Está en la página 1de 62

La manada.

Luis Garrillo.

Albert Camus hablaba de que el único pecado digno de castigo en esta vida
era el de desear vivir otra, porque esa creencia te pone una venda sobre los ojos
ante todas las maravillas que quizás estén justo delante de ti, pero a las que eres
ajeno por tamaña pretenciosidad.

Mientras el flash de la temblorosa cámara iluminaba a la chica delante de él,


Victor no pudo estar más de acuerdo con Camus. "¡Qué hermosa!" fue todo lo que
pudo pensar, mientras bajaba el lente para dar crédito a sus ojos.

Era aún más hermosa vista directamente, su piel era blanca como la luz de la
luna, su cabello negro corría largo sobre su espalda, era muy delgada, su altura
intentaba ser camuflada por unos zapatos de tacón, pero no era difícil adivinar un
sutil metro sesenta. Estaba adornada por un dulce vestido rojo, era evidente que su
intención era verse provocativa, pero en una entidad de semejante pureza, solo
aumentaba cuan adorable era.

El silencio de su belleza hacía más ruido que todos los flash de las demás
cámaras, el tumulto de fotógrafos usando uñas y dientes para conseguir un lugar al
borde de la cinta de seguridad era nulo, incluso la reportera gritando en su oído los
nombres de las modelos que pasaban por la alfombra, en ese momento recordó que
debería estar fotografiando a las demás. Seguramente a la cámara le parecerían
hermosas todas aquellas chicas, pero su mente se había quedado con aquel bello
serafín, que ahora no podía encontrar entre tantos esbozos insuficientes. Las
modelos pasan igual de rápido que el tiempo, antes de darse cuenta está solo,
parado sosteniendo la cámara con ambas manos.

Completa e irremediablemente enamorado.

Victor fue al cuarto oscuro a revelar las fotos, tenía que entregarlas rápido a
la revista. Con lo grande del evento querrían publicarlas al día siguiente, por ese
sentimiento de urgencia era un trabajo bien pagado.

Sobra decir, cuando fue a la oficina con el sobre de las fotografías, faltaba
una.

II
Muchas horas pasaron y Victor seguía viendo la foto, memorizó cada
pequeño trazo en su delicada figura, la pequeña línea de su boca era hipnótica, sus
ojos eran pequeños, caminaba cabizbaja, dado el rubor en sus mejillas, no era
difícil deducir que estaba bastante apenada de estar allí. Pobrecita.

Al verla solo tenía el deseo de poder retornar el tiempo, tomarla de la mano y


sacarla de allí, hacerla sonreír en un lugar donde pudiese verla a los ojos. ¿Le
gustaría ir a comer helado?, se preguntaba. A todo el mundo le gusta el helado, ¿de
qué sabor lo preferirá? Seguramente chocolate, tiene cara de gustarle el chocolate.

Interrumpió sus delirios ante una horrorífica realización: No sabía su


nombre.
Tenía que encontrarla, su amor no podría quedarse en una foto por más que
lo intentase, tenía que buscarla, tomarla por los hombros y decirle en todos los
idiomas del mundo lo enamorado que estaba de ella, solo para ver si alguno podría
representar bien la intensidad con la que lo hacía. ¿Se asustaría? Probablemente,
pero la posibilidad de que no lo haga, por pequeña que sea, es mucho más que
suficiente.

Salió en carrera del departamento, atropelló a todo lo que se encontró, llegó a


la primera revistería que consigió y corrió hacia la estantería, tomó la primera que
encontró y la hojeó más rápido de lo que tenía tiempo para leer. Sabía que ver una
foto suya lo detendría inmediatamente, ya había memorizado su silueta, todo lo que
le hacía falta era una foto.

No había ninguna.

Tiró la revista que tenía en la mano y tomó la que estaba al lado, fue lo
mismo. El tendero se le acercó a decir que si no iba a comprar nada se tenía que ir,
así que tomó un ejemplar de cada revista y le arrojó un puñado de billetes a la cara.

Pasó las páginas con frenesí, revisó todas las revistas al menos dos veces, se
detuvo solo ante una triste realización: No había fotos suyas publicadas.

Estaba enamorado de un fantasma.

III
Víctor pasó esa noche despierto, pensando en todas las variables, en qué
pudo haber pasado, en porqué, cuándo y cómo podía hacer para remediar su
situación. Por supuesto que se sentía estúpido, estaba girando su vida en torno a
una chica que no conocía y que solo había visto una vez, ¿qué tan bobo podía ser
como para creer que eso iba a llegar a algo? Víctor estaba aún en sus 23, no tenía
porqué encasillar su mente a pensar en una sola cosa, debía verlo todo desde un
lente más amplio, intentar observarlo todo desde una perspectiva más objetiva. Él
sabía eso.

Sin embargo, la objetividad, la razón, el pensamiento lógico, todo dejaba de


importar en el momento que sus ojos se volvían a posar en esa fotografía. Se
encontró a si mismo cerrando los ojos, intentando rememorar aquella única ocasión
donde la había visto, fue allí donde se le ocurrió.

¿Qué pasaba si nunca volvía a verla?

Quizás esa era la importancia de su encuentro, el solo haberla visto una vez,
el saber que existía tenía que ser suficiente para calmarlo, debía vivir el resto de su
vida feliz de haber podido verla. Tenía que olvidarla.

Solo cuando ese pensamiento cruzó por su mente, las primeras lágrimas
empezaron a formarse en sus ojos. Estaba de acuerdo con poder vivir habiendola
visto solo una vez, pero ¿cómo lograría olvidarla? Tenía la foto justo allí, tenía la
prueba irrefutable de que ese ser existía.

No le puedes mostrar la luz a un ciego y luego pretender que se quede


tranquilo pataleando en la oscuridad.

Pero aún tenía su cámara.

Su cámara no solamente era lo que le daba de comer, también era la única


manera que tenía de expresarse. Nunca había sido muy bueno con las palabras,
¿pero sus fotos? Sus fotos eran la mejor manera de que otras personas lo
entendieran, nadie podría quitarle eso.

Salió en carrera con una sonrisa y su cámara entre las manos, dispuesto a
matar su despecho con aquello que amaba más que a nada.

La noche bañaba las calles de Maracaibo, quizás no fuese la mejor idea del
mundo salir a esa hora con una cámara tan costosa, pero lo necesitaba.

Capturó un ave posada sobre la rama más alta de un árbol, la enfocó, y


cuando iba a pulsar el botón, le invadió la nauseabunda sensación de que le faltaba
algo.

Se cambió de posición, puso la luna a contraluz para crear un efecto


monocromático, pero cuando fue a tomar la foto, no pudo estar contento con el
resultado.

Pensó que quizás esa foto no era la suya. Siguió caminando un largo trecho
hasta encontrar una bandera de Venezuela, volteada y rasgada, que en aquella
noche calurosa daba una sensación violenta, de rabia y resentimiento. Sin embargo,
cuando intentó tomar la foto, no pudo.

Y así fue, siguió caminando por toda la calle, eligiendo un escenario,


tomándolo de todas las maneras que se le ocurrían, para rendirse y darse cuenta de
que no era culpa de la cámara.

Era culpa del fotógrafo.

IV
Había perdido ya la percepción del tiempo cuando empezaron a tocar la
puerta aceleradamente, se escuchaba escandalosamente por todo el departamento.
Tardó en concluir que la mejor manera de hacer que se detuviera era abriendo la
puerta, se levantó del nido que se había hecho en el sofá y fue al recibidor, el
sonido frenético de la puerta se aceleraba cada vez más, pero cuando puso la mano
en la manilla, el ruido se detuvo abruptamente, retrocedió ante el silencio, que fue
anulado por un toque de tres golpes, notoriamente más sutil. Abrió la puerta.

Era Rodrigo, el director de la revista para la que trabajaba, su amigo de la


secundaria, fue quien le consiguió el empleo. Iba acompañado de una
despampanante rubia con un pronunciado escote, ambos estaban envueltos en sudor
y jadeaban agitadamente mientras se acomodaban la ropa, el cinturón de Rodrigo
estaba en el suelo. Oh.
— ¡Victor, mi hermano! —dijo, con una amplia sonrisa.

Rodrigo olía a dinero, quizás tuviese que ver con la ropa que llevaba puesta,
su peinado sumamente cuidado o la levedad con la que su abdomen sobresalía a sus
caderas, aún cuando era un hombre atlético, pero lo cierto es que Rodrigo tenía a su
alrededor un aura de ostentosidad, de infinita calma.

Victor estaba muy orgulloso de él, aún cuando provenía de una familia con
dinero, trabajó muy duro para destacar más allá de eso, y sobraba decir que lo había
conseguido.

Se dieron un fuerte abrazo, cuando lo invitó a pasar, dio un paso enérgico


hacia adelante, pero se detuvo en el umbral, miró a su acompañante y manteniendo
la sonrisa le dijo:

— Tu ya te puedes ir— siguió su paso y cerró la puerta tras de si.

"Típico"— pensó Víctor.

Por supuesto el departamento estaba desastroso, pero Rodrigo


inmediatamente empezó a ordenarlo como si fuese su propia casa (mejor dicho, una
de sus propias casas), siempre risueño y diciendo "tranquilo papi" ante todas las
protestas de Victor. Era imposible dar un no por respuesta a alguien con semejante
energía.

Para cuando hubo terminado, la casa estuvo más limpia de lo que había
estado durante el tiempo que Victor llevaba viviendo allí. Satisfecho con su trabajo,
Rodrigo fue a la cocina y volvió con dos cervezas, se sentó a su lado, puso una
expresión relajada y le dijo:

— Ajá, ve a buscar la tuya.

Mantuvieron la mirada unos breves segundos antes de estallar en sonoras


carcajadas, Rodrigo ya se había terminado su primera botella para cuando Victor le
dio la espalda para buscar la suya. Se rieron otro rato antes de que la pregunta se
hiciera presente.

— ¿Pasa algo, Victor? Llevas semanas sin presentarle nada al departamento


de edición— Victor por un momento había olvidado que Rodrigo era su jefe—
sabes que no te vamos a botar, pero estoy preocupado por ti.
—No he podido tomar una sola foto que me guste— soltó Víctor en un
desesperado ataque de sinceridad— no he podido apretar el flash en la cámara sin
sentir que es indigno, sin sentir que no alcanza a compararse a ella, Rodrigo.
Simplemente odio todas las fotos que tomo y no la tienen a ella.

—Siempre te dije que las mujeres eran el demonio, pero si me pagaran por
cada vez que me paras bola... Bueno, seguiría siendo millonario, pero jura por tu
madre que no sería gracias a ti— Rodrigo se inclinó en su asiento, y preguntó—
amas tomar fotos desde que te conozco, debes estar loco por esa chica. ¿Quien es,
si se puede saber?

Víctor le relató todo lo ocurrido las últimas semanas, fue a buscarle la foto,
al verla, confirmó que no estaba loco, los ojos de Rodrigo se entornaron y se los
restregó con estupefacción, miró a Victor, a la foto, a Victor de nuevo, otro poco a
la foto. Cuando hubo recobrado la compostura, se la devolvió como si tuviese un
cheque gigante entre las manos.

—Quédate tranquilo Victor, quédate tranquilo, la vamos a encontrar— vio


los ojos de Victor cambiar de expresión al escuchar ese "vamos"— oh, no te
confundas. Te ayudaré a encontrarla, pero esa chica es tuya, tengo dos grandes
amigos que nos ayudarán.

Se levantó de la mesa y sacó su teléfono (un último modelo, algo así como
una nave espacial de bolsillo), marcó un número, cuando le contestaron, dijo su
nombre en voz alta, asegurándose de que Victor lo escuchara fuerte y claro, cuando
vio que lo observaba, le sonrió, puso el teléfono en la mesa y activó el altavoz.

Al cuarto repique, contestó una dulce voz femenina.

— ¿Si, señor Rodrigo?

— Ocúpate tu de todo lo que esté en la agenda este mes, me voy a quedar a


vivir una temporada con Victor.

— Pe-pero señor, mañana tiene una reunión con-

— No mi amor, tu tienes una reunión con esa gente, echale bolas.

Colgó. Se sonrieron ampliamente en silencio. Fue Rodrigo quien lo rompió.

— Estás loco si crees que me voy a perder esta verga.


V
Cuando a la mañana siguiente empezó el ruido de gente entrando y saliendo
el departamento, no fue mucha ciencia adivinar que la mudanza de Rodrigo estaba
en curso.

Afortunadamente había mucho espacio en el departamento, vivir ahí fue


ridículamente barato porque habían matado a una familia completa un año atrás,
según los vecinos habían gritos y ruidos fuertes en la madrugada. Para Victor el
único ruido relevante eran los que había en la sala, aunque ahora el que quería
gritar era él.

Salíó del cuarto en pijama cuando el último hombre cerró la puerta tras de si,
el apartamento, antes decorado con dos simples sillones, ahora estaba
completamente adornado con las cosas de Rodrigo. Era fascinante como todo
estaba tematizado con lobos, la mesa central tenía un gran mantel blanco con una
manada de lobos en el medio, todo el resto del set iba acorde, los sofás eran
blancos, habían cuadros de lobos a lo ancho de los muros, Victor quedó unos 10
minutos observando el panorama, mientras una simple lágrima se deslizaba por su
mejilla.

Rápidamente la enjuagó con el dorso de la mano, se dio vuelta, el propio


Rodrigo estaba acomodado en el sillón, inclinado hacia adelante con un cartón de
jugo entre las manos. No se inmutó por su entrada al salón, así que se dirigó al
baño. Cuando estuvo frente a la puerta captó un olor extraño al otro lado de ella. Al
abrirla vio la tina de baño completamente llena de un líquido amarillento que
reconoció como cerveza.

Se aproximó a ella y vió a un joven trajeado sumergido hasta la boca


haciendo burbujas, lo sostuvo en su vision tiempo suficiente para detallarlo, el
contorno afilado de su barbilla contrastaba con lo ordenado del resto de sus
facciones, era de complexión delgada, pero si había que destacar algo tenía que ser
su cabello. Estaba meticulosamente arreglado, aún sumergido destacaba un mechón
por su frente. Definitivamente era un tipo bien parecido.
Unos segundos después se precipitó a salir, se puso de pie, se quitó la
cerveza de la cara y abrió los ojos, Victor se echó hacia atrás por la sorpresa. El
tipo ni siquiera lo miró al salir corriendo del baño, gritó "YA ENTENDÍ" al abrir la
puerta y corrió hacia una de las habitaciones que hasta entonces habían estado
deshabitadas, cerrándola de un portazo.

Víctor tuvo tiempo de apreciar lo cambiada que estaba la habitación, llena de


computadoras e instrumentos de laboratorio. Rodrigo estaba apoyado contra la
pared, rascándose el estómago, observando la escena.

—Supongo que ya conociste a Kevin.

—¿Sería grosero preguntar qué hace en mi casa? ¿Y qué coño hacía metido
en cerveza?

—Es mi analista, yo le pido que investigue cosas y el lo hace, lleva 10 años


trabajando para mi, no ha fallado una sola vez.

—¿Hace 10 años no estábamos estudiando secundaria?

—¿En verdad crees que iba a poder pasar química por mi cuenta?

Eso era un buen punto.

—¿Y lo de la cerveza?

—No te sé explicar eso— sacó un vaso de su pijama de terciopelo rojo— lo


que sí sé es que el vergo ese se baña en cerveza, pero se le olvida tomársela— cerró
la puerta del baño lentamente mientras le sonreía estáticamente.

Se dio la vuelta y volvió a posar la vista en la puerta que Kevin acababa de


cruzar, al abrirla, lo vio parado examinando un cabello en su microscopio, aún
chorreando cerveza.

