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Fernando Azcárate.

El nombre propio en sus excursiones topológicas, la lógica y la clínica.

“MENSAJERO: De suerte que de este suceso recibiste el nombre que llevas.”1

Saludos, lector, mi nombre es Fernando Azcárate Varela. Le escribo a usted, así, en la presencia
de su ausencia. Le escribo a ese lector que no sé quien será, y lo hago evocando un poco cómo
Sigmund Freud escribía a un juez imparcial cuando escribía El porvenir de una ilusión. ¿Quién
será ese juez al que se refería Freud? ¿Quién el lector al que me refiero? Bueno, pues por lo
pronto está hecho de una ausencia aquí, mientras escribo frente a mi computadora. ¿Podré
nombrarlo? No, lo más seguro es que no. Es que sea cual sea el nombre que use para
determinarlo, para hacerlo presente, solamente traerá a mi presencia su ausencia; por el simple
hecho de que no está aquí; mientras escribo. ¿Qué nombre podría usar? ¿Raúl, Alberto, Karla,
Patricia…? Cualquiera que use para hacer presente a mi lector, le pasará lo mismo que a mi; ¿lo
mismo? Bueno, antes de ver si sería lo mismo o no, por lo menos pienso en que el lector verá,
leerá mi presentación con la que inicié, y podrá constatar que, aunque presentándome -así, en el
curso de su lectura-, no necesariamente me hago presente. Es que me presenté como quien
escribe una carta, tema que nos importará mucho, pero que mientras, mi presentación, no me
hace definitivamente presente. Tal vez lo que se hace presente, en la lectura de este texto, es mi
nombre, pero que no por estar mi nombre, yo, me hago presente. ¿Cómo, cómo es que aun
presentándome no me hago presente? Es que lo que está ahí es mi nombre, pero no mi…,
¿persona? Lo pregunto porque no sé, con certeza, qué queda de alguien sin el nombre. ¡Qué
substancia tan extraña es esta del nombre, en la que me presento sin estar presente ahí, en el
mismo lugar! ¡Y en la que quién sabe qué sea de alguien si no tiene nombre! Y qué curioso que
puedo invocar a alguien cuando no sé quien, es ni dónde está.

Decía yo que tal vez podría nombrarlo, podría, primero, inventarme un nombre que lo
designe. ¿Es que invento un nombre? Los nombres que mencioné arriba, mientras ejemplificaba
no los inventé yo; cuando llegué al mundo ya estaban. ¿Podría poner yo un nombre? ¿Es que es
el yo, como sujeto de la acción en el verbo, quien nombra? Tal vez, pero si el nombre aparece ahí
y no designa a nadie como referente, ¿esto es posible? Puedo hablar de Freud, o de Sócrates,
¡pero ellos no están! ¿Hay nombres sin referente, sin alguien a quien se refieran? ¿Será que el
nombre lleva a alguien? Al revés, digamos, pienso en alguien que quiero y digo su nombre a ver
si esto hace que aparezca: ¡Rico! Por el solo hecho de que yo, aquí mientras escribo junto a mi
1
Sófocles. Edipo Rey, en Tragedias completas. Cátedra. Pág. 243
computadora, pronuncie su nombre, no aparece, créame, señor lector; ni siquiera con su nombre
de pila completo: ¡Ricardo! Tal vez tendría que usar el teléfono, o enviarle un mensaje, un correo,
o algo así que la tecnología nos posibilita. Y es que Ricardo es Rico… ¿Cómo? ¿Se escucha el
juego de palabras que opera aquí, con: “Ricardo es Rico”? ¿Es que Ricardo tiene mucho dinero?
¿Es que algo lo hace abundante, no sé, en su expresión? ¿Es de sabor agradable? Bueno,
ciertamente nunca lo he probado, así que no sé. Pero sé que Ricardo es Rico. ¿Es que alguien ha
leído “Ricardo es Rico” en voz alta? Sí, querido lector, mientras escribo pienso en alguien que
lleva ese nombre, alguien que existe. E incluso he pensado en sus propiedades, como para pensar
si es Rico o no, porque en ese núcleo en el que lo conozco, lo llamamos así: Rico. Pero, querido
lector, ¿se da usted cuenta del juego de palabras que hay con su nombre y su sobrenombre?
Juego de palabras que me lleva a ver cuales son las propiedades de Ricardo, y ver si en su
sobrenombre hay algo que le dé sentido a lo que escribo. Es que escribir, y más importante aun,
decir en voz alta, “Ricardo es Rico”, quiere decir muchas cosas.

