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Hector Agosti – Aníbal Ponce, Memoria y Presencia

“1930 significó el gran tajo profundo en la vida argentina. De un lado quedaba la belle époque de la inteligencia,
que Ponce alcanzó a disfrutar (…). De este otro, en cambio, comenzaba a mostrarse ante nosotros el ceño
hosco de una etapa nueva inaugurada por la dictadura del general Uriburu: en vez del Aue’s Kelle y de las
cenas hebdomadarias del Symposio tuvimos la Penitenciaría y las huelgas de hambre. Ponce fue la transición
entre esos dos mundos y participó de ambos.” (9)

“El horizonte nuevo ya lo había atisbado en La vevez de Sarmiento, y por por algo, en as líneas finales de la
‘introducción’, reprocha a los hombres de la generación del 80 no haber aprehendido el ‘significado
profundamente humano del movimiento socialista’. Pero ese horizonte así entendido necesitaba de algo más
que el ‘sentimiento’ humanista del socialismo. Necesitaba la certidumbre de un ‘instrumento’ para indagar,
conocer e interpretar la realidad. Ese instrumento lo encontró en el marxismo. Y si no es fácil en la historia
del pensamiento marcar fechas precisas para indicar la iniciación de ninguna etapa, sí es posible señala los
momentos aproximados de lo que Althusser, para definir la instancia ideológica, describe como unidad de la
relación real y la relación ideal del hombre con sus condiciones reales de existencia. La gran crisis argentina de
1930 fue así el revulsivo indispensable para que se produjera esa unidad en el hombre-individuo llamado
Aníbal Ponce.” (10)

“1930 implica en su trayectoria personal la separación entre el liberalismo de los bienamados arquetipos del
80 y el marxismo que introduce la noción concreta de la lucha de clases en la valoración histórica.” (11)

“Los datos de la conmoción y de la degradación, que con tanta perspicacia estudió Ponce su conferencia ‘De
Franklin, burgués de ayer, a Kreuger, burgués de hoy’, habían alcanzado su trágico cenit en la hecatombe de
Wall Street de 1929 (…). Como uno de esos lacayos serviciales que llevan la abyección al punto de estornudar
cuando el amo se resfría, las viejas clases dominantes argentinas sintieron el estremecimiento de la catástrofe.
Hasta entonces habían estado umbilicalmente atadas al Imperio Británico, en tiempos en que el esplendor del
capitalismo parecía asegurado para siempre: podían permitirse entonces los lujos de un liberalismo de
similor.” (11)

“Y cuando en 1916 el radicalismo ascendió al poder para realizar lo que alguna vez denominé la revolución
‘desde arriba’, si los remedios puestos en circulación no restañaron los grandes males, afectaban en cambio
los intereses, y sobre todo el orgullo, de la vieja oligarquía liberal.” (11)

“Entonces la ‘chusma’ irrumpió a la vida pública, y fue como si al ‘patriciado’ lo hubiese desbordado,
intimidado e invadido la grosería de las nuevas clases en cuyas venas latía a borbotones la cercana sangre del
inmigrante. Es ‘chusma’ cambió la fisonomía del Congreso, impuso la Reforma Universitaria, incursionó
tumultuosamente en el mundo de las élites, invadió el teatro con los desbordes del sainete, modificó los usos
del folklore.” (12)

“Y la crisis de la estructura argentina, la crisis que venimos arrastrando desde el nacimiento mismo de la
nación, estalló entonces violentamente porque se entroncaba con la crisis del capitalismo mundial. El destino
de los países dependientes, como el nuestro, era pagar los platos rotos: el Imperio estableció los términos
para que su propio quebranto recayera sobre nosotros.” (13)

“La historia individual de Ponce transcurre en ese ámbito contradictorio. 1930 puede partirla en dos
segmentos claramente perceptibles. El viejo mito liberal – no el de la economía ciertamente, sofocado por la
conversión imperialista del gran capitalismo, sino el otro, el más insinuante, el del pensamiento desplegándose
con libertad frente al dogmatismo religioso – se pierde entre los aparatos de persecución inaugurados por el
motín militar del 6 de setiembre de 1930.” (13)

“En la imaginación infantil primero, en los ensayos más reflexivos de la adolescencia y la juventud después,
Buenos Aires se conjuga con París en una misma unción revolucionaria de acentos liberales: Buenos Aires
vendría a reivindicar, a orillas del Plata, igual función que ‘el París tumultuoso de las revoluciones, el París de
las muchedumbres inflamadas’.” (16)
“Al fin y al cabo, Ponce no hace más que rendir tributo a la idea del paralelismo histórico que sostiene buena
parte de las explicaciones de Ingenieros. Pero ese paralelismo histórico, a su turno, ¿no provenía acaso de las
nociones con que Echeverría enfrentó el atraso colonial y que le llevó a saludar la revolución del 48 en
Francia como una de esas transformaciones fantásticas que inician una nueva era en la historia de la
humanidad? He mostrado alguna vez los límites de se procedimiento de análisis histórico, pero ello no impide
descubrir en dicha actitud las señales de una desprovincialización capaz de comprender hasta qué punto los
sucesos locales están dialécticamente insertados en el complejo de los acontecimientos internacionales.” (16-
17)

“Con ellos [los hombres de la generación del 80] – escribió en La vejez de Sarmiento – Buenos Aires empezaba
a ser Europa. Si el padre había sido un ‘porteño hasta el fondo del alma’ el hijo lo sería igualmente por
entendimiento histórico, por atisbar la trama dialéctica de un proceso a la vez complicado y fluido que debía
proseguirse hasta alcanzar la verdadera revolución. ” (21)

“… su ensayo sobre Wilde es el primer tramo en esas etapas de su vida que Reissig designó con el nombre de
tres ciudades singulares. (…) ‘Y uno en mis pensamientos estos nombres que fueron tres etapas alucinantes
en la vida de Aníbal Ponce: Buenos Aires, París, Moscú […]. Fue Buenos Aires su etapa de la crítica y de la
historia; París, la de la ciencia, el arte, la cultura; Moscú, su etapa de la revolución’. [Luis Reissig, ‘Tres etapas
en la vida de Aníbal Ponce’]” (25)

