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La tragedia del 79

Alfonso Bouroncle Carreón, Studium, Lima

https://www.voltairenet.org/article155207.html

55 - Los indios y Arequipa fueron agraviados por Palma

A raíz del reconocimiento del gobierno de la Magdalena por el coronel José La Torre, el
pierolismo comenzó a derrumbarse y el escritor y periodista Ricardo Palma reaccionó
en forma insultativa contra el pueblo y la ciudad de Arequipa, incrementando en esa
forma la leyenda negra que la cobardía no castigada por Piérola, del coronel Leyva, se
incrementara. Leyva, el famoso del "apúrate Leyva" de Bolognesi, aquél que careció de
respetabilidad en Arequipa por su franca cobardía de no acercarse a Tacna en los días
previos a la batalla del Alto de la Alianza.

A ese agravio, Palma se encargó de ampliarlo y fijarlo en letras de molde, al no poder


tolerar que nadie se alzara frente a la adorada figura de su caudillo, situación que se
aprecia en los párrafos que se copian tanto de sus "Cartas a Piérola", como de sus
"Crónicas" ya mencionadas y publicadas en el diario "El Canal" de Panamá: (169).

"Carta 18 — Lima, octubre 11 de 1881 —Excmo. señor don Nicolás de Piérola — Mi


distinguido amigo — Arequipa nos ha dado un desengaño más. Era lógico esperarlo de
ese pueblo veleidoso por excelencia. La noticia se recibió aquí el 8 por cablegrama de
Arica. . .

Son contradictorios los pormenores que hasta este momento tenemos de lo sucedido en
Arequipa; pero yo me explico, a mi manera, lo que ha pasado. Don Manuel Pardo acabó
de corromper y desmoralizar a ese pueblo, que poco necesitaba ya para perder el resto
de virilidad que le quedaba. Sembró en terreno fácil para el mal. . .

Estoy seguro de que, al día siguiente de realizada tan infame traición al patriotismo,
habrán tenido que arrepentirse los arequipeños de ella".

Sobre el mismo tema, en sus artículos publicados en Panamá se lee. (170)

"Artículo No. 22, "El Canal", Panamá, 22-X-1881, Lima, Octubre 12 de 1881 — Señor
Director — El 8 se recibió un cablegrama de Arica participando que, en Arequipa, se
había sublevado el Coronel don José La Torre con las tropas de su mando, a favor de
García Calderón. Los argollistas festejaron mucho la noticia de la traición encabezada
por un jefe desleal. . . Al fin tiene García Calderón territorio donde su autoridad sea ya
reconocida. Una interrupción del cable ha impedido recibir noticias posteriores al 8, y
nada de extraño habría en que hubiese sobrevenido una reacción en Arequipa, tan luego
como llegase al conocimiento de esa ciudad del decreto en que Lynch desconocía el
gobierno de la Magdalena.

Pero háyase o no verificado la reacción, lo positivo es que la conducta felona de La


Torre entrega el Sur a los chilenos y nos incomunica con Bolivia, sin que los
calderonianos saquen ningún provecho de la traición".
En el siguiente Artículo No. 23 del 19 de octubre, y publicado en "El Canal", Panamá el
2. XI.81, se lee: (171).

"Hasta hoy son escasos los pormenores sobre el motín de Arequipa, y se empieza a
creer, que no tiene la importancia que se le dio en un principio. . . ‘

En el siguiente artículo, No. 24, publicado en "El Canal" el 12.XI. 1881, se rectifica,
pero el agravio queda: (172)

"Al fin llegaron pormenores sobre la revolución de Arequipa. . . Fue el Coronel D. José
La Torre, Comandante General de las fuerzas, quien el día 7 a las seis de la tarde,
aprovechando que una hora antes había salido para Tingo el señor Solar (prefecto),
realizó el movimiento. . .

El pueblo de Arequipa no ha tomado participación en el breve escándalo dado por los


militares. Los municipales hicieron inmediata dimisión de sus cargos ante la autoridad
revolucionaria".

Se aprecia por los escritos que Don Ricardo Palma se encontró completamente ofuscado
por sus celos e incondicionalidad hipertrofiada a Piérola y también por sus prejuicios
racistas, clasistas y regionalistas, por eso, sin verificar situaciones se dice y contradice.
Primero son los arequipeños quienes se sublevan, después quedan sólo los militares. El
gobierno de García Calderón tiene un territorio para gobernar y, no le sirve para nada.
Resulta incomprensible la gran ofuscación por la que atravesó el tradicionalista Palma.

Se debe reconocer que, de la documentación existente, fue el único amigo de Piérola


que en su oportunidad le dijo la verdad, llegando incluso a escribirle en su carta No. 20
del 3 de noviembre de 1881: (173) "Yo le profeso a Usted muy cordial afecto, y por eso
me mortifica verlo firmando decretos que producen desprestigio y ridículo para el
gobernante".

En relación a sus prejuicios en general racistas y regionalistas en particular, comentando


la derrota peruana de San Juan, escribe con fecha 8 de febrero de 1881, dirigiéndose a
Piérola que se encontraba en Jauja, carta No. 2: En el segundo acápite, después de
adularlo diciendo que hizo lo indecible por salvar al Perú, manifestó: (174)

"Llegó la hora de la prueba, y los hombres rehuyeron cumplir con su deber, y no


encontró usted un hombre que supiera ayudarlo, y hasta sus edecanes dieron muestra de
ruindad abandonándolo miserable y cobardemente a los primeros disparos del enemigo.
¿A qué ambicionaban ciertos hombres altos puestos y mando de soldados, si no se
sentían con coraje para batirse? He aquí uno de los frutos de la corrupción social.. .

En mi concepto, la causa principal del gran desastre del 13 está en que la mayoría del
Perú la forma una raza abyecta y degradada. . . El indio no tiene el sentido de la patria;
es enemigo nato del blanco y del hombre de la costa y, señor por señor, tanto le da ser
chileno como turco. . . Educar al indio, inspirarle patriotismo, será obra no de las
instituciones sino de los tiempos. Por otra parte, los antecedentes históricos nos dicen
con sobrada elocuencia que el indio es orgánicamente cobarde".
Los párrafos anteriores nos explican por qué el Palma tradicionalista es eminentemente
de cortesanía virreinal y la república, en su pluma, se quedó casi exclusivamente en el
ámbito limeño, y su silencio sobre la guerra con Chile es inexplicable, pese a que fue
testigo presencial; pues, fuera de la epopeya del Morro y Leoncio Prado en
Huamachuco, lo demás es casi ignorado, y, así como los coroneles Francisco Bolognesi
y Carlos Llosa, ambos fallecidos en la defensa del Morro de Arica y Pedro Bustamante
que hizo toda la guerra, no figuran en el "Diccionario Biográfico del Perú" de Manuel
Mendiburu por ser arequipeños, así tampoco en las "Tradiciones" figuran Cáceres,
Tafur o Recavarren, por ser del ejército de La Breña. A los dos primeros los mencionó
una sola vez, como vinculados a las fuerzas peruanas en Huamachuco, al segundo, lo
ignoró y a Miguel Grau, lo mencionó en forma lateralizada en una tradición titulada "La
Bohemia de mi Tiempo" al referirse a las andanzas de su amigo Velarde (175). Así
fueron los colaboradores de Piérola, que trataron con gran desdén a los mártires de la
patria. Siguieron simplemente el camino del dictador (176), quien, el 28 de mayo de
1880 por decreto otorgó condecoraciones póstumas a tres mártires del "Huáscar",
confiriendo La Cruz de Acero de primera clase al capitán de navío Elías Aguirre y al
teniente segundo Enrique Palacios y, al comandante de la nave, Almirante Miguel Grau,
le otorga la misma condecoración, pero solamente de segunda clase, la diferencia,
porque a este último, Piérola lo consideraba su enemigo político, por ser civilista y
amigo de Manuel Pardo. A Bolognesi no le otorgó ninguna condecoración póstuma y a
sus dos hijos muertos en la defensa de Lima, tampoco. En cambio, al traidor y desertor
de Arica, Carlos Agustín Belaunde, por ser su amigo, lo premió nombrándolo en 1896,
diputado por Tayacaja, pese a las protestas de los diputados de Tacna Libre.
Sensiblemente el tiempo no ha corregido esos errores, quedando tergiversados en la
historia.

………………………

1879: ¿quién traicionó al Perú?


por Pablo Masías
3 de octubre de 2016
https://www.voltairenet.org/article193531.html?var_mode=recalcul

Desde que Diego de Almagro en 1537 regresó de Chile con sus tropas harapientas, los
chilenos se ganaron el apelativo de ―rotos‖; y los persigue el ―complejo de Almagro‖ de
pobres y miserables.

Ese imaginario histórico nacional chileno ha condicionado su geopolítica expansionista,


con la necesidad de una mayor geografía para sobrevivir y desarrollarse. Por eso mismo,
combatieron la Confederación Perú-Boliviana y desencadenaron, con el auspicio
británico, la guerra con Bolivia y Perú en 1879.

En Arequipa recalaron inmigrantes chilenos desde el siglo XIX, que no sólo fueron
estigmatizados como pobres llamándolos ―rotos‖, sino identificados con los ―payasos‖
por su forma de hablar (acento chileno). Los arequipeños no solo los vieron inofensivos,
sino poco serios y confiables.

Arequipa nunca transigió con Lima, siempre la trató de igual a igual, porque fue (es)
una ciudad caudillo y con aspiraciones de capital. Esa actitud de los arequipeños no sólo
motivó que los limeños los injurien, sino hasta los calumnien. La invención de la
―historia negra de Arequipa en la guerra con Chile‖ es una de sus mayores calumnias,
que no sólo rechazo por falta de fundamento, sino les cuento la ―historia amarilla,
traidora, de Lima‖, en la misma guerra con Chile, en este caso con fundamento.

