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Democracia fuerte

Benjamin Barber:

Un marco conceptual� politica de la participación*

Un marco conceptual� politica de la participación* La vi da requiere una forma más mutualista y

La vi da requiere una forma más mutualista y orgánica que la que la democracia burguesa le ofrece; pero la sustancia social de Ja vida es más r cay más variada, y tiene mayores pro­ fundidades y tensiones que las contempladas por el sueño marxista de la armonía social. (Reinhold Niebuhr.)

i

] como 1.11. !1.\l.C(:­

sjdad de participación de cada ser humano maduro en Ja fonnación de los valon;s qu� re­ wan I?-vid·ª·�I!. <?9.n:! . fu:!.c:l_eJ(?,s hC?mbres; que esnecesaria desde el punto de vista tanto del bienestar social general como del completo desarrollo de los seres humanos como indivi­ duos. (JohnDewey.)

La nota clave de la democracia como forma de vida puede ser expresada [

democracia como forma de vida puede ser expresada [ La democracia fuerte es una de las

La democracia fuerte es una de las diversas respuestas democráticas a la condición política 1• I&.tipología aguí ofrecida (véase la tabla l)distingue la democracia fuerte tanto de los diversos tipos de democracia débil o repre- 1 sentativa como de la democracia unitaria.con laque a menudo se confunde . Las tres variantes de la democracia representativa son la de autorización, la

jutidica y la plura!ista (

].Las

dos formas de democracia más directas son

11

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la utútaria y la fuerte; la primera de ellas parece tener ciertas características

en común con las formas leves de democracia, a pesar de aparecer como una variante del comunitarismo.

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Universitv ofCalifqm)�.Traducción de José Antonio de Gabriel Pérez.

StrongDemocrac y . ParticipatoryPolitics{9r a NewAge. © 1984�The Regents of the

Estas cinco formas constituyen tipos ideales en dos sentidos importantes. En primer lugar, se diferencian por rasgos abstractos e ideales: ningún regi- .! m.en efectivo se corresponde perfectamente con esos tipos. En segundo lugar, esas formas son presentadas por separado, pero la mayoría de los regímenés ¡ reales son compuestos y combinan rasgos de cada uno de los tipos. Las tres formas leves o ligeras son de hecho parte de una única praxis democrática tí­ pica de la experiencia política de los Estados Unidos (y, en menor grado, de la europea). Usando como guía la tabla 1, podemos describir cada una de las cinco formas democráticas alternativas como sigue.

o

§

§

0

Democracia de autorización

El modelo de democracia de autorización se define por el ejercicio del poder por parte de un ejecutivo centralizado en nombre de la seguridad y el orden, que se encuentran entre sus principales normas de justificación. La democra­ cia de autorización se apoya en una ciudadanía deferente y en la excelencia de una elite gobernante; es también representativa en tanto que es responsable ante el pueblo o las «masas» que la seleccionan. Considerada como respuesta a los dilemas de la condición política, la democracia de autorización puede recibir la siguiente definición formal: la democracia de autorización resuelve el conflicto en ausencia de una base independiente encomendándolo a una elite representativa ejecutiva que aplica la autoridad (poder más conoci­ mientos) en la consecución de los intereses agregados de su circunscripción electoral. La Constitución inglesa ideal de Burke y América bajo la presidencia im­ perial son posibles ejemplos de democracia que funciona predominantemen­ te dentro de este modelo. La actitud del gobierno es activa y centralizada, y la del ciudadano es deferencia! pero unificad? (por la interpretación de las elites de los intereses de los ciudadanos). El sesgo institucional favorece al poder ejecutivo, aunque éste tiende a desempeñar también un prominente pa­ pel legislativo en los sistemas de autorización (en la New Deal o en la Great Society, por ejemplo). Podemos resumir algunas de las críticas vertidas en este libro hacia la de­ mocracia representativa en general adaptándolas a la tipología que estamos ahora manejando. La democracia de autorización sería, así, deficiente, por­ que tiende a la hegemonía, no es suficientemente igualitaria y tiene una vi­ sión débil de la ciudadanía (se limita a la selección de las elites, como ilustra la definición de democracia de Schumpeter) 2. Es también deficiente a cau­ sa de las otras dos grandes dificultades que comparte con las demás formas de democracia débil: su dependencia de la representación y la reintroducción en el dominio de la política, hajo el camuflaje delos «Conocimientos», de una base independiente que se convierte en un sustituto de la política autónoma. La virtud de los políticos viene a reemplazar así la actividad de la política, y

la excelencia (arete) del sistema político ocupa el lugar de una ciudadanía comprometida.

Democracia jurídica

El modelo jurídico de democracia

se define por el arbitraje, la adjudicación

y

por parte de un

Ja protección del derecho (su principal norma justificativa)

poder judicial representativo pero independiente, que gobierna indirectamen­

3.

te.estableciendo límites y restricciones a los órganos explícitos de gobierno

Al igual que el modelo de autorización,

la democracia jurídica reposa sobre

una ciudadanía deferente que considera a los tribunales como una institución

normas básicas (esto es, no políticas) que

capaz de mediar y hacer cumplir las

justifican la sociedad civil y limitan el alcance y los objetivos de toda activi­

dad gubernamental.

