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Narcocorridos, baladas para héroes ilegales: Camelia la Tejana en

Colombia. 1
2
Por: Maria Teresa Vélez Upegui.

Este artículo pretende hacer un viaje a través del “paisaje sonoro” de la


ilegalidad, y examinar los llamados Narcocorridos, o baladas que narran las historias y
describen el mundo de los traficantes de drogas al sonido de conjuntos norteños, los
cuales constituyen un género musical que en los Estados Unidos se ha convertido en
una industria multimillonaria, cuyo principal centro es la ciudad de Los Angeles, en
donde se ha desarrollado un estilo (vestido y actitud) conocido como Chalinazo,
nombre que proviene de Chalino, uno de los compositores que lo hizo popular en
California. Jóvenes de la clase obrera urbana, vestidos de vaqueros con botas, jeans
estrechos, sombreros de ala ancha y blusas de seda, invaden el espacio sonoro de
Los Angeles con los narcocorridos que hacen sonar a pleno volumen en sus
automóviles.
Considerados por muchos como una degeneración del corrido, los
narcocorridos, de hecho, forman parte de una vieja tradición de baladas narrativas
mejicanas, de naturaleza épica y lírica, con acompañamientos musicales que utilizan
progresiones armónicas y figuras rítmicas elementales. Al sonido de una o dos
guitarras y con un esquema de cuatro a seis versos, casi siempre octosílabos, estas
canciones compuestas por músicos de extracción campesina u obrera, relatan las
hazañas de un personaje por regla general masculino: héroes de la revolución
Mejicana como Pancho Villa y Emiliano Zapata, famosos bandidos como Joaquín
Murrieta, contrabandistas y forajidos, o gente común que a través de actos de valor
luchó contra un destino predeterminado. Esas piezas musicales dan cuenta de la
historia no oficial, de un ethos antagónico al del establecimiento, a manera de
“expedientes ocultos o privados” sobre hechos de gran peso para las comunidades
marginales.
Corridos de frontera. En forma simultánea a los corridos que surgieron en
Méjico a partir de la primera mitad de siglo XIX, se desarrolló un repertorio de
“corridos de frontera” a lo largo de la zona limítrofe entre Méjico y los Estados Unidos.
Según Américo Paredes, cuyo libro With his Pistol in his Hands (Con su Pistola en sus
Manos) constituye una obra clásica para los estudiantes del corrido y de la cultura de
frontera, los protagonistas de este género musical eran habitantes que peleaban
contra el invasor americano, o pacíficos hombres del común que defendían sus
derechos, así como asaltantes o forajidos; estos últimos se dividían en dos tipos:
ladrones impenitentes y egoístas, y contrabandistas - colocados en un nivel superior
a los ojos del pueblo -. Los corridos de los contrabandistas describían los choques
con los guardias de la aduana americana, y eran estas batallas, y no el contrabando,
su tema principal (Paredes 1990).

1
La versión original de este artículo fue presentada en la Conferencia de LASA
en Septiembre del 2001.

2
Ph.D. en Etnomusicología de la Universidad de Wesleyan en los Estados Unidos.
La composición, ejecución e interpretación de los corridos de frontera continuó
aún después de la Segunda Guerra Mundial, pero a medida que cambiaron las
condiciones sociales y económicas de los mejicanos a lado y lado de la frontera, y el
mundo de ranchos y pequeños negocios rurales cedió paso al asfalto de las ciudades,
la estructura y los temas de los corridos también se fueron transformando. De acuerdo
con Manuel Peña las diferencias estribaron de manera principal en lo referente a la
imagen del protagonista, ahora una víctima más o menos indefensa, y en la utilización
del corrido para congregar simpatizantes en torno a una causa política (Peña, 1996).
De igual forma, se introdujeron variaciones en el acompañamiento instrumental,
reemplazando las guitarras únicas por bandas o por conjuntos norteños, los cuales
incluyeron un acordeón, una guitarra de doce cuerdas llamada bajo sexto, un bajo y
percusión. Por lo demás, cuando los corridos se empezaron a grabar comercialmente,
la duración original (de 20 a 30 estrofas) se adaptó a las exigencias del mercado (3
minutos por canción, aproximadamente).
No obstante los ajustes descritos, y quizá gracias a ellos, el género musical del
corrido siguió revelando su capacidad de retratar la vida de personajes con
ocupaciones, características regionales, identidades sociales y afiliaciones políticas
diversas, cuyas acciones y actitudes capturaron la imaginación de sus comunidades,
quienes se siguen identificando con las historias y acontecimientos que forman parte
de una cotidianeidad frecuentemente penosa y violenta.
Los narcorroridos. En tanto las drogas se convirtieron en la mercancía del
contrabando de frontera, los corridos narraron las andanzas y aventuras de
contrabandistas y traficantes de droga, tornándose muy populares. Esta variante de
corridos adquirió status como sub categoría de los corridos llamados narcocorridos.
Sirve como ejemplo la primera estrofa del corrido de Camelia la Tejana:

“Los Halcones del Haltillo


Salieron de San Isidro,
procedentes de Tijuana,
traían las llantas del carro,
repletas de yerba mala,
eran Emilio Varela,
y Camelia la Tejana”

Esta canción fue incluida en el álbum Contrabando y Traición grabada por el


grupo de música norteña Los Tigres del Norte, en los Estados Unidos en 1972, la cual
tuvo un éxito instantáneo; el álbum colocó a los Tigres entre los artistas más vendidos
del negocio discográfico en los Estados Unidos. Dicha canción, en conjunto con otro
gran triunfo de Los Tigres: La Banda del Carro Rojo, impuso la moda actual de los
narcocorridos comerciales.
Antes del despliegue de Los Tigres del Norte, los corridos sobre el tráfico de
drogas circulaban en cassettes entre un público reducido y no tenían divulgación
comercial. Si bien Los Tigres, quienes fueran inmigrantes de Sinaloa (Méjico) a los
Estados Unidos en 1964, se afirmaron inicialmente con canciones que narraban las
vicisitudes de los emigrantes (legales o ilegales) mejicanos en los Estados Unidos, en
las tres últimas décadas se ganaron un Grammy, fueron nominados para otro, y han
grabado más de 50 álbumes, sin menospreciar su papel como protagonistas en
numerosas películas, actividades con las que han ganando millones de dólares, razón
por la cual parecen encarnar un típico ejemplo de la historia del sueño americano
hecho realidad.
En 1989, cuando Los Tigres grabaron el álbum Corridos Prohibidos, dedicado
exclusivamente a los narcocorridos, muchos grupos norteños ya componían y tocaban
narcobaladas. Entre ellos destacó el conjunto musical Los Tucanes de Tijuana, el cual
puso en jaque la supremacía de Los Tigres en este campo; esta banda, también
proveniente de Sinaloa, después de firmar contrato con la EMI Latina y de producir
seis álbumes clasificados como platinos (por número de ventas), desprestigió el
género de los corridos por sus textos violentos, descarados e irreverentes.
Dos corrientes. Si se tiene en cuenta la evolución del narcocorrido durante los
años 90’s, la producción de Los Tigres, con alabanzas al coraje y a la astucia de
contrabandistas de la clase proletaria que de alguna forma le ganan la partida al
sistema, se perfila como el estilo suave-lírico del género, en contraposición al género
“duro”, que ensalza el poder, el estilo de vida de los grandes capos, y enaltece el
comercio y el consumo de droga.
Narcocorridos por encargo. De manera concomitante con la creación de
narcocorridos comerciales, floreció en Los Angeles una industria de narcocorridos por
comisión o hechos por encargo. La figura clave de esta modalidad fue Chalino
Sánchez, personaje nacido en un pequeño pueblo en Sinaloa (Méjico). Chalino
emigró a los Estados Unidos, se estableció en California y empezó a escribir corridos
para sus amigos y su familia en 1984. Cuando se esparció la voz de que componía
corridos por encargo, comenzó a cobrar por ellos; ya para 1989, con el
acompañamiento de conjuntos norteños, los fue editando en pequeños estudios de
grabación. Estos cassettes se vendieron en carnicerías, panaderías, lavaderos de
carros, prenderías y pequeños negocios de los barrios latinos de L.A. Ya para 1990,
en los conciertos de Chalino, las localidades siempre se agotaban. Sin embargo, su
vertiginosa carrera duró pocos años: en 1992 fue asesinado después de un concierto
en Culiacán, lo cual le dio carta de naturalización para convertirse en una leyenda.
Los corridos por comisión han llegado a ser una industria efervescente en
clubes, bares y estudios de grabación de Los Angeles. Cualquiera que quiera
presentar una imagen vistosa de sí mismo y alardear de su coraje y su éxito (real o
imaginario) puede, bajo el pago de una remuneración, encargar un corrido a un
comisionado que pertenezca a su misma comunidad, lo cual marca un contraste con
el carácter impersonal de los corridos comerciales, (Simonett 2001).
Estado actual. Hoy los narcocorridos, tanto comerciales como por comisión,
inundan el escenario sonoro en ambos lados de la frontera. Cientos de grupos los
cantan; los pequeños estudios de grabación editan producciones de las bandas
menos conocidas, mientras que las grandes disqueras firman contratos con las
agrupaciones de más prestigio. Los Tigres y Los Tucanes son en este momento
conjuntos transnacionales que han dado a esta música una alta notoriedad
internacional.
Polarización de las opiniones. Las reacciones frente a la extensión del
género musical en cuestión, han sido contradictorias.
En Méjico y en la comunidad Mejicana de los Estados Unidos se ha encendido
un debate sobre el efecto que estas baladas pueden tener en los jóvenes. En estados
como Sinaloa y Chihuahua, con una larga historia de cultivo y tráfico de drogas, se ha
vetado la difusión de los narcocorridos en la radio y en la televisión, y representantes
de grupos de derechos humanos han solicitado a las autoridades que los prohiban.
En la prensa americana los corridos han sido asimilados al gangsta rap, y las
asociaciones de padres de familia, las autoridades, y los expertos en salud los han
calificado como apología a una cultura de la muerte.
Para las multinacionales como EMI los narcocorridos son sólo un gran negocio,
cuyo atractivo viene realzado por la connotación de lo prohibido y por la reprobación
de “los mayores”.

