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El derviche y el joven.

C
ierto derviche que se dirigía caminando a un monasterio muy lejano para de-
dicarse en cuerpo y alma al servicio de Dios, se encontró al borde del camino
una cesta. Al abrir el envoltorio comprobó que lo que había dentro era una
criatura de apenas unos meses. Su lamentable estado denotaba el sufrimiento que a
pesar de su corta viva ya había padecido.
El derviche no sabía qué hacer con él, en aquellos tiempos nadie se hacía
cargo de los abandonados. Así que prometió y juró que lo cuidaría, y que nunca lo
abandonaría ni se separaría de él hasta que la muerte lo llamara. Así posponiendo
su viaje al ansiado monasterio se dedicó en cuerpo y alma al cuidado de esa pequeña
y angelical criatura.
La alimentó, la enseñó a hablar, comer, comportarse. A medida que la criatura
crecía fue siendo instruida por el derviche para que llegase a ser una persona de
provecho, de ayuda a los demás y de bien.
Los años pasaban y cada vez la criatura, ahora convertida en adolescente, se
tornaba más caprichosa y exigente. El derviche, en la medida de sus escasas posibi-
lidades, mendigado aquí y allá, procuraba satisfacer los antojos, aunque parecía que
jamás le satisfacían.
Ya siendo joven apuesto, y a pesar de las advertencias del derviche, el joven
gustaba de frecuentar las atracciones mundanas de los pueblos por los que transita-
ban en su caminar. El derviche preocupado por el bienestar físico de su pupilo, ol-
vidó ocasionalmente advertirle de los males que podían acechar si seguía por esos
frívolos derroteros.
Poco a poco, el joven fue impregnándose de los espíritus que pululan esos
bajos mundos. Su deterioro mental fue en aumento a la par que Satanás le dominaba
más y más. Ahora, argumentaba que había crecido, que sus pensamientos deteriora-
dos no eran tales, sino que eran fruto de su propia experiencia y deseos personales.
El derviche, a pesar de esos desvaríos, seguí más preocupado por satisfacer
los deseos materiales del joven que de sus necesidades espirituales, le permitía cada
vez más antojos. Que si un folklore por aquí, que si nuevos atuendos por allá, que si
ahora quiero otro techo, que si ahora… De cada lugar el joven se fue impregnando
de los espíritus negativos afines a sus pasiones, hasta que su carácter y actitudes
hacia su preceptor comenzaron a cambiar. Cuando el derviche no satisfacía sus mór-
bidos deseos, el joven lo insultaba, vejaba y repudiaba.
Así transcurrieron varios años, el derviche cada vez más débil y desconcer-
tado por la actitud del joven hacia él tan solo acertaba a justificar el comportamiento
como gajes de la edad. Sin embargo, no se daba cuenta que los espíritus siervos del
Maligno habían hecho presa en el joven, y que ya no era el mismo. Ahora el joven ya
no era el mismo, lo rebatía todo, ya no aceptaba sus consejos, le reprochaba que su
relación nunca había sido la adecuada, que él no había querido tener un maestro,
que hubiera querido una relación de igual a igual, porque a fin y al cabo los dos eran
iguales, que lo que viejo pretendía era dominarlo y convertirlo en su siervo.
Un día, cuando las secuelas del esfuerzo, del trabajo, de los años hicieron me-
lla en el derviche, éste cayó. Sus rodillas se doblaron y se clavaron en el suelo. El peso
del esfuerzo por reconducir por el camino del bien al joven y liberarlo así de los de-
monios sin conseguirlo, lo derrumbó y quedó postrado a la vera del camino. Enton-
ces, el joven lo miró y con satánica sonrisa le dijo:
— ¡Ahí te pudras viejo! Ahora por fin soy libre. Tú eres una carga para mí y no
te necesito para nada. Lo que yo necesito tú no me lo puedes dar, tu eres un
anciano y yo ansío gente joven a mi lado que satisfaga mis deseos. El mundo
que tú no me diste como yo quería ahora es mío. ¡Ahí te quedas!
El joven partió y el derviche moribundo quedó allí a la orilla del camino en un
lugar parecido a aquel que tantos años atrás encontrara aquella cesta con la angeli-
cal criatura desvalida.
Los demonios triunfantes danzaban en torno al joven cantando: ¡Por fin otro se-
cuaz para nuestras filas y así propagar la maldad por el mundo!
El derviche murió solo y en paz porque jamás, a pesar de todo, rompió la pro-
mesa sagrada de los derviches llevando hasta sus últimas consecuencias la palabra
dada y la promesa hecha.

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