Considerada como una respuesta a los dilemas de la condición política, la democracia jurídica puede ser definida del siguiente modo: la democraciafit::.

enco­

que. con la guía de las nor­

las diferencias y hace

La jurisprudencia filosófi­

rídica resuelve el conflicto, en ausencia de una base independiente,

mendándolo a una elite judicial representativa

mas constitucionales v preconstitucionales,

arbitra

cumplir los derechos

y

deberes constitucionales

ca,

del tipo de la

expuesta tan persuasivamente por John Rawls, Ronald

los legalistas de la dinastía

Dworkin y, más recientemente, Bruce Ackerman, ejemplifica la teoría de la

democracia jurídica4. El Tribunal Supremo de los Estados Unidos en sus fa­

ses más activas y, por poner un ejemplo exótico,

l

1
1

Han ejemplifican una potencial praxis jurídica. Aquí, la.actitud del gobierno es centralizada,

modelo de autorización. La ciudadanía es deferente pero, sujetándose al ca­

pero más limitada que en el

rácter atomista de los derechos, está más a menudo fragmentada que

unifi­

ca.da. El sesgo institucional es jurídico, aunque el poder judicial a menudo

llega a usurpar y ejercer las que en otras circunstancias

podrían considerarse

funciones legislativas.

tivo

La democracia jurídica es deficiente porque subvierte el proceso legisla­

y

tiene un efecto corrosivo sobre la actividad ciudadana,

y también por­

y reintroduce bases ín­

gue es dependiente de los principios representativos

d.ependientes en el dominio político -disfrazadas en este caso de dere,cho

natural, ley suprema y constitución.

Democracia pluralista

El modelo pluralista de democracia se define por la resolución del conflicto a

través de la negociación y el int,rcambio en «mercados libres» gobernados

por un «contrato social» que hace vinculan!�las

JlIQ!!}�.

La libertad es, a la

vez, el principio operativo de los mercados y su objetivo principal, convirtién­ dose en la primera norma justificativa de la política del modelo de mercado.

A diferencia de las democracias de autorización y judicial, la democracia plu­

frag­

mentada en individuos, grupos y partidos (políticos y de otro tipo), formula y persigue tenazmente el interés individual dentro de un marco de negociación

ralista

descansa

en una

ciudadanía

comprometida

y

activa

que,

legislativa competitiva.

ondición política, la de­

mocracrnrr:ílrna puede rec1b1r la s1gmente def1111c10n formal: la democracia

Cons

d J.�í1?í;

corno respue sta a los dilemas dda

.

.

pluralista resuelve el conflicto público en ausencia de una base independien­

y grupos libres e

igualesque persiguen sus intereses privados en un escenario de mercadogo­ bernado por el contrato social.

Ejemplos de democracia pluralista son las teorías económica y de grupos de interés de la democracia avanzadas por Anthony Downs y Mancur Olson,

el modelo de la poliarquía de Robert Dahl y el pluralismo de la corriente prin­

cipal de la ciencia política norteamericana 5. La Inglaterra del laissezfaire del siglo XIX (si es que existió) y la América pluralista anterior a laNew Deal son tornadas frecuentemente como ejemplos de este modelo. �n la medida en que elmercado es algo real (pretensión controvertida, corno hemos visto), el mo­ delo de mercado es la más libre de las tres variantes de democracia represen­

aunque

activo, es deferente hacía una ciudadanía que, pese a su fragmentación, es mucho más activa que en los otros dos casos. El sesgo institucional se inclina hacia la legislación, aunque ésta es más un resultado del sistema dominante de negociación e intercambio que un elemento condicionante de éste. La democracia pluralista es deficiente porque descansa sobre las ficcio­ nes del libre mercado y de la presunta libertad e igualdad de los agentes nego­ ciadores; porque no puede generar un pensamiento público o unos fines pú­ blicos de ningún tipo; por su ingenuidad respecto del mundo real del poder y (al igual que los dos primeros modelos) porque utiliza el principio representa­

t¡¡tiva: el gobierno está descentralizado (si bien a menudo federal)

te mediante la negociación yel intercambio entre individuos

y,

tivo y reintroduce en la política una base independiente encubierta-básica­ mente, las ilusiones del libre mercado y de la mano invisible y el utilitarismo simplista (Mandeville, Smith y Bentham) según el cual la búsqueda de los in­ tereses privados conduce milagrosamente al bien público. Estos tres primeros modelos democráticos están claramente relacionados

co,n lo que en el capítulo

minirnalista de la democracia liberal. No es preciso, pues, recapitular aquí sus

defectos de modo desarrollado. Al centrarse en el poder y el orden, el mode­

lo de democracia de autdrización se corresponde en muchos aspectos con el

1 describí como disposiciones realista, anarquista y

realismo; por su énfasis sobre los derechos y su preocupación por los límites del gobierno, el modelo jurídico recuerda los fundamentos del rninimalisrno y del anarquismo; y el pluralismo, en tanto teoría de la negociación y el inter­

cambio que presupone libertad y tolerancia, comparte alguno de los rasgos

del minimalismo. Aun así estas interesantes convergencias

no son decisivas,

y la tipología no pretende construir una correspondencia

tres disposiciones de la democracia liberal

perfecta entre las

y sus modelos democráticos más

genéncos.

Lo gue queda claro, en todo caso, es que los modelos de

autoridad, judi­

énfasis sobre el

c;,ial y pluralista de democracia -con sus correspondientes

orden, el derecho y la libertad- han desempeñado

liberal tal

9omo ha sido practicada en Occidente a lo lar

un papel en la democracia

o de los últimos

dos siglos. Por lo tanto, sus particulares debilidades han contribuido así

a la

debilidad de la democracia liberal.

Antes de que pasemos al examen de las alternativas

de la democracia di­

T

recta al liberalismo, puede sernos útil hacer una pausa y repasar sumaria­

mente las dos debilidades que, según he afirmado, son compartidas por los

tres modelos de democracia liberal: a saber, )a representación

y la reintrQ.:­

ducción en una política supuestamente autónoma de bases independientes

subrepticias.

