritario e hipercen- tralizado. Visible a todo lo largo del proceso histórico boliviano, el regionalismo dificulta una administración estatal eficiente y obliga al gobierno central a tomar decisiones que pueden ser perjudiciales o contraproducentes para el país. El regio- nalismo actúa guiado por una ideología elitista la cual, no obstante, se constituye en vanguardia de un agregado social heterogéneo. 1

A los efectos de nuestro enfoque, el término “regionalismo” no se refiere al

desarrollo económico regional o a la historia de las regiones de un país. Tampoco alude al esfuerzo de regiones limítrofes pertenecientes a países distintos, que hacen causa común para enfrentar los desafíos de la globalización y la modernidad con una visión que no es necesariamente la misma de los Estados nacionales a los que pertenecen. Temas como éstos son válidos e interesantes aunque merecen un aná- lisis separado que está fuera de los propósitos y alcances del presente trabajo. Bolivia es un país fragmentado en regiones cuya visión de país está limitada por sus intereses. Una queja permanente de las regiones es la falta de equidad en

70

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

la distribución de los ingresos fiscales y en el monto del gasto público. Santa Cruz, por ejemplo, sigue recordando viejos agravios que le fueron inflingidos por el poder central, origen a la pobreza y aislamiento que sufrió esa región hasta mediados del siglo XX. Por su parte, desde que se produjo el gran auge económico de Santa Cruz a partir de la década de 1970, los departamentos andinos protestan por la atención preferente otorgada a Santa Cruz, donde, según ellos, se dirige todo el esfuerzo estatal en detrimento del resto del país. El término “región”, en Bolivia, es sinónimo de “departamento”, nombre de las nueve unidades administrativas que forman la República y que concurrieron a la fundación de ella. También se entiende como región a las provincias que forman parte del departamento, muchas de las cuales no se identifican necesariamente con éste al punto de que lo ven con los mismos defectos y deficiencias del gobierno central. A lo anterior, cabe añadir los más de 300 municipios creados desde 1994, los que también han empezado a sentirse poseedores de su propia personalidad y derechos, al margen de cualquier vinculación con el departamento al que formal- mente pertenecen. Históricamente, los departamentos han tenido más fuerza que el Estado en su conjunto, lo que ocasiona un permanente impulso centrífugo causante de la conocida y crónica inestabilidad del país. Lejos de admitir la existencia de ese fenómeno y negociar un pacto social que lo tome en cuenta, tanto los caudillos militares del siglo XIX como los partidos oligárquicos que se crearon después han tratado de fortalecerse sojuzgando a los departamentos. Esa misma tendencia ha continuado con el régimen indigenista y de izquierda, presidido por Evo Morales quien, actualmente, vive en permanente antagonismo con los departamentos. El método más usado para debilitar a los departamentos, ha sido reprimir cualquier brote de indisciplina contra el gobierno central. Contra los departamentos, más que contra nadie, se han ensañado las dictaduras que ensombrecen la historia boliviana. Otras veces, los ideólogos del centralismo, impotentes para contrarrestar el poder de las regiones, postulan la modificación de los límites departamentales em- pleando criterios relacionados con el desarrollo económico o con un modelo de gestión política y arguyendo que la actual organización territorial es anacrónica y arbitraria. Definen la región como un área que posee similitud geográfica o como un conjunto de zonas con características socioeconómicas semejantes llamadas “unidades de planificación”. Quienes así piensan ignoran o soslayan el hecho de que en el proceso de formación de las regiones bolivianas ha predominado la his- toria sobre la geografía y que el sedimento cultural impugna los planteamientos y aspiraciones de tecnoburócratas y políticos. Por eso fracasan. Las demandas para incrementar las prerrogativas de las regiones ponen a la defensiva al poder central. Éste, en aras de su propia supervivencia y como jus- tificativo de su estilo de gobernar, invoca la “unidad nacional” pronosticando la

RegIOnALIsmO, RevIsITADO

71

destrucción del país si se adopta cualquier forma de descentralización. 2 Revisando la literatura sobre el federalismo, encontramos el reiterado argumento de que un régimen de este tipo condenaría a la República a su disolución. En los años no- venta, se sostuvo con estridencia que la descentralización no haría otra cosa que “yugoeslavizar” a Bolivia, aludiendo a la terrible guerra interior producida en los Balcanes en la década de 1990 y que acabó con la Federación Yugoeslava. 3 Las regiones a las que se les niega el derecho a autogobernarse actúan como grupo de presión política, a la manera de los sindicatos obreros, las organiza- ciones empresariales o las comunidades indígenas pero con mucha más fuerza que éstas. Y al estar sujetas a regímenes autoritarios y paternalistas, las regiones suelen comportarse como menores de edad o adolescentes, guiadas más por el capricho que por la sensatez. No piden sino plantean exigencias acompañadas de ultimátums, amenazas de paros cívicos, huelgas de hambre y bloqueo de caminos; no les interesa lo que ocurre alrededor suyo pues para ellas lo único importante son sus necesidades y urgencias. Aun sabiendo que sus demandas no podrán ser atendidas, presentan un lis- tado de aspiraciones innegociables. Frente a esa postura, los gobernantes prometen hasta lo imposible con tal de evitar que las amenazas se cumplan. Es ritual que en cada conmemoración cívica departamental, el Presidente de la República se traslade hasta la capital regional y anuncie unas medidas a manera de regalo de cumpleaños. Entre ellas figuran leyes o decretos, que muchas veces son meramente simbólicos y que sólo sirven para neutralizar o postergar el descontento. De esa ma- nera se crea una atmósfera que conspira contra la gobernabilidad, erosionando la autoridad que todo Estado debe poseer. Semejante forcejeo debilita y frustra tanto al centro como a la periferia. Las demandas se canalizan a través de grupos voluntarios y apolíticos llama- dos Comités Cívicos los cuales convocan a amplios sectores de la sociedad civil y poseen diversos grados de representatividad según la región donde actúan. Desde que estos comités empezaron a hacerse populares, en la década de 1950, el más exi- toso ha sido el de Santa Cruz cuya fama surgió cuando obtuvo el reconocimiento a los departamentos productores de una regalía del 11 por ciento de la producción

2 Un caso reciente que ejemplifica una presión irracional de las regiones guiadas por el propósito de hacerse “respetar”, lo encontramos en la estructura orgánica de la empresa Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) aprobada mediante ley de la República. Luego de apasionados debates respaldados por bloqueo de caminos, paros cívicos y huelgas de hambre en las regiones productoras de hidrocarburos, el Congreso Nacional resolvió el conflicto disponiendo que la Presidencia Ejecutiva de YPFB esté situada en La Paz mientras una vicepresidencias debe radicar en la provincia Gran Chaco de Tarija, otra en Santa Cruz y la tercera en Cocha- bamba. Además, según dicha ley, se crean dos gerencias, una en Camiri y otra en Sucre. Ver, art. 23 de Ley de Hidrocarburos del 17 de mayo de 2005. Huelga decir que tal descuartizamiento sólo ocasionaría la inviabilidad operativa de la empresa estatal.

72

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

de hidrocarburos. Esa participación se concretó luego de por lo menos dos años (1957-1959) de confrontación y violencia. Mientras tanto, la autoridad en la re-

gión era ejercida alternativamente por el Comité Cívico y por un caudillo disiden- te del partido de gobierno. Tanto el uno como el otro prescindían casi totalmente del Gobierno de La Paz, el cual optaba por enviar tropas represivas del Ejército

y

milicias paramilitares campesinas a la convulsionada región. Hubo prisioneros

y

exiliados políticos, enfrentamientos armados y muertes, 4 nada de lo cual pudo

impedir que se aprobara la ley que autoriza la participación departamental en la producción petrolera. Ésta continúa vigente y beneficia, además de Santa Cruz, a Cochabamba, Tarija y Chuquisaca. 5 Lo anterior nos muestra que el regionalismo constituye la contradicción prin- cipal de la sociedad boliviana, y mientras no se resuelva, el país no podrá consoli- dar su institucionalidad ni emprender acciones eficaces para desarrollarse. Además, seguirá viviendo en constante riesgo de repetir la guerra civil de 1899 para señalar una nueva capital de la República que, a la vez, sea la sede de los tres poderes del Estado. Un enfrentamiento de este tipo no garantiza que, al cabo de él y cualquiera que sea el vencedor, se ponga fin al régimen centralista. La otra cara de la medalla es que el regionalismo ha contribuido a forjar una

nación plural, enriquecida en su diversidad por expresiones culturales sólidas y au- ténticas. En los espacios interiores de cada región existe una variada geografía que ayuda a entender la nación y adquirir un compromiso con ella. Contrarrestando

a la rivalidad dañina, existe entre las regiones un espíritu de sana emulación por

demostrar quién se esfuerza más para lograr el bienestar de sus respectivos pueblos. Eso pudo verse durante los años en que existieron las Corporaciones Regionales de Desarrollo (1975-1995), las cuales fueron eliminadas para dar paso a la “parti-

cipación popular”, retrocediendo así en el proceso descentralizador. De las Corpo- raciones surgieron cuadros profesionales y técnicos preocupados por conocer las peculiaridades de su propia tierra y dispuestos a trabajar por ella. La fuerza de los departamentos ha sido el disuasivo más eficaz contra el cau-

dillismo antidemocrático. Al pasar revista a las “revoluciones” (cuartelazos, golpes militares, insurrecciones populares) que han puesto fin a una dictadura militar o

a un gobierno civil autoritario, se verá cómo todas ellas han tenido su origen en

pronunciamientos regionales que luego se extendieron al resto del país. La gran aspiración de muchos autócratas ha sido debilitar a los departamentos o ignorarlos en la toma de decisiones, y de ello pueden citarse dos casos representativos en épocas diferentes. El primero es el del Presidente José María Linares quien, a pocos

4 Una gran avenida en Santa Cruz, que conduce a los predios de la Feria-Exposición llamada “Roca y Coronado” recuerda a dos jóvenes que murieron luchando contra el gobierno central por el “11 por ciento”.

