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¿CUÁL ES EL ORIGEN DE LA TARTAMUDEZ?

LE HUCHE
en LE HUCHE, F. (2000).
La tartamudez.
Opción curación.
ra
2 ed. Editorial Masson. España. Pags. 25–56.

En el caso de tartamudez, del mismo modo que ocurre con la prosperidad, la delincuencia,
la dislexia y, por qué no, La Revolución Francesa o la caída de Berlín, buscar la causa no tiene,
en realidad, mucho sentido. Estos fenómenos y acontecimientos no responden a una sola
causa, sino más bien a un conjunto de factores múltiples: factores predisponentes, que
preparan el terreno, y factores desencadenantes, que precipitan su aparición. A esto se añade
la implicación de las reacciones individuales y colectivas cuando aquello ocurre o cuando
amenaza con ocurrir. Todo esto constituye una concatenación de mecanismos complicados que
podemos tener dificultades en analizar; sin embargo, una de las tendencias del espíritu humano
es esforzarse en imaginar una causa simple para explicar un fenómeno complejo. Esto permite,
especialmente cuando se trata de algo molesto o negativo, llegar a una cómoda conclusión:
“esto es culpa de....”, que desembocará después, de manera natural, en una solución radical
del tipo “y no hay más que...”.

BÚSQUEDA DE LA CAUSA

En este sentido, se ha propuesto y previsto toda una serie de posibles causas de la


tartamudez, cada una de las cuales suscitó la esperanza de hallar una terapéutica infalible para
ese fenómeno singular y extraño que tiene el mal gusto de mofarse de la humanidad desde la
noche de los tiempos y que pretendemos hacer entrara en razón y solucionar de una vez por
todas.

Lengua

La primera idea fue, naturalmente, buscar esta causa en una alteración de los órganos del
habla (fig. 2). En el siglo XIX, la tartamudez se atribuyó, en primer lugar, al frenillo de la lengua,
ese repliegue que aparece como un pequeño tabique vertical cuando levantamos la lengua
hacia el paladar. Se creía que si este tabique era excesivamente corto, podía limitar la libertad
de la lengua, que era considerada el principal órgano del habla. Se cortaron entonces
numerosos frenillos de la lengua y es probable que con ello se obtuvieran algunos resultados.
Sin embargo, no eran más que mejorías transitorias que pueden explicarse perfectamente por
el hecho de que, mientras persistía el dolor de la intervención, el paciente tendía
automáticamente a disminuir la velocidad del habla, lo cual constituye en sí un medio eficaz
para reducir la tartamudez. Si bien resulta difícil disminuir a propósito la velocidad del habla sin
desnaturalizarla, el dolor en este caso, sí que permitiría hacerlo de una manera, podríamos
decir, natural.
Ante la reaparición, más o menos rápida, de la tartamudez después de la intervención,
algunos cirujanos pensaron que era necesario llegar más lejos. Siempre con la intención de
liberar la lengua, seccionaron entonces la inserción anterior del principal músculo del suelo de
la boca, el músculo milohioideo. Se tarta de una operación simple: basa con deslizar
verticalmente un bisturí tras los incisivos inferiores y seccionar el tendón de este músculo que
se inserta en la cara posterior del hueso maxilar inferior, justo en el lugar donde apoyamos el
pulgar cuando cogemos a alguien por la barbilla. El músculo, privado de su fijación anterior, se
repliega hacia la nuez de Adán, y la mecánica de la mandíbula y de la lengua quedan
evidentemente modificadas. La historia no nos dice por qué se abandonó este tipo de
operación, pero probablemente dejó de practicarse al comprobar que no se evitaban las
recidivas más eficazmente que con el método anterior. Y aquí se detuvo la escala quirúrgica, si
bien debemos permanecer vigilantes, puesto que las soluciones simples pueden tentar siempre
a alguna buena alma bienintencionada.

Laringospasmo

Se sugirió también que la tartamudez fuera consecuencia, no ya de una patología de la


lengua, sino de las cuerdas vocales (fig. 2-2 y 2-3).
Las cuerdas vocales no son evidentemente, unas cuerdas, sino unos labios situados
en el extremo de la tráquea, es decir, del conducto que sube verticalmente bajo la piel
del cuello, desde los pulmones y los bronquios, y que desemboca justo detrás de la base
se la lengua. El extremo superior de la tráquea, situado tras la nuez de Adán, se
continúa con la laringe, al inicio de la cual se halla la glotis, dispuesta en forma de boca
horizontal dirigida de adelante hacia atrás. Son los labios de esta “media boca” los que
reciben impropiamente el nombre de cuerdas vocales, aunque su nombre oficial,
acordado en 1976 por la comisión internacional de nomenclatura de términos
anatómicos, es el de pliegues vocales – el autor hubiera considerado, no obstante, más
adecuado el de “labios vocales”.

Los labios de esta “media boca”, cuya longitud es de 1 a 2 cm, pueden separase o
aproximarse hacia atrás para abrir o cerrar la tráquea. Para producir un sonido hemos de
aspirar algo de aire hacia los pulmones a través de la tráquea. Para producir un sonido
hemos de aspirar algo de aire hacia los pulmones a través de la tráquea, abriendo la
“media boca” que forma la glotis. Después tras haber aproximado los pliegues vocales,
los hacemos vibrar mientras expulsamos un poco de aire a través de la hendidura que
los separa, exactamente del mismo modo que hace un trompetista con los labios en la
embocadura de su instrumento. Naturalmente, hacemos todo esto sin saberlo y de
manera automática. Si en el momento en que expulsamos el aliento estos labios están
separados, el aire pasa a través de ello sin ningún ruido. Si se han aproximado, sin
llegar a cerrarse demasiado, el aire, al pasar y este bloqueo resulta extraordinariamente
útil. Nos permite, por ejemplo, apoyamos mejor en el tórax cuando vamos a realizar un
esfuerzo importante e inhabitual, como levantar una caja o empujar un mueble para
desplazarlo.

En la tartamudez, se ha constatado desde hace mucho tiempo y por medio de exámenes


particulares (electroglotográficos) la presencia de espasmos de la glotis que provocan que ésta
se bloquee brevemente justo antes de emisión de la palabra o durante la misma. La mayor
parte de los autores considera esto espasmos como crispaciones análogas a los movimientos
asociados que hemos descrito en el capítulo anterior. Sin embargo, otros, como Martin
Schwartz (1977), creen que estos espasmos de la laringe son la causa de la tartamudez. En
este caso, conseguir la desaparición de los laringospasmos sería el único, o al menos el
principal, objetivo del tratamiento. La experiencia nos muestra que este punto de vista resulta
algo ligero: la tartamudez no puede reducirse a una simple disfunción de la laringe.

Respiración

El habla necesita de una cierta participación de la respiración. Para hablar, tomamos


primero, normalmente, un poco de aire: Inspiramos. Efectivamente, la mayor parte de las veces,
antes de cada frase, de cada fragmento de frase o incluso antes de cada interjección, el habla
toma su propio impulso en una inspiración breve o larga, viva o comedia, según cual sea el
caso.

En ocasiones, este impulso puede faltar. El habla se inicia entonces directamente


sobre la espiración, después de una parada respiratoria que puede durar, en ocasiones,
varios segundos. Esta parada seguida del inicio directo del habla sobre la espiración se
produce habitualmente cuando lo que se va a decir no resulta especialmente evidente y
necesita, por ejemplo, de una cierta prudencia antes de soltarlo, como se suele decir. En
la tartamudez, estos arranques directos del habla sin respiración previa son mucho más
frecuentes, y a veces incluso sistemáticos, lo cual llega a ser patológico. Por regla
general, la emisión del habla se encadena inmediatamente después del impulso
inspiratorio, del mismo modo que, cuando vamos a clavar un clavo empezamos por
levantar bien el martillo por encima del clavo. Aún resultaría menos eficaz empezar
poniendo la cabeza del martillo sobre el clavo para empujarlo y hundirlo así en la pared.
Esta última técnica sólo sería eficaz si el clavo fuera extraordinariamente puntiagudo, si
la pared fuera muy blanda o si tuviéramos una fuerza muscular considerable. Es muy útil
recordar esto en una discusión especialmente difícil en la que tenemos que “hundir un
clavo”: ¡un impulso inspiratorio bien ajustado resulta la mejor técnica”.

El impulso inspiratorio del habla está formado, pues, en general, por una inspiración
moderada que se encadena sin interrupción con la emisión del habla. El habla se alimenta de la
espiración, que se alarga más o menos a fin de sostenerla. La inspiración se lleva a cabo
gracias a la acción de los músculos inspiradores y, en particular, de la del diafragma, que es el
músculo inspirador principal que todo el mundo conoce.

