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Capítulo 20. Tratados de libre comercio y responsabilidad social empresarial.

La
redefinición de las fronteras económicas, producto de la globalización, la rapidez del
cambio tecnológico, la emergencia de fenómenos ambientales y el avance de las
comunicaciones genera nuevos desafíos para las empresas y los países de América
Latina. La adopción de un modelo de desarrollo basado en la apertura económica y
la expansión del comercio ha llevado a los países latinoamericanos a negociar y
suscribir más de cuarenta acuerdos comerciales. Estos acuerdos conllevan
mayores condicionantes que obligan a las empresas y países a cumplir con leyes y
acuerdos internacionales en aspectos ambientales, laborales y de propiedad
intelectual, entre otros. Esas obligaciones se complementan con la normativa y
estándares privados que han surgido en los últimos 15 años y que obligan a las
empresas a cambiar su conducta y forma de producir y comercializar bienes y
servicios. La responsabilidad social empresarial, además de ser un excelente
negocio, le permite a las empresas no solo enfrentar sus nuevas obligaciones, sino
también contribuir al desarrollo y la sustentabilidad, y en el proceso, transformar el
comercio actual, marcadamente excluyente, en uno incluyente y socialmente
responsable.

Introducción

Esto se ha dado en el marco de la llamada “era de la globalización”, en donde las


fronteras económicas se redefinen permanentemente, con lo que se genera una
mayor competencia entre empresas y países.

La transnacionalización productiva ha exacerbado esas diferencias, sobre todo en


países como los centroamericanos, los cuales en gran medida todavía apuestan a
estrategias de inserción espurias basadas en la explotación de recursos naturales
abundantes, mano de obra barata, condiciones laborales de baja calidad e
incentivos fiscales.

Las exigencias de la globalización, y la mayor competencia que genera, más bien


obligan a una inserción basada en acciones tendientes a contar con un recurso
humano capacitado, innovador, adaptable y con capacidades resolutivas y de
interacción social. Adicionalmente, obliga a los países y a las empresas a invertir
más en ciencia y tecnología, a la adopción de tecnologías limpias para la
producción, a la eco-eficiencia, a la protección del medio ambiente, a la educación
continua y a la adopción de otras medidas orientadas a mejorar la calidad de vida
de los trabajadores, sus familias y comunidades. Muchas de éstas acciones se
enmarcan en las llamadas prácticas de responsabilidad social, que forman parte de
la estrategia de negocios de grandes empresas en Latinoamérica y que aunque
tienen un carácter voluntario, poco a poco van condicionando la forma de producir
y hacer negocios, en particular, a lo largo de las cadenas de proveedores.
Consecuentemente, esto limita las posibilidades de la gran mayoría de las unidades
productivas latinoamericanas, que son micro, pequeñas y medianas, de participar
en los mercados internacionales.

Tratados de Libre Comercio… no tan libres

La expansión comercial en América Latina se enmarca dentro de la lógica de lograr


una mayor apertura económica que haga más atractiva la inversión privada
(nacional o extranjera) en procesos de producción de bienes y servicios, orientados
principalmente a los mercados internacionales. La desregulación de los mercados
internos, los incentivos para la atracción de la inversión extranjera directa, la
liberalización de los mercados financieros, las privatizaciones de servicios, otrora
públicos, así como la simplificación de trámites para la inversión y la producción son
algunas de las acciones que se han tomado para una mayor apertura comercial.

El proceso de apertura se ha acelerado mediante la adopción de acuerdos


comerciales entre países y algunos pocos, de carácter multilateral. Los acuerdos
comerciales establecen áreas de integración económica entre al menos dos países.
Además, los acuerdos pueden regular las relaciones comerciales entre dos países
o pueden ir más allá y sentar bases para establecer zonas de libre comercio, sobre
todo en aquellos casos en que los acuerdos comerciales son de naturaleza regional.

Los países de América Latina, en los últimos 15 años, han negociado y firmado 42
acuerdos de libre comercio, entre dos o más países de la región, así como con
importantes socios fuera de la misma, como Estados Unidos, Japón, Corea, Taiwán,
Australia, Israel, Canadá y la Unión Europea. En total, en América Latina hay 42
tratados de libre comercio y cinco acuerdos marco.

