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Crónica:

Como viví los ataques terroristas del 11 de Septiembre del 2001 en Nueva York

Por María Eugenia Hernández

“Rápido prende el televisor porque se está quemando una de las torres


gemelas” alcancé a gritar desde el móvil a mi compañera de casa Sheila, antes
de ver, sin aliento,, el momento en que brotó de la Torre Sur; una bola de fuego
color naranja y rojo, acompañada de una explosión de cristales y concreto, que al
precipitarse al vacío reflejando la luz del sol;me pareció como una lluvia de
diamantina plateada sobre el fuego. Esta es la única imagen que imborrable
permanece en mi mente de aquel día.

,
08:15 Martes 11 de Septiembre del 2001, como todas las mañanas, salí de mi
casa en Cobble Hills, Brooklyn hacia mi trabajo en el Distrito Financiero de la
Ciudad de Nueva York. Era una mañana soleada y agradable, de camino hacia la
estación del Metro observé dos helicopteros “Choppers”de los noticieros de
televisión cruzar el esplendoroso cielo azul con dirección a la ciudad. Se me hizo
normal, “tal vez estan reportando algun evento acuático en la bahía”, pensé.

A pesar que me dejaba algunas cuadras mas retirado de la oficina, siempre opté
viajar en el Tren de la Linea B, porque el motivo valía la pena.

Viajar en esa vía que cruza el Río del Este de manera elevada, sobre una
plataforma lateral del Puente de Manhattan, me regalaba cada mañana la vista
fantástica del World Trade Center que era el ícono de la ciudad de Nueva York y
que me llenaba de emoción, energía y determinación para seguir compitiendo
en la Urbe de Hierro.

Ese día, después de ver por la ventana del tren el momento justo en el que el
terrorista Marwan al-Shehhi impactó el avión de United Airlines del vuelo 175,
en la torre sur, los pasajeros que ibamos en aquel vagón nos paralizamos,
lanzamos miradas interrogantes y hubo un grito de desesperación : “It´s a
bomb, it´s a bomb, Oh My God, Oh My God!!” gritó histérica una mujer
afromericana.

En aquellos instantes interminables no había manera de saber que había


ocasionado esa explosión brutal que todos habiamos visto, Manhattan es una
isla rodeada por dos ríos y nosotros cruzabamos por el río opuesto al sitio donde
el avión kamikaze cruzando el Río Hudson se habia estrellado.
No me fue posible comunicar nuevamente a casa, pues las señales electronicas
se cortaron. Solamente escuche la voz del operador del tren en los altavoces
informa que por órden de la Policia, el tren no realizaría las paradas siguientes en
la Zona del Distrito Financiero ni en Chinatown, ambos ubicados al Sur de la isla.

En “Operació Fastrack”el Tren B rápidamente nos alejó de la zona. Casi a media


ciudad (Midtown Manhattan) pude bajar del tren,“subir a la superficie” y
caminar hacia el Sur por calles envueltas en caos y desconcierto, escandalizadas
por sirenas de ambulancias, bomberos y policías, saturadas de peatones
presurosos con rostros perturbados y miradas de terror.

Cuando por fín llegué a la oficina, no había electricidad, todo estaba oscuro y
entre prenumbras encontré a mis compañeros abrazados, enjuagándose las
lágrimas, en silencio atentos a las noticias que brotaban de un viejo radio de
baterías que la recepcionista, mantenía en su escritorio.

“María , gracias a Dios que llegas bién”, - me gritó y corrió a abrazarme mi


compañera Becky-“America está siendo atacada!, dicen en la televisión que
estan explotando aviones en los edificios”, agregó.

Reunidos alrededor de aquel radito portátil escuchamos la narración en vivo


desde el Chopper de la NBC sobre como se caía en pedazos la Torre Sur, la que
había visto explotar, y que decenas de personas desesperadas, se estaban
lanzando desde mas de 400 metros de altura al vacio.