En efecto, todo el mundo ha oído hablar del diafragma, pero dado que la idea que se
tiene de él acostumbra ser más o menos discutible, le dedicaremos unas líneas. El
diafragma (v. Fig. 2-1) es una gruesa lámina muscular que se presenta como un tabique
en forma de bóveda y separa las vísceras abdominales situadas por debajo de él
(estómago, pulmones, etc.), situadas por encima. Cuando se contrae, este tabique
muscular desciende desplazando hacia abajo las vísceras del abdomen, que buscan
entonces espacio y empuja ligeramente la pared abdominal hacia delante y hacia los
lados. El descenso del diafragma provoca la entrada del aire en lo pulmones,
aproximadamente del mismo modo que el movimiento del émbolo de una jeringuilla
cuando aspiramos líquido hacia su interior, con la diferencia, no obstante, que el cuerpo
de la jeringuilla no varía de diámetro al aspirar, mientras que la acción del diafragma se
traduce en el ensanchamiento de la cintura abdominal. Es este ensanchamiento de la
cintura lo que justifica el nombre de respiración abdominal, a pesar de que el aire
inspirado no penetra, en modo alguno, en el interior del abdomen, sino que,
naturalmente, lo hace solamente en los pulmones.

Ahora bien, no respiramos solamente ni siempre con el diafragma, sino que podemos tomar
aire también elevando la parte superior del pecho. De manera natural, cuando estamos en
reposo, nuestra respiración es abdominal, torácica superior o, simultáneamente, torácica y
abdominal en proporción variable según lo que estamos pensando o experimentando. SI
estamos en un estado de ensoñación vaga, de contemplación tranquila, nuestra respiración
sería estrictamente abdominal. Si estamos interesados, estimulados o excitados, nuestra
respiración es tanto más torácica cuanto más animados estamos. Toda emoción viva eleva el
tórax. La sorpresa y el asombro se traducen en una rápida toma de aire por elevación torácica.
Obsérvese que la palabra inspiración tienen dos sentido: un sentido figurado que significa el
nacimiento o, más bien, el surgimiento de una idea en la cabeza. Una idea viva desencadena,
normalmente, un gesto inspiratorio vivo; una idea moderada, una inspiración moderada,;
mientras que una violenta emoción puede desorganizar el habla como consecuencia de una
inspiración excesiva.
Así, podemos ver que la inspiración es muy importante en el habla. Podemos decir que el
habla empieza desde la inspiración que la precede, del mismo modo que el acto de clavar un
clavo empieza en el momento que levantamos el martillo. Fónicamente, en cambio, la emisión
del habla no comienza hasta el momento de la espiración, del mismo modo que el clavo no
empieza a hundirse hasta que ha sido golpeado. Se trata de algo que comprendemos si nos
detenemos a reflexionar sobre ello, pero que o advertimos en el momento en que hablamos. Al
hablar, en efecto, tenemos la impresión de emitir informaciones, ideas, indicaciones y, en
definitiva, de estar comunicando algo; no tenemos la impresión de estar emitiendo aire. El aire
que sale de nuestra boca cuando hablamos no es más que un subproducto que ha liberado su
energía en nuestro órganos del habla para permitirles crear las vibraciones que van a ser
transmitidas hacia nuestros interlocutores. El habla no es transportada por una corriente de aire
y no es, en absoluto, el aire de nuestros pulmones el que va hasta los oídos de quienes
escuchan para contarles lo que tenemos que decirles, sino que la encargada de hacerlo es la
vibración del aire que nos separa de ello. Por otra parte, no siempre notamos cuando alguien
nos está echando el aliento a la cara al hablarnos.

Normalmente, es el aire espirado más o menos lentamente - el soplo fonatorio- el


que hace vibrar nuestros pliegues vocales, se modula en los órganos de articulación
(labios, lengua, encías, paladar) y resuena en las cavidades de resonancia (boca, parte
posterior de la cavidad bucal, cavidad nasal) para producir las vocales y las consonantes
del habla, es decir, los fonemas.
En el momento de la emisión de un discurso algo dinámico, es decir, cuando
queremos realmente hacernos oír pero sin elevar la voz, nos enderezamos y, sin darnos
cuenta, utilizamos la energía de los músculos de la pared abdominal para producir la
espiración necesaria. Estos músculos ejercen una ligera presión sobre el contenido
abdominal, que, en consecuencia, tiende a subir hacia el tórax. El diafragma se opone
entonces, en mayor o menor medida, a esta elevación al mismo tiempo que controla la
presión del aire en los pulmones y dosifica así el soplo fonatorio.
Cuando, por el contrario, nuestro discurso es menos dinámico y decimos las cosas
sin preocuparnos demasiado de si se nos comprende, el soplo fonatorio ya no es
producido por la acción sinérgica de los músculos abdominales y del diafragma, sino por
el descenso de las costillas. Decimos entonces que la respiración abdominal de
sustituye por una respiración torácica superior, que constituye un mecanismo menos
preciso.
Por último, cuando tenemos dificultades para hacernos entender y nos sentimos algo
desbordados por que la comunicación no está funcionando como deseamos, utilizamos
además la flexión de la parte superior de la columna vertebral torácica; esto provoca la
curvatura de la espalda y la proyección de la cara hacia delante, en un contexto de
esfuerzo evidente. Es el mecanismo de la voz de insistencia o de angustia, que resulta
adecuada y muy eficaz en ciertas situaciones más o menos dramáticas, pero suyo uso
no podría mantenerse durante mucho tiempo sin provocar la fatiga.
Todo esto resulta muy complicado, pero si pensamos en ello, es perfectamente
natural que lo sea. Efectivamente, la primera respiración tuvo lugar sobre la tierra hace
aproximadamente unos 380 millones de años, es decir, 3.800.000 siglos (es realmente
difícil imagina un período de tiempo semejante). Fue en esta época tan lejana cuando
algunos peces “inventaron”, para conseguir sobrevivir en los pantanos que a veces se
desecaban, la acción de guardar una pequeña burbuja de aire en una pequeña bolsa
situada en el suelo de su boca. A partir de entonces, todo este proceso se ha
complicado enormemente y, como más tarde la respiración pasó a servir de motor a la
fonación (a partir de los cocodrilos) y luego al habla (en el hombre), puede
comprenderse que la mecánica respiratoria pueda afectarse cuando el habla se altera.

Podemos comprender que la mecánica respiratoria se afecte cuando el habla se altera, pero
podríamos imaginar perfectamente el proceso inverso, es decir, que la perturbación respiratoria
exista antes que la tartamudez y que sea su causa. En este caso, si esta hipótesis fuera cierta,
el tratamiento de la tartamudez podría limitarse a una reeducación respiratoria. Sin embargo,
podemos observar que en la mayor parte de las personas tartamudas, las perturbaciones
respiratorias no existen más que durante el acto del habla. El origen respiratorio de la
tartamudez parece, en estas condiciones, bastante dudoso, y hace más de medio siglo que
todos los especialistas en el tema se han puesto de acuerdo sobre este punto. ¡Esto quiere
decir que la respiración no intervenga en modo alguno en la tartamudez!. Ocurre lo mismo que
con la laringe y la lengua.

Perturbación de la autoescucha

Es posible hacer que una persona escuche su propia habla con un ligero retraso respecto al
momento de su emisión. Basta para ello con disponer de un magnetófono al que se haya
conectado auriculares que nos devolverán a partir de la cabeza de grabación, el sonido de las
palabras enviadas al micrófono. La cinta magnética pasará primero por la cabeza de grabación
y un momento después llegará a los auriculares, esto nos permitirá oír inmediatamente lo que
acabamos de registrar, con un retraso entre una fracción y algo más de un segundo, según la
velocidad de transmisión. Estos aparatos con cintas magnetofónicas son ya bastante raros,
pero existen algunos dispositivos electrónicos llamados multiefecto que permite registrar
fácilmente sonidos con esta ligera demora. En estas condiciones, podemos constatar que la
escucha retardada provoca, a menudo, en la persona no tartamuda, en primer lugar, un
enlentecimiento del habla y después, la aparición de tropiezos muy parecidos a los que se
producen en la tartamudez. Fue un norteamericano, John Lee, quien, en 1941 y por pura
casualidad, descubrió en su misma persona este fenómeno, al que denominó “tartamudez
artificial”. Más curioso todavía resulta que si una persona tartamuda se somete a esta escucha
retardada – llamada más tarde DAF (Delayed Auditory Feedback) -, su tartamudez desaparece
momentáneamente en la mayoría de los casos. Recientemente, André Allali, un logopeda con
quien el autor ha colaborado en varias obras, ha observado la misma desaparición de la
tartamudez mediante un procedimiento de autoescucha en el que el habla del paciéntele es
enviada electrónicamente no con un ligero retraso, sino después de la transformación del timbre
de su voz. Esta desaparición se acompaña de un sentimiento de euforia muy particular, como si
el paciente estuviera contento de no reconocer su voz.
El descubrimiento de este efecto de la escucha retardada sobre el habla de las personas
tartamudas y de las personas que no lo son suscitó una gran cantidad de trabajos y ensayos
terapéuticos basados en la idea de que el problema fundamental que provocaba la tartamudez
era un trastorno de la autoescucha.

