Está en la página 1de 24

El Conejito Soñador

Érase una vez un conejito que inventaba historias y todos los animales se
burlaban de él y por ello no tenía amigos
El conejito seguía seguía y seguía inventando historias y los demás animalitos
del bosque lo seguían ignorando.
Hasta que un día el conejito contó una de sus locas historias....y una conejita
empezó a prestar atención a la misma.
Conforme el conejito iba describiendo los detalles de la acción o a los
personajes, la conejita más disfrutaba.
Cuando el conejito dijo "FIN", la conejita empezó a aplaudir y le dijo "es la
mejor historia que nunca antes haya escuchado. Y además, la cuentas muy bien!"
El conejito hasta se puso rojo de vergüenza pero estaba muy feliz de haber
encontrado a alguien a quien le gustaban sus historias.
Entonces, la conejita le preguntó "¿Quieres oír un cuento mío?" Y sin mediar
palabra del conejito empezó a contar una loca historia de un pulpo con dos
cabezas que asustaba a todos los niños pero sólo quería hacerse amigos de ellos.
Al terminar su historia el conejito le dijo "Has contado una historia increíble!.
¿Quieres oír otra mía?"
Y así fue como los dos conejitos se conocieron en el bosque y se hicieron amigos
inseparables.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

La cebra que perdió sus rayas

¡En la calurosa sabana africana vivía Zena, una cebra muy presumida que no hacía
otra cosa que contarse las rayas al sol: Un, dos, tres, cuatro, cinco… contaba
Zena sus rayas una y otra vez: seis, siete, ocho, nueve, diez

.Pero una mañana, al despertar, algo insólito sucedió: ¡alguien a Zena todas sus
rayas robó! La cebra miró a su alrededor pero a nadie encontró. ¿Cómo ha podido
ocurrir? Buscaré al ladrón. -¿Has sido tú el que me has quitado mis rayas? –
preguntó Zena a Bom el hipopótamo.-¿YOOOOOOOOOOOOOOOO? ¿PARA QUÉEEEEEEEEE? -le
contestó abriendo muchísimo la boca. Zena pudo ver la campanilla del hipopótamo
dentro de esa enorme bocaza, pero ninguna de sus rayas. Así que prosiguió su
búsqueda. -¿Me has robado tú mis preciosas rayas? – le dijo Zena a un animal con
largo cuello y cabeza de árbol. –Qué animal más raro -pensó. Pero el curioso
animal no respondió. Y no era de extrañar, porque sus orejas estaban tan arriba
que no podían oír lo que le preguntaban desde el suelo. Zena no se rindió y subió
por el tronco del árbol hasta alcanzar los oídos del cuellilargo animal:-¡Anda si
es Rafa la Jirafa! Y su cabeza no es de hojas sino que está oculta entre las
ramas!-¿Has sido tú quien ha cogido mis rayas? –Repitió Zena cerca de su oreja.-
¿Yo? -contestó Rafa -¿No ves que yo llevo manchas grandes, marrones y cuadradas?-
Es verdad –dijo Zena y siguió buscando. ¿Tienes tú mis rayas? – Le dijo Zena a un
animal muy feliz que tenía el cuerpo repleto de manchas.-¿Yo? –Dijo Gorongora la
hiena y se empezó a reír sin parar- Jajajajajajajajajajaja. A Zena también le
dieron también ganas de reír, pero después de un buen rato de carcajadas
continuar. Dos árboles más adelante observó cómo Chito el guepardo descansaba
tumbado en las ramas tras su última carrera.-¿Me has quitado tú las rayas
mientras dormía? – Le preguntó Zena.-¿Yo? ¿Acaso no ves que mis manchas son
pequeñas y redondas?- respondió el guepardo. -Pues tiene razón –pensó Zena y
siguió buscando. Continuó su camino en busca de sus rayas extraviadas cuando le
pareció divisar una de ellas tirada en el suelo. Pero al llegar a ella la raya
negra se alejó arrastrándose mientras dibujaba divertidas eses en el suelo. No
era una de sus rayas, ¡era Mamba la serpiente! Entonces Zena se alegró de que no
fuera ella la que le había robado sus rayas. Zena estaba cansada de buscar sin
encontrar sus rayas cuando se topó con Bongo el elefante.-¿Qué te ocurre? –Le
preguntó a la cebra -Te veo muy blanca esta mañana.-Me han robado todas mis rayas
negras –respondió Zena sollozando. Entonces Bongo abrazó a Zena con su enorme
trompa y la subió sobre su lomo.-Desde aquí podrás divisar toda la sabana hasta
el horizonte y encontrar al ladrón.-Desde aquí sólo veo a ese tigre de Bengala
que no había visto antes por aquí – dijo Zena.-¿Un tigre de Bengala en África? –
Se extraño el elefante – ¡Qué raro! Veremos de qué se trata. Los dos amigos se
acercaron hasta el visitante.-¡Pero si es Berta la leona! ¡Con mis rayas
puestas!-Perdona Zena -se disculpó Berta -No quería robarte las rayas. Pero es
que esta tarde hay una fiesta de disfraces y no tenía qué ponerme. Zena la miró
de arriba abajo y la verdad, ¡es que sus rayas le quedaban fenomenal!-Está bien,
te las dejo- aceptó la cebra –Pero con una condición: que me lleves contigo a la
fiesta. Y así fue como Zena encontró por fin sus rayas perdidas. Y cebra y leona,
o mejor dicho mula y tigresa se fueron juntas a la fiesta de disfraces, donde
bailaron, rieron y se lo pasaron genial.
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

La ranita verde
Alicia y Juanito fueron al bosque con sus papás para pasar un día de juegos en el
campo, cuando terminaron de comer y recoger sus papás decidieron irse a dormir la
siesta

Ellos fueron a dar un paseo hasta una charca donde se encontraron una ranita q
estaba muy triste y no podía croar.
Los dos niños con tristeza, le preguntaron:

- "¿Qué te pasa? ¿Por qué no puedes croar?"

Llorando, la ranita les dijo:


- "Los hombres no se portan bien, vienen a pasar los días al campo y dejan todo
muy sucio. Me corté en una patita con un bote que estaba en el río y me duele
mucho."

De repente, a la rana se le iluminaron los ojos:


- "¡Tengo una idea y vosotros podéis ayudarme!."
- "¿Cómo? le preguntaron los niños."
Entonces la ranita les dijo:
-" Contádselo a vuestros compañeros y decir en el cole que cuando vuelvan al
campo no tiren basura y digan a sus papás que cuiden los ríos y los campos para
que cuando vosotros seais papás y mamás, tengais la ocasión de enseñar a las
ranitas sin cortes en sus patitas."
Alicia y Juanito decidieron volver con sus padres para contarles lo que les había
pasado y por el camino, fueron recogiendo todos los botes que se encontraron para
que ninguna ranita volviera a cortarse y así siempre pudiese seguir croando.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

Los niños de colores


Había una vez dos preciosas hermanitas llamadas Branda y Nadira. A las dos les
gustaba ir al parque a jugar en el columpio y el tobogán. Pero un día, al llegar
se encontraron con unos niños que eran diferentes: uno tenía la piel muy oscura
como el chocolate, otro era muy pálido, casi amarillo, y otro rojo como un
tomate.

Branda y Nadira se pusieron en un rincón y no se atrevían a acercarse a los


niños, porque estaban asustadas, hasta que apareció allí el gnomo del parque:

-¿Por qué no juegan hoy, pequeñas?

–Pues porque hay unos niños de colores y nos dan miedo- respondieron ellas.

El gnomo les hizo otra pregunta:

- ¿Han visto la nueva fuente del parque?

-No, pero ¿qué tiene que ver eso con lo que estamos hablando?

-Pues mucho-les contestó el gnomo- vengan conmigo y verán.

Entonces las llevó hasta la nueva fuente. ¡Era enorme! Y el agua saltaba hacia
las nubes y luego caía en una gran cascada. Con sus manitas, Branda y Nadira
cogieron un poco del agua y la probaron. Era limpia y fresca.

De pronto, unos focos de luz hicieron que pareciera haber cambiado: el chorro se
veía de un rosado intenso, parecía un gran batido de fresa...

-¡Prueben el agua!- gritó el gnomo.

Ellas lo hicieron pero el agua seguía sabiendo igual que antes.

El color volvió a cambiar y ahora era verde como la menta. Luego se volvió marrón
como el chocolate. Y después, amarillo como la vainilla. Sin embargo, cada vez
que la probaban, el agua sabía igual que la primera vez.

El gnomo les explicó que, aunque se viera de distintos colores, seguía siendo
agua limpia y fresca. Y que igualmente, esos niños, aunque fueran de otro color
por ser de razas diferentes, seguían siendo niños y seguro que estaban deseando
hacer amigos y jugar.

Branda y Nadira se acercaron a donde estaban los niños de colores y se pusieron a


jugar todos juntos. Y se divirtieron muchísimo, porque ellos les enseñaron muchos
juegos y canciones de sus países y ellas, los juegos de su propia tierra.

Cuando comenzó a oscurecer, los niños regresaron a sus casas para descansar. Y el
gnomo se quedó, como siempre, cuidando de los columpios, de la fuente y del
parque, para que al día siguiente todos los pequeños de todos los colores
pudieran volver a jugar.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

UN DÍA EN EL CAMPO

Un día de fin de semana, Lucía, salió con sus papis al bosque, a visitar el Pinar
de Tamadaba, en la hermosa Isla de Gran Canaria, iban a preparar una barbacoa y a
pasar el día allí disfrutando de los árboles, el canto de los pájaros, el azul
del cielo, y el aire puro
.
Cuando llegaron, aparcaron, sacaron todos los bártulos del coche y empezó papi a
calentar la barbacoa, mientras que mami sacaba las bebidas, la bolsa para las
basuras, el radio-cassette para oír música, y algunos juegos como las cartas, la
comba....., nada más llegar nos dimos cuenta de que habían más familias
repartidas por las otras barbacoas, preparándose alegremente como nosotros, pero
había un grupito que lo que estaba haciendo era molestar a los demás, con voces
altas, también la música, y ensuciándolo todo, todos intentaban apartarse de
ellos, e ignorar el bullicio que montaban, pero inevitable mirar y lamentar como
estaban dejando todo para el que viniera después, y el espectáculo bochornoso que
estaban montando. Fue entonces cuando a Lucía se le ocurrió una brillante idea, y
le dijo a su papá que era el momento de que interpretaran la obra de teatro que
habían hecho varias veces en casa, ¿cuál? le dijo su papá, ¿la de la playa, la
del campo...?, a lo que Lucía contestó, la del campo papá, no hay mejor momento
para hacerla, y así empezaron:
Quitaron las cosas de la mesa, y se subieron los tres, Lucía, papá y mamá, y
empezaron en voz alta a interpretar su obra:

