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Nelson Rojas Reflexión escrita No 7

“se trata de cómo ser cristianos evangélicos cuando la modernidad toca a su fin, y cuando el
enorme contraste entre el catolicismo y el protestantismo que existía durante el apogeo de la
modernidad va también perdiendo sus aristas. Por todo ello, dudo que haya hoy una pregunta
teológica más urgente que esta, la de las relaciones entre la fe y la cultura”
Justo L. Gonzales “Culto, cultura y cultivo”
Cuando los primeros misioneros presbiterianos comenzaron a llegar a Colombia, hace más de 150
años, la identidad de la naciente iglesia se definió como la opción contraria al catolicismo
mancomunado con el ala conservadora del país. Durante varias décadas las iglesias protestantes
siguieron el ideal norteño de protestantismo y modernidad juntos, principalmente en el campo de la
educación. Empero, este vestido fue desecho con el boom pentecostal, el cual se aferró al axioma
más básico de esta identidad centenaria de la iglesia evangélica en Colombia.
Con la avasalladora expansión del movimiento pentecostal, las iglesias evangélicas perdieron su
identidad como una opción cultural distinta a la católica tradicional, tan solo quedó entonces el
axioma que guió la identidad evangélica hasta inicios del siglo XXI. La iglesia evangélica ya no era
una opción religiosa que traía la modernidad, simplemente no era católica, ni en forma, ni en
contenido. En el país del sagrado corazón, fue posible durante las últimas décadas del siglo XX
vivir una identidad evangélica radical, en contraposición al estilo de vida de un país
confesionalmente católico.
Esta definición de identidad por contraposición, nunca fue necesario replantearla, porque la iglesia
surgida del boom pentecostal no fue una iglesia que vivió bajo la conciencia de un futuro cercano
sino bajo la conciencia del inminente escatón. Así fue como se preparó el terreno para nuestra
situación actual, una iglesia que nunca pensó vivir la llegada del futuro cercano, se encontró
cruzando los umbrales de la posmodernidad, algo para lo cual nunca se preparó. Pero es necesario
preguntarse ¿qué cambios trajo la posmodernidad?
En primer lugar, hemos de mencionar que, si el Concilio Vaticano II no logró replantear el estilo de
vida tradicional católico, y el imaginario protestante de ellos, la posmodernidad ha arrasado con el
país del sagrado corazón. En segundo lugar, la posmodernidad no solo ha barrido con el catolicismo
que otrora fuese el factor común que homogeneizaba a la sociedad colombiana, sino que, con la
llegada de los micro-relatos, ya no existe tal cultura homogeneizada. En tercer lugar, la profunda
preocupación por el escatón que a la sazón fue el motor que movilizó a las masas evangélicas, hoy
en día ha perdido su vigencia, de hecho, si el cristianismo sobrevive en mi generación, no es por su
esperanza escatológica sino por su pertinencia emocional para el aquí y ahora.
Es así que algunos hermanos que ya no ven en nosotros ese estilo de vida radicalmente distinto al de
los demás, así que intentan vivirlo, pero ¿cómo vivir un estilo vida contrario a nuestra cultura
cuando está no es monolítica? Antes el evangélico no tomaba, fumaba, ni fornicaba y ese era un
estilo de vida radical porque estas cosas eran comunes a toda la cultura, pero hoy no quedan tales.
Es así que algunos hermanos al no encontrar elementos comunes a nuestra cultura, van un paso más
allá y ahora eligen un estilo de vida contrario a la posmodernidad occidental, pues les parece la
única forma de seguir viviendo el radicalismo cristiano.
