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“La vida no es la que vivimos, sino cómo la recordamos para contarla”

Gabriel García Márquez.

El castillo de hojalata.

Cuando se es niño se lleva el aroma de la verdad, el desenfado inmaculado y


sublime de quien no teme a nada, salvo a esos duendes imaginarios que se
esconden debajo de la cama y nos retan a diario; “a dormir con ellos.” En esta etapa
de la vida la memoria es indócil llena momentos que perduran por siempre.

Hoy evoco esos gratos recuerdos extraviados en el horizonte de mi vida.

Empezare contando brevemente la historia de mis padres. En la década de los 50's


del siglo XX mi padre llega a la Ciudad de Cali procedente del municipio de la
Victoria Valle, este joven provinciano, aventurero, lleno de sueños e ilusiones viaja
a un lugar desconocido y distante en busca de un mejor porvenir para sí y su familia,
a su llegada se encuentra con una urbe en ferviente desarrollo. Llega a vivir al
céntrico Barrio Obrero, allí es testigo de la peor tragedia que hasta hoy conoce Cali.

A la madrugada del 7 de agosto de 1956 un resplandor colosal de mil colores


retumbante centelleó en el firmamento y en un instante lleno de terror y perturbación
se escuchó el retumbar de mil relámpagos la tierra se estremeció; el día final para
muchos, o el comienzo de la guerra para otros había llegado. ¿Pero y que había
ocurrido en realidad? seis camiones cargados de dinamita, los cuales equivalían a
42 toneladas de explosivo, de manera súbita hicieron explosión. Al rayar el alba se
hacía visible el horror de lo ocurrido casas caídas, edificios sin paredes, partes de
cuerpos yacían sobre las calles de la ciudad, que un poeta embriagado de querer
llamase; “un sueño atravesado por un rio”.

Pocos años después de esta lamentable tragedia mi padre conoce y se enamora de


una hermosa jovencita mucho más joven que él, la cual se convertiría en poco
tiempo en mi adorada madre.

A finales de los 60's comienzan mis primeros años de infancia, recuerdo a mi padre
trabajar en una pequeña panadería de su propiedad, mi madre atendía el hogar
vivíamos entre la tranquilidad de mi casa y el entorno bullicioso y comercial del
centro de la ciudad, el barrio Obrero es lugar de mucha tradición e historia caleña.
Con mis pequeños ruidosos y traviesos amigos jugamos de manera limitada en la
calle ya que el continuo transitar de carros convertía cualquier juego en un continuo
desafío a la muerte, vivíamos cerca de la carrera 15, el sonido de las bocinas de
carros las algarabías del diario vivir propios de lugar me parecían parte del paisaje;
zapaterías, prostíbulos, bares, me eran lugares familiares.

Me era habitual ver meretrices, ebrios, bailadores de salsa, o de tango que


frecuentaban los bares, hoy con el paso de los años atribuyo mi gusto por los
boleros, la salsa, los tangos a escuchar de manera usual esa música “arrabalera
candente, y maleva”.

Mis primeros años de estudio los realice en un colegio llamado: Perpetuo Socorro,
quedaba a pocas cuadras de mi casa, era una casona amplia, llena de plantas,
siempre adornada con bellas flores multicolores. Estas plantas de diversos tamaños
hacían su aparición desde el portal de la escuela como presagio y sutil advertencia
que se tenía que andar con cuidado para no tropezar abruptamente con las
innumerables materas que adornaban la escuela.

Mi primera Maestra se llama Lucrecia, quien era la propietaria de este colegio, era
una señora entrada en años, alta, grácil, en su figura aún quedaban estelas de su
pasada belleza, su imagen severa desaparecía con sus primeras palabras, nos
esperaba desde el pórtico para hacer una revisión exhaustiva de nuestra apariencia;
uñas, orejas, eran revisadas cuidadosamente bajo un ambiente de solemnidad, mis
compañeros y yo por supuesto, permanecíamos inmóviles, unos orgullosos y altivos
porque estaban preparados para tan minuciosa exploración y otros medrosos y
angustiados porque sus orejas recibieran un jalón por encontrarse sucias. De ella
aprendí a descifrar cadenas de letras, y ahora al recordarlo en silencioso, pero en
profundo homenaje a mi Maestra sale de mis ojos unas lágrimas de inolvidable
agradecimiento.

La imaginación puede ser tan amplia como su propio significado, y está presente
con mayor lozanía e ímpetu en nuestros primeros años de vida, con el paso del
tiempo tornándose tenuemente en utopías que nos acompaña a todos a lo largo de
nuestra vida y ocupa diversos espacios; en algunos casos, incluso, puede rezagarse
en el más recóndito lugar de nuestra historia personal.

Cerca de mi casa había personas que tenían unos quioscos de hojalata los cuales
les servían de lugar de comercialización de variadas ventas, allí se podía encontrar;
yerbas medicinales, discos gramofónico o de vinilo, ropa, cachivaches, y mil cosas
más que atestaban los tenderetes.

