Está en la página 1de 5

1

Aportes filosóficos al Marco General de Curricular


Fragmentos .

1.

Kant, Respuesta a la pregunta “¿Qué es la Ilustración?”, varias ediciones.

La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de
edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo
es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento,
sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro.
¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración.

La mayoría de los hombres, a pesar de que la naturaleza los ha librado desde tiempo atrás de conducción
ajena (naturaliter maiorennes), permanecen con gusto bajo ella a lo largo de la vida, debido a la pereza y
la cobardía. Por eso les es muy fácil a los otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si
tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia moral, un médico que juzga
acerca de mi dieta, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo. Con sólo poder pagar, no
tengo necesidad de pensar: otro tomará mi puesto en tan fastidiosa tarea. Como la mayoría de los
hombres (y entre ellos la totalidad del bello sexo) tienen por muy peligroso el paso a la mayoría de edad,
fuera de ser penoso, aquellos tutores ya se han cuidado muy amablemente de tomar sobre sí semejante
superintendencia. Después de haber atontado sus reses domesticadas, de modo que estas pacíficas
criaturas no osan dar un solo paso fuera de las andaderas en que están metidas, les mostraron el riesgo
que las amenaza si intentan marchar solas. Lo cierto es que ese riesgo no es tan grande, pues después
de algunas caídas habrían aprendido a caminar; pero los ejemplos de esos accidentes por lo común
producen timidez y espanto, y alejan todo ulterior intento de rehacer semejante experiencia.

Por tanto, a cada hombre individual le es difícil salir de la minoría de edad, casi convertida en naturaleza
suya; inclusive, le ha cobrado afición. Por el momento es realmente incapaz de servirse del propio
entendimiento, porque jamás se le deja hacer dicho ensayo. Los grillos que atan a la persistente minoría
de edad están dados por reglamentos y fórmulas: instrumentos mecánicos de un uso racional, o mejor de
un abuso de sus dotes naturales. Por no estar habituado a los movimientos libres, quien se desprenda de
esos grillos quizá diera un inseguro salto por encima de alguna estrechísima zanja. Por eso, sólo son
pocos los que, por esfuerzo del propio espíritu, logran salir de la minoría de edad y andar, sin embargo,
con seguro paso.

Pero, en cambio, es posible que el público se ilustre a sí mismo, siempre que se le deje en libertad;
incluso, casi es inevitable. En efecto, siempre se encontrarán algunos hombres que piensen por sí
mismos, hasta entre los tutores instituidos por la confusa masa. Ellos, después de haber rechazado el
yugo de la minoría de edad, ensancharán el espíritu de una estimación racional del propio valor y de la
vocación que todo hombre tiene: la de pensar por sí mismo. Notemos en particular que con anterioridad
los tutores habían puesto al público bajo ese yugo, estando después obligados a someterse al mismo. Tal
cosa ocurre cuando algunos, por sí mismos incapaces de toda ilustración, los incitan a la sublevación: tan
dañoso es inculcar prejuicios, ya que ellos terminan por vengarse de los que han sido sus autores o
propagadores. Luego, el público puede alcanzar ilustración sólo lentamente. Quizá por una revolución sea
posible producir la caída del despotismo personal o de alguna opresión interesada y ambiciosa; pero
jamás se logrará por este camino la verdadera reforma del modo de pensar, sino que surgirán nuevos
prejuicios que, como los antiguos, servirán de andaderas para la mayor parte de la masa, privada de
pensamiento.

Sin embargo, para esa ilustración sólo se exige libertad y, por cierto, la más inofensiva de todas las que
llevan tal nombre, a saber, la libertad de hacer un uso público de la propia razón, en cualquier dominio.
Pero oigo exclamar por doquier: ¡no razones! El oficial dice: ¡no razones, adiéstrate! El financista: ¡no
razones y paga! El pastor: ¡no razones, ten fe! (Un único señor dice en el mundo: ¡razonad todo lo que
queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!) Por todos lados, pues, encontramos limitaciones de la
libertad. Pero ¿cuál de ellas impide la ilustración y cuáles, por el contrario, la fomentan? He aquí mi
respuesta: el uso público de la razón siempre debe ser libre, y es el único que puede producir la ilustración
de los hombres. El uso privado, en cambio, ha de ser con frecuencia severamente limitado, sin que se
obstaculice de un modo particular el progreso de la ilustración.

