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Filosofía 1º Bachillerato. Prof. Antonio Miñán.

IES Miguel de Cervantes Saavedra

BLOQUE 3: EL CONOCIMIENTO

UNIDAD 2: EL CONOCIMIENTO Y LA VERDAD

2.1.- RACIONALIDAD TÓRICA: EL PROBLEMA DE LA VERDAD

Se trata de un problema que ha ocupado desde siempre a la filosofía y que incluso en


nuestros días merece la pena ser discutido. Al decir de algo que es verdadero, se
presuponen una enorme cantidad de cosas que deben ser expuestas y discutidas. Desde
las verdades tautológicas de las matemáticas o de la lógica (se trata de verdades
autoevidentes) hasta las verdades morales, todas implican presuposiciones (creencias
que se aceptan sin discusión). Vamos a discutir estas cuestiones intentando abordar los
dos extremos de la cuestión; a qué nos referimos al decir “verdad” (objeto) y quién lo
dice (sujeto). Pasaremos por los ámbitos de uso, los estados del sujeto respecto de su
conocimiento, las interpretaciones filosóficas de la verdad y su valor.

1.- USOS DEL TÉRMINO VERDAD

Al usar el término “verdad” debemos distinguir claramente el ámbito de ese uso debido
a que su significado será distinto en cada caso.

- en lógica (ámbito del razonamiento), verdad es coherencia y falsedad,


contradicción. Esto es lo que da sentido a las verdades en matemáticas, por
ejemplo.
- en ontología (ámbito de la realidad), la verdad es lo que es y la falsedad, lo que
no. Hace referencia a la existencia de los objetos a los que nos referimos
- en epistemología (ámbito del conocimiento), la verdad es la concordancia entre
los conocimientos y los hechos; la falsedad, la disconformidad. Se trata de la
correspondencia entre los pensamientos y la realidad externa
- en ética (ámbito de las decisiones y los valores), la verdad es decir lo que se
piensa, la falsedad es el engaño. Este uso tiene que ver con la conformidad entre
lo que se piensa y se dice.

En general podríamos decir que “la verdad es una relación de igualdad entre dos
extremos: el sujeto que conoce y el objeto conocido”

2.- ESTADOS DE LA MENTE CON RESPECTO A LA VERDAD

IGNORANCIA: desconocimiento. Sirve de estímulo para el conocimiento; el que ignora


que ignora no tiene la necesidad de saber. Recuérdese la máxima socrática: sólo que sé
que no sé nada; el sabio es capaz de reconocer su ignorancia y esa humildad le pone en
disposición de aprender.

ERROR: atribución a un sujeto de un predicado que no le conviene. En este estado el


sujeto no tiene voluntad de decir algo falso, sencillamente no sabe hacer corresponder
un objeto y una propiedad; como decir de un individuo soltero que está casado por
desconocimiento o errar al decir que Cervantes escribió La celestina.

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DUDA: incertidumbre e indecisión. Imposibilidad de adherirse con firmeza a un juicio o


enunciado. Puede ser escéptica o metódica. La primera conduce al silencio (no decimos
nada porque no sabemos a qué atenernos con seguridad) la segunda conduce a la
verdad (dudo de todo lo dudoso hasta que encuentre aquello indudable, eso será la
verdad. Recordemos a Descartes y su “Pienso, luego existo”)

OPINIÓN: se acepta algo como verdadero aunque se admite la posibilidad de error. La


mayoría de los conocimientos que creemos tener son de este tipo ya que solemos
asumir la posibilidad de estar equivocados y las verdades así son provisionales. Esto nos
pone en disposición de dialogar e intercambiar saberes.

CERTEZA: estado en que nos adherimos a la verdad con firmeza, se trata de una cualidad
del pensamiento del sujeto y no del objeto. A menudo aceptamos creencias que no
están completamente justificadas de un modo ciego considerándolas verdades
inmutables, sin embargo esa seguridad es una cualidad que tiene quien las piensa, no el
objeto pensado.

MENTIRA: la falsedad en este estado tiene un componente de voluntad; el propio sujeto


falsea la realidad con un objetivo, persiguiendo un beneficio o provocando una
consecuencia externa al conocimiento mismo.

