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V I S O R revista literaria Nº 16 - Sep. / Dic.

2019

Reseñas: Antonio Guerrero / Ayo. Martyn Ensayos: La


e s c r i t u r a , u n p o d e r v u l n e r a b l e / L i t e r a t u r a catalana
escrita en español / Vida y muerte de Yukio Mishima Creación:
Helena Mariño / Alberto Martínez / Darío Cisneros /
Gianfranco Martana / Daniel Centeno / Juan Fernando Aguilar
© Revista Literaria Visor
ISSN 2386-5695
Revista Literaria de difusión cuatrimestral Contenido
Dirección:
Noel Pérez Brey
www.perezbrey.com
perezbrey@gmail.com Editorial............................................................. 3
Consejo Editorial: Reseñas.............................................................. 4
Vega Pérez Carmena
Noel Pérez Brey Una guerra en el limbo. Antonio Guerrero Ruiz...5
Soy un Hikikomori. Ayo. Martyn............................6
Imágenes:
Portada: Estera Lazowska
www.flickr.com/photos/feru-leru/ Ensayos.............................................................. 7
Contraportada: The rangle tree / Fuente: Flickr La escritura, un poder vulnerable, por Laura G.

Contenido: Skamerameha / Fuente: Flickr; Reseñas:
95wombat / Fuente: Flickr; Ensayos: Professor Falken Vales..........................................................................8
/ Fuente: Flickr; Creación: Konstantin Nadejin / Fuente: Lo que sé de Francisco Casavella. Brindis ensa-
Flickr.
yístico de la literatura catalana y contemporánea
Diseño: escrita en español. La sombra del Watusi es alar-
Noel Pérez Brey gada, radiante, por Ricardo Rodríguez Boceta....14
El traje nuevo del emperador. Vida y muerte de Yu-
Esta revista se edita desde Illescas (Toledo - España) a través
de la siguiente dirección: kio Mishima, por Juan Argelina y Eduardo Nabal..
www.visorliteraria.com .................................................................................19

Puede ponerse en contacto con nosotros en la siguiente direc- Creación........................................................... 26


ción de correo electrónico:
visorliteraria@gmail.com Gravity, Iowa, por Helena Mariño........................27
La gota que colma el vaso, por Alberto Martínez..
.................................................................................35
@ visorliteraria @ visorliteraria
Braille, por Darío Cisneros....................................37
La trampa, por Gianfranco Martana...................40
Adiós, amor mío, por Daniel Centeno..................43
Todos los textos e imágenes publicados en este número son
propiedad de sus respectivos autores. Queda, por tanto, prohi- El aroma de Borges, por Juan Fernando Aguilar
bida la reproducción total o parcial de los contenidos de esta Cárdenas..................................................................52
publicación en cualquier medio sin el consentimiento expreso
de los mismos. Por otro lado, esta publicación no se respon- Colaboraciones................................................. 61
sabiliza de las opiniones o comentarios expresados por los
autores en sus obras.
EDITORIAL

No hay quinto malo

Como cada septiembre, estamos de aniversario: cinco ya y dieciséis números


a la espalda. No está mal para una revista especializada en relato corto. Pero la
verdad es que ha sido un año de altibajos, para qué negarlo. Es cierto que continua-
mos sumando seguidores en redes sociales y que recibimos tal cantidad de material
que no solo resulta innecesario abrir nuevas convocatorias a colaboradores, sino
que apenas damos abasto para estar al día con las lecturas. Seguimos contando,
además, con lectores repartidos por casi todos los continentes (sobre todo, claro,
del mundo hispánico) y, si bien la mayor parte de los autores proceden como hasta
ahora de España, Argentina o México, cada vez intervienen más escritores chile-
nos, peruanos, cubanos, puertorriqueños… Muchas gracias a todos por colaborar.
Por otro lado, la publicidad ha descendido hasta ser prácticamente inexistente
en este número. La idea inicial de incluir anuncios era costear pequeñas tiradas
en papel que abaratasen el precio ofertado por el proveedor de impresión bajo de-

Reseñas
manda que utilizábamos para nuestra edición física. Objetivo incumplido. De este
modo, dado el elevado coste que supone tanto para nosotros como para el lector,
decidimos prescindir de dicho servicio de impresión bajo demanda, en esta plata-
forma en principio, por lo que la revista, a día de hoy, solo se distribuye gratis y
en línea.
A este aspecto negativo, sumamos una promesa pendiente: no hemos publicado
todavía el número especial dedicado a escritores mexicanos en agradecimiento a
la amplia acogida de la revista en el país. Lo sentimos, y acepto el tirón de orejas.
En cualquier caso, seguimos adelante, el objetivo con que iniciamos este lustro
sigue intacto: fomentar el relato corto en español. Y, en eso al menos, creo que
hemos cumplido. Así que no queda más que insistir en nuestro agradecimiento a
todos por vuestro apoyo y colaboración. Disfrutad del nuevo número.

Noel Pérez Brey

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RESEÑAS RESEÑAS

Una guerra en el limbo periodística era


imprescindible
el problema, que le obliga a encerrarse
en su habitación durante cuatro años.
Martyn.
Si tuviéramos que categorizar este
Antonio Guerrero Ruiz para estable- La novela está repleta de realidad, libro, lo podríamos poner fácilmente
cer un largo sentimientos y reflexiones. La cercanía en novela psicológica, ya que habla de
Una guerra en el limbo es un libro y el lenguaje que usa el protagonista en temas tan profundos como son la de-
diálogo entre
donde el protagonista es un periodista su narración presión y el suicidio. Ayo. Martyn deja
los personajes.
con un vínculo con la figura de John hacen que el bastante claro en esta historia que son
No obstante se
Lennon y donde Almería también tie- lector entienda temas tabúes en una imperfecta utopía.
trata de una
ne su protagonismo. En este trabajo se obra de ficción, perfectamente Así que no estamos hablando de una no-
plasma una revolución, una que debía una novela que su problema. vela ficticia, ya que roza perfectamente
haber ocurrido tras la crisis económica dibuja una dis- Circunstancias la realidad de nuestro mundo y, sobre
pero que nunca sucedió. Por otro lado topía sobre el que no quedan todo, la de nuestros jóvenes. Y, aunque
también se plantea una pregunta: si hu- Una guerra en el limbo muy lejos de haya leído que este libro está destinado
presente, una
biera ocurrido, si por alguna razón hu- Antonio Guerrero Ruiz las nuestras. a un público juvenil, no es así. Es una
donde tienen Parnass Ediciones
biera llegado a darse, ¿hubiera tenido mucha impor- «Quizá nuestra lectura de 150 páginas también para
Barcelona, 2019 realidad no sea un público adulto. Pero sea cual sea tu
éxito o fracaso? En el libro se cuestio- tancia los con-
na y reflexiona mucho sobre la socie- dicionamientos, las posverdades y los tan diferen- edad, lo que sin duda sé, es que el li-
dad de la información y sobre cualquier fake news. Y el final es inesperado. Se Soy un Hikikomori te a la de él», bro te hará reflexionar sobre la vida, la
atisbo revolucionario que hubiera acon- descubren tramas e intenciones de per- Ayo. Martyn comenta en la muerte y tu situación personal.
tecido en ese escenario. De ahí la idea Editorial Círculo Rojo contraportada
sonajes secundarios; sobre todo surgen
de que fuera un periodista uno de los Almería, 2019 su autor, Ayo. © Elena Rodríguez Hernández
las respuestas a las preguntas que se
personajes principales y otro un rebelde van encadenando poco a poco durante
retirado con un vínculo con John Len- el transcurso de la entrevista. Al final
non, una figura muy apropiada para del libro se resuelven tajantemente es-
una revolución como la descrita en el tas preguntas: ¿por qué no se produjo
libro. Por otro lado, el periodismo tiene una revolución en occidente tras la cri-
una gran presencia en la novela. Debía sis económica?; y, si se produjera, ¿por
ser ese formato, y no otro, el vehículo qué fracasaría?
por el que se desarrollaran los hechos.
Y en concreto el modelo de entrevista © Antonio Guerrero Ruiz

Soy un Hikikomori David Houlding. Un joven que desarro-

Ayo. Martyn lla un síndrome psicológico real llama-


do Hikikomori.
«Todos somos sabios cuando el pro- Houlding nos cuenta desde el inicio los
blema no es nuestro». Así empieza esta acontecimientos que le van sucediendo
novela contada en primera persona por y, cómo por culpa de estos, desarrolla

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ENSAYOS

Fuente: Cultura Colectiva

Ensayos
La escritura, un poder despegarme de este extraño aspecto in-
fantil.
vulnerable
Pero el éxito es fugaz. Nadie me ha
por Laura G. Vales
permitido mayor lujo que mi propia
predisposición a escuchar y a hablar,
Los Ángeles, 1982 a observar, a familiarizarme con las
situaciones que trataba de investigar.
Rodolfo, querido: Para después enfrentarme a los difíci-
les cauces del papel en blanco. No tenía
Tengo la altura más o menos de una otro objetivo más que inmortalizar mi
escopeta y soy igual de estrepitoso. Soy Obra Maestra, A Sangre Fría, sellada
alcohólico, soy drogadicto, soy homo- para la posteridad. He mezclado lo os-
sexual. Soy un genio. He pasado una curo y lo poético, he sabido por fin con-
vida entregada al triunfo más vulgar, ciliar la angustia con la descripción.
he sido objeto de diversión para la gente En mi primer poema del colegio dejé
de apellido ilustre. ¡Oh, querido! Bau- escrito: «Cómo el poderoso cóndor, he
tizado Pearsons y convertido en Capo- aguardado y acechado a mi presa. Mi
te, en el gran Capote. De niño parecía víctima es la inmortalidad. Ser alguien
un viejo y desde entonces no he podido y ser recordado». Esto es cuanto yo qui-

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ENSAYOS ENSAYOS

se en la vida. Cuando Dios le entrega a Capote, amigo: Te saluda tu amigo, propia: «La felicidad no estaba perdida
uno un don, también le da un látigo, y Rodolfo Walsh para siempre: solo había que tomarla
el látigo es únicamente para auto flage- No sé qué es lo que consiguió atraer- con cautela, sin quejarse cuando se es-
larse. Mi tortura ha sido escribir, seguir me de esa historia difusa, lejana, eriza- ~~~ fumaba de golpe. Empezaba a probar el
escribiendo, escribiendo mejor para as- da de improbabilidades. No sé por qué sabor de mi época, y eso era una suer-
cender al reino de los Cielos tras haber pedí hablar con ese hombre, Juan Car- Aunque el envío de las cartas es de te» (El 37, 1960, p. 4). Por eso, explota
dejado en la tierra una Obra Maestra. los Livraga. Pero después supe. Después manifiesta ficción –basta con repa- al máximo su condición vulnerable y
Como si de un relato se tratara, pla- de mirar esa cara, el agujero en la me- rar en los años–, ciertas partes de su acepta que la literatura es, entre otras
nifiqué un baile de máscaras en blanco jilla, el agujero más grande en la gar- contenido es verosímil. En la epístola, cosas, «un avance laborioso a través de
y negro e invité a los personajes más ganta, la boca quebrada y los ojos opa- Capote se desnuda. Su mayor miedo es la propia estupidez».
importantes de la jet-set internacional. cos donde se ha quedado flotando una la soledad, fruto del abandono que su- Hay una cierta similitud entre la
Me notificaron que incluso hubo inten- sombra de muerte. Me sentí entonces y frió cuando era niño. Necesitaba que los «obra maestra» de Capote, A Sangre
tos de suicidio por parte de algunos que me sigo sintiendo insultado. Esa era la otros escritores, encabezados por el fu- Fría y la «obra justiciera» de Walsh,
no fueron invitados... Pero decidí publi- cara de mi primer y malherido entre- ribundo y viril Norman Mailer acepta- Operación Masacre. La revelación de la
car sus controversias, sus pecados, sus vistado. Y ese fue el principio. Mi obra ran que él, delicado y ególatra, era su- podredumbre a la que acaso puede lle-
infamias en nombre de la literatura. es acaso un acto de justicia. Es el fru- perior a todos los demás. El poder de su gar el acto humano: asesinatos en am-
Y ellos, sin mayor remordimiento, me to de las cosas que hago para ganarme vulnerabilidad residía en escribir sobre bos casos premeditados; a sangre fría.
dieron la espalda. Es cierto. No puedo la vida y que llamo periodismo, aunque las vivencias o «chismes» de vidas aje- A través de la mirada de Capote uno
negarlo. Mi personalidad está marcada no es periodismo. La violencia me ha nas para compensar las zonas vacías de puede identificarse con las anomalías
por una cierta malicia compulsiva pero salpicado las paredes, en las ventanas su propia vida. de los homicidas, producto de la des-
mi alma literaria se muestra sensible a hay agujeros de balas pero es solamen- En cambio, Walsh se sitúa entre la integración de sus vivencias, lo cual
los humildes y sarcástica hacia los que te el azar lo que me ha puesto eso ante militancia y la literatura. Confiesa en produce un sentimiento de conmisera-
lo tienen todo. los ojos. Pudo ocurrir a cien kilómetros, su última carta a la Junta Militar, esta ción hacia ellos. Operación Masacre es
A Sangre Fría supuso un antes y pudo ocurrir cuando yo no estaba. Pero vez real, que «la censura de prensa, la el relato ardiente, menos precocinado
un después en mí. No hay día en que lo cierto es que en una noche del verano persecución a intelectuales, el allana- que el anterior, que nos desvela un úni-
el ahorcamiento de Perry no proyecte del 56, frente a un vaso de cerveza, un miento de mi casa, el asesinato de ami- co enemigo: los asesinos del poder po-
una sombra sobre mí. Por él sentí algo hombre me dice: «Hay un fusilado que gos queridos y la pérdida de una hija que licial y una única víctima: los conde-
más que atracción. Sentí que habíamos vive». ¿Cómo intentar no oír, como ha- murió combatiéndolos, son algunos de nados al fusilamiento. Esta separación,
vivido en la misma casa, de la que él se cer para no ver? Por eso comencé Ope- los hechos que me obligan a esta for- entre víctima y enemigo, se desdibujan
había ido por la puerta de atrás y yo en ración Masacre. Escribí este libro para ma de expresión clandestina». Y aquel en Capote: ¿acaso la codiciada y perfec-
cambio, por la principal. Pero necesita- que actuara, no para que se incorporase viernes, aquel marzo, aquel fatídico año ta familia Clutter es mejor que la im-
ba su confianza, su verdad, su prime- al vasto número de las ensoñaciones de 1977, el justiciero Walsh estaba conde- perfecta y triste vida de Dick y Perry?
ra persona, su relato atroz del crimen. ideólogos. Al final, te das cuenta de que nado a desaparecer para siempre, ase- Explora Capote los confines de nuestra
Para poder publicar mi libro, una parte tenés un arma: la máquina de escribir. sinado por alzar la voz ante situacio- especie y nos dice por lo bajo que nadie
de mí deseaba verlo muerto. Y así fue. Al igual que tú. Según cómo la manejás nes injustas que clamaban ser contadas. puede escapar a la reprobación de los
es un abanico o es una pistola, la podés Walsh era un diarista implacable, un mismos.
Tu amigo, utilizar para producir resultados tan- audaz traductor y maestro del género Ahora, pongamos por caso que usted
Truman Capote gibles, y no me refiero a los resultados policial, pero las posiciones encontradas se adueña de una máquina del tiempo
espectaculares. Solo con una máquina marcaron su vida: un niño sin casa y cuya programación ficcionaria resolvie-
de escribir y un papel podés mover a la un padre ausente. Será Walsh un escri- ra las intrigas metafísicas: ¿en qué épo-
La Plata, verano de 1975. gente en grado incalculable. No tengo la tor dedicado a la complejidad de las vi- ca se vive mejor? No hay en esto una
menor duda. das ajenas a partir de la dificultad de la voz unísona pero es indudable que la