Lizardo Montero, presidente del Gobierno Provisorio de Arequipa, último reducto


nacional de patriotismo peruano, no quiso defender Arequipa de las tropas chilenas por
varios motivos: 1) Tenía un plan estratégico de retirada del ejército peruano hasta Puno,
debidamente coordinado con Bolivia; 2) Sabía que el objetivo militar de los chilenos no
era Arequipa, sino el Gobierno Provisorio que él presidía; 3) También sabía que las
tropas peruanas (andinas) tenían grandes ventajas en la puna, frente a las tropas costeñas
de los chilenos (comprobado en la Campaña de La Breña): 4) Quería sumar la Guardia
Nacional de arequipeños alistados para la guerra, al ejército peruano, llevándolos a
Puno; 5) Creía que podía convencer a las tropas arequipeñas de dejar Arequipa para dar
batalla en otro lugar, con el posible cálculo de que los chilenos los perseguirían.

Si Montero no tenía nada en contra de Arequipa, por lo que no quería perjudicarla, sus
acciones desfavorecieron a los arequipeños: 1) Colocó la línea de ―defensa de
Arequipa‖ en Moquegua a unos 70 Km de distancia, a más de 100 por carretera
(Huasacache y Jamata), para en caso de ser derrotada, retroceder a Puno (no a Arequipa)
por el camino de Pocsi Piaca–Chiguata. 2) No hizo construir trincheras ni colocar
parapetos en las verdaderas afueras de la ciudad, por el temor (muy fundado) de que los
arequipeños se abocarían a la defensa de su tierra.

Esas medidas, sumadas al desarme de las tropas arequipeñas y el intento de embarcar


las armas en el ferrocarril a Puno, terminaron de presentar a Montero como un traidor y
enemigo de Arequipa. Sólo le quedaba huir de Arequipa y los arequipeños.

Todos los hechos previos a la entrada de las tropas chilenas a la ciudad de Arequipa,
prueban a la saciedad, que los arequipeños querían luchar para impedirlo.

El ingreso pacífico de las tropas chilenas a Arequipa, se explica por los siguientes
hechos: 1) No existía ningún mando militar en la ciudad, había escapado con Montero.
2) No había ningún plan de defensa. 3) La ciudad no contaba con el ejército peruano,
que estaba en desbandada desde su retirada de las defensas de Moquegua; 4) La Guardia
Nacional (arequipeños armados) estaba desorganizada y dedicada a localizar y perseguir
al ―traidor Montero‖. 5) No se contaba con ninguna trinchera ni parapeto para la defensa
de la ciudad. 6) No existían autoridades del Gobierno Provisorio, ni de la ciudad. El
teniente alcalde Diego Butrón había sido victimado y el alcalde Armando de la Fuente
estaba perseguido por colaborar con Montero. 7) La Guardia Urbana encomendada a
unos ciudadanos en el último cabildo abierto, no se había logrado organizar. 8) La
última consigna de los encargados de esa guardia y del mismo cabildo fue la de armarse
y parapetarse en sus casas y propiedades, para defenderlas de las tropas invasoras. 9) El
cuerpo consular (extranjeros) a pedido de los representantes municipales firmó una acta
por la que ―ponían la ciudad a disposición‖ de los mandos chileno que debían ceñirse a
los ―principios del derecho de gentes‖. 10) Desde el mediodía del 29 de octubre, se
había hecho público el telegrama que informaba de la finalización de la guerra y recién
en la noche los chilenos entraron a la ciudad. 11) Las tropas chilenas no podían disparar
en cumplimiento del acuerdo de paz, sólo esperaban provocaciones para ejercer la
defensa propia. 12) Los arequipeños armados y parapetados defendiendo sus casas y
propiedades, no dispararon a las tropas chilenas para no provocarlas porque la guerra
había terminado. Sólo reaccionaron a sus abusos, como en Quequeña y Cayma.

Con la toma de Arequipa, sin lucha, no hubo ninguna consecuencia que lamentar, sólo
se evitó la pérdida de vidas humanas. Pero con la destrucción (autodestrucción) del
Gobierno Provisorio de Montero, las consecuencias fueron catastróficas porque se
suspendió la resistencia en la Sierra y quedó aceptado en la práctica el Tratado de
Ancón. Con la mutilación territorial y de las poblaciones de Tarapacá, Arica y temporal
de Tacna.

Con el Tratado de Ancón y la Asamblea Constituyente de 1884, que lo ratificó, se


consumó la traición de Lima, que sin ninguna protesta, ni un solo tiro, cedió parte de la
heredad del Perú, para lograr con el retiro de las tropas invasoras, volver a su
privilegiado centralismo capitalino.

Arequipa, cuando las tropas invasoras se fueron, denunció y rechazó la traición de


Lima… Derrocó en noviembre de 1885 al gobierno limeño (criollo oligárquico)
entreguista de Miguel Iglesias, proclamó a Andrés Avelino Cáceres como presidente de
la república y desconoció el Tratado de Ancón.

En la guerra con Chile, entonces ¿Quién traicionó al Perú, Arequipa o Lima?

Nos inventaron la ―historia negra de Arequipa en la guerra con Chile‖. Y ahora, después
de levantar fácilmente los cargos con la verdad histórica, les devolvemos, la ―historia
amarilla (por traidora) de Lima en la guerra con Chile‖.

A ver si la pueden desmentir.6


La batalla de Arica. La traición de Belaunde
Socios | 1ro de febrero de 2008

https://www.voltairenet.org/article154848.html

Historia, madre y maestra 1-2-2008


La tragedia del 79, Alfonso Bouroncle Carreón, Studium, Lima
Anexo 28 La batalla de Arica. La traición de Belaunde

Sin embargo, últimamente se ha reaccionado en nuestra patria en el sentido de no


permitir que nuestra historia continúe siendo objeto de adulteraciones de parte de ciertas
personas que han tomado a su cargo tan ingrata tarea, "contribuyendo con esta conducta
torpe y criminal, a embrutecer al pueblo en todas sus condiciones sociales y a mantener
corrido el velo que cubre las traiciones, fraudes, crímenes y cobardías de los hombres
responsables de nuestra ruina y humillación, conquista y desprestigio".

Así se expresaba El Abate Faria (don Manuel Romero) en una carta abierta al director
de "El Tiempo" de Lima, señor Pedro Ruiz Bravo (*) a propósito de un editorial que
este periodista publicó llamando la atención sobre la necesidad de escribir la verdadera
historia del Perú, y manifestando que "tiene razón El Tiempo al lamentarse de que las
generaciones pasadas hayan sido engañadas y que las presentes y futuras, a sabiendas,
también lo sean".

Y agregaba en su patriótico empeño de que la verdad resplandezca al escribirse nuestra


historia:

"En el Perú el que ha sufrido y sufre terriblemente la inconciencia de algunos escritores


e historiadores que, desde las redacciones de los periódicos y de sus gabinetes de
trabajo, han cometido la ruin tarea de embrutecer a tres generaciones de peruanos‘ .

‘"Puedo garantizar a Ud., señor, que hasta hoy no se ha escrito la verdadera historia del
Perú y que casi todos los textos que en escuelas y colegios se estudian, son amplias
narraciones vulgares, sin ningún valor histórico, escritas casi en su totalidad por
hombres sin valor moral o incapaces, semianalfabetos, plagiadores y copiadores de
historiadores que yacen en la tumba y no pueden protestar".

Nosotros creemos también como El Abate Faria y con el director de "El Tiempo", que
no se ha escrito aún la verdadera historia nacional, cual lo ha sido ya en Chile por el
infatigable Barros Arana, y en otros países de Hispano-América.

En un artículo histórico que el que esto escribe publicó ha pocos años en "El Comercio"
de esta capital, nos dolíamos también de esta omisión propia de nuestra psicología.

Nota discordante en el Consejo de guerra.— El jefe del "Cazadores de Piérola" deserta


en presencia del enemigo.— Cobardía de dos jefes chilenos.— Un historiador de la
misma nacionalidad los estigmatiza.

Como sucedió en las filas sitiadoras, también hubo nota discordante en las nuestras, es
decir, en la junta de guerra que acabamos de historiar; pero nosotros, siguiendo consejo
de un militar amigo y codepartamentano, hemos estado a punto de no consignarla en
estas páginas, para no amenguar la solemnidad y trascendencia del acuerdo que adoptó
la junta precitada, en la que, como antes hemos visto, todos opinaron como el coronel
Bolognesi, menos uno, acaso, por ignorancia, falta de patriotismo o porque el miedo se
adueñó de su ser, ya que se trataba de un jefe improvisado elevado a la categoría de tal,
como mando de cuerpo, por el favoritismo político. Nos resistimos a estampar su
nombre, pero nos manda imperativamente hacerlo nuestro deber de escritores verídicos
y el hecho de que tampoco faltaron jefes cobardes en las filas chilenas, dos de los cuales
se resistieron a asaltar las baterías peruanas. Estos militares chilenos fueron don Ricardo
Castro y don Luis José Ortiz.

El jefe peruano que discrepó de la opinión de sus compañeros de armas, fue el coronel
de guardias nacionales Agustín Belaunde, jefe del batallón "Cazadores de Piérola",
formado casi en su totalidad de gente colecticia tacneña. En el consejo de guerra este
individuo fundó su voto en favor de la capitulación, alegando que, habiéndose perdido
toda esperanza de auxilio, sea de Leyva, o de Montero, era pueril creer que las escasas
tropas de que se disponía, fueran capaces de contener el empuje de las orgullosas
legiones invasoras; que no era acción de cobardes capitular ante enemigo tres o cuatro
veces superior en número, haciendo antes "tabla rasa" de Arica y sus fortificaciones;
finalmente que no hacerlo así, era sacrificar, a sabiendas, tanta juventud en flor; era
llevarla al matadero (textual).

Es de suponer la indignación que causaría a los presentes tales declaraciones; todos


protestaron de ellas, atribuyéndolas a cobardía. Fue ésta, en efecto, nota triste,
discordante, en momentos tan solemnes, en que la imagen bendita de la patria flotaba en
la amplia sala, ensangrentada, envuelta en los pliegues vaporosos de nuestra bicolor
enseña, clamando venganza por las ofensas que el enemigo acababa de inferirle en el
Campo de la Alianza.