Alfred Tomatis (1963), en particular, sostuvo esta opinión que encajaba


perfectamente con su teoría del oído dominante. Este autor pensaba que la escucha
difería en su significación según se dirigía, de manera preferente, al oído derecho o al
izquierdo. Es necesario precisar que el término oído debe entenderse aquí en su sentido
más amplio, es decir, incluyendo las zonas cerebrales que le corresponden. De acuerdo
con Alfred Tomatis, existía un oído dominante – en general el derecho-, del mismo modo
que tenemos una mano y un ojo dominantes.
Por lo que respecta a la tartamudez, Alfred Tomatis pensó primero que en la persona
tartamuda, debido a un trastorno en el oído dominante, la señal acústica estaba obligada
a pasar por el otro oído. Esta señal debía ser transferida secundariamente de un
hemisferio cerebral al otro, alargándose pos esta razón el camino que debía seguir y, en
consecuencia, produciendo una demora (de 0,15 seg. según precisa el autor) que
desencadenaba a la tartamudez observada por John Lee. Esta teoría resulta algo difícil
de sostener cuando se sabe que las fibras nerviosas procedentes de cada oído tienen
terminaciones en ambos hemisferios cerebrales. El 55% de estas fibras se dirigen,
efectivamente, hacia el mismo lado del oído: son homolaterales; mientras que el 45%
restante (fibras heterolaterales) terminan en el lado opuesto. Alfred Tomatis abandonó
finalmente su teoría reconociendo que este fenómeno no era tan simple, pero siguió
pensando que la clave del origen de la tartamudez residía en una perturbación de la
autoescucha; amplió más tarde su teoría a las sensaciones táctiles producidas por el
habla sobre el cuerpo del sujeto cuando habla, al observar en las personas tartamudas
una deficiencia en este sentido. Si la conciencia, o más bien la subconciencia del
cuerpo, está implicada en el habla, es un asunto que el autor no rebatirá en absoluto. De
hecho, la experiencia de la reeducación en las personas tartamudas nos incita a pensar
que la tartamudez se acompaña de una conciencia del cuerpo a menudo bastante
perturbada. Sin embargo, el autor se inclina por considerar esta perturbación, ya sea
reducida a la autoescucha propiamente dicha o extendida a la percepción y táctil
completa no como una causa de la tartamudez, sino más bien como consecuencia de
ésta que, a continuación y una vez establecida, contribuirá a su mantenimiento.

Tiene que reconocerse, no obstante, que el efecto Lee constituye un fenómeno


sorprendente. Esta diferencia de la reacción de la autoescucha en las personas tartamudas y
no tartamudas no pueden dejarse a un lado y podemos estar seguros de que no hemos
acabado de comprender el mecanismo de estas reacciones opuestas.
Sin embargo, si nos remitimos a la noción de los tres controladores introducidos en el
capítulo anterior, podemos pensar que la autoescucha retardada facilita el habla de las
personas tartamudas porque las separa de su interlocutor. Efectivamente, como su atención
está dirigida hacia su propio eco, el sujeto no corre el riesgo de percibir, cuando habla, el eco
de sus palabras en la conciencia de los que le escuchan. Así, pues, tiene una fuente de
dificultad menos, ya que está ahora obligado a funcionar escuchándose hablar, en circuito
cerrado, consigo mismo. Del mismo modo que ocurre en el canto y en el habla solitaria, el tercer
controlador – el especialista en las relaciones exteriores y en la interacción lingüística – no
interviene en este caso, y por lo tanto, resulta más fácil el acuerdo entre los dos primeros. Por
otra parte, con este sistema, el habla se enlentece necesariamente, y ya hemos comentado que
la tartamudez desaparece cuando el habla es más lenta.
En el caso de la persona no tartamuda, podemos considerar que la escucha retardada
funciona como un elemento perturbador, justamente porque lo separa del interlocutor e impide
así que el tercer controlador pueda evaluar la interacción con el mismo. Obligando a
escucharse hablar, el sujeto no puede oírse como hace normalmente. Así, es precisamente lo
que sirve de ayuda a la persona tartamuda lo que le obstaculiza el habla normal. Dejar de
escuchar hablar para poder oírse: he aquí una fórmula clave sobre la que insistiremos cuando
hablemos del tratamiento.

Insuficiencia linguoespeculativa

En los años treinta, Suzanne Borel-Maisonny (1937), fundadora de la logopedia en Francia,


e Édouard Pichon, psiquiatra infantil, atribuyeron la tartamudez a lo que ellos denominaron
insuficiencia linguoespeculativa. La idea de partida de esta teoría era que el pensamiento
humano funciona de dos modos distintos: el modo sensoactorial, en el que “la figuración mental
se efectúa con la imágenes dejadas por los recuerdos sensoriales y las representaciones de
movimientos”, y el modo linguoespeculativo, en el que “esta figuración se realiza con palabras”.
Sólo este último modo, que permite la abstracción es, de acuerdo con los autores,
específicamente humano. Suzanne Borel-Maisonny y Édouard Pichon no se plantean cuáles
son los mecanismos por los que esta figuración puede hacerse con palabras; pero, ¿podemos
imaginar que esta cuestión pueda ser explicada algún día?. Ello significaría que habríamos
comprendido qué es el espíritu humano, qué es la conciencia y de qué están hechas las
representaciones mentales. Personalmente, el autor cree que estos fenómenos, sobre los que
podríamos disertar hasta el infinito, seguirán siendo siempre, del mismo modo que el origen del
universo o el carácter infinito del tiempo, parte de los misterios insondables cuya existencia no
nos impide seguir pensando y viviendo.
A falta de una explicación más satisfactoria, aquellos autores suponen la existencia de un
mecanismo cerebral cuyo funcionamiento sería aún desconocido, una “caja negra” de algún tipo
que permitiría la traducción del pensamiento en palabras en las personas dotadas de lo que
ellos denominan inmediatez lingüística. Por el contrario, en las personas que padecen
insuficiencia linguoespeculativa, “el pensamiento ha de ser – dicen – revestido secundariamente
con el hábito lingüístico en lugar de nacer ya provisto de él” (¡una bella manera de expresarlo!).
Según esta teoría, las personas que presentan problemas del lenguaje y del habla y, en
particular, los tartamudos se encontrarían entre las que sufren esta insuficiencia
linguoespeculativa, la cual explicaría “todos los síntomas de la tartamudez”.
Un argumento a favor de esta concepción del problema es el hacho de que la tartamudez
aparece más frecuentemente en los niños que presentan un cierto retraso en aprender a hablar.
Se ha comprobado que el aprendizaje del habla ha sido, efectivamente, problemático en
aproximadamente el 40% de los niños que se ven afectados más tarde por la tartamudez. Sin
embargo, una cierta proporción de niños tartamudos habían sido muy precoces en este sentido
y, antes de empezar a tartamudear, hablaban rápidamente y bien, lo cual, si bien no encaja con
esta teoría, supone un hecho interesante que tener en cuenta. Por otra parte, hoy en día no
puede sostenerse la idea de que hablar sería tan sólo traducir en palabras el propio
pensamiento, ya sea de manera inmediata o secundaria. Como es bien sabido, hablar, salvo en
algunos casos particulares, consiste, en primer lugar y ante todo, en vivir una relación de
intercambio.
Gracias a la proyección internacional de Borel-Maisonny, esta teoría de la insuficiencia
linguoespeculativa ha dado lugar a algunas prácticas terapéuticas especialmente centradas en
la construcción del lenguaje, que se añadieron a las basadas en la regulación rítmica del habla,
preconizadas también por esta prestigiosa reeducadora. Estos procedimientos han marcado
más de medio siglo de logopedia.

