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Pequeñas misericordias

Por Robert Denton III

Para continuar su viaje, un alma debe estar en paz. Ese era el motivo por el que el mundo estaba
plagado de fantasmas. ¿Quién se enfrenta a su final habiendo hecho acopio de suficientes cosas,
habiendo resuelto todos sus problemas, con un corazón tranquilo? Ocupada por interminables
inquietudes y deseos, el alma no advierte cuando le llega la muerte. El momento pasa y queda
atrás, invisible e inadvertida, alimentándose de los vivos.
Nyotaka se alegraba de poder desterrar a estas criaturas. No había nacido con la capacidad de
ver fantasmas, pero había aprendido a hacerlo después de su genpuku. Daba las gracias por ello
a su sensei y a las costumbres Halcón.
—Ese era el último —dijo, sacudiendo su espada. Los demás yureigumi, cazadores de fantas-
mas, se encontraban arrodillados frente a la luz que se iba apagando dejada por sus oponentes
desterrados mientras susurraban oraciones a Emma-Ō—. Lo más probable es que en vida fuesen
Asesinos del Bosque. Malditos bandidos. ¡Son un fastidio incluso cuando están muertos!
Cerca de ellos, Masaomi depositó un fragmento de un sutra sobre una de las luces fantasma-
les que se iban difuminando mientras murmuraba. Con la otra mano introdujo su espada, una
katana purificada con la empuñadura envuelta en escrituras sagradas, en su vaina.
—Ni siquiera el ruiseñor malgasta sus cantos —comentó Nyotaka.
Masaomi miró a Nyotaka con su ojo desparejado, el pálido, el que tenía un brillo nacarado.
Era la prueba de su parentesco con Yotogi, el fundador del clan. Nyotaka no podía mirarlo sin
sentir el calor de los celos.
—No les hemos hecho ningún favor,
mandándolos confusos y perdidos con la
carga adicional del karma que han acu-
mulado. No podían evitarlo, siendo almas
ukabarenai —los que no pueden descansar
en paz—. ¿No sentís lástima por ellos?
Y pensar que de joven había sido un
bromista juguetón.
—¿Se compadece uno de una som-
bra? ¿De una brisa? —Nyotaka negó con
la cabeza—. Son aquello en lo que eligieron
convertirse. Emociones sin mente. Deseos
sin cuerpo. Si es un castigo, es autoinfligido.

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Acabar con ellos es una pequeña misericordia. No queda nada humano que compadecer.
—¿No queda nada humano? —una vez más sintió la pálida mirada de Masaomi—. ¿Tan
seguro estáis?
—Sí —contestó Nyotaka—. En el corazón de un samurái, no hay lugar para la duda.
—¡Masaomi!
Se sobresaltaron ante el grito del gunsō.
—Los otros siguen adelante —gruñó el sargento entre su barba musgosa—. ¿Os quedaréis
atrás?
—No, primo —contestó Masaomi. Luego, con el rostro encarnado, se corrigió—. No,
Taguchi-sama.
Mientras que Masaomi solo podía hacerlo con uno, Taguchi era capaz de ver fantasmas con
ambos ojos. La sangre de Yotogi corría más fuerte por sus venas. Esa era la única razón por la que
era un gunsō. Puso la mano sobre el hombro de Masaomi.
—Recordad vuestra tarea —dijo—. La dama se manifiesta una vez por generación, con suerte.
Una oportunidad como ésta sólo se presenta una vez en la vida —su rostro se endureció—. ¡No
quiero que la desperdiciéis!
—No lo haré —prometió Masaomi—. Haré que padre se sienta orgulloso.
Taguchi se dio la vuelta, y miró fijamente a Nyotaka con su penetrante mirada. Nyotaka sabía
por qué: Taguchi le consideraba un forastero, una molestia y una mala influencia para su primo
menor. Así había sido desde que eran niños.
Nyotaka le devolvió la mirada. Masaomi era un alma gentil, sin ambiciones de ascender en
el clan. Aquí nadie se preocuparía por él, mucho menos Taguchi y su constante presión, su obse-
sión por los títulos y la gloria. No entendía a Masaomi como lo hacía Nyotaka.
El grupo continuó su marcha en silencio. Sus linternas parecían orbes azules que zigzaguea-
ban entre grandes árboles grises.
Movimiento por encima de ellos. Aunque no poseía la visión de Yotogi, el entrenamiento de
su clan había agudizado sus sentidos. Un halcón nocturno se había posado sobre una rama baja,
con su atención centrada en algo. Un ratón de campo, tal vez.
—Hemos llegado —dijo finalmente Taguchi. Los otros dejaron sus linternas en el suelo,
haciendo retroceder la oscuridad. En el claro, una campana colgaba de un arco de piedra, al que
el tiempo había dado una tonalidad verde. Los árboles rodeaban la cañada como los barrotes de
una jaula.
¿Había estado aquí antes? Nyotaka oyó el crujido quebradizo de las hojas y observó las ramas
temblorosas. Todas las cañadas silenciosas se parecían. Quizás había estado allí acurrucado años
atrás, durante su genpuku.

