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El thriller social o un llanto llovido por Argentina

Hernán D’Ambrosio

1
INDICE
- Walsh fuma en la sala de espera, mientras nace el thriller social

la sala de espera y el panóptico: 3/ el cigarrillo y la grabadora: 6/ sobre Operación masacre:


6/ la partera y lo thriller: 8/ la máquina de escribir y lo social: 9/ como Claro por CTI: 11

- Welcome to the jungle

Los monstruos somos nosotros: 13/ Dos ojos rojos, Argentina: 25/ Peroniada: 28/ Yo, Cralos:
28/ El camino hacia Mordor: 33/ Militares acechados: 33/ Triste, solitario y final: 41

- Antología caprichosa del thriller social

Hitler y Kafka presentan: 45/ Perón, Perón: 57/ Los huesos y la guadaña de Aramburu: 59/
Montoneros: 61/ Fernando: 63/ Firmenich: 63/ Eva: 64/ El Pueblo I: 65/ El último Juan
Moreira: 71/ Los Gordos: 72/ Yo, Cralos: 75/ El Gordo lobo: 75/ Comodines: 76/ Intervalo
teatral: 76/ El receptor: 83/ Tiburones en el asfalto: 86/ Militares: 87/ Freddy Krueger: 89/
El capitán Gandhi: 90/ Yanquis come home: 90/ Los altos: 91/ Un Panóptico: 93/ Los
políticos: 93/ El Pueblo II: 94/ La Jungla de Cemento: 94/ Humberto Costantini: 99/ A tomar
una ginebra con gente despierta, Argentina: 100/ La máquina de escribir: 101/ Censura:
103/ El Pueblo III: 103/ Las glorias de Bree: 105

- Bibliografía

Bibliografía consultada, utilizada o desechada: 108/ Corpus provisorio del thriller social: 111

2
Walsh fuma en la sala de espera, mientras nace el thriller social
¿De qué modo la novela reproduce y transforma
las ficciones que se traman y circulan en una sociedad?
Ricardo Piglia, Crítica y ficción.

la sala de espera y el panóptico

Es la vez número

quichicientas sesenta y ocho

que camina

de punta a punta

la sala de espera.

Pisó todas las baldosas,

menos una;

tal vez,

para no sentirse tan solo.

Hay cigarrillos

tirados

pisados

por todos lados,

cientos,

en el piso,

pegados con chicles

en las paredes.

Foucault

entra a la sala de espera

y va directamente

hacia Walsh.

Se saludan con amabilidad.

Tal vez,

sólo se conocen de vista.

O no.

3
Foucault,

de golpe,

le dice a Walsh

que Operación masacre es

una genial lectura

del panoptismo

de la Argentina

de fines de los ’50:

Un Gran Ojo

militar

que se presenta

como forma social y espacial,

una forma de vigilancia

individual

y continua.

Walsh

le cuenta a Foucault

la historia de

El Matadero

y de Martín Fierro,

y le dice que

Echeverría y Hernández

también fueron

grandes lectores

de viejos panópticos argentinos.

El problema de los panópticos

en Argentina,

dice, y con esto cierra el tema,

es que,

a pesar de que cambie la lente,

4
el Gran Ojo

siempre es

siniestramente kafkiano

y oscuramente tolkeniano.

Ahí veo

un lugarcito

e interrumpo la conversación.

Yo estoy en la sala de espera

sólo porque yo escribo esto.

Los dos me ven salir de la nada,

y yo

les interrumpo la cara de culo

que están por poner

con un abrupto parloteo

(a lo Foucault,

creyendo que ese

era el código).

Emilio Renzi

se preguntó en Respiración artificial

quién escribirá el nuevo Facundo,

y muchos,

de la mano de Verbitsky,

lo señalaron a usted,

Maestro Rodolfo

y a Operación masacre,

sin darse cuenta

de que usted

escribió

un nuevo Matadero

y que el nuevo Facundo

5
lo escribieron,

en conjunto,

militares y subversivos,

en sus discursos

sobre la subversión

y el totalitarismo.

A pesar

de que este es mi artículo,

Foucault y Walsh

me miran

con cara de

te falta Nestum, pibe.

Se apartan

a la otra punta de la sala de espera

y me dejan

hablando solo.

el cigarrillo y la grabadora

A partir

de

Operación masacre (1957)

y Esa mujer (Los oficios terrestres; 1965 ) sobre Operación masacre

el género policial Walsh no sólo se desliza

toma desde la ciudad

en Argentina o de lo vacacional

un matiz muy particular: hacia el suburbio (…)

el investigador ahora El renovado suburbio de Walsh

es más periodista y más escritor es un escenario en el que

que detective, ya no hay un asesino solitario,

y el investigado (el culpable) sino donde se verifica

6
siempre es el Estado. que toda la sociedad

El crimen está masificada;

es la fetichización policía, sindicatos, curia, tribunales, ejército.

de un cuerpo (Viñas, David; Literatura argentina y política II.

desaparecido. De Lugones a Walsh)

Desde finales de los ’60

algunos escritores Pablo Alabarces

construyeron su obra (“Walsh: Dialogismo y géneros populares”)

desde un linaje walsheano. dice que en Operación masacre

En el policial argentino se conjuga la violencia real

de los ’70 y los ‘80, con la pluralidad discursiva

las evidencias de la industria cultural

son reemplazadas para crear una máquina

por narraciones que permite la presencia del Otro

hiperreales (del dominado,

de la sociedad del vencido,

y las obras del excluido de la verdad oficial)

son más literarias que periodísticas. como cultura.

Como en Esa mujer,

a lo largo Gonzalo Moisés Aguilar

de las novelas policiales argentinas, (“Rodolfo Walsh: Escritura y Estado”)

se presentará un diálogo plantea que la escritura de Operación masacre

entre un periodista exhibe

y un militar un desajuste

sobre la perversión entre lo experimentado

de las ambiciones y la verdad producida por los medios;

y las pasiones humanas. la escritura se inserta en los medios

Walsh fuma y plantea

en la sala de espera una verdad alternativa.

y escribe Walsh legitimó

7
el nacimiento del thriller social, la novela

aunque mamá Piglia como una estructura alternativa

le quería poner que se superpone al Estado.

policial negro.

thri
la partera y lo th ril
ri ller

El término inglés thriller

deriva

del verbo thrill

(asustar, estremecer, emocionar)

Como género literario,

cinematográfico

y televisivo,

incluye

solapadamente

numerosos subgéneros

y estrategias narrativas.

El thriller es

básicamente

una historia de intriga

que se caracteriza

por tener ritmo rápido,

acción,

héroes ingeniosos

y villanos poderosos e influyentes.

Su característica principal

8
es que todos los elementos

(personaje, antagonista, meta, conflicto, ritmo, etc.)

están al servicio de una intriga

es decir

al servicio de una acción

que se ejecuta

con astucia y ocultamente.

Las obras del thriller social

narran una Argentina

y un panóptico hiperreales,

mapas de la sociedad.

la máquina de escribir y lo social

El thriller es social

porque

investiga al poder

y lo denuncia.

Oficia de Cuaderno Rojo

en un mundo

sin Anillos Únicos salvadores.

El thriller es social

también

por la situación de los escritores.

La mera publicación

de un libro

implicó

el exilio

o el peligro de desaparecer,

9
la defensa de algo.

La vida es

un thriller sangriento,

principalmente

durante una dictadura.

Lacan

expresa su teoría

del complejo intersubjetivo

analizando “La carta robada”,

de Edgar Allan Poe:

un objeto puede

construir las posiciones de los sujetos

en torno a él.

En Argentina,

la carta ya no es robada,

sino clandestina.

Desde la mirada de la literatura,

el poder es el criminal

y la sociedad es la víctima.

Desde la mirada del poder a la obra,

los escritores

son los criminales,

los subversivos.

El thriller social

narra las verdades religiosas

dogmáticas

relativas

impuestas

que inventan culpables

y una jerarquía

10
que sale a mantener esas verdades.

como Claro por CTI

Ahora

el policial negro argentino

se llama

thriller social

y está

justificado

che.

Es más lógico

más bonito

más personal.

Somos más escritores

con un género

de nombre propio.

No nos conformemos

con ser un mero

tubérculo

de eeuulandia.

El thriller social

entonces

es una forma

del género policial

que narra

el panóptico argentino

antes

durante

y después

de la dictadura de 1976.

11
Operación masacre

es El matadero

de la década del ’60

y todo el thriller social

confluye para formar

El matadero de los ’70 y ’80.

Lamentablemente,

a falta de obras,

El matadero de la actualidad

hay que buscarlo

en el pasado;

puede que sea

No habrá más penas ni olvido

(Osvaldo Soriano; 1978).

Y a Walsh

ya no le quedan

más puchos

para esperar

el nacimiento de otro hijo,

pero me mira

en la sala de espera

y sonríe con nostalgia.

Tres palabras: algo es algo.

12
Welcome to the jungle
Uno busca incentivos, y sólo encuentra ciudades.
Uno quiere hundirse hasta la raíz de los acontecimientos,
y sólo encuentra ciudades.
Ciudades cálidas, ciudades que protegen.
O si no, las otras, las decididas prisiones donde nada florece.
¿Y entonces, cómo empezar? ¿Qué música escuchar,
qué música resuena, qué frases y deleites buscar?
¿Cómo empezar?
Podría empezar más bien triste,
podría empezar más bien lírico,
podría empezar solemne:
oíd, mortales, el grito sagrado,
libertad, libertad, libertad,
y no serían más que palabras.
Leonardo Moledo, Verídico informe sobre la ciudad de Bree

Los monstruos somos nosotros


Los monstruos paradigmáticos

de esta época

son el vampiro y el zombie

los aliens tuvieron su momento

por mero trauma personal

agrego a Freddy Krueger.

Esta enumeración boluda

dice muchísimo

aunque no lo parezca.

En tres

de los peores cuatro

monstruos

de esta época

lo humano es central

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el hombre que no muere

el hombre que regresa de la muerte

el hombre que aparece en las pesadillas.

Lo único que puede

ser peor

que el hombre

si existe

está en otro planeta.

Claro está

que el grinch positivista

nos asesinó la imaginación

y quedaron muy pocos lugares

muy pocas criaturas

muy pocas cosas

sin explicar

y la fantasía

emigró

a mundos alternativos

hermosos

como la Tierra Media

y el Mundodisco

a mundos oníricos

a realidades paralelas

y ciudades imaginarias.

Lo fantástico

se fue

de nuestro planeta

14
y el Minotauro

terminó

laburando de cocinero

en un restaurante

y viviendo

en un remolque

y los trolls

se integraron

a la ciudad

y el último dragón

tosía humo

y cuidaba

a pequeños dragones

pero los asesinaron igual.

Entonces

liberados de las criaturas

nos miramos

unos a otros

en un silencio

incomodísimo

interrumpido

por un suave y seco

latido

tuc

tuc

tuc

15
tuc

y entonces Poe

(un espermatozoide gigante

cabezón

como esos misiles

que adentro

tienen muchos misiles,

la idea

de enorme paternidad

se entiende)

entonces Poe

nos miró

nos señaló con

una mano temblorosa

y murió de delirium tremens

gritando

nosotros somos los monstruos.

Todo este bla bla bla

vendría a querer decir

dos cosas

dos puntos

uno

el hombre es LA criatura, EL monstruo

del mundo, en el paradigma artístico

y en la realidad

16
dos

de acuerdo al paradigma artístico

(y a obvias videncias de la vida)

sólo el hombre es capaz de detener al hombre

bueno, tres puntos

tres

casi todo pasa en eeuulandia.

Desde siempre

el género policial

se caracteriza

por desvelar

las pasiones humanas.

Como plantea

Paco Ignacio Taibo II

lo policial

es congénito

a ciertas edades

y a ciertos países.

Es un género

que se mueve camaleónicamente

acompañando

exponiendo

poniéndole nombres

al lado oscuro de las pasiones:

la ambición

la codicia

la venganza

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en el policial clásico

el surgimiento de las mafias

del crimen organizado

la corporativización

de lo ilegal

en el policial negro

la fría guerra de egos

y glamour

entre países

en la novela

de espionaje

la criminalidad

de un Estado totalitario

en el thriller social.

Boileau y Narcejac

(La novela policial; 1975)

plantean

que el odio producido

en el mundo

desde la Segunda Guerra Mundial

provocó

el reemplazo

de la novela del verdugo

por la novela de la víctima.

Estas novelas

muestran

un terror controlado

18
pensado

provocado

por un hecho

cuya consecuencia

inevitable

se presiente.

La víctima es

aquel que asiste

a acontecimientos

cuyo verdadero sentido

no logra captar

y para quien

la realidad

se vuelve una trampa

y lo cotidiano

se trastorna;

es aquel que busca

inútilmente

la verdad.

No llega a pensar el misterio

sino

solamente

a vivirlo.

La novela es un viaje

al fin de la noche

que conduce

hasta los confines

19
de la razón

y de la realidad.

Según Piglia (Formas breves; 1999),

el héroe del policial

al instalarse

fuera de las instituciones

dice

descubre

y denuncia

una verdad

que es visible

pero que

nadie

ha visto.

El thriller social

no tiene políticos

ni hay política.

La lógica del thriller social

es la lógica de la épica.

Hay víctimas

y victimarios.

Hay niveles

de grositud

de monstruosidad

de oscuridad

de temeridad.

No hay política.

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Los políticos

toman café en un barcito

y ni los monstruos

ni los que corren peligro

les prestan atención.

Si lo fantástico emigró

el thriller social

es un buen amigo

que extrae algunos de sus rasgos

para caracterizar

a los hombres que deambulan

por el thriller social

y a los lugares

que frecuentan

esos hombres.

El thriller social

le devuelve a la noche

lo impredecible

lo indecible

lo terrorífico

y lo tenebroso

le multiplica a las ciudades

las calles oscuras

los lugares desconocidos

innombrables

la pesadilla.

Los héroes del thriller social

21
escritores

detectives

policías retirados

periodistas

militantes

todos devenidos

en periodistas

del thriller social

ganan

o pierden

pero dejan una huella

de investigación

del mundo

del thriller social

un mundo

de novelas

que son barrios

que forman

la Argentina

del thriller social.

En “Política, ideología y

figuración literaria”

(Beatriz Sarlo; 1987)

dice

que

frente al monólogo practicado

por el autoritarismo,

22
apareció

un modelo comunicativo

que tendió

a la perspectivización

y el entramado de discursos.

Las ficciones

se presentaron

como versiones

e intentos de rodear

desde ángulos diferentes

una totalidad

que no podía ser

representada por completo.

El caballero templario

mira el tablero

una mano huesuda

sobre el alfil negro

La Muerte

está por mover la pieza

pero

Rodolfo Walsh

los interrumpe

porque el bebé

ya está llorando

y esa mesa

ahora

23
les toca

al militar y al periodista

y el tablero de ajedrez

se lo queda Rodolfo

como recuerdo

le pide

a La Muerte

y al caballero

que le autografíen

el tablero

y la muerte firma Mort

mientras

se sientan

el militar y el detective

y en la mesa

aparece

un pequeño grabador

la luz se hace más tenue

hay dos vasos

de whiskey

y empieza

el diálogo cíclico

sobre el paradero

de un cuerpo desaparecido

y sobre la barra del bar

se posa un cuervo

que ya desde hace dos siglos

24
dice

Nunca Más.

Dos ojos rojos, Argentina


Uno, cesa de ser Perón

el otro, cesa de ser Aramburu.

Timote (JP Feinmann; 2009)

es el punto de inicio

del thriller social

y Operación masacre

es planteada como un manifiesto

(y estilo de escritura)

ser o no ser

peronistas

fusilados

asesinos

comunistas

gorilas

ser o no ser

esas son las cuestiones

ideales

lemas

que justifican

la vida y la muerte

a lo largo del thriller social.

Si Shakespeare

hubiera vivido

25
en el siglo XX

en Argentina

ni en pedo le dedicaba

una tragedia

a Julio Cesar

o a Titus

mucho menos, a los Ricardo

y a los Enrique.

Perón, exiliado en España

y Aramburu en Argentina

prohibiendo nombrarlo

secuestrando el cuerpo de Eva

ahora queriendo traerlo

aliarse

para calmar los ánimos

de un país que lo quiere de vuelta.

Perón

el gran ojo

qué ojo

cuál de los dos

entre la patria socialista

la patria peronista

y la patria menemista

de Aramburu.

Los Montoneros

asesinan a Aramburu

luego de someterlo

26
a juicio popular

para vengar a Eva Perón

a Valle

y a los fusilados del basural

o para ser

el brazo armado

del panóptico peronista

o el ojo directamente.

Aramburu muere

anunciando

la monstruosidad

del poder militar

el ojo

se cierra

pero

se abre

casi instantáneamente

con maldad

con odio

en la mirada

y el otro ojo

Perón

desde Timote

es

simplemente

un concepto

una excusa

27
un Dios

de infinitas hermenéuticas.

Peroni
Peroniada. Crazy little thing called peronismo
En No habrá más penas ni olvido

la jerarquización del poder

y el fanatismo por Perón

confluyen

para crear

una vorágine violenta Yo, Cralos

en donde la pasión política Como en

se tiñe de religiosidad las geniales sagas

y se ponen en jaque de novelas

la verdad de Proust

el honor Kerouac

y la justicia. Henry Miller

Los enfrentamientos y Bukowski

que definen y con

quién es leal y la epicidad

quién es traidor de Robert Graves,

a Perón Juan Carlos Martelli

toman la forma construye

de un genial narra

un western urbano. a Cralos

Las situaciones hilarantes un revolucionario

son muecas del momento que se aventura

que dejan en luchas

un sabor por Sudamérica

lúgubre un guerrero

28
a muerte sin sentido. mujeriego

Suprino y Reinaldo ya casi jubilado

quieren y viviendo en el sur

la renuncia cuando comienza

del delegado municipal el thriller social,

de Colonia Vela Cralos

Ignacio Fuentes retirado de los quilombos

y cuentan ve las luchas

con el apoyo en sus hijos

de la intendencia clandestinizados

de San José. para sobrevivir.

Lo que no tienen Y ve una parte

es una de la jerarquización

acusación concreta. del poder

Por eso en el gordo Serafín

inventan el torturador Rosasco

un Fuentes antiperonista y el enfermo Coronel.

y un Mateo comunista. La saga de Cralos

Todos se conocen se extiende

en Colonia Vela a lo largo de

se tratan de don Persona pálida (1962)

se llaman por el nombre. Getsemaní (1964)

Se acerca Prudencio Guzmán Los tigres de la memoria (1973)

a Reinaldo y Gente del Sur (1975)

y le pide pero es

que no le arruinen en Los tigres de la memoria

el remate del sábado, donde Cralos padece

se acerca don Durán los horrores

a los policías del mundo del thriller social.

pidiéndoles

29
que no

le destrocen el local

porque él ‘no tiene nada que ver’.

Es la idea de ser peronista

la que justifica las muertes,

la guerra,

la destrucción del pueblo.

Basta con decir

que alguien es antiperonista

para que merezca la muerte.

San José y la policía de Colonia Vela

combaten

contra Don Ignacio y la JP

en nombre de Perón.

A medida que aumenta la tensión

la intendencia

llama a siniestros civiles

y medita

llamar a los militares

y aparecen

los periodistas

como testigos

miembros del Coro

a quienes hay que pintarles

lo que pasa

para que no armen quilombo,

como en Los asesinos

las prefieren rubias,

el militar

lleva al periodista

30
a ver el conflicto,

pero no le deja

contar la verdad.

La marcha peronista

es la gran oración

de todos;

la violencia

es una forma

de lealtad

de culto

y Amén

se convierte en

Viva Perón

La vida por Perón

Perón o muerte

Perón, Perón, Perón

El contrario es

comunista

bolche

marxista

gorila.

No ser peronista

es el peor de los crímenes.

No habrá más penas ni olvido

muestra

la ambición

encubierta

en una excusación

que canoniza

la figura religiosa

31
de Perón.

Pareciera ser

la versión peronista

de La pasión.

Y es un gran western.

Una avenida anchísima

e importante

o un barrio gigante

en el mundo

del thriller social.

Las diferentes caras

del ser peronista

o contrarios al poder

caracterizadas

desde lo romántico de la pasión

y lo siniestro del fraticidio

desfilan

con causas fantasmagóricas

difícilmente reconstruibles

como

una idea de apasionamiento

una calentura.

Las agrupaciones clandestinas

son frecuentemente vistas

en las calles del thriller social

los militantes

están

asociados

a la violencia

al exilio

32
a la tortura

y a la desaparición.

El camino hacia Mordor

Las formas de narrar

en el thriller social

son exóticas

bellísimas: Militares acechados

hay alegorías En algunas obras, principalmente

policiales cuadrados cuadrados de Juan Carlos Martini

western se ve

novela psicológica el accionar de agrupaciones

naturalista clandestinas

experimental sobre militares y empresarios.

absurdo En Los asesinos

postestructuralismo las prefieren rubias (1974)

y mucha y El cerco (1977)

banalidad del mal los generales

mezclada con existencialismos. ven cómo avanzan

Piglia los focos subversivos

con su tesis sobre el cuento y los atentados

pretende asesinan

dar una explicación a los jefes militares.

a los cuentos de Borges En Los asesinos

absurda las prefieren rubias

ficticia el general

estúpida: consulta con John

hay dos historias: un asesor norteamericano

33
la historia uno es siempre la misma como en Timote

la historia dos, es la forma de contarla. Aramburu

Esa explicación dirá

estúpida que entrenó tortura

para los cuentos de Borges en eeuulandia, Francia

sirve y otros países

para el thriller social y en Sombras de Broadway (Sinay; 1983)

que cuenta se descubre

de diversas maneras a corporaciones yanquis

una historia que vendiendo armas

es siempre la misma: y accionando paramilitarmente

un periodista en Sudamérica.

habla con un militar

sobre la corrupción Más allá

del cuerpo. de la american connection,

En el thriller social en las obras de Martini,

la investigación que son también

desvela novelas de víctimas,

un entramado los grupos clandestinos

jerarquizado amenazan a jefes militares.

de un poder En El agua en los pulmones (1973)

voraz matones desconocidos

una jerarquía asesinan y torturan.

que se vuelve más siniestra En Ni un dólar partido por la mitad (Sinay; 1975)

a medida un empresario es secuestrado

que se vuelve por una agrupación.

más poderosa: En el thriller social,

34
de gordos policías boludones aunque en mucha menor cantidad,

a decrépitos líderes los Peugeot y los Dodge

casi invulnerables también

pasando son depredadores

por escatológicos torturadores y las Luger amenazan

y payasos perversos, como los fusiles.

orcos En No habrá más penas ni olvido

trolls la JP somete a juicio popular

nazgûl al comisario Llanos

y reyes fantasmas y en el Manual de perdedores

representando (Sasturain, 1985-1988)

a Saurón. el estúpido

En el thriller social e insoportable

a diferencia Etchenique

de otros policiales la pasa mal

hay tiburones en el asfalto: mezclado

Ford Falcons hambrientos en los quilombos

que recorren de la juventud.

los barrios

las ciudades

en el thriller social

hay torturas

de todo tipo

amenazas

de un Horror

continuamente

35
latente

como

un sudor

incómodo

que te hace sentir

pegajoso

sucio

con ganas de escapar

de todo

de lo que sea

incluso

de vos mismo.

