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Tras treinta años de infeliz matrimonio, Mara ha heredado de su marido la

atracción de feria que suponía su medio de vida: la noria.

De él se enamoró un verano, cuando Jaime era un joven feriante y ella una


muchacha con ganas de escapar. Del matrimonio ha salido viuda, con sueños y huesos
rotos y al cargo de una atracción que detesta. Hoy, una ramita de romero de Damaris, la
gitana de la feria, va a ofrecer a Mara la increíble oportunidad de regresar al verano de
1985 en el que aceptó la propuesta de matrimonio de Jaime. Era el año en que The
NeverEnding Story sonaba sin descanso en los coches de choque. ¿Tomará esta vez Mara
la decisión correcta? ¿O acaso el destino es imposible de cambiar?
Paul Pen

Trece historias.
La noria
Trece historias - 01
Nota del autor

Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos


con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
La noria

Mara entró al recinto ferial. Traía la camiseta empapada en sudor. Así eran
siempre los días en que comenzaban las fiestas: poco después de llegar a cada pueblo,
había que hacer alguna carrera de última hora para conseguir la llave inglesa que se
había perdido en el transporte, comprar dos garrafas de agua o sacar dinero en el cajero
de la plaza central para pagar en negro a los operarios que montaban las atracciones.
Aquí en Las Rozas, además, los recados se habían prolongado más de lo necesario.
Pasaba siempre que regresaba a su pueblo natal. En un pasillo del supermercado, en
una esquina de la calle principal o haciendo cola en el cajero aparecían caras conocidas
que retrasaban su tarea. Hacía treinta años que se había casado con Jaime y había
dejado el pueblo para unirse a la vida nómada de un feriante, pero aún parecía que la
conociera todo el mundo. Hoy, además, la dueña de la ferretería le había preguntado
por Jaime, y eso siempre le ponía de mal humor. En la cola del cajero, Mari Carmen
había metido la pata aún más, preguntándole qué le pasaba en la nariz, que se la veía
rara, diferente a cuando era más joven.

Mara levantó nubes de polvo con cada paso. Notaba el sol quemándole la nuca.

—¿Qué te pasa, reina mía? —preguntó Damaris, la gitana dueña de El Pulpo, la


misma que atosigaba a los clientes vendiéndoles ramitas de romero para librarlos del
mal de ojo que ella misma amenazaba con echarles—. Es este pueblo, ¿no? Te trae
recuerdos.

Mara no se detuvo.

—Pero tú tranquila que en diez días nos estamos yendo —vociferó Damaris—. Lo
bueno de ser feriante, hija, es que no tenemos que enfrentarnos a la realidad.

Mara buscó a Everton, su operario de montaje, por el recinto. Lo encontró, como


siempre, en el puesto de dulces de Carmen. Estaban los dos sentados en un banco
colocado a la sombra de la autocaravana. Él se abanicaba con su sombrero.

—Aquí la tienes —dijo, entregando a Everton la llave Allen que había comprado
en la ferretería. Después se tocó el bolsillo por fuera del pantalón—. También tengo tu
dinero.

Carmen chistó para que Mara bajara la voz.


—Está durmiendo —explicó, señalando la autocaravana.

—¿La niña?

—Mi madre.

Una voz infantil surgió de debajo del banco.

—Yo estoy despierta.

Mara se arrodilló para asomarse al escondrijo. Encontró a Adela tumbada de lado


en el suelo, detrás de los pies de su madre y los de Everton. Jugaba con un frasco que
hacía rodar con un dedo, sin llegar a soltarlo.

—¿Pero quién está aquí? —dijo Mara.

La niña la miró a los ojos.

—¿Tú crees que los deseos se cumplen?

—¿Y por qué me preguntas eso?

—Ha encontrado un trébol de cuatro hojas que alguien me regaló hace mucho —
explicó su madre.

—¿Un ex novio? —preguntó Everton.

—Qué va, si yo era una cría. Fue una señora, aquí en la feria. Me lo dio y me dijo
que lo guardara porque era mágico. Ni siquiera recordaba que lo tenía, lo ha encontrado
la niña en un cajón.

—Es mágico —confirmó la niña—. Y muy poderoso.

Carmen enarcó las cejas, sorprendida por el vocabulario de su hija.

—A ver, déjame ver —Mara cogió el tarro de la niña. Observó su interior. El


trébol de cuatro hojas estaba conservado en una bola de goma o resina transparente. Al
agitar el frasco, la pelota rebotó contra el cristal con un sonido amortiguado—. Es muy
bonito.

—¿Me concederá los deseos? —preguntó la niña.


A Mara la vida la había maltratado lo suficiente para saber que los deseos no se
cumplen. En realidad no había sido la vida, había sido Jaime. Aun así, no quiso romper
la ilusión de Adela.

—Claro que sí. Si no tu madre no habría guardado ese amuleto tanto tiempo.

—Muchas gracias —susurró Carmen—. Ahora estará pesadísima toda la tarde


con el frasco.

La niña celebró la respuesta de Mara.

—¡Bieeeen!

Su madre chistó para que no despertara a la abuela.

—Venga, vamos —dijo Mara a Everton—. Ve a acabar tu trabajo en la noria y


pásate por mi caravana, que te doy lo que te debo.

El operario se levantó y se dirigió a la atracción.

Una hora más tarde, sus nudillos golpearon desde fuera la ventanilla de la
autocaravana de Mara. Ella cogió el sobre que había dejado preparado sobre la mesa
diminuta de la cocina. A Jaime le gustaba sentarse en una de las sillas, estirar las
piernas, cruzar las manos tras la cabeza y observar con detenimiento el interior del
vehículo como si fueran las amplias estancias de una mansión inglesa lo que se
desplegaba ante él. Pero Mara, aun siendo más delgada y bajita que Jaime, se daba con
la cabeza en el techo varias veces al día, se golpeaba codos y rodillas en todos los
salientes y rogaba al cielo cada noche por un palmo más de mesa para poder servir la
cena con comodidad. La autocaravana dejó claro, desde el primer momento en que se
trasladó a vivir con Jaime, que Mara no encajaba en la vida de él. La pieza de un puzzle
no entra en el espacio que no le pertenece a no ser que se fuercen sus contornos,
estropeando su forma original. A ella, Jaime la había forzado, la había estropeado y la
había deformado durante veinte años. Ojalá hubiera interpretado mucho antes la
metáfora que ese vehículo le mostró desde el principio.

Mara abrió la puerta con el sobre en la mano. Everton se llevó el sombrero al


pecho.

—La noria está lista, señora.

—¿Hay que cambiar alguna bombilla de las cabinas?


—Andan todas, ya las comprobamos. Las de fuera de la rueda también.

Jaime se había quejado toda su vida de los mozos que montaban las atracciones,
trabajadores puntuales que contrataban en los pueblos a los que llegaban para levantar
la feria y a los que él trataba como animales de carga. Les gritaba las indicaciones de
montaje sentado a la sombra, comiéndose un bocadillo de panceta, y con cierta
propensión a remarcar el país del que procedían como si fuera un insulto. A Everton lo
llamaba el indito. Después él criticaba la supuesta falta de educación de esos operarios,
el descaro con el que exigían su pago al final de la jornada —como si hubieran venido a
trabajar gratis— o las caras de amargura que le dedicaban al contar los billetes. Una vez
Mara escuchó en la peluquería una cita inspiradora que alguien soltó entre secadores,
una frase de psicología popular que ella había convertido en lema vital: “la vida es
como un espejo, te sonríe si la miras sonriendo”. Por supuesto, era algo que no podía
decirle a Jaime, ni tampoco explicarle que el trato que recibía de los operarios era un
mero reflejo del que él les dispensaba.

Cuando él murió, Mara se ocupó de reparar la mala relación con los operarios.
Por mucho que el espejo de su vida lo hubiera roto Jaime a base de puñetazos, ella se
esforzaba por sonreír a los pocos fragmentos triangulares que resistían en el marco. Así
había conseguido que hoy ellos la trataran con respeto, la esperaran pacientemente en la
puerta de la caravana si llegaba tarde y se guardaran el sobre de dinero en el bolsillo
trasero de sus vaqueros sin contarlo siquiera. Ninguno volvió a mencionar a Jaime.
Tampoco ella. Prefería no recodarlo. Hacía tiempo que pensaba en su matrimonio como
un accidente. Un choque frontal a cámara hiperlenta entre dos vehículos conducidos
por ellos mismos. Durante años se había sentido como el cuerpo que se zarandea dentro
de un coche, golpeándose con techo, volante y reposacabezas, antes de salir despedido
por la luna delantera para aterrizar fracturado sobre el asfalto. Aunque Jaime había
acabado siendo la primera víctima mortal del accidente —un cáncer de testículos lo
mató cinco días antes de que cumplieran el vigésimo aniversario—, ella aún acusaba sus
heridas, tras diez años de recuperación.

Mara entregó a Everton el sobre con el dinero. Él se lo guardó sin abrirlo.

—Muchas gracias.

—A la orden, señora. Vendremos el domingo que viene para desmontar. Que


disfrute las fiestas.

—En este pueblo, no creo.


Everton miró al suelo sin saber qué contestar. Después se giró y se marchó a
través del recinto ferial. Sorteó varias atracciones, todas listas para la apertura de esa
tarde. En los coches de choque, los más pequeños de los Carmona se lanzaban unos
contra otros al ritmo de una música ensordecedora. Los altavoces del Scalextric eran los
más potentes de toda la feria. El Pulpo funcionaba también en pruebas, los tentáculos
del cefalópodo mecánico girando sin pasajero alguno. Damaris gritó al operario algo
sobre unas luces que no parpadeaban como deberían. Al lado de la atracción, Carmen
actualizaba su lista de precios al nivel de vida madrileño, sumándole un diez por ciento
a todos los dulces. Al pasar junto a ella, Everton le acarició la mano con la que escribía
en la pizarra. Carmen se giró y le lanzó un beso que él recogió en su sombrero, como si
lo hubiera encestado. Prosiguió su camino con una sonrisa. Por alguna razón que Mara
desconocía, Everton y Carmen preferían mantener su relación en secreto, aunque ella
era madre soltera. Mara bajó de la caravana y echó una ojeada a la noria. Algunas de las
cabinas aún se balanceaban, el chirrido de los ejes chivándose de la reciente presencia
de Everton en su interior.

La noria había sido el negocio familiar de los padres de Jaime. Él la heredó de


ellos y Mara de él. En otros pueblos, la atracción apenas le recordaba a Jaime. Era al
regresar a Las Rozas cuando las imágenes de la noche en la que tomó la peor decisión
de su vida se repetían en su cabeza como se repite el discurso del dueño de una tómbola
anunciando premios para todos. Fue en ese pueblo, treinta años atrás, cuando, subidos
ambos a la noria que aún pertenecía a los padres de él, Jaime le mostró un anillo y le
pidió que se casara con él.

Ocurrió al caer la noche, un día de septiembre de 1987, bajo un cielo ya sin sol
pero aún sin luna, cuando más bonitas se veían las luces de la feria. Se conocían desde
hacía dos años, pero solo habían compartido tantas noches como días se había instalado
la feria en Las Rozas. La noche en la que él le pidió matrimonio era apenas la
vigésimoprimera que pasaban juntos. La primera tuvo lugar en 1985, cuando Mara
tenía dieciséis años. Ella bajaba la escalera del Scalextric, comentando a gritos con tres
amigas los porrazos que se habían pegado unas a otras, cuando vio a Jaime arrodillado
junto a una de las cabinas de la noria. Mojaba una brocha en un bote de pintura verde,
tratando de tapar un grafiti que alguien había estampado en la carrocería del aparato.
Las voces de sus amigas parecieron disolverse en el jolgorio general de la feria, que a su
vez pasó a transcurrir en algún lugar muy lejano.

Mara no conocía el nombre de los músculos que se marcaban en el brazo de aquel


chico, pero sintió el deseo de tocarlos, de subir hasta el hombro la manga de la camiseta
blanca y probarlos con la boca. Él debió de sentir la mirada en su nuca porque se giró
como si lo hubiera llamado, apoyando el antebrazo en su rodilla. En cuanto vio a Mara,
dejó la brocha en el bote sin importarle que se hundiera hasta la mitad del mango y se
puso de pie para observar mejor a la chica que lo miraba desde la atracción de enfrente.
Paseó la mirada por los contornos de su pecho, su ombligo y sus muslos, bañados por la
luz azul y violeta de los neones que formaban la palabra Scalextric.

Jaime sintió en su corazón y su entrepierna una descarga eléctrica más potente


que la que hacía saltar chispas en la red metálica que cubría el techo de los coches de
choque. Desde ese momento, y durante las diez noches que duraron las fiestas de 1985,
Jaime y Mara se besaron detrás del remolque que vendía patatas fritas con salsa brava,
alioli o mixta, detrás de la caravana que vendía bocadillos y detrás del puesto que
vendía algodón de azúcar y manzanas caramelizadas, que por aquel entonces
pertenecía a la madre de Carmen. Se despidieron el último día jurándose fidelidad y
prometiendo verse al año siguiente, promesa que ambos cumplieron.

La tarde de 1986 en la que la noria regresó a Las Rozas, Jaime se encontró a Mara
esperándolo junto a la verja del recinto ferial vacío, su cuerpo mostrando las nuevas
curvas y volúmenes con que lo habían esculpido los diecisiete. Repitieron el frenesí del
septiembre anterior y se pasaron las fiestas colándose entre La Olla Loca y El Tren de la
Bruja, sorteando gruesos cables en el suelo, en busca de rincones oscuros en los que
descubrirse con las manos y leerse con las lenguas.

Cuando llegó el último domingo de feria, Jaime lloró sobre el hombro de Mara
mientras fuegos artificiales iluminaban el cielo de rojo, azul y blanco. Juró en alto que
no iba a pasar nunca más por una de esas despedidas y prometió que la primera noche
de las fiestas del año siguiente le pediría a Mara que se casara con él. Ella sería mayor
de edad y podría decidir unirse a la feria. Le dio un beso rápido en la boca tratando de
acortar la agonía del adiós y se fue atendiendo las órdenes de su madre de que
empezara a desenroscar bombillas porque mañana a primera hora partían hacia Denia y
mira hijo cuántas bombillas hay.

En septiembre de 1987, Mara no esperó junto a la verja del recinto ferial a que
llegaran los camiones de las atracciones. Pasó la tarde en casa dando vueltas en su
habitación, preguntándose si Jaime se acordaría de aquello que había soltado en el
clímax de la última despedida. Se miró la mano izquierda por un lado y por otro,
imaginando el destello de un anillo en su dedo anular. Un minuto estaba segura de que
Jaime cumpliría lo prometido, y al siguiente se convencía de que no solo habría
olvidado la idea de pedirle matrimonio, sino que se habría olvidado de ella por
completo. A un joven de veinte años como él, con vaquero ajustado, mangas siempre
recogidas y Adidas blancas, seguro que se lo habían rifado chicas mucho más guapas
que ella en todos los pueblos por los que había pasado la noria ese año.
Mara se vistió con el atuendo elegido tras rechazar otras mil opciones. Incluyó las
Converse a las que había estampado una J, con rotulador, en cada una de las punteras.
Cepilló su pelo para avivar el brillo. Tras un año entero de crecimiento y tres meses
lavándolo con manzanilla había adquirido el rubio que ella ansiaba, el de su ideal de
belleza por aquel entonces: la Olivia Newton-John de Grease (había visto la película por
primera vez esa Nochevieja). Imitando a Sandy, se recogió el pelo en una coleta
frondosa que ajustó con un lazo rosado. Se presentó en la feria cuando el sol estaba tan
bajo que la noria arrojaba sobre la arena una sombra kilométrica, rozando la entrada, al
otro extremo del recinto ferial. Mara pisó la sombra con sus Converse, acercándose a la
atracción tan nerviosa como si fuera ya la novia que camina al altar.

Vio a Jaime en la cabina de mando, operando la noria y dando instrucciones de


seguridad a quienes iban subiendo: les hacía saber que el aparato daría siete vueltas
completas antes de que pudieran bajar. Mara se puso a la cola sin llamar la atención de
Jaime. Llegó al principio de la fila cuando el sol desaparecía tras la sierra, llevándose
también las sombras. Jaime reparó en ella en el preciso instante en que se encendieron
todas las luces de la feria. En los altavoces de los coches de choque sonaba The
NeverEnding Story, de Limahl.

Jaime recordaría siempre ese momento como el más mágico de toda su vida, pero
la cara de sorpresa que puso no le permitió saber a Mara si se alegraba o no de verla.
Nerviosa, escapó de la situación colándose sin permiso en la cabina que pasaba por la
base. El aparato la alejó del suelo mientras la pareja frente a la que se había sentado
intercambiaba frases murmuradas por un lado de la boca. Durante el ascenso, Mara se
sintió estúpida, convencida de que él no esperaba verla de nuevo, que los lloros bajo los
fuegos artificiales que clausuraron las fiestas del año anterior formaban parte de una
vida muy lejana para ambos. Su temor aumentó a medida que la cabina completaba su
órbita y el suelo se acercaba a ella devolviéndola a la realidad del rechazo. De nuevo en
la base, la atracción se detuvo en seco. Algunos pasajeros resollaron cuando sus cabinas
se balancearon más de lo habitual. La pareja frente a Mara aprovechó para escapar. Ella
vio a Jaime cederle el control de las palancas a su padre, explicándole con gestos alguna
orden a ejecutar en breve. Después abandonó el puesto de mando, corrió a la noria y se
sentó junto a Mara sin decir una palabra. Repitió a su padre el gesto que acababa de
mostrarle, dibujando un círculo en el aire con el dedo, y la atracción reanudó su
ascenso. Antes de llegar a la cúspide, el aparato se detuvo tres veces. Ambos
permanecieron en silencio observando el pueblo desde las alturas, oyendo el chirrido
metálico del balanceo de la cabina. Mara, dando por perdido el año de espera y
despidiéndose del futuro que había imaginado junto a él, recogió las piernas para
esconder las punteras de sus zapatillas.
No sabía que Jaime se iba mordiendo la lengua para no dejar escapar antes de
tiempo las palabras que había ensayado. La noria alcanzó entonces el punto más alto de
su trayectoria. Allí arriba, los extremos del lazo rosa de Mara ondeaban como banderas.
El aire olía a palomitas, churros y a la gasolina de los generadores. Un estuche rojo,
cuadrado, aterrizó sobre los muslos de Mara. No se atrevió a tocarlo hasta que Jaime lo
abrió frente a sus ojos. El anillo reflejó bombillas multicolores. Cuando Jaime formuló la
pregunta que ella ansiaba escuchar, Mara se llevó las manos a la boca y, sin pensarlo,
respondió que sí, que se casaría con él.

Mirando ahora a la noria vacía, Mara chasqueó la lengua. Maldijo su juventud, su


ingenuidad y la facilidad con la que accedió a la propuesta. Entendió que conseguir lo
que uno desea no es siempre lo mejor que puede ocurrir. Ojalá esa noche no hubiera
tenido un final feliz. Ojalá hubiera regresado a casa con las mejillas tiznadas de rímel,
con el corazón roto, llorando por Jaime. Habría estado triste unos días, dos semanas o
seis meses, pero no habría malgastado su vida y su salud en un matrimonio tóxico. Si
tan solo pudiera volver atrás en el tiempo y responder de otra manera a la pregunta que
Jaime le hizo en la noria…

—Este pueblo te trae recuerdos, que lo sé yo —Damaris había aparecido a su


lado. Sus pulseras tintineaban mientras gesticulaba al hablar—. Mírate, si hasta los
ojitos los tienes a punto de llover. Pero el pasado es el pasado, reina mía, es imposible
cambiarlo.

A Damaris se le daba bien ofrecer consuelo a las almas que sufrían. Y tenía buen
ojo para identificarlas. De un puñado que llevaba en la mano izquierda, separó una
ramita de romero y se la entregó a Mara.

—Esto, para ti.

—¿Y con qué vas a sacarle los cuartos a la gente?

—Yo no les saco nada. Les protejo del mal de ojo.

—El que tú les echas si no te lo compran.

—No te me pongas tan arisca que a ti te lo estoy regalando. Dicen que cuando
una gitana regala su romero, te regala con él un deseo.

Mara aceptó la ramita. Sujetándola entre los dedos, miró a la noria.

—Ahora mismo solo pediría una cosa —en su pecho se avivó el anhelo de rehacer
su pasado—. Pero no es algo que tu romero me pueda conceder.

A Mara se le cayó la ramita al suelo. Mientras se agachaba a recuperarla, oyó


decir a la gitana: Mi romero puede hacer muchas cosas. Su voz sonó diferente, más débil,
como si pronunciara aquella frase desde el puesto de dulces de Carmen, allá atrás. El
romero había caído junto a la sombra de Damaris, a la altura de su mano. Al recogerlo,
la silueta de la gitana se desvaneció. Otras sombras, la de la noria, la de la propia Mara,
la de la caravana, perdieron contraste hasta dejar de existir, como si una enorme nube
hubiera cubierto el sol de repente. La temperatura descendió unos grados en lo que
pareció un atardecer acelerado.

El recinto ferial quedó en absoluto silencio.

Ni siquiera se oía el balanceo de las cabinas de la noria.

Tras unos instantes, una débil melodía comenzó a resultar audible a lo lejos.
Llegaba desde el mismo plano en el que había hablado Damaris por última vez pero, al
contrario que la voz de la gitana, la música fue ganando presencia. Mara tuvo que
tragar saliva cuando reconoció la canción. The NeverEnding Story sonaba a todo volumen
en los altavoces del Scalextric. Aún agachada, vio aparecer decenas de pies a su
alrededor, caminando, esquivándola, levantando polvo. El palo chupado de una
manzana caramelizada cayó al suelo. Multitud de voces estallaron allá arriba. Una de
ellas destacó sobre el resto. Daba indicaciones de seguridad a los clientes que iban a
subirse a la noria: cómo entrar, como ajustar la barra, cuándo salir. Asustada, Mara se
negó a reconocer la voz. Sintió un mareo que la obligó a sentarse en el suelo. Perdida en
un bosque de piernas, examinó la ramita de romero entre sus dedos.

—No puede ser —murmuró.

Un chica joven, vestida con una chaqueta con hombreras, le ofreció ayuda para
levantarse.

—Son esos minis, a saber qué les ponen —dijo.

Mara aceptó la mano que le tendían y se dejó hacer. La chica de las hombreras
tiró de ella hasta que se puso de pie. Se quedó allí quieta, ligeramente mareada por la
impresión y con la vista perdida como si de verdad estuviera borracha.

—¿Estás bien?

Mara asintió.
—¿Quieres que te llevemos a algún sitio?

Mara sacudió la cabeza. No dijo una palabra.

La chica de las hombreras y su amiga intercambiaron una mirada. Optaron por


marcharse.

—Si es que hay edades a las que ya no se puede venir a beber a unas fiestas —dijo
una de ellas mientras se alejaban.

Mara concentró su atención en la ramita entre sus dedos. No se atrevía a mirar a


su alrededor y comprobar que el romero realmente había cumplido su deseo. La voz
que le asustaba reconocer habló de nuevo a sus espaldas.

—Nadie se baja mientras la noria se esté moviendo, ¿entendido? Vais a dar siete
vueltas completas cada uno. Cuando se pare mientras estáis abajo, entonces bajáis.

Mara se giró sin pensarlo. Colgado de un lateral del marco de la puerta, hablando
a la cola, vio a Jaime. Llevaba enrolladas las mangas de su camiseta blanca, los vaqueros
azules abrochados muy por encima de la cintura. El bajo del pantalón caía a la altura de
los tobillos, mostrando los calcetines negros, las Adidas blancas. Cuando salió a
enganchar la cadena que hacía de puerta en una de las cabinas, Mara parpadeó varias
veces, despacio, como alguien que despierta de una anestesia general. Su corazón
palpitó al ritmo de un amor que no recordaba. Se negó a darle pábulo forzando la
flexión de su muñeca izquierda, la que Jaime le rompió contra el fregadero y nunca curó
correctamente, para recordar el dolor que ese chico iba a provocarle en el futuro. Mara
se sorprendió ante la sencillez con la que pensó en términos de futuro acerca de un
incidente, el del fregadero, que para ella era pasado. Acercó el romero a su nariz y
aspiró con ganas, dejando que el olor fresco y dulce de la hierba la renovara por dentro,
reconociendo su poder. De pronto pareció perfectamente normal que la ramita de la
gitana le hubiera concedido su deseo.

—Gracias, Damaris —susurró Mara.

Un detalle le confirmó la fecha a la que había llegado: en la cabina de mando,


entre palancas y botones, Jaime jugueteaba con algo entre sus manos. El estuche rojo
que contenía el anillo con el que iba a pedirle matrimonio. La canción de Limahl llegó a
su fin solo para empezar otra vez, iniciando el bucle de reproducción en el que
permaneció durante las fiestas de 1987. Mara se fijó en que las luces de la noria aún no
se habían encendido. Ni los neones del Scalextric. Miró a su alrededor, al sol en el
horizonte, a la entrada de la feria, tratando de calcular el momento exacto en el que se
encontraba. Quizá ahora ella seguía en casa, cepillando su pelo rubio para parecerse a la
cursi aquella de Grease.

Recordó la sombra kilométrica de la noria bajo sus pies, la que ella había pisado
aquella tarde mientras se dirigía nerviosa a la atracción. La misma sombra podía
servirle ahora de referencia: si era tan larga como para alcanzar la entrada, al otro
extremo del recinto ferial, entonces ella estaba a punto de llegar. Mara se guardó el
romero en el bolsillo y rastreó la silueta oscura en el suelo. Sorteó a los visitantes,
oliendo el exceso de colonia de los adolescentes, los enormes chicles que masticaban los
más pequeños. A punto de alcanzar el extremo de la sombra, un par de Converse negras
entraron en su plano visual. Las dos tenían una J escrita con rotulador permanente en la
puntera de goma.

Recordó cada uno de esos trazos, cómo los había repasado una y otra vez durante
el año que había fantaseado con el regreso de Jaime. Mientras reunía el valor para
mirarse a sí misma, las zapatillas retomaron su camino y desaparecieron de su vista.
Mara solo llegó a verse de espaldas, el lazo rosa temblando como temblaba la joven que
ansiaba reencontrarse con su amor de dos veranos. Verse avanzar tan ilusionada hacia
el momento en que su vida tomaría un giro a peor, conduciendo ingenua ese coche que
chocaría frontalmente con el de Jaime, la despertó del estado de shock en el que se
encontraba. Antes de tener tiempo a valorar sus opciones, caminó detrás del lazo rosa,
alargando su zancada. Esquivó a niños con las manos llenas de fichas para el Scalextric,
a muchachas abrazadas a peluches gigantes y a jóvenes con minis de calimocho. No
logró sortear a una madre y su hijo, que caminaban cogidos de la mano. Se coló entre
ambos a tal velocidad que quebró su unión, derribando al niño. La manzana
caramelizada que iba comiendo rodó por la arena y quedó rebozada de suciedad y
guijarros. Tirado en el suelo, disfrazado con un sombrero y un látigo, el niño empezó a
llorar.

—Lo siento, de verdad, lo siento.

Mara se disculpó con la madre, una mujer latina que, arrodillada junto a su hijo,
le secaba las lágrimas y le sacudía el polvo de las palmas de las manos.

—No ha sido nada, mi cielo, no ha sido nada.

—De verdad que lo siento, iba muy rápido y…

—Dígaselo al niño —interrumpió la madre—. Discúlpese con mi Everton. Es a él


a quien ha tirado.

Al oír ese nombre, Mara se arrodilló junto al crío y le miró a la cara. El sombrero
del disfraz facilitó la labor de reconocimiento: ese mismo niño había terminado de
montarle la noria hacía una hora o dentro de treinta años. Mara le pellizcó la mejilla con
cariño.

—Perdóname, vaquero —le dijo a cuenta del disfraz.

—Soy Indiana Jones.

—Pues perdóneme, señor Jones.

—Me has tirado la manzana.

El niño señaló la fruta, los rastros de sus pequeños mordiscos cubiertos ahora de
arena. Mara pidió permiso a la madre para llevarlo al puesto de dulces que tenían al
lado, que ahora pertenecería a la madre de Carmen.

—¿Cuál quieres? —preguntó Mara, señalando el montón de manzanas dispuestas


en una vitrina.

Everton señaló la que más brillaba, pero no había nadie a quien pedírsela, nadie
atendía el negocio.

—¿Hola? —llamó Mara.

Se mordió el labio inferior, impaciente. Buscó el lazo rosa entre la multitud. Lo


vio situarse al final de la cola para la noria.

—¿Perdone? —alzó la voz para que la madre de Carmen pudiera oírla dentro de
la caravana.

Quien salió del vehículo fue una niña. Mara entrecerró los ojos como si mirara a
una antigua foto escolar y reconoció a la propia Carmen.

—Quería esa manzana —dijo.

La pequeña Carmen la cogió. Envolvió el palo con una servilleta y, de puntillas,


se la ofreció a Mara por encima de la vitrina. Ella le indicó que era para quien estaba a
su lado. Cuando los niños se miraron por primera vez, a un lado y a otro lado de la
máquina que convertía cucharadas de azúcar en ovillos de algodón rosa, Mara sintió en
la piel la fuerza de su atracción, como una corriente magnética entre dos polos opuestos.

—Dime cuánto es —dijo Mara.

—Cien pesetas —contestó la niña sin separar los ojos de Everton.

—¿Pe… pesetas?

—Ya ha oído a mi hija, cien pesetas.

La madre de Carmen apareció en el umbral de la caravana. Mara reparó en la


bandera de España que decoraba el frontal del vehículo, con un águila negra en el
centro.

—Que estamos en Madrid y aquí ganáis bien —continuó la señora—. Si


estuviéramos en Soria a lo mejor te lo dejaba en noventa.

Mara se echó la mano al bolsillo y sacó las tres monedas que encontró: sumaban
cuatro euros, pero no valían nada.

El sol estaba a punto de desaparecer.

El lazo rosa se encontraba ya a mitad de la fila.

Mara movió las monedas en la palma de su mano, pensando una solución.

—De todas formas, espero que la manzana no fuera para ese niño —dijo la madre
de Carmen.

La cobertura de azúcar crujió con el primer mordisco que le dio Everton,


confirmando que así era. La mujer lo observó con un labio levantado. Después bufó y
desapareció en el interior de su casa. Entre el montón de palabras que farfulló, Mara
solo distinguió “inmigrantes”. Entendió por qué en el futuro Carmen y Everton se
lanzaban besos en secreto mientras esa señora habitaba, como una bestia mitológica, el
interior de la autocaravana.

—¿Qué ha dicho? —preguntó la madre de Everton, que llegaba al puesto en ese


momento.

—No sé —mintió Mara—, no la he entendido.


—¡Hija! ¡Que te den las cien pesetas y se vayan de aquí! —profirió la voz desde la
oscuridad.

A Mara ya no le pareció tan mal irse de allí sin pagar. Aun así, le dio una moneda
de dos euros a Carmen y le dijo que la escondiera, que era una moneda mágica: si la
guardaba el tiempo suficiente valdría mucho más que cien pesetas. Eso sí, tenía que
asegurarse de que no la viera su madre porque ciertas miradas pueden quitarle la magia
incluso a los sucesos más extraordinarios. La niña aceptó la moneda con un suspiro de
asombro y se la metió en el bolsillo delantero de su peto vaquero.

La madre de Everton instó al niño a dar las gracias por la manzana.

—No hace falta —dijo Mara—, ya me devolverá su hijo el favor en otro momento.
Estoy convencida. Además, todo esto ha sido culpa mía. Tiene usted un niño
encantador que será un gran hombre en el futuro. Y eso vale mucho, no todos lo son.

Como si la sola mención velada de Jaime pudiera tener efectos planetarios, el sol
desapareció tras las montañas de la sierra en ese mismo instante. Mara se despidió y
corrió a la noria. A mitad de camino, se encendieron todas las bombillas de la atracción.
Un montón de dedos señalaron el fenómeno, avisando del espectáculo a hijas, abuelos o
novias. Ese había sido el momento en el que Jaime había reparado en Mara, cuando él
puso la extraña cara de sorpresa que ella interpretó como un mal augurio. Mara
aumentó la velocidad de su carrera. Llegó a tiempo de verse a sí misma colándose sin
permiso en la cabina que usó como escapatoria. Le resultó gracioso ver ahora la cara
que puso la pareja allanada.

También vio por primera vez cómo Jaime salía de la cabina de mando justo
después y corría a la caravana aparcada junto a la taquilla. Aporreó la puerta gritando a
su padre. Cuando el hombre salió, Mara experimentó una sacudida de terror. Su
organismo activó una instintiva respuesta de defensa ante lo mucho que aquel señor se
parecía al último Jaime que ella había conocido, el que consumió sus días finales
insultándola desde la cama, acusándola noche tras noche de desear su muerte para
poder irse con el primero que se pusiera a tiro en la feria. La única vez que Mara
contestó a las provocaciones, Jaime le arrojó a la cara la sopa hirviendo, sopa que ella le
había preparado para aliviar el frío enfermizo que lo atería por dentro.

—Necesito que me sustituyas un rato en la caseta —dijo Jaime a su padre.

Mara observó la escena a tres pasos de distancia mientras su otra versión giraba
en la noria acompañada de unos extraños.
—Hijo, no llevas ni una hora.

—Es por la chica, ha venido.

Su padre entendió, de inmediato, la importancia de la presencia de esa chica en la


feria, lo que reveló que Jaime había planeado y comentado con sus padres lo que iba a
hacer esa noche. Ese hecho, unido a la emoción con la que Jaime pronunció las palabras,
conmovió a Mara. Se preguntó si ese chico que tiraba de la camisa de su padre era el
mismo que dentro de unos años iba a ser capaz de romperle una muñeca contra el
fregadero de la autocaravana. Para convencerse de que así era, flexionó la articulación
hacia el lado que dolía. Un espasmo le durmió el antebrazo y eliminó los residuos de su
amor por él.

Ya en el puesto de mando, padre e hijo negociaban su cambio de turno señalando


el reloj de muñeca de uno de ellos. A través del cristal, Jaime comprobó en qué posición
se encontraba la cabina de Mara. Desde el suelo, ella también se buscó. Se encontró a la
una en punto, faltaba menos de media vuelta para que su cabina regresara a la base.
Tenía que pensar con rapidez. Decidir cómo cambiar lo que estaba a punto de ocurrir.
Giró sobre sí misma tapándose la cara con ambas manos. Le resultó imposible
concentrarse con los gritos excitados de la gente a su alrededor, el ruido de los coches
de choque y los efectos fantasiosos de la canción de Limahl. Mara vio cómo, en la caseta,
Jaime abría el estuche rojo y sonreía al anillo. Se puso en marcha sin darle más vueltas,
sin trazar ningún plan. Sus pasos levantaron polvo y dispararon guijarros, lo que llamó
la atención de Jaime. Miró a Mara extrañado, preguntándose si, como parecía, esa
señora enfadada se dirigía a la cabina de mando. En efecto, esa señora se subió a la
pasarela de metal, se plantó frente a él y le arrancó el anillo de las manos.

—No vas a hacerlo —dijo Mara.

Sus ojos se encontraron con los de Jaime. Descubrir que aún quedaba algo de
pureza y bondad en esa mirada supuso un consuelo para el tormento que le había
provocado durante años pensar que había sido error suyo no reconocer la maldad de
Jaime en cuanto lo vio. Ahora pudo comprobar que cualquier otra chica habría
cometido el mismo error. Una chispa de compasión prendió en el estómago de Mara,
pero la apagó obligándose a recordar que, tan solo cinco años después, esa mirada se
endurecería hasta parecer la de un reptil. Que esos ojos marchitos la observarían desde
las alturas mientras ella se arrastraba de espaldas por el suelo huyendo de la siguiente
bofetada.

Jaime miró sus manos vacías, más sorprendido que enfadado.


—¿Me puede explicar qué está haciendo? —preguntó sin señal de
reconocimiento.

Continuando con el proceder impulsivo de sus actos, Mara simplemente salió


corriendo. No llegó a dar dos zancadas. El cuello de su camiseta la detuvo, ahorcándola.
Jaime había agarrado la prenda por la espalda.

—¿Qué te parece esto, papá? ¿Que venga esta tipa a robarme delante de mis
narices?

La manera en que crujieron las costuras de la camiseta encendieron en la mente


de Mara recuerdos de otras peleas. Otras mangas dadas de sí, otros botones arrancados
con violencia, otra ropa interior desgarrada contra su voluntad. Sintió que se le
calentaba la sangre. Como si fuera la correa de un perro, Jaime tiró de la camiseta para
controlarla. A ella solo se le ocurrió una cosa. Lanzó el estuche rojo con un jadeo
desgarrado, de tenista. Rodó hasta el puesto de patatas fritas.

—¿Pero esta tía de qué va? —gritó Jaime.

—Esa no sé —su padre señaló la noria a través del cristal—, pero tu chica está a
punto de llegar abajo.

Jaime zarandeó a la Mara que tenía agarrada.

—Imbécil —le dijo.

Desechó la camiseta con tanta rabia que la desequilibró. Ella se golpeó la cadera
contra la barandilla de la pasarela. Esa actitud ya era más propia del Jaime que conocía.

—Frena la noria —indicó él a su padre—, y espera a que suba.

De un salto, Jaime bajó a la arena. Corrió al anillo. Frotó el estuche de terciopelo


contra la pernera de su pantalón vaquero. Sopló. En la noria, los viajeros resollaron ante
el frenazo repentino de la atracción. De vuelta, Jaime se cruzó con la pareja en cuya
cabina se había colado una extraña. Intentaron transmitirle sus quejas, pero Jaime no se
detuvo. Se encontró a Mara a solas, meciéndose en la base de la atracción, el cuello
estirado buscándolo a él en el puesto de mando. El lazo rosa caía sobre sus hombros.
Jaime se subió a la cesta por un lateral. Después dirigió un gesto a su padre, dibujando
un círculo en el aire, y la noria reanudó la marcha.

Antes de que la cabina iniciara el ascenso, otra Mara saltó al interior de la cabina.
De pie en el habitáculo, trastabilló con el movimiento de la atracción.

—¿Tú otra vez?

Jaime la empujó. Mara logró sentarse en el banco opuesto. Él sacó medio cuerpo
de la cabina y ordenó a su padre que detuviera la atracción. Alejándose del suelo y con
la música del Scalextric a todo volumen, la orden vociferada no llegó a la cabina de
mando.

—¿Qué es lo que quieres? —espetó Jaime.

—¿La conoces?

La Mara cuyo rostro Jaime había golpeado durante años dirigió por primera vez
la mirada a la versión pasada de sí misma. Al ver su cara adolescente, la suavidad de
sus facciones, el porte despreocupado de su postura y el maquillaje que había aplicado
esperanzada para impresionar a Jaime, dejó escapar un sollozo. Se pellizcó la nariz para
contener las lágrimas.

—Tú también me conoces —se dijo a sí misma.

La Mara joven se agarró al brazo de Jaime.

—¿Quién es? —el aire que mecía la cabina le pareció más frío de repente—. ¿Qué
está pasando?

—Una loca —respondió él—. Antes ha intentado robarme el… —no terminó la
frase para no arruinar la sorpresa.

—¿Robarte qué?

Jaime se pellizcó el labio. Miró a la Mara mayor.

—Gracias por estropearme este momento —se metió la mano en el bolsillo y sacó
el estuche con el anillo—. Robarme el anillo. Te prometí el año pasado que me casaría
contigo, ¿no?

Abrió el estuche con una mano. Era la segunda vez que la Mara mayor veía
reflejarse las luces multicolores de la noria en la curvatura del metal. Era la primera
para la Mara joven. Como correspondía, se llevó las manos a la boca, emocionada. Jaime
sonrió tratando de recuperar la normalidad, ignorando la presencia extraña, y formuló
la pregunta esperada.

—¿Quieres casarte conmigo?

Como todo el mundo, Mara había fantaseado con la idea de volver a vivir su vida
sabiendo lo que solo la experiencia de vivirla puede aportar. Como todo el mundo,
había deseado miles de veces poder decirse algo que tardó demasiado tiempo en
descubrir, transmitirse algún conocimiento que solo obtuvo cuando ya era demasiado
tarde. Ahora que todas esas fantasías se cumplían de pronto, sintió pavor a no saber
cómo comunicar su mensaje.

—No lo hagas —dijo sin más. Dos lágrimas cayeron, silenciosas, por sus mejillas.
La humedad reflejó, como el anillo, las luces de la noria—. Por favor, no lo hagas.

La Mara más joven se quedó con la boca abierta. La respuesta afirmativa que iba a
ofrecer a Jaime se disolvió en una saliva que se tornó amarga.

—¿Pero esta quién es?

—No tengo ni idea —respondió él—. Apareció ahí abajo, antes.

—Mara —dijo la Mara mayor—. Mírame. Soy tú.

—¿Yo?

—No le hagas caso —intervino Jaime—. En cuanto bajemos llamo a seguridad y


que se la lleven.

—Soy tú misma dentro de treinta años —continuó Mara—. He venido para evitar
el mayor error de tu vida. De nuestra vida. Casarte con él.

—A ver, a ver, a ver, que yo me entere —Mara sacudió la cabeza—. ¿Qué me


estás contando? ¿Que eres yo y has venido del futuro?

—Venga ya, hombre —la voz de Jaime había subido una octava—. Pensaba que te
llevarían a comisaría pero van a tener que encerrarte en un loquero.

—O sea, ¿me estás diciendo que dentro de treinta años voy a ser como tú?

—Por favor, Mara, no le des coba. Ni siquiera se parece a ti.


La Mara mayor se incorporó en su asiento, encarando a Jaime.

—No me parezco a ella porque tú —le señaló con un dedo índice tan tenso que
podría atravesarle con él— me lanzaste una sopa hirviendo a la cara. Porque tú —
rozaba su nariz con la uña— me rompiste tres veces este pómulo. Porque dejé de
operarme el tabique nasal que tú —regó a Jaime con saliva— volvías a romperme de un
puñetazo en cuanto me quitaba las vendas.

—Que tú le has hecho ¿qué? —preguntó la otra Mara.

—Pero que esta tía está delirando —se defendió Jaime—. No tengo ni idea de lo
que habla.

—Esto ya me está dando mal rollo —dijo la Mara joven.

—Te esperan cosas mucho peores si te casas con él.

La cabina en la que viajaban llegó al punto más alto. La noria frenó. La inercia
empujó a la Mara que señalaba con el dedo, que se precipitó contra Jaime. Él reaccionó
como si le cayera una cucaracha, agitando los brazos y pataleando para quitársela de
encima. Ella atacó la cara de Jaime con las uñas. Recibió de él una patada que la lanzó
contra el espacio que hacía de puerta. El impacto desenganchó la cadena de seguridad.
Mara trató de agarrarse a la cabina pero sus dedos resbalaron. Antes de caer, cogió a
Jaime de un pie. Lo arrastró consigo al vacío.

Varias personas gritaron en la cola.

La Mara joven imaginó la camiseta blanca de Jaime manchada de polvo y sangre


en el suelo. Se asomó para enfrentar la tragedia. Encontró a Jaime y a la extraña
colgando de un travesaño metálico de la estructura. Luchando por no caer. Ella se
sujetaba aún con las dos manos, él colgaba solo de una.

—No vas a joderle la vida —dijo Mara—. Ni a ella ni a mí.

Realizó una torsión del tronco para patearlo. El esfuerzo le hizo perder el agarre
de una mano y, como Jaime, quedó colgando solo de la derecha. La patada impactó
contra el costado de él. Consiguió que se le soltara el meñique.

—¡Mara! —gritó Jaime a la que seguía en la cabina—. ¡Ayúdame!

Mara se tumbó boca abajo en el habitáculo. Retorció las piernas entorno a la barra
central. Sacó medio cuerpo al vacío. Estiró los brazos, hacia abajo, tratando de alcanzar
a Jaime.

—Déjalo caer —dijo la Mara que colgaba. Sentía que se le acababan las fuerzas. El
dolor en el hombro era tan intenso que soltarse se le antojaba como un alivio—. Es lo
mejor que nos puede pasar. Ayúdame a mí.

A Jaime se le resbaló el dedo anular.

—Mara, por favor, está loca —gritó él.

En el suelo, el padre de Jaime confirmó lo que temía: quien colgaba de la cabina


era su hijo. Regresó al puesto de mando y utilizó el desplazamiento manual de la
atracción. El débil giro que realizó la noria desequilibró aún más a Jaime y Mara. Su
agarre no les concedería más de cinco segundos. Los gritos de los otros viajeros
alertaron de su error al padre de Jaime. Detuvo el mecanismo. El corazón le palpitaba
en el cuello.

—Mara, me caigo… —susurró Jaime—. Mara…

—No le escuches —dijo la Mara mayor. Sentía que el hombro podía ceder en
cualquier momento. Antes de que ocurriera, dirigió un ruego a Jaime—: Por favor, no le
hagas daño. Nunca. Acuérdate siempre de lo mucho que la quieres ahora.

La Mara joven estiró los brazos al máximo. Frente a ella, pero sin ella saberlo, se
presentaba la decisión de elegir entre el hombre que le arruinaría la vida y la mujer que
había venido a evitarlo. La mujer en quien se convertiría ella misma si optaba por
salvarlo a él.

Tomó su decisión en el instante en que ambos perdían el agarre al travesaño.

Solo logró salvar a uno.

Mientras caía al vacío, Mara maldijo a su propio destino. A la historia por estar
condenada a repetirse. Deslumbrada por las luces de la noria, se vio a sí misma, allá
arriba, ayudando a subir a la cabina al hombre que no la ayudaría a ella a marcar el
teléfono de urgencias después de quemarle la mano en el fogón eléctrico de una
autocaravana barata. Antes de llegar al suelo, pensó en la ramita de romero que había
guardado en su bolsillo. Deseó que la devolviera al momento del que había venido. Allí,
por lo menos, lo peor de su vida ya había pasado. No se sentía capaz de vivirla otra vez.
El impacto contra el suelo no dolió. Solo hizo que todo quedara en silencio. Como si la
feria, el mundo entero, hubiera desaparecido de repente.

Oyó entonces la voz de Damaris.

Mi romero puede hacer muchas cosas.

Mara parpadeó sin entender dónde estaba. Entre dos de esos parpadeos, se hizo
de día.

—¿Me oyes, reina mía? Que digo que mi romero puede hacer muchas cosas. Así
que a ver cómo gastas tu deseo.

Mara se descubrió de rodillas, en el suelo de la feria, recogiendo la ramita de


romero que se le había caído antes, aunque fue incapaz de entender cuánto tiempo
antes o cuándo había sido ese antes.

—El romero de una gitana es muy poderoso —siguió Damaris.

Ella se levantó con la hierba entre los dedos.

—Sí que lo es, Dama.

La gitana percibió una nueva profundidad en la mirada de Mara. Tomó aire,


satisfecha: su romero le había concedido algo, aunque no supiera qué. Tampoco
preguntó.

—Pero hay cosas mucho más poderosas —añadió Mara—. Cosas que no se
pueden cambiar.

Le devolvió la ramita a Damaris con gesto de resignación.

—¿Cosas más poderosas? —preguntó una voz infantil. La hija de Carmen se


había acercado a ellas—. ¡Como mi amuleto de la suerte!

Agitó el frasco que contenía lo que había encontrado esa mañana en un cajón de
su madre. En lugar del sonido amortiguado de la pelota de goma que conservaba un
trébol de cuatro hojas, se produjo un fuerte tintineo en el cristal.

Mara frunció el ceño.

—¿Me dejas verlo?


Adela le ofreció el tarro. Mara lo examinó sin dar crédito a lo que veía.

—Te has quedado con la boca abierta —dijo la niña.

En el interior del frasco había una moneda de dos euros.

Se abrió entonces la puerta de la autocaravana de Mara.

—¡Cariño! —gritó Jaime. Llevaba puesto un delantal—. Venga, ven. Vamos a


cenar antes de abrir, que nos espera una noche muy larga.

Damaris observó la cara de sorpresa de Mara, el brillo repentino que iluminó su


rostro.

—Mi romero es muy poderoso —repitió en un susurro. La comisura de su labio


dibujó una mínima sonrisa—. Guárdalo como recuerdo.

Le devolvió la ramita a Mara. Ella la cogió sin decir una palabra. Caminó a la
caravana con pasos lentos. Subió las escaleras temerosa, como si fuera a colarse en la
casa de otra persona. Encontró a Jaime sentado a la mesa. Sobre el mantel, junto a un
centro de flores, descansaba una fuente de horno, aún tapada.

—Primer día de fiestas en Las Rozas —dijo él—. Feliz treinta aniversario, mi vida.

Mara fue incapaz de articular palabra. Se dirigió al baño. Se miró al espejo. La


nariz ilesa que encontró en el reflejo le nubló la vista. Acarició el lugar donde había
estado la quemadura que le provocó la sopa, buscando la cicatriz, pero solo encontró
piel tan sana como la del resto de su cara. Su pómulo izquierdo ya no estaba hundido.

—¿Estás bien? —preguntó Jaime desde el salón.

Ella colocó la mano izquierda frente a sus ojos.

Flexionó la muñeca a un lado y a otro.

Arriba y abajo.

No quedaba ni rastro del dolor.

FIN
Una asfixiante historia sobre la obsesión.

Sara trabaja en una cafetería. Sonríe siempre al recibir la visita del chico que viene
después del gimnasio. Lo que no sabe es que desde una mesa la observa, diariamente,
otro hombre. Un hombre que hará lo impensable por conocerla. Por hacer que se
aprenda su nombre para escribirlo en el vaso de papel en el que le entrega el café. Y por
explicarle por qué el logo de esa cafetería es una sirena de dos colas.
Paul Pen

Trece historias.
Sirena de dos colas
Trece historias - 2
Nota del autor
Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos
con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
Sirena de dos colas
Otro día aquí, Sara. Estoy mirándote desde la mesa redonda en la esquina más
apartada del mostrador, esa que tú no ves porque te la tapa el estante donde ponéis
cada mañana los sándwiches, los donuts y esas cookies enormes con trocitos de chocolate.
Cosas para comer que yo nunca pido. Me basta con el tamaño más grande del café de
chocolate blanco que te tengo que pedir en inglés, porque así es como lo pone en el
cartel sobre tu cabeza. Y como quiero el tamaño grande, te digo que lo quiero Venti.
Aunque estemos en Madrid. Tranquila que ya sé que eso no es cosa tuya, política de la
empresa. Cafetería americana y todo eso. La mañana se me está pasando muy rápida. A
sorbos. Como todos los momentos que vivo cerca de ti. Por suerte, ya llevo aquí tiempo
suficiente para que el olor a café haya impregnado mi ropa. Ojalá me dure hasta el final
del día. A veces, cuando me desvisto por la noche al lado de la cama, la chaqueta aún
me huele a medium roast —¿ves las cosas que aprendo en ese sitio?—, y la aprieto contra
mi cara pensando que estás conmigo en la habitación. Que el olor ha llegado a mi casa,
a mi cama, que se ha adherido a tu pelo, esa melena rubia que me hipnotiza cada día
mientras los clientes te piden lattes y caramel machiattos.

Cómo me gusta la manera en que tomas las comandas en la pantalla táctil de tu


caja, presionándola con la esquina de tu tarjeta Micros y no con el dedo. ¿Por qué
trabajas aquí, Sara? ¿Y cuáles son tus sueños? Eres demasiado guapa para pasarte el día
sirviendo cafés a la gente que va de compras a un centro comercial. Demasiado guapa.
Como una diosa. Como una sirena. ¿Sabías que el logotipo de esta cadena de cafeterías
para la que trabajas es una sirena de dos colas? Fíjate en él. Mira ese vaso que sujetas
ahora. Mira el bordado en tu delantal verde. ¿Lo ves? ¿Y por qué crees que la
imaginación de los hombres ha creado una sirena de dos colas? Piénsalo. Te doy el
tiempo que tardes en tomar el pedido a esa mujer con las bolsas de Primark. ¿Ya lo
sabes? ¿No? Pues está claro, Sara: para que hubiera algo entre las colas. Igual que hay
algo entre las piernas. No te hagas la sorprendida. Así es el hombre: buscando sexo
hasta en figuras mitológicas. Convirtiendo bestias en atractivas criaturas. Siempre hay
una bella y siempre hay una bestia.

Míranos a nosotros. Eres muy guapa para trabajar sirviendo cafés, Sara. El tercero
que me has servido hoy ya se me ha quedado frío. Es porque me olvido de beber
cuando te miro. Y el estante de las cookies me lo está poniendo fácil hoy. He
desenrollado con los dientes el borde de cartón del vaso. No puedo evitar morderlo
cada vez que sonríes a ese tío que viene siempre a las doce en punto, con la toalla del
gimnasio aún sobre los hombros. Me da rabia que no necesites preguntarle su nombre,
que lo escribas directamente en su vaso cuando lo ves aparecer por la puerta. No
soporto que roces su mano con la tuya al devolverle el cambio. Sara, soy yo el que está
aquí sentado, mirándote. Deseándote. ¿Por qué a él lo reconoces? ¿Por qué a mí no? He
venido cincuenta y tres tardes de los últimos dos meses. Ya tienes que haber aprendido
a diferenciar mi cara de la del resto de gente que pasa por aquí. Por favor, Sara, no sigas
mirándole ahora que sale por la puerta. No ladees la cabeza para mirar cómo le queda
por detrás el pantalón de chándal, como si fueras una chica cualquiera. Te pido que no
hagas eso delante de mí. Y sobre todo no comentes su visita, entre risas, con ese
compañerito tuyo que tiene cara de ir al instituto. No lo hagas, que te estoy mirando, y
me molesta. ¿Ves lo que consigues? Me haces morder el vaso con tanta rabia que lo he
roto, Sara. Está goteando sobre la mesa. Me estoy manchando la camisa. ¿Quieres
limpiármela tú? ¿Como una camarera educada que busca un trapo para secar a su
cliente más fiel? ¿Y si se me moja también el pantalón? Ya imaginas qué parte del
pantalón exactamente… Mírame, Sara, estoy manchado de café. Pero mírame tú, no tu
compañero adolescente. No, él no. Hala, ya está. Ahí lo tengo, pendiente de mí,
estirando su cuello de pollo desplumado, con la bayeta amarilla en una mano
preguntándome si necesito ayuda. Yo no quiero su ayuda, quiero la tuya, pero no puedo
decirle que no. Apenas puedo apoyar los codos en el charco de leche que se ha formado
en la mesa.

Aquí viene. ¿Por qué anda como si alguien tirara por detrás y hacia arriba de la
cintura de su pantalón? Parece que ni siquiera apoyara los talones. Vale, ahora lo
entiendo. He visto cómo se ha retirado el flequillo de la frente antes de usar el trapo.
Este chico es de la otra acera, ¿no? ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Por eso cada vez
que viene el niñato del gimnasio sonreís de esa manera, entre cuchicheos, con las manos
en la barbilla como ardillas cogiendo bellotas. Como amigas. Las dos hablando de lo
bien que le queda el pantalón de chándal, ¿no? Pues que limpie esto cuanto antes y se
vaya, que con su cabeza aquí delante no consigo verte. Y encima intenta llevarse mi
vaso. ¿En qué piensa este crío? Claro, que él no sabe que guardo todos los vasos que has
escrito con mi nombre. Es lo que más me gusta de esta cafetería. Que tengáis que
preguntar el nombre a los clientes. Y escribirlo con vuestras manos en un vaso de papel.
Por eso nunca he aceptado tu oferta de comprar una de esas enormes tazas que vendéis:
en una de esas no me escribirías nada. Aún recuerdo la primera vez que me preguntaste
mi nombre. No sabía qué pretendías, no tenía ni idea de cómo funcionaba este rollo
americano. La verdad, ni siquiera sé por qué entré aquí. Yo soy de cafetería de toda la
vida. De cortado con dos sobres de azúcar, tomado en la barra. De que me pregunten
¿cómo desea la leche? y responder que la quiero templada. Pero salía de la Fnac y en estos
centros comerciales no hay ningún bar como Dios manda. Todo son cafeterías de
comedia romántica, con muffins, cupcakes y cookies.

