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TRASTORNOS DEL DESARROLLO FONÉTICO Y FONOLÓGICO

L. Bosch.

INTRODUCCIÓN

Los trastornos del desarrollo fonético y fonológico constituyen un amplio grupo de problemas que se
manifiestan en la producción del habla. El término desarrollo sirve para delimitar el ámbito de trastornos al que
nos estamos refiriendo, puesto que van a quedar excluidos de este grupo los problemas en adultos, es decir,
aquellos casos cuyas manifestaciones aparecen una vez que el desarrollo fonológico ya ha tenido lugar
(después de la infancia, como puede ocurrir, p. ej., tras un accidente vascular cerebral, que puede dar lugar a
un trastorno de tipo afásico en el cual se pueden observar distintos problemas en la producción de la forma de
las palabras, es decir, problemas de base claramente fonológica, fonética o ambas a la vez). Se ha
considerado que alrededor del 2,5% de los niños en edad preescolar (entre 4 y 6 años) presentan algún tipo de
alteración del habla moderada o severa (Shriberg y cols., 1986). Gierut (1988) recoge los datos ofrecidos por el
National Institute of Deafness and Other Communication Disorders estadounidense y sitúa en un 10% el
porcentaje de población infantil (incluida la edad escolar) que presenta algún tipo de alteración fonológica. De
los motivos de consulta en la clínica logopédica, más de la mitad (60% ) corresponderían a alteraciones
fonológicas de diversa índole (Dodd, 1982) y, para los logopedas que trabajan en el ámbito escolar, éste es el
problema más frecuente sobre el que se solicita su intervención, en especial debido a la relación existente
entre estos problemas de naturaleza fonológica y ciertas dificultades en el aprendizaje lector (v. Bird y cols.,
1995, entre otros).

En términos generales, las alteraciones del desarrollo del habla se corresponden con los tradicionalmente
denominados trastornos articulatorios, es decir, dificultades en la realización de uno o más fonemas de la
lengua, observadas cuando comparamos las producciones del niño con las de la lengua adulta. Los enfoques
lingüístico y psicolingüístico y su incidencia dentro del terreno de la logopedia han ayudado a establecer una
mejor caracterización de este tipo de problemas, permitiendo distinguir entre los niveles fonético y fonológico,
por un lado, y facilitando un análisis más completo de las dificultades y de los mecanismos implicados en la
recuperación de la forma fonológica del léxico, por el otro. Así mismo, el enfoque evolutivo ha proporcionado
pautas claras para la evaluación de las dificultades observadas en el habla de la población infantil y permite
distinguir aquello que simplemente es un proceso normal dentro de la adquisición fonológica (p. ej., los niños
de 3 años de edad pueden todavía cometer errores en el habla espontánea que, por supuesto, no indican
ningún tipo de patología), de aquello que representa una clara alteración o un estancamiento dentro de este
desarrollo lingüístico ( v. Ingram,1989; Vihman, 1996, para una buena síntesis sobre las pautas de desarrollo
fonológico normal).

Este mejor conocimiento aplicado al análisis de las alteraciones del desarrollo del habla no ha permitido
solucionar todos los problemas que conlleva una buena caracterización de este tipo de trastornos, pero sí
supone un salto cualitativo importante como perspectiva de análisis, con cambios que se observan tanto en la
evaluación de los casos como en la metodología de tratamiento. Lejos ya de un enfoque tradicional,
mayoritariamente centrado en los aspectos de realización articulatoria, en la actualidad es ineludible adoptar
una visión del caso que permita describir las dificultades en el marco del sistema fonológico que se ha
construido, en relación con el léxico adquirido y ubicando los problemas en algún modelo de producción del
habla que englobe todos los aspectos.

Ciertamente, algunos problemas con os que nos vamos a encontrar tienen una naturaleza estrictamente
articulatoria (motriz) y como tales deberán ser tratados; sin embargo, el análisis previo habrá tenido que
delimitar con precisión el alcance del problema, descartando que la naturaleza del trastorno esté ubicada en
niveles superiores del procesamiento del habla. Así mismo, una dificultad definida correctamente como
articulatoria deberá ir más allá de una indicación del sonido “en sustitución” para poder hacer una valoración en
términos de rasgos fonémicos que pudieran estar ausentes del sistema. Trataremos estas cuestiones a lo largo
del capítulo y ofreceremos algunos ejemplos para ilustrar la propuesta de caracterización de las alteraciones
del desarrollo del habla que aquí se presenta.