- Papá: Bueno Lucía, ya se ha acabado el día de campo, los pájaros están


volviendo a sus nidos, y es hora de que tú vuelvas al tuyo, los niños pequeños
deben volver pronto a casa, para ducharse, cenar, y dormir mucho, para que al día
siguiente tenga un día alegre y con ganas de aprender muchas cosas nuevas.
- Lucía: Sí papá, así es, así que vamos a recoger todo, para que cuando volvamos
otro día podamos ocupar el mismo lugar sin necesidad de encontrarlo todo hecho un
asco.
- Mamá: Así es Lucía, si dejamos todo como lo encontramos, cuando volvamos a
disfrutar otro día, no sólo podremos hacerlo nada más llegar, sino que además
habremos evitados, que son esta simple botella, o esta bolsa de plástico se haya
podido crear un incendio, y que con este abrelatas se haya podido hacer daño
algún animalito del bosque, ¿porque tú no quieres que ningún conejito se quede
sin su mamá ni su papá verdad?.
- Lucía: Tienes razón mamá, las cosas hay que dejarlas como a nosotros nos
gustaría encontrarlas, y hay que evitar que se hagan daño los seres que habitan
aquí todos los días.
- Papá: Muy bien dicho cariño, porque nosotros venimos un ratito un día, pero
aquí hay seres vivos, como las ardillas, los conejitos, los árboles y las aves
que están toooodos los días, porque esta es su casa, y a nadie nos gusta tener la
casa hecha un asco, ni que nos vengan visitas y nos la dejen perdida.
- Mamá: Evidentemente que no, ni tampoco nos gusta que venga a perturbar nuestra
tranquilidad, con chillidos y música a todo volumen, porque hay que saber
compartir y respetar a los demás.
- Lucía: Sí mamá, porque uno se puede divertir sin necesidad de aguarle la fiesta
a los demás, y sin estropear un bosque que lleva muchos años siendo tan bonito y
brindándonos su tranquilidad.
- Papá: Así es Lucía, así que después de haber pasado un agradable día, lo menos
que podemos hacer es dejarlo todo bien limpito para la próxima vez, y una vez
hecho esto nos podemos ir a casa con la conciencia bien tranquila de haber hecho
un buen trabajo.
- Lucía: Dadme un abrazo papis, que sois los mejores del mundo, no sólo me
enseñais las maravillas del mundo, sino que me educais para que cuando yo tenga
vuestra edad pueda enseñárselas a mis hijos, y así siempre......

Cuando Lucía, acabó de decir estas palabras, todo el mundo empezó a aplaudir, no
se habían dado ni cuenta embelesados en la obra, pero Lucía había conseguido lo
que quería, además de entretener al resto de familias que estaban preocupadas por
el comportamiento de aquel grupito, habían acaparado la atención de dicho grupo,
y no sólo habían dejado de chillar y molestar, sino que habían escuchado con la
misma atención que el resto la obra, y avergonzados estaban recogiendo y
limpiándolo todo.
La lección estaba aprendida y Lucía con sus padres volvió a casa satisfecha de
haber hecho hoy dos buenas tareas para el mundo, una dejarlo todo como estaba y
otra haber enseñado a los demás a respetar. Había sido el día perfecto.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

El país de las letras

Dicen que existe un país más allá de lo que alcanza nuestra imaginación, donde
habitan las letras del abecedario

. Allí viven felices y juegan mezclándose con otras letras para formar palabras,
con las que luego hablamos y escribimos. Así, cuando la letra P, la I y la E se
divierten juntas forman la palabra PIE. Y en verano por ejemplo la S, la O y la L
apenas se separan y por eso luce tanto el SOL o a veces la O y la L se van de la
mano a darse un baño con la A.

Pero en algunas ocasiones las letras también se enfadan y se ponen de mal humor.
Es entonces cuando salen del país del Abecedario palabras muy feas que no nos
gusta escuchar. Son los insultos y las palabrotas que a veces oímos por ahí.
También vienen letras de países extranjeros y algunas se quedan para siempre,
como la W, que en realidad son dos V hermanas siamesas. Y otras, como la Y, que
estaban allí desde hace muuuucho tiempo.

Pero había una que siempre estaba callada y algo triste. Era la H.
- ¿Qué te ocurre que siempre estás tan callada?- le preguntó un día la letra M.

- Pues que cuando estoy con las demás letras me vuelvo muda, es como si no
estuviese. Por eso casi siempre se olvidan de mí. –le respondió H.

- Pero tú haces palabras tan bonitas como HELADO, BUHO, HÉROE, HOJA...- le dijo
M.

- Ya, pero como siempre estoy callada nadie se da cuenta de que estoy. Si no
estuviera, nadie lo notaría...

La letra V que escuchó lo que pasaba se acercó:

- A mí me pasa algo parecido- le dijo a H. Siempre me confunden con la letra B, y


no nos parecemos. ¡Ella tiene barriga y yo no! Pero te voy a presentar a una
amiga con la que te vas a llevar muy bien.

V llamó a su amiga C y fueron rápidamente a ver a H.

- ¿Así que crees que no vales para nada?- le preguntó C.

- Sí, eso creo – dijo H

- Pues a mí me sirves de mucha ayuda. Sin ti HECHO sería ECO y un CACHO, un CACO
y confundiríamos POCHO Y POCO.

- Si tú no estuvieras no existirían las CHuCHerías, ni los CHupetes, ni la CHina,


ni sus CHinos, ni las CHispas, ni los CHicos y CHicas CHiquitines... – añadió M.
Y de este modo fue como la letra H empezó a sentirse mejor. Y se dio cuenta de lo
importante que era ayudando a los demás. Así que la letra C y la letra H se
fueron charlando en coche a tomar chocolate con churros con el que se chuparían
los dedos, o mejor una horchata de chufa antes de darse un chapuzón.

Mientras tanto ya se acercaban la F, la I y la N. Así que no nos queda más


remedio que decir.
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

El mar enamorado
Hace mucho, muchísimo tiempo, existía en nuestro planeta un mar de aguas azules y
cristalinas, que estaba locamente enamorado de la blanca luna

Las noches en que la luna lucía sus mejores galas, redonda y luminosa en el
cielo, cual mancha de leche en un mantel oscuro, el mar se pasaba la noche
admirándola y suspirando por su amor, pero ella vanidosa y antipática no le hacía
caso y se burlaba del pobre mar.

El mar valiente y decidido intentaba llegar hasta la hermosa luna saltando hacia
el cielo, creando olas gigantes de agua pero ella estaba tan lejos que nunca
conseguía acercarse a ella.

Un día, el mar pensó en hacerle un regalo a su amada y habló con la brisa marina
para que ésta, que era un músico reconocido en el mundo entero, compusiera una
canción de amor para que el mar le cantara a la luna todas las noches. La brisa
aceptó encantada y a cambio pidió al mar que le dejara en la orilla de la playa
algunas conchas y caracolas para guardar su música en ellas.
Al llegar la noche el mar cantó la canción de amor a la luna, pero ésta le ignoró
y se ocultó tras las nubes del cielo para que el mar no la viera.

Desesperado el mar le preguntó a la luna qué podía hacer para conseguir su amor y
ella, después de mucho pensar le propuso una apuesta. Si el mar era capaz de
cubrir con sus aguas toda la tierra del planeta, ella sería su novia y se casaría
con él.

El mar ilusionado aceptó la apuesta, seguro de conseguir superar la prueba, pues


el amor mueve montañas y el suyo era inmenso. Lo que no sabía era que la luna
traicionera, puso una tierra especial a los pies del mar, llamada arena, que se
empapaba pero no se dejaba cubrir por las aguas. El pobre mar lo intentó una y
otra vez, cogía carrerilla e intentaba tapar con sus aguas la tierra pero nunca
llegó a cubrirla del todo y se quedó sin el amor de la luna.

Si vais a la playa y os acercáis una concha al oído podréis escuchar la música de


la brisa y veréis como el mar sigue intentando llegar a la luna con sus olas.
Noche tras noche canta su canción de amor con la esperanza de que la luna se
enamore de él y le quiera tanto como él la quiera a ella.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

Los ositos revoltosos

Osete y Osito vivían en un hermoso bosque donde había colmenas cargadas de


panales de rica miel y un río de aguas cristalinas donde bañarse y jugar con los
peces

Pero eran muy traviesos los dos ositos y más de una vez se perdían mientras
perseguían a alguna mariposa, por eso la mamá de Osete y Osito, mami Osa, les
castigaba sin poder ir a bañarse o jugar con los demás ositos.

Cuando los ratoncillos del bosque estaban descuidados tomando el sol, solían
correr detrás de ellos, obligándoles a huir temblando de miedo.

En una ocasión los traviesos ositos quisieron coger un panal de miel de lo alto
de un árbol.
Mientras Osete miraba lo que hacía su hermano, Osito trataba de subir a las
ramas. Se acercó y se acercó al panal y alzando las zarpas dio a la colmena con
gran fuerza. De lo que no se había percatado es que dentro de la colmena estaba
la abeja reina con su gran ejército, que salieron zumbando. Del susto, Osito
empezó a bambolearse y... zas, cayó al suelo con gran estrépito.
-"Ufff… Menos mal que mami Osa no les había visto, si no, seguro que les habría
regañado y llevado a ambos agarrados de las orejas hasta casa."

Estaba oscureciendo en el bosque y recordaron que mami Osa les reprendería si


llegaban tarde a cenar. Pero de camino a casa se encontraron con primo Osón que
dormía plácidamente sobre la hierba mientras agarraba con la zarpa un gran salmón
recién pescado.

Se acercaron en silencio para coger el rico alimento. Conteniendo la respiración


llegaron junto a él... Pero en ese preciso instante despertó y con un potente
rugido hizo que Osete y Osito se cayeran de espaldas por causa de la sorpresa.

-"¿Qué venís a buscar aquí?" -Rugió primo Osón

- "El salmón es mío y solo mío. Si me enfado os daré con él en la cabezota para
que nunca olvidéis que no se debe robar. "

Llegaron a casa y después de hacer los deberes, bañarse y cenar se pusieron a


jugar armando tanto alboroto que mami Osa decidió darles un escarmiento por tanta
travesura.

Osete y Osito, atados el uno al otro por sus colas hubieron de permanecer en un
rincón, mientras los ratones y el primo Osón que se asomaban a través de la
ventana celebraban con sus risas el castigo de los ositos revoltosos.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

Una hermosa mariposa


En el más precioso prado de Villa Felicidad, vive una familia llamada Butterfly
que espera la llegada de su más preciado tesoro

. Papá, Mamá y Hermano están ansiosos de saber quién saldrá de esa pequeña oruga.

A medida que pasan los días, la oruga se protege en un lugar resguardado y


construye un capullo y allí se transforma en crisálida. Falta poco para que
llegue al mundo la más pequeña de esta familia.

Papá solo imagina cuántas cosas va a poder hacer con la pequeña cuando salga de
su capullo: jugar, volar, reír, y enseñarle las maravillosas cosas que tiene este
mundo.

Mamá en cambio solo desea tenerla entre sus brazos para dar todo el amor que
lleva dentro de ella y así llenarle de hermosos sentimientos para que aprenda a
valorar la vida, a ser feliz con cada día que amanece y a disfrutar cada momento
que nos regala la naturaleza.

Hermano por su parte, sueña cada noche con que su tan esperada hermana, llegará
para hacerle feliz con sus travesuras y progresos y espera con ansias que llegue
el momento de que ya pueda pronunciar su nombre, jugar y enseñarle las cosas que
ya él aprendió, porque sabe que vendrá para hacerle feliz.