Origen psíquico de la tartamudez

Para algunos autores, la tartamudez sería puramente de tipo afectivo y correspondería al


deseo de decir, contrarrestado por una incapacidad de hacerlo. Tendría la significación de una
prohibición (inconsciente) contra el deseo de decir precisamente lo que no es posible decir sin
correr el riesgo de destruir a la persona que escucha o la relación que tenemos con alguien
cercano cuyo amor queremos conservar.
Es cierto que en la tartamudez puede encontrarse de manera subyacente una dificultad
psicológica de este tipo y que no hay ninguna razón para poner en duda los trabajos de los
psicoanalistas que la destacan en los tratamientos que practican. ¿Tenemos que pensar,
entonces, que debe haber siempre una dificultad de este tipo en el origen de todos los
tartamudeos? ¿Hemos de creer, incluso, como se ha sugerido algunas veces, que cada
tartamudeo es el signo de que aquello de lo que estamos hablando es objeto de una prohibición
inconsciente, o que, en suma, cuando alguien tartamudea al hablar de un tema en concreto,
esto significa que, al mismo tiempo que quiere expresar algo, se ve imposibilitado para hacerlo
realmente por miedo a destruir a su interlocutor... o a sí mismo?. Una generalización semejante
nos parece un poco caricaturesca. Efectivamente, el hecho de que la tartamudez se manifieste
especialmente cuando una persona tartamuda habla de algo que le afecta de algún modo
puede ser debido, nos parece, a que toda emoción, por banal que sea, eleva de manera natural
el nivel de la tensión psicomotriz. No es necesario imaginar, en este caso, un mecanismo más
particular. ¡La emoción hace tartamudear también a las personas no tartamudas!. Freud, que en
su obra hace algunas alusiones a la tartamudez, deja entender que este problema “del mismo
modo que el asma y los tics”, podrían incluirse en el marco de las organizaciones neuróticas
variadas.
Pero, ¿resultaría realmente acertado considerar la tartamudez como una neurosis?, ¿o
pensamos más bien que tiene algo que ver con la psicosis? Los especialistas discuten desde
hace ya mucho tiempo acerca de este asunto y no podemos decir que ya haya un acuerdo
general en perspectiva. Es necesario admitir que resulta difícil discernir si los problemas
psicológicos que pueden presentar las personas tartamudas son anteriores a su tartamudez o
si, por el contrario, son su consecuencia. La tartamudez es a menudo un problema destructor,
que puede obstaculizar o desviar considerablemente el desarrollo psicológico normal del
individuo. Existe, además, la reacción de la persona afectada enfrentada a su propio problema;
reacción que es olvidada sistemáticamente por los que apoyan el origen afectivo de la
tartamudez (del mismo modo que tampoco es tenida en cuenta por la neurología, como
veremos más adelante). ¡Cómo si uno pudiera permanecer insensible e inactivo respecto a su
propia tartamudez!. Hemos hablado del bloqueo resultante del temor a decir lo que, para una
persona en particular, parece imposible decir, pero el bloqueo que resulta del temor a
tartamudear puede presentase exactamente del mismo modo y precipitar al individuo en lo que
más teme, es decir, en la tartamudez. La tartamudez no es en modo alguno un fenómeno
simple.

Tras estas afirmaciones, el lector podría caer en el error de clasificarnos en la


categoría de los llamados ”antipsiquiatras”. El autor es solamente de la opinión de que,
antes de considerar la aproximación de la tartamudez a un problema psíquico o antes de
explicarla por tal o cual deficiencia afectiva, resulta conveniente comprender mejor el
mecanismo de su fijación, de la manera más concreta posible. Creemos que, a partir del
conocimiento de este mecanismo, seremos capaces de determinar si existen no unas
causas psicológicas de la tartamudez, sino una serie de factores que favorecen en su
aparición o incluso que resultan ser indispensables para su presentación. El autor cree
difícil el desarrollo de una tartamudez en una persona que no haya presentado algunas
dificultades importantes durante las dos primeras fases del desarrollo psicológico,
denominadas fase oral y fase anal por lo psicoanalistas, y sobre las cuales nos parece
importante aportar unos comentarios.
La fase oral corresponde, entre otras cosas, al aprendizaje del acto de recibir. Sin
duda, el bebé recibe por a boca la leche de la madre, pero recibe también el contacto,
las caricias, los cuidados, la voz, las atenciones... Sin embargo, en este momento puede
experimentar de forma negativa el hecho de recibir, como ci al hacerlo pudiera dejarse
poseer por aquel de quien recibe. Es así como más tarde a algunas personas les resulta
molesto, por ejemplo, recibir regalos o temerán por encima de todo que alguien meta la
nariz en sus asuntos.
La fase anal corresponde, de acuerdo con un punto de vista similar, al aprendizaje
del acto de dar. Esto incluye no sólo “el pequeño regalo en el orinal”, como podríamos
pensar por el nombre de esta fase, sino también las sonrisas, los arrebatos, la confianza,
“ser agradable cuando quiero...”, pero, en esta ocasión, el niño puede sufrir la
experiencia dolorosa de que al dar puede hacerse desposeer por aquel a quien da. De
este modo, serán luego avaras o tendrán, ante todo, miedo a ser desposeídas.
La fase fálica, bastante posterior, corresponde, de acuerdo con esta misma óptica, a
la conquista de la afirmación de su poder. Aquí también, el niño puede sufrir la
experiencia negativa de que, al querer que se reconozca su poder, consiga sólo que se
le eche por tierra. Como consecuencia, este niño podría orientar luego su vida entera
siguiendo el empeño de hacer reconocer su valor y su poder. Muchas de las personas
que nos gobiernan están, sin duda, en este caso. Esperemos que, a pesar de ello, sean
capaces de escuchar los consejos de quienes consiguieron llegar más plenamente al
estadio siguiente.
La fase siguiente es genital, a la que accedemos gracias al papel fundamentalmente
organizador del complejo de Edipo que se abre en la triangulación: papá existe en la
mente de mamá y viceversa. Papá y mamá tiene otros objetos de amor además de mí.
En esta fase es posible manejar nuestra vida según nuestros propios deseos, en una
justa apreciación de los propios intereses profundos y las obligaciones que condicionan
su mejor realización, en una relativa independencia respecto al juicio ajeno. La
sabiduría, en suma, que estaremos construyendo indefinidamente.
Si volvemos ahora a los dos primeros estadios, considerando que el primero, que se
extiende hasta los 2 años, corresponde, entre otras cosas, al aprendizaje del acto de
recibir, y que e segundo, que se extiende hasta los 4 años, corresponde al aprendizaje
del acto de dar, podemos comprender que el desarrollo del habla pueda sufrir en el caso
de que uno u otro de estos aprendizajes haya sido perturbado.
Dar y recibir son acciones que afectan al habla. Es posible, incluso, que la
tartamudez sea diferente si la experiencia negativa ha tenido lugar durante la fase oral o
durante la fase anal, y que tengamos una tartamudez clónica en el primer caso y una
tartamudez tónica, en el segundo.

La asociación de Habla-Tartamudez (Associaton Parole-Bégaiement, APB) ha emprendido


una investigación conjunta con el Instituto de Psicosomática (IPSO) con el objetivo de estudiar
los aspectos psicosomáticos de la tartamudez. Confiamos en que este estudio nos aporte
alguna aclaración en esta cuestión tan compleja de las relaciones entre la tartamudez y los
problemas psicológicos.
Mientras tanto, la convicción del autor como reeducador es que, en un principio, la persona
tartamuda tiene necesidad de recibir ayuda en la práctica cotidiana de su habla, práctica que
implica tanto al cuerpo como al espíritu. Si esta ayuda respeta lo que es realmente el habla, en
toda su complejidad, el eventual tratamiento psicoterapéutico o psicoanalítico que se lleve a
cabo simultáneamente o en un segundo tiempo resultará claramente más eficaz. La experiencia
nos muestra que este tratamiento a nivel psicológico resulta, a veces, muy necesario.