[…]
2

Luego, si se nos preguntara ¿vivimos ahora en una época ilustrada? responderíamos que no, pero sí en
una época de ilustración. Todavía falta mucho para que la totalidad de los hombres, en su actual
condición, sean capaces o estén en posición de servirse bien y con seguridad del propio entendimiento,
sin acudir a extraña conducción. Sin embargo, ahora tienen el campo abierto para trabajar libremente por
el logro de esa meta, y los obstáculos para una ilustración general, o para la salida de una culpable
minoría de edad, son cada vez menores. Ya tenemos claros indicios de ello. Desde este punto de vista,
nuestro tiempo es la época de la ilustración o “el siglo de Federico”.

2.

Althusser, L; Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado, varias ediciones.

¿Qué se aprende en la escuela? Es posible llegar hasta un punto más o menos avanzado de los estudios,
pero de todas maneras se aprende a leer, escribir y contar, o sea algunas técnicas, y también otras
cosas, incluso elementos (que pueden ser rudimentarios o por el contrario profundizados) de
“cultura científica” o “literaria” utilizables directamente en los distintos puestos de la producción (una
instrucción para los obreros, una para los técnicos, una tercera para los ingenieros, otra para los
cuadros superiores, etc.). Se aprenden “habilidades” (savoir-faire).
Pero al mismo tiempo, y junto con esas técnicas y conocimientos, en la escuela se aprenden las “reglas”
del buen uso, es decir de las conveniencias que debe observar todo agente de la división del
trabajo, según el puesto que está “destinado” a ocupar: reglas de moral y de conciencia cívica y
profesional, lo que significa en realidad reglas del respeto a la división social-técnica del trabajo y,
en definitiva, reglas del orden establecido por la dominación de clase. Se aprende también a “hablar
bien el idioma”, a “redactar” bien, lo que de hecho significa (para los futuros capitalistas y sus
servidores) saber “dar órdenes”, es decir (solución ideal), “saber dirigirse” a los obreros, etcétera.
Enunciando este hecho en un lenguaje más científico, diremos que la reproducción de la fuerza de trabajo
no sólo exige una reproducción de su calificación sino, al mismo tiempo, la reproducción de su
sumisión a las reglas del orden establecido, es decir una reproducción de su sumisión a la ideología
dominante por parte de los agentes de la explotación y la represión, a fin de que aseguren también
“por la palabra” el predominio de la clase dominante.
En otros términos, la escuela (y también otras instituciones del Estado, como la Iglesia, y otros aparatos
como el Ejército) enseña las “habilidades” bajo formas que aseguran el sometimiento a la ideología
dominante o el dominio de su “práctica”. Todos los agentes de la producción, la explotación y la
represión, sin hablar de los “profesionales de la ideología” (Marx) deben estar “compenetrados” en
tal o cual carácter con esta ideología para cumplir “concienzudamente” con sus tareas, sea de
explotados (los proletarios), de explotadores (los capitalistas), de auxiliares de la explotación (los
cuadros), de grandes sacerdotes de la ideología dominante (sus “funcionarios”), etcétera.

