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El cascabel del gato

Había una vez un gato que vivía a toda leche en


una céntrica casa de una gran urbe.

A toda leche porque sus dueños se esforzaban


por darle todo lo que el gato requería para
sentirse como un gran animal doméstico,
querido y consentido por los humanos.

Así, el minino de nuestra historia tenía un


confortable cojín en el que echarse a disfrutar sus siestas, ovillos para jugar cada vez que
le apeteciera, comida en abundancia y todo cuanto podamos imaginar para el deleite de
un gato.

Por tener, el felino tenía hasta una panda de ratones en casa, a los que perseguía y
atosigaba cada vez que tenía la oportunidad.

Era ver un ratón y haya iba el gato a perturbarlos e impedirles tomar cualquier cosa de su
cocina. Los perseguía y arrinconaba hasta que los obligaba a volver a su madriguera.

Tan bueno se había hecho el gato de nuestra historia en la persecución, que los ratones
optaron de pronto por no salir más, pues realmente le temían.

Sin embargo, las escasas provisiones que habían logrado almacenar en su ratonera se
agotaron un día, por lo que tuvieron que analizar cómo poder obtener alimentos para no
morir de inanición.

Sabían que si salían de su escondite el gato no tardaría en descubrirlos y los haría correr
hasta el cansancio, sin permitirles obtener alimento alguno. No obstante, la situación era
tan dramática, que requerían medidas urgentes para tratar de aliviarla.

Por ello convocaron a una asamblea en la que debían estar presentes todos los ratones de
la casa; niños y adultos, machos y hembras.

Así, comenzaron a debatir para tomar la mejor decisión e idear un plan que les permitiese
obtener los necesarios suministros.

Todos opinaron, pero ningún criterio era factible. Siempre había un gran obstáculo que
ningún plan parecía vencer: el gato.

De pronto, un ratón joven tuvo una idea que agradó a todos.

Si ponían un cascabel al gato, por el sonido podrían saber siempre por dónde andaba y la
salida de la ratonera y la búsqueda de alimentos sería más segura y tranquila.
Todos aplaudieron y vitorearon al joven, pues la idea lucía perfecta. De materializarse,
atrás quedarían los días en que el gato los asediaba y les impedía alimentarse como Dios
manda.

Sin embargo, un nuevo problema surgió. ¿Quién le pondría el cascabel al gato?

Ante la falta de voluntarios, pues todos alegaban problemas que les impedían ser ellos los
que pusieran el accesorio al felino, el plan se descabezó.

Era la mejor estrategia, surgida de la mejor de las opiniones, pero los roedores
descubrieron ese día cuán fácil era opinar y qué difícil es actuar.

Dicen que aún debaten cada día para ver quién es el héroe que se atreve a colocar el
cascabel al gato, antes que el hambre termine por acabar con sus vidas.

El ciervo, el manantial y el león


Había una vez un bello ciervo que se acercó a un
manantial a calmar su sed. El animal bebió de esa
agua cristalina hasta que se sintió satisfecho y
luego, al ver su reflejo en el límpido manantial,
quedó maravillado de su cornamenta, la cual lo
convertía en un animal admirado por todos
debido a su belleza.

Sin embargo, el ciervo siguió contemplándose y


al ver sus delgadas patas pensó que sería aún más
majestuoso si la naturaleza le hubiese dado unas
patas más gruesas y vistosas, que fueran igual de imponentes que su cornamenta.

Pensando en todo esto el ciervo se percató que desde un arbusto lo acechaba un león, que
estaba listo para ir a atacarlo y convertirlo en su presa.

Sin dudarlo un segundo el ciervo se lanzó a la carrera y logró sacar, gracias a su velocidad,
una distancia considerable al captor.

A medida que corría el ciervo se daba cuenta que su fuerza radicaba en sus ligeras piernas
y mientras el terreno fue llano, mantuvo una distancia considerable con respecto al león.

Sin embargo, la fuerza de este radica en el corazón y nunca se dio por vencido a pesar de
la distancia, razón por la que cuando se adentraron en los matorrales del bosque se vio
premiado.

En ese escenario la cornamenta le hacía perder velocidad al ciervo, pues se enredaba con
cuanta rama y arbusto aparecía en el camino.
De esa forma la distancia que separaba a ambos animales se fue haciendo cada vez más
corta hasta que al final el ciervo quedó atrapado. Su cornamenta se había quedado
enredada con unas lienzas.

Ya a punto de morir bajo las garras del león el ciervo comprendió cuán equivocado había
estado en el manantial. Su principal atributo eran sus delgadas piernas y no la bella
cornamenta, que al final le costaría la vida.

Para el ciervo fue muy tarde, pero comprender que lo esencial y más valioso no es
precisamente lo más bello es algo que nos puede ser de mucha utilidad a nosotros a lo
largo de nuestras vidas.

El Doctor y el enfermo
Había un enfermo internado en un hospital,
que cada día se sentía más mal y no veía
mejoría alguna en su estado.

Una tarde el médico pasó en sus habituales


rondas y le preguntó qué lo aquejaba, qué
síntomas lo hacían sentirse mal.

El enfermo le confesó que sentía que sudaba


más de lo común, a lo que el médico
respondió, sin detenerse a chequearlo:

– Eso está bien.

Un día después el doctor volvió a visitar a su enfermo y le preguntó nuevamente qué lo


aquejaba.

– Siento que tiemblo y tengo más escalofríos que en cualquier otro momento de mi vida
–dijo el paciente.

– No te desconsueles, eso está bien –agregó el doctor.

Otra vez al día siguiente pasó lo mismo y el doctor preguntó al hombre que qué síntomas
presentaba como para sentirse enfermo.

Preocupado, el enfermo le dijo:

-Doctor, he tenido diarrea y no se van los restantes síntomas.

-Eso está bien –ripostó el doctor, que ya se iba del lugar cuando escuchó que el enfermo
le decía a un familiar que lo visitaba:
– Creo que de tanto estar bien me estoy muriendo. Cada día estoy peor.

El doctor se sonrojó por la vergüenza y desde ese momento comenzó a tomarse


verdaderamente en serio la salud de sus pacientes. Comprendió que hay profesiones que
imponen constancia, seriedad y preocupación, y que uno no puede andar jugando con la
vida y bienestar de los demás.

El dueño del cisne


Dicen que los cisnes son capaces de
entonar bellas y melodiosas notas, pero
sólo justo antes de morir.

Desconocedor de esto, un hombre compró


un día un magnífico cisne, el cual se decía
no sólo que era el más bello, sino también
uno de los que mejor cantaba.

Pensó que con este animal agasajaría a todos los invitados que frecuentemente tenía en
su casa y sería motivo de envidia y admiración para sus compañeros.

La primera noche que lo tuvo en su casa organizó un festín y lo sacó para exhibirlo, cual
preciado tesoro. Le pidió que entonase un bello canto para amenizar el momento, pero
para su molestia y decepción, el animal permaneció en el más absoluto y férreo silencio.

Así fueron pasando los años y el hombre pensó que había malgastado dinero en la compra
del cisne.

Sin embargo, cuando ya el bello animal se sentía viejo y a punto de partir para otra vida,
entonó el más bello canto que oídos humanos hayan escuchado.

