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EL PELIGRO DE OLVIDAR A DIOS

Deuteronomio 8:1, 11-20

Cuando atravesamos períodos de prueba, generalmente nos enfocamos en lo


adverso de las circunstancias y desestimamos el hecho de que las pruebas—en el
plan de Dios—tienen un propósito: prepararnos para las bendiciones. El asunto está
en cuál es la actitud que asumimos en los períodos críticos. Si cambia nuestra
perspectiva alrededor de las pruebas, comprendemos que constituyen la antesala
a las a las bendiciones. Deuteronomio 8 nos permite comprender el propósito que
tiene Dios con las pruebas y de qué manera, podemos aprender y beneficiarnos,
cada vez que se nos presenten.

Una gran realidad es que, como seres humanos al fin, todos nosotros tenemos
luchas internas, y estas luchas internas, con frecuencia causan que nos apartemos
de la voluntad de Dios. Digo esto porque todos nosotros peleamos continuamente
con nuestras emociones, sentimientos, impulsos, deseos, y ambiciones.

Existen las presiones de la vida en sí; es decir las presiones que ciertas
circunstancias y situaciones producen en nuestra vida cuando surgen. En otras
palabras, todos somos afectados de una manera u otra por la presión que este
mundo ejerce en nuestra vida.

Pero a pesar de que no todo lo que nos influye es inspirado o maquinado por el mal,
con frecuencia si somos afectados por el mal debido a una razón principal. ¿Qué
es la razón principal? Este será nuestro tema en el día de hoy; pasemos ahora a
la palabra de Dios Deuteronomio 8:11-20.

Como acostumbro a decir, para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios
tiene para nosotros en el día de hoy, nos será necesario hacer un breve repaso de
historia. Estos versículos forman parte de uno de los tres sermones que Moisés le
presento al pueblo de Israel antes de que ellos cruzaran el Jordán para entrar en la
Tierra Prometida.

Esto es algo que queda claramente expuesto en Deuteronomio 1:3 cuando leemos:
“…Y aconteció que, a los cuarenta años, en el mes undécimo, el primero del mes,
Moisés habló a los hijos de Israel conforme a todas las cosas que Jehová le había
mandado acerca de ellos…” Así que aquí tenemos a Moisés hablándole al pueblo
de Israel; ellos estaban a punto de entrar en la Tierra Prometida, y su jornada solo
les había tomado cuarenta años.

¿Se pueden imaginar lo que sería vagar por un desierto por cuarenta años? Dile a
la persona que tienes a tu lado: les tomo cuarenta años. Estamos hablando de una
jornada de aproximadamente unas 200 millas de distancia, pero a ellos les tomo
cuarenta años. ¿Por qué suponen que sucedió esto?

En realidad, existen dos razones;

1. la primera razón es que Dios sabía que ellos no estaban lo suficientemente


preparados para combatir las oposiciones, y es por eso que Él no les guío
por el camino más recto que existía. Esto es algo que queda bien claro en la
traducción de la Nueva Versión Internacional de la Biblia en Éxodo 13:17
cuando leemos: “…Cuando el faraón dejó salir a los israelitas, Dios no los
llevó por el camino que atraviesa la tierra de los filisteos, que era el más corto,
pues pensó: «Si se les presentara batalla, podrían cambiar de idea y regresar
a Egipto…»”

Ahora debemos preguntarnos: ¿por qué pensó Dios de esta manera? Dios pensó
de esta manera porque Dios quería solo lo bueno para Su pueblo; Él pensó de esta
manera porque Él les estaba protegiendo del mal o las malas situaciones que Él
sabía que ellos confrontarían. Dios sabía que los filisteos eran una fuerza poderosa,
y que verían al pueblo de Israel no como una nación, sino como esclavos
escapados, y les atacarían.
Así que la primera razón por la que Dios no guío al pueblo de Israel por el camino
más recto, y más corto, fue porque Él sabía que ellos no estaban preparados
físicamente y espiritualmente para enfrentar la batalla. Pero en la segunda razón
es donde comienza nuestra lección para el día de hoy.

2. ¿Cuál fue la segunda razón por la que a ellos les tomo cuarenta años entrar
a la Tierra Prometida? La respuesta es fácil; en el camino, el pueblo que
Dios libero, el pueblo que Dios amo, el pueblo que debería estar
continuamente dándole gracias a Dios escogió olvidarse de todo lo que Dios
había hecho por ellos.