Según un conocido adagio, bajo un gobierno representativo

el votante

E incluso este acto puede ser

sólo es libre el día en que deposita su papeleta.

de dudosas consecuencias en un sistema en el que los ciudadanos sólo hacen

1�

uso del sufragio para seleccionar a una elite ejecutiva, legislativa o judicial

que a cambio ejerce todos los demás deberes

de relevancia cívica. Ejercer e�

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sufragio equivale tambié�, d esafortunadamente, .ª. renu ? ciar a él. El principio

representativo roba a los mdividuos la responsabilidad

_

creencias y acciones. Y es mucho menos hospitalario

ultima por sus valores,

con valores accidenta­

les tan primarios como la libertad, la igualdad y la justicia social de lo que los

y,

de este

\ partidarios de la democracia débil podrían suponer.

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La representación es incompatible con la libertad porgue delega

y

i:nodo, aliena la voluntad política al precio de la autonomía

el autogobierno

, genuinos. Como advertía Rousseau, «en el momento en que un pueblo per-

d mite ser representado pierde su libertad»

6

,L<l libertad y la ciuda anía son

d

correlativos; cada uno sostiene y da vida al otro.

Los hombres y mujeres que

no se hacen directamente responsables a través de la deliberación, la

decisión

y la acción comunes de las políticas que determinan sus

vidas en común en

realidad no son libres en absoluto, por mucha seguridad, derechos

privados

y

libertad sin intromisiones de que disfruten.

La representación es incompatible con la igualdad

porque, en perspicaces

¡IJ

palabras del escritor católico francés del siglo

XIX Louis Veuillot, «cuando

y desaparece con ella» 7.

voto, mi igualdad cae en la urna junto a mi papeleta,

La igualdad, construida exclusivamente en términos de personalidad abstrac­

ta o de equidad legal y electoral.omite los decisiyos condicionantessocialesy.

económicos

comunidad, la igualdad es una ficción que no solamente divide con tanta faci­

ue conforman su encarnación e

· . En ausencia de la

lidad como une, sino que levanta el espectro de

una sociedad de masas hecha

de indiferenciables consumidores clónicos.

Por último, la representación es incompatible con la justicia social porque cercena la autonomía personal y la autosuficiencia que exige cualquier orden político, porque perjudica a la capacidad de la comunidad para füncionar como un elemento regulador de la justicia y porque impide la evolución de una población participante en la que la idea de justicia pueda echar raíces 8• La libertad, la igualdad y la justicia son, de hecho, valores políticos que dependen. para su coherencia teórica y su eficacia práctica. del autogobierno

y de la ciudadanía. No pueden ser aprehendidos ni practicados salvo en el ám­

bito de la ciudadanía. No son colindantes con la condición política; son as­ pectos de una respuesta satisfactoria a la condición de la política. No pueden

ser definidos externamente e introducidos después en el uso político: más

bien

Este punto está directamente relacionado con el problema de la base in­

dependiente.

En cada una de las tres versiones de democracia débil, la des­

terrada base independiente (en cuyo lugar se supone que opera un modelo de política) se reintroduce de forma encubierta bajo el disfraz de nociones tales como nobleza obliga (la sabiduría de una elite de autoridad) o libre mercado

(la

cado pluralista y de las relaciones contractuales). Pero la definición de la con­

premisa irrefutable del mer­

deben ser

enerados y condicionados por la política.

autonomía absoluta

del

individuo

como

dición política desarrollada antes sugeriría que son precisamente aquellas no­ ciones como «sabiduría», «derechos» y «libertad» las que deben ser dotadas de sentido dentro del ámbito de la política democrática. Estos términos

otros parecidos son esencialmente discutibles:

su significado está sujeto a

controversia a un nivel fundamental y no pueden ser descubiertos mediante

Por ello

s9n el centro de atención del discurso en la política democrática: no definen la política, sino que son definidos por ella. La democracia representativa sufre, de este modo, tanto por su alianza con el principio representativo como por su vulnerabilidad ante la seducción

de un racionalismo ilícito -la ilusión de que la metafisica puede establecer el sentido de unos términos políticos discutibles. Al permitir, e incluso alentar,

la reintroducción de bases independientes en la política, los modelos repre­ sentativos de democracia subvierten el verdadero proceso político que se su­ ponía que debía de superar la ausencia de tales fundamentos. Al subordinar la voluntad y el juicio de los ciudadanos a normas abstractas sobre las que no P.uede existir un consenso real, estos modelos vacían de sentido a la ciudada­ nía.misma y disminuyen en consecuencia la capacidad de un pueblo para go­

Y al permitir que nociones heterónomas de derecho se

incrusten en la política de la autolegislación, minan fatalmente la autonomía

Los ciudadanos

de la que depende cualquier tipo de libertad política real.

quedan sujetos a leyes en cuya realización no han participado verdaderamen­

te· se convierten en

usur an sus funciones

cívicas

uienes, lejos de re­

or

y

razonamiento abstracto ni por apelación a una autoridad externa

9.

bernarse a sí mismo.

asivos electores de re

resentantes,

anizar los intereses

ob etivos de los ciudadanos

·

y debilitan sus energías cívicas.

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�;¡¡¡;¿¡¿_¡;c;j;}l �;1

En la medida en la que estas críticas

sean aplicables, la .democracia débil

En vista de

no es muy democrática, ni siquiera convincentemente política.

todo lo que se dice sobre la política

de las democracias en los regímenes de­

mocráticos occidentales, s dificil encontrar en la actividad diaria de la admi­

nistración burocrática, la legislación judicial, el liderazgo ejecutivo y la ac­

ción política de los partidos algo que aglutine el compromiso

ciudadano en la

creación de comunidades cívicas

h!! pasado a ser aquello que los políticos hacen;

y en la forja de fines públicos. La política

lo que hacen los ciudadanos

(cuando hacen algo) es votar a los políticos.