TIPOLOGÍA BÁSICA

Como ya se ha mencionado en la introducción, dentro de esta categoría de alteraciones podemos encontrar


problemas de naturaleza diversa, cuya manifestación en el habla se concreta en un número indeterminado de
“errores” en la producción de los elementos sonoros que caracterizan el habla, desde problemas que se limitan
a un solo tipo de segmento consonántico (por citar un ejemplo frecuente, los problemas en la realización de la
líquida vibrante múltiple), hasta casos en los que la inteligibilidad del habla se ve seriamente comprometida por
la cantidad de elementos afectados, así como por la simplificación de estructuras de sílaba y de palabra. Es
frecuente, pues, encontrar en los manuales de logopedia y en textos generales sobre trastornos del habla una
dicotomía entre problemas articulatorios (también denominados fonéticos) por un lado, y fonológicos, por el otro
(Grundy, 1990). El primer caso se define como un trastorno de la producción del habla y se considera que hay
una dificultad fisiológica para articular uno o más sonidos de la lengua materna: tanto en tareas de
denominación de producir objetos como en la producción de oraciones en el habla espontánea o en intentos de
producir el sonido bien sea de forma aislada o en contexto silábico, la dificultad es idéntica y el sonido se ve
sustituido por una misma realización errónea.
En el otro extremo encontraríamos los trastornos fonológicos propiamente dichos, es decir, aquellos en los que
se observa una mayor afectación en términos de los sonidos que están erróneamente pronunciados en el habla
del niño. Este extenso patrón de errores se suele traducir en un alto nivel de ininteligibilidad y también es
frecuente observar una aparente menor sistematicidad en los errores producidos tras una simple comparación
entre las producciones del niño y las del adulto. Así, nos encontraremos con casos en los que algunos sonidos
pueden ser producidos correctamente en situación de repetición (bien se trate de sílabas o pseudopalabras),
pero en el habla espontánea aparecen muchos más errores de los esperados por la falta de habilidad
articulatoria y, además incluso en la repetición simple de palabras pueden aparecer errores en la selección de
los fonemas implicados. En resumen, el problema fonológico plantea algún tipo de alteración en la manera en
que la información relativa a los sonidos del habla se halla almacenada y representada en el léxico mental, o
también en la forma de acceder a ésta y de recuperarla desde una perspectiva cognitiva (Gierut, 1998). Esta
clara dicotomía entre dos tipos extremos de trastornos, uno de base claramente productiva y el otro más
relacionado con la organización del sistema de categorías contrastivas y su vinculación con el léxico adquirido,
en la práctica se presentan sólo excepcionalmente como casos netamente diferenciados. Un alto porcentaje de
las consultas por problemas de habla en la edad infantil evidencian una alteración de tipo mixto, con algunos
déficit de base articulatoria, junto con sistemas fonológicos incompletos o parcialmente desarrollados en los
que, además, el componente perceptual puede desempeñar un papel importante como factor de mantenimiento
del problema.

La existencia de estas alteraciones en que tanto el componente articulatorio como el propiamente fonémico
están afectados hace que el trastorno (del desarrollo) fonológico se siga utilizando como término genérico para
todo tipo de problemas en el habla, en los que está afectada la producción (articulación), la representación
mental (organización) de los sonidos de la lengua, o ambas (Benrthal y Bankson, 1993; Edwards y Shriberg,
1983; Grunwell, 1981; Stoel-Gammon y Dunn, 1985; Ingram, 1976, 1987; Leonard 1973, 1985; Shriberg y
Kwiatkowski, 1994). Así mismo, ha sido frecuente la utilización del calificativo funcional en referencia a este
mismo grupo de trastornos, concretamente para especificar que estas alteraciones no pueden considerarse de
base orgánica (Dinnsen y cols., 1990; Gierut, 1998) y distinguirlas así de otro tipo de trastornos de base
neuropatológica, como por ejemplo la disartria. En sus orígenes, el término funcional sugería directamente que
el trastorno no tenía una etiología conocida y se atribuía a un aprendizaje erróneo, que se mantenía en el
tiempo, de los gestos articulatorios correspondientes a cada uno de los sonidos de la lengua (v., p. ej., Winitz,
1969, y en castellano, Perelló y cols., 1977, y Corredera Sánchez, 1973). Actualmente, se acepta de forma
generalizada que el grupo de trastornos que nos ocupa representa no sólo problemas de precisión articulatoria,
sino fundamentalmente alteraciones en la organización del sistema de sonidos de la lengua (Leonard, 1995).

Desde una perspectiva propiamente psicolingüística, los modelos de producción del habla, que dan cuenta de
los procesos implicados antes de emitir una frase o pronunciar una palabra, pueden ser útiles para
comprender la ubicación del trastorno en una etapa intermedia (lingüística) o final (articulatoria) del proceso. De
forma muy esquemática y remitiéndonos concretamente a uno de los modelos influyentes en este ámbito
(Levelt, 1989), podemos distinguir tres grandes componentes o niveles en el procesamiento: un
conceptualizador, un formulador y un articulador. Así el llamado conceptualizador engloba una serie de
actividades mentales (intención comunicativa, selección de la información relevante, aspectos pragmáticos)
que desembocan en la preparación del mensaje pre verbal, según el cual queda seleccionada la estructura
argumental y la forma abstracta de léxico (p. ej. quién hace qué a quién...). El formulador, que se considera la
etapa lingüística propiamente dicha (encargado de la codificación gramatical y fonológica), engloba los
procesos implicados de la recuperación de la forma fonológica del léxico, su inserción en un marco sintáctico y
la generación de sufijos y palabras funcionales; el resultado final de este nivel de procesamiento es un plan
fonético que incluye las modificaciones o especificaciones últimas de toda la información recuperada.
Finalmente, el articulador se encargará de seleccionar las órdenes motoras y de la ejecución articulatoria del
plan fonético que se ha preparado.