Hay encuentros clandestinos

lugares secretos

personas escondidas

y un grupo de criaturas

hombres gordos

Ford Falcons

policías

canas

y milicos

cazando

a pedido

de hombrecitos

raquíticos

aparentemente

frágiles

36
y buenos

pero perversos

más perversos que nadie

sádicos

asesinos

que calientan la Luna

como en La muerte de un hombrecito

(Juan Carlos Martelli; 1992).

Mempo Giardinalli

(Luna caliente; 1983)

escribe el asesinato

como la ninfomización

de un cuerpo

la condena

a nunca encontrar

la saciedad.

La desaparición

implica

una aparición

(incluso

en la magia)

de algo

si no es lo mismo

algo

nada desaparece

nada se pierde

todo se transforma.

37
En el thriller social

hay desaparecedores de personas

pero también desaparece

la escritura

la capacidad para escribir

el permiso para escribir.

Arocena (Respiración artificial; 1980)

lee todo lo que se escribe

en el país,

controlando

buscando

mensajes subversivos

para denunciar.

En Prohibido escupir sangre

(Saccomano; 1984)

el escritor

sartreanamente

se bloquea

en una náusea literaria

cuando

escucha

el comunicado radial

que da comienzo

al golpe militar.

Lo que aparece

en el thriller social

es un hombre

38
que no puede

no sabe

dar respuesta

que narra

sólo narra

frustraciones

cambios

denunciando al Estado

de cosas

que caminan pinchando

el macabrísimo mundo

del thriller social.

En Tela de juicio

(Leonardo Moledo; 1987)

Esteban

lucha impotentemente

para cambiar al rector golpista

Ratto

mientras

ayuda a Silvia

a encontrar a su hijo

secuestrado

un bebé

que ya tendría once años.

Y a medida que

Silvia vuelve a llamarse Raposa

Esteban

39
repasa el golpe

la Guerra de Malvinas

su secuestro

su cobardía

y no encuentra

en los ‘80

la fuerza

como si nada

cambiara

y sólo hubiera olvido

como

en un capítulo de Los Simpson

o una de las sagas

de Show Match

y sus periféricos

esto ya pasó

la semana pasada

ahora no

ya está

borrón

y cuenta nueva.

Las pelotas.

Para eso están

las obras del thriller social

y tantas otras obras.

Es muy injusto

40
que en esta

ya larga

época

de reivindicación

de los Derechos Humanos

la mayor parte

del corpus literario

de los ’70 y ‘80

no esté reeditada

y sólo se pueda conocer

o conseguir

revolviendo muchísimo

en tiendas de libros usados

o en internet.

Pero las obras están

como

borradores

en caliente

una memoria

del fuego.

Triste, solitario y final.


final Las muertes utópicas del thriller social

Tres obras

cierran

el género

aunque

Feinmann con Timote

41
en el 2009

hizo un genial

e imprescindible

aporte

más allá

de su pedantería

insoportable

habitual

y Piglia

amenaza

como un dragón

que tose humo

o un anunciante

de feria de fenómenos

reabrir

el thriller social

con Blanco nocturno (2010).

En Verídico informe

sobre la ciudad de Bree

(Leonardo Moledo; 1985)

como en

La hora sin sombra

(Osvaldo Soriano; 1995)

el final

está representado

por una ciudad destruida.

En la novela

42
de Moledo,

un paraíso

una ciudad mitológica

ubicada a orillas del Paraná

fue desgastada

por el asedio y el acecho

del gobierno argentino.

En la novela de Soriano

una ciudad de cristal

mandada a construir

en el Tigre

por Perón

yace

hecha vidrios

bombardeada

por los militares

en 1955.

En La ciudad ausente

(Ricardo Piglia; 1992)

Macedonio Fernández

construye

una máquina mujer

que narra historias

cada vez más

negras

y alegóricas.

La alegoría épica de

43
un país trágico

es el motivo

por el que apagan

a la máquina mujer narradora.

En el final

del thriller social

hay escombros

vidrios

y una amarga

y morbosa

alegoría

hiperreal.

Hay otra forma

de decir

Nunca Más,

como cuervos

amenazantes

y amargados,

cansados.

Nunca Más.

Porque es en lo que mejor

se concluye

luego de leer

esta Comedia humana argentina.

Nunca Más.

44
Antología caprichosa del thriller social
La memoria, en fin, es una buena madre mentirosa
y un espejo falso y un puñal verdadero.
Juan Carlos Martelli, Los tigres de la memoria

Hitler y Kafka presentan

Entre 1905 y 1910, es decir, a partir de sus 18 años, la existencia de Hitler


es a la vez increíble y patética. Lo que verdaderamente quiere Hitler en ese
tiempo es convertirse en alguien en el mundo del arte, quiere ser un artista, un
pintor. Practica una suerte de bohemia errante por los ambientes y los bares de
Viena frecuentados por escritores e intelectuales, por toda esa gavilla de fracasados
de los que hablábamos hace un rato. Es su madre quien lo mantiene mientras él
desarrolla la existencia típica del soñador solitario que espera hacer grandes cosas
en la vida. En realidad Hitler quería ser un gran pintor. Ahora bien, dijo Tardewski,
la pretensión de Hitler de convertirse en un gran pintor era de antemano
imposible. Ese joven desteñido y rencoroso tenía más posibilidades de convertirse,
digamos, en un dictador, en una especie de César mezquino que sojuzga a
media Europa, que de llegar a ser un pintor, no digo grande, sino del montón.
Pero él quería ser un gran pintor. ¿Qué entendía Adolf Hitler por ser un gran
pintor? Es algo difícil de saber, posiblemente se ilusionaba, sobre todo, con
alcanzar el éxito que se supone tiene un pintor después que su obra es
reconocida y admirada. Hitler, sin duda, quería tener la fama póstuma de los
grandes pintores, pero de entrada. En fin, Hitler como pintor era pésimo. Peor
que pésimo: era kitsch. Copiaba e ilustraba tarjetas postales y las vendía en los
bares, así que figúrese. Decidido, sin embargo, a hacer carrera y a
perfeccionarse, intenta ingresar en la Academia de Bellas Artes, pero fracasa
dos veces. Primero en 1907 y después en 1908. No puede pasar los exámenes.
¿Qué hubiera sucedido de haber logrado ingresar? Pregunta que dejamos de
lado porque ya hemos descartado las variantes de lo posible. De todos
modos la aventura de Hitler como pintor, su ingreso en la Academia, su primera
exposición, su traslado a París, etc., podrían servir para escribir una excelente
versión picaresca de la ciencia ficción. Algo en el estilo de Philip Dick pero cómico.
¿Usted leyó a Philip Dick? me pregunta Tardewski. Le con- testo que he leído a Philip
Dick.

45
Bien, dice Tardewski, dejemos de lado qué hubiera pasado si Hitler
hubiera triunfado como pintor; acá sólo nos interesan los hechos reales. Lo que
importa es que en esos años, digamos entre 1905 y 1908, Hitler adquiere y
decanta, de un modo más o menos espontáneo, la típica ideología
anticapitalista del artista marginado que se siente rechazado por la sociedad
burguesa, materialista y vulgar. Por otro lado Hitler realiza paralelamente lo
que podríamos llamar su educación, su aprendizaje en el sentido alemán de la
palabra, así que entramos ahora en su bildungsroman intelectual.

La detallada investigación de Kluge permitía hacerse una idea del tipo


de textos que constituyeron la base ideológica de Hitler y lo impulsaron a la
política. Entre los principales se destacaba una revista, una especie de folletín de
gran difusión que llevaba por título el sonoro nombre de la diosa germánica de
la primavera: Ostara (a esta revista hace dos referencias Kafka en su Diario, cuestión
importante para acercarnos al centro de la historia que estoy tratando de
contarle, dijo Tardewski, cerrando otro de sus imaginarios paréntesis). Esa revista,
cuya colección yo consulté, unos días después, en la misma biblioteca del British
Museum, predicaba una mitológica historia racista, tan excéntrica como
sanguinaria, confeccionada por un ex fraile llamado Adolf Lanz (1874–1954). Este otro
Adolf se hace llamar Adolf Lanz von Liebenfels e intenta fundar una Orden de
Varones, integrada por arios, rubios de ojos azules, etc. El Castillo de la Orden,
continuó Tardewski, se encontraba en Werfenstein, Baja Austria, y fue adquirido con la
ayuda económica de industriales alemanes interesados en las ideas de von Liebenfels.
Esa conjunción primitiva de un Adolf mesiánico con poderosos industriales alemanes
parece una parodia anticipada de lo que va a ser la siniestra conjura de Hitler y su
pandilla de maniáticos con los refinados círculos de la alta burguesía industrial
alemana de los Krupp y los Gerlach que lo llevarán al poder en 1933. En 1907 el
ex fraile iza la bandera con la cruz esvástica como símbolo de su movimiento en el
castillo de la Orden en Werfenstein. El sistema de este extravagante fundador
anticipado de una heroica mitología aria está expuesto en su obra Theozzologie (415
páginas), publicada en 1904. Se trata, como se ve desde el título, de una especie de
zoología teológica donde, apoyada en una inflexible prosa barroca que intenta, sin
éxito, imitar los ritmos que adquiere en alemán la Biblia traducida por Lutero, circula
una abstrusa mezcolanza mística, animada de un racismo biologicista sublimado
religiosamente. Hitler leyó y releyó con cuidado esta obra, de la que transcribe párrafos

46
enteros en Mein Kampf. Por otro lado en 1908, Hitler le escribe a Lanz y le pide
varios ejemplares de Ostara porque quiere completar su colección.

Vemos entonces, dice Tardewski, que en esos años erráticos, de


lecturas desordenadas y bohemia artística, se va configurando la cosmovisión
de Hitler. Pero permítame, mejor, dice, que le lea algo. Se levanta y cruza el
cuarto ahora hacia el mueble que está al fondo. Abre el cajón y saca el
cuaderno negro. Bien, acá, dice Tardewski después de colocarse el par de lentes,
acá, dice y vuelve a sentarse, el mismo Hitler señala, fíjese usted, dice y
empieza a leer. Durante ese tiempo, leyó Tardewski y después me miró, esto
lo dice Hitler en Mi lucha. Durante ese tiempo elaboré una imagen del mundo y
una Weltanschauung que habría de convertirse en el granítico fundamento de mi
quehacer. Aparte de lo ya acumulado por mí en esos años, leyó Tardewski y
volvió a levantar la cara hacia mí, se refiere, dijo, a los años que van de 1905,
1906 a 1910. Aparte de lo ya acumulado por mí en esos años muy poco tuve
que aprender. Y modificar, nada, leyó Tardewski lo que había escrito Adolf Hitler
en Mi lucha. Y modificar nada, dijo, hay que reparar en eso, dijo Tardewski y se
quitó los lentes. Podemos decir entonces que, sin dejar de soñar con su
futuro de gran artista y sin dejar de vivir como un bohemio, hacia fines de 1908,
comienzos de 1909, Hitler tenía una concepción del mundo casi constituida,
incluso constituida de un modo crudo y a flor de piel. Este es el primer punto
que me gustaría retener, dijo Tardewski.

Segundo punto. Cuestión central. Un episodio oscuro y misterioso en la


vida de Hitler que fue para mí como un imán, en esa tarde de 1938.

Hitler desaparece de Viena durante casi un año, entre octubre de 1909 y


agosto de 1910. Desaparece, no se sabe qué ha sucedido. Sus biógrafos oficiales
alteran la cronología y el mismo Hitler modifica las fechas de Mi lucha para borrar
ese vacío.

Kluge, investigador paciente y muy sagaz, descubre hacia 1935 el secreto de


esa desaparición cuidadosamente encubierta por Hitler. Descubre, antes que nada,
el motivo de esa desaparición. Permítame que vuelva a leerle algo, dice Tardewski
mientras se ajusta los lentes. Es Kluge quien escribe, dice. Las razones de su
encubierta y abrupta desaparición estuvieron durante largo tiempo poco claras.
La verdad, como lo demuestran los documentos que adjunto en el Apéndice 3 de
esta edición, leyó Tardewski en su cuaderno de citas, lo escrito por el
historiador antifascista Joachin Kluge en las notas a su edición crítica de Mein Kampf
de Adolf Hitler publicada en Londres de 1936 por la editorial German Liberty de los
exiliados alemanes, es la siguiente. Hitler eludió el deber de alistamiento militar que
se cumplía entre 1909 y 1910. Su desaparición fue una huida del servicio militar.
La pesquisa de las autoridades austríacas provocó su detención provisional y su

47
traslado a Salzburgo en setiembre de 1910, leyó Tardewski y alzó la cara. Este era
uno de los objetivos de la investigación de Kluge, dijo mientras se quitaba los
lentes. Un hecho, en realidad, otra vez casi paródico: el exaltado defensor del
militarismo prusiano, el siniestro constructor de una abominable sociedad militarizada,
había sido un desertor. Delito máximo al que podía aspirar un alemán, según las
leyes nazis. Pero esta paradoja no fue lo más importante, al menos para mí.

Lo fundamental fue otra cosa; lo que resultó un descubrimiento y un


hecho decisivo para mí fue la lectura de una anotación marginal, una breve
nota a pie de página, resultado del puntillismo y la manía de exactitud del
historiador alemán cuya edición de Mein Kampf yo manejaba esa tarde. Kluge
señalaba que Hitler había pasado esos meses refugiado en Praga. En esa nota al
pie agregaba, al pasar, para demostrar lo detallado de su investigación, que
uno de los sitios frecuentados casi diariamente por Hitler era el café Arcos, en la
calle Meiselgasse de Praga, lugar de encuentro de cierto sector de la intelectualidad
checa de habla alemana, los “arconautas”, como llamaba Karl Kraus a los artistas,
escritores y bohemios que se reunían en ese bar.

Al leer esa pequeña nota al pie se produjo una instantánea conexión, lo


único parecido a eso que los científicos y los filósofos suelen experimentar, o al
menos describir con alguna frecuencia, y que llaman un descubrimiento: la
inesperada asociación de dos hechos aislados, de dos ideas que, al unirse,
producen algo nuevo. En mi caso se trataba de la conexión entre dos textos
leídos de un modo sucesivo y del todo casual.

El día anterior a esa tarde de 1938 que pasé en el British Museum era
domingo. En el Times Literary Supplement yo había leído una excelente y extensa
reseña donde se comentaba simultáneamente la publicación del tomo VI
(Tagebücher und Brief, Praga 1937) de las Gesammelte Schriften de Kafka y la biografía de
Max Brod (Franz Kafka. Eine Biographie. Erinnerungen und Dokumente, Praga 1937), que
completaba y concluía, como un volumen suplementario, la primera edición
integral de esas Obras Completas. Entre las citas y los textos de Kafka o de Brod
transcriptas en esa reseña hubo una referencia en la que apenas reparé ese
domingo pero que se encendió, como una luz, al día siguiente, mientras leía
la nota a pie de página de Kluge. Era ésta, dijo Tardewski y volvió a abrir el
cuaderno. Max Brod animó al siempre indeciso Kafka a ligarse con los
ambientes intelectuales del café Arcos, leyó Tardewski, e impidió hasta 1911 que

48
Kafka se aislara del mundo que lo rodeaba. Eso escribía el autor de la crítica del
Times, dijo Tardewski, y luego incluía un fragmento de una carta de Kafka de
enero de 1910, citada por Brod en su Biografía. Estoy contento porque por fin
aprendo algo, leyó Tardewski lo escrito por Kafka, de modo que esta semana
seguiré conservando mi puesto en la mesa del Arcos. Pasaría allí con gusto la noche
entera, pues a la siete de la tarde los mejores han llegado, pero temo que si me
sumerjo tan hondo en el rumor de esas conversaciones al otro día me sea
imposible trabajar. Y no debo desaprovechar el tiempo. Es mejor permanezca en
el café sólo hasta medianoche y que des pués lea el Kügelgem : buenas
ocupaciones las dos para un corazón pequeño y para poder dormir cuando
me canso. Te saludo cordial: Franz.

Enero de 1910. Café Arcos, dice Tardewski, calle Meiselgasse, Praga. Se


produjo, arrastrado por el más puro azar, lo que podemos llamar un
descubrimiento.

Durante las semanas siguientes trabajé buscando los datos que pudieran
ampliar y confirmar esa intuición. Y encontré, con una facilidad que me
sorprendió a mí mismo, una serie de pruebas irrefutables sobre ese hecho del todo
extraordinario. Encontré las pruebas incluso en mucho menos tiempo del que
había esperado y en una sucesión que me hizo pensar que los
descubrimientos están siempre al alcance de la mano de cualquiera pero que
uno suele pasar frente a esos tesoros que brillan a la luz del día, sin ver nada.
Porque incluso un investigador, digamos un especialista en Kafka, pudo no
haber encontrado, aunque lo hubiera buscado, eso que yo, de un modo
totalmente casual, encontré y pude descubrir. Los datos y las evidencias son
tan claras que parece imposible que nadie se haya dado cuenta. Por
ejemplo, hay dos cartas de Kafka donde se refiere a un exiliado austríaco que
frecuenta el Arcos. En una, dirigida el 24 de noviembre de 1909 a su amigo
Rainer Jauss, Kafka habla de este extraño hombrecito que dice ser pintor y que
se ha fugado de Viena por un motivo oscuro. Se llama Adolf, dice Kafka, me
dice Tardewski y busca entre las hojas del cuaderno. Se llama Adolf, y su
alemán tiene un acento extraño, aunque no más extraño son las historias
que cuenta. Extrañas al menos para alguien que se dice pintor, porque los
pintores son mudos, dice Kafka, dijo Tardewski al terminar de leerme la
primera de las cartas de Kafka donde hay una referencia a un exiliado

49
austríaco llamado Adolf. La segunda es una carta a Max Brod, escrita unos
días después, más precisamente, dice ahora Tardewski, el 9 de diciembre de
1909, donde Kafka le habla de un manuscrito, muy posiblemente uno de los
borradores de Preparativos de una boda en el campo, que ha bía llevado el día antes
a la casa de Brod para leerlo. Ayer, lee Tardewski y aclara, se trata del final de la
carta. Ayer al discutir el manuscrito yo me encontraba todavía bajo los efectos
de mi conversación con Adolf, de quien en ese momento no te hablé. Él había
dicho ciertas cosas y yo pensaba en ellas y es muy posible que debido al
recuerdo de esas palabras se haya deslizado alguna torpeza, alguna sucesión
que sólo en secreto sea extraña, leyó Tardewski. De Kafka a Brod, dijo, 9 de
diciembre de 1909.

Adolf, dice ahora Tardewski. ¿Cómo es posible, pensaba yo, que nadie lo
haya descubierto antes? Pero así son las cosas, me dice. Nadie sabe leer, nadie
lee. Porque para leer, dijo Tardewski, hay que saber asociar. La primera, fíjese
usted bien, la primera anotación del Diario de Kafka es del 12 de mayo de
1910. Allí escribe, dice Tardewski. Los espectadores se inmovilizan cuando el tren
pasa a su lado, leyó Tardewski la primera frase de la primera anotación del
Diario de Kafka, escrita el 12 de mayo de 1910. Luego, dice Tardewski, hay un
espacio. Después se lee, dice, y lee: Su gravedad me mata. Con la cabeza metida
en el cuello de la camisa, el cabello inmóvil y peinado sobre el cráneo, los
músculos de la quijada tensos, en su lugar..., puntos suspensivos, leyó
Tardewski. Inmediatamente, en el renglón siguiente, Kafka transcribe esto:
Discusión A. No quería decir eso, me dice, lee Tardewski. Usted ya me conoce
Doctor. Soy un hombre completamente inofensivo. Tuve que desahogarme. Lo que
dije no son más que palabras. Yo lo interrumpo. Esto es precisamente lo
peligroso. Las palabras preparan el camino, son precursoras de los actos
venideros, las chispas de los incendios futuros. No tenía intención de decir eso,
me contesta A. Eso dice usted, le contesto tratando de sonreír. Pero ¿sabe qué
aspecto tienen las cosas realmente? Puede que estemos ya sentados encima
del barril de pólvora que convierta en hecho su deseo.

¿Cómo podía ser que nadie comprendiera? se había preguntado Tardewski.


¿O sólo leemos lo que ya hemos leído, una y otra vez, para buscar en las
palabras lo que sabemos que están en ellas, sin que sorpresa alguna pueda
variar el sentido? Eso se preguntaba, dijo Tardewski, a medida que avanzaba en
la certidumbre de su descubrimiento.

Fíjese, me dice ahora, que uno de los amigos de juventud de Hitler, es


decir, uno de sus amigos en los tiempos en que Hitler no era otra cosa que un
artista del hambre que se sostenía con ilusiones y sueños de grandeza, mientras
leía la revista Ostara, el músico August Kubizek, escribe en Adolf Hitler mein

50
Jugendfrend, Gatez, 1933, citó Tardewski, refiriéndose a los años que nos interesan,
1909, 1910: Adolf Hitler sabía planear tan maravillosamente bien lo que pensaba
hacer con el futuro del mundo, sabía exponer de un modo tan fascinante sus
planes y sus proyectos, leyó Tardewski en su cuaderno de citas, que habría uno
podido escucharlo indefinidamente, tal era el encanto y la seducción de sus
palabras y el carácter desmesurado y a la vez meticuloso y prolijo de sus
descripciones de lo que el mundo iba a recibir de él en el futuro.