3.- INTERPRETACIONES FILOSÓFICAS DE LA VERDAD

COMO ADECUACIÓN:
Presupuestos de esta concepción, es decir, para estar de acuerdo con esta idea hay que
aceptar varias cuestiones: a) existe una realidad objetiva externa al pensamiento b) la
verdad consiste en la concordancia entre la realidad y el pensamiento c) el conocimiento
intelectual es la representación racional de la realidad, es decir, confiamos en la
información que me dan mis sentidos y los razonamientos que realizo.
Aristóteles: este pensador griego sostuvo que la verdad es la adaequatio intellectus et
res (la adecuación entre la inteligencia y la cosa).“La verdad es
decir de lo que es que es y de lo que no es que
no es”. La representación mental de la
realidad se corresponde o se adecua con
la realidad misma.
B. Russell este filósofo inglés del siglo XX
redefine la verdad como
“correspondencia entre una creencia y un
hecho”. En el sentido en que lo dice Russell, un hecho no es simple
sino que se compone de diferentes elementos relacionados entre
sí.

COMO EVIDENCIA:
Presupuestos: no se puede asegurar la existencia del mundo exterior así que nos
movemos en un plano de certeza meramente subjetivo, es decir, ningún autor de esta

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perspectiva acepta la conexión necesaria entre la mente y el mundo externo a ella, eso
es algo que tendrá que demostrarse, si es que es posible. En este terreno algo es
verdadero si no hay discusión o duda sobre ello.
R. Descartes: este autor, considerado padre de la Ilustración,
supone que la verdad es la manifestación clara y distinta de las
cosas ante la mente. Para llegar a algo evidente, es decir, claro
y distinto, el autor somete a duda el conocimiento para alcanzar
una verdad indudable y firme. El objetivo de Descartes es hallar
un principio indudable racional sobre el que edificar el saber a
diferencia de lo que venía ocurriendo hasta ahora (basar el
conocimiento en la fe, en la tradición, en los grandes autores,
etc.). Para ello Descartes pasa por tres momentos de duda: duda
de los sentidos, de la distinción entre vigilia y sueño y, finalmente, de nuestra capacidad
para razonar correctamente. La meta a la que llega el autor es el conocido “Cogito, ergo
sum”, pienso, luego existo; supone la primera verdad indudable y, por lo tanto,
evidente. Sólo puedo estar seguro de que estoy pensando aunque me equivoque acerca
de lo que pienso y puesto que pienso, es necesario que yo sea alguna cosa. Descartes,
por el momento, se detiene aquí aunque más tarde intentará demostrar la evidencia de
otras realidades como el mundo físico o Dios.

COMO COHERENCIA:
La verdad así entendida consiste en la ausencia de contradicción y no en la adecuación.
Esta concepción es válida para la ciencia formal (matemática o lógica) que no necesitan
recurrir a la realidad sino sólo a sí mismas pero no para el resto de las ciencias. Una
verdad matemática, como un teorema o los axiomas de la geometría, lo es a priori, es
decir, antes de la experiencia o de la comprobación y sin necesidad de ella. El axioma de
las paralelas (por un punto exterior a una recta sólo pasa una paralela) sería un ejemplo
de la verdad como coherencia puesto que es verdadero independientemente de la
comprobación empírica. El resto de las ciencias (física, química, economía, etc.)
combinan este modo de verdad con la adecuación porque tiene que demostrar lo que
afirman contrastándolo con la realidad

COMO PERSPECTIVA (dos autores):


José Ortega y Gasset: este filósofo español del siglo XX, sostiene
que el perspectivismo es una teoría intermedia entre el
racionalismo (idealismo) y el relativismo. Afirma que cada
individuo está inmerso en unas circunstancias vitales desde las
que percibe lo real; las diferentes perspectivas deberían ser
complementarias para evitar caer en un relativismo
individualista. La verdad, en este sentido, acaba dependiendo de
esa posible complementariedad que se alcanza paulatinamente
pero afirma la imposibilidad de conocer la realidad en sí. Esto se
resume en la famosa sentencia “yo soy yo y mi circunstancia”. Dicho más claramente,
cada individuo ve el mundo y a sí mismo desde su punto de vista pero no aislado de su
contexto, ni del contexto de los otros sino influido definitivamente por ellos.

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Friedrich Nietzsche: este autor austríaco de finales del siglo


XIX, intenta desenmascarar la presunta verdad absoluta y
objetiva que defienden las ciencias y la religión. Defiende
que se trata en realidad de una interpretación como podría
haber otras y que es impuesta por cuestiones de poder. Los
conceptos no recogen las esencias inmutables de las cosas,
ni las palabras refieren claramente a la realidad (“las
palabras son metáforas de las que se ha olvidado que lo
son”). El concepto representa la estructuración de la
realidad, su aprisionamiento mientras que la metáfora
representa el dinamismo, el cambio propio de la realidad (véase
el texto de este tema Verdad y mentira en sentido extramoral).

4.-EL VALOR DE LA VERDAD


Trataremos brevemente varios puntos de vista que tratan de si merece la pena
plantearse la cuestión de la verdad. Si consideramos que no existe, es superfluo hablar
sobre ello pero si es al contrario, merece la pena averiguar las condiciones que se deben
cumplir para decir que algo es verdad. También existen posiciones intermedias.
Veámoslas.

