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LA FE

Un tesoro en vasijas de barro

Luis González - Carvajal

INTRODUCCIÓN
Vivimos en una social plural en su cultura, sus razas, sus creencias. Los creyentes estamos rodeados de
personas no creyentes que influyen sobre nosotros. Compartimos con esta sociedad su cultura, sus leyes,
sus costumbres.

Ante esta situación, necesitamos una ciencia teológica «práctica», que no debe estar orientada tanto a
saber más, cuanto en el sentido del crecimiento de la vida cristiana. Pero por desgracia no siempre ocurre
así.

Al hablar de Teología Práctica queremos decir de una teología encarnada en el espesor de la realidad que
tenemos.

Para ayudarnos a encarnarnos en esta realidad podemos ayudarnos de los teólogos, de las orientaciones
de documentos de los Papas…, pero debemos también, estar abiertos a otros intelectuales que nos ayuden
a descifrar esta realidad, como Unamuno, Dostoievski, Ortega y Gasset o Nietzsche…; con el fin de que el
resultado final no sea un ruido caótico, sino un canto polifónico.

Capítulo 1.- Eso de creer y de la fe


Al inicio de este capítulo debemos preguntarnos por el sentido de las palabras «fe» y «creer», pues son
términos extraordinariamente ambiguos. Por ejemplo, el verbo «creer» no significa lo mismo cuando digo
a una persona «creo que mañana lloverá» que cuando le digo «te creo».

Lo mismo pasa con la palabra «fe». «Es difícil que exista otra palabra en el lenguaje religioso, sea teológico
o popular, que padezca tantas malinterpretaciones, distorsiones y definiciones cuestionables como el
término «fe».

Necesitamos, por tanto, afinar el concepto de «fe».

LA FE ES UNA DIMENSIÓN CONSTITUTIVA DE LA EXISTENCIA


Para Nietzsche, por ejemplo, la fe es un síntoma de inmadurez humana, de infantilismo. «Toda fe es de por
sí una expresión de alienación de sí mismo, de abdicación del propio ser».

Debemos tomar conciencia de que la fe no es exclusiva ni primariamente algo religioso. Siempre, el


hombre ha «creído» en muchas más cosas de las que ha tenido ocasión de verificar personalmente. Hasta
las ciencias experimentales progresan gracias al trabajo de los investigadores que les han precedido. No se
parte de cero, aceptan como punto de partida («creen») las conclusiones a las que han llegado sus
predecesores.

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Lo mismo pasa con las cosas importantes, como nos recuerda San Agustín: «Dime, por favor: ¿cómo ves el
afecto de tu amigo? [...] ¿Replicarás, tal vez, que ves el afecto de tu amigo en sus obras? Ves, en efecto, las
obras de tu amigo, oyes sus palabras; pero habrás de creer en su afecto, porque este ni se puede ver ni
oír».

¿Acaso no es posible vivir sin fe? Evidentemente, sin fe religiosa sí se puede vivir, y de hecho así viven
muchas personas. Pero ¿se puede vivir sin «fe» a secas? Sin dudarlo un momento, contestamos que no.

Podemos decir, en resumen, que «la fe hace posible toda vida humana digna de este nombre, pues la fe es,
ante todo, la confianza original del hombre en la vida. Sin esta confianza no podríamos dar un solo paso,
nos aislaríamos totalmente, y el temor nos invadiría, convirtiéndose en obsesión enfermiza».

Creer en sentido religioso.


Tres dimensiones del creer
Los teólogos antiguos, utilizando una fórmula de inspiración agustiniana, afirmaban que, en relación con
Dios, hay tres formas de «creer».

1.- Credere Deum «Creer Dios»; es decir, creer que Dios «existe» y creer cuantas verdades se relacionan
con Él.

2.- Credere Deo «creer a Dios», porque Dios nos ha revelado las verdades de la fe y su palabra nos ha
revelado las verdades de la fe.

Nos imaginemos a alguien que acepta todas las verdades cristianas, pero no porque han sido reveladas por
Dios, sino porque coinciden con sus propias reflexiones. Supongo que se considerará a sí mismo un buen
cristiano, pero en cuanto una de esas verdades deje de parecerle razonable, se descubrirá que no es
creyente ni lo había sido nunca.

3.- Credere in Deum. El acto de creer no termina aceptando las verdades de la fe, sino al mismo Dios de
quien hablan esas verdades. El acto de creer implica una experiencia personal de Dios.

Naturalmente, este tercer sentido de la palabra «creer» supone los dos anteriores. Esta tercera dimensión,
supera a las otras dos. «Creer en» solo debería referirse a Dios, es decir, creer de una manera que
compromete irrevocablemente el fondo del ser.

Una distinción importante: fe y creencias


Utilizamos la palabra creencias para designar el asentimiento intelectual a ciertas verdades, las «verdades
de la fe» (credere Deum), y reservar la palabra fe para referirme a la relación personal con Dios (credere
Deo y, sobre todo, credere in Deum).

Unamuno escribió en una carta del año 1900: «La fe no es adhesión de la mente a un principio abstracto,
sino entrega de la confianza y del corazón a una persona; para el cristiano, a la persona histórica de
Cristo».

Sin embargo, hay que reconocer que a menudo habíamos reducido la fe al primer aspecto de los tres que
hemos mencionado: creer la existencia de Dios y una serie de verdades relacionadas con Él. Y esto es
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importante, pero no podemos dar por supuesto que alguien «cree en Dios» solo por aceptar unos enun-
ciados exactos. Eso es simplemente saberse bien el catecismo.

Pobreza del lenguaje para hablar de lo que creemos

Debemos hablar ahora de nuestra fe y de lo que creemos. Y no es fácil. De hecho, muchas personas, al ser
interrogadas sobre el particular, sienten ganas de contestar más o menos como San Agustín cuando le
preguntaron qué es el tiempo: «Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo
pregunta, no lo sé».

Existen tantas falsificaciones de Dios que necesitaríamos precisar bien en qué Dios creemos y qué ideas
sobre Dios rechazamos.

La fe es una entrega confiada a Dios

Hablar de la fe tiene principalmente dos dificultades.