Pero Belaunde no paró ahí; al saber que, por razones de orden disciplinario se había
decretado su arresto, a bordo del monitor "Manco Cápac", no esperó la notificación del
caso: desertó de su cuerpo en circunstancias que el enemigo asediaba a la plaza.

Cuando el oficial encargado de notificarle el arresto se constituyó en el cuartel del


"Piérola", Belaunde ya había consumado su acto indigno y vil; hacía rato que se hallaba
de fuga, camino de Arequipa, dándose trazas para no caer en poder del enemigo, que a
la sazón merodeaba por los alrededores de Arica. Esto sucedía el lo. de junio.

No tardó en hacerse del dominio público la acción criminal de Belaunde, tildándosele


con los más acervos y merecidos calificativos. Fue un cobarde desertor; su nombre será
en todo tiempo execrado, como lo es en Chile el del comandante Castro, jefe del 3o. de
línea.

Belaunde a punto de ser pasado por las armas

Cuando aquél huía desatentado del teatro de su hazaña a esconder la vergüenza de su


acción, la justicia estuvo a punto de caer inexorable sobre él. Sin pensarlo se encontró
en el camino a Tarata con el prefecto de Tacna, doctor Pedro Alejandrino del Solar, que
se dirigía a Arequipa, después de la derrota del Campo de la Alianza.
Belaunde no pudo disimular la contrariedad y el temor que experimentó por tan
inesperado encuentro. 1 como no pudiera justificar su presencia en ese sitio, ni dar
noticias concretas de la guarnición de Arica, hizo sospechar que había desertado de las
filas de Bolognesi; por lo que el doctor del Solar lo redujo a prisión, salvando
milagrosamente de ser fusilado por no haberse encontrado en esos momentos oficiales
de alta graduación para formar consejo de guerra.

Las patriotas placeras tacneñas castigan al desertor.

Dos o tres años después de la ocupación de Tacna por las armas de Chile, Belaunde
regresaba de La Paz (Bolivia) a la primera de las ciudades citadas. Un buen día se le
antojó visitar la plaza del mercado; pero nunca lamentará lo bastante la hora en que tal
hiciera. Lluvia de coles, cebollas, patatas, etc., arrojaron sobre él las patriotas placeras
tacneñas, la mayor parte de las cuales lloraba la pérdida de un deudo o amigo suyo
muerto en el combate de Arica.

Así castigaron la cobarde acción del que desertó de las filas que comandaba, en
circunstancias que el enemigo de la patria se hallaba al alcance de los cañones del
puerto.

Belaunde diputado a Congreso

El dictador Piérola pagó con creces a Belaunde— a quien estaba ligado por los vínculos
del compadrazgo— los servicios políticos que le prestara en sus pasadas revoluciones.

Olvidó el agitado caudillo demócrata que este mal peruano llevaba en su frente el ‘Inri"
infamante de cobarde y desertor; y haciendo escarnio de la vindicta pública, que a gritos
reclamaba el castigo del réprobo, le prestó eficaz apoyo en su gobierno (1896), a efecto
de que fuera elegido —como lo fue— diputado a Congreso por la provincia de Tayacaja
no obstante haber protestado de ello los representantes parlamentarios por Tacna libre,
distinguiéndose entre éstos por la vehemencia y calor con que trató el punto, el probo y
patriota tacneño señor Modesto Basadre.

Por habernos ocupado con más amplitud de la necesaria de tan tristemente célebre
personaje, nos abstenemos de comentar el error político -por no calificarlo de capricho
inconcebible- en que incurrió el Sr. de Piérola, al apoyar la candidatura de este mal
peruano; atribuyéndolo a la desorganización política de la época, como consecuencia de
la revolución coalicionista que puso término a la segunda administración del general
Cáceres.

VARGAS HURTADO, Gerardo "La Batalla de Arica", Lima, Col. Documental, 1980,
p. 62-5 y 70-1.

(*) "El Tiempo" de Lima, de 28 de setiembre de 1919.


Arequipa en la guerra con Chile
https://miqueridaarequipa.info/arequipa-en-la-guerra-con-chile/

PARTICIPACION AREQUIPEÑA EN LOS ANTECEDENTES DE LA GUERRA

1. El enfrentamiento armado de los hombres en el campo de batalla, no es el inicio, sino


la culminación del proceso histórico en que se gesta toda guerra. Si bien el 5 de abril de
1879, Chile declaró la guerra al Perú, después de declararla a Bolivia, el enfrentamiento
entre Chile, Perú y Bolivia, empezó en 1836, cuando se estableció la confederación Perú
– Boliviana y, ésta, fue vista por Chile e incluso por Argentina, como el surgimiento de
un estado más extenso y poderoso que hacía peligrar sus intereses. Chile declaró la
guerra a la Confederación Perú – Boliviana el 26 de diciembre de 1836 y acto seguido
armó una «expedición» beligerante de 3,300 soldados al mando de Manuel Blanco En-
calada, que contó con la complicidad de algunos aristócratas limeños y caudillos
militares expulsados del poder de la naciente República Peruana y refugiados políticos
en el país del sur. La «expedición» que recibió el nombre de «restauradora», después de
conseguir que la Marina Chilena bloquee el Callao y aprovechando que el ejército
confederado se encontraba en el Altiplano, ocupó el‘ 12 de Octubre de 1837, la ciudad
de Arequipa, que entonces era mayoritaria y fervientemente partidaria de la
Confederación. El ejército confederado viene a Arequipa al mando de Santa Cruz y
siendo superior en efectivos y armas (además de contar con el apoyo de la población
arequipeña), en lugar de aniquilar a los extraños, como pudo hacerlo, decide Santa Cruz
entrar en negociaciones con ellos. Es así como se firma el Tratado de Paucarpata, por el
que Chile reconoce la Confederación y ésta deja partir a los invasores. Vuelta la
expedición chilena y restauradora a Santiago, Chile desconoce el Tratado de Paucarpata
y envía una Segunda Expedición Restauradora, que luego de algunos meses de campaña
por la costa central de nuestra patria, termina por derrotar a las fuerzas confederadas en
la Batalla de Yungay , el 20 de enero de 1839.

El triunfo del Ejército Protectoral de Chile y de los «restauradores», posibilitó el


restablecimiento del Estado Peruano y repuso a los caudillos militares a los aristócratas
limeños en su conducción. Si eso ganaron los «restauradores», Chile consiguió aniquilar
el surgimiento de un estado mas extenso y poderoso (el confederado) y los Jefes del
Ejército Protectoral Chile no fueron gratificados por los «restauradores» peruanos con
despachos honoríficos en el Ejército Peruano, elevadas sumas de dinero y hasta con
haciendas en la costa central de nuestra patria, que les fueron obsequiadas.

2. Repuestos los caudillos militares y su soporte de aristócratas limeños en la


conducción del Estado Peruano, en 1841 se comienza a exportar el «guano de islas» a
Europa. El negocio guanero, rápidamente convertido en el primer renglón de los
ingresos «nacionales», fue a no dudarlo el más fétido de los «negocios» republicanos
del Perú ( y no tanto por el olor natural del fertilizante ,como por el manejo que de él
hicieron sus beneficiarios). La época del guano, abarcó 4 décadas de nuestra historia.
Los estudios de Bonilla, Basadre, Yépes y otros, han probado con minuciosidad cómo el
negocio guanero =-escandaloso y fraudulento-. sirvió para convertir esta riqueza pública
de nuestra patria, en la riqueza privada de unas treinta .familias que preferían llamarse a
sí mismas «los hijos del país». Por su magnitud, el negocio guanero se convirtió en el
eje de la política nacional, en las 4 décadas que mediaron entre la disolución de la
Confederación Perú-Boliviana y la declaratoria de Guerra por Chile (1879).
¿Quiénes fueron los beneficiarios en este fétido negocio?, un puñado de aristócratas
limeños y caudillos militares que hicieron «manga y capirote» en la conducción política
de la República Peruana, para conservar sus privilegios y saciar sus bastardas
ambiciones. En estas 4 décadas de carnaval guanero, en que un puñado de caudillos
militares y aristócratas limeños se pusieron las «caretas» de formas republicanas, para
ocultamos sus caras de salteadores y dilapidadores de la riqueza pública, se gestó la
debilidad que presentaba nuestra patria en 1879.

En estas 4 décadas, la aristocracia y el pueblo arequipeños, lucharon -con las armas en


la mano y los ideales de honestidad y legalidad en los sesos- contra los aprovechadores
de la riqueza guanera. No hubo año en que no estallaran en Arequipa 2 ó más rebeliones
armadas contra los detentadores del poder central de la República (‗léase: beneficiarios
del guano).