Deficiencias del Sistema Nervioso

Durante mucho tiempo se pensó – y muchos especialistas siguen haciéndolo- que la


tartamudez era consecuencia de una alteración del sistema nervioso central. El profesor
Seeman de Pragues, que puede ser considerado el creador mundial de la foniatría, sostuvo,
desde la década de los años treinta hasta los años sesenta, que este problema era debido, del
mismo modo que la enfermedad de parkinson, a una disfunción de los núcleos grises centrales.
Estos núcleos son formaciones cerebrales profundas (subcorticales) que intervienen en la
realización de los movimientos automáticos. Por su parte, algunos autores, desde su calidad de
personas tartamudas, tales como Frederick Murray (1990) o Bernard Wemague (1988), piensan
que la tartamudez se debe a una debilidad particular del sistema nervioso, a una falta de
energía.
Actualmente, la teoría de Seeman ha sido descartada, si bien es perfectamente posible que
un día se descubran quizá no forzosamente lesiones, pero sí características específicas del
sistema nervioso de las personas tartamudas. Puede ser, por ejemplo, que sean necesarias
ciertas particularidades del sistema nervioso para que pueda instaurarse una tartamudez. Estas
particularidades no bastarían para hablar de “causa”, sino que, como ocurre con los factores
psicológicos, también en este caso podría tratarse de factores predisponentes. En cuanto a la
idea de la falta de energía propuesta por Murria y Wemague, podíamos sugerirnos más bien un
trastorno provocado por fenómenos de sobreinervación, de un “sobrevoltaje” que afectaría a los
órganos de articulación, del habla. Esto se corresponde mejor con la idea de que una persona
no se vuelve tartamuda sin disponer de un importante capital de energía “psicomotriz”.
Existe evidentemente, en la tartamudez, un trastorno en la orden motriz del acto del habla,
lo cual es suficiente para considera la tartamudez como un problema relevante en el dominio de
la neurología, al menos en la misma medida en que lo es en los dominios de la psicología o de
la lingüística, incluso cuando es aún de mayor relevancia en los campos de la foniatría y la
logopedia. La tartamudez se sitúa, pues, en una fenomenal encrucijada, por lo que no resulta
sorprendente que en ocasiones sea difícil entenderse cuando hablamos de ella. Si nos
situamos ahora en el ángulo de la neurología, la tartamudez se inscribirá – según la opinión del
autor y aun cuando todos los neurólogos están de acuerdo a este respecto- en el capítulo de las
disfonías focalizadas, junto al calambre de los escribientes, que les bloquea el acto de escribir;
del calambre de los trompetistas, que bloquea sus labios en la embocadura de los instrumentos
de viento; del blefarospasmo, que provoca la abertura de los ojos; del tortícolis espasmódico,
que afecta a los músculos de rotación de la cabeza; de la distonía oromandibular, que bloquea
el cierre de la boca, y la disfonía espasmódica, llamada a veces “tartamudez vocal”, que se
traduce en espasmos vocales y respiratorios.

La distonía es un problema motor caracterizado por contracciones musculares


parásitas, sostenidas y prolongadas, desencadenadas por la estimulación motriz
voluntaria y que cesan, en principio, en reposo.
La distonía puede ser generalizada y afectar a todo el cuerpo, como ocurre en el
espasmo de torsión. Esta rara afección de origen genético se manifiesta con
impresionantes movimientos de incurvación de la columna vertebral, con cabeza echada
hacia atrás, oscilaciones de la espalda a cada paso al caminar y crispación de los pies
en hiperextensión. La disfonía puede ser también localizada, y afectar sólo a la mitad del
cuerpo o a una parte de un miembro, o focalizada, en cuyo caso afecta a todos los
músculos implicados en una misma, función; por ejemplo, a los músculos que
intervienen en el acto de escribir: calambre de los escribientes; en la práctica de un
instrumento de viento: calambre de los trompetistas; en la mirada: blefarospasmo; en
la orientación de la cabeza: tortícolis espasmódico; en la mímica facial: distonía
oromandibular, en la voz: disfonía espasmódica. Existen también disfonías
focalizadas que afectan a la deglución y a la respiración, o al uso de diversos
instrumentos relacionados con la práctica musical, artesanal o deportiva.
Las disfonías generalizadas o localizadas tienen orígenes muy diversos: infecciosos,
tóxicos, degenerativos, etc. En cuanto a las disfonías focalizadas, no se ha llegado aún a
ningún consenso acerca de su posible origen y existen, de hecho, dos tendencias
principales enfrentadas al respecto. La primera de ellas defiende un origen orgánico aún
por descubrir, y la segunda, un origen psicológico. Los partidarios de un origen orgánico
sitúan la localización probable delas lesiones en los núcleos grises centrales, en la
medida en que éstos ejercen un papel en la motricidad automática. Los defensores del
origen psicológico señalan, por el contrario, que los problemas distónicos aparecen
frecuentemente en un contexto de estrés y afectan a personas que presentan una cierta
rigidez psicológica, así como una tendencia a resolver los problemas cotidianos de una
manera voluntarista.

Todas las distonías focalizadas se caracterizan (hasta que se demuestre lo contrario) por el
hecho de que hasta el momento no ha podido constatarse, en ninguno de los pacientes que las
padecen, lesión anatómica alguna en el sistema nervioso que pueda explicarlas. Podríamos
decir, que pertenecen más bien a una neurología que podríamos calificar de “disfuncional”,
dado que los problemas motores que engloba afectan no a un órgano o a un miembro, sino a
una función en particular: la escritura, la práctica de un instrumento musical concreto, la vista, el
sostenimiento de la cabeza, la fonación, etc. Los problemas de articulación del habla que se
observan en la tartamudez son, de hecho, del mismo tipo y de acuerdo con el autor, se
desarrollan asimismo de manera muy similar. En general, aún cuando mínimos y reversibles en
el momento de su presentación, todos estos problemas evolucionan (se cronifican) en la
medida en que el individuo actúa sobre ellos por un reacción de esfuerzo voluntario poco
conciente, ciego incluso se podría decir, y en consecuencia profundamente inadaptado. Esta
reacción de esfuerzo de condiciona poco a poco, aumentando la intensidad, y acaba por
provocar fallos y bloqueos del movimiento que se presentan de improviso. Ya sea que afecten a
la escritura, a la práctica de la trompeta, a la orientación de la cabeza, a la voz o al habla, todos
estos problemas presentan un parentesco clínico indiscutible, y pueden incluso asociarse y
presentarse simultáneamente en un mismo paciente. Así, podemos encontrarnos a veces con
que un paciente afectado de disfonía espasmódica había presentado también episodios de
tartamudez en su infancia; o podemos descubrir uno de estos problemas en los antecedentes
familiares de un paciente que sufra de otro de ellos: un calambre de los escribientes en el
abuelo de un paciente tartamudo, por ejemplo.
En cuanto a las discusiones acerca del origen de las disfonías focalizadas, son exactamente
las mimas que tienen lugar en el caso de la tartamudez.

¿Qué es preciso retener de todas estas causas propuestas?

Razonablemente, no puede considerarse que la lengua está implicada en el origen de la


tartamudez, aún cuando este órgano tenga un papel importante en el habla. El aparato
respiratorio y la laringe, si bien ciertamente intervienen en el problema, no pueden ser tampoco
considerados responsables del mismo. Por el contrario, la perturbación de la autoescucha
puede ser, en algunos de los casos, la causa del mantenimiento de la tartamudez, y podría
incluirse, en opinión del autor, en el marco del “quinto defecto fundamental”, del que
hablaremos en el próximo capítulo. La insuficiencia linguoespeculativa desempeña también, a
menudo, un papel importante en la tartamudez, si bien se trata de un papel indirecto
encuadrado en la “primera alteración”, que será abordada más adelante. En cuanto a las
perturbaciones psicológicas, se trata de elementos a veces muy importantes, pero que se
incluirían más bien entre los factores predisponentes y desencadenantes, o bien entre las
complicaciones secundarias. Finalmente, y por lo que respecta al sistema nervioso, su papel en
la tartamudez habitual resulta mucho más claro si integramos este problema, tal como hemos
propuesto anteriormente, en el grupo de las distonías, donde la noción de insuficiencia deja
lugar a la noción de trastorno inducido por la reacción del individuo a su propio problema.

DEL HABLA NORMAL A LA TARTAMUDEZ

La idea de que la tartamudez sea producida por la misma persona que la padece puede
parecer, en un principio, escandalosa. No obstante, si comprendemos mejor cómo se instala
este desorden en los mecanismos del habla de la persona tartamuda, vemos que no hay nada
de culpabilizante en esta afirmación. Para explicar este trastorno es necesario, sin embargo,
comparar más atentamente el habla de una persona tartamuda con el de una persona que no lo
sea, y buscar más de cerca qué es lo que las distingue fundamentalmente. Esta distinción no
resulta en absoluto algo evidente, especialmente cuando constatamos que la tartamudez no es,
en modo alguno, exclusividad de las personas tartamudas, sino que puede afectar a todo el
mundo.