RegIOnALIsmO, RevIsITADO

73

meses de haber asumido el mando, dictó su decreto de 25 de diciembre de 1857 6 por medio del cual diluía los nueve departamentos de la República en 32 “Jefaturas Políticas” y al año siguiente, mediante otro decreto, se declaró “Dictador”. Fue derrocado antes de que la nueva organización entrara en vigencia. El otro caso, muy semejante en su concepción y propósitos, tuvo lugar siglo

y medio después, en 1993, cuando el presidente Jaime Paz Zamora y quien iba a su-

cederlo en el cargo, Gonzalo Sánchez de Lozada, se pusieron de acuerdo para frenar

un proyecto de Ley de Descentralización que tenía un amplio consenso nacional

y que estaba a punto de ser sancionado por el Congreso. En su lugar se dio paso a

un sucedáneo llamado “participación popular” consagrado mediante una ley que creó 311 municipios los cuales entablaron una relación directa con el poder central ignorando a las capitales departamentales y a los prefectos. 7 Vigente hasta hoy, este modelo ha perdido toda importancia ya que nuevas ideas y acontecimientos han reestablecido el papel protagónico de los departamentos mediante la elección directa de prefectos y el apoyo a las autonomías departamentales. 8

La “identidad” del boliviano y los héroes locales

Si alguien pregunta, por ejemplo, cuáles son las características de la lengua española en Bolivia, cómo es la música o la comida típica, se le contestará que son unas en Santa Cruz y Beni y otras, distintas, en Chuquisaca o La Paz. Para descubrir la “identidad” del boliviano es necesario un análisis por parcelas, como en 1909 lo hizo Alcides Arguedas en Pueblo enfermo donde se refiere a la imaginación de los cochabambinos y a la tozudez de los aymaras paceños, pero no logra dibujar el perfil psicológico del boliviano tipo 9 porque, a decir verdad, ése no existe sin agregarle la referencia regional. Si bien lo anterior ocurre en muchos otros países del mundo, la especifici- dad boliviana confunde al analista pues está llena de paradojas. En las secciones precedentes hemos tipificado a Bolivia como hipercentralista y, no obstante, su

6 Ver Colección de Leyes, Decretos, Órdenes y Resoluciones Supremas, 2º. Cuerpo, Tomo I. Sucre, 1861.

7 Una discusión amplia de este tema puede verse en Roca (2005: 49-98) y Barrios (2002: 69-116).

8 Mientras escribo estas páginas la prensa local anuncia que el Gobierno de Evo Morales propondrá a la Asamblea Constituyente la creación de 42 regiones autónomas que podrán elegir a sus autoridades. Ahí puede verse, también, la ostensible intención de restar autoridad a departamentos y prefectos. Ver, La Razón, La Paz, 2 de noviembre, 2006. La reacción negativa de los departamentos no se dejó esperar y es dudoso que el partido gobernante insista en su propósito.

74

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

estructura y organización políticas muestran otra cosa. En la Cámara de Diputados, por ejemplo, los departamentos tienen representación proporcional, mientras en el Senado cada departamento elige a tres senadores independientemente del número de habitantes que tenga. Cada departamento tiene su propia universidad estatal

y en la Corte Suprema de Justicia los magistrados también representan a los de-

partamentos. Éstos poseen himno, bandera y escudo propios; tienen señalada una fecha (que es feriado en todo el departamento) en la que se conmemora algún fasto

histórico local. Pero, a despecho de semejante singularidad, el control que ejerce

el Gobierno que reside en La Paz sobre el país es total. Los cargos más nimios de la

administración pública emanan de los ministerios o sus dependencias y las remesas

a los municipios (vía participación popular) pueden ser interrumpidas por decisión

de funcionarios subalternos del ministerio de Hacienda. Las decisiones políticas trascendentales se toman en la plaza Murillo mientras las regiones esperan, expec- tantes, lo que allí sucede. Las fechas cívicas departamentales conmemoran los pronunciamientos e in- surrecciones que se produjeron desde el comienzo de la Guerra de Independencia frente a España. Sucre y La Paz han mantenido una secular competencia sobre en cuál de las dos ciudades tuvo lugar el “primer grito” por la independencia, hazaña que a juicio de ellos les pertenece en vista de que ambos acontecimientos tuvie- ron lugar en 1809, un año antes que en el resto de América. La disputa sobre esa primogenitura fue tan persistente y apasionada que se convirtió en el detonante de la guerra civil de 1899 al término de la cual los intereses de la gran minería y el comercio radicados en La Paz se impusieron sobre Sucre y, desde entonces, domi- nan al resto del país. Oruro, por su parte, celebra su “efemérides” el 10 de noviembre debido a que ese día de 1781 estalló una sublevación de criollos contra los abusos de la política borbónica pero, sobre todo, contra los españoles de origen o “chapetones” que se adueñaban de todos los cargos de la administración colonial de Charcas. Por últi- mo, los dos departamentos más jóvenes, Beni y Pando, conmemoran la fecha en que fueron creados como tales. El denominador común de estos dispares criterios, es la afirmación de un sentimiento regional, el sentido de pertenencia a un terruño, el orgullo identitario de un conglomerado humano en el que existen hondas dife- rencias económicas y sociales pero que, sin embargo, se sienten parte de una “co- munidad imaginada”, según la ya clásica conceptualización de Anderson (1991). El principal empeño del Estado centralista ha sido poner freno al federalis-

mo o la descentralización, como una especie de acto de fe entre quienes contro- lan los hilos del poder, sean ellos civiles, militares, oligarcas o revolucionarios. Baste recordar que en 1899, La Paz triunfó en una guerra civil con la bandera del federalismo y al término de ella, lejos de cambiar la forma de gobierno, el Pre- sidente José Manuel Pando acentuó el sistema llamado “unitario”, fuertemente centralista. Siguiendo esa misma tendencia, en 1931, un Decreto dictado por

RegIOnALIsmO, RevIsITADO

75

el gobierno militar de Carlos Blanco Galindo incorporó a la Constitución una reforma que consagraba un avanzado régimen descentralizador (previamente aprobado por un referéndum) el cual fue desconocido por el Gobierno civil que le sucedió, presidido por Daniel Salamanca. Y en 1993, luego de que el Senado Nacional aprobara por unanimidad un proyecto de ley que perfeccionaba los gobiernos departamentales y creaba una asamblea de representantes también departamentales fue bruscamente frenado por el entonces presidente Jaime Paz Zamora, como queda registrado arriba.

La personalidad histórico-cultural de las regiones

La fuerte personalidad de las regiones se explica por el hecho de que Bolivia es el único país hispanoamericano donde se mantiene la estructura político-administrativa básica que fuera diseñada por les reyes Borbones en el siglo XVIII. La República se organizó según el modelo promulgado en 1782 en la Ordenanza de Intendentes del Virreinato del Río de La Plata, en base a los corregimientos erigidos en el siglo XVI por el virrey Toledo cuando la Au- diencia de Charcas dependía del Perú. Es por eso que, desde bien temprano, las intendencias fueron concientes de su espacio geográfico y de sus prerrogativas como puede verse, por ejemplo, en la Historia de Potosí de Pedro Vicente Ca- ñete y Domínguez. Escrita hacia 1787 10 , esta monumental y erudita obra deja la impresión de que Potosí es un verdadero Estado del cual el autor hace una minuciosa descripción que incluye sus cinco regiones interiores o “partidos”:

Porco, Lípez, Chichas, Atacama y Tarija. El libro se ocupa de los recursos na- turales potosinos, con énfasis (como era de esperarse) en la riqueza minera del famoso Cerro, el papel desempeñado por la población indígena, sus parroquias, puertos sobre el Pacífico, jurisdicciones eclesiásticas y tribunales civiles y el comercio con regiones vecinas. Cañete defiende los derechos de Potosí no sólo sobre Atacama sino también sobre Tarapacá mostrando, al mismo tiempo, la conveniencia del comercio de esta provincia con Potosí. Algo parecido sucede con Santa Cruz y Cochabamba. La Descripción geo- gráfica y estadística de la Provincia de Santa Cruz de la Sierra escrita en 1793 por el gobernador-intendente Francisco de Viedma 11 contiene un informe sobre pueblos, curatos y misiones de lo que hoy son dos departamentos que formaban parte de la misma jurisdicción, ya que la sede de la intendencia se encontraba en Cocha- bamba. Cuando se abolió el régimen de intendencias, a comienzos de la Guerra de Independencia, Santa Cruz logró que el general Manuel Belgrano (jefe de la

10 Cañete y Domínguez (1952).

76

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

segunda expedición argentina al Alto Perú) le devolviera su status de gobernación, poniendo fin a su dependencia de Cochabamba. Las intendencias eran dilatadas jurisdicciones territoriales adscritas al vi- rreinato. Pero esa dependencia era muy relativa, ya que la corona española otor- gó amplias facultades al funcionario que las regía (Intendente), con el propósito de contrarrestar el poder ejercido tanto por el Virrey como por la Audiencia de Charcas. 12 Pese al corto medio siglo transcurrido entre la adopción del régi- men descrito y el advenimiento de la República, las intendencias llegaron con la fuerza intacta de que habían sido dotadas al momento de su creación al punto de que una de ellas, Paraguay, rehusó formar parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, ente sucesor del virreinato, y optó por constituirse en República independiente 13 . En cuanto a las intendencias de Charcas, inicialmente presta- ron su adhesión a Buenos Aires, pero en el curso de la Guerra de Independencia decidieron formar un ente político separado, venciendo las objeciones del propio Libertador Simón Bolívar 14 . La Asamblea de 1825 que consagró el nacimiento de Bolivia estuvo com- puesta por unas provincias que ya gozaban de una especie de autogobierno y, por tanto, se adaptaban a un régimen federal o una confederación a la usanza de las tre- ce colonias de Estados Unidos, pero tal idea fue rechazada tanto por Bolívar como por la elite criolla de Charcas. Ésta se sintió dueña del poder que había heredado de la Audiencia y, en forma expresa, repudió el federalismo. Los representantes a esa Asamblea fundacional declararon que no es conforme al voto de los pueblos un gobierno federal por creer que no sería el más seguro germen de dicha, paz inalte- rable y unión social […] este gobierno es concentrado, general y uno para toda la república y sus departamentos 15 . Sin embargo, ese “gobierno concentrado, general y uno” no haría otra cosa que ocasionar rivalidades y pugnas entre las provincias que eran, por el contra- rio, “desconcentradas, particulares y varias”, tal como lo fueron las intendencias. Esto ayuda a entender las características principales de la Bolivia del siglo XIX:

inestabilidad política, escaso desarrollo, mutilaciones territoriales y escepticismo sobre el futuro.