LA GUERRA (1879 – 1883) y AREQUIPA

No voy a entrar en detalles conocidos, circunscribiéndome a la participación arequipeña


en la guerra, basta señalar que, como en muchos pueblos del Perú, estallada la guerra
aquí se conmovió el alma colectiva del pueblo arequipeño, poniendo al tope su
peruanismo y entregándose a las tareas de defensa de la patria; fueron incontables las
manifestaciones patrióticas, las colectas públicas, la suscripción de actas condenatorias
a Chile, los dolorosos funerales a los caídos; pero lo que es más importante, en toda la
campaña del sur, el pueblo de Arequipa jugó. un papel destacado: cientos de sus
mejores ‗hombres (artesanos, comerciantes, chacareros, hasta estudiantes de la
Universidad y el Colegio Independencia), se presentaron a los cuarteles, y a su pedido,
fueron enviados al frente de batalla. [Cómo no mencionar al Batallón «Cazadores del
Misti», o al Batallón «Guardias de Arequipa», íntegramente conformados por civiles
arequipeños y dirigidos por un militar retirado que al estallar la guerra, era un vecino
más de Arequipa, dedicado al comercio lanero: Francisco Bolognesi. El «Guardias de
Arequipa», estuvo en toda la campaña del sur, destacando su combatividad en la Batalla
de Tarapacá, donde Mariano de los Santos , si bien nacido en Cusco, era un artesano
avecindado en Arequipa cuando fue reclutado y conquistó la bandera enemiga como
trofeo guerrero. Así hubieron cientos de arequipeños en la defensa de Pisagua (el más
alto jefe peruano fue el Coronel arequipeño Isaac Recabarren); en el combate de San
Francisco; en la Batalla de Tarapacá; en la defensa de Arica; en la del «Alto de la
Alianza» (Tacna). En toda la campaña del sur, decenas de arequipeños ofrendaron sus
vidas heroicacamente: el teniente coronel Carlos Llosa y Llosa (murió en combate en la
Batalla de Tacna, siendo el segundo jefe del batallón Zepita que tenía por primer jefe al
general Andrés Avelino Cáceres); Coronel Mariano Emilio Bustamante Mantilla (quien
siendo Jefe de Estado Mayor de la 8va. división fue uno de los Jefes que tomó el
acuerdo de «pelear hasta quemar el último cartucho» y murió en combate en la defensa
de Arica el histórico 7 de junio); sólo en la Batalla de Tarapacá, murieron 35
arequipeños del batallón «Guardias de Arequipa»; Clodomiro Chávez Valdivia y 34
integrantes más, que por ser miembro de tropa que no están identificados en los
documentos existentes, pero ¿acaso, por anónima, su muerte es menos gloriosa? A ellos
tendría que agregarse los nombres de: Manuel Sebastián Ugarte (inmola do a los 29
años de edad al lanzar un torpedo de 100 libras de pólvora contra una embarcación
enemiga); los hermanos Luis y Adolfo La Jara, Máximo y Raymundo García, Máximo
Abrill, José Chariarse y Manuel Manrique (muertos en combate en la defensa de Lima)
Juan Portugal (rematado en Huamachuco, después de la batalla). Pero no sólo hay que
mencionar a los arequipeños que tomaron las armas para defender su patria, pues aquí
quiero destacar la forma en que el pueblo arequipeño la defendió de mil maneras: los
comerciantes donaban dinero, frazadas, telas; las mujeres recolectaban vendas e hilos,
confeccionaban uniformes y calzones para las tropas; los artesanos hacían zapatos,
monturas y arneses para las cabalgaduras; los catedráticos, profesores, obreros del
ferrocarril y hasta los tipógrafos del diario «La Bolsa» donaron porcentajes respetables
de sus sueldos; los chacareros contribuían con maíz, trigo, papas para la tropa, forraje
para las cabalgaduras, etc.; y todas estas acciones patrióticas en medio de una crisis
económica pavorosa.

LA OCUPACION CHILENA DE AREQUIPA

Por la tiranía del tiempo, sólo voy a enumerar algunos sucesos que podría valer -cada
uno- como tema de una conferencia.

1. Ocupada Lima por los chilenos en 1881, y cuando éstos vieron que con el Presidente
Piérola no podrían conseguir un tratado que consagrase sus ambiciones territoriales, el.
ejército de ocupación propició una Junta de Notables que el 22 de febrero de 1881 eligió
al jurista arequipeño Francisco García Calderón como Presidente del Perú. García
Calderón no correspondió a los planes chilenos y comenzó a organizar un Congreso
Peruano Extraordinario para que acuerde los términos de las tratativas de paz. El
congreso se reunió el 15 de mayo de 1881 y acordó autorizar a García Calderón para
que negociara la paz «conforme a la Constitución de 1860» (es decir, manteniendo la
integridad territorial). Por la autorización recibida y porque comenzaba a lograr apoyo
diplomático de Estados Unidos y algunos países de Europa para‘ sus propósitos, García
Calderón se convirtió en un obstáculo para las ambiciones chilenas; entonces, el 6 de
noviembre de 1881, los chilenos apresaron a García Calderón en su domicilio y días
después lo enviaron a Chile en calidad de cautivo.

2. Días antes de su inminente «caída», García Calderón reunió una Junta Patriótica que
a su sugerencia eligió al contra-almirante Lizardo Montero como Vice-Presidente del
Perú.

3. Cautivo el Presidente García, Montero viajó a conferenciar con los jefes militares que
por iniciativa personal trataban de organizar la resistencia en diversos puntos de la
sierra; luego, decidió establecer su gobierno en la ciudad de Are quipa, Primaron en esta
decisión de Montero, varias razones: Lima estaba a merced del enemigo y la ciudad que
le seguía en importancia era Arequipa; la cercanía de Arequipa a Bolivia, era para
Montero un resguardo estratégico, pues pensaba exigir el apoyo del aliado de cartón en
la guerra; por fa identificación de Arequipa con el gobierno de García Calderón-
Montero; porque Arequipa a respetable distancia de la costa, estaba a resguardo de
intromisiones enemigas, dado que Chile controlaba el mar, y desde allí proyectaba sus
incursiones terrestres.

4. El jueves 31 de agosto de 1882, en medio de una soberbia parada militar y de una


apoteósica manifestación popular, entró a nuestra ciudad, el Contra-Almirante Lizardo
Montero, Vicepresidente, encargado de la Presidencia del Perú, junto con un
numerosísimo séquito de ministros, edecanes, secretarios, jefes militares, oficiales y
hasta tropa; muchos de los más altos jefes incluso, hasta con sus familias.
5. El jueves 31 de agosto de 1882, el mismo día que Montero y sus subordinados
entraban a la ciudad de Arequipa, en Cajamarca el General Miguel Iglesias ,nombrado
meses antes por Montero como Jefe Militar del Norte- se rebeló contra el gobierno de
Montero, lanzando una proclama en. el pueblo de Montán (que se conoce con el nombre
de «el grito de Montán»). En esencia «el grito de Montán» proclamaba que entre la
«ocupación chilena indefinida y el reconocimiento de la derrota», era preferible el
reconocimiento de la derrota (para los usos del lenguaje político de la época, esto que
ría decir: aceptamos la amputación territorial que impone el enemigo).

6. En la medida en que fue conocida la proclama de Iglesias, fue rechazada por diversos
pueblos del Perú, entre ellos Arequipa. Aquí hubo manifestaciones condenatorias,
circularon «hojas sueltas» incendiarias, los periódicos locales condenaban a Iglesias en
todos los tonos. Todos por supuesto que con la alegría y el aliento del gobierno de
Montero- atacaban a Iglesias. Este proceso subió de tono al finalizar el año de 1882
cuando llegaron las nuevas, de que una Asamblea convocada por Iglesias lo había
elegido Presidente Regenerador del Perú. En conclusión, para el pueblo de Arequipa,
Iglesias era un traidor a la patria y un agente chileno.

7. De la noche a la mañana Arequipa se convirtió en la «Capital del Perú»: con


Presidente y escolta en «palacio», con ministros y secretarios en sus despachos, con el
alto mando militar en sus cuarteles. Un viejo y reiterado sueño se transformaba en
realidad, aunque con visos de sainete y de tragedia: el gobierno no ejercía su poder en
todo el territorio nacional que en sus zonas neurálgicas estaba ocupado militarmente por
el enemigo; no era re conocido por el invasor y ni siquiera podía entrar en tratativas de
paz; algunos pueblos del norte que obedecían a
Iglesias, tampoco le reconocían y, como si todo ello fuera poco, este «gobierno» del
país vencido y ocupado, ni si quiera podía contar con recursos económicos
presupuestados para solventar los más apremiantes gastos de administración, ni mucho
menos, los gastos de guerra.

8. El gobierno de Montero, en los 14 meses que residió en Arequipa, sobrevivió con las
erogaciones, suministros y cupos en dinero, alimentos y forrajes que le proporcionaron
el pueblo de Arequipa, los pueblos de otras provincias del departamento de Arequipa y
los pueblos de otros departamentos del sur del Perú, que no estaban ocupados por el
enemigo. Solo para que se tenga una idea, mencionaré que los distritos agrícolas de
Arequipa, empobrecidos como todos los del país en esos momentos difíciles, fueron
gravados por el gobierno de Montero con las siguientes cantidades de fanegas «de trigo
o de maíz», que entregaron mensualmente: Socabaya 20; Paucarpata, 25; Characato 10;
Chiguata 5; Sabandía 12; Quequeña 10; Cayma 20; Tiabaya 30; Vitor 30; Miraflores 20;
Uchumayo 8; Yanahuara 10; Palomar 20; Sachaca 20 (La Bolsa 31 de Enero de 1883,
Página 1).

El contra-almirante Lizardo Montero desarrolló su gobierno, atendiendo desde las más


insignificantes tareas de administración municipal, hasta, se suponía, esbozando en
secreto los planes bélicos de ataque y resistencia contra el ejército enemigo. Todos los
varones de Arequipa, mayores de 20 y menores de 60 años, por su voluntad o por la
fuerza, fueron reclutados y convertidos en efectivos de la Guardia Nacional y, con la
sola excepción de las autoridades, los telegrafistas y los farmaceúticos en razón a sus
oficios participaron en centenares de paradas, desfiles, «ejercicios doctrinales» que se
verificaban en las plazas y calles de la ciudad o en las pampas de Bustamante y de
Polanco. Las mujeres y los ancianos recogían los cupos y erogaciones, se organizaban
ambulancias para -llegado el caso-, atender a los heridos, confeccionaban uniformes,
bordaban estandartes y emblemas, oraban y realizaban toda suerte de actos religiosos
encomendando a su Dios el destino mismo de la patria, alentaban con su presencia y
aplauso a los guardias nacionales en sus ejercicios doctrinales, etc. El contra-almirante
Montero, aparte de presidir personalmente innumerables actos públicos como:
procesiones, instalaciones de la corte judicial, apertura del año universitario, clausuras
de colegios, misas de fiesta, retretas; desfiles, revisiones de tropas y de más, en los 14
meses que localizó su gobierno en Arequipa, hizo un viaje a la Paz, cuyos objetivos se
mantuvieron en secreto pero del que se presume fue para reanimar la alianza defensiva
con Bolivia. Igualmente dispuso que los titulares de la Corte Suprema de Justicia que
residían en Lima, se trasladaran a Arequipa, así como invitó a los ministros
(embajadores) de otros países para que vinieran a residir en Are quipa (ni aquellos
obedecieron, ni éstos aceptaron la invitación, con la sola excepción del representante
boliviano que presentó cartas credenciales al pie del Misti). Como el gobierno paralelo
de Iglesias, erosionaba su poder, el gobierno de Montero convocó a un «Congreso
Nacional» que se instaló con toda pompa y solemnidad el 22 de abril de 1883. El
Congreso, reunido en los claustros del Colegio Independencia y de la Universidad, tuvo
muchas sesiones secretas y algunas públicas, hasta el viernes 20 de julio de 1883, en
que clausuró sus actividades, haciendo públicos los siguientes acuerdos: Ratificó la
elección de Francisco García Calderón como Presidente del Perú, a pesar de su
cautiverio; ratificó la conducción del gobierno por parte del contra almirante Lizardo
Montero, con el cargo de Primer Vice presidente del Perú; creó el cargo de Segundo
Vicepresidente del Perú y eligió para desempeñarlo al General Andrés Avelino Cáceres;
interpeló a los ministros de Monte ro, quienes renunciaron antes de recibir el voto de
censura; aprobó una ley que autorizaba al ejecutivo para que to mase las «providencias»
para lograr que Chile cediera en sus desorbitadas condiciones.

