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5) El Imperio Británico en América Latina

a) Los ingleses y la independencia (1800 – 1824)

b) El Imperio Liberal y los nuevos países (1824 – 1850)

El Imperialismo ha sido considerado una constante en la historia de América Latina.


Este, adquirió diferentes formas según las épocas y, las diferentes potencias que se
sucedieron en el predominio económico y político mundial, ejercieron la denominada
por los economistas como “ley del desarrollo desigual”. El imperialismo practicado
entre los años 1800 y 1850 se aparta de las tradicionales formas de dominio
utilizadas por los imperios mercantiles entre los siglos XVI y XVIII (penetración
militar, conquista, establecimiento de gobiernos coloniales), orientándose hacia ​“…la
obtención de mercados que garanticen el desarrollo económico metropolitano, sin
alterar –por lo menos en apariencia– la organización de los estados recién creados
–es el caso de Inglaterra y Francia–, o a la conquista de territorios que son
incorporados a la potencia imperialista para ampliar su propia superficie y su
economía interna –es el caso de los EE.UU.–.” ​(Freitas, de Izaguirre, Pareja y Rossi,
1986, p. 10) Así, en este período, tres Estados se disputaron el predominio,
fundamentalmente económico, pero también territorial de América Latina:

Ø​ ​Inglaterra​, principal potencia industrial, su dominio será el más relevante y


decisivo

Ø​ ​Francia​, rezagada económicamente, a partir de 1830 comienza a competir por la


obtención de mercados

Ø​ ​Estados Unidos​, con clara conciencia de que su destino como “gran nación”
estaría ligado al dominio que lograra ejercer sobre el resto de América

En pleno desarrollo industrial, ​“El objetivo principal de Inglaterra durante la primera


mitad del siglo XIX fue la ampliación de sus mercados, tal como se lo exigía su
arrolladora producción, mediante la apertura de regiones hasta entonces cerradas a
su comercio.” ​(Ídem, p. 18) Para ello, ejecutó la dominación de diferentes maneras,
entre ellas, apoyando los procesos de independencia de los territorios coloniales de
otras metrópolis (el caso de los territorios latinoamericanos) y así poder controlar la
economía de los nuevos países.

En 1830 las naciones hispanoamericanas recientemente independientes, se


encontraron en el marco de un contexto internacional caracterizado por rivalidades
europeas e internacionales basadas en el poder político y hegemónico que se
disputaba entonces. Este papel va a estar representado principalmente por Gran
Bretaña interviniendo desde un principio en favor de las independencias nacionales
latinas de carácter liberal y posteriormente mediante subsidios económicos.
Las formas de intervención tanto de Gran Bretaña
como otras fuerzas europeas (Holanda, España, Portugal) fueron de diversas
maneras tanto militar, económica o socialmente. Por un lado la influencia se
mantuvo mediante apoyo militar en contra de los ‘vecinos’ hostiles que turbaran
la realidad del país al cual ayudaban, es el caso por ejemplo de la Guerra
Grande en el Río de la Plata, o a través de la protección de los intereses de
sus ciudadanos radicados en el extranjero haciendo que se establezcan las normas
‘civilizadas’ de comportamiento.

a) Los ingleses y la independencia (1800 – 1824)

“El fracaso de las invasiones inglesas de 1806-07 en el Río de la Plata dejó un saldo
que importa destacar, por los cambios que trajo en la política de penetración
británica de los años siguientes. […] revelaron que los americanos no estaban
interesados en cambiar de amo político, como habían supuesto los ingleses […]
Inglaterra cambiará sus planes. Si bien […] mantendrá sus objetivos, los métodos se
tornarán más cautelosos y sutiles.” ​(Ídem, p. 23)

De todas maneras, la propia situación europea y americana fue también decisiva en


la nueva actitud inglesa respecto a América:

-​ Con la ocupación napoleónica de Portugal (1807) la política exterior inglesa ya


descarta toda posible invasión militar de América, para volcar sus esfuerzos y
recursos en la guerra contra Napoleón

-​ Las nuevas modalidades adoptadas por el comercio inglés, el liberalismo,


presentaban una ​“una variante más auspiciosa” (V. Trías).” ​(Ídem, p. 24)

-​ Ahora podía aprovechar el resentimiento y descontento acumulado americano


respecto a España (el relegamiento de los criollos, el monopolio comercial…).