Nuestros hermanos que se han sumado a este movimiento del nombre, son el afluente de nuestra
situación temporal, pues vivimos bebiendo la tradición de los evangélicos de la última mitad del
siglo pasado, y nuestra situación contemporánea. Hablamos de un par de generaciones evangélicas
que nacieron bautizados en la radicalidad por la inminencia del escatón y la persecución fuerte, y
esa actitud radical sigue estando presente en muchos, pero en estos tiempos no puede vivirse como
a la sazón, pues siendo la modernidad un mosaico de culturas en un solo lugar, ya solo pueden
oponerse con radicalidad a toda la cultura occidental de hoy. O al menos, esa es la idea que tienen,
quisiera sugerir que, de hecho, la Escritura nos plantea una forma distinta de vivir esa radicalidad.
En primer lugar, es necesario hacer una aclaración, si bien los elementos de elección y
particularidad de Israel son realidades innegables en la Escritura, desde una hermenéutica misional
y una teología bíblica de la misión, son instrumentales. Es decir, la elección y la particularidad
cultural de Israel no tenían el propósito de levantar un pueblo para Dios, sino de servir de
instrumento para que todos los pueblos sean pueblos de Dios. Nótese el uso del plural, porque esto
nos remite más atrás.
En segundo lugar, usualmente cuando leemos Génesis pensamos que, porque como Dios hizo todo
bueno en gran manera, era su propósito que todo quedara inmutable, sin embargo, considerar los
imperativos previos a la caída cambia la perspectiva. Nosotros hemos visto la atomización de
culturas inmersas por el pecado, así hemos llegado a creer que la existencia de culturas diversas es
consecuencia del pecado, pero si consideramos que los imperativos de multiplicarse y sojuzgar la
tierra son previos a la caída, Génesis nos muestra como la voluntad de Dios desde el principio ha
sido la proliferación de culturas. ¿Qué implica esta realidad cultural para este movimiento naciente
del nombre en nuestra iglesia?
Creo que debemos entender la particularidad cultural de Israel a la luz de Génesis 1-3, el cual nos
mostrará que la particularidad cultural obedece más a una exhibición de los efectos de la presencia
de Dios. La particularidad de Israel nunca tuvo como propósito realizar alguna agenda
homogenizaste de Dios para suprimir las particularidades culturales, sino más bien mostrar que toda
cultura continúa con su identidad propia, al mismo tiempo que sufre cambios radicales por la
presencia de Dios. Ahora hago énfasis en la expresión “continúa con su identidad propia”, lo que de
hecho ya derriba nuestro imaginario de Israel como una cultura única caída del cielo.
Israel como cultura no es sui generis¸ es una cultura del cercano oriente antiguo, enmarcada en las
particularidades semíticas del levante, si bien sí es cierto que Israel tenía particularidades culturales
únicas, siguió siendo una cultura de su tiempo y lugar geográfico. Así pues, el propósito de Dios
expresado desde el inicio en Israel, y mostrado en el avance misionero de la iglesia primitiva, es que
la presencia de Dios en los pueblos no funcionaba como una fuerza homogeneizadora de culturas,
sino como una matriz que daba inicio a culturas completamente distintas, y plenamente santas. Esta
perspectiva nos ofrece un nuevo camino para vivir la radicalidad evangélica en nuestra tierra.
Si quizás en algún momento de la historia de Israel fue cierto que vivir como pueblo de Dios
implicaba una diferenciación radical con las culturas hermanas, cosa que no creo correcto afirmar,
con la intromisión de Cristo ya no es posible, ni siquiera concebible. Hay un radicalismo mucho
más extremo, un radicalismo que no se vive en la distanciación cultural, sino en la plena intromisión
cultural, pues se requiere mucho más carácter vivir puramente mi cultura, que apartarme de ella.
Esta es una misión que las iglesias colombianas no hemos logrado, pero es el llamado de Dios para
nosotros.
El señor nos llama a vivir el evangelio radical, pero debemos entender nuestra misión a la luz de
una teología bíblica, que nos llama a la transformación cultural. Nuestro reto ahora es orientar al
pueblo de Dios a ser esta fuerza transformadora y matriz cultural, que nos lleve a cumplir el plan de
Dios, de hacer que todo pueblo adore a Dios. Ese es el camino inexplorado que tenemos por
delante, es a donde creo que Dios nos llama ahora.