Lo cierto es que al margen del impacto que pueda tener CAFTA en la expansión del
comercio, el tratado representa un hito, toda vez que incluye obligaciones que de
manera particular condicionan la producción y la comercialización de bienes y
servicios. El cumplimiento de la normativa sobre reglas de origen, medidas
sanitarias y fitosanitarias, derechos de propiedad intelectual, la legislación laboral y
ambiental, la normativa internacional sobre los aspectos incluidos en CAFTA, así
como de estándares internacionales ligados a la gestión de producción y la
comercialización de bienes y servicios son algunas de las obligaciones que emanan
de CAFTA y que, a pesar de la desgravación arancelaria y la eliminación de barreras
para el comercio, terminan condicionándolo, lo que, como se verá luego, limita las
posibilidades de participación de las PyME’s –que constituyen la mayoría de las
unidades productivas de Centroamérica-- en los mercados internacionales.

III. Mayor condicionalidad para el comercio

es evidente que progresivamente se van incorporando mayores obligaciones para


las partes que, de una u otra manera, condicionan la producción de bienes y
servicios y su comercialización. A manera de ejemplo, el tratado de libre comercio
entre Canadá y Costa Rica incorpora por primera vez aspectos laborales y
ambientales, pero deja de lado posibles sanciones. Esto cambia con CAFTA , toda
vez que, como ya se vio, incluye capítulos en temas ambientales, laborales, de
propiedad intelectual, inversiones, compras del Estado, entre otros, que tienen un
carácter obligatorio para las partes y cuyo incumplimiento conlleva sanciones que
imponen costos sustanciales para los países.

El panorama se complica por la necesidad de llevar a cabo reformas institucionales


que permitan a los países-parte de los tratados de libre comercio cumplir con las
obligaciones adquiridas. Esto implica fortalecer instancias que, entre otros aspectos,
permitan la administración de los tratados, contar con instituciones y personal capaz
de velar por el cumplimiento y la administración de medidas sanitarias y
fitosanitarias, normas de origen, y otras técnicas, la aplicación de salvaguardias
bilaterales, la resolución de controversias, los registros públicos de marcas y
patentes, la regulación de servicios públicos, las compras del sector público, la
aplicación de la legislación nacional y los compromisos internacionales laborales y
ambientales, así como la administración aduanera. Todas estas obligaciones hacen
que el libre comercio se convierta en una especie de ¨comercio administrado” cuyas
reglas trascienden el ámbito nacional y se dé en términos de un condicionamiento
negociado y no negociado a través de los tratados de libre comercio.

. La “normativa privada” fortalece la regulación al comercio y aunque no tenga un


carácter de obligatoriedad, condiciona y, por ende, limita las posibilidades de
muchas empresas, sobretodo PyME’s, de participar en cadenas de proveedores
ligados al comercio internacional. Esta normativa trasciende el lugar de trabajo e
incorpora aspectos ambientales, laborales y éticos que obligan a modificar las
formas de producción y de comercialización. La proliferación de estándares
sectoriales y otros más generales en períodos de una mayor transnacionalización
productiva y comercial podría ser vista como una necesidad para salvaguardar los
derechos de los trabajadores, proteger el medio ambiente y defender los derechos
de los consumidores. En muchos casos, esas normas pueden activar mecanismos
similares a barreras no arancelarias, pero no por ello se puede desestimar el papel
que pueden jugar como catalizadores para la modernización de la producción, la
reconversión laboral y el desarrollo de sistemas de gestión ambiental.

Algunas de esas normativas privadas son certificables y bien podrían tener un


carácter obligatorio, lo que les impondría altos costos de certificación a las empresas
que requieren “calificar” para participar en cadenas de proveedores para la
exportación. Ejemplos de esas normas certificables son los certificados ISO
relativos a la calidad (ISO 9000), a la gestión ambiental (ISO 14000); la SA 8000
sobre derechos y condiciones laborales; las de Rainforest Alliance que han
establecido reglas para la producción de banano, café, cítricos, cacao y helechos;
Globalgap (conocida antes como Euregap), que es un programa privado de
certificación voluntaria creado por grandes cadenas de supermercados europeos
para asegurar la inocuidad de los alimentos y las buenas prácticas agrícolas. Otras
certificaciones están ligadas a prácticas de comercio justo y a actividades
sectoriales como agricultura orgánica, textiles (WRAP) y turismo sostenible.