¿A quién puede referirse Kafka si no a ese propagandista del delirio,


a ese insignificante profeta del dolor del mundo, cuando escribe en el cuarto
borrador de Descripción de una lucha lo siguiente? Cuéntemelo todo desde el
principio hasta el fin, leyó Tardewski. Si es menos, no lo escucho, se lo advierto.
Pero estoy sobre ascuas para oírlo todo de usted. Porque lo que usted
planea es tan atroz que sólo al oírlo puedo disimular mi terror.

En esos meses, en Praga, se encontraron el hombre que no tenía más


que palabras y planes, un hombre que ha sido definido así, dijo Tardewski.
Estaban perfilados ya hacia 1909 los rasgos que habrían de distinguir al
fanático y al dictador: un egocentrismo delirante, mezclado con una
autocompasión histérica. Junto con esto aparecía ya muy nítidamente en Hitler,
leyó Tardewski, una desorbitada obsesión por el futuro, un fluir incesante de
palabras donde se iban construyendo sus proyectos, tan gigantescos como
inescrupulosos. Esto escribía Joachim Kluge, dijo Tardewski, sobre la juventud de
Hitler en sus notas a la edición crítica de Mein Kampf. En cuanto a Kafka, dijo,
podríamos decir mucho del Kafka de esos años. Brod ha narrado la impresión que
producía. Irradiaba de él, lee ahora Tardewski, una fuerza extraordinaria que
nunca he vuelto a encontrar en nadie. Nunca pronunció una palabra
insignificante, lo que brotaba de él era la expresión precisa de una ironía
comprensiva, de un humor dolorido frente a los absurdos del mundo. Así habla
Max Brod de aquel Kafka y lo define, sobre todo, como el que sabe oír. Kafka,
lee Tardewski, era capaz de oír durante horas. En el mundo se comportaba
sobre todo como un oyente reservado y monosilábico. Se comportaba en verdad,
leyó Tardewski en su cuaderno de citas, como el que escucha, como el que sabe
oír. Y ese es el mejor modo de definirlo, dijo Tardewski. El hombre que sabe
oír, por debajo del murmullo incesante de las víctimas, las palabras que
anuncian otro tipo de verdad. Oigamos por un momento, dijo Tardewski, la voz
de aquel Kafka.

Tengo que encontrar con tanta urgencia a alguien que me roce siquiera
con su amistad que ayer me llevé a una ramera a un hotel. Es demasiado vieja

51
para seguir siendo melancólica, sólo la apena, dice, aunque tampoco la asombre,
que uno no sea con las rameras tan cariñoso como con la amante. Yo no la he
consolado porque tampoco ella me ha consolado a mí.

Kafka, el solitario, dice Tardewski, sentado a una mesa del Café Arcos, en
Praga, febrero de 1910, y enfrente Adolf, el pintor, un Tittorelli falso y casi
onírico. Con su estilo, que ahora nosotros conocemos bien, el insignificante
y pulguiento pequeño burgués austríaco que vive semiclandestino en Praga
porque es un desertor, ese artista fracasado que se gana la vida pintando
tarjetas postales, desarrolla, frente a quien todavía no es pero ya comienza a
ser Franz Kafka, sus sueños gangosos, desmesurados, en los que entrevé su
transformación en el Führer, el Jefe, el Amo absoluto de millones de hombres,
sirvientes, esclavos, insectos sometidos a su dominio, dice Tardewski.

La palabra Ungeziefer, dijo Tardewski, con que los nazis designarían a los
detenidos en los campos de concentración, es la misma palabra que usa Kafka
para designar eso en que se ha convertido Gregorio Samsa una mañana, al
despertar.

La utopía atroz de un mundo convertido en una inmensa colonia


penitenciaria, de eso le habla Adolf, el desertor insignificante y grotesco, a Franz
Kafka que lo sabe oír, en las mesas del café Arcos, en Praga, a fines de 1909. Y
Kafka le cree. Piensa que es posible que los proyectos imposibles y atroces de ese
hombrecito ridículo y famélico lleguen a cumplirse y que el mundo se
transforme en eso que las palabras estaban construyendo: El Castillo de la
Orden y la Cruz gamada, la máquina del mal que graba su mensaje en la carne
de las víctimas. ¿No supo él oír la voz abominable de la historia?

El genio de Kafka reside en haber comprendido que si esas palabras


podían ser dichas, entonces podían ser realizadas. Ostara, diosa germana de la
primavera. Cuéntemelo todo desde el principio hasta el fin. Porque lo que
usted planea es tan atroz que sólo al oírlo puedo disimular mi terror. Las
palabras preparan el camino, son precursoras de los actos venideros, la chispa
de los incendios futuros. ¿O no estaba sentado ya encima del barril de pólvora
que convirtió en hecho su deseo?

El sabe oír; él es quien sabe oír.

Pensé en Kafka hoy, dice ahora Tardewski, cuando Marconi nos recitó
esa especie de poema que dice haber soñado. Pensé decirle, cuando ustedes
discutían sobre el título, dice Tardewski, el título debe ser: Kafka

Soy

el equilibrista que

en el aire camina

52
descalzo

sobre un

alambre

de púas.

Kafka o el artista que hace equilibrio sobre el alambre de púas de los


campos de concentración.

Usted leyó El Proceso, me dice Tardewski. Kafka supo ver hasta en el detalle
más preciso cómo se acumulaba el horror. Esa novela presenta de un modo
alucinante el modelo clásico del Estado convertido en instrumento de terror.
Describe la maquinaria anónima de un mundo donde todos pueden ser
acusados y culpables, la siniestra inseguridad que el totalitarismo insinúa en la
vida de los hombres, el aburrimiento sin rostro de los asesinos, el sadismo furtivo.
Desde que Kafka escribió ese libro el golpe nocturno ha llegado a
innumerables puertas y el nombre de los que fueron arrastrados a morir como
un perro, igual que Joseph K., es legión.

Kafka hace en su ficción, antes que Hitler, lo que Hitler le dijo que iba a
hacer. Sus textos son la anticipación de lo que veía como posible en las
palabras perversas de ese Adolf, payaso, profeta que anunciaba, en una
especie de sopor letárgico, un futuro de una maldad geométrica. Un futuro
que el mismo Hitler veía como imposible, sueño gótico donde llegaba a
transformarse, él, un artista piojoso y fracasado, en el Führer. Ni el mismo
Hitler, estoy seguro, creía en 1909 que eso fuera posible. Pero Kafka, sí. Kafka,
Renzi, dijo Tardewski, sabía oír. Estaba atento al murmullo enfermizo de la
historia.

Muere, Franz Kafka, el 3 de junio de 1924. En esos mismos días, en un Castillo


de la Selva Negra, Hitler se pasea por una sala de techos altos y paredes con
vitrales. Se pasea de un lado a otro y dicta a sus ayudantes los capítulos
finales de Mein Kampf. Junio, 1924. Se pasea, el Führer y dicta Mein Kampf.
Kafka agoniza en el Sanatorio de Kierling. La tuberculosis le ha tomado la
laringe, de modo que ya no puede hablar. Hace señas. Sonríe. Trata de sonreír.
Escribe notas en un block para Max Brod, para Oskar Braun, para Félix
Winbach, sus amigos de toda la vida que están ahí, junto a Dora Diamant
Creo que he empezado en el momento oportuno el estudio de los ruidos
emitidos por los animales: esas son las cosas que escribe, porque ya no puede
hablar. Junio de 1924. Se pasea, el Führer, rodeado de sus ayudantes, dicta: El
primer objetivo será la creación del Gran Imperio Germano Alemán cuyos

53
dominios, dicta, se pasea de un lado a otro, cuyos dominios deben abarcar
desde el Cabo Norte a los Alpes y del Atlántico al Mar Negro punto, dicta
rodeado de sus ayudantes. Kafka agoniza en el sanatorio de Kierling, cerca de
los Klosterneuburg. No puede hablar. Hace señas. Sonríe. Tendido de espaldas
sobre la cama, escribe en un block que sostiene, con dificultad, muy cerca de
su cara, ¿Puede oír? Se pasea, el Führer. Un Gran Imperio Germano Alemán coma,
se pasea, dicta, rodeado de sus ayudantes, de un lado a otro, coma surcado
por una poderosa red de autopistas junto a las cuales se establecerán colonias
militares germanas punto, dicta Mein Kampf el Führer. En el sanatorio Kafka
agoniza, estudia el ruido emitido por los animales. Hi, hi, el chillido que emiten las
ratas, aterrorizadas, en sus madrigueras. Hi, hi, chillan. Estudia en el momento
oportuno el ruido emitido por los animales. Se pasea, rodeado de sus
ayudantes, por el salón, el Führer. En el sanatorio Kafka agoniza, no puede
hablar, escribe. ¿Puede oír? Junio de 1924. El Führer dicta Mein Kampf. Europa al
este del Danubio será en el futuro dos puntos en parte coma un enorme campo de
maniobras militares coma y en parte lugar de asentamiento de los esclavos del
Reich coma, se pasea, de un lado a otro, rodeado de sus ayudantes,
esclavos que serán seleccionados en todo el mundo según criterios raciales coma
siendo usados y mezclados, se pasea, va y viene, con arreglo a un plan
preestablecido coma que se detallará en el momento indicado punto dicta
mientras se pasea por los salones del Castillo. ¿Y el Agrimensor? Agoniza. Ya no
puede hablar, para entenderse con sus amigos, con su mujer, Dora Diamant, sólo
puede escribir. Se ha quedado sin voz. Dicta: Todo el Este habrá de ser una
enorme colonia como una especie de campo de pastoreo de los esclavos no
arios, dicta Mein Kampf, Hitler, dice Tardewski, mientras Kafka, a quien la
tuberculosis le ha tomado la laringe y ya no tiene voz, sólo escribe para sus
amigos más queridos y para su querida Dora Diamant. Se pasea de un lado a
otro, lento, el Führer: campo de pastoreo de los esclavos no arios coma,
rodeado de sus ayudantes. Pequeñas notas en un block con lápiz, letra trabajosa.
Recuerdo un libro oriental: sólo trata de la muerte. Un agonizante yace en el
lecho, escribe Kafka, y con la independencia que le confiere la proximidad de la
muerte, dice: Siempre estoy hablando de la muerte y no termino nunca de
morir. ¿Puede oír? Los esclavos no arios coma con enlace terrestre y directo con
el país alemán que constituirá su eje central punto y seguido, se pasea, rodeado
por sus ayudantes, de un lado a otro. Siempre estoy hablando de la muerte,

54
escribe, nunca termino de morir. Pero ahora, precisamente, estoy recitando mi
aria final. Unas duran más, otras duran menos. La diferencia es siempre
cuestión de pocas palabras, dice el agonizante, escribe Kafka tendido en el lecho. A
los 180 millones de rusos coma en cambio coma habrá que sumirlos en un
envilecimiento progresivo dos puntos, se pasea el Führer. Tiene toda la
razón, escribe; el agonizante tiene toda la razón, escribe Kafka. No hay
derecho a sonreírse del protagonista que yace herido de muerte, cantando
un aria. Nosotros yacemos y cantamos, años y años, toda nuestra vida no
hacemos más que cantar, siempre, el aria final, les escribe Kafka a sus amigos
en el Sanatorio Kierling. Junio de 1924. Sumirlos en un envilecimiento progresivo
dos puntos impedir su procreación como castigarlos si hablan hasta lograr
que pierdan el uso de la palabra coma dicta mientras se pasea por los salones
del Castillo. La enfermedad le ha tomado la laringe. ¿Puede oír? Escribe sus
últimas palabras. No hay derecho, escribe, son sus últimas palabras, no hay
derecho, el block apretado entre las manos, casi pegado a la cara, tendido de
espaldas, no hay derecho a sonreírse del protagonista que agoniza cantando un
aria. Se pasea. Hasta lograr que pierdan el uso de la palabra coma impedirles
todo aprendizaje para ahogar toda inteligencia y toda posibilidad de rebeldía
coma en una palabra coma embrutecerlos, dicta el Führer, dice Tardewski.
¿Quién puede reírse del aria que entona el moribundo? Trata de sonreír. Hace
gestos. Se pasea, de un lado a otro. Sólo podrán aprender como máximo las
señales necesarias para que sus jefes con mayúscula Jefes, dicta, puedan
organizarles metódicamente su jornada de trabajo. Junio de 1924. Kafka agoniza
en el Sanatorio donde ha de morir sobre el filo de la medianoche. En el Castillo
¿se oye el aria final que entona el moribundo? Naturalmente coma deberán
aprender, se detiene, sus ayudantes de inmediato se detienen, lo rodean. Mejor,
dice, tache la frase anterior y comienza otra vez a pasear, las manos en la
espalda. Naturalmente coma deberemos enseñarles coma usando el rigor
necesario coma a comprender el idioma alemán para asegurar así la obediencia
a nuestras órdenes con mayúscula Nuestras Ordenes punto, paseando por los
salones del castillo el Führer dicta Mein Kampf. Es medianoche. La medianoche del
tres al cuatro de junio de 1924. El moribundo ¿alcanza oírlo? Estudio el ruido
emitido por los animales. ¿Lo ha oído? Hi, hi, chilla en su madriguera el
Ungeziefer, hi, hi, chilla, aterrorizado, en medio de la noche, mientras se oyen,
lejanos, los pasos de alguien que va de un lado a otro, se pasea, en el

55
Castillo, de un lado a otro, rodeado de sus ayudantes. Hi, hi, chilla en su
madriguera el Ungeziefer mientras se oye, lejana, la bellísima y casi imperceptible
aria final que entona el que agoniza. Junio 3 de 1924, dice Tardewski.

Kafka es Dante, dice ahora Tardewski, sus garabatos, como él llamaba a sus
escritos, inéditos, fragmentarios, inconclusos, son nuestra Divina Comedia. Brecht decía, y
tenía razón, dice Tardewski, si uno tuviera que nombrar al autor que más se acercó
a tener con nuestra época la relación que con la suya tuvieron Homero, Dante o
Shakespeare: Kafka es el primero en quien se debe pensar. Por eso yo, dijo
Tardewski, no comparto su entusiasmo por James Joyce.

¿Cómo puede usted pretender compararlos?, dijo. Joyce, como decía


esa mujer que borda manteles refiriéndose a los poemas de Marconi, es
demasiado ¿cómo decirle?, demasiado trabajosamente virtuoso. Un malabarista,
dijo. Alguien que hace juegos de palabras como otros hacen juegos de manos.
Kafka, en cambio, es el equilibrista que camina en el aire, sin red, y arriesga la
vida tratando de mantener el equilibrio, moviendo un pie y después muy
lentamente el otro pie, sobre el alambre tenso de su lenguaje. Joyce era un
hombre diestro, no cabe duda; Kafka, en cambio, no era diestro, era torpe y se
convirtió en un experto de su propia torpeza. Joyce lleva un estandarte que dice:
Soy aquel que supera todos los obstáculos, mientras que Kafka escribe en un
block y guarda en un bolsillo de su chaqueta abotonada, esta inscripción: Soy
aquel a quien todos los obstáculos superan. Kafka ha dicho, dice Tardewski:
Enfrento la imposibilidad de no escribir, la de escribir en alemán, la de escribir en
otro idioma, a lo cual se podría agregar casi una cuarta imposibilidad: la de escribir.
Esa cuarta imposibilidad era, para él, la suprema tentación. Para él que había
sabido decir: Cualquier cosa que escribo. Por ejemplo la frase: El miró por la ventana,
escrita por mí, ya es perfecta. ¿De qué perfección se trataba?, dice Tardewski. Por
un lado el ideal de Kafka en cuanto a la perfección formal y estilística era tan
riguroso que no toleraba transacciones. Pero a la vez supo mejor que nadie que
los escritores verdaderamente grandes son aquellos que enfrentan siempre la
imposibilidad casi absoluta de escribir.

Sobre aquello de lo que no se puede hablar, lo mejor es callar, decía


Wittgenstein. ¿Cómo hablar de lo indecible? Esa es la pregunta que la obra de
Kafka trata, una y otra vez, de contestar. O mejor, dijo, su obra es la única
que de un modo refinado y sutil se atreve a hablar de lo indecible, de eso que
no se puede nombrar. ¿Qué diríamos hoy que es lo indecible? El mundo de

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Auschwitz. Ese mundo está más allá del lenguaje, es la frontera donde están
las alambradas del lenguaje. Alambre de púas: el equilibrista camina, descalzo,
solo allá arriba y trata de ver si es posible decir algo sobre lo que está del otro
lado.

Hablar de lo indecible es poner en peligro la supervivencia del lenguaje


como portador de la verdad del hombre. Riesgo mortal. En el Castillo un hombre
dicta, se pasea, y dicta, rodeado de sus ayudantes. Las palabras saturadas de
mentiras y de horror, dijo Tardewski, no resumen con facilidad la vida.
Wittgenstein vislumbró con toda claridad que la única obra que podía
asemejarse a la suya en esa restitución suicida del silencio era la obra
fragmentaria, incomparable de Franz Kafka. ¿Joyce? Trataba de despertarse de la
pesadilla de la historia para poder hacer bellos juegos malabares con las palabras.
Kafka, en cambio, se despertaba, todos los días, para entrar en esa pesadilla y
trataba de escribir sobre ella. (Respiración artificial; pp. 194-210)

Perón, Perón
He dejado una ciudad al Sur en donde todo era falso. La política, el amor de la familia, el
desgano de la revolución, los partidos de izquierda, los otros; los desconocidos que luchaban y
morían por la muerte de un hombre amado, llamado Perón, a quien me habían enseñado a
aborrecer, a quien empezaba a amar con tibieza en este otro país. (Gente del Sur; p. 25)

Ahí comencé a amar al líder confuso de mi pueblo. A mi pueblo mismo, que moría por él todos
los días (…) Después supe, o creí saber, que el pueblo era siempre mejor que sus líderes.
(Gente del Sur; p. 26)

(El Decreto 4161) hizo grande a Perón. Lo que nadie puede nombrar, en secreto, lo nombran
todos. Hicimos un héroe mitológico de un general cobarde, de un enemigo de la democracia.
(Timote; p. 238)

Qué va a decir Perón?

Va a estar orgulloso –dijo el cabo-. Por ahí te nombra comisario. (No habrá más penas ni
olvido; 54)

Tengo una carta de Perón que me felicita, sí señor. (Cuarteles de invierno; p. 67)

57
a los milicos no les gusta que la gente ande cagándose a tiros sin permiso. Ese es asunto para
ellos.

Y Perón?

Perón qué?

Nos va a quemar. Estamos listos, mejor nos borramos. (No habrá más penas ni olvido; p. 121)

Decile a Don Ignacio que me jugué por él… que soy peronista y… que no les afloje… cuando el
general lo sepa va a estar orgulloso… (No habrá más penas ni olvido; p. 125)

Yo nunca fui peronista, pero el viejo era sabio. Se le hubieran hecho caso no habría pasado lo
que pasó. Pero no, se creían más peronistas que Perón y ahí tiene… ¡La revolución! –sonrió,
paternal-. Se creían que era soplar y hacer botella… Claro, entonces vino esta gente y puso
orden. (Cuarteles de invierno; p. 68)

Y Perón? Por qué no hablamos, Raposa, de Perón? No hablaremos de esa locura freudiana que
nos invadió, de ese misticismo críptico, de ese estado exaltado de comunión con el pueblo, por
el pueblo, en el pueblo, que es múltiple y es uno? Nos enfermó Perón, Perón era nuestra
enfermedad, Raposa, o ya estábamos enfermos? (…) No fue en nombre de Perón, por Perón,
que nos alzamos en armas y palabras, que engendramos el cáncer que nos devoraría? No fue
por Él, crucificado en su exilio, transubstanciado en Evita, resurrecto como parodia en Isabel
más tarde, que arrebatarían a tu hijo? (…) Tu bebé, Raposa, no representa al hijo unigénito de
la unión mística entre la violencia y la sabiduría, éntrelos Montoneros y Perón? (Tela de juicio;
pp. 197-198)

(Gaby) no confía tanto en Perón (…) ‘Quiere estar bien con todos. Y no se puede. Hay que
elegir.’ (Timote; p. 210)

Defendí al líder, a su voz ronca y cansada, a sus tácticas, a sus mismas traiciones; era un ser
humano, era como yo; un pariente, un primo, un hermano, un hijo, el viejo. Defendí a Perón y
a los errores de la política y ataqué al mito y a la pureza, ataqué a la necesidad de belleza y a
los actos límpidos. Y nadie me creyó. Ni yo mismo. (Los tigres de la memoria; 79)

Tendría que matarlo a Perón para ir más allá que vos. Pero eso sería como matar a Dios. O
peor: como suicidarme. (Timote; p. 249)

58
Le vamos a mostrar cómo quedó el pueblo, le vamos a contar de Ignacio, de Mateo, de
Cerviño, de todos los que dieron la vida por él (…)

Cuando lo sepa se va a emocionar el viejo. Va a hablar desde el balcón del municipio y los
milicos no van a saber dónde meterse el cagazo (…)

Juan miró el sol y tuvo que cerrar los ojos.

Va a ser un lindo día, sargento.

García se dio vuelta en dirección al pueblo y se quedó con la vista clavada en el horizonte.
Tenía el rostro fatigado, pero la voz le salió alegre, limpia.

