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El conocimiento de la biología también es cultura

por JAIME GÓMEZ MÁRQUEZ

Desde el descubrimiento de la estructura del ADN, que fue uno de los hitos más trascendentales
en la historia de la Ciencia, los avances en Biología han supuesto una impresionante revolución
científica con notables implicaciones que afectan directamente al desarrollo y bienestar del
conjunto de nuestra sociedad.

Términos y conceptos tan frecuentes como biodiversidad, ingeniería genética, metabolismo,


ecología, acuicultura, genoma, anticuerpo, biotecnología o neurobiología, entre muchos otros,
indican claramente el impacto y la relevancia de la Biología en nuestra vida. Hoy en día podemos
decir que los avances de la Biología han trascendido desde el entorno exclusivo del estudioso o del
investigador al ámbito de lo cotidiano.

No cabe duda de que cada vez es más importante que los ciudadanos entiendan algunos
conceptos y mecanismos básicos de la Ciencia, en general, y de la Biología, en particular. Sin
embargo, tengo la impresión de que en este país siguen teniendo vigencia todavía las palabras de
Santiago Ramón y Cajal: "Al carro de la cultura española le falta la rueda de la ciencia".

Sin lugar a dudas, el conocimiento y la comprensión de los principios esenciales de la Biología


ayudaría a nuestros conciudadanos tanto a valorar la implicación que tienen los avances científicos
en su calidad de vida como a ser conscientes e incluso críticos con las consecuencias de los
mismos.

Permítanme poner dos ejemplos muy diferentes que muestran con gran claridad la enorme
importancia y trascendencia que supone el conocimiento de la Biología.

Recientemente se ha publicado la secuencia casi completa del genoma del ratón. A partir de
hacerse público este importante descubrimiento, la pregunta que se pudieron hacer muchas
personas fue la siguiente: ¿por qué puede ser importante para la investigación biomédica el
conocimiento del genoma de un roedor? Un hombre de su época

Darwin nació en Shrewsbury, Inglaterra, el 12 de febrero de 1809 en el seno de una familia


protestante de la emergente burguesía inglesa. Realizó sus estudios profesionales en la
Universidad de Edimburgo en medicina pero, a la larga, se encontraría decepcionado por la
práctica médica. Aún así, tuvo importantes influencias intelectuales en Edimburgo donde aprendió
taxidermia, geología, anatomía. Siguió de cerca los debates teóricos del llamado materialismo
radical inglés y estuvo al tanto de la teoría evolutiva propuesta por Lamarck.

Decepcionado por los mediocres resultados obtenidos como médico, su padre lo envió a
Cambridge para titularse en letras con el propósito de formarlo como pastor anglicano.

Lejos de tomar el camino del sacerdocio, su estancia en Cambridge le permitió familiarizarse con
tres obras que marcarían su pensamiento: la Teología Natural de Paley, Un discurso preliminar en
el estudio de la filosofía natural de Herschel y el Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo
Continente de Humboldt.

Impulsado por el instinto aventurero de los naturalistas del siglo XIX, Darwin decidió embarcarse a
la América del Sur en el navío comandado por Robert Fitzroy llamado el Beagle. Fue en este viaje
donde el naturalista inglés recuperaría toda la información empírica necesaria para forjar, al calor
de los años, su teoría de la evolución biológica de las especies; mientras consumía las
elaboraciones de geólogos destacados como Lyell o destacados eruditos como Maltus.

El origen de las especies por selección natural, vería la luz en una primera publicación de 1859, que
se agotó apenas en una semana en todas las librerías de Inglaterra. En su ya célebre obra
configuró el andamiaje teórico más coherente para explicar el devenir histórico de los organismos
vivos esbozado hasta ahora. La trayectoria profesional de Darwin, se dio en el contexto de la
Inglaterra Victoriana, el momento en el cual el capitalismo inglés llegaba a su máximo desarrollo
con la consumación y extensión de la revolución industrial y su configuración imperial a escala
europea. Si bien se trataba de una sociedad desgarrada en las clases sociales del capitalismo
moderno, rígida y disciplinaria –basada aún en el poder de la aristocracia-, la burguesía inglesa
disputaba un lugar preponderante en la vida social, económica e intelectual.

