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Crónica

Huellas

San Agustín: viaje a los orígenes


Por Adriana Rosas Consuegra

Nuestro inicio en San Agustín.


pués en el Vaupés con los Tukano. Para sentir, por fin,
San Agustín, y sus dos calles principales que abundan el Amazonas, sus misterios, sus enseñanzas.
en ruido. Tabernas abiertas todos los días de la sema-
na. Un borracho toma dos botellas de cerveza. Lleva Wade Davis y su compañero de travesías Tim Plow-
una en cada mano. Se bambolea abrazándose a sí mis- man hicieron su viaje a la inversa que nosotros: Cali-
mo, las botellas parecen extensiones de sus brazos. Popayán-Silvia-Inzá-San Andrés de Pisimbalá-San
(Creemos que el guayabo no será tan placentero). Agustín. Nosotros comenzamos en San Agustín y
terminamos en Cali. Ver la vida en sentido contrario.
Las motos incesantes que han invadido las vidas de Unos empiezan por un lado y otros a la inversa.
los pueblos silenciosos. Rugen y rugen, aparecen de
la nada con sus rapideces. Cruzar sus calles es mover
los ojos y la cabeza muchas veces hasta que, por fin, la Gerardo Reichel-Dolmatoff, (para algunos, la figura
calle quede por un momento libre de ellas y nuestros más eminente de la antropología colombiana) en su
cuerpos vayan de una acera a la otra. libro Los Ika, nos sabe dar una recomendación:

Fuera de sus dos calles principales el silencio se espar- A aquellos de mis lectores que poco conocen de an-
ce. El verde aparece pronto y se siente la tranquilidad tropología y de la población aborigen del país, quisie-
de San Agustín. Se siente la tranquilidad de Silvio. ra decirles lo siguiente: lo que los indios colombianos
nos pueden enseñar no son grandes obras de arte ar-
quitectónico, escultural o poético, sino sus sistemas
filosóficos, conceptos que tratan de la relación entre
El río, así tituló Wade Davis su libro de viajes, y en el hombre y la naturaleza, conceptos sobre la necesi-
el subtítulo nos especifica más: Exploradores y descu- dad de la convivencia sosegada, la conducta discreta,
brimientos en la selva amazónica. El Amazonas vende, la opción por el equilibrio.
atrae, intimida, fascina. Está en la espera de una ma-
yor evolución, tal vez estamos en la preparación ini-
cial en los recorridos por San Agustín y Tierrradentro, Sistemas filosóficos. Relación entre el hombre y la natu-
y los que siguen en la Sierra Nevada de Santa Marta raleza. Convivencia sosegada. Conducta discreta. Opción
en tierra de los Kogi y los Ika, para adentrarnos des- por el equilibrio.

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Silvio, y sus rasgos indígenas, era nuestro guía para
ir a caballo por varios lugares cerca de San Agustín.
Visitaríamos La Pelota, El Tablón, La Chaquira y El
Purutal.

Silvio con sus gestos suaves, tranquilas sus palabras


salían de él, sin prisas. Silvio con su saber meditar an-
tes de hablar, arriba en La Pelota, después de pensar
un rato, perder su mirada y volver de un pasado, supo
decirnos: “Después de las hipótesis cada uno tiene su
espacio para interpretar, así nos decía Luis Duque Gó-
mez”.

El espacio se hizo en nosotros, llevamos nuestras mi-


radas a unas montañas bajas que sosegaban nuestros
pensamientos, se abrió el camino visual para intentar
avanzar en nuestras reflexiones, en lo que podrían sig-
nificar las estatuas de colores de El Purutal. Lo que los
indígenas querrían decir, lo que nosotros interpretá-
bamos. La incertidumbre reinaría.