Recicle de Camelia la Tejana en Colombia: la música de carrilera y los


corridos prohibidos. Desde principios del siglo 20, las rancheras mejicanas y los
corridos han sido bien recibidos y muy acendrados en la población rural y las clases
trabajadoras en Colombia.
Cuando la radio y las primeras películas sonoras llegaron al país, pocas
ciudades tenían electricidad; los únicos sitios en donde la gente podía escuchar la
radio o ver una película era en los bares y en los negocios que rodeaban la estación
del tren. A la música que se escuchaba en y alrededor de la estación del tren -
rancheras y corridos, pasillos, boleros y algunos tangos - se le dio el nombre de
música de carrilera. Con películas como Allá en el Rancho Grande, el charro mejicano
que montaba su caballo mientras cantaba rancheras y bebía tequila, devino en un
paradigma para las masas colombianas.
Un ejemplo paradigmático de la música de carrilera es la canción La Cuchilla,
de Las Hermanitas Calle, perteneciente a la colección La Mejor Música de Carrilera -
Discos Victoria A34004- 1985, en cuyas dos primera estrofas expresa:

En una cantina lo encontré,


en una cantina lo perdí,
hoy voy de cantina en cantina,
buscando el ingrato que me abandonó

Si no me querés te corto la cara


con una cuchilla de esas de afeitar
el día de la boda te doy puñaladas
te arranco el ombligo
y mato a tu mamá