He de decirle, querido lector, que pensé en Ricardo porque para mi es alguien, junto con
su hermano, que es muy significante. ¿Cómo significante? Bueno, la palabra “significante”,
significa muchas cosas, comenzando por el hecho de que para poder decir que algo es
significante, necesito usar otros significantes; situación por la cual, querido lector, definir un
significante, me llevará muchos otros significantes. Es así que les pasa a los significantes. Pero le
escribía yo, que Ricardo y su hermano, son para mi muy significantes; para abreviar, le diría que
me significan mucho, me conllevan mucho significado. Pero no es lo mismo decir que significan
mucho para mi, a decir que son significantes. ¿Es que el hecho de que le escriba yo a usted,
lector, quién es Ricardo, nos llevaría a su ser?: ¿Quién ES Ricardo? Tal vez respondería a quién
es él, pero para eso tendría que volver a usar otros significantes, sumados a otros significantes,
que llevarían a otros significantes y…, no llegaría al ser de Ricardo. Mejor, por ahora, dejémoslo
en que Ricardo es Rico.

Es que así sucede con los significantes, llevan a otros significantes, pero no es un asunto
de seguir una cadena de significantes hasta ver a donde nos llevan, sino que es un asunto de
puntuación del discurso, de cortes en superficies, y hasta de anudamientos de hilo. Mi objetivo
en este trabajo, mi querido lector, ahí, en su ausencia, es preguntar por el asunto del nombre. Con
esta pequeña introducción creo que ya se pudo haber dado cuenta de que es un problema, que no
sólo envuelve asuntos de palabra. Y cuando me refiero a asuntos de palabra, no sólo me refiero a
la significación de las palabras, sino a pronunciación, a sus sonidos, a sus articulaciones, sus
separaciones y sus junturas; tanto a lo escrito, como a lo dicho. No es un problema acerca de qué
significan los nombres, no se trata de ir a un diccionario a averiguar el significado de los
nombres propios, no es de semántica, ni de etimología, ni filología que hablamos. Es un asunto
de palabra, palabra no sólo fon-ética, lingüística, gramática, sino también de cómo advenimos a
nuestra palabra. Palabra, que de lo que se trata este escrito es del lugar del sujeto en la palabra,
del lugar del sujeto en lo que dice y, si este tiene palabra o no y cuál es el lugar del lenguaje en
esto; ¿podrá el sujeto prometer? ¿Y en nombre de qué?

Esto es que lo que me interesa, y aquello que nos interesa a los psicoanalistas, son los
efectos en la clínica de algo, lo que sea, que tenga efectos en la clínica. El nombre propio ha sido
estudiado en el psicoanálisis, primero que nadie por Sigmund Freud, después, si mi memoria no
me falla -y cómo no, si el inconsciente es la posibilidad de la memoria-, Jacques Lacan. Con
Freud, el asunto no se encuentra formalizado, y es que me da la impresión que era algo que el
vienés dejó ahí, escondido frente a las narices de los demás, para que alguien más lo trabajara. Es
Lacan, quien en diferentes momentos pone manos a la obra en este asunto del nombre. Me
parece, dentro de lo que he podido estudiar, que son por lo menos tres momentos específicos, en
su enseñanza, los que encuentro sobre el nombre. El primero, aquel en su noveno año de
seminario donde trabaja la identificación, luego, en su décimo segundo año de seminario con su
trabajo sobre los problemas cruciales para el psicoanálisis; y mucho después en su seminario R. S.
I., que llega hasta su trabajo del Sinthome, y hasta l’insú; sé también, por ejemplo que en su
seminario sobre Los escritos técnicos de Freud hay una referencia muy importante. Pero no
quiero, en este trabajo, ir cronológicamente buscando quién o qué fue que puso el asunto del
nombre propio en el centro de nuestra elucidaciones clínicas, sino que quiero ir, poco a poco,
desbrozando este punto que es muy complejo; ¿y qué en el psicoanálisis no es complejo, si no de
castración? Y es que si me remontará a los inicios de este problema tan complejo del nombre,
tendría que ir, no a Freud, ni a Lacan, sino a Hermógenes. Tendré que hacerlo, es demasiado
importante este asunto como para no hacerlo.