Al escucharlo en el más absoluto deleite el hombre comprendió su error y pensó:

-Que tonto fui cuando pedí a mi bello animal que cantara en aquel entonces. Si hubiera
conocido lo que el canto anuncia, la petición hubiese sido bien distinta.

De esta forma, el hombre y todos lo que le conocían comprendieron que las cosas en la
vida, incluso las más bellas y anheladas, no pueden apurarse. Todo llega en el momento
oportuno.
El León y el Ciervo
Temido por todos los
animales de la selva un fiero
león empezó a rugir con
fuerza, sin conocerse el
motivo del barullo.

Un ciervo que pasaba por allí


lo vio y manteniendo una
distancia prudencial afirmó:

– ¡Pobre de nosotros los


animales de esta selva, que ya cuando veíamos al león tranquilo y sereno le temíamos!
¿Ahora qué haremos?

Tanto el ciervo como el resto de los animales comprendieron que siempre puede haber
un mal mayor y a partir de ese escándalo del león comenzaron a pensar mejor antes de
quejarse por sus problemas cotidianos. Asimismo, fueron lo bastante inteligentes como
para mantenerse lo más a salvo posible cada vez que el fiero animal se proyectaba de esa
forma.

El Niño y los Dulces


Pedro no sabía de la avaricia o la ambición,
ni de todo el daño que esto podía hacer a las
personas.

Era un niño sano y juguetón como otro


cualquiera, pero su glotonería y su afición
por los dulces eran los atributos por los que
más se le conocía.

Un día descubrió un recipiente repleto de dulces y sin pensarlo ni averiguar de quién eran,
introdujo su mano y agarró tantas golosinas como pudo. Cuando trató de retirar su mano
se dio cuenta que no podía y como no quería dejar escapar ningún dulce de los que había
cogido, lo cual le permitiría sacar la mano, empezó a llorar desconsoladamente.

Su amigo Juan lo vio y le dijo:

-Pedro, si te conformas con la mitad o un poco menos de lo que has tomado podrás sacar
tu mano de ahí y disfrutar algunos dulces. La avaricia no te permitirá hacer ni lo uno ni
lo otro.
Así, Pedro siguió el consejo y disfrutó de sabrosos dulces. Desde ese día comprendió que
la ambición y la avaricia pueden ser verdaderamente dañinas y prohibitivas para el
desarrollo y crecimiento de un ser humano.

El rico y el zapatero
Había una vez un
zapatero muy laborioso,
cuyo único
entretenimiento era
reparar los zapatos que
sus clientes le llevaban.

Sin embargo, tanto


disfrutaba el hombre de
su trabajo que, amén de
que sólo le alcanzaba para lo justo, cantaba de felicidad cada vez que terminaba un
encargo y con la satisfacción del deber cumplido, dormía plácidamente todas las noches.

El zapatero tenía un vecino que por el contrario era un hombre abundantemente rico, al
que además le molestaba un poco los cánticos diarios del laborioso hombre.

Un día el rico no pudo más y se decidió a abordar al zapatero. No entendía la causa de su


felicidad y al ser recibido en la puerta de la humilde morada preguntó a su dueño:

-Venga acá buen hombre, dígame usted ¿cuánto gana al día? ¿Acaso es la riqueza la causa
de su desbordada felicidad?

-Pues mire vecino –contestó el zapatero, -por mucho que trabajo solo obtengo unas
monedas diarias para vivir con lo justo. Soy más bien pobre, por lo que la riqueza no es
motivo de nada en mi vida.

-Eso pensé y vengo a contribuir a su felicidad –dijo el rico, mientras extendía al zapatero
una bolsa llena de monedas de oro.

El zapatero no se lo podía creer. Había pasado de la pobreza a la riqueza en solo segundos


y, luego de agradecer al rico, guardó con celo su fortuna bajo su cama.

Sin embargo, las monedas hicieron que nada volviese a ser igual en la vida del trabajador
hombre.

Como ahora tenía algo muy valioso que cuidar, ya no dormía tan plácidamente, ante el
temor constante de que alguien irrumpiese para robarle.
Asimismo, por dormir mal ya no tenía las mismas energías para afrontar con ganas el
trabajo diario y mucho menos para cantar de felicidad.

Tan tediosa se volvió su vida de repente, que a los pocos días de haber recibido dicha
fortuna de su vecino acudió a devolverla.

Los ojos del hombre rico no daban crédito a lo que sucedía.

-¿Cómo que rechaza tal fortuna? –interrogó al zapatero. -¿Acaso no disfruta el ser rico?

-Vea vecino –contestó el zapatero, -antes de tener esas monedas en mi casa era un hombre
realmente feliz que cada mañana se levantaba luego de dormir plácidamente para
enfrentar con entusiasmo y energía su trabajo diario. Tan feliz era que incluso cantaba
cada vez que podía. Desde que recibí esas monedas ya nada es igual, pues solo vivo
preocupado por proteger la fortuna y ni tan siquiera tengo tranquilidad para disfrutarla.
Por tanto, gracias, pero prefiero vivir como hasta ahora.

La reacción del zapatero sorprendió enormemente al hombre rico. No obstante, ambos


comprendieron lo que tal desarrollo de los acontecimientos quería decir, y es que la
riqueza material no es garantía de la felicidad. Esta pasa más por pequeños detalles de la
vida diaria, que a veces suelen pasar desapercibidos.

El Sol y las Ranas


Las ranas de una
apacible y pequeña
laguna estaban muy
alarmadas y casi
muertas de susto. El
día antes el astro
rey, el Sol, las había
alertado que ya
todo no seguiría
siendo igual que
antes, pues él había
decidido variar su
rumbo.

En breve comenzaría a iluminar la Tierra solo durante seis meses, por lo que el resto del
año sería una etapa de oscuridad y frialdad.

Las ranas comprendieron de inmediato lo que esto significaría para la vida, tal cual la
conocían.
Los charcos se secarían, los ríos irían perdiendo su cauce hasta desaparecer, ellas no
podrían calentarse como antes y los insectos de los que se alimentaban dejarían de existir.

Desesperadas comenzaron a quejarse y a pedir a las fuerzas divinas por su conservación,


no sin protestar y demandar por lo que les parecía justo a ellas.

Desde lo alto una voz atendió su llamado y les preguntó:

-¿Piden clemencia sólo para ustedes o para todos los seres vivientes del planeta?

– Pues para nosotros. ¿Por qué habríamos de preocuparnos por otras especies? Cada cual
que cuide y pida por lo suyo.

-Así les irá –replicó la voz, que desde entonces se desentendió de los pedidos de las ranas
por su egoísmo.

Ciertamente el sol no dejó de brillar, pero desde entonces las ranas son animales con muy
pocos amigos, y todo por el egoísmo de aquellas de una pequeña laguna, capaces solo de
preocuparse por su bienestar y desentendidas de todo lo que les rodeaba.

El Toro y las Cabras


Había una vez un toro y tres
cabras que, como se criaron
juntos desde pequeños en una
verde pradera, eran muy amigos
y se pasaban el día jugando.

La escena de verlos jugando era


habitual en la pradera, pero para
un perro vagabundo que a diario
los observaba desde lejos no
dejaba de resultar un tanto extraña. Su experiencia de vida le impedía entender cómo
aquellos animales podían llevarse tan bien entre sí.