El mundo biológico también tiene historia

Las clases dominantes de la Europa feudal, que se colapsaban con el advenimiento de la


revolución industrial y la emergencia del capitalismo, impusieron una concepción del mundo fijo e
inmutable. Los intelectuales entonces, debían dedicarse a la contemplación de la creación divina.
Los evolucionistas del siglo XIX, plantearon la idea simple pero revulsiva de que los organismos,
incluido el ser humano, son entidades en constante transformación y que el relato del mundo
biótico cuenta su propia historia.

En El origen de las especies, Darwin llevó esta idea más lejos planteando que, la lucha por la
supervivencia de los organismos vivos –basada en el límite de los recursos disponibles y el
aumento demográfico- y la existencia de características biológicas aptas para determinados
entornos hace que la sobrevivencia de las entidades biológicas sea diferencial: solo los organismos
más aptos a determinados entornos, son capaces de sobrevivir. A este fenómeno, Darwin lo llamó
selección natural.

Darwin atinó en plantear que existían variaciones –dadas por el azar–, que además de proveer
ventajas adaptativas a los organismos pueden ser heredadas, transmitidas de generación en
generación. De la selección natural y la transmisión hereditaria se desprende la evolución, que se
da en forma copiosa y gradual.
La teoría de la evolución de Darwin

Muchas veces en la historia, esta concepción de selección natural ha sido distorsionada por
discursos fascistas con un claro componente racista. El ejemplo más acabado es el del Nazismo,
que justificó el genocidio de millones de judíos, negros, homosexuales, gitanos y comunistas
apelando a la “supervivencia del más apto”.

Convergencias entre Marx y Darwin

Marx y Darwin, aunque contemporáneos, tuvieron poco contacto entre ellos. En realidad, Marx
fue fuertemente influido por la teoría de Darwin pero no viceversa. Sus convergencias, radican
fundamentalmente en una concepción del mundo común y una filosofía compartida, consciente o
inconscientemente. En El Capital, Marx plantea que “Darwin ha despertado el interés por la
historia de la tecnología natural, esto es, por la formación de los órganos vegetales y animales
como instrumentos de producción para la vida de plantas y animales” y adopta para sí, la empresa
de forjar “la historia de los órganos productivos del hombre en la sociedad, a la base material de
toda organización particular de la sociedad”.

Pero si algo hace converger a estos dos grandes revolucionarios decimonónicos es que lograron
aprehender la realidad natural (en el caso de Darwin) y la realidad social (en el caso de Marx) de
un modo profundamente dialéctico.

Esto se verifica, en primer lugar, en que ambos concebían al mundo en constante movimiento. Un
mundo donde nada es inmutable y está en constante transformación. Parafraseando a Levins y
Lewontin, el de Darwin y Marx es un mundo donde las constantes se vuelven variables, las causas
efectos y los sistemas – biológicos o sociales-, se desarrollan a tal punto que destruyen las
condiciones de posibilidad que permitieron su surgimiento.

La defensa de esta concepción del mundo social y del mundo biológico, tiene enormes
implicaciones en la actualidad; por un lado porque, al interior de la teoría evolutiva
contemporánea, muchos son los que de forma explícita o implícita intentan socavar los
fundamentos de una teoría dinámica y holista de la evolución mientras surgen voces para prohibir
la enseñanza de la teoría evolutiva y educar a las nuevas generaciones en el más fragante
creacionismo.

También porque, lejos de la idea impuesta por las clases dominantes de nuestra época de que el
capitalismo es inmutable e imperecedero, Marx ha develado para las clases desposeídas que este
puede ser destruido y que en su seno, yacen las características de una sociedad transformada, sin
explotación ni opresión.

La respuesta es muy sencilla: porque, entre otras muchas razones, el genoma del ratón ha
resultado ser muy parecido al humano y, precisamente, la semejanza entre ambos genomas hará
que este avance científico se convierta en una herramienta muy valiosa en la investigación
biomédica.