Ya es 16 de noviembre en Villa Felicidad, y entre los animales se corre la voz de


que está naciendo la mariposita. Todos están esperando el grandioso momento,
cuando de repente se rompe el que había sido el hogar de la oruguita, apareciendo
la más bella mariposa de ese jardín. Todos saltaron de alegría al ver sus enormes
alitas, estrenándolas al viento, saludando al sol y acariciando a las flores.

Sus padres y su hermano alegres, se sintieron orgullosos de que mereció la pena


el haber esperado tanto tiempo la llegada de su bebé, ya que era lo que más
habían deseado en este mundo.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

El monstruo pepe
-hola-dijo el niño-
-No lloras??
-no-respondió el niño-
-y por qué? No te doy miedo?
-no-dijo él
.-
-Y cómo te llamas
-Me llamo Pablo
-Hola Pablo, yo soy Pepe y siempre que quiero hacer amigos por las noches, me
escondo en lugares para que no se asusten pero cuando me ven aparecer lloran sin
parar.
-Yo.. Es que no tengo amigos
-Y por qué?
-Porque tengo el pelo azul, y los niños dicen que soy muy raro y no quieren ser
mis amigos.
-Vaya tontería, mi nariz también es azul!!. Pues yo quiero ser tu amigo. Además
tengo una idea:
Todas las noches me escondo en un lugar diferente y conozco a niños distintos,
vente conmigo, de acuerdo?
-Vale-dijo Pablo-
A la noche siguiente Pepe se fue con Pablo a la casa de un niño, esta vez se
escondieron detrás de un enorme peluche.
El otro niño se encontraba en la cama y cuando vio que algo se movía detrás de su
peluche, comenzó a llorar, pero enseguida dejó de llorar cuando vio que era un
niño.
Pablo se le acercó y le contó que tenía un amigo que era un Monstruo y que le
encantaba contar chistes, que si quería que lo llamasen, el niño asintió,
contaron hasta tres y Pepe apareció.
Pepe se sentó junto a ellos en la cama y les empezó a contar chistes, los tres se
morían de la risa, hasta que el niño se durmió y Pablo y Pepe su fueron.
De esta forma todas las noches iban a visitar a un niño y así Pablo comenzó a
tener muchos amigos, Pepe también, ya que ninguno lloraba cuando le veía, y el
resto de los niños dejó de tener miedo a los monstruos.

Y colorín colorado este cuento de monstruos ya ha terminado!!

El sol, la lluvia y el viento


Érase una vez una reunión de viejos amigos como eran el sol, el viento y la
lluvia. Los tres se creían los más fuertes y poderosos y así se lo decían los uno
a los otros con lo cual empezaron a discutir. Seguían los tres inmersos en esta
trifulca cuando vieron a un viajante que iba caminando por el medio del bosque,
con lo cual el viento comentó: ¡Ya sé cómo podemos descubrir al más fuerte de los
tres!. Aquel que consiga sacarle el jersey al viajante será el más fuerte, ¿os
parece bien?.

- Siiiiiii, asintieron al únisimo el sol y la lluvia.

- Venga, comienza tú ya que ha sido a quien se le ha ocurrido la idea, le dijo el


sol al viento.

El viento comenzó a soplar con toda la fuerza que tenía. Cuanto más fuerte
soplaba, el hombre más se ajustaba el jersey al cuerpo. Al cabo de un rato, se
retira desesperado el viento.

Venga, ahora te toca a ti, le dijo el sol a la lluvia. La lluvia se puso manos a
la obra y empezó a caer con tanta fuerza que el pobre hombre empezó a correr, y a
buscar cobijo debajo de un árbol. Y allí permaneció todo el tiempo que estuvo
lloviendo. Al cabo de un par de horas, aburrida y decepcionada, la lluvia también
se retira de la competición. Bueno, ahora es mi turno, dijo el sol Y saliendo de
su escondite, el sol empezó a brillar con toda su fuerza esplendor. El viajante,
una vez que se calentó y secó la ropa se sacó el jersey, y continuó con su viaje.

Y colorín colorado este cuento de monstruos ya ha terminado!!

El pony saltarín

Una vez un pequeño Pony de nombre "Arco Iris", era muy simpático y saltarín y
siempre iba acompañado de su pequeña amiga la mariguita
.
Un día salieron a pasear cuando de repente comenzó a llover ambos corrieron para
refugiarse pero de pronto, un resplandeciente sol les guió hacia un hermoso arco
iris. Los dos amigos maravillados se acercaron cuando...de repente, una hermosa
hada se les presentó.
El hada pretendía que los dos amigos le ayudaran a poder esconder aquel hermoso
arco iris, ya que, debido a la fuerte tormenta se había caído del país de los
arco iris.
Ambos amigos ofrecieron su ayuda y con amistad y solidaridad consiguieron que
aquél precioso arco iris volviese a su hogar.
Colorín, colorado este cuento se ha terminado

Los ositos revoltosos. osete y osito


Osete y Osito vivían en un hermoso bosque donde había colmenas cargadas de
panales de rica miel y un río de aguas cristalinas donde bañarse y jugar con los
peces

Pero eran muy traviesos los dos ositos y más de una vez se perdían mientras
perseguían a alguna mariposa, por eso la mamá de Osete y Osito, mami Osa, les
castigaba sin poder ir a bañarse o jugar con los demás ositos.

Cuando los ratoncillos del bosque estaban descuidados tomando el sol, solían
correr detrás de ellos, obligándoles a huir temblando de miedo.

En una ocasión los traviesos ositos quisieron coger un panal de miel de lo alto
de un árbol.
Mientras Osete miraba lo que hacía su hermano, Osito trataba de subir a las
ramas. Se acercó y se acercó al panal y alzando las zarpas dio a la colmena con
gran fuerza. De lo que no se había percatado es que dentro de la colmena estaba
la abeja reina con su gran ejército, que salieron zumbando. Del susto, Osito
empezó a bambolearse y... zas, cayó al suelo con gran estrépito.
Ufff… Menos mal que mami Osa no les había visto, si no, seguro que les habría
regañado y llevado a ambos agarrados de las orejas hasta casa.

Estaba oscureciendo en el bosque y recordaron que mami Osa les reprendería si


llegaban tarde a cenar. Pero de camino a casa se encontraron con primo Osón que
dormía plácidamente sobre la hierba mientras agarraba con la zarpa un gran salmón
recién pescado.

Se acercaron en silencio para coger el rico alimento. Conteniendo la respiración


llegaron junto a él... Pero en ese preciso instante despertó y con un potente
rugido hizo que Osete y Osito se cayeran de espaldas por causa de la sorpresa.

¿Qué venís a buscar aquí? -Rugió primo Osón.- El salmón es mío y solo mío. Si me
enfado os daré con él en la cabezota para que nunca olvidéis que no se debe
robar.

Llegaron a casa y después de hacer los deberes, bañarse y cenar se pusieron a


jugar armando tanto alboroto que mami Osa decidió darles un escarmiento por tanta
travesura.

Osete y Osito, atados el uno al otro por sus colas hubieron de permanecer en un
rincón, mientras los ratones y el primo Osón que se asomaban a través de la
ventana celebraban con sus risas el castigo de los ositos revoltosos.

Colorín, colorado este cuento se ha terminado

El cuento de la gallinita

Erase una vez una gallinita que estaba sola, ella sola. Un día que la gallinita
iba por un caminito, se encontró con una granja; de repente salió el granjero y
la vio.

El granjero la cogió en sus brazos y desde ese día el granjero la cuidó muy bien
¡REQUETEGENIAL!

El granjero quería que la gallinita pusiera huevos, pero la gallinita no podía y


esto entristecía tanto a la gallinita como al granjero.
Un día, en el que hacía mucho viento y frio y mientras la gallinita comía su
maíz, en lo alto de un árbol se caía un nido, en ese nido había cinco huevos.

La gallinita que lo veía caer, corrió moviendo las alas, hasta que el nido cayó
encima de ella. ¡La gallinita había salvado a los huevos!

Uno a uno, los llevó hasta su nido, donde les dio cobijo, calor con su cuerpo y
mucho cariño.

El granjero estaba contento porque pensó que la gallinita por fin había puesto
huevos. ¡Pero que sorpresa se llevó el granjero, cuando de los huevos, en vez de
salir cinco pollitos, salieron cinco pequeños pajaritos con preciosas plumas de
colorines!.

La gallinita estaba muy contenta, porque por fin era mama y el granjero estaba
muy contento porque tenía a la gallinita más especial del mundo; Una gallinita
con un gran corazón y valor.
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

El duendecillo de los sueños

-Mamá, cuéntame un cuento –dijo la pequeña Ariadna.


-Está bien, mi niña, te hablaré de una historia que me contaron cuando tenía tu
misma edad –le dijo su mamá.

“Todas las noches, el duendecillo de los sueños hace que todos los niños del
mundo se duerman. De noche, cuando sabe que ningún niño puede verlo, el
duendecillo se acerca a los que están arropaditos en su cama o en su cuna y les
da un beso, muy tierno en sus sonrojadas mejillas. Ese beso era mágico y hacía
que cada niño tuviera un bonito sueño. Pero ese duendecillo era muy tímido y
vergonzoso y si ve que algún niño está llorando o se despierta, se esconde para
que no le vean”.

FIN

-Pero mamá, yo quiero verlo –dijo Ariadna a su mamá.


-Si de verdad quieres verlo, tienes que quedarte muy quieta porque así el
duendecillo no se asustará y vendrá a darte un beso –le dijo su mamá.
Ariadna se quedó muy quieta, sin hacer ningún ruido durante mucho tiempo, hasta
que finalmente el sueño le venció y se durmió plácidamente.

A la mañana siguiente su mamá fue a despertarla.


-¿Has conseguido ver al duendecillo? –le preguntó a Ariadna.
-No, pero vino esta noche y me dio un beso. Lo sé porque me quedé dormida y soñé
con cosas muy lindas –le explicó Ariadna.
-Bueno, tal vez mañana lo veas, mi niña –contestó su mamá.
Algún día conoceréis al duendecillo que cada noche os da un beso de buenas
noches.
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

La fiesta en el cielo

Érase una vez un bosque donde, al comienzo de cada estación, se celebraba una
fiesta especial en la que, los animales, eran los invitados de honor

. Con la llegada del otoño, se decidió celebrar una Fiesta en el Cielo, de forma
que todos los animales que pudiesen volar estarían invitados.
La noticia se propagó como la pólvora entre todos los habitantes del bosque y,
mientras las aves estaban animadísimas con la noticia y deseando que llegase la
fiesta, el resto de animales se moría de envidia pensando que ellos no podrían
acudir a dicho evento. Pepo, un sapo muy pícaro, que vivía en el pantano que
había en el medio del bosque, decidió que él no se perdería aquella fiesta,
costase lo que costase.

De forma que empezó a difundir que él también había sido invitado. El resto de
animales se reían de Pepo cada vez que le oían decir que él también había sido
invitado, a la vez que comentaban: ?Imaginaros al gordote de Pepo, que es incapaz
de correr dos metros sin cansarse, ¡volando hacia la fiesta!?. Durante muchos
días, el pobre Pepo, tuvo que soportar como el resto de los animales del bosque
se mofaban de él: Sácate esa idea de la cabeza, amigo sapo- le decía una ardilla
mientras descendía de un árbol. - Los animales como nosotros, que no podemos
volar, no tenemos oportunidad de asistir a la Fiesta del Cielo.