Resulta que hubo una vez, en la antigua Grecia, una persona llamada Calias, hijo de
Hipónico, que tenía un hermano2. Calias, que era uno de los hombres más ricos de Atenas, era
mecenas de Protágoras, un sofista que aparece en las diferentes obras de Platón, y con el que
Sócrates discute. El hermano menor de Calias era Hermógenes3, persona con la que Sócrates
conversa durante la mayor parte del diálogo llamado Cratilo. Con esto hemos llegado a un punto
importante; aparecido Hermógenes, que está en el inicio de nuestra problemática, ya sólo nos
queda seguir adelante.

La importancia de Hermógenes es capital para lo que estudiamos, por el


hecho de que él es el primer objeto de nuestras interrogaciones en función del

2
Platón. Cratilo o del lenguaje. 384b. Trotta. Pág. 74
3
Ibíd. 391c, Pág. 85
nombre; y no sólo de las nuestras, también de las de Sócrates y Platón en la
filosofía. Si el nombre -en griego “”-, es el ser -“”- que se
investiga4, ¿cuál es la relevancia de que el interlocutor de Sócrates se llame
Hermógenes (en griego “”)? Sócrates dice que Cratilo –el personaje
del diálogo que lleva el mismo nombre-, habla con verdad cuando afirma que los
nombres corresponden a las cosas y que no cualquiera es capaz, dirigiendo su
mirada, de poner su forma en las letras y en las sílabas5. ¿Dónde, después de
esta afirmación, queda Hermógenes? Tal vez la pregunta, en este momento de
nuestro escrito, salga sobrando; es que no he explicado cual es la
problemática que consideramos tiene Hermógenes; pero no nos impide anotar que
el Sócrates del Teeteto piensa, en cierto momento, que los nombres se
corresponden con las cosas. Esta afirmación que acabo de hacer es difícil;
cualquiera que se haya enterado de los escritos de Platón sabe que no se
sostiene una sola idea a lo largo del diálogo; sino que son muchas ideas,
posiciones y discusiones las que se despliegan ahí. Pero anotemos esto
provisionalmente. Es que el problema con Hermógenes es que llevaba un nombre
que, según Cratilo, no le correspondía. Hermes (, dios del comercio,
las riquezas, la elocuencia y el lenguaje, aunque tiene mención en el nombre
de Hermógenes, no parecía darle a este sus atributos; pero aun nos falta otra
parte de la palabra compuesta “Hermógenes”. Si la partimos, podríamos decir
qué quiere indicar: “De la raza de Hermes ( )”. Pero la
situación es que Hermógenes no es ni rico, ni hábil en los negocios, ni
elocuente; cosa que lleva a Cratilo a increparlo, a molestarlo. ¿Ahora sí se
nota cual es nuestra situación, nuestra cuestión, con relación a este
personaje de los textos platónicos? Es que el Cratilo comienza, justamente, en
el momento en que Cratilo se burla de Hermógenes porque su nombre no se
corresponde con él. Y si Cratilo afirma que las palabras se corresponden con
las cosas, la situación de Hermógenes es difícil, porque no se corresponde con
su nombre; porque él no se corresponde con su nombre.