Un día peronista –dijo. (No habrá más penas ni olvido; pp. 126-127)

Los huesos y la guadaña de Aramburu


Aramburu
Aramburu era “señor” y “Don” además de Teniente General. Los otros, los montos (…) tenían,
en tanto delincuentes, el infamante “alias”. (Timote; P. 17)

El tipo que fusiló a Valle, que escamoteó al pueblo el cadáver de Eva, que mató a los
compañeros de José León Suárez, no tiene custodia. Nadie lo pide. Ni él pide que lo hagan ¿Se
considera invulnerable o inocente? (Timote; P. 51)

Vi demasiadas torturas. Bajo Perón. Bajo la Libertadora. (…) Bajo el CONINTES de Frondizi. Y en
otros países también. Pude llegar a algunas conclusiones. (…) en 1959 estuve en Argelia.
Durante una semana entera hablé con un general de la OLAS. Él me enseñó todas esas teorías
sobre la tortura. Tenía una posición despiadada sobre el torturado: nunca debía quedar vivo.
Después estuve en la Escuela de las Américas. Los franceses son superiores. Los yanquees no
manejan la cuestión psicológica. Masacran al objeto interrogable y listo. Creo, sin embargo,
que son más efectivos que los franceses. (…) Ustedes sabrán cómo torturar. Tendrán sus
propios métodos. Pese a los franceses y a los americanos, créanme que a muchas de las teorías
llegué solo. El tema me interesa. (Timote; Pp. 172, 173)

El general entiende. Hay que negociar en serio con el peronismo. El esquema de excluirlo, de
marginarlo del juego político debe terminar. No va más. Él lo intentó sl principio, en 1955,
cuando lo echó a Lonardi, que los respetaba demasiado a los peronistas, que los quiso integrar
desde el vamos. Ni vencedores ni vencidos. Un tonto, un flojo, un nacionalista católico con el
corazón de un monaguillo ingenuo. Estos nacionalistas apenas si saben hacer bataholas,
alzamientos. Después, los liberales tienen que arreglar todo. Gobernar. A Uriburu tuvo que
arreglarle el desorden Justo. A Lonardi, él. No, ahí en el ´55 sólo era posible la mano dura. O

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eso le pareció. Tiene que ser posible desperonizar a este país de mierda, se dijo con rencor,
con bronca, con sed de revancha. Si no alcanzó con el bombardeo de junio, con el golpe de
septiembre, habrá que insistir. Seguir pegando fuerte, donde les duela. Esconderles a la
Perona, que no la vean más. Si no, el desastre. Dondequiera que la pongamos irán a manadas a
rendirle culto. Otra que la Difunta Correa. No, la difunta Eva, en el país, nunca. Llévensela.
Pónganla en cualquier lugar del mundo. Aquí no. Nadie podrá negarle al general el empeño
que puso en desperonizar el país. Inútil. El país se obstinaba en ser peronista. Él, que llevó la
desperonización al extremo de la muerte, que hizo fusilar al general Valle en una penitenciaría,
que no recibió a su mujer, que le dijo que dormía, él, que ordenó o aceptó sin que se le
moviera un solo pelo los asesinatos clandestinos; hoy quiere negociar, hablar con los
enemigos. Es lo único que resta y lo que sin duda funcionará. Con cautela: primero con los
sindicalistas y los políticos democráticos, conciliadores. Decirles con claridad: habrá pronto
elecciones y ustedes se podrán presentar. Y si ganan tendrán lo que ganaron. Y si es el
Gobierno será el Gobierno. Y si quieren traerlo a Perón, hablaremos. Todo puede ser. Pero en
calma. Todos tirando para el mismo lado, el de la democracia argentina, el de la
institucionalización. El general ni siquiera le resulta paradójico que sea él quien se haya puesto
al frente de eso. La historia – suele confesarse – nos cambia a todos. Algo habrá hecho
también con Perón. Eso, lo que hizo con él: cambiarlo. No puede ser el mismo. Si él, que es un
vasco cabeza dura, supo apartar los viejos odios de su corazón, ¿por qué no el hombre de la
Puerta de Hierro? Al cabo, los años no pasan en vano y a perón le han pasado unos cuantos. Se
lo ve viejo, o cansado. Como si sólo el odio o el afán de revancha lo mantuvieran en pie, lucido.
Si le damos un par de gustos, se va a calmar. Le devolvemos el uniforme. Lo ascendemos a
teniente general. No ha de haber dolor más grande para un hombre de armas que la
degradación y la ausencia de la patria a cuya defensa dedicó su vida, o juró hacerlo. Le
devolvemos el uniforme y se acabó: es nuestro. Ahora, calme el país. Póngase del lado de la
gente de honor. El General cree, con orgullo, que la suya es la tarea de un verdadero estadista.
O más: la de un patriota. Ese gesto, tenderle una mano a su viejo enemigo, mirar hacia el
horizonte con rencores agonizantes, desleídos, tiene grandeza. ¿La tendrá Perón? Si no la
tiene, tendrá otra cosa: el cansancio de los años, el deseo de reposar. La guerra terminó.
Venga, otra vez es uno de los nuestros. Un militar de la nación. Ponga a cualquiera de los suyos
de candidato y punto. Si ganan, ganan. Usted no, a usted no lo vamos a dejar. Presidente,
usted, no. Créame, es un favor que le hacemos. Desgasta mucho el poder. Le damos lo que
quiera, lo que pida, pero no la presidencia. No puedo. Puedo mucho, pero no todo. Nadie
puede todo. Ni usted pudo. Pero le doy mi palabra: Onganía se va. El escollo es él, la gente
como él. Usted los conoce bien. Son esos a los que llama gorilas. No toleran ni escuchar su
nombre. No cambiaron. Yo sí. (Timote; Pp. 30,31)

Pero usted ponga lo suyo, Perón. O si lo prefiere, y sé que lo prefiere, general Perón. Nada de
comunidad organizada, republicanismo. El Partido Justicialista, si entra al sistema, entra como
partido del sistema, ¿está claro, no? Póngales freno a los sindicalistas duros, a los sacerdotes
levantiscos, a los guerrilleros que andan invocando su nombre y a los que no. Estamos a
tiempo. Podemos hacerlo sin que corra demasiada sangre. Nada de Movimiento Peronista,
general. El país necesita un democrático Partido Justicialista si quiere entrar en la carrera

60
electoral. Yo voy a ir con el mío, con Udelpa. Si gano, gano. Si no, me conformaré con haber
sido el artífice del ordenamiento definitivo de la república.

(…) Yo, el general que liberó al país de la dictadura peronista y luego de años de
desencuentros, de luchas estériles, de muertos sin gloria, de gobiernos patéticos, de generales
necios y ambiciosos hasta la ceguera, de combates militares con héroes de cartón, héroes
azules, héroes colorados, de huelgas subversivas, de pequeñas guerras con sueños imposibles,
lo agarré de la mano y lo conduje hacia una democracia definitiva, adulta. Yo, Aramburu. No
está mal. (…)

Para mí, como para Perón, como para tantos, como para todos, luchar por la posteridad es
luchar por el poder. (Timote; P. 33)

Montoneros
¿Qué saben de Valle y los fusilados de José León Suárez? Poco. Sólo han leído Operación
Masacre, de Walsh y Mártires y verdugos, de Salvador Ferla. ¿Basta tan poca bibliografía para
jugarse la vida? Aclaremos: nadie podría reprocharles haber consultado poca bibliografía. No
hay otra. (Timote; P. 76)

…¿quién creó la violencia? ¿Nosotros o el odio de ustedes, el país cerrado que hicieron desde
el maldito ´55? Estamos a punto de secuestrar a Aramburu. Pero la violencia no empieza aquí.
No sean cretinos. No mientan. La violencia la empezaron ustedes el 16 de junio de 1955,
bombardeando una ciudad abierta, indefensa. Y después siguieron: Valle y los suyos. Los
sacrificaron en los basurales de José León Suárez. Felipe Vallese que se les “quedó” en la
tortura. (Timote; Pp. 77, 78)

Alguien tiene que preguntarles a estos pibes de 23, 22 y 21 años: ¿quién les dijo a ustedes que
son “el pueblo”? (…) ¿Cómo pueden encarnar al pueblo si el pueblo se va a enterar por los
diarios de la muerte de Aramburu?

(…) Estos jóvenes probablemente no representen ni ejerzan ningún tipo de justicia popular.
Pero el acto que están por cometer ha sido trabajado por la compleja trama de la historia.
(Timote; Pp. 78, 79)

- …Acébal, si esos pibes son peronistas yo soy Isabel Sarli. O cualquier otra cosa.

- ¿Qué otra cosa?

- Un flor de pelotudo.

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- No te castigués al pedo, don Franco. el peronismo es algo muy complicado, entra de
todo.

- (…) Si lo revientan a ese gorila hijo de una gran puta son peronistas. Piensen lo que
piensen.

- (…) No hablés pavadas, Franco. Se va a armar un quilombo impresionante, y al final,


como siempre. Nos jodemos nosotros. (Timote; P. 203)

…Aramburu quiere abrirle una salida, salvar, con mejores modales, con inteligencia política, la
estructura del país capitalista explotador. Y meter a Perón en esa aventura infame. Duro con
él. Fernando no duda: hay que librarse del fusilador. Sólo así el país se salva, la patria se
restituye, nuestra porfía la hace posible. No queremos un régimen más amable, con mejores
modales. Siempre será el mismo. Siempre que lo necesite volverá a mostrar su peor cara.
Simplemente no queremos ningún régimen. Queremos aniquilarlo. No queremos en nuestra
patria el capitalismo de la explotación. Buscaremos otro camino. Ese camino es el del
socialismo igualitario. El de la justicia social. Un país sin pobres, sin hambre, con educación
para todos, sin patrones opulentos, sin oligarcas. Sin consorcios extranjeros. En Cuba fue
posible, ¿por qué no aquí? (Timote; Pp. 63, 64)

Si nos hacemos de Evita no se la damos a Perón. Al menos no de entrada. Se la damos a


ustedes. La ponemos en manos de los pobres. (…) Después, recién después, se la damos a
Perón. La juventud se va a enamorar de nosotros. (…) A los tiros, lo traemos al viejo. Y le
decimos: General, usted es el líder, pero nosotros somos las organización revolucionaria de
vanguardia y, sin nosotros, usted no volvía. De modo que usted, por supuesto, lleva la
conducción estratégica como siempre. Pero esa conducción, esa conducción que nosotros
acatamos y respetamos, hay que pensarla. No podemos correr riesgos. (…) La negociación es
más su arte que el mío. Déjeme la batalla, la lucha. Déjeme ser el ala dura. Déjeme asustar a la
burguesía vendepatria. (…) Disculpe, pero si no le gusta, le va a tener que gustar. Porque son
tantas las cosas a las que vamos a atrevernos. Es tanto el poder que vamos a acumular en este
país que, o se nos une, o se queda en Madrid, con los perritos bandidos, con las pantuflas, con
esa puta de Isabelita, cabaretera de mierda, la versión degradada, cómica de Eva. La única.
Que si viviera estaría aquí, con nosotros. (Timote; Pp. 251-253)

¡Perón o muerte! ¡Viva la patria!

Comando Juan José Valle.

Montoneros. (Timote; P. 76)

62
Fernando
Odio a los yanquees y a su estúpido cine, profesor (…) La glorificación del héroe individualista.
Un pueblo de cobardes y un sheriff valeroso ¿Eso quiere que de? (…) ¿Qué sólo el sheriff tiene
coraje, pelotas para enfrentar el mal? (…)

Fernando, esa película que tanto le disgustó tiene otras lecturas (…) el pueblo tiene razones
tan valederas como las del sheriff. Por eso es una tragedia. Todos tienen razón. Los motivos de
todos son válidos.

(…) ¿Qué quiere que le diga que es la tragedia? La lucha de lo justo contra lo justo. (Timote; P.
73)

…usted no va a ser torturado. Porque existe otro punto de vista sobre la tortura. Se lo dije: es
el nuestro (…) negarse a torturar (…) Los montoneros no torturan. Si fuera por medio de la
tortura que usted nos dice dónde está Eva Perón, nos sentiríamos indignos de ella (…).
Nosotros somos católicos, General. Creemos en Dios. Lo estamos juzgando por crímenes que
usted cometió. No queremos cometerlos nosotros. (Timote; Pp. 172, 173)

…la impunidad que le da sentirse un dios, el protagonista de un hecho violento pero justo que
astillará la historia del país, que la quebrará en dos partes: un antes y un después, que abrirá
un todo, una ruptura irreparable, así de profundo es ese todo y ha sido él quien lo hizo, él, su
mano vengativa. (Timote; P. 9)

Firmenich
¿De qué Che se enamoró Firmenich? De ninguno. Firmenich no se enamora de nada. (Timote;
P. 44)

Apretarlo un poco, por lo menos. (Timote; P. 186)

(…) muerto Fernando, muerto Sabino Navarro, la Conducción de Montoneros, al caer en sus
manos, transforma la organización en la Orga. La Orga, sobre todo a partir de 1974, entre los
fierros y la política elige los fierros. (Timote; Pp. 100, 101)

63
- Mañana tenés que cargarte a un cana, Raúl.

- ¿Por qué?

- ¿Cómo por qué? Porque la organización te lo pide. Si te cagás, te abrís. Pero no veo el
motivo. Tenés una orden de la organización. No sos vos el que mata. Es la orden. Vos
obedecé, volvé a tu casa y dormí en paz.

- (…) ¿Por qué un cana? Un cana es un pobre tipo.

- (…) Un cana es el símbolo del régimen. El alma del régimen es la represión. (…) Un cana
es parte del sistema. Una gran parte del sistema cuando caga a palos. Cuando te
tortura, ni una parte es. Es el todo. Todo el régimen es ese cana que te tortura. (…) el
sistema se realiza por medio de sus partes. ¿A vos te tengo que explicar esto? ¿O no
sos un intelectual, un dialéctico? (…)

- ¿Es justo matar? (…) Dame un día más para pensarlo.

- (…) Sabés muchas cosas. Si te vas, te convertís en un cana.

- ¡Yo no soy un cana!

- Si te vas, sí. Sos un buchónen potencia. Un batidor privilegiado. No podemos correr


riesgos.

- Me van a matar.

- Si encontramos uno con más pelotas que vos, sí. Y creo que no va a ser difícil.

Ahí el tipo largaba los libros y a la semana se cargaba su primer cana. (Timote; Pp. 46, 48)

EVA
El dueño de la sala apareció en el escenario cabizbajo, sollozando, y se dirigió al público
diciendo que por la radio acababan de informar que la Jefa Espiritual de la Nación había
muerto. Dijo que la función quedaba suspendida por tiempo indeterminado y que si por él
fuera cerraría el cine para siempre. Y enseguida Laura se puso a llorar igual que casi todo el
mundo en la sala. En todas partes la gente humilde manifestaba su dolor y otros cerraban las
ventanas para brindar con champán por el pesar del General (…) Alguien escribió en una pared
del Barrio Norte: ‘viva el cáncer’. Tanto era el odio, tanto el recelo, que años después una
conjura militar derrocó a Perón y secuestró el cadáver de Evita para sacarlo del país. Fue
entonces que mi padre supo que nunca podría terminar su ciudad de cristal. (La hora sin
sombra; p. 193)

Queremos hablar del cadáver de Eva Perón.

Aramburu lo esperaba. Lo temía. Al demorarse tanto el tema creyó que no estaba en juego,
que se libraría de él. Pero aquí está: Eva Perón. No hay peronista que no se enfurezca cuando

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sale el tema de esa mujer que ellos, malamente, le han escamoteado. No hay venganza que
Eva Perón no justifique, no reclame. No hay modo de reparar esa injuria.

Aramburu, ahora sí, siente que está en peligro. (Timote; p. 127)

Evita, en la Argentina, habría hecho estallar el país. Había sido el punto de concentración de
todas las rebeliones. El altar de todos los odios (…) Hoy me estarían juzgando por muchas
otras muertes (…) por las muertes de montones de negros de mierda, fanáticos, indignos de un
país culto como éste. Ya la habíamos aguantado viva. Por suerte, se fue pronto. Aguantarla
muerte habría sido demencial. Sé que ahora me preguntará dónde está. Que la van a querer
para ustedes. Para iniciar una gran pueblada con el cadáver de la yegua como bandera. No, ni
una palabra sobre eso. No voy a traicionar a mi país. Ni a los míos. La puta, lejos. (Timote; pp.
158-159)

El Pueblo I
Dónde está el pueblo?

Hay tres pueblos. (Gente del Sur; p. 84)

Vos pertenecés a la organización¿?

Qué organización¿? (…)

Me basta. (Un revólver para Mack; p. 165)

esos chicos no eran matones.

Qué eran, entonces?

Unos amigos que se ofrecieron a ayudarme. (Los asesinos las prefieren rubias; p. 149)

Más o menos en el setenta, en el momento en que las coas empezaron a ponerse divertidas en
el país. Si no recuerdo mal, vos estabas dedicada con alma y vida a la pintura. Yo militaba.
(Sombras de Broadway; p. 23)

Además de trabajo, es una misión patriótica.

(…)

Se trata de sacudir a un infiltrado que perturba la marcha armoniosa de la institución. (Un


revólver para Mack; p. 100)

65
se arregla con ‘pum’ y a la zanja.

Dijo ‘pum’ como diría ‘pis’, como diría ‘chau’, pensé Etchenike. (Manual de perdedores; p. 417)

La situación en las provincias del Norte se mantiene sin variantes. La resistencia es poderosa.
(Los asesinos las prefieren rubias; p. 18)

el helicóptero que transportaba a dos de los coroneles de Inteligencia había estallado en el


aire. Los rebeldes (…) dominaban centenares de montes altos y pantanos. (Los asesinos las
prefieren rubias; p. 45)

bajo el retrato de Evita rodeado de flores de plásticos, sentados todos alrededor de una mesa
también cubierta de plástico, tomando en tazones mata cocido, vi a mis hijos. (Los tigres de la
memoria; p. 77)

Sos medio bolche, pero te quiero. (Sombras de Broadway; p. 131)

Está fichada por zurda. Últimamente anda poco por la facultad. (Manual de perdedores; p.
226)

Méndez, desprevenido, reacciona insultando al conductor del Peugeot. Pero observa, en


seguida, que otro hombre abre el techo y se asoma empuñando una escopeta. (El cerco; p.
142)

El pajero este, con su política. Anoche vino el ejército. Suerte que no lo encontraron. Suerte o
desgracia. Hugo, lo buscan por militante. A usted, ¿le parece? Militante. Mi hijo. Peronista,
Hugo. Una porquería. Si le hubiera pegado más tal vez me habría salido derecho. (Prohibido
escupir sangre; p. 40)

No he visto nada más literario últimamente que esos pobres pendejos encapuchados con
armas que les pesan en las manos. (Manual de perdedores; p. 304)

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Su conductor tendría a lo sumo veintiséis o veintiocho años. Se trataba de un individuo
delgado, pero fuerte, de piel oscura y un grueso bigote presidiendo la fina línea de su boca.
Todo su aspecto era de tranquilidad, salvo por una leve e intermitente palpitación en sus
mandíbulas. (Ni un dólar partido por la mitad; p. 17)

Mariano es un chico capaz. Ahora parece un hippie, o un comunista, pero es un chico sensible.
Mariano es un chico con problemas, se siente solo y no deja que lo ayudemos (…) A veces
pienso que este chico nos odia, que no nos perdona algo que le hemos hecho. No sé qué, pero
él debe creer que es algo malo. (El agua en los pulmones; p. 99)

el chico Iglesias tenía sus costumbres pero no hace falta matarlo por eso, mucha gente tiene
sus costumbres y vive muy tranquila, el chico Iglesias tiene apenas 17 años, es un pendejo, ya
va a crecer y poco a poco se olvidará de algunas coas y se convertirá en un tipo respetable al
amparo de su padre, seguirá teniendo sus costumbres pero será de otra manera, ya no podrán
hostigarlo por ellas porque estará por encima de todo, tendrá el poder en sus manos y nadie
juzga las costumbres de los poderosos, por lo menos en voz alta. (El agua en los pulmones; p.
134)

Ustedes, los bolches, son cosa seria. Te juro que a veces los admiro. Qué vocación para el
sufrimiento, cuánta solemnidad. (Sombras de Broadway; p. 42)

Puede haber sido la cana, porque éstos andan en la pesada.

Y por qué se llevan a uno y dejan a los otros dos?

Entonces no será la cana. (Manual de perdedores; p. 247)

Increíblemente, podría haber sido Laura Hidalgo o Dolores del Río o María Félix o Blanquita
Amaro. Era una época más que una mujer. Era parecida a una época pero también era
parecida a alguien. No. A Evita no, pensó Etchenike desalentado. (Manual de perdedores; p.
399)

éramos o creíamos ser comunistas; coqueteábamos con la Fede; provocábamos cortocircuitos


cuando pasaban los discursos del General (…) Al recibirnos de bachilleres estábamos
marcados. Lo supe por el Jefe de Celadores, que era liberal. (La muerte de un hombrecito; p.
54)

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como si Buenos Aires fuera el Far West (…) BUSCADOS. Estos enemigos del orden institucional,
de la democracia, de la patria y de las buenas costumbres son perseguidos por todo el país.
WANTED! (Timote; p. 12)

A mí me van a enseñar a ser peronista. (No habrá más penas ni olvido; p. 22)

Nunca pensó que tendría que enfrentar un golpe de estado, como Perón, como Frondizi, como
Illia. (No habrá más penas ni olvido; p. 22)

Qué es eso de que Mateo es comunista? (…) Bolche es Gandolfo. De siempre, pero lo saben
todos. Es el único en Colonia Vela. Tiene la ferretería y nadie lo jode. Si hasta estuvo en la
comisión vecinal una vez. Y yo soy infiltrado de qué, la puta que los parió; los voy a meter a
todos presos, carajo. (No habrá más penas ni olvido; p. 22)

Graffiti: Fuentes traídos al pueblo peronista. (No habrá más penas ni olvido; p. 26)

Bolches? Cómo bolches? Pero si yo siempre fui peronista… nunca me metí en política. (No
habrá más penas ni olvido; p. 29)

Quién me cuestiona?

El consejo superior del partido. Dicen que Mateo es comunista y que usted lo protege. Que son
todos de la Tendencia, como los muchachos (…) Esos que le arreglaron los bancos de la escuela
y le limpiaron la sala de primeros auxilios (…)

Son buenos muchachos, serviciales y peronistas.

Mierda, peronistas! (No habrá más penas ni olvido; p. 34)

Ignacio Fuentes (…) Ríndase ante la ley! El tribunal del partido los va a juzgar! Ríndase.

Rendite vos, desacatado.

(…) Entregue a los agentes García y Comini!

Vení a buscarlos, gordo hijo de puta!

El pueblo es testigo! Sos un comunista cabrón! (No habrá más penas ni olvido; p. 36)

68
Compañero Fuentes, le habla Morán, de la Juventud Peronista, para hacerle llegar nuestra
solidaridad.

Vengan a pelear conmigo.

Estamos en asamblea permanente. Si la asamblea lo decide, allá estaremos. (No habrá más
penas ni olvido; pp. 36-37)

Te acordás cuando eras gorila?

Vamos, nunca fui gorila. No era peronista y ahora sí, porque Perón se hizo democrático. Esa es
la verdad. (No habrá más penas ni olvido; p. 39)

A Suprino y a Llanos

con el pueblo los colgamos

P
JVP (No habrá más penas ni olvido; p. 50)

Prisionero de guerra- dijo el joven que le apuntaba.

Qué guerra?

Ésta. (No habrá más penas ni olvido; p. 57)

Por qué lo defendés?