Un día el perro no pudo aguantar más su curiosidad y fue adonde el toro y le preguntó:

-Compañero, ¿cómo es que tú, un toro tan fuerte, pasas tus días jugando con tres
insignificantes cabras? ¿Acaso no ves que puedes ser la comidilla del resto de los
animales? Pensarán que eres un toro débil y por eso es que te juntas con animales
indefensos.

Las palabras del perro pusieron a pensar al toro, que no quería ser el hazmerreír del resto
de los animales ni le hacía gracia la idea de que subestimaran su fuerza y valor.
En resumen, por el que dirán fue apartándose cada vez más de sus amigas cabras, al punto
de que llegó un día en el que no las vio más.

Pasó el tiempo así y el toro se fue sintiendo cada vez más solo. Extrañaba a sus amigas
cabras, que eran como su única familia, y los juegos que a diario hacían juntos.

Ese estado emocional lo hizo reflexionar y comprendió su error. Nunca uno se puede
dejar llevar por lo que digan los demás y debe hacer lo que le nazca y le dicten su
conciencia y corazón. De no ser así, podemos perder lo que más apreciamos o deseamos
en la vida.

Afortunadamente, para el toro no fue muy tarde y recuperó la amistad de sus hermanas
cabras, con las que fue muy feliz para siempre, jugando cada día.

La tortuga y el águila
Había una vez una tortuga muy inconforme
con la vida que le había tocado, y que en
consecuencia no hacía otra cosa que
lamentarse.

Estaba realmente harta de andar lentamente


por todo el mundo, con su caparazón a cuesta.

Su más profundo deseo era poder volar a gran velocidad y disfrutar de la tierra desde las
alturas, tal y como hacían otras criaturas.

Un día un águila la sobrevoló a muy baja altura y sin pensárselo dos veces la tortuga le
pidió que la elevara por los aires y la enseñase a volar.

Extrañada el águila accedió al pedido de lo que le pareció una extraña tortuga y la atrapó
con sus poderosas garras, para elevarla a la altura de las nubes.

La tortuga estaba maravillada con aquello. Era como si estuviese volando por sí misma y
pensó que debía estar maravillando y siendo la envidia del resto de los animales terrestres,
que siempre la miraban con cierta compasión por la lentitud de sus desplazamientos.

-Si pudiera hacerlo por mí misma –pensó. –Águila, vi cómo vuelas, ahora déjame hacerlo
por mí misma –le pidió al ave.

Más extrañada que al inicio el águila le explicó que una tortuga no estaba hecha para
volar. No obstante, tanta fue la insistencia de la tortuga, que el águila decidió soltarla,
solo para ver cómo el animal terrestre caía a gran velocidad y se hacía trizas contra una
roca.
Mientras descendía, la tortuga había comprendido su error, pero ya era tarde. Desear y
atreverse a hacer algo que estaba más allá de sus capacidades le había costado la vida,
una vida que vista desde esa perspectiva ya no le parecía tan mala.

Ese mismo razonamiento fue hecho por el águila, que contrario a la tortuga se sentía muy
satisfecha y conforme con lo que la naturaleza le había dado.

El amor y el tiempo
Cuentan que había una vez una isla de
belleza inusitada en la que habitaban
todos los sentimientos buenos de los
humanos, así como sus valores.

Algunos de ellos eran el buen humor,


la sabiduría, la templanza, la tristeza,
la alegría, en fin, todos, incluido el
amor. Vivían en armonía,
compensándose los unos a los otros.

Resulta que un día se cernía sobre la isla la más terrible tormenta de todas. Los
sentimientos y valores fueron informados de que la isla sucumbiría y quedaría atrapada
bajo las aguas, por lo que todos se alistaron para huir en desbandada.

La huida por ponerse a salvo fue muy rápida, mas en la isla quedó un habitante, que
prefirió no abandonar nunca su hogar. Se trataba del amor, que con su actitud demostró
que es él el sentimiento que siempre acompañará a hombres y mujeres durante toda la
vida, sin importar las calamidades ni los tiempos que se avecinen.

El amor y la mula
Había una vez una mula muy orgullosa de su
anatomía, que se repetía a sí misma y siempre
alardeaba:

-Soy hija de un gran caballo que es muy veloz


en las carreras. Me parezco a él y con seguridad
heredé todos sus atributos.

Algunos animales creían esto a la mula, por lo


que llegado el momento de una gran carrera la animaron a que se presentase. Esta lo hizo
y al final quedó muy lejos de las primeras posiciones, por lo que no tuvo más remedio
que aceptar que su padre era un asno.
Comprendió que lo mejor es siempre reconocer y estar orgulloso de la familia real de uno,
con independencia de sus características y atributos. En definitiva, todos tenemos
encantos y limitaciones.

El lobo, la niñera y el niño


Había un lobo con mucha hambre, que
andaba y desandaba por el bosque en
busca de algún alimento.

De repente vislumbró una choza y se


acercó a ver qué se le pegaba para su
apetito, cuando escuchó que en el
interior un niño lloraba mucho y se
niñera intentaba calmarlo.

-No llores más mi pequeño, o de lo contrario te llevo con el lobo –decía la niñera.

Al lobo esto le pareció muy bien para su hambre, de modo que permaneció en las afueras
de la choza a ver si el niño seguía llorando y lo llevaban donde él.

Tras mucho tiempo de espera, ya en la noche, el devorador hambriento escuchó como la


niñera cantaba al niño, para dormirlo.

En el cántico, esta decía:

-Duerme tranquilo que el lobo no vendrá, y si viene lo mataremos.

Al oír esto el lobo se arrepintió de haber desperdiciado tanto tiempo y decidió ir a buscar
alimento a otro sitio, no sin antes darse cuenta que había sido indirectamente engañado.

-Los humanos dicen una cosa y luego hacen otra totalmente diferente- pensó, sin
comprender que había malinterpretado habituales gestos de amor.

Fábula china
Hace mucho, pero mucho tiempo,
un príncipe del norte de China,
llamado a ser Emperador, lanzó un
concurso entre las jóvenes solteras
de la corte.

El motivo de la lid era hallar la


candidata perfecta para
desposarla, pues permanecía soltero y así no podía ser monarca.

Acudieron decenas de jóvenes ricas y bellas, y una de muy singular belleza también, pero
que era muy pobre y solo había ido para ver de cerca al príncipe.

La muchacha se sabía en desventaja, pero como siempre había estado enamorada del
príncipe, le bastaba estar cerca de él aunque fuera por unos minutos.

Así, el príncipe entregó una semilla a cada joven y les dijo que la que llegase al cabo de
seis meses con la flor más bonita brotada de esa semilla, sería su esposa.

Todas las jóvenes se dieron a ello de inmediato, y la de pocas riquezas, por no decir nulas,
le puso permanente empeño.

A pesar que sabía poco de técnicas de cultivo investigó e intentó todo. Mas cada esfuerzo
fue en balde, pues a los seis meses nada había brotado de la semilla.

Llegado el día de presentar las flores entonces, decidió acudir con su vaso vacío. Aunque
estaba segura de que no ganaría, porque todas las demás candidatas tenían bellísimas
flores de variados colores, pensó que volver a ver al príncipe y futuro emperador de cerca
bien valía cualquier vergüenza.