Después de lo que hemos dicho, el nombre no es solo palabras que se las

4
Ibíd. 421a, Pág. 124
5
Ibíd. 390e, Pág. 84
lleva el viento –y aun no pensamos en psicoanálisis. Y es que el Cratilo no es
sólo un texto sobre el lenguaje –que no es decir poca cosa, ya que la
filosofía lo tiene por ser el primer texto que estudia el lenguaje seriamente
en la historia de la humanidad-, sino que incluso es un estudio del nombre,
del nombre propio. ¡Y el estudio del lenguaje, el primer estudio del lenguaje,
comienza por el nombre propio! Esta es una de las problemáticas de Hermógenes,
Sócrates y Cratilo en ese texto en particular. Porque, examinémoslo, sí el
nombre es el ser que se investiga –como ya decíamos-, ¿están connaturalmente
puestos los nombres en relación a las personas, a los hombres? ¿Las
designaciones que se llevan a cabo, van de la mano con lo designado? ¡Es el
lenguaje el que está puesto en cuestión aquí! Y esto hablaría de que el nombre
se corresponde directamente a la cosa o, en este caso, al hombre que lo posee
–lo que sería decir mucho, ya que no sabemos quien posee a quien, el nombre a
la persona o la persona al nombre. ¿Serán diferentes el nombre y la persona?
¿Y, para ir introduciendo al psicoanálisis en esto, qué es el sujeto aquí y
qué tiene que ver con el nombre? Por ahora dejemos estas preguntas abiertas.

Volvemos a hacer la proposición: Sí el nombre corresponde a la cosa, y


sólo aquel que dirige su mirada hacia el nombre puede poner su forma en las
letras y en las sílabas6, ¿qué pasa con Teeteto en el momento en que pregunta
Sócrates, en el curso del libro de Platón llamado Teeteto, por la unidad del
nombre mientras separa las letras y sílabas de este? Hasta ahora este es un
ejemplo simple. Sócrates pregunta que si alguien escribiera las dos primeras
letras de los nombres Teeteto o Teodoro sabría, conocería las letras de ambos
nombres. A lo que Teeteto responde que no, que ese que conozca sólo las letras
no sabe7. Luego, para ponernos en antecedentes, sabe aquel –y vea, estimado
lector, cómo ahora sólo hablamos de letras y sílabas-, que pone todas las
letras juntas, no sólo el que pone de una en una. Y es que, esta parte de la
conversación entre Sócrates y Teeteto, viene de un momento en que piensan que
las partes no son el todo. Es decir, el todo es distinto de sus diferentes
partes; de manera que saber las sílabas y las letras no es saber los nombres;

6
Platón. Cratilo o del lenguaje. 390e. Trotta. Pág. 84
7
Platón. Teeteto. 208a. Anthropos. Pág. 271
dicen de Antístenes8, en este momento, sin mencionarlo: Las partes no hacen el
todo del conocimiento. En este punto, diremos nosotros con ellos, que las cien
maderas no hacen al carro. Por el hecho de que alguien que, hablando del carro,
explicándolo, describiéndolo diga que un carro es primero esto, luego aquello
y después eso, pues no diría para sí que es el carro9. Pero la situación, aquí,
en el diálogo entre ellos, es que entonces alguien podría escribir el nombre
de Teeteto correctamente sin tener conocimiento. ¿De quien? ¿A quien
pertenecería este conocimiento o sería conocimiento de qué? Pues de Teeteto
mismo, ya que lo que sigue en la conversación es aquello que hace distinción y
diferencia. Es que el nombre al producir unidad, hace diferencia, aun en la
ignorancia de quien lo posee; pero siempre en función de una identidad, por la
cual se establece una diferencia. Es por esto que el todo, es más que la suma
de sus partes, porque una parte del nombre Teeteto, no es su nombre.