1.- Se trata de algo personal e intransferible. Como decían los famosos versos de León Felipe, «nadie fue
ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana / hacia Dios / por este mismo camino / que yo voy. / Para cada hombre
guarda / un rayo nuevo de luz el sol... / y un camino virgen / Dios».

2.- La experiencia de Dios es imposible de expresar con palabras.

Experiencia personal de Dios

Rasgos característicos que nunca pueden faltar:

La experiencia plena de Dios nos está reservada para la otra vida, y la deseamos con toda el alma, porque,
como decía de San Agustín: «Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que
descanse en ti». Sin embargo, también en esta vida podemos tener una experiencia de Dios, aunque
parcial. (1 Cor 13,12).

Si la fe es una experiencia personal de Dios, parece obvio que nadie puede tener fe por nosotros mismos.
El peligro de los países de tradición cristiana es que, allí donde «lo normal» es tener fe, nunca se sabe si
alguien la tiene de verdad, o simplemente, todos se dejan llevar por la costumbre, el ambiente.

Cuando se habla de que la fe implica una experiencia personal de Dios, en absoluto se piensa en algo de
tipo sentimental. En nuestros días prolifera un tipo de religiosidad -llamémosla «postmoderna»- basada
casi exclusivamente en el sentimiento.

La experiencia personal de Dios no es algo de tipo sentimental, sino algo que se adquiere cuando en la
oración meditativa iluminamos con la Palabra de Dios, los acontecimientos que vivimos.

Creer es estar enamorado de Dios


En la Biblia, un sinónimo de «creer» es «conocer a Dios» (cf. 1 Tes 4,5; Tit 1,16), pero el sentido bíblico del
término «conocer», no designa tanto una actividad intelectual como una experiencia íntima.

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«Por la fe -decía Santo Tomás de Aquino- el alma cristiana establece con Dios como un cierto matrimonio
espiritual». Y cita el texto de Oseas {2, 20): «Te desposaré conmigo en la fe».

«El enamoramiento, dice José Antonio Pagola, es, probablemente, la experiencia cumbre de la existencia
humana. Los místicos nos dicen que se sienten tan atraídos por él que Dios comienza a ser el centro de su
vida. No sabrían vivir sin Dios. Estos creyentes, enamorados de Dios, nos están diciendo hacia dónde
apunta la verdadera fe. Ser creyente no es vivir "sometido" a Dios y a sus mandatos. Antes que nada, es
vivir "enamorado" de Dios. La religión no es obligación, es enamoramiento.

La fe es un nuevo nacimiento
Durante cuatro siglos, (desde 1517 hasta 1999) católicos y protestantes hemos mantenido una guerra
abierta sobre el tema de la justificación. Lutero se apoyaba en una rotunda afirmación de San Pablo:
«Sostenemos que el hombre es justificado (= hecho justo) por la fe, sin las obras de la Ley» (Rom 3,28). Los
católicos, por su parte, contraatacaban con una frase de la Carta de Santiago -que Lutero despreciaba
calificándola de «epístola de paja», en la que parecía estar polemizando con la teología paulina: «La fe, si
no tiene obras, está muerta [...] Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien. Pero hasta los demonios lo
creen y tiemblan ¿Quieres enterarte, insensato, de que la fe sin las obras es inútil?» (Sant 2,17-20). No
existe ninguna contradicción entre Santiago y Pablo. Ocurre, simplemente, que emplean la palabra «fe»
con distinto sentido.

Santiago habla de la fe-creencias. En cambio, Pablo, cuando sostiene que el hombre es justificado por la fe,
no habla de las creencias, sino de la fe como experiencia personal de Dios, como enamoramiento.

Se puede llegar, de diversos modos, a la fe como experiencia personal de Dios. Puede ser un aconte-
cimiento repentino (como Pablo), un proceso gradual pero perfectamente consciente (como San Agustín).

Podríamos afirmar que la fe relativiza todo lo demás, no porque borre del horizonte todo aquello que no es
Dios, sino porque coloca cada cosa en el lugar que le corresponde.

Así, el descubrimiento de la fe es como un «segundo nacimiento» (Jn 3,3-8)

En consecuencia, para saber si tenemos fe o solamente creencias, podríamos someternos a un test cuya
primera pregunta sería ¿qué cosas de las que haces, o puedas hacer, dejaría de hacer en el caso de tener
fe?. Si me contesta que para él todo continuaría lo mismo, le replicaré que la fe se reduce a creencias.
Según los estudios sociológicos, son muy pocos los católicos practicantes en los que influye la fe, a la hora
de elegir lecturas (17 %), realizar opciones de tipo político (16 %), emplear el tiempo libre (26 %), etc.

La pequeña omnipotencia de la fe
Los discípulos preguntan a Jesús por qué no han podido curar ellos a un epiléptico, y Jesús les respondió
«Por vuestra poca fe. En verdad os digo que si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel
monte: "Trasládate desde ahí hasta aquí", y se trasladaría. Nada os sería imposible» (Mt 17,20; cf. 21,21 y
par.). «"Trasladar" o "arrancar" montañas es una hipérbole judía frecuente que quiere decir "hacer lo
imposible"».

El hombre, ciertamente, no lo puede todo; pero, cuando es creyente de verdad, nada le parece imposible.
La fe le hace «saberse seguro», «apoyarse en alguien», «fundamentar toda la vida sobre alguien».

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El autor de la Carta a los Hebreos recuerda algunas cosas que hicieron las grandes figuras del Antiguo
Testamento gracias a la fe. (Heb. 11/8-38). El ejemplo del discípulo de Pablo Timoteo (1ª Cor, 16/10-11).

Fijémonos en el que «inició y completa nuestra fe, Jesús» (Heb 12,2). No en vano dice el catecismo que el
cristiano es el seguidor de Cristo.

Me temo, sin embargo, que la relación de Cristo, para la mayoría de los cristianos, lo ven como lo propio de
algunas personas, obispos, sacerdotes…, pero ellos no se ven implicados.

El cristiano medio no se atreve a dar la cara por Cristo en un ambiente hostil y tiene miedo a oponerse a las
injusticias de los poderosos o vivir en ese estado de pobreza decorosa que debe caracterizar a los
discípulos de Jesús. Todo esto le ocurre porque, al no acabar de creer -es decir, de confiar plenamente en
Dios-, le aterra asumir cualquier riesgo por el Evangelio. Para justificar su mediocridad, aluda a la virtud de
la prudencia.