Sin embargo, cuál no sería su sorpresa al ser ella la escogida. El príncipe dijo que la
prueba se basaba en la honestidad y que solo ella la había pasado.

Todas las semillas entregadas por él eran estériles, de forma que el resto de las candidatas
eran viles mentirosas y solo ella era la indicada para amar y reinar a su lado. Así, el
Emperador y su honesta Emperatriz fueron felices para toda la vida.

Los dos pichones


Había dos hermanos pichones que se
querían mucho y pasaban todo su tiempo
juntos, en armonía y realizando con
seguridad todas las actividades típicas de
los pichones.

Un día, uno de los dos, el más aventurero,


decidió que quería emprender un viaje en
solitario y experimentar nuevas sensaciones. Quería conocer mundo, más allá de la
tranquilidad que el habitual árbol en el que vivían les daba.

Su hermano no compartió su ambición y le pidió que reconsiderase su decisión. Si


marchaba lo tendría a él muy preocupado, pues en el mundo lejano había muchos peligros
para ellos los pichones.
Él, el que quedaba, estaría desesperado por la ventura de su hermano atrevido. Se venía
la estación más peligrosa, razón por la que incluso le pidió esperar la llegada de una época
más tranquila.

A pesar de todos los pedidos, el aventurero quiso marchar. Le dijo a su hermano que no
se preocupara, que con solo unos días de viaje sería feliz y regresaría a la comodidad del
hogar.

Así, decidió partir, dejando sumido en extrema preocupación a su hermano.

Apenas partió el gorrión comenzó a vivir nuevas sensaciones, pero no de la manera que
imaginaba.

A pocos kilómetros de su apacible árbol estalló un terrible aguacero, que lo obligó a


guarecerse en un inhóspito árbol, en el que habitaban otras criaturas que él, pequeño
gorrión, no conocía.

Estaba mojado, calado por el frío, y temeroso ante las amenazas que el resto de las
criaturas representaban para él.

Escampó tras horas de lluvia y el gorrión volvió a volar.

Divisó a lo lejos un trigal con granos en el suelo, que podría degustar para compensar su
apetito, pero inexperto como era no imaginó que se trataba de una trampa.

Fue tocar el suelo y picotear el primer grano, cuando una pesada red de caza lo atrapó.

A pesar que no conocía nada de esto, el gorrión sabía que se trataba de un inminente
peligro. Aleteó con fuerza y picoteó la red, que por suerte era vieja, hasta que pudo
liberarse, no sin dejar varias plumas atrás.

El aventurero se sentía débil y dañado, y ya comenzaba a aflorar en él el arrepentimiento


por haber dejado atrás la comodidad de su morada y a su hermano.

Esta sensación se incrementó cuando divisó un buitre que rapazmente se venía desde lo
alto para devorarlo. Afortunadamente para él, un águila se lanzó contra el buitre,
desatándose una brutal pelea que terminó dañándolo de forma colateral e indirecta.

Esta fue la gota que colmó el vaso e hizo comprender al gorrión lo mal que había hecho
en su primer viaje.

Sin pensarlo dos veces regresó a su árbol, maltrecho y herido, donde lo aguardaba con
temor y preocupación su hermano.

Con los cuidados de este último el gorrión aventurero mejoró, pero nunca más quiso
emprender un viaje de riesgos y desafíos solo. Tenía a su hermano para acompañarlo, y
si no podría prepararse con más racionalidad. Entendió que la vida es maravillosa, un
milagro en sí misma, pero que hay que saber vivirla con raciocinio para vivirla a plenitud.

Una fábula de amor


Dios estaba inmerso en una gran faena en
su taller y un grupo de ángeles, curiosos
por lo que estaría haciendo el Señor, se
acercó a él a interrogarle al respecto.

– ¿Qué estás haciendo padre?

-Mi mayor creación –respondió Dios.

-Sí. ¿Qué es exactamente? –preguntaron a


coro los ángeles.

-Bueno –dijo Dios-, es un ser que dispondrá de cuatro pares de ojos y seis brazos.

Los ángeles no dieron crédito a esto y con extrema sorpresa preguntaron:

-¿Pero para que querrá ese ser ocho ojos? ¿Acaso no son muchos?

Con su paciencia característica, sin molestarse por tantas preguntas, el Señor explicó:

-Con un par de ojos será más capaz que cualquier otro ser de apreciar lo bello del mundo
que le rodea. Otro le permitirá entender todo lo que suceda a su alrededor, es decir, las
acciones de todo lo creado por mí. Mediante el tercero será capaz de leer los
pensamientos, eso que no se dice con palabras y sale de lo hondo del corazón, y con el
cuarto par podrá descubrir mi presencia en los grandes detalles de la vida, como la paz
que desbordan los niños mientras duermen.

-Está bien, suena maravilloso –dijeron los ángeles. Pero con su curiosidad aún en alza
volvieron a preguntar: -¿Y los seis brazos para qué?

Imperturbable igualmente, Dios volvió a explicar:

-Dos brazos serán para servir en todas las tareas hermosas de la vida, las simples y las
complejas. Otro par le permitirá acunar a todos mis hijos, acariciarlos en todo momento
que estos lo requieran y dar amor, cariño y ternura. Los restantes dos son los que le
servirán para levantar a los hijos cada vez que caigan, así como para combatir frente a lo
injusto.

Cada vez que Dios explicaba los ángeles se mostraban más asombrados. Ciertamente,
parecía que esta sería la mejor obra del creador supremo.
-¿Será inteligente este ser padre? –preguntaron de conjunto.

-Sí –respondió Dios. Será capaz de entender todos los temas complicados y apreciar la
belleza de la poesía, así como de hallar siempre la luz aunque parezca que la oscuridad
reinará irremediablemente.

-¿Pero para qué en específico lo concibes? ¿Qué funciones le darás? –volvieron a la carga
los ángeles y una vez más fueron respondidos.

-Esta creación estará bendecida por mí para calmar el llanto de los niños, alentar a los
emprendedores, perdonar a los que se equivocan, y acompañar en todo momento incluso
cuando no esté ya físicamente o en vida.

Los ángeles no comprendieron lo que quería decir con exactitud el Señor en todas las
descripciones que había hecho. Su obra se veía magnífica, pero parecía muy débil y poco
contundente para todos los atributos y funciones mencionados.

En tal sentido manifestaron sus inquietudes a Dios, quien les dijo:

-Mi creación luce frágil, pero tiene una fortaleza envidiable para cualquier otra de las que
he hecho antes. Puede aguantar la mayor parte de las calamidades de la vida y nunca
permitirá que sus hijos y seres queridos que le rodeen se vean envueltos en abrumadoras
vicisitudes.

Aún intrigados, y seguros de que aquello que presenciaban era la mayor obra de su padre,
los ángeles finalmente preguntaron:

-Padre, ¿qué es exactamente? ¿Cómo la llamarás?

A lo que Dios rápidamente y henchido de orgullo por su creación respondió:

-Su nombre prevalecerá por siempre en la historia de los hombres. Por ello tendrá el mejor
nombre posible. Se llamará Madre y será lo más grande en la humanidad.

Zeus y la mona madre


El gran Zeus proclamó al reino animal
que daría un gran premio a la madre cuyo
hijo fuese valorado como el más bello.

