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El héroe épico

El héroe épico es, fundamentalmente, un héroe guerrero. De ahí que se caracterice, sobre
todo, por su valor (areté). Los griegos apreciaban sobremanera el coraje en el combate. En
su origen, la areté era el valor guerrero que distinguía al noble del que no lo era; se
demostraba por medio de hazañas victoriosas y era entendida, comúnmente, como
“excelencia guerrera”. La grandeza del héroe épico radica en que al combatir arriesga su
vida y, por ese hecho, el combate se convierte en una prueba esencial de su existencia. 1
El héroe épico posee habilidades sobrehumanas –normalmente debidas a su ascendencia
divina- que le permiten llevar a cabo hazañas extraordinarias y beneficiosas (“actos
heroicos”). Encarna lo que se considera bueno y noble en su cultura de origen, la griega.
Por ello, se constituía en el ideal que todo griego trataba de alcanzar. El código de valores
incluye todas aquellas virtudes que el héroe debe manejar para llegar a ser un modelo de
conducta. Cada héroe tiene un código de valores según el tiempo y el lugar en que vive.
Así, los valores del héroe épico representaban los valores de la nobleza griega: eran la
manifestación de la ética de la aristocracia de sangre. El código de valores del héroe épico
griego estaba constituido, básicamente, por el honor, la valentía, la lealtad, el patriotismo y
la piedad. Este código de honor estaba regido por un espíritu de competición, de
emulación, por el deseo de ser el mejor, el primero. Esto conducía a que el móvil de la
acción heroica estuviera orientado, casi siempre, a probar el valor y alcanzar la gloria
(kleos): lo que verdaderamente mueve las acciones del héroe –aparte de hacer el bien y
de dar el ejemplo- es el hecho de buscar ser inmortal a través de la fama. La época en que
los héroes de esta clase estuvieron presentes, y en la que se sitúan las historias de la
mitología griega, se conoce, con frecuencia, como “Edad Heroica”, que termina poco
después de la Guerra de Troya, cuando los legendarios combatientes vuelven a sus
hogares o marchan al exilio.

Aquiles, protagonista de la Ilíada de Homero, es, sin duda alguna, el máximo exponente
del héroe épico:
• Es bisnieto de Zeus, hijo del rey Peleo y de la ninfa marina Tetis, una ascendencia de la
que se jacta el héroe en más de un pasaje de la obra. Es ésta una de las notas
características de las figuras heroicas griegas: mitad mortal –por Peleo- y mitad divino –por
Tetis-; es un semidiós (hemítheoi). Esto significaba que, si bien era superior a común de
los mortales, no poseía la inmortalidad debido a la porción humana de su naturaleza;
aspecto éste en que difiere de los dioses, que son inmortales.

En un momento de la Ilíada leemos: “¡Oh Aquileo! Superior a los demás hombres, (…)
porque los propios dioses te prestan constantemente su auxilio”. De aquí se desprende
que la valentía de Aquiles no sólo se debe a su cuna noble, sino también a que cuenta con
el amparo de los dioses. De modo que se advierte que, en todo momento entran en
tensión sus dos facetas o aspectos: el mortal y el divino. • Pero su grandeza no radica
únicamente en su origen semidivino, sino también en conocer la disposición del Hado y
enfrentarse “cara a cara” con él; es consciente de lo que le espera y lo acepta, lo cual le
engrandece aún más.2 Si luchaba en Troya, moriría ante sus murallas, pero se aseguraría
una gloria eterna (kleos) superior a la de todos los demás héroes: esto es destacable dado
que, como corresponde a todo héroe épico, Aquiles es un entusiasta de la gloria y la fama.

Algunos otros rasgos de su conducta son comunes a la mayor parte de los héroes:

1 El mito lo retrata como un denodado guerrero, como evidencia el uso de algunos epítetos
y adjetivos de corte bélico en la Ilíada, por ejemplo: “asolador de ciudades”, “terrible y
audaz guerrero”, “el de mayor porte entre los hombres”, “Aquiles, cual si fuese Ares”, “el
más portentoso de los hombres”, entre varios otros. Es obligado dejar claro que sólo los
integrantes de la nobleza griega eran depositarios de la areté: Aquiles era noble, por ser
hijo de Peleo. 2 Calcas anunció, cuando el héroe tenía nueve años, que Troya no sería
tomada si Aquiles no participaba en la lucha. El profeta Calcante, a su vez, predijo que a
Aquiles se le daría a escoger entre una vida corta y gloriosa, o larga en años y anodina.
Obviamente, si Aquiles elegía participar en la contienda entre aqueos y troyanos –como de
hecho hizo- la primera opción –vida corta y gloriosa- sería la que se realizaría.
••