Al concluir este nuevo apartado debemos añadir otra pregunta al test: a lo largo de mi vida, ¿he hecho
muchas cosas, fiándome en que Dios no me va a fallar, y que los bien pensantes calificaron de «locuras»?.

¿No será todo un espejismo?


Unas veces, la fe se vive con entusiasmo: la persona de Cristo y su causa nos conmueven tiernamente.
Otras veces, en cambio, todo es frialdad y sensación de la lejanía de Dios. Por eso, en boca de todo
creyente, aparece alguna vez la terrible pregunta del profeta: «¿Serás tú para mí como un espejismo, aguas
no verdaderas?» (Jer 15,18).

Solo los verdaderos creyentes pueden comprender la tragedia que supone esa crisis de fe.

Cuando llega la crisis, la tentación es abandonar. ¿Para qué seguir por un camino que no parece llevar a
ningún sitio?. Sin embargo, el tiempo de sequedad de los seguidores de Jesús podría compararse a lo que
es el invierno para las plantas. «En tiempo de desolación, nunca hacer mudanza», como dice San Ignacio.

Fe personal y fe de la Iglesia
Mientras el Credo apostólico, «el credo corto», está formulado en singular -«creo»-, el Credo niceno-
constantinopolitano (el «credo largo» de la misa) utiliza el plural -«creemos»-. Esto se debe a que la fe es
una opción libre y responsable de cada individuo, que ningún otro puede tomar en su lugar, pero es a la
vez, la fe de la Iglesia. Ninguno de nosotros ha «inventado» la fe; todos la hemos recibido de quienes
creyeron antes de nosotros.

De hecho, esa decisión personal, insustituible, de cada individuo sería imposible, si no existiera una
comunidad de fe. «Nuestra fe personal extrae su vida de toda la fe que nos rodea y que se remonta hasta
el pasado, lo cual constituye ya la Iglesia».

Del mismo modo que en el lucernario de la Vigilia Pascual, nuestro cirio se enciende con la llama de otro,
así también la fe se enciende al contacto con la fe de los otros. Por eso está perfectamente justificado ha-
blar de «nuestros padres en la fe» o de los «Padres de la Iglesia» para referirnos a quienes creyeron antes
que nosotros e hicieron posible nuestra fe.

Muchísimos cristianos pueden incluir en la categoría de «padres en la fe» a sus propios padres, porque
frecuentemente la fe de los hijos se despierta gracias a la de sus padres.
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PREGUNTAS sobre el conjunto de esta 1ª parte del capítulo 1:
1.- La fe es síntoma de inmadurez humana ¿Qué piensas de esta afirmación?
2.- ¿Qué diferencia hacemos, si es que la establecemos, entre fe y creencia?
3.- Ser creyente no es estar “sometido” a Dios, ni a sus mandatos. La Religión no es una obligación,
sino un enamoramiento. ¿Qué te parece?¿En qué estás de acuerdo y en que no?
4.- ¿Qué cosas que haces o puedes hacer, dejarías de hacer en el caso de no tener fe?
5.- A lo largo de la vida ¿has hecho cosas fiándote de que Dios no me va a fallar, que los bien
pensantes piensan que es una locura. ¿Qué opinas?
6.- ¿Para qué seguir por un camino que no parece llevara ninguna parte?
7.- ¿Quiénes han influido en tu fe?

Las creencias
La fe es mucho más que la adhesión intelectual a unas verdades, pero implica también -y necesariamente-
una «religiosa sumisión (obsequium) de la voluntad y del entendimiento» a las verdades de la fe.

No puede haber cristianos «por libre»


La existencia de personas que pretenden ser creyentes «por libre» es casi tan antigua como la Iglesia. Pero,
aunque el fenómeno de los cristianos «por libre» no sea nuevo, es sin duda, en nuestros días, cuando más
proliferan como consecuencia del llamado «individualismo expresivo».

El individualismo clásico, característico de la modernidad, se basaba en la convicción de que los individuos


humanos pueden alcanzar su plena realización sin necesidad de la sociedad; los demás individuos son más
bien estorbos, cuando no enemigos. A partir de los años 60 y 70 del siglo pasado, se abrió paso una nueva
forma de individualismo, llamémosla «postmoderna», es necesario desarrollar o expresar libremente para
alcanzar la individualidad. La expresión «Vive tu vida», tan corriente hoy, sería la gran consigna del
individualismo expresivo.

Para el individualismo expresivo no tiene sentido someterse a ninguna disciplina: ni de sistema, ni de


partido, ni de iglesia, ni de nada (New Age).

El cristianismo ha sido contaminado por ese individualismo expresivo, y ha dado origen a nuevas formas de
religiosidad muy adelgazadas doctrinalmente y escasamente institucionalizadas que se caracterizan por un
notable peso del subjetivismo y de la afectividad. Eso no impide que muchas de esas personas se
identifiquen a sí mismas como cristianas, e incluso católicas, pero se sienten libres ante las obligaciones
religiosas tradicionales de tipo ritual, ante el magisterio de la Iglesia y ante cualquier intromisión de ésta,
en lo que consideran su intimidad: el sexo, el cuerpo, el placer y la vida.

Desde luego, no podemos aceptar que la fe cristiana sea una sustancia plástica que cada cual podría
modelar a su antojo.

¿No será acaso necesario que la Iglesia formule el contenido de su fe de manera vinculante y que exija su
aceptación por parte de cada uno de los miembros de la comunidad? Sin duda. Y, de hecho, desde los
tiempos más antiguos han existido «credos» o «símbolos de la fe».

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El Credo apostólico
Sin duda, el símbolo de la fe más extendido es el «Credo apostólico», llamado así porque una antigua
tradición, que se remonta a San Ireneo (siglo II), atribuye su autoría a los apóstoles. San Ambrosio, entre
los años 380-390, decía; «Los Santos Apóstoles, reunidos en unidad, formularon un breviario de la fe
recogiendo todo el contenido de nuestra fe».

Las partes más antiguas proceden de Roma en el siglo III, y las últimas adiciones se hicieron en la Galia
meridional y en España en la primera mitad del siglo VIII Así pues, lo llamamos «Credo de los Apóstoles»,
no porque lo compusieran ellos, sino porque compendia su doctrina.