Yo voy, ya lo veréis- decía Pepo una y otra vez. - Aún no tengo muy claro cómo,
pero iré. No es justo que se celebre una fiesta de esas y en la que la mayoría de
los animales se excluyan. Después de mucho pensar, Pepo formuló un plan. Unas
horas antes de que la fiesta diese comienzo, Pepo fue en busca del buitre Leo.
Estuvieron conversando y divirtiéndose un buen rato con las bromas que Pepo
contaba. Cuando ya era casi de noche, Pepo se despide de Leo: Bueno, mi querido
amigo Leo, me voy a retirar para descansar un poco antes de acudir a la Fiesta,
sino no podré estar animado y disfrutar de la misma.

¿Pero realmente vas a ir, Pepo?- preguntó Leo bastante desconfiado. ¡Claro que
sí! No me la perdería por nada del mundo, dijo Pepo mientras se retiraba. ¡Hasta
mañana! Pero, en vez de salir por la puerta, tal y como pensaba Leo que haría,
Pepo dio una vuelta y empujó una ventana de la casa de Leo. Encima de la cama
observó la mochila de Leo, que ya tenía todo lo que necesitaría en la fiesta, así
que Pepo, sin dudarlo, decidió esconderse en ella.

Cuando llegó la hora de la fiesta, Leo cogió su mochila, se la puso al cuello y


empezó a volar en dirección al cielo. Tan pronto como llegó a su destino, Leo
colgó su mochila en un perchero y se fue en busca de las otras aves. Pepo
aprovechó la ocasión para verificar que no había nadie a la vista que lo pudiese
descubrir y, de un salto, salió de la mochila todo contento y sonriente. Las aves
se sorprendieron muchísimo cuando vieron a Pepo bailoteando y saltando por el
cielo. Todos se preguntaban cómo habría llegado hasta allí y corrían a
preguntarle.

Pero el sapo evitaba responderles cambiando rápidamente la conversación y


mudándose a otro lado para seguir divirtiéndose.

Ya casi amanecía cuando Pepo decidió que era hora de prepararse para su regreso a
casa. Salió de la fiesta sin que nadie se percatase y volvió a entrar en la
mochila de Leo, que seguía colgada del perchero. Cuando la fiesta terminó, los
invitados salieron volando, cada uno para su destino. Leo, cogió su mochila y se
puso a volar en dirección al bosque. Cuando llegó a su casa, depositó la mochila
sobre una cómoda de la habitación y se fue a dormir. Pepo aprovechó la ocasión
para salir de su escondite y rápidamente, dirigirse hacia el exterior de la casa
de Leo para regresar a su casa. Al día siguiente, todo el bosque comentaba la
hazaña de Pepo y se preguntaban cómo lo habría conseguido. Y colorín colorado,
este cuento se ha acabado.

Los tres peces mágicos

Un pescador que llevaba mucho tiempo sin atrapar ni un pez pesco un día con su
red una bella cajica

. Cuando la abrió, salió de ella un genio que le dijo "Como me has liberado,
deseo recompensarte contándote un secreto. No muy lejos de aquí hay un estanque.
Si lanzas a el tu red, pescaras cada día un pez por el que en la corte te darán
una pieza de oro.
El pescador encontró el estanque, atrapo un hermoso pez, y tal como le había
dicho el genio recibió por él una pieza de oro. Cuando la cocinera del rey echo
el pez a la sartén, este le dijo. Las cosas os irán bien tanto tiempo como hagáis
el bien, si hacéis el mal, también vosotros saldréis perjudicados. A continuación
desapareció por la chimenea. Al segundo día ocurrió exactamente lo mismo. Cuando
el milagro llego a oídos del rey, quiso verlo con sus propios ojos. Y, en efecto,
al día siguiente el tercer pez pronuncio las mismas palabras que los anteriores
y se escapó por la chimenea. El rey quedo tan impresionado por el milagro que
llevo al pescador y a su familia a su corte e hizo de el un hombre rico.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

Un día en la granja
Había una vez... Una vaca que hacia muuuu , se llamaba carolina y era muy
generosa siempre compartía con los demás su leche, junto a ella vivían en la
granja un montón de animalitos, había un gallo que todas las mañanas cacareaba
para despertar a todos los animalitos de la granja ,se llamaba koki ´hacia ki
kiriki y todos se despertaban por la mañana felices y contentos, las gallinas
ponían sus huevos, decían kooo kooo se llamaban kina y kona, de los huevos salían
pollitos que decían pio pio.
Un día apareció por la granja un perro abandonado, tenía hambre y frio y se le
notaba cansado, estaba muy triste, la vaca le dijo, hola yo soy carolina ¿qué te
ha pasado? Y el perro contestó

-"Hola yo me llamo baxter -me han abandonado", y el gallo koki le preguntó.

- "¿por qué te han abandonado?" Y el perro contestó

- "cuando era pequeñito jugaban mucho conmigo y me querían, pero me fui haciendo
mayor y cada vez me hacían menos caso y un día fuimos de paseo y se olvidaron de
mí," -que pena dijeron las gallinas kina y kona, pues aquí te puedes quedar dijo
carolina la vaca

- "si quédate -dijeron" todos, el perro muy feliz sonrió y dijo

- "muchas gracias amigos ", y todos los animales empezaron a ofrecerle comida y
abrigo y todos estaban muy felices por la llegada de un nuevo amiguito a la
granja.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

Pin, pan, pun

En un lugar secreto del bosque, en el tronco hueco de un castaño, viven tres


hermanos, duendes de la naturaleza: Pin, la hermanita pequeña, Pan, el hermano
mediano y Pun, el mayor de los tres

.
Los duendes de la naturaleza nacen dentro de las piñas, siempre en otoño. Miden
más o menos un palmo de altura y tienen las orejas y los pies puntiagudos. Todos
nacen con los ojos verdes y el pelo marrón clarito... Todos menos tres. Pin, Pan
y Pun tenían algo especial que les hacía diferentes al resto de duendes. A cada
uno de ellos la Luna les había coloreado el pelo de colores: Pin, lo tenía rubio
como el trigo; Pan, lo tenía naranja zanahoria y Pun lo tenía de color negro como
el carbón.

La vida de los tres hermanos era muy divertida. Siempre estaban riéndose y
jugando. Sobre todo Pin y Pan, los más pequeños. Todo el día estaban juntos y no
había nada que los separara.

Pun, el mayor, sin embargo, era más responsable y se encargaba de cuidar la


casita en el castaño y de recolectar comida para cuando llegara el invierno:
piñones, moras, higos y frutos secos. Le gustaba mucho leer y casi siempre andaba
liado inventando algún objeto nuevo y diferente.

Un día de mucho calor, los tres duendes decidieron ir a bañarse al río. El río
cercano al castaño donde vivían era muy grande y corría veloz lleno de agua
fresca hacia la ladera de la montaña, con cascadas y rápidos muy peligrosos en
algunos tramos. Cuando llegaron a la orilla del río, Pun se fijó en una poza
natural, en una zona más tranquila y decidieron acampar por allí para darse un
chapuzón.

- “Ya hemos llegado -dijo Pun- Podéis bañaros en esta poza sin alejaros y sin
separaros el uno del otro. Tenéis una hora para hacer lo que queráis. Yo
mientras, estaré esperándoos a la sombra de este pino, ¿de acuerdo?
- “Sí, de acuerdo” -respondieron Pin y Pan simultáneamente.

El agua estaba fría, perfecta de temperatura y los dos hermanitos se tiraron de


golpe. Enseguida empezaron a nadar y a jugar en el agua, sin darse cuenta de que,
poco a poco, se iban alejando de la zona donde estaban seguros y tenían que
quedarse. Se alejaron, se alejaron... hasta llegar a la zona de rápidos y
empezaron a sentir miedo. ¡Habías desobedecido a Pun y ahora estaban en peligro
de ahogarse!

Los hermanitos gritaban mucho ¡¡Socorro!! ¡Ayuda!... pero nadie podía oírles.

Cuando Pun notó que no oía risas ni juegos y que todo estaba demasiado en calma,
levantó la vista del libro y se asustó: sus hermanos no estaban. Rápidamente supo
que algo no iba bien y bajó corriendo por la orilla, río abajo para ver si los
encontraba.
Pin, nadaba muy bien, pero el frío y el cansancio agotaron pronto sus fuerzas.

- “Pan, no puedo más. No puedo seguir aguantando”


- “No te preocupes Pin, sujétate a mí espalda mientras yo trato de alcanzar una
rama”.

Pan, que era muy fuerte y valiente aguantó el peso de su hermana hasta que pudo
agarrarse a la rama de un pino que sobresalía de la orilla y aguantar así la
corriente que los empujaba.

Pasaba el tiempo y Pun corría veloz en busca de sus hermanos, recorriendo el


bosque, mirando por todos los recovecos del río hasta que por fin los encontró.

- “¿Estáis bien?, ¿Os duele algo?”


- “¡Necesitamos ayuda, Pun! No podré aguantar mucho rato” -respondió Pan.

Pun necesitaba una manera de sacarlos del agua rápidamente, pero ¿cómo?

Entonces recordó algo que había leído en un libro de ciencias naturales hacía
tiempo y supo que estaban salvados. Buscó un joso, una planta pequeña de largas
raíces que crece en las orillas de los ríos y que en contacto con el agua forma
un hilo muy pegajoso y preparó una cuerda con sus fibras y raíces. La ató al
extremo de un árbol y se la lanzó a Pin. Ésta la ató a la cintura de su hermano y
cuando la cuerda se mojó, formó inmediatamente un hilo pegajoso y elástico que
les llevo hasta la orilla, sanos y a salvo.

Los tres hermanos se abrazaron felices y nunca más volvieron a despistarse, ni


separarse cuando salían de casa para darse un baño.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

El dragón llorón

Muchas son las historias que se cuentan sobre dragones. Misteriosos seres que
duermen en lo más profundo de la tierra y se alzan hasta lo más alto en el cielo
escupiendo fuego de su garganta, mientras valientes caballeros luchan contra
ellos para defender a bellas princesas de sus enormes garras.

Pero en este cuento nuestro dragón no tenía grandes colmillos, ni afiladas


garras, ni siquiera echaba fuego por la boca. No era un dragón despiadado como
los demás, ni era grande ni feroz, ni secuestraba a princesas, ni daba miedo...
más bien daba risa. Porque eso era lo que hacían los habitantes del reino: reírse
de Floro, que así era como se llamaba el pequeño dragón. Floro no había
aprendido a echar fuego por la boca como debiera a su edad y eso le costaba
muchos disgustos a sus padres, conocidos dragones desde hacía siglos en todos los
confines de la tierra por su fiereza y crueldad.

Así que cada mañana Floro salía de su oscura cueva en lo alto de la montaña en
busca de aldeanos a los que asustar, pero por más que lo intentaba, nada de nada.
De su boca sólo salía un fino hilillo de humo en lugar de una espesa llamarada. Y
aunque se ponía de puntillas para parecer más alto y monstruoso, todo era inútil,
la gente en vez de echar a correr echaba carcajadas:

-¡Ja, ja, ja! ¡Mirad, es ese dragón enano que no asusta!- se burlaban todos.
-Ese fuego no sirve ni para hacer una barbacoa- le decían riéndose sin parar.