Ante tal hecho, acudieron al Olimpo


todas las madres de las especies
existentes con sus hijos en brazos.
Muchos animales desfilaron, unos más
bellos que otros, hasta que llegó el turno de la mona.
Esta presentó con gran ternura a su hijo, un monito lampiño, con nariz aplastada y
apariencia enfermiza. El solo hecho de que la mona hubiese ido con tal hijo hizo reír al
resto de los animales. Pero esta, sin dejarse amilanar, dijo:

-Desconozco si mi hijo obtendrá el premio ante el juicio divino, pero para mí y mis ojos,
así como para mi amor de madre, es el más bello y querido de todos los pequeños del
mundo.

Y así Zeus decidió premiarla, pues comprendió que no hay nada como el amor de madre,
más si va acompañado del orgullo a pesar de cualquier limitación, deficiencia o
adversidad.

El gato y su sardina
Había una vez un gato amante de las
sardinas, cuya torpeza le imposibilitaba
obtener a gusto su preciado alimento.

Un día, al no poder ingerir sardinas en casa


decidió ir a la feria de la plaza, donde había
varios vendedores que ofertaban el sabroso
pescado. Calculador, el gato se agazapó tras
un muro y esperó a que un vendedor se descuidase para saltar sobre una de las cestas y
robar tantas sardinas como pudiera.

Llegado el momento el felino saltó, pero su torpeza hizo que el hombre se percatase
enseguida y lo azorase con un palo, permitiéndole coger solo una pequeña sardina.

Frustrado, pero no del todo, el gato fue hasta un lago a calmar su sed. Tanto había corrido
para huir de los golpes, que antes de degustar el pescadillo sintió la necesidad de beber
del preciado líquido.

Cuando se disponía a hacerlo vio la imagen de otro gato en el agua con una sardina más
grande que la suya, lo cual le disgustó mucho y lo hizo lanzarse para atrapar aquella.

Sin embargo, tras mucho pelear comprendió que solo había visto su reflejo distorsionado
y agrandado, y que por la codicia había perdido hasta su sardina pequeña. Otro día que
pasaría sin degustar su alimento favorito.
El león y el elefante
Todos los animales veneraban
profundamente a su rey el león.
Reconocían su porte, fuerza, fiereza y
valentía y no les importaba en absoluto
que los gobernara desde hacía mucho
tiempo.

Sin embargo, había algo que los molestaba mucho y era que el monarca tenía por amigo
predilecto a un viejo y pesado elefante, hecho que no llegaban nunca a comprender.

Todos se desvivían por ser el predilecto del rey y se creían con mejores atributos que el
elefante para serlo.

El rencor y la envidia llegaron a tal punto, que un día quisieron hacer una asamblea para
compartir sus inconformidades y ver cómo hacer que el león escogiese otro amigo.

Una vez estuvieron reunidos, la primera en hablar fue la zorra.

-Nuestro rey es magnífico, pero habremos de coincidir que no es bueno escogiendo


amigos. Si al menos hubiese escogido a alguien tan astuta como yo, el animal más listo,
y con una bella y peluda cola como la mía, lo hubiese entendido y esta asamblea no tuviese
lugar, dijo con toda la seguridad del mundo.

-No entiendo como el león puede andar con un animal que carece de garras grandes y
poderosas como las mías- dijo a su vez el oso, que ni había atendido a todo lo dicho por
la zorra.

Por su parte, el burro tildó a los dos anteriores de tontos y exclamó:

– Para mí está más que claro. Al rey le gusta el elefante porque tiene unas orejas grandes
como las mías, solo que descubrió a aquel primero y a mí no ha tenido el gusto de
conocerme.

– ¡Qué manera de halagarse a sí mismos estos tontos!- dijo un pato a otro. –Se ve que
desconocen que lo mejor del mundo es graznar- agregó.

Y así, aptos solos para ver sus supuestas virtudes, los animales nunca lograron ponerse
de acuerdo y mucho menos determinar el porqué de la preferencia del león por el elefante.
Mucho menos fueron capaces de llevarle sus inquietudes a este y de entender la
importancia de valores como la modestia y el desinterés, capaces de hacer que las mejores
cosas de la vida vengan por su propio peso y derecho.
La cigarra y la hormiga
Había una vez una cigarra y una
hormiga que reaccionaron
distintamente al verano.

La primera se propuso disfrutar de lo


lindo de la agradable estación, y en
tal sentido se la pasaba jugando,
riendo, cantando y descansando,
mientras que la segunda trabajaba arduamente, acumulando provisiones para tiempos más
duros.

Cada día del período estival era lo mismo. La cigarra disfrutaba y la hormiga trabajaba.

Sin embargo, las estaciones se suceden unas a otras y el verano fue dando paso al otoño,
cuando la vegetación cede y los alimentos que la primavera y el verano ponen a
disposición de todos empiezan a escasear.

Poco a poco esto fue ocurriendo, pero para cuando la juguetona cigarra se dio cuenta, ya
era muy tarde; no le quedaba alimento alguno.

Entonces recordó que la hormiga se había aprovisionado bien para las estaciones duras y
le pidió que le dejara acompañarla y disfrutar de sus provisiones. Molesta por el descaro,
la hormiga le reprochó a la cigarra y le dijo:

-Acaso no viste cuán duro trabajé mientras tú solo jugabas y reías. ¿Cómo te atreves a
pedirme tal cosa? Además, en mi casa no hay sitio para ti como bien puedes ver por el
tamaño.
De esta forma la cigarra comprendió lo tonta que había sido. Su actitud perezosa y su falta
de previsión le impedirían pasar felizmente el otoño y el invierno, para los que aún no
tenía un refugio seguro.

Otra versión de La cigarra y la hormiga


Acontecía el verano en el bosque, y todas las criaturas vivían felices de despertar cada
mañana bañadas con los rayos del Sol. La yerba era de un verde radiante, las flores
mostraban colores hermosos y el agua de los ríos corría con alegría hacia el mar. La
cigarra, también se alegraba de celebrar cada mañana el rocío de las plantas y los rayos
del Sol. Desde bien temprano en la mañana, entonaba melodías hermosas y así continuaba
hasta la llegada de la tarde, e incluso en la noche.

Tanto cantaba la cigarra que los animales del bosque se alegraban con sus melodías y
caminaban de un lado al otro bailando al compás de la música. Sin embargo, una pequeña
hormiga que habitaba cerca del lugar, apenas tenía tiempo para detenerse a disfrutar las
canciones de su compañera la cigarra. Trabaja tanto la hormiga recogiendo alimentos,
que desde que amanecía bien temprano hasta que el Sol se ocultaba en el horizonte, no
paraba nuestra amiga de buscar provisiones.

“¿No piensas parar un segundo, amiga adorada?” – le dijo la cigarra a la hormiga al verla
tan esforzada. “El verano no durará para siempre, querida compañera. Pronto llegará el
invierno y debo estar preparada. Tú también deberías hacer lo mismo”. Pero la cigarra no
hizo más que reírse con estruendosas carcajadas mientras que la hormiga continuaba
transportando frutas y granos al interior de su casita.