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Se había adentrado en las profundidades de las ciénagas del Shinomen cuando su sensei le
abandonó para que encontrara sólo el camino de vuelta. Nadie le había dicho que aquel era el
ritual de mayoría de edad para convertirse en un samurái del Clan del Halcón. Eso habría hecho
inútil todo el proceso. Algunos de los otros alumnos afirmaban que los fantasmas los habían
llevado de regreso. Otros dijeron que habían sido atacados, que los espíritus los persiguieron a
través de bosques embrujados. Para Nyotaka, su genpuku fue solamente otra noche normal y
corriente. Apenas podía recordarla.
Antes de aquella noche había sido uno de los mejores alumnos de su clase. Pero ahora las
fortunas de Masaomi estaban en alza, y se veía obligado a participar en misiones cada vez más
arriesgadas y peligrosas. Nyotaka solo realizaba patrullas solitarias, encendiendo en solitario
cada noche las linternas del Valle de los Espíritus. Nyotaka se había quedado atrás, mientras que
Masaomi había sido empujada hasta un lugar en el que Nyotaka no podía protegerle.
Pero no después de esta noche. Mientras los demás formaban un círculo alrededor de la cam-
pana, Nyotaka se acercó a Masaomi y echó un vistazo a su rostro atormentado, su expresión
herida.
Taguchi sacó un pequeño mazo y golpeó la campana con un ruido sordo. Al unísono, el
escuadrón se volvió hacia el este, esperando. El halcón los observaba a todos desde las ramas por
encima de ellos.
—¡Allí!
Una luz carmesí apareció entre las filas de troncos, acercándose cada vez más. Los samuráis
reunidos se agitaron nerviosos, y algunos intercambiaron susurros hasta que Taguchi les hizo
callar.
Masaomi nunca me perdonará por esto. Pero a Nyotaka no le importaba. Masaomi no estaba
hecho para arrastrarse por el pantano, para que su hermoso corazón se endureciese con cada
nuevo horror. Seguramente lo entendería. Con el tiempo.
Una figura de escasa altura entró en el claro envuelta en un halo de luz carmesí, y la linterna
roja que llevaba se mecía de un bastón de bambú. La pálida mujer llevaba capas de ropa de un
estilo que Nyotaka solo había visto antes en viejas pinturas en el estudio de su padre. Atravesó el
claro en un silencio elegante, ni que se oyese tan siquiera el crujido de las hojas caídas.
—Soy Toritaka Taguchi, sargento y cazador de fantasmas del Clan del Halcón —hizo una
profunda reverencia—. Acudimos a vuestra llamada, honorable dama.
La madre de Nyotaka le dijo una vez que la dama se le apareció al primer Halcón, y a muchos
otros desde entonces. Nadie podía decir con certeza si era un fantasma, una hechicera inmortal,
o simplemente la tatarabuela de la mujer que guio a Yotogi.