Así que Floro se iba llorando y llorando cabizbajo y avergonzado a su sombría y


fría caverna un día más, dejando tras de sí un enorme río de lágrimas de dragón.
Pero una tarde mientras cruzaba llorando, como de costumbre, el frondoso bosque
de camino a su casa, escuchó unos lamentos más sonoros y molestos casi que los
suyos.

-¡Ay, ay, ay, ay, ay!

Nuestro dragón se acercó decididamente a ver qué ocurría, porque a pesar de que
Floro no sabía asustar era muy valiente, aunque muy llorón.

Los quejidos procedían de un profundo pozo.


El pequeño dragón asomó su cabeza y preguntó con una voz grave, pero sin dejar de
lloriquear:

- ¿Quién está en las profundidades de este pozo?

-Soy un príncipe cobarde. Me han enviado del castillo a matar un dragón, pero
como me daba miedo, me he escondido aquí y ahora no sé salir- dijo el príncipe.

El dragón, que lo miraba extrañado desde arriba, no paraba de llorar por su


propia pena y las lágrimas seguían cayendo como dos torrentes de agua que iban
llenando el pozo.

-¿Y tú quién eres?- preguntó el príncipe desde el fondo del pozo más extrañado
que asustado al ver la enorme cabeza colorada del dragón.

-Pues yo soy un dragón llorón que no sé asustar, así que por eso no paro de
llorar- dijo el dragón entre más y más lágrimas.

-Pues es verdad que asustar no asustas mucho, pero ¿podrías parar de llorar y no
mojarme?- dijo el principito cobarde un poco molesto- ¡Me estoy empapando!

Sin embargo mientras Floro lloraba y lloraba, las lágrimas llenaron el pozo y el
agua subió tanto que el principito pudo llegar al borde y salir a la superficie.
-¡Qué bien! Me has salvado. Mis padres, los Reyes estarían preocupados al ver que
no regresaba al castillo - dijo feliz abrazando al pequeño dragón.

Y así era. Al instante llegaron los Reyes y un gran séquito que les precedía.

-¡Has salvado a nuestro hijo, gracias a tus lágrimas de dragón!-dijo la Reina


saltando de alegría- ¡Eres un héroe!

Y volvieron todos al castillo a celebrarlo, incluido Floro.

El príncipe cobarde y el dragón llorón se hicieron amigos inseparables desde


entonces. Y el dragón Floro dejó de pensar en asustar (y en llorar), ya sólo
quería jugar en el castillo fantástico del príncipe y pasárselo bien y tener más
amigos como él. Y a partir de entonces ya nadie se volvió a reír del dragón Floro
y aunque se rieran tampoco le importaba porque él se reía más jugando con su
nuevo amigo el príncipe cobarde
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!

El árbol mágico

Hace mucho mucho tiempo, un niño paseaba por un prado en cuyo centro encontró un
árbol con un cartel que decía: soy un árbol encantado, si dices las palabras
mágicas, lo verás.
El niño trató de acertar el hechizo, y probó
con abracadabra, supercalifragilisticoespialidoso, tan-ta-ta-chán, y muchas
otras, pero nada. Rendido, se tiró suplicante, diciendo: "¡¡por favor,
arbolito!!", y entonces, se abrió una gran puerta en el árbol. Todo estaba
oscuro, menos un cartel que decía: "sigue haciendo magia". Entonces el niño
dijo "¡¡Gracias, arbolito!!", y se encendió dentro del árbol una luz que
alumbraba un camino hacia una gran montaña de juguetes y chocolate.

El niño pudo llevar a todos sus amigos a aquel árbol y tener la mejor fiesta del
mundo, y por eso se dice siempre que "por favor" y "gracias", son las palabras
mágicas
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

La princesa de fuego

Hubo una vez una princesa increíblemente rica, bella y sabia. Cansada de
pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo
publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y
sincero a la vez. El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y
colores, de cartas de amor incomparables y de poetas enamorados. Y entre todos
aquellos regalos magníficos, descubrió una piedra; una simple y sucia piedra.
Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado. A pesar de su curiosidad,
mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:
- Esa piedra representa lo más valioso que os puedo regalar, princesa: es mi
corazón. Y también es sincera, porque aún no es vuestro y es duro como una
piedra. Sólo cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún
otro.

El joven se marchó tranquilamente, dejando a la princesa sorprendida y atrapada.


Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante meses
llenó al joven de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo duro como
la piedra en sus manos. Desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego; al
momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella
figura de oro. Entonces comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego,
y transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo importante.

Durante los meses siguientes, la princesa se propuso cambiar en el reino, y como


con la piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de
lo importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las gentes del país
tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la princesa salían encantados por
su carácter y cercanía, y su sola prensencia transmitía tal calor humano y pasión
por cuanto hacía, que comenzaron a llamarla cariñosamente "La princesa de fuego".
Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que
tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la
princesa hasta el fin de sus días.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

El cohete de papel

Había una vez un niño cuya mayor ilusión era tener un cohete y dispararlo hacia
la luna, pero tenía tan poco dinero que no podía comprar ninguno. Un día, junto a
la acera descubrió la caja de uno de sus cohetes favoritos, pero al abrirla
descubrió que sólo contenía un pequeño cohete de papel averiado, resultado de un
error en la fábrica.

El niño se apenó mucho, pero pensando que por fin tenía un cohete, comenzó a
preparar un escenario para lanzarlo. Durante muchos días recogió papeles de todas
las formas y colores, y se dedicó con toda su alma a dibujar, recortar, pegar y
colorear todas las estrellas y planetas para crear un espacio de papel. Fue un
trabajo dificilísimo, pero el resultado final fue tan magnífico que la pared de
su habitación parecía una ventana abierta al espacio sideral.
Desde entonces el niño disfrutaba cada día jugando con su cohete de papel, hasta
que un compañero visitó su habitación y al ver aquel espectacular escenario, le
propuso cambiárselo por un cohete auténtico que tenía en casa. Aquello casi le
volvió loco de alegría, y aceptó el cambio encantado.

Desde entonces, cada día, al jugar con su cohete nuevo, el niño echaba de menos
su cohete de papel, con su escenario y sus planetas, porque realmente disfrutaba
mucho más jugando con su viejo cohete. Entonces se dio cuenta de que se sentía
mucho mejor cuando jugaba con aquellos juguetes que él mismo había construido con
esfuerzo e ilusión.

Y así, aquel niño empezó a construir él mismo todos sus juguetes, y cuando
creció, se convirtió en el mejor juguetero del mundo.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

El niño que insultaba demasiado

- ¡Oh, Gran Mago! ¡Ha ocurrido una tragedia! El pequeño Manu ha robado el elixir
con el hechizo Lanzapalabras.

- ¿Manu? ¡Pero si ese niño es un maleducado que insulta a todo el mundo! Esto es
terrible.. ¡hay que detenerlo antes de que lo beba!

Pero ya era demasiado tarde. Manu recorría la ciudad insultado a todos solo para
ver cómo sus palabras tomaban forma y sus letras se lanzaban contra quien fuera
como fantasmas que, al tocarlos, los atravesaban y los transformaban en aquello
que hubiera dicho Manu. Así, siguiendo el rastro de tontos, feos, idiotas, gordos
y viejos, el mago y sus ayudantes no tardaron en dar con él.
- ¡Deja de hacer eso, Manu! Estás fastidiando a todo el mundo. Por favor, bebe
este otro elixir para deshacer el hechizo antes de que sea tarde.

- ¡No quiero! ¡Esto es muy divertido! Y soy el único que puede hacerlo ¡ja, ja,
ja, ja! ¡Tontos! ¡Lelos! ¡Calvos! ¡Viejos! - gritó haciendo una metralleta de
insultos.

- Tengo una idea, maestro - digo uno de los ayudantes mientras escapaban de las
palabras de Manu- podríamos dar el elixir a todo el mundo.

- ¿Estás loco? Eso sería terrible. Si estamos así y solo hay un niño insultando,
¡imagínate cómo sería si lo hiciera todo el mundo! Tengo que pensar algo.

En los siete días que el mago tardó en inventar algo, Manu llegó a convertirse en
el dueño de la ciudad, donde todos le servían y obedecían por miedo. Por suerte,
el mago pudo usar su magia para llegar hasta Manu durante la noche y darle unas
gotas de la nueva poción mientras dormía.

Manu se despertó dispuesto a divertirse a costa de los demás. Pero en cuanto


entró el mayordomo llevando el desayuno, cientos de letras volaron hacia Manu,
formando una ráfaga de palabras de las que solo distinguió “caprichoso”, “abusón”
y “maleducado”. Al contacto con su piel, las letras se disolvieron, provocándole
un escozor terrible.

El niño gritó, amenazó y usó terribles palabras, pero pronto comprendió que el
mayordomo no había visto nada. Ni ninguno de los que surgieron nuevas ráfagas de
letras ácidas dirigidas hacia él. En un solo día aquello de los hechizos de
palabras pasó de ser lo más divertido a ser lo peor del mundo.

- Será culpa del mago. Mañana iré a verle para que me quite el hechizo.

Pero por más que lloró y pidió perdón, era demasiado tarde para el antídoto.

- Tendrás que aprender a vivir con tus dos hechizos: lanzapalabras y


recibepensamientos. Bien usados podrían ser útiles…

Manu casi no podía salir a la calle. Se había portado tan mal con todos que,
aunque no se lo dijeran por miedo, en el fondo pensaban cosas horribles de él y
cuando esos pensamientos le tocaban eran como el fuego. Por eso empezó a estar
siempre solo.

Un día, una niña pequeña vio su aspecto triste y sintió lástima. La pequeña pensó
que le gustaría ser amiga de aquel niño y, cuando aquel pensamiento tocó la piel
de Manu, en lugar de dolor le provocó una sensación muy agradable. Manu tuvo una
idea.

- ¿Y si utilizara mi lanzapalabras con buenas palabras? ¿Funcionará al revés?

Y probó a decirle a la niña lo guapa y lo lista que era. Efectivamente, sus


palabras volaron hacia la niña para mejorar su aspecto de forma increíble. La
niña no dijo nada, pero sus agradecidos pensamientos provocaron en Manu la mejor
de las sensaciones.

Emocionado, Manu recorrió las calles usando su don para ayudar y mejorar a las
personas que encontraba. Así consiguió ir cambiando lo que pensaban de él, y
pronto se dio cuenta de que desde el principio podría haberlo hecho así y que, si
hubiera sido amable y respetuoso, todos habrían salido ganando.

Tiempo después, las pociones perdieron su efecto, pero Manu ya no cambió su forma
de ser, pues era mucho mejor sentir el cariño y la amistad de todos que intentar
sentirse mejor que los demás a través de insultos y desprecios.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

El elefante fotógrafo

Había una vez un elefante que quería ser fotógrafo. Sus amigos se reían cada vez
que le oían decir aquello:

- Qué tontería - decían unos- ¡no hay cámaras de fotos para elefantes!
- Qué pérdida de tiempo -decían los otros- si aquí no hay nada que fotografíar...

Pero el elefante seguía con su ilusión, y poco a poco fue reuniendo trastos y
aparatos con los que fabricar una gran cámara de fotos. Tuvo que hacerlo
prácticamente todo: desde un botón que se pulsara con la trompa, hasta un
objetivo del tamaño del ojo de un elefante, y finalmente un montón de hierros
para poder colgarse la cámara sobre la cabeza.