“Aquí estamos, por consiguiente, en la culminación de la ‘etapa’ de Buenos Aires cuyo signo es La vejez de
Sarmiento. Y si bien el libro como tal es de 1927, conviene no olvidar que cuatro de sus capítulos fueron
escritos entre 1916 y 1922 por un autor que había nacido en 1898…” (28)

“La vejez de Sarmiento es el libro de Buenos Aires inspirado en la dicotomía sarmientina de civilización y
barbarie, en la necesidad imperiosa de ‘nivelarnos con Europa’. En tal sentido, Ponce acierta – más intuitiva
que científicamente – al recalcar el valor revolucionario de la gran capital y al buscar en Europa los
instrumentos para responder a nuestros propios interrogantes; equivoca el rumbo, en cambio, cuando parece
reducir todo el país a Buenos Aires convirtiéndola en una prolongación extrapolada de Europa.” (28-29)

“Podía decir que se encontraba en la buena compañía de Echeverría, quien afirmó: ‘Cuando la inteligencia
americana se haya puesto al nivel de la inteligencia europea, brillará el sol de su completa emancipación.”
(nota 12 – pág. 28)

“… en muchas páginas de La vejez ese influjo de Ingenieros se manifiesta expresamente, y no siempre para
bien, por injerta algunas puntas de biologismo social y de ingenuo determinismo económico.” (29)

“Es evidente que el Ponce de sus trabajos juveniles, acaso demasiado seducido por los balbuceos del
psicologismo social, es incapaz todavía de percibir que no hay sociedades únicas sino sociedades
contradictorias, y que dentro de ellas, aun admitiendo todo cuanto pueda existir y persistir como característica
nacional, hay indudablemente formas diversas de manifestación según la capa social a que se pertenezca. No
es fácil sin duda que el peón de los arrabales porteños, o el obrero que ya comenzaba a surgir con las
industrias incipientes, o los hombres en general de las ‘clases pobres’ obligados a ganarse el sustento, pudieran
reconocerse en la ‘nonchalance deliciosa’, en la ‘holganza refinada’, en ‘la voluptuosidad de la pereza criolla’ …
Representantes ilustres del otium, los prohombres de esa burguesía liberal refinada lo eran justamente porque
como Cané, o como López, o como Mansilla, podían permitirse el lujo de no trabajar, ya fuera por disfrutar
las rentas de sus campos, ya por gozar de los sueldos y prebendas de embajadores de la República.
De ese otium nació - ¿ quién lo dudara? – una nueva prosa argentina, liberada del acorsetado estiramiento del
español tradicional, y con ello los hombres del 80 proseguían el impulso de la renovación literaria anticipada
por la generación del 37. Pero ese otium traducía al mismo tiempo las condiciones de una inteligencia
socialmente privilegiada cuya aguda disección encontraremos diez años más tarde en Educación y lucha de clases.
La generación del 80 rompía así violentamente con las pautas ambicionadas por sus predecesores del 37 y
dejaba de corresponder a las necesidades y a los sentimientos del pueblo-nación. Porque cuando esta
‘burguesía liberal’ creyó percibir peligros para su ocio refinado, la nonchalance del escritor Cané desapareció
como por ensalmo y surgió en cambio el vigor del senador Cané para propiciar la ley de expulsión de
extranjeros que conocimos bajo el número 4144…” (30-31)

“… ese liberalismo contradictorio como ideología político-económica, y en tal sentido trasladado hacia el
pueblo bajo las sustancias de la falsa conciencia, de ninguna manera podría ser confundida con los ‘valores
liberales’ entendidos como persistencia de una voluntad crítica que la burguesía se apresuró a negar cada vez
que presumiose amenazada. Porque en la historia del pensamiento argentino la negación de tales ‘valores
liberales’ fue siempre – o casi – el equivalente de la negación lisa y llana de los ‘valores democráticos’
extendidos a las capas populares de la sociedad. Es curioso que los escritores nacionalistas que tantas veces
analizaron certeramente las cortedades de un estilo liberal que mantenía a vastos sectores del pueblo al
margen de la decisión política (‘una burguesía liberal que gobernaba como cosas de familia los negocios del
país’, escribió Ponce sin ninguna ironía) incurrieran en aquella confusión, usándola como coartada para eximir
de culpas a la Colonia y a la Iglesia, para ensalzar in toto al régimen rosista o para proponernos una especie de
monarquía jerarquizada como sustituto de un liberalismo que estaría abriendo las compuertas al
comunismo…” (32)

“Lo intrínseco de ese liberalismo fue su batalla contra el atraso de la Colonia y contra el dogma de la Iglesia,
armas sin duda de la burguesía europea en sus instantes de esplendor. Acaso entre nosotros, como siempre,
un trágico destiempo americano haya convertido la temible panoplia en mera atribución externa para
estimular la confianza de futuros inmigrantes. Pero tales armas, aun destempladas, bastaron sin embargo para
lastimar a los sectores más tradicionales y retrógrados de la sociedad argentina también cultivadores de la
‘pereza criolla’ pero incapaces de ninguna audacia que conmoviera lo estatuido y (sobre todo) lo santificado.
Es eso, y no otra cosa, lo que no perdonaron a Sarmiento, y si es cierto que a Ponce se le desborda
frecuentemente el entusiasmo frente al sanjuanino impar, no lo es menos que alcanzó a comprender su
fertilidad en el afán de ‘nivelarnos con Europa’, esto es, de ponernos a la altura ‘del progreso de las
naciones’.” (33)