En Colombia, el renombre de los mariachis y el amor por los corridos y las


rancheras parece haber aumentado desde los años 80’s, en tanto que el país llegó a
ser el centro del tráfico mundial de cocaína. Muchos de los grandes capos, de origen
campesino como Pablo Escobar, amaban la música mejicana. Los grupos de
mariachis proliferaron; una fiesta de respeto requería contratar un grupo de mariachis
y frecuentemente éstos reemplazaban a los tradicionales tríos en las serenatas.
Según la poca información disponible, fue un líder militar del cartel de las drogas,
José Gonzalo Rodríguez Gacha, El Mejicano, quien impulsó y patrocinó la
introducción de los corridos por encargo en Colombia, al financiar numerosos grupos
y encomendar la composición de numerosos corridos. Estos corridos no llegaron a
circular en el comercio, pero se escuchaban en las fiestas de los capos y se
divulgaron a través de cassettes en grabaciones caseras. Con la muerte de los líderes
del cartel de Medellín y el desmantelamiento de sus organizaciones, los corridos por
comisión prácticamente desaparecieron.
El responsable de la introducción y arraigo de los narcocorridos comerciales en
Colombia, conocidos como corridos prohibidos, fue el productor de discos Alirio
Castillo. En un viaje a Méjico, Castillo escuchó la música de Los Tigres del Norte y del
Grupo Exterminador, y vislumbró que el género de los narcocorridos tendría futuro en
el país. En 1997, convenció a varios conjuntos colombianos que tocaban otros
géneros de música popular, como el vallenato y la carranga, de que se dedicaran a la
música norteña y compusieran corridos basados en historias del narcotráfico que
aparecían diariamente en los periódicos colombianos.
Con tres grupos colombianos y dos agrupaciones norteñas de California (Grupo
Exterminador y Los Astros de Durango), las cuales aceptaron participar en el
proyecto, Castillo produjo el primer volumen de los Corridos Prohibidos colombianos.
Desde entonces ha producido otros cinco CDs. Un año después del lanzamiento del
primer volumen, se había vendido lo que en Colombia se considera un gran número
de copias: cien mil ventas, cifra que sin embargo palidece si se la compara con las
cantidades que grupos como los Tigres colocan en el mercado de los Estados Unidos.
A pesar de que en 1998 existían unos 150 grupos de corridos en Bogotá, las
principales casas disqueras del país se negaron a grabar este tipo de música y la
mayor parte de las emisoras de radio de las grandes ciudades, las vetaron.
Actualmente, estos corridos siguen siendo producidos por casas disqueras
pequeñas e independientes, o por los propios músicos en estudios de grabación
caseros. La serie producida por Castillo ha sido reproducida en forma ilegal y circula
principalmente en copias piratas.
Los narcocorridos se escuchan y se bailan en los barrios más pobres de las
grandes ciudades colombianas (estrato 1 a 3), y tienen bastante arraigo en sectores
populares de Bogotá, pero irónicamente son menos conocidos en Medellín y Cali
(otrora sedes de dos de los más famosos carteles).
Sin embargo, cuando se sigue la geografía del paisaje sonoro de la ilegalidad,
esto es, cuando se hace un rastreo de las regiones que se mencionan con más
frecuencia en los textos, de los lugares de origen de algunos de los grupos más
conocidos, y de las zonas donde mejor se ha recibido esta música y donde más
apoyo se le ha dado, se hace evidente que esta música ha sido adoptada en las áreas
de Colombia donde se encuentran ubicados los grandes cultivos de coca, en las rutas
usadas para la exportación de la droga, o en las comarcas donde es feroz el
enfrentamiento entre la guerrilla, los paramilitares y el gobierno colombiano.
En Vichada, Meta, Vaupés, Amazonas, Caquetá, Putumayo, y hacia el norte en
Santander y el Magdalena Medio, canciones cargadas de balas, dinero, pasta de
coca, camionetas último modelo, armas automáticas, carretas tapadas y destapadas,
un compañero leal o un sapo, una mujer fiel o una traidora, policías u oficiales de
aduana, se repiten una y otra vez en los equipos de sonido de las cantinas y los
bares, en las emisoras de radio locales y en los burdeles. De acuerdo con Castillo, el
lugar donde mejor se recibió el primer volumen de los corridos fue en Mocoa
(Putumayo), y fue en los Llanos Orientales y en el Santander donde se vendieron más
copias.
Los Corridos Prohibidos han incorporado otros aspectos, al involucrar la
realidad de estos territorios: la corrupción política, los desplazados, los secuestrados,
la guerrilla, los paramilitares, las decadentes condiciones sociales y económicas de
estas poblaciones y del país en general, y aún el Plan Colombia, los cuales se han
instituido como temas para los corridos. Hace parte de este panorama la víctima del
sistema, quien en ocasiones funge como personaje principal, como sucediera en
algunos corridos sobre narcotraficantes, en los cuales el protagonista no fue el
traficante desalmado y victorioso, sino un pobre hombre a quien el destino y la miseria
condenaron a entremezclarse en el mundo de la droga.
El Corrido del cocalero. Basado en las experiencias de un hermano suyo que
trabajaba raspando coca en el Guaviare, Uriel Henao compuso un corrido que se ha
erigido en un himno para los raspachines o personas que laboran en las cocinas
donde se procesa la pasta de coca, en el Bajo y Medio Caguán.
La obra musical, con el acompañamiento del grupo del autor, Tigres del Sur, es
canturreada de manera continua por niños, adolescentes y adultos, quienes repiten de
memoria el diálogo entre dos raspachines, que da inicio al corrido:

- Mire como tengo las manos de tanto raspar coca compadre


- Si, es verdad. Pero qué le vamos a hacer. Es lo único en que nos está yendo bien.
O que quiere, ¿que nos devolvamos a seguir jornaliando en esas fincas por un
sueldo miserable?
- No, eso ni locos.
- Mejor seguir raspando coca a ver si algún día nos cambia la suerte y así salir de
esta pobreza miserable.

Referencia: Corrido del Cocalero - Uriel Henao y sus Tigres del Sur. Corridos
Prohibidos Vol I - Alma Records, ref.2712-1

Este corrido, inspirado en las marchas de los cocaleros en Putumayo y


Caquetá, interpreta las esperanzas y las angustias de comunidades colombianas en
donde los habitantes no conocen más ley que la de sembrar o raspar coca para poder
subsistir (Restrepo 1997), como sucede en Putumayo, cuya población asciende
332,434 habitantes, y en donde se cultivaba el 60% de la coca producida en
Colombia, según datos compilados en Marzo de 2000.
Se trata de una zona como tantas otras en el país, disputada por la guerrilla,
los paramilitares y el gobierno colombiano, en la cual quienes optan por permanecer
en el campo son acusados de favorecer a la guerrilla y quienes escogen radicarse en
la ciudad son considerados aliados de los paramilitares. En ambas casos el
resultados final es la muerte. Sólo en 1999 se denunciaron 13 masacres en el
Putumayo.
La presencia en la década del 90 de personal militar norteamericano inmiscuido
en operaciones de destrucción de las plantaciones de coca, no ha hecho sino atizar
una situación en llamas. La militarización de la región se ha acentuado más aún con
el Plan Colombia, siendo el Putumayo uno de los principales objetivos de los
programas de fumigación (Zarate 2001).
El Corrido del paraco. Aún cantar puede ser peligroso en Colombia. Cuando
una emisora de radio transmitió sólo un aparte de otra composición de Uriel Henao
que hablaba de un paramilitar, el autor fue acusado de parcialidad por la guerrilla. Fue
necesaria una declaración pública para evitar represalias contra los miembros del
grupo.
Para agrupaciones musicales cuyo principal público se encuentra ubicado en
zonas del país controladas por la guerrilla o por los paramilitares, la imparcialidad es
fundamental, puesto que no sólo les garantiza el trabajo, sino que constituye un
pasaporte para la supervivencia.
Estos fueron los polémicos versos de la canción “Historia de un guerrillero y un
Paraco”, Uriel Henao y sus Tigres del Sur, Corridos Prohibidos Vol. V Dic 1 - Alma
Records 2735-1, Estrofas 6 y 7:

A mí me apodan el perro
y mi patrón es Carlos Castaño
soy muy bueno para el tiro
y no hay forma de negarlo
vengo desde Montería
y no lo niego soy un paraco

Ahora me toca a mí el turno


el otro le contestó:
mi patrón se llama Tirofijo
y a mí me apodan el Camaleón
soy guerrillero de las Farc
no se imagina con quien se metió ?.