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ENSAYOS ENSAYOS

Fervor por la competencia sino mucho más: como género litera-


La reputación del novelista quedaba rio».
condenada al fracaso si por algún ex- En cambio, cuando Tom Wolfe, en el
traño motivo tuviese la osadía de prac- otoño de 1962, comienza a leer un artí-
culo en Esquire, no pudo sino sorpren-
ticar reporterismo. Del mismo modo,
derse al toparse de golpe con lo que se-
«si un periodista aspiraba al rango li-
ría un precedente de la nueva corriente
terario... mejor que tuviese el sentido
periodística acuñada por él mismo:
común y el valor de abandonar la pren-
«(...)Se titulaba Joe Louis: el Rey he-
sa popular e intentara subir a primera
cho Hombre de Edad Madura. El tra-
división...». Pero, al comenzar los años
bajo no comenzaba en absoluto como el
60, el anterior pensamiento sobre el ofi-
típico artículo periodístico. Comenzaba
cio periodístico sufre un viraje: se plan-
con el tono y el clima de un relato bre-
tea la posibilidad de hacer un tipo de
ve, con una escena más bien íntima; ín-
periodismo que «se leyera igual que una
tima al menos según las normas perio-
novela». A lo que Wolfe añade: «Eran
dísticas vigentes en 1962»
soñadores, es cierto, pero no soñaron ja-
El cuento que es verdad resulta del
más una cosa: la tarea que llevarían a
pacto que el autor hace con el lector:
Fuente: El Universo
cabo en los próximos diez años, como
«voy a contarle una historia y esa his-
periodistas, iba a destronar a la novela
toria es cierta, ocurrió y yo me enteré».
como máximo exponente literario».
(Caparrós, Martín, 2003). Y con todo, no
hay novedad sin precedentes. Tampoco
Un cuento que es verdad
en el Nuevo Periodismo. Nueve años
elección de la década de los 60 adquiere un lugar, un momento exacto para el Dos e iguales son los hallazgos a los antes de la publicación de A Sangre
un elevado porcentaje. surgimiento del llamado Nuevo Perio- que llegaron de forma distinta dos de Fría, en Argentina, salía a la luz Ope-
En los años 60, fue tal la imagen dismo y sin embargo, alguien decide sus padres: uno de Norte América, Tom ración Masacre. Esta última tampoco
construida, convertida en arquetipo, de poner de manifiesto lo que nunca había Wolfe y otro de América sur, García era pionera en definir con detalle a los
EEUU hacia el resto del mundo, que dejado de ser evidente: la estrecha lí- Márquez. Mientras para Wolfe la prác- personajes, en incorporar cantidad de
incluso contaminó nuestra cultura ibé- nea entre lo literario y el periodismo, tica periodística era cumplir un sueño, diálogos, en representar escena por es-
rica, sumida entonces en una rancia la ficción y la realidad. Ese alguien, un
para García Márquez fue una bendita cena sobre hechos reales, pues «la cró-
tiranía. La aparente libertad y libe- ateo de Richmond, que había estudiado
casualidad: nica con herramientas de ficción se lle-
ración, el destape de los cuerpos a los en la Universidad de Yale y que se ha-
«Nunca había pensado en realidad vaba cultivando desde hace 2500 años»
que Hollywood rendía tributo y el resto bía convertido en novelista, reportero,
que (el periodismo) llegara a interesar- (Caparrós, Martín, 2003).
del mundo envidiaba, los iconos de la periodista, ensayista, guionista, escri-
me, hasta uno de aquellos días, cuando Desde que comenzó a escribir, Capote
moda, del cine, la liberación femenina tor de no ficción, era Tom Wolf, padre
Elvira Mendoza le hizo a la declamado- no ha cesado en su empeño de encon-
y el refuerzo de la virilidad masculina del nuevo género. En fin, un soñador del
ra argentina Berta Singerman una en- trar la palabra exacta, que cuadrase en
a través de la publicidad. reporterismo de aventura, que «quería
trevista de emergencia (...) La sangre la frase correcta, en el párrafo perfec-
Todo esto constituye una pequeña la película entera sin que faltase una
fría y el ingenio con que Elvira Mendo- to, en la belleza de su obra por fin con-
aunque esencial pieza para el periodis- escena», para el que el Herald Tribune
za aprovechó la necedad de Berta Sin- sumada. He aquí el lugar en el que re-
mo de entonces. En esta época no había era el mundo real o de lo contrario tal
german me puso a pensar por primera side su poder vulnerable. De la misma
como tampoco lo hay hoy «nada nuevo mundo no existía...
vez en las posibilidades del reportaje, forma, el oficio de escribir esconde para
bajo el sol». No se establece una fecha,
no como medio estelar de información, Walsh una capa violenta con la que ha

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ENSAYOS ENSAYOS

envuelto, de la mejor forma entre po- en nuestros tiempos. Ensayos Litera-


cos, el poder de su vulnerabilidad. Y así, rios Primera Edición Lulu, 2018.
Operación Masacre cambiaría su vida: Herrscher, Roberto. Periodismo narra-
«haciéndola comprendí que, además de tivo: cómo contar la realidad con las
mis perplejidades íntimas, existía un armas de la literatura. Edición Cons-
amenazante mundo exterior». tanza López, 2012.
Mendoza, Virginia. «La mujer que quiso
Bibliografía ir a la cárcel y al manicomio para
Capote, Truman. A sangre fría. Edito- contarlo». Yorokobu, 2015.
rial Anagrama, 1965. Walsh, Rodolfo. Operación Masacre.
Cozarinsky, Edgardo. El vicio impune. Buenos Aires. Ediciones de la Flor,
Monte Hermoso Ediciones, 2017. 2000.
Goodrich Valderrama, R. La literatura

Fuente: El País
Laura G. Vales (Pontevedra, España, 1995). Graduada en Periodismo por la
Universidad de Santiago de Compostela. Decide firmar como «aural», simbiosis del
fenómeno atmosférico, el nombre de su madre y el suyo propio. Desde 2016 se re-
fugia en su espacio íntimo, ubicaural.wordpress. De las experiencias en el exterior,
toma la vertiente más humana para realizar entrevistas, concediendo especial Lo que sé de Francisco Gran Muralla China (K. Amat)» o «El
día del entierro de Francisco, pronuncié
atención a las personalidades de la órbita cultural. De esta vertiente periodística Casavella. Brindis
destacan sus publicaciones en el periódico gallego Faro de Vigo, así como su cola- unas palabras y recordé cuando, en el
boración en la revista digital, Culturamas. En el 2017 publica su primer poema en
ensayístico de la bar, etcétera (M. Otero)». La suerte de
papel en Antología e Microrrelato.
literatura catalana y haberse codeado -y colocado-, aunque
contemporánea escrita fuera poco, con el novelista gigante les
en español. La sombra del otorga la lira y la letra para cantar las
Watusi es alargada, hazañas de la literatura quinqui con la
radiante. voz cazallera. Pero yo, Lector curioso,
por Ricardo Rodríguez Boceta no he tenido la suerte de irme de copas
con el paquidermo y no puedo presumir
de escena prostibularia ocurrida en el
En el prólogo y el epílogo que adornan Barrio Chino de Barcelona, hoy llama-
la obra de Francisco Casavella, El día do «El Raval», que hiciera las delicias
del Watusi en Anagrama (2016), se da de los intelectuales políticamente inco-
una coincidencia feliz: los ensayistas se rregibles, entre los que, falsa modestia
habían tomado algo con el personaje y aparte, nos incluyo. Entonces, no me
comentaban la anécdota que los había queda más remedio que arremangarme,
unido. «Nos metimos una raya como la encenderme un cigarro eterno, adoptar

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ENSAYOS ENSAYOS

una pose, impostada, de chulo y con- tipo. Pero como has pateado lo suficien- trepa es como decir: el Quijote es solo la de Shakespeare, estriba en su propia
tarte cómo conocí al verdadero Fran- te y tienes lo que hay que tener, Lector un caballero andante. concepción; lo que en estudios literarios
cisco Casavella. Ponte cómodo, Lector valiente, sabrás que el arte aletea en Si eres de los que te vas a internet ha tenido a bien llamarse metalitera-
genial, pide un par de cervezas, que va- cualquier parte, continuamente. Obser- y escribes «entrevista francisco casave- tura: la historia más allá de la historia.
mos a hablar de Literatura. vas a la gente anónima interpretando lla», verás que aparecen no más de cua- Verbigracia: Hamlet representa para
Había una vez Barcelona, el Carme- su vida y parecen moverse al compás tro vídeos. Verás un señor con facha de su tío una obra de teatro, mientras se
lo, para más señas. Yo vivía en un bajo de un ritmo, de una música imposible. tronado, departiendo en el plató demodé representa Hamlet en el teatro londi-
sin cédula de habitabilidad, con vistas Y cuando devuelves la vista al libro que sobre su obra, con una pose tabernaria nense, en el gran teatro que es el mun-
privilegiadas al ambiente charnego de estás leyendo, quizás echarás de menos y un ingenio que ni el ingenioso hidal- do, donde todos nosotros participamos.
Últimas tardes con Teresa y me enar- encontrar la calle donde tú estás aho- go. Son tantas las novelas que beben, se Pues eso es lo que encontramos en el
decía creerme que era el Pijoaparte. ra, las cosas que a ti te pasan o pudie- justifican, se engalanan, con Cervantes. Watusi, un genio tan vivo, tan actual y
Con la desfachatez que, ahora, me dis- ron haberte ocurrido. Encuentras, por Decía García Márquez que era difícil es- tan eterno, que parece salirse de las pá-
fraza, comentaba mis ensoñaciones con ejemplo, los paseos pequeñoburgueses, cribir en español un diálogo entre perso- ginas y formar parte de realidad y la
una chica que gustaba de pasar el tiem- magistralmente narrados, de un Javier najes que no pareciese quijotesco: cuán- ficción circundante. Fernando Atienza
po conmigo. Y fue ella la que me regaló, Marías que reflexiona sobre el divorcio ta razón la de nuestro amigo el Gabo. sobrevive en una vida que bien podría
en un día cualquiera, un libro que «te inevitable. Luego te pones una canción Desatendiendo su consejo, muchos es- protagonizar cualquiera, vive los sueños
va a encantar, es muy tú». La novela cualquiera y recuerdas cuando estabas critores se han lanzado a imitar, mejor y las pesadillas que tienes tú y pone en
se titulaba El triunfo. En la portada sa- con alguien tú ya sabes donde haciendo o peor, la primera novela moderna en práctica algunos consejos de la autoayu-
lía un cartel, uno de esos que se engan- tú ya sabes qué. Entonces le preguntas obras muy posmodernas. Y ahora viene da para llegar a lo más alto y para dar-
chan con cola en las paredes de la calle, al libro que dónde está aquel descampa- la hipérbole, Lector amable, escucha: lo se cuenta de que ha tocado fondo. Un
ajado, con un rostro sin cara que algún do mágico donde solías perder las ho- que más se le ha acercado, si no pasado extranjero en el barrio parnasiano de
transeúnte habría arrancado por dis- ras con tu amigo Jesús del Barriobrero. por encima, solo el tiempo lo dirá, es el la Transición española, de las cloacas
traerse y por gamberrismo. Devoré la Lector amigo, yo te lo digo, como ento- Watusi. Viendo en la pantalla al escri- políticas y culturales de los años seten-
obra en apenas unas horas: no era muy naba la canción del programa de Dragó, tor en su plática, notarás que le faltan ta, ochenta, noventa, de ahora. Hay un
larga. Ella dijo: «Mientras la lees, pare- «todo está en los libros». La coordenada algunas piezas dentales. Como todo el grupo de melenudos que se reúne todas
ce que estés canturreando una rumba, exacta: El día del Watusi. mundo sabe, el consumo reiterado de las vísperas al 15 de agosto para cele-
te dan ganas de bailar». De todas las Si encontrares el mamotreto en tu li- cocaína daña las encías, pero como te brar El día del Watusi, hay personajes
reseñas, entrevistas y ensayos que han brería de confianza, lo tomares con una prometí, no quiero hablarte de drogas, de la vida que piensan que el Watusi,
tratado la ópera prima de Casavella, no mano firme y le dieres la vuelta, lee- noches y rameras. Como decía el eter- como el Quijote, existe. Quizás porque
he encontrado una definición más acer- rías algo así como: Fernando Atienza no: «el que lee mucho y anda mucho, desconocen quién los ha inventado, pero
tada, así que la comparto contigo, Lec- es un arribista que blablablá. Ni caso. ve mucho y sabe mucho». No se puede «lo que se pierde de nombre se gana de
tor carísimo. De nada, dáselas a ella. Tomemos un poco de cerveza y adopte- resumir mejor ni decir mucho más en eternidad», Machado dixit.
En el estilo casavellano encontré a mos una visión escéptica de las cosas, la frase. Y te aseguro, Lector suave, que Mientras devoraba los tres tomos que
un escritor de un talento fuera de se- a ver qué pasa. Imaginemos un pobre muy pocos han andado y visto y leído lo conforman -Los juegos feroces, Vien-
rie. Seguro que cuando piensas en Las becario, de edad indefinida, con más tanto, con la misma ferocidad, como to y joyas, El idioma imposible- tenía
Grandes Obras, te viene a la cabeza un trabajo que tiempo, al que le mandan Francisco Casavella, jugándose la salud que parar a veces porque pensaba que
programa parecido al ya extinto Negro escribir cuatro líneas sobre una obra de en la causa perdida que es escribir para me iba explotar una arteria. En cada
sobre blanco en el que Sánchez Dragó ochocientas páginas. Se habrá acercado nuestro deleite. párrafo había una enseñanza sin mo-
se entrevistaba a sí mismo a través a reseñas, entrevistas, opiniones ajenas, Dejando de lado las frases por to- raleja, una genialidad infinita como lo
del intelectual de turno, con un currí- habrá leído como mi abuela en escuela: dos conocidas y los pasajes de galeotes, oscuro, radiante. Podría ahora tomar
culum y una obra tan vastos que dan el primer capítulo, el del medio y el del molinos y disparates, sin olvidarlos, la el volumen que tengo delante y ponerte
vértigo y dices: qué lejos estoy de ese final. Afirmar que el protagonista es un importancia de la obra de Cervantes, y algunas citas que te dejarían rascándote

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ENSAYOS

bros. sé de los vampiros, Ed. Des-


O el próximo 15 de agosto tino, Premio Nadal 2008.
en Barcelona, durante El día De Cervantes, Miguel. El Qui-
del Watusi. jote, 1605 y 1615.
García Márquez, Ga-
Bibliografía briel. Cien años de sole-
Amat, Kiko. Antes del hura- dad, Ed. Harper, 1967.
cán, Ed. Anagrama, 2018. Marsé, Juan. Últimas tardes
Casavella, Francisco. El con Teresa, Ed. Seix Ba-
triunfo, Ed. Anagrama, rral, 1966.
1990. Mendoza, Eduardo. La ciudad
Casavella, Francisco. El día de los prodigios, Ed. Seix
del Watusi, Ed. Anagrama, Barral, 1986.
2016. Shakespeare,William.
Casavella, Francisco. Lo que Hamlet, 1609.