En la problemática que nos ocupa, el locus del trastorno puede estar situado en la etapa de codificación
fonológica o en la etapa articulatoria. En el primer caso, el número de subprocesos implicados suponen
recuperar la forma fonológica del léxico almacenado (que incluye su estructura prosódica, silábica y
segmental), existiendo una posibilidad de error importante, bien sea porque la forma léxica esté parcialmente
representada, bien porque la recuperación es sólo parcial, perdiéndose elementos o simplificando la estructura.
En el segundo caso, el léxico se ha recuperado adecuadamente pero para su realización falla algún detalle en
las órdenes motoras que impide una correcta articulación. Como es fácil suponer, un modelo de este tipo
también puede explicar la existencia de dificultades en ambas etapas del procesamiento, de ahí que existan en
realidad casos mixtos con ambos factores, el fonológico y el articulatorio, alterados.

Este modelo explica la producción del habla en el sujeto adulto, y requeriría importantes adaptaciones para
explicar estos mismos mecanismos en el niño (v. Wijnen, 1990, para una primera aproximación). Un factor
clave diferencial reside en que para el adulto el sistema fonológico ya está constituido, y por tanto los errores
que se puedan observar en el habla espontánea son de tipo esporádico, fruto de la fatiga, por ejemplo, la
velocidad o la tensión. Los segmentos que se seleccionan al recuperar la forma fonológica del léxico
representan las categorías contrastivas que el adulto ya ha consolidado en el período de adquisición de su
primera lengua. Sin embargo, en el caso de la población infantil hay que tener en cuenta que este sistema de
contrastes puede estar todavía en formación o bien puede haberse realizado incorrectamente, con un mayor o
menor número de categorías, que van a dar lugar a una serie de patrones de sustitución de unos segmentos
por otros cuando se comparan las producciones del niño con las de un adulto. En consecuencia, los modelos
de producción del habla deben considerarse, fundamentalmente, como un marco de referencia que nos permite
distinguir entre problemas de naturaleza distinta, básicamente de codificación fonológica o de realización
articulatoria, corroborando esta gran dicotomía que presentábamos al principio de este apartado y que también
se corresponde con la distinción entre trastornos fonológicos y fonéticos, respectivamente. Pero además, la
adopción de esta perspectiva, de naturaleza dinámica, al analizar los problemas en el habla de la población
infantil, tratando de relacionar las representaciones lexicales almacenadas con la forma final que se produce al
hablar, permite mejorar nuestro conocimiento sobre los mecanismos de procesamiento implicados y su ámbito
de actuación (Williams y Chiat, 1993; Chiat, 1994) y hace posible plantear hipótesis de trabajo sobre los déficit
observados.

Tras estas primeras consideraciones generales sobre las alteraciones evolutivas del habla y el marco teórico
desde el que hemos iniciado la aproximación al tema, se hace necesario tratar de alcanzar algún tipo de
caracterización de los patrones de error que se presentan en cada caso (especialmente cuando estamos
considerando alteraciones de clara naturaleza fonológica) ya que la valoración, el pronóstico y los objetivos de
intervención logopédica se basarán en esta descripción minuciosa y en las hipótesis que se hayan formulado
sobre los posibles factores subyacentes, que estarían en la base del trastorno. Analizaremos estas dos
cuestiones por separado en los siguientes apartados.

ANÁLISIS DEL PATRÓN DE ERRORES

El análisis del habla de los niños a quienes se les diagnostica un trastorno articulatorio / fonológico puede
realizarse desde diversas perspectivas. Un enfoque enormemente simplista consistiría en identificar los
fonemas que se producen incorrectamente tras una comparación de las producciones del niño con las
correspondientes a la forma adulta. Un análisis de este tipo podría resumirse en una lista de fonemas omitidos,
sustituidos o distorsionados, junto con un porcentaje que reflejaría la incidencia de cada una de estas
manifestaciones en una muestra de habla espontánea, por ejemplo. La descripción se reduce al repertorio de
fonemas que el niño utiliza correctamente y a aquellos en los que tiene algún tipo de dificultad. Esta
caracterización no tiene en cuenta el contexto fonético en el que se han producido los errores, ni hasta qué
punto las estructuras prosódicas y fonotácticas desempeñan algún papel en la aparición de los mismos.
Tampoco trata de establecer reglas o procesos fonológicos que permitan especificar cómo y cuándo un
determinado fonema o una categoría de sonidos se verán alterados. Estos aspectos, en mayor o menor grado,
han sido tomados en consideración desde distintas orientaciones teóricas en fonología infantil. Así, en una
rápida revisión sobre el tema, se comprueba que los trastornos fonológicos han sido descritos en términos de
rasgos subfonémicos ausentes, presencia de reglas atípicas o idiosincráticas, un uso reducido del contraste
fonológico, la presencia más allá de lo esperado de procesos de simplificación del habla, o todos ellos (v.
Fletcher, 1990). Un punto en común entre los diferentes enfoques es el de considerar que en este tipo de
trastornos no sólo se observan restricciones en el número y la variedad de elementos que componen el
repertorio fonético, sino que además se pueden identificar déficit en términos de los rasgos subfonémicos y sus
combinaciones, por un lado, así como en las estructuras fonotácticas que se manifiestan en el nivel silábico de
las palabras, por el otro.