—¿Puedo preguntar qué entendiste?

— Este cabello—dijo, mientras lo alzaba y lo ponía a contraluz, ignorando


su pregunta— es de tu chica. Cayó sobre la alfombra donde la viste.

— Por esa misma alfombra pasaron como 20 modelos distintas, ¿cómo sabes
que es de ella?
— Primero, fueron 22 chicas y 4 tipos que instalaron la alfombra, segundo,
extraje cientos de cabellos de ahí, tomando en cuenta las longitudes de cada uno fue
cuestión de calcular su altura con la foto que tomaste y hacer la equivalencia.

La única manera de hacer eso sería midiendo a Victor mientras dormía,


tomar en cuenta la posición en la que agarro la cámara y medirlo todo en
proporción a la distancia entre ellos. "¿De donde sacó Rodrigo a este tipo?", era
todo lo que podía pensar Victor.

—¿Hay una manera de probarlo?

—Mañana Reinaldo vendrá a llevar la muestra a un laboratorio, hasta


entonces tendrás que esperar.

—¿Quién es Reinaldo?

—ESTE VE.

El grito sobresaltó a Victor, volteó para ver a un hombre negro como el


pecado apuntándole con un arma, lo próximo que vio fue un dardo ensartado en su
brazo izquierdo.

Cayó al suelo inmediatamente, Kevin saludó al atacante con un efusivo


abrazo mientras Victor sentía dormirse todos los músculos de su cuerpo. Lo último
que vio antes de que se le fueran las luces fue a Rodrigo caminando en zig zag, solo
para que el negro lo apuntara también y cayera junto a él, felizmente borracho.

VI
Los ojos se le abrieron uno a la vez, ya era de noche, Victor yacía tumbado
sobre la cama de Rodrigo sin poder sentir sus piernas, y sin embargo viéndolas
moverse. Le tomó un tiempo darse cuenta que tenía a Rodrigo encima, estaba
balbuceando algo sobre la vida en el mar cuando logró despertarlo a base de
sacudirlo.
Rodrigo cayó al suelo como un plátano, su cabeza hizo un fuerte ruido, pero
él solo se acurrucó y siguió durmiendo. Victor rodó en la cama hacia la neverita
que Rodrigo tenía en la mesita de noche, sacó una bolsa de hielo y se la puso en la
cabeza. Rodrigo musitó "te quiero, jalabolas", antes de que todo lo que se escuchara
fuesen sus ronquidos.

Victor logró ponerse en pie y caminar fuera del cuarto, al salir,


inmediatamente le llegó un olor a cigarrillo increíblemente fuerte. Siguió su olfato
hasta la terraza (que él no había usado una sola vez) y encontró al que le había
disparado, tranquilamente fumando. Al darse cuenta de su presencia, le ofreció uno
y dijo:

—¿El patrón fuma?

—No, el patron no fuma— dijo Victor, con un tono de ironía en la voz


mientras examinaba que el hombre no volviera a apuntarlo— pero al patrón le
gustaría saber porque durmió por 12 horas seguidas.

—Bueno, el patrón se durmió porque yo mismito le disparé un dardo que el


padre mío usaba pa' calmar a los caballos cuando andaban cachuos, más bien el
patrón se paró temprano

—Coño, gracias hermano. ¿Puedo preguntar por qué necesitaba un calmante


de caballos?

—Bueno, de que lo necesitaba no sé si lo necesitaba, pero tenía que echarle


un beta a Kevin y uste' estaba más metido que una lechuga en un pasticho.

—Para la próxima yo me meto en mi cuarto y me tapo los oídos, sin peo—


respondió Víctor— si me permites preguntar, Kevin me dijo que tu ibas a
ayudarnos a llevar la muestra de ADN a un laboratorio, ¿tu también eres científico?

—Patrón, yo no terminé bachillerato, Rodrigo me contrató de guardaespaldas


hace unos añitos, lo cuido hasta de su sombra.

—Puedes llamarme Victor, Reinaldo— el fumador iba a protestar, pero


Víctor lo cortó antes de que pudiera empezar a hablar— ¿a Rodrigo no le molesta
que lo pongan a dormir con calmantes de caballo?

—A Rodrigo le cuesta dormir desde hace años —se llevó la mano a la


barbilla— quizás se deba a las mujeres que se la pasan gritando en su cuarto, que
desconsideradas, de verdad— el tono de seriedad con el que lo dijo le dio a Víctor
la impresión de que le había tenido que administrar calmantes de caballo a muchas
de esas mujeres— le disparé porque me escribió que quería dormir bien para
mañana.

A Víctor le parecía fascinante el hecho de que en 3 días se hubiese formado


un circo en su antes aburrido hogar. Se despidió de Reinaldo y se fue a dormir,
porque no se le habían terminado de pasar los efectos de la droga, Reinaldo siguió
fumando hasta que dieron las 12, cuando también se fue a dormir.

Cuando amaneció, Víctor se levantó de primero e hizo el desayuno, se


requirió el esfuerzo combinado de Kevin, Reinaldo y Víctor para despertar a
Rodrigo de su letargo, cuando todos estuvieron listos, bajaron al sótano, donde uno
de los flamantes autos de Rodrigo los esperaba. Reinaldo subió al asiento del
conductor, los otros tres se acomodaron en el asiento trasero, Kevin puso la muestra
en un maletín, y dicho maletín en el asiento del copiloto.

Reinaldo chequeó que todos tuvieran los cinturones abrochados, abrió la


puerta del sótano, y cuando hubo espacio suficiente, apretó el acelerador con
fuerza, el motor hizo un ruido ensordecedor cuando impulsó el vehículo hacia
adelante, Víctor se agarró del asiento, Kevin se agarró de Víctor, y Rodrigo le pidió
a Reinaldo que pusiera un "trapcito pal' momento".

—USTE' SI SABE MI PANA— dijo Rodrigo cuando Reinaldo le puso su


mix de Bad Bunny. Para sorpresa de Víctor, Kevin empezó a corear con Rodrigo
"LAS PUTAS A MI ME LLUEVEN"

La canción no había terminado cuando Víctor se dio cuenta que el carro se


había detenido, Reinaldo, Kevin y Rodrigo se estaban bajando, él los imitó. En la
fachada del edificio abandonado se leía difícilmente "Instituto de Bioanálisis de
Maracaibo", el grupo entró al complejo, Reinaldo los guió a través de una serie de
pasillos iguales unos a otros, hasta que estuvieron frente a unas escaleras, bajaron
alrededor de 10 pisos antes de que alguien dijera palabra.

—¿Estás seguro que es por aquí?— le dijo Kevin a Reinaldo.


—Papi yo estoy más ubicado que un GPS, vos vais a ver como llegamos más
derechito que el webo mío.

Bajaron otros 10 pisos hasta dar con una puerta cerrada con tablones de
madera, Kevin soltó un prolongado suspiro y miró a Reinaldo, que sin alterarse
siguió caminando y empezó a tantear debajo de uno de los tablones.

—No si cachuo entonces, ahora hay una palanca y se abre una puerta secreta
y la verga.

Justo cuando terminó de decir eso sonó un "CLACK", Reinaldo se apartó de


la puerta tapiada y ésta subió para dar paso a un pasillo metálico iluminado por un
brillo blanco.

—PERO MAMAMELO, PERO MAMAMELO MARDITO, PERO


MAMAMELO— le dijo Reinaldo a Kevin.

Se prolongó durante todo el camino.

—PERO DALE, MAMAMELO, MAMAME- A la verga ya llegamos.

Se detuvieron frente a una puerta con una inscripción que decía "Solo acceso
a personal autorizado", Reinaldo empezó a tocar la puerta, sostuvo el ritmo de sus
nudillos contra el metal hasta que se abrió una ventanilla, y se asomaron unos
destellantes ojos verdes.

—Contraseña.

— Todo aquel que le eche mayonesa al perro caliente será condenado a pena
de muerte— dijo Reinaldo.

La puerta se abrió automáticamente, del otro lado había una chica joven de
cabello rojo rizado con una bata de laboratorio.

—Reinaldo Reyes, te dignas a aparecer.

—Bueno María, no fue que me digné a aparecer, es que necesito un favor y


como vos te pasais de alcahueta lo vais a hacer, al final me vais a invitar a comer,
te voy a coger, y te voy a dejar en visto por dos meses hasta que necesite otro favor
tuyo— dijo Reinaldo, con tal tono de naturalidad que resultaba imposible dudar que
eso era exactamente lo que iba a pasar.
—Te odio, pero tienes razón. Pasen.

El grupo entró por la puerta a un laboratorio con muchas computadoras,


Víctor se adelantó a observar todo, se sintió agradecido de haber llevado chaqueta,
habían al menos 12 científicos trabajando en esas instalaciones, no podía creer que
todo eso existiera al menos 20 pisos debajo de la ciudad, pero fue Kevin quien dijo
lo que él tenía en la mente.

—¿Por qué nadie sabe de esto? Es impresionante.

—¿Si sabes en qué país vivimos? Esto funciona bien porque el gobierno no
sabe que existe, nos mandaron a clausurar hace años y lo único que hicimos fue
trasladarnos bajo tierra, mientras no sepan que estamos aquí, todo bien— la doctora
miró a Kevin y empezó a acercarse a él, los 4 hombres en la habitación tragaron
saliva al mismo tiempo cuando la mujer le quitó el maletín de las manos y lo abrió,
sacó la muestra de cabello y la introdujo en un agujero que había en una de las
muchas consolas que había en la pared, apretó algunos botones y fue al otro lado de
la sala para tomar unos papeles recién salidos de una impresora y entregarlos a
Víctor en las manos.

—Estais mas buena que sacar 20 en química sin estudiar— le dijo Kevin a la
doctora, que había jalado a Reinaldo y lo estaba llevando a una habitación lejos del
grupo.

Rodrigo se acercó a Víctor, le puso una mano en el hombro. En la hoja había


una foto de frente de aquella increíble criatura que había visto en la alfombra,
hermosa como nada en este mundo podía serlo. Pero junto a la foto, se leía un
nombre.

Angelina Herrera.

VII
Angelina Herrera. Angelina Herrera. Angelina Herrera.
"¿Cómo una cosa tan preciosa puede tener un nombre tan normal?" pensó
Víctor.

El trayecto de vuelta al departamento fue silencioso, bueno, "silencioso". Lo


único que se escuchaba eran los cauchos gritando mientras Reinaldo aceleraba, sin
música. Cuando llegaron, Víctor tomó la hoja con los datos y subieron.

Reinaldo, Kevin y Rodrigo se sentaron alrededor de la mesa, Víctor sabía


que si se sentaba la ansiedad acabaría con él, por lo que empezó a caminar
alrededor de sus amigos. Kevin se levantó a buscar una computadora, Rodrigo
empezó a jugar Candy Crush. Cuando Kevin volvió, Víctor le dio la hoja en las
manos, y éste puso el nombre de la chica en todos los buscadores que tenía.

—Angelina Herrera, hay 30.000 resultados.

—Vamos a revisarlos todos uno por uno— dijo Reinaldo— yo traigo los
cigarros.

—Quedate tranquilo chimenea, solo tenemos que cruzar la búsqueda con la


de los asistentes al evento— tecleó algo, apuntó con el dedo a la pantalla de su
laptop hasta eventualmente detenerse y formar en su rostro una amplia sonrisa, le
dio la vuelta y todos en la mesa vieron lo que llevaban semanas buscando.

—Angelina Herrera, asistente de maquillaje, vive en Maracaibo— leyó


Rodrigo.

—¿Cómo la vamos a encontrar con esa información?— le espetó Reinaldo a


Kevin.

—Eso es muy sencillo, buscamos su perfil de Facebook, y en algún momento


se debe haber tomado una foto al lado de una ventana o frente a un edificio.

—¿Y cómo sabremos en cual de todas las ventanas donde se debe haber
tomado fotos es donde tenemos que ir?

—Fácil— intervino Víctor, que había estado callado durante todo el


intercambio— vamos a ir a todos esos sitios, tocaremos cada puerta, y en algún
momento la encontraré.

—La encontraremos, querrás decir— corrigió Rodrigo.


Pasaron cerca de dos horas, y Kevin seguía investigando, a Rodrigo se le
acabaron las vidas en el Candy Crush y Reinaldo iba por el sexto cigarro cuando
finalmente Kevin desistió.

Se fueron a dormir sintiendo la derrota, pero nadie la sentía de manera tan


cercana como Víctor, quien ya empezaba a aceptar la idea de nunca volver a verla,
y por tanto nunca poder volver a disfrutar con su arte.

No fue si no hasta dos semanas después que finalmente Kevin dio con lo que
buscaba, eran las 4 de la tarde cuando se escuchó su grito por todo el departamento.

—NOS FUIMOS MI GENTEEEE.

En el carro, Kevin les explicó lo que había hecho.

—Tu chica tiene familia, investigué todas las fotos que se tomaron donde
salía una ventana, al relacionar los ángulos y las partes que se pueden ver, sé
exactamente donde y en qué piso vive.

Kevin le empezó a dictar la dirección a Reinaldo, mientras Víctor tenía la


mente en blanco por la ansiedad, Rodrigo le hablaba de qué tenía que hacer cuando
la encontrara, pero él no podía concentrarse en nada que no fuera verla. Ella era
todo lo que existía en el mundo.

Llegaron al sitio que Kevin había indicado. Víctor fue el último en bajar del
vehículo, se veía como un edificio normal y corriente, pero tan solo pensar que
alguien como Angelina dormía bajo ese techo le daba un vuelco al corazón.

Caminaron en fila, era un grupo que destacaba bastante por cuan distintos
iban vestidos unos de otros, Kevin nunca dejaba de llevar su traje, Reinaldo
destacaba particularmente por siempre ir vestido increíblemente casual en cualquier
ocasión, Víctor llevaba siempre chaqueta, que era extraño puesto que lo último que
alguien necesitaría en Maracaibo sería una chaqueta, por último cerrando la fila,
estaba Rodrigo, con su camisa larga y aquella expresión siempre tranquila.

Entraron al ascensor sin complicaciones, tan solo pasándole un generoso fajo


de billetes al vigilante.

—Okay, según mis cálculos debe vivir entre el 6 y el 9, en uno de los


apartamentos del lado derecho, nos separaremos, cada uno en un piso, puerta por
puerta hasta encontrarla, quien lo haga tiene que llamar a Víctor, ¿entendido?

—Si capitán— dijeron de manera extrañamente sincronizada Reinaldo,


Rodrigo y Víctor.

Y así fue, primero se bajó Kevin en el 6, luego Rodrigo en el 7, Reinaldo en


el 8.

Víctor sentía en su pecho el ritmo acelerado de sus propios latidos, no podía


creer que en tan poco tiempo había localizado a aquella criatura, estaba preparado
para sacrificar cuanto fuera necesario, necesitaba volver a tomar fotos, agradecerle
a sus amigos por la ayuda y dejar de estorbarles, esa chica jamás entendería lo
mucho que significaba para él.

¿Quería ser su novio? Víctor no sabía responder esa pregunta, era algo tan
irrelevante para él que ni siquiera lo había pensado hasta ese momento. Cuando el
pensamiento pasó por su mente, se dio cuenta de que no iba a poder estar con
ninguna otra chica sin tener grabada a fuego la imagen de Angelina en su mente.
Era simplemente imposible imaginar enamorarse de alguien que causara en él
siquiera la mitad de impacto.

Pero lo que acabó de convencerlo de la idea fue una visión, Angelina en un


vestido blanco, caminando hacia el altar. Víctor era agnóstico, pero nada le parecía
más emocionante que la idea de poder presentar a aquel ser como su "novia".