Tartamudeos del habla normal

Como ya hemos comentado en la introducción de esta obra, el habla de una persona no


tartamuda no fluye siempre de una manera uniforme: presenta dudas, pasos en falso,
retrocesos, etc. A pesar de que sean juzgadas a menudo como algo negativo, estas
irregularidades en la producción del habla, estas disfluencias normales, constituyen un buen
indicio de un habla auténtica, de un habla que se busca, que corresponde a un intercambio vivo
en el que el pensamiento discurre al mismo tiempo que se expresa, en el que la persona que
habla está atenta a las reacciones de su interlocutor, y en el que las emociones también tienen
algo que decir (un discurso demasiado perfecto nos da la impresión de ser prefabricado y
tenemos razones para desconfiar de él). Sin embargo, bajo la influencia de una emoción
imprevista o ante el giro “dramático” que a veces puede tomar un intercambio verbal, podemos
ponernos nerviosos y empezar a tartamudear, con repeticiones de sílabas o palabras y
prolongaciones, del mismo nodo que ocurre en un tartamudeo auténtico. No obstante, incluso si
el número de repeticiones sobrepasa las tres unidades (clásicamente, en los caos de tres o
menos de tres repeticiones se estima que no se trata de tartamudez verdadera), sabemos a
ciencia cierta que, a pesar de estos accidentes del habla (estos tartamudeos), no estamos ante
una persona tartamuda, sino solamente ante una persona exaltada. Y lo sabemos de manera
intuitiva porque podemos percibir que a cada sílaba repetida la tensión que sostiene al habla de
esta persona exaltada disminuye. Notamos, en primer lugar, esta disminución de la tensión
porque la voz baja un tono entre una sílaba y la siguiente, se hace menos intensa y articulada
más suavemente. Pero, observamos también esta disminución de la tensión en la mímica de la
persona: su mirada parpadea y se dirige hacia abajo, su cabeza se inclina ligeramente hacia
delante acompañándose a veces de pequeñas oscilaciones laterales (como si dijera que “no “)
mientras duran las repeticiones de sílabas o de palabras, o las prolongaciones. Podemos
observar también un gesto eventual de la mano, con la palma dirigida hacia delante, hacia el
interlocutor, cuya significación es expresar el deseo de mantener el contacto y la comunicación,
a pesar de esta dificultad momentánea del habla.
En general, no presentamos ninguna atención a todos estos fenómenos auditivos y visuales
que señalan esta disminución de tensión porque, gracias a “Su Excelencia el Cortex Cerebral” –
ese potente ordenador que funciona bajo la bóveda de nuestro cráneo y del que ya hemos
hablado anteriormente -, integramos directamente su significación. Simplemente, podemos
sentir, sin sabes cómo, que la tensión disminuye en el habla de esta persona que está
nerviosa... ¡lo cual no impide, por otra parte, que su nerviosismo continúe! Ahora, una vez que
estos fenómenos le han sido señalados, el lector podrá sin duda observarlos antes de que
transcurra mucho tiempo, ya que se trata de situaciones muy frecuentes. Se producen, de
hecho, continuamente en las discusiones, pero naturalmente no lo notamos porque estamos
inmersos en la discusión.
Obsérvese que la persona que se pone nerviosa tampoco los percibe, ya que, alguien que
se exalta es, normalmente, inconsciente de su excitación: “¡Cómo que me exalto! ¡No, yo no me
exalto en absoluto! Digo las cosas como tiene que decirse, ¡y punto!”. Así pues del mismo modo
que ocurre con el nerviosismo y con los accidentes del habla, también la disminución de la
tensión involuntaria resulta totalmente inconsciente. Se trata de un comportamiento reflejo
inconsciente.
¡Un reflejo, en efecto! Podemos decir, pues, que en la persona no tartamuda existe, para
sus órganos de fonación, un reflejo de relajación que se activa en el momento en que aparecen
accidentes del habla. Y es una suerte que así sea. Esta disminución de tensión en la
musculatura de los labios, de la lengua, de la laringe, de la mandíbula... y de la nuca (el
enderezamiento de la cabeza manifiesta el dinamismo de la proyección vocal) facilita de
manera evidente la reanudación normal del habla y permite al individuo restablecer mejor su
puesto en la discusión.

Primera alteración en el habla de la persona tartamuda

¿Qué es lo que ocurre con el habla de una persona tartamuda cuando empieza a
presentarse tales tartamudeos –incluso en ausencia de cualquier exaltación o nerviosismo-? En
este caso, se produce el proceso inverso: podemos percibir –de manera siempre intuitiva- un
aumento progresivo de tensión en los órganos del habla de esta persona; un aumento tan
reflejo e involuntario como es la disminución de la tensión de la persona no tartamuda al
exaltarse. Este incremento de la tensión puede percibirse de varias maneras, como por ejemplo
a través de la elevación de la tonalidad o de la intensidad de la voz a cada sílaba, o bien a lo
largo de la prolongación (la voz se eleva). Podemos notarlo asimismo en el carácter cada vez
más tenso y explosivo de su articulación, o adivinarlo tras la impresión de esfuerzo creciente
empleado por el sujeto para hacer ceder un bloqueo. Podemos incluso, a veces, confirmarlo
violentamente ante el espectáculo de uno u otro de los problemas asociados descritos en el
capítulo anterior. Aún cuando la persona tartamuda intente disimularlo al máximo, podemos
darnos cuenta fácilmente de la lucha que mantiene contra las sílabas y las palabras; y, en el
caso de que la lucha desemboque en el comportamiento de estupefacción que caracteriza la
tartamudez por inhibición, nos es imposible confundirlo con una relajación dada la
impresionante evidencia de malestar y desasosiego que podemos observar.
Esta evidente elevación de la tensión fue confirmada y precisada por la experimentación
electromiográfica y, en particular, por la desarrollada por el investigador norteamericano W.
Starweather. Colocando unos electrodos en los músculos orbiculares de los labios, este
investigador registró un aumento de la actividad eléctrica no solamente en el momento del
bloqueo, sino también justo antes del mismo, en el momento en que el bloqueo era sentido por
el individuo como algo inevitable.
En relación con lo que ocurre en el sujeto no tartamudo, podemos constatar en suma, en la
persona tartamuda, la existencia de una inversión del reflejo normal de relajación de los
órganos fonatorios en el momento de los accidentes del habla..., inversión que se presenta ya
en el momento en que estos accidentes son temidos más o menos concientemente. Este
aumento de tensión es involuntario, ya que se trata de un reflejo, pero, contrariamente a lo que
ocurre con el reflejo de relajación en el sujeto no tartamudo, es generalmente conciente.
Cuando se les expone esta noción de inversión del reflejo de relajación, las personas
tartamudas declaran normalmente, salvo en algunas excepciones, que esto se corresponde
exactamente con lo que experimentan. La única novedad para ella es, a veces, la existencia de
accidentes en el habla normal, ya que no se habían dado cuenta de que estos accidentes se
presentan también –naturalmente en menor grado- en el habla no tartamuda. Creían que eran
las únicas personas del mundo que tartamudeaban. Así pues, toda persona que habla es una
persona que tartamudea... de vez en cuando, y lo que caracteriza realmente a la tartamudez no
es la presencia de accidentes del habla, ya que se encuentra en el habla de todo el mundo, sino
el hecho de reaccionar frente a ellos con un aumento de tensión, cuando la reacción normal es
disminuirla de manera automática. Este aumento de la tensión en la persona tartamuda
favorece, evidentemente, la presentación de nuevos accidentes del habla, que se sucederán,
así, cada vez con mayor intensidad y con mayor frecuencia. Hemos de precisar que en las
personas tartamudas esta inversión no se produce frente a cada accidente del habla. Dicho de
otro modo, el reflejo de relajación se conserva en mayor o menor medida en la mayoría de ellas,
en muchas circunstancias en las que su habla parece no generar problema alguno. Solamente
en algunos momentos, y en particular cuando se teme tartamudear, es como si se conectara un
interruptor y el reflejo normal de relajación se invierte, provocando “la catástrofe” a
consecuencia del incremento de la perturbación del habla. Así se explica el carácter, a menudo
caprichoso e imprevisible, de la tartamudez que señalábamos ya en el capítulo anterior.
La inversión del reflejo de relajación en el momento de los accidentes del habla (al principio,
a menudo, banales) constituye, en opinión del autor, la primera alteración seria del acto del
habla. La toma de conciencia de esta primera alteración no permite, desgraciadamente, a las
personas tartamudas su corrección inmediata. Podríamos pensar, en efecto, que para
solucionar el problema bastaría tan sólo con esforzase en disminuir la tensión en los momentos
en que, hasta ahora, se incrementa. ¡Esforzarse en relajarse! A primera vista, puede resultar
ligeramente paradójico, pero puede aprenderse. Sin embargo, el hecho de que se trate de un
reflejo significa que se trata de un fenómeno involuntario y rápido que se desencadena, quizás,
en una décima de segundo. Sustituir esta distensión rápida e involuntaria por la voluntad de
distenderse, que requiere al menos 2 o 3 segundos (¡... si no 10!), aparece, desde luego, como
algo completamente imposible. Recordemos que entre un movimiento automático y un
movimiento voluntarios existe una diferencia de escala de 1 a 30 aproximadamente (allí donde
un gesto automático es del orden de 1mm, el movimiento voluntario que quiere copiarlo es, sin
duda, del orden de 3 mm). De este modo, en el momento en que empezamos a querer poner
orden en un comportamiento automático, como la marcha, la respiración o el habla, estamos, al
principio, en la desmesura y causaremos más bien un desorden. Es inevitable. Es como cuando
decidimos ordenar los armarios: en un primer momento, nuestra acción provoca un desorden
descomunal en la habitación.