¿Por qué el aparato escolar es realmente el aparato ideológico de Estado dominante en las formaciones
sociales capitalistas y cómo funciona?
Por ahora nos limitaremos a decir que:
[…] un aparato ideológico de Estado cumple muy bien el rol dominante de ese concierto, aunque no se
presten oídos a su música: ¡tan silenciosa es! Se trata de la Escuela.
Toma a su cargo a los niños de todas las clases sociales desde el jardín de infantes, y desde el jardín de
infantes les inculca —con nuevos y viejos métodos, durante muchos años, precisamente aquellos en los
que el niño, atrapado entre el aparato de Estado-familia y el aparato de Estado-escuela, es más
vulnerable— “habilidades” recubiertas por la ideología dominante (el idioma, el cálculo, la historia natural,
las ciencias, la literatura) o, más directamente, la ideología dominante en estado puro (moral, instrucción
cívica, filosofía).
Hacia el sexto año, una gran masa de niños cae “en la producción”: son los obreros o los pequeños
campesinos. Otra parte de la juventud escolarizable continúa: bien que mal se encamina y termina por
cubrir puestos de pequeños y medianos cuadros, empleados, funcionarios pequeños y medianos,
pequeño-burgueses de todo tipo.
Una última parte llega a la meta, ya sea para caer en la semidesocupación intelectual, ya para
proporcionar, además de los “intelectuales del trabajador colectivo”, los agentes de la explotación
(capitalistas, empresarios), los agentes de la represión (militares, policías, políticos, administradores, etc.)
y los profesionales de la ideología (sacerdotes de todo tipo, la mayoría de los cuales son “laicos”
convencidos).
Cada grupo está prácticamente provisto de la ideología que conviene al rol que debe cumplir en la
sociedad de clases: rol de explotado (con “conciencia profesional”, “moral”, “cívica”, “nacional” y apolítica
altamente “desarrollada”); rol de agente de la explotación (saber mandar y hablar a los obreros: las
“relaciones humanas”); de agentes de la represión (saber mandar y hacerse obedecer “sin discutir” o
3

saber manejar la demagogia de la retórica de los dirigentes políticos), o de profesionales de la ideología


que saben tratar a las conciencias con el respeto, es decir el desprecio, el chantaje, la demagogia
convenientes adaptados a los acentos de la Moral, la Virtud, la “Trascendencia”, la Nación, el rol de
Francia en el Mundo, etcétera.
Por supuesto, muchas de esas virtudes contrastadas (modestia, resignación, sumisión por una parte, y
por otra cinismo, desprecio, altivez, seguridad, grandeza, incluso bien decir y habilidad) se enseñan
también en la familia, la iglesia, el ejército, en los buenos libros, en los filmes, y hasta en los estadios.
Pero ningún aparato ideológico de Estado dispone durante tantos años de la audiencia obligatoria (y, por
si fuera poco, gratuita...), 5 a 6 días sobre 7 a razón de 8 horas diarias, de formación social capitalista.
Ahora bien, con el aprendizaje de algunas habilidades recubiertas en la inculcación masiva de la ideología
de la clase dominante, se reproduce gran parte de las relaciones de producción de una formación social
capitalista, es decir, las relaciones de explotados a explotadores y de explotadores a explotados.
Naturalmente, los mecanismos que producen este resultado vital para el régimen capitalista están
recubiertos y disimulados por una ideología de la escuela universalmente reinante, pues ésta es una de
las formas esenciales de la ideología burguesa dominante: una ideología que representa a la escuela
como un medio neutro, desprovisto de ideología (puesto que es... laico), en el que maestros respetuosos
de la “conciencia” y la “libertad” de los niños que les son confiados (con toda confianza) por sus “padres”
(que también son libres, es decir, propietarios de sus hijos), los encaminan hacia la libertad, la moralidad y
la responsabilidad de adultos mediante su propio ejemplo, los conocimientos, la literatura y sus virtudes
“liberadoras”.
Pido perdón por esto a los maestros que, en condiciones espantosas, intentan volver contra la ideología,
contra el sistema y contra las prácticas de que son prisioneros, las pocas armas que puedan hallar en la
historia y el saber que ellos “enseñan”. Son una especie de héroes. Pero no abundan, y muchos (la
mayoría) no tienen siquiera la más remota sospecha del “trabajo” que el sistema (que los rebasa y
aplasta) les obliga a realizar y, peor aún, ponen todo su empeño e ingenio para cumplir con la última
directiva (¡los famosos métodos nuevos!). Están tan lejos de imaginárselo que contribuyen con su
devoción a mantener y alimentar, esta representación ideológica de la escuela, que la hace tan “natural” e
indispensable, y hasta bienhechora, a los ojos de nuestros contemporáneos como la iglesia era “natural”,
indispensable y generosa para nuestros antepasados hace algunos siglos.
En realidad, la iglesia es reemplazada hoy por la escuela en su rol de aparato ideológico de Estado
dominante. Está combinada con la familia, como antes lo estuvo la iglesia. Se puede afirmar entonces que
la crisis, de una profundidad sin precedentes, que en el mundo sacude el sistema escolar en tantos
Estados, a menudo paralela a la crisis que conmueve al sistema familiar (ya anunciada en el Manifiesto ),
tiene un sentido político si se considera que la escuela (y la pareja escuela-familia constituye el aparato
ideológico de Estado dominante, aparato que desempeña un rol determinante en la reproducción de las
relaciones de producción de un modo de producción amenazado en su existencia por la lucha de clases
mundial.