Así, Lord Castlereagh, ministro de guerra británico diría que ​“establecer y apoyar
un gobierno local amigable con el cual esas relaciones comerciales puedan
subsistir libremente, cosa que, por sí sola, constituye nuestro interés y el pueblo
de Sud América debe igualmente desear.” ​(Ídem) ​“La independencia era la
respuesta y ella sería complementada con la integración económica con Gran
Bretaña” (Peter Winn).” (​ Ídem)

Sin embargo, podría decirse que la postura de Inglaterra es ambigua. Cuando en


1808 Napoleón invade España, hace que el rey abdique en su favor para así
coronar a su hermano, dándose inicio a la guerra de Independencia española,
Inglaterra se posiciona como aliada de los españoles en su lucha contra
Napoleón. ​“…los estadistas británicos vieron con malos ojos los movimientos de
rebelión en la América Hispana […] Los disturbios de América debilitaban a su
aliada, por lo que comenzaron a aconsejar lealtad hacia la madre patria y
mantener la integridad del imperio. […] Inglaterra contribuyó igual, aunque en
forma indirecta, a la revolución. Durante la guerra con Francia –hasta 1814– los
ingleses lograron concesiones comerciales en América que, al activar el tráfico,
le proporcionaron a los rebeldes los fondos imprescindibles para organizar la
resistencia contra la dominación española (Fred Rippy).” ​(Ídem, p. 26) Y es que
cabe recordar que ​“Inglaterra no tiene amigos permanentes, sino intereses
permanentes”.

Pero con la derrota de Napoleón en 1814 la postura de Inglaterra cambia


nuevamente, ya que comienza una “nueva política” en Europa, la Restauración,
la cual buscaba la resurrección del Absolutismo. ​“…los intereses de Inglaterra
chocaron con los de las otras potencias continentales. Mientras aquella bregaba
por el equilibrio y el rápido logro de una paz que le posibilitara finalmente
destinar todas las energías a su expansión económica, los otros estados
buscaban ampliar sus fronteras y, mediante la intervención y la formación de
alianzas reprimir todo intento de resurgimiento de las ideas liberales. Por
supuesto que también se planteó por parte de España, la idea de reconquistar
los territorios coloniales perdidos, y evitar la concreción de las ideas
revolucionarias en aquellos lugares donde aún se luchaba. La actitud de Gran
Bretaña fue de oposición ante estos intentos, aunque tratando de evitar un
enfrentamiento de caracter frontal con los estados europeos que pudiera derivar
en una nueva guerra.” ​(Ídem, pp. 26-27)

En 1820 los movimientos liberales eclosionan en España y Portugal. El ejército


español de Riego en Cádiz (donde iba a ser enviado a América para su
reconquista) se levanta contra el rey Fernando VII con la intención de
transformar el reino en una monarquía constitucional y restaurar la Constitución
liberal de 1812. El hecho alejó temporalmente el intento de reconquista de
América. Pero cuando en 1823 es restaurado el Absolutismo en España, con el
apoyo de otras potencias europeas (Francia, la Santa Alianza –Rusia, Prusia,
Austria– …), ​“Los hispanoamericanos, los estadounidenses y los ingleses no
ocultaron sus temores de que la restauración fuera más allá de España y con la
ayuda de la Santa Alianza, intentara reimponer el poder español en América.”
(Ídem, pp. 48-49) Y es que:

-​ ​“Inglaterra estaba cosechando excelentes retribuciones del comercio


libre con América Latina. La restauración del dominio español en sus
antiguas colonias podría resultar catastrófica para el comercio inglés.
Perdería un mercado importantísimo que le daba 600 mil libras
anuales. Por lo tanto, el primer impulso de Inglaterra fue proteger ese
comercio, y, como consecuencia, la independencia latinoamericana.”
(Ídem, p. 49)

-​ ​“También Estados Unidos se beneficiaba con el mercado


latinoamericano, pero además tenía importantes zonas propias que
defender del afán restaurador. Era el caso de la Florida, y de todo el
Mar Caribe, que ya veía con ojos codiciosos. Además, Rusia había
prohibido a buques extranjeros acercarse a menos de 100 millas de la
costa comprendida desde el paralelo 51 hasta el estrecho de la Reina
Carlota (California), afectando los intereses marítimos norteamericanos
en el Pacífico. […] Los Estados Unidos no estaban dispuestos a
permitirlo. Por lo demás, es de recordar el apoyo político que Estados
Unidos había dado a los revolucionarios latinoamericanos, incluyendo
a los liberales más radicales de aquella revolución. Había reconocido
(1822) la independencia de Colombia, Perú, Chile y las Provincias
Unidas del Río de la Plata.” (​ Ídem)

