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NIÑOS AGRESIVOS

Los niños no nacen agresivos. Los niños no son naturalmente violentos, ni maleducados,
ni coléricos ni irrespetuosos. Tampoco es verdad que los varones sean más agresivos que
las niñas, ni que haya edades en que sea “normal” que se relacionen violentamente con
los demás. No. Sencillamente todos los niños reaccionan a su entorno de un modo
análogo a como son tratados.

¿Qué es lo que provoca que un niño necesite golpear o lastimar a otro? La desesperación.
La exasperación por ser amado y tenido en cuenta según sus necesidades bien personales.
¿Acaso el niño pegador es aquel que no es amado? En realidad, sus padres lo aman, pero
él no se siente amado, que son dos cosas muy distintas. Antes de desestimar estas ideas y
defendernos a nosotros mismos vociferando que sí amamos a nuestros hijos, pensemos
este vínculo desde el punto de vista del niño pequeño.

Situarnos en el lugar del otro es muy complejo, sobre todo porque en estos casos no
tenemos recuerdos conscientes sobre cómo era vivir en el cuerpo de un bebé. Tendremos
que imaginarnos sin ninguna autonomía, sin lenguaje verbal para explicar lo que
necesitábamos, absolutamente dependientes de los cuidados maternos, con hambre por
momentos, con miedo en otros, con ansiedad, con impulsos vitales de supervivencia que
no podíamos manejar.

Cuando somos pequeños, esperamos recibir los cuidados y el confort físico y afectivo que
nos resulta indispensable para sentirnos bien. Tenemos la experiencia reciente de la vida
intrauterina, por lo tanto, es lógico que pretendamos ese mismo nivel de bienestar. Pero
cuando no lo obtenemos, cuando la espera duele, cuando el hambre aumenta hasta
convertirse en sufrimiento, cuando la soledad lastima, cuando lloramos sin que nadie
acuda, cuando el cuerpo está flotando en un vacío desgarrador, cuando nadie nos toca ni
nos acaricia, cuando no somos acunados ni escuchamos melodías susurrantes; aparece la
desesperación por obtener los cuidados mínimos e imprescindibles. Entonces
reaccionamos. Hacemos lo que podemos con nuestros magros recursos. Pedimos auxilio a
gritos. Escupimos. Mordemos. Pegamos. Incluso si tenemos sólo seis meses de vida.

¿Qué sucede luego? Algo bastante peor de lo que esperábamos: Los adultos a su vez
reaccionan a causa de nuestras conductas desesperadas, enojándose y dejándonos cada
vez más aislados. Nos acusan de ser niños malos, egoístas o maleducados. Nos castigan.
Nos quitan lo poco que habíamos obtenido. Nos dejan aún más solos. Nos obligan a
permanecer en nuestras habitaciones en medio de un silencio devorador. Algunas veces
incluso nos pegan, pero la paliza no nos duele tanto como la soledad. Con el tiempo
vamos aprendiendo que dentro del castigo, al menos logramos tener una existencia plena
y concreta en las emociones de los adultos que nos crían. Porque cuando nos castigan,
nos ven. Para confirmarlo, alguna vez dejamos de pegar, constatando que
inmediatamente desaparecemos a ojos del adulto. Luego volvemos a pegar y
mágicamente volvemos a existir. Ya no caben dudas: la agresión es la mejor manera que
hemos encontrado para ser tenidos en cuenta.

¿Qué hacer? Reconozcamos cuántas veces el niño pequeño nos ha pedido presencia y no
hemos sido capaces de responder. Constatemos los pedidos de presencia, de quietud, de
silencio que el niño ha demandado sin éxito. Será menester revisar dónde hemos puesto
nuestras prioridades, cuáles son las situaciones que atendemos en primer lugar, cada día,
cada noche, cada sábado, cada domingo, cada mañana, cada tarde, cada instante de
nuestra vida. La tarea será sincerarse, y en lugar de echar culpas, tratar de ver qué es lo
que sí estamos en condiciones de ofrecer.

Todo niño pegador necesita ser más abrazado que antes. Todo niño agresivo necesita el
calor de un cuerpo acogedor sabiendo que tiene permiso para permanecer allí
acurrucado, todo el tiempo que desee. ¿Hasta cuándo? Hasta que confíe en que no lo
volveremos a abandonar. Hasta que constate una y otra vez que cuenta con nosotros, que
no hay nada en el mundo que nos importe más que su bienestar. ¿Y cuánto tiempo puede
durar eso? Un año, dos años, cinco años, diez años, toda la vida…depende. ¿Qué sucederá
si dejamos que las cosas sigan como están? El niño organizará su sistema de intercambio
afectivo a través de la violencia, que puede ser visible ó invisible. Puede devenir un joven
golpeador. Creerá que tiene derecho a ser compensado siempre, pero por más que
golpee, patalee o vocifere, no obtendrá amor materno, porque ni siquiera sabrá que eso
es lo que precisa.

Laura Gutman