En el camino, el pueblo que Dios escucho, libero, guío, y amo, se reveló en contra
Dios y escogió olvidar las señales que Dios había hecho para liberarles de la
esclavitud. Es por esta razón que en los versículos que estamos estudiando en el
día de hoy encontramos que Moisés les advierte: “…Cuídate de no olvidarte de
Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que
yo te ordeno hoy…” ¿Por qué le dijo Moisés esto al pueblo?

Moisés les dijo esto porque la gran realidad es que excepto dos hombres, la mayoría
de ellos no se acordaban de las señales (las plagas de Egipto, columna de nube y
columna de fuego, cruzar el Mar Rojo, las leyes entregadas por Dios en el Monte de
Sinaí), que Dios les había dado porque o eran muy jóvenes cuando sucedieron; o,
no las habían presenciado porque no habían nacido aún. Entonces, Moisés no
quería que según ellos se acomodaran y empezaran a disfrutar de las bendiciones
que Dios les entregaría, que ellos no olvidaran la razón por la cual ellos estaban ahí.

La realidad es que las palabras de Moisés en estos versículos nos hablan a nosotros
hoy con el mismo metal que le hablaron al pueblo de Israel en ese entonces.
Digo esto porque la gran realidad es que la mayoría de nosotros no somos muy
diferentes al pueblo de Israel de ese entonces. Todos los que estamos aquí
sentados, en un punto u otro en nuestra vida estuvimos perdidos en el desierto.

Estoy seguro que todos podemos recordarnos de estar en búsqueda de algo,


completamente perdidos sin rumbo o propósito, sedientos de algo, pero no
sabíamos de qué. Tratamos todas las soluciones a nuestro alcance tratando salir
de ese sufrimiento, pero en si nada funciono. Vagábamos sin rumbo o dirección por
ese desierto árido y desconsolante cargados de problemas, preocupaciones, y
sufrimientos. Pero todo esto fue hasta el día cuando finalmente nos rendimos a la
voluntad de Dios, y aceptamos a Jesús como nuestro Rey y Salvador personal.

Ese día cuando se nos fue demostrado el camino a la Tierra Prometida, y decidimos
renunciar a la ciudadanía del mundo, para aceptar la ciudadanía del cielo. Ahora
pregunto: ¿cuántos nos podemos recordar de ese día?

Pero más importante aún: ¿cuántos podemos decir que hoy nos sentimos de la
misma manera que nos sentimos en ese entonces? ¿Cuántos podemos decir que
el primer amor que sentimos por Dios y Su obra en ese día continua ardiendo hoy
con la misma intensidad?

En otras palabras, todos sabemos que Él nos guío a la Tierra Prometida, pero se
nos ha olvidado la jornada. Se nos ha olvidado el tiempo que estuvimos vagando
por el desierto de este mundo; se nos ha olvidado que Él fue quien nos guío a la
promesa en la que podemos descansar en el día de hoy. ¿Por qué sucede esto?

Esto es algo que sucede, porque la gran mayoría de nosotros nos hemos
acomodados grandemente donde nos encontramos en este momento. En otras
palabras, hemos recibido las bendiciones que Dios nos ha dado y estamos
completamente satisfechos. El problema que existe es que cuando alcanzamos este
nivel de satisfacción, en la mayoría de los casos comenzamos a apartarnos de la
voluntad de Dios para con nosotros.
En la mayoría de los casos estamos tan satisfechos de lo que hemos recibido que
dejamos de entregarle a Dios, y a Su obra, el lugar número uno en nuestra vida. En
otras palabras, se nos olvida lo que nos dice el Señor en Mateo 22:37 cuando
leemos: “…Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con
toda tu mente…” Y una vez que permitimos que nuestro amor por Dios se enfrié,
entonces no le será muy difícil al enemigo convencernos de que lo que tenemos y
hemos logrado, lo hemos logrado debido a nuestra fuerza y voluntad. Y es por eso
mismo que las palabras de Moisés aquí nos advierten: “…no suceda que comas y
te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, 13 y tus vacas y tus ovejas se
aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente;
14 y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra
de Egipto, de casa de servidumbre…” Dile a la persona que tienes a tu lado: no te
acomodes.

Cuando nos acomodamos en las bendiciones que Dios nos ha entregado, entonces
se nos hace muy fácil olvidarnos de dónde, y cómo Él nos rescató, del lugar que
estábamos. Y en todo caso esto nos conduce a ignorar lo que Él demanda de
nosotros.

Cuando se nos olvida de dónde y cómo Dios nos rescato del estado en que nos
encontrábamos, entonces se nos hace fácil hacer excusas, se nos hace fácil dar
explicaciones que no tienen sentido; se nos hace fácil darle a Dios el segundo lugar
en nuestra vida. Cuando se nos olvida de dónde y cómo Dios nos rescato del estado
en que nos encontrábamos, entonces se nos hace fácil olvidar que Él fue quien nos
ha puesto donde estamos.