Las ventajas de estos enfoques que se basan en rasgos, reglas o procesos fonológicos es que permiten
predecir el comportamiento “fonológico” del niño, es decir, sugieren de qué modo una determinada palabra
podría ser producida, disponiendo únicamente para ello de la información recogida en una muestra reducida de
habla que haya sido convenientemente analizada en busca de estas tendencias o patrones sistemáticos.
Ejemplos ya clásicos de estos distintos enfoques para el análisis del habla los encontramos en Mac Reynolds y
Engmann (1975) cuyo trabajo se centra en los rasgos distintivos, Smith (1973) que caracteriza en términos de
reglas el desarrollo fonológico normal, e Ingram (1976) quien introduce la línea de análisis basada en los
denominados procesos fonológicos de simplificación del habla y que tanta influencia ha tenido en la
caracterización de los trastornos fonológicos desde la década de los ochenta hasta la actualidad (propuestas
más recientes como el enfoque autosegmental, se comentan en el apartado final). Dado el enorme impacto que
ha tenido la perspectiva de análisis basada en los proceso fonológicos y la popularidad alcanzada entre los
profesionales de la logopedia, presentamos con mayor detalle esta propuesta.

PROCESOS FONOLÓGICOS DE SIMPLIFICACIÓN DEL HABLA

En el ámbito de la fonología infantil, un trabajo pionero de Stampe (1969) planteó una forma de caracterización
de las diferencias entre el habla del niño(en proceso de desarrollo fonológico) y la forma de las palabras en la
lengua del adulto, desde una perspectiva distinta de la utilizada hasta aquel momento. La así denominada
fonología natural establece la noción de procesos fonológicos de simplificación del habla como unos
mecanismos que le permiten al niño expresarse aun cuando sus capacidades de habla le impiden reproducir
adecuadamente todos los rasgos y estructuras fonológicas de su lengua. Esta noción de proceso fonológico
hay que entenderla como una operación mental que, ante un contraste u oposición fonológica, actúa
favoreciendo la realización de aquel elemento que se ve menos constreñido por las limitaciones de la
capacidad de habla en el niño. Se considera natural porque traduce unas características implícitas en la
capacidad humana para el habla. Siguiendo en la línea de la propuesta original, se trata de un conjunto de
procesos innatos, universales y jerárquicamente ordenados que se manifiestan en el habla de los niños desde
el inicio del desarrollo léxico hasta una primera etapa de desarrollo situada en torno a los 3 años, momento a
partir del cual la incidencia de este tipo de procesos de simplificación empezaría a decrecer paulatinamente (la
incidencia sería prácticamente inapreciable hacia la edad de 5 años, momento en el que el aprendizaje
fonológico de la lengua materna está prácticamente resuelto, aunque puedan quedar todavía algunas
cuestiones articulatorias puntuales por acabar de resolver). En otras palabras, este punto de vista sobre la
adquisición fonológica plantea un recorrido en cierto modo inverso al crecimiento fonológico estándar: no se
adquieren gradualmente los sonidos que forman el sistema, sino que lo que ocurre es una gradual supresión
de aquellos procesos que no están presentes en la lengua que el niño está aprendiendo (Stoel-Gammon, 1991.
La supresión de un proceso se manifiesta con la incorporación de un nuevo rasgo propiedad fonotáctica; en el
caso de que el proceso persista estaríamos ante una posible manifestación de algún tipo de alteración
fonológica.

Este enfoque, distinto al que se basa en rasgos distintivos o reglas fonológicas, permite también captar las
regularidades existentes en el habla de los niños con trastorno fonológico y consigue alcanzar el objetivo de
establecer la posible sistematicidad de las sustituciones / omisiones y los contextos fonéticos en que se han
definido como procesos fonológicos de simplificación el habla varía según la propuesta de diversos autores
(Weiner, 1979; Shriberg y Kwiatkowski, 1980; Hodson, 1980; Ingram, 1981; Grunwell, 1985; Bosch, 1985, 1987;
Díez-Itza, 1995), pero salvando las diferencias, se pueden agrupar en tres grandes categorías:
a) Procesos sustitutorios, que afectan a categorías enteras de sonidos;
b) Procesos relativos a la estructura silábica de las palabras, que reducen su complejidad estructural, y
c) Procesos asimilatorios, que representan dificultades específicas para producir correctamente las
características distintivas de los sucesivos segmentos que forman las palabras.

Dentro del primer grupo, los procesos sustitutorios, se describen tendencias sistemáticas a reemplazar los
segmentos correspondientes a una determinada categoría fonética por otros con los que guardan un exacto
paralelismo a excepción del rasgo omitido. Así, el patrón de sustitución de las fricativas por oclusivas permite
constatar que, si bien el rasgo de fricación está ausente, las diferencias en cuanto a punto de articulación o
sonoridad se mantienen (p. ej., /f/, /s/, /x/ se verían reemplazadas por /p/, /t/, y /k/, respectivamente, es decir,
oclusivas sordas como las fricativas a las que sustituyen y que se articulan en una zona similar). Otros
procesos frecuentes dentro de este grupo son los de frontalización (oclusivas velares pasan a dentales),
insonorización de oclusivas sonoras (/b/, /d/, /g/ se convierten en /p/, /t/, y /k/), lateralización (no diferenciación
entre la líquida lateral /l/ y las líquidas vibrantes), semiconsonantización de líquidas (/j/ o /w/ en sustitución de
todas las consonantes líquidas) y despalatalización (desplazamiento del punto de articulación hacia el área
dentoalveolar para sonidos palatales).