Juraría que, la última vez que miré, en este país todavía se hablaba español.
Aunque ahora entiendo que fue el destino lo que me hizo entrar aquí. ¿Qué habría sido
de mi vida sin conocerte, Sara? ¿O fuiste tú? A lo mejor fuiste tú misma la que me atrajo
al mostrador. A lo mejor cantaste como la sirena que eres y mi barco tuvo que navegar
las aguas de este establecimiento tan foráneo, tan verde, en el que todo se pide en
inglés. Recuerdo tu sorpresa cuando te pedí un cortado. Imagino la cara de idiota que
debí poner. Lo paleto que debí parecerte. Pero también recuerdo tu sonrisa diciendo
que no pasaba nada. Podría haberte pedido en ese momento que me sirvieras lo más
parecido a un cortado, pero no quería que dejaras de hablar. Te pregunté por cada café
de la carta. Los zumos. Y esas cosas raras que hacéis con hielo y nata. Me conmovió tu
paciencia para explicarme las mezclas, los tamaños, los extras. Las mujeres no suelen
tratarme así, Sara. ¿Estabas mandándome algún tipo de señal? Hasta me dejé convencer
para probar algo diferente. Y acabé pidiendo este café dulce de moca blanco que vuelvo
a pedir cada día para no decepcionarte. Para que veas el caso que te hago, lo fiel que
puedo llegar a ser. ¿Te crees que me gusta? ¿Crees que esta mezcla lechosa para
treintañeras urbanitas puede gustarle a un tío que ha bebido cortados toda su vida? No,
Sara, esta es una de esas cosas que hago por ti. Como guardar todos los vasos en los que
has escrito mi nombre. Ya son más de cien. Los tengo en el salón de casa. Algún día
espero poder enseñártelos. Qué desprevenido me pillaste al preguntarme cómo me
llamaba, las chicas no suelen preguntármelo. Y a las que me lo preguntan, bueno, a ese
tipo de chicas prefiero darles un nombre falso. Pero a ti te respondí con lo primero que
me vino a la cabeza. Que es siempre la verdad. ¿Lo sabías, Sara? ¿Sabías que la primera
respuesta que genera tu cerebro a cualquier pregunta es la verdadera? Mentir requiere
de un proceso voluntario para alterar ese primer pensamiento.

Los instintos son sinceros, Sara. Las palabras, no. ¿Y si te preguntara si me


quieres? ¿Cuál sería la primera respuesta que generaría tu cerebro? Aquella mañana en
que me convenciste para pedir un café que yo no habría elegido ni a tiros, mi cerebro
pensó que querías saber más de mí. Que después de preguntarme el nombre me
pedirías algo más. El teléfono. Algo. Pero no, resultó que solo lo necesitabas para que
luego tu compañerito lo gritara y me diera mi bebida. Ahora ya hemos pasado por el
mismo proceso muchas veces. Tú y yo. Y aún me sigues preguntando cómo me llamo.
¿De verdad no te acuerdas de mí? He llegado a venir diez días seguidos, Sara. ¿Qué
tiene ese chico del gimnasio que no tenga yo? Cuando vengas a mi casa te vas a quedar
alucinada mirando esos vasos. Avergonzada. Viendo cómo has escrito de tu puño y
letra mi nombre más de cien veces. Y no acordándote de cómo me llamo, otra vez,
veinticuatro horas después. ¿Lo haces aposta, Sara? ¿Te haces la difícil para que vea lo
mucho que vales? ¿Para dejar claro que no eres una cualquiera por mucho que mires los
traseros de los tíos en chándal como hacen todas? Yo ya sé que tú eres única, Sara. Mi
sirena. Mi sirena de dos colas. ¿Qué tienes entre las dos colas, Sara? Mejor no pensarlo.
Al menos no aquí. Eso lo hago en casa, no creas. ¿Te gusta saber que lo hago? ¿Te
gustaría que te dijera que me mancho cada noche pensando en ti? Perdóname. No
quería decir algo tan sucio. ¿Ves cómo me pones, Sara? Es ese polo negro que te
desabrochas hasta el tercer botón. Hoy toca sujetador gris, ya lo he visto. Mañana te
pondrás el rojo. No sé si te has dado cuenta de que siempre cumples la misma
secuencia. Rojo, gris, negro, negro, negro, blanco, negro. A veces intercalas el rosa un
día cualquiera, pero te lo pones poco. Me pregunto de qué color lo llevarás el día que
vengas a mi casa. De qué color será el sujetador que por fin te desabroche con mis
manos. El otro día compré uno en el Zara de aquí al lado, para ir practicando en casa.
No sabes lo raro que me miraron las dependientas. ¿Cuándo vas a venir conmigo a
casa? Yo aún estoy esperando que seas tú la que decida venir. Que algún día me
reconozcas cuando te pida el café y te sientes a tomarlo conmigo. Y descubras que llevo
dos meses observándote, enamorándome un poco más con cada pitido de la máquina
registradora. Con cada arranque de las cuchillas de las batidoras. Con cada golpe del
aire a presión que usas para calentar la leche. Pero se me está acabando la paciencia.
Quiero que ocurra ya. Quiero enseñarte los cien vasos en los que has escrito mi nombre.
Y quiero que sea tu melena rubia, y no mi camisa, la que llene mi habitación, mi cama,
de olor a café. Pero ahora tengo que irme. Hace un buen rato que sonó la alarma de mi
móvil. ¿Sabes que en la oficina cuentan los minutos que me ausento del cubículo? Luego
me los restan de la nómina. Desde que te conozco, este descanso de media hora se
alarga cada día más. Observándote. A este paso, acabarán por restarme el sueldo entero.
¿Te crees que me importa?

Otro día aquí, Sara. La mesita redonda que cogí ayer está ocupada. Se ha sentado
una fea con pinta de secretaria que no deja de sonreír a la pantalla de su ordenador. En
esta otra estoy más a la vista, me va a costar mirarte sin que te des cuenta. O a lo mejor
eso es lo que quiero. Que te des cuenta. Que sepas que te miro. ¿Te gusta que te mire,
Sara? ¿Has sabido que lo hago desde el primer día que vine? ¿Te desabrochas a
propósito el polo para que yo pueda ver el color de tu sujetador? Hoy lo llevas negro,
¿ves?, cumpliendo con la secuencia de siempre. Ayer mi ropa no seguía oliendo a café
cuando regresé a casa. Con lo mucho que necesité tenerte entre las sábanas. Fue porque
llegué mucho más tarde de lo habitual. Ya verás cuando descubras por qué. No sabes la
de cosas que estoy haciendo por ti. Sin pedir nada a cambio. Y, sin embargo, tú te
empeñas cada mañana en seguir preguntándome cómo me llamo, como si fuera la
primera vez que vengo. Hay que empezar a cambiar eso, ¿eh? Tienes que empezar a
poner de tu parte. Darme algo más. Mira, hoy has escrito mi nombre en el café todo en
mayúsculas. ¿Sabes que es el ego más profundo el que determina nuestra forma de
escribir? Así que hoy debes de estar contenta. Yo también lo estoy, palpando la tinta del
rotulador en el vaso, siguiendo con la punta del dedo las curvas de tu caligrafía en el
cartón caliente. Son letras que ha escrito tu mano, Sara. Y tu mano se ha movido porque
tu cerebro se lo ha pedido. De tu cabeza ha salido la orden de escribir mi nombre. El de
nadie más. El mío. Mi nombre ha estado dentro de ti. ¿Sabes lo mucho que me excita
eso, Sara? Es como acariciar el interior de tu cabeza cada vez que toco el vaso. Sujetarte
con las dos manos. Beberte. En casa hago otras cosas con los vasos. Pero no solo ese tipo
de cosas. También cosas bonitas. Románticas.

¿Te cuento algo que no sabes? Me has escrito una carta de amor. De tu puño y
letra. ¿No me crees? La llevo aquí, en el bolsillo de la chaqueta. La leo siempre que
necesito sentir que hay una salida a esta vida tan monótona. Solitaria. La leo en la
oficina. La releo en el metro. Y también en casa, mientras ceno comida china. Me costó
mucho elaborar la carta. No es fácil cortar estos vasos, cortar exactamente la letra que
interesa. Supongo que tampoco te has dado cuenta de que a veces, antes de irme,
rebusco las papeleras para llevarme vasos en los que has escrito el nombre de otra
gente. Necesitaba el abecedario completo. La letra «z» es especialmente difícil de
encontrar en un nombre. También la «k», y la «w», pero esas no eran indispensables en
la carta de amor que me has escrito sin saberlo. Al final conseguí las necesarias. Corté
las letras usando una tijera de uñas. Más de trescientos caracteres recortados uno a uno
de los vasos que escribes en esta cafetería. Un puzzle de letras que desplegué sobre la
mesa de la cocina y que ordené y pegué sobre un folio para que conformaran lo que yo
quería que hubieras escrito. Me dices cosas muy bonitas en esa carta, Sara. Sobre las
ganas que tienes de que estemos juntos. De que escapemos de Madrid y de nuestros
trabajos, para ser felices en algún otro lugar.

Puedo llevarte a Seattle si es lo que quieres, y así ves dónde nació todo este
imperio de cafeterías. He leído todo sobre la historia de esta empresa, me hace sentirme
cerca de ti. ¿Es eso lo que quieres? ¿Ir a Seattle? Tú y yo. Solos. Sin nadie que nos
moleste. Como ese compañero tuyo que no deja de hablarte. ¿Qué le pasa hoy a esa
pequeña ardilla inquieta? La noto más risueña que de costumbre. Peinándose el
flequillo y enseñándotelo sin parar. Habrá ido a la peluquería, como la señora que es. Y,
mientras, tú limpiando los filtros de la cafetera. Él también podría molestarse en
trabajar un poquito, ¿no?, que siempre está por medio. ¿Acaso cree que con ese pelo
teñido va a impresionar al chico del gimnasio que viene cada día? Lo lleva claro. No
creo que ese otro tío cojee del mismo pie que tu amiguito. Pero por favor no me digas
que tú también lo estás esperando. ¿Es por eso que no dejáis de mirar el reloj entre
risitas? Claro, ya han pasado diez minutos de su hora habitual. Se está retrasando, ¿no?
Se habrá liado con las mancuernas. El cerebro no debe de funcionarle tan bien como los
bíceps y habrá cortocircuitado haciendo la suma de los pesos que tenía que levantar. Yo
tengo la cabeza mejor amueblada, Sara. Puedo enseñarte cosas. Puedo hablarte de
sirenas de dos colas, de Seattle, del concepto del ego. Ese otro chico solo te hubiera
hablado de batidos de proteínas y discotecas. Sara, mírame a mí. No lo esperes a él.
Hazme caso, no lo esperes. Y que tampoco lo espere tu amigo el ardilla.
No va a venir, Sara. Ese chico no va a venir más. No puedo mentirte. Nuestra
relación debe basarse en la total confianza. Y si ayer llegué más tarde a casa fue porque,
Sara, me crucé con ese chico anoche. Se ve que no tiene suficiente con entrenar por las
mañanas, también sale a correr por aquí, por el barrio. Siguiendo el carril bici. Esas
calles, cerca ya de la carretera, están muy oscuras por la noche. Lo sé porque vivo por
ahí, las casas son más baratas precisamente por eso. También son menos seguras, pero
eso no me preocupa. Estaba casi llegando cuando tuve que parar el coche en un
semáforo. Y adivina quién estaba esperando para cruzar. Tu amigo del chándal. Él y yo.
Frente a frente. Parados durante ese momento en el que las luces están rojas para coches
y peatones. A través de la luna lo vi dar saltitos en la acera, como un idiota, para no
perder el ritmo. Llevaba un pantalón tan corto que daba vergüenza mirarle. Movía los
labios siguiendo la letra de la canción que estuviera escuchando, con los auriculares
conectados a un teléfono que se había abrochado al brazo, como si fuera el anuncio de
una revista. Cómo le odio, Sara. Quizá si el semáforo se hubiera puesto en verde para
mí, las cosas habrían ocurrido de otro modo. Pero se abrió para los peatones. Te juro
que no pensé lo que estaba haciendo. Fue mi pie el que pisó el acelerador. ¿Recuerdas lo
que te dije sobre los instintos, que son el único sentimiento sincero? El volante se
sacudió con el impacto. No sabes la dentera que me dio cuando las ruedas lo arrollaron.
Lo sentí en el cuerpo, fue como un crujido de goma en el suelo que me encogió la tripa.
Bajé enseguida para comprobar si me lo había cargado, pero aún se movía. Temblaba.
¿Y te puedes creer que el tío olía a colonia? ¿Aun empapado en sudor? De verdad que
no sé qué podías ver en un chico como ese. Tan de mentira. Cuando lo quise arrastrar a
la cuneta empezó a ahogarse. Se pegaba golpes en el pecho, en plan Tarzán. No sé qué
pretendía. Desatascar sus pulmones, supongo. O la tráquea, o el esófago, no sé, nunca
he entendido muy bien qué es cada cosa. Desde luego, la cara se le estaba poniendo
roja. Y acabó por ponérsele morada. Jadeaba como un perro cansado. En un momento
hasta se atrevió a agarrarme de la camisa, me la dejó toda manchada. Me pedía ayuda,
Sara, ¿te lo puedes creer? Aquí, en la cafetería, nunca me ha mirado siquiera, pero de
pronto parecía que yo era el único que podía salvarle la vida. Qué iluso. ¿Ves cómo no
se entera de nada? Mientras se ahogaba aproveché para dejarle claro que tú eres mía. Y
que todo lo que estaba haciendo era por ti, Sara. Lo de atropellarle y tal. ¿Y sabes lo que
hizo con su último aliento? Preguntarme quién eras. Puso cara de no conocer a ninguna
Sara. Ya, seguro. Disimulando hasta el final. Pues puede seguir disimulando en la
cuneta si quiere. Ahí lo dejé.

Creo que van a pasar varios días hasta que lo encuentre alguien. Tendrá que ser
otro loco del running —¿sabías que ahora llaman así, en inglés, al correr de toda la vida?
—, otro flipado corriendo a esas horas por el carril bici. Ahora ya entiendes por qué la
camisa no me olía a café cuando llegué a casa. Mira por todo lo que tuve que pasar
antes. Espero que esta noche sí pueda desnudarme en la cama imaginándote encima,
oliendo en mi ropa el café que preparas. ¿Qué te está diciendo el compañero? Me ha
pillado olfateándome la manga, ¿no? Si tiene algo que decirme que me lo diga a la cara.
Que no te vaya a ti con el cuento. Sara, no me mires así. Te he visto. La primera vez que
reparas en mí después de haberme servido el café y lo haces con cara de extrañada
porque tu compañerito está malmetiendo contra mí. ¿Por qué os escondéis detrás de la
cafetera? Os oigo reír, Sara. Te lo pasas muy bien con él, ¿no? A ver si al final estaba
equivocado y no tenía que preocuparme por el del gimnasio. A ver si va a ser esta
bailarina el chico que te gusta. Con todo el rollo ese de que a las mujeres ahora os van
los hombres con un lado sensible, femenino. Lado femenino tiene ese chaval para dar y
tomar. Lo de tomar seguro que le gusta también. Sara, dime que no es ese el tipo de
hombre que te gusta. Porque yo no soy así, Sara. Yo soy un hombre de los de verdad.
Haz el favor, Sara, que os estoy oyendo reír desde aquí. Más te vale que no sea a mi
costa. Que la ardilla no esté inventando historias por haberme visto oler mi ropa. Sara.
Sal. Ahora. Muy bien, en el mostrador, donde tienes que estar. Qué mira ese grupo de
pijas que viene por allí. Enfiladas vienen. A hacerse las neoyorquinas pidiéndote un chai
tea latte. Vaya, y aquí sale la bailarina, atándose el delantal como una señora de su casa.
Con la cara roja de haber estado riéndose. No quiero ni pensar en que os estabais riendo
de mí, Sara. Más te vale. Y a él le puedes aconsejar de mi parte que no se ría mucho
porque ya sabes lo que les pasa a las caras rojas que están cerca de mí. Que acaban por
ponerse moradas. Y terminan sumergidas en un charco de barro del tramo más solitario
de la M-45. ¿Qué hace? A mí que no se me acerque. Si quiero más café ya me levantaré
yo a pedírtelo. Como se me acerque y le vea peinarse el flequillo con esa manita
huesuda de niña, no respondo. Eso, que vaya a atender a la fea del ordenador, la que
me ha robado mi mesa preferida. Sara, en treinta segundos te entran las pijas. Por cierto,
¿tú cómo vistes? Nunca te he visto con otra cosa que no sea el polo negro y el delantal
verde del uniforme. ¿Qué ropa te quitas al llegar a tu casa? ¿Qué ropa te quitarás junto a
mi cama? Ya están aquí las pijas. Menudo griterío. No lo aguanto. Suenan como
gaviotas sobrevolando un vertedero. Todas pidiéndote a la vez, riéndose. ¿Por qué se
ríen? ¿Tan felices están por haberse comprado un edredón en Zara Home? He dejado de
verte, Sara, con esta bandada de pájaras que acosan tu mostrador. Voy a irme. Pero
tranquila que no te olvido. Leeré tu carta en mi cubículo para seguir sintiéndote cerca.
Oleré el café en mi ropa por la noche. Hasta mañana, Sara.

Otro día aquí, Sara. Aunque creo que los dos sabemos que no es un día
cualquiera. Se te ve tan preocupada… Acabo de sentarme al lado del cristal, en una de
estas butacas que parecen sacadas de un refugio de montaña. Mira qué casualidad,
estoy justo debajo de la S del logotipo de la cafetería. La misma letra con la que empieza
tu nombre. Tus padres atinaron al ponértelo. ¿Sabías que significa princesa? Es justo lo
que tú eres. Por mucho que te disfraces de plebeya cada mañana para servir café al
populacho con un delantal verde. Hoy ni siquiera has levantado la mirada cuando te
pedía mi café, el que me enseñaste a pedir. Y has escrito mi nombre en el vaso sin
ningún cuidado. Un garabato sin sentido. No me gusta que estés así, Sara. Nunca te
había visto con una simple coleta. Tampoco sabía que te mordías las uñas. Me duele
verte tan pálida, tan insegura. Incluso tomas los pedidos presionando la pantalla con el
dedo. Te veo sobrepasada en el mostrador. Tu compañerito del flequillo no ha venido,
claro. Anda que tu jefe ya podría llamar a alguien para que lo cubra. Mira, si antes lo
digo… Aquí vienen a echarte una mano. No sabía que señoras tan mayores podían
trabajar aquí también. Pero bueno, me alegra que quien lleve esta cafetería te haya
conseguido ayuda. Era lo lógico, no puedes atender tú sola a todo el mundo. No me
gusta verte así, Sara. Tú eres la chica enérgica que domina la máquina a golpe de tarjeta,
que flota de un lado a otro del mostrador, que abastece la nevera, las estanterías y las
cafeteras sin derramar una gota de sudor (ni siquiera te brilla la piel entre la nariz y el
labio cuando lo haces). Y no creas que no me duele saber que esa preocupación es por
mi culpa. Al final encontraron al chico del gimnasio mucho antes de lo que pensaba.
Hay que ver cómo corren las noticias por aquí. Entiendo que te impresione, Sara. Que
alguien a quien has servido tantos cafés aparezca de esa manera, en una cuneta…
Además, era casi de tu edad, ¿no? Todavía eres joven, Sara, es normal que te impresione
ver la muerte de cerca, saber que es algo que ocurre de verdad. Seguro que aún
conservas a tus cuatro abuelos. ¿Sabes que solo hay dos tipos de personas que sonrían
de una manera tan sincera y plena como lo haces tú? Las que no han conocido la malicia
ni la tristeza y las que han luchado tan fuerte contra ambas que han terminado por
ganar. El resto de la gente ofrecemos sonrisas sin magia que resultan de encontrarnos en
algún punto intermedio.

Y lo de hoy, ya sé que no es solo asunto del muchacho de la cuneta. Es por tu


compañerito del flequillo, ¿verdad? ¿Son sus padres los que no dejan de llamarte al
móvil? ¿Diciéndote que anoche no volvió a casa? Desde luego, hoy te da igual atender
el teléfono a la vista de los clientes. Supongo que se puede entender, dada la situación.
Esos padres te habrán contagiado su inquietud. Una amiga no se preocupa tanto
cuando un amigo desaparece una sola noche. Puede haber mil razones. Y las mentes
jóvenes pensáis antes en una fiesta loca o en un ligue inesperado que en algo malo. Pero
esos padres ya te han comido la cabeza. Y ahora lo de que no haya aparecido a trabajar
te resulta preocupante de verdad. Esa madre histérica te habrá hecho hasta temer que tu
compañerito haya corrido la misma suerte que el chico del gimnasio. Pero no seas
agorera, Sara. Que te pongas en lo peor, así, tan rápido, no es propio de una chica como
tú. Actúas como si hubiera un asesino suelto por el barrio. Y no es para tanto. Lo único
que hay es un hombre que haría lo que fuera por ti. Deshacerse de la gente que no te
conviene, para empezar. No son muchas las mujeres que pueden presumir de tener algo
así en su vida. Aún eres joven para valorar lo que significa una entrega como la mía,
pero llegará el día en que lo hagas. Y seguiremos juntos cuando ocurra. ¿De verdad te
está llamando otra vez esa madre histérica? ¿Qué puede haber cambiado en dos
minutos? También es mala suerte que esto esté tan lleno de gente, precisamente hoy. Se
nota que es viernes. Dentro de un rato el aparcamiento estará impracticable. Por eso he
dejado mi coche en la salida de la parte de los cines, da a una calle trasera mucho más
tranquila. Siempre está vacía y no tienes que subir ninguna escalera mecánica para
entrar al centro comercial. Pero no te preocupes, el coche que traigo hoy no es el del
accidente del chico del gimnasio. Hoy traigo el azul. No vas a ver ninguna abolladura,
cristal roto o mancha desagradable. Vaya, perdona, creo que me estoy adelantando. Es
que no te he dicho lo más importante. Sara, hoy te vienes a casa conmigo. A mí no me
conviene seguir viniendo aquí con la que se va a liar. ¿Qué haces ahora con el teléfono?
Escribir un mensaje al del flequillo, seguro, como una buena amiga. Me vibra el bolsillo
de la chaqueta. El mensaje ha llegado a tu compañerito. Bueno, digamos que ha llegado
a su móvil. Lo he traído porque me va a servir de mucho. Ahora ya sabes que hoy te
vienes a casa conmigo. Quiero hacerlo antes de que nadie se dé cuenta de que esos dos
jóvenes tenían algo en común: esta cafetería. Tú. Entenderás que prefiera no andar por
aquí cuando empiecen a preguntar. A la ardilla van a tardar en encontrarla, esta vez me
he esforzado un poco más. Me costó mucho, no creas. Ese chico podía tener cuerpo de
bailarina, pero no le faltaba fuerza. Aguantó bastante más que el otro que iba de cachas.
Lo único que quiero esta mañana es disfrutar de nuestro último café aquí, Sara.

Por eso te decía que es una pena que hayas escrito tan mal mi nombre. Este vaso
iba a coronar mi colección. Los tengo todos colocados en forma de pirámide y me
parecía bonito que el último, el de más arriba, fuera el de hoy. Pero ahora voy a tener
que replantearlo. Quizá sea mejor que use el primero, ese día sí escribiste bien mi
nombre. Aunque mi favorito es el vaso del segundo café que me tomé la mañana del 19
de septiembre. He pasado horas estudiando esos vasos y el de ese día es el que tiene la
caligrafía más cuidada. A lo mejor estaría bien que lo utilizara como cúspide de la
pirámide. No sé, ya lo decidiremos juntos en mi casa. Se me acaba este café, Sara. Se nos
acaba el tiempo aquí. Siento que estoy dando el último sorbo a la primera parte de
nuestra vida juntos. Ahora estoy deseando que empiece la segunda. No te puedes
imaginar la emoción que siento. Sí, yo también hubiera preferido que las cosas hubieran
transcurrido de otra manera. John Lennon dijo que la vida es lo que ocurre mientras
haces otros planes: mi único plan era estar contigo, el chico del gimnasio y tu
compañerito del flequillo fueron los obstáculos que me impuso la vida. ¿Te gustan los
Beatles, Sara? ¿Cuál es tu grupo favorito? También hubiera preferido que dieras tú el
primer paso, pero las cosas son como son. Voy a ir al baño, no quiero que me veas aquí
sacando el móvil de tu amigo. Espero que la señora mayor que te han puesto de
compañera no se lleve el vaso de mi mesa. Sara. Sara. Sara. Sara. Sara. Sara. Sara. Podría
pasarme horas mirando tu nombre repetido en la hoja que firmáis al revisar los baños.
Apenas pasa de mediodía y ya has venido siete veces a comprobar que todo esté limpio
y en orden. Tengo que reconocerlo: eso no ocurría en las cafeterías donde antes me
tomaba los cortados. El móvil está guardado en el mismo bolsillo que la carta que me
escribiste. Qué ganas de leértela. De que veas el trabajo que me llevó confeccionarla. Te
vas a quedar impresionada. Cuarenta y dos llamadas perdidas en el móvil de tu amigo.
Y mira, aquí está tu mensaje. No sabes lo mucho que me excita que escribas tan bien. No
debe de haber mucha gente de tu edad, ni de la mía, que se moleste en poner el signo de
interrogación inicial en sus conversaciones de móvil. ¿Ves como eres especial? ¿Ves
cómo no me equivoco al apostar por ti? Te quiero, Sara. Creo que nunca te lo había
dicho así de claro. Pero es la verdad. Te quiero. En realidad fue anoche cuando descubrí
lo bien que escribes. Estuve leyendo todos los mensajes que habéis intercambiado la
ardilla y tú. Lo hice para saber más de ti, pero sobre todo para saber cómo suele
escribirte tu compañero. Que, por cierto, lo hace de una manera que duele a la vista.
Como un adolescente cualquiera. Pero tengo que escribir como él, porque del mensaje
que te mande yo ahora depende todo nuestro futuro. Allá voy. Tía!!! he conocido a
alguien. No he pasao ni x casa sta noche. AMORRRR total. Lo siento pero hoy paso total dl
curro. No enfadarse!! Ven fuera y t cuento todo. Porfa!!! Stoy n la salida d los cines. Al lado d 1
coche azul grande, tipo 4×4. Todo Terreno. S lo mismo, no? Jajaja. Tespero. Me duelen hasta
los dedos de escribir así, Sara. Espero que sepas perdonarme. Que entiendas por qué lo
hago. Ya has visto que haría todo lo que fuera por ti. Voy a enviarlo, Sara. Deséame
suerte. Deséanos suerte. Enviado.

Tengo que volver a mi sitio. Ahí sigues, mordiéndote las uñas en el mostrador.
Mira el móvil, Sara. ¿De verdad esa clienta pesada va a rebuscar en su monedero
céntimo a céntimo? Por favor, que se dé prisa. Ya no puedo esperar más. Eso, escribe su
nombre en el vaso y mándala al otro lado, a que espere su café en la otra punta. Que
ahora mismo tu teléfono requiere tu atención. ¿Y si es un mensaje de tu amigo? Ahora,
Sara. No hay nadie más a la cola. Eso, eso, mira el móvil. Vale, eso ha sido un suspiro de
alivio al ver su nombre en la pantalla. Ahora abre el mensaje. Léelo. Estoy muy
nervioso, Sara. ¿Lo habré hecho bien? ¿Creerás de verdad que lo ha escrito él? Parece
que sí. Qué emoción, Sara, el corazón me va a cien. ¿Me dejarás que te alce como a una
novia para atravesar el umbral de mi casa? Vaya, no esperaba que te enfadaras tanto con
tu amigo. Creo que te acabas de cargar la pantalla de tu móvil tirándolo de esa manera
sobre el mostrador. ¿Qué vas a hacer, Sara? No me digas que vas a dejarlo plantado allí
fuera. Tienes que ir. Vamos, hombre, es solo un chico que ha vivido una noche loca de
amor y se ha olvidado de padres, de casa y de trabajo. Eso le puede pasar a cualquiera.
¿De verdad te vas a poner a fregar las batidoras mientras él te espera afuera? ¿Al lado
de mi coche? Es tu amigo, Sara. Vamos. Sara, no me hagas enfadar. Sara. Ten cuidado de
no cabrearme porque puedo retorcer tu cuello como estoy retorciendo este último vaso
en el que has escrito mi nombre con tanta desgana. Pero no quiero hacer eso, de verdad
que no. Eso es, Sara, eso. Coge el móvil. Atiende el mensaje. Responde diciendo que
ahora sales y vete fuera. ¿A quién llamas? No me digas que te estás chivando a su
madre. Anda ya, ninguna buena amiga hace eso. Son los padres los que exageran. Vale,
está vibrando el bolsillo de mi chaqueta. Lo estás llamando a él. Buena chica. Pero yo
ahora no puedo cogerte el móvil. En el coche, en mi casa, hablaremos todo lo que tú
quieras. Pero aquí no puedo, es peligroso. Tú solo ve fuera. A la salida de los cines.
Acércate al todoterreno azul. Y yo haré todo lo demás. Te pido disculpas con antelación
por si tengo que acabar atándote. O tapándote la boca con cinta americana. Espero no
tener que usar el éter, pero no sé muy bien cómo vas a reaccionar. Eso es, habla con tu
compañera canosa de hoy. Dile que necesitas salir un segundo. No fumas pero puedes
inventarte cualquier cosa. Eres una chica lista, Sara. Y seguro que a ella no le importa. A
esa edad tiene cosas más importantes por las que preocuparse: la menopausia, la
jubilación, el jersey que está tejiendo para su nuera. ¿Ves cómo no le molesta? Su gesto
me lo ha dejado claro, así que no tienes excusa. Tu amigo te está esperando afuera. Sé
una buena amiga y sal a que te cuente que ha conocido a un tío fabuloso, glamuroso, o
cualquiera de esas palabras que seguro que utiliza. Eso, quítate el delantal. Es la
primera vez que te veo hacerlo. Muy bien, sal de aquí. Corre a por tu amigo. Corre a mi
coche. Qué raro estar en la cafetería sin ti. Déjame que respire para asegurarme de que
esto es real. Voy a esperar unos segundos, no quiero que te des cuenta de que te voy
siguiendo. Todavía no me creo lo que está a punto de ocurrir, Sara. Te vienes a mi casa.
Por fin. Tú espérame al lado del coche. Doy el último sorbo a este café y estoy ahí en un
minuto.

FIN
Un cuento de terror sobre la nostalgia.

Ángel se opone por completo a la mudanza que han planeado sus padres. Igual
que se opone a aceptar el accidente que lo separó de su hermano gemelo para siempre.
Pero negarse a la mudanza y a la verdad han dejado de ser una opción para la madre de
Ángel. Es hora de que ella descanse y de que su hijo descubra la sobrecogedora realidad
de aquel accidente.
Paul Pen

Trece historias.
El hermano invisible
Trece historias - 3
Nota del autor
Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos
con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
El hermano invisible
Ángel se había opuesto a la mudanza desde que su madre le contó la idea a su
padre una tarde en el salón. Que ella no aguantaba más esa casa. Que las paredes se le
caían encima. Que se les quedaba grande. Y que era lo que sugería el especialista.
Ángel, que también estaba en el salón, había gritado muy cerca de la cara de su madre
que no pensaba moverse de casa. Que era la casa de su infancia. La casa de su vida. Pero
ni mamá ni papá atendieron sus peticiones. Quizá porque los padres están moralmente
liberados de escuchar a sus hijos cuando alcanzan cierta edad, y los de Ángel no estaban
por la labor de atender los berrinches de un hijo de veinticuatro años que se niega a
abandonar el hogar paterno. Cuando, también en el salón, su padre estrechó la mano
del padre de otra familia, cerrando la venta de la casa apenas un mes después de haber
publicado el anuncio en Idealista, Ángel salió de la cocina arrojando un vaso al suelo,
corriendo escaleras arriba y cerrando su habitación de un portazo como si aún tuviera
doce años. Después deslizó la espalda por la puerta hasta quedar sentado en el suelo. Se
mordió el puño, impotente, mirando el interior de la habitación que siempre había sido
su fortaleza.

El día que el padre de Ángel firmaba en la notaría el cambio de nombre en las


escrituras, el propio Ángel paseaba por el garaje de la casa, el trastero en funciones
donde había ido a acabar todo cuanto formó parte de su infancia. Una infancia
convertida en una columna de cajas que su madre pensaba tirar a la basura, porque,
según había dicho, en el nuevo piso de la Costa del Sol al que se mudaban no habría
espacio para todo. Y porque llega un momento en el que los recuerdos no son más que
un lastre que nos atan al pasado cuando es al futuro hacia donde tenemos que mirar,
dirigirnos a él ligeros de equipaje. “¡Ahora también eres filósofa!”, había gritado Ángel
a su madre cuando la escuchó decir aquello.

Revisó en el garaje el contenido de todas las cajas que conformaban aquella torre.
Cada vez que abría una, encontraba algo que lo transportaba sin remedio a diferentes
lugares de un pasado convertido en Terminal 4, lleno de pistas de aterrizaje numeradas
con los años de su infancia. Volvió a pasar las páginas de aquella colección de libros de
cubiertas amarillas en los que una pareja de jóvenes detectives resolvía misterios
observando los dibujos que uno de ellos plasmaba en su bloc de notas —Lince, recordó
Ángel el nombre del joven investigador mientras extraía de la caja varios volúmenes de
la colección—. Jugó con una vieja maquinita de Donkey Kong, la que era naranja y se
abría como una almeja, que funcionó nada más encenderla a pesar de la sustancia
blanquecina que supuraba el compartimento de las pilas. También intentó plegar las
teselas del Rubik’s Magic para formar el dibujo de los tres aros enlazados, pero el hilo
de pescar que hacía funcionar el invento se quebró con un sonido de cuerda de guitarra.
Por sus manos pasaron otra vez los mandos de la consola Nintendo, la colección de
cintas Betamax en las que grababa actuaciones musicales de la televisión, los juegos de
mesa, los muñecos de Pressing Catch, las canicas. Cuando llegó a la última caja, Ángel
la cargó, desafiando el aguante de sus lumbares. La colocó en uno de los peldaños de la
escalera que subía hasta la cocina. Se sentó en un escalón superior, atrapando la caja
entre sus piernas. Se secó la frente con un antebrazo, parpadeó repetidas veces para
sacudir el polvo de sus pestañas y escupió al aire algo que podía ser una telaraña.
Descubrió arañazos en sus manos.

Separó las solapas de cartón. Extrajo varios estuches de papel, vacíos, estampados
con logotipos de Kodak y Fotoprix. Recordó las largas esperas que había que soportar,
de hasta una semana, para recibir las fotos reveladas de un descolorido pasado
analógico. Algunas de las carpetas conservaban aún las tiras de negativos en la pestaña
delantera. Encontró un álbum pequeño con fotos de la gran nevada, protagonizadas por
el muñeco de nieve al que dieron vida sus vecinos y él, como pupilos del Doctor
Frankenstein. También encontró un álbum grande, lleno de instantáneas de su viaje de
fin de curso a París. Tocó algunas de las imágenes, palpando entre sus dedos la textura
de un pasado que se antojaba perfecto aunque en el fondo supiera que aquellos tiempos
fueron en su momento tan ásperos como los de ahora, y que era el barniz del paso de
los años, capa tras capa, mes tras mes, lo que los dotaba hoy de ese aspecto liso,
uniforme. Brillante.

Al menos treinta minutos se le escaparon sin que se diera cuenta, sonriéndose a sí


mismo en las escaleras. Rememorando aquellas fotos que habían terminado por
sustituir a los verdaderos recuerdos. La caída de un triciclo que le mostraba una de las
fotografías tan solo la recordaba por esa fotografía: ni rastro en su memoria del dolor
que debió sentir en la rodilla magullada o del esfuerzo de gritar con la potencia que
presuponía una boca tan abierta.

Entonces encontró un último álbum, de funda negra. Pasó sus páginas de cartón
plastificado, vacías, como si aquel fuera el álbum en el que hubiera decidido guardar los
momentos verdaderamente importantes de una vida: los que ocurren espontáneamente
sin que nadie haya tomado la precaución de coger una cámara. Iba a devolverlo a su
posición en la caja cuando, de entre sus páginas aparentemente yermas, se desprendió
una foto. Quedó dada la vuelta sobre los lomos de la decena de álbumes que había
revisado. Cuatro cuadrados amarillentos en las esquinas evidenciaban que en algún
momento hubo cinta adhesiva en aquel dorso. Reconoció también la caligrafía de su
madre, que había escrito 1989 con aquellos nueves que parecían cuatros. Ángel arañó el
filo de la fotografía como un guitarrista que punteara un arpegio hasta que logró
pellizcar una esquina.
Volteó la fotografía aventurando qué imagen del pasado podría mostrarle. Podía
ser un retrato familiar de alguna mañana de Reyes, saludando él a la cámara con una
sonrisa desdentada, rodeado de papel de regalo arrugado, mientras mamá y papá lo
miraban reviviendo por un momento la magia en la que el paso de los años hacía tan
difícil creer, como si los polvos con los que dicen que se hace esa magia no fueran más
que frágiles escamas sobre el ala de una mariposa, desgastándose con cada aleteo.

El gesto de Ángel tardó en torcerse. Sonrió a la imagen incluso cuando su cerebro


había hecho saltar las alarmas. La frente fue la primera en arrugarse, desplazando las
cejas hacia abajo para entrecerrar sus ojos. Después las comisuras de sus labios cayeron
como cayó también el corazón hasta su estómago. Ángel apretó la foto entre sus dedos,
se incorporó, y subió las escaleras en dirección a la cocina. Notaba la cara caliente, el
pulso latiéndole con fuerza a ambos lados del cuello. Abrió la puerta de un golpe, sin
importarle la hendidura que el pomo cavó en la pared. De ella tendrían que ocuparse
los nuevos dueños de la casa.

Su escandalosa irrupción en la cocina asustó a su madre, que encogió los


hombros hasta tocarse las orejas. Lavaba los platos del desayuno con las manos
enfundadas en un par de guantes de goma rosa, como si tuviera que fregar la cena de
todo un restaurante y no el escaso cacharreo que su marido y ella utilizaban para tomar
el café de la mañana.

—¿Qué es esto? —preguntó Ángel. De pie en mitad de la cocina, mostró al aire la


foto como si tuviera que enseñarla a un jurado popular que se hubiera sentado a la
mesa.

Los hombros de su madre descendieron. Frotó un último resto de café en la taza


blanca.

—¿Qué es esto? —repitió él—. No voy a moverme de esta casa si no me explicas


qué es esto.

Ella secó la taza con un trapo y no la dejó en el escurridor como habría hecho un
día normal, sino que la colocó en una de las cajas de la empresa de mudanza. Cerró el
grifo. Respiró hondo antes de darse la vuelta. Miró a su hijo, rascándose una ceja con la
muñeca. Le sonrió por mucho que él viniera a regañarla. Por mucho que estuviera
agotada ya de hacerle entrar en razón. De hacerle ver que su padre y ella daban por
finalizada una etapa de su vida. Que los hijos son lo más importante para unos padres,
sí, pero que el tiempo lo cambia todo.
—¿Qué te pasa ahora? —le preguntó.

—Dime qué significa esta foto.

La madre de Ángel se quitó los guantes en cuanto reconoció la imagen. Corrió


hacia su hijo, que alzó el brazo por encima de su cabeza para evitar que ella apresara la
fotografía. Como cuando él era un niño y ella le mostraba una bolsa de golosinas,
agitándola en lo alto para que cascabelearan, riendo al verlo convertido en un salmón
que se estiraba, se retorcía y saltaba sobre el agua para alcanzar el cebo.

—¿De dónde la has sacado? —preguntó su madre.

—Estaba en un álbum negro. En mi caja de fotos.

Ella se pellizcó el labio inferior. Pensando.

—Ese álbum está vacío —dijo.

—¿Quién es el que está en la foto? —Ángel apretó con tanta fuerza la instantánea
que comenzó a replegarse—. El que está conmigo. El que no soy yo. ¿Quién es?

Su madre lo miró a los ojos.

—Sabes perfectamente quién es.

Ángel respiró por la boca, pulverizando saliva hacia el rostro de su madre, que se
quedó muy quieta capeando la tormenta. Ni siquiera hizo ademán alguno de secarse la
cara. Él bajó el brazo, miró otra vez la foto.

—¿Quién es? —gritó.

Acercó la imagen a los ojos de su madre, forzándola a mirar, a zambullirse en


aquel pasado, aunque la pegó tanto a su nariz que le imposibilitó ver nada. Tampoco
hacía falta. La madre de Ángel podía ahogarse por sí misma en las aguas enfangadas
del pantano de su memoria, porque recordaba esa foto a la perfección. Como recordaba
todas las que ella y su marido habían arrancado del álbum negro para guardarlas en un
sobre que cerraron con un hondo suspiro y escondieron en lo alto de un armario, poco
convencidos de estar haciendo lo mejor para la familia pero dispuestos a intentarlo
todo.

—Dímelo tú —dijo la madre de Ángel—. Dime tú quién es.


Ángel separó la foto de la cara de su madre. La examinó. Vio a los dos niños que
sonreían a la cámara. Uno de ellos tenía el brazo por encima del hombro del otro.
Estaban sentados en el filo de una cama, en pijama. El mismo pijama de mangas azules
en cuyo pecho habitaba, entre burbujas estampadas en la tela, el Snorkel amarillo que
vivía bajo el mar respirando gracias a un tubo que le salía de la cabeza. Pero no solo el
pijama y el héroe de una serie de dibujos animados aparecían repetidos en la imagen. El
rostro de ambos niños también era idéntico. Una sacudida eléctrica encendió los
circuitos de la memoria en la mente de Ángel.

—¿Mi hermano? —preguntó, la voz tan queda al final de la pregunta que pudo
no haber pronunciado las últimas letras.

—Sois tu hermano y tú —confirmó su madre.

Un tamiz vidrioso empañó la mirada de Ángel. Sus ojos recorrieron la fotografía


de esquina a esquina. Aunque su cabeza insistiera en convertir a su hermano en una
silueta transparente, invisible, los detalles del fondo le eran totalmente familiares.
Recordó ese edredón estampado con cohetes, y su tacto al taparse la cara con él cuando
tenía miedo de que Chucky hubiera entrado en casa. Distinguió en una división de la
estantería la misma maquinita naranja de Donkey Kong con la que acababa de jugar en
el garaje. Era la estantería de la que Ángel aprendió a colgarse al cumplir los seis. Miró
también el suelo enmoquetado de color marrón que le desolló las rodillas en varias
ocasiones. Y la pared de gotelé en la que durante años brilló, al apagar la luz, un resto
del Blandi Blub fosforescente que mamá compró en el Pryca. Entonces Ángel se obligó a
mirar a su hermano, cuya presencia no podía seguir obviando. El hermano invisible fue
ganando en opacidad hasta ocupar en la fotografía el lugar que le pertenecía. Ángel
detuvo los ojos en su rostro, examinando sus facciones, tan iguales a las suyas que
podría estar mirando su propia faz.

El corazón de la madre de Ángel se encogió al ver el gesto confundido de su hijo.


Era el mismo gesto que hacía de pequeño cuando le salía repetido por tercera vez el
mismo cromo de alguna colección.

—Es un mecanismo de defensa —comenzó a explicar su madre, siguiendo las


indicaciones que había recibido del especialista sobre cómo comportarse ante los
ataques de Ángel.

Él levantó la mirada.

—¿De defensa ante qué? —preguntó.


—Intenta recordar, hijo.

Ángel volvió a la fotografía, pero su cabeza esquiva se empeñó en recordar solo


los buenos momentos vividos en esa habitación. Enfocó uno de los pósters pegados en
la pared, el del cartel de Cariño, he encogido a los niños que papá consiguió que le
cedieran cuando dejaron de proyectar la película en los cines del primer centro
comercial que abrieron cerca de la urbanización.

—Esta casa no solo guarda buenos recuerdos —susurró su madre, a su lado—.


Has hecho de esta casa un refugio en el que proteger la parte feliz de tu infancia. Pero
hubo mucho más.

La madre de Ángel repitió casi al pie de la letra las frases que anotó en la consulta
del especialista. Después se secó los ojos, obligada ella misma a recordar el episodio que
trajo a casa las termitas de la desgracia, las que carcomieron los cimientos del hogar
feliz de una familia perfecta para convertirlo en una trampa mortal que a punto había
estado de derrumbarse sobre ellos sepultándolos para siempre en la depresión, en el
pasado, en la tragedia.

—Tienes que saber por qué nos mudamos en realidad —añadió.

Ángel se tapó los oídos para no escuchar. Cerró los ojos. Una mano retorcida, su
silueta recortada contra la moqueta marrón de la habitación, se proyectó durante un
instante en el interior de sus párpados. Ángel oyó un grito.

—Nadie tuvo la culpa —decía su madre desde una cocina que parecía flotar
ahora en otra dimensión—. Erais niños.

El grito se repitió. Y Ángel recordó que el grito pertenecía a su hermano. Y


recordó a su hermano.

Abrió los ojos de golpe. Su madre lo miraba tapándose la boca, leyendo cada una
de las arrugas en el rostro de su hijo. Adivinando los sentimientos que se escondían tras
el latido de la vena sobre su ceja, el aleteo de los orificios de su nariz, el sonido de su
garganta al tragar saliva.

—Lo estás recordando —dijo.

—No fue mi culpa —respondió Ángel.

Miró sus manos, arañadas por el trasiego con las cajas de la mudanza. La
memoria aplicó a la imagen un filtro que las transformó en unas manos infantiles, la
piel igualmente cubierta por heridas. Un gota de sabor amargo descendió por su
garganta, recordándole el sabor de las salpicaduras que sucedieron al estallido. Recordó
el humo en los ojos. Los orificios de borde quemado que se abrieron en la tapa del
Quimicefa. La tapa de uno de los botes rodando por el suelo. La botella amarilla que
cogieron de debajo del fregadero. El cascabeleo de los tubos de ensayo. El charco de
color morado en que se convirtieron los polvos de otro de los botes.

—Claro que no tuviste la culpa. Erais niños.

—Mi hermano… —susurró—… iba a ser nuestro cumpleaños.

La madre de Ángel se tragó su propia tristeza al recordar el decimotercer


cumpleaños. El primero que celebraron con una única tarta. Aquel cumpleaños en el
que su hijo le dijo que tenía miedo de pedir un deseo al soplar las velas porque lo único
que quería era volver a jugar con su hermano. Y que para eso tendría que morir como
había muerto él.

—Has querido borrarlo todo desde el accidente con el juego de química —explicó
a su hijo.

Quiso tocarlo, abrazarlo, pero el especialista había aconsejado establecer


distancia. Era momento de poner fin a la sobreprotección. A la lástima. En eso se había
equivocado la madre de Ángel. En proteger tanto a su hijo frente a la realidad. En
empeñarse en abrocharle un cinturón de seguridad tejido de compasión para reducir el
impacto que supuso la pérdida. Un cinturón de seguridad que había terminado por
atrapar a su hijo en un humeante coche de negación, de olvido, de incapacidad para
aceptar la realidad.

—Tienes que esforzarte —continuó la madre de Ángel—. El especialista dice que


estás tardando mucho más de lo aconsejable. Demasiado. No puedes estar bien solo
cuando te crees tu propia mentira, cuando te crees la fantasía de que el Quimicefa
nunca existió.

—No lo menciones.

Ángel caminó por la cocina, decidiendo si quería seguir escuchando a su madre o


si sería mejor correr escaleras arriba y esconderse en su cuarto hasta que esa otra familia
viniera a ocupar la casa.

—Hijo, esfuérzate por recordar. Por aceptarlo. Por dejarlo ir. Tienes que dejar de
sufrir —continuó su madre. Enseguida se corrigió—. Tenemos que dejar de sufrir. Cada
vez que vuelvo a ser capaz de tararear una canción entera mientras hago las tareas de la
casa… —señaló la caja que contenía las tazas que acababa de fregar—. Una canción
entera sin acordarme de que he perdido un hijo, entonces tú encuentras una foto. O un
par de pantalones repetidos de cuando erais pequeños —se secó los ojos, los pómulos y
los labios—. No sé cuántas veces puede una madre revivir la muerte de un hijo…

—Mamá, yo no quiero que tú sufras.

Ella tomó aire, observando cómo se suavizaban los ángulos de la cara de él, cómo
el enfado, la confusión y el miedo, parecían transformarse en aceptación. Posó la mirada
sobre los ojos de su hijo, valorando su reacción con suavidad, temerosa de que un
parpadeo equivocado o un enfoque malinterpretado en sus pupilas lo devolviera a su
mundo de fantasía.

—No quiero que tú sufras —repitió Ángel con una voz que sonó infantil.
Después alzó la cara con determinación—. Por eso no quiero que esa muerte haya
ocurrido. Yo no tengo ningún hermano.

Los ángulos regresaron al rostro de Ángel. Su madre vio cómo perdía agarre con
la realidad una vez más. Un sollozo contrajo su garganta.

—Mamá, no llores. Es lo mejor para todos. Olvidémonos de él para siempre.


Olvídate de que tuviste dos hijos.

—Qué mal hicimos en esconder las fotos —se dijo su madre. Después se tapó la
cara con ambas manos, escondiendo el llanto. Las palabras se filtraron, húmedas, entre
sus dedos—. Otra vez no. Por favor, no empieces otra vez.

—Es la solución —continuó Ángel.

Ella reconoció la sutil variación en el timbre de voz de su hijo. La que le hacía


modular de manera distinta la última vocal de cada palabra. Respiró hondo,
obligándose a creer que, como había asegurado el especialista, todo iba a cambiar tras la
mudanza. Que era el paso definitivo para acabar con los fantasmas del pasado. La
necesaria mutilación de un recuerdo gangrenado. La madre de Ángel se arañó la frente
cuando un rincón de su mente le avisó de que iba a echar de menos los desvaríos de su
hijo. Que si realmente funcionaba la idea de la mudanza y no volvía a escuchar sus
desequilibrados planes de negación, podría llegar a echarlos de menos. Habían sido
doce años comportándose así. La mitad de su vida. Quizá su hijo fuera en realidad lo
que era ahora, y no lo que fue antes del Quimicefa.

—Yo solo quiero que mi hijo deje de sufrir —murmuró entre los dedos.

Pero Ángel no oyó las palabras de su madre porque seguía enumerando las
ventajas de borrar a su hermano de sus vidas.

—Es como si a la matrona se le hubiera caído al suelo cuando nacimos —decía


Ángel—. Eso es. Mi hermano ni siquiera llegó a salir del hospital —chasqueó los dedos
en el aire—. O no, no, mejor, mejor: mi hermano no nació. No nació nunca. No se puede
llorar la muerte de alguien que no ha nacido.

La madre de Ángel escuchó una vez más, como llevaba escuchando doce años, el
macabro discurso de su hijo. Los enfermizos desvaríos de su mente para transformar la
realidad, como si con ello pudiera evitar el estallido del tubo de ensayo. La inesperada
inflamabilidad de la moqueta. La terrible decisión de usar la botella amarilla de debajo
del fregadero.

—Deja de mentirte —balbuceó a su hijo, sin esperanza ninguna de ser escuchada


—. Eso no ocurrió así.

En mitad del discurso enloquecido de Ángel, ambos pudieron oír cómo se


cerraba la puerta de entrada. El peso de su blindaje hacía temblar el suelo de toda la
casa cada vez que alguien entraba. Los hombros de la madre de Ángel se sacudieron
con el susto.

—Vete —le dijo a su hijo.

Pero Ángel tan solo miró al pomo de la puerta de la cocina, adelantándose a su


giro. Ahora su padre entraría, lanzaría al aire escrituras, hipotecas, contratos y demás
papeles, y la casa ya no sería de ellos.

El pomo giró.

Pero quien apareció en la estancia no fue su padre.

—Mamá —dijo el joven que entró en la cocina—. Mamá, ¿qué haces ahí parada?
¿Estás llorando?

El joven se acercó a su madre. Al abrazarla notó cómo temblaba. Entonces


entendió lo que ocurría.
—¿Está aquí otra vez? —le preguntó al oído—. ¿Está aquí mi hermano?

Ella asintió contra el pecho de él. El joven levantó la cara. Giró el cuello en todas
direcciones, paseando la mirada por la cocina vacía, buscando algo que no encontró. Ni
siquiera cuando sus ojos tropezaron con otros ojos idénticos a los suyos. Los ojos
invisibles de Ángel. Como invisible era toda su figura, por mucho que su madre
pudiera verla cada vez que él decidía visitarla.

El hombre arrodillado retomó el abrazo a su madre. Ella, con la barbilla por


encima de su hombro, miró al lugar de la cocina en el que flotaba la ahora translúcida
figura de Ángel.

—Tienes que entender por qué nos mudamos en realidad —susurró al hijo que se
desvanecía frente a sus ojos—. No puedes hacer como que el juego de química nunca
existió.

La madre de Ángel vio cómo la vieja fotografía flotaba unos instantes en el aire
antes de caer. Se deslizó por el suelo hasta detenerse junto a la rodilla de su otro hijo. El
que sobrevivió al accidente del Quimicefa. Él sintió un escalofrío al reconocer la imagen.
Recordó perfectamente cómo había colocado el brazo por encima del hombro de su
hermano para que mamá disparara la foto.

FIN
Un relato enfermizo sobre secretos familiares.

La vida de Dolly y Preston es perfecta en el rancho. Papá les deja faltar al colegio,
cocinar pastel de moras, hacer guerras de pan rallado en la cocina. Él cada vez trae más
dinero a casa vendiendo aberraciones animales al Museo de lo Extraño del pueblo. Pero
ahora mamá lleva días sin aparecer y la tranquilidad del hogar corre peligro: nadie debe
saber lo que ocurre realmente allí arriba, entre los campos de trigo.
Paul Pen

Trece historias.
Especímenes
Trece historias - 4
Nota del autor
Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos
con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
Especímenes
La cena tenía que estar lista antes de que papá regresara. Los niños trabajaron en
perfecta sincronía: abrieron la nevera, los armarios, sacudieron especias y pan rallado,
vertieron aceite, limpiaron salpicaduras, apilaron alitas de pollo. El trasiego de sus
dedos llenó de huellas las superficies cubiertas de polvo. Cortaron limones,
exprimieron, removieron, comprobaron el pastel en el horno, limpiaron pegotes
morados en el suelo, cogieron platos de los estantes, sacudieron el mantel, colocaron
cubiertos. Los tablones de madera crujían cada vez que se ponían de puntillas para
alcanzar ciertas alturas. Por la ventana abierta entraba la primera brisa cálida del año.
También el canto de los grillos que frotaban sus alas entre las espigas de trigo que
cubrían el terreno. Y los mosquitos que lograban sortear el influjo hipnótico del
fluorescente morado que colgaba en el porche trasero.

—Con salsa no le gustan —gritó Dolly.

Le arrancó al pequeño Porter el bote de las manos antes de que hiciera llover
Tabasco sobre las alitas.

—Pero a mí me gusta que piquen —lloriqueó él.

—Ya, pero no eres tú el que va a recibir malas noticias.

—Aún no sabemos lo que pone la carta. A lo mejor es de mamá.

—No es de mamá. Es del museo. Reconozco el dibujito. Y el museo no manda


una carta cuando le pide a papá los especímenes —no se trabó al pronunciar esa
palabra. Habían crecido oyéndola.

—¿Se va a quedar sin trabajo?

La niña no respondió.

—¿Es por culpa de mamá? —insistió Porter—. ¿Va a volver mamá?

—Seguro que sí.

Dolly mostró convencimiento en su respuesta colocando un cuarto plato sobre la


mesa. Después dio los últimos toques al servicio alisando el mantel. Apoyó la carta
dirigida a Randall J. Strait en el vaso que usaría papá, para que la viera nada más
sentarse. Tras pensarlo unos segundos, la recogió. La guardó bajo el frasco transparente
de galletas en la estantería, junto a varias botellas de whisky.

—Mejor después de cenar.

Oyeron la puerta mosquitera abrirse en la entrada. Permanecieron atentos,


esperando oír la voz de mamá. Quizá hoy sí la hubiera encontrado. Pero papá entró en
silencio: venía solo. Y de mal humor. Lo intuyeron por la fuerza de sus pisadas,
clavando los talones de las botas en el suelo. La forma de arrastrar la goma por la
madera reveló que también seguía triste, como había estado los últimos días. Desde la
gran pelea. En una mano llevaba, doblado, el periódico que había resultado de esa
pelea. La portada que significaba el final del negocio. Ojalá sea solo el negocio. Lo has
tenido que joder todo. Sabía que acabarías estropeándolo todo. Avanzó por el salón en el que
había visto crecer a los niños, arrepintiéndose ahora de haberla desafiado a marcharse.
Vamos, Loretta, vete, suéltalo todo. Nadie va a creer a una loca adicta al ácido como tú. El
umbral de la cocina era un arco de luz en medio de la oscuridad de la casa. Dentro oyó
el rechinar de las sillas. Los susurros de los niños. El estertor mecánico de la vieja
nevera que sonaba como una camioneta en verano. Los sonidos de su vida en familia.
Por favor no me los quites a ellos también. Los ángulos endurecidos de su mandíbula se
suavizaron al asomarse. Las profundas arrugas que el campo había arado en su frente
se alisaron. El olor del aceite caliente lo inundó de una nostalgia que se adelantaba a los
hechos. Los niños estaban sentados, con los ojos bien abiertos, esperando que aprobara
el servicio.