Así pasaron los días, las semanas y los meses. La hormiga jamás se detuvo un instante,
pero la cigarra continuaba cantando con alegría y despreocupación. Al cabo de un tiempo,
comenzó a sentirse un aire frío que bajaba de las montañas, los rayos del Sol no eran tan
fuertes y la yerba había perdido su brillo. El invierno había comenzado, y lo que antes era
frescura y luz, ahora se convertía en un ambiente gris y muy frío.

La cigarra ya no cantaba tanto como antes, y cuando llegó la noche, la nieve inundó el
bosque y repletó las ramas de los árboles sin hojas. Cansada de tanto caminar y sin
encontrar un buen refugio, la cigarra llegó a la casa de la hormiguita apartando los copos
de nieve del lugar. Con gran esfuerzo tocó en la puerta de su amiga, y como el sonido del
viento frío era insoportable, gritó con todas sus fuerzas:

“Amiga mía, por favor. Estoy desvanecida por la fatiga y por el hambre, mi cuerpo no
aguantará tanto frío y temo que pueda morir congelada. Ayúdame, necesito comer algo y
resguardarme. ¡Por favor!”. Pero la hormiga no le prestó atención a los sollozos de la
cigarra, y después de oír durante un tiempo sus plegarias, se acercó a la puerta y le dijo:

“Lo siento, amiga cigarra. Yo trabajé con gran esfuerzo para reunir comida y protegerme
del frío, y mientras tanto, ¿Tú qué hacías? ¿En qué empleaste tu tiempo mientras el verano
aún era bondadoso?”

“Pues yo cantaba y cantaba acompañada de los rayos del Sol. Era muy feliz, pero ahora
ya no tanto”.

“Entonces, si te dedicaste a cantar todo este tiempo bajo el Sol, ahora te toca bailar al
compás del frío. Eso le pasa a los holgazanes como tú”.

Y dicho aquello, la hormiguita se alejó de la puerta para continuar con su cena y disfrutar
del calorcito tan agradable que le brindaba su casita. ¿Y la cigarra? Pues no tuvo más
remedio que pasar un duro invierno rodeada de nieve, pero estamos seguros que aprendió
su lección de una vez y por todas.
Es así, queridos amigos, el tiempo es oro y debemos saber aprovecharlo. No lo
desperdicien.

La liebre y la tortuga
Había una vez una liebre muy veloz que,
consciente de su capacidad, se burlaba
constantemente de los demás animales
porque se creía superior a ellos.

El blanco preferido de sus ataques era


una lenta tortuga, a la cual no dejaba de
decirle cosas hirientes.

-¡Pero vaya que eres lenta tortuga! Ten cuidado no seas muy vieja ya para cuando llegues
a tu destino de hoy. No vayas tan deprisa que te harás daño –decía continuamente de
forma burlona e irónica la liebre.

Al inicio muchos animales les rían sus gracias, pero al no disminuir estas y ser tan
constantes, muchos se sentían ya cansados de la liebre, a la que creían altanera, prepotente
y realmente pesada.

Cansada también de tanta burla, la tortuga un día se atrevió y le dijo a la liebre:

-Sabes, estoy segura que con toda mi lentitud podría ganarte una carrera.

-¿Cómo? –preguntó la liebre. –Qué puedes ganarme en una carrera, eso lo dudo.

-Pues mira –ripostó la tortuga-, hagamos una apuesta con el resto de los animales como
testigos y veamos quién se lleva el premio.

Segura de su velocidad y la lentitud del rival, la liebre aceptó el reto, aunque más que eso
lo consideraba un pan comido.

Pactaron iniciar la carrera enseguida y llamaron a la línea de partida al resto de los


animales del bosque.

Cuando se hizo la señal de arrancada la liebre se mantuvo alardeando con los demás en
la salida y dejó que la tortuga, con paso lento, tomase distancia.

Pasado un rato la liebre emprendió su carrera y ciertamente era veloz. En poco tiempo
rebasó a la tortuga, no sin antes proferirle insultos y tildarla de loca.

Cuando tomaba relativa ventaja, la liebre se echaba a un lado del camino a descansar o
hacer otras cosas y dejaba que la tortuga, que no se detenía nunca, le pasase con su andar
lento.
Esta operación la repitió muchas veces, confiada en que acabaría ganando la carrera en
un impulso final, sin importar cuanta ventaja sacase la tortuga.

Sin embargo, cuando le hubo sacado a esta mucha distancia en uno de los adelantos, vio
un frondoso árbol que proyectaba una rica sombra en la que descansar unos minutos. Así
lo hizo y tan bien y confiada se sentía, que terminó por dormirse.

Al despertar, la liebre se percató que la tortuga estaba casi llegando a la meta, razón por
la que echó a correr con suma velocidad.

No obstante, la velocidad en este punto ya no le era suficiente y la tortuga terminó


ganando la carrera, convirtiendo a la liebre en objeto de risa del resto de los animales, que
alababan a la primera por su perseverancia.

Desde ese día, la liebre aprendió a respetar a los demás tal y como son, y a no ser tan
orgullosa ni confiada.

La liebre y las ranas


Érase una vez una liebre que vivía
apesadumbrada por ser un animal tan tímido
y miedoso.

Creía que le había tocado ser muy


desgraciada, pues siempre, ante el mínimo
ruido o batir del viento, sentía un profundo
temor y corría a guarecerse en su madriguera.

Esta combinación de timidez y miedo la tenía muy harta, pero al final no tenía valor para
hacer nada más y el pesar seguía haciendo mella en su vida.

Un día como otro cualquiera salió a dar un pequeño paseo, sin alejarse mucho de su
refugio, y ante un ruido extraño corrió como de costumbre a guarecerse. Tal velocidad
desarrolló que no se percató que iba directo a un charco de ranas, hasta que al final lo
pisó.

Las habitantes de la charca se asustaron mucho y corrieron despavoridas ante la irrupción


de la liebre, que ya en su escondite, y llena de arrepentimiento por asustar a otros
animales, comprendió que no era la única que experimentaba miedo ante determinados
sucesos de la vida.
La zorra y el cuervo
Un cuervo estaba en lo alto de un árbol
saboreando un delicioso pedazo de queso,
cuando de pronto una zorra, que había llegado
hasta allí porque había sentido el aroma del
preciado alimento, le dijo:

-¿Cómo se anda estimado cuervo? He venido


hasta para contemplar de cerca su bello
plumaje que a lo lejos despertó mi admiración. Quiero decirle que si canta de la misma
forma en que luce, es usted una perfecta criatura.

No adaptado a ser lisonjeado, pues siempre había sido un ave asociada a la mala fortuna,
el cuervo se dejó seducir por el halago de la zorra. Creyó que su atención bien merecía
complacerlo con un canto, por lo que abrió el pico para cantar, dejando caer el trozo de
queso hasta el suelo, donde espera rapazmente la zorra.

Al tener el queso en su poder, esta empezó a reírse y le dijo:

-Escúcheme amigo, su inocencia merece que le dé un consejo: nunca se deje embelesar


ante el mínimo halago o lisonja. Trate de ver siempre más allá. Este consejo delo por
pagado con el sabroso pedazo de queso que me ha cedido, al final la verdadera causa de
haber venido hasta aquí.

Dicho esto la zorra se marchó y el cuervo se sintió molesto y lleno de vergüenza. Juró
que no sería engañado tan fácilmente nunca más.