9. Mientras esto sucedía en Arequipa, donde la disyuntiva de los 2 gobiernos (Montero


– Iglesias), era solucionada con un apoyo total y efectivo al «Gobierno Legítimo» de
García Calderón-Montero-Caceres y una condena furibunda al del «traidor Iglesias»; el
desconcierto inicial que generó el surgimiento de Iglesias en el ejército de ocupación,
paulatina mente fue cediendo; el gobierno de Iglesias era lo que necesitaba Chile para
consagrar sus conquistas territoriales y acabar con la prolongada ocupación militar de
nuestra patria. Pronto el ejército chileno reconoció al gobierno de Iglesias, lo legitimó,
le brindó protección y ayuda y entró en tratativas de paz con él. En setiembre de 1883
ya había un acuerdo básico entre Iglesias y Chile, quienes acreditaron a sus
representantes para discutir los términos de un Tratado. Es en estas condiciones cuando
el gobierno de Iglesias envía una misión diplomática a Arequipa, integrada por sus re-
presentantes Aurelio Denegri, y Miguel Antonio de la Lama, quienes llegan el 13 de
setiembre y se entrevistan con Montero, presumiblemente para informarle que la paz ya
estaba pactada y para pedirle que disuelva su gobierno y reconociese el de Iglesias.
Como el pueblo de Arequipa no era partidario de la paz con cesión territorial, y vivía
encoraginado con las reiteradas declaraciones de Montero y sus hombres de estarse
preparando -en secreto- para enfrentar con éxito a los chilenos: hostilizó a la misión
Denegri-Lama, y hasta se suscribieron actas de condena a sus propósitos.
10. Conocida la derrota de Cáceres en Huamachuco, rechazada la misión Denegrí-
Lama, comenzaron a llegar los alarmantes rumores de que el ejército chileno preparaba
una expedición guerrera sobre Arequipa. En esas condiciones, circuló una «hoja suelta»
anónima, el 27 de setiembre de 1883, con el siguiente contenido: «Arequipeños Salvad
a la Patria»

Los implacables enemigos del Perú, que por doquiera han empapado el suelo nacional
con la sangre de muchos hermanos, aún no han saciado su sed de odio, y vienen a la
tierra sagrada de los libres, a continuar su nefanda obra de conquista. Quieren hollar con
su planta, el baluarte de las libertades del Perú, y repetir en las faldas del Misti, las
escenas de deshonra carnicería y horror, que han representado en nuestra patria durante
cuatro años. Nuestros enemigos no vienen solos, los mueven, guían y acompañan esos
desnaturalizados, que han tomado el nombre de Iglesias como el lema de su traidora
bandera que no es otra cosa que el sudario de la honra y de la autonomía de la
República. No es Atila quien se encuentra a las puertas de Roma, capitaneando a los
bárbaros del norte, son las huestes chilenas, más crueles e inhumanas, son los bárbaros
que escarnecen la moderna civilización, los que avanzan en actitud hostil sobre este
pueblo de valientes. ¿Os dejareis conquistar?

¡Imposible!. Esperad con el arma al brazo, sin temor ni jactancia, y probad a vuestros
conquistadores que nacisteis libres y que estáis acostumbrados a morir por la libertad,
que nunca contasteis el número de vuestros enemigos, porque ja más medisteis su
resistencia, sino vuestra pujanza, y que hoy que se trata de defender la existencia de la
República, los fueros del hogar y la santidad del honor, luchareis como siempre, con fe
en vuestra causa y con el denuedo de los pasados tiempos. Os amenazan las fuerzas
chilenas, las mismas son que capitularan en Paucarpata, por que no pudieron resistir
vuestro empuje y el de vuestros hermanos de Bolivia y hoy ¡el cielo lo quiere!, que
peruanos y bolivianos, unidos siempre, renoveis las glorias que entonces alcanzasteis.
Sed pues, el mismo pueblo del 54, 58, 65 y 67; y si en esas épocas memorables vuestro
valor admiró el mundo, hoy que luchais por librar a la patria de la dominación
extranjera, sereis dignos de la inmortalidad.

Pero teneis otro deber que cumplir: vengar a vuestros hermanos. Los esforzados del
Alto de la Alianza, los mártires de Arica, los pundonorosos ciudadanos de los reductos
de Miraflores, los héroes de Huamachuco y tantos otros, asesinados en las ambulancias
y fusilados después de heridos o prisioneros, esperan que castigueis a sus crueles
victimarios. ¡No defraudesis esa esperanza}. El Excelentísimo Arzobispo Goyeneche
pronunció, poco antes del 2 de Mayo, al ver el enemigo extranjero estas inspiradas
palabras «Ay de aquel que en la hora de la prueba, no ofrezca a la Patria su corazón y su
vida» y el inmortal Bolognesi dijo desde el Morro de Arica al jefe chileno que le intimó
rendición, «Quemaremos hasta el último cartucho». Arequipeños que las palabras del
sacerdote y del militar que tuvieron esta ciudad por cuna, os inspire en la hora de
peligro. ¡si ofreced a la Patria vuestra vida, quemad el último cartucho, defended la
bandera bicolor que flamea sobre el cráter del Misti y el Perú, la América y el mundo os
saludarán con respetuosa admiración. Deliberad tranquilos sobre la suerte de la
República. El Gobierno y el Ejército, estad persuadidos, cumplirán su deber. El
enemigo viene a buscaros, porque os cree dormidos: ¡Despertad! pues y que la
Providencia proteja vuestros esfuerzos. Sed el último atrincheramiento del Perú o la
gloriosa Numancia del Pacífico. Arequipa Setiembre 27 de 1883″ (L.B. 28 Set. P.l).

En los primeros días de octubre de 1883, ya eran confirma das las noticias del avance de
fuerzas chilenas sobre Arequipa: una división enemiga acantonada en Tacna, marchaba
sobre Moquegua. La excitación patriótica en Arequipa era inmensa, como
incomprensibles eran las últimas medidas del gobierno de Montero: envío del batallón
Junín al Cusco, de 200 celadores a July orden de repliegue a la división Somocursio que
dejó libre el paso por Moquegua del avance enemigo. El 16 de octubre, parte de las
fuerzas monteristas estaban instaladas en Chacahuayo organizando la defensa, cuando
llegó hasta allí Montero y el Coronel Belisario Suarez (alcalde de Arequipa, nombrado
el día anterior por Montero como Jefe de Estado Mayor General de los Ejércitos).

Los recién llegados junto a los jefes allí posesionados, evaluaron la situación, y en la
madrugada del 17, partieron Montero y Suárez hacia Arequipa. Ese mismo día el
general Canevaro , jefe pospuesto por el nombramiento de Belisario Suárez- recibió en
Arequipa una orden de Montero: sus pender todo envío de tropas y el acuartelamiento
de las fuerzas cívicas «mientras llego a Arequipa y conferenciamos» (Muñiz 1909 T. II.
Pág. 431). En la madrugada del 18 llegó al campamento de Chacahuayo la orden de
Montero, en cumplimiento de la cual, y luego de penosas marchas, el batallón
Constitución se posesionó en la cuesta de Huasacache y el Ayacucho en el alto de
Jamata. Los jefes de los batallones movilizados, vieron in situ, la imposibilidad de la
defensa con el medio millar de hombres y las dos antiguas piezas de artillería de que
disponían y mandaron a pedir refuerzos al coronel Godínez que estaba en Chacahuayo.
El 22 de octubre llegan a Jamata y Huasacache: Canevaro y Godínez con numerosos
ayudantes y verifican lo inminente del ataque y el insuficiente número de defensores.
Canevaro dispone la traída del batallón No. 10 de la Guardia Nacional que estaba en
Chacahuayo. En presencia de tan altos jefes, todos se quedan anonadados al distinguir la
polvareda que anuncia la proximidad del enemigo. A los pocos minutos una bala de
cañón chileno cae muy cerca del lugar en que se encontraban los jefes visitadores. El
coronel Francisco Llosa jefe de los defensores comienza a disponer a su tropa para
repeler el ataque, instantes en los que Canevaro y Godínez se marcharon con sus
ayudantes sin dejar instrucción alguna. Felizmente, el enemigo contra el que cruzaron
fuego, era sólo una partida de adelanto que tenía por fin reconocer posiciones peruanas
y verificar el alcance de sus tiros, logrado lo cual, regresaron a informar de su misión
(parte oficial de la Expedición a Arequipa, por el jefe de la misma, José Velásquez. L.B.
28 En. 1884). La noche del 22 al 23 de octubre, es una noche negra para los 290
hombres del Constitución, sin refuerzos, sin saber qué hacer, sienten la proximidad de
los enemigos que estiman en 4,000. Con las primeras claridades del 23, el coronel Llosa
ordena la retirada al campamento del Grau, donde llegó Godínez a las 8 de la mañana y
ordenó la retirada general «para después atacar». Estas últimas acciones fueron hechas
prácticamente a vistas del enemigo que tenía listos para el ataque a sus
batallones: Santiago, Angeles, el Cuarto de Línea a los escuadrones: Cazadores a
Caballo, Las Heras y el General Cruz.