Los altos costos de certificación, la falta de infraestructura y financiamiento para


cumplir con las normas, la debilidad jurídica, la poca o deficiente organización para
el trabajo, la falta de capacitación y de información, la carencia de tecnologías
apropiadas, las dificultades de acceso al crédito y el desconocimiento de los
requisitos de los mercados internacionales son algunas de las debilidades que
presentan la gran mayoría de los micro y pequeños productores y que les impide
participar en las cadenas de proveedores orientadas a los mercados
internacionales.

La globalización ha replanteado y delineado las fronteras económicas, lo que ha


redundado en una mayor competencia entre empresas y países. La constante
transformación tecnológica, el acelerado desarrollo en las comunicaciones y el
consecuente acceso a la información, la transnacionalización productiva, la mayor
apertura de las economías y la expansión del comercio generan nuevos desafíos
para las empresas y las economías en general. A pesar de los llamados tratados de
“libre” comercio, han proliferado estándares internacionales y, como se vio en la
sección anterior, condicionamientos que “obligan” a las empresas a actuar de forma
distinta en un mundo más complejo en donde cada vez son más los grupos de
interesados capaces de impactar o verse impactados por la forma de producción y
comercialización de las empresas.

Los cambios antes citados se traducen en una mayor presión para que las empresas
actúen de forma ética y sean socialmente responsables.

A efectos de este capítulo, se utiliza la definición de la responsabilidad social


empresarial (RSE) que los expertos que participan en el desarrollo de la norma ISO
26000 (sobre responsabilidad social) han adoptado. La responsabilidad social se
entiende como “la responsabilidad de una organización respecto de los impactos de
sus decisiones y actividades en la sociedad y el medio ambiente, por medio de un
comportamiento transparente y ético que (…) sea consistente con el desarrollo
sostenible y el bienestar general de la sociedad; que considere las expectativas de
sus partes interesadas; que esté en cumplimiento con la legislación nacional y sea
consistente con normas internacionales de comportamiento; y que esté integrada
en toda organización y se refleje en sus acciones.” Además, se resalta el carácter
voluntario de la responsabilidad social.

Si se asume esta definición para la empresa, se podría argumentar que la empresa


tradicional que respondía a sus accionistas y a sus clientes, da pie a una empresa
moderna socialmente responsable, cuyas acciones generan valor para los grupos
interesados, contribuye al bienestar de sus colaboradores y sus familias, así como
al desarrollo de las comunidades aledañas y la sociedad en general. También,
coadyuva a la reducción y la gestión de riesgos, así como al fortalecimiento de la
democracia mediante la consulta y la participación de diferentes partes interesadas
en las actividades productivas y no productivas que lleva a cabo la empresa.

Las prácticas de RSE, en lo que a la creación de valor se refiere, asumen tres


dimensiones, a saber: la económica, la ambiental y la social. Ésto es lo que se
conoce como “la triple creación de valor.” En cuanto a la dimensión económica, las
empresas pueden llevar a cabo programas para desarrollar y fortalecer las
capacidades innovadoras y resolutivas de la fuerza laboral; pueden asumir
esquemas de gestión participativos que sean costo-eficientes y que mejoren la
productividad de los trabajadores y, además, pueden adoptar estrategias de
mercadeo que incorporen las expectativas de los consumidores, lo que puede
delinear mejor el giro del negocio y producir bienes y servicios de calidad que
satisfagan las expectativas y las necesidades de sus clientes. Todo ello redundaría
en mayores beneficios para la empresa y sus partes interesadas, lo que a la vez
puede mejorar el prestigio de la empresa y reforzar las preferencias y lealtades de
sus consumidores.