Viajeros, viajeros que escribían. Ellos estaban antes


que nosotros para mostrarnos, indicarnos, incitarnos
a volver a sus lugares descritos con pasión. El viajero y
geógrafo italiano Agustín Codazzi siguió las invitacio-
nes de Francisco José de Caldas de estudiar y dibujar El nacimiento
las estatuas que se hallaban en San Agustín, de las que
escribiría: “Se nota el propósito de modificar las fac-
ciones del rostro en cada ídolo como para caracterizar –¡Silvio! Carmela se paró. Tiene hambre, está comien-
su advocación u oficio”. Sus escritos motivaron a su do.
vez al arqueólogo y etnólogo alemán Konrad Theodor
Preuss a realizar las primeras excavaciones científicas –Ellos siempre tienen hambre, siempre están comien-
en el área, y siguieron muchos más en el largo enca- do.
denado de leer a los anteriores para continuar y con-
tinuar. Carmela tal vez olía los pastos y las plantas que más
le gustaban y se detenía, abría su boca y sus dientes
desguazaban el banquete que tenía enfrente. Silvio la
llamaba, yo movía las riendas y ella iba como una niña
Lola, Carmela y Emilio: eran tres amigos que trabaja-
traviesa con los restos de las plantas, mitad afuera de
ban con Silvio.
su boca, mitad adentro, moviendo sus mandíbulas y
con sus ojos brillantes en el camino detrás de su amigo
Carmela tenía su personalidad, poco antes de las subi-
Emilio.
das cogía impulso y sabía sobrepasar a Emilio. Le gus-
taba ir adelante, pero sabía que sólo podía ser por mi-
Los caballos y su saber cabalgar, y su saber los cami-
nutos cortos. En la subida lo dejaba atrás y por pocos
nos por donde andar, y su saber cuándo girar.
segundos seguía enfrente, antes de que él volviera a
tomar la delantera. A veces a su lado se ponía Lola, en-
–No le puedes poner las piernas en la barriga, a ella
tonces, Carmela entraba en acción, se le acercaba rá-
no le agrada– Silvio me explicaba sobre los gustos de
pidamente y abría su boca como para morderla, como
Carmela.
para advertirle que ella debía ir atrás y no a su lado.
Los caballos como nosotros con nuestras personalida-
Un acuerdo tácito entre ellos en su orden: Emilio de
des, nuestras preferencias, ir de primeras o atenernos
primero, Carmela en la mitad y Lola de última.
a ir de últimas.

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Los indígenas nasa dicen que las plantas son como las –Silvio, ¿y qué hay de Stefen?, el alemán.
personas, hay de muchos tipos, las que necesitan poca
agua, las de mucha agua; las que al tomarlas dan tran- –Lo mejor es no hablar de eso–. Su rostro se contrajo
quilidad, las que producen alucinaciones… un poco.

Silvio y una tranquilidad que atraía. Sus aguas por –¿Él tuvo un problema con una señora de aquí?
dentro en calma, sin ebullición.
–Él tiene una demanda por violencia intrafamiliar.

Lo vi una mañana durante el desayuno, mientras mi Estaba intrigada por los extranjeros que vivían en San
mirada atravesaba la ventana del hotel. Agustín. Una señora que atendía el cafecito más agra-
dable del pueblo me había contado de Stefen, el ale-
De la casa en diagonal, una casa de bareque (como la mán que le había pegado a ella y a su hija, después de
que sueño tener), de su puerta verde abierta veía salir ires y venires verbales porque ellas cruzaban el terre-
un caballo, otro caballo, otro. Afuera Silvio los ensilla- no de él para poder bajar de su casa. Ella me contaba:
ba junto con otro hombre muy parecido a él, y de color
más oscuro, tal vez su hermano mayor. Ellos eran los –Stefen se ha ido comprando todas las tierras de por
guías a caballo. allá. Hasta se apropió de la tierra de un muchacho de
Bélgica que compró un terrenito y no ha vuelto. Los
Desde ese momento Silvio me intrigó. Sus movimien- extranjeros compran las tierras por acá, pero después
tos pausados, su sonrisa suave. vuelven. Pero ese muchacho no volvió a aparecer. Ste-
fen no quería que mis hijos y yo pasáramos por sus
tierras.
A los dos días, nosotros estaríamos montados sobre
–¿Y no hay forma de que ustedes cojan por otro lado?
sus caballos, entonces me daría cuenta del saber na-
rrar de Silvio, de la intranquilidad que no tiene. Para
–No, porque él ha comprado todas las tierras de abajo
qué tenerla si la ciudad no lo agobia con su rápido
y nosotros vivimos arriba. Y él no quería que por un
cumplir metas y objetivos en fechas concretas, en ho-
sendero nosotros pasáramos para ir a nuestra casa.
ras con sus minutos concertados.