11. El 24 de Octubre se conoció en la ciudad la retirada de las fuerzas militares de


Jamata y Huasacache y el avance chileno sobre Arequipa. Los ciudadanos enrolados a la
Guardia Nacional retomaron su acuartelamiento (detenido una semana antes). La
conmocionada población se preparab para el combate que se sentía inminente. Ese
mismo día, Montero reunió una Junta de Guerra con los jefes intermedios de la Guardia
Nacional, les precisó que el retiro‘ estratégico del ejército de Huasacache y Jamata no
tenía la menor importancia y que la resistencia era posible, igualmente les consultó si
estaban dispuestos a resistir. El acuerdo fue unánime: había que dar batalla. El gobierno
nombró una comisión de notables, presidida por Armando de la Fuente, para que estudie
– ¡a esa altura! la fortificación de la ciudad. Las horas que corrieron entre la tarde del 24
y la mañana del 25 de octubre, fueron de preparativos bélicos. Los arequipeños nacidos
entre el olor a la pólvora y al incienso, estaban decididos a luchar ya sea por decisión
patriótica, o por el instintivo y último recurso de matar para vivir o defenderse.

12. Al mediodía del 25 de octubre, sonaron a rebato las campanas de la Catedral y la


Compañía, el Ministerio de Gobierno convocaba «al pueblo» (en realidad sólo pudieron
asistir las mujeres, los ancianos o los niños, pues los ciudadanos en capacidad de
combatir estaban acuartelados). Montero habló a la concurrencia, destacando la
gravedad de la situación les consultó. ¿Queréis la paz o la guerra? (¡Qué democrático
militar!) que después de haber vivido 14 meses de los suministros de los arequipeños
«para hacer la guerra y firmar la paz decorosa»: que, después de haber teatralizado en
sus calles y plazas «las revistas», «ejercicios doctrinales» y «levas» de los arequipeños,
preparándolos para el combate: que, después de haber llamado traidor a Iglesias por no
pelear con el enemigo: pregunta a los ancianos y a las mujeres de Arequipa: ¿Queréis la
paz o la guerra? ¡Qué desilusión para él y, le respondieron: ¡La Guerra! Retirado a
«Palacio», a los pocos instantes recibió a una Comisión Municipal que le llevó el
siguiente oficio: «Excelentísimo Señor: La Municipalidad de Arequipa, interpretando el
sentimiento del vecindario, se cree en el deber de suplicar a V .E., que cualquiera sea la
línea de conducta que adopte en lo político y militar, por la aproximación del ejército
chileno, procure evitar, en lo absoluto, todo combate, choque o resistencia dentro de
esta ciudad, que pongan en peligro a sus habitantes. Arequipa, 24 de octubre de 1883.
Diego Butrón» (Muñíz Op. Cit. Pág. 442).

Montero les respondió que «pelearía en el campo y en la ciudad, en las calles y en las
plazas y HASTA EN EL TEMPLO» (Ibídem). Retirada la delegación municipal,
Montero ordenó desarmar a la Guardia Nacional (en instante tan difícil ya no temía a los
chilenos sino a la reacción de los arequipeños, dispuestos a dar batalla), ordenando
además, que su batallón predilecto «el 2 de Mayo» se dirija a la estación del Ferrocarril.
Las órdenes de desarme fueron motivo de rebelión en los cuarteles de la Guardia
Nacional. Los ciudadanos del Batallón No. 7 devolvieron sus armas contra los que
quisieron cumplir con las órdenes de Montero y entre tiroteos y gritos de ¡ traición ! Se
echaron a las calles. Lo mismo sucedió con los otros batallones de los cívicos y en
general con la población.

La multitud, embravecida e indignada, presumió que Montero, sus ministros y oficiales


huían hacia la estación ferrocarrilera y allí se dirigió para escarmentar los. La
muchedumbre armada, destruyó parte de las instalaciones ferrocarrileras, desenrieló
parte de la vía férrea y hasta desvalijó las petacas y baúles que habían enviado algunos
aristócratas y comerciantes extranjeros que quisieron ponerse a buen recaudo. Montero
y sus hombres leales, conocedores del peligro que corrían huyeron por el otro extremo
de la ciudad con el objeto de encaminarse a Puno, pero al llegar a Miraflores fueron
recibidos a fuego graneado en el que cayó muerto el oficial Velasco uno de los
ayudantes de S.E. Ante el recibimiento, los jinetes en fuga se replegaron y a galope
tendido lograron llegar a «palacio», antes que la muchedumbre regresara a la ciudad. En
el local prefectural que hacía las veces de «Palacio de Gobierno» se encerraron los
huidizos, quedando defendidos‘ por los efectivos del Batallón de Ejército 2 de Mayo.
Cuando las sombras comenzaban a envolver a esos muros testigos de innúmeras
violencias republicanas y la gente regresaba de la estación en desorden, un grupo
anónimo de pueblo al encontrar en unos matorrales a Diego Butrón (me se encaminaba
a esconderse en su chacra de Challapampa, mató a Butrón (el Alcalde de Arequipa que
puso Montero). De vuelta a la ciudad, distintas partidas de ciudadanos asaltaban los
cuarteles, llevándose armas y municiones para defenderse «de lo que venga» en sus
parapetados domicilios. Comen zapa ya la noche del mismo día 25 de octubre, cuando
hacían su ingreso a la ciudad las tropas del ejército que se retiraron de Huasacache y
Jamata: vinieron los soldados cansados, hambrientos y desalentados y al ver el desorden
que primaba en la ciudad, se desbandaron.

13. La noche del 25 de octubre la ciudad de Arequipa era «la tierra de nadie»: los
vecinos parapetados en sus domicilios, con las armas en las manos y la angustia por el
incierto fu turo en los pechos, tragaban a sorbos la cólera que les despertaba la actuación
de Montero y sus ministros, el ejército y demás leales a un gobierno que no estuvo a la
altura de esos dificilísimos trances. En las primeras horas del 26 de octubre, protegidos
por la oscuridad de la noche, fugó Montero y los suyos hacia Chiguata y de allí a Puno.

14. Con el ejército enemigo a puertas, triunfante y perfectamente pertrechado, con el


contra-almirante Montero y sus altos jefes políticos y militares en fuga, con el
encargado de la alcaldía muerto, con las tropas del ejército desbandándose, con los
cuarteles asaltados ¿qué pudo hacer el pueblo de Arequipa para impedir el ingreso del
ejército de ocupación? Se reunió espontáneamente en la Plaza de Armas, se declaró en
cabildo abierto permanente y ante la ausencia de alguna autoridad política, nombró
como Prefecto a José Domingo Montesinos. Igualmente ante la ausencia de‘ alguna
autoridad militar constituída, acordó organizar la Guardia Urbana comisionando la tarea
a Marcos Fidel Briceño y a Carlos Montes; para salvar el armamento aún disponible,
acordó otorgar un socorro al coronel Godínez y a otros jefes y oficiales para que
trasladasen el armamento existente en los cuarteles del ejército a la ciudad de Puno. El
día 27 don Enrique Wenceslao Gibson, del cuerpo consular, envió una carta al Jefe de la
expedición chilena, pidiéndole una cita para parlamentar sobre las condiciones pacíficas
de la entrada de su expedición a Arequipa. El 29 de octubre, muy temprano, Gibson
recibió la respuesta del coronel chileno José Velasquez que le concedía la cita pedida
para ese mediodía en Paucarpata. Partió Gibson, junto con otros cónsules y concejales a
la reunión y, como adelantados, entraron 200 jinetes chilenos y a las órdenes del
comandante Rafael Vargas y el teniente Exequiel Fuentes (Velásquez. Op, Cit.) Se
posesionaron de la plazuela de Santa Martha. La Conferencia de Paucarpata terminó con
la firma de un acta, que en su parte medular decía: » … que a causa de la retirada del
Ejército, y del abandono del Gobierno, el pueblo de Arequipa se vio en la necesidad de
reorganizar sus autoridades provisionalmente, adhiriéndose a la causa de la paz por
creer imposible toda resistencia», por lo que representantes ‗de Arequipa ponen «la
ciudad de Arequipa a disposición del señor Comandante en Jefe del Ejército Chileno,
esperando que en sus procedimientos se ciña a los principios del Derecho de Jentes»
(Sic.). Ese mediodía, en telegrama de Mollendo, llegó la noticia de que el gobierno de
Iglesias y Chile había firmado 9 días antes el Tratado de Ancón. El 29 de octubre de
1883, a eso de las 9 de la noche, entró el ejército chileno a la ciudad de Arequipa y
acampó en la Plaza de Armas.

Al día siguiente los munícipes reunidos desde las 7 de la mañana, sumaron las
responsabilidades prefecturales al Alcalde de la ciudad: Armando de la Fuente y se
entregaron a gestionar casas, alimentos y forrajes para los indeseados «visitantes» y sus
cabalgaduras. Mientras el poder extraño, disponía una serie de ordenanzas y entregaba a
sus oficiales a cumplir sus órdenes de:
1° Clausurar todas las tipografías de la ciudad, colocando vigilantes chilenos en sus
puertas.

2° Destinar el control administrativo y económico de la Aduana de Mollendo en


beneficio de la «expedición»

3° Controlar y poner a su disposición el transporte ferroviario.

