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La maravillosa desigualdad.

A Dios gracias, los hombres y las mujeres no somos iguales en casi nada, y .... ¡viva la
diferencia! Puestos a elegir, yo -como hombre- prefiero admirar a una “fermosa vaquera
de la Finojosa” que a un apuesto mancebo, por bello y esplendoroso que este sea. Es más,
el mancebo, cuanto más lejos de mi lado, mejor; no vaya a ser que acapare la atención de
la vaquera y me deje a dos velas, contemplando la luna de Valencia.

En ambos sexos existen “personas”, y otros seres que no merecen tal denominación (por
muy animal racional que a estos últimos se les considere). En eso sí que somos iguales.
También -como personas- merecemos el mismo respeto e igualdad ante la ley. Pero
quitando algunas peculiaridades de este estilo, en casi nada nos parecemos: ni
fisiológicamente, ni intelectualmente, ni anímicamente. Sin querer con esto decir que uno
de los sexos sea superior al otro en algo de ello. Simplemente –y ahí está la belleza de la
armonía- somos complementarios.

El rudo y musculoso cuerpo del hombre, contrasta con la suavidad de la piel y la


delicadeza de las curvas del cuerpo femenino. El hombre usa y abusa de la reflexión,
mientras que la mujer prefiere guiarse por la intuición y el sentimiento. El espíritu
luchador y competitivo, innato en el alma masculina, es antagónico del ansia de cariñosa
relación y afecto, del femenino. El hombre necesita crear con sus manos o su mente para
progresar hasta más allá del desafío que le imponen los límites de la naturaleza; a la mujer
le incentivan menos estas aspiraciones, porque goza de la dulce satisfacción de alumbrar
la vida dentro de su cuerpo, apaciguando su deseo de estrafalarias aventuras. Hasta las
hormonas nos estimulan químicamente de diferente forma, influyéndonos distintamente
en nuestros estados de ánimo. El hombre es de Marte y la mujer de Venus, como dice
John Gray en su libro del mismo título.

Con tan maravillosas diferencias creadas por la naturaleza –y que son precisamente las
que nos atraen y encandilan mutuamente- no entiendo el incomprensible empeño de las
hembristas, femimarxistas o feministas de género (que para mí, todo es lo mismo) por
criar y educar a ambos sexos de forma indiferenciada, forzando el desempeño de los
mismos comportamientos cuando son tan distintas nuestras inclinaciones. Me resulta tan
ridículo como desear que la lluvia ascienda hacia el cielo, en lugar de precipitarse las
gotas a la tierra, o soñar con paralizar el cauce de un caudaloso torrente. La naturaleza es
bella tal como la creó el Hacedor y resulta de lunáticos pretender cambiar sus leyes;
bastante la hemos deteriorado ya con nuestras patosas e irresponsables manejos. Tan
necesarias y beneficiosas resultan las cualidades masculinas para la humanidad, como las
típicamente femeninas. Es la potenciación de esas cualidades respectivas de cada sexo lo
que enriquece a la especie; no la “uniformidad”de los mismos. Por más que me busco el
tan cacareado “lado femenino”, no consigo encontrarlo; de lo cual me alegro mucho, ya
que me resulta repelente encontrar características “masculinas” en una mujer; por lo que
–digo yo- que a ellas les ocurrirá lo contrario, de encontrar feminidad en nosotros.

No es mi intención negar, tanto al hombre como a la mujer, el ejercicio “responsable” de


hacer con sus vidas lo que les dé la real gana; siempre –claro está- dentro del respeto y
consideración al prójimo y a los principios éticos que llevamos impresos en el alma y
comunes a ambos sexos de la especie. Pero no entiendo ese afán por imponer unas pautas
comunes de comportamiento, por real decreto, usando y abusando del lavado de cerebro
con el que se avasalla nuestra sensibilidad a través de los medios de comunicación.
¿Porqué a una mujer ha de tachársela poco menos que de anatema por no comulgar con
el deseo de trabajar fuera de casa, si ella disfruta cuidando de sus hijos y de un hogar
inundado de cariño? Es su libre elección; no perjudica a nadie; y, muy por el contrario,
sus hijos se criarán probablemente más felices que al cuidado de la tata o encarcelados
largas horas en una guardería.

¿Por qué el hombre ha de atender el hogar al gusto de la femimarxista de turno? El factor


fundamental del progreso de la humanidad lo ha constituido el reparto de funciones
complementado con el trueque: mientras una persona se dedicaba a cultivar el trigo, otra
lo molía y una tercera elaboraba el pan; luego, se intercambiaban los resultados de sus
esfuerzos. ¿Por qué ahora hay que romper con ello y repartirse necesariamente las tareas
del hogar al cincuenta por ciento? Esto me suena más a involución que a evolución. La
familia es una nave que hay que llevar a buen puerto y tripulaciones las hay para todos
los gustos, dependiendo de cada embarcación, así como de los acuerdos o relaciones
aceptados por sus componentes.

¿Por qué no dejamos que cada matrimonio se organice COMO LE DE LA GANA,


preconizando y facilitando, tan solo, su COMPRENSIÓN, AMOR Y ARMONÍA? Lo
que a la sociedad le interesa realmente es la subsistencia y fructífero desarrollo de la
familia. Esto es lo que debe esforzarse por facilitar el Estado; y no el imponer en el seno
doméstico un reparto de papeles -tan antinatural como involuntario- que pueda engendrar
discordia y conflictividad. Ambos cónyuges son suficientemente mayorcitos cuando se
casan como para acordar y vislumbrar sus más óptimas condiciones de vida. ¿Qué por sus
respectivas posibilidades de trabajo y progreso, es el hombre el que permanece en el hogar
realizando las tareas domésticas y la mujer quién trabaja fuera? ¡Pues qué bien! Es su
vida, su elección o su posibilidad más idónea de navegar por el mar de la existencia. ¿Qué
derecho tiene la caja tonta de rayos catódicos a estar todo el día emitiendo “moralina” de
cómo han de organizar sus vidas?

Su responsabilidad es criar y educar a unos hijos, rodeados de amor y concordia. Esto es


lo que ha de alentar y facilitar la sociedad con sus instituciones. Ese debería ser el
fundamental papel de un Instituto de la Familia. En lugar de las sexistas directrices y
ayudas sesgadas de múltiples instituciones al servicio de la mujer –que tan solo incentivan
la ruptura de multitud de familias- el esfuerzo del Estado debería encaminarse a preservar
la nave familiar de los habituales escollos y tormentas con las que le zarandea la vida.
Para ello, nada mejor que esforzarse en políticas de empleo, acceso a la vivienda,
educación, cultura, sanidad, subvenciones familiares por hijos, reducción de impuestos a
la familia, gabinetes psicológicos de ayuda “familiar”, para cuando aparecen los
conflictos, y una mediación familiar con unas leyes igualitarias de divorcio, para cuando
la ruptura resulta irremediable; y, esto, después de haberse esforzado, sin regatear medios,
para tratar de evitarlo.

¿Qué es preferible?: ¿promover medidas encauzadas a prevenir el conflicto, la ruptura y


la violencia o despilfarrar recursos en engordar a jueces y abogados a costa del
sufrimiento de las personas?

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