—¿Habéis hecho alitas? —preguntó con una sonrisa a la que faltaban dientes.

Asintieron a la vez. El hombre se frotó el estómago en círculos. Después


comprobó que hubieran apagado bien los fogones. Giró la sartén para que el mango no
quedara hacia afuera, evitando que alguien acabara derribándola. Amontonó los trapos
en el fregadero. Apoyó la palma en la puerta caliente del horno. El humo sin limpiar de
decenas de asados había acabado por cegar el cristal, así que tuvo que preguntar qué
había dentro.

—Pastel de moras —respondió Dolly—. Las hemos recogido esta tarde de las
zarzas de la valla.

El calor del horno se reprodujo en el interior del pecho del padre. Acarició la
coronilla del niño. Sonrió al descubrir restos de pan rallado entre su pelo.

—Hicimos una pelea de pan —explicó él—. Como si fuera nieve.


La batalla quedó confirmada por el crepitar de montones de migajas bajo sus
botas. Como cuando nieva. Imaginar a sus hijos lanzándose puñados de pan rallado en la
cocina, felices en su libertad, avivó la llama del odio hacia su mujer a la fuga. Su
chivatazo acababa con el único medio de vida en ese rancho. La única entrada de
dinero. Si es que acaso no te cargas a toda esta familia. Dobló aún más el periódico. Lo
desechó en el cubo como si así pudiera también desechar la realidad. Con el mismo fin,
recortó un pequeño cuadrado de un cartón que llevaba en el bolsillo de su camisa y se
lo metió en la boca.

—Lo único que quiero es cenar con mis hijos.

Fue un pensamiento en voz alta. Una respuesta a una pregunta que nadie había
formulado. Los niños intercambiaron una mirada. Intuyeron que la carta del museo no
iba a ser la primera mala noticia del día.

Papá se sentó a la mesa. La fuente de las alitas fue pasando de mano en mano. La
jarra de limonada tintineó con cada servicio. Porter apenas comió pollo. Se empeñó en
sacar el pastel del horno y empezó con el postre antes que nadie. Disfrutó el crujido del
hojaldre caliente, la refrescante explosión de moras que empapó su lengua.

—¿Mamá no va a volver?

La niña soltó la pregunta sin más, en mitad de una conversación sobre cómo
arreglarían la barandilla del porche. Su hermano se quedó con la boca abierta, el
tenedor detenido en el aire. Una espesa gota de mermelada violeta se precipitó al
mantel. La piel frita del pollo crujió entre los dientes de Dolly. El padre se recostó en la
silla para mirar de lejos a su hija, para establecer una mayor distancia que le permitiera
comprobar si su niña de doce años era ya la mujercita en quien iba a convertirse. Ladeó
la cabeza y le desagradó descubrir el parecido físico con Loretta, esa madre traicionera
por la que ahora preguntaba. Randall se consoló mirando al pequeño Porter, que a sus
nueve años era una reproducción perfecta de él mismo. No respondió a la pregunta de
Dolly. En su lugar, se limpió la boca con la servilleta de tela, recogiendo restos de pollo
enredados en su barba irregular. Con la uña del meñique extrajo un trozo de muslo
atrapado entre dos molares. La lengua repasó los huecos entre los dientes, demasiados
agujeros para un hombre de su edad. Después se bebió de un trago el vaso de medio
litro de limonada.

—Os ha quedado muy rica.

—Porque hemos cogido los limones esta mañana —explicó el niño.


Su hermana le pisó por debajo de la mesa.

—¿Y los que traje yo? —preguntó el padre.

Porter se metió el pastel en la boca para evitar la pregunta. Masticó mientras


contaba cuadrados en el mantel.

—¿No los habréis robado de la granja de los Cline? —los músculos de su


antebrazo se marcaron.

—Los que trajiste se acabaron —aclaró Dolly—. Pero no nos ha visto nadie. No es
para ponerse así.

El primer bofetón lo recibió ella, en la mejilla derecha. El niño recibió otro de


igual intensidad en la contraria. Ambos rostros se encendieron por el impacto y la rabia.
Dolly se tragó las lágrimas, una adolescente llena de orgullo. Porter las dejó resbalar
como un niño.

—¿Y si os hubiera visto Marylou? —regañó—. ¿O Billy? ¿O alguno de sus hijos?


¿Cuántos son? ¿Doce? ¿Eh? Eso son muchos ojos. ¿Qué pasaría si os hubiera visto
cualquiera de ellos?

Los niños bajaron la cabeza.

Culpables.

—A veces pienso que no os dais cuenta de la suerte que tenéis de vivir aquí, en el
rancho, a vuestro aire. El resto de padres obliga a sus hijos a ir a esa cabaña en las
montañas que llaman colegio. Se pasan el día entero metidos en clase. Los doce hijos de
los Cline, por ejemplo, ellos se lo pierden todo: el sol, el aire, la nieve. Y mientras,
vosotros podéis jugar el tiempo que os dé la gana. Podéis trepar a los árboles, coger
grillos con las manos, andar descalzos, construir arcos. Por mí podéis ir en pelotas por
ahí y bañaros en el abrevadero. No habéis tenido que rellenar nunca un maldito
cuaderno de caligrafía ni aprender a leer ni a sumar. Os pasáis el día con los animales,
enredando en el establo. ¿Queréis conducir el tractor? Pues ahí lo tenéis. Podéis montar
al caballo, subir al tejado, hacer una hoguera para quemar nubes. No penséis que el
resto de críos puede usar el horno de su casa para hacer pastel de moras —robó el
tenedor del niño y pinchó un trozo de pastel como si fuera necesario probar su
existencia—. Me la suda si cenáis solo chocolate y galletas si es lo que os apetece. Y
tampoco ando comprobando si os laváis los dientes cada noche. Este rancho sería un
sueño para cualquier niño —hizo un silencio para que procesaran lo que había dicho—.
¿Queréis que traiga a otros niños aquí y los cuide a ellos como si fueran mis hijos? ¿Eso
queréis?

Los niños negaron con la cabeza.

—No entiendo qué tenéis que ir buscando a ninguna otra granja —continuó él—.
Si sois los niños más afortunados de los tres condados.

—Papá, no nos vio nadie.

Porter habló sin atreverse a alzar la mirada, la barbilla pegada al pecho. El tono
lastimoso en su voz aplacó el enfado de Randall. Con un dedo enderezó las barbillas de
sus hijos, con el pulgar acarició sus mejillas enrojecidas por la bofetada.

—Sois los niños más bonitos que existen —añadió—. Y sabéis que os quiero más
que a nada en el mundo.

El niño sonrió enseguida. Su hermana, no. Tres pelos rubios flotaron frente a su
mirada inquisitiva.

—¿Entonces por qué se ha ido mamá?

El padre se quedó en silencio. Porque a tu madre de repente le ha crecido una


conciencia, habría querido responder.

—Mamá ha dejado de quereros —dijo en su lugar.

El motor de la nevera se paró. En el nuevo silencio resultó audible el silbido que


producía la fricción de las espigas de trigo en el terreno.

—Pero si nos ha escrito una carta —dijo el niño.

Recibió otro pisotón de Dolly, que le dedicó una mirada censora, llena de la falsa
madurez de una hermana no tan mayor.

—¿Qué carta? —preguntó el padre.

A la niña se le escaparon los ojos a la estantería.

—No es de mamá.
Randall se levantó. Escudriñó los estantes hasta dar con el bote de galletas. Una
esquina del sobre sobresalía por debajo. Tiró de la carta sujetando el frasco. En la parte
superior encontró el logotipo que había reconocido su hija: un ojo cuya pupila era
además el punto de un signo de interrogación. Estampadas en negro y morado, las
palabras: El Museo de lo Extraño de Triple D.

—Yo solo quería esperar a que hubieras cenado —dijo Dolly.

Su padre se sentó y agradeció la consideración apretándole la mano sobre la


mesa, cinco deditos impregnados de aceite. Después se secó los suyos en el mantel y
abrió la carta. Los niños observaron fascinados cómo papá realizaba ese proceso mágico
de obtener información a partir de un montón de letras impresas. Pero el gesto de él se
fue ensombreciendo con cada palabra que leía. Soltó aire por la nariz al leer que el
museo había recibido información comprometida, de origen anónimo. ¿Anónimo? Venga
hombre, si sé que ha sido Loretta. Chasqueó la lengua al saber que dicha información
desvelaba la falsedad de los especímenes vendidos para la exhibición permanente de
anomalías zoológicas. Menuda sorpresa te has llevado ¿eh, Dean? Negó de incredulidad al
saber que la institución había mandado a analizar algunas de las muestras de híbridos y
aberraciones y que los resultados confirmaban que se trataba de piezas manufacturadas.
Citaban como especímenes examinados el “corderejo”, el pollito de tres cabezas y el feto
de un perro con alas vestigiales.

—Pues claro que son de mentira…

Masticó las palabras convirtiéndolas en salpicones de saliva. Y cuando leyó que el


escandaloso descubrimiento obligaba al Museo de lo Extraño a interrumpir la relación
comercial que mantenían y a exigir una compensación económica por estafa, dio un
puñetazo a la mesa que hizo tintinear los hielos que se derretían en la jarra de limonada.
Porque Dean Denver, el anciano que dirigía el museo y que siempre vestía una
chaqueta plateada y gafas moradas ya sabía que las piezas eran falsas, meras obras de
artesanía anatómica. Las reuniones en el despacho del Doctor Dean Denver, una
distinción académica inventada que derivó en el apodo de Triple D, siempre habían
transcurrido de la misma forma. Randall bajaba del rancho con una nueva urna, la
dejaba sobre la mesa con el habitual gorgoteo del líquido en su interior, y el anciano se
quitaba las gafas de cristales circulares para observar el espécimen anómalo a través del
cristal curvado. Mientras, Randall se inventaba una historia sobre el origen de la
aberración que contenía: “Te juro que desde que la gallina puso el huevo, supe que le
pasaba algo raro. La estuve alimentado con, digamos…, cosas raras, tú ya me entiendes.
Todo pensando en ti, claro. ¿Pero un pollito de tres cabezas? Ni en mis mejores sueños”.
El viejo asentía a todo, como si creyera lo que oía, mientras sacaba un montón de
billetes del bolsillo interior de su chaqueta, imaginando ya el colorido cartel con el que
anunciaría al público El Increíble Pollito de Tres Cabezas. Algunas veces, Dean iba más
allá y preguntaba cuánto había durado con vida el espécimen en cuestión o si había sido
traumático el alumbramiento de un cerdo de siete patas para la supuesta hembra que
había parido esa quimera. Entonces se ponía de nuevo las gafas y asentía asombrado a
cualquier respuesta que Randall le ofreciera, creíble o no. ¿Acaso se tragó de verdad que
un mapache con cabeza y patas delanteras en ambos extremos, sin cuartos traseros,
culo, ni rabo, había llegado a la edad adulta que representaban claramente los dos
cadáveres que usó para crearlo? Claro que no. Pero el viejo de la chaqueta plateada
fingía dejarse engañar para luego engañar él al público con la conciencia supuestamente
limpia. Porque su público era gente estúpida que cada fin de semana pagaba una
entrada para mirar frascos y urnas llenos de aberraciones genéticas falsas conservadas
en una solución de formaldehído al 4 %. Para sentir el horror al descubrir animales
imposibles sumergidos en esa suerte de líquido amniótico, distorsionados aún más por
la curvatura del vidrio, que de paso añadía monstruosidad y verosimilitud a las
muestras. Unas muestras en las que esos granjeros, paletos y analfabetos en general sí
creían porque no habían salido del condado, pensaban que el mundo acababa al otro
lado de las montañas y juraban que si una vaca se preñaba mirando al norte tendría una
ternera, y si lo hacía mirando al sur alumbraría un ternerito.

Los hermanos miraron el puño en tensión de papá sobre la mesa. Abrió y cerró
los dedos como si accionara una pera de goma que pudiera inflarlo de paciencia.

—Quieres salvar el culo porque ahora lo sabe todo el mundo —le dijo a Triple D
hablándole al papel. Señaló el cubo de basura en el que acababa de enterrar el periódico
entre mitades de limón.

—¿Qué pasa? —preguntó Dolly.

Randall no contestó. Dejó la carta sobre la mesa y cogió su última alita de pollo.
Palpó los extremos para identificar cada uno de los huesos que componían la pieza: uno
fino, otro grueso. Retorció el más delgado para desgarrar la articulación. Después lo
extrajo con suavidad, sin desbaratar la carne. Retorció también el hueso más gordo —un
crujido húmedo acompañó la distensión del cartílago—, y lo separó del resto de la alita.
Salió completamente limpio, sin restos de carne ni piel. Una rudimentaria pero eficaz
labor quirúrgica, como las que llevaba a cabo con los especímenes en el granero,
convirtió la pieza en un bocado perfecto de pollo que se llevó entero a la boca. Mordió
sin precaución, apretando los dientes más de lo necesario.

Los niños cogieron la carta. Una esquina se había mojado en el charco de


condensación formado bajo la jarra de limonada. Se pasaron el papel húmedo de uno a
otro.

—¿Qué pone? —preguntó el niño.

—¿Les ha contado mamá que armas tú los animales? —dedujo la niña.

Papá empujó el plato dando la cena por terminada. Abrió los brazos para invitar
a sus hijos a acercarse.

—Eso ha hecho —respondió.

El niño se mordió la uña del pulgar, pensando.

—¿Y de dónde vas a sacar el dinero ahora?

Papá encogió los hombros. Su hija le peinó el flequillo hacia atrás, tapando su
calvicie.

—¿Por qué nos hace esto mamá? —preguntó.

El padre abrazó a los niños contra su pecho. Notó las respiraciones de ambos
contra su cuello.

—No debí gritarle —susurró—. Ojalá me perdone.

Y que se calle la puta boca, pensó.

Las manos de los niños escarbaron entre los huesos. En la cocina, los primeros
rayos del sol alargaban las sombras de la mesa y las sillas, los oscuros trazos de las
patas atravesando en diagonal un suelo teñido de luz amarillo pastel. Apartaron alitas y
mitades exprimidas de limones para sacar el periódico que papá había tirado a la
basura. Porter atizó con el dedo varias pepitas adheridas al papel, como si fueran
canicas. Los proyectiles golpearon ventana, pared y armario antes de aterrizar sobre el
suelo. Dolly le chistó.

—Pero si sigue durmiendo —susurró él.

Los ronquidos de papá atronaban en su habitación.

Desplegaron el periódico local, manchado y arrugado, sobre la mesa. 13 de junio


de 1964. Dolly alisó la portada con la mano, incluyendo las letras mayúsculas del
segundo titular en tamaño: ESTAFA EN EL MUSEO LOCAL DE RAREZAS. Mujer acusa
a marido de elaboración de especímenes falsos. Debajo, una foto en blanco y negro de papá. Y
otra de mamá.

—¿Y este quién es? —preguntó el niño. Señalaba la tercera imagen en la noticia,
un señor mayor con gafas de cristal redondo.

—Ni idea.

—¿Y qué pone la noticia?

—¿Cómo quieres que lo sepa? —Dolly recorrió las palabras con el dedo,
buscando alguna que pudiera reconocer—. Aquí pone museo, esto es rancho, este es el
nombre de papá… —la yema pasó sin detenerse por palabras como «experimentación»,
«beatniks», «LSD» y «horror»—. No entiendo ninguna más.

Un peldaño de la escalera crujió. Los niños agudizaron el oído. Los ronquidos


habían cesado. Y papá bajaba los escalones uno a uno. El chasquido de su tobillo
izquierdo acompañó cada paso. Un bostezo profundo anunció su inminente aparición
en la cocina. Randall pilló a sus hijos devolviendo el periódico a la basura. Ellos se
encogieron de hombros esperando algún regaño, pero él se rascó la tripa por encima del
elástico de sus calzoncillos.

—Tenéis suerte de no saber leer —les dijo sin alzar la voz—. Son todo mentiras.

Como si fuera la alarma que suena en los concursos cuando alguien ofrece una
respuesta incorrecta, su afirmación fue seguida por el rabioso tañido de la campana en
la entrada exterior del rancho, la que usaban los visitantes para anunciar su llegada
antes de tomar el camino que desembocaba en el porche delantero, la que llevaba años
sin sonar, ni siquiera el cartero sacudía la cuerda atada al badajo cuando dejaba algún
sobre en el buzón clavado en el mismo poste.

—¿Mamá? —fue la primera posibilidad que cruzó la mente del niño. Pero ni ella
ni papá usaron nunca la campana.

—Subid a vuestra habitación.

—¿Quién es, papá?

—¡Subid!
El grito los asustó tanto que se quedaron inmóviles, con los ojos muy abiertos.

—¡Que subáis!

Esta vez reaccionaron y trotaron escaleras arriba. Randall se dirigió al salón,


buscando algo de ropa que ponerse. Se vistió con lo primero que encontró en el sofá: un
vaquero, una camiseta de tirantes blanca. Apartó otras prendas desechadas en el suelo,
tratando de encontrar sus botas. Junto al tocadiscos apareció, debajo de la camisa que se
había puesto ayer, la funda de uno de los tres sencillos de Dusty Springfield que
guardaba su mujer: I only want to be with you. Supo que lo habrían sacado los niños. Era
la canción favorita de ambos. Sonrió al imaginar a Dolly y Porter bailando por el salón,
entre risas, o quizá en la cocina durante la batalla de pan rallado del día anterior,
lanzándose puñados al ritmo de las notas de trompeta.

El motor de un coche rugió, acercándose al porche. La nube de polvo resultó


visible a través de las cortinas.

Los niños susurraron en lo alto de la escalera.

—A vuestro cuarto —les regañó en voz baja.

Al otro lado de la puerta, oyó cómo se hundían los escalones bajo el peso de más
de una persona. La barandilla rota se sacudió cuando alguien trató de agarrarse. La
sombra de los visitantes se coló por la rendija inferior de la puerta, proyectándose a lo
largo de todo el salón, entre sus pies desnudos. Allanando su morada.

Tocaron tres veces con los nudillos.

Randall permaneció inmóvil. Contuvo la respiración para no hacer ruido. Se


permitió pensar que quizá no había de qué preocuparse. Quizá era alguien de la granja
de al lado, Marylou o Billy, que venía para preguntarle por qué había cogido sus
limones. Regañarle. O algún otro vecino acompañado por su hijo mayor, cargado con
cajas, intentando venderle el sobrante de la cosecha. Quizá se fueran por donde habían
venido si él no respondía a la llamada. La casa de los Strait no era una de esas a las que
la gente entra sin llamar. Ni siquiera intentarían asomarse a las ventanas.

El silencio duró poco.

Una mano abierta atizó la puerta. Levantó una nube de polvo y destellos entre los
rayos de sol matutino. Randall aceleró su parpadeo cuando las motas alcanzaron sus
ojos. Dio un paso atrás, pisando las sombras de quienes estuvieran ahí fuera.
—Sherif del condado —gritó una voz—. Estoy buscando a Randall Joe Strait —
una pausa—. ¡Randy! Abre la puerta.

Randall pensó en huir. En coger a los niños y escapar por la puerta trasera.
Esconderse en el trigo. ¿Y luego qué?

Una llave entró en la cerradura desde fuera. La puerta se abrió antes de que
pudiera reaccionar. Se llevó una mano a la frente, cegado por el repentino torrente de
luz solar. Creyó estar alucinando al ver la silueta oscura de su mujer frente a él,
tambaleándose, pero oyó su voz enseguida.

—¿Y los niños? —preguntó Loretta—. ¿Dónde están los niños?

Las palabras salieron rabiosas de una boca escondida tras la cortina de pelo que
cubría su cara. Randall se preguntó por qué no se lo apartaba hasta que vio las esposas
de plástico alrededor de sus muñecas.

—¿Qué has hecho? —cuestionó a su mujer. Añadió enseguida otra pregunta aún
peor—. ¿Qué has dicho?

Loretta no le miró a la cara.

—¿Dónde están los niños? —insistió.

Randall se secó las palmas de las manos en el vaquero. Podía sentir la mirada del
sherif sobre él, examinando cada uno de sus gestos. Retiró el pelo de la cara de su
mujer. La miró a los ojos, tratando de que leyera sus pensamientos.

—¿Qué niños? —dijo. Se le escapó una sonrisa nerviosa.

El sherif apartó a Loretta, cogiéndola de los hombros, sin tocarla apenas. Ni


siquiera disimuló la mueca de desagrado que torció su gesto (no soportaba el olor de
esa gente). Se colocó frente a Randall. Se quitó el sombrero para restar gravedad a la
situación, para intentar resolver el problema como se resolvían las cosas en ese pueblo:
saludando, hablando y llegando a un acuerdo.

—Hola Randall —saludó—. Escúchame, Randy. Sabes que intento no meterme


mucho con vosotros, ni con vuestro… —señaló a Loretta de arriba abajo, con un dedo—,
con vuestro modo de vida. Lamento vuestra pérdida y la tragedia a la que os habéis
enfrentado. Pero mira, Randy, estáis en mi jurisdicción tan solo por unos metros, solo os
pido que no me lo pongáis difícil. Meteos lo que queráis, vivid como os dé la gana, pero
que sea aquí, en vuestro rancho. Abajo lo único que queremos es vivir en una
comunidad tranquila y mantener los problemas… lejos —extendió un brazo dejando
claro que la distancia a la que se encontraba el rancho era algo valorado por la
comunidad—. No sé qué pelea habéis tenido esta vez y, la verdad, no me importa, pero
Loretta lleva días en el pueblo, vagando por ahí. Sola. Ha dicho barbaridades sobre ti.
Ha contado cosas al museo. Y las acusaciones ya han sido demostradas. Estás metido en
un buen lío, Randy. Lo más seguro es que acabe arrestándote en unos días. En cuanto
recibamos la orden judicial. Sabes que uno no…

—He leído el periódico —interrumpió, para ahorrarse el sermón.

—Pero es que Loretta ha dicho mucho más.

Los músculos del cuello de Randall se tensaron, obligándole a elevar la cabeza.


No, por favor. Miró a las esposas de plástico de su mujer.

El sherif se humedeció los labios. Estrujó el sombrero.

—Randy, tu mujer lleva días diciendo que vuestros hijos… que Dolly y Porter…
—tragó saliva—. Que los niños siguen vivos. No sé qué mierda estáis tomando ahora,
pero…

—Lo siento, Randy… —susurró ella.

—… pero después de la investigación que ha llevado a cabo el museo, después de


que hayan confirmado lo otro… —se encogió de hombros—. Ni siquiera se me ocurre
una razón, pero Loretta no para de repetirlo. Quizá sea eso que tomáis, yo qué sé. Ya no
sé que creer. Solo quiero asegurarme, dejarte aquí a tu mujer y no volver a veros el pelo
en otro montón de años. Randy, ¿sabes qué tipo de alucinógeno está tomando tu mujer
para decir esa locura sobre los niños?

Él abrió la boca para responder, pero el grito de Loretta enmudeció sus palabras.

—¡Dolly! —su voz rota llegó a todos los rincones de la casa—. ¡Porter!

Hubo un momento posterior de silencio. El ronroneo de la nevera pareció subir


de volumen. Las bisagras de la entrada rechinaron, mecida la puerta por una corriente
que aún era fresca al inicio del verano.

Randall trató de hablar, desacreditar a su esposa, pero el sherif levantó el dedo,


pidiendo silencio. Ladeó la cabeza, afinando el oído. Barrió el salón con la mirada. Miró
al techo.

Esperó, incrédulo, una respuesta a los gritos de Loretta.

Al cabo de unos segundos, se puso el sombrero con un suspiro agotado.

—No es sano —dijo—. Esta relación vuestra…

Una madera crujió en el techo. El sherif se quedó sin habla. Vislumbró


movimiento entre los tablones del piso de arriba. Un miedo infantil hormigueó en su
pecho. Los pasos se dirigían a la escalera. Apoyó la mano derecha en su pistola.

—Randy, ¿qué es eso? —la mente asustada del sherif ofreció una respuesta
disparatada. Fantasmas. Los fantasmas de los niños que murieron aquí en el rancho. Los
más pequeños caían con facilidad en invierno, era algo que ocurría a menudo allá
arriba. Incomunicados por la nieve, los médicos no llegaban a tiempo a los casos más
graves, y los padres enterraban a los hijos en su propio terreno. La primavera que
Loretta contó en el pueblo que los dos niños habían fallecido, Dolly tenía cinco años y
Porter solo dos—. Pero los fantasmas no existen.

Aquel pensamiento íntimo se le escapó al sherif en voz alta.

Loretta sonrió al oírlo.

—Claro que no —dijo—. Son mis niños.

Desde lo alto de la escalera llegaron dos voces infantiles.

—¿Mamá? —preguntaron al unísono.

—Estoy aquí, hijos. He vuelto.

La sombra de los niños oscureció los primeros escalones.

—Oh, Randy —susurró el sherif. El temblor en sus piernas hizo que la hebilla de
su cinturón cascabeleara—. ¿Qué está pasando aquí?

—Papá dice que has dejado de querernos —dijo Dolly.

—Eso no es posible —respondió su madre—. Venid con mamá.


—Pero hay otra persona —dijo Porter—. Va a vernos.

El sherif quiso tragar saliva, pero su boca estaba seca. El líquido caliente que le
empapó la bragueta detonó memorias de su niñez. La vergüenza que sintió sirvió para
quitarle ideas absurdas de la cabeza y regresar al pensamiento racional.

—No murieron… —susurró.

Randall miró a su mujer:

—¿Por qué haces esto?

Ella respondió con una claridad en los ojos que no le había visto en años. La
mirada sobria que se le nubló para siempre hacía tanto tiempo.

—Porque es lo correcto —le enseñó las esposas para demostrar que ella estaba
dispuesta a asumir las consecuencias.

El sherif barajó mentalmente, en un minuto, decenas de teorías que explicaran


por qué unos padres fingirían la muerte de sus propios hijos. No encontró ninguna.

Entonces Loretta llamó a los niños.

—Venid con mamá —dijo.

Los niños obedecieron.

Bajaron las escaleras tan felices como en un día de nieve.

El sherif dio un paso atrás al verlos.

—Mierda, Randall, no… —dijo—. ¿Qué coño has hecho?

El niño agitó un brazo, saludando a mamá. La niña deslizó su mano por la


barandilla. Solo dos piernas bajaban las escaleras. Una era más corta, delgada como
habían sido las del sherif cuando él también tenía ocho años (y aún se hacía pis en la
cama). La otra era la pierna definida de una niña que empezaba a ser mujer. Ambas
confluían en una única cintura. El lugar donde se producía la unión quedaba cubierto
por el pantalón corto que vestían. Una rudimentaria cicatriz, tan gruesa y visible que
revelaba una curación con infección, atravesaba un torso asimétrico, desparejo. Las dos
cabezas surgían entre un par de hombros tan separados como dispares. Los niños
bajaron las escaleras a toda velocidad, supliendo el desequilibrio del físico compartido
con otras facultades entrenadas durante años.

—¡Mamá!

Abrazaron a su madre, besándole la cara por ambos lados.

—Papá quiere que le perdones —dijo el niño.

—Y yo quiero que volvamos a estar como hasta ahora —añadió Dolly.

Randall miró al sherif. Los dos hombres supieron que lo que pedía la niña ya
nunca sería posible. No cuando se hiciera público lo que Randall había hecho en aquel
rancho. Pero el sherif observó entonces el brillo de la esperanza en los ojos de Dolly. La
inocente sonrisa en el rostro de Porter. Se acercó a Loretta, sacó una navaja de su
bolsillo, y le cortó las esposas de plástico.

—Dadles un buen abrazo —les dijo a los padres.

Loretta extendió una mano para invitar a su marido a unirse. Randall esperó al
permiso del sherif.

—Tenéis un minuto —les dijo.

El oficial se giró y se asomó a la ventana. Fijó la vista en el trigo para concederles


intimidad en la que sería su última mañana juntos. En el rancho. En casa.

FIN
Una historia nauseabunda sobre la pérdida. Hace muchos años que Soledad se
quedó sola en su pequeño apartamento, acompañada únicamente por su perra Canela.
De su marido conserva la mancha que una tos mortal dejó en los pies del crucifijo sobre
la cama. De su hijo fallecido, la foto de su primera comunión, una foto que a veces le
habla. La muerte del animal acabará enfrentando a la anciana a la soledad más absoluta.
Y las consecuencias serán monstruosas.
Paul Pen

Trece historias.
Canela
Trece historias - 5
Nota del autor
Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos
con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
Canela
Tumbada bocarriba, Soledad Rincón se agarró a la manta para hacer frente al
mareo. La cama siguió balanceándose. Y la habitación entera. Con tal vaivén, parecía
que hasta el crucifijo sobre el cabecero pudiera descolgarse en cualquier momento. La
cena se revolvió en su estómago, que navegó en el interior de su cuerpo como si el
intestino y otras vísceras se hubieran convertido en un mar picado de jugos gástricos.
Tragó una ola de saliva ácida que le quemó la garganta. Apretó los dientes. Probó a
abrir los ojos. Descubrió la lámpara del techo oscilando sobre ella como un péndulo.
Miró a la foto de la primera comunión de Ernesto, el recuerdo más valioso que
conservaba del hijo que se le murió así, de repente. Sobre la mesita de noche, su ya
descolorido uniforme de marinero se multiplicó por cuatro en un ráfaga de imágenes
desenfocadas. Soledad apretó los párpados, exprimiendo dos lágrimas caudalosas que
le humedecieron las sienes.

El hombre del tiempo no podía verla así.

Lanzó el pie derecho al suelo como si fuera un ancla. Tuvo que morderse el labio
inferior para hacer frente al dolor de la artritis en la rodilla. Con la planta del pie fijada
al suelo de terrazo, la cama fue recuperando su estabilidad. El vaivén imparable que
agitaba la habitación pasó a convertirse en un ligero bamboleo. Mecido en lugar de
sacudido, el estómago de Soledad terminó por asentarse, convertido ahora en un
acogedor nido enclavado en un follaje de tripas. La marejada de acidez quedó
neutralizada con alguna corriente de saliva.

El movimiento cesó por completo.

La estancia dejó de balancearse.

Soledad respiró hondo. El olor de la cena que acababa de ingerir aún inundaba
los cincuenta metros cuadrados de su piso. Cuando la nota aromática del ajo se adhirió
a su garganta, tosió para arrancarla. Una nueva tormenta amenazó con estallar
estómago adentro, pero Soledad deslizó las suelas de sus zapatillas de felpa sobre el
suelo y logró contener el maremoto.

Lo que arreció contra ella fue un ciclón de tristeza. Porque la piel arrugada que
cubría su desgastado tobillo no recibió los lametazos de la lengua de Canela. Tampoco
los suaves mordiscos con que la perra atrapaba cada mañana los pies de su dueña,
calentándolos con su aliento. Ni las torpes caricias de sus patas, las garras
repiqueteando contra el suelo como un repentino granizo local. No hubo en esta ocasión
ni un ápice de la algarabía con que la perra había recibido los pies de su dueña todas las
mañanas. Y todas las tardes al despertar de la siesta.

Soledad agitó el pie tratando de llamar la atención de Canela. Las lágrimas


regresaron a sus ojos cerrados al descubrirse tan desesperada por el afecto de quien
había sido su única compañía durante los últimos diecisiete años, desde que el tabaco se
llevara por delante las vidas de su marido y su único hijo.

—No puedes morirte tú también —dijo Soledad al aire, dirigiéndose a la perra


que ya no podía escuchar.

Paco había muerto en la misma cama en la que ella ahora trataba de capear las
náuseas. Lo que él intentó torear entonces fue un enfisema pulmonar, y eso no se
soluciona anclando un pie al terrazo. Años de nicotina acabaron por reducir su vida al
borbotón de sangre y moco que tosió un tarde de domingo mientras celebraba un gol
que el locutor de Carrusel Deportivo coreaba desde el transistor. Un escupitajo espeso
que arrancó su último rastro de vida, salpicando en marrón la pared sobre el cabecero y
los pies del crucifijo. Con amoníaco, Soledad logró despegar de los pies de Jesús la gota
reseca del esputo, borrando con el trapo la última mancha de una vida doméstica
dedicada a limpiar los calzoncillos enredados que encontraba junto a la cama cada
mañana. Los residuos amarillentos en los bordes del cenicero. Las colillas apagadas
junto a la chirla vacía de un plato de paella. Hubo otras suciedades que mancillaron el
matrimonio pero que ella no pudo limpiar porque ni siquiera supo que existían. Eran
los manchurrones de infidelidades que Paco cometió sobre colchones mucho más sucios
que aquel que compartían, al que Soledad dio la vuelta cada cinco años —el lado de la
cabeza en los pies, y el de los pies en la cabeza—, hasta un total de nueve veces. El
sueldo de Paco en el aparcamiento no permitía a Soledad concederse caprichos como un
colchón nuevo cada quince años, aunque sí permitió a Paco pagarse las prostitutas con
las que deshonró su matrimonio sobre esos otros colchones acartonados de los burdeles.

Soledad abrió los ojos. Probó a respirar un par de veces el aire del apartamento.
Esta vez pudo oler los restos de la cena sin que el estómago se rebelara contra ella. La
indigestión había remitido del todo. Impulsándose con las manos en el colchón, rotó
sobre las sábanas, que se arremolinaron bajo su trasero con el giro. Sentada en el borde
de la cama, se masajeó la rodilla. Agarró un pico de la tela para secarse los ojos, pero
aprovechó también para terminar de limpiar algunos restos de tomate frito de sus
labios. La mancha se unió a viejos lamparones de sudor, micciones nocturnas y restos
de rímel de cuando se ponía guapa para el hombre del tiempo. Hacía algunos años que
Soledad había empezado a darse cuenta de que él también la miraba a ella desde el otro
lado del televisor. Echada hacia delante, los antebrazos apoyados sobre las piernas,
buscó entre sus pies el hocico de la perra, aquella bolita húmeda que olisqueó durante
años cada rincón de la casa persiguiendo el trazo aromático que dibujaban en el suelo
las colas de las ratas.

Soledad escuchó una voz. Provenía de la mesilla, a su derecha.

—Madre, deje de buscarla —dijo Ernesto. Sus labios se abrieron y cerraron en la


fotografía. Tenía las manos a la altura del pecho, en señal de oración—. Canela ha
muerto. Diecisiete años son muchos años para una perra.

Soledad agarró el marco.

—Tú sí que estás muerto —respondió a su hijo. Volteó la foto con tanta fuerza
que el cristal se quebró al impactar contra la mesilla.

Soledad supo que el cáncer de pulmón había matado a su hijo Ernesto la misma
tarde en que decidió subir a casa un cachorro maloliente que encontró en una de sus
fugaces salidas a comprar el pan. Recoger al animal callejero que lloraba bajo un coche
fue un impulso al que se abandonó sin más, la primera instancia de un comportamiento
compulsivo que repitió con mayor frecuencia a medida que fue cumpliendo años, sobre
todo al superar los sesenta: además de Canela, recogió de la calle, como si fueran
tesoros, montones de latas vacías, bolsas de basura de otras personas, revistas atrapadas
en los desaguaderos de las aceras y las hojas secas de cada otoño. Aquella tarde, la perra
inauguró su nuevo hogar con un asustado charco de pis que se le escapó justo al entrar.
Soledad trataba de secarlo con hojas de periódico cuando sonó el teléfono. Quien
llamaba era el médico de Ernesto, que no solo tuvo que explicar a Soledad que su hijo
había dejado de respirar, sino también que había sido diagnosticado con cáncer hacía
meses y hospitalizado hacía tres semanas. Ernesto había preferido evitarle el disgusto a
su madre hasta que la muerte fuera inminente, ahorrarle el mismo calvario por el que
había pasado con su padre. Pero al hijo de Soledad le sobrevino la muerte de manera
más inesperada que inminente, y no tuvo al final tiempo de avisar. En lugar de apretar
la mano de su hijo para acompañarlo en el periplo definitivo al más allá, Soledad
arrugaba periódicos empapados en orín de una perra callejera mientras el marinerito de
la foto sobre su mesilla se le moría en un arranque de tos similar al de su padre. El
teléfono resbaló entre los dedos de Soledad, que oyó la voz del doctor crepitando en el
auricular, en el suelo. La llamaba por su nombre. Requería su atención. En la cocina,
una olla de arroz con leche borboteaba sobre los fogones. Era el postre favorito de ese
hijo que, de repente, ya no tenía. Dejando atrás el teléfono, Soledad caminó hacia la
esquina del salón en la que se había agazapado el animal. Se tapaba el hocico con las
patas delanteras, gimiendo, dolorida por los manotazos que había recibido como regaño
por hacerse pis. Soledad se acurrucó junto a la perra. Cada una lloró un dolor diferente
mientras el arroz con leche se quemaba y pegaba a la olla. Canela disfrutó del calor del
regazo de su nueva dueña, aunque ese regazo se inflara y desinflara al ritmo frenético
de un ataque de ansiedad. Cuando Soledad sintió cómo la perrita buscaba su pecho
para mamar de una madre equivocada, abrazó al animal sabiendo que sería a partir de
ahora la única compañía que le quedaría en el mundo.

—Perdón, perdón, perdón… —dijo ahora a la foto de comunión de Ernesto. Llevó


sus labios al marco que acababa de romper. El filo de uno de los cristales abrió una
herida en su arrugada barbilla. Recompuso los pedazos logrando que se mantuvieran
en su sitio, a excepción de dos huecos de forma triangular para los que no encontró el
trozo correspondiente—. Pero no digas que Canela ha muerto —suplicó a la fotografía
—. No digas que mi perrita ha muerto también.

Soledad apoyó la foto de la comunión de Ernesto sobre la mesilla. Agitó la cabeza


para sacudirse de encima el montón de recuerdos que la indigestión había traído
consigo. Algo se movió en la puerta de la habitación, escabulléndose hacia el armario.
Miró hacia allá con el pecho inflado, esperando ver a Canela acercándose a ella.
Mirando a su dueña tras el velo de cataratas que fluían por la superficie de sus ojos.
Olisqueándola con un hocico que eran dos brochas de pelo cada vez más cano.
Cojeando como cojeaba desde que una corriente de aire convirtiera la puerta del baño
en una guillotina que le partió la pata delantera, una lesión que no sanó como debía
porque el veterinario se encontraba a más de cinco bloques de distancia y Soledad se
quedaba sin respiración en cuanto giraba la esquina de la Calle Orense.

Lo que se escabullía hacia el armario no era Canela, sino una de las ratas que
alimentaba a su camada con los restos de comida que se pudrían en las montañas de
basura del salón. Soledad dejó escapar la esperanza que había inflado su pecho en una
bocanada de decepción que culminó en un eructo. El regusto del ajo revolvió la masa
ácida en que su estómago trataba de convertir la cena. El malestar ascendió por su
esófago desafiando la ruta natural. La boca se le llenó desde atrás de una caliente
papilla grumosa. Reaccionó a tiempo de tapar el escape con ambas manos, tan solo una
fuga de algún jugo gástrico salpicó la pared frente a ella. Se incorporó al tiempo que
una segunda oleada de vómito llenaba aún más su boca sellada y corrió al baño sin
atender a los dolores de la artritis. El flujo que trajo consigo la tercera arcada terminó
por derribar la presa de sus dedos, que no pudieron contener el chorro de vómito.
Soledad se arrodilló y abrazó la taza del váter mientras su cuerpo entero se sacudía
devolviendo hasta el último trozo de carne a medio digerir. Cuando apoyó la frente en
el asiento, varias lágrimas gotearon sobre el líquido marrón que llenó el retrete,
disolviéndose en él.
Entonces se acordó del hombre del tiempo.

Tenía que recuperarse antes de que él apareciera.

Aún con la frente apoyada en el asiento del retrete, escupió los últimos restos de
vómito rasgando su garganta dolorida. Tiró de la cadena y recibió con gusto el agua que
le salpicó la cara. Acabó por incorporarse apoyando todo el peso de su cuerpo en la
cisterna. Lo que menos necesitaba ahora era romperse la cadera por segunda vez. Ya le
ocurrió durante el verano en el que cumplió setenta, y entonces fueron los ladridos de
Canela los que alertaron a la familia rumana que vivía enfrente. Hoy, con la perra
muerta, y tantos años como cucarachas anidaban detrás de su nevera, Soledad podía
acabar tirada en el suelo del baño hasta morir de inanición antes de ser descubierta por
la impertinente chica de la limpieza del edificio, esa que siempre se empeñaba en darle
la vuelta a su felpudo.

Apoyada en el lavabo, Soledad observó, a través de dos puertas abiertas, el


desorden en la cocina. Vio el plato a medio terminar sobre el que había escupido un
bocado masticado. Había sido entonces cuando la tristeza se había transformado en
indigestión y el suelo había empezado a balancearse. Después había corrido a la cama,
los brazos extendidos a los lados, tocando las paredes con la punta de los dedos para
mantener el equilibrio. Ahora los restos de tomate se resecaban en ese plato. Con el
sabor amargo del vómito aún en la garganta, entró a la cocina. Apiló en el fregadero el
plato, los cubiertos, el vaso y la fuente para horno en la que había preparado la cena.
Echó tres gotas contadas de lavavajillas Hacendado sobre el lado verde de un estropajo.
Abrió el grifo. Encontró cierta paz al observar cómo la salsa de tomate se disolvía para
dejar paso a la brillante blancura de la loza. Cuando terminó, recogió del suelo, para
fregarla también, la fiambrera en la que cada día servía su comida a Canela. Un último
aro de pienso rodó en el fondo del recipiente. Se fue desenfocando a medida que los
recuerdos inundaron los ojos de Soledad.

Durante las últimas dos semanas la perra había dejado de dormir del tirón. Se
levantaba por las noches a buscar su cuenco de agua y daba vueltas por el piso sin
recordar dónde estaba. Cuando por fin lo encontraba, apenas remojaba su lengua
cansada una o dos veces antes de regresar bajo la cama de su dueña sin atender una sed
que la estaba secando por dentro. Dejó incluso de ladrar a las cucarachas que se
paseaban por la casa, las cuales acabaron recogiendo migas de alimento de entre el pelo
cano de su hocico mientras ella trataba de dormir su agonía. Soledad había suplicado a
la perra que no se pusiera enferma, explicándole que el veterinario quedaba al otro lado
de la Castellana y que ellas no podían ir tan lejos. Ni pagar con su pensión ningún
tratamiento. Pero la perra no escuchó o no entendió, y acabó muriendo de vieja
agazapada en la misma esquina donde siendo un cachorro trató de mamar del pecho de
Soledad. Como hiciera entonces, Canela escondió el hocico bajo sus patas delanteras.
Antes de morir, miró a su dueña, sentada en el sofá con la correa de pasear sobre las
rodillas. Hubo un momento en que Canela dejó de ver, pero aún pudo escuchar la voz
de su ama suplicándole que se levantara. Que tenían que bajar a que diera un paseo. Y
que después ella prepararía la cena y se pondría guapa para el hombre del tiempo. Que
lo más probable era que por fin esa noche se atreviera a invitarla a bailar. Fue entonces
cuando la perra dejó de oír. Y de sentir dolor. Y de respirar. Canela se sacudió por
última vez con un hondo gemido que surgió desde su estómago. Soledad se quedó allí,
acariciando, uno a uno, todos los eslabones de la cadena. Movió los dedos a lo largo de
esa correa durante horas. Mirando el cuerpo del animal que ya no latía. Aceptando el
hecho de que había vuelto a quedarse sola y de que no quedaba más vida en esa casa
que la suya propia y la que ella le inventara a las fotografías que la miraban entre las
sombras cada vez más oscuras de la vivienda.

El aro de pienso bailó en la fiambrera. Soledad lo atrapó con los dedos. Examinó
el alimento como si fuera el diamante que no hubo en el anillo de compromiso que no
tuvo. Se lo llevó a la boca. Masticó la mezcla de cereales, grasas, pollo hidrolizado y
arroz. Un resto marrón se quedó pegado entre dos de los dientes que aún conservaba.
Tragó el amargo bocado sin respetar los contracciones de su estómago recién vaciado.
Después recogió el estropajo que había soltado sobre la encimera y se dispuso a fregar
la fiambrera de Canela.

Desde el salón llegó la sintonía con la que terminaba el Telediario. La previsión


del tiempo estaba a punto de comenzar. Los dedos retorcidos de Soledad temblaron de
emoción. Escurrió el estropajo, que rodó hasta quedar encajado en el desagüe. Miró a su
alrededor, a las baldosas floreadas salpicadas de salsa de tomate. A la tabla de cortar
sobre la encimera. Al cuchillo carnicero barnizado de rojo oscuro. Se secó las manos en
la falda negra del luto. El corazón se le aceleró en el pecho, latiendo al ritmo que
marcaba la mezcla de vergüenza y excitación que le provocaba la idea de traicionar la
memoria de Paco. Soledad sabía que hoy —hoy sí que sí— el hombre del tiempo se
atrevería por fin a hablar con ella.

De camino a la puerta de la cocina, una bocanada de mal olor la golpeó desde


atrás. Ya estaba acostumbrada al hedor que provenía del salón, pero la cocina no era
lugar para dejar que la basura se pudriera. Allí era donde comían ella y Canela. Ella sola
a partir de ahora. Soledad se acercó al cubo sin tapa, hacía tiempo que su pie no tenía la
fuerza suficiente para accionar uno de pedal. Tiró de las cintas azules de la bolsa de
basura, gesto que ajustó el cierre. Arrastró el peso por el suelo, entre latas que rodaron
hacia los lados, dejando un raíl de humedad en su trayecto hasta el extremo final del
salón. Apiló la bolsa chorreante sobre otro medio centenar. Eran tantas que ya resultaba
imposible utilizar la puerta que daba acceso al balcón, algo que no preocupaba a
Soledad porque hacía meses que no usaba la lavadora y no necesitaba tender.

En la televisión, la sintonía del Telediario culminó con un grave efecto sonoro.


Soledad se volvió, nerviosa. A punto estuvo de patinar con el rastro húmedo que
acababa de trazar en el suelo. Se sentó en el sofá. Sobre el televisor descansaba una
figura de Lladró, la de una mujer con parasol a la que Ernesto dejó manca de pequeño
con un golpe de balón. Cogió el mando a distancia y presionó el botón que subía el
volumen. Una franja verde creció de izquierda a derecha hasta cubrir toda la parte
inferior de la imagen.

Miró a la pantalla con los ojos muy abiertos, las rodillas muy juntas, los talones
separados del suelo. Un acorde de teclado que estalló en el altavoz la asustó, pero tan
solo era la música con la que comenzaba el anuncio de una sucursal bancaria. Tras dar
un respingo en el asiento, Soledad chasqueó la lengua. Siempre olvidaba el bloque
publicitario que emitían entre el informativo y la previsión meteorológica. Al anuncio
del Banco Central Hispano le sucedió uno de Citroën. Y otro de Ariel.

Soledad se rascó el cuello, levantando con las uñas piel y roña. Comenzaba a
impacientarse. Porque sabía que si el hombre del tiempo tardaba mucho más en
aparecer, el aro de pienso que había ingerido podía hacerla vomitar otra vez. Como
había ocurrido con la cena. Y obligarla a tumbarse sobre el colchón al que había dado la
vuelta cada cinco años, un total de nueve veces. Y ver desde la almohada los pies del
crucifijo que Paco había manchado con su último esputo. Y recordar aquel gol del
Atlético de Madrid que había matado a su marido. O la llamada del médico que la dejó
sin hijo.

En la tele apareció un anuncio de turrón.

Soledad cerró los ojos. El sabor del pienso regresó a su garganta. El sofá se
convirtió en una embarcación que navegó sobre las aguas de terrazo del salón.

—Que salga ya —murmuró a la televisión como en una oración.

Un rezo con el que invocaba al hombre del tiempo para que su mente no llegara a
la parte de los recuerdos que acababan en Canela. Los recuerdos recientes de cómo
había recorrido con los dedos los eslabones de la cadena durante horas. Cómo había
levantado finalmente a la perra aún caliente para colocarla sobre la encimera de la
cocina, su pata entumecida empujando dos latas vacías de fabada Litoral que cayeron al
suelo salpicando grasa naranja.

Soledad llamó al hombre del tiempo una vez más.

Pero la cadena pública emitió otro anuncio. Y su memoria nublada por el mareo
proyectó imágenes de ella misma revolviendo el lateral del cajón, la cubertería
tintineando al chocar entre sí. Buscando entre espumaderas y cucharones de madera el
cuchillo carnicero que compró en la Teletienda. Elevándolo frente a su cara y siguiendo
con la mirada la curvatura de su filo. Atravesando con esa cuchilla el vientre de la perra
sin encontrar apenas resistencia. Tratando de contener la ristra de tripas que emanaron
del corte como los caramelos de una piñata. Cortando la cabeza de la perra de un golpe
seco. Descubriendo cómo la observaron desde el fondo del cubo de basura los ojos
cristalizados de Canela. Y cortando finalmente las piezas más carnosas de su anatomía
para colocarlas en la fuente de horno en la que preparó la cena. Regadas con salsa de
tomate. Y tres dientes de ajo.

Soledad abrió los ojos en el momento en que un eco resonaba en su mente: el del
timbre del temporizador avisando de que el asado estaba listo.

Miró al televisor. Los copos de nieve que conformaban la cabecera invernal del
programa danzaron por la pantalla al son de la sintonía que anunciaba la información
meteorológica. Soledad se atusó el pelo. Atrapó sobre su oreja cuatro cabellos grises.
Con la punta de los dedos descubrió la herida que el cristal del marco había abierto en
su barbilla. Una ola de inseguridad encogió su garganta al darse cuenta de que no se
había pintado los labios. Giró la cabeza hacia el montón de basura que cegaba la puerta
del balcón. Buscó la bolsa que acababa de traer de la cocina. Cuando la localizó, miró
con rabia a los bultos que se adivinaban bajo el plástico.

—Mira qué fea estoy por tu culpa —gritó a los restos de Canela.

Después bufó por la nariz para tranquilizarse. El hombre del tiempo no podía
verla así de enfadada. Las manos de Soledad se retorcieron sobre sus rodillas. Las
figuras geométricas de los copos de nieve flotaron por última vez antes de abrirse como
una cortina que descubrió el plató del programa. Delante de un mapa de España
cubierto de lluvia, el hombre del tiempo saludó a los espectadores.

Soledad notó cómo un rubor encendía sus mejillas.

Con el pecho elevado, sabiéndose guapa, sonrió a la pantalla. Pestañeó de esa


forma que volvía locos a los chicos del pueblo.
Sabía que esa era la noche en la que el hombre del tiempo la invitaría a bailar.

FIN
|Un angustioso relato sobre éxitos literarios.

Hace ya media hora que la biblioteca echó el cierre. Rosario archiva los últimos
préstamos y borra enfadada los subrayados que ha dejado en varias novelas el camarero
de la universidad. Hasta que descubre que no son simples subrayados. Ni los ha hecho
él. La vida de esa joven corre peligro. Ahora, la de Rosario, también. Cuando alza la
mirada, encuentra al camarero de nuevo en la puerta.
Paul Pen

Trece historias.
Best seller
Trece historias - 6
Nota del autor
Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos
con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
Best seller
Rosario leyó la frase final del libro. Pasó la última hoja para encontrar la que
protegía la contraportada, el espacio en blanco en el que acababan todas las historias.
Suspiró molesta, obligada como siempre a inventar por sí misma lo que habría ocurrido
más tarde. Ella siempre quería saber lo que les pasaba a los personajes justo después:
cómo la superviviente explicaba lo ocurrido a las autoridades, qué condena concreta le
caía al malo. Pero Rosario había leído ya suficientes historias de suspense para saber
que algunos escritores preferían dejar la escena en alto, con el cuerpo todavía caliente y
las sirenas de las ambulancias aullando a lo lejos.

Levantó la vista al reloj de pared.

Las 22.42h.

Ya casi había acabado su turno. Los alumnos más rezagados se habían ido
marchando de la biblioteca durante la última hora, al dar por finalizada la sesión de
estudio. Unas campanillas sobre la puerta los habían ido despidiendo uno a uno con
una delicada melodía, como la de una cucharilla golpeando varias copas de champán.
Tan solo un estudiante apuraba los minutos, concentrado en su libro, con el pecho
pegado al borde de la mesa y la capucha de la sudadera cubriéndole la cabeza para
abstraerse por completo del entorno.

Diez minutos antes de la hora del cierre, Rosario dejó de respetar el habitual
silencio del lugar. Ordenó las sillas de las mesas más cercanas sin preocuparse por no
arrastrarlas. Apagó lámparas. Cerró los cajones de su escritorio. Con una mano en la
parte baja de su espalda, tratando de aplacar el lumbago, se agachó para desenchufar el
calentador bajo su mesa. Aún doblada bajo el mueble, las campanillas sobre la puerta
sonaron una vez más.

Creyó que el último estudiante había salido por fin, pero barrió el suelo con la
mirada y dio con las zapatillas de aquel chico, sus piernas retorcidas en torno a las patas
de la silla. Rosario maldijo a cualquiera que hubiera osado a entrar en la biblioteca a
esas horas. Al incorporarse golpeó la mesa con la cabeza.

—¿Se ha hecho daño? —preguntó el visitante.

Era un joven moreno, patillas hasta el hueso de la mandíbula, vestido con


chaqueta de cuero. Debajo llevaba una camisa blanca, amarilleada tras cientos de
jornadas de trabajo y ciclos de lavado. Un cinturón oscuro, brillante, ajustaba un
pantalón negro de tela. El uniforme de un camarero. En una mano portaba una pila de
libros, apoyados contra la cintura.

—No me he hecho daño, no —Rosario se masajeó el golpe—. ¿Pero tú te crees que


esto son horas de aparecer por aquí?

—Salgo ahora de la cafetería —el hombre abrió la chaqueta para mostrar su


camisa, manchada por las salpicaduras habituales del trajín de un barra: aceite, tomate,
café—. No me da tiempo a venir antes.

Rosario miró el reloj en su muñeca. Las 22.56h.

—Anda, dame los libros. Que mira que son gordos esos que traes. Tengo una hija
que dice que cuando lleva un libro de Ken Follet en el bolso, se siente más segura en el
metro. Que sabe que si algún loco intenta atacarla, violarla o lo que sea, podría matarlo
de un golpe —Rosario ayudó al camarero a apoyar los libros sobre el mostrador—. Y
que conste que te los acepto porque siempre te acuerdas de que mi café es con sacarina.
No te creas que esos otros compañeros tuyos se acuerdan.

—Es difícil. Atendemos a muchos alumnos, profesores, gente de la biblioteca…

—Ya, pero mira cómo tú sí te acuerdas. Aunque sea porque soy tu clienta más
vieja —forzó la memoria para recordar su nombre—. Armando. Te llamabas Armando.

Él asintió.

—Pero yo lo hago por puro interés —dijo—. Para que me deje usar la biblioteca a
estas horas.

Rosario no rio la gracia.

—No te dejo usarla. Te dejo devolver estos libros —aclaró—. No te creas que te
voy a dejar coger ninguno más. Que voy a cerrar ya.

Ilustró la advertencia presionando un interruptor que apagó las tres primeras


hileras de fluorescentes. El estudiante rezagado se quedó a oscuras. Se quitó la capucha
y miró a Rosario buscando una explicación. Ella se limitó a levantar la muñeca
mostrando su reloj. El estudiante cerró el tomo que leía. Arrastró la silla a propósito
mientras se ponía de pie. Recogió su mochila. Se marchó del lugar con un portazo que
podría haber descolgado las campanillas. Resistieron el embiste con una versión
enfurecida de su delicado tintineo.
—Todas las noches se me enfada alguien —dijo Rosario—. Y digo yo que si es la
hora de cerrar, tendré que cerrar. Tengo que ser justa, y si a ti no te voy a dejar coger
nuevos libros, tampoco voy a permitir que ese…

Armando corrió hacia las estanterías de novela antes de que la bibliotecaria


terminara la frase. Ella se limitó a sacudir la cabeza, maldiciendo lo poco obedientes que
venían las nuevas generaciones.