Las tres partes del credo


El Credo es de naturaleza ternaria: la primera proclama la fe en Dios Padre y su obra creadora; la segunda,
la fe en Dios Hijo y su obra redentora («fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo», etc.); la
tercera, la fe en Dios Espíritu Santo y su obra santificadora.

Significativamente, cuando llegamos a la Iglesia no decimos «Creo en la Iglesia», sino, sencillamente,


«Creo que la Iglesia existe y es una, santa, católica y apostólica». La Iglesia, - junto con la comunión de los
santos, el perdón de los pecados (por el bautismo), la resurrección de la carne y la vida eterna - pertenece,
según el Credo, a la obra santificadora del Espíritu Santo.

Necesidad de una nueva formulación del Credo


Guardini llama la atención sobre un detalle que pasa desapercibido: «El cristiano mismo forma parte del
Credo. [...] Nuestra persona está explícitamente nombrada en el símbolo, que comienza con estas
palabras: " Yo creo"». Y nuestra persona está implicada en todas y cada una de las afirmaciones que vamos
haciendo.

Sin embargo, a la mayoría de nuestros contemporáneos los enunciados de la fe ya no les dicen nada; no
atañen para nada a sus problemas y experiencias reales.

Por eso ha habido intentos de renovación. Pablo VI con el llamado “Credo del Pueblo de Dios” que tuvo
poco éxito. Hubo muchos intentos de cristianos de la base, con escaso seguimiento.

Un Símbolo debería cumplir, por lo menos, las cinco condiciones siguientes:

 Ser fiel a la tradición y, a la vez, mostrar la relevancia de la fe cristiana para el hombre actual.
 Expresar la fe de un modo inteligible para la mayoría de los creyentes, sin utilizar un lenguaje
accesible solamente a los teólogos.
 Servir para proclamarlo durante una celebración litúrgica; es decir, ser breve y susceptible de ser
pronunciado como una plegaria.
 Prestarse fácilmente a la catequesis.
 Servir para unir entre sí a todas las Iglesias cristianas, más que suscitar cismas.

Eso que llamamos «dudas de fe»


Lo que llamamos «dudas de fe» son más bien «dificultades que tenemos con las creencias»; dificultades
con nuestras ideas sobre Dios. Unamuno escribió en cierta ocasión:

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«Perdí mi fe pensando en los dogmas, en los misterios en cuanto dogmas; la recobro meditando en
los misterios; en los dogmas en cuanto misterios».

Las dificultades con las creencias no son peligrosas para quien tiene fe, es decir, para quien tiene una
experiencia personal de Dios, un trato amoroso con Él, porque, como dijo el Cardenal Newman, entonces
«diez mil dificultades no hacen una duda».

Exactamente: las dificultades con las creencias señalan la muerte de una imagen concreta de Dios de-
masiado pobre, que nos habíamos fabricado, y son una oportunidad para conocer mejor a Dios; hacen
posible una purificación de nuestros pequeños «dioses de bolsillo».

Aunque parezca una paradoja, igual que las dudas de fe pueden prestar un buen servicio al creyente
individual, las herejías pueden prestar un buen servicio al conjunto de la Iglesia.

Las dificultades con las creencias señalan la muerte de una imagen concreta de Dios demasiado pobre, que
nos habíamos fabricado, y son una oportunidad para conocer mejor a Dios, purificamos nuestros pequeños
“dioses de bolsillo”.

La «fe del carbonero»


Semejantes afirmaciones podrían sugerir a no pocos enemigos de la inteligencia que la teología es perju-
dicial o, en el mejor de los casos, innecesaria. Entre tales personas prosperó y fue ensalzada la «fe del
carbonero». Es «absolutamente condenable la pretensión de dar a los fieles una instrucción religiosa que
solo conviene a los sacerdotes», afirma Melchor Cano en un informe a la Inquisición para condenar el
Catecismo de Bartolomé de Carranza.

La «fe del carbonero» solo es buena para el «carbonero», o sea, para aquel que no puede tener otra.
Afortunadamente, siempre hubo en la Iglesia una fides quaerens intellectum, una fe que busca entender.

PREGUNTAS :

1.- ¿Se puede vivir la fe por lo libre, sin los otros, sin instituciones…?
2.- Hoy se oye a muchas personas que tienen crisis de fe:
 ¿Tú has experimentado esta situación?
 ¿ A qué crees que es debido?
 ¿Cómo crees que se afronta esta situación?

Capítulo 2: Los que no creen

Llamamos «descristianización» al retroceso de la fe cristiana en los pueblos o ambientes donde estaba im-
plantada. Según esa definición, la descristianización es un fenómeno colectivo. A los individuos se les
puede debilitar la fe o incluso pueden perderla, pero quienes se descristianizan no son los individuos, sino
los pueblos o los ambientes. Y no cualquier pueblo, sino aquellos en los que la fe cristiana había arraigado
ya; es decir, allí donde existía una Iglesia local enraizada en la cultura, con un laicado y un clero nativo
plenamente responsables de la Iglesia en el lugar.

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Los primeros en percibir la descristianización de Europa fueron los pioneros del apostolado en ambientes
populares. (Francia 1943, Henry Dodin e Yvan Daniel: ¿Francia, ¿país de misión?. En España, Sarabia,
(1939) redentorista, en misiones populares: “Estamos asistiendo a una «tremenda decadencia religiosa”.
Lo queríamos negar, y había leyes, fiestas, tradiciones y solemnidades religiosas que, por un momento,
parecían decirnos al oído que España era una nación profundamente católica. Pero en el corazón de las
masas no existía un amor hondo y sincero de la religión, sino la rutina de las costumbres viejas y el miedo
al clero y a los señores que todavía ejercían poderosa influencia en la sociedad, y sobre todo entre las
gentes que vivían en las aldeas y en los campos».