Por simple placer, quiso decir la palabra "novia", muy despacio, como para
saborear cada significado de ese pequeño sonido, esas cinco deliciosas letras,
mientras las puertas del elevador se abrían sin que él lo notara.

—N o v i---

—Buenos días.

Tuvo que detenerse inmediatamente, la voz que acababa de escuchar era


demasiado melodiosa como para que una persona hubiese podido pronunciar
palabras usandola, sintió bajar el ascensor ante un peso añadido, y mientras
empezaba a temblar, miró hacia abajo.

Angelina, dedicándole una angelical sonrisa.


VIII
Víctor quedó paralizado en un momento que sintió como una eternidad,
sentía que el más mínimo movimiento requería hacer un cálculo infinitesimal, una
ecuación donde todos los factores eran incognitas, sentía que si se descuidaba por
un pequeño instante se le iba a olvidar hacer que su corazón latiese.

No pudo resistirse a mirarla, habían pasado exactamente 35 días desde la


última vez que la vio, ella no lo notó porque estaba revisando algo en su teléfono.
Llevaba lentes que eran al menos seis veces el tamaño de sus hermosos ojos pardos.
Estaba muy bien maquillada, cosa que ahora a Víctor le resultaba obvia puesto que
era su trabajo. Su cabello no estaba tan arreglado como la primera vez que la vio,
pero por algún motivo eso le parecía aún más hipnótico.

Víctor se encontró a si mismo enamorándose de cada pequeño detalle de


aquel pequeño ser, cada mechón desordenado de su cabello que ponía detrás de su
oreja, aquellos finos labios rosados, claramente no era una chica atlética, pero había
un brillo en sus mejillas que Víctor dudaba alguna vez haber visto en el Sol, todo
sentimiento de arrepentimiento desapareció inmediatamente, enamorarse de
Angelina no era un capítulo estúpido de su vida. Era su momento más importante.

Sólo allí fue claro para él el porqué de su nombre, sintió ganas de felicitar a
quien sea que hubiese tenido la idea, ¿qué podía ser esa chica, más que un ángel?

Llevaba puesto un vestido blanco floreado de tirantes que dejaba ver un


pequeño trozo de aquella piel de marfil, zapatillas que dejaban ver que
probablemente usaba la misma talla de zapatos desde hacía bastante tiempo, y un
bolso que iba a juego con los colores del vestido. Víctor se sorprendió a si mismo
con cuantos detalles pudo capturar de aquel pequeño pedazo de cielo en los 66.5
segundos que le llevo al ascensor llevarlos a la planta baja.

—Hasta luego— dijo Angelina, con aquel mismo sonido celestial que Víctor
había temido nunca volver a escuchar, le dirigió otra de esas sonrisas cordiales
mientras se abría paso fuera del ascensor.

—No.
Él mismo se sorprendió de las palabras que salieron de su boca, o mejor
dicho, se sorprendió de haber tenido la capacidad de pronunciar alguna palabra en
esa situación.

—¿Perdón?

Se había volteado, por primera vez se estaban mirando a los ojos. Víctor
tragó saliva e intentó hablar.

—D---Disculpa, y-yo quisiera habl- yo quisiera hablar contigo.

—Disculpe, ¿lo conozco de alguna parte?

—N-No, yo solo quie--- necesito tomarte fotos porque creo que te amo.

—Perdóneme, creo que se equivocó de persona— salió a paso acelerado del


elevador, Víctor empezó a ir tras de ella, pero la vio caminar (ocasionalmente
mirando hacia atrás) en dirección a un auto estacionado, con un chico claramente
mayor reclinado en el parachoques. Se saludaron efusivamente con un abrazo,
entraron al carro y se desaparecieron ante la estupefacta mirada de Víctor.

Pasaron cerca de 20 minutos antes de que el resto del grupo notara su


ausencia y se reunieran abajo. Intentaron sacarle información sobre qué había
pasado, pero Víctor solo musitaba "No" mientras los ojos se le llenaban de
lágrimas.

Lo montaron en el carro y fueron directos al edificio, ésta vez ni siquiera los


cauchos tenían ganas de hablar. Una vez allá, lo llevaron a su habitación, entró al
cuarto y se sentó en la cama, tomo su cabeza entre sus manos y se quedó allí.
Rodrigo entró con una caja de cervezas, Kevin y Reinaldo lo siguieron.

Nadie habló esa noche.

IX
Los rayos del Sol se filtraron por mis ventanas mientras intentaba seguir
durmiendo, no tenía la más remota idea de qué día era o cuanto tiempo había
pasado desde la última vez que había salido de mi cuarto, pero nada me importaba
menos en ese momento. Mentí, lo que menos me importaba era seguir respirando,
pero era bastante complicado dejar de hacer eso, suicidarme parecía un desperdicio
de esfuerzo. Realmente ya estaba muerto.

La tristeza por lo ocurrido con Angelina se había ido poco tiempo tras los
sucesos, pero lo que se había quedado era un gigante despropósito, me era
imposible culparla por haber corrido, ese chico en verdad se veía lindo. Ojalá la
estuviese haciendo feliz.

Una chica así no tenía que perder su tiempo con un perdedor como yo, eso
era algo que estaba claro en el cielo para mi, pero un chico tan patético como yo no
debería perder el tiempo pensando que las Angelinas del mundo van a perder más
de 10 minutos en decidir si valía la pena.

No podía odiar a Angelina, no podía odiar a mis amigos por no haberme


advertido sobre lo que podía pasar, era mi deseo conocerla, encontrarla, tenerla. Y
fue solo por ese deseo que ahora estaba envuelto en mis sabanas, cansado de mirar
mis paredes esperando que algo me devolviese las ganas de vivir.

Había mirado tanto esas paredes que podía cerrar los ojos y describirla con
total exactitud, mi biblioteca a la izquierda, el escritorio con la computadora al lado
derecho y el que usaba para escribir a la izquierda de mi cama. Me gustaba mi
cuarto, tenía todo lo que necesitaba, el único problema era la comida, pero
Reinaldo había adoptado las labores de la cocina desde hacía tiempo. No siempre
estaba delicioso, pero morir de inanición no era una idea atractiva para mi.

Por supuesto, en ese momento no había ningún tipo de idea atractiva, pero
uno debe elegir entre el menor de los males.

Me sentía apagado, como si el simple acto de levantarme a hacer algo fuese


tan inútil como intentar gritarle algo a alguien en Saturno y pretender que te
escuche. Extrañaba buscar a Angelina, el fin de la aventura me había hecho darme
cuenta de cuan aburrida era mi vida antes de que todo esto empezara, ¿saben
cuando fue la última vez que había cenado con alguien? 5 años atrás, cuando mi
padre me echó de la casa porque le dije que no quería ir a la universidad. Rodrigo
había hecho más por mi de lo que iba a tener tiempo para pagarle en mi vida.
Mientras deambulaba alrededor de la imagen de Rodrigo en mi cabeza, la
puerta del cuarto se abrió, y Kevin con una cara seria, entró por ella. Caminó a paso
calmado hacia la cama, se sentó junto a donde estaban mis pies, y solo se me quedó
viendo. Cuando notó que yo también lo veía, frunció el ceño. Por algún motivo, yo
hice lo mismo, estuvimos así un tiempo largo, antes de liberar la tensión con una
breve sonrisa.

—Víctor —dijo Kevin.

—Kevin — le respondí.

—Vengo a hablar contigo, creo que sabes porqué.

—Realmente no tengo idea, ¿te debo plata?

—Seguramente si, pero eso puede esperar.

—Lo más probable es que ya sepa lo que me vas a decir, te quiero y todo,
pero intenta no tardarte.

—Bueno, la única regla es que no puedes interrumpirme.

—Intentaré roncar bajito.

—No vengo a decirte que esto se va a poner mejor, porque sé que eres lo
suficientemente inteligente como para saber que eso sería una mentira. Si te
levantas de esta cama, sales por esa puerta e intentas sacudirte lo que sea que
tengas con ayuda de lo que hay después de esta puerta, te vas a poner peor de lo
que estás ahora, probablemente maldigas a esa chica por haber aparecido en esa
alfombra, y probablemente te maldigas por haber estado ahí para verla. Pero vengo
a decirte algo más importante.

>>Todo sería mucho peor si no estuvieras aquí, Rodrigo tenía dos años sin
tomar vacaciones, cuando estaba en la oficina y le dijeron de tu inactividad, ni
siquiera nos esperó para venir, esa chica rubia con la que estaba el día que llegó
aquí, tenía 6 meses saliendo con ella, es la hija del director de la revista de modas
más grande del país, ahora él está feliz.

>>Reinaldo empezó a leer los libros de tu biblioteca, la última vez que


Reinaldo leyó algo fue la etiqueta de la cerveza, y no quieres saber cuantas se había
tomado antes de querer revisar si la cerveza llevaba chocolate.
>>No eres inherentemente importante, sé que crees que no hay un Dios ni
ningún tipo de autoridad superior, pero lo cierto es que exista o no exista, igual te
vas a morir, y cuando mueras, Angelina estornudará una vez y será lo último que
haga pensando en ti, así que no creo que valga la pena preocuparte porque te
rechace una vez.

>>Estás condenado a estar vivo, pero puedes acabar con eso en el momento
que quieras. Todos formamos parte de la misma tragedia llamada vida, no la hagas
peor para los demás.

Hizo una pausa para tomar aire. Era evidente que no estaba acostumbrado a
hablar, tartamudeaba mucho en su discurso. Pero eso lo hizo más emocional.

—¿No te parece que estás siendo un poco egoísta? Estás diciendo que el
único propósito que existe en mi vida es complacerlos a ustedes, ¿por qué vale la
pena vivir una vida así?

—Esa es una pregunta muy fácil de responder. Porque hasta que encuentres
tu propósito para estar vivo de nuevo, la otra opción es lo que estás haciendo ahora,
y quizás sea porque no te haz bañado en una semana, pero no puedo dejar de pensar
que lo que estás haciendo ahora apesta. No me gusta dar sermones, pero si me
agarras un consejo, empieza por bañarte.

Salió de la habitación cerrando la puerta con cuidado, inmediatamente puse


la cara contra la almohada y concilié el sueño con facilidad. Desperté al poco rato,
estaba dando vueltas en la cama hasta que resolví salir, no llevé la cámara, solo mi
teléfono.

Me adentré en la misma noche que semanas atrás me había mostrado lo inútil


que era, y caminé hasta encontrarme frente al edificio donde vivía Angelina, era
como si su cercanía emitiera una frecuencia especial, me sentí comprimido, tímido,
observado, incorrecto.

Fue en ese momento cuando un gigante ataque de rabia me asaltó, no contra


ella, contra mi. Me di cuenta de lo absurdo de la situación, de lo deprimente que era
hacer lo que estaba haciendo, que si en algún momento Angelina salía del edificio,
le estaría dando aún más motivos para correr a los brazos de su chico musculoso,
así que fui yo quien corrió hacia mi departamento, llegué sudado y agotado, así que
lo primero que hice fue entrar al baño y meterme bajo la ducha sin siquiera sacarme
la ropa.

La intensidad que sentía fluyó con el agua a través de mi ropa. Más calmado,
me desvestí y me puse bajo el chorro por unas dos horas hasta que me sentí tan
limpio por dentro como estaba por fuera, grité hasta que sentí la garganta
desgarrándose, y me decidí.

La próxima vez que Angelina me vea, será su novio quien tendrá que llegar
llorando a su casa, y si eso sonaba egoísta, perfecto. Porque lo era.

Al salir del baño, lo esperaban Kevin, Rodrigo y Reinaldo, sonriendo


ampliamente. Kevin le dio un toque en el hombro antes de que Reinaldo se
levantara de la mesa.

—Voy a hacer la cena.

—No — dije, tomándolo del brazo cuando se iba a levantar— yo lo haré.

Y aún cuando era la comida más cruda que cualquiera de los cuatro hubiese
comido en un largo tiempo. Sabía a victoria.

X
Era de noche, la única luz encendida era la lámpara de mi escritorio, veía mi
mesa de trabajo llena de los materiales en los que llevaba cerca de 6 horas
trabajando, finalmente había logrado crearle a Rodrigo una bebida que supiese a
Coca Cola usando solo agua y una penca de sábila. No tengo la más remota idea de
qué coño hice, pero ese gordo va a estar feliz, y nunca había sido yo una persona
que negara un trabajo.

Me reclino en mi silla, cierro los ojos y suspiro, estoy algo cansado. Lo


bueno es que ya pasaron dos semanas desde que Víctor salió de su cueva, aún el
ambiente en la casa estaba algo tenso, pero la situación estaba evolucionando bien,
seguía durmiendose a las 7 de la noche, pero al menos comía fuera de su cuarto.

Reinaldo había cambiado su animo sombrío desde que se acabó la crisis de


Víctor, Rodrigo había postergado una reunión de emergencia por un asunto de la
compañía, no fue hasta que no estuvo seguro que Víctor estaba mejor, por lo que
me había dejado de niñera. Víctor era un niño tranquilo, Reinaldo era otra cosa.
Aún a esa hora, se le escuchaba en la sala jugando en la Playstation 4, la única
condición que Reinaldo puso para mudarse era poder llevarla, y no se mudó hasta
que Rodrigo no accedió, desde que la consola llegó a la casa, nadie aparte de él
había podido jugar, un día yo mismo lo encontré dormido con el control en la
mano, y cuando lo intenté despertar me golpeó con él en la cabeza.

Le puse laxantes en el té esa noche.

Salí del cuarto y empecé a dar vueltas por el departamento, llegué a la


realización de que ya sabía cada rincón de aquel lugar, y quienes lo hacían
interesante estaban dormidos o inactivos, tome los cigarros de Reinaldo y salí del
departamento.

Desde la puerta del edificio empecé a caminar, dando vueltas en cada


esquina que conseguía, con toda la intención de perderme en las calurosas,
desastrosas y ruidosas calles de Maracaibo, se escuchaba una canción diferente en
cada cuadra, como si la gente estuviera compitiendo a ver qué reproductor sonaba
más fuerte.

Siempre me había gustado caminar fumando, me ayudaba a relajarme y


poder centrar mis pensamientos en otra cosa, mis pulmones tendrian que aguantar.
Me vi distraído de la paz de mi cigarrillo por una ruidosa silueta femenina, me
acerqué a donde estaba y noté que estaba intentando arreglar un carro parado,
cuando ya estaba cerca, reconocí la melena roja.

No era fácil reconocer a María sin la bata de laboratorio con la que la había
visto todo el tiempo, llevaba un short y una camisa con los primeros dos botones
sueltos, verla daba más calor que caminar en el centro a las 12.

—María, ya decía yo que hacía demasiado calor para ser de noche.

—Me puedes echar la labia después de ayudarme con el carro, Kevin.

Maldita, era una maldita.


Revisé e inmediatamente me di cuenta de que uno de los bornes de la batería
estaba flojo, lo arreglé con un destornillador y el motor encendió al segundo
intento. María se me acercó y rozó mi mano con su cabello.

—¿A donde vas? Te puedo llevar de compensación.

—Por lo visto mi destino era llegar a ti, así que donde sea que vayas eres
libre de llevarme.

Sonrió, obviamente había entendido. Me hizo señales para entrar al auto,


cuando arrancó me di cuenta que llevaba años sin estar en un vehículo que no se
moviera como en Rápidos y Furiosos, maldito Reinaldo.

También noté el extraño silencio que implicaba la falta de música, tuve todo
el tiempo y la calma del mundo para mirarla con cuidado, detallando cada rincón de
su cuerpo y perdiéndome en él, aquellas esmeraldas que tenía por ojos en ningún
momento se desviaron del camino, pero por su sonrisa era obvio que notaba que la
observaba.