Ricardo Rodríguez Boceta (Tarragona, España, 1990).


Licenciado en Filología Hispánica por la Universitat Rovira i
Virgili. Publica de forma habitual cuentos, reseñas y ensayos
en distintas revistas literarias. Actualmente es docente de Len-
gua y Literatura Castellana. A parte de la literatura, una de
sus pasiones es la música: toca la guitarra y ha formado par-
te de distintas bandas. Sus escritores de referencia van desde
Dostoievski a Bukowski. Además, es especialista en literatura
española. Lector incansable, escritor incombustible, músico aficionado, profesor
la cabeza: espera, lector paciente. Por- temos esto con una cita y brindis al es-
entusiasta. Más información en Facebook «Ricardo Rodríguez Boceta» o en su
que a diferencia de la poesía, tenemos tilo de Vilabrafim, abro el libro al azar,
cuenta de Twitter «@rodriguezboceta», donde aparecen todas sus publicaciones.
la suerte de poder entender los versos encuentro subrayado en lápiz:
Email: ricardorodriguezboceta@gmail.com.
dentro de una novela, lo cual hace que «Cuando las cosas son un fracaso to-
tu compresión, interpretación y capaci- dos echan a volar. Cuando son un éxito,
dad de dilucidar, revienten e irradien. todos empiezan a desconfiar de todos.
No quiero cansarte con mi verborrea, Eso pasa en las mejores familias. La
pero como te respeto, Lector todopode- sociedad capitalista, Fernando. La pro-
roso, he querido hablarte en necio por- piedad es un robo, pero la vanidad es la
que sé que no lo eres. Si te ha intrigado, vanidad y el miedo es sólo miedo».
ya sabes dónde está el resto de la mer- A tu salud, Lector salvaje. Camina
cancía: no te la acabarás. Venga, rema- por la sombra. Nos vemos por los li-

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ENSAYOS

El traje nuevo del emperador. Vida y


muerte de Yukio Mishima
por Juan Argelina y Eduardo Nabal

Las plantas y los árboles más bellos mueren por la mara-


villa de sus flores. Y lo mismo ocurre con la humanidad: mu-
chos hombres perecen por ser demasiado hermosos (Saikaku
Ihara, Todos los camaradas se hacen el harakiri, 1687)

El dolor podría resultar la única prueba de la persistencia


de la conciencia en el cuerpo, la única expresión física de la
conciencia (Yukio Mishima, El Sol y el Acero, 1968)

La fidelidad y la deuda de honor eran más importantes en el


Japón feudal que la pasión meramente sentimental. Entre los
samurái de la Era Genroku (1688-1703), la relación amor-amis-
tad era el resultado de esa fidelidad y su incumplimiento y
deshonor correspondiente no podían provocar sino la muerte.
El suicidio ritual por harakiri ha ocupado por siempre el ima-
ginario romántico del occidental sobre la cultura japonesa, y
nos recuerda cómo era ese mismo sentido del honor la base de
la identidad de un individuo en nuestro propio pasado cultural.
No obstante, habría que remontarnos a la Grecia clásica para
encontrarnos relaciones homoeróticas vinculadas a la defensa
del honor, puesto que la carga homofóbica del cristianismo im-
pidió el desarrollo de estas prácticas (únicamente entendidas
entre hombres libres) durante nuestra Edad Media. En Japón,
sin embargo, son muy numerosos los testimonios que demues-
tran la existencia de tales relaciones entre los samuráis hasta
el periodo de rápida occidentalización del país durante la época
Meiji a partir de 1868. Es decir, algo relativamente reciente.
Uno de los libros favoritos de Mishima, el Hagakure, que data
del siglo XVIII, explica cómo tales relaciones entraban dentro
del «orden» y la «virtud», vinculando estrechamente el amor
con la muerte. Planteando la cuestión «freudianamente», Eros
y Thanatos equilibrarían la balanza de la tradición guerrera
japonesa, junto a la pasión por la belleza y la naturaleza, tal
y como lo desarrollaría, desde el punto de vista antropológi-

19 | visorliteraria.com Fuente: La Gaceta


ENSAYOS ENSAYOS

co, Ruth Benedict en El Crisantemo y de Atudodefensa de Japón en su despa- anormal postura se ha traicionado a sido ignorada. Mi objetivo es restau-
la Espada. Yukio Mishima creció entre cho. ¿Locura? ¿Acto pasional? ¿Pro- sí misma en muchas ocasiones… Des- rar el equilibrio. Revivir la tradición
esta tradición, marcada por el honor del testa? La del suicidio pasional afirma pués de la Segunda Guerra Mundial, samurái a través de mi obra literaria
guerrero y la sensibilidad artística por que, como homosexual, cometió shinju la gente pensó que los mayores defec- y mi acción…»
un lado, y la imposición traumática de (doble suicidio pasional) con su discí- tos de los japoneses se habían puesto
Su profunda convicción en querer in-
de manifiesto. De ahí en adelante el
valores culturales occidentales, debidos pulo-amante Masakatsu Morita, tras fluir en el sentimiento nacional japonés
Japón se puso a la altura de los países
a la necesidad histórica de convertir- llegar al convencimiento de haber lle- le llevó a emular el «Incidente Shim-
industrializados y ya no tuvo necesi-
se en un país industrializado e impe- gado a su «momento glorioso», ese úl- puren» de 1877, producido durante una
dad de temer traicionarse a sí mismo.
rialista o ser engullido por la ambición timo gesto social que daría sentido a su revuelta dirigida por unos cien antiguos
Solo parecía necesario que nuestros
colonial de las potencias europeas, tal vida. Gesto narcisista que ambos habían diplomáticos propagaran que la cul- samuráis, que odiaban todo lo que fuera
y como ocurrió con el resto de Asia y planeado tiempo atrás en su descabe- tura japonesa es amante de la paz, occidental y miraban con hostilidad al
África. La tragedia de su muerte en su llado propósito de emular el ideario de simbolizándola en la ceremonia del té nuevo gobierno Meiji, que había prohi-
ritualizado y muy preparado suicidio la antigua tradición samurái, uniendo el y el ikebana… El Japón no ha trata- bido el uso de las espadas. Atacaron un
tiene mucho que ver con las contradic- honor personal a la firme creencia en do de mostrar a Occidente más que occidentalizado cuartel del ejército sin
ciones entre estas dos realidades. De- la indisoluble relación entre el amor al un perfil de sí mismo, una sola cara más armas que sus espadas y lanzas.
fendió durante toda su vida la tradición emperador y al hombre al que estaba de la luna, mientras se afanaba por Aquellos que no sobrevivieron, se hicie-
japonesa, mientras debía reconocer su vinculado afectivamente. La figura del modernizarse. En ninguna época de ron el harakiri. Como creía que el Ja-
deuda con Dostoievski, Wilde, Camus o emperador justificaría el acto. De no ser nuestra historia se ha sacrificado tan-
pón estaba sumido en el desastre, solo
Goethe. Le fascinaban las historias épi- así, sería una relación hueca. El propio to la totalidad de nuestra cultura… La
la respuesta más extrema, el suicidio
cas de los samuráis de la era Tokugawa Mishima comparaba la situación con un hipocresía de las autoridades ha pene-
como acto de protesta, significaba «la
trado en las mentes de las gentes que
y el entorno de los onnagata del teatro triángulo en el cual el emperador era consumación del conocimiento». Y era
no encuentran salida. Cada vez que la
No, mientras quedaba hipnotizado por el vértice y los dos amantes los ángu- necesario que se produjera de manera
cultura nacional busca reconquistar
las representaciones barrocas de San los inferiores. Volvemos a la dualidad dramática porque el drama era el eje
su totalidad, ocurren incidentes casi
Sebastián, en las que el dolor se mez- «Eros – Thanatos», presente en toda de las acciones de los héroes históricos
demenciales».
cla con un placer morboso que queda su literatura, de forma dramática pero del Japón antiguo. ¿Qué podría resultar
reflejada en la ambigüedad de algunas también irónica, al igual que su deseo La contradicción entre occidentali- más llamativo que entregar el final de
de sus mejores novelas. A Mishima le de combinar ese ideal con la realidad. zación / consumismo y la necesidad de su último libro, La corrupción del ángel,
fascinaba la muerte. La belleza de la Si separamos al autor de su obra pode- mantener una tradición cultural basa-
y hacerse de inmediato el harakiri casi
muerte violenta de un joven hermoso mos encontrar algunas narraciones de da en los valores del honor tanto per-
ante las cámaras de televisión? Quizás,
fue un tema de muchas de sus novelas, iniciación (fallida o no) en una masculi- sonal como nacional, lleva a Mishima a
como muchos artistas, veía su muerte
y, cuanto más dolorosa era esa muerte, nidad inalcanzable y una obsesión per- crear una especie de ejército personal,
como la última y más importante de sus
más la sublimaba, convirtiendo el ha- manente por la búsqueda de la belleza. carente de armas, pero de gran efecto
obras. «Quiero hacer de mi vida un poe-
rakiri en el más alto honor al que po- Tras el tenso diálogo que mantuvo simbólico, los Tatenokai, de los que es-
ma», escribió en su juventud, y morir
dría llegar un hombre que quisiera dar con los estudiantes izquierdistas en la cribió lo siguiente: mediante el harakiri fue, seguramente
sentido a su vida, como puede demos- Universidad de Tokio en 1968, publicó «Mi razón para crear el Tatenokai es para él, el acto sexual supremo, visto
trarse en su novela Caballos Desboca- una entrevista en The Times unos me- bien simple. Ruth Benedict escribió como una cuestión de entrega física y
dos (1969). Hay muchas teorías acerca ses después, en la que dejaba claras sus una vez un libro famoso, El crisan- espiritual tanto a su amante como a su
de las motivaciones del que él mismo opiniones políticas: temo y la espada. Tales son las ca- idealizada figura imperial vinculada a
se hizo el 25 de noviembre de 1970, tras racterísticas de la historia japonesa: la «esencia» del pueblo japonés. En su
«Durante los últimos cien años, los ja-
secuestrar, junto a varios tatenokai de el crisantemo y la espada. Después de
poneses hemos hecho enormes esfuer- conversación con Fusao Hayashi llegó a
la guardia personal que él mismo había la guerra se ha perdido el equilibrio
zos para convertir al país en paradig- afirmar:
creado, al comandante de las Fuerzas entre ambos. Desde 1945 la espada ha
ma de la civilización occidental. Tan

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ENSAYOS ENSAYOS

«Para mí, el emperador, las obras de «Algo en su rostro daba la sensación tética de la aniquilación: el corte del Yourcenar, Marguerite, Mishima o la
arte y Shimpuren son símbolos de pu- de abundante sangre circulándole co- cuerpo y la síncopa en el tiempo, Re- visión del vacío, ed. Seix Barral, Ma-
reza. Quiero identificar con Dios mi piosamente por el cuerpo; era una vista de Teoría del Arte, no 18, Val- drid, 1987.
propia obra literaria… No hay nadie cara redonda, de huesos que resal- paraíso, 2010.
a quien pueda respetar en el Japón, taban orgullosos en los pómulos mo-
la situación es desesperada, nadie se renos, labios que parecían cosidos en
da cuenta excepto, quizás, el empe- apretada línea, mandíbulas firmes y
rador». una nariz ancha pero bien formada y
poco prominente».
Pero hay que rastrear la personali-
dad de Mishima mucho más allá de su El destino de Omi en el libro no es
momento suicida. Y tengo que reconocer muy diferente que el de Morita. Le con- Juan Argelina (Madrid, España, 1960). Profesor de secundaria y bachillerato
que mi primera lectura con claras refe- vierte en víctima de un sacrificio huma- de Historia, arqueólogo y antiguo activista, junto a Eduardo Nabal, en la Radical
rencias a la homosexualidad fue su no- no: «Omi había sido traicionado y ejecu- Gai durante los noventa. Hemos colaborado en varias publicaciones para Izquierda
vela Confesiones de una máscara (1949), tado después en secreto. Una noche fue Diario.
unas referencias que se vuelven aún dejado en cueros y llevado al bosquecillo
más ricas y complejas en libros como de la colina… La primera flecha se le Eduardo Nabal (Burgos, España, 1970). Diplomado en Biblioteconomía y Do-
la monumental Colores prohibidos. De clavó al costado del pecho; la segunda cumentación, además de distintos estudios en Humanidades, Historia, Cine y Lite-
todo lo que escribió, es en Confesiones... en la axila» (una clara referencia a San ratura. Colaboró con el Comité AntiSida de Burgos y con Act-Up Bruselas. Militó
donde se revela mejor su carácter y Sebastián). Las muertes de ambos se en la Radical Gai. Ha publicado el libro de cine y estereotipos sociosexuales El
aparecen claramente sus ideas estéti- entrelazan en el mismo espectáculo de marica, la bruja del armario (Editorial Egales, 2007), y Lejos de la montaña: cine
cas, describiendo el lado romántico que sangre, tal como fue el harakiri de Mi- europeo y mediterráneo desde una perspectiva de género (Ediciones PC), además
le conduciría a su última decisión suici- shima. de colaborar en diferentes webs y publicaciones periódicas. Impulsor del queerzine
da: la muerte violenta es la belleza su- «La Kampeadora». Trabaja en una publicación sobre cine, salud mental y diver-
prema, siempre que se muera joven. No Bibliografía sidad funcional.
obstante su primer libro se ve lastrado Chaves, José Ricardo, Mishima, ho-
por algunos dogmas freudianos e imá- mosexualidad y esteticismo, Revista
genes tópicas de los que se desprendería Acta Poética, no 34, vol. 2, México,
en su narrativa posterior abordando la 2013
soledad, el desamparo o el triunfo sim- Mishima, Yukio, Confesiones de una
bólico de sus personajes masculinos o Máscara, Alianza Ed., Madrid, 2010.
femeninos, siempre tentados por valo- Page, Johann, Iluminaciones desde la
res absolutos y a la vez arrastrados por orilla. Muerte y belleza en la obra de
una seductora decadencia que desvela Yukio Mishima, Revista Anthropia,
a un creador obsesionado por alcanzar no 2, Lima, 2003.
una imagen poderosa a partir de una Serrano Muñoz, Jordi, La construcción
adolescencia marcada por la debilidad, del personaje dramático en la obra de
la inseguridad, los cambios sociales y Yukio Mishima, Revista Asiadémica,
las dudas eróticas. El retrato que hace no 1, Barcelona, 2012.
en Confesiones de una máscara de su Stokkes, Henry Scott, Vida y Muerte de
admirado Omi, recuerda a su amante Yukio Mishima, Muchnick ed., Bar-
Masakatsu Morita, el jefe de los Tate- celona, 1985.
nokai que le acompañó en el harakiri: Tuilang Yuing, A., Mishima y una es-