Los estudios realizados en España, a lo largo de los últimos cuarenta y cinco años, ponen de manifiesto una
continua disminución de los que se consideran católicos

AUTOIDENTIFICACIÓN RELIGIOSA DE LOS 1965 2007


ESPAÑOLES Fuente: Demoscopia Fuente: Investiga (antes Gallup)
Católicos practicantes 83% 36,3%
Católicos no practicantes 15% 37,5%
Pertenecientes a otra religión 0% 4,5%
20,5% (ateos: 9,7%;
No creyentes (ateos e indiferentes) 2%
indiferentes: 10,8%)
NS/NC 0% 1,8%

Como vemos, proporcionalmente, el colectivo que más ha aumentado ha sido el de los no creyentes, que
se ha multiplicado por 10. Los católicos practicantes se han reducido a bastante menos de la mitad (a
pesar, por cierto, de que en 1965 se consideraban católicos practicantes los que iban a misa todos los
domingos, y hoy, basta con que vayan una vez al mes). Muchos de los que fueron católicos practicantes
engrosan hoy la categoría de los católicos no practicantes, cuyo porcentaje se ha duplicado con creces.
Notemos, por último, que los pertenecientes a otras religiones, aun siendo todavía minoritarios, tienen ya
una presencia significativa en el panorama religioso español.

Fijándonos especialmente en los rasgos novedosos que presentan hoy con relación al pasado.

Ateísmo
Un fenómeno reciente

El ateísmo es «la doctrina que niega la existencia de Dios». Podríamos decir que «el ateo es un creyente al
revés».

En nuestros días el ateísmo sigue siendo minoritario, pero es obvio que ha dejado de ser una forma de
«delincuencia intelectual» y que estamos ante un fenómeno en ascenso. En 1965 los ateos e indiferentes
sumaban el 2%, y hoy, solo los ateos son ya el 9,7%.

Cinco causas de ateísmo

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Otro cambio, operado en las últimas décadas, se refiere a las raíces del ateísmo. En el pasado eran, sobre
todo, de tipo intelectual: ”resentimiento” de Nietzsche, «opio», que aliena, de Marx, «ilusión» que
infantiliza, de Freud… Ciertamente, la mayoría de los ateos, de hoy, no han leído ni una sola línea de esos
autores, pero sus especulaciones —más o menos simplificadas— impregnan la cultura actual, y todos
respiramos esa atmósfera.

Creo, sin embargo, que en estos tiempos postmodernos la increencia no se gesta en la cabeza, sino en el
corazón.

He aquí cinco ejemplos de motivos que llevan a rechazar a Dios «con el corazón»:

1. El padre freudiano de mirada escrutadora


Se rechaza a Dios cuando se le ve —con palabras de Merleau-Ponty— como «esa mirada infinita ante la
cual nosotros somos seres sin secreto».

2. Una religión que parece incompatible con la felicidad


Se rechaza a Dios cuando una educación deficiente hace creer que la religión está en contra de la felicidad.

Cuando la moral israelita perdió la inspiración original que brotaba de la experiencia de una alianza con
Dios, degeneró en una moral legalista.

Por una parte, la moral se separó del dogma, quedando así privada de motivación y fuerza. Una moral
desgajada de la experiencia de fe se convierte fácilmente en una moral legalista, represiva, negativa,
ascética, culpabilizante ..., exactamente igual que le ocurrió a la moral israelita cuando se desconectó de la
Alianza.

3. Un Dios que resulta ajeno a la vida


También se rechaza a Dios cuando se descubre que es una realidad ajena a la vida. La falta de experiencia religiosa
es, para muchos de nuestros contemporáneos, la principal dificultad para creer. (Vergote)

Pero, esto requiere un aprendizaje. La iniciación cristiana ponía el acento en los contenidos de la fe, en detrimento
de la dimensión experimental (recordemos que, en vez de «ir a la catequesis», se decía «ir a la doctrina»).

4. El dolor de los inocentes


En el siglo XX el sufrimiento de los inocentes (Auschwitz) alcanzó niveles desconocidos hasta entonces, la
existencia de Dios se hizo también más difícil de aceptar que nunca: «¿Dónde está Dios?».

5. Una cultura sin Dios


Muchos rechazan a Dios simplemente porque la fe no está de moda en la Europa actual. Evidentemente,
vivir a contracorriente de la mayoría, es muy difícil.

Hoy podríamos hablar más bien de un «ateísmo sociológico» para referirnos a quienes, no niegan la
existencia de Dios como conclusión final de una reflexión personal, sino arrastrados por el ambiente.

El diálogo entre creyentes y ateos


En un primer momento la Iglesia reaccionó frente a los ateos como si fueran unos seres monstruosos.
También gran parte de los ateos -sobre todo en España- se dedicaron a atacar de modo sistemático y
grosero todo lo cristiano.

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El Concilio Vaticano II señaló un nuevo rumbo. Aunque se opuso categóricamente al ateísmo (¿cómo
podría ser de otra forma?), inició una actitud de diálogo con él. Una de las más recientes tentativas de
diálogo es el «Atrio de los Gentiles», es la que el papa Benedicto XVI propuso en París.

La clave está en las palabras que acabo de subrayar. Los creyentes necesitamos escuchar a los ateos,
porque sus críticas, se refieren muchas veces a deficiencias de nuestra evangelización, y necesitamos
tomar conciencia de ellas. Los ateos, a su vez, necesitan escuchar a los creyentes bien formados, porque la
mayoría de ellos todavía no han ajustado cuentas con el Dios verdadero. ¿No podría ocurrir que todas las
negaciones de los no creyentes se refieran a falsos dioses, dejando intacto al Dios verdadero?.

Agnosticismo: del griego á - gnosis («sin conocimiento»)


Los agnósticos son las personas que ni afirman ni niegan la existencia de Dios, por considerar que se trata de un
problema insoluble.

El escepticismo en cuestiones metafísicas y religiosas es muy antiguo; tiene como mínimo 25 siglos de antigüedad.
Protágoras (siglo V a.C.): «Con respecto a los dioses no puedo conocer ni si existen, ni sí no existen, ni cuál sea su
naturaleza, porque se oponen a este conocimiento muchas cosas: la oscuridad del problema y la brevedad de la vida
humana».

Ese escepticismo, en cuestiones religiosas, comenzó a llamarse «agnosticismo» en el siglo XIX.

En la actualidad son pocos. En la segunda aplicación de la Encuesta Europea de Valores (1994) eran el 4%; en la
tercera (1999) habían bajado al 2%); y en la cuarta (2008) ya no figuraba. Ortega decía que «agnóstico», más que «el
que no sabe», significa «el que no quiere saber ciertas cosas».