Así, Inglaterra va a acercarse a los Estados Unidos, sobre todo por las condiciones
recién mencionadas, buscando ​“…la elaboración conjunta que dejara en claro a los
estados europeos que una invasión del territorio americano no contaría con la
indiferencia de ambos países…” ​(Ídem, p. 27) El ministro británico Canning así lo
expresará en su carta conocida como “Carta de Canning” dirigida al presidente
Monroe, quien prefirió hacer una declaración aparte, menos comprometida, la cual
realizará más adelante, en el mensaje conocido como “Doctrina Monroe” donde
fijará la posición de EE.UU. ante la posible invasión europea de los territorios
latinoamericanos.

b) El imperio liberal y los nuevos países (1824 – 1850)

Con la independencia de buena parte de los estados latinoamericanos concretada


en la década de 1820, ​“Los nuevos estados independientes, con sus economías
débiles por los siglos de expoliación y restricciones a que estuvieron sometidos y
por los daños ocasionados por la guerra, se abrieron al comercio exterior

–eliminando el monopolio y las diversas trabas que pesaban sobre él– casi en forma
total, lo que los llevó inevitablemente a entrar en la órbita de la economía inglesa…”
(Ídem, p. 28)

Para ello, debió reconocer la independencia de los nuevos estados y obtener un


“lugar importante” en la consideración de estos ​“…que se materializase en el
otorgamiento de beneficios comerciales o en la permanencia de los ya obtenidos.”
(Ídem, p. 29) Estas acciones eran ideadas sobre todo por Canning, ​“…intérprete de
los intereses de los comerciantes e industriales que veían con entusiasmo las
posibilidades que les depararía tal situación.” ​(Ídem) si bien descontentaba al rey y a
los sectores conservadores por el carácter republicano de estos estados y por temor
a repercusiones dentro de la política europea.

Sin embargo, en 1825 el rey terminaría por reconocer a los nuevos estados
latinoamericanos, “invitando” a los ministros de los nuevos estados. Canning
expresaría, al respecto: ​“Y todo ha finalizado! y el Nuevo Mundo nosotros no lo
hemos perdido. Es nuestro!” (​ Ídem)

A partir de allí, los mercados latinoamericanos se inundarían con mercaderías


inglesas, en detrimento de las manufacturas y artesanías locales. Los intentos de
políticas proteccionistas a favor del desarrollo nacional chocarían con los
inmigrantes ingleses y las burguesías locales vinculadas a estos, así también con
“…la barrera impuesta con la escasez de capitales nacionales que posibilitaran la
puesta en marcha de nuevos sectores productivos y la recuperación de los que se
habían arruinado. Y […] con la falta de otros mercados donde colocar sus
producciones.” ​(Ídem, p. 30)

Así, los capitales ingleses “llegaron” y fueron principalmente invertidos en la


especulación, en forma de préstamos a los gobiernos, lo que derivó en una deuda
externa que acentuó las dependencias.

También pesó mucho el asunto de la libre navegación de ríos internos. Este


“derecho” resultaba del Congreso de Viena y favorecía de forma especial al
comercio británico, pretendiendo darle un carácter universal. ​“…en 1845 ante las
negativas del gobierno de Rosas […] de permitir la libre navegación del río Paraná.
Inglaterra respondió con un bloqueo del puerto de Buenos Aires y con sus buques
abriendo el río por la fuerza (batalla de Obligado).” ​(Ídem, p. 31)

Las guerras entre los estados en América fueron controladas por los diplomáticos
británicos en cuanto estas se prolongaban en exceso, afectando los intereses
comerciales de Inglaterra, quienes actuaron como mediadores en varias instancias
en búsqueda de la paz (por ejemplo la guerra Brasil – Provincias Unidas que
terminó con la creación del Estado Oriental en 1828, la evitación de la guerra entre
la Confederación peruano boliviana con Chile en 1836…).

Sobre todo, en este período el objetivo principal fue evitar la entrada de posibles
competidores: ​“En una primera instancia todas sus baterías se dirigieron a frenar la
penetración de los Estados Unidos, que gozaba de gran prestigio entre algunos
grupos americanos y presionaba –por su propio desarrollo interno– para desplazar a
Inglaterra de su papel de “mejor amiga” de los nuevos estados y de primera
potencia comercial. En una segunda instancia –ya a fines del período que estamos
tratando– la rivalidad se entabló con Francia.” ​(Ídem)

Así, es sabido que en el Congreso de Panamá (1826), expresión de las aspiraciones


bolivarianas de la creación de una Gran Federación americana (bajo liderazgo
estadounidense), participó un representante inglés, Mr. Dawkins (bajo instrucciones
de Canning) con el fin de evitar esta confederación y preservar todas las leyes y
reglamentos de comercio y navegación que garantizaban la hegemonía británica.

Para los autores, a fines de 1826, ​la influencia británica estaba asegurada.