Porque es peronista y porque es buen tipo. (No habrá más penas ni olvido; p. 115)

Callate, negro de mierda, vos no me vas a enseñar a ser peronista (…)

No ves que te usaron, cabecita. Nunca vas a entender nada (…)

Ni falta me hace. Se vos sos peronista yo me borro. (No habrá más penas ni olvido; p. 116)

Me usaba (…) los compañeros, Cora incluida… ¿yo no sería un rehén? Más que un militante,
digo –y no era una pregunta de hacer así, sin que se le moviera un pelo. (Manual de
perdedores; p. 476)

69
Van a ser juzgados (…) Vamos a juzgarlos nosotros (…) Nosotros tenemos ahora nuestra ley.
(No habrá más penas ni olvido; p. 119)

Graff: Andrés Galván, cantor de asesinos. (Cuarteles de invierno; p. 46)

Y usted qué hacía cuando la epidemia?

Yo? Lo mismo que llos. Ver, oir y callarme la boca. Más viejo es uno, más se agarra a las cosas
mezquinas, más acepta, más miedo tiene de perder las poquitas porquerías que consiguió.
(Cuarteles de invierno; p. 43)

Graf: En cada rocha un torturador. (Cuarteles de invierno; p. 48)

El aula magna de la facultad estaba de bote en bote: los activistas más notorios ubicados en
lugares hábilmente escogidos, disimulados entre sus profusas agrupaciones. Pancartas
enrrolladas y a la vista servían de símbolo de poder, emblema de futuras manifestaciones y
ulteriores matanzas, colmnas dirigiéndose nutridas, a través de las calles, indiferentes y
triviales, hacia lugares selectos de la Historia (…) rugían ya las bocas de las ametralladoras de
unos años más tarde y el perfumado sabor de los fusiles que los masacrarían. (Tela de juicio; p.
31)

Por qué esas nuevas clasificaciones de la gente, entre los que se escaparon, los que están
muertos, los que lograron salir, los que fueron torturados, mucho, poquito, nada. (Tela de
juicio; p. 44)

Piensa en los tensos velorios de militantes, y más tarde, en los velorios clandestinos, cuando
nada se hiciera más secreto que el misterio de la vida y la muerte, cuando esa peculiar
cualidad biológica sólo se pudiera asignar a quienes están a la vista, a los amigos que viste
ayer, o que te llamaron por teléfono esta mañana; la semana pasada ya se ha convertido en un
lapso inmenso, capaz de abarcar todas las ingratas noticias de la tortura y la muerte. (Tela de
juicio; p. 96)

Cómo amábamos al pueblo, Raposa, cómo lo amábamos. Abstracto, teórico, inexistente, pero
lo amábamos. (Tela de juicio; p. 141)

70
en la misma cuadra de Teodoro Villaderbó funcionó en otro tiempo un pequeño e improvisado
local de la Juventud Peronista. Por ahí debe venir la cosa, me dije riendo para mis adentros (…)
No dejaba de resultar gracioso (…) que se hubieran confundido a Polimnia con eso que llaman
Unidad Básica, y al Señor Chávez o a mí, con aguerridos dirigentes de esta revoltosa e
incomprensible juventud de nuestros tiempos. (De Dioses, hombrecitos y policías; p. 88)

Del Señor Frugoni sólo se sabía que era peronista de viejo cuño, aunque no militante. En
realidad la que militaba era su esposa (…) Adicta (…) al más ortodoxo oficialismo, y exenta
naturalmente de cualquier sospecha de índole política (...)

Si bien podía decirse de mí que era radical (…) Jamás había desarrollado ninguna actividad
política. Si era que no se consideraba actividad política (…) la minuciosa lectura de un diario
francamente opositor al régimen como ‘La Prensa’ o ciertos comentarios descorazonados,
jocosos (…) sobre algunas medidas de este gobierno, o de los militares. (De Dioses,
hombrecitos y policías; pp. 88-89)

Todos los numerosos habitantes de la vasta Argentina, asolada por militares, resultaban
sospechosos para los militares que gobernaban el país y para los oscuros parapoliciales que
con placer los secundaban. (De Dioses, hombrecitos y policías; p. 223)

El ultimo
ultimo Juan Moreira
Empezó a trepar la pendiente del terraplén respirando con dificultad, apretando los dientes
para no sentir el dolor que le paralizaba el costado izquierdo. Con el dorso de la mano buena,
entumecido de apretar inútilmente el bufoso, se enjugó los ojos llenos de lágrimas. Miró hacia
la derecha y vio acercarse el largo tren de carga. Paso justo, se dijo. Pero Maidana estaba
mucho más cerca que antes, a treinta metros tal vez, y ya no tan seguro de agarrarlo vivo. De
pronto pensó que en una de esas Cairo alcanzaba el otro lado y lo dejaba pagando, se detuvo
nuevamente, apuntando ahora con las dos manos al centro de la espalda y esperó que dejara
de bambolearse. Cuando apretó el gatillo todo se detuvo: él mismo, inmóvil, con las piernas
abiertas y los dos brazos extendidos hacia adelante, tensos todavía; Cairo arqueado hacia
atrás, la boca abierta, tratando de llevar aire a sus pulmones inundados. La barrera estaba allí
nomás, a dos metros, cuatro o cinco pasos vacilantes. Amagó agacharse para franquearla, pero
apenas tuvo resto para echarse sobre ella. Por un momento mantuvo el equilibrio; después
empezó a deslizarse con lentitud. A mitad del camino le falló el brazo izquierdo y el cuerpo giró
bruscamente hacia un costado. Se sostuvo todavía con la mano derecha, pero era más que
nada un reflejo inútil, un arañar la madera porque sí, cayendo. Abrió la mano y se desmoronó
del todo: los brazos en cruz, la cara al cielo. Antes que una tela oscura lo cegara, alcanzó a ver
la borrosa imagen de la locomotora pasando dos metros más allá de su cabeza. Duro el sol,
pensó. (Noches sin lunas ni soles; pp.166-167)

71
Los Gordos
La cana es gente fácil, es gente de un solo pensamiento: los malos, los buenos y ellos, los
dioses, los ambiguos, que están por encima del bien y del mal. La ley es un terreno; no, una
estructura subacuática en la que los únicos peces son ellos. Los demás nos ahogamos. De un
lado o del otro lado, bajo el agua, los buenos y los malos. Para peor, los malos, ni siquiera
tenemos el derecho a la inocencia, somos cómplices o víctimas. Los buenos, imbéciles,
cómplices, no de ellos, sino del ahogo. Voluntarios pagadores, los buenos. Pero hay que
reconocer que los molestan menos. Yo, para El Gordo, era malo. Era cómplice o víctima. Yo
tenía un curriculum y no podía haber cambiado. La cana no cree en el cambio, Cree que los
malos son esenciales, mas aún, son cristales inmutables, que se quiebran sólo por los planos
de clivaje y cuando se quiebra, no sirve. Yo era un cristal malo que, además, no se quebraba.
(Los tigres de la memoria; p. 38)

Sentí que mi vida estaba signada por la presencia de un gordo, llamárase como se llamare,
esos seres poderosos y traidores. (Los tigres de la memoria; p. 29)

Lo felicito Mack, entró en la pesada. (Un revólver para Mack; p. 28)

Serafín (…) tenía la cara metida en el cuello, sin mentón (…) era hombre de hundir las gruesas
pantorrillas en el mar, y los dedos, muy pequeños, muy finos, siempre temblorosos, en carnes
más fofas, en realidades más fofas que la suya (…) una lagartija con poder. (Los tigres de la
memoria; p. 13)

Veo la boca del hombre que no tiene cuello abriéndose y cerrándose enfrente de toda mi
inutilidad. Es la boca de los policías, de la gente que habla en actos públicos, de los asesinos.
(Los tigres de la memoria; p. 17)

Un cana es el único que se puede dar el lujo de ser un hijo de puta sin tener un mango. (Un
revólver para Mack; p. 64)

Sos el detective?

Sí.

No serás de la CIA?

No, trabajo solo.

Solo? Solo no llegarás a ninguna parte. Tenés que integrarte. (Un revólver para Mack; p. 72)

72
Entré en una secreta. (Un revólver para Mack; p. 238)

Contra quién luchábamos? Contra cualquiera. Más bien parecía una operación de barrido y
limpieza. Se metió la cana ¿De parte de quién estaba? Denuncias, allanamientos, tipos que
desaparecen, traiciones; lo que quieras. (Un revólver para Mack; p. 189)

Era un profesional, El Gordo. Un darwiniano elemental: no sirve, muere. (Los tigres de la


memoria; p. 37)

Todos eran gorditos al lado de El Gordo (…) La voz de El Gordo, ya se dijo, era lenta, pero nada
cálida; modulada pero filosa. Una voz de cana canchero. (Los tigres de la memoria; p. 55)

Tratar con seres como El Gordo, era una forma atroz de la gripe o el cáncer. (Los tigres de la
memoria; p. 59)

Las cosas cambiaron, ahora tenemos un gobierno popular pero eso nada significa para
nosotros. Seguiremos con lo nuestro, trabajaremos en colaboración en el futuro. (Un revólver
para Mack; p. 227)

Desde las cuatro de la mañana, bajo la lluvia con viento, aburrido, cansado, harto, había
seguido a un tipo, un Enemigo de la Sociedad. (Un revólver para Mack; p. 239)

Somos matones. Gente amante del arte y las buenas costumbres. (Verídico informe sobre la
ciudad de Bree; p. 180)

El policía se acercó a su ventanilla y miró dentro del coche. Ramiro se imaginó que los otros
dos debían estar en las sombras, apuntándolos. Y el cuarto, el que manejaba, ya debía estar en
contacto con el comando radioeléctrico. En cualquier momento podía aparecer una tanqueta
del ejército. Así le habían contado que se vivía en el país, desde hacía un par de años. (Luna
caliente; p. 1983)

Hay cosas que en este momento yo puedo hacer y hay cosas que usted no puede hacer, mi
amigo. Trate de entender esto de una vez por todas. (El agua en los pulmones; p. 14)

73
Vargas era un tipo sucio. Un tipo que traicionaba por costumbre, había que cuidarse de Vargas,
pero Vargas era sólo la parte que se podía ver de este asunto de mierda, él no era importante,
era peligroso simplemente. (El agua en los pulmones; pp. 134-135)

Es tira en la universidad: ficha a los estudiantes, botonea… cobra por eso (…) Para él soy uno
de ellos. (Manual de perdedores; p. 217)

Oíme, viejo… ¿Qué clase de tipo sos? ¿Vos te abriste, no? Hace mucho que te abriste. (Manual
de perdedores; p. 217)

A veces el doctor nos encarga trabajos chicos y los hacemos, pero no tenemos nada que ver.
(Manual de perdedores; p. 267)

Cuando tocamos a algún pez gordo la cosa se complicó (…) Había gente importante que estaba
en el fato y nos pararon. Toda la corrupción estaba en el Régimen depuesto y no podías
señalar que había mierda flotante. Nos dispersaron, (Manual de perdedores; p. 419)

dos monos que no conozco, de los que andan en la joda grossa y dependen directamente de
arriba me esperaban en la oficina. (Manual de perdedores; p. 484)

Eran buenos los muchachos del Obispo. Carísimos, pero buenos (…) Eran suaves, mortíferos,
eficaces. (La muerte de un hombrecito; p. 133)

Esperá. Dejá que tiren los pibes, que después desaparecen. Vos tenés que estar limpio. Suprino
dijo que vas a ser jefe en Tandil.

Allá debe haber comunistas a patadas. (No habrá más penas ni olvido; p. 39)

El Falcon verde estaba allí y el que gritaba era el gordo que seguía con la ametralladora pegada
a la mano. (Cuarteles de invierno; p. 171)

Siempre había estado loco, pero estaba del lado en donde esa locura era permitida; le habían
dejado matar, torturar, perseguir. Como a muchas de las bestias, le habían permitido realizar
su locura. (Los tigres de la memoria; p. 111)

74
Llevo la bolsa hasta el banco. Me siento, la abro y las más descaradas se abalanzan. Arrojo a
manos llenas, están hambrientas por el frío, la lluvia, la ausencia de visitantes, de jubilados con
sus miguitas. Desparramo hasta que todas las palomas de la plaza me rodean con un círculo
emplumado, me sumerjo en un mar negro azulado que hierve y ondea susurrante. Dejo caer
un puñado sobre mi sombrero, las ondas se alzan, río ante las primeras cagadas sobre mis
hombros, sigo arrojando y ellas cagando, me arrollan, sus picotazos me hieren, las cagadas
tibias me cubren la cara. Arrojo y cagan, arrojo y cagan, me río, me río, vacío la bolsa; una ola
gigante me envuelve.

Las cagadas se enfrían, se endurecen, camino con dificultad, los transeúntes se aprietan la
nariz y se apartan. Me voy endureciendo cada vez más. Alcanzo a tocar el timbre.

Abre Mary. Pega un grito y retrocede ante un monumento de mierda. (Verídico informe sobre
la ciudad de Bree; pp. 244-245)

Yo, Cralos

La situación me planteaba diversas salidas. Por ejemplo, decirle a ese enano barrigón,
explicarle al tajo inmundo de su boca, a sus orejas salientes que yo era quien yo era. Yo, Cralos;
yo el que derrotó a Juan de Orzón, yo el que fue esclavo y amo de los Dueños de la droga. El
que abandoné mi puesto cómodo de los prostíbulos de EL Norte, El que dejé de lado la
posibilidad de recuperar el poder y El que fui agradecido por eso. Yo el que vi arder las casonas
en Perú, antes de que nadie las viera arder, antes de que nadie presintiera la muerte y la
victoria. (Los tigres de la memoria; p. 23)

El Gordo lobo
El mal olor es la indignidad. Toda esa vejez podrida huele mal, es indigna. Clama por la muerte
que es digna. Como la emperatriz viuda de la China, simétrica y amarilla sobre un trono de
dragones. Inmóvil. El hombre lobo es el otro lado de la muerte. También está sentado. Pero los
dragones están adentro. Se retuerce de espanto en su silla, mientras le crecen el pelo, los
dientes y el odio. Afuera aparece la temida luna llena. Ha roto un escaparate para que lo lleven
preso. Ha explicado el espanto que se aproxima. Lo han soltado por loco. Ahora, en su cuarto,
es la bestia. Y es su primera víctima. El horror de las garras crecientes es aún más temible, más
doloroso y definitivo que el que tendrán las personas que abatirá entre la niebla. El hombre
lobo es el asesino. Ha salido del cine y ha tomado el té con tostadas en silencio, frente al reloj
de péndulo y a los vitraux que dan al patio. Mastica las tostadas y mira el sol que entra. Pero es
inútil. Con el hombre lobo la noche ha avanzado sobre el día. Nada lo salva ya. En el baño,
desnudo, piensa que es prisionero. Los enemigos lo torturan. Es sometido a la gota de agua. Es
castigado con toallas mojadas. Lo cuelgan del toallero; que se rompe. Esa barra quebrada
interrumpe el placer. Trata de unir los dos pedazos. Teme que el reto sea proporcional a sus
excesos sexuales (la tortura) y no al costo de la vara quebrada, que lo denuncia. Entonces tía
Susana golpea la puerta. Una voz chillona que reclama el baño. Siente frío y desconsuelo. Se
viste y sale. Tía grita, con que haciendo el atleta, etc. ¿Te creías en el circo vos, eh? A tu papá
no le hará ninguna gracia, payasito. No contesta. Baja las escaleras en busca de la víbora. Sube.

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Corre hacia la cama de la tía, que está en el baño e introduce la víbora entre las sábanas. Ya no
hay gracia para el enemigo. La guerra está declarada. El horror nocturno y la presencia diurna
de la bestia son sustituidos desde ese día, por el fervor. Ser el diablo es salvarse del diablo.
Producir miedo es salvarse del miedo. Salvarse del miedo es el secreto de la vida. La lucha es
sin cuartel. (Los tigres de la memoria; pp. 65-66)

Comodines
Era visceralmente antiperonista, se codeaba con altos jefes militares y había puesto en juego
esas amistades en más de una oportunidad a favor de militantes políticos con quienes
discrepaba. (Sombras de Broadway; p. 41)

(Berardi) Se acomodó en la época de Frondizi (…) pero ahora con los milicos está inflado.
Exporta, está en un grupo que quiere copar la UIA, sale a veces en Gente y suele pasear su
barriga por Mau-Mau. (Manual de perdedores; p. 223)

Intervalo teatral
El teatro es la risa, la torpeza, la pompa diabólica, la
pérdida de tiempo, la excitación de la concupiscencia, la
meditación del adulterio, el gimnasio de la prostitución.

San Juan Crisóstomo.

La escena representaba el consultorio de un médico: una camilla, un título, un


escritorio y – y esos detalles de Daille – el grabado ampliado de esa bella mujer sin ropa,
atrapada por el esqueleto de la guadañadora que puso un toque de erotismo en las salas de
espera hasta la década del cincuenta. El médico, sentado en su sillón, detrás del escritorio, era
un anciano bailarín, obsceno por sus arrugas, su maquillaje y sus muecas, que se dirigía con voz
muy aguda a un supuesto intercomunicador berreando:

- Señorita Marcela, que pase el siguiente.


Por una puerta falsa entraba la señorita Marcela, la señorita Marcela era la secretaria de
Granados, la verdadera Marcela.

Oí la risa de Daille, sentí su aliento en mi oreja:

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- Te lo dije. Marcela, María, todos regalos de un servidor a sus amigos.
Bah…préstamos, digamos. Cuando un servidor quiere que vuelvan a escena, las
chicas vuelven a casita, a Picadilly.
Marcela tenía puesto un delantal trasparente. Pero, a diferencia del consultorio real, lo
que se trasparentaba era un breve corpiño, una tanga mínima, un portaligas que ceñía las
medias de seda que subían desde los zapatos de taco muy alto.

El viejo verde balbuceaba:

- Mi amor, te dije que pase el siguiente, con vos acabo al final.


Risas.

- Ayyy, y yo que quería acabar ahora. Tenía tantas ganas, pajarito mío.
- Hmm hmm, primero está la obediencia debida a mi profesión.
Risas.

- Yo también soy una profesional del pajarito.


Risas.

- Vos sos una profesional del pajarito, nena, pero por ahora lo dejamos en la jaula. –
Risas, más risas. – Hacé pasar al siguiente.
- No sé si debo.
- ¿Por qué?
- Porque no sé si es el siguiente o la siguiente. Con los tiempos que corren…
Risas.

- Basta nena, que pase el siguiente, sea lo que sea.

Marcela hace pasar a una pareja. La mujer está vestida de hombre. El hombre, con barba, de
mujer. El médico dice:

- Señorita Marcela, yo no atiendo a esos dos. Esto no es una fiesta.

Risas. Marcela dice, dirigiéndose al público:

- Eso es lo que él cree.


- Doctor, somos un solo caso – dice la mujer/hombre –. Los dos queremos
cambiarnos el sexo.
- Ella me lo da a mí, y yo se lo doy a ella – dice el hombre/mujer y estallan más risas.

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Abrevio: el cuadro continúa con el doble striptease para la revisación. El doctor, cada vez que
intenta pararse, cae con sillón y todo, o rueda por el suelo, o rompe el estetoscopio. El
malentendido crece cada vez más burdamente. Trato de relatarlo así, brevemente, para
atenuar la vergüenza.

El hombre que está sentado al lado de Daille de este lado de la escena (yo, en otras
palabras) ha sentido desde el principio, desde que la verdadera Marcela apareció en el falso
consultorio, que otro hombre se ha sentado a su izquierda. No se da vuelta a mirarlo porque
no le gusta el aroma perfumado que el otro exuda y porque presiente una amenaza: un mono,
un guardaespaldas de Daille. Más allá, pero a la derecha, una chica muy joven mima a Daille;
un rostro inocente y despintado – otra secretaria se ha dicho el nombre, y no sin dolor y ha
dejado de mirar el perfil napoleónico de Daille, su nariz apuntando como una proa al
escenario, como si no lo afectaran para nada las caricias de todas las niñas del mundo.

Mientras tanto, el cuadro evoluciona a lo musical, ya sin abominables diálogos,


deslizándose de la pornografía oral a la de los cuerpos. El hombre calcula que, en más o menos
ocho horas, Daille se ha enterado de los sucesos del consultorio, ha recontratado a Marcela, ha
impuesto un nuevo show, para demostrar ¿qué? ¿Su omnipotencia, su poder? ¿Para que el
hombre sufra su pequeñez, la absoluta falta de privacidad de su vida y de sus actos? ¿Para que
se sienta amenazado? No es María la que ominosamente aparece en escena. La amenaza es
precisamente la ausencia de María. ¿Pretende hacerle comprender que las Marcelas y las
Marías son objetos de nada para él?

Una alusión es mucho más feroz que una amenaza. Y una ilusión que pone en tela de
juicio la realidad es más malvada que algo tangible.

Los monstruos lascivos persiguen a Marcela en escena, la tienen en la camilla y le


arrancan las ligas, las medias, el corpiño, la tanga. La llevan en alto. La muestran al público en
el borde mismo de las candilejas. Pero no en la postura clásica de la vedette triunfante, con
una pierna semilevantada y los brazos en alto, sino tomada de los tobillos y los brazos, boca
abajo, balanceándola rítmicamente con ademán de arrojarla a la platea, acompañando el
crescendo de la música.

Cuando acaba el sonido, la sala queda en un silencio tan tenebroso como el final de la
escena. Marcela, que ha sido arrojada contra nuestro sofá, cae torpemente, a la izquierda del
hombre de mi izquierda.

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Para el público la escena ha terminado. No para mí. Deduje que Daille me regalaba una
advertencia: lo de María podía ser peor que lo de Marcela. La figura sentada a mi izquierda
palpaba entre los reflejos mortecinos y rojizos el cuerpo acurrucado y desnudo de Marcela. Me
invadió la furia, pero había algo profesional, indiferente en las manos que tocaban. No me
costó reconocer el rostro de Granados. Era, en ese instante, una caricatura de sí mismo. La
boca formaba, alternativamente, la máscara de la tragedia y de la comedia. Intentaba alzar el
cuerpo de Marcela, como si quisiera llevárselo. Por fin se rindió y dijo, patéticamente,
médicamente:

- No tiene nada roto. Respira regularmente – y me sorprendió que agregara – No


está drogada.
Entonces cayó el telón y la sala quedó en completa oscuridad. Un momento de negrura
total, otro efecto de Daille. Granados ya no estaba junto a Marcela. Grité:

- apaguen el aire. - Y me respondieron aullidos y risas. La voz de Granados surgió a


mis espaldas, desde atrás del respaldo del sofá.
- Cuidá la piba. No es puta, es buena. Pero Daille la tiene – Eran parrafadas sin
aliento. – Daille está loco, en serio, se cree Dios. Salvate y salvala. Vos tenés el
papel y la gente. Vos podés matarlo. Salvate y cuidala. Dailla se cree…
Agarré de las solapas del saco a Granados. Tiré hacia mí. Sentí el aliento en mi mejilla.
No sé por qué le creía. Quizá porque había depositado un revolver en mi mano. Lo escondí
dentro de mi saco.