Colocó sobre su escritorio los libros devueltos, uno junto a otro, con los lomos
hacia arriba. Una selección de best sellers tan amplia como estándar. Paseó el lector
electrónico sobre los códigos de barras para registrar la entrada de los ejemplares.

—Pero si esto son miles de páginas. Estoy segura de que ni siquiera te ha dado
tiempo a leerlos —murmuró—. Esto es sacar por sacar.

Descubrió, sin embargo, que los libros tenían dobladas las esquinas de varias
páginas, quizá Armando leyera deprisa. Desdobló una a una las marcas en El ocho.
Siguió con las páginas de El Médico. Después con las de El código Da Vinci. Y con las de
una novela de Stieg Larsson. Seguía recomponiendo las páginas de Los pilares de la tierra
cuando Armando regresó al mostrador.

—Se supone que después de marcar una página, la dejamos como estaba. Porque
somos buenas personas y queremos hacerle la vida más fácil a la siguiente persona que
lea el libro. Y a la bibliotecaria también, ¿no es cierto? —Rosario esperó el asentimiento
de Armando—. O, mejor aún, usamos un marcapáginas.

Encajó en el bolsillo delantero de la camisa de Armando uno de los que regalaba


la biblioteca esa temporada. Mostraba por un lado un calendario del año entrante y, por
otro, una imagen navideña en tonos demasiado ocres para resultar alegre.

—Además falta un minuto para que acabe mi horario —señaló los libros que
acababa de recopilar el camarero—. Ya te he avisado de que no me va a dar tiempo a
registrar un nuevo préstamo.

—Por favor. Yo siempre tengo tiempo de buscarle el bote de sacarina. Y eso que la
mayoría de veces tengo que salir a recogerlo a alguna mesa, que nadie lo devuelve a la
barra.

Rosario emitió un corto ronquido de sorpresa antes de aceptar el chantaje.


Arrancó los cuatro libros de entre las manos de Armando.
—¿Crepúsculo? ¿Cincuenta sombras de Grey? ¿En serio?

—Me… me gusta estar al día —respondió él.

La manera en que se le enrojecieron las mejillas al muchacho hizo sentir culpable


a Rosario. Ella nunca juzgaba la elección de literatura de los usuarios, ni era nada
pedante a la hora de recomendar lecturas. Si la novela de moda que vendían hasta en
los supermercados le parecía digna de ser leída, la recomendaba con el mismo fervor
que una de Truman Capote. Tampoco compartía con nadie los secretos que algunos
préstamos desvelaban sobre ciertas personas —como Paula Alonso, por ejemplo, una
mujer casada de cuyo cuello siempre colgaba un crucifijo que descansaba sobre algún
suéter de lana rosa, solía llevarse novelas eróticas de la estantería lésbica escondidas
entre manuales de costura, pastelería o religión—. Pero a Armando lo conocía como el
camarero que se movía por la cafetería a base de gritos, como entre ganado, sin perder
la oportunidad de piropear con gracejo a las clientas, y le costaba mucho visualizarlo
echado en un sofá leyendo las aventuras de una muchacha llamada Bella enamorada de
un vampiro que brillaba a la luz del sol o la trilogía más bien femenina de una joven
entregada a sus impulsos sadomasoquistas. Al propio Armando la pregunta le hizo
sentir tan incómodo que cogió los libros y se despidió con una palabra apenas audible.
La campanilla sobre la puerta emitió su breve melodía mientras Rosario le gritaba que
no había registrado la salida de esos libros.

—¡Pero bueno, es que esto es de risa! —gritó a la estancia vacía—. ¿Es que ya
nadie respeta a una vieja bibliotecaria? —el enfado aumentó al desdoblar la última
página marcada de la novela de Ken Follet y descubrir varias marcas de lápiz—. ¡Y
encima me pinta las hojas!

Dejó caer el peso de la novela de Ken Follet sobre el escritorio, que se sacudió con
el impacto. Los bolígrafos cascabelearon en su bote. Del cajón sacó Rosario una goma de
borrar y, con ella, hizo desaparecer el subrayado de varias palabras. Pronto se dio
cuenta de que las líneas, en lugar de abarcar frases completas, tan solo marcaban
palabras sueltas. De hecho ni siquiera las palabras estaban subrayadas por completo.
Apenas sílabas, o incluso letras dispersas, habían sido objetivo del lápiz de Armando (y
tenía que haber sido Armando porque a Rosario no se le hubieran pasado esas marcas
de lápiz de la anterior devolución).

—Se supone que uno subraya citas enteras, muchacho —murmuró sin encontrar
sentido alguno al azaroso subrayado—. Esto es manchar por manchar.

Cuando acabó con esa página, buscó más marcas a lo largo del voluminoso tomo.
Halló otra hoja con varias rayas. Frotó el borrador con un hondo suspiro. El reloj sobre
el mostrador marcaba las 23.14h. Hacía años que no llegaba a ver esa hora en la
biblioteca. Encontró otras cuatro páginas con subrayados.

Virutas de goma se dispersaron sobre la mesa tras cada soplido.

Al terminar, miró la pila de libros devueltos. Y se temió lo peor.

—No habrás sido capaz…

Cogió Los hombres que no amaban a las mujeres. No tardó en encontrar una página
llena de marcas. Y otra más. Y otra. Hojeó El médico, con el mismo resultado. También El
Código da Vinci estaba marcado. Y la novela de Katherine Neville. El aire de un hondo
suspiro desplazó los residuos de goma sobre el escritorio.

Valoró si dejar la labor para el día siguiente. En el turno de mañana estaba


Susana, sería ella quien encontraría los libros sobre el mostrador nada más llegar, pero
Rosario no era de las que dejaban su trabajo sin hacer para que luego el problema les
cayera a otras. Además Susana, con lo joven y despistada que era, devolvería los libros a
su estantería sin revisarlos. Si lo dejaba para mañana, tendría que guardar los libros de
Armando en su cajón y seguir enfrentándose a ellos al inicio del siguiente turno. Uno de
los post-it motivacionales que otra de las compañeras, la del fin de semana, Patricia,
pegaba en la cara interna del mostrador, opinó sobre el asunto mostrando uno de los
refranes más manidos de la historia: No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Rosario
imaginó a Patricia escribiendo aquel mensaje en una mañana de domingo, la de menos
asistencia de toda la semana, pensando que de verdad hacía un favor a sus compañeras
al dejarles esas pequeñas notas de sabiduría popular. Siempre parece imposible hasta que lo
logras. A quien madruga Dios le ayuda. No llores por haber perdido el sol, que las lágrimas no te
dejarán ver las estrellas. Motivación de saldo en papeles amarillo chillón. Rosario cogió el
adhesivo, lo arrugó en una bola y lo lanzó a la papelera.

Sin tratar de calmar su enfado, buscó la ficha de Armando en el archivo del


ordenador. El cursor parpadeó junto a su número de teléfono. La línea emitió siete
tonos antes de que un mensaje estándar de la compañía telefónica le diera la bienvenida
al buzón de voz.

—Armando, soy Rosario. De aquí, de la biblioteca —así comenzaba Rosario todos


los mensajes que dejaba a quienes no devolvían los libros en el plazo estimado,
acompañándolos casi siempre de algún tipo de amenaza sobre la cancelación de la
tarjeta de la biblioteca—. No solo me has dejado un montón de dobleces en los libros
sino que también me los has llenado de subrayados. Y te has llevado los libros nuevos
sin registrar. ¿Esto qué es? ¿Crees que por trabajar en la cafetería se te permite todo? No
Armando, no, estoy muy enfadada. Y no creas que no voy a pasar queja en la próxima
junta. Podrían hasta quitarte tu carné de biblioteca.

Colgó sin decir nada más. Después miró la bola de papel amarillo en el cubo de la
basura. La maldita frase tenía razón. Encontrarse los libros al día siguiente, nada más
iniciar su turno, le estropearía la digestión del almuerzo y la jornada entera. El día de
hoy ya estaba estropeado de todas maneras, así que lo más inteligente que podía hacer
era intentar salvar el de mañana.

Sacudió en el aire Los pilares de la Tierra —lomo hacia el techo, las hojas hacia la
mesa— para que cayeran los últimos restos de goma, y los amontonó usando la mano
como cepillo. Con el borrador en ristre, abrió Los hombres que no amaban a las mujeres por
la primera página. No encontró ninguna marca de lápiz hasta la número 133. En esa,
como si Armando hubiera sufrido un repentino ataque de interés o de la enfermedad de
Parkinson, decenas de pequeños subrayados moteaban el espacio entre los renglones
escritos. Rosario borró la hoja hasta dejarla como nueva. Avanzó hasta la página 297.
Contra esta había arreciado también una tormenta de subrayados diminutos, que casi
parecían puntos.

—Me vas a tener que explicar esto —susurró mientras usaba la goma—. Vaya que
si me lo vas a explicar.

En la siguiente hoja marcada, la 380, tan solo había cuatro líneas a lápiz,
resaltando sendas sílabas. Al ser menor en número, la vista apresurada de Rosario
procesó los subrayados de manera diferente, uniéndolos entre sí y separándolos del
resto de caracteres:

… a…

… sus…

… ta…

… da.

Las cuatro sílabas formaron una palabra que flotó sobre el mar de color gris en
que se convirtieron el resto de caracteres desenfocados.

Asustada.
Rosario entornó los ojos al tiempo que su garganta emitía un corto gemido de
sorpresa. La goma se quedó detenida en el aire. Avanzó por el libro hasta dar con la
siguiente página marcada. La 408. En esta ocasión volvían a ser apenas puntos debajo
de un montón de letras. Rosario trató de leer: una m, una e, una t, una i… Los ojos se le
perdieron entre las letras impresas y las marcas de lápiz. Cogió un bloc de notas de su
cajón. También un bolígrafo estampado con el nombre y la dirección de la universidad a
la que pertenecía la biblioteca. En una de las hojas cuadriculadas apuntó, una detrás de
otra y sin espacios, las letras que aparecían marcadas: metieneencerradaensucasa. No le
resultó difícil separar las palabras.

Me tiene encerrada en su casa.

Esta vez la garganta de Rosario se contrajo sin producir sonido alguno. Su mano
izquierda trabajó por sí sola pasando hacia atrás las páginas de la novela de Stieg
Larsson, hasta encontrar la primera sobre la que había utilizado la goma. Buscaba un
mensaje anterior, pero Rosario había llevado a cabo la labor de borrado con tanto
esmero que le fue imposible reconocer dónde habían estado los puntos. Lo que observó
fue que en la esquina superior derecha de esa misma página aún se adivinaba el débil
pliegue diagonal de una marca de posición de lectura. Uno de los pliegues que ella
misma había desdoblado hacía un rato mientras Armando escapaba a la estantería de
novela.

—Un momento…

Rosario regresó a la página 380. Asustada. Palpó la esquina exterior y también


aquí encontró la huella de un pliegue recién desdoblado. Igual que en la 408. Apartó a
Stieg Larsson y recuperó Los pilares de la Tierra. Buscó entre las hojas algún resto de
goma. Encontró una viruta rosada que le sirvió para confirmar que esa página había
tenido marcas de lápiz y, como esperaba, también una esquina doblada. Rosario miró a
los libros que faltaban por borrar. Estaba segura de que si no hubiera desdoblado las
esquinas de todos ellos podría haber encontrado directamente las páginas subrayadas.

—Armando, ¿de qué va esto?

Usó dos de los post-it de su compañera para señalar las hojas con mensaje en Los
hombres que no amaban a las mujeres. En ellos escribió el contenido de cada página.

—Asustada —leyó en voz alta mientras apuntaba—. Me tiene encerrada en su


casa.
A Rosario le sorprendió el tono alarmado que oyó en su propia voz, la cual
reverberó en la biblioteca vacía. La estancia de repente le pareció más oscura. Más fría.
Los cristales, empañados como al final de cada jornada en invierno, desdibujaban el
exterior convirtiéndolo en una portada de novela de espías: puntos de luz entre la
niebla. Rosario se abrochó la chaqueta para combatir el escalofrío repentino. Encendió
las tres hileras de fluorescentes que había apagado para echar al estudiante rezagado.
La luz consiguió que se sintiera más segura. Cogió ahora la novela de Noah Gordon.
Dejó la goma a un lado del escritorio. Esta vez no iba a usarla. De su cajón sacó un
pequeño bloc de notas.

En la página 117 halló los primeros subrayados. Y el pliegue fantasma en la


esquina superior. El bolígrafo escribió en la hoja cuadriculada del cuadernillo:
necesitoayuda. Página 246: armandoangulo. Página 299: metienesecuestrada. Página 387:
ensucasadenavacerrada. Página 533: soysoniasegura.

Rosario se recolocó en la silla antes de discernir la frase completa escondida en el


libro: Necesito ayuda. Armando Angulo me tiene secuestrada en su casa de Navacerrada. Soy
Sonia Segura.

Sus ojos se dirigieron solos a la pantalla del ordenador. El resto de la cabeza ni


siquiera se movió. La ficha del camarero seguía abierta, el cursor parpadeando junto a
su número de teléfono. La bibliotecaria se fijó en el nombre completo que encabezaba el
registro: Armando Angulo. A Rosario se le escapó un grito. Su silla rodó hacia atrás. Se
llevó las manos al pecho. Ni rozando la edad de jubilación había tenido problemas con
su tensión arterial, pero ahora sintió la presión de la sangre palpitando en sus venas.
Impulsó la silla hacia delante, con pies temerosos.

Se esforzó por pensar que todo esto era una broma del camarero. O los acrósticos
escondidos de algún juego que habría organizado en su casa, una tarde de domingo. Un
Scrabble casero que habría jugado contra su novia, una amiga, una compañera de piso.
Entonces recordó que Armando acababa de llevarse Crepúsculo y Cincuenta sombras de
Grey. Y que cuando la bibliotecaria se había sorprendido, él había reconocido, a pesar de
todo, que las novelas eran para él. “Me gusta estar a la última”, había dicho. Pero ella
sabía que los hombres como Armando no leían esas novelas.

—Estos libros son para ella —susurró Rosario—. Los coges para Sonia Segura —
con una mano temblorosa, empezando a entender las implicaciones de lo que estaba
descubriendo, la bibliotecaria rodeó con un círculo de tinta el nombre de aquella mujer
—. ¿Y quién eres tú, muchacha?
La bibliotecaria se colocó delante del ordenador. Había visto a sus compañeras,
sus hijos y hasta a sus nietos buscarlo todo en Internet. Escribir un nombre en algún
lado y ver fotos de cualquier persona. Saber de qué color eran los edredones de la
habitación de un hotel concreto en Nueva Zelanda. Pero ella nunca le había prestado
interés a todo eso. Bastante le había costado ya aprenderse el sistema de archivo digital
de los volúmenes de la biblioteca como para aprenderse también el Google ese. Aún
hoy, cada vez que el ordenador se quedaba colgado, Rosario dirigía unos ojos muy
abiertos, cargados de razón, a quien anduviera cerca y soltaba: “Eso, con las tarjetas de
toda la vida, no pasaba”. Presionó en el teclado el botón marcado como ESC. Eso sabía
hacerlo. Lo repetía todas las noches para salir del programa de archivo. Después, movía
el ratón hasta que la flecha se colocaba sobre Inicio, hacía clic, movía el cursor hasta
Apagar ordenador, volvía a hacer clic, y la jornada había terminado. Pero ahora
necesitaba abrir Internet. Al cerrarse la ventana de la base de datos, aparecieron un
montón de iconos sobre un fondo de color verde. Rosario se quitó las gafas. Pegó la
nariz a la pantalla. El deslumbramiento le provocó un dolor de cabeza instantáneo.

—Mi PC —leyó con esfuerzo—. Papelera de reciclaje… Microsoft Word…


Outlook Express… Internet Explorer… Este es.

Rosario colocó el cursor sobre el icono en forma de «e». Su dedo tembloroso


presionó el botón del ratón más veces de las dos necesarias. Aunque esperaba encontrar
el logotipo de Google y la barra donde había visto a su nieta mayor escribir el nombre
de la cantante de pelo corto que sacaba mucho la lengua, el navegador se abrió en la
página oficial de la universidad.

—¿Y ahora? —preguntó a la pantalla.

Estuvo bloqueada unos segundos, atrapada en esa pantalla institucional que


mostraba una foto aérea de todo el campus y anunciaba nuevos másteres en Derecho
Laboral. Entonces dio con la barra de direcciones. Probó a escribir Google. Presionó
Enter. Contuvo la respiración hasta que aparecieron grandes letras rojas, amarillas,
azules y verdes. El logotipo del buscador se reflejó por duplicado en los cristales de sus
gafas.

Ojeó el cuaderno para confirmar el nombre que debía buscar. Crujió sus nudillos
antes de teclear.

Sonia Segura.

Una fila de cinco imágenes encabezó los resultados. Tres de esas fotos eran la
misma: el cartel de búsqueda de una joven desaparecida. Rosario recordó la imagen de
esa chica morena, su cinta floreada en el pelo. La había visto anteriormente en prensa y
televisión. El primer artículo que mostraba Google tenía fecha del año pasado. Un
titular de El País rezaba: Cinco años sin Sonia Segura.

La bibliotecaria se llevó las manos a la boca para acallar el grito que no llegó a
proferir. Su respiración se aceleró. Inhalaciones y exhalaciones se sucedieron sin pausa
en una frenética hiperventilación. El exceso de oxígeno comenzó a marearla. Se tapó
nariz y boca formando una mascarilla con los dedos. Cerró los ojos para dejar de mirar
las fotos de Sonia, sus apuntes en el cuaderno, el mensaje escondido.

Armando tenía a esa muchacha.

El camarero amable que se preocupaba por prepararle el café como a ella le


gustaba era en realidad un secuestrador. Y tenía encerrada en su casa de la montaña a la
muchacha de la cinta floreada en el pelo, la que protagonizó los informativos hacía
tanto tiempo. La bibliotecaria recordó el desgarrador testimonio que dio su madre en
un programa de televisión, ofreciendo todos sus ahorros y los de su familia a quien
pudiera dar una sola pista sobre el paradero de su hija.

Rosario necesitó dos minutos enteros para controlar su respiración. El corazón


dejó de latirle en el cuello. Aún sin abrir los ojos, se obligó a calmarse, a pensar con
serenidad en cómo descolgaría el teléfono y llamaría al 112. Cómo les contaría a la
policía lo que había encontrado. En realidad todo esto podía ser aún una broma de mal
gusto o tener alguna otra explicación.

Rosario completó tres hondas respiraciones seguidas.

Encontró paz al saber que iba a hacer lo correcto.

Aún no había abierto los ojos cuando sonaron las campanillas sobre la puerta.
Una corriente de aire frío la envolvió.

—Creí que se iba a ir enseguida —oyó decir a Armando—. Con toda la prisa que
me metió antes. Pero ha pasado más de media hora y ni siquiera se ha levantado a
cerrar la puerta.

La bibliotecaria contuvo la respiración. Abrió los ojos. El camarero la observaba


desde la entrada, la muñeca aún levantada como si acabara de mirar su reloj. Sin
retirarle la mirada, Rosario echó mano del ratón.
—Tenía que archivar los libros que devolviste… Y algunos otros —improvisó—.
Ya se me había hecho tarde así que…, que decidí quedarme. ¿Y tú? —se atrevió a
preguntar, esforzándose en un impostar un tono despreocupado—. Te carcomía la
conciencia por haberte llevado los libros sin registrar, ¿no? Si es que ya sabía yo que eras
un chico estupendo. Que sale a buscarme la sacarina a las mesas si hace falta.

Las palabras salían por su boca incapaz de filtrarlas. Armando dio un paso hacia
el mostrador. Fue el movimiento silencioso y estratégico de un gato.

—Pero no te preocupes, Armando —continuó Rosario—. Ya el próximo día


cuando me los devuelvas, más tranquilamente, ajustamos las fichas. Bueno, ojalá
tuviéramos fichas como las de antes. De cartón, que podías cogerlas, tocarlas y saber
realmente qué libros estaban aquí y cuáles no.

El camarero prosiguió su avance.

—Ahora ya sabes que es todo mucho más tecnológico. Pero bueno, a ti no te


afecta tampoco, ya me tocará a mí pelearme para meter los datos en este aparato del
infierno.

Al mencionar el ordenador, Rosario aprovechó para desviar la mirada y centrar


su atención en la pantalla. Movió el cursor a toda prisa. Lo colocó sobre la X que
cerraría el navegador de internet. El felino frente a ella dio un paso más. Rosario hizo
clic. Los resultados de búsqueda desaparecieron de la pantalla. El rostro de Sonia
Segura, reflejado en las gafas de la bibliotecaria, se desvaneció un instante antes de que
Armando llegara al mostrador. Lo único que vio en las lentes de la bibliotecaria fue el
brillo verdoso del fondo de escritorio.

—Así que ya te digo, que si venías por eso, tranquilo. Yo creo que también voy a
dejar lo que estaba haciendo, que bastante me he alargado ya esta noche. Madre mía,
casi medianoche. Y a mí estas horas extra ya te digo que no me las paga nadie.

Armando permaneció callado, esperando que Rosario dejara de hablar.

Cuando lo hizo, sacó del bolsillo interior de la chaqueta su teléfono móvil.

Rosario desvió la mirada.

—En el mensaje de móvil que me ha dejado parecía usted mucho más enfadada
—dijo el camarero—. ¿Qué es lo que ha cambiado?
A la bibliotecaria se le detuvo el parpadeo. Había olvidado la llamada al buzón
de voz.

—¿Y qué decía de unas marcas? —continuó él—. ¿De unos subrayados en las
páginas?

Protegida por el mostrador, Rosario cerró uno de los libros que aún no había
borrado.

—Nada. Tonterías. Ni siquiera has sido tú. Mis compañeras son mucho más
despistadas que yo y no revisan los libros cuando los devuelven los estudiantes. Uno de
los libros que devolviste lo había subrayado algún alumno —Rosario cogió el ejemplar
borrado de Los pilares de la Tierra y se lo entregó a Armando fingiendo total
despreocupación—. Ya sabrás lo bien que se documenta ese Ken Follet. Este libro es
como un libro de texto para los alumnos de Historia.

La bibliotecaria dejó que Armando abriera el tomo. Que investigara las páginas.
Sobre su camisa blanca manchada de tomate y café cayeron algunas virutas de goma de
borrar.

—Eso es lo que estaba haciendo precisamente —Rosario señaló los restos rosados
— borrar los apuntes de ese muchacho. Perdona que te llamara a ti, pero al ser tú el
último… Así soy, le echo las culpas al primero que se me cruza por delante. Pero luego
miré el registro de préstamos y vi el nombre de ese chico —empezaba a creerse su
propia mentira—. Lo conozco, sé que estudia Historia, así que por eso até cabos.

Sobre el mostrador, Rosario vio el ejemplar de Stieg Larsson del que sobresalían
los post-it en los que había resuelto algunos de los acrósticos. Asustada. Me tiene
encerrada en su casa. Armando rozaba ese libro con el codo, las notas adhesivas
curvándose bajo el cuero de su manga.

—Habrá sido ese estudiante, seguro. Ya le echaré la bronca. A él y a mis


compañeras. De verdad, cómo son, no hay quien las aguante. Mira, tengo una que se
pasa todo los domingos llenando esto de frases motivacionales.

Despegó No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy y se la mostró a Armando. Él
miró el adhesivo de reojo mientras seguía investigando el libro de Ken Follet.
Enseguida, como en un arranque de hartazgo, Rosario despegó varias notas, incluyendo
las que sobresalían del libro junto al brazo del camarero.

—Me lo llena todo de estas notitas —arrugó los papeles amarillos en una mano y
guardó la bola en un bolsillo—. Y estos otros libros, a su sitio.

Cogió las novelas que aún no había borrado y se fue con ellas hacia las estanterías
de la biblioteca, como si las devolviera a su lugar en un fin de jornada cotidiano. Giró a
la izquierda en el quinto pasillo: suficientemente lejos para separarse de Armando pero
también lo suficientemente cerca para que su marcha no pareciera una huida. En cuanto
se sintió protegida, escondida, por la pared llena de volúmenes, dejó escapar una honda
respiración. Se agarró a un estante, encorvada como si fuese a vomitar. Una mano saltó
al lumbago, ofreciendo el calor que lo mitigaba. Sintió también un pinchazo en la tripa,
el flato correspondiente a la carrera de mentiras que acababa de librar.

Un grito de Armando llegó desde el mostrador.

—¿Entonces no me va a quitar el carné de la biblioteca?

Rosario tomó aire.

—¿Y quién me conseguiría la sacarina si lo hiciera?

La bibliotecaria oyó sonreír al camarero. Apiló los libros en el suelo. Esperó un


tiempo prudencial, deseando que sonaran las campanillas sobre la puerta, despidiendo
a Armando.

—Venga, pues si ya se va, la espero —gritó él—. Que es muy tarde para dejarla
aquí sola. ¿Tiene coche?

—Sí tengo, sí. No hará falta —movió varios libros de la estantería para sonar
ocupada—. Puedes irte tranquilo.

—Nada, nada. Ya he dicho que la espero y la voy a esperar.

Rosario se giró, la espalda apoyada en la estantería. Miró a ambos lados, al techo,


al suelo, buscando escapatorias donde no las había.

—Y dígale a ese alumno, de mi parte, que tenga más cuidado con lo que subraya
—continuó Armando—. Que luego nos caen las broncas a los demás.

—Descuida —dijo ella—. Te puedo asegurar que nadie se ríe de esta bibliotecaria.
Y mucho menos ese chico.

Rosario tomó aire, armándose de valor para salir de su refugio. De regreso al


mostrador, disimuló el temblor de sus piernas sacudiéndose de la falda restos de goma
imaginarios, justificando con los manotazos contra sus muslos el avance errático de sus
pasos.

—Cojo mi bolso —dijo ya junto a su silla—, y nos vamos.

Apagó el ordenador, la lámpara del escritorio. Sus dedos se posaron, dudosos,


sobre el interruptor que apagaría los últimos fluorescentes. ¿De verdad iba a quedarse a
oscuras con Armando? Durante las centésimas de segundo que duró la duda, Rosario se
convenció de que actuar con normalidad era la única opción. Solo un minuto más.
Hasta salir de la biblioteca. Hasta despedir al camarero como si de verdad no pasara
nada y marcar desde el coche el número de emergencias.

Presionó el interruptor.

Se hizo la oscuridad y la estancia quedó teñida por el brillo anaranjado de las


farolas en el exterior. A través del vaho que cubría los cristales, quedaron convertidas en
cuerpos luminosos desenfocados, como grandes ovnis que aterrizaran entre la niebla.

Armando esperó a que Rosario saliera del mostrador. A que se colocara junto a él.
Los rostros de ambos no eran más que relieves sombríos.

—¿Nos vamos? —preguntó ella.

Las correas del bolso rechinaron entre sus manos al estrujarlas con impaciencia.

—Lo único que no entiendo es esto —dijo Armando. Sacó su móvil de la chaqueta
y lo activó para que la pantalla iluminara el ejemplar. Abrió la cubierta. Del interior sacó
la tarjeta con los nombres y las firmas de quienes había tomado el libro prestado. Señaló
a Rosario el nombre apuntado justo delante del suyo—. Ese alumno de historia al que
tan bien conoce se llama… ¿Elena González?

Rosario se apoyó en el mostrador para mantener el equilibrio. Sentía las


articulaciones tan blandas que las rodillas podían doblársele hacia atrás en cualquier
momento.

—Me refería al anterior —logró decir.

El dedo de Armando fue subiendo por la lista.

—Alicia de la Torre, María García, María José González, Ruth del Canto —leyó
hasta el último nombre—: Mónica Andújar.

Rosario maldijo la estadística que convertía a las mujeres en principales lectoras.

—Bueno, yo me refería a Ruth —señaló ese nombre. El miedo espesaba sus


pensamientos. Ni siquiera sabía si tenía sentido seguir mintiendo—. Hoy en día una ya
no sabe si son chicas o chicos. Con esos pelos cortos, esos pendientes en la nariz y esa
ropa negra —oía su propia voz distorsionada, como a cámara lenta—. En mi época las
mujeres éramos coquetas. No nos disfrazábamos de hombre. Por eso siempre me
confundo con ella. Él, ella. Ella, él.

Armando expulsó aire por la nariz en una sonrisa incrédula.

—¿Y esto? ¿También me puede explicar esto?

El cuero de su chaqueta crujió mientras se movía. Mostró algo en el aire,


sujetándolo junto a su cara, entre las sombras. Solo cuando Armando dirigió la pantalla
del móvil hacia lo que sostenía, pudo Rosario ver lo que era.

El bloc de notas.

Abierto por la hoja donde había apuntado los mensajes de Sonia Segura.

Necesito ayuda. Armando Angulo me tiene secuestrada en su casa de Navacerrada. Soy


Sonia Segura.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó—. ¿Qué me está obligando usted a hacer?

—Por favor…

—Si es que esto me pasa por bueno. Por concederle a esa chica el capricho de
querer leer. Sabía que me la acabaría jugando.

Armando arrancó la hoja del cuaderno. El papel se separó de las anillas con un
sonido de cremallera. Lo rompió en varias mitades. Conservó los pedazos en el bolsillo
delantero de su chaqueta.

—¿Qué hacemos ahora? —repitió.

—He llamado a la policía —mintió Rosario.


Otro bufido incrédulo.

—¿Y aun así tiene tanto miedo?

Se miraron como pistoleros en un duelo, sus rostros iluminados débilmente por


la luz azulada del móvil. Rosario entrecerró los ojos, endureciendo la mirada. Armando
se humedeció los labios. Un músculo de su cuello se tensó con un crujido.

La pantalla del teléfono se apagó al entrar en estado de reposo.

Las manos de Rosario atacaron por sorpresa, dos payasos emergiendo de una caja
de juguete con manivela. El impacto apenas logró que Armando sacudiera los hombros.

—Lo reconozco, esta pelea no es nada justa —dijo el camarero.

Tiró de las correas del bolso de Rosario hacia él, haciéndola girar al mismo
tiempo. Un siniestro paso de baile. La espalda de ella impactó contra su tripa. Él la
rodeó con un brazo, formando a la altura de sus codos un cinturón que la inmovilizó.
Rosario sintió el calor masculino acumulado bajo la chaqueta. Olió el aceite de freír
impregnado en la camisa, el pelo y la piel de Armando. Sintió su boca húmeda en el
cuello, revoloteando junto a su oreja como una polilla caliente.

—Le voy a llevar al mismo sitio que a Sonia —susurró aquel insecto—. Y ya
pensaremos allí cómo solucionar este lío en el que nos ha metido esa chica a todos.

El lumbago de Rosario estalló en la parte baja de su espalda al levantar las


piernas. Apoyó los pies contra el mostrador. Empujó hasta desplazar el mueble,
cerrando los ojos, mordiéndose el labio inferior, resistiendo la estaca de dolor que se
hundió en sus lumbares y se extendió al resto del cuerpo. La hebilla del cinturón de
Armando se le clavó en la rabadilla. El camarero perdió el equilibrio ante la repentina
sacudida. Cayeron al suelo de la biblioteca, ella sobre él. Piel sudorosa rechinó contra la
superficie pulida, la de las palmas de cuatro manos tratando de levantarse. Armando
intentó atrapar uno de los tobillos de Rosario, que no eran dos sino diez, multiplicados
por lo frenético de sus sacudidas. En el intento, el tacón de uno de los zapatos de ella le
aplastó el ojo derecho. El otro impactó contra su nariz. Líquido caliente inundó sus
fosas nasales.

Las piernas de la bibliotecaria se escabulleron.

Armando se incorporó. Extendió los brazos a ambos lados para mantener el


equilibrio. Vislumbró a Rosario frente a él, una sombra derrotada. De rodillas en el
suelo, trataba de escalar el mostrador de recepción. Con la movilidad reducida por el
dolor de espalda, sus manos no alcanzaron el filo de la estructura. Las uñas arañaron el
mueble. Cayó al suelo como una rata que intenta trepar las paredes de cristal de un
terrario.

Armando sonrió. El aire burbujeó en su nariz. Se la secó con la manga de la


chaqueta, la sangre resbaló por los pliegues del cuero.

—¿A dónde pretende ir? —preguntó, manteniendo aún el trato de usted.

Dio un paso adelante.

Bajo sus pies el suelo se movía como el de un barco.

Rosario enganchó dos dedos en lo alto del mostrador. El esfuerzo de auparse se le


escapó por la boca en un gemido de sufrimiento.

—Pobre —dijo Armando a sus espaldas—. ¿Qué cree que podría hacerme?

El camarero trastabilló hacia delante. Se rio de su propio mareo, como un


adolescente borracho. Rosario apoyó los codos en el mostrador. Se puso de pie, de
espaldas a Armando.

—¿De verdad quiere seguir peleando? —la voz sonó muy cerca—. No puede
hacerme nada.

Forzó una carcajada que salpicó a Rosario. Podía ser saliva de su garganta o
sangre de su nariz herida. Notó las gotas filtrarse a través de sus canas hasta el cuero
cabelludo. Esperó a que él diera el paso definitivo que lo colocó justo detrás de ella.

Las manos de Rosario se aferraron a Los Pilares de la Tierra.

A sus tapas duras.

Pensó en su sobrina viajando sola en el metro.

Armando le dio dos toques en el hombro.

—Disculpe señora, ¿se va a defender con su bastón?

Rosario rotó el libro sobre el mostrador para que la esquina del lomo quedara
hacia fuera.

—No —se giró aprovechando la última energía de sus músculos—. Con Ken
Follet.

La punta del libro alcanzó a Armando en la sien.

Lo noqueó de inmediato.

Cayó al suelo bocarriba.

Permaneció en silencio, aturdido, hasta que la sangre de su nariz le encharcó la


garganta. Una convulsión lo hizo toser. Rosario sintió las salpicaduras en las manos.
Colocó los pies junto a la cabeza de Armando. Extendió los brazos todo lo que pudo, el
libro en lo alto. Solo tenía que dejarlo caer para romperle el cráneo allí mismo. Imaginó
a sus nietos pidiéndole que no lo hiciera. Al bajar el libro notó el trabajo muscular de los
hombros.

Después corrió al escritorio. Encontró a tientas el teléfono. Marcó el número de


emergencias, explicó la situación y dio la dirección de la biblioteca.

—Es… tás muer… ta —balbuceó el cuerpo en el suelo, oculto tras el mostrador.

Ella encendió los fluorescentes.

Vio al camarero en posición fetal, tosiendo sangre contra el suelo. Trataba de


incorporarse. Logró colocarse en posición de gateo. Las extremidades le temblaban
como a un cordero recién nacido, pero podía llegar a levantarse. Por ello, Rosario
regresó junto al animal renqueante, con el libro en las manos. Levantó el ejemplar por
encima de su cabeza y lo dejó caer con todas su fuerzas contra la espalda de Armando.
El secuestrador de Sonia Segura se derrumbó bajo el peso de Los Pilares de la Tierra.

A lo lejos, Rosario oyó la sirena de una ambulancia.

FIN
En la noche del primer contacto entre civilizaciones interplanetarias, dos familias
asisten, frente al televisor, a la retransmisión del evento. Los padres, las madres y los
niños ondean la pequeña bandera plateada que se ha convertido en símbolo universal
de la pacífica bienvenida. Lo que acabará apareciendo en la pantalla es mucho más
sorprendente de lo que ellos esperaban.
Paul Pen

Trece historias.
Una bandera plateada
Trece historias - 7
Nota del autor
Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos
con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
Una bandera plateada
Noemí llamó al timbre. Se limpió las suelas en el felpudo. El olor del jalapeño
sobre los nachos atravesó el papel de aluminio con el que cubría la fuente. A su espalda,
un coche rojo emitió varios bocinazos de celebración. Ella saludó al vecino que lo
conducía sin saber quién era. Un niño de sonrisa desdentada se asomó por la ventanilla
trasera y ondeó la pequeña bandera plateada que habían repartido en el desfile de por
la mañana. Había restos de confeti en las aceras, los porches, sobre los buzones. El coche
avanzó por una calle flanqueada por chalets en dos tipos de situaciones: los de la gente
que se había desplazado a otras casas para vivir el evento en compañía, y los de quienes
recibían a esa gente. Los primeros estaban completamente a oscuras. En los segundos, la
luz se desbordaba por las ventanas, incluso por las de las buhardillas. Los coches se
agolpaban junto a la acera, en los caminos de sus garajes o sobre el césped de sus
jardines delanteros. Los salones bullían con el ajetreo de familias enteras que se
peleaban por el mejor sitio frente a la tele o de grupos de amigos que bebían cócteles
adornados con la banderita plateada que se había adoptado como símbolo universal de
la pacífica bienvenida. Las puertas de entrada se abrían constantemente para recibir a
algún nuevo invitado entre gritos, abrazos y besos en las mejillas. El coche rojo aparcó
frente a uno de esos chalets, sumándose a otra decena que ya atestaba la entrada. De él
salieron una pareja y el niño de la bandera, corrieron a la puerta y tocaron el timbre sin
descanso.

Noemí volvió a llamar. La puerta frente a ella se abrió por fin. Sandra se llevó las
manos a la cara, muda de excitación.

—Júrame que esto está pasando de verdad —dijo Noemí.

—Está pasando —confirmó su amiga.

—Han cerrado hasta las gasolineras. Creía que no llegaba. ¿Cuánto falta?

—Diecisiete minutos.

Las dos gritaron de emoción, al unísono y dando saltitos.

—No os veía hacer eso desde el instituto —dijo una voz en el pasillo. Era
Gustavo, el marido de Sandra, que traía seis cervezas de la cocina—. ¿Tú habías visto a
tu mujer gritar como una colegiala últimamente?

Desde dentro del salón, Julián respondió que no.


—Pues nosotras lo hemos seguido haciendo. Lo hemos hecho con veinte años,
con treinta y con cuarenta —aclaró Noemí.

—Y lo haremos también con cincuenta.

Confirmaron la amenaza con más saltitos, mientras la dueña de la casa intentaba


abrazar a Noemí sin tirar la fuente de nachos. Era verdad que de la misma forma habían
celebrado grandes momentos en su larga amistad: la vez que ambas superaron la nota
de corte para poder estudiar física en la misma universidad; la vez que ambas
consiguieron plaza en la especialidad de astrofísica; e incluso la vez que cada una
adoptó un gatito de la misma camada y los bautizaron con nombres de galaxias,
Andrómeda I y Andrómeda III, respetando con dicha numeración el orden en el que
habían nacido.

—¿Está todo el mundo ya? —preguntó Noemí.

Sandra repitió la pregunta gritándola al pasillo, hacia la puerta que daba acceso al
salón:

—¿Estáis todos ya?

Un coro de voces contestó que sí, abarcando un amplio registro de tonos. La voz
más grave era la don Tomás, el padre de Sandra. Dos octavas por encima estaba la más
aguda, la de Anita, hija pequeña de Noemí. Entre medias armaban barullo las voces de
Julián y Gustavo (que sorbían las latas que acababa de traer el segundo), la de César, el
hijo adolescente de Sandra, y la de Nicolás, el hermano no mucho mayor de Anita. Los
dos niños salieron al trote para recibir a mamá.

—Cuidado, cuidado —Noemí alzó la fuente evitando que los niños la golpearan
con la cabeza.

—Trae —Sandra cogió los nachos y se los llevó al salón. El aperitivo fue recibido
con una interjección de alegría, de nuevo coral.

Agachada, Noemí recibió el achuchón de sus hijos.

—¿Y estas antenas?

Sobre las cabezas de los niños se balanceaban dos pelotas de ping-pong, pegadas
a sendos muelles y a una diadema. Noemí apretó los extremos de cada par de antenas.
La témpera verde aún no se había secado del todo.
—¡Las hemos hecho en el cole! Para el desfile por el pueblo.

—Jo, qué rabia habérmelo perdido. ¿Me perdonáis por no haber estado?

—Claro que sí, mamá. Tú tenías que trabajar. Para que estuviera todo preparado.
La tía Sandra y tú vais a hacer historia.

—No, mi vida. Solo somos dos piezas más en un equipo que lleva cien años
trabajando en esto. Ni siquiera vamos a estar ahí en el momento clave.

Sandra apareció en el pasillo.

—Pero lo hemos hecho posible igual que esos hombres que se colgarán la
medallita —dijo—. Ahora, que te digo una cosa, que yo doy gracias de que no nos
tocara estar allí. Esto hay que vivirlo en casa, con la familia. Y con niñas tan monas
como tu hija que me llama tía y me hace sentir especial. Prefiero mil veces esto a verlo
en el centro de mando con el montón de frikis que tenemos por compañeros.

—Frikis ellos y friki tú. Te recuerdo que tu gata se llama Andrómeda III.

—Pero eso es porque soy astrofísica, no friki.

—¡Eres friki! —gritó la niña a Sandra.

Ella señaló a su sobrina de hecho:

—Y tú tienes antenas.

Anita se rio y agitó la cabeza para que los muelles bailaran. Su hermano la imitó.
Sandra retomó su camino a la cocina.

—También hemos hecho de estas —Nicolás sacó una banderita plateada del
único bolsillo delantero de su jersey.

—Hemos hecho para todos —añadió Anita—. Ven, mira.

La niña tiró de su madre, guiándola al salón. Allí la recibieron todos, ondeando


una banderola cada uno. Don Tomás lo hacía con la mano apoyada en la rodilla, sin
levantarla, el gesto abatido de quien ha vivido lo suficiente para saber que al final de
cualquier celebración la vida vuelve a ser la de antes. Gustavo y Julián sacudían la
bandera hacia el televisor, como si animaran a su equipo de fútbol. César la ondeó con
ganas unos segundos pero se aburrió enseguida, como se aburren de todo los
adolescentes. Anita cogió de la mesa una banderita y aprovechó para hacerse con un
triángulo de sándwich de jamón y queso.

—Esta es la tuya —se la ofreció a su madre mientras masticaba.

Noemí palpó la pajita, el celo y el papel de aluminio que habían usado para
confeccionarla.

—Os ha quedado muy bien —la ondeó con ganas para demostrarlo.

—Mira, mira, ahí está la grande, la de verdad.

La exaltación en la voz de Gustavo alertó a Sandra en la cocina, que regresó al


salón haciendo sonar los tacones como un caballo de carreras llegando a la meta.

—¿Es ya? —preguntó, secándose las manos en la falda. Comprobó la hora en el


reloj de pared—. Pero si faltan once minutos.

—Ya, pero mirad, ahí está la bandera grande —aclaró Julián—. Es impresionante.

Todos los ojos se dirigieron a la pantalla. Un plano aéreo ofrecía una imponente
visión del centro de la ciudad: sus anchas calles parecían las arterias del corazón gigante
que era la plaza, por la que circulaban miles de personas como un potente torrente
sanguíneo. El latido de esa plaza representaba el de toda la ciudad, el de todo el país y
el de todo el planeta, que dirigía su atención, como lo hacían los ocho pares de ojos del
salón, hacia el lugar en el que iba a producirse el evento histórico. Clavada en mitad de
la plaza, como una flecha lanzada a ese gran corazón, se erguía la bandera plateada a la
que se refería Julián. Una corriente de aire originó una ola de seda brillante que nació en
el mástil y rompió en el otro extremo del estandarte, recorriendo los más de sesenta
metros del ancho de la bandera. Un destello surfeó la cresta de la ola textil durante todo
el recorrido. Tan extensa era la superficie de tela que el movimiento pareció ralentizado.
La cámara que sobrevolaba la plaza dio una vuelta completa en torno al símbolo y los
aplausos en las casas vecinas se oyeron en toda la calle.

—Es preciosa —susurró Noemí.

—¿Por qué es gris? —preguntó su hija.

—No es gris. Es plateada. Un color muy bonito para dar una bienvenida tan
importante, ¿no te parece?
—¿De qué color son ellos? —preguntó el niño. Señaló las antenas
manufacturadas que bailaban sobre su cabeza—. ¿Verdes?

—Claro que no. Ni tienen antenas.

—Bueno, eso no lo sabemos —intervino Julián desde el sofá.

—¡Tienen antenas! —los niños celebraron la posibilidad correteando por el salón.

Noemí se cruzó de brazos, reprobando el comentario de su marido.

—¿Qué? —dijo él—. ¿Acaso se ha visto alguna imagen?

—Sabes que no. Y sabes por qué no. Pero no hace falta que asustes a los críos
diciendo que van a ver a hombrecitos verdes con antenas.

—¿Asustarlos? —Julián señaló a los niños, que reían mirando el movimiento de


las pelotas de ping-pong—. Yo no los veo muy asustados.

—A mí me parece guay no saber cómo son —la voz aún cambiante de César llenó
de gallos el enunciado—. Así lo de hoy tiene más emoción. No tenemos ni idea de qué
va a aparecer por esa pantalla.

Señaló el televisor con la misma mano con la que sostenía varios nachos. Una
hebra de queso que se extendía hacia el suelo amenazó con romperse y manchar la
alfombra. La atrapó con la boca, como un pez picando el anzuelo. Dentro de la pantalla
doméstica y detrás de la gran bandera de seda, se erigía en la plaza otra enorme
pantalla. Mostraba una cuenta atrás a la que le quedaban menos de siete minutos.

—No se trata de que sea guay o no guay —Sandra moduló la palabra como si le
fuera ajena, como si el término adolescente ya no sonara bien en sus labios—, que esto
no es la presentación de un concursante de un reality show. Ha sido un compromiso por
las dos partes de no juzgar basándonos en la imagen. Llegar al momento del contacto
libres de prejuicios.

—¿Y si son horribles y tienen patas o nueve ojos? —preguntó Julián, alimentando
sus fantasías de obtener un desenlace propio de una historieta de ciencia ficción.

—Pensaba que el que estaba en la edad del pavo era mi hijo —dijo Sandra—, no
tú.
—¿Edad del pavo? —César abrió los ojos sorprendido—. ¿Yo?

—No les hemos visto, pero sabemos cómo son —explicó Sandra—. Cien años
intercambiando mensajes tenían que servir de algo, ¿no? Sabemos cosas más
importantes que los detalles sobre su aspecto, y a lo mejor resulta que no son tan
diferentes a nosotros. Sabemos que son sociales, inteligentes y capaces de amar.

—Pero entonces aún nos falta por saber lo más importante —Julián realizó un
silencio dramático, dotando de importancia a su siguiente pregunta—: ¿tienen equipos
de fútbol?

Gustavo y César aguantaron la risa. Noemí chasqueó la lengua para amonestar a


su marido.

—La mayoría de mensajes se han limitado a dar y recibir instrucciones para


permitir la conexión de hoy —Sandra siguió hablando sin responder a los chistes—.
¿Sabéis lo caro que es enviar un único carácter a más de veinticinco mil años luz?

La cabeza de Anita asomó de pronto tras el sofá.

—¿Tan caro como un poni?

—Como un millón de ponis —respondió Sandra.

Rieron todos excepto don Tomás.

—No, si desde luego, menudo derroche de dinero —dijo—. Como esa bandera.
¿Acaso tenía que ser de seda plateada? ¿No podía ser de trapo blanco? ¿O de tela de
saco?

Noemí se acercó al padre de su amiga. Tenía especial habilidad para tratar al


anciano. Por muy cascarrabias que se pusiera, ella sabía armarse de paciencia y
explicarle las cosas las veces que hiciera falta. El truco era sencillo: solo tenía que
recordar la paciencia que tuvo él cuando Sandra y ella eran niñas y se amarraban cada
una a una pierna para rogarle sin descanso que las llevara al planetario, petición a la
que el hombre acababa accediendo porque sabía que los padres de Noemí nunca la
hubieran llevado.

—Don Tomás, todas las agencias espaciales nos reunimos para elegir un color
único que no existiera en ninguna de nuestras banderas —explicó—. Esa bandera que
ve en la tele supone el inicio de un nuevo concepto de frontera. La no frontera.
Queríamos conseguir un símbolo tan neutral como espectacular.

—Pues a mí no me parece tan espectacular. Si se trataba de eso haber puesto


estrellas, o barras. O dos leones. Que te los pinta cualquiera en un santiamén. Pero usar
seda plateada, con lo cara que es —la mención del tejido le hizo recordar algo que había
leído por la mañana en el periódico—. Además, el gusano que produce esa seda está en
peligro de extinción. ¿Te parece normal cargarnos nuestro planeta para saludar a otro?

—Lo sé. La especie se llama Bombyx argentum. Siendo como somos, está claro que
una polilla cuyas larvas producen plata difícilmente iba a tener otro destino que no
fuera la extinción. Pero le informo para su tranquilidad de que esa bandera se ha
elaborado únicamente con orugas criadas en cautividad.

—Que no me cuentes milongas. La bandera es lo de menos. ¿Cuánto cuesta


enviar esos mensajes al quinto infierno, a no sé cuántos millones de años luz? ¿Para qué
queremos hablar con seres de otro planeta si ni siquiera nos entendemos entre los de
este?

—Don Tomás, el dinero invertido en esta operación cambia para siempre nuestra
concepción del universo y de nosotros mismos. De la ciencia y de la fe. Y posiblemente,
también, cambie el futuro de sus nietos. O de los nietos de sus nietos.

—¿Mañana tendré que hacer pis nada más levantarme por la mañana? —
preguntó el viejo.

Noemí asintió, confundida.

—Entonces mi concepción del mundo seguirá siendo la misma.

—Venga hombre, papá, piensa un poco más allá de ti mismo —terció Sandra.

—Hija, yo respeto mucho tu trabajo y el de tu amiga. Y me parece muy bonito


que nos vayan a saludar unos seres extraños desde no sé qué galaxia. Pero a mí no me
afecta en nada. Las manos se me van a seguir retorciendo por la artritis, no voy a volver
a ver nunca a tu madre y me seguirán quedando unos cinco años de vida.

Su hija le señaló a los niños con la barbilla, para que no dijera eso delante de ellos.

—¡Yo también tengo cinco años! —dijo Anita.

—A mí lo que me preocupa de verdad es que su intención no sea solo saludarnos


—intervino Julián—. A lo mejor nos dicen hola como si tal cosa pero luego nos matan a
todos con un arma para la que no tenemos defensa alguna.

Gustavo se tapó la boca para no escupir la cerveza.

—Es una conexión de vídeo —dijo Noemí—. No viene nadie. Nadie nos va a
matar.

—¿Estás segura de que su tecnología no les permite disparar rayos láser por los
ojos simplemente con aparecer en una pantalla? En esa plaza se pueden poner las botas,
mira cómo está de llena.

El televisor mostró varios planos de la gente que abarrotaba las calles: una niña
subida a los hombros de su padre, cuatro miembros de una misma familia con caretas
de enormes ojos negros diagonales, dos jóvenes con barba blandiendo pancartas en
contra de establecer contacto.

—Y a por esos van a ir los primeros.

César rio la gracia de su tío postizo y se llevó las manos a los ojos, moviendo los
dedos como si emitieran algún tipo de onda.

—Os vaaamos a desintegrar a tooodos —exageró aún más las inflexiones en la voz
que imponía su pubertad—. Os creíais que veníaaamos en son de paaaz, pero nooo.

Noemí cruzó los brazos a la altura del pecho. Los mantuvo en tensión, igual que
la mandíbula, esperando que el chico acabara el teatrillo.

—¿De verdad te parece mejor estar aquí, con esta panda, que habernos quedado
en el centro de mando? —le preguntó a Sandra—. Allí por lo menos la gente entiende lo
importante que es esto.

Julián pidió a Gustavo que le sujetara la lata de cerveza y se levantó del sofá para
atender el enfado de su esposa. Le pasó un brazo por encima de los hombros y habló
muy cerca de su cara.

—Mujer, estamos de broma. Claro que entiendo la importancia de esto. Y Gus


también. Y ese que no deja de comer. Hasta nuestros dos renacuajos que corretean por
ahí. Lo entendemos todos. Entendemos lo mucho que significa el contacto y también
sabemos lo mucho que habéis trabajado en ello. Vosotras dos sois las dos mujeres más
importantes para todos los hombres que estamos en este salón —dirigió una pregunta a
todos los presentes—. ¿A que sí?

Asintieron sin muchas ganas mirando para otro lado.

—¿A que sí? —insistió Julián, levantando la voz.

—Sí —contestaron todos al unísono.

—¿Y yo? —preguntó Anita, levantando la mano como si estuviera en clase—. ¿Yo
no soy importante?

—Tú todavía no eres una mujer. Pero cuando lo seas, serás la más importante.

La niña sonrió y le susurró a su hermano:

—¿Lo ves?

Julián continuó hablando al oído Noemí, que miraba al suelo.

—Estás nerviosa porque habéis dedicado muchas horas a este proyecto. Y te juro
que le estamos prestando la atención que merece. Si no, mira cómo está la calle. No hay
nadie fuera de casa. Está todo el mundo pegado a sus pantallas. Y es todo gracias a ti. Y
a Sandra. Pero no pasa nada porque nos divirtamos un poquito, ¿no?

César movió los dedos frente a sus ojos, emitiendo nuevas ondas aniquiladoras.
Julián le reprendió con la mirada.

—¿Eh? —preguntó a su mujer—. ¿Entiendes que somos tontos pero que somos
conscientes de ello?

Consiguió que Noemí sonriera.

—Es tan emocionante —susurró—. Pensad en el conocimiento que pueden


poseer. A lo mejor tienen curas para nuestras enfermedades. A lo mejor pueden curar tu
artritis, papá. Quizá ellos hayan averiguado cuál es el significado de la vida —sus ojos
brillaron de emoción—. Podemos estar a cuatro minutos de resolver grandes dudas
sobre nuestra existencia —Noemí levantó un brazo y se remangó la blusa—. Se me pone
la carne de gallina solo de pensarlo. A lo mejor, no sé, a lo mejor ellos han logrado
definir qué es Dios.

César carraspeó para interrumpirla.


—¿Y cómo sabes si creen en Dios? —dijo—. A lo mejor son bolas de humo
morado que se comunican por impulsos de electricidad estática. O medusas gigantes
que viven dentro de un acuario soñado por una piedra. ¿Quién te dice que no son seres
microscópicos que viven en una gota de agua? Si acaso tienen agua.

Noemí le dedicó un sonrisa.

—Pues ahí es donde te quería yo tener —respondió—. Muerto de la curiosidad.


Tus respuestas a esas preguntas son las que estamos a punto de averiguar en… —miró
la cuenta atrás en la pantalla de la plaza—. ¡En dos minutos!

—Corre, ven, vamos a la cocina a ponernos una copa de vino —intercedió Sandra
—. Que tenemos mucho que celebrar.

Cogió la mano de su amiga y desaparecieron por el pasillo. En el salón, Julián


pidió a sus hijos que se sentaran. Se colocaron en el sofá, uno a cada lado de papá.
Gustavo se levantó para dejar el sitio libre a Noemí. Él se sentó en los brazos de la
butaca que ocupaba su suegro. César movió su asiento para estar cerca de ellos. Cuando
Noemí y Sandra regresaron, se sentaron cada una junto a los suyos. Formaron dos
retratos familiares diferentes pero igual de perfectos, atentos todos a lo que ocurría en el
televisor.

—¿Y quién nos representa a nosotros? ¿Quién les va a hacer las preguntas? —
César se echó hacia delante para pescar otro montón de nachos—. ¿Qué miembro de
nuestra especie van a ver primero? Porque no somos todos iguales.

—¿Preguntas? —Noemí frunció el ceño.

—Vamos a hablar con ellos, ¿no?

—Es una conversación intergaláctica, hijo —dijo Sandra—. No es como hablar


por teléfono. Esta charla va a durar años. Hoy vamos a ver el vídeo de presentación que
ellos han preparado para nosotros. Y al mismo tiempo ellos estarán recibiendo el que
nosotros hemos preparado para ellos.

—¿Y hablamos el mismo idioma? —el joven escupió migas de maíz tostado al
hablar—. ¿Nos comunicamos igual?

—Hemos entrenado traductores a ambos lados.

—No jodas, qué flipe.


—¡Hijo! —Sandra le golpeó el hombro—. ¡Esa boca!

El cronómetro que ocupaba la gran pantalla levantada en la plaza empezó a


descontar el último minuto. Sandra cogió la mano de Noemí. Anita ondeó su bandera,
Nicolás la imitó. Los dos niños sacudieron la cabeza para mover las antenas. Julián
tomó aire y se recordó de pequeño en la cama, tapado con las sábanas, leyendo con una
linterna historias ilustradas de platillos volantes atacando el planeta. Entendió de
pronto, y de verdad, lo que estaba a punto de ocurrir: el vértigo de asomarse a un nueva
civilización, a un nuevo entendimiento de la vida, le hizo sentirse muy pequeño de
repente. Abrazó a sus hijos y besó el cuello de su mujer.