Cuando el auto se detuvo nos bajamos al mismo tiempo, me di cuenta que


habíamos llegado a su casa. El interior era totalmente opuesto a nuestro
departamento, las luces eran del mismo color que su cabello, María desapareció
detrás de una barra y empezó a mezclar tragos. Era claro que sabía como iba a
acabar eso.

Me senté frente a ella, el silencio en el cuarto me daba todo el tiempo del


mundo para saborear con la vista cada rincón de su figura, me interrumpió al poner
un vaso frente a mi.

—Brindemos, por los carros quedados.

Se rió por lo bajo mientras chocamos los vasos. Me bebí el contenido de un


golpe y le pedí otro. Cuando íbamos por el tercero empezó a desabotonarse el resto
de la camisa, no era la primera vez que estaba en esa casa, así que fui a encender el
aire acondicionado. Cuando volví María estaba recostada sobre la barra, haciendo
ruiditos mientras yo me arremangaba el traje y empezaba a mezclar por ella, ella
me sonrió, y tras dos tragos más, empezó a hablar.

—¿Qué estamos haciendo? Salí del trabajo y quería dormir tranquila, eres un
terrorista, no me dejas tener paz.
—¿No te parece que la paz es lo más aburrido y falso que puede existir en el
mundo? Si existe un Dios observando la Tierra, déjame decirte que su parte
favorita no es vernos a ti y a mi intentar entender cómo jugar con lo que hizo,
seguramente se entretiene lanzando una enfermedad nueva en África o viendo por
qué estupidez se explotan los del Medio Oriente, y estoy seguro que se ríe mientras
lo ve.

—¿Si crees eso, por qué siquiera te esfuerzas en vivir una vida feliz?

—Porque lo que más quiero es verlo a la cara y burlarme de él, porque pese
al sitio donde me mandó, viví todo lo que pude vivir, incluso espero contarle de
como me acosté con la mujer más ardiente que alguna vez creó.

—¿Y quien sería esa mujer?

—Ahora mismo no puedo hablarte bien de ella, en dos horas más o menos
sabré todo lo que se pueda saber.

—¿Y qué te hace pensar que me voy a acostar contigo? ¿No te parece que
quizás te vaya a botar de la casa, como tantas veces he hecho?

—Por eso ésta vez esperé a que estuvieses borracha, María.

La noche progresó como uno podría esperarse, cuando llegué al


departamento a la mañana siguiente, me decidí a que cuando viese a Dios a los
ojos, le agradecería por haber creado algo así.

XI
Sentí la lluvia caer en las calles mientras yo intentaba arroparme con unas
cajas de cartón, tenía un gran vacío en el estómago cada vez que eructaba, tenía
días sin comer. Lo último que recordaba llevarme a la boca fue un pedazo de pan
que robé, para cuando el dueño de la tienda me encontró ya me lo había comido,
aunque eso no evitó que me moliera a golpes.
Había mucho frío, de tanto uso, las pocas ropas que llevaba estaban roídas y
podía sentir con todo mi cuerpo cada ligera brisa que soplaba por mi callejón. Eso
era algo bueno, tenía mi propio callejón. Pese a que era joven, tenía mucha fuerza,
entonces nadie quiso pelear conmigo por este espacio, o al menos eso recordaba.

¿Cuanto había sido ya? Más o menos un año desde que papá me botó a la
calle, realmente no podía estar seguro porque hacía ya mucho tiempo que no sabía
qué día era, pero cuando empezó mi nueva vida estaba lloviendo, así que si la
temporada de lluvia había vuelto, tenía que haber pasado más o menos eso.

Aún con todo estaba tranquilo, era mejor vivir en la calle que soportar los
gritos de mi papá y los berrinches de mi madrastra, pese a que nunca pude terminar
bachillerato, sabía todo lo que podía necesitar afuera. Aunque en el colegio nunca
te preparan para el mundo real.

Veo sombras llegando hacia mi, tras una mejor inspección, abro los ojos
inmediatamente, son dos sujetos, uno trajeado y otro con una gran sonrisa en el
rostro, el segundo me extiende la mano y la tomo...

Desperté sobresaltado de mi sueño, cuando logré enfocarme, noté el ruido de


alguien entrando el departamento, seguramente Kevin. Solté el control del Play y
fui a saludarlo, por su cara era obvio que no había dormido mucho, eso era normal
en él.

—Buenos días, ¿qué quieres desayunar?

—Silencio, calma y el sabor de mi almohada.

—Te voy a rellenar unas arepas con queso y mantequilla, siéntate pues.

Muy machito, pero cuando le nombras mis arepas con mantequilla se sienta
con la lengua afuera como un perro.

Estaba durmiendo en el sofá cuando el ruido de Kevin entrando al


departamento me despertó. Solté el control del Play y fui a saludarlo, por su cara
era obvio que no había dormido mucho, eso era normal en él.

—Buenos días, ¿qué quieres desayunar?

—Silencio, calma y el sabor de mi almohada.


—Te voy a rellenar unas arepas con queso y mantequilla, siéntate pues.

Muy machito, pero cuando le nombras mis arepas con mantequilla se sienta
con la lengua afuera como un perro.

—¿Donde dormiste, Kevin?— le pregunté, aunque por el olor ya era


imposible no saber cual iba a ser su respuesta.

—En casa de María— respondió— seguí tu consejo y esperé a que se


emborrachara.

—TE LO DIJEEEE. Pero verga, te tomó 5 intentos para pararme bolas, tu


eres un desastre.

—Sabes que no me doy mala vida por mujeres— me respondió, bajando la


cabeza ante mi comentario.

—No es necesario, porque no tienes mujeres en tu vida.

—¿Ah si? ¿AH SI? ¿Y la vez que salí de casa de tu prima sin poder caminar?

—Esa vaina no cuenta y lo sabes. LO SABES— respondí, señalándolo.

—Hasta donde yo recuerdo era mujer, y no es que me tenga que esforzar


mucho para acordarme.

—Kevin, mi prima es un 5 de 10. María es un 10 de 10, eso es como


comparar comer langostas con comer pan con diablitos.

Kevin se quedó callado, y empezó a comerse su espectacular e increíble


arepa con mantequilla. La salida a todos los problemas. Le di un ligero golpe en la
cabeza, tomé un plato con otra asombrosa arepa con mantequilla y fui al cuarto de
Víctor, me sorprendió ver que no estaba allí. Justo cuando me di cuenta escuché
abrirse la puerta del baño. Seguía aún en su pijama, me encantaría ver que se
arreglase el cabello algún día de su vida, pero no se deja tocar ese pelo ni cuando
duerme.

—Buenos días— dijo, mientras se hacía camino hacia la mesa del comedor.

Regresé sobre mis pasos, aún me era raro verlo mejorar de repente después
de esa noche que salió a caminar, pero es primera vez que se despierta a tiempo
para el desayuno. Le coloqué su plato en frente y empezó a devorarla con furia y
agresividad. Me recordó a mi mismo cuando Rodrigo me ofreció aquellas
costillas... Dios, qué costillas...

Yo mismo me hice mi propia increíble arepa con mantequilla y me senté con


mis amigos, Kevin hablaba animadamente de la nueva bebida que hizo con agua y
una penca de sábila. Víctor empezó a reírse escandalosamente mientras Kevin le
explicaba como había hecho para que supiese a Coca Cola, para cuando terminó,
Víctor estaba en el piso, y sin embargo seguía masticando esa arepa.

Mis arepas son lo mejor del mundo.

Cuando todos terminamos de comer, tocaron el timbre. Fui a atender y al


abrir la puerta, vi a Rodrigo, con la misma sonrisa de siempre, con los brazos
abiertos para recibir su abrazo. Amaba a ese tipo.

XII
El despertador del teléfono sonaba como el coño de su madre, así que abrí la
puerta del balcón del hotel y lo aventé. Ni siquiera se notó el sonido del maldito
rompiéndose por lo fuerte de la alarma. Mi mandíbula se desencajó mientras me
llevaba la mano al cabello. Odiaba las habitaciones de hotel.

Fui al baño y me miré al espejo, mismo Rodrigo. Eso es extraño, todos los
días nos miramos al espejo en la mañana, casi como para recordar como lucimos,
sería divertido que un día te despertaras siendo otra persona y ni siquiera te dieras
cuenta, que asumieras que eres tu solo porque un espejo te lo dice. Me lavé todo lo
que me podía lavar, me puse uno de los trajes de mi padre y salí.

El chofer estaba desayunando cuando me vio entrar al lobby, se vio la


vergüenza en su cara al notar que me había levantado más temprano de lo que
esperaba, estoy seguro que nadie hubiese podido predecir esa maldita alarma,
empezó a disculparse en inglés mientras se levantaba apresuradamente. Lo
tranquilicé y me senté a su lado, pedí mi propio desayuno y empecé a hablar con él.
Era un señor poco interesante, pero devoto a su familia en una manera que
era imposible no sentir el calor de su sala al escucharlo hablar, estaba más
enamorado de sus hijos de lo que estaba de la vida, y su esposa era la diosa más alta
del Olimpo. Siempre he encontrado fascinante escuchar a la gente hablar de cosas
que son importantes para ellos, porque es imposible que por mi mismo pueda
interesarme en tales cosas.

Una vez terminamos la comida, nos dirigimos al coche. El hotel tenía un


tono dorado en las paredes e iluminación, como diría Víctor "Olía a dinero". Entré
en el coche y el conductor me llevó al sitio de la junta. Mi secretaria me había
llamado hace unas semanas para avisarme que Ernest Roubiczek estaba insistiendo
mucho en sus derechos por la compañía.

Les explico. Mi padre y el suyo fundaron la revista hacía unos 40 años, sin
embargo, ambos murieron en un accidente de tránsito, por lo que fuimos nosotros
quienes la heredaron cuando teníamos 17. Durante el año que faltaba antes de que
legalmente pudiéramos asumir el control, nos hicimos amigos cercanos, me enseñó
francés y alemán, pero yo nunca pude enseñarle a ser feliz.

Cuando llegó la fecha en la que cumplí mis 18 años, tomé control de la


compañía finalmente, le conseguí trabajo a Víctor y finalmente pude vivir solo,
pero Ernest no quiso quedarse quieto. Tan pronto él alcanzó la mayoría de edad,
usó unos viejos archivos que decían que el verdadero dueño de la compañía era su
padre, y que el mío no era más que su asistente. Nadie quiso escucharlo porque
durante mi gestión la revista había vendido más que en los últimos 10 años, pero
eso no evitó que siguiera empujando.

Por lo visto, Ernest había cruzado la raya, había llevado los documentos a un
abogado y estaba intentando demandarme. Yo vine a New York con la esperanza
de poder hacerlo entrar en razón, pero sabía que no iba a ser fácil.

Llegamos al sitio, mi amigo el conductor me abrió la puerta, le di una


propina de 300 dólares y entré al edificio, inmediatamente vi el cabello rubio de
Ernest Roubiczek deslumbrando en luces mientras yo le dedicaba mi sonrisa. No
tienen idea de cuanto él odiaba mi sonrisa.

—Ernest, it's has been a while since the last time we meet, how are you?

—Don't you dare to act like if you didn't know why are we here, I'll see you
in the 4th floor.

Si algo lo molestaba más que mi sonrisa, era darse cuenta de la poca


importancia que le daba a sus berrinches. Lo seguí, el muy niño no quiso que
subieramos en el mismo ascensor, tuve que montarme en el que estaba al lado y
marcar el 4.

Una vez las puertas se abrieron, vi caminar a Ernest con toda su escolta
detrás. Los seguí por un largo pasillo iluminado con luces blancas, con unas plantas
más falsas que un billete de tres dólares intentado crear la ilusión de que era un
sitio feliz. Entramos a una estereotípica sala elegante. Mi abogado estaba allí, se
levantó y me dio la mano, no se pudo haber visto más robótico ni aunque pudiera.

Saqué mi celular y empecé a jugar Candy Crush, iba por el nivel 89 desde
hacía mucho tiempo, y Kevin no me quería ayudar. Maldito.

Escuchaba de fondo a los abogados discutir los términos en voz muy alta, el
abogado de Ernest ocasionalmente soltaba palabrotas en alemán, yo solo reía por lo
bajo mientras intentaba hacer una línea de 4 caramelitos rojos.

No levanté la mirada del teléfono hasta que mi abogado me zarandeó, me


dijo algo de que Ernest me daba un plazo de 2 meses para cederle la presidencia de
la compañía o me iba a demandar.

—¿Eso significa que ya me puedo ir?

No entendí que fue lo que me respondió, pero como lo vi asentir con la


cabeza empecé a correr de esa habitación, bajé las escaleras de tres en tres y en un
suspiro ya estaba en el hotel, tomé todo, lo aplasté en la maleta y antes de que mi
abogado hubiese terminado de explicarme lo que debería hacer, estaba frente a la
puerta del departamento, tocando el timbre con los brazos abiertos.

XIII
Víctor, Rodrigo, Kevin y Reinaldo estaban juntos en la misma habitación por
primera vez en mucho tiempo, los 4 echaban de menos el ambiente que el grupo
generaba, solo en ese momento fue obvio para los 4 lo importante que era el
mantenerse juntos. El hecho de que faltase una sola persona marcaba la diferencia.
Rodrigo no les comentó lo ocurrido en New York para no alarmarlos, pero todos
sabían que algo no andaba bien. Sin embargo la armonía de estar los cuatro juntos
hizo que todos dejaran al elefante en la habitación tranquilo y en lo suyo.

Tal fue la magnitud del momento que Rodrigo sacó tres mandos de PS4
adicionales y Reinaldo no lo cacheteó, sincronizaron los controles y empezaron a
jugar Call of Duty. Hicieron equipos de dos, eran Víctor y Kevin contra Reinaldo y
Rodrigo. Los segundos iban ganando por una absurda paliza, Reinaldo tenía una
puntería satánica contra la cual Víctor y Kevin solo podían gritar y correr en
círculos, mientras todos reían y gritaban, Kevin le contó a Rodrigo de su nueva
invención.

Dejó a Víctor jugando con dos controles, el tipo intentó usar el otro con los
pies, no es difícil adivinar cómo le fue. Kevin entró a la habitación de nuevo con un
galón de una sustancia que se veía como agua y olía como agua. Sin embargo,
cuando los 3 espectadores probaron la bebida que esperaban insípida, se miraron
todos en estupefacción al darse cuenta de que la misma sabía como a una Coca
Cola fría y en botella.

—MALPARIO VERGO DEL DIABLO QUE COÑO LE HICISTE AL


POBRE AGUA— gritó Reinaldo, mientras escupía el líquido y mataba a Víctor
con un tiro a ciegas de su rifle de francotirador.

—Esta vaina es perfecta— dijo Rodrigo, mientras le daba un largo sorbo a la


gaseosa falsa— es lo mejor del mundo, es mejor que las arepitas con mantequilla
de Reinaldo.

Reinaldo se levantó, sacó una navaja del pantalón y apuntó a Rodrigo con
ella.

—RETRACTATE MALDITO GORDO, RETRACTATE.

Víctor mientras tanto se bebía su vaso, el de Rodrigo y el de Reinaldo, que


habían empezado a correr por la casa. Rodrigo sabía perfectamente que nadie se
puede meter con las arepitas con mantequilla de Reinaldo.
Eventualmente se hizo de noche, Reinaldo no dejó de perseguir a Rodrigo
hasta que éste no admitió a gritos que las arepas con mantequilla eran lo mejor que
había probado en su vida. Siguieron jugando hasta que se hicieron las 9.