“De la misma manera que partiendo de una apreciación adecuada sobre la función revolucionaria de Buenos
Aires llega Ponce a la oposición absurda entre Buenos Aires y las provincias, del mismo modo su acertada
visión sobre las necesidades de la universalidad le llevan a un desechamiento igualmente condenable del
gaucho y del mestizo. De esta manera, lo que pudo ser legítimo y necesario desmontaje del mito gaucho,
enarbolado fastuosamente por quienes explotaban a los peones con hipócrita iniquidad, se transforma en
injusto repudio, en intolerable destierro. Y no son éstos tan sólo pecados de adolescencia. En el prólogo de
La vejez de Sarmiento, que es de 1927, acumula estos méritos para los hombres del 80: ‘Antes de ellos, las letras
nacionales no habían adquirido un perfil propio: españolas o gauchas, eran otras cosas distintas de nosotros. Con ellos,
en cambio, Buenos Aires empezaba a ser Europa. Los resabios mestizos que habían corrompido hasta entonces, la
prosa y el verso, desaparecían de pronto bajo su aliento’. Es decir, Buenos Aires equivale a Europa por las
alturas de su civilización, mientras el resto del país sigue aun sumido en el mestizaje bárbaro.
Admito de buena gana el sentido renovador (yo diría: germinador) que los escritores del 80 introdujeron en la
prosa argentina: una prosa cortante, nada solemne, inficcionada en cierta manera por las flexiones de la
sintaxis francesa. Pero lo que aquí se discute no es eso, sino la apreciación del papel social de las masas
gauchas y mestizas en la historia argentina, que fueron expoliadas, desposeídas y hasta destruidas tanto por
los llamados ‘liberales’ que soñaban con Europa cuanto por los supuestos ‘federales’ aferrados al pasado
feudal. Y en esa apreciación del papel de las masas nativas Ponce sucumbió tenazmente ante los falsos
enfoques de un biologismo social que dictaron a Ingenieros tantos despropósitos. Sólo cuando el marxismo le
entregó las claves explicativas del problema nacional pudo encarar con justicio este tema escabroso, y
numerosos recortes prolijamente subrayados, así como notas dispersas que he podido tener en mis manos,
nos hacen sospechar que estaba procediendo a una escrupulosa revisión de sus antiguas ideas.” (33-34)

Nunca sin embargo encontró ese sentimiento expresión más enfervorizada que en la respuesta que, en
nombre propio y de grupo de amigos, dio en 1923 a los interrogantes de la revista Nosotros acerca de la nueva
generación literaria: ‘Dentro de la unidad geográfica del país subsisten todavía esas dos civilizaciones en
conflicto: una indio-gauchi-mulata; otra, blanco-euro-argentina. La primera, destinada a desaparecer por su
nulidad evidente, mantiene con algún vigor sus tradiciones obscuras, sus gustos plebeyos, su odio al
extranjero, sus estrechos sectarismos. Los exponentes más conspicuos – reaccionarios en política – gravitan
en la literatura del país con una influencia por igual nefasta: exuberancia verbal, amor de las pedrerías, falta de
equilibrio y de mesura. Sería innecesario recordar los caracteres de la civilización opuesta. Blancos, europeos y
argentinos, nos sentimos, et pour cause, herederos de la tradición greco-latina, magnífica en su claridad y en su
elegancia. Frente a los resabios de la primera colonización del país, seguimos creyendo que hoy, como en
tiempos de Sarmiento, el más fundamental de los problemas se halla en la total europeización de nuestra
cultura con las modificaciones que impone el nuevo ambiente. No creemos, por eso, en el genio de las
provincias, mitad español, mitad indio’. [Nosotros, Buenos Aires, año XVII, n. 170, julio de 1923, pp. 387-
388]” (35)

“Cuando apareció el Sarmiento los ‘jóvenes marxistas’ le reprocharon desde la revista Claridad que no hubiese
abordado el examen de las ideas sociales y políticas del gran sanjuanino: lo cubrieron de reproches, algunos
intemperantes, a causa de sus probables insuficiencias.” (36)

“Pero esa transformación ya se insinuaba tímidamente en algunos pasajes de La vejez de Sarmiento: los más
significativos son, indudablemente, los contenidos en el ensayo sobre Avellaneda. Admitiendo explícitamente
la tesis de Ingenieros, allí acepta Ponce, por primera vez, la importancia decisiva de los factores económicos
en la historia. Eso no es ciertamente el marxismo, pero ya es bastante que se pronuncie contra la exageración
del papel de la individualidad.” (38)

“Pero en el estudio de Avellaneda aparecen otros signos que importan ya una fisura en la tradición del
liberalismo computado como ideología política, esto es, la certeza de asistir a ‘la agonía del parlamentarismo’,
como su secuela de la sustitución del orador por el economista.” (39)

“Un año después, en su ‘Examen de conciencia’, explicó a los estudiantes platenses: ‘Los ideales de la
Revolución Rusa son […] los mismos ideales de la Revolución de Mayo en su sentido integral.’ ¡Los mismos
ideales! … Casi como si estuviera confirmando los dichos de la aberración nacionalista según los cuales ‘el
liberalismo vehiculiza al comunismo’. Pero en los momentos en que se anuncia su transformación ideológica
había descubierto esta verdad esencial: la democracia es inseparable del socialismo o, si se prefiere, el
socialismo es el remate triunfal y definitivo de la democracia.” (40)

“Y las señales precisas del alumbramiento fueron brindadas por la resonante conferencia de Ingenieros, en la
sala del teatro Nuevo, ese 22 de noviembre de 1918 en que procuró explicar la ‘Significación histórica del
movimiento maximalista’. Ciertamente que antes de él, modestos trabajadores en su mayor parte y algunos
intelectuales empeñosos habían sostenido dentro del Partido Socialista, enfrentando el criterio de los líderes
tradicionales, una concepción revolucionaria sobre el carácter imperialista de la guerra por parte de ambos
bandos, reclamando por lo tanto que la estricta neutralidad argentina alcanzara una definición más precisa y
consecuente, y verdad es también que la dinámica de los acontecimientos les llevó a fundar, a principios de
1918, ese Partido Socialista Internacional que dos años después se transformaría en Partido Comunista.” (45)

“Desde Taine y Renan – los dioses de la generación del 80 –, los hombres de la estirpe de Ingenieros saltaron
hasta la exaltación y el lirismo de Nietzsche…” (47)

“Prolongación ilustre de esa prosa ascética que la generación del 80 inauguró saludablemente entre nosotros,
Ponce se irritaba ante el exceso de adjetivos, rechazaba casi repugnado el tropicalismo y reclamaba para la
literatura ese sentido de orden, claridad y equilibrio que constituyen los atributos tradicionales de la prosa
francesa.” (48-49)