12 Para un análisis completo y lúcido de este tema, ver John Lynch (1962).

13 Buenos Aires, guiado por la antigua arrogancia virreinal, demoró varias décadas antes de reconocer la inde- pendencia de Paraguay, no sin haber intentado destruirla en coalición con Brasil y Uruguay durante la llamada guerra de la Triple Alianza o “Guerra Grande” como es conocida por los paraguayos (1865-1870).

14 Bolívar sostenía la tesis del utipossidetis lo cual significaba que el cambio de régimen político no debía alterar la jurisdicción de los virreinatos, tesis que no prosperó debido al sentimiento nacionalista que ya había aflorado en lo que fueron colonias españolas. De esa manera surgieron veinte repúblicas hispanoamericanas en lugar de las cuatro concebidas por Bolívar.

RegIOnALIsmO, RevIsITADO

77

La hegemonía que cambia de sitio

La experiencia histórica nos muestra que en un Estado el poder se ejerce desde un centro territorial hegemónico hacia donde converge la actividad y las energías de las zonas interiores sobre las cuales ejerce una atracción centrípeta. Ese sitial se lo adquiere al término de sucesivas luchas, como ha sucedido con los Estados nacionales europeos que se consolidaron al término de las guerras napo- leónicas. En las naciones latinoamericanos, la región hegemónica republicana es la misma que existió durante la época colonial cuando eran cabeceras de virreinatos, capitanías generales, gobernaciones o audiencias En ocasiones, como en el caso argentino, el poder de la capital Buenos Aires fue intensamente cuestionado por las provincias, lo cual condujo a un dilatado ciclo de guerras civiles hasta que, a mediados del siglo XIX, se impuso el puerto sobre las regiones interiores. El caso boliviano es sui géneris ya que la región dominante migra, cambia de lugar. Chuquisaca (pese a haber sido sede de audiencia) no pudo consolidar su poder en la nueva República y, debido a eso, la capital se tornó itinerante y nóma- da. Durante todo el siglo XIX, el Poder Legislativo se reunía en cuatro ciudades distintas (Sucre, La Paz, Oruro y Cochabamba) y el Ejecutivo osciló en dos de ellas:

Sucre y La Paz. Esta situación se encuentra ilustrada en un decreto del general Manuel Isidoro Belzu (quien gobernó entre 1848-1855) declarando que la capital de la República será el lugar donde se encontrara el presidente y que él identificaba como “la grupa de mi caballo”. La localización de Bolivia en el centro del continente, a ambos lados de la cordillera andina y mirando simultáneamente al Pacífico, el Plata y el Ama- zonas, dio lugar, desde la fundación de la República en 1825, a que surgieran dos regiones rivales: La Paz y Sucre, de fuerza equivalente. Pero Sucre (el Sur) resultó inadecuada como capital debido a su falta de recursos económicos, a su aislamiento del resto del país y a la distancia enorme que la separaba tanto del Pacífico como del Plata. Por su parte, La Paz (el Norte) siguió mirando hacia el Perú como en la época del virreinato del cual dependía Charcas antes de ser transferida a Buenos Aires en 1776 16 . Como resultado de lo anterior, apareció la Confederación Perú-boliviana, re- sistida en ambas naciones y empujada sólo por Andrés de Santa Cruz, cuya derrota fue el preludio de una tragedia mayor: la pérdida del litoral a manos de Chile en la Guerra del Pacífico, en 1879. Pero de esta catástrofe, por paradoja, surgió el auge de la región Sur a la que pertenecía Sucre. Se construyó el ferrocarril de Antofagasta que permitió un rápido desarrollo de la minería de la plata y una efímera prosperi-

78

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

dad del Sur. Pero cuando se firmó el tratado definitivo de paz en 1904, se decidió

la construcción de otro ferrocarril, el de Arica. Éste se convertiría en competidor del anterior pues era favorable a los intereses paceños y, de esa manera, cambió el rumbo del comercio orientándolo hacia el Norte, o sea, hacia La Paz.

El conflicto La Paz-Sucre se resolvió a favor de la primera ciudad al término

de una breve aunque sangrienta contienda que tuvo lugar en 1899. Sin embargo, los vencedores paceños cometieron el error de no trasladar formalmente la capital de la República, lo cual creó una perjudicial ambivalencia que está presente hasta hoy. La Paz, no obstante el dominio que ha ejercido sobre el resto del país, posee la modesta denominación de “sede de Gobierno” mientras uno de los poderes del

Estado (el Judicial) reside en Sucre, ciudad que sigue ostentando, así sea simbólica- mente, la dignidad de “capital de la República”. Ahora exige ser capital de verdad

y que eso conste en el nuevo texto constitucional. De lo contrario, la ciudad conti- nuará con actitud rebelde, desconociendo cualquier solución que no reconozca su derecho a capitalidad plena.

A partir de la segunda mitad del siglo XX aparece la pugna actual entre Santa

Cruz y La Paz, originada en el rápido desarrollo de la agricultura, la agroindustria

y los hidrocarburos del primero de estos departamentos, y a la simultánea declina-

ción de la minería de exportación de estaño y otros minerales que otorgaba fuerza

a La Paz. La Revolución de 1952 logró integrar económicamente a Santa Cruz con

la Bolivia andina mediante la construcción de una carretera estratégica y de inver- siones estatales en el sector agropecuario, de esa manera surge el Oriente del país como contestatario del poder paceño. Curiosamente, durante el siglo XIX, La Paz era considerada como “Norte” por ser la rival del Sur chuquisaqueño; en cambio, desde mediados del XX, La Paz empezó a tipificarse como cabecera de “Occidente”, nombre con que ahora se conoce a la macroregión andina. Tarija, en el extremo sur del país, en los últimos años se ha identificado con el Oriente, formando con éste lo que hoy se conoce como “Media Luna” 17 .

Este nuevo alineamiento regional obedece al reciente auge de la producción de gas natural en Bolivia. En su condición de departamento más rico en este coti- zado hidrocarburo, Tarija ha postulado formas liberales de tratamiento a la inver- sión foránea coincidiendo con la posición cruceña 18 . Tal situación ha dado lugar al fortalecimiento de una ideología del desarrollo que ha reforzado la presión para terminar la era del centralismo inaugurando otra que otorgue más beneficios a las regiones productoras.

17 Esta denominación, surgida en los últimos cinco años, toma su nombre del perfil geográfico que (comparado con las fases de la luna) aparece en el mapa de Bolivia sobre el cual la nueva macroregión forma un extenso arco que empieza en el noroeste, se extiende por todo el oriente y remata en el sur tarijeño.

RegIOnALIsmO, RevIsITADO

79

En la pugna Occidente-Oriente ha aparecido con fuerza el factor racial y cultural. Mientras en la primera de estas regiones predomina la población ayma- ro-quechua, la segunda está poblada por gente de origen español y mestizo. Existe en el Oriente una minoría indígena de cepa guaraní y otras etnias menores que no tienen conflictos de trascendencia con las elites urbanas, a diferencia de Oc- cidente donde el indígena se siente adversario de la población no indígena. Estas pugnas internas han dado lugar a la existencia de “dos Bolivias”, cada una con vi- siones distintas del destino del país. Así, mientras en el Oriente y la Media Luna subsiste una tendencia favorable al desarrollo neocapitalista y a la economía de mercado, en Occidente se invocan los derechos ancestrales de los pueblos “ori- ginarios” así como sus valores y costumbres cargadas de fuerte tradicionalismo al punto de pretender el retorno a las formas societarias prehispánicas que deberían aplicarse a toda Bolivia 19 . Una ideología de izquierda, indigenista y estatista, circula ahora en un am- biente donde hasta hace poco dominaba una oligárquica sociedad paceña. El triun- fo rotundo del Movimiento al Socialismo (MAS) que conduce Evo Morales ha dado lugar a que el regionalismo de “Occidente” posea las características señaladas arriba, lo cual otorga un nuevo carácter a la pugna por la hegemonía entre las dos regiones. Las elites paceñas desplazadas por el MAS lentamente se van acomodan- do a la nueva situación.

Las controversias territoriales entre las regiones

Otra manifestación del regionalismo es la defensa del espacio geográfico de

cada una de las regiones. Eso ha dado lugar a controversias que se han producido

a lo largo de vida republicana sobre límites intradepartamentales en los que se

involucra el derecho a poseer y disfrutar de un recurso natural. Como si se tratara de Estados soberanos 20 , durante casi un siglo, Chuquisaca y Santa Cruz disputaron

el derecho a la propiedad de un área territorial rica en petróleo, controversia que

empezó mucho antes de que se sancionara la ley sobre la participación departa- mental del 11 por ciento de la producción petrolera. Los argumentos presentados

por las partes para fundamentar sus derechos son de la misma naturaleza de los que

se exhiben en casos de litigios entre naciones soberanas y versan sobre títulos expe- didos por los reyes españoles en la delimitación tanto de los corregimientos como

19 Una muestra de esta tendencia es la enunciada por el canciller David Choquehuanca quien, a poco de asumir el cargo en el gabinete del presidente Evo Morales, propuso que a los niños se les diera hoja de coca como ración alimenticia en el desayuno escolar. Asimismo, anunció que los futuros diplomáticos bolivianos deberán hablar, necesariamente, una lengua indígena.