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Creación
CREACIÓN

Gravity, Iowa
por Helena Mariño

No, no. Sigo bien, estoy bien. Ya sé que hace solo veinte mi-
nutos que te he llamado y que estás lejos. Pero es que aquí todo
toma demasiado tiempo. No soporto esta lentitud. Solo necesito
que me escuches. Pon el manos libres. Así sé que estás viniendo
y aguanto mejor, me olvido del frío. Se han marchado, pero los
otros siguen abajo, tirados en el suelo. Se han marchado y ya ni
siquiera puedo oír sus voces. A lo mejor es porque la nieve
amortigua el sonido. Aunque seguro que tú ya lo sabías porque
naciste aquí y este ha sido tu paisaje cada invierno. Pero yo no
tenía ni idea, no lo sabía porque nunca he tenido tanta alrede-
dor. Nevó el día en que nací y luego, durante nueve años, nada.
A tu pregunta de antes: yo tampoco sé cómo coño he acabado
aquí. Ni así, en esta situación. Podría ponerme intensa de más
y decirte que marcharse es también destruirse. Que marcharse
es, ante todo, destruirse. Y que en esta tierra no hay persianas
y tengo que enfrentarme a la luz. Cada mañana, todas las ma-
ñanas. Podría decirte que estaba aburridísima porque hace un
frío infernal. O porque quería subir a Instagram vídeos de la
fiesta en el granero. Mis amigos de Madrid harían un montón
de bromas sobre paletos y armas y country y me dirían que qué
terror y que por qué no vuelvo a casa, pero en el fondo tendrían
un poco de envidia. Podría decirte que quería ver a S y bailar
con S y que hice todo el camino hasta aquí en la furgoneta sin
calefacción de Becca solo por S. Pero no voy a decirte eso. Po-
dría decirte que vine en busca de una idea para un cuento sobre
el medio oeste rural porque estoy harta de que no me publiquen
en revistas. A los americanos no les interesa una historia sobre
dos amigas que se mudan a Madrid y que sufren y luego ya no
sufren más. Para metáforas de la ciudad como un invernadero
o un vertedero o un aviario ya tienen a Nueva York. La repre-
sentación de la ciudad universal, el único escenario posible. No
necesitan más. De nosotras esperan realismo mágico, suplican
por un poco más del good-ol´-magical-realism, y yo me dije
pues tomad vuestro realismo mágico: Gravity, Iowa será el
nuevo Macondo. Vine a por una historia y esto ha terminado a
lo Tom at the Farm. Perdón por el balbuceo, ya sabes que no
soy muy amiga de lo concreto. Y estoy nerviosa. Al principio

27 | visorliteraria.com © Buler2008
Fuente: Flickr
CREACIÓN CREACIÓN

temblaba por el frío y, cuando ellos en- Alguien fue a robarse una botella, espe- Solo poner la herida. Estos últimos días mor de mierda. Hablamos un poco y
traron e hicieron lo que hicieron, por el rando un descuido de la señora que ves- han sido raros. Estoy aquí pero tampoco sugirió que nos marchásemos. Y yo in-
miedo, y ahora creo que tiemblo por los tía como cuáquera pero que probable- tanto. Quiero decir, yo no era de la es- tenté buscar excusas para quedarme
dos y una parte de mí espera que sean mente no era cuáquera porque estaba cuela de la nostalgia y ahora todo me pero en realidad la gente con la que ha-
fuerzas contrapuestas y se cancelen la dando buena cuenta de un vaso de vino recuerda a casa. Últimamente me da bía venido tampoco me cae tan bien, y
una a la otra y deje ya de temblar. Me- blanco. Yo estaba un poco borracha y no por reivindicar lo cursi. A veces me no estabas tú, y ya había recopilado su-
nos mal que S dejó una manta. Que S se cabía en mí de dicha. La banda seguía harto de estar encerrada en el aparta- ficiente material para el cuento, así que
dejó una manta. No creo que haya sido tocando country. Los músicos llevaban mento y salgo a la calle y solo veo gen- dije que sí, que vale. Fuera estaba em-
un acto de generosidad después de la overalls. Había hileras de luces reco- te paseando a perritos. A algunos hasta pezando a nevar fuerte y las nubes
barbarie. No debió recordar que la tra- rriendo las vigas de madera del grane- les han puesto zapatos y tienen nom- amortiguaban la luz de la luna. Alrede-
jimos porque él estaba enfadado y el ro. Una pareja se arrancó a bailar two- bres como Harriet o Norman y los due- dor solo había una sucesión de campos
granero oscuro. Pero necesito contarte, step y de pronto todo el mundo estaba ños me sonríen. Pero yo no les he visto de maíz que parecían uno solo. Conduji-
necesito decirte lo que ha pasado. Por- bailando la misma coreografía a la vez, en mi vida y siento que en realidad esto mos durante media hora, muy despa-
que si el cuerpo es frágil, la memoria lo una fila de pájaros en coordinación ab- no es un barrio. O lo es, pero no de la cio, por si se nos cruzaba un ciervo bus-
es más, y no quiero contaminarla. El soluta, los brazos pegados al cuerpo, los misma forma que en Madrid. Porque cando refugio o un erizo suicida. Y
cerebro es un palimpsesto y yo tiendo tacones desgastados. Una palmada al allí la casa se extiende por las aceras, bueno, ya sabes, la prisa. Y el hambre.
mucho a las extrapolaciones. Sé mi tes- aire cada ocho segundos. Todo olía a desde dentro, como una hiedra. Aquí S vio un granero medio tapado por unos
tigo, mi memoria intacta. Llegamos en cerveza y a key-lime pie y a sudor, tampoco hay hiedras porque no aguan- pinos y dijo que por qué no nos parába-
la furgoneta de Becca cuando el baile ya aunque afuera ya estaban empezando a tan el invierno. De los alféizares de las mos y yo le dije que sí, que vale. Así:
había empezado. Íbamos siete -dos en caer, oblicuos, los primeros copos. Tra- ventanas cuelgan témpanos del tamaño «ok». Nos abrigamos, cogimos la dicho-
el maletero-, había hielo en la carrete- taba de grabarlo todo en mi cabeza. de las patas de un perro mediano tiran- sa manta y una botella de Chardonnay
ra (ten cuidado, por favor) y recorrer Quería que ese momento preciso fuese do a grande. Mi abuela cocía huevos y malo que S se había llevado de la mesa
las treinta millas nos llevó el doble de un corto que pudiese volver a ver una y esperaba a que el agua del cazo se en- del potluck. El granero era mucho más
lo que habíamos calculado. Tampoco otra y otra vez. Quería escribir un cuen- friase para regar las hiedras, que des- pequeño que el de la fiesta, pintado de
trajimos comida, aunque se suponía que to de ocho páginas que solo abarcase cendían desde su balcón del tercer piso rojo por fuera y por dentro. La puerta
era también un potluck, un potluck in- ocho segundos. Luego apareció S por y casi tocaban la acera. A mí se me estaba cerrada pero no tenía candado.
acabable que llenaba siete mesas de re- una de las puertas laterales. Debía ve- muere todo lo que habita una maceta Se escucharon gruñidos, S encendió la
cipientes de cristal y moldes plateados nir de fumar porque llevaba puesto solo porque en el fondo creo que también soy linterna del móvil y vimos que desde el
para tartas. Pensamos que entre tanta un guante. Y entonces todo se torció. un poco como Iowa. El año pasado tuve fondo, detrás de una valla construida
gente no iba a notarse que habíamos lle- Espera, parece que vuelven. Mierda, una flor de pascua pero ahora uso las con las piezas de los palés de la fruta,
gado con las manos vacías. Creo que era uno de los de abajo, se ha movido. hojas de señala libros. A veces me paro nos miraban unos cerdos. Los animales
solo una señora mayor que llevaba un Aún está vivo. Pero yo de aquí arriba no debajo de un alféizar y espero a ver si empezaron a moverse y a hacer más
vestido de flores hasta los pies pareció me muevo. No hasta que vengas a por me cae un témpano. Pero últimamente ruido. A nuestra izquierda había una
darse cuenta, porque miró con gesto de mí. Te decía: S enters en el tercer acto. estoy casi siempre enferma y vuelvo a escalera de mano que conectaba con un
desaprobación -agitando la cabeza- No sé por qué me fui con él. Por qué me casa y, entonces, lo inevitable: dejo en piso superior y diminuto, abierto a la
cómo nos lanzábamos a llenar los pla- fui con él otra vez. Quizá porque creí a el pasillo un rastro de agua sucia. He sala. Y, bueno, para no alborotar a los
tos de papel hasta que rebosaban y no mi mamá cuando me decía que la gente vuelto a perder el hilo. Te decía: apare- cerdos subimos y, en fin, hacía frío pero
eran capaces de absorber tanto aceite y sí cambia, quizá porque de tanta pelícu- ce S, ese deux ex machina trastornado, daba igual, y durante un rato estuvo
se formaban constelaciones grises en la la Disney romantizo la persistencia y todo se destroza. La gente seguía bai- bien pero luego pasó lo de siempre. Él
base. Rellenamos los platos dos veces masoquista, quizá porque el frío. No te lando y había un solo de armónica y él dijo algo y yo se lo rebatí, y en dos mi-
más y nos acabamos las veinticuatro preocupes, el frío no es una metáfora de se acercó y saludó y luego dijo que me nutos ya lo habíamos llevado al terreno
latas de cerveza que habíamos traído. nada, no intento simbolizar el trauma. invitaba a un trago. Su sentido del hu- político (porque yo después de dos cer-

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CREACIÓN

paz de notar el olor, el cuerpo no me respondía, la cabeza no


pero ahora es de- me respondía, no sé en qué idioma pen-
masiado fuerte, de- sé cuando les estaba observando, tapán-
masiado denso. Sube dome la nariz y la boca con la mano por
desde la planta baja, si ellos miraban hacia arriba y veían
casi como si reptase salir vapor desde el primer piso. Ni si-
por la escalera. quiera sé si pensé en algo. Estaba que-
Debe haber un agu- dándome dormida, enrollada en la
jero en medio del manta húmeda, cuando escuché sus vo-
granero, porque to- ces, hablando de la forma en la que ha-
dos los ríos de san- blan aquí, entre dientes, como si siem-
gre se escurren por pre estuviesen revelando un secreto o
el suelo hasta ter- planeando un complot, de esa forma en
minar tocándose en la que hablas tú cuando se te olvida que
el mismo punto. El también viviste en Chicago y luego en
desagüe es el lugar Argentina y luego en Chicago otra vez.
donde convergen to- Yo creo que habían bebido. O quiero
das las líneas del creer que habían bebido, porque de algu-
mapa. Te decía, na forma quería aplicarles un eximen-
anoche me estaba te. Era de noche (muy de noche, como
quedando dormida dice mi abuela, como si las etapas de la
cuando entraron. Un noche pudiesen jerarquizarse según la
poco antes, intenté intensidad del color). Era muy de noche
llamar a Becca para y ellos llevaban linternas. Si hubiesen
ver si todavía se- cargado antorchas te juro que me ha-
guían en el baile, bría dado un infarto ahí mismo, pero
pero no contestó al solo eran linternas antiguas, de las que
teléfono. Se había funcionan con gas y de vez en cuando
hecho tardísimo sin aparecen, medio mohosas, en las estan-
que me hubiese dado terías de Goodwill cuando alguien acaba
vezas ya me pongo a pontificar y a él le na. Me encendí un cigarrillo y le dije que cuenta. Después llegaron e hicieron lo de vender su granja. Ellos eran cuatro,
va la marcha) así que empezó a gritar- sí, que vale. Él dijo que me iba a morir que hicieron y claro que escribí un men- eran enormes, o parecían enormes -no
me y yo empecé a gritar y le dije que se de frío si pasaba allí la noche y yo le dije saje de texto a S, te juro que escribí a S, sé si era masa corporal o los abrigos de
fuera a dar voces a su puta madre. He que buen viaje. Se puso el gorro y bajó no hice un «y qué pasa con la dignidad». plumas que llevaban puestos-, las caras
de reconocer que eso en inglés suena por la escalera de mano, sujetando de- Me daba igual. Pero debía estar dormi- enrojecidas por el frío. Se reían. Al prin-
mucho más violento, mucho más dra- bajo de la axila la botella abierta de do, o despierto e ignorándome. Estuvie- cipio pensé que estaba soñando, pero me
mático. Me miró con esos ojos de estar Chardonnay que había recogido del sue- ron ahí horas, horas, hasta que el cielo di cuenta de que hablaban en inglés y,
perdonándome la vida, se cerró las cre- lo. Ya sé, me lo has dicho mil veces. Es dejó de estar negro. Por la puerta abier- aún hoy, a pesar del año y medio que
malleras de los pantalones y del abrigo un error salir con un republicano. Y ta vi los rayos rosáceos dibujando líneas llevo viviendo en esta tierra, soy inca-
y me dijo que se marchaba. Yo me sen- nunca más. Nevermore. Palabra. Espe- sobre la nieve. Ya sabes cómo son los paz de soñar en otra lengua que no sea
té sobre uno de los rulos de paja que ra. Se ha vuelto a mover. Por favor, amaneceres aquí. Cada mañana, un in- la materna. Creo que hay algo de au-
recorrían la pared izquierda, toda dig- ven rápido. Antes con el frío no era ca- cendio. Yo no podía mover un músculo, to-preservación en eso. Al principio me