“Histórica y socialmente ese desencuentro del porteño vital con las tradiciones de su ciudad acaso puedan
explicarse por el hecho concreto de las modificaciones de Buenos Aires, ciudad que cada vez tiene menos
‘porteños’ entre sus pobladores y sí, en cambio, más ‘extranjeros’.” (49)

“Comenzaban a anunciarse esos ‘deberes’ que años más tarde motivarían una ejemplar conferencia de Ponce.
Pero en tales obligaciones, que Ingenieros echó a andar con un memorable discurso, asomaba un enemigo
designado con nombre y apellido: era el imperialismo como factor de corrupción y atraso de nuestros
pueblos. ‘No somos, no queremos ser más, no podríamos seguir siendo panamericanistas.’ Dijo Ingenieros a
los escritores y artistas reunidos el 11 de octubre de 1922 en torno a la mesa tendida en homenaje a
Vasconcelos. Y agregó: ‘La famosa doctrina de Monroe, que pudo parecernos durante un siglo la garantía de
nuestra independencia política contra el peligro de conquistas europeas, se ha revelado gradualmente como
una reserva del derecho norteamericano a protegernos e intervenirnos. El poderoso vecino y oficioso amigo
ha desenvuelto hasta su más alto grado el régimen de producción capitalista y ha alcanzado en la última guerra
la hegemonía del mundo; con la potencia económica ha crecido la voracidad de su casta privilegiada,
presionando más y más la política en sentido imperialista…” (51)

“No fue Ponce – como Mariátegui por ejemplo, para encontrarle adecuada pareja – un ‘hombre de acción’ en
el sentido de prodigarse en la organización de partidos, sindicatos, ligas o demás entidades diversas (…). La
suya sería siempre, aun en los momentos de mayor compromiso, una acción intelectual que procuraba
promover la acción intelectual que promover la acción y que por ello mismo se incorporaba a la política; pero
era siempre acción intelectual…” (52)

“En su calidad de ‘Luis Campos Aguirre’ le correspondió esbozar en el número inicial de Renovación nada
menos que las bases para la Unión Latino Americana (…). Entonces escribió estas notas aclaratorias que
conviene reproducir no obstante su extensión:
‘… algunos, intencionada o inocentemente, han torcido nuestro objetivo principal, confundiendo su carácter
‘latinoamericano’ con el ‘panamericanismo’, el ‘hispanoamericanismo’, el ‘iberoamericanismo’ y aun con el
latinismo de la ‘amistad francoamericana’ y de la ‘progenie de Italia’. Urge una pronta diferenciación para
evitar equívocos ulteriores. No somos ‘panamericanos’ por ningún concepto, pues entendemos que el
panamericanismo es una invención yanqui para conspirar a su sombra contra la independencia y la soberanía
nacional de todos los pueblos de América Latina. No somos ‘hispanoamericanos’ porque ello excluiría de
nuestra Unión a naciones como el Brasil, sin cuya cooperación sería estéril todo esfuerzo contra el
capitalismo imperialista extranjero. No somos ‘iberoamericanos’ porque en algunas naciones el elemento
europeo incorporado a la población nacional es principalmente italiano o francés pero no ibérico. No somos,
en fin, adherentes de las ‘amistades francesas’ y de las ‘progenies’ italianas, porque en esos movimientos,
como en los anteriores, sólo vemos un afán de expansión de esas naciones que se creen nuestras metrópolis
con propósitos de someternos a su influencia económica o cultural. Amigos, pues, de todas las naciones
latinas de Europa; pero declaramos explícitamente que nuestros ideales latinoamericanos son continentales,
más bien encaminados a emanciparnos de tutelas europeas que a fomentarlas, aun cuando ellas coincidan todas en rivalizar con
la peligrosa amenaza yanqui. Y concluye rotundamente: ‘no estamos dispuestos a ser ‘colonias’ comerciales o
espirituales de ninguna ‘metrópoli’ norteamericana o europea’.
Ni ‘colonia’ europea ni norteamericana, el pensamiento de la Unión Latino Americana surgía así inequívoco
de la pluma de Ponce.” (52-54)

“La Reforma universitaria había sido la declaración de guerra contra la reacción feudal. Comenzaba a
comprender ahora que la revolución incumplida obedecía a causas más imperiosas, y que un sólido lazo, no
siempre perceptible a primera vista, vinculaba la reacción universitaria con las carencias de un país cuyo
destino manejaban desde lejos banqueros ignorados, cuando no ignorantes.” (54)

“Un año y medio después del mitin celebrado en las Sociétés Savantes se reunía en el Palacio de Egmont, en
Bruselas, el congreso internacional contra el imperialismo y la opresión colonial. Refiriéndose a nuestra
América decía la declaración aprobada por la asamblea: ‘La base de la lucha contra el imperialismo se
encuentra en las masas obreras y campesinas […]. Pero como el problema del imperialismo es el problema
capital de la América Latina, es necesario que todos los elementos progresistas se interesen por esta lucha: los
intelectuales, los estudiantes y la clase media, también afectados económica y políticamente por la penetración
del imperialismo. La lucha antiimperialista necesita la unidad de todas esas fuerzas’.” (56)

“… la resolución de Bruselas intentaba trasladar la lucha antiimperialista al terreno de la realidad concreta.