3.

Michel Foucault, Vigilar y castigar.

El poder disciplinario es un poder que, en lugar de sacar y de retirar, tiene como función principal la de
"enderezar conductas"; o sin duda, de hacer esto para retirar mejor y sacar más. No encadena las fuerzas
para reducirlas; lo hace de manera que a la vez pueda multiplicarlas y usarlas. En lugar de plegar
uniformemente y en masa todo lo que le está sometido, separa, analiza, diferencia, lleva sus
procedimientos de descomposición hasta las singularidades necesarias y suficientes. "Encauza" las
multitudes móviles, confusas, inútiles de cuerpos y de fuerzas en una multiplicidad de elementos
individuales —pequeñas células separadas, autonomías orgánicas, identidades y continuidades
genéticas, segmentos combinatorios. La disciplina "fabrica" individuos; es la técnica específica de un
poder que se da los individuos a la vez como objetos y como instrumentos de su ejercicio. No es un poder
triunfante que a partir de su propio exceso pueda fiarse en su superpotencia; es un poder modesto,
suspicaz, que funciona según el modelo de una economía calculada pero permanente. Humildes
modalidades, procedimientos menores, si se comparan con los rituales majestuosos de la soberanía o con
los grandes aparatos del Estado. Y son ellos precisamente los que van a invadir poco a poco esas formas
mayores, a modificar sus mecanismos y a imponer sus procedimientos. El éxito del poder disciplinario se
debe sin duda al uso de instrumentos simples: la inspección jerárquica, la sanción normalizadora y su
combinación en un procedimiento que le es específico: el examen.
[…]
El castigo, en la disciplina, no es sino un elemento de un sistema doble: gratificación-sanción. Y es este
sistema el que se vuelve operante en el proceso de encauzamiento de la conducta y de corrección. El
maestro "debe evitar, tanto como se pueda, usar de castigos; por el contrario, debe tratar de hacer que las
4

recompensas sean más frecuentes que las penas, ya que los perezosos se sienten más incitados por el
deseo de ser recompensados como los diligentes que por el temor de los castigos; por lo cual se obtendrá
un fruto muy grande cuando el maestro, obligado a usar del castigo, conquiste si puede el corazón del
niño, antes que aplicarle aquél". Este mecanismo de dos elementos permite cierto número de operaciones
características de la penalidad disciplinaria. En primer lugar la calificación de las conductas y de las
cualidades a partir de dos valores opuestos del bien y del mal; en lugar de la división simple de lo vedado,
tal como la conoce la justicia penal, se tiene una distribución entre polo positivo y polo negativo; toda la
conducta cae en el campo de las buenas y de las malas notas, de los buenos y de los malos puntos. Y por
el juego de esta cuantificación, de esta circulación de los adelantos y de las deudas, gracias al cálculo
permanente de las notaciones en más y en menos, los aparatos disciplinarios jerarquizan los unos con
relación a los otros a las "buenas" y a las "malas" personas. A través de esta microeconomía de una
penalidad perpetua, se opera una diferenciación que no es la de los actos, sino de los individuos mismos,
de su índole, de sus virtualidades, de su nivel o de su valor. La disciplina, al sancionar los actos con
exactitud, calibra los individuos "en verdad"; la penalidad que pone en práctica se integra en el ciclo de
conocimiento de los individuos.
La penalidad perfecta que atraviesa todos los puntos, y controla todos los instantes de las instituciones
disciplinarias, compara, diferencia, jerarquiza, homogeniza, excluye. En una palabra, normaliza. Aparece,
a través de las disciplinas, el poder de la Norma. ¿Nueva ley de la sociedad moderna?
El examen combina las técnicas de la jerarquía que vigile y las de la sanción que normaliza. Es una
mirada normalizadora, una vigilancia que permite calificar, clasificar y castigar. Establece sobre los
individuos una visibilidad a través de la cual se los diferencia y se los sanciona. A esto se debe que, en
todos los dispositivos de disciplina, el examen se halle altamente ritualizado. En él vienen a unirse la
ceremonia del poder y la forma de la experiencia, el despliegue de la fuerza y el establecimiento de la
verdad.