Así que una vez acabada, pudo hacer sus primeras fotos, pero su cámara para
elefantes era tan grandota y extraña que paracecía una gran y ridícula máscara, y
muchos se reían tanto al verle aparecer, que el elefante comenzó a pensar en
abandonar su sueño.. Para más desgracia, parecían tener razón los que decían que
no había nada que fotografiar en aquel lugar...

Pero no fue así. Resultó que la pinta del elefante con su cámara era tan
divertida, que nadie podía dejar de reir al verle, y usando un montón de buen
humor, el elefante consiguió divertidísimas e increíbles fotos de todos los
animales, siempre alegres y contentos, ¡incluso del malhumorado rino!; de esta
forma se convirtió en el fotógrafo oficial de la sabana, y de todas partes
acudían los animales para sacarse una sonriente foto para el pasaporte al zoo.

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

Una playa con sorpresa

No había nadie en aquella playa que no hubiera oído hablar de Pinzaslocas, terror
de pulgares, el cangrejo más temido de este lado del mar. Cada año algún turista
despistado se llevaba un buen pellizco que le quitaba las ganas de volver. Tal
era el miedo que provocaba en los bañistas, que a menudo se organizaban para
intentar cazarlo. Pero cada vez que creían que lo habían atrapado reaparecían los
pellizcos unos días después, demostrando que habían atrapado al cangrejo
equivocado.

El caso es que Pinzaslocas solo era un cangrejo con muy mal carácter, pero muy
habilidoso. Así que, en lugar de esconderse y pasar desapercibido como hacían los
demás cangrejos, él se ocultaba en la arena para preparar sus ataques. Y es que
Pinzaslocas era un poco rencoroso, porque de pequeño un niño le había pisado una
pata y la había perdido. Luego le había vuelto a crecer, pero como era un poco
más pequeña que las demás, cada vez que la miraba sentía muchísima rabia.

Estaba recordando las maldades de los bañistas cuando descubrió su siguiente


víctima. Era un pulgar gordísimo y brillante, y su dueño apenas se movía. ¡Qué
fácil! así podría pellizcar con todas sus fuerzas. Y recordó los pasos: asomar,
avanzar, pellizcar, soltar, retroceder y ocultarse en la arena de nuevo. ¡A por
él!

Pero algo falló. Pinzaslocas se atascó en el cuarto paso. No había forma de


soltar el pulgar. El pellizco fue tan fuerte que atravesó la piel y se atascó en
la carne. ¿Carne? No podía ser, no había sangre. Y Pinzaslocas lo comprendió
todo: ¡había caído en una trampa!

Pero como siempre Pinzaslocas estaba exagerando. Nadie había sido tan listo como
para prepararle una trampa con un pie falso. Era el pie falso de Vera, una niña
que había perdido su pierna en un accidente cuando era pequeña. Vera no se dio
cuenta de que llevaba a Pinzaslocas colgado de su dedo hasta que salió del agua y
se puso a jugar en la arena. La niña soltó al cangrejo, pero este no escapó
porque estaba muerto de miedo. Vera descubrió entonces la pata pequeñita de
Pinzaslocas y sintió pena por él, así que decidió ayudarlo, preparándole una
casita estupenda con rocas y buscándole bichitos para comer.

¡Menudo festín! Aquella niña sí sabía cuidar a un cangrejo. Era alegre, divertida
y, además, lo devolvió al mar antes de irse.

- Qué niña más agradable -pensó aquella noche- me gustaría tener tan buen
carácter. Si no tuviera esta patita corta…

Fue justo entonces cuando se dio cuenta de que a Vera no le había vuelto a crecer
su pierna, y eso que los niños no son como los cangrejos y tienen solo dos. Y aún
así, era un encanto. Decididamente, podía ser un cangrejo alegre aunque le
hubieran pasado cosas malas.
El día siguiente, y todos los demás de aquel verano, Pinzaslocas atacó el pie de
Vera para volver a jugar todo el día con ella. Juntos aprendieron a cambiar los
pellizcos por cosquillas y el mal carácter por buen humor. Al final, el cangrejo
de Vera se hizo muy famoso en aquella playa aunque, eso sí, nadie sospechaba que
fuera el mismísimo Pinzaslocas. Y mejor que fuera así, porque por allí quedaban
algunos que aún no habían aprendido que no es necesario guardar rencor y tener
mal carácter, por muy fuerte que un cangrejo te pellizque…

Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

Los últimos dinosaurios

En el cráter de un antiguo volcán, situado en lo alto del único monte de una


región perdida en las selvas tropicales, habitaba el último grupo de grandes
dinosaurios feroces. Durante miles y miles de años, sobrevivieron a los cambios
de la tierra y ahora, liderados por el gran Ferocitaurus, planeaban salir de su
escondite para volver a dominarla.
Ferocitaurus era un temible tiranosaurus rex que había decidido que llevaban
demasiado tiempo aislados, así que durante algunos años se unieron para trabajar
y derribar las paredes del gran cráter. Y cuando lo consiguieron, todos
prepararon cuidadosamente sus garras y sus dientes para volver a atermorizar al
mundo.
Al abandonar su escondite de miles de años, todo les resultaba nuevo, muy
disitinto a lo que se habían acostumbrado en el cráter, pero siguieron con paso
firme durante días. Por fin, desde lo alto de unas montañas vieron un pequeño
pueblo, con sus casas y sus habitantes, que parecían pequeños puntitos. Sin haber
visto antes a ningún humano, se lanzaron feroces montaña abajo, dispuestos a
arrasar con lo que se encontraran...
Pero según se acercaron al pueblecito, las casas se fueron haciendo más y más
grandes, y más y más.... y cuando las alcanzaron, resultó que eran muchísimo más
grandes que los propios dinosaurios, y un niño que pasaba por allí dijo: "¡papá,
papá, he encontrado unos dinosaurios en miniatura! ¿puedo quedármelos?".
Así las cosas, el temible Ferocitaurus y sus amigos terminaron siendo las
mascotas de los niños del pueblo, y al comprobar que millones de años de
evolución en el cráter habían convertido a su especie en dinosaurios enanos,
aprendieron que nada dura para siempre, y que siempre hay estar dispuesto a
adaptarse. Y eso sí, todos demostraron ser unas excelentes y divertidas mascotas.
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

Un papá muy duro


Ramón era el tipo duro del colegio porque su papá era un tipo duro. Si alguien se
atrevía a desobedecerle, se llevaba una buena.

Hasta que llegó Víctor. Nadie diría que Víctor o su padre tuvieran pinta de
duros: eran delgaduchos y sin músculo. Pero eso dijo Víctor cuando Ramón fue a
asustarle.

- Hola niño nuevo. Que sepas que aquí quien manda soy yo, que soy el tipo más
duro.

- Puede que seas tú quien manda, pero aquí el tipo más duro soy yo.

Así fue como Víctor se ganó su primera paliza. La segunda llegó el día que Ramón
quería robarle el bocadillo a una niña.

- Esta niña es amiga del tipo más duro del colegio, que soy yo, y no te dará su
bocadillo - fue lo último que dijo Víctor antes de empezar a recibir golpes.

Y la tercera paliza llegó cuando fue él mismo quien no quiso darle el bocadillo.

- Los tipos duros como mi padre y yo no robamos ¿y tú quieres ser un tipo duro? -
había sido su respuesta.

Víctor seguía llevándose golpes con frecuencia, pero nunca volvía la cara. Su
valentía para defender a aquellos más débiles comenzó a impresionar al resto de
compañeros, y pronto se convirtió en un niño admirado. Comenzó a ir siempre
acompañado por muchos amigos, de forma que Ramón cada vez tenía menos
oportunidades de pegar a Víctor o a otros niños, y cada vez menos niños tenían
miedo de Ramón. Aparecieron nuevos niños y niñas valientes que copiaban la
actitud de Víctor, y el patio del recreo se convirtió en un lugar mejor.
Un día, a la salida, el gigantesco papá de Ramón le preguntó quién era Víctor.

- ¿Y este delgaducho es el tipo duro que hace que ya no seas quien manda en el
patio? ¡Eres un inútil! ¡Te voy a dar yo para que te enteres de lo que es un tipo
duro!

No era la primera vez que Ramón iba a recibir una paliza, pero sí la primera que
estaba por allí el papá de Víctor para impedirla.

- Los tipos duros como nosotros no pegamos a los niños, ¿verdad? - dijo el papá
de Víctor, poniéndose en medio. El papá de Ramón pensó en atizarle, pero observó
que aquel hombrecillo delgado estaba muy seguro de lo que decía, y que varias
familias estaban allí para ponerse de su lado. Además, después de todo, tenía
razón, no parecía que pegar a los niños fuera propio de tipos duros.

Fue entonces cuando el papá de Ramón comprendió por qué Víctor decía que su padre
era un tipo duro: estaba dispuesto a aguantar con valentía todo lo malo que le
pudiera ocurrir por defender lo que era correcto. Él también quería ser así de
duro, de modo que aquel día estuvieron charlando toda la tarde y se despidieron
como amigos, habiendo aprendido que los tipos duros lo son sobre todo por dentro,
porque de ahí surge su fuerza para aguantar y luchar contra las injusticias.

Y así, gracias a un chico que no parecía muy duro, Ramón y su papá, y muchos
otros, terminaron por llenar el colegio de tipos duros, pero de los de verdad:
esos capaces de aguantar lo que sea para defender lo que está bien.
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

El gran lío del pulpo


Había una vez un pulpo tímido y silencioso, que casi siempre andaba solitario
porque aunque quería tener muchos amigos, era un poco vergonzoso. Un día, el
pulpo estaba tratando de atrapar una ostra muy escurridiza, y cuando quiso darse
cuenta, se había hecho un enorme lío con sus tentáculos, y no podía moverse.
Trató de librarse con todas sus fuerzas, pero fue imposible, así que tuvo que
terminar pidiendo ayuda a los peces que pasaban, a pesar de la enorme vergüenza
que le daba que le vieran hecho un nudo.
Muchos pasaron sin hacerle caso, excepto un pececillo muy gentil y simpático que
se ofreció para ayudarle a deshacer todo aquel lío de tentáculos y ventosas. El
pulpo se sintió aliviadísimo cuando se pudo soltar, pero era tan tímido que no se
atrevió a quedarse hablando con el pececillo para ser su amigo, así que
simplemente le dió las gracias y se alejó de allí rápidamente; y luego se pasó
toda la noche pensando que había perdido una estupenda oportunidad de haberse
hecho amigo de aquel pececillo tan amable.
Un par de días después, estaba el pulpo descansando entre unas rocas, cuando notó
que todos nadaban apresurados. Miró un poco más lejos y vio un enorme pez que
había acudido a comer a aquella zona. Y ya iba corriendo a esconderse, cuando vio
que el horrible pez ¡estaba persiguiendo precisamente al pececillo que le había
ayudado!. El pececillo necesitaba ayuda urgente, pero el pez grande era tan
peligroso que nadie se atrevía a acercarse. Entonces el pulpo, recordando lo que
el pececillo había hecho por él, sintió que tenía que ayudarle como fuera, y sin
pensarlo ni un momento, se lanzó como un rayo, se plantó delante del gigantesco
pez, y antes de que éste pudiera salir de su asombro, soltó el chorro de tinta
más grande de su vida, agarró al pececillo, y corrió a esconderse entre las
rocas. Todo pasó tan rápido, que el pez grande no tuvo tiempo de reaccionar, pero
enseguida se recuperó. Y ya se disponía a buscar al pulpo y al pez para
zampárselos, cuando notó un picor terrible en las agallas, primero, luego en las
aletas, y finalmente en el resto del cuerpo: y resultó que era un pez artista que
adoraba los colores, y la oscura tinta del pulpo ¡¡le dió una alergia terrible!!
Así que el pez gigante se largó de allí envuelto en picores, y en cuanto se fue,
todos lo peces acudieron a felicitar al pulpo por ser tan valiente. Entonces el
pececillo les contó que él había ayudado al pulpo unos días antes, pero que nunca
había conocido a nadie tan agradecido que llegara a hacer algo tan peligroso. Al
oir esto, los demás peces del lugar descubrieron lo genial que era aquel pulpito
tímido, y no había habitante de aquellas rocas que no quisiera ser amigo de un
pulpo tan valiente y agradecido.
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