Dentro del segundo grupo, los procesos que afectan a la correcta realización de las estructura silábica de las
palabras cuando esta estructura se aleja del patrón canónico consonante-vocal (CV), encontramos la tendencia
a simplificar los ataques silábicos complejos (CCV CV), pérdida de consonantes en posición codal (CVC
CV) o incluso tipos de simplificación más importantes como la pérdida de sílabas átonas, de consonantes en
posición de ataque simple, reduplicaciones de elementos generalmente consonánticos, que perseveran de una
sílaba a la siguiente y epéntesis o desplazamientos de segmentos entre sílabas en el interior de la palabra.

Ya en el tercer tipo de procesos que se suelen identificar se habla de asimilaciones, es decir, de errores de
naturaleza no sistemática (pueden ocurrir o no, resultado de fallos puntuales en los mecanismos de
recuperación de la forma fonológica del léxico) y que se suelen describir en términos de direccionalidad
(asimilaciones progresivas o regresivas, según se trate de un primer segmento que influya sobre el siguiente o
al revés) y, más frecuentemente, en términos del punto de articulación al que se asimila el sonido (labial,
alveolar, velar, etc.) o el modo ue producción (las asimilaciones nasales se cuentan entre las más frecuentes
en el habla infantil).

La caracterización del desarrollo fonológico según la incidencia de los procesos de simplificación del habla en
las primeras etapas de adquisición se ha extendido de forma natural hacia la caracterización de los trastornos
fonológicos. Stoel-Gammon y Dunn (1985) así como Grunwell (1985. 1988), entre otros autores, identifican
cinco características básicas en las alteraciones del desarrollo fonológico dentro de los procesos fonológicos de
simplificación del habla. a) persistencia en el tiempo de procesos fonológicos normales en edades tempranas;
b) desajuste cronológico, con procesos tardíos que desaparecen antes que los que suelen quedar suprimidos
en edades tempranas; c) presencia de procesos inusuales o atípicos, que no se suelen describir en el
desarrollo fonológico normal; d) uso variable de los procesos, y e) preferencia sistemática por algún tipo de
sonido o categoría de sonidos, Este mismo tipo de enfoque ha hecho posible, a su vez, plantear una
diferenciación entre retrasos en el desarrollo (los también denominados retrasos simples de habla) y
alteraciones fonológicas propiamente dichas. De forma breve se puede indicar que en el retraso simple de
habla nos encontraríamos con un sistema fonológico que seria característico de un niño de edad inferior,
normalmente entre 12 y 18 meses por debajo del nivel que debería esperarse por la edad cronológica. Muchos
de estos casos cursan favorablemente, es decir, suelen acabar alcanzando los niveles adecuados de
desarrollo, a menudo incluso sin necesidad de una intervención logopédica sistemática (v. Shriberg y cols.,
1994, para un análisis de la normalización del habla a corto y largo plazo en la población con trastornos
fonológicos). Por el contrario, la presencia de un buen número de procesos fonológicos de simplificación del
habla más allá de los 3-4 años, así como la coexistencia de procesos de desaparición temprana junto con otros
más tardíos y la posible manifestación de tendencias inusuales en el desarrollo fonológico normal se han
considerado todos ellos como factores que caracterizarían los llamados trastornos fonológicos propiamente
dichos, es decir, los que no representan simplemente un retraso en alcanzar la madurez fonológica sino algún
tipo de desviación (v, entre otros, Leonard, 1985). Existen varios trabajos en los que se ofrecen listas de
aquellos procesos que con mayor frecuencia parecen caracterizar el habla en los trastornos fonológicos
(Hodson y Paden, 1981; Stoel-Gammon y Dunn, 1985; Dodd, 1993); sin embargo, el interés de este tipo de
caracterizaciones que se pretenden exhaustivas es limitado, dada la alta variabilidad de las manifestaciones
cuando se comparan distintos casos. Así mismo, las diferencias fonológicas entre lenguas también plantean
dificultades para aceptar la universalidad de estos procesos considerados específicos de un trastorno pero no
de un retraso de habla. Por otra parte, desde perspectivas diferentes a las que analizan el habla en términos de
procesos fonológicos, se han observado importantes similitudes entre los repertorios fonéticos y las
restricciones fonotácticas de un grupo de niños con trastornos del habla y estos mismos factores en la
adquisición fonológica normal (Dinnsen y cols., 1990). Según este trabajo, la noción de sistemas fonológicos
desviados no parece ser sostenible, más bien al contrario, y los análisis parecen sugerir tendencias más
acordes con la noción de retrasos en el desarrollo en este tipo de patologías del habla.