80

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

de las intendencias. El conflicto Santa Cruz-Chuquisaca fue resuelto mediante un acuerdo salomónico suscrito entre las partes homologado en una ley que adjudicó a

Chuquisca una fracción del territorio en disputa, llamado Ibo, mientras la otra, de nombre Cuevo, fue reconocida como cruceña. Un caso parecido es el pleito limítrofe (aún no resuelto) entre Cochabamba

y Beni en torno a un territorio que también se considera rico en materia de hidro- carburos. El mismo se encuentra habitado por los yuracaré, pueblo prehispánico del que quedan pocos rastros y sin embargo su presencia es interpretada por una de las partes como evidencia de que el territorio le pertenece. Pero hay algo más: delega- dos y asesores de ambos departamentos han producido eruditos alegatos históricos

y cartográficos (algunos de ellos tomados directamente del Archivo de Indias) para

probar sus derechos. La controversia continúa y la solución podría ser más difícil en el caso de que aparezca petróleo o gas en la zona disputada. Las disputas limítrofes ahora se han presentado también en los municipios donde cada quien alega que ciertos yacimientos de gas o petróleo se encuentran dentro de su jurisdicción. Otra fricción que ha tenido lugar en la historia republicana es la referente

a las regiones interiores que forman parte de un departamento. Tal sería el caso de Riberalta en el Beni, Vallegrande en Santa Cruz y Chichas en Potosí. Ribe- ralta, situada en el extremo nororiental del país, en la confluencia de dos grandes ríos amazónicos (Madre de Dios y Beni) ha intentado varias veces convertirse en departamento y, en ocasiones, ha estado a punto de lograrlo, pero ha fracasado a causa de la cerrada oposición beniana con sede en Trinidad, la ciudad capital. Va- llegrande y Chichas (con sus centros poblados principales en Tupiza y Cotagaita) han tenido la misma tendencia. En los últimos años han surgido voces para crear un nuevo departamento en la región del Chaco con territorios pertenecientes a Santa Cruz, Chuquisaca

y Tarija donde se encuentran los yacimientos gasíferos más ricos y productivos

del país. A ese fin se invocan precedentes históricos y una pretendida “identidad” chaqueña. Buena parte de las fuerzas sociales que respaldan al Gobierno de Evo Morales han respaldado esa iniciativa debido a que ello significaría restar vigor a los departamentos de la Media Luna a los que consideran adversarios. Pero es obvio que éstos impedirán cualquier cercenamiento territorial, tanto por razones histó-

ricas como para evitar la disminución de sus ingresos por regalías departamentales sobre los hidrocarburos.

Trayectoria del pensamiento regional sobre el centralismo

Durante los años de la Revolución Nacional (1952-1964) dominada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), prevaleció un Estado central fuerte que no transigía los particularismos regionales. El Gobierno era conducido

RegIOnALIsmO, RevIsITADO

81

desde la plaza Murillo de La Paz donde se encuentran tanto la casa presidencial como el palacio legislativo. Todos los prefectos y alcaldes eran designados por el presidente de la República y el nombramiento de los empleados públicos, hasta en el último rincón del país, emanaba de algún ministerio o de las empresas esta- tales, todas también con sede en La Paz. Aunque la autonomía municipal estaba consagrada en la Constitución desde 1938, no fue sino hasta 1983 que se eligieron alcaldes por voto popular. Las rentas nacionales estaban concentradas en una “caja única” del Tesoro Nacional desde donde se enviaban los recursos a las capitales de- partamentales, mientras que las subprefecturas y alcaldías de provincia no recibían sino el sueldo de sus empleados. Los recursos para su funcionamiento debían ser arbitrados de fuentes tan dispersas como las casas de juego, el impuesto al derribo de ganado o el derecho de patentes de los espectáculos públicos. La época de 1952 a 1964 se caracterizó por una dura represión política que no toleraba la disidencia a menos de que ella fuera negociada. Por entonces, la única voz regional que se hacía escuchar era la del Oriente. El Comité pro Santa Cruz, fundado en 1950, logró movilizar a todos los sectores sociales para protestar contra el gobierno central. Cuando se exigió la regalía del 11 por ciento de la producción petrolera, se produjeron desordenes al tiempo que un partido opositor de extrema derecha conspiraba contra el Gobierno. Fue entonces cuando éste acusó a Santa Cruz de separatista, repitiendo lo sucedido en la década de 1920 a la caída del libe- ralismo cuando aparecieron los partidos llamados Orientalista y Regionalista 21 . La era militar que se extiende de 1965 a 1983 otorgó una mayor participa- ción de las regiones en la conducción del país. Carentes de apoyo político parti- dario, enemistados con el sindicalismo obrero, los militares a cargo del Gobierno optaron por buscar el apoyo de los campesinos y de las regiones. Con los primeros celebraron un Pacto Militar-Campesino el cual consistió en garantizar que la dis- tribución de tierras hecha por la Reforma Agraria de 1953 seguiría vigente en toda su integridad. Los militares no sólo cumplieron lo pactado sino que, con ayuda in- ternacional, impulsaron programas de colonización para fomentar la inmigración de indígenas del empobrecido altiplano al fértil y acogedor Oriente. La alianza con las regiones también tuvo éxito y su etapa más creativa tuvo lugar durante el Gobierno militar de Hugo Banzer (1971-1978) cuando se crearon las Corporacio- nes Regionales de Desarrollo en los nueve departamentos, financiados con fondos propios de las regalías petroleras o, en su caso, mediante transferencias del Tesoro Nacional. Fue de esa manera que Santa Cruz logró dotarse de las obras públicas y servicios esenciales que durante tanto tiempo reclamó, inaugurando así un período de inusitada prosperidad. Restablecida la democracia en 1982, la atención pública estuvo centrada en las reformas a la administración gubernamental. Se presentaron por lo menos 12

82

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

proyectos de ley para descentralizar el sistema de gobierno, la mayoría de los cuales exhibía el sello de sus patrocinadores regionales. Durante los años subsiguientes, la presión anticentralista se dejó sentir en el accionar de los comités cívicos que fueron organizados en todos los departamentos, sin excepción. El más débil, como siempre, era el de La Paz, debido a que las elites de esta ciudad se encuentran ocu- padas administrando el aparato del Estado, lo que les da poco margen para atender los problemas de su departamento. Con todo, en pocos años logró estructurarse una Ley de Descentralización que sería remitida al Congreso en los primeros meses de 1993. Sin embargo, como se ha señalado en otra parte de este trabajo, el proyecto laboriosamente concertado entre regiones, sindicatos, partidos políticos, grupos parlamentarios y, por cierto, comités cívicos fue archivado no obstante de haber merecido la aprobación unánime del Senado Nacional. La cuarta administración del presidente Paz Estensoro (1985-1989) conge- ló cualquier iniciativa descentralizadora. El viejo líder movimientista que trans- formó dos veces el país 22 , sin embargo, se mantuvo firme en la posición contraria

a la descentralización con el manido argumento de que ella podría ocasionar la

disolución de Bolivia. Esa posición ha sido el más grande error en su carrera de estadista. Entre principios de 1993 y fines de 2003 domina sin disputa la figura de Gonzalo Sánchez de Lozada logrando opacar la segunda presidencia de Banzer (1997-2002) y Jorge Quiroga quien lo sucedió a su fallecimiento, un año antes de terminar su mandato. Éstos no hicieron otra cosa que continuar las políticas ini-

ciadas por Sánchez de Lozada, entre ellas, un gobierno central fuerte y autoritario apoyado por las elites de Santa Cruz que durante toda esa década echaron al olvi- do los ideales por la descentralización. El Comité Cívico perdió toda influencia y sus dirigentes optaron por buscar acomodo en cualquiera de los tres partidos que dominaron la escena política durante los veinte años de la “democracia pactada”

o

“partidocracia”: MNR, Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR) bajo

la

jefatura de Jaime Paz Zamora y Acción Democrática Nacionalista (ADN) par-

tido fundado por Banzer y que murió con él. Fue durante los tres últimos años de aquella década que en el país empe- zó una insurrección indígena y popular contra el viejo régimen. El año 2000 se produjeron violentas protestas y movilizaciones sociales en Cochabamba contra una compañía extranjera que se había adjudicado el servicio de agua potable y que impuso un alza exorbitante de las tarifas del servicio con la que pretendía cubrir la inversión a que se había comprometido. Los enfrentamien- tos a que ello dio lugar, con saldo de varios muertos y numerosos heridos, han recibido el nombre de Guerra del Agua.