Con respecto al ambiente, las prácticas de responsabilidad social, como mínimo,


están orientadas a protegerlo. La adopción de tecnologías limpias, el reciclaje y
otras medidas ambientales en los procesos de producción que se basan en el ciclo
de vida de productos y que apuestan a generar condiciones para asegurar la eco-
eficiencia en la producción, contribuyen tanto a la reducción de riesgos como a la
generación de valor sin comprometer los recursos naturales y, de paso, aportan a
la sostenibilidad del desarrollo.

En términos de la dimensión social, las prácticas de RSE deberían trascender la


filantropía y orientarse a generar condiciones que contribuyan al desarrollo del
capital social, el empoderamiento de grupos vulnerables y, en general, al bienestar
social de las comunidades y la sociedad como un todo. Inversiones en salud,
educación, infraestructura física, así como en el desarrollo de competencias básicas
y el fortalecimiento de las micro y pequeñas unidades productivas son clave para
mejorar las condiciones de vida de miles de familias que enfrentan el flagelo de la
pobreza.

En síntesis, la RSE representa un buen negocio para todas las partes interesadas.
Mediante la implementación de prácticas socialmente responsables se crea valor
económico, ambiental y social; se reducen riesgos y se fortalecen las interrelaciones
entre las partes interesadas y, por ende, la democracia. En tanto las prácticas se
den en armonía con el medio ambiente se contribuye a la sostenibilidad del
desarrollo de los países. Ahora bien, como se verá en la última sección, el carácter
voluntario de la RSE está en entredicho de cara a una expansión comercial que va
acompañada de un creciente condicionamiento que gradualmente obliga a
comportamientos socialmente responsables para la producción y la
comercialización de bienes y servicios.

Hacia un comercio socialmente responsable

Esos condicionamientos se alimentan, además, de un mayor escrutinio público que


vela no solo por la calidad de los bienes y servicios que se transan, sino también
por la forma en que éstos se producen y se comercializan.

Aunque es cierto que ese consumo calificado se da más en países de desarrollo y


el precio sigue siendo el principal factor discriminador para el consumidor
latinoamericano, lo cierto es que los patrones de consumo de los mercados destino
de las exportaciones de la región limitan las oportunidades económicas para la gran
mayoría de las micro y pequeñas empresas, que no tienen la capacidad financiera
ni la de gestión para cumplir con la nueva normativa para el comercio.

Además de la presión del consumidor, han surgido grupos de interés que, por
ejemplo, abogan por la protección y la conservación de los recursos naturales, la
eliminación de cualquier tipo de trabajo forzado y del trabajo infantil, el respeto a los
derechos humanos y la sostenibilidad. Estos grupos presionan y, de una u otra
forma, influyen en las decisiones de los consumidores, sobre todo en aquellos casos
donde el comportamiento de X empresa no es socialmente responsable. Al hacer
público este fenómeno, el consumidor recibe información que le permite tomar
posición sobre el tema y, a veces, hasta actuar boicoteando el consumo de, por
ejemplo, algún bien producido por una empresa que utilice mano de obra infantil.

1 El comercio socialmente responsable se puede definir como aquel en el que la


producción y la comercialización de bienes y servicios es producto de un
comportamiento ético y un manejo racional de los recursos de forma que no se
comprometa el futuro de ésta y las futuras generaciones. Además, implica una
mayor inversión en el desarrollo integral de las partes interesadas que participan del
mismo y la presencia de encadenamientos productivos con participación de
proveedores locales, los cuales cumplen con estándares establecidos y por lo que
son retribuidos en forma justa. El comercio socialmente responsable se basa en una
competitividad sostenible, producto de la inversión en la gente (desarrollo humano),
la innovación y el desarrollo tecnológico, todo ello en armonía con el medio
ambiente.

Adicionalmente, proliferan estándares internacionales, muchos de los cuales se


transforman en certificaciones que son obligantes para las partes que quieran
exportar o formar parte de las cadenas de proveedores de empresas que exportan
a los mercados internacionales.