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CREACIÓN CREACIÓN

quedé muy quieta. Abajo oía cómo de la sala. Desde mi posición privilegia- moverme de nuevo, a marcar tu núme- rreteras heladas de Iowa, que a estas
arrastraban algo pesado por el suelo. da, mi palco de ópera, los vi degollar a ro y pedirte que vinieras a por mí. Sien- horas de la mañana parecen una lengua
Algo que gemía. Un sonido gutural. Des- los cerdos uno a uno, y tirarlos junto al to haberte despertado tan temprano. blanca interminable, un sitio sin aga-
pués, un golpe y los hombres hablando que habían traído de fuera y yacía en el Siento haberte tenido tanto tiempo al rraderos. Por favor, llega ya.
muy alto y luego hubo un desgarrarse suelo, incapaz ya de seguir aullando. teléfono, mientras conduces por las ca-
de algo y un alarido como no he oído Ahora emitía un sonido asmático. Pa-
otro en mi vida. No fue un grito y des- saban el cuchillo por el cuello de cada
pués el silencio. Fue un chillido sosteni- animal una vez y otra y otra, haciendo
do, como el llanto de un bebé recién na- muescas en la parte interna de la co-
cido o alguien tocando una y otra vez lumna vertebral. ¿Recuerdas cuando
las cuerdas de un violín desafinado o lo viajamos, durante las vacaciones de
que sale de la boca de un gato al que un Springbreak, hasta el Superior National Helena Mariño (Madrid, España, 1990). Licenciada en Derecho y Ciencias
dios furioso ha condenado a vivir la Forest? Yo te pregunté que por qué to- Políticas por la Universidad Autónoma de Madrid y en Teoría de la Literatura y
eternidad con un pie aplastándole la dos los graneros están pintados de rojo Literatura Comprada por la Universidad Complutense de Madrid. Graduada en el
cola. Te juro que no podía ni respirar, no y tú me dijiste que porque probablemen- MFA en Spanish Creative Writing por The University of Iowa en 2017.
recordaba cómo. El suelo de la planta te es la pintura más barata. Hicimos un Sus poemas han aparecido en The American Journal of Poetry, GFT press, Ají
alta era demasiado largo y desde mi millón de especulaciones, pero nunca Magazine, The Doctor T. J. Eckleburg Review, Into the Void Magazine, The Plat-
posición no podía verles, no podía ver pensamos que porque es un color a prue- form Review, Barcarola y El Coloquio de los Perros, entre otros.
qué estaba tirado en el suelo. El grito no ba de degüellos. Se pintan los graneros Es autora del poemario Este frío no es nuestro (Entropía Ediciones, 2019).
cesaba y ellos se pusieron a cantar. pensando en las salpicaduras. Una for- Actualmente es alumna de primer año del PhD en Escritura Creativa en Español
Cantaban algo que no habían oído antes. ma de camuflar el hecho, de minimizar en The University of Houston.
Y el otro sonido de fondo, a destiempo, el drama. Mataron a los cerdos con
arrastrando el aullido entre las voces y mucha rabia y poca prisa, a las cuatro
las palmas. Un infierno musical. Luego de la mañana, con la nieve y la luz de
vi salir a dos y empezaron a fumar en la luna sobre los campos de maíz, y fu-
la puerta. Los extremos de los cigarri- maron y cantaron y uno apagó una coli-
llos iluminados y la ceniza cayendo en lla en uno de los arroyos de sangre. Y yo
la nieve como luciérnagas que se mue- estaba arriba, sin poder apartar los
ren durante el vuelo. Podía escuchar ojos, observando el baile macabro hasta
los pasos de los otros dos hacia el extre- que despuntó la mañana y los hombres
mo opuesto del granero, debajo de don- bostezaron y decidieron marcharse. Es-
de estaba el piso que me sostenía. Apro- taba asustadísima. Se debieron quedar
veché para moverme hacia el borde, a afuera un rato porque escuchaba sus
la izquierda de la escalera, porque ha- voces. O quizá sus voces se habían que-
bía un rollo de paja en la esquina detrás dado dentro de mi cabeza y seguían re-
del que podía esconderme. Oí abrirse la produciéndose como un eco, o quizá eran
portezuela de la valla y alborotarse a las voces de otros, porque ya había
los cerdos. Los gruñidos parecieron ac- amanecido y el fin de semana no aplica
tivar un resorte en los que fumaban en a los granjeros. Esta ha sido una nevada
la puerta, porque tiraron los cigarrillos, inesperada, y hay que resguardar a los
se arremangaron los plumas y camina- animales. No sabría decirte cuánto
ron con aplomo triunfal hacia el centro tiempo dejé pasar hasta que me atreví a

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CREACIÓN CREACIÓN

día que se hizo sus cosas debajo de la Garrocha, y lo dejamos a sus anchas,
mesa, y ¡puf!, cómo olía, cuando estu- que corra si quiere, o que se tumbe a la
vieron aquí el Quim y la Montse, quina bartola. Lo dejamos en libertad, él solo,
vergonya! Y así todos los días. Cuando y que sea lo que Dios quiera.
no se asfixia, te despierta aullando a Hay un silencio.
las tantas de la madrugada. Yo es que –Caray, Oriol –Laia traga saliva, no
no puedo más, Laia. ¿Qué quieres que sabe muy bien qué decir–, que no és un
haga? Esto a mí me supera. Mira, le gos, el senyor Ni-colau, que es el teu
damos la pastilla, así no se puede estar, pare…
ni él ni nosotros. Le damos la pastilla y Oriol se enciende un cigarrillo, el ter-
que descanse, el pobre, es lo mejor para cero en poco rato.
todos, lo más humano; o lo llevamos –Entonces, ¿qué? Mejor lo llevamos
un día al campo, lejos, como si nos fué- al campo, ¿no?
ramos de excursión, al Montseny, a la

© Kelxkel
Fuente: Flickr

Alberto Martínez (Zaragoza, España, 1977). Residente en Tudela, Domingo


Alberto Martínez es autor de dos novelas, Las ruinas blancas y Trovas de fierro,
ambas premiadas, y de una antología de relatos, El pan nuestro de cada día. Ac-
La gota que colma el vaso vehemencia, las separa, las agita como tualmente prepara una nueva colección de historias cortas, Palos de ciego, a la vez
por Alberto Martínez si estuviera espantado una mosca–. Y que trabaja en su siguiente novela, Campo Franco.
mejor no hablar de irnos de casa y que
se quede él solo. Si salimos dos o tres
–Mira, Laia, es que no sé qué hacer. días, ya estamos llamando a tu tía para
Me acuerdo al principio, cuando íbamos que se acerque a echarle un vistazo, a
al monte los fines de se-mana, a Collse- comprobar que todo está bien, que aún
rola, al Tibidabo, qué manera de correr tiene comida. Y esto, lo último, collons!
entre los árboles, qué energía, trepando Esto ya, mira, Laia, esto ya es la gota
por los senderos que picaban hacia arri- que colma el vaso. Vas por el pasillo y
ba; era para verlo, siempre él el prime- pisas un charco, y a fregar, a limpiar-
ro, abriendo camino. Y ahora, ya ves. Se lo todo, o de repente se ahoga, empieza
pasa el día entero durmiendo en el sofá, a toser y vomita en la alfombra, o en
parece un trapo viejo, o en una butaca la colcha de la cama, y venga a poner
pegada al radiador. No puedo llevarlo a lavadoras. De un tiempo a esta parte
nin-guna parte. Si lo saco a pasear por todo son preocupaciones. Hay que ir de-
la playa, a los cinco minutos da pena trás de él continuamente. Se mea en la
verlo, con la lengua fuera y los ojos lle- entrada, en cualquier parte, o deja por
nos de lágrimas. –Junta las manos con ahí escondida alguna sorpresa, como el

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CREACIÓN CREACIÓN

hasta la gaveta de la mesita. La abrí y -Pero y si…


toqué y toqué hasta el fondo de la gave- Sin más, me levanté otra vez. Una
ta apartando gafas, carteras, llaveros vez más tropezando con todo. Me caía, y
y alcancé un pomo de pastillas. Intenté me levantaba. Solo me importaba ella,
abrir el pomo, pero mi mano temblaba llegar a ella. Era muy difícil coordinar
demasiado. Y cuando la logré abrir en los pasos por el efecto de las pastillas.
mi torpeza todas las pastillas cayeron Estaba muy débil, pero con el afán de
al piso. Aun así empecé a arrastrarme llegar a la puerta a encontrarme con
por todo el suelo en busca de las pasti- ella o a encontrarme una vez más con
llas. Tocaba y tocaba y cuando ya había el dolor. Pero el valor de la duda, de la
reunido unas veinte, volví a la cama, y incertidumbre, me parecía mayor que
me las tomé una a una, y mil neuronas el vivir o el morir, nada importaba, solo
se comenzaban a hacer pedacitos mien- reír o sufrir, otra vez, una última vez.
tras la recordaba. Ay, Dios. Pero antes de abrir la puerta caí al
suelo.
Ya casi dormido sentí toques en la Intenté levantarme otra vez.
puerta. No pude.
© Buetweekmich Mi mente se inundó de tontos pensa- Y seguían los toques, y seguían.
Fuente: Flickr mientos. Ya casi no podía moverme mientras
-Quizás... ¿Será?... No... No lo creo... el tiempo parecía detenerse a esperar
Pero y si fuera ella, y si fuera ella que por mí, las pastillas hacían su efecto,
toca, espera, y se va decepcionada de aún con la gran duda ¿Y será ella? ¿Y
no encontrar a nadie. Lo más probable será ella? Cerré los ojos, suspiré, es-
Braille nuncié su nombre. Su hermoso nombre. es que esos toques sean un intento des- cuché sus toques una vez más. ¡Eran
por Darío Cisneros -Lubiana... Lubiana... ¿Eres tú? esperado de mi mente para salvarme, idénticos!
Nadie respondió. o quizás son ciertos pero un vecino, o el Era ella, juro que era ella. Era mi
Caí al piso de rodillas, y en eso mi cartero o qué se yo. Pero, si fuese ella... amada Lubiana.
Eran muchos los pasos en la calle, llanto, y con mi llanto la lluvia que em- ay, Dios, y si es ella... ¿Qué pasa si es Tenía que levantarme si quería tener
sin embargo, escuché los suyos. Los re- pezaba. Y la vida, mi retazo de vida, ella?... ¡Que no!... Que no puede ser... es una razón para vivir otra vez.
conocí enseguida. Ese característico so- una vez más perdía su sentido. Me le- imposible... pero y si lo imposible exis- Y me levanté.
nar de su bastón tan elegante y preciso vanté entre las sombras, cerré la puer- te... y si… ¿y si es ella? Otra vez me quité los brazos de la
confirmaba que era ella. No pude es- ta, y un suspiro me acompañó hasta Una vez más sentí los toques deses- muerte de encima.
perar. Me anticipe antes de que tocara el cuarto. Caí en la cama, otra vez, la perados, Dios mío, los oí como si fuesen Di unos pasos.
la puerta. Pronto estuvo muy cerca y almohada húmeda, el olor a colirios y en mis propios oídos, y una vez más. Abrí la puerta.
mi corazón resonaba como campanazos cócteles, el ruido de la gente caminando -¿Será ella?... No... Sí... Tal vez... Llamé.
de un toque de queda. Parecía como si por la calle, todo menos ella. «¿Dónde No... No sé... -Lubiana... Lubiana... ¿Eres tú?
se detuviese el tiempo al ritmo de sus estás, Lubiana?», me decía. La mente me estaba jugando sucio. Nadie respondió.
pasos, y pasos, y pasos. Hasta que sus Sin embargo, en medio de tanto ago-
pasos llegaron frente a mí, y no se de- bio encontré un consuelo. No lo pensé
tuvieron. Siguieron de largo y el mun- dos veces, o si, solo que esta vez fue
do parecía caerse en pedazos sobre mis la vencida. Me corrí hasta la esquina
ojos, pero una vez más lo intenté y pro- de la cama y mis manos se dirigieron

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CREACIÓN CREACIÓN

Darío Cisneros (Santiago de Cuba, Cuba, 2001). Ganador en 2017 de los Juegos
Florales de Poesía de Santiago de Cuba. Publicó Zapatos Crudos en Ediciones San-
tiago en 2018, así como en la revista Caserón de la UNEAC. Obtuvo el premio del
XXVIII Concurso de Cuentos «Noble Villa de Portugalete» (España), en la catego-
ría para menores de edad, con el cuento Por si acaso ellos no lo saben. Dicha obra
también fue publicada en internet con el enlace: http://www.portugalete.org/es-
ES/Noticias/Documents/20190114_Acta%20-%20Akta.pdf. Publicó en la revista
española Almiar con el cuento Un tipo muy pensativo. Egresado del centro Onelio.

© Nilanjan Nag
Fuente: Flickr

La trampa hirviendo y me voy hacia la salida de


por Gianfranco Martana1 emergencia de la parte trasera, atrave-
sando el último bullicio antes del tim-
bre. El jaleo siempre es doble: el de los
Fumar en la escuela no está permi- niños y el de las bedeles y maestras,
tido, tampoco en los patios ni otros es- que en vano intentan acallar los gritos
pacios abiertos, vías de escape a las que de los niños, espontáneos y alegres, que
se accede presionando barras de pánico. suenan menos desagradables que aque-
Para hacerlo sin infringir prohibiciones llos chillones de las mujeres. ¡Si por lo
hay que rebasar el perímetro de la ver- menos hubiese un hombre, aquí den-
ja, que protege a los niños y enjaula a tro! Me parece estar en un gueto, aun-
las maestras como yo. Allá afuera está que cuando tengo un buen día lo llamo
el mundo de los libres, donde solo re- «el gineceo»: es mi manía, la de bus-
gresaré a la una y diez, la hora de mi car nombres finos para soportar mejor
habitual fin de condena. ciertas fealdades.
Pero no quiero renunciar a mi ciga- En el fondo del pasillo robo un para-
rrillo antes de entrar en clase, a pesar guas, presiono la barra roja y pongo una
de que hoy llueve y hace aire. Cojo de la piedra entre los batientes de la puer-
máquina expendedora el vasito de café ta para no quedarme enjaulada fuera.