—Deberíamos salir. Nunca hemos salido los 4 a un bar, tenemos que salir—
dijo Kevin, mientras se miraba en el espejo, arreglándose el cabello y el traje.

—Kevin, sabes que a Rodrigo no lo dejan entrar en ningún bar de la ciudad


porque cuando bebe de más pasan vainas raras, ¿a donde crees que podemos ir?—
le respondió Víctor, que en verdad quería salir de su casa.

—Yo conozco un sitio, el dueño es un amigo, el problema es que tiene una


regla algo extraña para los que van a tomar alcohol— dijo Reinaldo, quien nunca
en su vida iba a negar una salida a tomar.

—¿Cuál es esa regla?— preguntó Víctor.

—La regla es "Nadie sale de mi bar si no es hablando por los pies y


caminando hacia atrás"

—¿O sea?

—O sea, que si vamos a ese bar, tenemos que emborracharnos a juro si o si.

—Realmente no veo cual es el problema con eso— dijo Rodrigo— yo nunca


bebo sin emborracharme.

—No se diga más, nos fuimos— dijo Reinaldo, mientras tomaba las llaves
del auto y todos se vestían para salir.

Una vez en el carro, todos se miraron unos a los otros, era primera vez que
Víctor veía a Reinaldo vestido con una camisa, manejaba a la velocidad normal...
Normal para Reinaldo, lo que significaba que se le adelantaba a todos los carros
que tenía por delante y nadie se dio cuenta de cuando llegaron al bar.

Todos se bajaron al mismo tiempo, caminaron hacia el establecimiento,


estaba lleno, el lugar estaba decorado con adornos rusos, había un frío sobrenatural,
un frío que nunca nadie hubiese podido sentir en Maracaibo, los clientes eran todos
hombres, y bebían abundantemente una bebida extraña de color verde. Se hicieron
camino por entre la gente y acabaron los 4 sentados en la barra. Un hombre
musculoso de mediana estatura los saludó con un marcado acento ruso y les
preguntó.

—A mi barra solo vienen los valientes, ¿creen que pueden con el reto?—
tenía la voz grave e intimidante, pero los cuatro aventureros asintieron con la
cabeza y el cantinero empezó a servir.

No tenía vasos para hacer shots, solo jarras de cerveza que llenaba con vodka
y otras especias que ni siquiera Kevin pudo distinguir, se tardó aproximadamente
10 minutos en hacer su mezcla extraña con cada uno de l. Cuando los cuatro vasos
estuvieron servidos, se tornaron del color verde que habían podido apreciar al
entrar en los vasos de los demás. Rodrigo gritó para hacerse escuchar entre todo el
escándalo.

—PROPONGO UN BRINDIS. POR LA MANADA.

—POR LA MANADA.

XIV
Víctor despertó por un sonido metálico persistente que sentía como un
martillo mezclado con un taladro en su cabeza. Le tomó al menos 20 minutos de
restregarse los ojos para poder ver decentemente. Cuando pudo levantarse, se dio
cuenta de que estaba en una lancha, rodeado de pescados, sin nada puesto salvo su
ropa interior y su chaqueta y lo más importante.

Estaba en el medio del mar.

El olor del pescado no tardó en hacerse sentir, era claro que estaba en un bote
pesquero, no reconocía nada más que eso, cuando finalmente logró ponerse en pie
sobre la pila de pescados, vio al conductor. Era un hombre negro de
aproximadamente dos metros, tenía un tatuaje en la espalda que decía "La Habana",
iba vestido únicamente con bermudas y no quitaba la mirada de su ruta.

Víctor sabía que la situación no se sostenía por ningún lado, intentó


pellizcarse en el brazo ante la idea de que fuera un sueño, pero en efecto, lo que sea
que estuviese pasando era la realidad. Logró ponerse en pie y caminó hacia el
misterioso piloto, le tocó el hombro para llamar su atención.

El hombre respondió sacándose una pistola del pantalón y apuntando a


Víctor a la frente, le dedicó una mirada letal a los ojos.

—DISCULPE ESTO ES UN MALENTENDIDO YO NO QUERÍA YO NO


SÉ DONDE ESTOY— gritó Víctor en desesperación absoluta al sentir el cañón de
la pistola contra su piel.

Su atacando relajó la expresión y suspiró de alivio mientras guardaba el arma


de nuevo.

—Sus amigos están atrás.

Corrió de nuevo a la pila de pescados hasta que reconoció una mano, la jaló
con fuerza y terminó sacando a Rodrigo, que tenía una sonrisa de oreja a oreja aún
estando dormido. Cómo no reaccionaba, Víctor empezó a abofetearlo con un
pescado, eventualmente respondió, se abalanzó a uno de los bordes de la
embarcación y empezó a vomitar.

Víctor confiaba en que no iría a ningún lado, al fondo encontró a Kevin y


Reinaldo abrazados, pese a que le parecía un momento digno de fotografiar, tuvo
que separarlos. Ambos estaban sumidos en un profundo sueño, pero otra ronda de
bofetadas con el pescado los sacaron de él.

Cuando los 4 estuvieron despiertos y medianamente conscientes, se


reunieron en la parte de atrás, el conductor ni siquiera se volteó. Víctor les repitió
todo lo que le había dicho, y cuando mencionó la parte del soborno, Rodrigo se
llevó una mano a la barbilla.

—Ese es Ernest, ese sin duda es Ernest, estoy 100% seguro. Va a aprovechar
que estoy afuera para quedarse con la compañía.

—Maldito catire hijueputa chamo— dijo Reinaldo— hay que decirle al


conductor que de la vuelta.

Mientras Reinlado decía eso, Kevin ya estaba al lado del negro pidiéndole
que los devolviese a Maracaibo, sin embargo el hombre solo negaba con la cabeza,
incluso cuando Rodrigo caminó tambaleándose al lado de Kevin y le ofreció
dinero, se negó, decía que si los llevaba a La Habana el rubio le había prometido 4
millones de dólares para él solo. Y por si mismo Rodrigo no podía igualar esa
oferta.

El resto del viaje tuvo un aire de resignación, era como si La Manada ya


hubiera aceptado que no había salida de la situación. Cuando el barco atracó en el
puerto, el hombre los empujó fuera. Y antes de que cualquiera pudiera decir algo,
aparecieron los aduaneros, lo ayudaron a descargar los pescados y zarpó de nuevo.

XV
Empezaron a caminar sin saber exactamente hacia donde, solo por sentir que
estaban haciendo algo relevante, aún cuando los cuatro estaban perfectamente
conscientes de que no era así. Víctor iba a la cabeza, estaban bordeando el muelle,
como era de noche, no había nadie allí para darles indicaciones. Estaban callados y
contemplativos, nadie entendía qué coño había pasado para que acabasen en Cuba.
Le habían quitado todo el dinero a Rodrigo, por lo que nadie tenía la más remota
idea de como volver a Maracaibo.

El panorama era hermoso, sin embargo, los muelles de madera eran


adornados por la fina textura del mar, todos podían percibir el olor marino mientras
cavilaban sobre su situación, habían troncos a la orilla, pero ni una sola persona, era
obvio para Víctor que tenía que ser un puerto comercial, a lo largo del camino de
arena solo podían vislumbrar árboles, Reinaldo estaba caminando de puntillas por
temor a que apareciese una serpiente.

—Tranquilos mis niños, es tan sencillo como encontrar un teléfono, llamar a


mi secretaria y ni siquiera nos vamos a tener que acordar de cómo coño llegamos
acá— dijo Rodrigo, sintiendo el ambiente pesado— solo hay que seguir
caminando.

—¿No te parece extraño eso de "el rubio"?— le espetó Kevin. Claramente


Rodrigo no se esperaba la pregunta, porque por primera vez desde que Víctor podía
recordar, puso una expresión seria.
—No sé a qué se refería— respondió por lo bajo, mientras fijaba la mirada
delante de él.

—No me tomes por estúpido, ¿hablaba de Ernest, verdad?

—Ernest está en Nueva York tranquilito en su cama, no tiene nada que ver
con esto.

—Oh, que casualidad que cuando vuelves de ese viaje a Nueva York
acabamos en una isla del caribe por soborno de un "rubio" que casualmente tenía
cuatro millones de dólares a la mano solo para que no pudiésemos devolvernos.

—No tengo que escuchar tus conjeturas, Kevin. Deberías concentrar esa
cabecita tuya en pensar cómo salir de aquí.

—Rodrigo tiene razón— interrumpió Víctor, al ver la mirada en el rostro de


Kevin— podemos pensar en por qué acabamos acá cuando resolvamos al menos
donde dormiremos.

Kevin abrió la boca para decir algo, pero al ver la cara de Reinaldo, decidió
quedarse callado. Siguieron caminando un largo trecho, Víctor no pudo evitar
maravillarse ante la belleza natural de la capital cubana, la naturaleza los saludaba
con más calidez de la que alguna vez le había dado otro ser humano, aún con la
molesta humedad, el cantar de los grillos armonizaba la noche de forma que Víctor
no pudo si no asociar a la sensación que meses atrás le había provocado Angelina.

Solo cuando pensó eso, echó en falta que quien sea que los hubiese mandado
hasta allá no le hubiese dado una cámara.

Se detuvieron en seco cuando vieron luces a la distancia, escucharon el


sonido de un tambor, así como el de gente hablando en voz muy alta, por lo visto
acababan de llegar a su fiesta de recibida, pensó Reinaldo.

Cuando pudieron ver el panorama de manera clara, fueron sorprendidos por


bellas muchachas de piel bronceada bailando al son del tambor, mientras un
apuesto muchacho lo tocaba de manera intensa, a uno de los cuatro se les escapó un
"Wow", pero como todos lo estaban pensando, nadie se molestó en ver quien lo
había vocalizado.

Siguieron caminando, notaron que la luz de las antorchas provenía de una


casa de madera, "teléfono" pensó Rodrigo inmediatamente.

Aceleraron el paso detrás de él, quien casi ignorando a la gente frente a la


casa, empezó a tocar la puerta, para cuando los demás estaban detrás de él, ya la
puerta había sido abierta por una mujer con piel de azabache.

—Mi amor, qué haces tocándome la puerta a esta hora— miró a Rodrigo de
arriba a abajo— dudo que vengas a vende ropa.

—Muy buenas noches señorita, somos viajeros, estamos algo perdidos,


necesito usar su teléfono para solucionar eso, y si es tan amable, dejarnos pasar la
noche bajo su techo.

—Te iba a decir que no, pero acabo de ver a ese negrito sabroso que llevas
ahí, quédense todo lo que quieran.

—Qué te pasa ne— empezó a protestar Reinaldo, pero Kevin y Víctor le


pisaron un pie cada uno.

—Todo suyo señorita, dispuesto a lo que sea— dijo Víctor.

—Ay papi eso si ta' bueno.

Salieron tres chicas notablemente más jóvenes que la primera, entre las 4 se
llevaron a Reinaldo escaleras arriba. La que les había abierto la puerta se devolvió
para indicarle a Rodrigo donde estaba el teléfono.

Éste siguió esa dirección hasta encontrarlo, Kevin y Víctor se habían


quedado sentados en la entrada viendo el espectaculo.

Cuando Rodrigo marcó el número de su secretaria, repicó 4 veces antes de


atender.

—Buenas noches Elena, lamento mucho despertarte. Por lo visto Ernest hizo
algo, estamos los muchachos y yo varados en La Habana, necesito que consigas
boletos para volver a Venezuela lo más pronto posi-

—Oh yeah, dime más.

Era la voz de Ernest Roubiczek.

—Mira malpario pelo e' bombillo, no sé cual coño es tu plan, pero cuando
vuelva a Maracaibo te va a caer una demanda más gorda que el coño de tu madre.

—Lamento mucho escucharlo, dentro de 13 días voy a ser presidente de la


compañía, estoy seguro que me va a costar mucho pelear una demanda contra un
don nadie como tú.

—Vas a ver maldito, vas a -

La llamada se cortó.

Rodrigo volvió a donde estaban Kevin y Víctor, Kevin notó la tensión en sus
facciones, pero no quiso preguntar nada.

De repente apareció Reinaldo por las escaleras, tenía ropas nuevas, y les dijo
que no se sentía cómodo durmiendo con esas mujeres. Encontraron mantas y
almohadas en el area común de la casa, olía a madera.

Se echaron al suelo y empezaron a dormir...

En mitad de la noche, despertaron por unos sonoros gritos. Víctor, Kevin y


Rodrigo se percataron de que les faltaba un miembro importante. Al poco tiempo
de que entraran en consciencia, vieron a Reinaldo correr con los pantalones abajo,
mientras el grupo de mujeres que les habían dado hospedaje lo perseguía, éste se
perdió entre los árboles, cuando lo perdieron de vista, las mujeres voltearon hacia la
casa, Kevin y Rodrigo empujaron a Víctor a correr, se escabulleron por la ventana
en el momento donde una lanza silbó justo donde la cabeza de Kevin estaba hacía
dos segundos.

Empezaron a correr por donde se había metido Reinaldo, Kevin empezaba a


gritar preguntas que por supuesto nadie le iba a responder. Víctor y Rodrigo corrían
todo lo que podían, Víctor nunca había corrido tan rápido en su vida, sentía el
viento en la cara mientras sus piernas se movían a una velocidad que no sabía que
podía alcanzar, tanto así que no escuchó a Kevin gritándole.

Al voltearse, vio a Rodrigo y Kevin montados en una camioneta, este último


estaba agachado bajo el tablero, Víctor entendió que estaba intentando encenderlo
sin la llave, corrió a la misma velocidad en dirección a la camioneta, justo cuando
saltó al asiento trasero, arrancó. Kevin pisó el acelerador y dirigió el vehículo hacía
donde su amigo se había perdido. Víctor se asomó y vió a sus perseguidores
montarse en dos vehículos en medio de gritos, para luego ir detrás de ellos.

Al rato de estar haciéndose paso entre la jungla, notaron un peso caer sobre
el techo de la camioneta. Rodrigo se asomó por el asiento del copiloto, cuando
volvió a sentarse, tenía a Reinaldo entre brazos, éste se pasó hacia atrás con Víctor
mientras Kevin pisaba el acelerador a todo lo que daba.

—¿MUCHO TE COSTABA DARLE WEBO A ESAS COÑAS? EL QUE


TIRA FEA TIRA DOS VECES REINALDO— le gritó Rodrigo.

—YO IBA A ESO MALDITO GORDO, PERO CUANDO ME LO SAQUÉ


LAS LOCAS DEL SEVILLO ESE DIJERON QUE ERA UNA ANGUILA
PERDIDA DEL DESIERTO Y ME LA QUIEREN ARRANCAR— le respondió
Reinaldo, que en medio de toda la confusión apenas se había percatado de que tenía
los pantalones por las rodillas..

Luego de un tiempo, dejaron de escuchar a sus perseguidores detrás de ellos.


Por lo que detuvieron la camioneta. En la parte de atrás había un bolso vacío, pero
se lo llevaron igual por si lo necesitaban en el futuro. Y aún sin haber comido nada,
se adentraron en un valle que estaba junto a la selva.

XVI
Se hicieron paso a través de las piedras, Kevin notó que estaban húmedas,
por lo que según él, debía haber agua cerca. Acamparon tan pronto lograron cruzar
el valle hacia otra sección de la jungla, no era muy seguro dormir cerca de la zona
donde los buscaban, pero tenían los músculos agarrotados y el hambre estaba
empezando a mermar sus fuerzas.