Algunas de las certificaciones han surgido de la mano de la responsabilidad social


empresarial y el cumplimiento de los estándares, así como de la normativa
respectiva, refuerzan las prácticas de RSE. Los aspectos éticos se han reforzado
mediante la implementación de códigos de ética en las empresas e iniciativas como
la “Iniciativa para el Comercio Ético (ETI, en inglés), que es producto del esfuerzo
de varias compañías, ONG´s y sindicatos para asegurar el comportamiento ético y
socialmente responsable de las empresas y, en particular, el respeto por los
principios de trabajo decente que ha desarrollado la Organización Internacional del
Trabajo (OIT). El comercio justo es otro concepto desarrollado en el marco de la
RSE que busca proteger los intereses, sobre todo, de productores agrícolas para
que reciban un precio justo por sus productos; también se incluyen aspectos ligados
al cambio climático y la protección de la biodiversidad. Los ISO 9000 (sobre calidad)
y 14000 (sobre gestión ambiental) así como, en un futuro, el ISO 26000 (sobre
responsabilidad social) inciden en el desarrollo de sistemas de gestión productiva
que contribuyen a la sostenibilidad y al bienestar social. El SA 8000, por medio de
la implementación de estándares socialmente responsables, busca que, a través de
las cadenas de proveedores, se cumpla con los derechos de los trabajadores y se
mejoren las condiciones de vida de los trabajadores, sus familias y las comunidades
en donde habitan.

Si se deja de lado, por un momento, la RSE y tan solo se analiza el tema del libre
comercio, se observa, como se dijo antes, una condicionalidad que implica la
adopción gradual de mayores obligaciones para el comercio. Para efectos
ilustrativos, el siguiente cuadro muestra los alcances de tratados de libre comercio,
los cuales se contrastan con la RSE.

Los tratados de libre comercio, como en el caso de CAFTA, obligan a las partes a
cumplir con la legislación ambiental y garantiza la existencia de procedimientos que
permitan sancionar y reparar las infracciones que, por ejemplo, las empresas
cometan en perjuicio del medio ambiente.

En lo laboral, los tratados de libre comercio apelan a la obligatoriedad en el


cumplimiento de la legislación laboral nacional e internacional, así como a las
convenciones del trabajo (OIT), al fortalecimiento de la institucionalidad, en
particular, aquella ligada a la intermediación y la supervisión laboral para velar por
la protección de los derechos de los trabajadores. Sin embargo, la aplicación de las
obligaciones se circunscribe, prácticamente, a los trabajadores del sector
exportador y deja de lado la protección de la gran mayoría de trabajadores
centroamericanos que sobreviven desde la informalidad o producen para el
mercado interno, además de que lo estipulado, por lo general, en los tratados de
libre comercio, no resuelve las asimetrías laborales que persisten en Latinoamérica.

Bien se podría argumentar que no es del resorte de los tratados de libre comercio
resolver esas asimetrías y rezagos de carácter estructural presentes en los países
latinoamericanos, pero si queda claro que si tan solo se da el cumplimiento de las
obligaciones contenidas en CAFTA, no se podrían revertir condiciones que hoy
limitan la participación de miles de unidades productivas en el quehacer económico
moderno orientado ya sea al mercado interno o a los mercados internacionales, con
lo que la desigualdad y la pobreza seguirían golpeando a las sociedades
centroamericanas.

En ese sentido, y con el fin de crear condiciones que contribuyan al desarrollo y su


sostenibilidad, la adopción de prácticas de RSE puede facilitar la expansión de un
comercio socialmente responsable y, por ende, inclusivo.

El uso de esquemas de producción eco-eficientes, el reciclaje, la adopción de


tecnologías limpias, el desarrollo de sistemas de gestión ambiental y el fomento de
hábitos de consumo sostenible son algunas de las prácticas de RSE que impactan
positivamente el ambiente.

En lo laboral, la RSE puede incluir el desarrollo de esquemas de remuneración y


de protección que contribuyan a un mejoramiento en las condiciones laborales;
programas de capacitación continua para el desarrollo de competencias laborales,
resolutivas y de innovación; así como la implementación de programas de bienestar
ocupacional que representan un mayor ingreso social para el trabajador y su familia
(ej., crédito para vivienda o becas estudiantiles) y, consecuentemente, contribuyen
a una mejor calidad de vida.