Las malas noticias seguían despues escuchamos que otro avión secuestrado, se
había estrellado en el Pentágono, sede principal de las Fuerzas Armadas en
Washington D.C., el derrumbe de la Torre Norte y que unas 10 mil personas
pertenecientes a los equipos de salvamento se encontraban en ese momento en
tareas de primeros auxilios en la base de los rascacielos. Gran parte de la isla de
Manhattan quedó envuelta bajo una densísima nube de humo.

Apenas iban a dar las once de la mañana y ya se confirmaba que un cuarto avión
había caído en el Estado de Pensilvania. La compañía American Airlines confirmó
después que el aparato estrellado era un 757 de su compañía que realizaba el
vuelo entre Newark (Nueva Jersey) y San Francisco.

Al mediodía, Rudolph Giuliani, entonces Alcalde de Nueva York, expresó su


temor de que el número de víctimas mortales provocadas por el ataque
terrorista sería "más de lo que cualquiera de nosotros es capaz de soportar".

Despúes de este momento me quebré, y aterrada, me metí abajo de mi escritorio


a gemir y llorar y sólo pedía a Dios que ya acabara esa pesadilla.

Regresé a casa caminando sobre las laterales del Brooklyn Expressway, una vía
rápida, que esa tarde solo acogía un éxodo de miles de personas que
avanzabamos silenciosas, y a uno que otro automovilista que desplegando
banderas de los Estados Unidos nos ofrecían transporte al tiempo que gritaban
“We will stand! America will stand!”.

Al regresar a casa ya se habia restablecido el servicio de electricidad y el sistema


de televisión por cable por cuyos canales veíamos y aún no comprendíamos la
magnitud de nuestra propia tragedia.

A esa hora ya había logrado comunicarme con mis padres en México y


comprobar que la mayoría de mis amigos que trabajaban en el WTC estaban a
salvo, sólo temíamos por una vecina que trabajaba en la correduría Merril Lynch
en el piso 221 de la Torre Sur, la primera que se derrumbó. Posteriormente supe
que afortunadamente esa trágica mañana tuvo que ir a revisión medica y no
había llegado a trabajar temprano.

A pesar del miedo, del desconcierto, del olor a humo negro, vidrio, acero y
materia organica quemada que desde la Zona Cero impregnaba todo el
ambiente, el miércoles 12 de Septiembre la ciudad de Nueva York estaba de pié
y todos fuimos convocados a regresar al trabajo y también reubicados en otras
oficinas de la compañía en otros condados de la ciudad. Para el jueves ya
funcionaban normalmente los sistemas de comunicación y empezaba a desatarse
la demanda de información y servicio de nuestros clientes.

Fue hasta el viernes 14, el día que se esperaba la visita del Presidente George W
Bush a la Zona Cero, cuando el cielo se deprendió del azul y se tiñó de luto, los
ángeles lloraron y hubo una precipitación intermitente y mucho frío. Parecía
como si la naturaleza le quería expresar al “Líder mas Poderoso del Mundo”
como nos sentíamos los ciudadanos de Nueva York por dentro.

Nada de nuestra vida volvió a ser ni siquiera parecido a lo que era antes del 11/9,
lentamente el trauma de los ataques, orilló a muchos a perder la cordura y
entregarse a la desesperación. No era extraño que de repente en una estación
del metro alguien gritara que había una explosión y provocara que corrieramos
desesperados, o que alguien se lanzara a las vías del tren.

El gobierno reportó pérdidas por mas de cien mil millones de dólares, el


comercio y el turismo se habían desplomado, no había recursos suficientes para
subsanar tantas pérdidas. En mi mundo financiero la carga de trabajo se tornó
imposible de solventar y fue asi que poco a poco el estrés terminó con mi salud.
Resistí hasta el año 2004. Por motivos de salud ya no quice renovar mi visa de
trabajo y decidí volver a México. Los ataques terroristas marcaron una
experiencia que nunca olvidaré mientras tenga vida.