- Rajá – le dije -. Buscá al Obispo en casa. Decile que venga a las cuatro en punto con
todos lo muchachos. Ya.
Me dejo caer en el sillón. Palpo el sofá a mi derecha hasta tocar un muslo. Oigo una
risita. Daille no está.

A mi izquierda, Marcela gemía. Encogida, desnuda: Me saqué el saco. La tapé. Me


incliné sobre ella. No te preocupes - le dije - Granados mi pidió que te cuidara. Basta de llanto.
Ella consiguió callarse. Guardé el revolver, como pude, entre el cinturón y la camisa, en mi
espalda. Volví a sentarme.

El telón comienza a abrirse nuevamente. Los parlantes anuncian el segundo cuadro.


Miro a mi derecha. Daille me mira sonriendo.

- Usted no puede irse ni un minuto ¿Se descompuso Granados? Lo vi salir. ¡Te dejó a
su chica de regalo? – llama al mozo y dice -: Traiga una frazada. Que no bajen la

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refrigeración. No me importa de dónde. Quiero una frazada. – Ahora se vuelve
hacia mí. – podés ponerte el saco. No se puede estar sin saco, acá. Vos no estabas
en el cuadro ¿viste? Granados sí. ¿Te gustó la alegoría?
No supe a cuál se refería. Si a la de la pareja hermafrodita o a Marcela. El nuevo telón
de fondo era un gran sobre, con una dirección anotada en caracteres escolares: Viuda e hija de
Crespo. Sierras de Tandil. Los personajes, que ya estaban bailando, - una mezcla de hippies,
punks y orientalistas en túnicas, de todos los sexos posibles – fumaban extasiados, aspiraban
polvos, se inyectaban sustancias de colores y cumplían, en relantisseur, sus papeles
coreográficos. El público: fascinado. Miré el salón. Si Granados había logrado salir, si no estaba
vomitando en un baño…

- Mirá bien, que es para vos – Ordenó Daille.


Lo obedecí. Había apoyado la mano en mi hombro. En ese momento llegó la manta.
Me puse el saco, ocultándole a Daille la zona donde tenía el revolver. Después tapé a Marcela.
Estaba helada.

- Dejá de hacerte el samaritano y mirá – repitió Daille.


Su voz era cariñosa; la de los viejos tiempos. Miré y pensé. Me reconfortó el revolver.
Me alegro la improbable idea de que Granados avisara al Obispo. Eran buenos los muchachos
del Obispo. Carísimos, pero buenos: habían desbaratado tres huelgas de la bodega, habían
cobrado dos deudas incobrables de empresas grandes, entre otras cosas. Eran suaves,
mortíferos, eficaces. Respetaban al Obispo, que había sido jefe de ellos, Dios sabe cuándo y
dónde, en qué vericueto, dictadura, o grupo de tareas.

Alguna vez, un mayorista y un distribuidor hicieron trenza para apretarme. Se les


quemaron los negocios y cobré una parte de su seguro. Sí, eran buenos muchachos, pero me
reconfortaba tenr el revólver. Porque si Daille se creía dios, pensé, era inmanejable. Un
hombre con poder y maldad que se cree dios es como dios, imprevisible, arbitrario,
omnipotente, inmortal.

- No estás mirando bien –repitió Daille-; pero no importa. Falta, todavía, para que
aparezca María.
Los punks sólo llevaban tatuajes encima: svásticas, calaveras, signos indescifrables
sobre los cuerpos impregnados de aceite, botas y muñequeras con tachas y cadenas de
motocicleta en sus manos con las cuales azotaban con presunto sadismo a los Cristos y
yogadictas, semidesnudas, a los niños y niñas del flower power. Pensé se me habían puesto

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algo en el champagne o si ese estúpido aquelarre no había sido concebido, ensayado, realizado
aun antes de que yo recibiera los sobres.

Después del proverbial acoplamiento múltiple de los bailarines, se apagan las luces,
callan los sonidos eléctricos y psicodélicos y suenan clarines. Algunos spots iluminan el telón
de fondo que representa un sobre con una alusión a las sirenas de Tandil. El sobre, de papel,
estalla. La nueva escena es pura oscuridad. Nadie aplaude. Hay silencio. Hay toses, como en los
entreactos de los conciertos convencionales. Una voz en off anuncia:

- Nunca se vio ni se verá algo así en la Argentina.


Alguien eructa. Alguien llora en voz muy baja. ¿Es la muchacha envuelta en la frazada,
que apoya su cabeza en mi hombro? No es ella. Y sin embargo es un llanto. Viene de la escena,
cada vez más amplificado.

En el silencio sólo se oyen los picos de las botellas contra el borde de las copas;
llamados discretos a los mozos, los ruidos del hielo tintineando y el gorgoteo del whiski; la
discreta erupción del champagne ahogada por servilletas húmedas.

- Llegó el momento –dice Daille.


La mano de Marcela está tibia. Duerme, respira regularmente; o parece que duerme,
pero al menos respira regularmente. Tiene los ojos cerrados. Los amplificadores aumentan el
llanto en la penumbra.

- No vinimos al teatro –grita una voz con acento provinciano desde el fondo del
salón.
- Pa’ velorios mi mujer.
- Shhhhh.
- Al Colón, al Colón.
La luz de la escena se enciende. Vuelve el silencio.

¿Una cámara medieval de torturas en versión music-hall tercermundista? Hay una


rueda, inquisitorial, de esas que van estirando el cuerpo, desgajando los tendones, poco a
poco, hasta que las articulaciones se rompen. En una fragua se preparan los hierros candentes.
A la izquierda de la escena, abierto, hay un sarcófago con la forma de un cuerpo femenino
dejando a la vista los punzones afilados que atravesarán a la víctima cuando la carcaza de
hierro se cierre sobre ella. Verdugos corpulentos hicieron avanzar a las víctimas, cubiertas con
un sayal de arpillera, las cabezas ocultas con capuchas. Sí, la escena me estaba dedicada. Era
cuestión de sumar uno más uno: el sobre de los dólares.

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- Escuchá las palabras del verdugo –me dice Daille de pronto.
- ¿Otra alegoría? –pregunté, acariciando la culata del revólver, preguntándome si
estaba cargado o si era una parte del plan. Ya no confiaba tanto en la
desesperación de Granados. Más lógico era, después de todo, vengarse de mí en
complicidad con Daille, y no de Daille. Eso lo sabría sólo a las cuatro de la mañana.
Eran las tres y media.
- Sí, ¿por qué no? Escuchá.
El verdugo principal había despojado a las vpictimas de las capuchas y las denigrantes
túnicas con certeros toques de su látigo, sin tocarlas. A todas menos a una, la del medio. Había
sido aplaudido. Las ocho eran espléndidas mujeres desnudas. Ahora las amonestaba:

- ¿Quiénes osan mutilarse a sí mismos, calumniando la obra del Creador? Los que
pretenden que el cuerpo es nuestro enemigo. Pero el verdadero, único culpable es
vuestra voluntad corrompida, no vuestro cuerpo. Si no admitís lo que os digo, ¿por
qué no os cortasteis vuestras lenguas, causantes de blasfemias; vuestras manos
que sirven para robar, vuestros pies que os llevan al mal? Y bien: hacedlo. Y si no
podéis, aquí estoy yo para ayudaros.
La misma voz provinciana del fondo gritó:

- Dejámelas enteritas, nenem o vos te vas a quedar castrado.


Hubo carcajadas, aplausos y silbidos en el salón. El látigo volvió a restallar y la novena
víctima quedó desnuda.

Yo sabía desde el principio que la novena era María. Había decidido qué hacer en ese
caso. Pero quería saber hasta dónde era capaz de llegar Daille. Miré angustiosamente el rostro
de María. Había llorado. Estaba pálida y sin maquillaje. ¿Cómo esperar sin que sufriera más? El
castigo de los verdugos a las arrepentidas era que ellas mismas colocaran a la hereje en la
rueda. Otra mascarada para hombres más bien maduros; para el inocente público de Picadilly.
Sus hijos y nietos, sus mujeres habrían visto esa misma noche, más temprano, atrocidades
infinitamente peores en sus televisores.

Sólo quedaba suponer o temer, según el caso, que esa rueda funcionara realmente o
no en el escenario. Basta una palabra con respecto a un sobre –ni siquiera el sobre mismo, sino
una palabra- para que la mascarada no se convirtiera en auténtico horror. Todo en la vida es
así, pensé, así de frágil es el límite que nos separa de la muerte, el dolor o la locura.

82
Puede decirse, entonces, que la escena era bien real. Sacudía a todos, en pro y en
contra, a sabiendas o a ciegas: les tocaba el culo, por así decirlo. En ese momento de la noche
–el alcohol ayuda en tales casos-, nadie distinguía bien realidad de ficción; nadie sabía si la
mujer en la rueda, los verdugos y las arrepentidas los excitaban más que esos pedazos de
carne que pellizcaban en sus mesas. Lo obsceno es siempre traicionero. Pero había unos pocos
sujetos que veíamos una realidad real, doblemente real, donde el goce mostraba la otra cara
de su moneda: tortura, dolor, muerte. Y sin embargo, el espectáculo era el mismo ¿No es eso
asombroso? ¿Era más verdad nuestro juego o la falsa tortura de María para la abyecta mirada
de un público democráticamente excitado? Daille tenía razón: eso se sabría a posteriori. Una
palabra mpia podía inclinar la verdad hacia el lado del público: el sobre a cambio de que todo
fuera una farsa. Mi silencio, en cambio, podía matar a María. Pero, para el público, ¿la escena
no seguiría siendo la misma?

Miro el reloj: son las cuatro menos diez de esta imposible, interminable madrugada.
Trato de imaginar la luz pálida afuera, los taxis acumulándose en la puerta; la ciudad de los
borrachos, las putas, los locos –la ciudad de los trabajadores despierta algo después-, y en
alguna parte el Obispo, y tal vez, sus hombres. María está en la rueda. El cuerpo desnudo se
tensa, pero no ha llegado aún el momento. Verdugos y arrepentidas dan grotescos pasos de un
ballet sacrificial. Algunas arrepentidas son arrojadas a los hornos de luz roja; otras, marcadas
por los hierros candentes; otra, encerrada en el sarcófago de hierro que tendrá algún truco
para que la vpictima desaparezca antes de que la atraviesen los punzones.

- Basta, Daille –dije de pronto. (La muerte de un hombrecito; pp. 127-139)

El receptor

Arocena, ese mandria, interrumpe la comunicación, interfiere los mensajes. Trata de


descifrarlos. ¿O son mis hijos los que custodian la entrada y no dejan pasar las
palabras a este lado? ¿Filtran, ellos, mis hijos, los mensajes que recibo sin que me
estén destinados? (Respiración artificial; p. 62)

Una de las cartas estaba cifrada. O todas. Arocena reordenó las que
tenía desplegadas sobre el escritorio. Revisó los sobres y estableció rápidamente
un primer sistema de clasificación. Caracas, Nueva York. Bogotá; una carta a Ohio,
otra a Londres; Buenos Aires; Concordia; Buenos Aires. Numeró las cartas: eran

83
ocho. Dejó a un costado la carta de Marcelo Maggi a Ossorio que recién había
leído. Tomó una ficha, anotó algunos de los nombres que seguían: Juan Cruz
Baigorria, Angélica Echevarne, Emilio Renzi, Enrique Ossorio. La luz de los
fluorescentes no bastaba. Encendió la lámpara; trató de que iluminara el centro
de la mesa. A igual distancia de los bordes, pensó, y movió apenas la pantalla.
Tomó un sobre escrito a máquina; papel con membrete: Ediciones del Orinoco, Avda.
Simón Bolívar 687. Caracas (4563). Venezuela. Alzó la hoja y la observó a contraluz. La dejó
otra vez en el escritorio y empezó a leer. (Respiración artificial; p. 76)

La escritura ingenua, pensó Arocena. Por ese lado no lo iban a


sorprender. Winnesburg, Ohio: se repite tres ve- ces. Comprendió que había
también cierta recurrencia en las palabras mal escritas. Las anotó, aparte, en
una ficha. Después contó las letras: conectó ese número con el total de
palabras de la carta: analizó esa cifra: clasificó según ese número las vocales del
alfabeto. Trabajaba con la hipótesis de que el código debía estar cifrado en la
misma carta. Todo podía ser un indicio para encontrar la clave que le
permitiera descubrir el mensaje secreto. (Respiración artificial; p. 86)

Arocena reordenó el texto, separó la carta en párrafos. La clave no


coincidía. No había nada ahí. ¿No había nada ahí? Trabajó todavía un rato más
pero al fin se decidió a abandonar esas hojas mal escritas. Buscó la carta que
seguía. Emilio Renzi, Sarmiento 1516, a Marcelo Maggi, Casilla de Correo 12.
Concordia. Entre Ríos. Acomodó la luz de la lámpara y empezó, otra vez, a leer.
(Respiración artificial; pp. 88-89)

Arocena separó el recorte que venía en el sobre. Londres 9 (AFP). PREMIO. Martín
Carranza, estudiante de postgrado en el Departamento de física de la Universidad de Oxford
recibió ayer en ésta el premio único al mejor “paper” del año en la categoría Investigaciones
de doctorado. Premios, pensó, se progresa. Ahora los nenes de mamá se dedican a la
física y sus hermanas se masturban con Las flores del mal. Trabajó cerca de una hora
con esa carta. La dividió en fragmentos y cada fragmento en frases y cada frase en
palabras y en letras. Buscó expresiones anagramatizadas, letras repetidas. Al final
conocía casi de memoria ese texto y podía percibir con claridad su lógica. París:
cinco letras. Londres: siete letras. Volvió a leer. De pronto comprendió que
había una recurrencia entre las palabras subrayadas, una especie de repetición fija. El
código podía estar en las letras que se- guían al final de cada corte. Reconstruyó
la carta a partir de esas separaciones y volvió a organizarla, pero la clave no era
esa. Había algo que no concordaba.

¿Cómo descifrar entonces esas cartas? ¿De qué modo comprender lo que
anuncian? Están en clave: encierran mensajes secretos. Porque eso son las cartas
del porvenir: mensajes cifrados cuya clave nadie tiene.

¿De qué modo entender allí lo que viene y se anuncia? El Protagonista


sospecha, insiste, se mueve a ciegas.

Quedaban otras dos cartas. Una dirigida a una extraña dirección en Buenos
Aires: escrita a mano, en una hoja con membrete de un hotel de Bogotá. El que
escribía estaba desesperado, en una Iglesia le habían robado todo lo que llevaba,

84
pedía urgente un giro a la oficina de importaciones que era su lugar de trabajo.
(Respiración artificial; p. 95)

Comprendió de entrada dos cosas. Primero: que en el título de los libros y


en los libros mismos no podía estar la clave; era demasiado evidente. Segundo:
que trataban de distraerlo con esa historia. La clave estaba en otro lado. Las
palabras que iniciaban los párrafos tenían once letras, todas empezaban con una vocal
distinta. Las once letras marcaban el orden de las frases y daban el código que
regía el mensaje cifrado. Arocena trabajó con calma y una hora después había
reconstruido el texto oculto.

No hay novedades. Espero el contacto. Me quedaré en el Hotel Central Park,


8th. y 42. Broadway. Si no hay noticias antes del 20, seguiré las instrucciones
9. 8. Si hay dificultades y tengo que volver, espero un telegrama. Que diga:
Felicidades, Raquel

Se sentó frente a la máquina. Escribió: Carta cifrada de Nueva York. De Enrique


Ossorio a Marcelo Maggi. Transcribió el mensaje que había descifrado. Después,
abajo, agregó: Mandar telegrama a Enrique Ossorio. Hotel Central Park. N. Y. Que diga:
Felicidades, Raquel.

Bastante imaginativo el pibe, pensó Arocena. Lo único que falta es que ahora
se dediquen a la literatura fantástica.

Se levantó y juntó las otras cartas. En una ficha escribió: Angela “internada”
el 14. Concordia. Renzi, llega día 27. (Maggi). Martín Carranza: postgrado en Oxford.
Pronto llegarían nuevos mensajes que hablarían de física cuántica o de los peces
de colores. Miró la que venía de Colombia. Esta no va, decidió, y durante un
momento se divirtió pensando en el oficinista varado en una pensión rasposa
de Bogotá. Que se joda por huevón, pensó, ir a misa con toda la plata encima.
Entonces, como si la imagen de los ladrones que roban en una iglesia lo hubiera
ayudado, pensó que un código podía también estar cifrado. Un código también es
un mensaje, pensó.

Leyó otra vez el mensaje que terminaba de descifrar. (No hay novedades.
Espero el contacto. Me quedaré en el Hotel Central Park, 8th. y 42. Broadway. Si
no hay noticias antes del 10, seguiré las instrucciones 9. 8. Si hay dificultades y
tengo que volver, espero un telegrama. Que diga: Felicidades, Raquel. ) Contó las
letras, encolumnó las palabras. 3 x 2 + 5 = 11. Once. La misma cifra. ¿Las vocales
estaban salteadas? ¿Las consonantes? A las dos horas había reconstruido el mensaje
que se encerraba en el código que acababa de descifrar.

Raquel llega a Ezeiza el 10, vuelo 22. 03

Miró la frase. Estaba ahí, escrita en el papel. Raquel llega a Ezeiza el 10,
vuelo 22. 03. ¿Y si no fuera así? ¿Quién podía confiar? Raquel: anagrama de Aquel.
Escribió Aquel en una ficha. La dejó aparte. Ezeiza: e/e/i/a. Doble z. ¿Una
aliteración? Estaban las cifras: 22. 0310. La e se repite seis veces en toda la frase.

85
La a se repite cuatro veces en toda la frase. Hay una o y una i. Cada palabra
podía ser un mensaje. Cada letra. ¿Quién llega? ¿Quién está por llegar? Las
cifras: 2.20.31.0. E/e/a/i/u/o. Doble z. Raquel: un anagrama. ¿Quién llega?
¿Quién está por llegar? A mí, pensó Arocena, no me van a engañar. (Respiración
artificial; pp. 99-100)

Tiburones en el asfalto
El Falcon entró en la Jefatura de Policía y se estacionó en el pequeño patio interior. Había otro
patrullero estacionado, una camioneta con rejillas en la puerta trasera y otros dos Falcon,
verdeclaros, sin patentes y con antenitas de radiocomandos. Ramiro reconocí esos temibles
coches de los agentes parapoliciales. (Luna caliente; p. 85)

Al cruzar el puente Pueyrredón, le revisaron el auto. Un oficial de modales corteses e irónicos e


dio vuelta el Plymouth como un guante, miró cinco veces la autorización para portar armas
que justificaba su revólver, lo dejó ir con un golpecito cargador en el guardabarros trasero que
era casi una palmada en el culo.

Por Pavón también había movimiento policial pero la gente andaba con naturalidad. Había
pibes subidos a los carros de asalto estacionados mientras los de la guardia de infantería
acariciaban distraídamente sus bastones. (Manual de perdedores; p. 287)

Iban en mi Citroën. A dos cuadras de casa los interceptó un Falcon verde, sin ninguna
identificación. Bajaron cuatro tipos armados y se los llevaron. (Sombras de Broadway; p. 24)

El ambiente en el Falcon era gélido, a pesar del calor de la noche, así que se dedicó a mirar la
luna, desde la ventanilla. Estaba caliente; todo el país estaba caliente ese diciembre del 77.
(Luna caliente; p. 100)

Cuando un carro de la guardia de infantería se detuvo frente a la puerta los estudiantes apenas
giraron la cabeza, como quien comprueba un hecho cotidiano. (Manual de perdedores; p. 211)

Caminó por Moreno hacia Entre Ríos y el Falcon dobló con él. En la esquina torció a la
izquierda y el auto siguió derecho. (Manual de perdedores; p. 79)

Afuera sonaron las sirenas de los autos policiales atravesando la noche. (Manual de
perdedores; p. 260)

86
Frente a la estación de Lanús había control policial. Lo pararon. A la altura de Lomas le
revisaron el baúl. Tuvo que creer que el auto viejo y su pinta de chalado lo convertía en un
sospechoso nato. (Manual de perdedores; p. 297)

Por la avenida pasó un jeep del ejército en el que iban los tipos que nos habían controlado en
la estación. (Cuarteles de invierno; p. 15)

Ya el Falcon se había ido silencioso como una víbora. (Manual de perdedores; p. 484)

Frente al cine teatro Avenida había dos taxis y dos soldados con cascos y ametralladoras, como
los de la estación. (Cuarteles de invierno; p. 26)

Frente al teatro había un Falcon verde. Un gordo en mangas de camisa apoyaba su


ametralladora en el capó y sudaba a mares. Un poco más allá, sobre el paredón de la Sociedad
Española había un jeep del ejército. (Cuarteles de invierno; p. 47)

Tomé el bolso y salí a la calle. Los jeeps del ejército estaban allí, cargados de soldados.
(Cuarteles de invierno; p. 143)

Cuatro brillantes automóviles Ford Falcon, de hermoso color negro y sin patentes, asustaban
con sus ululantes sirenas a los desprevenidos peatones, y convergían todos hacia un misterioso
garaje situado en Villa Crespo. (De Dioses, hombrecitos y policías; p. 121)

Militares
Este país todavía no conoce la furia del Ejército Argentino. ¿Y lo que vimos hasta ahora, qué
fue? ¿Una muestra gratis? ¿La cola de una película de terror que todavía no se estrenó?
(Timoteo; p. 220)

Todos los numerosos habitantes de la vasta Argentina, asolada por militares, resultaban
sospechosos para los militares que gobernaban el país y para los oscuros parapoliciales que
con placer los secundaban. (De Dioses, hombrecitos y policías; p. 223)

87
Los militares llevaron hasta el paroxismo la tragedia de la ficción, internaron al país
profundamente en ese lugar donde las palabras son las cosas, donde los deseos se corporizan,
donde no se conoce la memoria y donde lo que se dice es lo que Es. Las balas inglesas y los
pañuelos blancos indicaron cuál era el punto de retorno. Pero todavía no hemos vuelto. (Tela
de juicio; p. 247)

Abrí la puerta (…) Delante de mí estaba un militar de uniforme y todo (…) A su lado, dos
soldaditos con metralletas me apuntaban. (Verídico informe sobre la ciudad de Bree; p. 254)

Enseguida llegó un hombre de estatura mediana, muy delgado, más que Almirón. Debía tener
unos cincuenta años. Vestía un pantalón de hilo color crema, una camisa a rayas celestes y
blancas impecablemente planchada y lucía un pañuelo de seda en el cuello. Era un tipo
bronceado, de los que llevan muy buena vida, y sobre el labio superior, muy carnoso, se
mostraba un pequeño bigote con algunas canas, que hacían juego con las de las pastillas. En el
anular izquierdo llevaba un enorme anillo, de oro macizo.