En definitiva, tras un primer momento en que la caracterización de las alteraciones del habla infantil pasaba
exclusivamente por un análisis de los procesos fonológicos de simplificación, en la perspectiva actual se tiende
a ir más allá de esta descripción, útil como punto de partida, para tratar de buscar una explicación a las
manifestaciones observadas (que pueden estar descritas minuciosamente en términos de procesos, rasgos,
repertorios fonéticos y estructuras silábicas utilizadas). En parte, este progreso se alcanzará cuando se
incorporen datos precisos sobre el formato de representación del léxico en estos niños, los mecanismos de
codificación fonológica implicados y la actualización de la forma fonológica de las palabras en el habla
espontánea.

FACTORES SUBYACENTES

Las descripciones anteriores tratan de explorar el patrón de errores en el habla (Output) del niño diagnosticado
con un trastorno fonológico. Intentan caracterizar el resultado de los mecanismos de procesamiento del habla
que se han puesto en marcha, pero no se refieren explícitamente al procesamiento psicolinguístico llevado a
cabo, ni a las conexiones entre las representaciones léxicas de entrada y de salida (Chiat, 1994). Este tipo de
perspectiva, netamente psicolingüística y basada en modelos de producción del habla, empieza a ser
considerada una visión imprescindible para poder plantear hipótesis sobre el déficit y, en consecuencia,
adoptar determinadas estrategias de intervención claramente adaptadas a la naturaleza del trastorno.

El trabajo pionero de Ingram (1976) ofrecía un primer nivel de caracterización psicolingüística cuando
presentaba un modelo con tres niveles en los que ubicar el mecanismo alterado o el tipo de operación
deficitaria en cada caso. Así, distinguía entre el nivel perceptivo, el organizativo (cognitivo) y el productivo,
como posibles núcleos básicos del trastorno. De esta manera, en determinados casos los problemas del habla
reflejarían dificultades de base perceptiva, esto es, problemas en la correcta percepción / discriminación de los
segmentos que forman las unidades léxicas. En otros casos, el déficit se sustentaría sobre el nivel articulatorio /
productivo, con incapacidad para reproducir un determinado rasgo, por ejemplo. En tercer lugar, habría un
elevado número de casos en los que el trastorno tendría una base organizativa, es decir, se relacionaría con la
organización fonológica propiamente dicha basada en un sistema de contrastes entre las categorías de sonidos
que se han constituido en el proceso de adquisición fonológica. En esta primera propuesta, ampliamente
aceptada en trabajos posteriores (Grunwell, 1981; Stoel-Gammon y Dunn, 1985; Leonard, 1985; Grundy,
1990), no se especifica, sin embargo, qué tipo de manifestaciones concretas se van a observar según la base
del déficit sea fundamentalmente perceptiva, productiva u organizativa. Hubo que esperar a principios de la
década de los noventa para encontrar trabajos cuyo objetivo fundamental es el de profundizar en estas
cuestiones, con un abordaje que adopta un enfoque experimental junto a los datos clínicos. A continuación
revisamos algunas de estas investigaciones.

Dodd y cols. (1989) parten de una caracterización de los trastornos fonológicos en tres grupos distintos:
aquellos que presentan un sistema retrasado (errores que corresponden a edades ligeramente inferiores),
aquellos que muestran un sistema desviado pero con errores sistemáticos y, por último, los que presentan
manifestaciones mayoritariamente inconsistentes (errores no sistemáticos). Estos tres grupos de sujetos son
evaluados en una serie de tareas que incluyen imitación, denominación de objetos y descripción de láminas
absurdas, así como una tarea de preferencia de patrones fonotácticos legales frente a ilegales y otra de
percepción de sus propias producciones erróneas. En conjunto, la información obtenida permite empezar a
explorar las posibles dificultades subyacentes para cada uno de estos tipos de casos. De acuerdo con las
autoras, la existencia de estos tres subtipos parece quedar validada por los resultados obtenidos. Esto es, el
grupo que presenta un retraso no sólo muestra un menor número de errores, sino que además mantiene el
nivel de realización en las distintas tareas de producción utilizadas. Por otra parte, los grupos con patrones
fonológicos desviados mejoraban en tareas de imitación (especialmente el que presentaba patrones no
sistemáticos) y empeoraban al aumentar la complejidad de las producciones (en especial los que presentaban
errores sistemáticos). Otra importante distinción relativa a los dos grupos con fonología desviada sitúa el déficit
en la programación motriz para el subgrupo no sistemático, mientras que para el subgrupo con errores
sistemáticos el déficit se sitúa en un nivel previo, ya que parece implicar que estos niños tienen dificultades en
derivar hipótesis acerca de las reglas que gobiernan el sistema fonológico que están aprendiendo (las
representaciones del léxico serian correctas pero tendrían dificultades en la recuperación y manipulación de
este tipo de información).