—Diez segundos —susurró Sandra.

La gente que llenaba la plaza coreó la cuenta atrás definitiva en el televisor.

Nueve.

Ocho.

Siete.

Seis.

Cinco.

Cuatro.

Tres.

Dos.

Uno.

Al llegar a cero, la pantalla se quedó en negro unos segundos.

Se iluminó de pronto con la imagen computerizada de una bandera plateada,


muy parecida a la que ondeaba en la plaza. El símbolo común de concordia y
bienvenida. Sandra y Noemí intercambiaron una mirada, una sonrisa satisfecha llena de
orgullo. La imagen del símbolo acabó por fundirse con otra que originó suspiros de
asombro a lo largo de toda la calle: la de un planeta girando sobre sí mismo en algún
confín del universo.
—¿Ese es?

A Gustavo le tembló la voz al preguntar. Trató de disimularlo con una tos


innecesaria.

—Madre mía, es hermoso… —Sandra se llevó una mano a la boca y empezó a


llorar—. No tengo palabras, es precioso.

—¡Es azul, mamá! —gritó Anita.

Noemí tragó la saliva que se le había acumulado en la garganta y rio de emoción.

—Sí, hija. Es azul.

Una voz grave, un tanto robótica, habló sobre la imagen del planeta rotatorio.

—Hola —dijo la voz.

Los presentes en el salón, en los chalets vecinos, en la plaza de la gran bandera y


en el mundo entero sintieron el mismo escalofrío.

—Nuestra comunicación es una comunicación pacífica —continuó la voz enviada


por seres de otra galaxia—. Somos el tercer planeta de un Sistema Solar ubicado en la
Vía Láctea. Somos La Tierra.

—La Tierra —repitió Sandra, dotando al nombre del planeta del exotismo y el
interés por lo desconocido que se despertó en su estómago—. Hasta ahora lo
llamábamos HN-3-489-P.

—¿Que lo llamabais cómo? —preguntó César.

Hubo un chistido común para que se callara. Incluso Gustavo y Julián exigieron
silencio. El adolescente no dijo una palabra más. Las dos familias permanecieron con la
mirada adherida al televisor, los oídos afinados al máximo para escuchar cada palabra
de aquel primer saludo entre dos mundos distintos.

Fuera de la casa, la celebración por el contacto incluyó la detonación de una traca


de fuegos artificiales.

Anita y Nicolás se miraron, con los ojos muy abiertos. Bajaron del sofá sin que
sus padres se inmutaran y se colaron entre la abertura de las cortinas. Asomados a la
ventana, abrazados por la cintura, observaron el espectáculo pirotécnico que decoró el
cielo con destellos, pintándole aún más colores de los que ya le aportaban las tres lunas
visibles en esta temporada del año. La luna preferida de Anita era la blanca con puntitos
amarillos, porque estaba siempre llena y parecía un inmenso campo de margaritas. A
Nicolás le gustaba más la luna azul, que en ocasiones crecía hasta cubrir el cielo entero y
a veces menguaba hasta convertirse en un guijarro invisible. Uno de los fuegos
artificiales explotó junto a la tercera luna, la de color verde a la que rodeaban un
montón de anillos.

—Yo creo que son carreteras —dijo Anita sobre los anillos.

—Pues cuando aprenda a conducir —comentó Nicolás—, te llevaré en mi coche


para que veamos a los hombrecitos verdes que viven allí.

—¡Y que tienen antenas como nosotros!

La niña meneó la cabeza para que los muelles movieran las pelotas de ping-pong.
Nicolás la imitó sin parar de reír. Acabaron por marearse y tuvieron que sentarse en el
suelo.

FIN
Un novelista de éxito espera a ser operado en quirófano. Va a someterse a un
procedimiento de cirugía cerebral. Sobre la camilla, recuerda las situaciones aterradoras
a las que enfrentó tantas veces a sus personajes. Ahora es él quien está muerto de
miedo. Su fobia al instrumental médico promete convertir la intervención en un
infierno. Lo que no sabe es la magnitud que alcanzará ese infierno.
Paul Pen

Trece historias.
VurjHant
Trece historias - 8
Nota del autor
Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos
con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
VurjHant
“Enhorabuena por sus novelas. He pasado mucho miedo leyéndolas”, me dice la
enfermera.

Yo le sonrío todo lo que me permiten los nervios y el sedante, que no es mucho.


Preferiría tener esta conversación con ella en cualquier otro sitio: en el vagón
restaurante del transiberiano, por decir algo. Allí hablaría encantado con ella, con los
codos apoyados sobre la mesa y las manos entrelazadas sujetando mi barbilla, sintiendo
en las palmas el vapor de la sopa caliente que nos hubieran servido. En la oscuridad de
la noche, la pequeña ventana junto a la que estaríamos cenando sería un cuadrado
luminoso que flotaría atravesando el paisaje nevado, para asombro de alguna manada
de renos o de un oso polar. Pero las ruedas sobre las que me muevo no son las de un
tren dirigiéndose a las provincias del lejano oriente ruso sino las de una camilla que me
lleva a quirófano. Y la enfermera no me dice que le gustan mis novelas desde el lado
opuesto de una mesa que resiste clavada al suelo el traqueteo de una locomotora, sino
que lo hace mientras camina junto a la camilla, en un ángulo que me permite verle los
agujeros de la nariz. Quizá si me esfuerzo pueda llegar a ver su cerebro. Imaginar que
soy un explorador escalando la orografía rosada del órgano para, desde el punto más
alto y con una mano apoyada en la frente a modo de visera, divisar las colinas de su
tejido neuronal, los valles entre las colinas redondeadas de su lóbulo frontal, los ríos de
líquido cefalorraquídeo. Imagino su cerebro como una postal idílica de un paisaje
neurológico sano, una Suiza de los cerebros. Como era el mío antes del tumor. Pero no
se ve nada a través de los agujeros de su nariz, tan solo una nariz por dentro. Lo que sí
veo más allá, en un plano superior, son los fluorescentes del hospital, que avanzan en el
techo como avanzaría sobre las vías el transiberiano en el que ni ella ni yo viajamos. Era
la localización donde transcurría mi última novela, Viaje sombrío. Será por eso que me ha
venido a la cabeza.

“Va a ir todo muy bien, no se preocupe”, me dice la enfermera.

Intuyo que la sonrisa de agradecimiento que quise dedicarle no habrá resultado


muy amplia y se ha dado cuenta de que estoy muerto de miedo. Ha debido de leer en
mis ojos el pavor que he tenido siempre a las agujas, a la sola idea de imaginar un
aguijón metálico atravesando mi piel para husmear dentro de una vena. Imagino una
tosca espina que se atreve a desgarrar la milagrosa estructura del conducto por el que
corre el líquido que nos da la vida. Nunca he terminado de creerme que ese destrozo
pueda repararse, por mucho que la experiencia me haya demostrado que un simple
pedazo de algodón y tres minutos de presión son capaces de obrar el milagro. Antes de
cada vacuna, cada inyección o cada extracción para los análisis que me hecho a lo largo
de mi vida, he creído que ese pinchazo sería el pequeño agujero por el que se
derramaría toda mi sangre, como escaparía el aire de una colchoneta de verano que
rozara la espina de un rosal plantado junto a la piscina.

“Ya casi estamos”, dice la enfermera.

Lo que me van a hacer hoy nada tiene que ver con un pinchazo. No me enfrento a
la espina de un rosal ni a la aguja de una anestesia clavándose en la encía para una
endodoncia (de esas he vivido cuatro): hoy me van a abrir la cabeza. Con un bisturí, el
cirujano va a rasgar mi cuero cabelludo para abrirlo como un bolso de señora. Expondrá
mi cráneo, un casco de hueso blanco que, según el orden natural de las cosas, no debería
estar al aire ni poder verse. Pero él lo verá porque habrá retirado todo aquello que lo
tapa: el pelo, la piel, la carne. Y después hará mucho más que eso. Taladrará el hueso
para quitar un trozo de cráneo que le permita asomarse directamente a mi cerebro,
como he imaginado yo que hacía a través de los agujeros de la nariz de la enfermera a la
que le gustan mis novelas. Si acaso es verdad que le gustan. No cumple mucho con el
perfil de mi lector habitual. Quizá lo haya dicho solo para hacerme sentir bien,
siguiendo indicaciones del neurocirujano sobre cómo tranquilizar al paciente antes de la
intervención. O a lo mejor ha sido otra enfermera la que le ha chivado que soy escritor,
una compañera que se compró una de mis ediciones de bolsillo para amenizar algún
viaje en avión (La carta se vendió especialmente bien en los aeropuertos).

“Entramos”, me dice la enfermera.

Las puertas se abren a los lados, empujadas por el impacto del colchón que me
sirve de vehículo. Yo me agarro a las sábanas como un niño el primer día de colegio,
deseando que las palancas de tela azul en mis manos accionen algún freno para detener
la camilla. Aquí dentro huele diferente. El techo es de otro color. El neurocirujano está
esperando. El anestesista también.

“¿Cómo estamos?”, pregunta el primero.

Respondo con una sonrisa, aunque quiero salir corriendo. El sedante ha


convertido mi cuerpo en gelatina, pero quizá podría tirarme al suelo y huir por los
pasillos del hospital, arrastrándome como una oruga que contrae y relaja sus anillos
abdominales. Escribí algo parecido en una de mis peores novelas: Ataque. En ella, miles
de especímenes resultantes de experimentar con ADN de humano y de anélido
escapaban de sus frascos en el laboratorio para sembrar el caos por la ciudad. Ojalá
pudiera huir como esa legión de criaturas mitad hombre mitad lombriz, abandonar
para siempre el hospital y dejar que el tumor crezca hasta que la presión de mi cerebro
contra el cráneo sea tan alta que acabe por reventar. Eso es lo que la naturaleza ha
dictaminado que ocurra conmigo y quizá deberíamos empezar a respetar más sus
mandatos, en lugar de desobedecerlos con tanta máquina, tanta medicina y tanto título
universitario. La naturaleza no quiere agujas entrando en las venas. No quiere taladros
agujereando las cabezas. Ni antibióticos curando cualquier enfermedad. Todas esas
cosas las queremos nosotros, a ella en realidad le da igual que yo sobreviva.

“Ahora voy a ir conectándole a los monitores”, me dice el anestesista.

Me pone una pinza en los dedos. De mi cuerpo sale ahora un cable más que se
suma al montón de vías y tubitos que juguetean con mis adentros. El cirujano pretende
tranquilizarme hablando sobre lo sencillo que será todo, lo potente que es el ordenador
con el que supervisarán el procedimiento y la altísima precisión de las imágenes que
verá a través del microscopio. Pero mientras él enumera los instrumentos que van a
usar, desvío la mirada al techo para no verlos. Como hago al subirme a la silla de los
dentistas para rehuir los ganchos, tornos y agujas que siempre tienen dispuestos en una
bandeja frente al paciente, quizá esos sacamuelas podrían tener más cuidado y no
mostrarnos sus armas como muestra Dexter a sus víctimas la colección de cuchillos
antes de descuartizarlas. Claro que ojalá fuera esa colección de pequeñas herramientas
de un odontólogo a lo que me enfrentara en estos momentos. Comparada con el
instrumental que me rodea ahora, la bandeja del dentista parece la inocente colección de
lapiceros de un colegial.

“Estamos casi listos. Vamos a llegar a ver el partido y todo”, bromea el doctor.

Yo ya ni me molesto en fingir una sonrisa. A mi alrededor oigo los pasos del


personal, la goma de los zuecos chirriando contra la superficie pulida del suelo. Oigo
pitidos que reproducen mi pulso. Oigo el chirriar de brazos articulados que acomodan
luces, pantallas, asientos. Oigo guantes de látex ajustándose a las muñecas, el crepitar
textil del uniforme del neurocirujano, murmullos filtrándose a través de las mascarillas.
Todos llevan mascarilla, como turistas japoneses. O como llevaban los malos de
Escondidos en ninguna parte, otra de mis novelas. De esa sí estoy orgulloso porque supe
resolver bastante bien una trama un tanto intrincada con multitud de viajes en el
tiempo: los villanos enmascarados eran miembros de una corporación médica
especializada en transplantes, con la particularidad de que conseguían los órganos
extirpándoselos a versiones pasadas de sus pacientes, consiguiendo con ello un
excelente historial libre de rechazos.

“Coloque aquí la cabeza”, me dice el anestesista.


Aparto la mirada del soporte con el que van a sujetármela. Se parece mucho a la
mordaza con la que se fija una tabla de madera antes de serrarla. En una pantalla veo la
resonancia magnética de mi cerebro, dos imágenes del interior de mi cráneo en las que
puedo ver el círculo negro donde se encuentra el tumor. La maldita inflamación que va
a obligar a un tripanófobo como yo a enfrentarse a un trance cien mil veces peor. La Ley
de Murphy en su versión más escabrosa: si tienes fobia a las agujas, desarrollarás un tumor
cerebral que obligará a que te abran el cráneo con un taladro.

“Va a sentir el frío del metal”, me avisa el anestesista.

Noto la presión del soporte en la frente y el occipital. También siento la humedad


del charco de sudor que mi espalda está formando sobre la camilla. Él asegura la
sujeción para que no haga ningún movimiento fatal durante la intervención. Me resulta
ya imposible girar el cuello. Mis ojos han quedado a una altura que me obliga a mirar la
entrepierna de todos los que me rodean. Y de repente me entran ganas de reír. De
aplaudir al destino por su fino sentido de la ironía, por su habilidad para crear con mi
vida una sinopsis tan comercial: Tras veinte años escribiendo sobre personajes indefensos en
situaciones terroríficas, un famoso escritor deberá enfrentarse a la dantesca experiencia de
soportar cómo le abren la cabeza y hurgan en su cerebro… mientras permanece completamente
despierto. Si realmente fuera una de mis novelas intentaría dotar al cirujano de algún
interés oculto por abrirme la cabeza, para aumentar el suspense. Podría convertirlo en
un novelista frustrado que estudió medicina tras varios fracasos literarios y que ahora
pretende asomarse físicamente a mis ideas para robármelas con una jeringuilla.

“Estamos casi listos”, dice alguno de los hombres.

Lo de que voy a tener que estar despierto durante la intervención es cierto. Me


han dado un sedante para controlar los nervios, pero estaré completamente alerta
mientras el cirujano maniobre con sus taladros, sus sierras y el resto de su parafernalia
de carpintero. Como si él fuera Gepetto y yo su Pinocho. Admito que hubiera sido mejor
no haber investigado en qué consistía la intervención, pero me resultó imposible
resistirme a la tentación de buscar en Google el nombre de la operación: craneotomía con
paciente despierto. Ahora sé que estaré consciente mientras un trozo de mi cráneo se
separa de la cabeza como se separan los ojos y la boca de una calabaza al prepararla
para Halloween. Y sé que el anestesista me hará preguntas, me pedirá que mueva los
ojos o que cuente hasta diez. El proceso de extirpación del tumor es tan delicado que
deben comprobar en todo momento si mi actividad cerebral continúa desarrollándose
con normalidad. Y para eso me necesitan despierto. Mi único consuelo es saber que no
voy a sentir dolor porque me pondrán anestesia en la zona que van a rajar, pero no
quiero ni pensar en los ruidos que oiré o los olores que saldrán de ahí dentro. Tampoco
sé muy bien cómo voy evitar enloquecer cuando sepa que el interior de mi cuerpo está
expuesto. Que la sangre, la vida y el alma se me pueden escapar por un agujero que no
es del tamaño del pinchazo de una simple aguja, o la espina de una rosa, sino tan
grande como… yo qué sé, como una galleta María.

“¿Cómo vamos?”, me pregunta el anestesista.

Se pone de cuclillas para que estemos frente a frente y me muestra el dedo gordo
buscando que yo repita el gesto. Me siento como un chimpancé al que estuviera
educando Jane Goodall. Tras emular su ademán, me sonríe de tal manera que creo que
va a premiarme con un plátano. Después hace una indicación al neurocirujano, un firme
asentimiento que debe de significar que está todo bajo control. Despliegan sobre mi
cabeza una especie de sábana para aislarme de lo que ocurra al otro lado, para
separarme de mi propia herida, como si me escondieran en una tienda de campaña de
los peligros que acechan en el exterior —escribí un relato sobre un oso atacando a una
pareja de campistas en una colección para una editorial independiente que solo se
publicó en digital—. Oigo un diálogo en el que el cirujano formula varias preguntas
seguidas y alguien de la sala responde afirmativamente. Me recuerda a la comprobación
previa que muestran en las películas del lanzamiento de un cohete espacial. El cirujano
se arrodilla frente a mí.

“Allá vamos”, me dice.

Él no pierde el tiempo preguntándome si estoy preparado. A estas alturas, ¿para


qué preguntarle nada al paciente? ¿Para qué darle la opción a reconsiderar lo que está a
punto de ocurrir? Quizá él sabe que haciéndome esa pregunta en este preciso momento,
a un minuto escaso de empezar la intervención, obtendría la única respuesta sincera de
todas las que he dado desde que me tumbaron en esta camilla: que me dan igual sus
títulos universitarios, su experiencia, la precisión de su microscopio o la localización
milimétrica que haya realizado del tumor. Porque en realidad no me fío. Porque las
estadísticas sobre el éxito de la intervención me importan poco cuando es mi cabeza la
que van abrir. Es mi cráneo el que van a taladrar. ¿Y si tocan un punto en el cerebro que
lo desconfigura todo? ¿Cómo puedo saber que no van a pinchar por error la zona que
rige el olfato, la vista o el habla? ¿O mi capacidad para escribir? Ni tres sedantes como el
que me han dado, ni las palabras amables de la enfermera sobre mis novelas, ni la
simpatía condescendiente del anestesista pueden mitigar mi terror a la idea de
quedarme ciego de un segundo a otro porque al cirujano se le desvíe una micra lo que
sea que utilice para retirar el tumor. Tengo miedo a perder el oído, a dejar de oler de
repente el desinfectante con el que han esterilizado este quirófano. Cualquier mínimo
error de cálculo puede desgarrar el tejido neuronal equivocado, cambiando de manera
inmediata mi manera de percibir las cosas. Un pinchazo desviado puede llenar de
interferencias el flujo habitual de mi pensamiento condenándome a un infierno interno
de ideas enredadas, sensaciones enmarañadas. Pueden cargarse mis habilidades
motoras, dejarme inútil en un instante.

“Tengo miedo”.

El pensamiento se ha escapado de mis labios sin poder evitarlo, el murmullo


ilegible de un paciente sedado. Espero que nadie me haya oído. Y que nadie vea la
lágrima que se me escapa por un lateral, resbalando hacia la sien. La enfermera a la que
le gustan mis novelas se arrodilla frente a mí. Me aprieta la muñeca. Con un dedo seca
el rastro húmedo que ha dejado la lágrima y apoya la mano en mi pecho. Noto el calor
de su piel a través de la fina tela del batín de hospital. Después posa un dedo sobre sus
labios prometiéndome guardar el secreto de mi debilidad.

“No tenga miedo, todo va a ir muy bien”, me dice.

Ahora estoy seguro de que no ha leído mis novelas. Nadie mostraría un afecto
tan cálido hacia el autor de Un largo secuestro, Merecida venganza o La familia del ático.
Peor aún: Quirófano. En un escenario no muy diferente a este situé la historia de mi
octava novela, un thriller médico en el que me ensañé con todos los pacientes que
pasaron por sus páginas, víctimas de un equipo facultativo corrupto, asociado con una
productora de vídeos snuf. Cualquiera que haya leído ese libro estaría deseando que el
cirujano me abra en canal, que me haga sentir en mi propia piel el dolor que resultaba
tan fácil de describir cuando dejaba volar mi imaginación sentadito en mi despacho. La
enfermera, o no ha leído mis novelas, o solo ha leído Viaje sombrío —lo cual explicaría
por qué nos imaginé, a ella y a mí, cenando en el transiberiano donde transcurría—. Esa
novela tenía un lado oscuro, como todas, pero mostraba una sensibilidad que no había
en mis primeros trabajos y que la crítica alabó por su mejorada narración, atisbando en
su último capítulo un posible viraje de mi carrera hacia historias con mayor
profundidad humana. Si salgo vivo de esta sala, prometo escribir una trilogía
romántica.

“Va a sentir un pinchazo”, avisa el cirujano. “Es la anestesia local”.

Sé que no tiene sentido asustarse por una aguja cuando lo que viene después es
un taladro, pero así funcionan las fobias. No se caracterizan por ser racionales. Percibo
el pinchazo como si fuera un arpón clavándose en el lomo de una ballena e imagino
toda mi sangre fluyendo hacia el orificio. No creo que nadie pueda evitar que me
desangre a través de ese pequeño agujero. Si pudiera mover la cabeza haría algo por
evitar el desastre, pero me tienen bien sujeto. Sabían el tipo de paciente al que iban a
tratar.

“¿Puede sentir esto?”, pregunta el médico.

No sé a qué se refiere porque no ha hecho nada.

“¿Lo nota?”, insiste.

La enfermera se agacha en busca de una respuesta. Le digo en voz alta que no he


sentido nada.

“Entonces estamos listos”, concluye el cirujano.

Oigo el tintineo de algunos instrumentos pequeños, como cubiertos. El


movimiento del personal en quirófano ha cesado, deben de estar todos observando el
proceder del cirujano. Imagino que este es el momento en el que el bisturí estará
cortando el cuero cabelludo, la zona que me raparon por la mañana. El anestesista
aparece frente a mí y me pregunta qué tal voy. Con esto comienzan las comprobaciones
para asegurarse de que todo sigue en orden, que el médico no ha provocado ningún
cortocircuito en mis neuronas que llene mi realidad de ruido blanco. Recibe mi repuesta
afirmativa alzando los dos pulgares.

“Hemos descubierto el cráneo”, dice el cirujano.

El tono de su voz es tan lineal como si hubiera anunciado que dos y dos son
cuatro. En la habitación flota un nuevo olor que me transporta sin yo quererlo al pasillo
de carnes del supermercado. Intento respirar por la boca. No me atrevo a mirar mis
manos porque creo que van a estar azules, negras. A estas alturas, la poca sangre que
quedara en mis venas tras el pinchazo de la anestesia ha debido de derramarse por la
cremallera que han abierto en mi cabeza. Sin embargo, ahí están, mis manos, sobre la
sábana, del mismo color rosado que siempre. Los dedos incluso responden y se mueven
con normalidad.

“Cuente por favor hacia atrás, desde diez”, me pide el anestesista.

Algunos fonemas suenan amortiguados en mis labios dormidos, pero completo la


labor con facilidad. El anestesista exhibe sus pulgares empinados.

“Ahora el cirujano va a encender el taladro. No se asuste por el ruido. Todo va


perfectamente. ¿Usted está bien?”.
Noto mi labio inferior encogiéndose. La barbilla tira de él hacia arriba,
temblando. Para mi horror, y el de mi orgullo, creo que estoy haciendo un puchero.
Como un bebé. La enfermera a la que le gustan mis novelas aprieta mi muñeca como
hizo antes. Consigue calmarme antes de que el calor que ardía alrededor de mis ojos se
condense en lágrimas que me hubieran avergonzado delante del equipo en quirófano.

“¿Está bien?”, repite el anestesista.

Los dedos de la enfermera actúan como una pulsera energética que me llenara de
fuerza y equilibrio. Controlo el temblor de la barbilla y, de alguna manera, logro
articular palabras asegurándole al anestesista que estoy preparado para seguir adelante.
Tras leer mi rostro unos segundos, dirige uno de sus firmes asentimientos al cirujano. El
taladro se enciende con un rugido que revuelve mi estómago, como si fuera una
batidora abriéndose paso a través de mi ombligo, licuando mis adentros con sus
cuchillas. La enfermera aumenta la presión de su mano un par de veces antes de volver
al trabajo, las dos palmadas de ánimo que da un entrenador a su mejor saltador. Si salgo
de esta, voy a dedicar mi próxima novela a esta mujer.

“Vamos a acceder al tumor”, explica el cirujano.

El ruido del taladro cambia de nota. La vibración grave de la broca girando libre
se transforma en un silbido agudo cuando atraviesa el hueso. Me duele. Pero no me
duele. O a lo mejor sí me duele. No, no me duele. Es la sola imagen del taladro
agujereando mi cráneo la que genera una sensación dolorosa, como la que provoca ver
un vídeo casero de alguien saltando a la piscina desde el tejado de casa para acabar
aterrizando, de culo, en el bordillo. Una esquina de la sábana, colgando sobre la camilla,
se mece al ritmo del traqueteo de la herramienta. Las patas que me sostienen chirrían
con los movimientos del médico. Identifico un nuevo ruido de succión, parecido al de
una pajita sorbiendo los últimos restos de un batido. El taladro se para. Si el médico
estuviera en su casa, este sería el momento en el que colgaría un cuadro enorme en la
pared principal del salón. Pero está en quirófano. Y lo que escucho es una suave
detonación, húmeda, como la tapa de un frasco de mermelada que se abriera por
primera vez. Imaginar lo que está ocurriendo me eriza el vello de todo el cuerpo.

El anestesista se acuclilla frente a mí.

“¿Todo bien? ¿Podría decirme que día es hoy?”.

Lo veo borroso entre unos párpados que preferiría no abrir.


“Necesito que abra bien los ojos y me diga qué día es hoy”.

Tras unos segundos que llenan su frente de arrugas y preocupación, le contesto


que es viernes. Y le digo también que es día 13. De marzo. De 2015. Siempre me gustó
sacar buenas notas en los exámenes. Su frente se alisa y celebra mi respuesta con
palabras de ánimo que no me sirven de nada. Son los dedos de la enfermera alrededor
de mi muñeca lo único que puede aliviarme.

“Procedemos a la extirpación”, dice el cirujano. “Es momento de cargarse a este


malvado personaje”.

Intuyo que anunciarlo en términos literarios, caracterizando al tumor como al


villano de la historia, ha sido un guiño dedicado al escritor que tiene sobre la camilla.
Quizá cuando opera a un futbolista dice “es momento de meterle un gol al tumor” y
cuando opera a un banquero suelta “vamos a proceder al embargo de esta propiedad”.
A pesar del tono desenfadado de su comentario una nueva solemnidad invade el
quirófano. Es como si todos hubieran dejado de respirar a la vez. Incluso las máquinas,
cuyos pitidos resultan de pronto menos estridentes, parecen respetar la gravedad del
momento. El anestesista se asoma una vez más pero no pregunta nada. Le basta con ver
mi parpadeo ralentizado, mi lengua humedeciendo unos labios agrietados, para saber
que sigo vivo. Y pensando. Y sufriendo. La enfermera a la que le gustan mis novelas
intuye la angustia que debe de provocarme este momento y se sitúa junto a la camilla,
posando una de sus manos en mi rodilla. Procuro centrar mi atención en ese punto
cálido por el que penetra el flujo de su limpia energía, pero no puedo evitar oír el
choque metálico que se produce en la bandeja de los instrumentos. Imagino el guante
del cirujano, manchado de sangre, seleccionando una pinza, una tijera, un bisturí.
Sujetándolo entre los dedos para usarlo sobre el palpitante cerebro que tiene frente a sí.
El mío. Pienso en la enfermera. En regalarle un anillo y deslizarlo por su anular. Pedirle
que se case conmigo una noche de luna llena. Al otro lado de la tela que me separa de la
operación, oigo un burbujeo. Oigo también el crujido cárnico de algo afilado
seccionando tejido vivo.

El ansetseitaa se amsoa una vze más para cmopborar qeu todo va bein. Meuve los
labois preo no etneindo qué me etsá pergnutadno. Aglo ha paasdo. Peudo sneirtlo. Aglo
no va bien. No se qeu es lo que me etsa diicedno.

“Tg-a opao?”, yz txfghaí.

Kjaz reduvijves. Ghauk-tu. Jugalkanwim. ¡VurHjant! Fughaky ad aerto aujenbika,


magal. Pot3wir pa phvip, al reduvijves mnc-romagr-ts pa Psaetro wir mor
haluivermam, odijves ounb-4ka mopibrañast. ¡VurHjant! ¡VurHjant!

“Tg-a opao?”, yz txfghaí, gamatta.

¡VurHjant! Kuey pa 8 aertaky u yek. Ahagald. ¡Pot3wir! Hjant vajoce pa odijves


no·buch pa kasludyr hantvijves. Kjaz-ahagala+d-entax. Idja+mnc-romagr-ts. ¡VurHjant!
Mopi|b rañast|cu¬al vajoce pa·ajuerto las¬yoe lugamag. Jayuf. ¡VurHjant! ¡VurHjant!

¡VurHjant!

¡Vur¬Hjan-t!

Vur.¬ja3-nt!

¬U ! T

FIN
El rechazo de sus compañeros de clase no fue lo más doloroso de su infancia. Fue
la vez que Martín le pisó la cabeza contra el suelo en el patio del colegio. Ni siquiera
escuchar la ópera más bella en la fortaleza de su habitación servía ya de consuelo.
Cuando quince años después se vuelva a encontrar con Martín, muchas cosas habrán
cambiado. Incluyendo la sed de venganza, que será aún peor.
Paul Pen

Trece historias.
El niño de porcelana
Trece historias - 9
Nota del autor

Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos


con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
El niño de porcelana

Supe lo que era el dolor, el dolor de verdad, cuando todavía era un niño. Después
ha habido muchas palizas, peleas callejeras, tengo más cicatrices que dedos, y sé lo que
es salir del hospital con menos partes del cuerpo que con las que entré. Pero creo que
nada me ha vuelto a hacer tanto daño como los guijarros de arena a la entrada del
colegio. Los que me rasparon la mejilla cuando me pisaron la cara contra el suelo.
Tampoco nunca he vuelto a pasar tanto miedo. Ni siquiera la idea de ir a la cárcel me
produce una décima parte del puro terror que experimenté aquella tarde. Entonces
acabé tragando un puñado de aquella arenisca y algunos guijarros me rasparon los
dientes con un chirrido que resonó en el interior de mi cráneo. La mayoría abrieron
cortes y heridas que hicieron que el mundo entero me supiera a sangre. Es posible que
la vida me haya sabido a sangre desde entonces.

Mi madre siempre dijo que yo era un niño muy guapo. Tan bello como una figura
de porcelana, decía. Mi padre enseguida alegaba que los niños no son bellos como
figuritas de porcelana, sino apuestos como soldaditos de plomo. A lo que mi madre
respondía que lo mismo daba, y que lo importante era que entre los dos habían creado
un niño muy guapo. Claro que mi esquelética figura, mis enormes ojos y mi barbilla
hundida podían resultar agradables a los responsables de la mezcla de genes, pero no a
quienes veían semejante físico avanzar inseguro por los pasillos del colegio.

Allí mis compañeros siempre encontraban algo en mí sobre lo que hacer un


chiste. Que mis orejas eran muy pequeñas. Que mi nariz era muy puntiaguda. Al
levantarme en clase, si mi silla chirriaba más de lo normal, todos reían por lo
escandaloso de mis movimientos. Cuando al día siguiente la deslizaba con cuidado de
no hacer ningún ruido, me preguntaban con sorna el por qué de mis refinados modales,
si acaso me creía mejor que alguien. También me escondían la ropa del uniforme
durante la clase de gimnasia y me robaban el chándal en cuanto me lo quitaba en el
vestuario. Después reían al verme en calzoncillos, tiritando, ofreciéndome una prenda
cada vez que cumplía alguna de sus estúpidas órdenes: me devolvían los pantalones si
mordía la pastilla de jabón, recuperaba mi camisa si gritaba con todas mis fuerzas que
era el más tonto de la clase. En una ocasión, en el autobús, me arrebataron el Walkman
para saber qué música iba escuchando. Cuando descubrieron que ambas caras del
cassette estaban ocupadas con canciones de ópera clásica, lanzaron el aparato, la cinta y
los auriculares por la ventana.
Delante de ellos, en el colegio, no lloré. Eso lo hacía por las tardes. Lloraba con la
puerta cerrada, sentado al escritorio fingiendo que hacía los deberes por si mi madre
abría una rendija para comprobarlo. Muchas tardes preguntó si todo iba bien y se
conformó con el asentimiento de espaldas con que yo respondía, aunque alguna de mis
lágrimas cayera ya sobre el cuaderno y emborronara la tinta de mi ejercicio de
fracciones. Seguí emborronando otros cuadernos a medida que los problemas
matemáticos escritos en ellos aumentaban su dificultad con el paso de los cursos.
Disolví la tinta de sumas sencillas, después dibujos de conjuntos, más tarde sumas de
ángulos y seguí emborronando las ecuaciones que nos enseñaron en octavo, el último
año de colegio, que fue cuando me uní al resto de mi clase en la sencilla labor de
odiarme. Ya no solo ellos pensaban que era raro y diferente. Lo pensaba yo también.
Porque lo era. Ni siquiera a mamá le gustó darse cuenta de que ese hijo tan guapo que
parecía una figura de porcelana estaba empezando a parecerlo demasiado. Y papá dejó
de mirarme de la misma forma en cuanto entendió que yo no iba ser el soldadito de
plomo que él había esperado.

Una mañana de octavo fue cuando Martín estiró la pierna para evitar que la
pesada puerta de entrada al colegio se me cerrara en las narices. Después la abrió para
dejarme pasar. Me quedé mudo ante la amabilidad desinteresada de aquel gesto tan
estúpido. Antes de que pudiera recuperar el habla para darle las gracias, Martín corrió
por el pasillo y saltó a caballito sobre la espalda de otro compañero. Creo que en ese
instante mi memoria quiso olvidar si él había estado siempre entre los que me
escondían la ropa durante la clase de educación física. O entre los que criticaban mi
manera de arrastrar la silla. Seguro que sí, pero es bastante probable que mi cerebro
borrara de un golpe su rostro de entre el montón de caras que reían al verme tiritar
medio desnudo, porque solo así pude enamorarme de él sin tener en realidad razones
para hacerlo. Como los personajes más trágicos de cualquier ópera.

A partir de ese día, me pasé clases enteras dejando caer cosas al suelo desde mi
pupitre para poder mirarle. El lápiz, el cuaderno, el libro. Solo entonces tenía razón para
girarme y robar un instante de su imagen, sentado varias filas más atrás, con la cabeza
apoyada en la mano sin molestarse en disimular que no estaba atendiendo a la lección.
Los improperios y risitas volaban hacia mí cada vez que se me caía algo, pero si al
agacharme para recogerlo conseguía ver su brazo doblado sobre la mesa,
comprimiendo la curva del músculo contra la manga corta del polo blanco del
uniforme, entonces cualquier insulto habría merecido la pena. Ya los había recibido
durante años a cambio de nada, qué más daban unos cuantos más. Tras recoger el lápiz,
lo utilizaba para seguir escribiendo su nombre, una y otra vez, en alguna de las páginas
finales del cuaderno.
Martín. Martín. Martín.

Su flequillo moreno, la separación entre los dientes que tapaba con la lengua
cuando sonreía, la manera en que se sacaba el polo del pantalón en cuanto sonaba el
timbre de última hora… Son pocos los recuerdos de aquella época que me hacen
sonreír, pero esos tres están entre ellos. Como lo están las tardes en que mi cuarto se
convertía en un palacio. Un palacio levantado sobre la más grande y solitaria de las
colinas y desde cuyo torreón podía asomarme para ver el colegio a lo lejos, un punto
minúsculo en el horizonte, insignificante. Ni siquiera las miradas de mis padres podían
dañarme allá arriba. Cada vez que llegaba a casa sentía el aire hacerse más denso con el
suspiro que mi madre dejaba escapar al verme regresar del colegio, rota la figura de
porcelana que un día la hizo tan feliz pero que ahora ya daba vergüenza mirar de tan
descascarillada que estaba. Los hombros de mi padre caían un poco más cada tarde que
lo sorteaba sin mirarle siquiera, cada vez que comprobaba decepcionado que su hijo
seguía siendo yo y no el que él imaginó que sería. Pero una vez que atravesaba ese
pasillo, una vez que me encerraba en mi cuarto y lo convertía con apenas un parpadeo
en un palacio en el que vivíamos solo Martín y yo, entonces ya me daban igual los
insultos de la mañana en el recreo, los suspiros de mi madre y la decepción que causara
a mi padre. A veces ellos tocaban la puerta para que bajara el volumen de las óperas que
escuchaba, pero no siempre. Si esa música me daba la paz que ellos no estaban
dispuestos a proporcionarme, podían olvidarse del problema y dejar que yo mismo
buscara alivio en los trinos de las sopranos. Mis padres pasarían por el pasillo torciendo
el gesto al escuchar por enésima vez a Maria Callas, y se dirían a sí mismos que su hijo
estaba atravesando una fase. Que ya se me pasaría.

Pero de haber abierto la puerta me habrían encontrado bailando de punta a punta


de mi habitación, abrazando el aire, dibujando con mis brazos la figura invisible de
Martín. Con los ojos bien cerrados, separándome de la realidad, me transportaba a un
mundo en el que no existía ninguno de mis problemas. Podía imaginar cómo él me
guiaba al ritmo de la música, y cómo los dos bailábamos casi sin pisar el suelo, un suelo
que ya no estaba revestido por la moqueta de mi habitación sino que era de un mármol
macizo que también cubría las paredes y columnas del palacio en el que nos
encontrábamos, danzando bajo la enorme lámpara de araña y oro. Allí yo podía incluso
llevar un vestido, largo y amarillo como el de Bella en la película que seguramente
inspiraba mis ensoñaciones, y Martín entendía apenas en un instante lo que ocurría
conmigo, enamorándose cada tarde de la bestia que yo era al descubrir la belleza que
habitaba en mi interior.

Imaginé besos y caricias. Tarde tras tarde, la carne se me ponía de gallina al


imaginar cómo sería recibir su afecto. Pero también todas las tardes el cassette se detenía
al completar una de las caras. Y la música cesaba dejando a la mitad O mio babbino caro.
Al abrir los ojos el mármol se esfumaba y el vestido no se reflejaba en el espejo de mi
habitación, porque ya no estaba en el palacio imaginado de un cuento de hadas y
porque yo seguía siendo yo, rechazando mi cuerpo como la bestia rechazaba el suyo.
Cenaría con mis padres sin levantar la mirada del plato, atreviéndome a soñar que al
día siguiente todo cambiaría. Pero nada cambió nunca al día siguiente. Y cuando lo
hizo, fue para mal. Seguro que la noche antes del episodio de la arena me permití
imaginar que ya había sufrido suficiente, y que mi siguiente despertar sería aquel en el
que mi destino cambiaba y podía tener una vida normal. Pero no fue así. Por supuesto
que no fue así.

Esa tarde uno de los chicos me puso una zancadilla nada más salir por la puerta
del colegio. Era un clásico con el que se divertían al menos una vez por semana. Caí
hacia delante, extendiendo brazos y manos para evitar el impacto en la cara. Cuadernos,
libros y estuche volaron en todas direcciones. Como siempre, hubo risas y choques de
manos. Susurros y silbidos. Lo habitual era que me dejaran tirado en el suelo a mi
suerte y rieran después desde las ventanillas del autobús cuando este arrancaba,
viéndome correr con un montón de papeles contra mi pecho como si de verdad creyera
que el conductor se molestaría en pisar el freno para esperarme. Pero esa tarde el chico
de la zancadilla se agachó a recoger el cuaderno. Supe enseguida qué era lo que había
visto en una de las páginas.

Con la nariz arrugada y el labio superior levantado en un gesto de náusea, leyó


en voz alta, una tras otra, todas las veces que yo había escrito el nombre de Martín en
aquella hoja, soñando con cada trazo que el mundo al final sería justo y lo traería a mi
lado. Declamó sin cesar el nombre impreso, entonándolo de forma diferente cada vez, y
ganándose con ello la atención de más y más compañeros. Las miradas de todos se
fijaron en mí. Juzgaron con desprecio la prueba de amor que significaba el cuaderno,
considerando vergonzoso lo que yo sentía por un compañero cuando en realidad era lo
mismo que muchos de ellos comenzaban a sentir por otras compañeras. La patada que
recibí en el brazo derecho desequilibró la posición de gateo que había conseguido
adoptar, y un puntapié en la muñeca izquierda me dejó sin apoyos delanteros. No hubo
forma de evitar que mi cara golpeara el suelo, la mejilla sobre el cemento. La arena que
desperdigaban los partidos de fútbol casuales que se organizaban en cada recreo
rasparon como una lija.

El chico de la zancadilla llamó entonces a Martín, que esperaba el autobús en la


parada, ajeno al barullo. Se aproximó a donde nos encontrábamos.

—Que al maricón este le gustas —le dijo en cuanto lo tuvo cerca.


Martín me miró.

—Que este maricón se toca pensando en ti, chaval —continuó el otro,


sorprendido de que Martín no hubiera decidido ya patear la razón de una supuesta
deshonra, si acaso ser amado no es siempre un honor—. Que te quiere, tío. Te quiere
como una mariquita ama a una flor. Y escribe tu nombre mil veces en sus cuadernitos
de marica —impostó un tono femenino que arrancó multitud de carcajadas.

Escuché las risas desparramado sobre el suelo, como si de verdad fuera una
figura de porcelana que alguien hubiera dejado caer para romperla de una vez. Con la
mejilla apoyada en el suelo, respirando el polvo y apresando las lágrimas en la
garganta, me atreví a mirar a Martín a los ojos, creyendo posible transmitir algo de
dignidad con una mirada lanzada a esa altura, la de la suela de los zapatos. Tuve
tiempo, al menos un instante, de observar su rostro e imaginar que era el del príncipe
con el que bailaba cada día en la soledad de mi habitación. Y que se agacharía para
levantarme porque habría reconocido en mi mirada a la princesa con la que danzaba
cada tarde en un palacio de mármol y cortinas de terciopelo.

Pero él en realidad vio al mismo niño despatarrado y patético que veían todos.
Seguramente ni siquiera recordaba que una mañana me había sujetado la puerta, y por
supuesto no imaginaba lo que aquel gesto había despertado en mí. Junto a los demás, se
rio de mi postura y del gemido que se me escapó sin poder contenerlo. El chico de la
zancadilla me llamó llorica, también dijo que no soportaba oír mis lamentos. Me
propinó un puntapié en el estómago. Después se acercó a Martín. Vi su imagen borrosa
pidiéndole con aspavientos que me hiciera callar de una vez. Ralentizado el tiempo,
observé cómo me señalaba, cómo levantaba una rodilla y cómo dejaba caer la pierna con
fuerza, clavando el talón en el suelo, mostrándole a Martín el método infalible con el
que mi llanto cesaría.

Fue así como el príncipe que en mi imaginación me llevaba en volandas bajo una
enorme lámpara de oro se acercó a mí y levantó su pierna sobre mi cabeza con la
intención de pisarla. Antes de que ocurriera, dejé que en mi mente comenzara a sonar
alguna de las óperas que él y yo bailábamos en lo alto de la torre que ahora estaba a
punto de derrumbarse.

La pierna cayó como cayó la torre.

Olí la goma de su zapato.

Saboreé la sangre.
Sentí en la columna vertebral el escalofrío que brotó cuando los guijarros me
rasparon los dientes. Pero mientras todo eso ocurría yo escuchaba un aria de La flauta
mágica, la voz de una soprano de coloratura llevándome lejos de allí, elevándome en el
aire para trasladarme a uno de esos escenarios nocturnos de rocío, verde humedad y
luna llena que siempre me han inspirado las arias. Cada una de las patadas, pisotones y
tirones coincidió en mi cabeza con el alegre trino de la soprano, enmudeciendo con el
derroche sonoro de su garganta los gritos que debió proferir la mía.

Cuando a un niño le ocurre algo así en el colegio lo último que quiere es regresar.
Y para eso están los padres: para enseñarle que los problemas se solucionan
enfrentándose a ellos y que solo la rendición supone una verdadera derrota. Los míos
no lo hicieron. Permitieron que perdiera el curso entero y que apenas saliera de casa
después de aquello. Dejaron que el miedo me consumiera. Aceptaron también sin
rechistar mi idea de cambiar de colegio, apoyando la humillación que suponía mi huida
y dándome con ello un terrible ejemplo. En septiembre repetí curso en otra escuela en la
que no me convertí en objetivo de ninguna burla porque fui transparente durante los
cuatro años de instituto. Tan invisible para mis compañeros de clase como lo era en casa
para mis padres.

Nunca volví a ver a Martín desde que cerrara los ojos para recibir su pisotón.

Nunca.

Hasta la noche en que lo vi.

Muchas cosas pueden cambiar en quince años. Desde luego, más de las que él
imaginaba. Él no era el mismo niño del que me enamoré en el colegio. Y yo no era, en
absoluto, el chico al que él pateó la cabeza. Primero, porque ni siquiera seguía siendo un
chico. Y segundo, y mucho más importante, porque la mujer que ahora soy tiene muy
claro que nunca va permitir que vuelvan a arrebatarle la dignidad como hicieron
entonces. Ni a ella, ni al niño de porcelana que no supo defenderse hace tantos años y
que sigue habitando dentro de mí.

No me gusta beber. De verdad que no. Solo me tomo una cerveza cuando llego al
bar porque no soporto ese silencio que se hace en El Cactus siempre que entro al local
medio vacío. Ni cómo esos hombres me examinan de arriba abajo, inmóviles, con la
cáscara de un cacahuete recién quebrado entre los dedos. Acercarme a la barra, pedir
una cerveza, colgar el abrigo en el taburete y dar el primer sorbo al cuello frío de una
botella es la mejor forma de ocupar esos segundos en los que todo el bar está pendiente
de mí. Allí todos saben a qué me dedico. Y saben la razón por la que entro al bar solo en
invierno: de octubre a febrero, estar parada en la calle de noche resulta insoportable.
Algunos critican al dueño por dejarme entrar al local a esperar entre servicios. Tampoco
entienden cómo permite que los coches paren en la puerta para recogerme. Él siempre
les contesta que cuando ellos pongan un bar podrán decidir quién entra y quién no. Y
que en el suyo yo siempre seré bien recibida. La primera vez que le oí decir aquello lloré
como una tonta en la barra. Hacía mucho tiempo que no lloraba. Y hacía mucho más
que nadie me decía algo bonito.

Esa noche solo había tres hombres en el bar. Uno sentado a una mesa y dos tíos
con gorra comiendo cacahuetes sin hablarse. Los pude contar al levantar la vista tras el
quinto trago que di al botellín, ese es el tiempo que tardo en sentirme cómoda. El de la
mesa se levantó y no despegó su mirada de mí hasta que llegó a la barra. Lucía una
barba tan poblada como irregular, amarillenta en torno a la boca. Sé perfectamente la
pregunta que habita en las mentes de quienes me miran así. Puedo ver la duda en sus
ojos, la contenida lascivia que origino en quienes no saben si pueden desearme o no.
Tras pagar su bebida, utilizó una de las monedas del cambio para poner una canción en
la máquina. Ese tocadiscos fue, durante tres semanas, la gran novedad en El Cactus.
Ahora pocos lo utilizan. Pasó en la pantalla las carátulas de los discos compactos hasta
dar con uno que le convenció. Pinchó una canción rock, un hombre gritando con voz de
pitufo, un clásico de AC/DC, Rolling Stones o qué sé yo. A mí todo lo que no sea ópera
me suena igual. Una noche me quedé a solas con el dueño del bar y le dije que echaba
en falta algo más clásico en la máquina, algo que diera un poco de clase al lugar. Me
explicó que esas gramolas se compran con la música cargada, que poco podía hacer él al
respecto. Sin embargo, dos noches más tarde, cuando entré al bar con la mirada dirigida
al suelo, mi aria favorita de Puccini, la que siempre dejaba a medias mi cassette,
comenzó a sonar en el local. Me quedé inmóvil antes de llegar a la barra y pedir esa
primera cerveza que me sirve de refugio. Escuché la música con la piel de gallina,
mirando mis botas manchadas de barro, agujas de pino y el residuo blanquecino de
algún cliente. Apreté con fuerza las asas del bolso que colgaba de mi hombro, tratando
de contener la emoción. “¿Es que no te gusta?”, preguntó el dueño del bar. Asentí sin
levantar la cabeza, como los perros callejeros que aceptan desconfiados la comida de un
extraño. “Le he metido uno de los que querías, de una tal María Callas”, anunció,
equivocándose al pronunciar el apellido. Susurré un agradecimiento dirigido al suelo
justo en el momento en que alguno de los borrachos pidió a gritos que por favor
quitaran esa mierda.

Ahora, el hombre de la barba amarillenta se giró frente a la máquina. Tiró de la


hebilla de su cinturón para levantar el pantalón. Me dedicó un guiño lujurioso que yo
debía interpretar como su sello de aprobación. Cómo va a ser un tío con lo buena que está,
habría sido su conclusión final. Por suerte, a mí ya no es el pensamiento de nadie el que
me hace mujer o no.

Tras darle otro sorbo a mi cerveza, repasé mi atuendo, que siempre se descoloca
cuando me quito el abrigo. Ajusté los tirantes del top a mis hombros, aprovechando
para estirar la curva del escote. Con ambas manos bajé la goma inferior de la prenda,
que siempre acaba por subirse hasta quedar enterrada bajo mis pechos. Son esas cosas
en las que una no piensa cuando elige el tamaño. Acaricié mi tripa descubierta,
deteniéndome en el relieve de la cicatriz del ombligo. Una noche un tío mordió el
pendiente y me lo arrancó de cuajo con un tirón animal. El sexo vuelve locas a las
personas. Comprobé también que la goma del tanga asomara lo justo por encima del
pantalón vaquero. Los llevo siempre muy cortos, mostrando parte de la nalga. Es un
secreto que pocas explotan. Al final, la extrema delgadez de la que tanto se burlaron en
el colegio se ha convertido en una aliada a lo largo de todo mi proceso: mi cuerpo es tan
esbelto y grácil como se le presupone a una mujer. Peiné con los dedos las costuras
deshilachadas de cada pernera y, con las rodillas por delante, me agaché para subir la
cremallera de una de mis botas de tacón. Tacones largos y puntiagudos, los que
prefieren los clientes.

La puerta de El Cactus se abrió entonces dejando entrar el frío del exterior. Pensé
que mi cliente de las doce y media había llegado antes de tiempo, aunque no era típico
de él entrar en el bar, solían bastarle dos toques de claxon para llamarme. Vi dos pares
de botas avanzando entre el serrín húmedo que cubría el suelo y oí las risas ebrias que
acompañaron el torpe caminar de aquellos hombres. Terminé de abrochar mi cremallera
y regresé a la barra.

—Te dije que habría tetas aquí dentro —oí decir a uno de los recién llegados.

Por deformación profesional considero cliente potencial a todo aquel que me


suelte un piropo por zafio que sea, así que di un largo trago a la cerveza reuniendo las
fuerzas necesarias para girarme y contestar con una sonrisa.

Mantenerla resultó muy difícil.

A pesar de la curvatura en su vientre, la calvicie y la cualidad derrotada que


hunde los ojos de los hombres de más de treinta que no han cumplido ni uno solo de
sus sueños, reconocí enseguida el rostro de Martín. Paseó a lo largo de mi cuerpo su
mirada alcoholizada y se tocó sin disimulo la entrepierna. Ya he logrado ser mujer para
casi todo el que me mira, pero todavía no he logrado transmitir decencia ni respeto.
Usando la lengua, desplazó un palillo de un lado a otro de su boca, valorándome como
mercancía. Como si fuera un motor o un entrecot. Tras él, su acompañante se afanaba
en abrir la chapa de su cerveza a golpes contra el filo de la barra. Tuvo que ser el dueño
del bar quien le mostrara que se trataba de un tapón de rosca.

Martín, con la mirada aún dirigida a mis pechos, palmeó el hombro de su amigo
hasta que se asomó y fijó sus ojos en mi escote. A él tardé algo más en reconocerlo. Era
el chico de la zancadilla.

—Qué te dije, ¿eh? Que habría tetas aquí dentro —farfulló Martín. Su aliento
formó una nube de alcohol frente a mi rostro—. Te lo dije o no te lo dije. ¿Te lo dije o no?

—Que sí, hostia. Que me lo dijiste —respondió el amigote. Después silbó su


sorpresa ante el tamaño de mi delantera.

El silbido hizo que Martín rompiera a reír. El palillo que descansaba en una de
sus comisuras salió disparado hacia mí y quedó adherido a mi pecho izquierdo gracias
a la humedad de su saliva. Ambos contuvieron una carcajada.

—Perdona a mi amigo —dijo el chico de la zancadilla—, perdónale. A la décima


cerveza se pone así.

—¿Décima? —preguntó Martín.

Se miraron con la risa ahogada en el paladar ante el embuste. Seguramente


habían sido muchas más. El chico de la zancadilla trató de quitarme el palillo,
pellizcándolo. Lo intentó una vez. El sudor frío que había barnizado mi cuerpo al
reconocer a Martín lo mantuvo adherido a la piel. Lo intentó otra vez. Y después otra. Y
una más. En esa ocasión ni siquiera tocó el palillo, tan solo cerró los dedos en el aire
confundido por su propia embriaguez.

—Tío, Martín, ayúdame, que has sido tú. Esta tía es de pegamento o algo.

El aludido liberó por la nariz la carcajada contenida. Tuvo que sorber


rápidamente una vela de moco que colgó hasta el labio superior. La risa contagió al
chico de la zancadilla, que se abrazó a su colega. Con dos dedos, pellizcó el aire
imitando el gesto de pinza con el que había intentado atrapar el palillo. Martín lo imitó.
Cada vez que alguno repetía el movimiento, subía el volumen de las carcajadas. Verlos
reír en mi cara, con las mejillas enrojecidas, los ojos cerrados, la frente arrugada y
burbujitas de saliva asomando entre sus dientes apretados me hizo recordar la tarde de
la arena en el colegio. El escalofrío en la columna vertebral cuando los guijarros
rasparon mis dientes. La torre del palacio que construí para Martín derrumbándose al
tiempo que su pierna caía sobre mi mandíbula.
—¿Te están molestando? —intervino el dueño del bar.

—No —mentí.

Terminé mi cerveza de un trago. Levanté sobre la barra el botellín vacío,


ligeramente inclinado.

—¿Otra? —preguntó él—. ¿Ya?

La pareja de amigos reía abrazada junto a la barra, encorvados por el dolor


abdominal que provocan ese tipo de carcajadas. Martín aplaudió al aire, dos palmadas.

—Otra —respondí.

En cuanto el dueño del bar se giró para servirme la segunda cerveza, escapé al
baño, oyendo a mis espaldas cómo las carcajadas se convertían en agónicos hipidos en
busca de aire, al tiempo que comenzaba a sonar otra canción rock en la máquina de
discos.

El servicio olía a pis, cerveza derramada y serrín húmedo. Aunque era el de


mujeres, ninguno de los hombres de aquel bar se molestaba en respetarlo cuando el
baño que les correspondía estaba ocupado por otro borracho. Me coloqué frente al
lavabo, mirándome en el espejo. Cuarteado en las esquinas, lleno de manchas y
salpicaduras, me devolvió una imagen que en verdad resultaba graciosa: la del palillo
adherido a la curvatura de mi teta desafiando la gravedad. Lo separé con facilidad
usando las uñas, largas y rojas como requieren las fantasías de la mayoría de mis
clientes. Lo coloqué delante de mi cara para observarlo. Mi reflejo hizo lo mismo al otro
lado. Casi parecíamos dos personas diferentes examinando una reliquia desde ángulos
opuestos. Recordé cómo ese palillo se había movido de un lado a otro de la boca de
Martín. Su lengua lo había transportado a lo largo de sus labios, deteniéndose un
instante en la misma separación entre dos dientes que tantas veces había fantaseado
acariciar con mi propia lengua. El pensamiento encendió el deseo en mi estómago.
Entre mis piernas.

Chupé el palillo.

Chupé ambas caras como si probara un aperitivo invisible, saboreando la saliva


de Martín. Ni siquiera el gusto salado de mi propio sudor eclipsó la excitación de sentir
parte de la lengua de Martín dentro de mi boca. Lamí el objeto con tanta ansia que
acabé por clavarme una de las puntas. La herida, y la gota de sangre que brotó con ella,
interrumpieron el impulso fetichista. Me sentí ridícula al ver mi reflejo con aquel trozo
de madera en la boca. Apreté la mandíbula con rabia, partiendo el palillo por la mitad.
Encorvada sobre el lavabo, lo escupí a la cerámica. No podía ser tan tonta. No podía
permitirme seguir sintiendo ni un ápice de atracción por aquel hombre que acababa de
reírse de mí en la cara. Abrí el grifo para limpiar el escupitajo.