Es decir, que empleando como modelo el genoma del ratón podremos progresar con mayor
rapidez en el estudio de algunas enfermedades que afectan a los seres humanos, como el
Alzheimer o el cáncer, y de algunos procesos fisiológicos como el envejecimiento.

APLICACIONES PRÁCTICAS. El otro ejemplo tiene relación con la reciente catástrofe ecológica
ocasionada por el vertido del Prestige. Las investigaciones llevadas a cabo durante los últimos años
sobre la flora y fauna de la costa gallega, incluidos los estudios sobre los ecosistemas afectados
por anteriores mareas negras, serán muy importantes para la evaluación del impacto ecológico y
el seguimiento de la recuperación de los diferentes ecosistemas dañados por el vertido del
Prestige.
El imparable desarrollo de la Biología, además de ser enormemente beneficioso para el avance de
la sociedad, también plantea nuevos interrogantes con implicaciones de carácter ético y, como no,
social. Este hecho ha realzado más si cabe la importancia de la Bioética, un área de conocimiento
que vincula estrechamente la Biología con las filosofías normativas -Ética, Derecho y Religión-.

El debate de todos los aspectos bioéticos es muy necesario e igualmente enriquecedor, pero
siempre que se opine con fundamento, se escuchen las distintas visiones existentes sobre un
mismo problema y se respeten los derechos humanos, así como a los otros seres vivos que
pueblan nuestro planeta.

Independientemente de las convicciones personales, un requisito indispensable para que los


ciudadanos puedan entender o incluso ser partícipes de este tipo de debates, como, por ejemplo,
el uso de células madre embrionarias con fines terapéuticos, es que las personas posean una
cierta cultura biológica.

MEDIOS DE COMUNICACIÓN. En muchos periódicos nacionales, las noticias de índole científico se


reseñan en la sección de Sociedad y no en la sección de Cultura. Aunque a simple vista este hecho
pueda parecer totalmente irrelevante, sí que ha de considerarse como un dato sintomático que se
separe de esta forma lo científico de lo considerado como cultural.

Por otra parte, salvo algunas y honrosas excepciones, tanto en la televisión como en la radio y la
prensa escrita se puede apreciar una enorme carencia de noticias estrechamente relacionadas con
el mundo de la Ciencia y sus descubrimientos más recientes.

Podemos suponer que esto es así porque las personas huyen de las noticias científicas ya que
aparentemente resultan muy complejas de entender.

Sin embargo, creo que si realmente queremos que haya un mayor interés por los conocimientos
científicos en la sociedad hay que darles más difusión y protagonismo en los medios de
comunicación. Esto, lógicamente, debe ir asociado a una presentación atractiva y una explicación
clara, sencilla y rigurosa por parte de los medios. Por otra parte, en determinadas ocasiones, las
noticias científicas son tratadas de forma sensacionalista, lo que resulta especialmente delicado en
el caso de los avances relacionados con la Medicina porque pueden generar falsas expectativas.

Por ejemplo, cuando se descubrieron los primeros oncogenes humanos -genes directamente
asociados con el desarrollo del cáncer-, algunos medios de comunicación se apresuraron a
transmitir la sensación de que, a corto plazo, se podría llegar a encontrar una solución plenamente
satisfactoria para determinados tipos de cáncer. Y lo hicieron a pesar de la prudencia manifestada
desde el primer momento por los investigadores implicados directamente en este importante
hallazgo.

EJERCICIO DE AUTOCRÍTICA. Finalmente, considero que es obligado hacer un ejercicio de


autocrítica, ya que quizás uno de los defectos de la comunidad científica en su conjunto sea,
precisamente, el de no saber transmitir a la sociedad en su conjunto la importancia, teórica y
práctica, de la Ciencia.

Desde la escuela y la universidad, pero también desde los medios de comunicación, tenemos que
trabajar para que los conceptos fundamentales de la Biología lleguen a formar parte del
patrimonio cultural de nuestra sociedad en la que, desafortunadamente, a menudo lo accesorio
tiene mucha más cobertura que lo esencial.

En mi opinión, la Cultura no debería pertenecer solamente al ámbito de las denominadas Letras o


las Humanidades, sino que el conocimiento de la Biología también debería ser considerado como
Cultura.