Las patas de un elefante


Los animales de la selva que tomaban
clases estaban sorprendidos con la
irrupción de un nuevo alumno en el aula:
el elefante.

Era tan grande ese animal, sobre todo sus


patas, que la mayor parte de ellos
creyeron que debía ser realmente torpe y
que no podría ni escribir su nombre. ¿Cómo agarraría el lápiz para escribir teniendo
tamañas extremidades?
Este pensamiento común provocó la risa y las burlas de todos. Sin embargo, apenas el
profesor comenzó su habitual dictado, todos quedaron maravillados al comprobar la
destreza con la que el elefante manejaba el lápiz.

Se valía para ello de su trompa y demostró al final ser el más hábil de todos los animales,
a pesar de sus grandes patas.

Dos ratones de clases diferentes


Había una vez un ratón campesino cuyo
amigo era otro miembro de la corte al que
en una ocasión invitó a comer a la campiña.
Este solo lo podía ofrecer trigos y yerbajos
por lo que su amigo el cortesano le dijo:

– Esta vida que llevas es como la de una


hormiga, mientras que tengo muchísimos bienes. ¿Por qué no vienes conmigo y tomas
todo lo que quieras?

Los dos ratones fueron camino a la corte y al llegar el cortesano le mostró miles de delicias
a su amigo, higos, trigo, legumbres, queso, miel y frutas.

El ratón campesino al ver tanta comida bendecía una y otra vez a su amigo y maldecía su
pobre vida. Cuando ya estaban preparados para comer, entró un hombre y los dos ratones
muy asustados corrieron sin parar hacia el agujero para esconderse.

Pasado un rato regresaron en busca de higos secos y nuevamente otra persona llegó al
lugar provocando gran temor en los pequeños roedores que volvieron a la rendija con
mucho temor. Después de esto el ratón campesino le dijo a su amigo suspirando y dejando
a un lado su hambre:

– Me marcho, adiós amigo mío, es verdad que tienes mucha comida y muy deliciosa; pero
son tantos los peligros que tienes que afrontar para poder comerla. Sin embargo, yo podré
vivir como una hormiga y solo comer cebada y trigo pero sin temor alguno.

El cerdo maltratado
Érase una vez, hace mucho pero muchos
años, se escapó de una granja un cerdo que
era muy maltratado por el resto de sus
compañeros. Partió de la granja y estuvo
muchos días caminando sin encontrar un
rumbo hasta que encontró un gran rebaño de carneros que se encontraban comiendo
pacíficamente en un extenso prado.

El pobre cerdito se acercó muy despacio y sin hacer ruido, esperando poder mezclarse
con ellos si que lo dañaran. Los carneros no le hicieron ningún daño y además le
permitieron que se incorporara al rebaño como si fuera otros de ellos.

Pasaron varios días y el cerdito continuó con los carneros hasta el día que el pastor se dio
cuenta de que estaba ahí y lo cogió y lo llevó a su casa. Cuando él se vio atrapado por
aquel hombre, comenzó a gruñir fuertemente y hacer todo lo posible para tratar de
liberarse de las manos del pastor. Los carneros al ver esa situación comenzaron a reñirle
fuertemente al pobre cerdo:

– Oye amigo no hagas tanto escándalo. Nosotros también somos agarrados por el pastor
y no formamos tanta bulla.

El cerdo muy molesto les respondió:

– No comparen, pues la situación no es la misma ya que cuando el los agarra a ustedes es


solo para quitarle la lana, a mi me quiere para quitarme la carne.

Moraleja: Hay cosas que ya no puedes volver a tener y por eso si merece la pena llorar
pero no debes llorar por aquello que puedes reparar.

El gato goloso
Esta es la historia de un gato que le
encantaba comer, principalmente sardinas
que era su plato preferido. Él era un poco
retraído y torpe y casi nunca podía comer
eso que tanto gustaba.

Un día mientras paseaba decidió ir más allá


de lo normal y fue entonces cuando su
suerte cambió pues llegó a un mercado situado muy próximo a la costa. Aquel mercado
tenía cajas repletas de sardinas y otros pescados que los pescadores ofrecían como
mercancías.

El pobre gato tenía tanta hambre que olvidó cuan tímido y torpe era y se lanzó a buscar
aquellas sardinas. Como estrategia se propuso vigilar a los vendedores, y nada más que
uno de estos se descuidó, se metió en una de las cajas atrapando una muy hermosa entre
sus bigotes. A pesar de que quiso actuar con discreción era tan torpe que el vendedor se
dio cuenta rápidamente de lo que estaba haciendo y comenzó a perseguirlo muy enojado
por todo el mercado.

Corrió mucho para salvarse de aquel vendedor molesto y fue entonces cuando llegó a un
bosque que tenía un precioso arroyo rodeado de mucha hierba fresca. Allí se sintió a salvo
y pensó que había llegado al lugar ideal para saborear aquella sabrosa sardina. De repente,
el gato miró al agua y pensó que había visto a otro gato con una sardina aún más grande
y más deliciosa. Su envidia era tanta que decidió saltar al agua para quitársela.

Rápidamente se dio cuenta de que no existía ningún gato ni sardina alguna, y que lo único
que había hecho era ver su propio reflejo deformado y más grande sobre el agua. Cuando
salió del agua vio que había perdido su apetecida sardina y que ya no podría saborearla.

¡Pobre gato, que dura lección recibió por dejarse llevar por la envidia y la glotonería!

El mulo altanero
Había una vez dos mulos que
andaban caminado por un terreno y
en su espalda llevaba una pesada
carga. Cada uno de ellos servía a
dos amos muy diferentes, el
primero lo hacía para un pobre
molinero y cargaba avena. El
segundo, trabajaba para el rey de
esa región y su carga eran monedas de plata.

Este último andaba muy altanero y vanidoso con su carga y hacía sonar bien fuerte el
cencerro de oro que llevaba. Mientras hacía eso, el sonido llamó la atención de unos
ladrones que andaban cerca. Estos al ver bien la carga que llevaban rápidamente fueron
atacar al segundo de los mulos el cual trató de defender con gran fuerza su preciosa carga
por lo que quedo seriamente herido por los ladrones, y cayó muy afligido sobre el suelo
del camino.

– ¿Es que acaso merezco esto después de trabajar tan fuerte y llevar sobre mis espaldas
cargas tan pesadas?- dijo el mulo del rey muy desconcertado.

Ante esto el mulo del molinero le respondió:

– Hay veces que lo que parece ser un gran negocio, no resulta serlo en realidad…
El pequeño ratón indisciplinado
Esta es la historia de un pequeño ratoncito
al que su padre cada día antes de salir
rumbo a la escuela le advertía:

– Hijo mío, recuerda que en este mundo


existen muchísimos peligros y debes tener
mucho cuidado. Estate siempre a la viva
principalmente si te encuentras un gato en
tu camino. Fíjate siempre en cada paso que das y nuca vayas a correr sin tener un rumbo
fijo. Y lo más importante, antes de poner tus dedos en algo revísalo muy bien. Solo si eres
precavido podrás tener una vida larga y placentera.

El ratoncito prácticamente no escuchaba a su padre y a pesar de todos los consejos que le


daba, él andaba de un lado a otro en la casa donde estaba su ratonera sin prestar mucha
atención.