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CREACIÓN CREACIÓN

«Enjaulada fuera», pienso, y sonrío. compañeras de Religión. En cualquier griteríos. Mi vasito y su colilla acaban alma a los pies, siempre que el alma
«Como si no estuviese enjaulada dentro caso, ya me di la absolución, y que se en una papelera, los músculos estru- exista; pero eso tampoco me atañe: ¿no
también». Al lado de la puerta hay un vaya a freír espárragos quien no esté de jados de Superman los dejo descansar me pagan precisamente para ignorar
pequeño rincón, donde nadie puede ver- acuerdo. en la pared más cercana. El agua me ese problema?
me, desde ninguna clase, desde ningún La lluvia golpea el cristal de la puer- empapa los zapatos, pero la una y diez
Notas
despacho. Solo caben dos personas, pero ta. Ayer no llovía, y pasé el rato del me parece menos lejana y en la sangre
(1) Traducido del (original) italiano por
hoy, con el tiempo que hace, estoy sola. cigarrillo respirando en el cristal. Con tengo suficiente cafeína y nicotina para
el autor con la colaboración de Marta
El paraguas es pequeño, pero yo tam- el dedo índice dibujaba corazones, aste- alcanzarla antes de que se me caiga el
Martín.
bién lo soy, así que me las apaño. Tiene riscos, símbolos de infinito, caritas son-
un dibujo de Superman volando, ufano y rientes y tristes, por el placer infantil
musculoso. Con lluvia y aire no es fácil de ver las formas aparecer y desapare-
tener en una mano un paraguas y un cer. Si ahora no lloviese podría volver
vasito de café y con la otra encender un a hacerlo y las vería de nuevo, como
cigarrillo, pero nosotros, los fumadores fósiles que surgen de una piedra. Es lo
tenemos unos superpoderes que voso- bueno de esta profesión, que los niños te Gianfranco Martana (Salerno, Italia). Doctorado en Filología Italiana.
tros ni siquiera imagináis. recuerdan la belleza de esas tonterías. Vivió en Brighton durante seis años antes de mudarse a Valencia en agosto 2018.
Enseño Valores Cívicos y Éticos; mis El cigarrillo ya se ha consumido, es Alrededor de veinte relatos suyos han sido publicados en revistas italianas. Tam-
estudiantes son hijos de ateos, musul- hora de regresar. Apago la colilla en la bién publicó una novela (Un'opera di bene) y acaba de escribir otra (Mammalitur-
manes, testigos de Jehová y parejas gota de café que dejo aposta en el fon- chi!) sacada de su guión finalista en el «Premio Solinas», el certamen de guiones
mixtas. Como un pequeño demonio me do. En una esquina de la puerta hay un más prestigioso de Italia.
infiltro en las clases de mis compañe- macetero lleno de tierra, negra como el
ras de Religión, les robo uno, dos o tres café y empapada de agua. Contiene por
niños y los acompaño a un aula que en lo menos cincuenta colillas espachurra-
origen era una especie de trastero hú- das que parecen brotes listos para con-
medo y oscuro que rebautizé como «el vertirse en nuevos cigarrillos. Aún no sé
limbo». Para hoy he preparado una quién vacía el macetero. Quizás hagan
lección sobre la Declaración Universal turnos, pero a mí no me atañe: los míos
de Derechos Humanos, una de aquellas siempre los apago en el vasito, a esta
cosas que los dirigentes aprueban sin hora no podría fumar sin el sabor del
decir ni pío, aunque Superman me dio café en mis labios. Inspiro el aire hú-
otra idea que desgraciadamente tendré medo y echo un último vistazo más allá
que quedarme para mí misma: hablar de la verja, donde veo pasar hombres
de Dios como si fuera un superhéroe de que parecen siluetas irreales de cartón,
la antigüedad, alguien que premia a los y quizás para llamar su atención hago
buenos y castiga a los malos, y a ver girar el paraguas, pero en seguida pien-
qué ocurre. Yo soy mala, lo sé: fumo so en Superman dando vueltas encima
donde no debo, deseo saltar la verja y de mi cabeza con el puño levantado, él
corromper los programas ministeria- también atrapado en un estúpido tiovi-
les. Mi castigo consiste precisamente vo, y me echo a reír.
en estar en la escuela, pero sin castigo ¡Basta! Doy una patada a la piedra
no habría pecados; una gran paradoja y entro mientras el corto sonido del
moral, que un día iré a debatir con las timbre se eleva sobre todos los demás

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CREACIÓN

Adiós, amor mío


por Daniel Centeno

Jessi sigue pensando en cómo era la vida hace cuarenta años.


Para ella, nada ha cambiado. Los grandes temas del mundo
siguen siendo los mismos: el amor y la muerte. Aun cuando no
hay nada más esperándonos, no logro convencerla de que ya no
hay futuro.
Al verme en la regadera se queda detrás de la cortina y me
observa angustiada.
—¿Por qué no piensas en nuestro hijo? —me dice. Acaricia su
abdomen mientras se quita la ropa. Quiere que tengamos un
bebé.
El agua cae en mi rostro. Estoy en la ducha otra vez. Solo
ahí puedo figurarla como debería ser, solo ahí la Jessi frente
a mí se asemeja a la Jessi de mi imaginación, la de un pre-
sente que no es sino nostalgia, porque no existirá jamás. Solo
en la humedad vuelvo a sentirme tan vivo como antes. Jessi
no lo entiende y vuelve a hablarme de tener un bebé, pero ve
en mi expresión borrosa por el vapor y la cortina algo que la
hace detener su obsesión. Le cambia el gesto. La severidad y la
consternación se rompen como una costra que da paso al ruego.
Es apenas una sombra detrás de la cortina, pero así puedo ver
con claridad lo que siente. Solo así. Al deslizar la cortina, sin
embargo, me está sonriendo.
Desde su última resurrección las cosas no son iguales. Se
obsesionó con la maternidad. Mira los aparadores e imita las
posturas de los maniquíes y me sonríe. Ninguna resurrección
fue así. Mi esposa ha muerto tres veces, hasta ahora.

Estábamos sentados en un parque, la primera vez que mu-


rió. Habíamos pasado una hora discutiendo sobre el futuro.
—Quiero seguir estudiando —me dijo.
Jessi se había licenciado en literatura. Me corregía al hablar.
Llevaba libros en su bolsa. A veces me contaba historias que
yo creía que no eran suyas, pero ella había olvidado si lo eran o
no. Para ella no había distinción. La literatura era su mundo,
y ella está tan metida en él que el amor y la muerte, las dos
grandes pasiones de las letras, decía ella, estaban en todos la-
dos, sin importar qué mirara.

© George Christakis visorliteraria.com | 44


Fuente: Flickr
CREACIÓN CREACIÓN

—Te miro y sé que esto no será para pado, cada quien en su sitio; aquel era meterlo. Quizá nunca querría. misma. El primer mes estaría como
siempre, pero quisiera que lo fuera –me nuestro lugar de siempre. «La vida es incierta y no sé si quie- ausente. Asumí que era normal. Des-
decía-. Es lo mismo con los libros. A lo —Ya sé que lo he repetido mil veces, ro ser madre. Quiero viajar, conocer pués de todo, había vuelto de la muerte.
mejor un día me entiendes y te presto pero esta vez escúchame con atención. el mundo, leer mucho, y quizá enton- Lo primero que me dijo, cuando al fin
algunos. —Yo siempre te escucho. ces quiera tener hijos». Recordé aquella habló, fue que no dijera nada.
Sus amigas la criticaban por exceso Hizo aquel gesto suyo, alzando una discusión en particular mientras Jessi —Escúchame —me dijo. Mi cuerpo
de romanticismo, pero ella se decía de- ceja y poniendo su dedo índice en el pó- asentía a mi pregunta. Yo comencé las tembló al oír su voz otra vez. Era tal
cimonónica. Sentía las pasiones como mulo. caricias en su abdomen. Había niños como la recordaba. Pero así, con ese
las pasiones deben sentirse: como si uno —Suponiendo que me has escuchado frente a nosotros, dándoles la espalda tono, la recordé en sus días grises, don-
se muriera al tocar su aura con solo siempre… a los hombres que peleaban. Cuando de solía llorar inconsolable por sentir
respirar. La abracé por la cintura y ella me reparé en ellos con más cuidado me di tanto la vida-. Solo pueden saberlo mis
—Ellas quieren que sea de una forma, golpeó para que la soltara. Le hice cos- cuenta de su parálisis, mirando hacia padres. Quizá un par de amigos. Nadie
pero no voy a serlo solo porque ellas quillas y su risa se mezcló con los gritos nosotros. Estaban muertos de miedo. más debe saberlo.
quieran. En cualquier caso, la historia de los hombres. Por momentos se ca- —Sí —me respondió. Así fue que hablé una vez más con
siempre se repite. Y algún día verán llaron, o yo ya no escuché lo que decían. Entonces vino el ruido del desgarre, el sus padres y amigos, y les pedí que vi-
que no hay nada malo en sentir como La risa de Jessi no me dejaba advertir mundo se partía junto a nosotros. Lue- nieran a la casa sin decirles para qué.
yo siento. que vivía en un mundo de gente moles- go vino la sordera. Los dos caímos al Solo dije:
Cuando nos casamos, me pidió que ta. No podía concebir una contrariedad suelo mientras los hombres comenza- —Es sobre Jessi.
en lugar de gastar una suma exorbi- así. ron a dispararse en el parque. Me sentía Al verla, nadie podía creer que hubie-
tante en la boda gastáramos la mitad Habíamos salido a correr. Decía que ajeno a todo lo que estaba pasando. No ra vuelto, pero la mayoría se entusias-
en regalos para nosotros, y la mitad en quería tener buena salud desde entonces solo no escuchaba mis gritos, ni siquie- maron tanto que no pararon de besarla,
ahorros para el futuro. Jessi siempre se para llegar a vieja de la mejor forma ra podía escuchar mi corazón. Sabía que darle abrazos. Jessi no parecía sentir-
imaginaba el paso del tiempo. posible. Yo le había dicho que tomára- golpeaba mi pecho desde el interior con los. Asumí que su cuerpo aún no recu-
—Quiero ser una vieja como Alice mos un descanso; la vida estaría espe- la fuerza del temor a morir, pero no peraba del todo su sensibilidad, pero no
Munro, tan bella y elegante. Y también rándonos al día siguiente. podía escucharlo. Jessi, en cambio, no supe si ese era el mismo cuerpo. Si esa
voy a ponerme a leer revistas de moda Jessi se irguió como si al reír no pu- temblaba en absoluto. frente a nosotros era la Jessi que recor-
porque para entonces, ya vieja y con una diera comunicarme su sueño. Así supe que estaba muerta. dábamos.
melena de plata, voy a descubrir que ya —Por favor, es un asunto serio. Cada martes sus padres la visitaban,
viví todo lo que quería vivir. —Estoy serio. Mírame. La segunda muerte de mi esposa ocu- igual que alguno de sus amigos. Jessi,
Sonreía de tal modo que, al decirme Pretendí no mostrarle nada con mi rrió diez años después de la primera. que había pasado sus primeros días en
eso, podía visualizar los mechones pla- rostro, pero ella pudo leer todo en mí. Luego de que muriera en el parque, silencio, comenzó a irritarse. Al irse
ta de los que hablaba. Me imaginaba -Quiero encontrar una teoría defini- preparé el funeral, llamé a sus amigos, una de sus visitas me dijo:
mis manos, justo como ahora son, vie- tiva para las historias. La arquitectura avisé a sus padres. Todo estaba dispues- —¿Por qué no dejan de hablar de es-
jas, arrugadas, tocando esos mechones. exacta de eso que luego nosotros desea- to a despedirla. Yo no quería hacerlo. tupideces? Nada de lo que dicen tiene
Sentía que el futuro, sin importar cómo mos contarle a las siguientes genera- Me era impensable pensar en el futuro valor. Nada de eso importa en la vida.
fuera, sería prometedor. ciones. sin ella. Entonces volvió. Tampoco en la muerte.
Así, del mismo modo, pensábamos —¿Te refieres a los niños? —le pregun- Lo hizo tan pronto, era un milagro Con el tiempo, Jessi comenzó a decir
del futuro estando sentados en aquel té. que volviera a mí. No me pregunté qué que todos los esfuerzos para salvar al
parque donde moriría unos minutos Habíamos discutido tanto sobre la significaba, porque algo así no se pre- mundo de su intrascendencia eran in-
después. Apenas podía oírla porque unos posibilidad de ser padres. Jessi me ad- gunta. Se agradece. Pero los años pasa- útiles. Todo esfuerzo por embellecer el
hombres gritaban a unos metros de no- virtió que no querría sino hasta varios rían. horror de los hombres carecía de valor.
sotros. El resto del parque estaba ocu- años después, y ni así, dijo, podría pro- Desde su regreso, Jessi no sería la —¿Qué caso tiene que siga estudiando

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CREACIÓN CREACIÓN

literatura, ahora? Deja de insistir, An- como Jessi.


tonio. No pienso perder mi tiempo así. Tomé a Jessi por el hombro. Intenté
No tiene sentido. cubrir su cuerpo con el mío. Jalé con
Pero entonces ella no le encontraba fuerza. No estaba dispuesto a dejarla
sentido a nada. Se cuestionaba todo. morir. No otra vez.
—¿Para qué estamos aquí, Toño? Viví —Bájate, por favor —le dije—. Ven.
mi vida pensando en que quería hacer Me siguió. Se ocultó detrás de un
ciertas cosas, y al final morí sin haber- asiento. La gente gritaba. Otra vez ha-
las hecho. Aquí estoy, pero no las hice. bía gritos alrededor de nosotros, rom-
Que esté viva no cambia nada lo que no piéndonos para siempre.
hice. —Esto no significa nada —le dije.
Rompió la lista permanente de pro- Entonces Jessi se puso de pie. Estaba
pósitos, que había escrito cuando nos firme. No la había visto así desde que
casamos. Decía, a manera de mandatos había vuelto.
para la memoria: —Te dije que nunca seríamos esposos.
«No olvidemos: Amarnos cada día, Me miró y luego cerró los ojos, entre-
hasta el día de nuestras muertes». gándose a la muerte otra vez.
Pero Jessi ya se había muerto. No
paraba de recordármelo. La tercera muerte de mi esposa fue © Ma vie photography
Fuente: Flickr
—Tenemos que pensar en nuevos votos la más inesperada de todas. Había tar-
—me dijo, sentada en el suelo, mirando dado diez años en volver tras la segun-
la biblioteca que armó con el dinero de da. Todos asumieron que el milagro de
la boda. No se atrevía a tocar los libros, su resurrección había sido suficiente,
desde que volvió—. ¿Ya no estoy casada que no se le podía pedir más a la vida. un ritual, sonriéndole en agradecimien- dieron:
contigo? ¿Quién vive dos veces? Pero yo la es- to por estar viva mientras ponía la ca- —¿Otra vez? —escuché miedo. Tras
El asunto de la resurrección la ha- peré cada día, porque algo en mi inte- beza sobre mis manos, apoyadas en el hacerme la pregunta, colgaron.
bía trastocado para siempre. Temblaba rior resonaba tan profundo como una colchón. Otros dijeron:
todo el tiempo, como si quisiera com- de esas historias que ella no dudaba en —Por favor, no me interrumpas —me —No sabía que ya no estaba con no-
pensar aquello que jamás supo del tiro- leerme cada tanto. De amor, de muer- dijo alguna tarde. sotros.
teo, el asunto del funeral y todo lo que te, de esos grandes temas con los que La mayoría de las veces no me de- Algunos, más discretos, simplemen-
hice tras su partida. se obsesionaba. Creía que los dos eran cía nada. Tan solo movía la ceja, ya sin te dijeron:
—Ya nunca seremos esposos —senten- el motor del mundo. Lo creía antes de usar el dedo, y volvía a su lectura como —Nuestra Jessi siempre vuelve.
ció—. Ya me casé contigo una vez. Viviré volver la primera vez, y yo esperaba si yo no estuviera ahí. Yo era feliz de Pero no iban a la casa a visitarla. Al-
así contigo hasta que muera otra vez. Y que volviera creyendo en ellos. Que se verla leyendo otra vez. gunos simplemente no creían que fuera
no se diga más. entregara al amor. Con el tiempo, se fue acostumbran- un milagro.
Y no se dijo más del asunto, hasta Cuando volvió ya no hacía más que do a la vida de antes. Habían pasado —No nos queremos despedir de ti.
que apareció otro hombre. Estábamos leer. Creí que recuperaba el ánimo de diez años, pero yo me sentía tan joven —No se preocupen por mí. Nos vere-
en el cine. El hombre abrió fuego con- antes, cuando yo era más joven y ella a su lado. Algunas de sus amistades no mos luego —le dijo Jessi a sus padres.
tra todos, no paraba de temblar. Esta- estaba viva y soñaba con el futuro in- paraban de agradecer la repetición del —Adiós.
ba furioso y no encontraba sentido en cierto. milagro. De algunas ya no supe más. O Jessi, que siempre respondía «has-
el mundo. Podía verlo en sus ojos por- —¿Preparándote para estudiar litera- no quise saberlo. Cuando les llamé para ta luego» sin importar cuantas veces
que ya había visto esa expresión. Él era tura? –le preguntaba cada tarde, como decirles que Jessi había vuelto, respon- le respondieran, comenzó a responder