ESCEPTICISMO:
Niega la capacidad de la razón para alcanzar verdades absolutas, sólo puede
lograr opiniones más o menos probables pero nunca certezas. Como ejemplos de
escepticismo podemos nombrar a Pirrón de Elis (360 – 270 a. C.), Gorgias de Leontini
(483 – 375 a. C.) que niega la realidad del ser, la imposibilidad de conocerlo y finalmente
la imposibilidad de comunicarlo. Los escépticos guardan silencio ante la imposibilidad
de dar un juicio definitivo sobre la verdad. Un ejemplo más moderno de este punto de
vista sería David Hume (ilustrado inglés) que define los límites del conocimiento
apostando por un escepticismo basado en los sentidos, todo lo que sé, pasa o ha pasado
por los sentidos, no hay más; no sé nada acerca de la realidad externa a mí y no puedo
demostrar otra cosa.

RELATIVISMO.
Se trata de una postura intermedia entre el escepticismo y el realismo. Como
ejemplo de esta postura podemos tomar a los Sofistas como Protágoras que en el siglo
V antes de Cristo ya decía “el hombre es la medida de todas las cosas” indicando que no
hay un criterio absoluto de verdad sino que hay que recurrir a la propia subjetividad que
es la que juzga lo que es verdad. Existen muchas formas de relativismo; social, cultural,
moral, etc. No hay verdades, sino sólo juicios de valor u opiniones.

REALISMO:

Esta postura afirma la distinción entre un sujeto que conoce y un objeto que es
conocido. Como vemos el realismo, por ejemplo el de Aristóteles, afirma la existencia
del ser en sí fuera de la conciencia del sujeto lo que supone que el sujeto puede alcanzar
ese ser para conocerlo y por lo tanto conocer igualmente la verdad (verdad como

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adecuación, véase punto 2 de este resumen). El realismo defiende la capacidad humana


para llegar a conocer la esencia de las cosas y, por lo tanto, la capacidad para conocer
verdades absolutas e inmutables.

IDEALISMO:

Esta línea de pensamiento afirma que el ser está dado en la conciencia por lo que
la verdad no es otra cosa que una representación, es decir, una idea. De esta manera
consideramos verdad lo que aparece claro y distinto a la conciencia (evidencia), lo
coherente, etc. pero siempre en el terreno de la idea. Platón sería el representante del
idealismo en Grecia ya que afirma que los entes o realidades físicas existen porque
participan o copian a las ideas, es decir, son menos reales y menos verdaderos que las
ideas gracias a las cuales los objetos físicos pueden existir. Normalmente los idealistas
(también conocidos en otras épocas como racionalistas) suelen ser dualistas
(diferencian radicalmente alma y cuerpo), niegan la importancia del conocimiento
sensible. Otros representantes del idealismo en la Ilustración y en el siglo XIX son
Descartes (véase, verdad como evidencia), Kant (idealismo crítico) y Hegel (Idealismo
absoluto)

5.- CONOCIMIENTO Y VERDAD EN PLATÓN (por el profesor Moisés Sánchez Pérez)

Vamos a pararnos un momento en la concepción de uno de los primeros filósofos


preocupados por el tema de qué es la verdad, cómo conocerla y su concepción de la
realidad. Platón (427-347 a.C.) mantuvo una postura con respecto a la realidad con su
famosa teoría de los dos mundos. Platón busca eliminar el relativismo tanto del
conocimiento como ético, buscando lo mismo que su maestro Sócrates (470-399 a C.):
las definiciones de todas las cosas. Platón, a diferencia de Sócrates, considera que esas
definiciones universales a las que llama Ideas en sí, son reales, es decir, las Ideas en sí
de todas las cosas existen independientemente de que las concibamos. De hecho,
considera que el mundo de las Ideas en sí, es más real y verdadero que las cosas de este
mundo.
Las Ideas, por lo tanto, no se pueden confundir con lo que entendemos como
idea mental (concepto); las Ideas platónicas no son contenidos mentales, sino objetos
en sí a los que se refieren los contenidos mentales designados por el concepto, y que
expresamos a través del lenguaje. Esos objetos o "esencias" subsisten
independientemente de que sean o no pensados, son algo distinto del pensamiento (son
substancias). Las Ideas, además, son únicas, eternas e inmutables y no pueden ser objeto
de conocimiento sensible, sino solamente cognoscibles por la razón.
Además, las Ideas son el modelo o el arquetipo de las cosas, por lo que la realidad
sensible, la que vemos o tocamos, es el resultado de la copia o imitación de las Ideas.
La consecuencia de este planteamiento Platónico es que diferencia entre dos modos de
realidad (o mundos), uno, el mundo de las Ideas al que llama inteligible, y otro al que
llama sensible y es el mundo que vemos. La realidad o mundo inteligible, la verdadera
realidad, es a la que denomina "mundo de las Ideas", (kosmos noetos) tiene las
características de ser inmaterial, eterno siendo, por lo tanto, ajeno al cambio, y
constituye el modelo o arquetipo de la otra realidad, el mundo sensible (kosmos