4.

Corea, C. y Lewcowicz, I., Pedagogía del aburrido, Bs. As., Paidós, 2004.

La sociedad de vigilancia es un tipo de sociedad en la que se distribuyen espacios de encierro. La


subjetividad se produce en instituciones que encierran una población homogénea y producen el tipo de
subjetividad pertinente para ese segmento social. En la superficie del Estado se distribuyen círculos que
encierran a la población en distintos lugares. El paradigma de este tipo de sociedad es la prisión. Pero la
familia, la escuela, la fábrica, el hospital, el cuartel y la prisión tienen la forma de un punto dentro del cual
se aloja una población homogénea: niños, alumnos, obreros, locos, militares, presos. Esa población
homogénea se produce como tipo específico mediante las prácticas de vigilar y castigar bajo la figura del
panóptico. Se los mira, se los controla, se anota la normalidad, se castiga la desviación, se apuesta
permanentemente a normalizar individuos dentro del espacio de encierro.
Por ejemplo, la normalización estándar de los chicos en la escuela es tan sutil y tan precisa que cada niño
queda individualizado por su desviación respecto de la norma. Hasta la aparición de la escuela moderna
nunca hubo un espacio donde se pudiera observar a los niños de la misma edad, todos juntos,
aprendiendo y haciendo cosas, y viendo los ínfimos grados de diferencia entre uno y otro, y menos aún se
ha visto un espacio que convierta esa desviación en identidad, individualidad, personalidad. Se entiende
que se requiere el dispositivo experimental para poder describir una normalidad. Así, las sociedades de
vigilancia se pueden caracterizar como sociedades en las que se tiende a normalizar a los individuos en
los espacios de encierro.

5.

Deleuze, G., Posdata sobre las sociedades de control (extracto), 1991.

Foucault situó las sociedades disciplinarias en los siglos XVIII y XIX; estas sociedades alcanzan su
apogeo a principios del XX, y proceden a la organización de los grandes espacios de encierro. El individuo
no deja de pasar de un espacio cerrado a otro, cada uno con sus leyes: primero la familia, después la
escuela ("acá ya no estás en tu casa"), después el cuartel ("acá ya no estás en la escuela"), después la
fábrica, de tanto en tanto el hospital, y eventualmente la prisión, que es el lugar de encierro por
excelencia. […]
Estamos en una crisis generalizada de todos los lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela,
familia. La familia es un "interior" en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales, etc. Los
5

ministros competentes no han dejado de anunciar reformas supuestamente necesarias. Reformar la


escuela, reformar la industria, el hospital, el ejército, la prisión: pero todos saben que estas instituciones
están terminadas, a más o menos corto plazo. Sólo se trata de administrar su agonía y de ocupar a la
gente hasta la instalación de las nuevas fuerzas que están golpeando la puerta. Son las sociedades de
control las que están reemplazando a las sociedades disciplinarias.