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CREACIÓN CREACIÓN

igual: quiera hacerlo realmente. En realidad, supe qué responder. Ella tomó mi silen- parecer más viva, pero ya se ha muer-
—Adiós. al hablar de la muerte, uno infunde cio como una respuesta y se marchó de to tres veces y no sé qué nos depara el
Pasaron semanas. Estaba convenci- vida. Una y otra vez, hasta que los per- la casa. futuro.
do de que Jessi recuperaba el vigor que sonajes usados en la historia se agoten Pasaron veinte años. Le he seguido la corriente. Tenemos
tenía antes de morir, la que siempre y deban contarse nuevas historias. El Cuando regresó, me dijo que había sexo todos los días. Nunca hubo tanto
había tenido, su vigor. Me hablaba del amor persistirá. muerto una vez más, apenas se fue. Su sexo en nuestro matrimonio como aho-
libro que estaba leyendo. La fascinación de sus labios al pro- rostro era como antes de morirse. No ra.
—La historia se repite sin final. Des- nunciar lo que decía no se equiparaba le quise preguntar cómo había ocurrido. —Es porque me gusta lo prohibido —
de los egipcios hasta nuestros días. El a la de los míos, recordando de pronto Nos quedamos acurrucados en la cama, dice, riéndose—. ¿No entiendes que esa
amor. La muerte. cómo era besarla. a oscuras, y estuvimos ahí hasta que el es la otra constante en las historias? El
—¿Qué libro es ese? ¿Es una novela? —Eres la de siempre —le dije, hipnoti- cuerpo amenazó con petrificarse. miedo a ser atrapados, a la separación
—No —me respondió abstraída—. Es zado por la belleza que irradiaba. —Lamento haber llegado tarde. En que traería la otra gente, el tiempo, la
un estudio de antropología. Hablan de Jessi se quedó ahí, muda. Yo hice lo realidad, hace días que volví —me dijo. muerte. Lo prohibido es tan necesario
la persistencia del amor. mismo. Esperamos largo rato. Ni si- —No digas nada —hablaba del tiempo como los niños.
Tenía el libro en sus manos, lo hojea- quiera intenté tocarla, porque no podía como si no tuviera valor. Ya ni siquiera Ella tiene razón. La aprieto. La
ba y luego me miraba. romper el silencio de la cama con la el tiempo le importaba—. Todo está bien. muerte nos prohíbe tocarnos por déca-
—No dejo de pensar que hay algo que presión de mis manos. —No. Claro que no —se tapó la cara das. El tiempo ya no le importa. Está
se le escapa a la antropóloga que lo es- Jessi salió de la habitación. con mi pecho—. No dejes que me duer- tan absorta en ser madre que ignora que
cribió. Se fijó en el porqué de las his- Los días siguientes pasó todo el tiem- ma. el tiempo ha pasado en su ausencia. Hay
torias, se fijó en aquello que tienen en po observándome. Pensé que dormir le recordaba a es- algo en su tacto, imposible de describir.
común. El amor y la muerte, sí. Pero —¿Estás cansado? —me preguntaba. tar muerta. Me estremecí. Es nostalgia y presente, juntos y encar-
nunca intentó contársela a un niño. Las Leyó todos los libros en su biblioteca. —Ya no puedo soñar —dijo, de pronto, nados en la misma persona, muerta y
historias como esa, la del amor, deben Algunos los dejó fuera, como si no me- y se puso a llorar quedo. viva. Veo la muerte en su rostro que ya
ser oídas por cualquiera porque cual- recieran estar ahí. Los pocos que que- Supe entonces que aquella era mi úl- no teme morir.
quiera debería ser capaz de encontrar daron, todos ellos, decía Jessi, tenían tima oportunidad para no dejarla ir, —La muerte no va a separarnos —le
belleza en ellas. Como decía Borges. Él finales felices. otra vez, para siempre. digo, pero algo me obliga a retractar-
decía que las historias pertenecen a la —Ahí los dos mueren, pero su amor me, al menos un poco—, por ahora.
lengua, que están hechas para ser con- persiste. Desde entonces, Jessi mira los apara-
tadas con la voz. No imagino una histo- —¿Cómo puede persistir su amor si dores de maternidad, imita maniquíes y Jessi está saliendo del consultorio.
ria de amor que no pueda leerse en voz ellos mueren? me habla de la urgencia de ser madre. Sostiene un papel con una mano y con
alta. No me respondía. Tan solo señalaba —Mis óvulos no son eternos. Pueden la otra frota su abdomen con nostalgia.
—Ya veo, ya veo —le dije. el libro de la antropóloga y comenzaba estar muriendo ahora mismo. —¿Qué te dijo?
—No. Es algo más grande que eso. Los a decir: Me estremezco en medio de la ca- Otros hombres le preguntan lo mis-
cimientos de estas historias dependen —Puedes verlo como un asunto de lle. Nadie puede saber por qué tiem- mo a sus esposas. Desde consultorios
de que siempre haya a quien contár- biología, la conservación de la especie, o blo, pero quienes me miran se detienen distintos, estas se aproximan con el
selas. Romeo y Julieta son jóvenes no puedes verlo como un arquitecto de his- como aquellos niños en el parque. Saben mismo gesto que hace Jessi con sus ma-
solo porque es creíble que la juventud torias: se necesitan nuevos oyentes que que algo malo ocurre, y quieren saber si nos. Sin embargo, en ellas hay ternura.
esté dispuesta a morirse por amor, sino lo obliguen a uno a renovar los avatares ellos están a salvo. —Dijo que no.
para que sean los jóvenes quienes jamás del amor y la muerte. —¿Qué te pasa?
olviden lo que se siente. Estar dispuesto —Ya veo, ya veo. —Lo siento. Con el paso de los días, las semanas,
a morir con tal de amar, aunque eso —¿Aún sueñas con ser padre? —¿Por qué te disculpas? los años, se me acaban las excusas para
resulte trágico, aunque en la vida nadie Como no esperaba la pregunta, no Alza ambas cejas en un intento por tener sexo con ella. Estoy tan cansado.

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CREACIÓN CREACIÓN

—Puedo ser madre sin ti —me dice—, Solo eso sé. Es verdad lo que ella dice.
pero preferiría que tú fueras el padre. No la comprendo.
Ella sabe que no es cierto. Se sigue —Yo también me iré algún día y no
contando la misma historia, la gasta volveré —le respondo. Ella tampoco
sin importarle que algún día se agote. comprende.
Los dos estamos agotados, tan agota- Sus padres fallecieron hace tanto. Ya
dos. No sé cuánto más podemos revivir nadie la visita. Veo la soledad en sus
al amor. ojos, materializada en la eternidad de
—Algún día —me dice—, voy a irme de su retorno.
aquí y no voy a volver. No logras com- —¿Ya no me amas?
prender por lo que paso. Eres tan obtu- Jessi espera que yo le diga que sí, que
so, tan viejo. Mírate. le hable del amor y de la muerte. Pero
Sus libros siguen en su sitio en el sue- yo estoy tan cansado de ambas cosas y
lo, y otros en los estantes, los dejé así ya no tengo fuerzas para responder.
para ella. La ropa de maternidad cu-
bre las sillas de la casa. Estoy seguro Jessi se ha ido, y no la veré volver.
de que esas cosas seguirán ahí mañana.

© Christian Oneto
Fuente: Flickr

Daniel Martín Hernández Centeno «Daniel Centeno» (Los Mochis, Si-


El aroma de Borges Sin embargo, cuando el hombre llegó
naloa, México, 1991). Autor de Puerta cerrada (Editorial Paraíso Perdido, 2017). a casa, ocurrió un hecho que al princi-
por Juan Fernando Aguilar
Mención honorífica en el XVI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola. pio no pareció revestir importancia: se
Cárdenas
Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) 2017-2018 en la le cayó un libro justo cuando abría la
categoría de Cuento. Ganador de una mención especial en el II Certamen Literario puerta.
Internacional de la Fundación SOMOS, con el cuento Ni la muerte los separó. Ha El perseguidor, que para su oficio
El hombre atravesó la ciudad bajo
publicado en las revistas literarias La cigarra y Luvina, así como en la antología se hacía llamar Negro, recogió el libro
las lluvias de septiembre. Antes de en-
El arte del microrrelato, de Ediciones Contrabando y en la Antología de letras, grande y de pasta dura. Con el índice
trar en la biblioteca se detuvo a fumar
dramaturgia, guión cinematográfico de Jóvenes Creadores 2017-2018; también ha
al amparo de una cornisa mientras retiró la humedad de la cubierta para
publicado en los portales de Rojo Siena, Editorial Paraíso Perdido, Subtrama y
contemplaba el aguacero. Otro hombre, luego secarla con la manga del abri-
Contrasentido.
bastante mayor, lo miraba desde una go. La lluvia que apenas amainaba solo
cafetería. El observador trazó dos no- pudo arrugar las primeras páginas. Bajo
tas breves en su libreta, sorbió el café la luz opalina de la última hora de la
y esperó el cumplimiento de la impla- tarde el título se insinuaba con timidez:
cable rutina que estudiaba hace dos se- Jorge Luis Borges, Obras completas.
manas. El perseguido salió a la hora de Negro entró en su apartamento, al-
siempre. Lo siguió esquivando charcos quilado justo frente a la casa de su ob-
entre las aceras oscurecidas. «Ninguna jetivo, al que llamaba Gris, por el color
novedad», había escrito en la libreta. de sus trajes rigurosamente similares.

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CREACIÓN CREACIÓN

Se cambió la ropa mojada, hizo café Nunca fue dado a la literatura, y si con la foto de un niño de la misma edad ataviaba con un traje de color o diseño
mientras afuera caía la noche y se dis- bien halló belleza en las primeras pá- de su hijo asesinado. distintos. En su mutismo, apenas ador-
puso a examinar el libro. Era una edi- ginas, no encontró nada que lograse Los avances, si es que al principio los nado de gestos, Gris hacía parecer que
ción de hacía treinta años, firmada por asombrarlo. Recorrió varios párrafos, hubo, acusaron una lentitud pasmosa. el tiempo y el aire no volverían a mo-
el apellido de Gris, poblada de anota- regresando sobre los mismos cuando no El aire parecía escamarse en murallas verse nunca.
ciones y frases subrayadas. Aventuró entendía alguna imagen, cuando algún de polvo que se levantaban en el alféi- Negro pronto sufrió el desasosiego de
la hipótesis de que el libro le pertenecía fraseo le parecía inabarcable. La lluvia zar donde Negro, aunque acostumbrado no distinguir el domingo del lunes, o el
desde hace varios años. Sobre todo, que volvía a arreciar y las luces nocturnas a largas esperas, empezaba a inquietar- miércoles del jueves. Los días se suce-
era una posesión preciada, cubierta de parecieron acuarelas a través de la ven- se. Los días, recorridos uno tras otro, dían envueltos en un letargo que viciaba
las concesiones que se le darían a un tana empañada. Negro miró el fulgor no arrojaron rasgos a seguir más allá de el aire. Solo el libro y su olor a papel
viejo amigo. Cerró el tomo y se asomó al tiempo que comprendía que, aunque los ya conocidos, los ya predecibles. Las viejo rompían la quietud mientras el
por la ventana. El otro hombre también densa, no podría abandonar aún la lec- veladas avanzaban iguales, sucedidas detective leía en voz alta. «El aroma de
se había cambiado de ropa y bebía un tura. Se sirvió otro café y encendió un en una sola oscuridad que ni siquiera el Borges», se dijo al acercarse al tomo y
café todavía humeante. Como todas las cigarrillo mientras la lluvia acompasa- alba derrotaba del todo. Mientras con- olerlo. Disfrutaba los relatos policíacos,
noches, Gris escribía y leía frente al es- ba la noche que pronto sería madruga- templaba de cuando en cuando la bru- las historias de tierras lejanas, ensayos
critorio. En su rostro, apenas iluminado da. Esbozó una sonrisa al decirse que, ma de casi todas las noches, recorría filosóficos y poesías llenas de recuerdos.
por la lámpara de noche, no se advertía según Borges, en Buenos Aires también versos que comenzaban a erigirse como Suponía que Gris, preso de sus propios
angustia alguna por la ausencia del li- llovía mucho. pistas: «Tardes que fueron nicho de tu hábitos, soportaba la vida leyendo las
bro querido. Fiel al método de su oficio, tenía un imagen, músicas en que siempre me mismas historias.
Negro no había avanzado en el caso, mapa con fotos, notas, direcciones y de- aguardabas, palabras de aquel tiempo, A las tres de la mañana, cuando sus
nada de importancia sobresalía en su más rasgos relacionados con su caso. yo tendré que quebrarlas con mis ma- ojos ya no podían enfocar las letras con
libreta. Apenas conocía los detalles mí- ¿Quién era Gris? La idea que se tiene nos». Negro releyó los versos hasta po- precisión, encendía un cigarrillo y es-
nimos que le proporcionó su contratis- de un hombre depende del otro hombre der recitarlos de memoria. Miró por la peraba. No aguardaba nada particu-
ta quien, como muchos, no revelaba su que lo percibe y, siendo así, su primera ventana hacia el escritorio iluminado, lar, quizás una llamada, una carta, un
nombre y se comunicaba solo por lla- pregunta debería ser: «¿quién soy yo?». diciéndose que solo podrían haber sido disparo, o que al menos se cayera una
madas y cartas. Negro, acostumbrado Negro sabía, o creía saber, que Gris escritos por alguien que respirase sole- taza y se rompiera. Una noche, antes
a la inmovilidad, prefería no estable- era un joven escritor, mientras que él dad, así como él mismo, como Gris. «En de beber la última taza de café, por fin
cer contacto con Gris, no tan pronto. mismo era un detective que empezaba algo nos parecemos, Borges, Gris, y yo», ocurrió algo: escuchó pasos en el corre-
En silencio, con un cigarrillo a medio a canecer. Las preguntas envolvían la susurró acariciando el dorso del libro. dor. Negro tomó el revólver y lo apuntó
acabar entre los labios, miraba las ho- estancia como un vaho, un aliento de Gris no variaba su trasegar por las a la puerta. No obstante, nadie intentó
ras derramarse sobre la calle, sobre el días antiguos que hacía que su mano calles. Recorría las orillas del lago para forzar la cerradura. Un sobre apareció
hombre, sobre el mundo. Tal vez todo buscase el revólver mientras pasa- después atravesar el parque hacia la bi- bajo la entrada al tiempo que los pasos
habría seguido encauzado en la rutina, ba las páginas. Adquirió la costumbre blioteca. No hablaba con nadie, y en su empezaban a sonar lejanos, como in-
en el método que Negro acostumbró du- treinta años atrás cuando, en un res- silencio siempre se mostraba educado. grávidos. El detective esperó un minuto
rante años; mas el libro reverberaba taurante, un hombre abrió fuego contra Negro no tardó en advertir el proceder exacto antes de acercarse. Sabía que po-
bajo la luz ocre de la bombilla, invitán- él, su esposa y su hijo. Negro no llevaba metódico de su objetivo. Su manera de drían ser dos hombres, uno alejándose,
dolo poco a poco a compartir su soledad. su arma. Recordaría siempre el reflejo caminar exhibía un ritmo invariable, y otro esperándolo en el umbral con un
Sonrió, acercó la mano al tomo y se dijo de su mano derecha buscando la culata una cadencia que recordaba a un re- arma en la mano. Al abrir solo encon-
que aquellas páginas podrían darle otro ausente. Después del funeral encontró loj. Siempre esquivaba el mismo char- tró el gárrulo de la lluvia y la brisa que
camino a seguir. Nunca antes había leí- al pistolero. Entre sus ropas, aún no del co, siempre se acomodaba el cuello del se filtraba desde las escaleras. Leyó el
do a Borges. todo ensangrentadas, encontró un libro abrigo en la misma esquina, y jamás se contenido del sobre. La firma corres-