Se sentó sobre el escritorio y empezó a balancear una pierna. Por el engreimiento y la


seguridad del tipo, Ramiro se dijo que no podía ser otra cosa que militar. (Luna caliente; pp.
105-106)

Por qué vamos a retirarnos si los tenemos con el culo a cuatro manos?

Vienen el ejército y la policía federal. (No habrá más penas ni olvido; p. 118)

los soldados. El más alto me apuntaba sin mucha convicción; el otro, un morocho que tenía el
casco metido hasta las orejas, se quedó más atrás, casi en la oscuridad. El suboficial llevaba
uno de esos bigotes que ellos se dejan para asustar a los colimbas. (Cuarteles de invierno; p.
14)

Veintidós muertos en un solo día. No fue un chiste, le aseguro. Felizmente hace tres años que
tenemos a los militares aquí- Ya hicieron una escuela y un cuartel. (Cuarteles de invierno; pp.
36-37)

Pueblo y Fuerzas Armadas Unidos en el común destino de paz y grandeza. (Cuarteles de


invierno; p. 62)

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El infierno de Dante era inmenso. Auschwitz era grande. Los militares argentinos consiguieron
el milagro de la pequeñez. Pudieron reducirlo a las dimensiones de un sótano, o de un taller de
automóviles. (Tela de juicio; p. 188)

Recomendación:

Revisar cuidadosamente silla de ruedas, en previsión de ocultamiento de propaganda


subversiva o armas. (De Dioses, hombrecitos y policías; p. 129)

Yo le calculo a las cuatro.

Hasta las seis no me acuesto

Qué le vas a hacer. Este laburo es así.

(…)

Los sacamos por la lista.

Doce cualquiera he dicho.

Espero que no jodan los de la 45 otra vez. (De Dioses, hombrecitos y policías; p. 143)

antes de invadir las Malvinas, habían secuestrado niños y adultos, habían introducido en las
gargantas de sus prisioneros bolitas eléctricas, habían puesto picanas en la vagina de mujeres
embarazadas para producir descargas en los niños no nacidos aún. Gente tan piadosa y
cristiana como el general Videla, había mandado que se hicieran esas cosas, o había esperado
a que las prisioneras tuvieran sus bebés para secuestrarlos y darlos en adopción a algún amigo
como regalo de Navidad. Habían hecho desaparecer a miles de personas, lo cual es un acto tan
ficticio como hacer aparecer a miles de personas de la nada.

Clandestinamente, habían borrado los límites de la realidad, habían alterado el mecanismo de


lo real, habían desgarrado la delicada tela de la ficción. Y una vez hecho esto, se pueden
invadir islas, continentes o lo que sea sin ningún problema.

Habían dado en la clave de una tragedia genuinamente argentina: la ficción. (Tela de juicio; pp.
12-13)

Freddy Krueger
Todo pasaba en el Plymouth. No sé cómo pero estaba con una mina. Yo había estacionado en
una gran avenida arbolada, de día. La mina se ponía –vaciló- mimosa, yo le apoyaba la mano
en la rodilla y empezaba a subir. Pero en eso sonaban como bocinazos fuertes y me daba
vuelta. Eran dos tanques de guerra que avanzaban. La mina abría la puerta y rajaba pero yo no

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podía y los tipos de los tanques me apretaban. Era como si me pellizcaran el Plymouth desde
atrás, me lo fueran apretando de a poco. Yo me ponía de espaldas contra el parabrisas,
parado, y lo veía al tanquista que desde arriba me meaba y se reía. (Manual de perdedores; p.
313)

El capitan
capitan Gandhi
Un loco de la Libertadora que hizo cortar la cabeza de Juan Duarte. Se la mostró a Cámpora:
‘Dígame la verdad, doctor Cámpora. ¿Se suicidó él o lo suicidaron ustedes?’ Entre tanto, la
cabeza yace sobre el escritorio. Tiene un buen agujero en la cabeza. Gandhi le mete por ahí un
lápiz y revuelve: ‘Es un agujero muy grande para una 38’. Juancito Duarte había dejado una
pintoresca (por darle un nombre) nota de suicidio en la que decía que se volaba la tapa de los
sesos con una 38. Y después añadía: ‘Perdón por la letra. Perdón por todo’. La bestia del
Capitán Gandhi (Capitán González Alvariño, otra joya de la Libertadora, macabro, poseído por
la nacrofilia) insiste en mostrarle el cráneo a Cámpora: ‘Mire este agujero. No es de una 38. Es
de una 45. No se suicidó. Lo mataron ustedes’. Todo para probar que los peronistas eran
asesinos. Y sobre todo Perón. Que hasta había ordenado la muerte del hermano de Evita.
(Timote; p. 104)

Yanquis come home


Era el Imperio el que también decía: cuidado con Perón. (Timote; p. 77)

Estimamos que la alteración del orden alcanzará muy pronto a las ciudades importantes, dijo
John con voz grave y sin matices. Parece indispensable entonces implantar estado de sitio,
toque de queda y vigilancia de la ley marcial. (Los asesinos las prefieren rubias; p. 51)

hoy debemos enfrentarnos con un nuevo tipo de delincuencia; la delincuencia subversiva. Y


porque comprendí también que para enfrentarlo con éxito nos eran indispensables los viajes
de perfeccionamiento al exterior. (De Dioses, hombrecitos y policías; p. 94)

Hacen una tarea que el gobierno no siempre puede efectuar por culpa del maldito congreso,
los malditos grupos pacifistas y los malditos periodistas estilo Jack Anderson. (Sombras de
Broadway; p. 174)

la palabra Napalm que tiene el sonido de dioses antiguos. Los napalms, los asesinos, los
dueños del fusilamiento; esa gente adiestrada que baja de helicópteros; los ágiles habitantes
de pájaros salvajes, los admirables dueños del eficaz mal, de la desgracia. (Gente del Sur; p.
113)

90
Los altos
Los gordos, cuando son buenos, son buenísimos. No se puede decir lo mismo de los flacos, por
ejemplo: ‘flaco bueno’ no suena convincente. Hasta los gordos malos, esos seres sanguinarios
y brutales, son menos malos que los flacos malos. (La muerte de un hombrecito; p. 155)

El Gordo suda más que nunca al hablar del Coronel. Suda más. Tiene al coronel metido en el
cuerpo. El Coronel le activa las glándulas. Si algo ama, es al Coronel. (Los tigres de la memoria;
p. 67)

Hay un solo lenguaje indiscutido, y es el lenguaje del poder.

Ese es mi discurso

(…)

Cree realmente que tiene el poder en sus manos¿?

A veces me hace gracia usted. (Los asesinos las prefieren rubias; p. 103)

Escuche, inspector. Soy un general de la nación y lo menos que puedo esperar de usted es
respeto (Los asesinos las prefieren rubias; p. 28)

Tiene usted algún General? Tiene usted algún alto oficial de policía? Tiene usted algún
protector, alguien que de créditos? (Los tigres de la memoria; p. 43)

El Coronel tiene una organización de seguridad, en la superficie, claramente legal. Cuida


empresas, rompe huelgas, provoca desórdenes o el orden, depende del punto de vista. Para
poder dar forma a la empresa ha sacado mucha gente de adentro. Gente que le está muy
agradecida. (Los tigres de la memoria; p. 68)

El Coronel está muy enfermo, toma mucho (…)

Algunos, pocos, pero comete errores (…)

La guerrilla, por ejemplo. Hay cosas que sabemos y no decimos, como lo de tus hijos y algunos
grupos más. U otras, sobre negociados (…)

Tendrá que irse. Tuvo que ver con el cadáver de Evita (…) fueron dos. Uno lo llevó a Italia. Otro,
íntimo amigo y socio, lo entregó en España años después. Al Coronel le gusta

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la acción directa. (Los tigres de la memoria; p. 69)

Cuántos pordioseros maltratan sus hombres por día, señor Stein? (El cerco; p. 21)

Todo lo que tiene que hacer es confesar, y sale derecho. Yo lo arreglo. Y después charlamos,
porque nosotros estamos empeñados en un proceso de largo plazo, entiéndalo. Un proceso en
el que el verdadero enemigo es la subversión, el comunismo internacional, la violencia
organizada mundialmente. Nuestro objetivo es exterminar el terrorismo, para instaurar una
nueva sociedad. Y si le pido que confiese es porque también debemos ocuparnos de cualquier
crimen, cualquiera sea su causa, porque necesitamos construir una sociedad con mucho
orden. Pero se trata de un orden en el que no podemos permitir asesinatos, y menos por parte
de gente que puede ser amiga ¿Me entiende? Y además, un asesinato es una falta de respeto,
es un atentado a la vida. Y la vida y la propiedad tienen que ser tan sagrados como Dios
mismo.

Pero yo no maté a Tennembaum. Y tampoco sé si colaboraría con ustedes.

Eso habría que verlo. Porque en este país, ahora, o se está con nosotros o se está contra
nosotros. No hay neutrales. (Luna caliente; p. 109)

No sé cómo describir al hombrecito. No era mejor ni peor que otros, pero algo lo diferenciaba
(…) Pertenecía a una curiosa categoría. La de los que viven a perpetuidad presos por y en una
época improbable en la que eran protagonistas de un modo de vida. (La muerte de un
hombrecito; p. 7)

Hablé con el intendente y me dijo que manda diez civiles más. Arriba quieren que el trabajo se
haga rápido y limpito (…) Eso sí, tenemos que mostrar algunos policías lastimados. Para los
periodistas. (No habrá más penas ni olvido; p. 39)

gente selecta, intachable, también estarán los militares y si promete no cantar alguna pieza
subida de tono vendrán los tres miembros de la Iglesia. (Cuarteles de invierno; p. 26)

La cosa viene de arriba.

Del Capitán Suárez –dije-. Estuve con él esta tarde.

De arriba, de arriba –bajó la voz-. De los servicios. (Cuarteles de invierno; p. 66)

92
El hombrecito, sin saberlo, no sólo creó el futuro que nos devoró y aún nos devora a todos,
sino que cambió el pasado, lo distorsionó, lo violentó, lo lanzó y nos lanzó a todos hacia el
espectro feroz de la impredictibilidad. Cada recuerdo, desde ese instante, fue una bestia; cada
amor, un rencor; cada odio, esta pesadilla. (La muerte de un hombrecito; p. 58)

Nadie era como él (…) porque Crespo no se contentaba con las cosas que hacía (…) Cuando ya
eras una rutina, te pasaba a Daille. Daille era un bebé de teta al lado de Crespo. A algunas las
desapareció, porque ya no le servían para nada. (La muerte de un hombrecito; p. 180)

Yo soy casi uno de ellos, de los cinco o seis que deciden. (La muerte de un hombrecito; p. 198)

Un Pano
Panoptico
De agente Pascual a of. subayudante Covas. (De Dioses, hombrecitos y policías; p. 37)

De subayudante Covas a of. principal Farías. (De Dioses, hombrecitos y policías; p. 39)

De oficial principal Farías a comisario Bevilacqua. (De Dioses, hombrecitos y policías; p. 48)

De comisario Bevilacquaa inspector mayor Guso, de Superintendencia de Seguridad. (De


Dioses, hombrecitos y policías; p. 59)

parapoliciales, semejantes a El Chivo. (De Dioses, hombrecitos y policías; p. 198)

el grupo estaba formado por muertos muy ilustres pues todos ellos habían sido en vida
militares o guardadores del orden. Y todos habían muerto en manos de elementos
subversivos. Y todos habían sido amados por el taciturno Edes pues, durante sus pasos sobre la
tierra, le habían procurado numerosas almas a su Mansión. (De Dioses, hombrecitos y policías;
p. 63)

Y desde una alta y solitaria cumbre del Olimpo, imponentes observaron los tres inmortales el
proceder terrible del iracundo Edes. (De Dioses, hombrecitos y policías; p. 197)

Los poli
politicos

Por mi lado, ningún interés en la política. De Yrigoyen me interesa el estilo. El barroco radical
(…) Tampoco comparto tu pasión histórica. Después del descubrimiento de América no ha
pasado nada en estos lares que merezca la más mínima atención (…) La historia argentina es el
monólogo alucinado, interminable, del sargento Cabral en el momento de su muerte,
transcrito por Roberto Arlt. (Respiración artificial; p. 15)

Saludé con la cabeza a varios conocidos, ex diputados y senadores que conspiraban


puerilmente a la vista de todo el mundo. (Los asesinos las prefieren rubias; p. 102)

93
El Pueblo II
El poder, señor Stein, suele ser un acto de violencia. Y no es conveniente olvidarlo. (El cerco; p.
130)

Quizás todo se deba al estado de confusión que reina en todo el país y en el mundo. Deben ser
las sombras solapadas. (Un revólver para Mack; p. 224)

Nadie piensa en ese pequeño fascismo cotidiano que va minando la humanidad (…) esos
personajes están ubicados en los lugares claves de lo real, y nos condenan a todos al
inmovilismo. (Verídico informe sobre la ciudad de Bree; p. 179)

En un rincón brilla el sofisticado centro musical, comprado al calor de Martínez de Hoz, cuando
el dólar era barato, cuando todo parecía barato y se viajaba hacia paraísos artificiales, para
luego volver contundentemente a las noches del gobierno militar, cruzadas de sirenas
policiales, y a los días poblados de baratijas. (Tela de juicio; p. 29)

Quisimos movernos al compás de una música que sonaba disconexa, pero creíamos
sabiamente organizada por un cerebro superior, por algún músico de talento, que, aunque,
nosotros no lo comprendiéramos, ajustaba sus compases a nuestras necesidades y madurez
histórica. Y no hicimos más que componer un baile dislocado donde las víctimas no fuimos sino
nosotros mismos. Aquellos ruidos no eran sino nuestro ruido, aquel supersentido que
creíamos encontrar no era más que nuestro deseo febril, corporizado en demonios y angelitos.
(Tela de juicio; p. 61)

Hay una fisura por la que se cuela la ficción y tenemos miedo. Le tenemos miedo al pasado y al
recuerdo. Tenemos miedo y nos vendemos por nada. (Tela de juicio; p. 174)

La Jungla de Cemento
El comisario Lugones dirigió la inteligencia del Estado y realizó y llevó a su culminación la obra
de su padre y fue su albacea y el encargado de prolongar todas las composiciones poéticas y
literarias del poeta, avanzó y profundizó en el espíritu nacional y del mismo modo que su
padre escribió la Oda a los ganados y las mieses, él usó un instrumento de nuestra ganadería
para mejorar el control del Estado sobre los rebeldes y los extranjeros. El comisario jubilado
terminó encerrado en su casa del barrio de Flores, atacado por el mal de Parkinson, sin dormir,
insomne, aterrorizado por los posibles atentados terroristas, por la posible venganza de los
hijos de los anarquistas torturados, encerrado en su casa, con las puertas y las ventanas
enrejadas y un complicadísimo sistema de espejos que le permitían vigilar desde una silla de
ruedas, con la que se deslizaba por las habitaciones, simultáneamente todos los ambientes de

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su casa, reflejados en los espejos inclinados en los ángulos del techo y en las puertas, ver toda
la casa en una sola visión y también el parque y la entrada. (La ciudad ausente; pp. 160-161)

(…) quemaduras. Las hacen con una maquinita.

Ella vuelve a mirar la pija de cerca, la acaricia. (Noches sin lunas ni soles; p. 129)

¿Dónde fue?

En una casa particular que tenían para maquinear a la gente. (Noches sin lunas ni soles; p. 133)

Tantas veces lo han maquineado a uno que al final termina sabiendo de qué se trata. Hay
muchos modelos; las más berretas están hechas con un encendedor de gas, esos que se
enchufan y hacen ruido cuando apretás el botoncito; le sacan el protector de la cabeza y te
tocan con la resistencia. Después tienen una especie de sello, que no te aguijonea como el otro
aparatito sino que parece que te chupara. Hay un rodillo también. Qué se yo. Hay tipos que te
mandan la electricidad a la cama. La imaginación del hombre para estas cosas no tiene límites.
Total, vos, estaqueado, estás para cualquier cosa. (Noches sin lunas ni soles; p. 134)

Era la época de la Libertadora y traían detenidos todos los días. Obreros peronistas, casi
siempre (…) Una tarde, buscando a alguien en otro piso, abrí una puerta y me encontré con un
tipo que flameaba bajo la picana (…) El tipo que picaneaba almorzaba todos los días conmigo,
tenía mujer, yo conocía a los pibes (…) Fui al baño y vomité. Me saqué lapilcha y no me la puse
más. (Manual de perdedores; p. 420)

bajo la picana, les confesé qué eran realmente esos papeles. (Los tigres de la memoria; p. 120)

Si realmente nos proponemos hacerlo hablar… Usted sabe que podemos conseguirlo. Tenemos
formas… (Luna caliente; p. 107)

No le importaba que lo pasaran por “la máquina” (…) Ni siquiera el castigo del escándalo (…) La
condena era ser joven y estar vivo, y no poder morir ni amar, en esas tierras de nadie. (Luna
caliente; p. 157)

Hunden el tubo de goma en mi nariz y me parece que lo tuviera en la boca, conecta el tubo a
un tanque de lata y estoy atado y tengo la cabeza para arriba, puedo ver un techo blanco
cubierto de grietas y telas de araña y una lamparita cuelga del techo, no respiro, no pienso, no
respiro. (El agua en los pulmones; p, 132)

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Hay que arrestar a todos los dirigentes fichados y obtener de ellos la mayor información
posible. (Los asesinos las prefieren rubias; p. 112)

Mire, caballerito. Podría usar medios violentos, pero yo no torturo a nadie, jamás lo hice y
tampoco lo haré. Por otra parte, en esta pequeña localidad, alejada de los grandes centros
urbanos, no disponemos de los aparatos modernos para el interrogatorio. Nuestros métodos
son antiguos y naturales. (Un revólver para Mack; p. 88)

He tenido demasiados amigos presos, demasiados amigos torturados, demasiados amigos


muertos. Ya eran demasiados en enero del 73. Excesivos y demasiados. (Los tigres de la
memoria; p. 47)

Yo conocí, cuando era joven, a los escritores que ahora detienen. Yo viví en sus casas. (Los
tigres de la memoria; p. 52)

Grillo no tiene padre (…) Su padre, según me contó por entonces, había desaparecido. No,
muerto. Desaparecido. (Prohibido escupir sangre; p. 27)

Le presento a mi hijo mayor, Hugo. Necesita esconderse (…)

No entro, viejo. Y menos en la cueva de un ideólogo del sistema. (Prohibido escupir sangre; p.
39)

A veces pienso en Lucas Rosenthal, un actor amigo que volvió del exilio después de triunfar en
el teatro de España. (La hora sin sombra; p. 63)

Hablé con abogados, con policías, con organizaciones políticas, con la gente de la OEA. Algunos
compañeros de él, que estaban presos, dijeron haberlo visto en una o en otra cárcel, pero los
lugares y las fechas resultaban siempre contradictorios. (Sombras de Broadway; p. 24)

El exilio es como un enorme tribunal lleno de Jueces. Jueces que nunca absuelven; sólo
condenan. Condenan a los que se quedaron, a los que no resistieron a la tortura; a los que se
salvaron; a los que claudicaron; a los que siguen militando, si sus ideas son medio diferentes; a

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los que no militan; a los que empezaron a hacerlo tarde; a los que prefirieron cambiar de vida y
ver cómo es el mundo afuera de la política. (Sombras de Broadway; p. 66)

El año pasado hubo un conflicto bastante jodido con el personal del taller y desapareció uno
de la comisión interna. Lo encontraron a los tres días en Casa Amarilla con varios tiros en la
cabeza y nunca se supo nada. (Manual de perdedores; p. 223)

Era una época en la que la gente desaparecía todo el tiempo. Era una vida bestial, manejada
por gentes bestiales. (La muerte de un hombrecito; p. 198)

Al otro lado de la pared, Ignacio se quejaba y sus gritos le hacían nudos en las tripas. (No habrá
más penas ni olvido; p. 111)

Lo torturaron hasta matarlo. (No habrá más penas ni olvido; p. 118)

A muchos los mataron, otros se fueron. (Cuarteles de invierno; p. 43)

Y ni hablar de los otros (…) los bolches de opereta que atacaban los cuarteles con pibes recién
destetados. De esos no quedó ni uno. (Cuarteles de invierno; p. 108)

El piloto se había abierto y dejaba ver las quemaduras en las piernas y en el sexo, donde el
pelo estaba chamuscado. (Cuarteles de invierno; p. 123)

Preso? Por qué lo habríamos metido preso?

Injuria a las fuerzas armadas. Pueden fusilarlo por eso. (Cuarteles de invierno; p. 143)

Ella ha estado contando lo que ocurrió, la historia inverosímil, los pocos minutos que le
salvaron la vida (…) el folklore de la represión (…) el instinto siniestro que la retuvo mientras se
llevaban a su marido y a su hijo (…) ¿Qué era en este momento extraño que alteraba el
catálogo de los vivos y de los muertos, que ampliaba el mapa de la represión en impensables
direcciones? (…) Apenas un orificio por el que se filtra el aroma de la pesadilla, y luego se
cerrará, se olvidará, quedará subsumido en las peripecias de lo real. Probó el café, áspero y
amargo, de mala calidad. (Tela de juicio; p. 21)

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Nada de nada.

A Mario lo habrán matado, como a todos (…)

Y del bebé?