La cólera (mênis), una nota característica del héroe clásico. Como consecuencia de ella
Aquiles recupera su honor pero también se precipita, en cierto modo, el veloz desenlace
de su vida. Además, el héroe sufre terríblemente. El sufrimiento (pathos) lo vemos, por
ejemplo, en las lágrimas vertidas a causa de la muerte de su compañero Patroclo. Este
pathos, en lugar de aminorar su cólera, la incrementa en grado sumo y Aquiles busca
venganza: asesina al homicida de su amigo y, producto de una mênis cada vez más
intensa, profana el cuerpo de Héctor, mutilándolo. Promete no entregar el cuerpo a su
familia y dárselo, en cambio, a los perros. No obstante, cuando Príamo, padre de Héctor,
va en secreto al campamento griego a suplicar a Aquiles por el cuerpo de su hijo, el héroe
cede: “Dispuesto estoy a entregarte el cadáver de Héctor [...]”. Renunciando a la cólera
contra el cadáver de Héctor, Aquiles brinda un testimonio más de su heroísmo al
destacarse por su piedad (pietas). Finalmente, observamos que se produce un cambio
espiritual, una transformación de Aquiles, producto de la toma de conciencia acerca de su
error. Deponiendo su ira, dice:


“Desde ahora depongo la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado”.

El héroe trágico
El héroe trágico tiene, por lo general, un origen oscuro y/o padres desconocidos, lo que
marcará su destino. Luchará contra un obstáculo que parece –y es- insalvable, un poder
misterioso, el destino, que, con o sin razón, aplasta casi siempre al que se enfrenta a él. El
héroe trágico lucha para que no se cometa una injusticia, para que no ocurra una muerte,
para que se castigue un crimen, para que la ley prevalezca sobre la del más fuerte, para
que la libertad de los dioses no lesione la libertad humana, en resumen, lucha para que el
mundo sea mejor. Pero encontramos cierta contradicción intrínseca en la lucha del héroe
trágico: sabe que los obstáculos que se oponen a su acción son insuperables, y sabe, al
mismo tiempo, que constituye un deber para él superarlos, si es que quiere, en verdad,
lograr su plenitud y cumplir su vocación de grandeza. Sabe también que debe hacer todo
ello por los demás, sin ofender la susceptibilidad de los dioses ni provocar su envidia
(némesis), y sin caer en el orgullo o la soberbia (hýbris). Corre, en consecuencia, el riesgo
de encontrar la muerte, precisamente en el instante en que acaba de alcanzar la victoria.
El héroe trágico, así como el épico, posee una excelencia moral de acuerdo con los
modelos de virtud de su contexto sociocultural. Sin embargo, a pesar de sus buenas
cualidades, sufre en exceso o acaba en una muerte ignominiosa. Este sufrimiento
(padecido también por las personas que le son cercanas) es consecuencia de una

hamartía ("error trágico", defecto, fallo o pecado). Parecería que es precisamente por sus
acciones
nobles y admirables por las que el personaje comete ese ‘error trágico’ y sufre
terriblemente. La muerte que involuntariamente le provoca a alguien es también una
circunstancia que normalmente le acaece a los héroes trágicos. Por esa hamartía o error
reciben luego un castigo. El problema radica en que esa acción no es realizada de manera
consciente y siempre es provocada, en origen, por algún ser superior (un dios). El héroe
trágico experimenta, así, numerosos males cuya causa ignora: se trata del castigo por la
culpa. Aunque, siempre hay un momento en el mito trágico en el que se le revela la verdad
al héroe (mediane oráculos, coincidencias, informadores…) y, de repente, se hace
conocedor de los hechos y se reconoce a sí mismo cpmo protagonista de ellos
(Anagnórisis).

Edipo, quien en la tragedia de Sófocles pagará las culpas de su padre, es el arquetipo de


héroe trágico.

El mito revela –de ahí el pathos del héroe- que Edipo nació marcado por una maldición 3;
creció y siendo joven escuchaba las burlas por ser hijo de padres desconocidos, así que
se encaminó a consultar el oráculo de Delfos, y ante la respuesta sobre su destino decide
abandonar su patria. Pero en el camino elegido para su destierro surge una de las
peculiaridades por excelencia que hacen de Edipo un héroe trágico: la inexorabilidad del
destino, la infalibilidad de las disposiciones de los Hados: creyendo alejarse de sus
verdaderos padres toma la dirección contraria y se encamina hacia Tebas.