PREGUNTAS SOBRE EL ATEISMO:


1.-¿Por qué piensas que se ha podido dejar de creer?. Señala 2 ó 3 cosas.
2.- ¿Cómo reaccionas ante los no creyentes?
3.-¿No crees que muchas veces, lo no creencia se debe a falsas concepciones de Dios?

Indiferencia religiosa

En la indiferencia religiosa me voy a extender algo más, porque la increencia del futuro parece orientarse
más bien hacia esas formas apacibles y despreocupadas que hacia negaciones comprometidas y militantes.
El porcentaje de indiferentes en materia religiosa llegaría casi al 50% de la población (exactamente, el
48,3%).

¿Qué es la indiferencia religiosa?


Parece que la indiferencia religiosa, en sentido estricto, solo puede referirse a cualquier manifestación de
religiosidad; pero, en tal caso, necesitamos precisar qué entendemos por «religión».

Algunos encierran la religión dentro de unos límites muy estrechos; tan estrechos que prácticamente
identifican la religión con su religión. Otros, con un criterio más amplio, dicen que lo esencial de la religión
es la relación con Dios. Algunos estudiosos han optado por una descripción fenomenológica o an-
tropológica de la religión, describiéndola como los esfuerzos por resolver los problemas de la finitud y el
sentido último de la vida.

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Por religión entiende María Moliner en el Diccionario de la Lengua como el «conjunto de las creencias
sobre Dios y lo que espera al hombre después de la muerte, y de los cultos y prácticas relacionados con
esas creencias». Son aquellas personas para las cuales carece de interés saber si Dios existe o no.

Cuando analizamos las formas actuales de in-creencia, vemos que las actitudes más frecuentes no son el
ateísmo o el agnosticismo, sino la indiferencia.

Los indiferentes son hombres y mujeres que -diciéndolo con una fórmula famosa de Tierno Galván- viven
«perfectamente instalados en la finitud».

Cuatro factores que fomentan la indiferencia religiosa


1. La autonomía de todo lo profano respecto de la religión
Uno de los sentidos de la palabra «secularización», dice González-Carvajal, es la autonomía de todo lo
profano respecto de la religión.

Las sociedades tradicionales se caracterizaban por la simplicidad; eran un todo único integrado por la
religión: los reyes, la moral, las enfermedades. En cambio, las sociedades modernas -mucho más
complejas- se han dividido en una serie de subsistemas (económico, político, cultural, etc.) que ya no
parecen necesitar de la religión.

Así, la religión se ha convertido en un subsistema más, del que se espera únicamente que aporte a los
individuos bienes de carácter espiritual (consuelo, paz interior, serenidad frente al «más allá», etc.).

2. El activismo moderno
Las sociedades modernas se caracterizan, en efecto, por la primacía del obrar sobre el ser. Así es el hombre
moderno: tiene tanta prisa que ha empezado a caminar sin pensar previamente adonde ir.

Además, la precipitación, el deseo de ir deprisa, impide la contemplación.

3.- La proliferación de ofertas religiosas


La existencia de muchas religiones diferentes en las sociedades multiculturales empuja en algunos casos a
un sincretismo religioso. Por eso, parece muy importante una concienciación crítica.

4. La convivencia con personas indiferentes


A menudo, la indiferencia misma resulta contagiosa. Un ambiente de indiferencia religiosa es a menudo más
corrosivo para la fe de los creyentes que los ataques contra sus creencias procedentes del ateísmo.

Algo tan nuevo como sorprendente

La indiferencia religiosa es completamente distinta del ateísmo. Los ateos se han planteado la existencia de
Dios y han llegado a la conclusión de que no existe. Además, muchos ateos sienten profunda hostilidad
hacia Dios y hacia la religión, porque, en su opinión, son dañinos para la humanidad.

De hecho, la indiferencia religiosa es un fenómeno radicalmente nuevo que sorprende a los mismos ateos.

Lógicamente, si la indiferencia en cuestiones religiosas puede extrañar a los mismos ateos, mucho más
extraña (o debe extrañar) a los creyentes. A Pascal le parecía normal que hubiera creyentes y ateos, pero le
sorprendía profundamente que pudiera haber personas indiferentes ante Dios. »
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Una realidad más preocupante que el mismo ateísmo

No solo desde el punto de vista antropológico, sino también, desde el punto de vista pastoral, la
indiferencia es, sin duda, peor que el mismo ateísmo, porque es impermeable al diálogo religioso. Frente a
las objeciones del ateo cabe siempre ensayar respuestas más acertadas que las que dimos en el pasado;
pero ante la ausencia de preguntas del indiferente no se sabe qué podemos hacer.

Los que rechazan al Dios de Jesucristo

En realidad, no se conoce con precisión el grado de pluralismo religioso existente en España. Pero los
estudios sociológicos sitúan el porcentaje de personas pertenecientes a una religión distinta de la católica
está entre el 4 y el 4,5%, sumando las cifras facilitadas por las diversas religiones, el porcentaje se elevaría
casi hasta el 7%.

Combinando distintas fuentes, podríamos aventurar que encabezan la lista los musulmanes (3% de la
población total), la mayoría de los cuales proceden de la inmigración, sin olvidar las poblaciones de Ceuta y
Melilla, aunque también hay un número importante de españoles conversos (alrededor de 50.000). Con un
porcentaje ligeramente inferior al 3% estarían los protestantes; más de la mitad son extranjeros
comunitarios (jubilados alemanes o nórdicos y trabajadores de multinacionales), o bien han llegado desde
América Latina; pero es sabido que existen Iglesias protestantes en España desde el siglo XVI. Los
ortodoxos supondrían el 1,4%, debido sobre todo al elevado número de inmigrantes rumanos. Las demás
religiones tienen una implantación mucho más baja: testigos de Jehová (0,3%), adventistas del Séptimo Día
(0,2%), judíos (0,1%), mormones (0,1%) y budistas (0,9%, muchos de los cuales son españoles conversos).

Incredulidad de los propios creyentes

Al vivir en un siglo, enfermo, de increencia, hasta los creyentes nos volvemos un poco ateos, un poco
agnósticos y un poco indiferentes.