Hermógenes, por su parte, en el Cratilo, tiene una teoría de cómo


funciona el asunto del nombre. Asegura que el nombre es sólo convención y
acuerdo, y que si uno pone un nombre a alguna cosa, para después cambiarlo, no
deja de ser correcto el uso tanto del primero como del segundo10. Afirmación
importante si partimos de que es el nombre de Hermógenes lo que se discute en
toda la primera parte del Cratilo. Sócrates, después de trabajar mucho por
hacer entender a Hermógenes, lleva a este al punto de decir que es el
legislador, ayudado por el dialéctico, aquel que pone el nombre11. Entonces es
el dialéctico el que juzga la rectitud de los nombres; hay un legislador que,
en tanto Otro, observa la justicia del nombre. De esta manera acaba Sócrates
con el argumento de Hermógenes diciendo que no es una tarea irrelevante, ni de
hombres mediocres, poner el nombre, que no se trata de algo tan arbitrario
como que sea el primero que se le ocurra a uno; de hecho, acude a Cratilo de
nuevo pero para afirmar que este tiene razón en tanto que no cualquiera es
artífice de nombres12. A lo que Hermógenes responde que no puede objetar algo

8
Ibíd. 207a-d. Pp. 267 a 269
9
Ibíd. 207d, Pág. 269
10
Platón. Cratilo o del lenguaje. 384d. Trotta. Pág. 84
11
Ibíd. 389a, Pág. 81
12
Ibíd. 390e, Pág. 84
al respecto, pero que aun quisiera escuchar la rectitud natural del nombre.
Sócrates, si se sigue la lectura puntualmente, notaremos que responde ofuscado,
sorprendido, ya que él mismo había dicho antes que no lo sabía13. Podemos
preguntarnos: ¿Hay un saber sobre el nombre? ¿O es que se produce un saber a
partir del nombre? De manera que habría que indagar esto, dice Sócrates, y
hace algo que no es sólo digno de la filosofía, sino también del psicoanálisis.
Esto porque desde un no-saber –que no es exactamente lo mismo que la
ignorancia; sólo una clase de esta14-, Sócrates, en una cadena asociativa que
parte de asociaciones fonéticas con palabras, llega a un saber constituido de
diferentes nombres.

Si ha leído alguna vez alguno de los dos textos platónicos de los que
escribo, querido lector, podrá constatar que lo que aparece ahí, es toda una
genealogía no sólo de Hermógenes, sino también de dioses griegos y de palabras
del uso común en la Grecia antigua. No quiero seguir por este camino, pero me
mantendré en él sólo para mostrar una simple y sencilla cosa. Cuando los
alemanes, como por ejemplo Friedrich Schleiermacher, trabajaron el Cratilo, se
percataron de que es el primer texto en el que se trabaja el lenguaje de
manera seria en la historia de la humanidad. Pensaron que era una manera rara
de aproximarse al problema, la que Sócrates tenía. Sócrates pensó al lenguaje,
y el mismo nombre de Hermógenes, desde la fonética, no desde las etimologías,
ni la filología, ni mucho menos, desde la semántica. Y es que todo el texto
del Cratilo rebosa de juegos de palabras fonéticos, más no de significados, ni
de semántica.

Querido lector, todos estos problemas tenemos con el nombre, el nombre


propio. Pero como he venido diciendo, no es nada más un puro interés
filosófico o lingüístico el asunto este del nombre; problema que no disminuye
en importancia y que al contrario, se enriquece por ser tratado desde esos
abordajes. En lo inmediato, lo que nos convoca es que es un asunto de
psicoanálisis y de clínica psicoanalítica. ¿Qué tiene que ver el nombre propio
13
Ibíd. 384c, Pág. 74
14
Freud, Sigmund. 18ª Conferencia. La fijación al trauma, lo inconsciente, en Conferencias de
introducción al psicoanálisis. Amorrortu O. C. XVI. Pág. 257
con lo que denominamos clínica psicoanalítica?