Pertenece a los enigmas del vaticinio histórico imaginar cuál hubiera sido la actitud de Ingenieros frente a
tales planteos. Ignoro aun si el propio Ponce llegó a enterarse por entonces de la resolución de Bruselas,
aunque años después se colocara en esos planos para enjuiciar diferentes aspectos de la práctica imperialista.”
(56)

“París – aseguró Reissig – había sido para Ponce la etapa del arte y la cultura. Imagino que quiso decir con
ello que París se ofrecía como centro y culminación de las posibilidades de ensanchamiento para una cultura
que debe encontrar su punto adecuado de universalización mientras se afirma decididamente en los rasgos
peculiares de su autoctonía.” (65)

“… el período anterior al gran tajo está caracterizado en Ponce por la doble actividad, igualmente intensa, del
psicólogo y el crítico literario. No se agotan sus fronteras precisas en 1930, pero es indudable que después de
esa fecha otras son sus preocupaciones e inquietudes, otros sus impulsos y sus enfoques, que han de teñir
naturalmente su propia gestión como crítico.” (66)

“Aunque se prolonga hasta más allá de 1930, la etapa del Ponce psicólogo se interrumpe con el gran tajo del
golpe militar. Otras preocupaciones – de tipo más social, diríamos – le inquietarían más tarde…” (70)

“Dicha curva, iniciada en 1921, reconoce las señales de sostenido avance reveladas por La gramática de los
sentimientos (1929), los Problemas de psicología infantil (1930), la Ambición y angustia de los adolescentes (1931), el Diario
íntimo de una adolescente (1933). El tratado general de una ‘psicología de las edades’ queda así definitivamente
interrumpido.” (70-71)

“El Ponce psicólogo resultaba reemplazado por el Ponce sociólogo.” (71)

“… la psicología genética de Ponce fue encaminándose progresivamente hacia una teoría de la integración
que partiendo del hombre no podía sin embargo considerarlo en su proceso psíquico como una suma de
elementos aislados. ‘Para concebirlo e indagarlo [al proceso psíquico], es menester partir de la persona como
sistema de referencias’, dictaminó muy oportunamente. Huyendo del biologismo que reduce la inmensa
riqueza del hombre, Ponce se precavió igualmente contra los desvaríos de un psicologismo desprovisto de
fundamentos biológicos. Aun sin haberlo escrito expresamente, su labor cada vez más se fundaba en la
comprensión que – como lo indicó Troise – ‘el análisis biológico del hombre no agota el contenido del
hombre, como no lo agota su análisis psicológico.” (74)

“Al Ponce de esos años podríamos representarlo como andando un poco a tiendas en la metodología general
del materialismo dialéctico. Apuntar esa insuficiencia es una verdad histórica.” (76)

“… todo cuanto maduraba en la inteligencia de Ponce durante los años inmediatamente anteriores al gran
tajo, venía arrastrando sin embargo una ganga impura que varaba los movimientos más audaces. No cuesta
esfuerzo alguno descubrirlo cuando a principios de 1931 traza un cuadro somero sobre la actualidad
filosófica: no hay allí alusión alguna al materialismo dialéctico, y aunque aclare que se le ha pedido ‘labor de
profesor y no de crítico’ tal circunstancia no explica, ni mucho menos justifica, semejante omisión. Sería torpe
imaginar un deliberado olvido, tan incompatible con la integridad moral de Ponce. Es lícito imaginar, por el
contrario, que está aferrándose a esos ‘tesoros imaginarios’ que todavía le impiden franquear los límites del
mundo nuevo.” (81-82)

“Sumergido aun en el esquema sarmientino de las dos civilizaciones, enturbiado parcialmente su criterio por
las tesis raciales de Ingenieros, en el ‘Examen de conciencia’ ya había empezado a vislumbrar sin embargo
esos ‘deberes de la inteligencia’ como algo que comprometía al intelectual con el mundo y, dentro de ese
ümundo, con las clases que aspiran a la transformación revolucionaria.” (85)

“Los días que vivimos son de prueba … Serenamente, sin alardes, iba cumpliendo Ponce el tránsito desde
aquella belle époque semirromántica que alcanzó a salpicar los primeros pasos de la Reforma universitaria, hasta
esta otra más sombría que con la catástrofe de la bolsa neoyorquina anunciaba en 1929 los signos de la crisis
general del capitalismo.” (87)

“Mientras el Colegio Libre, bajo la conducción de Ponce, significaba una decidida apertura hacia lo social, Sur
representaba en cambio la voluntad de tenderse hacia lo estético sobreponiéndose a los límites del
provincianismo literario. Pero ambas conductas corporizaban dos posturas bien marcadas: eran las dos
vertientes de la inteligencia frente a la tremenda crisis del mundo.” (90)
“Podría tal vez discutirse su aceptación de un intento tan poco afortunado como el de Otto Rühle para
vincular la psicología de Adler con la sociología de Marx, suponiendo por lo mismo que el núcleo
fundamental de lo que más tarde será su conciencia de clase le viene al niño proletario de su sentimiento de
inseguridad. Pero aunque no tuviera presente, quizá por no haberla alcanzado todavía, la impar lección de
Lenin de ¿Qué hacer? , es oportuno y eficaz al mostrar la diferencia que existe entre los intereses corporativos
que defienden los sindicatos y la verdadera conciencia de clase. De esta manera determina con harta claridad
los diversos mecanismos que dificultan o retardan la conversión del proletariado en clase para sí mediante la
plena asunción de su misión histórica; es juicioso frente al mero determinismo, demostrando que las clases,
aun las ya condenadas, no se derrumban automáticamente; rebate el sofisma del ‘interés general’ de la
sociedad, que era por otra parte, aunque él no lo diga (y se comprende), el pensamiento sostenido por
Ingenieros en sus trabajos primerizos de ‘sociología científica’, e incita a desconfiar de la ‘creencia suicida en
las buenas intenciones de la burguesía liberal’, lo cual implica por elevación un rechazo para sus antiguos
ídolos del 80.” (91)

“La vaguedad de la revolución universitaria, envuelta todavía por Ingenieros con ropajes de generosa retórica,
presumía que los problemas de América podrían resolverse mediante la proyección extrauniversitaria de la
cultura. La suerte de América vendría a depender por ello de la acción de las minoría ilustradas, motor eterno
de la historia según la absurda y hermosa quimera de Ingenieros.” (92)

“Un hombre de América, anunciador de la sustancia caliente de la Reforma, nutrido por los mismos jugo de
la decadencia filosófica y de la vanguardia literaria; un hombre de América que también veneraba al maestro
Ingeniero en lo más hondo de su corazón, se encargó de dar la respuesta desde la pobre silla de inválido que
cobijaba su prodigiosa vitalidad nunca apagada. Ese hombre se llamaba José Carlos Mariátegui, y entre la
bruma ideológica de la Reforma peruana, fraguada en la contienda de sangre contra la tiranía, adivinó que en
la ordenación clasista de América otros eran los grupos llamados a predominar en el momento decisivo. Y
entonces afirmó que la doctrina marxista era el único instrumento capaz de penetrar victoriosamente en la
revelación de la realidad americana.” (92)