El hombre actual experimenta mucha más dificultad en «creer», que en épocas anteriores. Éste es
espontáneamente escéptico (aunque para sorpresa de muchos, en los últimos años estamos asistiendo al
retorno de supersticiones que creíamos superadas, como la creencia en el destino o en la astrología…).

Pero, ¿no podría haber en la actualidad creyentes profundos, aunque su fe esté en lucha con un fondo de
incredulidad que pertenece al mundo cultural en el que no pueden menos de vivir?». Sin duda que sí.
Pensemos en Unamuno en su libro “Agonía del cristianismo“ explica su lucha entre fe y la increencia.

PREGUNTAS Increencia

Hoy el nº de increyentes es una cifra importante (50% de la población).


1.- ¿Por qué crees que la religión ha dejado de interesar?
2.- ¿No crees que este ambiente puede influir en nosotros creyentes?. ¿ De qué manera?

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Capítulo 3: Creer en tiempo de increencia
Creer exige en nuestros días una actitud de resistencia cultural

La increencia no es solamente una opción vital, sino que también, es algo, que está profundamente
enraizado en la cultura occidental moderna.
En la literatura, la religiosidad queda reducida de modo exclusivo al período infantil o a la angustia de
esposas “reprimidas”. «La experiencia religiosa es un fenómeno infantilizador y culpabilizador, presentado
siempre con tonos ridículos y peyorativos» nos dice Eloy Bueno.

Lo mismo encontramos en los medios de comunicación más influyentes. La Iglesia aparece en ellos, como
una institución nefasta en la historia y en el presente de España: buscando únicamente el poder, no ha
tenido reparos en recurrir a la violencia para reprimir a los disidentes y bloquear el ejercicio de la libertad.

Así las cosas, resulta difícil creer en nuestros días, porque exige una actitud de resistencia cultural, y eso
cuesta mucho.

Pero, hay que decir que, en realidad, todos los tiempos han sido difíciles para la fe. «Si las civilizaciones
industriales son naturalmente ateas -decía Henri de Lubac-, las civilizaciones agrícolas son naturalmente
paganas. La fe en el verdadero Dios es siempre una victoria».

Ni siquiera a los contemporáneos de Jesús -y quizás a ellos menos que a nadie- les resultó fácil creer,
porque humanamente parece imposible que Dios se manifieste en la humillación de la cruz. Comentando 1
Cor 1,18 («la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden»), escribe Tomás de Aquino:
«La predicación de la cruz de Cristo contiene tantas cosas que a la luz de la sabiduría humana parecen
imposibles...

Aún en los tiempos de cristiandad, en que todo parecía más fácil, pues, bastaba con dejarse llevar, y cabe
preguntarse cuántos eran verdaderamente cristianos y no sólo cristianos sociológicos.. Pero entre negar y
tener fe o mejor aún, inspirar la vida desde la fe ¿no hay una distancia bien definida?.

Y es en esta situación, en la que nos debemos preguntar ¿cómo ser creyente hoy?.

PREGUNTAS sobre la 1ª parte del capítulo 3:


1.- Piensas que la situación actual que vivimos a nivel religioso, hace más difícil creer? ¿Por qué?
2.- ¿Cómo ser creyente hoy?.
3.-La fe es don de Dios, pero cómo acogemos la fe?. ¿Cuál es la aportación del hombre?.

El camino hacia la fe
Dos extremos a evitar: racionalismo y fideísmo

La fe cristiana, si bien no es demostrable apodícticamente, sí es razonable.

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Una vía clásica para justificar la existencia de Dios ha sido siempre el asombro del filósofo ante el milagro
de la existencia; pero, que tiene cada vez menos interés para la filosofía.

Otra vía son los signos de Dios. El mundo está lleno de ellos: unos remiten por sí mismos a Dios (la
naturaleza, la bondad, la experiencia estética, las experiencias de plenitud... y, por encima de todos ellos,
la persona de Jesucristo), y otros despiertan a la nostalgia de Dios (el tedio vital, el dolor...), pero, como
cualquier otra realidad significativa, los signos requieren una lectura inteligente, a falta de la cual
permanecen mudos e inexpresivos.

Es verdad que el conocimiento por connaturalidad no permite demostraciones rigurosas, al estilo de las
matemáticas; pero -como mostró Newman- la mayoría de las decisiones humanas no las tomamos con una
seguridad absoluta, sino con una probabilidad suficiente.

Dios, queriendo «mostrarse al descubierto» a los que le buscan de corazón, y oculto a aquellos que le
huyen de todo corazón.

Naturalmente, sirviéndonos del conocimiento por connaturalidad llegamos a conclusiones razonables,


pero no apodícticas.

El salto a la fe

Son los «preámbulos de la fe», preparan para creer, pero nos dejan en el atrio de la fe; no son suficientes
para hacernos atravesar el umbral.

«Lo mismo que no se puede aprender a amar más que empezando a amar, tampoco se puede aprender a
creer más que comenzando a creer, al menos con una fe incipiente, hecha de deseo y de súplica. Algunos
convertidos confiesan que empezaron a rezar incluso antes de creer».

La fe es a la vez don de Dios y tarea humana

La fe es un don de Dios. «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió» (Jn 6,44). «Nadie
puede decir "¡Jesús es Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3).

Pero debemos ser conscientes de que esa tesis teológica de la fe como don de Dios irrita profundamente a
muchas personas, si no añadimos inmediatamente que se trata de un don ofrecido a todos.

¿Cómo es posible, entonces, que si Dios concede a todos el don de la fe, unos tengan fe y otros no?.
Tenemos que tener los ojos abiertos. Como nos dice San Juan de la Cruz «Pasivamente se le comunica Dios
(al alma), así como al que tiene los ojos abiertos, que pasivamente, sin hacer él más que tenerlos abiertos,
se le comunica la luz» (Subida al Monte Carmelo).

«El eclipse de Dios -dice- [...] es en verdad el carácter de la hora histórica que el mundo atraviesa». Dios
está intentando hablarnos, pero nosotros no podemos oírlo porque algo se ha interpuesto entre Él y
nosotros. Son muchos los obstáculos que pueden interponerse, pero, quizás el más impenetrable para que
llegue a nosotros la voz de Dios, sea el hecho de que vivimos sometidos a un acelerado ritmo de vida y
volcados hacia el exterior. Dios está dentro de nosotros —es «más interior que lo más íntimo mío»-, y
nosotros fuera, distraídos con las cosas (San Agustín).