Uno de esos quioscos era fascinante, exhibía sin presunciones, y con un escaso
ornamento todo un mundo de aventuras, odiseas, héroes en interminables y
diversas luchas con rufianes en todos los confines del universo, había también
personajes que causaban sonoras carcajadas al conocer sus ocurrencias. En este
lugar fantástico se vendía, se cambiaba se alquilaban joyas imborrables de mi
memoria a tal punto que han marcado para siempre mi vida, pero estas joyas eran
muy singulares, y misteriosas; no estaban hechas de un metal precioso, tampoco
estaban guarnecidas de perlas o piedras preciosas, para mi dicha su coste no era
oneroso, tenían el precio módico para que mis bolsillos (rara vez vacíos) contaran
con unas escasas monedas para obtenerlos.

Ahora bien, creo que ahora es el momento oportuno de confesar que por muchos
años considere que un hada traviesa había inventado ese artilugio llamado bolsillo,
en el cual guarde verdaderos tesoros; un trozo de nailon, unas migajas de galleta,
unas cuantas monedas, un pedazo de madera, un extraño objeto metálico que había
encontrado, talvez olvidado por un duende o un gnomo citadino descuidado, y mil
objetos más que fueron el motivo para que en incontables momentos fuese presa
del enfado y regaño de mi madre.

Recuerdo perfectamente al guardián de aquel lugar mágico; un hombre adusto pero


que siempre me resulto afable, tenía la paciencia de cien ascetas para escuchar a
la vez nuestras voces que con infantil alborozo requerían de sus servicios, que grato
me es volar en el recuerdo retroceder el tiempo, y comprender hoy en la adultez, lo
que realmente era ese lugar que frecuente con la emoción y candidez de niño, ese
lugar no era un quiosco común de hojalatas, era sin duda; un castillo maravilloso y
seductor.

En ese palacio, pasaron horas y horas de mi vida, leyendo revistas de superhéroes


implacables que combatían el mal, con admirable ahínco, me dejaba atrapar por la
acción, el peligro, el romance, que estaban en cada una de esas hojas de color
sepia que pasaban por mis manos. Guardaba celosamente las monedas que mi
padre me regalaba para comprar dulces, cosa que no hacía, en cambio las utilizaba
para que a cambio de ellas el guardián adusto y amable me permitiera tener en mis
manos aquellas joyas que leía y leía sin cansancio ni pesadez.

Llega a mis memorias los nombres de mis superhéroes; Kaliman, “el hombre
increíble”, Arandu “el príncipe de la selva”, Tamakun “el vengador errante”, quienes
escribían los libretos de estas aventuras hábilmente terminaban cada episodio
dejando a nuestro superhéroe al borde de la muerte o de un peligro eminente, razón
suficiente para que el tiempo que transcurría a la llegada de la nueva aventura fuese
una tortuosa espera, la incertidumbre y las conjeturas acerca de lo que ocurriría
eran temas de nuestros infantiles coloquios.

Cuando no estábamos absortos en la lectura nos reuníamos los chicos y


comentábamos apasionadamente los relatos leídos en medio de risas movimientos
acrobáticos recitando textualmente gritos de batalla de nuestros héroes, recreamos
las escenas sintiéndonos los héroes salvadores del planeta.

Un indeleble acontecimiento sucedió un día que no había asistido a nuestro alcázar


a avivar la llama de la imaginación, estaba inquieto desconociendo que había
pasado, al llegar la noche llegue con avidez y expectación al sitio donde nos
reuníamos cotidianamente para que me contaran quienes habían leído el recién
editado episodio, y así conocer como mi ídolo había sorteado la situación
apremiante del capítulo anterior, al llegar a este lugar encontré a mis amigos
cabizbajos y cariacontecidos, ¡Que paso¡ dije con atronador grito uno de mis
infantiles amigos alzo con letargo su cabeza, sus rizos negros cayeron en su frente,
ocultando deliberadamente sus ojos que se toparon con los míos, con la voz
entrecortada que nos dan las primeras amarguras de la vida me dijo; Arandu perdió
la pistola desintegradora. Sentí de súbito un impacto fuerte, tan fuerte que me senté
a su lado, había conocido que era la incertidumbre y el abatimiento. Si la parca
hubiese llegado en esos momentos rendido había caído en sus brazos.

Este episodio pesaroso de mi existencia lo he revivido con quienes lo compartimos


en la infancia ya en la madurez de la vida, y las carcajadas estruendosas y los
comentarios jocosos han sido la contestación hidalga y divertida al recordar cómo
sentimos fallecer aquella inmemorial noche.

Que fascinante es reavivar de nuevo las sensaciones y emociones que puede llegar
a vivir un niño en leer historias concebidas por el dios de la fantasía, que
contribuyeron de manera decidida y eficaz a mi amor por la lectura, y a la formación
de mi carácter.