4° Abrir una dependencia en las oficinas de correo para uso exclusivo de la


correspondencia del ejército de ocupación quien debía tener preferencia en el servicio .
Además de que en la misma fecha (30 de octubre de 1883), José Velásquez el jefe
chileno, decretó e hizo conocer por bando y sueltos: que estaba prohibido salir de la
ciudad sin permiso escrito otorgado por su estado mayor y que todo el que entrase en
ella, debía presentarse en las 4 horas siguientes; que todos los jefes y oficiales del
Ejército del Sur, así como los de la Guardia Nacional que se encontrasen en Arequipa,
tenían que presentarse en las próximas 48 horas; que en el término de 3 días estaban en
la obligación, todo el que poseyese armas, alimentos o cualquier objeto de guerra del
ejército o la Guardia Nacional de devolverlos al ejército de ocupación.

El pueblo se resistió a acatar la orden de devolución de armamento y tuvo que


interceder el Alcalde-Prefecto para pedir que esa tarea podía ser cumplida por la
municipalidad, la que devolvería las armas al Gobierno Nacional, toda vez que ya
estaba firmada la paz. El mando chileno accedió, sin embargo, pocas armas pudo
recoger la municipalidad, a pesar de haber ofrecido recompensa pecuniaria a quien las
entregase.

Fueron largos y pesados los días de la ocupación. Aunque la hostilidad hacia los
enemigos era real, no podía estar sino encubierta. Algunas veces brotó con la pureza y
la debilidad de un manantial cristalino como en los sucesos de Quequeña, o como en los
de La Higuera de Cayma, y en algunos otros que se han ido perdiendo en la tradición
oral. Fueron pequeños lances, pero no por ello menos heróicos, de un pueblo que tuvo
que soportar la humillación del sable y del cañón enemigo en aquellos días de 1883 y
1884.

Cuando el régimen de Iglesias preparaba las elecciones municipales en todo el país, el


Alcalde-Prefecto de Arequipa arregló con el mando chileno, para que el ejército de
ocupación se retirase de la ciudad, contribuyendo de esta forma al «éxito electoral», Los
expedicionarios .eligieron la zona entre Tiabaya, Sachaca y Tingo para acampar, por su
acceso inmediato a la vía férrea. El 2lde diciembre a las 3 de la tarde, por la calle de La
Merced, se retiraron los soldados extranjeros, en dirección a la zona elegida. Esa misma
tarde e inmediatamente después de la salida de los chilenos, entró a Arequipa, investido
de facultades extraordinarias, el Ministro de Guerra del Gobierno de Iglesias, General
Javier de Osma (lo acompañaba el prefecto recién nombrado y enviado por Iglesias:
Juan Martín Echenique). Posteriormente, el 4 de febrero de 1884, fue entregada la
Aduana de Mollendo a los representantes del gobierno de Iglesias, y el día sábado 16 de
agosto de 1884 fue desocupa do definitivamente el departamento de Arequipa por las
fuerzas chilenas que marcharon a su país, después de haber sometido al pueblo de
Arequipa a 300 días de impotencia e indignación. 24 horas después de la partida de los
últimos regimientos chilenos, estalla una rebelión arequipeña que derrota a las fuerzas
iglesistas aquí acantonadas, desconoce el Tratado de Ancón y al gobierno de Iglesias
que lo firmó, y proclama como «Presidente Legítimo del Perú», al general Andrés
Avelino Cáceres, el valiente héroe de La Breña.

El general Cáceres vivió e hizo gobierno en Arequipa, desde el 10 de octubre de 1884


hasta el 26 de marzo de 1885, en que partió en campaña para tomar Lima que estaba en
poder de Iglesias. Las fuerzas de Caceres, después de sangrientos combates del 29 y 30
de noviembre de 1885, derrotó al ejercito iglesista y aperturó el camino para hacerse del
poder unificado del Perú, que asumió el 3 de junio de 1886.

ACUSACIONES CONTRA LA ACTUACION HISTORICA DEL PUEBLO


AREQUIPEÑO EN LA GUERRA CON CHILE

En los 100 años que han transcurrido desde los sucesos ya referidos, se ha tejido una
«leyenda negra» sobre la participación de Arequipa en la guerra con Chile. Ya en 1883,
a las pocas semanas de haber huido de nuestra ciudad que estaba con los chilenos al
frente, el contra-almirante Lízardo Montero, en un manifiesto redactado en Buenos
Aires, no encontró algo más cómodo para exculparse de su responsabilidad militar y
política, que acusar a los vecinos de Arequipa, de no querer combatir al enemigo. Meses
después, cuando el general Andrés Avelino Cáceres, con el apoyo del pueblo de
Arequipa, desconocía el gobierno de Iglesias que pactó con los chilenos y se preparaba
para derrocarlo, los iglesistas «acusaban» de cobardía al pueblo de- Arequipa. En las
últimas semanas, esta «leyenda negra» ha adquirido notoriedad nacional, cuando la
revista limeña OIGA (en el número 140 de su V Etapa, Lima 12 de setiembre de 1983)
publica un artículo sin firma, que acusa a Arequipa desde el mismo título: «Arequipa se
rindió sin luchar con los chilenos». Ahora, que les acabo de referir en apretada síntesis
los hechos más significativos de la participación arequipeña en la guerra con Chile,
hagamos un análisis de los «cargos» con que se ha acusado y acusa de cobardía al
pueblo arequipeño en su actuación en la contienda bélica.

PRIMER «CARGO»: Como ninguna de las batallas de la guerra con Chile se libró en
Arequipa, entonces se sostiene: Arequipa no luchó contra los chilenos. Deducción
incorrecta, porque la iniciativa de las acciones bélicas no fueron tomadas por el Perú,
sino por Chile, quien determinó con sus acciones de conquista dónde se peleaba; y
donde se peleó estuvieron presentes cientos de combatientes arequipeños que, incluso,
algunas decenas de ellos ofrendaron su vida en combate por la causa nacional: Pisagua-
San Francisco-Tarapacá-Arica-Tacna-La Defensa de Lima-Huamachuco, conocieron de
la participación en combate de los arequipeños. Pero, además, toda guerra no sólo se
libra en el campo de batalla ni son sólo sus actores los que visten el jergón militar y
accionan las armas; sino que los ejércitos se sustentan en el apoyo civil que reciben. En
la conflagración centenaria los ciudadanos arequipeños tuvieron una sacrificada
contribución a la causa patria: cuando dejaban sus ocupaciones y se enrolaban en la
Guardia Nacional marchando al frente; cuando, privándose de recursos personales y
familiares, proveían por medio de suministros, cupos, colectas y erogaciones: dinero,
frazadas, alimentos, forraje -al centro de una pavorosa crisis económica- al ejército
peruano en la campaña del sur y en el gobierno de Montero, principalmente; cuando las
mujeres se organizaban en grupos y confeccionaban uniformes, bordaban emblemas,
preparaban hilos y vendas; cuando los «tiznados» del ferrocarril, los profesores del
Independencia y los tipógrafos de La Bolsa, hacían que se les descuente por planilla,
partes sustanciales de sus salarios, que entregaban para socorrer a la patria.
SEGUNDO «CARGO»: Arequipa no auxilió a las fuerzas del general Andrés Avelino
Cáceres en la Campaña de Breña. Aquí, es necesario hacer una precisión, para
desvirtuar este «cargo». Si no se entiende que el Gobierno de Montero era una cosa, y el
pueblo de Arequipa era otra cosa, en los sucesos que analizamos; se llegará a torpes
confusiones. El «Gobierno de Montero», era conocido también en el lenguaje político y
militar de la época como el «Gobierno de Arequipa» Y ¿qué tenía de «arequipeño» el
gobierno de Montero? Su localización física, pues ya hemos visto, que el gobierno de
Montero surge, cuando los chilenos después de tomar Lima- quisieron fabricar un
«gobierno» que consagrase sus ambiciones territoriales y, en tal sentido, permitieron
que se reuniese en el pueblo de Magdalena (Lima) una Junta de Notables que eligió el
22 de febrero de 1881, a García Calderón como Presidente del Perú. Ya vimos también,
que García Calderón no obedeció los planes chilenos, por lo que fue apresado por los
enemigos y enviado en calidad de cautivo a Chile, por prolongado tiempo. Es así como
Lizardo Montero, elegido Vicepresidente, días antes del apresamiento de García
Calderón, se convierte en gobernante. También ya les detallé por qué decidió Montero
establecer su gobierno en Arequipa. Igualmente, habrá quedado en evidencia, que
Montero gobernó en nuestra ciudad compartiendo una posición política básica con el
pueblo de Arequipa: no permitir la amputación territorial y si para ello, era necesario
continuar la guerra, había que continuarla. Montero y las más altas autoridades de su
régimen, eran mayoritariamente piuranos, limeños, es decir no arequipeños (aquí es
necesario precisar que hubo algunos ministros arequipeños como Mariano Nicolás
Valcarcel, o Ladislao La Jara que, sin embargo, tuvieron una actuación supeditada al ,
alto mando militar, dado a que el gobierno «estaba en guerra»).

Bien, las relaciones entre el gobierno de Montero y el pueblo arequipeño en los 14


meses que convivieron en nuestra ciudad, tuvieron la siguiente lógica: el gobierno
mandaba (dictaba leyes, resoluciones, imponía cupos y suministros, removía
funcionarios y hasta alcaldes y concejales, disponía las «levas» de los ciudadanos,
organizaba la Guardia Nacional, mandaba al ejército, realizaba elecciones y hasta
suplantaba al municipio en la atención de tareas locales). Por su parte, el pueblo
arequipeño 1 obedecía (era levado, pagaba los cupos y suministros para mantener al
gobierno de Montero, en fin acataba las disposiciones que se dictaban). En estas
condiciones, ¿de quién es la responsabilidad de no haber auxiliado a las fuerzas del
General Cáceres en La Breña? Del gobierno de Montero y no del pueblo de Arequipa.
Yeso lo comprendió hasta el mismo Cáceres, pues cuando él necesitaba y solicitaba
ayuda, política y militarmente era un subordinado de Montero.