RegIOnALIsmO, RevIsITADO

83

Lo sucedido en Cochabamba repercutió en el altiplano paceño donde surgió Felipe Quispe, un líder carismático y fundamentalista del indigenismo que prota- gonizó prolongados y masivos bloqueos de caminos y marchas de protesta en toda la región mientras Evo Morales y sus cocaleros llevaban a cabo idénticas acciones en el Chapare. Quispe proclamó la existencia de la Nación Aymara, una especie

de resurrección del Kollasuyo incaico que, para él, incluía toda la Bolivia actual. La reacción contraria no se dejó esperar pues al poco tiempo apareció en Santa Cruz la Nación Camba 23 , movimiento dirigido por la elite que, sin embargo, atrajo

a sectores populares e indígenas con el discurso de que era necesario poner freno

a las pretensiones de los “collas” 24 . Se arguyó que, en una nueva oleada migratoria del altiplano, estos collas buscaban apoderarse de las tierras de propiedad de los cambas, cualquiera que fuese el origen social de éstos. Fue así cómo, al cumplir medio siglo, la rivalidad entre Santa Cruz y La Paz se convirtió en una confrontación racial que alcanzó picos de inusitada peli- grosidad al producirse la estrepitosa caída de Sánchez de Lozada (octubre 2003), luego de poco más de un año de ocupar la presidencia por segunda vez 25 . Quien lo sucedió, Carlos Mesa, trató de obtener réditos de la oleada indigenista apoyando

las iniciativas de esta tendencia sin lograr otra cosa que el fuerte rechazo de Santa Cruz. Nunca el antagonismo camba-colla fue tan bullicioso y ostensible como en el Gobierno de Mesa que duró veinte meses, a lo largo de los cuales la agresividad de los movimientos sociales e indígenas alcanzó su máxima intensidad 26 . En 2005, luego de la caída de Mesa, asumió el mando de la nación el pre- sidente de la Corte Suprema de Justicia, Eduardo Rodríguez Veltzé. Éste convocó

a elecciones generales para lo cual fue necesario reasignar el número de represen-

tantes nacionales por cada departamento de acuerdo al aumento de población que había tenido lugar en cada uno de ellos desde la elección anterior. Las discrepan-

cias en cuanto al número de representantes debería tener cada departamento mos-

23 El término “camba” ha sufrido una evolución. Durante mucho tiempo se lo empleó para referirse a los estratos sociales bajos del Oriente y poseía una connotación peyorativa y racista. Pero en los últimos años hubo un cambio radical y ahora se lo usa como orgulloso emblema de la sociedad del Oriente en su conjunto y con la pretensión de borrar las diferencias entre indígenas y no indígenas.

24 La expresión “colla” nació en el Oriente como denominador común de todos los habitantes de Occidente, sean indígenas o no, y con el mismo carácter peyorativo y racista. Pero, gradualmente, se ha ido popularizando y es cada vez más aceptado por amplios sectores de la población andina.

25 El derrocamiento popular de Sánchez de Lozada fue la culminación de la Guerra del Gas. Se la llamó así porque las protestas políticas incluían la oposición de exportar gas a Chile como represalia por la cuestión marítima.

26 En realidad, no era la primera vez que la cuestión regional se mezclaba con antagonismo racial. Algo parecido ocurrió en la guerra civil de 1899, cuando la población aymara se movilizó para luchar al lado de las huestes liberales paceñas contra una la elite chuquisaqueña que sufrió consecutivas derrotas a manos de los indígenas, agravadas por asesinatos masivos como el de Ayo Ayo. En la misma época, los indígenas fueron protagonistas de otra matanza en la localidad de Mohosa, donde las víctimas fueron soldados de las tropas paceñas supuestamente aliadas de los aymaras. Para un resumen de la guerra civil de 1899, llamada también Guerra Federal, ver Roca (2005ª: 195-263).

84

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

traron, una vez más, que el compromiso con la región es de mucho mayor peso que la obediencia a las consignas de un partido político. En efecto, la decisión que se tomó en el Congreso Nacional fue el resultado del compromiso que hicieron sena- dores y diputados con los comités cívicos de sus respectivos departamentos y para ello no tuvieron inconveniente alguno en romper los compromisos partidarios.

Elección de prefectos y autonomías departamentales

En enero de 2005, mediante un Decreto del Presidente Mesa, con el fin de calmar la agitación en las regiones, se dispuso que los prefectos fueran elegidos mediante voto popular en cada uno de los departamentos. Esta medida marca un hito en la historia política boliviana puesto que, por una parte, tomó la delantera en cuanto a romper el centralismo y, por la otra, buscó ajustarse a la Constitución en virtud de la cual el nombramiento del prefecto es atribución privativa del Pre- sidente de la República. En un esfuerzo para no violar esa norma, se dispuso que en la elección popular se hiciera la “selección” de un prefecto y que el Presidente ratificara esa selección nombrando para el cargo al ganador, respetando de esa ma- nera lo decidido en las urnas. De los nueve prefectos así elegidos, seis pertenecen a partidos distintos al MAS de Evo Morales y están actuando con independencia del gobierno central. Esta tendencia se ha acentuado a raíz de los nuevos ingresos que tienen los depar- tamentos por concepto de su participación en el Impuesto Directo a los Hidrocar- buros (IDH) que se ha incrementado desde el Decreto de Nacionalización dictado el 1 de mayo de 2006. El IDH se suma a los ingresos por regalías que poseen los departamentos productores y a una ley que faculta a Tarija a industrializar el gas que se produce en su territorio. Todo ello hace que, en los hechos, las autonomías departamentales hayan empezado a funcionar antes de que ellas sean consagradas constitucionalmente 27 . Luego de una pausa de diez años en los que Santa Cruz no hizo presión descentralizadora, a partir de 2004 nació allí la proposición de las autonomías departamentales, inspirada en el modelo español vigente. Pero esa propuesta es rechazada por las organizaciones populares de Occidente, las que en su lugar plantean “autonomías indígenas”, prescindiendo de los límites interdepartamen- tales aunque sin precisar la forma en que funcionarían. Mientras tanto, en Santa Cruz se llevaron a cabo masivas movilizaciones de apoyo a las autonomías depar- tamentales, seguidas de la recolección de 500 mil firmas pidiendo la convocatoria a un referéndum para ratificar esa aspiración. Las discusiones fueron apasionadas,

RegIOnALIsmO, RevIsITADO

85

los medios de comunicación en La Paz y Santa Cruz compitieron sobre quién lan- zaba más provocaciones y diatribas al otro, creando la sensación de un inminente conflicto de magnitud mayor entre las dos regiones. Esta situación se prolongó por más de un año en medio del cual se produjo la caída del presidente Carlos Mesa quien había atizado el conflicto tomando posiciones que se las considera- ban parcializadas. Finalmente, en marzo de 2006, el Congreso sancionó una ley que convocaba a la Asamblea Constituyente y, al mismo tiempo, a un referén- dum que formulaba la siguiente y única pregunta:

¿Está usted de acuerdo, en el marco de la unidad nacional, dar a la Asamblea Constituyente el mandato vinculante para establecer un régimen de autonomía depar- tamental, aplicable inmediatamente después de la promulgación de la nueva Constitu- ción Política del Estado en los departamentos donde este referéndum tenga mayoría, de manera que las autoridades sean elegidas directamente por los ciudadanos y reciban del Estado nacional competencias ejecutivas, atribuciones normativas administrativas y los recursos económico-financieros que les asigne la nueva Constitución Política del Estado y las leyes? En el cómputo nacional, el resultado fue 56 por ciento por el No y 44 por ciento por el Sí. Por su parte, los resultados departamentales reflejaron la profunda división entre Oriente y Occidente del país. En efecto, el Sí triunfó en cuatro departamentos (los de la Media Luna) por márgenes superiores al 70 por ciento, y los cinco restantes, más densamente poblados y con mayoría indígena, al optar por el No gravitaron para que el total nacional se inclinara a favor de esa posición. Si bien no existen dificultades insalvables para que unos departamentos tengan regímenes autonómicos y otros opten por el sistema actual o un tipo distinto de descentralización (así funciona el modelo español), los resultados del referéndum hicieron más aguda la rivalidad regional. La percepción en el Occi- dente es que las pretendidas autonomías departamentales responden a los inte- reses oligárquicos de Santa Cruz antes que a los del país, mientras que del lado cruceño se insiste que, de todas maneras, el régimen autonómico debe figurar en la nueva Constitución. Como un medio para frustrar las autonomías exigidas por los departamentos, los representantes del MAS ante la Asamblea Constituyente enredaron el asunto proponiendo en el texto constitucional otros dos tipos de autonomías: una indígena y otra regional, esta última como un agregado de de- partamentos y municipios existentes. De lo que se trata, es de restarle el poder que actualmente tienen los departamentos. No obstante lo anterior, es interesante notar cómo en algunos departamen- tos donde triunfó el No sus ciudades capitales se inclinaron por el Sí, poniendo de manifiesto que el rechazo mayor al régimen autonómico viene de áreas rurales indígenas, lo cual está mostrando un significativo desacuerdo entre este segmento de la población y el urbano no indígena.

86

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

El regionalismo y la propiedad de la tierra

Una nueva y explosiva controversia ha tenido lugar en los últimos años con respecto a la tierra. La opinión que prevalece en el Occidente es que la elite del Oriente ha acaparado, injusta e ilegalmente, grandes extensiones de tierra que se mantienen ociosas con fines especulativos y que, por tanto, deberían ser redistri- buidas entre la población indígena del Occidente que carece de ella. La respuesta del Oriente es que tal acaparamiento no existe, ya que el tamaño de las haciendas agrícolas y ganaderas está en relación con las características de la agricultura em- presarial moderna y la ganadería bovina de carne, las cuales, para funcionar con eficiencia económica, requieren de extensas praderas. Se agrega que las técnicas de cultivo y pastoreo requieren dejar las tierras en descanso por un determinado número de años lo cual no significa que hubiesen sido abandonadas. Por último, arguyen que en una unidad agropecuaria se cultivan las tierras según las señales del mercado, lo cual supone que muchas de ellas pueden permanecer inactivas, de acuerdo a las circunstancias. Y se recuerda que, en cuanto a la propiedad de las tierras, las que no eran parte de antiguas haciendas fueron dotadas por la Reforma Agraria de 1953 o adquiridas legalmente por medio de compraventa. Lo malo del caso es que la controversia no se resuelve con argumentos téc- nicos debido al fuerte contenido emocional, regionalista y racista de que ella está cargada. No sólo se discute sobre la equidad en la distribución de la tierra sino que se habla de un supuesto abuso de las minorías del Oriente contra los indígenas del Occidente. Esto ha dado lugar a que las leyes agrarias de los años 50 se hubiesen modificado en 1995, estableciendo un riguroso control sobre las tierras ociosas o “latifundios improductivos” a través de un proceso de saneamiento para determinar si ellas pueden ser conservadas por sus propietarios actuales o revertidas al Estado para efectos de su redistribución. Pero el saneamiento es complejo, de alto costo y moroso, al punto de que se estima que hasta terminarlo pasarán unos veinte años más. Entretanto, el conflicto regionalista por la tierra continúa con las distorsiones que acarrea este fenómeno y los peligros potenciales de enfrentamientos 28 . De no ser por el antagonismo colla-camba, o lo que ahora es lo mismo, Oriente-Occidente, el conflicto no existiría. Con una extensión territorial de más de un millón de kilómetros cuadrados y una población de nueve millones, el índice de ocupación es de 1,4 habitantes por kilómetro cuadrado, versus 40 en el Brasil o 200 en los países centroamericanos. Por otra parte, el supuesto de que todos los habitantes de un país poseen derecho a la tierra se justifica en