En el plano económico, la adopción de prácticas de RSE a través de la cadena de


proveedores tiene un carácter inclusivo en tanto las empresas como el Estado
contribuyan al fortalecimiento y la modernización de micro, pequeñas y medianas
empresas. Por ejemplo, el establecimiento de plataformas de servicio que incluyan
micro-finanzas, la capacitación para el desarrollo de competencias resolutivas de
gestión y de interrelación, la intermediación, los servicios de “inteligencia de
mercado” y la promoción de negocios, entre otros, podría facilitar la participación de
las PyME’s en las cadenas de proveedores orientadas al comercio para los
mercados nacional e internacional. Un esfuerzo como éste, acompañado de
incentivos que dé una empresa exportadora - como por ejemplo, un “sobreprecio”
en la compra de bienes y servicios a proveedores que cumplan con los estándares
establecidos - generarían mayores oportunidades económicas y un mayor valor
agregado, producto de un comercio socialmente responsable.

Todo lo anterior muestra cómo la adopción de prácticas de RSE no solo prepara a


las empresas para enfrentar las obligaciones que emanan de los tratados de libre
comercio, sino también sientan las bases para un comercio socialmente
responsable que se puede traducir en mayores oportunidades económicas para
miles de unidades productivas, excluidas hoy en día de “las oportunidades” que
brindan los tratados de libre comercio, mejores condiciones laborales y mayor
bienestar social, todo ello en armonía con la naturaleza.

En resumen, la adopción de prácticas de RSE es una excelente decisión para


Latinoamérica de cara al creciente condicionamiento que surge de la expansión del
comercio y, en particular, de la negociación de nuevos tratados que incluyen más
obligaciones y la proliferación de normativas privadas y estándares internacionales
que obligan a las empresas a actuar de una forma socialmente responsable, lo que
eventualmente contribuiría a la sostenibilidad, la equidad y al desarrollo de los
países centroamericanos.

Comentarios de cierre

La expansión de las fronteras económicas, producto de la globalización, la rapidez


del cambio tecnológico, la emergencia de fenómenos ambientales como el cambio
climático, la crisis financiera que se destapó en el segundo semestre del 2008, así
como el avance de las comunicaciones, genera nuevos desafíos que ponen en
entredicho la sostenibilidad del modelo de desarrollo imperante, basado en la
apertura económica y la expansión comercial.

Como se vio en la primera sección, los esfuerzos por ampliar la presencia de los
países de América Latina en los mercados internacionales, los ha llevado a negociar
y suscribir más de cuarenta acuerdos comerciales. Una revisión cronológica de los
mismos apunta a mayores condicionamientos para la producción y el intercambio
de bienes y servicios, en particular con los mayores socios extra-regionales como
lo son Estados Unidos y los países europeos.

La normativa que generan esos tratados mal llamados “de libre comercio” obligan
poco a poco a los países a encarar reformas institucionales que les permitan cumplir
con las obligaciones que se van adquiriendo con la suscripción de los últimos
acuerdos comerciales. Todo ello transforma el ejercicio en un no tan de libre
comercio y más bien de “comercio administrado.”

Más aún, la normativa que surge de los acuerdos comerciales ha condicionado el


comercio en aspectos relacionados con el cumplimiento de la legislación ambiental
y laboral, los derechos de propiedad intelectual y aspectos técnicos, como las reglas
de origen y la resolución de controversias comerciales. Adicionalmente, han
proliferado estándares y normas privadas que han exacerbado esa condicionalidad.

A lo anterior se agrega el hecho de que la modernización de las comunicaciones y


una mayor inter-conectividad le brindan a los ciudadanos comunes mayor
información y posibilidad de interactuar, lo que además ha facilitado la organización
civil en defensa, sobre todo del ambiente y de los derechos laborales. Todo ello
hace que la forma de producir y comercializar bienes y servicios de las empresas
esté bajo la lupa de millones de consumidores informados que, en el marco de la
globalización, tienen acceso a muchos proveedores potenciales y pueden discernir
entre aquellos productores que impacten negativamente el ambiente o que actúen
irresponsablemente en otra esferas del quehacer económico, político, cultural y
social, o premiar a aquéllos que sean socialmente responsables.
Es en ese contexto de un mundo globalizado, interconectado y, por ende, bajo el
escrutinio de las partes interesadas, que las empresas y los actores económicos
deben relacionarse. Se argumentó en este capítulo que, para el caso de las
empresas, el adoptar prácticas socialmente responsables es un excelente negocio
que además les prepara para lidiar con los crecientes condicionamientos que
genera el comercio.