Williams y Chiat (1993) trabajan en una línea parecida, y planean tareas de denominación y repetición de
palabras, no-palabras y frases a dos grupos de sujetos con trastornos del desarrollo del habla (retrasos simples
y trastornos propiamente dichos). Sus resultados se acercan enormemente al trabajo antes descrito, aunque se
observan algunas diferencias. De nuevo, los niños diagnosticados de retraso de habla cometen significativa
mente menos errores y presentan un comportamiento sistemático a lo largo de las distintas tareas. El grupo
con trastorno parece poder subdividirse entre aquellos que cometen menos errores en la tarea de repetición
que en la de denominación y aquellos que muestran un mismo comportamiento en todas las tareas. Desde el
punto de vista de los niveles de procesamiento a los que apunta el déficit se establecen una serie de
consideraciones. Cuando las respuestas en las tareas de repetición de palabras y no-palabras son congruentes
con las obtenidas en tareas de denominación parece posible afirmar que el problema subyacente no se
relaciona ni con las representaciones léxicas ni con el acceso a éstas, sino con un nivel de procesamiento
posterior. Por otra parte, cuando la realización es peor en la tarea de denominación, entonces el problema se
situaría en el nivel de la codificación, presuponiendo la existencia de representaciones inestables en el léxico
de salida. Un tema polémico en este tipo de trabajos es el relativo al formato de las representaciones léxicas ya
la posible existencia de dos léxicos diferenciados, uno receptivo y otro productivo. La postura que ha ganado
mayor aceptación en la actualidad es la de un único léxico (contrariamente a las propuestas iniciales de
Williams y Chiat, 1993), en el que generalmente el formato de representación es el que corresponde al nivel
adulto, aunque la especificación de los rasgos distintivos no sea completa (lngram, 1999). En casos de
desarrollo fonológico alterado, sería de gran interés poder clarificar el formato de representación que está
siendo utilizado por el niño. Desde una perspectiva distinta, un estudio reciente (Edwards y cols., 1999) señala
una cierta fragilidad tanto en la representación perceptiva de las consonantes como en las estructuras de
control motriz necesarias para producir y coordinar los gestos articulatorios, en niños con trastornos
fonológicos. Esta línea de investigación está todavía en una etapa inicial pero resulta imprescindible para poder
perfilar mejor estas cuestiones en un futuro inmediato.

En última instancia, la identificación de distintos tipos de problemas a partir de los mecanismos de


procesamiento implicados no sólo es útil para mejorar nuestro conocimiento sobre este tipo de patologías del
habla, sino que fundamentalmente debe servir para sugerir líneas específicas de intervención, con énfasis
sobre la modificación de los hábitos motores o bien centrando el trabajo sobre las unidades léxicas para
estabilizar su forma en el nivel de representación.
ALGUNOS EJEMPLOS

C. es un niño de 6 años que presenta una clara dificultad para la realización de los sonidos líquidos vibrantes
(/r/ y /r/ ) característicos del español, su lengua materna. Se trata de sonidos en los que interviene el ápice
lingual, produciendo una vibración en la zona de articulación alveolar. En su lugar realiza una vibración uvular,
con la base de la lengua en vez del ápice. Este tipo de articulación errónea aparece en todos los contextos en
los que hay que producir una vibrante simple o múltiple (/r/ intervocálica, /r/ final de sílaba, /r/ en ataque silábico
complejo [CCV], tras cualquier consonante oclusiva o fricativa y /r/ vibrante múltiple en posición inicial de
palabra o intervocálica). El error aparece tanto en habla espontánea como en una prueba de denominación de
imágenes, y en repetición inmediata tanto de palabras como de seudopalabras. No se observa, pues, ningún
contexto en el que se vea facilitada la producción de este sonido perteneciente a su lengua materna. Desde el
punto de vista perceptivo hay una buena diferenciación entre el error y el sonido correcto, incluso se observa
diferenciación entre la vibrante simple y múltiple en tareas de discriminación. Parece tratarse, pues, de un
problema de realización motora. En otras palabras, ya que las respuestas son idénticas tanto en la repetición
como en el habla espontánea, se puede inferir, de acuerdo con Williams y Chiat (1993), que el problema no
afecta a las representaciones léxicas ni a su acceso, sino que más bien estaría ubicado entre éste y la
correspondiente ejecución motora. Esta tipología es característica de los denominados problemas articulatorios
o fonéticos en los que un sonido, generalmente vibrante o alguna fricativa, no se produce de forma correcta a
pesar de poder ser percibido de forma adecuada y diferenciado de otros sonidos de la propia lengua.

CONSIDERACIONES FINALES

Tras este breve recorrido por los trastornos evolutivos del habla, el lector tal vez haya echado un apartado
sobre aspectos etiológicos. En su momento, ya indicamos que se trataba de una patología “funcional”, es decir,
sin una causa establecida. Es cierto, sin embargo, que existen trabajos de investigación en los que se ha
tratado de hallar algún tipo de correlación entre estos trastornos del desarrollo fonológico y una serie de
variables, de las que las más destacadas serian las relacionadas con factores del entorno lingüístico
(exposición a modelos incorrectos en el medio familiar) o de base perceptiva relativos a la audición (otitis media
recurrente en importantes periodos de la primera infancia). Para la primera de esta variables, estaríamos de
acuerdo con Dodd (1993) en que la evidencia recogida no permite atribuir un papel determinante al entorno
lingüístico sobre la aparición de un trastorno fonológico. Ejemplos de casos que comparten un mismo entorno
familiar y en los que sólo en uno de ellos se aprecia el trastorno impiden poder aceptar este factor como una
causa directa y exclusiva del déficit. Más controvertido resulta el segundo de los factores destacados, el relativo
a la existencia de problemas de base auditiva, con carácter fluctuante, en el periodo de claro desarrollo
fonológico. Sabiendo que las pérdidas auditivas permanentes, incluso leves o moderadas, afectan al desarrollo
del habla y del lenguaje, la presencia irregular de episodios de pérdida auditiva durante la primera infancia no
puede ser considerada de un modo superficial ya que, con mucha probabilidad, puede tener algún tipo de
repercusión, no sólo en la (im)precisión con la que el niño va a percibir el habla, sino en el posible desarrollo de
estrategias compensatorias de adquisición (recurrir a la información de base visual [gestos articulatorios], p. ej.)
que pueden mantenerse incluso después de que los episodios de otitis hayan remitido. Sin embargo, no todos
los niños con problemas recurrentes de otitis media acaban presentando algún tipo de déficit fonológico En
este sentido, estudios prospectivos, como el de Friel-Patti y Finitzo (1990), no han podido llegar a ofrecer un
modelo explicativo-predictivo entre alteraciones otorrinolaringológicas (ORL) en la primera infancia y los
trastornos fonológicos en el había. Se trata, pues, de un factor claramente de riesgo, pero no el único
responsable de un déficit de naturaleza fonológica.