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El camino dentro de la fe

No solo hay un camino que recorrer para llegar a la fe, sino que debemos seguir caminando una vez
llegados a ella.

La fe, en efecto, no es una opción que tomamos de una vez para siempre, sino es una opción, que hacemos
cada día, ante un Dios que frecuentemente nos desconcierta. (2 Cor 10,15).

Vivir la fe en comunidad

La primera exigencia es vivir la fe en comunidad. Nuestra fe nació del contacto con la de otros.

La experiencia dice que a todo creyente le llegan momentos de crisis, y, en esos momentos, sólo la
compañía de los hermanos nos permitirá mantenernos en pie, porque su fe robustece la nuestra.

Por eso es muy importante integrarnos en pequeñas comunidades cristianas en las que se vivan los valores
evangélicos y haya calor humano. En ellas nos reuniremos para compartir la fe con otros hermanos y
celebrar la liturgia, dispersándonos después para mezclarnos con los demás -igual que el fermento en
medio de la masa-, testimoniando la fe con nuestra vida y confesándola públicamente con la palabra.

Acabamos de mencionar tres nuevas exigencias de la fe: celebrarla, testimoniarla en la propia vida y
confesar públicamente lo que creemos. Veámoslas por separado:

Celebrar la fe

La fe necesita expresarse en forma simbólica y festiva. Hoy, la mayoría de los participantes mantienen
desde el principio hasta el final una actitud sumamente pasiva.

Si se trata de «celebrar», pero no sólo de forma intelectual, sino con todo nuestro cuerpo…

Podríamos decir sin exageración que la calidad de las celebraciones litúrgicas revela cómo es la fe de la
comunidad que celebra y, muy particularmente, de su presidente.

Testimoniar la fe con la propia vida

El testigo es un hombre o una mujer, que por su estilo de vida, consigue que los demás se pregunten por la
fuente de su singularidad. Este testimonio constituye, ya de por sí, una proclamación silenciosa, pero
también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva».

El testimonio personal del que acabamos de hablar es muy importante, ciertamente, pero no basta. Desde
los orígenes cristianos ha tenido también un papel decisivo el testimonio comunitario.

Para ello hace falta que las comunidades cristianas sean espacios donde se haya inaugurado ya la
«escatopraxis» (la praxis del final de los tiempos); es decir, una alternativa radical de vida basada, por
poner solo unos ejemplos, en:

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 La familiaridad con Dios, ¡Abbá, Padre!» (Rom 8,15), en medio de un mundo quejoso de su silencio.

 La fraternidad de los seguidores de Jesús, que destierra de las comunidades cristianas la


prepotencia: «No llaméis a nadie "padre", ni "maestro", ni "señor" en la tierra, porque uno solo
debe ser vuestro Padre, Maestro y Señor: el del Cielo. Todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,8-10).

 El compartir frente al consumismo, como aquella primera comunidad de Jerusalén, donde «nadie
consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas» (Hech
4,32).

 El amor fiel al esposo o a la esposa de la juventud (Mal 2,14-16) que, aun en medio de un entorno
altamente erotizado y permisivo, se mantiene firme «en las alegrías y en las penas, en la salud y en
la enfermedad, etc.».

 La defensa de la vida frente a las amenazas que sufre en sus estadios inicial y terminal, porque
somos hijos de Dios, el gran «amigo de la vida» (Sab 11,26).

Confesar públicamente lo que creemos

Por admirable que sea el testimonio de vida de los cristianos y de sus comunidades, si nunca explicitan por
qué viven así, queda incompleto. Pero, a su vez, el anuncio explícito es ambiguo y necesita de una
hermenéutica, que es la praxis del comunicador.

La correlación entre fe y testimonio público de la misma es tan obvia que San Pablo la resume en cuatro
sencillas palabras: «Creí, por eso hablé» (2 Cor 4,13).

Pero en nuestras sociedades secularizadas existe un código implícito de conducta que considera
inapropiado hacer públicas las propias creencias o preguntar a los demás por las suyas. Se acepta la
presencia pública de lo cristiano en cuanto ética, pero no en cuanto religión; es «políticamente correcto»
hablar de solidaridad y de justicia social, pero no de Dios ni de la fe. Esto nos lleva a llevar una fe
vergonzante y acomplejada.

Una fe muda es en realidad una incredulidad que se ignora a sí misma. Por eso San Pablo dijo: «¡Ay de mí si
no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16).

El hecho de que la mayoría de los cristianos mantengan oculta vergonzantemente su condición de


creyentes tiene como primera consecuencia que el cristianismo es percibido por los demás como una
«gloriosa reliquia del pasado».

El reconocimiento público de la fe resulta especialmente importante cuando se trata de personas con


cierta notoriedad.

Formarnos teológicamente
Es necesario que la formación teológica de los creyentes sea de un nivel equiparable al de su formación
humana.

El creyente bien formado ha aprendido a distinguir entre el tenor de las palabras y lo que con ellas se
quiere significar.

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PREGUNTAS: CAMINOS DE FE
1.-No se puede vivir la fe en solitario. La fe es comunitaria. ¿Qué opinas de esta afirmación?
2.- La fe que se vive, se celebra. ¿Estás de acuerdo?.
3.- ¿Cómo testimoniamos la fe?, Señala 2 ó 3 ideas para mejorar en este aspecto, en nuestra
comunidad.

Epílogo: ¿Para qué «sirve» creer en Dios?

«Pero, en definitiva, ¿para qué os sirve creer en Dios?». Es una pregunta que sorprende por el gran déficit
de humanismo que pone de manifiesto,
«Nuestro mundo ha perdido el sentido de lo gratuito, de lo lúdico: para ser valioso, todo tiene que ser, un
instrumento de producción».

«Y creer en Dios, ¿para qué sirve?», debemos responder: Pues... para nada. No creemos en Él porque nos
vaya a librar de nuestros achaques o vaya a conseguirnos un ascenso en el trabajo, sino porque nos llena,
porque nos hace felices, y pensamos: ¡qué maravilloso es que existas!; ¡qué maravilloso es haberte
conocido!

Como decía José María González Ruiz, «Dios es gratuito, pero no superfluo».

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