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-“Eres un turista de tu propia juventud”.

Con esa sentenciosa frase, Simon “Sick Boy” Williamson asume una posición crítica frente a
su amigo Mark Renton, a su desaforada nostalgia, a su obsesión por volver al pasado como
método expiativo para la traición que preparó y concretó veinte años antes de ese
momento. El adusto Sick Boy parece también dirigirse todos los que nos encontramos en
aquel momento, como Renton, tratando fútilmente de revivir aquel glorioso pasado de
desenfreno y de lujuria por la vida de 1996, sin percatarnos hasta ese momento, de que
esta es una historia diferente.

Aquella amarga manifestación sobre el paso del tiempo se cierne sobre mi mente, y se
traslada ahora a otras áreas. De repente, me incomoda la butaca del cine, siento dolor en
el cuello y la región lumbar, y me asalta un sinsabor tan propio como el de los personajes
que estoy viendo en pantalla, aquellos que en la cinta original pasaron a ser hitos de la
cultura popular por su temeridad y cinismo adolescente, ufanándose de su rechazo al
consumismo y a las convenciones de su época; ahora solo son sombras. Sus cuerpos ya no
aguantan el consumo y abuso del lubricante social de su predilección: la heroína; y en su
mente, aunque deseen mejorar, entienden que no hay más salida que la de continuar
siendo un grupo de perdedores por los años de vida que les restan.

Si la Trainspotting original escarbaba sin pudor ni reproches moralistas por ese universo
pueril, nihilista y pendenciero de las drogas y sus consumidores, viéndose a sí mismos como
estrellas de rock cada vez que el skag llegaba a sus venas (no en vano, en su corta pero
trascendental estadía en Londres, la pandilla recrea el famoso cruce de la portada de Abbey
Road) La nueva cinta no está exenta de momentos álgidos comparables a aquellos, con la
diferencia fundamental de que lo que les sigue no es solo la cruda muestra del síndrome de
abstinencia y las ganas irrefrenables de seguir consumiendo, sino constantes reflexiones
sobre la masculinidad, la paternidad; la huella del tiempo en la amistad, la familia; la
importancia de las decisiones que tomaron y ahora han de tomar para sobrevivir en un
mundo que ya se olvidó de ellos y de sus ínfulas de voces de su generación. El personaje de
Francis Begbie, recordado por su comportamiento irascible, por no decir psicótico, aborda
también esta problemática vital cuando en una devastadora secuencia decide disculparse
con su esposa e hijo, y pronuncia aquellos: “El mundo cambia, nosotros no.” o “Mi padre
era un borracho. Yo soy un payaso. Tú serás un mejor hombre que los dos”.

El corazón de esta tardía secuela se encuentra no solo en el regreso y la redención de Mark


Renton1, sino en la decisión consciente de Spud Murphy por ser una mejor persona de lo
que en realidad podría llegar a ser. Reconociendo en un principio el hecho de que es más

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momento clave es aquel nuevo alegato acérbico de “choose life…” a este nuevo siglo de pantallas y redes
sociales, donde al final Rent Boy pone al descubierto una pesarosa desilusión hasta entonces oculta.
probable que acabe con su vida, antes que abandonar su adicción. Pero Spud tiene en más
alta estima a su progenie, hallando la forma de enmendar los lazos que poco a poco se han
soltando, y convirtiéndose a su vez en el cronista de las azarosas aventuras de sus
compinches.

T2 Trainspotting no se convertirá en una estampa generacional como fue su precursora,


pero es una emotiva, jocosa, y brutalmente honesta reflexión sobre cuatro personajes que
a pesar de sus múltiples demonios, quedaron grabados en las retinas y la psique de un
puñado de nosotros, sin importar nacionalidad, raza, o sexo, muchos nos sentimos parte de
aquel grupo desadaptado de Escoceses, que mata sus horas y su cuerpo en un pasatiempo
inane.

Para el epilogo, luego de compartir los padecimientos físicos y emocionales de los cuatro
nativos de Edimburgo, el sufrimiento de mi cuello y espalda ha cesado, y se dibuja una
sonrisa en mi rostro mientras veo a Renton ingresando a su habitación, escogiendo un
vinilo, iniciando un baile espasmódico que canaliza a su idolatrado e inmortal Iggy Pop, y
cayendo en un eufórico trance no propiciado por la heroína, sino por la música.