El hecho de invertir su reflejo de relajación en el momento de sus accidentes del


habla (de sus tartamudeos) favorece el camino del niño hacia la tartamudez crónica.

Imposible, pues, solucionarlo diciéndose: “Bueno, ya lo entiendo, voy a intentar ahora


relajarme en el momento en que se sienta que mi habla se atasca”. La voluntad de relajarnos,
incluso cuando sabemos cómo hacerlo, no puede introducirse en el curso del discurso sin
desnaturalizarlo gravemente, y ahí está precisamente toda la dificultad del tratamiento de la
tartamudez. Sin embargo, incluso cuando el conocimiento de esta primera alteración
fundamental no permite la curación instantánea de la tartamudez, permite al menos comprender
cómo empezó el problema, o más bien cómo llegó a fijarse hasta hacerse crónico. Puede
comprenderse fácilmente que cuando la voluntad interviene en los accidentes del habla debidos
a dificultades, a veces, banales en un principio, esta intervención puede provocar y fijar poco a
poco la inversión del reflejo de relajación del modo que acabamos de explicar: en lugar de
disminuir la tensión como todo el mundo cuando habla se atasca, el sujeto que tiende a
desarrollar la tartamudez empieza a “empujar” las sílabas y las palabras para que salgan. Si
tiene la personalidad adecuada y las circunstancias son las idóneas, el individuo puede
empezar a actuar de este modo a partir de loso 2 años y medio. Al principio, el método funciona
(es decir, las palabras consiguen salir); después, se convierte en una costumbre y poco a poco
cada vez va siendo necesario dar un mayor impulso porque este mismo esfuerzo provoca aún
mayor desorden en el habla. Así, el habla se trastorna, y cuanto más se trastorna, más difícil es
hacer que fluya. Se inicia de este modo una escalada que lleva a que las repeticiones de
sílabas, bloqueos y prolongaciones se multipliquen y se intensifiquen en respuesta al esfuerzo,
que, aún siendo en un principio voluntario, se ha vuelto automático y empieza a escapar a todo
control. Es así como se instaura la tartamudez; como se “cronifica”. Así, la tartamudez puede
generarse realmente a partir de los esfuerzos que el individuo hace para hablar mejor, para
superar una dificultad que, de toro modo, hubiera podido ser pasajera.

Factores predisponentes. Factores desencadenates

Tenemos de destacar que todos los niños que se esfuerzan por mejorar su habla no
desarrollan una tartamudez sino que solamente lo hacen aquellos que continúan haciendo
estos esfuerzos o los incrementan a pesar de los accidentes que se van haciendo más
frecuentemente en su habla a pesar de los tartamudeos); de lo contrario, la mitad o más de la
población sería tartamuda. Queda, pues, preguntarse por qué ciertos niños continúan
aumentando sus esfuerzos a pesar de los tartamudeos cuando otro, en la misma situación,
acaban por disminuir la tensión. Esta cuestión nos lleva a la noción de factores predisponentes
y factores desencadenantes.
Algunos factores predisponentes están relacionados con el mismo niño. El primero –y
consideramos que esencial- de estos factores es que el niño disponga de un potencial de
energía importante. No todo el mundo puede volverse tartamudo. Podría decirse, incluso,
que es preciso estar dotado para ello. No es un niño cualquiera que a los tres años se obstina
en vencer sus accidentes del habla a fuerza de proponérselo. Es necesaria una cierta voluntad
–que no todo el mundo posee- y algo de rigidez mental: es el niño que tolera mal tener que dar
su brazo a torcer cuando él ha decidido su propia manera de decir algo. Esta fuerza de
voluntad, no obstante, está aquí mal aplicada, ya que el mecanismo del habla es algo fino y
delicado, que no responde bien al trato forzado. Una vez que el problema de la tartamudez
haya sido resuelto, esta particularidad del temperamento del niño podrá seguramente,
emplearse de manera más afortunada en alguna otra actividad. Siempre resulta algo positivo
disponer de un capital semejante de energía, aunque en el caso concreto del habla no sea de
ninguna utilidad. Del mismo modo, puede considerarse también positivo disponer de un coche
potente; pero si chocamos con él contra un obstáculo, los destrozos, evidentemente, serán
mayores que si lo hacemos con un triciclo. El resto de factores predisponentes de esta primera
categoría, es decir, que dependen del niño en sí mismo, son menos ventajosos que el dela
fuerza de voluntad. Así, todo lo que es capaz de engendrar dificultades psicomotrices puede, de
hecho, incluirse en el grupo de factores predisponentes, desde la enfermedad motriz cerebral a
los problemas de aprendizaje, pasando por lo s temperamentos perfeccionistas, la tendencia
obsesiva y, en especial, por todas las causas de sufrimiento psicológico de la primera infancia.
Algunos de estos factores pueden incluso tener un origen genético. Se trata de un mundo
complejo en el que podemos perdernos fácilmente si en lugar de considerar estos factores
prediponentes como tales, esperamos encontrar entre ellos la causa universal de la
tartamudez.
Existen otros factores predisponentes ligados, esta vez, al entono del niño. Uno de los más
comunes es una exigencia excesiva en cuanto a la corrección del habla. Hay muchos padres
que no toleran que el aprendizaje del habla se lleve a cabo en un cierto desorden aparente,
siguiendo el proceso de aproximaciones sucesivas. Algunos creen, equivocadamente, que los
errores del lenguaje deben ser corregidos tan pronto como sea posible para que el niño no
adopte malas costumbres (!). Asimismo, otras exigencias pueden, del mismo modo, pesar sobre
el niño de una manera nefasta. En este sentido, por ejemplo, la expresión temporal: “Date prisa,
que aún llegaremos tarde”, en el contexto de un empleo sobrecargado del tiempo, o bien, de
una manera más general, todas las causas de apresuramiento o estrés crónico en el seno
familiar o escolar pueden hacer que el niño viva en tensión. Esta excesiva tensión puede
desestabilizar la mecánica del habla del niño y provocar a continuación, por su parte, esa
reacción de esfuerzo que conducirá a la cronificación de la tartamudez.
Respecto a los factores desencadenantes, se trata normalmente de acontecimientos
concretos, a veces completamente ordinarios, pero susceptibles de ser vividos por leño de una
manera traumática: el nacimiento de otro niño en la familia, una mudanza, un cambio de
escuela, el alejamiento del medio familiar debido a una hospitalización o a unas vacaciones. En
ocasiones puede tratarse de acontecimientos más evidentemente traumáticos, que han
asustado al niño y le han causado un shock emocional: un accidente de coche, la muerte de
alguien cercano, un incendio, una agresión, etc. Acontecimientos que resultarán tanto más
traumáticos cuando sean minimizados o cuando el niño no consiga reconocerlos y expresarlos.
Estos factores predisponentes y desencadenantes merecen ser evaluados atentamente,
pero sin precipitación. Efectivamente, resulta muy fácil quedarse con una primera explicación,
sin ir más allá, y no llegar a una compresión real de lo que le ocurre al niño que empieza a
tartamudear. Cuando en el entorno del niño se da un factor desencadenante, podemos tener
tendencia a sobrevalorar su importancia: “¡Qué desgracia que este perro haya asustado a mi
hijo!”, pueden pensar unos padres, temiendo los daños irreparables que esta experiencia
traumática puede haber causado al niño. Es esencial que estos padres sepan que un
acontecimiento de este tipo no bastará nunca por sí solo; que este trauma podrá desencadenar
la aparición de la tartamudez solamente cuando exista un terreno propicio constituido por los
factores predisponentes. Es preciso tener presenta que si la tartamudez aparece y persiste es
porque estos factores predisponentes y desencadenantes han suscitados y mantienen en el
niño esta reacción particular de lucha solitaria contra su propio problema. La tartamudez es un
fenómeno multifactorial y complejo, pero en el capítulo 7 veremos cómo, a pesar de todo, es
posible evitar su arraigamiento.