Dos formas de democracia parecen hacer concebir alguna esperanza de

que estas dificultades puedan ser aliviadas mediante la activación de la ciu­

dadanía y de la comunidad. La primera, a la que llamo democracia unitaria,

está motivada por la necesidad de consenso, pero a la postre termina por

traicionar el impulso democrático -particularmente

cuando se aleja de las

instituciones a pequeña escala en las que se inicia. La segunda, la democracia

democracia débil sin

fuerte, parece remediar algunas de las carencias de la

pagar tributo a los excesos de la democracia unitaria.

libro es que la forma fuerte de democracia es la

El argumento de este

única forma genuina y com­

pletamente democrática. Puede ser también la úuica capaz de preservar y

hacer avanzar la forma política de la libertad humana en un mundo moderno

cada vez más hostil a la democracia liberal tradicional.

[)emocrada unitaria

La forma unitaria de democracia se define por la política de consenso

y a pri­

mera vista parece escapar de la representación (si

no de la política misma) en

que

busca de su norma central: la unidad. Pretende que todas las cuestiones

puedan producir división sean resueltas

unánimemente mediante la voluntad

orgánica de una comunidad homogénea o incluso monolítica -identificada

simbólicamente con frecuencia con una raza, nación, pueblo o voluntad co­

mún. La actitud del gobierno es aquí centralizada

y activa, mientras que la de

la ciudadanía es ambigua, puesto que el ciudadano alcanza su identidadcíyj­

ca fundiendo su ser con la colectividad

es decir, mediante el abandono de sí

mismo

A11n

qn

e esta ren11ncia aseg11ra una cierta ig11aldad(otra

norma carac­

terística de las democracias fuerte

y unitaria), obviamente corrompela autg-

nomía

or tanto

a la ciudadanía misma.

El

sesgo institucional de la democracia unitaria es simbólico; esto es, el

que está encarnada la

un todo mayor a

gobierno aparece asociado a la entidad simbólica en la

voluntad de la comunidad. Al subordinar la participación en

la identificación con este todo,

y la autonomía y la autolegislación a la uni­

dad

y

a la autorrealización del grupo, la democracia unitaria deviene confor­

mista, colectivista y a menudo coercitiva. En comunidades pequeñas, cara a

cara,

es relativamente benigna, y ha servido en la historia razonablemente

bien tanto a la igualdad como a la ciudadanía en lugares en los que éstas no habrían podido desarrollarse w En este tipo de escenarios, la democracia uni­ taria descansa sobre la autoidentificación voluntaria con el grupo, la presión

y una aceptación voluntaria de las nor-

/ ¡��mecanismos que, seguramente, encierran sus propios peligros, pero

que en su mayoría están bien inmunizados contra las virulentas corrientes

modernas del contagioso totalismo

escenarios más amplios, en los que la comunidad se convierte en una

y anómica­

ab.stracción impersonal

mente

ruinosa para

la@mocracia. En su fase final, la Revolución francesa parecía aspirar al ideal

unitario en su forma más detestable. Así, Hippolyte Castille glorificaba el rei­ no del terror con estas sorprendentes palabras: «La comunidad más perfecta

asunto de toda la comunidad. Esto

prueba fundamentalmente que la sociedad más perfecta sería aquella en la

que existiese la menor libertad en el sentido satánico [esto es, individualista]

de la palabra»

ha llevado a muchos liberales a condenar tanto Ja participación y la comuni­ dad como los argumentos en favor de la «libertadpolítica» con los que sus de­ fensores justifican estos ideales.

Para incorporarla en nuestra tipología, podemos darle a la democracia unitaria considerada como respuesta a los dilemas de la condición política la siguiente definición formal: la democracia unitaria resuelve el conflicto en ausencia de una base independiente mediante el consenso comunitario defi­

v sus intereses con una colectivi­

dad simbólica

nido por la identificación de los individuos

1 2• Es esta perversión unitaria de la democracia «directa» la que

qe los iguales, el conformismo social

En

11

.

1

1

y los individuos se relacionan anónima

con masas de extraños, la democracia unitaria puede convertirse en

y

la ciudadanía

y

malévola, puede ser peligrosa para la libertad

sería aquella en la que la tiranía fuese

y

sus intereses.

Como he sugerido, el que la comunidad consensual sea amplia y abs­ tracta (como en el caso del fascismo en su forma nacional pura) o pequeña e inmediata (como en las ciudades homogéneas de Nueva Inglaterra en el

siglo

1 3. Pero,en ninguno de

cia unitaria será perniciosa o meramente irrelevante

o de las comunidades rurales suizas) determinará si la democra­

xvm

ambos casos es consistentemente participativa (puesto que debilita la auto­ legislación) ni genuinamente política (puesto gue desea dejar fuera el con­

flicto). Pues la identificación del individuo con la colectividad -que en la

democracia unitaria permite que el gobierno hable no sólo en nombre del

pueblo, sino sobre todo «como el Pueblo»- mitiga y oscurece la relación

representativa que en realidad existe entre los ciudadanos. y los órganos de

gobierno. Además, la colectividad simbólica que se expresa a través de tér­

miuos

abstractos como 'la nación o la raza aria o la voluntad común -�

cuando ésta no se circunscribe ya a las voluntades (o elecciones) efecti�as

de los ciudadanos individuales actuando concertadamente- normalmente

encubre un conjunto

Resulta ser, en

subrepticio de

normas sustantivas.

otras palabras, un camuflaje para la reintroducción de bases independien-

\

te.s, un caballo de Troya que introduce

filósofos, legisladores

y

otros bus­

 

_

cadores de la certidumbre absoluta en el verdadero santuano rntenor de la .

ciudadela de la democracia. Y de este modo, en el lugar en el que esperába­

mos escuchar las voces de los ciudadanos

activos determinando su destino

común mediante el discurso y la deliberación,

aparecen las voces prohibi­

das de la desmesura, de la verdad supuesta, del «podría ser justo», incapa­

ces de disfrutar de una audiencia por sus propios méritos. Una vez hecho

esto, la oportunidad de la política, democrática o de otro tipo, no podría

surgir nunca.