¿No sería interesante saber y llegar a comprender el significado de conceptos científicos como
gen, biodiversidad, hormona, clonación o ecosistema? ¿No resultaría de gran utilidad para todos
los ciudadanos poder conocer qué son los alimentos transgénicos y cuáles son las implicaciones de
su producción y consumo? ¿No habría que desterrar para siempre errores aún muy comunes
como son la creencia en la generación espontánea o la existencia del colesterol bueno y malo?
¿Unos conocimientos mínimos sobre Inmunología y Microbiología no facilitarían la educación
sanitaria de la población en temas tan trascendentales para la salud pública como el sida, las vacas
locas o el consumo de antibióticos? Estoy convencido de que si los ciudadanos supiésemos
responder a todas éstas y a muchas otras preguntas seríamos un poco más cultos y, por lo tanto,
bastante más libres. Desde la responsabilidad de cada uno, deberíamos trabajar para conseguir
que la Biología y todas las Ciencias sean verdaderamente Cultura.

Jaime Gómez Márquez es decano de la Facultad de Biología de la Universidad de Santiago de


Compostela. LOS HUMANOS: ENTRE EVOLUCIÓN BIOLÓGICA Y EVOLUCIÓN CULTURA

La evolución biológica es un proceso de cambios adaptativos. Las especies en el planeta se


modifican como respuesta a los cambios climáticos, geográficos e interespecies (depredadores).
Darwin en 1859, propuso que las variantes en los organismos favorecedoras en la lucha por la
adaptación se seleccionaban naturalmente propagándose en las poblaciones descendientes. Estas
variaciones acumuladas a lo largo del tiempo pueden dar origen a una nueva especie diferente a
la especie de la cual habían emergido. La evolución no es más que descendencia con modificación.
Es la propia naturaleza la que diseña los organismos. Darwin desarrolló así un nuevo relato acerca
de la historia de la naturaleza, libre de divinidades y de revelaciones y nos invitó a creer no en la
armonía sino en la contingencia y el azar.

La lucha por adaptarse a los entornos nuevos y/o cambiantes es el hecho que impulsa el proceso
evolutivo. Las especies que se encuentran bien adaptadas a su entorno, cambian poco en el curso
del tiempo. Por el contrario los humanos, al provenir de ancestros primates que cambiaron
entornos boscosos seguros por sabanas abiertas y peligrosas, nichos ecológicos completamente
diferente del cual provenían, y luego, unos dos millones de años más tarde, con su salida definitiva
del continente africano, se vieron en la necesidad de cambiar para poder adaptarse a los
novísimos ambientes que iban encontrando a su paso. Los humanos se convirtieron en el
transcurso de los últimos dos millones de años en la única especie que habita todos los nichos del
planeta. En este largo proceso evolutivo, los humanos tuvieron que optar por el bipedismo,
construir herramientas y conformar grupos sociales cada vez más complejos con el fin de poder
compensar sus debilidades físicas frente a otros depredadores más fuertes y peligrosos. El órgano
que representaba estos cambios materiales y sociales que los humanos incorporaban era el
cerebro. El cerebro por procesos al azar creció, se complejizó y se reorganizó generando como
resultado no intencional dado que el proceso evolutivo no está encaminado a un fin, una
cognición capaz de comprender el mundo, generar procesos y habilidades que le permitieran
enfrentar los desafíos del entorno, agruparse con otros y a través de esta interrelación social,
generar una vida interior, una subjetividad, nuevas emociones y sentires y una gran preocupación
por si mismo.

En este complejo proceso, las estructuras cerebrales viejas, que nos emparentan con nuestros
ancestros no humanos, no han desaparecido. El cerebro humano es único en la naturaleza ya que
genera nuevas capacidades cognitivas complejas pero también es capaz de generar impulsos
automáticos, no reflexivos y agresivos, que compartimos con todas las especies del planeta. Es una
impronta evolutiva, génica, cerebral y comportamental. De ahí nuestra dualidad contradictoria
que nos hacer ser seres en conflicto con los otros y con nosotros mismos.