Vayamos con Freud a ver qué es lo que él nos puede decir sobre el nombre.
Pero le he de decir, querido lector, que casi no hay camino en los textos
freudianos, en donde no tropecemos con el problema del nombre. Yo he estado
investigando muchas vetas, durante muchos años. E incluso me he topado con el
problema del nombre en Freud, como muchos amigos y colegas míos, sin siquiera
buscarlo. Esta situación me ha llevado a pensar, a preguntarme, cómo es que
leemos a Freud y desde dónde. Tengo colegas, amigos y conocidos, que han
abordado el problema desde hace mucho; por ejemplo Jean Allouch, que en su
libro Letra por letra, aborda el problema en una lectura que hace de la tesis
de. Jacques Lacan llamado De una cuestión preliminar a todo tratamiento
posible de la psicosis. Y es de llamar la atención que después de un libro tan
importante como Letra por letra, en donde Allouch trabaja el nombre, en un
libro sucesivo Marguerite, Lacan la llamaba Aimeé, haya un equívoco con un
nombre propio. Me parece que ha sido un asunto muy poco abordado en el
psicoanálisis en general; tomando en cuenta que paradójicamente el problema
está por todos lados. En el equívoco del que estoy escribiendo ahora, en el
equívoco del Marguerite, Allouch escribe:

“Didier observa además síntomas aún más sorprendentes que aparecen en


accesos…”15

El problema aquí es que Lacan no habla, en su tesis y en ese punto, de


Didier, que era el hijo de Marguerite, y para ese tiempo era un bebé; Lacan
está hablando del esposo de Marguerite, René16, el padre de Didier. ¿Qué
implicación tiene el cambio de un nombre por otro en un error de escritura? Y

15
Allouch, Jean. Marguerite, Lacan la llamaba Aimeé. Ape ele. Pág. 348. Seguramente, siendo
un analista tan importante, ya se revisó la edición y el lapsus, el equivoco ya quedó
solucionado. Y en tanto analistas, como damos cuenta del inconsciente, seguramente él ya dio
cuenta de su desliz en la escritura; si no es que alguno de los que lo estudian ya se dio
cuenta de esto. Por si cualquier asunto, trabajo con la versión en español de la segunda
edición francesa.
16
Lacan, Jacques. De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad. Siglo XXI.
Pág. 209
dejo ahí la pregunta como planteamiento de problema. ¿Implica algo un cambio
de nombre del padre al hijo? ¿Esto repercute en la forma en que pensamos la
institución psicoanalítica? Y saben, los conocedores de la obra de Allouch,
que, al final de dicho libro, el autor hace toda una posición contra el
psicoanálisis familiarista; ¿este lapsus calami influirá en su opinión o cómo
repercute lo inconsciente en nuestras posiciones en función de la institución
psicoanalítica?

Hay mucho que investigar sobre este asunto. También no sólo en Allouch,
sino incluso y primordialmente, con Freud y Lacan. Y bueno, creo que esto ya
implica que deje claras algunas posturas por lo pronto. ¿Por qué ellos? No ha
sido sólo en Freud y Lacan, sino también en otros psicoanalistas y en
filósofos, como ya di un ejemplo, en los que he encontrado el problema del
nombre. Pero, ciertamente, Freud y Lacan tienen una particularidad que me
llama la atención. El 5 de enero de 1977, Lacan da, en Vincennes, una
conferencia llamada Apertura de la sección clínica17. Allí, dijo: “Es por eso
que la clínica psicoanalítica consiste en reinterrogar todo lo que Freud dijo.
Así es como lo entiendo, y en mi blablá lo pongo en práctica.”18 Desde el
inicio de la conferencia, se pregunta qué es la clínica psicoanalítica, y se
responde clara y directamente: “Es lo que se dice en un psicoanálisis”. Así
que ya vamos juntando las piezas, es por eso que Freud, es por eso que Lacan;
por el hecho de que la clínica psicoanalítica es lo que se dice en un
psicoanálisis, y que interroga a Freud. Tomando en cuenta esto, lo que quiero
es llegar a eso que se dice en un psicoanálisis, reinterrogando a Freud y
escuchando qué se habla en un análisis.

17
Lacan, Jacques. Apertura de la sección clínica. Grapas de Me cayó el veinte.
18
Ibid. pág. 27

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