Así se extingue la promesa de la democracia unitaria:

incapaz de escapar

a la dependencia de la democracia débil de la representación

dependiente encubierta, les suma además todos los graves riesgos del rnonis­

rn.o, el conformismo

de «benévolas» alterna­

los demócratas liberales tiemblen ante la perspectiva

y el consensualiswo coercitivo. No es de extrañar que

y de la base in­

tivas de democracia directa. Considerando

los peligros de la democracia uni­

taria, temen justificadamente que el remedio de la representación sea peor

que la enfermedad.

La cuestión central para el futuro de la democracia

pasa a ser, de este

modo, la siguiente: ¿existe una alternativa a

la democracia liberal que non'­

curra a los subterfugios de la democracia unitaria? A falta de una alternativa

segura, lo prudente es no apartarse

de las formas representativas de democra­

cia

aun con todas sus deficiencias.

Democracia fuerte: la política al modo participativo

El futuro de la democracia pasa por la democracia fuerte -por la revitaliza­

ción de una forma de comunidad

miento público que no es conformista

que no es colectivista, una forma de razona­

y un conjunto de instituciones cívicas

compatible con la sociedad moderna. La democracia fuerte se define por la

¡¡olítica al modo participativo: es, literalmente, el autogobierno de los ciuda­

danos más que el gobiernorepresentativo en nombre de los ciudadanos. Aquí

los ciudadanos activos se gobiernan a sí mismos, no necesariamente

nivel ni en cada instancia, pero sí con la suficiente frecuencia

en cada

en particular,

y,

cuando hay que decidir las políticas

básicas y cuando se despliega un

poder

relevante. El autogobierno se pone en práctica mediante instituciones diseña­

das para facilitar una continua participación

la deliberación. la legislación

bajo común»). La democracia fuerte no

cívica en la fijación de la agenda,

y la ejecución de las políticas (en forma de «tra­

pone una confianza ilimitada en la

con

capacidad de los individuos para gobernarse a sí mismos, pero afirma,

Maquiavelo, que la multitud en su conjunto será tanto o más prudente que el

¡xíncipe, y con Roosevelt, que «la mayoría de la gente corriente cometerá

sí misma de los que cualquier cuerpo

cada día menos errores al gobernarse a

más reducido cometería al intentar gobernarla» 14.

1

1 Considerada como respuesta a los dilemas de la condición política, la de­ mocracia fuerte puede recibir la siguiente definición formal: la democracia jiterte al modo participativo resuelve el conflicto, en ausencia de una base in­ <}ependiente, mediante un proceso participativo de autolegis!ación próxima y continua v la creación de una comunidad política capaz de transformar a in­ dividuos privados dependientes en ciudadanos libres v los intereses parciales Y. privados en bienes públicos. Los términos cruciales en esta formulación fuerte de la democracia son actividad, proceso, autolegislación, creación y transformación. Si la demo­ cracia débil elimina el cqnflicto (la disposición anarquista), lo reprime (la dis­ posición realista) o lo tolera (la disposición rninimalista), la democracia fuerte lo transfórma. Convierte el disenso en una oportunidad para el mutualismo y el interés privado en un instrumento epistemológico del pensamiento público. La política participativa se ocupa de las disputas públicas y de los conflic­ tos de interés sometiéndolos a un proceso sin fin de deliberación, decisión y acción. Cada paso en el proceso constituye una parte flexible de unos proce­ dimientos continuos, arraigados en las condiciones históricas concretas y en las realidades sociales y económicas. En lugar de busci!I_ ba�e indepen diente prepolítica o un plan racional inmutable, la democracia fuerte se apoy en la participación en una comunidad de resolución dinámica de problemas qqe crea fines públicos donde antes no existían por medio de su propia activi dad y de su propia existencia corno punto focal en la búsqueda de soluciones mutualistas. En tales comunidades los fines públicos no se extrapolan desde absolutos ni se «descubren>> en un «Consenso oculto» preexistente. Son lite­ ralmente forjados mediante el acto de participación pública, creados median­ te la deliberación común, la acción común y el efecto de esta acción y esta de­ liberación, que cambian de forma y dirección cuando se someten a estos procesos deliberativos. La democracia fuerte parece entonces potencialmente capaz de trascen­ der las limitaciones de la representación y de la introducción de subrepticias bases independientes sin renunciar a valores definidores de la democracia corno la libertad, Ja igualdad y la justicia social. De hecho, estos valores ad­ quieren un sentido más rico y más pleno del que pueden tener en los arreglos instrumentalistas de la democracia liberal, pues la solución de la democracia fuerte a la condición política emana de una dialéctica autosostenida de activi­ dad cívico-participativay de continua creación comunitaria en la que la liber­ tad y la igualdad son alimentadas y dotadas de entidad política. La comuni­ dad se desarrolla a partir de la participación y, al mismo tiempo, la hace posible; la actividad cívica educa a los individuos sobre cómo pensar pública­ mente corno ciudadanos é incluso sobre cómo la ciudadanía informa la activi­ dad cívica con el sentido requerido de publicidad y de justicia. La política de­ viene su propia universidad la ciudadanía su propio campo de entrenamiento y la participación su propio tutor. La libertad es lo gue resulta de este proceso, ,no lo que se introduce en él. Los modelos liberal y representativo de la derno-

\

cracia hacen de la política una actividad

de especialistas y expertos cuya úni­

ca cualificación distintiva resulta ser, sin embargo, el simple hecho de que se

dedican a la política --de que ellos se encuentran

con otros en un escenario

que precisa acción y en el que deben encontrar una

vía para actuar concerta­

damente. La.democracia fuerte es la política de los aficionados, en la que

con otras sin la intermediación de

cada persona es compelida a encontrarse

expertos.