Fue Reinaldo quien improvisó algo remotamente parecido a una cama con
unas hojas grandes caídas de una palmera, ninguno de los 4 tuvo que esforzarse
demasiado por conciliar el sueño, lo primero que se escuchó fueron los ronquidos
de Rodrigo, y pronto después, ni siquiera eso pudo perturbar la noche.
Cuando el Sol se asomó, ya Kevin estaba despierto, era bien sabido por todos
que él era el miembro que menos necesitaba dormir para estar bien, reunió madera
y formó una fogata, logró cazar una iguana, los demás fueron despertados por el
olor. No pudieron esperar a que estuviese completamente cocida, comieron con
desesperación, los estómagos les rugían solo de ver el exótico manjar. Dicen que la
iguana sabe a pollo, pero aún comiéndose una completa, ninguno de ellos le prestó
mucha atención a cómo sabía. Tan pronto terminaron de comer se levantaron,
decididos a encontrar la fuente de agua que Kevin había sugerido.

Caminaron un largo trecho, el calor empezaba a ser sofocante, y el tiempo


que llevaban sin beber algo tenía a todos en el grupo con la boca abierta, el sudor
aceleraba la deshidratación, nadie tenía siquiera fuerzas para hablar sobre cuál era
el plan para salir de la isla, simplemente caminaban, con la vana esperanza de que
eso les brindase las respuestas que ellos mismos no podían encontrar. No pasó
mucho hasta que llegaron a una zona pantanosa.

Reinaldo se abalanzó inmediatamente cuando vio el agua a sus pies, tuvo que
ser detenido por Rodrigo y Kevin, mientras Víctor se adelantaba para cerciorarse de
que no estuvieran yendo por otro callejón muerto.

—Agua, dejenme beber agua— decía Reinaldo mientras forcejeaba con sus
captores.

—No, agua sucia no, agua sucia no— alcanzó a responderle Kevin, con la
frente perlada y jadeando del esfuerzo.

—Muchachos, verde, hay grama acá— les dijo Víctor desde la distancia.

Liberaron a Reinaldo y adelantaron el paso hacia donde estaba Víctor, en


efecto, una vez la zona pantanosa terminó, se extendía una idílica sección verde, lo
más resaltante era la cumbre, un monte bastante alto, los amigos se miraron entre
sí, acordando en silencio que iban a intentar subirla.

Reinaldo era por supuesto el más rápido, lo empinado del terreno hacía
imposible subirlo de pie, por lo que solo les quedaba aferrarse a la grama con
fuerza e impulsarse hacia arriba. Víctor era quien la estaba pasando más difícil, no
estaba acostumbrado a la actividad física en Maracaibo, por lo que al lanzarlo en La
Habana era predecible que no iba a salir muy bien. La noche anterior se había
herido las manos con las rocas, por lo que tener que apretar con fuerza aquellas
hiervas solo le provocaba un dolor indecible. Tan indecible que ni siquiera tuvo la
fuerza para quejarse.

Siguieron subiendo, Víctor vio a Reinaldo desaparecer frente a sus ojos una
vez llegó a la cima, le siguió Rodrigo, y por último Kevin. Afincó la frente contra
la pequeña montaña, no sabía si tenía fuerza suficiente para llegar. Por lo que
resolvió que lo mejor sería darse unos minutos. Le parecía extraño que sus amigos
no le hubieran hecho señales una vez llegaron arriba. ¿Quizás lo habían
abandonado?

No. Víctor sabía que eso no era posible.

Se tomó su tiempo para mirar hacia atrás, fue deslumbrado por una increíble
vista, el Sol en todo lo alto sacaba reflejos verdes de la sabana que acababan de
atravesar, le era imposible pensar que hacía tan solo 5 días estaba en su habitación
mirando el techo. Cuando pudo detallar cada momento en su cabeza, con la
esperanza de poder recordarlo para siempre, se volvió a dedicar a su tarea de subir.

Estuvo a punto de resbalar dos o tres veces, pero, aún sin aliento, logró llegar
al punto más alto. Fue sorprendido por la imagen que lo recibió. Sus amigos, felices
y sonriendo, bajo un gran árbol que los proveía de sombra, estaban pasándose una
jarra de agua tan cristalina como las lágrimas de una princesa. Mientras un viejito
arrugado y encorvado de color morado los observaba con la mirada más seria que
Víctor hubiese alguna vez visto en unos ojos humanos.

XVII
Una vez Víctor pudo recuperarse del impacto inicial generado por ver a un
hombre morado, no tardó en ir en carrera a llenar su garganta del agua que sus
amigos se estaban pasando entre risas. Quedó maravillado al darse cuenta de que
por mucho que el agua saliese de la jarra, nunca bajaba de la mitad, ante esta fuente
infinita de aquello que llevaban 2 días buscando, nadie estuvo satisfecho hasta que
sus estómagos no podían procesar más líquido.

El pequeño hombre seguía recostado contra el tronco del árbol, estaba


arrugado como una pasa, tenía un sombrero de paja y una abundante barba blanca,
lo único que destacaba de aquel rostro lleno de cicatrices eran sus ojos rojo sangre,
que no había apartado del grupo ni por un segundo mientras estos se deleitaban por
su obsequio.

—Muchísimas gracias, señor— dijo Rodrigo— nos ha salvado la vida,


estamos perdidos aquí desde hace unos días, nos persigue una tribu de la costa.
Somos venezolanos, ¿sabe alguna manera de volver a llegar allá?

—ESTÚPIDO.

Su voz grave y profunda retumbó en los oídos de los cuatro amigos, los tomó
completamente por sorpresa que aquel manojo de arrugas pudiese emitir un sonido
tan amenazador, se quedaron unos largos segundos en silencio, dado que el anciano
estaba haciendo movimientos para levantarse. Cuando lo hizo, empezó a caminar
alrededor del árbol, perder de vista sus ojos rojos fue lo que hizo darse cuenta a
Rodrigo de lo tenso que estaba a causa de ellos, cuando reapareció por el otro lado,
vieron que llevaba en la espalda un bolso. Víctor estuvo cerca de ser golpeado por
él cuando se lo lanzó al rostro.

—Todo lo que necesitan está en ese bolso, lobos, los quiero fuera de aquí en
2 minutos.

—Disculpe si lo molest---

Mientras Reinaldo intentaba disculparse, el anciano levantó los dedos de


ambas manos completamente extendidos.

—CIENTO VEINTE. CIENTO DIECINUEVE. CIENTO DIECIOCHO.

Les tomó un rato darse cuenta de que estaba haciendo una cuenta regresiva.
cada vez que bajaba un dedo, una rama del gigantesco árbol caía estrepitosamente,
en una ocasión rozandole una oreja a Rodrigo.

—Bueno mi gente, el viejo este nos quiere matar pal coño, yo digo que
CORRAMOS— dijo Kevin, mientras corría hasta el otro borde de la cumbre y
empezaba su descenso.
Víctor seguía con el bolso en la mano, encontró dentro comida enlatada, un
papel arrugado... y una cámara. Quedó suspendido en su sitio al ver aquello que
había echado en falta tantas veces durante las largas caminatas de los últimos días,
pero lo que más lo chocó fue darse cuenta de que no era cualquier cámara.

Era su propia cámara.

Levantó la mirada hacia el anciano, que lo estaba mirando a los ojos


fijamente.

—SESENTA. CINCUENTA Y NUEVE. CINCUENTA Y OCHO.

Cuando rebasó los sesenta segundos restantes, el propio tronco del árbol
empezó a estremecerse con fuerza y violencia. Víctor salió de su estupefacción,
metió su cámara en el bolso y empezó a correr, cuando vio por el borde estaban sus
amigos a medio camino. Se colgó el bolso y empezó a realizar su descenso,
mientras las ramas silbaban a los lados de su cabeza. Quizás por la adrenalina del
momento, no pasó mucho tiempo antes de que Víctor estuviera al nivel de Kevin.

—¿ESE MALDITO VIEJO NO PLANEA BAJAR?

"Si fue él quien lo ocasionó..."— pensó Víctor, pero ya había perdido mucho
tiempo, estaba contando el tiempo restante en su mente, veinte, diecinueve,
dieciocho...

Tocó el suelo cuando su cuenta iba por cinco, se apartó rápidamente del
monte, esperando que se colapsara. Pero solo hubo silencio. El grupo estaba
jadeando por la carrera, se recostaron en el suelo, y por un momento los cuatro
tenían los ojos cerrados. Fue Víctor el primero en abrirlos.

—A la mierda.

Los demás, entre jadeos, captaron que algo andaba mal, por lo que abrieron
los ojos para darse cuenta de lo que Víctor había visto.

El monte había desaparecido.

—Ahora si es verdad nojoda. Acabamos en Cuba, nos persigue una tribu que
me quiere cortar el machete, y nos encontramos un viejo mágico que nos intenta
matar, menos mal que somos visita— dijo Reinaldo, quien tenía la frente perlada en
sudor.
—Dame ese maldito bolso, más vale que haya algo bueno— dijo Kevin.
Víctor se lo pasó.

Sacó la cámara con cuidado, entendió que era la de Víctor, aún cuando nadie
entendía el cómo había acabado allí, tenían preocupaciones más grandes. Desdobló
el papel arrugado y se formó una sonrisa en su rostro.

—Es un mapa.

XVIII
Kevin era lo más cercano que tenían a un cartógrafo, por lo que iba a la
cabeza del grupo que ahora estaba mejor organizado de lo que habían podido estar
por los pasados tres días.

—Estamos buscando un pueblo llamado Los Amantes— dijo el guía, que


tenía el mapa entre las manos como si fuese un millón de dólares.

—Marico, dudo de pana que haya un cartel en la entrada— objetó Rodrigo.

Siguieron caminando, se hizo de noche. Víctor estaba dándole vueltas a su


cámara que ahora llevaba colgada al cuello, intentaba encontrar cualquier detalle
que lo sacara de la idea de que era su cámara la que mágicamente había aparecido
en el bolso de un viejito en una isla del Caribe.

Era suya. Era su cámara.

A través del lente empezó a tomar fotos del recorrido, unas iguanas subiendo
por el tronco de un árbol hueco, una toma de Kevin mirando el mapa, capturó a
Reinaldo montado en una roca, intentando ver qué había más adelante.

Víctor estaba sonriendo mientras tomaba las fotos.

—MAMASELO, PERO MAMASELO, PERO DALE, DALE. AGACHATE


Y MAMASELO.

El grito de Reinaldo sacó a Víctor de su epifanía artística, se habían detenido


frente a un cartel que decía "Bienvenido a Los Amantes", por supuesto, Reinaldo le
estaba gritando a Rodrigo.

Entraron a paso calmado, las calles no estaban pavimentadas, habían solo dos
chozas en toda la aldea, predominaba un olor a madera quemada proveniente de la
fogata central del pueblo, Rodrigo tocó la puerta de la primera casa y no hubo
respuesta, Reinaldo hizo lo mismo con la segunda y fue el mismo resultado.

Se seprararon para cubrir más terreno. Kevin y Víctor se adentraron a la zona


de la fogata, se vieron maravillados por una vista que tenían tiempo sin apreciar: el
mar.

En todo su esplendor azul a la luz de la luna, daba una imagen hermosa,


Víctor no tardó en capturarla con su cámara. Tras un poco más de exploración, se
encontraron aquello que más querían ver en ese momento. Un bote.

No era tan espacioso como el que los había llevado, pero era suficiente para
albergarlos a los 4, Kevin se apresuró a entrar en él, chequeó que no tuviese
aperturas, y en efecto, era un bote perfectamente funcional. Sin embargo, el
regocíjo de su descubrimiento fue interrumpido por el grito de quien no podría ser
si no Rodrigo, dejaron todo donde estaba y fueron hacia donde lo habían
escuchado.

Reinaldo también lo había escuchado, dado que para cuando Kevin y Víctor
llegaron a donde lo habían visto por última vez, el ya estaba allí, mirando a todos
lados buscándolo, pero no había rastro de él.

—¿Ustedes también escucharon eso?— dijo Reinaldo, quien seguía mirando


a su alrededor en busqueda del origen de aquel grito.

—Claro, era Rodrigo.

—RODRIGOOO— empezó a llamar Reinaldo a gritos, pero solo el eco le


respondió.

—CUIDADO— gritó Kevin de repente, cuando vio a un chico y una chica


correr en su dirección, pero ya era muy tarde. Antes de que Reinaldo pudiera darse
cuenta, el hombre lo golpeó en la cabeza con un remo, y la chica ató a Kevin y a
Víctor con una cuerda, antes de proceder a hacer lo mismo con el aún mareado
Reinaldo.
Todo pasó tan rápido que ni siquiera habían procesado completamente la
escena cuando ya les habían puesto cinta adhesiva en la boca, y los arrastraban
hacia el interior de una de las casas. Reinaldo, el único capaz de liberarse de
aquellas ataduras, estaba completamente noqueado, cuando vieron a Rodrigo atado
y silenciado al fondo de la habitación, se sintieron aliviados.

Sus captores los pusieron al lado de su amigo, la habitación estaba


completamente en gris, no había ni un adorno, solo una mesa de metal en el medio,
el aspecto rustico que tenía por fuera era completamente contrario al interior frío y
moderno. Los atacantes desaparecieron tras una puerta, haciendose lo que parecían
ser halagos en una lengua extraña que ninguno de los secuestrados podía entender,
dejando a los cuatro amigos completamente solos.

Intentaron hablar a pesar de la cinta en sus labios, pero fue inutil.

Fue entonces cuando Kevin tuvo una idea. Esperó a que Reinaldo recobrara
el conocimiento, tan pronto lo vio abrir los ojos, lo miró fijamente, y parpadeó tres
veces seguidas de manera rápida, seguido de dos más separadas entre si,
finalizando con uno mucho más lento.

Víctor no podía ver lo que pasaba puesto que estaba atado de espaldas a
Kevin, pero en la superficie metálica de la pared podía ver reflejado el hecho de
que Kevin y Reinaldo se estaban mirando fijamente. Entendió que estaban
hablando por código morse.

Si no hubiese tenido cinta en la boca hubiesen podido ver la sonrisa más


amplia que Víctor recordaba haber puesto en mucho tiempo, cerró los ojos de
alivio, y sólo se dijo a si mismo que esperar era lo mejor, sintiéndose mal por la
pareja que los había capturado.

Pasó un largo tiempo antes de que estos volvieran a hacer presencia en la


habitación, su indumentaria harapienta y sucia fue reemplazada por ropa casual, de
la que podían ver en Maracaibo todos los días, fue la chica quien se dirigió a ellos.

—¿Rodrigo ustedes estar donde?

Su acento y extraña formulación hacían claros que no hablaba el español, por


lo que Kevin le hizo una señal con la barbilla a Reinaldo, y el plan ya estaba en
acción.
Reinaldo empezó a emitir ruidos, sacudiendo la cabeza en señal de que
quería que le quitaran la cinta. Fue el hombre quien lo hizo.

—Yo soy Rodrigo Gonzalez, presidente de Publicaciones Volume, ¿qué


quieren de mi?

—Rubio pagó para tu aquí dos semanas.

—Ya me cansé. Por favor liberenme, llamaré a Ernest y le cederé los


derechos de la compañía, si tanto significa para él, bien. Pero que me deje en paz.

La mujer le hizo una señal a su pareja, éste fue a desatar a Reinaldo, pero
para cuando llegó, Reinaldo se lanzó sobre el, le puso la soga en el cuello y la lanzó
el otro extremo a Kevin, este se levantó de golpe y empezó a correr en dirección
contraria, al principio arrastrando a Víctor, pero pronto él captó la idea y lo ayudó.

La mujer corrió para auxiliar al hombre que ya estaba de color azul en brazos
de Reinaldo, intentó forcejear con él, pero para cuando logró que el tipo volviera a
respirar, ya Kevin y Víctor habían dado la vuelta completa, y estaban atando un
fuerte nudo a los captores que habían dominado. Desataron a Rodrigo, que les sacó
la lengua a ambos, y empezaron a registrar la casa.