El esfuerzo del habla agrava la tartamudez instalada

El esfuerzo, más o menos conciente, de hablar mejor a pesar de las dificultades, no se


produce solamente en la infancia, es decir, al inicio de la tartamudez, sino que puede, en
ocasiones, estar presente a lo largo de toda la vida. Frecuentemente, la persona tartamudea
enfrentada a un bloqueo parece no querer hacer otra cosa que obstinarse en sus esfuerzos por
hacer “salir las palabras”, con la esperanza de que sea cuestión de sólo medio segundo, a
pesar de que sus intentos duren ya cuatro o cinco segundos. Incluso cuando el individuo está
convencido de que este modo está agravando su tartamudez no puede evitar empeñarse en lo
que él cree s interés más inmediato, “hacer salir la palabra que se resiste”, por delante de su
interés general, que es evitar el esfuerzo destructor. Cada vez que la persona tartamuda
“empuja para que el habla fluya” está exacerbando de hecho su tartamudez, grabando en su
subconsciente que la fuerza pura y dura es la única solución. Esto es claramente evidente en
casos cono el de Paul.
Paul es una persona brillante, investigador de alto nivel en el campo de la física. Tiene
alrededor de 30 años y presenta desde su infancia una tartamudez tónica muy marcada. Tras
numerosos intentos terapéuticos cuyos resultados fueron meramente transitoria, empezó un
tratamiento bien adaptado que, en un año, le permitió conseguir una mejoría importante. Su
tartamudez ciertamente persistía, pero en un grado menor. Desgraciadamente, llegó un día en
que tuvo que presentar la tesis de doctorado y se preparó para ello... insuficientemente, sin
duda, con un optimismo un poco ingenuo: “Sí, sí, saldrá bien. ¿Seguro que me saldrá bien!”.
Pero cometió en error: Paul creyó oportuno redactar con antelación, por escrito, los comentarios
que debería hacer “espontáneamente” en el momento de la proyección de las diapositivas que
ilustraban su trabajo, y estos comentarios aparecieron, naturalmente, mal adaptados en el
momento de la exposición ante el jurado. Paul se dejó llevar entonces por el nerviosismo y el
pánico, y empezó, “porque no podía hacer otra cosa” , un combate encarnizado con las
palabras “para hacer que salieran”. Esta lucha acabó con las felicitaciones del jurado por su
tesis y con un agravamiento de su tartamudez equivalente a un retroceso de, por lo menos, seis
meses de tratamiento.
Frederick P. Murria, en su libro –que ya hemos citado y cuya lectura recomendamos
vivamente-, explica también el efecto desastroso de sus propios esfuerzos en varias ocasiones
en las que tuvo que hablar en público. De estas experiencias, la que resultó más desastrosa
para él tuvo lugar en un importante congreso en los años cincuenta, al que había sido invitado
para hablar sobre varias técnicas empleadas en Japón ara el tratamiento de la tartamudez.
Resulta muy gráfico leer la descripción de la nebulosa que se formó en su mente en el
momento de tomar la palabra, de su lucha contra los bloqueos y de su vergüenza una vez la
batalla hubo acabado: ”Aquello representó una derrota humillante que repercutió en mis
actitudes reaccionales durante varias semanas”, escribe.

La eliminación del esfuerzo del habla previene la “cronificación” de la tartamudez en el


niño

Otra prueba –si resultara necesario añadir alguna-, del papel del esfuerzo voluntario en la
inversión del reflejo normal de relajación que provoca, viene dad por la eficacia de la prevención
cuando ésta consiste, prioritariamente, en tratar de eliminar dicho esfuerzo en el momento
ñeque su habla se atasca. El problema es obtener, por parte del entorno familiar y escolar, en el
momento de los accidentes del habla, una actitud tal que el niño sienta que este esfuerzo no es
en modo alguno necesario. Y esto no es precisamente fácil de conseguir. No se consigue no
por la autoridad ni por la persuasión. En el capítulo 7 hablaremos más afondo de este problema
fundamental.

Insuficiencia linguoespeculativa de É. Pichón y S. Borel-Maisonny

Si aceptamos como cierta la primera alteración del habla que hemos descrito como primer
paso hacia la fijación de la tartamudez, podemos entonces comprender que no es exactamente
la insuficiencia linguoespeculativa la que desencadena la cronificación dela tartamudez, sino
más bien el sentimiento de esta insuficiencia en el niño, ya sea real o simplemente figurada.
Resulta comprensible que un sentimiento más o menos conciente de insuficiencia del habla
pueda, de una manera natural, conducir a un esfuerzo voluntario para mejorar la calidad dela
misma. Puede tratarse, por supuesto, de un niño realmente retardado o víctima de una
deficiencia de origen orgánico, que, enfrentado a su entorno o así mismo, cree ser conciente de
pronto de su necesidad de esforzarse por recuperar el terreno perdido o de paliar esta
deficiencia. Pero puede tratarse, por el contrario, de un niño particularmente precoz y bien
dotado, que se ha valorizado a sí mismo o que su entorno lo ha valorizado por la excelencia de
su habla. Al creerse obligado a mantener este nivel alto, puede llegarse a sentir atrapado por
esta exigencia de calidad que acaba por sobrepasar los medios de los que dispone. Se trata, no
obstante, de casos particulares que no deben ser generalizados. El esfuerzo por hablar mejor
no vendrá siempre sostenido por un sentimiento de insuficiencia en el manejo de la lengua, ya
sea esta insuficiencia real o no. El esfuerzo por expresarse cueste lo que cueste y a pesar de
cualquier obstáculo imprevisto –ya sea obstáculo físico- es suficiente. Como ya hemos dicho, la
tartamudez es todo un mundo.
La primera alteración del habla varía y se atenúa con la edad

La inversión del reflejo de relajación pasa por distintos períodos alternos de agravación y de
atenuación durante la infancia y la adolescencia. La inversión se hace más constante y más
intensa cuando el individuo se enfrenta a la obligación (real o supuesta) de tener que hablar
pase lo que pase, o también cuando el sujeto vive situaciones o acontecimientos más o menos
estresantes. Se atenúa, en cambio, si el habla presenta para él una menor importancia o si su
vida pasa por un período de desarrollo más armonioso. Del mismo modo, el problema se
atenúa, en general, con la edad, de decenio en decenio, incluso en ausencia total de
tratamiento, en la mediad en que la persona tartamuda toma una actitud menos agresiva frente
a su tartamudez y aprende a vivir mejor con ella. Sin embargo, al final de esta evolución
espontánea no se encuentra, realmente la curación completa.

Reacciones en cadena

La recuperación eventual del reflejo de relajación frente a las dificultades del habla no basta
para asegurar la curación completa de la tartamudez. El desorden subyacente a la tartamudez
no se limita, en efecto, a esta primera alteración, sino que la inversión del reflejo de relajación
es solamente el primero de los atentados contra la fisiología normal del habla, que se continúa
generalmente, y como veremos en el próximo capítulo, con otros problemas que se suceden
siguiendo una reacción en cadena. Podemos entender fácilmente que esta primera alteración
conduce generalmente a un callejón sin salida. A base de aumentar el sobrevoltaje de la
mecánica fonatoria articulatoria, el individuo se arriesga a llegar a situaciones insoportables;
inacabables repeticiones de sílabas, prolongaciones interminables, bloqueos absolutos,
problemas asociados inaceptables. Para evitarlo, el sujeto tartamudo, enfrentado a esta
sobretensión que se desencadena a pesar de sus intentos por impedirlo, se sirve ahora de
estrategias que le permitan triunfar sobre los obstáculos de otro modo que por la fuerza pura y
dura. ¡Incluso cuando se dispone de mucha energía, esto acaba por ser agotador!.
Una primera estrategia consiste en intervenir voluntariamente en la articulación de las sílabas,
en la composición de las frases, en la elección de las palabras; es decir, en el detalle de
ejecución del habla, lo cual pertenece normalmente al dominio de los movimientos automáticos.
Esta nueva distorsión del acto del habla, esta segunda alteración, permite ciertamente al
individuo salir del callejón sin salida en el que se había introducido (o incluso evita que entre en
él), pero se traduce en una pérdida, más o menos marcada, del carácter espontáneo del habla,
que se aleja así de su funcionamiento natural. Esta pérdida de la espontaneidad del habla
conduce, la mayor parte de las veces, a nuevos atolladeros, de los que el individuo saldrá
gracias a una tercera alteración (la pérdida del comportamiento tranquilizador), que irá seguida
de una cuarta (pérdida de la aceptación de ayuda), y después de una quinta (pérdida de la
autoescucha). Incluso en el caso de que la primera alteración se atenúe con el tiempo, la
persistencia de las siguientes mantienen el habla dentro de un estado patológico. Esto significa
que cuando la primera alteración se arraiga en el comportamiento del habla de la persona
tartamuda y se hace aparentemente irreversible, el problema se complica.
Insistimos en que la tartamudez no es un fenómeno simple y que curarla una vez fijada aunque
sea posible, resulta extremadamente difícil. De ahí que sea necesario hacer todo lo posible para
su prevención.