Este carácter universal de la participación -cada

ciudadano es su propio

que sólo deviene real

político- es esencial, porque «el otro» es un constructo

para un individuo cuando se lo encuentra directamente en la

arena política.

un aliado,

Podrá enfrentarse a él como a un obstáculo o aproximársele como a

pero constituye una realidad ineludible en el camino hacia la decisión común

la acción común. El l)fJsotros sigue siendo también una abstracción cuando

y

los)ndividuos son representados por políticos o por conjuntos simbólicos. El

término sólo adquiere un sentido de concrección

los individuos se redefinen como ciudadanos

y se reúnen directamente para

y de simple realidad cuando_

�esolver un conflicto, alcanzar un objetivo o ejecutar una decisión. La demo­

cracia fuerte crea a los ciudadanos de los que depende porque depende de

ni la de nosotros, porque ordena

ellos, porque no permite mi representación

una confrontación permanente entre el yo como ciudadano y el otro como

ciudadano, obligándonos a pensar en común y a actuar en común. El ciuda­

dano es, por definición, un nosotros pensante, y pensar en términos de noso­

tros equivale a transformar la forma en que son percibidos los intereses y son

definidos los bienes.

Esta progresión muestra hasta qué punto son estrechos los lazos que ligan

la participación con la comunidad. La ciudadanía no es una máscara que se

pone o se quita a voluntad. Carece de la autoconsciente mutabilidad

de un

«rol» social moderno, como el construido por Goffinan.

En la política de la

democracia fuerte la participación es un medio de definir el yo, del mismo

modo que la ciudadanía es un modo de vida. La antigua noción liberal, com­

partida incluso por demócratas radicales como Tom Paine, consistía en que la

sociedad «está compuesta de individuos separados e

inconexos que continua­

mente se están encontrando, cruzando, uniendo, oponiendo y separando se­

gún la dirección marcada por el accidente,

el interés o las circunstancias» 15•

y la acti­

Tal concepción repite el error hobbesiano de ubicar la participación

vidad cívica fuera de la comunidad. Pero la participación

participación en el desarraigo, la participación de víctimas, siervos, clientes o

sin comunidad, la

sujetos, la participación que carece de una idea evolutiva del «público» e ig­

nora el estímulo de la propia responsabilidad, la participación

tiempo parcial, sin mucho corazón ni mucho

fragmentaria, a

ímpetu, todas estas clases de

participación son al cabo fingidas, y su fracaso no prueba nada.

De hecho, se ha convertido en costumbre de los más sagaces defensores

de la democracia representativa reprender a los partidarios de la participación

y a los comunitaristas con el argumento de que Ja participación ampliada en

l

la política no produce grandes resultados. Según los críticos liberales, una vez en el poder, las masas no hacen mucho más que apoyar intereses privados, perseguir ambiciones egoístas y negociar en beneficio personal. Esta partici­ pación es la obra de bestias prudentes y a menudo resulta menos eficaz que la administración de los representantes, que tienen mejor sentido de los apetitos del público que el público mismo. Pero esta visión de la verdad simplemente le concede al pueblo todas las insignias y ninguno de los instrumentos de la ciudadanía y le condena así a la incompetencia 16. Los científicos sociales y las elites políticas se han complacido demasiado a menudo en esta forma de hipocresía. Arrojan referenda al pueblo sin proporcionarle la información adecuada, un debate pleno o un prudente aislamiento de las presiones del di­ nero y los medios, y se burlan después de su falta de juicio. Agobian al pueblo con los problemas menos accesibles de la sociedad de masas -finanzas, in­ flación, estructuras fiscales, seguridad nuclear, legislación sobre el derecho al empleo, desechos industriales, protección del medio ambiente (ámbitos to­ dos en cuyo tratamiento han fracasado amargamente las elites representati­ vas)- y después le critican la incertidumbre, la indecisión o simplemente el descerebramiento con el que, confusamente, adopta una decisión. Pero ¿qué general pondría fusiles en manos de los civiles, les empujaría a la batalla y después les llamaría cobardes cuando el enemigo les hubiese aplastado? La democracia fuerte no es el gobierno del «pueblo» ni el gobierno de las masas, porque un pueblo no es aún una ciudadanía y las masas sólo son hom­ bres nominalmente libres que de hecho no se gobiernan a sí mismos. Tampo­ co la participación debe ser entendida como una actividad realizada al azar por reses huidas en la misma estampida ni como el movimiento unicorde de · un grupo de peces idénticos en un arrecife coralino. Al igual que ocurre con tantos términos fundamentales de la política, la idea de participación tiene una dimensión intrínsecamente normativa, una dimensión circunscrita por la ciud¡¡danía. Las masas hacen ruido, los ciudadanos deliberan; las masas se comportan, los ciudadanos actúan; las masas colisionan y se cruzan, los ciu­ dadanos se comprometen, comparten y contribuyen. Cuando las «masas» co­ mienzan a deliberar, actuar, compartir y contribuir, dejan de ser masas y se convierten en ciudadanos. Sólo entonces «participan». O, para abordarlo desde otra perspectiva, ser ciudadano-equivale a partici­ par de forma consciente, gue presume la concienciación y el compromiso en la actividad con los demás. Y este carácter consciente altera las actitudes y le presta a la participación aquel sentido del nosotrosgue había asociado antes a la comunidad. Patticipar es crear una comunidad que se gobierna a sí misma, y cr<tar una comunidad que se autogobierna es participar. En realidad, desde la perspectiva de la democtacia fuerte, los términos participación y comunidad son aspectos de un único modo del ser social: la ciudadanía. La comunidad sin participación genera, en primer lugar, consenso irreflexivo y uniformidad, después alimenta la conformidad coercitiva, para engendrar finalmente un co­ lectivismo unitario de un tipo tal que ahoga a la ciudadanía de la que depende