Esos crecientes condicionamientos empiezan a “erosionar” el carácter voluntario de


la responsabilidad social empresarial, por lo que velar por el bienestar de los
colaboradores y sus familias, cumplir con la legislación ambiental, laboral, tributaria
y de propiedad intelectual, adoptar conductas éticas, ser transparente y rendir
cuentas, ponerle atención a las expectativas de sus partes interesadas, utilizar
tecnologías limpias y llevar a cabo otras acciones para cuidar los recursos naturales,
cumplir y facilitar el cumplimiento de estándares socialmente responsables a lo largo
y ancho de las cadenas de proveedores y contribuir al desarrollo local y nacional a
través de alianzas con gobiernos y otras partes interesadas, parecieran ser
obligaciones para que las empresas puedan enfrentar los condicionamientos del
comercio y ser más competitivas y contribuir al desarrollo y la sostenibilidad de los
países de América Latina.

Ahora bien, la responsabilidad no solo recae en las empresas. Primero que nada,
muchas de las condicionantes ligadas al comercio obliga a los gobiernos a llevar a
cabo importantes reformas legales e institucionales para cumplir y hacer cumplir la
normativa de los tratados comerciales.

Asimismo, los gobiernos no están exentos de actuar de forma socialmente


responsable. La crisis financiera en parte es producto de la desregulación y la
liberalización comercial que muchos gobiernos han adoptado. Paradójicamente, la
misma crisis se ha convertido en un recordatorio sobre la necesidad de una mayor
presencia del Estado en los quehaceres del desarrollo y la imperiosa necesidad de
que actúe de forma socialmente responsable. Responsabilidad que, entre otros
esfuerzos, se traduce en adoptar prácticas socialmente responsables en las
empresas públicas, garantizar la seguridad jurídica para las empresas, los
inversionistas y la población en general, y brindar incentivos que fomenten y
premien la responsabilidad social. Esto último, por ejemplo, en el caso de las
empresas que contribuyan a la reducción de la siniestralidad en el trabajo, por medio
de reducciones en las primas de seguros, y para las empresas que contribuyan al
desarrollo local, por medio de exenciones fiscales que reconozcan esas
contribuciones al desarrollo.

Adicionalmente, es necesario diseñar e implementar políticas públicas que faciliten


y refuercen la responsabilidad social empresarial y de otras partes interesadas. En
particular, se deben priorizar aquellas que trasciendan las obligaciones sociales y
generen acciones de los diferentes actores económicos que crean valor para las
partes interesadas, protejan el ambiente y fortalezcan la democracia y la
gobernabilidad. Las políticas deben estar orientadas al fortalecimiento y la
modernización de las micro, pequeñas y medianas empresas para que puedan
participar en las cadenas de proveedores, al desarrollo de competencias laborales,
al mejoramiento de la 415 productividad, al desarrollo de fuentes de energía
renovable, a la adopción de tecnologías limpias, a la eco-eficiencia en la producción,
al consumo sostenible, al desarrollo del capital social, al desarrollo de capacidades
de gestión e interacción de organizaciones civiles y comunidades, a la expansión
en la cobertura y la mejora en la calidad de los servicios públicos (salud, educación)
mediante esquemas de prestación costo-eficientes, entre otros.

Las políticas públicas, en resumidas cuentas, deben fomentar la implementación de


la responsabilidad social empresarial, cuyas prácticas, como se vio en la última
sección del capítulo, pueden contribuir, mediante la triple creación de valor, al
cumplimiento de las nuevas obligaciones que emanan del comercio y en el proceso,
guiar el comercio hacia un comercio socialmente responsable, condición sine qua
non para la sostenibilidad y la equidad del desarrollo de los países de América
Latina