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CREACIÓN

tomo, entonces la tura fue el único signo de movimiento,


primera hipótesis había terminado por comprender que
había fallado y la la literatura demandaba una percep-
obra solo era un ob- ción que jamás nacería de los ojos; sino
jeto prescindible en- tal vez de un genuino deseo de vivir.
tre todas las que leía Gris, quien negaba toda espontaneidad,
Gris. O bien, todavía no habría podido comprender a Borges.
no notaba su ausen- «Pero las notas…» murmuró Negro,
cia. Negro lo consi- «Sugieren que sí, insinúan además, feli-
deró improbable. Su cidad». Mientras contemplaba la ceniza
actuar metódico pa- del cigarro sobre sus dedos pensó en la
recía vedarle cual- caligrafía del sobre. Al aplastar la co-
quier posibilidad de lilla, casi sin darse cuenta, resolvió que
olvido. El detecti- la carta y el libro estaban relacionados.
ve comprendió que Se puso un impermeable, esperó a que
no podría dormir, y el estudio de Gris se quedase a oscuras.
mientras prepara- Dejó encendida la luz del cuarto y cru-
ba un termo de café zó, bajo el aguacero, hacia la residencia
surgió la tercera de enfrente.
hipótesis: Gris dejó Forzó la puerta y avanzó con el re-
caer el libro a pro- vólver en la mano. La casa de dos ni-
pósito. La idea, que veles estaba tapizada por estanterías de
al principio se le an- libros y alfombras de polvo que se adivi-
tojó trivial, cercana naban plomizas en la oscuridad. Mien-
a lo absurdo, tomó tras subía las escaleras, Negro se sintió
forma luego de tra- perdido, como si acabara de entrar en
zarla en el mapa. un laberinto. Al avanzar sobre la ma-
Si Gris era como un dera que no dejaba de crujir, recordó un
reloj y cada jornada relato de Borges sobre una biblioteca in-
la vivía en un fo- finita donde habitaban el hastío y la es-
pondía a su contratista. de la investigación. Supo que se sentía tograma infinito, entonces sería difícil peranza. Encontró el estudio; comprobó
La intuición le decía que la cita pro- intranquilo, y por primera vez en años, pensar en un descuido que hiciera des- que la luz de su cuarto, aunque tenue,
puesta no podría ser nada distinto a se sentía con vida. aparecer una posesión tan personal. Al podía entreverse desde el escritorio. «Él
una trampa. Hacía mucho que ya no Recordó el relato de Erik Lönnrot, su fumar, revisó en su libreta los movi- también puede verme», susurró con
trabajaba para el gobierno y llevaba un engaño y su muerte. Se dijo que Borges mientos del objetivo, la impecable ru- sorna al tiempo que buscaba los textos
par de años sin recibir amenazas. Con- lo advertía, que le hablaba a la memo- tina tan cercana al horror, el ciclo de de Gris. Los halló en el cajón principal.
templó los posibles desenlaces; todos ria de lo leído. Al mirar hacia la ca- desgana de un hombre en el que todo Relatos breves, algunos versos y frag-
llevaban al hastío o a la muerte. Miró lle reparó en lo obvio, recriminándose era deliberado. mentos de lo que parecía ser un diario.
el cuarto donde se hospedaba, su oscu- en breves maldiciones por su descuido. Estudió las anotaciones de las pági- Luego de leerlos, se marchó cuando el
ridad no llegaría a ser sordidez, como Gris aún no manifestaba asombro por nas, las frases subrayadas que él tam- cielo se azulaba. De regreso en su apar-
tampoco sería sosiego. No mientras lo la falta del libro. Si a pesar de sus ano- bién habría querido resaltar. Se dijo que tamento releyó la carta. La cita pro-
habitase la duda de su caso, del destino taciones y de su firma no extrañaba el entre las largas jornadas donde la lec- puesta era en una zona que él había

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CREACIÓN CREACIÓN

evitado durante treinta años. Sonrió al estudiarlos aun si toda la elucubración en las manos de su dibujo, en los de- de su caso, en la construcción hecha de
sentirse en peligro. Luego de un último del caso pudiese resultar ilusoria, aun dos preparándose para aniquilarlo todo. azares. Cruzó el asfalto, diciéndose que
cigarro antes del amanecer leyó un par si contravenía todo principio inducti- Pensó en el cadáver del pistolero, en su pese a lo ilusorio, nunca antes sintió
de poemas y se quedó dormido. vo. Resolvió, entregándose a la sorna, expresión ausente mientras el calor de tanta certeza.
Dos semanas pasaron desde que Ne- no de la derrota, sino del ímpetu, que la vida lo abandonaba. La destrucción, El vestíbulo del edificio se mantenía
gro entró en la casa de Gris. La quietud, cualquier camino resultaría mejor que pensó en el detective, tenía que ver no sórdido, igual que hacía tres décadas. El
prevista siempre en el recorrido circu- no hacer nada; entonces tomó el albur solo con la muerte, sino con la foto del viejo recepcionista languidecía bajo la
lar de todos los días, dejó de causarle como una certeza. niño oculta entre las páginas del tomo, luz de una lámpara mientras miraba
al detective cualquier recelo o angustia. Al no tener formación literaria re- en la chaqueta del asesino. El niño que las manecillas de su reloj. Acostum-
Se entregó a la rutina de su objetivo con nunció a cualquier interpretación aca- tendría la misma edad de su hijo, sobre brado a que nadie reparase en su pre-
el mismo placer del farsante que finge démica; entregándose a la premisa de todo, la misma edad de Gris. sencia, enfocó las gafas y miró al hom-
caer en una trampa ajena. Al seguirlo, Borges de que la belleza se siente, o no Bebió una taza de café mientras las bre de negro que esperaba el ascensor,
recorría ligero las mismas calles, las se siente. Desde los versos desperdiga- ideas e imágenes terminaban de encajar el mismo que treinta años atrás entró
aceras, la cafetería desde donde podía dos en notas sobre el escritorio, Negro en la libreta y el mapa. Miraba las es- con un arma en la mano. No recordaría
ver la biblioteca acompañado por un optó por un análisis literal y dibujó las quilas del humo de su cigarro y se dijo al hombre ni a sus rasgos, entre taci-
café y un diario que jamás ojeaba. Por imágenes en el mapa. Trazó una pues- que su misión, quizá la última, no fue turnos y furiosos, que buscaban los po-
las noches, amparado por el humo de ta de sol con un rostro que recordaba a investigar a Gris, sino al hombre que licías; solo recordaría la tormenta que
los cigarrillos, continuaba leyendo y otro rostro. Notas musicales que esca- llevaba en la penumbra treinta años, ocultó el sonido de los seis disparos.
mirando, de cuando en cuando, la sem- paban de un baúl. La conversación en- al otro Yo, el que alguna vez tuvo un La carta no nombraba ningún aparta-
piterna luz a través de la ventana. tre un anciano y un niño; y al final, el nombre real. Hacia el final de la última mento. Ambos, contratista y detective,
Al estudiar las anotaciones, su con- dibujo completo a punto de ser destro- tarde todo fue esclarecido. Las dudas, sabían que no sería necesario. La puerta
tenido y el pulso de los trazos, Negro zado por dos manos. La obra completa, las pocas que quedaban, no revestían la estaba abierta. Negro entró para encon-
adivinó en Borges la voluntad de des- aunque desprovista de cualquier lógica, menor importancia mientras el detec- trarse con los muebles viejos, las vigas
pertar recuerdos ajenos en el lector, le sugirió una añoranza. tive aguardaba la noche y cargaba las cubiertas de telarañas y las cerámicas
tal vez con una pretensión biográfica, Fumó mientras esperaba la idea uni- balas del revólver. Miró por la ventana, rotas de la sala. Nada había cambiado,
como si Gris quisiera que su persegui- ficadora. Entre el humo creía ver las hacia la noche que por fin empezaba a salvo el suelo tapizado de polvo y no de
dor lo conociese. La biografía, si es que imágenes dibujadas amalgamándose en despejarse. El escritorio de Gris estaba sangre. Al fondo, hacia el ventanal, la
alguna vez se atrevió a llamarla así, un abrazo efímero. Golpeó el escritorio a oscuras. luna resplandecía sobre el traje gris del
llegó en adjetivos sueltos hacia la libre- y se puso de pie al gritar: «¡Treinta!». Prefirió caminar, mirar la ciudad hombre que estaba de espaldas.
ta del detective, donde además yacían El vaho de los días antiguos regresó adornada de luces humedecidas, de ár- —¿Qué es lo que quiere? —preguntó
escritos diferentes versos y frases que enarcado en diferentes fechas. La edi- boles negros que se mecían con el vien- Negro.
esperaba poder unir. Por momentos, al ción del libro tenía treinta años. A su to. Caminó despacio, sin el afán de otros —Usted lo sabe —respondió Gris dán-
estudiar los párrafos subrayados con vez, Negro vengó a su familia hacía tres años. La fecha y hora de la cita, pre- dose la vuelta.
vehemencia, se sentía capaz de realizar décadas, el mismo tiempo que llevaba texto para sostener el difuso papel de Un silencio, sinuoso como la niebla,
un mapa, no sobre Gris, sino sobre sus sin pasar por el lugar citado en la car- contratista y detective, se hacía tardía, recorrió la estancia.
motivos, hasta su alma. «Tardes que ta. Treinta años atrás descargó sobre el también pronta, mientras Negro pasea- —Huele a papel viejo —el detective as-
fueron nicho de tu imagen, músicas en asesino todas las balas del revólver. ba un cigarrillo sobre las avenidas de- piró el polvo—, huele a Borges.
que siempre me aguardabas, palabras Se dijo que la similitud de fechas, que siertas. «Contrarié todas las lógicas», se —Desde luego, él estuvo aquí.
de aquel tiempo, yo tendré que quebrar- podría tildar de obvia, le habría esta- dijo frente al lugar acordado. Contem- Entre el humo del cigarrillo de Gris,
las con mis manos». Los versos, ya co- do vedada siempre sin el elemento de pló las líneas envejecidas de la calle, la Negro reconoció los rasgos alguna vez
nocidos, retornaron al buscar una pági- la añoranza. Un último elemento hacía soledad que no abandonaría las aceras conocidos, los rasgos odiados.
na al azar. No obstante, Negro decidió falta, el de la destrucción representada al tiempo que pensaba en la resolución —Hace años que vengo siguiéndolo,

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CREACIÓN CREACIÓN

jada. Ningún trueno ocultaría los dis- —No tomaré el dinero. Esto es perso-
paros. Negro pensó en el destino que le nal.
aguardaba, en el desenlace previsto en Negro aplastó el cigarrillo. Por un
su apartamento mientras cargaba el instante, dudo de lo previsto.
revólver. Se dijo que no habría otra for- —Usted me conoce, detective. ¿Qué
ma; ni Gris ni él querrían aplazar la cree que pasará?
resolución de una vieja deuda hasta en- —Usted quería verme, solo eso —res-
tonces no nombrada. Recordó su andar pondió Negro, y apuntó.
pausado por la calle, la certeza de saber —Sí, de todas formas, algunos espe-
lo que ocurriría al llegar al lugar acor- ran escuchar disparos. Adiós, detective.
dado. Al quitarle el seguro al revólver En ambos rostros se dibujó una son-
se dijo, una vez más añorando el azar, risa. Tras un suspiro, dispararon.
que aún ciertas dudas, diferentes varia- La policía llegó un cuarto de hora
bles podrían alterar lo que allí mismo después. Solo encontraron dos casquetes
consideraba inaplazable. de bala y dos agujeros en las paredes.
—Le ofrecieron dinero por mi cabeza, Ni rastro de sangre, ni siquiera de vida.
¿verdad? Deben estar esperándolo.
© Earthchick
Fuente: Flickr

detective. Podría decirse que, al igual paciente, de un hombre que podría es- Juan Fernando Aguilar Cárdenas (Santiago de Cali, Colombia, 1991).
que usted, también creo en la venganza. perar toda una vida. Desde niño supo que su destino sería literario. Disfrutó mirar las montañas de su
—Usted era el niño de la foto —replicó —Mi padre amaba a Borges. Creo natal Cali, también de forjarse entre la biblioteca de sus padres, entre los univer-
Negro. que si lo hubiese conocido antes tal vez sos, peripecias y angustias que ofrece siempre la lectura.
Gris asintió al tiempo que Negro bus- habría sido escritor y no un asesino a Decidió volverse escritor a los diez años, cuando leyó El conde de Montecristo; no
caba el sobre en el abrigo. Extendió la sueldo. Yo también lo amo y, en tanto sabría cómo serlo sino hasta los dieciocho, mientras estudiaba psicoanálisis en la
carta para después dejarla caer. que usted está aquí, afirmo que su sen- universidad y conoció a un escritor que supo guiarlo. A los diecinueve leyó a Bor-
—Ni siquiera se molestó en usar una timiento es similar, detective. ges, después a Faulkner y a Mishima; comprendió que estaba condenado y que
máquina de escribir —señaló al recordar Descubrieron las armas en silencio, jamás desearía nada distinto.
la caligrafía de la carta y de los escritos con la pausa de quien se resigna. Al sol de hoy escribe con el inapelable anhelo de vivir de la literatura.
en el estudio de Gris—. Habría sido más —¿Por qué Borges? —preguntó Negro
fácil dispararme hace tiempo. mientras encendía un último cigarrillo.
—Soy un hombre de rituales, detecti- —Quería ver al asesino de mi padre,
ve. quería que él me conociera. La úni-
Gris caminó por la estancia. La ma- ca manera era amar lo mismo que he
dera crujía bajo las huellas en el polvo. amado yo. Usted eligió algunos versos,
Su andar había renunciado a la rutina, o algunas frases. La verdad, cualquier
y la farsa, una vez revelada, descubría elección lo habría traído hasta mí.
los movimientos lentos de un hombre La noche, aunque fría, seguía despe-

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