Por primera vez hicieron uso de aquel bolso que habían encontrado mientras
huían de la costa, metieron toda la comida que encontraron, sin embargo no
pudieron encontrar algo que ninguno de ellos quería dar por sentado: remos.

El hombre desconocido, aún atado a su pareja, empezó a reír estridentemente


cuando escuchó a los amigos intercambiar preocupaciones respecto a eso.

—Ustedes chupar culo, yo quemar remos anoche, ustedes no poder salir isla.

Los cuatro chicos se reunieron frente a la puerta, dispuestos a salir con todo
lo que habían recolectado.

—¿A QUE SI?— le gritaron los cuatro a la vez, antes de salir


sincronizadamente por la puerta.

Le dieron vuelta al bote, lo empujaron hasta el agua, entraron todos en él, y


tras dedicarse unos a otros una mirada de furia, empezaron a remar con las manos.
El avance era lento, pero seguro, después de unas 3 horas de producir todo el
movimiento posible, mientras acababan con sus limitadas provisiones de comida
enlatada, dado que no habían comido desde que llegaron a la isla, lograron alejarse
una distancia considerable de la costa cubana. Rodrigo sonrió por primera vez en
días, mientras se recostaba relajado, Reinaldo no dejaba de remar, aunque se le veía
en la cara que no daba para más, Kevin estudiaba el mapa que les había dado el
anciano, intentando adivinar qué rumbo debían tomar para volver a casa.

Víctor no pudo resistirse e inmortalizó la escena con una fotografía, todos


empezaron a decir algo de que no era el momento, pero el flash de la cámara había
llamado la atención de un buque muchísimo más grande. Una vez subieron a bordo,
fueron enviados a un dormitorio. Pero Rodrigo no entró con sus amigos, insistía en
que quería tomar una ducha.

Le pidió al capitán del navío poder usar un teléfono, y marcó el número de su


oficina, sabiendo perfectamente quien contestaría.

—Ernest.

—Ro--Rodrigo, ¿cómo me estás llamando? Esos sucios animales, aún con


todo lo que les pagué no fueron capaces de contener a cuatro sucios tipos en una
isla.

—No hace falta. Ernest.

—¿A qué te refieres?

—Te cedo la presidencia y mis derechos sobre la compañía. Todo. Sólo


déjame llegar a casa en paz.

XIX
Estar de nuevo bajo su techo se sentía como un respiro de paz, como una
pausa, en el momento en el que los cuatro estaban sentados en la mesa, con la ropa
que les habían prestado en el buque, aún con el cansancio marcado en la mirada de
lo ocurrido en las últimas dos semanas, y sin embargo, cada vez que se miraban a
los ojos, se formaba en ellos una sonrisa. Nadie podía creer que estaban de nuevo
en su hogar. En su cueva.

Observaban las paredes como si fuese la primera vez, los lobos que Rodrigo
había traído con él cuando se mudó, hacía ya meses, cuando el grupo se ensambló
para encontrar a Angelina, los saludaban como si no hubieran pasado por todo lo
que hubiesen pasado para llegar, con aquel aire solemne, orgulloso y poderoso.

No podían hablar, solo mirarse, en ocasiones entornando los ojos, en


ocasiones solo llevándose las manos a los ojos, en un ciclo sin fin que solo
acentuaba el sentimiento superpuesto en el aire de que una familia nunca había
podido estar tan unida. Reinaldo se levantó luego de aquel eterno instante de
silencio, se quitó toda la ropa prestada, y volvió de su habitación con la suya,
empezó a sacar ingredientes de la despensa, haciendo el primer almuerzo no
abundante en pescado que habían tenido desde que escaparon de La Habana. En el
mismo aire de naturalidad, todos fueron a sus respectivas habitaciones e hicieron la
misma operación que Reinaldo, Rodrigo se sentó en la mesa esperando
pacientemente a Reinaldo, Kevin se puso su tradicional traje de etiqueta, se lo
ajustó mucho más de lo que normalmente lo haría, estaba particularmente asqueado
de todo el tiempo que pasó llevando trapos encima, Víctor extrañaba su pijama, y
pese a que fue emocionalmente tentado a tirarse en su cama, decidió no hacerlo,
solo porque sabía que si lo hacía no iba a levantarse hasta el otro día.

Para cuando el grupo se volvió a reunir en sus indumentarias de costumbre,


era como si nada hubiera pasado, Reinaldo sirvió la comida, un gran lomo cortado
en cuatro abundantes pedazos, nadie recordó el protocolo de poner cubiertos en la
mesa, todos cuatro se lanzaron sobre su comida con manos y dientes, arrancando de
a grandes pedazos los aún humeantes cortes de carne de Reinaldo.

—¿Sabían que una vez tuve una novia vegetariana?— dijo Kevin, casi
inentendiblemente con la boca llena.

—Me imagino que cuando te dijo que era vegetariana no supo más de ti— le
respondió Víctor— nadie que no coma carne puede tener un buen corazón.

—De hecho, terminamos porque la tipa me quería hacer vegetariano a mi


también, una vez me sentó y me explicó todas las ventajas de comer brócoli— dijo,
mientras arrancaba un pedazo aún más grande de carne cada vez que la historia
alcanzaba un punto demasiado verde.

—¿Y cuales son?

—Me impresiona que creas que le presté atención.

—Yo no estoy en contra de comer vegetales, con una condición muy


importante— intervino Rodrigo— me tienen que poner un pedazo de carne tipo así
al lado— levantó el plato para que todos vieran el corte del tamaño de su cabeza
que aún le quedaba por comer— y como una o dos vegetarianas para hacer la
digestión por mi aporte al planeta.

La mesa estalló en risas mientras todos finiquitaban su apasionada comida,


para cuando no quedó un solo gramo de carne sobre la mesa, estaban todos lo
suficientemente repletos como para no poder levantarse, Rodrigo se quedó dormido
con el pulgar metido en la boca. Kevin, Víctor y Reinaldo se miraron, y haciendo
uso de todas las fuerzas de las que aún podían hacer gala, llegaron a la mesa de la
cocina, donde estaba el teléfono de Reinaldo, le tomaron una foto a Rodrigo y la
subieron en todas las partes posibles.

Empezaron a despejar la mesa, era una ventaja haber usado las manos de
cubiertos, puesto que no despertaron a Rodrigo con el tintineo metálico que estos
hubiesen generado, nadie podía decir que el hombre no se había ganado su
descanso. Lavaron en silencio, entre los tres cargaron a Rodrigo hasta su
habitación, cuando su cabeza hizo contacto con su almohada, se acurrucó y empezó
a roncar. Sabiendo que iba a pasar un rato largo antes de que volvieran a saber de
él, salieron de la habitación como si lo que hubiese en la cama fuese un cadáver.

Víctor entró a su habitación, se echó la sábana a los hombros como si fuese


una capa, se sentó en su escritorio y estiró las piernas, desempacó el bolso donde
llevaba todas sus cosas, sacó con cuidado un sobre, lo depositó sobre la mesa,
adentro estaban todas las fotos que había tomado en La Habana, las de el paisaje,
las de sus amigos, todo lo que pudo capturar en el breve tiempo que tuvo la cámara
estando allá.

Tocó con cuidado las fotos, analizando los detalles, daban una sensación
extraña, mezclaban la exactitud y pausa de una fotografía, pero con el aspecto
humano y personal de una pintura, como si alguien hubiese puesto con cuidado
cada elemento de aquella rebelde e indomable naturaleza allí donde estaban, como
si aquellos paisajes idílicos estuvieran posando para él, con aquella sublime
imperfección.

Pensar esto le dio a Víctor una sensación de poder que tenía mucho tiempo
sin tener. Se formó una sonrisa involuntaria en su rostro, se levantó de la silla y
empezó a caminar en círculos en su habitación, pensando en qué hacer con eso,
sabía que iban a pasar muchos años antes de poder tomar fotos así de nuevo, por lo
que encendió su laptop y empezó a buscar con ímpetu donde podía exhibirlas, se
sentía como si se le acabase de ocurrir el mejor chiste del mundo en un hospital de
sordos, pero el chiste era tan bueno que les podía devolver el oído si lo recitaba lo
suficientemente fuerte.

Mientras Víctor tenía su epifanía, Kevin y Reinaldo estaban sentados en el


sofá de la sala jugando Street Fighter, aún siendo un narrador inexistente me
sentiría ofendido si cómo lectores no son capaces de adivinar quién iba ganando.

Luego de que Reinaldo le conectara un combo de 19 golpes seguidos a


Kevin, éste se levantó de su asiento y empezó a saltar en un hilarante berrinche, por
accidente pisó el control del televisor, sintonizando el canal de noticias.

—Se reporta el arresto de Ernest Roubiczek por su participación en el


secuestro del ex-presidente de Publicaciones Volume y algunos de sus allegados,
según las fuentes allegadas al empresario, éste llevaba años planeando el crimen
con el fin de quedarse con la compañía, las autoridades informaron que les llegó la
información por el testimonio de un trabajador de la costa, a quien Roubiczek había
pagado para llevar a las víctimas a La Habana, el informante fue motivado dado
que no le fue pagado el importe pautado, por su colaboración a la investigación fue
exento de cargos, pero no se puede decir lo mismo del señor Roubiczek, quien se
enfrenta a la posibilidad de pasar 10 años tras las rejas.

Quien terminó de escuchar la noticia fue Kevin, tras las primeras quince
palabras Reinaldo salió corriendo a la habitación de Rodrigo, lo cargó con un brazo
y lo despertó a nalgadas, para cuando Rodrigo se despertó, Kevin y Rodrigo le
estaban haciendo preguntas sobre porqué lo llamaban "ex-presidente", fue solo allí
que Rodrigo recordó que no les había contado nada acerca de la operación.

Cuando logró centrar su cabeza en las palabras adecuadas, les relató lo


ocurrido, Kevin estaba claramente consternado.
—Esa empresa era el legado de tu padre, ¿tan fácil te fue dejarlo ir, así es
como planeas hacerlo orgulloso?

—Mi padre no va a volver a nacer, yo estoy orgulloso de él por haber creado


algo tan grande como Volume, pero estoy aún más orgulloso de él por haber
logrado ser feliz con o sin el dinero de por medio. Mi propósito es que si algún día
rompo un condon y termino teniendo un Rodrigo Jr., pueda estar orgulloso de mi
por la misma razón.

Kevin tenía la cara roja, se levantó del sofá, tomó sus llaves y salió del
departamento de un portazo, dejando tras de si a sus amigos, aún procesando su
salida.

Kevin sabía exactamente a donde iba, no se lo confirmó a si mismo hasta que


ya estaba frente a la puerta, aporreando con fuerza hasta que ésta se abrió.

—¿Qué querei' maldito?

María estaba naturalmente escandalosa, con un extendido escote en un


vestido que hacía evidente que iba de salida, Kevin entró en la casa, en lugar de
hacerla a un lado, la tomó por la cintura y la llevó al interior con él, la acercó lo
más posible a él al besarla, la lanzó sobre el sofá y se sentó frente a ella,
observándola.

—¿Te pica el culo? ¿No ves que voy a salir?

—Yo creo que no vas a salir, me vas a responder una pregunta.

—¿Qué pregunta?

—¿Quieres casarte conmigo?

Kevin no tenía la más remota idea de qué acababa de decir, intentó decir
"¿Quieres acostarte conmigo?", pero al poner las palabras en su lengua, ella decidió
decir otra cosa, pero una vez escuchó el sonido de su propia voz pronunciarlas,
decidió que no se iba a retractar.

La pregunta cortó el aire entre ellos como el tajo de una espada recién
afilada, por primera vez desde hace años, María se sonrojó, Kevin al ver el rubor en
sus mejillas supo que había ganado una batalla que no recordaba haber iniciado, me
ahorraré explicarles las preguntas que hubo entre ellos, puesto que todo lo que les
interesa saber es que cuando Kevin salió de esa casa, no le quedaba la más remota
idea de que Rodrigo había tomado la decisión correcta.

Sus pies encontraron el camino a su departamento, tocó la puerta, Reinaldo


le abrió, a éste se le hizo obvio lo que acababa de pasar, desde el olor que Kevin
desprendía hasta la sonrisa en su rostro, pero lo que le puso el visto bueno a su tesis
fue lo que Kevin empleó en lugar de un saludo, ni siquiera advirtió la presencia de
Víctor justo detrás de él.

—¿Qué tan rápido puedes ir a comprar 5 boletos para Nueva York?

—Lo que me tarde en dejar a Víctor en la exhibición.

Cuando escuchó esto, Kevin le dio su billetera en las manos, Reinaldo tomó
las llaves del auto y corrió al sótano con Víctor pisándole los talones, igual de
emocionados que su hermano por lo que sentían que estaba pasando.

Cuando Kevin y Rodrigo cruzaron miradas, quizás por el entusiasmo que


sudaba Kevin o por la paz permanente de Rodrigo, se abrazaron con la intensidad
de un piano cayendo desde una nave espacial en las manos de el mejor músico de la
faz de la Tierra.

Reinaldo llegó a la exhibición antes de lo que Víctor le dio tiempo de


abrochar su cinturón de seguridad, éste último empezó a bajarse del vehículo al
menos dos cuadras antes de el sitio, rodó por el suelo, pero cerró la puerta con el
pie, Reinaldo nunca se detuvo, y antes de que Víctor pudiese ponerse en pie, lo
había perdido de vista.

Entró en la exposición corriendo, según había leído en internet, era un evento


importante donde un hombre exponía los trabajos de un difunto fotógrafo que en
vida fue su pareja, en base a la breve conversación que habían tenido por teléfono,
Víctor y él habían acordado que le cedería un espacio a las 8 fotografías que Víctor
llevaba. Se encontraron, pese al motivo de la reunión, el hombre estaba muy
sereno, tomó el sobre con ambas manos, le hizo señales a uno de sus asistentes, se
lo tendió, y por lo que Víctor entendió, éste ya tenía instrucciones de qué hacer,
puesto que desapareció de su presencia tan rápido como entró en ella.

Le pidió que esperara unos momentos en lo que suplantaban las fotografías


ya vendidas por las suyas, el proceso no tardó mucho, pero Víctor se dio el tiempo
de contemplar las fotografías del difunto artista, le resultaba fascinante como
integraba la simetría en cada una de sus tomas, quedó parado delante del retrato de
un hombre, delante de una cascada que había logrado captar en su centro perfecto,
era el mayor ejercicio de perfección visual que Víctor había visto en una fotografía
tan de cerca, descubrió al anfitrión a su lado, y sólo allí se dio cuenta de que el
hombre canoso que le ponía la mano en el hombro era el mismo que le sonreía a la
cámara frente a aquellas perfectas cataratas.

—Joven Víctor, ya sus trabajos están siendo exhibidos, puede verlos cuando
guste.

Le sonrío cariñosamente al anciano, y vio a los pocos asistentes a la


exposición congregados en torno a una fotografía específica, reconocía las que
estaban a los lados, distinguía la que había tomado de Kevin con el mapa, pero la
gente no lo dejaba ver cuál era el foco de atención. Se hizo espacio entre los
asistentes para poder observar su propia creación, rió por lo bajo ante la ironía, pero
no flaqueó en su tarea. Cuando estuvo en un ángulo lo suficientemente bueno, la
sonrisa que se le formó en su corazón no podía ser expresada por sus labios, pero
quien quiera que viera sus ojos los habrías identificado como los ojos de un hombre
apasionado.

Miraban la foto de sus amigos remando, escapando de La Habana.