“Vincular los nombres de Mariátegui y Ponce no es procedimiento forzado ni arbitrario, porque en ambos es
semejante el proceso de transformación ideológica que los lleva a descubrir en el marxismo un método de
interpretación congruente de la realidad. ‘De Mariátegui – escribí otra vez – no quisiera decir que era un
positivista desengañado; tampoco podría decirlo de Ponce, cabalmente hablando. Pero ambos están en esa
trinchera donde se debate la resistencia contra el espiritualismo anticientífico, y para esa resistencia un poco a
ciegas algo les había prestado, siquiera por contagio, aquel desmañado ‘utopista de la burguesía liberal’
[Defensa del realismo].” (93)

“Mariátegui llegó al marxismo por preocupación política; Ponce llegó al marxismo por preocupación
científica. Pero por lo mismo que la ciencia no es una categoría químicamente pura, el pensador argentino
advino finalmente, por otra rutas que el pensador peruano, a la jerarquía científica de la política.” (93)

“… dentro del probable paralelismo de ambos hay (me parece) una diferencia que podríamos llamar
vocacional o, si se prefiere, temperamental. Mariátegui, en efecto, una vez acercado al marxismo puso lo
principal de su esfuerzo en la labor organizadora, creando sindicatos obreros y fundando el Partido
Comunista peruano, sin que ello implicara mengua para su eminente labor de publicista. Ponce, en cambio,
encauzó su empeño primordial en la indagación teórica, y si es cierto que participó en organizaciones de
intelectuales a las que supo dar orientación e impulso, no lo es menos que se apartó de sus cuerpos directivos
cuando comprendió que aún sin su presencia ya marchaban por caminos acertados. Ciencia y política son
inseparables en el marxismo.” (94)

“Era más bien (creo) la obsesión de Ponce para volcarse más ávidamente hacia los clásicos, en un camino que
Mariátegui ya había a su tiempo recorrido. Es casi como si estas dos vidas paralelas se hubiesen condenado a
encontrarse únicamente en el infinito del futuro americano. Porque el paralelismo de ambos cursos es notable
dentro de sus diferencias: un origen de pequeña burguesía empobrecida cuyas raíces nacionales se hunden en
la Colonia, una adolescencia desvalida por la desaparición prematura del padre, un inicio precoz en la
literatura, una igual avidez por ‘modernizar’ la cultura de sus respectivos países, una prosa concisa y prieta
alejada del español tradicional, un semejante mote de ‘europeístas’ encandilados con los exotismos
extranacionales… Pero a partir de estas semejanzas aparecen, como natural corolario de los temperamentos,
las diferencias que antes pude anotar en el acercamiento de ambos al marxismo: una preocupación
primordialmente política en Mariátegui, una vocación esencialmente científica en Ponce.” (95-96)

“Ambos iluminan, por cierto con recursos propios, el curso de esa inteligencia militante que encuentra en el
marxismo sus orientaciones más precisas. Unirlos en este empeño me parece tarea imprescindible para la
verdadera historia del marxismo en América latina, aunque fuera torpeza disputar acerca de quién fue de ellos
‘el primer marxista latinoamericano’. No lo fue ninguno de los dos ciertamente, porque el marxismo ya había
comenzado a andar los caminos de América antes de que ambos apareciesen; a menos que incurriéramos en
la liviandad de suponer que la elaboración marxista sólo puede depender de los profesionales de la
inteligencia.” (96)

“Ya no era, como en sus primeras conferencias ‘sociales’, el pensador que aun seguía fundándose en la ética
para orientar sus consejos y determinar su conducta. No desechaba sin duda el rigor de esa ética implacable
sin la cual no cabría concebir a ningún revolucionario verdadero, pero descubría sin embargo que lo principio
morales no eran abstractas y universales normas sin que sobre ellos influían poderosamente la visión y los
intereses de las clases en combate. Su discurso de esa noche [12 de mayo de 1933] no fue por ello, como en
sus visiones europeas de 1929, la invocación a la inmensa catástrofe depuradora como salvación última de la
humanidad, sino una labor de anatomista que puso ‘al desnudo los procesos económicos y sociales capaces de
entregarnos por sorpresa a las fuerzas desbordadas que nos trituran y masacran’ [‘Las masas de América
contra la guerra en el mundo’, El viento en el mundo ]. Con pericia de disector prolijo examinó las razones
concretas de las guerras como consecuencia natural del capitalismo; destacó el papel revolucionario del
proletariado ruso al término de la primera conflagración mundial; subrayó el carácter semicolonial o
dependiente de los países latinoamericanos apoyándose en la conocida reflexión de Lenin sobre Argentina;
mostró el proceso de sustitución de la hegemonía imperialista inglesa por la yanqui, probando hasta qué
punto la guerra del Chaco había surgido como consecuencia de esa pugna entre las dos metrópolis. Su
corolario es indiscutible: la única manera perdurable de terminar con el peligro de las guerras consiste n
terminar con el capitalismo…” (97-98)

“… es de la mayor importancia que no detengamos un momento para destacar esta actitud mental [de Ponce]
en el año de 1934, en el Colegio Libre de Estudios Superiores, cuando dicta las conferencias que componen el
volumen Educación y lucha de clases. Para esa época, en nuestro país ya se hallaba en alta tensión el
irracionalismo, que desde todos sus orígenes – el francés o el alemán – proclamaba la imposibilidad de
estudiar de manera científica los hechos humanos … ” (100)

“Demócrata en la vocación recóndita de su pensamiento, esos intelectuales seducidos por la moda no


trepidaban, sin embargo, en alistarse bajo las banderas de una irracionalidad que los epígonos del nazismo
enarbolaban entre trémolos de apocalipsis.” (101)