Cuando se nos olvida de dónde y cómo Dios nos rescato del estado en que nos
encontrábamos, entonces se nos hace fácil olvidar que Él fue quien nos ha dado
todo lo que tenemos. Fíjense bien como lo dijo Moisés aquí cuando leemos: “…Sino
acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin
de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día…” Quizás algunos
digan: bueno esto aquí tiene que ver con el pacto que Dios hizo con el pueblo de
ese entonces y no con nosotros. Pero si piensas así te equivocas grandemente.

Digo esto porque todo creyente cae bajo este mismo pacto que Dios hizo con el
pueblo de ese entonces. Esto es algo que queda extremadamente claro en Gálatas
3:29 cuando leemos: “…Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham
sois, y herederos según la promesa…”
Cristo es quien nos provee el poder para obtener nuestras riquezas. Esto es algo
que queda bien claro en las palabras de nuestro Rey y Salvador en Juan
10:10 cuando leemos: “…El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo
he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia...” Esto no
quiere decir que todos aquí seremos millonarios, o que la razón por la que muchos
no son ricos es porque su fe no es lo suficientemente fuerte, como algunos falsos
maestros enseñan. Digo esto porque la riqueza es mucho más que una cifra de
dinero, y la realidad es que ninguna cifra de dinero jamás podrá comprar las
riquezas que Dios nos provee, y definitivamente no nos pueden comprar la entrada
al cielo.

Para concluir. No podemos permitir ser personas olvidadizas; no nos podemos


olvidar de lo mucho que Dios ha hecho por nosotros. ¿Qué son las cosas más
grandes que Dios ha hecho por nosotros? Fuimos liberados de la esclavitud al
diablo; esto es algo que queda bien ilustrado en Tito 3:3-5 cuando leemos:
“…Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes,
extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y
envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. 4 Pero cuando se manifestó
la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, 5 nos salvó,
no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia,
por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo.”
Fuimos escogidos por Dios para anunciar Su poder, misericordia y gloria; esto es
algo que queda bien declarado en 1 Pedro 2:9 cuando leemos: “…Mas vosotros sois
linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que
anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable…” Y
son por estas razones que nosotros nunca debemos olvidarnos de todo lo que Él ha
hecho por nosotros, porque de hacer esto entonces será fácil que Él ocupe el
segundo lugar en nuestra vida y nuestro corazón.

Dios nunca puede ocupar el segundo lugar en nuestra vida, Él tiene que ocupar el
primero. Hermanos, nuestro primer pensamiento al levantarnos en la mañana debe
ser dándole gracias a Dios por Su misericordia, y por Su gracia. Y el ultimo
pensamiento antes de dormir debe ser dándole gracias a Él por las bendiciones que
recibimos todos los días, dándole gracias a Dios por Su presencia en nuestra vida.

En este mundo existen presiones que tratan de afectar nuestra fe negativamente;


existen presiones sociales, familiares, y circunstanciales, pero no podemos permitir
que estas presiones nos desvíen de la voluntad de Dios. Sino que siempre
tengamos en mente las palabras de Moisés aquí cuando leemos: “…Mas si llegares
a olvidarte de Jehová tu Dios y anduvieres en pos de dioses ajenos, y les sirvieres
y a ellos te inclinares, yo lo afirmo hoy contra vosotros, que de cierto pereceréis. 20
Como las naciones que Jehová destruirá delante de vosotros, así pereceréis, por
cuanto no habréis atendido a la voz de Jehová vuestro Dios…” Las palabras claves
aquí son: “…anduvieres en pos de dioses ajenos…”

Dioses ajenos son todas esas cosas a la que en ocasiones nos rendimos y dejamos
de escuchar lo que Dios nos dice. Cosas como las emociones y sentimientos (odio,
rencor; no perdonar); los impulsos de la carne y deseos (ambiciones, lujuria,
venganza).

Recordemos que como fieles creyentes tenemos que vivir según Su voluntad,
cumpliendo con Sus mandatos, y entregándole siempre a Él, el primer lugar en
nuestra vida. Por eso les digo hoy, nuca no nos olvidemos de dónde Dios nos
rescató. Dile a la persona que tienes a tu lado: “…Cuídate de no olvidarte de Jehová
tu Dios…”
[1] Éxodo 3:7
[2] Éxodo 32:1-8
[3] Números 14:30-31