—Puedes hacer algo mejor —dijo una voz que reconocí enseguida.

Al incorporarme, descubrí un nuevo reflejo en el espejo. Seguía siendo yo misma,


pero había recuperado mi aspecto infantil. El niño de porcelana que fui una vez me
observaba desde el otro lado. Las heridas en su rostro estaban frescas, como si acabara
de levantarse del suelo después de que Martín y el chico de la zancadilla lo patearan.
Dos guijarros de arena se desprendieron de su mejilla al hablar. Rodaron con un
repiqueteo metálico, pero tan solo en el lavabo reflejado.

—Podemos hacer algo mejor —dijo él. O dije yo. Un ojo morado le palpitaba, tan
hinchado que podía explotar en cualquier momento. Señaló con un dedo mi pantalón
vaquero, que se ajustaba al espacio entre mis piernas sin protuberancia alguna. Después
se fijó en mis pechos—: Ahora tenemos lo que él busca.

El niño de porcelana sonrió en el espejo. Un borbotón de sangre emanó de su


boca herida y tiñó de marrón el polo rasgado de su uniforme. Se metió dos dedos a la
boca y extrajo la muela que había roto el primer pisotón de Martín. De una de las raíces
colgaba todavía un hilo carnoso de encía. La barbilla se le arrugó como solo se le arruga
a los niños antes de llorar.

—Me ha hecho mucho daño —dijo.

Mi reflejo infantil dejó caer la muela, que rodó por el lavabo reflejado como
habían hecho los guijarros de arena. Se coló por el desagüe mientras el niño sorbía
saliva para mitigar el dolor.

Con el dedo índice toqué el hueco que dejó aquella muela en el interior de mi
boca. Ahí seguía desde entonces. Lágrimas calientes, caudalosas, inundaron mis ojos.
Los sequé con una toalla de papel antes de que las lágrimas arruinaran el rímel. Ningún
cliente quiere saber que la puta por la que paga está tan triste como él mismo.

Respiré hondo hasta vencer la emoción. El niño de porcelana me observó con


determinación.

—Tráelo al baño —al sonreír mostró su dentadura mellada. Es posible que yo


también sonriera—. Tráemelo.
Enjuagué del lavabo los restos de mi escupitajo y del palillo. Deseché en la basura
el papel manchado de rímel. Ajusté la goma del top con tal ímpetu que, al soltarla, el
latigazo elástico ardió en la piel. Tiré de los hilos del tanga para enseñarlos del todo y
subí el vaquero hasta mostrar por cada pernera casi la mitad de la nalga. Cuando me
giré para comprobar el efecto en el espejo, el niño de porcelana levantó el dedo gordo en
señal de aprobación.

—Estás perfecta —dijo. Su lengua herida pronunciaba con dificultad algunas


consonantes—. Tráemelo.

En el camino hacia el baño mis botas habían imprimido en el serrín huellas muy
seguidas, apenas una senda de pequeños círculos marcados por el tacón en unos pasos
que fueron cortos, tímidos, avergonzados. Ahora que regresaba a la barra, el vaivén de
mis zancadas las borró por completo, desplazando con seguridad aquellas virutas. De
un único trago acabé con la segunda cerveza. Su amarga efervescencia burbujeó en mi
nariz. Cerré los ojos y disfruté del placentero remolino que recorrió mi cabeza. La
música bajó de volumen unos instantes antes de regresar con mayor intensidad.

—Es que estás muy buena, joder —dijo una voz a mis espaldas.

Sonreí con los ojos aún apretados, degustando un poco más el bamboleo
alcohólico que mecía mi cuerpo. Cuando los abrí, encontré a Martín frente a mí. Tenía
una mano apoyada en la barra, agarrándose a ella para suplir su ligera falta de
equilibrio.

—¿Nos perdonas lo de antes? —continuó—. Somos amigos del cole. Nos


ponemos un poco gilipollas cuando estamos juntos.

Realicé una panorámica del bar en busca del chico de la zancadilla. El hombre de
la barba amarillenta se había ido. También los dos tíos con gorra que comían cacahuetes
en la barra.

—Mi amigo está potando en la calle —explicó Martín—. Estamos tú y yo solos.

Se masajeó la bragueta y marcó a propósito una de las arrugas del vaquero,


exagerando el bulto. Los hombres aún creen que las mujeres nos fijamos en eso, no
saben que los paquetes solo gustan a otros hombres. Dirigí la mirada a su brazo,
recordando el bíceps contraído contra el polo blanco del uniforme durante las clases a
las que dejé de prestar atención por su culpa.

El dueño del bar limpiaba la pantalla del tocadiscos, moteada al final de cada
noche por huellas dactilares de grasa de cacahuete.

—¿Todo bien? —preguntó desde allí.

—Perfecto, no hay de q…

—Le pregunto a ella —interrumpió el dueño—. ¿Todo bien, Aria?

Su genuina preocupación me conmovió. Era mucho más auténtica que la de mi


madre cuando se asomaba a mi cuarto mientras yo lloraba haciendo los deberes. Ella
solo preguntaba una vez.

—Todo bien —contesté con una sonrisa.

Aún nos observó durante unos segundos, el ceño fruncido en gesto de sospecha.
Después se volteó y pulverizó limpiacristales sobre la pantalla.

—Anda, mira —dijo enseguida—. Se han dejado un crédito sin usar.

Me miró desde allí y supe enseguida en qué canción lo iba a emplear. También
sabía que nadie se dejaba créditos libres en la máquina, sino que era él mismo quien
echaba la moneda suelta de alguna propina para regalarme una canción cada noche.

Sonaron las primeras notas de O mio babbino caro.

El vello se me erizó, pero la emoción inicial duró poco. Fue sustituida


rápidamente por una tristeza profunda y tóxica, la que provocan los sueños sin cumplir.
En mi imaginación era yo, en un palacio, rodeada de terciopelo y mármol, quien
mostraba por primera vez a Martín la intensa belleza de la voz de una soprano, justo
antes de que se enamorara de mí para siempre. Pero en la realidad, empeñada siempre
en ser más sucia, la estábamos escuchando en un bar cubierto de serrín meado. Mi
fantasía más preciada y hermosa cobraba vida a destiempo en su versión más
miserable.

—¿Y esta mariconada qué es? —preguntó Martín, haciendo que todo resultara
aún más patético.

Por encima de su hombro vi cómo se abría la puerta del baño. Tan solo una
rendija. Lo suficiente para que el niño de porcelana asomara un ojo morado y la mitad
del labio partido. A pesar de las heridas, el suyo era un rostro de pura inocencia, de
esperanza. La ingenuidad resistiendo el peor de los golpes. Porque mientras la música
sonara, ese niño podía olvidar que le habían extirpado una muela a patadas: su príncipe
estaba allí y todo el dolor habría merecido la pena si al final conseguía bailar con él en
un palacio que quizá todavía podía apuntalarse.

—Baila con él —susurró desde allí. Apenas dibujó las palabras con los labios. Un
hilo de sangre brotó de un lateral de su boca.

Y aunque mi primer instinto fue sacudir la cabeza y resistirme, acabé por señalar
a Martín la esquina más diáfana del bar. No sé si entendió que lo estaba invitando a
bailar, pero sí captó que era algo que implicaba cercanía. Y que entonces podría frotar
ese bulto cada vez más grande de su bragueta contra mi muslo. O alguna de mis nalgas
casi desnudas. Cuando apoyé las manos sobre sus hombros en un inequívoco paso de
baile, bufó como si lo avergonzara.

—¿Esto qué es ahora? ¿Venecia? —preguntó, mencionando el nombre de la


ciudad como si fuera la palabra más elegante que conocía. Enseguida gritó al dueño del
bar—: ¡Cambia esa música, hombre! —una bocanada de su aliento alcohólico empañó
mi mirada—. Pon algo que nos pegue más. Yo qué sé, la de Nueve semanas y media.

Las palabras de Martín embrutecían la fantasía por momentos, pero el niño de


porcelana parecía no escucharlas. Desde su posición junto a la puerta del baño, me
indicó que apoyara mi cabeza sobre el pecho de Martín, así era como él siempre había
soñado que sería. Acaté la indicación en honor a su memoria. Al tercer paso mal dado,
los dedos de Martín hurgaron entre mis nalgas. Cerré los ojos y me mordí los labios. No
era así como transcurría este baile. Una lengua caliente, pegajosa, reptó por un lateral de
mi cuello mientras yo me concentraba en la melodía del aria, esforzándome por sentir
eso que el niño de porcelana había soñado sentir tantas veces. Cuando Martín dejó
escapar un gemido de excitación animal junto a mi oído, apreté los ojos para no llorar. Y
entonces él me mordió el lóbulo de la oreja. El gesto me trajo irremediablemente a la
realidad al recordarme a aquel otro tipo que me había arrancado el pendiente del
ombligo. Abrí los ojos sintiéndome tan estúpida como me había sentido en el baño al
clavarme el palillo.

La ópera había terminado.

Desde su posición junto a la puerta del baño, el niño de porcelana extendió un


dedo y lo curvó varias veces hacia sí mismo. Las sombras de su rostro parecían más
profundas. Una cualidad perversa teñía su sonrisa desdentada.

—Ahora —leí en sus labios—. Tráemelo.


Fingí moverme al ritmo de la canción aleatoria que la máquina reprodujo en
modo automático. Como si bailara, empujé a Martín con el cuerpo, hacia el baño,
obligándolo a caminar de espaldas.

—Ya sé lo que quieres tú —susurró en mi oído mientras frotaba su dureza contra


mi cadera a través de su vaquero—: Quieres un poco de esto.

Al entrar al baño lo separé de mí con tanta fuerza que tuvo que agarrarse al
lavabo para no caer. En su borrachera entendió el gesto violento como parte del juego
sexual en el que solo él participaba.

Se desabrochó el cinturón.

—Me gustan las chicas que saben lo que quieren.

Dejó caer el pantalón. Cuando la goma del calzoncillo superó el obstáculo que
suponía su propia excitación, se deslizó también hasta sus tobillos. Sin descalzarse, dio
un paso a un lado para salirse del charco de tela.

—Toda tuya —dijo, agitando la cintura.

Escudriñé el espejo anticipando la aparición del niño de porcelana. Busqué su


rostro rabioso tras las grietas y las manchas. El reflejo me mostró tan solo el culo blanco
de Martín y la imagen de la puta inofensiva que soy, esa a la que los clientes llaman con
dos toques del claxon. La situación me pareció de lo más estúpida. ¿De verdad había
hecho caso a un espectro del pasado? ¿Con lo mucho que he luchado a lo largo de mi
vida por dejar de escuchar voces de tiempos peores? ¿Y qué es lo que pensaba hacer?
Culpé al par de cervezas de mi locura transitoria y di un paso atrás.

—No, no —dijo Martín—. No vas a irte. No vas a dejarme así.

Alargué la mano en dirección a la puerta. Él reaccionó con rapidez animal. Antes


de que pudiera hacer nada, se colocó detrás de mí. Me tapó la boca con una mano. Con
el otro brazo rodeó mi cintura, inmovilizándome. Traté de patear el aire pero atrapó mis
piernas con las suyas. Me empujó contra el lavabo. El borde de cerámica me golpeó la
parte baja de la espalda, lanzando una descarga de dolor hacia los hombros y los
tobillos. Mis gritos quedaron reducidos a gemidos ahogados contra su palma pegajosa.
Me abrió las piernas empujando con su rodilla. La mano que no usaba de mordaza la
utilizó para desabrocharme el pantalón. Desgarró el tanga de un tirón.

—Tenemos uno peludito —dijo en un jadeo—, me encantan así.


Me embistió varias veces sin atinar al objetivo, empujones torpes de adolescente
borracho. Con cada uno de ellos golpeaba yo el espejo con la parte trasera de mi cabeza.
Observé cómo, de las esquinas ya cuarteadas, surgían grietas que rajaban toda la
superficie del cristal. Martín embistió de nuevo.

Y entonces grité unas palabras a su mano sudorosa.

No emití más que un murmullo indescifrable. Lo repetí una vez. Tres veces.
Separé las palabras intentando hacerlas más inteligibles. Creo que lo primero que captó
fue el nombre de nuestro colegio. Mientras los movimientos de su cintura terminaban
de aproximar su pene a la humedad que buscaba, acercó su oreja a mi boca.

—¿Qué has dicho?

Repetí el nombre del colegio y el mío propio. El nombre que tuve de pequeño.

—¿Qué coño dices?

Las sacudidas de la pelvis cesaron. Cedió también la presión de la mordaza para


permitir que lo repitiera una vez más. Mi nombre y el del colegio sonaron ahora de
forma clara. Aplastó de nuevo mi boca con sus dedos. Acercó su cara a la mía para
buscar en mis ojos aquel trozo de su pasado. El sudor de su frente goteó sobre mis cejas.
Aún jadeando por la excitación y el esfuerzo, preguntó:

—¿Eres el maricón?

De todo lo malo que hice aquella noche lo que más me avergüenza es haber
utilizado mi pasado para resultarle repugnante: asentí a su pregunta para que sintiera
que estaba violando a un maricón. A otro tío. Pero no sirvió de nada. Enseguida su
mano reptó hacia mi entrepierna. Unos dedos asquerosos, quirúrgicos, examinaron mi
anatomía. Martín sonrió al finalizar la revisión.

—Te la has quitado, así que me vale —dijo—. Aunque tranquilo que pienso
follarte por donde a ti más te gusta.

Me volteó sin dejar de someterme al peso de su cuerpo. El espejo quedaba ahora


frente a mí. Lo golpeé con la frente cuando me empujó la cabeza. Se agarró el pene con
una mano para ayudarlo en su búsqueda del nuevo orificio. Resistí a la presión
apretando los glúteos.

La puerta del baño se abrió a nuestras espaldas.


—Que me dice el viejo de aquí fuera que te has metido al baño con la pu…

El chico de la zancadilla había regresado al bar después de vomitar. No terminó


la frase al ver lo que ocurría. Tras analizar la situación, preguntó:

—¿Le has pagado?

—Me lo va a hacer gratis —respondió Martín—. Y a ti también. Pero cierra la


puerta, joder, que el dueño anda por ahí.

—Nah, está fuera fregando meados.

Martín me tiró del pelo, levantando mi cara.

—¿A que no adivinas quién es?

Grité con todas mis fuerzas contra la palma de Martín en una clara petición de
auxilio. El chico de la zancadilla tan solo entrecerró los ojos. Frunció el ceño.

—¿Es tu exnovia la del súper? —preguntó.

—Hostia, no.

—Joder, yo qué sé.

—Es mucho mejor que eso.

Se acercó al lavabo. Se agachó para observarme más de cerca, ajeno al horror que
debían reflejar mis ojos. Se acarició la barbilla mientras se desabrochaba pausadamente
el primer botón de su camisa.

—No caigo —dijo.

Tuve ganas de vomitar. Lo que comenzó como una arcada acabó convertido en
un sollozo desesperado que convulsionó mi cuerpo. En ese momento, a través de las
lágrimas, creí advertir un movimiento inesperado en una esquina del espejo. Como si la
puerta del retrete se hubiera movido. Fue en ese preciso instante cuando el chico de la
zancadilla reconoció algo en mi mirada. Y también cuando dos grietas del espejo se
unieron, recortando una perfecta cuchilla de cristal.

—Es… es… —se frotó los dedos en el aire—. No tío, no puede ser, si era un chico.
Es el del cole, ¿no? No me jodas que al final era un hermafrodita de esos, un trans…

La cuchilla de espejo le cortó ambas comisuras a mitad de palabra. El peso de su


propia mandíbula abrió las heridas hasta las muelas. La barbilla cayó como la del
muñeco de un ventrílocuo. Cuando intentó cerrarse la boca con las manos, atrapó entre
los dientes los pliegues de piel cortada. El grito que profirió hizo burbujear la sangre a
lo largo de una sonrisa macabra. Salpicó el polo blanco del niño de porcelana, que había
aparecido frente a él. Sin pausa, clavó ahora el cuchillo de espejo en el abdomen y lo
recorrió de parte a parte. El chico de la zancadilla cayó al suelo sin terminar de decir esa
palabra que tanto le repelía.

Martín gritó en la otra esquina del baño, había saltado como una niña en cuanto
vio lo que ocurría.

—¿Qué coño pasa? ¿Qué coño haces?

No sabría decir si le hablaba al niño de porcelana o a mí. Supongo que a ambos.

—Oye tío, en serio, o tía, como quieras. Si estás cabreado por lo que te hicimos en
el patio, lo siento, macho, éramos niños. Baja ese cristal, anda. Todos éramos unos
gilipollas en el colegio.

—¿Y lo que ibas a hacer ahora? —dijo el niño de porcelana.

Entre los raspones y heridas que había provocado la arena, señaló con el filo tres
moretones frescos en sus brazos, resultado del forcejeo en el lavabo. Después dirigió el
cuchillo a Martín. El arma silbó al cortar el aire. Él se tapó sus partes con los bajos de la
camisa.

—No me hagas eso, por favor.

Arrinconado, cubrió lo que le colgaba entre las piernas como si fuera su tesoro
más preciado.

—Túmbate —ordenó el niño de porcelana. Le indicó cómo hacerlo con el cuchillo


—. Quiero que apoyes una mejilla en el suelo.

—¿Cómo?

—Ya sabes cómo.


—No, no lo sé.

—Pues intenta recordar cómo estaba yo cuando me pisaste la cabeza. Es justo así
como quiero que te pongas.

Martín demostró acordarse de aquel episodio, porque imitó con total exactitud la
posición que yo tenía entonces, desparramado en el suelo frente a las miradas de mis
compañeros.

—Tan solo quiero que sepas lo que se siente —continuó—. Que sepas cómo duele
el escalofrío en la columna. Y también quiero que el mundo entero te sepa a sangre.

El niño de porcelana desenredó mi short vaquero de entre sus pies. Flexionó la


pierna derecha sobre la cabeza de Martín. Debajo del pantalón gris del uniforme, su
rodilla parecía tan fina como un codo.

Volvió a abrirse la puerta del baño.

El dueño del bar observó la escena, deteniéndose en algunos detalles. El tanga


desgarrado en el suelo le bastó para entender.

El niño de porcelana lo miró con el movimiento congelado.

—Mejor voy a seguir subiendo las sillas —dijo el hombre.

Antes de cerrar la puerta, y como si su permiso fuera lo único que faltaba para
terminar lo empezado, asintió al crío.

El tabique nasal de Martín fue lo primero en quebrarse bajo el tacón de la bota.


Después, otro montón de crujidos acabaron por reducir sus gritos a un burbujeo
parecido al de un estofado mientras se cocina. Hasta que se calló por completo y el niño
de porcelana se quedó en absoluto silencio.

Con los brazos colgando, observó lo que acababa de hacer.

Trató de sonreír, pero la curvatura de los labios enseguida se tornó amarga. Sus
hombros cayeron en lo que supuso la derrota definitiva, entendiendo que también la
venganza era satisfactoria solo en la imaginación, que en realidad no era más que una
nueva decepción a la que enfrentarse.

La puerta del baño se cerró a mis espaldas. Un claxon pitó dos veces en el exterior
del bar. Mi cliente había llegado. El dueño del bar subía la última silla a una de las
mesas. Al verme, forzó una sonrisa y se acercó a la máquina de los discos.

—Creo que el tipo ese echó una moneda cuando regresó de vomitar. Se ha dejado
un crédito sin usar —dijo.

Sonreí a su mentira. Presionó la pantalla y extendió un brazo para que me


acercara. Patiné varias veces en el camino. Había restos viscosos adheridos a mis botas,
que estamparon una sucesión de puntos rojos en el serrín.

El dueño del bar me recibió entre sus brazos cuando la ópera comenzó a sonar.

—¿Qué vas a hacer ahora? —me susurró al oído.

—No lo sé —respondí mientras cerraba los ojos—. Tan solo quiero que bailes
conmigo.

Iluminados por el resplandor azulado de la pantalla del tocadiscos, bailamos


entre las mesas recogidas del bar, sorteando la escoba y el cubo de la fregona.

FIN
Una historia indigesta sobre el amor de una madre. Un hambre incontrolable se
ha despertado en algunas personas, hambre que solo puede saciarse con carne humana.
La gente ha empezado ya a comerse unos a otros, pero Alicia y su hijo Carlitos subsisten
encerrados en casa. Todo irá bien mientras a ellos no les afecte el canibalismo
contagioso que se va extendiendo por todo el mundo. Claro que hay cosas que no se
pueden evitar y males contra los que solo puede luchar el amor de una madre.
Paul Pen

Trece historias.
El apetito
Trece historias - 10
Nota del autor
Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos
con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
El apetito

El niño abrió la nevera convertida en despensa. Alicia oyó, a sus espaldas, cómo
su hijo investigaba las estanterías llenas de latas de conserva, desplegaba envoltorios de
embutidos y abría los cajones de verduras llenos ahora de frutos secos, la
recomendación de la radio fue comprarlos sin cáscara para ahorrar espacio.

—Mamá, tengo hambre —dijo.

—Ya lo sé, mi vida —Alicia vio una lágrima rodar por su mejilla en el reflejo que
le devolvía la ventana. La secó con un dedo.

—¿Cuándo vamos a poder salir? —añadió el niño.

Alicia hubiera querido contestar que no lo sabía, pero la desesperación se


apoderó de su voz y redujo la respuesta al crepitar de la saliva en su garganta. Ofreció
una mano abierta a su hijo, como haría para invitarlo a dar un paseo si el mundo
exterior no fuera lo que se veía a través de la ventana. Cuando el niño se acercó, lo cargó
sobre su cadera, creándole un asiento con el brazo. Carlitos se enganchó al cuello de
mamá y, como si fuera una pinza, colocó una pierna sobre la tripa de ella y la otra por
su espalda. El roce de ese pie avivó el dolor en los glúteos de Alicia. Ella rodeó a su hijo
con un brazo, sin quejarse. Al palpar las costillas del niño, cada vez más presentes, se le
estremeció el alma. Desde la altura del octavo piso observaron las hogueras en el
parque. Habían empezado a encenderse cuando las farolas dejaron de funcionar. Un
peatón incauto, o ya rendido, caminaba sin ganas ni rumbo, sorteando los obstáculos
desperdigados por el suelo. Su jersey era de un color azul celeste tan vivo que resultaba
fuera de lugar rodeado de tanta muerte.

—¡Un helicóptero! —gritó el niño. Señaló las luces del aparato que sobrevolaba el
cielo nocturno, la punta de su dedo índice clavada en el cristal.

Alicia vio cómo un segundo hombre seguía al peatón del jersey azul. Un
hambriento. Se aproximaba a él escondiéndose tras los troncos de los árboles que
flanqueaban el camino del parque. El avance inestable del peatón facilitó el
acercamiento del que iba al acecho, que se colocó detrás de su presa antes de que esta
mirara hacia atrás. Y cuando lo hizo, ya era tarde. Alicia se volvió para apartar al niño
de la ventana y de sus vistas. Lo dejó en el suelo.
—¡Era un helicóptero! —repitió Carlitos, con los brazos en alto—. ¡Era un
helicóptero! ¡Era un helicóptero!

Ella lo dejó celebrar para que su emoción acallara los gritos que surgieron en el
parque. Ver su amplia sonrisa, esa curva de la felicidad plena que solo experimentan los
niños, la llenó de orgullo. Porque ella había defendido a esa personita antes incluso de
que llegara al mundo. Y ahora el tiempo le había dado la razón. ¿Y si hubiera hecho
caso a su familia? ¿O al padre de la criatura? ¿Qué sentido habría tenido su vida si en
ella no hubiera aparecido Carlitos? Ni siquiera era capaz de imaginarlo. Hubo un
tiempo en el que el consejo que todos le daban parecía el más apropiado para una niña
que se había quedado embarazada sin querer, de su primer novio, a los quince años.
Incluso el doctor de cabecera deslizó por encima de su mesa el folleto de una clínica de
interrupción del embarazo. Requirió de una convicción no muy habitual en una
adolescente defender su derecho a conservar el bebé. Un bebé que no llegó a conocer a
su padre y que recibió en la frente el beso de despedida de sus abuelos en cuanto su
madre alcanzó la mayoría de edad. Dos semanas después de cumplir los dieciocho, con
el niño en brazos y un contrato de tres meses en el Burger King, Alicia abandonó un
hogar familiar infestado de miradas de reproche y lenguas chasqueando en constante
desaprobación. Besó la sien del crío, mientras se alejaba, para evitar girarse y desandar
el camino cuando su madre comenzó a llorar, suplicándole que se quedara. Tres años
después, aquel estudio en el octavo piso de un edificio de la periferia se había
convertido en un nuevo hogar para ella y Carlitos, gracias al ascenso a encargada que
consiguió en la hamburguesería. Pero justo cuando Alicia sentía, por primera vez, que
había tomado el control de su vida, las personas habían empezado a comerse unas a
otras. Y el mundo se había ido al garete.

—¡Quiero ver el helicóptero!

Alicia afinó el oído más allá del frenético traqueteo del rotor de la aeronave,
tratando de discernir si aún se escuchaban los gritos del peatón incauto. Cuando
comprobó que no, volvió a cargar al niño. Esta vez fue el gemelo de su pierna izquierda
el que ardió de dolor. Se asomaron a la ventana. Carlitos abrió la boca, asombrado por
el despliegue luminoso del helicóptero. Ella distinguió el jersey azul celeste que vestía el
peatón, ahora desgarrado sobre un parche de tierra en el césped. Apenas una manga
conservaba el color original, el resto de la prenda teñido de un rojo que empezaba a
oscurecerse por la coagulación. El presente robándole el color al pasado. Alicia
aprovechó para recomponer un trozo de cinta aislante que se había despegado del
cristal. Era importante no alterar la palabra que podía leerse desde el otro lado de la
ventana: AYUDA.
—Mira, mamá, mira —gritó el niño, retorciéndose de excitación entre sus brazos.

—Sí, hijo, sí —respondió ella sin mirar, arreglando el adhesivo que tendía a
despegarse por la condensación que se formaba en el cristal.

—¡Mamá!

La explosión la pilló por sorpresa. Un fogonazo anaranjado iluminó el parque por


completo. Un pitido estalló en sus oídos. Un temblor ascendió desde la tierra, a través
de los cimientos del edificio, y penetró por sus pies hasta sacudirle la cabeza. El cristal
de la ventana se meneó dentro del marco —sonó como el timbrazo de un visitante
impaciente—. Sin entender qué estaba ocurriendo, Alicia protegió al niño en su pecho y
se tiró al suelo. Carlitos le gritó unas palabras que quedaron ensordecidas por el pitido
en sus oídos. Ella abrió y cerró la boca, batiendo la mandíbula hacia los lados para
destaponarlos. Antes de conseguirlo, leyó las palabras en los labios de su hijo: “se ha
caído el helicóptero”. El niño tiró de la camiseta de su madre para que se levantara,
impaciente por ver el espectáculo que acontecía al otro lado de la ventana. Ella lo abrazó
más fuerte, obligándolo a permanecer a resguardo. Cuando el suelo dejó temblar, aflojó
la presión. El tono agudo que enmudecía la realidad acabó por disiparse.

—¡Se ha caído el helicóptero! —repitió Carlitos.

Varias alarmas de automóviles habían saltado en los alrededores del parque. La


luz anaranjada del fuego se proyectaba en el techo del apartamento. Las llamas
crepitaban allá fuera como un enorme manto de hojas secas atacado a saltos por un
grupo de colegiales. Cuando volvieron a asomarse, descubrieron una columna de humo
negro levantándose desde detrás de otro edificio de viviendas, a donde habría ido a
estrellarse el helicóptero. El olor a goma quemada se coló a través de las paredes. El
niño observó la escena sin diferenciarla de la de una película, los ojos bien abiertos
esperando el siguiente efecto especial. El resplandor del fuego iluminó su rostro,
resaltando sus facciones cada vez más marcadas, los pómulos más salidos, la barbilla
más prominente. La cara del hambre. Cuando Alicia reparó en los dos parches de
sombra que se formaban en los ojos de su hijo —ojos brillantes, llenos de curiosidad
como los de cualquier niño—, no pudo contener las lágrimas, que brotaron sin que
diera tiempo a secarlas. Si hubo una promesa que Alicia se hizo mientras abandonaba la
casa de sus padres, esa fue la de proveer a su hijo, por sí misma, de todo lo necesario:
techo, comida y educación. Incluso pronunció la promesa en voz alta, para que la oyera
el bebé, cuando se subió al coche de la amiga que fue a recogerla ese día: “puedo ser
joven, puedo estar sola, pero te aseguro, Carlitos, que no te va a faltar de nada”. Y Alicia
había mantenido la promesa. Luchando contra el orgullo, el miedo y el saldo de su
cuenta ING Direct. Durante años había utilizado esas palabras que dijo al aire en el
asiento trasero de un viejo utilitario como mantra para superar los momentos más
difíciles de la maternidad en soltería. Las susurró cada noche del primer año que ella y
Carlitos ocuparon la habitación más pequeña de un piso compartido con cuatro
estudiantes de Erasmus que nunca respetaron el descanso del crío. Las recordó cuando
al entregar los formularios de una solicitud de ayuda del Gobierno a madres solteras,
una funcionaria le dijo que iba a hacer lo posible para que se la denegaran, aduciendo
que sus impuestos no tenían por qué servir para pagar la inconsciencia de una
adolescente salida. Repitió el mantra en su mente cuando un joven disfrazado de
comercial, con traje pasado de moda y maletín desgastado en las esquinas, le lanzó un
Whopper abierto a la cara, delante del montón de gente que hacía cola en la caja, por no
haberle quitado la cebolla. Y lo repitió una vez más cuando su propio jefe la obligó a
pedir perdón al joven del traje, teniendo ella la cara aún manchada de ketchup, lechuga y
mayonesa. Usó la misma promesa la pasada Navidad, al teléfono, cuando rechazó el
dinero que su padre le ofrecía y acabó por preparar la cena de Nochebuena, para ella y
Carlitos, con ingredientes que robó de la hamburguesería: cenaron patatas fritas,
ensalada y aros de cebolla, y fueron doce nuggets, no doce uvas, lo que tomaron con las
campanadas. Después de todo lo que habían superado, Alicia no soportaba ver a su hijo
acusando los estragos del hambre.

—¿Por qué lloras, mamá? ¿Por el helicóptero?

Ella negó, sonriendo, mientras se sorbía la nariz. Carlitos le secó las pestañas con
un dedo:

—¿Es porque te siguen doliendo los dedos?

—Ya casi no —respondió ella—. Aunque aún siento que los tengo.

El niño acarició el pulgar que sobresalía entre el vendaje, el único dedo que ella
conservaba en la mano izquierda. La gasa seguía blanca y seca, lo cual era buena señal.
Los primeros días se empapaba de rojo enseguida, como empapado estaba el jersey azul
celeste de ahí fuera, retorcido entre dos bancos del parque.

—¿Es porque tú también tienes hambre? —preguntó Carlitos.

Fueron las tripas de él las que rugieron en respuesta. El niño se llevó las manos a
la barriga, avergonzado, pero cuando mamá se rio, dejó explotar la carcajada contenida.
La risa desvaneció las sombras de su rostro, llenándolo de la vivacidad propia de un
niño sano. Alicia abrazó a su hijo recordando una vez más la promesa que le hizo en un
coche.

—Voy a prepararte la cena, ¿vale? —le dijo al oído.

—¿Una cena de verdad?

—De las que te gustan.

El niño gritó de alegría, pero, sobre su hombro, la cara sonriente de su madre se


transformó como la efigie de un busto de cera acercándose a un fuego.

—Vamos, tú vete a jugar —le dijo al oído.

Carlitos salió disparado hacia el otro lado del estudio, a menos de cinco pasos. De
debajo de la cama en la que ambos dormían sacó una caja llena de muñecos y piezas de
Lego. En el lateral, Alicia leyó: ¡Construye tu propia ciudad! Al otro lado de la ventana,
otra ciudad iba a necesitar ser reconstruida. Si acaso quedaba alguien para hacerlo. El
pensamiento aceleró su pulso como ocurría cada vez que sufría un ataque de pánico, lo
cual era cada vez más frecuente.

Tres golpes sonaron contra la puerta del apartamento.

Alicia saltó a la cama donde jugaba su hijo. Cruzó un dedo sobre sus labios para
hacerlo callar. El niño repitió el gesto como si fuera un juego, ignorando la amenaza que
suponían los golpes. Alicia le tapó la boca con la mano. Hubo dos embestidas, de un
cuerpo entero, contra la puerta. Carlitos percibió el terror en los ojos de su madre.
Cuando ella dejó de respirar, el niño la imitó. En absoluto silencio, escucharon el
movimiento al otro lado de la puerta. Dos puñetazos más sacudieron la madera.
Carlitos empezó a tiritar. Alicia lo abrazó, esforzándose por no temblar ella también.
Oyeron un sonido metálico, parecido al cascabeleo de un juego de llaves. Después algo
entró en la cerradura. Se movió a un lado y a otro, intentando girarla. Se sacudió allí
dentro. Con más violencia cada vez. Hasta que se produjo un chasquido metálico. Alicia
cerró los ojos. Pensó que aquel hambriento había conseguido abrir la puerta. Que entraría
en el apartamento y se alimentaría allí mismo, sobre la cama, de ella y de su hijo,
salpicando de sangre las piezas de Lego. Tan solo pidió una cosa al Dios en el que no
creía: que el hambriento se saciara con ella y no necesitara comerse al niño.

—¡Mierda! —susurró una voz en el descansillo.

Alicia abrió los ojos. La puerta seguía cerrada. El chasquido metálico habría sido
el de la horquilla, o lo que usara como ganzúa, partiéndose en dos. Identificó además
que la voz era femenina.

—¡Déjanos en paz! —gritó Alicia. Impulsada por la rabia, se dirigió a la puerta y


le dio una patada. Sin darse cuenta usó la pierna que tenía vendada. Creyó que el dolor
en el gemelo la haría caer, pero encaró la puerta, respirando rabiosa entre los dientes.
Gotas de saliva perlaron la mirilla, el pomo, la cerradura. Una madre defendiendo su
camada—. ¡Que nos dejes!

Se produjo un silencio. Una pausa en el enfrentamiento. Hasta que la voz al otro


lado habló de nuevo. Y no sonó amenazadora sino desesperada.

—Tengo tanta hambre… —dijo.

Alicia relajó el puño cerrado y los músculos de su cuello. El tono plañidero en las
palabras de la mujer le permitieron empatizar con su situación. Entender que si estaba
intentando forzar la puerta de una casa cualquiera, dispuesta a entrar sin saber a qué
iba a enfrentarse, era porque el hambre había anulado cualquier pensamiento racional.

—Necesito comer algo —sollozó la voz.

—Nosotros también tenemos hambre —respondió Alicia.

—Pero vosotros podéis comer comida normal. Yo he cogido esta… —pronunció


la palabra con asco—: esta cosa, este… apetito.

—Por favor, vete.

La mujer golpeó la puerta.

—Tengo hambre.

—Déjanos en paz.

—Quiero comer algo.

—Vete, por favor. Estás asustando a mi hijo.

A través de la puerta, Alicia oyó cómo la mujer tragaba un repentino exceso de


saliva. Relamiéndose.

—Dame al niño —gruño la voz—. Dámelo a él. Con él tengo para aguantar otro
mes.

Una arcada revolvió el estómago de Alicia. Lágrimas calientes inundaron sus


ojos.

—Vete —ordenó—. Por favor, vete. Hay gente en el parque, gente sana que se ha
rendido —ignoró el sentimiento de culpa que le provocó el chivatazo—. Pero no me
hagas esto. Mi hijo nos está oyendo.

Transcurrieron varios segundos.

Hubo otra pequeña explosión en la calle.

Alicia oyó un hondo suspiro al otro lado de la puerta.

—Allí fuera yo no puedo hacer nada —murmuró la mujer mientras se alejaba por
el descansillo—, los otros son más fuertes que yo. No puedo más con esta… —su voz se
perdió en las escaleras.

Carlitos bajó de la cama. De puntillas, se acercó a su madre y la abrazó a la altura


de la cintura. Ella tomó aire. Lo dejó escapar en un suspiro que no la alivió.

—Venga, ya está. Ya pasó —trataba de sonar tranquila—. Tú sigue jugando, que


yo iba a preparar la cena.

—¡Por fin!

Carlitos se subió de un salto a la cama. Las piezas salieron disparadas con el


rebote del colchón. El niño rio mientras Alicia regresaba al baño y se encerraba con el
pestillo puesto. Solo allí podía escuchar la radio sin asustar a Carlitos. Las televisiones
habían cancelado su programación hacía dos semanas, pero aún se podían encontrar
emisiones radiofónicas en algunas frecuencias de la onda media. El único contacto con
el mundo exterior. Recorrió el dial. Cada vez que la antena captaba el murmullo de una
voz humana, Alicia contenía la respiración para escuchar con detenimiento, deseando
oír la noticia de que todo había terminado. De que algún equipo de científicos de la
universidad de Oxford, Harvard, o la maldita Sorbona, había encontrado por fin la cura
a lo que la propia comunidad científica había denominado como el apetito. Un hambre
incontrolable que se había ido despertando en algunos individuos de la especie
humana. Con la particularidad de que ese apetito solo podía saciarse con carne de la
propia especie. Canibalismo contagioso había sido el término utilizado durante los
primeros días en noticias de prensa o mesas de debate de programas matutinos. Lo
habían pronunciado, con cierta incredulidad, varias presentadoras de magacines
televisivos, quienes habían tratado el asunto como si fuera cualquier otra epidemia de
las que no llegaban al primer mundo, poniendo cara de preocupación al oír la
explicación académica de algún invitado experto en medicina o psicología, pero
olvidándose del tema en cuanto pasaban a la sección de corazón. Investigaciones
posteriores demostraron que el canibalismo no era contagioso sino espontáneo, surgía
de pronto en cualquier individuo, y el fenómeno quedó definitivamente bautizado
como el apetito. Algunos afectados se negaron a comer y acabaron muriendo de
inanición. Otros optaron por el suicidio. La mayoría defendieron su derecho a vivir.
Sentada en el filo de la bañera —apoyando los muslos, no los glúteos—, Alicia detuvo el
dial. Había encontrado voces. Quizá anunciarían, por fin, la noticia de una salvación.
Pero no. Como ocurría cada vez más a menudo, las voces pertenecían a predicadores,
conspiranoicos o agitadores que, hablándole a un micrófono encerrados en un sótano o
un ático, hacían lecturas religiosas, sociales y políticas del apetito. Fanáticos católicos lo
consideraban un castigo de Dios por la vida de pecado a la que había sucumbido la
humanidad, legalizando el divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual. Economistas
desquiciados apuntaban a alguna conspiración de los bancos y la industria farmacéutica
para solucionar de un golpe la situación general de crisis. Pacifistas radicales veían en la
universalización de la hambruna una justa retribución kármica por la indiferencia con la
que el mundo había dejado morir desnutrida a tanta población africana. Oradores más
optimistas defendían que la humanidad no estaba enfrentándose a su extinción, sino a
un nuevo renacer. Que en el fondo siempre supimos que la especie humana acabaría
por destruirse a sí misma y que eso era lo que estaba ocurriendo: nos
autofagocitábamos como tantas veces intuimos que ocurriría, solo que lo hacíamos de
una manera mucho más literal que lo que habíamos imaginado. La persona que hablaba
ahora por la radio culpaba al Gobierno de no haber gestionado correctamente el brote
de la epidemia.

—¿A qué Gobierno vas a culpar? —susurró Alicia—. Esto ha pasado en todo el
mundo.

Abrió el espejo sobre el lavabo mientras la voz en el transistor recordaba uno de


los protocolos que se puso en marcha a la primera semana de emergencia: alimentar con
cadáveres a los afectados por el apetito. Los suicidios y las huelgas de hambre que
siguieron algunos afectados dejaron claro que el apetito por sí mismo no convertía a los
hambrientos en bestias inconscientes que atravesaran puertas o saltaran a la yugular de
la gente. Los hambrientos eran solo personas con hambre: seguía siendo decisión suya
anteponer su supervivencia a la del prójimo. El problema es que la mayoría lo hacían.
Con la intención de reducir el número de asesinatos que asolaban los núcleos
poblacionales, se ofreció gratuitamente a los hambrientos, en hospitales y centros de
salud, carne de personas recién fallecidas. A los familiares se les privó de enterrar
dignamente a sus seres queridos, destinados a convertirse en alimento por orden
judicial. Un sufrimiento, el de esas familias, que no sirvió para nada porque pronto los
afectados por el apetito revelaron otra característica aterradora de su condición: la carne
de los muertos no saciaba su hambre. Necesitaban víctimas vivas. El descubrimiento
coincidió con un aumento de los casos en progresión exponencial y no hubo protocolo
alguno que pudiera contener la hecatombe. Encerrarse en casa con la mayor cantidad de
provisiones y reducir al mínimo el contacto humano fueron las últimas
recomendaciones oficiales para quienes siguieran sanos. Y eso es lo que habían hecho
Alicia y Carlitos. Seguir las instrucciones de una claudicación. “El apetito es el meteorito
y nosotros los dinosaurios”, bramó la voz en la radio, “los gritos que oímos en las calles
son el réquiem con que se despide la especie que un día dominó el planeta”.

Alicia apagó el aparato.

En los estantes del pequeño armario sobre el lavabo había cajas de paracetamol,
ibuprofeno y amoxicilina: los medicamentos que recomendaron comprar antes del
encierro. Se tomó una pastilla de cada uno. Después cogió el bote de agua oxigenada. Y
varios rollos de gasa. Cerró la puerta de espejo. Suspiró a su reflejo, atravesándose a sí
misma con la mirada. Convenciéndose de que hacía lo único que quedaba por hacer. Lo
que haría cualquier madre en su situación.

—Mamá, he construido un avión —gritó Carlitos desde fuera—. A lo mejor


podemos escapar volando de aquí.

Ella quiso sonreír pero lo que hizo fue llorar. Se tapó la boca para que Carlitos no
la oyera. Cambió la función de la radio a CD y presionó play. Subió el volumen. Los
gorgoritos de Adele en Someone like you disfrazarían sus gemidos. Se puso de puntillas
para alcanzar el toallero alto. Al que no llegaba el niño ni subido a una silla. Cogió la
toalla negra. La depositó en el lavabo. Al desplegarla, descubrió un cuchillo y una
bandeja. El halógeno del techo se reflejó en la hoja, que aún tenía alguna mancha de la
última vez que la usó. Deshizo el vendaje de su mano izquierda. Las heridas ya no
sangraban, pero no tenían buen color. Los glúteos curaron mucho mejor, aunque fueron
más difíciles de cortar y las heridas seguían resultando incómodas. Lo ocurrido con el
gemelo prefería no recordarlo. Alicia cogió un nuevo rollo de gasa. Lo ató con fuerza a
su antebrazo, reduciendo el bombeo de sangre a la mano mutilada, la cual empapó de
agua oxigenada. Esta vez no serían solo los dedos, tendría que llegar más abajo de la
muñeca. El pulgar iba a ser una gran pérdida, pero no podía soportar que a Carlitos se
le marcaran tanto las costillas. Mordió con ganas la esquina de una toalla de manos.
Después apoyó la cuchilla dos centímetros por delante del torniquete.
Fuera del baño, Carlitos disparaba proyectiles imaginarios entre dos de las piezas
de Lego, como si fueran aviones en pleno combate. Los efectos sonoros de su boca, las
alarmas de los coches que seguían silbando en el exterior y la canción de Adele sonando
a todo volumen, acallaron cualquier grito que Alicia profiriera. Mientras bizqueaba
frente a dos piezas que no terminaban de encajar, con la lengua asomada por un lado de
la boca, al niño le sonaron las tripas.

—¡Mamá! —gritó.

Carlitos dejó a un lado el avión de Lego y fue a la cocina a buscar algo que picar,
igual que había hecho al inicio de la tarde. En el primer cajón encontró una caja de
galletas. Un retortijón de sus tripas pareció celebrar el hallazgo. Cogió una Oreo y,
como había hecho tantas veces a lo largo de su infancia, separó las dos cubiertas para
descubrir el relleno. Chupó la crema de vainilla, la nariz se le arrugó. Probó a masticar
el chocolate, tampoco le gustó. Escupió la galleta en el cubo de basura. En otro cajón
encontró varios botes de pepinillos. No se molestó en probarlos. Abrió la nevera
convertida en despensa. Repasó las provisiones que Alicia había almacenado
atendiendo a las recomendaciones de la radio: los frutos secos, el embutido, las latas de
conserva. Y las decenas de cajas de Froot Loops que no mencionaron en la radio pero
que ella compró especialmente para el niño, para que el dibujo del tucán y los aros de
fruta multicolor le alegraran cada mañana durante los días que durara el encierro.
Carlitos metió la mano en una de las cajas, buscó la abertura de la bolsa de plástico y
excavó un puñado de aros. Se los metió a la boca. El sabor azucarado de los cereales
dibujó una mueca de desagrado y sorpresa en su rostro: no lograba entender por qué
toda la comida se había puesto mala. Los escupió en el fregadero. Ese gesto, el del niño
escupiendo sobre el fregadero un puñado de los que habían sido hasta entonces sus
cereales favoritos, fue el que anunció a Alicia, hacía tres semanas, la peor de las noticias.
El primer indicio quedó reforzado más tarde cuando se encontró al niño de rodillas
junto a la papelera del baño, mordisqueando las uñas que ella se había cortado la noche
anterior.

Carlitos cerró la nevera de un portazo. Se sentó en el suelo de la cocina, se cruzó


de brazos y empezó a llorar. Como los niños que lloran por la noche en la planta infantil
de un hospital, Carlitos estaba enfadado con una enfermedad que no sabía que tenía.

—Está todo malo —balbuceó—, tengo mucha hambre.

El berrinche duró hasta que oyó abrirse la puerta del baño. Mamá apareció frente
a él. Estaba pálida, empapada en sudor. Alicia tuvo que apoyarse contra la pared para
sobrellevar el mareo.
—Vamos a cenar, cariño.

Una sonrisa amaneció en la cara de Carlitos, que se levantó de un salto y se


asomó al contenido de la bandeja negra que le ofrecía mamá. Con dos dedos, cogió un
pedazo de carne. Se lo metió en la boca. Lo saboreó con los ojos muy abiertos.

—¿De dónde lo has sacado? He estado buscando por toda la cocina —masticó con
ansia un segundo trozo—. Qué rico mamá, qué hambre tenía. ¿Tú no quieres?

Alicia observó a su hijo disfrutando de cada bocado. Eso era suficiente para
aliviar el peor de los dolores. Con una sonrisa, recordó la promesa que le había hecho al
niño cuando todavía era un bebé.

—No hijo, es todo para ti.

El vendaje a presión de la mano que escondía tras la espalda empezó a gotear


sobre el suelo.

FIN
Una asombrosa historia sobre la supervivencia.

Víctor y Violeta escapan a través del bosque. No pueden llegar tarde a la


extracción. Policías, perros y una muchedumbre enfurecida persigue a la pareja para
evitar que logren su objetivo. El amor antinatural entre un hombre blanco y una mujer
de piel morada ha sido considerado una amenaza para todos. Pero nadie sabe lo que
Víctor y Violeta están intentando realmente…
Paul Pen

Trece historias.
Violeta
Trece historias - 11
Nota del autor

Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos


con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
Violeta
La zapatilla de Víctor resbaló en el barro. Incapaz de frenar a tiempo, Violeta
tropezó con su cuerpo. Rodaron ambos sobre la tierra encharcada. La luna reflejada en
los parches de agua se fragmentó en destellos irregulares. Violeta acabó sentada sobre
Víctor, las rodillas clavadas en el fango templado que origina una lluvia de verano. Su
pelo empapado caía sobre la cara de él. El roce de los glúteos de ella excitó a Víctor. El
barullo de la muchedumbre que los perseguía se oía cada vez más cerca.

—¿Todavía no te arrepientes de que te haya elegido? —preguntó ella.

Él apartó su flequillo para que la luz de la luna iluminara sus rostros, quería que
Violeta viera la seriedad en su mirada al responder. En cuanto abrió la boca, los
ladridos del montón de perros atronaron no muy lejos, robándole la palabra. Víctor
elevó la cintura para obligarla a levantarse.

—Vamos —dijo.

Las manos de ambos se hundieron en el barro. Las agujas de pino que flotaban en
la superficie de los charcos quedaron adheridas a sus muñecas. Un cardo arañó el
antebrazo de Víctor al incorporarse. Retomaron la carrera esquivando los troncos, las
ramas bajas, los matorrales. Muchos de los obstáculos no eran más que sombras frente a
ellos, visibles tan solo por el contorno grisáceo que les dibujaba la luna.

—Tendríamos que haber llegado ya —dijo Violeta en un jadeo.

—Vamos bien —la tranquilizó Víctor—. Si es donde me dijiste, vamos bien.

Ambos se agacharon justo a tiempo de esquivar una rama de pino que podría
haberlos noqueado. Una voz masculina gritó detrás de ellos, seguida de una explosión
de ladridos. Violeta tropezó del susto. De rodillas, horadó con las manos dos canales
paralelos en el terreno. Hundió las palmas en la arcilla del suelo, los hombros elevados,
la cabeza descolgada.

—No puedo más —suspiró.

Los dedos de Víctor buscaron los de ella, surcando como lombrices la tierra
empapada. Con la otra mano, elevó la cara que ella dirigía al suelo. Sus ojos, del violeta
que inspiró el nombre con el que decidió dirigirse a ella, reflejaron la luna entre las
manchas oscuras de barro que camuflaban su rostro.
—Claro que puedes —dijo—. Por algo te eligieron.

Víctor señaló con las cejas el cielo nocturno. Los dos destellos blancos en el iris de
Violeta titilaron. Él tiró de ella a pesar del dolor en el hombro. Logró que se levantara.
Retomaron la huida a través del bosque. El claro tenía que estar muy cerca. La idea de
no alcanzarlo atenazó el estómago de Víctor. Aceleró aún más la carrera. Se enfrentó a la
maraña de ramas como si fuera un montón de manos que quisiera detenerlos.

—Ya estamos.

Cubrió sus ojos con un brazo para atravesar la frondosa barrera que daba acceso
al claro. Víctor gritó cuando las agujas de los pinos le arañaron el codo, la muñeca, la
mano. Una última rama levantó piel de su frente dibujando una arruga de sangre entre
las de su ceño fruncido. El claro era una pradera circular que a la luz de la luna parecía
tapizada de hierba grisácea.

—Es esto, ¿no? —preguntó Víctor.

Tomó aire en hondas respiraciones. La garganta le raspaba como si fuera de lija,


un pinchazo le perforaba el estómago. Violeta enganchó las manos en sus rodillas,
tratando de mitigar la fatiga. Del bosque emergió el grito distorsionado de un altavoz.
Víctor no entendió una palabra del mensaje, pero sabía que iba dirigido a él.

—¿Es esto? —insistió Víctor, señalando el terreno.

Violeta se incorporó. Miró a su alrededor tratando de reconocer el espacio.

—Sí, creo que sí.

—¿Creo que sí o estás segura?

El tono enfadado en la voz de Víctor dilató los ojos de Violeta.

—Te pedí que no vinieras —susurró—. No tenías por qué traerme.

Violeta no esperó una respuesta, no tenían tiempo para una discusión. Caminó
por el terreno abierto mirando en todas direcciones, tratando de calcular el centro
geométrico de aquel círculo. Cuando estuvo cerca, se arrodilló. Dedicó una mirada
tímida a Víctor, avergonzada por lo que estaba a punto de hacer, como la de un niño
que tira de la mano de su madre porque va a hacerse pis ahí mismo, en mitad del
autobús. Sin tiempo para pudor ni timideces, Violeta gateó por la pradera, con la
barbilla pegada al pasto. Como un animal. Reconoció el terreno oliéndolo, palpándolo.
El sonido canino de su olfateo incomodó a Víctor. Observó asombrado el
comportamiento peculiar de Violeta, sus movimientos insólitos. Con el mismo asombro
había observado el también peculiar e insólito color de sus ojos cuando la trajeron,
herida, al laboratorio.

Violeta se detuvo. Peinó la hierba con los dedos, descubriendo algo. Sonrió a
Víctor.

—Es aquí. Está la marca.

Él caminó hacia ella, encorvado, un soldado en campo enemigo, como si el


escuadrón que los perseguía hubiera empezado a dispararles. Los ladridos enfurecidos
de los perros sonaban más cerca, pero más dispersos, en puntos diferentes alrededor del
claro: el grupo se había dividido para potenciar la búsqueda. Víctor imaginó la espuma
en los hocicos de las fieras, las correas tensas contra los músculos de sus patas
delanteras. Examinó el terreno que le señalaba Violeta. Una banda aparecía más
hundida que el resto de la tierra, la vegetación muerta dentro de esa franja.

—Aquí llegaste —dijo Víctor.

Acarició el suelo en señal de reconocimiento por haberle permitido conocer a


Violeta. Ella lo besó en el hombro. En algún lugar entre los árboles, el altavoz emitió un
intenso zumbido de alarma. Unas primeras palabras resultaron todavía ininteligibles,
pero el discurso fue tomando forma hasta resultar comprensible. El efecto fue como el
de sintonizar una emisora en un dial lleno de ruido blanco.

— …SUS POSICIONES —atronó la voz desde el bosque—. ESTÁ


CONSIDERADO ENEMIGO DEL ESTADO. TENEMOS ORDEN DE NO… —el mensaje
se interrumpió con una detonación eléctrica.

Víctor paseó la mano por todo su cuerpo, acumulando en la palma el barro


adherido a su ropa, a su piel. Lo extendió, como un ungüento, por los brazos de Violeta.

—Cúbrete. Oleremos menos para los perros.

Ella usó el barro que encontró en su pelo, en su pecho, en los bolsillos de la bata
con que Víctor la vistió antes de escapar. Él arrancó hierbas y frotó las raíces contra la
cara de ambos.

—Se nos verá menos.


El fuerte olor a tierra, a geosmina, detonó en Víctor una sensación acogedora, la
de las tardes de su niñez buscando lombrices en los charcos. Usando el suelo como la
paleta de un pintor, cubrió su piel con el óleo de color oscuro que le ofrecía la tierra.
Pintó también las piernas de Violeta, que operaba con mayor lentitud, examinando
entre sus dedos lo que era una sustancia desconocida para ella, la pasta que surge de
combinar agua con tierra. Encontró entre el barro una pequeña espiral de color blanco,
la larva de algún coleóptero. Al cogerla, la espiral se abrió, el gusano se retorció. El
gesto tan puro de curiosidad y fascinación que Violeta le dedicó a Víctor, buscando
alguna explicación a ese milagro surgido entre la suciedad, le hizo sentir tanta alegría
como tristeza. La alegría de haber conocido a un ser tan lleno de preguntas. La tristeza
de saber que no tendría tiempo de responder a ninguna.

—Túmbate —susurró Víctor.

Se tendieron boca abajo en el suelo encharcado, uno junto al otro. Él apoyó la


mejilla izquierda, ella la derecha. Se miraron a través de las hierbas, sus rostros
reflejados en el charco entre ellos. Desde el bosque llegaban gritos, ladridos, órdenes,
alarmas. El oído expuesto de Víctor se llenó de líquido. Lo oyó taponarse. El sonido
amortiguado de la realidad le permitió abstraerse de ella. Le permitió recordar la otra
vez que estuvieron tumbados en el suelo. Ocurrió en el laboratorio, no sobre tierra
húmeda sino sobre baldosas frías que acabaron calentándose con el fervor de sus
cuerpos. Fue la primera noche que él la dejó salir de la cámara de aislamiento. La
primera vez que se saltó todos los protocolos. La primera vez que hicieron el amor.
Violeta leyó sus pensamientos y repitió la sonrisa entre pícara y avergonzada que le
dedicó aquella noche.

El ladrido feroz de un perro cercano interrumpió el recuerdo.

—Mi gente me odia —susurró Víctor.

—Porque no saben lo que estás haciendo por ellos.

—Y nunca lo sabrán.

—Eso solo te convierte en un héroe aún mayor.

—Y sin embargo aquí estoy. Tirado en el barro. Perseguido por perros y


soldados, como un…

Un agudo zumbido del altavoz cercenó su discurso. Otro montón de palabras


emanaron del aparato entre interferencias y distorsiones.
— …NO TIENEN ESCAPATORIA… DOCTOR BLANCO, ENTRÉGUESE… LA
MUESTRA QUE SE HA LLEVADO CON USTED… TANTO SU TRABAJO COMO EL
INDIVIDUO QUE HA SUSTRAIDO… PROPIEDAD DEL GOBIERNO.