“A lo largo de sus capítulos puede descubrirse ese nexo entre el crecimiento de las fuerzas productivas y en
ensanche relativo de las clientelas culturales, que taxativamente establece en todos los casos. Dicho vínculo
surge con vigor insólito cuando triunfa la burguesía: las maravillas de la revolución industrial imponen una
necesaria instrucción de las masas para tornar posible – paradójicamente – su mayor explotación. La
interpretación de la historia no se maneja con preceptos morales, y nadie podría negar, aun pintando con los
tonos más sombríos el cuadro espantoso de la acumulación primitiva, que la victoria del capitalismo implicó
en los hechos una revolución cultural en la medida misma en que la libre competencia reclamaba
modificaciones perpetuas en las técnicas, permanente necesidad de invenciones, planes precisos de trabajo
científico e instrucción elemental de los trabajadores para manejarse en medio de usos industriales que
decretaban la muerte de la vieja artesanía. Únicamente en tal sentido estricto d que la nueva producción
requería trabajadores habilitados para leer algunos texto simples y manejarse en las operaciones elementales
de la aritmética. Al fin de cuentas, ésa fue la tesis que el argentino Sarmiento trazó en su libro Educación
popular, escrito para los chilenos por encargo del chileno Montt…” (103-104)

“Establecer por consecuencia las relaciones dialécticas existentes entre la revolución y la reforma es uno de
los empeños más decididos de Ponce en este libro ejemplar.” (104)
“La reforma es quizá, como lo dice Ponce, una conformidad provisional, pero con ella se recortan los privilegios
de los sectores dominantes y se ensanchan los valores de esa ‘segunda cultura’ que siempre se manifiesta
dentro de la sociedad escindida en clases.” (104)

“… su punto de partida es metódico y consecuente: el principio de la lucha de clases como explicación de la


historia, pero también como transformación de la historia.” (105)

“Cuando al promediar diciembre de 1934 se lanzó a su tercera aventura europea – por desdicha la última –
Ponce ya era otro aunque siguiera siendo esencialmente el mismo. (…) Atrás habían quedado para siempre la
juguetona irresponsabilidad de los ‘honderos del arte’ y la ilusiones en el pasado liberal. Se marchaba por unos
meses del país dejando a sus espaldas las lecciones sobre Educación y lucha de clases. Y si he dedicado a este libro
interés preferente es porque marca el punto preciso de viraje. Hasta entonces, como lo previene en la página
inicial de El viento en el mundo, había presentido más que comprendido la realidad dramática de nuestro tiempo.
A partir de ahora sería un expositor del marxismo, un analista de temas examinado según el criterio del
materialismo histórico…” (105)

“Alguien podría argüir que dicho marxismo es a veces sumario, sin matices, colocado en la simplificada
oposición burguesía-proletariado. Pero con ser ello episódico – en todo caso, el precio de un noviciado
fuertemente teñido por las influencias ‘obrerizantes’ de la época –, no es menos importante señalar dos
conclusiones que conviene subrayar. La primera de tales consecuencias es el descubrimiento de que el
marxismo resulta inseparable de la noción de dictadura del proletariado que ya atisbara en su ‘Elogio del
Manifiesto Comunista’, lo cual implicaba pronunciarse resueltamente contra el liberalismo socialdemócrata
con su secuela de fingido humanitarismo. Pero a partir de este punto, y acaso por ello mismo, comienza a
comprender la necesidad de las alianzas contra el enemigo principal, en este cao el imperialismo fascista, a
través del instrumento del frente popular, fundamentado en la unidad de la clase obrera, que él mismo
ayudaría a construir.
Para esas verdades esenciales fue estableciendo un sistema de indispensables fortalecimientos. El primero de
todos: comprobar que no puede haber movimiento triunfante sin la hegemonía del proletariado, rotundo
criterio que a su juicio debían necesariamente comprender los intelectuales (…). Y describiendo las funciones
del Comité de Vigilancia presidido por el benemérito Paul Rivet, reiteraría: ‘Por primera vez en la historia de
Francia los intelectuales salen al encuentro del proletariado y se desprenden de la burguesía.’ [Apuntes de viaje].
El segundo de aquellos fundamentos esclarecedores determina que es posible la conquista del poder a
condición de que la clase obrera, que ha de ejercer la dirección general del movimiento, establezca alianzas
adecuadas y oportunas. Y así escribe: ‘Pero ha quedado probado en Asturias que la unión del proletariado y
de las clases media y campesina conquista el poder burgués cuando se decide conquistarlo.” (108)

“Esa fe en el nuevo curso de la historia iniciado por la revolución socialista de Rusia le venía desde antiguo
(…) era una constante piedra de toque para prevenirlo frente a los desfallecimientos reformistas. Le
conmovió desde las primeras actitudes de su admirado Ingenieros. Pero lo que en el comienzo pudo ser gesto
meramente emocional, fue acompasándose paulatinamente con los ritmos más certeros de la comprensión
teórica. Por eso afirmo rotundamente que Humanismo burgués y humanismo proletario – verdadero diario de ruta
para sus emociones soviéticas – es un libro conmovedor porque representa el punto culminante en su lento y
doloroso proceso de autotransformación.” (112)

“Esa ‘agonía de una obstinada ilusión’ – que es la agonía de Ariel, la agonía de Romain Rolland – era también
el propio desvanecerse de sus viejas quimeras. Él no había padecido tercamente – como Rolland, por ejemplo
– la porfía de un humanismo abstracto colocado au dessus de la mêlée. Pero su antigua formación francesa,
donde tanto quedaba del áspero perfume de Renan, muchas veces debió sentir en plena marcha el desgarrón
de las cosas queridas que se van para siempre.” (113)