TERCER «CARGO»: Los arequipeños defeccionaron en Huasacache y J amata y


quebraron la 1ínea de resistencia sin pelear, en presencia del ejército chileno. La línea
de resistencia de Ja mata y Huasacache fue dispuesta por Montero y los altos mandos
militares (General César Canevaro, General en Jefe del Ejército y de la Guardia
Nacional; Coronel Belisario Suárez , quien era Alcalde de Arequipa hasta el 15 de
octubre, en que fue nombrado por Montero, Jefe de Estado Mayor General de los
Ejércitos -nótese que el nombramiento de Suárez justo cuando el ejército se disponía a
librar batalla, era una postergación de Canevaro y sembró la confusión en el mando
militar->; Coronel José Godínez, Jefe del campamento de Chacahuayo; Coronel
Francisco Llosa, Jefe del Batallón Constitución, posesionado en la cuesta de
Huasacache). El Coronel Francisco Llosa, consideró que con los 290 hombres que tenía
a su cargo -que podían elevarse a‘ medio millar con los efectivos del Ayacucho, no
podrían defenderse Huasacache y Jamata, salvo que se le envíe refuerzos del
campamento de Chacahuayo. y así se 10 pidió al Coronel Godínez en un desesperado
oficio escrito con lápiz en de cuero de un tambor: «Alto de Huasacache , octubre 21 de
1883. Señor Coronel Godinez ; por nota recibida en la fecha, del Comandante Militar
del Valle de Quequezana, sé que el enemigo ha recibido nuevos refuerzos ,lo que se
confirma con los repiques y diana que han tocado anoche a las doce en Omate. Ruego
nuevamente a usted, se sirva mandarme el batallón 10, para defender el cerro, con 10
que estoy seguro de dar un día de gloria a mi patria. Francisco Llosa (firmado) (Muñiz ,
Historia del patriotismo Segunda Parte. Capítulo XX. Arequipa, 1909).

Como ya les referí, los refuerzos no llegaron a Huasacache, pero los chilenos sí, y el
jefe del Constitución, ordenó el repliegue de sus hombres al campamento, donde el
Coronel Godínez ordenó la retirada total «para después atacar». Queda pues establecido
que la defección de Huasacache y Jamata, fue una defección enteramente militar,
decidida y ejecutada por Montero y sus altos jefes militares (Canevaro – Suárez –
Godínez – Llosa, quienes dicho sea de paso, se acusaron mutuamente después de los
sucesos, en documentos exculpatorios). ¿Quién y bajo qué fundamento puede
responsabilizar al pueblo de Arequipa de haber quebrado la línea de resistencia de
Huasacache y Jamata?

¡Nadie!.

CUARTO «CARGO»: Los ciudadanos arequipeños no quisieron pelear contra los


chilenos y abandonaron los cuarteles de la Guardia Nacional. Godínez, en el documento
que OIGA da a conocer sin referencias y fragmentariamente, dice: «Los Señores
Generales Montero y Canevaro y el Coronel Suárez aseguraron entonces que el pueblo
de Arequipa en su mayor parte se resistía a combatir, pues no se podía obtener ni 2,000
hombres de la Guardia Nacional para acuartelarse; exponiendo el citado general
Canevaro que en la mañana de ese día 25, al presentarse en los cuarteles de los cuerpos
de la Institución, no encontró ni 200 ciudadanos en cada uno y que, además era
ostensible y notorio el resfriamiento de los ánimos, que el día antes nomás estaban
decididos y vehementes para cooperar en la defensa» (Op. Cit. Pág. 38). ¿Cómo pudo
caer en la población de Arequipa la noticia de que los batallones del ejército se habían
retirado de Huasacache y Jamata sin combatir y que el ejército enemigo avanzaba sobre
la ciudad? A pesar de ser persona interesada en exculparse, que nos responda el contra-
almirante Lizardo Montero. Montero afirma, en la carta que dirige a Andrés Avelino
Cáceres entregándole el mando desde las aguas del Titicaca, pues está firmada en el
vapor Yavarí, el 28 de octubre de 1883: » … Por hoy basta saber que la retirada de las
fuerzas peruanas que ocupaban Huasacache y Jamata, decidió al gobierno a trasladar el
ejército y el material de guerra al interior del país, para aprovecharlos con éxito y la idea
de esa traslación disgustó a la Guardia Nacional. O sea al pueblo de Arequipa, que se
encontraba armado por mí para luchar contra el enemigo extranjero. El de sagrado del
pueblo tomó la forma de completa rebelión y colocó al gobierno en esta dolorosa
alternativa: o entablar la lucha entre el ejército y la Guardia Nacional, aniquilando los
únicos elementos de resistencia, cuando el invasor acampaba a seis leguas de Arequipa ,
o ceder el campo a los que me combatían, después de agotar las medidas de persuasión
y de prudencia». A confesión de parte, relevo de prueba. Montero con una
irresponsabilidad que jamás le perdonará Arequipa, decidió irse con el ejército al
«interior del país» ¡dejando a la población de Are quipa militarmente desguarnecida y
con el enemigo a «seis leguas». ¿Que los ciudadanos de Arequipa no querían combatir?
y entonces ¿por qué se rebelaron? por qué en lugar de entregar las armas e irse a sus
domicilios, los guardias nacionales arequipeños se amotinaron y salieron de sus
cuarteles para linchar a Montero ya su camarilla? porque la indignación colectiva tiene
un límite y ese límite fue vencido por los arequipeños en la tarde del 25 de octubre de
1883. Ahora, pongámonos en los cuerpos y en las mentes de los arequipeños en esa
tarde funesta: con el enemigo que en los años precedentes se mostró sanguinario- en las
proximidades, con el alto mando militar y político sumido en la retirada más
irresponsable, con los batallones del ejército desbandándose y ellos, nuestros
antepasados, convertidos en una turba sin orden ni concierto posible. Los arequipeños
se retiraron a sus domicilios, con las armas que pudieron conseguir en la revuelta y se
parapetaron. Ya no era sólo el patriotismo lo que los guiaba, era la necesidad instintiva
de defenderse ante lo que viniera, tragando más rabia que saliva en sus gargantas. Aquí
es necesario hacer una aclaración, seguramente no todos los vecinos de Arequipa
quisieron dar combate, algunos comerciantes extranjeros avecindados en nuestra ciudad
y algunos aristócratas temían perder sus propiedades y sus riquezas; pero el pueblo, ese
pueblo de artesanos, chacareros, jornaleros, picanteras, estudiantes, sólo tenían su vi da
que perder y quisieron ofrendarla.

QUINTO «CARGO»: Los arequipeños entregaron su ciudad a los chilenos, mediante el


Acta de Paucarpata, antes de conocer la firma del Tratado de Ancón. Efectivamente, el
Tratado de Ancón se firmó el 20 de octubre de 1883 y el documento de Páucarpata se
firmó al mediodía del 29 de octubre, sin que los vecinos conociesen la firma del Tratado
(la noticia llegó a Arequipa al mediodía del 29). Pero si los arequipeños que firmaron el
Acta de Paucarpata, no conocían de la firma del Tratado de Ancón, ¿se puede afirmar
que la expedición chilena también la desconocía? no, precisamente la única explicación
posible de la venida de la expedición chilena a Arequipa en octubre de 1883, es porque
Chile ya había pactado la paz con Iglesias y como el Gobierno de Montero y el pueblo
de Arequipa eran los opositores del gobierno de Iglesias, y esto hacía peligrar para los
chilenos la paz ya pactada, vino la expedición chilena como una suerte de cruzada
iglesista. Por 10 demás, si las noticias de la firma del Tratado de Ancón no fue conocida
por los firmantes arequipeños del Acta de Paucarpata; el pacto de la paz entre Iglesias y
Chile ya era vox populí desde fines de setiembre.

REFLEXION FINAL:

La lección de la derrota no puede ser positiva, a pesar de los ejemplos de Grau,


Bolognesi, Cáceres y otros. La lección de la derrota nos señala: que si encadenamos al
Perú con fácil recurso de la deuda externa; que si hacemos «república» sometiendo a
amplias capas de la población a condiciones inhumanas de existencia; que si entregamos
la explotación de nuestros recursos naturales a la voracidad incontrolada de empresas
extranjeras; que si llegamos al poder del Estado o de sus instituciones para vivir de
prebendas, ventajas y muchas veces, saqueando al tesoro público; que si construimos la
riqueza privada aprovechando del «río revuelto» de la injusticia social; que si
recurrimos más al fácil expediente de la importación que al de la producción industrial;
que si toleramos el uso de los institutos armados como trampolín político; que si
permitimos que los asaltantes de los recursos fiscales gocen de impunidad; etc,
estaremos determinando la fragilidad de nuestra patria.

El que la historia no se repita, dependerá no sólo de la adquisición de armamento


moderno y sofisticado, sino, fundamental mente, de que los peruanos construyamos un
orden social en el que TODOS podamos vivir con dignidad y por el que todos llegado el
caso tengamos la necesidad y estemos dispuestos a defenderlo con nuestras propias
vidas.

Así como no se debe explicar la derrota por la negligencia militar del general Juan
Buendía, o por la torpe traición de Hilarión Daza, o por la incorregible ambición política
de Piérola, o por los desatinos tácticos de Prado, o por la condenable huida de Montero;
la responsabilidad histórica de Arequipa en la conflagración no hay que buscarla
solamente en la entrega heroica de muchos mistianos a la defensa armada de la causa
peruana, no. La Guerra y la derrota fueron el corolario de cincuenta años de desaciertos
y dilapidación en la conducción del Estado Peruano y, tanto la aristocracia como el
pueblo arequipeños, vivieron denunciando y luchando reiteradamente contra esos
manejos que permitieron la transferencia de las riquezas guaneras del Perú a la
aristocracia limeña y a los caudillos militares, conductores del Estado y
VERDADEROS RESPONSABLES DE SU DERROTA. La guerra no se perdió en los
enfrentamientos bélicos, se perdió en los cincuenta años precedentes en que los dolosos
manejos de la economía y política peruanas pusieron en evidencia nuestra inmadurez
republicana.

JUAN GUILLERMO CARPIO MUÑOZ