Respirando sobre los charcos, esperaron a que cesaran los alaridos.

—¿Cuánto falta? —preguntó Víctor—. ¿Cuándo vienen?

—Han percibido mi presencia en el claro desde que entramos. No debe de faltar


mucho —se mordió el labio, alojando una duda—. No deberían tardar.

—No pueden tardar —corrigió él. Los dos sabían que no disponían de mucho
tiempo.

Se produjo un crujido en los matorrales. Víctor pegó aún más la barbilla al suelo,
sumergida la boca en el charco. Respiró solo por la nariz. La superficie del agua vibró
con cada una de sus aceleradas exhalaciones. Realizó un barrido con la mirada, solo
hasta donde le permitiría la posición de su cuello. Identificó un movimiento entre las
ramas, que se agitaron anunciando una presencia. Lo primero que vio Víctor fueron las
botas. Después el pantalón militar. El soldado entró al claro con la cabeza agachada, los
brazos extendidos, usando casco y arma como parapeto contra las ramas. Víctor apretó
la mano de Violeta. Tomó aire mientras deseaba que el soldado no estuviera
acompañado por un perro. Con los pulmones llenos, pegó la cara al suelo para resultar
menos visible, sumergiéndola por completo en el charco. Violeta hizo lo mismo. Los
sentidos de Víctor quedaron limitados al del oído. Lo primero que oyó fue cómo Violeta
seguía respirando con normalidad a través del orificio que tenía en el cuello, un
espiráculo como el de los delfines que ya identificaron en el primer examen anatómico
en el laboratorio. Ella podía estar en esa posición, con el rostro hundido en agua y barro,
el tiempo que fuera necesario. Víctor no aguantaría más de minuto y medio. Oyó el
cascabeleo metálico de hebillas y correas cuando el soldado dio un par de pasos
reconociendo el terreno. Una burbuja se le escapó a Víctor de entre los labios. La
pequeña detonación de aire en la superficie del charco retumbó en su cabeza como una
explosión. Imaginó al militar dirigiendo su atención al punto en el que había reventado
la pompa. Al principio no distinguiría nada, tan solo los volúmenes irregulares de la
tierra mojada. Pero enseguida su mirada entrenada diferenciaría los contornos del
hombre que buscaban. El joven doctor que había cometido el error profesional más viejo
del mundo: mezclar amor y trabajo. A su lado, camuflada también entre el barro,
adquiriría presencia la particular anatomía del ejemplar a la fuga. Entonces el soldado
proferiría el grito de aviso que atraería al resto del escuadrón. A los perros. A la turba
de indignados que se habían unido a la persecución. Y la fuga terminaría en lapidación,
en tiroteo, en caos. En extinción. Víctor se convenció de que el soldado les había
descubierto. De que no tenía sentido seguir forzando una apnea que ya lo mareaba. La
sola idea de respirar, de llenar sus pulmones y su sangre de oxígeno, hacía que
mereciera la pena perderlo todo. Violeta le apretó la mano por debajo del agua. El gesto
animó a Víctor a aguantar un poco más. Fueron unos segundos extra que le permitieron
discernir un nuevo movimiento del soldado. Oyó las ramas agitándose, quebrándose a
su paso. Lo envolvían en su camino de vuelta al bosque.

No les había visto.

Víctor despegó la cara del barro. La toma de aire fue tan desesperada que dolió
en la garganta, la cabeza, el pecho. El repentino aporte de oxígeno lo mareó. Cayó sobre
el charco con la cabeza ladeada, mirando de nuevo a Violeta. Su espiráculo emitió un
último jadeo antes de que ella separara la cara del agua y retomara la respiración por la
nariz. Durante unos segundos, mientras Víctor recuperaba la serenidad, sintió que eran
una pareja normal, tirados un domingo por la mañana en el césped de un parque de
alguna gran ciudad.

Un relámpago rosado estalló entonces en el cielo. La hierba que cubría el terreno


se erizó como el vello en la piel de una persona asustada.

—Han llegado —dijo Violeta.

Víctor vislumbró en el cielo un resplandor intermitente, no muy diferente del que


produce un avión al volar entre las nubes.

—¿Son ellos?

Violeta asintió.

—Son ellas.

—¿Cómo van a subirte?

La respuesta llegó enseguida. Una cortina de luz seccionó el manto de nubes


como una cuchilla. Descendió hasta el suelo, creando una pared luminosa en mitad del
claro. El haz era tan ancho como una portería de fútbol, tan grueso como un tabique. Su
color cambiaba a un ritmo pulsátil —morado, azul, verde, morado, azul, verde—,
dotando a la barrera de una cualidad casi orgánica. Víctor le imaginó un sonido
vibrante, de corriente eléctrica, pero en realidad funcionaba en absoluto silencio.
La aparición fue recibida con un desenfrenado estallido de ladridos. La sirena del
altavoz sonó a máximo volumen. Las voces de los soldados gritaron al unísono,
avisándose unos a otros del lugar al que debían acudir, como si el señuelo luminoso no
fuera suficiente indicación. Víctor se levantó sin ninguna precaución, ya no tenía sentido
camuflarse. Asistió a Violeta cogiéndola del antebrazo. Agarrados de la mano, miraron
al cielo, siguiendo el perfil de la pared brillante. Aparte de la cíclica variación del color,
no se produjo ningún cambio, ningún aviso. Ninguna voz descendió del cielo
instruyéndoles sobre lo que debían hacer.

—¿Y ahora? —preguntó Víctor—. ¿Qué pasa ahora?

Violeta tiró de él, guiándolo en una ronda alrededor del enorme haz luminoso.

—No tenemos tiempo… —dijo Víctor.

Los matorrales que rodeaban el claro empezaron a sacudirse por acción de los
cuerpos que se acercaban. Las gotas acumuladas en los ápices de las hojas se
precipitaron al suelo en una lluvia de pequeñas lunas.

—Violeta, nos están alcanzando.

Ella centró su atención en la barrera de luz. La examinaba mientras andaba de


lado, como si leyera los lomos de los libros en una biblioteca. Víctor observó la
vegetación. La vibración se reproducía en matorrales cada vez más cercanos. A sus
espaldas oyó un gruñido. Se giró a tiempo de ver al perro. Un pastor alemán atravesó el
montón de ramas. Corrió hacia ellos, ladrándoles, para inmovilizarlos de pánico. Víctor
hizo el amago de correr, de tirar de Violeta e iniciar una huida desesperada que los
llevaría a las fauces de otro de los animales, pero ella encontró lo que estaba buscando
en la estantería luminosa. Todavía esperó unos instantes a que la luz se pusiera morada.
Entonces tocó el haz y su mano desapareció hasta la muñeca. La pared se desdobló y
curvó. Víctor se echó las manos a la cara para protegerse de los mordiscos, creyó sentir
los colmillos del perro en el brazo, pero lo que oyó fue el quejido del animal herido. La
bestia había impactado contra la barrera multicolor, que ahora los rodeaba. Víctor dio
una vuelta sobre sí mismo: la luz morada, azul, verde, morada, azul, verde, los protegía
por completo. Él y Violeta estaban en el interior de un cono luminoso que se alzaba
hacia el cielo.

—Esto se parece más a lo que me había imaginado —dijo Víctor.

El animal dolorido se arrastró alrededor de la base del cono, incapaz de atravesar


la barrera. Cuando Víctor la tocó, su mano la atravesó sin más. Le dedicó a Violeta una
mirada interrogativa similar a la que ella le había dedicado a él con la larva del
escarabajo. E igual que a él, a Violeta también le conmovió la curiosidad de Víctor por
todo lo que desafiaba su mundo conocido.

—Podrías ver tantas cosas si vinieras conmigo…

—Pero no puedo, ¿no? —preguntó Víctor.

Ella bajó la cabeza y negó, avergonzada de sí misma por haber planteado un


imposible.

Se produjeron nuevas incursiones en el claro. Tres perros ladraron a la pareja.


Corrieron hacia ellos. Frenaron antes de chocar contra la barrera de luz. Al menos diez
soldados emergieron de diferentes puntos del diámetro que delimitaba el terreno libre
de vegetación. Tres agentes de policía, uno de ellos mujer, con una larga trenza rubia
surgiendo bajo la gorra, centraron sus esfuerzos en contener al montón de espontáneos
que se habían sumado al tumulto. Las bocas de todos ellos se abrieron en sincronía al
descubrir la brillante columna de luz multicolor que se erguía hacia el cielo, fenómeno
que emulaba, frente a sus ojos, lo que el cine de ciencia ficción les había mostrado
durante décadas. Dos mujeres gritaron y huyeron asustadas del lugar, atravesando sin
precaución las ramas de los matorrales, lo que las llevó a gritar aún más. Uno de los
policías, al ver ese faro que atraería, no ya a los vecinos del pueblo cercano, sino a los de
toda la comarca, dijo:

—Lo que nos faltaba.

—Se nos va llenar de prensa en tres minutos —contestó la agente de la trenza.

El militar que portaba el altavoz lo elevó por encima de su cabeza. Activó la


sirena, centrando en él toda la atención. Los habitantes del pueblo, situados alrededor
del claro a la mayor distancia posible del cono de luz, atendiendo a las indicaciones de
la policía, callaron. Los perros dejaron de ladrar. A través de la barrera traslúcida, Víctor
y el militar engancharon sus miradas. Este último acercó el altavoz a sus labios. Su
mandíbula encajaba con el resto del cráneo como una trampa de osos. La cercanía física
con su interlocutor lo llevó a hablar de manera normal, sin gritar. Las palabras
surgieron claras del aparato:

—Doctor Blanco, supongo.

Víctor no sonrió a la referencia. Apretó la mano de Violeta y dieron un paso atrás


dentro del espacio que delimitaba el cono. Detrás del militar apareció un hombre
vestido de paisano. Unas gafas cruzaban su rostro en diagonal, revelando el esfuerzo
que le había supuesto seguir el ritmo de la persecución. Recuperó la compostura
peinando con los dedos su pelo sudado. Arregló el nudo de corbata que asomaba por el
cuello de un jersey de punto. También se ajustó una bata blanca. La ficha que lo
identificaba como Lorenzo Hoyos, jefe de laboratorio, cayó al suelo. Recuperó la firmeza
en sus pasos al ver a Víctor, y hacia él se dirigió sin atisbo de duda. Hubo una primera
reacción de los soldados de retener al desconocido, pero quedó contenida con un gesto
de su superior, el militar del altavoz.

Lorenzo Hoyos llegó hasta la barrera de luz transparente. El cíclico cambio de


color tintó su rostro de azul, morado y verde.

—No lo hagas, Víctor. No dejes que se marche.

—Me iré si me quiero ir —dijo Violeta.

—Te vas porque un trabajador de mi equipo está traicionando a su laboratorio, a


su país. A todo su planeta. A ti te teníamos bien capturada.

—Vine aquí en una labor de paz y acabé diseccionada en una camilla —Violeta se
abrió la bata para mostrar dos cicatrices paralelas en el abdomen.

El jefe de laboratorio la escuchó sin dar valor alguno a sus palabras, como el
profesor que recibe de un alumno la excusa de que su perro se ha comido los deberes.

—¿Misión de paz? —mantuvo desafiante la mirada malva de Violeta—. ¿Y cuál


es esa misión de paz? ¿Por qué no te explicas de una vez?

Violeta y Víctor intercambiaron miradas llenas de preguntas no pronunciadas. La


decisión que originó ese diálogo mudo fue la de continuar callados.

—Víctor, está mintiendo —dijo el jefe de laboratorio—. No sé qué tipo de control


mental alienígena está empleando contigo pero no puedes confiar en un individuo de
naturaleza desconocida como ella. No puedes dejar que se marche. No sabemos en qué
consiste su plan y el conocimiento que ahora tiene supone una colosal brecha en la
seguridad de nuestro planeta. De mi seguridad, la tuya, la de tu familia.

Víctor miró a los ojos de Violeta. En ellos descubrió la sinceridad absoluta del
amor más puro que había conocido. Si de verdad esos ojos mentían, si lo que ella le
había confesado a él no era cierto y la comunicación entre seres inteligentes en el
universo había llegado al punto en el que era completamente imposible diferenciar la
verdad de la mentira, en el que era tan sencillo hacer pasar una por otra, entonces ni
siquiera merecía la pena proteger la vida de esos seres. Todo lo que estaba ocurriendo
solo tendría sentido si él acometía el acto de fe que implicaba creer a Violeta. La mirada
del jefe de laboratorio, sus párpados tensos llenos de desconfianza y sospecha,
facilitaron aún más la decisión.

—Haz lo que tengas que hacer —dijo Víctor.

El jefe de laboratorio tardó unos segundos en procesar la respuesta. Fue cuando


Víctor tomó a Violeta de la cintura, acercándola más a él, cuando captó realmente el
mensaje. Caminó hacia atrás separándose del cono luminoso, señalando a Víctor como
un mafioso que amenazara con un futuro ajuste de cuentas. El militar del altavoz
levantó un brazo para prevenir a sus hombres. Cuando Hoyos pasó a su lado, le
confirmó el fracaso de la negociación.

El militar bajó el brazo.

Sus hombres empezaron a disparar.

Decenas de balas alcanzaron el cono luminoso. No lo atravesaron. No lo


rompieron. Tampoco rebotaron. Los proyectiles penetraron en el haz de luz como si
fuera resina y quedaron atrapados en su interior como mosquitos prehistóricos en
ámbar. Dentro de la barrera, Víctor dejó escapar un grito de rabia. De impotencia.

—¡Dios! —habló por encima del estruendo de los disparos.

—Estás haciendo lo correcto —Violeta colocó sus manos sobre la cara de él—. No
hay ningún tipo de salvación, y decirles la verdad solo los haría sufrir más. Estropearía
sus últimos días. Lo que estás haciendo es muy duro, pero es lo correcto.

Víctor tomó aire para aceptar la sabiduría en las palabras de Violeta.

—¿Cuánto nos queda? ¿Nueve días?

—Según nuestros cálculos, el cuerpo impactará con vuestro planeta en la noche


del noveno día, a partir de hoy.

—¿Cómo es posible que nuestros telescopios no lo capten?

—No tenéis la tecnología suficiente. No es un cuerpo físico en el sentido en que lo


entendéis vosotros.

—Un cuerpo es un cuerpo. Aquí y en cualquier galaxia.

Ella negó con la cabeza, incapaz de transmitir el conocimiento que poseía. Ni


siquiera existían palabras para explicar esos conceptos.

—¿Por qué yo? —preguntó Víctor—. Cualquier otro te habría valido.

—Acabar en ese laboratorio fue un imprevisto en la misión. Un error, culpa mía.


Tendría que haber sido mucho más fácil. Esto —señaló el caos de agresividad a su
alrededor—, todo esto no era necesario. Aun así me alegro infinito de haber cometido
ese error, de que me capturaran. De que me ataran a esa camilla. De que me rajaran, me
sacaran líquidos y me dejaran estas cicatrices. Eso fue lo que me llevó hasta a ti.

Violeta abrazó a Víctor. Lo besó en la boca. El gesto originó alaridos de asombro,


repugnancia y alarma entre quienes observaban la escena desde el claro.

—Tengo que irme —susurró ella.

—Ojalá esto hubiera acabado de otra forma.

—La barrera de luz va a desaparecer en cuanto me vaya —Violeta señaló el


montón de balas adheridas a ella—. Ya no habrá nada que las detenga.

Víctor entendió la amenaza que contenía esa frase.

—Es ahora o dentro de nueve días, ¿no? —esperó a que Violeta asintiera—.
Entonces qué más da.

Los ojos de Violeta se llenaron de agua.

—Gracias por darme los tres mejores últimos días de mi vida —dijo él. Después
señaló el cielo con la barbilla y añadió—: Vete ya, te están esperando.

Con una mano, Violeta realizó algún ajuste tocando la barrera de luz en tres
intervalos que parecieron calculados. Después esperó a que el brillo adquiriera
tonalidad morada y presionó la barrera una vez más. Víctor le dedicó una última
sonrisa antes de que ella y el cono luminoso se desvanecieran.

Las balas alcanzaron a Víctor al instante, derramando su vida sobre el claro. Una
imagen persistente, borrosa, de color violeta, permaneció en su retina hasta el último
momento de consciencia.

Alejándose de La Tierra, Violeta observó la esfera turquesa que flotaba en mitad


de la oscuridad. Cuando dejó de ser visible a través de la ventana, pasó a seguir su
evolución en una pantalla. La velocidad de su vehículo y la variación en la gravedad,
distorsionaron la magnitud del tiempo. Para ella pasaron treinta segundos, pero en La
Tierra transcurrieron los nueve días que faltaban para que el impacto de un cuerpo
indetectable la destrozara por completo. La frágil burbuja azul explotó sin más. Como
un recuerdo que cayera en el olvido. Violeta pensó en el tacto del barro, la lluvia, los
pinos, la larva del escarabajo. En Víctor. Todo ese mundo acababa de desaparecer frente
a sus ojos en un instante, sin dejar rastro.

—No me digas que te has enamorado otra vez de verdad —dijo una voz a su
lado.

Violeta secó las lágrimas de su mejilla. Quien hablaba era una de sus compañeras
de trabajo. Tenía el cabello morado como ella, pero lo llevaba mucho más corto. Algunas
canas mal disimuladas delataban su edad.

—Tienes que aprender a ser más fría —dijo—. Más profesional. Son muchos los
planetas que están al borde de la desaparición. No puedes cogerte estos berrinches
después de cada misión.

—Esta vez ha sido diferente.

—Para ti siempre es diferente. ¿Te recuerdo cómo estabas por el macho aquel de
tres planetas más atrás?

—Esta vez es en serio. No ha sido una extracción rápida. He estado tres días con
él. Los suyos me capturaron, pero él arriesgó todo por liberarme. Creyó lo que le dije, y
no tenía por qué hacerlo. Arriesgó su vida para salvar la mía.

—La tuya no, la de su especie —corrigió la compañera—. En serio, no te


compliques, que el trabajo está muy claro: bajas, dejas que te fecunden y te marchas.

—Yo prefiero que la concepción del nuevo futuro de cada especie sea un acto
realizado con amor.

—Y así te va, llorando por los rincones. Añádele el romanticismo que quieras,
pero aquí todas trabajamos para REGAPREIX. Y no somos más que eso: recipientes que
garantizan la preservación de especies inteligentes en peligro de inminente extinción.

—Gracias por recodarme el significado de las siglas.

La compañera acarició la barbilla de Violeta.

—Perdóname, tienes razón, no me hagas caso. Si yo era igual de inocente que tú.
Pero trescientos años trabajando en esto acaban por quitarle a una la ilusión. Disfrútalo
mientras puedas. Pero no me llores. Llevo fatal verte llorar. Si hasta le habrás pedido
que se venga contigo…

La cara de Violeta dejó claro que así era.

—Eres incorregible.

—No somos meros recipientes —dijo Violeta—. Somos el vehículo a través del
cual pervivirá la información genética de especies que de otra manera hubieran
desaparecido sin dejar rastro.

—Bueno, eso de que pervivirá, de aquella manera. Somos hembras compatibles


con cualquier especie inteligente y nuestra descendencia es compatible entre sí. Entre la
hibridación de esas especies con nosotras mismas, y la del montón de cruces que se
producen entre nuestra prole, al final acabaremos siendo todos una misma especie en
unas cuantas generaciones. Ya verás.

—Una especie única que contiene a todas las demás —Violeta acarició su vientre
y pensó en Víctor—. ¿No te parece la manera más bonita de poblar el universo?

La compañera de las canas sonrió.

—Tú sí que eres bonita —dijo.

FIN
Una emocionante historia sobre miedos infantiles. Todos los niños del pueblo
temen a la mujer encorvada que vive con un muñeco hinchable en la casa de las
persianas bajadas. Según los mayores, por las noches se adentra en las habitaciones para
inflar a los niños hasta hacerlos explotar. Vicente y sus amigos están hartos de vivir con
miedo y planean asaltar la casa de la viuda para desinflar el muñeco. Solo uno de ellos
completará la expedición, recibiendo una lección de vida que lo cambiará para siempre.
Paul Pen

Trece historias.
La viuda
Trece historias - 12
Nota del autor

Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos


con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
La viuda
Es fácil creer todo lo que la gente cuenta de otra gente. Yo tardé más de treinta
años en aprender a no hacerlo. Y lo logré gracias a la misma mujer que había poblado
mis pesadillas más terribles cuando aún era un niño. En el pueblo donde crecí los
mayores no asustaban a los críos con el hombre del saco. Ni con Chupa Chups
preñados de cuchillas de afeitar, calcomanías impregnadas con LSD o alguna otra
leyenda urbana por el estilo. En los tiempos de los que hablo la palabra pederasta ni
siquiera formaba parte del vocabulario de ninguno de nuestros padres, relegada
todavía a algún renglón olvidado del diccionario. Tampoco necesitaban términos tan
sofisticados. Les bastaba con mencionar a La Viuda, la mujer encorvada que vivía con
un muñeco hinchable en la casa que siempre tenía las persianas bajadas. Un muñeco
que no era más que el cadáver inflado de su propio marido, a quien impuso la misma
tortura que infligía a los niños que se portaban mal. Aún hoy recuerdo el aire susurrado
de mi padre acariciándome la oreja al invocar a La Viuda después de arroparme con las
sábanas. Recordándome que si tardaba demasiado en dormir, ella entraría por la
ventana para arrancarme de la cama. Y que me abriría las tripas para vaciarme por
dentro e hinchar mi piel hueca soplándome por la boca. Cuando mi padre cerraba la
puerta de la habitación al salir, me tapaba con la sábana como sabía que estarían
haciendo a la vez todos mi amigos, temblando en sincronía dentro de nuestras
improvisadas tiendas de campaña y convirtiendo al pueblo en una suerte de bosque
lleno de campistas atemorizados por una bruja de Blair local.

Cada nuevo amanecer entre los vivos suponía un triunfo que compartíamos con
el resto de supervivientes en el autobús que nos llevaba al colegio. Mi amigo Guille solía
jurar que su ventana se había abierto en algún momento de la madrugada. Y que La
Viuda había entrado en el cuarto dispuesta a cerrar sus labios arrugados sobre la boca
de él para soplar hasta convertirlo en un hinchable. Carlos prefería hacernos creer que
la mujer encorvada se escondía en su armario, agazapada entre las camisas y pantalones
del uniforme, esperando el momento perfecto para proceder al ataque. Siempre que
contaba su historia, Carlos se concedía un momento de absoluto silencio para buscar
nuestras miradas entre los reposacabezas del autobús, e imitaba la respiración que
emergía cada noche por las rendijas de su armario. Guzmán y Álvaro relataban a
continuación, siempre en el mismo orden, experiencias similares cercanas a la muerte. Y
yo finalizaba la ronda con la historieta que más nos asustaba. Porque cada noche,
después de que mi padre cerrara la puerta de mi habitación, yo escuchaba soplidos bajo
mi cama. Los soplidos con los que La Viuda estaría inflando aquel muñeco con el que la
gente decía que convivía. El marido artificial al que hablaba y sentaba a su mesa como si
fuera una persona de verdad. Con cada exhalación, podía imaginar cómo aumentaba el
tamaño del cómplice de plástico de sus nocturnas cacerías de niños y cómo su rostro
arrugado se alisaba con cada soplido hasta inflarse para convertirse en un enorme globo
de mueca retorcida.

El recuento de nuestras noches terminaba siempre con el mismo debate sobre


cómo haría realmente La Viuda para vaciarnos por dentro. De qué manera se desharía
de las tripas. Si al soplar se marearía como nosotros cuando hinchábamos las
colchonetas para la piscina en verano. Y cuánto podía estirarse la piel de una persona
antes de explotar. También discutíamos sobre la naturaleza del muñeco con el que
convivía. El hermano mayor de Guzmán —tan mayor como para enrollarse con chicas
— aseguraba haber visto varias veces la silueta del muñeco, asomado por las noches a la
ventana superior de la casa de La Viuda. Según él, a altas horas de la madrugada un
cuadrado de luz naranja brotaba como una enorme hoja luminosa entre la hiedra que
cubría el tejado, recortando la sombra deforme del muñeco que vigilaba desde allí todo
cuanto aconteciera alrededor de la vivienda.

Pasamos todo cuarto y todo quinto intercambiando terroríficas informaciones


sobre aquella mujer. Dos cursos enteros temblando por las noches, sintiéndonos a salvo
solo cuando nuestros padres nos despertaban anunciando un nuevo día, una nueva
oportunidad de compartir nuestras pesadillas en el autobús escolar. Pocos meses antes
de terminar quinto, decidimos que no podíamos empezar sexto siendo unos miedicas. Y
planeamos llevar a cabo la idea con la que todos habíamos fantaseado alguna vez:
visitar la casa de La Viuda. Al fin y al cabo, ese monstruo que amenazaba la
tranquilidad de nuestros sueños no era un hombre con dedos llenos de cuchillas y un
jersey a rayas. Ni los fantasmas que vivían dentro de las interferencias de una televisión
mal sintonizada. La causante de nuestras peores pesadillas era una de nuestras vecinas.
Y su casa no quedaba lejos.

Eran los años en los que apenas comenzaban a construirse los primeros bloques
de más de dos plantas en este pueblo. Quienes habíamos llegado antes de la explosión
urbanística —y yo me incluyo en ese selecto grupo de pioneros aunque apenas fuera un
renacuajo nadando en líquido amniótico—, asistimos atónitos al levantamiento de lo
que nos parecían rascacielos, entre temerosos e indignados por perder la soberanía de
los campos en los que reestrenábamos las bicis al inicio de cada verano. En los que
buscábamos las piedras con las que rodear fuegos improvisados cuyas llamas podían
cambiar de color en función de lo que quemáramos en ellos. Hasta la llegada de esos
rascacielos de tres plantas, el pueblo no era más que una constelación de chalets
unifamiliares que orbitaban en torno al casco antiguo, el mayor edificio un
hipermercado Pryca en cuyo aparcamiento habitaba una máquina que escupía dinero a
cambio de botellas de cristal —fueron varios los niños que vieron a la máquina
acechando las calles, como un robot gigante adicto al vidrio, intentando comerse las
ventanas de las casas y a cualquiera que se interpusiera en su camino, pero eso es otra
historia que nada tiene que ver con La Viuda.

A dos calles de la suya, mi casa era el lugar lógico en el que iniciar la expedición.
Sentados en el suelo de mi cuarto alrededor de un cuaderno y un bote recién comprado
de Nocilla de dos colores, planeamos el modo en el que allanaríamos la morada de La
Viuda. Confundidos con historias de vampiros, hombres lobos y otras criaturas
nocturnas, concluimos gratuitamente que la mujer permanecería en estado latente
durante el día.

—Y podemos aprovechar entonces para clavarle una estaca en el corazón —


intervino Guzmán, elevando en el aire el cuchillo con el que escarbaba la Nocilla.

Carlos le arrancó el arma de las manos.

—Deja de comerte solo la parte blanca —le dijo—, que te dan subidones de
azúcar muy chungos.

De un lametazo, limpió los restos de crema de cacao del cubierto. Después forzó
una sonrisa para mostrarnos sus dientes manchados. Guille, Álvaro y yo nos dejamos
caer de espaldas sobre el suelo para reír a gusto. A Guzmán no le hizo tanta gracia
observar cómo se agotaban los últimos recursos de Nocilla blanca.

El bote aún pasó varias veces de mano en mano, girando como el minutero de un
reloj en el interior del círculo que dibujaban nuestros cuerpos. Midiendo el tiempo que
invertimos aquella tarde planeando nuestra emboscada. Cuando la dimos por
terminada, lamíamos ya el filo del envase vacío, raspándonos las comisuras de los labios
en el intento de estirar un poco más la lengua para llegar hasta el fondo del vaso de
plástico, en el que poco quedaba ya salvo restos de cacao disueltos en nuestras propias
salivas.

En mitad del círculo descansaba mi cuaderno de matemáticas, abierto desde


atrás. Una de las páginas mostraba un dibujo de la casa de La Viuda, elaborado a partir
de antiguas informaciones intercambiadas entre susurros en el patio del colegio a los
pies de los columpios y los recuerdos borrosos de la vez que recorrimos a toda
velocidad, a bordo de nuestras bicis, la calle en la que se encontraba la mansión. Aunque
en aquella ocasión ninguno nos atrevimos a echar un ojo a la vivienda, tácitamente
decidimos hacernos los valientes de cara a los demás e inventamos detalles sobre su
fachada. Detalles que, de tanto repetirlos una y otra vez, acabaron por convertirse en
realidad. Así, el dibujo que Carlos realizó atendiendo a nuestras aportaciones acabó
mostrando el seto de plantas carnívoras que según Guille rodeaba toda la propiedad.
Dibujó también la torre que Álvaro juraba haber visto, incluyendo las dos gárgolas que
se convirtieron en piedra cuando él las miró desde la bici. Como supuestamente miré yo
a la enorme aldaba con forma de cabeza humana que gritaba al golpearla contra la
puerta sirviendo de timbre, fue lo primero que se me ocurrió cuando frenamos las BMX
aquel día, y decidí mantenerme fiel a mi versión. Carlos añadió mi aldaba a su dibujo,
además de la hiedra eléctrica de bayas venenosas de la que Guzmán aseguraba haber
oído hablar a su hermano mayor. Por último, nuestro dibujante remató el plano con un
intrincado pararrayos que emergía desde el punto más alto del tejado de la casa. Una
especie de árbol metálico lleno de ramificaciones con el que, según la versión del propio
Carlos, La Viuda obtendría de los relámpagos la energía necesaria para mantener vivo
al muñeco.

Sentados en corro en la habitación, los cinco intercambiamos profundas miradas


que acabaron en un asentimiento sincronizado de tintes militares.

—Vamos a enfrentarnos a esa vieja —dijo Carlos. Con la punta del lápiz, señaló
una de las quince ventanas que habíamos adjudicado a la fachada delantera—. Y vamos
a pincharle ese muñeco —retorció la mina contra el papel desprendiendo microscópicas
lascas de grafito.

—¿Pinchar… —Guzmán tragó saliva antes de poder continuar—: el muñeco?

—Ya me habéis oído —Carlos se levantó. Rebuscó entre mis portalápices. Se giró
para mostrarnos unas tijeras. La abrió y cerró varias veces, cortando el aire con una
fricción metálica—. Esto servirá.

La barbilla de Guzmán se descolgó de su mandíbula. Buscó las miradas del resto


para testar nuestra opinión.

—Hay que pinchárselo —dijo Guille.

—Lo vamos a desinflar —añadió Álvaro.

Y fuera por efecto del azúcar o no, Guzmán alzó las manos en el aire y gritó:

—¡Los bicivoladores!

El resto tuvimos la opción de reír ante la referencia equivocada o dejarnos llevar


por la genuina energía de aquella inesperada soflama. Al final optamos por lo segundo
y chocamos los cinco con una retahíla de sonoras palmadas.

Cuando salimos de casa, la afilada cuchilla del horizonte comenzaba a decapitar


al sol, derramando sobre el cielo la sangre roja del ocaso. Salpicados por su agonizante
brillo carmesí, pisamos con fuerza los pedales de nuestras bicicletas, atravesando el
mismo campo en el que cazábamos saltamontes al inicio de cada verano. La intensidad
de las pedaladas se redujo a medida que nos acercamos al inicio de la calle en la que se
encontraba nuestro objetivo. Al doblar la esquina, el pelotón aminoró tanto la marcha
que pudo haberse detenido, pero tomé la delantera apoyando todo el peso de mi cuerpo
sobre los pedales, incitándoles a completar sin temores el tramo final del recorrido que
acabó por situarnos frente a la casa de La Viuda.

Los cinco detuvimos las bicicletas con un movimiento coreografiado: una mano
apretando el freno, el culo recuperando su posición sobre el sillín y la pierna izquierda
estirándose a un lado para mantener el equilibrio. Coincidió además con el momento en
que el sol desaparecía por completo tras las montañas de la sierra, aniquilando con ello
las sombras a nuestro alrededor. Guille se echó sobre la cabeza la capucha de una
sudadera. Guzmán abrochó la cremallera de la suya, desde el ombligo hasta la nuez.
Álvaro giró la visera de su gorra hacia la nuca. Y yo estrujé los mangos de mi manillar
produciendo un chirrido espumoso.

De un bolsillo de su pantalón, el mismo por el que asomaban los ojos de plástico


azul de las tijeras, Carlos extrajo la hoja del cuaderno. La desdobló. Miró al papel y a la
fachada que teníamos delante. Después analizó nuestros rostros, que debían estar tan
arrugados como el suyo, las cejas flotando por encima de nuestras cabezas.

—¿Esta es? —preguntó.

Se apeó de la bicicleta dejándola caer a un lado. Los demás nos colocamos a su


alrededor. Carlos elevó frente a nuestros ojos el dibujo de la mansión encantada que
habíamos imaginado entre todos. Durante unos segundos, la hoja de cuaderno eclipsó
la verdadera casa. La luz del crepúsculo nos permitió aún distinguir en el papel las
gárgolas, las cabezas dentadas de las plantas carnívoras, el pararrayos. Entonces Carlos
dejó caer los brazos lentamente, descubriendo poco a poco la realidad de la
construcción que teníamos delante.

Un sendero de grava guiaba el camino desde la acera hasta la puerta de entrada.


No había valla, alambrada ni seto, ni por supuesto nada parecido a una planta
carnívora. La fachada estaba compuesta por tablones de madera pintados de gris,
descascarillados en algunos puntos. A ambos lados del sendero tan solo se extendía un
jardín descuidado, hierbas secas emergiendo del suelo yermo como dedos esqueléticos
de alguna colonia de criaturas subterráneas. Una ráfaga de aire meció las hojas de la
enredadera que crecía sobre la fachada, que pareció reptar alrededor de las tres
ventanas: una en el piso de abajo y dos en la segunda planta. Como contaban nuestros
padres, todas las persianas estaban bajadas, pero no había ni torres, ni gárgolas ni
pararrayos. Era cierto que la casa parecía encontrarse bajo una atmósfera diferente, una
nube constante de tormenta, pero no era ni de lejos la mansión llena de secretos y
fantasmas con la que habíamos fantaseado.

Pudimos haber puesto fin a la leyenda de La Viuda en aquel momento. Aceptar


que cuanto habíamos dicho ver desde las bicis aquella tarde no era más que pura
invención. Comenzar a preguntarnos si, de la misma manera, no sería mentira todo lo
que nuestros padres, y otros mayores del pueblo, contaban de la mujer encorvada que
vivía en aquella casa. ¿Cómo podía esa mujer encorvada ser tan ágil para colarse debajo
de mi cama cada noche? ¿Y qué extraños poderes de omnipresencia poseía para
encontrarse a la vez en el armario de Guzmán?

—Yo vi las gárgolas —dijo Álvaro—. Os lo juro.

Dio un paso adelante para girarse y mirarnos de frente. Extendió los dedos de
ambas manos.

—Mirad, no los estoy cruzando —movió la decena de dedos—. Os lo juro.

—¡Está jurando de verdad! —gritó Guzmán.

Un juramento con los dedos extendidos eran palabras mayores. Quizá la casa sí
era realmente como en el dibujo. Quizá La Viuda podía camuflarla a su antojo para que
pasara desapercibida. Guzmán fue el primero en apoyar a Álvaro.

—Me apuesto la paga entera a que esa hiedra es eléctrica —dijo.

—Vamos a tener que entrar con cuidado al jardín —añadió Guille destacándose
también como creyente—. Las plantas carnívoras pueden salir del suelo en cualquier
momento.

Álvaro elevó un puño, su cara enrojecida por el deseo de creerse la historia que
estábamos inventándonos nosotros mismos.

—La Viuda es un enemigo peligroso —extendió el dedo índice hacia nosotros—.


Pero somos mucho más listos que ella.
Sus palabras restauraron el espíritu aventurero y la sed de venganza en el equipo.
Un nuevo choque de manos selló el futuro de la emboscada.

—Oh, oh —vocalizó Guzmán, aún con la palma extendida—. Ya es de noche.


Ahora puede levantarse.

En efecto, la noche había dejado caer sobre nosotros su manta oscura sin que
apenas nos diéramos cuenta, y la naturaleza vampírica que habíamos adjudicado a La
Viuda pareció confirmarse: una hilera de puntos de luz se dibujó en una de las ventanas
de la segunda planta, una ristra de destellos que se escapaban por los agujeros que
separan dos secciones de una persiana.

—¡Vamos! —susurró Carlos—, ¡escondeos!

Miramos en todas direcciones sin encontrar nada que pudiera ocultarnos. Huir
con las bicis parecía la única forma de no ser vistos. Carlos encorvó la espalda y avanzó
hacia la casa, agitando la mano para que lo siguiéramos. Una corriente de aire le robó la
hoja del cuaderno y la arrastró contra los matojos del terreno. Carlos nos guio hasta un
lateral de la casa. Nos indicó que nos colocáramos detrás de él, pegados a la pared. Al
hacerlo, Guzmán accionó con el cuerpo la llave de una manguera. El aire que emanó de
la boquilla metálica silbó durante varios segundos, revelando el poco uso que se había
hecho últimamente de aquel artilugio. Cuando el silbido cesó, una enorme lombriz de
goma amarilla comenzó a serpentear entre nuestros tobillos, empapándonos las piernas
con su lengua de agua. En lugar de cerrar la llave de paso, Guzmán trató de pisar la
manguera como si pudiera matarla. El resto imitamos sus movimientos por inercia.
Tuvo que ser Carlos quien detuviera finalmente a la boa de plástico, girando la palanca
metálica que interrumpió el flujo de agua.

—A veces no sé por qué me junto con vosotros —nos regañó con un grito
susurrado—. Hace meses que debería irme con la pandilla de los mayores.

Los demás sacudimos en alto los pies para escurrir parte del agua de nuestras
zapatillas. Tras recuperar la calma, permanecimos en silencio apoyados contra la
madera de la fachada lateral, atentos a los movimientos de La Viuda en el interior. Con
la oreja pegada a la descascarillada pintura de uno de los tablones, caí en la cuenta de
que no habíamos planeado cómo entrar a la casa. Habíamos invertido tanto tiempo en
planear cómo mantener a las gárgolas convertidas en piedra turnándonos para mirarlas
fijamente, que nos habíamos olvidado de lo básico.

—Oye…
Los cuatro chistaron al unísono. Mantuve la boca cerrada durante un rato, pero
consideré que mi inquietud era digna de comunicar:

—¿Por dónde se supone que vamos a entrar?

El codo de Guille me golpeó el pecho.

Tras un silencio, Guzmán, el último de la fila que formábamos contra la pared,


susurró con voz temblorosa:

—Ah ¿pero vamos a entrar?

—¡Claro que vamos a entrar! —respondió Carlos a la cabeza de la cola—. ¿Cómo


vamos a pinchar el muñeco si no? Álvaro, recuérdale al gordito a qué hemos venido.

—Yo… yo… yo tenía que estar en casa antes de que se hiciera de noche —
intervino el aludido, en segunda posición—. Pensé que… que veníamos solo a ver la
casa.

Carlos se giró para mirarnos a todos.

—¿Solo a ver la casa? —vocalizaba de forma exagerada para suplir el hilo de voz
con el que hablaba. La luz de la luna deformaba las sombras de su cara con el
movimiento—. ¿Estáis tontos? —extrajo de su bolsillo las tijeras para que pudiéramos
verlas—. Tenemos que entrar.

—¿Y por dónde? —pregunté.

—Por donde sea. Yo qué sé. Por una ventana.

—¿Por qué ventana?

—Por la ventana esa por la que se asoma el muñeco. El hermano del gordito dice
que se asoma por las noches.

Un dedo me taladró el hombro como el pico de un pájaro carpintero. Era


Guzmán, detrás de mí. Acercó su boca a mi nuca.

—Dile que yo paso —susurró—. Que lo mismo mi hermano se lo ha inventado


todo. Y que no me llame gordito.
—¡Te he oído! —dijo Carlos—. El que no quiera estar aquí, que se vaya —señaló
las bicis tiradas sobre la calle—. Esto es una misión solo para valientes.

Guzmán no tardó en decidirse. Sus zapatillas John Smith chapotearon en uno de


los charcos que había vomitado la manguera. Al siguiente paso, resbaló en el barro que
lo rodeaba. Prosiguió su camino tropezando con varios elementos del entorno. Antes de
rebasar el límite de la fachada lateral, nos miró a los cuatro como si estuviera a punto de
adentrarse en un campo minado.

—Lo siento, tíos, yo… —trató de disculparse.

—Espera —interrumpió Álvaro. El fango burbujeó bajo sus pies—. Que me voy
contigo.

Carlos chasqueó la lengua para desaprobar lo que estaba ocurriendo.

—Haced lo que queráis, señoritas —dijo a los desertores—. Dejadnos el trabajo


sucio a los hombres —fijó su mirada en Guille y en mí. Reforzó el significado de sus
palabras con un asentimiento paternal.

—Bueno —dijo Guille—, yo es que si somos solo tres… No sé, la gracia estaba en
ser los cinco, ¿no?

—Joder, Guillermo, tú no —dijo Carlos.

—Tres somos muy pocos para enfrentarnos a La Viuda —se justificó—. Y contra
el muñeco…, ¡y las gárgolas! —sacudió las manos por encima de su cabeza—. Esas
gárgolas andan por aquí, en algún lado. Ya hemos hecho bastante con venir aquí. Somos
los primeros de todo quinto. Ni los del grupo A se han atrevido.

—¿Me estás hablando en serio?

Guille encogió los hombros como respuesta. Después sorteó los charcos
hábilmente para unirse al bando de los traidores.

—Quedas tú, Vicen —me dijo Carlos—. ¿O te vas a ir con estos rilados?

Pensé en unirme al grupo de los tres apóstatas. Regresar con ellos a casa para
cenar con mis padres un buen plato de espaguetis con tomate. Pero, ¿y luego qué?
¿Meterme una vez más en la cama para escuchar los soplidos de La Viuda?
¿Arrepentirme entonces de no haberme enfrentado a ella ahora que tenía la
oportunidad? En mi cuarto, esa noche, estaría solo. Aquí tenía a Carlos, el más valiente
de mi escuadrón de amigos.

—Yo me quedo —dije.

—Eh, tíos —dijo Guzmán—, no tenéis que demostrar nada.

—Nos quedamos —repitió Carlos.

El pelotón de traidores realizó una bisbiseada cuenta atrás. Tres. Dos. Uno.
Atravesaron el jardín de La Viuda como si de verdad los atacara una bandada de
gárgolas. Oí cómo una bici caía varias veces al suelo antes de que su dueño lograra
encaramarse a ella. Guzmán, seguro. El traqueteo metálico de los pedales y las cadenas
a toda marcha se fue alejando hasta desvanecerse por completo. El canto de los grillos
resultó audible de nuevo. Como audible resultó la traca plástica con la que se elevó
alguna persiana de la casa. Carlos y yo pegamos los hombros a la fachada lateral. Un
cuadrado de luz anaranjada se proyectó contra la irregular superficie del terreno frontal,
descubriéndonos algunos matojos de aquellos esqueléticos dedos vegetales. Segundos
más tarde, una sombra se perfiló dentro de la zona iluminada. Era una silueta de curvas
un tanto deformes, pero pudimos distinguir los contornos de una cabeza humana. Y los
hombros sobre los que reposaba.

—El muñeco —dije.

La mano de Carlos me cubrió la boca como si cazara un insecto.

La silueta permaneció inmóvil en aquel cuadrado de luz. No hubo en aquella


anatomía ningún latido, ninguna respiración, ninguna vibración. Se trataba sin duda
del muñeco hinchado. ¿Sería, como pensábamos, la figura inerte de su antiguo marido?
Aún con su mano sobre mi boca, Carlos habló muy cerca de mi oído.

—La Viuda lo ha puesto en la ventana para que vigile la casa. O sea que ella está
ahora mismo en el piso de arriba. Cuando la oigamos bajar las escaleras, tenemos que
subir nosotros. Aprovechar su movimiento para llegar hasta el muñeco.

Hablé contra la palma de su mano originando un baboso murmullo.

—Subiremos por este canalón —respondió correctamente a mi ininteligible


pregunta. Me giró la cabeza tirando de mi barbilla para que viera el tubo grueso que
ascendía por la fachada lateral—. Te habrás fijado que el porche tiene un tejadillo.
Podemos caminar sobre él. Directos a la ventana del muñeco.
Asentí aunque en realidad no me había fijado en nada. De nuevo moví los labios
contra su palma sudorosa.

—Ya veremos cómo la abrimos cuándo estemos ahí —respondió—. No creo que
sea muy difícil forzarla.

Oímos cómo se enrollaba otra persiana, justo encima de nuestras cabezas.


Pegamos la espalda a la madera. Unos goznes chirriaron sobre nosotros, los de la
ventana que se abrió a pocos palmos de nuestras coronillas. Oímos el vaciado de una
cisterna.

—Y encima nos abre la ventana del baño —dijo Carlos en mi oreja—. Vamos a
tener que taparnos la nariz, que no veas cómo cagan estos viejales.

Aún estaba tratando de contener la risa cuando los tablones de madera vibraron a
nuestra espalda al ritmo de dos golpes continuados, seguidos de una pausa. Otros dos.
Otra pausa. Dos más. Un parón.

—Dos pasos por cada escalón —dedujo Carlos—, y un descanso. Está bajando. Es
el momento.

Liberó mi boca del cepo de su mano. Asió el canalón y lo agitó, comprobando su


firmeza. Apenas se tambaleó. Apoyó la punta de su zapatilla sobre la pared para
impulsarse, pero se lo pensó mejor.

—Tú primero —dijo.

Entrelazó los dedos de sus manos y se agachó, ofreciéndome un escalón al que


encaramarme. Recorrí con la mirada el trazado de la tubería.

—Venga —susurró Carlos—. No hay tiempo para pensar. A lo mejor sale al jardín
a regar.

Levanté una ceja. Le señalé con la barbilla el desértico terreno.

—O a pasear, yo qué sé. Pero no puede pillarnos aquí.

Pisé el peldaño flotante que tenía frente a mí. Tomé impulso, elevándome en el
aire hasta agarrar el canalón. Ascendí clavando la puntera plástica de mis Converse en
las pequeñas hendiduras que encontré entre los tablones. Me raspé ambas manos con el
metal oxidado del tubo antes de alcanzar el techado que cubría el porche, que emergía
desde la fachada frontal, a mi izquierda. Apoyé un pie sobre él sin soltar las manos del
canalón. Abracé la esquina de la casa para realizar el giro. Acabé tumbado boca abajo
sobre las tejas.

—Haz sitio —dijo Carlos, que ascendía por el canalón con suma facilidad.

Acostados uno junto a otro, las barbillas tocando el tejado, oímos cómo se abría la
puerta de entrada de la casa. Justo debajo de nosotros.

—¿Hay alguien ahí?

Dejé de respirar al oír la voz de La Viuda. Esa boca que hablaba era la misma que
soplaba por las noches bajo mi cama. Miré a Carlos, que se llevó un dedo a los labios
para indicarme que guardara silencio. Como si no lo supiera. Cuando la puerta volvió a
cerrarse, señaló la ventana de la que emergía la luz. No era la que quedaba justo a la
altura de nuestras cabezas, sino la contigua. Avanzamos hacia ella reptando de lado,
surfeando con el estómago las olas de cerámica que eran las tejas. Nos situamos frente
al cuadro de luz, ocultos a la mirada del muñeco, parapetados tras el alféizar.

Carlos chistó para llamar mi atención. Me mostró un puño. Fue extendiendo los
dedos uno a uno.

—¿Qué haces? —pregunté cuando llegó a tres.

—Estoy contando.

—¿Para qué?

—Para qué va a ser. Para lanzarnos contra él.

—¿Contra el muñeco?

—No, contra tu padre si te parece —respondió—. Cuento hasta cinco, nos


levantamos y atacamos. Hay que abrir la ventana como sea. Después le clavo la tijera y
nos piramos.

Tragué saliva. La noté descender por mi esófago hasta llegar al estómago


encogido. Hablé pero la voz no me salió.

—Vale —logré decir al segundo intento—. Vamos.


Carlos me mostró su puño de nuevo. Empezó a extender los dedos. El pulgar. El
índice. El corazón. El anular.

—¡Ahora! —gritó al extender el meñique.

Nada más incorporarme, el ángulo inclinado del tejado estuvo a punto de


hacerme perder el equilibrio. Logré mantenerlo girando los brazos en círculo a ambos
lados del cuerpo. Después elevé la cara hacia la ventana. El muñeco estaba allí, al otro
lado del cristal. Mirándonos a contraluz. Su cabeza era del tamaño de la nuestra. La
cara, más ovalada de lo habitual, aparecía surcada por los pliegues que se forman en un
artilugio inflable cuando el aire empieza a faltar. Apenas dos puntos dibujados hacían
las veces de ojos. Tenía las manos colocadas a ambos lados de la cara, como si la
intensidad del grito que dibujaba su boca pudiera hacerle estallar la cabeza entera.

El susto me hizo caer, pero logré sujetarme al alféizar. Carlos no tuvo tanta suerte
y sus dedos se cerraron en el aire a escasos centímetros de mi punto de agarre. El tejado
se convirtió para él en un tobogán: su cuerpo rodó sobre las tejas hasta acabar lanzado
al vacío. Cayó sobre la tierra seca del jardín. Aunque luego me jurara durante toda la
EGB que no lloró, estoy seguro de que le oí llorar.

—Vamos, sube —me recoloqué sobre el tejado sin soltar el alféizar—. Tú tienes
las tijeras. Hay que pincharlo.

Carlos se sorbió los mocos.

—Por el canalón —insistí—. Corre, que no tardas nada.

—Esto… —la voz de Carlos sonaba diferente. Más aguda.

—Venga, antes de que salga La Viuda otra vez.

Como si me hubiera escuchado nombrarla, la puerta de entrada se abrió de


nuevo.

—Ya está bien, ¿no? —le dijo a Carlos, que estaría parado frente a ella en medio
del jardín—. ¿Es que no me vais a dejar en paz?

Igual que había oído su llanto, también oí ahora la bocanada de aire que Carlos
aspiró, aterrorizado. Lo que no me esperaba era oírle correr en dirección a su bici, los
matojos secos del terreno crujiendo bajo su acelerada carrera. La cadena de su bici
traqueteó calle abajo como habían hecho antes las de los primeros desertores.
—Ya te vale… —murmuré con la frente pegada a una teja.

—Y encima queda otro aquí arriba —dijo La Viuda.

La puerta de entrada se cerró de un golpe. Valoré la posibilidad de soltarme, pero


si la caída había hecho llorar a un valiente como Carlos —que se arrancaba las costras
de las heridas cuando aún estaban frescas—, no quise pensar qué ocurriría conmigo.
Pataleé para incorporarme. El muñeco asistió a mi desesperación, mirándome con su
horrible cara. Cuando quise regresar al canalón, una teja se desprendió, quebrándose en
pedazos con cada vuelta de campana que dio hasta caer al suelo.

Mi indecisión duró demasiado.

La puerta de la habitación en la que estaba el muñeco se abrió. La Viuda apareció


bajo el umbral. Su ropa negra dibujaba una silueta delgada, frágil, pero no más
encorvada que la de mi padre cuando regresaba a casa del trabajo. Al verme haciendo
equilibrios sobre el tejado, se llevó una mano a la boca, con la otra agarró un pedrusco
que colgaba de su cuello. Pensé que podía ser el arma con la que golpeaba a los niños
para dejarlos inconscientes antes de hincharlos. Corrió hacia el cristal.

Venía a por mí.

Otra teja se desprendió. Unos brazos finos, cubiertos por una tela negra que se
ajustaba a la piel, buscaron el cierre de la ventana. Pude ver las arrugas que cortaban su
rostro, sobre todo alrededor de los ojos.

—Dame la mano —dijo cuando logró abrir.

Me ofreció la suya, huesuda. Un anillo dorado reflejó la luna en un destello. Miré


hacia atrás. Quizá dejarse caer era la mejor opción.

—Déjate de tonterías —añadió al leer mi pensamiento—. No voy a hacerte nada.

—Ni loco —respondí.

Muy tonta tenía que ser La Viuda si pensaba que iba a creerme sus palabras. La
única escapatoria era rodar tejado abajo. Carlos había sobrevivido. Yo sobreviviría
también. Cerré los ojos, flexioné las piernas para reducir el impacto contra el tejado y
dejé que la gravedad hiciera su trabajo. Pero en lugar de caer, comencé a ascender. Mi
camiseta pareció reducirse. Una brisa de aire fresco acarició mi espalda desnuda. La tela
me raspaba las axilas. Abrí los ojos para descubrir a La Viuda tirando de los hombros de
la prenda, queriendo meterme en la habitación.

—¡No me infles! —grité.

—Serás idiota.

Me arrastró sobre el tejado con un quejido. Logró levantar mi peso por encima
del alféizar. Ambos caímos sobre el suelo de la habitación.

—No tengo edad para estas tonterías —dijo.

Ella se levantó con dificultad, apoyándose en codos, rodillas y manos. Yo me


incorporé a la velocidad de un gato callejero. También con astucia felina, miré a mi
alrededor, examinando el terreno desconocido. Lo que descubrí detuvo la circulación de
mi sangre, que pareció concentrarse en un único punto de mi cuello, atascada en un
único latido.

El mismo rostro desfigurado del muñeco me miraba desde todos los rincones de
aquella habitación. Decenas de réplicas de aquel grito atormentado colgaban de las
cuatro paredes. Giré el cuello en todas direcciones, encontrando continuamente el
mismo par de manos que sujetaban una cara. Aquella boca abierta que dejaba escapar el
alma en un alarido congelado. Aquel cielo tan rojo que pareciera cubierto de sangre.

—Está claro que este cuadro no ha perdido ni un ápice de su poderoso impacto


—dijo La Viuda al observar mi reacción—. Así de atormentada debía estar el alma de
Munch cuando lo pintó.

La viuda sacudió el polvo de sus manos. A continuación señaló la más grande de


aquellas réplicas, rodeada por un marco dorado de intrincados relieves.

Me quedé mirándola sin entender.

—¿No te suena?

Ni siquiera respondí.

—¿Pero qué demonios os enseñan hoy en el colegio? Es El Grito —dijo—. El Grito


de Edvard Munch. Quizá la más impresionante obra de arte de toda la historia.

Negué con la cabeza.


—También es una de las imágenes más reproducidas en todos los soportes. Un
icono de la cultura popular.

Guio mi mirada hacia una desvencijada estantería que cubría la mayor parte de la
pared que contenía la puerta. Allí descubrí varias esculturas que emulaban la silueta del
cuadro. Colecciones de imanes. Un cojín estampado con la imagen del puente, el rojo
atardecer, las misteriosas sombras en la lejanía. Una cubitera de silicona verde para
fabricar hielos con el rostro deformado de la persona que gritaba. La caja de un puzzle
de mil piezas. Una torre de camisetas dobladas de tal forma que sus pliegues dibujaban
una réplica más de la obra de arte.

Pero volví a negar con la cabeza. No me sonaba de nada. Una genuina expresión
de desagrado modeló la cara de La Viuda, que se acercó al muñeco asomado a la
ventana. Lo giró para que me mirara. Un escalofrío recorrió mi espalda.

—Fue mi marido quien me descubrió la obsesiva belleza de este cuadro —apoyó


una mano sobre uno de los hombros de plástico de la figura, que medía más o menos lo
mismo que yo y reproducía la silueta asustada de la obra pictórica—. Los sesudos
coleccionistas de arte reniegan de las representaciones populares de las obras más
conocidas, pero mi marido abrazó cualquier forma de expresión que homenajeara el
trabajo más excelso de Edvard Munch. Tenemos desde un boceto que aseguran que
pintó con su propia mano, hasta la última fruslería en la que algún museo haya
decidido estampar esta perfecta representación de la desesperación humana —miró a su
alrededor con una honda respiración, como si también ella descubriera por primera vez
todo cuanto se encontraba en la habitación—. Aún encuentro paradójico que me tocara
a mí hacer la última aportación a esta exquisita colección —un barniz brillante cubrió
los ojos de La Viuda—: El grito hinchable. Una idea tan loca como genial. Un americano
se hizo de oro vendiendo estas réplicas inflables de la andrógina silueta que
protagoniza la escena. Tuve que viajar hasta San Francisco para poder hacerme con una.
Y vaya si mereció la pena tan solo por ver la cara de mi marido al inflar su obra de arte
favorita. Una interesante experiencia sinestésica, sin duda.