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—Se aproxima una nueva amenaza—susurró ella.
Taguchi se enderezó. —Los Halcón estamos listos.
La linterna proyectó largas sombras sobre su rostro de porcelana. —Un alma antigua y obs-
tinada ha escapado del Reino de los Fantasmas Hambrientos. Habita en un palacio en el interior
de este bosque, atraída por algo en su interior.
—Podemos partir de inmediato —se ofreció Taguchi.
—Sólo puede ir uno —advirtió—. Más, y os olerá al acercaros —la mujer miró de un lado a
otro, pensativa—. ¿Quién de entre vosotros está dispuesto?
Taguchi miró a Masaomi, que se había puesto en tensión, dispuesto a aceptar esta tarea en
nombre del Halcón.
Lo siento, Masaomi. Espero que lo entiendas.
—¡Yo lo haré! —anunció Nyotaka, pasando ante el asombrado rostro de Taguchi antes de que
Masaomi pudiese siquiera hablar. Se arrodilló—. ¡Soy Toritaka Nyotaka, el primero de mi clase!
¡Estoy listo para cumplir el pacto!
Silencio. Ni siquiera reconoció su existencia. Los demás intercambiaron miradas desconcer-
tadas. Masaomi, con el dolor reflejado en el rostro, simplemente miró hacia otro lado.
—Perdonadle —siseó Taguchi—. No es consciente de su situación.
Nyotaka se levantó de un salto. —¡P-por favor! ¡Soy más rápido, más silencioso, mejor espa-
dachín! —cada palabra se le clavaba en el corazón, pero era peor pensar en Masaomi enfrentán-
dose solo al peligro—. ¡Dadme la oportunidad, mi señora! I yo…
—¿Durante cuánto tiempo os ha estado siguiendo? —preguntó ella.
—Desde que entramos en el bosque —musitó Masaomi—. Yo....yo le dejé.
Nyotaka se dio la vuelta. —¡No! ¡He venido por mi propia voluntad! No le echéis la culpa-
El rostro de la dama se suavizó. —Pobrecillo. No recuerdas cómo ocurrió, ¿verdad?
La noche de su genpuku. Giró por un recodo, y su sensei había desaparecido. Se le cayó la
espada. ¿Dónde había caído? Ni siquiera ahora la tenía...
—Es culpa mía —dijo Masaomi—. Le saqué el pedernal de la bolsa para que se perdiera en la
oscuridad —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Fue sólo una broma.
Esa noche había sido tan fría. ¿Qué había pasado después? No recordaba haber regresado. No
podía recordar...
La dama sonrió. —Tu arrepentimiento me recuerda a él, Masaomi. Así que te haré este favor.
Bajó su linterna. Un coro de exclamaciones. Ahora todos podían verle. Nyotaka recorrió len-
tamente con la mirada sus translúcidas manos, que ahora dejaban pasar la luz rojiza, y las pier-
nas, donde sus pies se desvanecían en la oscuridad. Su espada había desaparecido. Su armadura
había desaparecido. Taguchi negó con la cabeza. Donde antes sus ojos habían estado llenos de
ira, ahora podía ver compasión. Compasión por los muertos.

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—Ahora sabe lo que es —dijo Taguchi—. Ha llegado la hora, Masaomi. Haz que tu padre se
sienta orgulloso.
La espada Halcón se encontraba en la mano de Masaomi. —Lo siento —dijo, con un brillo
húmedo en su pálido ojo—. No te olvidaré.
—No es cierto —murmuró Nyotaka—. Todavía puedo sentir. Yo…
La hoja cayó. Por encima de ellos, el halcón cogió al ratón de campo con sus garras y se lo
llevó más allá de las copas de los árboles, hacia la oscuridad más allá.

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