De Camelia la Tejana al Rey del despecho en Medellín. Después del


desmantelamiento del cartel de Medellín y de la muerte de Pablo Escobar, los
símbolos de la narcocultura ya no se emulan o se exhiben abiertamente. En esa
ciudad, la presencia de los narcos se ha vuelto discreta y diluida. Allí la música
favorita de los narcotraficantes no abunda en balas, negocios sucios, balaceras o
dinero, sino que habla de temas comunes en otros sones populares en
latinoamericana: el amor, la mujer ausente o perdida, la fugacidad de la vida, etc. La
música de despecho, nombre con el cual se conoce esta categoría, se ha convertido
en una industria floreciente en Medellín. Darío Gómez, conocido como El Rey del
Despecho, artista que goza de mayor renombre en el género, ha fundado su propia
compañía disquera, y en sus conciertos, tanto en Colombia como en el exterior, las
localidades siempre se agotan.
A pesar de que muchas de las canciones de Darío Gómez han sido calificadas
como corridos por el compositor, el texto y la música poco tienen en común con lo que
distingue este género y lo identifica. La canción que lo llevó al triunfo como estrella fue
su ranchera “Nadie es eterno en el mundo”, la cual llegó a ser en un éxito después de
que fuera interpretada en el entierro de Pablo Escobar. He aquí apartes de su texto
(Estrofas 3 y 4):

Cuando ustedes me estén despidiendo,


con el último adiós de este mundo,
no me lloren que nadie es eterno,
nadie vuelve del sueño profundo

Sufrirás, llorarás,
mientras te acostumbras a perder
después te resignarás
cuando ya no me vuelvas a ver
siguiendo la cosa.

Referencia: Darío Gómez Nuestro Idolo -Discos Dago CDDG 00001

En épocas de apogeo del narcotráfico, cuando algunas tumbas del Cementerio


de San Pedro tenían sus propios equipos de música que sonaban continuamente, y
aún hoy, cuando quienes visitan los cementerios llevan consigo sus equipos de sonido
portátiles para incluir la música entre las ofrendas que traen a sus muertos, no son los
sonidos de los narcocorridos los que acompañan a los mafiosos en su lugar de
reposo, sino la voz de Darío Gómez, los sonidos de la llamada salsa dura, y, en las
tumbas de los más jóvenes, el heavy metal o el rap.

Corolario. El anterior ha sido un corto ejercicio de “seguir la cosa” según la


metodología que propone George Marcus, consistente en trazar el camino de los
narcocorridos a través de diferentes contextos para comparar los distintos discursos e
identidades que se construyen en cada uno de los sitios objeto de estudio (Marcus
1998).
Lo que emerge del estudio en diversas ubicaciones de este género de música
folclórica, que en los Estados Unidos ha sobrevenido en un producto de masa que
genera enormes sumas de dinero, es un cuadro bastante complejo: los narcocorridos
en Colombia no son ni pueden ser descritos en los términos que corresponden a la
caracterización de los narcocorridos en Los Angeles, esto es, como una mistificación
de los traficantes de drogas que “sucumben al poder hegemónico de la industria de la
cultura” (Simonett 2001: 332)
Como con otros géneros de música popular divulgados por los medios de
comunicación de masa (como el rock y el rap), los narcocorridos se disputan espacios
donde se negocian significados y en los cuales se presenta una lucha por el poder de
definición de los mismos (Lipsitz 1990, Walser 1993, Rose 1994, Garofalo 1992 entre
otros). La audiencia de los narcocorridos y el mundo que describen y emulan es todo
menos homogéneo.
El mundo de la droga no se circunscribe a una esfera de traficantes
desalmados, llenos de poder y dinero; es en realidad un universo enmarañado y
heterogéneo, con sus gerentes ejecutivos, sus administradores y su clase trabajadora,
donde existe además una división del trabajo compleja (los que cultivan la coca, los
que la recogen, los raspachines, los que la transportan, los que la venden etc.)
Quienes compran, escuchan o bailan los narcocorridos, pertenecen a múltiples
comunidades que hacen suyo el género por razones y con propósitos radicalmente
diferentes (Aparicio 1998), dentro de las cuales se incluyen en forma no taxativa los
adolescentes a quienes atrae el estigma de lo “prohibido” que se le asigna a esta
música, los grandes capos, los pequeños traficantes, los campesinos que cultivan
coca, los raspachines, aquellos a quienes las historias de victorias narradas en los
corridos alimentan sus sueños de una vida mejor, los que se sienten atraídos por la
marginalidad y el carácter “anti - establecimiento” de la música, o personas que
simplemente encuentran esta música placentera.
Los narcocorridos, en las palabras de Lipsitz: “no son otra cosa que un diálogo,
el producto de una conversación en devenir donde ninguno tiene la primera o la última
palabra” (Lipsitz 1990:99).

Bibliografía

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