Escuchaba de soslayo a la gente hablar de los colores oscuros y borrosos de


la foto, incluso oyó a alguien decir que era obviamente una pintura, cosa que le
sentó a su ego como unos zancos en medio del desfile del carnaval. Interrumpió su
delirio de felicidad al ver gente apreciando su trabajo por primera vez en años
porque sintió una vibración en su bolsillo, cuando chequeó el teléfono, vio que era
Rodrigo, contestó entusiasmado, animado de contarle a su amigo más longevo lo
que acababa de lograr...

Pero su euforia fue cortada de raíz al escuchar a Rodrigo jadeando en


desesperación, intentando decir algo que el auricular no alcanzaba a hacer
entendible, pero que tras el tercer intento Víctor logró decodificar, solo para
repetirlo en su cabeza mientras dejaba caer el teléfono y empezaba a correr a la
clínica.

"Reinaldo tuvo un accidente, ven rápido"


XX
Víctor entró en carrera en la habitación del hospital, no escuchó ni atendió a
los guardias diciéndole que no podía correr por los pasillos, una vez preguntó a una
enfermera por la habitación, no se detuvo hasta que estuvo frente al cuarto 304,
apartó al doctor que intentaba impedirle la entrada de un empujón, abrió la puerta
con una mezcla de temor y rabia en el corazón, pero todos sus puntos de ignición se
extinguieron inmediatamente cuando vio a Reinaldo.

Estaba en un charco de su propia sangre, habían enfermeras sobre él


inyectándole, pero por la expresión en sus rostros, era obvio que no estaba haciendo
efecto, aún con el oscuro tono de piel de Reinaldo, estaba pálido, sus ojos veían a la
nada, la única evidencia de que seguía con vida eran los ocasionales quejidos que
soltaba cuando las enfermeras le introducían las agujas. Rodrigo y Kevin ya
estaban en el cuarto, Kevin le hizo señales al doctor cuando intentó sacar a Víctor,
a su vez el doctor le hizo una señal a las enfermeras, que dejaron el destrozado
cuerpo de Rodrigo tal como estaba, Víctor alcanzó a ver el fantasma de una lágrima
deslizándose por la mejilla de una de ellas. Tan pronto cerraron la puerta tras de sí,
fue obvio para todos los presentes que la situación no iba a mejorar.

Kevin estaba con la cabeza hundida en las manos, llorando sin control, pero
en silencio, solo ocasionalmente sorbía, Rodrigo se levantó de su silla y se puso a
contemplar a Reinaldo de cerca, podía jurar que éste le sostenía la mirada, con
aquellas débiles pupilas, no pasó mucho tiempo antes de que no pudiera soportarlo
más tiempo, caminó hasta la ventana y miró por ella, la noche reinaba en
Maracaibo, y la luna fue la primera en ver las lágrimas de Rodrigo.

Víctor no podía controlar su ritmo cardiaco, sentía la necesidad de decir algo,


pero las palabras no llegaban a él, era como si alguien hubiese sellado su garganta
con cemento, solo podía mover la mirada entre Rodrigo, Kevin y Reinaldo. Cada
vez que veía a Reinaldo le daba un vuelco al corazón, hacía menos de dos horas
estaba sentado en el auto junto a él, cantando canciones que nunca se habría
molestado en aprenderse de no ser por sus amigos, a punto de embarcarse en un
final feliz eterno.

Pero cada vez que su corazón se calentaba recordando el trayecto de la tarde,


la fría navaja de la realidad le cortaba las alas de un cruel corte, mientras escuchaba
el pitido de la máquina, informándoles que su moribundo hermano los estaba
viendo.

Víctor se levantó de su asiento, sentía el frío escalar por su columna mientras


le ponía la mano en la cabeza a Kevin, quien hundió la cabeza en su estómago tan
pronto sintió el contacto, Víctor lo sostuvo un rato que duró una vida, era la
primera vez que veía llorar a Kevin, le hizo señales de levantarse, pero Kevin sentía
que ponerse de pie significaría aceptar que este momento estaba pasando, le
gustaba pensar que al abrir los ojos estarían en la mesa, devorando carne con las
manos, huyendo de tribus cubanas, cualquier cosa menos eso.

Pero cuando Rodrigo le pasó por la mente, se levantó automáticamente.

Rodearon la cama, sentían los ojos de Reinaldo seguirlos mientras se ponían


detrás de Rodrigo, quien tenía ya los ojos rojos cuando se volteó a ver a sus
amigos, en el mismo estado. Se abrazaron con lágrimas aún en sus ojos, y en la
seguridad de la manada, se sintieron libres de sollozar. Fueron lamentos largos,
nadie podría entender en qué idioma se estaban expresando, pero ellos se
entendieron a través de su dolor.

—Callense, dejen a uno morirse en paz.

Los tres pensaron que lo habían imaginado, pero solo por instinto, voltearon
la cabeza al mismo tiempo, para ver a Reinaldo tratando de incorporarse en la
camilla. Los tres al mismo tiempo corrieron a su lado, lo sostuvieron, intentaron
hablarle sin palabras, solo con lágrimas nublando desde su visión hasta su razón.

—El que siga llorando no lo voy a dejar entrar al infierno cuando les toque,
yo no recuerdo haber vivido una tragedia para que me despidan entre un llanto de
viejas, dediqué mi vida a reír todo lo que pude para que éste momento de mierda
valiese cada maldito segundo, así que más les vale despedirme riéndose ustedes
también, y seguir riendo por el resto de sus vidas, o les juro que me encargaré yo
mismo de que tengan motivos para llorar.
Y con aquellas palabras, apenas entendibles para los tres aludidos, el
paciente empezó a reírse escandalosamente, con toda la pasión que aún le quedaba
en los pulmones. Aún cuando al principio no entendían el porqué, Rodrigo fue el
primero en seguir la risa, aún enjuagándose las lágrimas de los ojos, rió como si en
ello pudiera salvar a Reinaldo, con todas sus fuerzas. Kevin y Víctor le siguieron,
entre los cuatro formaron la carcajada más ruidosa que alguna vez ese hospital, no,
esa ciudad hubiese escuchado, no se detuvieron incluso cuando se quedaron sin
aire, estaban doblados en el piso vociferando su risa con cada ápice de voluntad que
aún tenían, fue tanta la intensidad de aquella prolongada carcajada, que no se
dieron cuenta cuando el monitor mostraba una línea uniforme, y un pitido que les
estaba entumeciendo el oído aún cuando no se percataran.

Las enfermeras entraron a retirar el cuerpo de Reinaldo y salieron en carrera,


las gargantas de los tres hermanos no daban para más, pero seguían riendo entre
lágrimas, hasta que el sonido que causaban dejó de ser reconocible como una risa.
Cuando los guardias los forzaron a irse, estuvieron de acuerdo en que los dolientes
parecían estar aullando.

XXI
Víctor salió del departamento a paso muy calmado, sabía que iba temprano a
la fiesta, pero le gustaba llegar temprano para encontrar el rincón donde iba a
sentarse con antelación. No estaba muy cómodo en grupos densos de gente, mucho
menos en reuniones, pero era el cumpleaños de Alfred, le era imposible faltar a eso.

Fue Alfred quien hacía más de un año que le permitió poner sus fotografías
en una exposición, lo más probable es que sin él, no hubiera podido comer.
Además, había rechazado su invitación el año anterior, porque el mismo día se
cumplía un mes de la muerte de Reinaldo.

Kevin se había casado con María en diciembre del año pasado, Rodrigo pagó
por todo, los invitados eran solo los allegados de la novia, Kevin solo invitó a
Víctor y a Rodrigo. Fue la primera vez que tenían una reunión feliz desde su último
encuentro en la sala del hospital, si el lector quiere considerar eso un momento
feliz, claro está.

Los tres se habían mudado a Nueva York después de la boda, aún cuando
Víctor no podía imaginar a Rodrigo cocinando, eso era lo que Kevin le contaba en
sus cartas.

Víctor había vuelto a vivir solo en aquel departamento, decidió conservar


todo el mobiliario, en parte porque le daba flojera cambiarlo, y en parte porque lo
ayudaba a no sentirse solo.

Víctor recordó que tenía que ir de compras al día siguiente cuando entró al
lugar de la fiesta, habían bastantes personas para ser el cumpleaños 60 de un
hombre, pensó.

Su rincón terminó estando ubicado muy cerca de la barra, Víctor celebró por
lo bajo al darse cuenta, se sentó a ver llegar a los invitados, por las expresiones en
sus rostros sabía que muchos ni siquiera sabían el nombre del anfitrión, se recostó
en el asiento de su reclusión, tranquilo.

La noche progresó al ritmo que Víctor esperaba y de la forma que temía.


Pudo tener unas breves palabras con Alfred, con su involuntario aire a abuelito.

Pero cuando Víctor volvió a sentarse, el aire cambió, pasó a ser sólido, sus
pulmones pesaban, pero sus ojos brillaban. Ella estaba allí, en todo su posible
resplandor, arreglada como una rosa con olor a vino, con el mismo impacto de la
primera vez que la vio.

Angelina.

Estaba riendo, con un grupo de otras chicas, obviamente menos hermosas


que ella, pero también más altas, por lo que Víctor no tardó en perderla de vista,
actuando contra su impulso de perseguirla, se quedó sentado, cerró los ojos, soltó
un suspiro y siguió concentrado en su vaso.

La fiesta estaba por terminar, Víctor cuidó el no beber más de la cuenta,


porque planeaba volver a casa caminando, por lo que se levantó para irse, pero una
fuerza superior lo forzó a quedarse. Para ser más específicos, fue una voz lo que lo
mantuvo allí. Esa voz.
Aquel tintineo celestial de campanas que ese ángel usaba para transmitir
palabras. Se volteó con intención de darle un último vistazo a ese milagroso ser
antes de irse. La vio en un extraño vaivén, estaba más dormida que despierta,
tambaleándose. A su lado estaba un sujeto alto y musculoso hablándole, era obvio
para Víctor que el sujeto no la conocía, porque pudo escucharlo presentándose, sin
respuesta de la hermosamente borracha Angelina.

El tipo miró a sus compañeros con una sonrisa pícara, e hizo una seña con las
manos que le transmitió a Víctor en escalofríos. Antes de darse cuenta, estaba
caminando hacia ella.

—Ella es mi hermana, disculpen— dijo Víctor, al tiempo que la cargaba,


escuchó voces tras de si, pero ya tenía un pie fuera cuando entendió lo que acababa
de hacer.

La sensación que le daba tenerla en brazos era increíble, era sumamente


liviana, ocasionalmente hacía soniditos, se movía, apretaba la cabeza contra su
pecho, aún con el gran estremecer que esto le provocaba, siguió caminando al
mismo ritmo.

Llegó al edificio y se golpeó la cabeza contra el ascensor en su titánico


esfuerzo porque el golpe no le tocara a la flor que llevaba en brazos.

Cuando llegaron al cuarto, Víctor depositó a Angelina en su cama, puso una


silla al lado y se sentó a verla. Era lo más precioso que había visto en su vida, su
pecho subía y bajaba con delicadeza. Ni siquiera se percató de cuando cayó
dormido él también.

Despertó aún sentado, Angelina dormitaba tranquilamente en su cama, solo


ahora Víctor notó su vestido negro, aunque a ella no parecía importarle mientras
abrazaba sus almohadas con ternura. Le pareció tener ganas de llorar, pero se
contuvo por pura vergüenza. Fue al umbral del dormitorio con la intención de salir,
pero un reflejo captó su atención.

Su cámara.

El pensamiento pasó por su mente, y lo negó de inmediato. Pero volvió a ver


a Angelina y lo convenció, lo suficiente para levantar la cámara y enfocarla. Pulsó
el botón sin mirar, y el flash iluminó la habitación.

En estado de shock, sin poder creer lo que acababa de hacer, vio como los
pequeños ojos de su huésped se abrían. Soltó la cámara y ésta cayó con un ruido
seco. No la vio.

—¿Quien eres tu? ¿Qué hago aquí?— dijo Angelina, mientras se cubría con
las sábanas, avergonzada.

Víctor fingió toda la naturalidad que le fue posible, y le explicó exactamente


en qué circunstancias había acabado allí, se aseguró de ser lo más detallado posible,
porque sabía que la historia sonaba algo descabellada. Por su rostro, Víctor se dio
cuenta que no solo, no recordaba la noche anterior, si no tampoco los
acontecimientos de hace un año, pero esto no importó, porque el temor de su rostro
se transformó en pena.

—Ay, disculpa por haber reaccionado así, muchas gracias por haberme
salvado, en verdad no recuerdo nada y me duele mucho la cabeza— dijo Angelina.

—Cualquiera lo hubiera hecho, quédate tranquila. Puedes quedarte acá hasta


que te sientas mejor, de todas maneras vivo solo, no hay apuro.

Angelina sonrió, no era la sonrisa cordial que Víctor recordaba, era una
sonrisa de genuina gratitud, lo quebrantó, pero disimuló lo mejor que pudo.

Estaba en la sala, por lo temprano Víctor juzgó correcto preparar el


desayuno, aún pese a todo el tiempo que había pasado viviendo solo, sus
habilidades culinarias no habían mejorado mucho, pero dadas sus circunstancias,
hizo lo mejor que pudo. Angelina había entrado a la ducha, Rodrigo había dejado
ropa de mujer en su habitación (por algún motivo), por lo que pudo bañarse sin
impedimentos.

Cuando salió, Víctor tuvo que contener sus ganas de correr a buscar su
cámara, su largo cabello negro fue lo que le quitó el aliento ésta vez, bailaba con su
caminar, cuando vio el plato servido en la mesa. Sonrió, se sentó, agradeció y
comió.

Víctor se ofreció a llevarla a su casa, por lo que se quedó tranquila en la sala,


mientras Víctor limpiaba la cocina. Para cuando había terminado, vio a Angelina
parada delante del muro lleno de lobos de Rodrigo. Se giró hacia él cuando notó
que estaba allí.

—¿Qué significa?— preguntó Angelina, con un tono tan inocente que a


Víctor le costó no agacharse y pedirle matrimonio inmediatamente.

—Es un recordatorio— dijo Víctor, cruzándose de brazos y mirando


fijamente el muro— un recordatorio de que sin importar que tan lejos esté la
manada, nunca dejará de ser una familia.

Su expresión cambió, estaba fascinada con la elocuencia con la que lo dijo,


Angelina sentía en aquel sujeto un aire de autosuficiencia que encontró magnético.

—Me siento muy avergonzada por lo de anoche, ¿cómo puedo compensarte?

—Te pediré dos cosas.

Angelina lo miró a los ojos, curiosa. Obviamente ignorando el efecto que eso
tenía en él.

—Lo primero es que me des tu número— dijo Víctor, mientras le sonreía—


y lo segundo es que te tomes una foto conmigo.

Sentía que los nervios lo iban a matar, pero se esforzó para sonar
convincente y basándose en el rostro de Angelina, se permitió a si mismo pensar
que lo había logrado.

Una vez en el auto, Víctor fingió no saber la dirección de su edificio, y se


prometió a si mismo recordarle de lo ocurrido hace un año tan pronto estuviese
seguro de que no volvería a salir corriendo.

Angelina se bajó del carro besando a Víctor en la mejilla, apuntó con el dedo
al papel donde estaba anotado su número y le sonrió antes de caminar en dirección
al edificio. Cuando se perdió de vista, Víctor sacó el celular, y subió la foto que
acababa de tomarse con Angelina a Instagram.

Casi inmediatamente, le llegaron dos notificaciones, mientras quitaba el


freno para volver a casa. Rodrigo y Kevin le habían dado like.

Víctor sonrió, y pisó el acelerador.

Intereses relacionados