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horetos), constituida por lo que ordinariamente llamamos "cosas", y que tiene las
características de ser material, corruptible, (sometida al cambio, esto es, a la generación
y a la destrucción), y que resulta no ser más que una copia de la realidad inteligible.

(Tomado de BlogBraiss)

Esto lo ejemplifica con el afamado mito de la caverna, donde nos hace una
alegoría en la que muestra como el ser humano que mira al mundo visible no aprecia
más que cosas que cambian, que no pueden ser la verdad de lo que son las cosas. (Lee
el texto más abajo para que aprecies en qué consiste).

Platón, LA REPÚBLICA.
Libro VII.I
Sócrates le habla a Glaucón
Después de eso —proseguí— compara nuestra naturaleza respecto de su
educación y de su falta de educación con una experiencia como ésta. Represéntate
hombres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta,
en toda su extensión, a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello
encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque
las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz
de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un camino
más alto, junto al cual imagínate un tabique construido de lado a lado, como el biombo

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que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima del biombo, los
muñecos.
—Me lo imagino.
—Imagínate ahora que, del otro lado del tabique, pasan sombras que llevan toda
clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera
y de diversas clases; y entre los que pasan unos hablan y otros callan.
—Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros.
—Pero son como nosotros. Pues, en primer lugar, ¿crees que han visto de sí
mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la
parte de la caverna que tienen frente a sí?
—Claro que no, si todas sus vidas están forzados a no mover las cabezas.
—¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro lado
del tabique?
—Indudablemente.
—Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar
nombrando a 55 los objetos que pasan y que ellos ven?
—Necesariamente.
—Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno
de los que pasan del otro lado del tabique hablara, ¿no piensas que creerían que lo que
oyen proviene de la sombra que pasa delante de ellos?
— ¡Por Zeus que sí!
— ¿Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los
objetos artificiales transportados?
—Es de toda necesidad.
—Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de
su ignorancia, qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera
liberado y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz y,
al hacer todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir
aquellas cosas cuyas sombras había visto antes.
¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran
fruslerías y que ahora, en cambio, está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más
reales y que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan
del otro lado de tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿no
piensas que se sentirá en dificultades y que considerará que las cosas que antes veía
eran más verdaderas que las que se le muestran ahora?
—Mucho más verdaderas.
II
—Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría
de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que
éstas son realmente más claras que las que se le muestran?
—Así es.
—Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin
soltarlo antes de llegar hasta la luz del sol, ¿no sufriría acaso y se irritaría por ser
arrastrado y, tras llegar a la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver
uno solo de los objetos que ahora decimos que son los verdaderos?
—Por cierto, al menos inmediatamente.

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—Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En


primer lugar miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los
hombres y de los otros objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos
mismos. A continuación, contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo,
mirando la luz de los astros y la luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz
del sol.
—Sin duda.—Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el
agua o en otros lugares que le son extraños, sino contemplarlo cómo es en sí y por sí, en
su propio ámbito.
—Necesariamente.
—Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las
estaciones y los años y que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es
causa de las cosas que ellos habían visto.
—Es evidente que, después de todo esto, arribaría a tales conclusiones.
—Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de
sus entonces compañeros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y
que los compadecería?
—Por cierto.
—Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las
recompensas para aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que
pasaban detrás del tabique, y para el que mejor se acordase de cuáles habían desfilado
habitualmente antes y cuáles después, y para aquel de ellos que fuese capaz de adivinar
lo que iba a pasar, ¿te parece que estaría deseoso de todo eso y que envidiaría a los más
honrados y poderosos entre aquéllos? ¿O más bien no le pasaría como al Aquiles de
Homero, y «preferiría ser un labrador que fuera siervo de un hombre pobre» o soportar
cualquier otra cosa, antes que volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida?
—Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella
vida.
—Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento,
¿no tendría ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol?
—Sin duda.
—Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia
con aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente
hasta que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada
breve, ¿no se expondría al ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta lo
alto, se había estropeado los ojos, y que ni siquiera valdría la pena intentar marchar
hacia arriba? Y si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz, ¿no lo matarían, si
pudieran tenerlo en sus manos y matarlo?
—Seguramente.

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