RegIOnALIsmO, RevIsITADO

87

las sociedades pastoriles que derivan su ingreso sólo del cultivo de la tierra, sin otras alternativas de empleo. En Bolivia, por el contrario, el porcentaje de la población rural ha estado disminuyendo en forma sostenida al punto de que hoy se estima en sólo 35 por ciento frente a un 65 por ciento de la población urbana. De manera que la presión sobre la tierra posee carácter regionalista y político antes que económico o de subsistencia 29 , más aun si se tiene en cuenta que con el sistema de libre mercado que rige en el país, para los habitantes del altiplano puede resultar más económico importar los productos agrícolas que cultivarlos o dedicarse al comercio antes que a labrar la tierra. No obstante lo anterior, la controversia sobre la propiedad y uso de la tierra es uno de los más candentes en el país y, sin duda, será uno de los definiciones cen- trales que debe adoptar la Asamblea Constituyente.

Qué hay en el horizonte

El regionalismo en los últimos años ha adquirido una dimensión racista que le confiere una especial peligrosidad y donde la pugna Oriente-Occidente se manifiesta en instancias múltiples. Una de ellas se dió en la Asamblea Constituyente con la propuesta del MAS (que posee una representación mayoritaria indígena) de que la Asamblea sea “originaria”, es decir, que sus potestades sean ilimitadas en cuanto a introducir todos los cambios que se considere necesarios, haciendo una especie de “borrón y cuenta nueva” en cuanto a la institucionalidad del país. Este planteamien- to enfrenta la cerrada oposición del resto de los partidos que sostienen la necesidad de ajustarse a los principios básicos vigentes en la actual Constitución. El otro tema candente es el de las autonomías regionales. Mientras el MAS sostiene que siendo el voto de los ciudadanos mayoritariamente contrario a las auto- nomías, éstas no pueden incorporarse a la Constitución pese a los resultados del refe- réndum. Por su lado, la Media Luna y los partidos opositores plantean que las autono- mías deben implantarse en los departamentos que votaron a favor de ellas. Mientras tal cosa ocurre, se han multiplicado las marchas indígenas, afines al MAS, contra los propietarios agrícolas de Santa Cruz tildados de “latifundistas”. Y la animosidad entre el común de la gente que vive a ambos lados de la cordillera andina crece. No se trata, entonces, del clásico enfrentamiento democrático gobierno- oposición sino de otro, mucho más preocupante, entre dos regiones las cuales, cada una a su manera, están luchando por adquirir la hegemonía en el país o por conservarla.

88

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

Una vía de solución pacífica, concertada y definitiva es la que se encomendó a la Asamblea Constituyente reunida en Sucre desde comienzos de 2007 y que en agosto de ese año debía redactar una nueva Constitución. Llegó aquella fecha sin resultados y el Congreso Nacional le prorrogó sus sesiones hasta diciembre del mismo año. A punto de vencerse el nuevo plazo surgieron nuevos inconvenientes como la interpretación de la mayoría de dos tercios para la aprobación del nuevo texto constitucional y el tema de la capital de la República con sede en Sucre. Ello ocasionó que el partido gobernante hiciera aprobar, de todas maneras, un texto constitucional que ha sido rechazado por los partidos opositores y por seis departa- mentos, representados por su prefectos y movimientos cívicos. Con las posiciones polarizadas empezó 2008 30 . Continúa la duda sobre si se logrará consagrar la existencia de regímenes departamentales y municipios autóno- mos u otras fórmulas de una descentralización real y eficaz. A juicio del autor, esto elevaría la autoestima regional creando en el país un equilibrio interior que ahora no existe y que, además, haría innecesario un modelo en el que predomine una región hegemónica como fuente generadora y distribuidora de poder. Pero, como siempre, el futuro de Bolivia se encuentra entre signos de interrogación.

RegIOnALIsmO, RevIsITADO

89

Referencias bibliográficas

Anderson, B.

1991 Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Londres y Nueva York: Verso.

Barrios Suvelza, F.

2002 El estado territorial, una nueva descentralización para Bolivia. La Paz: Friedrich Ebert/ Plural

Cañete y Domínguez, P.V.

1952 Guía histórica, geográfica, física, política, civil u legal del gobierno e intendencia de Potosí. Potosí: Armando Alba.

De Angelis, P. 1836-37Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provin- cias del Río de la Plata. Buenos Aires: Imprenta del Estado.

Lynch, J.

1962 Administración colonial española 1782-181? El sistema de intendencias en el virreinato del Río de la Plata. Buenos Aires: Eudeba

República de Bolivia

1926 Libro Mayor de Sesiones de la Asamblea de Representantes del Alto Perú, instalada el 10 de junio de 1825. La Paz.

Roca, J. L.

1979

Fisonomía del regionalismo boliviano. (Segunda edición: 1990.) La Paz: Amigos del Libro

2005

“Los prefectos, una mirada retrospectiva”. En: Opiniones y Análisis. La Paz: Funda-

ción Hanna Seidel, FUNDEMOS. 2005a. “La estatalidad: entre la pugna regional y el institucionalismo”. En: Regiones y poder Constituyente en Bolivia. La Paz: PNUD.

Whitehead, L.

1972 Nacional Power and Local Power, the Case of Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Cam- bridge: Cambridge University Press.

De Hegemonías y Ejemonías: una perspectiva histórica sobre los recursos del Estado

Rossana Barragán R. con la colaboración de José Peres Cajías

Introducción

De manera provocadora, José Luis Roca señaló en 1979 que la historia de Bolivia era la lucha de las regiones y no la lucha de clases (1979-1999: 39). Pro- cesos como el actual muestran la gran visión que tuvo respecto a la importancia de la disputa regional. Hoy por hoy podemos afirmar que si la dimensión regional ha sido y es fundamental en la dinámica social histórica de Bolivia, al igual que la dimensión étnica y la de los movimientos sociales y de clase, es claro también que la oposición regional puede acompañarse y revestirse de oposiciones étnicas e incluso liderazgos de clase como ocurre en la polaridad occidente/oriente, collas altiplánicos versus cambas de tierras bajas, indígenas versus blancos, q’aras o his- pano-mestizos, tradición versus modernidad, colectivismo y pasado versus inicia- tiva privada y futuro promisorio, pueblo(s) versus oligarquías. En estas contraposi- ciones, cada una de las partes es considerada como fruto y expresión de herencias culturales propias y de tradiciones históricas particulares 1 . Todos los ingredientes del nacionalismo están presentes: geografía distinta, orígenes e historias diferen- tes, “razas” diversas, liderazgos y proyectos políticos propios que esencializan a cada una de las partes.

92

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

En esta disputa política se ha planteado, además, la existencia de un poder opresivo, el centralismo, considerado como la expresión de un colonialismo interno:

del centro hacia las regiones 2 . Se ha desatado así una competencia de agravios y opresiones de tal manera que las regiones han sufrido tanto como los indígenas o los grupos populares y subalternos. Frente a los discursos que recrean esencias y eternidades inmanentes en las que nada ha cambiado desde hace siglos es preciso retomar la historicidad. Señalemos, primero, la elasticidad del término región. En la oposición con- temporánea occidente/oriente las regiones 3 corresponden a grandes áreas geográfi- cas que van más allá de la unidad político-administrativa del departamento ya que oriente puede incluir hoy a los departamentos de Santa Cruz, Beni y Pando. Estas áreas pueden incluso ampliarse aún más, razón por la que ha surgido en los últimos años la “Media Luna” que dibuja un espacio aún más extenso 4 . Tanto histórica como actualmente, las regiones son también áreas geográficas mucho más reduci- das y limitadas a cada uno de los actuales nueve departamentos que son las uni- dades político-administrativas creadas a partir de 1825 (Roca, 1979/1999). Pero las regiones pueden ser también realidades geográficas mucho más circunscritas al interior de los departamentos y provincias. Lo anterior muestra que la región y sus fronteras varían, lo que significa que no existe región per se en tanto recorte espacial y territorial fijo y estable sino que la región es dotada de contenido y de fronteras en el ámbito de disputas políticas cambiantes. Y si la disputa política adquiere un revestimiento regional a lo largo de nuestra historia es que no se tuvo un estado tan fuerte como para absorber a las partes pero las partes tampoco fueron lo suficientemente sólidas como para empu- jar a la construcción de un gobierno federal.

2 Conceptos ligados al análisis de Silvia Rivera y Álvaro García. Sergio Antelo, fundador y activo dirigente de la agrupación Nación Camba, planteó su reformulación: dominio de unos pueblos sobre otros, territorios sin gobierno propio, autoridades no elegidas por su población y derechos regulados por otros Estados. Precisa, además, que la situación de dominio es sólo explicable por conquista o concesión internacional (Ibid.: 44-45). El denominativo más común es “colonialismo de Estado”, como una dominación de la región-nación (cultura y/o raza distinta) por el Estado. El colonialismo es identificado con el centralismo estatal explotador de las “co- lonias” que se identifican con Santa Cruz y otras regiones del Oriente. El término colonias, además de su clásica acepción, aquí hace referencia de manera clara y directa a la política estatal que se denominó de colonización y que se dio a partir, sobre todo, de los años cincuenta. Estas “colonias” son conceptualizadas además como naciones mestizas oprimidas por ese Estado, por lo que proclaman la búsqueda de su liberación y autonomía.