Este capitulo ha pretendido revisar distintos aspectos de los trastornos evolutivos del habla, desde la
terminología al uso hasta la caracterización de aquellos subtipos más frecuentes dentro de este ámbito de la
patología, tratando de incorporar una perspectiva psicolingüística en la que explícitamente se toman en
consideración aspectos del procesamiento del habla, cuyo conocimiento va a ser de gran importancia para
comprender mejor el déficit y establecer las bases de la intervención. Hemos partido de una línea de análisis
basada en la caracterización de los procesos fonológicos de simplificación del habla por ser un enfoque que ha
resultado ampliamente utilizado desde la década de los ochenta y que ha dado sus frutos como herramienta
para la caracterización de este tipo de alteraciones. La existencia de datos longitudinales sobre la incidencia de
estos procesos fonológicos de simplificación del habla a distintas edades ha contribuido a su uso extensivo en
los instrumentos de evaluación fonética-fonológica, mientras que otros enfoques teóricos resultan más
adecuados para el análisis del sistema fonológico de casos individuales, con la finalidad de explicar el patrón
de errores observado, sin plantear una valoración en términos de edad y nivel alcanzado. Dentro de este último
tipo de enfoques hay que destacar la incorporación de la denominada fonología autosegmental (Goldsmith,
1990; Kenstowicz, 1994), surgida de cambios teóricos recientes en el terreno de la fonología infantil. El enfoque
no lineal o autosegmental se utiliza como modelo teórico tanto para el análisis de la adquisición fonológica
(Stoel-Gammon, 1996; Lleó, 1997; Ingram, 1999) como para ser aplicado al análisis de casos (Bernhardt y
Gilbert, 1992). Desde este nuevo marco teórico se mantiene la dicotomía entre la forma superficial de las
palabras (forma fonética) y su representación (forma abstracta), como en los enfoques generativos
tradicionales, pero como rasgo novedoso se considera que toda representación o forma subyacente incluye
información prosódica sobre la estructura silábica además de los rasgos distintivos. La fonología autosegmental
se constituye como un marco eficaz para tratar de explicar las relaciones entre los distintos niveles fonológicos
ya que plantea una organización de tipo jerárquico entre palabras, silabas, segmentos y rasgos. Se ha
producido una reducción del énfasis en reglas y procesos para pasar a considerar la representación fonológica
de las palabras en términos de niveles autónomos jerárquicamente organizados (niveles prosódico, estructural
y segmental). Indudablemente, esta nueva perspectiva permite una mejor explicación de las producciones del
habla infantil y hace comprensibles algunos “errores” que desde otro tipo de modelos se consideraban aislados
o de difícil justificación. Queda por comprobar cómo (este tipo de enfoque fonológico se generaliza para la
evaluación de los trastornos evolutivos del habla y en qué forma va a repercutir sobre los métodos de
intervención.

Por último, no seria justo acabar este capítulo sin mencionar otra línea de análisis en fonología, la teoría de la
optimidad (TO, Optimality theory, en inglés), que representa una perspectiva totalmente distinta dentro de la
fonología generativa (v. BarIow, y Gierut, 1999, para una buena presentación de este enfoque en relación con
la adquisición fonológica). Aunque todavía es pronto para evaluar su aplicabilidad al análisis de los trastornos
evolutivos del habla, su viabilidad para explicar los rasgos característicos del desarrollo fonológico (tiene
capacidad para identificar los patrones de error comunes en la adquisición, permite la variabilidad individual y
preserva la continuidad en la gramática) hace de esta teoría una posible herramienta de estudio del
funcionamiento de estos sistemas desviados que caracterizan la patología que nos ocupa. En los próximos
años habrá una mayor expansión de estos nuevos enfoques y se podrá comprobar su validez en el ámbito de
la clasificación y análisis de los trastornos fonológicos, así como en el de la intervención logopédica.

M. Puyuelo y J. Rondal (2003). Manual de desarrollo y alteraciones del lenguaje. Aspectos evolutivos y
patología del niño y el adulto. Edit. MASSON. Capítulo 4 pág. 189 a 204.