En una ocasión, el travieso roedor, encontró en un rincón muy alejado un extraño equipo
que sujetaba un pedazo de queso. Después de mirarlo por unos instantes pensó:

– Yo no creo que ese aparato constituya peligro alguno, y como nadie le ha prestado
atención alguna me comeré ese pedazo de queso completamente.

La glotonería del ratoncillo lo hizo tratar de agarrar el queso y fue solo en cuestiones de
segundos cuando quedó prisionero en la trampa.

Moraleja: Los mayores siempre te aconsejan por tu bien, así que debes escucharlo y solo
así te evitarás muchos males.

El rey mono y los viajeros


Érase una vez dos viajeros muy diferentes, pues
uno nunca mentía y el otro lo hacía siempre, que
viajaban juntos por un mismo camino. Cuando
llevaban un rato caminado vieron a dos monos
muy graciosos que se encontraban al final del
camino.

Uno de los monos, que se había convertido en el rey de los monos, les exigió a los
hombres que se acercaran a verlo para que le contaran lo que ellos pensaban de él.
Después de llevar un rato de preparaciones, el monarca de los monos les saludó con la
siguiente expresión:
– ¿Qué impresión les causo yo como rey? El primero en responder fue el viajero
mentiroso y le dijo:

– Por lo que he visto estoy seguro de que eres el mejor de los monarcas con los que he
tratado.

El mono nuevamente preguntó – ¿qué es lo que piensan de mis súbditos?

– Los monos que te rodean son los más sacrificados que he podido ver – dijo el viajero
mentiroso.

El rey mono se sintió muy satisfecho ante tal respuesta y les ordenó a los otros monos que
le llevaran un obsequio como recompensa a sus palabras.

El otro viajero como vio que a su amigo le daban regalos a su compañero que lo único
que había hecho era mentir, pensó que si decía la verdad tendría mayores recompensas.

El rey mono, una vez que había terminado con el primer viajero, procedió a preguntarle
al otro las mismas preguntas a lo que este contestó:

– Creo que usted es un mono muy común y corriente, y sus súbditos son iguales también.

Cuando el monarca escuchó estas respuestas se sintió ofendido, y muy enfadado se lanzó
sobre su descortés invitado arañándolo y mordiéndolo sin parar.

Moraleja: Los que solo gustan ser elogiados no le digas jamás la verdad ya que nunca la
van aceptar.

La amistad de dos avestruces


Esta es la historia de dos avestruces que
eran muy amiguitas a tal punto que no
podían pasar un día sin la compañía de la
otra. Un día ocurrió una situación que puso
a prueba la amistad de una con la otra. Una
de ellas dijo:

– Hoy seré yo la que decida a que vamos a jugar- ante tal comentario la otra respondió-
No, seré yo lo que decida esta vez.

Durante mucho tiempo ninguna de las dos cedía ante los deseos de la otra por lo que no
llegaban a un acuerdo. Varias horas de discusión pasaron hasta que por fin llegaron a un
consenso y una de ellas dijo:

– Hoy no vamos a jugar, sino que busquemos la forma de ponernos de acuerdo.


Con estas palabras decidieron que alternarían las propuestas de juego, donde cada una de
ella decidiría durante todo un día que jugos sería los que iban a jugar.

Fue de este modo como lograron evitar todo tipo de problemas y su amistad perduró para
toda la vida.

Moraleja: El mayor tesoro que se puede conquistar es una amistad probada.

La astucia del burro


Uno de esos hermosos y cálidos días de
primavera, un burro se encontraba
comiendo hierba fresca y paseando
tranquilamente. Mientras caminaba le
pareció ver un lobo con cara de pocos
amigos escondido entre las matas.

El burrito sabía que de seguro el lobo


quería comérselo por lo que él tenía que huir aunque de seguro no iba a poder. Observando
los alrededores se percató de que no existían lugares donde poder esconderse y si se
echaba a correr sería atrapado por el lobo. La otra opción que le quedaba era pedir auxilio
pero nadie le escucharía pues la aldea estaba muy lejos.

Muy angustiado ante aquella situación empezó a pensar para ver que podía hacer con tal
de liberarse del malvado lobo. El tiempo que le queda era poco pues el feroz animal se
acercaba con prisa. De repente una idea alumbró su cabeza y consistía en engañar al lobo
haciéndole creer que se había clavado una espina.

Para no levantar sospechas el borrico empezó andar bien despacio y a simular una cojera,
y con cara de dolor empezó a emitir gemidos. De momento el lobo apareció frente a él
con sus colmillos y garras afuera preparado para atacar, pero el burro continuó con su
plan y siguió fingiendo.

– Menos mal que está usted por aquí es que me ha ocurrido un accidente y solo alguien
tan inteligente como usted, señor lobo, podría ayudarme.

– ¿Qué es lo que te ha ocurrido?- dijo el lobo muy gustoso ante aquellas palabras y
haciéndose el muy preparado.

En tono de llanto y al ver que su plan estaba resultando el burrito le dijo:

– Como siempre andaba muy distraído y me he clavado una espina en una de las patas
traseras. Tengo tanto dolor que casi ni puedo caminar.
El lobo ante aquella situación pensó que nada pasaría por ayudar al pobre burrito pues
este estando herido no podría escapar de sus garras e igualmente se lo iba a comer.

– Levanta la pata para ver que puedo hacer por ti – dijo el lobo.

Colocándose detrás del burro agachado empezó a buscar pero no veía ni rastro de aquella
astilla que el borrico mencionaba.

– ¡Aquí no hay nada! – dijo el lobo.

– Si, claro que hay, mira bien en mi pesuña pues me duele mucho; si te acercas más podrás
verla.

Nada más que el lobo pegó sus ojos a la pesuña, el borrico le dio una enorme patada en
el hocico y salió rápidamente para protegerse en la granja de su dueño. Por su lado el lobo
quedó tendido en el suelo muy golpeado y tenía hasta cinco dientes rotos.

– ¡Qué tonto soy! Si no me hubiese creído más listo que nadie, ese borrico no me habría
engañado y ahora no estaría aquí tendido en el suelo.

Moraleja: Si no sabes hacer las cosas no te metas pues como dice el refrán zapatero a tus
zapatos.

Los pecados de un león enamorado


Hubo una vez un león que enamorado de
la hija de un labrador pidió su mano en
matrimonio. El labrador desconcertado
ante tal situación sabía que no podía
aceptar porque le estaría dando a su hija a
un feroz animal y al mismo tiempo temía
de lo que pudiese suceder si se la negaba.

Fue entonces cuando se le ocurrió la siguiente idea: era tanta la insistencia del león que
le dijo que parecía ser un esposo merecedor de su hija pero que si quería casarse con ella
debía arrancarse los dietes y cortarse muy las afiladas uñas pues su hija le temía
muchísimo a eso.

Era tanto el amor que sentía que el león aceptó las condiciones y llevó a cabo lo pedido.
Cuando volvió a ver al labrador sin sus dientes no garras, este sin piedad ninguna lo echó
de su casa a golpes.

Moraleja: Tu defensa es lo único que te permite que te respeten así que nunca confíes
como para despojarte de ella pues todos los que te respetaban entonces podrán vencerte.