Al llegar a una encrucijada, Edipo no vio que se acercaba un carro en el que viajaba Layo,
quien, con arrogancia, le ordenó al héroe que dejara libre el paso. Edipo no se inmutó y las
ruedas del carro pasaron por encima de sus pies. Entonces, Edipo, enfurecido, se
abalanzó sobre Layo, luchó con él y le dio muerte: fue la primera derrota del héroe por
parte del destino. • • Su cólera (mênis) –aunque justificada por la altanería de Layo- lo llevó
a cometer un trágico error (hamartía): el asesinato de su verdadero padre -con lo que el
oráculo comenzaba a cumplirse-.4 La acción de Edipo matando a su propio padre –sin
saberlo- sirve para la ejecución de otro de los rasgos distintivos del héroe trágico, la
muerte involuntaria. Es ostensible que Edipo obra por ignorancia y comete el parricidio
accidentalmente. Se evidencia también que, a pesar de su cólera, Edipo es un héroe digno
al guiarse por la prudencia (temis) y decidir, por piedad (pietas), que Creonte no sea
asesinado sino, a cambio, desterrado.5

Con el tiempo "los dioses exigen que las tierras mancilladas con el asesinato de Layo sean
purificadas con el destierro del responsable del crimen". Edipo toma, entonces, la
determinación de perseguir sin descanso al asesino del anterior rey y castigarlo
duramente, sin saber que así está cavando su propia tumba. • El sufrimiento de Edipo es
inherente a su existencia: no puede hacer nada para remediarlo. Cuanto mayor es el
conocimiento que tiene acerca de su origen, mayor es su pesar. De modo que la búsqueda
activa de su procedencia lo lleva a su verdadero destino: la aflicción absoluta. Después de
su conocimiento de la verdad, Edipo se impone a sí mismo, como castigo por su
ignorancia anterior, la ceguera, arrancándose los ojos, incrementando más aún su
sufrimiento, su pathos.

Al principio de este apartado decíamos que Edipo nació con una maldición. Su destino
está trazado desde siempre por los dioses y él sabe que, ante eso, no hay nada que pueda
hacer. De hecho, aunque las figuras de Aquiles y Edipo presentan ciertas similitudes en
cuanto a sus rasgos caracterológicos y hasta podría señalarse que sus periplos son
estructuralmente análogos6, sin embargo, mientras Aquiles es héroe del kleos, de la gloria,
en contraposición, Edipo es un héroe del pathos, del sufrimiento. Aunque con las
características comunes de los héroes clásicos, Aquiles y Edipo son distintos. La diferencia
básica entre estos dos personajes “tipo” es su reacción ante la vida: el héroe épico –
Aquiles- no tiene fisuras ni contradicciones, está resuelto a alcanzar gloria y fama, a ser el
mejor en la batalla, a ser inmortal, en el sentido amplio de la palabra, y lo logra; sabe quién
es y lo que quiere. El héroe trágico –Edipo- se basa en la contradicción: comienza siendo
un rey amante de su pueblo y respetado por él, y termina con un destino miserable. El
héroe épico es, por su nacimiento o por su situación de vida, un ser que se aleja de los
hombres para acercarse a los dioses. El héroe trágico es, por encima de todo, un hombre,
con sus defectos y sus virtudes, pero un hombre al fin.
3 Dice Yocasta en Edipo Rey: “[...] en otro tiempo le llegó a Layo un oráculo, no diré de los
labios del propio Apolo sino de sus ministros: que su destino sería morir en manos de un
hijo suyo, de un hijo que nacería de mí y de él [...]”. 4 Debemos reparar en que el parricidio
y el incesto –según el imaginario de los antiguos- pasaban por ser acciones punibles
desde el punto de vista de lo humano, pero lícitas en el ámbito de los dioses, con lo que
Edipo, al cometerlas, no habría hecho otra cosa que poner de manifiesto, también, el
aspecto divino de su naturaleza. Este componente divino de la personalidad de Edipo, se
encuentra en correspondencia con la calidad de hemítheoi de que disponían todos los
héroes. Este punto se vincula con la genealogía de Edipo, que si bien es bastante difusa,
posee una conexión con la estirpe de los inmortales. 5 El destierro era una pena de
máxima en la Antigua Grecia, pena considerada en sí misma como una muerte. 6 Los dos
siguen un camino que va desde la hamartía, pasa por la hýbris, la mênis y el pathos, y
concluye con una apoteosis

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