Nada de nada. Estoy buscándolo –y ya no es un bebé, pensó él, ya tendrá casi once años-. Para
eso volví. (Tela de juicio; p. 21)

Los desaparecidos, como las apariciones, no pertenecen a la realidad, no están previstos


dentro del mecanismo de lo real. (Tela de juicio; p. 190)

desde el primer instante, en el lúcido fulgor de mi desmayo, supe que sólo querían asustarme
y nada más, y al mismo tiempo, imaginaba el estremecimiento de la corriente eléctrica, el
terror de lo que iba a ocurrir. Porque aunque no me llevaban a ninguna parte, me llevaban al
Olimpo o a la Cancha. Porque aunque sabía que no me iban a matar, sabía que me estaban
matando (…) ay Raposa, por qué no te habrán llevado a vos también. (Tela de juicio; p. 212)

Es por lo de Cáceres Monié. Escarmiento nomás. Cuestión de hacer número esta misma noche.
(De Dioses, hombrecitos y policías; p. 185)

Y nuevos y siniestros parapoliciales, semejantes a El Chivo, secuestraron en Rosario a un


delegado de la fábrica Acindar, y otros parapoliciales secuestraron, maniataron y amordazaron
a una pareja que residía en la bella ciudad de La Plata (…)

Y obligados a descender con los ojos vendados en solitarios caminos y pastizales eran
salvajemente golpeados, vejados y torturados, y luego despiadadamente muertos, acribillados
por numerosos impactos de bala de grueso calibre. (De Dioses, hombrecitos y policías; pp. 198-
199)

Aquí –gimió- hay asesinos y asesinados.

El sobre para él, era un cuartel y un cementerio; la muerte y la culpa; el país estaba adentro y
había destruido (cómo, cuándo) su precaria fuga hacia un pasado (…) Comprendí la trampa. Si
lo que guardaba el sobre era verdad, podía acarrear persecuciones, y tortura, y muerte. Si era
mentira, también. (La muerte de un hombrecito; p. 14)

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La democracia ha ganado. Se acabaron los grupos de tareas. El general Paladino está preso. Los
milicos a los cuarteles. Los torturadores serán castigados. El terror está guardado en un sobre
marrón. (La muerte de un hombrecito; pp. 24-25)

Humberto Costantini
Costantini experimentó en carne propia la importancia del factor azar la noche del 5 de mayo
de 1976, cuando secuestraron a su amigo Haroldo Conti: (…) ‘Yo tenía que ir a la casa ese día,
no por literatura, y menos por política, ni mucho menos por algo subversivo. Tenía que llevarlo
un colirio para su perrito que tenía un problema en los ojos. Pero ocurrió algo increíble. Mi hija
avisó en casa que volvía desde Perú, una cosa rarísima porque era medio mochilera y nunca
decía cuándo llegaba. Bueno, ese día avisó porque había conseguido un vuelo en un avión de
carga, y entonces la esperábamos. Eso de alguna manera me salvó, porque si yo llegaba a
llamar a lo de Conti por teléfono y me atendía un paramilitar y me decía ‘mirá, yo soy un
amigo, él está en el baño, pero vení que te esperamos’, yo vos, hubiera caído como un
chorlito. Después de que se escapó de la casa, Marta me avisó que me buscaban también a mí.
(De Dioses, hombrecitos y policías; p. 8)

Dedicatoria

Dedicar este pequeño libro a una veintena de personas, decir que sin su apoyo solidario y
corajudo no hubiera podido escribirse, parecería una mera frase de cortesía, o por lo menos,
una exageración. Sin embargo me veo obligado a aclarar que todo es rigurosamente cierto: sin
la ayuda providencial de esas personas, el libro, y tal vez, el autor, no existirían.

Escrito en un momento particularmente difícil para el país y para mí, cuando hasta disponer de
una mesa, una silla, una luz y un rato de tranquilidad era poco menos que imposible, debo
reconocer que nunca faltó quien me proveyera de esos lujos.

No puedo olvidar, por ejemplo, cierta mesa de carpintero en un galponcito, convertida, gracias
al amor de los dueños de la casa, en un maravilloso, comodísimo e inolvidable escritorio,
culpable, para bien o para mal de los capítulos XXXIV y XXXV.

No puedo olvidar cierta piecita donde convivíamos una joven pareja, su pibe de meses, un
perro y yo; y supongo que ellos tampoco podrán olvidar aquel molesto tecleteo que a las seis
de la mañana ya empezaba a llegar desde la cocina (juro, para mi descargo, que sólo unas
pocas veces me olvidé de cerrar cuidadosamente la puerta, y de poner una manta plegada
debajo de la máquina).

No puedo olvidar a quien celosamente iba guardando, capítulo a capítulo, copia de los
originales (se tenía demasiado presente la suerte corrida por Haroldo Conti), ni a quien, en
horas de trabajo, me ayudaba a adelantar con la novela, ni a quien me proveía el papel, ni a
quien me construyó un extraño artefacto (no patentado todavía) para poder escribir con un
brazo entesado, ni a quienes leyeron parcialmente los originales y confiaron en el libro mucho
más que el autor, ni a los seres cercanos y queridos quienes en cierto momento decidieron mi

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salida del país (para no decir que me sacaron directamente a patadas), ni a quien, con un gesto
de amistad, hizo posible mi viaje a México.

Tampoco puedo olvidar a quien, ya en México, pasó en limpio toda la novela, ni a quien me dio
(y me sigue dando) fuerzas para continuar escribiendo.

Fueron evidentemente muchos. Dije una veintena pero debieron haber sido más. A todos
ellos, pues, está dedicado este libro. Una historia de amor, de humor y de poesía bajo la
pavorosa amenaza de la muerte. Más o menos la vida entonces. Solo que nunca una breve
historia como ésta pudo ser atribuida, con justicia, a tantos autores. (De Dioses, hombrecitos y
policías; pp. 21-22)

A tomar una ginebra con gente despierta, Argentina


¿Qué país notable, no? Ustedes piensan de nosotros lo mismo que nosotros pensamos de
ustedes. (Timote; p. 165)

¿Qué crea de sus entrañas un país que niega la voz de las mayorías, que hace de la democracia
una farsa abominable? Crea exactamente lo que la Argentina creó: la respuesta violenta de
una juventud harta de políticos y militares mentirosos, ilegales. (Timote; p. 80)

Qué país: un asesinato no es importante. Los galones los ganas contra los subversivos. (Luna
caliente; 90)

Deben tener más cuidado; en estos tiempos y a esta hora, cualquier movimiento sospechoso
de personal civil, lo hace posible de estos operativos.

Ramiro se preguntó qué tenía de sospechoso detenerse en la carretera para vomitar, y no


pudo evitar un sentimiento de repulsión por ser tratado como ‘persona civil’. Pero así estaba el
país en esos años, le habían contado. (Luna caliente; p. 39)

En este país los que no están presos trabajan para la policía (…) incluidos los ladrones. (La
ciudad ausente; p. 17)

Te olvidás que un argentino de nuestra edad no puede escribir su propio destino. Otros lo
están haciendo por nosotros y no tuvieron la amabilidad de pedir permiso. (Sombras de
Broadway; p. 17)

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Este país es una mierda, Ramiro. Era hermoso, pero lo convirtieron en una completa mierda
(…)

Aquí se dio vuelta el principio (…) la aritmética es democrática porque enseña relaciones de
igualdad, de justicia; y la geometría es oligárquica porque demuestra las proporciones de la
desigualdad. Lo dice Foucault (…) pues nos dieron vuelta el principio, che; ahora somos un país
cada vez más geométricas. Y así no va. (Luna caliente; p. 41)

Vos sabés lo que yo pienso de lo que pasó en Argentina. Siempre creí que en el país hacía falta
orden, pero no al precio que se pagó. José Antonio o Franco lo hubieran hecho de manera
diferente, con más eficacia. (Sombras de Broadway; p. 129)

En la Argentina todo se descompone. (Verídico informe sobre la ciudad de Bree; p. 12)

Vivimos en los suburbios de Bree. Vivimos en los suburbios mugrientos de una ciudad cuyo
nombre es Historia. (Verídico informe sobre la ciudad de Bree; p. 176)

Si es nena espero que no la llamés Isabel, ¿eh? (Sombras de Broadway; p. 59)

Pero vos no te das cuenta de lo que pasa en la Argentina? Una mitad del país está deprimida y
la otra mitad está desesperada. (Tela de juicio; p. 119)

La máquina de escribir
Cuando me senté frente a la máquina de escribir el programa de radio se interrumpió para
transmitir una marcha militar. Un nuevo golpe, me dije. Efectivamente, un nuevo golpe. Una
vez más la historia se repetía. Ni siquiera me salía una novela social. Le pegué una trompada a
la máquina (…)

La marcha militar fue interrumpida por enésima vez para transmitir un nuevo comunicado
oficial. Era el número dos.

Apagué la radio. Fui hasta el winco y busqué el disco de las oberturas de Rossini. Podía escribir
una novela farsesca. La historia de un pueblo que nunca llegaba a realizarse (…)

Tenía ganas de pegarme un tiro. Pero no tenía ni siquiera un matagatos. Somníferos, pensé.
(Prohibido escupir sangre; p. 36)

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Tiene que combinar elementos de la novela de ‘detection’ al estilo Agatha Christie con la
violencia y la crítica social implícita en la novela negra. Más Hammett que Goodis, un poquito
de Chase ¿Usted leyó las cosas más recientes, Etchenique? (…)

Los argentinos: Tizziani, Sinay, Urbanyi, Batista, Feinmann, Soriano sobre todo… Algunos
cuentos de Piglia también (…)

Hay una cosa, pibe –dijo Etchenique sobrando sin que le sobrara-. Marlowe no existe… yo sí.
(Manual de perdedores; p. 90)

Cómo construir un espacio irracional donde el Verídico informe se transforme en accidente, en


despojado esqueleto de la realidad? (Verídico informe sobre la ciudad de Bree; p. 31)

La historia de un hombre que no tiene palabras para nombrar el horror. Algunos dicen que es
falso, otros dicen que es la pura verdad. Los tonos de habla, un documento duro que viene
directo de la realidad. Está lleno de copias en toda la ciudad. (La ciudad ausente; p. 17)

Por momentos navegaba entre géneros distintos, cambiaba la estética del relato y lo hacía más
referencial, le ponía un poco de su juventud perdida y de ahí subía, con Conti y Walsh, hasta la
quema de libros del año setenta y seis. (La hora sin sombra; 138)

Queríamos una máquina de traducir y tenemos una máquina transformadora de historias.


Tomó el tema del doble y lo tradujo. Se las arregla como puede. Esa lo que hay y lo que parece
perdido lo hace volver transformado en otra cosa. Así es la vida. (La ciudad ausente; pp. 41-42)

La quieren desactivar (…) ha empezado a hablar de sí misma. Por eso la quieren parar. No se
trata de una máquina, sino de un organismo más complejo. Un sistema que es pura energía. En
uno de los últimos relatos aparece una isla, al borde del mundo, una especie de utopía
lingüística sobre la vida futura. Un sobreviviente construye una mujer artificial. Es un mito (…)
un relato fantástico que circula de mano en mano. El náufrago construye una mujer con los
restos que le trae el río. Y ella se queda en la isla después que él muere, esperando en la orilla,
loca de soledad, como la nueva Robinson. (La ciudad ausente; p. 106)

la policía y la denominada justicia han hecho más por el avance del arte del relato que todos
los escritores a lo largo de la historia ¿Y yo? Yo soy la que cuenta (…) Soy anacrónica, tan
anacrónica que me han sepultado en un sótano blanco. Por eso quieren aislarme, mantenerme
bajo control (…) como un cadáver embalsamado. (La ciudad ausente; p. 158)

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A usted le parece que a la Argentina de hoy en día le hacen falta novelas? Más todavía de lo
que pasó?

Es mi novela. No la novela de mi país. (Verídico informe sobre la ciudad de Bree; p. 15)

Habría que transformar la memoria en una institución pública (…) un Ministerio del Recuerdo.
(Tela de juicio; p. 64)

Seamos francos: habríamos querido escribir una novela negra. Pero no nos salió. Salió lo que
salió: una tragedia. (Timote; p. 43)

Ce n s u r a
No estará pensando en escribir lo que ha visto, ¿eh? (Los asesinos las prefieren rubias; p. 47)

Justo hoy ese guión, Hugo? (…)

Hoy se vuelve al orden, Hugo –dijo el bizco-. No sea dislvente. (Prohibido escupir sangre; p. 42)

Comunistas, armas, la bomba a la CGT, el atentado contra mi auto, que me salvé porque hay
Dios. Todo eso. Voy a hablar yo (…)

El gobierno provincial, con el que estamos plenamente consustanciados en su defensa de la


verticalidad justicialista, sabe que estamos llevando adelante una lucha contra la sinarquía
internacional que en Colonia Vela es comandada por el delegado municipal y la juventud que
se dice peronista(...)

No ha habido violencia policial, señor. Son los marxistas los que han atacado a las fuerzas del
orden. Incluso sabemos que Ignacio Fuentes asesinó a un pobre placero, obrero municipal, por
negarse a pelear contra las autoridades a las que reconocía legítimas y peronistas. (No habrá
más penas ni olvido; pp. 60-61)

los tangos nuevos que usted hizo, esos… digamos… de protesta… esos se me escapan (…) El
horno no está para bollos (…) el tango no tiene que mezclarse con la política. (Cuarteles de
invierno; pp. 34-35)

El Pueblo III
Aquella noche mágica de las elecciones, cuando mesa tras mesa el peronismo caía derrotado
ante las cifras apabullantes de Alfonsín, buena parte de los argentinos se dedicaron, como

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tantas veces, a cambiar su pasado, a construir una mitología radical. (Tela de juicio; pp. 154-
155)

nadie podía imaginarse esta reunión sin el miedo del ir y del volver, sin esa sensación de pavor
que producía la noche, esos terrores que aún no tenían nombre preciso (y que por lo tanto se
agrupaban bajo el común denominador de tortura, chupada, muerte) porque aún no se habían
pronunciado, no se sabían pronunciar nombres como la Perla, la Cacha o los Pozos de Banfield.
(Tela de juicio; p. 109)

Era raro. El lugar era raro. Eran raras esas mujeres que mezclaban tan bien la dulzura de
abuelas con la dureza de militantes, y que guardaban, como un precioso tesoro, la memoria.
(Tela de juicio; p. 148)

Late una indisimulada tensión entre quienes se consideran víctimas y acusan a los demás de
prófugos y los que se consideran héroes y calculan que los demás son cobardes. Los muertos
fluyen por la reunión como la ensalada de frutas (…) Los relatos escalofriantes están teñidos de
un matiz de experiencia personal, que les confiere una vívida realidad (…) pero tanto el horror
como el exilio son exhibidos como medallas, cada muerto conocido funciona como una
condecoración. (Tela de juicio; p. 107)

Ahora predomina en Esteban cierto fatalismo, cierta idea de la imposibilidad de cambiar el


curso de las cosas, que se impone con tanta certeza como la idea de la posibilidad de
cambiarlo todo se había impuesto diez o quince años antes. (Tela de juicio; p. 66)

Ha seguido, como siempre, en la facultad. Ahora ha participado de la reorganización


universitaria, en la seguidilla de elecciones de centros y de claustros que siguieron a la
restauración democrática del 83. (Tela de juicio; p. 22)

Espero que podamos sacarle otro nombre a los de Franja (…) Ese tipo Estévez estuvo metido
con la gente del Proceso. (Tela de juicio; p. 26)

Ahora, cuando se habla de Malvinas, todo el mundo mira para otro lado. Y cuando se habla de
la represión de los militares, todo el mundo trata de olvidar, y te dicen ‘no sigas con eso’. (Tela
de juicio; pp. 120-121)

Hoy somos todos democráticos y lo que hayas hecho no importa. (Tela de juicio; p. 27)

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Y así como se disuelven los muertos, se desdibuja la imagen de los asesinos, empalidece la
sombra de los verdugos (…) cuidadosamente se edifica la ficción: una sociedad de fantasmas
donde el pasado se desconecta del presente. Y lo que cada uno ha hecho no importa. Borrón y
cuenta nueva. La historia había cesado su música marcial, ahora las cuerdas ensayaban un vals,
donde había poco lugar para el castigo. (Tela de juicio; p. 60)

Lo curioso es que estoy convencido de que aquí no va a haber ningún Apocalipsis, como piensa
tanta gente. Nada de eso. La realidad es mucho peor. Lo que va a pasar aquí es que cada día
vamos a estar un poquito peor, un infinitésimo más bajo, y no nos vamos a dar cuenta, o sólo
nos vamos a dar cuenta cada vez que hagamos el resumen anual. (Tela de juicio; p. 119)

Las glorias de Bree


Concebida como un desprendimiento de la fantasía, apenas como un trozo de terreno apto
para el cultivo de lo imaginario, estaba destinada a ser un mundo paralelo enquistado en el
corazón de la joven república (...) Desde los orígenes, en Bree se respiró el aire de lo
indescriptible. En lugar de construirla alrededor de una Iglesia, Antor el Grande edificó la
altísima torre de un Observatorio Solar, que sus descendientes agrandaron hasta la locura. Allí,
en laboratorios especiales y cámaras a prueba de sonido, se cultivó una ciencia complicada y
poderos. La fama de los científicos de Bree corrió rápidamente en la boca de las gentes, y se
dijeron cosas que, como desafiaban al sentido común, inmediatamente se tornaron ciertas.
Así, se comentaba –siempre en voz baja, ya que los argentinos somos apasionados por la
conspiración- que habían alcanzado los límites del conocimiento humano, y que podían
dominar a voluntad los fenómenos del aire, del agua y de la tierra. La fantasía –como suele
ocurrir- se volvió en poco tiempo imparable, y dos trágicas crecidas de finales del siglo pasado
les fueron atribuidas con intencionada malevolencia. Y no era para menos. Muy pronto, desde
los pueblos cercanos, empezó a verse el resplandor de las torres y cúpulas de Bree, y mientras
un viento implacable poblaba la llanura de ánimas, trayendo el gemido de los lobisones y otros
ejemplares de nuestra fauna nacional en los fogones y en los salones se hablaba con temor de
esa ciudad que colgaba del hilo delgado de lo inverosímil.

Se decía, por ejemplo, que las calles de Bree estaban empedradas en oro, y se decía que la
cámara nupcial destinada a perpetuar la dinastía de Antor –y fíjese la exageración- había sido
tallada en una sola esmeralda gigantesca (…)

También se decía que en los jardines de Bree manaban las fuentes de la salud, que garantizan
la juventud perfecta (…)

También se decía que los habitantes de Bree utilizaban para desplazarse curiosas naves que se
levantaban del suelo sin necesidad de alas, y que se movían en un silencio total (…)

Pero lo más curioso de todo es que nadie había visto con sus propios ojos la ciudad de Bree,
que permaneció desde siempre encerrada sobre sí misma en un secreto absoluto. Nadie pudo
llegar jamás hasta ella, ni atravesar sus murallas, guardadas por celosos centinelas y armas

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sofisticadas. Y aunque semejante acumulación de riquezas tentó a aventureros de toda laya,
quienes intentaron abordarla terminaron, tras fatigosas jornadas, encontrándose junto al
Paraná Medio, cansados y abatidos, huérfanos de toda esperanza (…)

Diego, el primer hijo de Antor el Grande y de María de Alzaga (…) agregó nuevas torres al
Observatorio Solar, e impulsó de tal manera las ciencias y las artes, que se desarrollaron de
manera alucinante. La lista de lo que ocurrió se vuelve interminable, y se la resumo: la
medicina, la astronomía crecieron fuera de todo límite y prudencia. La ciudad se pobló de
antenas que emitían mensajes codificados y permanentes. Radiotelescopios potentísimos
apuntaron hacia regiones inexploradas del cielo. Delicados aparatos medían los pulsos del
corazón. En los laboratorios de biología se avanzaba resueltamente en el terreno de la –vacilé-,
de la ingeniería genética (…)

Se edificaron estructuras cibernéticas, de forma cuadrangular, mientras en los talleres, junto a


las calles que reflejaban el resplandor solar, los artistas arrancaban al metal dibujos
maravillosos y terribles, reproduciendo las líneas difíciles y elusivas de las pesadillas. En las
bodegas de Bree, estacionada en odres de maderas preciosas, se destilaba una bebida que se
llamó ragón y que hubieran paladeado, sorprendidos, los dioses homéricos. Las casas de Bree
se poblaron de espejos que, tras la pronunciación de ciertas fórmulas rituales, reflejaban las
generaciones futuras con tanta claridad como los objetos de uso cotidiano (Verídico informe
sobre la ciudad de Bree; p. 37-40)

las puertas de Bree permanecieron herméticamente cerradas. Varias veces, embajadores de


los poderes de la Nación intentaron un acercamiento, y fueron constantemente despedidos.
Pero la tentación era grande, y ante las negativas reiteradas, y en un momento de osadía, se
intentó enviar un ejército para ocupar la ciudad por la fuerza.

Como las Malvinas.

Y terminó de manera parecida, pero menos trágica (…) Cuando las tropas quisieron acercarse a
Bree la ciudad se les escabulló, y empezaron a girar una y otra vez en círculos, cada vez más
imperfectos, rozando el Paraná Medio (…)

Y bueno –dijo el comisario inspector-. Las Malvinas son argentinas, eso ya se sabe. (Verídico
informe sobre la ciudad de Bree; p.40)

había dificultades crecientes entre la ciudad de Bree y el gobierno nacional (…) la familia era
hostilizada (…) Hay una cosa sorprendente, ¿no le parece? Y es que un gobierno terreno
pudiera algo contra civilizaciones mitológicas, galácticas o aún semigalácticas. (Verídico
informe sobre la ciudad de Bree; p. 121)

se decretaron de utilidad pública todas las tierras, edificios y adyacencias de la ciudad de Bree
(…)

La respuesta fue fulminante (…) Bree fue abandonada. Los habitantes de la ciudad se
dispersaron por el país y por el mundo (…) La ciudad desapareció de la historia y de la
geografía nacional. (Verídico informe sobre la ciudad de Bree; p. 122)

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Brillaron por un momento las torres y las cúpulas de Bree, y las rampas fabulosas que bajan
hacia el río ¿Y de qué sirvió? ¿Y nosotros qué somos? Apenas un puñado de materia errante,
en un mundo de enemigos, sin refugios ciertos, donde la música poco a poco se apaga, y sólo
queda funcionando la memoria.

Así es –dijo el comisario inspector-. Por eso, lo único recomendable es el olvido. (Verídico
informe sobre la ciudad de Bree; p. 279)

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Bibliografía consultada, utilizada o deshechada

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