El hada fea

Había una vez una aprendiz de hada madrina, mágica y maravillosa, la más lista y
amable de las hadas. Pero era también una hada muy fea, y por mucho que se
esforzaba en mostrar sus muchas cualidades, parecía que todos estaban empeñados
en que lo más importante de una hada tenía que ser su belleza. En la escuela de
hadas no le hacían caso, y cada vez que volaba a una misión para ayudar a un niño
o cualquier otra persona en apuros, antes de poder abrir la boca, ya la estaban
chillando y gritando:
- ¡fea! ¡bicho!, ¡lárgate de aquí!.
Aunque pequeña, su magia era muy poderosa, y más de una vez había pensado hacer
un encantamiento para volverse bella; pero luego pensaba en lo que le contaba su
mamá de pequeña:

- tu eres como eres, con cada uno de tus granos y tus arrugas; y seguro que es
así por alguna razón especial...

Pero un día, las brujas del país vecino arrasaron el país, haciendo prisioneras a
todas las hadas y magos. Nuestra hada, poco antes de ser atacada, hechizó sus
propios vestidos, y ayudada por su fea cara, se hizo pasar por bruja. Así, pudo
seguirlas hasta su guarida, y una vez allí, con su magia preparó una gran fiesta
para todas, adornando la cueva con murciélagos, sapos y arañas, y música de lobos
aullando.
Durante la fiesta, corrió a liberar a todas las hadas y magos, que con un gran
hechizo consiguieron encerrar a todas las brujas en la montaña durante los
siguientes 100 años.
Y durante esos 100 años, y muchos más, todos recordaron la valentía y la
inteligencia del hada fea. Nunca más se volvió a considerar en aquel país la
fealdad una desgracia, y cada vez que nacía alguien feo, todos se llenaban de
alegría sabiendo que tendría grandes cosas por hacer.
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

El pingüino y el canguro
Había una vez un canguro que era un auténtico campeón de las carreras, pero al
que el éxito había vuelto vanidoso, burlón y antipático. La principal víctima de
sus burlas era un pequeño pingüino, al que su andar lento y torpón impedía
siquiera acabar las carreras.
Un día el zorro, el encargado de organizarlas, publicó en todas partes que su
favorito para la siguiente carrera era el pobre pingüino. Todos pensaban que era
una broma, pero aún así el vanidoso canguro se enfadó muchísimo, y sus burlas
contra el pingüino se intensificaron. Este no quería participar, pero era
costumbre que todos lo hicieran, así que el día de la carrera se unió al grupo
que siguió al zorro hasta el lugar de inicio. El zorro los guió montaña arriba
durante un buen rato, siempre con las mofas sobre el pingüino, sobre que si
bajaría rondando o resbalando sobre su barriga...
Pero cuando llegaron a la cima, todos callaron. La cima de la montaña era un
cráter que había rellenado un gran lago. Entonces el zorro dio la señal de salida
diciendo: "La carrera es cruzar hasta el otro lado". El pingüino, emocionado,
corrió torpemente a la orilla, pero una vez en el agua, su velocidad era
insuperable, y ganó con una gran diferencia, mientras el canguro apenas consiguió
llegar a la otra orilla, lloroso, humillado y medio ahogado. Y aunque parecía que
el pingüino le esperaba para devolverle las burlas, este había aprendido de su
sufrimiento, y en lugar de devolvérselas, se ofreció a enseñarle a nadar.
Aquel día todos se divirtieron de lo lindo jugando en el lago. Pero el que más lo
hizo fue el zorro, que con su ingenio había conseguido bajarle los humos al
vanidoso canguro.
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

Los malos vecinos


Había una vez un hombre que salió un día de su casa para ir al trabajo, y justo
al pasar por delante de la puerta de la casa de su vecino, sin darse cuenta se le
cayó un papel importante. Su vecino, que miraba por la ventana en ese momento,
vio caer el papel, y pensó:

- ¡Qué descarado, el tío va y tira un papel para ensuciar mi puerta, disimulando


descaradamente!

Pero en vez de decirle nada, planeó su venganza, y por la noche vació su papelera
junto a la puerta del primer vecino. Este estaba mirando por la ventana en ese
momento y cuando recogió los papeles encontró aquel papel tan importante que
había perdido y que le había supuesto un problemón aquel día. Estaba roto en mil
pedazos, y pensó que su vecino no sólo se lo había robado, sino que además lo
había roto y tirado en la puerta de su casa. Pero no quiso decirle nada, y se
puso a preparar su venganza. Esa noche llamó a una granja para hacer un pedido de
diez cerdos y cien patos, y pidió que los llevaran a la dirección de su vecino,
que al día siguiente tuvo un buen problema para tratar de librarse de los
animales y sus malos olores. Pero éste, como estaba seguro de que aquello era
idea de su vecino, en cuanto se deshizo de los cerdos comenzó a planear su
venganza.

Y así, uno y otro siguieron fastidiándose mutuamente, cada vez más


exageradamente, y de aquel simple papelito en la puerta llegaron a llamar a una
banda de música, o una sirena de bomberos, a estrellar un camión contra la tapia,
lanzar una lluvia de piedras contra los cristales, disparar un cañón del ejército
y finalmente, una bomba-terremoto que derrumbó las casas de los dos vecinos...

Ambos acabaron en el hospital, y se pasaron una buena temporada compartiendo


habitación. Al principio no se dirigían la palabra, pero un día, cansados del
silencio, comenzaron a hablar; con el tiempo, se fueron haciendo amigos hasta que
finalmente, un día se atrevieron a hablar del incidente del papel. Entonces se
dieron cuenta de que todo había sido una coincidencia, y de que si la primera vez
hubieran hablado claramente, en lugar de juzgar las malas intenciones de su
vecino, se habrían dado cuenta de que todo había ocurrido por casualidad, y ahora
los dos tendrían su casa en pie...

Y así fue, hablando, como aquellos dos vecinos terminaron siendo amigos, lo que
les fue de gran ayuda para recuperarse de sus heridas y reconstruir sus
maltrechas casas.
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

Un estornudo muy sano


- ¡A quién se le ocurre estornudar delante de un libro de magia! ¡Hala! ¡Todas
las letras volando! - gruñó mamá troll.

- Ahora que estábamos a puntito de encontrar el hechizo para volvernos guapos… -


se lamentó papá troll.

- ¿Qué tal han caído las letras? - preguntó Trolita - ¿Se puede leer el libro,
han quedado desordenadas?

- Hummm, a ver, que vea… ¡peor!, no sirve para nada, se ha convertido en un libro
de recetas… ¡Grrrrr! ¡Pero qué mala suerte! - rugió papá troll tirando el libro
por la ventana.

Era normal que estuvieran enfadados. La familia troll había vivido una gran
aventura para conseguir aquel libro mágico. Era su única opción para dejar de
asustar a todos con su horrible aspecto. Pero un libro mágico es algo muy
delicado, y papá troll era tan bruto…

Estropeado el libro, tuvieron que aceptar su aspecto y seguir con su vida. Pero
como no tenían más libros, la pequeña Trolita decidió quedárselo y preparar
algunas de sus recetas.
- ¡Puajjj! No nos gusta esto. A partir de ahora te comes tú sola los platos de
ese libro - gruñeron papá y mamá troll.

Tiempo después pasó por allí un valiente caballero de brillante armadura. Al ver
a Trolita junto a sus padres, gritó:

- ¡No temáis, princesa! ¡Yo os libraré de esos horribles trolls!

Por supuesto, fue el caballero el que no se libró de un buen porrazo. Estaba aún
tendido en el suelo cuando Trolita vió el reflejo de la armadura. En su casa
habían roto todos los espejos hacía tiempo, así que sentía curiosidad. Se acercó
para mirarse, y no pudo creer lo que vio ¡Parecía una niña normal! Se miró varias
veces y sí, tenía que ser ella, pero ¿cómo había dejado de ser un troll?

El misterio no duró mucho. Pronto descubrieron que ninguno era un troll, pero que
comían tan pocas frutas y verduras que no veían bien, ni se curaban sus heridas,
ni nada de nada… ¡por eso tenían tan mala pinta! Y claro, en cuanto Trolita había
empezado a comer las recetas de aquel libro de verduras, se había quedado
estupenda.

- Hubiéramos preferido la magia, pero dejar de parecer trolls comiendo tus


recetas tampoco nos costará tanto -terminaron diciendo los papás de Trolita.
Claro que no les costó; enseguida se acostumbraron y les gustaban muchísimo. Y
cuando se hubieron aprendido todas las recetas, buscaron algún niño antiverduras
para regalarle el libro y evitar que acabara teniendo pinta de troll.
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

Los juguetes ordenados


Érase una vez un niño que cambió de casa y al llegar a su nueva habitación vió
que estaba llena de juguetes, cuentos, libros, lápices... todos perfectamente
ordenados. Ese día jugó todo lo que quiso, pero se acostó sin haberlos recogido.
Misteriosamente, a la mañana siguiente todos los juguetes aparecieron ordenados y
en sus sitios correspondientes. Estaba seguro de que nadie había entrado en su
habitación, aunque el niño no le dio importancia. Y ocurrió lo mismo ese día y al
otro, pero al cuarto día, cuando se disponía a coger el primer juguete, éste
saltó de su alcance y dijo "¡No quiero jugar contigo!". El niño creía estar
alucinado, pero pasó lo mismo con cada juguete que intentó tocar, hasta que
finalmente uno de los juguetes, un viejo osito de peluche, dijo: "¿Por qué te
sorprende que no queramos jugar contigo? Siempre nos dejas muy lejos de nuestro
sitio especial, que es donde estamos más cómodos y más a gustito ¿sabes lo
difícil que es para los libros subir a las estanterías, o para los lápices saltar
al bote? ¡Y no tienes ni idea de lo incómodo y frío que es el suelo! No jugaremos
contigo hasta que prometas dejarnos en nuestras casitas antes de dormir"
El niño recordó lo a gustito que se estaba en su camita, y lo incómodo que había
estado una vez que se quedó dormido en una silla. Entonces se dio cuenta de lo
mal que había tratado a sus amigos los juguetes, así que les pidió perdón y desde
aquel día siempre acostó a sus juguetes en sus sitios favoritos antes de dormir.
Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

El extraño profe que no quería a sus alumnos


Había una vez un ladrón malvado que, huyendo de la policía, llegó a un pequeño
pueblo llamado Sodavlamaruc, donde escondió lo robado y se hizo pasar por el
nuevo maestro y comenzó a dar clases con el nombre de Don Pepo.