/

la actividad política. La participación sin comunidad origina una empresa des­

cerebrada y una lucha de intereses competitiva y

desorientada. La,comunidad

sin participación se limita a racionalizar el colectivismo, dándole un aura de

legitimidad. La participación sin comunidad simplemente racionaliza el indi­

vidualismo, dándole el aura de la democracia. Esto no significa que la dialéctica entre la participación

y la comunidad

sea fácilmente institucionalizable. La actividad cívica individual (participa­

c10n

la asociación

ública formada mediante Ja actividad cívica

la comu-.

nidad) recuerdan dos mundos sorprendentemente

distintos.

El primero es el

mundo de Ja autonomía, el individualismo y la acción; el segundo es el mun­

do de Ja sociabilidad, la comunidad y la interacción. Las visiones del mundo

y las insti­

tuciones que pueden facilitar la búsqueda de los fines comunes sin sabotear la

del individualismo

y del comunalismo siguen estando enfrentadas;

individualidad de quienes los buscan y que pueden reconocer el pluralismo

y

el conflicto como puntos de partida del proceso político sin abdicar de la bús­

queda de un mundo de fines comunes pueden

ser mucho más difíciles de

encontrar que un hermoso párrafo sobre la interrelación dialéctica

entre la

participación individual y la comunidad. Pero es justamente este equilibrio

dialéctico lo que aspira a alcanzar la democracia fuerte.

Notas

1 lJna tipología completa debería incluir tanto

los regímenes

democráticos

como los no

1
1

democráticos. Sin embargo, la respuesta no democrática al conflicto en ausencia de bases

independientes

es incoherente con las condiciones de la política

discutidas en el capítulo

anterior:

�os

regímenes

no

democráticos «resolverían»

el problema político mediante

fuera de las catego­

la

eliminación de la política.

rías que aquí nos interesan.

Esto sitúa a los regímenes no democráticos

2 La definición de democracia de Josepl¡J;_g_h�lli2"ter

ilustra aquellas debilidades:

<@

1nétodo democrático es aquel arreglo institucional

que

para llegar a decisiones políticas en el

competitiva por

Unwin,

individuos

adquieren

el poder de

decidir por medio

de

una lucha

el voto del pueblo».Capitalism,

1943, p. 269.

Socialism and Democracy, Londres,

Allen and

3 Franz Neumann fue el primero en utilizar la expresión «libertad jurídica» para des­

cribir un orden político en el que la ley se emplea para proteger la libertad abstracta de los

Press,

Cambridge, Mass., Harvard University

19781 y Bruce Ackerman, SocialJustice inLiberal State, New }laven, Yale Univer­

Press,

sity Press, 1980.

en John Hart Ely, Democracy and Distrust, Cambridge, Mass., Harvard University Press,

Nueva York, Basic Books, 1980; así como en

la recensión de Walzer sobre Ackerman en The New Republic, 25 de octubre de

The Go­

vernn1ental Process, Nueva York, Knopf, 1957. En su encarnación más reciente, la teoría

ha sido asimilada por la modelización económica y la teoría de la decisión racional. Véase,

por ejemplo, Anthony Downs, An Economic Theory of Democracy,

Nueva York, Harper

Bros.,

vard University Press, 1965;

2.' ed., New Haven, Yale University Press, 1963.

Dos recientes defensas del pluralismo tradicional se encuentran en William H. Riker,

incluye igualmente un

y Robert A. Dahl, Dilemmas of Pluralist

Democracy: Autoriomy versusControl, New Haven, Yale University Press, 1983. Dahl, sin

embargo,

ha comenzado a cuestionar la capacidad del pluralismo (que él califica de po­

liarquía) para ocuparse de cuestiones co1110 la justicia social y económica; de ahí el «dile­

enérgico ataque a la democracia participativa;

Liberalism against Populism,

TheLogic ofCol/ective Action, Cambridge, Mass., Har­

Arrow, SocialChoice and Individual Values,

4

John Rawls,

A Theory

of Justice, Cambridge, Mass.,

de

Harvard University

1971; Ronald Dworkin,

.Taking Rights Seriously,

Pueden encontrarse útiles antídotos

esta perspectiva jurisprudencial

1980.

1980, y Michael Walzer, Radical P rincipie,

5 El locus classicus moderno para el modelo pluralista es David B. Truman,

1957; Mancur Olson, Jr.,

y Kenneth J.

San Francisco, Freeman, 1982, que

ma»,

que no aparecía en su anterior A preface to Deniocratic

Theo1y,

Chicago, Univ. of

Chicago Press,

1956.

 

6

Jean-Jacques

Rousseau, Del contrato social, libro 3, cap.

15.