Los humanos entonces manteniendo la conexión con lo biológico natural dado que no somos una
especie elegida sino una especie como cualquier otra (Arzuaga 2004), a la vez hemos trascendido
ese mundo natural al dar origen al mundo cultural a partir de la evolución cerebral, la cognición
compleja y la interacción social.

La evolución biológica es concreta, acumulativa y lenta, no intencional y responde a las


necesidades de adaptación al cambio ecológico, modificando a los organismos a largo plazo. Los
cambios que se generan no son perceptibles en el curso de una vida humana razón por la cual
vemos este proceso evolutivo como algo lejano y distante a nosotros. La evolución cultural, hija de
la evolución cerebral, de la cognición compleja y de la interacción social se basa en algo nuevo, lo
simbólico como abstracción de lo concreto (Cassirer, 1994), introduce la intención y el propósito
en las acciones humanas, se apoya en el pensamiento, el lenguaje y la generación de ideas que
conduce a la génesis de las normas, de la moral y de la ética buscando regular la interacción social
y se apoya en la producción de instrumentos para transformar para si la naturaleza de la cual se
proviene y lograr un desarrollo material que permita un mejor bienestar individual y social. La
evolución cultural a diferencia de la biológica es rápida y produce un conocimiento acumulativo
consciente al servicio del mismo humano.

Los humanos deben responder no solo a las exigencias de la evolución biológica sino también a las
presiones de la evolución cultural. Este proceso de evolución cultural es difícil y complejo, ya que
se basa en adaptaciones a cambios permanentes y rápidos. Con el transcurrir del tiempo, desde
las primeras manifestaciones símbólicas del arte paleolítico, el abandono del nomadismo, la
revolución del neolítico, la aparición de las primeras poblaciones y de las primeras organizaciones
sociales estables, hemos trasladado la lucha por la supervivencia biológica a la lucha por las ideas
como elementos centrales de la evolución cultural. Los humanos luchan por sus ideas porque su
cerebro lo permite y la interacción social lo exige. La biología ofrece potencialidades a través del
cerebro que poseemos, pero es la cultura la que lo modela construyendo el mundo de relaciones
que compartimos.

Otro hecho significativo de esta dinámica biológica cultural en la que se encuentra cruzado el
hombre es que la evolución cultural, emergente de la evolución biológica, ha terminado por
colocar al hombre, de repente, como el director general de la más grande empresa en el universo
conocido, la empresa de la evolución. La evolución biológica al dotar al hombre del pensamiento
y conocimiento consciente, como en un harakiri, ha permitido que se introduzca la intención y el
propósito en su propio proceso, que el hombre controle y regule su propio curso evolutivo de
una evolución ciega a una evolución dirigida. Conozca o no lo que está haciendo, el hecho es que
el hombre está determinando con sus actos la futura orientación de la evolución en este mundo.
Pareciera ser un destino al que el hombre no puede escapar (Huxley 1959).

Todos nosotros tenemos por delante el desafío de elaborar actos, normas y productos, es decir
cultura, al servicio de la realización de la especie humana respetando la variabilidad y la
diferencia, sin perjudicar la existencia de los otros organismos que nos acompañan ni del planeta
que habitamos. Somos los dueños de nuestro propio destino como especie. Es el conocimiento, la
razón y la cultura, por el cerebro que poseemos, las armas que tenemos para trascender nuestra
contradictoria dualidad.

En nuestro caótico mundo actual, el individuo se siente con frecuencia perdido e insignificante, sin
encontrarle sentido digno a su existencia. Una visión diferente de su destino puede devolverle su
sentido de significación. Podrá contemplarse a si mismo como parte de un todo más amplio, de un
proceso continuo esperanzadoramente dirigido sin recurrir a un ser superior. Con sus propios
esfuerzos podrá aportar a una existencia valiosa y realizar sus propias posibilidades individuales
tanto materiales como afectivas. Puede ser algo utópico pero es inspirador.

Arzuaga J.,L (2001). La especie elegida. La larga marcha de la evolución humana. Madrid, Temas de
Hoy

Huxley J. (1959). Nuevos Odres para vinos nuevos. Buenos Aires, Ed. Hermes

Cassirer E. (2006). Antropología filosófica. México, Fondo de Cultura Económi

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