Como era un tipo malvado, gritaba muchísimo y siempre estaba de mal humor.
Castigaba a los niños constantemente y se notaba que no los quería ni un poquito.
Al terminar las clases, sus alumnos salían siempre corriendo. Hasta que un día
Pablito, uno de los más pequeños, en lugar de salir se le quedó mirando en
silencio. Entonces acercó una silla y se puso en pie sobre ella. El maestro se
acercó para gritarle pero, en cuanto lo tuvo a tiro, Pablito saltó a su cuello y
le dio un gran abrazo. Luego le dio un beso y huyó corriendo, sin que al malvado
le diera tiempo a recuperarse de la sorpresa.

A partir de aquel día, Pablito aprovechaba cualquier despiste para darle un


abrazo por sorpresa y salir corriendo antes de que le pudiera pillar. Al
principio el malvado maestro se molestaba mucho, pero luego empezó a parecerle
gracioso. Y un día que pudo atraparlo, le preguntó por qué lo hacía:

- Creo que usted es tan malo porque nunca le han querido. Y yo voy a quererle
para que se cure, aunque no le guste.

El maestro hizo como que se enfadaba, pero en el fondo le gustaba que el niño le
quisiera tanto. Cada vez se dejaba abrazar más fácilmente y se le notaba menos
gruñón. Hasta que un día, al ver que uno de los niños llevaba varios días muy
triste y desanimado, decidió alegrarle el día dándole él mismo un fuerte abrazo.

En ese momento todos en la escuela comenzaron a aplaudir y a gritar

- ¡Don Pepo se ha hecho bueno! ¡Ya quiere a los niños!

Y todos le abrazaban y lo celebraban. Don Pepo estaba tan sorprendido como


contento.

- ¿Le gustaría quedarse con nosotros y darnos clase siempre?

Don Pepo respondió que sí, aunque sabía que cuando lo encontraran tendría que
volver a huir. Pero entonces aparecieron varios policías, y junto a ellos Pablito
llevando las cosas robadas de Don Pepo.

- No se asuste, Don Pepo. Ya sabemos que se arrepiente de lo que hizo y que va a


devolver todo esto. Puede quedarse aquí dando clase, porque, ahora que ya quiere
a los niños, sabemos que está curado.

Don Pepo no podía creérselo. Todos en el pueblo sabían desde el principio que era
un ladrón y habían estado intentado ayudarle a hacerse bueno. Así que decidió
quedarse allí a vivir, para ayudar a otros a darle la vuelta a sus vidas
malvadas, como habían hecho con la suya. Y así, dándole la vuelta, entendió por
fin el rarísimo nombre de aquel pueblo tan especial, y pensó que estaba muy bien
puesto.Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado, A dormir!!!

Un hueco en el belén

Simón era una pequeña figurita de plástico para poner en cualquier esquina de un
belén navideño. Había nacido en una gran fábrica en china y ni siquiera estaba
muy bien pintado, así que siempre le tocaba estar lejos del portal, rellenando
cualquier hueco o dejándose mordisquear por los niños de la casa. Pero quería
mucho al Niño, quien todos los días le miraba y sonría desde el pesebre. Él solo
soñaba con que algún año le colocaran cerca del portal…

Una noche, poco antes de Navidad, María hizo llamar a todo el mundo.

- Necesitamos vuestra ayuda. Está a punto de empezar una gran guerra y Jesusito
ha tenido que irse para tratar de evitarla. Alguien tiene que sustituirle hasta
que vuelva.

- Yo lo haré - dijo un precioso angelito-. No creo que sea difícil hacer de bebé.

El angelito ocupó su puesto en el pesebre, así que otro angelito tuvo que ocupar
el lugar que dejó vacío. A ese otro angelito lo sustituyó un pastorcillo… y así
muchas figuritas tuvieron que cambiar sus puestos. Con los cambios, Simón terminó
haciendo de pastor, mucho más cerca del portal de lo que le había tocado nunca.

Pero no salió bien. El angelito era precioso y lloraba como un bebé, pero se
notaba muchísimo que no era el Niño. José tuvo que pedirle que se marchara y
buscaron otro sustituto. Nuevamente las figuritas cambiaron sus puestos y Simón
terminó aún más cerca del portal.

El nuevo sustituto tampoco supo imitar al Niño. Y tampoco ninguno de los muchos
otros que siguieron probando durante toda la noche. Con los cambios, Simón llegó
a estar bastante cerca del portal. Emocionado, ayudaba en todo lo que podía:
cepillaba los animales, limpiaba el establo, llevaba el agua, charlaba con los
ancianos, cantaba con los angelitos... Lo hizo tan bien que, cuando por fin
encontraron un buen sustituto, María y José le dejaron quedarse por allí cerca.

Era la más feliz figurita del mundo y solo una cosa le intrigaba: había ido por
agua cuando eligieron al sustituto y no había visto quién era. Siempre que miraba
estaba cubierto por las sábanas y, como nadie echaba de menos al verdadero Niño,
Simón tenía la esperanza de que fuera el mismo Jesús quien había vuelto. Un día
no pudo más y, aprovechando que era temprano y todos dormían, miró bajo las
sábanas…

Cuando sacó la cabeza una enorme lágrima rodaba por su mejilla. María le miraba
dulcemente.

- No está…

- Lo sé - dijo María-. No hay nadie. El sustituto de Jesús no está en la cuna.


Eres tú, Simón.

- Pero si yo solo soy una figurita mal hecha…

- ¡No estarás tan mal hecha cuando has conseguido que nadie se dé cuenta de que
no estaba! Mira, Simón, tú has hecho lo que mejor se le da a Jesús: querer a
todos tanto que se sientan verdaderamente especiales ¿Verdad que lo sentías
cuando Él te miraba cada día? Y los demás lo sienten gracias a ti.

Simón sonrió.

- Jesús me ha pedido que sigas guardándole el secreto. Sigue buscando sustitutos


como tú en cada pequeño rincón del mundo, para convertirlo en un lugar mejor
¿Querrías seguir siendo el niño invisible de este nacimiento?

¡Por supuesto que quería! Y así fue cómo Simón se unió a la inmensa lista de
gente que, como querría Jesús, celebran la Navidad haciendo que su pequeño mundo
sea un poco mejor.

Una minúscula gota de magia


Loplanto y Locomo eran dos jóvenes aprendices de mago que se prepararon durante
años para cargar sus varitas en la misteriosa fuente de la magia. Cuando
estuvieron listos, viajaron por el mar hasta la isla de los mil desiertos,
atravesaron sus infinitas dunas de arena, escalaron la gran montaña de roca y por
fin encontraron la fuente. Pero la fuente estaba seca. Tan seca, que solo
pudieron llenar sus varitas con una minúscula gotita de magia. Y al agotar la
magia de la fuente, la isla se transformó en un inmenso desierto que nadie podría
atravesar. Solo quedaron dos pequeños oasis, tan pequeños y distantes, que
Loplanto y Locomo decidieron separarse para tener alguna posibilidad de
sobrevivir cada uno en su minúsculo oasis.

La vida se hizo entonces durísima para los dos. Aunque el oasis les proporcionaba
agua de sobra, su única comida eran los dátiles de las pocas palmeras que habían
crecido junto al agua. Y aunque agitaban sus varitas tratando de conseguir
comida, tenían tan poca magia que nunca pasaba nada.

Hasta que varias semanas después, al agitar su varita, Locomo vio ante sí un
enorme y apetitoso tomate.

- Vaya ¡Qué suerte la mía! Si me lo como ahora me alegrará el día.

Y aquel fue el mejor día de Locomo desde que vivía en el oasis.

Algo parecido le pasó a Loplanto a los pocos días, cuando su varita le regaló una
pequeña patata.

- Vaya ¡Qué suerte la mía! Si la planto y la cuido me alegrará muchos días.

Y aquel día Loplanto tuvo la misma hambre que todos los anteriores, y además tuvo
que trabajar para preparar la tierra y sembrar la patata.

Algún tiempo después la varita regaló a Locomo un pajarillo cantarín y regordete.

- Vaya ¡Qué suerte la mía! Si me lo como ahora me alegrará el día.

Y la abundante carne del pajarillo le supo tan rica que aquel se convirtió en su
mejor día en el oasis.

También la varita de Loplanto hizo surgir por aquellos días un pajarillo cantarín
y flacucho.

- Vaya ¡Qué suerte la mía! Si lo alimento y lo cuido me alegrará muchos días.

Y aquel día y muchos otros Loplanto compartió con el pajarillo su poca comida,
para conseguir que el pajarillo volviera y le despertara cada día con sus bellos
cantos.

Los dos jóvenes siguieron recibiendo nuevos y pequeños regalos de sus varitas
cada cierto tiempo. Locomo los usaba al momento para conseguir un día especial,
mientras que Loplanto aguantaba el hambre y el cansancio, esforzándose por
convertir cada regalo en algo que pudiera serle útil durante más tiempo. Así, no
tardó en conseguir un pequeño huerto cuyos frutos también compartía con cada vez
más animales de los que consiguía ayuda, comida y compañía. Llegó a estar tan a
gusto y cómodo, y a tener tantas cosas, que por fin se atrevió a ir a buscar a
Locomo para intentar cruzar el desierto y escapar de allí.

Sin embargo, Locomo no quiso saber nada de él. Al oír cómo había conseguido
Loplanto tantas cosas, y pensar que él podía haber hecho lo mismo, se llenó de
rabia y de envidia. Entonces, convencido de que todo era culpa de la poca magia
que tenía su varita, cambió las varitas en un descuido y luego, impaciente por
probar su nueva varita, echó a su antiguo amigo de allí. Pero aquella varita era
aún menos mágica que la que ya tenía, y el envidioso e impaciente mago quedó
encerrado durante años y años en su oasis, incapaz de hacer nada para salir de
allí.

Loplanto abandonó el oasis de Locomo decidido a cruzar el desierto. Pero apenas


llevaba unas horas de viaje, cuando se levantó un fuerte viento que arrastró a su
amigo el pajarillo. El mago corrió tras él para salvarlo, pero el viento creció
hasta convertirse en un tornado que aspiró al pajarillo, al mago y a todas sus
cosas, levantándolos por los aires. Volaron y volaron durante tantas horas que
cruzaron el desierto y atravesaron el mar. Finalmente, el viento perdió fuerza y
Loplanto aterrizó suavemente en un valle verde y tranquilo, junto a una bella
fuente. Entonces, el pájaro tomó en su pico la varita de Loplanto y la llevó
hasta la fuente.

El joven mago sintió al momento cómo su varita y él mismo se llenaban de la magia


más pura y de la sabiduría más profunda. Y descubrió que aquella era la verdadera
fuente de la magia, y el pajarillo su fiel guardián, cuya principal misión era
reservar tanto poder solo para aquellos con la suficiente sabiduría, paciencia y
voluntad como para conseguir grandes cosas con una minúscula gotita de magia.

También podría gustarte