3 José Luis Roca señaló en su libro: “aquí usamos el término región en sus acepciones vulgarizadas, tal como corrientemente se lo ha entendido a través de la literatura histórica boliviana, muchas veces como sinónimo de pueblos, y referido al norte, el sur, el oriente y el nor-oeste del país. Contemporáneamente, se entiende también por región a cada uno de los 9 departamentos que componen la república de Bolivia” (1979/1999: 54).

De HegemOníAs y ejemOníAs: unA PeRsPecTIvA HIsTóRIcA sOBRe LOs RecuRsOs DeL esTADO

93

Considerando que en el transcurso del proceso de construcción nacional y estatal existen partes subnacionales intervinientes y una distribución institucio-

nalizada del poder entre diversas unidades, este artículo se centra en analizar las relaciones entre distintos niveles territoriales en torno a un tema clave como la dinámica centralismo/regionalismo focalizando nuestra atención en los recursos, su procedencia y distribución. Planteamos que el gobierno nacional y las uni- dades subnacionales se fueron construyendo a través del tiempo en el marco de relaciones sociales y de poder de tal manera que ambos se constituyen, se forjan

y se modelan. Mostramos que el gobierno central destinó importantes recursos a

las regiones por lo que se puede sostener, de alguna manera, que el centralismo creó el regionalismo cruceño de fines del siglo XX. Sostenemos que si en Bolivia

hubo una política estatal de apoyo constante, sostenido y continuo a largo plazo

y a través de distintos gobiernos fue hacia Santa Cruz, generando importantes

desequilibrios internos 5 . Para este análisis realizamos una lectura social de los presupuestos planificados que nos permiten entrever las relaciones existentes entre el Estado y los diferentes niveles territoriales y entre el Estado y los diversos actores. Nuestra aproximación metodológica fue considerar que en los presupuestos se plasman correlaciones de fuerza, antiguas y nuevas contribuciones, la corta y la larga duración… En otras palabras, en ellos podemos leer las prácticas, los acuerdos logrados en uno y otro momento, las negociaciones y las imposiciones 6 . Nuestro punto inicial, en la primera parte del artículo, es un análisis de la distribución poblacional. Bolivia nunca pudo construirse con la hegemonía aplastante de una región o ciudad como sucedió, por ejemplo, con Lima en el Perú o Buenos Aires en la Argentina. Es claro que más que un centro se tuvieron ejes –de ahí el término “ejemonía” (que se hable en Bolivia de ejes es en sí signi- ficativo) – es decir el predominio de amplios espacios y regiones: en el siglo XIX ese eje (longitudinal y vertical según Roca) estuvo entre el norte y el sur, sin una hegemonía total sino parcial y alternada entre La Paz y Chuquisaca, mientras que en la primera mitad del siglo XX y hasta 1970, la “ejemonía” se deslizó y trasla- dó hacia el eje central y transversal conformado por La Paz-Cochabamba-Santa Cruz, con una hegemonía paceña disputada en las últimas décadas por Santa Cruz. En el largo plazo, esto significa que el centro fue siempre disputado y nunca pudo consolidarse un solo centro.

5 En la última década se han publicado varios trabajos sobre la historia y la actualidad de Santa Cruz. Al trabajo clásico de Ibarnegaray, 1983 se le han sumado muchos más: Antelo, 2003; Peña, P. 2003; Sandóval et. al. 2003; Pruden, 2003 y 2008. Dos trabajos posteriores a la escritura de este artículos son los de Prado S., C. Peña y S. Seleme, 2007 y X. Soruco, 2008.

94

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

A partir de este contexto, analizamos los ingresos del Estado, el rol de los

departamentos en ellos y en su distribución. El principal criterio para la distribu- ción de los recursos fue territorial-departamental, de tal manera que existía una profunda desigualdad e inequidad si se toma en cuenta el criterio poblacional, sien- do los departamentos más beneficiados los menos poblados. La tendencia fue, sin embargo, a una mayor relación entre población y presupuesto, evolución que debe ser interpretada como de transición de un modelo de organización o más bien de relación y vinculación estatal hacia otro. Otra característica fundamental del presupuesto fue que estuvo destinado fundamentalmente a sostener la burocracia estatal, que creció desde 1825 con una lógica particular. No se trató de un crecimiento que se impuso desde un centro político a los distintos niveles de organización territorial. Fue, más bien, un crecimiento estatal por la demanda y solicitud de los diversos niveles de la organización territorial político-administrativa (departamentos, provincias, can- tones). Es decir que cada departamento –de manera más precisa, cada capital departamental– luchó por ser sede y centro de su organización judicial (Cortes Superiores), eclesiástica (Obispado), educativa (tener su propia Universidad, por ejemplo). Así, la tendencia a la construcción unitarista tuvo su balance en la tendencia a lo que hoy denominaríamos desconcentración y descentralización departamental, especialmente en cada una de las ciudades capitales. Esto dio lugar a un debate en torno a la generación de ingresos y los gastos que se planteó en términos de unitarismo y federalismo. Unitarismo implicaba, para entonces,

y entre otros significados que tenía, que el presupuesto era una bolsa colectiva y común para los departamentos “pobres” que no podían hacer frente a sus egresos. Federalismo implicaba, en cambio, sobre todo hasta antes de 1871, que cada departamento se hiciera cargo de sus gastos. En este proceso, la construcción del “centro” y los “departamentos” se dio de

manera simultánea, afianzándose a partir de la diferenciación establecida para la re- caudación de los ingresos en las últimas décadas del siglo XIX entre tres niveles de gobierno: el nacional, el departamental y el municipal. Las frecuentes disputas por impuestos entre estos tres niveles incidieron en su propia consolidación mostrando, al mismo tiempo, la escasa capacidad de tributación que existía en todos ellos. En la segunda parte del artículo, El centro en constante entredicho y la construcción nacional y departamental entre 1900 y 1952”, se analizan algunas características de los recursos del Estado. Nos interesa mostrar la fragilidad del “Estado central” y cómo tuvo que luchar para imponerse frente a grupos y sectores económicos en un contexto de constantes disputas. En este Estado central, Potosí

y La Paz subvencionaron de manera constante a varios departamentos que no te-

nían ni capacidad ni poder de imposición y contribución. De ahí que se plantea, en la tercera parte del artículo, que el centro ha construido e incluso fortalecido a

De HegemOníAs y ejemOníAs: unA PeRsPecTIvA HIsTóRIcA sOBRe LOs RecuRsOs DeL esTADO

95

las regiones. Las demandas de las regiones frente al “centro” y su propio regiona- lismo deben atribuirse, por tanto, a las consecuencias de las políticas liberales y a la disputa por el destino de los empréstitos y deudas destinados al desarrollo de los medios de comunicación, fundamentalmente los ferrocarriles, desde las últimas décadas del siglo XIX. Finalmente, se concluye ilustrando cómo la política de las regalías estable- cidas sobre el petróleo permitió construir y fortalecer las regiones. Si desde 1872 se estableció que todas las exportaciones eran recursos “nacionales” y en función de este criterio toda la producción minera fue considerada nacional, permitiendo incluso la subvención a varios departamentos orientales, el distinguir en la pro- ducción petrolífera regalías departamentales no sólo permitió desarrollar algunos departamentos sino también sembrar, a mediano y largo plazo, un frente de de- sequilibrios y desigualdades regionales.

De hegemonías y ejemonías : el predominio económico del Norte y los compromisos y frágiles equilibrios entre el Norte y el Sur entre 825 y 900 8

Del eje Norte-Sur al eje Oriente-Occidente. Entre 1825 y 1900, la situa- ción poblacional en Bolivia apenas se modificó (1.100.000 habitantes en 1825 y 1.633.610 en 1900) en un país fundamentalmente rural. El departamento de La Paz fue hasta 1900 el más poblado: aglutinaba el 35% de la población en 1825 y el 24% en 1900. Lo más notorio e importante es, sin embargo, que en cinco departamentos –La Paz, Oruro, Potosí, Cochabamba y Chuquisaca– se concentraba el 93% de la población en 1825 y el 82% en 1900 (ver Barragán, 2002). En otras palabras, en Santa Cruz, departamento oriental, sólo vivía el 7% de la población en 1825 y 14% en Santa Cruz, Beni, Madre de Dios y Purús en 1900. El peso poblacional conti- nuaba, por tanto, de manera aplastante en los departamentos occidentales. No hubo, por tanto, hegemonía aplastante de un departamento sino más bien de una gran región, un amplio eje Norte-Sur (Ver, Cajías, 1997 y Roca, 1999). El eje y arco Norte-Sur se formó en estrecha relación con el comercio y con los puertos de exportación-importación. Potosí y el Sur se vinculaban pre- ferencialmente con Buenos Aires en el Atlántico y, en el siglo XIX, fundamen- talmente vía Cobija o La Mar (rehabilitado en 1827) con el Pacífico; el Norte, particularmente La Paz, Oruro y Cochabamba se vinculaban con el puerto de Arica. En esta dinámica, las políticas estatales resultaban claves para fortalecer

7 El título de este acápite se ha inspirado en el libro de Fernando Mayorga (1997) titulado ¿Ejemonías? Democra- cia representativa y liderazgos locales que aborda diferentes liderazgos en los años 1990.

96

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

comercio a través de uno de los puertos. Desde esta perspectiva, se puede con-

siderar a las administraciones gubernamentales del siglo XIX por la alternancia entre políticas más favorables al Norte y políticas más favorables al Sur.