—Sines… ¿qué? —pregunté.

—De verdad, ¿qué demonios os enseñan en el colegio?

Me encogí de hombros. Ella continuó su discurso:

—Pero quiso la mala fortuna que mi marido muriera apenas un día después de
inflarlo, ni siquiera había tirado la caja cuando él falleció. —La Viuda abrazó la figura
hinchable—. Amaba a mi marido más que a mi propia vida, y por eso mi vida acabó
cuando terminó la suya. Ya no necesito ver nunca más la luz del sol. No necesito salir de
esta casa.

Recuerdo a la perfección las palabras que pronunció, pero mentiría si dijera que
me las creí. Había crecido escuchando historias tan terribles sobre la mujer que tenía
delante, que me negué a aceptar que toda la leyenda se hubiera construido sobre la
inofensiva esposa de un desprejuiciado coleccionista de arte. O quizá consideré tan
despreciable que la gente de mi pueblo hubiera transformado los hábitos agorafóbicos
de una viuda en un cuento popular con el que asustar a sus hijos, que preferí seguir
creyendo lo que me habían contado a aceptar la verdad que se presentaba frente a mí. Y
por eso formulé la pregunta más cruel que pude haber formulado.

—¿Mató usted a su marido? ¿Lo infló como al resto de niños?

La mano huesuda de La Viuda se cerró en torno a mi cuello. Me sacó de la


habitación. Me arrastró escaleras abajo. Cuando me echó de la casa por la puerta
principal, caí de rodillas sobre el porche. El suelo tembló a mis pies con el portazo.

Después de aquello, durante dos cursos, pude contar en el colegio que había
sobrevivido a un ataque de La Viuda. Los primeros meses incluso pude enseñar los
arañazos que sus uñas habían marcado en mi cuello. No desvelé nada sobre su historia,
ni sobre lo que me había contado acerca de su marido y la verdadera naturaleza del
muñeco. Igual que tampoco conté a la pandilla que Carlos había huido llorando y me
había abandonado en el tejado. Él agradeció el gesto cediéndome tácitamente el puesto
de líder.

A base de repetirla, mi historia terminó mezclándose con el resto de folclore falso


que rodeaba a La Viuda. Mi experiencia fue variando de recreo en recreo, y yo mismo
acabé reproduciendo pasajes exagerados que habían inventado terceras personas. Como
que el muñeco trató de morderme. O que no era solo un muñeco, sino cientos, los que
La Viuda guardaba en su casa.

Como nos ocurre a la mayoría, me resultó mucho más fácil unirme al


pensamiento general de la comunidad que pretender cambiarlo, a nadie le apetece
llevar a cabo la trabajosa remodelación de una estable arquitectura de opiniones por
mucho que esté levantada sobre cimientos de prejuicios. Además, ¿acaso no era en
verdad muy raro que una mujer acariciara con tanto cariño a un muñeco de plástico por
mucho que hubiera sido un último regalo a su difunto marido?
Veinte años más tarde entendí que no.

Nuestro pueblo cambió mucho en dos décadas. De pequeño miraba con recelo a
los rascacielos de tres plantas que comenzaron a construirse en los terrenos que
consideraba míos, pero ahora pago mes a mes un piso en uno de esos rascacielos. Y
aquel montón de campo en el que cazaba saltamontes con Carlos, Guzmán, Álvaro y
Guille, ha acabado alojando el hospital más importante de la zona noroeste de la
ciudad. El hospital en el que trabajo. Y en el que me encontré por segunda vez con La
Viuda.

Estaba cambiándome en mi taquilla al acabar un turno de noche cuando escuché


a dos compañeras murmurando a mis espaldas, junto a la máquina de café.

—La de la 103 es La Viuda —decía una.

—¿La loca del muñeco?

—Esa. Se cayó por las escaleras de casa. A su edad. Lleva dos días aquí y no ha
parado de pedir que le traigan al muñeco. Pobre mujer, está loquita.

—A mí me daba mucho miedo de pequeña.

—Pues enchufada a los aparatos en la cama no parece tan mala. Este café es
mucho peor.

Las enfermeras rieron. Salieron por la puerta que usaban los fumadores en sus
descansos.

Me asomé a la habitación con el número que habían mencionado sin tener muy
claras las intenciones de mi visita. Una franja de luz plateada se coló por la rendija que
abrí en la puerta, proyectando mi sombra sobre la cama de La Viuda. Parado bajo el
umbral, no encontré sentido a querer disculparme ahora por algo que había ocurrido
hacía tanto tiempo.

—Traedme el muñeco —murmuró entre las sábanas.

Me dispuse a cerrar la puerta para no interrumpir lo que parecía un delirio febril.

—Sé quién eres —dijo ella entonces. Aunque su voz emergía quebrada por alguna
herida en los pulmones o la garganta, la reconocí como si hubiera sido el día anterior
cuando escalé por el canalón de su casa. Ella entornó los ojos para examinarme—.
Nunca olvido una cara.

—Solo estoy haciendo la última ronda —mentí.

—Ningún enfermero se pasea por aquí en ropa de calle.

Miré los pantalones vaqueros que acababa de ponerme en la taquilla. Concedí


con un suspiro.

—Sé que vienes a disculparte —intercaló sus palabras entre los pitidos del
monitor cardíaco—. Un chico sensible al arte como eres tú nunca me hubiera hecho la
pregunta que me hiciste aquella noche. En mi propia casa —tragó saliva—. Acéptame
un consejo —tosió—, no dejes que te arrastre nunca el pensamiento general. No se
puede creer todo lo que la gente dice de otra gente. Tú sabes que no es verdad lo que se
dice de mí.

—Son tonterías que se le cuentan a los niños…

—Son mentiras sobre mi duelo.

El plástico de su respirador se empañó cuando suspiró. La profunda toma de aire


culminó en un carraspeo que se atascó en su garganta. El pitido del monitor aumentó su
frecuencia. Los ojos de La Viuda se abrieron en señal de socorro. Me acerqué a ella para
elevarla, facilitar el paso de oxígeno. Logró así completar la respiración interrumpida,
pero el ritmo cardíaco continuó aumentando de forma alarmante. Un piloto rojo se
encendió en el cabecero de la cama.

Las dos enfermeras de la máquina de café se adentraron repentinamente en la


habitación. Un médico apareció justo después. La Viuda me agarró de la muñeca.
Dibujó con los labios algunas palabras que no descifré. Me encorvé para pegar mi oído a
su boca.

—Tráeme el muñeco —susurró.

—Ni muñeco ni muñeca —interrumpió la enfermera.

El médico me apartó con un empujón.

Miré a La Viuda desde los pies de su cama.

—Tra-e-me-lo —dibujaron sus labios.


Una intensa emoción me infló el pecho. Los ojos se me humedecieron al entender.

Salí corriendo del hospital como corría cuando jugaba al rescate con Guille,
Guzmán y los demás. Sorteé a la gente en las aceras como había sorteado en ese mismo
terreno las nubes de mosquitos que aparecían al anochecer. Atravesé pasos de cebra
bajo cuyo asfalto quedarían aún restos de alguna fogata nocturna de las que tanto le
gustaba encender a Álvaro. En menos de cinco minutos me planté frente a la casa de La
Viuda. La encontré tan descuidada como hacía veinte años. Corrí a la fachada lateral,
aquella que custodiaba una serpiente de plástico amarillo. Localicé el canalón por el que
habíamos escalado Carlos y yo. Todo parecía más pequeño, más fino, menos alto. Me
encaramé al tejado del porche sin apenas esfuerzo. El grito hinchable me observaba
desde la misma ventana que lo había hecho entonces. También él había envejecido.
Profundos pliegues en el plástico revelaban la gran cantidad de aire que había ido
perdiendo con los años. Abrí la ventana desde fuera. Saqué el muñeco agarrándolo por
una de sus manos artificiales. Lo apoyé en mi cadera y me giré sobre el tejado, mirando
al jardín. Cerré los ojos y respiré hondo. El aire me olió a lo mismo que olía a principios
de los noventa. Entonces cogí impulso y corrí hacia abajo, sobre las tejas. Antes de
alcanzar el borde, salté con todas mis ganas.

—¡Los bicivoladores! —grité al aire.

Aterricé de pie sobre el árido terreno del jardín, avergonzado por el grito infantil
que había dejado escapar. Recorrí el camino de vuelta a toda velocidad. Las puertas
automáticas del hospital se abrieron justo a tiempo, tan solo la cabeza del muñeco
golpeó una de las hojas. Llegué a la habitación empapado en sudor, el pecho elevándose
hasta mi barbilla con cada respiración.

—Mi muñeco —dijo La Viuda, las palabras apenas espiradas.

El médico giró la cabeza hacia mí:

—Salga de aquí —gritó, con las manos ocupadas—. ¡Esta mujer se nos está
muriendo!

—Dejadme morir con el muñeco —susurró ella.

Di un paso al frente. Las cejas del doctor se arremolinaron sobre su nariz.

—Joven, está usted interrumpiendo un protocolo de…

No acabó la frase al verme avanzar. Envalentonado, y seguro de que estaba en


deuda con aquella mujer que quería morir a su manera, empujé al médico contra la
pared. Las enfermeras se apartaron de la cama con sendos gritos. Una mano de La
Viuda se elevó sobre las sábanas, ansiosa por agarrar el muñeco. Completé la distancia
que me separaba de su cama. El doctor me amenazó desde el suelo:

—Despídase de este trabajo.

Antes de que se levantara, coloqué la silueta casi desinflada del muñeco sobre la
mujer que lo había cuidado durante años.

—Gracias —susurró ella.

Una de sus manos se arrastró sobre su cuerpo. Escaló por el pecho hasta llegar a
su rostro. Retiró el respirador de su nariz y boca. Los dedos de la otra buscaron algo
entre los pliegues del plástico, cerca de la base del muñeco. La Viuda encontró la
boquilla de inflado. Sus dedos temblorosos lograron destaparla con un pellizco del
pulgar. Con los ojos cerrados, acercó el escape de aire a su nariz, a sus labios.

E inspiró.

Una sonrisa apareció en su rostro, una lágrima se desbordó de entre sus


párpados. La Viuda murió frente a mí respirando el último aliento de su marido,
contenido durante años en el interior de aquel hinchable.

Antes de que El Grito se desinflara por completo, susurré al aire la disculpa que
nunca llegué a ofrecer a la mujer que pobló mis pesadillas más terribles cuando aún era
un crío. Seguida de un mudo agradecimiento por haberme dado una de las mayores
lecciones que nadie me haya dado en la vida. Es fácil creer todo lo que la gente cuenta
de otra gente. Yo he tardado más de treinta años en aprender a no hacerlo.

FIN
Una inusual crónica sobre un asesino con moral.

Cuando Clara Hormigos se enfrenta a un segundo crimen firmado con la carátula


de un disco sobre el pecho de la víctima, la investigadora siente la emoción de hallarse
ante un asesino en serie activo en Madrid. Con el sexto cuerpo, la emoción se
transformará en desesperación. Y eso que aún no sabe que lo que hay detrás de esos
asesinatos puede hacer tambalear la moralidad el sistema judicial. Y su propia
estabilidad.
Paul Pen

Trece historias.
El asesino de la conciencia tranquila
Trece historias - 13
Nota del autor

Este relato forma parte de la colección Trece historias, un comPENdio de cuentos


con el que pretendo rendir homenaje a tres de mis contadores de historias favoritos:
Alfred Hitchcock, Rod Serling y el Guardián de la Cripta. Sus programas de televisión
—Alfred Hitchcock Presents, The Twilight Zone y Tales from the Crypt—, fueron los que me
enseñaron a disfrutar y sufrir con historias cortas llenas de misterio, terror, drama y,
sobre todo, susPENse. No puede ser casualidad que esta última palabra se construya
con mi apellido. En mis mejores pesadillas, este relato, y el resto de la colección, se
parecerá en algo a los capítulos de aquellas series.

También es mi responsabilidad avisar de que las consecuencias de leer estas


historias en PENumbra pueden llegar a ser imPENsables.

Paul PEN
El asesino de la conciencia tranquila

Hubo una frase, pronunciada ya en la primera escena del crimen, que pudo haber
guiado la investigación, desde el principio, en la dirección acertada. Haber prestado
más atención a ese comentario habría ahorrado decenas de hipótesis y teorías que solo
sirvieron para alargar el caso y retrasar la detención de Jacinto Páez, otorgándole los
catorce meses que le valieron para acabar con la vida de siete personas. La frase en
cuestión la pronunció la inspectora de policía Clara Hormigos, mientras se apostaba de
cuclillas junto al primero de los cadáveres para recoger de su pecho un disco de vinilo.
In utero, de Nirvana. Sería la primera funda de las siete que aparecerían junto a los siete
cadáveres. Si algo excita más a la prensa que un asesino en serie, es un asesino en serie
que firma sus crímenes. El asesino de los discos fue el primer y previsible alias que recibió
Jacinto Páez, aunque no será ese por el que pasará a los anales de la historia criminal
española. Hasta mucho después no se supo que, además de servir como firma, esos
discos explicaban mucho de la naturaleza de los crímenes del asesino, igual que
explicaba mucho la frase que pronunció Clara Hormigos junto al primer cadáver y a la
que nadie, ni siquiera ella misma, dio la importancia que tenía: “es como si la víctima se
hubiera dejado matar”.

Aquel primer cuerpo pertenecía a Mateo Venegas, hombre de cuarenta y seis


años, padre de dos niñas de once y siete, separado de su mujer, Julia, hacía cuatro. El
cadáver lo descubrió la ex esposa, que se presentó en el piso de él, un cuarto sin
ascensor, tirando del brazo de las niñas por las escaleras. Ella había estado esperando en
casa a que él apareciera para recoger a Irene y Melisa, cita a la que nunca fallaba en
viernes alternos. Sentada en el sofá del salón, con el teléfono en la oreja, oyó trece tonos
después de otros trece, sin obtener respuesta alguna. A las dos horas de espera, cuando
se le agotaba el tiempo de prepararse para la cena que había planeado con un
compañero de oficina, Julia cogió a las niñas y se plantó en el piso de su exmarido. Más
de veinte timbrazos no fueron suficientes para que atendiera a la puerta, así que la abrió
ella misma con su copia de la llave. La cerradura no estaba forzada. La más pequeña de
las niñas, Melisa, vio los pies descalzos de su padre asomándose por un lado del sofá,
en el suelo, y hacia él quiso correr para abrazarlo y contarle que había conseguido por
fin, tras una dura negociación en el patio del colegio, el cromo con el que completaba la
colección de Pocahontas. Su hermana mayor, que percibía mejor las vibraciones emitidas
por los adultos, había notado ya en el camino, en cómo su madre conducía peleando
con la palanca de cambios para meter unas marchas que siempre habían entrado con
suavidad, que algo no iba bien. Tampoco era normal la manera en que se habían
sacudido las llaves en las manos temblorosas de mamá. Ni el miedo con el que empujó
la puerta para asomarse al estudio que papá había alquilado tras el divorcio. Por eso
Irene cogió la mano de su hermana, evitando que corriera hacia el cuerpo de su padre.
Se quedaron las dos en el pasillo hasta que mamá gritó. Entonces Irene bajó las escaleras
del edificio guiando a la pequeña. Salieron a la calle aplastando hojas secas en la acera y
se sentaron a esperar. Melisa repasó su taco de cromos repetidos, sonriendo al dibujo
del mapache Meeko, y le preguntó a su hermana mayor por qué había gritado mamá, si
acaso le dolía la cabeza o la tripa. Irene respondió que no lo sabía, aunque sí lo sabía en
realidad. Arriba, en el interior del 4ºA, la ex mujer de Mateo Venegas marcó el 091
observando el cadáver del hombre que la enamoró paseando por Gran Vía un otoño
lluvioso de hacía muchos años, cuando le regaló su paraguas a un mendigo a quien el
vaso de monedas se le estaba llenando de agua. A pesar del tierno recuerdo, Julia se
sorprendió de la poca tristeza que le despertaba la imagen frente a ella. Lo que
prevaleció fue el pensamiento egoísta de saber que había hecho lo correcto separándose
de él. Ahorrándose la tragedia. Como si esto hubiera ocurrido también aunque hubieran
seguido juntos o como si él pudiera tener la culpa de que alguien le hubiera rajado el
abdomen y lo hubiera dejado desangrándose junto al sofá, estampando en su huida tres
huellas rojas de camino a la puerta.

Once minutos después de la llamada de Julia, una ambulancia y dos coches de


policía se detuvieron frente a la acera en la que las niñas seguían sentadas. Clara
Hormigos acarició el pelo de la pequeña y, al ver lo que tenía entre las manos, le contó
que su hija también coleccionaba los cromos de Pocahontas. Con una sonrisa, Melisa le
regaló el taco de repetidos para que se lo diera a esa otra niña. Al entrar en casa de la
víctima, Clara Hormigos confirmó al vuelo que se trataba de un asesinato. No solo por
las huellas rojas que delataban una huida, sino porque una mirada experimentada al
tipo de herida, y la ausencia en el piso de un arma, herramienta o cubierto que pudiera
haber realizado un corte de esa magnitud en el abdomen, dejaba claro que el
responsable del corte había abandonado la escena del crimen llevándose el arma con él.
Lo que no tenía tanta lógica era la ausencia de indicios de pelea y el hecho de que la
cerradura no estuviera forzada, pistas que llevaron a Clara Hormigos a pronunciar su
frase: “es como si la víctima se hubiera dejado matar”. Claro que enseguida sustituyó
ese pensamiento en voz alta por la teoría más habitual en asesinatos en los que la
víctima parece no haber luchado contra su asesino: “seguramente se conocían. ¿Sabe
usted de algún conocido que tuviera interés en acabar con su marido?”, preguntó a
Julia. “No es mi marido, estamos divorciados”, fue la respuesta de ella. De cuclillas
junto al cadáver, Clara Hormigos dio la vuelta al disco de Nirvana y pensó para sí
misma que Rape me era una canción buenísima.

Menos familiar le resultó el disco que se encontró sobre el segundo cadáver. Era
uno de los pequeños, antiguo, un single de The Temptations fechado en 1963, con dos
únicas canciones, una en cada cara. No le sonaba ninguna de las dos. El disco
descansaba otra vez sobre el pecho de la víctima, lo que pasó a convertir el extraño y
aislado caso de Mateo Venegas en el primero de dos crímenes probablemente cometidos
por la misma persona. Clara Hormigos no reconocería nunca en voz alta que
experimentó cierta emoción ante la posibilidad de enfrentarse a un asesino en serie,
pero fue un sentimiento que existió, reconoció, aceptó y archivó. El segundo cuerpo,
que pertenecía a una mujer de treinta y cuatro años llamada Beatriz Mantero,
presentaba la misma herida a lo largo del abdomen pero no yacía tan plácidamente
como había yacido el de Mateo Venegas. Piernas y brazos flexionados delataban un
forcejeo. Resultaba sencillo imaginar al asesino, o asesina, encaramado a la víctima para
someterla con el peso de su cuerpo mientras ella se sacudía para liberarse, luchando
contra la cuenta atrás que imponía el flujo de su propia sangre derramándose sobre el
suelo. El charco granate alrededor del cuerpo tampoco era limpio y uniforme como
había sido el de Mateo Venegas, sino que la sangre había sido esparcida por el
movimiento de extremidades alteradas. Por suerte, la madre de Beatriz Mantero no
vivía en Madrid sino en Málaga, lo que le ahorró el trago de ser ella quien descubriera
el cuerpo. María Jesús Siruela, así se llamaba la señora, comenzó a preocuparse por su
hija el primer domingo que no la llamó a la hora de cenar, como hacía siempre.
Tampoco llamó el lunes, ni el martes, ni el jueves, ni al otro domingo. Las llamadas de
María Jesús a su hija tan solo le sirvieron para escuchar, una y otra vez, el desenfadado
saludo con el que Beatriz Mantero daba la bienvenida en su contestador automático.
Para la inspectora Clara Hormigos, uno de los momentos más duros de toda la
investigación fue el de escuchar, en progresión creciente de desesperación, los mensajes
que esa madre había ido dejando a su hija. Al octavo día sin noticias de Beatriz, María
Jesús Siruela contactó con la única amiga que su hija había hecho tras cuatro años en
Madrid. Fue esta amiga quien hizo una visita al piso, un lunes después de cerrar la
copistería, y quien encontró el cuerpo sin vida de Beatriz Mantero. Producto de la
casualidad, o quizá muestra de que el instinto maternal es una de las conexiones
humanas más poderosas que existen, la madre de la víctima llamó a su hija en ese
momento. La amiga levantó el teléfono pero no pudo articular palabra. Lo único que
María Jesús Siruela escuchó en su casa de Málaga fueron los gritos y jadeos
horrorizados de la joven, un ataque de histeria que le confirmó el peor de sus temores.
A la joven la tranquilizaron Clara Hormigos y un voluntario que trabajaba en la
ambulancia. A la madre de Beatriz Mantero no la tranquilizó nadie porque su marido
había salido a jugar a la petanca y celebraba una victoria alzando los brazos en el
parque sin saber que su niñita había muerto a manos de un extraño y que su mujer se
sentaba en esos momentos, vestida, debajo de la ducha fría porque no sabía qué otra
cosa podía hacer para dejar de sentir. Cuando el ganador de la partida de petanca
regresó a casa, encontró a su esposa tiritando bajo el chorro de agua, con los labios
morados y sin poder controlar el castañeteo de los dientes. El hombre recibió la noticia
más terrible de su vida como si se la comunicara un tartamudo: “e… e… e… sss…
tatatá… mmm… uerrr… tatatata”.

Los dos asesinatos quedaron relacionados por el tipo de corte en el abdomen y


por el disco colocado sobre el pecho de cada cuerpo. Lo que no resultó tan fácil de
establecer fue la relación entre ambas víctimas o el móvil de los crímenes. Clara
Hormigos sabía que un asesino en serie no necesita más motivación que el propio deseo
de matar, pero también sabía que un asesino en serie tiende a repetir el perfil de su
víctima. Las similitudes entre Mateo Venegas y Beatriz Mantero se limitaban a aspectos
superficiales como que ambos vivían solos, aunque el primero tuviera a sus dos hijas en
casa dos fines de semana al mes. Pero incluso esa característica tan poco definitoria
quedó descartada como nexo entre las víctimas con la aparición del tercer cuerpo.

José Lora apareció con el abdomen abierto en el suelo de su habitación, en el piso


que compartía con tres compañeros de universidad. Fueron ellos, al regresar de una
fiesta que se había alargado hasta el amanecer, quienes encontraron el cuerpo sin vida
del joven. En la pantalla de su ordenador había dejado a medias una partida del
Buscaminas, nivel experto, en la que faltaban por descubrir 13 de las 99 minas. La
borrachera que traían transformó el descubrimiento en una surrealista escena en la que
uno rompió a reír (“pensé que nos estaba gastando una broma, la sangre parecía tan
artificial”, explicaría después), otro fue a coger la fregona del tendedero como si lo que
manchaba el suelo de la habitación fuera la cerveza de una litrona (“no puedo
explicarlo, entré en shock”, fue su argumento), y el tercero sintió algún tipo de
responsabilidad hacia la partida inacabada en el monitor y se sentó frente al ordenador
para intentar resolver el rompecabezas (“me cargué su jugada, destapé una mina al
primer clic, está claro que no iba sereno para entender todos esos numeritos”, declaró
más tarde). Fue el del ataque de risa quien, tras siete minutos de ejercicio abdominal
provocado por los espasmos de la carcajada, cayó en la cuenta de que la situación era
grave y debían informar de lo ocurrido a las autoridades. Cuando Clara Hormigos entró
al piso, encontró a los tres muchachos sentados en el sofá maltrecho de un salón poco
amueblado. La melopea había desaparecido, permitiendo que el susto y la
preocupación se asentaran por fin. Miraron a la inspectora con los ojos muy abiertos, los
rostros pálidos. Estaban los tres muy juntos, ocupando apenas dos plazas del mueble.
Más tarde se descubriría que, de todas las víctimas que hubo, José Lora fue el único que
era dueño del disco que descansaba sobre su pecho. De la estantería donde su víctima
guardaba una colección de casi mil discos, sobre todo de grupos británicos, el asesino
había seleccionado uno de Joy Division, colocado por orden cronológico antes de los de
New Order. Hasta la detención de Jacinto Páez no quedó claro si el asesino improvisó la
elección de ese disco al verlo en la colección de José Lora, si ya sabía que el disco que
quería utilizar formaba parte de la colección de su víctima o si simplemente descubrió
que así era al llegar a la escena del crimen. En su interrogatorio, Jacinto Páez sonrió a la
pregunta, asegurando que esa información carecía de importancia real y que él no
estaba ahí para aliviar la curiosidad de los inspectores que lo cuestionaban desde el otro
lado de la mesa. Fue necesaria una amenaza sobre la pena adicional que supondría un
cargo de obstrucción a la justicia para que el asesino confirmara la tercera opción: él
había llevado su propia copia del disco de Joy Division pero, al encontrarse con que
había una en la habitación donde dejó el cadáver, prefirió no deshacerse de su ejemplar.
Por eso el que recogió Clara Hormigos del pecho de José Lora era propiedad de la
víctima. Era la tercera vez que la inspectora recogía un disco del pecho de un cuerpo
desangrado por un profundo y largo corte en el abdomen. La certeza de saber que se
enfrentaba a un asesino en serie activo en Madrid, que suya era la responsabilidad de
detenerlo y evitar que volviera a matar, la asustó tanto que el temblor de sus manos le
dificultó la lectura del título de las canciones que contenía el disco. Love will tear us apart
le sonaba por nombre, pero hubiera sido incapaz de tararearla. Quien sí la tarareó,
desde la puerta de la habitación y sin que ella se lo pidiera, fue uno de los compañeros
del muerto, el que había estropeado la partida del Buscaminas. Le explicó que José Lora
podía pasarse horas encerrado en la habitación escuchando música con los auriculares a
todo volumen, que lo había hecho especialmente durante los últimos meses, tras
romper con la novia que había tenido desde los dieciséis años. Esa era la razón por la
que él no les había acompañado a la fiesta, porque sabía que allí se encontraría con ella
y prefería ahorrarse el mal trago. El chico del Buscaminas comentó también que habían
intentado convencer a un grupo de chicas, entre las que se encontraba la ex novia de
José Lora, de que se vinieran con ellos a casa para seguir la fiesta: “menos mal que no lo
conseguimos, imagínate qué papelón”, añadió el muchacho, tuteando a la autoridad.

Con la aparición del cuerpo de José Lora, el caso se convirtió en el favorito de los
medios y el autor de los crímenes recibió el primero de sus motes: el asesino de los discos.
Los periódicos crearon moscas específicas para encabezar las páginas que le dedicaban
al suceso, María Teresa Campos cedió, durante semanas, horas enteras de su programa
matinal a la opinión de expertos y no tan expertos, y los espacios de misterio en la
madrugada radiofónica elaboraron decenas de teorías sobre la autoría de los crímenes,
incluyendo motivaciones satánicas (frases aleatorias que parecían entenderse al
reproducir al revés algunos de los discos aparecidos en las escenas del crimen bastaron
para convencer a los más crédulos).

Para entrar al chalet en las afueras donde apareció el cuarto cadáver, Clara
Hormigos tuvo que sortear, a lo largo del jardín delantero, a un buen número de
periodistas blandiendo micrófonos contra su rostro. Era la primera vez que el asesino
actuaba fuera del centro de la ciudad y también la primera vez que el cadáver
presentaba una herida diferente. En esta ocasión, había sido un corte certero en el cuello
lo que acabó con la vida del joven Rafael Martínez, de treinta años. Un periodista
publicó una observación respecto al cambio en la localización de la herida que fue
considerada frívola e irrespetuosa por el resto de la profesión, lo que le llegó a costar la
corresponsalía de sucesos en el periódico para el que trabajaba. Dicho periodista barajó
la opción de que el cambio en la posición del tajo mortal estuviera relacionado con el
título que Rafael Martínez ostentaba como subcampeón nacional de culturismo,
sugiriendo que su trabajado abdomen se había respetado por motivos estéticos. La
observación, que fue tildada de absurda por toda la opinión pública, sirvió a los
organismos oficiales encargados de la investigación para tachar de tóxica la
intervención de la prensa en casos como el de Jacinto Páez. El episodio sirvió de
llamada de atención para el resto de la profesión, que a partir de ese momento trató con
mayor cuidado las informaciones que se publicaban sobre las víctimas. Redactores jefes
retomaron la labor de revisar los textos de sus trabajadores antes de enviarlos a
imprenta, corresponsales de televisión recibieron llamadas de su director de
informativos previniéndoles de la sensibilidad pública al respecto del caso y programas
de radio interrumpieron con música los discursos de sus colaboradores en cuanto
comenzaban a expresar según qué opiniones (lo irónico de este espontáneo brote de
ética periodística fue que, una vez detenido Jacinto Páez, resultó que la polémica
observación del periodista era acertada). El disco que apareció sobre el pecho de Rafael
Martínez fue una recopilación de Grandes éxitos de Dalida, aunque Clara Hormigos
pensó que esos éxitos no serían tan grandes cuando ella solo reconocía una de las
canciones en el listado: se trataba de Parole Parole, cantada a dúo con Alain Delon, pero
ni siquiera estaba segura de que esta fuera la versión más popular. La víctima, como
muchos treintañeros españoles, aún vivía con sus padres, instalado en la buhardilla del
gran chalet familiar en uno de esos pueblos satélites con grandes urbanizaciones,
parques y universidades privadas. Ellos se encontraban en Argentina de viaje de
aniversario, escalaban el glaciar Perito Moreno en el momento en el que la hija menor
regresaba a casa tras impartir clases de baile en una escuela infantil. Extrañada,
descubrió que las zapatillas de su hermano seguían en el zapatero. La bolsa del
gimnasio estaba preparada a los pies de la escalera. Miró su reloj de muñeca con el ceño
fruncido, a esas horas de la tarde Rafael siempre estaba entrenando. Subió las escaleras
y llamó con los nudillos a la puerta cerrada de su habitación. No obtuvo respuesta.
Llamó de nuevo. Recordó el episodio ocurrido la vez que entró sin avisar y se encontró
a su hermano clavándose una aguja en el glúteo, el terror de pensar que su hermano era
un yonqui enganchado a la heroína, imaginarlo viviendo debajo de un puente
alimentándose de yogur líquido, hasta que él le explicó que se estaba inyectando
testosterona, que todos en la competición lo hacían. Ahora, casi segura de que estaba
hablando a una habitación vacía y que su hermano habría salido de casa por alguna
razón que le había impedido acudir al gimnasio, la hermana anunció de viva voz que
iba a abrir la puerta. La última vocal de la frase con la que avisó de su incursión se
alargó mucho más de lo esperado, convertida en un grito que volteó cabezas de niños y
madres en el parque infantil que había al final de la hilera de chalets. Horas después, ya
de noche, Clara Hormigos regañó a algunas de esas madres, que seguían apostadas
frente a la vivienda cargando a sus hijos somnolientos para no perderse la salida de la
camilla con el cadáver.

Tras siete meses de investigación sin conseguir ninguna pista definitiva que
condujera al autor, autores, autora o autoras del crimen, Clara Hormigos descubrió un
montón de nuevas canas en el pelo que cada vez se cuidaba menos. Para cuando
apareció el quinto cadáver, no solo perdía color su melena, sino que el propio pelo
empezó a caer. Por eso le resulto irónico, casi burlesco, que ese quinto cuerpo apareciera
en una peluquería. “Te dije que te hacía falta”, se atrevió a bromear su compañero tras
detener el coche patrulla frente a un Marco Aldany. Ella abandonó el vehículo dando un
portazo. Dos chicas rubias, con mechas californianas, vestidas con camisetas negras
estampadas con el logotipo de la cadena de peluquerías, se sobreponían del susto frente
al escaparate. Era el cumpleaños de una de ellas y habían querido empezar la jornada
laboral de un modo especial: venían de desayunar en un VIPS cercano en el que habían
quedado una hora antes de empezar su turno de las diez. La cumpleañera se permitió
saltarse su dieta y pidió unas tortitas que embadurnó de nata y regó con sirope de
chocolate, susurrando antes de comérselas que un día es un día. Con la novedad del
plan matutino, el tiempo se les pasó volando. Al terminar sus cafés, sin haber pedido la
cuenta aún, descubrieron atacadas que pasaban ya diez minutos de su hora de entrada.
Llegar tarde les preocupaba, no porque tuvieran un jefe que fuera a abroncarlas, sino
por todo lo contrario: el dueño de la franquicia era tan bueno con ellas, tan amable y
detallista, que se sentían fatal por dejarlo solo durante más de diez minutos, sobre todo
al inicio de la jornada, momento en que la peluquería experimentaba una peculiar hora
punta. Al doblar la esquina, haciendo sonar los cuatro tacones contra los adoquines de
la acera, encontraron a cinco clientas apostadas en la puerta del establecimiento. Dos
estaban de brazos cruzados, otras tres sentadas en los capós de los coches aparcados a
lo largo de la calle. Las peluqueras se acercaron al grupo, respondieron con disculpas a
los comentarios que les lanzaron entre la jocosidad y el enfado, pero no pudieron
ofrecer explicación a que la peluquería estuviera apagada y cerrada. El dueño siempre
llegaba media hora antes que ellas. Cuando la cumpleañera pegó la cara al cristal, con
las manos alrededor de los ojos, descubrió en el suelo lo que más tarde definiría como
“un macabro regalo en este día tan especial para mí”. El susto le quitó la respiración y
no pudo comunicar a las demás lo que acababa de ver. Su compañera, tras acercar de la
misma manera la cara al escaparate, mantuvo mejor la calma y cruzó la calle hacia la
cabina de teléfono. Las clientas de la peluquería intercambiaron miradas confundidas.
Clara Hormigos pellizcó las mejillas de las dos peluqueras antes de adentrarse en
el establecimiento, que olía a laca y secador. El cuerpo de Florencio Llanos, de cincuenta
y ocho años, yacía entre dos sillones para lavar el pelo, colocado en un impecable charco
de sangre que desaparecía bajo los asientos. Clara Hormigos tuvo que contener una
arcada, no de asco, sino de indignación. Empezaba a interpretar la labor del asesino
como una ofensa, un insulto dirigido personalmente hacia ella, una manera de repetirle
lo que un superior y dos compañeros, todos varones, habían dejado caer en diferentes
conversaciones: que este no era trabajo para una mujer. La rabia le atacó al estómago al
ver la funda de un disco descansando sobre el pecho de la víctima. Mientras se
agachaba a examinarlo, maldijo aquel rastro de emoción que experimentó con el
segundo cadáver, cuando creyó que enfrentarse a un asesino en serie supondría un
interesante reto para su carrera. Ahora, hubiera entregado su placa, renunciando a la
que era su verdadera vocación, a cambio de que estos crímenes nunca hubieran
ocurrido. El álbum se titulaba Kick, era del grupo australiano INXS. Clara Hormigos
tuvo ganas de romperlo, de sacar el disco de su funda y lanzarlo como un frisbee, lejos,
donde no tuviera que verlo. O quizá podía coger un bote de laca de la estantería,
encender un mechero frente al pulverizador y crear un lanzallamas casero que fundiera
el vinilo hasta convertirlo en un pequeño charco negro junto al charco granate que
envolvía el cuerpo de Florencio Llanos. Clara Hormigos se metió en la trastienda, cerró
la puerta e introdujo en su boca una toalla pequeña, de las que las peluqueras colocaban
sobre los hombros de los clientes. Gritó en silencio. La técnica de relajación sirvió
además para descubrir la puerta entornada que daba al callejón trasero: por ahí había
entrado y salido el asesino. Clara Hormigos comprobó que tampoco esta vez la
cerradura había sido forzada, como no lo había sido en las otras escenas de los
crímenes. Durante los pasados meses se habían valorado ya decenas de opciones que
explicaran la facilidad con la que el asesino parecía haber entrado en la propiedad de
sus víctimas. Se barajaron los habituales engaños con uniformes de revisor del gas o
técnico de Telefónica. Se discutió la posibilidad de que hubiera usado la aún más
deleznable técnica de buscar ayuda fingiendo estar herido. Incluso alguna voz apuntó a
que pudiera tratarse de un niño o un adolescente, alguien a quien un adulto abriría la
puerta sin temor alguno. Esta última idea, la de un asesino en serie infantil, se extendió
por España como un escalofrío general, convirtiendo el terreno de Cádiz a Bilbao en la
inmensa espalda común de toda la población.

Cuando Clara Hormigos regresó de la trastienda, el número de curiosos que


estiraban el cuello desde la calle se había triplicado, como si el Marco Aldany de Cuatro
Caminos se hubiera convertido de repente en la discoteca de moda de la capital. La
inspectora salió a la puerta y cogió de la mano a las dos trabajadoras de la peluquería,
permitiendo que se saltaran el cordón policial. El movimiento se pareció, sin duda, al
que haría el dueño de un club de baile para colar a dos celebrities que se hubieran
presentado en el local sin avisar. Y, como correspondería en ese caso, entre la gente que
se quedaba fuera hubo caras de rabia por no ser elegidos, de envidia por querer acceder
al sitio al que accedían las seleccionadas y de emoción empática ante las excitantes
experiencias que les aguardaban. Esos rostros expectantes, casi felices, revolvieron el
estómago de Clara Hormigos. Dentro de la peluquería, las empleadas se colocaron de
espaldas al cadáver de su jefe, de la mano. La que no cumplía años preguntó si tenían el
día libre. Aunque la pregunta podía considerarse de una absoluta falta de tacto, había
en su voz un sincero lamento que consiguió que no sonara irrespetuosa, sino
meramente práctica. La inspectora les preguntó si sabían de algún familiar, esposa o
amigo de la víctima a quien pudiera avisar de lo ocurrido. Las dos chicas se miraron,
apenadas. “Desde que murió su marido ha estado muy solo”, comenzó la del
cumpleaños. “Los dos eran dueños de esto. Nosotras hemos intentado sacarle, en plan
que se viniera a comer con nosotras al VIPS algún día, pero era como si le diera miedo
dejar la peluquería”, terminó la otra. Toda la ira que Clara Hormigos había ido
acumulando a lo largo de la mañana se transformó en profunda tristeza al imaginar a
Florencio Llanos muriendo solo, asesinado sin motivo aparente, en el suelo del negocio
que habría abierto ilusionado con su pareja, sabiendo que ni siquiera nadie lo echaría
realmente de menos, que las personas que más sentirían su muerte serían las dos
empleadas a las que trataba tan bien. La inspectora tuvo que regresar a la trastienda
para ocultar su pesar. Esta vez no se metió la toalla en la boca sino que se la colocó en
los ojos para secar las lágrimas. Pronto reconoció que no lloraba realmente por la
víctima, a la que apenas conocía, sino por ella misma.

La sexta llamada llegó un mes y medio después, a primera hora de la mañana de


un martes. Al salir de su habitación, un cliente alojado en un hotel del centro había
descubierto que un líquido parecido a sangre emanaba de debajo de la puerta de su
habitación vecina. Tras avisar en recepción, la camarera de piso había entrado para
descubrir una escena del crimen muy similar a esa de la que tanto hablaban en
televisión. Clara Hormigos recibió la información acodada en su cama y sintió como si
también a ella le clavaran un cuchillo en el abdomen. Más contenta habría estado de
saber que esta iba a ser la escena del crimen que aportaría la primera gran pista para
resolver el caso.

En el ascensor del hotel, Clara Hormigos dejó que fuera su compañero quien
presionara el botón de la cuarta planta. El cuerpo se encontraba en el baño de la
habitación 413. Pertenecía a Marina López-Varela, una mujer de cuarenta y tres años, de
Barcelona, que había reservado una sola noche en el hotel. No había ninguna maleta en
el cuarto, ni siquiera una bolsa de viaje en la que guardar un camisón. Lo único que
Marina López-Varela había traído consigo era un bolso. Dentro, Clara Hormigos
encontró una agenda telefónica. Pasó las pequeñas páginas y se detuvo en la
correspondiente a la letra C. Encontró el registro que buscaba y se lo mostró a su
compañero. “Esta vez te toca a ti”, le dijo. Señalaba la fila con el teléfono denominado
Casa. La llamada destrozó al marido, que fue quien la contestó, y marcó para siempre
las vidas de él y los tres niños que desayunaban en pijama preparándose para ir al cole.
Pero además, sirvió para averiguar que Marina López-Varela no había informado del
viaje a su esposo, sino que le había mentido diciendo que estaba visitando a su hermana
en Tarragona. Que la mujer estuviera teniendo una aventura fue la primera teoría que
barajó Clara Hormigos, teoría que pareció confirmarse al revisar las cámaras de
seguridad del hotel. Dos cintas, la de recepción y la del pasillo, habían capturado la
imagen de un hombre, vestido con abrigo largo, bufanda y gorra. La caricatura de
alguien que intenta ocultarse. Poco antes de la medianoche, el hombre había subido a la
cuarta planta, había llamado una sola vez a la habitación 413, y Marina López-Varela
había abierto la puerta permitiéndole el paso sin atisbo de duda o temor. El hombre
había abandonado la habitación una hora más tarde. Nadie entró ni salió después de
eso, así que solo él podía haber matado a Marina López-Varela y dejado sobre su pecho
un disco de Violeta Parra. Clara Hormigos acercó tanto la cara al monitor de seguridad
que acabó tocando la pantalla con la nariz. Dotado el sospechoso, por fin, de altura,
complexión y sexo, ya no sería necesario repetir en reuniones la frase de “el asesino o
asesina”. En realidad, ella había sido la única en respetar ese tratamiento no sexista del
sospechoso, en un paradójico acto feminista de no descartar la posibilidad de que un
asesino en serie sea mujer. En la pequeña habitación oscura donde el vigilante de
seguridad les mostraba las grabaciones, Clara Hormigos comentó con su compañero
que la idea de que Marina López-Varela hubiera muerto a manos del amante que
ocultaba en Madrid tenía sentido como caso aislado, pero no explicaba por qué ese
mismo hombre habría matado ya a cinco personas antes que a ella. Las siguientes
imágenes en el monitor mostraban que la víctima había abierto la puerta apenas un
segundo después de que el sospechoso llamara, como si le hubiera estado esperando.
Eso explicaba por qué no habían encontrado ninguna cerradura forzada en el lugar de
cada crimen y ponía de manifiesto que la relación entre el asesino y Marina López-
Varela no era diferente a la que existía con el resto de las víctimas, lo cual hacía mucho
menos plausible la teoría del amante. Clara Hormigos se llevó las manos a la cara al
sentir que la evidencia la conducía de vuelta a una de las primeras teorías que barajaron
ya con la aparición del cuerpo de Mateo Venegas: las víctimas conocían al asesino. Y, sin
embargo, en once meses de investigación, ni ella ni su equipo habían encontrado a
nadie, ni una sola persona, del entorno de las víctimas que pudiera tener una razón
para acabar con ellas. “¿Por qué?”, preguntó en voz alta Clara Hormigos. Sin esperar
respuesta de nadie, salió del cuartucho dando un portazo. El golpe desequilibró el palo
de una fregona apoyado en la pared. El vigilante de seguridad lo atrapó antes de que
golpeara un monitor.
La respuesta a la pregunta, y la resolución del caso, llegaron con el hallazgo del
séptimo cadáver, que apareció en un edificio de apartamentos de nueva construcción
situado al final de la Línea 1 de metro. Era precisamente el dueño del edificio quien
yacía con el abdomen abierto en el suelo pulido de la entrada principal, que aún olía a
pintura y silicona. Los pisos estaban terminados, pero nadie había entrado a vivir. Aún
quedaban salpicaduras de cemento por raspar, cinta de carrocero por despegar y restos
de serrín por barrer. En una esquina se acumulaban plásticos de burbujas desechados,
excedentes de las baldosas que cubrían las paredes y un cubo y espátula olvidados por
algún obrero. En el casillero de buzones todas las puertecitas estaban abiertas. En uno
de ellos, pegado a la cara superior, había una nota dirigida a Clara Hormigos, pero aún
faltaban unas horas para que su compañero la encontrara. Por el momento, ella se
arrodillaba una vez más a recoger un disco del pecho de la víctima. En la portada
aparecía una monja con guitarra, acreditada con dos nombres: Sœur Sourire y The
Singing Nun. Reconoció el título de la canción, Domenique, su madre se la cantaba de
pequeña, y recordó la historia de la monja cantante que, a pesar de su triunfo
internacional, acabó suicidándose por problemas económicos. El compañero de Clara
Hormigos regresó del coche patrulla con información que había recabado por radio. La
víctima se llamaba Eduardo Gutiérrez, tenía sesenta y un años, era dueño del edificio y
estaba acusado de un delito de estafa inmobiliaria relacionado con la venta de los
apartamentos: no solo se encontraba en bancarrota sino que se enfrentaba a una posible
condena de diez años de cárcel. Mientras escuchaba los datos, la inspectora repasó la
portada del disco, la imagen de esa monja que puso fin a una vida entregada a Dios
cometiendo uno de los pecados más graves que existen, el del suicidio. Y todo por
problemas económicos. Como la víctima que tenía enfrente. Clara Hormigos emitió un
sonido desde el paladar, el débil gemido que sucede a un descubrimiento. Sin dar más
explicaciones, dejó a sus compañeros encargados de la escena del crimen y condujo de
vuelta a la comisaría. Allí, pasó horas revisando las entrevistas realizadas a familiares y
gente del entorno de las víctimas. Ninguna confirmaba sus nuevas sospechas, pero
podía deberse a que el enfoque de las preguntas no era el adecuado. Clara Hormigos y
todo su equipo habían concentrado sus esfuerzos en resolver una serie de asesinatos,
pero el trabajo carecía de valor si lo que habían estado investigando no eran en realidad
asesinatos. O, por lo menos, no del todo. Una frase se repitió en su cabeza mientras
repasaba los informes, la que había pronunciado ella misma en la primera escena del
crimen: “es como si la víctima se hubiera dejado matar”. Cinco horas después, cuando
eran ya nueve los vasos de plástico color crema cuyos restos de café se secaban en el
cubo de basura bajo la mesa, sonó el teléfono. Su compañero llamaba para comunicarle
que habían encontrado una nota escondida en uno de los buzones.

El hallazgo de que las víctimas del asesino de los discos eran en realidad suicidas
a los que alguien había ayudado a morir, se convirtió en una bomba mediática que
transformó la manera en que la opinión pública se refería a él, cambiando su alias por el
de el asesino de suicidas. Más tarde se supo que la nota de suicidio que Eduardo
Gutiérrez ocultó en un buzón de su edificio violaba el compromiso verbal que las
víctimas adquirían con su verdugo. El estafador inmobiliario se sentía demasiado
culpable de dejar a tantas familias sin hogar y sin ahorros, como para irse de este
mundo sin pedirles disculpas, aunque fuera de manera póstuma. Por eso quebrantó una
de las normas que establecía el código de Jacinto Paéz, norma que sí habían cumplido
las víctimas anteriores: la de no dejar nota de suicidio. Puesto a violar las cláusulas del
peculiar contrato, Eduardo Gutiérrez ofreció también información sobre cómo había
contactado con su asesino, la cual sirvió de pista definitiva para que Clara Hormigos
identificara y localizara al sospechoso.

En los años de actividad criminal de Jacinto Páez, Internet apenas empezaba a


implantarse en los hogares españoles. Por aquel entonces, chats y foros, que facilitaban
el contacto entre gente de similares inquietudes de una manera inédita hasta entonces,
eran dos de los atractivos más populares. Igual que existían salas específicas para
seguidores del Real Madrid o fans de las Spice Girls, había otras en las que se reunían
personas con problemas psicológicos, de ansiedad o depresión. Sus conversaciones
digitales solían tener lugar en el silencio de la madrugada, cuando el insomnio que
sufría la mayoría de estos usuarios los arrinconaba con sus peores pensamientos.
Tecleando en la oscuridad frente a un monitor de brillo azulado, individuos de toda
España buscaban consejo o alivio en las palabras de otra gente que tampoco estaba en
disposición de ofrecer consejo ni alivio. Haciéndose pasar por uno de ellos, Jacinto Páez
buscó, durante meses, a personas que contemplaran seriamente la posibilidad del
suicidio. Sabía que, a la mayoría, lo que les impedía cumplir con el deseo de acabar con
su vida era la falta de valor. Podían soñar con la liberación que les supondría dejar de
pensar para siempre, apagar el cerebro y abandonar este mundo, pero eran incapaces de
ejercer presión sobre una cuchilla apoyada en sus muñecas o tragar de verdad el
montón de pastillas que se hubieran llevado a la boca. Jacinto Páez compartió durante
horas líneas de diálogo con decenas de suicidas potenciales. Solo a aquellos con los que
llegó a establecer una relación más íntima, les confesó él su secreto: sentía un deseo
irrefrenable de quitar la vida a otro ser humano. Era una pulsión que lo consumía desde
hacía años, un instinto asesino que había logrado domar pero sobre el que empezaba a
perder el control. Igual que a los suicidas frustrados, a él le faltaba valor para poner en
práctica su deseo, por intenso que fuera: sabía diferenciar el bien del mal y no se creía
poseedor del derecho de matar a una persona inocente. En el momento en que Jacinto
Páez compartía esta confidencia, sus interlocutores entendían los intereses ocultos del
hombre que se había mostrado tan atento con ellos y cerraban inmediatamente la
ventana del chat. Pero siete meses después de iniciar la búsqueda, una madrugada de
sábado, contó su secreto a un hombre con el que había conversado durante semanas y,
tras varios parpadeos indecisos del cursor, leyó en la pantalla la respuesta que había
deseado obtener: “entonces formamos el equipo perfecto”. Quien tecleaba, a kilómetros
de allí, era Mateo Venegas, padre de una niña que coleccionaba cromos de Pocahontas.

Siguiendo la pista en la nota de suicidio del estafador inmobiliario, Clara


Hormigos y su equipo accedieron día y noche a decenas de chats de apoyo psicológico
hasta que dieron con Jacinto Páez, y con él establecieron una cita en un piso propiedad
de la policía. Aunque el asesino esperaba obtener de esa cita, por octava vez, el alivio
pasajero a su pulsión de matar, lo que obtuvo de la mujer que le abrió la puerta fue una
detención, apoyada por cuatro agentes de policía que aparecieron de la nada. Jacinto
Páez no se resistió, simplemente extendió los brazos para facilitar la colocación de las
esposas.

En su posterior interrogatorio, el acusado se mostró tranquilo, educado. Colaboró


con Clara Hormigos respondiendo a todas las preguntas con sinceridad. Jacinto Páez
contó cómo Mateo Venegas se había tumbado en el suelo deseoso de acabar cuanto
antes. El asesino le explicó, como haría posteriormente con todas las víctimas, que
practicaría en su abdomen un corte certero que seccionaría la aorta. La muerte no sería
indolora, pero sí rápida. Usar sedantes o anestésicos procuraría una experiencia más
agradable al suicida, pero a él le arrebataría el placer mismo del asesinato. El trato debía
permitir a Jacinto Páez ver el dolor en los ojos, sentir cómo se tensaban los músculos de
la víctima al recibir la herida mortal para después relajarse cuando alcanzaban la paz
definitiva. Según su testimonio, Mateo recibió la cuchillada como un campeón. Las
últimas palabras que pronunció fueron dos nombres propios, los de sus hijas Irene y
Melisa. El asesino esperó a que Mateo estuviera muerto para llevar a cabo el corte
completo a lo largo del abdomen, tampoco consideraba necesario hacerles pasar por ese
sufrimiento. En la sala de interrogatorio, al recordar su primer asesinato, Jacinto Páez
cerró los ojos como quien se transporta con la memoria a un feliz recuerdo del pasado.
También se acomodó con una mano el bulto que había aparecido en la bragueta de su
pantalón, gesto que desagradó especialmente a Clara Hormigos. La segunda víctima,
Beatriz Mantero, sufrió un ataque de pánico en cuanto el asesino ejerció la presión
necesaria para clavar el cuchillo en su abdomen. Por eso se retorció como un insecto
bajo el peso de Jacinto Páez, esparciendo su propia sangre de la manera en que lo hizo.
Clara Hormigos escuchó cómo el encuentro con José Lora también había sido
problemático. El joven había confesado a Jacinto Páez las ganas que tenía de que su
muerte traumatizara de por vida a una novia que acababa de dejarle, lo cual añadía al
suicidio una motivación que iba más allá del deseo de la propia muerte. Tras un debate
moral entre ambos, que tuvo lugar mientras la víctima jugaba una partida de
Buscaminas, el acto se consumó según lo planeado. El recuento de lo ocurrido con la
cuarta víctima, Rafael Martínez, confirmó que el cambio de posición del corte mortal,
del abdomen al cuello, tenía que ver con las cualidades físicas del subcampeón de
culturismo. Tal y como había supuesto aquel periodista que perdió su trabajo por decir
lo que pensaba, Rafael pidió a Jacinto Páez que no le dejara las abdominales hechas un
Cristo. Explicó que le había costado mucho esfuerzo conseguirlas y que era una pena
dejar un cadáver tan feo. En la sala de interrogatorios, el asesino encogió los hombros al
recordar la petición: “si él prefería que le cortara el cuello, que duele mucho más, allá
él”. Más sensibilidad mostró al hablar de Florencio Llanos. Conmovido, contó la ilusión
con la que el peluquero le había recibido, de noche, por la puerta trasera del local
cerrado, sus ojos brillantes por la emoción que le provocaba una fe absoluta en que se
reuniría al otro lado con el marido que había perdido hacía tres años. Lo ocurrido con
las dos últimas víctimas, Marina López-Varela y Eduardo Gutiérrez, lo relató Jacinto
Páez de manera mecánica, como si le aburriera repetir lo mismo una y otra vez. No
perdió la oportunidad, sin embargo, de increpar al estafador inmobiliario por haberle
delatado. Y lo hizo con unas declaraciones que, una vez filtradas a la prensa,
provocaron la polarización de la opinión pública: “ese tío ha sido muy egoísta
quitándome de en medio. No se le ha ocurrido pensar que ahí fuera hay mucha gente
como él, deseando morir, pero sin las agallas necesarias para hacerlo. Yo cubría una
necesidad social. ¿Quién hará ese trabajo sucio ahora?”.

Clara Hormigos no se detuvo apenas a hablar de los discos que Jacinto Páez
había utilizado como firma, eso lo harían sus compañeros en interrogatorios posteriores.
A ella le molestaba dar importancia a ese tipo de trucos que los asesinos en serie
utilizan para llamar la atención, como si así transformaran su barbarie en un obra de
arte digna de ser firmada. Solo confirmó con él que los álbumes pertenecían a músicos
que se habían suicidado, pero no se preocupó en saber desde cuándo le interesaba la
música o si había sido difícil conseguir los álbumes más antiguos. En cuanto él sonrió,
encantado de que la inspectora tocara el tema de los discos, Clara Hormigos cambió de
tercio y le preguntó si se arrepentía de lo que había hecho. “No”, fue su rotunda
respuesta. Aunque admitía ser el responsable de la muerte de siete personas, defendió
con vehemencia la moralidad de sus actos. Aseguró que las medidas que había tomado
para causar el menor mal posible dadas sus particulares necesidades, demostraban una
buena voluntad que debía ser tenida en cuenta en su juicio. “¿Preferiría que hubiera
matado a gente inocente? No he quitado la vida de nadie que no quisiera morir, le
aseguro que tengo la conciencia muy tranquila”. Fue esta declaración la que, una vez
trascendió a los medios, bautizó definitivamente a Jacinto Páez con el alias que se usaría
en prensa a partir de entonces y con el que pasaría a formar parte de los anales de la
historia criminal española: el asesino de la conciencia tranquila.

FIN
PAUL PEN (Madrid, España, 1979) es escritor, periodista y guionista. Escribe
ficción desde que leyó Las Brujas, de Roald Dahl, el autor que más le ha marcado junto
con Stephen King.

Su primera novela, El aviso, le valió el título de Nuevo Talento Fnac en 2011,


además de ser traducida a varios idiomas y encontrarse en proceso de adaptación al
cine de la mano de Morena Films. A sus relatos premiados Una escena matrimonial del
todo insólita y Kokomo se unen ahora Otel y La sangre del muerto. El brillo de las luciérnagas
es su escalofriante segunda novela, de la cual se prepara ya una versión
cinematográfica, y que confirma a Paul Pen como el más prometedor autor de thriller
psicológico del panorama español.

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