Tumba de una deidad con guerreros como soporte

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Ese hombre es muy malo. Siempre nos está diciendo Antes de llegar al restaurante se encuentra una exqui-
cosas cada vez que nos ve. Yo tengo miedo de que un sita panadería. Sus panes están tocados por los dioses
día uno de mis hijos esté borracho y pase algo. que habitan San Agustín. Una mujer mayor estaba
sentada en la puerta moviendo sus manos en una
Yo lo denuncié cuando él nos pegó, fuimos con los gol- masa amplia blanca que parecía coger vuelo: “Es para
pes a la Fiscalía. Pero después él lo cambió todo y a mí hacer merengues”, me contestó al preguntarle qué era.
me pusieron una multa que tuve que pagar con trabajo
social limpiando las calles, y a él no le hicieron nada. En los estantes que daban a la calle estaban panecitos
Aquí todo es así, a los extranjeros no les hacen nada. de arracacha, de achiras, de una suavidad y sabor para
calmar a los dioses furiosos dentro de mi estómago
–Eso pasa en toda Colombia, no es solo aquí. que crujían desesperados por el hambre.

Sus ojos se abrieron más, un rasgo de extrañamiento Después de la cena, al salir del restaurante, estaba el
pasó por su cara. –El pobre siempre tiene las de llevar. italiano sentado con la señora de la panadería char-
No nos creen a nosotros. lando, con una camaradería y sonrisas que me recor-
daron a Silvio, al decirme que el italiano sí hablaba
con ellos. Le dije al italiano: “Deberías comprarle los
Ya sabía cómo es la justicia en Colombia, sabía más panes a ella para el restaurante”, a lo que me contes-
bien de su injusticia. Las injusticias a los indígenas, tó con un tono de voz amable: “Pero no son como los
sus vorágines de acomodar las leyes, subvertirlas. Y italianos”. “Pero son de San Agustín y son los más ri-
vuelve la otra colonización, la nueva conquista, y los cos, así puedes crear una fusión Italia-San Agustín”.
extranjeros todavía vistos como dioses para alabar y Movió su cabeza de un lado al otro pensando. “Ah… se
hacerlos sentir superiores. “Tiene los ojitos claros. Es han aliado las dos. Podría ser, podría ser…”. Nos son-
mono. Es alto. ¡Ay! Yo te llevo pa’cá. Yo te llevo pa’llá. reíamos todos. Siempre el deseo, la utopía de las mez-
¡Ay!, ando con un extranjero. Es diferente a nosotros clas. La unión entre culturas sin avasallar al otro, sin
que la mayoría somos bajitos, morenitos. Tú sabes, es sentirnos superiores o inferiores; que ellos vuelvan en
para mejorar la raza”. otro tono sin ser como Stefen, sin ser como los espa-
ñoles que violaron las tumbas para sacar el oro, que
violaron mujeres, que masacraron para imponer su
–Ellos, cuando llegan y mientras necesitan de uno, ahí religión, que veían a los indígenas como salvajes que
están; cuando ya están instalados, no tratan con uno – debían ser arrasados.
es la voz de Silvio, con sus ojos mirando el suelo, como
El antropólogo Wade Davis nos habla para mostrar ci-
recogiendo las decepciones cuando le pregunté por un
fras aterradoras: “Tres millones de arawacs murieron
francés que vivía allí hacía más de veinte años.
entre 1494 y 1508. En ciento cincuenta años después de
– ¿Y todos son así? Colón, la población aborigen de setenta millones que-
dó reducida a tres y medio millones”.
–Está el italiano, él sigue hablando con nosotros.
¿Quiénes eran los salvajes?

El italiano tiene un restaurante de camino al Parque


arqueológico de San Agustín, un restaurante sencillo Está el italiano del restaurante y su amabilidad con los
que de noche parece hablar con la oscuridad que tie- del pueblo. Está Silvio. Están: los sistemas filosóficos. La
ne al frente de la carretera. Sentarse en su terraza, con relación entre el hombre y la naturaleza. La convivencia
los tradicionales manteles italianos de cuadros rojos y sosegada. La conducta discreta. La opción por el equili-
blancos sobre las mesas, con diferentes plantas sembra- brio. Están Gerardo Reichel-Dolmatoff, Wade Davis,
das en materas del lado izquierdo con sus flores, las mu- Luis Duque Gómez, y otros más, con su rescate de los
chas flores de San Agustín producen cierta serenidad. valores e importancia de los pueblos indígenas de Co-
Un recogimiento después de caminar entre esculturas, lombia. Y estamos nosotros…
por la exposición de los artistas de la antigüedad, por
mostrarnos sus diferentes oficios, por trasladar a la pie-
dra algo del alma del difunto y a lo que se dedicaba.

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