Un

filósofo posterior,

escribiendo en la misma línea, insiste en «la imposibilidad lógica del sistema representati­

vo». Puesto que «la voluntad del pueblo no es transferible, ni siquiera la voluntad del sim­

ple individuo, la primera aparición del

(Robert Michels, Politica/ Parties: A Sociologica/ Study of the Oligarchical Tendencies of

Modern Democracy, Glencoe, Free Press,

precursor de Mi­

delegación, que se gobierna, sino

.]. Invirtiendo a Saturno, el principio de soberanía termina por ser de­

vorado por su hija, el principio de delegación» (La Solution, ou le gouvernement direct du

que es gobernado(

«al

chels,

liderazgo profesional marca el principio del

1915, reimpreso,

1945, pp. 33-34).

p. 39.

Victor Considerant,

gobierno representativo, la

de ella.

Este pueblo ya no

fin»

7

Citado por

Michels, Political Parties,

escribió sobre el principio central del

delegar su soberanía, un pueblo abdica

peuple, París, Librairie Phalansterie, 1850, pp.

13-15).

escolares

en autobús a colegios fuera de su zona para

«conformes a derCcho» según cualquier estándar legal, sólo c onsiguen sin embargo reme­

Aun siendo

8

Un ejemplo son los programas impuestos por los tribunales de traslado

favorecer la integración social.

'

de

diar los efectos del prejuicio público a través de la destrución de la responsabilidad y la ac­

individuos

de

su vulneración por parte

del gobierno. Véase «The

Concept

of Political

tividad pública en un ámbito (la escolarización) que está asociado tradicionalmente a una

Freedo1n»,

en

The Democratic and Authoritarian State,

Glencoe,

The Free Press, 1957,

enérgica actividad cívica vecinal. Aquí, el principio de derecho colisiona con el de partici­

pp. 162-63 y passim.

Más recientemente, 'fheodore J. Lowi ha propuesto «democracia jurídica» coii\o alter­

a la que califica

las instituciones», «es la única defensa de la que

disponen los que carecen de poder frente a los poderosos» (The Enil ofLiberalism, 2.' ed.

como «el imperio de la ley operando en

nativa al «liberalisn10 de

los grupos de interés».

Considera que aquélla,

Nueva York, Norton, 1979, p. 298).

Mi definición se inspira en el

legalismo de estas utilizaciones anteriores pero

no pre­

tende ser un reflejo de las mismas.

pación, y el daño causado a éste pone en peligro, a la larga, la posibilidad de sostener aquél

por medios democráticos.

idea de «Controven�ibilidad esencial», desarrollada por vez primera en sede filo­

sófica por W.

B. Gallie, ha sido introducida en un iluminador contexto político por Wi­

lliam Connolly en The Terms of Political Discourse, Lexington, Heath,

9

La

1974.

10 Peter Laslett dota a la sociedad cara a cara de una sociología y una historia en

The World We HoveLost,

1988].

su

Londres, Methuen, 1965 [ed. cast.: El mundo

obra fundamental

que hemos perdido, Madrid, Alianza Editorial,

1 1 He tratado de ofrecer un balance de las virtudes y los peligros de

11 He tratado de ofrecer un balance de las virtudes y los peligros de la democracia cara

a cara en los Alpes gennano-suizos en mi The Death of Communal liberty, Princeton, Princeton University Press, 1974. Los lectores pueden acudir a este libro para encontrar una discusión más amplia.

12 Hippolyte Castille, Histo'y

ofthe Second Republic, citado por Edouard Bernstein,

Evo/utionary Sociafüm, Sidney Hook (ed.), Nueva York, Schoclcen Books, 1961.

13 Incluso en ámbitos tan benignos como una asamblea local en Vermont o una coope­

rativa urbana de crisis, la democracia directa puede resultar problemática. Véase, por ejemplo, el perspicaz estudio sociológico de Jane J. Mansbridge, Beyonrj, Adversary De-

mocracy, Nueva York, Basic Books; 1980.

14 «El pueblo es más prudente y más constante que los príncipes», escribe Maquiavelo

en sus Discur$os sobre laprimera década de Tito Livio, l l, cap. 58. Rooseveltaparece

citado en R. A Allen,«The National lnitiative Proposal: A Pre11minary Analysis», Ne­ braska LawReview 58, 4, 1979,p. 1011.

.

15 Tom Paine, «Dissertation on First Principies of Government», en Writtings, N. D.

Conway (ed.), Nueva York, G.P. Putnam's Sons, l984-1986, vol. 3,p. 268. Irónicamente, tanto izquierdistas como conservadores han criticado la democracia populista. Véase, por ejemplo, Peter Bachrach, «Testimony before the Subcom:rnittee on the Constitution», Committee on the Judiciaiy, sobre S. J. Res. 67, 95.°Congreso, 1.ª se­ sión, 13-14 de diciembre 1977. Robert Michels anticipó este antipopulismo de la izquierda

cuando esc1ibió: «En aquello que concierne a la vida del partido, los socialistas rechazan

] las aplicacionesprácticasde la democracia, empleando contra ellas

argumentos conservadores como los que estamos acostumbrados a escuchar soiamente a Jos que se oponen al socialismo. En algunos artículos escritos por dirigentes socialistas nos encontnunos irónicamente la pregunta de si sería bueno entregar el liderazgo del parti­ do a las masas ignorantes simplemente por amor a un abstracto principio democrático» (Michels,Política!Panies, p. 336). Los marxistashan cultivado el concepto de «falsa con­ ciencia», por el que en términos generales entienden la falta de voluntad del pueblo para actuar como las leyes científicas de la historia le dictarían. El pueblo, en consecuencia, merece confianza en abstracto pero es desautorizado en concreto en .favor de elites y van­ guardias con una mejor comprensión de lo que e,'tige la historia.

en su mayor

·.

11

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