“No ignoraba, como lo muestra por momentos en su Humanismo, los recelos de Lenin por la persistencia de
resabios burgueses en la conciencia de los hombres soviéticos. Pero el propósito de Ponce era bien distinto:
se trataba de desmontar, en Educación y lucha de clases, la ilusión de una ‘revolución pedagógica’ que por sí sola
modificara al hombre; se trataba de mostrar, en Humanismo burgués y humanismo proletario, que sólo la conquista
del poder por la clase obrera crearía las premisas indispensables para una expansión universal de la cultura.”
(115-116)
“Porque ésa es, en definitiva, la propuesta que hará Ponce a los intelectuales argentinos cuando los convoque
para la acción: defender con la fuerza de las clases que tienen en sus manos el destino del hombre. La exégesis
intencionada de La Tempestad shakesperiana arroja por ello una vivísima iluminación simbólica que destroza
los mitos convencionales y recupera la materialidad racional de la historia. En la fábula de Ariel y Calibán, en
ese contraste ficticio entre el ‘espíritu’ y la ‘materia’, descúbrese la condición sometida de la inteligencia en la
sociedad dividida en clases. Ariel es el espíritu aéreo que encuentra Próspero en la Isla Encantada donde lo
arroja su infortunio; y con esa alma incontaminada sostiene el príncipe coloquio admirables. Pero es necesario
que cumpla Calibán tareas inferiores para que el fuego en el hogar y el sustento en la mesa permitan al
príncipe y a su intelectual entretener el comercio metafísico. Despojado de una antigua situación soberana y
reducido al estado de servidumbre abyecta, Calibán aparece sin embargo como la fuerza sustentadora y
creadora de bienes, como el trabajo indispensable para que el otium de los intelectuales pueda servir de
justificativo, y aun de recreación, a las clases dominantes. Esa demolición del mito espiritualista, fundado
sobre la estremecedora poesía de Shakespeare, representa un hecho útil en nuestra América enferma por un
tiempo de Arielismo. No fue culpa de Rodó que sus bellas parábolas germinaran en discípulos falaces,
complacidos en pregonar el reino del espíritu mientras se incorporaban materialmente al servicial tropel de la
oligarquía. Pero en todo caso, tales frutos provenían de una planta de endebles raíces porque el Arielismo de
Rodó, todo lo generoso que se quiera, partía de aquella antinomia para encresparse ante el avance del
‘materialismo’ yanqui. No era fácil que con tales fundamentos pudiera inquietarse el Moloch norteamericano;
no era posible imaginarlo tampoco para afrontar a ese otro Moloch fascista que parejamente asesinaba los
sueños de Ariel y las sólidas realidades de Calibán.” (118)

“Tras sus lecciones sobre el humanismo, en noviembre y diciembre, comenzó a trazar los planes de una
revista teórica cuyo proyecto había imaginado en sus días de Moscú, cuando alternó con líderes políticos de la
talla de Dimitrov y con investigadores tan pulcros y pacientes como Adoratsky, el erudito director del
Instituto Marx-Engels. Trabajó en ello durante todo el verano y en marzo de 1936 pudo aparecer el primer
número de Dialéctica…” (121-122)

“Todavía a fines de agosto alcanzó a dictar en el Colegio Libre sus tres clases sobre la España actual en los
momentos precisos en que comenzaba el levantamiento fascista del general Franco.” (123)

“Adentrado en los problemas capitales de la revolución mexicana, sobre alguno de los cuales habló más de
una vez con dura y comprometida franqueza, Ponce comenzó a sentir el problema indígena con intensidad
que antaño le desapareciera tras sus esquemas simplistas, aunque no intrínsecamente injustos, de ‘civilización’
y ‘barbarie’. Es curioso que dos décadas antes una similar excursión mexicana hubiera determinado en su
maestro Ingenieros similares propósitos de enmienda con relación al tono racista que impregnó sus primeras
especulaciones sociológicas. El enfrentamiento con una realidad concreta, simultáneamente iluminada por
una ideología precisa, daría en Ponce resultados más cabales, como pudo advertirse en sus cinco artículos de
El Nacional sobre ‘La cuestión indígena y la cuestión nacional’.” (137)

“… interesan principalmente como inicio de una preocupación de que las soluciones para el problema
indígena son inseparables de esa hambre de tierra de los indios que la revolución mexicana defraudó en sus
proyecciones más perdurables.” (137)

“Puntual ordenador de ‘los funerales del gaucho’ diez años atrás, había percibido todo cuanto tenían de
interesada farsa en las resurrecciones folklóricas del ‘gauchismo’. De esta manera, ‘por obra y gracia de los
mismos que no dejaban de explotarlo’, el gaucho se transformó ‘en algo así como un sombrío caballero
perseguido a quien los dioses extraños arrebataban la tierra’. ‘La ausencia poco menos que absoluta – agregó
– del elemento indígena dominante en otras nacionalidades de América, favoreció la consagración del gaucho
como representante genuino de la patria vieja.’ [Aníbal Ponce, El viento en el mundo, 9-10]” (138-139)

“No me preocupa examinar si estos juicios pueden aceptarse mansamente, sino mostrar con qué profundidad
y en qué sentido se producía en Ponce esta rectificación que sus artículos sobre el problema indígena
anunciarían como un tema interrumpido por la muerte: en el sentido, preciso y austero, de colocarse ‘junto al
corazón de las masas populares’ que tan distintamente reveló en su evocación de Pepe Podestá. Pero
avanzaría mucho más en los imprescindibles ajustes, y cuando el mismo cronista le pregunte si Sarmiento y
Alberdi son los que mejor expresaron el alma argentina, respondió con estas palabras en cuyo trasfondo
mucho debe haber seguramente de desgarrada congoja: ‘No lo creo. Intérpretes ambos de la burguesía
argentina en su etapa liberal, fueron excelentes en nuestra lucha contra el feudalismo poderoso aún en la
Argentina; pero resultan insuficientes en la actual etapa de la revolución agraria y antiimperialista; y
totalmente superados desde el punto de vista de la revolución socialista. El mismo José Ingenieros, que
interpretó hasta hace pocos días las exigencias más radicales de la pequeña burguesía argentina, ha quedado ya
a las espaldas como un precursor magnífico que recogemos con orgullo en nuestra herencia cultural, pero
cuya ideología no podemos mantener’.” (140)

“Y ese avance es ciertamente la victoria de Calibán, la victoria de la clase que se imaginaba sometida para
siempre, cuyo signo secreto supo desentrañar el viejo Shakespeare entre las soberbias fantasías que colmaron
de sueños nuestra adolescencia.” (152)