[…] El control es a corto plazo y de rotación rápida, pero también continuo e ilimitado, mientras que la
disciplina era de larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no es el hombre encerrado, sino el
hombre endeudado. Es cierto que el capitalismo ha guardado como constante la extrema miseria de tres
cuartas partes de la humanidad: demasiado pobres para la deuda, demasiado numerosos para el
encierro: el control no sólo tendrá que enfrentarse con la disipación de las fronteras, sino también con las
explosiones de villas-miseria y guetos.

El estudio socio-técnico de los mecanismos de control, captados en su aurora, debería ser categorial y
describir lo que está instalándose en vez de los espacios de encierro disciplinarios, cuya crisis todos
anuncian. Puede ser que viejos medios, tomados de las sociedades de soberanía, vuelvan a la escena,
pero con las adaptaciones necesarias. Lo que importa es que estamos al principio de algo. […] En el
régimen de las escuelas: las formas de evaluación continua, y la acción de la formación permanente sobre
la escuela, el abandono concomitante de toda investigación en la Universidad, la introducción de la
"empresa" en todos los niveles de escolaridad. […] ¿Podemos desde ya captar los esbozos de esas
formas futuras, capaces de atacar las maravillas del marketing? Muchos jóvenes reclaman extrañamente
ser "motivados", piden más cursos, más formación permanente: a ellos corresponde descubrir para qué se
los usa, como sus mayores descubrieron no sin esfuerzo la finalidad de las disciplinas. Los anillos de una
serpiente son aún más complicados que los agujeros de una topera.

6.

Corea, C. y Lewcowicz, I., Pedagogía del aburrido, Bs. As., Paidós, 2004.

Sin Estado-nación que asegure las condiciones de operatividad, la escuela en particular –y las
instituciones disciplinarias en general- ve alterada su consistencia, su sentido, su campo de implicación,
en definitiva, su propio ser. De esta manera, el agotamiento del Estado-nación como principio general de
articulación simbólica trastoca radicalmente el estatuto de las instituciones de encierro. [¼] Este
agotamiento implica el desvanecimiento del suelo donde se apoyaban las instituciones disciplinarias. El
tablero que regulaba los movimientos de las piezas institucionales se desintegra. Sin tablero que unifique
el juego, las instituciones se transforman en fragmentos sin centro. Como consecuencia de esto, la
consistencia institucional queda afectada. Del encadenamiento transferencial a la segmentación, las
instituciones ven alterarse su estatuto. Por otra parte, esta alteración describe unas configuraciones que,
desarticuladas de la instancia proveedora de sentido y consistencia, se desdibujan como producción
reglada.

[¼] las instituciones ya no son las mismas. Sin meta regulación estatal quedan huérfanas de la función
que el Estado-nación les transfirió (producción y reproducción del lazo social ciudadano). Sin proyecto
general donde implicarse, será necesario pensar nuevas funciones, tareas, sentidos. Por otra parte,
tampoco son las mismas porque las condiciones generales con que tienen que lidiar no son estatales sino
mercantiles, no son estables sino cambiantes. La velocidad del mercado amenaza la consistencia ya
fragmentada de las instituciones, nacidas para operar en terrenos sólidos. De esta manera –sin función ni
capacidad a priori de adaptarse a la nueva dinámica-, se transforman en galpones. Esto es, en un tipo de
funcionamiento ciego a la destitución de la lógica estatal y a la instalación de la dinámica de mercado.
Vale decir que esta ceguera compone un cuadro de donde prosperan suposiciones que no son tales,
subjetividades desvinculadas, representaciones e ideales anacrónicos, desregulaciones en nombre de la
libertad, opiniones varias, etc. Se trata, en definitiva, de configuraciones anónimas que resultan de la
destitución de las regulaciones nacionales, de reductos hostiles donde la posibilidad de producción
vincular deviene, a priori, imposible. […] En este sentido, se trata de un coincidir puramente material de
los cuerpos en un espacio físico. Pero esta coincidencia material no garantiza una representación
compartida por los ocupantes del galpón. Más bien, cada uno arma su escena. De esta manera, el pasaje
de la institución al galpón implica la suspensión de un supuesto: las condiciones de un encuentro no están
garantizadas.