El incremento poblacional se dio a partir de 1900, aunque los grandes cam- bios corresponden a un período más tardío: la segunda mitad del siglo XX, cuando

el crecimiento poblacional de los departamentos de Beni y Santa Cruz fue impo-

nente. Entre 1900 y 2000, los habitantes del Beni se multiplicaron por diez; en Santa Cruz, en el mismo período, se quintuplicaron. A partir de la importancia que cobraron el departamento y la ciudad de Santa Cruz, el eje Norte-Sur cambió hacia el eje Este-Oeste. Cabe recalcar, sin embargo, que se trata de un “eje urbano central en torno a tres ciudades” que concentran dos tercios de la población boli- viana (PNUD, 2004: 64).

el

Un país tributario de la población indígena, de distribución de los in- gresos y multiplicación/desconcentración de las estructuras estatales con una lógica territorial

El Estado boliviano vivió desde su fundación y durante gran parte del siglo XIX del tributo indígena (Sánchez Albornoz, 1978; Griesehaber, 1977; Platt, 1986; Huber, 1991) o contribución indigenal que significaba el 35% del total de sus ingresos. De ahí que los departamentos con mayor población indígena, como La Paz, Potosí y Oruro, fueron los que aportaron más al Estado. A partir de 1880, las recaudaciones estatales por las exportaciones minerales adquirieron un rol fundamental, lo que no significó, sin embargo, que los antiguos y tradicionales ingresos disminuyeran. Si los departamentos mineros y con importante población indígena generaban una parte sustancial de los ingresos, los egresos se distribuían de manera casi equitati- va entre todos los departamentos, lo que supone una profunda inequidad en términos de población. En 1827, por ejemplo, el departamento de Potosí reunía al 22% de la población pero su presupuesto era el 5%, el mayor del país. Inmediatamente después estaba La Paz, con el 3% del presupuesto pero con el 34% de la población. Finalmen-

te estaban Chuquisaca y Santa Cruz que, con poblaciones muy distintas, mucho más

baja el segundo (7%) que el primero (13%), recibían la misma proporción: el 8%. Contrariamente a lo que se podría pensar, en una comparación entre 1827

y 1883 se observa que no hubo un crecimiento sustantivo de la administración central concentrada en Sucre. El monto que tenía cada departamento no parece haber variado en el caso de Cochabamba y Oruro. La Paz, en cambio, tuvo un alza de su presupuesto.

De HegemOníAs y ejemOníAs: unA PeRsPecTIvA HIsTóRIcA sOBRe LOs RecuRsOs DeL esTADO

97

Gráficos y 2: Comparación del presupuesto del Estado en Bolivia y su distribución en 82 y en 883 (sin enseñanza)

1827 1883 Culto Culto 16% 8% Aduanas 8% ADM. Tarija Aduanas CENTRAL 2% 4% 35%
1827
1883
Culto
Culto
16%
8%
Aduanas
8%
ADM.
Tarija
Aduanas
CENTRAL
2%
4%
35%
Cochabamba
Cochabamba
5%
5%
Potosi
6%
Santa Cruz
2%
Potosi
14%
Beni
1%
Chuquisaca
Oruro
8%
4%
Santa Cruz
La Paz
Deuda
La Paz
8%
Oruro
7%
16%
10%
3%

Fuente: Barragán, 2002.

Chuquisaca

5%

ADM.

CENTRAL

33%

En el gráfico correspondiente a 1827 se observan pocas diferencias entre los departa- mentos: entre el 3% y el 8%. La Paz tenía el 7% y Santa Cruz tenía más, el 8%. Potosí es la excepción porque ahí estaba la Casa de Moneda. Tarija aún no figura con un presupuesto separado. Beni todavía no se había creado como departamento. El presu- puesto resulta muy desigual con relación a la población (ver Gráfico 3). En el gráfico correspondiente a 1883 resalta, en primer lugar, la importancia de la deuda. El monto del presupuesto en cada departamento varía entre el 2% y el 10%. Comparando la situación entre 1827 y 1883 se observa que no hay crecimiento de la administración central. Oruro y Cochabamba mantuvieron sus presupuestos. La Paz lo incrementó mientras el los de Chuquisaca y Potosí disminuyeron. El presupuesto tiene un poco más de relación con la población (ver Gráfico 4).

En el transcurso del siglo XIX se evolucionó hacia una mayor igualdad en términos poblacionales. Este cambio significó para los departamentos que con es- casa población tenían un porcentaje importante del presupuesto una pérdida de prerrogativas y un deterioro económico. En otras palabras, se pasó de una situa- ción desigual en términos poblacionales a una situación más igualitaria. En los departamentos antes privilegiados, esto pudo haberse vivido como un deterioro en relación con el punto de partida (Gráfico 3).

98

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

Gráfico 3: La relación entre el presupuesto y la población entre algunos departamentos en Bolivia
Gráfico 3: La relación entre el presupuesto y la población entre algunos
departamentos en Bolivia entre 82 y 883 (incluye enseñanza)
40
35
34
30
30
25
22
20
20
15
13
12
11
10
8
8
7
6
5
5
4
3
3
3
0
1827
1883
1827
1883
1827
1883
1827
1883
Chuquisaca
La Paz
Santa Cruz
Potosí
% Presupuesto
% Población

Fuente: Barragán, 2002. Aclaración: en el anterior gráfico, Santa Cruz aparece con el 8% del presu- puesto porque se excluyó educación y aduanas para comparar mejor los mismos rubros mientras que en éste se los ha incluido.

El gráfico pone en relación la población y el presupuesto entre 1827 y 1883. En 1827, no hay una proporción entre presupuesto y población. Chuquisaca, por ejemplo, recibía el 3% del presupuesto y tenía el 13% de la población. Santa Cruz tenía prácticamente el mismo presupuesto pero tenía sólo el 7% de la población. La Paz recibía el mismo porcentaje, el 3%, pero tenía el 34% de la población. En 1883, la diferencia entre la proporción del presupuesto y la proporción de población parece haber disminuido. Es el caso de Chuquisaca, e incluso de La Paz, aunque la desigualdad en términos poblacionales no desapareció.

La evolución de la distribución del presupuesto y, de manera más especí- fica, la instalación de la administración estatal durante gran parte de la primera mitad del siglo XX, es decir la territorialización del Gobierno o “territorialization of rule” (Vandergeest y Lee Peluso, 1995: 415), resultan también claves a la hora de comprender las relaciones entre el “centro” y las “regiones”. Desde esta perspectiva, la lógica del crecimiento estatal fue el resultado no de un centro que imponía la expansión estatal sino más bien de una dinámica que se originaba en las demandas e intereses de cada departamento representado por su elite política. Lo que ocurrió fue una multiplicación de las estructuras estatales. Un claro ejem- plo, en el siglo XIX, fue la organización y administración de la Justicia, que tuvo una importante desconcentración-descentralización. Así, las más altas instancias

De HegemOníAs y ejemOníAs: unA PeRsPecTIvA HIsTóRIcA sOBRe LOs RecuRsOs DeL esTADO

99

judiciales, como las Cortes Superiores de Justicia que inicialmente estaban sólo en dos ciudades de dos departamentos, terminaron existiendo en cada uno de ellos. Y el número de funcionarios pasó de 39 en 1827 a 437 en 1883 (Barragán, 2002). Esta situación que se repetía en diferentes áreas (Educación, Gobierno, Justicia, Salud, etc.) dio lugar a fuertes discusiones sobre los ingresos y, lo que es más importante, sobre la naturaleza de lo que se denominaba claramente como “asociación política”.

Una perspectiva diferente sobre el debate entre unitarismo o federalis- mo: en torno al presupuesto estatal Crear nuevas instancias estatales en los dife- rentes niveles político-administrativos y territoriales condujo a discusiones sobre el aporte económico de cada departamento y sobre el tipo de asociación política existente. Los representantes de los departamentos que tenían menos recursos (y que son hoy los que más tienen) frecuentemente abogaban, cuando se trataba del presupuesto, por el unitarismo. El importante rol y aporte económico que tenían algunos departamentos les daba legitimidad para sustentar sus demandas y para oponerse a los requerimien- tos de crecimiento estatal que provenía de otros. Esto fue lo que ocurrió en 1831 cuando los representantes de Cochabamba pidieron la creación de una Corte de Justicia en su departamento alegando la importancia de sus contribuciones 9 y la subvención que hacían a otros departamentos, como Oruro (la producción mine- ra aún estaba estancada). Plantearon, incluso, que los orureños debían contribuir “para la Nación” como “todos los ciudadanos que habían entrado en la asociación”. Señalaron, finalmente, que las subvenciones conducían a que otros departamentos, como Santa Cruz, no quisieran pagar contribuciones. La disyuntiva entre igualdad o desigualdad impositiva entre los departa- mentos y entre el sistema unitario y el federalismo (cada departamento debía hacerse cargo de los gastos de su administración estatal: Gobierno, Justicia, Ecuación, etc.) fue otro tema que se planteó en torno a la discusión sobre la pertinencia de imponer una contribución personal en el departamento de Santa Cruz porque tenía un déficit. Algunos diputados señalaron que este proyecto era “justo” porque Santa Cruz debía contribuir a sus gastos (como otros departamen- tos) dado que no había excedentes en el país para enfrentarlos. Pero, en general, predominó la idea de que cada departamento sea autosuficiente porque ello podía ser funesto a la República favoreciendo las revoluciones con “nombre de federa- lismo”. 10 El tema del federalismo volvió a levantarse a propósito de la discusión del presupuesto y de que el departamento de Tarija no tenía cómo cubrir sus gastos. Un representante tarijeño contestó preguntando:

9 Redactor, 1831-1918: 66.

100

TensIOnes IRResueLTAs: BOLIvIA, PAsADO y PResenTe

¿Cuál es la forma de gobierno que hemos adoptado? ¿La federal, para que cada departamento se limite a los gastos de lo que produce o bien la

forma de unidad en lo que todos los gastos de la nación se sacan del tesoro público? Si hemos de estar con estas mezquinas ideas de provincialismo

renunciemos a la Carta